"He aquí la historia que me contó Chen Lin-Cheng: Un viejo amigo suyo estaba echado a la hora de la siesta, un día de verano, cuando vio, medio dormido, la vaga figura de una mujer que, eludiendo a la portera, se introducía en la casa vestida de luto: cofia blanca, túnica y falda de cáñamo. Se dirigió a las habitaciones interiores y el viejo, al principio, creyó que era una vecina que iba a hacerles una visita; después reflexionó: «¿Cómo se atrevería a entrar en la casa del prójimo con semejante indumentaria?»
Mientras permanecía sumergido en la perplejidad, la mujer volvió sobre sus pasos y penetró en la habitación. El viejo la examinó atentamente: la mujer tendría unos treinta años; el matiz amarillento de su piel, su rostro hinchado y su mirada sombría le daban un aspecto terrible. Iba y venía por la habitación, aparentemente sin intención ninguna de abandonarla; incluso se acercaba a la cama. Él fingía dormir para mejor observar cuanto hacía.
De pronto, ella se levantó un poco la falda y saltó a la cama, sentándose en el vientre del viejo; parecía pesar tres mil libras. El viejo conservaba por completo la lucidez, pero cuando quiso levantar la mano se encontró con que la tenía encadenada; cuando quiso mover un pie, lo tenía paralizado. Sobrecogido de terror, trató de gritar, pero, desgraciadamente, no era dueño de su voz. La mujer, mientras tanto, le olfateaba la cara, las mejillas, la nariz, las cejas, la frente. En toda la cara sintió su aliento, cuyo soplo helado lo penetraba hasta los huesos. Imaginó una estratagema para librarse de aquella angustia: cuando ella llegara al mentón, él trataría de morderla. Poco después ella, en efecto, se inclinó para olerle la barbilla. El viejo la mordió con todas sus fuerzas, tanto que los dientes penetraron en la carne.
Bajo la impresión del dolor la mujer se tiró al suelo, debatiéndose y lamentándose, mientras él apretaba las mandíbulas con más energía. La sangre resbalaba por su barbilla e inundaba la almohada. En medio de esta lucha encarnizada el viejo oyó, en el patio, la voz de su mujer.
-¡Un fantasma! -gritó en el acto.
Pero apenas abrió la boca, el monstruo se desvaneció, como un suspiro.
La mujer acudió a la cabecera de su marido; no vio nada y se burló de la ilusión, causada, pensó ella, por una pesadilla. Pero el viejo insistió en su narración y, como prueba evidente, le enseñó la mancha de sangre: parecía agua que hubiera penetrado por una fisura del techo y empapado la almohada y la estera. El viejo acercó la cara a la mancha y respiró una emanación pútrida; se sintió presa de un violento acceso de vómitos, y durante muchos días tuvo la boca apestada, con un hálito nauseabundo".
P'ou Song-Ling
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
El Recolector de Historias
martes, 17 de febrero de 2015
lunes, 16 de febrero de 2015
"El Juicio"
"En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes lo envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.
Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo, pero el hombre decía: "Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?" Era un hombre pobre pero nunca vendió su caballo.
Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo:
-Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Qué desgracia!
-No vayan tan lejos -dijo el viejo-. Simplemente digan que el caballo no estaba en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es juicio de ustedes. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es un fragmento.¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?
La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.
De nuevo se reunió la gente diciendo:
-Tenías razón, viejo. No fue una desgracia sino una verdadera suerte.
-De nuevo están yendo demasiado lejos -dijo el viejo-. Digan sólo que el caballo ha vuelto... ¿quién sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Están leyendo apenas una palabra en una oración. ¿Cómo pueden juzgar el libro entero?
Esta vez la gente no pudo decir mucho más, pero por dentro sabían que estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos...
El viejo tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las dos piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar:
-De nuevo tuviste razón -dijeron-. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y a tu edad él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca.
-Están obsesionados con juzgar -dijo el viejo-. No vayan tan lejos, sólo digan que mi hijo se ha roto las dos piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos y nunca se nos da más que esto.
Sucedió que pocas semanas después el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo eran llevados por la fuerza al ejército. Sólo se salvó el hijo del viejo porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes no volverían.
-Tenías razón, viejo, era una fortuna. Aunque tullido, tu hijo aún está contigo. Los nuestros se han ido para siempre.
-Siguen juzgando -dijo el viejo-. Nadie sabe. Sólo digan que sus hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Sólo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda.
No juzgues o jamás serás uno con el todo. Te quedarás obsesionado con fragmentos, sacarás conclusiones de pequeñas cosas. Una vez que juzgas, has dejado de crecer".
Anónimo
Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo, pero el hombre decía: "Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?" Era un hombre pobre pero nunca vendió su caballo.
Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo:
-Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Qué desgracia!
-No vayan tan lejos -dijo el viejo-. Simplemente digan que el caballo no estaba en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es juicio de ustedes. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es un fragmento.¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?
La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.
De nuevo se reunió la gente diciendo:
-Tenías razón, viejo. No fue una desgracia sino una verdadera suerte.
-De nuevo están yendo demasiado lejos -dijo el viejo-. Digan sólo que el caballo ha vuelto... ¿quién sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Están leyendo apenas una palabra en una oración. ¿Cómo pueden juzgar el libro entero?
Esta vez la gente no pudo decir mucho más, pero por dentro sabían que estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos...
El viejo tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las dos piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar:
-De nuevo tuviste razón -dijeron-. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y a tu edad él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca.
-Están obsesionados con juzgar -dijo el viejo-. No vayan tan lejos, sólo digan que mi hijo se ha roto las dos piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos y nunca se nos da más que esto.
Sucedió que pocas semanas después el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo eran llevados por la fuerza al ejército. Sólo se salvó el hijo del viejo porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes no volverían.
-Tenías razón, viejo, era una fortuna. Aunque tullido, tu hijo aún está contigo. Los nuestros se han ido para siempre.
-Siguen juzgando -dijo el viejo-. Nadie sabe. Sólo digan que sus hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Sólo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda.
No juzgues o jamás serás uno con el todo. Te quedarás obsesionado con fragmentos, sacarás conclusiones de pequeñas cosas. Una vez que juzgas, has dejado de crecer".
Anónimo
domingo, 15 de febrero de 2015
"Historia Verídica"
"A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora".
Julio Cortázar
Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora".
Julio Cortázar
sábado, 14 de febrero de 2015
"Sennin"
"Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.
Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:
-Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin1. ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?
El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.
-¿No me oyó usted, señor Empleado? -dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?
-Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá...
Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:
-Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente, si no lo cumple.
Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:
-Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto -se apresuró a alegar el empleado-, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.
Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.
Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:
-Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?
Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.
-Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.
-¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.
El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.
Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, le regañó malhumorado:
-Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?
La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:
-Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú, apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.
Esta frase hizo callar a su marido.
A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:
-Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.
-Bien señor, no es mucho lo que puedo decirle -replicó Gonsuké-. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero... justamente lo que sentía en ese instante.
-Entonces -prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?
-Sí, señora, con tal de serlo.
-Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.
-¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.
-Pero -añadió ella-, de aquí a veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?
-Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.
De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo, tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.
Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.
Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.
-Y ahora, señor -prosiguió Gonsuké-. ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?
-Y ahora ¿qué hacemos? -suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.
-Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga -concluyó el doctor y se alejó torpemente.
La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:
-Muy bien, entonces se lo enseñaré yo, pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.
-Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea -contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.
-Bueno -dijo ella-, entonces trepe a ese pino del jardín.
Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.
-Más alto -le gritaba ella-, más alto, hasta la cima.
De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.
-Ahora suelte la mano derecha.
Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.
-Suelte también la mano izquierda.
-Ven, ven, mi buena mujer -dijo al fin su marido atisbando las alturas-. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.
-En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?
En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego... y luego... Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.
-Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin -dijo Gonsuké desde lo alto.
Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes".
Ryunosuke Akutagawa
Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:
-Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin1. ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?
El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.
-¿No me oyó usted, señor Empleado? -dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?
-Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá...
Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:
-Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente, si no lo cumple.
Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:
-Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto -se apresuró a alegar el empleado-, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.
Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.
Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:
-Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?
Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.
-Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.
-¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.
El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.
Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, le regañó malhumorado:
-Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?
La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:
-Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú, apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.
Esta frase hizo callar a su marido.
A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:
-Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.
-Bien señor, no es mucho lo que puedo decirle -replicó Gonsuké-. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero... justamente lo que sentía en ese instante.
-Entonces -prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?
-Sí, señora, con tal de serlo.
-Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.
-¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.
-Pero -añadió ella-, de aquí a veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?
-Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.
De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo, tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.
Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.
Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.
-Y ahora, señor -prosiguió Gonsuké-. ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?
-Y ahora ¿qué hacemos? -suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.
-Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga -concluyó el doctor y se alejó torpemente.
La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:
-Muy bien, entonces se lo enseñaré yo, pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.
-Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea -contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.
-Bueno -dijo ella-, entonces trepe a ese pino del jardín.
Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.
-Más alto -le gritaba ella-, más alto, hasta la cima.
De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.
-Ahora suelte la mano derecha.
Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.
-Suelte también la mano izquierda.
-Ven, ven, mi buena mujer -dijo al fin su marido atisbando las alturas-. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.
-En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?
En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego... y luego... Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.
-Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin -dijo Gonsuké desde lo alto.
Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes".
Ryunosuke Akutagawa
viernes, 13 de febrero de 2015
"El Jardín Engañoso"
"No ha muchos años que en la hermosísima y noble ciudad de Zaragoza, divino milagro de la naturaleza y glorioso trofeo del Reino de Aragón, vivía un caballero noble y rico, y él por sus partes merecedor de tener por mujer una gallarda dama, igual en todo a sus virtudes y nobleza, que este es el más rico don que se puede alcanzar. Diole el cielo por fruto de su matrimonio dos hermosísimos soles, que tal nombre se puede dar a dos bellas hijas: la mayor llamada Constanza, y la menor Teodosia; tan iguales en belleza, discreción y donaire, que no desdecía nada la una de la otra. Eran estas dos bellísimas damas tan acabadas y perfectas, que eran llamadas, por renombre de riqueza y hermosura, las dos niñas de los ojos de su patria.
Llegando, pues, a los años de discreción, cuando en las doncellas campea la belleza y donaire, se aficionó de la hermosa Constanza don Jorge, caballero asimismo natural de la misma ciudad de Zaragoza, mozo, galán y rico, único heredero en la casa de sus padres, que aunque había otro hermano, cuyo nombre era Federico, como don Jorge era el mayorazgo, le podemos llamar así.
Amaba Federico a Teodosia, si bien con tanto recato de su hermano, que jamás entendió de él esta voluntad, temiendo que como hermano mayor no le estorbase estos deseos, así por esto como por no llevarse muy bien los dos.
No miraba Constanza mal a don Jorge, porque agradecida a su voluntad le pagaba en tenérsela honestamente, pareciéndole, que habiendo sus padres de darle esposo, ninguno en el mundo la merecía como don Jorge. Y fiada en esto estimaba y favorecía sus deseos, teniendo por seguro el creer que apenas se la pediría a su padre, cuando tendría alegre y dichoso fin este amor, si bien le alentaba tan honesta y recatadamente, que dejaba lugar a su padre para que en caso de que no fuese su gusto el dársele por dueño, ella pudiese, sin ofensa de su honor dejarse de esta pretensión.
No le sucedió tan felizmente a Federico con Teodosia porque jamás alcanzó de ella un mínimo favor, antes le aborrecía con todo extremo, y era la causa amar perdida a don Jorge, tanto que empezó a trazar y buscar modos de apartarle de la voluntad de su hermana, envidiosa de verla amada, haciendo eso tan astuta y recatada que jamás le dio a entender ni al uno ni al otro su amor.
Andaba con estos disfavores don Federico tan triste, que ya era conocida, si no la causa, la tristeza. Reparando en ello Constanza, que por ser afable y amar tan honesta a don Jorge no le cabía poca parte a su hermano; y casi sospechando que sería Teodosia la causa de su pena por haber visto en los ojos de Federico algunas señales, la procuró saber y fuele fácil, por ser los caballeros muy familiares amigos de su casa, y que siéndolo también los padres facilitaba cualquiera inconveniente.
Tuvo lugar la hermosa Constanza de hablar a Federico, sabiendo de él a pocos lances la voluntad que a su hermana tenía y los despegos con que ella le trataba. Mas con apercibimiento que no supiese este caso don Jorge, pues, como se ha dicho, se llevaban mal.
Espantose Constanza de que su hermana desestimase a Federico, siendo por sus partes digno de ser amado. Mas como Teodosia tuviese tan oculta su afición, jamás creyó Constanza que fuese don Jorge la causa, antes daba la culpa a su desamorada condición, y así se lo aseguraba a Federico las veces que de esto trataban, que eran muchas, con tanto enfado de don Jorge, que casi andaba celoso de su hermano, y más viendo a Constanza tan recatada en su amor, que jamás, aunque hubiese lugar, se lo dio de tomarle una mano.
Estos enfados de don Jorge despertaron el alma a Teodosia a dar modo como don Jorge aborreciese de todo punto a su hermana, pareciéndole a ella que el galán se contentaría con desamarla, y no buscaría más venganza, y con esto tendría ella el lugar que su hermana perdiese. Engaño común en todos los que hacen mal, pues sin mirar que le procuran al aborrecido, se le dan juntamente al amado.
Con este pensamiento, no temiendo el sangriento fin que podría tener tal desacierto, se determinó decir a don Jorge que Federico y Constanza se amaban, y pensado lo puso en ejecución, que amor ciego ciegamente gobierna y de ciegos se sirve; y así, quien como ciego no procede, no puede llamarse verdaderamente su cautivo.
La ocasión que fortuna dio a Teodosia fue hallarse solos Constanza y don Jorge, y el galán enfadado, y aún, si se puede decir, celoso de haberla hallado en conversación con su aborrecido hermano, dando a él la culpa de su tibia voluntad, no pudiendo creer que fuese recato honesto que la dama con él tenía, la dijo algunos pesares, con que obligó a la dama que le dijese estas palabras:
-Mucho siento, don Jorge, que no estiméis mi voluntad, y el favor que os hago en dejarme amar, sino que os atreváis a tenerme en tan poco, que sospechando de mí lo que no es razón, entre mal advertidos pensamientos, me digáis pesares celosos: y no contento con esto, os atreváis a pedirme más favores que los que os he hecho, sabiendo que no los tengo de hacer. A sospecha tan mal fundada como la vuestra no respondo, porque si para vos no soy más tierna de lo que veis, ¿por qué habéis de creer que lo soy de vuestro hermano? A lo demás que decís, quejándoos de mi desabrimiento y tibieza, os digo, para que no os canséis en importunarme, que mientras que no fuéredes mi esposo no habéis de alcanzar más de mí. Padres tengo, su voluntad es la mía, y la suya no debe de estar lejos de la vuestra mediante vuestro valor. En esto os he dicho todo lo que habéis de hacer, si queréis darme gusto, y en lo demás será al contrario.
Y diciendo esto, para no dar lugar a que don Jorge tuviera algunas desenvolturas amorosas, le dejó y entró en otra sala donde había criados y gente.
No aguardaba Teodosia otra ocasión más que la presente para urdir su enredo, y habiendo estado a la mira y oído lo que había pasado, viendo quedar a don Jorge desabrido y cuidadoso de la resolución de Constanza, se fue adonde estaba y le dijo:
-No puedo ya sufrir ni disimular, señor don Jorge, la pasión que tengo de veros tan perdido y enamorado de mi hermana, y tan engañado en esto como amante suyo; y así, si me dais palabra de no decir en ningún tiempo que yo os he dicho lo que sé y os importa saber, os diré la causa de la tibia voluntad de Constanza.
Alterose don Jorge con esto, y sospechando lo mismo que la traidora Teodosia le quería decir, deseando saber lo que le había de pesar de saberlo, propia condición de amantes, le juró con bastantes juramentos tener secreto.
-Pues sabed -dijo Teodosia- que vuestro hermano Federico y Constanza se aman con tanta terneza y firme voluntad, que no hay para encarecerlo más que decir que tienen concertado de casarse. Dada se tienen palabra, y aun creo que con más arraigadas prendas; testigo yo, que sin querer ellos que lo fuese, oí y vi cuanto os digo, cuidadosa de lo mismo que ha sucedido. Esto no tiene ya remedio, lo que yo os aconsejo es que como también entendido llevéis este disgusto, creyendo que Constanza no nació para vuestra, y que el cielo os tiene guardado solo la que os merece. Voluntades que los cielos conciertan en vano las procuran apartar las gentes. A vos, como digo, no ha de faltar la que merecéis, ni a vuestro hermano el castigo de haberse atrevido a vuestra misma dama.
Con esto dio fin Teodosia a su traición, no queriendo por entonces decirle nada de su voluntad, porque no sospechase su engaño. Y don Jorge principió a una celosa y desesperada cólera, porque en un punto ponderó el atrevimiento de su hermano, la deslealtad de Constanza, y haciendo juez a sus celos y fiscal a su amor, juntando con esto el aborrecimiento con que trataba a Federico, aun sin pensar en la ofensa, dio luego contra él rigurosa y cruel sentencia. Mas disimulando por no alborotar a Teodosia, le agradeció cortésmente la merced que le hacía, prometiendo el agradecimiento de ella, y por principio tomar su consejo y apartarse de la voluntad de Constanza, pues se empleaba en su hermano más acertadamente que en él.
Despidiéndose de ella, y dejándole en extremo alegre, pareciéndole que defraudado don Jorge de alcanzar a su hermana, le sería a ella fácil el haberle por esposo. Mas no le sucedió así, que un celoso cuanto más ofendido, entonces ama más.
Apenas se apartó don Jorge de la presencia de Teodosia, cuando se fue a buscar su aborrecido hermano, si bien primero llamó un paje de quien fiaba mayores secretos, y dándole cantidad de joyas y dineros, con un caballo le mandó que le guardase fuera de la ciudad, en un señalado puesto.
Hecho esto, se fue a Federico, y le dijo que tenía ciertas cosas para tratar con él, para lo cual era necesario salir hacia el campo.
Hízolo Federico, no tan descuidado que no se recelase de su hermano, por conocer la poca amistad que le tenía. Mas la fortuna que hace sus cosas como le da gusto, sin mirar méritos ni ignorancias, tenía ya echada la suerte por don Jorge contra el miserable Federico, porque apenas llegaron a un lugar a propósito, apartado de la gente, cuando sacando don Jorge la espada, llamándole robador de su mayor descanso y bien, sin darle lugar a que sacase la suya, le dio una tan cruel estocada por el corazón, que la espada salió a las espaldas, rindiendo a un tiempo el desgraciado Federico el alma a Dios y el cuerpo a la tierra.
Muerto el malogrado mozo por la mano del cruel hermano, don Jorge acudió adonde le aguardaba su criado con el caballo, y subiendo en él con su secretario a las ancas, se fue a Barcelona, y de allí, hallando las galeras que se partían a Nápoles, se embarcó en ellas, despidiéndose para siempre de España.
Fue hallado esta misma noche el mal logrado Federico muerto y traído a sus padres, con tanto dolor suyo y de toda la ciudad, que a una lloraban su desgraciada muerte, ignorándose el agresor de ella, porque aunque faltaba su hermano, jamás creyeron que él fuese dueño de tal maldad, si bien por su fuga se creía haberse hallado en el desdichado suceso. Sola Teodosia, como la causa de tal desdicha, pudiera decir en esto la verdad; mas ella callaba, porque le importaba hacerlo.
Sintió mucho Constanza la ausencia de don Jorge, mas no de suerte que diese que sospechar cosa que no estuviese muy bien a su opinión, si bien entretenía el casarse, esperando saber algunas nuevas de él.
En este tiempo murió su padre, dejando a sus hermosas hijas con gran suma de riqueza, y a su madre por su amparo. La cual, ocupada en el gobierno de su hacienda, no trató de darlas estado en más de dos años, ni a ellas se les daba nada, ya por aguardar la venida de su amante, y parte por no perder los regalos que de su madre tenían, sin que en todo este tiempo se supiese cosa alguna de don Jorge; cuyo olvido fue haciendo su acostumbrado efecto en la voluntad de Constanza, lo que no pudo hacer en la de Teodosia, que siempre amante y siempre firme, deseaba ver casada a su hermana para vivir más segura si don Jorge pareciese.
Sucedió en este tiempo venir a algunos negocios a Zaragoza un hidalgo montañés, más rico de bienes de naturaleza que de fortuna, hombre de hasta treinta o treinta y seis años, galán, discreto y de muy amables partes, llamado Carlos.
Tomó posada enfrente de la casa de Constanza, y a la primera vez que vio la belleza de la dama, le dio en pago de haberla visto la libertad, dándole asiento en el alma, con tantas veras, que solo la muerte le pudo sacar de esta determinación, dando fuerzas a su amor el saber su noble nacimiento y riqueza, y el mirar su honesto agrado y hermosa gravedad.
Víase nuestro Carlos pobre y fuera de su patria, porque aunque le sobraba de noble lo que le faltaba de rico, no era bastante para atreverse a pedirla por mujer, seguro de que no se la habían de dar. Mas no hay amor sin astucias, ni cuerdo que no sepa aprovecharse de ellas. Imaginó una que fue bastante a darle lo mismo que deseaba, y para conseguirla empezó a tomar amistad con Fabia, que así se llamaba su madre de Constanza, y a regalarla con algunas cosas que procuraba para este efecto, haciendo la noble señora en agradecimiento lo mismo. Visitábalas algunas veces, granjeando con su agrado y linda conversación la voluntad de todas, tanto que ya no se hallaban sin él.
En teniendo Carlos dispuesto este negocio tan a su gusto, descubrió su intento a una ama vieja que le servía, prometiéndole pagárselo muy bien, y de esta suerte se empezó a fingir enfermo, y no solo con achaque limitado, sino que de golpe se arrojó en la cama.
Tenía ya la vieja su ama prevenido un médico, a quien dieron un gran regalo, y así comenzó a curarle a título de un cruel tabardillo. Supo la noble Fabia la enfermedad de su vecino, y con notable sentimiento le fue luego a ver, y le acudía como si fuera un hijo, a todo lo que era menester. Creció la fingida enfermedad, a dicho del médico y congojas del enfermo, tanto que se le ordenó que hiciese testamento y recibiese los sacramentos. Todo lo cual se hizo en presencia de Fabia, que sentía el mal de Carlos en el alma, a la cual el astuto Carlos, asidas las manos, estando para hacer testamento, dijo:
-Ya veis, señora mía, en el estado que está mi vida, más cerca de la muerte que de otra cosa. No la siento tanto por haberme venido en la mitad de mis años, cuanto por estorbarse con ella el deseo que siempre he tenido de serviros después que os conocí. Mas para que mi alma vaya con algún consuelo de este mundo, me habéis de dar licencia para descubriros un secreto.
La buena señora le respondió que dijese lo que fuese su gusto, seguro de que era oído y amado, como si fuera un hijo suyo.
-Seis meses ha, señora Fabia -prosiguió Carlos-, que vivo enfrente de vuestra casa, y esos mismos que adoro y deseo para mi mujer a mi señora doña Constanza, vuestra hija, por su hermosura y virtudes. No he querido tratar de ello, aguardando la venida de un caballero deudo mío, a quien esperaba para que lo tratase; mas Dios, que sabe lo que más conviene, ha sido servido de atajar mis intentos de la manera que veis, sin dejarme gozar este deseado bien. La licencia que ahora me habéis de dar es, para que yo le deje toda mi hacienda, y que ella la acepte, quedando vos, señora, por testamentaria; y después de cumplido mi testamento todo lo demás sea para su dote.
Agradeciole Fabia con palabras amorosas la merced que le hacía, sintiendo y solenizando con lágrimas el perderle.
Hizo Carlos su testamento, y por decirlo de una vez, él testó de más de cien mil ducados, señalando en muchas partes de la montaña muy lucida hacienda. De todos dejó por heredera a Constanza, y a su madre tan lastimada, que pedía al cielo con lágrimas su vida.
En viendo Fabia a su hija, echándole al cuello los brazos, le dijo:
-¡Ay hija mía, en qué obligación estás a Carlos! Ya puedes desde hoy llamarte desdichada, perdiendo, como pierdes tal marido.
-No querrá tal el cielo, señora -decía la hermosa dama, muy agradada de las buenas partes de Carlos, y obligada contra la riqueza que le dejaba-, que Carlos muera, ni que yo sea de tan corta dicha que tal vea; yo espero de Dios que le ha de dar vida, para que todas sirvamos la voluntad que nos muestra.
Con estos buenos deseos, madre y hijas pedían a Dios su vida.
Dentro de pocos días empezó Carlos, como quien tenía en su mano su salud, a mejorar, y antes de un mes a estar del todo sano, y no solo sano, sino esposo de la bella Constanza, porque Fabia, viéndole con salud, le llevó a su casa y desposó con su hija.
Granjeando este bien por medio de su engaño, y Constanza tan contenta, porque su esposo sabía granjear su voluntad con tantos regalos y caricias, que ya muy seguro de su amor, se atrevió a descubrirle su engaño, dando la culpa a su hermosura y al verdadero amor que desde que la vio la tuvo.
Era Constanza tan discreta, que en lugar de desconsolarse, juzgándose dichosa en tener tal marido, le dio por el engaño gracias, pareciéndole que aquella había sido la voluntad del cielo, la cual no se puede excusar, por más que se procure hacerlo, dando a todos estos amorosos consuelos lugar la mucha y lucida hacienda que ella gozaba, pues solo le faltaba a su hermosura, discreción y riqueza un dueño como el que tenía, de tanta discreción, noble sangre y gentileza, acompañado de tal agrado, que suegra y cuñada, viendo a Constanza tan contenta, y que con tantas veras se juzgaba dichosa, le amaban con tal extremo, que en lugar de sentir la burla, la juzgaban por dicha.
Cuatro años serían pasados de la ausencia de don Jorge, muerte de Federico y casamiento de Constanza, en cuyo tiempo la bellísima dama tenía por prendas de su querido esposo dos hermosos hijos, con los cuales, más alegre que primero, juzgaba perdidos los años que había gastado en otros devaneos, sin haber sido siempre de su Carlos, cuando don Jorge, habiendo andado toda Italia, Piamonte y Flandes, no pudiendo sufrir la ausencia de su amada señora, seguro, por algunas personas que había visto por donde había estado, de que no le atribuían a él la muerte del malogrado Federico, dio vuelta a su patria y se presentó a los ojos de sus padres, y si bien su ausencia había dado que sospechar, supo dar tal color a su fuga, llorando con fingidas lágrimas y disimulada pasión la muerte de su hermano, haciéndose muy nuevo en ella, que deslumbró cualquiera indicio que pudiera haber.
Recibiéronle los amados padres como de quien de dos solas prendas que habían perdido en un día hallaban la una, cuando menos esperanza tenían de hallarla, acompañándolos en su alegría la hermosa Teodosia, que obligada de su amor, calló su delito a su mismo amante, por no hacerse sospechosa en él.
La que menos contento mostró en esta venida fue Constanza, porque casi adivinando lo que le había de suceder, como amaba tan de veras a su esposo, se entristeció de que los demás se alegraban, porque don Jorge, aunque sintió con las veras posibles hallarla casada, se animó a servirla y solicitarla de nuevo, ya que no para su esposa, pues era imposible, al menos para gozar de su hermosura, por no malograr tantos años de amor. Los paseos, los regalos, las músicas y finezas eran tantas, que casi se empezó a murmurar por la ciudad. Mas a todo la dama estaba sorda, porque jamás admitía ni estimaba cuanto el amante por ella hacía, antes las veces que en la iglesia o en los saraos y festines que en Zaragoza se usan la vía y hallaba cerca de ella, a cuantas quejas de haberse casado le daba, ni a las tiernas y sentidas palabras que le decía, jamás le respondía palabra. Y si alguna vez, ya cansada de oírle, le decía alguna, era tan desabrida y pesada, que más aumentaba su pena.
La que tenía Teodosia de ver estos extremos de amor en su querido don Jorge era tanta, que, a no alentarla los desdenes con que su hermana le trataba, mil veces perdiera la vida. Y tenía bastante causa, porque aunque muchas veces le dio a entender a don Jorge su amor, jamás oyó de él sino mil desabrimientos en respuesta, con lo cual vivía triste y desesperada.
No ignoraba Constanza de dónde le procedía a su hermana la pena, y deseaba que don Jorge se inclinase a remediarla, tanto por no verla padecer, como por no verse perseguida de sus importunaciones; mas cada hora lo hallaba más imposible, por estar ya don Jorge tan rematado y loco en solicitar su pretensión, que no sentía que en Zaragoza se murmurase ni que su esposo de Constanza lo sintiese.
Más de un año pasó don Jorge en este tema, sin ser parte las veras con que Constanza excusaba su vista, no saliendo de su casa sino a misa, y esas veces acompañada de su marido, por quitarle el atrevimiento de hablarla, para que el precipitado mancebo se apartase de seguir su devaneo, cuando Teodosia, agravada de su tristeza, cayó en la cama de una peligrosa enfermedad, tanto que se llegó a tener muy poca esperanza de su vida. Constanza, que la amaba tiernamente, conociendo que el remedio de su pena estaba en don Jorge, se determinó a hablarle, forzando, por la vida de su hermana, su despegada y cruel condición. Así, un día que Carlos se había ido a caza, le envió a llamar. Loco de contento recibió don Jorge el venturoso recado de su querida dama, y por no perder esta ventura, fue a ver lo que el dueño de su alma le quería.
Con alegre rostro recibió Constanza a don Jorge, y sentándose con él en su estrado, lo más amorosa y honestamente que pudo, por obligarle y traerle a su voluntad, le dijo:
-No puedo negar, señor don Jorge, si miro desapasionadamente vuestros méritos y la voluntad que os debo, que fui desgraciada el día que os ausentasteis de esta ciudad, pues con esto perdí el alcanzaros por esposo, cosa que jamás creí de la honesta afición con que admitía vuestros favores y finezas, si bien el que tengo es tan de mi gusto, que doy mil gracias al cielo por haberle merecido, y esto bien lo habéis conocido en el desprecio que de vuestro amor he hecho, después que vinistéis; que aunque no puedo ni será justo negaros la obligación en que me habéis puesto, la de mi honra es tanta, que ha sido fuerza no dejarme vencer de vuestras importunaciones. Tampoco quiero negar que la voluntad primera no tiene gran fuerza, y si con mi honra y con la de mi esposo pudiera corresponder a ella, estad seguro de que ya os hubiera dado el premio que vuestra perseverancia merece. Mas supuesto que esto es imposible, pues en este caso os cansáis sin provecho, aunque amando estuvieseis un siglo obligándome, me ha parecido pagaros con dar en mi lugar otro yo, que de mi parte pague lo que en mí es sin remedio. En concederme este bien me ganáis, no solo por verdadera amiga, sino por perpetua esclava. Y para no teneros suspenso, esta hermosura que, en cambio de la mía, que ya es de Carlos, os quiero dar, es mi hermana Teodosia, la cual, desesperada de vuestro desdén, está en lo último de su vida, sin haber otro remedio para dársela, sino vos mismo. Ahora es tiempo de que yo vea lo que valgo con vos, si alcanzo que nos honréis a todos, dándole la mano de esposo. Con esto quitáis al mundo de murmuraciones, a mi esposo de sospechas, a vos mismo de pena, y a mi querida hermana de las manos de la muerte, que faltándole este remedio, es sin duda que triunfará de su juventud y belleza. Y yo teniéndoos por hermano, podré pagar en agradecimiento lo que ahora niego por mi recato.
Turbado y perdido oyó don Jorge a Constanza, y precipitado en su pasión amorosa, le respondió:
-¿Éste es el premio, hermosa Constanza, que me tenías guardado al tormento que por ti paso y al firme amor que te tengo? Pues cuando entendí que obligada de él me llamabas para dármele, ¿me quieres imposibilitar de todo punto de él? Pues asegúrote que conmigo no tienen lugar tus ruegos, porque otra que no fuere Constanza no triunfará de mí. Amándote he de morir, y amándote viviré hasta que me salte la muerte. ¡Mira si cuando la deseo para mí, se la excusaré a tu hermana! Mejor será, amada señora mía, si no quieres que me la dé delante de tus ingratos ojos, que pues ahora tienes lugar, te duelas de mí, y me excuses tantas penas como por ti padezco.
Levantose Constanza, oyendo esto, en pie, y en modo de burla, le dijo:
-Hagamos, señor don Jorge, un concierto; y sea que como vos me hagáis en esta placeta que está delante de mi casa, de aquí a la mañana, un jardín tan adornado de cuadros y olorosas flores, árboles y fuentes, que ni en su frescura ni belleza, ni en la diversidad de pájaros quien él haya, desdiga de los nombrados pensiles de Babilonia, que Semíramis hizo sobre sus muros, yo me pondré en vuestro poder y haré por vos cuanto deseáis; y si no, que os habéis de dejar de esta pretensión, otorgándome en pago el ser esposo de mi hermana, porque si no es a precio de arte imposible, no han de perder Carlos y Constanza su honor, granjeado con tanto cuidado y sustentado con tanto aumento. Éste es el precio de mi honra; manos a la labor; que a un amante tan fino como vos no hay nada imposible.
Con esto se entró donde estaba su hermana, bien descontenta del mal recado que llevaba de su pretensión, dejando a don Jorge tan desesperado, que fue milagro no quitarse la vida.
Saliose asimismo loco y perdido de casa de Constanza y con desconcertados pasos, sin mirar cómo ni por dónde iba, se fue al campo, y allí, maldiciendo su suerte y el día primero que la había visto y amado, se arrojó al pie de un árbol, ya, cuando empezaba a cerrar la noche, y allí dando tristes y lastimosos suspiros, llamándola cruel y rigurosa mujer, cercado de mortales pensamientos, vertiendo lágrimas, estuvo una pieza, unas veces dando voces como hombre sin juicio, y otras callando, se le puso, sin ver por dónde, ni cómo había venido, delante un hombre que le dijo:
-¿Qué tienes, don Jorge? ¿Por qué das voces y suspiros al viento, pudiendo remediar tu pasión de otra suerte? ¿Qué lágrimas femeniles son éstas? ¿No tiene más ánimo un hombre de tu valor que el que aquí muestras? ¿No echas de ver que, pues tu dama puso precio a tu pasión, que no está tan dificultoso tu remedio como piensas?
Mirándole estaba don Jorge mientras decía esto, espantado de oírle decir lo que él apenas creía que sabía nadie, y así le respondió:
-¿Y quién eres tú, que sabes lo que aun yo mismo no sé, y que asimismo me prometes remedio, cuando le hallo tan dificultoso? ¿Qué puedes tú hacer, cuando aún al demonio es imposible?
-¿Y si yo fuese el mismo que dices -respondió el mismo que era- qué dirías? Ten ánimo, y mira qué me darás si yo hago el jardín tan dificultoso que tu dama pide.
Juzgue cualquiera de los presentes, qué respondería un desesperado, que a trueque de alcanzar lo que deseaba, la vida y el alma tenía en poco. Y ansí le dijo:
-Pon tú el precio a lo que por mí quieres hacer, que aquí estoy presto a otorgarlo.
-Pues mándame el alma -dijo el demonio- y hazme una cédula firmada de tu mano de que será mía cuando se aparte del cuerpo, y vuélvete seguro que antes que amanezca podrás cumplir a tu dama su imposible deseo.
Amaba, noble y discreto auditorio, el mal aconsejado mozo, y así, no le fue difícil hacer cuanto el común enemigo de nuestro reposo le pedía. Prevenido venía el demonio de todo lo necesario, de suerte que poniéndole en la mano papel y escribanías, hizo la cédula de la manera que el demonio la ordenó, y firmando sin mirar lo que hacía, ni que por precio de un desordenado apetito daba una joya tan preciada y que tanto le costó al divino Criador de ella, ¡Oh mal aconsejado caballero! ¡Oh loco mozo! ¿y qué haces? ¡Mira cuánto pierdes y cuán poco ganas, que el gusto que compras se acabará en un instante, y la pena que tendrás será eternidades! Nada mira al deseo de ver a Constanza en su poder, mas él se arrepentirá cuando no tenga remedio.
Hecho esto, don Jorge se fue a su posada, y el demonio a dar principio a su fabulosa fábrica.
Llegose la mañana, y don Jorge, creyendo que había de ser la de su gloria, se levantó al amanecer, y vistiéndose lo más rica y costosamente que pudo, se fue a la parte donde el jardín se había de hacer, y llegando a la placeta que estaba de la casa de la bella Constanza el más contento que en su vida estuvo, viendo la más hermosa obra que jamás se vio, que a no ser mentira, como el autor de ella, pudiera ser recreación de cualquier monarca. Se entró dentro, y paseándose por entre sus hermosos cuadros y vistosas calles, estuvo aguardando que saliese su dama a ver cómo había cumplido su deseo.
Carlos, que, aunque la misma noche que Constanza habló con don Jorge, había venido de caza cansado, madrugó aquella mañana para acudir a un negocio que se le había ofrecido. Y como apenas fuese de día abrió una ventana que caía sobre la placeta, poniéndose a vestir en ella; y como en abriendo se le ofreciese a los ojos la máquina ordenada por el demonio para derribar la fortaleza del honor de su esposa, casi como admirado estuvo un rato, creyendo que soñaba. Mas viendo que ya que los ojos se pudieran engañar, no lo hacían los oídos, que absortos a la dulce armonía de tantos y tan diversos pajarillos como en el deleitoso jardín estaban, habiendo en el tiempo de su elevación notado la belleza de él, tantos cuadros, tan hermosos árboles, tan intrincados laberintos, vuelto como de sueño, empezó a dar voces, llamando a su esposa, y los demás de su casa, diciéndoles que se levantasen, verían la mayor maravilla que jamás se vio.
A las voces que Carlos dio, se levantó Constanza y su madre y cuantos en casa había, bien seguros de tal novedad, porque la dama ya no se acordaba de lo que había pedido a don Jorge, segura de que no lo había de hacer, y como descuidada llegase a ver qué la quería su esposo, y viese el jardín precio de su honor, tan adornado de flores y árboles, que aún le pareció que era menos lo que había pedido, según lo que le daban, pues las fuentes y hermosos cenadores ponían espanto a quien las vía, y viese a don Jorge tan lleno de galas y bizarría pasearse por él, y en un punto considerase lo que había prometido, sin poderse tener en sus pies, vencida de un mortal desmayo, se dejó caer en el suelo, a cuyo golpe acudió su esposo y los demás, pareciéndoles que estaban encantados, según los prodigios que se vían. Y tomándola en sus brazos, como quien la amaba tiernamente, con grandísima prisa pedía que le llamasen los médicos, pareciéndole que estaba sin vida, por cuya causa su marido y hermana solenizaban con lágrimas y voces su muerte, a cuyos gritos subió mucha gente, que ya se había juntado a ver el jardín que en la placeta estaba, y entre ellos don Jorge, que luego imaginó lo que podía ser, ayudando él y todos al sentimiento que todos hacían.
Media hora estuvo la hermosa señora de esta suerte, haciéndosele innumerables remedios, cuando estremeciéndose fuertemente tornó en sí, y viéndose en los brazos de su amado esposo, cercada de gente, y entre ellos a don Jorge, llorando amarga y hermosamente los ojos en Carlos, le empezó a decir así:
-Ya, señor mío, si quieres tener honra y que tus hijos la tengan y mis nobles deudos no la pierdan, sino que tú se la des, conviene que al punto me quites la vida, no porque a ti ni a ellos he ofendido, mas porque puse precio a tu honor y al suyo, sin mirar que no le tiene. Yo lo hiciera imitando a Lucrecia, y aun dejándola atrás, pues si ella se mató después de haber hecho la ofensa, yo muriera sin cometerla, solo por haberla pensado; mas soy cristiana, y no es razón que ya que sin culpa pierdo la vida y te pierdo a ti, que eres mi propia vida, pierda el alma que tanto costó al criador de ella.
Más espanto dieron estas razones a Carlos que lo demás que vía, y así, le pidió que les dijese la causa por qué lo decía y lloraba con tanto sentimiento.
Entonces Constanza, aquietándose un poco, contó públicamente cuanto con don Jorge le había pasado desde que la empezó a amar, hasta el punto que estaba, añadiendo, por fin, que pues ella había pedido a don Jorge un imposible, y él le había cumplido, aunque ignoraba el modo, que en aquel caso no había otro remedio sino su muerte; con la cual, dándosela su marido, como el más agraviado, tendría todo fin y don Jorge no podría tener queja de ella.
Viendo Carlos un caso tan extraño, considerando que por su esposa se vía en tanto aumento de riqueza, cosa que muchas veces sucede ser freno a las inclinaciones de los hombres de desigualdad, pues el que escoge mujer más rica que él ni compra mujer sino señora; de la misma suerte, como aconseja Aristóteles, no trayendo la mujer más hacienda que su virtud, procura con ella y su humildad granjear la voluntad de su dueño. Y asimismo más enamorado que jamás lo había estado de la hermosa Constanza, le dijo:
-No puedo negar, señora mía, que hicistes mal en poner precio por lo que no le tiene, pues la virtud y castidad de la mujer, no hay en el mundo con qué se pueda pagar; pues aunque os fiastes de un imposible, pudiérades considerar que no lo hay para un amante que lo es de veras, y el premio de su amor lo ha de alcanzar con hacerlos. Mas esta culpa ya la pagáis con la pena que os veo, por tanto ni yo os quitaré la vida ni os daré más pesadumbre de la que tenéis. El que ha de morir es Carlos, que, como desdichado, ya la fortuna, cansada de subirle, le quiere derribar. Vos prometiste dar a don Jorge el premio de su amor si hacía este jardín. Él ha buscado modo para cumplir su palabra. Aquí no hay otro remedio sino que cumpláis la vuestra, que yo, con hacer esto que ahora veréis no os podré ser estorbo, a que vos cumpláis con vuestras obligaciones, y él goce el premio de tanto amor.
Diciendo esto sacó la espada, y fuésela a meter por los pechos, sin mirar que con tan desesperada acción perdía el alma, al tiempo que don Jorge, temiendo lo mismo que él quería hacer, había de un salto juntádose con él, y asiéndole el puño de la violenta espada, diciéndole:
-Tente, Carlos, tente.
Se la tuvo fuertemente. Así, como estaba, siguió contando cuanto con el demonio le había pasado hasta el punto que estaba, y pasando adelante, dijo:
-No es razón que a tan noble condición como la tuya yo haga ninguna ofensa, pues solo con ver que te quitas la vida, porque yo no muera (pues no hay muerte para mí más cruel que privarme de gozar lo que tanto quiero y tan caro me cuesta, pues he dado por precio el alma), me ha obligado de suerte, que no una, sino mil perdiera, por no ofenderte. Tu esposa está ya libre de su obligación, que yo le alzo la palabra. Goce Constanza a Carlos, y Carlos a Constanza, pues el cielo los crió tan conformes, que solo él es el que la merece, y ella la que es digna de ser suya, y muera don Jorge, pues nació tan desdichado, que no solo ha perdido el gusto por amar, sino la joya que le costó a Dios morir en una Cruz.
A estas últimas palabras de don Jorge, se les apareció el Demonio con la cédula en la mano, y dando voces, les dijo:
-No me habéis de vencer, aunque más hagáis; pues donde un marido, atropellando su gusto y queriendo perder la vida, se vence a sí mismo, dando licencia a su mujer para que cumpla lo que prometió; y un loco amante, obligado de esto, suelta la palabra, que le cuesta no menos que el alma, como en esta cédula se ve que me hace donación de ella, no he de hacer menos yo que ellos. Y así, para que el mundo se admire de que en mí pudo haber virtud, toma don Jorge: ves ahí tu cédula; yo te suelto la obligación, que no quiero alma de quien tan bien se sabe vencer.
Y diciendo esto, le arrojó la cédula, y dando un grandísimo estallido, desapareció y juntamente el jardín, quedando en su lugar un espeso y hediondo humo, que duró un grande espacio.
Al ruido que hizo, que fue tan grande que parecía hundirse la ciudad, Constanza y Teodosia, con su madre y las demás criadas, que como absortas y embelesadas habían quedado con la vista del demonio, volvieron sobre sí, y viendo a don Jorge hincado de rodillas, dando con lágrimas gracias a Dios por la merced que le había hecho de librarle de tal peligro, creyendo, que por secretas causas, solo a su Majestad Divina reservadas, había sucedido aquel caso, le ayudaron haciendo lo mismo.
Acabando don Jorge su devota oración, se volvió a Constanza y le dijo:
-Ya, hermosa señora, conozco cuán acertada has andado en guardar el decoro que es justo al marido que tienes, y así, para que viva seguro de mí, pues de ti lo está y tiene tantas causas para hacerlo, después de pedirte perdón de los enfados que te he dado y de la opinión que te he quitado con mis importunas pasiones, te pido lo que tú ayer me dabas deseosa de mi bien, y yo como loco desprecié, que es a la hermosa Teodosia por mujer; que con esto el noble Carlos quedará seguro, y esta ciudad enterada de tu valor y virtud.
En oyendo esto Constanza, se fue con los brazos abiertos a don Jorge, y echándoselos al cuello, casi juntó su hermosa boca con la frente del bien entendido mozo, que pudo por la virtud ganar lo que no pudo con el amor, diciendo:
-Este favor os doy como a hermano, siendo el primero que alcanzáis de mí cuanto ha que me amáis.
Todos ayudaban a este regocijo: unos con admiraciones y otros con parabienes. Y ese mismo día fueron desposados don Jorge y la bella Teodosia, con general contento de cuantos llegaban a saber esta historia. Y otro día, que no quisieron dilatarlo más, se hicieron las solemnes bodas, siendo padrinos Carlos y la bella Constanza. Hiciéronse muchas fiestas en la ciudad, solenizando el dichoso fin de tan enredado suceso, en las cuales don Jorge y Carlos se señalaron, dando muestras de su gentileza y gallardía, dando motivos a todos para tener por muy dichosas a las que los habían merecido por dueños.
Vivieron muchos años con hermosos hijos, sin que jamás se supiese que don Jorge hubiese sido el matador de Federico, hasta que después de muerto don Jorge, Teodosia contó el caso como quien tan bien lo sabía. A la cual, cuando murió, le hallaron escrita de su mano esta maravilla, dejando al fin de ella por premio al que dijese cuál hizo más de estos tres: Carlos, don Jorge, o el demonio, el laurel de bien entendido. Cada uno le juzgue si le quisiere ganar, que yo quiero dar aquí fin al Jardín engañoso, título que da el suceso referido a esta maravilla.
*
Dio fin la noble y discreta Laura a su maravilla, y todas aquellas damas y caballeros principió a disputar cuál había hecho más por quedar con la opinión de discreto; y porque la bella Lisis había puesto una joya para el que acertase. Cada uno daba su razón: unos alegaban que el marido, y otros que el amante, y todos juntos, que el demonio, por ser en él cosa nunca vista el hacer bien.
Esta opinión sustentó divinamente don Juan, llevando la joya prometida, no con pocos celos de don Diego y gloria de Lisarda, a quien la rindió al punto, dando a Lisis no pequeño pesar.
En esto entretuvieron gran parte de la noche, tanto que por no ser hora de representar la comedia, de común voto quedó para el día de la Circuncisión, que era el primer día del año, que se habían de desposar don Diego y la hermosa Lisis; y así, se fueron a las mesas que estaban puestas, y cenaron con mucho gusto, dando fin a la quinta noche, y yo a mi honesto y entretenido sarao, prometiendo si es admitido con el favor y gusto que espero, segunda parte, y en esta el castigo de la ingratitud de don Juan, mudanza de Lisarda y boda de Lisis, si como espero, es estimado mi trabajo y agradecido mi deseo, y alabado, no mi tosco estilo, sino el deseo con que va escrito".
María de Zayas y Sotomayor
Llegando, pues, a los años de discreción, cuando en las doncellas campea la belleza y donaire, se aficionó de la hermosa Constanza don Jorge, caballero asimismo natural de la misma ciudad de Zaragoza, mozo, galán y rico, único heredero en la casa de sus padres, que aunque había otro hermano, cuyo nombre era Federico, como don Jorge era el mayorazgo, le podemos llamar así.
Amaba Federico a Teodosia, si bien con tanto recato de su hermano, que jamás entendió de él esta voluntad, temiendo que como hermano mayor no le estorbase estos deseos, así por esto como por no llevarse muy bien los dos.
No miraba Constanza mal a don Jorge, porque agradecida a su voluntad le pagaba en tenérsela honestamente, pareciéndole, que habiendo sus padres de darle esposo, ninguno en el mundo la merecía como don Jorge. Y fiada en esto estimaba y favorecía sus deseos, teniendo por seguro el creer que apenas se la pediría a su padre, cuando tendría alegre y dichoso fin este amor, si bien le alentaba tan honesta y recatadamente, que dejaba lugar a su padre para que en caso de que no fuese su gusto el dársele por dueño, ella pudiese, sin ofensa de su honor dejarse de esta pretensión.
No le sucedió tan felizmente a Federico con Teodosia porque jamás alcanzó de ella un mínimo favor, antes le aborrecía con todo extremo, y era la causa amar perdida a don Jorge, tanto que empezó a trazar y buscar modos de apartarle de la voluntad de su hermana, envidiosa de verla amada, haciendo eso tan astuta y recatada que jamás le dio a entender ni al uno ni al otro su amor.
Andaba con estos disfavores don Federico tan triste, que ya era conocida, si no la causa, la tristeza. Reparando en ello Constanza, que por ser afable y amar tan honesta a don Jorge no le cabía poca parte a su hermano; y casi sospechando que sería Teodosia la causa de su pena por haber visto en los ojos de Federico algunas señales, la procuró saber y fuele fácil, por ser los caballeros muy familiares amigos de su casa, y que siéndolo también los padres facilitaba cualquiera inconveniente.
Tuvo lugar la hermosa Constanza de hablar a Federico, sabiendo de él a pocos lances la voluntad que a su hermana tenía y los despegos con que ella le trataba. Mas con apercibimiento que no supiese este caso don Jorge, pues, como se ha dicho, se llevaban mal.
Espantose Constanza de que su hermana desestimase a Federico, siendo por sus partes digno de ser amado. Mas como Teodosia tuviese tan oculta su afición, jamás creyó Constanza que fuese don Jorge la causa, antes daba la culpa a su desamorada condición, y así se lo aseguraba a Federico las veces que de esto trataban, que eran muchas, con tanto enfado de don Jorge, que casi andaba celoso de su hermano, y más viendo a Constanza tan recatada en su amor, que jamás, aunque hubiese lugar, se lo dio de tomarle una mano.
Estos enfados de don Jorge despertaron el alma a Teodosia a dar modo como don Jorge aborreciese de todo punto a su hermana, pareciéndole a ella que el galán se contentaría con desamarla, y no buscaría más venganza, y con esto tendría ella el lugar que su hermana perdiese. Engaño común en todos los que hacen mal, pues sin mirar que le procuran al aborrecido, se le dan juntamente al amado.
Con este pensamiento, no temiendo el sangriento fin que podría tener tal desacierto, se determinó decir a don Jorge que Federico y Constanza se amaban, y pensado lo puso en ejecución, que amor ciego ciegamente gobierna y de ciegos se sirve; y así, quien como ciego no procede, no puede llamarse verdaderamente su cautivo.
La ocasión que fortuna dio a Teodosia fue hallarse solos Constanza y don Jorge, y el galán enfadado, y aún, si se puede decir, celoso de haberla hallado en conversación con su aborrecido hermano, dando a él la culpa de su tibia voluntad, no pudiendo creer que fuese recato honesto que la dama con él tenía, la dijo algunos pesares, con que obligó a la dama que le dijese estas palabras:
-Mucho siento, don Jorge, que no estiméis mi voluntad, y el favor que os hago en dejarme amar, sino que os atreváis a tenerme en tan poco, que sospechando de mí lo que no es razón, entre mal advertidos pensamientos, me digáis pesares celosos: y no contento con esto, os atreváis a pedirme más favores que los que os he hecho, sabiendo que no los tengo de hacer. A sospecha tan mal fundada como la vuestra no respondo, porque si para vos no soy más tierna de lo que veis, ¿por qué habéis de creer que lo soy de vuestro hermano? A lo demás que decís, quejándoos de mi desabrimiento y tibieza, os digo, para que no os canséis en importunarme, que mientras que no fuéredes mi esposo no habéis de alcanzar más de mí. Padres tengo, su voluntad es la mía, y la suya no debe de estar lejos de la vuestra mediante vuestro valor. En esto os he dicho todo lo que habéis de hacer, si queréis darme gusto, y en lo demás será al contrario.
Y diciendo esto, para no dar lugar a que don Jorge tuviera algunas desenvolturas amorosas, le dejó y entró en otra sala donde había criados y gente.
No aguardaba Teodosia otra ocasión más que la presente para urdir su enredo, y habiendo estado a la mira y oído lo que había pasado, viendo quedar a don Jorge desabrido y cuidadoso de la resolución de Constanza, se fue adonde estaba y le dijo:
-No puedo ya sufrir ni disimular, señor don Jorge, la pasión que tengo de veros tan perdido y enamorado de mi hermana, y tan engañado en esto como amante suyo; y así, si me dais palabra de no decir en ningún tiempo que yo os he dicho lo que sé y os importa saber, os diré la causa de la tibia voluntad de Constanza.
Alterose don Jorge con esto, y sospechando lo mismo que la traidora Teodosia le quería decir, deseando saber lo que le había de pesar de saberlo, propia condición de amantes, le juró con bastantes juramentos tener secreto.
-Pues sabed -dijo Teodosia- que vuestro hermano Federico y Constanza se aman con tanta terneza y firme voluntad, que no hay para encarecerlo más que decir que tienen concertado de casarse. Dada se tienen palabra, y aun creo que con más arraigadas prendas; testigo yo, que sin querer ellos que lo fuese, oí y vi cuanto os digo, cuidadosa de lo mismo que ha sucedido. Esto no tiene ya remedio, lo que yo os aconsejo es que como también entendido llevéis este disgusto, creyendo que Constanza no nació para vuestra, y que el cielo os tiene guardado solo la que os merece. Voluntades que los cielos conciertan en vano las procuran apartar las gentes. A vos, como digo, no ha de faltar la que merecéis, ni a vuestro hermano el castigo de haberse atrevido a vuestra misma dama.
Con esto dio fin Teodosia a su traición, no queriendo por entonces decirle nada de su voluntad, porque no sospechase su engaño. Y don Jorge principió a una celosa y desesperada cólera, porque en un punto ponderó el atrevimiento de su hermano, la deslealtad de Constanza, y haciendo juez a sus celos y fiscal a su amor, juntando con esto el aborrecimiento con que trataba a Federico, aun sin pensar en la ofensa, dio luego contra él rigurosa y cruel sentencia. Mas disimulando por no alborotar a Teodosia, le agradeció cortésmente la merced que le hacía, prometiendo el agradecimiento de ella, y por principio tomar su consejo y apartarse de la voluntad de Constanza, pues se empleaba en su hermano más acertadamente que en él.
Despidiéndose de ella, y dejándole en extremo alegre, pareciéndole que defraudado don Jorge de alcanzar a su hermana, le sería a ella fácil el haberle por esposo. Mas no le sucedió así, que un celoso cuanto más ofendido, entonces ama más.
Apenas se apartó don Jorge de la presencia de Teodosia, cuando se fue a buscar su aborrecido hermano, si bien primero llamó un paje de quien fiaba mayores secretos, y dándole cantidad de joyas y dineros, con un caballo le mandó que le guardase fuera de la ciudad, en un señalado puesto.
Hecho esto, se fue a Federico, y le dijo que tenía ciertas cosas para tratar con él, para lo cual era necesario salir hacia el campo.
Hízolo Federico, no tan descuidado que no se recelase de su hermano, por conocer la poca amistad que le tenía. Mas la fortuna que hace sus cosas como le da gusto, sin mirar méritos ni ignorancias, tenía ya echada la suerte por don Jorge contra el miserable Federico, porque apenas llegaron a un lugar a propósito, apartado de la gente, cuando sacando don Jorge la espada, llamándole robador de su mayor descanso y bien, sin darle lugar a que sacase la suya, le dio una tan cruel estocada por el corazón, que la espada salió a las espaldas, rindiendo a un tiempo el desgraciado Federico el alma a Dios y el cuerpo a la tierra.
Muerto el malogrado mozo por la mano del cruel hermano, don Jorge acudió adonde le aguardaba su criado con el caballo, y subiendo en él con su secretario a las ancas, se fue a Barcelona, y de allí, hallando las galeras que se partían a Nápoles, se embarcó en ellas, despidiéndose para siempre de España.
Fue hallado esta misma noche el mal logrado Federico muerto y traído a sus padres, con tanto dolor suyo y de toda la ciudad, que a una lloraban su desgraciada muerte, ignorándose el agresor de ella, porque aunque faltaba su hermano, jamás creyeron que él fuese dueño de tal maldad, si bien por su fuga se creía haberse hallado en el desdichado suceso. Sola Teodosia, como la causa de tal desdicha, pudiera decir en esto la verdad; mas ella callaba, porque le importaba hacerlo.
Sintió mucho Constanza la ausencia de don Jorge, mas no de suerte que diese que sospechar cosa que no estuviese muy bien a su opinión, si bien entretenía el casarse, esperando saber algunas nuevas de él.
En este tiempo murió su padre, dejando a sus hermosas hijas con gran suma de riqueza, y a su madre por su amparo. La cual, ocupada en el gobierno de su hacienda, no trató de darlas estado en más de dos años, ni a ellas se les daba nada, ya por aguardar la venida de su amante, y parte por no perder los regalos que de su madre tenían, sin que en todo este tiempo se supiese cosa alguna de don Jorge; cuyo olvido fue haciendo su acostumbrado efecto en la voluntad de Constanza, lo que no pudo hacer en la de Teodosia, que siempre amante y siempre firme, deseaba ver casada a su hermana para vivir más segura si don Jorge pareciese.
Sucedió en este tiempo venir a algunos negocios a Zaragoza un hidalgo montañés, más rico de bienes de naturaleza que de fortuna, hombre de hasta treinta o treinta y seis años, galán, discreto y de muy amables partes, llamado Carlos.
Tomó posada enfrente de la casa de Constanza, y a la primera vez que vio la belleza de la dama, le dio en pago de haberla visto la libertad, dándole asiento en el alma, con tantas veras, que solo la muerte le pudo sacar de esta determinación, dando fuerzas a su amor el saber su noble nacimiento y riqueza, y el mirar su honesto agrado y hermosa gravedad.
Víase nuestro Carlos pobre y fuera de su patria, porque aunque le sobraba de noble lo que le faltaba de rico, no era bastante para atreverse a pedirla por mujer, seguro de que no se la habían de dar. Mas no hay amor sin astucias, ni cuerdo que no sepa aprovecharse de ellas. Imaginó una que fue bastante a darle lo mismo que deseaba, y para conseguirla empezó a tomar amistad con Fabia, que así se llamaba su madre de Constanza, y a regalarla con algunas cosas que procuraba para este efecto, haciendo la noble señora en agradecimiento lo mismo. Visitábalas algunas veces, granjeando con su agrado y linda conversación la voluntad de todas, tanto que ya no se hallaban sin él.
En teniendo Carlos dispuesto este negocio tan a su gusto, descubrió su intento a una ama vieja que le servía, prometiéndole pagárselo muy bien, y de esta suerte se empezó a fingir enfermo, y no solo con achaque limitado, sino que de golpe se arrojó en la cama.
Tenía ya la vieja su ama prevenido un médico, a quien dieron un gran regalo, y así comenzó a curarle a título de un cruel tabardillo. Supo la noble Fabia la enfermedad de su vecino, y con notable sentimiento le fue luego a ver, y le acudía como si fuera un hijo, a todo lo que era menester. Creció la fingida enfermedad, a dicho del médico y congojas del enfermo, tanto que se le ordenó que hiciese testamento y recibiese los sacramentos. Todo lo cual se hizo en presencia de Fabia, que sentía el mal de Carlos en el alma, a la cual el astuto Carlos, asidas las manos, estando para hacer testamento, dijo:
-Ya veis, señora mía, en el estado que está mi vida, más cerca de la muerte que de otra cosa. No la siento tanto por haberme venido en la mitad de mis años, cuanto por estorbarse con ella el deseo que siempre he tenido de serviros después que os conocí. Mas para que mi alma vaya con algún consuelo de este mundo, me habéis de dar licencia para descubriros un secreto.
La buena señora le respondió que dijese lo que fuese su gusto, seguro de que era oído y amado, como si fuera un hijo suyo.
-Seis meses ha, señora Fabia -prosiguió Carlos-, que vivo enfrente de vuestra casa, y esos mismos que adoro y deseo para mi mujer a mi señora doña Constanza, vuestra hija, por su hermosura y virtudes. No he querido tratar de ello, aguardando la venida de un caballero deudo mío, a quien esperaba para que lo tratase; mas Dios, que sabe lo que más conviene, ha sido servido de atajar mis intentos de la manera que veis, sin dejarme gozar este deseado bien. La licencia que ahora me habéis de dar es, para que yo le deje toda mi hacienda, y que ella la acepte, quedando vos, señora, por testamentaria; y después de cumplido mi testamento todo lo demás sea para su dote.
Agradeciole Fabia con palabras amorosas la merced que le hacía, sintiendo y solenizando con lágrimas el perderle.
Hizo Carlos su testamento, y por decirlo de una vez, él testó de más de cien mil ducados, señalando en muchas partes de la montaña muy lucida hacienda. De todos dejó por heredera a Constanza, y a su madre tan lastimada, que pedía al cielo con lágrimas su vida.
En viendo Fabia a su hija, echándole al cuello los brazos, le dijo:
-¡Ay hija mía, en qué obligación estás a Carlos! Ya puedes desde hoy llamarte desdichada, perdiendo, como pierdes tal marido.
-No querrá tal el cielo, señora -decía la hermosa dama, muy agradada de las buenas partes de Carlos, y obligada contra la riqueza que le dejaba-, que Carlos muera, ni que yo sea de tan corta dicha que tal vea; yo espero de Dios que le ha de dar vida, para que todas sirvamos la voluntad que nos muestra.
Con estos buenos deseos, madre y hijas pedían a Dios su vida.
Dentro de pocos días empezó Carlos, como quien tenía en su mano su salud, a mejorar, y antes de un mes a estar del todo sano, y no solo sano, sino esposo de la bella Constanza, porque Fabia, viéndole con salud, le llevó a su casa y desposó con su hija.
Granjeando este bien por medio de su engaño, y Constanza tan contenta, porque su esposo sabía granjear su voluntad con tantos regalos y caricias, que ya muy seguro de su amor, se atrevió a descubrirle su engaño, dando la culpa a su hermosura y al verdadero amor que desde que la vio la tuvo.
Era Constanza tan discreta, que en lugar de desconsolarse, juzgándose dichosa en tener tal marido, le dio por el engaño gracias, pareciéndole que aquella había sido la voluntad del cielo, la cual no se puede excusar, por más que se procure hacerlo, dando a todos estos amorosos consuelos lugar la mucha y lucida hacienda que ella gozaba, pues solo le faltaba a su hermosura, discreción y riqueza un dueño como el que tenía, de tanta discreción, noble sangre y gentileza, acompañado de tal agrado, que suegra y cuñada, viendo a Constanza tan contenta, y que con tantas veras se juzgaba dichosa, le amaban con tal extremo, que en lugar de sentir la burla, la juzgaban por dicha.
Cuatro años serían pasados de la ausencia de don Jorge, muerte de Federico y casamiento de Constanza, en cuyo tiempo la bellísima dama tenía por prendas de su querido esposo dos hermosos hijos, con los cuales, más alegre que primero, juzgaba perdidos los años que había gastado en otros devaneos, sin haber sido siempre de su Carlos, cuando don Jorge, habiendo andado toda Italia, Piamonte y Flandes, no pudiendo sufrir la ausencia de su amada señora, seguro, por algunas personas que había visto por donde había estado, de que no le atribuían a él la muerte del malogrado Federico, dio vuelta a su patria y se presentó a los ojos de sus padres, y si bien su ausencia había dado que sospechar, supo dar tal color a su fuga, llorando con fingidas lágrimas y disimulada pasión la muerte de su hermano, haciéndose muy nuevo en ella, que deslumbró cualquiera indicio que pudiera haber.
Recibiéronle los amados padres como de quien de dos solas prendas que habían perdido en un día hallaban la una, cuando menos esperanza tenían de hallarla, acompañándolos en su alegría la hermosa Teodosia, que obligada de su amor, calló su delito a su mismo amante, por no hacerse sospechosa en él.
La que menos contento mostró en esta venida fue Constanza, porque casi adivinando lo que le había de suceder, como amaba tan de veras a su esposo, se entristeció de que los demás se alegraban, porque don Jorge, aunque sintió con las veras posibles hallarla casada, se animó a servirla y solicitarla de nuevo, ya que no para su esposa, pues era imposible, al menos para gozar de su hermosura, por no malograr tantos años de amor. Los paseos, los regalos, las músicas y finezas eran tantas, que casi se empezó a murmurar por la ciudad. Mas a todo la dama estaba sorda, porque jamás admitía ni estimaba cuanto el amante por ella hacía, antes las veces que en la iglesia o en los saraos y festines que en Zaragoza se usan la vía y hallaba cerca de ella, a cuantas quejas de haberse casado le daba, ni a las tiernas y sentidas palabras que le decía, jamás le respondía palabra. Y si alguna vez, ya cansada de oírle, le decía alguna, era tan desabrida y pesada, que más aumentaba su pena.
La que tenía Teodosia de ver estos extremos de amor en su querido don Jorge era tanta, que, a no alentarla los desdenes con que su hermana le trataba, mil veces perdiera la vida. Y tenía bastante causa, porque aunque muchas veces le dio a entender a don Jorge su amor, jamás oyó de él sino mil desabrimientos en respuesta, con lo cual vivía triste y desesperada.
No ignoraba Constanza de dónde le procedía a su hermana la pena, y deseaba que don Jorge se inclinase a remediarla, tanto por no verla padecer, como por no verse perseguida de sus importunaciones; mas cada hora lo hallaba más imposible, por estar ya don Jorge tan rematado y loco en solicitar su pretensión, que no sentía que en Zaragoza se murmurase ni que su esposo de Constanza lo sintiese.
Más de un año pasó don Jorge en este tema, sin ser parte las veras con que Constanza excusaba su vista, no saliendo de su casa sino a misa, y esas veces acompañada de su marido, por quitarle el atrevimiento de hablarla, para que el precipitado mancebo se apartase de seguir su devaneo, cuando Teodosia, agravada de su tristeza, cayó en la cama de una peligrosa enfermedad, tanto que se llegó a tener muy poca esperanza de su vida. Constanza, que la amaba tiernamente, conociendo que el remedio de su pena estaba en don Jorge, se determinó a hablarle, forzando, por la vida de su hermana, su despegada y cruel condición. Así, un día que Carlos se había ido a caza, le envió a llamar. Loco de contento recibió don Jorge el venturoso recado de su querida dama, y por no perder esta ventura, fue a ver lo que el dueño de su alma le quería.
Con alegre rostro recibió Constanza a don Jorge, y sentándose con él en su estrado, lo más amorosa y honestamente que pudo, por obligarle y traerle a su voluntad, le dijo:
-No puedo negar, señor don Jorge, si miro desapasionadamente vuestros méritos y la voluntad que os debo, que fui desgraciada el día que os ausentasteis de esta ciudad, pues con esto perdí el alcanzaros por esposo, cosa que jamás creí de la honesta afición con que admitía vuestros favores y finezas, si bien el que tengo es tan de mi gusto, que doy mil gracias al cielo por haberle merecido, y esto bien lo habéis conocido en el desprecio que de vuestro amor he hecho, después que vinistéis; que aunque no puedo ni será justo negaros la obligación en que me habéis puesto, la de mi honra es tanta, que ha sido fuerza no dejarme vencer de vuestras importunaciones. Tampoco quiero negar que la voluntad primera no tiene gran fuerza, y si con mi honra y con la de mi esposo pudiera corresponder a ella, estad seguro de que ya os hubiera dado el premio que vuestra perseverancia merece. Mas supuesto que esto es imposible, pues en este caso os cansáis sin provecho, aunque amando estuvieseis un siglo obligándome, me ha parecido pagaros con dar en mi lugar otro yo, que de mi parte pague lo que en mí es sin remedio. En concederme este bien me ganáis, no solo por verdadera amiga, sino por perpetua esclava. Y para no teneros suspenso, esta hermosura que, en cambio de la mía, que ya es de Carlos, os quiero dar, es mi hermana Teodosia, la cual, desesperada de vuestro desdén, está en lo último de su vida, sin haber otro remedio para dársela, sino vos mismo. Ahora es tiempo de que yo vea lo que valgo con vos, si alcanzo que nos honréis a todos, dándole la mano de esposo. Con esto quitáis al mundo de murmuraciones, a mi esposo de sospechas, a vos mismo de pena, y a mi querida hermana de las manos de la muerte, que faltándole este remedio, es sin duda que triunfará de su juventud y belleza. Y yo teniéndoos por hermano, podré pagar en agradecimiento lo que ahora niego por mi recato.
Turbado y perdido oyó don Jorge a Constanza, y precipitado en su pasión amorosa, le respondió:
-¿Éste es el premio, hermosa Constanza, que me tenías guardado al tormento que por ti paso y al firme amor que te tengo? Pues cuando entendí que obligada de él me llamabas para dármele, ¿me quieres imposibilitar de todo punto de él? Pues asegúrote que conmigo no tienen lugar tus ruegos, porque otra que no fuere Constanza no triunfará de mí. Amándote he de morir, y amándote viviré hasta que me salte la muerte. ¡Mira si cuando la deseo para mí, se la excusaré a tu hermana! Mejor será, amada señora mía, si no quieres que me la dé delante de tus ingratos ojos, que pues ahora tienes lugar, te duelas de mí, y me excuses tantas penas como por ti padezco.
Levantose Constanza, oyendo esto, en pie, y en modo de burla, le dijo:
-Hagamos, señor don Jorge, un concierto; y sea que como vos me hagáis en esta placeta que está delante de mi casa, de aquí a la mañana, un jardín tan adornado de cuadros y olorosas flores, árboles y fuentes, que ni en su frescura ni belleza, ni en la diversidad de pájaros quien él haya, desdiga de los nombrados pensiles de Babilonia, que Semíramis hizo sobre sus muros, yo me pondré en vuestro poder y haré por vos cuanto deseáis; y si no, que os habéis de dejar de esta pretensión, otorgándome en pago el ser esposo de mi hermana, porque si no es a precio de arte imposible, no han de perder Carlos y Constanza su honor, granjeado con tanto cuidado y sustentado con tanto aumento. Éste es el precio de mi honra; manos a la labor; que a un amante tan fino como vos no hay nada imposible.
Con esto se entró donde estaba su hermana, bien descontenta del mal recado que llevaba de su pretensión, dejando a don Jorge tan desesperado, que fue milagro no quitarse la vida.
Saliose asimismo loco y perdido de casa de Constanza y con desconcertados pasos, sin mirar cómo ni por dónde iba, se fue al campo, y allí, maldiciendo su suerte y el día primero que la había visto y amado, se arrojó al pie de un árbol, ya, cuando empezaba a cerrar la noche, y allí dando tristes y lastimosos suspiros, llamándola cruel y rigurosa mujer, cercado de mortales pensamientos, vertiendo lágrimas, estuvo una pieza, unas veces dando voces como hombre sin juicio, y otras callando, se le puso, sin ver por dónde, ni cómo había venido, delante un hombre que le dijo:
-¿Qué tienes, don Jorge? ¿Por qué das voces y suspiros al viento, pudiendo remediar tu pasión de otra suerte? ¿Qué lágrimas femeniles son éstas? ¿No tiene más ánimo un hombre de tu valor que el que aquí muestras? ¿No echas de ver que, pues tu dama puso precio a tu pasión, que no está tan dificultoso tu remedio como piensas?
Mirándole estaba don Jorge mientras decía esto, espantado de oírle decir lo que él apenas creía que sabía nadie, y así le respondió:
-¿Y quién eres tú, que sabes lo que aun yo mismo no sé, y que asimismo me prometes remedio, cuando le hallo tan dificultoso? ¿Qué puedes tú hacer, cuando aún al demonio es imposible?
-¿Y si yo fuese el mismo que dices -respondió el mismo que era- qué dirías? Ten ánimo, y mira qué me darás si yo hago el jardín tan dificultoso que tu dama pide.
Juzgue cualquiera de los presentes, qué respondería un desesperado, que a trueque de alcanzar lo que deseaba, la vida y el alma tenía en poco. Y ansí le dijo:
-Pon tú el precio a lo que por mí quieres hacer, que aquí estoy presto a otorgarlo.
-Pues mándame el alma -dijo el demonio- y hazme una cédula firmada de tu mano de que será mía cuando se aparte del cuerpo, y vuélvete seguro que antes que amanezca podrás cumplir a tu dama su imposible deseo.
Amaba, noble y discreto auditorio, el mal aconsejado mozo, y así, no le fue difícil hacer cuanto el común enemigo de nuestro reposo le pedía. Prevenido venía el demonio de todo lo necesario, de suerte que poniéndole en la mano papel y escribanías, hizo la cédula de la manera que el demonio la ordenó, y firmando sin mirar lo que hacía, ni que por precio de un desordenado apetito daba una joya tan preciada y que tanto le costó al divino Criador de ella, ¡Oh mal aconsejado caballero! ¡Oh loco mozo! ¿y qué haces? ¡Mira cuánto pierdes y cuán poco ganas, que el gusto que compras se acabará en un instante, y la pena que tendrás será eternidades! Nada mira al deseo de ver a Constanza en su poder, mas él se arrepentirá cuando no tenga remedio.
Hecho esto, don Jorge se fue a su posada, y el demonio a dar principio a su fabulosa fábrica.
Llegose la mañana, y don Jorge, creyendo que había de ser la de su gloria, se levantó al amanecer, y vistiéndose lo más rica y costosamente que pudo, se fue a la parte donde el jardín se había de hacer, y llegando a la placeta que estaba de la casa de la bella Constanza el más contento que en su vida estuvo, viendo la más hermosa obra que jamás se vio, que a no ser mentira, como el autor de ella, pudiera ser recreación de cualquier monarca. Se entró dentro, y paseándose por entre sus hermosos cuadros y vistosas calles, estuvo aguardando que saliese su dama a ver cómo había cumplido su deseo.
Carlos, que, aunque la misma noche que Constanza habló con don Jorge, había venido de caza cansado, madrugó aquella mañana para acudir a un negocio que se le había ofrecido. Y como apenas fuese de día abrió una ventana que caía sobre la placeta, poniéndose a vestir en ella; y como en abriendo se le ofreciese a los ojos la máquina ordenada por el demonio para derribar la fortaleza del honor de su esposa, casi como admirado estuvo un rato, creyendo que soñaba. Mas viendo que ya que los ojos se pudieran engañar, no lo hacían los oídos, que absortos a la dulce armonía de tantos y tan diversos pajarillos como en el deleitoso jardín estaban, habiendo en el tiempo de su elevación notado la belleza de él, tantos cuadros, tan hermosos árboles, tan intrincados laberintos, vuelto como de sueño, empezó a dar voces, llamando a su esposa, y los demás de su casa, diciéndoles que se levantasen, verían la mayor maravilla que jamás se vio.
A las voces que Carlos dio, se levantó Constanza y su madre y cuantos en casa había, bien seguros de tal novedad, porque la dama ya no se acordaba de lo que había pedido a don Jorge, segura de que no lo había de hacer, y como descuidada llegase a ver qué la quería su esposo, y viese el jardín precio de su honor, tan adornado de flores y árboles, que aún le pareció que era menos lo que había pedido, según lo que le daban, pues las fuentes y hermosos cenadores ponían espanto a quien las vía, y viese a don Jorge tan lleno de galas y bizarría pasearse por él, y en un punto considerase lo que había prometido, sin poderse tener en sus pies, vencida de un mortal desmayo, se dejó caer en el suelo, a cuyo golpe acudió su esposo y los demás, pareciéndoles que estaban encantados, según los prodigios que se vían. Y tomándola en sus brazos, como quien la amaba tiernamente, con grandísima prisa pedía que le llamasen los médicos, pareciéndole que estaba sin vida, por cuya causa su marido y hermana solenizaban con lágrimas y voces su muerte, a cuyos gritos subió mucha gente, que ya se había juntado a ver el jardín que en la placeta estaba, y entre ellos don Jorge, que luego imaginó lo que podía ser, ayudando él y todos al sentimiento que todos hacían.
Media hora estuvo la hermosa señora de esta suerte, haciéndosele innumerables remedios, cuando estremeciéndose fuertemente tornó en sí, y viéndose en los brazos de su amado esposo, cercada de gente, y entre ellos a don Jorge, llorando amarga y hermosamente los ojos en Carlos, le empezó a decir así:
-Ya, señor mío, si quieres tener honra y que tus hijos la tengan y mis nobles deudos no la pierdan, sino que tú se la des, conviene que al punto me quites la vida, no porque a ti ni a ellos he ofendido, mas porque puse precio a tu honor y al suyo, sin mirar que no le tiene. Yo lo hiciera imitando a Lucrecia, y aun dejándola atrás, pues si ella se mató después de haber hecho la ofensa, yo muriera sin cometerla, solo por haberla pensado; mas soy cristiana, y no es razón que ya que sin culpa pierdo la vida y te pierdo a ti, que eres mi propia vida, pierda el alma que tanto costó al criador de ella.
Más espanto dieron estas razones a Carlos que lo demás que vía, y así, le pidió que les dijese la causa por qué lo decía y lloraba con tanto sentimiento.
Entonces Constanza, aquietándose un poco, contó públicamente cuanto con don Jorge le había pasado desde que la empezó a amar, hasta el punto que estaba, añadiendo, por fin, que pues ella había pedido a don Jorge un imposible, y él le había cumplido, aunque ignoraba el modo, que en aquel caso no había otro remedio sino su muerte; con la cual, dándosela su marido, como el más agraviado, tendría todo fin y don Jorge no podría tener queja de ella.
Viendo Carlos un caso tan extraño, considerando que por su esposa se vía en tanto aumento de riqueza, cosa que muchas veces sucede ser freno a las inclinaciones de los hombres de desigualdad, pues el que escoge mujer más rica que él ni compra mujer sino señora; de la misma suerte, como aconseja Aristóteles, no trayendo la mujer más hacienda que su virtud, procura con ella y su humildad granjear la voluntad de su dueño. Y asimismo más enamorado que jamás lo había estado de la hermosa Constanza, le dijo:
-No puedo negar, señora mía, que hicistes mal en poner precio por lo que no le tiene, pues la virtud y castidad de la mujer, no hay en el mundo con qué se pueda pagar; pues aunque os fiastes de un imposible, pudiérades considerar que no lo hay para un amante que lo es de veras, y el premio de su amor lo ha de alcanzar con hacerlos. Mas esta culpa ya la pagáis con la pena que os veo, por tanto ni yo os quitaré la vida ni os daré más pesadumbre de la que tenéis. El que ha de morir es Carlos, que, como desdichado, ya la fortuna, cansada de subirle, le quiere derribar. Vos prometiste dar a don Jorge el premio de su amor si hacía este jardín. Él ha buscado modo para cumplir su palabra. Aquí no hay otro remedio sino que cumpláis la vuestra, que yo, con hacer esto que ahora veréis no os podré ser estorbo, a que vos cumpláis con vuestras obligaciones, y él goce el premio de tanto amor.
Diciendo esto sacó la espada, y fuésela a meter por los pechos, sin mirar que con tan desesperada acción perdía el alma, al tiempo que don Jorge, temiendo lo mismo que él quería hacer, había de un salto juntádose con él, y asiéndole el puño de la violenta espada, diciéndole:
-Tente, Carlos, tente.
Se la tuvo fuertemente. Así, como estaba, siguió contando cuanto con el demonio le había pasado hasta el punto que estaba, y pasando adelante, dijo:
-No es razón que a tan noble condición como la tuya yo haga ninguna ofensa, pues solo con ver que te quitas la vida, porque yo no muera (pues no hay muerte para mí más cruel que privarme de gozar lo que tanto quiero y tan caro me cuesta, pues he dado por precio el alma), me ha obligado de suerte, que no una, sino mil perdiera, por no ofenderte. Tu esposa está ya libre de su obligación, que yo le alzo la palabra. Goce Constanza a Carlos, y Carlos a Constanza, pues el cielo los crió tan conformes, que solo él es el que la merece, y ella la que es digna de ser suya, y muera don Jorge, pues nació tan desdichado, que no solo ha perdido el gusto por amar, sino la joya que le costó a Dios morir en una Cruz.
A estas últimas palabras de don Jorge, se les apareció el Demonio con la cédula en la mano, y dando voces, les dijo:
-No me habéis de vencer, aunque más hagáis; pues donde un marido, atropellando su gusto y queriendo perder la vida, se vence a sí mismo, dando licencia a su mujer para que cumpla lo que prometió; y un loco amante, obligado de esto, suelta la palabra, que le cuesta no menos que el alma, como en esta cédula se ve que me hace donación de ella, no he de hacer menos yo que ellos. Y así, para que el mundo se admire de que en mí pudo haber virtud, toma don Jorge: ves ahí tu cédula; yo te suelto la obligación, que no quiero alma de quien tan bien se sabe vencer.
Y diciendo esto, le arrojó la cédula, y dando un grandísimo estallido, desapareció y juntamente el jardín, quedando en su lugar un espeso y hediondo humo, que duró un grande espacio.
Al ruido que hizo, que fue tan grande que parecía hundirse la ciudad, Constanza y Teodosia, con su madre y las demás criadas, que como absortas y embelesadas habían quedado con la vista del demonio, volvieron sobre sí, y viendo a don Jorge hincado de rodillas, dando con lágrimas gracias a Dios por la merced que le había hecho de librarle de tal peligro, creyendo, que por secretas causas, solo a su Majestad Divina reservadas, había sucedido aquel caso, le ayudaron haciendo lo mismo.
Acabando don Jorge su devota oración, se volvió a Constanza y le dijo:
-Ya, hermosa señora, conozco cuán acertada has andado en guardar el decoro que es justo al marido que tienes, y así, para que viva seguro de mí, pues de ti lo está y tiene tantas causas para hacerlo, después de pedirte perdón de los enfados que te he dado y de la opinión que te he quitado con mis importunas pasiones, te pido lo que tú ayer me dabas deseosa de mi bien, y yo como loco desprecié, que es a la hermosa Teodosia por mujer; que con esto el noble Carlos quedará seguro, y esta ciudad enterada de tu valor y virtud.
En oyendo esto Constanza, se fue con los brazos abiertos a don Jorge, y echándoselos al cuello, casi juntó su hermosa boca con la frente del bien entendido mozo, que pudo por la virtud ganar lo que no pudo con el amor, diciendo:
-Este favor os doy como a hermano, siendo el primero que alcanzáis de mí cuanto ha que me amáis.
Todos ayudaban a este regocijo: unos con admiraciones y otros con parabienes. Y ese mismo día fueron desposados don Jorge y la bella Teodosia, con general contento de cuantos llegaban a saber esta historia. Y otro día, que no quisieron dilatarlo más, se hicieron las solemnes bodas, siendo padrinos Carlos y la bella Constanza. Hiciéronse muchas fiestas en la ciudad, solenizando el dichoso fin de tan enredado suceso, en las cuales don Jorge y Carlos se señalaron, dando muestras de su gentileza y gallardía, dando motivos a todos para tener por muy dichosas a las que los habían merecido por dueños.
Vivieron muchos años con hermosos hijos, sin que jamás se supiese que don Jorge hubiese sido el matador de Federico, hasta que después de muerto don Jorge, Teodosia contó el caso como quien tan bien lo sabía. A la cual, cuando murió, le hallaron escrita de su mano esta maravilla, dejando al fin de ella por premio al que dijese cuál hizo más de estos tres: Carlos, don Jorge, o el demonio, el laurel de bien entendido. Cada uno le juzgue si le quisiere ganar, que yo quiero dar aquí fin al Jardín engañoso, título que da el suceso referido a esta maravilla.
*
Dio fin la noble y discreta Laura a su maravilla, y todas aquellas damas y caballeros principió a disputar cuál había hecho más por quedar con la opinión de discreto; y porque la bella Lisis había puesto una joya para el que acertase. Cada uno daba su razón: unos alegaban que el marido, y otros que el amante, y todos juntos, que el demonio, por ser en él cosa nunca vista el hacer bien.
Esta opinión sustentó divinamente don Juan, llevando la joya prometida, no con pocos celos de don Diego y gloria de Lisarda, a quien la rindió al punto, dando a Lisis no pequeño pesar.
En esto entretuvieron gran parte de la noche, tanto que por no ser hora de representar la comedia, de común voto quedó para el día de la Circuncisión, que era el primer día del año, que se habían de desposar don Diego y la hermosa Lisis; y así, se fueron a las mesas que estaban puestas, y cenaron con mucho gusto, dando fin a la quinta noche, y yo a mi honesto y entretenido sarao, prometiendo si es admitido con el favor y gusto que espero, segunda parte, y en esta el castigo de la ingratitud de don Juan, mudanza de Lisarda y boda de Lisis, si como espero, es estimado mi trabajo y agradecido mi deseo, y alabado, no mi tosco estilo, sino el deseo con que va escrito".
María de Zayas y Sotomayor
jueves, 12 de febrero de 2015
"Último Saludo en el Escenario"
Prefacio
Los amigos de Sherlock Holmes se alegrarán de saber que vive todavía y que, fuera de algunos ataques de reumatismo que de cuando en cuando lo traen derrengando, goza de buena salud. Lleva muchos años viviendo en una pequeña granja de las Tierras Bajas, a diez kilómetros de Eastbourne, y allí distribuye sus horas entre la Filosofía y la Agricultura. En el transcurso de este período de descanso, ha desechado los más espléndidos ofrecimientos que se le han hecho para que se hiciese cargo de varios casos, resuelto ya a que su retiro fuese definitivo. Sin embargo, la inminencia de la guerra con Alemania le movió a poner a disposición del Gobierno su extraordinaria combinación de actividad intelectual y práctica, con resultados históricos que se relatan en Su último saludo en el escenario. A esta obra, y para completar el volumen, se han agregado varios casos que han estado esperando mucho tiempo en mi carpeta.
DR. JOHN H. WATSON
"Eran las nueve de la noche de un dos de agosto: el peor agosto de la historia del mundo. Ya entonces podía uno pensar que la maldición de Dios se cernía aplastante sobre un mundo degenerado, pues flotaban un silencio sobrecogedor y una sensación de vaga expectación en el aire sofocante y estancado. El sol se había puesto hacía rato, pero en el occidente lejano, a poca altura, se dibujaba una franja rojo sangre, como una herida abierta. Arriba, las estrellas brillaban resplandecientes; y abajo, las luces de las embarcaciones centelleaban en la bahía. Los dos famosos alemanes estaban junto al parapeto de piedra de la avenida del jardín; tenían detrás el edificio, bajo, alargado y cargado de gabletes de la casa, y estaban contemplando la ancha playa que se extendía al pie del profundo acantilado pizarroso sobre el que Von Bork, como un águila errante, se había posado hacía cuatro años. Tenían las cabezas muy juntas y hablaban en tonos quedos, confidenciales. Desde debajo los dos extremos incandescentes de sus cigarros podrían haber sido tomados por los ojos humeantes de algún demonio maligno, acechando en las tinieblas.
Hombre extraordinario este Von Bork, un hombre que difícilmente sería igualado por ninguno de los abnegados agentes del Kaiser. Era su talento lo primero que le había recomendado para la misión de Inglaterra, la misión más importante de todas; pero desde que se había hecho cargo de ella, su talento se había manifestado de forma cada vez más patente ante la media docena de personas que estaban en contacto con la realidad en todo el mundo. Una de esas personas era su actual compañero, el varón Von Herling, primer secretario de la legación, cuyo enorme vehículo Benz de 100 HP esperaba, bloqueando el camino vecinal, a conducir a su propietario de vuelta a Londres.
-A juzgar por la marcha de los acontecimientos, creo que probablemente estará de regreso en Berlín antes de que acabe la semana -estaba diciendo el secretario-.
Cuando llegue, mi querido Von Bork, creo que se quedará sorprendido del recibimiento que le aguarda. Yo sé lo que se piensa, en las más altas esferas, de su trabajo en este país. -El secretario era un hombre descomunal, grueso, ancho y alto, con una forma de hablar lenta y cansina que había sido su mejor recomendación en la carrera diplomática.
Von Bork se rió.
-No son muy difíciles de engañar -comentó-. No puede uno imaginarse una gente más dócil y más ingenua.
-No sé qué pensar -dijo el otro, reflexivo-. Tienen límites extraños y uno tiene que aprender a observarlos. Es esa simplicidad superficial suya lo que hace caer en la trampa al extraño. La primera impresión que uno recibe es que son totalmente maleables; pero de pronto se tropieza uno con algo inflexible y sabe que ha llegado al límite y que debe adaptarse a ese hecho. Por ejemplo, tienen sus convencionalismos isleños y, simplemente, hay que observarlos.
-¿Se refiere a lo de “guardar las formas” y todo eso? - Von Bork suspiró, como si hubiera sufrido mucho.
-Me refiero a los prejuicios ingleses en todas sus extrañas manifestaciones.
Como ejemplo puedo mencionar uno de mis peores tropiezos y me permito hablar de tropiezos porque conoce lo bastante bien mi trabajo para ser consciente de mis éxitos.
Fue cuando llegué por primera vez. Me invitaron a una reunión de fin de semana en la casa de campo de un ministro del Gabinete. La conversación fue tremendamente indiscreta.
Von Bork asintió con la cabeza.
-He estado allí- dijo secamente.
-Exacto. Bueno, pues, naturalmente, envié a Berlín un resumen de la información. Por desgracia nuestro buen canciller es hombre d poco tacto en estos asuntos, e hizo una observación que dejaba patente que sabía lo que se había dicho.
Como es natural la pista les condujo directamente hacia mí. No tiene idea de lo que eso me perjudicó. Nuestros anfitriones británicos no fueron precisamente ingenuos y maleables en esta ocasión, puedo asegurárselo. Dos años tuve que soportar sus efectos. En cambio usted, con esa pose de deportista...
-No, no, no la llame pose. Una pose es algo artificial. Y lo mío es natural. Soy un deportista nato. Disfruto con ello.
-Bueno, eso la hace más efectiva. Participa en regatas contra ellos, caza con ellos, juega al polo, los iguala en cualquier juego, y su carruaje de cuatro caballos se lleva el premio en las Olimpiadas. He oído decir que incluso boxea con los oficiales jóvenes. ¿Cuál es el resultado? Nadie le toma en serio. Es usted “un deportista simpático”, “un tipo estupendo para ser alemán”, un joven bebedor, noctámbulo, bullicioso y despreocupado. Y durante todo ese tiempo esta tranquila casa de campo es el centro de la mitad de los males que sufre Inglaterra, y el caballero-deportista el más astuto agente del servicio secreto en toda Europa. ¡Genial, mi querido Von Bork!
¡Genial!
-Me adula usted, barón. Pero desde luego puedo afirmar que mis cuatro años en este país no han sido improductivos. Nunca le he mostrado mi pequeño almacén. ¿Le importaría que entremos un momento?
La puerta del estudio se abría directamente a la terraza.
Von Bork la empujó y, pasando delante, pulsó el interruptor de la luz eléctrica. Luego cerró la puerta detrás de la voluminosa forma que le seguía, y ajustó con cuidado la pesada cortina que cubría la ventana de celosías. Sólo después de haber tomado y comprobado todas aquellas precauciones, volvió su rostro curtido y aguileño hacia su invitado.
-Algunos de mis papeles ya no están aquí -dijo-; ayer, cuando mi esposa y la servidumbre salieron para Flushing, se llevaron los menos importantes. Desde luego, debo reclamar la protección de la Embajada para los otros.
-Su nombre ya ha sido registrado como miembro del personal de la Embajada.
No habrá dificultades ni para usted ni para su equipaje. Claro que cabe la posibilidad de que no tengamos que irnos. Quizá Inglaterra abandone a Francia a su suerte. Sabemos que no hay ningún tratado que ligue un país a otro.
-¿Y Bélgica?
-A Bélgica también.
Von Bork meneó la cabeza.
-No creo que eso sea posible. En este caso sí que hay un tratado definitivo.
Inglaterra nunca se recuperaría de una tal humillación.
-Pero al menos tendría paz, por el momento.
-¿Y el honor?
-Vamos, mi querido amigo, vivimos en una época utilitarista. El honor es un concepto medieval. Además, Inglaterra no está preparada. Resulta inconcebible, pero ni siquiera nuestro impuesto de guerra especial de cincuenta millones, que parece que tendría que dejar tan patente nuestro propósito como si lo hubiéramos anunciado en la primera página del Times, ha despertado a esta gente de su letargo. Aquí y allá se oye una pregunta. Y yo debo hallar una respuesta. Aquí y allá alguien se irrita. Y yo debo apaciguarlo. Pero le aseguro que en lo esencial: almacenaje de municiones, preparación para un ataque submarino, instalaciones para fabricación de altos explosivos... no hay nada preparado. Así que, ¿cómo va a intervenir Inglaterra, sobre todo cuando le hemos organizado esa mezcla infernal de guerra civil en Irlanda, Furias rompecristales, y Dios sabe qué más para que concentre su atención en casa?
-Tiene que pensar en su futuro.
-¡Ah! Esa es otra cuestión. Supongo que para el futuro nosotros tenemos nuestros propios planes respecto a Inglaterra, y que su información nos será vital. Con Mr. John Bull tendremos que vérnoslas hoy o mañana. Si prefiere que sea hoy, estamos preparados. Si ha de ser mañana, aún lo estaremos más. Creo que para ellos sería más sensato luchar con aliados que sin ellos, pero ese es asunto suyo. Esta semana es la de su destino. Pero me estaba hablando de sus papeles.
-Se sentó en el sillón, con la luz iluminando su cabeza ancha y calva, y siguió fumando tranquilamente su cigarro.
En el ángulo del fondo de la espaciosa habitación revestida de roble repleta de libros alineados colgaba una cortina. Al descorrerla quedó al descubierto una gran caja fuerte con remates de bronce. Von Bork separó una llavecita de la cadena de su reloj y, tras considerables manipulaciones del cierre de seguridad, abrió de par en par la pesada puerta.
-¡Mire! -dijo, apartándose e invitándole con la mano.
La luz alumbró de lleno la caja abierta, y el secretario de la Embajada contempló con absorto interés las hileras atestadas de archivadores que había en su interior.
Cada archivador tenía su etiqueta, y sus ojos, al recorrerlos uno a uno con la mirada, leyeron una larga serie de títulos, tales como “Fondeaderos”, “Defensas portuarias”, “Aeroplanos”, “Irlanda”, “Egipto”, “Fuertes de Portsmouth”, “El Canal”, “Rosyth”, y una veintena más. Cada compartimiento rebosaba de documentos y planos.
-¡Colosal! -exclamó el secretario. Dejó al cigarro, y se puso a aplaudir con sus manos gordinflonas.
-Y todo en cuatro años, barón. No está del todo mal para un caballero de provincias, bebedor y jinete incansable. Pero está por llegar la perla de mi colección; ya tiene su lugar reservado. -Señaló con el dedo un espacio vacío sobre el que había impreso el rótulo “Señales Navales”.
-Pero ya tiene un expediente muy completo sobre eso.
-Anticuado, digno de la papelera. De alguna manera en el Almirantazgo ha sonado la alarma y han cambiado todos los códigos. Ha sido un golpe duro, barón, el peor que he recibido en toda mi campaña. Pero gracias a mi talonario y al bueno de Altamont todo va a solucionarse esta noche.
El barón consultó su reloj, y emitió una exclamación gutural de disgusto.
-Bueno, no puedo esperar más. Como usted se imagina, las cosas se están moviendo en Carlton Terrace y tenemos que estar en nuestros puestos. Esperaba poder llevarme la noticia de su golpe maestro. ¿Altamont no le concretó la hora?
Von Bork le alargó un telegrama.
“Iré sin falta esta noche y llevaré las bujías nuevas. -ALTAMONT.”
-Bujías, ¿eh?
-Tenga en cuenta que se hace pasar por experto en motores y yo tengo un taller completo de reparaciones. En nuestro código, todo lo que se sabe de antemano que puede tener que mencionarse recibe el nombre de una pieza de recambio. Si habla de un radiador, se trata de un acorazado; una bomba de aceite es un crucero, y así sucesivamente. Las bujías son las señales navales.
-Puesto en Portsmouth a mediodía -dijo el secretario, examinando el sobrescrito-. Por cierto, ¿cuanto le paga?
-Quinientas libras por este trabajo en particular, y además cobra un sueldo.
-¡Ambicioso bastardo! Son útiles, estos traidores, pero me pesa el precio de sangre que hay que pagarles.
-Con Altamont, a mí no me pesa nada. Es un trabajo fantástico. Le pago bien, pero por lo menos entrega la mercancía, como él mismo dice. Además, no es un traidor. Le aseguro que nuestro junker más pangermánico es un tierno palomito en sus sentimientos por Inglaterra, comparado con un auténtico irlandés resentido y emigrado a América.
-¡Oh! ¿Es un irlandés americano?
-Si le oyera hablar no lo dudaría. A veces le aseguro que me cuesta trabajo entenderle. Parece haber declarado la guerra tanto al inglés del rey como al rey inglés.
¿De verdad tiene que irse? Llegará de un momento a otro.
-Sí. Lo siento, pero ya he permanecido aquí más tiempo del debido. Le esperamos mañana temprano; cuando haya introducido ese libro de señales por la portezuela de la escalinata del duque de York, habrá puesto un triunfante colofón a sus servicios en Inglaterra. ¿Como? ¿Tokay? -Señaló con el dedo una botella llena de lacres y polvo que había en una bandeja, junto a dos vasos altos.
-¿Puedo ofrecerle un vaso antes de que emprenda su viaje?
-No gracias. Pero me huele a juerga.
-Altamont es un fino catador de vinos, y tiene especial predilección por mi tokay.
Es un tipo quisquilloso, así que hay que llevarle la corriente en estas cosas pequeñas.
Le aseguro que es digno de estudio.
Habían salido ya a la terraza, y continuaron caminando hasta llegar al alejado extremo donde, con un solo toque del chofer del barón, el gran automóvil se puso a vibrar y a cloquear.
-Esas luces son las de Harwich, supongo -dijo el secretario, poniéndose el guardapolvo-. ¡Qué quietud y qué paz! Antes de que acabe la semana, quizá haya otras luces, y la costa inglesa esté menos tranquila. También en los cielos habrá movimiento, si resulta cierto todo lo que promete el viejo Zeppelin. Por cierto, ¿quién hay ahí?
Tan sólo había luz en una de las ventanas; se veía en el interior una lámpara y junto a ella, sentada al lado de la mesa, una mujer vieja y de mejillas sonrosadas tocada con una cofia. Estaba encorvada sobre su labor de punto, y se interrumpía de vez en cuando para acariciar a un gran gato negro que había en un taburete cercano.
-Es Martha, la única criada que se ha quedado.
El secretario rió entre dientes.
-Casi podría personificar a Gran Bretaña -dijo-, con su completo ensimismamiento y su aire general de cómoda somnolencia. Bueno, hasta la vista, Von Bork. -Con una última ondulación de la mano subió al coche de un salto, y un momento después los dos conos dorados de los faros se proyectaron en la oscuridad. El secretario se arrellanó entre los cojines de su lujoso vehículo, con el pensamiento tan absorto en la inminente tragedia europea, que casi no se dio cuenta de que su automóvil, al girar por la calle del pueblo, casi aplasta a un pequeño Ford que avanzaba en dirección contraria.
Von Bork volvió al estudio, caminando despacio, una vez los últimos resplandores de los faros del coche se hubieron desvanecido en la distancia. Al pasar por la ventana de su vieja ama de llaves, observó que había apagado la luz y se había retirado. Eran para él una nueva experiencia, aquel silencio y aquella oscuridad que reinaban en su espaciosa casa, pues su familia y servidumbre habían sido numerosas.
No obstante le alivió pensar que estaban todos a salvo y que, exceptuando a aquella anciana que se había retrasado en la cocina, tenía toda la finca para él solo. Había mucho que limpiar en su estudio, y se puso a hacerlo; hasta que su cara expresiva y bella se encendió con el calor de los documentos quemados. Había junto a la mesa un maletín de piel, y empezó a guardar ordenada y sistemáticamente en él el precioso contenido de su caja fuerte. Apenas había iniciado esta tarea, cuando su fino oído detectó el sonido de un coche lejano. Al instante lanzó una exclamación de júbilo, aseguró las correas del maletín, cerró la caja con combinación, y salió corriendo a la terraza. Llegó justo a tiempo para ver los faros de un pequeño automóvil apagarse en la verja. Se apeó un pasajero y avanzó deprisa hacia él mientras el chofer, un tipo corpulento, entrado en años y con bigote cano, se sentaba tranquilamente, como resignado a su larga vigilia.
-¿Bien? -preguntó vehementemente Von Bork, saliendo al encuentro de su visitante.
Por toda respuesta el hombre levantó por encima de su cabeza un paquete de papel parduzco, haciendo un gesto de triunfo.
-Esta noche ya puede chocarla a gusto, señor -exclamó-. Le traigo el gato en el talego. -
¿Las señales?
-Como le decía en el telegrama. Hasta la última de ellas: semáforos, códigos de luces, el Marconi... una copia, no se vaya a pensar que es el original. Era demasiado peligroso. Pero puede apostar a que es la mercancía auténtica. -Le dio al alemán una palmada en el hombro, con tan tosca familiaridad, que el otro reculó.
-Entre -dijo-. Estoy solo en casa. Sólo esperaba esto. Desde luego es mejor una copia que el original. Si faltase el original lo cambiarían todo. ¿Cree que con la copia todo irá bien?
El americano irlandés había entrado en el estudio y se había sentado en el sillón, estirando sus brazos y piernas. Era un hombre alto y flaco de unos sesenta años, con las facciones muy marcadas y una barbita de chivo que le daba un cierto parecido con las caricaturas de Tío Sam. De la comisura de sus labios colgaba un cigarro a medio fumar, empapado de saliva, y al tomar asiento volvió a encenderlo con una cerilla.
-¿Preparándose para la mudanza? -observó, mirando a su alrededor-. Oiga, señor -agregó, clavando la vista en la caja fuerte que en aquel momento no ocultaba la cortina-, no me irá a decir que guarda sus documentos ahí.
-¿Por qué no?
-¡Caray! ¡En un artefacto como ése, que es como si estuviera abierto! ¡Y le tienen a usted por un espía importante! Cualquier ladrón yanqui desguazaría eso con un abrelatas. Si hubiera sabido que todas mis cartas quedarían ahí, al alcance de cualquiera, no habría hecho el imbécil escribiéndole.
-Cualquier ladrón tendría dificultades para forzar esta caja fuerte -respondió Von Bork-. Este metal no puede cortarse con ninguna herramienta.
-¿Pero, y la cerradura?
-No, tiene doble combinación. ¿Sabe lo que significa?
-A mí que me registren -dijo el americano.
-Bien; pues significa que se necesita una palabra, además de una serie de números para accionar esa cerradura. -Se levantó y le mostró un disco con doble juego radial alrededor del agujero de la llave-. El exterior es para las letras, y el de dentro para los números.
-Bueno, bueno, eso ya está mejor.
-Así que no es tan simple como creía. La mandé fabricar hace cuatro años; ¿qué cree que elegí como código?
-No podría saberlo.
-Elegí la palabra agosto y la cifra 1914; eso es todo.
En el rostro del americano se dibujaron sorpresa y admiración.
-¡Eso sí que es tener ojo! ¡Afinó bien la puntería!
-Sí, unos pocos de nosotros podíamos adivinar la fecha incluso entonces. ¡Y pensar que mañana le doy el cerrojazo definitivo!
-Muy bien, pero aún quedo yo. No creerá que voy a quedarme solo en este maldito país. Por lo que veo, dentro de una semana o menos John Bull estará erguido sobre sus cuartos traseros y con las garras extendidas. La verdad es que preferiría ver el espectáculo desde el otro lado del mar.
-Pero usted es ciudadano americano.
-También Jack James era ciudadano americano, y eso no le impide estar pudriéndose en Portland. No se escabulle uno de un policía inglés diciéndole que es ciudadano americano. “Aquí rigen la ley y el orden británicos”, contesta. Por cierto, señor, hablando de Jack James; tengo la impresión de que no hace gran cosa para cubrir a sus hombres.
-¿Qué quiere decir? -preguntó Von Bork, secamente.
-Bueno, usted es el jefe, ¿no? Es usted quien tiene que ocuparse de que no caigan. Pero caen, y usted nunca ha rescatado a ninguno. Ahí tiene a James...
-Lo que ocurrió con James fue culpa suya, lo sabe muy bien. Era demasiado porfiado para este trabajo.
-James era estúpido, lo admito. ¿Pero qué me dice de Hollis?
-Estaba loco.
-Bueno, se ofuscó un poco al final. Pero es que es como para acabar en el manicomio tener que pasarse de la mañana a la noche representando un papel, rodeado de cien tipos dispuestos a echarle a uno la cofia encima. Y ahora Steiner... Von Bork se sobresaltó violentamente, y el rubor de su rostro bajó en un tono.
-¿Que le ocurre a Steiner?
-Pues que le han echado el guante, eso es todo. Ayer noche irrumpieron por sorpresa en su almacén, y él y sus papeles están en la cárcel de Portsmouth. Usted se largará y él, pobre diablo, tendrá que aguantar el barullo y mucha suerte tendrá si sale vivo. Por eso quiero yo poner agua de por medio a la vez que usted.
Von Bork era un hombre fuerte y contenido, pero era fácil darse cuenta de que aquella noticia le había afectado.
-¿Cómo han podido descubrir a Steiner? -murmuró-. Ese es el peor golpe de todos.
-Pues casi le dan otro peor, porque creo que no andan lejos de mí.
-¡No puede ser!
-¡Ya lo creo! Mi patrona, allí en el camino de Fratton, tuvo que contestar a algunas preguntas, y yo al enterarme comprendí que había llegado el momento de moverse. Pero lo que yo quiero saber, señor, es cómo los polis averiguan todas estas cosas. Steiner es el quinto hombre que pierde usted desde que firmamos contrato, y conozco el nombre del sexto si no me escabullo pronto. ¿Cómo explica usted eso? ¿No le da vergüenza ver que sus hombres van cayendo de ese modo?
El rostro de Von Bork se encendió violentamente.
-¿Cómo se atreve a decirme eso?
-Si no me atreviera a ciertas cosas, señor, no estaría a su servicio. Pero voy a decirle a las claras lo que pienso. He oído decir que ustedes, los políticos alemanes, cuando uno de sus agentes ha concluido su trabajo, no ponen muchos reparos a que lo quiten de en medio.
Von Bork se levantó de un salto.
-¿Se atreve a insinuar que he entregado a mis propios agentes?
-No llego a tanto señor; pero en algún lugar hay un soplón o una infiltración, y a usted compete descubrir dónde. En cualquier caso, no voy a dejar las cosas al azar.
Quiero irme a mi pequeña Holanda, y cuanto antes, mejor.
-Llevamos demasiado tiempo siendo aliados para pelearnos en la hora de la victoria. Ha realizado un trabajo espléndido, con muchos riesgos, y eso no puedo olvidarlo. No se hable más; váyase a Holanda, y desde Rotterdam podrá tomar un barco a New York. Déme ese libro, y lo meteré en mi equipaje, con los demás.
El americano sostenía en su mano el paquetito. Pero no hizo gesto de entregarlo.
-¿Que hay del parné? -preguntó.
-¿De qué?
-La pasta. La recompensa. Las 500 libras. El artillero se puso muy antipático al final, y tuve que untarlo con cien dólares más, ya que de lo contrario usted y yo nos quedábamos compuestos y sin libro. “No hay nada que hacer” dijo, muy convencido; pero los cien pavos lo amansaron. Toda esta broma me ha costado doscientas libras, así que no entrego ni una página si no cobro mi recompensa.
Von Bork sonrió con cierta amargura y dijo:
-No parece tener una opinión muy elevada de mi honor; quiere el dinero antes de entregarme el libro.
-Mire usted, señor, los negocios son los negocios.
-De acuerdo, lo haremos a su manera. -Se sentó a la mesa, hizo unos garabatos en un cheque, arrancó éste del talonario; pero se guardó muy bien de alargárselo a su interlocutor-. Después de todo, puestas así las cosas, Mr. Altamont - dijo-, no veo por qué he de confiar más yo en usted que usted en mí. ¿Me comprende? -añadió, volviendo la cabeza y mirando por encima del hombro al americano-. Dejaré el cheque encima de la mesa. Reclamo mi derecho a examinar ese paquete antes de que recoja su dinero.
El americano se lo pasó sin decir palabra. Von Bork desató el bramante y rasgó dos envoltorios de papel. Luego permaneció sentado un momento mirando, callado y perplejo, el librito azul que tenía delante de los ojos. En su tapa, había impreso en letras de oro el siguiente título: Manual Práctico de Apicultura. Sólo un instante pudo el jefe de espías seguir contemplando aquella inscripción extrañamente ajena al tema; al siguiente era sujetado en la nuca por una garra de acero, y apareció ante su cara contorsionada una esponja empapada en cloroformo.
-¡Otro caso, Watson! -dijo Mr. Sherlock Holmes, alargándole la botella de Imperial Tokay.
El robusto chofer, que se había sentado junto a la mesa, adelantó presto el vaso.
-Es un buen vino, Holmes.
-Un vino extraordinario, Watson. Nuestro amigo del sofá me ha asegurado que es de la bodega especial de Francisco Josá en el palacio de Schoenbrunn. ¿No le molestaría demasiado abrir la ventana? El vapor del cloroformo no ayuda al paladar.
La caja fuerte estaba entreabierta y Holmes, de pie ante ella, iba sacando los archivos y examinándolos por encima, antes de guardarlos ordenadamente en el maletín de Von Bork. El alemán yacía en el sofá roncando ruidosamente, con una cuerda rodeándole las piernas y otra la parte superior de los brazos.
-No hace falta apresurarse, Watson. Estamos a salvo de interrupciones. ¿Le importa tocar la campanilla? No hay nadie en la casa excepto la vieja Martha, que ha interpretado su papel admirablemente. Cuando me hice cargo del caso, le conseguí este puesto. Ah, Martha, le gustará saber que todo va bien.
La encantadora anciana acababa de aparecer en el umbral. Le dedicó a Holmes una sonrisa y una reverencia; pero miró con cierta aprensión a la figura del sofá.
-Está bien, Martha. No ha sufrido ni un rasguño.
-Me alegro, Mr. Holmes. A su manera, ha sido un amo bondadoso. Quería que me fuera ayer a Alemania con su esposa, pero eso no hubiera convenido a sus planes, ¿verdad?
-Desde luego que no, Martha. Mientras siguiera usted aquí, yo estaba tranquilo.
Hemos tenido que esperar su señal mucho rato esta noche.
-Es que estaba aquí el secretario, señor.
-Lo sé. Nos hemos cruzado.
-Creía que no iba a irse nunca. Sabía que tampoco convendría a sus planes encontrarle aquí.
-No, desde luego. A fin de cuentas, sólo hemos tenido que esperar una media hora; hasta que se ha apagado su lámpara y he comprendido que no había moros en la costa. Puede entregarme su informe mañana, en el hotel Claridge de Londres, Martha.
-Muy bien, señor.
-Supongo que lo tiene todo a punto para la marcha.
-Sí, señor. Hoy ha enviado siete cartas. Como de costumbre, tengo las direcciones.
-Muy bien, Martha. Mañana las estudiaré. Buenas noches. Estos papeles - prosiguió, cuando la anciana se hubo retirado-, no son demasiado importantes, ya que, naturalmente, la información que representan fue remitida hace ya tiempo al Gobierno alemán. Son los originales, que no podían sacarse del país sin riesgo.
-Entonces no sirven para nada.
-Yo no diría tanto, Watson. Por lo menos servirán para que los nuestros estén al corriente de lo que se sabe y lo que no. Añadiré que la mayoría de estos papeles han llegado aquí por mediación mía, y por lo tanto no son precisamente fidedignos.
Alegraría mis años de decadencia ver a un buque alemán navegando por el canal de Solent de acuerdo con los planos de campo de minas que yo les he facilitado. ¿Pero y usted, Watson? -interrumpió su trabajo y agarró por los hombros a su viejo amigo-; casi no le he visto a la luz. ¿Cómo le han tratado los años? Es usted el mismo mozalbete campechano de siempre.
-Me he quitado veinte años de encima, Holmes. Nunca me he sentido tan feliz como en el momento en que recibí su telegrama pidiéndome que fuera a reunirme con usted en Harwich y que llevase el coche. Pero usted Holmes, ha cambiado muy poco, si exceptuamos esa horrenda perilla.
-Sacrificios que ha de hacer uno por el país, Watson -dijo Holmes, tirándose del mechón-. Mañana no será más que un desagradable recuerdo. Con el pelo cortado y otros cambios superficiales sin duda mañana reapareceré en el Claridge tal como era antes de que esta faenilla americana (le ruego que me perdone, Watson, pero mi pozo de inglés parece haberse secado permanentemente), antes de que este asunto americano se cruzase en mi camino.
-Pero si se había retirado, Holmes. Nos dijeron que llevaba una existencia de asceta, entre sus abejas y sus libros, en una granjita de los South Downs.
-Exacto, Watson. ¡Aquí tiene el fruto de mi ociosa holganza, la obra magna de estos últimos años! -Cogió el volumen encima de la mesa y leyó el título completo-:
Manual Práctico de Apicultura, con algunas Observaciones sobre la Segregación de la Reina. Lo he escrito yo solo. Contemple el fruto de noches de meditación y días laboriosos, en los que vigilé a las cuadrillas de pequeñas obreras como en otro tiempo había vigilado el mundo criminal de Londres.
-Entonces, ¿cómo es que se puso a trabajar otra vez?
-¡Ah! Con frecuencia hasta yo mismo me asombro. Habría podido resistirme al ministro de Asuntos Exteriores, pero cuando el premier en persona se dignó a visitar mi humilde morada... El hecho es, Watson, que ése caballero del sofá era un poco demasiado bueno para los nuestros. Se le consideraba único en su clase. Las cosas iban mal, y nadie conseguía comprender porqué. Se sospechaba de agentes e incluso se practicaban detenciones, pero resultaba evidente que había una fuerza secreta central, muy poderosa. Era imprescindible sacarla a la luz. Recibí fuertes presiones para tomar cartas en el asunto. Me ha costado dos años, Watson, que no han estado exentos de emoción. Si le digo que inicié mi peregrinaje en Chicago, ingresé en una sociedad secreta irlandesa en Buffalo, le causé serios problemas a los agentes de policía de Skibbareen y por fin atraje la atención de un agente subordinado de Von Bork, quien me recomendó como un hombre de aptitudes, se hará una idea de lo complejo que ha sido el asunto. Desde entonces me he visto honrado con su confianza, lo que no ha impedido que la mayoría de sus planes fracasasen sutilmente y cinco de sus mejores agentes estén ahora en la cárcel. Yo observaba vigilante el fruto, Watson, y lo recogía cuando maduraba. Bueno, señor, espero que ya se haya recobrado del todo.
Este último comentario iba dirigido a Von Bork, que tras muchos parpadeos y ahogos había permanecido tumbado en silencio escuchando el relato de Holmes. De pronto estalló en un furioso torrente de invectiva alemana, con el rostro convulsionado de pasión. Holmes prosiguió con su rápida investigación de documentos, mientras su prisionero le maldecía y renegaba.
-Aunque no sea musical, el alemán es la lengua más expresiva del mundo -dijo, cuando Von Bork se interrumpió de puro agotamiento-. ¡Ajá! -añadió, fijando la atención en la esquina de un plano antes de colocarlo en la maleta-. Esto meterá a otro pájaro en la jaula. No tenía idea de que el tesorero fuese tan canalla, aunque ya hace tiempo que no le quito el ojo de encima. Señor Von Bork, va a tener que responder a muchas preguntas.
El prisionero se había incorporado en el sofá con dificultad y miraba sin pestañear a su aprehensor con una extraña mezcla de odio y perplejidad.
-Ya le ajustaré las cuentas, Altamont -dijo, hablando con lenta deliberación-.
¡Le ajustaré las cuentas aunque me cueste la vida!
-¡La eterna y dulce canción! -dijo Holmes-. ¡Cuantas veces la habré escuchado en tiempos pasado! Era la cantinela favorita del llorado profesor Moriarty. Tengo entendido que el coronel Sebastian Moran la había canturreado alguna vez. Y sin embargo, sigo vivo y dedicado a la apicultura en los South Downs.
-¡Maldito seas, doble traidor! -exclamó el alemán, forcejeando para soltarse con destellos de muerte en sus feroces ojos.
-No, la cosa no es tan terrible -replicó Holmes, sonriendo-. Como sin duda sabrá ya por mi relato, Mr. Altamont de Chicago no existía en realidad. Lo utilicé y se ha ido. -
¿Entonces, quién es usted?
-No es importante quién sea yo, pero como parece interesarle, Mr. Von Bork, le diré que no es ésta la primera vez que trabo conocimientos con miembros de su familia.
Hubo un tiempo en el que llevé muchos asuntos en Alemania, y quizá mi nombre le sea familiar.
-Desearía conocerlo -dijo el prusiano con acritud.
-Soy el artífice de la separación entre Irene Adler y el fallecido rey de Bohemia, cuando su primo Heinrich era embajador imperial. También fui yo el salvador del conde Von und Zu Grafenstein, hermano mayor de su madre, cuando intentó asesinarle el nihilista Klopman. Fui yo...
Von Bork se incorporó, atónito.
-No hay más que un hombre -exclamó
-Exacto -dijo Holmes.
Von Bork emitió un gemido y volvió a hundirse en el sofá.
-Y la mayor parte de toda esta información me ha llegado a través suyo -se lamentó-. ¿Qué valor tiene? ¿Qué he hecho? ¡Es mi ruina para siempre!
-Lo cierto es que muy fidedigna no es -dijo Holmes-. Habría que hacer comprobaciones, y usted tiene poco tiempo para eso. Quizá su almirante encuentre las piezas de artillería bastante más grandes de lo que espera y los cruceros un tanto más rápidos.
Von Bork, desesperado, se llevó las manos a la garganta.
-Existen otras muchas cuestiones de detalle que sin duda saldrán a la luz en su momento. Pero posee usted una cualidad muy poco frecuente en un alemán, Mr. Von Bork: es un deportista, y no me guardará rencor cuando comprenda que, al igual que ha superado en inteligencia a tantos otros, ha sido superado por una vez. Después de todo, ha hecho cuanto ha podido por su país, y yo he hecho lo mismo por el mío: ¿hay algo más natural? Además -añadió, no sin cierta amabilidad, apoyando su mano en el hombro del adversario postrado-, es mejor esto que caer ante un enemigo más innoble. Estos papeles ya están listos, Watson. Si me ayuda con nuestro prisionero, creo que podemos salir en seguida para Londres.
No fue tarea fácil mover a Von Bork, ya que era un hombre fuerte y estaba desesperado. Por fin, sujetándole uno por cada brazo, los dos amigos le hicieron avanzar muy despacio por la misma avenida del jardín que había recorrido con orgullo y confianza hacía solo unas horas mientras recibía las felicitaciones del famoso diplomático. Tras una última y breve resistencia fue izado, aún atado de pies y manos, al asiento libre del pequeño automóvil. Su precioso maletín fue encajado junto a él.
-Confío en que esté tan cómodo como permiten las circunstancias -dijo Holmes, cuando hubieron acabado de instalarle-. ¿Me censurará usted si me tomo la libertad de encender un cigarro y colocárselo entre los labios?
Pero toda afabilidad resultaba inútil con aquel alemán enojado.
-Supongo que se dará usted cuenta. Mr. Sherlock Holmes -dijo- de que si su Gobierno le apoya en el trato que me está dando, provocará una declaración de guerra.
-¿Y que me dice de su Gobierno y el trato que le da a esto otro? -preguntó Holmes, tamborileando sobre el maletín.
-Usted es un particular. No tiene ninguna orden de detención contra mí. Su forma de proceder es ilegal y ultrajante.
-Desde luego -dijo Holmes.
-Ha secuestrado a un súbdito alemán.
-Y robado sus documentos privados.
-Bueno, ya conocen la situación, tanto usted como su cómplice. Si me pusiera a gritar pidiendo ayuda al pasar por el pueblo...
-Mi querido señor, si hiciera una cosa tan estúpida probablemente aumentaría el número demasiado limitado de títulos de nuestras tabernas locales, dejándonos la nueva enseña de “El Prusiano Colgado”. El inglés es una criatura tolerante, pero en estos momentos su ánimo anda un poco inflamado y es mejor no ponerlo a prueba. No, Mr. Von Bork, usted nos acompañará como persona tranquila y sensata que es, a Scotland Yard, desde donde podrá mandar aviso a su amigo el barón Von Herling para ver si sigue pudiendo ocupar esa plaza que le tiene reservada entre el personal de la Embajada. En cuanto a usted, Watson, tengo entendido que se ha unido a nosotros cumpliendo su antiguo servicio, así que Londres no le hará desviarse de su camino.
Quédese aquí conmigo en la terraza, porque quizá sea nuestra última charla.
Los dos amigos mantuvieron una conversación íntima de unos pocos minutos, recordando una vez más los días del pasado, mientras su prisionero forcejeaba en vano para romper sus ligaduras. Cuando volvían hacia el coche, Holmes señaló con el dedo el mar iluminado por la luna, y meneó pensativo la cabeza.
-Viene un viento del este, Watson.
-Creo que no, Holmes. El aire está tibio.
-¡Mi querido Watson! es usted el único punto inamovible en una era de cambios.
Pero es cierto que viene un viento del este, un viento que nunca ha soplado aún en Inglaterra. Será frío y crudo, Watson, y quizá muchos de nosotros nos marchitemos al sentir sus ráfagas. No obstante, no por eso deja de ser un viento de Dios, y cuando amaine el temporal brillará bajo el sol una tierra más limpia, mejor y más fuerte. Ponga el coche en marcha, Watson, ya deberíamos estar en camino. Tengo un cheque por quinientas libras que habrá que hacer pronto efectivo, ya que el firmante es muy capaz de cancelarlo, si puede".
Arthur Conan Doyle
Los amigos de Sherlock Holmes se alegrarán de saber que vive todavía y que, fuera de algunos ataques de reumatismo que de cuando en cuando lo traen derrengando, goza de buena salud. Lleva muchos años viviendo en una pequeña granja de las Tierras Bajas, a diez kilómetros de Eastbourne, y allí distribuye sus horas entre la Filosofía y la Agricultura. En el transcurso de este período de descanso, ha desechado los más espléndidos ofrecimientos que se le han hecho para que se hiciese cargo de varios casos, resuelto ya a que su retiro fuese definitivo. Sin embargo, la inminencia de la guerra con Alemania le movió a poner a disposición del Gobierno su extraordinaria combinación de actividad intelectual y práctica, con resultados históricos que se relatan en Su último saludo en el escenario. A esta obra, y para completar el volumen, se han agregado varios casos que han estado esperando mucho tiempo en mi carpeta.
DR. JOHN H. WATSON
"Eran las nueve de la noche de un dos de agosto: el peor agosto de la historia del mundo. Ya entonces podía uno pensar que la maldición de Dios se cernía aplastante sobre un mundo degenerado, pues flotaban un silencio sobrecogedor y una sensación de vaga expectación en el aire sofocante y estancado. El sol se había puesto hacía rato, pero en el occidente lejano, a poca altura, se dibujaba una franja rojo sangre, como una herida abierta. Arriba, las estrellas brillaban resplandecientes; y abajo, las luces de las embarcaciones centelleaban en la bahía. Los dos famosos alemanes estaban junto al parapeto de piedra de la avenida del jardín; tenían detrás el edificio, bajo, alargado y cargado de gabletes de la casa, y estaban contemplando la ancha playa que se extendía al pie del profundo acantilado pizarroso sobre el que Von Bork, como un águila errante, se había posado hacía cuatro años. Tenían las cabezas muy juntas y hablaban en tonos quedos, confidenciales. Desde debajo los dos extremos incandescentes de sus cigarros podrían haber sido tomados por los ojos humeantes de algún demonio maligno, acechando en las tinieblas.
Hombre extraordinario este Von Bork, un hombre que difícilmente sería igualado por ninguno de los abnegados agentes del Kaiser. Era su talento lo primero que le había recomendado para la misión de Inglaterra, la misión más importante de todas; pero desde que se había hecho cargo de ella, su talento se había manifestado de forma cada vez más patente ante la media docena de personas que estaban en contacto con la realidad en todo el mundo. Una de esas personas era su actual compañero, el varón Von Herling, primer secretario de la legación, cuyo enorme vehículo Benz de 100 HP esperaba, bloqueando el camino vecinal, a conducir a su propietario de vuelta a Londres.
-A juzgar por la marcha de los acontecimientos, creo que probablemente estará de regreso en Berlín antes de que acabe la semana -estaba diciendo el secretario-.
Cuando llegue, mi querido Von Bork, creo que se quedará sorprendido del recibimiento que le aguarda. Yo sé lo que se piensa, en las más altas esferas, de su trabajo en este país. -El secretario era un hombre descomunal, grueso, ancho y alto, con una forma de hablar lenta y cansina que había sido su mejor recomendación en la carrera diplomática.
Von Bork se rió.
-No son muy difíciles de engañar -comentó-. No puede uno imaginarse una gente más dócil y más ingenua.
-No sé qué pensar -dijo el otro, reflexivo-. Tienen límites extraños y uno tiene que aprender a observarlos. Es esa simplicidad superficial suya lo que hace caer en la trampa al extraño. La primera impresión que uno recibe es que son totalmente maleables; pero de pronto se tropieza uno con algo inflexible y sabe que ha llegado al límite y que debe adaptarse a ese hecho. Por ejemplo, tienen sus convencionalismos isleños y, simplemente, hay que observarlos.
-¿Se refiere a lo de “guardar las formas” y todo eso? - Von Bork suspiró, como si hubiera sufrido mucho.
-Me refiero a los prejuicios ingleses en todas sus extrañas manifestaciones.
Como ejemplo puedo mencionar uno de mis peores tropiezos y me permito hablar de tropiezos porque conoce lo bastante bien mi trabajo para ser consciente de mis éxitos.
Fue cuando llegué por primera vez. Me invitaron a una reunión de fin de semana en la casa de campo de un ministro del Gabinete. La conversación fue tremendamente indiscreta.
Von Bork asintió con la cabeza.
-He estado allí- dijo secamente.
-Exacto. Bueno, pues, naturalmente, envié a Berlín un resumen de la información. Por desgracia nuestro buen canciller es hombre d poco tacto en estos asuntos, e hizo una observación que dejaba patente que sabía lo que se había dicho.
Como es natural la pista les condujo directamente hacia mí. No tiene idea de lo que eso me perjudicó. Nuestros anfitriones británicos no fueron precisamente ingenuos y maleables en esta ocasión, puedo asegurárselo. Dos años tuve que soportar sus efectos. En cambio usted, con esa pose de deportista...
-No, no, no la llame pose. Una pose es algo artificial. Y lo mío es natural. Soy un deportista nato. Disfruto con ello.
-Bueno, eso la hace más efectiva. Participa en regatas contra ellos, caza con ellos, juega al polo, los iguala en cualquier juego, y su carruaje de cuatro caballos se lleva el premio en las Olimpiadas. He oído decir que incluso boxea con los oficiales jóvenes. ¿Cuál es el resultado? Nadie le toma en serio. Es usted “un deportista simpático”, “un tipo estupendo para ser alemán”, un joven bebedor, noctámbulo, bullicioso y despreocupado. Y durante todo ese tiempo esta tranquila casa de campo es el centro de la mitad de los males que sufre Inglaterra, y el caballero-deportista el más astuto agente del servicio secreto en toda Europa. ¡Genial, mi querido Von Bork!
¡Genial!
-Me adula usted, barón. Pero desde luego puedo afirmar que mis cuatro años en este país no han sido improductivos. Nunca le he mostrado mi pequeño almacén. ¿Le importaría que entremos un momento?
La puerta del estudio se abría directamente a la terraza.
Von Bork la empujó y, pasando delante, pulsó el interruptor de la luz eléctrica. Luego cerró la puerta detrás de la voluminosa forma que le seguía, y ajustó con cuidado la pesada cortina que cubría la ventana de celosías. Sólo después de haber tomado y comprobado todas aquellas precauciones, volvió su rostro curtido y aguileño hacia su invitado.
-Algunos de mis papeles ya no están aquí -dijo-; ayer, cuando mi esposa y la servidumbre salieron para Flushing, se llevaron los menos importantes. Desde luego, debo reclamar la protección de la Embajada para los otros.
-Su nombre ya ha sido registrado como miembro del personal de la Embajada.
No habrá dificultades ni para usted ni para su equipaje. Claro que cabe la posibilidad de que no tengamos que irnos. Quizá Inglaterra abandone a Francia a su suerte. Sabemos que no hay ningún tratado que ligue un país a otro.
-¿Y Bélgica?
-A Bélgica también.
Von Bork meneó la cabeza.
-No creo que eso sea posible. En este caso sí que hay un tratado definitivo.
Inglaterra nunca se recuperaría de una tal humillación.
-Pero al menos tendría paz, por el momento.
-¿Y el honor?
-Vamos, mi querido amigo, vivimos en una época utilitarista. El honor es un concepto medieval. Además, Inglaterra no está preparada. Resulta inconcebible, pero ni siquiera nuestro impuesto de guerra especial de cincuenta millones, que parece que tendría que dejar tan patente nuestro propósito como si lo hubiéramos anunciado en la primera página del Times, ha despertado a esta gente de su letargo. Aquí y allá se oye una pregunta. Y yo debo hallar una respuesta. Aquí y allá alguien se irrita. Y yo debo apaciguarlo. Pero le aseguro que en lo esencial: almacenaje de municiones, preparación para un ataque submarino, instalaciones para fabricación de altos explosivos... no hay nada preparado. Así que, ¿cómo va a intervenir Inglaterra, sobre todo cuando le hemos organizado esa mezcla infernal de guerra civil en Irlanda, Furias rompecristales, y Dios sabe qué más para que concentre su atención en casa?
-Tiene que pensar en su futuro.
-¡Ah! Esa es otra cuestión. Supongo que para el futuro nosotros tenemos nuestros propios planes respecto a Inglaterra, y que su información nos será vital. Con Mr. John Bull tendremos que vérnoslas hoy o mañana. Si prefiere que sea hoy, estamos preparados. Si ha de ser mañana, aún lo estaremos más. Creo que para ellos sería más sensato luchar con aliados que sin ellos, pero ese es asunto suyo. Esta semana es la de su destino. Pero me estaba hablando de sus papeles.
-Se sentó en el sillón, con la luz iluminando su cabeza ancha y calva, y siguió fumando tranquilamente su cigarro.
En el ángulo del fondo de la espaciosa habitación revestida de roble repleta de libros alineados colgaba una cortina. Al descorrerla quedó al descubierto una gran caja fuerte con remates de bronce. Von Bork separó una llavecita de la cadena de su reloj y, tras considerables manipulaciones del cierre de seguridad, abrió de par en par la pesada puerta.
-¡Mire! -dijo, apartándose e invitándole con la mano.
La luz alumbró de lleno la caja abierta, y el secretario de la Embajada contempló con absorto interés las hileras atestadas de archivadores que había en su interior.
Cada archivador tenía su etiqueta, y sus ojos, al recorrerlos uno a uno con la mirada, leyeron una larga serie de títulos, tales como “Fondeaderos”, “Defensas portuarias”, “Aeroplanos”, “Irlanda”, “Egipto”, “Fuertes de Portsmouth”, “El Canal”, “Rosyth”, y una veintena más. Cada compartimiento rebosaba de documentos y planos.
-¡Colosal! -exclamó el secretario. Dejó al cigarro, y se puso a aplaudir con sus manos gordinflonas.
-Y todo en cuatro años, barón. No está del todo mal para un caballero de provincias, bebedor y jinete incansable. Pero está por llegar la perla de mi colección; ya tiene su lugar reservado. -Señaló con el dedo un espacio vacío sobre el que había impreso el rótulo “Señales Navales”.
-Pero ya tiene un expediente muy completo sobre eso.
-Anticuado, digno de la papelera. De alguna manera en el Almirantazgo ha sonado la alarma y han cambiado todos los códigos. Ha sido un golpe duro, barón, el peor que he recibido en toda mi campaña. Pero gracias a mi talonario y al bueno de Altamont todo va a solucionarse esta noche.
El barón consultó su reloj, y emitió una exclamación gutural de disgusto.
-Bueno, no puedo esperar más. Como usted se imagina, las cosas se están moviendo en Carlton Terrace y tenemos que estar en nuestros puestos. Esperaba poder llevarme la noticia de su golpe maestro. ¿Altamont no le concretó la hora?
Von Bork le alargó un telegrama.
“Iré sin falta esta noche y llevaré las bujías nuevas. -ALTAMONT.”
-Bujías, ¿eh?
-Tenga en cuenta que se hace pasar por experto en motores y yo tengo un taller completo de reparaciones. En nuestro código, todo lo que se sabe de antemano que puede tener que mencionarse recibe el nombre de una pieza de recambio. Si habla de un radiador, se trata de un acorazado; una bomba de aceite es un crucero, y así sucesivamente. Las bujías son las señales navales.
-Puesto en Portsmouth a mediodía -dijo el secretario, examinando el sobrescrito-. Por cierto, ¿cuanto le paga?
-Quinientas libras por este trabajo en particular, y además cobra un sueldo.
-¡Ambicioso bastardo! Son útiles, estos traidores, pero me pesa el precio de sangre que hay que pagarles.
-Con Altamont, a mí no me pesa nada. Es un trabajo fantástico. Le pago bien, pero por lo menos entrega la mercancía, como él mismo dice. Además, no es un traidor. Le aseguro que nuestro junker más pangermánico es un tierno palomito en sus sentimientos por Inglaterra, comparado con un auténtico irlandés resentido y emigrado a América.
-¡Oh! ¿Es un irlandés americano?
-Si le oyera hablar no lo dudaría. A veces le aseguro que me cuesta trabajo entenderle. Parece haber declarado la guerra tanto al inglés del rey como al rey inglés.
¿De verdad tiene que irse? Llegará de un momento a otro.
-Sí. Lo siento, pero ya he permanecido aquí más tiempo del debido. Le esperamos mañana temprano; cuando haya introducido ese libro de señales por la portezuela de la escalinata del duque de York, habrá puesto un triunfante colofón a sus servicios en Inglaterra. ¿Como? ¿Tokay? -Señaló con el dedo una botella llena de lacres y polvo que había en una bandeja, junto a dos vasos altos.
-¿Puedo ofrecerle un vaso antes de que emprenda su viaje?
-No gracias. Pero me huele a juerga.
-Altamont es un fino catador de vinos, y tiene especial predilección por mi tokay.
Es un tipo quisquilloso, así que hay que llevarle la corriente en estas cosas pequeñas.
Le aseguro que es digno de estudio.
Habían salido ya a la terraza, y continuaron caminando hasta llegar al alejado extremo donde, con un solo toque del chofer del barón, el gran automóvil se puso a vibrar y a cloquear.
-Esas luces son las de Harwich, supongo -dijo el secretario, poniéndose el guardapolvo-. ¡Qué quietud y qué paz! Antes de que acabe la semana, quizá haya otras luces, y la costa inglesa esté menos tranquila. También en los cielos habrá movimiento, si resulta cierto todo lo que promete el viejo Zeppelin. Por cierto, ¿quién hay ahí?
Tan sólo había luz en una de las ventanas; se veía en el interior una lámpara y junto a ella, sentada al lado de la mesa, una mujer vieja y de mejillas sonrosadas tocada con una cofia. Estaba encorvada sobre su labor de punto, y se interrumpía de vez en cuando para acariciar a un gran gato negro que había en un taburete cercano.
-Es Martha, la única criada que se ha quedado.
El secretario rió entre dientes.
-Casi podría personificar a Gran Bretaña -dijo-, con su completo ensimismamiento y su aire general de cómoda somnolencia. Bueno, hasta la vista, Von Bork. -Con una última ondulación de la mano subió al coche de un salto, y un momento después los dos conos dorados de los faros se proyectaron en la oscuridad. El secretario se arrellanó entre los cojines de su lujoso vehículo, con el pensamiento tan absorto en la inminente tragedia europea, que casi no se dio cuenta de que su automóvil, al girar por la calle del pueblo, casi aplasta a un pequeño Ford que avanzaba en dirección contraria.
Von Bork volvió al estudio, caminando despacio, una vez los últimos resplandores de los faros del coche se hubieron desvanecido en la distancia. Al pasar por la ventana de su vieja ama de llaves, observó que había apagado la luz y se había retirado. Eran para él una nueva experiencia, aquel silencio y aquella oscuridad que reinaban en su espaciosa casa, pues su familia y servidumbre habían sido numerosas.
No obstante le alivió pensar que estaban todos a salvo y que, exceptuando a aquella anciana que se había retrasado en la cocina, tenía toda la finca para él solo. Había mucho que limpiar en su estudio, y se puso a hacerlo; hasta que su cara expresiva y bella se encendió con el calor de los documentos quemados. Había junto a la mesa un maletín de piel, y empezó a guardar ordenada y sistemáticamente en él el precioso contenido de su caja fuerte. Apenas había iniciado esta tarea, cuando su fino oído detectó el sonido de un coche lejano. Al instante lanzó una exclamación de júbilo, aseguró las correas del maletín, cerró la caja con combinación, y salió corriendo a la terraza. Llegó justo a tiempo para ver los faros de un pequeño automóvil apagarse en la verja. Se apeó un pasajero y avanzó deprisa hacia él mientras el chofer, un tipo corpulento, entrado en años y con bigote cano, se sentaba tranquilamente, como resignado a su larga vigilia.
-¿Bien? -preguntó vehementemente Von Bork, saliendo al encuentro de su visitante.
Por toda respuesta el hombre levantó por encima de su cabeza un paquete de papel parduzco, haciendo un gesto de triunfo.
-Esta noche ya puede chocarla a gusto, señor -exclamó-. Le traigo el gato en el talego. -
¿Las señales?
-Como le decía en el telegrama. Hasta la última de ellas: semáforos, códigos de luces, el Marconi... una copia, no se vaya a pensar que es el original. Era demasiado peligroso. Pero puede apostar a que es la mercancía auténtica. -Le dio al alemán una palmada en el hombro, con tan tosca familiaridad, que el otro reculó.
-Entre -dijo-. Estoy solo en casa. Sólo esperaba esto. Desde luego es mejor una copia que el original. Si faltase el original lo cambiarían todo. ¿Cree que con la copia todo irá bien?
El americano irlandés había entrado en el estudio y se había sentado en el sillón, estirando sus brazos y piernas. Era un hombre alto y flaco de unos sesenta años, con las facciones muy marcadas y una barbita de chivo que le daba un cierto parecido con las caricaturas de Tío Sam. De la comisura de sus labios colgaba un cigarro a medio fumar, empapado de saliva, y al tomar asiento volvió a encenderlo con una cerilla.
-¿Preparándose para la mudanza? -observó, mirando a su alrededor-. Oiga, señor -agregó, clavando la vista en la caja fuerte que en aquel momento no ocultaba la cortina-, no me irá a decir que guarda sus documentos ahí.
-¿Por qué no?
-¡Caray! ¡En un artefacto como ése, que es como si estuviera abierto! ¡Y le tienen a usted por un espía importante! Cualquier ladrón yanqui desguazaría eso con un abrelatas. Si hubiera sabido que todas mis cartas quedarían ahí, al alcance de cualquiera, no habría hecho el imbécil escribiéndole.
-Cualquier ladrón tendría dificultades para forzar esta caja fuerte -respondió Von Bork-. Este metal no puede cortarse con ninguna herramienta.
-¿Pero, y la cerradura?
-No, tiene doble combinación. ¿Sabe lo que significa?
-A mí que me registren -dijo el americano.
-Bien; pues significa que se necesita una palabra, además de una serie de números para accionar esa cerradura. -Se levantó y le mostró un disco con doble juego radial alrededor del agujero de la llave-. El exterior es para las letras, y el de dentro para los números.
-Bueno, bueno, eso ya está mejor.
-Así que no es tan simple como creía. La mandé fabricar hace cuatro años; ¿qué cree que elegí como código?
-No podría saberlo.
-Elegí la palabra agosto y la cifra 1914; eso es todo.
En el rostro del americano se dibujaron sorpresa y admiración.
-¡Eso sí que es tener ojo! ¡Afinó bien la puntería!
-Sí, unos pocos de nosotros podíamos adivinar la fecha incluso entonces. ¡Y pensar que mañana le doy el cerrojazo definitivo!
-Muy bien, pero aún quedo yo. No creerá que voy a quedarme solo en este maldito país. Por lo que veo, dentro de una semana o menos John Bull estará erguido sobre sus cuartos traseros y con las garras extendidas. La verdad es que preferiría ver el espectáculo desde el otro lado del mar.
-Pero usted es ciudadano americano.
-También Jack James era ciudadano americano, y eso no le impide estar pudriéndose en Portland. No se escabulle uno de un policía inglés diciéndole que es ciudadano americano. “Aquí rigen la ley y el orden británicos”, contesta. Por cierto, señor, hablando de Jack James; tengo la impresión de que no hace gran cosa para cubrir a sus hombres.
-¿Qué quiere decir? -preguntó Von Bork, secamente.
-Bueno, usted es el jefe, ¿no? Es usted quien tiene que ocuparse de que no caigan. Pero caen, y usted nunca ha rescatado a ninguno. Ahí tiene a James...
-Lo que ocurrió con James fue culpa suya, lo sabe muy bien. Era demasiado porfiado para este trabajo.
-James era estúpido, lo admito. ¿Pero qué me dice de Hollis?
-Estaba loco.
-Bueno, se ofuscó un poco al final. Pero es que es como para acabar en el manicomio tener que pasarse de la mañana a la noche representando un papel, rodeado de cien tipos dispuestos a echarle a uno la cofia encima. Y ahora Steiner... Von Bork se sobresaltó violentamente, y el rubor de su rostro bajó en un tono.
-¿Que le ocurre a Steiner?
-Pues que le han echado el guante, eso es todo. Ayer noche irrumpieron por sorpresa en su almacén, y él y sus papeles están en la cárcel de Portsmouth. Usted se largará y él, pobre diablo, tendrá que aguantar el barullo y mucha suerte tendrá si sale vivo. Por eso quiero yo poner agua de por medio a la vez que usted.
Von Bork era un hombre fuerte y contenido, pero era fácil darse cuenta de que aquella noticia le había afectado.
-¿Cómo han podido descubrir a Steiner? -murmuró-. Ese es el peor golpe de todos.
-Pues casi le dan otro peor, porque creo que no andan lejos de mí.
-¡No puede ser!
-¡Ya lo creo! Mi patrona, allí en el camino de Fratton, tuvo que contestar a algunas preguntas, y yo al enterarme comprendí que había llegado el momento de moverse. Pero lo que yo quiero saber, señor, es cómo los polis averiguan todas estas cosas. Steiner es el quinto hombre que pierde usted desde que firmamos contrato, y conozco el nombre del sexto si no me escabullo pronto. ¿Cómo explica usted eso? ¿No le da vergüenza ver que sus hombres van cayendo de ese modo?
El rostro de Von Bork se encendió violentamente.
-¿Cómo se atreve a decirme eso?
-Si no me atreviera a ciertas cosas, señor, no estaría a su servicio. Pero voy a decirle a las claras lo que pienso. He oído decir que ustedes, los políticos alemanes, cuando uno de sus agentes ha concluido su trabajo, no ponen muchos reparos a que lo quiten de en medio.
Von Bork se levantó de un salto.
-¿Se atreve a insinuar que he entregado a mis propios agentes?
-No llego a tanto señor; pero en algún lugar hay un soplón o una infiltración, y a usted compete descubrir dónde. En cualquier caso, no voy a dejar las cosas al azar.
Quiero irme a mi pequeña Holanda, y cuanto antes, mejor.
-Llevamos demasiado tiempo siendo aliados para pelearnos en la hora de la victoria. Ha realizado un trabajo espléndido, con muchos riesgos, y eso no puedo olvidarlo. No se hable más; váyase a Holanda, y desde Rotterdam podrá tomar un barco a New York. Déme ese libro, y lo meteré en mi equipaje, con los demás.
El americano sostenía en su mano el paquetito. Pero no hizo gesto de entregarlo.
-¿Que hay del parné? -preguntó.
-¿De qué?
-La pasta. La recompensa. Las 500 libras. El artillero se puso muy antipático al final, y tuve que untarlo con cien dólares más, ya que de lo contrario usted y yo nos quedábamos compuestos y sin libro. “No hay nada que hacer” dijo, muy convencido; pero los cien pavos lo amansaron. Toda esta broma me ha costado doscientas libras, así que no entrego ni una página si no cobro mi recompensa.
Von Bork sonrió con cierta amargura y dijo:
-No parece tener una opinión muy elevada de mi honor; quiere el dinero antes de entregarme el libro.
-Mire usted, señor, los negocios son los negocios.
-De acuerdo, lo haremos a su manera. -Se sentó a la mesa, hizo unos garabatos en un cheque, arrancó éste del talonario; pero se guardó muy bien de alargárselo a su interlocutor-. Después de todo, puestas así las cosas, Mr. Altamont - dijo-, no veo por qué he de confiar más yo en usted que usted en mí. ¿Me comprende? -añadió, volviendo la cabeza y mirando por encima del hombro al americano-. Dejaré el cheque encima de la mesa. Reclamo mi derecho a examinar ese paquete antes de que recoja su dinero.
El americano se lo pasó sin decir palabra. Von Bork desató el bramante y rasgó dos envoltorios de papel. Luego permaneció sentado un momento mirando, callado y perplejo, el librito azul que tenía delante de los ojos. En su tapa, había impreso en letras de oro el siguiente título: Manual Práctico de Apicultura. Sólo un instante pudo el jefe de espías seguir contemplando aquella inscripción extrañamente ajena al tema; al siguiente era sujetado en la nuca por una garra de acero, y apareció ante su cara contorsionada una esponja empapada en cloroformo.
-¡Otro caso, Watson! -dijo Mr. Sherlock Holmes, alargándole la botella de Imperial Tokay.
El robusto chofer, que se había sentado junto a la mesa, adelantó presto el vaso.
-Es un buen vino, Holmes.
-Un vino extraordinario, Watson. Nuestro amigo del sofá me ha asegurado que es de la bodega especial de Francisco Josá en el palacio de Schoenbrunn. ¿No le molestaría demasiado abrir la ventana? El vapor del cloroformo no ayuda al paladar.
La caja fuerte estaba entreabierta y Holmes, de pie ante ella, iba sacando los archivos y examinándolos por encima, antes de guardarlos ordenadamente en el maletín de Von Bork. El alemán yacía en el sofá roncando ruidosamente, con una cuerda rodeándole las piernas y otra la parte superior de los brazos.
-No hace falta apresurarse, Watson. Estamos a salvo de interrupciones. ¿Le importa tocar la campanilla? No hay nadie en la casa excepto la vieja Martha, que ha interpretado su papel admirablemente. Cuando me hice cargo del caso, le conseguí este puesto. Ah, Martha, le gustará saber que todo va bien.
La encantadora anciana acababa de aparecer en el umbral. Le dedicó a Holmes una sonrisa y una reverencia; pero miró con cierta aprensión a la figura del sofá.
-Está bien, Martha. No ha sufrido ni un rasguño.
-Me alegro, Mr. Holmes. A su manera, ha sido un amo bondadoso. Quería que me fuera ayer a Alemania con su esposa, pero eso no hubiera convenido a sus planes, ¿verdad?
-Desde luego que no, Martha. Mientras siguiera usted aquí, yo estaba tranquilo.
Hemos tenido que esperar su señal mucho rato esta noche.
-Es que estaba aquí el secretario, señor.
-Lo sé. Nos hemos cruzado.
-Creía que no iba a irse nunca. Sabía que tampoco convendría a sus planes encontrarle aquí.
-No, desde luego. A fin de cuentas, sólo hemos tenido que esperar una media hora; hasta que se ha apagado su lámpara y he comprendido que no había moros en la costa. Puede entregarme su informe mañana, en el hotel Claridge de Londres, Martha.
-Muy bien, señor.
-Supongo que lo tiene todo a punto para la marcha.
-Sí, señor. Hoy ha enviado siete cartas. Como de costumbre, tengo las direcciones.
-Muy bien, Martha. Mañana las estudiaré. Buenas noches. Estos papeles - prosiguió, cuando la anciana se hubo retirado-, no son demasiado importantes, ya que, naturalmente, la información que representan fue remitida hace ya tiempo al Gobierno alemán. Son los originales, que no podían sacarse del país sin riesgo.
-Entonces no sirven para nada.
-Yo no diría tanto, Watson. Por lo menos servirán para que los nuestros estén al corriente de lo que se sabe y lo que no. Añadiré que la mayoría de estos papeles han llegado aquí por mediación mía, y por lo tanto no son precisamente fidedignos.
Alegraría mis años de decadencia ver a un buque alemán navegando por el canal de Solent de acuerdo con los planos de campo de minas que yo les he facilitado. ¿Pero y usted, Watson? -interrumpió su trabajo y agarró por los hombros a su viejo amigo-; casi no le he visto a la luz. ¿Cómo le han tratado los años? Es usted el mismo mozalbete campechano de siempre.
-Me he quitado veinte años de encima, Holmes. Nunca me he sentido tan feliz como en el momento en que recibí su telegrama pidiéndome que fuera a reunirme con usted en Harwich y que llevase el coche. Pero usted Holmes, ha cambiado muy poco, si exceptuamos esa horrenda perilla.
-Sacrificios que ha de hacer uno por el país, Watson -dijo Holmes, tirándose del mechón-. Mañana no será más que un desagradable recuerdo. Con el pelo cortado y otros cambios superficiales sin duda mañana reapareceré en el Claridge tal como era antes de que esta faenilla americana (le ruego que me perdone, Watson, pero mi pozo de inglés parece haberse secado permanentemente), antes de que este asunto americano se cruzase en mi camino.
-Pero si se había retirado, Holmes. Nos dijeron que llevaba una existencia de asceta, entre sus abejas y sus libros, en una granjita de los South Downs.
-Exacto, Watson. ¡Aquí tiene el fruto de mi ociosa holganza, la obra magna de estos últimos años! -Cogió el volumen encima de la mesa y leyó el título completo-:
Manual Práctico de Apicultura, con algunas Observaciones sobre la Segregación de la Reina. Lo he escrito yo solo. Contemple el fruto de noches de meditación y días laboriosos, en los que vigilé a las cuadrillas de pequeñas obreras como en otro tiempo había vigilado el mundo criminal de Londres.
-Entonces, ¿cómo es que se puso a trabajar otra vez?
-¡Ah! Con frecuencia hasta yo mismo me asombro. Habría podido resistirme al ministro de Asuntos Exteriores, pero cuando el premier en persona se dignó a visitar mi humilde morada... El hecho es, Watson, que ése caballero del sofá era un poco demasiado bueno para los nuestros. Se le consideraba único en su clase. Las cosas iban mal, y nadie conseguía comprender porqué. Se sospechaba de agentes e incluso se practicaban detenciones, pero resultaba evidente que había una fuerza secreta central, muy poderosa. Era imprescindible sacarla a la luz. Recibí fuertes presiones para tomar cartas en el asunto. Me ha costado dos años, Watson, que no han estado exentos de emoción. Si le digo que inicié mi peregrinaje en Chicago, ingresé en una sociedad secreta irlandesa en Buffalo, le causé serios problemas a los agentes de policía de Skibbareen y por fin atraje la atención de un agente subordinado de Von Bork, quien me recomendó como un hombre de aptitudes, se hará una idea de lo complejo que ha sido el asunto. Desde entonces me he visto honrado con su confianza, lo que no ha impedido que la mayoría de sus planes fracasasen sutilmente y cinco de sus mejores agentes estén ahora en la cárcel. Yo observaba vigilante el fruto, Watson, y lo recogía cuando maduraba. Bueno, señor, espero que ya se haya recobrado del todo.
Este último comentario iba dirigido a Von Bork, que tras muchos parpadeos y ahogos había permanecido tumbado en silencio escuchando el relato de Holmes. De pronto estalló en un furioso torrente de invectiva alemana, con el rostro convulsionado de pasión. Holmes prosiguió con su rápida investigación de documentos, mientras su prisionero le maldecía y renegaba.
-Aunque no sea musical, el alemán es la lengua más expresiva del mundo -dijo, cuando Von Bork se interrumpió de puro agotamiento-. ¡Ajá! -añadió, fijando la atención en la esquina de un plano antes de colocarlo en la maleta-. Esto meterá a otro pájaro en la jaula. No tenía idea de que el tesorero fuese tan canalla, aunque ya hace tiempo que no le quito el ojo de encima. Señor Von Bork, va a tener que responder a muchas preguntas.
El prisionero se había incorporado en el sofá con dificultad y miraba sin pestañear a su aprehensor con una extraña mezcla de odio y perplejidad.
-Ya le ajustaré las cuentas, Altamont -dijo, hablando con lenta deliberación-.
¡Le ajustaré las cuentas aunque me cueste la vida!
-¡La eterna y dulce canción! -dijo Holmes-. ¡Cuantas veces la habré escuchado en tiempos pasado! Era la cantinela favorita del llorado profesor Moriarty. Tengo entendido que el coronel Sebastian Moran la había canturreado alguna vez. Y sin embargo, sigo vivo y dedicado a la apicultura en los South Downs.
-¡Maldito seas, doble traidor! -exclamó el alemán, forcejeando para soltarse con destellos de muerte en sus feroces ojos.
-No, la cosa no es tan terrible -replicó Holmes, sonriendo-. Como sin duda sabrá ya por mi relato, Mr. Altamont de Chicago no existía en realidad. Lo utilicé y se ha ido. -
¿Entonces, quién es usted?
-No es importante quién sea yo, pero como parece interesarle, Mr. Von Bork, le diré que no es ésta la primera vez que trabo conocimientos con miembros de su familia.
Hubo un tiempo en el que llevé muchos asuntos en Alemania, y quizá mi nombre le sea familiar.
-Desearía conocerlo -dijo el prusiano con acritud.
-Soy el artífice de la separación entre Irene Adler y el fallecido rey de Bohemia, cuando su primo Heinrich era embajador imperial. También fui yo el salvador del conde Von und Zu Grafenstein, hermano mayor de su madre, cuando intentó asesinarle el nihilista Klopman. Fui yo...
Von Bork se incorporó, atónito.
-No hay más que un hombre -exclamó
-Exacto -dijo Holmes.
Von Bork emitió un gemido y volvió a hundirse en el sofá.
-Y la mayor parte de toda esta información me ha llegado a través suyo -se lamentó-. ¿Qué valor tiene? ¿Qué he hecho? ¡Es mi ruina para siempre!
-Lo cierto es que muy fidedigna no es -dijo Holmes-. Habría que hacer comprobaciones, y usted tiene poco tiempo para eso. Quizá su almirante encuentre las piezas de artillería bastante más grandes de lo que espera y los cruceros un tanto más rápidos.
Von Bork, desesperado, se llevó las manos a la garganta.
-Existen otras muchas cuestiones de detalle que sin duda saldrán a la luz en su momento. Pero posee usted una cualidad muy poco frecuente en un alemán, Mr. Von Bork: es un deportista, y no me guardará rencor cuando comprenda que, al igual que ha superado en inteligencia a tantos otros, ha sido superado por una vez. Después de todo, ha hecho cuanto ha podido por su país, y yo he hecho lo mismo por el mío: ¿hay algo más natural? Además -añadió, no sin cierta amabilidad, apoyando su mano en el hombro del adversario postrado-, es mejor esto que caer ante un enemigo más innoble. Estos papeles ya están listos, Watson. Si me ayuda con nuestro prisionero, creo que podemos salir en seguida para Londres.
No fue tarea fácil mover a Von Bork, ya que era un hombre fuerte y estaba desesperado. Por fin, sujetándole uno por cada brazo, los dos amigos le hicieron avanzar muy despacio por la misma avenida del jardín que había recorrido con orgullo y confianza hacía solo unas horas mientras recibía las felicitaciones del famoso diplomático. Tras una última y breve resistencia fue izado, aún atado de pies y manos, al asiento libre del pequeño automóvil. Su precioso maletín fue encajado junto a él.
-Confío en que esté tan cómodo como permiten las circunstancias -dijo Holmes, cuando hubieron acabado de instalarle-. ¿Me censurará usted si me tomo la libertad de encender un cigarro y colocárselo entre los labios?
Pero toda afabilidad resultaba inútil con aquel alemán enojado.
-Supongo que se dará usted cuenta. Mr. Sherlock Holmes -dijo- de que si su Gobierno le apoya en el trato que me está dando, provocará una declaración de guerra.
-¿Y que me dice de su Gobierno y el trato que le da a esto otro? -preguntó Holmes, tamborileando sobre el maletín.
-Usted es un particular. No tiene ninguna orden de detención contra mí. Su forma de proceder es ilegal y ultrajante.
-Desde luego -dijo Holmes.
-Ha secuestrado a un súbdito alemán.
-Y robado sus documentos privados.
-Bueno, ya conocen la situación, tanto usted como su cómplice. Si me pusiera a gritar pidiendo ayuda al pasar por el pueblo...
-Mi querido señor, si hiciera una cosa tan estúpida probablemente aumentaría el número demasiado limitado de títulos de nuestras tabernas locales, dejándonos la nueva enseña de “El Prusiano Colgado”. El inglés es una criatura tolerante, pero en estos momentos su ánimo anda un poco inflamado y es mejor no ponerlo a prueba. No, Mr. Von Bork, usted nos acompañará como persona tranquila y sensata que es, a Scotland Yard, desde donde podrá mandar aviso a su amigo el barón Von Herling para ver si sigue pudiendo ocupar esa plaza que le tiene reservada entre el personal de la Embajada. En cuanto a usted, Watson, tengo entendido que se ha unido a nosotros cumpliendo su antiguo servicio, así que Londres no le hará desviarse de su camino.
Quédese aquí conmigo en la terraza, porque quizá sea nuestra última charla.
Los dos amigos mantuvieron una conversación íntima de unos pocos minutos, recordando una vez más los días del pasado, mientras su prisionero forcejeaba en vano para romper sus ligaduras. Cuando volvían hacia el coche, Holmes señaló con el dedo el mar iluminado por la luna, y meneó pensativo la cabeza.
-Viene un viento del este, Watson.
-Creo que no, Holmes. El aire está tibio.
-¡Mi querido Watson! es usted el único punto inamovible en una era de cambios.
Pero es cierto que viene un viento del este, un viento que nunca ha soplado aún en Inglaterra. Será frío y crudo, Watson, y quizá muchos de nosotros nos marchitemos al sentir sus ráfagas. No obstante, no por eso deja de ser un viento de Dios, y cuando amaine el temporal brillará bajo el sol una tierra más limpia, mejor y más fuerte. Ponga el coche en marcha, Watson, ya deberíamos estar en camino. Tengo un cheque por quinientas libras que habrá que hacer pronto efectivo, ya que el firmante es muy capaz de cancelarlo, si puede".
Arthur Conan Doyle
miércoles, 11 de febrero de 2015
"Los Otros Dioses"
"En la cima del pico más alto del mundo habitan los dioses de la tierra, y no soportan que ningún hombre se jacte de haberlos visto. En otro tiempo poblaron los picos inferiores; pero los hombres de las llanuras se empeñaron siempre en escalar las laderas de roca y de nieve, empujando a los dioses hacia montañas cada vez más elevadas, hasta hoy, en que sólo les queda la última. Al abandonar sus cumbres anteriores se llevaron sus propios signos, salvo una vez que, según se dice, dejaron una imagen esculpida en la cara del monte llamado Ngranek.
Pero ahora se han retirado a la desconocida Kadath del desierto frío, en donde los hombres no entran jamás, y se han vuelto severos; y si en otro tiempo soportaron que los hombres los desplazaran, ahora les han prohibido que se acerquen; pero si lo hacen, les impiden marcharse. Conviene que los hombres no sepan dónde esta Kadath; de lo contrario, tratarían de escalarla en su imprudencia.
A veces, en la quietud de la noche, cuando los dioses de la tierra sienten añoranza, visitan los picos donde moraron una vez, y lloran en silencio al tratar de jugar en silencio en las recordadas laderas. Los hombres han sentido las lágrimas de los dioses sobre el nevado Thurai, aunque creyeron que era lluvia; y han oído sus suspiros en los quejumbrosos vientos matinales de Lerion. Los dioses suelen viajar en las naves de nubes, y los sabios campesinos tienen leyendas que les disuaden de acercarse a ciertos picos elevados por la noche cuando el cielo se nubla, porque los dioses no son tan indulgentes como antaño.
En Ulthar, más allá del río Skai, vivía una vez un anciano que deseaba contemplar a los dioses de la tierra; este hombre conocía profundamente los siete libros crípticos de la Tierra y estaba familiarizado con los Manuscritos Pnakóticos de la distante y helada Lomar. Se llamaba Barzai el Sabio, y los lugareños cuentan cómo escaló una montaña la noche del extraño eclipse.
Barzai sabía tantas cosas sobre los dioses que podía contar sus idas y venidas; y adivinaba tantos secretos que se tenía a si mismo por un semidiós. Fue él quien aconsejó prudentemente a los diputados de Ulthar cuando aprobaron la famosa ley que prohibía matar gatos, y quien dijo al joven sacerdote Atal adónde se habían ido los gatos negros, en la medianoche de la víspera de san Juan. Barzai estaba profundamente versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y le habían entrado deseos de ver sus rostros. Creía que su hondo y secreto conocimiento de los dioses lo protegería de la ira de éstos, y decidió escalar la cima del elevado y rocoso Hatheg-Kla una noche en que sabía que los dioses estarían allí.
El Hatheg-Kla está en el desierto pedregoso que se extiende más allá de Hatheg, del cual recibe el nombre, y se alza como una estatua de roca en un templo silencioso. Las brumas juegan lúgubremente alrededor de su cima porque las brumas son los recuerdos de los dioses, y los dioses amaban el Hatheg-Kla cuando habitaban en él, en otro tiempo. Frecuentemente visitan los dioses de la tierra el Hatheg-Kla, en sus naves de nube, y derraman pálidos vapores sobre las laderas cuando danzan añorantes en la cima, bajo una luna clara. Los aldeanos de Hatheg dicen que no conviene escalar el Hatheg-Kla en ningún momento, y que es fatal hacerlo de noche, cuando los pálidos vapores ocultan la cima y la luna; sin embargo, no les escuchó Barzai cuando llegó de la vecina Ulthar con el joven sacerdote Atal, su discípulo. Atal sólo era hijo de posadero, y a veces tenía miedo; pero el padre de Barzai había sido un noble que vivió en un antiguo castillo, por lo que no había supersticiones vulgares en sus venas, y se reía de los atemorizados aldeanos.
Barzai y Atal salieron de Hatheg hacia el pedregoso desierto, a pesar de los ruegos de los campesinos, y charlaron sobre los dioses de la tierra junto a su fogata, por las noches. Viajaron durante muchos días, hasta que divisaron a lo lejos al altísimo Hatheg-Kla con su halo de lúgubre bruma. El décimo tercer día llegaron al pie de la solitaria montaña, y Atal confesó sus temores. Pero Barzai era viejo, sabio, y no conocía el miedo, así que marchó delante osadamente por la ladera que ningún hombre había escalado desde los tiempos de Sansu, de quien hablan con temor los mohosos Manuscritos Pnakóticos.
El camino era rocoso y peligroso a causa de los precipicios y acantilados y aludes. Después se volvió frío y nevado; y Barzai y Atal resbalaban a menudo, y se caían, mientras se abrían camino con bastones y hachas. Finalmente el aire se enrareció, el cielo cambió de color, y los escaladores encontraron que era difícil respirar; pero siguieron subiendo más y más, maravillados ante lo extraño del paisaje, y emocionados pensando en lo que sucedería en la cima, cuando saliera la luna y se extendieran los pálidos vapores. Durante tres días estuvieron subiendo más y más, hacia el techo del mundo; luego acamparon, en espera de que se nublara la luna.
Durante cuatro noches esperaron en vano las nubes, mientras la luna derramaba su frío resplandor a través de las tenues y lúgubres brumas que envolvían el mudo pináculo. Y la quinta noche, en que salió la luna llena, Barzai vio unos nubarrones densos a lo lejos, por el norte, y ni él ni Atal se acostaron, observando cómo se acercaban. Espesos y majestuosos, navegaban lenta y deliberadamente; rodearon el pico muy por encima de los observadores, y ocultaron la luna y la cima. Durante una hora larga estuvieron observando los dos, mientras los vapores se arremolinaban y la pantalla de nubes se espesaba y se hacía más inquieta. Barzai era versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y escuchaba atento los ruidos; pero Atal, que sentía el frío de los vapores y el miedo de la noche, estaba aterrado. Y aunque Barzai siguió subiendo más y más, y le hacía señas ansiosamente para que fuera también, Atal tardó mucho en decidirse a seguirlo.
Tan densos eran los vapores que la marcha resultaba muy penosa; y aunque Atal lo siguió al fin, apenas podía ver la figura gris de Barzai en la borrosa ladera, arriba, a la luz nublada de la luna. Barzai marchaba muy delante; y a pesar de su edad, parecía escalar con más soltura y facilidad que Atal, sin miedo a la pendiente que empezaba a ser demasiado pronunciada y peligrosa, salvo para un hombre fuerte y temerario, y sin detenerse ante los grandes y negros precipicios que Atal apenas podía saltar. Y de este modo escalaron intensamente rocas y precipicios, resbalando y tropezando, sobrecogidos a veces ante el impresionante silencio de los fríos y desolados pináculos y mudas pendientes de granito.
Súbitamente, Barzai desapareció de la vista de Atal, y salvó una tremenda cornisa que parecía sobresalir y cortar el camino a todo escalador que no estuviese inspirado por los dioses de la tierra. Atal estaba muy abajo, pensando qué haría cuando llegara a dicho punto, cuando observó curiosamente que la luna había aumentado, como si el despejado pico y lugar de reunión de los dioses estuviese muy cerca. Y mientras gateaba hacia la cornisa saliente y hacia el cielo iluminado, sintió los más grandes terrores de su vida. Y entonces, a través de las brumas de arriba, oyó la voz de Barzai que gritaba locamente, de gozo:
-¡He oído a los dioses! ¡He oído a los dioses de la tierra cantar dichosos en el Hatheg-Kla! ¡Barzai el profeta conoce las voces de los dioses de la tierra! Las brumas son tenues y la luna brillante; hoy veré a los dioses danzar frenéticos en el Hatheg-Kla que tanto amaron en su juventud. La sabiduría hace a Barzai más grande aún que los dioses de la tierra, y los encantos y barreras de todos ellos no pueden nada contra su voluntad; Barzai contemplará a los dioses de la tierra, aunque ellos detesten ser contemplados por los hombres.
Atal no podía oír las voces que Barzai oía, pero ahora estaban cerca de la cornisa, y buscaba un paso. Y entonces oyó crecer la voz de Barzai de forma más sonora y estridente:
-La niebla es muy tenue, y la luna arroja sombras sobre las laderas; las voces de los dioses de la tierra son violentas y airadas; temen la llegada de Barzai el Sabio, porque es más grande que ellos... La luz de la luna fluctúa, y los dioses de la tierra danzan frente a ella; veré danzar sus formas, saltando y aullando a la luz de la luna... La luz se debilita; los dioses tienen miedo...
Mientras Barzai gritaba estas cosas, Atal notó un cambio espectral en todo el aire, como si las leyes de la tierra cedieran ante otras leyes superiores; porque aunque el sendero era más pronunciado que nunca, el ascenso se había vuelto espantosamente fácil, y la cornisa apenas fue un obstáculo cuando llegó a ella y trepó peligrosamente por su cara convexa. El resplandor de la luna se había apagado extrañamente; y mientras Atal se adelantaba en las brumas, monte arriba, oyó a Barzai el Sabio gritar entre las sombras:
-La luna es oscura y los dioses danzan en la noche; hay terror en la noche; hay terror en el cielo, pues la luna ha sufrido un eclipse que ni los libros humanos ni los dioses de la tierra han sido capaces de predecir... Hay una magia desconocida en el Hatheg-Kla, pues los gritos de los dioses asustados se han convertido en risas, y las laderas de hielo ascienden interminablemente hacia los cielos tenebrosos, en los que ahora me sumerjo... ¡Eh! ¡Eh! ¡Al fin! ¡En la débil luz, he percibido a los dioses de la tierra!
Y entonces Atal, deslizándose monte arriba con vertiginosa rapidez por inconcebibles pendientes, oyó en la oscuridad una risa repugnante, mezclada con gritos que ningún hombre puede haber oído salvo en el Fleguetonte de inenarrables pesadillas; un grito en el que vibró el horror y la angustia de una vida tormentosa comprimida en un instante atroz:
-¡Los otros dioses! ¡Los otros dioses! ¡Los dioses de los infiernos exteriores que custodian a los débiles dioses de la tierra!... ¡Aparta la mirada!... ¡Retrocede!... ¡No mires! ¡No mires! La venganza de los abismos infinitos... Ese maldito, ese condenado precipicio... ¡Misericordiosos dioses de la tierra, estoy cayendo al cielo!
Y mientras Atal cerraba los ojos, se taponaba los oídos, y trataba de descender luchando contra la espantosa fuerza que lo atraía hacia desconocidas alturas, siguió resonando en el Hatheg-Kla el estallido terrible de los truenos que despertaron a los pacíficos aldeanos de las llanuras y a los honrados ciudadanos de Hatheg, de Nir y de Ulthar, haciéndoles detenerse a observar, a través de las nubes, aquel extraño eclipse que ningún libro había predicho jamás. Y cuando al fin salió la luna, Atal estaba a salvo en las nieves inferiores de la montaña, fuera de la vista de los dioses de la tierra y de los otros dioses.
Ahora se dice en los mohosos Manuscritos Pnakóticos que Sansu no descubrió otra cosa que rocas mudas y hielo, la vez que escaló el Hatheg-Kla en la juventud del mundo. Sin embargo, cuando los hombres de Ulthar y de Nir y de Hatheg reprimieron sus temores y escalaron ese día esa cumbre encantada en busca de Barzai el Sabio, encontraron grabado en la roca desnuda de la cima un símbolo extraño y ciclópeo de cincuenta codos de ancho, como si la roca hubiese sido hendida por un titánico cincel. Y el símbolo era semejante al que los sabios descubrieron en esas partes espantosas de los Manuscritos Pnakóticos tan antiguas que no se pueden leer. Eso encontraron.
Jamás llegaron a encontrar a Barzai el Sabio, ni lograron convencer al santo sacerdote Atal para que rezase por el descanso de su alma. Y todavía hoy las gentes de Ulthar y de Nir y de Hatheg tienen miedo de los eclipses, y rezan por la noche cuando los pálidos vapores ocultan la cumbre de la montaña y la luna. Y por encima de las brumas de Hatheg-Kla los dioses de la tierra danzan a veces con nostalgia, porque saben que no corren peligro y les encanta venir a la desconocida Kadath en sus naves de nube a jugar como antaño, como hacían cuando la tierra era nueva y los hombres no escalaban las regiones inaccesibles"
H.P Lovecraft
Pero ahora se han retirado a la desconocida Kadath del desierto frío, en donde los hombres no entran jamás, y se han vuelto severos; y si en otro tiempo soportaron que los hombres los desplazaran, ahora les han prohibido que se acerquen; pero si lo hacen, les impiden marcharse. Conviene que los hombres no sepan dónde esta Kadath; de lo contrario, tratarían de escalarla en su imprudencia.
A veces, en la quietud de la noche, cuando los dioses de la tierra sienten añoranza, visitan los picos donde moraron una vez, y lloran en silencio al tratar de jugar en silencio en las recordadas laderas. Los hombres han sentido las lágrimas de los dioses sobre el nevado Thurai, aunque creyeron que era lluvia; y han oído sus suspiros en los quejumbrosos vientos matinales de Lerion. Los dioses suelen viajar en las naves de nubes, y los sabios campesinos tienen leyendas que les disuaden de acercarse a ciertos picos elevados por la noche cuando el cielo se nubla, porque los dioses no son tan indulgentes como antaño.
En Ulthar, más allá del río Skai, vivía una vez un anciano que deseaba contemplar a los dioses de la tierra; este hombre conocía profundamente los siete libros crípticos de la Tierra y estaba familiarizado con los Manuscritos Pnakóticos de la distante y helada Lomar. Se llamaba Barzai el Sabio, y los lugareños cuentan cómo escaló una montaña la noche del extraño eclipse.
Barzai sabía tantas cosas sobre los dioses que podía contar sus idas y venidas; y adivinaba tantos secretos que se tenía a si mismo por un semidiós. Fue él quien aconsejó prudentemente a los diputados de Ulthar cuando aprobaron la famosa ley que prohibía matar gatos, y quien dijo al joven sacerdote Atal adónde se habían ido los gatos negros, en la medianoche de la víspera de san Juan. Barzai estaba profundamente versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y le habían entrado deseos de ver sus rostros. Creía que su hondo y secreto conocimiento de los dioses lo protegería de la ira de éstos, y decidió escalar la cima del elevado y rocoso Hatheg-Kla una noche en que sabía que los dioses estarían allí.
El Hatheg-Kla está en el desierto pedregoso que se extiende más allá de Hatheg, del cual recibe el nombre, y se alza como una estatua de roca en un templo silencioso. Las brumas juegan lúgubremente alrededor de su cima porque las brumas son los recuerdos de los dioses, y los dioses amaban el Hatheg-Kla cuando habitaban en él, en otro tiempo. Frecuentemente visitan los dioses de la tierra el Hatheg-Kla, en sus naves de nube, y derraman pálidos vapores sobre las laderas cuando danzan añorantes en la cima, bajo una luna clara. Los aldeanos de Hatheg dicen que no conviene escalar el Hatheg-Kla en ningún momento, y que es fatal hacerlo de noche, cuando los pálidos vapores ocultan la cima y la luna; sin embargo, no les escuchó Barzai cuando llegó de la vecina Ulthar con el joven sacerdote Atal, su discípulo. Atal sólo era hijo de posadero, y a veces tenía miedo; pero el padre de Barzai había sido un noble que vivió en un antiguo castillo, por lo que no había supersticiones vulgares en sus venas, y se reía de los atemorizados aldeanos.
Barzai y Atal salieron de Hatheg hacia el pedregoso desierto, a pesar de los ruegos de los campesinos, y charlaron sobre los dioses de la tierra junto a su fogata, por las noches. Viajaron durante muchos días, hasta que divisaron a lo lejos al altísimo Hatheg-Kla con su halo de lúgubre bruma. El décimo tercer día llegaron al pie de la solitaria montaña, y Atal confesó sus temores. Pero Barzai era viejo, sabio, y no conocía el miedo, así que marchó delante osadamente por la ladera que ningún hombre había escalado desde los tiempos de Sansu, de quien hablan con temor los mohosos Manuscritos Pnakóticos.
El camino era rocoso y peligroso a causa de los precipicios y acantilados y aludes. Después se volvió frío y nevado; y Barzai y Atal resbalaban a menudo, y se caían, mientras se abrían camino con bastones y hachas. Finalmente el aire se enrareció, el cielo cambió de color, y los escaladores encontraron que era difícil respirar; pero siguieron subiendo más y más, maravillados ante lo extraño del paisaje, y emocionados pensando en lo que sucedería en la cima, cuando saliera la luna y se extendieran los pálidos vapores. Durante tres días estuvieron subiendo más y más, hacia el techo del mundo; luego acamparon, en espera de que se nublara la luna.
Durante cuatro noches esperaron en vano las nubes, mientras la luna derramaba su frío resplandor a través de las tenues y lúgubres brumas que envolvían el mudo pináculo. Y la quinta noche, en que salió la luna llena, Barzai vio unos nubarrones densos a lo lejos, por el norte, y ni él ni Atal se acostaron, observando cómo se acercaban. Espesos y majestuosos, navegaban lenta y deliberadamente; rodearon el pico muy por encima de los observadores, y ocultaron la luna y la cima. Durante una hora larga estuvieron observando los dos, mientras los vapores se arremolinaban y la pantalla de nubes se espesaba y se hacía más inquieta. Barzai era versado en la ciencia de los dioses de la tierra, y escuchaba atento los ruidos; pero Atal, que sentía el frío de los vapores y el miedo de la noche, estaba aterrado. Y aunque Barzai siguió subiendo más y más, y le hacía señas ansiosamente para que fuera también, Atal tardó mucho en decidirse a seguirlo.
Tan densos eran los vapores que la marcha resultaba muy penosa; y aunque Atal lo siguió al fin, apenas podía ver la figura gris de Barzai en la borrosa ladera, arriba, a la luz nublada de la luna. Barzai marchaba muy delante; y a pesar de su edad, parecía escalar con más soltura y facilidad que Atal, sin miedo a la pendiente que empezaba a ser demasiado pronunciada y peligrosa, salvo para un hombre fuerte y temerario, y sin detenerse ante los grandes y negros precipicios que Atal apenas podía saltar. Y de este modo escalaron intensamente rocas y precipicios, resbalando y tropezando, sobrecogidos a veces ante el impresionante silencio de los fríos y desolados pináculos y mudas pendientes de granito.
Súbitamente, Barzai desapareció de la vista de Atal, y salvó una tremenda cornisa que parecía sobresalir y cortar el camino a todo escalador que no estuviese inspirado por los dioses de la tierra. Atal estaba muy abajo, pensando qué haría cuando llegara a dicho punto, cuando observó curiosamente que la luna había aumentado, como si el despejado pico y lugar de reunión de los dioses estuviese muy cerca. Y mientras gateaba hacia la cornisa saliente y hacia el cielo iluminado, sintió los más grandes terrores de su vida. Y entonces, a través de las brumas de arriba, oyó la voz de Barzai que gritaba locamente, de gozo:
-¡He oído a los dioses! ¡He oído a los dioses de la tierra cantar dichosos en el Hatheg-Kla! ¡Barzai el profeta conoce las voces de los dioses de la tierra! Las brumas son tenues y la luna brillante; hoy veré a los dioses danzar frenéticos en el Hatheg-Kla que tanto amaron en su juventud. La sabiduría hace a Barzai más grande aún que los dioses de la tierra, y los encantos y barreras de todos ellos no pueden nada contra su voluntad; Barzai contemplará a los dioses de la tierra, aunque ellos detesten ser contemplados por los hombres.
Atal no podía oír las voces que Barzai oía, pero ahora estaban cerca de la cornisa, y buscaba un paso. Y entonces oyó crecer la voz de Barzai de forma más sonora y estridente:
-La niebla es muy tenue, y la luna arroja sombras sobre las laderas; las voces de los dioses de la tierra son violentas y airadas; temen la llegada de Barzai el Sabio, porque es más grande que ellos... La luz de la luna fluctúa, y los dioses de la tierra danzan frente a ella; veré danzar sus formas, saltando y aullando a la luz de la luna... La luz se debilita; los dioses tienen miedo...
Mientras Barzai gritaba estas cosas, Atal notó un cambio espectral en todo el aire, como si las leyes de la tierra cedieran ante otras leyes superiores; porque aunque el sendero era más pronunciado que nunca, el ascenso se había vuelto espantosamente fácil, y la cornisa apenas fue un obstáculo cuando llegó a ella y trepó peligrosamente por su cara convexa. El resplandor de la luna se había apagado extrañamente; y mientras Atal se adelantaba en las brumas, monte arriba, oyó a Barzai el Sabio gritar entre las sombras:
-La luna es oscura y los dioses danzan en la noche; hay terror en la noche; hay terror en el cielo, pues la luna ha sufrido un eclipse que ni los libros humanos ni los dioses de la tierra han sido capaces de predecir... Hay una magia desconocida en el Hatheg-Kla, pues los gritos de los dioses asustados se han convertido en risas, y las laderas de hielo ascienden interminablemente hacia los cielos tenebrosos, en los que ahora me sumerjo... ¡Eh! ¡Eh! ¡Al fin! ¡En la débil luz, he percibido a los dioses de la tierra!
Y entonces Atal, deslizándose monte arriba con vertiginosa rapidez por inconcebibles pendientes, oyó en la oscuridad una risa repugnante, mezclada con gritos que ningún hombre puede haber oído salvo en el Fleguetonte de inenarrables pesadillas; un grito en el que vibró el horror y la angustia de una vida tormentosa comprimida en un instante atroz:
-¡Los otros dioses! ¡Los otros dioses! ¡Los dioses de los infiernos exteriores que custodian a los débiles dioses de la tierra!... ¡Aparta la mirada!... ¡Retrocede!... ¡No mires! ¡No mires! La venganza de los abismos infinitos... Ese maldito, ese condenado precipicio... ¡Misericordiosos dioses de la tierra, estoy cayendo al cielo!
Y mientras Atal cerraba los ojos, se taponaba los oídos, y trataba de descender luchando contra la espantosa fuerza que lo atraía hacia desconocidas alturas, siguió resonando en el Hatheg-Kla el estallido terrible de los truenos que despertaron a los pacíficos aldeanos de las llanuras y a los honrados ciudadanos de Hatheg, de Nir y de Ulthar, haciéndoles detenerse a observar, a través de las nubes, aquel extraño eclipse que ningún libro había predicho jamás. Y cuando al fin salió la luna, Atal estaba a salvo en las nieves inferiores de la montaña, fuera de la vista de los dioses de la tierra y de los otros dioses.
Ahora se dice en los mohosos Manuscritos Pnakóticos que Sansu no descubrió otra cosa que rocas mudas y hielo, la vez que escaló el Hatheg-Kla en la juventud del mundo. Sin embargo, cuando los hombres de Ulthar y de Nir y de Hatheg reprimieron sus temores y escalaron ese día esa cumbre encantada en busca de Barzai el Sabio, encontraron grabado en la roca desnuda de la cima un símbolo extraño y ciclópeo de cincuenta codos de ancho, como si la roca hubiese sido hendida por un titánico cincel. Y el símbolo era semejante al que los sabios descubrieron en esas partes espantosas de los Manuscritos Pnakóticos tan antiguas que no se pueden leer. Eso encontraron.
Jamás llegaron a encontrar a Barzai el Sabio, ni lograron convencer al santo sacerdote Atal para que rezase por el descanso de su alma. Y todavía hoy las gentes de Ulthar y de Nir y de Hatheg tienen miedo de los eclipses, y rezan por la noche cuando los pálidos vapores ocultan la cumbre de la montaña y la luna. Y por encima de las brumas de Hatheg-Kla los dioses de la tierra danzan a veces con nostalgia, porque saben que no corren peligro y les encanta venir a la desconocida Kadath en sus naves de nube a jugar como antaño, como hacían cuando la tierra era nueva y los hombres no escalaban las regiones inaccesibles"
H.P Lovecraft
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