El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

martes, 21 de abril de 2015

"El Vendedor de Pararrayos"

"Que trueno extraordinario, pensé, parado junto a mi hogar, en medio de los montes Acroceraunianos, mientras los rayos dispersos retumbaban sobre mi cabeza, y se estrellaban entre los valles, cada uno de ellos seguido por irradiaciones zigzagueantes y ráfagas de cortante lluvia sesgada, que sonaban como descargas de puntas de venablos sobre mi bajo tejado. Supongo, me dije, que amortiguan y repelen el trueno, de modo que es mucho más espléndido estar aquí que en la llanura.

¡Atención! Hay alguien a la puerta.

¿Quién es este que elige tiempo de tormenta para ir de visita? ¿Y por qué no usa el llamador, en vez de producir ese lóbrego llamado de agente de pompas fúnebres, golpeando la puerta con el puño? Pero hagamos que entre. Ah, aquí viene.

-Buen día, señor -era un completo desconocido-. Le ruego que se siente.

¿Qué sería esa especie de bastón de extraña apariencia que traía consigo?

-Hermosa tormenta, señor.

-¿Hermosa? ¡Terrible!

-Está empapado. Siéntese aquí junto al hogar, frente al fuego.

-¡Por nada del mundo!

El extraño se erguía ahora en el centro exacto de la cabaña, donde se había plantado desde un comienzo. Su rareza invitaba a un escrutinio escrupuloso. Una figura enjuta, lúgubre. Cabello oscuro y lacio, enmarañado sobre la frente. Sus ojos hundidos estaban rodeados por halos de color índigo, y jugaban con una especie inofensiva de relámpago: un resplandor al que le faltaba el rayo. Todo él chorreaba agua. Estaba de pie sobre un charco en el desnudo piso de roble: su extraño bastón descansaba verticalmente a su lado.

Era una vara de cobre pulido, de cuatro pies de largo, unida longitudinalmente a un palo de madera bien trabajada, mediante inserciones en dos bolas de cristal verdoso, rodeadas por bandas de cobre. La vara de metal terminaba en un extremo como un trípode, con tres brillantes púas doradas. Él sostenía el conjunto sólo por la parte de madera.

-Señor -le dije, muy ceremoniosamente-, ¿tengo el honor de recibir una visita de ese dios ilustre, Júpiter Tonante? Así se erguía él en la estatua griega de antaño, empuñando el rayo. Si usted es él, o su virrey, tengo que agradecerle esta noble tormenta que ha lanzado sobre nuestras montañas. Escuche: ese fue un glorioso estruendo. ¡Ah, para un amante de lo majestuoso, es bueno tener al Tronador mismo de visita en la propia cabaña! Hace que los truenos suenen más hermosos. Pero le ruego que tome asiento. Es cierto que ese viejo sillón de mimbre es un pobre sustituto de su trono en el Olimpo, pero condescienda a sentarse.

Mientras yo así le hablaba, el extraño me miraba, medio maravillado, medio horrorizado, pero inmóvil.

-Vamos, señor, siéntese; necesita secarse antes de volver a salir.

Invitándolo con un gesto, puse una silla junto al hogar donde esa tarde había encendido un pequeño fuego para disipar la humedad, no el frío, porque estábamos a principios de septiembre.

Pero sin hacer caso de mi solicitud, y siempre de pie en medio de la sala, el extraño me miró ominosamente, y dijo:

-Señor, discúlpeme; pero en vez de aceptar su invitación a sentarme allá junto al fuego, yo le advierto solemnemente, que lo mejor que puede hacer usted es aceptar la mía y pararse a mi lado en medio de la habitación.

-¡Cielos! -añadió, con un respingo-. ¡Otro de esos atroces estruendos! ¡Se lo aviso, señor, aléjese del fuego!

-Señor Júpiter Tonante -dije yo, frotando tranquilamente mi cuerpo contra la piedra-, estoy muy bien aquí.

-¿Entonces usted es tan terriblemente ignorante -exclamó- como para no saber que la parte más peligrosa de una casa, durante una tempestad terrorífica como esta, es la chimenea?

-No, no lo sabía -respondí, alejándome involuntariamente un paso de la chimenea.

El forastero mostró tan desagradable aire de satisfacción por el éxito de su advertencia, que -otra vez involuntariamente- volví a acercarme al fuego, y me erguí en la posición más orgullosa que pude asumir. Pero no dije nada.

-¡En nombre del Cielo! -exclamó, con extraña mezcla de alarma e intimidación-. ¡En nombre del Cielo, aléjese del fuego! ¿No sabe que el aire caliente y el hollín son conductores? ¡Para no hablar de esos enormes morillos de hierro! ¡Deje ese lugar! ¡Se lo suplico! ¡Se lo ordeno!

-Señor Júpiter Tonante, no estoy acostumbrado a recibir órdenes en mi propia casa.

-No me llame con ese nombre pagano. Usted es profano en esta época de terror.

-Señor, ¿sería tan bondadoso como para decirme de qué se ocupa? Si busca refugio de la tormenta, es bienvenido, en la medida en que se muestre educado; pero si usted viene por algún negocio, dígalo abiertamente. ¿Quién es usted?

-Soy vendedor de pararrayos -dijo el extraño, suavizando su tono-, mi especialidad es... ¡El Cielo tenga piedad de nosotros! ¡Qué estrépito! ¿Lo alcanzó un rayo alguna vez... a su casa, quiero decir? ¿No? Lo mejor es estar prevenido -y haciendo sonar su vara metálica contra el piso, añadió-: las tormentas eléctricas no se detienen ante palacios, no se detienen ante nada en el mundo; y, sin embargo, sí, diga sólo una palabra, y podré hacer un Gibraltar de esta cabaña, con unos pocos pases de esta vara. ¡Escuche! ¡Qué conmociones como Himalayas!

-Usted se interrumpió; estaba por hablar de su especialidad.

-Mi especialidad consiste en viajar por el país en busca de órdenes de compra de pararrayos. Este es mi ejemplar de muestra -palmeando su vara-. El mes pasado coloqué en Criggan veintitrés pararrayos en sólo cinco edificios.

-Déjeme recordar. ¿No fue en Criggan donde la semana pasada, hacia la medianoche del sábado, fueron fulminados el campanario, el gran olmo y la cúpula del salón de actos? ¿Contaban con alguno de sus pararrayos?

-El árbol y la cúpula no, el campanario sí.

-¿Para qué sirve entonces su pararrayos?

-Usarlo es una cuestión de vida o muerte. Pero mi operario se descuidó. Al sujetar el pararrayos a la cumbrera del campanario, dejó que una parte metálica rozara la plancha de chapa. De ahí el accidente. No fue mi culpa, sino de él. ¡Escuche!

-No se moleste. Ese trueno sonó lo bastante fuerte como para ser escuchado sin que nadie lo señale con el dedo. ¿Supo algo de la catástrofe del año pasado en Montreal? Una criada fulminada junto a su lecho, con un rosario en la mano; las cuentas eran de metal. ¿Su recorrido se extiende hasta el Canadá?

-No. Y escuché que allí sólo usan pararrayos de hierro. Deberían usar el mío, que es de cobre. El hierro se funde fácilmente. Y la vara es tan delgada, que su grosor es insuficiente para conducir toda la corriente eléctrica. El metal se derrite; el edificio es destruido. Mis pararrayos de cobre nunca funcionan así. Esos canadienses son tontos. Algunos conectan el pararrayos por su extremo superior, corriendo el riesgo de provocar una mortífera explosión, en vez de llevar imperceptiblemente la descarga a tierra, como este pararrayos hace. El mío es el único pararrayos verdadero. ¡Mírelo! Sólo un dólar por pie.

-Su manera improcedente de presentarse bien podría suscitar desconfianza.

-¡Escuche! El trueno se vuelve menos rezongón. Se está acercando a nosotros, y acercándose a la tierra, también. ¡Escuche! ¡Un estruendo unísono! ¡Todas las vibraciones se hicieron una por la cercanía! ¡Otro relámpago! ¡Un momento!

-¿Qué hace? -dije, al ver que renunciando en un instante a su vara, se dirigía resueltamente hacia la ventana, con sus dedos índice y medio de la mano derecha apoyados sobre la muñeca de la izquierda.

Pero antes de que la frase se me hubiera terminado de escapar, otra exclamación se le escapó:

-¡Ahí se estrelló! Sólo tres pulsos, a menos de un tercio de milla, en algún sitio en ese bosque. Por allí pasé junto a tres robles fulminados, arrancados de un tirón y chispeantes. El roble atrae el rayo más que cualquier otra madera, porque tiene hierro en solución en su savia. Su piso parece de roble.

-Corazón de roble. Dado el singular momento de su visita, supongo que usted elige a propósito el tiempo tormentoso para sus viajes. Cuando el trueno ruge, usted juzga que es la hora más favorable para producir impresiones favorables para su comercio.

-¡Escuche! ¡Atroz!

-Para tratarse de alguien que debería quitar el miedo a otros, usted parece desmedidamente miedoso. La gente común elige el buen tiempo para sus viajes: usted prefiere el tormentoso, y sin embargo...

-Acepto que viajo en medio de las tormentas; pero no sin adoptar muy especiales precauciones, que sólo un especialista en pararrayos puede conocer. ¡Escuche ese! Rápido... mire mi ejemplar de muestra. Sólo un dólar el pie.

-Un hermoso pararrayos, me atrevo a asegurarlo. Pero ¿cuáles son esas tan especiales precauciones suyas? Antes permítame cerrar esos postigos; la lluvia penetra a través del bastidor. La atrancaré.

-¿Está loco? ¿No sabe que esa tranca de hierro es un inmejorable conductor de la electricidad? Desista.

-Entonces me limitaré a cerrar los postigos, y llamaré a mi muchacho para que me traiga una tranca de madera. Por favor, haga sonar esa campanilla, allí.

-¿Perdió la cabeza? El tirador de alambre de esa campana podría electrocutarlo. Nunca toque la campana durante una tormenta eléctrica, ni esta ni ninguna otra.

-¿Ni siquiera la de los campanarios? ¿Me va a decir dónde y cómo puede uno estar a salvo en un tiempo como este? ¿Hay alguna parte de mi casa que yo pueda tocar con esperanzas de vida?

-La hay. Pero no donde usted está parado ahora. Aléjese de la pared. La corriente se descarga a veces por la pared, y como un hombre es mejor conductor que una pared, abandonará esta para abalanzarse sobre él. ¡Zas! Ese debe haber caído muy cerca. Tiene que haber sido un rayo globular.

-Muy probablemente. Dígamelo de una vez; ¿cuál es, en su opinión, la parte más segura de esta casa?

-Esta sala, y este sitio en el que estoy parado. ¡Arrímese!

-Las razones, primero.

-¡Oiga! Tras el relámpago, las rachas de viento... los bastidores tiemblan... ¡la casa, la casa!... ¡Acérquese a mí!

-Las razones, por favor.

-¡Venga y acérquese a mí!

-Gracias otra vez, pero creo que voy a probar mi sitio de siempre... junto al fuego. Y ahora, Señor del Pararrayos, entre las pausas de los truenos, sea bueno y dígame cuáles son sus razones para considerar esta única sala de la casa como la más segura, y ese preciso sitio en que usted está parado como el más seguro en ella.

Entonces se produjo una momentánea interrupción de la tormenta. El hombre del Pararrayos pareció aliviado, y replicó:

-La suya es una casa de un piso, con un ático y una bodega; esta sala está entre ellos. De aquí su seguridad relativa. Porque el rayo salta a veces de las nubes a la tierra, y a veces de la tierra a las nubes. ¿Comprende? Y yo elegí el medio de la sala porque si el rayo golpeara la casa entera, lo haría a través de la chimenea o las paredes, así que, obviamente, cuanto más lejos nos hallemos de ellas, mejor. Venga, acérquese ahora.

-Enseguida. Extrañamente, algo de lo que usted acaba de decir me ha inspirado confianza, en vez de alarmarme.

-¿Qué he dicho?

-Dijo que a veces los rayos saltan de la tierra a las nubes.

-Sí, el rayo inverso, se le llama; cuando la tierra, sobrecargada de electricidad, descarga sus sobras a las alturas.

-El rayo inverso; es decir, de la tierra al cielo. Mejor y mejor. Pero venga aquí, a secarse junto al fuego.

-Estoy mejor aquí, y mucho mejor mojado.

-¿Cómo?

-Es lo más seguro que puede hacer... ¡Escuche, otra vez! ...empaparse de lo lindo durante una tormenta eléctrica. Las ropas mojadas son mejores conductores que el cuerpo; de modo que si un rayo lo alcanzara, podría pasar por las ropas mojadas sin tocar el cuerpo. La tormenta se intensifica nuevamente. ¿Tiene una alfombra? Las alfombras son aislantes. Traiga una, en la que ambos podamos pararnos. El cielo oscurece... parece de noche a mediodía... ¡Escuche! ¡La alfombra, la alfombra!

Le di una, mientras las montañas encapotadas parecían abalanzarse y precipitarse sobre la cabaña.

-Y ahora, ya que de nada nos servirá quedarnos mudos -le dije, volviendo a ocupar mi lugar-, cuénteme cuáles son las precauciones para adoptar cuando se viaja en tiempo tormentoso.

-Espere hasta que esta tormenta haya pasado.

-No, adelante con las precauciones. Está en el lugar más seguro, de acuerdo con su propia explicación. Continúe.

-Brevemente, entonces. Evito los pinos, las casas altas, los graneros apartados, las praderas elevadas, las corrientes de agua, los rebaños de ganado, los grupos humanos. Si viajo a pie, como hoy, no marcho a paso ligero. Si viajo en mi coche, no toco sus costados ni su parte trasera. Si viajo a caballo, desmonto y conduzco al caballo. Pero, por sobre todo, evito a los hombres altos.

-¿Sueño? ¿El hombre evita al hombre? ¿Y en momentos de peligro, para colmo?

-Durante las tormentas eléctricas yo evito a los hombres altos. ¿Es usted tan groseramente ignorante como para no saber que la altura de un caminante de seis pies es suficiente para atraer la descarga de una nube eléctrica? ¡Cuántos de esos imponentes labradores de Kentucky fueron derribados sobre el surco inconcluso! Si un hombre de esos se aproximara a un arroyo, veces habría en que la nube lo escoge a él como conductor, desechando el agua. ¡Escuche! Seguro que dio en el pináculo negro. Sí, un hombre es un buen conductor. El rayo quema al hombre de punta a punta, pero apenas descorteza al árbol. Señor, me ha tenido tanto tiempo contestando sus preguntas, que no he hablado todavía de negocios. ¿Va a ordenar uno de mis pararrayos? ¿Ve este ejemplar de muestra? Es del mejor cobre. El cobre es el mejor conductor. Su casa es baja; mas como está sobre las montañas, su poca altura no la pone a salvo. Ustedes, los montañeses, son los más expuestos. El vendedor de pararrayos debería hacer más negocios en las regiones montañosas. Mire esta muestra, señor. Un pararrayos será suficiente para una casa pequeña como esta. Examine esas recomendaciones. Sólo un pararrayos, señor; costo, sólo veinte dólares. ¡Escuche! Allá van esas moles de granito, arrojadas como guijarros. Por el ruido, deben haber destrozado algo. Puesto a una altura de cinco pies sobre la casa, protegerá un círculo de veinte pies de radio. Sólo veinte dólares, señor... un dólar el pie. ¡Escuche! ¡Espantoso! ¡Lo ordenará! ¿Va a comprarlo? ¿Anoto su nombre? ¡Imagine lo que es convertirse en un montón de vísceras carbonizadas, como un caballo atado que se incendia con su establo! ¡Todo en el tiempo que dura un rayo!

-Pretendido enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Júpiter Tonante -reí yo-, mero hombre que viene aquí a interponer su cuerpo y su artificio entre la tierra y el cielo, ¿cree que porque es capaz de arrancar un reverbero de luz verde de la botella de Leyden, puede eludir los rayos celestiales? Si esa varilla se oxida o se rompe ¿qué es de usted? ¿Quién le ha dado el poder, a usted, Tetzel, para vender de puerta en puerta sus indulgencias a fin de sustraerse a las disposiciones divinas? Los cabellos de nuestras cabezas están contados, y contados están los días de nuestras vidas. Mientras retumbe el trueno o a la luz del sol, me pongo con confianza en manos de mi Creador. ¡Fuera, comerciante falso! Mire, la tormenta se repliega; la casa está intacta, y en el arco iris sobre el cielo azul leo que la Deidad no hará la guerra a la tierra del hombre.

-¡Canalla impío! -balbuceó el extraño, mientras su rostro se oscurecía en la misma medida en que resplandecía el arco iris-. ¡Revelaré sus ideas paganas!

Su rostro amenazante ennegreció aún más; los círculos de color índigo se agrandaron alrededor de sus ojos, como anillos de tormenta alrededor de la Luna de medianoche. Se arrojo sobre mí; las tres puntas de su artefacto apuntando a mi corazón.

Lo así; lo partí en dos; lo tiré al piso; lo pisoteé; y arrastrando al oscuro rey del rayo fuera de mi casa, arrojé tras él su informe cetro de cobre.

Pero a pesar de mi tratamiento, y a pesar de mis conversaciones disuasivas con mis vecinos, el vendedor de Pararrayos todavía habita esta tierra; sigue viajando en tiempos de tormenta, y hace pingües negocios con los miedos del hombre".


Herman Melville

lunes, 20 de abril de 2015

"El Hombre Lobo"

"En el reino de Egberto de Sajonia vivía una dulce doncella de nombre Isolda, quien era adorada por todos, tanto por su prudencia como por su belleza. Sin embargo, aunque muchos mancebos se acercaban a cortejarla, ella sólo amaba a Harold, y a él le había jurado fidelidad.

Entre los jóvenes, por quienes Isolda era pretendida, había uno, Alfred, que se había ofendido por su preferencia por Harold. De manera que un día, Alfred dijo a Harold:

—¿Es verdad que el viejo Sigfrido saldrá de su tumba y tomará a Isolda por esposa? —y luego añadió— Por Dios, mi señor, por qué se ha puesto tan pálido cuando he mencionado el nombre de vuestro abuelo?

Entonces Haroldo preguntó:

—¿Qué sabes tú de Sigfrido? ¿Qué recuerdo de él debería angustiarme?

—Sabemos —replicó Alfredo— que existen algunas historias que nos han contado nuestras abuelas, y que no hemos olvidado.

Las palabras y la arrogante sonrisa de Alfred obsesionaron a Harold día y noche.

El abuelo de Harold, Sigfrido el Teutón, había sido un hombre de violento y cruel. La leyenda afirmaba que un hechizo pesaba sobre él, y que en ciertos momentos era poseído por un espíritu maligno que descargaba su furia sobre la humanidad. Pero Sigfrido había muerto hacía ya muchos años, y lo único que quedaba era la leyenda y una lanza diestramente forjada que había dejado Brunilda, la bruja. Esta lanza era tan fantástica que nunca había perdido su brillo, ni su punta había perdido el filo. Descansaba en la alcoba de Harold, y era la maravilla entre las armas de aquella época.

Isolda sabía que Alfred la amaba, pero no sabía de las amargas palabras que él le había dicho a Harold. Su amor por Harold era sólido en su confianza y piedad. Pero Alfred había penetrado en la verdad: el hechizo del viejo Sigfrido pesaba sobre Harold. Dormido durante cien años, había despertado en la sangre del nieto, y Harold conocía el hechizo que pendía sobre él, y era esto lo que parecía interponerse entre él e Isolda. Pero el amor es más fuerte que todo lo demás, y Harold amaba tiernamente.

Harold no le habló a Isolda del hechizo, porque temía que ella lo abandonase. Cuando sentía el fuego del hechizo ardiendo en sus venas le decía:

—Mañana iré a la caza del jabalí en lo más profundo del bosque.

O:

—La semana siguiente acecharé a los ciervos en las lejanas colinas del norte.

Siempre tenía un buen pretexto para su ausencia, e Isolda no pensaba cosas malignas, porque era confiada; y aunque se fue muchas veces y se alejaba por largos días, ella no sospechaba nada. Por lo que nadie había visto a Harold cuando el hechizo lo dominaba.

Sólo Alfred reflexionaba sobre estas cosas.

—Algo extraño sucede —decía—, que de cuando en cuando este galante nos deja sin su compañía. En realidad será mejor no perder de vista al nieto de Sigfrido.

Harold sabía que Alfred lo observaba de cerca, y estaba atormentado por un temor constante de que Alfred descubriera su maldición; pero lo que realmente le angustiaba era que en presencia de Isolda, el hechizo se apoderara de él y le obligase a dañarla. Así Harold vivía en constante temor, sintiendo que su amor no tenía esperanza, aún no sabiendo cómo combatirlo.

Ahora bien, sucedió en aquellos años que el país era siendo azotado por un hombre lobo, un licántropo feroz, una criatura que era temida por todos los caballeros, sin importar qué tan valientes fuesen. Este hombre lobo era humano durante el día, y por la noche un lobo dado a la destrucción y a la matanza, y tenía una existencia mágica contra la cual ningún hombre luchar. Donde fuera que iba, atacaba y devoraba personas, esparciendo terror y desolación por todo el reino, y los magos decían que la tierra no sería liberada del hombre lobo hasta que algún hombre se ofreciera a sí mismo en sacrificio voluntario a la ira del monstruo.

Ahora bien, aunque Harold era conocido como un impresionante cazador, nunca había sido convocado para cazar al hombre lobo, y, extrañamente, el licántropo nunca acechaba en dónde Harold estaba. Alfred sospechaba de esto, y a menudo decía:

—Nuestro Harold es un cazador formidable. ¿Quién mejor para dar caza al tímido gamo o al al evasivo jabalí? Pero mientras tanto, vemos su ausencia durante las apariciones del hombre lobo. Tal valor le sienta bien a nuestro joven Sigfrido.

Llegado esto al conocimiento de Harold, su corazón se inflamó de ira, pero no respondió, por miedo a delatar la verdad que temía.

Sucedió por aquel entonces que Isolda dijo a Harold:

—¿Irás conmigo mañana a la fiesta en la gruta sagrada?

—No puedo hacerlo —respondió Harold—. Estoy convocado a una misión en Normandía. Y te ruego, por el amor que me tienes, que no acudas a la fiesta en la gruta sagrada sin mí.

—¿Qué dices? —exclamó Isolda—. ¿Qué no vaya a la fiesta de Santa Ælfreda? Mi padre estará muy enfadado si no estoy allí con las otras doncellas. Sería una gran pena que yo le decepcione de esa manera.

—No lo hagas, te lo suplico —dijo Harold—. ¡No vayas a la fiesta de Santa Ælfreda en la gruta sagrada! Y si de verdad me amas, no vayas. ¡Te lo pido de rodillas! No vayas a la gruta hasta la noche de mañana.

Isolda estaba sorprendida por sus actos y sus palabras. Luego, por vez primera, pensó que él estaba celoso, lo cual le produjo un secreto placer.

—Ah —dijo ella—, dudas de mi amor —pero cuando vio una mirada de dolor asomar a su rostro agregó, como si se arrepintiera de las palabras que había dicho—. ¿O es que le temes al hombre lobo?

Entonces Harold respondió, con los ojos fijos en los de ella:

—Tú lo has dicho; señora, es al hombre lobo que temo.

—¿Por qué me miras de forma tan extraña, Harold? —preguntó Isolda—. ¡Por la violenta luz en tus ojos uno casi podría decir que tú eres el hombre lobo!

—Ven aquí, siéntate a mi lado —dijo Harold, temblando—, y te contaré por qué temo dejarte ir a la fiesta de Santa Ælfreda mañana a la noche. Soñé que yo era el hombre lobo. Un anciano se paró al costado de mi cama como si me arrancara el alma de mi pecho.

«—¿Qué hacéis, anciano?

«—Tu alma es mía —dijo él—; vivirás ahora bajo mi hechizo. Tu alma es mía.

«—¡Tu hechizo no penderá sobre mí! —grité— ¿Qué hice para que tu magia me atormente? Tú no tendrás mi alma.

«—Por esa ofensa sufrirás, y por mi hechizo conocerás el infierno. Así está decretado».

—Así habló el anciano, sentí que me arrebataba el alma. Luego dijo: «Vé, busca y mata». Entonces, yo fui un lobo corriendo por los páramos.

«La hierba seca crujía bajo mis pasos. La oscuridad de la noche era pesada y me oprimía. Horrores extraños torturaban mi alma, que gemía y gemía en aquel cuerpo lobezno. El viento me susurraba; con miles de voces y me hablaba y decía:

«Vé, busca y mata.

«Y sobre esas voces sonaba la risa horrible de un anciano.

«Corrí por el páramo, sin saber bien porqué lo hacía. Llegué a un río y me arrojé en él. Una ardiente sed me consumía, y bebí las aguas del río. Había llamaradas que resplandecían a mi alrededor, y el viento silbaba, y lo que decía era:

«Vé, busca y mata. Y escuché la risa del anciano en cada sombra.

«Un bosque se extendía ante mí con sus figuras impenetrables: con sus cuervos, sus vampiros, sus serpientes, sus reptiles, y todas sus espantosas criaturas de la noche. Me arrojé entre las espinas, entre las hojas, las ortigas, y las zarzas. Los búhos ululaban, y las espinas lastimaban mi carne:

«Vé, busca y mata, decían todos.

«Los conejos huían a mi paso; las otras bestias corrían en dirección contraria a la mía; toda forma de vida chillaba en mis oídos. El hechizo estaba en mí, yo era el hombre lobo.

«Corría a la par del viento, y mi alma gemía en su prisión lobuna, y el viento, las aguas y los árboles me susurraban:

«Vé, busca y mata, tú bestia; vé, busca y mata.

«En ningún sitio había piedad para el lobo; ¿qué misericordia, entonces, podría yo, como lobo, tener?

«El hechizo estaba sobre mí y me llenaba de hambre y sed de sangre. Dentro de mí ser, grité:

«¡Sangre, oh, sangre humana, que esta ira pueda ser saciada, que este hechizo pueda ser retirado!

«Por ultimo llegué a la gruta sagrada. La noche cubría los álamos, los robles se henchían sobre mí. Ante mí se paró un anciano, era él, el mismo siniestro anciano, cuyo hechizo padecía. No me asustó. Todas las otras cosas vivientes huían ante mí, pero el anciano no me temía. Una doncella se paró a su lado. Ella no me veía, pues era ciega.

«¡Mata! ¡Mata!; exclamó el anciano, señalando a la niña a su lado.

«El infierno rugió dentro de mí. La maldición me impulsaba. Salté sobre su garganta. Escuché al anciano reír una vez más, y entonces... desperté, temblando, helado, horrorizado».

Apenas Harold terminó de narrar su sueño, Alfred hizo su aparición.

—Ah, Señora —dijo él—. Creo que nunca he visto un rostro tan triste.

Entonces Isolda le dijo como Harold le había rogado que no asista a la fiesta de Santa Ælfreda en la gruta sagrada.

—Esos temores son infantiles —dijo Alfred, alardeando—. Y tú sufrida, dulce señora, yo seré tu compañía en la fiesta, y un grupo de mis escuderos nos escoltarán. No habrá hombres lobo que puedan con nosotros.

Isolda rió feliz, y Harold dijo:

—Está bien; tú irás a la gruta sagrada, y quiera mi amor y la gracia de Dios resguardarte de todo mal.

Luego Harold fue a su morada, y dio la vieja lanza de Sigfrido a Isolda, y se la entregó en sus manos, diciendo:

—Lleva esta lanza contigo a la fiesta mañana a la noche. Es la vieja lanza de Sigfrido, que es símbolo de la fuerza y la virtud.

Y Harold llevó la mano de Isolda a su corazón y la bendijo, y la besó en la frente y en los labios, diciendo:

—Adiós, mi amada. Cómo me amarás cuando sepas de mi sacrificio. Adiós, adiós, por siempre, oh, amada mía.

Luego Harold prosiguió su camino, e Isolda permaneció allí, consternada.

En la noche siguiente, Isolda fue a la gruta sagrada donde la fiesta había comenzado, y llevó la vieja lanza de Sigfrido con ella en su cinturón. Alfred la acompañaba, y varios soldados estaban tras él. En la gruta había gran alegría, y con cánticos y danzas y juegos la gente celebraba la fiesta de Santa Ælfreda.

Pero de pronto se elevó un fuerte tumulto, con gritos de ¡El hombre lobo! ¡El hombre lobo!

El terror paralizó a todos, y hasta los corazones de los hombres fuertes se helaron. Saliendo de lo profundo del bosque rugió el hombre lobo, bramando, crujiendo sus colmillos y arrojando espuma amarilla de sus fauces. Corrió derecho a Isolda, como si un poder diabólico lo dirigiese hacia el lugar donde ella estaba parada. Pero Isolda no estaba atemorizada; se irguió como una estatua de mármol y vio venir al hombre lobo. Los lanceros, soltaron sus antorchas y cubriéndose tras sus escudos, huyeron; solo Alfred se quedó ahí para dar batalla al monstruo.

Alzó su pesada lanza ante el licántropo que se aproximaba, y la lanzó contra la erizada espalda del hombre lobo, pero el arma era débil.

Luego, el hombre lobo, fijando sus ojos sobre Isolda, se preparó por un momento en la sombra. Isolda, pensando en las palabras de Harold, sacó la vieja lanza de Sigfrido de su vaina, la levantó, y con la fuerza de la desesperación la lanzó a través del aire.

El hombre lobo vio el arma brillante, y un gritó brotó de su garganta. Un grito de agonía humana; e Isolda observó en los ojos del hombre lobo los ojos de alguien que ella había visto y conocido, pero fue sólo por un instante, y luego los ojos ya no fueron humanos, sino los de una bestia feroz.

Una fuerza sobrenatural pareció impulsar la lanza en su vuelo. Con imposible precisión se enterró en la mitad de su pecho hirsuto de lobo, justo arriba del corazón, y luego, con un aullido monstruoso, el hombre lobo cayó muerto entre las sombras.

Luego, ah, luego de verdad hubo gran júbilo, y grandes fueron las aclamaciones, mientras, hermosa en su temblorosa palidez, Isolda fue llevada hasta su casa, donde la gente se congregó para dar una gran fiesta en su homenaje, porque el hombre lobo estaba muerto, y ella era quien le había matado.

Pero Isolda exclamó:

—Vayan, busquen a Harold. Que venga a mí. No coman ni duerman hasta encontrarlo.

—Mi Buena señora —dijo Alfred—. ¿Cómo podría ser eso, si él ha marchado a Normandía?

—No me importa dónde esté —exclamó ella—. Mi corazón sufre hasta que pueda verme en sus ojos otra vez.

—Seguramente no se ha ido a Normandía —dijo Huberto—. Este vecino lo vio entrar en su casa.

Todos se apresuraron en ir, en vasta compañía, hacia allí. La puerta de su alcoba estaba cerrada.

—¡Harold, Harold, vamos! —exclamaron, mientras golpeaban la puerta, pero no hubo respuesta a sus llamados y golpes.

Ya con miedo, tiraron la puerta abajo, y cuando esta cayó, vieron a Harold tendido en su cama.

—Duerme —dijo uno—. Vean, sostiene un dibujo en su mano, el retrato de Isolda. Qué bello está y qué tranquilamente duerme.

Pero no, Harold no estaba dormido.

Su rostro estaba calmo y hermoso, como si soñara con su amada, pero su vestimenta estaba roja con la sangre que manaba de una herida en su pecho. Una herida horrenda, como de lanza, justo encima de su corazón".


Eugene Field

domingo, 19 de abril de 2015

"La Compañera de Juego"

"Laura Halyard se preguntó si se acostumbraría alguna vez al encanto de su nuevo hogar. Aún sentía la necesidad de restregarse los ojos cada vez que miraba aquella casa de ensueño. Comparados con el estruendo y la luminosidad de Nueva York, la suave belleza y el verde silencio de Lichen Hall se le aparecían a la nueva dueña como un hechizo. Hacía sólo un año que, tras la desaparición de su hermano mayor, muerto sin hijos, su esposo, Claud Halyard, había heredado la propiedad. Desde su matrimonio, los negocios habían mantenido a Claud en América; así pues, Laura nunca se encontró con su pobre y paralizado cuñado. Sin embargo, pensó en él a menudo a causa de la profunda impresión que produjo en su imaginación su trágica historia: la pérdida precoz de su adorada esposa, el accidente que le convirtió en un lisiado sin esperanzas y finalmente la horrible tragedia de su única hija de diez años, muerta en el incendio que, doce años antes, destruyó un ala de Lichen Hall.

La casa había sido restaurada tan hábilmente que resultaba difícil creer que se hubiera producido aquel incendio fatal, y, al principio, su nueva dueña se sintió tan cautivada por aquella atmósfera de paz que le resultó casi imposible asociar el lugar con algo tan terrible como la muerte de aquella pobre niña. ¿Podría haber ocurrido allí algo así y tan sólo doce años antes?

Laura Halyard tenía toda la notable adaptabilidad de las mujeres de su país y, cuando se sentaba en el gran vestíbulo, con su fina y delicada belleza brillando al parpadeo del fuego de la chimenea, tenía un aspecto maravilloso, perfectamente acorde con todo lo que la rodeaba. Había invitado a tomar el té al viejo vicario, cuyos ojos debilitados parpadeaban con admiración ante la gracia y la belleza de su anfitriona. Deseaba que no llegara el momento de terminar una visita tan agradable.

—Si me permite decirlo así, lady Halyard —dijo, arrastrando de mala gana sus rígidos miembros y elevándolos de las profundidades del sillón donde había estado sentado—, es muy agradable volver a tomar aquí un chátelaine. Lichen Hall ha sido un lugar muy triste durante estos últimos doce años.
—Sí —admitió Laura—. Creo que mi pobre cuñado nunca consiguió superar la terrible tragedia de esa pobre niña.
—«Un hombre roto» es una frase que uno escucha a menudo —dijo el sacerdote—, pero, afortunadamente, en el transcurso de toda mi vida sólo he podido conocer a un hombre a quien se pudiera aplicar justamente esa frase. Ese hombre fue su cuñado. Cumplió con su deber en este lugar. Nadie lo habría hecho mejor. Pero tras la muerte de su pequeña Daphne, las deudas fueron todo lo que le quedó en el mundo. No le quedó nada más. Para mí representó un gran dolor ver unas cenizas tan grises y ser incapaz de distinguir en ellas ni siquiera una pequeña chispa. ¡Vivió tan sólo! Durante todos aquellos últimos años apenas si hubo alguien que se acercara por aquí. Sólo unos pocos y viejos amigos, pero siempre tuve la impresión de que él únicamente los sufría por consideración a sus sentimientos.

Laura emitió un murmullo de simpatía.

—Me pregunté a menudo por qué su esposo nunca vino por aquí, lady Halyard —siguió diciendo el anciano—. A pesar de los veinte años de edad que les separaban, siempre habían sido hermanos muy compenetrados. Parece extraño que no regresara ni una sola vez a su propia casa hasta que la heredó.
—Lo sé —dijo Laura—. Mi esposo estaba muy atado por los negocios, pero, a pesar de todo, se las podría haber arreglado. Le pedí a menudo que viniéramos a hacer una visita, pero él siempre creía que el año siguiente sería mejor. No sé por qué pensaba así. Desde luego, Mr. Claud, mi esposo es muy sensible. Se encoge ante las desgracias. A veces pienso que, quizá, lo que le sucedía es que era incapaz de ver por sí mismo la miseria en que se encontraba su hermano.
—Posiblemente —admitió el vicario—. Pero hubiera deseado verle por aquí. Podría haber significado un gran cambio en la situación.

Laura detectó un tenue matiz de reproche en la voz amable del anciano.

—No es que no le guste este sitio —le aseguró—. No le puedo decir cuánto significa para él.
—Lo sé, lady Halyard, lo sé. ¿Cree que no le recuerdo de cuando era un chico?
Su amor por esta casa era casi motivo de chanzas entre los miembros de su familia. En cierta ocasión le puso morado un ojo a otro chico por atreverse a decir que su casa era más hermosa que ésta. Buenos tiempos aquellos en los que él y todas sus hermanas eran jóvenes. Los pálidos ojos del anciano vicario se abrieron mucho mientras miraba tristemente hacia el pasado.
—Siempre he pensado que lo que necesita este jardín son niños. Se le desperdicia cuando no hay nadie en él. Se lo puedo asegurar; es una verdadera alegría ver a su hija pequeña rompiendo y arrancando la hierba de las terrazas.
—No le puedo decir lo feliz que Hyacinth se siente aquí —exclamó Laura—. Se pasa todo el día como si estuviera en éxtasis.
—¡Bendígala! —dijo el sacerdote—. ¡Qué maravillosa es y qué parecido tan extraordinario con...
—¿Parecido? ¿Con quién?
—Con su pobre prima... con la pobre y pequeña Daphne. Seguramente, esa semejanza habrá impresionado a su esposo, ¿verdad?
—No... no. Al menos no me lo ha dicho así, aunque quizá, de ser cierto, no me lo diría. Ni siquiera después de todos estos años puede soportar el hablar de su sobrina. Nunca menciona el nombre de Daphne.
—Sé que le causó una terrible impresión —admitió el vicario—. Se sentía tan orgulloso de ella. Recuerdo que siempre estaba jugando con ella. Pero en realidad, la queríamos todos. Sí, existía una verdadera fascinación alrededor de la pequeña Daphne.
—¿Y era realmente como nuestra Hyacinth?
—¡Vaya si lo era! —exclamó el sacerdote—. ¡Es el parecido más asombroso que he visto! Le aseguro que la primera vez me dejó muy asombrado, cuando la vi observándome a través de unos arbustos. Sí, el verla me hizo volver doce años atrás. Ahora tiene diez años, ¿verdad?

Laura asintió.

—¿Lo ve? La pobre Daphne tenía exactamente la misma edad la última vez que la vi... el día antes de... sí, sí, aún la puedo ver... el mismo pelo rubio rodeando la palidez de su cara, los ojos grandes y la misma mirada de enojo... Algo extraordinariamente vivaz.
—¿De veras? —dijo Laura.

Su voz tembló y el vestíbulo se nubló ante sus ojos, perturbada su visión por unas lágrimas.

—Sí, un parecido realmente extraordinario —siguió diciendo el anciano—. Las voces también eran muy similares. Y su Hyacinth parece tener la misma pasión por el juego. Nunca vi a un ser con tal capacidad como Daphne para llenar el día. Siempre parecía desear poner más diversión de la que podía en cada hora. Era casi como si supiera de antemano que no tenía tiempo que perder. ¿Recuerda usted el pasaje de Maeterlinck sobre aquellos a quienes él llama Les Avertis?
—Sí, lo recuerdo —la voz de Laura era pesada.
—Bien, bien, me tengo que marchar ahora. Gracias, querida señora, por la tarde tan agradable. Dé mis más queridos recuerdos a Daph... quiero decir a Hyacinth.
—Buenas tardes, Mr. Claud. Vuelva pronto —dijo Laura, aunque de una formabastante mecánica.

Volviéndose hacia el fuego, removió uno de los grandes troncos con el pie, y después removió las ascuas con el atizador, hasta que estallaron en llamas. Se sintió cansada y con frío. Cuando el sacerdote volvió a entrar en la habitación, se le quedó mirando, asombrada. El pidió disculpas por haberse olvidado los guantes.

—¡Oh! ¿De qué color son? —preguntó Laura con un aire ausente, como si en el vestíbulo pudiera existir una gran variedad de pares de guantes—. Espere un momento, Mr. Claud —dijo, cuando el vicario hubo encontrado sus guantes—. Había algo que deseaba preguntarle. ¿Qué aspecto cree usted que tiene mi esposo?
—Bueno, lady Halyard. Siempre fue un tipo magnífico. Sí, creo que tiene un aspecto bastante bueno. Pero, ya que me lo pregunta, lo único que le he notado es una expresión especialmente tensa en los ojos, más bien, como si estuviera haciendo siempre un gran esfuerzo mental... como si estuviera tratando de recordar algo.
—¿Tratando de recordar algo?
—Sí. No cabe la menor duda de que eso es a consecuencia de lo mucho que trabaja en el despacho. Me siento muy contento de no verle allí. De algún modo, no puedo imaginarme a ningún Halyard en un despacho. ¡Oh, sí! Claud siempre estuvo hecho para la vida en el campo. Buenas noches, lady Halyard, buenas noches.

Una vez sola, Laura se acurrucó junto al fuego de la chimenea. ¿Claud hecho para la vida en el campo? Sí, así lo había pensado siempre. En América parecía un exiliado añorando siempre su país natal. Y, sin embargo, ahora que se encontraban en su querido hogar, el cual había demostrado ser mucho más maravilloso de lo que sus propias alabanzas le habían hecho esperar, ¿qué andaba mal? En su creciente desilusión, no tuvo más remedio que admitir que el ánimo de su esposo —siempre inconstante— era ahora mucho más bajo de lo que solía ser. Parecía estar abrumado por una atmósfera sofocante. Y, además, estaba aquella mirada tensa que el vicario ya había notado. Otras personas también lo habían comentado. ¿Cuál podría ser la causa ahora, cuando el presente y el futuro parecían tan favorables? ¿Preocupaciones por los negocios?, se preguntó Laura, casi con la esperanza de hallar allí la respuesta. ¡No! ¿Qué preocupaciones de negocios podría tener? El se lo contaba todo. ¿Acaso ahora no lo hacía?, se preguntó Laura, echándose a reír casi en voz alta. Este mismo día se había vuelto a encontrar con aquella terrible frase.

La heroína de una mala novela que estaba leyendo, una mujer que no sabía nada con respecto a su esposo, había afirmado confidencialmente: «El me lo cuenta todo.» ¿Cómo puede un ser humano contárselo todo a otro? Sin duda alguna, Claud tenía algo en mente. Desde que llegaron a casa, ella se dio cuenta de la existencia de una barrera cada vez más gruesa entre ellos. Tiempo atrás, si se le planteaba la cuestión admitía a menudo encontrarse un poco deprimido. Ahora, en cambio, parecía tomarse mal cualquier pregunta sobre su salud o su estado de ánimo. Si ella le preguntaba:

—¿Ocurre algo?
—¿Algo? —contestaba él, casi con enojo—. No, no ocurre nada. Y no inventes cosas.

Laura no permaneció sola con sus reflexiones durante mucho tiempo. Alto, y con buen aspecto, su esposo entró en la habitación, con su hija Hyacinth sentada sobre sus hombros. Sus mechones de pelo rubio brillaban sobre el pelo moreno de él.

Los tres se sentaron alrededor del fuego. Con las piernas cruzadas, la barbilla apoyada en una rodilla, y los ojos mirando fijamente hacia las llamas, Hyacinth aparentaba escuchar el Ivanhoe, que su padre le estaba leyendo. En cuanto terminó el capítulo, saltó sobre las puntas de sus zapatos moviéndose como una llama liberada.

—¿Puedo marcharme ahora? —preguntó ansiosamente.

Impresionado de nuevo por su deslumbrante hermosura, su padre la miró amorosamente. ¡Aquella vitalidad incontenible! ¿Quizá no tenía compañeros de juego de su misma edad?

—¿Te sientes sola, pequeña hada? —preguntó cariñosamente.
—¡Sola! ¡Oh, no! Nunca estoy sola aquí, ¡nunca! ¡Y menos aquí! —había un acento de júbilo en la risa feliz de la niña—. ¡Tengo que marcharme ahora! —dijo excitada.

Tras deslizarse de entre los brazos de su padre, subió por la oscura escalera de dos tramos y, haciendo un saludo con la mano, desapareció de la vista de sus padres. Mucho después de que hubiera doblado la esquina, que la ocultó de la vista de sus padres aún pudieron éstos escuchar sus pasos rápidos y ligeros y su voz vibrante:

—Vamos, chicos y chicas, dejad a vuestros padres.
—Cómo se adapta la voz de Hyacinth a su rostro, ¿verdad, Claud? —preguntó Laura—. Eso no les sucede a muchas personas. La de ella tiene ese tono penetrante propio de la juventud alegre. Es como el agua fría, o como la sensación de morder una manzana.

Claud se levantó para colocar otro leño en la chimenea.

—Laura, ¿qué quiere dar a entender Hyacinth cuando dice que nunca está sola aquí?
—No lo sé, Claud. Pero, ahora que lo preguntas, ¿no has notado lo diferente que es desde que llegamos? ¿Recuerdas lo apática que era a veces? Solía preocuparse por eso, y pensaba que quizá tendría que contratar a algún niño inteligente para que le hiciera compañía. Pero ahora, se siente muy feliz durante todo el día. Si quieres que te diga la verdad, no puedo evitar el echar de menos su estado de ánimo habitual... o al menos su dependencia de mí. Solía necesitarme mucho. ¿No recuerdas cómo siempre me estaba pidiendo que le contara historias?
—¿Te lo pide ahora? —preguntó Claud.
—No; ahora, apenas si puedo convencerla para que se quede un rato conmigo. Siempre está tratando de marcharse, como si tuviera algo mejor que hacer. La veo muy poco, a excepción de sus talones y de su cogote. ¡Se muestra tan extrañamente autosuficiente! Entre nosotros, Claud, creo que es casi inquietantemente feliz.
—¿Inquietantemente feliz? ¿Qué quieres decir, Laura?
—Bueno... quiero decir... ¿no es extraño? En realidad, no sé muy bien cómo expresarlo con palabras, pero es... es como si dispusiera de algún recurso desconocido por nosotros. Parece estar siempre tan ocupada. Sí, eso es... ocupada. Parece bastante tonto, pero es como si, estando consigo misma, no estuviera sola el todo. Últimamente ha desarrollado una nueva forma de sonreír, una sonrisa omo de soslayo, y la aparición o desaparición de esa sonrisa no tiene nada que ver con lo que la gente dice o hace. ¿No te has dado cuenta...? ¿Recuerdas lo que esa fantasmal amiga mía decía sobre Hyacinth?
—No, no lo recuerdo —contestó Claud—. Por lo poco que sé de ella, estoy seguro de que será algo absurdo.
—Ella decía: «He aquí a una niña que verá cosas.» Su «actitud de decaimiento» o es lo bastante grande como para «encerrarla en sí misma». Decía que tenía lo que ella llamaba «ojos escrutadores», y los párpados más transparentes que jamás había visto. En aquel tiempo pensé que no tenía ningún sentido, pero ahora, Claud, me pregunto a veces si no habrá algo de cierto en ello. Este viejo lugar...
—¡Oh, Dios! Por el amor del cielo, no empieces con esas tonterías de los espíritus.

Sorprendida por el tono de irritación en la voz de su esposo, Laura se echó a reír.

—Querido, sé que piensas que ningún americano puede acercarse a ninguna casa antigua de Inglaterra sin llenarla de fantasmas, pero te aseguro que no he sentido nada siniestro aquí. Al contrario, soy consciente de que hay algo que es feliz, alegre... no sé muy bien cómo llamarlo, pero parece existir una especie de vitalidad en la atmósfera de esta casa... especialmente arriba y, sobre todo, en esa habitación que Hyacinth insistió en ocupar como habitación de juego. Me refiero a la habitación de la antigua niñera.
—No hubiera querido que utilizara esa habitación —dijo Claud de mal humor.
—Lo sé, querido, lo sé —contestó su esposa, turbada por el tono de su voz—. Pero ella insistió.
¡Pobre Claud! ¡Qué dolorosamente sensible era! Desde luego, aquella habitación fue la que su pequeña sobrina Daphne utilizó para sus juegos. Lo más probable es que estuviera retozando en ella poco antes de la tragedia. Laura se lo reprochó a sí misma. No debía haber permitido nunca que Hyacinth se apropiara de aquella habitación. Estas asociaciones de ideas eran demasiado fuertes para Claud. Debería haber recordado cómo se recogía sobre sí mismo ante cualquier cosa que le recordara a aquella pobre niña. Laura se estremeció ante el pensamiento de su horrorosa muerte. Diez años de edad. ¡La misma edad que Hyacinth!
—Te prometo que no hay nada... siniestro en esa habitación —repitió Laura—. Pero... por favor, no pienses que soy una tonta... siento en ella una atmósfera feliz y juvenil. Cada vez que estoy sentada allí, surgen del pasado recuerdos de mi propia niñez que me envuelven. Siento entonces cómo los años se van deslizando, alejándose de mí —se echó a reír—. No creas que estoy loca, pero a veces siento unos curiosos impulsos de ponerme a jugar... a bailar... a saltar. Los dedos de mis pies empiezan a moverse. Sí, es como si existiera una especie de invitación al juego en esa habitación. Pensarás que es demasiado absurdo, pero es como si esperara ver aparecer a alguien con quien poder jugar. Y, sin embargo, sé durante todo el tiempo que Hyacinth está en la cama, durmiendo. A veces, también siento deseos de montarme en el viejo caballo de cartón y dar una buena galopada. Lo haría, si no tuviera miedo a ser descubierta por una de esas agrias criadas. En cierta ocasión, podría haber jurado que escuché unos pasos ligeros y apagados, y una especie de risa suave, ¡Imaginaciones, claro! Y, sin embargo, supongo que generaciones y generaciones de niños han jugado en esa habitación, ¿verdad?
—Sí —contestó Claud.

El tono de su voz era lúgubre. Tras contestar, levantó el Times y lo mantuvo como un muro de separación entre él y su esposa, para evitar cualquier otro tipo de confidencias. Consciente de haberle irritado, Laura se marchó para decirle a Hyacinth que era hora de irse a la cama. Tardó media hora en encontrarla. Estaba en el henil y le resultó muy difícil engatusarla para que entrara en casa. Finalmente se la entregó a Bessy, la doncella. En el momento en que regresó al salón, su esposo se levantó y se dirigió a las habitaciones de arriba para desearle las buenas noches a Hyacinth.

—Me temo que no encontrarás en la cama a esa pequeña casquivana —le dijo—. Me ha costado mucho trabajo hacerla entrar en casa. Todas las noches sucede lo mismo. Por muy tarde que la deje, siempre protesta diciendo que apenas si ha tenido tiempo para jugar.
—¿Que no tiene tiempo suficiente para jugar? —preguntó Claud—. No será ella quien dice eso, ¿verdad? ¿No será Hyacinth?
—Sí, lo dice ella, ¿por qué no habría de decirlo? —preguntó Laura, extrañada por la vehemencia de su esposo.

Pero Claud se marchó del salón sin contestarle. Durante la cena, le preguntó por qué se había extrañado tanto ante las palabras de Hyacinth. El contestó que no tenía ni idea de a lo que se estaba refiriendo, y que no podía recordar las palabras dichas por Hyacinth. Tenía que ser una de sus «tontas suposiciones». Extrañada y dolorida, Laura abandonó la cuestión. Claud no tenía buen aspecto y ahora se le notaba mucho aquella expresión tensa. ¿Con qué palabras lo había descrito el vicario? ¡Ah, sí! «Como si estuviera tratando de recordar algo.» No, no creía que fuera eso lo que sugerían aquellos ojos grises y cavernosos de Claud. Pero cuando trató de definirlo para sí misma, se sintió completamente desconcertada.

Unos pocos días después, los Halyard se paseaban por el jardín. Soplaba un viento fuerte, los árboles estaban desnudos, y las hojas crujientes, del color del pelo de Hyacinth, alfombraban el camino a sus pies. Como siempre, sus pensamientos se volvieron hacia su adorada hija.

—Creo que Hyacinth tenía un color muy pálido durante el almuerzo —dijo Claud.
—Sí —contestó su esposa—. Está comportándose como una niña traviesa. Anoche salió.
—¿Salió?
—Sí. Bessy descubrió esta mañana que sus zapatos y calcetines estaban empapados, y el pequeño diablillo confesó que había salido de casa mucho después de que nosotros estuviéramos acostados. ¡Figúrate el frío que debía hacer! No me quiso decir por qué salió, y cuando le pedí que me prometiera no volverlo a hacer, estalló en sollozos.
—¡Pequeña hada! —exclamó Claud, echándose a reír—. Aún piensa que dormir es desperdiciar el tiempo. Me pregunto si... ¡Por el cielo! Laura, mírala ahora. ¿Qué está haciendo? ¡Nunca he visto a una niña correr tan deprisa!

Hyacinth, con el rostro salvajemente contraído, pasó junto a ellos, corriendo a toda velocidad sobre sus largas y delgadas piernas. Su velocidad, sorprendente para su edad, no disminuyó hasta que, extendiendo los brazos para tocarla, llegó junto a una acacia, a cuyos pies se dejó caer después, resollando y riendo. Sus padres se le acercaron.

—¡Bien hecho, Hyacinth! ¡Has corrido muy rápida!
—¡Casi he ganado esta vez! —balbució la excitada niña, brillándole los ojos verdes—. ¡Oh casi, casi!
—¡Casi has ganado! ¿Qué quieres decir con eso de que «casi has ganado»? ¿Acaso enfrentabas una pierna con la otra?
Hyacinth enrojeció, sonrió nerviosamente, se puso en pie y echó a correr de nuevo. Instantes después se perdía de vista por detrás del gran tejo.
—¡Qué niña más curiosa! —exclamó su madre con una sonrisa algo intranquila—. Siempre está corriendo, como si tuviera que acudir a alguna cita en alguna parte.

Ahora no parece necesitarme nunca. ¿Recuerdas lo extraordinario que le parecía poder dormir conmigo? Ahora ya no quiere. Ya sabes, Claud, parece ridículo, pero a veces, cuando entro en su habitación, me siento como si estuviera... interrumpiendo algo... como una intrusa. Mientras hablaba, Laura sintió un ligero estremecimiento. Sus propias palabras parecían cristalizar unos vagos recelos de los que apenas si se había dado cuenta ella misma.

—¿Interrumpiendo? —preguntó Claud—. ¿Interrumpiendo qué?
—No lo sé —contestó ella desesperada. Después, suspirando, se volvió hacia la casa.

Claud silbó, llamando a sus perros y disponiéndose a dar un largo paseo. Aquella noche, Laura fue a ver a Hyacinth en la cama.

—Querida —dijo mimosamente—, ¿no quieres venir a dormir esta noche con mamá? Mañana por la mañana tomaremos el té y jugaremos encima de mi almohada grande.
Sobre el rostro dulce pero serio de la niña se extendió una expresión de ansiedad.
—Gracias, mamá —contestó con astucia, pero añadió decidida—: De todos modos, me siento muy bien en mi querida habitación. Me gusta mucho y creo que no me gustaría dejarla.

Un intenso alivio traslucieron sus brillantes ojos cuando, mostrándose silenciosamente de acuerdo, su madre la besó y le deseó las buenas noches.

—Eres muy buena y dulce, mamá —dijo ella. Se removió un poco y volvió su rostro radiante hacia la ventana.

Era ya muy tarde cuando, después de cenar, Laura se reunió con su esposo. La gran ventana salediza del salón no tenía cortinas y la luz de la luna penetraba por ella, mezclando sus tenues rayos verdes con el brillo rojizo del gran fuego ante el que estaba sentado Claud, con un libro cerrado sobre las rodillas.

—¿Dónde has estado todo este tiempo, Laura? —le preguntó, escudriñando su rostro—. Espero que Hyacinth no haya cometido otra de sus travesuras.
—No —contestó Laura con rapidez—. Esta vez la travesura la he hecho yo misma.
—¿Qué quieres decir?
—Me he comportado de una forma que tú llamarías tonta. ¿Recuerdas que te comenté algo sobre esas curiosas sensaciones que tenía cuando me encontraba en la habitación de juego? Bueno, pues inmediatamente después de dejarte tomando el café, tuve la necesidad de ir allí. No pongas mala cara, Claud, no lo pude evitar. Simplemente tenía que ir. Fueron mis pies los que me llevaron hasta allí. Bueno, pues mientras caminaba por el largo pasillo, escuché un sonido débil... como si algo estuviera rodando. Abrí la puerta y... ¿qué crees que vi? El caballo de cartón se balanceaba de un lado a otro…, galopando furiosamente... ¡sin jinete!
—Bueno —dijo Claud—, no cabe la menor duda de que Hyacinth te escuchó llegar y, sabiendo que debía estar en la cama, saltó del caballo y salió corriendo por la otra puerta.
—¡Eso es lo que pensé!... ¡Eso era lo que esperaba! Pero me dirigí rápidamente a su habitación y la encontré casi dormida.
—Entonces, ha tenido que ser una de las doncellas.
—No, no había ninguna por allí. Estaban todas cenando. Cuando regresé a la habitación de juego, el balanceo del caballo disminuía poco a poco. Me quedé observándolo y no tardó en quedarse quieto.
—¿De veras? ¡Me sorprendes! —se burló Claud.
—Lo más curioso de todo —siguió diciendo Laura con solemnidad—, fue que mientras el caballo galopaba furiosamente, los estribos vacíos no oscilaban. Estaban bastante tirantes... extendidos hacia adelante... como si...
—¿Adónde vas a parar, Laura? —preguntó Claud de repente, con enojo— ¿Qué has estado leyendo últimamente? ¿Qué has estado comiendo? ¡Un caballo galopando solo! ¡Querrás decir una pesadilla! Ni siquiera sabía que Hyacinth tuviera un caballo de esa clase. ¿Quién se lo regaló?
—Nadie. Lo encontramos aquí. Era de Daphne. Seguramente tienes que recordarlo. Con unas narices de color rojo, y una cola algo menos roja. Pero, Claud, ¿quieres decir... no has estado nunca en la habitación de juego desde que vinimos?
—No.
—¡Qué extraordinario!
—¿Y por qué iba a ir?

La voz de Claud era feroz y miraba fijamente a su esposa.

—¡Tranquilo, tranquilo! —dijo Laura con cierto nerviosismo, asombrada por la expresión de su rostro.

Por un instante, la había mirado como si la odiara. ¡Claud! Su marido, siempre tan amable y cortés, cuya devoción por ella era tan palpable.

—¡Oh! Me he olvidado las gafas —dijo, sintiéndose confundida—. Iré arriba a cogerlas. No tardo ni dos minutos.

Con esta débil excusa, volvió a subir arriba, dejando a su esposo de mal humor, con la vista fija en las gafas que ella misma había dejado ostensiblemente sobre la mesa. Regresó cinco minutos después. Al verla, Claud se dio cuenta de que, a pesar de haberse ruborizado, estaba muy pálida.

—¿Qué pasa ahora ahí arriba?

Volviéndole la espalda, Laura permaneció de cara al fuego de la chimenea. Habló con rapidez, en un tono de voz muy bajo, como si temiera escuchar sus propias palabras.

—Al acercarme a la habitación de juego, escuché el gramófono. También creí oír el arrastrarse de unos pies bailando. Pero al abrir la puerta, no vi a nadie en la habitación. No me creerás, Claud, pero no había nadie en la habitación. ¡Nadie! Y, sin embargo, alguien acababa de poner un disco. Su título era Vamos, chicos y chicas, dejad a vuestros padres. Antes de encontrar el interruptor de la luz, tuve la sensación de que algo me rozaba muy ligeramente. Pero casi antes de que me diera cuenta de ello, se había marchado. ¡Oh, con tanta rapidez...! Fue como un ligero soplo de aire. Para asegurarme, me dirigí a las habitaciones de todas las doncellas, pensando que alguna de ellas podía haber puesto en marcha el gramófono... pero todas se habían acostado ya. Entonces, me dirigí a la habitación de Hyacinth. Tuve mucho cuidado para no despertarla en caso de que estuviera dormida, y me la encontré... sí, profundamente dormida. Pero mientras la miraba, escuché unos golpecitos en la ventana. Podría haber sido una rama. En cualquier caso, aquello la despertó. Saltó de la cama en un segundo, completamente despierta y con tal expresión de alegría y regocijo en su pequeño rostro... Entonces, me vio y pareció asustarse y entristecerse... sí, muy apenada por haberme visto. ¡Oh, Claud! ¡No pude soportar la mirada de su rostro cuando me vio! Las últimas palabras de Laura surgieron de ella como un grito y, como sí estuviera invocando contra no se sabía qué, se volvió hacia Claud con los brazos extendidos.
—¡Condenación! —exclamó él, poniéndose en píe de un salto—. ¡Ya no puedo soportar más esto! Mira, Laura, querida, mañana mismo nos marcharemos de aquí. Es evidente que necesitas un cambio. Ya hemos estado aquí demasiado tiempo. Después de todo, no estás acostumbrada a permanecer siempre en un mismo lugar, como un árbol. Además, será muy divertido llevar a Hyacinth a Londres, ¿no crees? Laura, querida, dime que apruebas el plan.
—Claro que me gustaría —murmuró Laura, refugiándose entre sus brazos.

En la alegría de sentirse envuelta en su ternura, y de volver a estar en el nido de amor en el que se había sentido tan segura hasta hace tan poco, cualquier proposición le habría parecido bien. Siempre y cuando él continuara mirándola con aquella expresión tan apasionada en sus ojos, ¿qué importaba adónde fueran? Y, sin embargo, aún percibiendo la intensidad de su alivio, Laura se daba cuenta de la ironía en el deseo de su esposo: deseaba abandonar la casa que siempre había descrito casi como un paraíso terrenal.

Se decidió que se marcharían al día siguiente, pero, al llegar la mañana, no pudieron llevar a cabo su propósito. Hyacinth se había torcido el tobillo y era incapaz de posar el pie en el suelo. Una vez enterada de la noticia, Laura acudió presurosa a la habitación de su hija. La encontró sentada en la cama. Tenía el rostro ligeramente ruborizado y parecía un poco atemorizada.

—¡Pobre pequeña! Eso sí que es un contratiempo. ¿Cuándo ocurrió?
—Lo siento, mamá —Hyacinth habló con precipitación y nerviosismo—. Pero me temo que he vuelto a ser una niña traviesa. No te enfades mucho conmigo, pero la pasada noche volví a salir y...
—¿Saliste otra vez? ¡Oh, Hyacinth, querida! Me prometiste que no lo harías.
—Lo siento, mamá, pero es que era una noche tan maravillosa... tan clara a la luz de la luna. Me hizo olvidar que no debía hacerlo y simplemente no pude decir que no.
—Cuanto antes aprendas a decirte «no» a ti misma, tanto mejor. Ahora ya no podré confiar más en ti. Te has hecho daño, así que no te castigaré, pero no debes volver a hacer una cosa así, nunca más. De todos modos, ¿qué te ocurrió? ¿Cómo te hiciste daño tú misma?
—Me caí.
—¿Cómo? ¿Estabas corriendo?
—No —contestó Hyacinth con recelo—. Estaba subiéndome a un árbol.
—¿Subiendo a un árbol? ¡Por el amor de Dios! Te podrías haber roto la pierna y quedarte allí toda la noche. ¿Qué árbol fue?
—El olmo grande. Ese en el que papá se hizo una casa cuando era pequeño. Se rompió una rama...
—Bueno, has recibido lo que las niñeras llaman «un castigo de Dios». Así es que no te voy a decir nada más. Y ahora, quédate quieta hasta que venga el médico.

Después de que el médico vendara el tobillo de Hyacinth, su madre fue a echarle un vistazo al olmo. Quedó aterrada al comprobar la altura a la que se encontraba la rama rota. Casi parecía un milagro el que la niña no se hubiera hecho más daño. Regresó a la casa para interrogarla.

—¿No me irás a decir que te caíste desde donde se rompió esa rama, casi en la cima del árbol?
—Sí, pero, ¿sabes?, al caer me golpeé con tantas ramas que, en realidad, sólo sentí el último golpe.
—No tenía la menor idea de que pudieras subir tan alto. Seguramente no habrás podido subir tanto sin ayuda.
—¡Oh, sí, lo hice! —gritó Hyacinth, en tono triunfante—. Y ella aún se subió más arriba, pero, claro, eso es porque sus piernas son un poco más largas que las mías.
—¿Ella? ¿Quién es «ella»?

Las mejillas de Hyacinth enrojecieron. Ocultando su rostro, echó los brazos alrededor del cuello de su madre. Después, la miró furtivamente y, echando un rápido vistazo por la habitación, se llevó el dedo índice a los labios.

—No se lo digas a papá. ¡Oh, mamá!, por favor, no se lo digas —rogó en un tono de voz sobresaltado y anhelante.

No quiso decir una sola palabra más. Después de aquel instante en el que descubrió un poco su secreto, todo su ser se encogió en el silencio. Al principio, su madre trató de sonsacarle una explicación, pero, alarmada por la excitación de su rostro teñido de rubor, controló la temperatura de la niña. Laura no dijo nada a su esposo sobre el extraño desliz de Hyacinth. «¿Ella subió aún más arriba?» ¿Cómo le podía decir una cosa así? Temía que su esposo volviera a dirigirse a ella de aquel modo insólito y agresivo tan impropio de él.

Después de todo, una caída como aquélla debió suponer una conmoción considerable para su hija. Sin duda alguna, la niña no supo lo que estaba diciendo. Al día siguiente, Hyacinth parecía sentirse mejor y Laura emprendió un nuevo intento para sonsacarle algo sobre el accidente. Pero en cuanto hizo la primera pregunta, la boca de la niña dibujó una línea delgada y dura, y en sus ojos apareció una expresión que reflejaba un deseo de querer levantar un muro entre ella y su madre. Durante los días siguientes, la niña se mostró afectiva, pero, de algún modo, recelosa, y Laura se sintió extrañamente alejada de ella. Cada vez que hablaba con alguien, suspiraba por un cambio de escenario, mostrando su desilusión por el forzado retraso. En cuanto a Claud, aunque su actitud parecía ser ahora de una amabilidad más estable, también se sentía cada vez más deprimido. Laura estaba decidida a marcharse de allí a la primera oportunidad, pero, desgraciadamente, la herida de Hyacinth demostró ser mucho más seria de lo que había supuesto, y su tobillo tardó mucho tiempo en recuperarse.

Ningún niño obligado a permanecer en cama dio nunca menos problemas. De hecho, parecía sentirse casi contenta, aunque de un modo muy poco espontáneo. Mientras su madre le leía algo en voz alta toda ella era amabilidad. Pero su actitud era bien la de quien está haciendo una concesión necesaria y espera con toda la paciencia que pueda reunir. En cuanto se cerraba el libro, su contento era evidente. Y cuando su madre se volvía, dispuesta a dejar la habitación, ella le saludaba agradecida con la mano, mientras le dirigía una mirada de alivio y una suspendida sonrisa de feliz expectación, al mismo tiempo que se incorporaba ligeramente sobre las almohadas. Aunque Laura trataba de no pensar en la impresión que la conducta de Hyacinth provocaba en ella, no podía conseguirlo del todo. En cierta ocasión, y abandonando su habitual autocontrol, preguntó, casi gritando:

—¿Qué te pasa, Hyacinth? ¿Por qué siempre estás esperando... esperando a que me vaya?
Sobre el sensible rostro de la niña apareció una mirada de temor.
—¿Esperando? ¿Qué quieres decir, mamá? ¿Por qué crees que estoy esperando a que te marches?

Después, en un intento poco hábil por soslayar el tema, comenzó a hablar de cosas sin importancia... los gatitos pequeños de la gata, el nuevo jardinero, el pony que había coceado al mozo de caballos... cualquier cosa que le venía a la cabeza. Notándose el corazón pesado y con una sensación de estar viviendo una situación absurda, Laura consintió en mantener la conversación con la niña cuyas confidencias había poseído por completo con anterioridad. Aunque Hyacinth estaba llena de extraños deseos, lo que a su madre le pareció más extraño fue su insistencia en que le trajeran a su habitación el caballo de cartón.

—Pero, querida, ocupará mucho espacio. ¿Y de qué te va a servir si no lo puedes montar?

Pero el rostro pálido de Hyacinth mostró un gesto de obstinación.

—Lo quiero. Lo necesito —fue todo lo que pudo decir.

Así pues, el viejo y estropeado caballo de cartón fue transportado a lo largo del pasillo y quedó con sus patas delanteras elevadas e inmóviles a los pies de la cama de la niña. Aquella noche, cuando Laura entró en la habitación. Hyacinth le lanzó una perceptible mirada de sobresalto y, volviéndose hacia su madre con una inquietud evidente, preguntó en tono quejoso:

—Mamá, ¿no soy ya lo bastante mayor como para que las personas llamen a la puerta antes de entrar en mi habitación? Tú siempre me dices que debo llamar a la puerta antes de entrar en tu habitación.

Extrañada y dolida al mismo tiempo, Laura miró a su hija, normalmente amable, dándose cuenta de que su preocupada mirada estaba posada sobre el caballo de cartón. Al mirar ella misma hacia allí, sus propios ojos se quedaron clavados en el juguete. ¿Eran ilusiones suyas, o estaba realmente balanceándose de forma ligera, casi imperceptible?

—¿Te has levantado de la cama, Hyacinth?
—¡Oh, no, mamá! ¿Por qué?
—Pensé que habías vuelto a ser traviesa y te habías subido al caballo. Al llegar, creí que se estaba moviendo un poco, como si hubiera estado balanceándose antes y no hubiera tenido tiempo para detenerse del todo. Pero, desde luego, tiene que haber sido mi imaginación.

Con una impaciencia que no deseaba demostrar, Hyacinth preguntó:

—¿Me vas a leer ahora algo, mamá?
—Sí, querida. Pero antes de empezar tengo que darte unas buenas noticias. El médico dice que te podrás levantar dentro de una semana, y al día siguiente te llevaremos a Londres.
—¿Llevarme a Londres?

La voz de Hyacinth parecía desmayada.

—Sí, querida. ¿No crees que será divertido?

Hyacinth estalló entonces en sollozos.

—¡Oh, no, mamá! ¡No, no, no! Por favor, no me saquéis de aquí. ¡No puedo marcharme! ¡No sería justo!
—¿Qué quieres decir con todo eso, niña? Pasarás una temporada muy bonita en Londres. Iremos al zoológico y al establecimiento de madame Tusad y tomaremos helados de vainilla en el establecimiento de Gunther. Disfrutaremos de todas las diversiones que solía contarte en Nueva York.

Los ojos de Hyacinth estaban hinchados por las lágrimas.

—¡Oh, por favor, mamá! —imploró—. No me apartes de aquí.
—Pero, querida, me agrada que te guste este sitio, pero no podrás permanecer aquí para siempre. Después será mucho más divertido regresar —Laura trató de suavizar la tensión de la niña—. Al fin y al cabo, patito, nuestro hogar no se va a mover de aquí por el hecho de que lo dejemos durante una temporada. Cuando volvamos, todo estará exactamente igual.
—No lo sé, mamá —dijo Hyacinth, entre sollozos—. Eso nunca se sabe. Tengo miedo de marcharme. Además, no sería justo.
—¿No sería justo? ¿Qué quieres decir? —preguntó Laura, ya completamente fuera de sí.
—¡Oh! ¡No lo sé, mamá! Pero me siento tan feliz aquí. ¿Puedo quedarme? ¡Por favor, por favor, por favor!

Viendo a Hyacinth tan sobreexcitada, Laura dijo con firmeza:

—Ahora no sigamos hablando más del asunto.

Después empezó a leer en voz alta, para unos oídos que se negaban a escucharla. Al día siguiente, Hyacinth parecía estar mucho más tranquila. Laura le dijo que su partida estaba prácticamente arreglada, y la niña hizo un evidente esfuerzo por aceptar lo inevitable con toda la paciencia posible, pero tenía un aspecto pálido y tenso y su actitud era mucho más melancólica de lo normal.

—Parece como si estuviera tratando de reconciliarse —explicó Laura a su esposo.
—¿Tratando de reconciliarse? ¡Qué frase más absurda! —exclamó él, riendo—. ¡Qué ideas tienes sobre esa niña!
—No tengo ninguna idea sobre ella —dijo Laura, asombrada ante la vehemencia de su propia voz.

Laura se pasó la mayor parte de la Nochebuena decorando un pequeño árbol para Hyacinth. Cuando, todo lleno de relucientes oropeles, nueces doradas y brillantes adornos, lo llevó a la habitación de Hyacinth, la niña aplaudió encantada. Laura dejó el árbol sobre la mesa, diciéndole que venía en seguida a encender las velas. Al regresar, quedó sorprendida al encontrar la habitación suavemente iluminada por la trémula luz de las pequeñas velas. Hyacinth parecía dormida, pero se sentó en la cama en cuanto se abrió la puerta. Al suponer que la niña había persuadido a Bessy, la doncella, para que le encendiera las velas, Laura se limitó a decir:

—Bueno, después de todo lo que me ha costado, creo que al menos podrías haberme esperado. No importa. Y ahora vamos a poner los pequeños regalos.

Sintiéndose avergonzada, Hyacinth señaló las figuras coloreadas de dos docenas de pequeños objetos. Su cama estaba cubierta de gorros de papel, pequeñas trompetillas y silbatos.

—Lo siento, mamá, no pude esperar —murmuró—. Me gustan tanto las velas. Las llamas son muy divertidas, ¿verdad? ¿Puedo quedarme con algunos fuegos artificiales de los pequeños? ¡Por favor, mamá! ¡Me gusta tanto ver las llamas! —No sé. Creo que los fuegos artificiales son demasiado peligrosos.
—¡Oh, no, mamá! ¡No lo son! Por favor, dime que puedo quedarme con algunos. ¡Ya sé! Le pediré a papá que me dé algunos. Me dijo que se lo pidiera cuando lo deseara.

Laura se marchó, dispuesta a reprender a Bessy.

—Tendría que haberme preguntado a mí antes de encender las velas del árbol de Navidad —le dijo, con severidad—. No ha sido muy prudente dejar a la señorita Hyacinth sola en la habitación, con todas esas velas encendidas. Siempre tiene que haber alguien cerca con una esponja húmeda. Me sorprende usted, Bessy.
—No he encendido ninguna vela, señora —contestó la asombrada doncella—. No he estado en la habitación de la señorita Hyacinth desde hace por lo menos dos horas.

Laura se apresuró a regresar a la habitación de Hyacinth.

—No quiero regañarte el día de Nochebuena, pero ha sido una acción muy traviesa por tu parte levantarte de la cama para encender las velas, cuando sabes perfectamente que se te ha prohibido poner el pie en el suelo. Por otra parte, ¿no te parece bastante egoísta poner los regalos tú sola?
—Lo siento, mamá —dijo la niña—. Lo siento tanto...

Impetuosamente arrojó los brazos alrededor del cuello de su madre y la besó con rapidez y cariño, como solía hacer en los días en que estaba sola. Finalmente, el tobillo de Hyacinth estuvo lo bastante bien como para permitir a los Halyard hacer todos los preparativos para marcharse al día siguiente. Aquella noche, Claud tenía que cenar con un antiguo compañero de escuela que vivía a unos seis kilómetros de distancia. Antes de marcharse, subió a la habitación de Hyacinth para desearle las buenas noches. Su baúl, medio empacado, estaba abierto y ella se encontraba muy atareada, yendo de un lado a otro de la habitación. Echó a correr hacia él y le rodeó el cuello con sus brazos.

—¡No me estropees la corbata! —gritó él.
—¡No me importa tu corbata! —dijo ella, riendo—. ¡Oh, papá, querido papá! Gracias, muchas gracias por esa maravillosa caja de fuegos artificiales. ¿No te parecen magníficos? Mira esas maravillosas imágenes de la tapa. ¡Petardos, ruedas catalinas y todo!
—¡Oh! Ya han llegado. Bueno, ya sabes que no debes tocarlos por nada del mundo. Te los encenderé la primera noche que volvamos a casa. Ahora, me los llevaré y los dejaré bien guardados en algún lugar seguro.
—¡Oh! ¿No se pueden quedar aquí, papá? Me gusta mucho mirar los dibujos de la tapa.
—Desde luego que no. No puedo estar seguro de que no los vayas a tocar.

Hyacinth se ruborizó y puso mala cara. De pronto se volvió hacia la ventana.

—¡Oh, mira, papá! —exclamó, señalando el cielo—. Mira la gran lechuza blanca. ¡Oh! ¡Qué maravillosa casquivana!... No, papá. No estás mirando hacia donde yo te señalo. ¿No la puedes ver? Ha volado ahora sobre la torre de la iglesia. ¡Allí!

Pero, por mucho que miró, Claud no pudo ver la lechuza. Aún estaba intentando distinguirla, dejándose guiar por el dedo errático de Hyacinth cuando llegó el mayordomo, anunciándole que su coche estaba listo.

—Bueno, no tengo más remedio que dejar tranquila a esa lechuza —dijo—. Mi amigo es un gran amante de la puntualidad.

Y dando un beso a Hyacinth, que no hizo ningún esfuerzo por detenerle, se marchó rápidamente, olvidando por completo su regalo, la caja de fuegos artificiales, que quedó sobre la mesa. Cuando estaba a punto de subirse al coche escuchó una voz:

—¡Hasta lueguito!

Recordando entonces una de las habilidades de Hyacinth (podía imitar a una lechuza silbando a través de las manos), levantó la mirada, hacia la ventana. Sí, allí estaba, asomada al exterior, a la luz de la luna, con la cabeza brillante y el rostro rodeado por un extraño y mágico hálito. Claud quedó sorprendido por su belleza.

—Vete a la cama, diablillo —le gritó.

Hyacinth le saludó con sus delgados y blancos brazos.

—Buenas noches, papá. iHasta mañana!

Aunque hacía un frío cortante, la noche, tranquila y llena de estrellas, era tan hermosa que Claud decidió regresar a pie a casa. El y su amigo tenían muchas cosas que decirse, y cuando emprendió el camino de regreso ya era más de medianoche. Mientras caminaba a través de los campos helados, empezó a sentir la falta de su coche. El silencio, frío y claro, sólo se veía interrumpido por sus propios pasos, el canto ocasional de una lechuza, y el lejano ladrido de algún perro solitario. Se sintió demasiado solo en aquel mundo blanco y abandonado. El presente, en el que Claud siempre trataba de instalarse cómodamente, se alejaba y se desvanecía. Sin poder alguno para protegerle del pasado, se fue convirtiendo en una neblina que poco a poco se disolvía. Siendo un hombre afectado por un recuerdo, dependía del contacto con las cosas inmediatas y extrañas que le preocupaban, que debían atraer su atención lo suficiente como para que sus sentidos no se vieran asaltados por las visiones y los sonidos del pasado. Precisamente ahora, se sentía impulsado hacia el pasado, completamente indefenso, a pesar de todos los años transcurridos. Después de todo, ¿qué eran el espacio y el tiempo sino simples modos del pensamiento? No puede existir ninguna distancia artificial entre uno mismo y su experiencia. ¿De qué le había servido a él el llamado paso del tiempo? De nada.

Claud Halyard había pagado muy duro su herencia. Aquella expresión tensa que sus amigos notaban en su rostro no se debía al esfuerzo por recordar, sino al esfuerzo por olvidar... por arrojar de su conciencia recuerdos que no le dejaban ningún respiro. Y si busco el olvido de una hora, acorto la estatura de mi alma. En la vida de Claud existía una hora de la que trataba de olvidarse desesperadamente. Por mucho que se esforzara, se veía ahora atrapado en aquella hora, forzado a revivir cada uno de sus angustiosos instantes. Se impuso a su presente, y todas las vivencias de los doce años transcurridos no tuvieron ningún poder para disminuir toda su intensidad...

¡Hacía doce años! Una noche en la que brillaba la luz de la luna y en la que, como ahora, se encontraba caminando, en dirección a Lichen Hall, el hogar de su niñez, el hogar que había obsesionado tanto su imaginación que lo había convertido en el centro del mundo entero. Tenía la sensación de que aquel amor debía justificar el derecho de propiedad, pero Lichen Hall no sería heredado por la línea masculina, y la muerte de su propietario, su hermano viudo y lisiado, haría que la propiedad pasara a manos de la única hija de éste, Daphne, quien, sin duda alguna, con el tiempo se casaría, transfiriendo así toda aquella belleza a personas extrañas. Meditando tristemente, llegó al borde del parque. De repente, algo le hizo salir de entre sus pensamientos. Quedó petrificado. ¡Qué sonidos tan extraños y terroríficos! ¡Dios! La campana de alarma de la gran torre estaba tocando... Estaba tocando furiosamente.

—¡Fuego! ¡Fuego! —escuchó gritar a alguien.

Enfermo de terror, echó a correr hacia la casa. Se detuvo de pronto, horrorizado. Vio nubes de humo elevándose hacia el cielo. De una de las alas del edificio llegaron hasta él crujidos, y de la pequeña torreta que dominaba aquella parte, vio surgir llamaradas que se elevaban hacia la luna. Llegó al prado casi sin respiración. Los frenéticos sirvientes acababan de sacar a alguien de la casa. ¡Su hermano! Claud se abalanzó hacia él. Esforzándose por elevar su cuerpo paralizado, el hombre agonizante se agarró a Claud y, señalando hacia la casa, gritó:

—¡Daphne! ¡Daphne!

Claud captó todo el horror del instante. Los bomberos aún no habían llegado y su pequeña sobrina, que dormía en la torreta del ala incendiada, no había salido aún de la casa. Apenas se acababa de dar la alarma, pues sólo hacía unos pocos minutos que se habían despertado los criados. El fuego había adquirido grandes proporciones antes de que nadie se diera cuenta. Hasta el momento, sólo habían tenido tiempo para sacar de allí a su desamparado dueño. Confiaban en que la niña se habría despertado y habría huido por su propia cuenta. Esperaban hallarla por allí fuera, pero, ante su desesperación, no la pudieron encontrar por ningún lado.

Lanzando gritos de aliento, Claud penetró en la casa. La escalera que conducía al ala incendiada ya estaba envuelta en un humo denso. Claud rompió una ventana y, respirando con dificultad, se abrió paso hacia arriba, llegando finalmente a la sofocante habitación, donde vio a Daphne en el suelo... cerca de la ventana. El humo la envolvía. Estaba inconsciente, pero aún respiraba. Había llegado a tiempo. Le resultaría bastante fácil cargar aquel cuerpo ligero sobre el hombro, bajar corriendo las escaleras y poner a salvo a la niña permitiéndole respirar el aire fresco. Claud se vio con claridad a sí mismo haciendo esto, y vio también la alegría en los ojos de su hermano.

Pero, simultáneamente, en su mente se dibujó otra imagen. La niña abandonada allí, tal y como estaba... inconsciente, sin sufrir, sin horror alguno, sin saber nada, sin despertarse, ignorándolo todo... ¿Su propio futuro? ¿Lichen Hall? Su cuerpo parecía actuar sin consciencia, sin voluntad propia. Algo se apoderó de sus miembros. «¡Nunca decidí hacerlo! ¡Nunca lo decidí!» ¡Cuántas veces acudieron aquellas mismas palabras a su mente, después de aquel día!

Tras reclinarse, elevó el cuerpo de su sobrina. El pelo rubio y quemado le rozó la mejilla. En un instante, escondió el cuerpo; lo dejó debajo de la cama. Después tuvo que bajar de nuevo las humeantes escaleras. Salió del edificio tosiendo.

—¡No he podido encontrarla! —balbució ante las horrorizadas personas allí reunidas—. No está en la habitación. Tiene que haber salido.

Su hermano lanzó un grito de desesperación. Dos minutos después llegó la brigada contra incendios. Claud se hizo cargo del control, dirigiendo a los bomberos para que buscaran a Daphne en cada una de las habitaciones del ala incendiada, excepto en la suya... en donde estaba la niña. Finalmente vio cómo el ardiente y destrozado techo de la torreta se desplomaba. El incendio no tardó en ser apagado. Se pudieron salvar todos los cuadros.

El veredicto del juez fue:

—Desgraciadamente, la pobre niña se refugió debajo de la cama y, por este motivo, su valiente tío fue incapaz de encontrarla. El padre de Daphne... ¡Dios, sus ojos!

Una vez más, Claud revivió cada momento de aquella hora fatal, doce años antes. Temblando, chorreando sudor, regresó de nuevo al presente. Pero aún siguió viendo los ojos de su hermano. ¿Había amado él a su Daphne tanto como él amaba ahora a su Hyacinth? Ante este pensamiento, el corazón de Claud se contrajo, sintiéndose agonizar. Podía suponer que la había amado igual. ¿Por qué no? ¿No fue su sobrina tan encantadora, tan delicadamente dulce y joven como su hija? ¿Y su impaciencia? ¿Acaso su pequeña sobrina no le había querido igual? La «perfecta compañera de juego», como él solía llamarla. Aquella misma noche, se había despedido de ella, deseándole las buenas noches, en su pequeña cama.

—Ya es hora de marcharse a dormir —le había dicho.
—¡Oh, me molesta dormir! —trató de engatusarle, jugando con sus dedos sobre su mejilla, y pidiéndole que se quedara—. Si apenas he tenido tiempo para jugar.

Una vez más, sintió el ligero peso en sus brazos, el pequeño cuerpo inconsciente que habría podido revivir con tanta facilidad para alimentar su ávido espíritu, para dar la bienvenida a la vida que tanto amaba.

—¡Si casi no he tenido tiempo para jugar!

La mente de Claud regresó del pasado al presente, volvió después al pasado y regresó de nuevo al presente... «¡Si casi no he tenido tiempo para jugar!» ¿Y el caballo de cartón, moviéndose, sin ningún jinete? ¿Y Hyacinth haciendo salidas nocturnas, ella sola? ¿Y los extraños impulsos de su esposa? ¿Jugando al escondite?... Todas estas preguntas cruzaron por su pensamiento. Se encontraba ahora cerca de la casa, casi en el hogar, con Laura y Hyacinth, y mañana por la noche, los tres estarían muy lejos de allí. Pero, entretanto, se sentía tan subyugado por los viejos recuerdos de hace doce años, que le parecía escuchar realmente aquel terrible sonido de la campana de alarma y gritos de «¡Fuego! ¡Fuego!».

¡Dios! ¡Qué reales, qué fuera de sí mismo parecían sonar aquellos ruidos! ¡Pero aquello sólo era el pasado! ¿Acaso estaba perdiendo la capacidad de sus sentidos?

Aquel camino le podría conducir a la locura. Tenía que marcharse de allí... abandonar la casa... regresar a América. Los sonidos eran insistentes en sus oídos... y se hicieron más fuertes. Cada vez más fuertes. La ilusión era completa.

¡Dios! ¿No serían verdaderos? ¿No se estarían produciendo realmente ahora? Al doblar la esquina que dejaba la casa a la vista, Claud se detuvo, mirando fijamente. ¡Sí, era cierto! El presente y el pasado se habían unido. La campana —aquel sonar alocado—; sus sonidos eran actuales. ¡Estaban sonando ahora! Habían pasado doce años, pero Lichen Hall se había incendiado de nuevo... furiosamente. ¿Cómo podía el fuego haber adquirido tales proporciones? Se habían instalado en la casa los medios más modernos para extinguir cualquier incendio.

Claud echó a correr. Subió la colina y llegó al prado. En esta ocasión era la otra ala del edificio la que se había incendiado, la occidental, en la que él, Laura y Hyacinth dormían. El piso superior ya se había convertido en una furiosa llamarada. Una multitud miraba hacia arriba, con las caras pálidas, enrojecidas por el resplandor del fuego. Aquella mujer que gritaba, tratando desesperadamente de librarse de los brazos que la sujetaban... ¿podía ser su propia esposa? De una forma inconexa, y a través de varias voces, Claud se enteró de la situación. El suministro de agua se había helado, y todas las tuberías estaban inutilizadas. Los hilos del teléfono se habían cortado, pero alguien había salido en coche para avisar a los bomberos. Debían llegar en cualquier momento. Mientras, la niña... su hija... seguía arriba... y no se podía pasar por la escalera de madera. Se había incendiado antes de que nadie se diera cuenta de lo que ocurría. Su esposa no se había acostado aún y, como sólo la familia vivía en aquella parte del edificio, no había nadie más allí. La niña estaba arriba completamente sola, atrapada en aquel horror en llamas, y ni con la escalera más larga se podía llegar a la ventana de su habitación. ¿Una segunda escalera? Sí, estaban tratando de atar con cuerdas dos escaleras, y varios hombres se habían ofrecido ya para subir.

No. Claud insistió en subir él mismo. ¡Gracias a Dios! Ahora, las dos escaleras estaban unidas con suficiente seguridad. Aún había tiempo, aunque no se podía perder ni un segundo. El techo no tardaría en desplomarse. La escalera fue colocada contra la pared, bajo la habitación de Hyacinth. Los pies de Claud se encontraban ya en el segundo tramo cuando algo atraco su atención. En la ventana, la tercera a la derecha de aquella hacia la que él subía, vio aparecer a una niña. La ventana estaba abierta y sus largos y blancos brazos se extendían hacia el exterior, brillándole la cabeza a la luz de las llamas.

—¡Muevan la escalera, rápido! —gritó Claud—-. No está en su habitación. Está en la habitación de juego. ¡Ahí! ¡Al otro lado! ¿Es que no la veis? ¡Allí, asomándose por la ventana!

Nadie vio nada, pero le obedecieron ciegamente. Algunos hombres se adelantaron y unos brazos ansiosos cumplieron sus órdenes. La escalera fue trasladada bajo la ventana señalada por Claud. Sonaron unos gritos. Claud siguió subiendo, subiendo...

Ya cerca de la cúspide, elevó la cabeza y se encontró mirando directamente el rostro sonriente de la niña que había perecido entre las llamas doce años antes. Mientras miraba, petrificado, la encantadora sonrisa, el rostro se difuminó y desapareció. Allí no había nadie.

Después de lanzar un grito, que ninguno de los que estaban abajo olvidaría jamás, Claud volvió a bajar la escalera con toda rapidez.

—¡La otra ventana! —balbució—, ¡De nuevo a la otra ventana!

Con una increíble rapidez, la escalera fue llevada bajo la otra ventana. Pero no con la rapidez suficiente. Los pocos minutos de retraso fueron fatales. En el instante en que los coches de bomberos enfilaban el camino de entrada a la casa, el techo se desplomó.

Una vez más, se salvaron todos los cuadros y se recuperó un pequeño cuerpo".


Cynthia Asquith

sábado, 18 de abril de 2015

"El Diario de un Loco"

"Dos hermanos, cuyos nombres me callaré, fueron mis amigos íntimos en el liceo, pero después de una larga separación, perdí sus huellas. No hace mucho supe que uno de ellos estaba gravemente enfermo y, como iba en viaje hacia mi aldea natal, decidí hacer un rodeo para ir a verlo. Sólo encontré en casa al primogénito, quien me dijo que era su hermano menor el que había estado mal.

-Le estoy muy agradecido de que haya venido a visitarlo -dijo-. Pero ya está sano desde hace algún tiempo y se marchó a otra provincia, donde ocupa un puesto oficial.

Buscó dos cuadernos que contenían el diario de su hermano y me lo mostró riendo. Me dijo que a través de ellos era posible darse cuenta de los síntomas que había presentado su enfermedad, y que él creía que no había ningún mal en que los viera un amigo. Me llevé el diario y al leerlo comprendí que mi amigo había estado atacado de "delirio de persecución". El escrito, incoherente y confuso, contenía relatos extravagantes. Además, no aparecía en él fecha alguna y sólo por el color de la tinta y las diferencias de la letra se podía comprender que había sido redactado en diferentes sesiones. Copié parte de algunos pasajes no demasiado incoherentes, pensando que podrían servir como elementos para trabajos de investigación médica. No he cambiado una palabra a este diario, salvo el nombre de los personajes, aunque se trate de campesinos completamente ignorados del mundo. En cuanto al título, conservo intacto el que su autor le dio después de su curación.

2 de abril de 1918

I

Esta noche hay luna muy hermosa.

Hacía más de treinta años que no la veía, de modo que me siento extraordinariamente feliz. Ahora comprendo que he pasado estos treinta últimos años en medio de la niebla. Sin embargo, debo tener cuidado: de otra manera, ¿por qué el perro de la familia Chao me iba a mirar dos veces?

Tengo mis razones para temer.

II

Esta noche no hay luna. Yo sé que esto va mal.

Esta mañana, cuando me arriesgué a salir con precauciones, Chao Güi-weng me miró con un fulgor extraño en los ojos: se habría dicho que me temía o que tenía deseos de matarme. Había además siete u ocho personas que hablaban de mí en voz baja, con las cabezas muy juntas: tenían miedo de que las viera. La más feroz de todas mostró los dientes al reírse mientras me miraba, lo que me hizo estremecerme de pies a cabeza, porque ahora sé que sus maquinaciones están a punto.

No obstante, continué mi camino sin miedo. Ante mí había un grupo de niños que discutían también sobre mi persona; sus miradas tenían el mismo fulgor que la de Chao Güi-weng y en sus rostros había la misma palidez de acero. Me pregunté qué clase de odio podían tener los niños contra mí para obrar también de esta manera. No pudiendo contenerme, grité: "¡Díganmelo!", pero ellos huyeron.

He reflexionado. ¿Qué razones tienen Chao Güi-weng y los hombres de la calle para detestarme? Hace veinte años di un pisotón por error en un viejo libro de cuentas del señor Gu Chiu1, lo que le produjo gran contrariedad. Aunque Chao Güi-weng no conoce al señor Gu, ha debido oír hablar de este asunto y quiere sacar la cara por él; por ello se ha puesto de acuerdo contra mí con los hombres de la calle. Pero ¿por qué los niños? Cuando ocurrió este incidente ni siquiera habían nacido; entonces, ¿por qué me han mirado con ese aire extraño que revelaba miedo o deseos de matar? Todo esto me espanta, me intriga y me desconsuela.

¡Ahora comprendo! Han sabido el asunto por sus padres.

III

En la noche no consigo dormir. Para comprender las cosas, es preciso reflexionar sobre ellas.

Estos hombres han sido engrillados por el magistrado, abofeteados por el señor del lugar, han visto a sus mujeres apresadas por los alguaciles de la Corte de Justicia y a sus padres y madres suicidarse para escapar a los acreedores..., pero nunca mostraron rostros tan espantosos, tan feroces como los que les vi ayer.

Lo más extraño de todo fue esa mujer que le pegaba a su hijo en plena calle, gritándole: "¡Muchacho cochino! ¡Debería comerte unos cuantos pedazos para que se me pasara la rabia!" Al decir esto me miraba a mí. Me sobresalté, incapaz de dominar mi emoción, mientras la banda de rostros lívidos y colmillos aguzados estallaba en risas. El viejo Chen llegó de prisa y me condujo por la fuerza a la casa.

En casa, los miembros de la familia fingieron no reconocerme; sus miradas eran semejantes a las de la gente de la calle. Entré en el escritorio y ellos echaron el cerrojo, igual que cuando se encierra en el gallinero a una gallina o un pato. Este incidente es aun más inexplicable; verdaderamente no sé lo que pretenden.

Hace algunos días, uno de nuestros arrendatarios de la aldea de los Lobos, al venir a informar sobre la sequía que reina en el campo, contó a mi hermano mayor que los campesinos habían dado muerte a un conocido malhechor del lugar. Luego algunos hombres le arrancaron el corazón y el hígado, los frieron y se los comieron, para criar valor. Los interrumpí con una palabra y mi hermano y el labrador me lanzaron muchas miradas raras. Hoy comprendo que sus miradas eran absolutamente iguales a las de los hombres de la calle.

Sólo de pensar en ello me estremezco de la cabeza a los pies.

Si comen hombres, ¿por qué no habrían de comerme a mí?

Evidentemente esa mujer que "quería comerse unos cuantos pedazos", la risa del grupo de hombres lívidos con colmillos aguzados, y la historia del arrendatario, son índices secretos. Sus palabras están envenenadas, sus risas cortan como espadas y sus dientes son hileras de resplandeciente blancura; sí, son dientes de comedores de hombres.

Yo no creo ser un mal sujeto, pero desde que me metí con el libro de cuentas de la familia Gu, no estoy seguro de nada. Se diría que guardan algún secreto que yo no acierto a adivinar. Por otra parte, cuando están contra alguien, no tienen dificultad en declararlo malo. Recuerdo que cuando mi hermano me enseñaba a disertar, por más perfecto que fuera el hombre sobre el cual tenía yo que hablar, bastaba que expusiera algún argumento contra él para ganar un "bien"; y cuando era capaz de encontrar excusas para un hombre malo, mi hermano decía: "Además de originalidad, tienes un verdadero talento de litigante". Entonces, ¿cómo puedo saber lo que piensan, sobre todo en el momento en que se proponen devorar al hombre?

Para comprender las cosas es preciso reflexionar sobre ellas. Creo que en la antigüedad era frecuente que el hombre se comiera al hombre, pero no estoy muy seguro de esta cuestión. He cogido un manual de historia para estudiar este punto, pero el libro no contenía fecha alguna; en cambio, en todas las páginas, escritas en todos sentidos, estaban las palabras "Humanitarismo", "Justicia" y "Virtud". Como de todas maneras me era imposible dormir, me puse a leer atentamente y en medio de la noche noté que había algo escrito entre líneas: dos palabras llenaban todo el libro: ¡"devorar hombres"!

Los tipos del libro, las palabras de nuestros arrendatarios, todos, sonreían fríamente, mirándome de un modo extraño. ¡Yo también soy un hombre y quieren devorarme!

IV

Esta mañana pasé un buen rato sentado tranquilamente. El viejo Chen me trajo mi comida: un plato de legumbres y otro de pescado cocido al vapor. Los ojos del pescado eran blancos y duros; tenía la boca entreabierta, igual que esa banda de comedores de hombres. Después de probar algunos bocados de esa carne viscosa, no sabía ya si estaba comiendo pescado o carne humana, de suerte que vomité con asco.

Dije:

-Mi viejo Chen, anda a decirle a mi hermano que me ahogo aquí y que quisiera salir a pasear por el jardín.

El viejo Chen se alejó sin responder, pero un poco después volvió a abrirme la puerta.

No me moví, preguntándome qué iban a hacer, porque sabía muy bien que no iban a dejarme libre. Efectivamente, mi hermano se acercaba con un viejo que caminaba a pasos lentos. Ese hombre tenía una mirada terrible, pero como temía que yo me diera cuenta, bajaba la cabeza hacia el suelo y me miraba a hurtadillas, por encima de sus anteojos.

-Tienes un aspecto magnífico -me dijo mi hermano.

-Sí -respondí.

-Le he pedido al señor Jo que viniera a examinarte -siguió diciendo.

Respondí:

-¡Que lo haga! -¡pero yo sabía muy bien que ese viejo no era otro que el verdugo disfrazado!

So pretexto de tomarme el pulso quería calcular mi grado de corpulencia y seguramente iban a darle un pedazo de mi carne en pago de sus servicios. Yo no tenía miedo; aunque no como carne humana, me creo más valiente que esos caníbales. Tendí ambos puños y esperé lo que iba a seguir. El viejo se sentó, cerró los ojos, me tomó largamente el pulso, permaneció un instante silencioso y luego, abriendo los ojos diabólicos, dijo:

-No se deje llevar por su imaginación. Algunos días de tranquilidad y reposo y se repondrá.

¡No dejarse llevar por la imaginación! ¡Tranquilidad y reposo! Evidentemente, cuando yo estuviera bien cebado, tendrían más que comer. Pero ¿qué ganaría yo? ¿Era eso lo que iba a "reponerme"? A esos caníbales les gusta comer hombres, pero obran en secreto, tratando de salvar las apariencias, y no se atreven a actuar directamente. ¡Es para morirse de la risa! No pudiendo aguantarme, me eché a reír a carcajadas, porque eso me divertía una enormidad. Yo sé que en mi risa vibraban el valor y la justicia. El viejo y mi hermano palidecieron, aplastados por el valor y la justicia de que yo hacía gala.

Pero justamente porque soy valiente, tendrán aun más ganas de devorarme, para adquirir parte de mi coraje. El viejo dejó mi habitación y apenas se habían alejado un poco, dijo a mi hermano en voz baja: "Engullirlo en seguida". Mi hermano bajó la cabeza en señal de asentimiento. ¡Tú estás también en esto! Este extraordinario descubrimiento, aunque imprevisto, no me asombró, sin embargo, excesivamente: ¡mi hermano formaba parte de la banda de caníbales que quería devorarme!

¡Mi hermano es un comedor de hombres!

¡Soy hermano de un comedor de hombres!

¡Podré ser devorado por los hombres, pero no por eso dejo de ser hermano de un comedor de hombres!

V

Estos días he vuelto a mis reflexiones. Aunque ese viejo no fuera el verdugo disfrazado, aun fuera verdaderamente un médico, no es por eso menos un comedor de hombres. En el libro sobre las virtudes de las hierbas, escrito por uno de sus predecesores, Li Shi-cheng, ¿no dice acaso con todas sus letras que la carne humana puede comerse frita? Entonces, ¿cómo podría rechazar el título de caníbal?

En cuanto a mi hermano, también tengo mis razones para acusarlo. Cuando me enseñaba los clásicos, yo lo oí decir con sus propios labios: "Cambiaban sus hijos para comérselos". Otra vez que se trataba de un hombre muy malo, dijo que merecía no sólo ser muerto, sino aun que "se comieran su carne y se acostaran sobre su piel". Yo era pequeño en esa época y al oír tal cosa mi corazón se puso a saltar muy fuerte durante largo rato. Cuando anteayer el arrendatario de la aldea de los lobos le contó que el corazón y el hígado de un hombre habían sido comidos, mi hermano no manifestó ningún asombro, limitándose a aprobar con la cabeza. Está claro que sus sentimientos no han cambiado. Si se admite que es posible "cambiar sus hijos para comérselos", ¿qué es lo que no se podría cambiar entonces? ¿Y qué es lo que no se podría comer? Antes me había limitado a escuchar esas explicaciones sin tratar de profundizarlas, pero ahora sé que cuando me daba sus lecciones, en el borde de sus labios brillaba grasa humana y que su corazón estaba lleno de sueños caníbales.

VI

Todo está negro, no sé si es de día o de noche. De nuevo el perro de la familia Chao se ha puesto a ladrar.

Tiene la ferocidad del león, la cobardía de la liebre, la astucia del zorro...

VII

Conozco sus maniobras: no quieren ni se atreven a matarme directamente por temor a las consecuencias; por ello se las arreglan para tenderme lazos y llevarme al suicidio. A juzgar por la actitud de los hombres y mujeres de la calle el otro día, y la de mi hermano estos últimos días, la cosa es poco más o menos segura: quieren que me saque el cinturón, lo amarre a un poste y me cuelgue. Nadie los llamará asesinos y, sin embargo, verán colmados sus deseos secretos; esto los llenará de contento y les provocará una especie de risa plañidera. O bien, me dejarán morir de miedo y tristeza, y aunque este sistema hace enflaquecer, de todos modos mi muerte los dejará satisfechos.

¡Sólo comen carne muerta! He leído en algún sitio que existe una fiera de mirada horrible y aspecto espantoso llamada "hiena". Esta bestia come carne muerta y es capaz de triturar los huesos más grandes, que se engulle después de molerlos minuciosamente. ¡De sólo pensar en esto da terror! La hiena está emparentada con el lobo, el lobo es de la familia de los perros. El hecho de que el perro de la familia Chao me haya mirado muchas veces anteayer, demuestra que han conseguido ponerlo de acuerdo con ellos y que forma parte del complot. En vano ese viejo baja su mirada hacia el suelo, yo no me dejo embaucar.

Lo más lastimoso es mi hermano. El también es un hombre; ¿no tiene miedo tal vez? ¿Por qué se ha unido a los que intentan devorarme? ¿Acaso porque esto se ha hecho siempre, encuentra que no hay ningún mal en ello? ¿O pone oídos sordos a su conciencia y hace deliberadamente algo que sabe que es malo?

Será el primero de los comedores de hombres a quienes maldeciré; será también el primero de los hombres a quienes trataré de curar del canibalismo.

VIII

En el fondo, deberían saber esto desde hace tiempo...

De pronto entró un hombre. Tenía unos veinte años y una cara muy sonriente, cuyos rasgos no distinguí bien. Me saludó con la cabeza y vi que su sonrisa tenía un aire falso. Le pregunté:

-¿Es justo comer hombres?

Siempre sonriendo, respondió:

-¿Por qué comer hombres, cuando no se tiene hambre?

Comprendí de inmediato que formaba parte del clan de los que aman la carne humana. Esto azuzó mi coraje e insistí neto:

-¿Es justo?

-¡Para qué hacer tales preguntas! Verdaderamente... a usted le gusta bromear... ¡Está muy hermosa la noche!

Estaba muy hermosa la noche, la luna estaba muy brillante, pero yo le pregunté:

-¿Es justo?

Tomó un aire de desaprobación y, sin embargo, respondió con voz no muy clara:

-No...

-¿No? Entonces, ¿por qué los comen?

-Eso no puede ser...

-¿No puede ser? Bueno, ¿acaso no los comen en la aldea de los Lobos? Además, está escrito en todas partes en los libros, ¡es claro como el día!

Su faz cambió de color, poniéndose pálido como un muerto. Con los ojos fuera de las órbitas, dijo:

-Tal vez tenga usted razón, esto se ha hecho siempre...

-¿Es por ello justo?

-No quiero discutir ese tema con usted. ¡Usted no debería hablar de esto, no tiene razón para hacerlo!

Di un salto, con ambos ojos muy abiertos, pero el hombre había desaparecido y yo estaba completamente mojado con el sudor. Este hombre es mucho más joven que mi hermano y ya forma parte de su clan. Seguramente se debe a la educación de sus padres. Quizás ha enseñado ya esto a su hijo. Por lo cual hasta los niños pequeños me miran con odio.

IX

Quieren devorar a los otros y temen ser devorados a su vez; por esto se estudian recíprocamente con miradas cargadas de sospechas...

Si abandonaran estos pensamientos se sentirían a sus anchas en el trabajo, en el paseo, en la comida, en el sueño. Para franquear este obstáculo sólo hay que dar un paso: pero el padre y el hijo, el hermano y el hermano, el marido y la mujer, el amigo y el amigo, el profesor y el estudiante, el enemigo y el enemigo, y hasta los desconocidos, forman un clan, se aconsejan y se retienen mutuamente para que a ningún precio alguien dé este paso.

X

Temprano en la mañana fui en busca de mi hermano, que miraba el cielo desde la puerta del salón. Llegué por detrás, me situé en el alféizar de la puerta y le dije con mucha calma y cortesía:

-Hermano, tengo algo que decirte.

Se volvió rápidamente y asintió con un movimiento de cabeza.

-Habla.

-Se trata sólo de algunas palabras, pero no sé cómo expresarlas. Hermano, es probable que en los tiempos primitivos los salvajes hayan sido en general algo caníbales. Al evolucionar sus sentimientos, algunos dejaron de devorar hombres, pugnaban por progresar y se convirtieron en hombres, en verdaderos hombres. Sin embargo, aún quedan devoradores de hombres... Es como entre los insectos; algunos han evolucionado, se han transformado en peces, pájaros, monos y finalmente en hombres. Ciertos insectos no han querido progresar y hasta hoy continúan en estado de insectos. ¡Qué vergüenza para un caníbal si se compara con el hombre que no come a sus semejantes! Su vergüenza debe ser muchísimo peor que la del insecto frente al mono.

"Yi Ya2 cocinó a su hijo para dar de comer a los tiranos Chie y Chou; este hecho pertenece a la historia antigua. ¿Quién habría dicho que después de la separación del cielo y la tierra por Pan Gu3, los hombres se iban a devorar entre ellos hasta el hijo de Yi Ya, y que desde el hijo de Yi Ya hasta Sü Si-ling4 y desde Sü Si-ling hasta el malhechor arrestado en la aldea de los Lobos el hombre se comería al hombre? El año pasado, cuando se ejecutaba a los criminales en la ciudad, había un tuberculoso que iba a mojar el pan en su sangre, para lamerla5.

"Quieren comerme, y por cierto que solo no puedes nada contra ellos. Pero ¿por qué unirte a ellos? Los devoradores de hombres son capaces de todo. Si son capaces de comerme, también serán capaces de comerte. Hasta los miembros de un mismo clan se devoran entre sí. Pero basta con dar un paso, basta con querer dejar esta costumbre y todo el mundo quedará en paz. Aunque este estado de cosas dura desde siempre, tú y yo podríamos empezar desde hoy a ser buenos y decir: 'Esto no es posible'. Yo creo que tú dirás que no es posible, hermano, puesto que anteayer cuando nuestro arrendatario te pidió que le rebajaras el alquiler, tú le respondiste que no era posible."

Al comienzo sonreía con frialdad, luego pasó por sus ojos un resplandor feroz y cuando puse al desnudo sus pensamientos secretos, su rostro se tornó lívido. En el exterior de la puerta que daba a la calle había un verdadero grupo; Chao Güi-weng se hallaba allí con su perro y todos estiraban el cuello para ver mejor. Yo no alcanzaba a distinguir los semblantes de algunos, pues se hubiera dicho que estaban velados; los otros tenían siempre el mismo tinte lívido y esos colmillos agudos y esos labios con una sonrisa afectada. Comprendí que pertenecían todos al mismo clan, que todos eran devoradores de hombres. Sin embargo, yo sabía también que existían sentimientos muy diferentes. Algunos pensaban que el hombre debe devorar al hombre porque así se ha hecho siempre. Otros sabían que el hombre no debe devorar al hombre, pero de todos modos lo hacían, temerosos de que sus crímenes fueran denunciados; por eso al oírme se llenaron de cólera, pero se limitaron a apretar los labios esbozando una sonrisa cínica.

En ese instante mi hermano adoptó un aspecto terrible y gritó con voz fuerte:

-¡Salgan todos! ¡Para qué mirar a un loco!

Muy pronto comprendí su nuevo juego. No solamente se negaban a convertirse, sino que estaban preparados de antemano para abrumarme con el epíteto de loco. De este modo, cuando me comieran, no sólo no tendrían disgustos, sino que aun les quedarían agradecidos. El arrendatario nos dijo que el hombre devorado por los campesinos era un mal hombre; es exactamente el mismo sistema. ¡Siempre el mismo estribillo!

El viejo Chen entró también, muy encolerizado; pero ¿quién podría cerrarme la boca? Tengo absoluta necesidad de hablar a esos hombres.

-¡Conviértanse, conviértanse desde el fondo del corazón! ¡Sepan que en el futuro no se permitirá vivir sobre la tierra a los devoradores de nombres! Si no se convierten, todos ustedes serán devorados también. ¡Por más numerosos que sean sus hijos, serán exterminados por los verdaderos hombres, como los lobos son exterminados por los cazadores, como se extermina a los insectos!

El viejo Chen hizo salir a todo el mundo y luego me rogó que volviera a mi habitación. Mi hermano había desaparecido no sé dónde. El interior del cuarto estaba completamente negro. Las vigas y maderas se pusieron a temblar sobre mi cabeza; luego al cabo de un instante crecieron y se amontonaron sobre mí.

Pesaban mucho, yo no podía moverme. Querían matarme, pero yo sabía que ese peso era ficticio. Me debatí, pues, y me liberé, el cuerpo cubierto de sudor. Sin embargo, deliberadamente repetí:

-¡Conviértanse en seguida! ¡Conviértanse desde el fondo del corazón! ¡Sepan que en el futuro no se permitirá que sobrevivan los devoradores de hombres!...

XI

El sol no aparece más, la puerta sólo se abre dos veces al día, cuando me traen mis comidas.

Mientras tomaba los palillos, volví a pensar en mi hermano mayor; ahora yo sé que fue él el causante de la muerte de mi hermana pequeña. Tenía cinco años y era tan linda que enternecía. Veo de nuevo a nuestra madre sollozando sin cesar y a mi hermano consolándola. Tal vez sentía arrepentimiento porque era él quien se la había comido. Si es todavía capaz de experimentar ese sentimiento.

Nuestra hermana ha sido devorada por mi hermano; no sé si mi madre llegó a darse cuenta de ello.

Pienso que mi madre lo sabía; si en medio de sus lágrimas no dijo nada, probablemente fue porque lo encontraba muy natural. Recuerdo que un día que me hallaba tomando el fresco ante la puerta del salón -en esa época tendría unos cuatro o cinco años- mi hermano me dijo que un hijo debe estar dispuesto a cortar un trozo de carne de su cuerpo, echarlo a cocer y ofrecerlo a sus padres si éstos caen enfermos, pues es así como obra un hombre honesto. Mi madre no protestó. Si es posible comer un trozo de carne humana, evidentemente es posible comerse a un hombre entero. No obstante, cuando vuelvo a pensar en sus sollozos de entonces, no puedo evitar que el corazón se me apriete. Qué extraña cosa...

XII

Ya no puedo pensar más en ello.

Solamente hoy me doy cuenta de que he vivido años en medio de un pueblo que desde hace cuatro milenios se devora a sí mismo. Nuestra hermanita murió justamente en el momento en que mi hermano se hacía cargo de la familia. ¿No habrá mezclado su carne con nuestros alimentos para que la comiéramos sin saber que lo hacíamos?

¿Acaso sin quererlo he comido carne de mi hermana? Y ahora me llega el turno...

Si tengo una historia que cuenta cuatro mil años de canibalismo -al principio no me daba cuenta de ello pero ahora lo sé-, ¡cómo podría esperar encontrar a un hombre verdadero!

XIII

Tal vez existan niños que aún no han comido carne de hombre.

¡Salven a los niños!..."


Lu Sin