"Hace muchos, muchos años, hubo una vez un niño que solía jugar debajo de un gran pino cercano a su casa.
Después de cada lluvia, alrededor del árbol brotaban muchos hongos alineados en forma de círculo, que servían de asiento a un grupo de pequeños gnomos, tan chiquitos como muñequitos, pero capaces de hacer cosas maravillosas. Al poco tiempo de conocerse, el muchacho y los gnomos ya eran grandes amigos.
Francisco, que así se llamaba el niño, mantenía en secreto esa amistad, porque la gente no suele creer en los gnomos, pero se divertía mucho con ellos.
Pero llegó el invierno y el padre del muchacho decidió hacer leña ese pino. Francisco le rogó de todas formas que no cortara ese árbol, ya que era la morada de sus extraños amigos. El padre aceptó su pedido a condición de que Francisco se ocupara de conseguir la leña para la casa durante todo el invierno.
El chico pasó ese invierno trabajando muy duro, recorriendo la comarca y juntando leña para cumplir la promesa que salvaría al pino; y el padre cumplió la suya, porque así son los padres.
Llegada la primavera los gnomos se enteraron del sacrificio realizado por Francisco para salvar su viejo árbol y decidieron recompensarlo regalándole una cadena de oro con una gran esmeralda.
Esta piedra -le dijeron- tiene poderes mágicos que te darán toda la felicidad; mientras la lleves en el cuello serás amado, conseguirás para ti todo lo que quieras y llegarás a ser inmensamente rico. Para el resto de los hombres sólo será una piedra; muy valiosa, pero sin esos poderes.
Muy pronto Francisco comprobó la verdad de esas palabras: tenía cuanto deseaba y todo lo que emprendía le salían bien sin ningún esfuerzo, aunque como no ambicionaba riquezas, poco uso le daba a su esmeralda encantada.
Pero ese verano hubo una gran sequía y el hambre se apoderó de hombres y animales, porque se perdieron todas las cosechas.
Francisco intentó solucionar esos males con su piedra encantada, pero todo fue en vano; sus poderes sólo actuaban para él, pero no para los demás. Podría salvarse del hambre y la miseria, pero nunca ayudar a sus semejantes.
Rápidamente corrió hasta la ciudad más cercana, vendió la piedra por la cual le dieron una fortuna, y volvió a su comarca con una enorme carreta cargada de alimentos, ropas y hasta grano para los animales. Para que nadie se enterara de que había sido él quien trajera todo eso, lo fue dejando frente a las casas de noche sin que lo vieran.
A la mañana siguiente todos encontraron los grandes paquetes frente a sus puertas y fue como un día de reyes. Hubo alegría y alivio, aunque nadie sabía a quién darle las gracias.
Pero Francisco estaba preocupado porque tendría que confesar a sus amigos, los gnomos, que se había desprendido de la maravillosa piedra que le regalaran.
Lo hizo con un poco de miedo, pensando que se enojarían.
Pero los gnomos comprendieron que Francisco no necesitaba una piedra encantada para ser feliz, le bastaba con su propia bondad. Por eso le hicieron otro obsequio para que llevara en su cuello; esta vez le dieron un humilde pañuelo, ajustado con un pequeño anillo, echo con un hueso de caracú.
Ese pañuelo -tan parecido al que usan los escuchas- le recordaría siempre que de nada valen las riquezas ni la propia felicidad cuando no se las puede compartir, que lo que se consigue sin esfuerzo carece de verdadero valor y que el amor al prójimo es la mayor alegría que alguien puede gozar, porque no hay felicidad mas linda que dar felicidad".
Anónimo
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
El Recolector de Historias
sábado, 21 de febrero de 2015
viernes, 20 de febrero de 2015
"El Viejo en el Puente"
" Un viejo con gafas de montura de acero y la ropa cubierta de polvo estaba sentado a un lado de la carretera. Había un pontón que cruzaba el río, y lo atravesaban carros, camiones y hombres, mujeres y niños. Los carros tirados por bueyes subían tambaleándose la empinada orilla cuando dejaban el puente, y los soldados ayudaban empujando los radios de las ruedas. Los camiones subían chirriando y se alejaban a toda prisa y los campesinos avanzaban hundiéndose en el polvo hasta los tobillos. Pero el viejo estaba allí sentado sin moverse. Estaba demasiado cansado para continuar.
Mi misión era cruzar el puente, explorar la cabeza de puente que había más allá, y averiguar hasta dónde había avanzado el enemigo. La cumplí y regresé por el puente. Ahora había menos carros y poca gente a pie, y el hombre seguía allí.
-¿De dónde viene? -le pregunté.
-De San Carlos -dijo, y sonrió.
Era su ciudad natal, por lo que le llenó de satisfacción mencionarla, y sonrió.
-Cuidaba de los animales -explicó.
-Oh -dije, sin entenderlo del todo.
-Sí -dijo-, ya ve, me quedé cuidando de los animales. Fui el último que salió de San Carlos.
No tenía pinta de pastor ni de vaquero, y tras observar su ropa negra y cubierta de polvo, su rostro gris cubierto de polvo y sus gafas de montura de acero, dije:
-¿Qué animales eran?
-Animales diversos -dijo negando con la cabeza-. Tuve que dejarlos.
Yo estaba contemplando el puente y el aspecto de paisaje africano del delta del Ebro y me preguntaba cuánto tardaríamos en ver al enemigo, y todo el rato estaba atento por si oía los primeros ruidos que delataran ese misterioso suceso denominado contacto, y el hombre seguía allí sentado.
-¿Qué animales eran? -pregunté.
-En total tres clases de animales -explicó-. Había dos cabras y un gato y cuatro pares de palomos.
-¿Y los ha dejado? -pregunté.
-Sí. Por culpa de la artillería. El capitán me dijo que me fuera por culpa de la artillería.
-¿Y no tiene familia? -pregunté, vigilando el otro extremo del puente, donde los últimos carros bajaban deprisa la pendiente de la orilla.
-No -dijo-. Sólo los animales que le he dicho. Al gato, naturalmente, no le pasará nada. Un gato sabe cuidarse, pero no quiero ni pensar qué va a ser de los otros.
-¿En qué bando está usted? -le pregunté.
-Yo no tengo bando -dijo-. Tengo setenta y seis años. Llevo andados doce kilómetros y creo que ya no puedo seguir.
-Este no es un buen lugar para pararse -dije-. Si puede llegar, hay camiones en el desvío a Tortosa.
-Esperaré un poco -dijo-, y luego seguiré. ¿Adónde van esos camiones?
-A Barcelona -le dije.
-No conozco a nadie en esa dirección -dijo-, pero muchas gracias. Se lo repito, muchas gracias.
Me miró sin expresión, cansado, y a continuación, necesitando compartir su preocupación con alguien, dijo:
-Al gato no le pasará nada, estoy seguro. No hay por qué inquietarse por un gato. Pero a los demás, ¿qué cree que les pasará a los demás?
-Bueno, probablemente tampoco les pasará nada.
-¿De verdad lo cree?
-¿Por qué no? -dije mirando la otra orilla, donde ya no había carretas.
-Pero ¿qué harán cuando empiece el fuego de la artillería, si a mí me dijeron que me fuera por culpa de la artillería?
-¿Dejó abierta la jaula de los palomos? -pregunté.
-Sí.
-Entonces saldrán volando.
-Sí, seguro que saldrán volando. Pero los demás. Más vale no pensar en los demás -dijo.
-Si ya ha descansado, yo si fuera usted me iría -le insistí- . Levántese e intente andar.
-Gracias -dijo, y se puso en pie, avanzó haciendo eses y volvió a sentarse sobre el polvo, dejándose caer.
-Yo sólo cuidaba los animales -dijo sin energía, pero ya no hablaba conmigo-. Sólo cuidaba a los animales.
No se podía hacer nada por él. Era Domingo de Pascua y los fascistas avanzaban hacia el Ebro. Era un día gris y las nubes iban bajas, por lo que sus aviones no volaban. Eso, y que los gatos supieran cuidarse solos, era toda la buena suerte que tendría aquel hombre".
Ernest Hemingway
Mi misión era cruzar el puente, explorar la cabeza de puente que había más allá, y averiguar hasta dónde había avanzado el enemigo. La cumplí y regresé por el puente. Ahora había menos carros y poca gente a pie, y el hombre seguía allí.
-¿De dónde viene? -le pregunté.
-De San Carlos -dijo, y sonrió.
Era su ciudad natal, por lo que le llenó de satisfacción mencionarla, y sonrió.
-Cuidaba de los animales -explicó.
-Oh -dije, sin entenderlo del todo.
-Sí -dijo-, ya ve, me quedé cuidando de los animales. Fui el último que salió de San Carlos.
No tenía pinta de pastor ni de vaquero, y tras observar su ropa negra y cubierta de polvo, su rostro gris cubierto de polvo y sus gafas de montura de acero, dije:
-¿Qué animales eran?
-Animales diversos -dijo negando con la cabeza-. Tuve que dejarlos.
Yo estaba contemplando el puente y el aspecto de paisaje africano del delta del Ebro y me preguntaba cuánto tardaríamos en ver al enemigo, y todo el rato estaba atento por si oía los primeros ruidos que delataran ese misterioso suceso denominado contacto, y el hombre seguía allí sentado.
-¿Qué animales eran? -pregunté.
-En total tres clases de animales -explicó-. Había dos cabras y un gato y cuatro pares de palomos.
-¿Y los ha dejado? -pregunté.
-Sí. Por culpa de la artillería. El capitán me dijo que me fuera por culpa de la artillería.
-¿Y no tiene familia? -pregunté, vigilando el otro extremo del puente, donde los últimos carros bajaban deprisa la pendiente de la orilla.
-No -dijo-. Sólo los animales que le he dicho. Al gato, naturalmente, no le pasará nada. Un gato sabe cuidarse, pero no quiero ni pensar qué va a ser de los otros.
-¿En qué bando está usted? -le pregunté.
-Yo no tengo bando -dijo-. Tengo setenta y seis años. Llevo andados doce kilómetros y creo que ya no puedo seguir.
-Este no es un buen lugar para pararse -dije-. Si puede llegar, hay camiones en el desvío a Tortosa.
-Esperaré un poco -dijo-, y luego seguiré. ¿Adónde van esos camiones?
-A Barcelona -le dije.
-No conozco a nadie en esa dirección -dijo-, pero muchas gracias. Se lo repito, muchas gracias.
Me miró sin expresión, cansado, y a continuación, necesitando compartir su preocupación con alguien, dijo:
-Al gato no le pasará nada, estoy seguro. No hay por qué inquietarse por un gato. Pero a los demás, ¿qué cree que les pasará a los demás?
-Bueno, probablemente tampoco les pasará nada.
-¿De verdad lo cree?
-¿Por qué no? -dije mirando la otra orilla, donde ya no había carretas.
-Pero ¿qué harán cuando empiece el fuego de la artillería, si a mí me dijeron que me fuera por culpa de la artillería?
-¿Dejó abierta la jaula de los palomos? -pregunté.
-Sí.
-Entonces saldrán volando.
-Sí, seguro que saldrán volando. Pero los demás. Más vale no pensar en los demás -dijo.
-Si ya ha descansado, yo si fuera usted me iría -le insistí- . Levántese e intente andar.
-Gracias -dijo, y se puso en pie, avanzó haciendo eses y volvió a sentarse sobre el polvo, dejándose caer.
-Yo sólo cuidaba los animales -dijo sin energía, pero ya no hablaba conmigo-. Sólo cuidaba a los animales.
No se podía hacer nada por él. Era Domingo de Pascua y los fascistas avanzaban hacia el Ebro. Era un día gris y las nubes iban bajas, por lo que sus aviones no volaban. Eso, y que los gatos supieran cuidarse solos, era toda la buena suerte que tendría aquel hombre".
Ernest Hemingway
jueves, 19 de febrero de 2015
"Veintisiete"
"Un señor que poseía un caballo de excepcional elegancia, una mansión fortificada, tres criados y una viña, creyó entender, por la manera como se habían dispuesto los cirros en torno al sol, que debía abandonar Cornualles, en donde siempre había vivido, y dirigirse a Roma, en donde, suponía, tendría ocasión de hablar con el emperador. No era un mitómano ni un aventurero, pero aquellos cirros le hacían pensar. No empleó más de tres días en los preparativos, escribió una vaga carta a su hermana, otra todavía más vaga a una mujer que, por puro ocio, había pensado en pedir por esposa, ofreció un sacrificio a los dioses y partió, una mañana fría y despejada. Atravesó el canal que separa la Galia de Cornualles y no tardó en encontrarse en una zona llena de bosques, sin ningún camino; el cielo estaba agitado y él con frecuencia buscaba abrigo, con su caballo, en grutas que no mostraban rastros de presencia humana. El día decimosegundo encontró en un vado un esqueleto de hombre, con una flecha entre las costillas: cuando lo tocó, se pulverizó, y la flecha rodó entre los guijarros con un tintineo metálico. Al cabo de un mes encontró una miserable aldea, habitada por aldeanos cuya lengua no entendía. Le pareció que le prevenían de alguna cosa. Tres días después encontró un gigante, de rostro obtuso y tres ojos. Le salvó el velocísimo caballo y permaneció oculto durante una semana en una selva en la que no penetraría jamás ningún gigante. Al segundo mes cruzó un país de poblados elegantes, ciudades llenas de gente, ruidosos mercados; encontró hombres de su misma tierra, supo que una secreta tristeza arruinaba aquella región, corroída por una lenta pestilencia. Cruzó los Alpes, comió lasagna en Mutina y bebió vino espumoso. A mediados del tercer mes llegó a Roma. Le pareció admirable, sin saber cuánto había decaído los últimos diez años. Se hablaba de peste, de envenenamientos, de emperadores viles o feroces, cuando no ambas cosas a un tiempo. Puesto que había llegado a Roma, intentó vivir allí al menos un año; enseñaba el córnico, practicaba esgrima, hacía dibujos exóticos para uso de los picapedreros imperiales. En la arena mató un toro y fue observado por un oficial de la corte. Un día encontró al emperador que, confundiéndolo con otro, lo miró con odio. Tres días después el emperador fue despedazado y el gentilhombre de Cornualles aclamado emperador. Pero no era feliz. Siempre se preguntaba qué habían querido decirle aquellos cirros. ¿Los había entendido mal? Estaba meditabundo y atormentado; se tranquilizó el día en que el oficial de la corte apuntó la espada contra su garganta".
Giorgio Manganelli
Giorgio Manganelli
miércoles, 18 de febrero de 2015
"La Tempestad de Nieve"
"A finales de 1811, en tiempos de grata memoria, vivía en su propiedad de Nenarádovo el bueno de Gavrila Gavrílovich R**. Era famoso en toda la región por su hospitalidad y carácter afable; los vecinos visitaban constantemente su casa, unos para comer, beber, o jugar al boston a cinco kopeks con su esposa, y otros para ver a su hija, María Gavrílovna, una muchacha esbelta, pálida y de diecisiete años. Se la consideraba una novia rica y muchos la deseaban para sí o para sus hijos.
María Gavrílovna se había educado en las novelas francesas y, por consiguiente, estaba enamorada. El elegido de su amor era un pobre alférez del ejército que se encontraba de permiso en su aldea. Sobra decir que el joven ardía en igual pasión y que los padres de su amada, al descubrir la mutua inclinación, prohibieron a la hija pensar siquiera en él, y en cuanto al propio joven, lo recibían peor que a un asesor retirado.
Nuestros enamorados se carteaban y todos los días se veían a solas en un pinar o junto a una vieja capilla. Allí se juraban amor eterno, se lamentaban de su suerte y hacían todo género de proyectos. En sus cartas y conversaciones llegaron a la siguiente (y muy natural) conclusión: si no podemos ni respirar el uno sin el otro y si la voluntad de los crueles padres entorpece nuestra dicha, ¿no podríamos prescindir de este obstáculo? Por supuesto que la feliz idea se le ocurrió primero al joven y agradó muchísimo a la imaginación romántica de María Gavrílovna.
Llegó el invierno y puso término a sus citas, pero la correspondencia se hizo más viva. En cada carta Vladímir Nikoláyevich suplicaba a su amada que confiara en él, que se casaran en secreto, se escondieran durante un tiempo y luego se postraran a los pies de sus padres, quienes, claro está, al fin se sentirían conmovidos ante la heroica constancia y la desdicha de los enamorados y les dirían sin falta:
-¡Hijos, vengan a nuestros brazos!
María Gavrílovna dudó largo tiempo; se rechazaron muchos planes de fuga. Pero al final aceptó: el día señalado debía no cenar y retirarse a sus habitaciones bajo la excusa de una jaqueca. Su doncella estaba en la conspiración; las dos tenían que salir al jardín por la puerta trasera, tras el jardín llegar hasta un trineo listo para partir y dirigirse a cinco verstas de Nenarádovo, a la aldea de Zhádrino, directamente a la iglesia, donde Vladímir las estaría esperando.
En vísperas del día decisivo María Gavrílovna no durmió en toda la noche; arregló sus cosas, recogió su ropa interior y los vestidos, escribió una larga carta a una señorita muy sentimental, amiga suya, y otra a sus padres. Se despedía de ellos en los términos más conmovedores, justificaba su acto por la invencible fuerza de la pasión, y acababa diciendo que el día en que se le permitiera arrojarse a los pies de sus amadísimos padres lo consideraría el momento más sublime de su vida.
Tras sellar ambas cartas con una estampilla de Tula, en la que aparecían dos corazones llameantes con una inscripción al uso, justo antes del amanecer, se dejó caer sobre la cama y se quedó adormecida. Pero también entonces a cada instante la desvelaban imágenes pavorosas. Ora le parecía que en el momento en que se sentaba en el trineo para ir a casarse, su padre la detenía, la arrastraba por la nieve con torturante rapidez y la lanzaba a un oscuro subterráneo sin fondo... y ella se precipitaba al vacío con un inenarrable pánico en el corazón. Ora veía a Vladímir caído sobre la hierba, pálido y ensangrentado. Y éste, moribundo, le imploraba con gritos estridentes que se apresurara a casarse con él... Otras visiones horrendas e insensatas corrían una tras otra por su mente.
Por fin se levantó, más pálida que de costumbre y con un ya no fingido dolor de cabeza. Sus padres se apercibieron de su desasosiego; la delicada inquietud e incesantes preguntas de éstos -«¿Qué te pasa, Masha? Masha, ¿no estarás enferma?»- le desgarraban el corazón. Ella se esforzaba por tranquilizarlos, por parecer alegre, pero no podía.
Llegó la tarde. La idea de que era la última vez que pasaba el día entre su familia le oprimía el corazón. Estaba medio viva: se despedía en secreto de todas las personas, de todos los objetos que la rodeaban. Sirvieron la cena. Su corazón se puso a latir con fuerza. Con voz temblorosa anunció que no le apetecía cenar y se despidió de sus padres. Éstos la besaron y la bendijeron, como era su costumbre: ella casi se echa a llorar. Al llegar a su cuarto se arrojó sobre el sillón y rompió en llanto. La doncella la convencía de que se calmara y recobrara el ánimo. Todo estaba listo. Dentro de media hora Masha debía dejar para siempre la casa paterna, su habitación, su callada vida de soltera...
Afuera había nevasca. El viento ululaba, los postigos temblaban y daban golpes; todo se le antojaba una amenaza y un mal presagio. Al poco en la casa todo calló y se durmió. Masha se envolvió en un chal, se puso una capa abrigada, tomó su arqueta y salió al porche trasero. La sirvienta tras ella llevaba dos hatos. Salieron al jardín. La ventisca no amainaba; el viento soplaba de cara, como si se esforzara por detener a la joven fugitiva. A duras penas llegaron hasta el final del jardín. En el camino las esperaba el trineo. Los caballos, ateridos de frío, no paraban quietos; el cochero de Vladímir se movía ante las varas, reteniendo a los briosos animales. Ayudó a la señorita y a su doncella a acomodarse y a colocar los bultos y la arqueta, tomó las riendas, y los caballos echaron a volar.
Tras encomendar a la señorita al cuidado del destino y al arte del cochero Terioshka, prestemos atención ahora a nuestro joven enamorado.
Vladímir estuvo todo el día yendo de un lado a otro. Por la mañana fue a ver al sacerdote de Zhádrino, consiguió persuadirlo, luego se fue a buscar padrinos entre los terratenientes del lugar. El primero a quien visitó, el corneta retirado Dravin, un hombre de cuarenta años, aceptó de buen grado. La aventura decía que le recordaba los viejos tiempos y las calaveradas de los húsares. Convenció a Vladímir de que se quedara a comer con él y le aseguró que con los otros dos testigos no habría problema. Y, en efecto, justo después de comer se presentaron el agrimensor Schmidt, con sus bigotes y sus espuelas, y un muchacho de unos dieciséis años, hijo del capitán jefe de la policía local, que hacía poco había ingresado en los ulanos. Ambos no sólo aceptaron la propuesta de Vladímir sino incluso le juraron estar dispuestos a dar la vida por él. Vladímir los abrazó lleno de entusiasmo y se marchó a casa para hacer los preparativos.
Hacía tiempo que ya era de noche. Vladímir envió a su fiel Terioshka con la troika a Nenarádovo con instrucciones detalladas y precisas, y para sí mismo mandó preparar un pequeño trineo de un caballo, y solo, sin cochero, se dirigió a Zhádrino, donde al cabo de unas dos horas debía llegar también María Gavrílovna. Conocía el camino y sólo tendría unos veinte minutos de viaje.
Pero, en cuanto Vladímir dejó atrás las casas para internarse en el campo, se levantó viento y se desató una nevasca tal que no pudo ver nada. En un minuto el camino quedó cubierto de nieve, el paisaje desapareció en una oscuridad turbia y amarillenta a través de la que volaban los blancos copos de nieve; el cielo se fundió con la tierra. Vladímir se encontró en medio del campo y quiso inútilmente retornar de nuevo al camino; el caballo marchaba a tientas y a cada instante daba con un montón de nieve o se hundía en un hoyo; el trineo volcaba a cada momento. Vladímir no hacía otra cosa que esforzarse por no perder la dirección que llevaba. Pero le parecía que ya había pasado media hora y aún no había alcanzado el bosque de Zhádrino. Pasaron otros diez minutos y el bosque seguía sin aparecer. Vladímir marchaba por un llano surcado de profundos barrancos. La ventisca no amainaba, el cielo seguía cubierto. El caballo empezaba a agotarse, y el joven, a pesar de que a cada momento se hundía en la nieve hasta la cintura, estaba bañado en sudor.
Al fin Vladímir se convenció de que no iba en la buena dirección. Se detuvo, se puso a pensar, intentando recordar, hacer conjeturas, y llegó a la conclusión de que debía doblar hacia la derecha. Torció a la derecha. Su caballo apenas avanzaba. Ya llevaba más de una hora de camino. Zhádrino no debía estar lejos. Marchaba y marchaba, y el campo no tenía fin. Todo eran montones de nieve y barrancos: el trineo volcaba sin parar y él lo enderezaba una y otra vez. El tiempo pasaba; Vladímir comenzó a preocuparse de veras.
Por fin algo oscuro asomó a un lado. Vladímir dio la vuelta hacia allá. Al acercarse vio un bosque. Gracias a Dios, pensó, ya estamos cerca. Siguió a lo largo del bosque con la esperanza de llegar en seguida a la senda conocida o de rodearlo; Zhádrino se encontraba justo detrás. Encontró pronto la pista y se internó en la oscuridad de los árboles que el invierno había desnudado. Allí el viento no podía campar por sus fueros, el camino estaba liso, el caballo se animó y Vladímir se sintió más tranquilo.
Y sin embargo, seguía y seguía, y Zhádrino no aparecía por ninguna parte: el bosque no tenía fin. Vladímir comprobó con horror que se había internado en un bosque desconocido. La desesperación se apoderó de él. Fustigó el caballo, el pobre animal primero se lanzó al trote, pero pronto comenzó a aminorar la marcha y al cuarto de hora, a pesar de todos los esfuerzos del desdichado Vladímir, avanzó al paso.
Poco a poco los árboles comenzaron a clarear y Vladímir salió del bosque: Zhádrino no se veía. Debía de ser cerca de la medianoche. Las lágrimas saltaron de sus ojos, y marchó a la buena de Dios. El temporal se calmó, las nubes se alejaron, ante él se extendía una llanura cubierta de una alfombra blanca y ondulada. La noche era bastante clara. Vladímir vio no lejos una aldehuela de cuatro o cinco casas y se dirigió hacia ella. Junto a la primera isba saltó del trineo, se acercó corriendo a la ventana y llamó. Al cabo de varios minutos se levantó el postigo de madera y un viejo asomó su blanca barba.
-¿Qué quieres?
-¿Está lejos Zhádrino?
-¿Si está lejos Zhádrino?
-¡Sí, sí! ¿Está lejos?
-No mucho. Habrá unas diez verstas.
Al oír la respuesta Vladímir se agarró de los pelos y se quedó inmóvil, como un hombre al que hubieran condenado a muerte.
-¿Y tú, de dónde eres? -prosiguió el viejo.
Vladímir no estaba para preguntas.
-Oye, abuelo -le dijo al viejo-. ¿No podrías conseguirme unos caballos hasta Zhádrino?
-¿Nosotros, caballos? -dijo el viejo.
-¿Podrías al menos conseguirme un guía? Le pagaré lo que pida.
-Espera -dijo el viejo soltando el postigo-. Te mandaré a mi hijo; él te acompañará.
Vladímir se quedó esperando. No pasó un minuto que llamó de nuevo a la ventana. El postigo se levantó y apareció la barba.
-¿Qué quieres?
-¿Qué hay de tu hijo?
-Ahora sale. ¿No te habrás helado? Entra a calentarte.
-Te lo agradezco. Manda cuanto antes a tu hijo.
Las puertas chirriaron: salió un muchacho con un perro que echó a andar por delante, unas veces indicando el camino, otras buscándolo entre los montones de nieve que lo habían cubierto.
-¿Qué hora es? -le preguntó Vladímir.
-Pronto ha de amanecer -respondió el joven mujik, y Vladímir ya no dijo ni una sola palabra más.
Cantaban los gallos y había amanecido cuando lograron llegar a Zhádrino. La iglesia estaba cerrada. Vladímir pagó al guía y se dirigió a casa del sacerdote. Ante la casa no estaba su troika. ¡Qué noticia le aguardaba!
Pero volvamos a los buenos señores de Nenarádovo y veamos que ocurría allí.
Pues nada.
Los viejos se levantaron y fueron al salón. Gavrila Gavrílovich, con su gorro de dormir y chaquetón de paño, y Praskovia Petrovna, con su bata guateada. Sirvieron el samovar, y Gavrila Gavrílovich mandó a la muchacha que se fuera a enterar de cómo se encontraba de salud María Gavrílovna y si había descansado bien. La muchacha regresó e informó a los señores que la señorita había dormido mal, pero que ahora decía que se encontraba mejor y que al rato vendría al salón. Y, en efecto, la puerta se abrió y María Gavrílovna se acercó a saludar a su padre y a su madre.
-¿Qué tal tu cabeza, Masha? -preguntó Gavrila Gavrílovich.
-Mejor, papá -respondió Masha.
-Seguro que ayer te atufaste -dijo Praskovia Petrovna.
-Puede ser, mamá -contestó Masha.
El día pasó felizmente, pero por la noche Masha se encontró muy mal. Mandaron a buscar al médico en la ciudad. Éste llegó al anochecer y encontró a la enferma delirando. Se le declararon unas fuertes calenturas, y la pobre enferma estuvo durante dos semanas al borde de la muerte.
Nadie en la casa sabía del intento de fuga. Las cartas que escribió la víspera fueron quemadas: su doncella, temiendo la ira de los señores, no dijo nada a nadie. El sacerdote, el corneta retirado, el agrimensor de bigotes y el pequeño ulano fueron discretos, y no en vano. Terioshka el cochero nunca decía nada de más, ni siquiera cuando estaba bebido. De modo que la media docena larga de conjurados guardaron bien el secreto. Pero la propia María Gavrílovna, que deliraba sin parar, lo ponía al descubierto. Sin embargo, sus palabras eran tan confusas que la madre, que no se apartaba de su lado, sólo pudo deducir de ellas que su hija estaba locamente enamorada de Vladímir Nikoláyevich y que, probablemente, el amor era la causa de su dolencia.
La mujer consultó con su marido, con algunos vecinos, y, finalmente, todos llegaron a la unánime conclusión de que, al parecer, aquel era el sino de María Gavrílovna, que contra el destino todo es inútil, que la pobreza no es pecado, que no se vive con el dinero sino con el compañero, y así sucesivamente. Los proverbios morales son asombrosamente útiles en los casos en que, por mucho que lo intentemos, no se nos ocurre nada para justificarnos.
Entretanto, la señorita empezó a reponerse. A Vladímir hacía mucho tiempo que no se le veía en casa de Gavrila Gavrílovich. El joven estaba escarmentado por los recibimientos de rigor. Decidieron mandar a buscarlo y anunciarle la inesperada y feliz decisión: el consentimiento para la boda. ¡Pero cuál no sería el asombro de los señores de Nenarádovo cuando, en respuesta a la invitación, recibieron de él una carta más propia de un loco! En ella les informaba que jamás volvería a poner los pies en aquella casa, y les rogaba que se olvidaran de él, pues para un hombre tan desdichado como él no quedaba más esperanza que la muerte. Al cabo de unos días se enteraron de que Vladímir se había incorporado al ejército. Esto sucedía en 1812.
Durante largo tiempo nadie se atrevió a informar del hecho a la convaleciente Masha. Ésta nunca mencionaba a Vladímir. Al cabo ya de varios meses, al descubrir su nombre entre los oficiales distinguidos y gravemente heridos en la batalla de Borodinó, Masha se desmayó, y se temió que le retornaran las calenturas. Pero, gracias a Dios, el desmayo no tuvo consecuencias.
Otra desgracia cayó sobre ella: falleció Gavrila Gavrílovich, dejándola heredera de toda la propiedad. Pero la herencia no la consoló; compartió sinceramente el dolor de la pobre Praskovia Petrovna y juró no separarse nunca de ella. Ambas dejaron Nenarádovo, lugar de tristes recuerdos, y se marcharon a vivir a sus tierras de ***.
También aquí los pretendientes revoloteaban en torno a la hermosa y rica joven: pero ella no daba la más pequeña esperanza a nadie. A veces su madre insistía en que debía elegir al compañero de su vida, pero María Gavrílovna negaba con la cabeza y se quedaba pensativa. Vladímir ya no existía: había muerto en Moscú, en vísperas de la entrada de los franceses. Su recuerdo era sagrado para Masha; al menos la joven guardaba todo lo que pudiera recordarle: los libros que un día él había leído, sus dibujos, las partituras y los versos que él había copiado para ella. Los vecinos, enterados de todo, se asombraban de su constancia y esperaban con curiosidad al héroe que debería, al fin, acabar venciendo la desdichada fidelidad de la virginal Artemisa.
Entretanto la guerra había acabado gloriosamente. Nuestros regimientos retornaban de allende las fronteras. El pueblo salía corriendo a su encuentro. Se entonaban las canciones conquistadas: Vive Henri-Quatre, valses tiroleses y arias de la Joconde. Los oficiales, que habían partido a la guerra siendo casi unos muchachos, regresaban, templados en el aire del combate, hechos unos hombres y cubiertos de cruces. Los soldados, en sus alegres charlas, entremezclaban a cada momento palabras alemanas y francesas. ¡Qué tiempo inolvidable! ¡Días de gloria y de entusiasmo! ¡Con qué fuerza latía el corazón ruso ante la palabra patria! ¡Qué dulces las lágrimas en los encuentros! ¡Con qué unanimidad se fundía en nosotros el sentimiento del orgullo nacional con el amor al soberano! ¡Y para él, qué momento sublime!
Las mujeres, las mujeres rusas no tuvieron rival en aquel tiempo. Su habitual frialdad desapareció. Su entusiasmo era auténticamente embriagador cuando al recibir a los vencedores gritaban: «¡Hurra!
Y al aire sus cofias lanzaban
¿Qué oficial de aquel entonces no reconoce que debe a la mujer rusa la condecoración más noble y preciosa?...
En aquel tiempo esplendoroso María Gavrílovna vivía con su madre en la provincia de *** y no podía ver cómo las dos capitales celebraban el regreso de las tropas. Pero en los distritos y en los pueblos el entusiasmo general era tal vez aún mayor. La aparición de un oficial por aquellos lugares era para éste un auténtico paseo triunfal, y el enamorado vestido de frac lo pasaba mal a su lado.
Ya hemos dicho que, a pesar de su frialdad, María Gavrílovna seguía como antes rodeada de pretendientes. Pero todos debieron ceder su lugar cuando en el castillo de la doncella apareció el coronel de húsares Burmín, herido, con una cruz de San Jorge en el ojal y de una interesante palidez, como decían las damiselas del lugar. Tenía alrededor de veintiséis años. Había venido de permiso a su propiedad, vecina a la aldea de María Gavrílovna. María Gavrílovna le prestaba un interés particular. Ante él su acostumbrado semblante pensativo se animaba. No se podría decir que coqueteara con él, pero el poeta, ante el modo de comportarse de la joven, hubiera dicho:
Se amor non è, che dunque?
Burmín era realmente un joven muy agradable. Poseía justamente esa inteligencia que gusta a las mujeres: el saber del decoro y de la observación, carente de toda pretensión y dotado de una despreocupada ironía. Su actitud hacia María Gavrílovna era sencilla y libre; pero, cualquier cosa que dijera o hiciera ella, el alma y la mirada del joven no dejaban de seguirla. Parecía de un carácter callado y discreto, y si bien los rumores aseguraban que en su tiempo fue un terrible calavera, ello no empañaba su imagen ante María Gavrílovna, que (como todas las jóvenes en general) perdonaba de buen grado las travesuras que evidenciaban valentía y carácter encendido.
Pero sobre todo... (más que su delicadeza y agradable conversación, más que la interesante palidez, más que el brazo vendado), lo que alimentaba sobremanera su curiosidad e imaginación era el silencio del joven húsar. María Gavrílovna no podía ignorar que ella le gustaba mucho: probablemente, también él, con su inteligencia y saber, ya podía haber notado que ella le distinguía. ¿A qué se debía entonces que ella no lo hubiera visto postrado a sus pies ni oído su declaración de amor? ¿Qué lo retenía? ¿La timidez, inseparable de todo verdadero amor, el orgullo, o la coquetería de un astuto conquistador? Era para ella un enigma. Tras meditarlo bien, llegó a la conclusión de que la única razón para tal comportamiento era la timidez; se propuso animarlo mostrando hacia él mayor interés y, según las circunstancias, ternura incluso. Se preparaba para el desenlace más inesperado y aguardaba con impaciencia el momento de la romántica declaración de amor, pues el secreto, sea éste el que fuere, es siempre un peso difícil de llevar para el corazón de una mujer. Sus movimientos estratégicos lograron el éxito deseado: al menos Burmín se sumió en un estado de ensimismamiento tal y sus ojos negros se detenían en María Gavrílovna con tanto fuego, que el momento decisivo parecía próximo. Los vecinos ya hablaban de la boda como de una cosa hecha, y la buena Praskovia Petrovna se mostraba contenta de que, por fin, su hija hubiera encontrado un novio digno de ella.
Una día la anciana se hallaba sola en el salón haciendo un solitario, cuando Burmín entró en la habitación y al punto preguntó por María Gavrílovna.
-Está en el jardín -dijo la anciana-. Vaya a verla, que yo lo esperaré aquí.
Burmín salió, y la anciana se santiguó y se dijo: «¡Ojalá hoy se decida todo!»
Burmín encontró a María Gavrílovna junto al estanque, bajo un sauce, con un libro en las manos y vestida de blanco, como una verdadera heroína de novela. Tras las primeras preguntas María Gavrílovna dejó adrede de sostener la conversación, ahondando de este modo el embarazo mutuo y del cual tal vez sólo se podría salir con una repentina y decisiva declaración de amor. Y así sucedió: Burmín, sintiendo lo difícil de su situación, le dijo que hacía tiempo que buscaba el momento para abrirle su corazón y le rogó un minuto de su atención. María Gavrílovna cerró el libro y bajó la mirada en señal de asentimiento.
-La amo -dijo Burmín-, la quiero con pasión...
María Gavrílovna enrojeció y dejó caer aún más la cabeza
-He sido un imprudente al entregarme a una dulce costumbre, al hábito de verla y escucharla cada día...
María Gavrílovna recordó la primera carta de St.-Preux.
-Ahora ya es tarde para luchar contra mi destino; el recuerdo de usted, su imagen querida e incomparable, será a partir de ahora un tormento y una dicha para mi existencia; pero aún me queda un duro deber, descubrirle un horrible secreto y levantar así entre nosotros un insalvable abismo...
-Éste siempre ha existido -lo interrumpió vivamente María Gavrílovna-. Nunca hubiera podido ser su esposa...
-Lo sé -le dijo él en voz baja-. Sé que en un tiempo usted amó, pero la muerte y tres años de dolor... ¡Mi buena, mi querida María Gavrílovna! No intente privarme de mi único consuelo, de la idea de que usted hubiera aceptado hacer mi felicidad si... Calle, por Dios se lo ruego, calle. Me está usted torturando. Sí, lo sé, siento que usted hubiera sido mía, pero... soy la criatura más desgraciada del mundo... ¡estoy casado!
María Gavrílovna lo miró con asombro.
-¡Estoy casado -prosiguió Burmín-; hace más de tres años que lo estoy y no sé quién es mi mujer, ni dónde está, ni si la volveré a ver algún día!
-Pero ¿qué dice? -exclamó María Gavrílovna-. ¡Qué extraño! Siga, luego le contaré... pero siga, hágame el favor.
-A principios de 1812 -contó Burmín-, me dirigía a toda prisa a Vilna, donde se encontraba nuestro regimiento. Al llegar ya entrada la noche a una estación de postas, mandé enganchar cuanto antes los caballos, cuando de pronto se levantó una terrible ventisca, y el jefe de postas y los cocheros me aconsejaron esperar. Les hice caso, pero un inexplicable desasosiego se apoderó de mí; parecía como si alguien no parara de empujarme. Mientras tanto la tempestad no amainaba, no pude aguantar más y mandé enganchar de nuevo y me puse en camino en medio de la tormenta. Al cochero se le ocurrió seguir el río, lo que debía acortarnos el viaje en tres verstas. Las orillas estaban cubiertas de nieve: el cochero pasó de largo el lugar donde debíamos retomar el camino, y de este modo nos encontramos en un paraje desconocido. La tormenta no amainaba; vi una lucecita y mandé que nos dirigiéramos hacia ella. Llegamos a una aldea: en la iglesia de madera había luz. La iglesia estaba abierta, tras la valla se veían varios trineos: por el atrio iba y venía gente.
«¡Aquí! ¡Aquí!», gritaron varias voces. «Pero, por Dios, ¿dónde te habías metido? -me dijo alguien-. La novia está desmayada, el pope no sabe qué hacer; ya nos disponíamos a irnos. Entra rápido.»
Salté en silencio del trineo y entré en la iglesia débilmente iluminada con dos o tres velas. La joven se sentaba en un banco, en un rincón oscuro de la iglesia; otra muchacha le fregaba las sienes. «Gracias a Dios -dijo ésta-, al fin ha llegado usted. Casi nos consume usted a la señorita.» Un viejo sacerdote se me acercó para preguntarme: «¿Podemos comenzar?» «Empiece, empiece, padre», le dije distraído. Pusieron en pie a la señorita. No me pareció fea... Una ligereza incomprensible, imperdonable, sí... Me coloqué a su lado ante el altar: el sacerdote tenía prisa: los tres hombres y la doncella sostenían a la novia y no se ocupaban más que de ella. Nos desposaron. «Bésense», nos dijeron. Mi esposa dirigió hacia mí su pálido rostro. Yo quise darle un beso... Ella gritó: «¡Ah, no es él! ¡no es él!», y cayó sin sentido. Los padrinos me dirigieron sus espantadas miradas. Yo me di la vuelta, salí de la iglesia sin encontrar obstáculo alguno, me lancé hacia la kibitka y grité: «¡En marcha!»
-¡Dios mío! -exclamó María Gavrílovna-. ¿Y no sabe usted qué pasó con su pobre esposa?
-No lo sé -dijo Burmín-, no sé cómo se llama la aldea en que me casé, no recuerdo de qué estación de postas había salido. Por entonces le di tan poca importancia a mi criminal travesura, que, al dejar atrás la iglesia, me dormí y desperté al día siguiente por la mañana, ya en la tercera estación de postas. Mi sirviente, que entonces viajaba conmigo, murió durante la campaña, de manera que ahora no tengo ni la esperanza siquiera de encontrar a la mujer a la que gasté una broma tan cruel y que ahora tan cruelmente se ha vengado de mí.
-¡Dios mío, Dios mío! -dijo María Gavrílovna agarrándole la mano-. ¡De modo que era usted! ¿Y no me reconoce?
Burmín palideció... y se arrojó a sus pies..."
Alexander Pushkin
María Gavrílovna se había educado en las novelas francesas y, por consiguiente, estaba enamorada. El elegido de su amor era un pobre alférez del ejército que se encontraba de permiso en su aldea. Sobra decir que el joven ardía en igual pasión y que los padres de su amada, al descubrir la mutua inclinación, prohibieron a la hija pensar siquiera en él, y en cuanto al propio joven, lo recibían peor que a un asesor retirado.
Nuestros enamorados se carteaban y todos los días se veían a solas en un pinar o junto a una vieja capilla. Allí se juraban amor eterno, se lamentaban de su suerte y hacían todo género de proyectos. En sus cartas y conversaciones llegaron a la siguiente (y muy natural) conclusión: si no podemos ni respirar el uno sin el otro y si la voluntad de los crueles padres entorpece nuestra dicha, ¿no podríamos prescindir de este obstáculo? Por supuesto que la feliz idea se le ocurrió primero al joven y agradó muchísimo a la imaginación romántica de María Gavrílovna.
Llegó el invierno y puso término a sus citas, pero la correspondencia se hizo más viva. En cada carta Vladímir Nikoláyevich suplicaba a su amada que confiara en él, que se casaran en secreto, se escondieran durante un tiempo y luego se postraran a los pies de sus padres, quienes, claro está, al fin se sentirían conmovidos ante la heroica constancia y la desdicha de los enamorados y les dirían sin falta:
-¡Hijos, vengan a nuestros brazos!
María Gavrílovna dudó largo tiempo; se rechazaron muchos planes de fuga. Pero al final aceptó: el día señalado debía no cenar y retirarse a sus habitaciones bajo la excusa de una jaqueca. Su doncella estaba en la conspiración; las dos tenían que salir al jardín por la puerta trasera, tras el jardín llegar hasta un trineo listo para partir y dirigirse a cinco verstas de Nenarádovo, a la aldea de Zhádrino, directamente a la iglesia, donde Vladímir las estaría esperando.
En vísperas del día decisivo María Gavrílovna no durmió en toda la noche; arregló sus cosas, recogió su ropa interior y los vestidos, escribió una larga carta a una señorita muy sentimental, amiga suya, y otra a sus padres. Se despedía de ellos en los términos más conmovedores, justificaba su acto por la invencible fuerza de la pasión, y acababa diciendo que el día en que se le permitiera arrojarse a los pies de sus amadísimos padres lo consideraría el momento más sublime de su vida.
Tras sellar ambas cartas con una estampilla de Tula, en la que aparecían dos corazones llameantes con una inscripción al uso, justo antes del amanecer, se dejó caer sobre la cama y se quedó adormecida. Pero también entonces a cada instante la desvelaban imágenes pavorosas. Ora le parecía que en el momento en que se sentaba en el trineo para ir a casarse, su padre la detenía, la arrastraba por la nieve con torturante rapidez y la lanzaba a un oscuro subterráneo sin fondo... y ella se precipitaba al vacío con un inenarrable pánico en el corazón. Ora veía a Vladímir caído sobre la hierba, pálido y ensangrentado. Y éste, moribundo, le imploraba con gritos estridentes que se apresurara a casarse con él... Otras visiones horrendas e insensatas corrían una tras otra por su mente.
Por fin se levantó, más pálida que de costumbre y con un ya no fingido dolor de cabeza. Sus padres se apercibieron de su desasosiego; la delicada inquietud e incesantes preguntas de éstos -«¿Qué te pasa, Masha? Masha, ¿no estarás enferma?»- le desgarraban el corazón. Ella se esforzaba por tranquilizarlos, por parecer alegre, pero no podía.
Llegó la tarde. La idea de que era la última vez que pasaba el día entre su familia le oprimía el corazón. Estaba medio viva: se despedía en secreto de todas las personas, de todos los objetos que la rodeaban. Sirvieron la cena. Su corazón se puso a latir con fuerza. Con voz temblorosa anunció que no le apetecía cenar y se despidió de sus padres. Éstos la besaron y la bendijeron, como era su costumbre: ella casi se echa a llorar. Al llegar a su cuarto se arrojó sobre el sillón y rompió en llanto. La doncella la convencía de que se calmara y recobrara el ánimo. Todo estaba listo. Dentro de media hora Masha debía dejar para siempre la casa paterna, su habitación, su callada vida de soltera...
Afuera había nevasca. El viento ululaba, los postigos temblaban y daban golpes; todo se le antojaba una amenaza y un mal presagio. Al poco en la casa todo calló y se durmió. Masha se envolvió en un chal, se puso una capa abrigada, tomó su arqueta y salió al porche trasero. La sirvienta tras ella llevaba dos hatos. Salieron al jardín. La ventisca no amainaba; el viento soplaba de cara, como si se esforzara por detener a la joven fugitiva. A duras penas llegaron hasta el final del jardín. En el camino las esperaba el trineo. Los caballos, ateridos de frío, no paraban quietos; el cochero de Vladímir se movía ante las varas, reteniendo a los briosos animales. Ayudó a la señorita y a su doncella a acomodarse y a colocar los bultos y la arqueta, tomó las riendas, y los caballos echaron a volar.
Tras encomendar a la señorita al cuidado del destino y al arte del cochero Terioshka, prestemos atención ahora a nuestro joven enamorado.
Vladímir estuvo todo el día yendo de un lado a otro. Por la mañana fue a ver al sacerdote de Zhádrino, consiguió persuadirlo, luego se fue a buscar padrinos entre los terratenientes del lugar. El primero a quien visitó, el corneta retirado Dravin, un hombre de cuarenta años, aceptó de buen grado. La aventura decía que le recordaba los viejos tiempos y las calaveradas de los húsares. Convenció a Vladímir de que se quedara a comer con él y le aseguró que con los otros dos testigos no habría problema. Y, en efecto, justo después de comer se presentaron el agrimensor Schmidt, con sus bigotes y sus espuelas, y un muchacho de unos dieciséis años, hijo del capitán jefe de la policía local, que hacía poco había ingresado en los ulanos. Ambos no sólo aceptaron la propuesta de Vladímir sino incluso le juraron estar dispuestos a dar la vida por él. Vladímir los abrazó lleno de entusiasmo y se marchó a casa para hacer los preparativos.
Hacía tiempo que ya era de noche. Vladímir envió a su fiel Terioshka con la troika a Nenarádovo con instrucciones detalladas y precisas, y para sí mismo mandó preparar un pequeño trineo de un caballo, y solo, sin cochero, se dirigió a Zhádrino, donde al cabo de unas dos horas debía llegar también María Gavrílovna. Conocía el camino y sólo tendría unos veinte minutos de viaje.
Pero, en cuanto Vladímir dejó atrás las casas para internarse en el campo, se levantó viento y se desató una nevasca tal que no pudo ver nada. En un minuto el camino quedó cubierto de nieve, el paisaje desapareció en una oscuridad turbia y amarillenta a través de la que volaban los blancos copos de nieve; el cielo se fundió con la tierra. Vladímir se encontró en medio del campo y quiso inútilmente retornar de nuevo al camino; el caballo marchaba a tientas y a cada instante daba con un montón de nieve o se hundía en un hoyo; el trineo volcaba a cada momento. Vladímir no hacía otra cosa que esforzarse por no perder la dirección que llevaba. Pero le parecía que ya había pasado media hora y aún no había alcanzado el bosque de Zhádrino. Pasaron otros diez minutos y el bosque seguía sin aparecer. Vladímir marchaba por un llano surcado de profundos barrancos. La ventisca no amainaba, el cielo seguía cubierto. El caballo empezaba a agotarse, y el joven, a pesar de que a cada momento se hundía en la nieve hasta la cintura, estaba bañado en sudor.
Al fin Vladímir se convenció de que no iba en la buena dirección. Se detuvo, se puso a pensar, intentando recordar, hacer conjeturas, y llegó a la conclusión de que debía doblar hacia la derecha. Torció a la derecha. Su caballo apenas avanzaba. Ya llevaba más de una hora de camino. Zhádrino no debía estar lejos. Marchaba y marchaba, y el campo no tenía fin. Todo eran montones de nieve y barrancos: el trineo volcaba sin parar y él lo enderezaba una y otra vez. El tiempo pasaba; Vladímir comenzó a preocuparse de veras.
Por fin algo oscuro asomó a un lado. Vladímir dio la vuelta hacia allá. Al acercarse vio un bosque. Gracias a Dios, pensó, ya estamos cerca. Siguió a lo largo del bosque con la esperanza de llegar en seguida a la senda conocida o de rodearlo; Zhádrino se encontraba justo detrás. Encontró pronto la pista y se internó en la oscuridad de los árboles que el invierno había desnudado. Allí el viento no podía campar por sus fueros, el camino estaba liso, el caballo se animó y Vladímir se sintió más tranquilo.
Y sin embargo, seguía y seguía, y Zhádrino no aparecía por ninguna parte: el bosque no tenía fin. Vladímir comprobó con horror que se había internado en un bosque desconocido. La desesperación se apoderó de él. Fustigó el caballo, el pobre animal primero se lanzó al trote, pero pronto comenzó a aminorar la marcha y al cuarto de hora, a pesar de todos los esfuerzos del desdichado Vladímir, avanzó al paso.
Poco a poco los árboles comenzaron a clarear y Vladímir salió del bosque: Zhádrino no se veía. Debía de ser cerca de la medianoche. Las lágrimas saltaron de sus ojos, y marchó a la buena de Dios. El temporal se calmó, las nubes se alejaron, ante él se extendía una llanura cubierta de una alfombra blanca y ondulada. La noche era bastante clara. Vladímir vio no lejos una aldehuela de cuatro o cinco casas y se dirigió hacia ella. Junto a la primera isba saltó del trineo, se acercó corriendo a la ventana y llamó. Al cabo de varios minutos se levantó el postigo de madera y un viejo asomó su blanca barba.
-¿Qué quieres?
-¿Está lejos Zhádrino?
-¿Si está lejos Zhádrino?
-¡Sí, sí! ¿Está lejos?
-No mucho. Habrá unas diez verstas.
Al oír la respuesta Vladímir se agarró de los pelos y se quedó inmóvil, como un hombre al que hubieran condenado a muerte.
-¿Y tú, de dónde eres? -prosiguió el viejo.
Vladímir no estaba para preguntas.
-Oye, abuelo -le dijo al viejo-. ¿No podrías conseguirme unos caballos hasta Zhádrino?
-¿Nosotros, caballos? -dijo el viejo.
-¿Podrías al menos conseguirme un guía? Le pagaré lo que pida.
-Espera -dijo el viejo soltando el postigo-. Te mandaré a mi hijo; él te acompañará.
Vladímir se quedó esperando. No pasó un minuto que llamó de nuevo a la ventana. El postigo se levantó y apareció la barba.
-¿Qué quieres?
-¿Qué hay de tu hijo?
-Ahora sale. ¿No te habrás helado? Entra a calentarte.
-Te lo agradezco. Manda cuanto antes a tu hijo.
Las puertas chirriaron: salió un muchacho con un perro que echó a andar por delante, unas veces indicando el camino, otras buscándolo entre los montones de nieve que lo habían cubierto.
-¿Qué hora es? -le preguntó Vladímir.
-Pronto ha de amanecer -respondió el joven mujik, y Vladímir ya no dijo ni una sola palabra más.
Cantaban los gallos y había amanecido cuando lograron llegar a Zhádrino. La iglesia estaba cerrada. Vladímir pagó al guía y se dirigió a casa del sacerdote. Ante la casa no estaba su troika. ¡Qué noticia le aguardaba!
Pero volvamos a los buenos señores de Nenarádovo y veamos que ocurría allí.
Pues nada.
Los viejos se levantaron y fueron al salón. Gavrila Gavrílovich, con su gorro de dormir y chaquetón de paño, y Praskovia Petrovna, con su bata guateada. Sirvieron el samovar, y Gavrila Gavrílovich mandó a la muchacha que se fuera a enterar de cómo se encontraba de salud María Gavrílovna y si había descansado bien. La muchacha regresó e informó a los señores que la señorita había dormido mal, pero que ahora decía que se encontraba mejor y que al rato vendría al salón. Y, en efecto, la puerta se abrió y María Gavrílovna se acercó a saludar a su padre y a su madre.
-¿Qué tal tu cabeza, Masha? -preguntó Gavrila Gavrílovich.
-Mejor, papá -respondió Masha.
-Seguro que ayer te atufaste -dijo Praskovia Petrovna.
-Puede ser, mamá -contestó Masha.
El día pasó felizmente, pero por la noche Masha se encontró muy mal. Mandaron a buscar al médico en la ciudad. Éste llegó al anochecer y encontró a la enferma delirando. Se le declararon unas fuertes calenturas, y la pobre enferma estuvo durante dos semanas al borde de la muerte.
Nadie en la casa sabía del intento de fuga. Las cartas que escribió la víspera fueron quemadas: su doncella, temiendo la ira de los señores, no dijo nada a nadie. El sacerdote, el corneta retirado, el agrimensor de bigotes y el pequeño ulano fueron discretos, y no en vano. Terioshka el cochero nunca decía nada de más, ni siquiera cuando estaba bebido. De modo que la media docena larga de conjurados guardaron bien el secreto. Pero la propia María Gavrílovna, que deliraba sin parar, lo ponía al descubierto. Sin embargo, sus palabras eran tan confusas que la madre, que no se apartaba de su lado, sólo pudo deducir de ellas que su hija estaba locamente enamorada de Vladímir Nikoláyevich y que, probablemente, el amor era la causa de su dolencia.
La mujer consultó con su marido, con algunos vecinos, y, finalmente, todos llegaron a la unánime conclusión de que, al parecer, aquel era el sino de María Gavrílovna, que contra el destino todo es inútil, que la pobreza no es pecado, que no se vive con el dinero sino con el compañero, y así sucesivamente. Los proverbios morales son asombrosamente útiles en los casos en que, por mucho que lo intentemos, no se nos ocurre nada para justificarnos.
Entretanto, la señorita empezó a reponerse. A Vladímir hacía mucho tiempo que no se le veía en casa de Gavrila Gavrílovich. El joven estaba escarmentado por los recibimientos de rigor. Decidieron mandar a buscarlo y anunciarle la inesperada y feliz decisión: el consentimiento para la boda. ¡Pero cuál no sería el asombro de los señores de Nenarádovo cuando, en respuesta a la invitación, recibieron de él una carta más propia de un loco! En ella les informaba que jamás volvería a poner los pies en aquella casa, y les rogaba que se olvidaran de él, pues para un hombre tan desdichado como él no quedaba más esperanza que la muerte. Al cabo de unos días se enteraron de que Vladímir se había incorporado al ejército. Esto sucedía en 1812.
Durante largo tiempo nadie se atrevió a informar del hecho a la convaleciente Masha. Ésta nunca mencionaba a Vladímir. Al cabo ya de varios meses, al descubrir su nombre entre los oficiales distinguidos y gravemente heridos en la batalla de Borodinó, Masha se desmayó, y se temió que le retornaran las calenturas. Pero, gracias a Dios, el desmayo no tuvo consecuencias.
Otra desgracia cayó sobre ella: falleció Gavrila Gavrílovich, dejándola heredera de toda la propiedad. Pero la herencia no la consoló; compartió sinceramente el dolor de la pobre Praskovia Petrovna y juró no separarse nunca de ella. Ambas dejaron Nenarádovo, lugar de tristes recuerdos, y se marcharon a vivir a sus tierras de ***.
También aquí los pretendientes revoloteaban en torno a la hermosa y rica joven: pero ella no daba la más pequeña esperanza a nadie. A veces su madre insistía en que debía elegir al compañero de su vida, pero María Gavrílovna negaba con la cabeza y se quedaba pensativa. Vladímir ya no existía: había muerto en Moscú, en vísperas de la entrada de los franceses. Su recuerdo era sagrado para Masha; al menos la joven guardaba todo lo que pudiera recordarle: los libros que un día él había leído, sus dibujos, las partituras y los versos que él había copiado para ella. Los vecinos, enterados de todo, se asombraban de su constancia y esperaban con curiosidad al héroe que debería, al fin, acabar venciendo la desdichada fidelidad de la virginal Artemisa.
Entretanto la guerra había acabado gloriosamente. Nuestros regimientos retornaban de allende las fronteras. El pueblo salía corriendo a su encuentro. Se entonaban las canciones conquistadas: Vive Henri-Quatre, valses tiroleses y arias de la Joconde. Los oficiales, que habían partido a la guerra siendo casi unos muchachos, regresaban, templados en el aire del combate, hechos unos hombres y cubiertos de cruces. Los soldados, en sus alegres charlas, entremezclaban a cada momento palabras alemanas y francesas. ¡Qué tiempo inolvidable! ¡Días de gloria y de entusiasmo! ¡Con qué fuerza latía el corazón ruso ante la palabra patria! ¡Qué dulces las lágrimas en los encuentros! ¡Con qué unanimidad se fundía en nosotros el sentimiento del orgullo nacional con el amor al soberano! ¡Y para él, qué momento sublime!
Las mujeres, las mujeres rusas no tuvieron rival en aquel tiempo. Su habitual frialdad desapareció. Su entusiasmo era auténticamente embriagador cuando al recibir a los vencedores gritaban: «¡Hurra!
Y al aire sus cofias lanzaban
¿Qué oficial de aquel entonces no reconoce que debe a la mujer rusa la condecoración más noble y preciosa?...
En aquel tiempo esplendoroso María Gavrílovna vivía con su madre en la provincia de *** y no podía ver cómo las dos capitales celebraban el regreso de las tropas. Pero en los distritos y en los pueblos el entusiasmo general era tal vez aún mayor. La aparición de un oficial por aquellos lugares era para éste un auténtico paseo triunfal, y el enamorado vestido de frac lo pasaba mal a su lado.
Ya hemos dicho que, a pesar de su frialdad, María Gavrílovna seguía como antes rodeada de pretendientes. Pero todos debieron ceder su lugar cuando en el castillo de la doncella apareció el coronel de húsares Burmín, herido, con una cruz de San Jorge en el ojal y de una interesante palidez, como decían las damiselas del lugar. Tenía alrededor de veintiséis años. Había venido de permiso a su propiedad, vecina a la aldea de María Gavrílovna. María Gavrílovna le prestaba un interés particular. Ante él su acostumbrado semblante pensativo se animaba. No se podría decir que coqueteara con él, pero el poeta, ante el modo de comportarse de la joven, hubiera dicho:
Se amor non è, che dunque?
Burmín era realmente un joven muy agradable. Poseía justamente esa inteligencia que gusta a las mujeres: el saber del decoro y de la observación, carente de toda pretensión y dotado de una despreocupada ironía. Su actitud hacia María Gavrílovna era sencilla y libre; pero, cualquier cosa que dijera o hiciera ella, el alma y la mirada del joven no dejaban de seguirla. Parecía de un carácter callado y discreto, y si bien los rumores aseguraban que en su tiempo fue un terrible calavera, ello no empañaba su imagen ante María Gavrílovna, que (como todas las jóvenes en general) perdonaba de buen grado las travesuras que evidenciaban valentía y carácter encendido.
Pero sobre todo... (más que su delicadeza y agradable conversación, más que la interesante palidez, más que el brazo vendado), lo que alimentaba sobremanera su curiosidad e imaginación era el silencio del joven húsar. María Gavrílovna no podía ignorar que ella le gustaba mucho: probablemente, también él, con su inteligencia y saber, ya podía haber notado que ella le distinguía. ¿A qué se debía entonces que ella no lo hubiera visto postrado a sus pies ni oído su declaración de amor? ¿Qué lo retenía? ¿La timidez, inseparable de todo verdadero amor, el orgullo, o la coquetería de un astuto conquistador? Era para ella un enigma. Tras meditarlo bien, llegó a la conclusión de que la única razón para tal comportamiento era la timidez; se propuso animarlo mostrando hacia él mayor interés y, según las circunstancias, ternura incluso. Se preparaba para el desenlace más inesperado y aguardaba con impaciencia el momento de la romántica declaración de amor, pues el secreto, sea éste el que fuere, es siempre un peso difícil de llevar para el corazón de una mujer. Sus movimientos estratégicos lograron el éxito deseado: al menos Burmín se sumió en un estado de ensimismamiento tal y sus ojos negros se detenían en María Gavrílovna con tanto fuego, que el momento decisivo parecía próximo. Los vecinos ya hablaban de la boda como de una cosa hecha, y la buena Praskovia Petrovna se mostraba contenta de que, por fin, su hija hubiera encontrado un novio digno de ella.
Una día la anciana se hallaba sola en el salón haciendo un solitario, cuando Burmín entró en la habitación y al punto preguntó por María Gavrílovna.
-Está en el jardín -dijo la anciana-. Vaya a verla, que yo lo esperaré aquí.
Burmín salió, y la anciana se santiguó y se dijo: «¡Ojalá hoy se decida todo!»
Burmín encontró a María Gavrílovna junto al estanque, bajo un sauce, con un libro en las manos y vestida de blanco, como una verdadera heroína de novela. Tras las primeras preguntas María Gavrílovna dejó adrede de sostener la conversación, ahondando de este modo el embarazo mutuo y del cual tal vez sólo se podría salir con una repentina y decisiva declaración de amor. Y así sucedió: Burmín, sintiendo lo difícil de su situación, le dijo que hacía tiempo que buscaba el momento para abrirle su corazón y le rogó un minuto de su atención. María Gavrílovna cerró el libro y bajó la mirada en señal de asentimiento.
-La amo -dijo Burmín-, la quiero con pasión...
María Gavrílovna enrojeció y dejó caer aún más la cabeza
-He sido un imprudente al entregarme a una dulce costumbre, al hábito de verla y escucharla cada día...
María Gavrílovna recordó la primera carta de St.-Preux.
-Ahora ya es tarde para luchar contra mi destino; el recuerdo de usted, su imagen querida e incomparable, será a partir de ahora un tormento y una dicha para mi existencia; pero aún me queda un duro deber, descubrirle un horrible secreto y levantar así entre nosotros un insalvable abismo...
-Éste siempre ha existido -lo interrumpió vivamente María Gavrílovna-. Nunca hubiera podido ser su esposa...
-Lo sé -le dijo él en voz baja-. Sé que en un tiempo usted amó, pero la muerte y tres años de dolor... ¡Mi buena, mi querida María Gavrílovna! No intente privarme de mi único consuelo, de la idea de que usted hubiera aceptado hacer mi felicidad si... Calle, por Dios se lo ruego, calle. Me está usted torturando. Sí, lo sé, siento que usted hubiera sido mía, pero... soy la criatura más desgraciada del mundo... ¡estoy casado!
María Gavrílovna lo miró con asombro.
-¡Estoy casado -prosiguió Burmín-; hace más de tres años que lo estoy y no sé quién es mi mujer, ni dónde está, ni si la volveré a ver algún día!
-Pero ¿qué dice? -exclamó María Gavrílovna-. ¡Qué extraño! Siga, luego le contaré... pero siga, hágame el favor.
-A principios de 1812 -contó Burmín-, me dirigía a toda prisa a Vilna, donde se encontraba nuestro regimiento. Al llegar ya entrada la noche a una estación de postas, mandé enganchar cuanto antes los caballos, cuando de pronto se levantó una terrible ventisca, y el jefe de postas y los cocheros me aconsejaron esperar. Les hice caso, pero un inexplicable desasosiego se apoderó de mí; parecía como si alguien no parara de empujarme. Mientras tanto la tempestad no amainaba, no pude aguantar más y mandé enganchar de nuevo y me puse en camino en medio de la tormenta. Al cochero se le ocurrió seguir el río, lo que debía acortarnos el viaje en tres verstas. Las orillas estaban cubiertas de nieve: el cochero pasó de largo el lugar donde debíamos retomar el camino, y de este modo nos encontramos en un paraje desconocido. La tormenta no amainaba; vi una lucecita y mandé que nos dirigiéramos hacia ella. Llegamos a una aldea: en la iglesia de madera había luz. La iglesia estaba abierta, tras la valla se veían varios trineos: por el atrio iba y venía gente.
«¡Aquí! ¡Aquí!», gritaron varias voces. «Pero, por Dios, ¿dónde te habías metido? -me dijo alguien-. La novia está desmayada, el pope no sabe qué hacer; ya nos disponíamos a irnos. Entra rápido.»
Salté en silencio del trineo y entré en la iglesia débilmente iluminada con dos o tres velas. La joven se sentaba en un banco, en un rincón oscuro de la iglesia; otra muchacha le fregaba las sienes. «Gracias a Dios -dijo ésta-, al fin ha llegado usted. Casi nos consume usted a la señorita.» Un viejo sacerdote se me acercó para preguntarme: «¿Podemos comenzar?» «Empiece, empiece, padre», le dije distraído. Pusieron en pie a la señorita. No me pareció fea... Una ligereza incomprensible, imperdonable, sí... Me coloqué a su lado ante el altar: el sacerdote tenía prisa: los tres hombres y la doncella sostenían a la novia y no se ocupaban más que de ella. Nos desposaron. «Bésense», nos dijeron. Mi esposa dirigió hacia mí su pálido rostro. Yo quise darle un beso... Ella gritó: «¡Ah, no es él! ¡no es él!», y cayó sin sentido. Los padrinos me dirigieron sus espantadas miradas. Yo me di la vuelta, salí de la iglesia sin encontrar obstáculo alguno, me lancé hacia la kibitka y grité: «¡En marcha!»
-¡Dios mío! -exclamó María Gavrílovna-. ¿Y no sabe usted qué pasó con su pobre esposa?
-No lo sé -dijo Burmín-, no sé cómo se llama la aldea en que me casé, no recuerdo de qué estación de postas había salido. Por entonces le di tan poca importancia a mi criminal travesura, que, al dejar atrás la iglesia, me dormí y desperté al día siguiente por la mañana, ya en la tercera estación de postas. Mi sirviente, que entonces viajaba conmigo, murió durante la campaña, de manera que ahora no tengo ni la esperanza siquiera de encontrar a la mujer a la que gasté una broma tan cruel y que ahora tan cruelmente se ha vengado de mí.
-¡Dios mío, Dios mío! -dijo María Gavrílovna agarrándole la mano-. ¡De modo que era usted! ¿Y no me reconoce?
Burmín palideció... y se arrojó a sus pies..."
Alexander Pushkin
martes, 17 de febrero de 2015
"El Fantasma Mordido"
"He aquí la historia que me contó Chen Lin-Cheng: Un viejo amigo suyo estaba echado a la hora de la siesta, un día de verano, cuando vio, medio dormido, la vaga figura de una mujer que, eludiendo a la portera, se introducía en la casa vestida de luto: cofia blanca, túnica y falda de cáñamo. Se dirigió a las habitaciones interiores y el viejo, al principio, creyó que era una vecina que iba a hacerles una visita; después reflexionó: «¿Cómo se atrevería a entrar en la casa del prójimo con semejante indumentaria?»
Mientras permanecía sumergido en la perplejidad, la mujer volvió sobre sus pasos y penetró en la habitación. El viejo la examinó atentamente: la mujer tendría unos treinta años; el matiz amarillento de su piel, su rostro hinchado y su mirada sombría le daban un aspecto terrible. Iba y venía por la habitación, aparentemente sin intención ninguna de abandonarla; incluso se acercaba a la cama. Él fingía dormir para mejor observar cuanto hacía.
De pronto, ella se levantó un poco la falda y saltó a la cama, sentándose en el vientre del viejo; parecía pesar tres mil libras. El viejo conservaba por completo la lucidez, pero cuando quiso levantar la mano se encontró con que la tenía encadenada; cuando quiso mover un pie, lo tenía paralizado. Sobrecogido de terror, trató de gritar, pero, desgraciadamente, no era dueño de su voz. La mujer, mientras tanto, le olfateaba la cara, las mejillas, la nariz, las cejas, la frente. En toda la cara sintió su aliento, cuyo soplo helado lo penetraba hasta los huesos. Imaginó una estratagema para librarse de aquella angustia: cuando ella llegara al mentón, él trataría de morderla. Poco después ella, en efecto, se inclinó para olerle la barbilla. El viejo la mordió con todas sus fuerzas, tanto que los dientes penetraron en la carne.
Bajo la impresión del dolor la mujer se tiró al suelo, debatiéndose y lamentándose, mientras él apretaba las mandíbulas con más energía. La sangre resbalaba por su barbilla e inundaba la almohada. En medio de esta lucha encarnizada el viejo oyó, en el patio, la voz de su mujer.
-¡Un fantasma! -gritó en el acto.
Pero apenas abrió la boca, el monstruo se desvaneció, como un suspiro.
La mujer acudió a la cabecera de su marido; no vio nada y se burló de la ilusión, causada, pensó ella, por una pesadilla. Pero el viejo insistió en su narración y, como prueba evidente, le enseñó la mancha de sangre: parecía agua que hubiera penetrado por una fisura del techo y empapado la almohada y la estera. El viejo acercó la cara a la mancha y respiró una emanación pútrida; se sintió presa de un violento acceso de vómitos, y durante muchos días tuvo la boca apestada, con un hálito nauseabundo".
P'ou Song-Ling
Mientras permanecía sumergido en la perplejidad, la mujer volvió sobre sus pasos y penetró en la habitación. El viejo la examinó atentamente: la mujer tendría unos treinta años; el matiz amarillento de su piel, su rostro hinchado y su mirada sombría le daban un aspecto terrible. Iba y venía por la habitación, aparentemente sin intención ninguna de abandonarla; incluso se acercaba a la cama. Él fingía dormir para mejor observar cuanto hacía.
De pronto, ella se levantó un poco la falda y saltó a la cama, sentándose en el vientre del viejo; parecía pesar tres mil libras. El viejo conservaba por completo la lucidez, pero cuando quiso levantar la mano se encontró con que la tenía encadenada; cuando quiso mover un pie, lo tenía paralizado. Sobrecogido de terror, trató de gritar, pero, desgraciadamente, no era dueño de su voz. La mujer, mientras tanto, le olfateaba la cara, las mejillas, la nariz, las cejas, la frente. En toda la cara sintió su aliento, cuyo soplo helado lo penetraba hasta los huesos. Imaginó una estratagema para librarse de aquella angustia: cuando ella llegara al mentón, él trataría de morderla. Poco después ella, en efecto, se inclinó para olerle la barbilla. El viejo la mordió con todas sus fuerzas, tanto que los dientes penetraron en la carne.
Bajo la impresión del dolor la mujer se tiró al suelo, debatiéndose y lamentándose, mientras él apretaba las mandíbulas con más energía. La sangre resbalaba por su barbilla e inundaba la almohada. En medio de esta lucha encarnizada el viejo oyó, en el patio, la voz de su mujer.
-¡Un fantasma! -gritó en el acto.
Pero apenas abrió la boca, el monstruo se desvaneció, como un suspiro.
La mujer acudió a la cabecera de su marido; no vio nada y se burló de la ilusión, causada, pensó ella, por una pesadilla. Pero el viejo insistió en su narración y, como prueba evidente, le enseñó la mancha de sangre: parecía agua que hubiera penetrado por una fisura del techo y empapado la almohada y la estera. El viejo acercó la cara a la mancha y respiró una emanación pútrida; se sintió presa de un violento acceso de vómitos, y durante muchos días tuvo la boca apestada, con un hálito nauseabundo".
P'ou Song-Ling
lunes, 16 de febrero de 2015
"El Juicio"
"En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes lo envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.
Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo, pero el hombre decía: "Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?" Era un hombre pobre pero nunca vendió su caballo.
Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo:
-Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Qué desgracia!
-No vayan tan lejos -dijo el viejo-. Simplemente digan que el caballo no estaba en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es juicio de ustedes. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es un fragmento.¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?
La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.
De nuevo se reunió la gente diciendo:
-Tenías razón, viejo. No fue una desgracia sino una verdadera suerte.
-De nuevo están yendo demasiado lejos -dijo el viejo-. Digan sólo que el caballo ha vuelto... ¿quién sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Están leyendo apenas una palabra en una oración. ¿Cómo pueden juzgar el libro entero?
Esta vez la gente no pudo decir mucho más, pero por dentro sabían que estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos...
El viejo tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las dos piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar:
-De nuevo tuviste razón -dijeron-. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y a tu edad él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca.
-Están obsesionados con juzgar -dijo el viejo-. No vayan tan lejos, sólo digan que mi hijo se ha roto las dos piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos y nunca se nos da más que esto.
Sucedió que pocas semanas después el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo eran llevados por la fuerza al ejército. Sólo se salvó el hijo del viejo porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes no volverían.
-Tenías razón, viejo, era una fortuna. Aunque tullido, tu hijo aún está contigo. Los nuestros se han ido para siempre.
-Siguen juzgando -dijo el viejo-. Nadie sabe. Sólo digan que sus hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Sólo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda.
No juzgues o jamás serás uno con el todo. Te quedarás obsesionado con fragmentos, sacarás conclusiones de pequeñas cosas. Una vez que juzgas, has dejado de crecer".
Anónimo
Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo, pero el hombre decía: "Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?" Era un hombre pobre pero nunca vendió su caballo.
Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo:
-Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Qué desgracia!
-No vayan tan lejos -dijo el viejo-. Simplemente digan que el caballo no estaba en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es juicio de ustedes. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es un fragmento.¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?
La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.
De nuevo se reunió la gente diciendo:
-Tenías razón, viejo. No fue una desgracia sino una verdadera suerte.
-De nuevo están yendo demasiado lejos -dijo el viejo-. Digan sólo que el caballo ha vuelto... ¿quién sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Están leyendo apenas una palabra en una oración. ¿Cómo pueden juzgar el libro entero?
Esta vez la gente no pudo decir mucho más, pero por dentro sabían que estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos...
El viejo tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las dos piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar:
-De nuevo tuviste razón -dijeron-. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y a tu edad él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca.
-Están obsesionados con juzgar -dijo el viejo-. No vayan tan lejos, sólo digan que mi hijo se ha roto las dos piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos y nunca se nos da más que esto.
Sucedió que pocas semanas después el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo eran llevados por la fuerza al ejército. Sólo se salvó el hijo del viejo porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes no volverían.
-Tenías razón, viejo, era una fortuna. Aunque tullido, tu hijo aún está contigo. Los nuestros se han ido para siempre.
-Siguen juzgando -dijo el viejo-. Nadie sabe. Sólo digan que sus hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Sólo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda.
No juzgues o jamás serás uno con el todo. Te quedarás obsesionado con fragmentos, sacarás conclusiones de pequeñas cosas. Una vez que juzgas, has dejado de crecer".
Anónimo
domingo, 15 de febrero de 2015
"Historia Verídica"
"A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.
Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora".
Julio Cortázar
Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora".
Julio Cortázar
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





