El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

domingo, 6 de diciembre de 2015

"Más Allá del Muro del Sueño"

Entonces, el sueño se desplegó ante mí.
Shakespeare.

"Con frecuencia me he preguntado si el común de los mortales se habrá parado alguna vez a considerar la enorme importancia de ciertos sueños, así como a pensar acerca del oscuro mundo al que pertenecen. Aunque la mayoría de nuestras visiones nocturnas resultan quizás poco más que débiles y fantásticos reflejos de nuestras experiencias de vigilia -a pesar de Freud y su pueril simbolismo-, existen no obstante algunos sueños cuyo carácter etéreo y no mundano no permite una interpretación ordinaria, y cuyos efectos vagamente excitantes e inquietantes sugieren posibles ojeadas fugaces a una esfera de existencia mental no menos importante que la vida física, aunque separada de ésta por una barrera infranqueable. Mi experiencia no me permite dudar que el hombre, al perder su conciencia terrena, se ve de hecho albergado en otra vida incorpórea, de naturaleza distinta y alejada a la existencia que conocemos, y de la que sólo los recuerdos más leves y difusos se conservan tras el despertar. De estas memorias turbias y fragmentarias es mucho lo que podemos deducir, aun cuando probar bien poco. Podemos suponer que en la vida onírica, la materia y la vida, tal como se conocen tales cosas en la tierra, no resultan necesariamente constantes, y que el tiempo y el espacio no existen tal como lo entienden nuestros cuerpos de vigilia. A veces creo que esta vida menos material es nuestra existencia real, y que nuestra vana estancia sobre el globo terráqueo resulta en sí misma un fenómeno secundario o meramente virtual.

Fue tras un ensueño juvenil colmado de especulaciones de tal clase, al despertar una tarde del invierno de 1900-1901, cuando ingresó en la institución psiquiátrica en la que yo servía como interno un hombre cuyo caso me ha vuelto a la cabeza una y otra vez. Su nombre, según consta en el registro, era Joe Slater, o Slaader, y su aspecto resultaba el del típico habitante de la zona de la montaña Catskill; uno de esos vástagos extraños y repelentes de los primitivos pobladores campesinos, cuyo establecimiento durante tres siglos en esa zona montañosa y poco transitada les ha sumido en una especie de bárbara decadencia, en vez de avanzar al compás de sus iguales, más afortunados, asentados en distritos más populosos. Entre esa gente peculiar, que se corresponde con exactitud a los decadentes elementos de la «basura blanca» del Sur, no existen ley ni moral, y su nivel intelectual se halla probablemente por debajo del de cualquier otro grupo de la población nativa americana.

Joe Slater, que llegó a la institución bajo la atenta vigilancia de cuatro policías estatales, y que era descrito como de un carácter sumamente peligroso, no dio, sin embargo, muestras de tal peligrosidad la primera vez que lo vi. Aunque muy por encima de la talla media y de fornida constitución, mostraba una absurda apariencia de estupidez inofensiva por mor de sus ojillos acuosos de azul pálido y somnoliento, su rala, desatendida y jamás afeitada mata de barba amarillenta, y la apatía con que colgaba su grueso labio inferior. Se desconocía su edad, ya que entre su gente no hay registros familiares o lazos estables; pero por su calvicie frontal y por el mal estado de su dentadura, el cirujano le inscribió como hombre de unos cuarenta.

Por los documentos médicos y jurídicos supimos cuanto había recopilado sobre su caso. Este hombre, vagabundo, cazador y trampero, siempre había resultado un extraño a ojos de sus primitivos paisanos. Habitualmente solía dormir durante las noches más de lo normal, y tras el despertar acostumbraba a pronunciar palabras desconocidas en una forma tan extraña como para inspirar miedo aun en los corazones de aquella chusma sin imaginación. No es que su forma de hablar resultase totalmente insólita, ya que no hablaba sino en la decadente jerga de su entorno; pero el tono y el tenor de sus expresiones poseían una cualidad de misterioso exotismo, y nadie era capaz de escucharlas sin sentir aprensión. Él mismo se veía tan aterrado y confuso como su auditorio, y una hora después de despertar había olvidado todo lo dicho, o al menos qué le había llevado a decirlo, volviendo a la bovina y medio amigable normalidad del resto de los montañeses.

Según envejecía Slater, al parecer, sus aberraciones matutinas fueron aumentando en frecuencia e intensidad, hasta que alrededor de un mes antes de su ingreso en la institución se desencadenó la estremecedora tragedia que había llevado a su arresto por parte de las autoridades. Un día, alrededor del mediodía, tras un profundo sueño en el que se había sumido tras una borrachera de güisqui, en torno a las cinco de la tarde anterior, el hombre se había levantado con gran brusquedad, prorrumpiendo en aullidos tan terribles y ultraterrenos que atrajeron hasta su cabaña a varios vecinos... una sucia pocilga donde moraba con una familia tan impresentable como él mismo. Abalanzándose hacia el exterior, a la nieve, había alzado los brazos para comenzar una serie de saltos hacia el aire, al tiempo que vociferaba su decisión de alcanzar alguna «gran, gran cabaña con resplandores en techo y muros y suelos, y la sonora y extraña música de allá a lo lejos». Cuando dos hombres de respetable tamaño intentaron contenerlo, se había debatido con furia y fuerza maníaca, gritando su deseo y su necesidad de encontrar y matar a cierto «ser que brilla, se estremece y ríe». Al fin, tras derribar de momento a uno de quienes le sujetaban con un súbito golpe, se había lanzado sobre el otro en una demoníaca explosión de sed de sangre, vociferando infernalmente que «saltaría alto en el aire y se abriría paso a sangre y fuego entre quienes intentaran detenerlo». Familia y vecinos huyeron entonces presos del pánico y, cuando los más valientes regresaron, Slater se había ido, dejando tras de sí una pulpa irreconocible del que fuera un hombre vivo una hora antes. Ningún montañés había osado perseguirlo, y probablemente hubieran acogido con agrado su muerte en el frío; pero cuando varias mañanas más tarde oye¬ron sus gritos en un barranco lejano, comprendieron que se las había ingeniado de alguna forma para sobrevivir, y que era necesario neutralizarlo de una u otra forma. Entonces habían formado una patrulla armada de busca, cuyo propósito (fuera el que fuese) acabó convirtiéndose en pelotón del sheriff cuando uno de los pocas veces bien recibidos policías del estado descubrió casualmente a los buscadores, los interrogó y finalmente se unió a ellos.

Al tercer día hallaron inconsciente a Slater en el hueco de un árbol y lo condujeron a la cárcel más próxima, donde alienistas de Albany lo examinaron apenas recuperó el sentido. Él les contó una historia muy sencilla. Había, dijo, ido a dormir una tarde, hacia el anochecer, tras ingerir gran cantidad de licor. Se había despertado para descubrirse plantado, con las manos ensangrentadas, en la nieve ante su cabaña, el cadáver mutilado de su vecino Peter Sladen a los pies. Espantado, había huido a los bosques en un vano esfuerzo para escapar a la imagen de lo que debía tratarse de su propio crimen. Aparte de eso no parecía saber nada, sin que el experto examen de sus interrogadores pudiera suministrar hechos adicionales. Esa noche Slater durmió tranquilo y despertó a la mañana siguiente sin otros rasgos particulares que cierta alteración del gesto. El doctor Barnard, que mantenía en observación al paciente, creyó descubrir en sus ojos azul pálido cierto brillo de peculiar cualidad, y en los labios fláccidos una tirantez real, aunque casi imperceptible, como de inteligente determinación. Pero al ser interrogado, Slater se refugió en la vacuidad habitual de los montañeses, y tan sólo abundaba en lo ya dicho el día anterior.

La tercera mañana tuvo lugar el primero de los ataques mentales del hombre. Tras algunas muestras de intranquilidad durante el sueño, estalló en un ataque tan terrible que se necesitó la fuerza combinada de cuatro hombres para embutirle una camisa de fuerza. Los alienistas escucharon con suma atención sus palabras, ya que su curiosidad se veía aguzada hasta un alto grado a través de las sugestivas, aunque en su mayor parte contradictorias e incoherentes, historias de familia y vecinos. Slater deliró alrededor de unos quince minutos, balbuciendo en su dialecto campesino acerca de grandes edificios de luz, océanos de espacio, extrañas músicas y montañas sombrías y valles. Pero sobre todo se explayó acerca de alguna entidad misteriosa y brillante que se estremecía, reía y burlaba de él. Esta vasta, vaga entidad, parecía haberle infligido un daño terrible, y su deseo supremo residía en matarla en venganza triunfante. Para lograrlo, decía, debía remontarse a través de abismos de vacío; abrasando cuantos obstáculos se interpusieran a su paso. Ése era su discurso, hasta que cesó de la forma más abrupta. El fuego de la locura se esfumó de sus ojos, y con asombro turbio observó a sus interrogadores y les preguntó por qué estaba atado. El doctor Barnard le retiró el arnés de cuero y no se lo colocó hasta la noche, cuando consiguió convencer a Slater de que lo aceptara por propia voluntad, por su propio bien. El hombre ya había admitido que a veces hablaba de forma extraña, aunque no sabía por qué.

En el transcurso de una semana se desencadenaron otros dos ataques, aunque los doctores aprendieron muy poco de ellos. Especularon ampliamente sobre la fuente de las visiones de Slater, ya que, no sabiendo leer ni escribir, y aparentemente nunca habiendo escuchado leyendas o cuentos de hadas, su prodigiosa imaginería resultaba inexplicable. Que no procedía de ningún mito o leyenda quedaba especialmente de manifiesto por el hecho de que aquel desdichado lunático se expresaba acerca de sí mismo tan sólo en su sencillo lenguaje. Desvariaba sobre cosas que ni entendía ni podía interpretar; cosas que pretendía haber experimentado, pero que no podía haber aprendido a través de cualquier narración normal o coherente. Pronto, los alienistas decidieron que en esos sueños anormales residía la clave del problema; sueños tan vívidos que durante ciertos lapsos de tiempo podían dominar por completo a la mente despierta de ese ser humano, básicamente inferior. Slater fue enjuiciado por homicidio, siguiendo las debidas formalidades, absuelto gracias a su locura y recluido en la institución donde yo prestaba mis modestos servicios.

Ya he admitido ser un incansable especulador sobre la vida onírica, y por eso puede juzgarse con qué impaciencia me lancé al estudio del nuevo paciente apenas tuve pleno conocimiento de los hechos que rodeaban al caso. Parecía sentir alguna simpatía hacia mí, despertada sin duda por el interés, que yo no podía ocultar, así como por el modo amable en que yo lo interrogaba. Aunque nunca llegó a reconocerme en el transcurso de sus ataques, en los que yo me veía suspendido sin aliento sobre sus caóticas aunque cósmicas descripciones de su mundo, me reconocía en sus horas tranquilas, cuando podía sentarse junto a su ventana barrada tejiendo cestos de paja y sauce, y quizás añorando una libertad en las montañas que nunca recobraría. Su familia jamás intentó verlo; seguramente habían ya hallado otro cabeza de familia temporal, según las costumbres de esos degenerados montañeses.

Poco a poco comencé a sentir una subyugante admiración por las locas y fantásticas creaciones de Joe Slater. En sí mismo, el personaje era patéticamente inferior, tanto en intelecto como en forma de expresarse; pero sus rutilantes y titánicas visiones, aun cuando descritas en una jerga bárbara y deslabazada, eran sin duda algo que tan sólo una mente superior o incluso excepcional podía concebir. ¿Cómo, me preguntaba a menudo, podía la estulta imaginación de un degenerado de Catskill conjurar visiones cuya sola existencia indicaba la presencia de una chispa oculta de genialidad? ¿Cómo podía aquel gañán de las Chimbambas hacerse siquiera idea de esas regiones resplandecientes de brillos y espacios sobrehumanos sobre los que Slater divagaba durante sus furiosos delirios? Cada vez más iba haciéndome a la idea de que, en el penoso individuo que se acurrucaba ante mis ojos, se albergaba el núcleo trastornado de algo que trascendía mi comprensión, algo que se hallaba definitivamente más allá de la comprensión de mis colegas médicos y científicos, más experimentados pero menos imaginativos.

Y a pesar de todo yo no lograba obtener nada definitivo del personaje. El resultado de toda mi investigación residía en que, en un estado de vida onírica semi-incorpórea, Slater vagabundeaba o flotaba a través de resplandecientes y prodigiosos valles, praderas, jardines, ciudades y palacios de luz; en una región prohibida y desconocida para el hombre. Que allí ya no era un labriego y un degenerado, sino una criatura de vida importante y activa; moviéndose orgullosa y dominante, y tan sólo preocupada por cierto enemigo mortal que parecía tratarse de un ser de estructura visible aunque etérea, y que no parecía tener forma humana, ya que Slater jamás se refería a él como hombre, sino como un ser. El ser había causado a Slater algún daño odioso, aunque no formulado, del que el maníaco (si de un maníaco se trataba) había jurado vengarse. Por la forma en que Slater se refería a sus relaciones, apostaría a que él mismo y el ser luminoso se habían encontrado en igualdad de condiciones; que en esa existencia onírica el hombre era un ser luminoso de la misma estirpe que su enemigo. Esta impresión se sustentaba en las frecuentes referencias a vuelos por el espacio y a calcinar cuanto se opusiera a su avance. Sin embargo, tales conceptos eran formulados mediante rústicas palabras, completamente inadecuadas para expresarlos, algo que me hizo colegir que, si un mundo onírico existía realmente, el lenguaje oral no constituía el medio de transmisión de las ideas. ¿Podría ser que el alma del durmiente que habitaba ese cuerpo inferior luchase desesperadamente tratando de decir cosas que la simple y titubeante lengua de la torpeza no podía proferir? ¿Estaría quizás frente a emanaciones intelectuales capaces de explicar el misterio, a condición de ser capaz de aprender a des¬cubrirlas y leer en ellas? No comenté tales cosas con los viejos médicos, ya que la madurez resulta escéptica, cínica y mal predispuesta a las nuevas ideas. Además, el director de la institución últimamente me había llamado la atención, con sus maneras paternales, acerca de que yo estaba trabajando demasiado y que mi mente necesitaba algún reposo.

Yo había sostenido durante largo tiempo la creencia de que el pensamiento humano consiste básicamente en movimientos atómicos y moleculares, transformables en ondas etéreas de energía radiante, tales como el calor, la luz y la electricidad. Tal creencia me había llevado muy pronto a contemplar la posibilidad de comunicación telepática o mental a través de aparatos adecuados, y en mis días de universidad había preparado un juego de instrumentos de transmisión y recepción, parecidos en cierta forma a los aparatosos mecanismos utilizados por la telegrafía sin hilos durante aquel tosco periodo previo a la radio. Los había probado con un compañero de estudios, pero, al no lograr resultado alguno, pronto los había arrinconado, en compañía de otras extravagancias científicas, con miras a su posible uso futuro. Ahora, llevado de mi intenso deseo de penetrar en la vida onírica de Joe Slater, acudí de nuevo a dichos instrumentos y empleé algunos días poniéndolos a punto. En cuanto estuvieron operativos de nuevo, no perdí oportunidad de probarlos. A cada ataque de violencia en Slater, acoplaba el transmisor a su frente y el receptor a la mía, realizando delicados ajustes para varias e hipotéticas longitudes de onda de la energía intelectual. Yo tenía muy poca idea de en qué forma las impresiones mentales, de tener lugar la comunicación, despertarían respuesta inteligente en mi cerebro; pero poseía la certeza de que podría detectarlas e interpretarlas. Así que proseguí con mis experimentos, aunque sin informar a nadie de su naturaleza.

Finalmente, todo ocurrió el 21 de febrero de 1901. Años después, mirando atrás, comprendo cuán irreal puede parecer, y a veces me pregunto a medias si el anciano doctor Fenton no tendría razón al achacar todo a mi imaginación sobreexcitada. Recuerdo que escuchó con gran amabilidad y paciencia cuanto le conté, pero acto seguido me suministró unos sedantes y dispuso para mí unas vacaciones de medio año que inicié a la semana siguiente. Aquella fatídica noche yo me encontraba agitado y perturbado en grado sumo, ya que, a pesar del excelente trato dispensado, Joe Slater agonizaba sin remisión. Quizás se trataba de la perdida libertad de montañés, o quizás el desorden de su cerebro se había vuelto excesivamente acusado para su organismo, perezoso en demasía; en todo caso, la llama de la vida se apagaba en aquel cuerpo degradado. Hacia el final se encontraba adormecido y, al caer la oscuridad, se sumió en un sueño inquieto. No le puse camisa de fuerza, tal como solía hacer cuando él iba a dormir, ya que veía que se encontraba demasiado débil como para resultar peligroso, aun si recaía en el desorden mental otra vez antes de expirar. Pero coloqué en su cabeza y la mía los dos terminales de mi radio cósmica; buscando, contra cualquier esperanza, lograr un primer y último mensaje del mundo onírico en el escaso tiempo que restaba. Con nosotros, en la celda, se encontraba un enfermero; un tipo mediocre que no comprendía el propósito del aparato, ni pensó en cuestionarse mis movimientos. Con el pasar de las horas, vi cómo su cabeza se vencía desmayadamente en el sueño, pero no lo molesté. Yo mismo, acunado por la rítmica respiración del sano y del agonizante, debí comenzar a cabecear poco después.

El sonido de una melodía lírica y extraña fue lo que me despabiló. Acordes, vibraciones y éxtasis armónicos resonaban apasionados por doquier mientras ante mi mirada hechizada se abría el formidable espectáculo de la belleza suprema. Muros, columnas y arquitrabes de fuego viviente llameaban refulgentes en torno al sitio en el que me parecía flotar por los aires, remontándose hasta una bóveda alta, de indescriptible esplendor. Entremezclado en ese despliegue de espléndida magnificencia, o más bien suplantándolo a veces en una calidoscópica rotación, había destellos de amplias llanuras y valles encantadores, altas montañas y grutas sugerentes, dotados con cualquier adorable atributo de imaginería que mis ojos deslumbrados pudieran concebir, aunque modelado por completo en alguna materia reluciente, etérea, plástica, cuya consistencia parecía tan espiritual como material. Según observaba, descubrí que la clave de esta encantadora metamorfosis se hallaba en mi propio cerebro, ya que cada panorama que aparecía ante mí era el que mi voluble mente deseaba contemplar. En estos jardines elíseos yo no resultaba un extraño, ya que cada imagen y sonido me resultaba familiar, tal como fuera durante incontables eones de eternidad en el pasado, tal como sería durante las eternidades del porvenir.

Luego, el aura resplandeciente de mi hermano en la luz se me allegó y mantuvo un coloquio conmigo, alma con alma, en silencio y perfecta comunión de pensamientos. Aquella hora era la de un próximo triunfo, ya que, ¿no iba mi compañero a escapar al fin de una degradante esclavitud transitoria, escapar por siempre y prepararse a perseguir al maldito opresor incluso hasta los supernos campos del éter, sobre los que lanzaría una incendiaria venganza cósmica que haría estremecer a las esferas? Flotamos así durante un tiempo, hasta que noté cierta turbiedad y desvanecimiento en los objetos circundantes, como si alguna fuerza me reclamase hacia la tierra... el lugar al que menos deseaba yo ir. El ser cercano a mí parecía sentir asimismo algún cambio, ya que gradualmente llevó su discurso a una conclusión, y él mismo se preparó para abandonar el lugar, esfumándose ante mis ojos de forma algo menos rápida que los demás objetos. Cambiamos unos pocos pensamientos más y supe que el ser luminoso y yo éramos reclamados por nuestras ataduras, aunque aquélla sería la última vez para mi hermano en la luz. El doliente cascarón planetario hallaría su fin en menos de una hora y mi compañero se vería libre para perseguir al opresor a través de la Vía Láctea y más allá de las últimas estrellas, hasta los mismos confines del universo.

Un choque muy definido separa mi última impresión sobre la evanescente escena de luz de mi despertar repentino y algo avergonzado, así como de mi levantamiento de la silla al ver que la agonizante figura del camastro se removía inquieta. Joe Slater, de hecho, se despertaba, aunque probablemente por última vez. Al observarlo más detenidamente, vi que en la superficie de sus mejillas brillaban manchas de color que antes no tenía. Los labios, también, se veían diferentes, firmemente apretados por la fuerza de un carácter más decidido que el que poseyera Slater. Finalmente, todo el rostro fue tensándose, .y la cabeza giró intranquila, con los ojos cerrados. No desperté al enfermero, sino que reajusté el dispositivo de cabeza, ligeramente desajustado, de mi «radio» telepática, intentando captar cualquier mensaje de partida que pudiera emitir el soñador. Todo a un tiempo, la cabeza giró bruscamente hacia mí y los ojos se abrieron de repente, causándome un gran desasosiego al contemplarlo. El hombre que fuera Joe Slater, el degenerado de Catskill, me miraba ahora con ojos luminosos, abiertos de par en par; ojos cuyo azul parecía haberse tornado en más profundo. No resultaban visibles ni manía ni degeneración alguna en tal mirada, y supe sin duda alguna que estaba frente a un rostro tras el que subyacía una mente activa y de primer orden.

En tal tesitura, mi cerebro comenzó a abrirse a una lenta influencia externa que operaba sobre mí. Cerré los ojos para concentrar más mis pensamientos y me vi recompensado por el conocimiento real de que el mensaje mental, por tanto tiempo esperado, llegaba por fin. Cada idea transmitida se formaba con rapidez en mi mente y, aun cuando no se utilizaba ningún idioma actual, mi habitual asociación de conceptos y expresiones resultaba tan grande que me parecía recibir el mensaje en inglés vulgar.

Joe Slater está muerto -así me llegó la impactante voz, o el agente de más allá del muro del sueño. Con los ojos abiertos busqué el lecho del dolor, lleno de miedo inexplicable; pero los ojos azules aún me contemplaban calmosos, y las facciones todavía mostraban una inteligencia animada-. Está mejor muerto, ya que no era adecuado para albergar la activa inteligencia de una entidad cósmica. Su tosco cuerpo no podía sobrellevar los ajustes necesarios entre la vida etérea y planetaria. Era mucho más que un animal, mucho menos que un hombre, aunque gracias a sus defectos has llegado a descubrirme, ya que, en verdad, las almas cósmicas y planetarias no debieran nunca llegar a encontrarse. Fue mi tormento y mi prisión durante cuarenta y dos de vuestros años terrestres. Yo soy una entidad igual a la que tú mismo asumes en la libertad que da el sueño sin sueños. Soy tu hermano de luz y he flotado contigo por los valles resplandecientes. No me está permitido hablarle a tu ser terrestre despierto acerca de tu ser real, pero somos vagabundos de los amplios espacios y viajeros por multitud de eras. El año próximo quizás esté morando en el oscuro Egipto que tú llamas antiguo, o en el cruel imperio de Tsan-Chan que se alzará dentro de tres mil años. Tú y yo hemos ido a la deriva entre los mundos que danzan en torno al rojo Arturo y habitado los cuerpos de los filósofos insectoides que se arrastran altaneros sobre la cuarta luna de Júpiter. ¡Cuán pequeño es el conocimiento del ser terrestre sobre la vida y su amplitud! ¡Cuán pequeño debe ser, asimismo, para garantizar su propia tranquilidad! Del opresor no puedo hablar. Vosotros, en la Tierra, habéis notado inconscientemente su lejana presencia... vosotros, que sin conocimiento, despreocupados, disteis a su parpadeante faro el nombre de Algoz la estrella del demonio. Es para hallar y vencer al opresor que me he esforzado en vano durante eones, retenido por ataduras corpóreas. Esta noche partiré como una Némesis, llevando justa y ardiente venganza cataclísmica. Contémplame en el cielo próximo a la estrella del demonio. No puedo hablar mucho más, ya que el cuerpo de Joe Slater se está volviendo frío y rígido, y el grosero cerebro cesa de vibrar como yo deseo. Has sido mi hermano en el cosmos; has sido mi único amigo en este planeta -la única alma en sentirme y buscarme dentro de la repelente forma que yace en este camastro. Volveremos a encontrarnos... quizás en las resplandecientes brumas de la Espada de Orión, quizás en una desierta meseta del Asia prehistórica. Quizás en un sueño esta misma noche, imposible de recordar; quizás en otra forma, en los eones por venir, cuando el sistema solar ya no exista.

En este momento, las ondas mentales cesaron bruscamente y los pálidos ojos del soñador -¿o debo decir el muerto?-comenzaron a vidriarse como los de un pez. Medio sumido en estupor, me acerqué al camastro y tomé su muñeca, pero la descubrí fría, rígida, sin pulso. Las fláccidas mejillas volvieron a palidecer, y los labios tensos se abrieron, descubriendo la repugnante dentadura podrida del degenerado Joe Slater. Me estremecí, pasé una manta sobre aquella cara espantosa y desperté al enfermero. Luego abandoné la celda y volví en silencio a mi cuarto. Necesitaba imperiosa e inexplicablemente dormir un sueño cuyos sueños no debo recordar.

¿El clímax? ¿Qué sencillo relato científico puede alardear de tal efecto retórico? Sencillamente he consignado algunos hechos que yo creo reales, permitiéndoos interpretarlos a vuestro antojo. Como ya he admitido, mi superior, el viejo doctor Fenton, niega la realidad de cuanto he dicho. Afirma que me hallaba colapsado por la tensión nerviosa y sumamente necesitado de las largas vacaciones con sueldo completo que tan generosamente me concedió. Jura por su honor profesional que Joe Slater no era sino un paranoico incurable, cuyas fantásticas concepciones debían proceder de la tosca herencia de cuentos populares que circulan aún en la más decadente de las comunidades. Todo eso dice... aunque no puedo olvidar lo visto en el cielo tras la noche de Slater. Para evitar que me creáis un testigo parcial, será otra pluma la que de éste último testimonio, que quizás pueda suplir el clímax que esperabais. Reseñaré el siguiente informe sobre la estrella Nova Persei, extraído de las notas de esa eminente autoridad astronómica, el profesor Garrett P Serviss.

«El día 22 de febrero de 1901, una nueva y maravillosa estrella fue descubierta por el doctor Anderson, de Edimburgo, no lejos de Algol. Ningún astro era antes visible en ese lugar. En veinticuatro horas, la desconocida había alcanzado brillo suficiente como para opacar Capella. En una semana o dos había aminorado visiblemente, y con el paso de unos pocos meses apenas era visible a simple vista".»

H.P Lovecraft

sábado, 5 de diciembre de 2015

"Ligeia"

"Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo, ni siquiera dónde conocí a Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces y el sufrimiento ha debilitado mi memoria. O quizá no puedo rememorar ahora aquellas cosas porque, a decir verdad, el carácter de mi amada, su raro saber, su belleza singular y, sin embargo, plácida, y la penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y musical, se abrieron camino en mi corazón con pasos tan constantes, tan cautelosos, que me pasaron inadvertidos e ignorados.

No obstante, creo haberla conocido y visto, las más de las veces, en una vasta, ruinosa ciudad cerca del Rin. Seguramente le oí hablar de su familia. No cabe duda de que su estirpe era remota. ¡Ligeia, Ligeia! Sumido en estudios que, por su índole, pueden como ninguno amortiguar las impresiones del mundo exterior, sólo por esta dulce palabra, Ligeia, acude a los ojos de mi fantasía la imagen de aquella que ya no existe.

Y ahora, mientras escribo, me asalta como un rayo el recuerdo de que nunca supe el apellido de quien fuera mi amiga y prometida, luego compañera de estudios y, por último, la esposa de mi corazón. ¿Fue por una amable orden de parte de mi Ligeia o para poner a prueba la fuerza de mi afecto, que me estaba vedado indagar sobre ese punto? ¿O fue más bien un capricho mío, una loca y romántica ofrenda en el altar de la devoción más apasionada?

Sólo recuerdo confusamente el hecho. ¿Es de extrañarse que haya olvidado por completo las circunstancias que lo originaron y lo acompañaron? Y en verdad, si alguna vez ese espíritu al que llaman Romance, si alguna vez la pálida Ashtophet del Egipto idólatra, con sus alas tenebrosas, han presidido, como dicen, los matrimonios fatídicos, seguramente presidieron el mío.

Hay un punto muy caro en el cual, sin embargo, mi memoria no falla. Es la persona de Ligeia. Era de alta estatura, un poco delgada y, en sus últimos tiempos, casi descarnada. Sería vano intentar la descripción de su majestad, la tranquila soltura de su porte o la inconcebible ligereza y elasticidad de su paso. Entraba y salía como una sombra. Nunca advertía yo su aparición en mi cerrado gabinete de trabajo de no ser por la amada música de su voz dulce, profunda, cuando posaba su mano marmórea sobre mi hombro.

Ninguna mujer igualó la belleza de su rostro. Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea y arrebatadora, más extrañamente divina que las fantasías que revoloteaban en las almas adormecidas de las hijas de Delos. Sin embargo, sus facciones no tenían esa regularidad que falsamente nos han enseñado a adorar en las obras clásicas del paganismo. «No hay belleza exquisita —dice Bacon, refiriéndose con justeza a todas las formas y géneros de la hermosura— sin algo de extraño en las proporciones». No obstante, aunque yo veía que las facciones de Ligeia no eran de una regularidad clásica, aunque sentía que su hermosura era, en verdad, «exquisita» y percibía mucho de «extraño» en ella, en vano intenté descubrir la irregularidad y rastrear el origen de mi percepción de lo «extraño». Examiné el contorno de su frente alta, pálida: era impecable —¡qué fría en verdad esta palabra aplicada a una majestad tan divina!— por la piel, que rivalizaba con el marfil más puro, por la imponente amplitud y la calma, la noble prominencia de las regiones superciliares; y luego los cabellos, como ala de cuervo, lustrosos, exuberantes y naturalmente rizados, que demostraban toda la fuerza del epíteto homérico: «cabellera de jacinto».

Miraba el delicado diseño de la nariz y sólo en los graciosos medallones de los hebreos he visto una perfección semejante. Tenía la misma superficie plena y suave, la misma tendencia casi imperceptible a ser aguileña, las mismas aletas armoniosamente curvas, que revelaban un espíritu libre. Contemplaba la dulce boca. Allí estaba en verdad el triunfo de todas las cosas celestiales: la magnífica sinuosidad del breve labio superior, la suave, voluptuosa calma del inferior, los hoyuelos juguetones y el color expresivo; los dientes, que reflejaban con un brillo casi sorprendente los rayos de la luz bendita que caían sobre ellos en la más serena y plácida y, sin embargo, radiante, triunfal de todas las sonrisas.

Analizaba la forma del mentón y también aquí encontraba la noble amplitud, la suavidad y la majestad, la plenitud y la espiritualidad de los griegos, el contorno que el dios Apolo reveló tan sólo en sueños a Cleomenes, el hijo del ateniense. Y entonces me asomaba a los grandes ojos de Ligeia.

Para los ojos no tenemos modelos en la remota antigüedad. Quizá fuera, también, que en los de mi amada yacía el secreto al cual alude Verulam. Eran, creo, más grandes que los ojos comunes de nuestra raza, más que los de las gacelas de la tribu del valle de Nourjahad. Pero sólo por instantes —en los momentos de intensa excitación— se hacía más notable esta peculiaridad de Ligeia. Y en tales ocasiones su belleza —quizá la veía así mi imaginación ferviente— era la de los seres que están por encima o fuera de la tierra, la belleza de la fabulosa hurí de los turcos. Los ojos eran del negro más brillante, velados por oscuras y largas pestañas. Las cejas, de diseño levemente irregular, eran del mismo color. Sin embargo, lo «extraño» que encontraba en sus ojos era independiente de su forma, del color, del brillo, y debía atribuirse, al cabo, a la expresión. ¡Ah, palabra sin sentido tras cuya vasta latitud de simple sonido se atrinchera nuestra ignorancia de lo espiritual!

La expresión de los ojos de Ligeia... ¡Cuántas horas medité sobre ella! ¡Cuántas noches de verano luché por escrutarla! ¿Qué era aquello, más profundo que el pozo de Demócrito, que yacía en el fondo de las pupilas de mi amada? ¿Qué era? Me poseía la pasión de descubrirlo. ¡Aquellos ojos! ¡Aquellas grandes, aquellas brillantes, aquellas divinas pupilas! Llegaron a ser para mí las estrellas gemelas de Leda, y yo era para ellas el más fervoroso de los astrólogos.

No hay, entre las muchas anomalías incomprensibles de la ciencia psicológica, punto más atrayente, más excitante que el hecho —nunca, creo, mencionado por las escuelas— de que en nuestros intentos por traer a la memoria algo largo tiempo olvidado, con frecuencia llegamos a encontrarnos al borde mismo del recuerdo, sin poder, al fin, asirlo. Y así cuántas veces, en mi intenso examen de los ojos de Ligeia, sentí que me acercaba al conocimiento cabal de su expresión, me acercaba, aún no era mío, y al fin desaparecía por completo. Y (¡extraño, ah, el más extraño de los misterios!) encontraba en los objetos más comunes del universo un círculo de analogías con esa expresión. Quiero decir que, después del periodo en que la belleza de Ligeia penetró en mi espíritu, donde moraba como en un altar, yo extraía de muchos objetos del mundo material un sentimiento semejante al que provocaban, dentro de mí, sus grandes y luminosas pupilas.

Pero no por ello puedo definir mejor ese sentimiento, ni analizarlo, ni siquiera percibirlo con calma. Lo he reconocido a veces, repito, en una viña, que crecía rápidamente, en la contemplación de una falena, de una mariposa, de una crisálida, de un veloz curso de agua. Lo he sentido en el océano, en la caída de un meteoro. Lo he sentido en la mirada de gentes muy viejas. Y hay una o dos estrellas en el cielo (especialmente una, de sexta magnitud, doble y cambiante, que puede verse cerca de la gran estrella de Lira) que, miradas con el telescopio, me han inspirado el mismo sentimiento.

Me ha colmado al escuchar ciertos sones de instrumentos de cuerda, y no pocas veces al leer pasajes de determinados libros. Entre innumerables ejemplos, recuerdo bien algo de un volumen de Joseph Glanvill que nunca ha dejado de inspirarme ese sentimiento: «Y allí dentro está la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es sino una gran voluntad que penetra las cosas todas por obra de su intensidad. El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad».

Los años transcurridos y las reflexiones consiguientes me han permitido rastrear cierta remota conexión entre este pasaje del moralista inglés y un aspecto del carácter de Ligeia. La intensidad de pensamiento, de acción, de palabra, era posiblemente en ella un resultado, o por lo menos un índice, de esa gigantesca voluntad que durante nuestras largas relaciones no dejó de dar otras pruebas más numerosas y evidentes de su existencia. De todas las mujeres que jamás he conocido, la exteriormente tranquila, la siempre plácida Ligeia, era presa con más violencia que nadie de los tumultuosos buitres de la dura pasión. Y no podía yo medir esa pasión como no fuese por el milagroso dilatarse de los ojos que me deleitaban y aterraban al mismo tiempo, por la melodía casi mágica, la modulación, la claridad y la placidez de su voz tan profunda, y por la salvaje energía (doblemente efectiva por contraste con su manera de pronunciarlas) con que profería habitualmente sus extrañas palabras.

He hablado del saber de Ligeia: era inmenso, como nunca lo hallé en una mujer. Su conocimiento de las lenguas clásicas era profundo, y, en la medida de mis nociones sobre los modernos dialectos de Europa, nunca la descubrí en falta. A decir verdad, en cualquier tema de la alabada erudición académica, admirada simplemente por abstrusa, ¿descubrí alguna vez a Ligeia en falta? ¡De qué modo singular y penetrante este punto de la naturaleza de mi esposa atrajo, tan sólo en el último periodo, mi atención!

Dije que sus conocimientos eran tales que jamás los hallé en otra mujer, pero, ¿dónde está el hombre que ha cruzado, y con éxito, toda la amplia extensión de las ciencias morales, físicas y metafísicas? No vi entonces lo que ahora advierto claramente: que las adquisiciones de Ligeia eran gigantescas, eran asombrosas; sin embargo, tenía suficiente conciencia de su infinita superioridad para someterme con infantil confianza a su guía en el caótico mundo de la investigación metafísica, a la cual me entregué activamente durante los primeros años de nuestro matrimonio. ¡Con qué amplio sentimiento de triunfo, con qué vivo deleite, con qué etérea esperanza sentía yo —cuando ella se entregaba conmigo a estudios poco frecuentes, poco conocidos— esa deliciosa perspectiva que se agrandaba en lenta gradación ante mí, por cuya larga y magnífica senda no hollada podía al fin alcanzar la meta de una sabiduría demasiado premiosa, demasiado divina para no ser prohibida!

¡Así, con qué punzante dolor habré visto, después de algunos años, emprender vuelo a mis bien fundadas esperanzas y desaparecer! Sin Ligeia era yo un niño a tientas en la oscuridad. Sólo su presencia, sus lecturas, podían arrojar vívida luz sobre los muchos misterios del trascendentalismo en los cuales vivíamos inmersos. Privadas del radiante brillo de sus ojos, esas páginas, leves y doradas, tornáronse más opacas que el plomo saturnino. Y aquellos ojos brillaron cada vez con menos frecuencia sobre las páginas que yo escrutaba. Ligeia cayó enferma. Los extraños ojos brillaron con un fulgor demasiado, demasiado magnífico; los pálidos dedos adquirieron la transparencia cerúlea de la tumba y las venas azules de su alta frente latieron impetuosamente en las alternativas de la más ligera emoción. Vi que iba a morir y luché desesperadamente en espíritu con el torvo Azrael.

Y las luchas de la apasionada esposa eran, para mi asombro, aún más enérgicas que las mías. Muchos rasgos de su adusto carácter me habían convencido de que para ella la muerte llegaría sin sus terrores; pero no fue así. Las palabras son impotentes para dar una idea de la fiera resistencia que opuso a la Sombra. Gemí de angustia ante el lamentable espectáculo. Yo hubiera querido calmar, hubiera querido razonar; pero en la intensidad de su salvaje deseo de vivir, vivir, sólo vivir, el consuelo y la razón eran el colmo de la locura. Sin embargo, hasta el último momento, en las convulsiones más violentas de su espíritu indómito, no se conmovió la placidez exterior de su actitud. Su voz se tornó más suave; más profunda, pero yo no quería demorarme en el extraño significado de las palabras pronunciadas con calma. Mi mente vacilaba al escuchar fascinada una melodía sobrehumana, conjeturas y aspiraciones que la humanidad no había conocido hasta entonces.

De su amor no podía dudar, y me era fácil comprender que, en un pecho como el suyo, el amor no reinaba como una pasión ordinaria. Pero sólo en la muerte medí toda la fuerza de su afecto. Durante largas horas, reteniendo mi mano, desplegaba ante mí los excesos de un corazón cuya devoción más que apasionada llegaba a la idolatría. ¿Cómo había merecido yo la bendición de semejantes confesiones? ¿Cómo había merecido la condena de que mi amada me fuese arrebatada en el momento en que me las hacía? Pero no puedo soportar el extenderme sobre este punto. Sólo diré que en el abandono más que femenino de Ligeia al amor, ay, inmerecido, otorgado sin ser yo digno, reconocí el principio de su ansioso, de su ardiente deseo de vida, esa vida que huía ahora tan velozmente. Soy incapaz de describir, no tengo palabras para expresar esa ansia salvaje, esa anhelante vehemencia de vivir, sólo vivir.

La medianoche en que murió me llamó perentoriamente a su lado, pidiéndome que repitiera ciertos versos que había compuesto pocos días antes. La obedecí. Helos aquí:

¡Vedla! ¡Es noche de gala
en los últimos años solitarios!
La multitud de ángeles alados,
con sus velos, en lágrimas bañados,
son público de un teatro que contempla
un drama de esperanzas y temores,
mientras toca la orquesta, indefinida,
la música sin fin de las esferas.

Imágenes del Dios que está en lo alto,
allí los mimos gruñen y mascullan,
corren aquí y allá; y los apremian
vastas cosas informes
que el escenario alteran de continuo,
vertiendo de sus alas desplegadas,
un invisible, largo Sufrimiento.

¡Este múltiple drama ya jamás,
jamás será olvidado!
Con su Fantasma siempre perseguido
por una multitud que no lo alcanza,
en un círculo siempre de retorno
al lugar primitivo,
y mucho de Locura, y más Pecado,
y más Horror -el alma de la intriga.

¡Ah, ved: entre los mimos en tumulto
una forma reptante se insinúa!
¡Roja como la sangre se retuerce
en la escena desnuda!
¡Se retuerce y retuerce! Y en tormentos
los mimos son su presa,
y sus fauces destilan sangre humana,
y los ángeles lloran.

¡Apáganse las luces, todas, todas!
Y sobre cada forma estremecida
cae el telón, cortina funeraria,
con fragor de tormenta.
Y los ángeles pálidos y exangües,
ya de pie, ya sin velos, manifiestan
que el drama es el del "Hombre", y que es su héroe
el Vencedor Gusano.


—¡Oh, Dios! —gritó casi Ligeia, incorporándose de un salto y tendiendo sus brazos al cielo con un movimiento espasmódico, al terminar yo estos versos— ¡Oh, Dios! ¡Oh, Padre Celestial! ¿Estas cosas ocurrirán irremisiblemente? ¿El Vencedor no será alguna vez vencido? ¿No somos una parte, una parcela de Ti? ¿Quién, quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.

Y entonces, como agotada por la emoción, dejó caer los blancos brazos y volvió solemnemente a su lecho de muerte. Y mientras lanzaba los últimos suspiros, mezclado con ellos brotó un suave murmullo de sus labios. Acerqué mi oído y distinguí de nuevo las palabras finales del pasaje de Glanvill: «El hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad».

Murió; y yo, deshecho, pulverizado por el dolor, no pude soportar más la solitaria desolación de mi morada, y la sombría y ruinosa ciudad a orillas del Rin. No me faltaba lo que el mundo llama fortuna. Ligeia me había legado más, mucho más, de lo que por lo común cae en suerte a los mortales.

Entonces, después de unos meses de vagabundeo tedioso, sin rumbo, adquirí y reparé en parte una abadía cuyo nombre no diré, en una de las más incultas y menos frecuentadas regiones de la hermosa Inglaterra. La sombría y triste vastedad del edificio, el aspecto casi salvaje del dominio, los numerosos recuerdos melancólicos y venerables vinculados con ambos, tenían mucho en común con los sentimientos de abandono total que me habían conducido a esa remota y huraña región del país. Sin embargo, aunque el exterior de la abadía, ruinoso, invadido de musgo, sufrió pocos cambios, me dediqué con infantil perversidad, y quizá con la débil esperanza de aliviar mis penas, a desplegar en su interior magnificencias más que reales.

Siempre, aun en la infancia, había sentido gusto por esas extravagancias, y entonces volvieron como una compensación del dolor. ¡Ay, ahora sé cuánto de incipiente locura podía descubrirse en los suntuosos y fantásticos tapices, en las solemnes esculturas de Egipto, en las extrañas cornisas, en los moblajes, en los vesánicos diseños de las alfombras de oro recamado! Me había convertido en un esclavo preso en las redes del opio, y mis trabajos y mis planes cobraron el color de mis sueños. Pero no me detendré en el detalle de estos absurdos. Hablaré tan sólo de ese aposento por siempre maldito, donde en un momento de enajenación conduje al altar —como sucesora de la inolvidable Ligeia— a Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y ojos azules.

No hay una sola partícula de la arquitectura y la decoración de aquella cámara nupcial que no se presente ahora ante mis ojos. ¿Dónde tenía el corazón la altiva familia de la novia para permitir, movida por su sed de oro, que una doncella, una hija tan querida, pasara el umbral de un aposento tan adornado? He dicho que recuerdo minuciosamente los detalles de la cámara —yo, que tristemente olvido cosas de profunda importancia— y, sin embargo, no había orden, no había armonía en aquel lujo fantástico, que se impusieran a mi memoria. La habitación estaba en una alta torrecilla de la abadía fortificada, era de forma pentagonal y de vastas dimensiones. Ocupaba todo el lado sur del pentágono la única ventana, un inmenso cristal de Venecia de una sola pieza y de matiz plomizo, de suerte que los rayos del sol o de la luna, al atravesarlo, caían con brillo horrible sobre los objetos.

En lo alto de la inmensa ventana se extendía el enrejado de una añosa vid que trepaba por los macizos muros de la torre. El techo, de sombrío roble, era altísimo, abovedado y decorosamente decorado con los motivos más extraños, más grotescos, de un estilo semi-gótico, semi-druídico. Del centro mismo de esa melancólica bóveda colgaba, de una sola cadena de oro de largos eslabones, un inmenso incensario del mismo metal, en estilo sarraceno, con múltiples perforaciones dispuestas de tal manera que a través de ellas, como dotadas de la vitalidad de una serpiente, veíanse las contorsiones continuas de llamas multicolores.

Había algunas otomanas y candelabros de oro de forma oriental, y también el lecho, el lecho nupcial, de modelo indio, bajo, esculpido en ébano macizo, con baldaquino como una colgadura fúnebre. En cada uno de los ángulos del aposento había un gigantesco sarcófago de granito negro proveniente de las tumbas reales erigidas frente a Luxor, con sus antiguas tapas cubiertas de inmemoriales relieves. Pero en las colgaduras del aposento se hallaba, ay, la fantasía más importante. Los elevados muros, de gigantesca altura —al punto de ser desproporcionados—, estaban cubiertos de arriba abajo, en vastos pliegues, por una pesada y espesa tapicería, tapicería de un material semejante al de la alfombra del piso, la cubierta de las otomanas y el lecho de ébano, del baldaquino y de las suntuosas volutas de los cortinajes que velaban parcialmente la ventana.

Este material era el más rico tejido de oro, cubierto íntegramente, con intervalos irregulares, por arabescos en realce, de un pie de diámetro, de un negro azabache. Pero estas figuras sólo participaban de la condición de arabescos cuando se las miraba desde un determinado ángulo. Por un procedimiento hoy común, que puede en verdad rastrearse en períodos muy remotos de la antigüedad, cambiaban de aspecto. Para el que entraba en la habitación tenían la apariencia de simples monstruosidades; pero, al acercarse, esta apariencia desaparecía gradualmente y, paso a paso, a medida que el visitante cambiaba de posición en el recinto, se veía rodeado por una infinita serie de formas horribles pertenecientes a la superstición de los normandos o nacidas en los sueños culpables de los monjes. El efecto fantasmagórico era grandemente intensificado por la introducción artificial de una fuerte y continua corriente de aire detrás de los tapices, la cual daba una horrenda e inquietante animación al conjunto.

Entre esos muros, en esa cámara nupcial, pasé con Rowena de Tremaine las impías horas del primer mes de nuestro matrimonio, y las pasé sin demasiada inquietud. Que mi esposa temiera la índole hosca de mi carácter, que me huyera y me amara muy poco, no podía yo pasarlo por alto; pero me causaba más placer que otra cosa. Mi memoria volaba (¡ah, con qué intensa nostalgia!) hacia Ligeia, la amada, la augusta, la hermosa, la enterrada. Me embriagaba con los recuerdos de su pureza, de su sabiduría, de su naturaleza elevada, etérea, de su amor apasionado, idólatra. Ahora mi espíritu ardía plena y libremente, con más intensidad que el suyo. En la excitación de mis sueños de opio (pues me hallaba habitualmente aherrojado por los grilletes de la droga) gritaba su nombre en el silencio de la noche, o durante el día, en los sombreados retiros de los valles, como si con esa salvaje vehemencia, con la solemne pasión, con el fuego devorador de mi deseo por la desaparecida, pudiera restituirla a la senda que había abandonado —¿era posible que fuese para siempre?— en la tierra.

Al comenzar el segundo mes de nuestro matrimonio, Rowena cayó súbitamente enferma y se repuso lentamente. La fiebre que la consumía perturbaba sus noches, y en su inquieto sueño hablaba de sonidos, de movimientos que se producían en la cámara de la torre, cuyo origen atribuí a los extravíos de su imaginación o quizá a la fantasmagórica influencia de la cámara misma.

Llegó, al fin, la convalecencia y, por último, el restablecimiento total. Sin embargo, había transcurrido un breve periodo cuando un segundo trastorno más violento la arrojó a su lecho de dolor; y de este ataque, su constitución, que siempre fuera débil, nunca se repuso del todo. Su mal, desde entonces, tuvo un carácter alarmante y una recurrencia que lo era aún más, y desafiaba el conocimiento y los grandes esfuerzos de los médicos. Con la intensificación de su mal crónico —el cual parecía haber invadido de tal modo su constitución que era imposible desarraigarlo por medios humanos—, no pude menos de observar un aumento similar en su irritabilidad nerviosa y en su excitabilidad para el miedo motivado por causas triviales. De nuevo hablaba, y ahora con más frecuencia e insistencia, de los sonidos, de los leves sonidos y de los movimientos insólitos en las colgaduras, a los cuales aludiera en un comienzo.

Una noche, próximo el fin de septiembre, impuso a mi atención este penoso tema con más insistencia que de costumbre. Acababa de despertar de un sueño inquieto, y yo había estado observando, con un sentimiento en parte de ansiedad, en parte de vago terror, los gestos de su semblante descarnado. Me senté junto a su lecho de ébano, en una de las otomanas de la India. Se incorporó a medias y habló, con un susurro ansioso, bajo, de los sonidos que estaba oyendo y yo no podía oír, de los movimientos que estaba viendo y yo no podía percibir.

El viento corría velozmente detrás de los tapices y quise mostrarle (cosa en la cual, debo decirlo, no creía yo del todo) que aquellos suspiros casi inarticulados y aquellas levísimas variaciones de las figuras de la pared eran tan sólo los naturales efectos de la habitual corriente de aire. Pero la palidez mortal que se extendió por su rostro me probó que mis esfuerzos por tranquilizarla serían infructuosos. Pareció desvanecerse y no había criados a quien recurrir. Recordé el lugar donde había un frasco de vino ligero que le habían prescrito los médicos, y crucé presuroso el aposento en su busca. Pero, al llegar bajo la luz del incensario, dos circunstancias de índole sorprendente llamaron mi atención. Sentí que un objeto palpable, aunque invisible, rozaba levemente mi persona, y vi que en la alfombra dorada, en el centro mismo del rico resplandor que arrojaba el incensario, había una sombra, una sombra leve, indefinida, de aspecto angélico, como cabe imaginar la sombra de una sombra.

Pero yo estaba perturbado por la excitación de una inmoderada dosis de opio; poco caso hice a estas cosas y no las mencioné a Rowena. Encontré el vino, crucé nuevamente la cámara y llené un vaso, que llevé a los labios de la desvanecida. Ya se había recobrado un tanto, sin embargo, y tomó el vaso en sus manos, mientras yo me dejaba caer en la otomana que tenía cerca, con los ojos fijos en su persona. Fue entonces cuando percibí claramente un paso suave en la alfombra, cerca del lecho, y un segundo después, mientras Rowena alzaba la copa de vino hasta sus labios, vi o quizá soñé que veía caer dentro del vaso, como surgida de un invisible surtidor en la atmósfera del aposento, tres o cuatro grandes gotas de fluido brillante, del color del rubí.

Si yo lo vi, no ocurrió lo mismo con Rowena. Bebió el vino sin vacilar y me abstuve de hablarle de una circunstancia que, según pensé, debía considerarse como sugestión de una imaginación excitada, cuya actividad mórbida aumentaban el terror de mi mujer, el opio y la hora.

Sin embargo, no pude dejar de percibir que, inmediatamente después de la caída de las gotas color rubí, se producía una rápida agravación en el mal de mi esposa, de suerte que la tercera noche las manos de sus doncellas la prepararon para la tumba, y la cuarta la pasé solo, con su cuerpo amortajado, en aquella fantástica cámara que la recibiera recién casada. Extrañas visiones engendradas por el opio revoloteaban como sombras delante de mí. Observé con ojos inquietos los sarcófagos en los ángulos de la habitación, las cambiantes figuras de los tapices, las contorsiones de las llamas multicolores en el incensario suspendido. Mis ojos cayeron entonces, mientras trataba de recordar las circunstancias de una noche anterior, en el lugar donde, bajo el resplandor del incensario, había visto las débiles huellas de la sombra. Pero ya no estaba allí, y, respirando con más libertad, volví la mirada a la pálida y rígida figura tendida en el lecho.

Entonces me asaltaron mil recuerdos de Ligeia, y cayó sobre mi corazón, con la turbulenta violencia de una marea, todo el indecible dolor con que había mirado su cuerpo amortajado. La noche avanzaba, y con el pecho lleno de amargos pensamientos, cuyo objeto era mi único, mi supremo amor, permanecí contemplando el cuerpo de Rowena.

Quizá fuera media noche, tal vez más temprano o más tarde, pues no tenía conciencia del tiempo, cuando un sollozo sofocado, suave, pero muy claro, me sacó bruscamente de mi ensueño. Sentí que venía del lecho de ébano, del lecho de muerte. Presté atención en una agonía de terror supersticioso, pero el sonido no se repitió. Esforcé la vista para descubrir algún movimiento del cadáver, mas no advertí nada. Sin embargo, no podía haberme equivocado. Había oído el ruido, aunque débil, y mi espíritu estaba despierto.

Mantuve con decisión, con perseverancia, la atención clavada en el cuerpo. Transcurrieron algunos minutos sin que ninguna circunstancia arrojara luz sobre el misterio. Por fin, fue evidente que un color ligero, muy débil y apenas perceptible se difundía bajo las mejillas y a lo largo de las hundidas venas de los párpados. Con una especie de horror, de espanto indecibles, que no tiene en el lenguaje humano expresión suficientemente enérgica, sentí que mi corazón dejaba de latir, que mis miembros se ponían rígidos.

Sin embargo, el sentimiento del deber me devolvió la presencia de ánimo. Ya no podía dudar de que nos habíamos apresurado en los preparativos, de que Rowena aún vivía. Era necesario hacer algo inmediatamente; pero la torre estaba muy apartada de las dependencias de la servidumbre, no había nadie cerca, yo no tenía modo de llamar en mi ayuda sin abandonar la habitación unos minutos, y no podía aventurarme a salir. Luché solo, pues, en mi intento de volver a la vida el espíritu aún vacilante. Pero, al cabo de un breve periodo, fue evidente la recaída; el color desapareció de los párpados y las mejillas, dejándolos más pálidos que el mármol; los labios estaban doblemente apretados y contraídos en la espectral expresión de la muerte; una viscosidad y un frío repulsivos cubrieron rápidamente la superficie del cuerpo, y la habitual rigidez cadavérica sobrevino de inmediato. Volví a desplomarme con un estremecimiento en el diván de donde me levantara tan bruscamente y de nuevo me entregué a mis apasionadas visiones de Ligeia.

Así transcurrió una hora cuando (¿era posible?) advertí por segunda vez un vago sonido procedente de la región del lecho. Presté atención en el colmo del horror. El sonido se repitió: era un suspiro. Precipitándome hacia el cadáver, vi —claramente— temblar los labios. Un minuto después se entreabrían, descubriendo una brillante línea de dientes nacarados. La estupefacción luchaba ahora en mi pecho con el profundo espanto que hasta entonces reinara solo.

Sentí que mi vista se oscurecía, que mi razón se extraviaba, y sólo por un violento esfuerzo logré al fin cobrar ánimos para ponerme a la tarea que mi deber me señalaba una vez más. Había ahora cierto color en la frente, en las mejillas y en la garganta; un calor perceptible invadía todo el cuerpo; hasta se sentía latir levemente el corazón. Mi esposa vivía, y con redoblado ardor me entregué a la tarea de resucitarla. Froté y friccioné las sienes y las manos, y utilicé todos los expedientes que la experiencia y no pocas lecturas médicas me aconsejaban. Pero en vano. De pronto, el color huyó, las pulsaciones cesaron, los labios recobraron la expresión de la muerte y, un instante después, el cuerpo todo adquiría el frío de hielo, el color lívido, la intensa rigidez, el aspecto consumido y todas las horrendas características de quien ha sido, por muchos días, habitante de la tumba.

Y de nuevo me sumí en las visiones de Ligeia, y de nuevo (¿y quién ha de sorprenderse de que me estremezca al escribirlo?), de nuevo llegó a mis oídos un sollozo ahogado que venía de la zona del lecho de ébano. Mas, ¿a qué detallar el inenarrable horror de aquella noche? ¿A qué detenerme a relatar cómo, hasta acercarse el momento del alba gris, se repitió este horrible drama de resurrección; cómo cada espantosa recaída terminaba en una muerte más rígida y aparentemente más irremediable; cómo cada agonía cobraba el aspecto de una lucha con algún enemigo invisible, y cómo cada lucha era sucedida por no sé qué extraño cambio en el aspecto del cuerpo? Permitidme que me apresure a concluir.

La mayor parte de la espantosa noche había transcurrido, y la que estuviera muerta se movió de nuevo, ahora con más fuerza que antes, aunque despertase de una disolución más horrenda y más irreparable. Yo había cesado hacía rato de luchar o de moverme, y permanecía rígido, sentado en la otomana, presa indefensa de un torbellino de violentas emociones, de todas las cuales el pavor era quizá la menos terrible, la menos devoradora. El cadáver, repito, se movía, y ahora con más fuerza que antes. Los colores de la vida cubrieron con inusitada energía el semblante, los miembros se relajaron y, de no ser por los párpados aún apretados y por las vendas y paños que daban un aspecto sepulcral a la figura, podía haber soñado que Rowena había sacudido por completo las cadenas de la muerte.

Pero si entonces no acepté del todo esta idea, por lo menos pude salir de dudas cuando, levantándose del lecho, a tientas, con débiles pasos, con los ojos cerrados y la manera peculiar de quien se ha extraviado en un sueño, aquel ser amortajado avanzó osada y palpablemente, hasta el centro del aposento.

No temblé, no me moví, pues una multitud de ideas inexpresables vinculadas con el aire, la estatura, el porte de la figura cruzaron velozmente por mi cerebro, paralizándome, convirtiéndome en fría piedra. No me moví, pero contemplé la aparición. Reinaba un loco desorden en mis pensamientos, un tumulto incontenible. ¿Podía ser, realmente, Rowena viva la figura que tenía delante? ¿Podía ser realmente Rowena, Rowena Trevanion de Tremaine, la de los cabellos rubios y los ojos azules? ¿Por qué, por qué lo dudaba?

El vendaje ceñía la boca, pero ¿podía no ser la boca de Rowena de Tremaine? Y las mejillas —con rosas como en la plenitud de su vida—, sí podían ser en verdad las hermosas mejillas de la viviente señora de Tremaine. Y el mentón, con sus hoyuelos, como cuando estaba sana, ¿podía no ser el suyo? Pero entonces, ¿había crecido ella durante su enfermedad? ¿Qué inenarrable locura me invadió al pensarlo? De un salto llegué a sus pies. Estremeciéndose a mi contacto, dejó caer de la cabeza, sueltas, las horribles vendas que la envolvían, y entonces, en la atmósfera sacudida del aposento, se desplomó una enorme masa de cabellos desordenados: ¡eran más negros que las alas de cuervo de la medianoche! Y lentamente se abrieron los ojos de la figura que estaba ante mí.

—¡En esto, por lo menos —grité—, nunca, nunca podré equivocarme! ¡Éstos son los grandes ojos, los ojos negros, los extraños ojos de mi perdido amor, los de... los de... LIGEIA!"


Edgar Allan Poe

viernes, 4 de diciembre de 2015

"Los Secretos de las Bestias"


"Al investigar en la biblioteca de Carpentras le eché el ojo a un manuscrito muy antiguo, posiblemente de la primera mitad del siglo XVI, donde encontré una serie de historias bastante curiosas.

¿De dónde proviene esta colección, claramente inédita? Probablemente de los fondos de Peyresc, que contribuyeron a enriquecer la biblioteca Inguimbertine (el nombre de la famosa biblioteca de Carpentras). Entre los cuentos y fábulas del manuscrito hay una en particular que parece refierir al célebre Vino de Coca.

Esta es la fábula de la Coca, titulada: Los secretos de las bestias.

Cierta vez, un joven leñador fue a cortar madera en el bosque cuando escuchó, a la distancia, un gran estruendo de ramas, que daba cuenta de que una bestia descomunal había abierto un camino entre los matorrales.

El joven, asustado, se escondió en un árbol hueco que se encontraba cerca del borde de un estanque. De repente, uno tras otro, apareció un león, un leopardo y un monstruo llamado cocodrilo. Sin embargo, este estanque era el lugar donde, al parecer, estos animales iban a beber a diario y, después de beber, conversar entre sí, confiando en que conocían los secretos de la Naturaleza.

El león dijo:

-Si, en Madrid había una clara fuente, inagotable, que ya no existe. No sufrían sed, como lo hacen este año, por la extraordinaria sequía que prevalece. Y, sin embargo, ¡si supieran! En la Plaza Mayor hay una gran piedra que ocupa el centro. Bien podrían limitarse a levantarla y de allí brotaría una maravillosa fuente, ¡la suficiente para saciar a Madrid y Castilla!

- ¡Oh Dios, si lo supieran! -dijo el leopardo- La Reina de España, que está en cama desde hace nueve años, y que come y bebe como una persona de perfecta salud, languidece, sin embargo, y se consume hasta el punto de dar la impresión que ya no tiene una gota de sangre en las venas. No obstante, se curaría de sólo mirar debajo de su cama y, levantando una baldosa, verificar la causa de su mal, la causa de su terrible declive.

Y el cocodrilo dijo a su vez:

-Y la princesa, esta dama hermosa y desafortunada cuyo estómago no soporta la digestión, de modo que sólo se nutre con caldos, ¿crees que ella no mejoraría pronto si bebe algo de aquel elixir tan popular en el Perú, llamado Coca, y del cual supe durante un viaje que hice a las Américas?

Tras estas confidencias, los tres animales volvieron a la espesura. Pero nuestro leñador, que no era tonto, inmediatamente regresó a su casa, tomó su cartera y se fue de viaje a España. Al llegar a Madrid, se fue a caminar por la Plaza Mayor y se mezcló con los grupos que tomaban aire bajo las arcadas de la plaza. Precisamente, esta pobre gente discutía y se quejaba de la escasez de agua que asolaba al país.

El leñador les dijo:

-¡Que se me otorguen cien mil reales y yo, señores, les daré una fuente de agua que inundará Madrid!

Inmediatamente, el joven fue llevado al Palacio, donde reiteró su oferta.

-Usted tiene cien mil reales, dijo el Rey de España, si es capaz de cumplir su promesa. Pero, cuidado, si usted miente, recibirá en cambio cien latigazos.
-Muy bien -dijo el leñador-. Mi Señor, si usted quiere agua debe quitar la piedra que se ha quedado atascado en el centro de la plaza.

El rey mandó a levantar el bloque, y una fuente fabulosa surgió al instante de la tierra, tan fuerte y abundante que por las callejas y avenidas corrían alegres arroyos. La ciudad entera celebraba.

La gente bebía a dos manos, y el rey, muy contento, le otorgó al leñador el dinero prometido, y agregó con un suspiro:

-Quisiera que esta real gratificación pueda ayudar a mi querida esposa, que yace en cama.
-Señor -respondió el joven-, nada es más fácil para mí. A cambio de su cura me gustaría ostentar el título de Grande de España.
- Rápido -dijo el rey- ¡A salvar a la reina!.

Fueron hasta la cámara real. El leñador se lanzó debajo de la cama de la reina, y le dijo:

-Quiten esa baldosa.

La baldosa fue quitada y, ¡horror! Debajo aparece un sapo enorme. Era él quien, invisible, bebía la sangre de la reina.

El vampiro fue perforado con un golpe de alabarda. En pocos días, la reina vuelvía a la vida, y el joven se hizo Grande de España.

Entonces el rey dijo:

- ¡Amigo, eres verdaderamente un hombre maravilloso! Pero pondría el broche de oro a mi felicidad si sabes de algún remedio para restaurar el estómago de nuestra pobre princesa, que no puede soportar cualquier cosa excepto caldos.
-Señor, yo conozco muy bien el remedio para curar a la Infanta, dijo el joven, pero deberás pagar un gran precio.
-Dí el precio que quieras y te lo daré, dijo el rey..
-¡Bien! dijo el leñador, quiero casarme con ella.
-Sana a mi hija, y lo harás ... Rápido, ¿qué debemos hacer?
-Señor, que el Perú envíe una de sus carabelas trayendo un elixir llamado Vino de Coca.

Dicho y hecho. Enviaron por el preciado líquido en el Perú. La princesa, tras beberlo, lo encontró exquisito y su apetito regresó poco tiempo después.

El relato culmina con el rey tendiéndole la mano al leñador feliz, que, una vez casado, le contó a la Infanta que había tomado los secretos de las bestias, y en la memoria de la Coca, el lagarto anfibio había sido bautizado como Cocadrille (palabra en parte peruana, que significa: Coca; y en parte francés antiguo: Drille, perforador), y que más tarde, corruptamente, se transformó en "cocodrilo".

Frédéric Mistral

jueves, 3 de diciembre de 2015

"El Salón de Artús"

"Seguramente, querido lector, habrás oído hablar de la antigua y encantadora ciudad comercial de Danzig. Quizá conozcas las cosas dignas de verse que en ella se encuentran por las descripciones varias que abundan; pero lo que más me agradaría sería que hubiese estado en ella en tiempos remotos y hubieses visto la hermosa sala a que te quiero conducir ahora. Me refiero al salón del rey Artús. En las horas del mediodía agítanse en su recinto los hombres de negocios de todas las nacionalidades, y un murmullo ensordecedor resuena en sus ámbitos; pero cuando han transcurrido las horas de la Bolsa, cuando los negociantes están sentados junto a las mesas y sólo pululan por el salón algunos individuos que cruzan de una calle a otra de las dos a que sirve de pasaje, entonces debes visitar el salón del rey Artús siempre que estés en Danzig. La luz tamizada que penetra por las opacas ventanas da animación y vida a todos los cuadros y grabados con que están adornadas las paredes. Los ciervos, con sus cornamentas monstruosas, y otros animales fantásticos te miran con ojos brillantes, aunque tú apenas los puedas distinguir, y conforme se va acentuando la oscuridad tanto más siniestra te resultará la mesa de mármol que se halla en el centro. El gran cuadro que representa todos los vicios y las virtudes, con sus nombres inscritos junto a cada una de las figuras, parece un poco reñido con la moral, pues mientras las últimas están envueltas en una niebla gris que las hace poco menos que invisibles, los primeros tienen forma de mujeres hermosas ataviadas con lujo, que se adelantan sonrientes como tratando de seducirte con un dulce cuchicheo. Con satisfacción detienes la mirada en el friso estrecho que rodea casi todo el salón, y que representa milicias ricamente engalanadas de tiempos antiguos. Los nobles burgomaestres, con sus rostros de facciones enérgicas, cabalgan a la cabeza en hermosos caballos con arreos lujosos, y los timbaleros, los pífanos, los alabarderos los siguen en actitud tan viva que crees escuchar la música marcial y te figuras que ellos van a salirse por la gran ventana y a continuar su marcha por la plaza del mercado. Porque si quisiesen marcharse, no podrás por menos, querido lector, siendo como eres un dibujante experto, de tomar la pluma y la tinta y retratar aquellos nobles burgomaestres con sus lindos pajes. En las mesas de alrededor hay siempre papel, pluma y tinta, costeados por el servicio público; por tanto, a tu disposición tendrías los materiales y te atraería la tarea con fuerza irresistible.

A ti, amable lector, te estaría permitido esto; pero no al joven comerciante Traugott, que en un caso semejante encontróse en mil apuros y dificultades.

-Dé usted cuenta a nuestro amigo de Harburgo del estado del negocio, querido Traugott.

Esto dijo el comerciante Elías Roos, con el que estaba asociado Traugott y con cuya única hija, Cristina, quería casarse. Traugott encontró con dificultad un asiento en las mesas, rodeadas de gente; cogió una hoja de papel y se dispuso a comenzar un primor caligráfico. Cuando estaba pensando en el negocio sobre que tenía que escribir, levantó la vista. Quiso la casualidad que se hallase precisamente delante de una de las figuras del friso que le producían más impresión. Era un hombre muy serio, casi adusto, con barba negra y rizada y muy ricamente vestido; montaba un caballo negro, conducido de las riendas por un hermoso joven, que con sus rizos y su atavío más bien parecía una mujer. La figura y el rostro del hombre despertaban el terror de Traugott; pero el semblante del jovenzuelo le producía un mundo de impresiones dulces. No lograba nunca apartar la vista de las dos figuras, y así le ocurría en aquel momento, en que en vez de mandar el aviso de Elías Roos a Harburgo permanecía contemplando el cuadro y emborronaba el papel sin saber lo que hacía. Debía de llevar algún tiempo en aquella actitud, cuando le tocaron en el hombro por detrás, y una voz ronca dijo: "Bien, muy bien, así me gusta; esto puede resultar." Traugott se volvió, despertando de su sueño, y quedó como herido por un rayo. El asombro, la admiración le dejaron mudo y mirando fijamente a la cara del hombre ceñudo pintado en la pared. Este era quien había pronunciado aquellas palabras, y junto a él hallábase el dulce y hermoso joven, sonriéndole con una especie de amor indescriptible. "¿Sois vos?-exclamó Traugott contra su voluntad-. ¿Sois vos? Os quitaréis en seguida esa horrible capa y os quedaréis con el brillante atavío antiguo."

La muchedumbre se agitaba sin cesar, en el tumulto desaparecieron las dos figuras extrañas, y Traugott continuó con la carta de aviso en la mano, como si se hubiera convertido en estatua, hasta que hubieron transcurrido las horas de Bolsa con exceso y sólo cruzaba la sala alguna que otra persona. Al fin Traugott advirtió que Elías Roos, acompañado por dos caballeros desconocidos, se dirigía a su encuentro.

-¿Qué medita usted, si ya es mediodía, querido Traugott? -preguntó Elías Roos-. ¿Ha enviado usted el aviso que le encargué?
Distraído, alargóle Traugott la hoja de papel; pero Elías Roos se llevó las manos a la cabeza, golpeó el suelo con suavidad primero, luego con furia, y gritó con toda su voz, que resonó en el salón:
-¡Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡Garabatos!... ¡Estúpidos garabatos!... Querido Traugott..., yerno inútil..., asociado infiel... ¿Sois el demonio? El aviso, el aviso. ¡Dios mío! ¡El correo!

Elías Roos estaba a punto de ahogarse de indignación; los amigos se reían, mirando la hoja en que estaba el aviso, que, en verdad, no era muy útil que digamos. Inmediatamente después de las palabras: "Refiriéndonos a su grata del 20 del corriente", Traugott había dibujado los contornos de las dos figuras maravillosas: la del viejo y la de jovenzuelo. Los desconocidos trataron de tranquilizar a Elías Roos hablándole en tono afectuoso; pero él se tiraba de la redonda peluca, daba golpes en el suelo con su bastón de caña y gritaba:

-¡El hijo de Satanás!... Tiene que enviar una nota y se pone a pintar figuras. ¡Diez mil marcos me va a costar el negocio! ¡Diez mil marcos!... -repitió, soplándose los dedos.
-Tranquilícese, querido Roos -dijo, al fin, el más viejo de los amigos-. El correo ha salido ya; pero dentro de una hora va a partir para Harburgo un mensajero que envío yo, al cual se le puede dar la nota, y llegará más pronto que si hubiera ido por el correo corriente. -¡Hombre sin igual! -exclamó Roos, iluminándosele el rostro de alegría.
Traugott, que se había repuesto un poco de su confusión, trató de acercarse a la mesa con objeto de escribir la nota; pero Roos le separó violentamente, mirándole iracundo y murmurando entre dientes:
-No te necesito, hijo mío.
Mientras Elías escribía afanoso, el más viejo de los desconocidos acercóse a Traugott, que permanecía avergonzado, y le habló así:
-Me parece que no está usted colocando en el puesto que le corresponde, querido. A un verdadero comerciante no se le hubiera ocurrido ponerse a dibujar figuras en vez de escribir las notas que debía.
Traugott consideró aquellas palabras como un reproche bien merecido.
-Muy confuso respondió:
-¡Dios mío! ¡Las notas que habrá escrito esta mano sin que me haya ocurrido una cosa semejante a la de hoy! Estas malditas ideas no me dan sino raras veces.
-Amigo mío-continuó el desconocido-, no debe usted considerarlas como ideas malditas. Estoy seguro de que todas las notas comerciales no están tan bien hechas como estos dibujos, valientes y limpios. En ellos se ve el genio.

Al decir estas palabras el desconocido, le cogió de las manos la nota emborronada, la dobló cuidadosamente y se la guardó. Traugott quedóse muy satisfecho, pensando que había hecho algo que valía más que una nota comercial; sintió que en su interior se albergaba un espíritu superior; y cuando Elías Roos, después de terminar su escrito, se acercó a él y con tono agrio le dijo: "Sus garabatos han estado a punto de costarme diez mil marcos", le respondió en voz más alta que de costumbre y con más energía:

-No se ponga así su señoría, porque si no, no vuelvo a escribir en mi vida una carta comercial y nos separaremos.
Elías Roos se colocó la peluca con ambas manos y, mirándole fijamente, le dijo:
-Mi querido asociado, amado hijo, ¿qué tonterías dices?

El amigo viejo intervino, y no necesitó hablar mucho para restablecer la paz, y todos juntos se dirigieron a casa de Roos, que tenía invitados a los dos desconocidos. La joven Cristina recibió a los huéspedes muy compuesta y emperejilada, y en seguida comenzó a manejar con mano experta el pesado cucharón de plata. Quisiera, amable lector, presentarte en efigie a los cinco personajes que están sentados a la mesa, aunque me temo que mis trazos no sean suficientemente claros y sí, desde luego, como es natural, muy inferiores a los empleados por Traugott en emborronar la malhadada nota. La comida, además, se acabará pronto, y la historia del animoso Traugott, que me he propuesto contarte, me atrae con fuerza irresistible.

Que Elías Roos lleva peluca ya lo sabes desde el principio, y no debo, por tanto, repetirlo. Por lo que le has oído hablar, además, puedes imaginarte a este hombrecillo rechoncho con su levita parda y chaleco y pantalones con botones dorados. De Traugott tengo mucho que decir, porque, aparte de que es su historia la que cuento, sobresale bastante por sí mismo. Si es cierto que el modo de pensar y de conducirse salen de dentro del individuo, modelando y formando su exterior, y que lo maravilloso no sirve sino para completar la armonía del conjunto, o sea lo que se llama carácter, espero que con mis palabras te imagines a Traugott como si lo tuvieras delante. Si no es así, entonces mi charla no habrá servid para nada y puedes considerar mi cuento como no contado.

Los dos caballeros desconocidos son tío y sobrino, un tiempo comerciantes, y al presente hombres de negocios, muy relacionados con Elías Roos por amistas y asuntos de interés. Viven en Königsberg, se visten a la inglesa, van acompañados de un criado inglés con botas de color de caoba, poseen un gran gusto artístico y son, sobre todo, gente muy bien educada. El tío tiene una galería artística y colecciona dibujos (videatur la nota robada). Ya no me resta, lector amable, sino presentarte en debida forma a Cristina, pues presumo que apenas si la recordarás, y, por tanto, no está de más que dibuje algunos de sus trazos más salientes, aunque luego desaparezcan. Imagínate, lector, una joven robusta de unos veintidós a veintitrés años, con una cara redonda, la nariz pequeña y un poco respingada y ojos azules claro, que sonríen amables y parece como si le quisieran decir a todo el mundo: "Me voy a casar pronto." Tiene además una piel blanquísima, el cabello demasiado rojizo, unos labios tentadores que forman una boca redonda y más bien grande, que cuando sonríe deja ver dos hileras de dientes perlinos.

Si la casa del vecino se incendia y las llamas llegan hasta su cuarto, se apresurará a dar de comer al canario, guardará la ropa limpia y luego seguramente se irá al escritorio a decir a su padre que su casa está ardiendo. Nunca le ha salido mal una tarta de almendras y siempre logra que espese la salsa blanca, porque jamás la mueve hacia la izquierda y siempre hacia la derecha, haciendo un círculo completo con la cuchara. Mientras Elías Roos servía el último vaso de vino del Rhin al viejo Franz observé yo, como de pasada, que Cristinita quería mucho a Traugott al casarse con él; aunque, después de todo, yo no sé qué es lo que podría hacer si no se convertía en esposa de alguien.

Una vez terminada la comida, Elías Reos invitó a sus huéspedes a dar un paseo por las fortificaciones. Traugott, que aún se encontraba inquieto y emocionado por todo lo maravilloso que le sucediera en aquel día, habríase negado de buena gana a acompañarlos; pero no lo logró, pues en el momento en que intentaba escurrirse, sin siquiera haber besado la mano de su novia, le cogió de la levita Elías Roos, diciéndole:

-Supongo, querido yerno, amable asociado, que no pensará usted en abandonarnos.
Y no tuvo más remedio que resignarse.

Un profesor de Física exponía la teoría de que en el mundo existe en alguna parte una máquina de electricidad, como en cualquier gabinete experimental, y que de ella salen invisibles hilos que se unen a la vida, los cuales nos rodean y nos envuelven lo mejor posible; pero en un momento dado los pisamos, y entonces los rayos y los choques llegan a nuestro interior, cambiando todo lo que existe en nosotros. Traugott debía de haber pisado los hilos invisibles en el instante en que, sin advertirlo, se puso a dibujar lo que tenía a la espalda, pues con la fuerza del rayo le estremeció la presencia de los desconocidos, y le pareció que en aquel preciso momento veía perfectamente claro lo que hasta entonces creyera sueño y suposición. El temor que le hizo enmudecer cuando le hablaron de las cosas que yacían escondidas en el fondo de su alma como un secreto sagrado desapareció por completo, y cuando el tío comenzó a denigrar las imágenes, medio pintadas, medio grabadas, del salón de Artús, considerándolas como faltas de gusto, y, sobre todo, calificó de extravagantes los cuadros de soldados, él sostuvo audazmente la opinión de que bien podía todo aquello no estar conforme con las reglas del buen gusto, pero que él encontraba muy bien hechas algunas de las figuras y aseguraba que en el salón de Artús se había abierto para él un mundo maravilloso y fantástico, y hasta algunas de sus figuras le habían dirigido miradas expresivas y la palabra, haciéndole desear el ser un maestro tan hábil y dibujar y grabar como aquellos cuyas obras tenía delante.

Elías Roos mostrábase más tonto que de costumbre mientras el joven pronunciaba tan sublimes palabras, y el tío le repuso con expresión maliciosa:

-De nuevo me asombra el que quiera ser comerciante y no se haya dedicado por entero al arte.
A Traugott le era aquel hombre profundamente antipático, y por esta razón decidió en el paseo acercarse al sobrino, que le parecía más amable y digno de confianza.
-¡Dios mío! -díjole éste-. No sabe lo que envidio su talento. ¡Si yo supiera dibujar como usted! Y no crea que me falta genio. He dibujado bastante bien ojos, y narices, y orejas, y hasta cabezas enteras; pero ¡los negocios!...
-Yo creía-repuso Traugott- que cuando se tiene verdadero genio y una afición decidida al arte no debía uno dedicar a otro negocio.
-¿Usted piensa ser artista? -preguntó el sobrino-. Parece imposible que diga usted eso. Mire, amigo mío, en estas cosas he reflexionado quizá más que nadie, y como soy entusiasta del arte he procurado profundizar en el asunto más de lo que me permitían las indicaciones que poseía.
El sobrino tomó un aspecto tan serio y pensativo al decir estas palabras, que Traugott sintió por él cierto respeto.
-Me dará usted la razón -continuó, después de tomar un polvo de rapé y estornudar dos veces-, me dará usted la razón si le digo que el arte entreteje de flores la vida. Alegrar y distraer de los negocios serios es la misión de todos los esfuerzos del arte, y tanto más lo conseguirá cuanto más perfectas sean sus producciones. En la misma vida se ve claramente este objeto, pues sólo los que se dedican al arte en esta forma disfrutan de la comodidad, que huye eternamente de aquellos que no advierten la verdadera naturaleza del asunto y consideran el arte como el objeto principal y único de su vida. Por tanto, amigo mío, no tome en serio los consejos de mi tío, con los cuales trata de distraerle de los negocios graves de la vida para empujarlo a una ocupación que no tiene apoyo alguno, y, por consiguiente, tiene que ser insegura.

Aquí el sobrino se quedó callado, como si esperase que Traugott le respondiera algo; pero éste no sabía qué decir. Todo lo que el otro hablaba parecíale una cosa tonta. Se contentó con preguntar:
-¿Qué es lo que usted quiere significar en definitiva con negocios serios?
El sobrino miróle un poco confuso.
-¡Dios mío! -exclamó al cabo-. Me concederá usted que hay que vivir, a lo cual rara vez llega el artista que hace del arte su única profesión.

Metióse en retorcidas frases y en una charla sin ton ni son. De ella venía a sacarse en consecuencia que él llamaba vivir a no tener preocupaciones, sino disponer de mucho dinero, comer y beber bien, tener una mujer bonita e hijos juiciosos que nunca se echasen una mancha de grasa en el traje dominguero. A Traugott aquello le oprimió el corazón, y se consideró por demás dichosos cuando el sobrino se despidió de él y se halló solo en su cuarto. "¡Vaya una vida triste y digna de compasión la que yo llevo! En las hermosas mañanas doradas de primavera, cuando hasta en las calles oscuras de la ciudad sopla el viento tibio como si quisiera hablarnos en su susurro de todas las maravillas que brotan en el bosque y en la llanura, yo me deslizo indolente y de mal humor hacia el escritorio, lleno de humo, de Elías Roos. En él me encuentro con unos cuantos rostros pálidos, que se inclinan sobre informes pupitres, y sólo interrumpe el silencio tétrico en que todos parecen trabajar afanosos el ruidito de las hojas de los libros y el tintineo del dinero. ¿Y el trabajo? ¿Para qué tanto pensar y tanto escribir? Para que aumenten las monedas en las cajas, para que el tesoro maldito de Fafnir continúe luciendo y brillando eternamente. En cambio, ¡qué feliz el pintor o el escultor que puede salir alegre y con la cabeza alta disfrutar de todas las delicias de la primavera que brotan de lo profundo de la tierra, adquiriendo formas hermosas llenas de vida! De los oscuros arbustos emergen seres admirables, que conservan su espíritu y permanecen siendo parte suya, pues en ellos reside el secreto encanto de la luz, del color, de la forma, y así consigue aprisionar todo aquello que ve con los ojos de su inteligencia al representarlo con su arte. ¿Qué es lo que me detiene de soltarme de las ligaduras de esta vida odiosa? El anciano me ha asegurado que tengo vocación de artista, y aún más lo he comprendido en el apuesto joven. Aunque no me dijo una palabra, advertí en su mirada lo que yo anhelo interiormente, y que, sujeto por mil y mil dudas, no me he atrevido nunca a expresar. ¿No podía yo ser un pintor célebre, en vez de arrastrar esta vida triste?" Traugott sacó todo lo que dibujara y lo contempló con mirada escrutadora. Muchos de sus dibujos pareciéronle distintos de cuando los hiciera, y desde luego mejores. Sobre todo se fijó en una hoja hecha en su niñez, en la cual aparecían desfigurados pero perfectamente visibles, los trazos del famoso burgomaestre con el hermoso paje, y recordaba muy bien que ya en aquella época estas figuras ejercían sobre él una influencia extraña, y que una vez, al oscurecer, arrastrado por una fuerza irresistible, huyó de los juegos infantiles y se encerró en el salón de Artús para copiarlas. Traugott sintióse acometido de una inquietud profunda y dolorosa al contemplar aquel dibujo. Tenía que ir a trabajar al escritorio un par de horas, como de costumbre; pero no le fue posible hacerlo, y se marchó a pasear a Karlsberg. Desde allí se dedicó a mirar al mar impetuoso; en las olas, en las nubes, que se agrupaban maravillosamente sobre Hola, trataba de adivinar, como si se reflejara en un espejo mágico, la suerte de su vida futura.

¿No crees tú, lector querido, que todo lo que viene a nosotros desde el reino elevado del amor se nos presenta primero como una impresión dolorosa? Esas son las dudas que atormentan el espíritu del artista. Advierte el ideal y siente la imposibilidad de alcanzarlo; ve que huye de su lado, y le parece que ha de ser para siempre. Luego, sin embargo, recobra la esperanza, lucha denodadamente, y la desesperación se convierte en un anhelo dulce, que lo reconforta y lo anima a esforzarse por llegar al objeto amado, al cual ve cada momento más cerca, sin llegar a alcanzarlo nunca.

Traugott sintió que ese dolor sin esperanza lo invadía por completo. Cuando a la mañana siguiente volvió a mirar los dibujos, que se hallaban esparcidos sobre la mesa, pareciéronle insignificantes y nimios, y recordó las palabras de un artista amigo suyo, que solía decir que la mayor dificultad que había en el arte era que muchos tomaban por verdadera vocación lo que no era sino un impulso del momento. Traugott no se hallaba en manera alguna inclinado a tomar por impulso del momento la impresión que en él producían las figuras del viejo y del joven del salón de Artús; maldijo de su suerte al tener que volver al escritorio, y trabajó con los demás dependientes de Elías Roos, sin parar mientes en el asco que de cuando en cuando le acometía, obligándole a salir corriendo al aire libre. Estos impulsos tomábalos Roos como síntomas de la enfermedad que, en su opinión, debía padecer el joven, y que se advertía en su palidez.

Transcurrió algún tiempo; llegó la feria de agosto de Danzig, a cuya terminación Traugott debía casarse con Cristina y anunciar públicamente su asociación con Elías Roos en los negocios. Aquella época era para él la renunciación a todas sus esperanzas y sueños, y le angustiaba sobremanera ver a Cristinita muy afanosa, que mandaba encerar y frotar los pisos, doblaba por sí misma las cortinas, y daba la última mano a la espetera de latón. Un día, cuando mayor era la concurrencia en el salón de Artús, oyó Traugott una voz inmediatamente detrás de sí, cuyo metal conocido le impresionó mucho.

-¿Debía estar este papel en tan malas condiciones?
Traugott se volvió con rapidez y vio, presumía, al admirable anciano, que se dirigía a un agente para vender un papel cuya cotización en aquel momento era muy baja. El hermoso mancebo permanecía detrás del anciano y miraba amable a Traugott. Éste se acercó al anciano, y le dijo:
-Permítame, señor mío: el papel que quiere usted vender está en este instante muy bajo, como usted ha dicho muy bien; pero la cotización ha de variar en sentido favorable en pocos días. Si quiere seguir mi consejo, guarde el papel algún tiempo, y no le pesará.
-Señor mío -repuso el anciano secamente y con aspereza-, ¿quién le mete en mis asuntos? ¿Sabe usted por ventura si en este momento el papel no me es absolutamente inútil, y, en cambio, necesito dinero contante y sonante?
Traugott, que se quedó un tanto desconcertado al ver que el anciano tomaba tan a mal su consejo desinteresado, trató de alejarse, cuando el joven le dirigió una mirada preñada de lágrimas.
-Lo he hecho con buena intención-respondió con presteza al anciano-, y no consentiré que sufra usted daños considerables. Véndame el papel, con la condición de que le abonaré la diferencia de cotización cuando suba dentro de pocos días.
-Es usted un hombre admirable -dijo el anciano-. Sea como usted quiere, aunque no comprendo su interés en enriquecerme.

Al pronunciar estas palabras echó una rápida mirada al joven, que, avergonzado, bajó la vista. Los dos siguieron a Traugott al escritorio, donde le entregaron al anciano el dinero, que, con expresión seria, se embolsó. Mientras tanto, el joven decía a Traugott en voz baja:

-¿No es usted el mismo que hace unos días hizo unos dibujos tan lindos en el salón de Artús? -Exactamente -respondió Traugott, sintiendo que el recuerdo del cómico incidente con la nota comercial le hacía subir los colores a la cara.
-Entonces -continuó el joven- no le sorprenderá...

El anciano miró iracundo al joven, que se calló inmediatamente. Traugott no podía reprimir cierta angustia en presencia de aquel desconocido, y así continuaron, sin que se atreviera a insinuar la más ligera averiguación sobre la vida y circunstancias de tales personajes. La presencia de ambas figuras tenía algo de prodigioso, que no escapó siquiera al personal del escritorio. El tétrico tenedor de libros se puso la pluma tras de la oreja y los codos apoyados en la mesa, contemplando al anciano con curiosidad.

-¡Dios me valga! -dijo cuando hubieron desaparecido los desconocidos-. Ese individuo, con su barba crespa y la capa negra, parece un retrato del año mil cuatrocientos, de los que hay en la iglesia de San Juan. El señor Roos lo consideró como un judío polaco, a pesar de su apostura noble y su rostro serio de alemán antiguo, y refunfuñó:
-Mala bestia: vende hoy el papel, y dentro de diez días valdrá un diez por ciento más.
Claro está que no sabía nada del trato hecho con Traugott, en virtud del cual éste había de pagarle de su bolsillo la diferencia, cosa que hizo efectivamente cuando, algunos días más tarde, volvió a encontrar al anciano con el jovenzuelo en el salón de Artús.
-Mi hijo -díjole el anciano- me ha recordado que es usted artista, y por eso acepto lo que en otro caso hubiera rechazado.

Estaban junto a una de las cuatro columnas que sostienen la bóveda del salón, muy cerca de las figuras que un día pintara Traugott en la carta comercial. Sin reserva alguna habló Traugott de la semejanza asombrosa de aquellas figuras con el anciano y su acompañante. El anciano sonrió de manera enigmática, puso la mano sobre el hombro de Traugott y comenzó a decirle en voz baja y pensativo:

-¿No sabe usted que yo soy el pintor Godofredo Berklinger y que las figuras que tanto admira están pintadas por mí cuando aún era un aprendiz de artista? En el burgomaestre traté de retratarme de memoria, y el paje que conduce el caballo es mi hijo, de lo cual se convencerá fácilmente si se fija en ambos rostros.
Traugott enmudeció de asombro: comprendió que aquel anciano, que aseguraba ser el artista que doscientos años atrás realizara la obra que admiraban, padecía una locura rara.
-Era una época -continuó el anciano levantando la cabeza y mirando a uno y otro lado-, era una época próspera y brillante sobre toda ponderación cuando yo decoré este salón para honrar al rey Artús y a sus caballeros, pintando en él todos estos retratos. Hasta creo que fue el mismo rey Artús el que, una vez que estaba yo trabajando, se me presentó con toda pompa y me animó a que hiciera una obra más perfecta que todas las anteriores.
-Mi padre -interrumpió el joven- es un artista como hay pocos, señor mío, y estoy seguro de que no se ha de arrepentir si se digna ver sus obras.

Entre tanto el anciano había emprendido la marcha a través del salón, ya vacío, y ordenaba a su hijo que le siguiera, cuando Traugott le rogó que le permitiera ir a ver sus pinturas. El anciano lo miró con mirada penetrante y al fin exclamó muy serio:

-Es usted, en verdad, un poco temerario al intentar penetrar en el santuario sin haber llegado a la edad de aprender; pero... sea como usted quiere. Si no está usted en condiciones de ver, a lo menos podrá adivinar. Vaya usted mañana temprano a mi casa.

Indicóle su vivienda, y Traugott procuró al día siguiente desentenderse pronto de sus quehaceres para dirigirse apresurado a la calle retirada donde vivía el anciano. El joven, vestido a usanza antigua alemana, le abrió la puerta y le condujo a un aposento espacioso, donde se hallaba el anciano sentado en un taburete ante un lienzo enorme preparado en tono gris.

-Llega usted en un momento feliz -exclamó el anciano al ver a Traugott-amigo mío, pues precisamente acabo de dar la última pincelada en el gran cuadro en que llevo trabajando un año entero y que me ha costado no pocos esfuerzos. Es la pareja del gran cuadro que representa el Paraíso perdido, que terminé el año anterior, y que también puede usted ver. Este es, como usted ve, el Paraíso recuperado, y sería muy triste para usted y para mí si quisiera sutilizar en él una alegoría. Los cuadros alegóricos no los hacen más que los débiles y los ignorantes. Mi cuadro no significa una cosa; es una cosa. Usted ve estos grupos apretados de hombres, animales, frutas, flores, piedras que se unen en un conjunto armónico, cuya música celeste es el acorde supremo de la eterna glorificación.

El anciano comenzó a describir los grupos aislados, llamando la atención de Traugott sobre la distribución de la luz y de la sombra, sobre los reflejos de las flores y de los metales, sobre las maravillosas figuras que emergían de los cálices de los lirios, sobre los hombres barbudos que, llenos de vigor y de juventud en sus miradas y en sus movimientos, parecía que conversaban con los animales más extraños. La expresión del anciano hacíase cada vez más fuerte, aunque menos comprensible.

-Deja que brille tu corona de diamantes, gran anciano -exclamó al fin, dirigiendo la vista centelleante al lienzo-. Quítate el velo de Isis que llevas sobre la cabeza cuando los profanos se acercan a ti. ¿Por qué aprietas contra el pecho con tanto cuidado tu sombría vestidura?... Quiero ver tu corazón... Esta es la piedra de la sabiduría, ante la cual se descubren todos los secretos... ¿No eres tú yo?... ¿Por qué te separas con tanta rapidez y tanto empeño de mi lado?... ¿Quieres luchar con tu maestro? ¿Crees que mi pecho puede pulverizar el rubí que llevas en el corazón?... Levántate..., sal..., ven aquí...; yo te he creado..., luego soy yo.

Al llegar a este punto, el anciano cayó al suelo como herido por un rayo. Traugott lo levantó; el joven acercó rápidamente una butaca y colocaron en ella al anciano, que se quedó como sumido en un profundo sueño.
-Voy a decirle a usted, querido señor-dijo él joven en voz baja y lentamente- lo que le ocurre a mi padre. La mala suerte le ha privado de sus facultades, y ya hace varios años que ha muerto para el arte, que era toda su vida. Se pasa los días enteros sentado delante del lienzo preparado, con la mirada rija en él; a eso llama pintar, y ya ha visto usted a qué extremos le lleva su exaltación. Además, está continuamente atormentado por una idea triste que me hace pasar una vida horrible; pero lo sobrellevo con paciencia, por considerarlo como una fatalidad que me ha arrastrado a mí, al tiempo que a él, a la desgracia. Si quiere usted distraerse de este mal rato, venga conmigo a ese otro aposento, donde podrá contemplar algunos cuadros de la época buena de mi padre.

Traugott quedóse admirado al ver una serie de cuadros pintados con arreglo al estilo holandés, que parecían obra de los más reputados maestros. La mayoría eran cuadros de género; por ejemplo: una reunión de personas que, de regreso de la caza, se distraían haciendo música, y otras escenas por el mismo orden, las cuales denotaban un talento grande, siendo, sobre todo, la expresión de las cabezas de lo mejor que se puede admirar. Ya se dirigía Traugott al salón grande cuando se fijó en un cuadro, ante el cual se quedó como petrificado. Representaba a una joven vestida a la antigua usanza alemana, y tenia absolutamente el mismo rostro del joven, con un poco más de color; también la estatura parecía más aventajada. Traugott sintióse estremecido de entusiasmo ante la contemplación de aquella hermosa mujer. El cuadro tenía la fuerza y la vida de una obra de Van Dyck. Los ojos, oscuros, miraban con arrobo a Traugott; los lindos labios, entreabiertos, parecía que susurraban dulces palabras.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! -suspiró Traugott ¿Dónde, dónde la podré encontrar?
-Vámonos de aquí -repuso el joven.
Pero Traugott insistió, como loco de alegría:
-Sí, es ella, es la amada de mi corazón, la que llevo hace tanto tiempo grabada en el alma, la que presentía. ¿Dónde, dónde está?
Al joven Berklinger se le saltaron las lágrimas y mostróse muy conmovido y como luchando con un dolor intenso; por fin logró dominarse, y con tono firme dijo:
-Venga, venga; ése es el retrato de mi desgraciada hermana Felicitas, que ha desaparecido para siempre. Nunca la verá usted.
Casi sin darse cuenta hallóse Traugott en la habitación inmediata. El anciano estaba aún dormido; pero de repente despertó, y mirando a Traugott con mirada iracunda, exclamó:
-¿Qué quiere usted? ¿Qué quiere usted?
El joven adelantóse y recordó a su padre que aquel señor había ido a ver su cuadro. Berklinger se quedó como pensando en todo aquello, visiblemente muy débil, y al fin dijo con voz opaca:
-Amigo mío, perdone a un viejo esta falta de memoria.
-Su nuevo cuadro-comenzó a decir Traugott-es admirable, yo no he visto otro igual en mi vida, y se necesita mucho estudio y mucho trabajo para llegar a pintar una cosa parecida. Yo creo que tengo algunas condiciones artísticas, y le ruego encarecidamente, querido maestro, que me acepte como discípulo.

Al anciano le alegró sobremanera la proposición; abrazó a Traugott y le prometió ser su maestro fiel. Traugott, pues, fue a diario a casa del anciano pintor, e hizo grandes progresos en el arte. El negocio, en cambio, le gustaba cada día menos; lo abandonó tanto que Elías Roos se quejaba de él constantemente, y al fin vio con satisfacción que Traugott dejó por completo de asistir al escritorio, so pretexto de una enfermedad desconocida, la cual también le sirvió de achaque para aplazar indefinidamente su boda, con gran indignación de Cristina.

-Su amigo Traugott-díjole un día un compañero a Elías Roos-debe de tener alguna preocupación seria, quizá algún asunto de amor antiguo que querrá resolver antes de casarse. Está palidísimo y descompuesto.
-Estaría bueno -repuso Elías Roos; y luego de transcurrir un rato continuó-: ¿Por qué no le había de hacer una trastada la picaruela de Cristina? El tenedor de libros está enamorado como un burro y le aprieta y le besa la mano siempre que tiene ocasión. Traugott también está enamoradísimo de mi hija, eso me consta... Quizá dándole celos... Voy a ver si le hago saltar.
Por más que hizo no pudo sacar nada en limpio, y al cabo de unos días dijo a su amigo:
-Ese Traugott es un homo de lo más raro, y no hay más remedio que dejarle con sus chifladuras. Si no tuviera en mi casa cincuenta mil duros, ya sabría yo lo que había de hacer con él.

Traugott hubiera sido completamente feliz con la vida que llevaba en las regiones del arte si su amor fogoso por la bella Felícitas, a la que veía con frecuencia en sueños, no le hubiese destrozado el corazón. El retrato desapareció. El anciano se lo llevó, y Traugott no podía preguntar por él sin exponerse a las iras del maestro. Por lo demás, el viejo Berklinger era cada vez más confiado, y consintió en que Traugott mejorase las condiciones de su pobre hogar en vez de pagarle honorarios por la enseñanza. Por el joven Berklinger supo Traugott que el anciano habia sufrido un engaño manifiesto al vender un cuadrito, y que aquel papel que Traugott cambió era parte del dinero recibido y su único patrimonio. Pocas veces podían hablar 'Traugott y el joven a solas, pues en cuanto el anciano los veía juntos procuraba interrumpir su conversación, llegando hasta tratar con dureza a su hijo. A Traugott le molestaba aquello, tanto más cuanto que quería entrañablemente al joven por su parecido con Felicitas. Había momentos en que le parecía que tenía junto a sí la imagen querida, que sentía el hálito dulce del amor, y de buena gana habría estrechado contra su corazón al joven, como si fuera la misma Felicitas.

Transcurrió el invierno; la primavera inundó de alegría montes y praderas. Elías Roos aconsejó a Traugott que se fuera a una cura de aguas o de régimen. Cristina volvió a ilusionarse con la boda, a pesar de que Traugott no la miraba casi ni trataba de reanudar su intimidad. Una liquidación indispensable retuvo un día a Traugott en el escritorio hasta más tarde de lo que solía, y hubo de retrasar la hora de la lección de pintura; tanto, que llegó a casa de Berklinger poco antes de anochecer. No halló a nadie en el aposento de fuera y oyó en el contiguo sonidos de laúd. Nunca había escuchado allí tal instrumento. Escuchó... Como un suspiro, acompañaba a los acordes un canto dulcísimo. Abrió la puerta y, ¡oh cielos!, con la espalda vuelta hacia él vio una figura de mujer vestida a la usanza antigua alemana, con un alto cuello de encaje exactamente igual al retrato. Al ruido que Traugott hizo, sin querer, abriendo la puerta, irguióse un poco, dejó el laúd sobre la mesa y volvió la cabeza. Era ella misma.

-¡Felicitas! -exclamó Traugott entusiasmado, tratando de arrodillarse ante la imagen divina; pero sintió que le cogían por detrás y que lo sacaban de allí a la fuerza.
-¡Traidor!.... ¡Malvado! -exclamó el viejo Berklinger tirando de él-. ¿Esta era tu afición al arte? ¿Quieres asesinarme?
Y lo echó violentamente. En su mano brillaba un cuchillo. Traugott salió huyendo escaleras abajo, y aturdido, medio loco de alegría y de susto, dirigióse apresurado a su casa.
Toda la noche estuvo dando vueltas en la cama sin lograr conciliar el sueño.
-¡Felícitas!... ¡Felicitas! -exclamaba una y otra vez, atormentado por el martirio del amor-. Estás ahí..., estás ahí, y no puedo verte, no puedo estrecharte en mis brazos. Me amas, lo sé. En el dolor que martiriza mortalmente mi corazón siento que me amas."

El sol penetraba por las ventanas del cuarto de Traugott; se levantó presuroso y decidió descubrir el secreto de la casa de Berklinger a toda costa. Dirigióse a la vivienda del anciano; pero quedóse parado al ver todas las ventanas abiertas y a las criadas que limpiaban las habitaciones. Se imaginó lo sucedido. Berklinger había abandonado la vivienda con su hijo a altas horas de la noche, y nadie sabía dónde se había marchado. Un carro con dos caballos llevaba las cajas con los cuadros y los dos cofres pequeños, que constituían todo el ajuar de Berklinger. Él y su hijo salieron media hora después. Todas las pesquisas para averiguar dónde se encontraban fueron inútiles; ningún alquilador había alquilado caballos ni coche a personas cuyas señas coincidiesen con las que daba Traugott; en las puertas de la ciudad tampoco obtuvo dato alguno; en una palabra, Berklinger había desaparecido como si lo hubiera cubierto el manto de Mefistófeles. Desesperado, retornó Traugott a su casa.

-¡Se ha marchado, se ha marchado... la amada de mi corazón!... ¡Todo, todo está perdido!
Así clamaba al pasar por delante de Elías Roos, que se encontraba en el portal de su casa, al dirigirse a su cuarto.
-¡Dios del cielo y de la tierra! -exclamó Elías, dándole vueltas a la peluca-. ¡Cristina... Cristina!... -comenzó a gritar al fin, haciendo retumbar con su voz toda la casa-. ¡Cristina!... ¡Infame! ¡Hija desnaturalizada! Los empleados del escritorio salieron asustados; el tenedor de libros preguntó emocionadísimo:
-¿Pero qué pasa, señor Roos? Este seguía gritando:
-¡Cristina! ¡Cristina!
La señorita Cristina apareció en la puerta de la calle, y mientras se quitaba el sombrero de paja preguntó por qué estaba su padre tan alborotado.
-No admito de ninguna manera tales paseos -dijo Elías Roos-. Mi futuro yerno es un hombre melancólico, y los celos le hacen sentirse turco. Hay que estar en casa, si no se quiere dar lugar a una desgracia. Ahí está mi socio llorando y gimiendo por la novia vagabunda.
Cristina miró asombrada al tenedor de libros, el cual indicó con una mirada expresiva al escritorio, donde se hallaba el armario de cristal en que Roos guardaba el licor de canela.
-Vamos a consolar al novio -continuó diciendo mientras se dirigía al cuarto de Traugott.

Cristina fue al suyo a cambiarse de vestido, a sacar la ropa y a dar órdenes a la cocinera para la comida del domingo, y al mismo tiempo oír alguna de las novedades de la ciudad, dejando para después el ir a ver qué le ocurría a su novio. Ya sabes, querido lector, que todos, en la situación de Traugott, hubiéramos pasado por diferentes fases, como no podía menos de sucederle a él. A la desesperación siguió una especie de sopor, y pasada esta crisis convirtióse en el dolor agudo que la Naturaleza suele emplear como método curativo. En este estado de dolor beneficioso estuvo Traugott durante varios días, en uno de los cuales dirigió sus pasos al Karlsberg, y de nuevo contempló las olas y las nubes grises que se cernían sobre Hela. Pero aquel día no se le ocurrió pensar en cuál sería su suerte futura; todo había desaparecido, todo lo que soñara y lo que anhelara.

-¡Ay! -suspiró-. ¡Qué amargo engaño fue mi vocación artística! Felícitas era la ilusión que me sedujo para creer en lo que no vivía, sino en la fantasía perturbada de un enfermo. Y ha desparecido... Vuelta a la cárcel..., que se ha cerrado tras de mí.

Traugott volvió a trabajar en el escritorio, y la boda con Cristina fijóse de nuevo para una época determinada. El día antes de llegar ésta hallábase Traugott en el salón de Artús, mirando con tristeza las figuras del viejo burgomaestre y su paje, cuando descubrió al agente que en una ocasión quería negociar el papel de Berklinger. Sin reflexionar sobre lo que hacía, casi inconscientemente, acercóse a él y le preguntó:

-¿Conocía usted a aquel viejo extraño de la barba negra rizada que hace algún tiempo solía andar por aquí acompañado de un bello joven?
-¡Cómo no había de conocerle! -respondió el agente-. Era el pintor loco Godofredo Berklinger. -¿Sabe usted qué ha sido de él y dónde se encuentra? -preguntó de nuevo Traugott.
-Ya lo creo -respondió el agente-. Está tranquilo en Sorrento, con su hija, hace una temporada.
-¿Con su hija Felícitas? -exclamó Traugott tan alto y con tanta viveza que todo el mundo se volvió hacia él.
-Claro está -continuó el agente muy tranquilo-,el joven que le acompañaba aquí era ella. Medio Danzig sabía que era una muchacha, a pesar de que el pobre loco suponía que todos lo ignoraban. Le habían predicho que en cuanto su hija se enamorase de alguien moriría él de muerte trágica, y por esta causa trataba de que nadie supiese que tenía una hija, y la hacía pasar por muchacho. Asombrado quedóse Traugott, permaneciendo inmóvil durante un rato; luego echó a correr por las calles y salió al campo, repitiéndose en alta voz: "¡Desgraciado de mí! Era ella...; a su lado he pasado días enteros..., he comido miles de veces..., me he mirado en sus divinos ojos..., he respirado su aliento..., he escuchado sus palabras..., y todo lo he perdido... No, no lo quiero perder. Iré tras ella al país del arte...; la suerte me llama..; me voy a Sorrento."
Volvió a casa. Elías Roos le salió al encuentro, y al verle le sujetó y le obligó a entrar en su cuarto.
-No quiero casarme con Cristina -exclamó-. Se parece a las voluptas y a las Luxuries y tiene los cabellos como las Ira de las pinturas del salón de Artús. ¡Oh, Felícitas, Felícitas!... ¡Divina amada mía!... ¡Tú me tiendes los brazos amorosos!... Ya voy..., ya voy. Y ha de saber usted, Elías -continuó, zarandeando al comerciante-, que no me volverá usted a ver en su maldito escritorio. Me revientan sus libros mayores y sus cuentas. Yo soy un pintor de los mejores; Berklinger es mi maestro, mi padre, mi todo, y usted no es nada, nada.
Y sacudía a Elías Roos, quien gritaba con toda su alma:
-¡Auxilio! ¡ Auxilio!... ¡A mí, a mí; mi yerno se ha vuelto loco... mi socio está furioso!... ¡Auxilio!... ¡Auxilio!....
Todos los empleados acudieron a los gritos; Traugott había soltado a Elías Roos, y, agotado, cayó en una butaca. Todos le rodearon, y él se levantó de un salto, gritando: -¿Qué queréis?
Entonces salieron todos en fila, llevando en medio a Roos. A poco oyóse rumor de seda y una voz que preguntaba:
-¿Es verdad que se ha vuelto usted loco, querido señor Traugott, o es que está usted bromeando?
Era Cristina.
-No me he vuelto loco, ni mucho menos, ángel mío -respondió Traugott-; pero tampoco estoy bromeando. Tranquilícese usted, querida; nuestra boda no se celebrará mañana, ni nunca.
-No es necesario -repuso Cristina, muy serena-; hace mucho tiempo que no me gusta usted nada, y hay personas que se han sabido hacer querer y pueden conducir al altar a la bella Cristina Roos... Adiós.

Y salió de la habitación.
"Se refiere al tenedor de libros", pensó Traugott. Más tranquilo, dirigióse al despacho de Roos y le expuso su deseo de que no contara con él ni para yerno ni para socio. Elías Roos avínose a todo, y en el escritorio aseguró más de una vez que daba gracias a Dios de verse libre del loco Traugott... cuando éste estaba lejos, muy lejos de Danzig. A Traugott parecióle la vida digna de vivirse cuando se halló en el país deseado. En Roma los artistas alemanes lo recibieron en su círculo, y resultó que pasó más tiempo allí del que podía suponerse, dado su anhelo por encontrar a Felicitas. Su afán, sin embargo, se había enfriado un poco; la veía como un sueño delicioso que perfumaba toda su vida, y creía que su manera de ser y el ejercicio de su arte estaban dirigidos a una región más alta y sobrenatural. Todas las figuras de mujer que creaba su mente de artista tenían los rasgos de la divina Felícitas. A los artistas jóvenes chocóles no poco aquel rostro admirable cuyo original no encontraban en Roma, y abrumaban a preguntas a Traugott para que les dijese dónde había visto aquella hermosura.

Traugott tenía cierto temor de contarles su extraña historia de Danzig, hasta que una vez, algunos meses más tarde, un amigo de Köningsberg, llamado Matuszewski, que en Roma vivía en relación con los artistas, le aseguró que había visto en la misma ciudad a la muchacha que Traugott pintaba en todos sus cuadros. Fácil de imaginar es el entusiasmo de Traugott; no tuvo oculto más tiempo el motivo de su afán por el arte y de su viaje a Italia, y todos encontraron la aventura de Danzig tan rara e interesante que le prometieron ayudarle a encontrar a la amada. Los esfuerzos de Matuszewski fueron los más fructuosos: dio con la vivienda de la muchacha, y averiguó que era hija de un pintor viejo que precisamente estaba revocando la pared de la iglesia Trinitá del Monte. Traugott se dirigió con Matuszewski a la plaza donde se hallaba esta iglesia y creyó reconocer a Berklinger en el pintor que estaba encaramado en un alto andamio. Desde allí dirigiéronse apresurados los dos amigos a la casa del pintor, cuidando de no decirle una palabra.

-Ella es -exclamó Traugott cuando distinguió a la hija del pintor, que, ocupada en una labor de aguja, estaba en el balcón-. ¡Felicitas!... ¡Mi Felicitas! -gritó Traugott, penetrando en la casa como una tromba.

La muchacha le miró asustada. Tenía los mismos rasgos que Felícitas, pero no era ella. Traugott sintió un dolor como si le atravesaran el corazón con mil puñales. Matuszewski explicó en dos palabras el caso a la joven. Estaba admirable con sus mejillas cubiertas de un rubor divino y los ojos bajos, y Traugott, que en el primer momento trató de escapar, quedóse como sujeto por lazos fuertes cuando dirigió una mirada a la linda criatura. Dorina levantó las oscuras cortinas de sus ojos y miró al extranjero con sonrisa amable, diciendo que su padre volvería pronto del trabajo y se alegraría mucho de encontrar en su casa artistas alemanes, por los que tenía verdadera admiración. Traugott hubo de confesarse que, fuera de Felicitas, ninguna mujer le había impresionado tanto como Dorina. Era, en realidad, casi igual a Felícitas; pero sus rasgos parecían más acusados y el cabello más oscuro. Era el mismo retrato, pintado por Rafael y por Rubens. Al poco tiempo llegó el viejo, y Traugott vio que el alto andamio le había equivocado por completo. En vez de un hombre fuerte como era Berklinger, tenía delante un viejecillo delgado, tímido, agobiado por la pobreza. Una sombra engañosa le hizo ver en su cara afeitada la barba negra de Berklinger. En cuestiones de arte mostró el viejo conocimientos verdaderamente prácticos, y Traugott decidió cultivar una amistad que en el primer momento tan dolorosa le resultara, pero que luego le pareció muy agradable. Dorina, que era la bondad y la sencillez personificadas, dejó pronto traslucir su inclinación por el joven pintor. Traugott correspondió a ella encantado. Se habituó de tal modo a aquella muchacha de quince años, que se pasaba días enteros con la reducida familia; trasladó su estudio a una habitación espaciosa que estaba vacía, junto a la casa, y concluyó por vivir con ellos. De este modo mejoró su situación económica con delicadeza, haciéndoles participar de su bienestar, y el viejo tuvo la seguridad de que Traugott pretendía casarse con su hija, dándoselo a entender lo más claro que pudo. Traugott se asustó un poco, pues aquello le hizo pensar en el objeto de su viaje. 'tenía siempre a Felicitas delante, y, sin embargo, parecíale que no podía separarse de Dorina. Lo más raro era que no pensaba en la desaparecida para su mujer. Felicitas se le representaba como una imagen espiritual, que nunca perdería para siempre, pero que no lograría alcanzar. Eterna compañía espiritual de la amada..., jamás posesión física. Dorina, en cambio, se le aparecía como su mujer. Sentíase ante ella estremecido por sacudidas dulcísimas, su sangre corría más de prisa por sus venas, y sin embargo, le parecía que era hacer traición a su antiguo amor el unirse a nadie con lazos indisolubles. Traugott luchaba con los más encontrados sentimientos: no podía decidirse; esquivó al viejo. Este creyó que Traugott trataba de engañarle a él y a su hija querida. Habló del matrimonio de Traugott con su hija como de cosa convenida, y dejó traslucir que sólo en ese supuesto había permitido su relación con Dorina, que de otro modo sólo podía servir para hacerle perder la fama.

La sangre italiana del viejo se encendió al fin, y declaró un día a Traugott que o se casaba con su hija o se marchaba inmediatamente, pues no le consentiría que pasase una hora más a su lado. Traugott quedóse confuso e irritado. Parecióle que el viejo era uno de tantos padres que quieren aprovecharse de las circunstancias para colocar a sus hijas, y consideró su conducta como una traición grosera y repugnante hacia Felicitas. La despedida de Dorina le destrozó el corazón; pero se soltó valientemente de los lazos que él creía podían sujetarlo. Dirigióse apresurado a Nápoles y a Sorrento. Transcurrió un año de minuciosas pesquisas tras las huellas de Berklinger y de su hija- pero todo en vano: nadie sabía nada de ellos. Todo lo que pudo sacar en limpio fue una ligera suposición, basada en el dicho de que hacía varios años visitó Sorrento un pintor alemán. Como las olas del mar, que van y vienen sin cesar, estuvo

Traugott en algún tiempo, hasta que al fin se estableció en Nápoles, dedicándose al arte y consiguiendo al cabo que su pasión por Felicitas fuese cediendo en intensidad. Ninguna muchacha le parecía semejante a Dorina, en figura ni en porte, y cuando contemplaba a alguna sentía hondamente la pérdida de aquella dulce niña. Cuando pintaba, nunca pensaba en Dorina, sino en Felicitas; ésta continuaba siendo su ideal. Pasado bastante tiempo recibió cartas de su ciudad natal. Elías Roos, según le anunciaba el notario, había entregado su alma a Dios, y era necesaria la presencia de Traugott para entenderse y ponerse de acuerdo con el tenedor de libros, que, como marido de la señorita Cristina, se había puesto al frente del negocio. En el primer correo salió Traugott para Danzig. Allí volvió a encofrarse en el salón de Artús; entre las columnas de granito y frente a las figuras del burgomaestre y de su paje recordó su aventura extraordinaria, y, acometido de una profunda melancolía, quedóse contemplando al bello joven, que parecía mirarle con ojos expresivos y decirle con una voz dulcísima: "No podías separarte de mí."

-¿No me engañan mis ojos? ¿Está su excelencia ya de vuelta, sano y salvo y curado de su melancolía?
Así graznó junto a Traugott una voz ronca, que pertenecía a su amigo, el conocido agente.
-No los he encontrado -dijo Traugott casi involuntariamente.
-¿A quiénes, a quiénes no ha encontrado su excelencia? -preguntó el agente.
-Al pintor Godofredo Berklinger y a su hija Felicitas -repuso Traugott-. Los he buscado por toda Italia; en Sorrento nadie me dio razón de ellos.
El agente le miró asombrado, y, con los ojos muy abiertos, murmuró al cabo de un rato:
-¿Dónde ha ido su excelencia a buscar al pintor y a su hija Felicitas? ¿A Italia? ¿A Nápoles? ¿A Sorrento?
-Naturalmente -replicó Traugott, iracundo.
El agente cruzó varias veces las manos, exclamando al tiempo:
-¡Gran Dios! ¡Gran Dios! ¡Pero señor Traugott, señor Traugott!
-¿Qué es lo que tanto le admira? -continuó éste-. No haga tanto aspaviento. No creo que tiene nada de particular ir a Sorrento detrás de la amada. Sí, yo estaba enamorado de Felicitas y me fui a buscarla.
El agente seguía dando saltos en un pie y no cesaba de exclamar:
-¡Gran Dios! ¡Gran Dios!
Hasta que Traugott le cogió por el cuello y, mirándolo indignado, le preguntó:
-¿Quiere usted decirme, con mil diablos, qué es lo que encuentra de extraño en todo esto?
-Pero, señor Traugott -respondió al fin el agente-, ¿no sabe usted que el señor Brandstetter nuestro respetable consejero municipal y decano, llama Sorrento a la finca que posee al pie del Karlsberg, en bosque de abetos, camino de Konradshammer? Este individuo compró sus cuadros a Berklinger y se lo llevó con su hija a su casa, es decir, a Sorrento. Allí vivieron varios años, y allí habría podido usted contemplar a la bella Felicitas, paseándose por el jardín con su traje a usanza antigua alemana, como el retrato que tanto le encantó, sólo con que se hubiera molestado en subir a media ladera del Karlsberg, y sin necesidad de ir a Italia. Luego, el viejo...; pero ésta es una triste historia.
-Cuente, cuente -dijo Traugott con voz sorda.
-Pues verá -continuó el agente-: volvió de Inglaterra el hijo de Brandstetter, vio a la señorita Felicitas y se enamoró de ella. La sorprendió en el jardín un día, cayó de rodillas a sus pies a la manera más romántica y juró que había de casarse con ella y libertarla de la tiranía de su padre. El anciano estaba detrás de los jóvenes, sin que ellos lo advirtieran, y en el momento en que Felicitas dijo: "Seré tuya", cayó al suelo lanzando un grito espantoso, y quedó muerto. Debía de estar horrible..., morado y sanguinolento, pues no se sabe cómo le saltó una vena. Felicitas no quiso nada desde aquel momento con el joven Brandstetter, y transcurrido algún tiempo se casó con el magistrado Mathesius de Marienwerder. Allí puede su excelencia visitar a la señora del magistrado, como una relación antigua. Marienwerder no está lejos como el Sorrento de Italia. La amable señora debe de estar muy bien y tener varios hijos.

Mudo y pensativo alejóse de allí Traugott. Aquel desenlace de su aventura le llenó de rabia y de tristeza. "No, no es ella -decíase a sí mismo-, no es ella... no es Felicitas, la criatura angelical, la que encendió en mi pecho una pasión inmensa, tras la que he recorrido países lejanos, viéndola siempre como la estrella luminosa de mi esperanza. ¡Felicitas... esposa del magistrado Mathesius!... ¡Ja, ja, ja!" Traugott, riendo a carcajadas, salió corriendo, como en otro tiempo, por la puerta Oliva, atravesando Langfuhr hasta el Karlsberg. Desde allí contemplo Sorrento con lágrimas en los ojos.

-¡Ah! -exclamó-. ¡Cuán hondamente hiere el pobre pecho del hombre esa fuerza misteriosa que todo lo gobierna! Pero no, no, no, no se puede quejar de dolores incurables quien se arroja a las llamas en vez de mantenerse a cierta distancia del fuego, para gozar del calor y de la luz. La forma me atrajo con fuerza; pero mi mirada no supo distinguir el ser extraordinario, y, engañado, imaginé que lo creado por el maestro adquiría vida para rebajarse conmigo hasta las tristezas de la vida terrena. No, no, yo no te he perdido, Felicitas; vives en mí eternamente, pues eres la facultad creadora y artística que alienta en mí. Hasta ahora no te he reconocido. ¿Qué tienes tú que ver, ni yo tampoco, con la esposa del magistrado Mathesius? Nada, absolutamente nada.
-No sabía que tuviera usted relación alguna con ellos, querido Traugott -dijo una voz.

Traugott despertó de su sueño. Encontróse, sin saber cómo, en el salón de Artús, apoyado en una de las columnas de granito. El que le dirigía la palabra era el marido de Cristina, quién le entregó una carta recién llegada de Roma. Era de Matuszewski, que le escribía: "Dorina está más guapa y más simpática que nunca, aunque un poco pálida y triste, pensando en ti, querido amigo. Te espera a todas horas, pues tiene el convencimiento de que no has de abandonarla. Te quiere apasionadamente. ¿Cuándo te vemos por aquí otra vez?"

-Me alegro mucho -dijo Traugott al marido de Cristina- que hayamos terminado hoy nuestros asuntos, pues mañana me voy a Roma, donde me espera ansiosa una novia querida".

E.T.A. Hoffmann