El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

miércoles, 6 de mayo de 2015

"Una Rosa Para Emilia"

"I.
Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez años, salvo un viejo sirviente, que hacía de cocinero y jardinero a la vez. La casa era una construcción cuadrada, pesada, que había sido blanca en otro tiempo, decorada con cúpulas, volutas, espirales y balcones en el pesado estilo del siglo XVII; asentada en la calle principal de la ciudad en los tiempos en que se construyó, se había visto invadida más tarde por garajes y fábricas de algodón, que habían llegado incluso a borrar el recuerdo de los ilustres nombres del vecindario. Tan sólo había quedado la casa de la señorita Emilia, levantando su permanente y coqueta decadencia sobre los vagones de algodón y bombas de gasolina, ofendiendo la vista, entre las demás cosas que también la ofendían. Y ahora la señorita Emilia había ido a reunirse con los representantes de aquellos ilustres hombres que descansaban en el sombreado cementerio, entre las alineadas y anónimas tumbas de los soldados de la Unión, que habían caído en la batalla de Jefferson.

Mientras vivía, la señorita Emilia había sido para la ciudad una tradición, un deber y un cuidado, una especie de heredada tradición, que databa del día en que el coronel Sartoris el Mayor -autor del edicto que ordenaba que ninguna mujer negra podría salir a la calle sin delantal-, la eximió de sus impuestos, dispensa que había comenzado cuando murió su padre y que más tarde fue otorgada a perpetuidad. Y no es que Emilia fuera capaz de aceptar una caridad. Pero el coronel Sartoris inventó un cuento, diciendo que el padre de Emilia había hecho un préstamo a la ciudad, y que la ciudad se valía de este medio para pagar la deuda contraída. Sólo un hombre de la generación y del modo de ser del coronel Sartoris hubiera sido capaz de inventar una excusa semejante, y sólo una mujer como Emilia podría haber dado por buena esta historia.

Cuando la siguiente generación, con ideas modernas, maduró y llegó a ser directora de la ciudad, aquel arreglo tropezó con algunas dificultades. Al comenzar el año enviaron a Emilia por correo el recibo de la contribución, pero no obtuvieron respuesta. Entonces le escribieron, citándola en el despacho del alguacil para un asunto que le interesaba. Una semana más tarde el alcalde volvió a escribirle ofreciéndole ir a visitarla, o enviarle su coche para que acudiera a la oficina con comodidad, y recibió en respuesta una nota en papel de corte pasado de moda, y tinta empalidecida, escrita con una floreada caligrafía, comunicándole que no salía de su casa. Así pues, la nota de la contribución fue archivada sin más comentarios.

Convocaron, entonces, una junta, y una delegación para que fuera a visitarla. Allá fueron y llamaron a la puerta, cuyo umbral nadie había traspasado desde que aquella había dejado de dar lecciones de pintura china, unos ocho o diez años antes. Fueron recibidos por el viejo negro en un oscuro vestíbulo, del cual arrancaba una escalera que subía en dirección a unas sombras aún más densas. Olía allí a polvo y a cerrado, un olor pesado y húmedo. El vestíbulo estaba tapizado en cuero. Cuando el negro corrió las cortinas, vieron que el cuero estaba agrietado y cuando se sentaron, se levantó una nubecilla de polvo en torno a sus muslos, que flotaba en ligeras motas, perceptibles en un rayo de sol que entraba por la ventana. Sobre la chimenea había un retrato a lápiz del padre de Emilia, con un deslucido marco dorado. Todos se pusieron en pie cuando Emilia entró -una mujer pequeña, gruesa, vestida de negro, con una pesada cadena en torno al cuello que le descendía hasta la cintura y que se perdía en el cinturón-; debía de ser de pequeña estatura; quizá por eso, lo que en otra mujer pudiera haber sido tan sólo gordura, en ella era obesidad. Parecía abotagada, como un cuerpo que hubiera estado sumergido largo tiempo en agua estancada. Sus ojos, perdidos en las abultadas arrugas, parecían pequeñas piezas de carbón, prensadas entre masas de terrones, cuando pasaban sus miradas de uno a otro de los visitantes, que le explicaban el motivo de su visita. No los hizo sentar; se detuvo en la puerta y escuchó tranquilamente, hasta que el que hablaba terminó su exposición. Pudieron oír entonces el tictac del reloj que pendía de su cadena, oculto en el cinturón.
Su voz fue seca y fría.

-Yo no pago contribuciones en Jefferson. El coronel Sartoris me eximió. Pueden ustedes dirigirse al Ayuntamiento y allí les informarán a su satisfacción.
-De allí venimos; somos autoridades del Ayuntamiento, ¿no ha recibido usted un comunicado del alguacil, firmado por él?
-Sí, recibí un papel -contestó la señorita Emilia-. Quizá él se considera alguacil. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero en los libros no aparecen datos que indiquen una cosa semejante. Nosotros debemos...
-Vea al coronel Sartoris. Yo no pago contribuciones en Jefferson.
-Pero, señorita Emilia...
-Vea al coronel Sartoris (el coronel Sartoris había muerto hacía ya casi diez años.) Yo no pago contribuciones en Jefferson. ¡Tobe! -exclamó llamando al negro- . Muestra la salida a estos señores.

II.
Así pues, Emilia venció a los que fueron a visitarla del mismo modo que treinta años antes había vencido a los padres de los mismos regidores, en aquel asunto del olor. Esto ocurrió dos años después de la muerte de su padre y poco después de que su prometido (todos creímos que iba a casarse con ella) la hubiera abandonado. Cuando murió su padre apenas si volvió a salir a la calle; después que su prometido desapareció, casi dejó de vérsele en absoluto. Algunas señoras que tuvieron el valor de ir a visitarla, no fueron recibidas; y la única muestra de vida en aquella casa era el criado negro -un hombre joven a la sazón-, que entraba y salía con la cesta del mercado al brazo. Como si un hombre -cualquiera- fuera capaz de tener la cocina limpia, comentaban las señoras, así que no les extrañó cuando empezó a sentirse aquel olor; y esto constituyó otro motivo de relación entre el bajo y prolífico pueblo y aquel otro mundo alto y poderoso de los Grierson.
Una vecina de la señorita Emilia acudió a dar una queja ante el alcalde y juez Stevens, anciano de ochenta años.

-¿Y qué quiere usted que yo haga? -dijo el alcalde.
-¿Qué quiero que haga? Pues que le envíe una orden para que lo remedie. ¿Es que no hay una ley?
-No creo que sea necesario -afirmó el juez-. Será que el negro ha matado alguna culebra o alguna rata en el jardín. Ya le hablaré acerca de ello.

Al día siguiente, recibió dos quejas más, una de ellas partió de un hombre que le rogó cortésmente:

-Tenemos que hacer algo, señor juez; por nada del mundo querría yo molestar a la señorita Emilia; pero hay que hacer algo.

Por la noche, el tribunal de los regidores -tres hombres que peinaban canas, y otro algo más joven- se encontró con un hombre de la joven generación, al que hablaron del asunto.

-Es muy sencillo. -afirmó éste- Ordenen a la señorita Emilia que limpie el jardín, denle algunos días para que lo lleve a cabo y si no lo hace...
-Por favor, señor. -exclamó el juez Stevens- ¿Va usted a acusar a la señorita Emilia de que huele mal?

Al día siguiente por la noche, después de las doce, cuatro hombres cruzaron el césped de la finca de Emilia y se deslizaron alrededor de la casa, como ladrones, husmeando el edificio, construido con ladrillo, y las ventanas que daban al sótano, mientras uno de ellos hacía un movimiento, como si estuviera sembrando, metiendo y sacando la mano de un saco que pendía de su hombro. Abrieron la puerta de la bodega, y allí esparcieron cal, y también en las construcciones anejas a la casa. Cuando hubieron terminado y emprendían el regreso, detrás de una iluminada ventana que al llegar ellos estaba oscura, vieron sentada a Emilia, rígida e inmóvil como un ídolo. Cruzaron lentamente el prado y llegaron a los algarrobos que se alineaban a lo largo de la calle. Una semana o dos más tarde, aquel olor había desaparecido.

Así fue cómo el pueblo empezó a sentir verdadera compasión por ella. Todos en la ciudad recordaban que su anciana tía, lady Wyatt, había acabado completamente loca, y creían que los Grierson se tenían en más de lo que realmente eran. Ninguno de nuestros jóvenes casaderos era bastante bueno para Emilia. Nos habíamos acostumbrado a representarnos a ella y a su padre como un cuadro. Al fondo, la esbelta figura de la señorita Emilia, vestida de blanco; en primer término, su padre, dándole la espalda, con un látigo en la mano, y los dos, enmarcados por la puerta de entrada a su mansión. Y así, cuando ella llegó a sus 30 años en estado de soltería, no sólo nos sentíamos contentos por ello, sino que hasta experimentamos como un sentimiento de venganza. A pesar de la locura en su familia, no hubieran faltado a Emilia ocasiones de matrimonio, si hubiera querido aprovecharlas...

Cuando murió su padre, se supo que a su hija sólo le quedaba en propiedad la casa, y en cierto modo esto alegró a la gente; al fin podían compadecer a Emilia. Ahora que se había quedado sola y empobrecida, sin duda se humanizaría; ahora aprendería a conocer los temblores y la desesperación de tener un céntimo de más o de menos.

Al día siguiente de la muerte de su padre, las señoras fueron a la casa a visitarla. Ella, vestida como siempre, y sin muestra ninguna de pena en el rostro, las puso en la puerta, diciéndoles que su padre no estaba muerto. En esta actitud se mantuvo tres días, visitándola los ministros de la Iglesia y tratando los doctores de persuadirla de que los dejara entrar para disponer del cuerpo del difunto. Cuando ya estaban dispuestos a valerse de la fuerza y de la ley, la señorita Emilia rompió en sollozos y entonces se apresuraron a enterrar al padre.

No decimos que entonces estuviera loca. Creímos que no tuvo más remedio que hacer esto. Recordando a todos los jóvenes que su padre había desechado, y sabiendo que no le había quedado ninguna fortuna, la gente pensaba que ahora no tendría más remedio que agarrarse a los mismos que en otro tiempo había despreciado.

III.
Emilia estuvo enferma mucho tiempo. Cuando la volvimos a ver, llevaba el cabello corto, lo que la hacía aparecer más joven que una muchacha, con una vaga semejanza con esos ángeles que figuran en los vidrios de colores de las iglesias, de expresión a la vez trágica y serena...

Por entonces la ciudad acababa de firmar los contratos para pavimentar las calles, y en el verano siguiente empezaron los trabajos. La compañía constructora vino con negros, mulas y maquinaria, y al frente de todo ello, un capataz, Homer Barron, un yanqui blanco de piel oscura, grueso, activo, con gruesa voz y ojos más claros que su rostro. Los muchachos de la ciudad solían seguirlo en grupos, por el gusto de verlo renegar de los negros, y oír a éstos cantar, mientras alzaban y dejaban caer el pico. Homer Barren conoció en seguida a todos los vecinos de la ciudad. Dondequiera que, en un grupo de gente, se oyera reír a carcajadas se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que Homer Barron estaba en el centro de la reunión. Al poco tiempo empezamos a verlo acompañando a la señorita Emilia en las tardes del domingo, paseando en la calesa de ruedas amarillas o en un par de caballos bayos de alquiler...

Al principio todos nos sentimos alegres de que Emilia tuviera un interés en la vida, aunque todas las señoras decían: Una Grierson no podía pensar seriamente en unirse a un hombre del Norte, y capataz por añadidura. Había otros, y éstos eran los más viejos, que afirmaban que ninguna pena, por grande que fuera, podría hacer olvidar a una verdadera señora aquello de noblesse oblige -claro que sin decir noblesse oblige- y exclamaban: ¡Pobre Emilia! ¡Ya podían venir sus parientes a acompañarla!, pues Emilia tenía familiares en Alabama, aunque ya hacía muchos años que su padre se había enemistado con ellos, a causa de la vieja lady Wyatt, aquella que se volvió loca, y desde entonces se había roto toda relación entre ellos, de tal modo que ni siquiera habían venido al funeral. Pero lo mismo que la gente empezó a exclamar: ¡Pobre Emilia!, ahora empezó a cuchichear: Pero ¿tú crees que se trata de...? ¡Pues claro que sí! ¿Qué va a ser, si no?, y para hablar de ello, ponían sus manos cerca de la boca. Y cuando los domingos por la tarde, desde detrás de las ventanas entornadas para evitar la entrada excesiva del sol, oían el vivo y ligero clop, clop, clop, de los bayos en que la pareja iba de paseo, podía oírse a las señoras exclamar una vez más, entre un rumor de sedas y satenes: ¡Pobre Emilia!

Por lo demás, Emilia seguía llevando la cabeza alta, aunque todos creíamos que había motivos para que la llevara humillada. Parecía como si, más que nunca, reclamara el reconocimiento de su dignidad como última representante de los Grierson; como si tuviera necesidad de este contacto con lo terreno para reafirmarse a sí misma en su impenetrabilidad. Del mismo modo se comportó cuando adquirió el arsénico, el veneno para las ratas; esto ocurrió un año más tarde de cuando se empezó a decir: ¡Pobre Emilia!, y mientras sus dos primas vinieron a visitarla.

-Necesito un veneno. -dijo al droguero. Tenía entonces algo más de los 30 años y era aún una mujer esbelta, aunque algo más delgada de lo usual, con ojos fríos brillando en un rostro del cual la carne parecía haber sido estirada en las sienes y en las cuencas de los ojos; como debe parecer el rostro del que se halla al pie de una farola.
-Necesito un veneno -dijo.
-¿Cuál quiere, señorita Emilia? ¿Es para las ratas? Yo le recom...
-Quiero el más fuerte que tenga. -interrumpió- No importa la clase.
El droguero le enumeró varios.
-Pueden matar hasta un elefante. Pero ¿qué es lo que usted desea...?
-Quiero arsénico. ¿Es bueno?
-¿Que si es bueno el arsénico? Sí, señora. Pero ¿qué es lo que desea...?
-Quiero arsénico.
El droguero la miró de abajo arriba. Ella le sostuvo la mirada de arriba abajo, rígida, con la faz tensa.
-¡Sí, claro; -respondió el hombre- si así lo desea! Pero la ley ordena que hay que decir para qué se va a emplear.

La señorita Emilia continuaba mirándolo, ahora con la cabeza levantada, fijando sus ojos en los ojos del droguero, hasta que éste desvió su mirada, fue a buscar el arsénico y se lo empaquetó. El muchacho negro se hizo cargo del paquete. El droguero se metió en la trastienda y no volvió a salir. Cuando la señorita Emilia abrió el paquete en su casa, vio que en la caja, bajo una calavera y unos huesos, estaba escrito: Para las ratas.

IV.
Al día siguiente, todos nos preguntábamos: ¿Se irá a suicidar? y pensábamos que era lo mejor que podía hacer. Cuando empezamos a verla con Homer Barron, pensamos: Se casará con él. Más tarde dijimos: Quizás ella le convenga aún, pues Homer, que frecuentaba el trato de los hombres y se sabía que bebía bastante, había dicho en el Club Elks que él no era un hombre de los que se casan. Y repetimos una vez más: ¡Pobre Emilia! desde atrás de las vidrieras, cuando aquella tarde de domingo los vimos pasar en la calesa, la señorita Emilia con la cabeza erguida y Homer Barron con su sombrero de copa, un cigarro entre los dientes y las riendas y el látigo en las manos cubiertas con guantes amarillos...

Fue entonces cuando las señoras empezaron a decir que aquello constituía una desgracia para la ciudad y un mal ejemplo para la juventud. Los hombres no quisieron tomar parte en aquel asunto, pero al fin las damas convencieron al ministro de los bautistas de que fuera a visitarla. Nunca se supo lo que ocurrió en aquella entrevista; pero en adelante el clérigo no quiso volver a oír nada acerca de una nueva visita. El domingo que siguió a la visita del ministro, la pareja cabalgó de nuevo por las calles, y al día siguiente la esposa del ministro escribió a los parientes que Emilia tenía en Alabama....

De este modo, tuvo a sus parientes bajo su techo y todos nos pusimos a observar lo que pudiera ocurrir. Al principio no ocurrió nada, y empezamos a creer que al fin iban a casarse. Supimos que Emilia había estado en casa del joyero y había encargado un juego de tocador para hombre, en plata, con las iniciales H.B. Dos días más tarde nos enteramos de que había encargado un equipo completo de trajes de hombre, incluyendo la camisa de noche, y nos dijimos: Van a casarse, y nos sentíamos realmente contentos. Y nos alegrábamos más aún, porque las dos parientas que la señorita Emilia tenía en casa eran todavía más Grierson de lo que Emilia había sido...

Así pues, no nos sorprendimos mucho cuando Homer Barron se fue, pues la pavimentación de las calles ya se había terminado hacía tiempo. Nos sentimos, en verdad, algo desilusionados de que no hubiera habido una notificación pública; pero creímos que iba a arreglar sus asuntos, o que quizá trataba de facilitarle a ella el que pudiera verse libre de sus primas. (Por este tiempo, hubo una verdadera intriga y todos fuimos aliados de Emilia para ayudarla a desembarazarse de sus primas). En efecto, pasada una semana, se fueron y, como esperábamos, tres días después volvió Homer Barron. Un vecino vio al negro abrirle la puerta de la cocina, en un oscuro atardecer...

Y ésta fue la última vez que vimos a Homer Barron. También dejamos de ver a Emilia por algún tiempo. El negro salía y entraba con la cesta de ir al mercado; pero la puerta de la entrada principal permanecía cerrada. De vez en cuando podíamos verla en la ventana, como aquella noche en que algunos hombres esparcieron la cal; pero casi por espacio de seis meses no fue vista por las calles. Todos comprendimos entonces que esto era de esperar, como si aquella condición de su padre, que había arruinado la vida de su mujer durante tanto tiempo, hubiera sido demasiado virulenta y furiosa para morir con él. Cuando la vimos de nuevo había engordado y su cabello empezaba a ponerse gris. En pocos años este gris se fue acentuando, hasta adquirir el matiz del plomo. Cuando murió, a los 74 años, tenía aún el cabello de un intenso gris plomizo, y tan vigoroso como el de un hombre joven.

Todos estos años la puerta principal permaneció cerrada, excepto por espacio de unos seis o siete, cuando ella andaba por los 40, en los cuales dio lecciones de pintura china. Había dispuesto un estudio en una de las habitaciones del piso bajo, al cual iban las hijas y nietas de los contemporáneos del coronel Sartoris, con la misma regularidad y aproximadamente con el mismo espíritu con que iban a la iglesia los domingos, con una pieza de ciento veinticinco para la colecta. Entretanto, se le había dispensado de pagar las contribuciones. Cuando la generación siguiente se ocupó de los destinos de la ciudad, las discípulas de pintura, al crecer, dejaron de asistir a las clases, y ya no enviaron a sus hijas con sus cajas de pintura y sus pinceles, a que Emilia les enseñara a pintar según las manidas imágenes representadas en las revistas para señoras. La puerta de la casa se cerró de nuevo y así permaneció en adelante. Cuando la ciudad tuvo servicio postal, la señorita Emilia fue la única que se negó a permitirles que colocasen encima de su puerta los números metálicos, y que colgasen de la misma un buzón. No quería ni oír hablar de ello.

Día tras día, año tras año, veíamos al negro ir y venir al mercado, cada vez más canoso y encorvado. Cada año, en el mes de diciembre, le enviábamos a Emilia el recibo de la contribución, que nos era devuelto, una semana más tarde, en el mismo sobre, sin abrir. Alguna vez la veíamos en una de las habitaciones del piso bajo semejante al torso de un ídolo en su nicho, dándose cuenta, o no dándose cuenta, de nuestra presencia; eso nadie podía decirlo. Y de este modo Emilia pasó de una a otra generación, respetada, inasequible, impenetrable, tranquila y perversa. Y así murió. Cayo enferma en aquella casa, envuelta en polvo y sombras, teniendo para cuidar de ella solamente a aquel negro torpón. Ni siquiera supimos que estaba enferma, pues hacía ya tiempo que habíamos renunciado a obtener alguna información del negro. Probablemente este hombre no hablaba nunca, ni aun con su ama, pues su voz era ruda y áspera, como si la tuviera en desuso. Murió en una habitación del piso bajo, en una sólida cama de nogal, con cortinas, con la cabeza apoyada en una almohada amarilla, empalidecida por el paso del tiempo y la falta de sol.

V.
El negro recibió en la puerta principal a las primeras señoras que llegaron a la casa, las dejó entrar curioseando hablando en voz baja, y desapareció. Atravesó la casa, salió por la puerta trasera y no se volvió a ver más. Las dos primas de Emilia llegaron inmediatamente, dispusieron el funeral para el día siguiente, y allá fue la ciudad entera a contemplar a Emilia yaciendo bajo montones de flores, y con el retrato a lápiz de su padre colocado sobre el ataúd, acompañada por las dos damas sibilantes y macabras. En el balcón estaban los hombres, y algunos de ellos, los más viejos, vestidos con su cepillado uniforme de confederados; hablaban de ella como si hubiera sido contemporánea suya, como si la hubieran cortejado y hubieran bailado con ella, confundiendo el tiempo en su matemática progresión, como suelen hacerlo las personas ancianas, para quienes el pasado no es un camino que se aleja, sino una vasta pradera a la que el invierno no hace variar, y separado de los tiempos actuales por la estrecha unión de los últimos diez años.

Sabíamos ya todos que en el piso superior había una habitación que nadie había visto en los últimos cuarenta años y cuya puerta tenía que ser forzada. No obstante esperaron, para abrirla, a que Emilia descansara en su tumba. Al echar abajo la puerta, la habitación se llenó de polvo, que pareció invadirlo todo. En esta habitación, preparada y adornada como para una boda, por doquiera parecía sentirse como una tenue y acre atmósfera de tumba: sobre las cortinas, de un marchito color de rosa; sobre las pantallas, también rosadas, situadas sobre el tocador; sobre la araña de cristal; sobre los objetos de tocador para hombre, en plata tan oxidada que apenas se distinguía el monograma con que estaban marcados. Entre estos objetos aparecía un cuello y una corbata, como si se hubieran acabado de quitar y así, abandonados sobre el tocador, resplandecían con una pálida blancura en medio del polvo que lo llenaba todo. En una silla estaba un traje de hombre, cuidadosamente doblado; al pie de la silla, los calcetines y los zapatos.

El hombre yacía en la cama.

Por un largo tiempo nos detuvimos a la puerta, mirando asombrados aquella apariencia misteriosa y descarnada. El cuerpo había quedado en la actitud de abrazar; pero ahora el largo sueño que dura más que el amor, que vence al gesto del amor, lo había aniquilado. Lo que quedaba de él, pudriéndose bajo lo que había sido camisa de dormir, se había convertido en algo inseparable de la cama en que yacía. Sobre él, y sobre la almohada que estaba a su lado, se extendía la misma capa de denso y tenaz polvo.

Entonces nos dimos cuenta de que aquella segunda almohada ofrecía la depresión dejada por otra cabeza. Uno de los que allí estábamos levantó algo que había sobre ella e inclinándonos hacia delante, mientras se metía en nuestras narices aquel débil e invisible polvo seco y acre, vimos una larga hebra de cabello gris".


William Faulkner

martes, 5 de mayo de 2015

"Escenas Nocturnas de Otros Tiempos"

"Los vientos salvajes braman sobre mi cabeza,
Y la luz pálida de la víspera se desarma;
¿Dónde encontraré un refugio amistoso
Para ocultarme de la noche?

A mi alrededor yace un vasto desierto,
Ninguna habitación cerca;
Oscuro e impenetrable es el páramo,
Y llena la mente de miedos extraños.

Tu, árbol distante, cuya cima solitaria
Se ha doblado ante innumerables tormentas,
Ya no decepcionarás mi esperanza
Al tomar la silueta de mi amante;

Pues nubes salvajes rodan sobre mi cabeza
Negras como tu orgullo maldito.
¡Cuán profundo gruñe la furiosa tempestad
En los flancos de la montaña!

A salvo descansa el ciervo en las alturas
En su guarida hueca,
El miedo no perturba sus sueños,
Allí donde el cazador no se atreve.

Bajo el helecho duerme el pájaro,
Sobre el sueño retorcido de las víboras;
De vuelta en su roca el ave nocturna se arrastra,
Olvidando su llanto habitual.

Pues la cólera de los espiritus de la noche
Cabalgan sobre el aire atribulado;
Y a sus cubiles, en huida salvaje,
Las bestias ingnotas se precipitan.

¿Pero dónde descansas tú, amor mío?
¿Qué refugio cubre tu cuerpo?
O será que esta gélida ráfaga invernal
Sólo azota sobre mi.

Entonces, sobre el páramo desolado, lenta y triste,
Una silueta apareció;
¿Será mi amante, que con su forma
Vuelve infantiles todos mis miedos?

La silueta se acercó, pausada y melancólica,
No era el paso ágil de mi amante,
De sus mejillas huía la juventud;
Y las sonrisas de bienvenida se diluyeron.

Espectral y horroroso a la vista,
Sus rasgos duros se revelaron;
Siniestra se tornó su altura,
Y sus ropas eran sangrientas.

"¡Calma tus temores, oh, Margaret!
Todo el dolor es ahora algo vano:
Pues ya nunca retornará Eduardo
De su pacífico y eterno descanso."

"En lo profundo debajo del montículo
Yace su cabeza; y sólo emergerá
Cuando atrone la llamada terrible
Que convocará a todos los muertos."

Margaret ya no sintió bramar la salvaje tormenta,
Ella inclinó su adorable cabeza;
Y sobre la ráfaga gélida enviada por su amante,
Su espíritu apacible lo siguió".

Joanna Baillie

lunes, 4 de mayo de 2015

"Tu Amigo Vampiro"

"Sí, os supero a todos en mi innata crueldad, que no estuvo en mi mano reprimir. ¿Es esta la razón por la que estáis todos postrados frente a mí? ¿O bien el estupor de verme, fenómeno inaudito, recorrer como horrible cometa el espacio ensangrentado?.

Una lluvia de sangre brota de mi cuerpo inmenso, semejante a una nube negra que empuje ante sí el huracán. No temáis nada, hijos míos. No quiero maldeciros. El mal que me habéis ocasionado es demasiado grande; demasiado grande el mal que yo os he ocasionado, para que sea intencional. Vosotros habéis recorrido vuestro camino y yo el mío, ambos semejantes, ambos perversos. Era natural encontrarnos, dada nuestra afinidad. El choque que ha seguido al encuentro nos ha resultado recíprocamente fatal”.

Al llegar a este punto, los hombres empezarán a levantar las cabezas, adquiriendo de nuevo valor, y, para ver quién esta hablando, alargarán el cuello igual que caracoles. De repente, su rostro alterado, descompuesto, se deformará en una mueca tan monstruoso que incluso los lobos quedarán aterrorizados. Todos a la vez, los hombres se enderezarán de golpe, como un muelle gigantesco. ¡Cuántas imprecaciones!¡Qué clamor de voces! Me han reconocido. Y he ahí que los animales terrestres se unen a los hombres y hacen oír sus extraños alborotos. Ningún odio divide ya a ambas razas. El odio de cada uno está dirigido contra el enemigo común: yo. El consentimiento universal les une. Vientos que me estáis transportando, levantadme todavía más alto: temo la perfidia. Sí, desaparezcamos, poco a poco de su vista... Adiós, viejo, y piensa en mí, si me has leído...; y tú, joven, no desesperes. En efecto, tienes en el vampiro a un amigo, aunque seas de otra opinión. Si además, tienes en cuenta el ácaro sarcopto que te pega la roña, ¡tendrás dos amigos!"

Isidore Ducasse, conde de Lautréamont

domingo, 3 de mayo de 2015

"Una Pesadilla Árabe"

"Esto sucedió hace algunos años. Pasé por la feria de Nis-hin, Novogorod, tierra de los moscovitas, gente incrédula que adoran los cuadros de las cosas creadas. Tomé pieles y abrigos tibetanos, lanas de Cachemira, y telas de Bokhara. Y nuestro Señor el Profeta, cuya tumba he visitado (y cuyo nombre es bendito), favoreció la venta de mi mercancía, de modo que pronto adquirí una faja llena de rublos, monedas de los moscovitas, y conocí a uno de los infieles, cuyo nombre era Demski, con quien había negociado algunas pieles de foca.

Antes de finalizar mis asuntos en la feria me sentí agotado por el ruido y la muchedumbre, las preocupaciones de la compra y venta; y también por los alimentos malsanos de los moscovitas (¡Dios los ilustres!). Mis miembros temblaron, se fatigaron. Cuando Demski vio que andaba con dificultad, y delgado como la vara de un pastor, dijo: "En verdad, Hamet, el camino a Khiva es largo, y el viaje en camello, según creo, es agotador. Si quieres vender tu mercadería es mejor que me acompañes a Berezow, una ciudad sobre el río Obb, en la provincia de Tobolsk. Aunque el invierno sea largo y frío te daré las mejores pieles y el mejor sitio frente a la estufa, donde podrás sudar todos los humores que aquejan tus músculos" Y dije: "Oh, amigo, las palabras del Profeta encarnan en tu camaradería:"

"No hallé amor en mi hermano, sino en un extraño, cuyo afecto es más sincero que el del hijo de mi madre"

Pero él respondió: "Esas son palabras ingenuas. Cuando llegué a Khiva, preparaban kabobs para mi, y ahora, Hamet, lo harán para tí. En dos días alistaremos los caballos y el trineo."

Al segundo día Demski cargó el trineo y la mercadería, junto con las provisiones: carne salada, brandy (¡Alá los proteja!), peras guisadas, tales son las viandas moscovitas. Cubrimos la mercadería con capas, y sobre ellas nos sentamos. Golpeó al caballo con un azote de tres puntas. Avanzamos firmes como los caballos de los kurdos o como los camellos del Beduino.

Escucha, el viaje fue largo; pero la novedad del camino me sostuvo, ya en mi juventud disfrutaba de los sitios extraños y enterarme de la gente que mora allí. Cuando llegamos a Berezow, encontramos a Petrovna, la esposa de Demski, y Alexandrovitch, su pequeño hijo. Le di a ella un pañuelo de colores brillantes, y a él un fez de paño rojo; de modo que se alegraran de verme. Curiosos astros ví allí, un sol soñoliento, que no sale durante meses. Cuando vi esto dije, "En verdad esta es una tierra abandonada por Dios. Por eso sus habitantes adoran los cuadros de las cosas creadas."

Moré casi siempre bajo techo, yendo de la estufa al sauna, o casa de sudación, y de ésta a la estufa. En el sauna tomaron mi ropa y me pusieron sobre piedras calientes, y vertieron agua sobre las piedras. Golpearon mi cuerpo suavemente con ramitas de abedul, hasta que la transpiración fluyera intensa y en verdad esto oportuno en una tierra tan fría. Ya en la casa hablamos de los países que habíamos visto, y de los maravillosos trabajos de Dios. Demski me enseñó el juego de ajedrez, y yo le enseñé el Ahama, que había aprendido en un viaje a la Meca, (que Alá la bendiga).

Una tarde noté que Alexandrovitch, el hijo de Demski, imitaba con hueso las piezas de ajedrez, y las colocaba como escenas, imágenes de cosas creadas. Vi que el hueso pertenecía a un animal grande; ¡y dije, "Ah Demski, de dónde es aquel hueso ya que no he visto aquí ningún animal de semejante porte, sólo liebres y zorros de piel blanca, ya que en esta tierra maldita, Dios ha retirado la luz de su semblante de los animales, y no hay colores." Y Demski me explicó que el hueso fue encontrado en el hielo. Animales enteros fueron encontrados allí, incluso con pelo y carne. ¡Elefantes! Bestias que he visto en la tierra del Magnate, donde su gente adora vacas. Y dije, "Ah Demski, ¿cómo llegaron estos animales al hielo, ya que habitan países cálidos, y no podrían vivir en este lugar gélido?."

Y él respondió, "Tu pregunta es la de un hombre sabio; y en verdad había un hombre culto aquí, a quien el Zar (Dios lo conserve) envió hasta nosotros, un hombre de la nación de Frank, que examinó estos huesos. Dijo que esta tierra fue una vez cálida, y que esta criatura bebía de estos ríos y mares congelados y mares, tal como los grandes ríos y el océano que tu has visto". Y dije, "Ah Demski, esto es una insensatez. Alá confundirá a estos Francos, quienes escarban en el origen de cosas. Estas criaturas fueron abatidas por la la hechicería, como Gog y Magog fueron barridos por Iskander (nota de El Espejo: Iskander es nada menos que Alejandro Magno) en las montañas cerca de Mar Caspio. Gog y Magog siempre se cavan en la montaña para escaparse; pero no pueden, pues la hechicería es fuerte. Ellos no pueden decir Inshallah, que significa "Dios disponga". Pero un día habrá un muchacho entre ellos, llamado Inshallah; y uno de ellos le dirá, 'Inshallah, cavaré por la roca; ' e inmediatamente ellos cavarán por la roca, y se extenderán por mundo, y Deijal vendrá adelante para conducirlos. ¿Quién sabe?, pero tal vez estas criaturas fueron encerradas aquí por una hechicería similar."

Y Demski y Petrovna y Alexandrovich permitieron que hable con sabiduría, y me alabaron grandemente. En la cena me cedieron las mejores carnes y las peras más sabrosas, las cuales jamás había probado. El brandy me hizo cantar y bailar, como nadie que ha viajado a la Meca debería hacerlo. Cuando me eché sobre la piedra para dormir me sentí satisfecho de mis palabras sobre Gog, Magog e Iskander, pues es noble instruir al ignorante, ya que no es sabio quien calla su conocimiento. Dormí. Pero a mitad de la noche sentí una mano pesada sobre mi pecho y me desperté. Uno de los malignos me observaba, similar a un Djinn, pero con el rostro de un toro o búfalo, y una mano como la pata de un elefante, y su mano pisaba mi tóraz. Y dijo: "Oh, Hamet, levántate y sígueme." Y respondí: "Oh, Bucéfalo, ¿adónde?". Entonces dijo: "A las costas del mar congelado, al palacio de Eblis, al reino de las criaturas encantadas que has mencionado antes de la cena". Entonces dije: "Las palabras del poeta son conmigo: no hables del mal pues el mal te acompañará". Y él: "Alguien debe llevar esta sabiduría al palacio inmemorial."

El rostro de búfalo gruñó. Me levanté y fui con él. Salimos de la casa. Me llevó de la mano y corrimos raudamente. Y cuando advertí que dejaríamos a Demski y su familia y todas las personas de Berezow, pensé: "Ved, ahora, el significado de adorar los íconos de las cosas creadas." El rostro de búfalo resopló. Llegamos a las costas del Mar Congelado, pero su hielo no era parejo, ni el mar estaba completamente cubierto por él. Grandes moles blancas y azules flotaban a la deriva, quizá debido a la luna. El Djinn me habría cargado, pero era yo demasiado pesado. Y dijo: "Este hombre debe tener algo de sagrado, pues no puedo cargarlo". Y yo recordé con dicha que llevaba un amuleto que había tocado la santidad de la Meca." Repetí entonces estos versos:

-Mantén las cosas sabradas sobre ti, envuélvelas con sagrados encantos, y los malvados olvidarán el mal proferido.

El Djinn golpeó el hielo con una piedra. Una grieta apareció. Oí crujidos esparciéndose sobre el agua, y su sonido era más horrible que el del trueno. Entramos en la región sombría. Rostros de halcones y águilas nos acechaban. El Djinn dijo: "Oh, aves sedientas, Eblis me ha enviado para traer a este hombre, tan pesado para mí debido a un curioso encantamiento. Ayudadme a cargarlo". Me sujetaron con sus garras y volamos. Sentí la suavidad del aire alrededor, temiendo que quizá me dejaran caer en el abismo. Resolví tratarlos con cortesía, y le hablé a uno de los rostros de ave: "¿Dónde, oh amigo, queda el palacio de Eblis, el desolado reino abandonado por el Señor?" Y respondió: "El reino escondido sigue escondido, pues Eblis fue una vez el señor de la estrella de la mañana, con un brillo inigualable dado por Dios, permitiendo que su ojo, aún hoy, sea visto por los mortales. Pero un día, Eblis deseó que su luz fuese más intensa, y que su estrella fuese vista por los hombres aún con el sol en alto. Entonces Dios lo expulsó de la estrella, y lo arrojó al reino de las criaturas olvidadas." Y el Djinn y los Hombres Ave se lamentaron grandemente. Me lamenté por mi curiosidad. Volamos hacia abajo, donde se alza el palacio de Eblis en la tierra del hielo eterno. Los árboles no crecen en esa región, las plantas no hallan alimento en su suelo, el agua no corre limpia. Sólo hay rocas y columnas de hielo, pilares que enrojecerían a Salomón. Dentro de las columnas vi animales ciclópeos en perfecto estado de conservación: Elefantes más grandes que los de la tierra de Mogul, gacelas inmensas, cocodrilos más anchos que el Nilo. Todos estaban quietos en el hielo, petrificados. Sus facciones revelaban una muerte lenta y dolorosa.

Dije: "¿Cómo han llegado estas criaturas hasta aquí?" Respondieron: "En verdad esta tierra estuvo llena de vida, con ríos y árboles, grandes y pequeños. Pero cuando el Altísimo envió a Eblis su figura oscureció el sol, que brilló en otros páramos, haciendo que todos fueran congelados." Entonces pensé que esto era exactamente lo que el franco había narrado a Demski. Seguramente Dios lo condenaría por hablar como los Djinns. Si bien no había sol, había luz en esa tierra ignota, brillante como no volví a ver jamás. Advertí llamas en las rocas, en cada pilar, y algo similar a la niebla rodeando la luna cuando se acercan las lluvias. Llegamos al salón de Eblis.

Pálidas luces gélidas flotaban en ese espacio. Eblis estaba sentado en un trono de hielo, figura opalina de rostro luctuoso. Entendí entonces que la luz de esa tierra olvidada provenía de los rostros de sus habitantes.

Eblis dijo: "Qué presente tiene Hamet para su Señor?" Respondí. "Ninguno, mi sultán, pues fui arrastrado de la cama en medio de la noche, pero si me dejais regresar os traeré las mejores telas hechas por el hombre". La corte entera rió, hasta que sus articulaciones gélidas crujieron horriblemente. Eblis continuó: "Sin embargo, me has servido a menudo, incluso en la feria de Novogorod, cuando vendiste capas a dos rublos cuando no valían ni siquiera uno, incluso cuando bebiste brandy y comías peras nunca antes saboreadas." Y dije: "En verdad las capas no eran buenas, y las peras están prohibidas, pero soy un hombre humilde, y mi Sultán seguramente aceptará algún presente que le satisfaga". Y él respondió: "Lo haré". Giró hacia uno de sus sirvientes y dijo: "Traedme el talisman que ha tocado la sagrada Meca". Cuando escuché esto comencé a llorar. "Mejor dadme la muerte, oh, Gélidos, mi talismán jamás poseerán vuestras garras malditas". Y giré para correr. Los hombres del hielo me siguieron. Me apresaron con sus manos resbaladizas, torturándome con sus voces. Y las rocas y los pilares brillaron en pálidas llamaradas mientras me arrastraban, las criaturas congeladas aullaron de dolor y dicha. Sus risas quebraron la piedra. Tropecé, comencé a caer desde una cima inexpugnable. Arriba gritaban los condenados.

Me desperté sobre la piedra en la casa de Demski, pensando que tal vez debería viajar a la Meca, y que Mohammed es el profeta de Dios.

Al llegar la primavera hui de esa tierra, donde las criaturas abatidas por Dios aún anhelan sus bendiciones"

Fitz James O'Brien

sábado, 2 de mayo de 2015

"El Tratado Middoth"

"Una tarde de otoño, un señor mayor de grises patillas empujó la puerta que daba acceso al vestíbulo de cierta famosa biblioteca y, dirigiéndose a un empleado, le manifestó que creía tener derecho a utilizarla, y le preguntó si podía sacar un libro. Sí, si estaba en la lista de los que gozaban de ese privilegio. Mostró su tarjeta: Sr. John Eldred. Y consultado el registro, la respuesta que recibió fue afirmativa.

-Ahora otra cosa -dijo-: hace bastante tiempo que no vengo y no recuerdo el edificio; además, es casi hora de cerrar y me es imposible andar subiendo y bajando. Aquí está el título del libro que necesito: ¿hay alguien disponible que me lo pueda buscar?

Tras pensar un momento, el empleado hizo una seña a un joven. -Señor Garrett -dijo-: ¿tiene un minuto para atender a este señor?
-Con mucho gusto. Creo que lo encontraré en seguida; casualmente está en la sección que he inspeccionado; pero voy a mirar en el catálogo para asegurarme. Supongo que desea esta edición concreta, ¿verdad, señor?
-Sí, si no le importa; ésa exactamente -dijo el señor Eldred-. Se lo agradezco muchísimo.
-No faltaba más, señor- dijo el señor Garrett, y se fue corriendo.
-Lo sabía -dijo para sí cuando su dedo, tras recorrer las páginas del catálogo, se detuvo-: Talmud. Tratado Middoth; con comentarios de Nachmanides. Amsterdam, 1707. 11.3.34. Sección de Hebreo, naturalmente. No va a ser difícil.

El señor Eldred, acomodado en el vestíbulo, esperó ansioso el regreso de su mensajero. Pero su desencanto al ver bajar a un señor Garrett con las manos vacías fue de lo más evidente.

-Siento decepcionarle, señor -dijo el joven-; pero el libro está servido.
-¡Vaya por Dios! -dijo el señor Eldred-. ¿Seguro? ¿No se habrá equivocado?
-No hay mucha posibilidad, señor. Aunque, si no le importa esperar un minuto, podría hablar con el señor que lo tiene. No tardará en abandonar la biblioteca, y creo que le he visto tomar el libro de la estantería.
-¿Y le reconocería? ¿Es profesor o estudiante?
-Creo que no. Desde luego, no es profesor. Lo conocería; aunque no hay buena luz en esa parte de la biblioteca. Me ha parecido más bien un señor viejo y bajo, clérigo quizá, con capa. Si espera un momento, puedo preguntarle si necesita el libro de manera especial.
-No, no -dijo el señor Eldred-, no quiero... No puedo esperar ahora, gracias. Tengo que marcharme. Pero volveré mañana, y tal vez haya averiguado usted quién lo tiene.
-Por supuesto, señor; y le tendré preparado el libro si... -pero el señor Eldred se había ido ya, más deprisa de lo que se juzgaría prudente para sus años.

Garrett, que tenía un momento disponible, se dijo: -Iré otra vez a esa estantería a ver si encuentro al anciano. Es muy probable que pueda renunciar al libro por unos días. Quizá el otro señor no necesite tenerlo mucho tiempo- Así que se dirigió a la Sección de Hebreo. Pero al llegar estaba desierta, y el libro, con la signatura 11.3.34 se hallaba en su sitio. Era vejatorio para su propia autoestima haber defraudado a un consultante con tan poco fundamento; y de no haber ido contra las normas de la biblioteca, le habría gustado bajar el libro al vestíbulo en este momento, a fin de tenerlo allí cuando llegase el señor Eldred. Pero estaría pendiente, por la mañana, de la llegada del señor Eldred, y pidió al empleado del mostrador que le mandase recado en cuanto se presentase. Pero el hecho es que él mismo se encontraba en el vestíbulo cuando llegó el señor Eldred, poco después de que abriesen la biblioteca, y cuando no había casi nadie en el edificio aparte del personal.

-Lo siento mucho -dijo-; no suelo tener a menudo despistes estúpidos de esta clase, pero estaba convencido de que el anciano que vi tomaba ese libro y lo retenía sin abrirlo, como suele hacer la gente cuando piensa sacarlo en préstamo y no consultarlo aquí mismo. Se lo bajo en un segundo.

Hubo una pausa. El señor Eldred midió los pasos del vestíbulo, leyó los anuncios, consultó su reloj, se sentó a vigilar la escalera e hizo todo lo que hace un hombre devorado por la impaciencia, hasta que transcurrieron unos veinte minutos. Por último fue al mostrador y preguntó si estaba muy lejos esa parte de la biblioteca a la que había ido el señor Garrett.

-Precisamente estaba pensando que es muy raro, señor: es un joven bastante vivo por lo general; pero puede que el bibliotecario le haya mandado a algún recado; aunque de todos modos podía haberle dicho que estaba usted esperando. Le llamaré por el tubo a ver -y le llamó por el tubo.

Mientras escuchaba la respuesta, le iba cambiando la expresión; hizo una o dos preguntas complementarias que fueron contestadas brevemente. Después se acercó al mostrador y dijo en tono bajo:

-Siento decirle que ha habido un pequeño contratiempo. Por lo visto al señor Garrett le ha ocurrido algo, y el bibliotecario lo ha mandado a su casa en un coche por la otra salida. Ha sido víctima de un ataque, por lo que me han dicho.

-¡Cómo! ¿Quiere decir que le han herido?
-No, señor; nada de violencia, por lo que he entendido. Le ha dado un ataque, podríamos decir, de enfermedad. No es de constitución fuerte el señor Garrett. En cuanto a su libro, señor, quizá pueda buscarlo usted mismo. Sería una contrariedad que por este percance se quedara sin él otra vez.
-Sí... bueno; siento mucho que el señor Garrett se haya enfermado. Creo que es mejor que me olvide del libro de momento y vaya a verle. Supongo que puede darme su dirección -el empleado se la dio; al parecer el señor Garrett vivía no lejos del trabajo-. Y otra pregunta: ¿observó ayer si un señor anciano, clérigo quizá, con una... sí, con una capa negra, abandonó la biblioteca después que yo? Creo que puede ser un... o sea, creo que puede estar viviendo... o mejor dicho, puede que le conozca.
-¿Con una capa negra? No, señor. Sólo quedaban dos señores cuando usted se fue; y los dos bastante jóvenes. Eran el señor Carter, que sacó un libro de música, y un profesor que se llevó un par de novelas. No vi a nadie más, después me fui a cenar, y muy contento de hacerlo. Gracias, señor, muchas gracias.

El señor Eldred, dominado por la ansiedad, paró un coche y se dirigió al domicilio de Garrett; pero el joven aún no estaba en condiciones de recibir visitas. Se encontraba mejor, pero su patrona opinaba que había sufrido una conmoción. Por lo que había dicho el médico, creía que podría verle mañana. El señor Eldred regresó a su hotel al anochecer y pasó la velada en un estado de ánimo bastante sombrío. Al día siguiente pudo ver al señor Garrett. Era un joven alegre y de aspecto agradable. Ahora en cambio era un ser pálido y tembloroso, derrumbado en una butaca junto a la chimenea, que se estremecía por nada y no paraba de mirar hacia la puerta. Pero si había visitas que no estaba dispuesto a recibir, el señor Eldred no era una de ellas.

-En realidad soy yo el que debe pedirle disculpas; y ya había perdido toda esperanza de poderlo hacer, porque no sabía sus señas. Pero me alegro de que haya venido. Siento mucho causarle todo este trastorno; aunque comprenderá que no podía prever este... este ataque que he sufrido.
-Pues claro; pero veamos, yo soy algo médico. Perdone que le haga unas preguntas; aunque por supuesto, le han atendido debidamente. ¿Es una caída lo que sufrió?
-No. Me caí al suelo, pero no desde ninguna altura. En realidad, fue una impresión.
-¿Quiere decir que le sobresaltó algo? ¿Fue algo que creyó ver?
-No fue cuestión de creer, me temo. Sí: fue algo que vi. ¿Recuerda la primera vez que acudió usted a la biblioteca?
-Sí, claro. Pero ahora, permítame rogarle que no trate de describirlo: no le hará ningún bien recordarlo, se lo aseguro.
-Pero sería un alivio para mí contárselo a alguien como usted: quizá usted me lo podría explicar. Fue justo cuando iba a entrar en la sección donde está su libro...
-De veras se lo ruego, señor Garrett; además, el reloj me indica que dispongo de muy poco tiempo para recoger mis cosas y tomar el tren. No, no insista; podría resultarle más penoso de lo que imagina. Pero hay una cosa que sí quiero que me diga. Me siento indirectamente responsable de su indisposición, y creo que debo costear los gastos que...

Pero este ofrecimiento fue rechazado de plano. El señor Eldred se marchó en seguida sin repetirlo, aunque no sin que el señor Garrett le pidiese antes que tomase nota de la signatura del Tratado Middoth, a fin de que, como dijo, pudiese ir a buscarlo él mismo. Pero el señor Eldred no volvió a aparecer por la biblioteca.

Ese día William Garrett tuvo otra visita en la persona de un joven compañero suyo de la biblioteca, un tal George Earle. Earle era uno de los que había encontrado a Garrett en el suelo, inconsciente, en la sección o cubículo (que se abría al corredor central de una espaciosa galería) donde se hallaban los libros de hebreo, y naturalmente había estado muy preocupado por su amigo. En cuanto concluyó el horario de trabajo se presentó en la pensión.

-Bueno -dijo después de hablar de otras cosas-, no sé qué te pasó, pero me da la impresión de que hay algo insano en la biblioteca. Justo antes de que te encontráramos iba con Davis por la galería, y le dije: ¿Habías notado antes el olor a moho que hay aquí? No puede ser saludable. Porque si uno pasa mucho tiempo expuesto a olores de esa clase (te aseguro que era lo más repugnante), seguro que le penetra en el organismo y le acaba afectando de alguna manera, ¿no crees?

Garrett negó con la cabeza.

-Todo eso me parece muy bien; pero ese olor no está desde siempre, aunque lo llevo notando hace un día o dos: es una especie de olor a polvo, pero no es eso lo que me afectó. Fue algo que vi. Y te lo quiero contar: entré en la Sección de Hebreo a coger un libro para un señor que había preguntado por él. Ahora bien, el día antes había tenido un despiste con ese mismo libro: había ido por él para servírselo al mismo señor, y estoy seguro de que vi a un cura viejo con capa que lo acababa de tomar. Le dije al señor que lo tenían ocupado y se marchó diciendo que volvería. Subí otra vez a ver si el cura podía prescindir de él, pero ya no había ningún cura y el libro estaba en su sitio. Bueno, pues ayer, como digo, volví a ir. Imagínate: eran las diez de la mañana, la hora en que hay más luz en esas secciones; y allí estaba otra vez el cura, de espaldas a mí, mirando los libros de la estantería a la que iba yo.

-Había dejado el sombrero en la mesa, y vi que era calvo. Me detuve un segundo o dos a observarle. Te aseguro que tenía la calva más repugnante que he visto. Parecía reseca, cubierta de polvo, y las hebras que la recorrían parecían más telarañas que cabellos. Bueno, hice ruido a propósito, tosí y di unos pasos. Entonces se volvió y pude verle la cara. Una cara que yo no había visto nunca. Te lo repito: no estoy equivocado. Aunque por alguna razón no se la pude ver entera, le vi la parte de arriba; y la tenía completamente seca, con los ojos muy hundidos; y sobre los ojos, desde las cejas a los pómulos, tenía telarañas... unas telarañas espesas. Eso me dejó fuera de combate como suele decirse; y no sé más.

No vale la pena que nos detengamos en las explicaciones que se le ocurrieron a Earle de este fenómeno; el hecho es que no convencieron a Garrett de que no había visto lo que había visto. El bibliotecario insistió a Wiliam Garrett que se tomase una semana de descanso y cambiara de aires antes de reintegrarse al trabajo. Pocos días después se hallaba en la estación, y buscando un compartimiento de fumadores en el que hacer el viaje a Burnstow-on-Sea, pueblo que no había visitado nunca. Al parecer sólo había un único compartimiento así. Pero al acercarse vio delante de la puerta una figura tan parecida a la relacionada con su reciente experiencia que, con una aprensión insuperable, y casi sin saber lo que hacía, abrió impulsivamente la puerta del compartimiento que tenía al lado y se metió en él como si el diablo le pisara los talones.

El tren se puso en marcha. Garrett debió de desmayarse; porque lo primero de lo que tuvo conciencia a continuación fue de un frasco de sales que le ponían debajo de la nariz. Su médico era una señora mayor de aspecto agradable que, con su hija, era la única pasajera que había en el vagón. Si no llega a ser por este incidente, no es probable que hubiera trabado conversación con sus compañeras de viaje. En cambio así, los agradecimientos y las preguntas y la conversación general surgieron de manera inevitable; y antes de terminar el viaje Garrett se encontró provisto no sólo de médico, sino también de patrona; porque la señora Simpson alquilaba habitaciones en Burnstow, lo que pareció providencial en todos los respectos. El pueblo estaba vacío en esta época del año, de manera que Garrett no tuvo más remedio que incorporarse a la sociedad de la madre y la hija. En ellas encontró una compañía agradable. A la tercera noche de su estancia, su trato con ellas era ya tal que le invitaron a pasar la velada en el cuarto de estar privado de ambas.

En sus charlas salió a relucir que Garrett trabajaba en una biblioteca.
-¡Ah, las bibliotecas son un lugar admirable! -dijo la señora Simpson; dejando la labor con un suspiro-; aunque los libros me han jugado una mala pasada; o mejor dicho me la ha jugado uno.
-A mí, señora Simpson, los libros me dan de comer, y lamentaría tener nada contra ellos; no me agrada la noticia de que le han causado un perjuicio.
-Tal vez el señor Garrett pueda ayudarnos a resolver nuestro enigma, madre -dijo la señorita Simpson.
-No quiero que el señor Garrett se meta en una búsqueda que podría durar una vida entera, cariño; ni molestarle con nuestros asuntos personales.
-Pero si piensa que hay alguna posibilidad de que pueda serle útil, señora Simpson, por remota que sea, le pido por favor que me cuente cuál es ese enigma. Si se trata de averiguar algo sobre un libro, estoy en bastante buena situación de poder hacerlo, como ve.
-Sí, me doy cuenta; pero lo peor es que no sé el título del libro.
-¿Tampoco de qué trata?
-Tampoco.
-Salvo que creemos que no está en inglés, madre. Aunque eso es como si nada.
-Está bien, señor Garrett -dijo la señora Simpson, que aún no había vuelto a su labor y miraba el fuego pensativa-, le voy a contar la historia. Me hará el favor de no contársela a nadie, ¿verdad? Gracias. Pues verá, es la siguiente: yo tenía un anciano tío, un tal doctor Rant. Puede que haya oído hablar de él. No porque fuera un hombre notable, sino porque eligió una extraña manera de que le enterraran.
-Me parece que he leído su nombre en alguna guía turística.
-Es posible -dijo la señorita Simpson-. Dejó instrucciones (¡era un hombre horrible!) para que le pusieran sentado a una mesa, con su ropa habitual, en una cámara de ladrillo que había mandado construir bajo tierra en un campo cercano a su casa. Naturalmente, los vecinos del lugar dicen que suele vérsele por allí con su vieja capa negra.
-Bueno, cariño, yo de eso no sé mucho -prosiguió la señora Simpson-; lo que sé es que murió hace veinte años o más. Era clérigo, aunque le aseguro que no imagino cómo lo consiguió; de todos modos no ejerció en la última etapa de su vida, lo que creo que estuvo bien, y vivió de sus propiedades, una hermosa finca que cae no lejos de aquí. No tenía mujer ni familia; sólo una sobrina, o sea yo, y un sobrino. Pero no nos tenía especial cariño a ninguno de los dos; ni a nadie. Si acaso quería más a mi primo que a mí, porque John se parecía mucho más a él en su mezquina manera de ser. Otra cosa hubiera sido si no me llego a casar; pero me casé, y no me lo perdonó. Pues bien: aquí le tenía usted con su tierra y un montón de dinero totalmente a su disposición; y se daba por supuesto que a su muerte le heredaríamos mi primo y yo a partes iguales. Un invierno, hará más de veinte años como he dicho, cayó enfermo, y me mandó llamar para que le cuidase. Por entonces aún vivía mi marido; pero el viejo no quiso ni oír hablar de que me acompañase. Al llegar vi a mi primo John que se marchaba en un cabriolé y, por lo que pude ver, de muy buen humor. Subí y atendí a mi tío en lo que era buenamente posible, pero en seguida comprendí que iba a ser su última enfermedad, y que él se daba cuenta también. El día antes de morir me tuvo todo el tiempo sentada junto a él, y noté que quería decirme algo, y que lo estaba dejando hasta donde le permitiesen sus fuerzas... me temo que para tenerme en vilo.

-Finalmente lo soltó: Escucha, Mary -dijo-: he hecho el testamento a favor de John; lo va a heredar todo-. Naturalmente, la noticia me cayó como un mazazo, porque nosotros, mi marido y yo, no éramos personas ricas. De haber vivido con un poco de desahogo, creo que mi marido habría vivido unos años más. Pero le dije poco a mi tío; nada, salvo que tenía derecho a hacer lo que quisiera: en parte porque no se me ocurría nada que decir, y en parte porque estaba segura de que aún había más; como así era.

-Pero, Mary -dijo-, no le tengo especial cariño a John, y he hecho otro testamento a tu favor. Tienes una posibilidad de quedarte con todo. Sólo necesitas dar con ese testamento, ¿entiendes?; porque yo no pienso decirte dónde está-. Y rió por lo bajo. Esperé, porque estaba segura de que no había terminado. -Buena chica -dijo al cabo de un rato-; un poco de calma, y te diré lo mismo que le he dicho a John. Pero deja que te recuerde que no puedes ir al juzgado con lo que te acabo de decir, porque no podrías presentar ninguna prueba para avalar tus palabras, y John es un hombre que puede poner las cosas difíciles, declarando bajo juramento si es menester. Así que eso queda claro. Bien, pues se me ha ocurrido no escribir el documento en cuestión de una manera convencional, sino hacerlo en un libro. En un libro impreso, Mary. Y hay varios miles de libros en esta casa. Pero escucha, no te molestes buscando en ellos porque no está en ninguno de los que hay aquí. Se encuentra guardado en otra parte: en un sitio al que John puede ir a buscarlo cualquier día si se entera, y tú no puedes. Es un testamento en toda regla: puntualmente firmado por mí y los testigos; pero no creo que encuentres fácilmente a los testigos.

Yo seguía sin decir nada: de haberme movido, habría sido para agarrar al viejo miserable y zarandearlo. Él se reía para sus adentros; y dijo finalmente:

-Bien, bien; te lo has tomado con mucha calma; y como quiero que empecéis los dos en igualdad de condiciones, y John tiene la pequeña ventaja de poder ir a donde está el libro, a ti te voy a dar dos pistas que no le he dicho a él. El testamento está en inglés, pero no te darás cuenta si alguna vez lo tiene delante. Ésa es una de las pistas; la otra es que cuando yo haya muerto encontrarás un sobre en mi escritorio dirigido a ti, y dentro algo que te ayudará a encontrarlo si tienes cabeza.

-Unas horas después había expirado; y aunque quise hacer entrar en razón a John Eldred sobre el particular...
-¿John Eldred? Perdone, señora Simpson, creo que he conocido a un tal John Eldred. ¿Qué aspecto tiene?
-Hace lo menos diez años que no le he visto: ahora será un hombre mayor; delgado y, a no ser que se las haya quitado.
-Sí, ése es.
-Dónde le ha conocido, señor Garrett?
-No recuerdo bien -dijo Garrett con mendacidad-; en algún lugar público. Pero no ha terminado usted.
-En realidad no queda mucho que añadir; sólo que John Eldred, como es natural, no hizo ningún caso de las cartas que le mandé y ha disfrutado de la propiedad desde entonces, mientras que mi hija y yo hemos tenido que alquilar habitaciones, cosa que, debo decir, no ha resultado ni mucho menos tan desagradable como yo temía al principio.
-Pero, ¿y el sobre?
-¡Es verdad! Bueno, pues ahí está el enigma. Enséñale al señor Garrett el papel que hay en mi mesa.

Era una cartulina en la que no había más que cinco cifras sin puntos ni comas: 11334. El señor Garrett se quedó pensando, aunque tenía una lucecita en los ojos. De repente hizo una mueca y preguntó:

-¿Cree que el señor Eldred puede tener alguna pista más de las que tiene usted respecto al título del libro?
-A veces pienso que sí -dijo la señora Simpson-, y por un motivo: mi tío debió de hacer el testamento no mucho antes de morir, y se deshizo del libro a continuación. Pero todos sus libros estaban meticulosamente catalogados; y John posee ese catálogo; puso especial empeño en que no se vendiese ningún libro de la casa. Y me han dicho que está visitando constantemente las librerías y las bibliotecas, por lo que imagino que debe de haber averiguado qué libros de los registrados en el catálogo faltan de la biblioteca de mi tío, y sin duda anda buscándolos.
-Exacto, exacto -dijo el señor Garrett; y se quedó pensativo.

Al día siguiente recibió una carta que, como dijo a la señora Simpson con pesar, hacía absolutamente necesario dar por finalizada su estancia en Burnstow. Aunque sentía dejarlas (ellas lo sintieron igual), había empezado a pensar que muy posiblemente estaba a punto de acontecer algo trascendental para la señora (¿y para la señorita, debo añadir?) Simpson.

En el tren, Garrett iba nervioso. Se devanaba los sesos tratando de averiguar si la signatura del libro que el señor Eldred había estado buscando coincidía con los números de la cartulina de la señora Simpson. Pero, para su desaliento, se daba cuenta de que el desvanecimiento que había sufrido la semana anterior le había afectado de modo que no recordaba ni el título, ni la naturaleza del libro, ni la sección a la que había ido a buscarlo. Sin embargo, las demás regiones topográficas de la biblioteca y el trabajo las tenía tan claras y presentes como siempre.

Y una cosa más -dio una patada de enfado al pensarlo-: al principio había vacilado y después había olvidado preguntar a la señora Simpson dónde vivía Eldred. Aunque podía preguntárselo por carta. Al menos tenía una pista en las cifras. Si eran una signatura de su biblioteca, el número de combinaciones sería reducido. Podían distribuirse en 1.13.34, 11.33.4 o 11.3.34. Comprobar las tres posibilidades sería cuestión de minutos; y si faltaba alguno de esos tres libros, contaba con todos los medios para localizarlo. Se puso rápidamente en marcha, aunque antes tuvo que entretenerse unos momentos en explicar su regreso repentino a la patrona y después a sus compañeros. El 1.13.34 estaba en su sitio y no contenía escritos extraños de ningún género. Cuando se acercaba a la sección 11 de la misma galería le vino el recuerdo de su experiencia como un escalofrío. Pero debía seguir. Tras una rápida ojeada al 11.33.4 (el primero que le saltó a la vista: un libro completamente nuevo), paseó la mirada por la fila de los en cuarto que llena la sección 11.3: allí estaba el hueco que temía: faltaba el 34. Se detuvo un momento a comprobar que no estaba mal colocado, y bajó al vestíbulo.

-¿Se han llevado el 11.3.34? ¿Recuerda haber anotado ese número?
-¿Recordar el número, señor Garrett? ¿Por quién me toma? Tenga, hojeo usted mismo las papeletas, si es que tiene el día libre.
-Está bien, ¿ha vuelto a venir por aquí ese tal señor Eldred, el señor mayor que vino el día en que me desmayé? ¡Vamos! De él sí se acordará.
-¿Qué se ha creído? Pues claro que me acuerdo. No, no ha vuelto desde que usted se fue de vacaciones. Aunque me parece... Espere. Seguro que Roberto lo sabe. Roberts, ¿recuerda el apellido Heldred?
-Desde luego -dijo Roberts-. Es el que mandó un chelín de más parad franqueo del paquete; ojalá hicieran todos igual.
-¿Quiere decir que ha mandando libros al señor Eldred? ¡Hable! ¿Es eso?
-Vamos a ver, señor Garrett, si un lector manda el formulario con los datos correctos y el secretario da su aprobación, y adjunta la etiqueta preparada con las señas para el envío, y dinero suficiente para pagar el franqueo, ¿qué habría hecho usted, si me permite la libertad de hacerle la pregunta? ¿Se habría tomado la molestia de satisfacer esa solicitud, o la habría echado al cajón del mostrador y...?
-Ha obrado usted perfectamente, Hodgson. Pero ¿haría el favor de enseñarme el formulario que ha mandado el señor Eldred para ver su dirección?
-Por supuesto, siempre que después no vengan a llamarme la atención y a decirme que no sé mis obligaciones, estaré encantado de ayudarle en todo lo que esté en mi mano. Aquí tiene la papeleta: J. Eldred 11.3.34. Título de la obra: T-a-1- m... bueno, léalo usted mismo; no es una novela, me atrevería a decir. Y aquí está la nota del señor Eldred solicitando el libro en cuestión, que según veo dice que es un tratado.
-Gracias, gracias; pero ¿y la dirección? La nota no trae ninguna.
-Ah, bien; sí... Un momento, señor Garrett; aquí la tengo. La nota vena dentro de la caja, que traía las señas puestas para ahorrar molestias, y preparada para mandarla de vuelta con el libro dentro. Y si ha cometido algún error en todo este asunto, es el de haber olvidado registrar las señas en el cuaderno que llevo aquí. Aunque me atrevo a decir que había buenos motivos para no hacerlo. Pero vaya, no tengo tiempo, ni creo que usted tampoco, para andar buscándolas en este momento. Y... no, señor Garrett; las tengo en la memoria; si no, de qué serviría llevar este cuaderno, un cuaderno normal y corriente como ve, la mar de práctico para anotar nombres y direcciones cuando considero oportuno.
-Admirable precaución. En fin, gracias. ¿Y cuándo se envió el libro?
- Esta mañana a las diez y media.
-Ah, bien; y es la una en punto.

Garrett subió sumido en pensamientos. ¿Cómo podría conseguir la dirección? Poniendo un telegrama a la señora Simpson; pero perdería un tren mientras esperaba la respuesta. Sí; había otra salida. La señora Simpson le había dicho que Eldred vivía en la propiedad de su tío. Si era así, podría averiguar el lugar consultando el registro de donaciones a la biblioteca, cosa que podía hacer rápidamente, ahora que sabía el título del libro. No tardó en tener el registro ante sí; y sabedor de que hacía más de veinte años que el anciano había muerto, se saltó un buen espacio de tiempo, hasta 1870. Sólo había una anotación que podía ser: 14 de agosto de 1875.-Talmud. Tractatus Middoth cum comm. R. Nachmanide. Amstelod. 1707. Donado por J. Rant, Doc. en Teol., de Bretfield Manor.

Un nomenclátor le aclaró que Bretfield estaba a tres millas de un apeadero de la línea principal. Ahora sólo era cuestión de preguntar al empleado del mostrador si recordaba si el nombre del paquete era algo así como Bretfield. No, ni hablar. Era, ahora que me lo pregunta, Bredfield o Britfield; pero nada parecido al nombre que usted dice.

De momento todo iba bien. Ahora a ver: el horario de trenes. Podía coger uno que salía dentro veinte minutos e invertir dos horas en el viaje. Era la única posibilidad, y no debía desaprovecharla. Así que tomó ese tren. Si el viaje anterior lo había hecho en un estado de gran nerviosismo, en éste iba al borde del desquiciamiento. ¿Qué iba a decirle a Eldred si le encontraba? ¿Que se había descubierto que el libro era una rareza y venía a recogerlo? Una mentira demasiado evidente. ¿Que creían que contenía importantes anotaciones manuscritas? Como es natural, Eldred le enseñaría el libro, del que ya habría arrancado la hoja. Quizá encontrara indicios de la hoja arrancada; pero ¿quién podía rebatir lo que sin duda diría Eldred: que él también había observado y lamentado la mutilación? Total, que esta persecución tenía muy pocas perspectivas de éxito. La única posibilidad estaba en que el libro había salido de la biblioteca a las diez treinta, de modo que no podían haberlo enviado en el primer tren de la mañana, que salía alas diez y veinte. Admitido esto, entonces podía tener la suerte de llegar a la vez que él, e inventar algún cuento para hacer que Eldred se lo diera.

Caía ya la tarde cuando bajó al andén; y como la mayoría de las estaciones rurales, ésta estaba casi desierta. Esperó hasta que un pasajero o dos que habían bajado con él se hubieron ido, y entonces preguntó al jefe de estación si vivía cerca el señor Eldred.

-Sí, muy cerca. Creo que pasará por aquí a recoger un paquete que espera. Ya ha venido hoy una vez a ver si había llegado; ¿verdad, Bob?
-Sí, señor, así es. Y por lo visto pensaba que tenía yo la culpa de que no hubiera llegado en el de las dos. Bueno, pero ya lo tengo aquí -y el mozo agitó un paquete cuadrado, que una ojeada confirmó a Garrett que contenía lo único que le importaba en ese momento.
-¿Bretfield, señor? Sí, está a unas tres millas. Atajando por esos tres prados reduce el camino a media milla. Mire: ahí viene el coche del señor Eldred.

Se acercaba un coche con dos hombres, de los que Garrett, al cruzar el carruaje el pequeño rellano junto a la estación, reconoció fácilmente a uno. El hecho de que fuera Eldred el que conducía jugaba a su favor, porque lo más probable era que no abriese el paquete en presencia de su criado. Pero por otro lado, llegaría a casa rápidamente; y a menos que Garrett estuviera allí unos minutos antes, todo estaría perdido. Tenía que darse prisa, y se la dio. El atajo le llevó por un lado del triángulo, mientras que el vehículo tenía que recorrer dos; además, éste se entretuvo un poco en la estación, de manera que Garrett andaba por el tercer prado cuando oyó el traqueteo de las ruedas relativamente cerca. Había ido todo lo deprisa que podía, pero la celeridad a la que marchaba el carruaje le hizo desesperar. A ese paso llegaría a la casa diez minutos antes que él; y diez minutos eran más que suficientes para que el señor Eldred cumpliera su propósito.

En ese momento cambió la suerte de Garett. El atardecer era tranquilo, y le llegaban claramente los ruidos. Rara vez ha producido un alivio tan grande como el que ahora oyó: el del coche al detenerse. Sus ocupantes cambiaron unas palabras, y volvió a ponerse en movimiento. Garrett se detuvo, presa de indecible nerviosismo, y pudo verlo cruzar el paso de la cerca junto al cual estaba Garrett ahora, y que en él sólo iba el criado; a continuación descubrió que Eldred seguía a pie. Desde detrás del alto seto observó la figura tiesa y delgada con el paquete bajo brazo; iba registrándose los bolsillos. Justo al cruzar el paso del seto se le cayó algo del bolsillo que fue a parar a la hierba, haciendo tan poco ruido que Eldred no se dio cuenta. Un segundo después Garrett pudo cruzar el paso sin peligro, llegar al camino y recogerlo: era una caja de cerillas. Eldred seguía andando. Y sin detenerse, se puso a hacer con los brazos una serie de rápidos movimientos difíciles de interpretar debido a las sombras de los árboles que oscurecían el camino. Pero mientras le seguía precavidamente fue encontrando restos de objetos que los explicaban —un trozo de bramante, la envoltura del paquete—, que Eldred había pretendido arrojar por encima del seto, pero que se habían quedado prendidos en él.

Ahora Eldred caminaba más despacio. Era evidente que había abierto el libro y pasaba hojas. Se detuvo, no veía bien porque la luz era cada vez más débil. Garrett se metió por una abertura del seto, pero siguió observando Eldred, tras echar una ojeada a su alrededor, se sentó en un tronco que había junto al camino y se acercó el libro a los ojos. De repente lo dejó abierto: sobre sus rodillas y se palpó los bolsillos: claramente en vano, y claramente para gran enojo suyo. ¡Cómo te gustaría tener unas cerillas ahora!, pensó Garrett. Seguidamente cogió una hoja; y había empezado a arrancarla con cuidado, cuando ocurrieron dos cosas. Primero cayó algo negro sobre la hoja blanca y se escurrió por ella. La otra fue que al sobresaltarse Eldred y volverse a mirar hacia atrás pareció surgir de la sombra de detrás del tronco una forma pequeña y oscura, y de ella dos brazos rodeando una masa negra que se abatió sobre Eldred y le cubrió la cabeza y el cuello. Eldred comenzó a agitar desesperadamente los brazos y las piernas, aunque sin proferir un solo grito. Un momento después cesaron sus sacudidas. Estaba solo, caído de espaldas en la hierba, detrás del tronco. El libro había ido a parar al camino.

Garrett, disipados de momento su enojo y su recelo al ver el espantoso forcejeo, acudió corriendo al tiempo que gritaba -¡Socorro!-; y para inmenso alivio suyo, lo mismo hizo un campesino que acababa de surgir del prado de enfrente. Se inclinaron los dos e incorporaron a Eldred, aunque en vano. Comprobaron que estaba muerto.
-¡Pobre señor! -dijo Garrett al campesino una vez que lo depositaron en el suelo ¿Qué cree que puede haberle ocurrido?
-No estaba ni a doscientas yardas -dijo el hombre-, cuando he visto al señor Eldred sentarse a leer el libro. Para mí que le ha dado un ataque de esos... me ha parecido que se le ponía la cara toda negra.
-Exactamente -dijo Garrett-. ¿Ha visto a alguien junto a él? ¿No habrá sido una agresión?
-No es posible; nadie podría haber echado a correr sin que le viéramos usted y yo.
-Eso creo. Bueno, tenemos que pedir ayuda, y avisar al médico y a la policía; y quizá sea mejor que les entregue este libro.

Era evidente que el caso daría lugar a una investigación, y era evidente también que Garrett tendría que quedarse en Bretfield para prestar declaración. El examen médico reveló que, aunque se había encontrado un polvo negro en la cara y la boca del cadáver, la causa de la muerte había sido una emoción demasiado fuerte para su corazón débil y no la asfixia. Salió a relucir el libro fatídico, un venerable volumen en cuarto impreso totalmente en hebreo, cuyo aspecto no es probable que atrajese siquiera al espíritu más sensible.

-¿Dice usted, señor Garrett, que le pareció que un momento antes del ataque el fallecido intentaba arrancar una hoja de este libro?
-Sí; creo que una guarda.
-Hay una guarda parcialmente arrancada. Tiene algo escrito en hebreo. ¿Quiere examinarlo, por favor?
-Hay tres nombres en inglés también, señor, y una fecha. Pero siento decir que no sé hebreo.
-Gracias. Los nombres tienen aspecto de ser firmas. Son John Rant, Walter Gibson y James Frost, y la fecha es 20 de julio de 1875. ¿Conoce alguien de aquí alguno de estos nombres?

El rector, que estaba presente, se ofreció a declarar; y explicó que el tío del fallecido, del que era heredero, se llamaba Rant. Al facilitársele el libro, meneó la cabeza con escepticismo.

-Esto no se parece al hebreo que yo he aprendido.
-Pero ¿seguro que es hebreo?
-¿Eh? Sí... supongo... No, señor; tiene mucha razón; es decir, su pregunta ha dado en el clavo. Naturalmente... no es hebreo en absoluto. Es inglés, y es un testamento.

No tardaron muchos minutos en poner en claro que, efectivamente, se trataba de un testamento del doctor John Rant, por el que legaba todas las propiedades que había retenido John Eldred a la señora Mary Simpson. Como es evidente, la aparición de semejante documento justificaba de sobra la agitación del señor Eldred. En cuanto a la hoja medio arrancada, el juez de instrucción señaló que no conducía a ninguna parte meterse en especulaciones cuya exactitud jamás podría establecerse. Como es natural, el juez de instrucción se hizo cargo del Tratado Middoth para posteriores investigaciones, y el señor Garrett le explicó en privado su historia, y los sucesos tal como él los había conocido o deducido.

Al día siguiente emprendió el retorno a su trabajo, y de camino a la estación pasó por el escenario de la tragedia del señor Eldred. Casi no habría podido irse sin echar otra mirada, aunque el recordar lo que había visto allí le produjo un estremecimiento, incluso en esta espléndida mañana. No sin cierta aprensión, dio la vuelta alrededor del tronco caído. Detrás había aún algo oscuro, que le hizo echarse atrás con un sobresalto; pero no se movía. Lo miró más de cerca, y vio que era una masa espesa de negras telarañas. Al removerlas con el bastón, salieron despavoridas varias arañas enormes y se n ron entre la hierba.

No es difícil imaginar cuáles han sido los pasos por los que William G; ha llegado de auxiliar de una gran biblioteca a su actual posición de dueño de la mansión de Bretfield, hoy ocupada por su suegra la señora Simpson".


M.R. James

viernes, 1 de mayo de 2015

"El Relato de la Familia de Guzmán"

" »Parte de lo que vaya leeros –dijo el desconocido–, lo he presenciado yo. El resto se asienta sobre una base todo lo firme que la evidencia humana puede establecer:

»En la ciudad de Sevilla, donde viví muchos años, conocí a un rico mercader de muy avanzada edad que era conocido por el nombre de Guzmán el rico. Era de oscuro nacimiento, y quienes rendían homenaje a su riqueza lo bastante como para pedirle prestado con frecuencia, no honraban jamás su nombre haciéndolo preceder del prefijo don, ni añadiendo su apellido, que, como es natural, ignoraba la mayoría; y entre ellos, se decía, el propio mercader. Era muy respetado, sin embargo; y cuando veían salir a Guzmán, con la misma regularidad que el toque de vísperas, de la estrecha puerta de su casa, cerrarla con cuidado, inspeccionarla dos o tres veces con ojos ansiosos, enterrar la llave en su pecho, y dirigirse lentamente a la iglesia, tentándose la llave por encima de la ropa durante todo el trayecto, las más orgullosas cabezas de Sevilla se descubrían a su paso, y los niños que jugaban en la calle suspendían sus diversiones hasta que hubiese pasado él.

»Guzmán no tenía esposa ni hijos... ni parientes ni amigos. Toda su servidumbre estaba constituida por una vieja criada que le atendía, y sus gastos personales se calculaban al nivel de la más estrecha frugalidad; era, pues, tema de ansiosa conjetura para muchos cuál sería el destino de su enorme fortuna cuando muriese. Esta ansiedad dio lugar a indagaciones sobre la posibilidad de que Guzmán tuviera parientes, aunque remotos y oscuros; y la diligencia en la investigación, cuando se ve estimulada a la vez por la avaricia y la curiosidad, es insaciable. Así que se descubrió finalmente que Guzmán había tenido en tiempos una hermana, mucho más joven que él, la cual, a edad muy temprana, se había casado con un músico alemán protestante, marchándose de España poco después. Se recordaba, o se rumoreaba, que ella había hecho grandes esfuerzos por ablandar el corazón y abrir la mano de su hermano, que ya entonces era muy rico, y convencerle para que se reconciliase con su unión, permitiendo así que ella y su marido permanecieran en España. Guzmán fue inflexible. Opulento, y orgulloso de su opulencia, habría sido capaz de digerir el poco sustancioso bocado de su unión con un pobre, a quien él podía haber hecho rico; pero se negó a tragar siquiera la noticia de que su hermana se había casado con un protestante. Inés – pues tal era el nombre de la hermana– y su marido se fueron a Alemania, confiando en parte en las habilidades musicales de él, que eran altamente apreciadas en ese.país, en parte en las vagas esperanzas de los emigrantes, de que con el cambio de lugar vendría el cambio de circunstancias... y en parte, también, pensando que la desventura se sobrelleva en cualquier lugar menos en presencia de quien la inflige. Tal fue la historia contada por un viejo que afirmaba recordar los hechos, y creída por un joven cuya imaginación suplía todos los defectos de la memoria, representándosela, de una belleza subyugan te, con sus hijos cogidos a su alrededor, embarcando con un marido hereje hacia un país lejano y despidiéndose con tristeza de la tierra y la religión de sus padres.

»Ahora, mientras se hablaba de estas cosas en Sevilla, Guzmán cayó enfermo y fue deshauciado por los físicos, a los que consintió en llamar de muy mala gana.

»En el proceso de su enfermedad, tanto si la naturaleza visitó de nuevo a un corazón al cual parecía haber abandonado hacía tanto tiempo, o si concibió él que la mano de un pariente podía ser más grato apoyo para su cabeza moribunda que la de una criada rapaz y servil, o si el fuego de sus pasiones se debilitó ante la esperada proximidad de la muerte como palidece la llama artificial de la vela cuando surge la mañana, así pensó Guzmán, enfermo, en su hermana y su familia, y expidió –lo que le supuso un gasto considerable– un mensajero a la región de Alemania donde ella residía para invitarla a que regresase y se reconciliase con él; y rezó devotamente por que se le permitiese vivir hasta poder expirar en los brazos de ella y de sus hijos. Además, corría un rumor en ese tiempo al que los oídos prestaban más interés que a cualquier otra cosa referente a la vida o la muerte de Guzmán, y era que había anulado su primer testamento y había mandado llamar a un notario, con el que, pese a su evidente debilidad, estuvo encerrado varias horas, dictando en un tono que, aunque claro para el notario, no sonaba distintamente a los oídos que, tensos hasta extremos angustiosos, estaban pegados a la puerta doblemente cerrada de su cámara.

»Todos los amigos habían intentado disuadir a Guzmán de hacer este esfuerzo, el cual, aseguraron, sólo contribuiría a precipitar su desenlace. Pero para sorpresa y sin duda alegría de todos ellos, desde el momento en que hubo hecho su testamento, la salud de Guzmán comenzó a mejorar, y en menos de una semana empezó a pasear por su cámara, a calcular cuánto tiempo tardaría en llegar un mensajero a Alemania, y cuánto tendría que esperar para recibir noticias de su familia.

»Transcurrieron algunos meses, y los sacerdotes aprovecharon este intervalo para presionar a Guzmán. Pero tras realizar todos los esfuerzos de ingeniosidad, y de acosarle intensa aunque infructuosamente por el lado de la conciencia, del deber y de la religión, empezaron a comprender su interés, y cambiaron de táctica. Pero al ver que el decidido objetivo del alma de Guzmán no cambiaba, y que estaba dispuesto a llamar a su hermana y a su familia a España, se contentaron con pedirle que no se comunicase con la herética familia, salvo a través de ellos, y que no viese a su hermana ni a sus hijos, a menos que estuviesen ellos presentes en la entrevista.

»Guzmán accedió fácilmente a esta condición, ya que no sentía clara inclinación a ver a su hermana, cuya presencia podía despertarle sentimientos apagados y deberes olvidados. Además, era hombre de hábitos arraigados; y la presencia del ser más interesante de la tierra, que amenazase la más leve alteración o suspensión de esos hábitos, podría haberle resultado insoportable.

»Así nos endurecen a todos la vejez y los hábitos, y nos damos cuenta al final de que los lazos más queridos de la naturaleza o de la pasión pueden sacrificarse a esas pequeñas indulgencias que la presencia o influencia de un extraño puede alterar. De este modo, Guzmán oscilaba entre su conciencia y sus sentimientos. Y decidió, pese a todos los sacerdotes de Sevilla, invitar a su hermana y su familia a venir a España, y dejarles toda su inmensa fortuna (y a este efecto escribió y escribió repetida y explícitamente). Pero, por otra parte, prometió y juró a sus consejeros espirituales que jamás vería a uno solo de los miembros de la familia, y que, aunque su hermana heredase su fortuna, ella nunca, nunca vería su rostro. Quedaron satisfechos los sacerdotes, o aparentaron quedar, con esta declaración. y Guzmán, habiéndoselos propiciado con generosos ofrecimientos de capillas a diversos santos, a cada uno de los cuales se atribuyó su recuperación en exclusividad, se sentó a calcular el probable gasto que le supondría el regreso de su hermana a España, y la necesidad de proveer para su familia, a la que, por así decir, desarraigaba de su lecho natal, y por lo cual se sentía obligado, con toda honradez, a hacerles prosperar en el suelo al que los trasplantaba. »Ese mismo año regresaron a España su hermana, su marido y sus cuatro hijos. Ella se llamaba Inés y su marido Walberg. Éste era un hombre trabajador, y un músico excelente. Su talento le había facilitado la plaza de maestro de capilla del duque de Sajonia; y sus hijos se educaban (de acuerdo con sus medios) para ocupar su puesto cuando él lo dejase vacante por fallecimiento o accidente, o para entrar como maestros de música en las cortes de los príncipes alemanes. Él y su esposa habían vivido en la mayor frugalidad, y esperaban aumentar para sus hijos, con el ejercicio de sus aptitudes, los medios de esa subsistencia que diariamente luchaban por proveer.

»El hijo mayor, que se llamaba Everhard, había heredado el talento musical de su padre. Las hijas, Julia e Inés, habían estudiado música también, y eran muy hábiles en el bordado. El más pequeño, Mauricio, era alternativamente la delicia y el tormento de la familia.

»Durante bastantes años habían luchado con dificultades demasiado insignificantes para entrar en ellas, aunque demasiado rigurosas para no ser dolorosamente sentidas por aquellos cuyo destino es enfrentarse con ellas a diario y a todas horas... Hasta que la súbita noticia, traída por un mensajero de España, de que su acaudalado pariente Guzmán les invitaba a regresar, y les declaraba herederos de toda su inmensa riqueza, les llegó como llega la primera claridad de ese verano que dura medio año al escuálido y encogido habitante de las chozas de Laponia. Olvidaron toda preocupación, aplazaron toda inquietud, pagaron todas sus pequeñas deudas e hicieron los preparativos para partir inmediatamente para España.

»Y llegaron a España, y siguieron hasta la ciudad de Sevilla, donde, a su llegada, salió a recibirles un grave eclesiástico que les puso al corriente de la decisión de Guzmán de no ver jamás a su hermana ni a su familia, pues le ofendían, aunque confirmándoles al mismo tiempo su intención de mantenerles y proporcionarles todas las comodidades, hasta que la muerte les hiciese entrar en posesión de su fortuna. La familia se sintió algo turbada ante tal notificación, y la madre lloró al saber que le impedían ver a su hermano, por quien sentía aún el afecto del recuerdo. Entretanto el sacerdote, tratando de suavizar lo ingrato de su misión, dejó entender que en caso de que cambiasen sus heréticas convicciones era muy probable que se abriese un canal de comunicación entre ellos y su pariente. El silencio con que fue recibida esta alusión resultó más elocuente que un discurso entero, y el sacerdote se marchó.

»Ésta fue la primera nube que empañó su expectativa de felicidad desde que el mensajero llegara a Alemania, y siguieron lúgubremente a su sombra durante el resto de la tarde. Walberg, con la confianza de la esperada fortuna, no sólo había persuadido a sus hijos de que se viniesen a España, sino que había escrito a sus padres, que eran muy ancianos y míseramente pobres, para que viniesen a Sevilla a reunirse con ellos; y con la venta de la casa y el mobiliario, había podido mandarles el dinero del elevado coste de tan largo viaje. Ahora les esperaban de un momento a otro, y los niños, que tenían un débil pero agradecido recuerdo de la  bendición  que  recibieron  en  sus  pequeñas  cabezas  de  aquellos  labios temblorosos y aquellas manos secas, esperaban con alegría la llegada de la anciana pareja. Inés había dicho muchas veces a su marido:

»–¿No habría sido mejor dejar a tus padres en Alemania y enviarles el dinero de su mantenimiento, en vez de someterlos al cansancio de un viaje tan largo a esa edad tan avanzada?

»A lo que él había contestado siempre:

»–Prefiero que mueran bajo mi techo a que vivan bajo el techo de extraños.

»Esa noche empezó él, quizá, a comprender la prudencia de su mujer; ella le miraba, y con delicada discreción, precisamente por ese motivo, evitaba recordárselo. »El tiempo era oscuro y desapacible; no parecía una noche de España. Su frío pareció comunicarse a la familia. Inés, sentada, trabajaba en silencio; los hijos, reunidos delante de la ventana, intercambiaban en susurros sus esperanzas y conjeturas sobre la llegada de los ancianos viajeros, y Walberg, que se paseaba inquieto por la habitación, suspiraba de cuando en cuando al oírles.

»El día siguiente amaneció soleado y sin nubes. El sacerdote vino a visitarles otra vez, y, tras lamentar que la decisión de Guzmán fuese inflexible, les informó que se le había ordenado pagarles una asignación anual para su mantenimiento, que él calificó, y así les pareció a ellos, de enorme, y destinar otra a la educación de los hijos, que parecía estar calculada a la escala de una generosidad principesca. Puso  en  manos  de  ellos  los  documentos  convenientemente  redactados  y testificados a este propósito, y luego se retiró, después de reiterar la seguridad de que serían los indudables herederos de la fortuna de Guzmán a su muerte, y que, como este período transcurriría en la abundancia, no tenían por qué inquietarse. Apenas se hubo marchado el sacerdote, llegaron los ancianos padres de Walberg, débiles de alegría y de cansancio, pero no agotados, y toda la familia se sentó ante una comida que les pareció un lujo, con esa placentera expectación de futura felicidad que a menudo es más exquisita que su efectiva fornición.

»–Yo les vi –dijo el desconocido, interrumpiéndose–; les vi la tarde de ese día en que se reunieron todos, y un pintor que quisiese plasmar la imagen de la felicidad doméstica en un grupo de figuras vivas, no habría necesitado ir más allá de la mansión de Walberg. Él y su esposa estaban sentados a la cabecera de la mesa, sonriendo a los hijos, y viendo cómo éstos les devolvían la sonrisa, sin ninguna preocupación ni pequeña dificultad que les atormentase en el momento presente, o turbio presagio de desdicha futura; sin un temor por el mañana, ni un doloroso recuerdo del pasado. Sus hijos constituían, efectivamente, un grupo en el que el ojo del pintor o del padre, la mirada del gusto o del afecto, podían haberse demorado con igual complacencia. Everhard, el mayor, que a la sazón tenía dieciséis años, poseía una belleza excepcional para su sexo, una constitución delicada y radiante y una modulación tierna y trémula en la voz que inspiraban ese interés con el que miramos a la juventud, por encima de la lucha de la debilidad presente con la promesa de la fuerza futura, e infundía en el corazón de los padres esa amorosa ansiedad con que observamos el progreso de una agradable  pero  nublada  mañana  de  primavera,  gozaba  en  los  suaves  y perfumados esplendores de su amanecer, pero temiendo que las nubes los cubran antes del mediodía. Las hijas, Inés y Julia, tenían todo el encanto de su clima más frío: los exuberantes rizos de sus dorados cabellos, los grandes, azules y brillantes ojos, la nívea blancura del pecho, los brazos delgados, la piel sonrosada, y la tersa suavidad de sus mejillas, las hacían parecer, cuando atendían a sus padres con graciosa y cariñosa solicitud, dos jóvenes Hebes sirviendo bebida, a cuyo mero contacto se convertía en néctar.

»El espíritu de estos jóvenes se había sentido abatido muy pronto a causa de las dificultades que sus padres habían atravesado; y ya en la niñez habían adoptado el paso tímido, el habla baja, la mirada ansiosa e inquisitiva que la constante sensación de penuria doméstica enseña amargamente a los niños, y que es el más agudo dolor que un padre puede contemplar. Pero ahora no había nada que cohibiese sus jóvenes corazones: la sonrisa, esa desconocida, acudía a alegrar el hogar encantador de sus labios, y la timidez de sus primitivos hábitos se limitaba a prestar una graciosa sombra a la radiante exuberancia de la juvenil dicha. Frente a este cuadro justamente, cuyos matices eran tan brillantes, y cuyas sombras tan tiernas, se hallaban sentadas las figuras de los ancianos abuelos. El contraste era grande; no había relación ni gradación alguna: viéndoles, se pasaba de las primeras y más puras flores de la primavera a la seca y marchita aridez del invierno.

»Estas viejísimas personas, no obstante, tenían algo en sus semblantes que agradaba a la vista, y Teniers o Wouverman habrían apreciado sus figuras y su vestimenta mucho más que las de sus jóvenes y encantadores nietos. Estaban rígida y originalmente vestidos con sus prendas alemanas: el viejo con su jubón y su gorro, y la vieja con su gorguera, su peto y su cofia semejante a un casquete, con largas bandas colgantes, de la que se escapaban algunos cabellos blancos, muy largos, que le caían sobre sus arrugadas mejillas. Pero el semblante de ambos resplandecía de gozo como la fría sonrisa de una puesta de sol en un paisaje invernal. No oían con claridad las amables insistencias de sus hijos para que compartiesen más ampliamente la mesa más abundante que habían tenido nunca delante en sus frugales vidas, aunque asentían con la cabeza, con ese agradecimiento que es a la vez hiriente y grato a los corazones de los hijos afectuosos.

Sonreían también ante la belleza de Everhard, ante las travesuras de Mauricio, tan atolondrado en la hora de la aflicción como en la de la prosperidad; y en fin, sonreían por cuanto se decía, aunque no oían ni la mitad, y por cuanto veían, aunque podían gozar de muy poco..., y esa sonrisa de la vejez, esa plácida sumisión a los placeres de los jóvenes, mezclada a las evidentes expectativas de una felicidad más pura y perfecta, daba una expresión casi celestial a sus semblantes, que de otro modo habrían reflejado tan sólo el marchito aspecto de la debilidad y la consunción.

»Ocurrieron ciertos incidentes durante esta fiesta familiar bastante característicos de sus participantes. Walberg (que era persona muy sobria) insistió repetidamente a su padre para que bebiese más vino del que estaba acostumbrado; el viejo rehusó suavemente. El hijo insistió con más calor, y el anciano, deseando complacer a su hijo, no a sí mismo, accedió.

»Los niños, también, acariciaron a su abuela con ese turbulento afecto de su edad. La madre los reprendió.

»–No; déjales –dijo la amable anciana.

»– Te están molestando, madre –dijo la mujer de Walberg.

»–No podrán hacerlo por mucho tiempo –dijo la abuela con expresiva sonrisa.

»–Padre –dijo Walberg–, ¿no ves a Everhard muy crecido?

»–La última vez que lo vi –dijo el abuelo–, tuve que agacharme para darle un beso; ahora creo que tendrá que agacharse él para besarme a mí.

»A estas palabras, Everhard corrió como una flecha a los temblorosos brazos que estaban abiertos para acogerle, y sus rojos y tersos labios se apretaron contra la nevada barba de su abuelo.

»–Bésale, hijo mío –dijo el padre complacido–. Quiera Dios que tus besos no sean para labios menos puros.

»–¡Nunca lo serán, padre mío! –dijo el susceptible joven, ruborizándose ante sus propias emociones–. Nunca besaré otros labios que aquellos que me bendigan como los de mi abuelo.

»–¿Y deseas –dijo el anciano en broma– que la bendición salga siempre de labios tan ásperos y blanquecinos como los míos?

»Everhard, de pie detrás de la silla del anciano, se ruborizó ante esta pregunta; y Walberg, que había oído dar la hora en que acostumbraba siempre, en la prosperidad como en la adversidad, convocar a su familia a la oración, hizo una seña, que sus hijos entendieron muy bien, y que fue comunicada en susurros a los ancianos abuelos.

»–Gracias a Dios –dijo la abuela al niño que la avisó; y al tiempo que hablaba, se puso de rodillas. Sus nietos la ayudaron.

»–Gracias a Dios –repitió el anciano, doblando sus anquilosadas rodillas, y quitándose el gorro–; gracias a Dios, por "esta sombra de una gran roca en una tierra tan cansada" –y se arrodilló, mientras Walberg, después de leer un capítulo o dos de una Biblia alemana que tenía en sus manos, improvisó una plegaria, suplicando a Dios que llenase sus corazones de gratitud por las bendiciones temporales de que disfrutaban, y permitiese "que pasasen las cosas temporales, de manera que no pudiesen finalmente perder las eternas". Al concluir la oración, se levantó la familia, se saludaron unos a otros con ese afecto que no tiene su raíz en la tierra, y de cuyos brotes, aunque diminutos e incoloros a los ojos del hombre en este desdichado suelo, surgirá sin embargo el glorioso fruto del jardín de Dios. Fue una escena encantadora ver a los jóvenes ayudar a los mayores a levantarse de sus arrodilladas posturas, y más aún oírles el saludo de despedida que intercambiaron todos al retirarse. La mujer de Walberg atendió diligente las comodidades de los padres de su esposo, y Walberg se rindió a ella con esa orgullosa gratitud que siente más alegría en el beneficio que concedemos a quienes amamos, que en el que se nos otorga. Amaba a sus padres, pero estaba orgulloso del amor que su esposa sentía por ellos, porque eran los suyos. A los repetidos requerimientos de ella a los hijos para que ayudasen o atendiesen a los ancianos abuelos, contestó él:

»–No, queridos hijos; vuestra madre lo hará mejor; vuestra madre siempre lo hace mejor.

»Y mientras él hablaba, los hijos, de acuerdo con la costumbre hoy olvidada, se arrodillaron para pedirle su bendición. Su mano, trémula de afecto, se posó primero sobre los ensortijados rizos del adorable Everhard, cuya cabeza sobresalía orgullosamente por encima de sus hermanas y de Mauricio, quien, con la irreprensible y perdonable ligereza de su juguetona niñez, reía mientras estaba de rodillas.

»–¡Dios te bendiga! –dijo Walberg–, ¡Dios os bendiga a todos, y os haga tan buenos como vuestra madre, y tan felices como... como es vuestro padre esta noche! –y mientras hablaba, el feliz padre se volvió y lloró".


Charles Maturin