El Recolector de Historias

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jueves, 9 de abril de 2015

"El Sueño de las Manos Rojas"

"Lo primero que oí acerca de Jacob Settle fue una sencilla afirmación que describía su carácter: “Es un tipo triste.” Sin embargo, más tarde me di cuenta de que esa opinión sólo expresaba lo que sus compañeros de trabajo pensaban de él. En aquellas palabras había cierto grado de intolerancia; les faltaba el lado positivo que toda opinión que se precie debe tener y que sitúa a la persona en la justa medida de la estima social. Pero había algo que no encajaba con el aspecto del personaje. Esto me dio que pensar y, poco a poco, y a medida que fui conociendo cada vez más el lugar y a sus compañeros de trabajo, fue creciendo mi interés por él. Supe que siempre estaba haciendo favores que podía cumplir y que en todo momento se dejaba guiar por la previsión, la paciencia y el autocontrol, verdaderos valores de la vida. Las mujeres y los niños confiaban ciegamente en él pero, por extraño que parezca, él los evitaba, salvo cuando alguien estaba enfermo; entonces, aparecía tímido y desgarbado para ofrecer su ayuda.

Llevaba una vida muy solitaria. Él mismo se hacía las cosas de casa. Vivía en una pequeña casa de campo, lo más parecida a una cabaña, de una sola habitación y alejada del mundo, en los límites del páramo. Su existencia parecía tan triste y solitaria que me entraron ganas de animarla. Me decidí a ello un día que nos encontramos ayudando a incorporarse a un chico herido, con el que choqué accidentalmente. Fue entonces cuando me ofrecí a prestarle unos libros. Él aceptó de buen grado y, al separarnos, ya al amanecer, sentí que entre nosotros había surgido cierto grado de confianza.

Los libros me los devolvía siempre en perfecto estado y en la fecha convenida y, con el tiempo, Jacob Settle y yo llegamos a ser buenos amigos. Una o dos veces que me decidí a cruzar el páramo en domingo, me reuní con él, pero noté que no se encontraba a gusto ni relajado, por lo que no supe si debía volver a verle o no. Lo que sí sabía es que él nunca vendría a visitarme a mí bajo ninguna circunstancia. Una tarde de domingo, regresaba yo de dar un largo paseo por el páramo y, al pasar por la cabaña de Settle, me detuve en la puerta y pregunté: “¿Qué tal está?” Como la puerta estaba cerrada, pensé que había salido. Aun así, y para guardar las formas o por simple costumbre, llamé sin esperar respuesta. Para mi sorpresa, oí una débil voz que provenía de dentro, aunque no pude descifrar lo que decía. Entré y me encontré a Jacob medio desnudo y tendido en la cama. Estaba pálido como la muerte. Las gotas de sudor le caían por el rostro. Sus manos se aferraban inconscientemente a las sábanas, del mismo modo que un hombre que se está ahogando se agarra a lo primero que encuentra. Al verme entrar, trató de incorporarse con una expresión salvaje en los ojos; los tenía muy abiertos y miraban como si algo horrible hubiese sucedido. Cuando me reconoció, volvió a tumbarse con un contenido sollozo de alivio y cerró los ojos. Permanecí de pie junto a él apenas un instante mientras jadeaba.

Entonces, abrió los ojos y me miró con una expresión de desesperación tal que, tan cierto como que estoy vivo, mejor habría sido no ver aquella mirada de terror. Me senté a su lado y le pregunté cómo se encontraba. Al principio, sólo decía que no estaba enfermo pero, entonces, después de examinarme, se incorporó apoyándose en el codo y dijo:

—Se lo agradezco, señor, le estoy diciendo la verdad. No estoy enfermo, lo que entendemos comúnmente por enfermedad, aunque sólo Dios sabe si hay peor enfermedad que la que conocen los médicos. Le contaré lo que me ocurre porque usted ha sido muy amable conmigo. Confío en que nunca se lo mencionará a nadie pues, de hacerlo, sería terrible para mí. Estoy viviendo una auténtica pesadilla.
—¿Una pesadilla? —dije con intención de animarle—. Los sueños desaparecen con la luz, incluso cuando uno despierta.

Entonces, dejé de hablar porque, antes de que pudiera decir nada más, vi la respuesta en su mirada.

—¡No, no! Eso es lo que le sucede a la gente que vive en paz y rodeada de sus seres queridos, pero es mil veces peor para los que tenemos que vivir solos. ¿Qué alegría puedo encontrar aquí cuando me despierto en medio del silencio de la noche, rodeado por este vasto páramo, lleno de voces y rostros que hacen de mi despertar una pesadilla peor que la de mis propios sueños? Usted, no tiene un pasado que le envía sus legiones en la oscuridad y en el vacío. Le ruego a Dios que nunca le ocurra.

A medida que hablaba, me di cuenta de que estaba tan seguro de sus palabras que decidí olvidarme de mi crítica. Sentí que me encontraba en presencia de una influencia que yo mismo era incapaz de comprender. No sabía qué más decirle pero, para alivio mío, continuó hablando:

—He soñado con ello las dos últimas noches. La primera noche fue bastante intenso, pero logré superarlo. Sin embargo, en la última, el temor fue casi peor que el propio sueño porque, cuando éste llegó, acabó con el recuerdo de otros momentos de dolor. Permanecí despierto justo hasta antes de que empezara a amanecer. Después, la pesadilla volvió y, desde entonces, he sentido tal angustia que he creído morir y con ella he sido presa de todos los temores que me acechan esta noche. Antes de que hubiese terminado la frase, mi mente se había repuesto lo suficiente como para darle algunas palabras de aliento:
 —Intente irse a dormir esta noche un poco más temprano, antes de que anochezca. Le aseguro que descansar le vendrá bien. A partir de hoy ya no volverá a tener más pesadillas.

Movió la cabeza resignado. Estuve un poco más a su lado y, después, le dejé solo. Cuando llegué a casa, preparé mis cosas. Había decidido pasar con Jacob Settle su vigilia en la cabaña del páramo. Pensé que si conseguía dormirse antes de la puesta de sol, se despertaría antes de medianoche y, entonces, justo cuando las campanas de la ciudad diesen las once, yo estaría apostado justo a su puerta con una bolsa con la cena, un termo grande, un par de velas y un libro. La luna brillaba e inundaba todo el páramo con una luz tan intensa que parecía de día. De repente, cruzaron el cielo unas nubes negras, que crearon una oscuridad casi tangible. Abrí la puerta con cuidado y entré sin despertar a Jacob. Dormía boca arriba y pude ver su rostro lívido. Estaba bañado en sudor. Intenté imaginar qué visiones estarían pasando por aquellos ojos cerrados, visiones capaces de llevar consigo el sufrimiento y el dolor que se plasmaban en aquel rostro. No pude hacerme a la idea, y esperé a que se despertara. Fue algo tan repentino y extraño que me estremecí. Mientras se incorporaba y volvía a echarse hacia atrás, de sus labios blanquecinos salió un gemido cavernoso que no debía de ser sino el final de una serie de pensamientos que le habían invadido con anterioridad.

—Si está soñando, debe de ser con algo terrible. ¿Cuál puede ser ese suceso desgraciado del que me habló? —pensé para mis adentros.

Mientras me detenía en este pensamiento, Jacob se dio cuenta de mi presencia. Me sorprendió que no dudase si se encontraba dormido o despierto, tal y como suele sucedemos recién despertados. Con un grito de alegría, me agarró la mano entre las suyas, húmedas y temblorosas, como un chiquillo atemorizado agarra a alguien a quien ama. Intenté tranquilizarle:

—Ya está, ya está, no pasa nada. He venido para estar con usted, juntos intentaremos luchar contra ese maldito sueño.

De repente, me soltó la mano. Se dejó caer en la cama y se cubrió los ojos con las manos.

—¿Enfrentarnos a ese maldito sueño? ¡No, señor, no! Ninguna fuerza mortal puede enfrentarse a este sueño que proviene de Dios y arde aquí —dijo mientras se golpeaba la frente. A continuación, siguió hablando:
—Es el mismo sueño, siempre el mismo, cada vez más fuerte. Me tortura una y otra vez.
—¿Con qué sueña? —le pregunté creyendo que hablar de ello podría aliviarle.

Se apartó de mí y, tras una larga pausa, dijo:

—No, creo que es mejor no contárselo. Puede que no vuelva a soñar.

Estaba claro que ocultaba algo, algo que se escondía en el sueño.

—Está bien. Espero que no sueñe más pero, si vuelve de nuevo, prometa contármelo, ¿de acuerdo? No se lo pregunto por curiosidad, sino porque creo que hablar de ello puede servirle de ayuda. Me contestó con solemnidad:
—No se preocupe. Si vuelvo a soñar, le prometo que se lo contaré todo.

Intenté distraerle con cosas más mundanas. Preparé la cena y la compartí con él, incluido el contenido del termo. Después de un rato, se tranquilizó. Me encendí un puro, le di otro a él, y fumamos durante una hora y hablamos de muchos temas. Poco a poco la placidez que sentía su cuerpo se adueñó de su mente, y pude ver cómo las dulces manos del sueño le acariciaban los párpados. También él las sintió. Me dijo que se sentía mejor y que podía dejarle e irme tranquilo, pero le dije que iba a esperar a que amaneciera. Encendí la otra vela y empecé a leer, mientras él se quedaba dormido. Poco a poco me fui ensimismando de tal forma en la lectura que casi se me caía el libro de las manos. Miré y comprobé que Jacob seguía dormido. Me agradó ver en su rostro una expresión de felicidad poco habitual, mientras parecía que sus labios pronunciaban palabras mudas. Regresé de nuevo a la lectura, y me volví a despertar aterrado por una voz que procedía de la cama que estaba junto a mí.

—¡Con esas manos ensangrentadas no, nunca, nunca!

Le miré y me di cuenta de que seguía dormido. Sin embargo, se despertó al instante y no pareció sorprenderse de verme. De nuevo había en él esa extraña indiferencia. Entonces, le dije:

—Settle, cuénteme su sueño. Puede hablar sin miedo. No contaré nada. Mientras vivamos los dos, jamás contaré lo que va a decirme.
—Prometí que se lo contaría, pero es mejor que conozca antes la historia. Así podrá comprenderlo mejor. En mi juventud, fui profesor. Trabajaba en una escuela en una pequeña ciudad del Suroeste de Inglaterra. No hace falta mencionar su nombre. Es mejor que no. Me prometí en matrimonio con una joven a la que amaba y casi adoraba.

Pero ocurrió lo de siempre. Mientras esperábamos el momento en que pudiésemos tener una casa donde vivir juntos, apareció otro hombre. Tenía casi los mismos años que yo. Era elegante y amable. Tenía todos los atractivos que adoran las mujeres de nuestra clase. Mientras yo estaba trabajando en la escuela, él iba a pescar y ella se encontraba con él. Intenté convencerla, incluso llegué a implorarle que le dejase. Le prometí casarme con ella enseguida y marcharnos de allí, comenzar una nueva vida en un lugar diferente. Pero jamás habría escuchado nada de lo que yo le hubiera dicho. Estaba perdidamente enamorada de él.

A continuación, decidí hablar con aquel hombre para que la tratara bien. Pensé que la quería y que no habría posibilidad alguna de convencerle. Me dirigí a donde sabía que podría encontrarme con él a solas, y mis temores se confirmaron.

Jacob Settle tuvo que hacer una pausa; parecía como si tuviera algo que le molestara en la garganta. Casi jadeaba al respirar. Después continuó:

—Señor, pongo a Dios por testigo, juro por Dios que no me movía ningún pensamiento egoísta. Amaba tanto a mi querida Mabel que me conformaba con sólo una parte de su amor. Había pensado demasiado en mi desgracia como para no darme cuenta de que no tenía nada que hacer. Aquel hombre se comportó de forma insolente conmigo. Usted, señor, que es un caballero, tal vez no sepa lo humillante que puede llegar a ser la insolencia de alguien que se cree superior a ti. Pero conseguí soportarlo. Le supliqué que tratase bien a la joven. Le advertí que si lo que buscaba era simplemente diversión, no iba a conseguir sino romperle el corazón.

No me preocupaba que ella no le quisiera ni que sufriera. No quería que fuese desgraciada. Pero cuando le pregunté cuándo pensaba casarse con ella, su risa me hizo perder los nervios. Le dije que no me iba a cruzar de brazos para ver cómo mi amada era infeliz. Él también se enfureció y, en su furia, dijo tales crueldades de ella que juré que no iba permitir que siguiera vivo para hacerle daño a mi amada. Sólo Dios sabe cómo ocurrió. En esos momentos de ofuscación es difícil recordar cómo se pasa de las palabras a las manos. De repente, me encontré de pie junto a su cadáver. Tenía las manos manchadas del color carmesí de la sangre que le brotaba del cuello roto. Estábamos solos. Él era forastero, ningún familiar le buscaría. Sus huesos deben de estar aún en la represa del río donde lo arrojé. Su ausencia no levantó sospechas. Nadie preguntó por él, excepto mi pobre Mabel, pero no se atrevió a hablar. Mis esfuerzos no valieron de nada. Tras ausentarme durante unos meses, no podía seguir viviendo en aquel lugar, comprendí que la vergüenza había sido la causa de su muerte. Hasta la fecha pensaba que con aquel acto terrible había conseguido salvar su futuro pero, cuando supe que había llegado demasiado tarde y que mi pobre amada estaba manchada con el pecado de aquel hombre, me invadió un sentimiento de culpabilidad tal que no pude sobrellevarlo.

Señor, usted, que nunca ha cometido un pecado como aquél, no sabe lo que es cargar con ello. Quizá piense que la rutina puede hacerlo más llevadero, pero no es así. Crece y crece con cada hora que pasa, hasta que se hace insoportable.

Y con él crece también la seguridad de que ya no hay sitio para mí en el Cielo. Usted no sabe lo que es sentir esto, y le pido a Dios que nunca llegue a sentirlo. Los hombres normales, para los que todo es posible, no suelen pensar en el Cielo. Para ellos el Cielo no es más que una palabra, nada más. Se sienten satisfechos con esperar y dejar que las cosas sigan su curso. Pero para los que estamos condenados a quedarnos fuera para siempre, no puede imaginarse lo que significa, no puede adivinar el eterno deseo de ver las puertas abiertas y de acompañar a las figuras blancas que hay dentro. Ése es mi sueño. Veo la entrada delante de mí. Tiene unas enormes puertas de acero, con unos barrotes del grosor de un mástil, que se alzan hasta las mismísimas nubes. Los barrotes están tan juntos unos de otros que entre ellos sólo se alcanza a ver una gruta de cristal, en cuyos brillantes muros están talladas muchas figuras con vestiduras blancas cuyos rostros irradian alegría. Cuando estoy frente a la puerta, mi corazón y mi alma se encuentran tan extasiados y tan llenos de deseo que me olvido de todo. Y allí, junto a la puerta, hay dos poderosos ángeles que agitan sus alas con una mirada terriblemente grave. Cada uno de ellos sostiene en una mano una espada llameante y en la otra lleva un manojo de llaves que mueve suavemente de un lado a otro. Más cerca hay unas figuras cubiertas de negro, con la cabeza tapada por completo, sólo se les ven los ojos. A todo aquel que llega le dan unas vestiduras blancas como las que llevan los ángeles. Un suave murmullo anuncia que todos deben ponerse la túnica, que no deben mancharla o, de lo contrario, los ángeles no les dejarán pasar y les golpearán con las espadas. Yo estoy ansioso por ponerme mi túnica; rápidamente me la echo por encima y voy corriendo hacia la puerta. No se mueve. Los ángeles abren la cerradura y señalan mi túnica. Yo miro hacia abajo y me horrorizo al verla toda ella manchada de sangre.

Mis manos están rojas, brillan con la sangre que gotea de ellas, igual que ocurrió aquel día en la ribera del río. Y, entonces, los ángeles alzan sus ardientes espadas para acabar conmigo. Me invade un terror enorme y me despierto. Una y otra vez, este sueño regresa una y otra vez. Nunca aprendo del sueño anterior, nunca lo recuerdo. Al empezar a soñar, la esperanza siempre está ahí presente para hacer que el final sea cada vez más cruel. Sé que este sueño no viene de la oscuridad de la que provienen el resto de los sueños, Dios me lo envía como castigo. Nunca, nunca seré capaz de atravesar la puerta. La mancha de mi túnica siempre vendrá de estas manos asesinas.

Escuché medio hechizado las palabras de Jacob Settle. Había algo extraño en el tono de su voz, algo tan místico y ensoñador en sus ojos que me atravesaban como un espíritu del más allá, algo tan solemne en su acento y en tan marcado contraste con su ropa raída y la pobreza que le rodeaba que llegué a pensar que todo aquello no era más que un sueño.

Permanecimos en silencio durante mucho tiempo. Con creciente asombro, continué observando a aquel hombre que tenía frente a mí. Ahora que me había confesado su secreto, su alma, que había vuelto a la realidad, parecía erigirse de nuevo con renovada fuerza. Cualquiera se hubiera horrorizado con su historia pero, aunque resulte extraño decirlo, yo no lo estaba. No es agradable en absoluto escuchar la confesión de un asesino, pero este pobre hombre parecía no sólo haberse visto llevado a ello, sino tan arrepentido que yo no me sentía capaz de juzgarle. Quería tranquilizarle, así que le hablé con toda la calma de que fui capaz, aunque mi corazón latía con fuerza.

—No desespere, Jacob Settle. Dios es bueno y misericordioso. Viva con la esperanza de que algún día se sentirá liberado del pasado.

A continuación, me callé porque me di cuenta de que el sueño, un sueño natural esta vez, se aproximaba sigilosamente hacia él.

—Váyase a dormir —le dije—. Me quedaré aquí con usted y no tendrá más pesadillas esta noche.

Hizo un esfuerzo por calmarse y me contestó:

—No sé cómo agradecerle lo bueno que es conmigo, pero creo que es mejor que me deje a solas. Intentaré dormir. Es como si el habérselo contado todo me hubiera quitado un peso de encima. Debo luchar yo solo por mi vida.
—Me iré, si es lo que desea —le contesté—, pero deje que le dé un consejo: no viva tan solo. Vaya a donde haya otros hombres y mujeres. Viva entre ellos. Comparta sus alegrías y tristezas, eso le ayudará a olvidar. Esta soledad le hará enloquecer.
—Le haré caso ——contestó ya medio inconsciente mientras el sueño se adueñaba de él.

Me volví para marcharme y él me siguió con la mirada. Toqué el cerrojo de la puerta, lo solté y me dirigí de nuevo a la cama. Le tendí la mano; él la estrechó entre las suyas mientras se incorporaba. Entonces, le di las buenas noches e, intentando animarle, le dije:

—Valor, hombre, valor. Quedan muchas cosas por hacer en este mundo, Jacob Settle. Algún día podrá vestir esa túnica blanca y atravesará la puerta de acero.

A continuación, le dejé solo. Una semana después me encontré su cabaña vacía. Pregunté en la fábrica y me dijeron que se había marchado al Norte, aunque nadie supo decirme exactamente adonde.

Dos años más tarde, disfrutaba yo de unos días en Glasgow en compañía de mi amigo el doctor Munro. El doctor era un hombre muy ocupado y no disponía de mucho tiempo libre para estar conmigo, así que yo me pasaba el día haciendo excursiones a los Trossachs, a Loch Katrine y a El Clyde.

El segundo día de estar allí, regresé un poco más tarde de lo habitual, pero mi anfitrión tampoco estaba en casa. La criada me dijo que le habían llamado del hospital por un accidente ocurrido en las obras de la conducción del gas y que la cena se posponía una hora. Le dije que daría un paseo y que iba a buscar a su señor. Ambos regresaríamos juntos. Me encontré con él en el hospital lavándose las manos para regresar a casa.

Le pregunté cuál había sido el motivo del accidente.

—¡Lo de siempre! Una cuerda podrida y, sin más explicación, unos hombres pierden la vida. Dos hombres estaban trabajando en el gasómetro, cuando la cuerda que sostenía el andamiaje se partió. Debió de ocurrir justo antes de la hora de la cena, porque nadie se dio cuenta de que faltaban hasta que volvieron al trabajo. En el gasómetro había más de siete pies de agua. Tuvo que ser muy duro, pobre gente. Uno de ellos estaba vivo, pero nos costó mucho sacarlo. Parecía como si le debiera la vida a su compañero, nunca he visto nada tan heroico. Nadaron juntos mientras les quedaban fuerzas pero, al final, estaban tan agotados que, a pesar de las luces que tenían por encima y de los hombres que bajaron con cuerdas, no pudieron salvarse. Uno de ellos se puso de pie sobre el fondo y alzó a su compañero por encima de su cabeza. Ese esfuerzo le llevó a la muerte. Fue horrible cuando los sacaron. El agua, mezclada con el gas y el alquitrán, tenía el aspecto de un tinte de color morado. Parecía como si el hombre que estaba más arriba estuviera bañado en sangre. ¡Puuag!
—¿Y el otro?
—Ése estaba aún peor, pero debió de ser un gran compañero. La lucha bajo el agua tuvo que ser espantosa. No había más que ver cómo le chorreaba la sangre por las extremidades. Al mirarle, parecía como si tuviera estigmas. Estoy seguro de que el valor de ese hombre podría haber cambiado el mundo por completo. Con él se abrirían las puertas del Cielo. Mira esto. No es que sea muy agradable, sobre todo antes de cenar, pero eres escritor y se trata de un caso extraño. Hay algo que no puedes perderte, casi seguro que nunca vas a ver algo parecido.

Mientras hablaba, me llevó hacia el depósito de cadáveres del hospital. En el ataúd había un cuerpo cubierto con una sábana blanca, que lo envolvía.

—Parece una crisálida, ¿verdad? Jack, si alguna vez el alma del ser humano se ha representado como una mariposa, la que ha salido de esta crisálida debe de ser muy hermosa y sus alas deben de tener todos los colores del arco iris. ¡Mira!

Y descubrió el rostro del cadáver. Era horrible, parecía como si estuviera teñido de sangre. Pero le reconocí enseguida. ¡Era Jacob Settle!

Mi amigo tiró de la sábana hacia atrás. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho púrpura, como si alguien de buen corazón se hubiera preocupado en colocárselas así. Cuando las vi, mi corazón empezó a latir con fuerza y se me vino a la mente aquel sueño suyo tan terrible. Aquellas valientes manos estaban inmaculadas, no tenían ni el más mínimo rastro de tinte.

De alguna manera, mientras le miraba, supe que el maldito sueño había terminado para siempre. Aquella alma noble había encontrado la forma de cruzar la puerta. Las manos, apoyadas en la túnica blanca que le cubría, estaban limpias de culpa".


Bram Stoker

miércoles, 8 de abril de 2015

"Rashomon"

"Era un frío atardecer. Bajo Rashomon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashomon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa1 o nobles con el momiebosh2, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashomon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.

En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.

Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.

Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.

Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: “el sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir". Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalismo de este sirviente de la época Heian.

Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto lo deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sujaku.

La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashomon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro se veía una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada.

"Para escapar a esta maldita suerte -pensó el sirviente- no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si empezara a pensar sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo..."

Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese "si no elijo..." quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir "si no..." demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: "no me queda otro remedio que convertirme en ladrón".

Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.

Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara.

El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podría molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su espada de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con sandalias sobre el primer peldaño.

Minutos después, en mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashomon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre; una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado, purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres; pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo espectral en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashomon, en una noche de lluvia como aquélla?

Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre.

Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros.

Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez.

El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres.

Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer.

Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente.

A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio -pronto lo comprobó- no iba dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase “el mal", por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón -el problema que él mismo se había planteado hacía unos instantes- no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso.

Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashomon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón.

Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su espada, en una zancada se plantó ante la vieja. Ésta se volvió aterrada, y al ver al hombre retrocedió bruscamente, tambaleándose.

-¡Adónde vas, vieja infeliz! -gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.

La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:

-¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; si no, hablará esto por mí.

Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su espada y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitadas. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo:

-Escucha. No soy ningún funcionario imperial. Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.

La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente:

-Yo, sacaba los cabellos... sacaba los cabellos... para hacer pelucas...

Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia lo invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca:

-Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible; pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.

Mientras tanto el sirviente había guardado su espada, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento.

-¿Estás segura de lo que dices? -preguntó en tono malicioso y burlón.

De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello le dijo con rudeza:

-Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.

Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándosele a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.

Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.

Abajo, sólo la noche negra y muda.

Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe".


Ryunosuke Akutagawa

martes, 7 de abril de 2015

"Roger Dodsworth, el Inglés Reanimado"

"Quizá se recuerde que el 4 de julio pasado apareció un párrafo en los periódicos indicando que el doctor Hotham, de Northumberland, cuando regresaba hace unos veinte años de Italia, sacó de debajo de una avalancha en el monte St. Cothard, en las proximidades de la montaña, a un ser humano cuya animación había sido suspendida por la acción de las bajas temperaturas. Al aplicársele los remedios habituales, el paciente fue resucitado para descubrirse que se trataba del señor Dodsworth, hijo del anticuario Dodsworth, que falleció en el reinado de Carlos I. Tenía treinta y siete años de edad en el momento de su inhumación, que había tenido lugar durante su regreso de Italia en 1654.

Se añadió que tan pronto como se hubiera recuperado lo suficiente volvería a Inglaterra bajo la protección de su salvador. Desde entonces no hemos oído hablar más de él, y varias iniciativas para el interés público, que se habían iniciado en mentes filantrópicas al leer la noticia, ya ha retornado a su prístina nada. La sociedad de anticuarios se había abierto camino a varios votos de medallas, y ya había comenzado, en idea, a considerar qué precios podía permitirse ofrecerle al señor Dodsworth por sus viejas ropas y a conjeturar qué tesoros en cuanto a panfletos, canciones antiguas o cartas manuscritas podían contener sus bolsillos. Desde todos los puntos se empezaron a escribir poemas de todas las clases, elegíacos, congratulatorios, burlescos y alegóricos. En favor de dicha información auténtica, el señor Godwin había suspendido la historia de la Commonwealth que acababa de iniciar.

Es duro no sólo que el mundo se vea privado de esos destinados dondes de los talentos del país, sino también que se le prometa y luego se le niegue un nuevo tema de romántica maravilla e interés científico. Una idea novel vale mucho en la rutina corriente de la vida, pero un hecho nuevo, un milagro, una desviación del curso palpable de las cosas hacia la aparente imposibilidad es una circunstancia a la cual la imaginación debe aferrarse con deleite, y de nuevo repetimos que es duro, muy duro, que el señor Dodsworth se niegue a aparecer, y que los creyentes en su resurrección se vean obligados a soportar los sarcasmos y argumentos triunfalistas de aquellos escépticos que siempre se mantienen del lado seguro de la barrera.

Ahora bien, nosotros no creemos que haya ninguna contradicción o imposibilidad unida a las aventuras de esta joven reliquia. La animación (creo que los fisiólogos se muestran de acuerdo) se puede suspender con facilidad durante unos cien o doscientos años, o unos pocos segundos. Un cuerpo herméticamente sellado por la helada se ve por necesidad preservado. No se le puede añadir nada o quitarle algo a aquello que se halla absolutamente aislado de la acción de un agente exterior: no puede acontecer ninguna descomposición, pues algo jamás se puede volver nada. Bajo la influencia de ese tratado que nosotros llamamos «muerte», el cambio, mas no la aniquilación, nos quita de la vista el mundo corpóreo; la tierra recibe sustento de él, el aire se alimenta de él, cada elemento coge lo suyo, forzando así el pago de lo que ha prestado.

Sin embargo, los elementos que flotaban sobre la helada mortaja del señor Dodsworth carecían de poder para superar el obstáculo que éste les presentaba. Ningún céfiro podía arrancarle un cabello, ni la influencia de la húmeda noche o de la suave mañana podía penetrar su panoplia más que diamantina. La historia de los siete Durmientes radica en una interpretación milagrosa: durmieron. El señor Dodsworth no durmió; su pecho jamás se alzó, sus latidos se vieron detenidos; la muerte tenía posado el dedo sobre unos labios de los que nunca podría escapar un aliento. Y entonces se le liberó, la tenebrosa sombra fue desterrada para su propia perplejidad. Su víctima se había quitado el gélido hechizo y se levantó un hombre tan perfecto como el que se tumbó hace ciento cincuenta años. Con ansiedad hemos deseado que se nos comunicaran algunos detalles de sus primeras conversaciones y la manera en que ha aprendido a adaptarse a su nuevo escenario de vida. Pero como se nos niegan los hechos, permítasenos esbozar una conjetura. Se puede adivinar cuáles fueron sus primeras palabras de las expresiones usadas por las personas expuestas a accidentes más cortos de similar naturaleza. Pero a medida que recupera toda su capacidad, la trama se hace más densa. Su ropa ya ha estimulado el asombro del doctor Hotham: la barba puntiaguda, los rizos sobre la frente, que, hasta que se descongeló, se mantenían rígidos bajo la influencia de la escarcha y la helada; su traje hecho como el de los retratos de Van Dyck, o (una similitud más familiar) como el disfraz del señor Sapio en Winter's Opera of the Oracle, sus zapatos en punta..., todo hablaba de otra época. La curiosidad del salvador le descubrió que el señor Dodsworth estaba a punto de despertar.

Mas para ser capaces de conjeturar con cierto grado de veracidad el rumbo de sus primeras preguntas, hemos de esforzarnos por descifrar qué papel desempeñó en su vida anterior. Vivió en el período más interesante de la historia inglesa: se hallaba perdido al mundo cuando Oliver Cromwell ya había alcanzado la cúspide de su ambición, y a los ojos de Europa entera, la Commonwealth de Inglaterra parecía tan establecida como para durar toda la eternidad. Carlos I estaba muerto; Carlos II era un proscrito, un mendigo, pobre incluso en esperanzas. El padre del señor Dodsworth, el anticuario, recibía un salario del general republicano, lord Fairfax, una gran amante de las antigüedades, y murió el mismo año en que su hijo se sumió en ese sueño largo pero no definitivo... Una curiosa coincidencia ésta, pues da la impresión de que nuestro amigo preservado por el frío regresaba a Inglaterra cuando murió su padre, para, probablemente, reclamar su herencia. ¡Cuán efímeros son los puntos de vista humanos! ¿Dónde se encuentra ahora el patrimonio del señor Dodsworth? ¿Dónde sus coherederos, sus albaceas y legatarios? Su prolongada ausencia, suponemos, ha proporcionado a los actuales poseedores de sus propiedades... La cronología del mundo es ciento setenta años más vieja desde que él abandonara la escena, mano tras mano ha arado sus acres, convirtiéndose luego en más terrones de tierra; se nos puede permitir dudar si una sola partícula de su superficie es individualmente la misma que aquellas que iban a ser suyas... La misma tierra joven rechazaría la antigua reliquia de su reclamador.

El señor Dodsworth, si podemos juzgarlo por la circunstancia de que se entrara en el extranjero, no era un celoso hombre de la Commonwealth; no obstante, haber elegido Italia como el país a visitar y su proyectado retorno a Inglaterra a la muerte de su padre, torna probable que no fuera un violento colono leal a Gran Bretaña. Sí parece ser (o haber sido) uno de esos hombres que no seguían los consejos de Catón como están registrados en la Farsalia; un grupo, si el no pertenecer a grupo alguno admite semejante término, que Dante nos recomienda despreciar por completo, y que en no pocas ocasiones cae entre los dos taburetes, asiento que se evita con sumo cuidado. Sin embargo, el señor Dodsworth apenas podía dejar de sentirse ansioso por las últimas noticias procedentes de su país natal en un período tan crítico, su ausencia podría haber puesto en gran peligro su propia propiedad; por lo tanto, podemos imaginar que una vez que sus miembros hubieran sentido el gozoso regreso de la circulación, y después de haberse estimulado con tales productos de la tierra como jamás hubiera podido esperar vivir para comer, una vez que se le hubiera informado de qué peligro había sido rescatado y haber dicho una oración que incluso le pareció enormemente larga al doctor Hotham, podemos imaginar, repito, que su primera pregunta habría sido:

—¿Ha llegado últimamente alguna noticia de Inglaterra?
—Recibí cartas ayer —bien se puede presumir que fue la respuesta del doctor Hotham.
—¡De verdad! —exclama el señor Dodsworth—. Por favor, señor, ¿ha acontecido algún cambio, para bien o para mal, en ese pobre y confundido país?

El doctor Hotham sospecha la presencia de un radical, y con frialdad contesta:

—Señor mío, sería difícil decir en qué consiste su confusión. La gente habla de fabricantes que se mueren de hambre, bancarrota y de la caída del capital social de las compañías... Excrecencias, excrecencias que existirían en un estado de buena salud. De hecho, Inglaterra jamás se ha encontrado en una condición más próspera.

Entonces, el señor Dodsworth sospecha la presencia del republicano, y, con lo que hemos supuesto ser su cautela habitual, oculta durante un rato su lealtad y, con voz moderada, pregunta:

—¿Nuestros gobernantes miran con ojos descuidados los síntomas del exceso de salud?
—Nuestros gobernantes —responde su salvador—, si se refiere a nuestro ministro, se encuentran demasiado vivos para la turbación temporal. (Pedimos el perdón del doctor Hotham si le ofendemos convirtiéndolo en un tory; tal cualidad corresponde a nuestro entendimiento puro y anticipado de un doctor, y tal es el único conocimiento que poseemos de este caballero). Sería deseable que se mostraran más firmes... ¡El rey, Dios le bendiga!
—¡Señor! —exclama el señor Dodsworth.
El doctor Hotham continúa, sin darse cuenta del excesivo asombro exhibido por su paciente.
—El rey, Dios le bendiga, dedica sumas inmensas de su dinero personal para la ayuda de sus súbditos, y su ejemplo ha sido imitado por toda la aristocracia y clase alta de Inglaterra.
—¡El rey! —exclama el señor Dodsworth.
—Sí, señor —responde con énfasis su salvador—, el rey, y me siento feliz de decir que los prejuicios que tan desgraciada e inmerecidamente poseían los ingleses con respecto a Su Majestad ahora han sido transformados, con la excepción de unos despreciables ejemplos —con añadida severidad—, en un amor respetuoso y la reverencia que merecen sus talentos, virtudes y amor paternal.
—Querido señor, usted me divierte —replica el señor Dodsworth, mientras su lealtad, últimamente sólo un capullo, de repente florece por completo—; sin embargo, no consigo comprenderlo. El cambio es tan súbito, y el hombre, Carlos Estuardo, ahora puedo llamarlo Carlos I, ¿confío en que su asesinato haya sido condenado como se merece?

El doctor Hotham le toma el pulso al paciente... Temía un acceso de delirio debido a semejante desviación del tema. Era regular y tranquilo, y el señor Dodsworth continuó:

—Ese infortunado mártir que nos mira desde el cielo está, espero, aplacado por la reverencia que se le tributa a su nombre y las plegarias dedicadas a su recuerdo. ¿Ningún sentimiento, creo que puedo aventurarme a firmar, está tan generalizado en Inglaterra como la compasión y el amor en que se tiene la memoria de ese desventurado monarca? Y ¿su hijo, que reina ahora?
—Seguro, señor, que lo habéis olvidado. Ningún hijo; eso, por supuesto, es imposible. Ningún descendiente suyo está en el trono inglés, ocupado ahora con todo merecimiento por la casa de Hanover. La despreciable raza de los Estuardo, hace tiempo proscrita y perdida, ya está extinta, y los últimos días del último pretendiente a la corona de esa familia justificaron a los ojos del mundo la sentencia que lo echó para siempre del reino.

Esas debieron de haber sido las primeras lecciones en política del señor Dodsworth. Pronto, para asombro del salvador y del salvado, el verdadero estado del caso debió haber sido revelado. Durante un tiempo, la extraña y tremenda circunstancia de su largo trance puede haber amenazado la pérdida total de cordura del señor Dodsworth. Mientras atravesaba el monte St. Gothard, había lamentado la muerte de un padre... y ahora todo ser humano que había visto alguna vez se hallaba bajo tierra, convertirlo en polvo, cada voz que había oído estaba silenciosa. El mismo sonido de la lengua inglesa ha cambiado, tal como le informa su experiencia en conversación con el doctor Hotham. Los imperios, las religiones, las razas de hombres probablemente han surgido y desaparecido; su propio patrimonio (el pensamiento resulta ocioso; no obstante, sin él, ¿cómo podría vivir?) se ha hundido en el voraz abismo que se abre codicioso para tragarse el pasado; sus conocimientos y sus logros casi seguro que son obsoletos; con sonrisa amarga piensa: «He de volcarme en la profesión de mi padre y convertirme en un anticuario. Los familiares objetos, pensamientos y hábitos de mi niñez ahora son antigüedades». Se pregunta dónde están ahora los ciento sesenta volúmenes de folios manuscritos que su padre había compilado, y que él, siendo muchacho, contemplaba con reverencia. ¿Dónde... dónde?

Dónde su compañero de juegos favorito, el amigo de años posteriores, su destinada y hermosa prometida; las lágrimas largo tiempo heladas entonces se descongelan y fluyen por sus mejillas jóvenes y viejas. Pero no deseamos ser patéticos. Seguro que desde los días de los patriarcas ningún amante ha lamentado la muerte de su hermosa dama tantos años después de que ésta haya acontecido. La necesidad, tirana del mundo, en cierto sentido reconcilia al señor Dodsworth con su destino. Al principio se convence de que la generación posterior del hombre se encuentra muy deteriorada respecto a sus contemporáneos; no es ni tan alta, ni tan hermosa ni tan inteligente. Luego, poco a poco, comienza a dudar de su primera impresión. Las ideas que se habían apoderado de su mente antes del accidente, y que habían permanecido congeladas tanto tiempo, empiezan a descongelarse y a disolverse, dejando espacio a otras. Se viste al estilo moderno, y no pone mucha objeción a nada salvo el cuello de camisa y el sombrero duro. Admira la textura de sus zapatos y calcetines, y mira con admiración al pequeño reloj de Ginebra, que a menudo consulta, como si aún no estuviera seguro de que el tiempo había avanzado a su manera habitual, y como si en su esfera debiera encontrar una demostración ocular de que había cambiado su treinta y siete cumpleaños por su doscientos y más, y había dejado el 1654 d. C. detrás para encontrarse de repente como un observador de los modos del hombre en este iluminado siglos XIX. Su curiosidad es insaciable; cuando lee sus ojos no son capaces de transmitir con rapidez a su mente, y muy a menudo se detiene en un pasaje inexplicable, en algún descubrimiento y conocimiento familiares a nosotros, pero ni siquiera soñados en su época, que le dejan maravillado y meditabundo. Ciertamente, se puede suponer que pasa gran parte de su tiempo en ese estado, interrumpiéndose de vez en cuando para cantar una canción monárquica en contra del viejo Noll y los Cabezas Redondas, interrumpiéndose de pronto y mirando a su alrededor con temor para ver quién le está escuchando y, al contemplar la apariencia moderna de su amigo, el doctor, suspira y piensa que ya a nadie le importa si canta una canción de caballeros o un salmo puritano.

Fue una tarea interminable desarrollar todas las ideas filosóficas que, naturalmente, dio a luz la resurrección del señor Dodsworth. Mucho nos gustaría conversar con este caballero, y aún más observar el progreso de su mente y el cambio de sus ideas en una situación tan nueva. Si fuera un joven vivaz, propenso a las exhibiciones del mundo y ajeno a las metas humanas más elevadas, puede proceder de manera sumaria para continuar el camino de su antigua vida, deseando sumirse de inmediato en la corriente de humanidad que fluye ahora. Sería bastante curioso observar los errores que cometería y la mezcolanza de costumbres que ello produciría. Puede pensar en entrar en la vida activa, convertirse en whig o tory, según sea su inclinación, y conseguir un asiento en la —incluso para él— una vez llamada capilla de St. Stephens. Puede contentarse con convertirse en un filósofo contemplativo y hallar suficiente alimento para su mente en el seguimiento de la marcha del intelecto humano, los cambios que se han labrado en las disposiciones, deseos y capacidades de la humanidad. ¿Será un defensor de la perfección o del deterioro alcanzados? Debe admirar nuestras creaciones, el avance de la ciencia, la difusión del conocimiento y el espíritu vigoroso de empresa característico de nuestros compatriotas.

¿Hallará a algún individuo que pueda compararse con los espíritus gloriosos de su época? Moderado en sus puntos de vista, como le hemos supuesto ser, con toda probabilidad en el acto adoptará ese tono mental temporizador tan de moda ahora. Se sentirá complacido de hallar tranquilidad en la política; admirará mucho el ministerio que ha tenido éxito en reconciliar a casi todos los partidos..., en encontrar paz allí donde él dejara enemistad. El mismo carácter que tenía hace doscientos años Dodsworth moderado, pacífico y no entusiasta que fuera en 1647.

Pues, a pesar de que la educación y las circunstancias pueden bastar para dirigir el tosco material de la mente, no pueden crear ni proporcionar intelecto, aspiraciones nobles y constancia energética allí donde implantados por la naturaleza se hallan los objetivos apagados e indecisos y los deseos bastos. Analizando esta creencia, a menudo hemos (olvidando durante un rato al señor Dodsworth) realizando conjeturas sobre cómo actuarían esos héroes de la antigüedad si renacieran en estos días; entonces, la fantasía despertada ha proseguido para imaginar que algunos de ellos sí han renacido; que, según la teoría explicada por Virgilio en el libro sexto de su Eneida, cada mil años los muertos retornan a la vida y sus almas están dotadas con las mismas sensibilidades y capacidades de antes, son arrojadas desnudas de conocimiento a este mundo, de nuevo recubriendo sus esqueletos con las habilidades que la situación, la educación y la experiencia les proporcionen. Se nota que Pitágoras recordó muchas transmigraciones de este tipo que le habían sucedido, aunque para ser un filósofo hizo muy poco uso de sus anteriores recuerdos. Resultaría ser una escuela muy útil para reyes y estadistas, y de hecho para todos los seres humanos, llamados para interpretar su papel en el escenario de mundo, si pudieran recordar lo que habían sido. Así, seríamos capaces de obtener una visión del cielo y del infierno mientras, estando el secreto de nuestra anterior identidad confinado en nuestros propios pechos, hiciéramos una mueca o nos exaltáramos en la culpa o alabanzas concedidas a nuestros anteriores «yo». Mientras que el amor a la gloria y reputación póstuma es tan natural para el hombre como su lazo con la misma vida, éste ha de encontrarse bajo tal estado de cosas temblorosamente vivo a los registros históricos de su honor o vergüenza. El plácido espíritu de Fox se habría visto aliviado por el recuerdo de que había desempeñado una valiosa parte como Marco Antonio... Las anteriores experiencias de Alcibíades o incluso del afeminado Steeny de Jacobo I podrían haber hecho que Sheridan se negara a recorrer de nuevo el mismo sendero de asombrosa pero fugaz brillantez. El alma de nuestra moderna Corina se habría visto purificada y exaltada por la conciencia de que una vez le había dado vida a la forma de Safo. Si en la actualidad hubiera un hechizo que hiciera que toda la generación presente recordara que unos diez siglos atrás habían sido otros, ¿no habría muchos de nuestros mártires librepensadores que se maravillarían al descubrir que habían sufrido como cristianos bajo Domiciano, mientras que el juez, al dictar sentencia de repente, se daría cuenta de que en el pasado había condenado a los santos de la Iglesia a la tortura por no renunciar a la religión que él defendía ahora? De esta ordalía sólo saldrían actos benevolentes y verdadero bien. Así como sería caprichoso percibir cómo algunos hombres grandes en asuntos civiles se pavonerían con la conciencia de que sus manos en una ocasión habían sostenido un cetro, un artesano honesto o un criado ladrón descubrirían que se habían visto poco alterados al ser transformados en un noble ocioso o en un director de una compañía; en todos, los aspectos podemos suponer que el humilde sería exaltado y que el noble y el orgulloso sentirían que sus estrellas menguaban y no eran más que un juego de niños al rememorar las posiciones bajas que ocuparon una vez. Si las novelas filosóficas estuvieran de moda, imaginamos que se podría escribir una obra excelente sobre el desarrollo de una misma mente en diversos estratos y diferentes períodos de la historia del mundo.

Pero volvamos al serñor Dodsworth para ofrecerle unas cuantas palabras de despedida. Ya no le instamos a sepultarse en la oscuridad; o, si declinara modestamente la publicidad, le suplicamos que se nos dé a conocer en persona a nosotros. Tenemos mil preguntas que formularle, dudas que despejar, hechos que indagar. Si existe algún temor de que las viejas costumbres y la extrañeza de aspecto le tornaran ridículo ante aquellos habituados a asociarse con exquisitos modernos, le aseguramos que nosotros no somos propensos a ridiculizar la mera apariencia exterior y que la excelencia valiosa e intrínseca siempre obtendrá nuestro respeto.

Decimos esto si el señor Dodsworth se encuentra vivo. Quizá ya no esté entre nosotros. Tal vez abrió los ojos sólo para volver a cerrarlos con más obstinación; quizá su antigua arcilla no podía florecer en las cosechas de estos días. Después de un poco de asombro y temblor al verse como un muerto resucitado, sin hallar afinidad entre su persona y el presente estado de cosas, ha dicho un último y eterno adiós al sol. Seguido a su tumba por su salvador y los atónitos aldeanos, puede que duerma el sueño verdadero de la muerte en el mismo valle donde durante tanto tiempo reposó. Quizá el doctor Hotham haya erigido una simple lápida sobre sus restos dos veces enterrados, donde se lee:

A la memoria de R. Dodsworth
Un inglés
Nacido el 1 de abril de 1617
Muerto el 16 de julio de 1826
a la edad de 209 años.

Una inscripción que, si quedara preservada durante cualquier convulsión terrible que hiciera que el mundo iniciara de nuevo su vida, provocaría muchas disquisiciones instruidas e ingeniosas teorías sobre una raza que los registros auténticos muestran que se aseguró el privilegio de alcanzar una edad tan amplia".

Mary Shelley

lunes, 6 de abril de 2015

"El Ánima de mi Madre"

"¡Terrible noche aquélla por cierto!

Mi calle enfila al Norte sin discrepar un ápice y está muy solitaria y ruinosa, de suerte que, mejor que calle, parece una brecha que abrió el invierno con sus baterías de viento y el empuje de sus avalanchas… ¡Oh! ¡gran sitio para celebrar un sábado! ¡Recinto pintiparado para los aquelarres!………Sin embargo las brujas andan desperdigadas a tientas y a locas por el mundo, cuando no han dado con ella. ¡Ah! ¡Qué calle, qué calle la mía! Llovía a cántaros y un vendaval rabioso acababa de matar los faroles, cuando mi padre entró en casa. Estábame yo acurrucado en el barreño de la ceniza y rebujado en un ruedo leyendo a Platón al mortecino reflejo de una candileja, y como tenía mis cinco sentidos puestos en el libro, no saludé al buen señor con el tenga Vd. santas noches de costumbre. Tiróme él su capa encima muy bruscamente y sentí un frío mortal que me caló los tuétanos. Más mojado que un chopo, naturalmente sacudí los hombros y miré el rostro de mi padre. En lo que vi se hallaba enojado y eché a temblar.

-Maldecido de Dios, bien hizo tu madre en morirse al echar al mundo el fruto de su culpa. ¡Oh, cuánto horror me das!
-Padre mío, soy inocente y bueno.
-¡No! tú eres el instrumento que forjó y aguzó una mujer contra su honra y vida.
-Padre mío…
-Quita, quita, que naciste en mal hora.
-Soy inocente y bueno, laborioso y humilde. He calentado tu vianda, barrido los suelos de tu estancia y mullido tu lecho para que reposaras.
-¡Mi lecho! ¡Mi lecho!! ¡Ah! ¿Tú sabes que el vellón de mi cama está convertido en erizos de veinte años a esta parte?
-Yo he restaurado el calor de tus miembros, padre mío, con la frotación de mis palmas…

Mi padre cayó de golpe sobre los ladrillos y una palidez de muerte cubrió su rostro. Entonces me precipité a él y mis labios y mis manos llamaron a su cabeza la sangre que sin duda se había retirado a los senos del corazón para ahogarlo. Mas poco a poco la rubicundez de sus mejillas fue subiendo de punto, tanto que empezó a darme cuidado y hasta que los ojos se le pusieron como la lumbre. Mientras se mantuvo inmóvil lo sostenían mis brazos, pero luego que incorporándose me clavó una mirada, que me quemó de dos chispazos, di en huir para que más el diablo no aventara la braza. Y en siete saltos cobré la puerta, bajé seis tramos y me encontré en la calle. La lluvia había cesado, y en su lugar un mansísimo orvallo caía como el ropaje de las sombras aplanando el espíritu. Eché a andar sin dirección, desamparado y huérfano en el mundo, sin nadie sobre la tierra para mí, oscuro el porvenir, desprovisto para la sociedad, aborrecido de un hombre y desconocido de todos, solo encogido, tímido, cobarde, el alma pura, el corazón sensible, jamás rociado en el bálsamo de las caricias, el cuerpo yerto, entumecido y flaco, sin pan y sin asilo, próximo a perecer de sentimiento. Parecíame que marchaba sobre el caos, que en verdad no sentía bajo mis pies la tierra. Las manos por delante y caminando, tropecé contra el atrio de una iglesia y me acogí a sus muros. ¡Ay!, dije, arrojando muy de cerca el hálito en mis crispados dedos. Las comunidades religiosas eran unas nuevas familias que adoptaban por hijos y por hermanos suyos a los como yo desgraciados, sin otro vínculo que la virtud; pero desde aquí fueron arrojadas al martirio las comunidades religiosas y el templo está desierto y la caridad sin sus mandatarios. ¡Estoy solo!, y mañana el sol que me caliente descubrirá mi miseria a los que pasen por junto a mí sin condolerse. Y ahora me esconde la misma noche que me hiela….tan malos son para mí la noche como el día. Mañana como hoy, ¡todo es lo mismo! Y el siempre se forma de una hora y otra y otra y la de más allá, ¡todas como ésta! ¡Ay madre mía! ¡cuál fue mi culpa al nacer!

La pena del inocente no es amarga y por eso se alivia con el llanto. Yo lloraba y llorando estaba cuando vi una lucecilla muy triste que rompía la neblina, al parecer a muy larga distancia, pero en realidad no tan lejos. Fuese acercando tanto la lucecilla que vi quién la traía y cómo. Y quien la traía érase una mujer, desnuda como un ángel, y la lucecilla no era vela, lámpara, ni farol, sino una llamita que a la mujer le brotaba desde la altura y al lado del corazón pegada al pecho. Paróse aquella ilusión, aquella realidad, aquel espíritu, aquel ente bello, misterioso, dolorido. Paróse a medio paso de mí y lentamente dejándose caer de rodillas fue luego para más de cerca contemplarme, con una amante ternura y un celestial placer que por los ojos y la boca derramaba. Embebecida, estática, sublime, llena de abnegación como una madre por su nacido, lacrimosos los párpados y cansados, los labios rebosando en pueril o fanática sonrisa…..sin aliento.

-Me muero de frío. No hay más si no que me muero. La noche se hace ya más larga que mi resistencia… y soy un pobrecito que a nadie hago mal, un pobrecito que acaba de perder a su padre, y que perdió a su madre, hace ya mucho, un pobrecito huérfano, lleno del santo temor de Dios…. ¡Oh! Sí que me muero de fríííí….o…..
-Amor mío, corazón mío, alma de mi alma, del alma de tu madre que te adora. ¡Qué hermoso estás!! ¡Y cuánto has crecido! ¿y has llorado mucho? ¿y te consolaban con mimos cariñosos? Dime, ¿cuál mujer te prestó el pecho para envidiarla yo? ¡¡Querubín del cielo!! ¿Quién te comió a besos las primeras sonrisas de la infancia? ¿quién se dormía a tu lado o te arrullaba en su regazo? ¿a que dichosa despertó tu lloro? ¿quién santiguó tu frente? ¿quién ensayó tus labios a balbucear la palabra primera?…. ¡Ah!….¡Ah!…. ven a mí que deliro de alegría. ¡Ah! Ven y ampárate del calor de la madre que es el calor más dulce y sabroso. ¡Oh! ¡Qué gozo, qué gozo! ¡Tenerlo ya tras tanto purgatorio!
-Per signum crucis…. Abrenuncio Satanás…. Diablo, mujer, visión o lo que tú seas, vengas de dónde vinieres, yo te conjuro y en nombre de Dios te pido, que si buscas mi perdición, huyas, como hiciste del Santo Abad Antonio, y si es que por lo contrario te ofreces en mi provecho, también de parte de Dios te pido que me digas quién eres.
-Cuál fue tu culpa al nacer, exclamabas llorando hace un instante, y se lo preguntabas a tu madre infeliz, que allá desde el seno de la eternidad como te oía, rompió la cárcel de la muerte, cerrada con las sombrías sordas puertas del misterio, que se levantaron para no caer, entre esta y la otra vida…
-¿Con que tú eres….?
-Tu madre, Leoncio mío, y tú un pedazo de este mismo corazón cuya llama es amor, que me alumbra en las tinieblas, para que mis anhelantes ojos busquen su otra mitad por el mundo y te encuentren, te reconozcan y se harten de la mirada que perdieron.
-¡Oh madre mía, madre mía, cuál fue mi culpa al nacer!

Mi madre me arrebató en sus brazos, me arrulló sobre sus muslos, con la mano izquierda sostenía mi cabeza y con la derecha muy delicadamente puso entre mis labios uno de sus pechos. Yo me dejaba querer a todo exceso. Mi madre me contemplaba y alternativamente se reía y lloraba, pero represando siempre el aliento para que la respiración no interrumpiera mi reposo. Poco a poco aquella alteración de sus afectos fue calmando y sin dejar de mecerme y con un tono melancólico jamás oído en las partituras italiana, tono semejante a los plumajes de niebla, que sobre las crestas del Sangotardo, ondulan y se pierden en la silenciosa inmensidad aquella, mitad espíritu y lágrimas lo demás. Con un tono tristísimo arrojado de los senos del corazón, cantó las estrofas siguientes para derramar unción sobre mi sueño:

Con quince mayos cumplidos
Y en su rostro la hermosura
Envuelta en pobres vestidos;
Y los ricos atrevidos
Que llaman a su clausura.
Tendrás oro, pedrería
Plumas, seda argentería;
Ricas galas que gastar;
Será tu suerte la mía
Será tu destino amar.
Arroja hermosa doncella,
De tus manos la labor,
Que tan joven y tan bella
No te empleas bien en ella
Cuando te llama el amor.
Amor que es el estallido
Del beso ardiente, perdido
Entre el ramaje sin fin
Del ancho verde y florido
Laberinto de un jardín;
Amor que es el abandono,
El columpio entre ilusiones;
Que el arpa y las canciones
Tristes que en lánguido tono
Llamarán a tus balcones;
Amor que es fuego en el pecho,
Que es el delirio en el lecho
Y el cielo de la mujer
Amor que es volar de un trecho
Los límites del placer
Serás reina en los estrados,
Sultana de cien galanes,
Y tus trajes recamados
Se quejarán despreciados
Al rodar por los divanes.
Altas horas de la noche
Serán música el ruido
Del aliento y el quejido,
Que prenda como de un broche
Amante un labio en tu oído.
Y tu gala y gentileza
Y el drama de tu belleza,
Abriendo el mundo por foro…
Pisarás por más alteza
Carrozas de sedas y oro.
No declinarán tus días;
Tus pupilas radiarán;
Tus continuas alegrías,
Por ser tuyas serán las mías.
Tus rivales llorarán.
Arroja hermosa doncella,
De tus manos la labor,
Que tan joven y tan bella,
No te empleas bien en ella
Cuando te llama el amor.
Y pasaron y volvieron,
Suspiraron, padecieron,
Y tornaron a cantar.
La miraron, la dijeron
Sin descanso, sin cesar.
En su corazón nacía
Un sentimiento de cielo,
Amaba cuanto veía,
La flor y el ave que huía
Extraviada en su vuelo.
Amaba el sol y en el viento
Amaba la veleidad;
Y su pobre apartamento
Amaba hasta el sentimiento
De su virgen pubertad.
¡Ay! Amaba y padecía
deseaba y no tenía!….
¡Hija! Trabaja, por Dios,
Que ya pronto vendrá el día
Y haya pan para las dos.

Llegando aquí exhaló mi madre un quejido dolorosísimo. Era todo el recuerdo de una vida entera ya pasada, la expresión enérgica, concreta, depurada y sublime de una tragedia completa. Su quejido se clavó en mis entrañas y vibró como la espada de buen temple dentro del seno de la víctima. Conocí entonces que era yo parte del corazón de mi afligida madre, y sentí con ella y ella conmigo, la mitad cada uno de un dolor único pero inmenso.

-Leoncio, mío, enjuga tus ojos, levanta la cabeza y mírame para que mi memoria se retrate en el espejo de mi vida real. Voy a contártela tan sin rebozo y con una extensión tal, que sólo tu la sabrás en la tierra. Tú me perdonarás tanto porque tu desgracia te ha hecho más justo que el mundo, como porque mi alma lo necesita; y yo te referiré cosas que no salen del labio de las mujeres sino después de muertas ante el tribunal de Dios.
-Habla, madre mía, y llévame contigo donde no nos separe el tiempo.

II.
En aquellos tiempos daban las doce de la noche, daba la una, y se contaban hasta las tres de la madrugada, pronunciadas a la vez con claro y distinto son por cinco relojes de cinco torres distantes. Y al expirar la postrera campanada de la última hora, se apagaba constantemente la luz en una buhardilla altísima, que en la calle del Dardo corona como por escarnio una casa de vecindad con cuatro pisos y cuarenta viviendas, semejante en la general pobreza y el mutuo encono de los asociados a esas repúblicas que llaman federales. En mil ochocientos y dos, la que estaba destinada por la Providencia a ser mi familia materna, habitaba un cuarto principal de los de la misma casa y vivía con menos holgura que estrechez. Casóse en dicho año mi madre y convino con su marido en que habitarían el piso segundo, y en este nací yo. Pronuncióse la guerra a poco y mi padre marchó a campaña. Murieron mis abuelos. Dejamos mi madre y yo aquella vivienda y subimos veinte escalones más para bajar un real. Era ya el piso tercero nuestro acomodado retiro, cuando una bala dio mucho honor a mi padre, pero le quitó la vida y a nosotras el sustento que de él recibíamos. Entonces subimos otros veinte escalones regados con el llanto de mi madre que la pobre recuerdo que me llevaba en hombros, y no apartaba de mí los ojos, más que para encomendarme a la Virgen de los Desamparados. Sin duda que creía la mataría en breve el sentimiento. Mientras mi madre andaba las diligencias para establecer su derecho a una viudedad, que no le habían de pagar, se consumieron nuestros ahorros. Cierta mañana, que no me había dado de almorzar, llegó el casero y la regañó. Calmóse aquello a poco, hablaron luego despacio, él contando por días y ella por quebrantos, hasta que por último cambiáronse unas llaves, dióle mi madre las gracias muy humilde, y con grande resignación cogiéndome de la mano subimos al piso quinto, que es la buhardilla altísima que desde la calle del Dardo domina toda la población y en la que en aquellos tiempos se apagaba la luz a las dos de la madrugada.

Desde los seis años de mi edad hasta unos meses antes de mi muerte, habité bajo aquel techo avariento que me reducía el espacio a medida que la edad íbame dando estatura. No he tenido amigas, no conocí el bullicio del concurso, no he pisado la arena postiza de los paseos artificiales, ni mis pies giraron nunca al compás voluptuoso de una orquesta. Solíame mandar mi madre por no dejar su faena, a que comprara en las vecinas tiendas algún frugal alimento; y muchas veces iba también a la fuente por agua, porque la que había en casa, como estaba bajo la teja vana se nos entibiaba muy pronto. Bajaba yo la escalera a tramos y cantando. Hablaba a las vecinas y corría; y en llegando a la calle solíanme besar las mujeres diciéndome: "Dios te bendiga, ¡qué hermosa eres!"; y los hombres groseros, ponían su mano sobre mi cabeza y soltaban el vapor de su aliento sobre el espejo de mi inocencia, diciéndome con tono intencionado de amenaza, placer y confianza: "crece, crece, que no te aguardan malos quince." Era yo en efecto en la niñez, como la manzana más alta del huerto cercado; que el sol primero la calienta y las últimas auras la refrescan. Toda colores, redondez y lozanía, bullidora, versátil y parlera, brotando vida y recogiendo risas, que solían apagarse en mi buhardilla, allí junto a mi madre dolorida, los ojos bajos y las manos aplicadas a la costura más asidua, ya desde aquellos años pequeñuelos.

Cosíamos para un almacén de vestuario y lo pagaban tan poco, que apenas ganábamos el sustento. Desde que comenzamos a trepar escaleras, cada mes desaparecía de mi casa un mueble o un vestido de mi madre; pero yo siempre contenta y ella cada vez más melancólica marchábamos en progresiones opuestas. Caducó la infeliz; los ojos le enfermaron y no atinaba a enhebrar la aguja. Apuntaba yo en tanto, en desarrollo físico y destreza en el trabajo; pero ella al cabo de un tiempo quedó ciega del todo y el peso de la casa gravitó por completo sobre mí. Cosía muchísimo, hijo mío, y como los días me eran cortos y las noches caras, mientras comíamos ensartaba agujas para la próxima tarea. Tú no sabes lo que es una madre desvalida y ciega, acariciando a una hija que la mantiene; nada hay tan elevado, nada tan desgarrador, nada que tanto nos llene el corazón, ni nada tampoco que más nos haga sentir la propia insuficiencia. "Hija," solía decirme, "¡quién pudiera ayudarte, aunque fuera sudando gota a gota la sangre de mis venas!!" Y luego se afligía y palpando en sus tinieblas, buscaba mi cabeza y la besaba y tras esto continuaba diciendo: "créeme que lo haría…. En cada gota de mi sangre te ofrecería un descanso; y mi último aliento se escaparía durante un sueño tuyo…. ¡No muy lejos de ti! Hija mía de mi vida. Colócate en el sol y pásame la mano por los ojos, a ver si se me aclaran un poquito….¡un poquito nada más, le pido a Dios, para mirarte!" Ella así me influía su amargura y yo procuraba distraerla cantando, pero todo era en vano; alargaba el cuello hasta sentir mi aliento en su mejilla y me decía: "tienes la voz de un ángel, pero la cólera de Dios contra su sierva apagó la antorcha de la luz dentro de mis ojos, para que la vanidad no se gozara en contemplarte…. ¡Ven, abrázame mucho, apriétame, maltrátame; y que te sienta ya que no te veo!"

Estos accesos se hacían insoportables. Arrojábame yo en sus brazos con un sobrante de vida matador, el cual me hacía prorrumpir en gritos histéricos y dementes caricias hasta que la postración se apoderaba de nosotras y llorábamos. Mi madre entonces, queriendo consolarme, se esforzaba diciéndome: "no trabajes más, hermosa mía, descansa porque yo te lo ruego, que con lo que has hecho ya tenemos para mañana, y yo con pan y con agua me paso tan contenta; porque como me lo das tú, la voluntad lo sazona de todos los sabores, ni más ni menos, que aquel manjar que derramaban los ángeles sobre la grey de Dios en el desierto. Tal mis años de la infancia corrían monótonos ignorados y labrando en cierto modo felicidad por la costumbre; hasta que unos tras otros pasando perezosos, cumpliéronse los quince de mi vida. Y durante un sueño, una pluma mágica ludió mi cuerpo, que retembló de placer; y por tres veces volvió a pasar ondulando la pluma vaporosa y otras tantas retemblé. Mis pechos se apretaron y temblaron y bajo de ellos el corazón tembló como un cervatillo asustado. Una vara encantada sin duda tocó mi frente, porque súbito a mis ojos y a compás de una música augusta que envanecía, las paredes de mi buhardilla, las unas de las otras se apartaron al infinito. Vi correrse los velos de mi mundo y otro allá en lontananza apareció. Y el mundo aquel era el movimiento, la irreflexión, la vida, la risa y la alegría de los hombres; la vanidad, el lujo y devaneo de las hembras; el ruido, la armonía, la danza y los festines de ambos sexos, mezclados en tropel y sin concierto. El mundo aquel era de un suelo anchísimo y sin montes, y acá y allá jardines amoldados y alfombras por el suelo y ricos almohadones arrastrados; pabellones, espejos obeliscos, oro y cristal; fuentes y cascadas y primorosas aves prisioneras de todas las regiones de la tierra. Y se tendía bajo una techumbre no tan elevada, pero más cómoda que la bóveda del cielo, tersa como el firmamento y tachonada de una infinita multitud de luces ¡que no se nublaban nunca!!!… Ignoro qué misterioso mandato me prevenía que anduviera, porque estaba destinada a formar parte de aquel gran mundo, pero lo cierto es que yo me creía andando con precipitación hacia él, cuando me despertó el primer canto de un gorrión parado en el alero de mi buhardilla.

Rodé una intensa mirada para reconocerlo todo inclusa yo misma, y vi a mi madre levantada ya; y a tientas enhebrándome agujas para la labor. Boté del lecho afuera y me arrojé a los pies de aquella anciana ciega, con un dolor de atrición penitente. Lo pasado era para mí una culpa sin absolución, que la vergüenza me impidió confesarle, a pesar de su dulce solicitud y de la suavidad de sus instancias. Mi sueño de oro fue por último envilecido con el nombre de pesadilla y tratamos de olvidarlo; pero veinte veces al día se humedecieron mis párpados; y al través de los prismas que formaban las lágrimas agolpadas, veía pasar con danza y galanura aquellos arrogantes mancebos, y aquellas galanteadas damas, de cuya felicidad distaba tanto mi escondida desgracia. Todo el gran panorama de aquel sueño estaba frente de mí. Embebecida en la contemplación mental, los brazos me caían perezosos….. y ¡ay de mí! el día primero que mi madre me llamó mujer con cierta extraña alegría de amor propio, fue, Leoncio mío, el día mismo en que yo empecé a conocer la honda desventura que cobija a este sexo de abnegación y de escarnio, a quien la ajena vanidad impuso leyes y la naturaleza rodeó de simas; donde nunca nos arrojamos sin ser empujadas, donde tampoco nunca caemos solas, sino con el hombre legislador, que se salva por más fuerte. Sucedió que un día, al abrir la puerta de nuestra buhardilla, oí en los pasillos inmediatos un canto extraño, un voz delgada y muy alta que una cadencia lenta y melodiosa decía:

Arroja, hermosa doncella
De tus manos la labor,
Que tan joven y tan bella
No te empleas bien en ella
Cuando te llama el amor.

Aquel eco impensado y unísono con el indefinible sentimiento de mi alma, movió mi curiosidad y me trajo a la mente el recuerdo completo del sueño simbólico. Entonces sin más reflexionar, me encaminé por donde había llegado hasta mí la voz; y me hallé frente a frente con una mujer, como de cuarenta años, alta, atezada, los ojos negros y radiantes, la boca rasgada, desaliñado el pelo y muy luciente, la cintura delgada y flexible como el lomo de la culebra, los pies pequeños y calzados con chapines color de rosa, y medias abigarradas; vestía saya blanca, corta y poblada de jaralares; llevaba los brazos desnudos y en cada muñeca una garzota de cascabeles, ceñíanle la garganta tres collares de abalorios, le colgaban de las orejas unos pendientes de granate y con la mano derecha daba vueltas a una pandereta que zumbaba a compás de su cantar. Al verme quedóse parada y contemplándome con cierta sonrisa y donosura picaresca. Yo le pregunté a quien buscaba y me respondió:

Reina sultana,
Flor de las flores,
Rosa temprana,
Soy la gitana
Que canto amores.

-¡Ola! -Le dije al oír su respuesta, -¿con que tú sabrás acertar lo que, salvo la voluntad de dios, ha de suceder a todos y a cada uno de nosotros los que no conocemos vuestra ciencia?
Y me contestó muy festiva:
Oiga que sí,
La gitana es zahorí
So perla fina;
Quiromántica, adivina,
Que a quien su sino procura
Dice la buena ventura

-Y tú me la querrás decir de balde?
-A las bonitas como vuestra merced suelo yo pagarles un real columnario para que me la oigan con la sal que la digo y las muchas venturas que predigo.
-Empieza, pues, gitana, y dímela, sea mi fortuna la que se fuere.
-Déme, pues, la niña su manita de plata.

III.
Llena de la más buena fe le entregué mi mano y no sin algún respeto quedé aguardando la revelación de mi porvenir. Cogiómela ella y abriéndola a su sabor, contó, recorrió con su dedo índice y combinó todas las rayas de la palma. Murmuraba en tanto no sé qué oración o exorcismo e iba cobrando gradualmente la gravedad de una Sibila. Yo temblaba, más la gitana medio inspirada, sin pararse en mi temor, como que replegó su espíritu en sí misma y empleó un rato, al parecer consultando con Mefistófeles o recibiendo la inspiración de Dios. Sea esto lo que fuere, arte, ciencia, revelación o impostura, dejó por fin su actitud reflexiva, clavó de hito en hito sus ojos en mis ojos, cimbreó la cintura y meneando la cabeza soltó su predicción en estos términos:

Quince mayos, quince flores
Atadas con verde cinta,
Y la última se pinta
Con el sol de los amores.
La cinta es de la esperanza;
Y el ramillete fatal
Puesto en vaso de cristal
El hombre llega y lo alcanza.
Niña de los quince mayos
Vive sola en su retiro,
Y se le arranca un suspiro
Cuando amor vibra sus rayos.
Ilusiones en el día,
En la noche ensueños de oro,
Disgusto, indolencia, lloro
Y penas que no sentía.
Ya no tardará y mañana
Tal vez que cuente llegado
Un ruido, que impensado
La llame hacia la ventana.
Verá pasar un galán
Rubio y que atento pasea,
Piafa, cambia, escarcea,
En un caballo alazán.
Más fustigando el corcel
Huirá el galán como el viento;
Y ella con el pensamiento
Seguirá al bruto y a él.
Y antes que las huecas losas
Hiera el resonante callo
De aquel hermoso caballo
De las revueltas pomposas;
Se verá como palanca
Sobre la blanca paloma,
El buitre y que se desploma
Sin que el cazador lo vea.
Volará sin ser sentido
El buitre de frente cana,
¡Pobre flor! Y una mañana
te sorprenderá otro ruido.
Sin alcanzar su aflicción,
Diránla enferma de amores,
Y espinas que fueron flores
Rasgarán su corazón.
Hará la niña dichoso
Al amador que desea,
Hasta que venga quien sea
La maldición de su esposo.
Que el buitre al huir callado
Dejó para maldecida
Una pluma desprendida
Prevenido u olvidado.
Cuanto ha dicho la gitana,
Por estas rayas lo arguye,
Fíalo al tiempo que huye
Y te lo dirá….mañana.

Dijo, y cogiendo su pandereta si disponía a partir, pero yo la así de la falda para rogarle por Dios y por los santos, que si bien no quería hacerlo del todo, se explicara a lo menos más claramente. -- No, -- me contestó, -- por más que quisiera no puedo: la buenaventura está ya dicha y como no sea que te cumpla oír aquel romance que se gime, se canta y se llora, mal haya amén la gitana, si se le alcanza otra cosa.

-Bueno, pues bien, empiézalo; y ya que soy tan pobre, haga por ti la fortuna, y ojalá que te veas la más rica de tu familia.
-¡Oh tórtola de los primeros arrullos! No te quejes ni me desees mayor bien que el que me guardo. Yo no tengo familia y mi ciencia será lo que se fuere, pero es lo muy bastante para mí. Un tiempo la cabila de mis padres apacentaba sus ganados en todo un valle; las cabras coronaban el monte y en divididas piaras los asnos y las yeguas poblaban las orillas de un río. Vino entonces sobre la tribu errante la mano negra, y no se oyó en todo el contorno más que un balido y el llanto de una criatura….eran una cabra que aclamaba a su perdido recental y una hija mamoncilla, a quien sus padres no socorrían. Ningún otro rumor sonaba a la redonda y todo lo demás estaba donde la Inquisición era servida. La cabra vino a mí y me dio su leche, seguíala yo gateando por espacio de muchas lunas. Ella me abrigaba de noche y me alimentaba de día, hasta que creciendo y viajando supimos llegar a la ermita de la Malograda, la que se encuentra mitad en medio del bosque de los Áloes. Allí todas las mañanitas, con la brisa en las ramas de los sauces, se formaba una armonía que aprendí en la naturaleza y del hondo del santuario salían las palabras que voy a cantar.

Dijo y dio muchas y muy rápidas vueltas a su pandereta, que de nuevo empezó a zumbar. Imposible me era sacudir la fascinación que sobre mis sentidos obraba la gitana, y ella en tanto comenzó a cantar el fúnebre lamento, aquel que antes me oíste, hijo mío, y daba sin parar, en torno a mí, muchas fantásticas y muy pausadas vueltas. Cada vez más iba prologando sus círculos, hasta que al entonar la postrera estrofa, cuando dijo:

Hija, trabaja por Dios,
Que ya pronto vendrá el día
Y haya pan para las dos

casi no percibía el eco y al expirar la última cadencia dio en huir por los encrucijados corredores y desapareció, dejándome apesarada sin saber de qué; y pensativa sin acertar el objeto. Mi madre, que lo ignoraba todo, me preguntó si me sentía enferma y le respondí que sí, pagando su cuidadosa ternura con mi segunda mentira. La temerosa anciana desde aquel momento instó con tanta tenacidad y de tal modo se afligía, que por calmar su angustia obedecí a sus instancias y me acosté. Palpó mi ropa y desde los pies a la cabeza la acomodó a su gusto, besóme en los labios, se llegó a la ventana y la entornó. Quemó un terrón de azúcar y se acomodó en un rincón muy silenciosa con el rosario en la mano. Creyó a poco sin duda que yo me había dormido, porque muy quedito se santiguó con la cruz de su rosario y echando mano a su cayada salió con tiento de la habitación, llevándose el picaporte. ¿Dónde iría la madre ciega, más que a pedir prestados unos reales, dados de mala gana, contados cuarto por cuarto, con una fingida historia en cada real, con una condición apretante en cada ochavo; y recibidos con una gratitud tan generosa como el martirio? Quedéme a solas, y aparté los cabellos de mi rostro, descubrí el pecho y desnudé los brazos. Quería respirar, quería espacio, libertad y silencio. Los ojos buscaron la luz y un rayo de sol penetraba escasamente por una rendija de la ventana. Los ligeros tamos se agitaban en él y las moscas danzando al monótono zumbido de sus propias alas, llegaban formando intersección con la cinta luminosa; e iban, giraban y volvían con vueltas y revueltas circulares sin cesar en rumor ni en movimiento.

Allí se aficionó mi vista indeliberadamente y aquel continuo rebullir sin orden, fue dando vaguedad al pensamiento, vértigo y confusión a los sentidos, o no acierto qué cosa me pasó. Pero a que fue realidad me inclino y no mentido devaneo reflejado en sombras por la cámara oscura de los sueños. Era un átomo brillante que se mantenía en la luz como el botón de oro dentro del fuego. Yo lo vi y luego en confusión pasó muy rápido y llegó hasta él un animal que por lo diminuto no tenía pronunciados ni el color ni la forma. El átomo impulsado por su propia escondida virtud se acreció cobrando voluntad y movimiento. El animal se mostraba impaciente pero sin ser osado a huir como podía. El átomo érase ya una chispa encendida con el soplo de la vida y se posó sobre los hombros del animal. En tal estado la chispa viviente y el animal informe volaron largo trecho, y cuanto más se alejaban más crecían. Volvieron hacia mí en aquella misma progresión de volumen a la ida llevaban indicada y ya me parecía distinguir en el objeto un jinete que refrenaba el ímpetu de su palafrén. Los divisé por fin a mi deseo clara y distintamente. Y un color de oro purísimo a los dos les prestaba realce y hermosura. Muy joven era el caballero y el palafrén sin juicio como un niño. Daban vueltas, daban vueltas, sin perder el galope y sin que yo les quitara ojo, que no sé cuál me parecía más arrogante. O érase que el uno al otro tan unidos marchaban y tanto se prestaban de sus bellezas relativas, valor y maestría, que no acertaba la voluntad sedienta en dividir objeto tan hermoso, sino a admirarlo completo en su atrevido conjunto y galanura. Un grande rato por aquel aéreo espacio que pisaban, señoreáronse, solos, sin tropa, espectadores ni cortejo, pero de improviso apareció una atropellada cohorte de jinetes y todos juntos y el galán entre ellos, emprendieron un lucidísimo torneo.

No se oían los pies de los caballos, ni voces ni relinchos ni el campo se nublaba con el polvo, ni sonaban trompetas, ni aliento alguno, ni el menor choque que pudiera alterar la fantasía. Era el galán de los cabellos rubios quien entre todos sobresalía, su corcel más revuelto y levantado, su cintura la más ágil; y toda su apostura tan resuelta que aquella cabalgata lo envidiaba. Ya parecía que una voz muda o un secreto convenio les prevenía correr la última pareja, pues que lo vi (aunque con pena) cómo se preparaban para ello;……y en esto sobrevino un estrépito dentro mi mismo cuarto. Salió cada jinete a escape y por su lado, cual si montaran en asustadizos ciervos que oyen el perro y salen disparados, más aun así fue el postrero el caballero del palafrén dorado, que cogiendo carrera emprendió un salto, y rompiendo por entre la cinta de luz, sus cabellos chispearon y lo perdí de vista. Aquel estrépito lo había producido el dejarse caer al suelo, un gato de la vecindad, muy familiarizado con mi casa. Al verlo me irrité tanto, que le arrojé la almohada, salió despavorido por donde había entrado y aquello quedó otra vez en silencio y las moscas volvieron a zumbar. Te confieso, amado Leoncio, que el recuerdo de mi humilde tarea me causó horror y que sin embargo que la piedad filial me desgarraba el alma no podía valerme ni aun a mí misma. ¡Ah! ¡Maldita sea mi suerte! Exclamé con el primer preludio de la desesperación, e incorporándome en el lecho me vestí con desorden. Abrí de golpe los postigos y empezaba a coser, cuando sentí que muy quedito levantaba mi madre el picaporte. Entró pasito a paso y me enternecí.

-Ya estoy buena,-- le dije y ella bendijo a Dios.

Traía para mí la pobrecilla un cuarto de gallina dado al fiado, salvo que por él había dejado en rehenes su pañuelo. Estaba gozosa con la nueva de mi salud, pero no pudo por menos de quejárseme de todas las vecinas, las que sin exceptuar una sola se habían negado a prestarle medio duro…Estábamos en mitad de estas quejas que tanto ponen en relieve la desgracia, cuando llamaron a la puerta. Salí a abrir y me saludó por mi nombre una mujer al parecer decente y para mí del todo desconocida. Traía dicha mujer un lío en la mano, pasó adelante, sentóse, desenvolvió su lío y me presentó dobladas hasta doce comisas nuevas de holanda y otro igual número de pañuelos sin estrenar. Díjela que qué significaba aquello, y me contestó que ella era viuda del teniente coronel D. Hipólito Chinchilla de Zuazo, natural de Sevilla, compariente del marquesito de Andújar y muerto por los pícaros franceses en la misma batalla que mi padre. "Ya se ve," prosiguió, "naturalmente se tiene ley hacia aquellas personas que en mejores días fueron, como quien dice, de la familia; porque como sabe aquí la mamá, las militaras, hija, nos tratamos ni más ni menos que hermanas. Y así es que yo, sabiendo que no estaban Vds. En la prosperidad que se merecen, dije a un amigo de casa, que es otro yo y hombre poderoso y muy cabal, mira fulano, una compañera mía con una hija como un sol se encuentran desgraciadas y es preciso que me sirvas completamente…. Al sujeto, hija, no hay más que pedirle, anoche se lo dije en la tertulia y esta mañanita temprano me ha remitido ese recadito que dentro del pañuelo de en medio tiene la explicación y el honorario, porque él, ¡Jesús!, no ha querido anunciarse con una limosna….¡Ca! ¡ni por pienso! Es D. Juan Pérez y López un señor, ya mayor y muy prudente."

-Déle Ud. las gracias en nuestro nombre a ese caballero y que lo encomendaré a Dios, -- dijo mi madre. -- Y Ud., señora, hallará el premio en el cielo.
-Calle Vd., por la virgen, compañera, -- respondió la viuda, -- vaya, pues, no faltaba más. D. Juan no exige de la niña sino que le marque bien esas prendas, que están nuevecitas. Ea, yo volveré por ellas y seremos amigas.
-Las llevaré yo, señora, -- la respondí, y convino en ello diciendo:
-Pues no hay inconveniente, calle Mayor en la casa grande de sillería donde está el vestuario y ya estará hablado el portero para que no me la detengan a Vd.

Diciendo esto se levantó, abrazó a mi madre que quedaba atónita y a mí me pidió un beso, llamándome hermosísima y profetizándome muchas venturas. Apenas se hubo ido la viuda del teniente coronel, fui desdoblando las ropas una por una, y en efecto hallé que dentro del séptimo pañuelo había envueltos en un papel hasta setenta y dos duros en oro y en el mismo papel que las monedas venían liadas decía: J.P.L. igual a 3 que multiplicado por 24 suman 72 y en igual número de pesos fuertes por esta vez se gratifica al mérito. Yo nunca había visto tanto dinero junto y me aluciné. Di un grito de alegría y puse el oro en las manos de mi madre. La buena señora se llevó a los labios aquel presente llovido del cielo y exclamó: "La divina Providencia provee a los justos tarde o temprano, hija mía. ¡Nuestros apuros se hacían ya casi insoportables y el señor que vela sobre sus criaturas, oyó mis fervorosas súplicas! ¡Bendigamos a Dios y al bienhechor, por cuya mano nos ampara!!" Pusímonos de rodillas y rezamos, y en el momento emprendí mi trabajo, sin dar treguas hasta verlo completo. Eran las dos de la madrugada del siguiente día, cuando apagué la luz y me entregué al descanso. Un pensamiento lisonjeó mi sueño: era el lujo…..y reposé tranquila.

Las diez de la mañana serían apenas, cuando entraba en el portal de la casa grande de la calle Mayor. El portero era un viejo chancero con dos escarapelas, una bermeja colocada en el sombrero y otra negra puesta sobre el ojo derecho. Díjele quién yo era , y si me permitía la entrada. Y él midiéndome con el ojo sano de alto a bajo, tomando un tono picante y meciendo el cuerpo sobre las piernas, me respondió: "Ya estoy impuesto, prenda, entre con bien ese garbo que con tal palmito de cara hay pasaporte franco, ración de etapa, alojamiento y compaña." Entré un tanto avergonzada y muy creída que me iba a encontrar con la viuda del teniente coronel Zuazo.

Conclusión:
Pasé un recibimiento, una antesala y una sala, luego otra y después otra, todas muy espaciosas, decoradas con muebles suntuosos, algo severas en su anticuada magnificencia y desiertas de todo viviente. Más parecíame que conforme iba caminando adentro me guiaba la viuda del teniente coronel Zuazo pues que creía oírla como tosía cada vez una puerta más allá. Llegué por último a un gabinete sombrío, a causa de tener entornadas las persianas y llamé con un dedo a la vidriera antes que por resolución que tuviese hecha de entrar, por temor que me sobrevino de volver atrás sin el eco que me había conducido por donde yo ya ignoraba hasta aquel término. ¡Oh! ¡Pluguiera a Dios que en lugar de mi cobarde atrevimiento hubiéranse pegado las manos a la lengua y la vaciladora voluntad ojalá se hubiese convertido en la certeza insensible de la muerte…! Apenas toqué el cristal me respondió la voz de un hombre que con tono imperioso y prevenido dijo: "Adelante." Y oí como pasos que venían hacia mí. Se abrió la puerta y sobrecogida saludé a un personaje que vestía bata de color de fuego sembrada acá y allá de diablos negros. Tenía este hombre sobre cincuenta años de edad, era alto, enjuto y atezado, con las cejas muy pobladas, y la mirada lenta y el ademán indiferente y flojo. El tal hombre me cogió de la mano y me sentó a su lado en un confidente del fondo del gabinete. La luz entraba a medias y solo la costumbre podía ir poco a poco aclarando los objetos que me rodeaban. Enfrente de nosotros vi como había un cuadro con grande marco dorado, cuyo lienzo sería próximamente de vara y cuarta. En este lienzo se dibujaba entre otros objetos agrupados y por entonces confusos, un templo con una torre eminente y en el último tercio de la torre la esfera de un reloj sobresalía. El pausado golpe de la péndula me advirtió que estaba animada la esfera del reloj.

Distraje la vista de aquel punto y vi sobre una mesa reclinadas las unas apoyándose en las otras muy simétricamente y formando curva, más de trescientas onzas de oro en una sola hilera…. Parecióme también que se movía onza por onza como la serpiente anillo por anillo…. Pero no…. no…. fue tan solo ilusión de aquel momento…. Las onzas no se movían. Mientras que yo me hallaba fascinada contemplando aquello y poseída de un terror pasivo, el sigiloso y austero personaje había vuelto a cogerme la mano izquierda sin grande interés aparente, y como por mero pasatiempo jugaba con mis dedos que convulsivos le opondrían sin duda alguna resistencia que le fue grata, porque gradualmente iba cobrando vida que la faltaba hasta que tocó en el exceso. Aquí solté un grito. Le pregunté quién era que tan osado me ofendía, más él asomando el labio inferior se sonrió como un relámpago y sólo dijo "J.P.L. igual a 72".

-¡Ah! No, caballero, aquí están las camisas y el dinero en mi casa.
-Y tú en la mía, -- me respondió sin refrenar acciones ni alterarse.
Yo di otro grito y me refugié en un rincón hecha un ovillo.

¡Ay, hijo mío! ¡qué les vale contra el tiro certero del alcotán flechado, a la tímida codorniz la floja avena ni al colorín la rama en que se esconden! Aquí D. Juan Pérez y López se puso en pie, arrojó al suelo su bonete bordado y con furor se sacudió la bata…La bata, ¡ah! La bata era de fuego y ambos faldones dieron un chasquido atronador como cohetes infernales. A este chasquido contestó fatídico el reloj del marco de oro con once ayes doloridos y tras estos lamentos cuando expiraron, la música misma aquella de mi sueño, aquella misma augusta consonancia se reprodujo a no tanto trecho de mis oídos como la oí la vez primera. Parecióme que se difundía por la estancia cada vez más clara como la aurora del alma y que su oriente lo tenía en el reloj de oro. Levanté hacia él la mirada y vi sobre el lienzo a todos aquellos arrogantes mancebos y a las galanteadas damas aquellas que antes viera voluptuosos danzando al pausado compás de la armonía. Vi el lujo y los doseles, las fuentes con aljófares, los ricos aderezos, las plumas y las estofas. Vi despierta, hijo mío, el sueño entero de la crisis de mi vida, brotado por el caño abundante de la fantasía virgen de una mujer. ¡Ay de mí! ¡a quién le fuera dado no volver los ojos! Un ruido misterioso y como de escamas llamó a mis pies, miré y encontréme con la serpiente de oro culebreando muy humilde y como deseosa de que la pisara con tal de que me advirtiera sus halagos.

Una y cien vueltas dio sin que yo fuera osada a prorrumpir ni un alarido, más ella, viendo impunidad o flaqueza, subióse deslizando por la falda hasta mi mismo seno. "¡Piedad!" exclamé, como implorando amparo del amante bastardo y vi su bata de fuego que me deslumbró y con mayor sorpresa que nunca advertí que en ella y al son incesante de la música, también bailaban los tiznados demonios una grotesca pantomima, los unos frente a frente de los otros, pareados y como si fueran juegos de tenazas. ¡Ay! ¡ay! La música arreciaba, el rumor atronaba mis oídos, la llameante bata fulguraba, mi vista se perdía confundida entre tantas multiplicadas maravillas, ¡mi alma en fin era un aroma que volaba, y mi cuerpo aún la flor de que partía! Un frío apetecible, un calor sabroso, un roce regalado sentí luego, que se me desenvolvía por el pecho para subir pausado a la garganta. Y era que la serpiente en elegantes roscas llegó hasta mis oídos, y arrojando un aliento imperceptible habló de esta manera:

-Leda, Leda, tu escondida orfandad era tu mundo, hasta que el corazón se te asomó a los ojos y me viste por las lumbreras de tu alma. Yo soy el Dios de la tierra, a quien adoran los reyes de los hombres, y por quien los hombres se humillan a sus reyes. Yo de los senos profundísimos, donde las aguas azuladas de Omán hierven y combaten, arranco la avergonzada perla para la frente de la mujer. Leda, Leda, como un punto en el vacío tu niño corazón era tu mundo, tú me viste y yo soy más grande todavía que el mundo de la creación. Sígueme, que soy también virtud de los hombres, el poder a la sociedad, el amor de las familias, la perfección de la belleza. Y yo en cambio sentaré encima de mis brillantes hombros tu hermosura. Ámame así como la piedra oriental ama al engarce, y si pierdes tu nombre, te daré títulos sonoros y magníficos que muchos han trocado por la vida. Yo soy parte hoy y mañana el todo del oro de la tierra. Ámame, ámame como te amo, adorada mía, que de placer, si me abrazaras, me derretiría en el canal que forman tus dos pechos. Ámame, ámame como te adoro, hermosa mía….

¡Oh seductora voz de la serpiente!
Sentí desfallecerse mi flaca materia, perdióse mi razón desvanecida y en un vapor densísimo vagó mi espíritu. No sé si sentí en mis labios la boca de la serpiente que besaba y sin embargo de su amorosa solicitud y encanto di un grito de dolor.

-¡Ay! ¡ay! ¡ay! Suéltame, suéltame que me devoras….. -- parece todavía que lo siento….. y en esta angustia recobré la razón y me encontré arrojada como un pañuelo ajado con las manos.

Desolada volví en torno los ojos, y de mi pasado vértigo encontré solamente como real y positivo, bastantes onzas esparcidas por el suelo y alguna que otra en mi seno que cogí y arrojé lejos de mí. El impasible D Juan Pérez y López se paseaba a lo largo del gabinete cual si nada me hubiese sucedido. De allí a un instante se arrebató las manos a la frente, dio una patada en el suelo y tiró con violencia de la campanilla. Tardaban en venir a su deseo y sacudió con mayor fuerza el tirado. Oyóse en esto un ruido como de pasos precipitados y se presentaron, la que yo creía viuda del teniente coronel Zuazo y el portero, pero venían en la forma más extravagante que jamás se haya ocurrido a nadie. El portero andaba a gatas y la viuda venía a la jineta en sus espaldas. Al verlos dijo D. Juan Pérez y López con marcado desafuero y virulencia: "Zarandilla y Chuzón de los demonios, ¿dónde os metéis canalla que andáis torpes? Ea vivo, echad fuera a esa muchacha y traedme ropa de calle, que me voy al remate de unas fincas nacionales que fueron de los ex-frailes trinitarios."

Tanta vergüenza cayó sobre tu pobre madre que no atinaba a andar. D. Juan Pérez y López dado que hubo sus órdenes, se puso a recoger una por una las onzas que había desparramadas por la alfombra. Hízome una seña la Zarandilla y la seguí cabizbaja. Esta mujer desvergonzada espoleó al vil Chuzón y le dijo, "arrea marido", y el Chuzón tomando un trotecillo respondía, "mujer ya ando." Así llegamos al portal. Yo les iba detrás y para despedirme a orillas ya del dintel, pegó el Chuzón un corcobo de cabra envuelto en un insolente par de coces al que la Zarandilla de grado o por fuerza brincó al suelo y cayó de pies. Hízome en seguida un moho ridículo y huyeron ambos por donde habían venido muy alegres. Heme tú a mi vuelta a mi buhardilla con dirección incierta, desmemoriada y pálida, a cada paso sobrecogida de espanto, volviendo la cabeza y creyéndome que D. Juan Pérez López me sorprendía de nuevo para ensayar su condenada magia. Al llegar a una esquina oí una voz muy cerca de mí que me llamaba y quedé petrificada.

-No te asustes, -- me dijo la voz con tono delicado e insinuante al alma, -- Yo te he visto cien veces sin que fuera advertido, y otras tantas intenté decirte que te amaba, pero el cobarde corazón tembló.

Fijé la atención y vi un joven absorto en contemplarme y temeroso cual si esperara oír de mi labio una sentencia severa. No supe qué responderle, y dos gruesas lágrimas surcaron mis mejillas, acaso las más amargas de mi vida.

-¡Ah!, -- exclamó el mancebo, -- no llores por piedad. Yo te he visto también en una ventana muy alta de la calle del Dardo y me pareciste una flor perfumada de pureza, que pendía del cielo prendida a un cabello de un serafín. Yo te amo, porque si la inocencia está en la tierra, tu corazón es su altar. Yo te amo porque esas lágrimas mismas que descienden, tranquilas manan de la fuente de la castidad. Me nombro Mario Garcerán y ya conocen tus ojos y tu oído a quien hoy llama a tu sentimiento y llegará mañana acaso a pasar los umbrales de tu casa.

Mario Garcerán inclinó la cabeza y se apartó de mí. Mirábale yo alejarse como si aun estuviese bajo la influencia maravillosa del gabinete terrible y necesité apoyarme. Era Mario Garcerán un joven que contaba a la sazón veinte y dos años apenas. Todo su ademán era resuelto, de atrevida cabeza, blonda cabellera rubia, y el bozo apenas indicado sobre el labio superior. Al golpe de sus pasos respondían las lucientes espuelas que llevaba. Parecíame haber soñado aquel hombre antes de conocerle, guardaba al mismo tiempo cierta reminiscencia de haber oído su voz. Mi voluntad se había instintivamente aficionado a él en otras ocasiones, pero sin duda que el juicio no había entrado por nada y la memoria no retenía ni cuándo ni en dónde. Desapareció a lo lejos y me acometió el recuerdo de los pasados sucesos con toda la intención de Judit y la amargura de Lucrecia….. ¡Ay de mí! ¡Ni el puñal de la segunda, ni el brazo vengador de la primera, ni la garganta de Olofernes, estaban a mi arbitrio en aquella edad….! El tirano del oro podía vagar impune por esta nueva Vetulia esclava, degradada Roma…. Aquello fue sólo un rapto de ira femenil, que huyendo pronto me postró en la tristeza más profunda. Cabizbaja y llorosa llegué a mi quinto piso, abrí la puerta y ¡oh dolor!, hijo mío, mi madre se revolcaba accidentada por el suelo….¡jamás, jamás! ¡Las palabras no alcanzan donde raya el dolor de un solo empuje!

Al día siguiente estaba yo reclinada en la almohada sobre que dormía mi doliente madre y llamaron fuera. Salí a ver quien fuese, entró Garcerán y se despertó mi madre. La decaída anciana apenas lo sintió hablar, que olvidando sus dolores se sonrió con una sonrisa inefable. Explicó Mario el motivo de su visita y mi madre alabó a Dios y nos dijo:

-Mirad, hijos míos, hace un instante que mi alma había abandonado el cuerpo como la llama al pabilo, pero mi alma dejaba un destello de sí misma sobre la tierra y le penaba abandonarlo sin guía y para que divagara por el caos. Era forzoso remontar el vuelo y la aflicción plegaba las luminosas alas de mi alma. El mandato de Dios y el apego de las criaturas al mundo que conocemos, forman la agonía de la muerte. En este estado un soplo del señor sobre mi ser entero, volvió la vida a su cárcel y con los ojos del fervoroso espíritu, vi su dedo omnipotente que señalaba hacia allá por donde llegaste tú a interrumpir mi sueño…. La bendición de Dios sobre sus hijos y sobre vosotros la de la madre ciega y moribunda.

Alargó mi santa madre sus desmedrados brazos, e incorporándose apenas en el lecho reposó cada una de sus manos sobre nuestras cabezas, abrió los ojos claros y serenos, dijo que nos veía, y entreabiertos los labios y risueños luego reclinó la frente y tendió el cuerpo para dar libre paso al alma justa…. Expiró. No sé cuales fueron las muestras de mi pesar. Me acuerdo sólo que perdí el sentido y al volver de un letargo me hallé en un sitio extraño para mí, rodeada de gentes desconocidas y solícitas. Dijéronme luego que Mario Garcerán me había dejado en poder de una honrada familia, como un depósito sagrado para hacerme su esposa luego de transcurrido cierto tiempo. Así era la verdad, vino Garcerán al poco rato y me habló lleno de ternura en presencia de un anciano de la casa. A punto estuve de arrodillarme a sus pies y contarle mi vida como lo he hecho contigo, Leoncio mío, pero el no verlo nunca a solas, fue la causa que contuvo mi noble resolución y he aquí también el motivo de nuestra común desgracia.

A los dos meses contados desde el fallecimiento de mi madre, Garcerán se casó conmigo. Transcurridos unos cuantos días llamó la Zarandilla a mi puerta. Me habló y traía una amenaza mortal. Yo azorada le regalé dinero para que se fuese, callara y no volviera. Garcerán nos encontró hablando y pasó de largo. Al poco tiempo, tanto amor como nos teníamos y la paz que reinaba en nuestra casa había desaparecido todo por parte de Garcerán. En el lecho mi sueño era interrumpido para oír un suspiro o una maldición. En la mesa mi pan iba mojado con lágrimas que las movía una mirada recelosa. Yo me sentía indispuesta cada vez más. La soledad en que me dejaba mi marido, lo mucho que yo le quería y la falta de sus caricias conspiraban en mi sentir a esta enfermedad continuada, lenta y que entorpecía mis miembros. Así, hijo mío, transcurrieron siete meses, y al cabo de ellos…. Te dejé en el mundo. ¡Ah! ¡si el libro de todos los héroes pudiera escribirse! ¡El heroísmo de abnegación pertenece a las mujeres, y el cúmulo de sus sublimes coronas de martirio, ahogaría las palmas y los ambiciosos laureles, de esos hombres que los historiadores dibujan y los poetas iluminan o encienden! Te dejé en el mundo, hijo mío, con el solo dolor de no abrazarte, porque cuando aún mi corazón vivía para ti, mis brazos ya estaban muertos…

A este punto de su relato llegaba el ánima de mi madre, cuando oímos unas como voces perdidas a lo lejos. Yo no las entendí, pero ella desembarazándose de mí, se quedó tan chiquitita que tuve que buscarla, y por la lucecilla que arrojaba la encontré y vi que era del tamaño de una liebre empinada. Me eché en el suelo para besarle el rostro y entonces muy quedito me dijo al oído izquiero:

-Por ahí viene tu padre que se volvió loco hace veinte años. A ti te busca y yo le temo tanto que me voy. No le digas nunca que me has visto ni le cuentes nada de lo que de mí sabes porque no te creería. La duda sólo le tiene trastornado el juicio. Juzga tú qué no le haría la certeza si Dios no hubiera dispuesto que los hombres dudaran hasta de lo que ven. Ya, ya viene, amor mío, alma de mi alma. Perdóname que soy tan inocente como la paloma que se encuentra en las garras del gavilán.

En efecto, mi padre estaba ya encima. El ánima de mi madre se consumió en sí misma o se sumió por los poros de las losas como el agua en la arena. Las voces de mi padre eran desaforadas. "Satanás, vuélveme mi hijo, " iba gritando. Y con gigantes desconcertados pasos, a trancos daba a veces con las manos en el suelo. Llevaba caída de hombros y arrastrando la capa de hielo aquella que me caló los tuétanos. Y más de veinte perros callejeros ladrándole a la zaga y acosándole por detrás, lo traían a mal traer y la capa se la tenían hecha jirones. A pesar del mucho castigo que desde chiquito me tiene apocado el ánimo, corrí en su ayuda y sacudiendo pedradas a los perros, logré ahuyentarlos. Me columbró mi padre mientras que yo aún me las había con los maldecidos canes, y viniéndose por detrás se me echó a cuestas agarrándome mucho y muy creído que me rescataba de las uñas de Barrabás. Me le cargué a las espaldas lo más acomodadamente que me fue posible y aquí caigo, allí tropiezo, más allá me reposo y con impaciencia, logré volverlo a casa y lo tendí en la cama sin separarme de su lado, hasta muy de mañanita que es la hora en que de ordinario se encaja de rondón alcoba adentro, cierto jorobadillo barbudo, chascando un látigo y echando fieros y blasfemias por la boca. Mi padre salta entonces de la cama sin remedio, baila el pelado al son de la fusta y a revueltas el uno con el otro bajan pegando brincos la escalera para irse juntos, yo no sé dónde ni a qué".


Antonio Ros de Olano