"Ni un cuarto vació". eso dijo tirand la puerta en mi cara. Este fue el
golpe final. Por haber pasado todo el día buscando trabajo; por haber
rogado por un trabajo que me diera el suficiente dinero para comprar un
poco de comida; acaso eso era malo. Pero enfermo del corazón, deprimido
de mi mente y mi cuerpo, cansado y fatigado por haber sido obligado a
ese orgullo, debí haber dejado el orgullo atrás , y haber pedido, sin
dinero, sin hogar, y sin la casa. El vagabundo que de verdad era,
solicitando en vano alojanmiento en una sala ocasional !Acaso era malo,
muy malo, ¿que malo podía ser?.
Miré fijamente, tontamente, en la
puerta el que justo habían golpeado en mi Cara. Yo apenas podría creer
que eso era posible. Yo apenas esperado para figurar como un vagabundo;
pero, suponiéndolo Concebible que podría hacerme un vagabundo, que
debería ser rechazado La admisión a aquella morada de toda la ignominia,
la sala del vagabundo, No han logrado una profundidad de miseria del
cual nunca hasta en pesadillas Yo había soñado. Como estaba de pie
maravillado con lo que debía hacer el hombre se sentó en curvado cerca a
mí en la sombra de la pared no vas permitir todavía hay.
¿Dijo estaba lleno?
Eso
era una mentira manejable- ellos siempre dicen que esta lleno. Ellos
quieren conservar el numero bajo. Estuve mirando por el rodillo del ojo a
este hombre. Su cara se veía preocupada, sus manos estaban dentro de
sus bolsillos, su ropa era vieja y su tono ronco. Te refieres a que dijo
que estaba lleno sin estarlo, que ellos no me dejaron en ese cuarto.
Eso es no es broma. Pero si hay estaba el cuarto no me dejarían entrar.
Claro que lo harían y créeme si fueras tu, yo lo dejaría créeme que lo
haría.
El se rompió en un partido de vóleibol. Pero que hago. Por
que dales otra alternativa déjales ver que tus no estas bromeando. Yo
dudo después actúan con su consejo por segunda vez yo toco la campana.
La puerta estaba abierta y quien anterior mente habría respondido a mis
llamados estaba con la puerta abierta el había estado hablado con los
guardias para defenderse no me había avisado.
Que aquí otra ves! Cual es tu juego?
Piensas
que no he echo nada mejor que esperar desde que tu me lo dijiste.
Quiero admitirlo. Después no lo vas a admitir. Quiero ver a alguien con
autoridad. Nunca has visto a alguien con autoridad. Quiero ver a alguien
superior a ti, quiero ver al máster. No lo veras. Él cerró la puerta
para, pero prepárate para poner las manos a la obra confió que tengo un
pie lo suficientemente adentro para prevenir que le disparen, continuo
dirigiendolo.
Estas seguro que esta lleno. Lleno dos horas antes.
¿Pero que voy ha hacer?. No se que vas ha hacer. ¿Que es lo mas cerca a
la casa de trabajo?. 'Kensington'.
Prontamente abrirán la puerta
como el me respondió poniendo fuera su brazo el confía en mi seguridad
antes yo debía recobrar la puerta que estaba serrada el hombre mal
vestido había continuado viendo la escena ahora el habla. Es un tipo
agradable ¿no? Es solo uno de los pobres- el tiene algún derecho de
actuar como uno de los oficiales. Yo ya le dijo que habían algunos
pobres con mas don de gente que los oficiales un largo vistazo ellos
piensas que ellos son los dueños de la casa, creen que los son, oh eso
es un mundo correcto, eso es. El se calmo. Yo dude, por algún tiempo
había estado suscrito a una lluvia en el aire. Ahora estaba comenzando a
caer en una llovizna. Esto solo necesita va un poco de mi ambiente, mi
compañero estaba mirándome con un poco de curiosidad.
No
conseguiste dinero. No lo necesario. Es esto muy difícil. Es la primera
ves que lo hago en una forma casual no se ve como si fuera conseguirlo
ahora, yo pensé que tu te veías un poco fresco que vas ha hacer. Que tan
lejos es Kensington.
Trabajar nosotros, más o menos tres millas pero si fuera tu yo trataría hasta St Georges.
¿Dónde es eso?
En
la calle fulham. Kensington's es solo un pequeño lugar ellos estarán
bien allá, y eso siempre esta lleno y con las puertas abiertas, ¿algunas
ves has ido a St Georges? El estaba cayado. Yo tome sus palabras en mi
mente sintiendo un pequeño descanso para tratar en otro lado. En ese
monto el empezó de nuevo. E viajado desde esta indicación- yo he
vagabundeado todo el dia -, y todo el camino como camina, yo he
registrado minuciosamente a los Ammersmith, yo dijo, - y ahora yo tengo
un nuevo abrigo desde esto, esto ha sido un buen país, eso es ,- yo
siempre deseo- el alma en el que barre dentro – el mar, yo lo creo! Pero
no voy a ir lejos- yo he dormido en Ammersmith o yo sabré la razón
porque. Como vas a manejar eso, ¿tienes algún dinero? Que si tengo algún
dinero, por dios – yo veo que piensas que lo tenia – yo sueno como si
pensara que lo tuviera pero no lo tengo ahora lo conseguiré en estos
seis meses.
Como vas ha hacer para conseguir una cama entonces?
O
lo voy hacer pero ¿Por qué en este sentido?. El levanto dos piedras una
en cada mano, la de su izquierda la tiro al vidrio que estaba detrás de
la puerta de la guardia, el estrelle al tirarla la lámpara en medio,
así es como voy a conseguir una cama. La puerta estaba abierta y la
llovizna había reaparecido, el disparo como si se perdiera por nosotros
en la oscuridad. Quien hizo eso. - y si tu quieres tu puede hacerlo de
nuevo eso depende si tu vista es buena. Antes de que alguien pudiera
interferir el había arrojado la piedra de su mano derecha en otra
dirección. Yo sentí que era tiempo de irme. El estaba ganándose una
noche de arrastro del resto que no estaba dispuesto a pagar. Cuando me
fui dos o tres personas aparecieron en la escena y el hombre mal vestido
estaba en desacuerdo con la franqueza que en este sentido había dejado
un poco de deseo. Yo seguí desinformado. Pero no se había ido lejos
antes de que yo decidiera que yo debía haber dejado mi fortuna en el
desdichado lugar, y un accidente con la ventana. Además mas que eso mi
pie se doblo como todo pero no iba a volver ha hacer esto.
Aun
mas miserable la noche fuera de la puerta de la excursión podía
duramente estar buscando, la lluvia era como un tropiezo y no era lo
único que se veía en el cielo pero estaba mirando para ver esto en una
pequeña distancia desde cualquier dirección, el vecindario esta mal
iluminado, yo era extraño, yo había venido por Hammersmith como ultimo
recurso, esto se veía para mi como si hubiera encontrado alguna
ocupación que permitiera que mi cuerpo y mi alma estuvieran juntas en
cualquier parte de Londres, y que ahora únicamente estaba dejando a
Hammersmith incluso en la casa de trabajo no me iba a dejar.
Retratando
desde el inhospitable portal de la guardia yo había estado tomando en
primera vuelta a la izquierda – y por el momento había estado feliz de
hacerlo. En la oscuridad y con la lluvia, el lugar donde había estado
apareciendo infinitamente. Yo me veía como dejando la civilización
detrás mío. El camino no estaba pavimentado, la carretera como si nunca
hubiera sido echa apropiadamente. Las casas eran más o menos alejadas.
Todo lo que yo encontré con la imperfección de la luz me hizo sentir
solo.
Yo supuse que eran entre las 11 y media noche, no me había
rendido por no haber conseguido trabajo y las tiendas estaban cerradas y
en Hammersmith esa noche en algún momento no habían cerrado temprano
después yo encontré un lugar desalojado esto era solo por el miedo que
yo había adquirido de gastar la noche al aire libre son comida, cuando
la amaneció yo debía haber estar cansado. Preparado para nada eso yo lo
veía en la noche con la libertad. Esto era realmente feo para quien me
llevaba frente a la puerta de la casa de trabajo, era miércoles. Desde
el domingo en la noche nada previsible había pasado mis labios pedían
agua de las fuentes publicas – con la excepción de un pesado de pan que
un hombre me había dado a quien yo encontré en la raíz de un árbol en el
parque de Holanda. Tres días yo había estado andando prácticamente todo
el tiempo en mis pies parecía que yo iba hambriento hasta la mañana que
iba colapsar había llegado el final todavía en ese extraño e
inhabitable lugar donde no podía conseguir comida a esa hora de la noche
¿y como?.
No sabía que tan lejos iba a ir. Con cada yarda que
caminaba mis pies se cansaban más estaba moribundo dentro y fuera no
tenia y ni la fortaleza ni el coraje. Y todo era tenebroso yo pensaba
que debía haber mas ruido, tenia cerca unas cosas. Si solo la muerte
hubiera venido a mi rápido y doloroso que tan cierto era, amigo. Yo debí
haber pensado en eso, era la agonía de morir pulgada por pulgada lo
cual era muy duro. Eso era algunos minutos antes de poder recogerme lo
suficiente para con un dibujo desde uno de los soportes y empezar a
refrescarme. Yo empecé a andar por la carretera. Desde la parte trasera
del estado, por unos segundos yo recordé donde estaba, un poco dispuesto
a dejar las cosas así, acepto que fue bueno que dios me mandara y me
pusiera esa noche justo hay, una larga noche, cada minuto paso como una
eternidad. El cielo sabia que yo me veía a solo diez millas cuando venia
hacia a mi la guía yo la tome era el comienzo de la agonía del hambre,
pero yo estaba en contra de esto, justo hay alado del camino. Sin eso yo
debí haber caído. El ataque apareció a las ultimas horas, supuse que
eran solo segundos, pero cuando volví a mi mismo parecía que todo
hubiera sido un sueño, un sueño con extremo dolor, exclame duramente.
Por
un pedazo de pan yo no iba a hacer esto. Me mire un poco desaseado,
como yo había echo esto desde la primera vez entonces fui consiente que
cerca a mi estaba la casa, no era un larga era un de esas llamadas
villas que en primavera atraía las multitudes de Londres, y que era
rentada por 25 a 40 euros al año. En la lejanía podía ver, con el
imperfecto de la luz que no habían otra construcción, a 20 o 30 yardas
desde el lugar, habían 3 ventanas en una tienda de lata, al lado de esto
había un cuadro muy cerca, el hall de la puerta estaba a mi derecha. La
casa era tan cerca a la carretera pública que sobre la pared yo podía
haber tocado una de las ventanas en el piso mas bajo. Habían dos de
echas. Una de echas era inclinada y estaba abierta, al fondo en el
centro parecían que hubieran seis pulgadas.
Capítulo II.
Dentro.
Me
di cuenta, y, para hablar mentalmente retrate todos los pequeños
detalles de la casa del frente de donde yo estaba parado con casi una
natural percepción. Un momento antes, el mundo se mostro frente a mis
ojos. No vi nada. Ahora lo veo todo con claridad de cuando yo estaba
allí en shock. Sobre todo vi la ventana abierta. Empecé conscientemente
como si yo lo hubiera echo, de una forma curiosa respire. Estaba muy
cerca a mí, muy cerca. Yo tenia pero al estrechar la mano para verificar
sobre la abertura. De primeras dentro, mi mano estaba a punto de
secarse. Como estaba lloviendo afuera. Mi ropa estaba húmeda, yo estaba
empapado por el cielo. Y cada segundo parecía llover más duro. Mis
dientes estaban titilando, Y mis huesos estaban congelados.
Y dentro la ventana estaba abierta, debía estarlo, estaba empapado.
No
se veía ni una sola alma, no había ningún humano en algún lugar cerca,
yo no escuchaba ningún sonido, estaba solo en medio de esa noche oscura
todas las creatura de dios estaban escondidas en el cielo que no se
abría, no había nadie que se viera alrededor nada importaba, necesitaba
miedo y no pánico, mientras tanto la casa estaba vacía, probablemente
era mi plan, que alguien tocara la puerta para llamar la atención de los
demás por la ventana abierta, lo ultimo que podía hacer era acatar mis
planes pero supuestamente el lugar estaba vacío por lo que seria lógico
que tocaran, no había posibilidad, de pronto en el vecindario no peleaba
por nada y de pronto la gente estaba en casa y yo asustado. Yo había
aprendido en la escuela que el mundo es ingrato para haber causado que
la ventana estuviera cerrada la mencionada ventana, la conveniente
ventana, y no todo iba bien después de esto, pero todavía sentía pena
esperanza, hambre afuera en el frio y la lluvia, ¡mejor nada que esto
nada ¡, en esta situación era demasiada tarde yo solo debía a decirme a
mi mismo que debería comportarme de una buena manera, debería estar
seguro.
Sabiendo sobre la pared baja encontré que debería ser muy
fácil poner mi mano dentro del cuarto. Que caliente estaba allí podía
sentir la diferencia de la temperatura en mis uñas rápidamente, me pare
sobre la pared y justo allí estaba el cuarto cómodo, entre la ventana y
la pared, con los pies sentía el piso como si fuera sementó, me detuve y
trate de abrirla no puede ver nada estaba muy oscuro adentro el
blindaje se veía arriba, me parecía increíble que alguien viviera en
esta casa y estuviera durmiendo dejando la ventana abierta. Yo puse mi
oreja en el marco, todavía cavia duda de que el lugar estuviera vacio.
Decidí empujar la ventana par haber dentro era re confortable, si
alguien me encontraba en el acto después había tiempo para describir las
circunstancias. Y para explicar como llegue al punto de cómo desactive
la alarma, solo debía ser cuidadoso, en este momento el clima podría
ayudarme.
No había ni un pedacito esto realmente estaba
ocurriendo el silencio que se sentía era aterrador de echo tan lejos
como se fuera no solo un sonido me iba a asustar, después sin hacer
ruido entre al cuarto, pero no fui lejos, no podía ver nada, ninguna
cosa, todo lo que puede decir en la habitación podía ser una casa
desamoblada se de porque estaba en una casa vacía, en la casa no había
nada que me digiera lo contrario ¿Qué debía hacer?. Si la casa estaba
vacía, en gran parte para mi había dicho que hubiera sido cuestión de
moral sino era legal bien para hacerlo valer, quien con Corazón podía
negarme, difícilmente el mas puntilloso terrateniente orando por mi
segué moviendo mis piernas dentro del cuarto.
En el momento en el
que hice esto empecé a tomar conciencian que en cualquier momento el
cuarto no estaba completamente desamoblado. El piso era de tapete, yo
había puesto mis pies en buenos tapetes en mis tiempos pero nunca en
unos de estos, lo que me recordó en algún momento haber estado en el
parque Richmond, en este mis pies se sentían seguros, por mi pobre viaje
mis pies no se veían lujosos, nunca se sabia el camino, ¿podría yo
estar acertado en esto?, o ¿podría estar alucinando?, bote mi ropa al
piso y la deje en el tapete para después dormir, pero estaba muy
hambriento, ¡entonces si alguien vivía allí no iba a tener comida!.
Me
moví un paso al lado tocando con mis manos cuando sentí que tocaba como
un árbol con mis pies sin encontrar algún obstáculo, empecé a desear no
encontrar nada en la casa cuando pasara, que no hubiera forzado la
ventana, estaría seguro afuera nuevamente. Empecé a pensar de la
seguridad de algo en la habitación, no había nada, que me convenciera de
pronto había cosas sobrenaturales allí, pero sin embargo yo sabia que
había algo. Era mas que una horrible corazonada lo que yo estaba
sintiendo, en todo momento me sentía observado. Lo que era con migo no
se lo puedo decir, nunca pude adivinar, era algo en mi organización
menta que había sido usurpado podía ser un parálisis parecía un niño
usando el lenguaje pero estaba sobreprotegido hablando afuera
prácticamente con mi ultimo contador, y en ese instante sin reclusión
sentía una curiosa sensación que nunca antes había sentido, una
sensación de pánico y susto estaba de pie y voltio, no hice ningún
movimiento aparte de mi respiración asustada, sentía un presencia
malvada que se me acercaba.
No sabia cuanto tiempo iba a estar
allí de pie. Pero ciertamente era un espacio de tiempo considerable, no
me moví ni un grado no escuchaba nada y nada pasaba, hacia un esfuerzo
por verme como un buen hombre sabia que en algún momento iba ser
necesario y después me preguntaba a mi mismo que por que estaba asustado
¿que podía haber en el cuarto para hacerme sentir todo esto?, Lo que
fuera era seguro que estaría como yo por mi vulgar entrada desde que
entre había la probabilidad de que habría alguien allí, en este momento
yo me sentí vulnerable. Tuve que poner lo mejor de mi para que la
presión bajara y mantener mucho coraje para tener mi cabeza en los
hombres, y en ese momento me voltee de nuevo para salvar mi alma no
podía decir nada pero estaba perdido, mi corazón palpitaba en el fondo
de mi pecho, podía oírlo latir fuerte, estaba temblando del susto,
sentía mucho terror empecé a ver frente a mis ojos como empezaba a
surgir una luz que sin razón aumentaba mis nervios, mis oídos empezaron a
taparse por la tención y el susto.
Algo se movió. Se escucho un
sonido ligero, que apenas puede escuchar. Buscaba de donde venia ese
sonido mire a delante mío y se veían dos haces de luz, no los había
visto antes pero ahora estaban allí parecían ojos de gato, pero yo sabia
que eran esos ojos y sabia que no eran de gato, pero no sabia que eran
me dio susto pensarlo. Estos venían hacia a mi, la criatura con estos
ojos se acercaba, eran tan intensos mis deseo por volar que hubiera
preferido morir hay parado pero no pude controlarme mi cuerpo se movida
como si yo no lo controlara los ojos venían hacia mi, en un momento como
a dos y tres pasos pero de repente se produjo un sonido como si en el
piso. Los ojos desaparecían y reaparecían pocas después más o menos a
seis pulgadas del suelo y de nuevo venia.
Por esto creía que la
cría que tenia los ojos era pequeña por que no obedecer a mi instinto de
huir de ella?, simplemente no podía debe ser el estrés y las
privaciones que había tenido y que incluso todavía sentía tiene que ver
mucho con mi comportamiento en ese omento por lo que sentí todo lo que
estaba pasando. Generalmente creo que mi espíritu es como el de un
hombre común, que cuando estaba sumido en las aguas del resentimiento y
la humillación era obligado a hacer una acción que en sus momentos mas
felices se había considerado incapaz de hacer. Poco a poco los ojos
venían muy lentamente moviéndose de un lado a otro como si su dueño
caminara torcido, nunca había sentido algo como lo que estaba sintiendo
quería escapar ni siquiera por un instante deje de mirarlos hasta que
llego a mis pies sin detenerse en un momento lo sentí en mi bota y yo
seguía asustado y con nauseas me quede parado, me di cuenta que la
creatura empezaba a subir por mi cuerpo, pero incluso así yo no pude
decirle nada esto me estaba trepando mas fácil era de forma horizontal,
perpendicular a mi, pensaba que era un araña gigante, la araña de las
pesadillas un monstro concebido de una visión horrorosa, este hacia una
suave presión contra mi ropa, y se agarraba a ella fuertemente, sentía
la presión de cada uno de sus pasos, sentía como si la creatura me
abrasaba cada vez que se pegaba y despegaba desplazándose sobre mi.
Subía
y subía hasta que llego a mi espalda y avanzaba hacia mi ombligo, la
impotencia que estaba sintiendo en este m omento me hacia sentir
invadido, creo que era parte de mi agonía, me sentía desamparado como si
estuviera en un horrible sueño, yo entendía así que me sacudí
fuertemente para que la creatura cayera pero no podía mover todos los
músculos del susto. Como la criatura de los ojos comenzó a tocar la
parte mas pequeña de las lámparas que positivamente emiten rayos de luz,
por sus rayos comencé a percibí lo débil que era su cuerpo, parecía mas
grande que lo que yo pensaba, ni el cuerpo ni el organismo era
floreciente, como de un color amarillo, que lumbrada en la oscuridad,
aunque todavía podía ser un animal de la familia de las arañas, algún
miembro monstruoso de que yo nunca había leído esto era difícil como
algo tan ligero ejercía tanta presión, que lo hacia adherirse a mis
piernas, podía sentir que se pegaba, su peso aumentaba cada ves que iba
mas arriba mientras que se acercaba yo sentí un olor muy feo y cuando se
acercó a mi cara este olor era insoportable
Cuando estaba en mi
pecho empecé a sentir un incomodo movimiento como si cada ves que
respirara su cuerpo se pusiera mas pesado, sus piernas tocaron mi piel
en la base de mi cuello y se pegaron a el ¿será que lo podre olvidar?,
lo tengo frecuentemente en mis sueños mientras este estaba allí se veía
como si sus piernas estuvieran delante de el, caminaba con lentitud
hacia mi cuello con una lentitud misteriosa un cuarto de pulgada a la
vez. Su peso causa sobre los músculos de mi espalda llego a mi quijada y
toco mis labios y yo seguía allí parado mientras recorría mi cara con
su cuerpo y su mal olor, abrazándome con su multitud de piernas, el
horror de esto me enloquecía, estaba conmovido del susto por lo que tire
a la creatura lo tire al piso, chichaba como si estuviera perdiendo
parte de su espíritu hasta llegar a la ventana hasta que moví mi pie,
había un obstáculo por lo que caí de cabeza al suelo.
Me levanta
rápidamente y con lluvia o sin lluvia quería salir de ese cuarto,
todavía tenia mi mano hay, entonces a pesar de mi hambre y de mi ropa,
deje que me dejaran (...) cuando alguien atrás mío prendió la luz
Capítulo III.
El hombre en la cama.
La
luz que me llego fue sorprendente. Causando en un momento de comprobar,
a partir de la cual se me acaba de recuperación cuando una voz dijo,
'quédese quieto! "
Hubo una calidad en la voz que no puedo
describir. No sólo un acento de mando, sino un algo malicioso. Es un
poco incierto, aunque si es un hombre el que habla no podría haberlo
dicho positivamente, pero no he tenido una duda que se trataba de un
extranjero. Es la voz más desagradable que había oído, y que había en mí
el más desagradable efecto; para cuando dijo, 'quédese quieto! “Me
quede quieto. Es como si no pudiera hacer otra cosa.
"Voltéate!"
Me
volteé mecánicamente. Esa pasividad es peor que indigna, yo sabía que
todo bien. E resentido con rabia. Pero en esa habitación, en esa
presencia, Yo estaba muy nervioso. Cuando me voltee vi a alguien en la
cama. A la cabeza de la cama es una plataforma. Sobre la plataforma fue
una pequeña luz que reflejo la más brillante luz que nunca había
visto.la vi plena en los ojos, después de haber en mí tal efecto que
genero en unos segundos, no pude ver nada. A largo de toda la extraña
entrevista que no puedo afirmar que he visto con claridad, el rayo de
luz me dejo ciego. Sin embargo, después de un intervalo de tiempo, me
hizo ver algo, y lo que hice ver lo que tenía y no han dejado de verse.
Vi
a alguien delante de mí acostado en una cama. No podía a la vez decidir
si se trataba de un hombre o una mujer. De hecho al principio yo dudaba
si se tratara de algo humano. Pero, después, yo sabía que se trataba de
un hombre, por esta razón, si no para otros, que era imposible esa
criatura podría ser femenino. La pijama se le había subido y sólo vi su
cabeza. Él sentar a su lado izquierdo, su cabeza descansando sobre su
mano izquierda; inmóvil, el me miro a mí como si él trató de leer mi
alma. Pero de verdad, creo que la leyó. Su edad no he podido adivinar,
por ejemplo una mirada de edad que nunca había imaginado. Si hubiera
afirmado que él había estado viviendo a través de los tiempos, se han
visto obligados a admitir que, al menos, aguarda. Y, sin embargo, me
sentía que era muy dentro del rango de posibilidad de que él no era
mayor que yo, - había una vitalidad en sus ojos que era sorprendente.
Tal vez habría sido que había sufrido una terrible enfermedad, y es lo
que había hecho él para que se viera sobrenatural.
No ha habido
ni un pelo en la cara o la cabeza, pero, para compensar, la piel, que es
de un color amarillo, fue una impresionante masa de arrugas. El cráneo,
y, de hecho, todo el cráneo, era tan pequeña como para ser algún
animal. La nariz, por otra parte, es anormalmente grande, por lo tanto
extravagantes son sus dimensiones, por lo que su forma peculiar, que se
asemejaba el pico de algunas aves de rapiña. Una característica de la
cara es que, prácticamente, tenía cortada la boca. La boca, con sus
labios, entró inmediatamente debajo de la nariz y la barbilla, a todos
los efectos. Esta deformidad - por la ausencia de barbilla ascendió a
que - es que la cara parecía algo no humano, - y los ojos. Una
característica del hombre eran sus ojos, que, a largo existe, me pareció
sorprendente los ojos.
Sus ojos corridos, literalmente, en toda
la parte superior de su rostro, y la columna de la nariz parecía el filo
de una navaja. Eran de largo, y que esperaba de estrechas ventanas, y
que parecía tener luz interna, ya que brilló con luces como con un faro
en la casa. Escape de ellos, mientras que, como he tratado de reunirse
con ellos, es como si yo no supiera nada. Nunca antes había sentido lo
que sentí con esos ojos. Ellos me encadenado, desvalidos, hechizo
determinado. Sentí que podía hacer conmigo lo que quisieran, y lo
hicieron. Su mirada era inquebrantable, y sin parpadear; este hombre
podría haberme mirado a mí durante horas y nunca hubiera parpadeado.
Fue él, el que rompió el silencio. Yo estaba sin palabras.
"Cierra
la ventana '. Hice como él me mando. "Tirar abajo el ciego".
obedecidas. "Vuelta de nuevo." Yo estaba todavía obedeciendo"."¿Cuál es
su nombre? "
Entonces me habla, - para responder a él. Hubo esta
extraña cosa acerca de las palabras pronunciadas, que vino de mí, no en
respuesta a mi fuerza de voluntad, sino en respuesta a su pregunta. No
es que yo quisiera hablar, sino que fue él. Lo que él ha querido que yo
debería decir, he dicho. Sólo eso y nada más. Por el momento he dejado
de ser un hombre, mi hombría se perdió en su voz. Yo estaba en pánico,
un ejemplo de la obediencia pasiva que yo tenia.
'Robert Holt. "
"¿Qué es usted?" 'Un empleado '. 'Usted se ve como si fuera un empleado.
Hubo una llama de desprecio en su voz que me quemaba incluso, entonces.
«¿Qué tipo de empleado es usted?" 'Yo soy de una situación ". 'Usted se
ve como si estuviera fuera de una situación”. Una vez más el desprecio.
'¿Es usted el tipo de empleado que es siempre de una situación? Usted
es un ladrón ". 'Yo no soy un ladrón. " "¿Empleados de venir a través de
la ventana?" Yo estaba todavía, el no debía limitarme a mi a hablar.
«¿Por qué ha llegado a través de la ventana?" "Debido a que estaba
abierto '. 'Así - ¿siempre a través de una ventana que está abierta? “
'No' 'Entonces ¿por qué a través de esto? " "Porque yo estaba mojado,
con hambre y cansado '. Las palabras vinieron de mí como si hubiera
arrastrado uno por uno, - que, de hecho, lo hizo. '¿a esta casa? “ 'No'
"¿El dinero?" 'No' "¿Amigos?" 'No' 'Entonces ¿qué clase de un empleado
es usted? "
Yo no respondió a lo que él me decía, - yo no sabía
lo que decir de mí. Yo era la víctima de la mala suerte, nada más.
Infortunio me he ido a la desgracia. La firma de quien había sido
empleado durante años en suspensión de pagos. Obtuve una situación con
uno de sus acreedores, a menor salario. Ellos redujeron su personal, lo
que me extraño. Después de un intervalo, obtuvo una contratación
temporal, la ocasión que requería mis servicios pasó, y yo con él.
Después de otro, y un largo intervalo de tiempo, me encontró de nuevo
empleo temporal, el pago para el cual no es más que una miseria. Cuando
era lo más que he podido encontrar. Eso fue hace nueve meses, y desde
entonces no había ganado un centavo. Es tan fácil de hacer el mal,
cuando usted está vagabundeando, y están viviendo en su la calle con la
misma ropa.
Tuve que caminar todo Londres en busca de trabajo, -
el trabajo de cualquier tipo habría sido bienvenido, siempre y cuando se
me han permitido mantener el cuerpo y el alma juntos. Y yo había rogado
en vano. Ahora me ha sido denegada la admisión como un hallazgo casual,
- la forma fácil es la bajada! Pero yo no le dijo al hombre tumbado en
la cama todo esto. Él no desea escuchar, - había cosas que he dicho sin
querer. Puede ser que leyó mi historia sin decir lo que pensaba, es
concebible. Sus ojos tenían poderes de penetración que eran peculiar de
ellos. Lo sabía.
'Desnúdate'
Cuando ella hablo de nuevo lo
que el dijo, en esos tonos en que se había referido antes. Obedeciendo,
mal vestidos caída de todos modos a la palabra. Una mirada vino en su
cara, como yo estaba desnuda delante de él, que, si se entiende por una
sonrisa, es un indicio de la sonrisa, y que me llena con una sensación
de repulsión. La piel blanca que tenia, el detenido, me devora con sus
miradas, entonces continuo. Vuelve a alacena, se encuentra un montón de
comida; comer de el.
Fui a un armario que estaba en un rincón de
la habitación, sus ojos después de mí, como me mudé. Se llena de ropa, -
prendas de vestir que podrían haber formado las existencias en el
comercio de un costurero cuya especialidad es proporcionar vestuario
para mucha gente. Un largo manto oscuro colgado en una clavija. Mi mano
se desplazó hacia él, aparentemente por su propia voluntad. He puesto su
amplio pliegue en mis pies.
'En el otro armario encontrará carne, y pan y vino. Cosas de Comer y beber’.
En
el lado opuesto de la habitación, cerca de la cabeza de su cama, hubo
un segundo armario. En este sentido, a un estante, he encontrado lo que
parecía presionado el sector de la carne, varios pasteles redondos de lo
probado como pan de centeno, y algunos delgado, agrio vino, en un
cubiertas de paja frasco. Pero yo no estaba de humor para criticar; con
mucha hambre, al igual que algunos hambrientos lobos, viendo que yo, en
silencio todo el tiempo. Cuando me había hecho, que fue cuando yo había
comido y bebido tanto como he podido celebrar, regresó su cara y soltó
su sonrisa.
"Me gustaría que me podía comer y beber como el que
si tenia este lujo! - Coloque de nuevo lo que queda’.- que parece un
esfuerzo innecesario, hubo tan poco para poner. "Mira me en la cara."
Le
miré a la cara, - y de inmediato se convirtió en conciencia, como lo he
hecho, de que algo estaba pasando de mí, - la capacidad, por así
decirlo, para ser yo mismo. Sus ojos crecieron más y más grandes, hasta
que parecía llenar todo el espacio - hasta que se perdido en su
inmensidad. Cogió su parte, dejando algo para mí, no sé qué, a su paso
por el aire - cortar el sólido terreno de debajo de mis pies, por lo que
caí de cabeza al suelo. Cuando caí, me sentía como un árbol. Y la luz
se apago.
Capítulo IV.
Una solitaria vigilia.
Yo sabia
que la luz salió para el menos singular, ni las partes menos
inquietantes de mi condición era el hecho de saber y entender nunca
perdí el conocimiento ni una vez durante las largas horas que siguieron
.yo era consiente de la lámpara y el negro de la oscuridad que había he
escuchado el sonido de un robo como si el hombre en la cama fuera la
solución. durante toda esta interminable noche me quede, mi cerebro
despierto, mi cuerpo muerto y esperando ¿que me había ocurrido? que
probablemente llevaba algunas de las evidencias extremas de la muerte de
mi instinto, me dijo --yo sabia que lo hizo aunque paradójico que pueda
parecer, me sentía muerto como en los montes de especulación, yo estaba
imaginando el como se sentía pero estaba inseguro de sus sentimientos,
continuamente me preguntaba mi mismo si podría estar muerto, ¿mi cuerpo
muerto y el cerebro? solo dios sabe, pero entonces, la agonía del
pensamiento,
Las horas pasaron lentamente y el silencio era
eterno solo los sonidos del trafico, pasos deprisa --la vida es el auge
del mañana-- afuera de la ventana estaban los gorriones cantando, el
gato maullando y el perro ladrando había una nata de leche y al llegar
la luz aumento cada instante. Todavía llovía y ahora de nuevo ahora y de
nuevo el golpeteo contra el panel, el viento tuvo que haber pasado
porque por primera vez vino en una repentina el sonido de un reloj que
muestra la hora, siete. Luego con el intervalo de toda la vida entre
cada hora.
Hasta el momento en la misma habitación no se había
producido ningún sonido. Cuando marcaron las 10 vino el ruido de un robo
desde la dirección de la cama. Pies a intensificarse el uso de la
palabra, avanzar hacia donde yo estaba es por eso actualmente percibe
una cifra, mira las prendas de vestir de color, estaba de pie a mi lado
mirandome.se encorvado y arrodillado lo único que me cubría un ordinario
trapo sobre mi así que me senté en mi desnudez, me miro desde allí como
si hubiera sido alguna bestia listo para el carnicero de la tienda y el
se puso adelante mío. Entonces, si ya estaba muerto o vivía me dijo que
esto no puede ser humano --nada parecido a esto debe ser imagen de dios
me puso los dedos en mi mejilla, se los empuje a mi boca me toco
mirándome los ojos cerré mis parpados, y sentí la gracia de sus labios
presionando los míos.
A continuación esta parodia de hombría
rescandese sus pies y dijo que si haciendo uso de la palabra ni yo ni a
si mismo que no pudo decir.
-muerto -muerto- tan bueno como muerto, y mejor vamos a tener un enterrado.
El
se aparto de mi sentí una puerta abrir y cerrar y sabia que el se había
ido. El ha seguido a lo largo del día yo no tenia conocimiento real de
su expedición que lo hizo acabar en la calle pero debo haberlo hecho
porque la casa parecía estar sola que ha sido de la criatura de anoche,
mi peor temor fue que había dejado detrás de el en la habitación
conmigo, que sea, como una especie de perro guardián. Pero como los
minutos y las horas pasaron y todavía no hay señal de sonido o cualquier
cosa de la vida, llegue a la conclusión de que, si la cosa estaba allí
es posiblemente como desvalido como yo y que durante la ausencia del
propietario yo no tenía nada que temer de su atención demasiado
apremiante.
Que con la excepción de mi mismo la casa se celebro
nada humano yo tuve un fuerte presentimiento de prueba mas de una vez en
el transcurso del día. Varias veces, tanto en la mañana y la tarde las
personas sin tratado o sin motivo de atraer la atención de quien estaba
dentro. Lo vehículos probablemente comerciantes de carros se parqueo al
frente. Pero en todos los casos sus recursos siguen siendo letra muerta
sea cual se quiera tenia que ir lejos insatisfactoriamente. Situada allí
tórpida sin nada que hacer ni escuchar yo estaba posiblemente golpeado
un poco pero eso fue por falta de respeto.
Un reloj que se
hallaba hay acababa de dar las 12 del medio día cuando de pronto vi que
la puerta se abría y al quien se acercaba a la puerta del frente como
solo el silencio reinaba, yo me imagine que era un cliente del lugar se
había devuelto y había prefirió haciéndolo silenciosamente y tal y cual
como lo hizo cuando se fue. Sin embargo venia de las escaleras de la
puerta, una llamada delicada pero peculiar como si una rata estuviera
haciendo chirriar el piso entablado, se repitió por 3 veces y entonces
hubieron como sonidos de pasos que secretamente se devolvieron hacia la
puerta y esta se cerraba de nuevo una y otra vez este visitante volvía y
se repetía otra vez aquel sonido que ya no quedaba duda que era una
señal seguida por el mismo suceso en que retrocedía. Al rededor de las 3
el misterioso cliente regreso de nuevo y otra vez la señal se repetía.
De pronto cuando no hubo respuesta los dedos golpeaban suavemente contra
los panales de la puerta de frente, cuando aun así no había respuesta
una pisadas se sentían al rededor de un lado de la casa. Entonces hay se
oyó la señal pero tal vez de la parte de atrás y entonces otra ves los
dedos golpeaban contra la que parecía la puerta de atrás. Nadie se noto
de estos procedimientos, las pisadas se devolvían de nuevo y como antes
la puerta se cerró otra vez.
Poco después, la claridad se estaba
asomando y este visitante regreso para hacer una cuarta y mas intentos
determinantes para llamar la atención con su presencia, este pelicular
personaje y sus maniobras perecía que el que quien sea que estuviera
adentro tenia razones muy especificas para ignorarlo. Es se metió
atreves de toda esta panonia tan familiar 3 veces, tanto por el frente
como por la parte de atrás y golpeaba los dedos en los paneles dela
puerta. Esta vez sin embargo también trato de golpear sus dedos contra
los marcos de su ventana. Pude oír muy claramente pero aun así distinto
un ruido que parecía como si los nudillos de los dedos chocaban
constantemente contra la pared de atrás de las ventanas, desilusionado
si el volvía con su trabajo en la entrada, curiosamente las pisadas que
hacia como en secreto venían de la casa y descansaba ante la ventana del
cuarto, en el cual yo descansaba y entonces algo raro sucedió.
Mientras
esperaba por aquellos golpecitos con los dedos vino en cambio el sonido
de alguien o de algo batiéndose sobre la ventana como si fuera una
criatura incapaz de alcanzar la ventana desde el suelo, era como una
criatura incapaz de saltar un obstáculo como una par de de ladrillos.
ese era el ruido que parecían como si garras rasgaran el obstáculo, un
ruido como con una dificultad para mantenerse en la superficie del
obstáculo, que clase de criatura seria yo no me lo imaginaba yo estaba
abismado y quería descubrir lo que era esa criatura, yo había dado por
hecho que este visitante o era mujer o hombre, pero ahora sin embargo
parecía como si fuera un animal ya que los ruiditos que hacían parresia
como un animal , claro que una rata si puede hacer esos ruidos pero no
podría tocar el timbre no ha puerta.
Todo parresia como si el
esfuerzo por trepar el obstáculo se había quedado corto de aliento, de
pronto comenzó de nuevo el golpeteo y me di cuanta que seria poco
probable el producto de dos humanos ya que eran ayudas y definidos, y
mas bien parecían golpear de las uñas contra el vidrio, no era muy duro
de todas maneras, pero si continuaba con mucha persistencia que se iban
volviendo cada minuto que pasaba mas ansiosos u desesperantes que
parecían como mas bien suspiro de aliento y como un sonido de abeja".
Richard Marsh
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
El Recolector de Historias
sábado, 16 de mayo de 2015
viernes, 15 de mayo de 2015
"La Prueba de Amor"
"Después de conseguir el permiso de la priora para salir unas horas,
Angeline, interna en el convento de Santa Anna, en la pequeña ciudad
lombarda de Este, se puso en camino para hacer una visita. La joven
vestía con sencillez y buen gusto; su faziola le cubría la cabeza y los
hombros, y bajo ella brillaban sus grandes ojos negros,
extraordinariamente hermosos. Quizá no fuera una belleza perfecta; pero
su rostro era afable, noble y franco; y tenía una profusión de cabellos
negros y sedosos, y una tez blanca y delicada, a pesar de ser morena. Su
expresión era inteligente y reflexiva; parecía estar en paz consigo
misma, y era ostensible que se sentía profundamente interesada, y a
menudo feliz, con los pensamientos que ocupaban su imaginación. Era de
humilde cuna: su padre había sido el administrador del conde de
Moncenigo, un noble veneciano; y su madre había criado a la única hija
de éste. Los dos habían muerto, dejándola en una situación relativamente
desahogada; y Angeline era un trofeo que buscaban conquistar todos los
jóvenes que, sin ser nobles, gozaban de buena posición; pero ella vivía
retirada en el convento y no alentaba a ninguno.
Llevaba muchos meses sin abandonar sus muros; y sintió algo parecido al miedo cuando se encontró en medio del camino que salía de la ciudad y ascendía por las colinas Euganei hasta Villa Moncenigo, su lugar de destino. Conocía cada palmo del camino. La condesa de Moncenigo había muerto al dar a luz su segundo hijo y, desde entonces, la madre de Angeline había residido en la villa. La familia estaba formada por el conde, que, salvo algunas semanas de otoño, estaba siempre en Venecia, y sus dos hijos. Ludovico, el primogénito, había sido enviado en edad temprana a Padua para recibir una buena educación; y sólo vivía en la villa Faustina, cinco años menor que Angeline.
Faustina era la criatura más adorable del mundo: a diferencia de los italianos, tenía los ojos azules y risueños, la tez luminosa y los cabellos color caoba; su figura ágil, esbelta y nada angulosa recordaba a una sílfide; era muy bonita, vivaz y obstinada, y tenía un encanto irresistible que empujaba a todos a ceder alegremente ante ella. Angeline parecía su hermana mayor: se ocupaba de ella y le consentía todos los caprichos; una palabra o una sonrisa de Faustina lo podían todo. «La quiero demasiado -decía a veces-, pero soportaría cualquier cosa antes que ver una lágrima en sus ojos.» Era propio de Angeline no expresar sus sentimientos; los guardaba en su interior, donde crecían hasta convertirse en pasiones. Pero unos excelentes principios y la devoción más sincera impedían que la joven se viera dominada por ellas.
Angeline se había quedado huérfana tres años antes, cuando había muerto su madre, y Faustina y ella se habían trasladado al convento de Santa Anna, en la ciudad de Este; pero un año más tarde, Faustina, que entonces tenía quince años, había sido enviada a completar su educación a un famoso convento de Venecia, cuyas aristocráticas puertas estaban cerradas a su humilde compañera. Ahora, a los diecisiete años, después de finalizar sus estudios, había vuelto a casa; y se disponía a pasar los meses de septiembre y octubre en Villa Moncenigo con su padre. Los dos habían llegado aquella misma noche, y Angeline había salido del convento para ver y abrazar a su amiga del alma.
Había algo muy maternal en los sentimientos de Angeline; cinco años es una diferencia considerable entre los diez y los quince años, y muy grande entre los diecisiete y los veintidós.
«Mi querida niña -pensaba Angeline, mientras iba andando-, debe de haber crecido mucho, e imagino que estará más hermosa que nunca. ¡Qué ganas tengo de verla, con su dulce y pícara sonrisa! Me gustaría saber si ha encontrado a alguien que la mimara tanto como yo en su convento veneciano... alguien que asumiera la responsabilidad de sus faltas y que le consintiera sus caprichos. ¡Ah, aquellos días no volverán! Ahora estará pensando en el matrimonio... Me pregunto si habrá sentido algo parecido al amor -suspiró-. Pronto lo sabré... estoy segura de que me lo contará todo. Ojalá pudiera abrirle mi corazón... detesto tanto secreto y tanto misterio; pero he de cumplir mi promesa, y dentro de un mes habrá acabado todo... dentro de un mes conoceré mi destino. ¡Dentro de un mes! ¿Lo veré a él entonces? ¿Volveré a verlo algún día? Pero será mejor que olvide todo eso y piense únicamente en Faustina... ¡mi dulce y entrañable Faustina!»
Angeline subía lentamente la colina cuando oyó que alguien la llamaba; y en la terraza que dominaba el camino, apoyada en la balaustrada, se hallaba la querida destinataria de sus pensamientos, la bonita Faustina, la pequeña hada... en la flor de la vida, sonriendo de felicidad. Angeline sintió un cariño aún mayor por ella.
No tardaron en abrazarse; Faustina reía con ojos chispeantes, y empezó a contarle todo lo sucedido en aquellos dos años, y se mostró obstinada e infantil, aunque tan encantadora y cariñosa como siempre. Angeline la escuchó con alegría, contemplando extasiada y en silencio los hoyuelos de sus mejillas, el brillo de sus ojos y la gracia de sus ademanes. No habría tenido tiempo de contarle su historia aunque hubiese querido, Faustina hablaba tan deprisa...
-¿Sabes, Angelinetta mía -exclamó-, que me casaré este invierno?
-Y ¿quién será tu señor esposo?
-Todavía no lo sé; pero lo encontraré en el próximo carnaval. Debe ser muy noble y muy rico, dice papá; y yo digo que debe ser muy joven, tener buen carácter y dejarme hacer lo que yo quiera, como siempre has hecho tú, querida Angeline.
Finalmente, Angeline se levantó para despedirse. A Faustina no le agradó que se marchara -quería que pasara la noche con ella-, y señaló que enviaría a alguien al convento para conseguir permiso de la priora. Pero Angeline, sabiendo que esto era imposible, estaba decidida a irse y convenció a su amiga de que la dejara partir. Al día siguiente, Faustina visitaría personalmente el convento para ver a sus antiguas amistades, y Angeline podría regresar con ella por la noche si lo permitía la priora. Una vez discutido este plan, las dos jóvenes se separaron con un abrazo; y, mientras bajaba con paso ligero, Angeline levantó la mirada y vio cómo Faustina, muy sonriente, le decía adiós con la mano desde la terraza. Angeline estaba encantada con su amabilidad, su hermosura, la animación y viveza de su conducta y de su conversación. Faustina ocupó al principio todos sus pensamientos, pero, en una curva del camino, cierta circunstancia le trajo otros recuerdos. «¡Oh, qué feliz seré si él demuestra haberme sido fiel! -pensó-. ¡Con Faustina e Ippolito, será como vivir en el Paraíso!»
Y luego rememoró cuanto había ocurrido en los dos últimos años. Del modo más breve posible, seguiremos su ejemplo.
Cuando Faustina partió para Venecia, Angeline se quedó sola en el convento. Aunque era una persona retraída, Camilla della Toretta, una joven dama de Bolonia, se convirtió en su mejor amiga. El hermano de Camilla vino a visitarla, y Angeline la acompañó al locutorio para recibirlo. Hipólito se enamoró desesperadamente de ella, y consiguió que Angeline le correspondiera. Todos los sentimientos de la joven eran sinceros y apasionados; sin embargo, sabía atemperarlos, y su conducta fue irreprochable. Hipólito, por el contrario, era impetuoso y vehemente: la amaba ardientemente y no podía tolerar que nada se opusiera a sus deseos. Decidió contraer matrimonio, pero, como pertenecía a la nobleza, temía la desaprobación de su padre. Mas era necesario pedir su consentimiento; y el anciano aristócrata, presa del temor y de la indignación, llegó a Este, dispuesto a adoptar cualquier medida que separase para siempre a los dos enamorados. La dulzura y la bondad de Angeline mitigaron su cólera, y el abatimiento de su hijo le movió a compasión. Desaprobaba el matrimonio, pero comprendía que Hipólito deseara unirse a tanta hermosura y gentileza. Pero después pensó que su hijo era muy joven y podía cambiar de parecer, y se reprochó a sí mismo haber dado tan fácilmente su consentimiento. Por ese motivo llegó a un compromiso: les daría su bendición un año más tarde, siempre que la joven pareja se comprometiera, con el más solemne juramento, a no verse ni escribirse durante ese intervalo. Quedó sobreentendido que sería un año de prueba; y que no habría ningún compromiso hasta que éste expirara, y si permanecían fieles, su constancia sería premiada. No hay duda de que el padre creía, e incluso esperaba, que, en aquel período de ausencia, los sentimientos de Hipólito cambiarían, y que éste entablaría una relación más conveniente.
Arrodillados ante una cruz, los dos enamorados prometieron un año de silencio y de separación; Angeline, con los ojos iluminados por la gratitud y la esperanza; Hipólito, lleno de rabia y desesperación por aquella interrupción de su felicidad, que jamás habría aceptado si Angeline no hubiera empleado todas sus dotes de persuasión y de mando para convencerlo; pues la joven había afirmado que, a menos que obedeciera a su padre, ella se encerraría en su celda, y se convertiría voluntariamente en una prisionera, hasta que terminara el tiempo prescrito. De modo que Hipólito prestó juramento e inmediatamente después partió hacia París.
Faltaba sólo un mes para que expirara el año, y no es de extrañar que los pensamientos de Angeline pasaran de su dulce Faustina al destino que la esperaba. Además del voto de ausencia, habían prometido mantener su compromiso y cuanto se relacionaba con él en el más profundo secreto durante ese período. Angeline accedió de buena gana (pues su amiga se hallaba lejos) a guardar silencio hasta que transcurriera el año; pero Faustina había regresado, y ella sentía el peso de aquel secreto en su conciencia. Pero no importaba: tenía que cumplir su palabra.
Ensimismada en sus pensamientos, había llegado al pie de la colina y empezaba a subir la ladera que conducía a la ciudad de Este cuando en los viñedos que bordeaban un lado del camino oyó un ruido... de pisadas... y una voz conocida que pronunciaba su nombre.
-¡Virgen Santa! ¡Hipólito! -exclamó-. ¿Es ésta tu promesa?
-Y ¿es éste tu recibimiento? -respondió él en tono de reproche-. ¡Qué cruel eres! Como no soy lo bastante frío para seguir alejado... como este último mes ha durado una intolerable eternidad, te alejas de mí... deseas que me vaya. Son ciertos, entonces, los rumores... ¡amas a otro! ¡Ah! Mi viaje no será en vano... descubriré quién es y me vengaré de tu falsedad.
Angeline le lanzó una mirada de asombro y desaprobación; pero guardó silenció y prosiguió su camino. Tenía miedo de romper su juramento, y que la maldición del cielo cayera sobre su unión. Decidió que nada le induciría a decir otra palabra; si seguía fiel a la promesa, perdonarían a Hipólito por haberla incumplido. Caminó muy deprisa, sintiéndose alegre y desgraciada al mismo tiempo... aunque esto no es exacto... lo que le embargaba era una felicidad sincera, absorbente; pero temía en cierto modo la cólera de su amado, y sobre todo las terribles consecuencias que podría tener la ruptura de su solemne voto. Sus ojos resplandecían de amor y de dicha, pero sus labios parecían sellados; y, resuelta a no decir nada, escondió el rostro bajo su faziola, para que él no pudiera verlo, y continuó andando con la vista clavada en el suelo. Loco de ira, vertiendo torrentes de reproches, Hipólito se mantuvo a su lado, ora reprochándole su infidelidad, ora jurando venganza, o describiendo y elogiando su propia constancia y su amor inalterable. Era un tema muy grato, aunque peligroso. Angeline tuvo la tentación de decirle más de mil veces que sus sentimientos no habían cambiado; pero logró reprimir ese deseo y, cogiendo el rosario en sus manos, empezó a rezar. Se acercaban a la ciudad y, consciente de que no podría convencerla, Hipólito decidió finalmente alejarse de ella, afirmando que descubriría a su rival, y se vengaría por su crueldad e indiferencia. Angeline entró en el convento, corrió a su celda y, poniéndose de rodillas, pidió a Dios que perdonara a su amado por romper la promesa; luego, radiante de felicidad por la prueba que él le había dado de su constancia, y recordando lo poco que faltaba para que su dicha fuera perfecta, apoyó la cabeza en sus brazos y se sumió en una especie de ensueño celestial. Había librado una amarga lucha resistiéndose a las súplicas del joven, pero sus dudas se habían disipado: él le había sido fiel y, en la fecha acordada, vendría a buscarla; y ella, que durante aquel largo año le había amado con ferviente, aunque callada, devoción, ¡se vería recompensada! Se sentía segura... agradecida al cielo... feliz. ¡Pobre Angeline!
Al día siguiente, Faustina fue al convento: las monjas se apiñaron a su alrededor. «Quanto é bellina», exclamó una. «E tanta carina!», dijo otra. «S’é fatta la sposina?»... ¿Está ya prometida en matrimonio?, preguntó una tercera. Faustina respondía con sonrisas y caricias, bromas inocentes y risas. Las monjas la idolatraban; y Angeline estaba a su lado, admirando a su encantadora amiga y disfrutando de los elogios que le prodigaban. Finalmente, Faustina tuvo que partir; y Angeline, tal como habían previsto, consiguió permiso para acompañarla.
-Puedes ir a la villa con Faustina, pero no quedarte allí a pasar la noche -señaló la priora, pues iba en contra de las reglas del convento.
Faustina suplicó, protestó y consiguió, mediante halagos, que dejara regresar a su amiga al día siguiente. Entonces iniciaron el regreso juntas, acompañadas de una vieja criada, una especie de señora de compañía. Mientras andaban, un caballero las adelantó a caballo.
-¡Qué guapo es! -exclamó Faustina-. ¿Quién será?
Angeline se puso roja como la grana, pues se dio cuenta de que era Hipólito. Él pasó a gran velocidad, y no tardaron en perderlo de vista. Estaban subiendo la ladera, y ya casi divisaban la villa, cuando les alarmó oír toda clase de gritos, berridos y bramidos, como si unas bestias salvajes o unos locos, o todos a la vez, hubieran escapado de sus guaridas y manicomios. Faustina palideció; y pronto su amiga estuvo tan asustada como ella, pues vio un búfalo, escapado de su yugo, que se lanzaba colina abajo, llenando el aire de rugidos, perseguido por un grupo de contadini chillando y dando alaridos... y enfilaba directamente hacia las dos amigas. La anciana acompañanta exclamó: «O, Gesu Maria!» y se tiró al suelo. Faustina lanzó un grito desgarrador y cogió a Angeline por la cintura; ésta se puso delante de su aterrorizada amiga, dispuesta a afrontar ella todo el peligro para salvarla... y el animal se acercaba. En ese momento, el caballero bajó galopando la ladera, adelantó al búfalo y dándose media vuelta, se enfrentó al animal salvaje con valentía. Con un bramido feroz, la bestia se desvió bruscamente a un lado y cogió un sendero que salía a la izquierda; pero el caballo, despavorido, se encabritó, arrojó el jinete al suelo y huyó a galope tendido colina abajo. El caballero quedó tendido en el suelo, completamente inmóvil.
Le llegó entonces el turno de gritar a Angeline; y ella y Faustina corrieron angustiadas hacia su salvador. Mientras esta última le daba aire con el enorme abanico verde que llevan las damas italianas para protegerse del sol, Angeline se apresuró a ir a buscar agua. A los pocos minutos, el color volvió a las mejillas del joven, que abrió los ojos; y entonces vio a la hermosa Faustina e intentó levantarse. Angeline apareció en ese instante y, ofreciéndole agua en una calabaza, la acercó a sus labios. Él apretó su mano, y ella la retiró. Fue entonces cuando la anciana Caterina, extrañada de aquel silencio, empezó a mirar a su alrededor y, al ver que sólo estaban las dos jóvenes inclinadas sobre un hombre en el suelo, se levantó y fue a reunirse con ellas.
-¡Se está usted muriendo! -exclamó Faustina-. Me ha salvado la vida y se ha matado por ello.
Hipólito trató de sonreír.
-No, no me estoy muriendo -dijo-, pero estoy herido.
-¿Dónde? ¿Cómo? -gritó Angeline-. Mi querida Faustina, enviemos a buscar un carruaje y llevémoslo a la villa.
-¡Oh, sí! -repuso Faustina-. Vamos, Caterina, corre... dile a papá lo ocurrido... que un joven caballero se ha matado por salvarme la vida.
-No me he matado -le interrumpió Hipólito-; sólo me he roto el brazo y, tal vez, la pierna.
Angeline adquirió una palidez cadavérica y se dejó caer al suelo.
-Pero morirá antes de que consigamos ayuda -afirmó Faustina-; esa estúpida Caterina es más lenta que una tortuga.
-Iré yo a la villa -exclamó Angeline-, Caterina se quedará contigo y con Ip... Buon Dio! ¿Qué estoy diciendo?
Se alejó presurosa y dejó a Faustina abanicando a su amado, que volvió a sentirse muy débil. En seguida se dio la alarma en la villa, el señor Conde envió a buscar un médico y ordenó que sacaran un colchón, entre cuatro hombres, para ir en ayuda de Hipólito. Angeline se quedó en la casa; por fin pudo abandonarse a sus sentimientos y llorar amargamente, abrumada por el miedo y el dolor.
-¿Oh, por qué rompería su promesa para ser castigado? ¡Ojalá pudiera yo expiar su culpa! -se lamentó.
No tardó, sin embargo, en recobrar el ánimo; y, cuando entraron con Hipólito, le había preparado la cama y había cogido las vendas que había creído necesarias. Pronto llegó el médico; y vio que el brazo izquierdo estaba claramente roto, pero que la pierna no había sufrido más que una contusión. Entonces redujo la fractura, sangró al paciente y, dándole una pócima para serenarlo, ordenó que estuviera tranquilo. Angeline pasó toda la noche a su lado, pero Hipólito durmió profundamente y no se dio cuenta de su presencia. Jamás lo había amado tanto. Comprendió que su desgracia, sin duda fortuita, hacía honor al cariño que sentía por ella, y contempló su hermoso rostro, apaciblemente dormido.
«¡Que el cielo guarde al amante más leal que jamás haya bendecido las promesas de una joven», pensó.
A la mañana siguiente, Hipólito se despertó sin fiebre y muy animado. La herida de la pierna apenas le dolía, y quería levantarse; recibió la visita del médico, quien le rogó que guardara cama un día o dos para evitar una infección, y le aseguró que se curaría antes si obedecía sus órdenes sin reservas. Angeline pasó el día en la villa, pero no volvió a verlo. Faustina no dejó de hablar de su valentía, heroísmo y simpatía. Ella era la heroína de la historia. El caballero había arriesgado su vida por ella; era ella a quien había salvado. Angeline sonrió un poco ante su egotismo y pensó que se sentiría humillada si le contaba la verdad; así que guardó silencio. Por la noche, se vio obligada a regresar al convento; ¿entraría a despedirse de Hipólito? ¿Era correcto? ¿No significaba romper su promesa? Y, sin embargo, ¿cómo resistirse a hacerlo? Así, pues, entró en la habitación y se acercó sigilosamente a él; Hipólito oyó sus pasos, levantó ilusionado la mirada y sus ojos reflejaron cierta decepción.
-¡Adiós, Hipólito! -dijo Angeline-. He de volver al convento. Si empeoras, ¡Dios nos libre!, vendré a cuidarte y atenderte, y moriré contigo; si te restableces, como parece ser la voluntad divina, antes de un mes te daré las gracias como mereces. ¡Adiós, querido Hipólito!
-¡Adiós, querida Angeline! Cuanto piensas es bueno y justo, y tu conciencia lo aprueba: no temas por mí. Siento mi cuerpo lleno de salud y de vigor, y, puesto que tú y tu dulce amiga están a salvo, ¡benditas sean las incomodidades y los dolores que sufro! ¡Adiós! Pero espera, Angeline, tan sólo unas palabras... mi padre, según he oído, se llevó a Camilla de vuelta a Bolonia el año pasado... ¿ustedes se escriben, tal vez?
-Te equivocas, Hipólito; de acuerdo con los deseos del Marqués, no hemos intercambiado ninguna carta.
-Has obedecido tanto en la amistad como en el amor... ¡qué bondadosa eres! Pero yo también quiero que me hagas una promesa... ¿la cumplirás con la misma firmeza que la de mi padre?
-Si no va en contra de nuestro voto...
-¡De nuestro voto!. ¡Pareces una novicia! ¿Acaso nuestros votos tienen tanto valor? No, no va en contra de nuestro voto; sólo te pido que no escribas a Camilla o a mi padre, ni dejes que este accidente llegue a sus oídos. Les inquietaría inútilmente... ¿me lo prometes?
-Te prometo que no les enviaré ninguna carta sin tu permiso.
-Y yo confío en que serás fiel a tu palabra, de igual modo que lo has sido a tu promesa. Adiós, Angeline. ¡Cómo! ¿Te vas sin un beso?
La joven se apresuró a salir del cuarto para no ceder a la tentación; pues acceder a aquella demanda habría sido un quebrantamiento mucho mayor de su promesa que cualquiera de los ya perpetrados.
Regresó a Este, preocupada y, sin embargo, alegre; convencida de la lealtad de su amado y rezando fervorosamente para que no tardara en recuperarse. Durante varios días acudió regularmente a Villa Moncenigo para preguntar por su salud, y se enteró de que el joven mejoraba poco a poco; finalmente, le comunicaron que Hipólito tenía permiso para abandonar su habitación. Faustina le dio la noticia, con los ojos brillantes de alegría. Hablaba sin cesar de su caballero, así le llamaba, y de la gratitud y admiración que sentía por él. Lo había visitado a diario acompañada de su padre, y siempre tenía alguna nueva historia que contar sobre su ingenio, elegancia y amables cumplidos. Ahora que él podía reunirse con ellos en la sala, se sentía doblemente feliz. Después de recibir esa información, Angeline renunció a sus visitas diarias, ya que corría el peligro de encontrarse con su amado. Enviaba todos los días a alguien y tenía noticias de su restablecimiento; y todos los días recibía un mensaje de su amiga, invitándola a Villa Moncenigo. Pero ella se mantuvo firme: sentía que obraba bien. Y, aunque temía que él estuviera enfadado, sabía que trascurridos quince días -lo que quedaba del mes- podría expresarle sus verdaderos sentimientos; y, como él la amaba, la perdonaría en seguida. No llevaba ningún peso en el corazón, nada que no fuera gratitud y alegría.
Todos los días, Faustina le suplicaba que fuera y, aunque sus ruegos se volvieron cada vez más apremiantes, Angeline siguió dándole excusas. Una mañana su joven amiga entró atropelladamente en su celda para llenarla de reproches y mostrarle su extrañeza por su ausencia. Angeline se vio obligada a prometer que la visitaría; y entonces se interesó por el caballero, a fin de descubrir cuál era la mejor hora para evitar su encuentro. Faustina se sonrojó... un adorable rubor se extendió por todo su rostro mientras exclamaba:
-¡Oh, Angeline! ¡Quiero que vengas por él!
Angeline enrojeció a su vez, temiendo que Hipólito hubiera traicionado su secreto, y se apresuró a decir:
-¿Te ha dicho algo?
-Nada -respondió alegremente su amiga-; por eso te necesito. ¡Oh, Angeline! Papá me preguntó ayer si Hipólito me gustaba, y añadió que, si su padre lo aprobaba, no veía ninguna razón por la que no pudiéramos casarnos. Tampoco yo... pero ¿me querrá él? Oh, si no me ama, no dejaré que se hable del asunto, ni que pregunten a su padre... ¡no me casaría con él por nada del mundo!
Y los ojos de la delicada joven se llenaron de lágrimas, y se arrojó a los brazos de Angeline.
«Pobre Faustina -pensó su amiga-, ¿seré yo la causante de su sufrimiento?»
Y empezó a acariciarla y a besarla con palabras cariñosas y tranquilizadoras. Faustina prosiguió. Estaba convencida, dijo, de que Hipólito la amaba. Angeline se sobresaltó al oír su nombre así pronunciado por otra mujer; y palideció y se estremeció mientras se esforzaba por no traicionarse a sí misma. El joven no daba demasiadas muestras de amor, pero parecía tan feliz cuando ella entraba, e insistía tanto en que se quedara... y luego sus ojos...
-¿En alguna ocasión te ha dicho algo de mí? -inquirió Angeline.
-No... ¿por qué iba a hacerlo? -replicó Faustina.
-Me salvó la vida -contestó su amiga, ruborizándose.
-¿De veras? ¿Cuándo? ¡Oh, sí, ahora lo recuerdo! Sólo pensaba en mí; pero lo cierto es que tu peligro fue tan grande... no, más grande, pues me protegiste con tu cuerpo. Mi amiga del alma, no soy una desagradecida, aunque Hipólito me vuelva tan olvidadiza...
Todo esto sorprendió, mejor dicho, dejó estupefacta a Angeline. No dudó de la fidelidad de su amado, pero temió por la felicidad de su amiga, y cualquier idea que se le ocurría daba paso a ese sentimiento... Prometió visitar a Faustina aquella misma tarde.
Y ahí está de nuevo, subiendo lentamente la colina, con el corazón encogido a causa de Faustina, confiando en que su amor repentino y no correspondido no comprometa su felicidad futura. Al doblar una curva, cerca de la villa, oyó que la llamaban; y, cuando levantó los ojos, volvió a contemplar, asomado a la balaustrada, el rostro sonriente de su hermosa amiga; e Hipólito estaba junto a ella. El joven se sobresaltó y dio un paso atrás cuando sus miradas se encontraron. Angeline había ido decidida a ponerle en guardia, y estaba ideando el mejor modo de explicarle las cosas sin comprometer a su amiga. Fue una labor inútil; cuando entró en el salón, Hipólito se había marchado, y no volvió a aparecer.
«No querrá romper su promesa», pensó Angeline.
Pero se quedó terriblemente angustiada por su amiga, y muy confusa. Faustina sólo podía hablar de su caballero. Angeline estaba llena de remordimientos, y no sabía qué hacer. ¿Debía revelar la situación a su amiga? Quizá fuera lo mejor, y, sin embargo, le parecía muy difícil; además, a veces tenía casi la sospecha de que Hipólito la había traicionado. El pensamiento venía acompañado de un dolor punzante que luego desaparecía, hasta que creyó enloquecer, y fue incapaz de dominar su voz. Regresó al convento más inquieta y acongojada que nunca.
Visitó la villa en dos ocasiones, e Hipólito volvió a eludirla; y el relato de Faustina sobre el modo en que él la trataba se tornó más inexplicable. Una y otra vez, el miedo de haberlo perdido la atormentó; y de nuevo se tranquilizó a sí misma pensando que su alejamiento y su silencio eran debidos al juramento, y que su misterioso comportamiento con Faustina sólo existía en la imaginación de la joven. No dejaba de dar vueltas al modo en que debía comportarse, mientras el apetito y el sueño la abandonaban; finalmente, cayó demasiado enferma para ir a la villa y, durante dos días, se vio obligada a guardar cama. En aquellas horas febriles, sin fuerzas para moverse, y desconsolada por la suerte de Faustina, tomó la decisión de escribir a Hipólito. Él se negaría a verla, así que no tenía otro modo de comunicarse. Su promesa lo prohibía, pero la habían roto ya de tantas maneras... Además, no lo hacía por ella, sino por su querida amiga. Pero, ¿qué pasaría si su carta llegaba a manos extrañas? ¿Y si Hipólito pensaba abandonarla por Faustina? Entonces el secreto quedaría enterrado para siempre en su corazón. Por ese motivo, resolvió escribir su misiva sin que nada la traicionara ante una tercera persona. No fue una tarea fácil, pero finalmente la llevó a cabo.
El señor caballero sabría disculparla, confiaba. Ella era... siempre había sido como una madre para la señorita Faustina... la amaba más que a su vida. El señor caballero estaba actuando, quizá, de un modo irreflexivo. ¿Comprendía sus palabras? Y, aunque no tuviese ninguna intención, la gente haría conjeturas. Todo cuanto le pedía era permiso para escribir a su padre, a fin de que aquella situación de incertidumbre y misterio terminara lo antes posible.
Angeline rompió diez notas... y, aunque no estaba satisfecha con esta última, la cerró; y luego se arrastró fuera de la cama para enviarla inmediatamente por correo.
Aquel acto de valentía tranquilizó su ánimo, y fue muy beneficioso para su salud. Al día siguiente se sentía tan bien que decidió ir a la villa para descubrir el efecto que había producido su carta. Con el corazón palpitante, subió la ladera y, al doblar la curva de siempre, levantó la mirada. No había ninguna Faustina en la balaustrada. Y no era de extrañar, pues nadie la esperaba; sin embargo, sin saber por qué, se sintió muy desgraciada y los ojos se le llenaron de lágrimas.
«Si pudiera ver a Hipólito un momento... y él me diera la más pequeña explicación, ¡todo se arreglaría!», caviló.
Con esos pensamientos llegó a la villa y entró en el salón. Oyó unos pasos rápidos, como si alguien huyera de ella. Faustina estaba sentada delante de una mesa leyendo una carta... sus mejillas rojas como la grana, su pecho palpitando de agitación. El sombrero y la capa de Hipólito se hallaban a su lado, e indicaban que acababa de abandonar precipitadamente la estancia. La joven se volvió... divisó a Angeline... sus ojos despidieron fuego... y arrojó la misiva que estaba leyendo a los pies de su amiga; Angeline comprendió que era la suya.
-¡Cógela! -dijo Faustina-. Te pertenece. Por qué motivo la has escrito... y qué significa... es algo que no preguntaré. Ha sido algo despreciable por tu parte, además de inútil, te lo aseguro... No soy alguien que entregue su corazón antes de que se lo pidan, ni que pueda ser rechazada cuando mi padre me ofrece en matrimonio. Coge tu carta, Angeline. ¡Oh! ¡Yo nunca creí que te comportarías así conmigo!
Angeline seguía allí como si la escuchara, pero no oía una sola palabra; completamente inmóvil... las manos enlazadas con fuerza, los ojos anegados en lágrimas y fijos en su carta.
-Te digo que la cojas -exclamó Faustina con impaciencia, dando una patada en el suelo con su pequeño pie-; ha llegado demasiado tarde, fueran cuales fueran tus intenciones. Hipólito ha escrito a su padre pidiéndole su consentimiento para nuestra boda; mi padre también lo ha hecho.
Angeline se estremeció y miró con ojos desorbitados a su amiga.
-¡Es cierto! ¿Acaso lo dudas? ¿Quieres que llame a Ippolito para que confirme mis palabras?
Faustina se dirigió a ella exultante. Angeline, muda de espanto, se apresuró a coger la carta; y abandonó la sala... y la casa; bajó la colina y regresó al convento. Con el corazón al rojo vivo, sintió su cuerpo poseído por un espíritu que no era el suyo: no lloraba, pero sus ojos parecían a punto de salirse de las órbitas... y sus miembros se contraían espasmódicamente. Corrió a su celda, se arrojó al suelo, y entonces pudo estallar en llanto; después de derramar torrentes de lágrimas, consiguió rezar, y más tarde... cuando recordó que su sueño de felicidad había terminado para siempre, deseó la muerte.
A la mañana siguiente, abrió los ojos de mala gana y se levantó. Era de día; y todos debían levantarse y seguir adelante, y ella entre los demás, aunque el sol ya no brillase como antes y el dolor convirtiera su vida en un tormento. No pudo evitar sobresaltarse cuando, poco después, le informaron que un caballero deseaba verla. Buscó refugio en un rincón, y rehusó bajar al locutorio. La portera regresó un cuarto de hora más tarde. El joven se había marchado, pero le había escrito una nota; y le entregó la misiva. Estaba sobre la mesa, delante de Angeline... pero le traía sin cuidado abrirla... todo había terminado, y no necesitaba aquella confirmación. Finalmente, muy despacio, y no sin esfuerzo, rompió el sello. Estaba fechada el día en que expiraba el año. Las lágrimas asomaron a sus ojos, y entonces nació en su corazón la cruel esperanza de que todo fuera un sueño, y de que ahora que la Prueba de Amor llegaba a su fin, él la reclamara como suya. Empujada por esta incierta suposición, se enjugó las lágrimas y leyó las siguientes palabras:
He venido a excusarme por mi bajeza. Rehúsas verme y yo te escribo; pues, aunque siempre seré un hombre despreciable para ti, no pareceré peor de lo que soy. Recibí tu carta en presencia de Faustina y ella reconoció tu letra. Conoces bien su obstinación, su impetuosidad; no pude impedir que me la arrebatara. No añadiré nada más. Debes de odiarme; y, sin embargo, tendrías que compadecerme, pues soy muy desdichado. Mi honor está ahora comprometido; todo terminó antes de que yo empezara a ser consciente del peligro... pero ya no se puede hacer nada. No encontraré la paz hasta que me perdones, y, sin embargo, merezco tu maldición. Faustina no sabe nada de nuestro secreto. Adiós.
El papel cayó de las manos de Angeline.
Sería inútil describir los diversos sufrimientos que soportó la infortunada joven. Su piedad, resignación y carácter noble y generoso acudieron en su ayuda, y le sirvieron de apoyo cuando sentía que sin ellos podía morir. Faustina le escribió para decirle que le hubiera gustado verla, pero que Hipólito era reacio a la idea. Habían recibido la respuesta del marqués de la Toretta, un feliz consentimiento; pero el anciano se hallaba enfermo y todos se marchaban a Bolonia. A la vuelta, hablarían.
Su partida ofreció cierto consuelo a la desdichada joven. Y no tardó en prodigárselo también una carta del padre de Hipólito, llena de alabanzas de su conducta. Su hijo se lo había confesado todo, escribía; ella era un ángel... el cielo la premiaría, pero su recompensa sería aun mayor si se dignaba perdonar a su infiel enamorado. Responder a esa misiva alivió el dolor de la joven, que desahogó su pena y los pensamientos que la atormentaban escribiéndola. Perdonó de buen grado a Hipólito, y rezó para que él y su adorable esposa gozaran de todas las bendiciones.
Hipólito y Faustina contrajeron matrimonio y pasaron dos o tres años en París y en el sur de Italia. Ella fue inmensamente feliz al principio; pero pronto el mundo cruel y el carácter ligero e inconstante de su marido infligieron mil heridas en su joven corazón. Echaba de menos la amistad y la comprensión de Angeline; apoyar la cabeza en su pecho y ser consolada por ella. Propuso una visita a Venecia, Hipólito accedió y, de camino, pasaron por Este. Angeline había tomado el hábito en el convento de Santa Anna. Se sintió muy complacida, por no decir feliz, de su visita; escuchó con gran sorpresa las penas de Faustina, y se esforzó por consolarla. También vio a Hipólito con enorme serenidad, pues sus sentimientos habían cambiado; no era el ser que ella había amado, y comprendió que, de haberse casado con él, con su profunda sensibilidad y sus elevadas ideas sobre el honor, se habría sentido incluso más decepcionada que Faustina.
La pareja llevó la vida que suelen llevar los matrimonios italianos. Él era amante de las diversiones, inconstante, despreocupado; ella se consolaba con un cavaliere servente. Angeline, consagrada a Dios, se asombraba de todo aquello; y de que alguien pudiera cambiar, con tanta ligereza sus afectos, para ella tan sagrados e inmutables".
Mary Shelley
Llevaba muchos meses sin abandonar sus muros; y sintió algo parecido al miedo cuando se encontró en medio del camino que salía de la ciudad y ascendía por las colinas Euganei hasta Villa Moncenigo, su lugar de destino. Conocía cada palmo del camino. La condesa de Moncenigo había muerto al dar a luz su segundo hijo y, desde entonces, la madre de Angeline había residido en la villa. La familia estaba formada por el conde, que, salvo algunas semanas de otoño, estaba siempre en Venecia, y sus dos hijos. Ludovico, el primogénito, había sido enviado en edad temprana a Padua para recibir una buena educación; y sólo vivía en la villa Faustina, cinco años menor que Angeline.
Faustina era la criatura más adorable del mundo: a diferencia de los italianos, tenía los ojos azules y risueños, la tez luminosa y los cabellos color caoba; su figura ágil, esbelta y nada angulosa recordaba a una sílfide; era muy bonita, vivaz y obstinada, y tenía un encanto irresistible que empujaba a todos a ceder alegremente ante ella. Angeline parecía su hermana mayor: se ocupaba de ella y le consentía todos los caprichos; una palabra o una sonrisa de Faustina lo podían todo. «La quiero demasiado -decía a veces-, pero soportaría cualquier cosa antes que ver una lágrima en sus ojos.» Era propio de Angeline no expresar sus sentimientos; los guardaba en su interior, donde crecían hasta convertirse en pasiones. Pero unos excelentes principios y la devoción más sincera impedían que la joven se viera dominada por ellas.
Angeline se había quedado huérfana tres años antes, cuando había muerto su madre, y Faustina y ella se habían trasladado al convento de Santa Anna, en la ciudad de Este; pero un año más tarde, Faustina, que entonces tenía quince años, había sido enviada a completar su educación a un famoso convento de Venecia, cuyas aristocráticas puertas estaban cerradas a su humilde compañera. Ahora, a los diecisiete años, después de finalizar sus estudios, había vuelto a casa; y se disponía a pasar los meses de septiembre y octubre en Villa Moncenigo con su padre. Los dos habían llegado aquella misma noche, y Angeline había salido del convento para ver y abrazar a su amiga del alma.
Había algo muy maternal en los sentimientos de Angeline; cinco años es una diferencia considerable entre los diez y los quince años, y muy grande entre los diecisiete y los veintidós.
«Mi querida niña -pensaba Angeline, mientras iba andando-, debe de haber crecido mucho, e imagino que estará más hermosa que nunca. ¡Qué ganas tengo de verla, con su dulce y pícara sonrisa! Me gustaría saber si ha encontrado a alguien que la mimara tanto como yo en su convento veneciano... alguien que asumiera la responsabilidad de sus faltas y que le consintiera sus caprichos. ¡Ah, aquellos días no volverán! Ahora estará pensando en el matrimonio... Me pregunto si habrá sentido algo parecido al amor -suspiró-. Pronto lo sabré... estoy segura de que me lo contará todo. Ojalá pudiera abrirle mi corazón... detesto tanto secreto y tanto misterio; pero he de cumplir mi promesa, y dentro de un mes habrá acabado todo... dentro de un mes conoceré mi destino. ¡Dentro de un mes! ¿Lo veré a él entonces? ¿Volveré a verlo algún día? Pero será mejor que olvide todo eso y piense únicamente en Faustina... ¡mi dulce y entrañable Faustina!»
Angeline subía lentamente la colina cuando oyó que alguien la llamaba; y en la terraza que dominaba el camino, apoyada en la balaustrada, se hallaba la querida destinataria de sus pensamientos, la bonita Faustina, la pequeña hada... en la flor de la vida, sonriendo de felicidad. Angeline sintió un cariño aún mayor por ella.
No tardaron en abrazarse; Faustina reía con ojos chispeantes, y empezó a contarle todo lo sucedido en aquellos dos años, y se mostró obstinada e infantil, aunque tan encantadora y cariñosa como siempre. Angeline la escuchó con alegría, contemplando extasiada y en silencio los hoyuelos de sus mejillas, el brillo de sus ojos y la gracia de sus ademanes. No habría tenido tiempo de contarle su historia aunque hubiese querido, Faustina hablaba tan deprisa...
-¿Sabes, Angelinetta mía -exclamó-, que me casaré este invierno?
-Y ¿quién será tu señor esposo?
-Todavía no lo sé; pero lo encontraré en el próximo carnaval. Debe ser muy noble y muy rico, dice papá; y yo digo que debe ser muy joven, tener buen carácter y dejarme hacer lo que yo quiera, como siempre has hecho tú, querida Angeline.
Finalmente, Angeline se levantó para despedirse. A Faustina no le agradó que se marchara -quería que pasara la noche con ella-, y señaló que enviaría a alguien al convento para conseguir permiso de la priora. Pero Angeline, sabiendo que esto era imposible, estaba decidida a irse y convenció a su amiga de que la dejara partir. Al día siguiente, Faustina visitaría personalmente el convento para ver a sus antiguas amistades, y Angeline podría regresar con ella por la noche si lo permitía la priora. Una vez discutido este plan, las dos jóvenes se separaron con un abrazo; y, mientras bajaba con paso ligero, Angeline levantó la mirada y vio cómo Faustina, muy sonriente, le decía adiós con la mano desde la terraza. Angeline estaba encantada con su amabilidad, su hermosura, la animación y viveza de su conducta y de su conversación. Faustina ocupó al principio todos sus pensamientos, pero, en una curva del camino, cierta circunstancia le trajo otros recuerdos. «¡Oh, qué feliz seré si él demuestra haberme sido fiel! -pensó-. ¡Con Faustina e Ippolito, será como vivir en el Paraíso!»
Y luego rememoró cuanto había ocurrido en los dos últimos años. Del modo más breve posible, seguiremos su ejemplo.
Cuando Faustina partió para Venecia, Angeline se quedó sola en el convento. Aunque era una persona retraída, Camilla della Toretta, una joven dama de Bolonia, se convirtió en su mejor amiga. El hermano de Camilla vino a visitarla, y Angeline la acompañó al locutorio para recibirlo. Hipólito se enamoró desesperadamente de ella, y consiguió que Angeline le correspondiera. Todos los sentimientos de la joven eran sinceros y apasionados; sin embargo, sabía atemperarlos, y su conducta fue irreprochable. Hipólito, por el contrario, era impetuoso y vehemente: la amaba ardientemente y no podía tolerar que nada se opusiera a sus deseos. Decidió contraer matrimonio, pero, como pertenecía a la nobleza, temía la desaprobación de su padre. Mas era necesario pedir su consentimiento; y el anciano aristócrata, presa del temor y de la indignación, llegó a Este, dispuesto a adoptar cualquier medida que separase para siempre a los dos enamorados. La dulzura y la bondad de Angeline mitigaron su cólera, y el abatimiento de su hijo le movió a compasión. Desaprobaba el matrimonio, pero comprendía que Hipólito deseara unirse a tanta hermosura y gentileza. Pero después pensó que su hijo era muy joven y podía cambiar de parecer, y se reprochó a sí mismo haber dado tan fácilmente su consentimiento. Por ese motivo llegó a un compromiso: les daría su bendición un año más tarde, siempre que la joven pareja se comprometiera, con el más solemne juramento, a no verse ni escribirse durante ese intervalo. Quedó sobreentendido que sería un año de prueba; y que no habría ningún compromiso hasta que éste expirara, y si permanecían fieles, su constancia sería premiada. No hay duda de que el padre creía, e incluso esperaba, que, en aquel período de ausencia, los sentimientos de Hipólito cambiarían, y que éste entablaría una relación más conveniente.
Arrodillados ante una cruz, los dos enamorados prometieron un año de silencio y de separación; Angeline, con los ojos iluminados por la gratitud y la esperanza; Hipólito, lleno de rabia y desesperación por aquella interrupción de su felicidad, que jamás habría aceptado si Angeline no hubiera empleado todas sus dotes de persuasión y de mando para convencerlo; pues la joven había afirmado que, a menos que obedeciera a su padre, ella se encerraría en su celda, y se convertiría voluntariamente en una prisionera, hasta que terminara el tiempo prescrito. De modo que Hipólito prestó juramento e inmediatamente después partió hacia París.
Faltaba sólo un mes para que expirara el año, y no es de extrañar que los pensamientos de Angeline pasaran de su dulce Faustina al destino que la esperaba. Además del voto de ausencia, habían prometido mantener su compromiso y cuanto se relacionaba con él en el más profundo secreto durante ese período. Angeline accedió de buena gana (pues su amiga se hallaba lejos) a guardar silencio hasta que transcurriera el año; pero Faustina había regresado, y ella sentía el peso de aquel secreto en su conciencia. Pero no importaba: tenía que cumplir su palabra.
Ensimismada en sus pensamientos, había llegado al pie de la colina y empezaba a subir la ladera que conducía a la ciudad de Este cuando en los viñedos que bordeaban un lado del camino oyó un ruido... de pisadas... y una voz conocida que pronunciaba su nombre.
-¡Virgen Santa! ¡Hipólito! -exclamó-. ¿Es ésta tu promesa?
-Y ¿es éste tu recibimiento? -respondió él en tono de reproche-. ¡Qué cruel eres! Como no soy lo bastante frío para seguir alejado... como este último mes ha durado una intolerable eternidad, te alejas de mí... deseas que me vaya. Son ciertos, entonces, los rumores... ¡amas a otro! ¡Ah! Mi viaje no será en vano... descubriré quién es y me vengaré de tu falsedad.
Angeline le lanzó una mirada de asombro y desaprobación; pero guardó silenció y prosiguió su camino. Tenía miedo de romper su juramento, y que la maldición del cielo cayera sobre su unión. Decidió que nada le induciría a decir otra palabra; si seguía fiel a la promesa, perdonarían a Hipólito por haberla incumplido. Caminó muy deprisa, sintiéndose alegre y desgraciada al mismo tiempo... aunque esto no es exacto... lo que le embargaba era una felicidad sincera, absorbente; pero temía en cierto modo la cólera de su amado, y sobre todo las terribles consecuencias que podría tener la ruptura de su solemne voto. Sus ojos resplandecían de amor y de dicha, pero sus labios parecían sellados; y, resuelta a no decir nada, escondió el rostro bajo su faziola, para que él no pudiera verlo, y continuó andando con la vista clavada en el suelo. Loco de ira, vertiendo torrentes de reproches, Hipólito se mantuvo a su lado, ora reprochándole su infidelidad, ora jurando venganza, o describiendo y elogiando su propia constancia y su amor inalterable. Era un tema muy grato, aunque peligroso. Angeline tuvo la tentación de decirle más de mil veces que sus sentimientos no habían cambiado; pero logró reprimir ese deseo y, cogiendo el rosario en sus manos, empezó a rezar. Se acercaban a la ciudad y, consciente de que no podría convencerla, Hipólito decidió finalmente alejarse de ella, afirmando que descubriría a su rival, y se vengaría por su crueldad e indiferencia. Angeline entró en el convento, corrió a su celda y, poniéndose de rodillas, pidió a Dios que perdonara a su amado por romper la promesa; luego, radiante de felicidad por la prueba que él le había dado de su constancia, y recordando lo poco que faltaba para que su dicha fuera perfecta, apoyó la cabeza en sus brazos y se sumió en una especie de ensueño celestial. Había librado una amarga lucha resistiéndose a las súplicas del joven, pero sus dudas se habían disipado: él le había sido fiel y, en la fecha acordada, vendría a buscarla; y ella, que durante aquel largo año le había amado con ferviente, aunque callada, devoción, ¡se vería recompensada! Se sentía segura... agradecida al cielo... feliz. ¡Pobre Angeline!
Al día siguiente, Faustina fue al convento: las monjas se apiñaron a su alrededor. «Quanto é bellina», exclamó una. «E tanta carina!», dijo otra. «S’é fatta la sposina?»... ¿Está ya prometida en matrimonio?, preguntó una tercera. Faustina respondía con sonrisas y caricias, bromas inocentes y risas. Las monjas la idolatraban; y Angeline estaba a su lado, admirando a su encantadora amiga y disfrutando de los elogios que le prodigaban. Finalmente, Faustina tuvo que partir; y Angeline, tal como habían previsto, consiguió permiso para acompañarla.
-Puedes ir a la villa con Faustina, pero no quedarte allí a pasar la noche -señaló la priora, pues iba en contra de las reglas del convento.
Faustina suplicó, protestó y consiguió, mediante halagos, que dejara regresar a su amiga al día siguiente. Entonces iniciaron el regreso juntas, acompañadas de una vieja criada, una especie de señora de compañía. Mientras andaban, un caballero las adelantó a caballo.
-¡Qué guapo es! -exclamó Faustina-. ¿Quién será?
Angeline se puso roja como la grana, pues se dio cuenta de que era Hipólito. Él pasó a gran velocidad, y no tardaron en perderlo de vista. Estaban subiendo la ladera, y ya casi divisaban la villa, cuando les alarmó oír toda clase de gritos, berridos y bramidos, como si unas bestias salvajes o unos locos, o todos a la vez, hubieran escapado de sus guaridas y manicomios. Faustina palideció; y pronto su amiga estuvo tan asustada como ella, pues vio un búfalo, escapado de su yugo, que se lanzaba colina abajo, llenando el aire de rugidos, perseguido por un grupo de contadini chillando y dando alaridos... y enfilaba directamente hacia las dos amigas. La anciana acompañanta exclamó: «O, Gesu Maria!» y se tiró al suelo. Faustina lanzó un grito desgarrador y cogió a Angeline por la cintura; ésta se puso delante de su aterrorizada amiga, dispuesta a afrontar ella todo el peligro para salvarla... y el animal se acercaba. En ese momento, el caballero bajó galopando la ladera, adelantó al búfalo y dándose media vuelta, se enfrentó al animal salvaje con valentía. Con un bramido feroz, la bestia se desvió bruscamente a un lado y cogió un sendero que salía a la izquierda; pero el caballo, despavorido, se encabritó, arrojó el jinete al suelo y huyó a galope tendido colina abajo. El caballero quedó tendido en el suelo, completamente inmóvil.
Le llegó entonces el turno de gritar a Angeline; y ella y Faustina corrieron angustiadas hacia su salvador. Mientras esta última le daba aire con el enorme abanico verde que llevan las damas italianas para protegerse del sol, Angeline se apresuró a ir a buscar agua. A los pocos minutos, el color volvió a las mejillas del joven, que abrió los ojos; y entonces vio a la hermosa Faustina e intentó levantarse. Angeline apareció en ese instante y, ofreciéndole agua en una calabaza, la acercó a sus labios. Él apretó su mano, y ella la retiró. Fue entonces cuando la anciana Caterina, extrañada de aquel silencio, empezó a mirar a su alrededor y, al ver que sólo estaban las dos jóvenes inclinadas sobre un hombre en el suelo, se levantó y fue a reunirse con ellas.
-¡Se está usted muriendo! -exclamó Faustina-. Me ha salvado la vida y se ha matado por ello.
Hipólito trató de sonreír.
-No, no me estoy muriendo -dijo-, pero estoy herido.
-¿Dónde? ¿Cómo? -gritó Angeline-. Mi querida Faustina, enviemos a buscar un carruaje y llevémoslo a la villa.
-¡Oh, sí! -repuso Faustina-. Vamos, Caterina, corre... dile a papá lo ocurrido... que un joven caballero se ha matado por salvarme la vida.
-No me he matado -le interrumpió Hipólito-; sólo me he roto el brazo y, tal vez, la pierna.
Angeline adquirió una palidez cadavérica y se dejó caer al suelo.
-Pero morirá antes de que consigamos ayuda -afirmó Faustina-; esa estúpida Caterina es más lenta que una tortuga.
-Iré yo a la villa -exclamó Angeline-, Caterina se quedará contigo y con Ip... Buon Dio! ¿Qué estoy diciendo?
Se alejó presurosa y dejó a Faustina abanicando a su amado, que volvió a sentirse muy débil. En seguida se dio la alarma en la villa, el señor Conde envió a buscar un médico y ordenó que sacaran un colchón, entre cuatro hombres, para ir en ayuda de Hipólito. Angeline se quedó en la casa; por fin pudo abandonarse a sus sentimientos y llorar amargamente, abrumada por el miedo y el dolor.
-¿Oh, por qué rompería su promesa para ser castigado? ¡Ojalá pudiera yo expiar su culpa! -se lamentó.
No tardó, sin embargo, en recobrar el ánimo; y, cuando entraron con Hipólito, le había preparado la cama y había cogido las vendas que había creído necesarias. Pronto llegó el médico; y vio que el brazo izquierdo estaba claramente roto, pero que la pierna no había sufrido más que una contusión. Entonces redujo la fractura, sangró al paciente y, dándole una pócima para serenarlo, ordenó que estuviera tranquilo. Angeline pasó toda la noche a su lado, pero Hipólito durmió profundamente y no se dio cuenta de su presencia. Jamás lo había amado tanto. Comprendió que su desgracia, sin duda fortuita, hacía honor al cariño que sentía por ella, y contempló su hermoso rostro, apaciblemente dormido.
«¡Que el cielo guarde al amante más leal que jamás haya bendecido las promesas de una joven», pensó.
A la mañana siguiente, Hipólito se despertó sin fiebre y muy animado. La herida de la pierna apenas le dolía, y quería levantarse; recibió la visita del médico, quien le rogó que guardara cama un día o dos para evitar una infección, y le aseguró que se curaría antes si obedecía sus órdenes sin reservas. Angeline pasó el día en la villa, pero no volvió a verlo. Faustina no dejó de hablar de su valentía, heroísmo y simpatía. Ella era la heroína de la historia. El caballero había arriesgado su vida por ella; era ella a quien había salvado. Angeline sonrió un poco ante su egotismo y pensó que se sentiría humillada si le contaba la verdad; así que guardó silencio. Por la noche, se vio obligada a regresar al convento; ¿entraría a despedirse de Hipólito? ¿Era correcto? ¿No significaba romper su promesa? Y, sin embargo, ¿cómo resistirse a hacerlo? Así, pues, entró en la habitación y se acercó sigilosamente a él; Hipólito oyó sus pasos, levantó ilusionado la mirada y sus ojos reflejaron cierta decepción.
-¡Adiós, Hipólito! -dijo Angeline-. He de volver al convento. Si empeoras, ¡Dios nos libre!, vendré a cuidarte y atenderte, y moriré contigo; si te restableces, como parece ser la voluntad divina, antes de un mes te daré las gracias como mereces. ¡Adiós, querido Hipólito!
-¡Adiós, querida Angeline! Cuanto piensas es bueno y justo, y tu conciencia lo aprueba: no temas por mí. Siento mi cuerpo lleno de salud y de vigor, y, puesto que tú y tu dulce amiga están a salvo, ¡benditas sean las incomodidades y los dolores que sufro! ¡Adiós! Pero espera, Angeline, tan sólo unas palabras... mi padre, según he oído, se llevó a Camilla de vuelta a Bolonia el año pasado... ¿ustedes se escriben, tal vez?
-Te equivocas, Hipólito; de acuerdo con los deseos del Marqués, no hemos intercambiado ninguna carta.
-Has obedecido tanto en la amistad como en el amor... ¡qué bondadosa eres! Pero yo también quiero que me hagas una promesa... ¿la cumplirás con la misma firmeza que la de mi padre?
-Si no va en contra de nuestro voto...
-¡De nuestro voto!. ¡Pareces una novicia! ¿Acaso nuestros votos tienen tanto valor? No, no va en contra de nuestro voto; sólo te pido que no escribas a Camilla o a mi padre, ni dejes que este accidente llegue a sus oídos. Les inquietaría inútilmente... ¿me lo prometes?
-Te prometo que no les enviaré ninguna carta sin tu permiso.
-Y yo confío en que serás fiel a tu palabra, de igual modo que lo has sido a tu promesa. Adiós, Angeline. ¡Cómo! ¿Te vas sin un beso?
La joven se apresuró a salir del cuarto para no ceder a la tentación; pues acceder a aquella demanda habría sido un quebrantamiento mucho mayor de su promesa que cualquiera de los ya perpetrados.
Regresó a Este, preocupada y, sin embargo, alegre; convencida de la lealtad de su amado y rezando fervorosamente para que no tardara en recuperarse. Durante varios días acudió regularmente a Villa Moncenigo para preguntar por su salud, y se enteró de que el joven mejoraba poco a poco; finalmente, le comunicaron que Hipólito tenía permiso para abandonar su habitación. Faustina le dio la noticia, con los ojos brillantes de alegría. Hablaba sin cesar de su caballero, así le llamaba, y de la gratitud y admiración que sentía por él. Lo había visitado a diario acompañada de su padre, y siempre tenía alguna nueva historia que contar sobre su ingenio, elegancia y amables cumplidos. Ahora que él podía reunirse con ellos en la sala, se sentía doblemente feliz. Después de recibir esa información, Angeline renunció a sus visitas diarias, ya que corría el peligro de encontrarse con su amado. Enviaba todos los días a alguien y tenía noticias de su restablecimiento; y todos los días recibía un mensaje de su amiga, invitándola a Villa Moncenigo. Pero ella se mantuvo firme: sentía que obraba bien. Y, aunque temía que él estuviera enfadado, sabía que trascurridos quince días -lo que quedaba del mes- podría expresarle sus verdaderos sentimientos; y, como él la amaba, la perdonaría en seguida. No llevaba ningún peso en el corazón, nada que no fuera gratitud y alegría.
Todos los días, Faustina le suplicaba que fuera y, aunque sus ruegos se volvieron cada vez más apremiantes, Angeline siguió dándole excusas. Una mañana su joven amiga entró atropelladamente en su celda para llenarla de reproches y mostrarle su extrañeza por su ausencia. Angeline se vio obligada a prometer que la visitaría; y entonces se interesó por el caballero, a fin de descubrir cuál era la mejor hora para evitar su encuentro. Faustina se sonrojó... un adorable rubor se extendió por todo su rostro mientras exclamaba:
-¡Oh, Angeline! ¡Quiero que vengas por él!
Angeline enrojeció a su vez, temiendo que Hipólito hubiera traicionado su secreto, y se apresuró a decir:
-¿Te ha dicho algo?
-Nada -respondió alegremente su amiga-; por eso te necesito. ¡Oh, Angeline! Papá me preguntó ayer si Hipólito me gustaba, y añadió que, si su padre lo aprobaba, no veía ninguna razón por la que no pudiéramos casarnos. Tampoco yo... pero ¿me querrá él? Oh, si no me ama, no dejaré que se hable del asunto, ni que pregunten a su padre... ¡no me casaría con él por nada del mundo!
Y los ojos de la delicada joven se llenaron de lágrimas, y se arrojó a los brazos de Angeline.
«Pobre Faustina -pensó su amiga-, ¿seré yo la causante de su sufrimiento?»
Y empezó a acariciarla y a besarla con palabras cariñosas y tranquilizadoras. Faustina prosiguió. Estaba convencida, dijo, de que Hipólito la amaba. Angeline se sobresaltó al oír su nombre así pronunciado por otra mujer; y palideció y se estremeció mientras se esforzaba por no traicionarse a sí misma. El joven no daba demasiadas muestras de amor, pero parecía tan feliz cuando ella entraba, e insistía tanto en que se quedara... y luego sus ojos...
-¿En alguna ocasión te ha dicho algo de mí? -inquirió Angeline.
-No... ¿por qué iba a hacerlo? -replicó Faustina.
-Me salvó la vida -contestó su amiga, ruborizándose.
-¿De veras? ¿Cuándo? ¡Oh, sí, ahora lo recuerdo! Sólo pensaba en mí; pero lo cierto es que tu peligro fue tan grande... no, más grande, pues me protegiste con tu cuerpo. Mi amiga del alma, no soy una desagradecida, aunque Hipólito me vuelva tan olvidadiza...
Todo esto sorprendió, mejor dicho, dejó estupefacta a Angeline. No dudó de la fidelidad de su amado, pero temió por la felicidad de su amiga, y cualquier idea que se le ocurría daba paso a ese sentimiento... Prometió visitar a Faustina aquella misma tarde.
Y ahí está de nuevo, subiendo lentamente la colina, con el corazón encogido a causa de Faustina, confiando en que su amor repentino y no correspondido no comprometa su felicidad futura. Al doblar una curva, cerca de la villa, oyó que la llamaban; y, cuando levantó los ojos, volvió a contemplar, asomado a la balaustrada, el rostro sonriente de su hermosa amiga; e Hipólito estaba junto a ella. El joven se sobresaltó y dio un paso atrás cuando sus miradas se encontraron. Angeline había ido decidida a ponerle en guardia, y estaba ideando el mejor modo de explicarle las cosas sin comprometer a su amiga. Fue una labor inútil; cuando entró en el salón, Hipólito se había marchado, y no volvió a aparecer.
«No querrá romper su promesa», pensó Angeline.
Pero se quedó terriblemente angustiada por su amiga, y muy confusa. Faustina sólo podía hablar de su caballero. Angeline estaba llena de remordimientos, y no sabía qué hacer. ¿Debía revelar la situación a su amiga? Quizá fuera lo mejor, y, sin embargo, le parecía muy difícil; además, a veces tenía casi la sospecha de que Hipólito la había traicionado. El pensamiento venía acompañado de un dolor punzante que luego desaparecía, hasta que creyó enloquecer, y fue incapaz de dominar su voz. Regresó al convento más inquieta y acongojada que nunca.
Visitó la villa en dos ocasiones, e Hipólito volvió a eludirla; y el relato de Faustina sobre el modo en que él la trataba se tornó más inexplicable. Una y otra vez, el miedo de haberlo perdido la atormentó; y de nuevo se tranquilizó a sí misma pensando que su alejamiento y su silencio eran debidos al juramento, y que su misterioso comportamiento con Faustina sólo existía en la imaginación de la joven. No dejaba de dar vueltas al modo en que debía comportarse, mientras el apetito y el sueño la abandonaban; finalmente, cayó demasiado enferma para ir a la villa y, durante dos días, se vio obligada a guardar cama. En aquellas horas febriles, sin fuerzas para moverse, y desconsolada por la suerte de Faustina, tomó la decisión de escribir a Hipólito. Él se negaría a verla, así que no tenía otro modo de comunicarse. Su promesa lo prohibía, pero la habían roto ya de tantas maneras... Además, no lo hacía por ella, sino por su querida amiga. Pero, ¿qué pasaría si su carta llegaba a manos extrañas? ¿Y si Hipólito pensaba abandonarla por Faustina? Entonces el secreto quedaría enterrado para siempre en su corazón. Por ese motivo, resolvió escribir su misiva sin que nada la traicionara ante una tercera persona. No fue una tarea fácil, pero finalmente la llevó a cabo.
El señor caballero sabría disculparla, confiaba. Ella era... siempre había sido como una madre para la señorita Faustina... la amaba más que a su vida. El señor caballero estaba actuando, quizá, de un modo irreflexivo. ¿Comprendía sus palabras? Y, aunque no tuviese ninguna intención, la gente haría conjeturas. Todo cuanto le pedía era permiso para escribir a su padre, a fin de que aquella situación de incertidumbre y misterio terminara lo antes posible.
Angeline rompió diez notas... y, aunque no estaba satisfecha con esta última, la cerró; y luego se arrastró fuera de la cama para enviarla inmediatamente por correo.
Aquel acto de valentía tranquilizó su ánimo, y fue muy beneficioso para su salud. Al día siguiente se sentía tan bien que decidió ir a la villa para descubrir el efecto que había producido su carta. Con el corazón palpitante, subió la ladera y, al doblar la curva de siempre, levantó la mirada. No había ninguna Faustina en la balaustrada. Y no era de extrañar, pues nadie la esperaba; sin embargo, sin saber por qué, se sintió muy desgraciada y los ojos se le llenaron de lágrimas.
«Si pudiera ver a Hipólito un momento... y él me diera la más pequeña explicación, ¡todo se arreglaría!», caviló.
Con esos pensamientos llegó a la villa y entró en el salón. Oyó unos pasos rápidos, como si alguien huyera de ella. Faustina estaba sentada delante de una mesa leyendo una carta... sus mejillas rojas como la grana, su pecho palpitando de agitación. El sombrero y la capa de Hipólito se hallaban a su lado, e indicaban que acababa de abandonar precipitadamente la estancia. La joven se volvió... divisó a Angeline... sus ojos despidieron fuego... y arrojó la misiva que estaba leyendo a los pies de su amiga; Angeline comprendió que era la suya.
-¡Cógela! -dijo Faustina-. Te pertenece. Por qué motivo la has escrito... y qué significa... es algo que no preguntaré. Ha sido algo despreciable por tu parte, además de inútil, te lo aseguro... No soy alguien que entregue su corazón antes de que se lo pidan, ni que pueda ser rechazada cuando mi padre me ofrece en matrimonio. Coge tu carta, Angeline. ¡Oh! ¡Yo nunca creí que te comportarías así conmigo!
Angeline seguía allí como si la escuchara, pero no oía una sola palabra; completamente inmóvil... las manos enlazadas con fuerza, los ojos anegados en lágrimas y fijos en su carta.
-Te digo que la cojas -exclamó Faustina con impaciencia, dando una patada en el suelo con su pequeño pie-; ha llegado demasiado tarde, fueran cuales fueran tus intenciones. Hipólito ha escrito a su padre pidiéndole su consentimiento para nuestra boda; mi padre también lo ha hecho.
Angeline se estremeció y miró con ojos desorbitados a su amiga.
-¡Es cierto! ¿Acaso lo dudas? ¿Quieres que llame a Ippolito para que confirme mis palabras?
Faustina se dirigió a ella exultante. Angeline, muda de espanto, se apresuró a coger la carta; y abandonó la sala... y la casa; bajó la colina y regresó al convento. Con el corazón al rojo vivo, sintió su cuerpo poseído por un espíritu que no era el suyo: no lloraba, pero sus ojos parecían a punto de salirse de las órbitas... y sus miembros se contraían espasmódicamente. Corrió a su celda, se arrojó al suelo, y entonces pudo estallar en llanto; después de derramar torrentes de lágrimas, consiguió rezar, y más tarde... cuando recordó que su sueño de felicidad había terminado para siempre, deseó la muerte.
A la mañana siguiente, abrió los ojos de mala gana y se levantó. Era de día; y todos debían levantarse y seguir adelante, y ella entre los demás, aunque el sol ya no brillase como antes y el dolor convirtiera su vida en un tormento. No pudo evitar sobresaltarse cuando, poco después, le informaron que un caballero deseaba verla. Buscó refugio en un rincón, y rehusó bajar al locutorio. La portera regresó un cuarto de hora más tarde. El joven se había marchado, pero le había escrito una nota; y le entregó la misiva. Estaba sobre la mesa, delante de Angeline... pero le traía sin cuidado abrirla... todo había terminado, y no necesitaba aquella confirmación. Finalmente, muy despacio, y no sin esfuerzo, rompió el sello. Estaba fechada el día en que expiraba el año. Las lágrimas asomaron a sus ojos, y entonces nació en su corazón la cruel esperanza de que todo fuera un sueño, y de que ahora que la Prueba de Amor llegaba a su fin, él la reclamara como suya. Empujada por esta incierta suposición, se enjugó las lágrimas y leyó las siguientes palabras:
He venido a excusarme por mi bajeza. Rehúsas verme y yo te escribo; pues, aunque siempre seré un hombre despreciable para ti, no pareceré peor de lo que soy. Recibí tu carta en presencia de Faustina y ella reconoció tu letra. Conoces bien su obstinación, su impetuosidad; no pude impedir que me la arrebatara. No añadiré nada más. Debes de odiarme; y, sin embargo, tendrías que compadecerme, pues soy muy desdichado. Mi honor está ahora comprometido; todo terminó antes de que yo empezara a ser consciente del peligro... pero ya no se puede hacer nada. No encontraré la paz hasta que me perdones, y, sin embargo, merezco tu maldición. Faustina no sabe nada de nuestro secreto. Adiós.
El papel cayó de las manos de Angeline.
Sería inútil describir los diversos sufrimientos que soportó la infortunada joven. Su piedad, resignación y carácter noble y generoso acudieron en su ayuda, y le sirvieron de apoyo cuando sentía que sin ellos podía morir. Faustina le escribió para decirle que le hubiera gustado verla, pero que Hipólito era reacio a la idea. Habían recibido la respuesta del marqués de la Toretta, un feliz consentimiento; pero el anciano se hallaba enfermo y todos se marchaban a Bolonia. A la vuelta, hablarían.
Su partida ofreció cierto consuelo a la desdichada joven. Y no tardó en prodigárselo también una carta del padre de Hipólito, llena de alabanzas de su conducta. Su hijo se lo había confesado todo, escribía; ella era un ángel... el cielo la premiaría, pero su recompensa sería aun mayor si se dignaba perdonar a su infiel enamorado. Responder a esa misiva alivió el dolor de la joven, que desahogó su pena y los pensamientos que la atormentaban escribiéndola. Perdonó de buen grado a Hipólito, y rezó para que él y su adorable esposa gozaran de todas las bendiciones.
Hipólito y Faustina contrajeron matrimonio y pasaron dos o tres años en París y en el sur de Italia. Ella fue inmensamente feliz al principio; pero pronto el mundo cruel y el carácter ligero e inconstante de su marido infligieron mil heridas en su joven corazón. Echaba de menos la amistad y la comprensión de Angeline; apoyar la cabeza en su pecho y ser consolada por ella. Propuso una visita a Venecia, Hipólito accedió y, de camino, pasaron por Este. Angeline había tomado el hábito en el convento de Santa Anna. Se sintió muy complacida, por no decir feliz, de su visita; escuchó con gran sorpresa las penas de Faustina, y se esforzó por consolarla. También vio a Hipólito con enorme serenidad, pues sus sentimientos habían cambiado; no era el ser que ella había amado, y comprendió que, de haberse casado con él, con su profunda sensibilidad y sus elevadas ideas sobre el honor, se habría sentido incluso más decepcionada que Faustina.
La pareja llevó la vida que suelen llevar los matrimonios italianos. Él era amante de las diversiones, inconstante, despreocupado; ella se consolaba con un cavaliere servente. Angeline, consagrada a Dios, se asombraba de todo aquello; y de que alguien pudiera cambiar, con tanta ligereza sus afectos, para ella tan sagrados e inmutables".
Mary Shelley
jueves, 14 de mayo de 2015
"El Ángel de lo Extraño, una Extravagancia"
"Era una fría tarde de noviembre. Acababa de dar fin a un almuerzo más
copioso que de costumbre, en el cual la indigesta trufa constituía una
parte apreciable, y me encontraba solo en el comedor, con los pies
apoyados en el guardafuegos, junto a una mesita que había arrimado al
hogar y en la cual había diversas botellas de vino yliqu eur. Por la
mañana había estado leyendo el Leónidas, de Glover; la Epigoniada, de
Wilkie; el Peregrinaje, de Lamartine; la Columbiada, de Barlow; la
Sicilia, de Tuckermann, y las Curiosidades, de Griswold; confesaré, por
tanto, que me sentía un tanto estúpido. Me esforzaba por despabilarme
con ayuda de frecuentes tragos de Laffitte, pero como no me daba
resultado, empecé a hojear desesperadamente u n periódico cualquiera.
Después de recorrer cuidadosamente la columna de casas de alquiler, la
de perros perdidosy las dos de esposas y aprendices desaparecidos,
ataqué resuelto el editorial, leyéndolo del principio al fin sin
entender una sola sílaba; pensando entonces que quizá estuviera escrito
en chino, volví a leerlo del fin al principio, pero los resultados no
fueron más satisfactorios. Me disponía a arrojar disgustado este infolio
de cuatro páginas, feliz obra que ni siquiera los poetas critican,
cuando mi atención se despertó a la vista del siguiente párrafo:
Los caminos de la muerte son numerosos y extraños. Un periódico londinense se ocupa del singular fallecimiento de un individuo. Jugaba éste a soplar el dardo, juego que consiste en clavar en un blanco una larga aguja que sobresale de una pelota de lana, todo lo cual se arroja soplándolo con una cerbatana. La víctima colocó la aguja en el extremo del tubo que no correspondía y, al aspirar con violencia para juntar aire, la aguja se le metió por la garganta, llegando a los pulmones y ocasionándole la muerte en pocos días.
Al leer esto, me puse furioso sin saber exactamente por qué.
-Este artículo –exclamé- es una despreciable mentira, un triste engaño, la hez de las invenciones de un escritorzuelo de a un penique la línea, de un pobre cronista de aventuras en el país de Cucaña. Individuos tales, sabedores de la extravagante credulidad de nuestra época, aplican su ingenio a fabricar imposibilidades probables… accidentes extraños, como ellos lo denominan. Pero una inteligencia reflexiva (como la mía, pensé entre paréntesis apoyándome el índice en la nariz), un entendimiento contemplativo como el que poseo, advierte de inmediato que el maravilloso incremento que han tenido recientemente dichos accidentes extrañoses en sí el más extraño de los accidentes. Por mi parte, estoy dispuesto a no creer de ahora en adelante nada que tenga alguna apariencia singular.
-¡Tíos mío, que estúpido es usted, ferdaderamente! –pronunció una de las más notables voces que jamás haya escuchado.
En el primer momento creí que me zumbaban los oídos (como suele suceder cuando se está muy borracho), pero pensándolo mejor me pareció que aquel sonido se asemejaba al que sale de un barril vacío si se lo golpea con un garrote; y hubiera terminado por creerlo de no haber sido porque el sonido contenía sílabas y palabras. Por lo general, no soy muy nervioso, y los pocos vasos de Laffitte que había sido saboreado sirvieron para darme aún más coraje, por lo cual alcé los ojos con toda calma y los paseé por la habitación en busca del intruso. No vi a nadie.
-¡Humf! –continuó la voz, mientras seguía yo mirando-. ¡Debe estar más borracho que un cerdo, si no me fe sentado a su lado!
Esto me indujo a mirar inmediatamente delante de mis narices y, en efecto, sentado en la parte opuesta de la mesa vi a un estrambótico personaje del que, sin embargo, trataré de dar alguna descripción. Tenía por cuerpo un barril de vino, o una pipa de ron, o algo por el estilo que le daba un perfecto aire a lo Falstaff. A modo de extremidades inferiores tenía dos cuñetes que parecían servirle de piernas. De la parte superior del cuerpo le salían, a guisa de brazos, dos largas botellas cuyos cuellos formaban las manos. La cabeza de aquel monstruo estaba formada por una especie de cantimplora como las que usan en Hesse y que parecen grandes tabaqueras con un agujero en mitad de la tapa. Esta cantimplora (que tenía un embudo en lo alto, a modo de gorro echado sobre los ojos) se hallaba colocada sobre aquel tonel, de modo que el agujero miraba hacia mí; y por dicho agujero, que parecía fruncirse en un mohín propio de una solterona ceremoniosa, el monstruo emitía ciertos sonidos retumbantes y ciertos gruñidos que, por lo visto, respondían a su idea de un lenguaje inteligible.
-Digo –repitió- que debe estar más borracho que un cerdo para no ferme sentado a su lado. Y digo también que debe ser más estúpido que un ganso para no creer lo que esdá impreso en el diario. Es la ferdad… toda la ferdad… cada palabra.
-¿Quién es usted, si puede saberse? –pregunté con mucha dignidad, aunque un tanto perplejo-. ¿Cómo ha entrado en mi casa? ¿Yqué significan sus palabras?
-Cómo he endrado aquí no es asunto suyo –replicó la figura-; en cuanto a mis palabras, yo hablo de lo que me da la gana; y he fenido aquí brecisamente para que sepa quién soy.
-Usted no es más que un vagabundo borracho –dije-. Voy a llamar para que mi lacayo lo eche a puntapiés a la calle.
-¡Ja, ja! –rió el individuo-. ¡Ju, ju, ju! ¡Imbosible que haga eso!
-¿Imposible? –pregunté-. ¿Qué quiere decir?
-Toque la gambanilla –me desafió, esbozando una risita socarrona con su extraña y condenada boca.
Al oír esto me esforcé por enderezarme, a fin de llevar a ejecución mi amenaza; pero entonces el miserable se inclinó con toda deliberación sobre la mesa y me dio en mitad del cráneo con el cuello de una de las largas botellas, haciéndome caer otra vez en el sillón del cual acababa de incorporarme. Me quedé profundamente estupefacto y por un instante no supe que hacer. Entretanto, él seguía con su cháchara.
-¿Ha visto? Es mejor que se guede guieto. Y ahora sabrá guien soy. ¡Míreme! ¡Vea! Yo soy el Ángel de lo Extraño.
-¡Vaya si es singular! –me aventuré a replicar-. Pero siempre he vivido bajo la impresión de que un ángel tenía alas.
-¡Alas! –gritó, furibundo-. ¿Y bara qué quiero las alas? ¡Me doma usted por un bollo?
-¡Oh, no, ciertamente! –me apresuré a decir muy alarmado-. ¡No, no tiene usted nada de pollo!-Pueno, entonces quédese sentado y bórtese pien, o le begaré de nuevo con el buño. El bollo tiene alas, y el púho tiene alas, y el duende tiene alas, y el gran tiablo tiene alas. El ángel no tiene alas, y yo soy el Ángel de lo Extraño.
-¿Y qué se trae usted conmigo? ¿Se puede saber…?
-¡Qué me draigo! –profirió aquella cosa-. ¡Bues… que berfecto maleducado tebe ser usted para breguntar a un ángel qué se drae!
Aquel lenguaje era más de lo que podía soportar, incluso de un ángel; por lo cual, reuniendo mi coraje, me apoderé de un salero que había a mi alcance y lo arrojé a la cabeza del intruso. O bien lo evitó o mi puntería era deficiente, pues todo lo que conseguí fue la demolición del cristal que protegía la esfera del reloj sobre la chimenea. En cuanto al ángel, me dio a conocer su opinión sobre mi ataque en forma de dos o tres nuevos golpes en la cabeza. Como es natural, esto me redujo inmediatamente a la obediencia, y me avergüenza confesar que, sea por el dolor o la vergüenza que sentía, me saltaron las lágrimas de los ojos.
-¡Tíos mío! –exclamó el ángel, aparentemente muy sosegado por mi desesperación-. ¡Tíos mío, este hombre está muy borracho o muy triste! Usted no tebe beber tanto… usted tebe echar agua al fino. ¡Vamos beba esto… así, berfecto! ¡Y no llore más, famos!
Y, con estas palabras, el Ángel de lo Extraño llenó mi vaso (que contenía un tercio de oporto) con su fluido incoloro que dejó salir de una de las botellas-manos. Noté que las botellas tenían etiquetas y que en las mismas se leía: Kirschenwasser.
La amabilidad del ángel me ablandó grandemente y, ayudado por el agua con la cual diluyó varias veces mi oporto, recobré bastante serenidad como para escuchar su extraordinarísimo discurso. No pretendo repetir aquí todo lo que me dijo, pero deduje de sus palabras que era el genio que presidía sobre los contratiempos de la humanidad, y que su misión consistía en provocar los accidentes extraños que asombraban continuamente a los escépticos. Una o dos veces, al aventurarme a expresar mi completa incredulidad sobre sus pretensiones, se puso muy furioso, hasta que, por fin, estimé prudente callarme la boca y dejarlo que hablara a gusto. Así lo hizo, pues, extensamente, mientras yo descansaba con los ojos cerrados en mi sofá y me divertía mordisqueando pasas de uva y tirando los cabos en todas direcciones. Poco a poco el ángel pareció entender que mi conducta era desdeñosa para con él. Levantóse, poseído de terrible furia, se caló el embudo hasta los ojos, prorrumpió en un largo juramento, seguido de una amenaza que no pude comprender exactamente y, por fin, me hizo una gran reverencia y se marchó, deseándome en el lenguaje del arzobispo en Gil Blas, beaucoup de bonheur et un peu plus de bon sens.
Su partida fue un gran alivio para mí. Lospoquís imosvasos de Laffitte que había bebido me producían una cierta modorra, por lo cual decidí dormir quince o veinte minutos, como acostumbraba siempre después de comer. A la seis tenía una cita importante, a la cual no debía faltar bajo ningún pretexto. La póliza de seguro de mi casa había expirado el día anterior, pero como surgieran algunas discusiones, quedó decidido que los directores de la compañía me recibirían a las seis para fijar los términos de la renovación. Mirando el reloj de la chimenea (pues me sentía demasiado adormecido para mi reloj del bolsillo) comprobé con placer que aún contaba con veinticinco minutos. Eran las cinco y media; fácilmente llegaría a la compañía de seguros en cinco minutos; y como mis siestas habituales no pasaban jamás de veinticinco, me sentí perfectamente tranquilo y me acomodé para descansar.
Al despertar, muy satisfecho, miré nuevamente el reloj y estuve a punto de empezar a creer en accidentes extraños cuando descubrí que en vez de mi sueño ordinario de quince o veinte minutos sólo había dormido tres, ya que eran las seis menos veintisiete. Volví a dormirme, y al despertar comprobé con estupefacción quetodaví aeran las seis menos veintisiete. Corrí a examinar el reloj, descubriendo que estaba parado. Mi reloj de bolsillo no tardó en informarme que eran las siete y media y, por consiguiente, demasiado tarde para la cita.
-No será nada –me dije-. Mañana por la mañana me presentaré en la oficina y me excusaré. Pero, entretanto, ¿qué le ha ocurrido al reloj?
Al examinarlo descubrí que uno de los cabos del racimo de pasas que había estado desparramando a capirotazos durante el discurso del Ángel de lo Singular había aprovechado la rotura del cristal para alojarse –de manera bastante singular- en el orificio de la llave, de modo que su extremo, al sobresalir de la esfera, había detenido el movimiento del minutero.
-¡Ah, ya veo! –exclamé-. La cosa es clarísima. Un accidente muy natural, como los que ocurren a veces.
Dejé de preocuparme del asunto y a la hora habitual me fui a la cama. Luego de colocar una bujía en una mesilla de lectura a la cabecera, y de intentar la lectura de algunas páginas de la Omnipresencia de la Deidad, me quedé infortunadamente dormido en menos de veinte segundos, dejando la vela encendida.
Mis sueños se vieron aterradoramente perturbados por visiones del Ángel de lo Singular. Me pareció que se agazapaba a los pies del lecho, apartando las cortinas, y que con las huecas y detestables resonancias de una pipa de ron me amenazaba con su más terrible venganza por el desdén con que lo había tratado. Concluyó una larga arenga quitándose su gorro-embudo, insertándomelo en el gaznate e inundándome con un océano de Kirschenwasser, que manaba a torrentes de una de las largas botellas que le servían de brazos. Mi agonía se hizo, por fin, insoportable y desperté a tiempo para percibir que una rata se había apoderado de la bujía encendida en la mesilla, peronoa tiempo de impedirle que se metiera con ella en su cueva. Muy pronto asaltó mis narices un olor tan fuerte como sofocante; me di cuenta de que la casa se había incendiado, y pocos minutos más tarde las llamas surgieron violentamente, tanto, que en un período increíblemente corto el entero edificio fue presa del fuego.
Toda salida de mis habitaciones había quedado cortada, salvo una ventana. La multitud reunida abajo no tardó en procurarme una larga escala. Descendía por ella rápidamente sano y salvo cuando a un enorme cerdo (en cuya redonda barriga, así como en todo su aire y fisonomía había algo que me recordaba al Ángel de lo Extraño) se le ocurrió interrumpir el tranquilo sueño de que gozaba en un charco de barro y descubrir que le agradaría rascarse el lomo, no encontrando mejor lugar para hacerlo que el ofrecido por el pie de la escala. Un segundo después caí yo desde lo alto, con la mala fortuna de quebrarme un brazo.
Aquel accidente, junto con la pérdida de mi seguro y la más grave del cabello (totalmente consumido por el fuego), predispuso mi espíritu a las cosas serias, por lo cual me decidí finalmente a casarme.
Había una viuda rica, desconsolada por la pérdida de su séptimo marido, y ofrecí el bálsamo de mis promesas a las heridas de su espíritu. Llena de vacilaciones, cedió a mis ruegos. Arrodilléme a sus pies, envuelto en gratitud y adoración. Sonrojóse, mientras sus larguísimas trenzas se mezclaban por un momento con los cabellos que el arte de Grandjean me había proporcionado temporariamente. No sé cómo se enredaron nuestros cabellos, pero así ocurrió. Levantéme con una reluciente calva y sin peluca, mientras ella, ahogándose con cabellos ajenos, cedía a la cólera y al desdén. Así terminaron mis esperanzas sobre aquella viuda por culpa de un accidente por cierto imprevisible, pero que la serie natural de los sucesos había provocado.
Sin desesperar, empero, emprendí el asedio de un corazón menos implacable. Los hados me fueron propicios durante un breve período, pero un incidente trivial volvió a interponerse. Al encontrarme con mi novia en una avenida frecuentada por toda laélite de la ciudad, me preparaba a saludarla con una de mis más respetuosas reverencias, cuando alguna partícula de alguna materia se me alojó en el ojo, dejándome completamente ciego por un momento. Antes de que pudiera recobrar la vista, la dama de mi amor había desaparecido, irreparablemente ofendida por lo que consideraba descortesía al dejarla pasar a mi lado sin saludarla. Mientras permanecía desconcertado por lo repentino de este accidente (que podía haberle ocurrido, por lo demás, a cualquier mortal), se me acercó el Ángel de lo Extraño, ofreciéndome su ayuda con una gentileza que no tenía razones para esperar. Examinó mi congestionado ojo con gran delicadeza y habilidad, informándome que me había caído en él una gota, y –sea lo que fuere aquella gota- me la extrajo y me procuró alivio.
Pensé entonces que ya era tiempo de morir, puesto que la mala fortuna había decidido perseguirme, y, en consecuencia, me encaminé al río más cercano. Una vez allí me despojé de mis ropas (dado que bien podemos morir como hemos venido al mundo) y me tiré de cabeza a la corriente, teniendo por único testigo de mi destino a un cuervo solitario, el cual, dejándose llevar por la tentación de comer maíz mojado en aguardiente, se había separado de sus compañeros. Tan pronto me hube tirado al agua, el pájaro resolvió echar a volar llevándose la parte más indispensable de mi vestimenta. Aplacé, por tanto, mis designios suicidas, y luego de introducir las piernas en las mangas de mi chaqueta, me lancé en persecución del villano con toda la celeridad que el caso reclamaba y que las circunstancias permitían. Mas mi cruel destino me acompañaba, como siempre. Mientras corría a toda velocidad, la nariz en alto y sólo preocupado por seguir en su vuelo al ladrón de mi propiedad, percibí de pronto que mis pies ya no tocaban terra firma: acababa de caer a un precipicio, y me hubiera hecho mil pedazos en el fondo, de no tener la buena fortuna de atrapar la cuerda de un globo que pasaba por ahí.
Tan pronto recobré suficientemente los sentidos como para darme cuenta de la terrible situación en que me hallaba (o, mejor, de la cual colgaba), ejercité todas las fuerzas de mis pulmones para llevar dicha terrible situación a conocimiento del aeronauta. Pero en vano grité largo tiempo. O aquel estúpido no me oía, o aquel miserable no quería oír, Entretanto el globo ganaba altura rápidamente, mientras mis fuerzas decrecían con no menor rapidez. Me disponía a resignarme a mi destino y caer silenciosamente al mar, cuando cobré ánimos al oír una profunda voz en lo alto, que parecía estar canturreando un aire de ópera. Mirando hacia arriba, reconocí al Ángel de lo Singular. Con los brazos cruzados, se inclinaba sobre el borde de la barquilla; tenía una pipa en la boca y, mientras exhalaba tranquilamente el humo, parecía muy satisfecho de sí mismo y del universo. En cuanto a mí, estaba demasiado exhausto para hablar, por lo cual me limité a mirarlo con aire implorante.
Durante largo tiempo no dijo nada, aunque me contemplaba cara a cara. Por fin, pasándose la pipa al otro lado de la boca, condescendió a hablar.
-¿Quién es usted y qué diablos hace aquí? –preguntó-. A esta desfachatez, crueldad y afectación sólo pude responder con una sola palabra: ¡Socorro!
-¡Socorro! –repitió el malvado-. ¡Nada te eso! Ahí fa la potella… ¡Arréglese usted solo, y que el tiablo se lo lleve!
Con estas palabras, dejó caer una pesada botella de Kirschenwasser que, dándome exactamente en mitad del cráneo, me produjo la impresión de que mis sesos acababan de volar. Dominado por esta idea me disponía a soltar la cuerda y rendir mi alma con resignación, cuando fui detenido por un grito del ángel, quien me mandaba que no me soltara.
-¡Déngase con fuerza! –gritó-. ¡Y no se abresure! ¿Quiere que le dire la otra potella… o brefiere bortarse bien y ser más sensato?
Al oír esto me apresuré a mover dos veces la cabeza, la primera negativamente, para indicar que por el momento no deseaba recibir la otra botella, y la segunda afirmativamente, a fin de que el ángel supiera que me portaría bien y que sería más sensato. Gracias a ello logré que se dulcificara un tanto.
-Entonces… ¿cree por fin? –inquirió-. ¿Cree por fin en la bosibilidad de lo extraño?
Asentí nuevamente con la cabeza.
-¿Y cree en mí, el Ángel de lo Extraño?
Asentí otra vez.
-¿Y reconoce que usted es un borracho berdido y un estúbido?
Una vez más dije que sí.
-Bues, pien, bonga la mano terecha en el polsillo izquierdo te los bantalones, en señal de su entera sumisión al Ángel de lo Extraño.
Por razones obvias me era absolutamente imposible cumplir su pedido. En primer lugar, tenía el brazo izquierdo fracturado por la caída de la escala y, si soltaba la mano derecha de la soga, no podría sostenerme un solo instante con la otra. En segundo término, no disponía de pantalones hasta encontrara al cuervo. Me vi, pues, precisado, con gran sentimiento, a sacudir negativamente la cabeza, queriendo indicar con ello al ángel que en aquel instante me era imposible acceder a su muy razonable demanda. Pero, apenas había terminado de moverla, cuando…
-¡Fáyase al tiablo, entonces! –rugió el Ángel de lo Extraño.
Y al pronunciar dichas palabras dio una cuchillada a la soga que me sostenía, y como esto ocurría precisamente sobre mi casa (la cual, en el curso de mis peregrinaciones, había sido hábilmente reconstruida), terminé cayendo de cabeza en la ancha chimenea y aterricé en el hogar del comedor.
Al recobrar los sentidos –pues la caída me había aturdido terriblemente- descubrí que eran las cuatro de la mañana. Estaba tendido allí donde había caído del globo. Tenía la cabeza metida en las cenizas del extinguido fuego, mientras mis pies reposaban en las ruinas de una mesita volcada, entre los restos de una variada comida, junto con los cuales había un periódico, algunos vasos y botellas rotos y un jarro vacío de Kirschenwasser de Schiedam. Tal fue la venganza del Ángel de lo Extraño".
Edgar Allan Poe
Los caminos de la muerte son numerosos y extraños. Un periódico londinense se ocupa del singular fallecimiento de un individuo. Jugaba éste a soplar el dardo, juego que consiste en clavar en un blanco una larga aguja que sobresale de una pelota de lana, todo lo cual se arroja soplándolo con una cerbatana. La víctima colocó la aguja en el extremo del tubo que no correspondía y, al aspirar con violencia para juntar aire, la aguja se le metió por la garganta, llegando a los pulmones y ocasionándole la muerte en pocos días.
Al leer esto, me puse furioso sin saber exactamente por qué.
-Este artículo –exclamé- es una despreciable mentira, un triste engaño, la hez de las invenciones de un escritorzuelo de a un penique la línea, de un pobre cronista de aventuras en el país de Cucaña. Individuos tales, sabedores de la extravagante credulidad de nuestra época, aplican su ingenio a fabricar imposibilidades probables… accidentes extraños, como ellos lo denominan. Pero una inteligencia reflexiva (como la mía, pensé entre paréntesis apoyándome el índice en la nariz), un entendimiento contemplativo como el que poseo, advierte de inmediato que el maravilloso incremento que han tenido recientemente dichos accidentes extrañoses en sí el más extraño de los accidentes. Por mi parte, estoy dispuesto a no creer de ahora en adelante nada que tenga alguna apariencia singular.
-¡Tíos mío, que estúpido es usted, ferdaderamente! –pronunció una de las más notables voces que jamás haya escuchado.
En el primer momento creí que me zumbaban los oídos (como suele suceder cuando se está muy borracho), pero pensándolo mejor me pareció que aquel sonido se asemejaba al que sale de un barril vacío si se lo golpea con un garrote; y hubiera terminado por creerlo de no haber sido porque el sonido contenía sílabas y palabras. Por lo general, no soy muy nervioso, y los pocos vasos de Laffitte que había sido saboreado sirvieron para darme aún más coraje, por lo cual alcé los ojos con toda calma y los paseé por la habitación en busca del intruso. No vi a nadie.
-¡Humf! –continuó la voz, mientras seguía yo mirando-. ¡Debe estar más borracho que un cerdo, si no me fe sentado a su lado!
Esto me indujo a mirar inmediatamente delante de mis narices y, en efecto, sentado en la parte opuesta de la mesa vi a un estrambótico personaje del que, sin embargo, trataré de dar alguna descripción. Tenía por cuerpo un barril de vino, o una pipa de ron, o algo por el estilo que le daba un perfecto aire a lo Falstaff. A modo de extremidades inferiores tenía dos cuñetes que parecían servirle de piernas. De la parte superior del cuerpo le salían, a guisa de brazos, dos largas botellas cuyos cuellos formaban las manos. La cabeza de aquel monstruo estaba formada por una especie de cantimplora como las que usan en Hesse y que parecen grandes tabaqueras con un agujero en mitad de la tapa. Esta cantimplora (que tenía un embudo en lo alto, a modo de gorro echado sobre los ojos) se hallaba colocada sobre aquel tonel, de modo que el agujero miraba hacia mí; y por dicho agujero, que parecía fruncirse en un mohín propio de una solterona ceremoniosa, el monstruo emitía ciertos sonidos retumbantes y ciertos gruñidos que, por lo visto, respondían a su idea de un lenguaje inteligible.
-Digo –repitió- que debe estar más borracho que un cerdo para no ferme sentado a su lado. Y digo también que debe ser más estúpido que un ganso para no creer lo que esdá impreso en el diario. Es la ferdad… toda la ferdad… cada palabra.
-¿Quién es usted, si puede saberse? –pregunté con mucha dignidad, aunque un tanto perplejo-. ¿Cómo ha entrado en mi casa? ¿Yqué significan sus palabras?
-Cómo he endrado aquí no es asunto suyo –replicó la figura-; en cuanto a mis palabras, yo hablo de lo que me da la gana; y he fenido aquí brecisamente para que sepa quién soy.
-Usted no es más que un vagabundo borracho –dije-. Voy a llamar para que mi lacayo lo eche a puntapiés a la calle.
-¡Ja, ja! –rió el individuo-. ¡Ju, ju, ju! ¡Imbosible que haga eso!
-¿Imposible? –pregunté-. ¿Qué quiere decir?
-Toque la gambanilla –me desafió, esbozando una risita socarrona con su extraña y condenada boca.
Al oír esto me esforcé por enderezarme, a fin de llevar a ejecución mi amenaza; pero entonces el miserable se inclinó con toda deliberación sobre la mesa y me dio en mitad del cráneo con el cuello de una de las largas botellas, haciéndome caer otra vez en el sillón del cual acababa de incorporarme. Me quedé profundamente estupefacto y por un instante no supe que hacer. Entretanto, él seguía con su cháchara.
-¿Ha visto? Es mejor que se guede guieto. Y ahora sabrá guien soy. ¡Míreme! ¡Vea! Yo soy el Ángel de lo Extraño.
-¡Vaya si es singular! –me aventuré a replicar-. Pero siempre he vivido bajo la impresión de que un ángel tenía alas.
-¡Alas! –gritó, furibundo-. ¿Y bara qué quiero las alas? ¡Me doma usted por un bollo?
-¡Oh, no, ciertamente! –me apresuré a decir muy alarmado-. ¡No, no tiene usted nada de pollo!-Pueno, entonces quédese sentado y bórtese pien, o le begaré de nuevo con el buño. El bollo tiene alas, y el púho tiene alas, y el duende tiene alas, y el gran tiablo tiene alas. El ángel no tiene alas, y yo soy el Ángel de lo Extraño.
-¿Y qué se trae usted conmigo? ¿Se puede saber…?
-¡Qué me draigo! –profirió aquella cosa-. ¡Bues… que berfecto maleducado tebe ser usted para breguntar a un ángel qué se drae!
Aquel lenguaje era más de lo que podía soportar, incluso de un ángel; por lo cual, reuniendo mi coraje, me apoderé de un salero que había a mi alcance y lo arrojé a la cabeza del intruso. O bien lo evitó o mi puntería era deficiente, pues todo lo que conseguí fue la demolición del cristal que protegía la esfera del reloj sobre la chimenea. En cuanto al ángel, me dio a conocer su opinión sobre mi ataque en forma de dos o tres nuevos golpes en la cabeza. Como es natural, esto me redujo inmediatamente a la obediencia, y me avergüenza confesar que, sea por el dolor o la vergüenza que sentía, me saltaron las lágrimas de los ojos.
-¡Tíos mío! –exclamó el ángel, aparentemente muy sosegado por mi desesperación-. ¡Tíos mío, este hombre está muy borracho o muy triste! Usted no tebe beber tanto… usted tebe echar agua al fino. ¡Vamos beba esto… así, berfecto! ¡Y no llore más, famos!
Y, con estas palabras, el Ángel de lo Extraño llenó mi vaso (que contenía un tercio de oporto) con su fluido incoloro que dejó salir de una de las botellas-manos. Noté que las botellas tenían etiquetas y que en las mismas se leía: Kirschenwasser.
La amabilidad del ángel me ablandó grandemente y, ayudado por el agua con la cual diluyó varias veces mi oporto, recobré bastante serenidad como para escuchar su extraordinarísimo discurso. No pretendo repetir aquí todo lo que me dijo, pero deduje de sus palabras que era el genio que presidía sobre los contratiempos de la humanidad, y que su misión consistía en provocar los accidentes extraños que asombraban continuamente a los escépticos. Una o dos veces, al aventurarme a expresar mi completa incredulidad sobre sus pretensiones, se puso muy furioso, hasta que, por fin, estimé prudente callarme la boca y dejarlo que hablara a gusto. Así lo hizo, pues, extensamente, mientras yo descansaba con los ojos cerrados en mi sofá y me divertía mordisqueando pasas de uva y tirando los cabos en todas direcciones. Poco a poco el ángel pareció entender que mi conducta era desdeñosa para con él. Levantóse, poseído de terrible furia, se caló el embudo hasta los ojos, prorrumpió en un largo juramento, seguido de una amenaza que no pude comprender exactamente y, por fin, me hizo una gran reverencia y se marchó, deseándome en el lenguaje del arzobispo en Gil Blas, beaucoup de bonheur et un peu plus de bon sens.
Su partida fue un gran alivio para mí. Lospoquís imosvasos de Laffitte que había bebido me producían una cierta modorra, por lo cual decidí dormir quince o veinte minutos, como acostumbraba siempre después de comer. A la seis tenía una cita importante, a la cual no debía faltar bajo ningún pretexto. La póliza de seguro de mi casa había expirado el día anterior, pero como surgieran algunas discusiones, quedó decidido que los directores de la compañía me recibirían a las seis para fijar los términos de la renovación. Mirando el reloj de la chimenea (pues me sentía demasiado adormecido para mi reloj del bolsillo) comprobé con placer que aún contaba con veinticinco minutos. Eran las cinco y media; fácilmente llegaría a la compañía de seguros en cinco minutos; y como mis siestas habituales no pasaban jamás de veinticinco, me sentí perfectamente tranquilo y me acomodé para descansar.
Al despertar, muy satisfecho, miré nuevamente el reloj y estuve a punto de empezar a creer en accidentes extraños cuando descubrí que en vez de mi sueño ordinario de quince o veinte minutos sólo había dormido tres, ya que eran las seis menos veintisiete. Volví a dormirme, y al despertar comprobé con estupefacción quetodaví aeran las seis menos veintisiete. Corrí a examinar el reloj, descubriendo que estaba parado. Mi reloj de bolsillo no tardó en informarme que eran las siete y media y, por consiguiente, demasiado tarde para la cita.
-No será nada –me dije-. Mañana por la mañana me presentaré en la oficina y me excusaré. Pero, entretanto, ¿qué le ha ocurrido al reloj?
Al examinarlo descubrí que uno de los cabos del racimo de pasas que había estado desparramando a capirotazos durante el discurso del Ángel de lo Singular había aprovechado la rotura del cristal para alojarse –de manera bastante singular- en el orificio de la llave, de modo que su extremo, al sobresalir de la esfera, había detenido el movimiento del minutero.
-¡Ah, ya veo! –exclamé-. La cosa es clarísima. Un accidente muy natural, como los que ocurren a veces.
Dejé de preocuparme del asunto y a la hora habitual me fui a la cama. Luego de colocar una bujía en una mesilla de lectura a la cabecera, y de intentar la lectura de algunas páginas de la Omnipresencia de la Deidad, me quedé infortunadamente dormido en menos de veinte segundos, dejando la vela encendida.
Mis sueños se vieron aterradoramente perturbados por visiones del Ángel de lo Singular. Me pareció que se agazapaba a los pies del lecho, apartando las cortinas, y que con las huecas y detestables resonancias de una pipa de ron me amenazaba con su más terrible venganza por el desdén con que lo había tratado. Concluyó una larga arenga quitándose su gorro-embudo, insertándomelo en el gaznate e inundándome con un océano de Kirschenwasser, que manaba a torrentes de una de las largas botellas que le servían de brazos. Mi agonía se hizo, por fin, insoportable y desperté a tiempo para percibir que una rata se había apoderado de la bujía encendida en la mesilla, peronoa tiempo de impedirle que se metiera con ella en su cueva. Muy pronto asaltó mis narices un olor tan fuerte como sofocante; me di cuenta de que la casa se había incendiado, y pocos minutos más tarde las llamas surgieron violentamente, tanto, que en un período increíblemente corto el entero edificio fue presa del fuego.
Toda salida de mis habitaciones había quedado cortada, salvo una ventana. La multitud reunida abajo no tardó en procurarme una larga escala. Descendía por ella rápidamente sano y salvo cuando a un enorme cerdo (en cuya redonda barriga, así como en todo su aire y fisonomía había algo que me recordaba al Ángel de lo Extraño) se le ocurrió interrumpir el tranquilo sueño de que gozaba en un charco de barro y descubrir que le agradaría rascarse el lomo, no encontrando mejor lugar para hacerlo que el ofrecido por el pie de la escala. Un segundo después caí yo desde lo alto, con la mala fortuna de quebrarme un brazo.
Aquel accidente, junto con la pérdida de mi seguro y la más grave del cabello (totalmente consumido por el fuego), predispuso mi espíritu a las cosas serias, por lo cual me decidí finalmente a casarme.
Había una viuda rica, desconsolada por la pérdida de su séptimo marido, y ofrecí el bálsamo de mis promesas a las heridas de su espíritu. Llena de vacilaciones, cedió a mis ruegos. Arrodilléme a sus pies, envuelto en gratitud y adoración. Sonrojóse, mientras sus larguísimas trenzas se mezclaban por un momento con los cabellos que el arte de Grandjean me había proporcionado temporariamente. No sé cómo se enredaron nuestros cabellos, pero así ocurrió. Levantéme con una reluciente calva y sin peluca, mientras ella, ahogándose con cabellos ajenos, cedía a la cólera y al desdén. Así terminaron mis esperanzas sobre aquella viuda por culpa de un accidente por cierto imprevisible, pero que la serie natural de los sucesos había provocado.
Sin desesperar, empero, emprendí el asedio de un corazón menos implacable. Los hados me fueron propicios durante un breve período, pero un incidente trivial volvió a interponerse. Al encontrarme con mi novia en una avenida frecuentada por toda laélite de la ciudad, me preparaba a saludarla con una de mis más respetuosas reverencias, cuando alguna partícula de alguna materia se me alojó en el ojo, dejándome completamente ciego por un momento. Antes de que pudiera recobrar la vista, la dama de mi amor había desaparecido, irreparablemente ofendida por lo que consideraba descortesía al dejarla pasar a mi lado sin saludarla. Mientras permanecía desconcertado por lo repentino de este accidente (que podía haberle ocurrido, por lo demás, a cualquier mortal), se me acercó el Ángel de lo Extraño, ofreciéndome su ayuda con una gentileza que no tenía razones para esperar. Examinó mi congestionado ojo con gran delicadeza y habilidad, informándome que me había caído en él una gota, y –sea lo que fuere aquella gota- me la extrajo y me procuró alivio.
Pensé entonces que ya era tiempo de morir, puesto que la mala fortuna había decidido perseguirme, y, en consecuencia, me encaminé al río más cercano. Una vez allí me despojé de mis ropas (dado que bien podemos morir como hemos venido al mundo) y me tiré de cabeza a la corriente, teniendo por único testigo de mi destino a un cuervo solitario, el cual, dejándose llevar por la tentación de comer maíz mojado en aguardiente, se había separado de sus compañeros. Tan pronto me hube tirado al agua, el pájaro resolvió echar a volar llevándose la parte más indispensable de mi vestimenta. Aplacé, por tanto, mis designios suicidas, y luego de introducir las piernas en las mangas de mi chaqueta, me lancé en persecución del villano con toda la celeridad que el caso reclamaba y que las circunstancias permitían. Mas mi cruel destino me acompañaba, como siempre. Mientras corría a toda velocidad, la nariz en alto y sólo preocupado por seguir en su vuelo al ladrón de mi propiedad, percibí de pronto que mis pies ya no tocaban terra firma: acababa de caer a un precipicio, y me hubiera hecho mil pedazos en el fondo, de no tener la buena fortuna de atrapar la cuerda de un globo que pasaba por ahí.
Tan pronto recobré suficientemente los sentidos como para darme cuenta de la terrible situación en que me hallaba (o, mejor, de la cual colgaba), ejercité todas las fuerzas de mis pulmones para llevar dicha terrible situación a conocimiento del aeronauta. Pero en vano grité largo tiempo. O aquel estúpido no me oía, o aquel miserable no quería oír, Entretanto el globo ganaba altura rápidamente, mientras mis fuerzas decrecían con no menor rapidez. Me disponía a resignarme a mi destino y caer silenciosamente al mar, cuando cobré ánimos al oír una profunda voz en lo alto, que parecía estar canturreando un aire de ópera. Mirando hacia arriba, reconocí al Ángel de lo Singular. Con los brazos cruzados, se inclinaba sobre el borde de la barquilla; tenía una pipa en la boca y, mientras exhalaba tranquilamente el humo, parecía muy satisfecho de sí mismo y del universo. En cuanto a mí, estaba demasiado exhausto para hablar, por lo cual me limité a mirarlo con aire implorante.
Durante largo tiempo no dijo nada, aunque me contemplaba cara a cara. Por fin, pasándose la pipa al otro lado de la boca, condescendió a hablar.
-¿Quién es usted y qué diablos hace aquí? –preguntó-. A esta desfachatez, crueldad y afectación sólo pude responder con una sola palabra: ¡Socorro!
-¡Socorro! –repitió el malvado-. ¡Nada te eso! Ahí fa la potella… ¡Arréglese usted solo, y que el tiablo se lo lleve!
Con estas palabras, dejó caer una pesada botella de Kirschenwasser que, dándome exactamente en mitad del cráneo, me produjo la impresión de que mis sesos acababan de volar. Dominado por esta idea me disponía a soltar la cuerda y rendir mi alma con resignación, cuando fui detenido por un grito del ángel, quien me mandaba que no me soltara.
-¡Déngase con fuerza! –gritó-. ¡Y no se abresure! ¿Quiere que le dire la otra potella… o brefiere bortarse bien y ser más sensato?
Al oír esto me apresuré a mover dos veces la cabeza, la primera negativamente, para indicar que por el momento no deseaba recibir la otra botella, y la segunda afirmativamente, a fin de que el ángel supiera que me portaría bien y que sería más sensato. Gracias a ello logré que se dulcificara un tanto.
-Entonces… ¿cree por fin? –inquirió-. ¿Cree por fin en la bosibilidad de lo extraño?
Asentí nuevamente con la cabeza.
-¿Y cree en mí, el Ángel de lo Extraño?
Asentí otra vez.
-¿Y reconoce que usted es un borracho berdido y un estúbido?
Una vez más dije que sí.
-Bues, pien, bonga la mano terecha en el polsillo izquierdo te los bantalones, en señal de su entera sumisión al Ángel de lo Extraño.
Por razones obvias me era absolutamente imposible cumplir su pedido. En primer lugar, tenía el brazo izquierdo fracturado por la caída de la escala y, si soltaba la mano derecha de la soga, no podría sostenerme un solo instante con la otra. En segundo término, no disponía de pantalones hasta encontrara al cuervo. Me vi, pues, precisado, con gran sentimiento, a sacudir negativamente la cabeza, queriendo indicar con ello al ángel que en aquel instante me era imposible acceder a su muy razonable demanda. Pero, apenas había terminado de moverla, cuando…
-¡Fáyase al tiablo, entonces! –rugió el Ángel de lo Extraño.
Y al pronunciar dichas palabras dio una cuchillada a la soga que me sostenía, y como esto ocurría precisamente sobre mi casa (la cual, en el curso de mis peregrinaciones, había sido hábilmente reconstruida), terminé cayendo de cabeza en la ancha chimenea y aterricé en el hogar del comedor.
Al recobrar los sentidos –pues la caída me había aturdido terriblemente- descubrí que eran las cuatro de la mañana. Estaba tendido allí donde había caído del globo. Tenía la cabeza metida en las cenizas del extinguido fuego, mientras mis pies reposaban en las ruinas de una mesita volcada, entre los restos de una variada comida, junto con los cuales había un periódico, algunos vasos y botellas rotos y un jarro vacío de Kirschenwasser de Schiedam. Tal fue la venganza del Ángel de lo Extraño".
Edgar Allan Poe
miércoles, 13 de mayo de 2015
"Muerte Alada"
"EL Hotel Orange se encuentra en High Street, cerca de la estación de ferrocarril, en Bloemfontein, Sudáfrica. El domingo 24 de enero de 1932, cuatro hombres se sentaron temblando de terror en una habitación de la tercera planta. Uno era George C. Tittleridge, propietario del hotel; otro era el agente de policía Ian De Witt; un tercero era Johanes Bogaert, el juez local; el cuarto y aparentemente el menos alterado del grupo, era el doctor Cornelius Van Keulen, el médico forense. En el suelo, desazonadoramente evidente gracias al sofocante calor del verano, estaba el cuerpo de un muerto… pero no era eso lo que los cuatro hombres temían. Sus miradas iban de la mesa, donde descansaba un curioso surtido de objetos, al techo, cuya superficie blanqueada estaba cruzada por series de grandes y vacilantes caracteres que de alguna forma habían sido garabateados con tinta y, a cada momento, el Doctor Van Keulen ojeaba furtivamente un usado cuaderno de notas de cuero que sostenía en su diestra. El horror de los cuatro parecía dividirse por igual entre el cuaderno, las torpes palabras del techo y una mosca de peculiar aspecto que flotaba muerta en una botella de amoníaco sobre la mesa. Asimismo, sobre ésta había un tintero abierto, un lápiz y un taco de papel, un maletín de médico, una botella de ácido clorhídrico y un vaso lleno en una cuarta parte con negro óxido de manganeso.
El gastado libro de tapas de cuero era el diario del muerto tendido en el suelo, y, rápidamente, quedó claro que el nombre “Frederick N. Mason, Prospecciones Mineras, Toronto, Canadá”, con el que había firmado el registro del hotel, era falso. Había otros hechos terribles hechos igualmente se hicieron evidentes; y aún otros mucho más terroríficos que se insinuaron odiosamente, sin llegar a clarificarse o ser incluido completamente creíbles. Fue la creencia a medias de los cuatro hombres, fomentada por vidas gastadas en la proximidad de los negros y ocultos misterios del África profunda, lo que les hizo temblar tan violentamente a pesar del bochornoso calor de enero. El cuaderno no era tan grande, y las anotaciones eran de buena caligrafía, que, no obstante, se volvía descuidada y nerviosa hacia el final. Estaba formado por una serie de apuntes irregularmente espaciados al principio, pero hacia el final se convertían en un diario. Llamar a esto diario no sería exactamente correcto, ya que registraba sólo una clase de las actividades de su autor. El doctor Van Keulen reconoció el nombre del difunto en un instante de abrir la cubierta, ya que pertenecía a un eminente miembro de su propia profesión que había estado ampliamente conectado con los asuntos africanos. En otro instante, quedó horrorizado al encontrar este nombre ligado a un vil crimen oficialmente sin resolver que había llenado los periódicos unos cuatro meses atrás. Y cuanto mas leía, más profundo se volvía su horror y espanto, así como sus sentimientos de aversión y pánico.
He aquí, en esencia, el texto que el doctor leyó en voz alta en aquella siniestra y progresivamente hedionda estancia, mientras los 3 hombres de su alrededor resollaban inquietos en sus sillas y lanzaban espantadas miradas al techo, la mesa y la cosa del suelo, y hacia algo más.
DIARIO DE THOMAS SLAUENWITE, M.D.
Sobre el castigo a Henry Sargent Moore, doctor en Filosofía de Brooklyn, Nueva York, profesor de Biología Invertebrada en la Universidad de Columbia, Nueva York, N.Y. Redactado para ser leído tras mi muerte, para la satisfacción de hacer público el cumplimiento de mi venganza, que de ninguna otra manera podría serme imputada, aun en el caso de tener éxito.
Enero 5 de 1929: Ahora estoy totalmente decidido a matar al doctor Henry Moore, y un reciente incidente me ha mostrado cómo hacerlo. Desde ahora, seguiré una constante línea de acción; de ahí que comience este diario. Apenas es necesario repetir las circunstancias que me han hecho tomar este camino, ya que la parte informada del público está familiarizada con los hechos más relevantes. Nací en Trenton, Nueva Jersey, el 12 abril de 1885, hijo del doctor Paul Slauenwite, originario de Pretoria, Transvaal, Sudáfrica. Estudié medicina según la tradición familiar y, siguiendo las recomendaciones de mi padre (muerto en 1916 mientras servía en el regimiento sudafricano destinado en Francia), me especialicé en fiebres africanas, y tras mi graduación en Columbia, dediqué mucho tiempo a investigaciones que me llevaron a Durban, Natal y al propio ecuador. En Mombasa, trabajé sobre una nueva teoría acerca de la transmisión y desarrollo de la fiebre intermitente, ayudado tan sólo ligeramente por la documentación del último médico gubernamental, sir Norman Sloane, que encontré en la casa en la que me albergaba. Al publicar mis resultados, pasé de golpe a ser una famosa autoridad. Se me habló de la posibilidad de lograr una posición casi suprema en el Ministerio De Salud en Sudáfrica, y quizás el título de caballero, en el caso de adquirir la nacionalidad, y decidí dar los pasos oportunos.
Entonces ocurrió el suceso por el que voy a matar a Henry Moore. Este hombre, compañero de clase y amigo durante años en América y África, buscó deliberadamente socavar mis derechos a mi propia teoría, alegando que sir Norman Sloane se había anticipado a mí en los principales detalles, e insinuado que probablemente había encontrado más documentación que la presentada en mi informe. Para respaldar esta absurda acusación suministró algunas cartas personales de sir Norman que, en efecto, mostraban que el anciano estaba sobre la pista y hubiera publicado en breve sus resultados de no mediar su brusca muerte. Esto último sólo pudo admitirlo con pesar. Pero lo que no puedo excusar es la envidiosa sospecha que había hurtado la teoría de la documentación de sir Norman. El Gobierno británico, bastante sensible, ignoró tales calumnias, pero denegó el a medias prometido nombramiento y distinciones basándose en que mi teoría, aunque original, no era algo nuevo. Pronto pude ver que mi carrera en África estaba sensiblemente dañada, aunque había puesto todas mis ilusiones en ella, aún hasta el punto de renunciar a la ciudadanía americana. Se notaba, en el gobierno de Mombasa, una perceptible frialdad hacia mí, especialmente entre quienes habían conocido a sir Norman.
Fue entonces cuando decidí vérmelas con Moore tarde o temprano, aunque no sabía cómo. Había envidiado mi pronta celebridad y había utilizado su antigua correspondencia con sir Norman para arruinarme. Eso, el amigo a quien había guiado para interesarse en África, a quién había preparado e inspirado hasta que adquirió su actual modesta fama. Como una autoridad en entomología africana. Aún ahora, empero, no niego que estos logros son importantes. Lo reconozco y, en pago, él me ha arruinado. Ahora algún día le destruiré. Cuando me vi caído en Mombasa, me dediqué a mi presente ocupación en el interior, en M’gonga, a unos 24 kilómetros de la frontera de Uganda. Es un puesto de comercio del algodón y del marfil, con sólo 8 blancos a parte de mí.
Un agujero infecto, casi en el ecuador, y repleto de toda clase de fiebres conocidas por la humanidad. Serpientes venenosas e insectos de todas clases, y negros con dolencias que nadie conoce fuera de la Facultad de Medicina. Pero mi trabajo no es duro, y tengo mucho tiempo para planear qué hacer con Henry Moore. Me divierte dar a su Dípteros de África Central y del Sur un lugar destacado en mi biblioteca. Supongo que en la actualidad es un manual estándar utilizando en Columbia, Harvard y la U. de Wis, pero mis propias sugerencias son realmente responsables de la mitad de sus puntos fuertes. La pasada semana encontré lo que me dijo de cómo matar a Moore. Un grupo de Uganda trajo con una extraña enfermedad que aún no he podido diagnosticar. Estaba en estado letárgico, con una temperatura realmente baja, y le rehuían de una forma peculiar. La mayoría de sus compañeros tenían miedo de él y decían que estaba bajo algún hechizo de un doctor brujo, pero Gobo, el intérprete, dijo que había sido picado por un insecto. Lo que fuera, no puedo imaginarlo, ya que es sólo una leve punción en el brazo. Es de un rojo brillante, sin embargo, con un anillo púrpura a su alrededor. Es una visión espectral… no me extraña que los porteadores caigan en la superstición de la magia negra.
Parecen haber visto otros casos iguales, y dicen que no hay nada que hacer. El viejo N’Kuru, uno de los gallas del puesto, dice que debe ser la picadura de la mosca-diablo, que hace decaer progresivamente a sus víctimas hasta la muerte y, entonces, toma su alma y personalidad como si aún viviera… y se va volando con todos sus gustos, disgustos y conciencia. Una extraña leyenda: no conozco ningún insecto local lo bastante mortífero como para provocarla. Suministré a este enfermo -su nombre es Melena- una buena dosis de quinina y tomé una muestra de su sangre para estudiarla, pero no he hecho grandes progresos. En verdad, hay un extraño germen presente, pero no puedo identificarlo siquiera remotamente. Lo más cercano es el bacilo que se encuentra en los bueyes, caballos, y perros picados por la mosca tse-tse, pero tales moscas no infectan a los seres humanos, y esto, de cualquiera forma, está demasiado al norte. De todos modos, lo importante es que he decidido cómo matar a Moore. Si esta región interior tiene insectos tan venenosos como dicen los nativos, me encargaré de que tenga un suministro de ellos, de una buena fuente que no espera, asegurándome ante todo que esté indefenso. Haré que abandone toda precaución cuando se dedique a estudiar esta especie desconocida… ¡y entonces veremos cómo sigue su curso la naturaleza! No debe ser difícil encontrar un insecto que tanto atemoriza a los negros. Primero veré qué pasa con el pobre Mevana, luego encontraré mi mensajero de muerte.
Enero 7: Mevana no mejora, a pesar que le he inyectado todas las antitoxinas que conozco. Sufre espasmos de temblor en los que divaga espantado sobre que su alma pasará, cuando muera, al insecto que le picó, pero en los intervalos descansa en una especie de estupor. El corazón aún late con fuerza, por lo que espero salvarlo. Tengo que internarlo, ya que probablemente él me guiará mejor que nadie a la región donde fue picado. Entretanto, escribiré al doctor Lincon, mi predecesor, ya que Allen, el jefe del puesto, dice que tiene un profundo conocimiento de las enfermedades locales. Si alguien conoce la mosca de la muerte, ése debe ser él. Ahora está en Nairobi, y un correo negro me traerá una respuesta en una semana… si utiliza el ferrocarril para la mitad del viaje.
Enero 10: El paciente no cambia, ¡pero he encontrado lo que buscaba! Estaba en un antiguo volumen de registros sanitarios locales que estuve revisando mientras espero la respuesta de Lincoln. Hace 30 años hubo una epidemia que mató a millares de nativos en Uganda, y fue definitivamente atribuida a una rara mosca llamada Glossina palpalis, una especie de prima de la Glossina marsitans, o tse-tse. Vive en los arbustos, en las riberas de lagos y ríos, y se alimenta de la sangre de cocodrilos, antílopes y muchos mamíferos. Cuando esas víctimas tienen el germen de la tripanosomiasis, o enfermedad del sueño, se reponen de ésta y desarrollan una aguda infección tras un periodo de incubación de 31 días. Luego, al cabo de 65 días, sobreviene una muerte segura para las víctimas. Sin duda, ésta debe ser la “mosca diablo” de la que hablan los negros. Ahora sé lo que estoy buscando. Ansío que Mevana se recupere. Espero recibir noticias de Lincon en 4 o 5 días, tiene una gran reputación de triunfos en cosas como ésta. Mi principal problema era enviar las moscas a Moore sin que las reconozca. Con su maldita erudición puede ser capaz de conocerla, ya que están registradas.
Enero 15: Acabo de recibir noticias de Lincon, quien confirma todo el registro sobre la Glossina palpalis. Tiene un remedio para la enfermedad del sueño que ha dado resultado en gran número de casos, cuando no era demasiado tarde. Inyecciones intramusculares de triparsamida. Cuando Mevana fue picado, hace unos 2 meses, no sabía cómo trabajar… pero Lincoln dice que esos casos son conocidos por durar hasta 18 meses, por lo que posiblemente no sea tarde. Lincoln ha enviado de su provisión, por lo que acabo de dar a Mevana una gran dosis. Han traído a su esposa principal al poblado, pero él no la reconoce. Si se recobrara, seguramente podrá mostrarme dónde están las moscas. Es un gran cazador de cocodrilos, según los informes, y Uganda es como un libro abierto para él.
Enero 16: Mevana parece un poco más lucido hoy, pero su corazón se ha ralentizado un poco. Seguiré con las inyecciones, pero tratando de evitar las sobredosis.
Enero 17: Hoy ha habido una notable recuperación. Mevana abrió los ojos y mostró signos de consciencia, aunque aturdido, tras la inyección. Espero que Moore no conozca la triparsamida. Hay buena oportunidad de que así sea, ya que nunca aprendió mucho de medicina. La lengua de Mevana parecía paralizada, pero espero que esto pase si puedo espabilarlo. Me gustaría echar un buen sueño,¡aunque no de esa clase!
Enero 25: ¡Mevana está casi curado! En otra semana, le llevaré conmigo a la selva. Estaba asustado cuando vino pensando que la mosca tomaría después de muerto, pero se recobró finalmente cuando le dije que se pondría bien. Su esposa, Ugowe, le prodiga toda clase de cuidados y puedo descansar algo. Luego, ¡a por los mensajeros de la muerte!
Febrero 3: Mevana está bien ahora, y le he hablado de cazar moscas. Tiene miedo de volver al lugar donde están, pero yo juego la baza de su gratitud. Además, tiene cierta idea que puedo protegerlo de la epidemia de la misma forma que le curé. Su coraje avergonzaría a un blanco, y no hay duda que irá. No me queda sino hablar con el jefe del puesto sobre la expedición, en interés de la salud local.
Marzo 12: ¡por fin estoy en Uganda! Tengo cinco porteadores además de Mevana, pero todos son gallas. No es posible lograr que los negros locales entren en la región luego que se supiera lo sucedido a Mevana. Esta jungla es un lugar pestilente, nublado de vapores miasmáticos. Todos los lagos parecen estancados. En cierto sitio, alcanzamos a los restos de ruinas ciclópeas que hicieron que incluso los gallas lo contornearan en un amplio círculo. Dicen que esos megalitos son más viejos que el hombre, y que son utilizados para cazadero o avanzadilla de “Los Pescadores del Exterior” cualesquiera que sean y de los dioses demonio Tsadogwa y Clulu. Hoy decían que ahí hay malas influencias, y que está conectado de alguna forma con las moscas-diablo.
Marzo 15: Alcanzamos el lago Mlolo esta mañana, el lugar donde Mevana fue picado. Un lugar infernal de espuma verde, repleto de cocodrilos. Mevana ha colocado una red de fino alambre cebada con carne de cocodrilo. Tiene una angosta entrada, y una vez que la presa entra, no puede salir. Son tan estúpidas como mortíferas y están ávidas de carne fresca o un bol de sangre. Espero poder conseguir un buen suministro. He decidido experimentar con ellas, encontrar una forma de cambiar su aspecto para que Moore no pueda reconocerlas. Quizás pueda cruzarlas con otras especies, creando un extraño híbrido cuya capacidad de infección no esté menguada. Veremos. Debo esperar, pero no tengo prisa. Cuando esté listo, haré que Mevana me consiga carne infectada para mis enviados de muerte… y luego al correo. No habrá problema en encontrar una fuente infecciosa, ya que este país es un pozo de pestilencias.
Marzo 16: Buena suerte. 2 cajas llenas. 5 especímenes vigorosos con alas que relumbran como diamantes. Mevana está vaciándolas en un gran bote con un tapón de malla tirante, y pienso que las hemos cogido justo a tiempo. Volveremos a M’gonga sin problema. Llevaremos mucha carne de cocodrilo para alimentarlos. Sin duda, todas o la mayoría están infectadas.
Abril 20: De vuelta en M’gonga y ocupado en el laboratorio. He pedido al doctor Joost de Pretoria algunas moscas tse-tse para experimentos de hibridación. Más que un cruce, si este trabajo concluye, debo lograr algo sumamente difícil de reconocer y a la vez tan mortífero como la palpalis. Si no resulta, trataré de obtener otro díptero del interior, y he pedido al doctor Vandervelde de Nyangwe algunos tipos del Congo. No tengo que enviar a Mevana por más carne contaminada después de todo, ya que he encontrado que puedo guardar cultivos del germen Tripanosoma gambiense, obtenido de la carne traída el mes pasado, casi independientemente en tubos. En su momento, contaminaré carne fresca y alimentaré a mis alados enviados con una buena dosis… luego, bon voyage.
Junio 18: Hoy han llegado mis moscas tse-tse de Joost. Tengo cajas para la reproducción listas desde hace mucho tiempo y ahora estoy haciendo selecciones. Trataré de utilizar rayos ultravioleta para acelerar el ciclo vital. Afortunadamente, tengo los aparatos necesarios en mi equipo regular. Naturalmente, no hablo de lo que estoy haciendo. La ignorancia de los pocos de aquí me facilita el ocultar mis intenciones y pretender estar simplemente estudiando especies actuales por razones médicas.
Junio 29: ¡El cruce es fértil! Obtuve buenas puestas el pasado miércoles, y ahora tengo algunas larvas excelentes. Si los insectos adultos se muestran extraños como deben, no necesitaré más. Estoy preparando cajas separadas y numeradas para los diferentes especímenes.
Julio 7: ¡Están saliendo nuevos híbridos! Su forma es un excelente disfraz, pero el lustre de las alas aún sugiere a la palpalis. El tórax tiene débiles sugerencias de las listas de la tse-tse. Hay ligeras variaciones según los individuos. Les alimento a todos con la carne contaminada de cocodrilo y, el desarrollo de la infección, los probaré en algún negro…aparentemente por accidente, por supuesto. Hay muchas moscas ligeramente venenosas por los alrededores, por lo que será fácil hacerlo sin despertar sospechas. Tendré que perder un insecto en mi protegido comedor cuando Batta, mi criado, traiga el desayuno, procurando resguardarme. Cuando el trabajo este hecho la volveré a capturar o la aplastaré algo fácil, gracias a su estupidez, o la asfixiaré rociando la habitación con cloro. Si no se logra la primera vez, lo intentaré hasta que funcione. Por supuesto, tendré la triparsamina a mano para el caso que me pique a mi… pero tendré cuidado de resguardarme, porque ningún antídoto es realmente seguro.
Agosto 10: La infección madura, y me las he arreglado para que Batta fuera picado de buena forma. Capturé la mosca cuando estaba sobre él, devolviéndola a su caja. Alivié la picadura con yodo, y pobre diablo está bastante agradecido por el cuidado. Probaré otra variante en Gamba, el mensajero del factor, mañana. Serán todas las pruebas que ose hacer aquí, pero si necesito más conseguiré especímenes de Ukala y lograré datos adicionales.
Agosto 11: Fallé en lo tocante a Gamba, pero recapturé la mosca viva. Batta todavía parece tan saludable como siempre y no tiene molestias en la espalda, donde fue picado. Debo esperar antes de probar de nuevo con Gamba.
Agosto 14: Al fin llegaron los especimenes de Vandervelde. Siete especímenes completamente distintas, todas más o menos venenosas. Las tendré bien alimentadas para el caso que los cruces de tse-tse no resulten. A algunos de los especímenes les desagrada la Palpalis, pero el problema es que no puedan tener cruces fértiles con ellas.
Agosto 17: Gamba resultó picado esta tarde, pero mató a la mosca mientras lo hacía. Le picó en el hombro izquierdo. Limpié la picadura, y Gamba estuvo tan agradecido como Batta. No hay cambios en Batta.
Agosto 20: Gamba sigue sin cambios… Batta también. Estoy experimentando con una nueva forma de camuflaje que complemente la hibridación: alguna especie de tinte que cambie el delator brillo de las alas de la palpalis. Un tinte azul puede servir… algo que pueda pulverizar sobre todo el lote de insectos. Iniciaré las investigaciones con azul Prusia y Tumbull… con sales de hierro y de cianuro.
Agosto 25: Batta se queja hoy de dolores en su espalda… puede que las cosas se estén desarrollando.
Septiembre 23: He hecho buenos progresos en mis experimentos. Batta muestra signos de letargo, y dice que su espalda le duele todo el tiempo. Gamba comienza a tener molestias en su hombro picado.
Septiembre 24: Batta empeora progresivamente, y comienza a temer por su picadura. Dice que debe ser obra de una mosca-diablo, y estuvo pidiendo que la matara ya que me ha visto guardarla en una caja hasta que le engañé diciendo que había muerto hacía tiempo. Dijo que no quería que su alma pasara a ella tras la muerte. Le he inyectado agua destilada con la hipodérmica, para mantener su moral alta. Evidentemente, la mosca conserva todas las propiedades de la palpalis. Gamba también ha enfermado y reproduce todos los síntomas de Batta. He decidido tratarle con triparsamina, ya que el efecto de la mosca está suficientemente probado. No lo haré con Batta, no obstante, ya que quiero tener una idea de cuánto tarda en finalizar un caso. Los experimentos de teñido están cerca de su fin. Una forma isométrica de ferrocianida ferrosa, con la adición de sales potásicas, pueden ser disuelta en alcohol y pulverizada sobre los insectos con resultados excelentes. Mancha las alas de azul sin afectar demasiado al tórax oscuro, y no se va cuando rocío a los especímenes con agua. Con este disfraz, creo poder usar los actuales híbridos de tse-tse y ahorrarme el fastidio de ulteriores experimentos. Astuto como es, Moore no reconocerá a las moscas de alas azules y con un tórax similar al de las tse-tse. Por supuesto, guardaré este asunto del tinte en absoluto secreto. Nadie debe conectarme más tarde con las moscas azules.
Octubre 9: Batta está letárgico y debe guardar cama. He administrado triparsamina a Gamba durante dos semanas, y espero que se recobre.
Octubre 25: Batta empeora, pero Gamba está casi recuperado.
Noviembre 18: Batta murió ayer y sucedió algo curioso que me provocó un escalofrío, dadas, las leyendas nativas y los propios temores de Batta. Cuando volví al laboratorio tras la muerte, escuché el más peculiar zumbido y golpeteo en la caja 12, que contenía a la mosca que picó a Batta. La criatura parecía frenética, pero guardó silencio cuando aparecí… agarrándose a la red de alambre y mirándome de la forma más extraña. Tendía sus patas a través de los alambres como si estuviera aturdida. Cuando volví de la comida con Allen, la cosa había muerto. Evidentemente, se había vuelto loca y se destrozó contra las paredes de la caja. Ciertamente, es peculiar que eso sucediera justo tras la muerte de Batta. Si algún negro lo hubiera visto, podría haber creído en la absorción del alma del pobre diablo. Enviaré mis híbridos teñidos de azul a su misión dentro de poco. La rapidez al matar de los híbridos parece ser un poco mayor que la de la palpalis pura. Batta murió tres meses y ocho días después de la infección, pero, por supuesto, existe un amplio margen de incertidumbre. Casi desearía haber dejado proseguir el caso de Gamba.
Diciembre 5: Estoy ocupado planeando el cómo hacer mi envío a Moore. Debo simular que proceden de algún entomólogo desinteresado que ha leído su Dípteros de África Central y Sur y cree que puede querer estudiar esa “nuevas e inidentificables especies”. Debe haber también amplias afirmaciones que las moscas de alas azules son inofensivas, como prueba la larga experiencia de los nativos. Moore debe estar con la guardia baja, y una de las moscas le picará tarde o temprano… aunque uno no puede decirse cuándo. Debo confiar en las cartas de los amigos de Nueva Cork. Ellos aún me hablan de Moore a veces para mantenerme informado sobre los primeros resultados, aunque juraría que los periódicos publicaran su muerte. Sobre todo, no debo mostrar ningún interés en el caso. Le remitiré las moscas durante un viaje, pero no debo ser reconocido al hacerlo. Lo mejor es que tome unas largas vacaciones en el interior, me deje la barba y envíe el paquete en Ukala, haciéndome pasar como un entomólogo de visita, y vuelva tras afeitarme la barba.
Abril 12,1930: De vuelta a M’gonga tras mi largo viaje. He enviado las moscas a Moore sin dejar pistas. Tomé unas vacaciones de Navidad el 15 diciembre y conseguí el material apropiado. Preparé un buen recipiente de correos, con un compartimiento para incluir alguna carne de cocodrilo contaminada de gérmenes como alimento de mis mensajeros. Por fin, en febrero tenía barba suficiente como para posar en un Vandyke. Aparecí por Ukala el 9 marzo y escribí una carta a Moore en la maquina de escribir del pueblo comercial. Firmé como “Nevil Wayland-Hall”, un supuesto entomólogo de Londres. Pienso que le di el tono apropiado… interés de un colega científico y todo eso. Fue artísticamente casual el enfatizar la “completa inocuidad” de los especímenes. Nadie sospechó nada. Afeité mi barba tan pronto como llegué a la sabana, para evitar un moreno desigual a mi vuelta. No utilicé porteadores nativos, excepto en un corto trecho de pantano: puedo hacer milagros con una mochila, y mi sentido de la orientación es bueno. La suerte me ha acompañado en tales viajes. Expliqué mi prolongada ausencia con alegatos a un conato de fiebre y el haberme extraviado cuando atravesaba la sabana. Pero ahora viene lo más duro psicológicamente: aguardar noticias de Moore sin mostrar interés. Por supuesto, puede quizás escapar a una picadura hasta que el veneno se desactive…pero, con su temeridad, las probabilidades son de cien a uno contra él. No tengo remordimientos, tras lo que me hizo, se merece eso y más.
Junio 30,1930: ¡Hurra! ¡El primer paso esta dado! Acabo de saber casualmente por Dyson de Columbia que Moore ha recibido unas nuevas moscas de alas azules provenientes de África, ¡y que está complemente desconcertado respecto a ellas! Ni palabra de ninguna picadura… ¡Pero si conozco la dejadez de Moore como creo, no tardará!
Agosto 27,1930: Carta de Morton en Cambridge. Afirma que Moore dice sentirse indispuesto, y habla de una picadura de insecto en la parte posterior de su cuello… De un curioso nuevo espécimen recibido a mediados de junio. ¿Habrá sucedido? Aparentemente, Moore no conecta la picadura con su debilidad. Si esto es verdad, entonces Moore ha sido picado en el período de transmisión infecciosa de los insectos.
Septiembre 12,1930: ¡Victoria! Otra carta de Dyson diciendo que Moore está en un estado verdaderamente alarmante. Ahora relaciona su enfermedad con la picadura que recibió sobre el mediodía del 19 junio, y está intrigado respecto a la identidad del insecto. Está tratando de ponerse en contacto con “Nevil Wayland-Hall”, quien le envió la remesa. Del apenas un centenar que le envíe, unas veinticinco parecen haber llegado vivas hasta él. Algunas escaparon en le momento de la picadura, pero algunas larvas aparecieron de huevos depositados durante el tiempo que estuvieron en el correo. Según Dyson, está incubando cuidadosamente tales larvas, Cuando maduren, supongo que podrá identificar el híbrido de las palpalis y las tse-tse, pero eso no le ayudará mucho ahora. ¡Se preguntará, sin embargo por qué el azul de las alas no se transmite por la herencia!
Noviembre 8,1930: Carta de media docena de amigos hablándome de la grave enfermedad de Moore. La de Dyson llegó hoy. Dice que Moore está completamente desconcertado sobre los híbridos salidos de las larvas y está comenzando a pensar que los padres pueden ser alados azules de forma artificial. Actualmente se ve obligado a guardar cama la mayor parte del día. Ninguna mención al uso del triparsamida.
Febrero 13,1931: ¡No podía ser tan bueno! Moore está agonizando, y no parece conocer el remedio, pero creo que sospecha de mí. He recibido una carta sumamente fría de Morton el último mes, donde no contaba nada sobre Moore, y ahora Dyson escribe también bastante someramente que Moore está haciendo teorías sobre todo el asunto. Ha llevado a cabo pesquisas acerca de “Wayland-Hall” por telegrama… a Londres, Ukala, Nairobi, Mombasa y otros lugares… sin, por supuesto, lograr nada. Creo que le ha dicho a Dyson lo que sospecha, pero Dyson no le creerá. Me temo que Morton sí. Creo que sería mejor hacer planes para salir de aquí y cambiar de identidad. ¡Vaya un final para una carrera que comenzó tan bien! La mayor parte de la culpa es de Moore… ¡pero ahora ha pagado con creces! Creo que volveré a Sudáfrica y quizás pueda depositar discretamente fondos para avalar mi nueva identidad: “Frederick Nasmyth de Toronto Canadá, agente de propiedades mineras”. Asentaré una nueva firma para identificación. Si nunca tengo que dar ese paso, puedo retransferir los fondos a mi verdadera identidad.
Agosto 15,1931: Ha pasado medio año, y aún sigue la incertidumbre. Dyson y Morton y otros amigos han dejado de escribirme. El doctor James de San Francisco tiene noticias puntuales, por amigos de Moore, y dice que Moore está en un coma casi continuo. No es capaz de andar desde mayo. Lo más que puede articular son quejas sobre el frío. Ahora no puede hablar, aunque se cree que aún tiene brotes de consciencia. Su respiración es rápida y entrecortada, y puede oírse a distancia. No hay duda que el Tripanosoma gambiense ha hecho su presa en él… pero aguanta más que los negros de por aquí. Tres meses y ocho días bastaron para Batta, y Moore sigue vivo casi un año después de ser picado. Este último mes he oído rumores sobre una intensiva búsqueda de “Wayland-Hall” por los alrededores de Ukala. No creo que necesite preocuparme aún, sin embargo, porque no hay nada que me relacione con ese asunto.
Octubre 7,1931: ¡Se acabó! Noticia de la Gaceta de Mombasa. Moore murió el 20 septiembre tras una serie de espasmos y con una temperatura muy por debajo de lo normal. ¡Con eso basta! ¡Dije que lo haría y lo hice! El periódico trae un reportaje de tres columnas sobre la larga enfermedad y muerte, así como sobre la inútil búsqueda de “Wayland-Hall”. Obviamente, Moore tenía mayor relevancia en África de lo que yo pensaba. El insecto que le picó ha sido ahora identificado totalmente, gracias a los especímenes supervivientes y las larvas desarrolladas, y las alas teñidas también han sido detectadas. Se acepta universalmente que las moscas fueron preparadas y enviadas para atentar contra su vida. Moore, según parece, comunicó ciertas sospechas a Dyson, pero este último y la policía callan debido a la ausencia de pruebas. Todos los enemigos de Moore están siendo investigados, y la Associated Press insinúa que “tendrá lugar una investigación que posiblemente involucre a un eminente médico, actualmente en ultramar”. Algo al final del reportaje indudablemente, obra del romanticismo barato del periodista amarillo me provocó un curioso estremecimiento en vista de las leyendas de los negros y la forma en que enloqueció la mosca cuando Batta murió. Parece que ocurrió un extraño incidente la noche de la muerte de Moore: Dyson fue despertado por el zumbido de una mosca de alas azules que inmediatamente escapó por la ventana justo antes que la enfermera telefoneara desde la casa de Moore, a unos kilómetros de distancia, en Brooklyn, informando de su muerte. Pero en lo que me concierne, a que más me interesa es el final del asunto africano. La gente de Ukala recuerda al barbado extranjero que escribió la carta y envió el paquete, y la policía está batiendo el país en busca de cualquier blanco que pudiera haberlo enviado. No contraté a muchos, pero si los agentes interrogan a los Ubandeses que me guiaron a través del cinturón de jungla de N’kini, tendré que explicar más de lo que deseo. Parece haber llegado el momento que desaparezca, mañana creo que dimitiré y me prepararé a marchar a lugares desconocidos.
Noviembre 9,1931: Ha sido un trabajo arduo que aceptaran mi renuncia, pero la liberación ha llegado hoy. No deseo agravar la sospecha huyendo abiertamente. La última semana he recibido noticias de James sobre la muerte de Moore… nada que no estuviera en los periódicos. Sus allegados de Nueva York parecen bastante reticentes a dar detalles, aunque todos hablan de una investigación en curso. Ni palabra de mis amigos del Este. Moore debió difundir peligrosas sospechas antes de perder el conocimiento, pero no existe ni un ápice de prueba que pueda presentarse contra mí. Aún así, no voy a correr riesgos. El jueves, saldré para Mombasa y allí tomaré un vapor hacia la costa de Durban. Tras de eso, me esfumaré…pero, poco después, el agente de propiedades mineras Frederick Nasmyth Mason, de Toronto, aparecerá en Johannesburgo. Este será el final de mi diario. Si bien no es el fin que yo esperaba, servirá para su propósito original tras mi muerte y revelará lo que de otra forma no sería conocido. Si, por otra parte, esas sospechas se materializan y persisten, confirmará y aclamará los difusos cargos y llenará muchos huecos importantes y desconcertantes. Por supuesto, si me veo en peligro, lo destruiré.Bueno, Moore esta muerto… se lo merecía de sobra. Ahora el doctor Thomas Slaunwite también esta muerto. Y cuando el cuerpo originario de Thomas muera, el público tendrá este diario...
Enero 15, 1932: Un nuevo año… y una renuente reapertura de este diario… Ahora estoy escribiendo solamente para aliviar mis pensamientos, ya que es absurdo fantasear con que el caso no está definitivamente cerrado. Estoy alojado en el Hotel Vaal de Johannesburgo, con mi nuevo nombre, y nadie ha puesto en duda mi identidad. Tengo algunos tratos de palabra sin cerrar para guardar mi apariencia de agente minero, y creo que podré actuar muy pronto en tales negocios. Más tarde iré a Toronto y crearé unas pocas evidencias de mi ficticio pasado. Pero lo que me molesta es un insecto que invadió mi habitación sobre el mediodía de ayer. Por supuesto, he tenido toda clase de pesadillas sobre moscas azules más tarde, pero eso era de esperar en vista de mi actual tensión nerviosa. Ese ser, no obstante, era una realidad palpable, y no sé qué pensar. Zumbó alrededor de mi estantería durante un buen cuarto de hora y esquivo cualquier intento de capturarla o matarla. Lo más extraño era su aspecto y color… ya que tenia alas azules y, en todo, era un duplicado de mis híbridos mensajeros de muerte. Cómo puede ser uno de ellos, de hecho, es algo que no puedo saber. Me deshice de todos los híbridos manchados o no que no envié a Moore y no puedo recordar ninguna fuga. ¿Será todo una alucinación? ¿O puede, algún espécimen de los que escaparon en Brooklyn cuando Moore fue picado haber encontrado el camino de vuelta a África? Está aquella absurda historia de la mosca azul que despertó a Dyson al Morir Moore… Pero, después de todo, la supervivencia y retorno de alguno de los seres no es imposible. Es Perfectamente plausible que el azul permanezca en sus alas, también ya que el pigmento artificial era casi tan bueno como para tatuarlos permanentemente. Por eliminación, creo que es la única explicación racional para este asunto, aunque es muy curioso que este ejemplar haya llegado tan al sur. Posiblemente se deba a algún instinto hereditario de residencia inherente a la tse-tse. Después de todo, ese lado suyo pertenece a Sudáfrica.
Debo protegerme de una picadura. Por supuesto, la toxina original si de hecho es una de las moscas huidas de Moore se ha perdido hace mucho tiempo; pero el ejemplar puede haber comido al volver de América y llegado tal vez por África Central, reinfectándose. De hecho, es lo más probable, ya que la palpalis que es la mitad de su herencia pueda haberla llevado de vuelta a Uganda y a los gérmenes de la tripanosomiasis. Aún conservo la triparsamida no fui capaz de destruir mi maletín médico, no importa lo delator que pueda resultar pero, desde que estudié el caso, ya no estoy tan seguro como antes de la eficacia de la droga. Hay posibilidades contrapuestas: ciertamente salvó a Gamba, pero existen grandes probabilidades de fallo. Es endemoniadamente extraño que esta mosca haya llegado hasta mi habitación. ¡Con todos los sitios que hay en la gran extensión de África! Es demasiada coincidencia. Supongo que si vuelve, podré por fin matarla. Me sorprendió que escapara hoy de mí, ya que esos ejemplares suelen ser estúpidos y fáciles de capturar. ¿No habrá sido una ilusión después de todo? Ciertamente, el calor me cansa últimamente como nunca… como ni siquiera en Uganda.
Enero 16,1932: ¿Estaré volviéndome loco? La mosca volvió este mediodía y se comportó de forma tan extraña que no supe qué pensar. Sólo a un espejismo por mi parte puede deberse lo que esa plaga zumbadora pareció hacer. Salió de ningún sitio y se puso a revolotear por la estantería… circundando una y otra vez frente a la copia del Dípteros de África Central y del Sur de Moore. A cada momento se posaba en el tope o el lomo del volumen y, ocasionalmente, se lanzaba hacia mí, retrocediendo antes que pudiera golpearla con un periódico doblado. Esas astucias son impropias de los notoriamente estúpidos dípteros africanos. Durante una media hora, intenté coger al maldito bicho, pero acabó escapando por la ventana a través de un hueco de la mosquitera en el que no había reparado. A veces creí que se burlaba deliberadamente de mí, poniéndome dentro del alcance de mi arma y luego huyendo diestramente antes que pudiera golpearla. Tengo que mantener firmes mis nervios.
Enero 17,1932: O Estoy loco o el mundo está en el brote de una brusca suspensión de las leyes de la probabilidad, tal y como las conocemos. Esta maldita mosca volvió a aparecer un poco antes del mediodía y comenzó a zumbar alrededor de los Dípteros de Moore de mi estantería. De nuevo traté de capturarla y de nuevo se repitió la experiencia de ayer. Finalmente, el bicho se acerco a mi tintero y se sumergió en él, tan sólo las patas y el tórax, dejando afuera las alas. Luego ascendió hasta el techo y lo embistió, comenzando a serpentear siguiendo un camino curvo y dejando un rastro de tinta. Tras un rato, descansó un instante e hizo un sencillo trazo desconectado del resto… luego cayó casi sobre mi rostro y desapareció de mi vista antes que pudiera alcanzarla. Algo en todo este asunto me parece monstruosamente siniestro y anómalo… más de lo que puedo explicarme. Cuando contemplé el rastro de tinta del techo desde diferentes ángulos, fue volviéndose progresivamente familiar para mí y, repentinamente, me percaté que formaba un signo de interrogación totalmente perfecto. ¿Qué artificio puede ser más malignamente apropiado? Esto es un prodigio que no puedo desdeñar. Los empleados del hotel no saben nada. No han visto la mosca esta tarde, y voy a guardar cerrado mi tintero. Pienso que la ejecución de Moore está pesándome y provocándome alucinaciones morbosas. Quizás no existe ninguna mosca.
Enero 18,1932: ¿En qué extraño infierno de pesadillas me hallo sumido? Lo qué sucedió ayer es algo que normalmente no puede suceder… y además un empleado del hotel ha visto el signo en el techo y da fe de su realidad. Sobre las 8 de esta mañana, mientras estaba escribiendo a mano, algo se lanzó por un instante sobre el tintero y se marchó antes que pudiera ver lo que era. Observando, vi a la infernal mosca en el techo, allá donde estuviera antes… serpenteando y trazando otro rastro de curvas y giros. No había nada que pudiera hacer, pero doblé un periódico con la esperanza que la criatura llegara a volar lo bastante cerca. Cuando hubo hecho varios giros en el techo, voló hasta un rincón oscuro y desapareció, y observando arriba, hacia el yeso doblemente pintarrajado, ¡vi que el nuevo trazo de tinta era un inmenso e inconfundible número 5! Durante un rato estuve casi inconsciente, sumido en una ola de indescriptible amenaza de la que no podía plenamente percatarme. Después, recobré mi resolución y tomé el camino de la acción. Acudiendo a una farmacia, obtuve goma y otros útiles necesarios para preparar una trampa pegajosa, así como otro tintero. Volviendo a mi habitación, llené el nuevo tintero con la mezcla adhesiva y lo deposité donde estaba el otro, dejándolo abierto. Luego traté de concentrar mi mente en leer. Sobre las 3, volví a escuchar al maldito insecto, y le vi revolotear sobre el nuevo tintero. Descendió hasta la pegajosa superficie, pero no la tocó y luego vino directo a mí… retrocediendo antes que pudiera golpearle. Luego, fue hasta la estantería y revoloteó alrededor del tratado de Moore. Hay algo oscuro y diabólico en el hecho que el invasor se demore junto a ese libro. Lo peor parte es la última. Alejándose del libro de Moore, el insecto voló hacia la ventana abierta y comenzó a embestir rítmicamente contra la mosquitera de alambre. Eran series de golpes, seguidas de otra serie de igual longitud y otra pausa. Algo en esa forma de actuar me atontó durante unos instantes, pero luego fui a la ventana y traté de matar al nocivo ser. Como de costumbre, no lo logré. Simplemente, voló por la habitación hasta la lámpara y comenzó a batir el mismo ritmo en la rígida pantalla de cartón. Sentí una vaga desesperación y procedí a cerrar todas las puertas, como había hecho con la ventana con la mosquitera del minúsculo agujero. Parecía totalmente necesario matar a ese persistente ser cuyos acosos están desequilibrando rápidamente mi cerebro. Luego, contando inconscientemente, me percaté que cada serie de golpes tenía exactamente 5 golpes. 5… ¡El mismo número que el ser ha trazado con tinta en el techo esta mañana! ¿Puede haber alguna conexión concebible? La idea es demencial, ya que implica que la mosca híbrida posee un intelecto y conocimiento de las figuras escritas propio de los humanos. Un intelecto humano… ¿No lleva esto a las más primitivas leyendas de los negros de Uganda? Y Además está esa infernal astucia con que me elude, en contraste con la normal estupidez de los de su especie. Mientras dejaba a un lado mi periódico doblado y me sentaba con un horror que iba en aumento, el insecto zumbó alejándose y desapareció por un agujero del techo, donde el eje del ventilador penetra en la habitación.
Esta marcha no me sobresaltó, ya que mi cabeza se había lanzado a una serie de extrañas y terribles reflexiones. Si esta mosca tiene una inteligencia humana, ¿de donde proviene? ¿Hay algo de verdad en la idea nativa que esas criaturas roban la personalidad de su víctima tras la muerte de esta ultima? Siendo así, ¿cuál es la personalidad de esta mosca? Había deducido que debía ser uno de aquellos huidos de las manos de Moore en el momento de ser picado. ¿Es éste el enviado de la muerte que ha picado a Moore? Si es así, ¿Qué quiere de mí? ¿Qué quiere, en cualquier caso, de mí? Empapado en sudor frió, recordé las acciones de la mosca que había picado a Batta cuando este murió. ¿Había sido su propia personalidad desplazada por la de su víctima muerta? Luego estaba el reportaje sensacionalista sobre la mosca que había despertado a Dyson cuando murió Moore. Respecto a esta mosca que me acosa, ¿podría ser que lleve una vengativa personalidad humana en su interior? ¡Cómo revolotea alrededor del libro de Moore!… pero me negué a creer un ápice de todo eso. Entonces empecé a convencerme que la criatura estaba en efecto infectada y de la forma más virulenta. Con maligna deliberación, puesta de evidencia por cada acto, seguramente se había infectado voluntariamente con los bacilos más mortíferos de toda África. Mi mente, profundamente afectada, estaba ahora dando todo eso por sentado.
Llamé nuevamente al recepcionista Y solicité alguien que taponara el agujero del eje y otras posibles fisuras de la habitación. Dije que las moscas me atormentaban, y pareció bastante comprensivo. Al llegar el hombre, le mostré los trazos de tinta del techo, que él reconoció sin ninguna dificultad. ¡Luego son reales! El parecido con una interrogación y un 5 le asombraron y fascinaron. Por fin, obturó todos los agujeros que pudo encontrar y reparó la mosquitera, por lo que ya puedo tener abiertas las ventanas. Evidentemente, me catalogó como algo excéntrico, sobre todo porque no apareció ni un insecto mientras estuvo allí. Pero eso a mí no me importa. Esta tarde la mosca no ha venido. ¡Sabe Dios qué es, qué quiere, o qué será de mí!
Enero 19:1932 Estoy completamente sumido en el horror. El ser me ha tocado. Hay algo monstruoso y demoníaco obrando a mi alrededor, y yo soy una víctima indefensa. Durante la mañana, cuando volví del desayuno, el diablo alado del infierno entró en la habitación sobre mi cabeza y comenzó a embestir de nuevo contra la mosquitera, tal como lo hiciera ayer. Esta vez, no obstante, cada serie de golpes constaba de sólo 4 golpes. Me abalancé sobre la ventana e intenté cogerla, pero se escapó como es habitual y voló sobre el tratado de Moore, donde comenzó a zumbar, circundándolo burlonamente. Su aparato vocal es limitado, pero me percaté que sus zumbidos formaban grupos de 4. En ese momento yo estaba ciertamente loco, ya que le dije:
“Moore, por amor a Dios, ¿que quieres?” Cuando hice esto, la criatura detuvo bruscamente sus círculos, voló hacia mí e hizo un bajo y gracioso picado en el aire que sugería un arco. Luego voló de vuelta al libro. Al menos, creí verla hacer todo esto… pero no puedo confiar demasiado en mis nervios. Luego vino lo peor. Había dejado la puerta abierta, deseando que el monstruo se fuera si no podía atraparlo, pero, sobre las 11:30, cerré la puerta, creyendo que se había ido. Luego me senté a leer. Justo a mediodía sentí un cosquilleo en el reverso de mi cuello, pero al palpar no encontré nada. Un instante después, sentí de nuevo el cosquilleo… y, antes de poder moverme, el indescriptible engendro infernal apareció ante mi vista, viniendo desde detrás, hizo otro de sus burlones y graciosos picados en el aire, y voló a través del agujero de la llave… que nunca soñé que fuera suficientemente amplio para permitirla pasar. Esa cosa me ha tocado, no hay duda. Lo ha hecho sin dañarme… y entonces recordé con un repentino y helado espanto que Moore fue picado en la parte trasera del cuello, a mediodía. No ha habido más apariciones desde entonces… pero he obturado todos los ojos de cerradura con papel y tengo un periódico doblado, listo para usar cada vez que abro la puerta para salir o entrar.
Enero 20:1932 todavía no puedo creer totalmente en lo sobrenatural, aunque temo que estoy perdido. El asunto es demasiado para mí. Justo antes del mediodía de hoy el demonio apareció por fuera de la ventana y repitió su operación de embestidas, pero vez con series de 3. Cuando llegué hasta la ventana, había volado fuera de la vista. Aún tengo bastante presencia de ánimo como para hacer otro intento de defensa. Quitando las mosquiteras, las he untado de mi preparación pegajosa, la misma que utilicé en el tintero por dentro y por fuera, y volví a colocarlas en su lugar. Si la criatura intenta nuevos redobles, ¡será su fin!
Enero 21 1932 En el tren de Bloemfontein. Me he ido. El ser ha ganado. Tiene una inteligencia diabólica contra la que mis artefactos son ineficaces. Apareció en el exterior de la ventana esta mañana, pero no tocó la red pegajosa. En vez de eso, se mantuvo sin posarse y comenzó a revolotear en círculos, dos cada vez, seguidos de una pausa en el aire. Tras realizar varias evoluciones, voló fuera de la vista sobre los tejados de la ciudad, Mis nervios están a punto de romperse, ya que tales sugerencias de números son susceptibles de espantosas interpretaciones. El lunes la cosa trazó el número 5, el martes, el 4 el miércoles el 3 y hoy el 2. 5, 4, 3, 2… ¿Qué puede ser sino una monstruosa e impensable cuenta atrás de días? Con qué propósito, sólo los poderes maléficos del universo pueden saber. Me pasé toda la tarde empacando y organizando mis baúles, y he tomado el expreso nocturno de Bloemfontein un cómodo y excelente establecimiento, pero el horror me persigue. He cerrado puertas y ventanas, he bloqueado las cerraduras, buscado posibles fisuras y bajado todas las pantallas, pero justo antes del mediodía escuché un turbio golpe. Alzando la pantalla, vi a la maldita mosca, tal como había esperado. Describió un largo y lento círculo en le aire y luego voló fuera de la vista. Me quedé hecho un guiñapo, y tuve que descansar en el diván. ¡1! Estaban claras las implicaciones del Mensaje del monstruo. Un Golpe, un círculo. ¿Significa esto un día antes más antes que me alcance algún impensable destino? ¡Debo volver a huir o permanecer aquí sellando la habitación. Tras una hora de descanso, me sentí capaz de obrar y pedí una amplia reserva de carne empaquetada y enlatada así como ropa limpia y toallas para que me la envíen. Mañana, bajo ninguna circunstancia abriré ni un resquicio de la puerta o ventana. Cuando la comida y la ropa llegaron, el negro me miró de forma extraña, pero no me preocupa cuán excéntrico o demente pueda parecer. Estoy siendo hostigado por poderes peores que el ridículo. Habiendo recibido mis suministros, recorrí cada milímetro de las paredes y obturé cada microscópica abertura que pude encontrar. Por fin, me siento capaz de dormir realmente.
(Aquí la caligrafía se vuelve irregular, nerviosa y muy difícil de descifrar.)
Enero 23:1932 Es mediodía, y siento que va a suceder algo sumamente terrible. No he dormido como esperaba, a pesar que no pude casi hacerlo anoche en el tren. Me levanté temprano, y he tenido problemas para concentrarme en algo, sea leer o escribir. Esa cuenta atrás lenta y deliberada de días es demasiado para mí. No sé qué es lo que está mal… si la naturaleza o mi cerebro. Hasta cerca de las 11 hice muy poco, excepto pasear arriba y abajo por la habitación. Luego escuché un crujido en los paquetes de comida que me trajeron ayer, y esa mosca demoníaca surgió ante mis ojos. Cogí algo plano y lancé golpes al ser a pesar de mi miedo pánico, sin más efecto que el habitual. Tal como había previsto, ese horror de alas azules se retiró como de ordinario hacia la mesa donde había amontonado mis libros y se posó durante un segundo en el Dípteros de África Central o del Sur de Moore. Luego, mientras la seguía con la mirada, voló sobre el reloj de la repisa y se posó en la esfera, cerca del número 12. Antes que pudiera intentar ningún movimiento, había comenzado a reptar por la esfera muy lenta y deliberadamente… en la dirección de las manecillas. Pasó sobre el minutero, se retorció arriba y abajo, pasó la manecilla de las horas y finalmente se detuvo exactamente sobre el número 12. Al hacer esto agitó las alas con un sonido zumbante. ¿Es un prodigio de alguna clase? Me estoy volviendo tan supersticioso como los negros. Acaban de pasar las 11. ¿Serán las 12 el final? Aún me queda un último recurso, surgido de mi mente bajo la total desesperación. Quisiera haberlo pensado antes. Recordando que mi maletín de medico contiene las sustancias necesarias para generar cloruro, he decidido llenar la habitación con ese vapor letal: asfixiando a la mosca mientras que me protejo con un pañuelo empapado en amoníaco y colocado sobre el rostro. Afortunadamente, tengo una buena reserva de amoníaco. Esta rústica mascara probablemente neutralizará los vapores del acre clorhídrico mientras muere el insecto… o queda al menos lo bastante aturdido como para poder aplastarlo. Pero debo apresurarme.
¿Cómo estar seguro que el ser no me picará bruscamente antes que mi preparado esté listo? No debo detenerme para escribir este diario.
Más tarde. Ambos elementos, ácido hidroclorhídrico y dióxido de manganeso, están sobre la mesa, listos para la mezcla. He anudado el pañuelo sobre mi nariz y boca, y tengo un bote de amoníaco preparado para empaparlo en cuanto esté listo el cloruro. He bajado ambas ventanas. Pero no me gustan los actos de este demonio híbrido. Permanece en el reloj, pero se mueve lentamente por la esfera hacia el 12 siguiendo el avance gradual del minutero. ¿Será ésta mi última anotación en este diario? Sería inútil tratar de negar las sospechas. Demasiado a menudo un grano de increíble verdad acecha bajo la más salvaje y fantástica de las leyendas. ¿Es quizás la mosca que le picó y que, consecuentemente, absorbió su conciencia a su muerte? Si es así, y me pica, ¿desplazará mi propia personalidad a la de Moore y entrará en ese ser zumbante cuando muera a resultas de la picadura? Quizás, no obstante, no necesite morir, aún si llega hasta mí. Siempre esta el recurso de la triparsamina. Y no me arrepiento de nada. Moore tenia que morir, él se lo buscó.
Un poco más Tarde. La mosca se ha detenido en la esfera, cerca de la marca de los ¾ cuartos de hora. Ahora son las 11:30 AM. Estoy empapando el pañuelo sobre mi rostro con amoníaco y manteniendo a mano la botella para ulteriores aplicaciones. Ésta será la anotación final antes que mezcle el ácido y el manganeso, y libere el cloruro. No puedo perder tiempo, pero, para este diario, he perdido totalmente la razón hace tiempo. La mosca parece inquietarse y el minutero se aproxima. Ahora, el cloruro…
(Fin del diario)
El 24 de enero 1932, tras repetidas llamadas que no obtuvieron respuesta del excéntrico alojamiento en la habitación 303 del Hotel Orange, un empleado entró con una llave maestra y posteriormente huyó gritando escaleras abajo, para contar al recepcionista lo que había encontrado. Éste, tras avisar a la policía, reclamó al director, y este último acompaño al agente De Witt, el juez Bogaert y el doctor Van Keulen a la fatal habitación. Su ocupante yacía muerto en el suelo, boca arriba y cubierto con un pañuelo que olía fuertemente a amoníaco. Bajo éste, sus facciones mostraban una expresión de tenso y completo miedo que se contagió a los observadores. En la parte trasera del cuello, el doctor Van Keulen encontró una virulenta picadura de insecto de un rojo intenso, con un anillo púrpura a su alrededor que sugería la de una mosca tse-tse o algo todavía menos inocuo. El examen mostró que la muerte debió producirse por lo menos de un ataque cardíaco, producido por el puro miedo antes que de la picadura… aunque una posterior autopsia indicó que el germen de la tripanosomiasis se había introducido en su sistema. Sobre la mesa descansaban algunos objetos: un gastado libro de cuero conteniendo el diario arriba transcrito, una pluma, un taco de hojas y un tintero abierto, un maletín de médico con las iniciales «T.S.» grabadas en oro, botes de amoníaco y ácido hidroclorhídrico, y un vaso lleno hasta su cuarta parte de dióxido de manganeso negro. La botella de amoníaco mereció un segundo vistazo, debido a lo que había en el interior del fluido. Mirando atentamente, el juez Bogaert vio que su extraño ocupante era una mosca.
Parecía ser alguna especie de híbrido con un vago parentesco con la tse-tse, pero sus alas mostrando un débil azul a pesar de la acción del fuerte amoníaco eran un completo misterio. Algo en todo esto evocó un débil recuerdo de noticias periodísticas en el doctor Van keulen; un recuerdo que el diario pronto confirmó. Sus extremidades inferiores parecían haber podido borrar totalmente. Quizás había caído en algún momento en el tintero, aunque las alas están intactas. ¿Pero cómo se las habría arreglado para caer en la botella de cuello angosto del amoníaco? ¡Era como si, deliberadamente, la criatura se hubiera arrastrado por allí para suicidarse! Pero lo más extraño de todo fue lo que descubrió el agente De Witt en el liso techo blanco sobre sus cabezas cuando sus ojos se alzaron curiosamente. A su grito, los otros 3 siguieron su mirada… incluso el doctor Van Keulen, que llevaba algún tiempo ojeando el gastado libro de cuero con una expresión donde se mezclaba el horror, la fascinación y la incredulidad. En el techo había una serie de temblorosos y titubeantes trazos, como los que haría el paso de un insecto bañado en tinta. Al instante, todos pensaron en las manchas de la mosca tan extrañamente hallada en la botella de amoníaco.
Pero aquéllas no eran trazos ordinarios de tinta. Aún al primer vistazo, se descubría algo inquietantemente familiar en ellos, y una investigación más de cerca provocó boqueos de sobresaltado asombro a los 4 observadores. El juez Bogaert miró por toda la habitación, en busca de instrumentos o útiles o muebles apilados que hubieran hecho posible la realización de esas temblorosas marcas fueran trazadas por la mano humana. No encontraron nada parecido, volvió su curiosa, y casi espantada, mirada hacia arriba. Ya que, más allá de cualquier duda, aquellas manchas de tinta formaban definidas letras del alfabeto… letras agrupadas coherentemente para formar palabras inglesas. El doctor fue el primero en descifrarlas, y los otros escucharon sin aliento mientras recitaba el mensaje demencial tan increíblemente garabateado en un lugar fuera del alcance de la mano humana.
“VER MI DIARIO… ME COGIÓ PRIMERO… MORÍ… LUEGO VI QUE ESTABA EN ELLA… LOS NEGROS TENÍAN RAZÓN… HAY EXTRAÑOS PODERES EN LA NATURALEZA… AHORA AHOGARÉ LO QUE HA QUEDADO…”
Entonces en mitad del silencio desconcertado que siguió, el doctor Van Keulen comenzó a leer en alto el gastado diario de cuero".
H.P. Lovecraft/Hazel Heald
El gastado libro de tapas de cuero era el diario del muerto tendido en el suelo, y, rápidamente, quedó claro que el nombre “Frederick N. Mason, Prospecciones Mineras, Toronto, Canadá”, con el que había firmado el registro del hotel, era falso. Había otros hechos terribles hechos igualmente se hicieron evidentes; y aún otros mucho más terroríficos que se insinuaron odiosamente, sin llegar a clarificarse o ser incluido completamente creíbles. Fue la creencia a medias de los cuatro hombres, fomentada por vidas gastadas en la proximidad de los negros y ocultos misterios del África profunda, lo que les hizo temblar tan violentamente a pesar del bochornoso calor de enero. El cuaderno no era tan grande, y las anotaciones eran de buena caligrafía, que, no obstante, se volvía descuidada y nerviosa hacia el final. Estaba formado por una serie de apuntes irregularmente espaciados al principio, pero hacia el final se convertían en un diario. Llamar a esto diario no sería exactamente correcto, ya que registraba sólo una clase de las actividades de su autor. El doctor Van Keulen reconoció el nombre del difunto en un instante de abrir la cubierta, ya que pertenecía a un eminente miembro de su propia profesión que había estado ampliamente conectado con los asuntos africanos. En otro instante, quedó horrorizado al encontrar este nombre ligado a un vil crimen oficialmente sin resolver que había llenado los periódicos unos cuatro meses atrás. Y cuanto mas leía, más profundo se volvía su horror y espanto, así como sus sentimientos de aversión y pánico.
He aquí, en esencia, el texto que el doctor leyó en voz alta en aquella siniestra y progresivamente hedionda estancia, mientras los 3 hombres de su alrededor resollaban inquietos en sus sillas y lanzaban espantadas miradas al techo, la mesa y la cosa del suelo, y hacia algo más.
DIARIO DE THOMAS SLAUENWITE, M.D.
Sobre el castigo a Henry Sargent Moore, doctor en Filosofía de Brooklyn, Nueva York, profesor de Biología Invertebrada en la Universidad de Columbia, Nueva York, N.Y. Redactado para ser leído tras mi muerte, para la satisfacción de hacer público el cumplimiento de mi venganza, que de ninguna otra manera podría serme imputada, aun en el caso de tener éxito.
Enero 5 de 1929: Ahora estoy totalmente decidido a matar al doctor Henry Moore, y un reciente incidente me ha mostrado cómo hacerlo. Desde ahora, seguiré una constante línea de acción; de ahí que comience este diario. Apenas es necesario repetir las circunstancias que me han hecho tomar este camino, ya que la parte informada del público está familiarizada con los hechos más relevantes. Nací en Trenton, Nueva Jersey, el 12 abril de 1885, hijo del doctor Paul Slauenwite, originario de Pretoria, Transvaal, Sudáfrica. Estudié medicina según la tradición familiar y, siguiendo las recomendaciones de mi padre (muerto en 1916 mientras servía en el regimiento sudafricano destinado en Francia), me especialicé en fiebres africanas, y tras mi graduación en Columbia, dediqué mucho tiempo a investigaciones que me llevaron a Durban, Natal y al propio ecuador. En Mombasa, trabajé sobre una nueva teoría acerca de la transmisión y desarrollo de la fiebre intermitente, ayudado tan sólo ligeramente por la documentación del último médico gubernamental, sir Norman Sloane, que encontré en la casa en la que me albergaba. Al publicar mis resultados, pasé de golpe a ser una famosa autoridad. Se me habló de la posibilidad de lograr una posición casi suprema en el Ministerio De Salud en Sudáfrica, y quizás el título de caballero, en el caso de adquirir la nacionalidad, y decidí dar los pasos oportunos.
Entonces ocurrió el suceso por el que voy a matar a Henry Moore. Este hombre, compañero de clase y amigo durante años en América y África, buscó deliberadamente socavar mis derechos a mi propia teoría, alegando que sir Norman Sloane se había anticipado a mí en los principales detalles, e insinuado que probablemente había encontrado más documentación que la presentada en mi informe. Para respaldar esta absurda acusación suministró algunas cartas personales de sir Norman que, en efecto, mostraban que el anciano estaba sobre la pista y hubiera publicado en breve sus resultados de no mediar su brusca muerte. Esto último sólo pudo admitirlo con pesar. Pero lo que no puedo excusar es la envidiosa sospecha que había hurtado la teoría de la documentación de sir Norman. El Gobierno británico, bastante sensible, ignoró tales calumnias, pero denegó el a medias prometido nombramiento y distinciones basándose en que mi teoría, aunque original, no era algo nuevo. Pronto pude ver que mi carrera en África estaba sensiblemente dañada, aunque había puesto todas mis ilusiones en ella, aún hasta el punto de renunciar a la ciudadanía americana. Se notaba, en el gobierno de Mombasa, una perceptible frialdad hacia mí, especialmente entre quienes habían conocido a sir Norman.
Fue entonces cuando decidí vérmelas con Moore tarde o temprano, aunque no sabía cómo. Había envidiado mi pronta celebridad y había utilizado su antigua correspondencia con sir Norman para arruinarme. Eso, el amigo a quien había guiado para interesarse en África, a quién había preparado e inspirado hasta que adquirió su actual modesta fama. Como una autoridad en entomología africana. Aún ahora, empero, no niego que estos logros son importantes. Lo reconozco y, en pago, él me ha arruinado. Ahora algún día le destruiré. Cuando me vi caído en Mombasa, me dediqué a mi presente ocupación en el interior, en M’gonga, a unos 24 kilómetros de la frontera de Uganda. Es un puesto de comercio del algodón y del marfil, con sólo 8 blancos a parte de mí.
Un agujero infecto, casi en el ecuador, y repleto de toda clase de fiebres conocidas por la humanidad. Serpientes venenosas e insectos de todas clases, y negros con dolencias que nadie conoce fuera de la Facultad de Medicina. Pero mi trabajo no es duro, y tengo mucho tiempo para planear qué hacer con Henry Moore. Me divierte dar a su Dípteros de África Central y del Sur un lugar destacado en mi biblioteca. Supongo que en la actualidad es un manual estándar utilizando en Columbia, Harvard y la U. de Wis, pero mis propias sugerencias son realmente responsables de la mitad de sus puntos fuertes. La pasada semana encontré lo que me dijo de cómo matar a Moore. Un grupo de Uganda trajo con una extraña enfermedad que aún no he podido diagnosticar. Estaba en estado letárgico, con una temperatura realmente baja, y le rehuían de una forma peculiar. La mayoría de sus compañeros tenían miedo de él y decían que estaba bajo algún hechizo de un doctor brujo, pero Gobo, el intérprete, dijo que había sido picado por un insecto. Lo que fuera, no puedo imaginarlo, ya que es sólo una leve punción en el brazo. Es de un rojo brillante, sin embargo, con un anillo púrpura a su alrededor. Es una visión espectral… no me extraña que los porteadores caigan en la superstición de la magia negra.
Parecen haber visto otros casos iguales, y dicen que no hay nada que hacer. El viejo N’Kuru, uno de los gallas del puesto, dice que debe ser la picadura de la mosca-diablo, que hace decaer progresivamente a sus víctimas hasta la muerte y, entonces, toma su alma y personalidad como si aún viviera… y se va volando con todos sus gustos, disgustos y conciencia. Una extraña leyenda: no conozco ningún insecto local lo bastante mortífero como para provocarla. Suministré a este enfermo -su nombre es Melena- una buena dosis de quinina y tomé una muestra de su sangre para estudiarla, pero no he hecho grandes progresos. En verdad, hay un extraño germen presente, pero no puedo identificarlo siquiera remotamente. Lo más cercano es el bacilo que se encuentra en los bueyes, caballos, y perros picados por la mosca tse-tse, pero tales moscas no infectan a los seres humanos, y esto, de cualquiera forma, está demasiado al norte. De todos modos, lo importante es que he decidido cómo matar a Moore. Si esta región interior tiene insectos tan venenosos como dicen los nativos, me encargaré de que tenga un suministro de ellos, de una buena fuente que no espera, asegurándome ante todo que esté indefenso. Haré que abandone toda precaución cuando se dedique a estudiar esta especie desconocida… ¡y entonces veremos cómo sigue su curso la naturaleza! No debe ser difícil encontrar un insecto que tanto atemoriza a los negros. Primero veré qué pasa con el pobre Mevana, luego encontraré mi mensajero de muerte.
Enero 7: Mevana no mejora, a pesar que le he inyectado todas las antitoxinas que conozco. Sufre espasmos de temblor en los que divaga espantado sobre que su alma pasará, cuando muera, al insecto que le picó, pero en los intervalos descansa en una especie de estupor. El corazón aún late con fuerza, por lo que espero salvarlo. Tengo que internarlo, ya que probablemente él me guiará mejor que nadie a la región donde fue picado. Entretanto, escribiré al doctor Lincon, mi predecesor, ya que Allen, el jefe del puesto, dice que tiene un profundo conocimiento de las enfermedades locales. Si alguien conoce la mosca de la muerte, ése debe ser él. Ahora está en Nairobi, y un correo negro me traerá una respuesta en una semana… si utiliza el ferrocarril para la mitad del viaje.
Enero 10: El paciente no cambia, ¡pero he encontrado lo que buscaba! Estaba en un antiguo volumen de registros sanitarios locales que estuve revisando mientras espero la respuesta de Lincoln. Hace 30 años hubo una epidemia que mató a millares de nativos en Uganda, y fue definitivamente atribuida a una rara mosca llamada Glossina palpalis, una especie de prima de la Glossina marsitans, o tse-tse. Vive en los arbustos, en las riberas de lagos y ríos, y se alimenta de la sangre de cocodrilos, antílopes y muchos mamíferos. Cuando esas víctimas tienen el germen de la tripanosomiasis, o enfermedad del sueño, se reponen de ésta y desarrollan una aguda infección tras un periodo de incubación de 31 días. Luego, al cabo de 65 días, sobreviene una muerte segura para las víctimas. Sin duda, ésta debe ser la “mosca diablo” de la que hablan los negros. Ahora sé lo que estoy buscando. Ansío que Mevana se recupere. Espero recibir noticias de Lincon en 4 o 5 días, tiene una gran reputación de triunfos en cosas como ésta. Mi principal problema era enviar las moscas a Moore sin que las reconozca. Con su maldita erudición puede ser capaz de conocerla, ya que están registradas.
Enero 15: Acabo de recibir noticias de Lincon, quien confirma todo el registro sobre la Glossina palpalis. Tiene un remedio para la enfermedad del sueño que ha dado resultado en gran número de casos, cuando no era demasiado tarde. Inyecciones intramusculares de triparsamida. Cuando Mevana fue picado, hace unos 2 meses, no sabía cómo trabajar… pero Lincoln dice que esos casos son conocidos por durar hasta 18 meses, por lo que posiblemente no sea tarde. Lincoln ha enviado de su provisión, por lo que acabo de dar a Mevana una gran dosis. Han traído a su esposa principal al poblado, pero él no la reconoce. Si se recobrara, seguramente podrá mostrarme dónde están las moscas. Es un gran cazador de cocodrilos, según los informes, y Uganda es como un libro abierto para él.
Enero 16: Mevana parece un poco más lucido hoy, pero su corazón se ha ralentizado un poco. Seguiré con las inyecciones, pero tratando de evitar las sobredosis.
Enero 17: Hoy ha habido una notable recuperación. Mevana abrió los ojos y mostró signos de consciencia, aunque aturdido, tras la inyección. Espero que Moore no conozca la triparsamida. Hay buena oportunidad de que así sea, ya que nunca aprendió mucho de medicina. La lengua de Mevana parecía paralizada, pero espero que esto pase si puedo espabilarlo. Me gustaría echar un buen sueño,¡aunque no de esa clase!
Enero 25: ¡Mevana está casi curado! En otra semana, le llevaré conmigo a la selva. Estaba asustado cuando vino pensando que la mosca tomaría después de muerto, pero se recobró finalmente cuando le dije que se pondría bien. Su esposa, Ugowe, le prodiga toda clase de cuidados y puedo descansar algo. Luego, ¡a por los mensajeros de la muerte!
Febrero 3: Mevana está bien ahora, y le he hablado de cazar moscas. Tiene miedo de volver al lugar donde están, pero yo juego la baza de su gratitud. Además, tiene cierta idea que puedo protegerlo de la epidemia de la misma forma que le curé. Su coraje avergonzaría a un blanco, y no hay duda que irá. No me queda sino hablar con el jefe del puesto sobre la expedición, en interés de la salud local.
Marzo 12: ¡por fin estoy en Uganda! Tengo cinco porteadores además de Mevana, pero todos son gallas. No es posible lograr que los negros locales entren en la región luego que se supiera lo sucedido a Mevana. Esta jungla es un lugar pestilente, nublado de vapores miasmáticos. Todos los lagos parecen estancados. En cierto sitio, alcanzamos a los restos de ruinas ciclópeas que hicieron que incluso los gallas lo contornearan en un amplio círculo. Dicen que esos megalitos son más viejos que el hombre, y que son utilizados para cazadero o avanzadilla de “Los Pescadores del Exterior” cualesquiera que sean y de los dioses demonio Tsadogwa y Clulu. Hoy decían que ahí hay malas influencias, y que está conectado de alguna forma con las moscas-diablo.
Marzo 15: Alcanzamos el lago Mlolo esta mañana, el lugar donde Mevana fue picado. Un lugar infernal de espuma verde, repleto de cocodrilos. Mevana ha colocado una red de fino alambre cebada con carne de cocodrilo. Tiene una angosta entrada, y una vez que la presa entra, no puede salir. Son tan estúpidas como mortíferas y están ávidas de carne fresca o un bol de sangre. Espero poder conseguir un buen suministro. He decidido experimentar con ellas, encontrar una forma de cambiar su aspecto para que Moore no pueda reconocerlas. Quizás pueda cruzarlas con otras especies, creando un extraño híbrido cuya capacidad de infección no esté menguada. Veremos. Debo esperar, pero no tengo prisa. Cuando esté listo, haré que Mevana me consiga carne infectada para mis enviados de muerte… y luego al correo. No habrá problema en encontrar una fuente infecciosa, ya que este país es un pozo de pestilencias.
Marzo 16: Buena suerte. 2 cajas llenas. 5 especímenes vigorosos con alas que relumbran como diamantes. Mevana está vaciándolas en un gran bote con un tapón de malla tirante, y pienso que las hemos cogido justo a tiempo. Volveremos a M’gonga sin problema. Llevaremos mucha carne de cocodrilo para alimentarlos. Sin duda, todas o la mayoría están infectadas.
Abril 20: De vuelta en M’gonga y ocupado en el laboratorio. He pedido al doctor Joost de Pretoria algunas moscas tse-tse para experimentos de hibridación. Más que un cruce, si este trabajo concluye, debo lograr algo sumamente difícil de reconocer y a la vez tan mortífero como la palpalis. Si no resulta, trataré de obtener otro díptero del interior, y he pedido al doctor Vandervelde de Nyangwe algunos tipos del Congo. No tengo que enviar a Mevana por más carne contaminada después de todo, ya que he encontrado que puedo guardar cultivos del germen Tripanosoma gambiense, obtenido de la carne traída el mes pasado, casi independientemente en tubos. En su momento, contaminaré carne fresca y alimentaré a mis alados enviados con una buena dosis… luego, bon voyage.
Junio 18: Hoy han llegado mis moscas tse-tse de Joost. Tengo cajas para la reproducción listas desde hace mucho tiempo y ahora estoy haciendo selecciones. Trataré de utilizar rayos ultravioleta para acelerar el ciclo vital. Afortunadamente, tengo los aparatos necesarios en mi equipo regular. Naturalmente, no hablo de lo que estoy haciendo. La ignorancia de los pocos de aquí me facilita el ocultar mis intenciones y pretender estar simplemente estudiando especies actuales por razones médicas.
Junio 29: ¡El cruce es fértil! Obtuve buenas puestas el pasado miércoles, y ahora tengo algunas larvas excelentes. Si los insectos adultos se muestran extraños como deben, no necesitaré más. Estoy preparando cajas separadas y numeradas para los diferentes especímenes.
Julio 7: ¡Están saliendo nuevos híbridos! Su forma es un excelente disfraz, pero el lustre de las alas aún sugiere a la palpalis. El tórax tiene débiles sugerencias de las listas de la tse-tse. Hay ligeras variaciones según los individuos. Les alimento a todos con la carne contaminada de cocodrilo y, el desarrollo de la infección, los probaré en algún negro…aparentemente por accidente, por supuesto. Hay muchas moscas ligeramente venenosas por los alrededores, por lo que será fácil hacerlo sin despertar sospechas. Tendré que perder un insecto en mi protegido comedor cuando Batta, mi criado, traiga el desayuno, procurando resguardarme. Cuando el trabajo este hecho la volveré a capturar o la aplastaré algo fácil, gracias a su estupidez, o la asfixiaré rociando la habitación con cloro. Si no se logra la primera vez, lo intentaré hasta que funcione. Por supuesto, tendré la triparsamina a mano para el caso que me pique a mi… pero tendré cuidado de resguardarme, porque ningún antídoto es realmente seguro.
Agosto 10: La infección madura, y me las he arreglado para que Batta fuera picado de buena forma. Capturé la mosca cuando estaba sobre él, devolviéndola a su caja. Alivié la picadura con yodo, y pobre diablo está bastante agradecido por el cuidado. Probaré otra variante en Gamba, el mensajero del factor, mañana. Serán todas las pruebas que ose hacer aquí, pero si necesito más conseguiré especímenes de Ukala y lograré datos adicionales.
Agosto 11: Fallé en lo tocante a Gamba, pero recapturé la mosca viva. Batta todavía parece tan saludable como siempre y no tiene molestias en la espalda, donde fue picado. Debo esperar antes de probar de nuevo con Gamba.
Agosto 14: Al fin llegaron los especimenes de Vandervelde. Siete especímenes completamente distintas, todas más o menos venenosas. Las tendré bien alimentadas para el caso que los cruces de tse-tse no resulten. A algunos de los especímenes les desagrada la Palpalis, pero el problema es que no puedan tener cruces fértiles con ellas.
Agosto 17: Gamba resultó picado esta tarde, pero mató a la mosca mientras lo hacía. Le picó en el hombro izquierdo. Limpié la picadura, y Gamba estuvo tan agradecido como Batta. No hay cambios en Batta.
Agosto 20: Gamba sigue sin cambios… Batta también. Estoy experimentando con una nueva forma de camuflaje que complemente la hibridación: alguna especie de tinte que cambie el delator brillo de las alas de la palpalis. Un tinte azul puede servir… algo que pueda pulverizar sobre todo el lote de insectos. Iniciaré las investigaciones con azul Prusia y Tumbull… con sales de hierro y de cianuro.
Agosto 25: Batta se queja hoy de dolores en su espalda… puede que las cosas se estén desarrollando.
Septiembre 23: He hecho buenos progresos en mis experimentos. Batta muestra signos de letargo, y dice que su espalda le duele todo el tiempo. Gamba comienza a tener molestias en su hombro picado.
Septiembre 24: Batta empeora progresivamente, y comienza a temer por su picadura. Dice que debe ser obra de una mosca-diablo, y estuvo pidiendo que la matara ya que me ha visto guardarla en una caja hasta que le engañé diciendo que había muerto hacía tiempo. Dijo que no quería que su alma pasara a ella tras la muerte. Le he inyectado agua destilada con la hipodérmica, para mantener su moral alta. Evidentemente, la mosca conserva todas las propiedades de la palpalis. Gamba también ha enfermado y reproduce todos los síntomas de Batta. He decidido tratarle con triparsamina, ya que el efecto de la mosca está suficientemente probado. No lo haré con Batta, no obstante, ya que quiero tener una idea de cuánto tarda en finalizar un caso. Los experimentos de teñido están cerca de su fin. Una forma isométrica de ferrocianida ferrosa, con la adición de sales potásicas, pueden ser disuelta en alcohol y pulverizada sobre los insectos con resultados excelentes. Mancha las alas de azul sin afectar demasiado al tórax oscuro, y no se va cuando rocío a los especímenes con agua. Con este disfraz, creo poder usar los actuales híbridos de tse-tse y ahorrarme el fastidio de ulteriores experimentos. Astuto como es, Moore no reconocerá a las moscas de alas azules y con un tórax similar al de las tse-tse. Por supuesto, guardaré este asunto del tinte en absoluto secreto. Nadie debe conectarme más tarde con las moscas azules.
Octubre 9: Batta está letárgico y debe guardar cama. He administrado triparsamina a Gamba durante dos semanas, y espero que se recobre.
Octubre 25: Batta empeora, pero Gamba está casi recuperado.
Noviembre 18: Batta murió ayer y sucedió algo curioso que me provocó un escalofrío, dadas, las leyendas nativas y los propios temores de Batta. Cuando volví al laboratorio tras la muerte, escuché el más peculiar zumbido y golpeteo en la caja 12, que contenía a la mosca que picó a Batta. La criatura parecía frenética, pero guardó silencio cuando aparecí… agarrándose a la red de alambre y mirándome de la forma más extraña. Tendía sus patas a través de los alambres como si estuviera aturdida. Cuando volví de la comida con Allen, la cosa había muerto. Evidentemente, se había vuelto loca y se destrozó contra las paredes de la caja. Ciertamente, es peculiar que eso sucediera justo tras la muerte de Batta. Si algún negro lo hubiera visto, podría haber creído en la absorción del alma del pobre diablo. Enviaré mis híbridos teñidos de azul a su misión dentro de poco. La rapidez al matar de los híbridos parece ser un poco mayor que la de la palpalis pura. Batta murió tres meses y ocho días después de la infección, pero, por supuesto, existe un amplio margen de incertidumbre. Casi desearía haber dejado proseguir el caso de Gamba.
Diciembre 5: Estoy ocupado planeando el cómo hacer mi envío a Moore. Debo simular que proceden de algún entomólogo desinteresado que ha leído su Dípteros de África Central y Sur y cree que puede querer estudiar esa “nuevas e inidentificables especies”. Debe haber también amplias afirmaciones que las moscas de alas azules son inofensivas, como prueba la larga experiencia de los nativos. Moore debe estar con la guardia baja, y una de las moscas le picará tarde o temprano… aunque uno no puede decirse cuándo. Debo confiar en las cartas de los amigos de Nueva Cork. Ellos aún me hablan de Moore a veces para mantenerme informado sobre los primeros resultados, aunque juraría que los periódicos publicaran su muerte. Sobre todo, no debo mostrar ningún interés en el caso. Le remitiré las moscas durante un viaje, pero no debo ser reconocido al hacerlo. Lo mejor es que tome unas largas vacaciones en el interior, me deje la barba y envíe el paquete en Ukala, haciéndome pasar como un entomólogo de visita, y vuelva tras afeitarme la barba.
Abril 12,1930: De vuelta a M’gonga tras mi largo viaje. He enviado las moscas a Moore sin dejar pistas. Tomé unas vacaciones de Navidad el 15 diciembre y conseguí el material apropiado. Preparé un buen recipiente de correos, con un compartimiento para incluir alguna carne de cocodrilo contaminada de gérmenes como alimento de mis mensajeros. Por fin, en febrero tenía barba suficiente como para posar en un Vandyke. Aparecí por Ukala el 9 marzo y escribí una carta a Moore en la maquina de escribir del pueblo comercial. Firmé como “Nevil Wayland-Hall”, un supuesto entomólogo de Londres. Pienso que le di el tono apropiado… interés de un colega científico y todo eso. Fue artísticamente casual el enfatizar la “completa inocuidad” de los especímenes. Nadie sospechó nada. Afeité mi barba tan pronto como llegué a la sabana, para evitar un moreno desigual a mi vuelta. No utilicé porteadores nativos, excepto en un corto trecho de pantano: puedo hacer milagros con una mochila, y mi sentido de la orientación es bueno. La suerte me ha acompañado en tales viajes. Expliqué mi prolongada ausencia con alegatos a un conato de fiebre y el haberme extraviado cuando atravesaba la sabana. Pero ahora viene lo más duro psicológicamente: aguardar noticias de Moore sin mostrar interés. Por supuesto, puede quizás escapar a una picadura hasta que el veneno se desactive…pero, con su temeridad, las probabilidades son de cien a uno contra él. No tengo remordimientos, tras lo que me hizo, se merece eso y más.
Junio 30,1930: ¡Hurra! ¡El primer paso esta dado! Acabo de saber casualmente por Dyson de Columbia que Moore ha recibido unas nuevas moscas de alas azules provenientes de África, ¡y que está complemente desconcertado respecto a ellas! Ni palabra de ninguna picadura… ¡Pero si conozco la dejadez de Moore como creo, no tardará!
Agosto 27,1930: Carta de Morton en Cambridge. Afirma que Moore dice sentirse indispuesto, y habla de una picadura de insecto en la parte posterior de su cuello… De un curioso nuevo espécimen recibido a mediados de junio. ¿Habrá sucedido? Aparentemente, Moore no conecta la picadura con su debilidad. Si esto es verdad, entonces Moore ha sido picado en el período de transmisión infecciosa de los insectos.
Septiembre 12,1930: ¡Victoria! Otra carta de Dyson diciendo que Moore está en un estado verdaderamente alarmante. Ahora relaciona su enfermedad con la picadura que recibió sobre el mediodía del 19 junio, y está intrigado respecto a la identidad del insecto. Está tratando de ponerse en contacto con “Nevil Wayland-Hall”, quien le envió la remesa. Del apenas un centenar que le envíe, unas veinticinco parecen haber llegado vivas hasta él. Algunas escaparon en le momento de la picadura, pero algunas larvas aparecieron de huevos depositados durante el tiempo que estuvieron en el correo. Según Dyson, está incubando cuidadosamente tales larvas, Cuando maduren, supongo que podrá identificar el híbrido de las palpalis y las tse-tse, pero eso no le ayudará mucho ahora. ¡Se preguntará, sin embargo por qué el azul de las alas no se transmite por la herencia!
Noviembre 8,1930: Carta de media docena de amigos hablándome de la grave enfermedad de Moore. La de Dyson llegó hoy. Dice que Moore está completamente desconcertado sobre los híbridos salidos de las larvas y está comenzando a pensar que los padres pueden ser alados azules de forma artificial. Actualmente se ve obligado a guardar cama la mayor parte del día. Ninguna mención al uso del triparsamida.
Febrero 13,1931: ¡No podía ser tan bueno! Moore está agonizando, y no parece conocer el remedio, pero creo que sospecha de mí. He recibido una carta sumamente fría de Morton el último mes, donde no contaba nada sobre Moore, y ahora Dyson escribe también bastante someramente que Moore está haciendo teorías sobre todo el asunto. Ha llevado a cabo pesquisas acerca de “Wayland-Hall” por telegrama… a Londres, Ukala, Nairobi, Mombasa y otros lugares… sin, por supuesto, lograr nada. Creo que le ha dicho a Dyson lo que sospecha, pero Dyson no le creerá. Me temo que Morton sí. Creo que sería mejor hacer planes para salir de aquí y cambiar de identidad. ¡Vaya un final para una carrera que comenzó tan bien! La mayor parte de la culpa es de Moore… ¡pero ahora ha pagado con creces! Creo que volveré a Sudáfrica y quizás pueda depositar discretamente fondos para avalar mi nueva identidad: “Frederick Nasmyth de Toronto Canadá, agente de propiedades mineras”. Asentaré una nueva firma para identificación. Si nunca tengo que dar ese paso, puedo retransferir los fondos a mi verdadera identidad.
Agosto 15,1931: Ha pasado medio año, y aún sigue la incertidumbre. Dyson y Morton y otros amigos han dejado de escribirme. El doctor James de San Francisco tiene noticias puntuales, por amigos de Moore, y dice que Moore está en un coma casi continuo. No es capaz de andar desde mayo. Lo más que puede articular son quejas sobre el frío. Ahora no puede hablar, aunque se cree que aún tiene brotes de consciencia. Su respiración es rápida y entrecortada, y puede oírse a distancia. No hay duda que el Tripanosoma gambiense ha hecho su presa en él… pero aguanta más que los negros de por aquí. Tres meses y ocho días bastaron para Batta, y Moore sigue vivo casi un año después de ser picado. Este último mes he oído rumores sobre una intensiva búsqueda de “Wayland-Hall” por los alrededores de Ukala. No creo que necesite preocuparme aún, sin embargo, porque no hay nada que me relacione con ese asunto.
Octubre 7,1931: ¡Se acabó! Noticia de la Gaceta de Mombasa. Moore murió el 20 septiembre tras una serie de espasmos y con una temperatura muy por debajo de lo normal. ¡Con eso basta! ¡Dije que lo haría y lo hice! El periódico trae un reportaje de tres columnas sobre la larga enfermedad y muerte, así como sobre la inútil búsqueda de “Wayland-Hall”. Obviamente, Moore tenía mayor relevancia en África de lo que yo pensaba. El insecto que le picó ha sido ahora identificado totalmente, gracias a los especímenes supervivientes y las larvas desarrolladas, y las alas teñidas también han sido detectadas. Se acepta universalmente que las moscas fueron preparadas y enviadas para atentar contra su vida. Moore, según parece, comunicó ciertas sospechas a Dyson, pero este último y la policía callan debido a la ausencia de pruebas. Todos los enemigos de Moore están siendo investigados, y la Associated Press insinúa que “tendrá lugar una investigación que posiblemente involucre a un eminente médico, actualmente en ultramar”. Algo al final del reportaje indudablemente, obra del romanticismo barato del periodista amarillo me provocó un curioso estremecimiento en vista de las leyendas de los negros y la forma en que enloqueció la mosca cuando Batta murió. Parece que ocurrió un extraño incidente la noche de la muerte de Moore: Dyson fue despertado por el zumbido de una mosca de alas azules que inmediatamente escapó por la ventana justo antes que la enfermera telefoneara desde la casa de Moore, a unos kilómetros de distancia, en Brooklyn, informando de su muerte. Pero en lo que me concierne, a que más me interesa es el final del asunto africano. La gente de Ukala recuerda al barbado extranjero que escribió la carta y envió el paquete, y la policía está batiendo el país en busca de cualquier blanco que pudiera haberlo enviado. No contraté a muchos, pero si los agentes interrogan a los Ubandeses que me guiaron a través del cinturón de jungla de N’kini, tendré que explicar más de lo que deseo. Parece haber llegado el momento que desaparezca, mañana creo que dimitiré y me prepararé a marchar a lugares desconocidos.
Noviembre 9,1931: Ha sido un trabajo arduo que aceptaran mi renuncia, pero la liberación ha llegado hoy. No deseo agravar la sospecha huyendo abiertamente. La última semana he recibido noticias de James sobre la muerte de Moore… nada que no estuviera en los periódicos. Sus allegados de Nueva York parecen bastante reticentes a dar detalles, aunque todos hablan de una investigación en curso. Ni palabra de mis amigos del Este. Moore debió difundir peligrosas sospechas antes de perder el conocimiento, pero no existe ni un ápice de prueba que pueda presentarse contra mí. Aún así, no voy a correr riesgos. El jueves, saldré para Mombasa y allí tomaré un vapor hacia la costa de Durban. Tras de eso, me esfumaré…pero, poco después, el agente de propiedades mineras Frederick Nasmyth Mason, de Toronto, aparecerá en Johannesburgo. Este será el final de mi diario. Si bien no es el fin que yo esperaba, servirá para su propósito original tras mi muerte y revelará lo que de otra forma no sería conocido. Si, por otra parte, esas sospechas se materializan y persisten, confirmará y aclamará los difusos cargos y llenará muchos huecos importantes y desconcertantes. Por supuesto, si me veo en peligro, lo destruiré.Bueno, Moore esta muerto… se lo merecía de sobra. Ahora el doctor Thomas Slaunwite también esta muerto. Y cuando el cuerpo originario de Thomas muera, el público tendrá este diario...
Enero 15, 1932: Un nuevo año… y una renuente reapertura de este diario… Ahora estoy escribiendo solamente para aliviar mis pensamientos, ya que es absurdo fantasear con que el caso no está definitivamente cerrado. Estoy alojado en el Hotel Vaal de Johannesburgo, con mi nuevo nombre, y nadie ha puesto en duda mi identidad. Tengo algunos tratos de palabra sin cerrar para guardar mi apariencia de agente minero, y creo que podré actuar muy pronto en tales negocios. Más tarde iré a Toronto y crearé unas pocas evidencias de mi ficticio pasado. Pero lo que me molesta es un insecto que invadió mi habitación sobre el mediodía de ayer. Por supuesto, he tenido toda clase de pesadillas sobre moscas azules más tarde, pero eso era de esperar en vista de mi actual tensión nerviosa. Ese ser, no obstante, era una realidad palpable, y no sé qué pensar. Zumbó alrededor de mi estantería durante un buen cuarto de hora y esquivo cualquier intento de capturarla o matarla. Lo más extraño era su aspecto y color… ya que tenia alas azules y, en todo, era un duplicado de mis híbridos mensajeros de muerte. Cómo puede ser uno de ellos, de hecho, es algo que no puedo saber. Me deshice de todos los híbridos manchados o no que no envié a Moore y no puedo recordar ninguna fuga. ¿Será todo una alucinación? ¿O puede, algún espécimen de los que escaparon en Brooklyn cuando Moore fue picado haber encontrado el camino de vuelta a África? Está aquella absurda historia de la mosca azul que despertó a Dyson al Morir Moore… Pero, después de todo, la supervivencia y retorno de alguno de los seres no es imposible. Es Perfectamente plausible que el azul permanezca en sus alas, también ya que el pigmento artificial era casi tan bueno como para tatuarlos permanentemente. Por eliminación, creo que es la única explicación racional para este asunto, aunque es muy curioso que este ejemplar haya llegado tan al sur. Posiblemente se deba a algún instinto hereditario de residencia inherente a la tse-tse. Después de todo, ese lado suyo pertenece a Sudáfrica.
Debo protegerme de una picadura. Por supuesto, la toxina original si de hecho es una de las moscas huidas de Moore se ha perdido hace mucho tiempo; pero el ejemplar puede haber comido al volver de América y llegado tal vez por África Central, reinfectándose. De hecho, es lo más probable, ya que la palpalis que es la mitad de su herencia pueda haberla llevado de vuelta a Uganda y a los gérmenes de la tripanosomiasis. Aún conservo la triparsamida no fui capaz de destruir mi maletín médico, no importa lo delator que pueda resultar pero, desde que estudié el caso, ya no estoy tan seguro como antes de la eficacia de la droga. Hay posibilidades contrapuestas: ciertamente salvó a Gamba, pero existen grandes probabilidades de fallo. Es endemoniadamente extraño que esta mosca haya llegado hasta mi habitación. ¡Con todos los sitios que hay en la gran extensión de África! Es demasiada coincidencia. Supongo que si vuelve, podré por fin matarla. Me sorprendió que escapara hoy de mí, ya que esos ejemplares suelen ser estúpidos y fáciles de capturar. ¿No habrá sido una ilusión después de todo? Ciertamente, el calor me cansa últimamente como nunca… como ni siquiera en Uganda.
Enero 16,1932: ¿Estaré volviéndome loco? La mosca volvió este mediodía y se comportó de forma tan extraña que no supe qué pensar. Sólo a un espejismo por mi parte puede deberse lo que esa plaga zumbadora pareció hacer. Salió de ningún sitio y se puso a revolotear por la estantería… circundando una y otra vez frente a la copia del Dípteros de África Central y del Sur de Moore. A cada momento se posaba en el tope o el lomo del volumen y, ocasionalmente, se lanzaba hacia mí, retrocediendo antes que pudiera golpearla con un periódico doblado. Esas astucias son impropias de los notoriamente estúpidos dípteros africanos. Durante una media hora, intenté coger al maldito bicho, pero acabó escapando por la ventana a través de un hueco de la mosquitera en el que no había reparado. A veces creí que se burlaba deliberadamente de mí, poniéndome dentro del alcance de mi arma y luego huyendo diestramente antes que pudiera golpearla. Tengo que mantener firmes mis nervios.
Enero 17,1932: O Estoy loco o el mundo está en el brote de una brusca suspensión de las leyes de la probabilidad, tal y como las conocemos. Esta maldita mosca volvió a aparecer un poco antes del mediodía y comenzó a zumbar alrededor de los Dípteros de Moore de mi estantería. De nuevo traté de capturarla y de nuevo se repitió la experiencia de ayer. Finalmente, el bicho se acerco a mi tintero y se sumergió en él, tan sólo las patas y el tórax, dejando afuera las alas. Luego ascendió hasta el techo y lo embistió, comenzando a serpentear siguiendo un camino curvo y dejando un rastro de tinta. Tras un rato, descansó un instante e hizo un sencillo trazo desconectado del resto… luego cayó casi sobre mi rostro y desapareció de mi vista antes que pudiera alcanzarla. Algo en todo este asunto me parece monstruosamente siniestro y anómalo… más de lo que puedo explicarme. Cuando contemplé el rastro de tinta del techo desde diferentes ángulos, fue volviéndose progresivamente familiar para mí y, repentinamente, me percaté que formaba un signo de interrogación totalmente perfecto. ¿Qué artificio puede ser más malignamente apropiado? Esto es un prodigio que no puedo desdeñar. Los empleados del hotel no saben nada. No han visto la mosca esta tarde, y voy a guardar cerrado mi tintero. Pienso que la ejecución de Moore está pesándome y provocándome alucinaciones morbosas. Quizás no existe ninguna mosca.
Enero 18,1932: ¿En qué extraño infierno de pesadillas me hallo sumido? Lo qué sucedió ayer es algo que normalmente no puede suceder… y además un empleado del hotel ha visto el signo en el techo y da fe de su realidad. Sobre las 8 de esta mañana, mientras estaba escribiendo a mano, algo se lanzó por un instante sobre el tintero y se marchó antes que pudiera ver lo que era. Observando, vi a la infernal mosca en el techo, allá donde estuviera antes… serpenteando y trazando otro rastro de curvas y giros. No había nada que pudiera hacer, pero doblé un periódico con la esperanza que la criatura llegara a volar lo bastante cerca. Cuando hubo hecho varios giros en el techo, voló hasta un rincón oscuro y desapareció, y observando arriba, hacia el yeso doblemente pintarrajado, ¡vi que el nuevo trazo de tinta era un inmenso e inconfundible número 5! Durante un rato estuve casi inconsciente, sumido en una ola de indescriptible amenaza de la que no podía plenamente percatarme. Después, recobré mi resolución y tomé el camino de la acción. Acudiendo a una farmacia, obtuve goma y otros útiles necesarios para preparar una trampa pegajosa, así como otro tintero. Volviendo a mi habitación, llené el nuevo tintero con la mezcla adhesiva y lo deposité donde estaba el otro, dejándolo abierto. Luego traté de concentrar mi mente en leer. Sobre las 3, volví a escuchar al maldito insecto, y le vi revolotear sobre el nuevo tintero. Descendió hasta la pegajosa superficie, pero no la tocó y luego vino directo a mí… retrocediendo antes que pudiera golpearle. Luego, fue hasta la estantería y revoloteó alrededor del tratado de Moore. Hay algo oscuro y diabólico en el hecho que el invasor se demore junto a ese libro. Lo peor parte es la última. Alejándose del libro de Moore, el insecto voló hacia la ventana abierta y comenzó a embestir rítmicamente contra la mosquitera de alambre. Eran series de golpes, seguidas de otra serie de igual longitud y otra pausa. Algo en esa forma de actuar me atontó durante unos instantes, pero luego fui a la ventana y traté de matar al nocivo ser. Como de costumbre, no lo logré. Simplemente, voló por la habitación hasta la lámpara y comenzó a batir el mismo ritmo en la rígida pantalla de cartón. Sentí una vaga desesperación y procedí a cerrar todas las puertas, como había hecho con la ventana con la mosquitera del minúsculo agujero. Parecía totalmente necesario matar a ese persistente ser cuyos acosos están desequilibrando rápidamente mi cerebro. Luego, contando inconscientemente, me percaté que cada serie de golpes tenía exactamente 5 golpes. 5… ¡El mismo número que el ser ha trazado con tinta en el techo esta mañana! ¿Puede haber alguna conexión concebible? La idea es demencial, ya que implica que la mosca híbrida posee un intelecto y conocimiento de las figuras escritas propio de los humanos. Un intelecto humano… ¿No lleva esto a las más primitivas leyendas de los negros de Uganda? Y Además está esa infernal astucia con que me elude, en contraste con la normal estupidez de los de su especie. Mientras dejaba a un lado mi periódico doblado y me sentaba con un horror que iba en aumento, el insecto zumbó alejándose y desapareció por un agujero del techo, donde el eje del ventilador penetra en la habitación.
Esta marcha no me sobresaltó, ya que mi cabeza se había lanzado a una serie de extrañas y terribles reflexiones. Si esta mosca tiene una inteligencia humana, ¿de donde proviene? ¿Hay algo de verdad en la idea nativa que esas criaturas roban la personalidad de su víctima tras la muerte de esta ultima? Siendo así, ¿cuál es la personalidad de esta mosca? Había deducido que debía ser uno de aquellos huidos de las manos de Moore en el momento de ser picado. ¿Es éste el enviado de la muerte que ha picado a Moore? Si es así, ¿Qué quiere de mí? ¿Qué quiere, en cualquier caso, de mí? Empapado en sudor frió, recordé las acciones de la mosca que había picado a Batta cuando este murió. ¿Había sido su propia personalidad desplazada por la de su víctima muerta? Luego estaba el reportaje sensacionalista sobre la mosca que había despertado a Dyson cuando murió Moore. Respecto a esta mosca que me acosa, ¿podría ser que lleve una vengativa personalidad humana en su interior? ¡Cómo revolotea alrededor del libro de Moore!… pero me negué a creer un ápice de todo eso. Entonces empecé a convencerme que la criatura estaba en efecto infectada y de la forma más virulenta. Con maligna deliberación, puesta de evidencia por cada acto, seguramente se había infectado voluntariamente con los bacilos más mortíferos de toda África. Mi mente, profundamente afectada, estaba ahora dando todo eso por sentado.
Llamé nuevamente al recepcionista Y solicité alguien que taponara el agujero del eje y otras posibles fisuras de la habitación. Dije que las moscas me atormentaban, y pareció bastante comprensivo. Al llegar el hombre, le mostré los trazos de tinta del techo, que él reconoció sin ninguna dificultad. ¡Luego son reales! El parecido con una interrogación y un 5 le asombraron y fascinaron. Por fin, obturó todos los agujeros que pudo encontrar y reparó la mosquitera, por lo que ya puedo tener abiertas las ventanas. Evidentemente, me catalogó como algo excéntrico, sobre todo porque no apareció ni un insecto mientras estuvo allí. Pero eso a mí no me importa. Esta tarde la mosca no ha venido. ¡Sabe Dios qué es, qué quiere, o qué será de mí!
Enero 19:1932 Estoy completamente sumido en el horror. El ser me ha tocado. Hay algo monstruoso y demoníaco obrando a mi alrededor, y yo soy una víctima indefensa. Durante la mañana, cuando volví del desayuno, el diablo alado del infierno entró en la habitación sobre mi cabeza y comenzó a embestir de nuevo contra la mosquitera, tal como lo hiciera ayer. Esta vez, no obstante, cada serie de golpes constaba de sólo 4 golpes. Me abalancé sobre la ventana e intenté cogerla, pero se escapó como es habitual y voló sobre el tratado de Moore, donde comenzó a zumbar, circundándolo burlonamente. Su aparato vocal es limitado, pero me percaté que sus zumbidos formaban grupos de 4. En ese momento yo estaba ciertamente loco, ya que le dije:
“Moore, por amor a Dios, ¿que quieres?” Cuando hice esto, la criatura detuvo bruscamente sus círculos, voló hacia mí e hizo un bajo y gracioso picado en el aire que sugería un arco. Luego voló de vuelta al libro. Al menos, creí verla hacer todo esto… pero no puedo confiar demasiado en mis nervios. Luego vino lo peor. Había dejado la puerta abierta, deseando que el monstruo se fuera si no podía atraparlo, pero, sobre las 11:30, cerré la puerta, creyendo que se había ido. Luego me senté a leer. Justo a mediodía sentí un cosquilleo en el reverso de mi cuello, pero al palpar no encontré nada. Un instante después, sentí de nuevo el cosquilleo… y, antes de poder moverme, el indescriptible engendro infernal apareció ante mi vista, viniendo desde detrás, hizo otro de sus burlones y graciosos picados en el aire, y voló a través del agujero de la llave… que nunca soñé que fuera suficientemente amplio para permitirla pasar. Esa cosa me ha tocado, no hay duda. Lo ha hecho sin dañarme… y entonces recordé con un repentino y helado espanto que Moore fue picado en la parte trasera del cuello, a mediodía. No ha habido más apariciones desde entonces… pero he obturado todos los ojos de cerradura con papel y tengo un periódico doblado, listo para usar cada vez que abro la puerta para salir o entrar.
Enero 20:1932 todavía no puedo creer totalmente en lo sobrenatural, aunque temo que estoy perdido. El asunto es demasiado para mí. Justo antes del mediodía de hoy el demonio apareció por fuera de la ventana y repitió su operación de embestidas, pero vez con series de 3. Cuando llegué hasta la ventana, había volado fuera de la vista. Aún tengo bastante presencia de ánimo como para hacer otro intento de defensa. Quitando las mosquiteras, las he untado de mi preparación pegajosa, la misma que utilicé en el tintero por dentro y por fuera, y volví a colocarlas en su lugar. Si la criatura intenta nuevos redobles, ¡será su fin!
Enero 21 1932 En el tren de Bloemfontein. Me he ido. El ser ha ganado. Tiene una inteligencia diabólica contra la que mis artefactos son ineficaces. Apareció en el exterior de la ventana esta mañana, pero no tocó la red pegajosa. En vez de eso, se mantuvo sin posarse y comenzó a revolotear en círculos, dos cada vez, seguidos de una pausa en el aire. Tras realizar varias evoluciones, voló fuera de la vista sobre los tejados de la ciudad, Mis nervios están a punto de romperse, ya que tales sugerencias de números son susceptibles de espantosas interpretaciones. El lunes la cosa trazó el número 5, el martes, el 4 el miércoles el 3 y hoy el 2. 5, 4, 3, 2… ¿Qué puede ser sino una monstruosa e impensable cuenta atrás de días? Con qué propósito, sólo los poderes maléficos del universo pueden saber. Me pasé toda la tarde empacando y organizando mis baúles, y he tomado el expreso nocturno de Bloemfontein un cómodo y excelente establecimiento, pero el horror me persigue. He cerrado puertas y ventanas, he bloqueado las cerraduras, buscado posibles fisuras y bajado todas las pantallas, pero justo antes del mediodía escuché un turbio golpe. Alzando la pantalla, vi a la maldita mosca, tal como había esperado. Describió un largo y lento círculo en le aire y luego voló fuera de la vista. Me quedé hecho un guiñapo, y tuve que descansar en el diván. ¡1! Estaban claras las implicaciones del Mensaje del monstruo. Un Golpe, un círculo. ¿Significa esto un día antes más antes que me alcance algún impensable destino? ¡Debo volver a huir o permanecer aquí sellando la habitación. Tras una hora de descanso, me sentí capaz de obrar y pedí una amplia reserva de carne empaquetada y enlatada así como ropa limpia y toallas para que me la envíen. Mañana, bajo ninguna circunstancia abriré ni un resquicio de la puerta o ventana. Cuando la comida y la ropa llegaron, el negro me miró de forma extraña, pero no me preocupa cuán excéntrico o demente pueda parecer. Estoy siendo hostigado por poderes peores que el ridículo. Habiendo recibido mis suministros, recorrí cada milímetro de las paredes y obturé cada microscópica abertura que pude encontrar. Por fin, me siento capaz de dormir realmente.
(Aquí la caligrafía se vuelve irregular, nerviosa y muy difícil de descifrar.)
Enero 23:1932 Es mediodía, y siento que va a suceder algo sumamente terrible. No he dormido como esperaba, a pesar que no pude casi hacerlo anoche en el tren. Me levanté temprano, y he tenido problemas para concentrarme en algo, sea leer o escribir. Esa cuenta atrás lenta y deliberada de días es demasiado para mí. No sé qué es lo que está mal… si la naturaleza o mi cerebro. Hasta cerca de las 11 hice muy poco, excepto pasear arriba y abajo por la habitación. Luego escuché un crujido en los paquetes de comida que me trajeron ayer, y esa mosca demoníaca surgió ante mis ojos. Cogí algo plano y lancé golpes al ser a pesar de mi miedo pánico, sin más efecto que el habitual. Tal como había previsto, ese horror de alas azules se retiró como de ordinario hacia la mesa donde había amontonado mis libros y se posó durante un segundo en el Dípteros de África Central o del Sur de Moore. Luego, mientras la seguía con la mirada, voló sobre el reloj de la repisa y se posó en la esfera, cerca del número 12. Antes que pudiera intentar ningún movimiento, había comenzado a reptar por la esfera muy lenta y deliberadamente… en la dirección de las manecillas. Pasó sobre el minutero, se retorció arriba y abajo, pasó la manecilla de las horas y finalmente se detuvo exactamente sobre el número 12. Al hacer esto agitó las alas con un sonido zumbante. ¿Es un prodigio de alguna clase? Me estoy volviendo tan supersticioso como los negros. Acaban de pasar las 11. ¿Serán las 12 el final? Aún me queda un último recurso, surgido de mi mente bajo la total desesperación. Quisiera haberlo pensado antes. Recordando que mi maletín de medico contiene las sustancias necesarias para generar cloruro, he decidido llenar la habitación con ese vapor letal: asfixiando a la mosca mientras que me protejo con un pañuelo empapado en amoníaco y colocado sobre el rostro. Afortunadamente, tengo una buena reserva de amoníaco. Esta rústica mascara probablemente neutralizará los vapores del acre clorhídrico mientras muere el insecto… o queda al menos lo bastante aturdido como para poder aplastarlo. Pero debo apresurarme.
¿Cómo estar seguro que el ser no me picará bruscamente antes que mi preparado esté listo? No debo detenerme para escribir este diario.
Más tarde. Ambos elementos, ácido hidroclorhídrico y dióxido de manganeso, están sobre la mesa, listos para la mezcla. He anudado el pañuelo sobre mi nariz y boca, y tengo un bote de amoníaco preparado para empaparlo en cuanto esté listo el cloruro. He bajado ambas ventanas. Pero no me gustan los actos de este demonio híbrido. Permanece en el reloj, pero se mueve lentamente por la esfera hacia el 12 siguiendo el avance gradual del minutero. ¿Será ésta mi última anotación en este diario? Sería inútil tratar de negar las sospechas. Demasiado a menudo un grano de increíble verdad acecha bajo la más salvaje y fantástica de las leyendas. ¿Es quizás la mosca que le picó y que, consecuentemente, absorbió su conciencia a su muerte? Si es así, y me pica, ¿desplazará mi propia personalidad a la de Moore y entrará en ese ser zumbante cuando muera a resultas de la picadura? Quizás, no obstante, no necesite morir, aún si llega hasta mí. Siempre esta el recurso de la triparsamina. Y no me arrepiento de nada. Moore tenia que morir, él se lo buscó.
Un poco más Tarde. La mosca se ha detenido en la esfera, cerca de la marca de los ¾ cuartos de hora. Ahora son las 11:30 AM. Estoy empapando el pañuelo sobre mi rostro con amoníaco y manteniendo a mano la botella para ulteriores aplicaciones. Ésta será la anotación final antes que mezcle el ácido y el manganeso, y libere el cloruro. No puedo perder tiempo, pero, para este diario, he perdido totalmente la razón hace tiempo. La mosca parece inquietarse y el minutero se aproxima. Ahora, el cloruro…
(Fin del diario)
El 24 de enero 1932, tras repetidas llamadas que no obtuvieron respuesta del excéntrico alojamiento en la habitación 303 del Hotel Orange, un empleado entró con una llave maestra y posteriormente huyó gritando escaleras abajo, para contar al recepcionista lo que había encontrado. Éste, tras avisar a la policía, reclamó al director, y este último acompaño al agente De Witt, el juez Bogaert y el doctor Van Keulen a la fatal habitación. Su ocupante yacía muerto en el suelo, boca arriba y cubierto con un pañuelo que olía fuertemente a amoníaco. Bajo éste, sus facciones mostraban una expresión de tenso y completo miedo que se contagió a los observadores. En la parte trasera del cuello, el doctor Van Keulen encontró una virulenta picadura de insecto de un rojo intenso, con un anillo púrpura a su alrededor que sugería la de una mosca tse-tse o algo todavía menos inocuo. El examen mostró que la muerte debió producirse por lo menos de un ataque cardíaco, producido por el puro miedo antes que de la picadura… aunque una posterior autopsia indicó que el germen de la tripanosomiasis se había introducido en su sistema. Sobre la mesa descansaban algunos objetos: un gastado libro de cuero conteniendo el diario arriba transcrito, una pluma, un taco de hojas y un tintero abierto, un maletín de médico con las iniciales «T.S.» grabadas en oro, botes de amoníaco y ácido hidroclorhídrico, y un vaso lleno hasta su cuarta parte de dióxido de manganeso negro. La botella de amoníaco mereció un segundo vistazo, debido a lo que había en el interior del fluido. Mirando atentamente, el juez Bogaert vio que su extraño ocupante era una mosca.
Parecía ser alguna especie de híbrido con un vago parentesco con la tse-tse, pero sus alas mostrando un débil azul a pesar de la acción del fuerte amoníaco eran un completo misterio. Algo en todo esto evocó un débil recuerdo de noticias periodísticas en el doctor Van keulen; un recuerdo que el diario pronto confirmó. Sus extremidades inferiores parecían haber podido borrar totalmente. Quizás había caído en algún momento en el tintero, aunque las alas están intactas. ¿Pero cómo se las habría arreglado para caer en la botella de cuello angosto del amoníaco? ¡Era como si, deliberadamente, la criatura se hubiera arrastrado por allí para suicidarse! Pero lo más extraño de todo fue lo que descubrió el agente De Witt en el liso techo blanco sobre sus cabezas cuando sus ojos se alzaron curiosamente. A su grito, los otros 3 siguieron su mirada… incluso el doctor Van Keulen, que llevaba algún tiempo ojeando el gastado libro de cuero con una expresión donde se mezclaba el horror, la fascinación y la incredulidad. En el techo había una serie de temblorosos y titubeantes trazos, como los que haría el paso de un insecto bañado en tinta. Al instante, todos pensaron en las manchas de la mosca tan extrañamente hallada en la botella de amoníaco.
Pero aquéllas no eran trazos ordinarios de tinta. Aún al primer vistazo, se descubría algo inquietantemente familiar en ellos, y una investigación más de cerca provocó boqueos de sobresaltado asombro a los 4 observadores. El juez Bogaert miró por toda la habitación, en busca de instrumentos o útiles o muebles apilados que hubieran hecho posible la realización de esas temblorosas marcas fueran trazadas por la mano humana. No encontraron nada parecido, volvió su curiosa, y casi espantada, mirada hacia arriba. Ya que, más allá de cualquier duda, aquellas manchas de tinta formaban definidas letras del alfabeto… letras agrupadas coherentemente para formar palabras inglesas. El doctor fue el primero en descifrarlas, y los otros escucharon sin aliento mientras recitaba el mensaje demencial tan increíblemente garabateado en un lugar fuera del alcance de la mano humana.
“VER MI DIARIO… ME COGIÓ PRIMERO… MORÍ… LUEGO VI QUE ESTABA EN ELLA… LOS NEGROS TENÍAN RAZÓN… HAY EXTRAÑOS PODERES EN LA NATURALEZA… AHORA AHOGARÉ LO QUE HA QUEDADO…”
Entonces en mitad del silencio desconcertado que siguió, el doctor Van Keulen comenzó a leer en alto el gastado diario de cuero".
H.P. Lovecraft/Hazel Heald
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