El Recolector de Historias

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sábado, 25 de julio de 2015

"Colinas Como Elefantes Blancos"

"Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid.

-¿Qué tomamos? -preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa.

-Hace calor -dijo el hombre.

-Tomemos cerveza.

-Dos cervezas -dijo el hombre hacia la cortina.

-¿Grandes? -preguntó una mujer desde el umbral.

-Sí. Dos grandes.

La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco.

-Parecen elefantes blancos -dijo.

-Nunca he visto uno -el hombre bebió su cerveza.

-No, claro que no.

-Nada de claro -dijo el hombre-. Bien podría haberlo visto.

La muchacha miró la cortina de cuentas.

-Tiene algo pintado -dijo-. ¿Qué dice?

-Anís del Toro. Es una bebida.

-¿Podríamos probarla?

-Oiga -llamó el hombre a través de la cortina.

La mujer salió del bar.

-Cuatro reales.

-Queremos dos de Anís del Toro.

-¿Con agua?

-¿Lo quieres con agua?

-No sé -dijo la muchacha-. ¿Sabe bien con agua?

-No sabe mal.

-¿Los quieren con agua? -preguntó la mujer.

-Sí, con agua.

-Sabe a orozuz -dijo la muchacha y dejó el vaso.

-Así pasa con todo.

-Sí -dijo la muchacha-. Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo.

-Oh, basta ya.

-Tú empezaste -dijo la muchacha-. Yo me divertía. Pasaba un buen rato.

-Bien, tratemos de pasar un buen rato.

-De acuerdo. Yo trataba. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente?

-Fue ocurrente.

-Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?

-Supongo.

La muchacha contempló las colinas.

-Son preciosas colinas -dijo-. En realidad no parecen elefantes blancos. Sólo me refería al color de su piel entre los árboles.

-¿Tomamos otro trago?

-De acuerdo.

El viento cálido empujaba contra la mesa la cortina de cuentas.

-La cerveza está buena y fresca -dijo el hombre.

-Es preciosa -dijo la muchacha.

-En realidad se trata de una operación muy sencilla, Jig -dijo el hombre-. En realidad no es una operación.

La muchacha miró el piso donde descansaban las patas de la mesa.

-Yo sé que no te va a afectar, Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire.

La muchacha no dijo nada.

-Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Sólo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural.

-¿Y qué haremos después?

-Estaremos bien después. Igual que como estábamos.

-¿Qué te hace pensarlo?

-Eso es lo único que nos molesta. Es lo único que nos hace infelices.

La muchacha miró la cortina de cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas.

-Y piensas que estaremos bien y seremos felices.

-Lo sé. No debes tener miedo. Conozco mucha gente que lo ha hecho.

-Yo también -dijo la muchacha-. Y después todos fueron tan felices.

-Bueno -dijo el hombre-, si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es perfectamente sencillo.

-¿Y tú de veras quieres?

-Pienso que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres.

-Y si lo hago, ¿serás feliz y las cosas serán como eran y me querrás?

-Te quiero. Tú sabes que te quiero.

-Sí, pero si lo hago, ¿volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos?

-Me encantará. Me encanta, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo.

-Si lo hago, ¿nunca volverás a preocuparte?

-No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo.

-Entonces lo haré. Porque yo no me importo.

-¿Qué quieres decir?

-Yo no me importo.

-Bueno, pues a mí sí me importas.

-Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico.

-No quiero que lo hagas si te sientes así.

La muchacha se puso en pie y caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el río entre los árboles.

-Y podríamos tener todo esto -dijo-. Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible.

-¿Qué dijiste?

-Dije que podríamos tenerlo todo.

-Podemos tenerlo todo.

-No, no podemos.

-Podemos tener todo el mundo.

-No, no podemos.

-Podemos ir adondequiera.

-No, no podemos. Ya no es nuestro.

-Es nuestro.

-No, ya no. Y una vez que te lo quitan, nunca lo recobras.

-Pero no nos los han quitado.

-Ya veremos tarde o temprano.

-Vuelve a la sombra -dijo él-. No debes sentirte así.

-No me siento de ningún modo -dijo la muchacha-. Nada más sé cosas.

-No quiero que hagas nada que no quieras hacer…

-Ni que no sea por mi bien -dijo ella-. Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza?

-Bueno. Pero tienes que darte cuenta…

-Me doy cuenta -dijo la muchacha.- ¿No podríamos callarnos un poco?

Se sentaron a la mesa y la muchacha miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa.

-Tienes que darte cuenta -dijo- que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a dar el paso si algo significa para ti.

-¿No significa nada para ti? Hallaríamos manera.

-Claro que significa. Pero no quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es perfectamente sencillo.

-Sí, sabes que es perfectamente sencillo.

-Está bien que digas eso, pero en verdad lo sé.

-¿Querrías hacer algo por mi?

-Yo haría cualquier cosa por ti.

-¿Querrías por favor por favor por favor por favor callarte la boca?

Él no dijo nada y miró las maletas arrimadas a la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado la noche.

-Pero no quiero que lo hagas -dijo-, no me importa en absoluto.

-Voy a gritar -dijo la muchacha.

La mujer salió de la cortina con dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro.

-El tren llega en cinco minutos -dijo.

-¿Qué dijo? -preguntó la muchacha.

-Que el tren llega en cinco minutos.

La muchacha dirigió a la mujer una vívida sonrisa de agradecimiento.

-Iré llevando las maletas al otro lado de la estación -dijo el hombre. Ella le sonrió.

-De acuerdo. Ven luego a que terminemos la cerveza.

Él recogió las dos pesadas maletas y las llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia pero no vio el tren. De regresó cruzó por el bar, donde la gente en espera del tren se hallaba bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos esperaban razonablemente el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La muchacha estaba sentada y le sonrió.

-¿Te sientes mejor? -preguntó él.

-Me siento muy bien -dijo ella-. No me pasa nada. Me siento muy bien".


Ernest Hemingway

viernes, 24 de julio de 2015

"Con el Petate a Cuestas"

"Tan pronto como hube terminado mis estudios, mis padres consideraron útil hacerme comparecer ante una mesa cubierta de paño verde y rematada por bustos de viejos señores que se preocuparon por saber si yo había aprendido suficientes lenguas muertas como para ser promovido al grado de bachiller. La prueba fue satisfactoria. En una cena a la que toda mi parentela fue invitada, celebraron mis éxitos, se inquietaron acerca de mi porvenir y resolvieron, por fin, que yo estudiaría derecho.

Pasé medianamente el primer curso y me gasté el dinero para la matrícula de segundo con una rubia que decía sentir afecto por mí, a determinadas horas. Frecuenté asiduamente el Barrio Latino y en él aprendí muchas cosas, entre otras a interesarme por los estudiantes que, todas las tardes, escupían en sus jarras de cerveza sus ideales de política, y además a apreciar las obras de George Sand y de Heine, de Edgard Quinet y de Henri Mürger. La pubertad de la tontería me había llegado. Esto duró aproximadamente un año; maduraba poco a poco y las luchas electorales de finales del Imperio me dejaron indiferente puesto que, al no ser hijo ni de un senador ni de un proscrito, no tenía más que seguir, bajo cualquier régimen, las tradiciones de mediocridad y escasez adoptadas desde tiempo atrás por mi familia. El derecho no me gustaba en absoluto. Consideraba que el Código había sido mal redactado a propósito, para proporcionar a determinadas personas ocasión de ergotar hasta la saciedad acerca de las más insignificantes palabras; aún hoy considero que una frase claramente escrita no puede, razonablemente, conllevar tan diversas interpretaciones. Me analizaba buscando un estado que pudiera abrazar sin demasiado hastío, cuando el difunto emperador me encontró uno: me convirtió en soldado por la torpeza de su política.

La guerra contra Prusia se declaró. A decir verdad, nunca comprendí los motivos que hacían necesarias esas carnicerías entre ejércitos. No experimentaba necesidad de matar a otros, ni de dejarme matar por ellos. Fuera lo que fuere, tan pronto como me incorporé a la guardia móvil del Sena, recibí orden, después de haber ido a recoger un uniforme y unos zapatos, de pasar por una barbería y de estar a las siete de la tarde en el cuartel de la calle Lourcine. Llegué puntual a la cita. Tras pasar lista, una parte del regimiento salió por las puertas e inundó la calle. Entonces la calzada se movió como las olas y los mostradores de las tabernas vecinas se llenaron.

Apretujados unos contra otros, los obreros en mono, las obreras en harapos, los soldados cinchados, con polainas pero sin armas, escandían con el tintineo de los vasos La Marsellesa que interpretaban a berridos. Con quepis de una altura increíble y adornados con visera de ciego y escarapelas tricolor de hojalata, disfrazados con una chaqueta azul oscuro con cuello y bocamangas rojo claro, pantalones de lino azul con banda roja, los soldados de la guardia móvil del Sena, aullaban a la luna antes de irse a conquistar Prusia. Era un tumulto ensordecedor en las tabernas, un alboroto de vasos, de cantimploras, de gritos, interrumpido aquí y allá por los chirridos de las ventanas movidas por el viento. De repente, un redoble de tambor cubrió todos los demás clamores. Una nueva columna salía del cuartel; entonces se formó un jolgorio, una borrachera indescriptible. Parte de los soldados que bebían en las tabernas salieron, seguidos de sus parientes y amigos que se disputaban el honor de llevar sus petates1; se había roto filas, y se había formado una mezcolanza de soldados y burgueses; las madres lloraban, los padres, más tranquilos, sudaban el vino, los niños saltaban de alegría y berreaban, con sus voces agudas, canciones patrióticas.

Cruzamos París en desbandada, bajo el resplandor de los relámpagos que flagelaban con blancos zigzags las nubes en tumulto. El calor era aplastante, el petate pesado, bebíamos en cada esquina; llegamos por fin a la estación de Aubervilliers. Hubo un momento de silencio roto por el ruido de los sollozos, dominados una vez más por una estrofa de La Marsellesa, luego nos apilaron como animales en los vagones: «¡Buenas noches, Jules! ¡hasta pronto! ¡pórtate bien! ¡sobre todo, escríbeme!». Nos dimos un último apretón de manos, el tren silbó, y dejamos atrás la estación.

Éramos una buena palada de cincuenta hombres dentro de la lata que se ponía en movimiento. Algunos lloraban a moco tendido, silbados por otros que, borrachos perdidos, plantaban sus velas encendidas en su pan de munición y voceaban desgañitándose: «¡Abajo Bandinguet y viva Rochefort!». Muchos, retirados en un rincón, miraban, silenciosos y taciturnos, el suelo que trepidaba entre el polvo. De pronto, el tren se para, me bajo. Era noche cerrada, las doce y veinticinco.

Por todos lados se extienden los campos y, a lo lejos, iluminados por la luz entrecortada de los relámpagos, una casita y un árbol dibujaban su silueta sobre un cielo henchido de tormenta. No se oye sino el estruendo de la máquina cuyos haces de chispas, saliendo del tubo de escape, se extienden como fuegos artificiales a lo largo del tren. Todo el mundo baja y va hasta la locomotora que se agranda en la oscuridad y se hace inmensa. La parada duró unas dos horas. El semáforo estaba en rojo y el maquinista esperaba a que cambiara. Se puso en blanco; volvimos a subir a los vagones, pero un hombre que llega corriendo agitando una linterna, dice algunas palabras al maquinista quien, inmediatamente, retrocede hasta una vía muerta donde volvemos a recuperar nuestra inmovilidad. No sabíamos ninguno dónde estábamos. Volví a bajar del vagón y, sentado en un talud, mordisqueaba un trozo de pan y bebía un trago, cuando un estruendo de huracán sopló a lo lejos, se acercó, vomitando y escupiendo llamaradas, y un interminable tren de artillería pasó a todo vapor, transportando caballos, hombres, cañones cuyos cuellos de bronce centelleaban en un tumulto de luces. Cinco minutos más tarde, retomamos nuestra marcha lenta, interrumpida por paradas cada vez más prolongadas. Amaneció por fin y, asomado a la puerta del vagón, fatigado por las sacudidas de la noche, contemplaba la campiña que nos rodeaba: una sucesión de llanuras gredosas y, en el horizonte, una franja de un verde pálido como el de las turquesas enfermas, una comarca llana, triste, mezquina, ¡la Champagne piojosa!

Poco a poco, el sol fue surgiendo y seguimos avanzando ¡hasta que llegamos por fin! Habíamos salido a las ocho de la noche y llegamos al día siguiente a las tres de la tarde a Châlons. Dos guardias móviles se habían quedado por el camino: uno que se había tirado desde lo alto de un vagón a un río, y otro que se había abierto la cabeza en un saliente de un puente. Los demás, después de haber saqueado las casuchas y huertos encontrados al paso junto a las estaciones del tren, bostezaban, con los labios abotargados por el vino y los ojos hinchados, o bien jugaban arrojándose desde un extremo al otro del vagón ramas de arbustos o jaulas de pollos que habían robado.

El desembarco se llevó a cabo con el mismo orden que la partida. No había nada listo: ni cantina, ni paja, ni abrigos, ni armas, nada, absolutamente nada. Sólo había unas cuantas tiendas llenas de estiércol y piojos, desalojadas sólo un instante antes por las tropas desplazadas a la frontera. Durante tres días estuvimos viviendo a la ventura en Mourmelon, comiendo un día algo de embutido, bebiendo otro un tazón de café con leche, explotados en exceso por los habitantes, durmiendo en cualquier sitio, sin paja y sin manta. Verdaderamente, aquello no era lo más adecuado como para tomarle gusto al oficio que nos imponían.

Una vez instalados, las compañías se escindieron; los obreros se fueron a las tiendas ocupadas por sus semejantes y los burgueses hicieron otro tanto. La tienda en la que yo me encontraba no estaba demasiado mal compuesta, pues habíamos logrado expulsar de ella, a fuerza de litros de vino, a dos elementos cuyo hedor de pies natural se agravaba con una falta de aseo prolongada y voluntaria.

Pasaron un día o dos; nos hacían montar guardia con piquetes, bebíamos mucho aguardiente, y los garitos de Mourmelon estaban siempre a rebosar, cuando, de pronto, Canrobert nos pasa revista en el frente de banderas. Aún lo estoy viendo, sobre un gran caballo, doblado en dos en su silla, con los cabellos al viento y el bigote engominado en medio de un rostro pálido. Se desencadenó una protesta. Privados de todo y mal convencidos por ese mariscal de que no carecíamos de nada, berreamos a coro, cuando habló de reprimir por la fuerza nuestras protestas:

-Ran, plan, plan, cien mil hombres al suelo, ¡a París! ¡a París!

Canrobert se puso lívido y gritó, plantando su caballo en medio de todos nosotros: «¡Descúbranse ante un mariscal de Francia!». -Nuevos abucheos surgieron de las filas; entonces volviendo su caballo, seguido de su estado mayor derrotado, nos amenazó con el dedo, silbando entre sus dientes apretados-: «¡Me lo pagarán caro, señores parisinos!».

Dos días después de este episodio, el agua glacial del campamento me puso tan enfermo que tuve que ingresar urgentemente en el hospital. Hago mi petate después de la visita del médico y, custodiado por un cabo, me marcho renqueando, arrastrando las piernas y sudando bajo mi aparejo. El hospital estaba a rebosar y no me aceptaron. Me dirijo entonces hacia uno de los hospitales móviles más cercanos y, dado que había una cama libre, me admiten. Deposito por fin mi petate, y a la espera de que el mayor me prohíba moverme, voy a pasearme por el jardincillo que une el conjunto de edificios. De pronto, sale por una puerta un hombre con la barba hirsuta y los ojos glaucos. Se mete las manos en los bolsillos de un largo gabán color caucho y me grita tan pronto como me ve: «¡Eh! ¡ese hombre! ¿qué está haciendo ahí?» -Me acerco y le explico el motivo que me lleva hasta allí. Él sacude los brazos y grita-: «¡Entre! No podrá usted pasearse por el jardín hasta que no le hayan dado la ropa adecuada».

Regreso a la sala, un enfermero llega y me trae un capote, un pantalón, chanclas y un gorro. Me contemplo en mi pequeño espejo con semejante indumentaria. ¡Qué aspecto y qué atavío, Dios santo! Con ojeras y tez pálida, con el pelo cortado al cero y la nariz cuyas protuberancias brillan, con la larga bata gris rata, el pantalón bermejo color de orines, las chanclas inmensas y sin talón, y el gorro de algodón gigantesco, estoy prodigiosamente feo. No puedo reprimir la risa. Giro la cabeza hacia el lado de mi vecino de cama, un chico alto con tipo de judío, que bosqueja mi retrato en su cuaderno. Nos hicimos amigos enseguida; le dije que me llamaba Eugène Lejautel, y él me respondió que se llamaba Francis Émonot. Los dos conocemos a tal y tal pintor, entablamos diversas discusiones sobre estética y olvidamos nuestros infortunios. Llega la noche, nos distribuyen un plato de sopa salpicado de negro por unas cuantas lentejas, nos sirven abundantemente tisana de regaliz y me desvisto, encantado de poder tenderme en una cama sin tener que conservar la ropa ordinaria y las botas.

A la mañana siguiente, un gran ruido de puertas y de voces me despierta hacia las seis. Me incorporo en la cama, me froto los ojos y veo al señor de la víspera con su hopalanda color caucho que avanza majestuoso, seguido de un cortejo de enfermeros. Era el mayor. Tan pronto como entra, dirige de derecha a izquierda y de izquierda a derecha sus ojos de un verde opaco, hunde sus manos en los bolsillos y chilla:

-Número 1, enseña tu pierna... tu cochina pierna. ¡Eh! Esta pierna va mal, esta llaga supura como un manantial; loción de agua de salvado, hilas, a media ración, una buena tisana de regaliz.

-Número 2, enseña tu garganta... tu cochina garganta. Esta garganta va cada vez peor; mañana se le extirparán las amígdalas.

-Pero, doctor...

-¡Eh! No he pedido tu opinión; si dices una palabra, te pongo a dieta.

-Pero, en fin...

-Ponga a este hombre a dieta: Escriba: dieta, gárgaras, una buena tisana de regaliz.

Así pasó revista a los enfermos, prescribiendo a todos, con enfermedades venéreas o heridas, con fiebre o disentería, su buena tisana de regaliz. Cuando llegó a mí, me miró de frente, me arrancó las mantas, me atiborró el vientre de puñetazos, me mandó agua albuminada y la inevitable tisana, y se marchó refunfuñando, arrastrando los pies.

La convivencia con la gente que nos rodeaba era difícil. Éramos veintiuno en la habitación. A mi izquierda dormía mi amigo, el pintor; a mi derecha un gran diablo de corneta, picado de viruelas como un dedal y amarillo como un vaso de bilis. Acumulaba dos profesiones, la de zapatero durante el día y la de chulo durante la noche. Era, en resumen, un chico gracioso que daba la voltereta, andaba con la manos, contaba con la mayor ingenuidad del mundo como activaba a zapatazos el trabajo de sus chicas o bien entonaba con voz enternecedora canciones sentimentales: ¡Sólo he conservado para mi desgracia -acia, / la amistad de una golondrina! Me gané su simpatía dándole un franco para comprar un litro, y nos vino bien no estar de malas con él, pues el resto de la habitación, compuesto en parte por procuradores de la calle Maubuée, estaba decidido a buscar camorra.

Una noche entre otras, el 15 de agosto, Francis Émonot amenazó con darle una bofetada a dos hombres que le habían birlado una toalla. Se organizó una formidable escandalera en el dormitorio. Llovían las injurias, y nos trataban de «roule-en-cul y de duquesas». Siendo dos contra diecinueve, teníamos muchas papeletas para recibir una buena tunda cuando intervino el corneta, cogió aparte a los más violentos, los apaciguó e hizo que devolvieran el objeto robado. Para festejar la reconciliación que vino tras esta escena, Francis y yo pusimos tres francos cada uno, y acordamos que el corneta, con ayuda de estos amigos, trataría de escapar del hospital y nos traería carne y vino.

La luz había desaparecido de la ventana del mayor, el farmacéutico apagó por fin la suya, nos arrastramos fuera del edificio, inspeccionamos los alrededores, avisamos a los hombres que se deslizan a lo largo de los muros, no encuentran centinelas en su camino, se aúpan unos a otros y saltan al campo. Una hora más tarde estaban de vuelta, cargados de víveres; nos los pasan, regresan con nosotros al dormitorio; suprimimos las dos lamparillas, encendemos dos cabos de vela por el suelo y, en torno a mi cama, en camisa, formamos un círculo. Habíamos consumido tres o cuatro litros, y despedazado una buena mitad de una pierna, cuando se oye un enorme ruido de botas; soplo los cabos de vela a chancletazos, y todos desaparecen bajo las mantas. La puerta se abre, aparece el mayor, lanza un formidable taco, tropieza en la oscuridad, sale y regresa con un farol y el inevitable cortejo de enfermeros. Aprovecho el momento de respiro para hacer desaparecer las sobras del festín; el mayor atraviesa el dormitorio con paso apresurado, blasfemando, amenazando con hacer que nos detengan y nos metan en chirona. Nos retorcíamos de risa bajo las mantas; al otro extremo del dormitorio se escuchan fanfarrias. El mayor nos pone a todos a dieta y luego se va, advirtiéndonos de que en unos segundos conoceríamos «la leña con la que se calienta».

Tan pronto como salió, nos desternillábamos cada cual mejor; redobles de tambor, tracas de carcajadas retumban y estallan; el corneta hace la rueda en el dormitorio, imitado por uno de sus amigos, un tercero salta sobre la cama como sobre un trampolín, salta y vuelve a saltar, con los brazos flotando y la camisa al vuelo; su vecino comienza un cancán infernal; el mayor vuelve a entrar de improviso, ordena a cuatro de los soldados de infantería de línea que lo acompañan que agarren a los bailarines y nos anuncia que va a redactar un informe y lo va a enviar a quien corresponda.

Por fin se restablece el orden; al día siguiente hacemos que los enfermeros nos compren comida. Los días transcurren sin más incidentes. Empezábamos a reventar de aburrimiento en este hospital móvil, cuando un día, a las cinco, el médico entra precipitadamente en la sala, nos ordena volver a ponernos nuestra ropa de militar y preparar nuestro petate. Diez minutos más tarde, nos enteramos de que los prusianos se dirigen hacia Châlons. Un sombrío estupor reina en todos los de la habitación. Hasta entonces no sospechábamos nada acerca de los acontecimientos que estaban sucediendo. Habíamos tenido conocimiento de la demasiado célebre victoria de Sarrebrück, y no nos esperábamos los reveses que nos abrumaban. El mayor examina a cada hombre; ninguno está curado, todo el mundo ha pasado demasiado tiempo harto de regaliz y privado de cuidados. Pese a ello, envía a su regimiento a los menos graves y ordena a los demás que se acuesten vestidos y con el petate listo.

Francis y yo nos encontrábamos entre estos últimos. Pasa el día, pasa la noche, y nada, pero yo sigo teniendo cólico y sufro bastante; por fin, hacia las nueve de la mañana, aparece una larga fila de artolas conducidas por soldados de ferrocarriles. Nos subimos de dos en dos en el artefacto. Francis y yo habíamos subido al mismo mulo; sólo que, como el pintor era muy gordo y yo muy flaco, el sistema basculó: yo salí por los aires mientras él bajaba hasta la panza del animal que, arrastrado por delante, empujado por detrás, pataleó y coceó furiosamente. Corrimos en un torbellino de polvo, cegados, aturdidos, sacudidos, aferrándose a la barra de la artola, cerrando los ojos, riendo y gimoteando. Llegamos a Châlons más muertos que vivos; nos dejamos caer sobre la arena como un rebaño cansado; más tarde nos amontonaron en los vagones y salimos de la ciudad ¿para ir adónde?... nadie lo sabía.

Era de noche; volábamos sobre los raíles. Los enfermos habían salido de los vagones y se paseaban por las bateas. La máquina, silba, ralentiza el vuelo y se detiene en una estación, la de Reims, supongo, aunque no podría asegurarlo. Nos moríamos de hambre, Intendencia sólo había olvidado una cosa: darnos un chusco para el camino. Desciendo y veo una cantina abierta. Corro hacia ella, pero otros se me han adelantado. Se estaban peleando cuando yo llegué. Unos cogían botellas, otros carnes, éstos pan, aquéllos cigarros. Enloquecido, furioso, el dueño defendía su negocio a jarrazos. Empujados por los compañeros que venían en manada, la primera fila de guardias móviles se abalanza sobre el mostrador que se viene abajo, arrastrando en su caída al patrón de la cantina y a sus empleados. Entonces se organizó un pillaje en toda regla, en el que todo desapareció, desde las cerillas hasta los mondadientes. Durante ese tiempo una campana suena y el tren se va. Ninguno de nosotros se inmutó, y, mientras que, sentados en la calzada, le explico al pintor al que los bronquios atormentan, la contextura del soneto, el tren retrocede sobre los raíles para buscarnos.

Volvemos a subir a nuestros compartimentos y pasamos revista al botín conquistado. A decir verdad, los manjares no eran muy variados: ¡charcutería y sólo charcutería! Teníamos seis rodajas de embutido con ajo, una lengua escarlata, dos salchichones, una soberbia loncha de mortadela, una loncha con orla de plata, carnes de un rojo oscuro jaspeadas de blanco, cuatro litros de vino, media botella de coñac y dos cabos de vela. Hincamos los cabos de vela encendidos en el cuello de nuestras cantimploras que se balanceaban atadas a la pared del vagón con cuerdas. Por momentos, cuando el tren saltaba por encima de las agujas de los empalmes, caía una lluvia de gotas calientes que se cuajaban casi inmediatamente en amplias manchas, pero no importaba, nuestra ropa había recibido otras muchas.

Empezamos inmediatamente la comida interrumpida por las idas y venidas de algunos móviles que, corriendo sobre el estribo, a lo largo del tren, venían a tocar en los cristales y a pedirnos de beber. Nos desgañitábamos cantando, bebíamos, brindábamos; ¡no hubo jamás enfermos que hicieran tanto ruido y que brincaran así sobre un tren en marcha! Habríase dicho que era un Patio de los Milagros en movimiento; los lisiados saltaban con los pies juntos, aquellos cuyos intestinos ardían los regaban con grandes tragos de coñac, los tuertos abrían los ojos, los que tenían fiebre hacían cabriolas, las gargantas enfermas cantaban a gritos y empinaban el codo, ¡era inaudito!

El escándalo acabó por fin por calmarse. Aprovecho ese apaciguamiento para asomar la nariz por la ventana. No hay ni una estrella, ni siquiera un trozo de luna, el cielo y la tierra parecían no ser sino uno solo y, en esta inmensidad de negro de tinta, guiñaban como ojos de colores diferentes, las linternas prendidas de la chapa de los discos. El maquinista lanzaba sus silbidos, la locomotora humeaba y vomitaba sin descanso pavesas encendidas. Unos roncaban, otros, molestados por los traqueteos de la caja del coche, refunfuñaban y basfemaban, dándose vueltas sin cesar, buscando un sitio para estirar las piernas, para encajar su cabeza que se tambaleaba a cada sacudida.

A fuerza de mirarlos, empezaba a amodorrarme, cuando la parada completa del tren me despertó. Estábamos en una estación, y la oficina del jefe resplandecía como el fuego de una fragua en la oscuridad de la noche. Tenía una pierna dormida, estaba temblando de frío, bajé para calentarme un poco. Me paseo a lo largo y ancho de la calzada, voy a mirar la locomotora que desenganchaban y reemplazaban por otra, y, al pasar por delante de la oficina, oigo el repiqueteo y el tic-tac del telégrafo. El empleado que estaba de espaldas, se hallaba inclinado hacia la derecha de manera que, desde el punto en que yo estaba situado, no veía nada más que su nuca y la punta de su nariz que brillaba, rosada y salpicada de sudor, mientras el resto de la cara desaparecía en la sombra que proyectaba la pantalla de una lámpara de gas.

Me invitan a volver al coche y encuentro a mis compañeros tal y como los había dejado. Y, ahora sí, me duermo de veras. ¿Desde cuándo estaba durmiendo? No sé. Un fuerte grito me despierta: «¡París! ¡París!» Me precipito a la ventanilla. A lo lejos, sobre una franja de oro pálido se destacaban, en negro, las chimeneas de las fábricas y los talleres. Estábamos en Saint-Denis; la noticia corre de un vagón a otro. Todo el mundo está levantado. La locomotora acelera la marcha. La estación del Norte se divisa a lo lejos, llegamos a ella, bajamos, nos lanzamos hacia las puertas, una parte de nosotros logra escapar, la otra es detenida por los empleados del ferrocarril y por la tropa, nos hacen subir por la fuerza en un tren que está calentando y henos aquí de nuevo en marcha ¡Dios sabe hacia dónde!

Rodamos de nuevo todo el día. Estoy cansado de mirar esas retahílas de casas y de árboles que desfilan por delante de mis ojos, y además sigo con cólico y me siento mal. Hacia las cuatro de la tarde, la máquina aminora la marcha y se para en un apeadero donde nos espera un viejo general alrededor del cual retozaba una bandada de jóvenes cubiertos con quepis rosa, con pantalones rojos y botas de espuelas amarillas. El general nos pasa revista y nos divide en dos escuadras; una se va hacia el seminario, la otra es dirigida hacia el hospital. Estamos, al parecer, en Arras. Francis y yo formábamos parte de la primera escuadra. Nos izan encima de carretas repletas de heno, y llegamos ante un gran edificio que se inclina y que parece querer derrumbarse sobre la calle. Subimos al segundo piso, a una sala que contiene una treintena de camas; cada uno abre su petate, se peina y se sienta. Llega un médico.

-¿Qué tiene usted? -pregunta al primero.

-Un ántrax.

-¡Ah! ¿Y usted?

-Una disentería.

-¡Ah! ¿Y usted?

-Un bubón.

-Pero entonces, ¿ustedes no han sido heridos en la guerra?

-En absoluto.

-¡Pues bien! Entonces pueden volver a coger sus petates pues el arzobispo sólo presta las camas de los seminaristas a los heridos.

Vuelvo a meter en el petate las cosas que había sacado, y nos marchamos con las orejas gachas, hacia el asilo de la ciudad. Ya no hay allí plazas. En vano intentan las religiosas aproximar las camas de hierro, las salas están atiborradas. Cansado de todos estos trámites, agarro un colchón, Francis hace otro tanto, y nos vamos al jardín, a echarnos sobre un hermoso césped.

A la mañana siguiente, hablo con el director, un hombre afable y encantador. Le pido, para el pintor y para mí, permiso para salir por la ciudad. Accede, la puerta se abre y ¡somos libres! ¡por fin vamos a almorzar! ¡a comer verdadera carne y beber auténtico vino! ¡Ah! No lo dudamos y nos vamos al mejor restaurante de la ciudad. Nos sirven una suculenta comida. Hay flores sobre las mesas, magníficos ramos de rosas y de fucsias colocadas en cubiletes de cristal. El camarero nos sirve un solomillo que sangra en medio de un lago de mantequilla; el sol se viste de fiesta, hace brillar los cubiertos y las hojas de los cuchillos, cierne su polvo dorado a través de las botellas, y, haciendo diabluras con el borgoña que se balancea suavemente en los vasos, pica con una estrella sangrante el mantel adamascado. ¡Oh la santa alegría de las comilonas! Tengo la boca llena, y Francis está borracho! El humo de los asados se mezcla con el perfume de las flores, la púrpura de los vinos rivaliza en esplendor con el rubor de las rosas, el camarero que nos sirve tiene aspecto de idiota, y nosotros, nosotros tenemos aspecto de tragaldabas, pero nos da exactamente lo mismo. Engullimos un asado tras otro, ingurgitamos burdeos sobre champán, chartreuse sobre coñac ¡Al diablo las vinazas y los tres-seis que bebemos desde que salimos de París! ¡al diablo las pitanzas sin nombre, las bazofias desconocidas de las que nos hemos atiborrado tan escasamente desde hace cerca de un mes! ¡Estamos irreconocibles; nuestras caras de famélicos se tornan rojizas como caras de borrachos, berreamos con la nariz al viento, vamos a la deriva! Así recorremos toda la ciudad. Llega la tarde y es necesario volver. La religiosa que vigilaba la sala de los ancianos nos dice con su vocecita flauteada:

-Señores militares, la noche pasada padecieron bastante frío, pero hoy van a tener una buena cama.

Y nos conduce a una sala grande donde lucen en el techo tres lamparillas mal encendidas. Tengo una cama blanca, me meto encantado entre las sábanas que conservan aún el agradable olor de la colada. Sólo se escucha la respiración o el ronquido de los que duermen. Estoy calentito, mis ojos se cierran, ya no sé dónde estoy, cuando un cloqueo prolongado me despierta. Abro un ojo y veo, al pie de mi cama, a un individuo que me contempla. Me incorporo. Tengo ante mí a un viejecillo alto, seco, con la mirada hosca, con unos labios que babean sobre la barba sin rasurar. Le pregunto qué quiere. No responde. Le grito: «¡Váyase de aquí, déjeme dormir!». Me enseña el puño. Me temo que está loco, enrollo una toalla en el extremo de la cual hago disimuladamente un nudo; da un paso hacia mí, salto sobre el parquet, paro el puñetazo que me lanza y, en respuesta, le asesto en el ojo izquierdo un golpe con la toalla ¡a todo alcance! Ve las estrellas, y se abalanza sobre mí; retrocedo y le lanzo una vigorosa patada en el estómago. Se cae, arrastra en su caída una silla que rebota; todo el dormitorio se despierta; Francis acude en camisa para echarme una mano, la religiosa llega, los enfermeros se lanzan sobre el loco al que azotan y logran, tras mucho esfuerzo, volver a acostarlo.

El aspecto del dormitorio era eminentemente grotesco. A la luz de color rosa pálido que expandían a su alrededor las lamparillas mortecinas, había sucedido el resplandor de tres linternas. El techo negro con sus redondeles de luz que danzaban por encima de las mechas en combustión resplandecía ahora con un tinte de yeso recién blanqueado. Los enfermos, un conjunto de títeres sin edad, habían agarrado la barra de madera que colgaba al extremo de una cuerda por encima de sus camas, se aferraban a ella con una mano, y con la otra hacían gestos aterrorizados. Al ver el espectáculo, mi cólera cesa, me retuerzo de risa, el pintor se ahoga, sólo la religiosa conserva la seriedad y, a fuerza de amenazas y ruegos, llega a restablecer el orden en la habitación.

La noche termina razonablemente; por la mañana, a las seis, un redoble de tambor nos reúne, el director pasa lista. Nos vamos a Rouen. Una vez llegados a esta ciudad, un oficial le dice al pobre que nos lleva que el asilo estaba completo y no podía acogernos. Mientras esperábamos, tuvimos una parada de una hora. Dejo mi petate en un rincón de la estación y, aunque mi vientre bulle, ahí nos tienen a Francis y a mí, vagando de una parte a otra, extasiándonos ante la iglesia de Saint-Ouen, embelesándonos ante las casas antiguas. Admiramos tanto y tanto que la hora había transcurrido desde hacía mucho rato antes de que se nos ocurriera volver a la estación.

-¡Hace mucho rato que sus compañeros se marcharon -nos dice un empleado del ferrocarril-; ya están en Évreux!

-¡Demonios, el próximo tren no sale hasta las nueve! ¡Vámonos a cenar!

Cuando llegamos a Évreux era plena noche. No podíamos presentarnos a semejante hora en un asilo, habríamos parecido malhechores. La noche era soberbia, atravesamos la ciudad y nos encontramos en el campo. Era el tiempo de la siega, los haces formaba montones. Vemos un pequeño alminar en un terreno, hacemos en él dos nichos confortables, y no sé si es por el olor turbador de nuestro lecho o por el perfume penetrante de los bosques que nos emociona, lo cierto es que experimentamos la necesidad de hablar de nuestros amores difuntos. ¡El tema era inagotable! Poco a poco, no obstante, las palabras empiezan a escasear, los entusiasmos se debilitan, y nos dormimos. «¡Voto a bríos! -grita mi vecino, desperezándose-, ¿qué hora será?». Yo me despierto a mi vez. El sol no va a tardar en salir, pues la gran cortina azul se raya en el horizonte de franjas rosas ¡Qué desgracia! ¡Vamos a tener que ir a llamar a la puerta del asilo, y dormir en las salas impregnadas de ese olor desabrido sobre el que vuelve, como una muletilla obsesiva, el agrio olor de los polvos de yodoformo!

Emprendemos tristes el camino hacia el asilo. Nos abren la puerta, pero, lamentablemente, sólo uno de nosotros, Francis, es admitido y a mí me envían al instituto. La vida allí era imposible y planeaba una evasión cuando, un día, el interno de guardia baja al patio. Le enseño mi carnet de estudiante de derecho; él conoce París, el Barrio Latino. Le explico mi situación. «Es absolutamente necesario -le dije- o que Francis venga al instituto, o que yo me una a él en el hospital». Reflexiona, y por la noche, al llegar junto a mi cama, me desliza estas palabras al oído: «Mañana por la mañana, diga que está peor». Al día siguiente, hacia las siete, hace su entrada el médico; un animoso y excelente hombre, que sólo tenía dos defectos: que le apestaba el aliento y que quería deshacerse de sus pacientes costara lo que costase. Cada mañana tenía lugar la escena siguiente:

-¡Ah! ¡Ah! el mocetón -gritaba- ¡qué buena cara tiene!, buen color, nada de fiebre; levántese y vaya a tomar una buena taza de café; pero sin hacer tonterías, ya sabe, no corra tras las faldas; voy a firmarle el alta y regresará mañana a su regimiento.

Enfermos o no, enviaba de regreso a tres por día. Esa mañana se detiene ante mí y dice:

-¡Ah! ¡caramba, muchacho, tiene usted mejor cara!

Yo protesto, ¡jamás he estado peor! Me palpa el vientre. «Pero esto va mejor, el vientre está menos duro». Protesto. Parece sorprendido, entonces el interno le dice por lo bajo:

-Tal vez necesitara que se le hiciera un lavamiento, pero aquí no tenemos ni lavativa ni bomba impelente, ¿y si lo enviáramos al hospital?

-¡Vaya! es una excelente idea -dice el buen hombre encantado de deshacerse de mí y, en el acto, firma mi baja; preparo feliz mi petate y, custodiado por un criado del instituto, hago mi entrada en el hospital. ¡Me encuentro con Francis! Por una suerte increíble, el corredor de San Vicente donde él duerme por falta de espacio en las salas, contiene una cama vacía junto a la suya. ¡Por fin estamos juntos! Además de nuestras dos camas, cinco camastros se extienden uno tras otro, a lo largo de las paredes pintadas de amarillo. Tienen como ocupantes a un soldado de infantería de línea, dos artilleros, un dragón y un húsar. El resto del hospital se compone de algunos viejecillos cascados y chochos, unos cuantos jóvenes raquíticos o patizambos, y un buen número de soldados, los restos del ejército de Mac-Mahon que, después de haber rodado de ambulancia en ambulancia, habían venido a recalar a esta orilla. Francis y yo éramos los únicos que llevábamos uniforme de la guardia móvil del Sena; nuestros vecinos de cama eran chicos bastante amables, a decir verdad, cada uno más insignificante que el otro; eran en su mayoría, hijos de campesinos o de agricultores movilizados al declararse la guerra.

Mientras me quito la chaqueta, llega una religiosa, tan delicada, tan bonita, que no me canso de mirarla, ¡qué hermosos ojos! ¡qué pestañas tan largas! ¡qué dientes tan lindos! Me pregunta por qué he dejado el instituto; le explico en frases nebulosas cómo la ausencia de una bomba impelente ha hecho que me expulsen del colegio. Sonríe dulcemente y me dice:

-¡Oh! señor militar, podría usted haber llamado las cosas por su nombre, estamos acostumbradas a todo.

Estoy seguro de que debía estar acostumbrada a todo, la desgraciada, porque los soldados no se cohibían en absoluto al entregarse a sus aseos indiscretos delante de ella. Nunca, por otra parte, la vi ruborizarse; pasaba entre ellos, muda, con los ojos bajos, parecía no escuchar las groseras bufonadas que se relataban a su alrededor. ¡Dios! ¡Cómo me mimó! Aún la veo, por la mañana, cuando el sol quebraba sobre las baldosas la sombra de los barrotes de las ventanas, avanzar lentamente, desde el fondo del corredor, con las grandes alas de su toca oscilando sobre su rostro. Llegaba junto a mi cama con un plato humeante, sobre el borde del cual brillaba su uña bien cortada. «La sopa está un poco clara esta mañana -decía con su linda sonrisa-, le traigo chocolate; ¡tómeselo rápido mientras está caliente!». Pese a los cuidados que me prodigaba, me aburría soberanamente en este hospital. Mi amigo y yo habíamos llegado a ese grado de embrutecimiento que nos arroja sobre la cama, intentando matar, en una somnolencia animal, las largas horas de las insoportables jornadas. Las únicas distracciones que se nos ofrecían consistían en un almuerzo y una cena compuestos de vaca hervida, sandía, ciruelas y un dedo de vino, todo en cantidad insuficiente para alimentar a un hombre.

Gracias a mi cortesía hacia las monjas y a las etiquetas de farmacia que escribía para ellas, conseguía, de vez en cuando, una chuleta y una pera recolectada en la huerta del hospital. Era, en definitiva, el menos digno de compasión de todos los soldados amontonados sin orden en las salas, pero, los primeros días no conseguía siquiera tragar la comida por la mañana. Era la hora de la visita y el doctor escogía ese momento para hacer sus operaciones. El segundo día después de mi llegada, abrió un muslo de arriba abajo; oí un grito desgarrador; cerré los ojos, pero no lo suficiente, no obstante, como para no ver una lluvia roja caer a grandes gotas sobre su delantal. Esa mañana, no pude comer. Poco a poco, sin embargo, terminé por acostumbrarme; pronto, me limitaba a volver la cabeza y a preservar mi sopa.

Mientras esperábamos, la situación se había hecho intolerable. Habíamos intentado, en vano, conseguir periódicos y libros, y estábamos reducidos a disfrazarnos, a ponernos, para divertirnos, la chaqueta del húsar; pero esa alegría pueril se apagaba pronto y nos desperezábamos cada veinte minutos, intercambiando algunas palabras, dejando caer de nuevo la cabeza sobre la almohada. No podía obtenerse mucha conversación por parte de nuestros compañeros. Los dos artilleros y el húsar estaban demasiado enfermos para charlar. El dragón blasfemaba sin hablar, se levantaba a cada momento y, envuelto en su gran capa blanca iba a las letrinas de las que traía toda la suciedad amasada por sus pies descalzos. El hospital carecía de orinales; algunos de los enfermos más graves tenían no obstante bajo su cama una vieja cacerola que los convalecientes hacían saltar como los cocineros, ofreciendo, a título de broma, el guiso a las religiosas.

Quedaba solamente pues el soldado de línea: un infeliz dependiente de ultramarinos, padre de un niño, llamado a filas, víctima constante de la fiebre, que tiritaba bajo sus mantas. Sentados con las piernas cruzadas sobre nuestras camas, lo escuchábamos contar la batalla en la que había participado. Soltado cerca de Froeschwiller, en una llanura rodeada de bosques, había visto resplandores rojos desfilar en ramilletes de humareda blanca, y había bajado la cabeza, temblando, aturdido por la descarga del cañón, despavorido por el silbido de las balas. Había andado, mezclado con los regimientos, por una tierra feraz, sin ver a ningún prusiano, sin saber dónde estaba, oyendo a su alrededor gemidos cruzados por gritos breves; luego, las filas de soldados que iban delante de él se habían dado la vuelta y en el atropello de la huida, sin saber cómo, había sido derribado al suelo. Se había vuelto a levantar, había escapado abandonando su fusil y su petate, y, finalmente, agotado por las marchas forzadas seguidas desde hacía ocho días, extenuado por el miedo y debilitado por el hambre, se había sentado en una cuneta. Había permanecido allí, alelado, inerte, ensordecido por el estruendo de los obuses, decidido a no defenderse más, a no moverse; luego había pensado en su mujer, y llorando, preguntándose qué había hecho él para que le hicieran sufrir así, había recogido, sin saber por qué, una hoja de un árbol que había guardado y a la que tenía apego, pues nos la enseñaba con frecuencia, seca, arrugada en el fondo de un bolsillo.

Mientras tanto, había pasado un oficial que, con el revólver en la mano, lo había tratado de cobarde y lo había amenazado con abrirle la cabeza si no seguía caminando. Él había dicho: «¡Prefiero que así sea, y que acabe todo de una buena vez!». Pero el oficial, en el momento en que lo sacudía para hacer que se pusiera de pie, se había repantigado, escupiendo sangre por la nuca. Entonces, el miedo se había adueñado de nuevo de él, había huido, y había logrado llegar a una ruta, inundada de desertores, negra de tropas, surcada de atalajes cuyos caballos desbocados deshacían y desordenaban las filas. Habían logrado por fin ponerse a salvo. El grito de traición surgía de los grupos. Los viejos soldados parecían resueltos, pero los reclutas se negaban a continuar. «¿Por qué iban a hacer que los mataran -decían-, que lo hagan ellos, -insinuaban indicando a los oficiales-, es su oficio! ¡Yo tengo hijos y no será el Estado quien les dé de comer si yo muero!». Y envidiaban la suerte de todos los que, algo heridos o enfermos, podían refugiarse en las ambulancias.

-¡Ah! cuánto miedo se pasa y cómo se conserva en el oído la voz de los que llaman a su madre y piden que se les de algo de beber -añadía, tembloroso. Se callaba y, mirando el corredor con expresión arrobada, proseguía: «Da igual, estoy muy contento de estar aquí; y además, así puede escribirme mi mujer», y mostraba al pie de la cuartilla, bajo la penosa escritura de su mujer, unos palotes formando una frase dictada donde se leía: «Besos a papá» entre borrones de tinta. Escuchamos veinte veces por lo menos esta historia, y tuvimos que soportar durante muchas horas mortales las machaquerías de este hombre encantado de tener un hijo. Terminamos por taparnos los oídos y tratar de dormir para no escucharlo más.

Esta deplorable vida amenazaba con prolongarse, cuando una mañana Francis, que contrariamente a su costumbre, había estado correteando la víspera por el patio, me dijo: «¡Eh! Eugène, ¿vienes a respirar un poco de aire libre al campo?». Yo agudizo el oído. «Hay un patio reservado a los locos -prosiguió-; ese patio está vacío; subiendo el tejado de las gavias, cosa que es fácil gracias a las rejas que protegen las ventanas, alcanzamos el caballete de la tapia, saltamos y caemos en la campiña. A dos pasos de ese muro, se abre una de las puertas de Évreux. ¿Qué me dices?

-Digo... digo que estoy dispuesto a salir; pero ¿cómo haremos para volver a entrar?

-No sé; primero vámonos y ya lo pensaremos después. Levántate, van a servir la sopa, y después saltamos el muro.

Me levanto. El hospital carecía de agua, por lo que me veía obligado a lavarme la cara con el agua de Seltz que la hermana me había proporcionado. Cojo mi sifón, apunto al pintor que grita «¡Fuego!», aprieto el gatillo, la descarga le da de lleno en la cara; a mi vez, me coloco delante de él, recibo el surtidor en la barba, me froto la nariz con la espuma, me seco. Estamos listos, bajamos. El patio está desierto, escalamos el muro. Francis toma impulso y salta. Yo estoy sentado a horcajadas sobre el caballete, lanzo una mirada rápida a mi alrededor; abajo una cuneta, hierba; a la derecha, una de las puertas de la ciudad; a lo lejos, un bosque se aglomera y levanta sus tonos de oro rojizo sobre una franja de azul pálido. Estoy de pie; oigo ruido en el patio, salto; nos deslizamos a lo largo de las murallas, y estamos en Évreux.

-¿Y si comiéramos?

-De acuerdo.

De camino, mientras buscábamos un albergue, vemos a dos mujercitas que contonean sus caderas, las seguimos, las invitamos a almorzar; no aceptan; insistimos, responden que no con menos energía; insistimos de nuevo y dicen que sí. Vamos a su casa con un paté, botellas, huevos, un pollo friambre. Nos parece cómico encontrarnos en una habitación clara, tapizada con un papel estampado de flores lilas y hojas verdes; hay en las ventanas cortinas de damasco grosella, un espejo sobre la chimenea, un grabado representando a Cristo injuriado por los fariseos, seis sillas de madera de cerezo, una mesa redonda con un hule en el que se ven los reyes de Francia y un lecho provisto de un edredón de percal rosa. Preparamos la mesa, miramos con ojos ávidos a los chicas que van y vienen a nuestro alrededor; tardamos en colocar los cubiertos, porque las detenemos al pasar para besarlas. Son feas y bobas. Pero ¿qué puede importarnos eso? ¡hace tanto tiempo que no hemos olisqueado la boca de una mujer!

Parto el pollo, saltan los corchos, bebemos como sochantres y tragamos como ogros. El café humea en las tazas, lo doramos con coñac; mi tristeza desaparece, el ponche se enciende, las llamas azules del licor de guindas flamean en la ensaladera que chisporrotea, las chicas bromean con los cabellos en la cara y los senos manoseados; de pronto, cuatro campanadas suenan lentamente en el reloj de la iglesia. Son las cuatro ¿y el hospital, santo Dios? ¡lo habíamos olvidado! Me pongo pálido, Francis me mira despavorido, nos arrancamos de los brazos de nuestras anfitrionas, y salimos corriendo.

-¿Cómo podemos volver? -dijo el pintor.

-¡Ay! no tenemos elección; llegaremos a duras penas a la hora de la sopa. ¡Dios nos la depare buena, vayamos por la puerta principal!

Llegamos, llamamos; la hermana portera viene a abrirnos y se queda sorprendida. La saludamos, y digo suficientemente alto como para que ella me oiga:

-¿Sabes una cosa? La gente de Intendencia no es muy amable, el grueso sobre todo nos ha recibido más o menos correctamente...

La hermana no dice ni palabra; corremos al galope hacia la habitación; ya era hora, pues oigo la voz de sor Angèle que distribuye las raciones. Me acuesto lo más rápidamente posible en mi cama, disimulo con la mano el chupetón que mi hermosa me ha dejado en el cuello; la religiosa me mira, encuentra en mis ojos un brillo desacostumbrado y me pregunta con interés: «¿Está usted peor?». La tranquilizo y le contesto: «Al contrario, me encuentro mejor, pero esta ociosidad y este encierro me están matando». Cada vez que le expresaba el horrible aburrimiento que experimentaba perdido entre esta tropa, al fondo de una provincia, lejos de los míos, ella no respondía pero sus labios se apretaban, sus ojos adoptaban una indefinible expresión de melancolía y piedad. Un día, sin embargo, me había dicho con un tono seco: «¡Oh! ¡la libertad no le serviría de nada!», haciendo alusión a una conversación que había sorprendido entre Francis y yo, que discutíamos acerca de los encantos de las parisinas; luego se había suavizado, y había añadido con una pequeña mueca encantadora: «Usted no es verdaderamente serio, señor militar».

A la mañana siguiente, convenimos el pintor y yo, que tan pronto como nos tragáramos la sopa, escalaríamos de nuevo los muros. A la hora indicada, damos varias vueltas alrededor del patio ¡la puerta está cerrada! «¡Bah!, da igual -dice Francis-, ¡adelante!» y se dirige hacia la puerta principal del hospital. Yo le sigo. La hermana tornera nos pregunta dónde vamos. «A la Intendencia». La puerta se abre, estamos fuera. Una vez llegados a la plaza mayor de la ciudad, enfrente de la iglesia, mientras contemplábamos las esculturas del porche, veo a un señor gordo, con una cara como una luna roja erizada de bigotes blancos, que nos miraba con sorpresa. Lo miramos de frente, descaradamente, y proseguimos nuestro camino. Francis se moría de sed, entramos en un café y, mientras degustaba mi tacita, echo una ojeada al periódico de la zona, y encuentro en él un apellido que me hace soñar. A decir verdad, yo no conocía a la persona que lo llevaba, pero ese apellido despertaba en mí recuerdos borrados desde hacía mucho tiempo. Me acordé que uno de mis amigos tenía un pariente bien situado en la ciudad de Évreux. «Es absolutamente necesario que lo vea», le dije al pintor; pregunto su dirección al dueño del bar, la ignora; salgo y entro en todas las panaderías y en todas las farmacias que encuentro. Todo el mundo come pan y toma potingues; es imposible que uno de los encargados de estos establecimientos no conozca la dirección del señor de Fréchêde. Efectivamente, la encuentro; cepillo mi blusa, compro una corbata negra, unos guantes y voy a llamar suavemente, en la calle Chartraine, a la reja de una propiedad que levanta sus fachadas de ladrillo y sus tejados de pizarra en medio de un soleado parque. Un criado me invita a entrar. El señor de Fréchêde está ausente, pero la señora está en casa. Espero unos segundos en un salón; una puertecilla se abre y aparece una dama anciana. Tiene una expresión tan afable que enseguida me siento tranquilo. Le explico en pocas palabras quién soy.

-Señor, -me dijo con una hermosa sonrisa- he oído hablar mucho de su familia; creo incluso haber visto en casa de la señora Lezant, a su señora madre, durante mi último viaje a París; sea bienvenido.

Charlamos un rato; yo, un poco molesto, disimulando con el quepis el chupetón del cuello; ella, intentando hacerme aceptar un dinero que rechazo.

-Veamos -me dijo por fin-, deseo de todo corazón serle útil; ¿qué puedo hacer por usted? -Le contesto: «¡Dios mío! señora, si pudiera lograr que me mandaran de nuevo a París, me haría un gran favor; las comunicaciones se van a interceptar dentro de poco, si es cierto lo que dicen los periódicos; se habla de un nuevo golpe de estado o de un derrocamiento del imperio; tengo gran necesidad de volver a ver a mi madre y, sobre todo, de no dejarme apresar aquí, si llegan los prusianos».

Mientras tanto, regresa el señor de Fréchêde. En dos palabras es puesto al corriente de la situación.

-Si quiere acompañarme al despacho del médico del hospital, -me dice-, no tenemos tiempo que perder.» -¡Al despacho del médico! ¡Dios santo! ¿y cómo voy a explicarle mi salida del hospital? No me atrevo a decir ni una palabra; sigo a mi protector, preguntándome cómo terminaría todo esto. Llegamos, el doctor me mira estupefacto. No le dejo tiempo de abrir la boca, y le suelto, con una prodigiosa volubilidad, un rosario de lamentaciones acerca de mi triste situación. El señor de Fréchêde toma a su vez la palabra y le pide, a favor mío, un permiso de convalecencia de dos meses.

-Efectivamente, el señor está lo bastante enfermo, -dijo el médico-, como para tener derecho a dos meses de reposo; si mis colegas y el general comparten mi criterio, su protegido podrá volver a París dentro de unos pocos días.

-Está bien -replicó el señor de Fréchêde-; le doy las gracias, doctor; hablaré con el general esta misma noche.

Salimos a la calle, lanzo un suspiro de alivio, aprieto la mano del excelente hombre que se interesa por mí, corro a buscar a Francis. Tenemos el tiempo justo para regresar, llegamos a la verja del hospital; Francis llama, yo saludo a la hermana. Ella me detiene:

-¿No me han dicho ustedes esta mañana que iban a la Intendencia?

-Sí, así es, hermana.

-¡Pues bien! El general acaba de salir de aquí. Vayan a ver al director y a la hermana Angèle, que los están esperando; ustedes les explicarán, sin duda, el objeto de sus visitas a la Intendencia.

Subimos la escalera del dormitorio absolutamente avergonzados. Sor Angèle me está esperando y me dice:

-¡Jamás habría podido creer algo semejante; han recorrido toda la ciudad ayer y hoy, y Dios sabe la vida que habrán llevado!

-¡Oh! ¡lo que faltaba! -exclamé. Me mira tan fijamente que no pronuncié ni una palabra más.

-Resulta, -prosiguió- que el general los ha visto hoy mismo en la plaza mayor. Yo he negado que hubieran salido y los he buscado por todo el hospital. El general tenía razón, ustedes no estaban aquí. Me ha preguntado sus nombres; le he dado el nombre de uno, y me he negado a entregar al otro, pero sin lugar a dudas he cometido un error, pues no se lo merecen.

-¡Oh! ¡No sabe cuánto se lo agradezco, hermana!...». Pero sor Angèle no me escuchaba, ¡estaba indignada por mi conducta! No tenía sino un camino, callarme, y recibir el chaparrón incluso sin intentar ponerme a cobijo. Mientras tanto, Francis era llamado al despacho del director, y como, no sé por qué, sospechaban que él me pervertía y que, a causa de sus mofas, estaba a mal con el médico y con las hermanas, le anunciaron que partiría al día siguiente para incorporarse a su cuerpo.

-Las mujerzuelas en casa de las cuales comimos ayer son unas rameras que nos han vendido, -me decía furioso-. Es el director mismo quien me lo ha dicho.

Mientras maldecíamos a esas bribonas deplorábamos nuestro uniforme que hacía que se nos reconociera tan fácilmente, corre el rumor de que el emperador ha sido hecho prisionero y que la república ha sido proclamada en París; le doy un franco a un viejecito que podía salir y me trae un ejemplar de Le Gaulois. La noticia es cierta. El hospital exulta. «¡Hundido Bandinguet! ¡Ya era hora!, ¡por fin ha terminado la guerra!». A la mañana siguiente, Francis y yo nos abrazamos, se va. «¡Hasta pronto -me grita al cerrar la verja-, quedamos citados en París!»

¡Oh! ¡qué tristes fueron las jornadas que siguieron! ¡qué sufrimientos! ¡qué abandono! Era imposible salir del hospital; un centinela se paseaba, en mi honor, a lo largo y ancho, delante de la puerta. Tuve, no obstante el coraje de no echarme a dormir; me paseaba como una bestia enjaulada, por el patio. Vagué así durante doce horas. Conocía mi prisión hasta en sus más mínimos detalles. Conocía los lugares en los que crecían las parietarias y el musgo, los paños de muro que cedían y se agrietaban. Le había tomado asco a mi corredor, a mi camastro aplastado como una galleta, a mi geigneux, a mi ropa podrida de mugre. Vivía aislado, sin hablar con nadie, dándole patadas a los guijarros del patio, vagando como alma en pena bajo los soportales pintados de ese ocre amarillo como las salas, volviendo a la reja de entrada, descendiendo al bajo donde brillaba la cocina poniendo los relámpagos de su cobre rojizo en la desnudez descolorida de la pieza. Me mordía los puños de impaciencia, mirando, a determinadas horas, las idas y venidas de los civiles y los soldados mezclados, pasando y volviendo a pasar por todas las plantas, llenando las galerías con su marcha lenta.

Ya no tenía fuerzas para sustraerme al acoso de las hermanas, que nos metían en la capilla cada domingo. Me estaba volviendo monómano; una idea fija me obsesionaba: huir lo antes posible de esta lamentable prisión. Junto a eso, me oprimía la escasez de dinero. Mi madre me había enviado cien francos a Dunkerque, donde, al parecer, debía encontrarme. Este dinero no llegaba. Y vi acercarse el día en el que no tendría un céntimo para comprar tabaco o papel. Mientras tanto, los días se sucedían. Los de Fréchêde parecían haberme olvidado y atribuía su silencio a mis escapadas, que sin duda habían conocido. Pronto, a toda esa angustia vinieron a añadirse dolores horribles: mal cuidadas e irritadas por los pingoneos que me había corrido, mis entrañas ardían. Padecí tanto que llegué a temer que no podría soportar el viaje. Disimulaba mis dolores, por miedo a que el médico me forzara a permanecer mucho más tiempo en el hospital. Algunos días me quedaba en cama; y luego, como sentía que mis fuerzas menguaban, quise levantarme a pesar de todo y bajé al patio. Sor Angèle ya no me hablaba, y por la noche, cuando hacía su ronda por los corredores y las salas, girándose para no ver los puntos de luz de las pipas que brillaban en la oscuridad, pasaba delante de mí, indiferente y fría, volviendo la cabeza.

Una mañana, no obstante, cuando me arrastraba por el patio y me dejaba caer en todos los bancos, me vio tan cambiado, tan pálido, que no pudo reprimir un gesto de compasión. Por la noche, después de haber terminado su visita a los dormitorios, yo me había reclinado sobre mi almohada y con los ojos completamente abiertos, miraba las luces azuladas que la luna arrojaba por las ventanas del corredor, cuando la puerta del fondo se abrió de nuevo y vi, unas veces bañada en vapores de plata, otras oscura y como vestida de un crespón negro, dependiendo de que pasara delante de las ventanas o delante de los muros, a sor Angèle que se dirigía hacia mí. Sonreía suavemente. «Mañana por la mañana -me dijo- pasará usted la visita de los médicos. He visto hoy a la señora de Fréchêde, y es probable que se marche usted a París dentro de dos o tres días». Doy un brinco y salgo de la cama, mi rostro se ilumina, me gustaría poder saltar y cantar; jamás fui más feliz. El día comienza, me visto, y algo inquieto, me dirijo hacia la sala donde tiene lugar la reunión de oficiales y médicos.

Uno a uno, los soldados mostraban sus torsos llenos de agujeros o cubiertos de pelo. El general se rascaba una uña, el coronel de la gendarmería se abanicaba con un papel, los médicos charlaban mientras palpaban a los hombres. Por fin llega mi turno: me examinan de pies a cabeza, me oprimen el vientre que está inflado y terso como un globo y, por unanimidad, el consejo acuerda concederme un permiso de convalecencia de sesenta días. ¡Por fin voy a volver a ver a mi madre! ¡a encontrar mis cosas y mis libros! ¡Ya no siento ese hierro candente que me quema las entrañas, salto como una cabra!

Anuncio a mi familia la buena noticia. Mi madre me escribe una carta tras otra, sorprendida de que no llegue. ¡Ay! Mi permiso debe ser visado en la División de Rouen. Llega al cabo de cinco días; estoy en regla, voy a buscar a sor Angèle y le ruego que me consiga un permiso de salida antes de la hora prevista para el viaje, con el fin de ir a darle las gracias a los Fréchêde que han sido tan buenos conmigo. Va en busca del director y me trae el permiso; corro a casa de estas excelentes personas que me obligan a aceptar un pañuelo de seda y cincuenta francos para el camino; voy a buscar mi hoja a la Intendencia, regreso al asilo, sólo tengo unos minutos para mí. Me pongo a buscar a sor Angèle a quien encuentro en el jardín y, completamente emocionado, le digo:

-¡Oh! querida hermana, me voy; ¿cómo podré agradecerle todo cuanto ha hecho por mí?» -Le tomo la mano, que ella quiere retirar, y me la llevo a los labios. Se ruboriza. «¡Adiós! -murmura, y amenazándome con el dedo, añade alegremente-: ¡Pórtese bien, y sobre todo, no tenga malos encuentros durante el trayecto!» -«¡Oh! ¡no tema, hermana, se lo prometo!». Llega la hora, la puerta se abre, me precipito hacia la estación, salto a un vagón, el tren se pone en marcha, he dejado Évreux.

El vagón está medio lleno pero, afortunadamente, ocupo uno de los rincones. Acerco la nariz a la ventana, veo algunos árboles desmochados, algunos trozos de colinas que serpentean a lo lejos y un puente cruzando una gran charca que centellea al sol como un trozo de vidrio. Todo esto no es demasiado alegre. Me vuelvo a hundir en mi rincón, mirando en ocasiones los hilos del telégrafo que rayan el azul ultramar con sus líneas negras; cuando el tren se detiene, los viajeros que me rodean descienden, la puerta se cierra, luego se abre de nuevo y da paso a una joven. Mientras se sienta y se estira el vestido, entreveo su rostro bajo el vuelo de su velo. Es encantadora, con los ojos llenos del azul del cielo, los labios manchados de púrpura, los dientes blancos y el cabello del color del maíz maduro.

Inicio la conversación; se llama Reine y borda flores: charlamos como amigos. De repente, se pone pálida y parece que va a desmayarse; abro la ventanilla, le tiendo un frasco de sales que llevo conmigo desde mi salida de París; me da las gracias, no será nada -dice-, y se apoya sobre mi petate para intentar dormir. Afortunadamente estamos solos en el compartimiento, pero la barrera de madera que divide en partes iguales la caja del vagón no alcanza sino hasta la mitad del cuerpo, y se ve y, sobre todo, se escuchan los clamores y las risotadas de los campesinos y campesinas. ¡Habría golpeado de buena gana a esos imbéciles que turbaban su sueño! Me contenté con escuchar las mediocres opiniones que intercambiaban sobre política. Me harto pronto; me tapo los oídos; intento, a mi vez, dormir; pero la frase pronunciada por el jefe de la última estación: «No llegarán a París, la vía está cortada en Mantes» reaparece en todos mis sueños como un estribillo obstinado. Abro los ojos, mi vecina se despierta también: no quiero hacerle compartir mis temores; charlamos en voz baja, me dice que va a encontrarse con su madre en Sèvres. «Pero, -le dije- el tren no llegará a París antes de las once de la noche, no le dará tiempo de llegar al embarcadero del margen izquierdo» - «¿Qué haré -dice- si mi hermano no está en la estación, cuando lleguemos?».

¡Oh, miseria! ¡estoy sucio como un peine y mi vientre está ardiendo! No puedo soñar con llevarla a mi apartamento de soltero, además, antes de nada quiero ir a casa de mi madre. ¿Qué hacer? Miro a Reine angustiado, le tomo la mano; en ese momento el tren cambia de vía, la sacudida la echa hacia adelante, nuestros labios están cerca, se tocan, apoyo los míos con rapidez, ella se ruboriza. ¡Santo Dios! Su boca se mueve imperceptiblemente, me devuelve el beso; un largo escalofrío me recorre la espina dorsal al sentir el contacto de esas brasas ardientes, me siento desfallecer: «¡Ah! ¡sor Angèle, sor Angèle, no puede uno corregirse!».

El tren ruge y rueda sin aminorar la marcha, caminamos a todo vapor hacia Mantes; mis temores son infundados, la vía está libre. Reine cierra a medias los ojos, su cabeza descansa sobre mi hombro, sus pequeños rizos me llegan a la barba y me hacen cosquillas en los labios, agarro su cintura que se dobla y la acuno. París no está lejos, pasamos por delante de los depósitos de mercancías, por delante de las rotondas donde rugen, en medio de un vapor rojizo, las locomotoras en marcha; el tren se detiene, recogen los billetes. Pensándolo bien, llevaré en primer lugar a Reine a mi apartamento de soltero. ¡Con tal de que su hermano no la esté esperando a la llegada! Bajamos del vagón, allí está el hermano. «¡Hasta dentro de cinco días!», me dice con un beso, y el hermoso pájaro emprende el vuelo. Cinco días después yo me encontraba en mi cama atrozmente enfermo y los prusianos ocupaban Sèvres. No volví a verla jamás.

Tengo el corazón oprimido, lanzo un gran suspiro; sin embargo, no es el momento de estar triste. Voy traqueteándome dentro de un simón, reconozco mi barrio, llego ante la casa de mi madre, subo las escaleras de cuatro en cuatro, llamo precipitadamente, la criada abre: «¡Es el señor!» y corre a avisar a mi madre que corre hacia mí, me besa, me mira de los pies a la cabeza, se aleja un poco, me mira otra vez y me besa de nuevo. Mientras tanto, la criada ha desvalijado la despensa. «Debe usted tener hambre, señor Eugène» - «Sí, creo que tengo hambre!»; devoro todo cuanto me ofrecen, me trago los vasos llenos de vino; a decir verdad, ¡no sé lo que como ni lo que bebo!

Regreso por fin a mi casa para acostarme; encuentro mi apartamento tal como lo dejé. Lo recorro radiante, luego me siento en el diván y permanezco allí, extasiado, tranquilo, llenando mis ojos con la contemplación de mis cosas y de mis libros. Poco después me desvisto, me lavo con agua abundante soñando que, por primera vez desde hace meses, voy a meterme en una cama limpia con los pies limpios y las uñas cortadas. Salto sobre el somier que rebota, hundo la cabeza en la almohada de plumas, mis ojos se cierran y bogo viento en popa hacia el país de los sueños.

Me parece ver a Francis encendiendo su gran pipa de madera, a sor Angèle que me mira con una pequeña mueca, luego Reine se acerca a mí, me despierto sobresaltado, me trato de imbécil y me hundo de nuevo en la almohada, pero el dolor de vientre, domado por un momento, me despierta ahora que los nervios están menos tensos, y me froto suavemente la tripa, pensando que ya se ha acabado el horror de la disentería que se arrastra por los lugares en los que todo el mundo hace sus necesidades juntos, sin el menor pudor. ¡Estoy en mi casa, en mi retrete! Y me digo que hay que haber vivido en la promiscuidad de los asilos y de los campamentos para apreciar el valor de una palangana de agua, para saborear la soledad en los lugares en los que uno se baja los pantalones, a gusto".


Joris-Karl Huysmans

jueves, 23 de julio de 2015

"Los Triunfos de un Taxidermista"

" He aquí algunos de los secretos de la taxidermia. Me los contó un taxidermista en estado de euforia, entre el primero y el cuarto whisky, cuando se ha dejado de ser cauteloso y todavía no se está borracho. Estábamos sentados en su guarida, exactamente en la biblioteca, que era a la vez sala de estar y comedor. Una cortina de cuentas la separaba, por lo que al sentido de la vista se refiere, del maloliente rincón donde ejercía su oficio.

Estaba sentado en una hamaca y, con los pies, en los que llevaba puestas, a modo de sandalias, las reliquias sagradas de un par de zapatillas, daba golpecitos a los carbones que no ardían bien o los quitaba de en medio poniéndolos sobre la chimenea, entre la cristalería. Los pantalones, dicho sea de pasada pues no tienen nada que ver con sus triunfos, eran del más horrible amarillo de tela escocesa, de los que hacían cuando nuestros padres llevaban patillas y había miriñaques en el país. Además tenía el pelo negro, la cara rosada y los ojos de un marrón fiero, y su chaqueta consistía fundamentalmente en grasa sobre una base de pana. La pipa tenía una cazoleta de porcelana con las Tres Gracias, y llevaba siempre las gafas torcidas de forma que el ojo izquierdo, pequeño y penetrante, le fulminaba a uno desde su desnudez, mientras que el derecho aparecía oscuro, engrandecido y suave a través del cristal.

Se expresaba en los siguientes términos:

-No hubo jamás un hombre que disecara como yo, Bellows, jamás. He disecado elefantes, he disecado polillas, y todo lo que he disecado parecía mejor y más animado que al natural. He disecado seres humanos, principalmente ornitólogos aficionados, aunque también disequé una vez a un negro. No, no hay ninguna ley que lo prohíba. Lo hice con todos los dedos extendidos y lo utilicé como percha para sombreros, pero ese tonto de Homersby tuvo una pelea con él una noche, ya muy tarde, y lo estropeó. Fue antes de que nacieras. Es muy difícil conseguir pieles, si no haría otro.

»Desagradable? No lo creo. A mi entender, la taxidermia es una prometedora tercera alternativa a la inhumación y a la cremación. La gente podría mantener a su lado a los seres queridos. Chucherías de ese tipo distribuidas por la casa harían tan buena compañía como la mayor parte de la gente, y mucho más barata. Se les podría poner mecanismos para que hicieran cosas. Por supuesto habría que barnizarlos, pero no tendrían que brillar más de lo que mucha gente brilla por naturaleza. La cabeza calva del viejo Manningtree... De todos modos, se podría hablar con ellos sin que interrumpieran. Incluso las tías. La taxidermia tiene un gran futuro por delante, ya lo verás. Están también los fósiles...»

De repente se quedó en silencio.

-No, creo que no debería contarte eso -chupó pensativo la pipa-. Gracias, sí. No demasiada agua. Desde luego, se entiende que lo que te cuente ahora no saldrá de aquí. ¿Sabes que he hecho algunos dodos y una gran alca? ¡No! Evidentemente no eres más que un aficionado a la taxidermia. Mi querido amigo, la mitad de las grandes alcas que hay en el mundo son tan auténticas más o menos como el pañuelo de la Verónica, como la Sagrada Túnica de Tréveris. Los hacemos con plumas de somormujo y cosas así. ¡Y también los huevos de la gran alca!

-¡Santo cielo!

-Sí, los hacemos de porcelana fina. Te aseguro que merece la pena. Llegan a valer... uno llegó a trescientas libras justo el otro día. Ése era realmente auténtico, según creo, pero desde luego nunca se está seguro. Es un trabajo muy fino, y posteriormente hay que envejecerlos porque ningún poseedor de estos preciosos huevos comete jamás la temeridad de limpiarlos. Eso es lo bonito del negocio. Incluso cuando sospechan de un huevo no les gusta examinarlo demasiado detenidamente. En el mejor de los casos es un capital tan frágil...

»No sabías que la taxidermia alcanzara semejantes cimas. Pues, amigo mío, las ha alcanzado mayores. Yo he rivalizado con las manos de la mismísima Naturaleza. Una de las grandes alcas auténticas -su voz se convirtió en un susurro-... una de las auténticas, la hice yo.

»No. Tienes que estudiar ornitología y descubrirlo por ti mismo. Es más, una agrupación de comerciantes me ha planteado poblar con especímenes uno de los inexplorados islotes rocosos al norte de Islandia. Quizá lo haga... algún día. Pero en estos momentos tengo otra cosita entre manos. ¿Has oído hablar del Diornis?

»Es uno de esos grandes pájaros que se han extinguido recientemente en Nueva Zelanda. Comúnmente se les llama moa, justo porque están extinguidos: no hay ningún moa vivo. ¿Comprendes? Bueno, se conservan huesos, y en algunas marismas han aparecido incluso plumas y fragmentos secos de la piel. Pues bien, yo voy a... bueno, no hay por qué ocultarlo, voy a falsificar un moa disecado completo. Conozco a un tipo por ahí que pretenderá haberlo encontrado en una especie de ciénaga antiséptica y dirá que lo disecó inmediatamente porque amenazaba con hacerse pedazos. Las plumas son muy peculiares, pero he logrado un método sencillamente maravilloso de trucar trozos chamuscados de pluma de avestruz. Sí, ése es el nuevo olor que has notado. Sólo pueden descubrir el fraude con un microscopio y difícilmente se molestarán en hacer pedazos un bonito espécimen para eso.

»De esta manera, como ves, aporto mi empujoncito al avance de la ciencia. Pero todo esto es pura imitación de la Naturaleza. En mi carrera profesional he hecho más que eso. La he... vencido.»

Quitó los pies de la chimenea y se inclinó confidencialmente hacia mí.

-He creado pájaros -dijo en voz baja-. Pájaros nuevos. Mejoras. Pájaros jamás vistos.

En medio de un silencio impresionante recobró su postura.

-Enriquecer el universo, realmente. Algunos de los pájaros que hice eran clases nuevas de colibríes, y eran animalitos muy bonitos, aunque alguno era simplemente raro. El más raro creo que fue el Anomalopteryx Jejuna. Del latín jejunus-a-um, vacío, se llamaba así porque realmente no tenía nada, era un pájaro totalmente vacío, salvo el disecado. El viejo Javvers es el que lo tiene ahora, y supongo que está casi tan orgulloso de él como yo mismo. Es una obra maestra, Bellows. Tiene toda la estúpida torpeza de tu pelícano, toda la solemne falta de dignidad de tu loro, toda la desgarbada delgadez de un flamenco con todo el extravagante conflicto cromático de un pato mandarín. ¡Qué pájaro! Lo hice con los esqueletos de una cigüeña y un tucán, y un montón de plumas. Para un verdadero maestro en el arte, querido Bellows, esa clase de taxidermia es puro gozo.

»¿Que cómo se me ocurrió? De manera bastante sencilla, como ocurre con todos los grandes inventos. Uno de esos jóvenes genios que nos escriben Notas Científicas en los periódicos se hizo con un folleto alemán sobre los pájaros de Nueva Zelanda, y tradujo parte de él a base de diccionario y de sentido común -con lo poco común que es este sentido-, y se hizo un lío con el Apteryx vivo y el Anomalopteryx extinto. Hablaba de un pájaro de cinco pies de altura que vivía en las selvas de la Isla del Norte, raro y asustadizo, cuyos ejemplares eran difíciles de obtener, y cosas así. Javvers, que incluso como coleccionista es una persona terriblemente ignorante, leyó esos párrafos y juró que conseguiría el ejemplar a cualquier precio. Acosó a los comerciantes con pesquisas. Eso muestra lo que puede hacer un hombre persistente, el poder de la voluntad. Ahí estaba un coleccionista de pájaros jurando que conseguiría un espécimen de un pájaro que no existía, que nunca había existido, y que a causa de la mismísima vergüenza de su propia y blasfema inelegancia probablemente no existiría en estos momentos de haber podido impedirlo. Y lo consiguió. Lo consiguió.

»-¿Un poco más de whisky, Bellows?» -preguntó el taxidermista despertándose de una pasajera contemplación de los misterios del poder de la voluntad y de las mentes de los coleccionistas. Y una vez llenados de nuevo los vasos, procedió a contarme cómo había montado la más atractiva de las sirenas, y cómo un predicador ambulante que no podía atraer a la audiencia por culpa suya la hizo pedazos en Burslem Wakes diciendo que aquello era idolatría o algo peor. Pero como la conversación de todas las partes implicadas en esta transacción, el creador, el presunto conservador y el destructor no es uniformemente adecuada para la publicación, este jocoso incidente debe permanecer sin imprimir.
 

El lector no familiarizado con los tortuosos procedimientos de los coleccionistas puede que se incline a dudar de mi taxidermista, pero por lo que respecta a los huevos de la gran alca y los falsos pájaros disecados me he encontrado con que tiene la confirmación de distinguidos escritores de ornitología. Y la nota sobre el pájaro de Nueva Zelanda ciertamente apareció en un periódico matinal de inmaculada reputación, pues el taxidermista tiene un ejemplar que me ha enseñado".

H.G. Wells

miércoles, 22 de julio de 2015

"El Carro Fantasma"

Que ningún sueño maligno perturbe mi descanso ni me toque el Poder de las Tinieblas. Himno vespertino.

"Una de las pocas ventajas que la India tiene sobre Inglaterra es una gran facilidad de conocimiento. Tras cinco años de servicio, un hombre tiene relaciones, directas o indirectas, con los doscientos o trescientos funcionarios de su provincia, todos los ranchos de diez o doce regimientos y baterías, y unas mil quinientas personas más de la casta sin puesto oficial. A los diez años esas relaciones habrán doblado el número, y al final de veinte años conoce, o sabe algo de, todo inglés del imperio, y puede viajar a cualquier lugar, a todos los sitios, sin tener que pagar hotel. Quienes viajan por el mundo considerando un derecho que se les dé alojamiento han embotado, incluso en el periodo de mi vida, esta generosidad; no obstante, si hoy día se pertenece al círculo íntimo y no se es ni oso ni oveja negra, todas las puertas están abiertas, y nuestro pequeño mundo se muestra muy, muy amable y colaborador.

Rickett de Kamartha se hospedó con Polder de Kumaon hará unos quince años. Pensaba quedarse dos noches, pero lo puso en cama una fiebre reumática y por seis semanas desorganizó el establecimiento de Polder, le impidió a éste trabajar y casi se le muere en el dormitorio. Polder se comporta como si hubiera quedado de por vida deudor de Rickett, y cada año envía a los hijos de éste una caja con regalos y juguetes. Lo mismo ocurre en todos los sitios. Los hombres no se toman la molestia de ocultarnos su opinión, en el sentido de que somos unos asnos incompetentes, o las mujeres que denigran nuestro carácter y no comprenden las diversiones de nuestras esposas, se quedarán en los huesos ayudándonos si caemos enfermos o tenemos problemas serios. Heatherlegh, el doctor, mantenía, aparte de su clientela regular, un hospital a costa de su propio bolsillo —según lo llamaban sus amigos, un agrupamiento de cubículos desvencijados para incurables— en realidad, se trataba de una especie de cobertizo adaptado para las tripulaciones que han sido dañadas por los temporales. En la India el tiempo suele ser sofocante, y como la entrega de ladrillos es siempre una cantidad fija y la única libertad existente es el permiso de trabajar horas extras sin recibir ni las gracias, los hombres se derrumban de vez en cuando y quedan tan confundidos como las metáforas de esta oración.

Heatherlegh es el doctor más adorable que haya existido, y su receta invariable para todos los pacientes: "acuéstese, tómese las cosas con calma y no se violente". Dice que mueren más hombres debido al exceso de trabajo de lo que justifica la importancia de este mundo. Afirma que el exceso de trabajo mató a Pansay, quien murió en sus manos hará unos tres años. Tiene, desde luego, el derecho de hablar con toda autoridad, y se ríe de mi teoría: que en la cabeza de Pansay había una hendedura y un poquito del mundo oscuro entró por ella y lo presionó hasta matarlo. "Pansay perdió la chaveta", dice Heatherlegh, "debido al estímulo de unas largas vacaciones en casa. Pudo o no haberse comportado como un canalla con la señora Keith-Wessington. En mi opinión, su trabajo en la colonia de Katabundi le agotó las energías, y le dio por la melancolía y por exagerar un mero coqueteo tenido durante un viaje. Desde luego que estaba comprometido con la señorita Mannering, y desde luego que ella rompió el compromiso. Entonces, agarró un enfriamiento febricitante, y de allí todas esas tonterías acerca de fantasmas. El exceso de trabajo inició la enfermedad, la mantuvo activa y lo mató, ¡pobre diablo! Atribúyalo a un sistema que utiliza un hombre para que haga el trabajo de dos y medio."

No creo en esto. Solía sentarme con Pansay ciertas ocasiones en que a Heatherlegh lo llamaban para que fuera a ver pacientes, y sucede que estaba yo a mano para sus confidencias. El hombre me hacía de lo más infeliz describiéndome en voz baja e inalterable, la procesión que sin cesar pasaba a los pies de su cama. Manejaba el lenguaje con la capacidad de un enfermo. Sugerí que, cuando se recuperara, escribiera todo lo sucedido, de principio a fin, pues sabía que la tinta podría ayudarlo a calmar la mente. Sufría de fiebre elevada mientras lo escribía, y el tono de revista tremendista que adoptó no llegó a calmarlo. A los dos meses lo declararon listo para servicio; pero, a pesar de que necesitaban urgentemente su ayuda para que un grupo de trabajo escaso de personal pudiera sobrevivir una etapa de déficit, prefirió morir, jurando al final de todo que lo acosaban brujas. Obtuve el manuscrito antes de que él muriera, y ésta es su versión de los hechos, fechada en 1885, tal y como la escribió:

El doctor me dice que necesito descanso y un cambio de aires. No es improbable que antes de mucho obtenga los dos; un descanso que ni el mensajero de chaqueta roja ni el cañón disparado a mediodía interrumpirán; un cambio de aires más definitivo que el que pueda darme cualquier vapor en camino a casa. Mientras tanto, estoy resuelto a permanecer donde me encuentro; y, desobedeciendo tajantemente las órdenes de mi médico, hacer de todo el mundo mi confidente. Por sí mismos se enterarán de la naturaleza precisa de mi enfermedad y, asimismo, juzgarán si hombre alguno nacido de mujer en esta tierra fatigante fue alguna vez tan atormentado como yo.

Ahora que hablo como un criminal condenado podría hablar antes de que caigan los cerrojos, pienso que mi historia, por extraña y horriblemente improbable que pueda parecer, merece por lo menos atención. De ninguna manera supongo que puedan creerla. Hace dos meses habría calificado de loco o borracho al hombre que osara contarme algo parecido. Hace dos meses era el hombre más feliz de la India. Hoy, de Peshavar a la costa, nadie hay más infeliz. Sólo mi doctor y yo sabemos de esto. Explica todo diciendo que mi cerebro, mi digestión y mi vista se encuentran ligeramente afectados, dando lugar a mis frecuentes y persistentes "ilusiones" ¡Ilusiones, cómo no! Lo considero un tonto. Pero me sigue atendiendo con la misma sonrisa infatigable, el mismo trato profesional suave, las mismas patillas rojas cuidadosamente recortadas, hasta que comienzo a sospecharme un inválido desagradecido y de mal carácter. Pero ustedes juzgarán por sí mismos. Hace tres años fue mi fortuna —mi gran infortunio— navegar de Gravesend a Bombay, tras unas largas vacaciones, con una cierta Agnes Keith-Wessington, esposa de un oficial asignado a Bombay. No les concierne en lo más mínimo saber qué tipo de mujer era. Básteles saber que, antes de terminar el viaje, estábamos desesperada e irrazonablemente enamorados uno del otro. Bien sabe el cielo que puedo hoy admitir esto sin asomo alguno de vanidad. En este tipo de asuntos siempre hay uno que da y otro que acepta. Desde el primer día de nuestra malhadada unión tuve conciencia de que la pasión de Agnes era un sentimiento más fuerte, más dominante y —si se me permite usar la expresión— más puro que el mío. Ignoro si ella reconoció ese hecho entonces. Después, fue amargamente claro para los dos.

Llegados a Bombay la primavera de aquel año, tomamos nuestros respectivos caminos, para no vernos ya los tres o cuatro meses siguientes, cuando mis vacaciones y su amor nos llevaron a Simla. Allí pasamos la temporada juntos y, allí, mi fuego de paja llegó a una lamentable extinción con la terminación del año. No intenté dar ninguna excusa. No me disculpé. La señora Wessington había renunciado a muchas cosas a causa mía, y estaba dispuesta a renunciar a todo. De mis propios labios supo, en agosto de 1882, que me sentía hastiado de su presencia, cansado de su compañía y aburrido del sonido de su voz. Noventa y nueve mujeres de cien se habrían aburrido de mí como yo de ellas; setenta y cinco de esa cifra se habrían vengado prontamente mediante un coqueteo activo y franco con otros hombres. La señora Wessington era la número cien. En ella no tuvieron el menor efecto ni mi aversión tan claramente expresada ni las crueldades hirientes con que adornaba yo nuestras entrevistas.

—¡Jack, querido —era su eterna exclamación tonta—, estoy segura de que todo es un error, un error terrible; algún día volveremos a ser buenos amigos. Por favor, querido Jack, perdóname!

Yo era el ofensor, y lo sabía. Aquel conocimiento transformó mi piedad en una resistencia pasiva y, con el tiempo, en un odio ciego; se trata del mismo instinto, supongo, que impulsa a un hombre a aplastar salvajemente la araña que había matado a medias. Con este odio en mi pecho vino a su fin la temporada de 1882. Al año siguiente volvimos a encontrarnos en Simla, ella con su rostro monótono y sus tímidos intentos de reconciliación; yo, con aquel odio por ella en todas las fibras de mi cuerpo. No pude evitar verme a solas con ella en varias ocasiones; en cada una de éstas sus palabras fueron exactamente las mismas: ese lamento irracional de que todo era un "error" y luego la esperanza de que con el tiempo "seríamos amigos". De haberme preocupado por mirar, podría haber visto que sólo la esperanza la mantenía viva. Mes con mes palidecía y adelgazaba. Estarán de acuerdo conmigo al menos en esto: que esa conducta habría hecho caer en la desesperación a cualquiera. Era innecesaria, infantil, poco femenina. Afirmo que ella tenía mucho de la culpa. Y sin embargo a veces, en mis negras y enfebrecidas vigilias nocturnas, he comenzado a pensar que pude ser un poco más amable con ella. Pero ésa sí es una "ilusión". No podía seguir pretendiendo que la amaba cuando no ocurría así, ¿no es cierto? Hubiera sido injusto para los dos.

El año pasado volvimos a reunirnos, en las mismas condiciones. Los mismos llamados fatigantes, las mismas respuestas secas de mis labios. Finalmente, decidí hacerla comprender cuán totalmente equivocados y sin esperanza eran sus intentos de reanudar la vieja relación. Según avanzaba la temporada, nos fuimos separando; es decir, le fue difícil reunirse conmigo, pues tenía yo otros intereses más absorbentes a los cuales atender. Cuando, calmadamente, repaso todo eso en mi cuarto de enfermo, la temporada de 1884 me parece una pesadilla confusa, en la que luz y sombra estuvieran entremezcladas fantásticamente: mi cortejo de la pequeña Kitty Mannering; mis esperanzas, dudas y miedos; nuestros largos paseos a caballo juntos; mi temblorosa aceptación de que estaba enamorado; su respuesta; de vez en cuando la visión de un rostro blanco que pasa en el carrito con las libreas blancas y negras que en alguna ocasión esperé con tanta ansia; la mano enguantada de la señora Wessington saludándome; y, cuando estábamos solos, lo que ocurría rara vez, la molesta monotonía de su queja. Amaba yo a Kitty Mannering; la amaba honestamente y con todo el corazón; y al crecer mi amor por ella, crecía mi odio por Agnes. En agosto Kitty y yo quedamos comprometidos. Al día siguiente encontré a espaldas del Jakko a esos malditos jhampanies "corvinos" y, llevado de un pasajero sentimiento de piedad, me detuve junto a la señora Wessington para contarle todo. Ya lo sabía.

—Escuché decir que estás comprometido, querido Jack —y entonces, sin mediar pausa alguna—: Estoy segura de que todo es un error, un error terrible. Alguna vez seremos tan buenos amigos, Jack. como siempre lo fuimos.
Mi respuesta habría hecho respingar incluso a un hombre. Cortó a la mujer moribunda que ante mí tenía como el golpe de un látigo.
—Por favor, Jack, perdóname. No quise enojarte. Pero ¡es cierto, es cierto!

Y la señora Wessington se derrumbó totalmente. Me di la vuelta y dejé que terminara su viaje en paz, sintiendo, aunque sólo por uno o dos segundos, que me había comportado como una alimaña indeciblemente cruel. Miré hacia atrás y vi que había hecho dar vuelta al carrito, con la idea, supongo, de alcanzarme. Aquella escena y los alrededores quedaron fotografiados en mi memoria. El cielo cargado de lluvia (estábamos a finales de la temporada de lluvias), los pinos empapados y deslucidos, el camino lodoso y los farallones hendidos por la pólvora formaban un lóbrego telón de fondo, contra el cual destacaban claramente las libreas negras y blancas de los jhampanies, el carrito de paredes amarillas y la abatida cabeza dorada de la señora Wessington. Con el pañuelo apretado en la mano izquierda, se apoyaba extenuada en los cojines del carrito. Llevé mi caballo por una vereda cercana al Sanjowlie Reservoir y, literalmente, huí. En una ocasión creí escuchar un lejano "¡Jack!" Tal vez fuera mi imaginación. Nunca me detuve a confirmarlo. Diez minutos más tarde me encontré con Kitty, que venía a caballo. En el deleite que me produjo el largo paseo con ella, olvidé todo lo concerniente a la entrevista ocurrida.

Una semana después moría la señora Wessington, y mi vida se vio libre de la inenarrable carga de su existencia. Me fui a Plainsward totalmente feliz. Antes de los tres meses me había olvidado de ella por completo, excepto que en ocasiones hallar una de sus viejas cartas me traía desagradables recuerdos de aquella relación concluida. En enero había desenterrado de entre mis dispersas pertenencias lo que de nuestra correspondencia quedaba, quemándolo. A comienzos de abril de este año, 1885, estaba una vez más en Simla, en una semidesierta Simla, hundido en pláticas y paseos de amante con Kitty. Se había decidido que nos casáramos a fines de junio. Por consiguiente comprenderán que, amando a Kitty como la amaba, no exagero al decir que era, en aquellos momentos, el hombre más feliz de la India. Casi habían pasado catorce días deliciosos antes de que notara su desaparición. Entonces, alertado a la conciencia de lo que era propio entre mortales comprometidos como lo estábamos ella y yo, le hice ver a Kitty que un anillo de compromiso era la señal externa y visible de su dignidad de muchacha prometida en matrimonio; que debía venir de inmediato conmigo a Hamilton para que le midieran uno. Hasta ese momento, le doy mi palabra, habíamos olvidado por completo asunto tan trivial. Así, a Hamilton nos fuimos el día 15 de abril de 1885. Recuérdese que, diga lo que diga en contra mi doctor, poseía entonces una salud perfecta, gozaba de una mente bien equilibrada y de un espíritu por todo concepto tranquilo. Kitty y yo entramos en Hamilton juntos y, allí, sin tomar en cuenta el orden de llegada, medí el dedo de Kitty en presencia del divertido dependiente. El anillo tenía un zafiro y dos diamantes. A continuación bajamos por la cuesta que conduce al puente de Combermere y al establecimiento de Peliti.

Mientras mi Waler avanzaba cautelosamente por el esquisto suelto, y Kitty charlaba y reía a mi lado —mientras todo Simla, es decir, tantas personas como las llegadas hasta ese momento de las llanuras, se agrupaban alrededor del cuarto de lectura y el porche de Peliti—, sentí que alguien, al parecer desde una gran distancia, me llamaba por mi nombre de pila. Tuve la impresión de haber escuchado esa voz antes, aunque sin poder determinar de pronto cuándo y dónde. En el breve tiempo que toma cubrir la distancia entre el camino que parte de Hamilton y la primera plancha del puente de Combermere pensé en una media docena de personas que hubieran podido haber cometido aquel solecismo, y terminé decidiendo que debió tratarse de algún rumor en mis oídos. Justo frente al establecimiento de Peliti atrajo a mi vista la imagen de cuatro jhampanies,en libreas de "cuervo", que tiraban de un vulgar carrito de mercado, de paredes amarillas. Con una sensación de disgusto e irritación, al instante mi mente regresó a la temporada anterior y a la señora Wessington. ¿No era suficiente que la mujer hubiera muerto y desaparecido, sino que ahora viniera la aparición de sus servidores en blanco y negro a echarme a perder la felicidad sentida ese día? Decidí visitar a quienquiera que los ocupara y pedirle, como un favor personal, que cambiara las libreas de sus jhampanies. Alquilaría yo mismo a esos hombres y, de ser necesario, les compraría sus libreas. Es imposible expresar aquí el flujo de memorias desagradables que su presencia despertó.

—Kitty —exclamé—, ¡han vuelto los jhampanies de la pobre señora Wessington! Me pregunto quién los emplea ahora.
Kitty había conocido ligeramente a la señora Wessington la temporada anterior, habiendo mostrado un interés constante por la enfermiza mujer.
—¿Cómo? ¿Dónde? —preguntó—. No los veo por ninguna parte.

Y justo mientras hablaba, su caballo, por evitar una mula cargada, se puso directamente frente al carrito en marcha. Apenas había tenido tiempo de gritar una advertencia cuando, para mi horror indescriptible, caballo y jinete pasaron a través de los hombres y el vehículo como si fueran éstos de aire puro.

—¿Qué te ocurre? —exclamó Kitty—. ¿Por qué gritaste de un modo tan tonto, Jack? Si estoy comprometida, no quiero que todo el mundo se entere de ello. Había muchísimo espacio entre la mula y el porche. Y si te imaginas que no sé cabalgar, ¡pues entonces...!

Dicho esto, la testaruda Kitty se lanzó a medio galope, la delicada cabecita al aire, en dirección al quiosco de música, sin la menor duda, según me dijo después, de que la seguiría. ¿Qué me ocurría? Casi nada. O bien estaba yo loco o borracho, o Simla estaba rondada por diablos. Contuve con las riendas a mi impaciente montura y me volví. También el carrito había dado la vuelta y estaba ahora frente a mí, próximo al pretil izquierdo del puente Combermere.

—¡Jack, querido Jack! —esta vez no había equivocación ninguna respecto a las palabras; resonaron en mi mente como si las hubieran gritado a mi oído—. Se trata de un terrible error, estoy segura. Por favor, perdóname, Jack, y volvamos a ser amigos.

La capota del carrito había caído hacia atrás y dentro, tal como espero y ruego de día por la muerte que de noche temo, estaba la señora Keith-Wessington, el pañuelo en la mano, la dorada cabeza inclinada sobre el pecho. No sé por cuanto tiempo la contemplé inmóvil. Finalmente, me despertó mi sirviente al asir la brida de Waler y preguntarme si me sentía mal. De lo horrible a lo común y corriente sólo hay un paso. Desmonté del caballo y me precipité, medio desmayado, en Peliti, donde pedí una copa de brandy de cereza. Dos o tres parejas se hallaban reunidas alrededor de las mesas, comentando los chismes del día. Su charla trivial fue más reconfortante para mí en aquel momento que los consuelos de la religión pudieran haberlo sido. De inmediato me sumergí en medio de la conversación; platicaba, reía y hacía bromas con una cara (cuando de refilón la vi en un espejo) tan blanca y desencajada como la de un cadáver. Tres o cuatro hombres notaron la condición en que estaba; sin duda atribuyéndolo a las consecuencias de haber bebido demasiados tragos, caritativamente se esforzaron por apartarme del resto de los parroquianos. Pero me rehusé a separarme de ellos. Quería la compañía de los de mi condición, tal como un niño se precipita en medio de una fiesta tras haber recibido un susto en la oscuridad. Llevaría hablando unos diez minutos, aunque a mí me parecieron una eternidad, cuando escuché fuera la clara voz de Kitty preguntando por mí. Un minuto después estaba dentro del local, dispuesta a reconvenirme por descuidar tan señaladamente mis deberes. Algo en mi rostro la contuvo.

—Pero Jack —exclamó—, ¿en qué te has metido? ¿Qué sucede? ¿Estás enfermo?
Así conducido a una mentira directa, dije que el sol había resultado demasiado fuerte para mí. Eran cerca de las cinco, una encapotada tarde de abril, y el sol había estado oculto todo el día. Comprendí mi error en cuanto las palabras terminaron de salir de mi boca; intenté cubrirlas; disparaté lamentablemente y seguí a Kitty, cuyo enojo era de alcurnia, al exterior, entre las sonrisas de mis conocidos. Inventé alguna excusa (olvidé cuál) argumentando que me sentía débil y al paso largo busqué mi hotel, dejando que Kitty terminara sola el paseo. En mi habitación me senté e intenté con toda calma encontrarle alguna explicación a lo sucedido. Heme aquí, yo, Theobald Jack Pansay, un funcionario civil con buenos estudios, en el año de gracia de 1885, supuestamente cuerdo, sin duda alguna sano, a quien la aparición de una mujer muerta y enterrada ocho meses atrás causa tal terror que lo separa del lado de la novia. Son hechos ante los cuales no puedo cerrar los ojos. Nada más lejano de mi pensamiento que la memoria de la señora Wessington cuando Kitty y yo salimos de Hamilton. Nada más común y corriente que la porción de muro frente a Peliti. A plena luz del día, el camino lleno de gente. Y sin embargo allí, fíjense, desafiando toda ley de la probabilidad, en violación directa de lo ordenado por la naturaleza, se me aparece un rostro venido de la tumba.

El caballo árabe de Kitty había pasado a través del carrito: así quedaba eliminada mi primera esperanza, que una mujer milagrosamente parecida a la señora Wessington hubiera alquilado el carrito, junto con los culies de librea. Una y otra vez di vueltas alrededor de esa maraña de pensamientos; una y otra vez me rendí, perplejo y desesperado. La voz era tan inexplicable como la aparición. De principio tuve la idea descabellada de confesarle todo a Kitty, rogarle que se casara conmigo de inmediato y, en sus brazos, desafiar a la fantasmal ocupante del carrito. "Después de todo", argüía, "la presencia del carrito basta como prueba de la existencia de una ilusión espectral. Es posible ver fantasmas de hombres y mujeres, pero de seguro nunca de culies y vehículos. Todo esto es absurdo. ¡Imagínense, ver el fantasma de un montañés!" A la mañana siguiente envié a Kitty una nota de disculpa, implorándole que pasara por alto mi extraña conducta de la tarde anterior. Mi divinidad seguía muy enojada, y fue necesario dar disculpas personalmente. Expliqué, con una fluidez nacida de haber estado meditando toda la noche una mentira, que me vi atacado por una súbita palpitación del corazón, resultado de una indigestión. Esa solución eminentemente práctica tuvo su efecto: Kitty y yo paseamos a caballo aquella tarde con la sombra de mi primera mentira apartándonos.

Se encaprichó en un paseo al paso largo alrededor del Jakko. Con los nervios aún trastornados por la noche anterior, protesté débilmente contra la idea, sugiriendo la colina Observatory, Jutogh, el camino de Boileaugunge, cualquier cosa excepto el círculo del Jakko. Kitty estaba enojada y un tanto herida, así que cedí, temeroso de provocar un malentendido mayor; por tanto, partimos juntos hacia Chota Simla. Fuimos al paso gran parte de la ruta y, según era nuestra costumbre, al paso largo desde poco más o menos una milla antes de Convent hasta el tramo de camino uniforme que está junto al Sanjowlie Reservoir. Los malditos caballos parecían volar, y mi corazón latía cada vez con mayor rapidez según nos acercábamos a la cresta de la pendiente. Mi mente había estado ocupada toda la tarde con la señora Wessington; cada pulgada del camino del Jakko era testigo de nuestros paseos y charlas. Los cantos rodados estaban plenos de aquello; los pinos lo cantaban potentes por encima de nosotros; invisibles, los torrentes alimentados por la lluvia reían contenidos, reían entre dientes de aquella historia vergonzante; y, en mis oídos, el viento salmodiaba la iniquidad cometida. Como una culminación lógica, en medio del trecho que los hombres llaman la Milla de las Damas, el horror me esperaba. Ningún otro carrito a la vista; únicamente los cuatro jhampanies en blanco y negro, el vehículo de paredes amarillas y, dentro, la dorada cabeza de la mujer, ¡todo aparentemente como lo había dejado ocho meses y quince días atrás! Por un instante imaginé que Kitty debía ver lo que yo veía, tan maravillosamente coincidíamos en todas las cosas. Sus siguientes palabras me desengañaron: "¡Ni un alma a la vista! ¡Vamos Jack, te juego una carrera hasta los edificios del Reservoir!" Su musculoso caballito pura sangre partió como una exhalación, mi Waler inmediatamente detrás, y en ese orden nos lanzamos al filo de los farallones. En medio minuto estábamos a cincuenta yardas del carrito. Frené a mi Waler y me retrasé un poco. El carrito estaba justo en medio del camino y, una vez más, el pura sangre pasó a través de él, siguiéndolo mi caballo, "¡Jack, querido Jack, por favor, perdóname!" —oí el lamento en mis oídos y, al cabo de un intervalo—: "¡Todo fue un error, un error terrible!"

Espoleé a mi caballo como un hombre poseído. Cuando, en las instalaciones del Reservoir, volví la cabeza, las libreas en blanco y negro seguían esperando, pacientemente esperando, al pie de la gris colina, y el viento me trajo un eco burlón de las palabras escuchadas. Por el resto del paseo Kitty me embromó mucho a causa de mi silencio. Hasta ese momento había hablado sin freno y alocadamente. Ni para salvar mi vida habría podido hablar, a partir de allí, de un modo natural, y desde Sanjowlie hasta la iglesia sabiamente me mantuve en silencio. Tenía cena con los Mannering aquella noche, y apenas me alcanzaba el tiempo para cabalgar hasta casa y cambiarme. Camino de Elysium Hill escuché a dos hombres que hablaban en la oscuridad. "Es curioso", dijo uno, "cómo desapareció toda huella de él. Ya sabe cuán locamente encariñada estaba mi esposa de esa mujer (aunque no entiendo qué pueda haber visto en ella), y quería que consiguiera yo su viejo carrito con los culies, no importa a qué precio. Lo llamo un capricho un tanto malsano, pero tengo que hacer lo que memsahib pida. Aunque no lo crea, el hombre que se lo alquilaba me ha dicho que los cuatro hombres —eran hermanos— murieron de cólera camino de Hardwar, ¡pobres diablos! En cuanto al carrito, él mismo lo deshizo. Me dijo que nunca usaba el carrito de una memsahib muerta. Que es de mala suerte. Extraña idea, ¿no le parece? ¡Imagínese, la pobre señora Wessington echándole a perder la suerte a alguien que no fuera ella misma!" En ese punto me reí en voz alta, y la risa me sacudió mientras la emitía. ¡De modo que sí había fantasmas de carritos, después de todo, con funciones fantasmales en el otro mundo! ¿Cuánto pagaba la señora Wessington a sus hombres? ¿Qué horario tenían? ¿Adónde iban?

Y como una respuesta visible a mi última pregunta, vi aquella cosa infernal en la luz mortecina, obstaculizándome el camino. Los muertos viajan rápido, y por atajos que los culies ordinarios desconocen. Reí en voz alta una segunda vez, cortando de pronto la carcajada, temeroso de estarme volviendo loco. Debí estar loco en cierta medida, pues recuerdo que frené con las riendas a mi caballo llegando al carrito y, cortésmente le deseé "Buenas noches" a la señora Wessington. Su respuesta fue una que conocía yo demasiado bien. La escuché hasta el final. Repliqué entonces que todo aquello lo había oído ya antes, pero que si ella tenía algo que agregar, atendería con gusto. Algún demonio maligno, más fuerte que yo, debió entrar en mí aquella noche, pues tengo vagas memorias de haber comentado, por cinco minutos, los sucesos cotidianos de aquel día con la cosa que tenía enfrente.

—¡Está loco de atar el pobre diablo, o borracho! Max, mira si puedes convencerlo que se vaya a su casa.

¡De seguro aquélla no era la voz de la señora Wessington! Los dos hombres me habían escuchado hablar con el aire, y regresaban para cuidarme. Se mostraron muy amables y considerados, y de sus palabras deduje que me creían sumamente borracho. Les di las gracias atropelladamente y cabalgué hasta mi hotel, donde me cambié; llegué diez minutos tarde a casa de los Mannering. Alegué como excusa lo oscuro de la noche, Kitty me reprochó por mi nada romántica tardanza y nos sentamos. La conversación se había generalizado ya. A socapa de ella dirigía yo algunas frases tiernas a mi novia cuando capté que, al extremo de la mesa, un hombre de corta estatura y patillas rojas describía, con mucho adorno, su encuentro aquella noche con un loco desconocido. Unas cuantas oraciones me convencieron de que repetía el incidente de media hora atrás. En medio de su relato miró en derredor buscando aplausos, como hacen los narradores profesionales, tropezó con mi cara y sin más se desmoronó. Hubo un momento de penoso silencio, y el hombre de patillas rojas murmuró algo en el sentido de que "había olvidado el resto", sacrificando con ello la reputación de buen contador que había ido ganando las seis últimas temporadas. Lo bendije desde el fondo de mi alma y... seguí comiendo mi pescado.

A su debido tiempo la cena llegó a su fin. Con pesar genuino me separé de Kitty; tan cierto como estaba de mi existencia sabía que aquello me estaba esperando al otro lado de la puerta. El hombre de patillas rojas, que me fue presentado como el doctor Heatherlegh, de Simla, me ofreció compañía hasta donde nuestros caminos se separaran. Acepté la oferta con gratitud. El instinto no me había engañado. Estaba presto en el Mall y, con lo que parecía una burla demoniaca de nuestras costumbres, tenía la lámpara frontal encendida. El hombre de patillas rojas abordó la cuestión de inmediato, mostrando con su modo de hacerlo que había estado pensando sobre el caso durante toda la cena.

—Dígame, Pansay, ¿qué diablos le ocurrió esta noche en el Elysium Road?
Lo súbito de la pregunta me arrancó una respuesta antes de que tuviera conciencia de estar respondiendo.
—¡Eso! —dije, señalando aquello.
—Eso puede ser delirium tremens o la vista, por lo que deduzco. Ahora bien, usted no bebe. Lo comprobé durante la cena, así que no puede ser delirium tremens. Nada hay en absoluto allí donde señala, aunque esté usted sudando y temblando de miedo, como un pony asustado. Por tanto, saco en conclusión que se trata de la vista. Y de eso creo saberlo todo. Venga a casa conmigo. Vivo en la parte baja de Blessington.

Con intenso gozo vi que el carrito, en lugar de esperarnos, se mantenía veinte yardas adelante, fuéramos al paso, al trote o al paso largo. En el transcurso de aquella larga cabalgata nocturna dije a mi acompañante casi tanto como lo comunicado a ustedes aquí.

—Bien, pues ha echado a perder usted uno de los mejores cuentos con que haya tropezado —dijo—, pero se lo perdono tomando en cuenta por lo que ha pasado usted. Ahora, venga a casa y haga lo que le pida. Y cuando lo haya curado, jovencito, que esto le sirva de lección: hasta el día de su muerte manténgase alejado de las mujeres y de la comida indigesta.
El carrito se mantenía adelante, y mi amigo de las patillas rojas parecía derivar un gran placer de escucharme decirle dónde exactamente se encontraba el vehículo.
—La vista, Pansay; la vista, el cerebro y el estómago. Y el estómago es el peor de ellos. Tiene usted un exceso de cerebro engreído, demasiado poco estómago y una vista totalmente enferma. Ponga en condiciones el estómago y lo demás vendrá por sí solo. Y todo esto lo resolverán unas píldoras para el hígado. A partir de este momento me hago cargo de su cuidado médico, pues es usted un fenómeno demasiado interesante para que lo deje pasar.

En aquel instante estábamos en la parte baja de Blessington, en lo más profundo de sus sombras, y el carrito se detuvo bajo un grupo de pinos, situado en un saliente de pizarra. Instintivamente me detuve también, explicando la razón. Heatherlegh lanzó un juramento.

—Mire, si supone que me voy a pasar esta fría noche al pie de una colina a causa de una ilusión provocada por el estómago cum cerebro cum vista... ¡Dios nos apiade, qué ha sido eso?

Se escuchó un estallido apagado, justo frente a nosotros se levantó una cegadora nube de polvo, hubo un crujido, el ruido de ramas desgajadas y unas diez yardas del farallón —pinos, maleza y todo lo demás— se deslizó hasta el camino, bloqueándolo por completo. Los árboles desenraizados oscilaron y se tambalearon por un momento en la oscuridad, como gigantes ebrios, y enseguida cayeron postrados entre sus compañeros con un estrépito atronador. Nuestros caballos quedaron inmóviles, sudando de miedo. En cuanto el ruido de la tierra y las piedras derribadas cesó, mi acompañante murmuró:

—Amigo, si hubiéramos seguido avanzando, en este momento estaríamos en nuestras tumbas, a diez pies de profundidad. "Hay más cosas en el cielo y en la tierra..." Venga a casa, Pansay, y demos gracias a Dios. Necesito de inmediato un trago.

Buscamos otro camino por Church Ridge y, poco después de la medianoche, llegué a casa del doctor Heatherlegh. Casi de inmediato comenzaron sus intentos por curarme, y en una semana no me separé de su lado. A lo largo de esa semana, en muchas ocasiones bendije a mi buena fortuna, que me había puesto en contacto con el mejor y más amable doctor de Simla. Día a día mi espíritu ganaba en alegría y se serenaba. Asimismo, día a día me inclinaba más por aceptar la teoría de Heatherlegh sobre una "ilusión espectral" relacionada con vista, cerebro y estómago. Escribí a Kitty, diciéndole que un esguince ligero, provocado por una caída del caballo, me tendría en cama unos días; que me recuperaría antes de que tuviera tiempo de lamentar mi ausencia. El tratamiento aplicado por Heatherlegh era sencillo en cierta medida. Consistía en píldoras para el hígado, baños de agua fría y ejercicios enérgicos, hechos al oscurecer o muy temprano por la mañana, porque, como sagazmente observó el doctor: "Un hombre con un tobillo torcido no camina una docena de millas al día, y su joven amiga pudiera entrar en sospechas de verlo".

Al finalizar la semana, tras examinarme mucho la pupila y el pulso, y tras darme instrucciones estrictas respecto a la dieta y mis caminatas, Heatherlegh me despidió con igual brusquedad que cuando se hizo cargo de mí. He aquí su bendición de despedida: "Amigo, certifico su cura mental, lo que equivale a decir que he curado una gran parte de sus dolencias corporales. Ahora, tome sus bártulos y váyase lo antes posible; váyase y corteje a la señorita Kitty." Me esforzaba en expresarle mi agradecimiento por sus bondades, pero me interrumpió sin más:

—No piense que lo hice porque me agrade usted. Entiendo que se ha comportado como un verdadero canalla. Pero, de cualquier manera, es usted un fenómeno, y un fenómeno curioso en igual medida que canalla. ¡No! —y me silenció una segunda vez—. Ni una rupia, por favor. Salga de aquí y mire a ver si encuentra nuevamente ese problema de ojos-cerebro-estómago. Le daré un lakh cada ocasión que lo vea.

Media hora más tarde estaba en la sala de los Mannering con Kitty, ebrio con los efluvios de mi felicidad actual y el conocimiento de que nunca más me perturbaría aquella presencia espantosa. Firme gracias a la sensación de mi recién hallada seguridad, propuse un paseo en el acto y, de preferencia, al paso largo alrededor de Jakko. Nunca me había sentido mejor, tan lleno de vitalidad y simple espíritu animal, como aquella tarde del 30 de abril. Kitty se mostró dichosa con mi cambio de aspecto, y me felicitó por ello con su estilo tan deliciosamente franco y abierto. Dejamos juntos la casa de los Mannering, riendo y hablando, y como en los viejos tiempos fuimos al paso largo por el camino de Chota Simla. Tenía prisa de llegar al Sanjowlie Reservoir, para allí dos veces hacer segura mi seguridad. Los caballos daban su mejor esfuerzo, que parecía demasiado lento para mi mente impaciente. A Kitty le asombraba mi bullicio.

—¡Pero Jack —exclamó finalmente —, te estás comportando como un chiquillo! ¿Qué haces?
Estábamos justo antes del convento, y por un mero impulso de travesura hacía que mi Waler cabriolara y corcoveara a lo ancho del camino, cosquilleándolo con el lazo de mi látigo.
—¿Que qué hago ? —respondí—. Nada, querida. Exactamente ocurre eso. Si nada has hecho por una semana, excepto estar en cama, te sentirías tan alborotada como yo.
Cantando y murmurando de alegría festiva,
feliz de verte vivo;
señor de la natura, de la tierra visible
de los cinco sentidos.

No acababa de expresar mi cita cuando ya habíamos rodeado la curva que está después del convento; a las pocas yardas, veíamos hasta Sanjowlie. En el centro del recto camino estaban las libreas negras y blancas, el carrito de paredes amarillas y la señora Keith-Wessington. Tiré de las riendas, miré, me restregué los ojos y, creo, algo dije. Mi siguiente memoria es de verme boca abajo sobre el camino, Kitty, en llanto, arrodillada a mi lado.

—¿Se ha ido, pequeña? —pregunté entrecortadamente, Kitty se limitó a llorar con mayor amargura.
—¿Se ha ido qué, Jack querido? ¿Qué significa todo esto? Debe haber algún error en alguna parte, Jack. Un error terrible.
Estas palabras últimas me pusieron de pie, enloquecido, desvariando por unos momentos.
—Sí, hay un error en alguna parte —repetí—, un error terrible. Ven y míralo.
Tengo una idea vaga de haber arrastrado a Kitty, de la muñeca, por el camino hasta donde aquello estaba, implorándole que, por piedad, le hablara, le dijera que ella y yo estábamos comprometidos, que ni la muerte ni el infierno podrían romper el nexo que nos unía, y sólo Kitty sabe cuántas expresiones más en la misma línea. Una y otra vez pedí apasionadamente al terror sentado en el carrito que comprobara todo lo que le había dicho, que me librara de una tortura que me estaba matando. Supongo que, mientras hablaba, debí contar a Kitty de mis relaciones con la señora Wessington, porque la vi escuchar atentamente, el rostro blanco y los ojos en llamas.
—Gracias, señor Pansay —dijo—, eso es más que suficiente. Syce ghora láo.

Los sirvientes, impasibles como lo están siempre los orientales, habían regresado con los caballos. Cuando Kitty montaba, así la rienda y rogué a mi amada que me oyera y perdonara. La respuesta fue una cortadura hecha con su látigo, que me cruzó el rostro de la boca al ojo, junto con una o dos palabras de adiós que, incluso ahora, me es imposible escribir. Por ello juzgo, y juzgo acertadamente, que Kitty lo sabía todo. Tambaleante, volví junto al carrito. Tenía el rostro cortado y sangrante; el golpe del látigo había producido un lívido cardenal. No tenía yo pundonor. Justo en ese momento Heatherlegh, quien debió estar siguiéndonos a cierta distancia, se acercó.

—Doctor —dije, señalando mi rostro—, he aquí la firma de la señorita Mannering en mi orden de baja y... le agradeceré que me pague ese lakh en cuanto le sea posible.
Incluso en la profunda infelicidad en que me veía, la expresión de Heatherlegh me movió a risa.
—Apuesto mi reputación profesional... —comenzó a decir.
—No sea tonto —susurré—. He perdido la felicidad de mi vida. Será mejor que me lleve a casa.

Mientras hablaba, el carrito desapareció. Entonces, perdí toda conciencia de lo que pasaba. La cima del Jakko pareció elevarse, girar como la cresta de una nube y caer sobre mí. Siete días más tarde (es decir, el 7 de mayo) tuve conciencia de encontrarme acostado en la habitación de Heatherlegh, tan débil como un niño. Heatherlegh me miraba fijamente tras los papeles puestos en su escritorio. Sus primeras palabras no fueron consoladoras, pero me encontraba demasiado agotado para que me sacudieran.

—La señorita Kitty le regresó sus cartas. Ustedes, los jóvenes, se escriben mucho. Hay aquí un paquete que parece contener un anillo, y una especie de nota jovial de papá Mannering, que me tomé la libertad de leer y quemar. El anciano caballero no está contento con usted.
—¿Y Kitty? —pregunté apagadamente.
—Bastante más conmovida que su padre, por lo que dice. Con base en esto, supongo que dejó escapar usted un cierto número de recuerdos peculiares justo antes de llegar yo. Dice que cuando un hombre se ha comportado con una mujer como usted con la señora Wessington, debería matarse de lástima por los de su especie. Esta conquista suya es un diablillo arrebatado. Afirma, además, que sufría usted delirium tremens cuando aquella trifulca en el camino del Jakko. Dice que prefiere morir antes que volverle a hablar.
Gruñí y me puse de espaldas.
—Tiene usted una salida, amigo mío. Es necesario romper este compromiso, y los Mannering no desean mostrarse muy severos con usted. ¿Qué produjo la ruptura, el delirium tremens o ataques de epilepsia? Siento no poder ofrecerle mejor opción, a menos que prefiera una locura hereditaria. Déme su consentimiento y les diré que se trata de epilepsia. Todo Simla sabe lo ocurrido en Ladies'Mile. Le doy cinco minutos para pensarlo.

Creo que durante esos cinco minutos exploré a fondo los círculos más bajos del infierno que le es permitido al hombre transitar en esta tierra. Al mismo tiempo, me veía andar a tientas por el oscuro laberinto de la duda, la aflicción y la desesperación total. Me preguntaba, como Heatherlegh, en su silla, hubiera podido preguntárselo, cuál de esas terribles alternativas adoptar. Al poco, me oí responder en una voz que apenas reconocí:

—Por estos lugares se muestran execrablemente puntillosos acerca de la moral. Ofrézcales los ataques, Heatherlegh, junto con mi cariño. Y ahora, permítame dormir un poco más.
Entonces se unieron mis dos yo, y fui tan sólo yo (el medio enloquecido, el poseído por el diablo) que me revolví en la cama, siguiendo paso a paso lo ocurrido en el último mes. "Pero estoy en Simla —me repetía sin cesar—. Yo, Jack Pansay, estoy en Simla, y en Simla no hay fantasmas. No tiene lógica que esa mujer insista en que los hay. ¿Por qué no pudo Agnes dejarme solo? Jamás le hice daño alguno. Bien pudo sucederme a mí en lugar de a ella. Sólo que yo nunca habría vuelto con el propósito de matarla. ¿Por qué no pueden dejarme solo, solo y feliz?" Era pleno mediodía cuando desperté; muy bajo en el cielo estaba el sol cuando me dormí como duerme en el potro del tormento un criminal torturado: demasiado agotado para sentir ya el dolor. Al día siguiente no pude levantarme. Heatherlegh me dijo por la mañana que había recibido respuesta del señor Mannering y que, gracias a sus buenos oficios (de él, Heatherlegh), la historia de mi desgracia se había dispersado a lo largo y a lo ancho de Simla, en donde todo el mundo sentía lástima por mí.

—Y es más de lo que se merece —concluyó con tono placentero—, aunque bien sabe el Señor que ha pasado usted por una prueba muy severa. No se preocupe usted, fenómeno perverso, que todavía lograremos curarlo.
Me negué firmemente a ser curado.
—Ha sido usted demasiado amable conmigo, viejo amigo —dije—, pero no creo que sea necesario molestarlo más.
En mi corazón sabía que nada de lo que Heatherlegh pudiera hacer aliviaría la carga puesta sobre mis hombros. Junto con ese convencimiento vino una sensación de desesperanza, de rebelión impotente ante la sinrazón del asunto. Había docenas de hombres tan malos como yo, a quienes el castigo les había sido reservado para el otro mundo; sentí que era amarga y cruelmente injusto que sólo a mí se me escogiera para destino tan espantoso. Al cabo de un tiempo aquel estado de ánimo dio lugar a otro, en el cual parecía que el carrito y yo fuéramos las únicas realidades en el mundo de sombras: que Kitty era un fantasma; que Mannering, Heatherlegh y los demás hombres y mujeres que conocía eran todos fantasmas; y las grandes y grises colinas sombras vanas, creadas para torturarme. Pasando de un humor a otro, por siete fatigantes días me revolví en todas direcciones; mi cuerpo se fortalecía cada día más, hasta que el espejo de la habitación me dijo que había vuelto yo a la vida cotidiana y era, de nuevo, como los otros hombres. Cosa bastante curiosa, mi rostro no mostraba señales de la lucha ocurrida. Estaba pálido, desde luego, pero tan falto de expresión y tan común y corriente como siempre. Esperaba ver alguna alteración permanente, alguna prueba visible de la enfermedad que me consumía. Nada hallé.

El 15 de mayo dejé la casa de Heatherlegh a las once de la mañana. Mi instinto de soltero me llevó al club. Descubrí que todos conocían mi historia en la versión de Heatherlegh, y se mostraron, con desmañadas maneras, desusadamente amables y atentos No obstante, comprendí que, el resto de mi vida natural, estaría entre ellos, pero no sería de ellos, y envidié con amargura suma a los risueños culies del Mall. Almorcé en el club y, a las cuatro, anduve sin propósito fijo por el Mall, con la vaga esperanza de tropezar con Kitty. Cerca del quiosco para la banda se me unieron las libreas en blanco y negro, y escuché a mi lado el consabido llamado de la señora Wessington. Lo venía esperando desde que salí, y lo único que me sorprendió fue cuánto tardó en presentarse. El carrito fantasma y yo caminamos en silencio, uno junto al otro, por el camino de Chota Simla. Cerca del bazar, Kitty y un hombre, a caballo, nos alcanzaron y dejaron atrás. Si me atengo a la actitud de ella, bien podría haber sido yo un perro de la calle. Ni siquiera me ofreció el cumplido de acelerar el paso, que en la lluviosa tarde habría sido una buena excusa.

Así, Kitty y su acompañante, tal como yo y mi fantasmal enamorada, dimos vuelta al Jakko en parejas. El camino fluía de agua, los pinos desbordaban como desagües sobre las rocas y el aire estaba lleno de una lluvia fina y violenta. Dos o tres veces me sorprendí diciéndome casi en voz alta: "Soy Jack Pansay, de permiso en Simla, en Simla. En la Simla de todos los días, en la Simla ordinaria. No debo olvidar esto, no debo olvidar esto." Entonces trataba de recordar algunas de las hablillas escuchadas en el club: los precios que fulano de tal pedía por sus caballos.., de hecho, cualquier cosa relacionada con el mundo anglo-indio cotidiano que tan bien conocía. Incluso me repetí con premura las tablas de multiplicar, para asegurarme de que no estaba perdiendo los sentidos. Me consoló mucho, e incluso debió impedirme por un tiempo escuchar a la señora Wessington. Una vez más subí lentamente la cuesta del convento y entré al camino recto. Aquí Kitty y el hombre tomaron el paso largo y quedé a solas con la señora Wessington. "Agnes", dije, "¿quieres bajar el toldo y explicarme de qué se trata?" La capota bajó silenciosamente y quedé cara a cara con mi fenecida y enterrada amante. Llevaba puesto el vestido en que la vi por última vez viva; en la mano derecha tenía el mismo pañuelo diminuto y, en la izquierda, el mismo tarjetero. (Una mujer muerta ocho meses antes ¡con un tarjetero!) Tuve que asirme a las tablas de multiplicar y sujetarme con ambas manos al parapeto de piedra del camino para asegurarme de que al menos todo eso era real.

—Agnes —repetí—, por el amor de Dios dime lo que significa todo esto.
La señora Wessington se inclinó hacia adelante, con ese gesto de la cabeza rápido y peculiar que tan bien le conocía, y habló.
Si mi relato no hubiera sobrepasado ya, tan locamente, los límites de toda credulidad humana, debería pedir disculpas en este momento. Como sé que nadie —ni siquiera Kitty, para quien lo escribo como una especie de justificación de mi conducta— me creerá, continuaré. La señora Wessington habló, y caminé con ella del camino de Sanjowlie hasta la desviación junto a la casa del general en jefe, tal como podría haber caminado al lado del carrito de cualquier mujer viva, hundido en profunda conversación. La segunda y más atormentadora de mis condiciones de enfermo se había apoderado súbitamente de mí y, como el príncipe en el poema de Tennyson, "parecía moverme en un mundo de fantasmas". En casa del general en jefe se había dado una reunión, y los dos nos unimos a la multitud que se encaminaba a sus casas. Al mirarlos, pensé que ellos eran las sombras —sombras impalpables, fantásticas—, que se apartaban para dejar pasar el carrito de la señora Wessington. No puedo —en realidad, no me atrevo a— contar lo que dijimos en el transcurso de aquella entrevista sobrenatural. Por todo comentario Heatherlegh habría reído brevemente y comentado que "estuve coqueteando con una quimera creada por el cerebro-ojo-estómago". Fue una experiencia espantosa y, sin embargo, de algún modo indefinible, maravillosamente apreciable. ¿Será posible, me pregunté, que vaya a cortejar en esta vida, una segunda vez, a la mujer que maté con mis descuidos y crueldades?

Tropecé con Kitty en el camino a casa: una sombra entre sombras.
Si describiera todos los incidentes de los quince días siguientes en el orden que ocurrieron, nunca terminaría mi relato y agotaría la paciencia de ustedes. Una mañana tras otra, un atardecer tras otro, el carrito fantasma y yo paseábamos juntos por todo Simla. Fuera adonde fuere, las cuatro libreas en negro y blanco me seguían, dándome compañía desde y hasta mi hotel. En el teatro, los encontraba en medio de la aullante multitud de jhampanies; en el porche del club tras una larga velada de whist; en el baile, esperando pacientemente mi salida; a plena luz del día cuando iba de visita. Excepto que no producía una sombra, el carrito era, en todos los sentidos, tan real de ver como uno de madera y hierro. De hecho más de una vez hube de contenerme para no advertir a un amigo lanzado al galope que estaba por chocar contra él. Más de una vez caminé Mall abajo en honda conversación con la señora Wessington, para indescriptible asombro de los transeúntes. Antes de que hubiera pasado una semana de mi regreso, supe que la teoría de los "ataques" había sido descartada en favor de una locura. Sin embargo, en nada cambié mi modo de vida. Fui de visita, paseé a caballo y cené fuera tan a menudo como antes. Tenía por la sociedad de mi clase una pasión como jamás la había sentido; ansiaba verme entre las realidades de la vida; al mismo tiempo, me sentía vagamente infeliz cuando por un lapso demasiado largo me veía separado de mi fantasmal compañía. Sería casi imposible describir los estados de ánimo variables por que pasé del 15 de mayo a la fecha.

La presencia del carrito me llenaba, por etapas, de horror, de miedo ciego, de una especie de placer apagado y de completa desesperación. No me atrevía a dejar Simla; sabía a la vez, que mi estancia allí me mataba. Sabía, además, que mi destino era morir lentamente, un poco cada día. Mi única obsesión era concluir con el castigo lo más calladamente posible. Alternadamente, anhelaba ver a Kitty, y con divertido interés observaba sus coqueteos desaforados con mi sucesor o, para hablar con mayor precisión, mis sucesores. Era tan ajena a mi vida como yo a la suya. De día vagaba con la señora Wessington, casi satisfecho. De noche, imploraba al cielo que me permitiera volver al mundo de antaño. Y por encima de esos estados de ánimo variables flotaba la sensación de un pasmo apagado y adormecedor porque lo visible y lo invisible se mezclaban de un modo tan extraño en este mundo para llevar a la tumba a una pobre alma. Agosto 27. Heatherlegh se ha mostrado infatigable en los cuidados que me presta; apenas ayer me dijo que debería solicitar un permiso por enfermedad. ¡Un permiso para escapar de la compañía de un fantasma! ¡Una petición para que el gobierno me permita graciosamente librarme de cinco fantasmas y de un carrito incorpóreo yéndome a Inglaterra! La propuesta de Heatherlegh me hizo caer en una risa casi histérica. Le dije que esperaría el fin tranquilamente en Simla, y estoy seguro de que ese fin no se encuentra muy lejano. Créanme, temo su llegada más de lo que pueda expresar palabra alguna, y noche a noche me torturo con mil especulaciones acerca de cómo moriré.

¿Moriré en mi cama decentemente, como corresponde a un caballero inglés? ¿Ocurrirá que en un último paseo por el Mall me arrancarán el alma, colocándola para siempre jamás al lado de ese fantasma espeluznante? En el otro mundo ¿volveré a la relación perdida o me uniré a Agnes odiándola, atado a ella por toda la eternidad? ¿Rondaremos ambos, por el escenario en donde transcurrieron nuestras vidas, hasta la terminación del tiempo? Según se acerca el día de mi muerte, crece en intensidad el horror profundo que toda carne viviente siente por todo espíritu escapado de la tumba. Es una cosa terrible hundirse rápidamente entre los muertos cuando apenas se ha completado una mitad de la vida. Mil veces más terrible es esperar, como yo lo hago en medio de ustedes, por no sé cuál terror inimaginable. Compadézcanme, aunque sólo sea en razón de mi "ilusión", pues bien sé que jamás creerán lo escrito aquí. Pero si alguna vez un hombre fue llevado a la muerte por los poderes de las tinieblas, ese hombre soy yo. Para, además, ser justos, compadézcanla. Porque tan seguro como alguna vez un hombre haya matado a una mujer, yo maté a la señora Wessington. Y la última parte de mi castigo comienza a caer sobre mí".

Rudyard Kipling