El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

sábado, 14 de noviembre de 2015

"Los Devoradores del Espacio"

"El horror llegó a Partridgeville en forma de niebla impenetrable.
Toda aquella tarde, los espesos vapores del mar se habían arremolinado y remansado alrededor de la granja, y la humedad flotaba en la habitación en la que estábamos sentados. La niebla ascendía en espirales desde debajo de la puerta, y sus largos y húmedos dedos rozaban mi pelo hasta hacerlo gotear. Las ventanas de cuadrados cristales estaban cubiertas de una película espesa y perlada de humedad; el aire era pesado y denso e increíblemente frío. Miré con tristeza a mi amigo. Se había vuelto de espaldas a la ventana, y escribía furiosamente. Era un hombre alto, delgado, algo cargado de espaldas y de hombros muy anchos. De perfil, su cara era impresionante. Tenía una frente extremadamente ancha, la nariz larga y la barbilla algo pronunciada; un rostro sólido, sensitivo, que sugería una naturaleza sobremanera imaginativa, reprimida por una inteligencia escéptica y auténticamente extraordinaria. Mi amigo escribía relatos cortos. Lo hacía por placer, desafiando el gusto contemporáneo, y sus cuentos eran insólitos. Habrían encantado a Poe, y también a Hawthorne, a Ambrose Bierce o a Villiers de l'Isle Adam. Eran bosquejos de hombres anormales, de bestias anormales, de plantas anormales. Escribía sobre remotas regiones de imaginación y de horror, y los colores, ruidos y olores que se atrevía a evocar jamás se habían visto, oído ni olido bajo la cara familiar de la luna. Proyectaba sus creaciones sobre fondos estremecedores. Caminaban furtivas por entre los altos y solitarios bosques, subían a las agrestes montañas, bajaban vacilantes por las escalinatas de antiguas casas y andaban entre los bloques de los negros muelles corroídos.

Uno de sus cuentos, La casa del gusano, había inducido a un joven estudiante de la Universidad Midwestern a buscar refugio en un enorme edificio de ladrillo, donde a todos pareció natural que se sentase en el suelo y gritase a voz en cuello: «Mi bienamada es más pura que todas las lilas entre las lilas del jardín de las lilas.» Otro, Los corruptores, fue la causa de que recibiera ciento diez cartas indignadas de los lectores locales, cuando apareció en la Partridgeville Gazette. Estaba yo mirándole todavía, cuando dejó de escribir súbitamente y sacudió la cabeza.

—No puedo —dijo—. Tendría que inventar un lenguaje nuevo. Y no obstante, puedo comprenderlo emocionalmente, intuitivamente, si quieres. Si al menos pudiese expresarlo en una frase, algo así como «el extraño reptar de su espíritu descarnado».
—¿Es algún nuevo horror? —pregunté.
Movió la cabeza negativamente.
—No es nuevo para mí. Lo conozco y lo siento desde hace años: es un horror absolutamente inconcebible para tu prosaico cerebro.
—Muchas gracias —dije.
—Todos los cerebros humanos son prosaicos —explicó—. No quería ofenderte. Son los sombríos terrores que acechan detrás y por encima de ellos, lo que es misterioso y espantoso. ¿Qué pueden saber nuestros pequeños cerebros de las vampiresas entidades que acaso acechan en dimensiones que están por encima de la nuestra, o más allá del universo de las estrellas? —Ahora me miraba con fijeza.
—¡Pero no puedes creer sinceramente en semejantes tonterías! —exclamé.
—¡Por supuesto que no! —sacudió la cabeza y rió—. Demasiado sabes que soy profundamente escéptico para creer en nada. He descrito meramente las reacciones de un poeta ante el universo. Si uno desea escribir historias espectrales y de verdad logra plasmar una sensación de horror, deberá creer en todo... y en cualquier cosa. Por cualquier cosa entiendo el horror que trasciende cualquier cosa, que es más terrible e imposible que nada. Debe creer que hay seres en el espacio exterior que pueden descender y cebarse en nosotros con una maldad capaz de destruirnos completamente: tanto corporal como espiritualmente. Pero ¿cómo podría describir esta monstruosidad del espacio exterior si no conoce su forma, tamaño y color? Es prácticamente imposible hacerlo. Eso es lo que yo he intentado... y he fracasado. Quizá algún día..., pero entonces, dudo que pueda conseguirlo. Aunque el artista puede insinuarlo, sugerirlo...
—¿Sugerir qué? —pregunté, un poco desconcertado.
—Sugerir un horror que es completamente extraterreno, que se deja sentir en términos que no tienen parangón alguno en la Tierra.
Yo aún estaba perplejo. El sonrió cansadamente, y explicó su teoría.
—Hay algo prosaico —dijo— aun en los mejores relatos clásicos de misterio y terror. La vieja señora Radcliffe, con sus subterráneos secretos y sus espectros ensangrentados; Maturin, con sus alegóricos héroes perversos del estilo de Fausto y sus llamas surgiendo de la boca del infierno; Edgar Poe, con sus cadáveres manchados de grumos de sangre y sus gatos negros, sus corazones delatores y sus Valdemares en descomposición; Hawthorne, con su divertida preocupación por los problemas y horrores derivados del mero pecado humano (como si los pecados humanos tuviesen algún significado para la maligna inteligencia de más allá de las estrellas). Luego, los maestros modernos: Algernon Balckwood, que nos invita al festín de los altos dioses y nos muestra a una vieja de labio leporino sentada ante un tablero mágico manoseando unas cartas manchadas, o un absurdo nimbo de ectoplasma emanando de algún estúpido clarividente; Bram Stoker con sus vampiros y hombres lobos, meros mitos convencionales residuos del folklore medieval; Wells, con sus vehículos, hombres peces del fondo del mar, damas de la luna; y el centenar de idiotas que escriben constantemente historias de fantasmas para revistas... ¿en qué han contribuido a la literatura de lo espantoso? ¿No somos de carne y hueso? Es natural que nos rebelemos y horroricemos cuando se nos muestra la carne y los huesos en estado de corrupción y descomposición, con los gusanos pululando por debajo y por encima. Es natural que una historia que trata de un cadáver nos haga estremecer, nos llene de miedo y horror y repugnancia. Cualquier imbécil puede suscitar esas emociones en nosotros... Poe hizo bien poco con su lady Usher y su licuescente Valdemar. Recurrió a las simples, naturales y comprensibles emociones, y era inevitable que sus lectores respondiesen. ¿No somos descendientes de los bárbaros? ¿No habitamos durante un tiempo en altos y siniestros bosques, a merced de las bestias que desgarran y destrozan? Es inevitable que temblemos y nos rebajemos cuando tropezamos en literatura con sombras tenebrosas de nuestro propio pasado. Harpías y vampiros y hombres lobos... ¿qué son sino ampliaciones, distorsiones de los grandes pájaros y murciélagos y perros feroces que hostigaban y torturaban a nuestros antepasados? Es muy fácil suscitar el miedo manejando tales medios. Es muy fácil asustar a los hombres con las llamas de la boca del infierno, porque son ardientes y consumen y queman la carne, y ¿quién no comprende y tiene miedo del fuego? Golpes que matan, fuegos que abrasan, sombras que horrorizan porque sus sustancias acechan perversamente en los negros corredores de nuestros recuerdos heredados... Estoy cansado de los escritores que nos aterrorizan con semejantes elementos patéticamente fáciles y triviales.

Una auténtica indignación fulguraba en sus ojos.
—¿Y si existiese un horror más grande? —prosiguió—. ¿Y si seres perversos de alguna otra parte del universo decidiesen invadir éste? ¿Y si no pudiésemos verlos? ¿Y si no pudiésemos percibir su presencia? ¿Y si fuesen de un color desconocido en la Tierra, o más bien, de un aspecto que careciese de color? ¿Y si tuviesen una forma desconocida en la Tierra? ¿Y si fuesen tetradimensionales, o tuviesen cinco o seis dimensiones? ¿Y si tuviesen cien? ¿O no tuviesen dimensiones, y existiesen no obstante? ¿Qué haríamos? ¿No existirían para nosotros? Existirían, si nos causaran dolor. ¿Y si no fuese el dolor del calor ni del frío ni de nada que conozcamos, sino un dolor nuevo? ¿Y si afectasen a algo más que a nuestros nervios y llegasen a nuestro cerebro de una manera nueva y terrible? ¿Y si se hiciesen sentir de un modo nuevo y extraño e indecible? ¿Qué haríamos? Tendríamos las manos atadas. No puedes defenderte de lo que está dotado de mil dimensiones. ¡Imagina que, devorando, pudiesen esos seres abrirse camino hacia nosotros a través del espacio!

Ahora hablaba con una intensidad de emoción que contradecía el escepticismo que se había atribuido un momento antes.

—Sobre eso he intentado escribir. Quería hacer que mis lectores sintiesen y viesen a ese ser de otro universo, de más allá del espacio. Podría insinuarlo o sugerirlo fácilmente —cualquier idiota puede hacerlo—, pero quisiera describirlo realmente. ¡Describir un color que no es color, una forma que es amorfa! Un matemático podría, quizá, sugerirlo un poco más. Habría extrañas curvas y ángulos que un inspirado matemático en pleno frenesí de cálculo podría bosquejar vagamente. Es absurdo decir que los matemáticos no han descubierto la cuarta dimensión. La han vislumbrado frecuentemente, se han acercado a menudo a ella, la han intuido infinidad de veces; pero son incapaces de demostrarla. Conozco a un matemático que jura que vio una vez la sexta dimensión en una ascensión a los sublimes cielos de los cálculos diferenciales. Desgraciadamente, no soy matemático. Soy tan sólo un pobre artista loco y creador, y el ser del espacio exterior se me escapa completamente.

Alguien aporreó sonoramente la puerta. Crucé la habitación y retiré el cerrojo.
—¿Qué desea? —pregunté—. ¿Qué ocurre?
—Siento molestarle, Frank —dijo una voz familiar—, pero tengo que hablar con alguien.
Reconocí la cara flaca y blanca de mi más inmediato vecino, y me hice a un lado en seguida.
—Pase —dije—. Pase, no faltaba más. Howard y yo hemos estado hablando de fantasmas, y los seres que hemos invocado no son del todo agradables. Tal vez pueda usted conjurarlos.

Llamé fantasmas a los horrores de Howard porque no quería impresionar a mi vecino vulgar. Henry Wells era muy alto y corpulento, y al entrar en la habitación pareció introducir consigo una parte de la noche. Se derrumbó en un sofá y nos miró con ojos asustados. Howard abandonó la historia que había estado leyendo, se quitó y limpió las gafas, y arrugó el ceño. Era relativamente tolerante con mis bucólicos visitantes. Aguardó quizá un minuto, y luego empezamos los tres a hablar casi al mismo tiempo.

—¡Qué noche más horrible!
—Espantosa, ¿verdad?
—¡Aciaga!
Henry Wells arrugó el ceño.
—Esta noche —dijo—, me ha... me ha ocurrido un curioso incidente. Iba con «Hortense» por Mulligan Wood...
—¿Con «Hortense»? —interrumpió Howard.
—Su yegua —expliqué impaciente—. Regresaba de Brewster, ¿no es así, Harry?
—De Brewster, sí —dijo—. Marchaba entre los árboles, atento con cien ojos a las luces deslumbrantes de los coches que surgían de la oscuridad y venían derechos hacia mí, y escuchaba las sirenas de la bahía roncar y gemir, cuando me cayó en la cabeza una cosa mojada. «Va a llover —pensé—, espero que no se me mojen las provisiones.

Me volví para asegurarme de que iban bien cubiertas la mantequilla y la harina, y algo blando como una esponja se elevó del fondo del carro y me golpeó en la cara. Di una manotada y lo cogí entre los dedos. Me dio la sensación de que tenía en las manos una especie de gelatina. La apreté, y la cosa mojada se me escurrió muñeca abajo. El caso es que no estaba tan oscuro como para no verlo. Es extraña la claridad que encierra la niebla... parece hacer la noche más diáíana. Había una especie de luminosidad en el ambiente. No sé, puede que no fuera la niebla, en definitiva. Los árboles parecían apartarse. Podía verlos recortados y claros. Como iba diciendo, miré aquello y ¿qué creerán ustedes que parecía? Pues parecía un trozo de hígado crudo. O sesos de vaca. Ahora que me paro a pensarlo, creo que se parecía más a unos sesos de vaca. Tenía pliegues, y los hígados no tienen muchos pliegues. El hígado es por lo general terso como un cristal. Pasé un momento espantoso. "Debe de haber alguien en lo alto de estos árboles —pensé—. Debe de ser algún trampero, o algún chiflado, y ha estado comiendo hígado. Mi carro le ha asustado y lo ha dejado caer... bueno, un trozo nada más." No cabe duda. No había ningún hígado en el carro al salir de Brewster. Miré hacia arriba. Usted sabe lo altos que son los árboles en Mulligan Wood. No pueden verse las copas de algunos de ellos desde el camino en un día luminoso. Y ya sabe lo retorcidos y extraños que resultan algunos. Es curioso, pero siempre me han parecido hombres viejos... viejos y enormemente altos, por supuesto; altos y encorvados y perversos. Siempre los he imaginado como deseando causar algún daño. Hay algo malsano en esos árboles que crecen tan juntos y tan retorcidos.

Alcé los ojos. Al principio no vi más que los corpulentos árboles, blancos y relucientes debido a la niebla, y por encima de ellos, una bruma espesa y blancuzca que ocultaba las estrellas. Y entonces, algo largo y blanco descendió velozmente por el tronco de uno de ellos. Bajó tan de prisa que no pude verlo claramente. De todos modos era tan delgado que no pude distinguirlo muy bien. Pero parecía un brazo. Era como un brazo largo, blanco y muy delgado. ¿Quién ha visto jamás un brazo tan largo como un árbol? No sé qué me induce a compararlo con un brazo, porque no era más que una línea delgada... como un alambre o una cuerda. Además, no estoy siquiera seguro de haberlo visto. Puede que lo imaginara. Ni siquiera estoy seguro de que tuviese el grosor de una cuerda. Pero tenía mano. ¿O no? Cuando pienso en eso se me ofusca la cabeza. Bueno, se movió tan de prisa que no me dio tiempo a verlo con claridad. Pero me dio la impresión de que buscaba algo que había caído. Por un instante, la mano pareció extenderse por encima de la carretera, y luego se apartó del árbol y se dirigió hacia el carro. Era como una mano enorme y blancuzca que avanzaba sobre sus dedos con un brazo terriblemente largo unido a ella que se elevaba hasta la niebla, o quizá hasta las estrellas. Solté un grito y fustigué a "Hortense" con las riendas, pero el animal no necesitaba que lo apremiasen. Se puso fuera de alcance antes de que yo tuviese tiempo de arrojar el hígado o los sesos de vaca o lo que fuese al camino. Salió disparada a tal velocidad que casi vuelca el carro, pero yo no tiré de las riendas. Prefería caerme en una zanja y romperme una costilla a que una mano larga y blancuzca me cogiese por el cuello y me cortase la respiración.

Casi habíamos salido del bosque y empezaba a respirar nuevamente, cuando se me heló el cerebro. No puedo describir lo que sucedió de ningún otro modo. Sentí que el cerebro se me quedaba frío como el hielo dentro de la cabeza. Les aseguro que estaba asustado. No crean que no podía pensar claramente. Tenía conciencia de todo lo que sucedía a mi alrededor, pero mi cerebro estaba tan frío que grité de dolor. ¿Han sostenido alguna vez un trozo de hielo en la palma de la mano durante dos o tres minutos? Quema, ¿verdad? El hielo quema más que el fuego. Bien, sentí el cerebro como si hubiese estado en hielo durante horas y horas. Tenía un horno dentro de la cabeza, pero era un horno de frío. Rugía de frío violento. Tal vez debiera dar gracias de que no durara el dolor. Me desapareció a los diez minutos, y cuando llegué a casa no se me ocurrió que hubiera sufrido daño alguno por esta experiencia. No pensé efectivamente en eso, hasta que me miré en el espejo. Entonces descubrí este agujero en la cabeza.

Henry Wells se inclinó hacia adelante y se apartó el pelo de la sien derecha.
—Aquí está la herida —dijo—. ¿Qué piensa de ello? —Se golpeó con los dedos debajo de un pequeño orificio redondo en dicho lugar—. Es como una herida de bala —comentó—, pero no me ha salido sangre y se puede ver que es bastante profundo. Parece como si me llegara al centro de la cabeza. No debería estar vivo.
Howard se había levantado y miraba fijamente a mi vecino con ojos furiosos y acusadores.
—¿Por qué nos ha mentido? —gritó—. ¿Por qué nos ha contado esta absurda historia? ¡Una mano larga! Usted está bebido. Borracho... y sin embargo, ha logrado lo que a mí me habría costado sudar sangre. Si yo lograse hacer que mis lectores pudiesen sentir ese horror, sentir por un momento ese miedo que nos ha descrito usted de los bosques, me situaría entre los inmortales... sería más grande que Poe, más grande que Hawthorne. Y usted... un burdo embustero borracho...
Me puse de pie con una furiosa protesta.
—No es un embustero —dije—. Le han disparado un tiro... alguien le ha disparado un tiro en la cabeza. Mira esta herida. ¡Dios mío, no tienes ningún derecho a insultarle!
La ira de Howard se desvaneció y el fuego desapareció de sus ojos.
—Perdóneme —dijo—. No puedes figurarte de qué manera necesitaba yo atrapar ese horror fundamental, traspasarlo al papel; y él lo ha dicho con toda facilidad. Si me hubiese advertido que iba a describir una cosa así habría tomado notas. Pero naturalmente, él no sabe que es un artista. Se trata de un tour de force casual lo que ha hecho; no podría hacerlo otra vez, estoy seguro. Siento haberme acalorado... discúlpeme. ¿Quiere que vaya a buscarle un médico? Esa herida es grave.
Mi vecino negó con la cabeza.
—No quiero médicos —dijo—. Ya he visto a uno. No tengo ninguna bala en la cabeza... el agujero no ha sido causado por una bala. Cuando el médico no pudo explicarlo, me reí de él. Odio a los médicos; y me tiene sin cuidado la gente estúpida que cree que tengo por costumbre mentir. Me tiene sin cuidado la gente que no me cree cuando digo que he visto deslizarse por un árbol una cosa larga, blancuzca, con tanta claridad como si fuese de día.
Pero Howard examinaba la herida pese a la indignación de mi vecino.
—Ha sido hecha por algo redondo y afilado —dijo—. Es extraño, pero la carne no ha sido destrozada. Un cuchillo o una bala habría desgarrado la carne, habría dejado un borde destrozado.
Asentí, y me incliné para examinar la herida, cuando Wells gritó, y se llevó las manos a la cabeza.
—¡Ahhhh! —farfulló—. Ha vuelto... el terrible, terrible frío.
Howard le miró fijamente.
—¡No espere de mí que crea semejante tontería! —exclamó disgustado.
Pero Wells siguió sujetándose la cabeza y danzando por la habitación en un delirio de agonía.
—¡No puedo soportarlo! —gritaba—. Se me está congelando el cerebro. No es un frío normal. ¡Oh, Dios! Es algo como no ha sentido nadie jamás. Muerde, abrasa, despedaza. Es como el ácido.

Le puse una mano sobre el hombro y traté de apaciguarle, pero él me apartó y se dirigió hacia la puerta.

—Tengo que salir de aquí —exclamó—. Ese ser necesita espacio. Mi cabeza no puede contenerlo. Necesita la noche... la inmensidad de la noche. Quiere revolcarse en la noche.
Abrió la puerta y desapareció en la niebla. Howard se secó la frente con la manga de la chaqueta y se derrumbó en la silla.
—Loco —murmuró—. Es un caso trágico de psicosis maníaco-depresiva. ¿Quién lo habría sospechado? La historia que nos ha contado no era en absoluto una invención consciente. Era simplemente un producto pesadillesco concebido por el cerebro de un lunático.
—Sí —dije—. Pero ¿cómo explicas el agujero de su cabeza?
—¡Ah, eso! —Howard se encogió—. Probablemente lo tiene de siempre... a lo mejor es de nacimiento.
—Tonterías —dije—. Ese hombre no tenía antes ningún agujero en la cabeza. Personalmente, creo que le han pegado un tiro. Deberíamos hacer algo. Necesita atención médica. Será mejor que telefonee al doctor Smith.
—Es inútil intervenir —dijo Howard—. Ese agujero no ha sido causado por una bala. Te aconsejo que lo olvides hasta mañana. Su locura puede ser temporal; puede que se le pase, y entonces nos reprocharía el habernos entremetido. Si mañana se encuentra todavía emocionalmente trastornado, si vuelve otra vez e intenta armar jaleo, puedes dar parte a las autoridades correspondientes. ¿Se ha comportado de modo extraño con anterioridad?
—No —dije—. Siempre ha estado completamente sano. Creo que seguiré tu consejo y esperaré. Pero quisiera poder explicarme el agujero de la cabeza.
—La historia que ha contado me interesa más —dijo Howard—. Voy a escribirla antes de que se me olvide. Por supuesto, no seré capaz de hacer que el horror resulte tan real como él, pero quizá pueda reflejar un poco la impresión de extrañeza y fascinación.

Desenroscó el capuchón de su estilográfica y empezó a rellenar una cuartilla con extrañas frases.
Sentí un escalofrío y cerré la puerta. Durante varios minutos, no se oyó otro ruido en la habitación que el del garabateo de su pluma al correr por el papel. Durante varios minutos hubo silencio... y luego, empezaron los alaridos. ¿O eran gemidos? Los oímos a través de la puerta cerrada, por encima del ulular de las sirenas y el oleaje de la playa de Mulligan. Los oímos por encima de un millón de ruidos de la noche que nos habían horrorizado y deprimido, mientras estuvimos sentados charlando en la casa solitaria y envuelta por la niebla. Y los oímos tan claramente que por un momento creímos que provenían de muy cerca de la casa. Hasta que no los escuchamos una y otra vez —prolongados, taladrantes gemidos—, no descubrimos una calidad de lejanía. Poco a poco, nos fuimos dando cuenta de que provenían de muy lejos, muy lejos; quizá del bosque de Mulligan.

—Es un alma en pena —murmuró Howard—. Una pobre alma condenada, en las garras del horror del que te he hablado... el horror que yo he conocido y sentido durante años.
Se puso en pie inquieto. Sus ojos centelleaban y respiraba agitadamente.
Le cogí por los hombros y lo sacudí.
—No deberías proyectarte en tus historias de esa manera —exclamé—. Probablemente es algún desdichado que se encuentra en apuros. No sé qué habrá pasado. Puede que haya naufragado algún barco. Voy a ponerme un chubasquero y averiguar qué ocurre. Me parece que nos necesitan.
—Puede que nos necesiten —repitió Howard lentamente—. Puede que nos necesiten de verdad. No se quedarán satisfechos con una simple víctima. Pienso en el gran viaje a través del espacio, ¡la sed y el hambre que deben de haber pasado! ¡Es absurdo imaginar que se contentarán con una simple víctima!

Luego, de pronto, le sobrevino un cambio. Se apagó la luz de sus ojos y su voz perdió su vibración. Se estremeció.

—Perdóname —dijo—. Tengo miedo de que pienses que estoy tan loco como el patán que ha estado aquí hace unos minutos. Pero no puedo por menos de identificarme con mis personajes cuando escribo. He descrito algo tremendamente perverso, y esos alaridos... bueno, son exactamente como los que daría un hombre si... si...
—Comprendo —le interrumpí—, pero no tengo tiempo para hablar de eso ahora. Hay un pobre hombre allá —señalé vagamente hacia la puerta—, sin duda en apuros. Está tratando de liberarse de algo... no sé de qué. Tenemos que ayudarle.
—Por supuesto, por supuesto —accedió él, y me siguió a la cocina.
Sin decir palabra, bajé, cogí un chubasquero y se lo tendí. Le di también un gran sombrero de hule.
—Póntelos lo más pronto que puedas —dije—. Ese hombre debe de necesitar ayuda desesperadamente.
Había cogido yo mi propio chubasquero de la percha y forcejeaba para meter los brazos en sus pegajosas mangas. Un momento después, nos abríamos paso a través de la niebla.

La niebla parecía un ser vivo. Sus largos dedos nos alcanzaban y abofeteaban incesantemente en la cara. Se enroscaba alrededor de nuestros cuerpos y se elevaba en enormes espirales grisáceas desde lo alto de nuestras cabezas. Retrocedía ante nosotros, y de pronto se precipitaba sobre nosotros y nos envolvía. A lo lejos, confusamente, vimos las luces de unas cuantas granjas solitarias. Detrás de nosotros, palpitaba el mar y las sirenas emitían un ulular continuo y lúgubre. El cuello del chubasquero de Howard estaba levantado por encima de las orejas, y la humedad goteaba de su larga nariz. Había una torva decisión en sus ojos, y tenía la mandíbula apretada.
Caminamos durante largo rato en silencio, sin decir palabra, hasta que nos aproximamos al bosque de Mulligan.

—Si es preciso —dijo—, entraremos en el bosque.
—No hay razón para que no entremos —dije—. No es un bosque muy grande.
—¿Podría salir uno rápidamente?
—Podría salir en seguida, sí. ¡Dios mío!, ¿has oído eso?
Los gritos habían aumentado horriblemente.
—Ése está sufriendo —dijo Howard—. Está sufriendo terriblemente. ¿Crees... crees que puede ser tu amigo el chiflado?
Había formulado una pregunta que me había estado haciendo yo mismo desde hacía un rato.
—Es posible —dije—. Pero tenemos que intervenir, si está loco. Me habría gustado traer a algunos vecinos con nosotros.
—¿Y por qué, en nombre del cielo, no lo has hecho? —exclamó Howard—. Puede que haga falta una docena de hombres para sujetarlo.
No apartaba la vista de los altos árboles que se elevaban ante nosotros, y no creo que dedicara a Henry Wells un solo pensamiento.
—Ese es el bosque de Mulligan —dije. Tragué saliva—. No es muy grande —añadí estúpidamente.
—¡Oh, Dios mío! —De la niebla nos llegó el sonido de una voz en la última extremidad del dolor—. Me están devorando el cerebro. ¡Oh, Dios mío!
Yo estaba en ese momento mortalmente asustado, a punto de volverme tan loco como el hombre del bosque. Agarré el brazo de Howard.
—Vámonos —grité—. Vámonos inmediatamente. Sería una insensatez entrar. Aquí no vamos a encontrar sino la locura y el sufrimiento y quizá la muerte.
—Puede ser —dijo Howard—, pero vamos a entrar.
Su rostro estaba ceniciento bajo el gran sombrero goteante, y sus ojos eran dos delgadas rendijas azules.
—Muy bien —dije de mala gana—. Pues entremos.

Nos internamos lentamente por entre los árboles. Estos se elevaban inmensos por encima de nosotros, y la espesa niebla los deformaba y fundía de tal modo que parecían avanzar con nosotros. La niebla colgaba en jirones de sus ramas retorcidas. ¿He dicho jirones? Eran más bien serpientes de niebla, serpientes contorsionantes de venenosa lengua y ojos hipnóticos. A través de las alborotadas nubes de niebla, vimos los escamosos, nudosos troncos de los árboles, y cada uno de ellos se asemejaba al cuerpo torcido de un anciano perverso. Sólo la pequeña mancha oblonga de luz de mi linterna nos protegía contra su malevolencia. Avanzábamos a través de los grandes bancos de niebla, y a cada paso los gritos se hacían más audibles. No tardamos en distinguir fragmentos de frases, gritos histéricos que se fundían en gemidos prolongados: «Más, más, más frío... me van devorando el cerebro, ¡más frío! ¡Ahhh!

Howard me apretó el brazo.
—Lo encontraremos —dijo—. No podemos volver atrás ahora.

Lo encontramos tendido de costado. Se apretaba la cabeza con las manos y tenía el cuerpo doblado en dos con las rodillas tan encogidas que casi le tocaban el pecho. Estaba callado. Nos inclinamos y lo sacudimos, pero no emitió sonido alguno.

—¿Está muerto? —pregunté con voz ahogada. Sentía desesperados deseos de dar media vuelta y echar a correr. Los árboles estaban muy cerca de nosotros.
—No sé —dijo Howard—. No sé. Espero que sí.
Le vi arrodillarse y deslizar una mano bajo la camisa del pobre desdichado. Durante un momento, su rostro fue una máscara. Luego se levantó vivamente y movió negativamente la cabeza.
—Está vivo —dijo—. Debemos ponerle ropas secas lo antes posible.

Le ayudé. Entre los dos levantamos la doblada figura del suelo y la transportamos entre los árboles. Tropezamos dos veces y estuvimos a punto de caer, y las enredaderas nos desgarraban las ropas. Las enredaderas eran pequeñas manos malévolas que agarraban y desgarraban según la maligna instigación de los grandes árboles. Sin una estrella que nos guiase, sin otra luz que la pequeña linterna de bolsillo, cada vez más débil, nos abrimos paso hasta salir del bosque de Mulligan. El zumbido no comenzó hasta que salimos del bosque. Al principio apenas lo oíamos; era muy bajo, como el ronroneo de aparatos gigantescos muy dentro de la tierra. Pero lentamente, mientras caminábamos con nuestra carga, se fue elevando hasta que ya resultó imposible ignorarlo.

—¿Qué es eso? —murmuró Howard, y a través de los espectrales jirones de la niebla vi que su rostro tenía un tinte verdoso.
—No sé —murmuré—. Es algo horrible. Jamás había oído nada semejante. ¿No puedes caminar más de prisa?

Hasta ese momento habíamos estado luchando contra horrores familiares, pero el zumbido y ronroneo que aumentaba detrás de nosotros no se parecía a nada de lo que pudiera oírse en la Tierra. Preso de incontenible horror, grité:

—¡Más de prisa, Howard, más de prisa! ¡ En nombre de Dios, salgamos de aquí!
Mientras hablaba, el cuerpo que transportábamos se retorció, y de sus labios contraídos brotó un torrente de palabras incoherentes:
—Yo iba entre los árboles, mirando hacia arriba. No podía ver las copas. Miraba hacia arriba, y luego de pronto miré hacia abajo y esa cosa aterrizó sobre mis hombros. Era todo patas... unas patas largas y serpeantes. Se lanzaron en seguida sobre mi cabeza. Yo quería alejarme de los árboles, pero no podía. Estaba solo en el bosque con eso a mi espalda, en mi cabeza, y cuanto traté de correr, los árboles me alcanzaron y me hicieron caer. Me ha hecho el agujero para poder penetrar. Quiere mi cerebro. Me ha hecho el agujero y se me ha metido dentro y no hace más que sorber y sorber y sorber. Es frío como el hielo y hace un ruido como de un enorme moscardón. Pero no es un moscardón. Y no es una mano. Me equivoqué cuando dije que era una mano. No se le puede ver. Yo no lo hubiera visto ni sentido de no haberme hecho un agujero, de no haber entrado dentro de mí. Cuando casi lo ves, cuando casi lo sientes, significa que se está preparando para penetrar.
—¿Puede caminar, Wells? ¿Puede caminar?
Howard había soltado las piernas de Wells, y pude oír el áspero jadeo de su respiración mientras forcejeaba por librarse de su chubasquero.
—Creo que sí —sollozó Wells—. Pero no importa. Ahora me tiene en su poder. Déjenme y sálvense ustedes.
—¡Tenemos que correr! —grité yo.
—Es nuestra única posibilidad —exclamó Howard—. Wells, síganos. Síganos, ¿entiende? Le consumirán el cerebro si le atrapan. Hay que correr, muchacho, ¡síganos!

Se alejó a través de la niebla. Wells se tambaleó y le siguió como un hombre en trance. Yo sentí un horror más terrible que la muerte. El ruido era espantosamente alto, lo sentía en mis oídos, y sin embargo, en ese momento no me fue posible moverme. El muro de niebla se hizo más espeso.

—¡Frank se perderá! —dijo la voz de Wells, que se elevó en un grito desesperado.
—¡Volvamos! —fue Howard el que gritó ahora—. Será la muerte, o algo peor, pero no podemos abandonarlo.
—Seguid —dije en voz alta—. No me cogerán. ¡Salvaos vosotros!
En mi ansiedad por evitar que se sacrificaran, eché a correr alocadamente. Un instante después me había reunido con Howard y le agarraba del brazo.
—¿Qué es eso? —exclamó—. ¿De qué tenemos que tener miedo?
El zumbido nos envolvía ahora, pero no era más fuerte.
—¡ Sigue corriendo o estaremos perdidos! —me instó él frenéticamente—. Han derribado todas las barreras. Ese zumbido es un aviso. Nosotros somos sensitivos... hemos sido advertidos, pero si aumenta estaremos perdidos. Ellos son fuertes cerca del bosque de Mulligan; es aquí donde se han hecho sentir. Están tanteando ahora... abriéndose camino. Más tarde, cuando hayan aprendido, se extenderán. Si pudiésemos llegar a la granja...
—¡Llegaremos! —grité, mientras me abría paso a manotazos entre la niebla.
—¡El cielo nos ayude si no podemos! —gimió Howard.

Iba sin su chubasquero, y su camisa empapada se pegaba trágicamente a su cuerpo flaco. Avanzaba en la negrura a largas y furiosas zancadas. Muy delante de nosotros oímos los alaridos de Henry Wells. Las sirenas gemían incesantemente, e incesantemente, la niebla se enroscaba en torno a nosotros y nos envolvía. Y el zumbido continuaba. Parecía increíble que pudiésemos encontrar el camino de la granja en la negrura. Pero lo logramos, y entramos precipitadamente en ella dando gritos de alegría.

—¡ Cierra la puerta! —exclamó Howard.
Cerré la puerta.
—Aquí estamos a salvo, creo —dijo—. Aún no han alcanzado la granja.
—¿Qué le habrá ocurrido a Wells? —pregunté sin aliento, y entonces vi las huellas mojadas que conducían a la cocina.
Howard las vio también. Sus ojos brillaron momentáneamente de alivio.
—Me alegra ver que está a salvo —murmuró—. Temía por él.

Luego su rostro se ensombreció. La cocina estaba a oscuras, y ningún ruido salía de allí. Sin decir palabra, Howard cruzó la habitación y se internó en la oscuridad del otro lado. Yo me dejé caer en una silla, me enjugué el agua de los ojos y me eché hacia atrás el pelo que me había caído en mojados mechones sobre la cara. Permanecí sentado un momento, respirando agitadamente, y cuando la puerta crujió, sentí un escalofrío. Pero en seguida recordé lo que había dicho Howard: Aquí estamos a salvo, creo. Aún no han alcanzado la granja.

En cierto modo, yo confiaba en Howard. Él se daba cuenta de que nos amenazaba un nuevo y desconocido horror, y de alguna oscura manera había captado sus limitaciones. Confieso, sin embargo, que cuando oí los gritos de la cocina mi fe en mi amigo se tambaleó ligeramente. Oí gruñidos como no creo que hayan brotado jamás de una garganta humana, y la voz de Howard se elevó en una violenta reconvención.

—¡Apártese! ¿Está usted completamente loco? ¡Nosotros le hemos salvado! ¡No, por favor... deje mi pierna! ¡Ahhh!
Al ver a Howard entrar tambaleante en la habitación, corrí hacia él y le cogí en brazos. Estaba cubierto de sangre de pies a cabeza y su rostro era de color ceniza.
—Se ha vuelto loco, furioso —gimió—. Va a cuatro patas como un perro. Se me ha lanzado encima y casi me mata. He logrado zafarme de él, pero me ha dado un terrible mordisco. Le he pegado en la cara... le he dejado inconsciente. Puede que lo haya matado. Es un animal... tenía que defenderme.
Deposité a Howard en el sofá y me arrodillé a su lado, pero él rechazó mi ayuda.
—¡No te preocupes por mí! —me instó—. Coge una cuerda, rápido, y átalo. Si vuelve en sí tendremos que luchar para defender nuestras vidas.

Lo que siguió fue una pesadilla. Recuerdo vagamente que entré en la cocina con una cuerda y até al pobre Wells a una silla; luego lavé y vendé las heridas de Howard, y encendí un fuego en la chimenea. Recuerdo también que telefoneé pidiendo un médico. Pero los incidentes se confunden en mi memoria, y no tengo una noción clara de nada, hasta la llegada de un hombre alto y grave, de ojos afables y simpáticos, cuya presencia resultaba tan sedante como un narcótico.
Examinó a Howard, asintió con la cabeza, y explicó que las heridas no eran graves. Después examinó a Wells, pero no asintió. Luego dijo lentamente :

—Sus pupilas no responden a la luz. Será necesario operarle inmediatamente. Con franqueza, no creo que podamos salvarle.
—Esa herida de la cabeza, doctor —dije—, ¿ha sido hecha por una bala?
El médico arrugó el ceño.
—Me tiene perplejo —dijo—. Naturalmente, ha sido hecha por una bala, pero debería estar parcialmente cerrada. Penetra directamente en el cerebro. Usted dice que no sabe cómo ocurrió. Le creo, pero pienso que debería notificarlo inmediatamente a las autoridades. Seguramente se pondrán a buscar al homicida; a menos... —hizo una pausa—, a menos que sea él mismo quien se haya infligido la herida. Lo que usted me cuenta es muy raro. Parece increíble que haya sido capaz de caminar durante horas. La herida se ha curado, evidentemente. No hay sangre coagulada en absoluto.
Paseó arriba y abajo.
—Debemos operarle aquí, en seguida. Existe una ligera posibilidad. Por fortuna, he traído algunos instrumentos. Vamos a despejar esta mesa y... ¿Cree usted que podría sostenerme una lámpara?
Asentí.
—Lo intentaré —dije.
—¡Bien!
El médico se ocupó de los preparativos mientras yo deliberaba en mi interior sobre si telefonear a la policía o no.
—Estoy convencido —dije finalmente—, de que la herida se la ha hecho él mismo. Wells se comportaba de un modo muy extraño. Si usted no tiene inconveniente, doctor...
—¿Sí?
—Guardaremos silencio sobre este asunto hasta después de la operación. Si Wells vive, no habrá necesidad de involucrar al pobre hombre en una investigación policial.
El doctor asintió.
—Muy bien —dijo—. Le operaremos primero y decidiremos después.
Howard se rió en silencio desde el lecho.
—La policía —dijo en tono de burla—. ¿De qué serviría que corriese detrás de esos seres del bosque de Mulligan?

Había un acento irónico y siniestro en su risa que me turbó. Los horrores que habíamos conocido en la niebla parecían absurdos e imposibles ante la fría y científica presencia del doctor Smith, y no quise acordarme de ellos. El doctor se apartó de sus instrumentos y me susurró al oído:

—Su amigo tiene un poco de fiebre, y parece que delira. Tráigame un vaso de agua y le prepararé un sedante.
Corrí a buscar el vaso, y un momento después Howard dormía profundamente.
—Tome —dijo el doctor al darme la lámpara—. Debe sostenerla firmemente, y enfocarla según le diga yo.

La blanca e inconsciente forma de Henry Wells yacía sobre la mesa que el doctor y yo habíamos despejado, y temblé de pies a cabeza al pensar en el panorama que tenía delante. Tendría que estar presente y contemplar el cerebro vivo de mi pobre amigo cuando el doctor lo dejara implacablemente al descubierto. Con dedos rápidos y experimentados, el doctor administró el anestésico. Yo me sentía oprimido por una espantosa sensación de que estábamos cometiendo un crimen, de que Henry Wells habría rechazado violentamente la operación, de que habría preferido morir. Es espantoso mutilar el cerebro de un hombre. Y no obstante, sabía que la decisión del doctor estaba por encima de todo reproche, y que la ética de su profesión le exigía operar.

—Ya estamos preparados —dijo el doctor Smith—. Baje la lámpara. ¡Ahora tenga cuidado!
Vi moverse el bisturí entre sus dedos hábiles y competentes. Estuve mirando un momento, y luego volví la cabeza. Lo que capté en una fugaz mirada me puso enfermo y me mareó. Puede que fuese la imaginación, pero en el instante de fijar los ojos en la pared tuve la impresión de que el doctor estaba a punto de desvanecerse. No pronunció sonido alguno, pero estaba casi seguro de que había hecho un horrible descubrimiento.

—Baje la lámpara —dijo. Su voz fue ronca y pareció provenir de lo más profundo de su garganta.
Bajé la lámpara unos centímetros sin volver la cabeza. Esperé un reproche suyo, una maldición quizá, pero permaneció tan callado como el hombre que yacía en la mesa. Sabía, sin embargo, que sus dedos seguían trabajando, pues los oía moverse. Podía escuchar sus manos ágiles y veloces en torno a la cabeza de Henry Wells. De pronto, tuve conciencia de que mi mano temblaba. Tenía ganas de dejar caer la lámpara; sentía que no podía sostenerla más.

—¿Está terminando ya? —murmuré con desesperación.
—¡Sostenga esa lámpara con firmeza! —me ordenó el doctor—. Si mueve la lámpara otra vez... no... no podré terminar de coser. ¡Me importa un bledo que me ahorquen! ¡No soy curador de demonios!
Yo no sabía qué hacer. Apenas podía sostener la lámpara, y la amenaza del doctor me horrorizó.
—Haga todo lo que esté de su parte —insté histéricamente—. Déle una posibilidad de volver a la vida. Era un hombre afable y bueno... ¡antes!

Durante un momento hubo silencio, y yo temí que no me hubiese escuchado. Esperé durante un rato que arrojara el escalpelo y la esponja para echar yo a correr y salir a la niebla. Cuando oí otra vez el movimiento de dedos, supe que había decidido dar al condenado una posibilidad. Pasada la medianoche, me dijo el doctor que ya podía dejar la lámpara. Me volví con una exclamación de alivio, y me encontré con un rostro que nunca olvidaré. En tres cuartos de hora, el doctor había envejecido diez años. Tenía oscuras ojeras bajo los ojos, y su boca estaba contraída convulsivamente.

—No sobrevivirá —dijo—. Tardará menos de una hora en expirar. No he tocado su cerebro. No podía hacer nada. Al ver... su estado... lo he cosido inmediatamente.
—¿Qué ha visto? —medio susurré.
Una expresión de indecible terror asomó a los ojos del doctor.
—He visto..., he visto... —su voz se quebró, y todo su cuerpo se estremeció—. He visto... ¡Oh!, la gran vergüenza, el mal que carece de forma y de figura...
De pronto, se enderezó y miró desorbitadamente en torno suyo.
—¡Vendrán aquí y lo reclamarán! —exclamó—. Han dejado su marca en él, y vendrán por él. No deben quedarse ustedes aquí. ¡Esta casa está condenada a la destrucción!

Le miré desamparadamente mientras cogía su sombrero y su maletín y se dirigía hacia la puerta. Con dedos blancos, temblorosos, quitó el cerrojo y por un instante su delgada figura se recortó en el rectángulo de ondulante vapor.

—¡Recuerde lo que le he advertido! —gritó; luego se lo tragó la niebla.
Howard se había incorporado y se frotaba los ojos.
—¡Ha sido una mala jugada! —murmuró—. ¡Drogarme deliberadamente! De haber sabido yo que ese vaso de agua...
—¿Cómo te sientes? —le pregunté, sacudiéndole violentamente por los hombros—. ¿Crees que podrás caminar?
—¡Me drogas, y luego me pides que camine! Frank, eres un artista muy poco razonable. ¿Qué pasa ahora?
Señalé la muda figura de la mesa.
—El bosque de Mulligan es más seguro que esto —dije—. ¡Este hombre les pertenece ahora!
Howard se puso en pie de un salto y me sacudió por el brazo.
—¿Qué quieres decir? —exclamó—. ¿Cómo lo sabes?
—El doctor ha visto su cerebro —expliqué—. Y ha visto también algo que no ha querido... que no ha podido describir. Pero ha dicho que vendrían por él, y yo le creo.
—¡Debemos marcharnos de aquí inmediatamente! —exclamó Howard—. Tu médico tiene razón. Corremos un peligro mortal. Hasta el bosque de Mulligan..., pero no necesitamos regresar al bosque. ¡Tenemos tu lancha!
—¡Tenemos la lancha! —repetí, con la esperanza despertando débilmente en mi mente.
—La niebla será nuestra más mortal amenaza —dijo Howard con el ceño fruncido—. Pero hasta la muerte en el mar es preferible a este horror.

El muelle no estaba lejos, y en menos de un minuto se encontró Howard sentado a popa de la lancha, y yo manipulando furiosamente en el motor. Las sirenas gemían todavía, pero no se veían luces en ningún punto del puerto. No podíamos ver a un metro de nuestras narices. Los blancos fantasmas de la niebla se hacían vagamente visibles en la oscuridad, pero más allá de ellos se extendía la noche interminable, oscura y cargada de terror. Howard estaba hablando.

—Siento como si reinase la muerte ahí fuera —dijo.
—Hay algo más que la muerte ahí —dije, poniendo el motor en marcha—. Creo que podremos evitar las rocas. Hay muy poco viento y conozco el puerto.
—Y, naturalmente, contaremos con las sirenas que nos guiarán —murmuró Howard—. Creo que será mejor que salgamos a mar abierto.
Yo era del mismo parecer.
—La lancha no resistiría un temporal —dije—, pero no tengo el menor deseo de permanecer en el puerto. Si llegamos a mar abierto, probablemente nos recogerá algún barco. Sería un disparate quedarnos donde nos puedan alcanzar.
—¿Cómo sabemos hasta dónde pueden llegar? —gimió Howard—. ¿Qué representan las distancias de la Tierra para seres que han viajado a través del espacio? Invadirán la Tierra. Nos destruirán a todos completamente.
—Discutiremos eso más tarde —grité, mientras rugía el motor lleno de vida—. Nos alejaremos lo más posible. ¡Tal vez no se hayan enterado todavía! Mientras tengan limitaciones, podemos escapar.

Avanzábamos lentamente por el canal, y el chapoteo del agua contra los costados de la lancha resultaba extrañamente tranquilizador. A sugerencia mía, Howard había tomado la rueda del timón y la movía lentamente.

—Mantente a la vía —grité—. No hay peligro hasta que lleguemos a los estrechos.
Durante varios minutos seguí ocupado en el motor, mientras Howard gobernaba el timón en silencio. Luego, de pronto, se volvió hacia mí con un gesto de júbilo.
—Creo que la niebla se está levantando —dijo.

Miré hacia la oscuridad que tenía ante mí. Efectivamente, parecía menos opresiva, y las blancas espirales de bruma que se habían estado elevando en ella sin cesar se disolvían ahora en flecos inconsistentes.

—Mantente a la vía —grité—. Estamos de suerte. Si levanta la niebla podremos ver los estrechos. Estáte atento a ver si descubrimos el faro de Mulligan.

No es posible describir la alegría que nos invadió cuando vimos el faro. Amarillo y brillante, barría el agua e iluminaba vivamente las siluetas de las grandes rocas que se alzaban a ambos lados de los estrechos.

—Déjame la rueda —grité, y me acerqué rápidamente—. Este paso es peliagudo, pero ahora lo cruzaremos con facilidad.

En medio de nuestra excitación y alegría, casi habíamos olvidado el horror que habíamos dejado atrás. Me hice cargo del timón y sonreí con confianza mientras nos desplazábamos por las negras aguas. Las rocas se aproximaron rápidamente, hasta que sus enormes sombras se elevaron por encima de nosotros.

—¡Lo conseguiremos! —grité.
Pero no obtuve respuesta de Howard. Le oí toser y respirar con dificultad.
—¿Qué pasa? —pregunté de pronto, y al volverme, vi que estaba encogido de miedo sobre el motor. Se hallaba de espaldas a mí, pero supe instintivamente en qué dirección miraba.

La oscura orilla que habíamos abandonado brillaba como un crepúsculo inflamado. El bosque de Mulligan ardía. Unas llamas enormes se elevaban desde las crestas más altas de los árboles, y una espesa cortina de humo negro se desplegaba lentamente hacia el este, oscureciendo las pocas luces que quedaban en el puerto. Pero no fueron las llamas lo que me hizo gritar de miedo y horror. Fue la forma que se alzaba por encima de los árboles, la inmensa, amorfa silueta que se desplazaba lentamente por el firmamento. Bien sabe Dios que traté de creer que no había visto nada. Que traté de creer que la forma era una mera sombra que proyectaban las llamas, y recuerdo que agarré el brazo de Howard para darle confianza.

—El bosque quedará destruido completamente —grité—, y esos seres horribles que han venido morirán en él.
Pero cuando Howard se volvió y movió negativamente la cabeza, comprendí que la oscura, informe monstruosidad que se elevaba por encima de los árboles era algo más que una sombra.
—¡Si lo vemos claramente, estamos perdidos! —advirtió con la voz temblorosa por el terror—. ¡Reza por que sigamos viéndolo sin forma!

Es más viejo que el mundo —pensé—, más viejo que toda religión. Antes del alba de la civilización, los hombres se arrodillaron ante él para adorarle. Está presente en todas las mitologías. Es el símbolo primordial. Quizá, en el oscuro pasado, hace miles y miles de años, acostumbraba a... rechazar a los invasores. Combatiré a esa sombra con un alto y terrible misterio. De pronto, me sentí extrañamente sereno. Sabía que apenas tenía un minuto que perder, que algo más que nuestras vidas estaba en peligro, pero dejé de temblar. Me agaché tranquilamente bajo el motor y saqué un montón de algodón sucio de grasa.

—Howard —dije—, enciende una cerilla. Es nuestra única esperanza. Enciende una cerilla inmediatamente.
Durante lo que me pareció una eternidad, Howard se me quedó mirando sin comprender. Luego, quebró el silencio de la noche con su risa.
—¡Una cerilla! —gritó—. ¡Una cerilla para calentar nuestros pequeños cerebros! Sí; necesitamos una cerilla.
—¡Confía en mí! —supliqué—. Hazlo así... es nuestra única esperanza. Enciende una cerilla rápidamente.
—¡No comprendo! —Howard estaba serio ahora, pero le temblaba la voz.
—Se me ha ocurrido algo que puede salvarnos —dije—. Por favor, enciéndeme este algodón grasiento.

Asintió lentamente. Yo no le había dicho nada, pero sabía que había adivinado lo que me proponía hacer. Su intuición era a veces impresionante. Con dedos desmañados, sacó un fósforo y lo encendió.

—Ten valor —dijo—. Demuéstrales que no tienes miedo. Haz el signo con valentía.
Cuando se prendió el algodón, la forma que se extendía sobre los árboles cobró espantosa claridad.

Alcé el algodón en llamas y lo crucé en línea recta por delante de mi cuerpo desde mi hombro izquierdo al derecho. Luego me lo puse en la frente y lo bajé hasta mis rodillas. Seguidamente cogió Howard el tizón y repitió el signo. Hizo dos cruces, una sobre su cuerpo y otra sobre la oscuridad, sosteniendo la antorcha en el extremo del brazo. Cerré un instante los ojos, pero aún pude ver la forma por encima de los árboles. Después, se fue haciendo poco a poco más borrosa, más vasta y caótica... y cuando volví a abrirlos, había desaparecido. No se veía nada más que el bosque en llamas y las sombras que arrojaban los corpulentos árboles. El horror había pasado, pero no me moví. Permanecí como una imagen de piedra contemplando el agua negra. Luego, algo pareció estallar en mi cabeza. Mi cerebro comenzó a girar, y me di un golpe contra la borda.
Habría caído, pero Howard me cogió por los hombros.

—¡Estamos salvados! —gritó—. ¡Hemos vencido!
—Me alegro —dije. Pero estaba demasiado exhausto para alegrarme realmente. Mis piernas cedieron y mi cabeza cayó hacia adelante. Todas las visiones y ruidos de la Tierra se sumieron en una piadosa negrura.

Howard estaba escribiendo cuando entré en la habitación.
—¿Cómo va la historia? —pregunté.
Por un momento, ignoró mi pregunta. Luego, lentamente, se volvió y me miró de frente. Tenía los ojos hundidos, y su palidez era alarmante.
—No va bien —dijo finalmente—. No me acaba de gustar. Hay facetas que todavía se me escapan. No he logrado plasmar todo el horror de ese ser del bosque de Mulligan.
Me senté y encendí un cigarrillo.
—Quiero que me expliques ese horror —dije—. Hace semanas que estoy esperando que hables. Sé que hay algunas cosas que me ocultas. ¿Qué fue aquella cosa húmeda y esponjosa que le cayó en la cabeza a Wells en el bosque? ¿Por qué oímos un zumbido cuando huíamos en la niebla? ¿Qué significaba la forma que vimos por encima de los árboles? ¿Y por qué, en nombre del cielo, no se extendió el horror a través de la noche como temíamos? ¿Qué lo detuvo? Howard, ¿qué crees que le sucedió realmente al cerebro de Wells? ¿Ardió su cuerpo con la casa, o lo... lo reclamaron? Y el otro cuerpo que encontraron en el bosque de Mulligan... aquel horror flaco y ennegrecido de cabeza acribillada... ¿cómo lo explicas?

(Dos días después del fuego habían encontrado un esqueleto en el bosque de Mulligan. Todavía había unos cuantos trozos de carne socarrada adherida a los huesos, y le faltaba la parte superior del cráneo.)

Transcurrió un largo rato antes de que Howard tomara la palabra. Estaba sentado con la cabeza inclinada y manoseaba su cuaderno de notas, y su cuerpo temblaba de pies a cabeza. Por último, alzó los ojos. Le brillaban con una luz salvaje, y sus labios eran color ceniza.

—Sí —dijo—. Hablemos de ese horror. La semana pasada no quise abordar el tema. Parecía demasiado espantoso para expresarlo con palabras. Pero no descansaré en paz hasta que lo haya tejido en un relato, hasta que haya hecho que mis lectores sientan y vean aquel horrible inexpresable ser. Y no puedo escribir sobre este asunto mientras no disipe por completo la sombra de una duda que me asalta. Puede que me ayude el hablar de todo ello. Me has preguntado qué era la cosa húmeda que le cayó a Wells en la cabeza. Bien, pues creo que era un cerebro humano... la sustancia de un cerebro humano, extraída a través de un agujero, o de varios, practicados en una cabeza humana. Creo que el cerebro fue extraído gradual e imperceptiblemente y reconstruido de nuevo por el monstruo. Creo que ese ser utilizaba cerebros humanos con algún fin personal... quizá para aprender de ellos. O quizá jugaba meramente con ellos. ¿El cuerpo ennegrecido y acribillado del bosque de Mulligan? Era el cuerpo de la primera víctima, algún pobre diablo que se extravió entre los árboles. Sospecho más bien que los árboles contribuyeron. Creo que el horror los dotó de una extraña vida. En cualquier caso, el pobre hombre perdió su cerebro. El horror se apoderó del cerebro, y jugó con él, y se le cayó accidentalmente. Cayó sobre la cabeza de Wells. Wells dijo que el brazo largo, delgado, blanquísimo, que vio, tanteaba buscando algo que se le había caído. Naturalmente, Wells no vio en realidad el brazo, objetivamente hablando, sino que el horror que carece de forma y color había penetrado ya en su cerebro y se revestía de pensamiento humano. En cuanto al zumbido que oímos y la forma que creímos ver por encima del bosque en llamas... eran el horror que trataba de hacerse sentir, que intentaba derribar las barreras, penetrar en nuestros cerebros y revestirse de nuestros pensamientos. Casi lo logró. De haber visto el brazo blanco, habríamos estado perdidos.

Howard se acercó a la ventana. Retiró las cortinas y contempló un momento el puerto populoso y los altos y blancos edificios que se alzaban contra la luz de la luna. Contempló el horizonte del Manhattan inferior. Exactamente debajo de él, los acantilados de las alturas de Brooklyn se veían surgir oscuramente.

—¿Por qué no se salieron con la suya? —exclamó—. Podían habernos destruido por completo. Podían habernos barrido de la Tierra... toda nuestra riqueza y nuestro poderío habrían sucumbido ante ellos.
Me estremecí.
—Sí... ¿por qué no se extendió el horror? —pregunté.
Howard se encogió de hombros.
—No lo sé. Quizá descubrieron que los cerebros humanos eran demasiado triviales y absurdos como para ocuparse de ellos. Quizá dejamos de interesarles. Puede que se cansaran de nosotros. Pero es posible también que los destruyera el signo. O los hiciera regresar a través del espacio. Para mí que habían venido hace ya millones de años, y el signo les ahuyentó. Cuando vieron que no habíamos olvidado el empleo del signo, seguramente huyeron aterrados. Desde luego, no han dado señales de su presencia en estas tres últimas semanas. Creo que se han ido.
—¿Y Henry Wells? —pregunté.
—Bueno, su cuerpo no ha sido encontrado. Supongo que se lo llevaron.
—¿Y tú te propones honradamente incluir esta... esta obscenidad en una historia? ¡Oh, Dios mío! Todo es tan increíble, tan inaudito, que no puedo pensar que sea verdad. ¿No lo habremos soñado? ¿Hemos estado verdaderamente alguna vez en Partridgeville? ¿Estuvimos en una casa vieja y hablamos de cosas horribles mientras la niebla se enroscaba a nuestro alrededor? ¿Es cierto que nos internamos por aquel bosque impío? ¿Estaban efectivamente vivos los árboles, y andaba Henry Wells a cuatro patas como un lobo?
Howard se sentó tranquilamente y se subió una manga. Extendió su brazo delgado ante mí.
—¿Puedes rebatir la realidad de esta cicatriz? —dijo—. Es la huella del animal que me atacó, del hombre-bestia que era Henry Wells. ¿Un sueño? Me cortaría el brazo inmediatamente por el codo si me convencieses de que ha sido un sueño.
Me acerqué a la ventana y me quedé contemplando Manhattan durante largo rato. «Ahí —pensé—, hay una realidad consistente. Es absurdo imaginar que algo puede destruirla. Es absurdo imaginar que el horror era realmente tan terrible como nos parecía en Partridgeville. Debo persuadir a Howard para que no escriba eso. Debemos tratar de olvidarlo.»
Me volví hacia donde estaba sentado y le puse una mano en el hombro.
—¿Por qué no renuncias a incluir eso en tu relato? —le pedí suavemente.
—¡Nunca! —se puso de pie, y sus ojos llamearon—. ¿Cómo piensas que puedo dejarlo cuando casi lo he conseguido? Escribiré una historia que penetrará hasta lo más profundo de un horror que carece de forma y de sustancia, pero que es más terrible que una ciudad asolada por una plaga cuando el tañido de la campana proclama el fin de toda esperanza. Superaré a Poe. Superaré a todos los maestros.
—Supérales, y condénate si quieres —dije airadamente—. Por ese camino se va a la locura, pero es inútil discutir contigo. Tu egoísmo es demasiado descomunal.
Di media vuelta y salí de la habitación. Se me ocurrió, mientras bajaba, que había hecho el ridículo con mis miedos; pero, con todo, miré receloso por encima del hombro, como si temiese que cayera rodando una piedra enorme y me aplastase contra el suelo. «Howard debería olvidar el horror —pensé—. Debería apartarlo de su mente. Se volverá loco si se empeña en escribir sobre eso.»
Pasaron tres días antes de que volviera a ver a Howard.
—Pase —dijo con voz extrañamente ronca cuando llamé a su puerta.
Le encontré en bata y zapatillas, y tan pronto como le vi comprendí que estaba tremendamente eufórico.
—¡Lo he conseguido, Frank! —exclamó—. ¡He reproducido la forma que es informe, la gran vergüenza que jamás ha visto hombre alguno, la rastrera y descarnada obscenidad que sorbe nuestros cerebros!
Antes de que yo pudiese abrir la boca, me puso en las manos el voluminoso mazo de hojas.
—Léelo, Frank —me ordenó—. ¡Siéntate ahora mismo y léelo!

Me dirigí a la ventana y me senté en el diván. Estuve allí abstraído de todo cuanto no fuera las hojas mecanografiadas que tenía delante. Confieso que me consumía la curiosidad. Jamás había puesto en duda el poder de Howard. Sabía obrar milagros con las palabras; de sus páginas emanaban siempre hálitos desconocidos, y a su invocación retornaban a la Tierra criaturas del más allá. Pero ¿podría sugerir siquiera el horror que los dos habíamos conocido?, ¿podría esbozar la repugnante, rastrera monstruosidad que había reclamado para sí el cerebro de Henry Wells? Leí la historia de punta a cabo. La leí lentamente, agarrado a los cojines que tenía junto a mí en un frenesí de repugnancia. Tan pronto como la terminé, Howard me la arrebató. Evidentemente, temía que yo pudiera romperla.

—¿Qué te parece? —gritó rebosante de gozo.
—¡Es terriblemente inmunda! —exclamé yo—. Viola intimidades de la mente que jamás deberían ponerse al descubierto.
—Pero ¿concederás que he logrado plasmar el horror de manera convincente?
Asentí, y recogí el sombrero.
—Te ha salido tan convincente que no puedo quedarme a charlar contigo. Saldré a pasear hasta que amanezca. Hasta que esté tan cansado que no tenga fuerzas para preocuparme, ni pensar, ni recordar.
—¡Es un relato muy bueno! —me gritó, pero yo bajé las escaleras y salí de la casa sin contestar.

Eran pasadas las doce de la noche cuando sonó el teléfono. Dejé el libro que estaba leyendo y cogí el receptor.
—¿Sí, diga? —pregunté.
—¡Frank, soy Howard! —la voz era extrañamente alta—. ¡Ven lo más de prisa que puedas! ¡Han regresado! Y, Frank, el signo carece de poder. He probado a hacerlo, pero el zumbido se hace cada vez más fuerte, y hay una forma confusa... —la voz de Howard se apagó desdichadamente.
Grité con sinceridad al receptor:
—¡Valor, muchacho! No dejes que sospechen que tienes miedo. Haz el signo una y otra vez. Iré en seguida.
La voz de Howard llegó de nuevo, más ronca esta vez.
—La forma se va haciendo más y más definida. ¡Y no puedo hacer nada! Frank, no tengo poder para hacer el signo. He perdido todo derecho a la protección del signo. Me he convertido en un sacerdote del Diablo. Esa historia... no debí haberla escrito jamás.
—Demuéstrales que no tienes miedo —grité.
—¡Lo intentaré! ¡Lo intentaré! ¡Ah, Dios mío! ¡La forma está...!

No esperé a escuchar más. Cogí frenéticamente mi sombrero y mi chaqueta, y eché a correr escaleras abajo y salí a la calle. Cuando llegaba al bordillo de la acera sentí vértigo. Me agarré a una farola para no caerme e hice con la mano una vaga seña a un taxi que pasaba. Afortunadamente, el taxista me vio. Detuvo el coche y yo bajé tambaleándome a la calzada y me metí en él.

—¡Rápido! —grité—. ¡Lléveme al diez de Brooklyn Heights!
—Sí, señor. Fría noche, ¿no es verdad?
—¡Fría! —grité—. Fría será, efectivamente, cuando consigan penetrar. Fría cuando empiecen a...
El conductor me miré con asombro.
—Está bien, señor —dijo—. Llegaremos en seguida a su casa, señor. ¿Ha dicho Brooklyn Heights, señor?
—Brooklyn Heights —gruñí, y me hundí en el asiento.

Mientras el coche corría, traté de no pensar en el horror que me aguardaba. Me agarraba desesperadamente a un clavo ardiendo. «Es posible —pensé— que Howard haya perdido temporalmente el juicio. ¿Cómo podría haberle encontrado el horror entre tantos millones de personas? No puede ser que haya ido a buscarle expresamente a él, entre tantas multitudes. Es demasiado insignificante. Jamás irían eligiendo a los seres humanos de un modo deliberado. Jamás irían tras los seres humanos..., pero han ido a buscar a Henry Wells. ¿Y qué ha dicho Howard? "Me he convertido en sacerdote del Diablo". ¿Por qué no en sacerdote de ellos? ¿Y si Howard se ha convertido en su sacerdote en la Tierra? ¿Y si su historia le ha valido que le eligiesen como sacerdote?»

Este pensamiento resultaba una pesadilla para mí, así que lo deseché furiosamente. «Tendrá valor para resistir —pensé—. Les demostraré que no tiene miedo.»

—Hemos llegado, señor. ¿Le ayudo a entrar en la casa, señor?

El coche se había detenido, y yo gemí al darme cuenta de que estaba a punto de entrar en lo que podría resultar mi propia tumba. Bajé a la acera y le di al taxista todo el dinero suelto que llevaba encima. Él me miró asombrado.

—Me ha dado demasiado —dijo—. Tenga, señor...
Pero le despedí con un gesto y subí la escalinata de la entrada a toda prisa. Cuando metí la llave en la puerta, pude oírle que decía:
—¡Es el borracho más extravagante que he visto jamás! Me da cuatro dólares por llevarle a diez manzanas de distancia, y no quiere ni las gracias.
La entrada estaba a oscuras. Me detuve al pie de la escalera y grité:
—¡Estoy aquí, Howard! ¿Puedes bajar?

No hubo respuesta. Aguardé quizá unos diez minutos, pero no se oía ruido alguno en la habitación de arriba.

—¡Voy a subir! —grité con desesperación, y empecé a subir las escaleras. Temblaba de pies a cabeza. «Le han cogido —pensé—. He llegado demasiado tarde. Quizá sea mejor que no... ¡Gran Dios!, ¿qué ha sido eso?»

Estaba indeciblemente aterrado. Los ruidos de la habitación de arriba eran inequívocos, alguien suplicaba y gritaba en la agonía. ¿Era la voz de Howard? Capté confusamente algunas palabras: ¡Reptando, uf! ¡Reptando, uf! ¡Oh, ten piedad! Frío y cla-aro. ¡Reptando, uf! ¡Dios del cielo!

Llegué al rellano, y cuando las súplicas se elevaron en roncos alaridos caí de rodillas, e hice sobre mi cuerpo y sobre la pared que tenía a mi lado la señal. Hice el signo original que nos había salvado en el bosque de Mulligan, pero esta vez la hice imperfectamente, no con fuego, sino con dedos que temblaban y se agarraban a mi ropa, sin valor ni esperanza, confusamente, con la convicción de que nada podría salvarme. Y entonces me levanté rápidamente y acabé de subir las escaleras. Todo lo que pedía era que se apoderase de mí rápidamente, que mis sufrimientos fuesen breves bajo las estrellas. La puerta de la habitación de Howard estaba entornada. Con un tremendo esfuerzo, alargué la mano y cogí el pomo. Lentamente, hice girar la puerta hacia dentro. Durante un instante no vi nada, sino la forma inmóvil de Howard en el suelo. Estaba de espaldas. Tenía las rodillas levantadas y se había llevado una mano a la cara con la palma hacia afuera, como para tapar una visión atroz.

Al entrar en la habitación, reduje mi campo visual intencionadamente bajando los ojos. Sólo vi el suelo y la parte inferior de la estancia. No quise levantar la vista. La había bajado como medida de protección, por temor a lo que pudiese haber en la habitación. No quería levantar la vista, pero allí dentro había poderes, que actuaron en ese momento, a los que no me fue posible resistir. Sabía que si miraba de frente, el horror podría destruirme, pero no tenía elección. Lenta, dolorosamente, alcé los ojos y miré de frente la habitación. Habría sido preferible, creo, haberme arrojado inmediatamente y haberme entregado a la monstruosidad que se alzaba en el centro. La visión de esa terrible forma oscuramente velada se interpondrá entre mí y los placeres del mundo mientras viva.

Desde el techo al suelo flotaba e irradiaba una luz cegadora. Y atravesadas por las extremidades que giraban a un lado y a otro, estaban las páginas de la historia de Howard. En el centro de la habitación, entre el techo y el suelo, giraban las páginas, y la luz iba quemando las hojas y los dardos espirales y descendentes penetraban en el cerebro de mi pobre amigo. La luz fluía en una continua corriente hacia el interior de su cabeza, y arriba, el Señor de la luz se movía con el lento balanceo de toda su magnitud. Solté un grito y me tapé los ojos con las manos, pero el Señor siguió moviéndose... adelante y atrás, adelante y atrás. Y siguió irradiando su luz hacia el cerebro de mi amigo. Y entonces brotó de la boca del Señor el más espantoso sonido... Yo había olvidado el signo que había hecho tres veces abajo en la oscuridad. Había olvidado el inmenso y terrible misterio ante el cual son impotentes todos los invasores. Pero cuando lo vi formarse en la habitación, adquirir de manera inmaculada una configuración, con una terrible integridad por encima de la luz, supe que estaba salvado.

Sollocé y caí de rodillas. La luz disminuyó, y el Señor se contrajo ante mis ojos. Y entonces, desde los muros, desde el techo, desde el suelo, brotaron llamas: una llama blanca y pura que consumía, que devoraba y destruía para siempre.

Pero mi amigo había muerto".

Frank Belknap Long

viernes, 13 de noviembre de 2015

"El Duelo"

"El duque Wilhelm von Breysach, quien a partir de su secreta unión con una condesa llamada Kátharina von Heersbruck, de la casa Alt-Hüningen, la cual parecía serle inferior en rango, vivía enemistado con su hermanastro, el conde Jacob Barbarroja, regresaba a fines del siglo xrv, cuando comenzaba a caer la noche de San Remigio, de un encuentro mantenido en Worms con el Emperador de Alemania, en el transcurso del cual obtuviera del soberano el reconocimiento, a falta de hijos legítimos que había perdido, de un hijo natural, el conde Philipp von Hüningen, engendrado con su esposa antes de contraer matrimonio. Mirando hacia el futuro con mayor júbilo que durante todo su mandato, había alcanzado ya el parque ante el cual se alzaba su palacio cuando, de improviso, surgió una flecha disparada desde la oscuridad de los arbustos que traspasó su cuerpo justo bajo el esternón. Micer Friedrich von Trota, su chambelán, profundamente consternado por tal suceso, con ayuda de algunos caballeros más lo condujo al palacio, donde sólo tuvo energías para leer, en brazos de su desolada esposa, el acta imperial de legitimación ante una asamblea de vasallos del reino convocada apresuradamente a instancias de esta última; y luego que los vasallos hubieron cumplido su última voluntad expresa, no sin viva resistencia por recaer la corona, según la ley, sobre su hermanastro, el conde Jacob Barbarroja, y reconocido con la salvedad de obtener el beneplácito del emperador al conde Philipp como heredero del trono y, por ser éste menor de edad, a la madre como tutora y regente, se reclinó y murió.

La duquesa ascendió sin más al trono, enterando simplemente a su cuñado, el conde Jacob Barbarroja, por medio de algunos emisarios; y las predicciones de varios caballeros de la corte, que creían entrever el talante reservado de éste, se cumplieron a juzgar cuando menos por las apariencias externas: Jacob Barbarroja se consoló, sopesando con prudencia las circunstancias vigentes, de la injusticia que su hermano había cometido con él; por de pronto se abstuvo de paso alguno que contrariase la última voluntad del duque, y deseó de corazón a su joven sobrino fortuna para el trono que había obtenido. Describió a los emisarios, a quienes sentó a su mesa con gran jovialidad y simpatía, cómo desde la muerte de su esposa, que le había legado una fortuna digna de un rey, vivía libre e independiente en su castillo; cuán adoraba a las mujeres de la nobleza vecina, su propio vino y la caza en compañía de alegres amigos, y que una cruzada hacia Palestina, en la que pensaba expiar los pecados de una turbulenta juventud, los cuales había de reconocer que iban lamentablemente en aumento con la edad, era toda la empresa que planeaba al término de su vida.

En vano le hicieron sus dos hijos varones, educados con la esperanza cierta de la sucesión al trono, los más amargos reproches a causa de la indolencia e indiferencia con la que, contra toda esperanza, toleraba que se infligiera tan irreparable agravio a sus aspiraciones: imberbes como eran, les mandó callar con breves y burlonas órdenes, los forzó a seguirlo a la ciudad el día del solemne sepelio y una vez allí a dar junto a él sepultura en la cripta al viejo duque, su tío, en debida forma; y tras rendir pleitesía en la sala del trono del palacio ducal al joven príncipe, su sobrino, en presencia de la madre regente, al igual que todos los restantes Grandes de la corte, rehusando cuantos cargos y dignidades le brindó ésta, acompañado de las bendiciones del pueblo, que lo veneraba doblemente por su generosidad y su mesura, regresó de nuevo a su castillo.

La duquesa procedió entonces, tras esta resolución inopinadamente feliz de los primeros intereses, a cumplir su segunda tarea como regente, a saber, la realización de pesquisas acerca de los asesinos de su esposo, de los cuales se decía haber visto toda una hueste en el parque, y a tal fin comprobó ella misma junto con micer Godwin von Herrthal, su chanciller, la saeta que había puesto fin a la vida de aquél. Entretanto no se encontró nada en ella que hubiera podido revelar al propietario, a no ser quizá lo exquisita y magníficamente que, de modo inquietante, estaba trabajada. Habían empendolado plumas recias, crespas y brillantes en un astil que, fino y resistente, fuera torneado en oscuro nogal; el revestimiento del extremo anterior era de reluciente latón, y sólo la punta más exterior misma, afilada como las espinas de un pez, era de acero. La flecha parecía haber sido elaborada para la armería de un hombre ilustre y rico, bien envuelto en pendencias o gran amante de la caza; y como de una fecha grabada en la contera se desprendiera que ello podía haber tenido lugar muy poco antes, la duquesa, por consejo del chanciller, envió con el sello de la corona la saeta a cuantos talleres de Alemania había en torno, a fin de encontrar al maestro que la había torneado y, en caso de lograrlo, obtener de éste el nombre de aquel por cuyo encargo había sido realizada.

Cinco lunas más tarde llegó a manos de micer Godwin, el chanciller, a quien había confiado la duquesa todas las pesquisas, la declaración de un artesano de Estrasburgo según la cual había elaborado tres años antes una sesentena completa de tales flechas, junto con la aljaba correspondiente, para el conde Jacob Barbarroja. El chanciller, profundamente consternado por tal testimonio, lo retuvo durante varias semanas en su camarín secreto; en parte creía conocer, pese a la vida libertina y disipada del conde, su noble ánimo demasiado bien como para poder considerarlo capaz de un acto tan abominable como un fratricidio; y en parte también, a despecho de muchas otras virtudes, demasiado poco la ecuanimidad de la regente como para que, en un asunto que concernía a la vida de su peor enemigo, no debiera proceder con la mayor cautela. En el ínterin realizó bajo mano averiguaciones en el sentido de tan extraña información y, como por azar averiguase a través de los magistrados del consistorio que el conde, quien de ordinario no solía abandonar su castillo nunca o sólo muy raramente, se había ausentado de él en la noche del asesinato del duque, consideró pues su deber levantar el secreto y enterar a la duquesa en una de las siguientes sesiones del consejo del reino sobre la inquietante y extraña sospecha que, debido a ambos cargos, recaía sobre su cuñado, el conde Jacob Barbarroja.

La duquesa, que se consideraba dichosa por mantener relaciones tan cordiales con su cuñado el conde, y nada temía más que ofender su susceptibilidad con algún paso irreflexivo, ante tan equívoca revelación no dio sin embargo, para sorpresa del chanciller, ni el menor signo de júbilo; antes bien, tras leer dos veces los documentos con gran atención, expresó su vivo disgusto porque se aludiera públicamente en el consejo del reino a un asunto tan incierto y de tal gravedad. Opinó que había de tratarse de un error o una calumnia, y ordenó no hacer uso alguno de la declaración ante los tribunales. Más aún, ante la extraordinaria, casi fanática veneración popular de que gozaba el conde desde su exclusión del trono, tras un giro natural de los acontecimientos, se le antojaba en extremo peligroso el mero hecho de haberlo leído en el consejo del reino; y previendo que las habladurías populares al respecto habían de llegar a oídos de aquél, envió, acompañados de un escrito verdaderamente magnánimo, ambos cargos, a los que designaba como el concurso de un extraño malentendido, junto con aquel en el cual se basaban, a manos del conde, con el ruego explícito de que, estando como estaba persuadida de antemano de su inocencia, la dispensara de la refutación de todos ellos.

El conde, quien se encontraba justamente sentado a la mesa con una reunión de amigos, se levantó cortés al entrar el caballero que portaba el mensaje de la duquesa; mas, en tanto que los amigos contemplaban al ceremonioso varón, que no quiso tomar asiento, apenas hubo leído en el arco de la ventana la carta, cuando cambió de color y tendió a los amigos los documentos diciendo: «¡Hermanos, mirad! ¡Cuan ignominiosa acusación se ha urdido contra mí por el asesinato de mi hermano!» Con una mirada relampagueante arrebató al caballero de la mano la flecha y, ocultando la aniquilación de su alma, mientras los amigos se arremolinaban inquietos en derredor suyo, prosiguió: «¡que de hecho la saeta era suya y asimismo fundada la circunstancia de que en la noche de San Remigio se había ausentado de su castillo!». Los amigos lanzaron maldiciones sobre tan taimada y vil perfidia; hicieron recaer la sospecha del asesinato sobre los propios e impíos acusadores y a punto estaban ya de ir contra el emisario, que defendía a su señora la duquesa, cuando el conde, habiendo releído una vez más los escritos, exclamó interponiéndose entre ellos: «¡Tranquilos, amigos míos!» —y con ello tomó su espada, que estaba en pie en el rincón, y se la entregó al caballero con estas palabras: «¡que era su prisionero!». Ante la consternada pregunta del caballero de si había oído bien y si realmente reconocía ambos cargos formulados por el chanciller, respondió el conde: «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!»—. Que entretanto esperaba verse dispensado de la necesidad de ofrecer pruebas de su inocencia de otro modo que no fuera ante el palenque de un tribunal convocado formalmente por la duquesa. En vano opusieron los caballeros, sumamente descontentos con tal declaración, que al menos en caso tal no había de rendir cuentas de las circunstancias de los hechos a nadie más que al emperador; el conde, quien en una extraña y repentina mudanza de actitud invocó la ecuanimidad de la duquesa, porfió en comparecer ante el tribunal del reino y, desasiéndose de los brazos de aquéllos, pedía ya a gritos desde la ventana sus caballos, resuelto, según dijo, a seguir de inmediato al emisario a la prisión de nobles, cuando los compañeros de armas se interpusieron a viva fuerza en su camino con una propuesta que finalmente hubo de aceptar. Redactaron entre todos un escrito dirigido a la duquesa, exigieron como un derecho que asistía a todo caballero en caso semejante un salvoconducto y, como garantía de que comparecería ante un tribunal por ella convocado y se sometería a todo cuanto éste le impusiera, ofrecieron una fianza de 20.000 marcos de plata.

La duquesa, ante tan inesperada y para ella incomprensible declaración, a causa de los infames rumores que ya corrían entre el pueblo sobre los móviles de dicha acusación, consideró lo más aconsejable poner el litigio entero en manos del emperador, retirándose ella personalmente por completo. Le remitió, por consejo del chanciller, la totalidad de las actas referentes al asunto y y le rogó se hiciera cargo en su calidad de cabeza del imperio de la instrucción de una causa en la que ella misma estaba implicada como parte. El emperador, que se hallaba en aquel preciso momento en Basilea por negociaciones con la Confederación, accedió a tal deseo; constituyó en dicha ciudad un tribunal formado por tres condes, doce caballeros y dos asesores jurídicos; y tras conceder al conde Jacob Barbarroja, de acuerdo con la petición de sus amigos, un salvoconducto a cambio de la fianza ofrecida de 20.000 marcos de plata, le exigió que compareciera ante el citado tribunal y diera cuenta ante él de los dos cargos siguientes: ¿cómo había llegado la flecha, que según propia confesión le pertenecía, a manos del asesino?, y asimismo: ¿en qué tercer lugar se encontraba en la noche de San Remigio?

Era el lunes después de Trinidad cuando el conde Jacob Barbarroja, con un rutilante séquito de caballeros, compare ció en Basilea según la citación que le había sido transmitida ante el palenque del tribunal, y allí, omitiendo la primera cuestión, para él, según afirmó, absolutamente inexplicable, se expresó sobre la segunda, decisiva para la causa, del siguiente modo: «¡Nobles señores!», y diciendo esto apoyó sus manos en la estacada y miró a los reunidos con sus ojillos centelleantes, enmarcados por pestañas rojizas. «Me acusáis, a mí que he dado pruebas suficientes de indiferencia por corona y cetro, de la acción más abominable que puede cometerse, del asesinato de mi hermano, quien aun sintiendo poca inclinación por mí no me era por ello menos querido; y como uno de los motivos en que se basa vuestra acusación aducís que en la noche de San Remigio, cuando se perpetró aquel crimen, en contra de un hábito observado a lo largo de muchos años me encontraba ausente de mi palacio. Bien sé cuán deudor es un caballero del honor de aquellas damas que le conceden secretamente su favor; ¡y vive Dios!, de no haber arrojado el cielo inesperadamente tan extraña fatalidad sobre mi testa, el secreto que duerme en mi pecho hubiera muerto conmigo, se hubiera reducido a polvo y hasta sonar la trompeta del ángel que haga abrirse las tumbas no hubiera resucitado conmigo para presentarse ante Dios. Mas la pregunta que su imperial majestad dirige a mi conciencia por vuestra boca anula, como vos mismos comprendéis, toda consideración y todo escrúpulo; y pues queréis saber por qué es improbable, incluso imposible, que participara en el asesinato de mi hermano bien en persona o indirectamente, sabed que la noche de San Remigio, y por tanto en el momento en que se perpetró, me encontraba secretamente en compañía de la bella hija del senescal Winfried von Breda, doña Wittib Littegarde von Auerstein, entregada a mi amor.»

Ahora bien, se ha de saber que doña Wittib Littegarde von Auerstein, así como la mujer más hermosa del país era igualmente, hasta el instante de aquella ignominiosa acusación, la dama más intachable y sin mancilla del reino. Desde la muerte del burgrave de Auerstein, su esposo, al que había perdido pocas lunas después de sus esponsales a causa de unas fiebres contagiosas, vivía en el silencio y retiro del castillo de su padre; y sólo por deseo del anciano hidalgo, que deseaba verla desposada de nuevo, consentía en participar alguna que otra vez en las cacerías y banquetes celebrados por la nobleza de la región en torno, y principalmente por micer Jacob Barbarroja. Muchos condes y gentilhombres de las más nobles y acaudaladas estirpes del país se arremolinaban en tales ocasiones en derredor suyo con sus peticiones de mano, siéndole de entre todos ellos micer Friedrich von Trota, el chambelán, quien en cierta ocasión salvara valerosamente su vida durante una partida de caza contra la embestida de un verraco herido, el más caro y el predilecto; entretanto, por la preocupación de disgustar a sus dos hermanos, que contaban con el legado de su fortuna, a despecho de todas las exhortaciones de su padre no había podido resolverse a concederle su mano. Es más, al desposarse Rudolph, el mayor de ambos, con una rica damisela de la vecindad y, luego de tres años de matrimonio sin hijos, nacerle para gran júbilo de la familia un heredero del apellido, ella, movida por alguna que otra declaración explícita e implícita, se despidió formalmente de micer Friedrich, su amigo, en un escrito redactado entre lágrimas sin cuento, y accedió, a fin de mantener la unidad de la casa, a la propuesta de su hermano de asumir el cargo de abadesa en un convento de monjas que se hallaba a orillas del Rin, no lejos del castillo paterno.

Justamente por la época en que se realizaban las diligencias encaminadas a tal fin ante el arzobispo de Estrasburgo y el asunto estaba en trance de realización, fue cuando el senescal micer Winíried von Breda recibió del tribunal constituido por el emperador el informe sobre el deshonor de su hija Littegarde y la orden de enviarla a Basilea para responder de la acusación realizada en su contra por el conde Jacob. Se le detallaba en el curso del escrito la hora y el lugar exacto en que el conde, según su afirmación, decía haber realizado su visita clandestina a doña Littegarde, y se le adjuntaba incluso un anillo proveniente de su esposo fallecido que aquél aseguraba haber recibido de su mano al despedirse como recuerdo de la noche pasada. Coincidió que micer Winíried, el mismo día en que llegó dicho escrito, padecía de una grave y dolo-rosa indisposición debida a la edad; en un estado de extremo padecimiento caminaba vacilante de la mano de su hija por la alcoba, viendo ya acercarse el fin que se oculta en cuanto encierra un hálito de vida; de tal suerte que, al leer tan terrible noticia, le sobrevino de inmediato un ataque y, dejando caer la hoja, paralizados todos sus miembros se desplomó sobre el pavimento. Los hermanos, que se hallaban presentes, lo alzaron conmocionados del suelo y mandaron llamar un médico que vivía en el edificio contiguo para su cuidado; mas todos los esfuerzos para devolverlo a la vida fueron vanos: mientras doña Littegarde yacía desvanecida en el regazo de sus damas, entregó él su alma, y aquélla, al volver en sí, no tuvo siquiera el agridulce consuelo de poder entregarle una sola palabra en defensa de su honor para que la llevara consigo a la eternidad. La indignación de ambos hermanos sobre tan infausto suceso y su ira por la ignominia imputada a la hermana que lo había provocado y por desdicha resultaba muy probable fue indescriptible.

Pues demasiado bien sabían que, en efecto, el conde Jacob Barbarroja la había cortejado infatigablemente durante todo el verano anterior; varios torneos y banquetes habían sido celebrados sólo en su honor y, de un modo ya entonces sumamente escandaloso, en especial para todas las restantes damas invitadas a la reunión, la había distinguido a ella. Más aún, recordaban que Littegarde, por la misma época del citado día de San Remigio, pretendió haber perdido durante un paseo justo el mismo anillo procedente de su esposo que entonces había vuelto a aparecer sorprendentemente en manos del conde Jacob; de tal suerte que ni por un momento dudaron de la veracidad de la declaración que el conde había prestado contra ella ante tribunal. En vano —mientras el cadáver paterno era sacado entre los lamentos de la servidumbre— se aferró ella a las rodillas de sus hermanos, suplicando que la escucharan sólo un instante; Rudolph, ardiendo en cólera, le preguntó dirigiéndose a ella si acaso podía citar testigo alguno de la nulidad de la imputación, y como ella, trémula y estremecida, replicara que por desdicha no podía invocar otra cosa que la intachabilidad de su conducta, por haberse encontrado ausente de su dormitorio precisamente la consabida noche su doncella a causa de una visita que había realizado a sus padres, la apartó Rudolph de sí a puntapiés, arrancó de su vaina una espada que pendía del muro y le ordenó, en el delirio de su desmedida furia, mientras mandaba acudir perros y siervos, que abandonara en el acto casa y castillo. Littegarde se alzó del suelo, pálida como la cera; rogó, mientras esquivaba callada sus maltratos, le concediera al menos el tiempo preciso para realizar los preparativos de la partida exigida; mas Rudolph, lanzando espumarajos de rabia, no respondió otra cosa que: «¡Fuera, fuera del palacio!», de tal guisa que, como no escuchara a su propia esposa, que se interpuso en su camino rogándole indulgencia y humanidad, y la arrojara furibundo a un lado asestándole tamaño golpe con el puño de la espada que le hizo brotar sangre, la desventurada Littegarde, más muerta que viva, abandonó la estancia: rodeada por las miradas del pueblo llano, atravesó con paso vacilante el patio hacia la puerta del castillo, donde Rudolph le mandó entregar un hato de ropa al que añadió algún dinero y él mismo, entre juramentos e imprecaciones, cerró los batientes del portalón.

Tan repentina caída desde las alturas de una dicha serena y casi sin sombra a los abismos de una infinita aflicción y el más completo desamparo era más de lo que la pobre mujer podía resistir. Sin saber a dónde dirigirse, descendió tambaleante, apoyada en la baranda, a lo largo del sendero rocoso, por al menos buscar albergue para la noche incipiente; mas antes de haber alcanzado siquiera la entrada de la aldehuela dispersa que se extendía por el valle, se desplomó en tierra privada de sus fuerzas. Llevaría acaso una hora allí tendida, libre de todos los padecimientos terrenos, y ya cubría la región una oscuridad total cuando volvió en sí rodeada de varios compasivos lugareños. Pues un muchacho que jugaba en la pendiente rocosa se había percatado de su presencia allí y relatado en casa de sus padres tan extraña y sorprendente escena; a lo cual éstos, que habían recibido algún que otro favor de Littegarde, sumamente conmocionados al saberla en tan desolada situación, se pusieron de inmediato en camino para asistirla en la medida de sus posibilidades. Gracias a los esfuerzos de estas gentes no tardó en reanimarse, y a la vista del castillo que estaba cerrado a cal y canto a sus espaldas recuperó también su juicio; se negó sin embargo a aceptar el ofrecimiento de dos mujeres de conducirla de vuelta al palacio, y sólo rogó que tuvieran la bondad de conseguirle sin más demora un guía para continuar su camino. En vano le hicieron ver que en su estado no podía emprender viaje alguno; Littegarde, so pretexto de que su vida corría peligro, porfió en abandonar en el acto los límites del territorio del castillo; es más, como la turba en derredor suyo fuera cada vez más en aumento sin ayudarla, hizo intentos de desasirse por la fuerza y, a despecho de la oscuridad de la noche en ciernes, ponerse sola en camino; de tal suerte que las gentes, impelidas por el temor a que, de ocurrirle algún percance, los señores les hicieran responder de ello, accedieron a sus deseos y le consiguieron un carruaje que, tras dirigirle repetidamente la pregunta de a dónde debía dirigirse, partió con ella hacia Basilea.

Mas ya antes de llegar a la aldea mudó, tras sopesar con mayor atención las circunstancias, su decisión, y ordenó a su guía que diera la vuelta y pusiera rumbo al castillo de Trota, que sólo distaba pocas millas. Pues bien entendía que, frente a un contrincante como el conde Jacob Barbarroja, nada lograría sin apoyo ante el tribunal de Basilea; y nadie le parecía más digno de la confianza de ser llamado a defender su honor que su gallardo amigo, quien como ella bien sabía continuaba profesándole un profundo amor, el excelente chambelán micer Friedrich von Trota. Sería acaso cerca de medianoche y aún se distinguían las luces en el palacio cuando, exhausta del viaje, llegó allí en su carromato.

Ordenó subir a un servidor de la casa que salió a su encuentro a que mandara anunciar a la familia su llegada; mas aún antes de que éste hubiera llevado a cabo su tarea ya salieron a la puerta doña Bertha y doña Kunigunde, las hermanas de micer Friedrich, que se hallaban casualmente en la antesala inferior, ocupadas en tareas domésticas. Entre joviales salutaciones ayudaron las amigas a descender del carruaje a Littegarde, a la que conocían bien, y la guiaron, aunque no sin cierta angustia, escaleras arriba, a la cámara de su hermano, el cual estaba sentado ante una mesa, absorto en las actas en que lo tenía sumido un proceso. Mas cómo describir el asombro de micer Friedrich cuando, ante el rumor que se elevaba detrás suyo, volvió su rostro y vio caer de rodillas ante él a doña Littegarde, descompuesta y demudada, el vivo retrato de la desesperación. «¡Mi amadísima Littegarde!», exclamó poniéndose en pie y alzándola del suelo: «¿Qué desgracia os ha ocurrido?» Littegarde, tras tomar asiento en un sillón, le relató lo sucedido: qué infame acusación había lanzado contra ella el conde Jacob Barbarroja ante el tribunal de Basilea para quedar libre de sospecha por el asesinato del duque; cómo tal noticia había provocado en el acto a su anciano padre, que padecía justamente de una indisposición, semejante ataque de nervios que, pocos minutos después, había fallecido en brazos de sus hijos; y cómo éstos, enfurecidos por la indignación, desoyendo lo que pudiera ella alegar en su defensa, la habían acosado con las más horribles vejaciones y finalmente, como a una criminal, la habían expulsado de la casa. Rogó a micer Friedrich que la condujera con el acompañamiento adecuado a Basilea y allí le designara un asesor judicial que, en su comparecencia ante el jurado constituido por el emperador, la asistiera con consejo sabio y prudente contra aquella impúdica acusación. Aseguró que oír semejante cosa de boca de un parto o un persa al que jamás hubiera visto con sus propios ojos no hubiera podido anonadarla más que del conde Jacob Barbarroja, por haberle resultado éste odioso desde siempre tanto por su mala reputación como por su figura, y los requiebros que a veces se había tomado la libertad de decirle en los festejos del verano anterior los había rechazado invariablemente con la mayor frialdad y desprecio.

«¡Basta, mi amadísima Littegarde!», exclamó micer Friedrich, mientras tomaba con noble ardor su mano y la llevaba a sus labios: «¡No malgastéis ni una sola palabra para defender y justificar vuestra inocencia! En mi pecho habla en vuestro favor una voz inmensamente más vivida y convincente que todas las aseveraciones, y aún incluso más que cuantas razones legales y pruebas podáis reunir ante el tribunal de Basilea sobre las circunstancias y hechos. Aceptadme, puesto que vuestros injustos y nada generosos hermanos os abandonan, como vuestro amigo y hermano, y concededme la gloria de ser vuestro defensor en esta causa; ¡yo restituiré el brillo de vuestro honor ante el tribunal de Basilea y ante el juicio del mundo entero!» Diciendo esto condujo a Littegarde, que derramaba vehementes lágrimas de agradecimiento y emoción ante tan nobles palabras, arriba, a las habitaciones de doña Helena, su madre, la cual se había retirado ya a su dormitorio; la presentó a esta digna y anciana dama, la cual le profesaba un especial afecto, como huésped invitada que había decidido, a causa de una riña que había estallado en el seno de su familia, morar durante algún tiempo en su castillo; aquella misma noche se le habilitó un ala entera del amplio alcázar, se llenaron profusamente los armarios que allí se encontraban con vestidos y ropajes para ella elegidos del ajuar de las hermanas; se le asignó asimismo, tal y como correspondía a su rango, servidumbre adecuada o a decir verdad magnífica: y ya al tercer día micer Friedrich von Trota, sin decir palabra sobre el modo y manera en que pensaba presentar sus pruebas ante el tribunal, con un numeroso séquito de guerreros de a caballo y escuderos, se encontraba de camino a Basilea.

Entretanto había llegado a manos del tribunal de Basilea un escrito de los señores de Breda, los hermanos de Littegarde, alusivo a los sucesos habidos en el castillo, mediante el cual entregaban enteramente a la pobre mujer, como a la convicta de un crimen, al brazo de la ley, bien fuera por considerarla en efecto culpable o por tener otras razones para desear su ruina. Cuando menos presentaban su expulsión del castillo, de modo innoble y falaz, como una fuga voluntaria; describían cómo ella, sin poder alegar nada en defensa de su inocencia, ante algunas indignadas expresiones que no habían podido reprimir, había abandonado en el acto el castillo; y al resultar vanas cuantas pesquisas afirmaban haber realizado por su causa, eran de la opinión de que probablemente erraría entonces por esos mundos de Dios con un tercer aventurero para completar la medida de su oprobio. Por ello solicitaban que, para salvaguardar el honor de la familia que ella había mancillado, se eliminara su nombre de las genealogías de la casa de Breda y, basándose en vagas interpretaciones legales, deseaban que como pena por tan descomunales delitos se la privara de todos los derechos al legado del noble padre al que su infamia había llevado a la tumba. Ahora bien, aun cuando los jueces de Basilea estaban bien lejos de considerar tal petición, que por lo demás no era de su incumbencia, como entretanto el conde Jacob, al recibir aquella noticia, diera las muestras más inequívocas y decisivas de su pesar por el destino de Littegarde y secretamente, como se supo, envió gentes a caballo para averiguar su paradero y ofrecerle alojamiento en su castillo: el tribunal no dudó más de la veracidad de su testimonio y determinó retirar de inmediato la acusación que pesaba sobre él por el asesinato del duque.

Es más, este interés que mostraba por la desdichada en tal momento de necesidad tuvo incluso un efecto asaz ventajoso sobre la opinión del pueblo, que se decantó enormemente por él en su benevolencia; se disculpó entonces lo que poco antes se había reprobado con severidad, el abandono de una mujer rendida a su amor ante el escarnio del mundo entero, y se consideró que en tan extraordinarias y atroces circunstancias, puesto que no se trataba de menos que de vida y honor, no le había restado otra posibilidad que revelar sin consideraciones la aventura acontecida en la noche de San Remigio. En consecuencia, se citó de nuevo por mandato expreso del emperador al conde Jacob Barbarroja ante el tribunal para declararlo solemnemente, a puertas abiertas, libre de la sospecha de haber tenido parte en el asesinato del duque. Acababa el heraldo de leer el escrito de los señores de Breda bajo el atrio de la amplia sala del tribunal, que de acuerdo con la resolución del emperador respecto al acusado que se encontraba en píe junto a él se disponía a proceder a una restitución formal de su honor, cuando micer Friedrich von Trota avanzó hasta el palenque y, basándose en el derecho común de todo observador imparcial, solicitó que le permitieran ver un instante la carta. Se accedió a su deseo, con los ojos del pueblo entero puestos en él; mas no bien hubo recibido micer Friedrich el escrito de manos del heraldo cuando, tras lanzar una fugaz mirada sobre él, lo rasgó de arriba abajo y arrojó los pedazos junto con su guante, que envolvió juntos, al rostro del conde Jacob Barbarroja con estas palabras: «ique era un bellaco y un indigno calumniador y que él estaba dispuesto a probar a vida o muerte la inocencia de doña Littegarde del crimen que le imputaba, ante el mundo entero, en juicio de Dios! —El conde Jacob Barbarroja, tras recoger el guante con el rostro muy pálido, dijo: «¡Tan cierto como que Dios decide justamente en el juicio de las armas, así de cierto es que probaré la veracidad de lo que, por necesidad imperiosa, revelé con respecto a doña Littegarde, en honorable y caballeresco combate singular! ¡Informad, nobles señores», dijo dirigiéndose a los jueces, «a su imperial majestad sobre el recurso interpuesto por micer Friedrich y rogadle que nos señale hora y lugar en que podamos enfrentarnos espada en mano para dirimir este pleito!» Según esto enviaron los jueces, levantando la sesión, una delegación con el informe sobre dicho suceso al emperador; y como éste, al haber salido micer Friedrich en defensa de doña Littegarde, se hallara no poco desconcertado respecto a su confianza en la inocencia del conde: así pues convocó a Basilea, tal como exigían las leyes del honor, a doña Littegarde para que presenciara la contienda, y a fin de esclarecer el extraño misterio que envolvía aquel asunto, fijó el día de Santa Margarita como el día y la explanada del castillo de Basilea como el lugar en que ambos, micer Friedrich von Trota y el conde Jacob Barbarroja, habían de contender en presencia de doña Littegarde.

De acuerdo con dicha decisión, al llegar el sol a su cénit el día de Santa Margarita sobre las torres de la ciudad de Basilea y habiéndose reunido en la explanada del castillo tan inconmensurable muchedumbre que fue menester construir bancos y grádenos para acomodarla, al triple llamado del heraldo desde la tribuna de los jueces de campo entraron en liza micer Friedrich y el conde Jacob, pertrechados ambos de pies a cabeza con centelleante metal, para dirimir su causa. La caballería entera de Suabia y de Suiza se encontraba presente casi al completo sobre la palestra del alcázar que se elevaba al fondo; sobre el balcón de éste, rodeado de sus cortesanos, estaba sentado el propio emperador junto a su esposa y los príncipes y princesas, sus hijos e hijas. Poco antes de dar comienzo El duelo, mientras los jueces distribuían sol y sombra entre los contendientes, se llegaron una vez más a las puertas de la explanada doña Helena y sus dos hijas, Bertha y Kunigunde, las cuales habían acompañado a Littegarde hasta Basilea, y rogaron a la guardia que allí se encontraba permiso para poder entrar y hablar unas palabras con doña Littegarde, la cual, según uso ancestral, estaba sentada sobre un estrado dentro del propio palenque. Pues aun cuando la conducta de aquella dama pareciera exigir el más absoluto respeto y una confianza enteramente ilimitada en la veracidad de sus aseveraciones, sin embargo el anillo que tenía para aducir el conde Jacob, y más aún la circunstancia de que Littegarde hubiera dado licencia la noche de San Remigio a su doncella, la única que habría podido servirle de testigo, sumía su ánimo en la más viva angustia; determinaron poner una vez más a prueba, en el apremio de tan decisivo instante, la seguridad de conciencia inherente a la acusada y ponderarle cuán ociosa o antes bien blasfema era la empresa, en caso que realmente pesara sobre su alma una culpa, de pretender quedar limpia de ella mediante la sagrada ordalía de las armas, que sacaría indefectiblemente la verdad a la luz. Y en efecto tenía Littegarde todos los motivos para meditar bien el paso que micer Friedrich daba entonces por su causa; la pira la esperaba tanto a ella como a su amigo, el caballero Von Trota, en caso de que Dios, en el juicio de los aceros, no se decidiera por él sino por el conde Jacob Barbarroja y por la veracidad del testimonio que éste había prestado ante el tribunal en contra de ella. Doña Littegarde, viendo entrar a la madre y las hermanas de micer Friedrich, se levantó del sitial con su característica expresión de dignidad, que por el dolor que inundaba su ser resultaba aún más conmovedora, y les preguntó saliendo a su encuentro: «¿qué era lo que las conducía a ella en un instante tan fatídico?». «Hijita mía», habló doña Helena llevándola aparte: «¿Queréis ahorrarle a una madre que en su yerma vejez no tiene otro consuelo que la posesión de su hijo el pesar de tener que llorarlo ante su tumba? ¿Queréis sentaros antes de que dé comienzo el combate en un carruaje, cargada de ajuar y ricos presentes, y aceptar como obsequio una de nuestras posesiones que se encuentra al otro lado del Rin y os recibirá de modo conveniente y con los brazos abiertos?» Littegarde, tras clavar su mirada por un momento en su rostro mientras le cruzaba por la faz una honda palidez, tan pronto hubo comprendido el significado de tales palabras en todo su alcance, hincó una rodilla ante ella. «¡Honorabilísima y excelsa señora!», dijo; «¿procede la angustia de que Dios, en esta hora decisiva, pudiera declararse contra la inocencia de mi pecho, del corazón de vuestro noble hijo?» —«¿Por qué preguntáis?», inquirió doña Helena. —«Porque en tal caso le conjuro a mejor no desenvainar la espada que no guía mano confiada y ceder ante su adversario en la palestra con cualesquiera hábiles pretextos: y abandonarme con todo a mi destino, que pongo en manos de Dios, sin prestar oídos intempestivos a una compasión de la cual no puedo aceptar ni un ápice!» —«¡No!», repuso doña Helena confusa:

«¡Mi hijo nada sabe! No sería digno de él, habiendo dado ante el tribunal su palabra de defender vuestra causa, haceros tal proposición ahora que ha llegado la hora decisiva. Firmemente convencido de vuestra inocencia arrostra, ya armado para el combate como veis, al conde, vuestro rival; fue una propuesta que nosotras, mis hijas y yo, en la angustia del momento, hemos ideado para considerar todas las ventajas y evitar toda desgracia.» —«Entonces», dijo doña Littegarde, regando con sus lágrimas la mano de la anciana dama mientras imprimía un ardiente beso en ella: «¡dejadle desempeñar su palabra! No mancha mi conciencia culpa alguna; y si fuera a la lucha sin yelmo ni coraza, ¡Dios y todos sus ángeles lo ampararían!» Y diciendo esto se alzó del suelo y condujo a doña Helena y sus hijas a unos asientos situados dentro del estrado, tras el sitial envuelto en paño rojo sobre el que ella misma se instaló.

A continuación, a un gesto del emperador, el heraldo dio con la trompeta la señal para el combate singular, y ambos caballeros, escudo y espada en mano, se acometieron mutuamente. Micer Friedrich, ya con el primer mandoble, hirió de inmediato al conde; lo alcanzó con la punta de su espada, no precisamente larga en demasía, allí donde entre brazo y mano las uniones de la armadura encajaban unas en otras; mas el conde, quien sobresaltado por el dolor retrocedió de un brinco, descubrió que, aun cuando la sangre corría copiosamente, no era sin embargo más que un rasguño superficial a ras de piel: de tal suerte que ante los murmullos de desaprobación de los caballeros que se encontraban en la palestra por lo desafortunado de tal actuación, avanzó de nuevo y prosiguió la lucha con renovadas fuerzas cual si estuviera completamente indemne. Se desencadenó entonces la lucha entre ambos contendientes como se acometen dos vientos en la tempestad, como entrechocan dos nubes en la tormenta, lanzándose sus rayos, encrespándose y envolviéndose mutuamente sin mezclarse entre el fragor de constantes truenos. Micer Friedrich, extendiendo escudo y espada hacia adelante, estaba plantado sobre el suelo como si fuera a echar raíces; hasta las espuelas se hundía, hasta los tobillos y las pantorrillas, en la tierra liberada de sus adoquines y removida adrede, apartando de pecho y testa los arteros golpes del conde, el cual, pequeño y ágil, parecía atacar a un tiempo desde todos lados. El combate, contando los instantes de descanso a los que obligaba el agotamiento de ambas partes, duraba ya casi una hora cuando se alzó de nuevo un murmullo desaprobatorio entre los espectadores que se encontraban sobre el graderío. Parecía que en tal ocasión no se refería al conde Jacob, cuyo celo en poner fin a la contienda no cejaba, sino al hecho de que micer Friedrich continuara empalado como un estafermo en un único punto y se abstuviera de todo ataque propio de un modo extraño; casi parecía intimidado, o cuando menos obcecado.

Aun pudiendo su proceder basarse en buenas razones, el sentimiento de micer Friedrich era empero demasiado débil como para no sacrificarlo sin más demora ante la exigencia de quienes en aquel instante juzgaban su honor; con una animosa zancada abandonó el punto que había elegido desde el comienzo y la especie de parapeto natural que se había formado en torno a sus pies y acometió a su contrario, cuyas fuerzas ya empezaban a declinar, lanzando sobre su testa varios rudos y recios golpes que éste supo no obstante parar mediante hábiles movimientos laterales de su escudo. Mas apenas invertido de tal guisa el combate sufrió micer Friedrich un percance que no parecía precisamente indicar la presencia de poderes superiores que rigieran el combate; al trabarse su pie en las espuelas, cayó trastabillando y mientras, bajo el peso del yelmo y la coraza que cargaban la parte superior de su cuerpo, caía de rodillas apoyando la mano en el polvo, el conde Jacob Barbarroja, no precisamente del modo más noble ni caballeresco, le hundió la espada en el costado que de tal suerte había quedado al descubierto. Micer Friedrich se alzó del suelo de un salto con un instantáneo grito de dolor. Si bien se apretó el yelmo sobre los ojos y, arrostrando velozmente a su rival, se aprestó a proseguir la lucha, mientras él se sostenía apoyado en su espada con el cuerpo encorvado por el dolor y la oscuridad rondaba su vista: el conde le hundió dos veces más su tizona en el pecho, justo bajo el corazón; a lo cual, con la armadura traqueteando con estrépito en torno, se desplomó en el suelo y dejó caer junto a sí espada y escudo.

El conde, después de arrojar las armas a un lado, le puso el pie sobre el pecho con un triple toque de trompeta; y mientras todos los espectadores, el propio emperador a la cabeza, se alzaban de sus asientos con ahogados gritos de espanto y compasión: doña Helena, con sus dos hijas en pos, se abalanzó sobre su amado hijo que se revolcaba en polvo y sangre. «¡Oh, mi Friedrich!», exclamó arrodillándose desolada junto a su testa; mientras doña Littegarde, desvanecida y exánime, era levantada del estrado sobre el que se había derrumbado y conducida a prisión por dos esbirros. «¡Y ay de esa infame», prosiguió, «esa perdida, que, con la conciencia de la culpa en el seno, osa venir y armar el brazo del amigo más fiel y más noble para que libre por ella un juicio de Dios en lance desigual!» Y al decir esto levantó gimiendo del suelo al hijo amado, mientras las hijas lo despojaban de su coraza, e intentó contenerle la sangre que brotaba de su noble pecho. Mas por orden del emperador acudieron esbirros que también lo prendieron a él como reo caído bajo el peso de la ley; con la asistencia de algunos médicos lo colocaron sobre unas angarillas y lo llevaron a su vez, acompañado por una gran turba popular, a prisión, adonde sin embargo obtuvieron doña Helena y sus hijas licencia para poder seguirlo hasta su muerte, de la que nadie dudaba.

Bien pronto se vio empero que las heridas de micer Friedrich, aun afectando a zonas vitales y delicadas, por una singular providencia del cielo no eran mortales; antes bien, los médicos que se le habían asignado pudieron ya pocos días más tarde asegurar a la familia con certeza que saldría con vida, y es más, que gracias al vigor de su naturaleza se habría recuperado en breves semanas sin quedar tullido en parte alguna de su cuerpo. Tan pronto recobró el juicio que el dolor le robara durante largo tiempo dirigía invariablemente a su madre esta única pregunta: ¿qué era de doña Littegarde? No podía reprimir las lágrimas al imaginarla en la yerma soledad de la mazmorra, abandonada a la más espantosa desesperación, y exhortó a las hermanas, acariciándoles tiernamente la barbilla, a que la visitaran y la consolaran. Doña Helena, soliviantada por tales palabras, le rogó que olvidara a aquella vil indecente; opinó que el crimen al que hiciera alusión el conde Jacob ante tribunal y que más tarde saliera a la luz por el desenlace del combate singular podría ser perdonado, mas no la impudicia y el descaro de invocar, siendo consciente de tamaña culpa, el sagrado juicio de Dios cual una inocente, sin escrúpulos para con el más noble amigo, al que arrojaba con ello a la perdición. «Ay, madre mía», dijo el chambelán, «¿qué mortal, y aun si fuera el mayor sabio de todos los tiempos, osaría interpretar la enigmática sentencia que Dios ha pronunciado en estas ordalías?» «¿Cómo?», exclamó doña Helena: «¿Por ventura se te escapa el significado de esta divina sentencia? ¿Acaso no te infligió en la lid la espada de tu rival una derrota por desdicha bien clara e inequívoca?» —«¡Sea!», concedió micer Friedrich: «Por un instante sucumbí ante él.

Mas, ¿fui vencido por el conde? ¿Acaso no estoy vivo? ¿Y por ventura no florezco y me alzo de nuevo milagrosamente como bajo un hálito celestial para, quizá ya dentro de pocos días, armado con doble y triple energía retomar de nuevo el combate en el que fui estorbado por un azar insignificante?» —«¡Necio de ti!», exclamó la madre. «¿Ignoras por ventura que existe una ley según la cual un combate, una vez los jueces de campo lo declaran concluido, no puede ser reiniciado para dirimir la misma causa en la palestra del sagrado juicio de Dios?» —«¡Tanto da!», repuso el chambelán enojado. «¿Qué se me da a mí de tan arbitrarias leyes humanas? Un duelo que no ha proseguido hasta la muerte de uno de los dos contendientes, ¿puede acaso darse por concluido si se consideran las circunstancias de manera mínimamente razonable? Y caso que se me permitiera retomarlo, ¿no podría abrigar la esperanza de remediar el percance sufrido y alcanzar con la espada otra sentencia divina muy diferente de la que, de guisa tan poco perspicaz y corta de miras, se toma ahora por tal?» «Sea como fuere», repuso la madre pensativa, «esas leyes que pretendes ignorar son las que rigen y tienen vigencia; de modo comprensible o no, ejecutan el poder de los preceptos divinos y os entregan a ti y a ella, como una pareja de criminales execrandos, a la severidad del brazo secular.» —«Ay», exclamó micer Friedrich; «¡ello es justamente lo que me arroja, cuitado de mí, a la desesperación!

La vara de la justicia ya se ha roto sobre ella cual sobre una convicta; y yo, que pretendía probar su virtud e inocencia ante el mundo, soy quien ha arrojado tamaña miseria sobre ella: un funesto traspié en las correas de mis espuelas, mediante el cual quizá Dios, independientemente por completo de su causa, quiso castigarme por los pecados que moran en mi propio pecho, entrega sus florecientes miembros a las llamas y su memoria a eterno oprobio!». Con estas palabras asomó una lágrima de ardiente dolor viril a sus ojos; tomando su pañuelo se volvió hacia el muro, y doña Helena y sus hijas se arrodillaron embargadas de muda emoción junto a su lecho y, besando su mano, mezclaron sus lágrimas con las de él. Entretanto había entrado en su celda el torrero con alimento para él y su familia, y al preguntarle micer Friedrich cómo se encontraba doña Littegarde, escuchó de éste en frases deshilvanadas y cargadas de desprecio: que yacía sobre un puñado de paja y desde el día en que había sido recluida allí no había vuelto a pronunciar palabra alguna. Tal noticia sumió a micer Friedrich en la angustia más extrema; le encargó que tranquilizara a la dama diciéndole que, por una insondable voluntad del cielo, se iba restableciendo por completo y que le rogaba licencia para, cuando hubiera recuperado totalmente la salud y el alcaide del castillo lo permitiera, visitarla alguna vez en su prisión. Mas la respuesta que el torrero dijo haber obtenido de ella, tras sacudir repetidamente su brazo, pues yacía sobre la paja como una demente, sin oír ni ver, fue que no, que mientras continuara en este mundo no quería ver a persona alguna; es más, se supo que aquel mismo día, en un escrito de su puño y letra, había ordenado al alcaide que no permitiera a nadie, quienquiera que fuese, pero al chambelán Von Trota muchísimo menos, que acudiera a verla; de tal suerte que micer Friedrich, arrastrado por la vehemente zozobra a causa de su estado, un día en que sentía regresar sus fuerzas con especial viveza se puso en camino con licencia del alcaide y, en la certeza de obtener su perdón, se llegó a su celda sin anunciarse, en compañía de su madre y sus dos hermanas.

Mas cómo describir el espanto de la infeliz Littegarde cuando, con el brial entreabierto en el pecho y la cabellera suelta, ante el sonido procedente del portón se incorporó sobre la paja que le habían echado y, en lugar del torrero al que esperaba, vio entrar en su celda al chambelán, su noble y excelso amigo, del brazo de Bertha y Kunigunde, con algunas señales de los sufrimientos pasados, una estampa melancólica y conmovedora. «¡Fuera!», gritó con expresión desesperada mientras se arrojaba de espaldas sobre las mantas de su jergón y ocultaba el rostro con las manos: «Si es que en tu pecho arde una sola brasa de compasión, ¡fuera!» —«¿Qué oigo, mi adorada Littegarde?», repuso micer Friedrich. Apoyándose en la madre se llegó a su vera y con indecible emoción se inclinó para tomar su mano. «¡Fuera!», gritó ella trémula, retrocediendo varios pasos de hinojos sobre la paja: «¡Si no quieres que pierda el juicio, no me toques! Me horrorizas; imenos me espanta un fuego llameante que tú!» —«¿Yo te horrorizo?», repuso micer Friedrich herido. «¿De qué modo, mi noble Littegarde, ha merecido tu Friedrich semejante recibimiento?» —Según decía esto le acercó Kunigunde una silla, a una señal de la madre, y lo invitó, débil como estaba, a sentarse en ella. «¡Oh, Jesús!», exclamó aquélla, arrojándose ante él cuán larga era poseída del más espantoso pavor, el rostro enteramente en tierra: «¡Sal de esta mazmorra, amado mío, y abandóname! Abrazo tus rodillas con ardiente fervor, lavo tus pies con mis lágrimas, te suplico, humillada ante ti en el polvo como un gusano, tan sólo un gesto de compasión: ¡vete, mi señor y dueño, vete de mi celda, vete de aquí en este preciso instante y abandóname!» —Micer Friedrich continuaba en pie ante ella, conmocionado de parte a parte. «¿Tan desagradable te es mi presencia, Littegarde?», preguntó, mirándola gravemente desde lo alto. «¡Terrorífica, insoportable, aniquiladora!», respondió Littegarde presa de desesperación, apoyada sobre las manos y ocultando por completo su rostro entre las plantas de los pies de aquél. «¡El infierno, con todos sus horrores y espantos, me es más dulce y más gustoso de contemplar que la primavera de esa faz que tornas hacia mí con clemencia y amor!» —«¡Dios del cielo!», exclamó el chambelán; «¿qué he de pensar de tamaña contrición de tu alma? ¿Acaso, desdichada, hablaron verdad las ordalías y el crimen del que te acusara el conde ante el tribunal... eres culpable de él?» —«¡Culpable, convicta, reproba! ¡Maldita y condenada así en esta vida como en la eterna!», gritó Littegarde dándose golpes de pecho como una posesa: «Vete, que mis sentidos se desgarran y se quebrantan mis fuerzas.

¡Déjame sola con mi miseria y mi desesperación!» —Ante tales palabras se desvaneció micer Friedrich; y mientras Littegarde cubría su rostro con un velo y, cual en completa renuncia al mundo, se tendía de nuevo sobre su jergón, Bertha y Kunigunde se abalanzaron gimiendo sobre su hermano exánime para devolverlo a la vida. «¡Oh, maldita seas!», exclamó doña Helena al abrir de nuevo los ojos el chambelán: «¡Sentenciada a eternos remordimientos a este lado de la tumba y más allá de ella a la condenación eterna: no por la culpa que ahora confiesas, sino por ser tan inmisericorde e inhumana de no haberla reconocido antes de arrastrar contigo a mi hijo a la perdición! ¡Necia de mí!», prosiguió apartándose de ella cargada de desprecio, «¡si hubiera concedido crédito a las palabras que, poco antes de dar comienzo el juicio de Dios, me confiara el prior del monasterio de los agustinos de esta ciudad, con el cual se confesó el conde como piadosa preparación para la hora decisiva que lo aguardaba! ¡A él le juró por la Sagrada Hostia la veracidad de la declaración que había prestado con respecto a esta miserable; le especificó la puerta del jardín ante la cual, según lo acordado, ella lo había esperado y recibido al caer la noche, le describió la alcoba, una estancia aneja de la torre deshabitada del castillo en la que lo introdujo sin que se apercibiera la guardia, y el magnífico lecho, cómodamente acolchado bajo un dosel, sobre el cual yació con él en impúdica bacanal!

Un juramento prestado en hora tal no encierra engaño: y si yo, cegada de mí, hubiera enterado a mi hijo de ello, aun cuando hubiera sido en el instante en que se desencadenaba el combate singular: le habría abierto los ojos y él se hubiera apartado, trémulo, del abismo a cuyo borde se hallaba. —«¡Mas ven!», exclamó doña Helena abrazando suavemente a micer Friedrich y estampando un beso en su frente: «La indignación que la honra con palabras es un honor para ella; ¡que vea nuestras espaldas y desespere aniquilada por los reproches de que la dispensamos!» —«¡El miserable!», repuso Littegarde, incorporándose soliviantada por tales palabras. Apoyó su testa ¿¡olorosamente sobre sus rodillas, y derramando ardientes lágrimas sobre su pañuelo, dijo: «Recuerdo que mis hermanos y yo, tres días antes de aquella noche de San Remigio, estábamos en su castillo; había celebrado, según solía, una fiesta en mi honor, y mi padre, que gustaba de ver festejada mi floreciente juventud, me había movido a aceptar la invitación en compañía de mis hermanos. Ya a deshora, acabada la danza, al subir a mi dormitorio encuentro una nota sobre mi mesa que, escrita por mano desconocida y sin firma, contenía una declaración amorosa en toda regla. Coincidió que mis dos hermanos, por concertar nuestra partida que estaba fijada para el día siguiente, se encontraban presentes en mi cámara en ese momento; y no acostumbrando a tener ningún género de secretos para con ellos, poseída de mudo asombro les mostré el extraño hallazgo que acababa de realizar.

Ellos, como reconocieran en el acto la mano del conde, se encolerizaron sobremanera y el mayor pretendía llegarse en aquel preciso instante a los aposentos de aquél con la nota; mas el menor le hizo considerar cuán delicado sería semejante paso, ya que el conde había tenido la prudencia de no firmar la esquela; a lo cual ambos, profundamente humillados por tan insultante conducta, subieron conmigo a la carroza esa misma noche y, resueltos a no volver nunca a honrar el palacio con su presencia, regresaron al castillo de su padre. —«¡Esto es lo único», añadió, «que tuve jamás en común con ese indigno canalla!» —«¿Qué oigo?», dijo el chambelán volviendo hacia ella su rostro anegado en llanto: «¡Esas palabras me suenan a música celestial! ¡Repítemelas!», dijo tras una pausa, arrodillándose ante ella y uniendo sus manos: «¿No me has traicionado por aquel miserable, y estás limpia de la culpa que te ha imputado ante tribunal?» «¡Amado mío!», susurró Littegarde oprimiéndole la mano contra sus labios —«¿Lo estás?», exclamó el chambelán: «¿Lo estás?» —«Como el pecho de un niño recién nacido, como la conciencia de quien regresa de la confesión, como el cadáver de una monja fallecida en la sacristía al tomar el velo!» —«¡Oh Dios Todopoderoso!», exclamó micer Friedrich abrazando sus rodillas: «¡Gracias! ¡Tus palabras me devuelven la vida; la muerte ya no me espanta, y la eternidad, que hasta hace un instante se extendía ante mí como un mar de inconmensurable aflicción, se alza de nuevo como un imperio cuajado de mil soles resplandecientes!» —«Cuitado», dijo Littegarde apartándose de él: «¿cómo puedes prestar oídos a lo que te dice mi boca?» —«¿Por qué no?», preguntó encendido micer Friedrich. —«¡Loco! ¡Insensato!», gritó Littegarde; «¿acaso no me ha declarado culpable el juicio de Dios? ¿No perdiste por ventura ante el conde aquel funesto combate, y no ha impuesto él la veracidad de cuanto había declarado en mi contra ante tribunal?» —«¡Oh, mi amadísima Littegarde!», exclamó el chambelán: «¡Guarda tus sentidos de la desesperación! ¡Encúmbrate sobre el sentimiento que mora en tu pecho como sobre una roca: aférrate a ella y no pierdas pie, aun cuando por encima y por debajo de ti se hundieran cielo y tierra! ¡Creamos, de entre dos ideas que confunden los sentidos, la más comprensible y concebible, y antes de que tú te tengas por culpable, creamos mejor que, en el combate singular que libré por ti, fui yo quien venció! ¡Dios, Señor de mi vida!», prosiguió cubriéndose el rostro con las manos, «¡libra mi propia alma de la confusión! Tan cierto como que quiero salvarme, creo no haber sido vencido por la espada de mi rival, pues arrojado ya bajo el polvo de su planta he resucitado de nuevo a la vida. ¿Do está escrito que la suprema sabiduría divina haya de indicar y sentenciar la verdad en el instante de fe en que se la conjura? Oh Littegarde», concluyó oprimiendo la mano de ella entre las suyas: «en esta vida esperemos la muerte, y en la muerte la eternidad, y confiemos firme e incomoviblemente: ¡tu inocencia saldrá a la serena y resplandeciente luz del sol, y lo hará gracias al singular combate que yo libré por ti!» —Así decía cuando entró el alcaide; y como viera a doña Helena sentada llorando ante una mesa, recordó que tantas emociones podrían resultar perjudiciales para su hijo: de modo que a instancias de los suyos volvió micer Friedrich de nuevo a su prisión, no sin la certeza de haber prestado y obtenido algún consuelo.

Entretanto se había instruido ante el tribunal constituido por el emperador en Basilea la acusación contra micer Friedrich von Trota así como contra su amiga, doña Littegarde von Auerstein, por invocar pecaminosamente el juicio de Dios, y de acuerdo con la ley vigente habían sido condenados ambos a sufrir, en la misma plaza donde se librara el combate singular, muerte ignominiosa en la hoguera. Se envió una delegación de consejeros para anunciarlo a los cautivos, y se hubiera ejecutado la sentencia sin demora tan pronto se restableció el chambelán de no haber sido la secreta intención del emperador ver presente al conde Jacob Barba-rroja, contra el que no podía reprimir una suerte de desconfianza. Mas éste, de un modo en verdad extraño y sorprendente, yacía aún enfermo a causa de la pequeña herida, al parecer sin importancia alguna, que le había infligido micer Friedrich al iniciarse el combate; una putridez extrema de sus humores impedía, día tras día y semana tras semana, su curación, y todo el arte de los médicos que se fue llamando desde Suabia y Suiza no logró cerrarla.

Es más, un pus corrosivo, desconocido por completo para la medicina de la época, roía como un cáncer la mano alrededor en su totalidad hasta el hueso, de tal suerte que, para espanto de todos sus amigos, había sido menester amputarle toda la mano dañada y más tarde, como con ello no se hubiera puesto coto a la corrosión del pus, incluso el brazo. Mas tal remedio, ensalzado y tenido por cura radical, como se hubiera entendido hoy día fácilmente en lugar de ayudarle sólo enconó el mal; y los médicos, al irse descomponiendo a ojos vistas su cuerpo entero en purulencia y podredumbre, declararon que no tenía salvación posible y que moriría antes de finalizar aquella semana. En vano lo exhortó el prior del monasterio de los agustinos, quien creía ver traslucir la temible mano de Dios en tan inesperado cariz que habían tomado los acontecimientos, a confesar la verdad con respecto a la querella abierta entre él y la duquesa regente; el conde, estremecido de parte a parte, tomó una vez más el sagrado sacramento por testigo de la veracidad de su declaración, y dando toda muestra del más espantoso miedo por haber podido acusar calumniosamente a doña Littegarde, entregó su alma a la condenación eterna.

Y en verdad, pese a lo licencioso de su vida, se tenía doble motivo para creer en el fondo de probidad de tal aseveración: por una parte, porque el enfermo era de hecho en cierto modo piadoso, lo cual no parecía permitir un juramento falso en situación semejante, y por otro, porque de un interrogatorio al que se había sometido al torrero del castillo de los de Breda, al cual afirmaba haber sobornado a fin de acceder secretamente a la fortaleza, resultó en verdad que tal circunstancia era fundada y que el conde había estado realmente en el interior del castillo de Breda la noche de San Remigio. Como consecuencia no le restó prácticamente al prior más que creer en un engaño sufrido por el propio conde con una tercera persona desconocida para él; y no había alcanzado aún el fin de sus días el infeliz, quien ante la noticia de la milagrosa recuperación del chambelán llegara él mismo a tan espantosa ocurrencia cuando, para su desesperación, esta idea se vio confirmada de todo punto. Pues se ha de saber que el conde, antes de que su deseo se dirigiera hacia doña Littegarde, ya llevaba largo tiempo amancebado con Rosalie, la doncella de ésta; casi a cada visita que sus señores le rendían en su castillo acostumbraba él a llamar a esta muchacha, que era una criatura frivola e inmoral, a sus aposentos durante la noche. Mas como Littegarde, durante la última visita que realizó a su castillo con sus hermanos, recibiera de él aquella tierna carta en la que le declaraba su pasión, ello despertó la susceptibilidad y los celos de esta muchacha, a la que había descuidado ya desde hacía varias lunas; durante la partida de Littegarde, ocurrida inmediatamente después, a quien hubo de acompañar, hizo llegar de vuelta al conde una nota en nombre de ésta, en la cual le comunicaba que si bien la indignación de sus hermanos por el paso que había dado él no le permitía encuentro alguno de inmediato, le invitaba sin embargo a visitarla con tal objeto la noche de San Remigio en las estancias de su castillo paterno. Aquél, lleno de alegría por la fortuna de su empresa, envió en el acto una segunda carta a Littegarde en la que le anunciaba con certeza su llegada en la susodicha noche, y sólo le rogaba, para evitar todo error, que enviara a su encuentro un fiel guía que lo condujera hasta sus aposentos; y como la criada, diestra en toda suerte de intrigas, contara con un mensaje semejante, logró hacerse con dicho escrito y decirle en una segunda respuesta falsa que ella misma lo esperaría junto a la puerta del jardín. A continuación, la víspera de la noche convenida, con el pretexto de que su hermana se encontraba enferma y quería visitarla, solicitó de Littegarde un día de asueto para marchar al campo; habiéndolo obtenido, abandonó en efecto el castillo bien entrada la tarde con un hatillo de ropa bajo el brazo y a la vista de todos emprendió el camino en la dirección en que vivía aquella mujer.

Mas en lugar de llevar a cabo tal viaje, al caer la noche se llegó de nuevo al castillo pretextando que se aproximaba una tormenta y, a fin según dijo de no importunar a su señora siendo como era su intención emprender la marcha al siguiente día muy de mañana, se procuró un lecho en una de las estancias vacías del torreón del castillo, deshabitado y apenas frecuentado. El conde, que supo obtener del torrero el acceso al castillo mediante dinero, y a la hora de la medianoche, según lo acordado, fue recibido junto a la puerta del jardín por una persona cubierta por un velo, no sospechó, como fácilmente se comprende, nada en absoluto del engaño con el cual se le embaucaba; la muchacha imprimió fugazmente un beso en su boca y lo condujo, a través de varias escaleras y corredores de la desierta ala lateral, a una de las más espléndidas estancias del propio castillo, cuyas ventanas había cerrado cuidadosamente antes. Una vez aquí, tras aguzar el oído enigmáticamente hacia las puertas en todas direcciones sujetando su mano y haberle rogado silencio con voz susurrante so pretexto de que el dormitorio del hermano se hallaba muy cerca, se acostó junto a él sobre el lecho que se encontraba a un lado; el conde, engañado por su figura y silueta, nadaba en la confusión del placer de haber logrado semejante conquista a su edad; y cuando ella, con el primer resplandor del alba, lo dejó ir y como recuerdo de la noche pasada puso en su dedo un anillo que Littegarde recibiera de su esposo y el cual ella le había hurtado la víspera con tal fin, prometióle él que, tan pronto hubiera llegado a su hogar, correspondería a su vez al obsequio con otro que había recibido de su esposa fallecida el día de sus bodas.

Tres días más tarde cumplió en efecto su palabra y le envió secretamente al castillo dicha sortija, de la cual Rosalie fue de nuevo lo bastante hábil como para apoderarse; mas sin embargo, probablemente por temor a que tal aventura pudiera conducirlo demasiado lejos, no dio noticia alguna de sí y, con algún que otro pretexto, esquivó un segundo encuentro. Más adelante la muchacha, a causa de un robo cuya sospecha recaía sobre ella con bastante certeza, fue despedida y enviada de vuelta a casa de sus padres, que vivían a orillas del Rin, y como pasados nueve meses se hicieran visibles las consecuencias de su vida disipada, y la madre la interrogara con gran severidad, indicó al conde Jacob Barbarroja como el padre de su hijo, descubriendo toda la historia secreta con que lo había burlado. Felizmente, por miedo a ser tenida por ladrona, sólo había podido ofrecer muy tímidamente en venta el anillo que le fuera remitido por el conde, y asimismo, a causa de su gran valor, no había encontrado de hecho quien mostrara interés en adquirirlo: de tal suerte que no se podía dudar de la veracidad de su declaración y los padres, apoyándose en prueba tan obvia, acudieron ante los tribunales contra el conde Jacob a causa de la manutención del niño. Los jueces, que ya habían tenido noticia de la extraña causa que se instruía en Basilea, se apresuraron a poner en conocimiento del tribunal tal descubrimiento que era de vital importancia para su desenlace; y como precisamente un concejal se dirigiera a dicha ciudad por asuntos oficiales, le entregaron una carta con el testimonio judicial de la muchacha, a la cual adjuntaron el anillo, para el conde Jacob y para elucidación del terrible enigma que tenía en jaque a toda Suabia y Suiza.

Era precisamente la fecha fijada para la ejecución de micer Friedrich y Littegarde, la cual el emperador, ignorante de las dudas que habían surgido en el pecho del propio conde, no creía poder retrasar más, cuando en la habitación del enfermo, que se retorcía en su lecho atormentado por la desesperación, penetró el concejal con este escrito. «¡Ya basta!», gritó al leer la carta y recibir el anillo: «¡Hastiado estoy de ver la luz del sol! Conseguidme», se dirigió al prior, «unas angarillas y conducidme, mísero de mí, cuya energía se deshace en polvo, al lugar de ejecución: ¡no quiero morir sin haber realizado un acto de justicia!» El prior, hondamente impresionado por este suceso, mandó que, sin más demora, cuatro siervos lo levantaran y lo tendieran, según su deseo, sobre unas andas; y al tiempo que una inconmensurable muchedumbre, reunida por el tañido de las campanas en torno a la pira sobre la que ya estaban atados micer Friedrich y Littegarde, apareció allí junto con el desdichado, que sostenía un crucifijo en la mano. «¡Alto!», gritó el prior, mandando depositar las angarillas frente a la tribuna del emperador: «Antes de que prendáis fuego a esa pira, escuchad unas palabras que ha de revelaros la boca de este pecador!» —«¿Cómo?», exclamó el emperador, alzándose de su sitial lívido como un cadáver, ««¡acaso no se han pronunciado las sagradas ordalías sobre la justicia de su causa y, tras todo lo ocurrido, es por ventura lícito siquiera pensar que Littegarde sea inocente de la culpa que le ha imputado?» —Con tales palabras descendió conmocionado de la tribuna; y más de mil caballeros, a los cuales siguió el pueblo entero salvando bancos y palenques, se arremolinaron en torno al lecho del enfermo. «¡Inocente!», repuso éste, incorporándose cuanto pudo apoyado en el prior:

«¡Tal como determinó la sentencia del Altísimo aquel funesto día ante los ojos de todos los ciudadanos de Basilea aquí reunidos! Pues él, alcanzado por tres heridas a cada cual más mortal, florece como veis pletórico de energía y vitalidad; mientras que un golpe de su mano, que apenas pareció rozar la envoltura más externa de mi vida, ha tocado su mismo núcleo devorándolo horriblemente y sin coto, y ha derribado mi fuerza como el viento de la tempestad un roble. Mas, caso que algún incrédulo aún alimentara dudas, aquí están las pruebas: ¡Rosalie, su camarera, fue quien me recibió aquella noche de San Remigio, mientras que yo, triste de mí, ofuscados mis sentidos, creí tenerla en mis brazos a ella, que siempre había rechazado mis proposiciones con desprecio!» El emperador, ante tales palabras, quedó como petrificado.

Volviéndose hacia la pira envió a un caballero con la orden de ascender en persona a la escala y desatar tanto al chambelán como a la dama, que yacía desvanecida en los brazos de su madre, y conducirlos a su presencia. «Pues bien, ¡un ángel vela por cada uno de vuestros cabellos!», exclamó cuando Littegarde, con el brial entreabierto en el pecho y la cabellera suelta, se presentó ante él de la mano de micer Friedrich, su amigo, cuyas propias rodillas temblaban, impresionado por tan prodigiosa salvación, atravesando el círculo del pueblo que les abría paso lleno de reverencia y asombro. Besó la frente de ambos, arrodillados ante él; y después de pedir el armiño que lucía su esposa y colocarlo sobre los hombros de Littegarde, tomó su brazo a la vista de cuantos caballeros estaban allí congregados con la intención de conducirla personalmente a los aposentos de su palacio imperial. Mientras el chambelán, en lugar del sambenito que lo cubría, era tocado a su vez con sombrero de pluma y capa caballeresca, volvióse hacia el conde que se retorcía dolorosamente sobre las angarillas y, movido por un sentimiento de compasión, pues éste no se había prestado al combate singular en modo alguno criminal ni blasfemo, le preguntó al médico que permanecía a su lado: ¿si no había salvación para el desdichado?

—«¡En vano!», respondió Jacob Barbarroja, apoyándose en el regazo de su médico entre horribles estertores: «Y he merecido la muerte que sufro. Pues sabed, ahora que el brazo de la justicia terrena ya no me alcanzará, que yo soy el asesino de mi hermano, el noble conde Wilhelm von Breysach: el canalla que lo abatió con la flecha de mi armería fue comprado por mí seis semanas antes para perpetrar tal crimen que había de conseguirme la corona!» —Con este testimonio se desplomó sobre las andas y exhaló su negra alma. «¡Ah, el presagio de mi propio esposo, el duque!», exclamó la regente, que estaba en pie junto al emperador y había descendido asimismo de la tribuna, llegándose en pos de la emperatriz a la explanada del castillo: «¡Lo que me anunció aún en el postrer instante, con palabras entrecortadas, que yo sin embargo entonces sólo comprendí de modo incompleto!» — El emperador repuso indignado: «¡Mas el brazo de la justicia ha de alcanzar aún tu cadáver! Tomadlo», gritó volviéndose hacia los esbirros, «y de inmediato, condenado como está, entregadlo a los verdugos: ¡que para deshonra de su memoria arda sobre la pira en la que poco faltó para que sacrificásemos por su causa a dos inocentes!». Y con ello, mientras el cadáver del miserable, crepitando en llamas rojizas, era dispersado en todas direcciones por el aliento del cierzo, condujo a doña Littegarde, con sus caballeros en pos, al palacio. Le concedió de nuevo por decreto imperial toda la herencia paterna de la cual ya habían tomado posesión los hermanos en su innoble codicia; y apenas tres semanas más tarde se celebraron en el castillo de Breysach las bodas de los dos excelsos novios, con motivo de las cuales la duquesa regente, muy satisfecha con el cariz que habían tomado los acontecimientos, obsequió a Littegarde como regalo de bodas con una gran parte de las propiedades del conde que correspondían a la ley. El emperador por su parte otorgó a micer Friedrich, tras los desposorios, un toisón honorífico que colocó en torno a su cuello; y, tras concluir sus asuntos en Suiza, apenas estuvo de regreso en Worms mandó añadir en los estatutos del sagrado y divino combate singular, allí do se prevé que a través suyo la culpa ha de quedar descubierta en el acto, estas palabras: «Si es la voluntad de Dios»".

Heinrich Von Kleist