El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

sábado, 5 de septiembre de 2015

"Un Lugar Embrujado"

"Historia verdadera narrada por el sacristán de la iglesia de...

Les juro que empiezo a estar harto de contarles historias. ¿Qué se creen ustedes? Les doy mi palabra de que estoy aburrido. Me paso el día cuenta que te cuenta. ¡No hay manera de que le dejen a uno tranquilo! Bueno, voy a narrarles una historia más, pero será la última. Sí, ustedes han dicho que el hombre puede vencer al espíritu maligno. Mirándolo bien, es evidente que se dan en el mundo toda suerte de casos... No obstante, yo no diría eso. Si la fuerza diabólica quiere burlarse de uno, ya lo creo que lo conseguirá. Y si no vean lo que sucedió en mi familia: éramos en total cuatro hermanos. En aquella época yo no era más que un tontuelo. Sólo tenía once años; pero qué digo: aún no los había cumplido. Recuerdo como si fuera ayer que en una ocasión me puse a cuatro patas y empecé a ladrar como un perro; mi padre me gritó, moviendo la cabeza: «¡Ay, Fomá, Fomá! ¡Estás ya en edad de casarte y aún sigues haciendo el tonto como un potrillo!». Mi abuelo -que todo le vaya bien en el otro mundo - todavía vivía y gozaba de buena salud. A veces se le ocurría...

Pero ¿cómo quieren que les cuente nada en estas condiciones? Uno lleva ya una hora sacando brasas de la estufa para encender la pipa; otro no sé qué ha ido a hacer al granero. Pero ¿esto qué es? Aún podría entenderlo si les obligara a escucharme, pero son ustedes mismos los que me han pedido que les cuente una historia. ¡Si quieren escuchar, escuchen! A principios de la primavera mi padre se fue a Crimea a vender tabaco. No recuerdo si había equipado dos carros o tres. En aquella época el tabaco se pagaba caro. Llevó consigo a mi hermano de tres años, para que aprendiera desde pequeño el oficio de carretero. Nos quedamos mi abuelo, mi madre, un hermano, otro hermano y yo. El abuelo había sembrado melones hasta el borde mismo del camino y se había ido a vivir a una cabaña; nos había llevado con él para que espantáramos a los gorriones y las urracas que venían al melonar. No puede decirse que lo pasáramos mal. A veces comíamos en un solo día tantos pepinillos, melones, nabos, cebollas y guisantes que, a fe mía, parecía que en el estómago cacareaba un gallo. Además, sacábamos un buen beneficio. Pasaban muchas gentes por el camino y pocas se resistían a degustar un melón o una sandía. Y de las granjas vecinas traían pollos, huevos y pavos para intercambiar por productos de la huerta. Era una buena vida.

Lo que más le gustaba a mi abuelo era que cada día pasaban unos cincuenta carreteros con sus carros. Era gente que había visto mucho mundo. Cuando se ponían a contar, sólo había que abrir bien las orejas. Y mi abuelo acogía esas historias como un hambriento unas galushhas. A veces se encontraba con viejos conocidos -a quién no conocía mi abuelo-, y ya saben ustedes lo que pasa cuando varios viejos se reúnen: tararí, tarará, que si en esa época, que si en la otra, que si pasó esto, que si pasó lo otro... Los recuerdos se desbordaban. ¡Dios sabe hasta qué época se remontaban! Una vez -me acuerdo como si hubiera sucedido ayer-, el sol había empezado a ponerse; mi abuelo paseaba por el melonar y quitaba las hojas con las que cubría las sandías durante el día para protegerlas del sol.

-¡Mira, Ostap! -le dije a mi hermano-. ¡Por ahí van unos carreteros!
-¿Dónde? -dijo el abuelo, que acababa de hacer una señal en un gran melón para que los muchachos no se lo comieran.

Por el camino avanzaban seis carros. A la cabeza iba un carretero con el bigote ya ceniciento. Cuando llegó - cómo decirles- a unos diez pasos, se detuvo.

- ¡Hola, Maksim! ¡Mira dónde ha dispuesto Dios que nos encontremos!
El abuelo entornó los ojos.
- ¡Ah! ¡Hola, hola! ¿Qué te trae por aquí? ¿Está Boliachka contigo? ¡Hola, hola, hermano! ¡Pero diablos! ¡Si están todos! ¡Krutorischenko, Pecheritsa, Kovelek, Stetsko! ¡Hola! ja, ja, ja! jo, jo, jo! -y empezaron todos a besarse.

Desengancharon los bueyes y los dejaron pastar en la hierba. Los carros quedaron en el camino; los carreteros se sentaron en círculo delante de la cabaña y encendieron sus pipas. Pero no era ese momento para pipas. Mientras charlaban y contaban sus historias, apenas tuvieron tiempo de fumar una. Después del mediodía, mi abuelo ofreció melones a los invitados. Cada uno cogió un melón y lo limpió con su cuchillo (eran todos carreteros experimentados, habían visto mucho mundo, sabían incluso comer en sociedad; ni siquiera les habría importado sentarse a la mesa de un señor); una vez bien limpio, practicaron un agujero con el dedo, bebieron el zumo y empezaron a cortarlo en trozos y a llevárselo a la boca.

-Y bien, muchachos -dijo el abuelo-. ¿Qué hacéis ahí parados? ¡Bailad un poco, hijos de perra! ¿Dónde está tu caramillo? ¡Vamos, un baile cosaco! ¡Fomá, los puños en la cintura!¡Muy bien! ¡Así! ¡Jei! jop!

Yo era entonces un muchacho ágil. ¡Maldita vejez! Ahora ya no puedo moverme así; en lugar de trazar giros, mis pies sólo tropiezan. Mi abuelo estuvo un buen rato sentado con los carreteros, mirando cómo bailábamos. Noté que sus pies no paraban en su sitio; parecía como si alguien tirara de ellos.

-Apuesto a que el viejo va a salir a bailar, Fomá -me dijo Ostap.

¿Y qué creen ustedes? Apenas había tenido tiempo mi hermano de pronunciar esas palabras, cuando el viejo no pudo contenerse más. Quería presumir un poco delante de los carreteros, ¿entienden?

- ¡Mirad, hijos del diablo! ¿Ésa es manera de bailar? ¡Así es como se baila! -dijo, poniéndose en pie, extendiendo los brazos y taconeando.

Bueno, no había nada que decir: hay que reconocer que el viejo sabía bailar; incluso habría podido danzar con la mujer del hetman. Nos apartamos y el viejo se puso a dar vueltas por todo el terreno llano que bordeaba el bancal de los pepinos. No obstante, cuando había recorrido la mitad y se aprestaba a saltar y ejecutar una de sus vertiginosas piruetas, no pudo levantar los pies del suelo. ¡No había manera! ¡Vaya una cosa rara! Se lanzó de nuevo, llegó hasta la mitad del terreno, pero las piernas no le obedecían. No había nada que hacer: no le obedecían y punto. Parecía como si se hubieran vuelto de madera. «¡Mirad qué sitio diabólico! ¡Mirad qué prodigio de Satanás! ¡Tiene que ser cosa de ese Herodes, de ese enemigo del género humano!»

Bueno, ¡no iba a cubrirse de oprobio delante de todos los carreteros! Se lanzó de nuevo y empezó a dar unos pasos tan menudos y fulgurantes que daba gusto verlo; pero llegó a la mitad y se acabó. ¡No pudo seguir bailando, eso es todo!

- ¡Ah, maldito Satanás! ¡Ojalá te atragantes con un melón podrido! ¡Ojalá no hubieras llegado a la edad adulta, hijo de perra! ¡Hacerme pasar esta vergüenza a mi edad!

Y en efecto, alguien se rió a sus espaldas. El abuelo se volvió, pero no quedaba ni rastro del melonar ni de los carreteros; por delante, por detrás y a los lados se extendía un terreno llano.

- ¡Eh! Tss... ¡Ésta si que es buena!

Entornó los ojos para ver mejor; el lugar no le parecía del todo desconocido: a un lado había un bosque, detrás del cual despuntaba una vara que se internaba a gran altura en el cielo.¡Qué cosatan rara! ¡Si era el palomar que tenía el pope en el huerto! Al otro lado destacaba una extensión gris. La miró con mayor atención y advirtió que se trataba de la era del secretario provincial. ¡Adónde lo había llevado la fuerza impura! Tras deambular por el paraje, se topó con un sendero. No había luna; sólo se vislumbraba una mancha blanca detrás de las nubes. «Mañana hará mucho viento», pensó mi abuelo. De pronto, a un lado del
camino, vio una vela encendida sobre una tumba.

-¡Vaya! -el abuelo se detuvo, puso las manos en la cintura y examinó el lugar: la vela se apagó; un poco más lejos se encendió otra-. ¡Un tesoro! -gritó el abuelo-. ¡Apuesto lo que sea a que es un tesoro! -y ya se había escupido en las manos para empezar a cavar, cuando reparó en que no tenía pala ni azada-. ¡Ah, qué pena! Quién sabe si hubiera bastado con levantar el césped para encontrar el tesoro. Lo único que puedo hacer es señalar el lugar para no olvidarme.

Cogió una gran rama, arrancada por lo visto por el vendaval, la colocó sobre la tumba, en el lugar mismo donde lucía la vela, y siguió andando por el camino. Los jóvenes robles del bosque empezaron a ralear y de pronto apareció una cerca. «¡Y bien!», dijo el abuelo. «¿No había dicho que era la era del pope? ¡Aquí está su cerca! Ya queda menos de un kilómetro para el melonar.»

Llegó bastante tarde y ni siquiera quiso probar las galushhas. Despertó a mi hermano Ostap sólo para preguntarle si hacía mucho tiempo que se habían marchado los carreteros y se envolvió en su zamarra. Cuando mi hermano le preguntó:

-¿Dónde diablos te has metido, abuelo?
-No me lo preguntes -exclamó éste, arrebujándose aún más en su zamarra-. No me lo preguntes, Ostap, si no quieres que te salgan canas -y empezó a roncar con tanta fuerza que los gorriones que habían penetrado en el melonar levantaron el vuelo asustados. ¡Claro que no se había quedado dormido! Hay que decir que el abuelo era un animal muy astuto, que Dios lo tenga en su gloria, y sabía escabullirse de cualquier situación. A veces tenía unas salidas que no había más remedio que morderse los labios.

Al día siguiente, en cuanto empezó a oscurecer en los campos, mi abuelo se puso la casaca, se ajustó el cinturón, cogió una azada y una pala, se caló el gorro en la cabeza, se bebió una jarra de kvas, se secó los labios con el faldón y se dirigió derecho al huerto del pope. Dejó atrás la cerca y el pequeño robledal. Entre los árboles serpenteaba un camino que conducía a los campos. Se diría que el lugar era idéntico al de la noche anterior. Salió al campo; el paraje parecía el mismo: allí estaba el palomar, pero en cambio no se veía la era. «No, éste no es el lugar; debe de ser un poco más lejos; probablemente habrá que girar en dirección a la era.» Dio la vuelta y se internó por otro camino. ¡Ahora se veía la era, pero no el palomar! De nuevo se acercó al palomar y desapareció la era. En el campo, como a propósito, empezó a llover. Corrió de nuevo a la era, pero el palomar ya no estaba; fue hacia el palomar y desapareció la era.

- ¡Ojalá no llegues a ver a tus hijos, maldito Satanás! Empezó a llover a cántaros.

Mi abuelo se quitó las botas nuevas y las envolvió en un pañuelo para que la lluvia no las alabeara, y se puso a trotar como el caballo de un señor. Entró en la cabaña calado hasta los huesos, se cubrió con la pelliza y se puso a murmurar entre dientes, dedicando al diablo tales insultos como yo no había oído en mi vida. Reconozco que de haber sucedido la escena a la luz del día me habría ruborizado. Al día siguiente, cuando me desperté, vi que el abuelo, como si no hubiera sucedido nada, deambulaba por el melonar, cubriendo las sandías con hojas de bardana. Durante la comida el viejo estuvo un rato charlando y asustó a mi hermano pequeño con la amenaza de trocarlo por pollos en lugar de las sandías; después de la comida se fabricó él mismo un silbato de madera y estuvo tocando con él; y para que nos divirtiéramos nos dio un melón que se retorcía como una serpiente, al que llamaba melón turco. Ya no se ven melones así. Cierto que había recibido las semillas de muy lejos.

Al anochecer, después de cenar, mi abuelo cogió la azada y se fue a cavar un nuevo bancal para plantar calabazas tardías. Al pasar junto al lugar embrujado no pudo contenerse y murmuró entre dientes: «¡Maldito lugar!»; luego se llegó hasta el punto donde no había podido bailar dos días antes y, furioso, descargó un golpe con la azada. En ese momento surgió a su alrededor el mismo panorama que la otra vez: a un lado apareció el palomar, y al otro la era. «Vaya, he hecho bien en traer conmigo la azada. ¡Allí está el camino! ¡Allí está la tumba! ¡Allí está la rama que coloqué! ¡Allí arde la vela! Espero no confundirme.»

Corrió sin hacer ruido, manteniendo la azada levantada, como si quisiera dar la bienvenida a un cerdo que se hubiera introducido en el melonar, y se paró ante la tumba. La vela se apagó; sobre la tumba había una piedra devorada por la hierba. «¡Hay que levantar esa piedra!», pensó el abuelo, y se puso a cavar a su alrededor. ¡Era grande la maldita piedra! No obstante, tras apoyar con fuerza los pies en el suelo, la empujó a un lado de la tumba.«¡Huuu!», resonó por todo el valle. «¡Ya está! ¡Ahora irá todo más deprisa!»

A continuación mi abuelo se detuvo, sacó su tabaquera, vertió en el puño un poco de tabaco y ya se aprestaba a acercárselo a la nariz, cuando de pronto, por encima de su cabeza, se oyó un «achís». Alguien había estornudado con tanta fuerza que los árboles se balancearon y la cara de mi abuelo quedó toda salpicada.

- ¡Podías volverte del otro lado cuando tienes ganas de estornudar! -dijo mi abuelo, frotándose los ojos. Miró a su alrededor, pero no había nadie-. ¡No, por lo visto al diablo no le gusta el tabaco! -continuó, guardándose la tabaquera y cogiendo la azada-. ¡Qué tonto es! ¡Un tabaco como éste no lo han olido ni su padre ni su abuelo!

Empezó a cavar; la tierra estaba blanda y la azada se hundía en ella sin esfuerzo. De pronto algo tintineó. Apartó la tierra y vio una olla.

-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -gritó el abuelo, metiendo por debajo la azada.
-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -pió un ave, picoteando la olla.

Mi abuelo se apartó y soltó la azada.

-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -baló una cabeza de cordero desde lo alto de un árbol.
-¡Ah, ahí estabas, amigo mío! -rugió un oso, asomando el hocico detrás de un tronco.

Mi abuelo se estremeció.

- ¡Vaya! ¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra aquí! -dijo entre dientes.
- ¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra aquí! -pió el pico del ave.
- ¡Cualquiera se atreve a pronunciar una palabra! -baló la cabeza de cordero.
- ¡Cualquiera se atreve! -rugió el oso.
-¡Hum! -dijo asustado el abuelo.
-¡Hum! -pió el pico.
-¡Hum! -baló el cordero.
-¡Hum! -rugió el oso.

Lleno de temor, mi abuelo miró en torno suyo. ¡Dios mío, qué noche! Ni luna ni estrellas; a su alrededor sólo había barrancos; bajo sus pies se extendía un abismo sin fondo; sobre su cabeza colgaba una montaña que amenazaba con derrumbarse sobre él. El abuelo tuvo la impresión de que, detrás de ella, asomaba una cara. ¡Uf, menuda cara! La nariz como el fuelle de una herrería, con unos orificios nasales tan grandes que hubiera cabido un barreño de agua en cada uno de ellos; los labios, os lo juro, iguales a dos troncos; los ojos rojizos, salientes, miraban hacia arriba. Además, la cara sacaba la lengua y se burlaba.

-¡Vete al diablo! -exclamó el abuelo, dejando la olla-. ¡Quédate con tu tesoro! ¡Qué jeta tan abominable! -y ya estaba a punto de echarse a correr, cuando miró a su alrededor y vio que todo volvíaa ser como antes-. ¡Lo que quiere el espíritu impuro es asustarme!

De nuevo trató de sacar la olla, pero era demasiado pesada. ¿Qué hacer? ¡No iba a dejarla allí! Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el abuelo la agarró con las dos manos.

-¡Vamos, otro tirón! ¡Otro, otro! -y la sacó-. ¡Uf! ¡Ahora es momento de oler un poco de tabaco!

Cogió la tabaquera; pero antes de que tuviera tiempo de verter un poco de tabaco en la mano, miró atentamente a su alrededor para asegurarse de que no había nadie. En un principio pensó que estaba solo; pero de pronto le pareció ver que un tocón soplaba y jadeaba, que le salían orejas y unos ojos inyectados en sangre, que los orificios de la nariz se dilataban y la nariz se fruncía como si se dispusiera a estornudar. «No, no oleré tabaco», pensó mi abuelo, guardando la tabaquera-. «¡Ese Satanás volvería a llenarme los ojos de saliva!» Cogió la olla apresuradamente y echó a correr con todas sus fuerzas; pero sentía que por detrás alguien le rascaba las piernas con unas varillas... «¡Ay, ay, ay!», gritaba el abuelo, acelerando el paso;
sólo cuando llegó al huerto del pope se detuvo para recuperar el aliento.

«¿Dónde se habrá metido el abuelo?», pensábamos nosotros, que llevábamos tres horas esperándole. Hacía tiempo que nuestra madre había venido desde la granja con un puchero de galushkas calientes. ¡Y el abuelo seguía sin aparecer! Una vez más empezamos a cenar solos. Después de la cena, nuestra madre lavó el puchero y buscó con la vista un lugar en el que arrojar el agua sucia, pues alrededor sólo había bancales; de pronto vio un tonel que iba directamente a su encuentro. El cielo estaba bastante oscuro. Nuestra madre probablemente pensó que uno de los muchachos, para divertirse, se había ocultado detrás del tonel y lo
empujaba.

-¡Muy a propósito! ¡Voy a arrojar allí el agua sucia! -dijo, y vertió el agua hirviendo.
- ¡Ay! - gritó alguien con voz de bajo.

Miramos y era el abuelo. ¡Quién iba a imaginarlo! Os juro que pensábamos que se trataba de un tonel. Reconozco, aunque no sea muy piadoso, que nos pareció muy divertido ver la cabeza canosa del abuelo empapada de agua sucia y toda cubierta de mondas de melón y de sandía.

-¡Mira lo que has hecho, mujer del diablo! -dijo el abuelo, secándose la cabeza con el faldón de la casaca-. ¡Me ha escaldado como a un cerdo en Nochebuena! ¡Bueno, muchachos, ahora tendréis con qué compraros roscas de pan! ¡Llevaréis caftanes de oro, hijos de perra!¡Mirad, mirad lo que os traigo! -dijo el abuelo abriendo la olla.

¿Y qué creen ustedes que contenía? Bueno, por lo menos debía haber, si bien se piensa... ¿Qué? ¿Oro? Pues no, no había oro; el interior estaba repleto de basura, de porquerías... Da vergüenza decir lo que había allí. Mi abuelo escupió, arrojó la olla y fue a lavarse las manos. Ese día nos hizo prometerle que jamás creeríamos al diablo.

-¡Ni se os ocurra siquiera! -nos decía a menudo-. Todo lo que os diga ese hijo de perra, ese enemigo del señor Jesucristo, es mentira. ¡En ninguna de sus palabras hay un kopek de verdad!

Y en cuanto se enteraba de que en alguna parte las cosas no estaban tranquilas, nos gritaba:

-¡Vamos, muchachos, a santiguaros! ¡Así! ¡Así! ¡Muy bien! -y él mismo hacía la señal de la cruz. En cuanto al lugar embrujado, en el que no había podido bailar, lo cerró con una cerca y nos ordenó tirar allí los desperdicios, las malas hierbas y la basura que sacaba del melonar.

¡Así es cómo la fuerza impura se burla de los hombres! Conozco bien ese terreno. Después de ese suceso unos cosacos vecinos se lo alquilaron a mi padre para plantar melones. ¡Era una tierra estupenda y producía unas cosechas magníficas!; pero el lugar embrujado nunca dio nada bueno. Lo sembraban como es debido, pero brotaban unas plantas tan extrañas que no había manera de reconocerlas: sandías que no eran sandías, calabazas que no eran calabazas, pepinos que no eran pepinos... ¡El diablo sabe lo que era aquello!"

Nikolai Gogol

viernes, 4 de septiembre de 2015

"El Lobizón"

"Hoy tuvo lugar la autopsia. Como ustedes supondrán, he recobrado mi libertad. El informe médico es categórico: Diego murió de una lesión cardiaca en la noche del 20 al 21 de septiembre. También agrega que el ejercicio y la bebida despertaron la enfermedad ya latente en él.

Habíamos ido a remar al Tigre por la mañana, luego Diego pasó la tarde con Elvira y por la noche volvimos a reunirnos en su casa para comer. Elvira no pudo quedarse; me alegro por ella. De lo contrario se hubiera visto mezclada en esta absurda suposición de crimen.

Cuando íbamos a lo de Diego comíamos y bebíamos demasiado, y aquella noche con mayor razón, puesto que no había ninguna mujer. Por eso, al cabo de un rato, agotado el tema político, entramos en el terreno de los cuentos picarescos, y de ahí, ayudados por el alcohol, resbalamos a las confidencias. Eramos cuatro hombres jóvenes, despreocupados; no creíamos ni en Dios ni en el diablo; mucho menos en fantasmas y supersticiones. Yo pronuncié palabras tan irreverentes sobre las pueriles creencias de la humanidad que Diego, el más serio de todos, el mayor también, me interrumpió bruscamente:

-Si te hubiera ocurrido en la vida lo que me ocurrió a mí, quizá vacilaras antes de afirmar que solo existe lo que ven nuestros ojos.

E inmediatamente, sin esperar siquiera nuestras preguntas, nos contó lo que hoy transcribo, lo que todos olvidamos intencionalmente durante el interrogatorio por respeto a la memoria de nuestro amigo. Como me reservo el derecho de ocultar su apellido, ese secreto, que mis compañeros tampoco revelarán, ha sido sepultado con él. M e apresuro a decir que considero este relato como uno de los tantos casos de sugestión colectiva tan estudiada por la psicología actual. El lector podrá comprobarlo por sí mismo. Lo cierto es que su muerte y la investigación que la siguió (fui el último en retirarse de la casa de Diego, y su muerte, según los informes médicos, ocurrió a las tres de la madrugada, hora en que yo lo dejé creyéndolo dormido) han desequilibrado mi sistema nervioso. Dicen que la mejor manera de librarse de un obsesión es verterla sobre el papel. Quiero hacer la prueba. Después me iré al campo. Si, indudablemente, necesito una temporada de reposo.


Relato de Diego.
Mi infancia transcurría feliz en aquella casa del barrio de Flores, cuya fealdad pasaba inadvertida por su semejanza con las casas vecinas. Era una construcción de un solo piso, sencilla, vulgar, de la cual se desprendía todo el tedio de las familias burguesas que resuelven sin problemas espirituales.

Era un cubo simétrico, revocado de un color crema, casi ocre, detestable. Encima de las puertas y de las ventanas, rectángulos de mosaicos verdes aumentaban la fealdad de la última vivienda en la que fui dichoso. Había un patio al frente; un corredor que corría a lo largo de la casa lo unía con un patio del fondo. Siete casas iguales completaban la cuadra. El barrio había crecido, pero conservaba una trasplantada tristeza provinciana que se acentuaban los domingos. Ese día,, en nombre del descanso dominical, me prohibían toda actividad. Yo permanecía asomado a la ventana, mirando, entristeciéndome paulatinamente, la calle desierta, el verde oscuro y terroso de las plantas del patio y todas las gamas del color ocre declinando en los revoques groseros. Contaba los mosaicos que coronaban las puertas de las casas vecinas, las divisiones de cada mosaico: sumaba, restaba, no me detenía sino en cifras pares, y luego volvía a empezar indefinidamente. A veces el carrito rojo y verde del manisero ponía una nota de color en la monotonía de nuestra calle; yo, para retenerlo un rato más, corría a comprar cinco centavos de maní; quería respirar un olor distinto, preciso, ese olor a tostado, acogedor, del maní caliente (en casa había siempre olor a ropa recién planchada y a jabón amarillo) y luego lo miraba alejarse al son de la áspera corneta del manisero.

Me detengo en estos detalles porque su misma trivialidad me recuerda que en un tiempo fui niño sin importancia, igual a todos los niños. Me gustaban los días de sol y las noches de luna. Después -¿no lo han advertido ustedes?- en las noches de luna llena no me atrevo a cruzar el umbral de mi casa.

Eramos siete hermanos varones; yo era el menor. Cuando llegaban personas de visita me palmeaban amistosamente, exclamando: “¡Este es el ahijado del presidente!”.

Yo me enorgullecía; tenía en la cabecera de mi cama, junto a una imagen en colores de la Virgen de Luján, un retrato del presidente, en el cual rezaban estas palabras: “Para Diego…de su padrino”. La firma estampada al pie impedía dudar de la autenticidad de la dedicatoria. Aún creía que ser el séptimo hijo varón era un motivo de orgullo; mi madre, sin embargo, oponía ciertas resistencias al entusiasmo de los vecinos, y cuando le era posible eludía el tema. Era hija de un chacarero de Entre Ríos y la gente de esa región es supersticiosa.

Una tarde, a las pocas semanas de haber muerto mi abuelo, yo estaba ocupado en mi juego predilecto. Consistía en deslizarme sin ser visto bajo la mesa del comedor, y allí, al amparo de la amplia carpeta de felpa granate que la cubría, permanecía horas y horas, soñando que era un indio refugiado en su carpa, en esa carpa que nunca habían querido traerme los Reyes Magos. Yo tenía diez años; ya no creía en los Reyes, pero todavía me fascinaban las aventuras y continuaba gozando de mi carpa improvisada.

En una cabecera de la mesa mi madre colocaba su maquinita de coser; en la otra mi tía hacía un eterno solitario, moviendo de tanto en tanto, mientras luchaba con el deseo de hacerse trampa a sí misma, el dial de la radio colocada sobre el aparador. En mi familia, como en todas las familias modestas, el comedor era la mejor pieza de la casa y el lugar de reunión. Yo soportaba los chillidos de la radio pensando que era el viento que rugía entre las montañas. Pero no debo detenerme en estos detalles; sé que lo hago por cobardía, para demorar la confesión que hoy quiero hacerles.

Diego apuró su vaso de whisky y continuó, dando a sus palabras un ritmo nervioso, acelerado. Aquella tarde mi padre entró en el comedor como todos los días al regresar de la oficina. Besó a mi madre en la frente y luego dijo con ese acento categórico de amo que usan todos los empleados humildes dentro de su casa:

-Ya está todo resuelto; a principios de mes nos vamos a Entre Ríos.

El ruido de la máquina de coser de mi madre cesó bruscamente.

-¡No! –exclamó mi madre-. ¿Lo dices en serio? ¡No es posible!.
-¿Por qué no va a ser posible? Tus hermanos son unos incapaces y no me inspiran fe; quiero ir yo mismo a regir tu campo. Ya verás cómo lo hago rendir.
-Pero es una extensión muy chica –arguyó mi madre- . y si pierdes tu empelo, a la vuelta no encontraras otro. Recuerda que este te lo dio el padrino cuando bautizamos a Diego pero ahora las cosas no están fáciles para el partido.
-¿Y crees que voy a seguir pudriéndome en una oficina por cuatrocientos miserables pesos? Ni siquiera alcanzan para mantener a mi familia, y eso que nunca voy al café. Ya estoy harto de ahogar entre cuatro paredes los mejores años de mi vida.
-Pero antes era pero. El taller solo daba gastos…-Bueno; pediré licencia sin goce de sueldo y después veremos. Pero tengo confianza en el campo. El tuyo es alto, rico…
-La casa es casi un rancho…
-¿Acaso esto es un palacio?.

Entonces mi madre pronunció la frase decisiva, sorprendente. Resistiendo por primera vez a una orden del marido, exclamó:

-No, yo no me voy. No quiero irme… No puedo… por Diego.

¿Por mí? ¿Por qué podía ser yo un impedimento para ese viaje? ¡Si nadie tenía tantas ganas como yo de vivir en el campo! Quería correr el día entero al aire libre, como los chico ricos durante los meses de vacaciones.

-No puedo admitir que una leyenda entupida destruya nuestras vidas –rugió mi padre-. Sería completamente absurdo…
-Pero ¿de què se trata? –inquirió mi tía.
Mis padres parecieron titubear; por fin mi madre contestó:
-Diego es el menor de siete hermanos varones…
-¿y…?
-Tengo miedo –sollozó mi madre-, miedo de las noches de luna llena.

Hubo un silencio denso, cargado de respuestas y de interrogantes. Y yo, de pronto, recordé la única oportunidad en que mi madre ma había tratado con rudeza, casi con crueldad. Era, en efecto, una noche de luna llena. Hacía mucho calor; en los cuartos la atmósfera era irrespirable. Yo, sin sospechar que cometía una falta grave, salí al patio en procura del aire fresco que corría bajo el parral. De pronto vi aparecer a mi madre; estaba pálida, había en sus ojos una expresión de angustia, casi de terror.

-¿Qué haces ahí? –me preguntó con voz ahogada, sin acercarse.

Se apoderó de mí el miedo que emanaba de ella y escapé por la puerta de la cocina. Entonces oí un grito desolado; pensé que a mi madre le había ocurrido algo y volví junto a ella. La encontré abrumada en la mecedora de mimbre, llorando, la cara hundida entre las manos. Me acerqué a besarla; se estremeció como si la rozara un reptil.

-¡Vete –gritó-, vete, maldito!
La palabra no guardaba proporción con lo inofensivo de mi travesura.
-No te pongas así, mamá –supliqué-. Tenía calor, quise tomar aire. Si te desespera tanto, no lo haré más, te prometo que no lo haré más.

Mi madre alzó la cabeza, me miró largamente; luego pasó sus manos por mi cabello oscuro y espeso, por mis orejas grandes, muy separadas del rostro; por mis deformes dientes de chico que asomaban entre mis labios entreabiertos.

-Este pelo… estas orejas… estos dientes…-murmuró.

Me eché a reír.
-No es para tanto; a lo mejor, las chicas me encuentran buen mozo lo mismo.

Ella sonrió y entramos en la casa. Fiel a mi palabra, no volví a salir al patio por las noches. Pero ya en el comedor, mi padre había roto el silencio con estas enigmáticas palabras:

-Es por esa grotesca leyenda del lobizón.
Hubo otro silencio. Mi tía lo cortó:
-No deja de tener razón. En el campo la situación del chico podría ser difícil.
-En este mundo todo tiene remedio- sentenció mi padre.
-¿Cuál? –preguntaron a un tiempo mi madre y mi tía.
-Es muy sencillo. Como Mario está haciendo el servicio militar, todos creerán que tenemos seis hijos varones. Más adelante habrá tiempo de buscar otra solución. Podemos mandar a Diego a un colegio de Buenos Aires, por ejemplo.

En ese instante entraron dos de mis hermanos y la conversación cambió de rumbo. Yo había comprendido que un destino excepcional y poco envidiable pesaba sobre mí, pero ¿cuál?. No me atrevía a interrogar. Sabía que cualquier pregunta agravaría el pesar de mi madre, ya resignada a la obediencia. Los primeros meses que pasamos en Entre Ríos fueron tales como yo los había imaginado. El aire del campo borraba nuestras palideces de niños de suburbio, crecíamos todos alegres y robustos. Nuestra felicidad hubiera sido completa de no ser por las nubes que arrojaban sobre ella las preguntas de los vecinos:

-¿Así que son seis varones?¿No hubo ninguna mujer? De todas maneras es una linda familia.

La mano de mi madre temblaba sobre la máquina de coser. Pero si todas las dichas son inestables, ninguna lo es tanto como la que está basada sobre una mentira. Un día, inexorablemente, llegó Mario. Habían licenciado a los conscriptos por razones de economía, y él había corrido a juntarse con nosotros, sin suponer que su llegada trastornaría la alegría del hogar y me robaría para siempre la paz interior. Al principio no advertí diferencia en el trato de los amigos de la casa. Sin embargo, poco a poco los unos se alejaban, los otros se despedían en cuanto me veían aparecer. Cuando pasaba por las calles del pueblo, los chicos, de la mano, me seguían cantando: “Juguemos en el bosque que el lobo ya se fue…”. Yo apresuraba el paso, y a la vuelta le pedía a mi madre que me diese cualquier trabajo en el campo, pero que no me mandase al pueblo. Y en las noches de luna llena mi madre aseguraba desde temprano las trancas de las puertas y ventanas.

Una extraña nerviosidad empezaba a apoderarse de mí; sentía que se preparaba un acontecimiento terrible, que nada podría detener. A menudo, cuando estaba solo, murmuraba: “El lobizón… lobizón”, buscando el sentido de esa fatídica palabra.

Los niños, como las personas mayores, no tardan en informar a sus amigos de los acontecimientos desagradables que corren respecto a ellos. Una riña a propósito de un barrilete me trajo la aclaración deseada.

-Guardátelo- gritó mi compañero, más débil que yo, abandonando entre mis manos el pájaro de papel- guardátelo siguieres; total, a mí no me importa: soy un chico normal, puedo jugar con quien se me dé la gana. Y nunca más voy a jugar contigo, nunca, ¿sabes? A mi papá no le gusta que juegue con un lobizón.

Solté el barrilete. Me precipité sobre el niño, lo así con ambas manos por el cuello de la camisa y lo sacudí enloquecido, sin saber lo que hacía, gritando:

-¿Qué es un lobizón? ¿Qué es?… dímelo o te mato.
El chico callaba aterrorizado. Insistí persuasivo.
-Si me dices que es un lobizón te doy el barrilete… Mira, ahí está, es tuyo.
-Tú eres un lobizón… Tú.
-¿Por qué yo? ¿Por qué yo y no tú?
-Suéltame y te lo digo.
-No; no te suelto hasta que me hayas dicho qué es un lobizón.
-El séptimo hijo varón –respondió mi amigo- el que se convierte en lobo en las noches de luna.
-Pero yo no me convierto en lobo –protesté- ¿Cuándo me has visto convertido en lobo?
-Yo no te he visto, pero don prudencio dice que te vio y también doña María la curandera, y
-Mienten –grité desesperado- ¡Mienten! Mírame bien ¿tengo algo de lobo?
-No sé… el pelo tan oscuro… las orejas y los dientes tan grandes…

Pasé una mano temblorosa por mi cabello, efectivamente negro y áspero, como el pelo de un lobo; toqué mis orejas grandes, que de pronto me parecieron puntiagudas.

-Mienten –repetí, pero ya sin convicción.
-Es que tú mismo no lo sabes –argumentó mi amigo-; cuando vuelves a ser hombre, no recuerdas que has sido lobo.

Yo continuaba murmurando “mienten…”

-Ya ves que tus padres te hacían pasar por el sexto hijo… No querían que supiéramos que eras el sétimo… Por algo será.

Su lógica me abrumaba. Todo era verdad. Recordé el terror de mi madre al verme de noche en el patio y la conversación que había sorprendido, oculto bajo la mesa del comedor.

-Y desde que has llegado –insistió mi amigo, ya dueño del barrilete- anda un lobo por la región y ha comido muchas ovejas. En el puesto La Blanqueada han muerto cuatro. Y dicen que había huellas de lobo junto al arroyo del Gato.

Yo no quería oír más. Corrí hasta mi casa, sacudido por horribles sollozos; y al ver a mi madre junto al brocal del pozo, le tendí los brazos y caí a sus pies, exhausto. Mi madre me hizo acostar y dormir gran parte del día. Cuando me desperté era de noche. En el cielo brillaba una luna clara, redonda. A los lejos aullaba un lobo ¡Un lobo! Me levanté sin reflexionar, como hipnotizado. Hoy sé que era el resultado inevitable de las palabras oídas por la tarde, pero en ese momento era la víctima de una poderosa alucinación. Me asomé a la ventana; el aullido se repitió más preciso, más prolongado. Hoy sé que era un perro que aullaba junto a su amo agonizante. Pero aquella noche supe que era un lobo. Entonces, entregado a mi destino, no sé si crédulo o histérico, o acaso realmente lobo, me incliné sobre el alféizar y lacé un aullido lastimero. Dos de mis hermanos, que dormían en el mismo cuarto, despertaron sobresaltados.

-¿Qué haces? –preguntó Juan, levantándose para detenerme.
-No te muevas –murmuró Pedro-. No te muevas; es el lobizón.

La sombra de mi cabeza se dibujaba en el suelo; era la cabeza de un lobo. Mis uñas se clavaban como garras en la palma de mis manos; luego sentí que mis dedos se estiraban, perdían sus articulaciones. Me pareció que los dientes crecían afilados y me desfiguraban la boca, que el cabello me cubría la frente. Lancé otro aullido y salté por la ventana. Vi luz en el cuarto de mi madre, pero no me detuve. Eché a correr por el campo dormido bajo la luna culpable. A mis espaldas oí gritar: “¡El lobizón, el lobizón!... ¡Deténganlo!...”

Me encontraron medio muerto junto al puesto de La Blanqueada. Mis ropas de dormir estaban desgarradas por los cardos: me sangraban los labios y las palmas de las manos. Dicen que aquella noche un lobo se comió a una oveja, pero no fui yo… podría jurar que no fui yo… Aunque, en realidad, dicen que cuando el lobizón vuelve a ser hombre olvida que ha sido lobo… Pero yo nunca me hubiera olvidado… No, claro que no me hubiera olvidado.

Diego miró el cielo de verano, donde brillaba una luna redonda. Se llevó las manos a la cabeza, hundió los dedos en su cabello, se acarició las orejas. Luego agregó:

-Váyanse. Me ha hecho mal recordar esto… Es como si hubiera revivido aquella noche atroz.
Permanecimos callados, sin atrevernos a dar un paso.
-Váyanse –insistió Diego-. Quiero dormir.

Cerró los ojos. Yo fui el último en irse. No sé si permanecí junto a él por espíritu de compañerismo o por curiosidad. Una espuma sanguinolenta escapaba de su boca; pero eso lo vi después, en el recuerdo. Estaba fascinado por sus manos velludas, crispadas, rígidas sobre el brazo del sillón. Pensaba que estaban convirtiéndose en garras, pero no sabía -¿Cómo podía saberlo?- que eran las manos de un muerto".

Silvina Bullrich

jueves, 3 de septiembre de 2015

"El Mausoleo"

"Esto de las ambiciones humanas tiene mucho que observar. Cada uno pone la mira en algo que quizá al vecino le sería indiferente. Hay ambiciones generales; hay otras individuales, extrañas y de difícil justificación, si no supiésemos que todas son igualmente vanas.

A pocos seguramente les desvelará lo que fue objeto de las constantes ansias de un hombre, por otra parte sencillo y ajeno a la mundanal vanagloria. Don Probo Gutiérrez López, empleado subalterno, sólo lamentaba carecer de bienes de fortuna, porque desde niño había fantaseado que sus despojos esperasen el Juicio final encerrados en un mausoleo suntuoso, erigido en el cementerio de su ciudad natal, Repoblada.

Este cementerio, para el cual se han aprovechado terrenos baldíos que antes fueron estercoleras públicas, es uno de los ejemplares más desastrosos de lo antiestético y antipoético de las construcciones modernas, ya se consagren al reposo de la muerte, ya al tráfago de la vida. Una tapia blanca y maciza lo cerca, dando a su forma fastidiosa regularidad. Una capilla de estilo gótico de alcorza rompe únicamente la monotonía del cuadrilongo, proyectando en una esquina la pobreza de su endeble aguja. Dentro, los nichos, adosados a las paredes, enfilan sus anaqueles mezquinos, que sugieren la idea de muertos asfixiados en la estrechez. Las lápidas ostentan rótulos candorosos, y al abrigo de vidrios ovales, fotografías amarillentas, mechones de pelo lacio y ramos de siemprevivas. El arbolado nuevo, cipreses y sicómoros, no ha adquirido todavía el frondoso porte que tanto hermosea algunos camposantos modestos. Faltando el verdor, faltan pájaros, esas aves de canto vivaz y alegre que en tales lugares parecen adquirir sugestiva melancolía. Y así, el cementerio de Repoblada es realmente de una tristeza depresiva, aburriente y seca, que irrita en vez de conmover.

Pues con todo esto, Probo Gutiérrez anhelaba ocupar en el cementerio más feo del mundo un lugar de preferencia. Es de advertir que don Probo, no sé si por costumbre, por penitencia o por entretenimiento, era obligado acompañante de los cortejos fúnebres. Ninguno cruzaba las calles de la ciudad, a son de fagot y entre salmodias, que no llevase detrás al buen don Probo, con su raída levita y su sombrero anticuado. Y los socios del Recreo, donde Probo jugaba al tresillo, siempre que no se trataba de enterrar a alguien, le gastaban la broma de decirle que ni aun después de muerto quedaría franco de servicio, puesto que habría de figurar honrosamente en su entierro propio.

En sus diarias visitas al campo santo, seguía don Probo con inexplicable interés la construcción de cenotafios y panteones, la colocación de lápidas y rejas. Comenzaba a estar de moda este género de lujo, y los edículos neogriegos, románicos, góticos, al apiñarse, formaban el más incoherente revoltijo. Había columnas truncadas revestidas de hiedra; había cruces en que se enredaban campanillas; había pirámides coronadas por un busto; había, incluso estatuas o más bien monigotes, y el dorado de las verjas nuevas desafinaba al sol como desafinaba la blancura sacarina del recién esculpido alabastro italiano. Y don Probo sentía con más vehemencia el ansia de yacer, él también, bajo un suntuoso monumento... Era la sed de inmortalidad que a veces acomete a los seres más predestinados al olvido, los cuales buscan la supervivencia en un afecto, en un corazón, y, a falta de esto, en unas piedras amontonadas. Don Probo no tenía ni hondos cariños ni íntimas amistades; solterón sin relieve social ni sentimental, tímido y torpe con las mujeres, indiferentes a todos, cuando desapareciese de entre los vivos sería como brizna de paja un día de aire. Acaso esta consideración, siempre mortificadora para el amor propio del aniquilamiento absoluto, explique el sueño monumental de don Probo. El olvido es forma del no ser, y él, don Probo, quería perpetuarse en granito y en bronce, ya que no en hijo, en libro, en amor, en hecho alto e ilustre.

No le era fácil, por otra parte, inferir que su ilusión se realizase nunca. Atenido a mezquino sueldo, vivía estrechamente. No era lo bastante loco para esperar en la lotería. No se le conocía más familia que un hermano menor, un bala perdida, jugador y borracho, que rodaba no se sabe por dónde. Y el carácter enteramente ideal de su gran aspiración la elevaba, prestándola radiaciones y luces de belleza inaccesible.

Por la ley que dispone que siempre muramos de lo mismo que llenó nuestra vida, fue en una excursión al cementerio donde Gutiérrez López contrajo la enfermedad que no perdona.

Corría diciembre; el frío acuchillaba, la pulmonía vino pegando; en la casa de huéspedes no se extremó el cuidado en la asistencia..., y, por caso inaudito, pudo notarse que don Probo no seguía a pie un entierro y que, contra su costumbre, desempeñaba en una ceremonia el principal papel.

El mismo origen de la pulmonía traidora impidió que don Probo llevase numeroso acompañamiento y que los pocos del séquito llegasen al campo santo. Los acompañados por él estaban en la imposibilidad de devolverle la atención, y los vivientes se retrajeron al saber que, camino del cementerio, se ganaba la muerte. El día era horrible, lluvioso, glacial, tormentoso, con rachas huracanadas; el suelo, un mar de fango, y los caballos del coche fúnebre, con los cascos, chapoteaban y salpicaban agua cenagosa. Y allá fue, casi solitario, el constante acompañador.

El hermano perdulario había dicho por telégrafo que se enterrase a don Probo con toda decencia; pero, temerosos de un chasco desagradable, los compañeros de oficina no se atrevieron con la primera clase, y se dispuso la segunda, un ataúd sencillo, un nicho sin lápida de mármol -lo indispensable y estricto-. Al mismo tiempo que a don Probo, condujeron a su última morada a cierto usurero, detestado por la gente pobre, y a quien su viuda, más avara que él, dispuso un entierro exactamente igual al de don Probo en el nicho contiguo. Para resistir la temperatura y la humedad, albañiles y sepultureros se previnieron con buena ración de caña; sorprendidos por el rápido anochecer invernal, confundieron los féretros, y en el nicho destinado al logrero depositaron el cuerpo de Gutiérrez López.

Seis meses después llegaba a la ciudad el hermano tronera, el garbanzo negro. La antojadiza suerte le había sonreído, y se presentó con boato, desempedrando calles, en su automóvil, y anunciando la resolución de erigir en el cementerio de Repoblada un panteón de familia, a todo coste. Quizá era este deseo de honores póstumos una propensión característica de la casta. Ello es que el jugador soñaba lo mismo que el formal y metódico, y se traía los planos, el presupuesto, el arquitecto, hasta operarios de Italia. Tratábase de un monumento original, destinado a chafar a los restantes, en que se mezclaban los jaspes de color, las serpentinas, los vidrios polícromos, hasta la cerámica, para una creación modernista sorprendente, donde se agotaba el tema de los letreros en asirio, la amapola somnífera, los cipreses formando procesión de obeliscos, los girasoles, emblema de inmortalidad, y los lotos, emblema del sueño y del nirvana. Hubo quien censuró tal maravilla, y hasta la puso en solfa; hubo quien se extasió, y quien se escandalizó de que el mausoleo careciese de emblemas religiosos, y después de acalorada polémica en la prensa local, la autoridad competente ordenó que aquel jeroglífico rematase en una cruz.

Ya terminado, sin faltarle requisito vino el fundador e hizo trasladar a él solemnemente el cuerpo... del usurero, que ocupaba el nicho destinado a don Probo; mientras los restos de éste -frustrado allende la tumba en su perenne anhelo-, continuaron disolviéndose olvidados en humilde nicho".

Emilia Pardo Bazán

miércoles, 2 de septiembre de 2015

"Un Descenso al Maelström"

"Los caminos de Dios en la naturaleza y en la
providencia no son como nuestros caminos; y nuestras
obras no pueden compararse en modo alguno con la
vastedad, la profundidad y la inescrutabilidad de Sus
obras, que contienen en sí mismas una profundidad
mayor que la del pozo de Demócrito.
Joseph Glanvill.

Habíamos alcanzado la cumbre del despeñadero más elevado. Durante algunos minutos, el anciano pareció demasiado fatigado para hablar.

—Hasta no hace mucho tiempo —dijo, por fin— podría haberlo guiado en este ascenso tan bien como el más joven de mis hijos. Pero, hace unos tres años, me ocurrió algo que jamás le ha ocurrido a otro mortal... o, por lo menos, a alguien que haya alcanzado a sobrevivir para contarlo; y las seis horas de terror mortal que soporté me han destrozado el cuerpo y el alma. Usted ha de creerme muy viejo, pero no lo soy. Bastó algo menos de un día para que estos cabellos, negros como el azabache, se volvieran blancos; debilitáronse mis miembros, y tan frágiles quedaron mis nervios, que tiemblo al menor esfuerzo y me asusto de una sombra. ¿Creerá usted que apenas puedo mirar desde este pequeño acantilado sin sentir vértigo?

El «pequeño acantilado», a cuyo borde se había tendido a descansar con tanta negligencia que la parte más pesada de su cuerpo sobresalía del mismo, mientras se cuidaba de una caída apoyando el codo en la resbalosa arista del borde; el «pequeño acantilado», digo, alzábase formando un precipicio de negra roca reluciente, de mil quinientos o mil seiscientos pies, sobre la multitud de despeñaderos situados más abajo. Nada hubiera podido inducirme a tomar posición a menos de seis yardas de aquel borde. A decir verdad, tanto me impresionó la peligrosa postura de mi compañero que caí en tierra cuan largo era, me aferré a los arbustos que me rodeaban y no me atreví siquiera a mirar hacia el cielo, mientras luchaba por rechazar la idea de que la furia de los vientos amenazaba sacudir los cimientos de aquella montaña. Pasó largo rato antes de que pudiera reunir coraje suficiente para sentarme y mirar a la distancia.

—Debe usted curarse de esas fantasías —dijo el guía—, ya que lo he traído para que tenga desde aquí la mejor vista del lugar donde ocurrió el episodio que mencioné antes... y para contarle toda la historia con su escenario presente.

Nos hallamos —agregó, con la manera minuciosa que distinguía—, nos hallamos muy cerca de la costa de Noruega, a los sesenta y ocho grados de latitud, en la gran provincia de Nordland, y en el distrito de Lodofen. La montaña cuya cima acabamos de escalar es Helseggen, la Nebulosa. Enderécese usted un poco... sujetándose a matas si se siente mareado... ¡Así! Mire ahora, más allá de la cintura de vapor que hay debajo de nosotros, hacia el mar.

Miré, lleno de vértigo, y descubrí una vasta extensión oceánica, cuyas aguas tenían un color tan parecido a la tinta que me recordaron la descripción que hace el geógrafo nubio del Mare Tenebrarum. Ninguna imaginación humana podría concebir panorama más lamentablemente desolado. A derecha e izquierda, y hasta donde podía alcanzar la mirada, se tendían, como murallas del mundo, cadenas de acantilados horriblemente negros y colgantes, cuyo lúgubre aspecto veíase reforzado por la resaca, que rompía contra ellos su blanca y lívida cresta, aullando y rugiendo eternamente. Opuesta al promontorio sobre cuya cima nos hallábamos, y a unas cinco o seis millas dentro del mar, advertíase una pequeña isla de aspecto desértico; quizá sea más adecuado decir que su posición se adivinaba gracias a las salvajes rompientes que la envolvían. Unas dos millas más cerca alzábase otra isla más pequeña, horriblemente escarpada y estéril, rodeada en varias partes por amontonamientos de oscuras rocas.

En el espacio comprendido entre la mayor de las islas y la costa, el océano presentaba un aspecto completamente fuera de lo común. En aquel momento soplaba un viento tan fuerte en dirección a tierra, que un bergantín que navegaba mar afuera se mantenía a la capa con dos rizos, en la vela mayor, mientras la quilla se hundía a cada momento hasta perderse de vista; no obstante, el espacio a que he aludido no mostraba nada que semejara un oleaje embravecido, sino tan sólo un breve, rápido y furioso embate del agua en todas direcciones, tanto frente al viento como hacia otros lados. Tampoco se advertía espuma, salvo en la proximidad inmediata de las rocas.

—La isla más alejada —continuó el anciano— es la que los noruegos llaman Vurrgh. La que se halla a mitad de camino es Moskoe. A una milla al norte verá la de Ambaaren. Más allá se encuentran Islesen, Hotholm, Keildhelm, Suarven y Buckholm. Aún más allá —entre Moskoe y Vurrgh— están Otterholm, Flimen, Sandflesen y Stockholm. Tales son los verdaderos nombres de estos sitios; pero... ¿qué necesidad había de darles nombres? No lo sé, y supongo que usted tampoco... ¿Oye alguna cosa? ¿Nota algún cambio en el agua?

Llevábamos ya unos diez minutos en lo alto del Helseggen, al cual habíamos ascendido viniendo desde el interior de Lofoden, de modo que no habíamos visto ni una sola vez el mar hasta que se presentó de golpe al arribar a la cima. Mientras el anciano me hablaba, percibí un sonido potente y que crecía por momentos, algo como el mugir de un enorme rebaño de búfalos en una pradera americana; y en el mismo momento reparé en que el estado del océano a nuestros pies, que correspondía a lo que los marinos llaman picado, se estaba transformando rápidamente en una corriente orientada hacía el este. Mientras la seguía mirando, aquella corriente adquirió una velocidad monstruosa. A cada instante su rapidez y su desatada impetuosidad iban en aumento. Cinco minutos después, todo el mar hasta Vurrgh hervía de cólera incontrolable, pero donde esa rabia alcanzaba su ápice era entre Moskoe y la costa. Allí, la vasta superficie del agua se abría y trazaba en mil canales antagónicos, reventaba bruscamente en una convulsión frenética —encrespándose, hirviendo, silbando— y giraba en gigantescos e innumerables vórtices, y todo aquello se atorbellinaba y corría hacia el este con una rapidez que el agua no adquiere en ninguna otra parte, como no sea el caer en un precipicio.

En pocos minutos más, una nueva y radical alteración apareció en escena. La superficie del agua se fue nivelando un tanto y los remolinos desaparecieron uno tras otro, mientras prodigiosas fajas de espuma surgían allí donde antes no había nada. A la larga, y luego de dispersarse a una gran distancia, aquellas fajas se combinaron unas con otras y adquirieron el movimiento giratorio de los desaparecidos remolinos, como si constituyeran el germen de otro más vasto. De pronto, instantáneamente, todo asumió una realidad clara y definida, formando un círculo cuyo diámetro pasaba de una milla.

El borde del remolino estaba representado por una ancha faja de resplandeciente espuma; pero ni la menor partícula de ésta resbalaba al interior del espantoso embudo, cuyo tubo, hasta donde la mirada alcanzaba a medirlo, era una pulida, brillante y tenebrosa pared de agua, inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados con relación al horizonte, y que giraba y giraba vertiginosamente, con un movimiento oscilante y tumultuoso, produciendo un fragor horrible, entre rugido y clamoreo, que ni siquiera la enorme catarata del Niágara lanza al espacio en su tremenda caída. La montaña temblaba desde sus cimientos y oscilaban las rocas. Me dejé caer boca abajo, aferrándome a los ralos matorrales en el paroxismo de mi agitación nerviosa. Por fin, pude decir a mi compañero:

—¡Esto no puede ser más que el enorme remolino del Maelström!
—Así suelen llamarlo —repuso el viejo—. Nosotros los noruegos le llamamos el Moskoe-Ström, a causa de la isla Moskoe.

Las descripciones ordinarias de aquel vórtice no me habían preparado en absoluto para lo que acababa de ver. La de Jonas Ramus, quizá la más detallada, no puede dar la menor noción de la magnificencia o el horror de aquella escena, ni tampoco la perturbadora sensación de novedad que confunde al espectador. No sé bien en qué punto de vista estuvo situado el escritor aludido, ni en qué momento; pero no pudo ser en la cima del Helseggen, ni durante una tormenta. He aquí algunos pasajes de su descripción que merecen, sin embargo, citarse por los detalles que contienen, aunque resulten sumamente débiles para comunicar una impresión de aquel espectáculo: «Entre Lofoden y Moskoe —dice—, la profundidad del agua varía entre treinta y seis y cuarenta brazas; pero del otro lado, en dirección a Ver (Vurrgh), la profundidad disminuye al punto de no permitir el paso de un navío sin el riesgo de que encalle en las rocas, cosa posible aun en plena bonanza. Durante la pleamar, las corrientes se mueven entre Lofoden y Moskoe con turbulenta rapidez, al punto de que el rugido de su impetuoso reflujo hacia el mar apenas podría ser igualado por el de las más sonoras y espantosas cataratas. El sonido se escucha a muchas leguas, y los vórtices o abismos son de tal tamaño y profundidad que si un navío es atraído por ellos se ve tragado irremisiblemente y arrastrado a la profundidad, donde se hace pedazos contra las rocas; cuando el agua se sosiega, los pedazos del buque asoman a la superficie. Pero los intervalos de tranquilidad se producen solamente en los momentos del cambio de la marea y con buen tiempo; apenas duran un cuarto de hora antes de que recomience gradualmente su violencia. Cuando la corriente es más turbulenta y una tempestad acrecienta su furia resulta peligroso acercarse a menos de una milla noruega. Botes, yates y navíos han sido tragados por no tomar esa precaución contra su fuerza atractiva.

Ocurre asimismo con frecuencia qué las ballenas se aproximan demasiado a la corriente y son dominadas por su violencia; imposible resulta entonces describir sus clamores y mugidos mientras luchan inútilmente por escapar. Cierta vez, un oso que trataba de nadar de Lofoden a Moskoe fue atrapado por la corriente y arrastrado a la profundidad, mientras rugía tan terriblemente que se le escuchaba desde la costa. Grandes cantidades de troncos de abetos y pinos, absorbidos por la corriente, vuelven a la superficie rotos y retorcidos a un punto tal que no pasan de ser un montón de astillas. Esto muestra claramente que el fondo consiste en rocas aguzadas contra las cuales son arrastrados y frotados los troncos. Dicha corriente se regula por el flujo y reflujo marino, que se suceden constantemente cada seis horas. En el año 1645, en la mañana del domingo de sexagésima, la furia de la corriente fue tan espantosa que las piedras de las casas de la costa se desplomaban.

Por lo que se refiere a la profundidad del agua, no me explico cómo pudo ser verificada en la vecindad inmediata del vórtice. Las «cuarenta brazas» tienen que referirse, indudablemente, a las porciones del canal linderas con la costa, sea de Moskoe o de Lofoden. La profundidad en el centro del Moskoe-Ström debe ser inconmensurablemente grande, y la mejor prueba de ello la da la más ligera mirada que se proyecte al abismo del remolino desde la cima del Helseggen. Mientras encaramado en esta cumbre contemplaba el rugiente Flegetón allá abajo, no pude impedirme sonreír de la simplicidad con que el honrado Jonas Ramus consigna —como algo difícil de creer — las anécdotas sobre ballenas y osos, cuando rescata evidente que los más grandes buques actuales, sometidos a la influencia de aquella mortal atracción, serían el equivalente de una pluma frente al huracán y desaparecerían instantáneamente.

Las tentativas de explicar el fenómeno —que, en parte, según recuerda, me habían parecido suficientemente plausibles a la lectura— presentaban ahora un carácter muy distinto e insatisfactorio. La idea predominante consistía en que el vórtice, al igual que otros tres más pequeños situados entre las islas Ferroe, «no tiene otra causa que la colisión de las olas, que se alzan y rompen, en el flujo y reflujo, contra un arrecife de rocas y bancos de arena, el cual encierra las aguas al punto que éstas se precipitan como una catarata; así, cuanto más alta sea la marea, más profunda será la caída, y el resultado es un remolino o vórtice, cuyo prodigioso poder de succión es suficientemente conocido por experimentos hechos en menor escalan. Tales son los términos con que se expresa la Encyclopedia Britannica. Kircher y otros imaginan que en el centro del canal del Maelström hay un abismo que penetra en el globo terrestre y que vuelve a salir en alguna región remota (una de las hipótesis nombra concretamente el golfo de Botnial).

Esta opinión, bastante gratuita en sí misma fue la que mi imaginación aceptó con mayor prontitud una vez que hube contemplado la escena. Pero al mencionarla a mi guía me sorprendió oírle decir que, si bien casi todos los noruegos compartían ese punto de vista, él no lo aceptaba. En cuanto a la hipótesis precedente, confesó su incapacidad para comprenderla, y yo le di la razón, pues, aunque sobre el papel pareciera concluyente, resultaba por completo ininteligible e incluso absurda frente al tronar de aquel abismo.

—Ya ha podido ver muy bien el remolino —dijo el anciano—, y si nos colocamos ahora detrás de esa roca al socaire, para que no nos moleste el ruido del agua, le contaré un relato que lo convencerá de que conozco alguna cosa sobre el Moskoe-ström.
Me ubiqué como lo deseaba y comenzó:

—Mis dos hermanos y yo éramos dueños de un queche aparejado como una goleta, de unas setenta toneladas, con el cual pescábamos entre las islas situadas más allá de Moskoe y casi hasta Vurrgh. Aprovechando las oportunidades, siempre hay buena pesca en el mar durante las mareas bravas, si se tiene el coraje de enfrentarlas; de todos los habitantes de la costa de Lofoden, nosotros tres éramos los únicos que navegábamos regularmente en la región de las islas. Las zonas usuales de pesca se hallan mucho más al sur. Allí se puede pescar a cualquier hora, sin demasiado riesgo, y por eso son lugares preferidos. Pero los sitios escogidos que pueden encontrarse aquí, entre las rocas no sólo ofrecen la variedad más grande, sino una abundancia mucho mayor, de modo que con frecuencia pescábamos en un solo día lo que otros más tímidos conseguían apenas en una semana. La verdad es que hacíamos de esto un lance temerario, cambiando el exceso de trabajo por el riesgo de la vida, y sustituyendo capital por coraje.

Fondeábamos el queche en una caleta, a unas cinco millas al norte de esta costa, y cuando el tiempo estaba bueno, acostumbrábamos aprovechar los quince minutos de tranquilidad de las aguas para atravesar el canal principal de Moskoe-Ström, mucho más arriba del remolino, y anclar luego en cualquier parte cerca de Otterham o Sandflesen, donde las mareas no son tan violentas. Nos quedábamos allí hasta que faltaba poco para un nuevo intervalo de calma, en que poníamos proa en dirección a nuestro puerto. Jamás iniciábamos una expedición de este género sin tener un buen viento de lado tanto para la ida como para el retorno —un viento del que estuviéramos seguros que no nos abandonaría a la vuelta—, y era raro que nuestros cálculos erraran.

Dos veces, en seis años, nos vimos precisados a pasar la noche al ancla a causa de una calma chicha, lo cual es cosa muy rara en estos parajes; y una vez tuvimos que quedarnos cerca de una semana donde estábamos, muriéndonos de inanición, por culpa de una borrasca que se desató poco después de nuestro arribo, y que embraveció el canal en tal forma que era imposible pensar en cruzarlo. En esta ocasión hubiéramos podido ser llevados mar afuera a pesar de nuestros esfuerzos (pues los remolinos nos hacían girar tan violentamente que, al final, largamos el ancla y la dejamos que arrastrara), si no hubiera pido que terminamos entrando en una de esas innumerables corrientes antagónicas que hoy están allí y mañana desaparecen, la cual nos arrastró hasta el refugio de Flimen, donde, por suerte, pudimos detenernos.

No podría contarle ni la vigésima parte de las dificultades que encontrábamos en nuestro campo de pesca —que es mal sitio para navegar aun con buen tiempo—, pero siempre nos arreglamos para burlar el desafío del Moskoe-Ström sin accidentes, aunque muchas veces tuve el corazón en la boca cuando nos atrasábamos o nos adelantábamos en un minuto al momento de calma. En ocasiones, el viento no era tan fuerte como habíamos pensado al zarpar y el queche recorría una distancia menor de lo que deseábamos, sin que pudiéramos gobernarlo a causa de la correntada. Mi hermano mayor tenía un hijo de dieciocho años y yo dos robustos mozalbetes. Todos ellos nos hubieran sido de gran ayuda en esas ocasiones, ya fuera apoyando la marcha con los remos, o pescando; pero, aunque estábamos personalmente dispuestos a correr el riesgo, nonos sentíamos con ánimo de exponer a los jóvenes, pues verdaderamente había un peligro horrible, ésa es la pura verdad.

Pronto se cumplirán tres años desde que ocurrió lo que voy a contarle. Era el 10 de julio de 18 ...,día que las gentes de esta región no olvidarán jamás, porque en él se levantó uno de los huracanes más terribles que hayan caído jamás del cielo. Y, sin embargo, durante toda la mañana, y hasta bien entrada la tarde, había soplado una suave brisa del sudoeste, mientras brillaba el sol, y los más avezados marinos no hubieran podido preverlo que iba a pasar.

Los tres —mis dos hermanos y yo— cruzamos hacia las islas a las dos de la tarde y no tardamos en llenar el queche con una excelente pesca que, como pudimos observar, era más abundante ese día que en ninguna ocasión anterior. A las siete —por mi reloj— levamos anclas y zarpamos, a fin de atravesar lo peor del Ström en el momento de la calma, que según sabíamos iba a producirse a las ocho.

Partimos con una buena brisa de estribor y al principio navegamos velozmente y sin pensar en el peligro, pues no teníamos el menor motivo para sospechar que existiera. Pero, de pronto, sentimos que se nos oponía un viento procedente de Helseggen. Esto era muy insólito; jamás nos había ocurrido antes, y yo empecé a sentirme intranquilo, sin saber exactamente por qué. Enfilamos la barca contra el viento, pero los remansos no nos dejaban avanzar, e iba a proponer que volviéramos al punto donde habíamos estado anclados cuando, al mirar hacia popa vimos que todo el horizonte estaba cubierto por una extraña nube del color del cobre que se levantaba con la más asombrosa rapidez.

Entretanto, la brisa que nos había impulsado acababa de amainar por completo y estábamos en una calma total, derivando hacia todos los rumbos. Pero esto no duró bastante como para darnos tiempo a reflexionar. En menos de un minuto nos cayó encima la tormenta, y en menos de dos el cielo quedó cubierto por completo; con esto, y con la espuma de las olas que nos envolvía, todo se puso tan oscuro que no podíamos vernos unos a otros en la cubierta.

Sería una locura tratar de describir el huracán que siguió. Los más viejos marinos de Noruega jamás conocieron nada parecido. Habíamos soltado todo el trapo antes de que el viento nos alcanzara; pero, a su primer embate, los dos mástiles volaron por la borda como si los hubiesen aserrado..., y uno de los palos se llevó consigo a mi hermano mayor, que se había atado para mayor seguridad. Nuestra embarcación se convirtió en la más liviana pluma que jamás flotó en el agua. El queche tenía un puente totalmente cerrado, con sólo una pequeña escotilla cerca de proa, que acostumbrábamos cerrar y asegurar cuando íbamos a cruzar el Ström, por precaución contra el mar picado. De no haber sido por esta circunstancia, hubiéramos zozobrado instantáneamente, pues durante un momento quedamos sumergidos por completo. Cómo escapó a la muerte mi hermano mayor no puedo decirlo, pues jamás se me presentó la oportunidad de averiguarlo. Por mi parte, tan pronto hube soltado el trinquete, me tiré boca abajo en el puente, con los pies contra la estrecha borda de proa y las manos aferrando una armella próxima al pie del palo mayor. El instinto me indujo a obrar así, y fue, indudablemente, lo mejor que podía haber hecho; la verdad es que estaba demasiado aturdido para pensar.

Durante algunos momentos, como he dicho, quedamos completamente inundadas, mientras yo contenía la respiración y me aferraba a la armella. Cuando no pude resistir más, me enderecé sobre las rodillas, sosteniéndome siempre con las manos, y pude así asomar la cabeza. Pronto nuestra pequeña embarcación dio una sacudida, como hace un perro al salir del agua, y con eso se libró en cierta medida de las olas que la tapaban. Por entonces estaba tratando yo de sobreponerme al aturdimiento que me dominaba, recobrar los sentidos para decidir lo que tenía que hacer, cuando sentí que alguien me aferraba del brazo. Era mi hermano mayor, y mi corazón saltó de júbilo, pues estaba seguro de que el mar lo había arrebatado. Mas esa alegría no tardó en transformarse en horror, pues mi hermano acercó la boca a mi oreja, mientras gritaba: ¡Moskoe-ström!

Nadie puede imaginar mis sentimientos en aquel instante. Me estremecí de la cabeza a los pies, como si sufriera un violento ataque de calentura. Demasiado bien sabía lo que mi hermano me estaba diciendo con esa simple palabra y lo que quería darme a entender: Con el viento que nos arrastraba, nuestra proa apuntaba hacia el remolino del Ström... ¡y nada podía salvarnos!

Se imaginará usted que, al cruzar el canal del Ström, lo hacíamos siempre mucho más arriba del remolino, incluso con tiempo bonancible, y debíamos esperar y observar cuidadosamente el momento de calma. Pero ahora estábamos navegando directamente hacia el vórtice, envueltos en el más terrible huracán. 'Probablemente —pensé— llegaremos allí en un momento de la calma... y eso nos da una esperanza. Pero, un segundo después, me maldije por ser tan loco como para pensar en esperanza alguna. Sabía muy bien que estábamos condenados y que lo estaríamos igual aunque nos halláramos en un navío cien veces más grande.

A esta altura la primera furia de la tempestad se había agotado, o quizá no la sentíamos tanto por estar corriendo delante de ella. Pero el mar, que el viento había mantenido aplacado y espumoso al comienzo, se alzaba ahora en gigantescas montañas. Un extraño cambio se había producido en el cielo. Alrededor de nosotros, y en todas direcciones, seguía tan negro como la pez, pero en lo alto, casi encima de donde estábamos, se abrió repentinamente un círculo de cielo despejado —tan despejado como jamás he vuelto a ver—, brillantemente azul, y a través del cual resplandecía la luna llena con un brillo que no le había conocido antes. Iluminaba con sus rayos todo lo que nos rodeaba, con la más grande claridad; pero... ¡Dios mío, qué escena nos mostraba! Hice una o dos tentativas para hacerme oír de mi hermano, pero, por razones que no pude comprender, el estruendo había aumentado de manera tal que no alcancé a hacerle entender una sola palabra, pese a que gritaba con todas mis fuerzas en su oreja. Pronto sacudió la cabeza, mortalmente pálido, y levantó un dedo como para decirme: ¡Escucha!

Al principio no me di cuenta de lo que quería significar, pero un horrible pensamiento cruzó por mi mente. Extraje mi reloj de la faltriquera. Estaba detenido. Contemplé el cuadrante a la luz de la luna y me eché a llorar, mientras lanzaba el reloj al océano. ¡Se había detenido a las siete! ¡Ya había pasado el momento de calma y el remolino del Ström estaba en plena furia!

Cuando un barco es de buena construcción, está bien equipado y no lleva mucha carga, al correr con el viento durante una borrasca las olas dan la impresión de resbalar por debajo del casco, lo cual siempre resulta extraño para un hombre de tierra firme; a eso se le llama cabalgar en lenguaje marino. Hasta ese momento habíamos cabalgado sin dificultad sobre las olas; pero de pronto una gigantesca masa de agua nos alcanzó por la bovedilla y nos alzó con ella... arriba... más arriba... como si ascendiéramos al cielo. Jamás hubiera creído que una ola podía alcanzar semejante altura. Y entonces empezamos a caer, con una carrera, un deslizamiento y una zambullida que me produjeron náuseas y mareo, como si estuviera desplomándome en sueños desde lo alto de una montaña. Pero en el momento en que alcanzamos la cresta, pude lanzar una ojeada alrededor, y lo que vi fue más que suficiente. En un instante comprobé nuestra exacta posición. El vórtice de Moskoe-Ström se hallaba a un cuarto de milla adelante; pero ese vórtice se parecía tanto al de todos los días como el que está viendo usted a un remolino en una charca. Si no hubiera sabido dónde estábamos y lo que teníamos que esperar, no hubiese reconocido en absoluto aquel sitio. Tal como lo vi, me obligó a cerrar involuntariamente los ojos de espanto. Mis párpados se apretaron como en un espasm Apenas habrían pasado otros dos minutos, cuando sentimos que las olas decrecían y nos vimos envueltos por la espuma. La embarcación dio una brusca media vuelta a babor y se precipitó en su nueva dirección como una centella. Al mismo tiempo, el rugido del agua quedó completamente apagado por algo así como un estridente alarido... un sonido que podría usted imaginar formado por miles de barcos de vapor que dejaran escapar al mismo tiempo la presión de sus calderas. Nos hallábamos ahora en el cinturón de la resaca que rodea siempre el remolino, y pensé que un segundo más tarde nos precipitaríamos al abismo, cuyo interior veíamos borrosamente a causa de la asombrosa velocidad con la cual nos movíamos. El queche no daba la impresión de flotar en el agua, sino de flotar como una burbuja sobre la superficie de la resaca. Su banda de estribor daba al remolino, y por babor surgía la inmensidad oceánica de la que acabábamos de salir, y que se alzaba como una enorme pared oscilando entre nosotros y el horizonte.

Puede parecer extraño, pero ahora, cuando estábamos sumidos en las fauces del abismo, me sentí más tranquilo que cuando veníamos acercándonos a él. Decidido a no abrigar ya ninguna esperanza, me libré de una buena parte del terror que al principio me había privado de mis fuerzas. Creo que fue la desesperación lo que templó mis nervios. Tal vez píense usted que me jacto, pero lo que le digo es la verdad: Empecé a reflexionar sobre lo magnífico que era morir de esa manera y lo insensato de preocuparme por algo tan insignificante como mi propia vida frente a una manifestación tan maravillosa del poder de Dios. Creo que enrojecí de vergüenza cuando la idea cruzó por mi mente. Y al cabo de un momento se apoderó de mí la más viva curiosidad acerca del remolino. Sentí el deseo de explorar sus profundidades, aun al precio del sacrificio que iba a costarme, y la pena más grande que sentí fue que nunca podría contar a mis viejos camaradas de la costa todos los misterios que vería. No hay duda que eran éstas extrañas fantasías en un hombre colocado en semejante situación, y con frecuencia he pensado que la rotación del barco alrededor del vórtice pudo trastornarme un tanto la cabeza.

Otra circunstancia contribuyó a devolverme la calma, y fue la cesación del viento, que ya no podía llegar hasta nosotros en el lugar donde estábamos, puesto que, como usted mismo ha visto, el cinturón de resaca está sensiblemente más bajo que el nivel general del océano, al que 'veíamos descollar sobre nosotros como un alto borde montañoso y negro. Si nunca le ha tocado pasar una borrasca en plena mar, no puede hacerse una idea de la confusión mental que produce la combinación del viento y la espuma de las olas. Ambos ciegan, ensordecen y ahogan, suprimiendo toda posibilidad de acción o de reflexión. Pero ahora nos veíamos en gran medida libres de aquellas molestias... así como los criminales condenados a muerte se ven favorecidos con ciertas liberalidades que se les negaban antes de que se pronunciara la sentencia.

Imposible es decir cuántas veces dimos la vuelta al circuito. Corrimos y corrimos, una hora quizá, volando más que flotando, y entrando cada vez más hacia el centro de la resaca lo que nos acercaba progresivamente a su horrible borde interior. Durante todo este tiempo no había soltado la armella que me sostenía. Mi hermano estaba en la popa, sujetándose a un pequeño barril vacío, sólidamente atado bajo el compartimento de la bovedilla, y que era la única cosa a bordo que la borrasca no había precipitado al mar.

Cuando ya nos acercábamos al borde del pozo, soltó su asidero y se precipitó hacia la armella de la cual, en la agonía de su terror, trató de desprender mis manos, ya que no era bastante grande para proporcionar a ambos un sostén seguro. Jamás he sentido pena más grande que cuando lo vi hacer eso, aunque comprendí que su proceder era el de un insano, a quien el terror ha vuelto loco furioso. De todos modos, no hice ningún esfuerzo para oponerme. Sabía que ya no importaba quién de los dos se aferrara de la armella, de modo que se la cedí y pasé a popa, donde estaba el barril. No me costó mucho hacerlo, porque el queche corría en círculo con bastante estabilidad, sólo balanceándose bajo las inmensas oscilaciones y conmociones del remolino. Apenas me había afirmado en mi nueva posición, cuando dimos un brusco bandazo a estribor y nos precipitamos de proa en el abismo. Murmuré presurosamente una plegaria a Dios y pensé que todo había terminado.

Mientras sentía la náusea del vertiginoso descenso, instintivamente me aferré con más fuerza al barril y cerré los ojos. Durante algunos segundos no me atreví a abrirlos, esperando mi aniquilación inmediata y me maravillé de no estar sufriendo ya las agonías de la lucha final con el agua. Pero el tiempo seguía pasando. Y yo estaba vivo. La sensación de caída había cesado y el movimiento de la embarcación se parecía al de antes, cuando estábamos en el cinturón de espuma, salvo que ahora se hallaba más inclinada. Junté coraje y otra vez miré lo que me rodeaba. Nunca olvidaré la sensación de pavor, espanto y admiración que sentí al contemplar aquella escena. El queche parecía estar colgando, como por arte de magia, a mitad de camino en el interior de un embudo de vasta circunferencia y prodigiosa profundidad, cuyas paredes, perfectamente lisas, hubieran podido creerse de ébano, a no ser por la asombrosa velocidad con que giraban, y el lívido resplandor que despedían bajo los rayos de la luna, que, en el centro de aquella abertura circular entre las nubes a que he aludido antes, se derramaban en un diluvio gloriosamente áureo a lo largo de las negras paredes y se perdían en las remotas profundidades del abismo.

Al principio me sentí demasiado confundido para poder observar nada con precisión. Todo lo que alcanzaba era ese estallido general de espantosa grandeza. Pero, al recobrarme un tanto, mis ojos miraron instintivamente hacía abajo. Tenía una vista completa en esa dirección, dada la forma en que el queche colgaba de la superficie inclinada del vórtice. Su quilla estaba perfectamente nivelada, vale decir que el puente se hallaba en un plano paralelo al del agua, pero esta última se tendía formando un ángulo de más de cuarenta y cinco grados, de modo que parecía como si estuviésemos ladeados. No pude dejar de observar, sin embargo, que, a pesar de esta situación, no me era mucho más difícil mantenerme aferrado a mi puesto que si el barco hubiese estado a nivel; presumo que se debía a la velocidad con que girábamos.

Los rayos de la luna parecían querer alcanzar el fondo mismo del profundo abismo, pero aún así no pude ver nada con suficiente claridad a causa de la espesa niebla que lo envolvía todo y sobre la cual se cernía un magnífico arco iris semejante al angosto y bamboleante puente que, según los musulmanes, es el solo paso entre el Tiempo y la Eternidad. Aquella niebla, o rocío, se producía sin duda por el choque de las enormes paredes del embudo cuando se encontraba en el fondo; pero no trataré de describir el aullido que brotaba del abismo para subir hasta el cielo.

Nuestro primer deslizamiento en el pozo, a partir del cinturón de espumas de la parte superior, nos había hecho descender a gran distancia por la pendiente; sin embargo, la continuación del descenso no guardaba relación con el anterior. Una y otra vez dimos la vuelta, no con un movimiento uniforme sino entre vertiginosos balanceos y sacudidas, que nos lanzaban a veces a unos cuantos centenares de yardas, mientras otras nos hacían completar casi el circuito del remolino. A cada vuelta, y aunque lento, nuestro descenso resultaba perceptible.

Mirando en torno la inmensa extensión de ébano líquido sobre la cual éramos así llevados, advertí que nuestra embarcación no era el único objeto comprendido en el abrazo del remolino. Tanto por encima como por debajo de nosotros se veían fragmentos de embarcaciones, grandes pedazos de maderamen de construcción y troncos de árboles, así como otras cosas más pequeñas, tales como muebles, cajones rotos, barriles y duelas. He aludido ya a la curiosidad anormal que había reemplazado en mí el terror del comienzo. A medida que me iba acercando a mi horrible destino parecía como si esa curiosidad fuera en aumento. Comencé a observar con extraño interés los numerosos objetos que flotaban cerca de nosotros. Debo de haber estado bajo los efectos del delirio, porque hasta busqué diversión en el hecho de calcular sus respectivas velocidades en el descenso hacía la espuma del fondo. -Ese abeto —me oí decir en un momento dado— será el que ahora se precipite hacia abajo y desaparezca-; y un momento después me quedé decepcionado al ver que los restos de un navío mercante holandés se le adelantaban y caían antes. Al final, después de haber hecho numerosas conjeturas de esta naturaleza, y haber errado todas, ocurrió que el hecho mismo de equivocarme invariablemente me indujo a una nueva reflexión, y entonces me eché a temblar como antes, y una vez más latió pesadamente mí corazón.

No era el espanto el que así me afectaba, sino el nacimiento de una nueva y emocionante esperanza. Surgía en parte de la memoria y, en parte, de las observaciones que acababa de hacer. Recordé la gran cantidad de restos flotantes que aparecían en la costa de Lofoden y que habían sido tragados y devueltos luego por el Moskoe-Ström. La gran mayoría de estos restos aparecía destrozada de la manera más extraordinaria; estaban como frotados, desgarrados, al punto que daban la impresión de un montón de astillas y esquirlas. Pero al mismo tiempo recordé que algunos de esos objetos no estaban desfigurados en absoluto. Me era imposible explicar la razón de esa diferencia, salvo que supusiera que los objetos destrozados eran los que habían sido completamente absorbidos, mientras que los otros habían penetrado en el remolino en un período más adelantado de la marea, o bien, por alguna razón, habían descendido tan lentamente luego de ser absorbidos, que no habían alcanzado a tocar el fondo del vórtice antes del cambio del flujo o del reflujo, según fuera el momento. Me pareció posible, en ambos casos, que dichos restes hubieran sido devueltos otra vez al nivel del océano, sin correr el destino de los que habían penetrado antes en el remolino o habían sido tragados más rápidamente.

Al mismo tiempo hice tres observaciones importantes. La primera fue que, por regla general, los objetos de mayor tamaño descendían más rápidamente. La segunda, que entre dos masas de igual tamaño, una esférica y otra de cualquier forma, la mayor velocidad de descenso correspondía a la esfera. La tercera, que entre dos masas de igual tamaño, una de ellas cilíndrica y la otra de cualquier forma, la primera era absorbida con mayor lentitud. Desde que escapé de mi destino he podido hablar muchas veces sobre estos temas con un viejo preceptor del distrito, y gracias a él conozco el uso de las palabras ‘cilindro’ y ‘esfera’. Me explicó —aunque me he olvidado de la explicación— que lo que yo había observado entonces era la consecuencia natural de las formas de los objetos flotantes, y me mostró cómo un cilindro, flotando en un remolino, ofrecía mayor resistencia a su succión y era arrastrado con mucha mayor dificultad que cualquier otro objeto del mismo tamaño, cualquiera fuese su forma.

Había además un detalle sorprendente, que contribuía en gran medida a reformar estas observaciones y me llenaba de deseos de verificarlas: a cada revolución de nuestra barca sobrepasábamos algún objeto, como ser un barril, una verga o un mástil. Ahora bien, muchos de aquellos restos, que al abrir yo por primera vez los ojos para contemplar la maravilla del remolino, se encontraban a nuestro nivel, estaban ahora mucho más arriba y daban la impresión de haberse movido muy poco de su posición inicial.

No vacilé entonces en lo que debía hacer: resolví asegurarme fuertemente al barril del cual me tenía, soltarlo de la bovedilla y precipitarme con él al agua. Llamé la atención de mi hermano mediante signos, mostrándole los barriles flotantes que pasaban cerca de nosotros, e hice todo lo que estaba en mi poder para que comprendiera lo que me disponía a hacer. Me pareció que al fin entendía mis intenciones, pero fuera así o no, sacudió la cabeza con desesperación, negándose a abandonar su asidero en la armella. Me era imposible llegar hasta él y la situación no admitía pérdida de tiempo. Así fue como, lleno de amargura, lo abandoné a su destino, me até al barril mediante las cuerdas que lo habían sujetado a la bovedilla y me lancé con él al mar sin un segundo de vacilación.

El resultado fue exactamente el que esperaba. Puesto que yo mismo le estoy haciendo este relato, por lo cual ya sabe usted que escapé sano y salvo, y además está enterado de cómo me las arreglé para escapar, abreviaré el fin de la historia. Habría transcurrido una hora o cosa así desde que hiciera abandono del queche, cuando lo vi, a gran profundidad, girar terriblemente tres o cuatro veces en rápida sucesión y precipitarse en línea recta en el caos de espuma del abismo, llevándose consigo a mi querido hermano. El barril al cual me había atado descendió apenas algo más de la mitad de la distancia entre el fondo del remolino y el lugar desde donde me había tirado al agua, y entonces empezó a producirse un gran cambio en el aspecto del vórtice. La pendiente de los lados del enorme embudo se fue haciendo menos y menos escarpada. Las revoluciones del vórtice disminuyeron gradualmente su violencia. Poco a poco fue desapareciendo la espuma y el arco iris, y pareció como si el fondo del abismo empezara a levantarse suavemente. El cielo estaba despejado, no había viento y la luna llena resplandecía en el oeste, cuando me encontré en la superficie del océano, a plena vista de las costas de Lofoden y en el lugar donde había estado el remolino de Moskoe-Ström.

Era la hora de la calma, pero el mar se encrespaba todavía en gigantescas olas por efectos del huracán. Fui impulsado violentamente al canal del Ström, y pocos minutos más tarde llegaba a la costa, en la zona de los pescadores. Un bote me recogió, exhausto de fatiga, y, ahora que el peligro había pasado, incapaz de hablar a causa del recuerdo de aquellos horrores. Quienes me subieron a bordo eran mis viejos camaradas y compañeros cotidianos, pero no me reconocieron, como si yo fuese un viajero que retornaba del mundo de los espíritus. Mi cabello, negro como ala de cuervo la víspera, estaba tan blanco como lo ve usted ahora. También se dice que la expresión de mi rostro ha cambiado. Les conté mi historia... y no me creyeron. Se la cuento ahora a usted, sin mayor esperanza de que le dé más crédito del que le concedieron los alegres pescadores de Lofoden".

Edgar Allan Poe

martes, 1 de septiembre de 2015

"Horror en el Museo"

"Fue una desganada curiosidad lo que llevó en un principio a Stephen Jones al Museo de Rogers. Alguien le había comentado algo acerca del extraño establecimiento subterráneo de la calle Southwark, cruzando el río, donde había estatuas de cera mucho más horribles que las peores efigies expuestas en el museo de Madame Tussaud, y se había acercado allí uh día de abril para ver cuánta decepción podía causarle. Extrañamente, no fue así. Había algo diferente y peculiar allí, después de todo. Por supuesto, no faltaban los truculentos tópicos: Landrú, el doctor Crippen, Madame Demers, Rizzio, Lady jane Grey, interminables víctimas mutiladas de la guerra y la revolución, y monstruos del tipo de Gilles de Rais y el Marqués de Sade; pero también había otros seres que aceleraron su respiración y le hicieron quedarse hasta que sonó la campanilla de cierre. El hombre que había diseñado tal colección no podía ser un vulgar saltimbanqui. Había imaginación, incluso genio enfermizo, en algunos de sus trabajos. Más tarde, había indagado acerca de George Rogers. El hombre había estado en el equipo del Tussaud, pero algún problema había hecho que lo abandonara. Se comentaban maledicencias acerca de su estado mental y chismes sobre su enloquecida forma de trabajar en secreto, aunque, posteriormente, la prosperidad de su propio museo subterráneo había embotado el filo de algunas críticas, al tiempo que afilado las insidiosas puntas de otras. La teratología e iconografía de pesadilla eran sus pasiones, e incluso él había tenido el tacto de emplazar algunas de sus peores efigies en una sala especial reservada a los adultos. Ésa era la estancia que tanto fascinara a Jones. Había bastardas entidades híbridas que sólo la fantasía podía incubar, modeladas con diabólica pericia y coloreadas con una horrible semejanza de vida.

Algunas eran las figuras de los mitos habituales: gorgonas, quimeras, dragones, cíclopes y todos sus tenebrosos congéneres. Otras estaban extraídas de ciclos de soterradas leyendas más oscuras y que se mencionaban en un tono más furtivo; el negro e informe Tsathoggua, el multitentaculado Cthulhu, el proboscídeo Chaugnar Faugn y otras blasfemias insinuadas en prohibidos libros, tales como el Necronomicón, el Libro de Eibon, o los Unaussprechlicben Kulten de Von Junzt. Pero lo peor de todo eran aquellos seres: completamente nuevos para Rogers, y mostrando figuras que ningún relato de la antigüedad osó jamás siquiera insinuar. Algunas eran odiosas parodias de formas de vida orgánicas conocidas mientras que otras parecían extraídas de febriles sueños sobre otros planetas o galaxias. Las extrañas pinturas de Clark Asthon Smith podrían sugerir algo de eso... pero nada podía insinuar el efecto de punzante, espantoso terror provocado por el gran tamaño y el trabajo diabólicamente hábil, así como las infernales e ingeniosas condiciones de luz bajo las que se exhibían. Stephen Jones, como ocioso degustador de la extravagancia en el arte, había visitado al propio Rogers en su sombría oficina o taller, más allá de la estancia abovedada del museo... una cripta que causaba espanto a la vista, alumbrada débilmente por polvorientas ventanas emplazadas cómo troneras horizontales en la pared de ladrillo, al nivel de los antiguos adoquines de un patio interior. Era allí donde se restauraban las imágenes... allí, también, era donde se elaboraban. Brazos, piernas, cabezas y torsos de cera yacían en grotesca mescolanza sobre varios bancos de trabajo, mientras que en altas estanterías se entremezclaban indiscriminadarnente pelucas enmarañadas, dientes de aspecto hambriento y ojos de cristal de mirada fija. Vestidos de todas clases pendían de ganchos y, en una estancia, había grandes pilas de cera color carne, así como estantes colmados con botes de pintura y pinceles de todos tipos. En el centro de la habitación había un gran horno usado para preparar la cera para su moldeado, con el hogar cubierto por un inmenso recipiente de hierro con bisagras, con un caño que permitía verter la cera fundida mediante el simple toque de un dedo.

Otras cosas en la deprimente cripta eran menos descriptibles: solitarias partes de problemáticas entidades cuyas formas completas eran los fantasmas del delirio. En otro extremo había una puerta de pesadas planchas de madera asegurada con un candado insólitamente grande y un símbolo muy curioso pintado en su superficie. Jones, que había tenido acceso, en cierta ocasión, al temible Necronomicón, se estremeció involuntariamente al reconocerlo. Este empresario, reflexionó, debía ser sin duda una persona de erudición desconcertantemente amplia en campos oscuros y dudosos. Tampoco le defraudó la conversación de Rogers. El hombre era alto, delgado y bastante desaliñado, con grandes ojos negros que relumbraban en un semblante pálido y habitualmente cubierto por una barba de varios días. No le molestó la intrusión de Jones, antes al contrario, pareció dar la bienvenida a la oportunidad de desahogarse con alguien interesado. Su voz era singularmente profunda y resonante, y albergaba una especie de refrenada intensidad que bordeaba lo febril. Jones no se asombró de que muchos le consideraran un demente. Mediante sucesivas preguntas — y las que en semanas sucesivas se convertirían en algo parecido a un hábito-, Jones había encontrado a Rogers progresivamente comunicativo y abierto. Desde el principio, hubo indicios de extrañas creencias y prácticas por parte del empresario, y, más tarde, tales insinuaciones se convirtieron en relatos abiertos cuya extravagancia —a pesar de una pocas fotografías de prueba— era casi cómica; Fue un día de junio, una noche que Jones había llevado una botella de buen whisky, cuando replicó a su anfitrión algo libremente que los relatos resultaban verdaderamente demenciales. Previamente, hubo salvajes narraciones sobre misteriosos viajes al Tíbet, al interior de África, al desierto de Arabia, al valle del Amazonas, Alaska y algunas islas poco conocidas del Pacífico Sur, además de jactancias de haber leído algunos libros monstruosos y casi míticos, tales como los prehistóricos fragmentos Pnakóticos y los cánticos del Dhol, atribuidos a la maligna e inhumana Leng; pero nada de todo esto había sido tan inconfundiblemente demencial como lo que había salido a relucir aquella tarde de junio bajo el influjo del whisky. Para ser sinceros, Rogers comenzó haciendo vagos alardes de haber descubierto ciertos seres en la naturaleza que nadie encontrara antes y haber vuelto con pruebas tangibles de tales descubrimientos. Según su perorata etílica, había llegado más lejos que nadie en la interpretación de los oscuros y primordiales libros que estudiara, siendo encaminado por ellos a algunos remotos lugares donde se ocultaban extraños supervivientes... supervivientes de eones y ciclos vitales anteriores a la humanidad, en algunos casos conectados con otras dimensiones y mundos; una comunicación que era frecuente en los olvidados días prehumanos. Jones se maravilló de las fantasías que tales ideas podían conjurar y se preguntó también cuál sería el historial mental de Rogers. Habría sido su trabajo entre los enfermizos espantajos del Madame Tussaud el inicio de tales vuelos de la imaginación o, por el contrario, era una tendencia innata, y la elección de su trabajo era simplemente una de sus manifestaciones? De cualquier forma, el trabajo del hombre estaba estrechamente ligado a sus ideas. Hasta entonces, no había confundido la tendencia? de sus sombrías insinuaciones con las monstruosidades de pesadilla de la velada sala de sólo adultos. Descuidando el ridículo, intentaba insinuar que no todo en aquellas anormalidades demoníacas era artificial.

Fue el abierto excepticismo y diversión de Jones ante tales pretensiones irresponsables lo que cortaron la creciente cordialidad. Rogers, evidentemente, se tornaba todo aquello muy en serio; de ahí en adelante, se tomó parco de palabras y resentido, tolerando a Jones sólo gracias a una tenaz ansiedad de romper su muro de educada y complaciente incredulidad. Continuaron los cuentos estrafalarios y las sugerencias sobre ritos y sacrificios a los indescriptibles dioses primordiales, y, a cada momento, Rogers podía guiar a su invitado a una de las odiosas blasfemias de la sala vedada y mostrar las facciones difíciles de compaginar con incluso la más delicada artesanía. Jones continuaba sus visitas impelido por una fascinación, aunque era consciente de haber perdido la estima de su anfitrión. A veces intentaba congeniar con Rogers mediante fingidos asentimientos a sus locas insinuaciones o afirmaciones, pero el enjuto empresario rara vez resultaba engañado por tales tácticas. La tensión culminó en septiembre. Jones se había dejado caer casualmente en el museo una tarde y deambulaba por los penumbrosos corredores, cuyos horrores le eran ahora tan familiares, cuando escucho un sonido muy curioso proveniente de la dirección del taller de Rogers. Otros lo escucharon también y se sobresaltaron nerviosamente mientras los ecos retumbaban por el gran sótano abovedado. Los tres empleados cambiaron extrañas miradas, y uno de ellos, un oscuro y taciturno sujeto de aspecto extranjero que siempre oficiaba como encargado de Rogers, sonrió de una forma que pareció confundir a sus colegas y que hirió violentamente la sensibilidad de Jones. Era el aullido o el grito de un perro, y era un sonido lanzado bajo un espanto supremo entremezclado con agonía. Su frenesí desnudo y angustiado era espantoso de escuchar y, en aquel establecimiento de grotesca anormalidad, resultaba doblemente odioso. Jones recordó que no se admitían perros en el museo. Estaba a punto de ir hasta la puerta que llevaba al taller; cuando el oscuro empleado le detuvo con palabras y gestos. Mr. Rogers, dijo el hombre, con una suave y ligeramente acentuada voz, al tiempo apologética y vagamente sardónica, estaba fuera y había órdenes tajantes de no admitir a nadie en el taller en su ausencia. Respecto a aquel aullido, sin duda procedía del patio adjunto al museo. La vecindad estaba llena de chuchos extraviados, y sus peleas a veces eran impresionantemente ruidosas. No había perros en ningún lugar del museo. Pero si Mr. Jones deseaba ver a Mr. Rogers, podría encontrarle justo antes del cierre.

Tras aquello, Jones subió los viejos peldaños de piedra hacia la calle y examinó el mísero vecindario con curiosidad. Los pobres y decrépitos edificios — antiguamente moradas y ahora, en su mayoría, tiendas y almacenes- eran realmente vetustos. Algunos de ellos tenían techos a dos aguas que parecían devolver a los tiempos de los Tudor, y un débil hedor miasmático pendía sobre toda la zona. Junto a la sucia construcción cuyos sótanos albergaban el museo, había un bajo soportal que daba paso a un oscuro callejón empedrado, y Jones sintió un vago deseo de encontrar el patio tras el taller y tranquilizar a su mente respecto del asunto del perro. El patio estaba en penumbra bajo la tardía luz del ocaso, cercado por paredes traseras, aún más feas e intangiblemente amenazadoras que las destartaladas fachadas de las malignas y antiguas casas: No había ningún perro a la vista, y Jones se preguntó cómo podrían las consecuencias de aquel frenético alboroto desvanecerse tan rápido. A pesar de la afirmación del encargado sobre que no había ningún perro en el museo, Jones escrutó nerviosamente los tres ventanucos del taller del sótano: angostos rectángulos horizontales; cercanos al pavimento lleno de hierbas, con hoscos cristales que parecían tan repulsivos e indiferentes como los ojos de un pez muerto. A su izquierda, un gastado tramo de escalones guiaban a una gruesa y pesadamente aherrojada puerta. Algún impulso le llevó a agacharse sobre los húmedos adoquines resquebrajados y escudriñar, esperando que las gruesas cortinas verde, movidas mediante largas cuerdas que pendían de un nivel asequible, estuvieran bajadas. La superficie exterior estaba enturbiada por la suciedad, pero mientras las frotaba con su pañuelo vio que no había cortinas entorpeciendo la visión.

Tan oscuro estaba el interior del sótano que no había mucho que ver, pero el grotesco instrumental de trabajo amenazaba espectralmente a cada momento a Jones, según iba probando cada ventana. Al principio parecía evidente que no había nadie en el interior, pero cuando observó por la ventana de la derecha -la más cercana al corredor de entrada—, vio un resplandor en el extremo más alejado de la estancia que le hizo detenerse perplejo. No había ninguna razón para la presencia de esa luz. Era una zona interior de la estancia y no podía recordar luces de gas o eléctricas en ese lugar. Otra mirada delimitó el resplandor a un amplió rectángulo vertical, y un pensamiento brotó en su cabeza. En esa dirección, siempre se había percatado de la pesada puerta de planchas con el candado anormalmente grande; la puerta que nunca estaba abierta y sobre la que estaba crudamente trazado el odioso y críptico símbolo proveniente de los fragmentarios anales de prohibidas magias primordiales. Debía estar abierta en aquel instante, y había una luz en su interior. Todas sus primeras especulaciones acerca de dónde guiaría aquella puerta, y lo que habría tras ella, se renovaron entonces con multiplicada e inquietante fuerza. Jones deambuló sin objetivo alrededor del deprimente vecindario hasta el cierre, a las seis en punto, momento en que volvió al museo para interrogar a Rogers. Apenas podía decirse por qué deseaba tan fervientemente ver en aquél momento al hombre, pero debía tener algunos recelos inconscientes sobre aquel terrible y no ubicado grito canino de la tarde, así como sobre el resplandor en aquel inquietante, y habitualmente cerrado, portón de pesado candado. Los empleados se habían ido cuando llegó, y pensó que Orabona —el cetrino encargado de aspecto extranjero— le había mirado con algo parecido a una diversión astuta y soterrada. No le gustaba aquella mirada, aun cuando le había visto dirigírsela a su patrón multitud de veces. La abovedada sala de exhibición resultaba fantasmal al estar desierta, pero él la cruzó rápidamente y golpeó en la puerta de la oficina y taller. La respuesta se demoró, aunque hubo pasos en el interior. Finalmente, respondiendo a una segunda llamada, el cerrojo chasqueó, y la antigua puerta de seis paneles crujió abriéndose renuentemente, revelando la figura desganada y de ojos febriles de George Rogers. Desde el principio, resultó evidente que el empresario estaba de un insólito humor. Una peculiar mezcla de reluctancia y a la vez alegría al recibirle, y, en un instante, su charla sé desvió hacia extravagancias de la clase más espantosa e increíble.

Supervivientes dioses primordiales... sacrificios indescriptibles... la pretensión de realidad sobre algunos de los horrores de la sala... todos los alardes habituales, aunque completados con unas peculiares confidencias en aumento. Obviamente, reflexionó Jones, la locura del pobre diablo se estaba imponiendo. A veces, Rogers lanzaba miradas furtivas a la pesada puerta interior cerrada con candado, del extremo de la habitación, o hacia una pieza de tosca arpillera depositada en el suelo; no lejos de - él, bajo la que parecía yacer algún objeto. Jones fue poniéndose más nervioso según transcurría el tiempo, y comenzó a tener dudas sobre la conveniencia de mencionar los extraños sucesos de la tarde, tal como primeramente había querido ansiosamente hacer. La voz de bajo, sepulcralmente resonante, de Rogers casi se rompió bajo la excitación de su febril farfullo.

—¿Recuerdas —espetó— lo que te dije sobre esa ciudad en minas de Indochina donde vivían los Tcho-Tcho? Tuviste que admitir que había estado cuando viste las fotografías, aun pensando que yo hice de cera a aquel nadador ovalado de la oscuridad. Si los hubieras Visto contorsionarse en las piscinas subterráneas como yo... Bueno, esto es aún mayor. Nunca te hablé de ello, porque quería rematarla antes de hacer ninguna pretensión. Cuando veas la instantánea, sabrás que la geografía no puede haber sido falsificada, e imagino que tengo otra forma de probar que Eso no es ninguno de mis productos de cera. Nunca la has visto porque los experimentos no me permitían ponerla en exhibición.

El empresario miró de forma extraña hacia la puerta cerrada con el candado.
—Todo procede de ese gran ritual del octavo fragmento Pnakótico. Existieron seres en el norte; antes de la tierra de Lomar —previos a la existencia de la humanidad-, y esto es uno de ellos. Tuvimos que ir a Alaska y remontar el Noatak desde Fort Morton, pero la cosa estaba allí donde yo sabía que estaría. Grandes ruinas ciclópeas, hectáreas de ellas. Quedaba menos de lo que creíamos, ¿pero qué se puede esperar después de tres millones de años? ¿Y no apuntan las leyendas de los esquimales en esa misma dirección? No pudimos llevar uno de esos infelices con nosotros, y tuvimos que conducir el trineo todo el camino de vuelta a Nome en busca de americanos. A Orabona no le sentaba bien aquel clima, se volvió hosco e irritable. Más tarde te contaré cómo lo encontramos. Cuando volarnos el hielo de los pilares de la ruina central, la escalera estaba donde sabíamos que debía estar. Quedaban algunas tallas, y no hubo ningún problema para impedir que los yanquis nos siguieran al interior. Orabona temblaba como una hoja... nunca pensarías eso por la forma en que se pavonea ese maldito insolente. Sabía lo bastante de la Tradición Primigenia para estar apropiadamente temeroso. La luz eterna desapareció, pero nuestras antorchas alumbraban lo bastante. Vimos los huesos de otros que habían llegado antes que nosotros... eones atrás, cuando el clima era cálido. Algunos de esos huesos pertenecían a seres como jamás has imaginado. En el tercer nivel subterráneo encontrarnos el trono de marfil sobre el que tanto hablan los fragmentos... y puedo decirte con conocimiento de causa que no estaba vacío. El ser del trono no se movía... y supimos que Eso necesitaba un sacrificio. Pero no deseábamos despertarlo. Era mejor llevarlo primero a Londres. Orabona y yo volvimos a la superficie en busca de -una gran caja, pero cuándo lo hubimos metido no pudimos subirla los tres tramos de escalones. Aquellos peldaños estaban hechos para seres humanos, y su tamaño nos estorbaba. De cualquier forma, era diabólicamente pesado. Tuvimos que traer a los americanos abajo para sacar a Eso. No estaban ansiosos de entrar en el sitio, pero, por supuesto, lo peor estaba a salvo dentro de la caja. Les dijimos que era un lote de tallas de marfil.. muestras arqueológicas, y, tras ver el trono tallado, probablemente nos creyeron. Es un prodigio que no se imaginaran la existencia de un tesoro oculto y pidieran una parte. Habrán contado extraños cuentos en Nome más tarde, aunque dudo de que volvieran a esas ruinas, incluso -bajo el señuelo del trono de marfil.

Rogers hizo una pausa, revolvió en su escritorio y exhibió un sobre con fotografías de gran tamaño. Sacando una y colocándola ante sí boca abajo, tendió el resto a Jones. El escenario era verdaderamente extraño; colinas cubiertas de hielo, trineos de perros, hombres envueltos en pieles e inmensas ruinas derrumbadas contra un telón de nieve.., ruinas cuyos contornos extravagantes e inmensos bloques de piedra a duras penas podían ser descritos. Una, realizada con flash, mostraba una increíble estancia interior con extrañas tallas y un curioso trono cuyas proporciones implicaban que no había sido diseñado para ocupantes humanos. Las tallas de la gigantesca construcción —elevados muros y techos peculiarmente abovedados— eran totalmente simbólicas e incluían diseños completamente desconocidos y algunos jeroglíficos oscuramente citados en obscenas leyendas. Sobre el trono destacaba el mismo símbolo espantoso que ahora estaba pintado en el taller sobre la puerta de hierro cerrada con candado. Jones lanzó una nerviosa mirada al portal cerrado. Sin duda, Rogers había estado en extraños lugares y visto extraños seres. Aún así, aquellas demenciales fotografías de interior podían ser fácilmente un fraude, tomadas en un escenario inteligentemente diseñado. Uno no debía ser demasiado crédulo. Pero Rogers estaba prosiguiendo.
-Bueno, embarcamos la caja en Nome y fuimos a Londres sin ningún problema. Era la primera vez que volvíamos trayendo algo que tuviera un resto de vida. No lo exhibimos: había cosas mas importantes que hacer con Eso. Necesitaba el alimento de un sacrificio, ya que Eso era un dios. Desde luego, yo no podía suministrarle la clase de sacrificio que solían brindarle en sus días, ya que tales cosas no existen ahora. Pero había otros seres que podían servir. La sangre es vida, ya sabes. Aún los lemures y los elementales que son más viejos que la tierra reaparecen cuando la sangre de hombres o bestias se les ofrece en las condiciones adecuadas.

La expresión del rostro del narrador estaba volviéndote progresivamente alarmante y repulsiva, por lo que Jones se removió involuntariamente en su silla. Rogers pareció percatarse del nerviosismo de su invitado y prosiguió con una peculiar sonrisa maligna.

—Traje Eso el año pasado, y desde entonces he estado probando ritos y sacrificios. Orabona no ha sido de mucha ayuda, ya que siempre estuvo en contra de la idea de despertarlo. Odia a Eso... probablemente porque tiene miedo de lo que Eso pueda llegar a significar. Lleva encima una pistola, en todo momento, -para protegerse.. imbécil, ¡como si hubiera alguna protección humana contra ese Ser! Si lo veo alguna vez usar esa pistola, lo estrangulo. Quiere que lo mate y haga una efigie con Eso. Pero estoy empecinado en mis propios planes y los llevaré a cabo, ¡a pesar de todos los cobardes como Orabona y todos los malditos escépticos sardónicos como tú, Jones! He entonado los ritos, realizado ciertos sacrificios y la última semana hubo un cambio. El sacrificio fue.... ¡aceptado y agradecido!

En ese momento, Rogers se relamió los -labios, mientras Jones permanecía incómodamente rígido. El empresario se detuvo y se alzó, cruzando la sala hacia la pieza de arpillera que tan a menudo ojeara. Inclinándose, asió una de las esquinas mientras volvía a hablar.

—Ya te has reído bastante de mi trabajo... es el momento de que conozcas ciertos hechos. Orabona me dijo que escuchaste el aullido de un perro por aquí esta tarde. ¿Sabes lo que eso significa?
-Jones se sobresaltó. A pesar de toda su curiosidad, se hubiera contentado con salir sin arrojar más luz sobre el asunto que tanto le desconcertaba. Pero Rogers fue inexorable y comenzó a alzar la pieza de arpillera. Bajo ella yacía una exprimida, casi informe masa que Jones tardó en clasificar. ¿Qué fue aquel ser viviente que algo había aplastado; exprimiendo su sangre y perforándolo en un millar de sitios, retorciéndolo en una destrozada y grotesca masa de huesos rotos? Tras un momento, Jones comprendió lo que debía ser. Era lo que quedaba de un perro; un perro, quizás, de considerable tamaño y color blanquecino. Su raza era imposible de reconocer, ya que la torsión le había convertido en una indescriptible y odiosa forma. La mayor parte del pelaje estaba quemado como por efecto de un fuerte ácido, y la desnuda piel sin sangre estaba plagada de innumerables heridas o incisiones circulares. El método de tortura necesario para causar tal resultado estaba más allá de la imaginación.

Jones, con una neta aversión que se impuso a su ascendente desazón, saltó en pie con un grito.

-¡Tú, maldito sádico... demente... haces una cosa así y te llamas un hombre decente!
Rogers dejó caer la arpillera con una maligna sonrisa despectiva y encaró a su huésped, que se aproximaba.. Sus palabras transmitían una calma antinatural.
— ¿Por qué, imbécil, crees que Yo hice esto? Admitamos que el resultado es desagradable para nuestros limitados criterios humanos. ¿Y qué? Ni es humano ni pretende serlo. El sacrificio simplemente se le ofrece. Entregué este perro a Eso. Lo sucedido es obra suya, no mía. Necesita alimentarse de lo ofrecido y lo hace a su propia manera. Pero déjame que te enseñe cómo es.

Mientras Jones aguardaba dudoso, el orador volvió a su escritorio y cogió la fotografía que antes dejara boca abajo sin mostrar. Ahora se la tendió con una curiosa mirada. Jones la tomó y la miró, de forma mecánica. Tras un instante, la mirada del visitante se volvió más atenta y absorta, ya que la fuerza completamente satánica del ser retratado tenía un efecto casi hipnótico. Verdaderamente, Rogers se había sobrepasado al modelar la espantosa pesadilla captada por la cámara. El ser era una obra de genio puro e infernal, y Jones se preguntó cómo reaccionaría el público cuando fuera puesto en exhibición. Un ser tan odioso no tenía derecho a la existencia... probablemente, la simple visión de eso, tras ser hecho, había completado el desequilibrio de la mente de su autor, llevándole a adorarlo con brutales sacrificios. Sólo una fuerte cordura podía resistir la insidiosa sugerencia de que -la blasfemia era -o había sido— alguna exótica enfermiza forma de vida. El ser del retrato se sentaba o estaba sujeto, sobre una hábil reproducción del monstruosamente tallado trono de las curiosas fotografías anteriores. Describirlo con un vocabulario ordinario sería imposible, ya que no existía nada, ni siquiera aproximadamente similar, que se correspondiera con lo que siempre ha llenado la imaginación de la humanidad cuerda. Representaba algo quizás lejanamente conectado con los vertebrados de este planeta... aunque no se podía estar muy seguro de eso. Sus dimensiones eran ciclópeas, ya que, incluso sentado, se alzaba a casi el doble de altura que Orabona, que estaba retratado al lado. Mirando con atención, se podían seguir sus similitudes con las formas corporales de los vertebrados superiores. Tenía un torso casi globular con seis largos y sinuosos miembros rematados en pinzas de cangrejo. En su extremo superior, un globo secundario surgía hacia delante como una burbuja; el triángulo de tres ojos fijos de pescado, sus grandes patas y la evidentemente flexible trompa, así como un distendido sistema lateral análogo a las branquias, sugería que era una cabeza. La mayor parte del cuerpo estaba cubierto con lo que a primera vista parecía ser piel, pero a la que un examen más detenido mostraba como una densa mata de oscuros y delgados tentáculos o filamentos de succión, cada uno provisto de una boca que recordaba a la cabeza de un áspid. En la cabeza, tras la trompa, los tentáculos tendían a ser más largos y gruesos, marcados con listas espirales... sugiriendo el tradicio¬nal cabello de serpiente de Medusa. Decir que tal ser tenía una expresión parecía paradójico, aunque Jones sintió que el triángulo de saltones ojos de pez y que esa oblicuamente suspendida trompa desprendían una mezcla de odio, glotonería y completa crueldad incomprensibles para un ser humano, ya se hallaban entremezcladas con otras emociones ajenas al mundo o incluso al sistema solar. En esta bestial anormalidad, reflexionó, Rogers debía haber vertido toda su demencia maligna y todo su extraordinario genio de escultor. El ser era increíble.., aun cuando la fotografía probara su existencia.

Rogers interrumpió sus ensueños.
—Bueno... ¿Qué piensas de Eso? ¿No preguntas ahora qué es lo que ha aplastado al perro y lo ha exprimido con un millón de bocas? Necesitaba alimentarse... y volverá a necesitarlo. Es un dios, y yo soy el primer sacerdote de su postrer culto. ¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡La Cabra con un Millar de Crías!
Jones bajó la foto con disgusto y piedad.
— Mira, Rogers, esto no puede ser. Todo tiene sus limites, tú lo sabes. Es una gran obra y todo eso, pero no es tu dios. Mej6r sería que no la vieras nunca más... deja que Orabona se deshaga de ella y trata de olvidarla. Y déjame romper esta foto bestial, también.
Con un graznido, Rogers le arrancó la foto y la devolvió al escritorio.
—Imbécil... tú... ¡tú todavía crees que todo es un fraude! ¡Todavía piensas que hice Eso y que mis figuras no son otra cosa que cera inerte! ¡Maldito seas, eres aún más patán que una imagen de cera de ti mismo! ¡Pero te daré pruebas y sabrás! No ahora mismo, ya que Eso descansa tras el sacrificio, más tarde. Oh, si... no te quedarán dudas entonces acerca de su poder.
Mientras Rogers observaba hacia la puerta interior del candado, Jones tomó sombrero y bastón de un banco cercano.
—Muy bien, Rogers, lo dejaremos para más tarde.
Ahora tengo que irme, pero volveré mañana por la tarde.
Ten en cuenta mi advertencia y mira si no suena sensata.
Pregunta también a Orabona lo que piensa.
Rogers enseñó sus dientes como una bestia salvaje.
— Tienes que irte, ¿eh? ¡Así que tienes miedo! ¡Miedo a pesar de toda esa palabrería! Dices que las efigies son sólo cera, pero sales corriendo cuando comienzo a probar que no lo son. Eres como los tipos que apuestan que son capaces de pasar una noche en el museo... vienen envalentonados, pero después de una hora ¡están gritando y aporreando para que les dejen salir! Quieres que pregunte a Orabona, ¿eh? Vosotros dos... ¡Siempre contra mi! ¡Queréis impedir el próximo reinado terrenal de Eso!
Jones conservó la calma.
-No, Rogers... nadie está en contra tuya. Tampoco tengo miedo de tus figuras; de hecho, admiro tu trabajo. Estamos un poco nerviosos esta noche, pero supongo que algo de descanso nos hará sentir mejor.
De nuevo, Rogers refrenó la partida de su invitado.
—No tienes miedo, ¿eh?... Entonces, ¿por qué estás tan ansioso de marcharte?... ¿Te atreves o no a quedarte a solas aquí, en la oscuridad? ¿A qué tanta prisa si no crees en Eso?
Alguna nueva idea parecía haberse despertado en Rogers, yJones le observó atentamente.
— Bueno, no tengo especial prisa... ¿pero qué ganaría quedándome aquí a solas en la oscuridad? ¿Qué proba¬ría? Mi única pega es que es poco confortable para dormir. ¿Qué mejor podemos hacer?
En ese momento, fue Jones quien tuvo una idea. Continuó en tono conciliador.
— Mira Rogers... te acabo de preguntar qué probaría quedándome aquí, cuando ambos lo sabemos. Probaría que tus efigies son sólo eso, y que no debes dejar que tu imaginación te lleve por donde te ha llevado últimamente. Supón que me quedo. Si aguanto hasta el amanecer, ¿aceptarás tomarte de otra forma las cosas... marcharte tres meses de vacaciones o así y dejar que Orabona destruya esa nueva creación? Bueno... ¿Qué te parece?

El rostro del empresario resultaba difícil de interpretar. Era patente que estaba pensando rápidamente y que, de las diversas emociones en conflicto, el triunfo maligno llevaba las de ganar. Su voz tuvo una cualidad estremecedora al responder.

—¡Hecho! Si aguantas, seguiré tus indicaciones. Pero tienes que aguantar. Iremos a cenar y volveremos. Te encerraré en la sala de exhibiciones y me iré a casa. Por la mañana, volveré antes que Orabona él viene media hora antes que los demás— para ver cómo estás. Pero no digas nada hasta estar totalmente seguro de tu excepticismo. Otros se han echado atrás... tienes esa opción. Y supongo que aporrear en la puerta exterior llamará la atención de algún policía. Puede que no te guste tanto después de un rato... estarás en el mismo edificio, aun¬que no en la misma habitación, que Eso.
Mientras dejaban la puerta trasera en el sucio patio interior, Rogers llevó consigo la pieza de arpillera... lastrada con su horrible carga. Cerca del centro del patio había un agujero de alcantarilla cuya tapa quitó silenciosamente el empresario, dando una estremecedora impre¬sión de familiaridad con aquella tarea. Con arpillera y todo, el lastre cayó al olvido del laberinto de las cloacas. Jones se estremeció y casi se encogió ante la enjuta figura que iba a su lado cuando salieron a la calle. De tácito acuerdo, no cenaron juntos, pero quedaron en reunirse frente al museo a las once. Jones tomó un coche y respiró más tranquilo al cruzar el puente de Waterloo y aproxirnarse al brillantemente iluminado Strand. Cenó en un café tranquilo y, posterior¬mente, volvió a su casa de Portland Place para bañarse y coger unas pocas cosas. Ociosamente, se preguntó qué estaría haciendo Rogers. Había oído decir que el hombre tenía una amplia y sombría casa en Walworth Road, llena de libros oscuros y prohibidos, útiles ocultistas e imágenes de cera que no se atrevía a poner en exhibición. Orabona, según se decía, vivía en otra ala de la misma casa. A las once, Jones encontró a Rogers esperando en la puerta del sótano en Southwark Street. Cruzaron pocas palabras, pero ambos parecían sentir con la amenazadora tensión. Convinieron en que la sala de exhibición abovedada sería el lugar de la prueba y Rogers no insistió en que el observador se quedara en la estancia, especial para adultos, de los supremos horrores. El empresario, habiendo apagado todas las luces con interruptores manejados desde el taller, cerró la puerta de la cripta con una de la llaves de su atestado llavero. Sin estrecharle la mano, salió a la calle, cerró la puerta tras de sí y ascendió los gastados peldaños hacia la calleja exterior. Cuando dejaron de oírse las pisadas, Jones comprendió que la larga y tediosa vigilia había comenzado.

II.
Más tarde, en la completa oscuridad de aquel sótano de grandes arcos, Jones maldijo la ingenuidad infantil que le había llevado allí. Durante la primera media hora había encendido su linterna a intervalos. Pero ahora, estar sentado en uno de los bancos para visitantes se había convertido en algo que crispaba los nervios. Cada cierto tiempo, la luz surgía iluminando algún objeto grotesco y enfermizo: una guillotina, un indescriptible monstruo híbrido, un rostro de barba pastosa pletórico de maldad, un cuerpo con torrentes rojos fluyendo de la garganta cercenada. Jones sabía que no había ninguna realidad siniestra tras tales seres; pero, tras la primera media hora, prefería no mirarlos. Por qué se había molestado seguir la corriente a aquel demente apenas podía imaginarlo. Hubiera sido mucho más sencillo dejarlo simplemente solo, o haber llamado a un especialista en perturbaciones mentales. Probablemente, reflexionaba, era la camaradería de un artista hacia otro. Había tanto genio en Rogers, que probaba cada forma factible de ayudarle a superar su creciente manía. Un hombre capaz de imaginar y construir aquellos increíbles seres con apariencia de vida, tal y como él había hecho, no estaba, seguramente, alejado de la total grandeza. Tenía la fantasía de un Sime o un Doré unida a la minuciosa y científica habilidad de un Blatschkas. De hecho, había realizado con el mundo de pesadilla lo que Blatschkas, mediante las réplicas maravillosamente exactas de plantas realizadas en fino hierro forjado y cristal coloreado, había hecho con el mundo de la botánica.

A medianoche, los toques de un distante reloj se filtraron en la oscuridad, y Jones se sintió arropado por el mensaje de un mundo exterior que aún existía. La abovedada sala del museo era como una tumba... espantosa en su total soledad. Aun un ratón sería una bienvenida compañía; pero Rogers se había jactado de que —por «cierta razón», según decía— ni ratones ni insectos se acercaban jamás al establecimiento. Era muy curioso, pero parecía ser cierto. La quietud mortal y el silencio eran virtualmente completos. ¡Si tan sólo hubiera un sonido! Tosió, pero hubo algo burlón en el coro de reververaciones. Se juró no comenzar a hablar consigo mismo. Eso significaría la desintegración nerviosa. El tiempo parecía discurrir anormal y desconcertantemente lento. Hubiera jurado que habían pasado horas desde que enfocara por última vez la luz sobre su reloj, pero sólo era el toque de la medianoche. Deseó que sus sentidos no estuvieran tan preternaturalmente agudos. Algo en la oscuridad y quietud parecía agudizarlos, como en respuesta a débiles impulsos que no eran tan fuertes como para llamarlos impresiones. Sus oídos parecían a veces captar un débil y elusivo susurro que no podía ser totalmente identificado con el zumbido nocturno de las míseras calles del exterior, y pensó en algo tan vago e irrelevante como la música de las esferas y la desconocida e inaccesible vida de otras dimensiones presionando contra la nuestra. Rogers especulaba bastante sobre tales cosas.

Las motas de luz que flotaban ante sus ojos sumidos en la oscuridad parecían crear curiosas simetrías de perfiles y movimientos. A menudo se había preguntado sobre esos extraños rayos del abismo insondable que centellean ante nosotros en ausencia de iluminación terrenal, pero nunca había sabido que se comportara así. Les faltaba el tranquilo sin sentido de las motas de luz ordinarias.., insinuando alguna voluntad o propósito distante de cualquier concepción terrestre. Luego vino la sugerencia de extraños movimientos. No había nada abierto, pero, a pesar de la total falta de corrientes de aire, Jones sintió que el aire no estaba totalmente en calma. Había intangibles variaciones de presión... aunque no lo bastante como para sugerir el espantoso movimiento de invisibles elementales. Era anormalmente frió, además. No le gustaba nada de eso. El aire tenía un regusto salado, como si estuviera mezclado con la salmuera de oscuras aguas subterráneas y hubiera un descarnado indicio de algún aroma de inefable humedad. Durante el día nunca se había percatado de que las figuras de cera tuvieran olor. Aun entonces sentía a medias que no eran las figuras de cera las que debían oler así. Era más bien como el débil olor de especimenes en los museos de historia natural. Curioso, dadas las pretensiones de Rogers acerca de que sus figuras no eran completamente artificiales... de hecho, era probable que tal pretensión fuera lo qúe hacia a su imaginación conjurar tales sospechas olfativas. Debía guardarse contra los excesos de la imaginación... ¿No habían enloquecido tales cosas a Rogers?

Pero la completa soledad de aquel sitio era espantosa. Incluso las distantes campanadas parecían llegar atravesando abismos cósmicos. Esto hizo a Jones pensar en la demente fotografía que le mostrara Rogers... la estrafalariamente tallada habitación del críptico trono, que aquel sujeto pretendía que era parte de unas ruinas con tres millones de años de antigüedad, emplazadas en las rehuidas e inaccesibles soledades del Ártico. Quizás Roger había estado en Alaska, pero la fotografía no era más que un montaje. No podía ser de otra manera, con todas aquellas tallas y terribles símbolos. Y la monstruosa figura supuestamente encontrada en aquel trono... ¡Que explosión de fantasía enfermiza! Jones se preguntaba cuán lejos estaría de la demente obra maestra de cera... quizás estaba tras aquella pesada puerta de planchas de madera, cerrada con candado, que llevaba más allá del taller. Pero no debía dejarse obsesionar por una imagen de cera. ¿No estaba aquella estancia repleta de tales seres, algunos de los cuales eran apenas menos horribles que el espantoso «Ello»? Y, más allá de una gruesa lona a la izquierda, estaba la estancia de Sólo adultos, con sus indescriptibles espejismos del delirio.

La proximidad de las innumerables formas de cera comenzó a crispar progresivamente los nervios de Jones mientras pasaba el cuarto de hora. Conocía tan bien el museo que podía ubicar sus habituales imágenes incluso en la total oscuridad. De hecho, las tinieblas tenían el efecto de prestar a las recordadas imágenes algún elemento imaginario sumamente perturbador. La guillotina parecía crujir y el barbudo semblante de Landrú —que mató a sus quince esposas— se contorsionaba con expresión de monstruosa amenaza. De la cercenada garganta de Madame Demers parecía brotar un gorgoteante sonido, mientras que la descabezada y desmembrada víctima de un asesino del baúl intentaba aproximarle más y más sus ensangrentados muñones. Jones comenzó a entornar sus ojos para ver si podía difuminar las imágenes, sin el menor resultado. De hecho, al entornar los ojos, el extraño e intencional trasfondo de granos de luz se hacía más perturbadoramente pronunciado. Luego, repentinamente, comenzó a intentar distinguir las odiosas imágenes que primitivamente había tratado de hacer desvanecerse. Lo hizo porque estaban dando paso a entidades aún más odiosas. A pesar de sí mismo, su memoria comenzó a reconstruir las blasfemias totalmente inhumanas que acechaban las oscuras esquinas, y aquellos grumosos híbridos brotaban rezumando y serpenteando hacia él, como tratando de encerrarle en un círculo. El negro Tsathoggua se modeló a sí mismo, desde una gárgola de aspecto de rana, en una larga y sinuosa línea con centenares de rudimentarios pies, y un blando y enjuto ser nocturno extendió sus alas como para avanzar y sofocar al observador. Jones se forzó a sí mismo para no gritar. Sabía que estaba volviendo a los tradicionales terrores de su infancia y decidió utilizar su razón de adulto para mantener a raya los fantasmas. Esto -le ayudó un poco, según descubrió, al encender de nuevo la luz. Espantosas como eran las imágenes reveladas, no lo eran tanto como las que había conjurado su fantasía en la total oscuridad.

Pero había un inconveniente. Aun a la luz de la linterna, no pudo dejar de sospechar un leve y furtivo temblor en una parte de la lona que mantenía oculta la terrible sala de «Sólo adultos». Conocía lo que había detrás y se estremeció. Su imaginación conjuró las impresionantes formas del fabuloso Yog-Sothoth... tan sólo una aglomera¬ción de globos iridiscentes, pero inmenso en su sugerencia de maldad. ¿Qué era esa maldita masa flotando lentamente hacia él y sacudiendo la partición que estorbaba su camino? Una ligera protuberancia en la lona y a la derecha insinuaba el afilado cuerno del Gnoph-keh, el peludo ser mítico del hielo groenlandés, que caminaba a veces sobre dos piernas, otras sobre cuatro y en ocasiones sobre seis. Para apartar esto de su cabeza, Jones caminó audazmente hacia la infernal sala con la linterna luciendo constantemente. Por supuesto, ninguno de sus temores era real. Aunque, ¿no ondulaban lenta e insidiosamente los largos tentáculos faciales del gran Cthulhu? Sabía que eran flexibles, pero no comprendía que el movimiento de aire causado por su avance bastase para agitarlos. Volviendo a su asiento en el exterior de la sala, entrecerró los ojos y dejó que los simétricos puntos de luz jugaran. El distante reloj lanzó un solitario toque. ¿Seda tan sólo la una? Enfocó la linterna sobre su reloj y vio que así era. Seda, en efecto, duro aguardar hasta el alba. Roger volvería sobre las ocho, antes incluso que Orabona. Habría luz en el exterior en el sótano principal mucho antes de eso, pero nada de ésta entraría allí. Todas las ventanas de este sótano habían sido tapiadas, excepto los tres ventanucos que daban al patio. Sería una espera muy larga, en resumen. Sus oídos estaban sufriendo también alucinaciones ahora... ya que podía jurar que oía pisadas sigilosas y pesadas en el taller del otro lado de la puerta cerrada y asegurada. No tenía sentido pensar en el no exhibido horror que Rogers llamaba «Eso». El ser era una contaminación... había vuelto loco a su creador, e incluso su retrato evocaba terrores de la imaginación. No podía estar en el taller... estaba, obviamente, más allá de la puerta de pesadas planchas y candado. Aquellos pasos eran en verdad pura imaginación.

Luego creyó escuchar girar la llave de la puerta del taller. Encendiendo su linterna, no vio nada excepto el antiguo portón de seis paneles en su posición correcta. De nuevo probó la oscuridad y cerró los ojos, pero siguió una angustiosa ilusión de crujido; esta vez no fue la guillotina, sino la lenta y furtiva apertura de la puerta del taller. No quería gritar. Si gritaba, estaría perdido. Había ahora una especie de reptar o arrastrar audible y avanzaba lentamente hacia él. Debía retener el control sobre si mismo. ¿No lo había hecho cuando las indescriptibles formas del cerebro trataron de acercársele? El arrastrar resonó más cerca y su resolución desfalleció. No gritó, simplemente barbotó un desafío.

—¿Quién está ahí? ¿Quién es usted? ¿Qué quiere?
No hubo respuesta, pero el arrastrar siguió. Jones no sabía qué era lo que más temía... encender la linterna o permanecer en la oscuridad mientras el ser reptaba hacia él. Este ser era diferente, lo sabía con certeza, a los otros terrores de la tarde. Sus dedos y garganta se agita¬ban espasmódicamente. El silencio era imposible, y la espera en la total negrura comenzaba a ser la más intolerable de todas las condiciones. De nuevo gritó histéricamente.
—¡Alto! ¿Quién está ahí? -Encendió los reveladores rayos de su linterna. Luego, paralizado por lo que vio, dejó caer la linterna y gritó.., no una, sino muchas veces.

El ser que se arrastraba hacia él en la oscuridad era la gigantesca y blasfema forma de una negra entidad que no era totalmente mono ni completamente insecto. Su piel colgaba flojamente de su estructura, y su rugosa cabeza de ojos muertos se balanceaba constantemente de un lado a otro. Sus patas superiores estaban extendidas con las garras abiertas, y todo el cuerpo se tensaba con malignidad homicida, a pesar de la completa ausencia de expresión facial. Tras los gritos y la llegada de la oscuridad, brincó y, en un instante, tenía a Jones sujeto contra el sueló. No hubo lucha, ya que el observador se había desmayado. El desvanecimiento de Jones no pudo durar más de un instante, ya que el indescriptible ser estaba arrastrándole simiescamente por la oscuridad cuando recobró la consciencia. Lo que le despertó plenamente eran los sonidos que profería el ser... o mejor dicho, la voz con la que los profería. Aquella voz era humana, y además familiar. Sólo un ser viviente podía tener los roncos y febriles acentos con los que entonaba cánticos a un horror desconocido.

—¡Iä! ¡Iä! — aullaba—. Ya voy, oh, Rhan-Tegoth, voy con tu alimento. Largo tiempo has esperado y malcomido, pero ahora tendrás lo prometido. Esto y más, ya que en vez de Orabona será uno de los que más han dudado de ti. Lo aplastarás y secarás, con todas sus dudas, y así -te harás más fuerte. E incluso entre los hombres será mostrado como un monumento a tu gloria. Rhan-Tegoth, infinito e invencible, soy tu esclavo y sumo sacerdote. Tienes hambre, yo la aplaco. He leído el signo y te lo he llevado derecho. Te alimentaré con sangre y tú me alimentarás con poder. ¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡La Cabra con un Millar de Retoños!

En un instante todos los terrores de la noche abandonaron a Jones como un manto que cae. De nuevo era dueño de si mismo, ya que sabia que era un peligro totalmente terrenal y material al que tenía que enfrentarse. No era ningún monstruo de fábula, sino un peligroso demente. Era Rogers, vestido con algún disfraz de pesadilla de su propio y enloquecido diseño, dispuesto a realizar un espantoso sacrificio al dios-demonio que había creado en cera. Evidentemente, debía haber entrado al taller por el patio trasero, se había disfrazado y había avanzado para apresar a su víctima finamente encerrada y presa del pánico. Su fuerza era prodigiosa, y si debía ser frustrado habría de actuar rápido. Continuaría alimentando la creencia del loco en su inconsciencia, mientras la presa fuera relativamente débil. La sensación de pasar un umbral le dijo que estaba entrando en el taller negro como la tinta. Con la fuerza que da el miedo mortal, Jones dio un brusco salto desde la medio yacente postura en la que estaba siendo arrastrado. Durante un instante se liberó de las manos del atónito maniaco, y, en otro instante, una embestida afortunada puso sus manos alrededor de la garganta extravagantemente disfrazada de su captor. Simultáneamente, Rogers le aferró a él y, sin mayores preliminares, ambos se trabaron en una lucha a vida o muerte. El entrenamiento atlético de Jones, sin duda, fue su única salvación, ya que su enloquecido atacante, abandonando cualquier exhibición de juego limpio, decencia o incluso autopreservación, era una máquina de salvaje destrucción tan formidable como un lobo o una pantera. Gritos guturales salpicaban ocasionalmente la terrible lucha en la oscuridad. Saltó la sangre, las ropas se rasgaron, y al fin Jones sintió la garganta del maniaco, libre ya de su máscara espectral. No dijo una palabra, sino que puso cada gramo de energía en defender su vida. Rogers pateó, buscó los ojos de su enemigo, dio cabezazos, mordió, rasgó y escupió... y aún encontró fuerzas para vociferar ocasionales frases. La mayor parte de su palabrería era una jerga ritual llena de referencias a «Eso» o «Rhan-Tegoth» y, para los crispados nervios de Jones, era como silos gritos tuvieran respuesta de bufidos y aullidos demoníacos, provenientes de una infinita distancia. Hacia el final, ambos rodaron por el suelo, volcando bancos o golpeándose contra los muros y los basamentos de ladrillo del horno de mezcla del centro. Hasta el fin, Jones no pudo estar seguro de salvarse, pero el último lance se inclinó a su favor. Un rodillazo contra el pecho de Rogers produjo una total relajación y, un instante después, supo que había ganado.

A pesar de lo duro que le resultaba sostenerse, Jones se levantó y tanteó los muros buscando el interruptor de la luz, ya que había perdido su linterna, junto con la mayor parte de sus ropas. Mientras palpaba, arrastraba a su desvanecido contrario, temiendo un repentino ataque cuando el demente volviera en si. Encontrando la caja, probó hasta hallar el interruptor correcto. Luego, mientras el taller, salvajemente desordenado, aparecía bajo la repentina luz, volvió para atar a Rogers con cuantas cuer¬das y cinturones pudo encontrar a mano. El disfraz del sujeto — o lo que quedaba de él— parecía estar realizado con alguna desconcertante clase de cuero. Por diversas razones, a Jones se le puso la carne de gallina al tocarlo, y parecía haber un extraño y oxidado olor en él. En las ropas de calle de debajo, estaba el llavero de Rogers, y la exhausta víctima lo aferró como su pasaporte final a la libertad. Las pantallas de las pequeñas ventanas parecidas a troneras estaban bajadas y aseguradas, y así las dejó. Enjugando la sangre de la lucha en un recipiente apropiado, Jones buscó las ropas más ordinarias y menos extravagantes que pudo encontrar en los percheros. Probando la puerta del patio, descubrió que estaba asegurada con un cerrojo de resorte que no necesitaba llave desde el interior. Guardó el llavero, no obstante, para entrar, cuando volviera, con ayuda... ya que, claramente, lo que había que hacer era llamar a un psiquiatra. No había teléfono en el museo, pero no sería difícil de encontrar en un restaurante nocturno o en una farmacia de guardia. Casi había abierto la puerta para salir cuando un torrente de odiosas injurias del otro lado de la habita¬ción le indicó que Rogers —cuyas heridas visibles se limitaban a un largo y profundo rasguño en la mejilla izquierda—. había recobrado la consciencia.

¡Idiota! ¡Desove de Noth-Yidik y efluvio de K’thun! ¡Hijo de los perros que aúllan en el torbellino de Azat¬hoth! Podrías haber sido sagrado e inmortal, y ahora traicionas a Eso y a su sacerdote! ¡Cuidado... porque está hambriento! Debiera haber sido Orabona... ese maldito perro traicionero listo para revolverse contra Eso y contra mí... pero terminé concediéndote el primer honor. Ahora, ambos debéis temer, ya que Eso no es agradable sin su sacerdote. ¡Iä!¡Iä! ¡La venganza se acerca! ¿Sabes que podrías haber sido inmortal? ¡Mira al horno! El fuego está listo y hay cera en la olla. hubiera hecho contigo lo que hice con las otras formas vivientes. ¡Ey! Tú que has jurado que todas mis efigies eran de cera, ¡te habrías convertido en una de ellas! Cuando Eso se hubiera saciado, y fueras como aquel perro que te mostré, ¡hubiera inmortalizado tus pedazos aplastados y lacerados! La cera lo hubiera hecho. ¿No decías que soy un gran artista? Cera en cada poro... cera en cada centímetro cuadrado tuyo... ¡Iä! ¡Iä! Y después el mundo hubiera podido contemplar tu mutilada carcasa ¡y preguntarse cómo podría yo haber imaginado tal cosa! ¡Ey! Y Orabona hubiera sido el siguiente, y otros tras de él... ¡y todos hubieran acrecentado mi familia de cera! Perro... ¿Aún crees que be fabricado todas mis efigies? ¿No sería mejor decir preservado? Ya sabes los extraños lugares que he visitado y los extraños seres que he traído. Cobarde... nunca osarías encarar al destructor cósmico cuyo disfraz me coloqué para darte un susto... su simple presencia viva, o incluso el hecho de concebirlo, ¡te hubieran matado instantáneamente de miedo! ¡Iä! ¡Iä! ¡Eso aguarda hambriento la sangre que es vida!

Rogers, sosteniéndose contra la pared, tironeó de sus ataduras.
—Mira esto, Jones... ¿y si me sueltas y yo te dejo mar¬char? Hay que ser respetuosos con el sumo sacerdote de Eso. Orabona bastará para mantenerlo vivo, y, cuando termine, inmortalizaré sus pedazos en cera para que el mundo los vea. Debieras haber sido tú, pero has rehusado tal honor. No te molestaré más. Suéltame y repartiré contigo el poder que Eso me dará. ¡Iä! ¡Iä! ¡Grande es Rhan-Tegoth! ¡Suéltame! Está hambriento al otro lado de la puerta y, si muere, los Primordiales nunca volverán. ¡Ey! ¡Ey! ¡Suéltame!

Jones simplemente agitó la cabeza, a pesar de que la repugnancia hacia los delirios del empresario le asqueaban. Rogers, ahora mirando salvajemente hacia la puerta de hierro con el candado, golpeó su cabeza una y otra vez contra el muro de ladrillo y comenzó a dar puntapiés con sus tobillos fuertemente atados. Jones comenzó a temer que se lesionaría y avanzó para atarlo más firmemente a algún objeto fijo. Contorsionándose, Rogers se apartó de él y comenzó a lanzar una serie de frenéticos aullidos cuya total y monstruosa inhumanidad resultaba espantosa y cuyo volumen era casi increíble. Parecía imposible que cualquier garganta humana pudiera producir ruidos tan estrepitosos y penetrantes, y Jones pensó que, de continuar, no necesitaría teléfono para pedir ayuda. En poco tiempo, algún policía llegaría a investigar, aun admitiendo que no hubiera vecinos que pudieran escuchar en aquel desierto distrito de almacenes.

—¡Wza-y’ei! ¡Wza-y’ei! — aullaba el demente— Y’kaa haa bho... ii, Rhan-Tegotb... Ctbulhujhtagn... ¡Fi! ¡Fi! ¡Fi! ¡Fi!... ¡RhanJegoth, Rban-Tegoth, Rhan-Tegoth!

La estrechamente atada criatura, que había comenzado a serpentear por el sucio suelo, alcanzó la puerta de planchas con el candado y comenzó a golpear atronadoramente su cabeza contra ella. Jones temió tener que vol¬ver a sujetarle y deseó no estar tan agotado por la lucha previa. El violento resultado estaba crispando de forma espantosa sus nervios y comenzó a sentir un rebrote de los indescriptibles temores que le asaltaran en la oscuridad. ¡Todo lo concerniente Rogers y su museo era tan infernalmente enfermizo y sugerente de negros panoramas al otro lado de la vida! Era odioso el pensar en la obra maestra de cera, fruto del anormal genio, que en aquel momento debía agazaparse cerca en la oscuridad, más allá de la pesada puerta del candado.
Luego sucedió algo que envió un frío adicional por la columna de Jones e hizo que cada pelo -hasta los del dorso de su mano— se erizaran con un vago espanto más allá de cualquier clasificación. Rogers había parado bruscamente de gritar y golpear su cabeza contra la sólida puerta de hierro, y estaba buscando colocarse en una postura sentada. Tenía la cabeza torcida y escuchaba intensamente algo. Y entonces una sonrisa de diabólico triunfo iluminó su rostro y comenzó a hablar de forma inteligible nuevamente.., esta vez en un ronco murmullo que contrastaba extrañamente con su previo aullar estentóreo.

-¡Escucha, idiota! ¡Escucha atentamente! Eso me ha escuchado y acude. ¿No puedes oírlo chapotear mientras sale de su tanque al final del túnel? Lo alojé en las pro¬fundidades porque nada es demasiado bueno para Ello. Es anfibio, ya lo sabes... viste las branquias en la foto. Llegó a la tierra procedente del plomizo Yuggoth, donde las ciudades están bajo los cálidos y profundos mares. Eso no puede erguirse aquí... demasiado alto... tiene que sentarse o agazaparse. Dame mis llaves, debemos dejarle salir y arrodillamos ante su presencia. Luego saldremos y encontraremos un perro o un gato... quizás un borracho... para darle el alimento que necesita.

No era lo que el loco decía, sino la forma de decirlo, lo que alteró seriamente a Jones. La total y demente confianza, y la sinceridad del enloquecido susurro, era condenadamente contagiosa. La imaginación, con tales estímulos, podía -descubrir una amenaza activa en la diabólica figura de cera que se agazapaba invisible al otro lado de la pesada plancha. Mirando a la puerta con atroz fascinación, Jones descubrió que se producían varios y distintos crujidos, aunque no aparecieron marcas de violencias en la superficie. Se preguntó cuán grande sería la habitación o armario del otro lado, y cómo estaría colocada la figura de cera. Aquella idea del loco sobre un tanque y un túnel era tan delirante como sus otras fantasías. Después, en un terrible instante, Jones perdió por completo la respiración. El cinturón de cuero, con el que había pensado sujetar aún más a Rogers, cayó de sus manos inertes y un espasmo de terror le sacudió de pies a cabeza. Debiera haber sabido que el lugar le volvería loco, tal como había sucedido con Rogers; y ya estaba loco. Estaba loco, ya que sufría alucinaciones más salvajes que las que le habían asaltado anteriormente en la noche. El loco le decía que escuchara el chapoteo de un monstruo mítico en un tanque del otro lado de la puerta... y entonces, Dios le ayudara, ¡Lo escuchó!

Rogers observó el espasmo de horror cubrir el rostro de Jones y convertirlo en una rígida máscara de miedo. Cacareó.

—¡Por fin, loco, crees! ¡Por fin sabes! Lo escuchas y Eso viene! ¡Dame mis llaves, idiota... debemos reverenciarle y servirle!

Pero Jones no prestaba ninguna atención a una voz humana, loca o cuerda. Una parálisis fóbica le inmovilizó sumiéndole en el estupor, con salvajes imágenes recorriendo su imaginación desamparada. Hubo un chapoteo. Hubo un arrastrar o pisar, como de grandes patas húmedas sobre una superficie sólida. Algo se acercaba. Su olfato fue asaltado por un hediondo olor animal que brotaba desde las grietas en aquella puerta de pesadilla, parecido y a la vez diferente al de las jaulas de mamíferos de Regents Park. No sabía si Rogers estaba hablando o no. La realidad se había desvanecido y era una estatua acosada por sueños y alucinaciones tan antinaturales que se convertían casi en objetivas y distantes para él. Creyó oir un husmeo o bufido proveniente de los desconocidos golfos al otro lado de la puerta y, cuando un repentino ruido aullante y trompeteante golpeó sus tímpanos, no pudo estar seguro de que procediera del estrechamente atado maniaco cuya imagen rielaba en su enturbiada visión. La fotografia de aquel maldito e invisible ser de cera insistía en revolotear por su mente. Tal ser no tenía derecho a existir. ¿Acaso no le había vuelto loco? Mientras reflexionaba, una nueva evidencia de locura le asaltó. Algo, pensó, estaba palpando el pestillo de la puerta cerrada con candado. Estaba pateando, arañando y empujando la plancha. Hubo un trueno y la recia madera que se debilitó más y más. El hedor era espantoso. Y entonces el asalto contra la puerta desde el interior se convirtió en una maligna y decidida embestida, como los redobles de un ariete. Hubo un ominoso crujido... un astillarse... un hedor cloacal... una plancha cayendo.. -una pata negra rematada en una pinza como la de un cangrejo.

— jSocorro! ¡Socorro! ¡Dios, ayúdame!.. ¡Aaaaaaah!

Con intenso esfuerzo, Jones es capaz, hoy en día, de recordar la súbita ruptura de su parálisis de temor, descargándose en una frenética huida automática. Aquello debió ser curiosamente similar a las salvajes y desesperadas huidas de las enloquecedoras pesadillas,. ya que parecía haber saltado por la desordenada cripta en casi un latido de corazón, franqueado la puerta exterior y haberla cerrado y atrancado tras de si de golpe, saltado sobre los gastados peldaños de tres en tres y volado, frenéticamente y sin rumbo, por el húmedo patio empedrado y a través de las míseras calles del Southwark. Aquí se detiene su memoria. Jones no sabe cómo llegó a su casa, y no existe evidencia de que cogiera un coche. Probablemente hizo todo el camino por ciego ins¬tinto: por el puente de Waterloo, a lo largo del Strand y Charing Cross y subiendo Haymarket y Regent Street hacia su vecindad. Todavía vestía la extraña mezcolanza de ropas del museo cuando recobró la consciencia lo suficiente como para llamar al médico. Una semana más tarde, el psiquiatra le permitió abandonar la cama y salir al aire libre. Pero no había contado todo a los especialistas. Sobre toda la experiencia colgaba un manto de locura y pesadilla, y sintió que el silencio era el único camino. Cuando estuvo recuperado, estudió exhaustivamente los periódicos que había coleccionado desde aquella espantosa noche , sin encontrar referencias a nada extraño en el museo. ¿Cuánto, después de todo, había sido realidad? ¿Dónde terminaba la realidad y comenzaba el delirio enfermizo? ¿Había cedido su mente en aquella oscura sala de exposición y todo, hasta la lucha con Rogers, era un fantasma de la fiebre? Le ayudada a recobrarse el aclarar aquellos puntos enloquecedores. Debía ver la maldita fotografía de la imagen de cera apodada.

Jones se sobresaltó violentamente, pero Orabona no dio muestras de notarlo.
—El informe y colosal dios es una réplica de ciertas oscuras leyendas estudiadas por Mr. Rogers. Se supone que llegó del espacio exterior y vivió en el Ártico hace tres millones de años. Realizaba sus sacrificios de una forma bastante peculiar y horrible, como podrá ver. Mr. Rogers lo ha dotado de un diabólico aspecto de vida... aun en el rostro de la víctima.

Temblando ahora violentamente, Jones se asió al pasamanos de latón frente al velado nicho. Casi estuvo por detener a Orabona cuando vio que la cortina comenzaba a abrirse, pero algún impulso contrapuesto le coñtuvo. El extranjero sonrió triunfalmente.
—¡Vea!
Jones se tambaleó a pesar de estar agarrado al pasa¬manos.
-¡Dios!... ¡Dios mío!

Con sus buenos dos metros y medio, y a pesar de su actitud confusa y agazapada que expresaba una malignidad infinitamente cósmica, se mostraba a un increíble horror plantado frente a un ciclópeo trono de marfil cubierto de grotescas tallas. En el par central de sus seis patas llevaba un arrugado, aplastado, distorsionado ser sin sangre, perforado por un millón de punciones y, en ciertos lugares, quemado por la acción de un activo ácido. Sólo la mutilada cabeza de la víctima, pendiendo a un lado, revelaba que representaba a algo que fuera humano. El propio monstruo no necesitaba presentación para alguien que hubiera visto cierta fotografía infernal. La maldita instantánea había sido demasiado fiel, aunque no podía mostrar el pleno horror que subyacía en la gigantesca entidad. El torso globular.., la burbujeante sugerencia de cabeza... los tres ojos de pescado... la larga trompa... las agallas protuberantes... el monstruoso pelaje de ventosas como áspides... los seis sinuosos miembros con sus patas negras y pinzas de cangrejo... ¡Dios!, ¡la familiaridad de la pata negra rematada en una pinza de cangrejo!...

La sonrisa de Orabona era completamente condenable. Jones se atragantó y observó fijamente la odiosa exhibición con creciente fascinación que le aturdía y le perturbaba. ¿Qué entrevisto horror le sumía y le obligaba a mirar más y buscar detalles. Eso había vueko loco a Rogers... Rogers, supremo artista... decía que no eran artificiales. Luego vio lo que le perturbaba. Era la aplastada y caída cabeza de cera de la víctima, y lo que insinuaba. Su rostro no estaba totalmente destruido y era familiar. Era como el enloquecido semblante del pobre Rogers. Jones observó más de cerca, sin saber del todo qué le impulsaba. ¿No era natural en un enloquecido ególatra moldear sus sus propias facciones en su obra maestra? ¿Había algo más que la subconsciente visión había sumido y suprimido bajo el efecto del puro terror?

La cera del rostro mutilado había sido moldeada con destreza increíble. Aquella incisiones... ¡cuán perfectamente reproducían la minada de heridas que algo infligiera a aquel pobre perro! Pero había algo más. En la mejilla derecha podía distinguirse una irregularidad que desentonaba con el aspecto general... como si el autor hubiera tratado de cubrir un defecto de su primer modelo. Cuanto más lo miraba Jones, más misterioso y horrible le parecía... luego, bruscamente, recordó algo que le llenó de horror. Aquella espantosa noche... la lucha... el demente atado... y el largo y profundo arañazo en la mejilla izquierda del verdadero Rogers...

Jones, soltando la desesperada presa del pasamanos, cayó en un profundo desvanecimiento.

Orabona seguía sonriendo".

H.P Lovecraft/Hazel Heald.