"-Ahora que habláis de vampirismo, me viene a la mente una historia que hace tiempo leí o escuché. Creo que más bien lo último, pues ahora que recuerdo, el narrador insistió mucho en que el relato era verdadero. Si la historia se ha publicado y la conocéis, interrumpidme, pues no hay nada más fastidioso y aburrido que escuchar cosas conocidas.
-Creo que nos vas a ofrecer algo horroroso y tremendo; así es que, por lo menos, piensa en San Serapio y procura ser lo más breve posible, para que Vincenzo tenga la palabra, pues, según veo, está impaciente por referirnos el cuento que nos prometió.
-¡Calma, calma! -exclamó Vincenzo- Nada mejor para mí que Cipriano tienda un tapiz negro que sirva de fondo a la representación mímico-plástica de mis alegres, pintorescas y saltarinas figuras. Empieza, Cipriano amigo, muéstrate seco, terrorífico, incluso espeluznante, más que el vampírico lord Byron, al que por cierto no he leído.
-El conde Hipólito -comenzó Cipriano- había regresado de sus largos viajes, para hacerse cargo de la rica herencia de su padre. El palacio estaba situado en una de las regiones más bellas y agradables del país, y las rentas que le proporcionaban sus posesiones bastaban para el costoso embellecimiento del mismo.
...Todo lo que el conde había visto a lo largo de sus viajes, lo más bello, atractivo y suntuoso, quería verlo de nuevo levantarse ante sus ojos. Cortesanos y artistas reuníanse en torno a él y acudían a su llamada, de modo que pronto comenzaron las obras del palacio, y el diseño de un amplio parque de gran estilo, en el que se hallarían incluidas iglesia, cementerio y parroquia, formando parte del artístico jardín. El conde dirigía todos los trabajos, pues tenía conocimientos suficientes para ello. Se entregó en cuerpo y alma a estas ocupaciones, de modo que transcurrió un año sin que se le ocurriese (según le aconsejó su anciano tío) dejarse ver a los ojos de las jóvenes, para escoger como esposa a la más bella, a la mejor y a la más noble.
Una mañana que se encontraba sentado ante la mesa de dibujo, proyectando un nuevo edificio, se hizo anunciar una vieja baronesa, lejana pariente de su padre. Hipólito recordó el nombre de la baronesa, y que su padre sentía una indignación intensa contra esta mujer, e incluso que hablaba de ella con repugnancia, y a todas cuantas personas trataban de acercarse a ella les aconsejaba que se alejasen, aunque sin explicar jamás los motivos del peligro. Cuando se le preguntaba al conde, solía decir que había ciertas cosas sobre las que más valía callar que hablar. Con más razón, cuanto que en la residencia corrían turbios rumores de un extraño e insólito proceso criminal, en el que estaba implicada la baronesa, que separada de su marido y expulsada de su alejado lugar de residencia, sólo gracias a la intervención del príncipe se veía libre de encarcelamiento.
Muy molesto se sintió Hipólito por la proximidad de una persona a la que su padre aborrecía, aunque los motivos le fuesen desconocidos. La ley de la hospitalidad, que era privativa de toda esta región, le obligaba a recibir la desagradable visita. Jamás una persona había causado al conde una impresión tan antipática en su apariencia -aunque en realidad no fuese odiosa- como la baronesa.
Al entrar traspasó al conde con una mirada de fuego, luego entornó los párpados y se disculpó de su visita, casi con expresión humilde. Se quejó de que el padre del conde, poseído por extraños prejuicios, a los que le habían inducido sus enemigos maliciosamente, la había odiado hasta la muerte, de modo que, aunque languidecía en la mayor pobreza, y se avergonzaba de su estado, nunca había recibido la menor ayuda. Al fin, como inesperadamente se hubiera visto en posesión de una pequeña suma de dinero, le había sido posible abandonar su residencia y huir hacia un pueblo muy alejado de aquella región. Antes de emprender el viaje no había podido resistir el impulso de conocer al hijo del hombre que le había profesado un odio tan injusto e irreconciliable, aunque a su pesar le reverenciase.
Fue el conmovedor tono de verdad con que habló la baronesa, lo que emocionó al conde, cuanto más que lejos de mirar el desagradable semblante de la vieja, hallábase absorta su mirada en la contemplación de la adorable, maravillosa y encantadora criatura que la acompañaba.
Calló ésta y el conde pareció no darse cuenta: permanecía abstraído. La baronesa pidió que la disculpase, pues al entrar sintióse desconcertada, y se le olvidó presentar a su hija Aurelia. Sólo al oír esto recuperó el conde la palabra, y juró, enrojeciendo totalmente, lo que sumió en la mayor confusión a la adorable joven, que le concediesen enderezar lo que su padre había ejecutado por error, y les suplicó que, conducidas por su propia mano, entrasen en el palacio.
Para confirmar estas palabras tomó la mano de la baronesa, pero la respiración y el habla se le cortaron, al tiempo que un frío enorme le recorría el cuerpo. Sintió que su mano era apresada por unos dedos rígidos, helados como la muerte, y le pareció como si la enorme y huesuda figura de la baronesa -que le contemplaba con ojos sin visión- estuviese envuelta en la espantosa vestimenta de un cadáver.
-¡Oh, Dios mío, qué desgracia está sucediendo en este momento! -gritó Aurelia, y empezó a gemir con una voz tan quejumbrosa, que su pobre madre fue presa de un ataque convulsivo, de cuyo estado, como de costumbre, solía salir unos instantes después, sin necesidad de valerse de ningún medio. Con gran trabajo se desprendió el conde de la baronesa, y como tomase la mano de Aurelia y depositase en ella un ardiente beso, sintió que el dulce deleite del amor y el fuego de la vida retornaban a invadir su ser.
Próximo a la edad madura, sintió el conde, por primera vez, todo el poder de la pasión, de tal modo que le resultó muy difícil esconder sus sentimientos, y como Aurelia le manifestase su agrado de manera ingenua, se encendió en él la esperanza. Apenas pasaron unos cuantos minutos cuando la baronesa despertó de su desmayo, ignorante de lo que había sucedido, y aseguró al conde que estimaba la invitación de permanecer algún tiempo en el palacio, y que olvidaba para siempre todo el mal que su padre le había causado. Así fue como, repentinamente, cambió el hogar del conde, hasta el punto que llegó a pensar que, por un especial favor, el destino le había llevado hasta allí a la persona más ardientemente adorada de todo el universo, para concederle la mayor felicidad de que puede gozar un ser humano.
La conducta de la baronesa fue idéntica, permaneció silenciosa, seria, incluso reservada, y mostró siempre que había ocasión favorable, un dulce talante y hasta una inocente alegría en el fondo de su corazón. El conde, que ya se había habituado al extraño semblante cadavérico y a su figura fantasmal, atribuyó todo esto a su enfermedad, así como la tendencia a una intensa exaltación, de la que daba muestras -según le había dicho su gente- durante los paseos nocturnos que efectuaba por el parque, en dirección al cementerio.
El conde se avergonzó de que los prejuicios de su padre le hubiesen prevenido tanto contra ella y trató de vencer el sentimiento que le sobrecogía, siguiendo los consejos de su buen tío que le indicaba librarse de una relación que tarde o temprano le perjudicaría. Convencido del intenso amor de Aurelia, pidió su mano y figuraos con qué alegría la baronesa aceptó, viéndose transportada de la mayor indigencia al seno de la felicidad. La palidez y aquel aspecto que denotaba un interior extremadamente desasosegado, fue desapareciendo del semblante de Aurelia. La felicidad del amor resplandecía en su mirada y daba a sus mejillas un tono rosado.
La mañana del día que se iba a celebrar la boda, un acontecimiento sobrecogedor vino a contrariar los deseos del conde. Encontraron a la baronesa inerte en el parque, caída en el suelo, con el rostro en tierra, no lejos del camposanto, y la transportaron al palacio, precisamente cuando el conde se levantaba dominado por el sentimiento de su felicidad inminente. Pensó que la baronesa había sido atacada por su acostumbrado mal; sin embargo, fueron vanos todos los medios de que se sirvieron para volverla a la vida. Estaba muerta.
Aurelia no se entregó a los desahogos propios de un intenso dolor, y muda, sin derramar una lágrima, parecía haberse quedado como paralizada después del golpe recibido. El conde, que temía por su amada, con gran cuidado y suavidad se atrevió a recordarle su situación de criatura sola, de modo que ahora más que nunca era necesario aceptar el destino y proceder convenientemente acelerando la ceremonia de la boda que se había diferido a causa de la muerte de la madre. A esto, Aurelia, echándose en los brazos del conde, gritó, al tiempo que derramaba un torrente de lágrimas, con una voz que desgarraba el corazón: Sí, sí, por todos los Santos, por mi bien, sí!. El conde pensó que este vehemente desahogo era debido a la consideración bien amarga de que se encontrase sola, sin patria, y no supiese adonde ir, e incluso a las consideraciones sociales que le impedían permanecer en el palacio.
El conde se ocupó de que una dama honorable le hiciese compañía hasta que el matrimonio se celebró, sin que ningún suceso desgraciado interrumpiese la ceremonia, e Hipólito y Aurelia alcanzaron la cumbre de su felicidad. Mientras todo esto sucedía, Aurelia se había mostrado siempre en un estado de gran excitación. No era el dolor por la pérdida de su madre lo que la desasosegaba, sino una sensación de miedo mortal que parecía atenazarla continuamente.
En mitad de los más dulces transportes amorosos, sentíase sobrecogida de terror, palidecía como una muerta y abrazaba al conde, derramando lágrimas, como si quisiera asegurarse bien de que un poder invisible y enemigo no la llevase a la perdición. Entonces gritaba: ¡No, nunca, nunca!.
Una vez que se encontró casada pareció que el estado de excitación cesaba y que se veía libre del miedo que la sobrecogía. Esto no impidió que el conde adivinase que algún secreto fatídico se escondía en el seno de Aurelia, pero, ciertamente, le pareció inoportuno preguntarle acerca de ello, en tanto que persistiese la excitación, y ella misma se mantuviese callada. Hasta que un día se atrevió a insinuarle la pregunta de cuál era la causa de su desasosiego. Entonces Aurelia afirmó que suponía un inmenso bien para ella desahogar por entero su corazón en su amado esposo. No poco se sorprendió el conde cuando se enteró de que únicamente la fatal conducta de la madre era el motivo del malestar de Aurelia. ¿Hay algo más espantoso -gritó Aurelia- que odiar a la propia madre y tener que aborrecerla? De aquí se deduce que tanto el padre como el tío no estaban dominados por falsos prejuicios y que la baronesa había engañado al conde con una premeditada hipocresía.
Como un signo muy favorable, el conde consideró que la malvada madre se hubiese muerto el mismo día que se iba a celebrar su boda, y no tenía ningún reparo en decirlo. Aurelia, en cambio, dijo que precisamente desde el día de la muerte de su madre se sentía dominada por los más lúgubres y sombríos presentimientos, que no podía evitar sentir un miedo espantoso a que los muertos saliesen de sus tumbas y la arrancasen de los brazos de su amado para llevarla al abismo.
Aurelia recordaba (según refería) los tiempos de su niñez, cómo una mañana, cuando acababa de despertarse, oyó un tumulto espantoso en la casa. Las puertas se abrían y cerraban, se oían voces extrañas. Cuando finalmente se hizo la calma, la doncella tomó a Aurelia de la mano y la llevó a una gran estancia donde estaban muchos hombres reunidos, y en el centro de la habitación sobre una gran mesa yacía un hombre que jugaba a menudo con Aurelia, que le daba golosinas, y al que solía llamar papá. Extendió las manos hacia él y quiso besarle. Los labios que en otro tiempo estaban cálidos ahora estaban helados, y Aurelia, sin saber por qué, prorrumpió en sollozos. La doncella la condujo a una casa desconocida, donde estuvo durante mucho tiempo, hasta que apareció una señora y se la llevó en un coche. Era su madre que la trasladó a la Corte. Aurelia debía tener ya dieciséis años cuando apareció un hombre en casa de la baronesa, al que ésta recibió con alegría, denotando la confianza e intimidad de un amigo querido desde hace tiempo. Cada vez venía más a menudo, y cada vez era más evidente que su casa se transformaba y ponía en mejores condiciones. En lugar de vivir como en una cabaña y vestirse con pobres vestidos y alimentarse mal, ahora vivían en la parte más bella de la ciudad, ostentaban lujosos vestidos y comían y bebían con el desconocido, que diariamente se sentaba a la mesa y participaba en todas las diversiones públicas que se ofrecían en la Corte. Únicamente Aurelia permanecía ajena a las mejoras de su madre, que, evidentemente, se debían al extranjero. Se encerraba en su cuarto cuando la baronesa departía con el desconocido y permanecía tan insensible como antes.
El desconocido, aunque era ya casi de cuarenta años, tenía un aspecto fresco y juvenil, poseía una gran figura y su semblante podía considerarse varonil. No obstante, le resultaba desagradable a Aurelia porque, a menudo, su conducta le parecía vulgar, torpe y plebeya.
Las miradas que empezó a dirigir a Aurelia le causaron inquietud y espanto, incluso un temor que ella misma no sabía explicar. Hasta el momento, la baronesa no se había molestado en dar alguna explicación a Aurelia acerca del desconocido. Ahora mencionó su nombre a Aurelia, añadiendo que el barón era muy rico y un pariente lejano. Alabó su figura, sus rasgos, y terminó preguntando a Aurelia que qué le parecía. Aurelia no ocultó el aborrecimiento que sentía por el desconocido; la baronesa le lanzó una mirada que le produjo un terror indecible y luego la regañó acusándola de ser necia. Poco después, la baronesa se conducía más amablemente que nunca con Aurelia. Le regaló hermosos vestidos y ricos adornos que estaban de moda, y la dejó participar en las diversiones públicas. El desconocido trataba de ganarse el favor de Aurelia, de tal modo que se hacía todavía más odioso. Fue fatal para su tierno espíritu que la casualidad le deparase ser testigo de todo esto, lo que motivó que sintiese un odio tremendo hacia el desconocido y la corrompida madre. Como pocos días después el desconocido, medio embriagado, la estrechase en sus brazos, de modo que no dejase lugar a dudas de sus aviesas intenciones, la desesperación diole fuerzas varoniles, de forma que le propinó tal empujón al desconocido que lo tiró de espaldas, tuvo que huir y se encerró en su cuarto.
La baronesa explicó a Aurelia fríamente y con firmeza que el desconocido mantenía la casa y que no tenía el menor deseo de volver a la antigua indigencia, y que, por consiguiente, eran vanos e inútiles los melindres. Aurelia debía ceder a los deseos del desconocido, que amenazaba abandonarlas. En vez de compadecerse de las súplicas desgarradoras de Aurelia, de sus ardientes lágrimas, la vieja comenzó a proferir amenazas y a burlarse de ella, agregando que estas relaciones le proporcionarían el mayor placer de la vida, así como toda clase de comodidades, y dio muestras de un desaforado aborrecimiento hacia los sentimientos virtuosos, por lo que Aurelia quedó aterrada. Viose perdida, de modo que la única salvación posible le pareció una rápida huida.
Aurelia se había hecho con una llave de la casa, y envolviendo algunas cosas indispensables para su fuga, se deslizó a medianoche, cuando vio a su madre profundamente dormida, hasta el vestíbulo iluminado débilmente. Con sumo cuidado trataba de salir, cuando la puerta de la casa chocó violentamente y retumbó a través de la escalera. En medio del vestíbulo, haciendo frente a Aurelia, apareció la baronesa vestida con una bata sucia y vieja, con el pecho y los brazos descubiertos, el pelo gris despeinado, moviéndose airada. Y detrás de ella el desconocido, que gritaba y chillaba: ¡Espera, condenado Satanás, bruja endemoniada, que me las vas a pagar!, y arrastrándola por los pelos, empezó a golpearla de un modo brutal en mitad del cuerpo, envuelto como estaba en su gruesa bata.
La baronesa empezó a gritar. Aurelia, casi desvanecida, pidió auxilio, asomándose a la ventana abierta. Dio la casualidad que precisamente pasaba por allí una patrulla de guardias, que entraron al instante en la casa: ¡Cogedle! -gritaba la baronesa a los guardias, retorciéndose de rabia y de dolor- ¡Cogedle y agarradle bien! ¡Miradle la espalda!
En cuanto la baronesa pronunció su nombre, el jefe de la patrulla exclamó jubilosamente: ¡Al fin te cogimos, Urian!", y con esto le agarraron y le llevaron consigo, no obstante resistirse. A pesar de todo lo sucedido, la baronesa se había percatado de las intenciones de Aurelia. De momento se conformó con agarrarla violentamente del brazo, arrojarla al interior de su cuarto y cerrarlo bien, sin decir palabra. A la mañana siguiente, la baronesa salió y regresó muy tarde por la noche, mientras Aurelia permanecía en su cuarto encerrada como en una prisión, sin ver ni oír a nadie, de modo que pasó el día sin que tomase comida ni bebida. Así transcurrieron varios días. A menudo la miraba la baronesa con ojos encendidos de ira, y parecía como si quisiera tomar una decisión, hasta que un día encontró una carta, cuyo contenido pareció llenarla de alegría: Odiosa criatura -dijo la baronesa a Aurelia-, eres culpable de todo, aunque te perdono, y lo único que deseo es que no te alcance la espantosa maldición que este malvado ha descargado sobre ti. Luego de decir esto se mostró muy amable, y Aurelia, ahora que ya aquel hombre se había alejado, no volvió a pensar más en la huida, por lo que le fue concedida mayor libertad.
Pasado ya algún tiempo, un día que Aurelia estaba sentada sola en su cuarto, oyó un gran tumulto en la calle. La doncella salió y volvió diciendo que era el hijo del verdugo que iba detenido, después de ser marcado por robo y asesinato, y que al ser conducido a la cárcel se había escapado de entre las manos de los guardianes. Aurelia vaciló, asomándose a la ventana, dominada por temerosos presentimientos; no se había engañado, era el desconocido que, rodeado de numerosos guardianes, iba subido en una carreta. Le conducían camino de la ejecución de la condena y de la expiación de sus faltas. Casi estuvo a punto de desmayarse en su sillón, cuando la espantosa y salvaje mirada del hombre se cruzó con la suya, al tiempo que con gestos amenazadores levantaba el puño cerrado hacia su ventana.
Era costumbre de la baronesa estar siempre fuera de casa, aunque regresaba para hablar con Aurelia y hacer consideraciones acerca de su destino y de las amenazas que se cernían sobre ella, presagiando una vida muy triste. Por medio de la doncella que había entrado a su servicio el día después del suceso de aquella noche, y a la que habían tenido al corriente de las relaciones de la baronesa con aquel pícaro, se enteró Aurelia de que todos los de la casa compadecían a la baronesa por haber sido engañada tan vilmente por un delincuente tan despreciable.
Bien sabía Aurelia que la cosa era de otro modo, y le parecía imposible que los guardias que poco antes habían detenido a este hombre en casa de la baronesa no supieran de sobra la buena amistad de la baronesa con el hijo del verdugo, ya que al apresarle, la baronesa había proferido su nombre y había hecho alusión a la marca de su espalda, que era la señal de su crimen. De aquí que, incluso, la misma doncella a veces expresase con ambigüedad lo que se decía por todas partes, y que insinuase que los jueces estaban haciendo averiguaciones, de forma que hasta la honorable baronesa estuviese a punto de sufrir arresto, debido a las extrañas declaraciones del malvado hijo del verdugo.
De nuevo se dio cuenta la pobre Aurelia de la situación tan lamentable en que se hallaba su madre, y no comprendió cómo podría después de aquel horroroso acontecimiento permanecer un instante más en la residencia. Finalmente, viose obligada a abandonar el lugar, donde se sentía rodeada de un justificado desprecio, y a dirigirse a una región alejada de allí. El viaje la condujo al palacio del conde, donde sucedió lo que ya hemos referido.
Aurelia se sintió extremadamente feliz, libre de las tremendas preocupaciones que tenía, pero he aquí que quedó aterrada cuando al expresarle su madre el favor divino que le concedía este sentimiento de bienaventuranza, ésta, echando llamas por los ojos, gritó con voz destemplada: ¡Tú eres la causa de mi desgracia, desventurada criatura, pero ya verás, toda tu soñada felicidad será destruida por el espíritu vengador, cuando me sobrecoja la muerte. En medio de las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás..., y aquí se detuvo Aurelia, se apoyó en el pecho del conde y le suplicó que le permitiese callar lo que la baronesa había proferido en su furor demencial. Hallábase destrozada, pues creía firmemente que se cumplirían las amenazas de los malos espíritus que poseían a su madre.
El conde consoló a su esposa lo mejor que pudo. Hubo de confesarse a sí mismo, cuando estuvo tranquilo, que el profundo aborrecimiento de la baronesa, aunque hubiese fallecido, arrojaba una negra sombra sobre la vida, que le había parecido tan clara.
Poco tiempo después se notó un marcado cambio en Aurelia. Como la palidez mortal de su semblante y la mirada extenuada denotase enfermedad, pareció como si Aurelia ocultase un nuevo secreto en el interior de su ser, que se mostrase inquieto, inseguro y temeroso. Huía incluso hasta de su marido, se encerraba en su cuarto, buscaba los lugares más apartados del parque, y cuando se la veía, sus ojos llorosos y los consumidos rasgos de su semblante denotaban que sufría una pena profunda. En vano el conde se esforzaba por conocer los motivos del estado de su esposa. Del enorme desconsuelo en el que finalmente se sumió, la sacó un famoso médico, al insinuar que la gran irritabilidad de la condesa, a juzgar por los síntomas, posiblemente denotaba un cambio de estado, que haría la dicha del matrimonio. Este mismo médico se permitió, como se sentase a la mesa del conde y de la condesa, toda clase de alusiones al supuesto estado en que se hallaba la condesa.
La condesa parecía indiferente a todo lo que escuchaba, aunque de pronto prestó gran atención, cuando el médico comenzó a hablar de los caprichos tan raros que a veces tenían las mujeres que estaban en estado, y a los que se entregaban sin tener en consideración la salud y la conveniencia del niño.
La condesa abrumó al médico con preguntas, y éste no se cansó de responder a todas ellas, refiriendo casos asombrosamente curiosos y divertidos de su propia experiencia: También -repuso- hay ejemplos de caprichos anormales, que llevan a las mujeres a realizar hechos espantosos. Así la mujer de un herrero sintió tal deseo de la carne de su marido, que no paró hasta que un día que éste llegó embriagado, se abalanzó sobre él con un cuchillo grande y le acuchilló de manera tan cruel que pocas horas después entregaba el espíritu.
Apenas hubo pronunciado el médico estas palabras, la condesa se desmayaba en la silla donde estaba sentada, y con gran trabajo pudo ser salvada de los ataques de nervios que sufrió a continuación. El médico se percató de que había sido muy imprudente al mencionar en presencia de una mujer tan débil y nerviosa aquel terrible suceso.
Sin embargo, pareció que aquella crisis había ejercido un influjo bienhechor en el ánimo de la condesa, pues se tranquilizó, aunque como de nuevo volviese a enmudecer y a convertirse en una extraña criatura solitaria, con un fuego intenso que brotaba de sus ojos, adquiriendo la palidez mortal de antes, el conde nuevamente volvió a sentir pena e inquietud acerca del estado de su esposa. Lo más raro de él, era que la condesa no tomaba ningún alimento, y sobre todo que demostraba tal asco a la comida, especialmente a la carne, que más de una vez se alejó de la mesa dando las más vivas muestras de aborrecimiento. El médico se sintió incapaz de curarla, pues ni las más fuertes y cariñosas súplicas del conde, ni nada en el mundo podía hacer que la condesa tomase ninguna medicina.
Como transcurriesen semanas y meses sin que la condesa probase bocado, y pareciese que un insondable secreto consumía su vida, el médico supuso que había algo raro, más allá de los límites de la ciencia humana. Abandonó el palacio con un pretexto cualquiera, y el conde pudo darse cuenta de que la enfermedad de la condesa parecía muy sospechosa al acreditado médico, y denotaba que la enfermedad estaba muy arraigada, sin que hubiese medio de curarla. Hay que suponerse en qué estado de ánimo quedó el conde, no satisfecho con esta explicación.
Justamente por esta época un viejo y fiel servidor tuvo ocasión de descubrir al conde que la condesa abandonaba el palacio todas las noches y regresaba al romper el alba. El conde se quedó helado. Ahora es cuando se dio cuenta de que desde hacía bastante tiempo, a eso de la medianoche, le sobrecogía un sueño muy pesado, que atribuía a algún narcótico que la condesa le administraba para poder abandonar sin ser vista el dormitorio que compartía con él.
Los más negros presentimientos sobrecogieron su alma; pensó en la diabólica madre, cuyo espíritu quizá revivía ahora en la hija, en alguna relación ilícita y adulterina, y hasta en el malvado hijo del verdugo. A la noche siguiente iba a desvelársele el espantoso secreto, único motivo del estado misterioso en que se hallaba su esposa.
La condesa acostumbraba ella misma a preparar el té que tomaba el conde y luego se alejaba. Aquel día decidió el conde no probar una gota, y como leyese en la cama, según tenía por costumbre, no sintió el sueño que le sobrecogía a medianoche como otras veces. No obstante se acostó sobre los cojines, e hizo como si durmiese. Suavemente, con gran cuidado, abandonó la condesa el lecho, se aproximó a la cama del conde e iluminó su rostro, deslizándose de la alcoba sin hacer ruido.
El corazón le latía al conde violentamente, se levantó, echóse un manto y siguió a su esposa. Era una noche de luna clara, de modo que, no obstante lo veloz de su paso, se podía ver perfectamente a la condesa Aurelia, envuelta su figura en una túnica blanca. La condesa se dirigió a través del parque hacia el cementerio y desapareció tras el muro.
Rápidamente, corrió el conde tras ella, atravesó la puerta del muro del cementerio, que halló abierta. Al resplandor clarísimo de la luna vio un círculo de espantosas figuras fantasmales. Viejas mujeres semidesnudas, con el cabello desmelenado, hallábanse arrodilladas en el suelo, y se inclinaban sobre el cadáver de un hombre, que devoraban con voracidad de lobo. ¡Aurelia hallábase entre ellas! Impelido por un horror salvaje, el conde salió corriendo irreflexivamente, como preso de un espanto mortal, por el pavor del infierno, y cruzó los senderos del parque, hasta que, bañado en sudor, al amanecer encontróse ante la puerta del palacio. Instintivamente, sin meditar lo que hacía, subió corriendo las escaleras, y atravesó las habitaciones hasta llegar a la alcoba. La condesa yacía, al parecer entregada a un dulce y tranquilo sueño. El conde trató de convencerse de que sólo había sido una pesadilla o una visión engañosa que le había angustiado, ya que era sabedor del paseo nocturno, del cual daba trazas su manto, mojado por el rocío de la mañana.
Sin esperar a que la condesa despertase, se vistió y montó en su caballo. La carrera que dio a lo largo de aquella hermosa mañana a través de los arbustos aromáticos, de los que parecía saludarle el alegre canto de los pájaros que despertaban al día, disipó las terribles imágenes nocturnas; consolado y sereno regresó al palacio.
Como ambos, el conde y la condesa, se sentasen solos a la mesa, y como de costumbre ésta tratase de salir de la estancia a la vista de la carne guisada, dando muestras del mayor asco, se le hizo evidente al conde, en toda su crudeza, la verdad de lo que había contemplado la noche anterior. Poseído del mayor furor se levantó de un salto y gritó con voz terrible: ¡Maldito aborto del infierno, ya sé por qué aborreces el alimento de los hombres, te cebas en las tumbas, mujer diabólica!.
Apenas había proferido estas palabras, la condesa, dando alaridos, se abalanzó sobre él con la furia de una hiena y le mordió en el pecho. El conde dio un empujón a la rabiosa mujer y la tiró al suelo, donde entregó su espíritu en medio de las convulsiones más espantosas. El conde enloqueció".
E.T.A. Hoffmann
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
El Recolector de Historias
viernes, 20 de marzo de 2015
jueves, 19 de marzo de 2015
"Sacatove"
"No corresponde sino a las obras realmente hermosas dar lugar a imitaciones afortunadas o desafortunadas. Son otros tantos homenajes indirectos ofrecidos al genio, y que no le han faltado al más donoso, al más emotivo de los poemas, Pablo y Virginia, que Bernardin de Saint-Pierre catalogaba modestamente como una pastoral. Pastoral inmortal sin duda alguna, en la que la exactitud del paisaje y de las costumbres criollas no se rinde sino ante el encanto indecible que de ella se desprende. Las líneas que siguen no tienen ninguna relación, en cuanto al fondo, con la conmovedora historia de los dos jóvenes habitantes de la isla Mauricio. Los hechos transcurren en esta ocasión en la isla Bourbon [actual Reunión] y en época diferente. No obstante, la cercanía de las dos islas, separadas apenas por treinta y cinco leguas, traerá consigo ciertas analogías de descripción, salvo las diferencias del relieve, con frecuencia esenciales como podrá comprobarse, entre la obra de Bernardin y este relato sobre la muerte novelesca de un negro célebre por su habilidad, su valor y su originalidad.
La isla Bourbon es más grande y más elevada que la isla Mauricio. Sus cumbres más altas alcanzan entre 1.700 y 1.800 toesas por encima del nivel del mar; y las elevaciones circundantes están aún cubiertas de selvas vírgenes en las que el pie del hombre no ha penetrado sino en contadas ocasiones. La isla es como un cono inmenso cuya base está rodeada de ciudades y establecimientos más o menos considerables. Pueden contarse alrededor de catorce, todos ellos bautizados con nombres de santos y santas, según la piadosa costumbre de los primeros colonos. Algunas partes de la costa y de la montaña llevan también denominaciones extrañas para los oídos europeos, pero que éstos adoran: L’Étang Salé, Les Trois Bassins, Le Boucan Canot, L’Îlette aux Martins, La Ravine à malheur, Le Bassin bleu, La Plaine des Cafres, etc. Es raro encontrar entre la montaña y el mar una franja de más de dos leguas, salvo en la sabana des Galets y junto al río Saint-Jean, una a sotavento y el otro a barlovento de la isla. Según los antiguos criollos, el mar, que antaño rompía al pie mismo de la montaña, se había ido retirando paulatinamente; y es sobre las lenguas de arena y tierra que fue abandonando donde se construyeron las ciudades y los pueblos. No sucede lo mismo con la isla Mauricio que, salvo algunos picos comparativamente poco elevados, es baja y plana. No se encuentran en ésta las largas torrenteras que surcan la isla Bourbon desde las selvas hasta el mar, con una profundidad pavorosa de mil pies y en las que en la estación lluviosa discurren con un ruido ensordecedor irresistibles torrentes que arrastran rocas de incalculable peso. La vegetación de la isla Bourbon es también más vigorosa y activa, y el aspecto general más grandioso y severo. El volcán, cuya erupción es permanente, se encuentra hacia el sur en medio de montes desolados, que los negros denominan Pays brûlé.
Hacia 1820, un negrero de Madagascar desembarcó su carga humana entre Saint-Paul y Saint-Gilles. Se hicieron lotes que se distribuyeron sobre la arena y luego cada comprador volvió a subir la montaña con sus nuevos esclavos. Entre los que siguieron a su amo hacia las orillas del barranco de Bernica había un joven negro que será, si el lector tiene a bien permitirlo, el protagonista de esta historia tan verídica al menos como las aventuras de la obra que transcurre en la isla Mauricio.
Sacatove era de temperamento tan dulce y de carácter tan alegre; se acostumbró con tanta facilidad a hablar en criollo, que su amo lo distinguió entre los demás. Durante cuatro años enteros no cometió ninguna falta que pudiera merecerle algún castigo. Su entrega y su conducta ejemplar se hicieron proverbiales a diez leguas a la redonda. El patrón lo nombró capataz pese a su edad y los negros se acostumbraron a considerarlo como su superior natural. Todo iba perfectamente en la hacienda cuando, un buen día, Sacatove desapareció para no volver. La búsqueda más minuciosa resultó inútil y antes de que pasaran dos meses todo el mundo lo había olvidado.
La familia del amo blanco al que pertenecía estaba formada por un hijo y una hija de dieciocho y dieciséis años respectivamente. El chico era duro y cruel, aunque valiente, como la mayoría de los criollos; la chica era indolente y fría, con una piel de nieve, ojos azules y cabello rubio. El hermano pasaba la vida cazando en la montaña y en la sabana; la hermana vivía recostada en su habitación, desocupada y perezosa hasta la saciedad. Por lo que respecta al padre, fumaba entre treinta y cuarenta pipas diarias y bebía café a cada hora. Por lo demás sabía suficientemente de todas las cosas como para apreciar adecuadamente el aroma de su tabaco y el de su licor favorito. Era, no obstante, un buen hombre; algo feroz pero no demasiado.
La vivienda que ocupaban en su hacienda de Bernica poseía dos galerías superpuestas cerradas por persianas de rota pintada. Allí se encontraban algunos dormitorios construidos expresamente para evitar los intensos calores de enero. En uno de ellos descansaba habitualmente la joven criolla. Una mañana, sus esclavas predilectas, tras haber esperado largo rato la señal acostumbrada, inquietas por tan prolongado sueño, abrieron la puerta de la habitación y no encontraron a nadie. La joven había desaparecido. La habitación se encontraba tal y como estaba la víspera, sin que faltara ningún objeto de lujo de los que la decoraban, salvo la ropa y los objetos personales de la joven. Sólo podía tratarse de un rapto amoroso; y, aunque el padre y el hijo no sospecharan acerca de quién lo había realizado, las aventuras de esta naturaleza eran demasiado frecuentes como para no tomar medidas urgentes y enérgicas.
Era posible que el raptor se hubiera dirigido hacia la isla Mauricio. Supieron, efectivamente, que un navío había salido de Saint-Paul con ese destino el mismo día del rapto. Se siguió inmediatamente aquel navío, pero resultó que sólo había tocado puntualmente la isla vecina prosiguiendo su ruta rumbo a la India. El padre y el hijo regresaron a su hogar y esperaron pacientemente a que la fugitiva les diera noticias, buenas o malas. El primero no fumó por ello menos pipas; el segundo no cazó menos perdices y liebres. Todo prosiguió como de costumbre en la casa; sólo que hubo una habitación desocupada. Que el lector no se sorprenda por esta indiferencia, ni me acuse de exageración. El criollo tiene el corazón poco efusivo y encuentra ridículo enternecerse. No se trata de estoicismo sino más bien de apatía; lo más frecuente es un completo vacío bajo la tetilla izquierda, como diría Barbier. Dicho sea respetando la excepción que, como todo el mundo sabe, confirma de forma irrecusable la regla general.
Fue poco tiempo después cuando se oyó hablar de Sacatove en la hacienda. Un negro aseguró haberlo visto en los bosques. Esta noticia fue pronto confirmada de manera evidente. Una banda de negros cimarrones desvalijó las haciendas situadas cerca del bosque y la del patrón de Sacatove no se libró. Una noche entre otras, el dormitorio de la joven raptada fue tan completamente desvalijado que sólo quedaron los tabiques, puesto que hasta la persiana de rota se llevaron. El destacamento de los hauts de Saint-Paul recibió orden de perseguir a los cimarrones. Nuestro joven criollo cogió su escopeta de caza y se unió al destacamento como voluntario. Al verlo, su padre encendió una pipa y se tomó varias tazas de café a modo de despedida.
No hay nada más bello que un amanecer visto desde los montes de Bernica. Desde allí se descubre la mitad más rica de la parte de sotavento y el mar a treinta leguas. A la derecha, al pie de la Montagne-à-Marquet, la sabana des Galets se extiende sobre una superficie de tres o cuatro leguas erizada de grandes hierbas amarillas, que surca, como una larga raya negra, el torrente que le da nombre. Cuando la claridad que anuncia la salida del sol aparece por detrás de la montaña de Saint-Denis, una orla de oro fundido corona los dentellones de los picos y destaca vivamente sobre el azul oscuro de sus masas lejanas. Luego se forma de repente en el extremo de la sabana un imperceptible punto luminoso que va agrandándose poco a poco, se desarrolla, invade toda la sabana y, como una marea resplandeciente, pasa de un salto el río de Saint-Paul, resplandece sobre los tejados pintados de la ciudad y pronto rocía toda la isla en el momento en que el sol se lanza gloriosamente por encima de las cumbres más elevadas en el azul oscuro del cielo.
Es un espectáculo sublime que he tenido ocasión de admirar con frecuencia y que se desarrolló también ante los ojos del destacamento cuando hizo su primera parada, a las seis de la mañana, sobre el picacho rojo del Bernica, a unas 1.200 toesas por encima del nivel del mar. Pero, desgraciadamente, los criollos adoptan con gusto como divisa el nil admirari [«no emocionarse por nada»] de Horacio. ¿Qué les importan las magnificencias de la naturaleza? ¿Qué el resplandor de sus noches sin igual? Esas cosas no tienen salida en las plazas comerciales de Europa; un rayo de sol no pesa lo que un fardo de azúcar, y las cuatro paredes de un almacén alegran más sus ojos que los más amplios horizontes. ¡Pobre naturaleza, admirable de fuerza y de poder! ¿Qué les importa a tus ciegos hijos tu maravillosa belleza? No la venden ni al por menor ni al por mayor, luego no sirves para nada. ¡Alimenta con sueños huecos el débil cerebro de los poetas y de los artistas! El criollo es un hombre prematuramente grave, que sólo se deja llevar por los beneficios netos y claros, por la cifra irrefutable, por los sonidos armoniosos del dinero en metálico. Después de eso, todo los demás es vano: amor, amistad, deseo de lo desconocido, inteligencia y saber; nada de eso iguala en valor a un grano de café. Y esto es aún cierto ¡oh, lector!, muy cierto y muy deplorable. Los más fríos y apáticos de los hombres han sido ubicados bajo el más espléndido y dilatado cielo del mundo, en medio del océano infinito, con el fin de que quedara constatado que el hombre de estos tiempos es el ser inmoral por excelencia. ¿Hay inmoralidad más flagrante que la indiferencia y el desprecio de la belleza? ¿Hay algo más odioso que la sequedad de corazón y la impotencia del espíritu frente a la naturaleza eterna? Yo por mi parte he pensado siempre que el hombre así constituido no es sino una monstruosa y odiosa criatura. ¿Quién librará al mundo de él?
El destacamento penetró en los bosques. También éstos están repletos de un encanto austero. El bosque de Bernica, entonces como ahora, lucía en toda la abundancia de su fecunda virginidad. Henchida de cantos de pájaros y de melodías de brisas, dorada por aquí y por allá por los rayos multiplicados a través de las hojas, enlazada por lianas brillantes con mil flores incesantemente variadas de forma y de color y que se balanceaban caprichosamente desde las cimas osadas de las nates y de los bois-roses hasta los tubos redondeados de los papayers-lustres; habríase dicho que era el jardín de Armenia en los primeros días de existencia del mundo, el retiro perfumado de Eva y de los amigos que iban a visitarla. Mil ruidos diversos, mil suspiros, mil risas se cruzaban hasta el infinito bajo las amplias sombras de los árboles, y todas aquellas armonías se unían y se confundían a veces de tal manera que la selva parecía formarse con ellas una voz magnífica y poderosa.
El destacamento pasó silencioso, y el paso de los cazadores se perdió en las profundidades solitarias del bosque. A una legua más o menos, en medio de una inextricable red de lianas y de árboles, la torrentera de Bernica, crecida por las lluvias, corría sordamente a través de su lecho de rocas dispersas. Dos paredes perpendiculares de 400 a 500 pies se erguían a ambos lados de la torrentera. Aquellas paredes, tapizadas en algunas zonas por pequeños arbustos trepadores e hierbas silvestres, estaban generalmente desnudas y dejaban que el sol calentara en demasía la piedra ya calcinada por las antiguas lavas de las que la isla ha conservado la imborrable huella. Si el lector tiene a bien detenerse un instante a mirar la orilla izquierda del barranco, observará en medio de la escasa vegetación de la que acabo de hablar una apertura de un tamaño reducido, más o menos a la mitad de la muralla. Prestando algo más de atención, sus miradas descubrirán una gruesa liana nudosa que desciende a lo largo de la roca hasta la citada entrada, que sus raíces resistentes han fijado más arriba en las grietas de la piedra alrededor del tronco de los árboles.
Había allí una gran gruta dividida en dos partes naturales, siendo la primera bastante más amplia que la segunda, e iluminada a medias por algunas grietas en la bóveda. Apenas se franqueaba la entrada, la curva de la roca se lanzaba a una altura que triplicaba la anchura de aquel cobijo conocido por los negros cimarrones. Tres de éstos se habían sentado en un rincón y fumaban silenciosamente.
En total desorden, colgados o por el suelo, escopetas, machetes de cortar la caña de azúcar, barriles de tocino salado, sacos de arroz, de azúcar y de café, ropas de todo tipo, marmitas y cacerolas llenaban aquella antecámara o más bien aquel cuerpo de guardia de la gruta. Girando un poco hacia la derecha y levantando una cortina de seda amarilla de la India, se entraba en la otra parte. Allí ardían cinco o seis grandes teas de madera de olivo, cuyos reflejos rojizos jugueteaban extrañamente sobre los tejidos de color con los que habían tapizado las paredes de la roca. Sillas, sillones y divanes amueblaban aquel extraño salón; al fondo, indolentemente reclinada sobre un rico sofá azul, vestida de muselina, tranquila e inmóvil aunque algo pálida, dormía o fingía dormir una joven blanca. A unos pasos de ella, apoyado sobre un largo bastón guarnecido de hierro, Sacatove la contemplaba con su expresión despreocupada y dulce arqueando su hermoso torso desnudo.
La joven hizo un movimiento y abrió sus grandes ojos azules. Sacatove se acercó sin hacer ruido y, de rodillas ante ella, le dijo con tono de ternura temerosa:
-¡Perdón, patrona!
Ella no respondió y le echó una mirada fría y despectiva.
-¡Perdón! ¡La amaba tanto! No podía seguir viviendo en los bosques. Si no la hubiera encontrado en la hacienda habría regresado a las cadenas antes que correr el riesgo de no volver a verla jamás. ¡Perdón!
-Debías regresar, efectivamente -contestó la joven-. ¿No eras el mejor tratado de todos nuestros esclavos? ¿Por qué te marchaste con los cimarrones?
-¡Ah! -dijo Sacatove riendo ingenuamente- es que quería ser un poco libre, patrona. Y además, tenía intención de traerla, y cuando Sacatove tiene un deseo, hay doscientos buenos brazos que obedecen. Yo la amaba, patrona, ¿no me amará usted nunca a mí?
-¡Déjame!, ¡estás loco, miserable esclavo! Sal de aquí; no, oye: llévame de nuevo a la hacienda, no diré nada y pediré que te perdonen.
-Sacatove no necesita el perdón de nadie, patrona; es él quien perdona ahora. Vamos, sea buena, patrona -dijo queriendo rodear con sus brazos el cuerpo de la joven.
Pero ante este gesto, ella lanzó un grito de repugnancia invencible y se echó violentamente hacia atrás golpeándose la cabeza con la roca. Palideció y cayó sin conocimiento. Al oír aquel grito estridente, varias negras entraron corriendo y le hicieron volver en sí; luego se marcharon.
-No tenga miedo de mí -dijo Sacatove-, mañana por la mañana estará usted en la hacienda.
-Está bien -susurró fríamente-; cumpliré mi palabra y pediré que te perdonen.
Sacatove sonrió tristemente y salió. Apenas había franqueado el estrecho sendero que separaba las dos puertas de la gruta cuando aparecieron las piernas desnudas de un negro en la entrada de ésta.
-Capataz -gritó con terror- ¡los blancos! ¡los blancos!
Entonces, de todos los rincones de la gruta salieron como por encanto un centenar de negros que tomaron las armas apresuradamente.
-¿Te han visto? -preguntó Sacatove al recién llegado.
-No, no; pero vienen hacia acá.
-Entonces, ¡silencio! No encontrarán nada.
Pronto, efectivamente, se oyeron numerosos pasos por encima de la gruta acompañados de palabrotas y maldiciones; luego el ruido disminuyó y desapareció por completo.
-¡Pobres blancos! -dijo Sacatove con un desprecio indecible. Los negros lanzaron grandes carcajadas al oír aquella exclamación de su jefe.
-Mañana, mañana por la mañana, señorita María, estará de nuevo en la hacienda con sus muebles y su ropa.
Los negros hicieron gestos de asentir silenciosamente; y Sacatove, aproximándose a la entrada de la gruta, sujetó su bastón con los dientes y desapareció trepando por el tronco nudoso de la liana.
El destacamento bajaba de la montaña una hora después de esta escena. El hermano de María se había retrasado unos pasos para dispararle a un hermoso piéjaune que se inclinó a recoger cuando se sintió derribado por una fuerza superior a la suya y oyó una voz, que le resultaba conocida, decirle en criollo:
-¡Buenos días, patrón! La señorita María está bien y pronto la verán de nuevo. No se sorprenda, patrón, soy yo, Sacatove. Salude al viejo blanco. ¡Adiós, patrón!
El joven criollo, recuperando su libertad de movimientos, se incorporó inmediatamente lleno de rabia, pero el negro se encontraba ya a treinta pasos de él y cuando quiso perseguirlo el otro desapareció en el bosque.
Al día siguiente del fijado para el regreso de María, cuando su padre y su hermano pasaban por debajo de la ventana de ésta fumando sus pipas, la vieron de repente y el primero exclamó:
-¡Cómo! ¿Eres tú, María? ¿Dónde has estado?
-¡Hable más bajo! -respondió la joven asomándose a la ventana. Sacatove me llevó al bosque, pero le he prometido el perdón, que hay que concederle por miedo a que hable.
-Si viene o si me lo encuentro -dijo el joven- no hablará.
No comprendió, efectivamente, la fuerza de voluntad y la generosidad que Sacatove había necesitado para desprenderse de una mujer que nadie en el mundo habría podido arrebatarle. Sólo recordó el doble ultraje de su esclavo y juró castigarlo con sus propias manos. No tuvo que esperar mucho. Una mañana que se encontraba cazando en la linde del bosque, en el momento en que apuntaba, Sacatove apareció ante él. Estaba desnudo como siempre, sin armas y con las manos cruzadas a la espalda.
-Buenos días, patrón. ¿La señorita María se encuentra bien?
-¡Ah, perro! -exclamó el criollo disparando.
La bala rozó el hombro del esclavo que dio un salto hacia delante, agarró al joven por la cintura y lo elevó por encima de su cabeza como para lanzarlo contra el suelo. Pero ese momento de ira no duró mucho. Lo dejó en el suelo y le dijo con calma:
-Inténtelo de nuevo, patrón; Sacatove es muy desgraciado; ya no le gustan los bosques y lo que desea es irse al país del buen Dios donde los blancos y los negros son hermanos.
El criollo recogió fríamente su arma, la cargó y lo mató a quemarropa. Así murió Sacatove, el célebre cimarrón. Su joven patrona se casó poco después en Saint-Paul, y no se dijo que su primogénito tuviera la piel menos blanca que ella".
Charles Leconte de Lisle
La isla Bourbon es más grande y más elevada que la isla Mauricio. Sus cumbres más altas alcanzan entre 1.700 y 1.800 toesas por encima del nivel del mar; y las elevaciones circundantes están aún cubiertas de selvas vírgenes en las que el pie del hombre no ha penetrado sino en contadas ocasiones. La isla es como un cono inmenso cuya base está rodeada de ciudades y establecimientos más o menos considerables. Pueden contarse alrededor de catorce, todos ellos bautizados con nombres de santos y santas, según la piadosa costumbre de los primeros colonos. Algunas partes de la costa y de la montaña llevan también denominaciones extrañas para los oídos europeos, pero que éstos adoran: L’Étang Salé, Les Trois Bassins, Le Boucan Canot, L’Îlette aux Martins, La Ravine à malheur, Le Bassin bleu, La Plaine des Cafres, etc. Es raro encontrar entre la montaña y el mar una franja de más de dos leguas, salvo en la sabana des Galets y junto al río Saint-Jean, una a sotavento y el otro a barlovento de la isla. Según los antiguos criollos, el mar, que antaño rompía al pie mismo de la montaña, se había ido retirando paulatinamente; y es sobre las lenguas de arena y tierra que fue abandonando donde se construyeron las ciudades y los pueblos. No sucede lo mismo con la isla Mauricio que, salvo algunos picos comparativamente poco elevados, es baja y plana. No se encuentran en ésta las largas torrenteras que surcan la isla Bourbon desde las selvas hasta el mar, con una profundidad pavorosa de mil pies y en las que en la estación lluviosa discurren con un ruido ensordecedor irresistibles torrentes que arrastran rocas de incalculable peso. La vegetación de la isla Bourbon es también más vigorosa y activa, y el aspecto general más grandioso y severo. El volcán, cuya erupción es permanente, se encuentra hacia el sur en medio de montes desolados, que los negros denominan Pays brûlé.
Hacia 1820, un negrero de Madagascar desembarcó su carga humana entre Saint-Paul y Saint-Gilles. Se hicieron lotes que se distribuyeron sobre la arena y luego cada comprador volvió a subir la montaña con sus nuevos esclavos. Entre los que siguieron a su amo hacia las orillas del barranco de Bernica había un joven negro que será, si el lector tiene a bien permitirlo, el protagonista de esta historia tan verídica al menos como las aventuras de la obra que transcurre en la isla Mauricio.
Sacatove era de temperamento tan dulce y de carácter tan alegre; se acostumbró con tanta facilidad a hablar en criollo, que su amo lo distinguió entre los demás. Durante cuatro años enteros no cometió ninguna falta que pudiera merecerle algún castigo. Su entrega y su conducta ejemplar se hicieron proverbiales a diez leguas a la redonda. El patrón lo nombró capataz pese a su edad y los negros se acostumbraron a considerarlo como su superior natural. Todo iba perfectamente en la hacienda cuando, un buen día, Sacatove desapareció para no volver. La búsqueda más minuciosa resultó inútil y antes de que pasaran dos meses todo el mundo lo había olvidado.
La familia del amo blanco al que pertenecía estaba formada por un hijo y una hija de dieciocho y dieciséis años respectivamente. El chico era duro y cruel, aunque valiente, como la mayoría de los criollos; la chica era indolente y fría, con una piel de nieve, ojos azules y cabello rubio. El hermano pasaba la vida cazando en la montaña y en la sabana; la hermana vivía recostada en su habitación, desocupada y perezosa hasta la saciedad. Por lo que respecta al padre, fumaba entre treinta y cuarenta pipas diarias y bebía café a cada hora. Por lo demás sabía suficientemente de todas las cosas como para apreciar adecuadamente el aroma de su tabaco y el de su licor favorito. Era, no obstante, un buen hombre; algo feroz pero no demasiado.
La vivienda que ocupaban en su hacienda de Bernica poseía dos galerías superpuestas cerradas por persianas de rota pintada. Allí se encontraban algunos dormitorios construidos expresamente para evitar los intensos calores de enero. En uno de ellos descansaba habitualmente la joven criolla. Una mañana, sus esclavas predilectas, tras haber esperado largo rato la señal acostumbrada, inquietas por tan prolongado sueño, abrieron la puerta de la habitación y no encontraron a nadie. La joven había desaparecido. La habitación se encontraba tal y como estaba la víspera, sin que faltara ningún objeto de lujo de los que la decoraban, salvo la ropa y los objetos personales de la joven. Sólo podía tratarse de un rapto amoroso; y, aunque el padre y el hijo no sospecharan acerca de quién lo había realizado, las aventuras de esta naturaleza eran demasiado frecuentes como para no tomar medidas urgentes y enérgicas.
Era posible que el raptor se hubiera dirigido hacia la isla Mauricio. Supieron, efectivamente, que un navío había salido de Saint-Paul con ese destino el mismo día del rapto. Se siguió inmediatamente aquel navío, pero resultó que sólo había tocado puntualmente la isla vecina prosiguiendo su ruta rumbo a la India. El padre y el hijo regresaron a su hogar y esperaron pacientemente a que la fugitiva les diera noticias, buenas o malas. El primero no fumó por ello menos pipas; el segundo no cazó menos perdices y liebres. Todo prosiguió como de costumbre en la casa; sólo que hubo una habitación desocupada. Que el lector no se sorprenda por esta indiferencia, ni me acuse de exageración. El criollo tiene el corazón poco efusivo y encuentra ridículo enternecerse. No se trata de estoicismo sino más bien de apatía; lo más frecuente es un completo vacío bajo la tetilla izquierda, como diría Barbier. Dicho sea respetando la excepción que, como todo el mundo sabe, confirma de forma irrecusable la regla general.
Fue poco tiempo después cuando se oyó hablar de Sacatove en la hacienda. Un negro aseguró haberlo visto en los bosques. Esta noticia fue pronto confirmada de manera evidente. Una banda de negros cimarrones desvalijó las haciendas situadas cerca del bosque y la del patrón de Sacatove no se libró. Una noche entre otras, el dormitorio de la joven raptada fue tan completamente desvalijado que sólo quedaron los tabiques, puesto que hasta la persiana de rota se llevaron. El destacamento de los hauts de Saint-Paul recibió orden de perseguir a los cimarrones. Nuestro joven criollo cogió su escopeta de caza y se unió al destacamento como voluntario. Al verlo, su padre encendió una pipa y se tomó varias tazas de café a modo de despedida.
No hay nada más bello que un amanecer visto desde los montes de Bernica. Desde allí se descubre la mitad más rica de la parte de sotavento y el mar a treinta leguas. A la derecha, al pie de la Montagne-à-Marquet, la sabana des Galets se extiende sobre una superficie de tres o cuatro leguas erizada de grandes hierbas amarillas, que surca, como una larga raya negra, el torrente que le da nombre. Cuando la claridad que anuncia la salida del sol aparece por detrás de la montaña de Saint-Denis, una orla de oro fundido corona los dentellones de los picos y destaca vivamente sobre el azul oscuro de sus masas lejanas. Luego se forma de repente en el extremo de la sabana un imperceptible punto luminoso que va agrandándose poco a poco, se desarrolla, invade toda la sabana y, como una marea resplandeciente, pasa de un salto el río de Saint-Paul, resplandece sobre los tejados pintados de la ciudad y pronto rocía toda la isla en el momento en que el sol se lanza gloriosamente por encima de las cumbres más elevadas en el azul oscuro del cielo.
Es un espectáculo sublime que he tenido ocasión de admirar con frecuencia y que se desarrolló también ante los ojos del destacamento cuando hizo su primera parada, a las seis de la mañana, sobre el picacho rojo del Bernica, a unas 1.200 toesas por encima del nivel del mar. Pero, desgraciadamente, los criollos adoptan con gusto como divisa el nil admirari [«no emocionarse por nada»] de Horacio. ¿Qué les importan las magnificencias de la naturaleza? ¿Qué el resplandor de sus noches sin igual? Esas cosas no tienen salida en las plazas comerciales de Europa; un rayo de sol no pesa lo que un fardo de azúcar, y las cuatro paredes de un almacén alegran más sus ojos que los más amplios horizontes. ¡Pobre naturaleza, admirable de fuerza y de poder! ¿Qué les importa a tus ciegos hijos tu maravillosa belleza? No la venden ni al por menor ni al por mayor, luego no sirves para nada. ¡Alimenta con sueños huecos el débil cerebro de los poetas y de los artistas! El criollo es un hombre prematuramente grave, que sólo se deja llevar por los beneficios netos y claros, por la cifra irrefutable, por los sonidos armoniosos del dinero en metálico. Después de eso, todo los demás es vano: amor, amistad, deseo de lo desconocido, inteligencia y saber; nada de eso iguala en valor a un grano de café. Y esto es aún cierto ¡oh, lector!, muy cierto y muy deplorable. Los más fríos y apáticos de los hombres han sido ubicados bajo el más espléndido y dilatado cielo del mundo, en medio del océano infinito, con el fin de que quedara constatado que el hombre de estos tiempos es el ser inmoral por excelencia. ¿Hay inmoralidad más flagrante que la indiferencia y el desprecio de la belleza? ¿Hay algo más odioso que la sequedad de corazón y la impotencia del espíritu frente a la naturaleza eterna? Yo por mi parte he pensado siempre que el hombre así constituido no es sino una monstruosa y odiosa criatura. ¿Quién librará al mundo de él?
El destacamento penetró en los bosques. También éstos están repletos de un encanto austero. El bosque de Bernica, entonces como ahora, lucía en toda la abundancia de su fecunda virginidad. Henchida de cantos de pájaros y de melodías de brisas, dorada por aquí y por allá por los rayos multiplicados a través de las hojas, enlazada por lianas brillantes con mil flores incesantemente variadas de forma y de color y que se balanceaban caprichosamente desde las cimas osadas de las nates y de los bois-roses hasta los tubos redondeados de los papayers-lustres; habríase dicho que era el jardín de Armenia en los primeros días de existencia del mundo, el retiro perfumado de Eva y de los amigos que iban a visitarla. Mil ruidos diversos, mil suspiros, mil risas se cruzaban hasta el infinito bajo las amplias sombras de los árboles, y todas aquellas armonías se unían y se confundían a veces de tal manera que la selva parecía formarse con ellas una voz magnífica y poderosa.
El destacamento pasó silencioso, y el paso de los cazadores se perdió en las profundidades solitarias del bosque. A una legua más o menos, en medio de una inextricable red de lianas y de árboles, la torrentera de Bernica, crecida por las lluvias, corría sordamente a través de su lecho de rocas dispersas. Dos paredes perpendiculares de 400 a 500 pies se erguían a ambos lados de la torrentera. Aquellas paredes, tapizadas en algunas zonas por pequeños arbustos trepadores e hierbas silvestres, estaban generalmente desnudas y dejaban que el sol calentara en demasía la piedra ya calcinada por las antiguas lavas de las que la isla ha conservado la imborrable huella. Si el lector tiene a bien detenerse un instante a mirar la orilla izquierda del barranco, observará en medio de la escasa vegetación de la que acabo de hablar una apertura de un tamaño reducido, más o menos a la mitad de la muralla. Prestando algo más de atención, sus miradas descubrirán una gruesa liana nudosa que desciende a lo largo de la roca hasta la citada entrada, que sus raíces resistentes han fijado más arriba en las grietas de la piedra alrededor del tronco de los árboles.
Había allí una gran gruta dividida en dos partes naturales, siendo la primera bastante más amplia que la segunda, e iluminada a medias por algunas grietas en la bóveda. Apenas se franqueaba la entrada, la curva de la roca se lanzaba a una altura que triplicaba la anchura de aquel cobijo conocido por los negros cimarrones. Tres de éstos se habían sentado en un rincón y fumaban silenciosamente.
En total desorden, colgados o por el suelo, escopetas, machetes de cortar la caña de azúcar, barriles de tocino salado, sacos de arroz, de azúcar y de café, ropas de todo tipo, marmitas y cacerolas llenaban aquella antecámara o más bien aquel cuerpo de guardia de la gruta. Girando un poco hacia la derecha y levantando una cortina de seda amarilla de la India, se entraba en la otra parte. Allí ardían cinco o seis grandes teas de madera de olivo, cuyos reflejos rojizos jugueteaban extrañamente sobre los tejidos de color con los que habían tapizado las paredes de la roca. Sillas, sillones y divanes amueblaban aquel extraño salón; al fondo, indolentemente reclinada sobre un rico sofá azul, vestida de muselina, tranquila e inmóvil aunque algo pálida, dormía o fingía dormir una joven blanca. A unos pasos de ella, apoyado sobre un largo bastón guarnecido de hierro, Sacatove la contemplaba con su expresión despreocupada y dulce arqueando su hermoso torso desnudo.
La joven hizo un movimiento y abrió sus grandes ojos azules. Sacatove se acercó sin hacer ruido y, de rodillas ante ella, le dijo con tono de ternura temerosa:
-¡Perdón, patrona!
Ella no respondió y le echó una mirada fría y despectiva.
-¡Perdón! ¡La amaba tanto! No podía seguir viviendo en los bosques. Si no la hubiera encontrado en la hacienda habría regresado a las cadenas antes que correr el riesgo de no volver a verla jamás. ¡Perdón!
-Debías regresar, efectivamente -contestó la joven-. ¿No eras el mejor tratado de todos nuestros esclavos? ¿Por qué te marchaste con los cimarrones?
-¡Ah! -dijo Sacatove riendo ingenuamente- es que quería ser un poco libre, patrona. Y además, tenía intención de traerla, y cuando Sacatove tiene un deseo, hay doscientos buenos brazos que obedecen. Yo la amaba, patrona, ¿no me amará usted nunca a mí?
-¡Déjame!, ¡estás loco, miserable esclavo! Sal de aquí; no, oye: llévame de nuevo a la hacienda, no diré nada y pediré que te perdonen.
-Sacatove no necesita el perdón de nadie, patrona; es él quien perdona ahora. Vamos, sea buena, patrona -dijo queriendo rodear con sus brazos el cuerpo de la joven.
Pero ante este gesto, ella lanzó un grito de repugnancia invencible y se echó violentamente hacia atrás golpeándose la cabeza con la roca. Palideció y cayó sin conocimiento. Al oír aquel grito estridente, varias negras entraron corriendo y le hicieron volver en sí; luego se marcharon.
-No tenga miedo de mí -dijo Sacatove-, mañana por la mañana estará usted en la hacienda.
-Está bien -susurró fríamente-; cumpliré mi palabra y pediré que te perdonen.
Sacatove sonrió tristemente y salió. Apenas había franqueado el estrecho sendero que separaba las dos puertas de la gruta cuando aparecieron las piernas desnudas de un negro en la entrada de ésta.
-Capataz -gritó con terror- ¡los blancos! ¡los blancos!
Entonces, de todos los rincones de la gruta salieron como por encanto un centenar de negros que tomaron las armas apresuradamente.
-¿Te han visto? -preguntó Sacatove al recién llegado.
-No, no; pero vienen hacia acá.
-Entonces, ¡silencio! No encontrarán nada.
Pronto, efectivamente, se oyeron numerosos pasos por encima de la gruta acompañados de palabrotas y maldiciones; luego el ruido disminuyó y desapareció por completo.
-¡Pobres blancos! -dijo Sacatove con un desprecio indecible. Los negros lanzaron grandes carcajadas al oír aquella exclamación de su jefe.
-Mañana, mañana por la mañana, señorita María, estará de nuevo en la hacienda con sus muebles y su ropa.
Los negros hicieron gestos de asentir silenciosamente; y Sacatove, aproximándose a la entrada de la gruta, sujetó su bastón con los dientes y desapareció trepando por el tronco nudoso de la liana.
El destacamento bajaba de la montaña una hora después de esta escena. El hermano de María se había retrasado unos pasos para dispararle a un hermoso piéjaune que se inclinó a recoger cuando se sintió derribado por una fuerza superior a la suya y oyó una voz, que le resultaba conocida, decirle en criollo:
-¡Buenos días, patrón! La señorita María está bien y pronto la verán de nuevo. No se sorprenda, patrón, soy yo, Sacatove. Salude al viejo blanco. ¡Adiós, patrón!
El joven criollo, recuperando su libertad de movimientos, se incorporó inmediatamente lleno de rabia, pero el negro se encontraba ya a treinta pasos de él y cuando quiso perseguirlo el otro desapareció en el bosque.
Al día siguiente del fijado para el regreso de María, cuando su padre y su hermano pasaban por debajo de la ventana de ésta fumando sus pipas, la vieron de repente y el primero exclamó:
-¡Cómo! ¿Eres tú, María? ¿Dónde has estado?
-¡Hable más bajo! -respondió la joven asomándose a la ventana. Sacatove me llevó al bosque, pero le he prometido el perdón, que hay que concederle por miedo a que hable.
-Si viene o si me lo encuentro -dijo el joven- no hablará.
No comprendió, efectivamente, la fuerza de voluntad y la generosidad que Sacatove había necesitado para desprenderse de una mujer que nadie en el mundo habría podido arrebatarle. Sólo recordó el doble ultraje de su esclavo y juró castigarlo con sus propias manos. No tuvo que esperar mucho. Una mañana que se encontraba cazando en la linde del bosque, en el momento en que apuntaba, Sacatove apareció ante él. Estaba desnudo como siempre, sin armas y con las manos cruzadas a la espalda.
-Buenos días, patrón. ¿La señorita María se encuentra bien?
-¡Ah, perro! -exclamó el criollo disparando.
La bala rozó el hombro del esclavo que dio un salto hacia delante, agarró al joven por la cintura y lo elevó por encima de su cabeza como para lanzarlo contra el suelo. Pero ese momento de ira no duró mucho. Lo dejó en el suelo y le dijo con calma:
-Inténtelo de nuevo, patrón; Sacatove es muy desgraciado; ya no le gustan los bosques y lo que desea es irse al país del buen Dios donde los blancos y los negros son hermanos.
El criollo recogió fríamente su arma, la cargó y lo mató a quemarropa. Así murió Sacatove, el célebre cimarrón. Su joven patrona se casó poco después en Saint-Paul, y no se dijo que su primogénito tuviera la piel menos blanca que ella".
Charles Leconte de Lisle
miércoles, 18 de marzo de 2015
"El Bacilo Robado"
" -Ésta, también, es otra preparación del famoso bacilo del cólera -explicó el bacteriólogo colocando el portaobjetos en el microscopio.
El hombre de rostro pálido miró por el microscopio. Evidentemente no estaba acostumbrado a hacerlo, y con una mano blanca y débil tapaba el ojo libre.
-Veo muy poco -observó.
Ajuste este tornillo -indicó el bacteriólogo-, quizás el microscopio esté desenfocado para usted. Los ojos varían tanto... Sólo una fracción de vuelta para este lado o para el otro.
-¡Ah! Ya veo -dijo el visitante-. No hay tanto que ver después de todo. Pequeñas rayas y fragmentos rosa. De todas formas, ¡esas diminutas partículas, esos meros corpúsculos, podrían multiplicarse y devastar una ciudad! ¡Es maravilloso!
Se levantó, y, retirando la preparación del microscopio, la sujetó en dirección a la ventana.
-Apenas visible -comentó mientras observaba minuciosamente la preparación. Dudó.
-¿Están vivos? ¿Son peligrosos?
-Los han matado y teñido -aseguró el bacteriólogo-. Por mi parte me gustaría que pudiéramos matar y teñir a todos los del universo.
-Me imagino -observó el hombre pálido sonriendo levemente- que usted no estará especialmente interesado en tener aquí a su alrededor microbios semejantes en vivo, en estado activo.
-Al contrario, estamos obligados a tenerlos -declaró el bacteriólogo-. Aquí, por ejemplo.
Cruzó la habitación y cogió un tubo entre unos cuantos que estaban sellados.
-Aquí está el microbio vivo. Éste es un cultivo de las auténticas bacterias de la enfermedad vivas -dudó-. Cólera embotellado, por decirlo así.
Un destello de satisfacción iluminó momentáneamente el rostro del hombre pálido.
-¡Vaya una sustancia mortal para tener en las manos! -exclamó devorando el tubito con los ojos.
El bacteriólogo observó el placer morboso en la expresión de su visitante. Este hombre que había venido a verle esa tarde con una nota de presentación de un viejo amigo le interesaba por el mismísimo contraste de su manera de ser. El pelo negro, largo y lacio; los ojos grises y profundos; el aspecto macilento y el aire nervioso; el vacilante pero genuino interés de su visitante constituían un novedoso cambio frente a las flemáticas deliberaciones de los científicos corrientes con los que se relacionaba principalmente el bacteriólogo. Quizás era natural que, con un oyente evidentemente tan impresionable respecto de la naturaleza letal de su materia, él abordara el lado más efectivo del tema.
Continuó con el tubo en la mano pensativamente:
-Sí, aquí está la peste aprisionada. Basta con romper un tubo tan pequeño como éste en un abastecimiento de agua potable y decir a estas partículas de vida tan diminutas que no se pueden oler ni gustar, e incluso para verlas hay que teñirlas y examinarlas con la mayor potencia del microscopio: Adelante, creced y multiplicaos y llenad las cisternas; y la muerte, una muerte misteriosa, sin rastro, rápida, terrible, llena de dolor y de oprobio se precipitaría sobre la ciudad buscando sus víctimas de un lado para otro. Aquí apartaría al marido de su esposa y al hijo de la madre, allá al gobernante de sus deberes y al trabajador de sus quehaceres. Correría por las principales cañerías, deslizándose por las calles y escogiendo acá y allá para su castigo las casas en las que no hervían el agua. Se arrastraría hasta los pozos de los fabricantes de agua mineral, llegaría, bien lavada, a las ensaladas, y yacería dormida en los cubitos de hielo. Estaría esperando dispuesta para que la bebieran los animales en los abrevaderos y los niños imprudentes en las fuentes públicas. Se sumergiría bajo tierra para reaparecer inesperadamente en los manantiales y pozos de mil lugares. Una vez puesto en el abastecimiento de agua, y antes de que pudiéramos reducirlo y cogerlo de nuevo, el bacilo habría diezmado la ciudad.
Se detuvo bruscamente. Ya le habían dicho que la retórica era su debilidad.
-Pero aquí está completamente seguro, ¿sabe usted?, completamente seguro.
El hombre de rostro pálido movió la cabeza afirmativamente. Le brillaron los ojos. Se aclaró la garganta.
-Estos anarquistas, los muy granujas -opinó-, son imbéciles, totalmente imbéciles. Utilizar bombas cuando se pueden conseguir cosas como ésta. Vamos, me parece a mí.
Se oyó en la puerta un golpe suave, un ligerísimo toque con las uñas. El bacteriólogo la abrió.
-Un minuto, cariño -susurró su mujer.
Cuando volvió a entrar en el laboratorio, su visitante estaba mirando el reloj.
-No tenía ni idea de que le he hecho perder una hora de su tiempo -se excusó-. Son las cuatro menos veinte. Debería haber salido de aquí a las tres y media. Pero sus explicaciones eran realmente interesantísimas. No, ciertamente no puedo quedarme un minuto más. Tengo una cita a las cuatro.
Salió de la habitación dando de nuevo las gracias. El bacteriólogo le acompañó hasta la puerta y luego, pensativo, regresó por el corredor hasta el laboratorio. Reflexionaba sobre la raza de su visitante. Desde luego no era de tipo teutónico, pero tampoco latino corriente.
-En cualquier caso un producto morboso, me temo -dijo para sí el bacteriólogo. ¡Cómo disfrutaba con esos cultivos de gérmenes patógenos!
De repente se le ocurrió una idea inquietante. Se volvió hacia el portatubos que estaba junto al vaporizador e inmediatamente hacia la mesa del despacho. Luego se registró apresuradamente los bolsillos y a continuación se lanzó hacia la puerta.
-Quizá lo haya dejado en la mesa del vestíbulo -se dijo.
-¡Minnie! -gritó roncamente desde el vestíbulo.
-Sí, cariño -respondió una voz lejana.
-¿Tenía algo en la mano cuando hablé contigo hace un momento, cariño?
Pausa.
-Nada, cariño, me acuerdo muy bien.
-¡Maldita sea! -gritó el bacteriólogo abalanzándose hacia la puerta y bajando a la carrera las escaleras de la casa hasta la calle.
Al oír el portazo, Minnie corrió alarmada hacia la ventana. Calle abajo, un hombre delgado subía a un coche. El bacteriólogo, sin sombrero y en zapatillas, corría hacia ellos gesticulando alborotadamente. Se le salió una zapatilla, pero no esperó por ella.
-¡Se ha vuelto loco! -dijo Minnie-. Es esa horrible ciencia suya.
Y, abriendo la ventana, le habría llamado, pero en ese momento el hombre delgado miró repentinamente de soslayo y pareció también volverse loco. Señaló precipitadamente al bacteriólogo, dijo algo al cochero, cerró de un portazo, restalló el látigo, sonaron los cascos del caballo y en unos instantes el coche, ardorosamente perseguido por el bacteriólogo, se alejaba calle arriba y desaparecía por la esquina.
Minnie, preocupada, se quedó un momento asomada a la ventana. Luego se volvió hacia la habitación. Estaba desconcertada. Por supuesto que es un excéntrico, pensó. Pero correr por Londres, en plena temporada, además, ¡en calcetines! Tuvo una idea feliz. Se puso deprisa el sombrero, cogió los zapatos de su marido, descolgó su sombrero y gabardina de los percheros del vestíbulo, salió al portal e hizo señas a un coche que morosa y oportunamente pasaba por allí.
-Lléveme calle arriba y por Havelock Crescent a ver si encontramos a un caballero corriendo por ahí en chaqueta de pana y sin sombrero.
-Chaqueta de pana y sin sombrero. Muy bien, señora.
Y el cochero hizo restallar el látigo inmediatamente de la manera más normal y cotidiana, como si llevara a los clientes a esa dirección todos los días.
Unos minutos más tarde, el pequeño grupo de cocheros y holgazanes que se reúne en torno a la parada de coches de Haverstock Hill quedaba atónito ante el paso de un coche conducido furiosamente por un caballo color jengibre disparado como una bala.
Permanecieron en silencio mientras pasaba, pero cuando desaparecía empezaron los comentarios:
-Ése era Harry Hicks. ¿Qué le habrá picado? -se preguntó el grueso caballero conocido por El Trompetas.
-Está dándole bien al látigo, sí, le está pegando a fondo -intervino el mozo de cuadra.
-¡Vaya! -exclamó el bueno de Tommy Byles-, aquí tenemos a otro perfecto lunático. Sonado como ninguno.
-Es el viejo George -explicó El Trompetas-, y lleva a un lunático como decís muy bien. ¿No va gesticulando fuera del coche? Me pregunto si no irá tras Harry Hicks.
El grupo de la parada se animó y gritaba a coro:
-¡A ellos, George! ¡Es una carrera! ¡Los cogerás! ¡Dale al látigo!
-Es toda una corredora esa yegua -dijo el mozo de cuadra.
-¡Que me parta un rayo! -exclamó El Trompetas-. Ahí viene otro. ¿No se han vuelto locos esta mañana todos los coches de Hampstead?
-Esta vez es una señora -dijo el mozo de cuadra.
-Está siguiéndolo -añadió El Trompetas.
-¿Qué tiene en la mano?
-Parece una chistera.
-¡Qué jaleo tan fantástico! ¡Tres a uno por el viejo George! -gritó el mozo de cuadra-. ¡Elsiguiente!
Minnie pasó entre todo un estrépito de aplausos. No le gustó, pero pensaba que estaba cumpliendo con su deber, y siguió rodando por Haverstock Hill y la calle mayor de Camden Town con los ojos siempre fijos en la vivaz espalda del viejo George, que de forma tan incomprensible la separaba del haragán de su marido.
El hombre que viajaba en el primer coche iba agazapado en una esquina, con los brazos cruzados bien apretados y agarrando entre las manos el tubito que contenía tan vastas posibilidades de destrucción. Su estado de ánimo era una singular mezcla de temor y de exaltación. Sobre todo temía que lo cogieran antes de poder llevar a cabo su propósito, aunque bajo este temor se ocultaba un miedo más vago, pero mayor ante lo horroroso de su crimen. En todo caso, su alborozo excedía con mucho a su miedo. Ningún anarquista antes que él había tenido esta idea suya. Ravachol, Vaillant, todas aquellas personas distinguidas cuya fama había envidiado, se hundían en la insignificancia comparadas con él. Sólo tenía que asegurarse del abastecimiento de agua y romper el tubito en un depósito. ¡Con qué brillantez lo había planeado, había falsificado la carta de presentación y había conseguido entrar en el laboratorio! ¡Y qué bien había aprovechado la oportunidad! El mundo tendría por fin noticias suyas. Todas aquellas gentes que se habían mofado de él, que le habían menospreciado, preterido o encontrado su compañía indeseable por fin tendrían que tenerle en cuenta. ¡Muerte, muerte, muerte! Siempre lo habían tratado como a un hombre sin importancia. Todo el mundo se había confabulado para mantenerlo en la oscuridad. Ahora les enseñaría lo que es aislar a un hombre. ¿Qué calle era ésta que le resultaba tan familiar? ¡La calle de San Andrés, por supuesto! ¿Cómo iba la persecución? Estiró el cuello por encima del coche. El bacteriólogo les seguía a unas cincuenta yardas escasas. Eso estaba mal. Todavía podían alcanzarle y detenerle.
Rebuscó dinero en el bolsillo y encontró medio soberano. Sacó la moneda por la trampilla del techo del coche y se la puso al cochero delante de la cara.
-Más -gritó- si conseguimos escapar.
-De acuerdo -respondió el cochero arrebatándole el dinero de la mano.
La trampilla se cerró de golpe, y el látigo golpeó el lustroso costado del caballo. El coche se tambaleó, y el anarquista, que estaba medio de pie debajo de la trampilla, para mantener el equilibrio apoyó en la puerta la mano con la que sujetaba el tubo de cristal. Oyó el crujido del frágil tubo y el chasquido de la mitad rota sobre el piso del coche. Cayó de espaldas sobre el asiento, maldiciendo, y miró fija y desmayadamente las dos o tres gotas de la poción que quedaban en la puerta.
Se estremeció.
-¡Bien! Supongo que seré el primero. ¡Bah! En cualquier caso seré un mártir. Eso es algo. Pero es una muerte asquerosa a pesar de todo. ¿Será tan dolorosa como dicen?
En aquel instante tuvo una idea. Buscó a tientas entre los pies. Todavía quedaba una gotita en el extremo roto del tubo y se la bebió para asegurarse. De todos modos no fracasaría.
Entonces se le ocurrió que ya no necesitaba escapar del bacteriólogo. En la calle Wellington le dijo al cochero que parara y se apeó. Se resbaló en el peldaño, la cabeza le daba vueltas. Este veneno del cólera parecía una sustancia muy rápida. Despidió al cochero de su existencia, por decirlo así, y se quedó de pie en la acera con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando la llegada del bacteriólogo. Había algo trágico en su actitud. El sentido de la muerte inminente le confería cierta dignidad. Saludó a su perseguidor con una risa desafiante.
-¡Vive l'Anarchie! Llega demasiado tarde, amigo mío. Me lo he bebido. ¡El cólera está en la calle!
El bacteriólogo le miró desde su coche con curiosidad a través de las gafas.
-¡Se lo ha bebido usted! ¡Un anarquista! Ahora comprendo.
Estuvo a punto de decir algo más, pero se contuvo. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Cuando abrió la puerta del coche, como para apearse, el anarquista le rindió una dramática despedida y se dirigió apresuradamente hacia London Bridge procurando rozar su cuerpo infectado contra el mayor número de gente. El bacteriólogo estaba tan preocupado viéndole que apenas si se sorprendió con la aparición de Minnie sobre la acera, cargada con el sombrero, los zapatos y el abrigo.
-Has tenido una buena idea trayéndome mis cosas -dijo, y continuó abstraído contemplando cómo desaparecía la figura del anarquista.
-Sería mejor que subieras al coche -indicó, todavía mirando.
Minnie estaba ahora totalmente convencida de su locura y, bajo su responsabilidad, ordenó al cochero volver a casa.
-¿Que me ponga los zapatos? Ciertamente, cariño -respondió él al tiempo que el coche comenzaba a girar y hacía desaparecer de su vista la arrogante figura negra empequeñecida por la distancia. Entonces se le ocurrió de repente algo grotesco y se echó a reír. Luego observó:
-No obstante es muy serio. ¿Sabes?, ese hombre vino a casa a verme. Es anarquista. No, no te desmayes o no te podré contar el resto. Yo quería asombrarle, y, sin saber que era anarquista, cogí un cultivo de esa nueva especie de bacteria de la que te he hablado, esa que propaga y creo que produce las manchas azules en varios monos, y a lo tonto le dije que era el cólera asiático. Entonces él escapó con ella para envenenar el agua de Londres, y desde luego podía haber hecho la vida muy triste a los civilizados londinenses. Y ahora se la ha tragado. Por supuesto no sé lo que ocurrirá, pero ya sabes que volvió azul al gato, y a los tres perritos azules a trozos, y al gorrión de un azul vivo. Pero lo que me fastidia es que tendré que repetir las molestias y los gastos para conseguirla otra vez.
»¡Que me ponga el abrigo en un día tan caluroso! ¿Por qué? ¿Porque podríamos encontrarnos a la señora Jabber? Cariño, la señora Jabber no es una corriente de aire. ¿Y por qué tengo que ponerme el abrigo en un día de calor por culpa de la señora...? ¡Oh!, muy bien..."
H.G Wells
El hombre de rostro pálido miró por el microscopio. Evidentemente no estaba acostumbrado a hacerlo, y con una mano blanca y débil tapaba el ojo libre.
-Veo muy poco -observó.
Ajuste este tornillo -indicó el bacteriólogo-, quizás el microscopio esté desenfocado para usted. Los ojos varían tanto... Sólo una fracción de vuelta para este lado o para el otro.
-¡Ah! Ya veo -dijo el visitante-. No hay tanto que ver después de todo. Pequeñas rayas y fragmentos rosa. De todas formas, ¡esas diminutas partículas, esos meros corpúsculos, podrían multiplicarse y devastar una ciudad! ¡Es maravilloso!
Se levantó, y, retirando la preparación del microscopio, la sujetó en dirección a la ventana.
-Apenas visible -comentó mientras observaba minuciosamente la preparación. Dudó.
-¿Están vivos? ¿Son peligrosos?
-Los han matado y teñido -aseguró el bacteriólogo-. Por mi parte me gustaría que pudiéramos matar y teñir a todos los del universo.
-Me imagino -observó el hombre pálido sonriendo levemente- que usted no estará especialmente interesado en tener aquí a su alrededor microbios semejantes en vivo, en estado activo.
-Al contrario, estamos obligados a tenerlos -declaró el bacteriólogo-. Aquí, por ejemplo.
Cruzó la habitación y cogió un tubo entre unos cuantos que estaban sellados.
-Aquí está el microbio vivo. Éste es un cultivo de las auténticas bacterias de la enfermedad vivas -dudó-. Cólera embotellado, por decirlo así.
Un destello de satisfacción iluminó momentáneamente el rostro del hombre pálido.
-¡Vaya una sustancia mortal para tener en las manos! -exclamó devorando el tubito con los ojos.
El bacteriólogo observó el placer morboso en la expresión de su visitante. Este hombre que había venido a verle esa tarde con una nota de presentación de un viejo amigo le interesaba por el mismísimo contraste de su manera de ser. El pelo negro, largo y lacio; los ojos grises y profundos; el aspecto macilento y el aire nervioso; el vacilante pero genuino interés de su visitante constituían un novedoso cambio frente a las flemáticas deliberaciones de los científicos corrientes con los que se relacionaba principalmente el bacteriólogo. Quizás era natural que, con un oyente evidentemente tan impresionable respecto de la naturaleza letal de su materia, él abordara el lado más efectivo del tema.
Continuó con el tubo en la mano pensativamente:
-Sí, aquí está la peste aprisionada. Basta con romper un tubo tan pequeño como éste en un abastecimiento de agua potable y decir a estas partículas de vida tan diminutas que no se pueden oler ni gustar, e incluso para verlas hay que teñirlas y examinarlas con la mayor potencia del microscopio: Adelante, creced y multiplicaos y llenad las cisternas; y la muerte, una muerte misteriosa, sin rastro, rápida, terrible, llena de dolor y de oprobio se precipitaría sobre la ciudad buscando sus víctimas de un lado para otro. Aquí apartaría al marido de su esposa y al hijo de la madre, allá al gobernante de sus deberes y al trabajador de sus quehaceres. Correría por las principales cañerías, deslizándose por las calles y escogiendo acá y allá para su castigo las casas en las que no hervían el agua. Se arrastraría hasta los pozos de los fabricantes de agua mineral, llegaría, bien lavada, a las ensaladas, y yacería dormida en los cubitos de hielo. Estaría esperando dispuesta para que la bebieran los animales en los abrevaderos y los niños imprudentes en las fuentes públicas. Se sumergiría bajo tierra para reaparecer inesperadamente en los manantiales y pozos de mil lugares. Una vez puesto en el abastecimiento de agua, y antes de que pudiéramos reducirlo y cogerlo de nuevo, el bacilo habría diezmado la ciudad.
Se detuvo bruscamente. Ya le habían dicho que la retórica era su debilidad.
-Pero aquí está completamente seguro, ¿sabe usted?, completamente seguro.
El hombre de rostro pálido movió la cabeza afirmativamente. Le brillaron los ojos. Se aclaró la garganta.
-Estos anarquistas, los muy granujas -opinó-, son imbéciles, totalmente imbéciles. Utilizar bombas cuando se pueden conseguir cosas como ésta. Vamos, me parece a mí.
Se oyó en la puerta un golpe suave, un ligerísimo toque con las uñas. El bacteriólogo la abrió.
-Un minuto, cariño -susurró su mujer.
Cuando volvió a entrar en el laboratorio, su visitante estaba mirando el reloj.
-No tenía ni idea de que le he hecho perder una hora de su tiempo -se excusó-. Son las cuatro menos veinte. Debería haber salido de aquí a las tres y media. Pero sus explicaciones eran realmente interesantísimas. No, ciertamente no puedo quedarme un minuto más. Tengo una cita a las cuatro.
Salió de la habitación dando de nuevo las gracias. El bacteriólogo le acompañó hasta la puerta y luego, pensativo, regresó por el corredor hasta el laboratorio. Reflexionaba sobre la raza de su visitante. Desde luego no era de tipo teutónico, pero tampoco latino corriente.
-En cualquier caso un producto morboso, me temo -dijo para sí el bacteriólogo. ¡Cómo disfrutaba con esos cultivos de gérmenes patógenos!
De repente se le ocurrió una idea inquietante. Se volvió hacia el portatubos que estaba junto al vaporizador e inmediatamente hacia la mesa del despacho. Luego se registró apresuradamente los bolsillos y a continuación se lanzó hacia la puerta.
-Quizá lo haya dejado en la mesa del vestíbulo -se dijo.
-¡Minnie! -gritó roncamente desde el vestíbulo.
-Sí, cariño -respondió una voz lejana.
-¿Tenía algo en la mano cuando hablé contigo hace un momento, cariño?
Pausa.
-Nada, cariño, me acuerdo muy bien.
-¡Maldita sea! -gritó el bacteriólogo abalanzándose hacia la puerta y bajando a la carrera las escaleras de la casa hasta la calle.
Al oír el portazo, Minnie corrió alarmada hacia la ventana. Calle abajo, un hombre delgado subía a un coche. El bacteriólogo, sin sombrero y en zapatillas, corría hacia ellos gesticulando alborotadamente. Se le salió una zapatilla, pero no esperó por ella.
-¡Se ha vuelto loco! -dijo Minnie-. Es esa horrible ciencia suya.
Y, abriendo la ventana, le habría llamado, pero en ese momento el hombre delgado miró repentinamente de soslayo y pareció también volverse loco. Señaló precipitadamente al bacteriólogo, dijo algo al cochero, cerró de un portazo, restalló el látigo, sonaron los cascos del caballo y en unos instantes el coche, ardorosamente perseguido por el bacteriólogo, se alejaba calle arriba y desaparecía por la esquina.
Minnie, preocupada, se quedó un momento asomada a la ventana. Luego se volvió hacia la habitación. Estaba desconcertada. Por supuesto que es un excéntrico, pensó. Pero correr por Londres, en plena temporada, además, ¡en calcetines! Tuvo una idea feliz. Se puso deprisa el sombrero, cogió los zapatos de su marido, descolgó su sombrero y gabardina de los percheros del vestíbulo, salió al portal e hizo señas a un coche que morosa y oportunamente pasaba por allí.
-Lléveme calle arriba y por Havelock Crescent a ver si encontramos a un caballero corriendo por ahí en chaqueta de pana y sin sombrero.
-Chaqueta de pana y sin sombrero. Muy bien, señora.
Y el cochero hizo restallar el látigo inmediatamente de la manera más normal y cotidiana, como si llevara a los clientes a esa dirección todos los días.
Unos minutos más tarde, el pequeño grupo de cocheros y holgazanes que se reúne en torno a la parada de coches de Haverstock Hill quedaba atónito ante el paso de un coche conducido furiosamente por un caballo color jengibre disparado como una bala.
Permanecieron en silencio mientras pasaba, pero cuando desaparecía empezaron los comentarios:
-Ése era Harry Hicks. ¿Qué le habrá picado? -se preguntó el grueso caballero conocido por El Trompetas.
-Está dándole bien al látigo, sí, le está pegando a fondo -intervino el mozo de cuadra.
-¡Vaya! -exclamó el bueno de Tommy Byles-, aquí tenemos a otro perfecto lunático. Sonado como ninguno.
-Es el viejo George -explicó El Trompetas-, y lleva a un lunático como decís muy bien. ¿No va gesticulando fuera del coche? Me pregunto si no irá tras Harry Hicks.
El grupo de la parada se animó y gritaba a coro:
-¡A ellos, George! ¡Es una carrera! ¡Los cogerás! ¡Dale al látigo!
-Es toda una corredora esa yegua -dijo el mozo de cuadra.
-¡Que me parta un rayo! -exclamó El Trompetas-. Ahí viene otro. ¿No se han vuelto locos esta mañana todos los coches de Hampstead?
-Esta vez es una señora -dijo el mozo de cuadra.
-Está siguiéndolo -añadió El Trompetas.
-¿Qué tiene en la mano?
-Parece una chistera.
-¡Qué jaleo tan fantástico! ¡Tres a uno por el viejo George! -gritó el mozo de cuadra-. ¡Elsiguiente!
Minnie pasó entre todo un estrépito de aplausos. No le gustó, pero pensaba que estaba cumpliendo con su deber, y siguió rodando por Haverstock Hill y la calle mayor de Camden Town con los ojos siempre fijos en la vivaz espalda del viejo George, que de forma tan incomprensible la separaba del haragán de su marido.
El hombre que viajaba en el primer coche iba agazapado en una esquina, con los brazos cruzados bien apretados y agarrando entre las manos el tubito que contenía tan vastas posibilidades de destrucción. Su estado de ánimo era una singular mezcla de temor y de exaltación. Sobre todo temía que lo cogieran antes de poder llevar a cabo su propósito, aunque bajo este temor se ocultaba un miedo más vago, pero mayor ante lo horroroso de su crimen. En todo caso, su alborozo excedía con mucho a su miedo. Ningún anarquista antes que él había tenido esta idea suya. Ravachol, Vaillant, todas aquellas personas distinguidas cuya fama había envidiado, se hundían en la insignificancia comparadas con él. Sólo tenía que asegurarse del abastecimiento de agua y romper el tubito en un depósito. ¡Con qué brillantez lo había planeado, había falsificado la carta de presentación y había conseguido entrar en el laboratorio! ¡Y qué bien había aprovechado la oportunidad! El mundo tendría por fin noticias suyas. Todas aquellas gentes que se habían mofado de él, que le habían menospreciado, preterido o encontrado su compañía indeseable por fin tendrían que tenerle en cuenta. ¡Muerte, muerte, muerte! Siempre lo habían tratado como a un hombre sin importancia. Todo el mundo se había confabulado para mantenerlo en la oscuridad. Ahora les enseñaría lo que es aislar a un hombre. ¿Qué calle era ésta que le resultaba tan familiar? ¡La calle de San Andrés, por supuesto! ¿Cómo iba la persecución? Estiró el cuello por encima del coche. El bacteriólogo les seguía a unas cincuenta yardas escasas. Eso estaba mal. Todavía podían alcanzarle y detenerle.
Rebuscó dinero en el bolsillo y encontró medio soberano. Sacó la moneda por la trampilla del techo del coche y se la puso al cochero delante de la cara.
-Más -gritó- si conseguimos escapar.
-De acuerdo -respondió el cochero arrebatándole el dinero de la mano.
La trampilla se cerró de golpe, y el látigo golpeó el lustroso costado del caballo. El coche se tambaleó, y el anarquista, que estaba medio de pie debajo de la trampilla, para mantener el equilibrio apoyó en la puerta la mano con la que sujetaba el tubo de cristal. Oyó el crujido del frágil tubo y el chasquido de la mitad rota sobre el piso del coche. Cayó de espaldas sobre el asiento, maldiciendo, y miró fija y desmayadamente las dos o tres gotas de la poción que quedaban en la puerta.
Se estremeció.
-¡Bien! Supongo que seré el primero. ¡Bah! En cualquier caso seré un mártir. Eso es algo. Pero es una muerte asquerosa a pesar de todo. ¿Será tan dolorosa como dicen?
En aquel instante tuvo una idea. Buscó a tientas entre los pies. Todavía quedaba una gotita en el extremo roto del tubo y se la bebió para asegurarse. De todos modos no fracasaría.
Entonces se le ocurrió que ya no necesitaba escapar del bacteriólogo. En la calle Wellington le dijo al cochero que parara y se apeó. Se resbaló en el peldaño, la cabeza le daba vueltas. Este veneno del cólera parecía una sustancia muy rápida. Despidió al cochero de su existencia, por decirlo así, y se quedó de pie en la acera con los brazos cruzados sobre el pecho, esperando la llegada del bacteriólogo. Había algo trágico en su actitud. El sentido de la muerte inminente le confería cierta dignidad. Saludó a su perseguidor con una risa desafiante.
-¡Vive l'Anarchie! Llega demasiado tarde, amigo mío. Me lo he bebido. ¡El cólera está en la calle!
El bacteriólogo le miró desde su coche con curiosidad a través de las gafas.
-¡Se lo ha bebido usted! ¡Un anarquista! Ahora comprendo.
Estuvo a punto de decir algo más, pero se contuvo. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Cuando abrió la puerta del coche, como para apearse, el anarquista le rindió una dramática despedida y se dirigió apresuradamente hacia London Bridge procurando rozar su cuerpo infectado contra el mayor número de gente. El bacteriólogo estaba tan preocupado viéndole que apenas si se sorprendió con la aparición de Minnie sobre la acera, cargada con el sombrero, los zapatos y el abrigo.
-Has tenido una buena idea trayéndome mis cosas -dijo, y continuó abstraído contemplando cómo desaparecía la figura del anarquista.
-Sería mejor que subieras al coche -indicó, todavía mirando.
Minnie estaba ahora totalmente convencida de su locura y, bajo su responsabilidad, ordenó al cochero volver a casa.
-¿Que me ponga los zapatos? Ciertamente, cariño -respondió él al tiempo que el coche comenzaba a girar y hacía desaparecer de su vista la arrogante figura negra empequeñecida por la distancia. Entonces se le ocurrió de repente algo grotesco y se echó a reír. Luego observó:
-No obstante es muy serio. ¿Sabes?, ese hombre vino a casa a verme. Es anarquista. No, no te desmayes o no te podré contar el resto. Yo quería asombrarle, y, sin saber que era anarquista, cogí un cultivo de esa nueva especie de bacteria de la que te he hablado, esa que propaga y creo que produce las manchas azules en varios monos, y a lo tonto le dije que era el cólera asiático. Entonces él escapó con ella para envenenar el agua de Londres, y desde luego podía haber hecho la vida muy triste a los civilizados londinenses. Y ahora se la ha tragado. Por supuesto no sé lo que ocurrirá, pero ya sabes que volvió azul al gato, y a los tres perritos azules a trozos, y al gorrión de un azul vivo. Pero lo que me fastidia es que tendré que repetir las molestias y los gastos para conseguirla otra vez.
»¡Que me ponga el abrigo en un día tan caluroso! ¿Por qué? ¿Porque podríamos encontrarnos a la señora Jabber? Cariño, la señora Jabber no es una corriente de aire. ¿Y por qué tengo que ponerme el abrigo en un día de calor por culpa de la señora...? ¡Oh!, muy bien..."
H.G Wells
martes, 17 de marzo de 2015
"El Príncipe Fatal y el Príncipe Fortuné"
"Había una vez una reina que tuvo dos hijos. A un hada, buena amiga de la reina, le habían pedido que fuera la madrina de los príncipes y que les hiciera algún don.
-Le concedo al mayor -dijo- todo tipo de desventuras hasta la edad de veinticinco años, y le pongo por nombre Fatal.
Al escuchar esas palabras, la reina lanzó grandes gritos y conjuró al hada a que cambiara aquel don.
-No sabes lo que pides -le dijo el hada a la reina-; si no es desventurado, será perverso.
La reina no se atrevió a decir nada más, pero le rogó al hada que le permitiera elegir un don para su segundo hijo.
-Es posible que lo elijas todo al revés -contestó el hada-; pero no importa, estoy dispuesta a concederte lo que me solicites para él.
-Deseo -dijo la reina -que triunfe siempre en todo cuanto quiera hacer; es la forma de hacerle feliz.
-Bien podrías engañarte, -dijo el hada-; por lo tanto, no le concedo ese don sino hasta los veinticinco años.
Le pusieron nodrizas a los dos pequeños príncipes, pero desde el tercer día, la nodriza del primogénito tuvo fiebre; le pusieron otra que se rompió una pierna al caerse; a una tercera se le retiró la leche tan pronto como el príncipe Fatal empezó a mamar de ella; y como corrió el rumor de que el príncipe le traía mala suerte a todas sus nodrizas, ninguna quiso alimentarlo, ni aproximarse a él. La pobre criatura, hambrienta, gritaba, pero nadie se apiadaba de él. Una robusta campesina, que tenía un número considerable de hijos y muchas dificultades para darles de comer, se ofreció para cuidar de él a condición de que le dieran una fuerte suma de dinero; y como el rey y la reina no querían al príncipe Fatal, le dieron a la nodriza lo que solicitaba, y le dijeron que se llevara el niño a su pueblo.
Al segundo príncipe, al que habían llamado Fortuné, todo le iba, al contrario, de maravilla. Su papá y su mamá lo amaban con locura y ya no se acordaban del mayor. La malvada mujer a la que se lo habían entregado, nada más llegar a su casa, le quitó las bellas ropas con las que iba vestido para ponérselas a uno de sus hijos que era de la edad que Fatal; y, tras haber envuelto al pobre príncipe en un miserable faldón, lo llevó a un bosque donde había animales feroces y lo puso en un hueco junto a tres pequeños leones, para que lo devoraran. Pero la madre de aquellos leones no le hizo daño alguno, al contrario, lo amamantó, lo que lo hizo tan fuerte que al cabo de seis meses ya corría solo.
Mientras tanto, el hijo de la nodriza que ella hacía pasar por el príncipe murió, y el rey y la reina estuvieron encantados de deshacerse del príncipe. Fatal permaneció en el bosque hasta los dos años. Un señor de la corte que iba a cazar, quedó muy sorprendido al verlo en medio de los animales. Se apiadó de él, se lo llevó a su casa, y cuando supo que buscaban a un niño para que le hiciera compañía a Fortuné, presentó Fatal a la reina.
Le pusieron a Fortuné un maestro para que le enseñara a leer; pero recomendándole que no le hiciera llorar. El joven príncipe, que había escuchado la recomendación, se ponía a llorar tan pronto como cogía el libro; de tal manera que a los cinco años no conocía aún las letras, mientras que Fatal leía perfectamente y sabía ya escribir.
Para asustar al príncipe, ordenaron al maestro que azotara a Fatal cada vez que Fortuné no hiciera sus deberes; por lo que, de nada le servía a Fatal aplicarse, pues eso no impedía que le pegaran; además, Fortuné era tan caprichoso y tan malvado, que maltrataba constantemente a su hermano, que no conocía. Si le daban una manzana o un juguete, Fortuné se lo arrancaba de las manos; le mandaba callar; en resumen, era un pequeño mártir, del que nadie se apiadaba. Vivieron así hasta los diez años, y la reina se mostraba muy sorprendida de la ignorancia de su hijo.
-El hada me engañó, -decía; yo creía que mi hijo sería el más listo de todos los príncipes, puesto que yo deseé que triunfara en todo cuanto quisiera emprender.
Fue a consultar al hada al respecto, y ésta le dijo:
-Señora, deberías haber deseado para tu hijo buena voluntad en lugar de talento; sólo quiere ser malvado y, como ves, lo consigue.
Después de haberle dicho esas palabras a la reina, le dio la espalda; la pobre reina, muy afligida, regresó a palacio. Le echó una reprimenda a Fortuné con el fin de obligarle a comportarse mejor; pero, en lugar de prometerle que se corregiría, le contestó que si lo molestaban, se dejaría morir de hambre. Entonces la reina, asustada, lo tomó sobre sus rodillas, lo besó, le dio caramelos, y le dijo que si comía como de costumbre, no tendría que estudiar en ocho días.
Entretanto, el príncipe Fatal era un portento de ciencia y de dulzura; estaba tan acostumbrado a que lo contradijeran, que no tenía voluntad, y sólo vivía para anticiparse a todos los caprichos de Fortuné. Pero el perverso chico, que se ponía furioso al verlo más hábil que él, no podía soportarlo, y los maestros, para agradar a su joven señor, golpeaban constantemente a Fatal. Finalmente, el cruel niño dijo a la reina que no quería volver a ver a Fatal, y que dejaría de comer hasta que no lo hubieran expulsado de palacio. Ahí ven pues a Fatal en la calle, y como todos temían desagradar al príncipe, nadie quiso acogerlo. Pasó la noche bajo un árbol tiritando de frío, pues era invierno, y sin tener más cena que un trozo de pan que le habían dado por caridad.
A la mañana siguiente, se dijo: «No quiero estar sin hacer nada, trabajaré para ganarme la vida hasta que sea bastante mayor para ir a la guerra. Recuerdo haber leído en las historias que algunos simples soldados habían llegado a ser grandes capitanes; tal vez pueda yo tener la misma fortuna, si soy un hombre íntegro. No tengo padre ni padre, pero Dios es el padre de los huérfanos. Él me dio una leona por nodriza, y no me abandonará.»
Dicho esto, Fatal se levantó y se puso a hacer sus oraciones, pues no dejaba nunca de rezar a Dios por la mañana y por la noche. Cuando rezaba, tenía los ojos bajos, las manos juntas y no movía la cabeza a un lado y a otro. Un campesino que pasaba, al ver a Fatal rezando a Dios de todo corazón, se dijo: «Estoy seguro de que este chico será un honesto criado; me dan ganas de contratarlo para que guarde mis ovejas. Dios me bendecirá a causa de él.» El campesino esperó a que Fatal terminara sus oraciones y le dijo:
-Mi pequeño amigo, ¿quieres guardar mis ovejas? Te daré de comer y cuidaré de ti.
-Con mucho gusto -contestó Fatal-, y procuraré hacer todo lo posible para servirle bien.
Este campesino era un hacendado que tenía muchos empleados que le robaban con frecuencia; su esposa y sus hijos le robaban también. Cuando vieron a Fatal, se pusieron muy contentos y se decían: «Es un niño, hará todo lo que nosotros queramos.»
Un día, la esposa le dijo:
-Amigo mío, mi esposo es un avaro que no me da nunca dinero; déjame coger un cordero, y tú dirás que se lo ha llevado un lobo.
-Señora, -le respondió Fatal-, quisiera de todo corazón servirla, pero prefiero morir antes que decir una mentira y ser un ladrón.
-No eres más que un tonto -le contestó la mujer-; nadie sabrá que lo has hecho.
-Lo sabrá Dios, señora -respondió Fatal; Él ve todo cuanto hacemos y castiga a los mentirosos y a los que roban.
Cuando la patrona oyó aquellas palabras, se arrojó sobre él, lo abofeteó y le arrancó los cabellos. Fatal lloraba, y al oírlo, el hacendado preguntó a su mujer por qué le pegaba al chico.
-Realmente -dijo ella- es un goloso; lo he visto comerse esta mañana un tarro de nata que yo quería llevar al mercado.
-¡Diantre! ¡ser goloso está muy feo! -dijo el campesino; y de inmediato llamó a un empleado y le encargó que azotara a Fatal.
De nada le servía al pobre chico decir que él no se había comido la nata, pues creían más a la patrona que a él. Después de eso, volvió al campo con las ovejas, y la patrona le dijo de nuevo:
-¿Y bien? ¿Quieres ahora darme el cordero?
-Lo siento mucho, -dijo Fatal- puede hacer todo lo que quiera en mi contra, pero no podrá obligarme a mentir.
Aquella mala mujer, para vengarse, recomendó a todos los demás criados que le hicieran daño a Fatal. Permanecía en el campo de día y de noche, y en lugar de darle de comer como a los demás criados, ella no le enviaba nada más que pan y agua; y cuando regresaba, lo acusaba de todo lo malo que sucedía en la casa. Pasó un año con aquel hacendado; y aunque durmiera en el suelo y estuviera tan mal alimentado, se puso tan fuerte que todos pensaban que tenía quince años cuando sólo tenía trece; además, había adquirido tal templanza que ya no se apenaba cuando le reñían injustamente.
Un día que estaba en la hacienda oyó decir que un rey vecino había organizado una gran guerra. Se despidió de su patrón y se dirigió a pie al reino de aquel príncipe para ser soldado. Se enroló con un capitán que era un señor de la nobleza, pero que parecía un porteador, hasta tal extremo era brutal; blasfemaba, le pegaba a sus soldados, les robaba la mitad del dinero que el rey le daba para alimentarlos y vestirlos; y a las órdenes de aquel perverso capitán, Fatal fue más desgraciado aún que en casa del campesino. Se había enrolado por diez años, y aunque viera desertar a la mayoría de sus compañeros, él no quiso seguir su ejemplo, pues se decía: «He recibido dinero para servir durante diez años, si no cumpliera con mi compromiso robaría al rey.»
Aunque el capitán fuera un mal hombre y maltratara a Fatal como a todos los demás, en el fondo no podía dejar de estimarlo un poco, porque veía que cumplía siempre con su deber. Le daba dinero para que le hiciera recados, y Fatal tenía la llave de su habitación cuando aquél iba al campo o a cenar con amigos. Al capitán no le gustaba leer, pero poseía una gran biblioteca para hacer creer a todos los que venían a su casa que era un hombre culto; pues, en aquel país, se pensaba que un oficial que no leía la historia no sería jamás más que un necio y un ignorante.
Cuando Fatal concluía su trabajo de soldado, en lugar de irse a beber o a jugar con sus compañeros, se encerraba en la habitación del capitán y trataba de aprender su oficio leyendo la vida de los grandes hombres, y llegó a ser capaz de mandar un ejército. Hacía ya siete años años que era soldado cuando intervino en la guerra. Su capitán eligió seis soldados para ir a inspeccionar un bosquecillo; cuando estuvieron allí, los soldados decían en voz baja: «Tenemos que matar a este mal hombre, que nos golpea y nos roba el pan.» Fatal les dijo que no debían cometer tan baja acción; pero en lugar de escucharlo, le dijeron que lo matarían al mismo tiempo que al capitán, y echaron los cinco mano a la espada. Fatal se puso de lado de su capitán, y se batió con tanto valor, que mató él solo a cuatro de aquellos soldados. Su capitán, al ver que le debía la vida, le pidió perdón por todo el daño que le había hecho; y tras haber contado al rey lo que le había sucedido, Fatal fue ascendido a capitán, y el rey le dio un sueldo considerable. ¡Oh! sus soldados no habrían pensado jamás en matar a Fatal, pues él los amaba como si fueran sus hijos; y lejos de robarles lo que les pertenecía, les daba de su dinero cuando cumplían con su deber. Los cuidaba cuando eran heridos y no les reprendía nunca por mal humor.
Entretanto tuvo lugar una gran batalla y cuando el jefe que mandaba el ejército murió, todos los oficiales y soldados quisieron huir; pero Fatal gritó en voz alta que prefería morir con las armas en la mano antes que huir como un cobarde. Entonces sus soldados gritaron que no estaban dispuestos a abandonarlo y como aquel buen ejemplo le produjo vergüenza a los demás, todos se reunieron en torno a Fatal y combatieron tan bien que apresaron al hijo del rey. El rey se puso muy contento cuando supo que había ganado la batalla y le dijo a Fatal que lo nombraba general de todos sus ejércitos. Luego se lo presentó a la reina y a la princesa su hija, que le ofrecieron sus manos para que las besara.
Cuando Fatal vio a la princesa, se quedó inmóvil. Era tan bella, que se enamoró de ella como un loco, y fue entonces cuando de verdad fue desgraciado, pues pensaba que un hombre como él no estaba hecho para casarse con una gran princesa. Por lo que decidió ocultar celosamente su amor, y todos los días sufría grandes tormentos; pero fue aún peor cuando supo que Fortuné, que había visto un retrato de la princesa, que se llamaba Gracieuse, se había enamorado también y enviaba a sus embajadores para pedirla en matrimonio. Fatal pensó morir de pena; pero la princesa Gracieuse, que sabía que Fortuné era un príncipe cobarde y malvado, le rogó tanto a su padre que no la obligara a casarse con él , que le contestaron al embajador que la princesa no deseaba casarse aún. Fortuné, al que nadie hacia contrariado jamás, se puso furioso cuando le transmitieron la respuesta de la princesa; y su padre, que no podía negarle nada, declaró la guerra al padre de Gracieuse, que no se preocupó demasiado pues se decía. «Mientras tenga a Fatal al frente de mis ejércitos, no temeré ser vencido.»
Envió pues a buscar a su general y le dijo que se preparara para la guerra; pero Fatal, arrojándose a sus pies, le dijo que él había nacido en el reino del padre de Fortuné y que no podía combatir contra su rey. El padre de Gracieuse entró en cólera y le dijo a Fatal que lo mandaría matar si se negaba a obedecerlo; y que, al contrario, le daría a su hija por esposa si lograba la victoria sobre Fortuné. El pobre Fatal, que amaba con locura a Gracieuse, se sintió muy tentado; pero, finalmente decidió cumplir con su deber; abandonó la corte y todas sus riquezas.
Mientras tanto, Fortuné se había puesto al frente de su ejército para hacer la guerra; pero al cabo de cuatro días cayó enfermo de cansancio; pues era muy delicado porque nunca había hecho ejercicio. El calor, el frío, todo le hacía enfermar. El embajador que quería adular a Fortuné, le dijo que había visto en la corte del padre de Gracieuse a aquel chico que habían expulsado de su palacio; y que le habían dicho que el padre de Gracieuse le había prometido a su hija. Al conocer esta noticia, Fortuné entró en gran cólera, y tan pronto como se recuperó, partió para destronar al padre de Gracieuse, prometiendo una fuerte suma de dinero a aquel que le trajera a Fatal.
Fortuné obtuvo grandes victorias aunque él no combatió personalmente, porque tenía miedo de que lo mataran. Finalmente, sitió la capital de su enemigo y decidió darle asalto. La víspera de aquel día, le trajeron a Fatal atado con gruesas cadenas, pues un gran número de personas se habían puesto a buscarlo. Fortuné, encantado de poder vengarse, decidió, antes de dar el asalto, cortarle la cabeza a Fatal ante sus enemigos. Aquel mismo día ofreció un gran banquete a sus oficiales, porque celebraba su cumpleaños, justamente sus veinticinco años.
Los soldados que estaban dentro de la ciudad, al saber que Fatal había sido apresado y que dentro de una hora le cortarían la cabeza, decidieron perecer o salvarlo, pues recordaban el bien que les había hecho, mientras fue su general. Solicitaron permiso al rey para salir a combatir, y en aquella ocasión lograron la victoria. El don de Fortuné había llegado a su fin, y cuando quiso huir, lo mataron. Los soldados victoriosos corrieron a quitarle las cadenas a Fatal, y en aquel mismo instante, se vio aparecer por el cielo dos carrozas resplandecientes de luz. El hada iba en una de aquellas carrozas, y el padre y la madre de Fatal en la otra, pero dormidos. Sólo se despertaron en el momento en que las carrozas tocaron tierra y se sorprendieron mucho al verse rodeados por un ejército. El hada entonces, dirigiéndose a la reina y presentándole a Fatal, le dijo:
-Señora, reconoce en este héroe a tu primogénito; las desgracias que ha padecido han corregido los defectos de su carácter, que era violento e irascible. Fortuné, al contrario, que había nacido con buenas inclinaciones, ha sido absolutamente estropeado por los mimos, y Dios no ha permitido que viviera más tiempo, porque cada día se habría hecho más perverso. Acaba de morir; pero, para consolarlos de su muerte, sepan que estaba a punto de destronar a su padre, porque se aburría de no ser rey.
El rey y la reina quedaron muy sorprendidos y abrazaron de buen grado a Fatal, de quien habían oído hablar ventajosamente. La princesa Gracieuse y su padre conocieron con alegría la aventura de Fatal, que se casó con Gracieuse, con la que vivió mucho tiempo, siendo perfectamente felices y muy virtuosos".
Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont
-Le concedo al mayor -dijo- todo tipo de desventuras hasta la edad de veinticinco años, y le pongo por nombre Fatal.
Al escuchar esas palabras, la reina lanzó grandes gritos y conjuró al hada a que cambiara aquel don.
-No sabes lo que pides -le dijo el hada a la reina-; si no es desventurado, será perverso.
La reina no se atrevió a decir nada más, pero le rogó al hada que le permitiera elegir un don para su segundo hijo.
-Es posible que lo elijas todo al revés -contestó el hada-; pero no importa, estoy dispuesta a concederte lo que me solicites para él.
-Deseo -dijo la reina -que triunfe siempre en todo cuanto quiera hacer; es la forma de hacerle feliz.
-Bien podrías engañarte, -dijo el hada-; por lo tanto, no le concedo ese don sino hasta los veinticinco años.
Le pusieron nodrizas a los dos pequeños príncipes, pero desde el tercer día, la nodriza del primogénito tuvo fiebre; le pusieron otra que se rompió una pierna al caerse; a una tercera se le retiró la leche tan pronto como el príncipe Fatal empezó a mamar de ella; y como corrió el rumor de que el príncipe le traía mala suerte a todas sus nodrizas, ninguna quiso alimentarlo, ni aproximarse a él. La pobre criatura, hambrienta, gritaba, pero nadie se apiadaba de él. Una robusta campesina, que tenía un número considerable de hijos y muchas dificultades para darles de comer, se ofreció para cuidar de él a condición de que le dieran una fuerte suma de dinero; y como el rey y la reina no querían al príncipe Fatal, le dieron a la nodriza lo que solicitaba, y le dijeron que se llevara el niño a su pueblo.
Al segundo príncipe, al que habían llamado Fortuné, todo le iba, al contrario, de maravilla. Su papá y su mamá lo amaban con locura y ya no se acordaban del mayor. La malvada mujer a la que se lo habían entregado, nada más llegar a su casa, le quitó las bellas ropas con las que iba vestido para ponérselas a uno de sus hijos que era de la edad que Fatal; y, tras haber envuelto al pobre príncipe en un miserable faldón, lo llevó a un bosque donde había animales feroces y lo puso en un hueco junto a tres pequeños leones, para que lo devoraran. Pero la madre de aquellos leones no le hizo daño alguno, al contrario, lo amamantó, lo que lo hizo tan fuerte que al cabo de seis meses ya corría solo.
Mientras tanto, el hijo de la nodriza que ella hacía pasar por el príncipe murió, y el rey y la reina estuvieron encantados de deshacerse del príncipe. Fatal permaneció en el bosque hasta los dos años. Un señor de la corte que iba a cazar, quedó muy sorprendido al verlo en medio de los animales. Se apiadó de él, se lo llevó a su casa, y cuando supo que buscaban a un niño para que le hiciera compañía a Fortuné, presentó Fatal a la reina.
Le pusieron a Fortuné un maestro para que le enseñara a leer; pero recomendándole que no le hiciera llorar. El joven príncipe, que había escuchado la recomendación, se ponía a llorar tan pronto como cogía el libro; de tal manera que a los cinco años no conocía aún las letras, mientras que Fatal leía perfectamente y sabía ya escribir.
Para asustar al príncipe, ordenaron al maestro que azotara a Fatal cada vez que Fortuné no hiciera sus deberes; por lo que, de nada le servía a Fatal aplicarse, pues eso no impedía que le pegaran; además, Fortuné era tan caprichoso y tan malvado, que maltrataba constantemente a su hermano, que no conocía. Si le daban una manzana o un juguete, Fortuné se lo arrancaba de las manos; le mandaba callar; en resumen, era un pequeño mártir, del que nadie se apiadaba. Vivieron así hasta los diez años, y la reina se mostraba muy sorprendida de la ignorancia de su hijo.
-El hada me engañó, -decía; yo creía que mi hijo sería el más listo de todos los príncipes, puesto que yo deseé que triunfara en todo cuanto quisiera emprender.
Fue a consultar al hada al respecto, y ésta le dijo:
-Señora, deberías haber deseado para tu hijo buena voluntad en lugar de talento; sólo quiere ser malvado y, como ves, lo consigue.
Después de haberle dicho esas palabras a la reina, le dio la espalda; la pobre reina, muy afligida, regresó a palacio. Le echó una reprimenda a Fortuné con el fin de obligarle a comportarse mejor; pero, en lugar de prometerle que se corregiría, le contestó que si lo molestaban, se dejaría morir de hambre. Entonces la reina, asustada, lo tomó sobre sus rodillas, lo besó, le dio caramelos, y le dijo que si comía como de costumbre, no tendría que estudiar en ocho días.
Entretanto, el príncipe Fatal era un portento de ciencia y de dulzura; estaba tan acostumbrado a que lo contradijeran, que no tenía voluntad, y sólo vivía para anticiparse a todos los caprichos de Fortuné. Pero el perverso chico, que se ponía furioso al verlo más hábil que él, no podía soportarlo, y los maestros, para agradar a su joven señor, golpeaban constantemente a Fatal. Finalmente, el cruel niño dijo a la reina que no quería volver a ver a Fatal, y que dejaría de comer hasta que no lo hubieran expulsado de palacio. Ahí ven pues a Fatal en la calle, y como todos temían desagradar al príncipe, nadie quiso acogerlo. Pasó la noche bajo un árbol tiritando de frío, pues era invierno, y sin tener más cena que un trozo de pan que le habían dado por caridad.
A la mañana siguiente, se dijo: «No quiero estar sin hacer nada, trabajaré para ganarme la vida hasta que sea bastante mayor para ir a la guerra. Recuerdo haber leído en las historias que algunos simples soldados habían llegado a ser grandes capitanes; tal vez pueda yo tener la misma fortuna, si soy un hombre íntegro. No tengo padre ni padre, pero Dios es el padre de los huérfanos. Él me dio una leona por nodriza, y no me abandonará.»
Dicho esto, Fatal se levantó y se puso a hacer sus oraciones, pues no dejaba nunca de rezar a Dios por la mañana y por la noche. Cuando rezaba, tenía los ojos bajos, las manos juntas y no movía la cabeza a un lado y a otro. Un campesino que pasaba, al ver a Fatal rezando a Dios de todo corazón, se dijo: «Estoy seguro de que este chico será un honesto criado; me dan ganas de contratarlo para que guarde mis ovejas. Dios me bendecirá a causa de él.» El campesino esperó a que Fatal terminara sus oraciones y le dijo:
-Mi pequeño amigo, ¿quieres guardar mis ovejas? Te daré de comer y cuidaré de ti.
-Con mucho gusto -contestó Fatal-, y procuraré hacer todo lo posible para servirle bien.
Este campesino era un hacendado que tenía muchos empleados que le robaban con frecuencia; su esposa y sus hijos le robaban también. Cuando vieron a Fatal, se pusieron muy contentos y se decían: «Es un niño, hará todo lo que nosotros queramos.»
Un día, la esposa le dijo:
-Amigo mío, mi esposo es un avaro que no me da nunca dinero; déjame coger un cordero, y tú dirás que se lo ha llevado un lobo.
-Señora, -le respondió Fatal-, quisiera de todo corazón servirla, pero prefiero morir antes que decir una mentira y ser un ladrón.
-No eres más que un tonto -le contestó la mujer-; nadie sabrá que lo has hecho.
-Lo sabrá Dios, señora -respondió Fatal; Él ve todo cuanto hacemos y castiga a los mentirosos y a los que roban.
Cuando la patrona oyó aquellas palabras, se arrojó sobre él, lo abofeteó y le arrancó los cabellos. Fatal lloraba, y al oírlo, el hacendado preguntó a su mujer por qué le pegaba al chico.
-Realmente -dijo ella- es un goloso; lo he visto comerse esta mañana un tarro de nata que yo quería llevar al mercado.
-¡Diantre! ¡ser goloso está muy feo! -dijo el campesino; y de inmediato llamó a un empleado y le encargó que azotara a Fatal.
De nada le servía al pobre chico decir que él no se había comido la nata, pues creían más a la patrona que a él. Después de eso, volvió al campo con las ovejas, y la patrona le dijo de nuevo:
-¿Y bien? ¿Quieres ahora darme el cordero?
-Lo siento mucho, -dijo Fatal- puede hacer todo lo que quiera en mi contra, pero no podrá obligarme a mentir.
Aquella mala mujer, para vengarse, recomendó a todos los demás criados que le hicieran daño a Fatal. Permanecía en el campo de día y de noche, y en lugar de darle de comer como a los demás criados, ella no le enviaba nada más que pan y agua; y cuando regresaba, lo acusaba de todo lo malo que sucedía en la casa. Pasó un año con aquel hacendado; y aunque durmiera en el suelo y estuviera tan mal alimentado, se puso tan fuerte que todos pensaban que tenía quince años cuando sólo tenía trece; además, había adquirido tal templanza que ya no se apenaba cuando le reñían injustamente.
Un día que estaba en la hacienda oyó decir que un rey vecino había organizado una gran guerra. Se despidió de su patrón y se dirigió a pie al reino de aquel príncipe para ser soldado. Se enroló con un capitán que era un señor de la nobleza, pero que parecía un porteador, hasta tal extremo era brutal; blasfemaba, le pegaba a sus soldados, les robaba la mitad del dinero que el rey le daba para alimentarlos y vestirlos; y a las órdenes de aquel perverso capitán, Fatal fue más desgraciado aún que en casa del campesino. Se había enrolado por diez años, y aunque viera desertar a la mayoría de sus compañeros, él no quiso seguir su ejemplo, pues se decía: «He recibido dinero para servir durante diez años, si no cumpliera con mi compromiso robaría al rey.»
Aunque el capitán fuera un mal hombre y maltratara a Fatal como a todos los demás, en el fondo no podía dejar de estimarlo un poco, porque veía que cumplía siempre con su deber. Le daba dinero para que le hiciera recados, y Fatal tenía la llave de su habitación cuando aquél iba al campo o a cenar con amigos. Al capitán no le gustaba leer, pero poseía una gran biblioteca para hacer creer a todos los que venían a su casa que era un hombre culto; pues, en aquel país, se pensaba que un oficial que no leía la historia no sería jamás más que un necio y un ignorante.
Cuando Fatal concluía su trabajo de soldado, en lugar de irse a beber o a jugar con sus compañeros, se encerraba en la habitación del capitán y trataba de aprender su oficio leyendo la vida de los grandes hombres, y llegó a ser capaz de mandar un ejército. Hacía ya siete años años que era soldado cuando intervino en la guerra. Su capitán eligió seis soldados para ir a inspeccionar un bosquecillo; cuando estuvieron allí, los soldados decían en voz baja: «Tenemos que matar a este mal hombre, que nos golpea y nos roba el pan.» Fatal les dijo que no debían cometer tan baja acción; pero en lugar de escucharlo, le dijeron que lo matarían al mismo tiempo que al capitán, y echaron los cinco mano a la espada. Fatal se puso de lado de su capitán, y se batió con tanto valor, que mató él solo a cuatro de aquellos soldados. Su capitán, al ver que le debía la vida, le pidió perdón por todo el daño que le había hecho; y tras haber contado al rey lo que le había sucedido, Fatal fue ascendido a capitán, y el rey le dio un sueldo considerable. ¡Oh! sus soldados no habrían pensado jamás en matar a Fatal, pues él los amaba como si fueran sus hijos; y lejos de robarles lo que les pertenecía, les daba de su dinero cuando cumplían con su deber. Los cuidaba cuando eran heridos y no les reprendía nunca por mal humor.
Entretanto tuvo lugar una gran batalla y cuando el jefe que mandaba el ejército murió, todos los oficiales y soldados quisieron huir; pero Fatal gritó en voz alta que prefería morir con las armas en la mano antes que huir como un cobarde. Entonces sus soldados gritaron que no estaban dispuestos a abandonarlo y como aquel buen ejemplo le produjo vergüenza a los demás, todos se reunieron en torno a Fatal y combatieron tan bien que apresaron al hijo del rey. El rey se puso muy contento cuando supo que había ganado la batalla y le dijo a Fatal que lo nombraba general de todos sus ejércitos. Luego se lo presentó a la reina y a la princesa su hija, que le ofrecieron sus manos para que las besara.
Cuando Fatal vio a la princesa, se quedó inmóvil. Era tan bella, que se enamoró de ella como un loco, y fue entonces cuando de verdad fue desgraciado, pues pensaba que un hombre como él no estaba hecho para casarse con una gran princesa. Por lo que decidió ocultar celosamente su amor, y todos los días sufría grandes tormentos; pero fue aún peor cuando supo que Fortuné, que había visto un retrato de la princesa, que se llamaba Gracieuse, se había enamorado también y enviaba a sus embajadores para pedirla en matrimonio. Fatal pensó morir de pena; pero la princesa Gracieuse, que sabía que Fortuné era un príncipe cobarde y malvado, le rogó tanto a su padre que no la obligara a casarse con él , que le contestaron al embajador que la princesa no deseaba casarse aún. Fortuné, al que nadie hacia contrariado jamás, se puso furioso cuando le transmitieron la respuesta de la princesa; y su padre, que no podía negarle nada, declaró la guerra al padre de Gracieuse, que no se preocupó demasiado pues se decía. «Mientras tenga a Fatal al frente de mis ejércitos, no temeré ser vencido.»
Envió pues a buscar a su general y le dijo que se preparara para la guerra; pero Fatal, arrojándose a sus pies, le dijo que él había nacido en el reino del padre de Fortuné y que no podía combatir contra su rey. El padre de Gracieuse entró en cólera y le dijo a Fatal que lo mandaría matar si se negaba a obedecerlo; y que, al contrario, le daría a su hija por esposa si lograba la victoria sobre Fortuné. El pobre Fatal, que amaba con locura a Gracieuse, se sintió muy tentado; pero, finalmente decidió cumplir con su deber; abandonó la corte y todas sus riquezas.
Mientras tanto, Fortuné se había puesto al frente de su ejército para hacer la guerra; pero al cabo de cuatro días cayó enfermo de cansancio; pues era muy delicado porque nunca había hecho ejercicio. El calor, el frío, todo le hacía enfermar. El embajador que quería adular a Fortuné, le dijo que había visto en la corte del padre de Gracieuse a aquel chico que habían expulsado de su palacio; y que le habían dicho que el padre de Gracieuse le había prometido a su hija. Al conocer esta noticia, Fortuné entró en gran cólera, y tan pronto como se recuperó, partió para destronar al padre de Gracieuse, prometiendo una fuerte suma de dinero a aquel que le trajera a Fatal.
Fortuné obtuvo grandes victorias aunque él no combatió personalmente, porque tenía miedo de que lo mataran. Finalmente, sitió la capital de su enemigo y decidió darle asalto. La víspera de aquel día, le trajeron a Fatal atado con gruesas cadenas, pues un gran número de personas se habían puesto a buscarlo. Fortuné, encantado de poder vengarse, decidió, antes de dar el asalto, cortarle la cabeza a Fatal ante sus enemigos. Aquel mismo día ofreció un gran banquete a sus oficiales, porque celebraba su cumpleaños, justamente sus veinticinco años.
Los soldados que estaban dentro de la ciudad, al saber que Fatal había sido apresado y que dentro de una hora le cortarían la cabeza, decidieron perecer o salvarlo, pues recordaban el bien que les había hecho, mientras fue su general. Solicitaron permiso al rey para salir a combatir, y en aquella ocasión lograron la victoria. El don de Fortuné había llegado a su fin, y cuando quiso huir, lo mataron. Los soldados victoriosos corrieron a quitarle las cadenas a Fatal, y en aquel mismo instante, se vio aparecer por el cielo dos carrozas resplandecientes de luz. El hada iba en una de aquellas carrozas, y el padre y la madre de Fatal en la otra, pero dormidos. Sólo se despertaron en el momento en que las carrozas tocaron tierra y se sorprendieron mucho al verse rodeados por un ejército. El hada entonces, dirigiéndose a la reina y presentándole a Fatal, le dijo:
-Señora, reconoce en este héroe a tu primogénito; las desgracias que ha padecido han corregido los defectos de su carácter, que era violento e irascible. Fortuné, al contrario, que había nacido con buenas inclinaciones, ha sido absolutamente estropeado por los mimos, y Dios no ha permitido que viviera más tiempo, porque cada día se habría hecho más perverso. Acaba de morir; pero, para consolarlos de su muerte, sepan que estaba a punto de destronar a su padre, porque se aburría de no ser rey.
El rey y la reina quedaron muy sorprendidos y abrazaron de buen grado a Fatal, de quien habían oído hablar ventajosamente. La princesa Gracieuse y su padre conocieron con alegría la aventura de Fatal, que se casó con Gracieuse, con la que vivió mucho tiempo, siendo perfectamente felices y muy virtuosos".
Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont
lunes, 16 de marzo de 2015
"La Novia del Espectro"
"El Castillo de Hernswolf, a fines del año 1655, era el centro de la moda y la alegría. El barón del mismo nombre era el más poderoso noble en Alemania, e igualmente celebrado por los logros patrióticos de sus hijos, y la belleza de su única hija.
El Estado de Hernswolf, que estaba situado en el centro de la Selva Negra, le había sido otorgado por la nación en reconocimiento a uno de sus ancestros, y pasado de mano en mano con otras posesiones hereditarias a la familia del dueño actual. Era una mansión almenada, de estilo gótico, construida acorde a la moda de la época, en el más grandioso estilo arquitectónico, y consistía principalmente de oscuros corredores ventosos, y habitaciones tapizadas en forma de bóveda, magníficas en su tamaño por cierto, pero que poco satisfacían las necesidades de confort, dada la circunstancia extrema de su lúgubre magnitud. Un oscuro bosquecillo de pinos y fresnos de montaña rodeaban el castillo por todos lados, y proyectaban un aspecto tenebroso alrededor de la escena, la que rara vez era animada por la alegre luz del sol.
Las campanas del Castillo repicaron en un alegre tañido ante la cercanía del crepúsculo invernal, y el guardián se apostó con su séquito en la galería de almenas, para anunciar el arribo de los visitantes que habían sido invitados a compartir las diversiones que reinaban entre las paredes. Lady Clotilda, la única hija del Barón, recién había cumplido sus diecisiete años, y se había invitado a un brillante auditorio para celebrar el cumpleaños.
Las grandes habitaciones abovedadas habían sido abiertas para la recepción de los numerosos invitados, y el alborozo de la tarde apenas había comenzado cuando el reloj de la torre comenzó sus repiques con solemnidad inusual, e inmediatamente un forastero alto, vestido con un traje negro, hizo su aparición en el salón de baile. Se inclinó cortésmente a uno y otro lado, pero fue recibido por todos con la más estricta reserva. Nadie sabía quien era ni de donde venía, pero era evidente por su apariencia, que era un noble de primer rango, y aunque su presentación fue aceptada con recelo, fue tratado por todos con respeto. Se dirigió particularmente a la hija del Barón, y era tan inteligente en sus comentarios, tan jovial en sus salidas, y tan fascinante en su discurso, que rápidamente interesó los sentimientos de su joven y sensible oyente. Finalmente, luego de alguna vacilación por parte del anfitrión, quien, con el resto de los visitantes, era incapaz de acercarse al extraño con indiferencia, fue invitado a permanecer unos pocos días en el castillo, invitación que fue alegremente aceptada.
Cuando cundió el silencio de la noche y todos se hubieron retirado a descansar, la monótona y pesada campana se oyó oscilando a uno y otro lado en la torre gris, aunque era apenas un aliento para mover los árboles del bosque. Muchos de los invitados, cuando se encontraron la mañana siguiente en la mesa del desayuno, aseguraron que hubo sonidos de la música más celestial, mientras que la mayoría persistieron en afirmar que habían oído ruidos horribles, provenientes, al parecer, de la habitación ocupada en aquel momento por el extraño. Este pronto hizo, sin embargo, su aparición en el círculo del desayuno, y cuando se hizo alusión a las circunstancias de la noche precedente, una oscura sonrisa de significado inexpresable jugueteó en sus lóbregas facciones. Y luego recayó en una expresión de las más profunda melancolía. Dirigió su conversación principalmente a Clotilda, y cuando habló de los diferentes climas que había visitado, de las soleadas regiones de Italia, donde los simples hálitos de la fragancia de las flores, y la brisa del verano suspiran sobre una tierra de dulces, cuando le habló de esos países deliciosos, donde la sonrisa del día se hunde en la blanda belleza de la noche, y la hermosura del cielo nunca es oscurecida ni por un instante, provocó lágrimas sentimentales en su hermosa oyente, y por primera vez ella lamentó nunca haber salido de su hogar.
Los días se sucedieron, y a cada momento aumentó el fervor de los inexpresables sentimientos que le inspiraba el extraño. El nunca habló de amor, pero se veía en su lenguaje, en sus maneras, en los insinuantes tonos de su voz, en la suavidad de su sonrisa, y cuando comprobó que había tenido éxito en infundir en ella sentimientos favorables, una mueca del más diabólico significado apareció por un instante, y murió luego en su oscuro semblante. Cuando la veía en compañía de sus padres, era al mismo tiempo respetuoso y sumiso, y era únicamente cuando estaba solo con ella, en su paseo a través de los oscuros recovecos del bosque, que asumía el aspecto del más apasionado admirador.
Mientras estaba sentado una tarde con el Barón en la habitación revestida en madera de la biblioteca, sucedió que la conversación giró hacia un tema sobrenatural. El extraño permaneció reservado y misterioso durante la discusión, pero cuando el Barón en una forma jocosa negó la existencia de espíritus, e imitó satíricamente su apariencia, sus ojos brillaron con un fulgor sobrenatural, y su forma pareció dilatarse aún más de sus dimensiones naturales.
Cuando la conversación hubo cesado, se produjo una pavorosa pausa de pocos segundos y se escuchó un coro de armonía celestial sonando a través del oscuro bosque. Todos se extasiaron de gozo, pero el extraño estaba perturbado y lúgubre, miraba a su noble anfitrión con compasión, y algo parecido a una lágrima cruzó sus ojos. Después del lapso de unos pocos segundos, la música agonizó suavemente en la distancia, y todo se serenó como antes. Poco después el Barón dejó la estancia, y fue seguido casi inmediatamente por el extraño. No había estado ausente mucho tiempo, cuando se oyó un ruido horrible, como el de una persona en agonía de muerte, y el Barón fue descubierto muerto extendido a lo largo de los corredores. Su semblante estaba convulsionado de dolor, y el apretón de una mano era visible en su garganta ennegrecida. Se dio la alarma instantáneamente, el castillo fue revisado en todas direcciones, pero el extraño no fue vuelto a ver. El cuerpo del Barón, mientras tanto, fue calladamente entregado a la tierra, y el recuerdo de su horrenda transacción, recordado solo como una cosa que una vez fue.
Luego de la partida del extraño, quien ciertamente había fascinado sus sentimientos en extremo, los ánimos de la gentil Clotilda evidentemente declinaron. Ella amaba caminar tarde y temprano en los senderos que él había frecuentado una vez, para recordar sus últimas palabras; detenerse en su dulce sonrisa; y deambular por el sitio donde ella había hablado de amor con él una vez. Evitaba toda sociedad, y nunca parecía estar contenta sino cuando estaba sumida en la soledad de su cuarto. Era entonces cuando descargaba su aflicción en lágrimas; y el amor que su orgullo de doncella disimulaba modestamente en público, explotaba en los momentos de privacidad. Tan bella, y aún tan resignada en su justo luto, que parecía ya un ángel liberado de las redes del mundo, preparada para realizar su vuelo al cielo.
Ella estaba una tarde de verano vagando por el sitio aislado que había elegido como lugar favorito, lentas pisadas avanzaron hacia ella. Se dio vuelta, y para su infinita sorpresa descubrió al extraño. Él dio un paso alegremente a su lado, y comenzó una animada conversación. "Cuando partiste," exclamó la niña alborozada, "pensé que toda la alegría se había fugado para siempre de mi lado, pero ahora regresaste y, ¿no deberíamos estar contentos de nuevo?"
"Contentos" replicó el extraño, con una desdeñosa explosión de sarcasmo, "podré alguna vez ser feliz de nuevo, podré, pero disculpa la agitación, mi amor, y atribúyelo al placer que experimento al encontrarte. ¡Oh! Tengo tantas cosas que contarte, ¡sí! Y muchas palabras afectuosas que recibir, ¿no es así, cariño? Ven, dime la verdad, ¿no has estado feliz en mi ausencia? ¡No! Lo veo en esos ojos hundidos, en ese semblante pálido, que el pobre vagabundo había cobrado al menos algún leve interés en el corazón de su amada. He deambulado por otros climas, he visto otras naciones, me he encontrado con otras damas, hermosas y exitosas, pero no he encontrado sino un ángel, y ella está aquí ante mí. Acepta esta simple ofrenda de mi afecto, queridísima," continuó el extraño, arrancando una rosa de su tallo, "es hermosa como las flores silvestres que adornan tu pelo, y dulce como el amor que te tengo."
"Es dulce, por cierto," replicó Clotilda, "pero su dulzura tiene corta vida, como el amor manifestado por el hombre. Que no sea este, entonces, el tipo de tu afecto, tráeme la delicada siempreverde, la dulce flor que florece durante todo el año, y yo diré, mientras la enrollo en mi pelo: ‘Las violetas han florecido y muerto, las rosas han florecido y decaído, pero la siempreverde todavía está joven, ¡y así es el amor de mí corazón!’ Tu no podrás abandonarme. Yo no vivo sino en tí, tú eres mi esperanza, mis pensamientos, mi existencia misma. Y si te pierdo, pierdo mi todo. Yo no era sino una solitaria flor silvestre en la tierra salvaje de la naturaleza, hasta que tú me transplantaste a un suelo más amigable, y puedes ahora romper el corazón tierno al que enseñaste primero a brillar con pasión."
"No hables de ese modo," contestó el extraño, se me desgarra el alma misma al escucharte, déjame, olvídame, evítame para siempre, o sobrevendrá tu ruina eterna. Yo soy una cosa abandonada de Dios y el hombre, y tú no ves sino el corazón lastimado que late apenas dentro de esta móvil masa deforme; deberías escapar de mí, como si fuera una víbora en tu camino. Aquí está mi corazón, amor, siente qué frío está, no tiene pulso que delate su emoción, porque todo está helado y muerto como los amigos que alguna vez conocí."
"Tú eres infeliz, amor, y tu pobre Clotilda estará para socorrerte. Piensas que puedo abandonarte en tu desgracia. ¡No! Deambularé contigo a través del mundo entero, y seré tu sirviente, tu esclava, si eso es lo que quieres. Yo te protegeré de las noches frías, y que el viento no sople demasiado fuerte en tu cabeza desprotegida. Yo te defenderé de la tormenta que aúlle alrededor, y aunque el mundo consagre tu nombre al escarnio, aunque los amigos se separaren, y se unan mustios en la tumba, habrá un corazón tierno que te ame mejor en tu desgracia, y te valore, y aún te bendiga".
Ella se detuvo, y sus ojos azules se bañaron en lágrimas, mientras se volvía resplandeciente de afecto hacia el extraño. Él desvió su cabeza de su mirada, y una sonrisa sardónica de la más oscura, la más mortífera malicia cruzó sobre su delicado semblante. En un instante, la expresión declinó, su vidriosa vista fija retomó su frío sobrenatural, y se volvió una vez más hacia su acompañante. "Es la hora del crepúsculo," exclamó, "la hora suave, la más hermosa, cuando los corazones de los amantes están felices, y la naturaleza sonríe en armonía con sus sentimientos, pero para mí ya no sonreirá más, antes de que mañana amanezca yo estaré muy lejos de la casa de mi amada, de las escenas que mi corazón atesora, como en un sepulcro. ¿Pero debo dejarte a ti, queridísima flor silvestre, para ser presa de un torbellino, víctima de la explosión de la montaña?"
"No, no nos separaremos," replicó la apasionada niña, "donde tú vayas, yo iré, tu casa será mi casa, y tu Dios será mi Dios."
"Promételo, promételo" volvió a la carga el extraño, mientras la aferraba de la mano. "Promételo por el espantoso juramento que yo te dictaré". Entonces él le pidió que se arrodillara, y sosteniendo su mano derecha en una actitud amenazante hacia el cielo, y arrojando hacia atrás sus oscuros rizos negros, exclamó en amargas imprecaciones con la espantosa sonrisa de un demonio encarnado:
"Que las maldiciones de un Dios ofendido", gritó, "te persigan, te aferren en la tempestad y en la calma, en el día y en la noche, en la enfermedad y en el pesar, en la vida y en la muerte, si te desviaras de la promesa que has hecho aquí de ser mía. ¡Qué los espíritus oscuros de los condenados al Infierno aúllen en tus oídos los coros malditos de los demonios, que el aire torture tu seno con las llamas inextinguibles del infierno! ¡Qué tu alma sea como el lazareto de la corrupción, donde el fantasma del placer ausente sea venerado, como en una tumba: dónde el gusano de las cien cabezas nunca muere, donde el fuego nunca se extingue! ¡Qué el espíritu del demonio controle tu mente, y proclame a tu paso: ‘ESTA ES LA ABANDONADA DE DIOS Y DEL HOMBRE’, qué espantosos espectros te persigan en la noche, qué tus amigos más queridos desciendan a la tumba día a día, y los maldigas en su aliento moribundo! ¡Qué todo aquello más horrible en la naturaleza humana, más solemne que el lenguaje pueda enmarcar, o los labios puedan pronunciar, que esto, y más que esto, sea tu parte eterna, si violases el juramento que aquí has hecho!".
Él se detuvo, apenas sabiendo lo que ella hizo, la niña aterrorizada accedió al horrendo juramento, y prometió fidelidad eterna a aquel que sería su señor de allí en adelante. "Los espíritus de los condenados, te agradecen por tu ayuda," gritó el extraño, "he cortejado bravamente a mi bella novia. Ella es mía, mía para siempre. Si, cuerpo y alma son míos, míos en la vida y míos en la muerte. ¿Por qué lloras mi dulzura, antes de que haya pasado la luna de miel? ¡Por qué! Ciertamente tienes motivo para sollozar: pero cuando próximamente nos encontremos deberemos firmar el contrato nupcial". Luego imprimió un frío saludo en la mejilla de su joven novia, y amortiguando los horrores impronunciables de su semblante, le pidió que lo encontrara a las ocho esa misma noche en la capilla adyacente al castillo de Hernswolf. Ella se volvió hacia él con un suspiro ardiente, como implorando su protección, pero el extraño se había ido.
Al entrar en el Castillo, se la observaba afectada por la más profunda melancolía. Sus parientes se esforzaron en vano para acertar con la causa de su desconsuelo, pero el tremendo juramento que había prestado había paralizado completamente sus facultades, y estaba temerosa de traicionarse aún por la más leve entonación de su voz, o la menor variación en la expresión de su semblante. Cuando la noche hubo concluido, la familia se retiró a descansar, pero Clotilda, que era incapaz de reposar, dada la agitación de su ánimo, pidió que la dejaran sola en la biblioteca contigua a su habitación.
Todo era ahora noche profunda, cada sirviente se había retirado a descansar hacía largo tiempo, y el único sonido que se podía percibir era el tétrico lamento del perro guardián cuando aullaba a la luna. Clotilda permaneció en la biblioteca en actitud de profunda meditación.
La lámpara que ardía sobre la mesa, donde ella estaba sentada, agonizaba, y el extremo inferior de la habitación estaba ya más que oscuro a medias. El reloj de la esquina norte del Castillo repicó la hora a las doce, y el sonido hizo eco de manera lúgubre en la solemne quietud de la noche.
De pronto el picaporte de la puerta de roble del extremo más lejano de la habitación se levantó suavemente, y una figura pálida, ataviada con las vestimentas de la tumba, avanzó lentamente por la habitación. Ningún sonido anticipaba su aproximación, mientras se movía con pasos silenciosos hacia la mesa donde estaba ubicada la dama. Al principio ella no lo percibió, hasta que sintió una mano helada de muerte aferrar rápidamente la suya, y oyó murmurar una solemne voz en su oído, "Clotilda."
Ella levantó la vista, una figura oscura estaba parada a su lado, intentó gritar, pero su voz era desigual al esfuerzo empleado; su vista estaba fija, como si fuera magia, en la forma en que, lentamente removía el atuendo que ocultaba su semblante, y revelaba los ojos lívidos y forma esquelética de su padre. Parecía contemplarla con pena y sentimiento, y exclamó melancólicamente: "Clotilda, los vestidos y los sirvientes están listos, la campana de la iglesia ha repicado, y el sacerdote está en el altar, pero ¿dónde está la novia comprometida? Hay una habitación para ella en la tumba, y mañana ella estará conmigo."
"¿Mañana?" vaciló la niña distraída, "los espíritus del infierno deben haberlo registrado, y mañana el enlace debe ser cancelado." La figura se detuvo, retirándose lentamente, y pronto se perdió en la oscuridad de la distancia.
La mañana, noche, llegó, y cuando el reloj de la sala marcó las ocho, Clotilda estaba en su camino a la capilla. Era una noche oscura y sombría. Espesas masas de nubes oscuras navegaban a través del firmamento, y el rugido del viento hacía eco horriblemente entre los árboles del bosque. Ella alcanzó el lugar fijado, una figura la estaba esperando, esta avanzó, y descubrió los rasgos del extraño. "¡Por qué!" Está bien, mi novia," exclamó con una risa sardónica, "y bien voy a recompensar tu cariño. Sígueme."
Avanzaron juntos en silencio a través de las ventosas naves de la capilla, hasta que alcanzaron el cementerio contiguo. Aquí se detuvieron por un instante, y el extraño, en un tono suave, dijo, "Solamente una hora más, y la lucha quedará atrás. Y aún este corazón de malicia encarnada puede sentir, cuando se consagra un espíritu tan joven, tan puro a la tumba. Pero debe, debe ser," prosiguió, "como si la memoria de su amor pasado se precipitase en su mente, porque el demonio al cual obedezco lo ha deseado así. Pobre niña, te estoy conduciendo a tus nupcias, pero el sacerdote estará muerto, tus padres los esqueletos descompuestos que se desmoronan en pilas alrededor, y los testigos de nuestra unión, los gusanos perezosos que se regocijan en los huesos cariados de los muertos. Ven, mi joven novia, el sacerdote está impaciente por su víctima."
Mientras avanzaban, una débil luz azul se movía velozmente delante de ellos, y exhibió en el extremo del cementerio los portales de una cripta. Estaba abierta, y entraron en ella en silencio. El viento cavernoso se precipitó a través de la lúgubre residencia de la muerte, y por todos lados se apilaban los restos descompuestos de los féretros, los que caían pieza por pieza encima de la húmeda... Cada paso que daban era sobre un cuerpo muerto, y los huesos blanqueados rechinaban horriblemente bajo sus pies. En el centro de la bóveda se levantaba una pila de esqueletos sin enterrar, sobre la que estaba sentada, una figura tan horrenda aún para ser concebida por la imaginación más oscura. Mientras se aproximaban a ella, el hueco de la cripta resonó con una carcajada infernal, y cada cadáver descompuesto pareció cobrar una vida perversa. El extraño hizo una pausa, y luego aferró a su víctima con la mano, estalló un suspiro desde su corazón. Una lágrima resplandeció en su ojo. No fue sino por un instante, la figura frunció horriblemente el entrecejo ante su vacilación, y agitó su mano descarnada.
El extraño avanzó, hizo ciertos círculos místicos en el aire, articuló palabras misteriosas, e hizo una pausa, desaforado por el terror. Súbitamente levanto su voz y exclamó salvajemente:
"Esposa del espíritu de la oscuridad, unos pocos momentos son todavía tuyos, para que puedas saber a quién te has encomendado. Yo soy el espíritu imperecedero del miserable a quien maldijo el Salvador en la cruz. Me miró en la última hora de su existencia, y esa Mirada aún no ha transcurrido, porque yo estoy maldito en toda la Tierra. Estoy eternamente condenado al infierno y debo abastecer el paladar de mi maestro hasta que el mundo sea abrasado tal y como un pergamino, y los cielos y la tierra hayan muerto. Yo soy aquel al que debes haber leído, y aquel de cuyas proezas has oído. Un millón de almas me ha condenado mi maestro a atrapar, y cuando mi pena sea cumplida, yo conoceré el reposo de la tumba. Tú eres la milésima alma que he atrapado. Te he visto en tu hora de pureza, y te he marcado de inmediato para mi casa. Tu padre al que mate por su temeridad, y permití que te advirtiera de tu destino: y yo mismo he sido seducido por tu inocencia. ¡Ha! El hechizo trabaja briosamente, y tú pronto lo verás, mi dulce, a quien has encadenado tu eterno destino, porque mientras las estaciones se muevan en su curso natural, mientras los relámpagos destellen, y los truenos rujan, tu pena será eterna. Mira abajo y vé a lo que estás destinada."
Ella miró, la bóveda se abrió en mil distintas direcciones, la tierra bostezó en pedazos, y el rugido de aguas potentes se oyó. Un océano viviente de fuego derretido brilló en el abismo debajo de ella, y se mezcló con los alaridos de los condenados al infierno, y los gritos triunfantes de los demonios, representaban un horror más horrible que la imaginación.
Diez millones de almas estaban retorciéndose en las llamas ardientes, y mientras las oleadas hirvientes los lanzaban violentamente contra las rocas ennegrecidas e inflexibles, maldecían con blasfemias desesperadas, y cada maldición hacía eco con los truenos.
El extraño se precipitó hacia su víctima. Por un instante la sostuvo sobre la vista llameante, mirando tiernamente en su cara y sollozó como si fuera un niño. Eso no fue sino un impulso momentáneo, nuevamente la aferró en sus brazos, la arrojó violentamente con furia, y mientras su última mirada de partida se fundía con bondad en su rostro, vociferó con fuerza:
"No es mío el crimen, pero la religión que tú profesas, ¿no dice que hay un fuego de eternidad preparado para las almas de los malvados, y no has incurrido tú en sus tormentos?"
Ella, pobre niña, no escuchó, no hizo caso de los gritos del blasfemador. Su delicada forma rebotó de roca en roca, sobre oleadas, y sobre espuma, mientras sentía, que el océano se zamarreaba como si estuviera victorioso de recibir su alma, y mientras ella se hundía profundamente en la fosa ardiente, diez mil voces reverberaron desde el fondo del abismo, "¡Espíritu del mal! Aquí hay ciertamente una eternidad de tormentos preparada para ti, porque aquí el gusano nunca muere, y el fuego nunca se extingue".
William Harrison Ainsworth
El Estado de Hernswolf, que estaba situado en el centro de la Selva Negra, le había sido otorgado por la nación en reconocimiento a uno de sus ancestros, y pasado de mano en mano con otras posesiones hereditarias a la familia del dueño actual. Era una mansión almenada, de estilo gótico, construida acorde a la moda de la época, en el más grandioso estilo arquitectónico, y consistía principalmente de oscuros corredores ventosos, y habitaciones tapizadas en forma de bóveda, magníficas en su tamaño por cierto, pero que poco satisfacían las necesidades de confort, dada la circunstancia extrema de su lúgubre magnitud. Un oscuro bosquecillo de pinos y fresnos de montaña rodeaban el castillo por todos lados, y proyectaban un aspecto tenebroso alrededor de la escena, la que rara vez era animada por la alegre luz del sol.
Las campanas del Castillo repicaron en un alegre tañido ante la cercanía del crepúsculo invernal, y el guardián se apostó con su séquito en la galería de almenas, para anunciar el arribo de los visitantes que habían sido invitados a compartir las diversiones que reinaban entre las paredes. Lady Clotilda, la única hija del Barón, recién había cumplido sus diecisiete años, y se había invitado a un brillante auditorio para celebrar el cumpleaños.
Las grandes habitaciones abovedadas habían sido abiertas para la recepción de los numerosos invitados, y el alborozo de la tarde apenas había comenzado cuando el reloj de la torre comenzó sus repiques con solemnidad inusual, e inmediatamente un forastero alto, vestido con un traje negro, hizo su aparición en el salón de baile. Se inclinó cortésmente a uno y otro lado, pero fue recibido por todos con la más estricta reserva. Nadie sabía quien era ni de donde venía, pero era evidente por su apariencia, que era un noble de primer rango, y aunque su presentación fue aceptada con recelo, fue tratado por todos con respeto. Se dirigió particularmente a la hija del Barón, y era tan inteligente en sus comentarios, tan jovial en sus salidas, y tan fascinante en su discurso, que rápidamente interesó los sentimientos de su joven y sensible oyente. Finalmente, luego de alguna vacilación por parte del anfitrión, quien, con el resto de los visitantes, era incapaz de acercarse al extraño con indiferencia, fue invitado a permanecer unos pocos días en el castillo, invitación que fue alegremente aceptada.
Cuando cundió el silencio de la noche y todos se hubieron retirado a descansar, la monótona y pesada campana se oyó oscilando a uno y otro lado en la torre gris, aunque era apenas un aliento para mover los árboles del bosque. Muchos de los invitados, cuando se encontraron la mañana siguiente en la mesa del desayuno, aseguraron que hubo sonidos de la música más celestial, mientras que la mayoría persistieron en afirmar que habían oído ruidos horribles, provenientes, al parecer, de la habitación ocupada en aquel momento por el extraño. Este pronto hizo, sin embargo, su aparición en el círculo del desayuno, y cuando se hizo alusión a las circunstancias de la noche precedente, una oscura sonrisa de significado inexpresable jugueteó en sus lóbregas facciones. Y luego recayó en una expresión de las más profunda melancolía. Dirigió su conversación principalmente a Clotilda, y cuando habló de los diferentes climas que había visitado, de las soleadas regiones de Italia, donde los simples hálitos de la fragancia de las flores, y la brisa del verano suspiran sobre una tierra de dulces, cuando le habló de esos países deliciosos, donde la sonrisa del día se hunde en la blanda belleza de la noche, y la hermosura del cielo nunca es oscurecida ni por un instante, provocó lágrimas sentimentales en su hermosa oyente, y por primera vez ella lamentó nunca haber salido de su hogar.
Los días se sucedieron, y a cada momento aumentó el fervor de los inexpresables sentimientos que le inspiraba el extraño. El nunca habló de amor, pero se veía en su lenguaje, en sus maneras, en los insinuantes tonos de su voz, en la suavidad de su sonrisa, y cuando comprobó que había tenido éxito en infundir en ella sentimientos favorables, una mueca del más diabólico significado apareció por un instante, y murió luego en su oscuro semblante. Cuando la veía en compañía de sus padres, era al mismo tiempo respetuoso y sumiso, y era únicamente cuando estaba solo con ella, en su paseo a través de los oscuros recovecos del bosque, que asumía el aspecto del más apasionado admirador.
Mientras estaba sentado una tarde con el Barón en la habitación revestida en madera de la biblioteca, sucedió que la conversación giró hacia un tema sobrenatural. El extraño permaneció reservado y misterioso durante la discusión, pero cuando el Barón en una forma jocosa negó la existencia de espíritus, e imitó satíricamente su apariencia, sus ojos brillaron con un fulgor sobrenatural, y su forma pareció dilatarse aún más de sus dimensiones naturales.
Cuando la conversación hubo cesado, se produjo una pavorosa pausa de pocos segundos y se escuchó un coro de armonía celestial sonando a través del oscuro bosque. Todos se extasiaron de gozo, pero el extraño estaba perturbado y lúgubre, miraba a su noble anfitrión con compasión, y algo parecido a una lágrima cruzó sus ojos. Después del lapso de unos pocos segundos, la música agonizó suavemente en la distancia, y todo se serenó como antes. Poco después el Barón dejó la estancia, y fue seguido casi inmediatamente por el extraño. No había estado ausente mucho tiempo, cuando se oyó un ruido horrible, como el de una persona en agonía de muerte, y el Barón fue descubierto muerto extendido a lo largo de los corredores. Su semblante estaba convulsionado de dolor, y el apretón de una mano era visible en su garganta ennegrecida. Se dio la alarma instantáneamente, el castillo fue revisado en todas direcciones, pero el extraño no fue vuelto a ver. El cuerpo del Barón, mientras tanto, fue calladamente entregado a la tierra, y el recuerdo de su horrenda transacción, recordado solo como una cosa que una vez fue.
Luego de la partida del extraño, quien ciertamente había fascinado sus sentimientos en extremo, los ánimos de la gentil Clotilda evidentemente declinaron. Ella amaba caminar tarde y temprano en los senderos que él había frecuentado una vez, para recordar sus últimas palabras; detenerse en su dulce sonrisa; y deambular por el sitio donde ella había hablado de amor con él una vez. Evitaba toda sociedad, y nunca parecía estar contenta sino cuando estaba sumida en la soledad de su cuarto. Era entonces cuando descargaba su aflicción en lágrimas; y el amor que su orgullo de doncella disimulaba modestamente en público, explotaba en los momentos de privacidad. Tan bella, y aún tan resignada en su justo luto, que parecía ya un ángel liberado de las redes del mundo, preparada para realizar su vuelo al cielo.
Ella estaba una tarde de verano vagando por el sitio aislado que había elegido como lugar favorito, lentas pisadas avanzaron hacia ella. Se dio vuelta, y para su infinita sorpresa descubrió al extraño. Él dio un paso alegremente a su lado, y comenzó una animada conversación. "Cuando partiste," exclamó la niña alborozada, "pensé que toda la alegría se había fugado para siempre de mi lado, pero ahora regresaste y, ¿no deberíamos estar contentos de nuevo?"
"Contentos" replicó el extraño, con una desdeñosa explosión de sarcasmo, "podré alguna vez ser feliz de nuevo, podré, pero disculpa la agitación, mi amor, y atribúyelo al placer que experimento al encontrarte. ¡Oh! Tengo tantas cosas que contarte, ¡sí! Y muchas palabras afectuosas que recibir, ¿no es así, cariño? Ven, dime la verdad, ¿no has estado feliz en mi ausencia? ¡No! Lo veo en esos ojos hundidos, en ese semblante pálido, que el pobre vagabundo había cobrado al menos algún leve interés en el corazón de su amada. He deambulado por otros climas, he visto otras naciones, me he encontrado con otras damas, hermosas y exitosas, pero no he encontrado sino un ángel, y ella está aquí ante mí. Acepta esta simple ofrenda de mi afecto, queridísima," continuó el extraño, arrancando una rosa de su tallo, "es hermosa como las flores silvestres que adornan tu pelo, y dulce como el amor que te tengo."
"Es dulce, por cierto," replicó Clotilda, "pero su dulzura tiene corta vida, como el amor manifestado por el hombre. Que no sea este, entonces, el tipo de tu afecto, tráeme la delicada siempreverde, la dulce flor que florece durante todo el año, y yo diré, mientras la enrollo en mi pelo: ‘Las violetas han florecido y muerto, las rosas han florecido y decaído, pero la siempreverde todavía está joven, ¡y así es el amor de mí corazón!’ Tu no podrás abandonarme. Yo no vivo sino en tí, tú eres mi esperanza, mis pensamientos, mi existencia misma. Y si te pierdo, pierdo mi todo. Yo no era sino una solitaria flor silvestre en la tierra salvaje de la naturaleza, hasta que tú me transplantaste a un suelo más amigable, y puedes ahora romper el corazón tierno al que enseñaste primero a brillar con pasión."
"No hables de ese modo," contestó el extraño, se me desgarra el alma misma al escucharte, déjame, olvídame, evítame para siempre, o sobrevendrá tu ruina eterna. Yo soy una cosa abandonada de Dios y el hombre, y tú no ves sino el corazón lastimado que late apenas dentro de esta móvil masa deforme; deberías escapar de mí, como si fuera una víbora en tu camino. Aquí está mi corazón, amor, siente qué frío está, no tiene pulso que delate su emoción, porque todo está helado y muerto como los amigos que alguna vez conocí."
"Tú eres infeliz, amor, y tu pobre Clotilda estará para socorrerte. Piensas que puedo abandonarte en tu desgracia. ¡No! Deambularé contigo a través del mundo entero, y seré tu sirviente, tu esclava, si eso es lo que quieres. Yo te protegeré de las noches frías, y que el viento no sople demasiado fuerte en tu cabeza desprotegida. Yo te defenderé de la tormenta que aúlle alrededor, y aunque el mundo consagre tu nombre al escarnio, aunque los amigos se separaren, y se unan mustios en la tumba, habrá un corazón tierno que te ame mejor en tu desgracia, y te valore, y aún te bendiga".
Ella se detuvo, y sus ojos azules se bañaron en lágrimas, mientras se volvía resplandeciente de afecto hacia el extraño. Él desvió su cabeza de su mirada, y una sonrisa sardónica de la más oscura, la más mortífera malicia cruzó sobre su delicado semblante. En un instante, la expresión declinó, su vidriosa vista fija retomó su frío sobrenatural, y se volvió una vez más hacia su acompañante. "Es la hora del crepúsculo," exclamó, "la hora suave, la más hermosa, cuando los corazones de los amantes están felices, y la naturaleza sonríe en armonía con sus sentimientos, pero para mí ya no sonreirá más, antes de que mañana amanezca yo estaré muy lejos de la casa de mi amada, de las escenas que mi corazón atesora, como en un sepulcro. ¿Pero debo dejarte a ti, queridísima flor silvestre, para ser presa de un torbellino, víctima de la explosión de la montaña?"
"No, no nos separaremos," replicó la apasionada niña, "donde tú vayas, yo iré, tu casa será mi casa, y tu Dios será mi Dios."
"Promételo, promételo" volvió a la carga el extraño, mientras la aferraba de la mano. "Promételo por el espantoso juramento que yo te dictaré". Entonces él le pidió que se arrodillara, y sosteniendo su mano derecha en una actitud amenazante hacia el cielo, y arrojando hacia atrás sus oscuros rizos negros, exclamó en amargas imprecaciones con la espantosa sonrisa de un demonio encarnado:
"Que las maldiciones de un Dios ofendido", gritó, "te persigan, te aferren en la tempestad y en la calma, en el día y en la noche, en la enfermedad y en el pesar, en la vida y en la muerte, si te desviaras de la promesa que has hecho aquí de ser mía. ¡Qué los espíritus oscuros de los condenados al Infierno aúllen en tus oídos los coros malditos de los demonios, que el aire torture tu seno con las llamas inextinguibles del infierno! ¡Qué tu alma sea como el lazareto de la corrupción, donde el fantasma del placer ausente sea venerado, como en una tumba: dónde el gusano de las cien cabezas nunca muere, donde el fuego nunca se extingue! ¡Qué el espíritu del demonio controle tu mente, y proclame a tu paso: ‘ESTA ES LA ABANDONADA DE DIOS Y DEL HOMBRE’, qué espantosos espectros te persigan en la noche, qué tus amigos más queridos desciendan a la tumba día a día, y los maldigas en su aliento moribundo! ¡Qué todo aquello más horrible en la naturaleza humana, más solemne que el lenguaje pueda enmarcar, o los labios puedan pronunciar, que esto, y más que esto, sea tu parte eterna, si violases el juramento que aquí has hecho!".
Él se detuvo, apenas sabiendo lo que ella hizo, la niña aterrorizada accedió al horrendo juramento, y prometió fidelidad eterna a aquel que sería su señor de allí en adelante. "Los espíritus de los condenados, te agradecen por tu ayuda," gritó el extraño, "he cortejado bravamente a mi bella novia. Ella es mía, mía para siempre. Si, cuerpo y alma son míos, míos en la vida y míos en la muerte. ¿Por qué lloras mi dulzura, antes de que haya pasado la luna de miel? ¡Por qué! Ciertamente tienes motivo para sollozar: pero cuando próximamente nos encontremos deberemos firmar el contrato nupcial". Luego imprimió un frío saludo en la mejilla de su joven novia, y amortiguando los horrores impronunciables de su semblante, le pidió que lo encontrara a las ocho esa misma noche en la capilla adyacente al castillo de Hernswolf. Ella se volvió hacia él con un suspiro ardiente, como implorando su protección, pero el extraño se había ido.
Al entrar en el Castillo, se la observaba afectada por la más profunda melancolía. Sus parientes se esforzaron en vano para acertar con la causa de su desconsuelo, pero el tremendo juramento que había prestado había paralizado completamente sus facultades, y estaba temerosa de traicionarse aún por la más leve entonación de su voz, o la menor variación en la expresión de su semblante. Cuando la noche hubo concluido, la familia se retiró a descansar, pero Clotilda, que era incapaz de reposar, dada la agitación de su ánimo, pidió que la dejaran sola en la biblioteca contigua a su habitación.
Todo era ahora noche profunda, cada sirviente se había retirado a descansar hacía largo tiempo, y el único sonido que se podía percibir era el tétrico lamento del perro guardián cuando aullaba a la luna. Clotilda permaneció en la biblioteca en actitud de profunda meditación.
La lámpara que ardía sobre la mesa, donde ella estaba sentada, agonizaba, y el extremo inferior de la habitación estaba ya más que oscuro a medias. El reloj de la esquina norte del Castillo repicó la hora a las doce, y el sonido hizo eco de manera lúgubre en la solemne quietud de la noche.
De pronto el picaporte de la puerta de roble del extremo más lejano de la habitación se levantó suavemente, y una figura pálida, ataviada con las vestimentas de la tumba, avanzó lentamente por la habitación. Ningún sonido anticipaba su aproximación, mientras se movía con pasos silenciosos hacia la mesa donde estaba ubicada la dama. Al principio ella no lo percibió, hasta que sintió una mano helada de muerte aferrar rápidamente la suya, y oyó murmurar una solemne voz en su oído, "Clotilda."
Ella levantó la vista, una figura oscura estaba parada a su lado, intentó gritar, pero su voz era desigual al esfuerzo empleado; su vista estaba fija, como si fuera magia, en la forma en que, lentamente removía el atuendo que ocultaba su semblante, y revelaba los ojos lívidos y forma esquelética de su padre. Parecía contemplarla con pena y sentimiento, y exclamó melancólicamente: "Clotilda, los vestidos y los sirvientes están listos, la campana de la iglesia ha repicado, y el sacerdote está en el altar, pero ¿dónde está la novia comprometida? Hay una habitación para ella en la tumba, y mañana ella estará conmigo."
"¿Mañana?" vaciló la niña distraída, "los espíritus del infierno deben haberlo registrado, y mañana el enlace debe ser cancelado." La figura se detuvo, retirándose lentamente, y pronto se perdió en la oscuridad de la distancia.
La mañana, noche, llegó, y cuando el reloj de la sala marcó las ocho, Clotilda estaba en su camino a la capilla. Era una noche oscura y sombría. Espesas masas de nubes oscuras navegaban a través del firmamento, y el rugido del viento hacía eco horriblemente entre los árboles del bosque. Ella alcanzó el lugar fijado, una figura la estaba esperando, esta avanzó, y descubrió los rasgos del extraño. "¡Por qué!" Está bien, mi novia," exclamó con una risa sardónica, "y bien voy a recompensar tu cariño. Sígueme."
Avanzaron juntos en silencio a través de las ventosas naves de la capilla, hasta que alcanzaron el cementerio contiguo. Aquí se detuvieron por un instante, y el extraño, en un tono suave, dijo, "Solamente una hora más, y la lucha quedará atrás. Y aún este corazón de malicia encarnada puede sentir, cuando se consagra un espíritu tan joven, tan puro a la tumba. Pero debe, debe ser," prosiguió, "como si la memoria de su amor pasado se precipitase en su mente, porque el demonio al cual obedezco lo ha deseado así. Pobre niña, te estoy conduciendo a tus nupcias, pero el sacerdote estará muerto, tus padres los esqueletos descompuestos que se desmoronan en pilas alrededor, y los testigos de nuestra unión, los gusanos perezosos que se regocijan en los huesos cariados de los muertos. Ven, mi joven novia, el sacerdote está impaciente por su víctima."
Mientras avanzaban, una débil luz azul se movía velozmente delante de ellos, y exhibió en el extremo del cementerio los portales de una cripta. Estaba abierta, y entraron en ella en silencio. El viento cavernoso se precipitó a través de la lúgubre residencia de la muerte, y por todos lados se apilaban los restos descompuestos de los féretros, los que caían pieza por pieza encima de la húmeda... Cada paso que daban era sobre un cuerpo muerto, y los huesos blanqueados rechinaban horriblemente bajo sus pies. En el centro de la bóveda se levantaba una pila de esqueletos sin enterrar, sobre la que estaba sentada, una figura tan horrenda aún para ser concebida por la imaginación más oscura. Mientras se aproximaban a ella, el hueco de la cripta resonó con una carcajada infernal, y cada cadáver descompuesto pareció cobrar una vida perversa. El extraño hizo una pausa, y luego aferró a su víctima con la mano, estalló un suspiro desde su corazón. Una lágrima resplandeció en su ojo. No fue sino por un instante, la figura frunció horriblemente el entrecejo ante su vacilación, y agitó su mano descarnada.
El extraño avanzó, hizo ciertos círculos místicos en el aire, articuló palabras misteriosas, e hizo una pausa, desaforado por el terror. Súbitamente levanto su voz y exclamó salvajemente:
"Esposa del espíritu de la oscuridad, unos pocos momentos son todavía tuyos, para que puedas saber a quién te has encomendado. Yo soy el espíritu imperecedero del miserable a quien maldijo el Salvador en la cruz. Me miró en la última hora de su existencia, y esa Mirada aún no ha transcurrido, porque yo estoy maldito en toda la Tierra. Estoy eternamente condenado al infierno y debo abastecer el paladar de mi maestro hasta que el mundo sea abrasado tal y como un pergamino, y los cielos y la tierra hayan muerto. Yo soy aquel al que debes haber leído, y aquel de cuyas proezas has oído. Un millón de almas me ha condenado mi maestro a atrapar, y cuando mi pena sea cumplida, yo conoceré el reposo de la tumba. Tú eres la milésima alma que he atrapado. Te he visto en tu hora de pureza, y te he marcado de inmediato para mi casa. Tu padre al que mate por su temeridad, y permití que te advirtiera de tu destino: y yo mismo he sido seducido por tu inocencia. ¡Ha! El hechizo trabaja briosamente, y tú pronto lo verás, mi dulce, a quien has encadenado tu eterno destino, porque mientras las estaciones se muevan en su curso natural, mientras los relámpagos destellen, y los truenos rujan, tu pena será eterna. Mira abajo y vé a lo que estás destinada."
Ella miró, la bóveda se abrió en mil distintas direcciones, la tierra bostezó en pedazos, y el rugido de aguas potentes se oyó. Un océano viviente de fuego derretido brilló en el abismo debajo de ella, y se mezcló con los alaridos de los condenados al infierno, y los gritos triunfantes de los demonios, representaban un horror más horrible que la imaginación.
Diez millones de almas estaban retorciéndose en las llamas ardientes, y mientras las oleadas hirvientes los lanzaban violentamente contra las rocas ennegrecidas e inflexibles, maldecían con blasfemias desesperadas, y cada maldición hacía eco con los truenos.
El extraño se precipitó hacia su víctima. Por un instante la sostuvo sobre la vista llameante, mirando tiernamente en su cara y sollozó como si fuera un niño. Eso no fue sino un impulso momentáneo, nuevamente la aferró en sus brazos, la arrojó violentamente con furia, y mientras su última mirada de partida se fundía con bondad en su rostro, vociferó con fuerza:
"No es mío el crimen, pero la religión que tú profesas, ¿no dice que hay un fuego de eternidad preparado para las almas de los malvados, y no has incurrido tú en sus tormentos?"
Ella, pobre niña, no escuchó, no hizo caso de los gritos del blasfemador. Su delicada forma rebotó de roca en roca, sobre oleadas, y sobre espuma, mientras sentía, que el océano se zamarreaba como si estuviera victorioso de recibir su alma, y mientras ella se hundía profundamente en la fosa ardiente, diez mil voces reverberaron desde el fondo del abismo, "¡Espíritu del mal! Aquí hay ciertamente una eternidad de tormentos preparada para ti, porque aquí el gusano nunca muere, y el fuego nunca se extingue".
William Harrison Ainsworth
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