"La niebla se arremolinaba a su alrededor, empujada por un fuerte movimiento propio, pues no había viento. Flotaba formando densas volutas y espirales tóxicas; subía y bajaba; las luces de las de la calle y los automóviles no lograban penetrarla, aunque aquí y allí algún escaparate grande formaba manchas de luz tenue sobre su cortina en perpetuo movimiento.
A O'Reilly le dolían los ojos debido al incesante esfuerzo de ver a un pie más allá de su rostro. El nervio óptico se cansaba, y la visión, por consiguiente, era cada vez menos precisa. Al avanzar cautelosamente a través de la sofocante oscuridad, tosió. Sólo el ahogado ruido del lento tráfico le persuadía de que se encontraba realmente en una ciudad populosa; esto y las vagas sombras de figuras que iban a tientas, enormemente aumentadas, que surgían súbitamente para desaparecer de nuevo, al avanzar a tientas hacía destinos inciertos.
Sin embargo, las figuras eran seres humanos; eran reales. Al menos sabía eso. Oía sus voces apagadas, cercanas, lejanas, extrañamente sofocadas. También oía el golpeteo de numerosos bastones. Estas formas fantasmagóricas representaban gente viva. No estaba solo.
Lo que le obsesionaba era el temor a encontrarse completamente solo, pues todavía era incapaz de cruzar un espacio abierto sin ayuda. Tenía la resistencia fisica, era el cerebro lo que le fallaba. A mitad del camino podría invadirle el pánico, se estremecería completamente, se disolvería su voluntad, gritaría pidiendo ayuda, correría furiosamente. Todavía no estaba curado, aunque en condiciones normales estaba bastante seguro, tal como le había confirmado el Dr. Henry.
Cuando una hora antes tomó el metro en Regent's Park el aire era claro, el sol de noviembre lucía brillante, el cielo azul estaba despejado y la presunción de que podría cruzar la ciudad de Londres solo estaba justificada. Al día siguiente tenía que partir para Brighton a pasar la última semana de convalecencia; esta prueba preliminar de su fortaleza en una brillante tarde de noviembre iba a serle beneficiosa. El doctor Henry le dio instrucciones precisas: Cambie en Piccadilly Circus -sin dejar la estación del metro, recuerde- y salga en South Kensington. Ya tiene la dirección de su amiga del Departamento de Ayuda Voluntaria. Tome su taza de té con ella y luego regrese de la misma manera a Regent's Park. Regrese antes de que oscurezca, lo más tarde a las seis. Es mejor". Le había explicado los giros que tenía que hacer al abandonar la estación, tantos a la derecha y tantos a la izquierda; era algo confuso, pero la distancia era corta. Siempre puede preguntar. Es imposible que se equivoque.
Sin embargo, la niebla desdibujaba estas instrucciones, que en su cerebro se convirtieron en un confuso revoltijo. La imposibilidad de ver reaccionó en su memoria. Además, la D. A. V. le había advertido de que su dirección no era fácil de encontrar. La casa se encontraba en un lugar retirado. ¡Pero con su sentido de la orientación en zonas poco habitadas probablemente lo conseguiría mejor que cualquier londinense! Tampoco ella había calculado la niebla.
Cuando O'Reilly subió las escaleras de la estación de South Kensington, emergió a una oscuridad tan tenebrosa que pensó que todavía estaba bajo tierra. A su alrededor se extendía un mundo impenetrable. Solamente un pequeño claro en la húmeda atmósfera le indicó que se encontraba a cielo abierto. Durante algún rato se quedó quieto y mirando la horrible niebla de Londres. Con sorpresa y el más vivo interés disfrutó del nuevo espectáculo durante unos diez minutos, mirando cómo la gente llegaba y se desvanecía, y preguntándose por qué las luces de la estación se apagaban completamente en el instante en que tocaban la calle; después, con sentido de aventura abandonó el edificio cubierto y se sumergió en el opaco mar.
Repitiéndose las instrucciones que había recibido -primera a la derecha, segunda a la izquierda, otra vez a la izquierda y así sucesivamente- comprobaba cada giro asegurándose de que era imposible equivocarse. Hizo progresos correctos aunque lentos, hasta que alguien chocó con él y le hizo una pregunta repentina y sorprendente.
-¿Sabe usted si voy bien para la estación de South Kensington?
Fue lo imprevisto lo que le sorprendió; un momento no había nadie, al siguiente estaban cara a cara, otro momento y el extraño había desaparecido en la oscuridad tras dar cortésmente las gracias. Pero el pequeño sobresalto de la interrupción le había perturbado. Ya había doblado dos veces hacia la derecha, ¿O no? O'Reilly se dio cuenta repentinamente de que había olvidado sus instrucciones. Se quedó quieto haciendo arduos esfuerzos para recuperarse, pero cada esfuerzo le dejaba más inseguro que antes. Cinco minutos después estaba perdido y tan desesperado como un habitante de la ciudad que sale de su tienda en un bosque sin hacer marcas en los árboles para poder encontrar el camino de regreso. Incluso el sentido de la dirección, tan fuerte en él entre los bosques de su tierra, había desaparecido por completo. No había estrellas, no había viento, ni olor, ni ruido de agua que corre. En ningún lado había nada que pudiera guiarle, nada sino ocasionales contornos confusos, el caminar a tientas, arrastrando los pies, el aparecer y desaparecer en la arremolinada niebla, pero raramente a una distancia para poder hablar ni, mucho menos, tocar. Estaba completamente perdido; más aún, estaba solo.
Pero a pesar de todo no completamente solo. En su inmediata cercanía todavía había figuras. Surgían, se desvanecían, reaparecían, se disolvían. No, no estaba completamente solo. Veía esos espesamientos de la niebla, oía sus voces, el sonido de sus cautelosos bastones, y también sus pies que se arrastraban. Eran reales. Se movían, parecía, en círculo alrededor de él, sin acercarse demasiado.
-Pero son reales -se dijo en voz alta, traicionando el punto débil de su coraza-. Sí, son seres humanos. Estoy seguro de ello.
Nunca había discutido con el Dr. Henry sobre ningún punto. Pero siempre había tenido su propia idea acerca de estas figuras, porque entre ellas estaban bastante a menudo sus propios compañeros del horror de Somme, Gallipoli, de Mespot también. ¡Y debía conocer a sus compañeros cuando los veía! Al mismo tiempo sabía muy bien que había sufrido un shock, que su ser se había dislocado, como si se hubiera disuelto a medias y su sistema se hubiera desequilibrado de tal manera que su registro se había vuelto impreciso. Cierto. Comprendía eso perfectamente. Pero, en ese shock y esa dislocación, ¿no habría adquirido posiblemente otro mecanismo? ¿No habría huecos y bordes rotos, piezas que ya no encajaban, ajustadas como siempre, intersticios, en una palabra? Sí, esa era la palabra: intersticios. ¿Fisuras, por decirlo así, entre su percepción del mundo exterior y su interpretación interna del mismo? ¿Entre los diversos estados de conciencia, que generalmente encajaban tan perfectamente que las uniones eran normalmente imperceptibles?
Su estado, lo sabía bien, era anormal; pero, ¿eran irreales sus síntomas de este relato? ¿No podrian ser utilizados estos intersticios por... otros? Cuando veía sus figuras, solía preguntarse: ¿No son éstos los reales y los otros -los seres humanos- los irreales? Ahora esta pregunta revivía en él con una nueva intensidad. ¿Eran reales o irreales estas figuras que veía en la niebla? El hombre que le había preguntado el camino hacia la estación, ¿no era, después de todo, simplemente una sombra?
Utilizando su bastón y sus pies y la poca visión que le quedaba, supo que se encontraba en una isla. A su lado se erigía una farola que proyectaba su débil mancha de luz. Sin embargo, había también barandas metálicas, y eso le sorprendía, pues su bastón golpeaba las barras metálicas formando claramente una sucesión. Y en una isla no debía de haber barandas. A pesar de todo, estaba completamente seguro de que había cruzado un terrible espacio abierto para llegar a donde estaba. Su confusión y aturdimiento aumentaban con peligrosa rapidez. El pánico no estaba lejos.
Ya no estaba en un trayecto de autobús. Algún taxi pasaba muy despacio ocasionalmente, como una mancha blanquecina en la ventanilla que mostraba un preocupado rostro humano; de vez en cuando pasaba una camioneta o un carro, con el carretero llevando una linterna para que el caballo no tropezara. Esto le confortaba, por raros que parecieran. Pero eran las figuras lo que más le llamaba la atención. Estaba completamente seguro de que eran reales. Eran seres humanos como él. Por todo esto, decidió que en este punto también podria ser positivo. Por consiguiente, eligió una, un hombre corpulento que surgió repentinamente de la misma tierra frente a él.
-¿Puede indicarme el camino hacia Morley Place? -preguntó.
Pero su pregunta fue ahogada por la que le hizo simultáneamente el otro con voz mucho más fuerte que la suya.
-¿Sabe si voy bien para la estación del metro? Estoy completamente perdido. Busco South Kent.
Y en el momento en que O'Reilly había señalado la dirección de la que él procedía, el hombre ya se había marchado de nuevo, borrado, tragado, ni siquiera sus pasos eran audibles, como si nunca hubiera estado allí.
Esto le dejó una impresión muy desagradable, un sentido de aturdimiento mayor que antes. Esperó cinco minutos sin atreverse a dar un paso y luego lo intentó con otra figura, ésta una mujer, quien, afortunadamente, conocía perfectamente los alrededores. Le dio instrucciones detalladas de la manera más amable posible y luego se desvaneció con increíble rapidez y facilidad en el mar de oscuridad. La manera instantánea cómo se había desvanecido era descorazonadora, inquietante: fue misteriosamente abrupta y repentina. Pero sin embargo le confortó. Según la versión de ella, Morley Place estaba a menos de doscientas yardas de donde se encontraba. Empezó a avanzar, paso a paso, utilizando su bastón, cruzando un vertiginoso espacio abierto, golpeando el bordillo alternativamente con las dos botas, tosiendo y atragantándose continuamente mientras lo hacía.
-De cualquier modo, creo que eran reales -dijo en voz alta-. Las dos eran bastante reales. ¡Y quizá la niebla pronto se levante un poco! -estaba haciendo un gran esfuerzo para seguir caminando. Casi luchaba. Se daba perfecta cuenta. El único punto era la realidad de las figuras. Se puede levantar en cualquier momento -repitió en voz alta. A pesar del frío, sudaba profusamente.
Pero, naturalmente, la niebla no se levantó. Las figuras se hicieron también escasas. No se oían carros. Había seguido cuidadosamente las instrucciones, pero ahora se encontraba, evidentemente, en algún camino poco frecuentado en el que los peatones eran escasos incluso con buen tiempo. A su alrededor había un sombrío silencio. Su pie perdió el bordillo, su bastón barrió el aire vacío, sin golpear nada sólido, y el pánico se apoderó de él, dejándole estremecido y helado. Estaba solo, se sabía solo, y peor aún... estaba en otro espacio abierto.
Cruzar aquel espacio abierto le llevó quince minutos, la mayor parte a gatas, inconsciente del frío lodo que manchaba sus pantalones y congelaba sus dedos, atento solamente a sentir de nuevo un apoyo sólido contra su espalda y su espina dorsal. Se acercaba el momento del colapso, el grito ya salía de su garganta, el temblor de todo su cuerpo era ya incontrolable cuando sus dedos dieron con un acogedor bordillo y vio una tenua mancha de luz que se difundía sobre su cabeza. Con un gran y rápido esfuerzo se levantó, y un momento después su bastón golpeaba una baranda. Se inclinó contra ella, agotado, jadeando, con su corazón latiendo penosamente mientras la farola le proporcionaba el consuelo adicional de su débil luminosidad, aunque la llama real era invisible. Miró a uno y otro lado; el pavimento estaba desierto. Estaba engullido en el oscuro silencio de la niebla.
Pero sabía que ahora Morley Place debía estar muy cerca. Pensó en la pequeña y amigable D. A. V. que había conocido en Francia, en un fuego tibio y luminoso, en una taza de té y un cigarrillo. Un esfuerzo más, pensó, y todo eso sería suyo. Avanzó a tientas con resolución otra vez, arrastrándose lentamente junto a la barandilla. Sí las cosas fueran otra vez realmente mal, llamaria a un timbre y pediría ayuda, por más que rechazara la idea. Suponiendo que no tuviera que cruzar más espacios abiertos, suponiendo que no viera más figuras emergiendo y desvaneciéndose como criaturas nacidas de la niebla y viviendo en ella como si fuera su elemento nativo -ahora eran las figuras lo que temía más que otra cosa, incluso más que la soledad-, suponiendo que el sentido del pánico...
Un ligero oscurecimiento de la niebla debajo de la farola siguiente llamó su atención. Se detuvo. Esta vez no se trataba de una figura, era la sombra de la columna grotescamente ampliada. No se movía. Se movía hacia él. Por su interior fluyó una llama de fuego seguida de hielo. Era una figura, muy cerca de su rostro. Era una mujer.
De repente recordó el consejo del doctor, el consejo que le había curado de un centenar de fantasmas:
No las ignore. Trátelas como si fueran reales. Hábleles y vaya con ellas. Pronto probará su irrealidad. Y ellas le dejarán.
Hizo un esfuerzo valiente y tremendo. Estaba temblando. Una mano agarró la húmeda y helada barandilla.
-Se perdió como yo, ¿verdad, señora? -dijo con voz temblorosa-. ¿Sabe usted dónde estamos realmente? Estoy buscando Morley Place...
Se calló de repente. La mujer se acercaba más y por primera vez vio claramente su rostro. Su palidez fantasmagórica, los ojos brillantes y asustados que miraban con una especie de aturdimiento hacia los suyos, su belleza, sobre todo, dejaron sus palabras sin terminar. La mujer era joven, y su alta figura envuelta en un abrigo oscuro de piel.
-¿Puedo ayudarla? -preguntó irreflexivo, olvidándose de su propio terror momentáneo.
Estaba más que asustado. El aire de angustia y dolor de ella despertó en él una aflicción peculiar. Durante un momento ella no contestó, acercando su cara pálida como si le examinara, tan cerca que apenas pudo controlar su instinto de retroceder un poco.
-¿Dónde estoy? -preguntó por fin, buscando fijamente sus ojos-. Me he perdido. No puedo encontrar mi camino de regreso.
Su voz era débil, un curioso gemido que despertó extrañamente su lástima. Sintió que su propia angustia se fundía con otra todavía mayor.
-Me pasa lo mismo -contestó más confiado-. Y también me aterroriza estar solo. He sufrido neurosis de guerra, ya sabe. Vayamos juntos. Juntos encontraremos un camino.
-¿Quién es usted? -murmuró la mujer mirándole todavía con sus grandes ojos brillantes, aunque su angustia no había disminuido ni una pizca. Le miraba como si se hubiera dado cuenta repentinamente de su presencia.
Él se lo contó brevemente.
-Y ahora voy a tomar el té con una amiga D. A. V. en Morley Place. ¿Cuál es su dirección? ¿Conoce el nombre de la calle?
Daba la impresión de que ella no le oía o no le comprendía por completo; era como si ya no le escuchara.
-Salí tan de repente, tan inesperadamente -escuchó la débil voz con angustia en cada sílaba-; no puedo encontrar el camino de mi casa. Precisamente cuando le esperaba, también... -miro a su alrededor con una expresión de inquietud que a O'Reilly le hizo desear tomarla en sus brazos inmediatamente para salvarla-. Quizá ya esté allí ahora... esperándome en este mismo momento... y yo no puedo regresar.
Tan triste era su voz que sólo haciendo un esfuerzo O'Reilly evitó extender la mano para tocarla. En su deseo de ayudarla se olvidaba cada vez más de sí mismo. Su belleza y la maravilla de sus extraños ojos brillantes en su cara pálida tenían un inmenso atractivo. Se calmó un poco. Esta mujer era bastante real. Le preguntó de nuevo su dirección, la calle y el número, la distancia a la que creía que estaba.
-¿Tiene usted alguna idea de la dirección, señora, aunque sólo sea una idea? Iremos juntos y...
De repente le interrumpió. Giró su cabeza como si escuchara, de manera que vio momentáneamente su perfil, la línea de su delgado cuello, un destello de joyas debajo del abrigo de pieles.
-¡Escuche! ¡Le oigo llamar! ¡Recuerdo...! -y se apartó de su lado y se introdujo en la arremolinada niebla.
Sin dudar un instante, O'Reilly la siguió, no sólo porque deseaba ayudarla, sino porque no se atrevía a quedarse solo. La presencia de esta mujer extraña y extraviada le había animado; sucediera lo que sucediera, no debía perderla de vista. Tuvo que correr, tan rápida iba, siempre delante de él, avanzando con confianza y seguridad, doblando a derecha e izquierda, cruzando la calle sin detenerse nunca, sin dudar, con su compañero siempre pisándole los talones jadeando y con un creciente terror a perderla de vista en cualquier momento. El modo cómo encontraba su camino a través de la densa niebla era bastante sorprendente pero el único pensamiento de O'Reilly era no perderla de vista para que no volviera a invadirle el pánico con su inevitable colapso en la calle solitaria y oscura. Era una persecución furiosa y agotadora, y le era difícil mantenerla a la vista, como una fugaz sombra siempre algunas yardas delante de él. Ella no giró la cabeza ni una sola vez, no producía ningún sonido, ningún grito; avanzaba corriendo con instinto firme. Tampoco se le ocurrió ni una sola vez que la persecución fuera extraña; ella era su salvación, y de esto es de lo único que se daba cuenta.
Sin embargo, después recordó una cosa, aunque en aquel momento solamente registró el detalle sin prestarle atención: dejaba en la atmósfera un perfume, uno, además, que conocía, aunque mientras corría no pudo recordar el nombre. Estaba vagamente asociado, para él, con algo desagradable, algo repugnante. Lo relacionó con el sufrimiento y el dolor. Le transmitió un sentimiento de desasosiego. En aquel momento no pudo notar más que eso, ni tampoco pudo recordar dónde había conocido antes este aroma particular.
Y luego la mujer se detuvo súbitamente, abrió una verja y pasó a un pequeño jardín privado; tan súbitamente que O'Reilly, que le pisaba los talones, evitó por muy poco abalanzarse sobre ella.
-¿La ha encontrado? -gritó él-. ¿Puedo entrar un momento con usted? ¿Me dejará telefonear al doctor?
Ella se giró al instante. Su rostro, muy cerca del suyo, estaba lívido.
-¡Doctor! -repitió con un horrible susurro.
La palabra le produjo terror. O'Reilly se quedó sorprendido. Durante uno o dos segundos ninguno de ellos se movió. La mujer parecía petrificada.
-El Dr. Henry, ya sabe -tartamudeó, recuperando de nuevo su habla-. Estoy bajo su cuidado. Vive en Harley Street.
Su rostro se iluminó tan súbitamente como se había oscurecido, aunque en sus grandes ojos todavía flotaba la expresión de aturdimiento y dolor. Pero el miedo la abandonó, como si de repente hubiera olvidado alguna asociación que lo había revivido.
-Mi hogar murmuró-. Mi hogar está en alguna parte cerca de aquí. Estoy cerca de él. Debo regresar, a tiempo, para él. Debo hacerlo. Él viene hacia mí.
Y tras decir estas extraordinarias palabras se volvió, avanzó por el estrecho sendero y se detuvo en el porche de una casa de dos pisos antes de que su compañero se hubiera recuperado suficientemente de su asombro para moverse o decir alguna silaba de respuesta. La puerta principal, vio, estaba entornada. Había sido dejada abierta.
Durante cinco segundos, quizá durante diez, dudó; era el miedo a que la puerta se cerrara y le dejara fuera lo que dio decisión a su voluntad y a sus músculos. Subió las escaleras corriendo y siguió a la mujer hasta un vestíbulo oscuro en el que ella ya le había precedido, y en medio de cuya oscuridad finalmente se había desvanecido. Cerró la puerta sin saber exactamente por qué lo hacía, e inmediatamente tuvo el presentimiento de que la casa en la que ahora se encontraba con esta mujer desconocida estaba vacía y desocupada. Sin embargo, en una casa se sentía seguro. Su peligro estaba en las calles abiertas. Permaneció esperando y escuchando un momento antes de hablar; y oyó a la mujer que se movía por el pasillo de puerta en puerta, repitiendo para sí con su débil voz de desgraciado lamento algunas palabras que no pudo comprender.
-¿Dónde está? ¿Dónde está? Debo regresar...
Entonces O'Reilly se encontró repentinamente aquejado de mudez, como si, con aquellas extrañas palabras, le sobreviniera y le invadiera un terror obsesionante en la oscuridad.
¿Es ella una figura después de todo?, pasaba con letras de fuego por su entumecido cerebro."¿Es irreal o real?
Buscando alivio en la acción de cualquier clase, extendió automáticamente una mano y tanteó a lo largo de la pared en busca de un interruptor eléctrico, y aunque lo encontró por alguna milagrosa casualidad, ningún destello respondió a su accionamiento. Y la voz de la mujer surgió de la oscuridad.
-¡Ah! ¡Ah! ¡Al fin la encontré! ¡Estoy de nuevo en casa, por fin!
Oyó que en el piso de arriba se abría y cerraba una puerta. Él estaba ahora en la planta baja, solo. Siguió un completo silencio.
En el conflicto entre varias emociones -miedo hacia sí mismo para que no volviera a dominarle el pánico, miedo por la mujer que le había conducido a aquella casa vacía y ahora le abandonaba a causa de alguna misteriosa misión que le hizo pensar en la locura-, en este conflicto que le mantuvo hechizado un momento, había un ingrediente todavía mayor que solicitaba una explicación inmediata, pero una explicación que él no podía encontrar. ¿Era real o irreal la mujer? ¿Era un ser humano o una "figura"? El horror de la duda le obsesionaba con una aguda inquietud que se traicionaba a sí misma en respuesta a aquel inoportuno temblor interno que sabía que era peligroso.
Lo que le salvó de una crisis que habría tenido necesariamente resultados más peligrosos para su cerebro y su sistema nervioso en general parece haber sido el hecho excepcional de que sentía más por la mujer que por él mismo. Su simpatía y su lástima habían sufrido una honda impresión; su voz, su belleza, su angustia y aturdimiento, todo poco común, inexplicable y misterioso, formaban juntos una petición que situó la suya en segundo término. Además de esto estaba el detalle de que ella le había dejado, se había ido a otro piso sin decir una palabra, y ahora, detrás de una puerta cerrada en una habitación de arriba, se encontraba cara a cara por fin con el objeto desconocido de su frenética busca, con "ello", fuere lo que fuere lo que pudiera ser "ello". Real o irreal, figura o ser humano, el impulso que vencía en su ser era que debía ir hacia ella.
Fue este claro impulso lo que le dio la decisión y energía para hacer lo que hizo después. Encendió una cerilla, encontró un pedazo de vela y avanzó con ayuda de la parpadeante luz a lo largo del pasillo y de las escaleras sin alfombrar. Se movía cautelosamente, aunque no sabía por qué lo hacía de esa manera. La casa estaba ciertamente sin ocupar; los muebles amontonados estaban cubiertos con fundas; a través de las puertas entreabiertas, vislumbró pinturas colgadas en las paredes y repisas tapadas. Siguió avanzando sin parar, moviéndose de puntillas como si fuera consciente de que era observado, notando el hueco oscuro del vestíbulo y las grotescas sombras que sus movimientos proyectaban en las paredes y el techo. El silencio era desagradable, pero, recordando que la mujer estaba esperando a alguien, no deseaba que se rompiera. Alcanzó el rellano y permaneció inmóvil. Al apantallar la vela para examinar la escena, su vista dio con un pasillo con puertas cerradas a ambos lados. ¿Detrás de cuál de estas puertas, se preguntó, estaba la mujer, figura o ser humano, ahora sola con ello?
No había nada que le guiara, pero un instinto le envió hacia adelante otra vez hacia lo que bucaba. Probó una puerta de la derecha: una habitación vacía, con los colchones enrollados sobre la cama. Probó una segunda puerta dejando la primera abierta detrás de él, y se encontró con otro dormitorio vacío. Al salir de nuevo al pasillo se quedó un momento esperando y luego gritó fuerte con voz grave que, a pesar de todo, levantó desagradables ecos en el vestíbulo del piso de abajo.
-Dónde está usted? Quiero ayudarla. ¿En qué habitación está?
No hubo respuesta; casi le alegró no oir ningún sonido, pues sabía muy bien que estaba esperando en realidad otro sonido, los pasos de quien era esperado. Y la idea de encontrarse con este desconocido hizo que se estremeciera, como si tuviera relación con un diálogo que temía con su corazón y que debía evitar a toda costa. Tras esperar unos momentos, notó que su vela se estaba apagando y cruzó el rellano con un sentimiento de duda y determinación a la vez hacia una puerta al lado opuesto de donde se encontraba. La abrió; no se detuvo en el umbral. Manteniendo la vela con el brazo extendido, entró con decisión.
E instantáneamente su olfato le dijo que por fin había acertado, pues el olor del extraño perfume, aunque esta vez mucho más fuerte que antes, le dio la bienvenida haciendo que sus nervios volvieran a estremecerse. Ahora sabía por qué estaba asociado con algo desagradable, con el dolor, con el sufrimiento, pues lo reconoció: era el olor de un hospital. En esta habitación se había utilizado un poderoso anestésico, y hacía poco.
Simultáneamente con el olor, la vista también le envió un mensaje. Sobre la gran cama doble que había detrás de la puerta, a su derecha, yacía ante su asombro la mujer con su abrigo oscuro de pieles. Vio las joyas en su delgado cuello; pero los ojos no los vio, pues estaban cerrados, se dio cuenta inmediatamente, mortalmente. El cuerpo yacía completamente estirado e inmóvil. Se acercó. Una raya delgada y oscura que salía de sus labios abiertos y bajaba hacia el mentón, perdiéndose dentro del cuello de pieles, era un hilo de sangre. Apenas estaba seco. Brillaba.
Fue extraño quizás que, mientras los miedos imaginarios tenían el poder de paralizarle, mente y cuerpo, esta visión de algo real tuvo el efecto de restaurar su confianza. La visión de la sangre y la muerte en condiciones bastante horribles e incluso monstruosas, no era una cosa nueva para él. Se acercó tranquilamente y tocó con mano firme la mejilla de la mujer, con la tibieza de la vida reciente todavía en su tersura. El frío final todavía no había invadido esta forma vacía cuya belleza, en su perfecta quietud, había adquirido la nueva dulzura de una lozanía sobrenatural. Pálida, silenciosa, vacía, yacía ante él iluminada por el parpadeo de su vela goteante. Levantó el abrigo de pieles para sentir el inanimado corazón. Hacía dos horas como máximo, juzgó, este corazón funcionaba afanosamente, la respiración pasaba por esos labios abiertos. Los ojos brillaban en su absoluta belleza. Su mano tropezó con un botón duro, la cabeza de un largo alfiler de acero clavado en el corazón hasta su extremo.
Entonces supo cuál era la figura, cuál era la real y cuál la irreal. Supo también qué había querido decir ello.
Pero antes de que pudiera pensar o reflexionar, antes de que pudiera incluso incorporarse de su posición inclinada sobre el cuerpo que estaba sobre la cama, se escuchó a través de la casa vacía el fuerte ruido de la puerta principal que se cerraba. Le invadió aquel otro temor que había olvidado durante tanto rato, el temor a sí mismo. El pánico de sus propios nervios perturbados descendía con irresistible embestida. Se volvió, se le apagó la vela debido al violento temblor de su mano y salió precipitadamente de la habitación.
Los diez minutos siguientes parecieron una pesadilla. De lo único que se dio cuenta fue de que los pasos ya sonaban en las escaleras, acercándose rápidamente. El parpadeo de una linterna jugó en la baranda, cuyas sombras corrían con rapidez junto a la pared, mientras la mano que sostenía la luz ascendía. En un frenético segundo pensó en la policía, en su presencia en la casa, en la mujer asesinada. Era una combinación siniestra. Pasara lo que pasara, debía huir sin siquiera ser visto. Su corazón latía furiosamente. Se precipitó por el rellano hasta la habitación opuesta, cuya puerta había dejado afortunadarnente abierta. Y por alguna increíble casualidad no fue visto ni oído por el hombre que, un momento más tarde, llegó al rellano, entró en la habitación en la que yacía el cuerpo de la mujer y cerró la puerta cuidadosamente detrás de él.
Temblando, sin atreverse apenas a respirar para que no le oyera, O'Reilly, atrapado por su propio terror, residuo de su incurada neurosis de guerra, no pensó en qué podria pedirle o no pedirle. Sólo pensaba en sí mismo. Se dio cuenta de un problema claro: de que debía salir de la casa sin ser visto ni oído. Quién era el recién llegado no lo sabía, al margen de una misteriosa seguridad de que no era a él a quien la mujer había "esperado", sino al propio asesino, y de que era el asesino, a su vez, quien esperaba a esta tercera persona. En aquella habitación con la muerte a su lado, una muerte que él mismo había ocasionado una o dos horas antes, el asesino se ocultaba ahora esperando su segunda víctima. Y la puerta estaba cerrada. Sin embargo, a cada minuto podria abrirse de nuevo, cortando la retirada.
O'Reilly salió silenciosamente, cruzó rápidamente el rellano, alcanzó las escaleras y empezó, con la mayor precaución, el peligroso descenso. Cada vez que las tablas desnudas crujían bajo su peso su corazón se sobresaltaba. Probaba cada escalón antes de pisarlo, distribuyendo todo el peso que podía sobre la baranda. Estaba a más de medio camino cuando, ante su horror, su pie tocó una tachuela de alfombra que sobresalía; resbaló en la pulida madera y solamente evitó caer de cabeza al agarrarse furiosamente al pasamanos, produciendo un alboroto que le pareció como la explosión de una granada de mano en unas apartadas trincheras. Entonces sus nervios le traicionaron y le dominó el pánico. En el silencio que siguió al eco que retumbó, oyó que en el piso de arriba se abría la puerta del dormitorio.
Era inútil esconderse. También era imposible. Bajó el último tramo de escaleras saltándolas de cuatro en cuatro, llegó al vestíbulo, lo cruzó rápidamente y abrió la puerta principal justo cuando su perseguidor, linterna en mano, cubria la mitad de las escaleras detrás de él. Tras cerrar la puerta de golpe, se sumergió precipitadamente en la oscura niebla exterior.
Ahora la niebla no le producía terror, sino que agradeció su manto protector; ni tampoco importaba en qué dirección corría mientras se alejara de la casa de la muerte. Naturalmente, el perseguidor no le había seguido hasta la calle. Cruzó espacios abiertos sin un solo temblor. Sin embargo, corrió en círculo, aunque sin darse cuenta de que lo hacía. No había gente a su alrededor, ni una sola sombra pasó a tientas junto a él, ningún ruido de tráfico llegó a sus oídos cuando se detuvo a respirar por fin apoyado en una baranda. Y luego descubrió que no llevaba el sombrero. Ahora lo recordaba. Al examinar el cuerpo, en parte por respeto y en parte quizá inconscientemente, se lo había quitado y lo había dejado sobre la misma cama.
Estaba allí, como indicio de irrecusable evidencia, en la casa de la muerte. Y por su mente pasó como un relámpago una serie de consecuencias. Afortunadamente era un sombrero nuevo; aún no había escrito sus iniciales en él; pero la marca de fabricante estaba allí y la policía iría de inmediato a la tienda en que lo había comprado hacía sólo dos días. ¿Recordaría su apariencia el personal de la tienda? ¿Recordarían su visita, la fecha, la conversación? Pensó que era improbable; se parecía a docenas de hombres; no tenía ninguna peculiaridad destacada. Intentó pensar, pero su mente estaba confundida y perturbada. Su corazón latía terriblemente, se sentía enfermo. Buscó alguna excusa que justificara el hecho de que se encontrara en la niebla y lejos de su casa sin sombrero. No se le ocurrió ni una sola idea. Se agarró a la helada barandilla, apenas capaz de mantenerse en pie, muy cerca del colapso... cuando se repente surgió de la niebla una figura, se detuvo un momento para mirarle, extendió una mano para sostenerle y a continuación le habló.
-Mi querido señor, está usted enfermo -dijo una amable voz de hombre-. ¿Puedo serle de alguna ayuda? Venga, deje que le ayude. Venga, tome mi brazo, ¿quiere? Soy médico. Afortunadamente también, está precisamente junto a mi casa. Entre.
Y medio arrastró y medio empujó a O'Reilly, que ahora bordeaba el colapso, escaleras arriba y abrió la puerta con su llave.
-Me sentí súbitamente perdido en la niebla, pero pronto me recuperaré, muchísimas gracias -tartamudeó, agradecido, sintiéndose ya mejor.
Se hundió en un sillón del vestíbulo mientras el otro dejaba un paquete que llevaba y le conducía poco después a una habitación; ardía un fuego resplandeciente; las lámparas eléctricas estaban agradablemente apantalladas; en una pequeña mesa junto a un sillón había una jarra de whisky y un sifón; y antes de que O'Reilly pudiera decir nada más, el otro le sirvió un vaso y le ordenó que se lo bebiera despacio, y que no se molestara en hablar hasta que estuviera mejor.
-Esto le animará. Bébaselo despacio. Nunca debía haber salido en una noche como ésta. Si tiene que ir lejos, será mejor que me permita hospedarle.
-Muy amable, de verdad, muy amable -murmuró O'Reilly, recuperándose ante el alivio de la presencia de alguien que ya le agradaba y hacia quien se sentía incluso atraído.
-No hay ningún problema -respondió el doctor-. He estado en el frente, ya sabe. Conozco cual es su problema, neurosis de guerra, apostaría.
Muy impresionado por el rápido diagnóstico del otro, observó también su tacto y delicadeza. Por ejemplo, no había hecho referencia a la ausencia de sombrero.
-Es cierto -dijo-. Estoy en manos del Dr. Henry, en Harley Street -y añadió algunas palabras sobre su caso.
El whisky hacía su efecto. El otro le tendió un cigarrillo; empezaron a hablar acerca de sus síntomas y de su recuperación; recobró en gran parte su confianza. Los modos y personalidad del doctor le ayudaron, pues en su rostro había fortaleza y amabilidad, aunque sus facciones mostraban una determinación inusual suavizada por una repentina señal de sufrimiento en sus ojos brillantes y convincentes. Era el rostro de un hombre, pensó O'Reilly, que había visto muchas cosas y que probablemente había conocido el infierno, pero de un hombre que era sencillo, bueno, sincero. Pero a pesar de todo, de un hombre con quien no se podía jugar; detrás de su amabilidad se ocultaba algo muy severo. Este efecto de su carácter y personalidad despertó en el otro el respeto además de la gratitud. Estimulaba su simpatía.
-Usted me anima a formular otra suposición -dijo el hombre desde la acertada interpretación del estado del improvisado paciente-. La de que usted ha tenido, digamos, un fuerte shock hace muy poco, y que le alivíaria desahogarse con alguien que pudiera comprenderle.
-Alguien que pudiera comprender -repitió-. Este es precisamente mi problema. Ha dado usted con ello. Es todo tan increíble.
El otro sonrió.
-Cuánto más increíble mayor necesidad de expresarse. Como sabe, la contención es peligrosa en casos como éste. Usted cree que lo ha ocultado, pero espera el momento adecuado y regresa de nuevo, causando grandes problemas. La confesión, ya sabe -dijo enfatizando la palabra-, ¡la confesión es buena para el alma!
-Tiene toda la razón -asintió.
-Ahora, si puede, cobre el ánimo suficiente para contárselo a alguien que le escuchará y le creerá; a mí mismo, por ejemplo. Soy médico, estoy acostumbrado a estas cosas. Consideraré todo lo que diga como secreto profesional, naturalmente; y, como no nos conocemos, el que yo le crea o no le crea no tiene ninguna consecuencia especial. Sin embargo, debo decirle por adelantado, creo que puedo prometérselo, que creeré todo lo que tenga que decirme.
O'Reilly contó su historia sin más, pues la indicación del hábil médico había encontrado un terreno fácil. Durante la narración, los ojos de su anfitrión no dejaron de mirar los suyos ni un solo instante. No movía ni un músculo de su cuerpo. Su interés parecía intenso.
-Algo increíble, ¿verdad? -dijo al acabar su relato-. Y la cuestión es... -continuó con una amenaza de locuacidad que el otro cortó instantáneamente.
-¡Es extraño, sí, pero no increíble! -interrumpió el doctor-. No veo ninguna razón para no creer un solo detalle de lo que me acaba de contar. Cosas igualmente notables suceden en todas las ciudades grandes, como sé por experiencia personal. Podria darle ejemplos -se detuvo un momento, pero su compañero, mirando a sus ojos con interés y curiosidad, no efectuó ningún comentario-. De hecho, hace algunos años -prosiguió el otro- conocí un caso muy parecido... extrañamente parecido.
-¿De verdad? Mc interesaría enormemente.
-Tan parecido que parece casi una coincidencia. Usted puede, a su vez, encontrarlo dificil de creer. Sí, creo que todos los que tuvieron una relación con él ya han fallecido. No hay ninguna razón por la que no pueda contárselo, pues una confidencia merece otra, ya sabe. Sucedió durante la Guerra de los Boers, hace ya mucho tiempo de ello. En cierto sentido es realmente una historia muy vulgar, aunque muy terrible por otro, pero un hombre que ha servido en el frente la comprenderá y, estoy seguro de ello, se compadecerá.
-Estoy seguro de ello -repitió el otro rápidamente.
-Un colega mio, ya fallecido, un cirujano con mucha práctica, se casó con una muchacha joven y encantadora. Vivieron juntos durante varios años. La riqueza de él hacía que ella se sintiera muy a gusto. Su sala de consulta, debo decírselo, estaba a alguna distancia de su casa, como puede estarlo ésta, de modo que a ella no le molestaba. Después llegó la guerra. Como muchos otros, aunque sobrepasaba bastante la edad, se ofreció voluntario. Abandonó su lucrativo trabajo y partió a Sudáfrica. Naturalmente, sus ingresos cesaron; la gran casa estaba cerrada; su esposa encontró considerablemente restringida su vida de diversiones. Parece que ella consideraba esto como una gran privación. Se sentía amargada por lo que consideraba un agravio de él. Falta de imaginación, sin ningún poder de sacrificio, egoísta, era todavía una mujer hermosa, atractiva y joven. Entró en escena el inevitable amante para consolarla. Planearon huir juntos. Él era rico. Creyeron que Japón seria el lugar adecuado. Pero, por verdadera mala suerte, el marido olió algo y llegó a Londres en el momento crítico.
-Y se desembarazó de ella -interrumpió O'Reilly.
El doctor esperó un momento. Sorbió su bebida. Después sus ojos se fijaron algo severamente en el rostro de su compañero.
-Se desembarazó de ella, sí -prosiguió-, pero determinó hacerlo de manera definitiva. Decidió matarla a ella y a su amante. Ya ve, la amaba.
O'Reilly no hizo ningún comentario. En su propio país no era desconocido este método con una mujer infiel. Su interés estaba muy concentrado, pero también estaba pensando mientras escuchaba, pensando mucho.
-Planeó el momento y el lugar con mucho cuidado. Sabía que se veían en la casa grande, ahora cerrada, la casa en donde él y su joven esposa habían pasado años tan felices durante su época de prosperidad. Sin embargo, el plan fracasó en un importante detalle: la mujer llegó a la hora prevista, pero sin su amante. Encontró la muerte mientras le esperaba. Fue una muerte sin dolor. Pero su amante, que tenía que llegar media hora más tarde, no llegó nunca. La puerta estaba abierta a propósito para él. La casa estaba a oscuras, sus habitaciones cerradas, desiertas; ni siquiera había guardián. Era una noche neblinosa... exactamente como la de hoy.
-¿Y el otro? -preguntó O'Reilly con voz débil-. El amante...
-Entró un hombre -prosiguió el doctor con calma-, pero no era el amante. Era un extraño.
-¿Un extraño? -susurró el otro-. ¿Y dónde estuvo el cirujano todo este rato?
-Esperando fuera para verle entrar, oculto en la niebla. Vio que el hombre entraba. Cinco minutos más tarde le siguió, con la intención de completar su venganza. o su acto de justicia, como quiera llamarlo. Pero el hombre que había entrado era un extraño: había entrado por casualidad, como pudo haberlo hecho usted, para protegerse de la niebla...
O'Reilly, aunque con un gran esfuerzo, se levantó repentinamente. Tenía el horroroso presentimiento de que el hombre que tenía enfrente estaba loco. Tenía un agudo deseo de salir al exterior, con niebla o sin ella, de dejar esta habitación, de escapar del tono tranquilo de esta insistente voz. El efecto del whisky todavía se notaba en su sangre. No sentía falta de confianza, pero las palabras le brotaron con dificultad.
-Pienso que será mejor que me vaya, doctor -dijo torpemente-. Pero creo que debo agradecerle toda su amabilidad y ayuda. A su amigo -dijo susurrando-, el cirujano, espero que... quiero decir, ¿le llegaron a detener?
-No -fue la grave respuesta, mientras el doctor estaba de pie frente a él-, nunca le detuvieron.
O'Reilly esperó un momento antes de hacer otra observación.
-Bueno -dijo por fin, pero en un tono más fuerte que antes-, creo que... me alegra.
Y avanzó hacia la puerta sin darle la mano.
-No tiene sombrero -dijo la voz detrás de él-. Si se espera un momento le daré uno mío. No debe molestarse en devolvérmelo.
Y el doctor se lo dio mientras iban hacia el vestíbulo. Se oyó un ruido de papel que se rasgaba. O'Reilly salió de la casa un instante después con un sombrero en su cabeza, pero no fue hasta que llegó a la estación del metro, media hora después, cuando se dio cuenta de que era el suyo".
Algernon Blackwood
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
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sábado, 2 de enero de 2016
jueves, 29 de octubre de 2015
"La Transferencia"
"El niño empezó a llorar a primera hora de la tarde, a eso de las tres, para ser exacto. Recuerdo la hora porque había estado escuchando con secreto alivio el ruido de la partida del carruaje. Aquellas ruedas perdiéndose en la distancia por el paseo engravillado con mistress Frene y su hija Gladys, de la cual era yo gobernanta, significaban para mí unas horas de bendito descanso, y aquel día de junio hacía un calor opresivo, sofocante. Además, había que contar con aquella excitación que se había apoderado de todo el personal de la casa, allí en el campo, y muy especialmente de mí misma. Dicha excitación, que se propagaba delicadamente detrás de todos los acontecimientos de la mañana, se debía a cierto misterio, y, por supuesto, el tal misterio no se ponía en conocimiento de la gobernanta. Yo me había agotado a fuerza de suposiciones y vigilancia. Porque me dominaba una especie de ansiedad profunda e inexplicable, hasta tal punto que no dejaba de pensar ni un momento en lo que solía decir mi hermana de que yo era excesivamente sensitiva para resultar una buena gobernanta, y que habría dado mucho mejor rendimiento como clarividente profesional.
Para la hora del té, esperábamos la desacostumbrada visita de míster Frene, el mayor, Tío Frank. Eso sí lo sabía. También sabía que la visita tenía algo que ver con la suerte futura del pequeño Jamie, un niño de siete años, hermano de Gladys. Mis noticias no pasaban de aquí, en verdad, y ese eslabón que falta hace que mi relato sea, en cierto modo, incoherente... puesto que falta en él un trozo importante del extraño rompecabezas. Yo sólo colegía que la visita de Tío Frank tenía un carácter condescendiente, que a Jamie se le había recomendado que se portase lo mejor que supiera, a fin de causar buena impresión, y que Jamie, que no había visto nunca a su tío, le temía horriblemente ya de antemano. Luego, arrastrándose, mortecino, por entre el crujir, cada vez más débil, de las ruedas del carruaje sobre la gravilla, escuché el curioso gemidito del llanto del niño, produciendo el efecto, perfectamente inexplicable, de que todos los nervios de mi cuerpo se dispararon como movidos por un resorte eléctrico, poniéndome en pie con un inequívoco cosquilleo de alarma. El agua me caía sobre los ojos, literalmente. Recordaba la blanca aflicción del pequeño aquella mañana cuando le dijeron que Tío Frank vendría en su coche a tomar el té y que él había de ser «amable de veras» con Tío Frank. Aquella pena se me había clavado en el corazón como un cuchillo. Sí, ciertamente, el día entero había tenido ese carácter de pesadilla, de visiones terroríficas.
—¿El hombre de la «cara enorme»? —había preguntado el pequeño con una vocecita de espanto. Y luego había salido, mudo, de la habitación, disolviéndose en un llanto que ningún consuelo lograba calmar. He ahí todo lo que yo había visto; y lo que pudiera significar el niño con aquello de «la cara enorme» sólo me llenaba de un vago presentimiento. Aunque en cierto modo vino como una relajación, como una revelación súbita del misterio y la excitación que latían bajo la quietud de aquel bochornoso día de verano. Yo temía por el pequeño. Porque entre toda la gente vulgar que poblaba la casa, Jamie era mi preferido, aunque profesionalmente no tuviera nada que ver con él. Era un niño muy nervioso, ultrasensible, y a mí se me antojaba que nadie le comprendía, y menos que nadie sus buenos y tiernos padres; de modo que su vocecilla plañidera me sacó de la cama y me llevó junto a la ventana en un momento, lo mismo que una llamada de socorro.
La calígine de junio se extendía sobre el extenso jardín como una manta; las maravillosas flores, que eran el deleite de míster Frene, colgaban inmóviles; los céspedes, tan suaves y espesos, amortiguaban todos los otros sonidos; sólo las limas y las bolas de nieve zumbaban de abejas. A través de aquella atmósfera callada de calor y calígine el sonido del llanto del niño venía, flotando, débilmente hasta mis oídos, como desde una gran distancia. La verdad es que ahora me maravilla que lo oyese siquiera; porque un momento después veía a Jamie abajo, más allá del jardín, con el vestido blanco de marinero, solo, completamente solo, a unos doscientos metros de distancia. Estaba junto al feo espacio en el que no crecía nada: el Rincón Prohibido. Entonces me invadió repentinamente una debilidad, una flaqueza de muerte, al verle allí nada menos, allí precisamente... adonde no se le permitía nunca ir, y adonde, por otra parte, el más profundo terror solía impedirle ir. El verle plantado allí, solitario, en aquel punto singular, y sobre todo el oírle llorar en aquel rincón me despojaron momentáneamente del poder de actuar. Luego, antes de poder recobrar yo suficientemente la compostura para llamarle, míster Frene apareció por la esquina, viniendo de Lower Farm con los perros, y, al ver a su hijo, hizo lo que había pensado hacer yo. Con su voz potente, campechana, cordial, le llamó, y Jamie se volvió y echó a correr como si un determinado embrujo se hubiera roto en el último momento, en el instante preciso... El niño corrió hacia los abiertos brazos de aquel padre bondadoso, pero que no le comprendía, y que lo trajo adentro de la casa subido sobre los hombros, mientras le preguntaba a qué venía todo aquel alboroto. Pisándoles los talones seguían los perros de pastor, rabones, ladrando ruidosamente e interpretando lo que Jamie solía llamar el Baile de la Gravilla, porque con los pies levantaban la redonda, húmeda gravilla del suelo.
Yo me aparté prestamente de la ventana para que no me vieran. Si hubiera presenciado cómo salvaban al niño de un incendio, o de morir ahogado, apenas habría podido experimentar un alivio mayor. Sólo que, estaba segura, míster Frene no sabría decir ni hacer lo que convenía, en modo alguno. Protegería al niño de sus vanas imaginaciones; pero no con la explicación que pudiera remediarle de verdad. Padre e hijo desaparecieron detrás de los rosales, en dirección a la casa. Y no vi nada más hasta después, cuando llegó el otro míster Frene, es decir, el hermano mayor.
Describir como «singular» aquel feo trozo de tierra acaso no se pueda justificar fácilmente; y, sin embargo, ésta es la palabra que toda la familia buscaba, aunque nunca —¡oh, no, nunca!— la utilizaron. Para Jamie y para mí, si bien tampoco lo mencionáramos nunca, aquel paraje sin árboles ni flores era más que singular. Estaba situado en el extremo más distante de la preciosa rosaleda, y era un lugar desnudo, lacerado, donde la negra tierra mostraba su feo rostro en invierno, casi como un trozo de ciénaga peligrosa, y en verano se recocía y agrietaba con fisuras donde los lagartos verdes disparaban su fuego al pasar. En contraste con la esplendorosa lozanía de todo aquel jardín maravilloso, era como un atisbo de la muerte en medio de la vida, un centro de enfermedad que reclamaba que lo sanasen, si no querían que se extendiera. Pero nunca se extendió. Detrás se levantaba la densa espesura de hayas plateadas y, más allá brillaba el prado del vergel, donde jugueteaban los corderos.
Los jardineros explicaban de una manera muy simple su desnudez. Decían que por culpa de las pendientes que formaba el terreno a su alrededor, el agua que caía allí corría y se marchaba inmediatamente, sin que quedara la necesaria para dar vida a la tierra. Yo no sé nada a este respecto. Era Jamie..., Jamie que percibía su hechizo y lo rondaba, que se pasaba horas enteras allí, a pesar de morirse de miedo, y para el cual se calificó finalmente aquel terreno de «estrictamente prohibido» porque estimulaba su ya muy desarrollada imaginación, pero no favorablemente, sino de manera demasiado tenebrosa..., era Jamie quien enterraba ogros allí y oía gritar aquel suelo con voz terrena, y juraba que a veces, mientras lo estaba contemplando, su superficie temblaba, y, en secreto, le daba alimento, bajo la forma de pájaros, o ratones, o conejos que hallaba muertos en sus excursiones. Y era Jamie el que había expresado, con tan extraordinario acierto, la sensación que aquel horrible lugar me causó desde el primer instante que lo vi.
—Es malo, miss Gould —me dijo.
—Pero, Jamie, en la naturaleza nada hay malo..., precisamente malo; sólo distinto de lo demás, a veces.
—Si usted prefiere, miss Gould, entonces está vacio. No está alimentado. Se está muriendo porque no puede procurarse el alimento que necesita.
Y cuando yo clavaba la mirada en aquella carita pálida donde los ojos brillaban tan negros y adorables, buscando en mi interior la réplica apropiada, él añadió con un énfasis y una convicción que me llenaron repentinamente de un frío glacial;
—Miss Gould... —él siempre utilizaba mi nombre de este modo, en todas sus frases—, «eso» tiene hambre. ¿No lo ve? Pero yo sé qué es lo que le satisfaría.
Sólo la convicción de un niño hablando muy en serio habría justificado, acaso, que se prestara oídos por un momento siquiera a una idea tan disparatada; pero para mí, que opinaba que aquello que un niño imaginativo creyera tenía verdadera importancia, vino como un tremendo y desazonador impacto de realidad. Jamie, a su manera exagerada, había cogido el filo de un hecho pasmoso; una insinuación de oscura, no descubierta verdad había saltado dentro de aquella imaginación sensitiva. No sabría decir por qué aquellas palabras estaban preñadas de horror; pero creo que una indicación del poder de las tinieblas cabalgaba a través de la sugerencia de la frase final: «yo sé qué es lo que la satisfaría». Recuerdo que me abstuve, asustada, de pedir una explicación. Pequeños grupos de otras palabras, afortunadamente veladas por el silencio del niño, dieron vida a una posibilidad inexpresable que hasta el momento había permanecido oculta en el fondo de mi propia conciencia. Su manera de cobrar vida demuestra, creo yo, que mi mente seguía albergándola. La sangre huía de mi corazón mientras escuchaba. Recuerdo que me temblaban las rodillas. La idea de Jamie era, y había sido en todo momento, la misma que tenía yo también.
Y ahora, mientras permanecía tendida en la cama y pensaba en todo aquello, comprendía la causa de que la llegada del tío del niño implicase, fuera como fuere, una experiencia que envolvía el corazón del niño en un sudario de terror. Con una sensación de certidumbre de pesadilla que me dejaba demasiado débil para resistir la absurda idea, demasiado trastornada, en verdad, para discutirla o rechazarla a fuerza de razonamientos, esta certidumbre se abría paso con el estallido negro y poderoso de la convicción; y la única manera que tengo de ponerla en palabras, puesto que el horror de las pesadillas no se puede expresar de verdad, parece ser ésta: que realmente en aquel trozo agonizante de jardín faltaba algo; faltaba algo que aquel suelo buscaba eternamente; algo que, una vez hallado y asimilado, lo volvería tan fértil y vivo como el resto; más aún, que existía una persona en el mundo que podía prestarle este servicio. Míster Frene, el mayor, en una palabra «Tío Frank», era la persona que con su abundancia de vida, podía suplir aquella falta... inconscientemente.
Porque esta relación entre el moribundo, estéril trozo de terreno y la persona de aquel hombre vigoroso, sano, rico, triunfador, se había alojado ya en mi subconsciente aun antes de que yo me diera cuenta de ella. Era indudable, había de haber morado allí desde el principio, aunque escondida. Las palabras de Jamie, su repentina palidez, el emocionado vibrar de asustada expectación revelaron la placa; pero había sido su llanto, solo allí, en el Rincón Prohibido, lo que la impresionó. La fotografía brillaba, enmarcada delante de mí, en el aire. Me cubrí los ojos. De no haber temido el enrojecimiento —el hechizo de mi rostro desaparece como por ensalmo si no tengo los ojos despejados—, habría llorado. Las palabras que había pronunciado Jamie aquella mañana sobre la «cara enorme» volvieron a mi mente como un ariete.
Míster Frene el mayor, había constituido tan a menudo el tema de las conversaciones de la familia; desde mi llegada, había oído hablar de él tantísimas veces y, por añadidura, había leído tantas cosas sobre su persona en los periódicos —su energía, su filantropía, los triunfos conseguidos en todo aquello que emprendió—, que me había formado un cuadro completo de aquel hombre. Le conocía tal como era interiormente; o, cómo habría dicho mi hermana, por clarividencia. Y la única vez que le vi, cuando llevé a Gladys a una reunión que presidía él, y más tarde percibí su atmósfera y su presencia mientras él hablaba, en tono protector, con la niña, justificó el retrato que me había trazado. Lo demás, acaso digan ustedes, era fruto de la imaginación desbocada de una mujer; pero yo más bien creo que se trataba de esa especie de intuición divina que las mujeres comparten con los niños. Si se pudiera hacer visibles las almas, apostaría la vida en favor de la realidad y la fidelidad del retrato que me había trazado.
Porque el tal míster Frene era un hombre que cuando estaba solo se quedaba alicaído, y adquiría vitalidad estando en medio de la gente... porque utilizaba la vitalidad de los demás. Era un artista supremo, si bien inconsciente, en la ciencia de apoderarse del fruto del trabajo y la vida de los otros... en provecho propio. Actuaba como un vampiro —sin saberlo él mismo, no cabe duda— sobre todos aquellos con quienes entraba en contacto; los dejaba exhaustos, cansados, inermes. Se alimentaba de lo de los demás; de manera que mientras en un salón lleno a rebosar brillaba y resplandecía, a solas, sin vida que absorber, languidecía y declinaba. Si uno se hallaba en la vecindad inmediata de aquel hombre sentía cómo su presencia se le llevaba todo lo que tuviera dentro: él se apoderaba de tus ideas, de tus energías, de tus mismas palabras, y luego las utilizaba para beneficio y engrandecimiento propios. No con maldad, por supuesto; era un hombre bueno de veras; pero uno sentía que resultaba peligroso a causa de lo fácilmente que absorbía toda la vitalidad suelta que encontrase a su entorno. Su voz, sus ojos, su presencia le desvitalizaban a uno. Parecía como si la vida no estuviera suficientemente bien organizada para resistir y hubiera de evitar la proximidad excesiva de aquel hombre, y tuviera que esconderse por miedo a que él se la apropiara, es decir, por miedo a... morir.
Sin saberlo, Jamie había dado la última pincelada al retrato que yo había trazado, inconscientemente. El hombre poseía, y ponía en juego, cierta callada, irresistible facultad de despojarte de todas tus reservas, para luego, rápidamente, asimilárselas él. Al principio te dabas cuenta de una tensa resistencia; poco a poco esta resistencia se teñía de cansancio; la voluntad se volvía flaccida; y luego, o te marchabas, o cedías... aceptando todo lo que él dijera con una sensación de debilidad presionando hasta los mismos bordes del colapso. Con un antagonista masculino acaso fuera diferente, pero aun en este caso el esfuerzo de resistencia generaba una fuerza que absorbía él y no el otro. El nunca cedía. Una especie de instinto le enseñaba a protegerse contra toda rendición. Quiero decir que nunca cedía ante seres humanos. Esta vez se trataba de una cuestión muy diferente. No tenía más posibilidad que una mosca ante los engranajes de un enorme motor de «atracción de feria», como solía decir Jamie.
Así era como le veía yo, como una gran esponja humana, atiborrada y empapada de vida, o de los frutos de la vida absorbidos de otros..., robados. Mi idea de un vampiro humano quedaba confirmada. Aquel hombre andaba por el mundo transportando aquellas acumulaciones de vida de los demás. En este sentido, su «vida» no le pertenecía realmente. Por cierta razón, me figuro, no la tenía tan plenamente bajo su dominio como se figuraba.
Y dentro de una hora ese hombre estaría aquí. Me fui a la ventana. La vista se me extravió hacia el trecho vacío, negro mate, que se extendía en medio de la estupenda lozanía de las flores del jardín. Se me antojaba un borroso pedazo de vacío que bostezaba pidiendo ser llenado y alimentado. La idea de que Jamie jugase en torno de sus desnudas orillas se me hacía aborrecible. Yo contemplaba las grandes nubes de verano, arriba en el cielo, la quietud de la tarde, la calígine. Por el jardín se extendía un silencio recalentado, opresivo. No recordaba otro día tan sofocante, tan inmóvil. Un día tendido allí, aguardando. También el personal de la casa aguardaba; esperaba que míster Frene llegase de Londres, con su gran automóvil.
Y jamás olvidaré !a sensación de encogimiento y pena glaciales con que escuché el roncar del coche. Tío Frank había llegado. Habían servido el té en el césped, bajo las limas, y mistress Frene y Gladys, de regreso de la excursión, se habían sentado en sillones de mimbre. Míster Frene, el menor, esperaba en el vestíbulo para dar la bienvenida a su hermano; pero Jamie —según supe más tarde— había manifestado una alarma tan histérica y ofrecido una resistencia tan desesperada que se consideró más prudente tenerle en su habitación. Quizá, después de todo, su presencia no fuese necesaria. Se adivinaba perfectamente qué la visita tenía algo que ver con el lado desagradable de la vida: dinero, capitulaciones, o qué sé yo. Nunca me enteré bien; sólo supe que los padres de Jamie estaban ansiosos y que había que ganarse la benevolencia de Tío Frank. No importa. Eso no tiene nada que ver con el asunto. Lo que sí tuvo que ver —de lo contrario no escribiría yo esta narración— es que mistress Frene me hizo llamar, pidiéndome que bajase «luciendo mi bonito vestido blanco, si no me importaba», y que yo estaba aterrorizada, aunque al mismo tiempo halagada, porque aquello significaba que una cara bonita se consideraba una preciada adición al panorama que le ofrecían al visitante. Además, por raro que parezca, yo sentía que mi presencia era, en cierto modo, inevitable; que, fuese por la razón que fuere, estaba dispuesto que yo presenciara lo que presencié. Y en el instante en que llegué al prado... —titubeo antes de ponerlo por escrito, porque parece una cosa tan tonta, tan inconexa— había jurado, mientras mis ojos se encontraban con los de aquel hombre, que se produjo una especie de oscuridad repentina; una oscuridad que robó el esplendor veraniego de todos los seres y todos los objetos, y que la producían unos escuadrones de caballitos negros salidos de su persona, que corrían en derredor nuestro, dispuestos al ataque.
Después de una primera mirada momentánea de aprobación, el hombre no volvió a fijarse en mí. El té y la conversación discurrían apaciblemente; yo ayudaba a pasar platos y tazas, llenando las pausas con comentarios intrascendentes dirigidos a Gladys. A Jamie no se le mencionó siquiera. Exteriormente todo parecía bien; pero interiormente todo era horrible... aquello bordeaba el límite de las cosas inenarrables, y parecía tan cargado de peligro que cuando hablaba yo no lograba dominar el temblor de mi voz.
Contemplaba la cara dura, inexpresiva del visitante; advertía su extraordinaria delgadez y el brillo raro, aceitoso, de sus ojos firmes. No centelleaban; pero le absorbían a uno con una especie de brillo suave, cremoso, como el de los ojos de los orientales. Y todo lo que decía o hacía anunciaba lo que yo osaría llamar la succión de su presencia. Su naturaleza lograba este resultado de una manera automática. Nos dominaba a todos, aunque de una manera tan suave que hasta que había tenido lugar el hecho nadie lo advertía.
No obstante, antes de haber transcurrido cinco minutos, yo me daba cuenta de una sola cosa. Mi mente se enfocaba sobre ella, nada más, y con tal viveza que me maravillaba que los otros no se pusieran a gritar, o a correr, o a tomar alguna medida violenta para impedir aquello. Y aquello era esto: que, separado meramente por menos de una docena de metros, aquel hombre, que vibraba con la vitalidad adquirida de otros, estaba fácilmente al alcance de aquel punto de vacío que bostezaba y esperaba, ansiando que lo llenasen. La tierra olfateaba su presa.
Aquellos dos «centros» activos se hallaban en posición de combate; el hombre tan delgado, tan duro, tan vivaz, aunque en realidad abarcando una gran dimensión con el amplio entorno de vida de los otros que se había apropiado, tan práctico y victorioso; el otro tan paciente, profundo, con la poderosísima atracción de la tierra entera detrás, y... —¡ay!—, tan consciente de que, por fin, se le presentaba la oportunidad.
Lo vi todo tan claramente como si hubiera estado contemplando a dos grandes animales preparándose para la batalla, ambos inconscientemente; aunque en cierta inexplicable manera, aquello yo lo veía, por supuesto, dentro de mí, no fuera. El conflicto sería aborreciblemente desigual. Cada bando había enviado ya sus emisarios, aunque yo no pudiera decir cuánto tiempo hacía, porque la primera prueba que él dio de que algo anormal sucedía en su interior fue cuando, de pronto, la voz se le volvió confusa, se equivocaba de palabras y los labios le temblaron un momento y perdieron tono. Un segundo después su rostro delataba aquel cambio singular y horrible, como si adquiriese una especie de flaccidez alrededor de los pómulos y creciese, creciese, de modo que yo recordé la angustiosa frase de Jamie. En aquel preciso segundo, yo adiviné que los emisarios de los dos reinos, el humano y el vegetal, se habían encontrado ya. Por primera vez en su larga carrera de medrar a costa ajena, míster Frene se veía enfrentado contra un reino más vasto de lo que suponía, y al descubrir esta realidad, se estremecía interiormente en aquella reducida pequeña porción que era su verdadera y auténtica persona. Advertía la llegada del enorme desastre.
—Sí, John —estaba diciendo, con aquella voz pausada, como felicitándose a sí mismo—, sir George me regaló ese coche; me lo dio para obsequiarme. ¿Verdad que fue un gesto encan...? —pero aquí se interrumpió bruscamente, balbució, tomó aliento, se puso en pie y miró, inquieto, a su alrededor. Por un segundo hubo una pausa sorprendida e incómoda. Fue como el chasquido que pone en marcha una enorme maquinaria, ese momento de pausa que precede al verdadero arranque. Luego, en verdad, todo sucedió con la velocidad de una máquina que rueda cuesta abajo y sin control. Yo pensé en una dinamo gigante que girase en silencio, e invisible.
—¿Qué es aquello? —gritó con voz apagada y saturada de alarma—. ¿Qué es aquel horrible lugar? ¡Oh, además, alguien llora allí...! ¿Quién es?
Y señalaba el terreno desnudo. En seguida, antes de que nadie pudiera contestarle, se puso a cruzar el prado en aquella dirección, andando a cada instante con paso más rápido. Antes de que nadie pudiera moverse, había llegado al borde. Se inclinó... y fijó la mirada en el suelo.
Tuve la sensación de que transcurrían varias horas; pero en realidad fueron segundos; porque el tiempo se mide por la cualidad y no la cantidad de las sensaciones que contiene. Lo vi todo con detalle despiadado, fotográfico, grabado vivamente entre la confusión general. Ambos bandos desplegaban una tremenda actividad, aunque sólo uno, el humano, ejercía toda su fuerza... en forma de resistencia. El otro se limitaba a extender, por así decirlo, un solo tentáculo de su vasta enorme fuerza potencial; no se precisaba más. Fue una victoria tranquila, fácil. ¡Ah, resultaba más bien lamentable! No hubo jactancia ni gran esfuerzo, en un bando al menos. Casi pegada a la vera del hombre, presencié la escena; pues parece que fui la única persona que se movió y le siguió. Nadie más dejó su puesto, aunque mistress Frene armaba un tremendo ruido con las tazas, realizando no sé qué impulsivos gestos con las manos, y Gladys, recuerdo, profirió un grito... como un pequeño alarido:
—¡Oh, madre, es el calor!, ¿verdad?
Míster Frene, el padre, estaba pálido como la ceniza, y mudo.
Pero en el mismo instante que yo llegaba al lado de Tío Frank se vio claramente qué era lo que me había llevado allí tan instintivamente. Al otro lado, entre las hayas plateadas estaba el pequeño Jamie. Estaba observando. Yo sentí —por él— uno de estos impulsos que estremecen el corazón; un miedo líquido recorrió todo mi ser, tanto más efectivo cuanto que era realmente ininteligible. Sin embargo, comprendía que si hubiera podido saberlo todo, y qué era lo que quedaba detrás, el miedo habría sido más justificado; comprendía que aquello era espantoso, estaba lleno de terror.
Y entonces sucedió —fue una visión verdaderamente perversa—, como el contemplar un universo en acción, contenido, no obstante, en una reducida superficie de terreno. Creo que el hombre comprendió vagamente que si alguien ocupara su puesto, quizá pudiera salvarse, y que éste fue el motivo de que, discerniendo instintivamente el sustituto que tenía más fácilmente a su alcance, vio al niño y le llamó en voz alta, desde el otro lado del suelo desnudo:
—¡Jamie, hijo mío, ven acá!
Su voz fue como un disparo agudo, pero al mismo tiempo monótono y sin vida, como cuando un rifle falla el tiro; una voz seca pero débil sin «estallido». En realidad era una súplica. Y, con profunda sorpresa, yo escuché mi propia voz, vibrando imperiosa y fuerte, aunque no tuviera consciencia de decir las palabras que estaba pronunciando:
—¡Jamie, no te muevas! ¡Quédate donde estás! —Pero Jamie, el pequeñín, no obedeció a ninguno de los dos. Se acercó todavía más al borde y se quedó plantado allí... ¡riendo! Yo escuchaba aquella risa; pero habría jurado que no procedía de él. Era la tierra, el trecho de suelo desnudo el que producía aquel sonido.
Míster Frene se volvió de costado, levantando los brazos. Vi su cara dura, descolorida, ensanchándose un poco, desparramarse por el aire y caer hacia el suelo. Y vi que, al mismo tiempo le ocurría algo similar a toda su persona, porque se perdió en la atmósfera en un chorro de movimiento. Por un segundo, la cara me hizo pensar en esos juguetes de caucho de los que tiran los niños. Se hizo enorme. Aunque esto era solamente una impresión externa. Lo que sucedía realmente —lo comprendí con toda claridad—, era que toda la vida y la energía que había absorbido de los demás durante años ahora se las quitaban y las transferían... a otra parte.
Por un momento, en el borde, se bamboleó horriblemente; luego, con aquel raro movimiento de costado, rápida pero desmañadamente, penetró en el centro del espacio desnudo y cayó pesadamente de bruces. Sus ojos, mientras caía, se apagaron de manera extraña, y por todo su rostro aparecía escrita, con claridad prístina, una expresión que yo ahora sólo sabría calificar de destrucción. Se le veía completamente destruido. Capté un sonido —¿de Jamie?—, pero esta vez no era una carcajada. Era como una deglución; era un sonido bajo y apagado, profundamente hundido en la tierra. De nuevo pensé en unos escuadrones de caballitos negros alejándose al galope por un pasillo subterráneo, bajo mis pies, hundiéndose en las profundidades y sus pisadas se iban debilitando más y más, enterrándose en la distancia. En mi olfato penetraba un fuerte olor de tierra.
Y luego... todo pasó. Volví en mí. Míster Frene, el menor, levantaba la cabeza de su hermano del prado donde había caído, junto a la mesa del té. En realidad no se había movido de allí. Y Jamie, según supe después, había estado todo el rato durmiendo arriba, en su cama, rendido por el llanto y la inexplicable alarma. Gladys vino corriendo, con agua fría, esponja, toalla, y también brandy..., en fin, multitud de cosas.
—Madre, ha sido el calor, ¿verdad? —Oí el murmullo de la niña; pero no la respuesta de la madre. A juzgar por su cara, habría dicho que, por su parte, mistress Frene estaba al borde del colapso. Luego vino el mayordomo, y entre todos levantaron al caído y le llevaron al interior de la casa. Tío Frank se recobró aun antes de que llegara el médico.
Pero lo que me extrañó mayormente a mí fue la profunda convicción que tenía de que todos los demás habían visto lo mismo que vi yo, sólo que ninguno dijo ni media palabra del suceso; ni la ha dicho nadie hasta el día de hoy. Y esto acaso fuera lo más horrendo de todo.
Desde aquel día hasta el de hoy, apenas oí nombrar jamás a míster Frene, el mayor. Pareció como sí, súbitamente, hubiera desaparecido de este mundo. Los periódicos no le mencionaban. Por lo visto, sus actividades cesaron por completo. Sea como fuere, la vida que llevó luego se distinguió por su inanidad. Realmente, nunca hizo nada digno de la mención pública. Aunque también puede ser que, habiendo dejado de estar a las órdenes de mistress Frene, no tuviera yo ocasión alguna de enterarme de nada. Sin embargo, la vida ulterior de aquel trozo estéril de jardín siguió un rumbo completamente distinto. Que yo sepa, los jardineros no procedieron a ninguna enmienda de su suelo, ni se abrió ningún desagüe, ni se trajo tierra nueva; pero ya antes de que me marcharse yo, al verano siguiente, había cambiado. Permanecía inculto; pero poblado de grandes y lozanas hierbas y enredaderas, fuertes, bien alimentadas, reventando literalmente de vida".
Algernon Blackwood
Para la hora del té, esperábamos la desacostumbrada visita de míster Frene, el mayor, Tío Frank. Eso sí lo sabía. También sabía que la visita tenía algo que ver con la suerte futura del pequeño Jamie, un niño de siete años, hermano de Gladys. Mis noticias no pasaban de aquí, en verdad, y ese eslabón que falta hace que mi relato sea, en cierto modo, incoherente... puesto que falta en él un trozo importante del extraño rompecabezas. Yo sólo colegía que la visita de Tío Frank tenía un carácter condescendiente, que a Jamie se le había recomendado que se portase lo mejor que supiera, a fin de causar buena impresión, y que Jamie, que no había visto nunca a su tío, le temía horriblemente ya de antemano. Luego, arrastrándose, mortecino, por entre el crujir, cada vez más débil, de las ruedas del carruaje sobre la gravilla, escuché el curioso gemidito del llanto del niño, produciendo el efecto, perfectamente inexplicable, de que todos los nervios de mi cuerpo se dispararon como movidos por un resorte eléctrico, poniéndome en pie con un inequívoco cosquilleo de alarma. El agua me caía sobre los ojos, literalmente. Recordaba la blanca aflicción del pequeño aquella mañana cuando le dijeron que Tío Frank vendría en su coche a tomar el té y que él había de ser «amable de veras» con Tío Frank. Aquella pena se me había clavado en el corazón como un cuchillo. Sí, ciertamente, el día entero había tenido ese carácter de pesadilla, de visiones terroríficas.
—¿El hombre de la «cara enorme»? —había preguntado el pequeño con una vocecita de espanto. Y luego había salido, mudo, de la habitación, disolviéndose en un llanto que ningún consuelo lograba calmar. He ahí todo lo que yo había visto; y lo que pudiera significar el niño con aquello de «la cara enorme» sólo me llenaba de un vago presentimiento. Aunque en cierto modo vino como una relajación, como una revelación súbita del misterio y la excitación que latían bajo la quietud de aquel bochornoso día de verano. Yo temía por el pequeño. Porque entre toda la gente vulgar que poblaba la casa, Jamie era mi preferido, aunque profesionalmente no tuviera nada que ver con él. Era un niño muy nervioso, ultrasensible, y a mí se me antojaba que nadie le comprendía, y menos que nadie sus buenos y tiernos padres; de modo que su vocecilla plañidera me sacó de la cama y me llevó junto a la ventana en un momento, lo mismo que una llamada de socorro.
La calígine de junio se extendía sobre el extenso jardín como una manta; las maravillosas flores, que eran el deleite de míster Frene, colgaban inmóviles; los céspedes, tan suaves y espesos, amortiguaban todos los otros sonidos; sólo las limas y las bolas de nieve zumbaban de abejas. A través de aquella atmósfera callada de calor y calígine el sonido del llanto del niño venía, flotando, débilmente hasta mis oídos, como desde una gran distancia. La verdad es que ahora me maravilla que lo oyese siquiera; porque un momento después veía a Jamie abajo, más allá del jardín, con el vestido blanco de marinero, solo, completamente solo, a unos doscientos metros de distancia. Estaba junto al feo espacio en el que no crecía nada: el Rincón Prohibido. Entonces me invadió repentinamente una debilidad, una flaqueza de muerte, al verle allí nada menos, allí precisamente... adonde no se le permitía nunca ir, y adonde, por otra parte, el más profundo terror solía impedirle ir. El verle plantado allí, solitario, en aquel punto singular, y sobre todo el oírle llorar en aquel rincón me despojaron momentáneamente del poder de actuar. Luego, antes de poder recobrar yo suficientemente la compostura para llamarle, míster Frene apareció por la esquina, viniendo de Lower Farm con los perros, y, al ver a su hijo, hizo lo que había pensado hacer yo. Con su voz potente, campechana, cordial, le llamó, y Jamie se volvió y echó a correr como si un determinado embrujo se hubiera roto en el último momento, en el instante preciso... El niño corrió hacia los abiertos brazos de aquel padre bondadoso, pero que no le comprendía, y que lo trajo adentro de la casa subido sobre los hombros, mientras le preguntaba a qué venía todo aquel alboroto. Pisándoles los talones seguían los perros de pastor, rabones, ladrando ruidosamente e interpretando lo que Jamie solía llamar el Baile de la Gravilla, porque con los pies levantaban la redonda, húmeda gravilla del suelo.
Yo me aparté prestamente de la ventana para que no me vieran. Si hubiera presenciado cómo salvaban al niño de un incendio, o de morir ahogado, apenas habría podido experimentar un alivio mayor. Sólo que, estaba segura, míster Frene no sabría decir ni hacer lo que convenía, en modo alguno. Protegería al niño de sus vanas imaginaciones; pero no con la explicación que pudiera remediarle de verdad. Padre e hijo desaparecieron detrás de los rosales, en dirección a la casa. Y no vi nada más hasta después, cuando llegó el otro míster Frene, es decir, el hermano mayor.
Describir como «singular» aquel feo trozo de tierra acaso no se pueda justificar fácilmente; y, sin embargo, ésta es la palabra que toda la familia buscaba, aunque nunca —¡oh, no, nunca!— la utilizaron. Para Jamie y para mí, si bien tampoco lo mencionáramos nunca, aquel paraje sin árboles ni flores era más que singular. Estaba situado en el extremo más distante de la preciosa rosaleda, y era un lugar desnudo, lacerado, donde la negra tierra mostraba su feo rostro en invierno, casi como un trozo de ciénaga peligrosa, y en verano se recocía y agrietaba con fisuras donde los lagartos verdes disparaban su fuego al pasar. En contraste con la esplendorosa lozanía de todo aquel jardín maravilloso, era como un atisbo de la muerte en medio de la vida, un centro de enfermedad que reclamaba que lo sanasen, si no querían que se extendiera. Pero nunca se extendió. Detrás se levantaba la densa espesura de hayas plateadas y, más allá brillaba el prado del vergel, donde jugueteaban los corderos.
Los jardineros explicaban de una manera muy simple su desnudez. Decían que por culpa de las pendientes que formaba el terreno a su alrededor, el agua que caía allí corría y se marchaba inmediatamente, sin que quedara la necesaria para dar vida a la tierra. Yo no sé nada a este respecto. Era Jamie..., Jamie que percibía su hechizo y lo rondaba, que se pasaba horas enteras allí, a pesar de morirse de miedo, y para el cual se calificó finalmente aquel terreno de «estrictamente prohibido» porque estimulaba su ya muy desarrollada imaginación, pero no favorablemente, sino de manera demasiado tenebrosa..., era Jamie quien enterraba ogros allí y oía gritar aquel suelo con voz terrena, y juraba que a veces, mientras lo estaba contemplando, su superficie temblaba, y, en secreto, le daba alimento, bajo la forma de pájaros, o ratones, o conejos que hallaba muertos en sus excursiones. Y era Jamie el que había expresado, con tan extraordinario acierto, la sensación que aquel horrible lugar me causó desde el primer instante que lo vi.
—Es malo, miss Gould —me dijo.
—Pero, Jamie, en la naturaleza nada hay malo..., precisamente malo; sólo distinto de lo demás, a veces.
—Si usted prefiere, miss Gould, entonces está vacio. No está alimentado. Se está muriendo porque no puede procurarse el alimento que necesita.
Y cuando yo clavaba la mirada en aquella carita pálida donde los ojos brillaban tan negros y adorables, buscando en mi interior la réplica apropiada, él añadió con un énfasis y una convicción que me llenaron repentinamente de un frío glacial;
—Miss Gould... —él siempre utilizaba mi nombre de este modo, en todas sus frases—, «eso» tiene hambre. ¿No lo ve? Pero yo sé qué es lo que le satisfaría.
Sólo la convicción de un niño hablando muy en serio habría justificado, acaso, que se prestara oídos por un momento siquiera a una idea tan disparatada; pero para mí, que opinaba que aquello que un niño imaginativo creyera tenía verdadera importancia, vino como un tremendo y desazonador impacto de realidad. Jamie, a su manera exagerada, había cogido el filo de un hecho pasmoso; una insinuación de oscura, no descubierta verdad había saltado dentro de aquella imaginación sensitiva. No sabría decir por qué aquellas palabras estaban preñadas de horror; pero creo que una indicación del poder de las tinieblas cabalgaba a través de la sugerencia de la frase final: «yo sé qué es lo que la satisfaría». Recuerdo que me abstuve, asustada, de pedir una explicación. Pequeños grupos de otras palabras, afortunadamente veladas por el silencio del niño, dieron vida a una posibilidad inexpresable que hasta el momento había permanecido oculta en el fondo de mi propia conciencia. Su manera de cobrar vida demuestra, creo yo, que mi mente seguía albergándola. La sangre huía de mi corazón mientras escuchaba. Recuerdo que me temblaban las rodillas. La idea de Jamie era, y había sido en todo momento, la misma que tenía yo también.
Y ahora, mientras permanecía tendida en la cama y pensaba en todo aquello, comprendía la causa de que la llegada del tío del niño implicase, fuera como fuere, una experiencia que envolvía el corazón del niño en un sudario de terror. Con una sensación de certidumbre de pesadilla que me dejaba demasiado débil para resistir la absurda idea, demasiado trastornada, en verdad, para discutirla o rechazarla a fuerza de razonamientos, esta certidumbre se abría paso con el estallido negro y poderoso de la convicción; y la única manera que tengo de ponerla en palabras, puesto que el horror de las pesadillas no se puede expresar de verdad, parece ser ésta: que realmente en aquel trozo agonizante de jardín faltaba algo; faltaba algo que aquel suelo buscaba eternamente; algo que, una vez hallado y asimilado, lo volvería tan fértil y vivo como el resto; más aún, que existía una persona en el mundo que podía prestarle este servicio. Míster Frene, el mayor, en una palabra «Tío Frank», era la persona que con su abundancia de vida, podía suplir aquella falta... inconscientemente.
Porque esta relación entre el moribundo, estéril trozo de terreno y la persona de aquel hombre vigoroso, sano, rico, triunfador, se había alojado ya en mi subconsciente aun antes de que yo me diera cuenta de ella. Era indudable, había de haber morado allí desde el principio, aunque escondida. Las palabras de Jamie, su repentina palidez, el emocionado vibrar de asustada expectación revelaron la placa; pero había sido su llanto, solo allí, en el Rincón Prohibido, lo que la impresionó. La fotografía brillaba, enmarcada delante de mí, en el aire. Me cubrí los ojos. De no haber temido el enrojecimiento —el hechizo de mi rostro desaparece como por ensalmo si no tengo los ojos despejados—, habría llorado. Las palabras que había pronunciado Jamie aquella mañana sobre la «cara enorme» volvieron a mi mente como un ariete.
Míster Frene el mayor, había constituido tan a menudo el tema de las conversaciones de la familia; desde mi llegada, había oído hablar de él tantísimas veces y, por añadidura, había leído tantas cosas sobre su persona en los periódicos —su energía, su filantropía, los triunfos conseguidos en todo aquello que emprendió—, que me había formado un cuadro completo de aquel hombre. Le conocía tal como era interiormente; o, cómo habría dicho mi hermana, por clarividencia. Y la única vez que le vi, cuando llevé a Gladys a una reunión que presidía él, y más tarde percibí su atmósfera y su presencia mientras él hablaba, en tono protector, con la niña, justificó el retrato que me había trazado. Lo demás, acaso digan ustedes, era fruto de la imaginación desbocada de una mujer; pero yo más bien creo que se trataba de esa especie de intuición divina que las mujeres comparten con los niños. Si se pudiera hacer visibles las almas, apostaría la vida en favor de la realidad y la fidelidad del retrato que me había trazado.
Porque el tal míster Frene era un hombre que cuando estaba solo se quedaba alicaído, y adquiría vitalidad estando en medio de la gente... porque utilizaba la vitalidad de los demás. Era un artista supremo, si bien inconsciente, en la ciencia de apoderarse del fruto del trabajo y la vida de los otros... en provecho propio. Actuaba como un vampiro —sin saberlo él mismo, no cabe duda— sobre todos aquellos con quienes entraba en contacto; los dejaba exhaustos, cansados, inermes. Se alimentaba de lo de los demás; de manera que mientras en un salón lleno a rebosar brillaba y resplandecía, a solas, sin vida que absorber, languidecía y declinaba. Si uno se hallaba en la vecindad inmediata de aquel hombre sentía cómo su presencia se le llevaba todo lo que tuviera dentro: él se apoderaba de tus ideas, de tus energías, de tus mismas palabras, y luego las utilizaba para beneficio y engrandecimiento propios. No con maldad, por supuesto; era un hombre bueno de veras; pero uno sentía que resultaba peligroso a causa de lo fácilmente que absorbía toda la vitalidad suelta que encontrase a su entorno. Su voz, sus ojos, su presencia le desvitalizaban a uno. Parecía como si la vida no estuviera suficientemente bien organizada para resistir y hubiera de evitar la proximidad excesiva de aquel hombre, y tuviera que esconderse por miedo a que él se la apropiara, es decir, por miedo a... morir.
Sin saberlo, Jamie había dado la última pincelada al retrato que yo había trazado, inconscientemente. El hombre poseía, y ponía en juego, cierta callada, irresistible facultad de despojarte de todas tus reservas, para luego, rápidamente, asimilárselas él. Al principio te dabas cuenta de una tensa resistencia; poco a poco esta resistencia se teñía de cansancio; la voluntad se volvía flaccida; y luego, o te marchabas, o cedías... aceptando todo lo que él dijera con una sensación de debilidad presionando hasta los mismos bordes del colapso. Con un antagonista masculino acaso fuera diferente, pero aun en este caso el esfuerzo de resistencia generaba una fuerza que absorbía él y no el otro. El nunca cedía. Una especie de instinto le enseñaba a protegerse contra toda rendición. Quiero decir que nunca cedía ante seres humanos. Esta vez se trataba de una cuestión muy diferente. No tenía más posibilidad que una mosca ante los engranajes de un enorme motor de «atracción de feria», como solía decir Jamie.
Así era como le veía yo, como una gran esponja humana, atiborrada y empapada de vida, o de los frutos de la vida absorbidos de otros..., robados. Mi idea de un vampiro humano quedaba confirmada. Aquel hombre andaba por el mundo transportando aquellas acumulaciones de vida de los demás. En este sentido, su «vida» no le pertenecía realmente. Por cierta razón, me figuro, no la tenía tan plenamente bajo su dominio como se figuraba.
Y dentro de una hora ese hombre estaría aquí. Me fui a la ventana. La vista se me extravió hacia el trecho vacío, negro mate, que se extendía en medio de la estupenda lozanía de las flores del jardín. Se me antojaba un borroso pedazo de vacío que bostezaba pidiendo ser llenado y alimentado. La idea de que Jamie jugase en torno de sus desnudas orillas se me hacía aborrecible. Yo contemplaba las grandes nubes de verano, arriba en el cielo, la quietud de la tarde, la calígine. Por el jardín se extendía un silencio recalentado, opresivo. No recordaba otro día tan sofocante, tan inmóvil. Un día tendido allí, aguardando. También el personal de la casa aguardaba; esperaba que míster Frene llegase de Londres, con su gran automóvil.
Y jamás olvidaré !a sensación de encogimiento y pena glaciales con que escuché el roncar del coche. Tío Frank había llegado. Habían servido el té en el césped, bajo las limas, y mistress Frene y Gladys, de regreso de la excursión, se habían sentado en sillones de mimbre. Míster Frene, el menor, esperaba en el vestíbulo para dar la bienvenida a su hermano; pero Jamie —según supe más tarde— había manifestado una alarma tan histérica y ofrecido una resistencia tan desesperada que se consideró más prudente tenerle en su habitación. Quizá, después de todo, su presencia no fuese necesaria. Se adivinaba perfectamente qué la visita tenía algo que ver con el lado desagradable de la vida: dinero, capitulaciones, o qué sé yo. Nunca me enteré bien; sólo supe que los padres de Jamie estaban ansiosos y que había que ganarse la benevolencia de Tío Frank. No importa. Eso no tiene nada que ver con el asunto. Lo que sí tuvo que ver —de lo contrario no escribiría yo esta narración— es que mistress Frene me hizo llamar, pidiéndome que bajase «luciendo mi bonito vestido blanco, si no me importaba», y que yo estaba aterrorizada, aunque al mismo tiempo halagada, porque aquello significaba que una cara bonita se consideraba una preciada adición al panorama que le ofrecían al visitante. Además, por raro que parezca, yo sentía que mi presencia era, en cierto modo, inevitable; que, fuese por la razón que fuere, estaba dispuesto que yo presenciara lo que presencié. Y en el instante en que llegué al prado... —titubeo antes de ponerlo por escrito, porque parece una cosa tan tonta, tan inconexa— había jurado, mientras mis ojos se encontraban con los de aquel hombre, que se produjo una especie de oscuridad repentina; una oscuridad que robó el esplendor veraniego de todos los seres y todos los objetos, y que la producían unos escuadrones de caballitos negros salidos de su persona, que corrían en derredor nuestro, dispuestos al ataque.
Después de una primera mirada momentánea de aprobación, el hombre no volvió a fijarse en mí. El té y la conversación discurrían apaciblemente; yo ayudaba a pasar platos y tazas, llenando las pausas con comentarios intrascendentes dirigidos a Gladys. A Jamie no se le mencionó siquiera. Exteriormente todo parecía bien; pero interiormente todo era horrible... aquello bordeaba el límite de las cosas inenarrables, y parecía tan cargado de peligro que cuando hablaba yo no lograba dominar el temblor de mi voz.
Contemplaba la cara dura, inexpresiva del visitante; advertía su extraordinaria delgadez y el brillo raro, aceitoso, de sus ojos firmes. No centelleaban; pero le absorbían a uno con una especie de brillo suave, cremoso, como el de los ojos de los orientales. Y todo lo que decía o hacía anunciaba lo que yo osaría llamar la succión de su presencia. Su naturaleza lograba este resultado de una manera automática. Nos dominaba a todos, aunque de una manera tan suave que hasta que había tenido lugar el hecho nadie lo advertía.
No obstante, antes de haber transcurrido cinco minutos, yo me daba cuenta de una sola cosa. Mi mente se enfocaba sobre ella, nada más, y con tal viveza que me maravillaba que los otros no se pusieran a gritar, o a correr, o a tomar alguna medida violenta para impedir aquello. Y aquello era esto: que, separado meramente por menos de una docena de metros, aquel hombre, que vibraba con la vitalidad adquirida de otros, estaba fácilmente al alcance de aquel punto de vacío que bostezaba y esperaba, ansiando que lo llenasen. La tierra olfateaba su presa.
Aquellos dos «centros» activos se hallaban en posición de combate; el hombre tan delgado, tan duro, tan vivaz, aunque en realidad abarcando una gran dimensión con el amplio entorno de vida de los otros que se había apropiado, tan práctico y victorioso; el otro tan paciente, profundo, con la poderosísima atracción de la tierra entera detrás, y... —¡ay!—, tan consciente de que, por fin, se le presentaba la oportunidad.
Lo vi todo tan claramente como si hubiera estado contemplando a dos grandes animales preparándose para la batalla, ambos inconscientemente; aunque en cierta inexplicable manera, aquello yo lo veía, por supuesto, dentro de mí, no fuera. El conflicto sería aborreciblemente desigual. Cada bando había enviado ya sus emisarios, aunque yo no pudiera decir cuánto tiempo hacía, porque la primera prueba que él dio de que algo anormal sucedía en su interior fue cuando, de pronto, la voz se le volvió confusa, se equivocaba de palabras y los labios le temblaron un momento y perdieron tono. Un segundo después su rostro delataba aquel cambio singular y horrible, como si adquiriese una especie de flaccidez alrededor de los pómulos y creciese, creciese, de modo que yo recordé la angustiosa frase de Jamie. En aquel preciso segundo, yo adiviné que los emisarios de los dos reinos, el humano y el vegetal, se habían encontrado ya. Por primera vez en su larga carrera de medrar a costa ajena, míster Frene se veía enfrentado contra un reino más vasto de lo que suponía, y al descubrir esta realidad, se estremecía interiormente en aquella reducida pequeña porción que era su verdadera y auténtica persona. Advertía la llegada del enorme desastre.
—Sí, John —estaba diciendo, con aquella voz pausada, como felicitándose a sí mismo—, sir George me regaló ese coche; me lo dio para obsequiarme. ¿Verdad que fue un gesto encan...? —pero aquí se interrumpió bruscamente, balbució, tomó aliento, se puso en pie y miró, inquieto, a su alrededor. Por un segundo hubo una pausa sorprendida e incómoda. Fue como el chasquido que pone en marcha una enorme maquinaria, ese momento de pausa que precede al verdadero arranque. Luego, en verdad, todo sucedió con la velocidad de una máquina que rueda cuesta abajo y sin control. Yo pensé en una dinamo gigante que girase en silencio, e invisible.
—¿Qué es aquello? —gritó con voz apagada y saturada de alarma—. ¿Qué es aquel horrible lugar? ¡Oh, además, alguien llora allí...! ¿Quién es?
Y señalaba el terreno desnudo. En seguida, antes de que nadie pudiera contestarle, se puso a cruzar el prado en aquella dirección, andando a cada instante con paso más rápido. Antes de que nadie pudiera moverse, había llegado al borde. Se inclinó... y fijó la mirada en el suelo.
Tuve la sensación de que transcurrían varias horas; pero en realidad fueron segundos; porque el tiempo se mide por la cualidad y no la cantidad de las sensaciones que contiene. Lo vi todo con detalle despiadado, fotográfico, grabado vivamente entre la confusión general. Ambos bandos desplegaban una tremenda actividad, aunque sólo uno, el humano, ejercía toda su fuerza... en forma de resistencia. El otro se limitaba a extender, por así decirlo, un solo tentáculo de su vasta enorme fuerza potencial; no se precisaba más. Fue una victoria tranquila, fácil. ¡Ah, resultaba más bien lamentable! No hubo jactancia ni gran esfuerzo, en un bando al menos. Casi pegada a la vera del hombre, presencié la escena; pues parece que fui la única persona que se movió y le siguió. Nadie más dejó su puesto, aunque mistress Frene armaba un tremendo ruido con las tazas, realizando no sé qué impulsivos gestos con las manos, y Gladys, recuerdo, profirió un grito... como un pequeño alarido:
—¡Oh, madre, es el calor!, ¿verdad?
Míster Frene, el padre, estaba pálido como la ceniza, y mudo.
Pero en el mismo instante que yo llegaba al lado de Tío Frank se vio claramente qué era lo que me había llevado allí tan instintivamente. Al otro lado, entre las hayas plateadas estaba el pequeño Jamie. Estaba observando. Yo sentí —por él— uno de estos impulsos que estremecen el corazón; un miedo líquido recorrió todo mi ser, tanto más efectivo cuanto que era realmente ininteligible. Sin embargo, comprendía que si hubiera podido saberlo todo, y qué era lo que quedaba detrás, el miedo habría sido más justificado; comprendía que aquello era espantoso, estaba lleno de terror.
Y entonces sucedió —fue una visión verdaderamente perversa—, como el contemplar un universo en acción, contenido, no obstante, en una reducida superficie de terreno. Creo que el hombre comprendió vagamente que si alguien ocupara su puesto, quizá pudiera salvarse, y que éste fue el motivo de que, discerniendo instintivamente el sustituto que tenía más fácilmente a su alcance, vio al niño y le llamó en voz alta, desde el otro lado del suelo desnudo:
—¡Jamie, hijo mío, ven acá!
Su voz fue como un disparo agudo, pero al mismo tiempo monótono y sin vida, como cuando un rifle falla el tiro; una voz seca pero débil sin «estallido». En realidad era una súplica. Y, con profunda sorpresa, yo escuché mi propia voz, vibrando imperiosa y fuerte, aunque no tuviera consciencia de decir las palabras que estaba pronunciando:
—¡Jamie, no te muevas! ¡Quédate donde estás! —Pero Jamie, el pequeñín, no obedeció a ninguno de los dos. Se acercó todavía más al borde y se quedó plantado allí... ¡riendo! Yo escuchaba aquella risa; pero habría jurado que no procedía de él. Era la tierra, el trecho de suelo desnudo el que producía aquel sonido.
Míster Frene se volvió de costado, levantando los brazos. Vi su cara dura, descolorida, ensanchándose un poco, desparramarse por el aire y caer hacia el suelo. Y vi que, al mismo tiempo le ocurría algo similar a toda su persona, porque se perdió en la atmósfera en un chorro de movimiento. Por un segundo, la cara me hizo pensar en esos juguetes de caucho de los que tiran los niños. Se hizo enorme. Aunque esto era solamente una impresión externa. Lo que sucedía realmente —lo comprendí con toda claridad—, era que toda la vida y la energía que había absorbido de los demás durante años ahora se las quitaban y las transferían... a otra parte.
Por un momento, en el borde, se bamboleó horriblemente; luego, con aquel raro movimiento de costado, rápida pero desmañadamente, penetró en el centro del espacio desnudo y cayó pesadamente de bruces. Sus ojos, mientras caía, se apagaron de manera extraña, y por todo su rostro aparecía escrita, con claridad prístina, una expresión que yo ahora sólo sabría calificar de destrucción. Se le veía completamente destruido. Capté un sonido —¿de Jamie?—, pero esta vez no era una carcajada. Era como una deglución; era un sonido bajo y apagado, profundamente hundido en la tierra. De nuevo pensé en unos escuadrones de caballitos negros alejándose al galope por un pasillo subterráneo, bajo mis pies, hundiéndose en las profundidades y sus pisadas se iban debilitando más y más, enterrándose en la distancia. En mi olfato penetraba un fuerte olor de tierra.
Y luego... todo pasó. Volví en mí. Míster Frene, el menor, levantaba la cabeza de su hermano del prado donde había caído, junto a la mesa del té. En realidad no se había movido de allí. Y Jamie, según supe después, había estado todo el rato durmiendo arriba, en su cama, rendido por el llanto y la inexplicable alarma. Gladys vino corriendo, con agua fría, esponja, toalla, y también brandy..., en fin, multitud de cosas.
—Madre, ha sido el calor, ¿verdad? —Oí el murmullo de la niña; pero no la respuesta de la madre. A juzgar por su cara, habría dicho que, por su parte, mistress Frene estaba al borde del colapso. Luego vino el mayordomo, y entre todos levantaron al caído y le llevaron al interior de la casa. Tío Frank se recobró aun antes de que llegara el médico.
Pero lo que me extrañó mayormente a mí fue la profunda convicción que tenía de que todos los demás habían visto lo mismo que vi yo, sólo que ninguno dijo ni media palabra del suceso; ni la ha dicho nadie hasta el día de hoy. Y esto acaso fuera lo más horrendo de todo.
Desde aquel día hasta el de hoy, apenas oí nombrar jamás a míster Frene, el mayor. Pareció como sí, súbitamente, hubiera desaparecido de este mundo. Los periódicos no le mencionaban. Por lo visto, sus actividades cesaron por completo. Sea como fuere, la vida que llevó luego se distinguió por su inanidad. Realmente, nunca hizo nada digno de la mención pública. Aunque también puede ser que, habiendo dejado de estar a las órdenes de mistress Frene, no tuviera yo ocasión alguna de enterarme de nada. Sin embargo, la vida ulterior de aquel trozo estéril de jardín siguió un rumbo completamente distinto. Que yo sepa, los jardineros no procedieron a ninguna enmienda de su suelo, ni se abrió ningún desagüe, ni se trajo tierra nueva; pero ya antes de que me marcharse yo, al verano siguiente, había cambiado. Permanecía inculto; pero poblado de grandes y lozanas hierbas y enredaderas, fuertes, bien alimentadas, reventando literalmente de vida".
Algernon Blackwood
viernes, 16 de octubre de 2015
"Transición"
"John Mudbury regresaba de sus compras con los brazos llenos de regalos navideños. Eran las siete pasadas y las calles estaban atestadas de gente. Era un hombre corriente, vivía en un piso corriente de las afueras, con una mujer corriente y unos hijos corrientes. Él no los consideraba corrientes, aunque sí los demás. Traía un regalo corriente a cada uno: una agenda barata para su mujer, una pistola de aire comprimido para el chico y así sucesivamente. Tenía más de cincuenta años, era calvo, oficinista, honesto de hábitos y manera de pensar, de opiniones inseguras, ideas políticas inseguras e ideas religiosas inseguras. Sin embargo, se tenía a sí mismo por un caballero firme y decidido, sin percatarse de que la prensa matinal determinaba sus opiniones del día. Y vivía... al día. Físicamente estaba bastante sano, salvo el corazón, que lo tenía débil (cosa que nunca le preocupó); y pasaba las vacaciones de verano jugando mal al golf, mientras sus hijos se bañaban y su mujer leía a Garvice tumbada en la arena. Como la mayoría de los hombres, soñaba, ociosamente con el pasado, se le escapaba embarulladamente el presente, e intuía vagamente -tras alguna que otra lectura imaginativa- el futuro.
-Me gustaría sobreexistir -decía- si la otra vida fuera mejor que ésta -mirando a su mujer y sus hijos, y pensando en el trabajo diario-. ¡Si no...! -y se encogía de hombros como hace todo hombre valeroso.
Acudía a la iglesia con regularidad. Pero nada en la iglesia lo convencía de que iba a subsistir en la otra vida, ni le inclinaba a esperar tal cosa. Por otra parte, nada en la vida lo convencía de que no fuera o no pudiera ser así. «Soy evolucionista», le encantaba decir a sus pensativos amigotes (delante de una copa), ignorando que se hubiera puesto en duda jamás el darwinismo. Así, pues, volvía a casa contento y feliz, con su montón de regalos navideños «para la mujer y los chicos», y recreándose con la idea de la alegría y animación de su familia. La noche anterior había llevado a «su señora» a ver Magia en un selecto teatro de Londres frecuentado por intelectuales... y se había entusiasmado lo indecible. Había ido indeciso, aunque esperando algo fuera de lo corriente. «No es un espectáculo musical -advirtió a su mujer-; ni tampoco una comedia o una farsa, en realidad», y en respuesta a la pregunta de ella sobre qué decían las críticas, se encogió, suspiró y enderezó cuatro veces su chillona corbata en rápida sucesión. Porque no podía esperarse que un «hombre de la calle» con una pizca de dignidad entendiese lo que decían los críticos, aunque entendiese la Obra. Y John había contestado con toda sinceridad: «Bueno, dicen cosas. Pero el teatro está siempre lleno... y eso es lo que cuenta».
Y ahora, al cruzar Piccadilly Circus entre el gentío para coger el autobús, quiso el azar que (al ver un anuncio) le absorbiese el cerebro dicha Obra particular, o más bien el efecto que le causara en su momento. Porque le había cautivado lo indecible: con las maravillosas posibilidades que insinuaba, su tremenda osadía, su belleza alerta y espiritual... El pensamiento de John se lanzó en pos de algo: en pos de esa sugerencia curiosa de un universo más grande, en pos de la sugerencia cuasi divertida de que el hombre no es el único... Y aquí chocó con una frase que la memoria le puso delante de las narices: «La ciencia no agota el Universo», ¡al tiempo chocaba con otra clase de fuerza destructora...! No supo exactamente cómo ocurrió. Vio un Monstruo feroz que lo miraba con ojos de fuego. ¡Era horrible! Se abalanzó sobre él. Lo esquivó... y otro Monstruo salió de una esquina a su encuentro. Corrieron los dos a un tiempo hacia él. Se hizo a un lado otra vez, con un salto que podía haber salvado fácilmente una valla, pero fue demasiado tarde. Le cogieron entre los dos sin piedad, y el corazón se le subió literalmente a la boca. Le crujieron los huesos... Tuvo una sensación dulce, un frío intenso y un calor como de fuego. Oyó un rugir de bocinas y voces. Vio arietes; y un testudo de hierro... Luego surgió una luz cegadora... «¡Siempre de cara al tráfico!», recordó con un grito frenético; y merced a una suerte extraordinaria, ganó milagrosamente la acera opuesta.
No había duda al respecto. Se había librado por los pelos de una muerte desagradable. Primero, comprobó a tientas los regalos: los tenía todos. Luego, en vez de alegrarse y tomar aliento, emprendió apresuradamente el regreso -¡a pie, lo que probaba que se le había descontrolado un poco la cabeza!-, pensando sólo en lo desilusionados que se habrían quedado su mujer y sus hijos si... bueno, si hubiese ocurrido algo. Otra cosa de la que se dio cuenta, extrañamente, fue de que ya no amaba a su mujer en realidad, y que sólo sentía por ella un gran afecto. Sabe Dios por qué se le ocurrió tal cosa; el caso es que lo pensó. Era un hombre honesto, sin fingimientos. La idea le vino como un descubrimiento. Se volvió un instante, vio la multitud arremolinada alrededor del barullo de taxis, cascos de policías centelleando con las luces de los escaparates... y avivó el paso otra vez, con la cabeza llena de pensamientos alegres sobre los regalos que iba a repartir... los niños acudiendo a la carrera... y su mujer -¡un alma bendita!- contemplando embobada los paquetes misteriosos...
Y, aunque no lograba explicarse cómo, al poco rato estaba ante la puerta del edificio carcelario donde tenía su piso, lo que significaba que había hecho a pie las tres millas. Iba tan ocupado y absorto en sus pensamientos que no se había dado cuenta de la larga caminata. «Además -reflexionó, pensando cómo se había salvado por los pelos-, ha sido un susto tremendo. Una mald... experiencia, a decir verdad.» Todavía se notaba algo aturdido y tembloroso. A la vez, no obstante, se sentía contento y eufórico. Contó los regalos... saboreó con antelación la alegría que iban a producir... y abrió rápidamente con la llave. «Llego tarde -comprendió-; pero cuando ella vea los paquetes de papel marrón, se le olvidará decir nada. Dios bendiga a esa alma fiel.» Hizo girar suavemente la llave una segunda vez y entró de puntillas en el piso... Tenía el espíritu henchido del sentimiento dominante de esta tarde: la felicidad que los regalos navideños iban a proporcionar a su mujer y sus hijos.
Oyó ruido. Colgó el sombrero y el abrigo en el diminuto vestíbulo (nunca lo llamaban «recibimiento»), y se dirigió sigilosamente a la puerta del salón con los paquetes escondidos detrás. Sólo pensaba en ellos, no en sí mismo... O sea, en su familia, no en los paquetes. Abrió la puerta a medias y se asomó discretamente. Para estupefacción suya, la habitación estaba llena de gente. Retrocedió con rapidez, preguntándose qué podía significar. ¿Una fiesta? ¿Sin saberlo él? ¡Qué raro...! Experimentó un profundo desencanto. Pero al retroceder, se dio cuenta de que en el vestíbulo había gente también. Estaba enormemente sorprendido; aunque, por otra parte, no lo estaba en absoluto. Lo estaban felicitando. Había una verdadera muchedumbre. Además, los conocía a todos; al menos, sus caras le sonaban más o menos. Y todos lo conocían a él.
-¿No es gracioso? -rió alguien, dándole una palmadita en la espalda-. ¡Ellos no tienen ni la menor idea...!
El que hablaba -el viejo John Palmer, el contable de la oficina, recalcó la palabra «ellos».
-Ni la menor idea -contestó él con una sonrisa, diciendo algo que no entendía, aunque sabía que era cierto.
Su rostro, al parecer, reflejaba la absoluta perplejidad que sentía. El impacto del golpe recibido había sido mayor de lo que él había creído, evidentemente... Su cabeza desvariaba... ¡al parecer! Pero lo raro era que jamás en la vida se había sentido tan despejado. Había mil cosas que de repente se le habían vuelto de lo más sencillas. Pero cómo se apretujaba esta gente, y con cuánta... ¡familiaridad!
-Mis paquetes -dijo, abriéndose paso a empujones, alegremente, entre la multitud-. Son regalos de Navidad que les he comprado -señaló con la cabeza hacia la habitación-. He estado ahorrando durante semanas, sin fumar un cigarro ni acercarme a un billar, y privándome de otras cosas, para comprarlos.
-¡Buen muchacho! -dijo Palmer con una risotada-. El corazón es lo que cuenta.
Mudbury lo miró. Palmer había dicho una verdad como un templo; aunque, probablemente, la gente no lo entendería ni le creería.
-¿Eh? -preguntó, sintiéndose torpe y estúpido, confundido entre dos significados, uno de los cuales era bonito y el otro indeciblemente idiota.
-Por favor, señor Mudbury, pase. Lo están esperando -dijo amable y pomposamente una voz. Y al volverse, se encontró con los ojos benévolos y estúpidos de sir James Epiphany, el director del banco donde trabajaba.
El efecto de la voz fue instantáneo debido al prolongado hábito.
-Desde luego -sonrió de corazón, y avanzó como movido por una costumbre inveterada. ¡Ah, qué feliz y contento se sentía! Su afecto por su mujer era real. El amor, desde luego, se había desvanecido; pero la necesitaba... y ella le necesitaba a él. Y a sus hijos -Milly, Bill y Jean- los quería profundamente. ¡Valía la pena vivir!
En la habitación había bastante gente... pero reinaba un asombroso silencio. John Mudbury miró en torno suyo. Dio unos pasos hacia su mujer, que estaba sentada en la butaca del rincón con Milly sobre sus rodillas. Algunos hablaban y andaban de un lado para otro. El número de personas aumentaba por momentos. Se colocó frente a ellas: frente a Milly y su mujer. Y les dirigió la palabra, tendiéndoles los paquetes. «Es Nochebuena -susurró tímidamente-; y les he... les he traído algo... a cada una. ¡Miren!» Les puso los paquetes delante.
-Por supuesto, por supuesto -dijo una voz detrás él-; pero aunque se pasase usted un siglo entero presentándoselos, daría igual: ¡no los verán jamás!
-Creo... -susurró Milly, mirando a su alrededor.
-¿Qué es lo que crees? -preguntó vivamente su madre-. Siempre estás pensando cosas extrañas.
-Creo -prosiguió la niña, ensoñadora- que Papá ya está aquí -calló; luego añadió con la insoportable convicción de los niños-: estoy segura. Siento su presencia.
Sonó una carcajada extraordinaria. Era sir James Epiphany el que reía. Los demás -toda la multitud- volvieron la cabeza y sonrieron también. Pero la madre, apartando de sí a la criatura, se levantó súbitamente con un gesto violento. Se le había vuelto blanca la cara. Extendió los brazos... al aire que tenía ante ella. Aspiró con dificultad, se estremeció. Había angustia en sus ojos.
-¡Miren! -repitió John-. Les he traído los regalos.
Pero su voz, por lo visto, no produjo el menor sonido. Y con una punzada de frío dolor, recordó que Palmer y sir James habían muerto hacía años.
-Es magia -exclamó-. Pero... yo te quiero, Jinny; te quiero... y... y siempre te he sido fiel; fiel como el acero. Nos necesitarnos el uno al otro... ¿acaso no te das cuenta? Seguiremos juntos, tú y yo, por los siglos de los siglos...
-Piense -lo interrumpió una voz exquisitamente tierna-; ¡no grite! Ellos no pueden oírlo... ahora -y al volverse, John Mudbury se encontró con los ojos de Everard Minturn, su presidente del año anterior. Minturn se había ahogado en el hundimiento del Titanic.
Entonces se le cayeron los paquetes. El corazón le dio un enorme brinco de alegría. Vio que su cara -la de su mujer- miraba a través de él. Pero la niña lo miraba directamente a los ojos. Lo veía.
Lo que su conciencia registró a continuación fue el tintinear de algo... lejos, muy lejos. Sonaba a millas debajo de él... dentro de él... era él mismo quien sonaba -absolutamente desconcertado- como una campanilla. Era una campanilla.
Milly se inclinó y recogió los paquetes. Su cara irradiaba felicidad y alegría...
Pero a continuación entró un hombre, un hombre de cara solemne y ridícula, con un lápiz y un cuaderno. Llevaba un casco azul marino. Detrás de él venía una fila de hombres. Traían algo... algo..., Mudbury no podía ver con claridad qué era. Pero cuando se abrió paso entre la alegre muchedumbre para mirar, distinguió vagamente dos ojos, una nariz, una barbilla, una mancha de color rojo oscuro y un par de manos cruzadas sobre un abrigo. Una figura de mujer cayó entonces sobre ellas, y oyó a sus hijos sollozar extrañamente... luego otros sonidos... como de voces familiares riendo... riendo de alegría.
-Dentro de poco se reunirán con nosotros. El tiempo es como un relámpago.
Y, al volverse rebosante de dicha, vio que era sir James quien había hablado, al tiempo que cogía a Palmer del brazo, como en un gesto natural, aunque inesperado, de afectuosa y amable amistad.
-Vamos -dijo Palmer sonriendo, como el que acepta un don en la comunidad universal-, ayudémoslos. No lo comprenderán... Pero siempre podemos intentarlo.
La multitud entera, riente y gozosa, se elevó. Fue, por fin, un instante de vida auténtica y cordial. La paz y la alegría y el júbilo reinaban en todas partes. Entonces comprendió John Mudbury la verdad: que estaba muerto".
Algernon Blackwood
-Me gustaría sobreexistir -decía- si la otra vida fuera mejor que ésta -mirando a su mujer y sus hijos, y pensando en el trabajo diario-. ¡Si no...! -y se encogía de hombros como hace todo hombre valeroso.
Acudía a la iglesia con regularidad. Pero nada en la iglesia lo convencía de que iba a subsistir en la otra vida, ni le inclinaba a esperar tal cosa. Por otra parte, nada en la vida lo convencía de que no fuera o no pudiera ser así. «Soy evolucionista», le encantaba decir a sus pensativos amigotes (delante de una copa), ignorando que se hubiera puesto en duda jamás el darwinismo. Así, pues, volvía a casa contento y feliz, con su montón de regalos navideños «para la mujer y los chicos», y recreándose con la idea de la alegría y animación de su familia. La noche anterior había llevado a «su señora» a ver Magia en un selecto teatro de Londres frecuentado por intelectuales... y se había entusiasmado lo indecible. Había ido indeciso, aunque esperando algo fuera de lo corriente. «No es un espectáculo musical -advirtió a su mujer-; ni tampoco una comedia o una farsa, en realidad», y en respuesta a la pregunta de ella sobre qué decían las críticas, se encogió, suspiró y enderezó cuatro veces su chillona corbata en rápida sucesión. Porque no podía esperarse que un «hombre de la calle» con una pizca de dignidad entendiese lo que decían los críticos, aunque entendiese la Obra. Y John había contestado con toda sinceridad: «Bueno, dicen cosas. Pero el teatro está siempre lleno... y eso es lo que cuenta».
Y ahora, al cruzar Piccadilly Circus entre el gentío para coger el autobús, quiso el azar que (al ver un anuncio) le absorbiese el cerebro dicha Obra particular, o más bien el efecto que le causara en su momento. Porque le había cautivado lo indecible: con las maravillosas posibilidades que insinuaba, su tremenda osadía, su belleza alerta y espiritual... El pensamiento de John se lanzó en pos de algo: en pos de esa sugerencia curiosa de un universo más grande, en pos de la sugerencia cuasi divertida de que el hombre no es el único... Y aquí chocó con una frase que la memoria le puso delante de las narices: «La ciencia no agota el Universo», ¡al tiempo chocaba con otra clase de fuerza destructora...! No supo exactamente cómo ocurrió. Vio un Monstruo feroz que lo miraba con ojos de fuego. ¡Era horrible! Se abalanzó sobre él. Lo esquivó... y otro Monstruo salió de una esquina a su encuentro. Corrieron los dos a un tiempo hacia él. Se hizo a un lado otra vez, con un salto que podía haber salvado fácilmente una valla, pero fue demasiado tarde. Le cogieron entre los dos sin piedad, y el corazón se le subió literalmente a la boca. Le crujieron los huesos... Tuvo una sensación dulce, un frío intenso y un calor como de fuego. Oyó un rugir de bocinas y voces. Vio arietes; y un testudo de hierro... Luego surgió una luz cegadora... «¡Siempre de cara al tráfico!», recordó con un grito frenético; y merced a una suerte extraordinaria, ganó milagrosamente la acera opuesta.
No había duda al respecto. Se había librado por los pelos de una muerte desagradable. Primero, comprobó a tientas los regalos: los tenía todos. Luego, en vez de alegrarse y tomar aliento, emprendió apresuradamente el regreso -¡a pie, lo que probaba que se le había descontrolado un poco la cabeza!-, pensando sólo en lo desilusionados que se habrían quedado su mujer y sus hijos si... bueno, si hubiese ocurrido algo. Otra cosa de la que se dio cuenta, extrañamente, fue de que ya no amaba a su mujer en realidad, y que sólo sentía por ella un gran afecto. Sabe Dios por qué se le ocurrió tal cosa; el caso es que lo pensó. Era un hombre honesto, sin fingimientos. La idea le vino como un descubrimiento. Se volvió un instante, vio la multitud arremolinada alrededor del barullo de taxis, cascos de policías centelleando con las luces de los escaparates... y avivó el paso otra vez, con la cabeza llena de pensamientos alegres sobre los regalos que iba a repartir... los niños acudiendo a la carrera... y su mujer -¡un alma bendita!- contemplando embobada los paquetes misteriosos...
Y, aunque no lograba explicarse cómo, al poco rato estaba ante la puerta del edificio carcelario donde tenía su piso, lo que significaba que había hecho a pie las tres millas. Iba tan ocupado y absorto en sus pensamientos que no se había dado cuenta de la larga caminata. «Además -reflexionó, pensando cómo se había salvado por los pelos-, ha sido un susto tremendo. Una mald... experiencia, a decir verdad.» Todavía se notaba algo aturdido y tembloroso. A la vez, no obstante, se sentía contento y eufórico. Contó los regalos... saboreó con antelación la alegría que iban a producir... y abrió rápidamente con la llave. «Llego tarde -comprendió-; pero cuando ella vea los paquetes de papel marrón, se le olvidará decir nada. Dios bendiga a esa alma fiel.» Hizo girar suavemente la llave una segunda vez y entró de puntillas en el piso... Tenía el espíritu henchido del sentimiento dominante de esta tarde: la felicidad que los regalos navideños iban a proporcionar a su mujer y sus hijos.
Oyó ruido. Colgó el sombrero y el abrigo en el diminuto vestíbulo (nunca lo llamaban «recibimiento»), y se dirigió sigilosamente a la puerta del salón con los paquetes escondidos detrás. Sólo pensaba en ellos, no en sí mismo... O sea, en su familia, no en los paquetes. Abrió la puerta a medias y se asomó discretamente. Para estupefacción suya, la habitación estaba llena de gente. Retrocedió con rapidez, preguntándose qué podía significar. ¿Una fiesta? ¿Sin saberlo él? ¡Qué raro...! Experimentó un profundo desencanto. Pero al retroceder, se dio cuenta de que en el vestíbulo había gente también. Estaba enormemente sorprendido; aunque, por otra parte, no lo estaba en absoluto. Lo estaban felicitando. Había una verdadera muchedumbre. Además, los conocía a todos; al menos, sus caras le sonaban más o menos. Y todos lo conocían a él.
-¿No es gracioso? -rió alguien, dándole una palmadita en la espalda-. ¡Ellos no tienen ni la menor idea...!
El que hablaba -el viejo John Palmer, el contable de la oficina, recalcó la palabra «ellos».
-Ni la menor idea -contestó él con una sonrisa, diciendo algo que no entendía, aunque sabía que era cierto.
Su rostro, al parecer, reflejaba la absoluta perplejidad que sentía. El impacto del golpe recibido había sido mayor de lo que él había creído, evidentemente... Su cabeza desvariaba... ¡al parecer! Pero lo raro era que jamás en la vida se había sentido tan despejado. Había mil cosas que de repente se le habían vuelto de lo más sencillas. Pero cómo se apretujaba esta gente, y con cuánta... ¡familiaridad!
-Mis paquetes -dijo, abriéndose paso a empujones, alegremente, entre la multitud-. Son regalos de Navidad que les he comprado -señaló con la cabeza hacia la habitación-. He estado ahorrando durante semanas, sin fumar un cigarro ni acercarme a un billar, y privándome de otras cosas, para comprarlos.
-¡Buen muchacho! -dijo Palmer con una risotada-. El corazón es lo que cuenta.
Mudbury lo miró. Palmer había dicho una verdad como un templo; aunque, probablemente, la gente no lo entendería ni le creería.
-¿Eh? -preguntó, sintiéndose torpe y estúpido, confundido entre dos significados, uno de los cuales era bonito y el otro indeciblemente idiota.
-Por favor, señor Mudbury, pase. Lo están esperando -dijo amable y pomposamente una voz. Y al volverse, se encontró con los ojos benévolos y estúpidos de sir James Epiphany, el director del banco donde trabajaba.
El efecto de la voz fue instantáneo debido al prolongado hábito.
-Desde luego -sonrió de corazón, y avanzó como movido por una costumbre inveterada. ¡Ah, qué feliz y contento se sentía! Su afecto por su mujer era real. El amor, desde luego, se había desvanecido; pero la necesitaba... y ella le necesitaba a él. Y a sus hijos -Milly, Bill y Jean- los quería profundamente. ¡Valía la pena vivir!
En la habitación había bastante gente... pero reinaba un asombroso silencio. John Mudbury miró en torno suyo. Dio unos pasos hacia su mujer, que estaba sentada en la butaca del rincón con Milly sobre sus rodillas. Algunos hablaban y andaban de un lado para otro. El número de personas aumentaba por momentos. Se colocó frente a ellas: frente a Milly y su mujer. Y les dirigió la palabra, tendiéndoles los paquetes. «Es Nochebuena -susurró tímidamente-; y les he... les he traído algo... a cada una. ¡Miren!» Les puso los paquetes delante.
-Por supuesto, por supuesto -dijo una voz detrás él-; pero aunque se pasase usted un siglo entero presentándoselos, daría igual: ¡no los verán jamás!
-Creo... -susurró Milly, mirando a su alrededor.
-¿Qué es lo que crees? -preguntó vivamente su madre-. Siempre estás pensando cosas extrañas.
-Creo -prosiguió la niña, ensoñadora- que Papá ya está aquí -calló; luego añadió con la insoportable convicción de los niños-: estoy segura. Siento su presencia.
Sonó una carcajada extraordinaria. Era sir James Epiphany el que reía. Los demás -toda la multitud- volvieron la cabeza y sonrieron también. Pero la madre, apartando de sí a la criatura, se levantó súbitamente con un gesto violento. Se le había vuelto blanca la cara. Extendió los brazos... al aire que tenía ante ella. Aspiró con dificultad, se estremeció. Había angustia en sus ojos.
-¡Miren! -repitió John-. Les he traído los regalos.
Pero su voz, por lo visto, no produjo el menor sonido. Y con una punzada de frío dolor, recordó que Palmer y sir James habían muerto hacía años.
-Es magia -exclamó-. Pero... yo te quiero, Jinny; te quiero... y... y siempre te he sido fiel; fiel como el acero. Nos necesitarnos el uno al otro... ¿acaso no te das cuenta? Seguiremos juntos, tú y yo, por los siglos de los siglos...
-Piense -lo interrumpió una voz exquisitamente tierna-; ¡no grite! Ellos no pueden oírlo... ahora -y al volverse, John Mudbury se encontró con los ojos de Everard Minturn, su presidente del año anterior. Minturn se había ahogado en el hundimiento del Titanic.
Entonces se le cayeron los paquetes. El corazón le dio un enorme brinco de alegría. Vio que su cara -la de su mujer- miraba a través de él. Pero la niña lo miraba directamente a los ojos. Lo veía.
Lo que su conciencia registró a continuación fue el tintinear de algo... lejos, muy lejos. Sonaba a millas debajo de él... dentro de él... era él mismo quien sonaba -absolutamente desconcertado- como una campanilla. Era una campanilla.
Milly se inclinó y recogió los paquetes. Su cara irradiaba felicidad y alegría...
Pero a continuación entró un hombre, un hombre de cara solemne y ridícula, con un lápiz y un cuaderno. Llevaba un casco azul marino. Detrás de él venía una fila de hombres. Traían algo... algo..., Mudbury no podía ver con claridad qué era. Pero cuando se abrió paso entre la alegre muchedumbre para mirar, distinguió vagamente dos ojos, una nariz, una barbilla, una mancha de color rojo oscuro y un par de manos cruzadas sobre un abrigo. Una figura de mujer cayó entonces sobre ellas, y oyó a sus hijos sollozar extrañamente... luego otros sonidos... como de voces familiares riendo... riendo de alegría.
-Dentro de poco se reunirán con nosotros. El tiempo es como un relámpago.
Y, al volverse rebosante de dicha, vio que era sir James quien había hablado, al tiempo que cogía a Palmer del brazo, como en un gesto natural, aunque inesperado, de afectuosa y amable amistad.
-Vamos -dijo Palmer sonriendo, como el que acepta un don en la comunidad universal-, ayudémoslos. No lo comprenderán... Pero siempre podemos intentarlo.
La multitud entera, riente y gozosa, se elevó. Fue, por fin, un instante de vida auténtica y cordial. La paz y la alegría y el júbilo reinaban en todas partes. Entonces comprendió John Mudbury la verdad: que estaba muerto".
Algernon Blackwood
miércoles, 23 de septiembre de 2015
"Una Víctima del Espacio Superior"
"-Un hombre estraordinario lo espera, señor -dijo el hombre nuevo.
-¿Por qué extraordinario? -preguntó el doctor Silence, deslizando la punta de los dedos a través de su barba castaña. Sus ojos centellaron- ¿Por qué extraordinario, Baker? -repitió alentadoramente, dándose cuenta de la expresión perpleja en los ojos del hombre.
-Es tan... flaco señor. Casi no podía verlo. Estuvo dentro de la casa antes que pudiera preguntarle su nombre.
-¿Y quién lo trajo hasta acá?
-Vino solo, señor, en un cabriolé cerrado. Me apartó antes de que yo pudiera decir algo.... sin hacer ningún ruido, no que yo pudiera oír. Parecía moverse muy suavemente...
El hombre se detuvo obviamente avergonzado, como si ya hubiese dicho suficiente para arriesgar su nueva situación, pero tratando de mostrar que recordaba las instrucciones y advertencias que había recibido respecto a la admisión de extraños sin una acreditación apropiada.
-¿Y dónde está ese caballero ahora? -preguntó el doctor Silence, apartándose para ocultar su diversión.
-No podría decirlo exactamente, señor. Lo dejé esperando en el vestíbulo...
El doctor lo miró agudamente.
-¿Y por qué en el vestíbulo? ¿Por qué no en la salita de espera? -fijó sus ojos penetrantes pero amables sobre el rostro del hombre- ¿Te asustó? -preguntó rápidamente.
-Creo que lo hizo, señor, si puedo decirlo de esa manera. Me parecía perderlo de vista, como si... -balbuceó, convencido de que se había ganado su despido- Entró de forma tan extraña, tal como el viento helado.
El doctor tomó nota internamente de la descripción vacilante; estaba satisfecho de que la sutil evidencia de intuición que lo había inducido a contratar a Baker no había fallado del todo. El doctor Silence buscaba esta cualidad en todos sus asistentes, desde el secretario hasta el hombre del servicio, y aunque esto lo rodeaba de un personal algo particular, los inconvenientes estaban más que compensados en su totalidad por sus destellos ocasionales de perspicacia.
-Así que el caballero te hizo sentir extraño, ¿no es cierto?
-Creo que así fue, señor -repitió el hombre.
-¿Y no trae ninguna clase de presentación para mí, ninguna carta o algo así? -preguntó el doctor con fingida sorpresa, como si supiera lo que vendría.
-Pido sus disculpas, señor -dijo, tremendamente perturbado- el caballero me entregó esto para usted.
Era la nota de un perspicaz amigo, quien hasta el momento jamás le había mandado un caso que no fuera interesante desde un punto de vista u otro: Por favor reciba al portador de esta nota -decía el breve mensaje- aunque dudo que incluso usted pueda hacer algo para ayudarlo.
John Silence se detuvo, como para atrapar de la mente del escritor todo lo que se encontraba detrás de las breves palabras. Luego observó a su sirviente con una expresión más seria de la que hasta el momento había mostrado.
-Regresa y encuentra a este caballero -dijo- y dirígelo al estudio verde. No contestes a sus preguntas, o hables más de lo realmente necesario; pero Barker, ten pensamientos amables, serviciales, compasivos, tan fuertemente como te sea posible. Recuerda lo que te dije cuando te contraté, acerca de la importancia de los pensamientos. Pon curiosidad en tu mente, y piensa amablemente, compasivamente, afectuosamente, si es que puedes.
Sonrió, y Barker, quien había recuperado su compostura frente a la presencia del doctor, se inclinó silenciosamente y salió.
Había dos salas de recepción distintas en la casa del doctor Silence. Una, pensada para las personas que creían necesitar ayuda espiritual cuando realmente eran sólo candidatos para el manicomio; tenía paredes acolchadas, y estaba bien aprovisionada con varios artilugios escondidos para enfrentar y superar cualquier violencia súbita. Sin embargo, raramente era utilizada. La otra, pensada para la recepción de genuinos casos de congoja espiritual y aflicciones extraordinarias de naturaleza psíquica, estaba enteramente tapizada y amueblada en un tranquilizante y profundo verde, calculado para inducir serenidad y descanso en la mente. Y ésta era la habitación donde el doctor Silence entrevistaba a la mayoría de sus casos "raros", y a la cual había ordenado a Baker traer a su actual visitante.
Para comenzar, la silla en la cual el paciente se sentaba, estaba clavada al suelo, pues su inmovilidad tendía a impartir esta misma excelente característica al ocupante. Invariablemente, los pacientes se iban excitando al hablar de sí mismos, y su entusiasmo tendía a confundir sus pensamientos y exagerar su lenguaje. La inmovilidad de la silla ayudaba a contrarrestar esto. Luego de repetidos esfuerzos por arrastrarla hacia adelante, o de empujarla hacia atrás, terminaban por resignarse a quedarse sentados quietos. Y a la futilidad de la impaciencia seguía un estado mental más tranquilo.
Sobre el suelo, y a intervalos en la pared inmediatamente detrás, habían ciertos botoncitos verdes, prácticamente invisibles, los cuales al ser presionados permitían la emanación invisible de un narcótico tranquilizante y persuasivo que rodeaba al ocupante de la silla. El efecto sobre el excitado paciente era rápido, admirable e inocuo. Más aún, el estudio estaba provisto de un secreto ojo espía; pues a John Silence le gustaba, cuando era posible, observar el rostro de su paciente antes de asumir la máscara que los rasgos de la expresión humana llevan invariablemente en presencia de otra persona. Un hombre sentado solo tiene una expresión psíquica; y esta expresión es el hombre en sí mismo. Desaparece en el momento en que otra persona se le une. Y el doctor Silence a menudo aprendía más de unos pocos momentos de secreta observación de un rostro que en largas horas de conversación con su dueño, posteriormente.
Un paso muy liviano, casi danzarín, siguió las pesadas zancadas de Baker hacia la habitación verde, y un momento después llegó el hombre anunciando que el caballero estaba esperando. Aún estaba pálido y sus gestos nerviosos.
-No te preocupes, Baker -dijo el doctor amablemente-; si no fueras intuitivo el hombre no te hubiera causado ningún efecto. Sólo necesitas entrenamiento y desarrollo. Y cuando hayas aprendido a interpretar mejor estos sentimientos y sensaciones, no sentirás miedo, sino sólo una gran compasión.
-Sí, señor; ¡Gracias Señor!. -Y Barker hizo una reverencia e hizo su escape, mientras el doctor Silence, una divertida sonrisa acechando en las comisuras de su boca, se dirigió silenciosamente a lo largo del pasaje, hacia abajo, y puso su ojo en el agujero espía en la puerta del estudio verde.
Este agujero espía estaba emplazado de tal manera que comandaba una visión de casi la habitación entera, y, mirando a través de él, el doctor vio un sombrero, guantes y un paraguas sobre una silla junto a la mesa, pero buscó en principio en vano a su dueño. Ambas ventanas estaban cerradas y un fuego vigoroso ardía en el hogar. Había varios signos signos inteligibles, por lo menos para un alma profundamente intuitiva que la habitación estaba ocupada, sin embargo, hasta a donde a seres humanos se refiere, parecía innegablemente vacía. Nadie estaba sentado en las sillas; nadie estaba parado en la esterilla frente al fuego; no había ni siquiera un signo de que un paciente estuviera en algún lugar cerca de la pared, examinado la reproducción de Böcklin como suelen hacer los pacientes tan frecuentemente cuando pensaban que estaban solos y por lo mismo, difíciles de avistar desde el agujero. Llanamente hablando, no había nadie en la habitación. Estaba desocupada.
Sin embargo, el doctor Silence estaba completamente conciente de que un ser humano se encontraba en la habitación. Su sistema sensorial nunca fallaba en darle a conocer la proximidad de un ser real o irreal. Incluso en la oscuridad podía definirlo. Y ahora supo fehacientemente que su paciente, el paciente que había alarmado a Barker, y había viajado por el corredor con ese paso danzarín, estaba en alguna parte escondido entre las cuatro paredes que eran dominadas desde su ojo espía. También se dio cuenta y esto era de lo más inusual que este individuo al que quería observar sabía que estaba siendo vigilado. Y, más aún, que el mismo extraño, a su vez, también estaba observando. De hecho, era él, el doctor, el que estaba siento observado y por un observador tan agudo y entrenado como él mismo.
Un indicio del verdadero estado del caso comenzó a caer sobre él, y estaba a punto de entrar de hecho su mano ya tocaba la manilla de la puerta cuando su ojo, aún adherido al agujero, detectó un movimiento. En una posición directamente opuesta, entre él y la chimenea, algo se agitó. Observó muy atentamente y se aseguró de no estar equivocado. Un objeto sobre la mesa era un vaso azul desapareció de la vista. Pasó fuera de la visión junto con la porción de mármol de la mesa, sobre la que reposaba. Luego, aquella parte del fuego, hogar y guardafuego de bronce inmediatamente debajo, se desvaneció completamente, como si una tajada hubiera sido limpiamente sacada de ellos.
En ese momento, el doctor Silence comprendió que algo entre él y aquellos objetos lentamente comenzaba a existir, algo que los escondía y obstruía a su visión al insertarse a sí mismo en la línea de visión entre ellos y él mismo.
Tranquilamente esperó por resultados posteriores antes de entrar.
Al principio vio una delgada y perpendicular línea que se trazaba por encima de la altura del reloj y continuaba hacia abajo hasta que alcanzaba el lanudo felpudo de la chimenea. La línea se hizo más ancha, ampliándose, haciéndose sólida. No era una sombra; era algo con sustancia. Se iba definiendo más y más. Luego, repentinamente, en la punta de la línea, al nivel de la cara del reloj, vio un pequeño disco luminoso contemplándolo resueltamente. Era un ojo humano, mirando fijamente al suyo, presionado allí contra el agujero. Y brillaba con inteligencia. El doctor Silence contuvo su respiración por un momento y nuevamente lo observó.
Luego, como alguien saliendo de una profunda oscuridad hacia la luz, vio la figura de un hombre deslizarse a la vista, una cara blancuzca siguiendo al ojo, y la línea perpendicular que al principio había visto ensancharse y desarrollarse hasta la completa figura de un ser humano. Era el paciente. Aparentemente había estado ahí, parado frente al fuego todo el tiempo. Un segundo ojo siguió al primero, y ambos miraban fijamente al ojo espía, gravemente concentrados, sin embargo, con un leve destello de humor y diversión que le hicieron imposible al doctor mantener su posición por más tiempo.
Abrió la puerta y entró rápidamente. Al hacerlo notó por primera vez el sonido de una banda alemana que entraba ruidosamente a través de los ventiladores abiertos. De alguna forma intuitiva, inexplicable, la música se conectaba con el paciente al que estaba a punto de entrevistar. Esta suerte de presagio no le era desconocida. Siempre se explicaba a sí mismo más tarde. Vio que el hombre era de mediana edad y de apariencia ordinaria; de hecho, tan ordinaria, que era difícil de describir su única particularidad era su extrema delgadez. Unas agradables vibraciones eso es, buenas- emanaban de su atmósfera y encontraron al doctor Silence mientras avanzaba a saludarlo, sin embargo, eran vibraciones vivientes llenas de corrientes y descargas que traicionaban la perturbada y desordenada condición de su mente y su cerebro. Evidentemente había algo absolutamente fuera de lo usual en el estado de sus pensamientos. Pero, aunque extraño, no era del todo perturbador; no era la impresión que la quebrada y violenta atmósfera del loco produce sobre la mente. El doctor Silence se dio cuenta en un destello que allí había un caso de absorbente interés que podría requerir de todo sus poderes para ser abordado apropiadamente.
-Lo estaba observando a través de mi pequeño ojo mágico, como notó -comenzó, con una agradable sonrisa, avanzando para darle la mano- . A veces lo encuentro de gran ayuda....
Pero el paciente lo interrumpió inmediatamente. Su voz era apurada y tenía extraños y estridentes cambios, quebrándose de agudo a grave de forma inesperada. En un momento tronaba, en el otro casi chirriaba.
-Comprendo sin que me explique -interrumpió rápidamente-. De esa forma obtiene la verdadera nota de un hombre, cuando no se siente observado. Lo apoyo completamente. Sólo que en mi caso, me temo que vio muy poco. Mi caso, como por supuesto usted comprende, doctor Silence, es extremadamente peculiar, incómodamente peculiar. De hecho, Sir Williams me aseguró que....
-Mi amigo lo ha mandado a verme -el doctor interrumpió seriamente, con una suave nota de autoridad-, y eso es suficiente. Por favor siéntese, señor ......
-Mudge... Racine Mudge -replicó el otro.
-Tome esta cómoda silla, señor Mudge -dirigiéndole hacia la silla arreglada-, y cuénteme acerca de su condición en sus propias palabras y a su propio paso. Mi día entero está a su disposición si así lo requiere.
El señor Mudge se dirigió hacia la silla en cuestión y luego dudó.
-Prométame que no usará los botones narcóticos -dijo, antes de sentarse- No los necesito. Además, debo mencionar que cualquier cosa que usted piense intensamente alcanzará mi mente. Esto es, aparentemente, parte de mi peculiar caso. -Se sentó con un suspiro y arregló sus delgadas piernas y cuerpo hasta alcanzar una posición cómoda. Evidentemente era muy sensible a los pensamientos de los otros, ya que la imagen de los botones verdes había entrado solamente por un segundo a la mente del doctor, mientras que el otro lo captó instantáneamente. El doctor Silence notó además, que el señor Mudge se aferraba fuertemente con ambas manos a los brazos de la silla.
-Casi estoy feliz de que la silla esté clavada al suelo -recalcó, mientras se establecía más cómodamente-. Me favorece. El hecho es... y esto es mi caso en una cáscara de nuez... lo cual es todo lo que un doctor de su maravilloso desarrollo requiere... el hecho es, doctor Silence, que soy una víctima del Espacio Superior. Eso es lo que sucede conmigo... ¡Espacio Superior!
Ambos se miraron por un momento, en silencio, el pequeño paciente sujetándose fuertemente a los brazos de la silla que le "favorecían admirablemente", y mirando hacia arriba con ojos fijos, su atmósfera temblando por las ondas de alguna actividad desconocida; mientras que el doctor sonreía amable y compasivamente, y ponía su mente lo más lejos posible, dentro de la condición mental del otro.
-Espacio Superior -repetía el señor Mudge- eso es lo que es. Ahora, ¿piensa usted que puede ayudarme con eso?
Hubo una pausa durante la cual los ojos de los hombres buscaron fijamente bajo la superficie de sus respectivas personalidades. Entonces el doctor Silence habló.
-Estoy completamente seguro de que puedo ayudar -respondió serenamente- la compasión siempre debe ayudar, y el sufrimiento siempre llama a mi compasión. Veo que usted ha sufrido cruelmente. Debe contarme todo sobre su caso, y cuando escuche los pasos graduales por los cuales usted ha llegado a este extraño estado, no tengo duda que puedo ser de ayuda para usted.
Acercó la silla junto a su interlocutor y posó su mano sobre su hombro por un momento. Todo su ser irradiaba bondad, inteligencia, deseo de ayudar.
-Por ejemplo -prosiguió- estoy seguro de que fue el resultado de algo más que la coincidencia que usted se familiarizara con los terrores de lo que usted llama Espacio Superior; pues espacio superior no es sólo una medida externa. Es, por cierto, un estado espiritual, una condición espiritual, un desarrollo interno, y uno que debemos reconocer como anormal, pues se encuentra más allá del alcance de nuestros sentidos en la presente etapa de evolución. El Espacio Superior es un estado místico.
-¡Oh! -exclamó el otro, frotándose sus manos de pájaro con satisfacción-, ¡qué alivio para mí hablar con alguien que pueda comprender! Por supuesto, lo que dice usted es la absoluta verdad. Y tiene razón de que no fue la pura casualidad la que me condujo a mi actual condición, sin embargo fue un estudio prolongado y deliberado. Pero es la suerte, en un sentido, la que la gobierna. Me refiero a que, mi entrada a la condición de espacio superior parece depender sobre la suerte de ésta y aquélla circunstancia. -Suspiró y se detuvo por un momento . De hecho-continuó- el mero sonido de esa banda alemana me disparó. No es que toda la música lo haga, sino que ciertos sonidos, ciertas vibraciones me elevan de tono hasta alcanzar el nivel requerido, me disparan. La música de Wagner siempre lo hace, y aquella banda debe haber estado tocando una fuga de Wagner. Pero ya llegaré a todo eso más adelante. Pero primero -sonrió modestamente- debo pedirle que retire a su hombre del ojo espía.
II.
John Silence miró sobresaltado, pues el señor Mudge estaba de espaldas a la puerta, y no había ningún espejo. Vio el ojo café de Barker pegado al pequeño círculo de vidrio, y cruzó la habitación sin hablar y de golpe bajó la negra persiana provista para ese propósito, y luego oyó a Barker alejarse arrastrando los pies por el pasadizo.
-Ahora -continuó el pequeño hombre en la silla-, puedo continuar. Usted ha logrado ponerme completamente cómodo, y siento que podría contarle mi caso completo sin vergüenza o reserva. Usted entenderá. Pero deberá ser paciente conmigo si me extiendo en detalles que para usted ya son familiares... detalles del espacio superior, o sea... si parezco estúpido tratando de describir cosas que trascienden el poder del lenguaje y son realmente por lo mismo, indescriptibles.
-Mi querido amigo -añadió el otro calmadamente-, eso no necesita decirlo. Conocer el espacio superior es una experiencia que desafía cualquier descripción, y uno se ve obligado a hacer uso de símbolos más o menos inteligibles. Pero, por favor, proceda. Sus intensos pensamientos me dirán más que sus vacilantes palabras.
Un inmenso suspiro de alivio le llegó desde la pequeña figura media perdida en las profundidades de la silla. Aquella afinidad inteligente encontrándolo a medio camino era una experiencia nueva, y al instante tocó su corazón. Se reclinó hacia atrás, relajando su fuerte asidero de los brazos, y comenzó en su voz delgada y escamosa.
-Mi madre era francesa y mi padre un barquero de Essex -dijo abruptamente-. De ahí mi nombre... Racine y Mudge. Mi padre murió aún antes de que lo viera. Mi madre heredó dinero de sus parientes de Bordeaux, y cuando murió, poco después, fui dejado solo con riquezas y una extraña libertad. No tenía cuidadores, fiduciarios, hermanas, hermanos, o cualquier conexión en el mundo que me cuidara. De esta forma, crecí absolutamente sin educación. Todo esto fue en mi beneficio; no aprendí nada de esa basura engañosa que se enseña en los colegios, así que no tenía nada que desaprender cuando desperté a mi amor verdadero... las matemáticas, matemáticas superiores y geometría superior. Sin embargo, parecía conocerlas instintivamente. Era como el recuerdo de algo que había estudiado profundamente antes; los principios estaban en mi sangre, y simplemente corrían a través de las etapas ordinarias, y más allá, y luego hice lo mismo con la geometría. Luego, cuando leía los libros de estas materias, comprendía cuán ligero y fielmente el conocimiento había retornado a mí. Simplemente era memoria. Era simplemente recolectar los recuerdos de lo que había sabido antes, en una existencia previa y no requería de libros para enseñarme.
En su creciente entusiasmo, el señor Mudge trataba de arrastrar la silla hacia delante, algo más cerca de su oyente, y luego sonreía débilmente al resignarse instantáneamente a su inmovilidad, y se sumergía nuevamente al relato de su extrañan "enfermedad".
-Las audaces especulaciones de Bolilla, las sorprendentes teorías de Gauss... que a través de un punto más de una línea podía ser trazada paralela a la línea dada; la posibilidad de que los ángulos de un triángulo fueran en conjunto mayor que dos ángulos rectos, si es que eran dibujadas sobre inmensas curvaturas... las intuiciones de Beltrami y Lobatchewsky... a través de todas estas me apresuré y emergí, jadeante pero insatisfecho, sobre el límite de mi... mundo, mis posibilidades de espacio superior... en una palabra, ¡mi enfermedad!
Cómo llegué hasta allí -retomó luego de una breve pausa, durante la cual pareció haber estado esperando un sonido que se acercaba-, es más que lo que puedo poner en palabras inteligibles. Sólo puedo esperar dejar su mente con una comprensión intuitiva de la posibilidad de lo que digo.- Aquí, sin embargo, se introdujo un cambio. En este punto ya no estaba absorbiendo los frutos de los estudios que había realizado anteriormente; era el comienzo de nuevos esfuerzos por aprender por primera vez, y tenía que ir lenta y laboriosamente a través de un trabajo terrible. Aquí busqué en las teorías y especulaciones de otros. Sin embargo, los libros eran muy pocos y muy espaciados, y, con la excepción de un hombre_un "soñador", como el mundo lo llamaba... cuya audacia y penetrante intuición me sorprendieron y me encantaron más allá de toda descripción, no encontré a nadie que me guiara o ayudara.
Por supuesto que usted, doctor Silence, comprende algo de hacia dónde me estoy dirigiendo con estas titubeantes palabras, aunque no pueda quizá todavía adivinar a qué profundidades de dolor me llevó mi nuevo conocimiento, ni por qué una relación con una nueva dimensión del espacio pudo resultar una fuente de misterio y terror.
El señor Mudge, recordando que la silla no se movería, hizo lo mejor que pudo en su deseo de acercarse al hombre atento que lo encaraba, y se inclinó hacia adelante sobre el borde mismo de los cojines, cruzando sus piernas y gesticulando con ambas manos como mirando esta región del nuevo espacio que estaba intentando describir, y pudiera en cualquier momento saltar dentro de él desde el borde de la silla y perderse de vista. John Silence, separado de él por tres ases, se mantenía con los ojos fijos sobre la pálida cara de enfrente, reparando en cada palabra y gesto con una profunda atención.
-Esta habitación donde estamos sentados, doctor Silence, tiene un lado abierto al espacio... al espacio superior. Una caja cerrada sólo parece cerrada. Existe una entrada y una salida de una burbuja de jabón, sin romper la membrana.
-No me dice nada nuevo interpuso gentilmente el doctor.
-Por lo tanto, si el espacio superior existe y nuestro mundo limita con él y se encuentra parcialmente en él, necesariamente se concluye que nosotros sólo vemos porciones de los objetos. Jamás vemos su forma real y completa. Vemos tres dimensiones, pero no la cuarta. La nueva dirección se encuentra escondida para nosotros, y cuando sostengo este libro y muevo mi mano alrededor de él, no he hecho realmente el circuito completo. Sólo percibimos aquellas porciones de cualquier objeto que exista en nuestras tres dimensiones, el resto se nos escapa. Sin embargo, una vez aprendido a ver en espacio superior, todos los objetos aparecerán como realmente son. ¡Sólo que por lo mismo serán difícilmente reconocibles! Ahora puede comenzar a comprender hacia dónde me dirijo
-Comienzo a comprender algo de lo que usted debe haber sufrido -observó conciliadoramente el doctor- puesto que yo mismo viví experimentos similares, sólo que me detuve justo a tiempo....
-Usted es el único hombre en el mundo que me puede comprender, y compadecer -exclamó el señor Mudge, asiendo su mano y sosteniéndola fuertemente mientras hablaba. La silla clavada prevenía mayores entusiasmos.
-Bueno -continuó luego de una pausa momentánea- me procuré con los implementos y los cubos de colores para la experimentación práctica, y seguí las instrucciones cuidadosamente hasta que llegué a una concepción imaginaria del espacio en cuatro dimensiones. Al tesaracto, la figura cuyas fronteras son cubos, lo conocía de memoria. Me refiero a que lo conocía y lo veía mentalmente, pues mi ojo, por supuesto, jamás podría admitir una nueva medida, ni podrían mis manos o mis pies manejarla.
-De esta forma, al menos agregó, haciendo una mueca de desagrado-pensé que había llegado a la etapa en la que podía imaginar en una nueva dimensión. Era capaz de concebir la forma de una nueva figura que es intrínsecamente diferente a todo lo que conocemos... la forma del tesaracto. Podía percibir en cuatro dimensiones. De esta forma, cuando observaba un cubo, podía ver todos sus lados al instante. Su área superior no estaba reducida, ni su lado más distante ni la base invisible. Veía el todo plano, por así decirlo. Más aún, también veía su contenido... su interior.
-¿No fue usted capaz de entrar a este nuevo mundo? -interrumpió el doctor Silence.
-No entonces. Sólo era capaz de concebir intuitivamente cómo sería y cómo debería realmente verse. Más tarde, cuando me deslicé allí y vi los objetos en su completitud, ilimitados por la insuficiencia de nuestras pobres tres medidas, casi estuve a punto de perder mi vida. Pues usted sabe, el espacio no se detiene en una única nueva dimensión, la cuarta. Se extiende a todas las nuevas posibles, y debemos imaginarlo como conteniendo un número infinito de nuevas dimensiones. En otras palabras, no hay un espacio, sino sólo una condición. Pero, mientras tanto, he llegado a comprender el extraño hecho de que los objetos en nuestro mundo normal se nos presentan sólo parcialmente.
El señor Mudge se adelantó aún más en la silla balanceándose peligrosamente en el mismo borde de ésta.
-Desde este punto de partida -retomó- comencé mis estudios y experimentos, y los continué por años. Tenía dinero, y no tenía amigos. Vivía en soledad y experimentaba. Mi intelecto, por supuesto, tenía poco espacio en el trabajo, pues intelectualmente era impensable. Nunca se había visto más claramente demostrada la limitación de la mera razón. Fue místicamente, intuitivamente, espiritualmente como empecé a avanzar. Y lo que aprendí, sabía e hice, es imposible de poner en palabras, pues describen experiencias que trascienden las experiencias de los hombres. Son sólo algunos de los resultados los que usted llamaría los síntomas de mi enfermedad los que puedo entregarle, e incluso estos pueden muchas veces parecer contradicciones absurdas y paradojas imposibles.
-Sólo puedo decirle, doctor Silence -repentinamente sus maneras se volvieron graves- que a veces he llegado a una posición en que todos los grandes misterios del mundo se tornaron comprensibles para mí, y comprendí lo que en los libros de Yoga llaman "La Gran Herejía de la Separatividad"; porqué los grandes maestros han urgido la necesidad de que el hombre ame a su prójimo como a sí mismo; cómo los hombres son realmente uno; y porqué la pérdida absoluta de uno mismo es necesaria para la salvación y el descubrimiento de la vida verdadera del alma.
Se detuvo un instante y tomó aliento.
-Sus especulaciones fueron las mías hace mucho tiempo atrás -dijo el doctor tranquilamente-. Me doy completamente cuenta de la fuerza de sus palabras. Sin duda los hombres no están del todo separados... en el sentido que ellos imaginan.
-Todo lo referente a este espacio aún más elevado sólo lo concebía oscuramente, por supuesto, -prosiguió el otro, elevando nuevamente su voz a tirones-; pero lo que me sucedió fue el accidente más insignificante... un desastre simple... de, oh, Dios, ¿cómo decirlo?...
Balbuceó y mostró evidentes signos de ansiedad.
-Simplemente fue esto -retomó con súbita prisa en sus palabras-, que, accidentalmente, como resultado de mis años de experimentación, un día me deslicé corporalmente hacia el próximo mundo, el mundo de las cuatro dimensiones, sin saber precisamente cómo había llegado allí, o cómo podría regresar. Descubrí que mi cuerpo ordinario en tres dimensiones, no era más que una expresión... una proyección parcial... ¡de mi cuerpo superior en cuatro dimensiones!
-Ahora comprenderá lo que mencioné hace un rato en nuestra conversación, cuando hablé del azar. No puedo controlar mi entrada o salida. Algunas personas, algunas atmósferas humanas, ciertas fuerzas errantes, pensamientos, incluso deseos... la radiación de ciertas combinaciones de colores, y sobretodo, las vibraciones de ciertos tipos de música, me arrojan a un estado que sólo puedo describir como una vibración interna, terrorífica e intensa... ¡y repentinamente me disparo! ¡Lejos, en dirección de todos los ángulos rectos de nuestras direcciones conocidas! ¡Lejos, en la dirección que toma un cubo cuando comienza a trazar los contornos de una nueva figura, el tesaracto! ¡Lejos, hacia mi espacio superior, intenso y semi divino!¡Lejos, dentro de mí mismo, dentro del mundo de las cuatro dimensiones!
Quedó sin aliento y se dejó caer en las profundidades de la silla inmóvil.
-Y allí -murmuró, su voz surgiendo de entre los cojines- allí debo quedarme hasta que dichas vibraciones cesen, o hasta que hagan algo, que no puedo encontrar las palabras para describir de forma apropiada o inteligible para usted_y entonces, de repente, estoy de vuelta nuevamente. Primero, desaparezco. Luego reaparezco. Sólo que- suspiró- no puedo controlar mi entrada ni mi salida.
-Perfecto -exclamó el doctor Silence- , y por eso hace unos pocos....
-Por eso hace pocos momentos- interrumpió el señor Mudge, quitándole las palabras de la boca-, me encontró ido, y luego me vio retornar. La música de esa funesta banda Alemana me empujó. Sus intensos pensamientos sobre mí me trajeron de vuelta... cuando la banda hubo terminado su Wagner. Lo vi aproximarse al agujero y vi más tarde la intención de Barker de hacer lo mismo. Para mí ningún interior está oculto. Yo veo dentro. Cuando estoy en ese estado los contenidos de su mente, así como los de su cuerpo, están abiertos a mí como el día. ¡OH Dios, oh Dios, oh Dios!
El señor Mudge se detuvo y enjuagó su frente. Un ligero estremecimiento recorrió la superficie de su pequeño cuerpo, como el viento sobre el pastizal. Aún se aferraba fuertemente a los brazos de la silla.
-Al principio -continuó-, mis nuevas experiencias eran tan gráficamente interesantes que no me sentí alarmado. No había espacio para eso. El miedo vino poco después.
-¿Entonces, usted realmente penetró en ese estado, lo suficientemente lejos como para experienciarse a sí mismo como una parte normal de él? -preguntó el doctor, acercándose, profundamente interesado.
El señor Mudge asintió con su rostro sudoroso como respuesta.
-Lo hice -murmuró-, indudablemente lo hice. Ya llegaré a eso. Comenzó primero por la noche, cuando me di cuenta que el sueño no se acompañaba de la pérdida de conciencia...
-El espíritu, por supuesto, nunca duerme. Sólo el cuerpo se vuelve inconsciente -agregó John Silence.
-Si, sabemos eso... teóricamente. Durante la noche, por supuesto, el espíritu se encuentra activo en alguna otra parte, y nosotros no conservamos recuerdos acerca del dónde ni del cómo, porque simplemente el cerebro se queda atrás y no recibe ningún registro. Pero me di cuenta que, mientras me mantenía conciente, también retenía la memoria. Había alcanzado el estado de conciencia continua, pues en las noches, con los primeros signos de somnolencia, entraba nolens volens al mundo de cuatro dimensiones.
Durante un tiempo esto sucedía frecuentemente, y no podía controlarlo; aunque más tarde descubrí un modo de regularlo mejor. Aparentemente el sueño es innecesario para el cuerpo superior... el tetradimensional. Sí, posiblemente. Sin embargo, hubiera preferido infinitamente el sueño insulso al conocimiento. Puesto que, incapaz de controlar mis movimientos, vagaba de allá para acá, atraído, debido a mi desarrollo parcial y prematura llegada, hacia partes de este nuevo mundo que me alarmaban más y más. Era la horrible desolación y el flujo de un mundo monstruoso, tan absolutamente distinto a todo lo que conocemos y vemos, que ni siquiera puedo dar una pista de la naturaleza de las visiones y objetos y seres en él. Más que eso, no puedo ni siquiera recordarlos. No puedo imaginármelos ahora ni para mí mismo, sino que sólo puedo evocar los recuerdos de la impresión que dejaron sobre mí, el horror y el devastador terror de todo eso. Estar en varios lugares a la vez, por ejemplo...
-Perfectamente -interrumpió John Silence, dándose cuenta del aumento de excitación del otro-, comprendo exactamente. Pero ahora, por favor, cuénteme algo más de este temor que experimentaba, y cómo lo afectó.
-No es desaparecer y reaparecer per se lo que me afecta -continuó el señor Mudge-, tanto como otras cosas. Es ver a la gente y los objetos en su extraña completitud, en sus formas reales y completas, eso es lo angustiante. Me he introducido a un mundo de monstruos. Caballos, perros, gatos, a todos los quería; personas, árboles, niños; todo lo que había considerado hermoso en la vida... todo, desde el rostro humano hasta una catedral... se me aparecía en un aspecto y forma diferente a todo lo que había conocido antes. En vez de ver su forma parcial en tres dimensiones, las veía completas... en cuatro. Tal vez no pueda explicarle por qué esto sería terrible, pero le aseguro que así es. Escuchar la voz humana proveniente de esta novedosa apariencia que difícilmente reconocía como un cuerpo humano, es espantoso, simplemente espantoso. Poder ver en el interior de todo y todos es una forma de discernimiento particularmente angustiosa. Estar tan confundido geográficamente como para encontrarme en un momento en el Polo Norte, y al siguiente en Claphan Junction... o posiblemente en ambos sitios a la vez..., es absurdamente terrorífico. Su imaginación le suministrará prontamente otros detalles sin multiplicar yo ahora mis experiencias. Pero usted no tiene idea lo que todo esto significa, y cómo sufro.
El señor Mudge interrumpió su jadeante recuento y se reclinó en la silla. Aún se aferraba fuertemente a los brazos como si pudieran mantenerlo en el mundo de la cordura y las tres dimensiones, y sólo una que otra vez soltaba su mano izquierda para enjuagar su rostro. Se veía muy delgado y pálido y extrañamente insubstancial, y observaba a su alrededor como si mirara a este otro espacio, sobre el cual había estado hablando.
John Silence también se sentía animado. Había escuchado cada palabra y había tomado muchas notas. La presencia de este hombre producía un efecto vivificante sobre él. Parecía como si el señor Mudge aún llevara consigo algo de aquella intensa condición del espacio superior que había estado describiendo. De cualquier forma, el doctor Silence había avanzado por sí mismo lo suficientemente lejos para darse cuenta que las visiones de esta extraordinaria y pequeña persona, tenían una base de verdad en su origen.
III.
Luego de una pausa que se prolongó por minutos, cruzó la habitación y abrió un cajón de su librero, sacando un pequeño libro de cubierta roja. Tenía un candado, y sacó una llave de su bolsillo y procedió a abrir las cubiertas. El brillo en los ojos del señor Mudge no lo dejó ni por un solo segundo.
-Señor Mudge -dijo por fin-, casi me parece una lástima curarlo. Usted está camino a descubrir grandes cosas. Aunque pudiera perder la vida en este proceso... me refiero a la vida acá, en el mundo de las tres dimensiones... no perdería, por lo mismo, nada de gran valor... perdone mi aparente rudeza, lo sé... pero podría ganar algo que es infinitamente superior. Su sufrimiento, por supuesto, se encuentra en el hecho de que usted alterna entre dos mundos y no está nunca completamente en uno u otro. Además, me atrevo a imaginar, aunque no puedo estar seguro de esto a través de ningún experimento personal, que usted incluso ha penetrado aquí y allá a un espacio de más de cuatro dimensiones, y de esta forma, ha experimentado el terror al que se refiere.
El sudoroso hijo del barquero de Essex y de una mujer de Normandía inclinó su cabeza varias veces asintiendo, pero no pronunció ninguna palabra como respuesta.
-Alguna extraña predisposición psíquica, que data sin duda de alguna de sus vidas pasadas, ha favorecido el desarrollo de su "enfermedad"; y el hecho de que usted no haya tenido un entrenamiento normal en la escuela o la universidad, que no esté guiado por el pobre intelecto hacia el culs de sac, falsamente llamado conocimiento, ha causado su excesivamente rápido movimiento a lo largo de las líneas directas de la experiencia interna. Nada del conocimiento que ha presagiado ha venido a usted a través de los sentidos, por cierto.
El señor Mudge, sentado en su silla inamovible, comenzó a estremecerse débilmente. Nuevamente pareció como si una brisa pasara sobre su superficie y como si de nuevo lo pusiera curiosamente en movimiento, como una pradera.
-Usted habla solamente para ganar tiempo -dijo con voz presurosa y titubeante-. Este pensamiento en voz alta nos demora. Vislumbro hacia dónde se dirige, por favor, apresúrese, porque algo va a suceder. Nuevamente una banda se aproxima por la calle, y si interpretan...si interpretan Wagner....saldré disparado en un destello.
-Precisamente. Seré rápido. Me dirigía al punto de cómo llevar a cabo su cura. Esta es la manera: simplemente debe aprender a bloquear las entradas... prevenir que los centros actúen.
-¡Es verdad, absolutamente verdad! -exclamó el hombrecito, evadiendo las profundidades de la silla-. ¿Pero cómo, en nombre del espacio, cómo puede eso lograrse?
-Mediante la concentración. Todos estos centros se encuentran dentro de usted, a pesar de que sean causas exteriores como el color, la música y otros elementos, los que lo guían hacia ellos. No puede esperar destruir estos elementos externos, sin embargo, una vez que las entradas están bloqueadas, le guiarán sólo hacia murallas de ladrillo y canales clausurados. No será capaz de encontrar el camino nuevamente.
-¡Rápido, rápido! -gritaba la figura que se sacudía sobre la silla-. ¿Cómo se lleva a cabo esta concentración?
-Este librito -continuó calmadamente el doctor Silence-, le explicará la manera-. Dio unos golpecitos sobre la cubierta-. Ahora, déjeme leerle algunas simples instrucciones y usted nunca más volverá a entrar al estado de espacio superior. Los accesos estarán bloqueados efectivamente.
El señor Mudge se irguió de golpe en su silla para escuchar, y John Silence aclaró su garganta y comenzó a leer lentamente, en un tono de voz muy claro. Mas antes de que hubiera pronunciado una docena de palabras, algo pasó. El sonido de la música de la calle penetró en la habitación a través de los ventiladores, ya que una banda había comenzado a tocar en en callejón de los establos, en la parte trasera de la casa... era la Marcha del Tannhäuser. Puede parecer muy extraño que una banda alemana aparezca dos veces dentro del lapso de una hora, en los mismos callejones y tocara Wagner, sin embargo, ese era el caso. El señor Racine Mudge la oyó. Lanzó un grito agudo y chirriante y nerviosamente enroscó sus brazos alrededor de la silla. Una mirada que daba pena y que no estaba lejos de las lágrimas se extendió sobre su pálido rostro. Grises sombras lo siguieron... el gris del miedo. Comenzó a luchar convulsionadamente.
¡Sujéteme firme! ¡Atrápeme! Por el amor de Dios, ¡manténgame aquí! Ya estoy en camino. ¡Oh, es espantoso! -gritó en tonos de angustia, su voz tan delgada como un junco.
El doctor Silence se precipitó hacia adelante para atraparlo, sin embargo, en un destello, antes de que pudiera cubrir el espacio entre ellos, el señor Racine Mudge, gritando y luchando, pareció dispararse hacia lo invisible. Desapareció como una flecha lanzada por un arco a una velocidad infinita, y su voz ya no resonaba en el aire externo, sino que de alguna curiosa manera, parecía hacerse audible a través de las profundidades del ser del propio doctor. Era casi como un débil cántico en su cabeza, como la voz de un sueño, una voz de visiones e irrealidad.
-¡Alcohol, alcohol! -gritaba débilmente, a la distancia- ¡deme alcohol! Es la manera más rápida. ¡Alcohol, antes de que esté fuera de alcance!
El doctor, acostumbrado a las decisiones rápidas y acciones aún más rápidas, recordó que había una botella de brandy sobre la mesa, y en menos de un segundo la había cogido y la sostenía hacia el espacio sobre la silla, recientemente ocupado por un visible Mudge. Pero, frente a sus propios ojos, y mucho antes de que pudiera abrir la tapa metálica, vio que el contenido del frasco cerrado se hundía y disminuía como si alguien estuviera bebiendo su licor con violencia y avidez.
-¡Gracias!¡Suficiente! ¡Espanta las vibraciones! -clamó la vocecita en su interior, mientras retiraba el frasco y lo restablecía sobre la mesa. Comprendió que la actual condición de un lado de la botella estaba abierta al espacio y que él podía beber sin remover la tapa. Difícilmente hubiera podido obtener una prueba más interesante acerca de lo que había estado escuchando, descrito en tal detalle.
Pero al momento siguiente... casi parecía que al mismo tiempo... , la banda alemana se detuvo a la mitad de su tonada... ¡y ahí estaba el señor Mudge, de regreso nuevamente en su silla, resollando y jadeando!
-¡Rápido! -chilló- ¡detenga a la banda!¡Envíelos lejos! ¡Sujéteme! ¡Bloquee las entradas! ¡Bloquee las entradas! ¡Deme el libro rojo! ¡¡¡¡Oh, oh, oh h h h!!!!
La música había comenzado nuevamente. Sólo había sido una interrupción momentánea. La Marcha del Tannhäuser había comenzado nuevamente, esta vez a un ritmo tremendo que la hacía sonar como un rápido paso doble, como si los instrumentos tocaran contra el tiempo. Sin embargo, la breve interrupción dio al doctor Silence un momento para reunir sus pensamientos disgregados, y antes que la banda hubiera llegado a la mitad del compás, se había precipitado sobre la silla y sujetaba al señor Racine Mudge, la pequeña víctima del espacio superior, en un abrazo de hierro. Sus brazos rodearon su diminuta persona, tomando al mismo tiempo una buena parte de la silla. Si bien no era un hombre grande, pareció sofocar por completo a Mudge.
Sin embargo, incluso mientras actuaba de esta manera, sintiendo la agitación bajo suyo, comenzó a deshacerse y a deslizarse como el aire o el agua. De algún modo, la madera del brazo de la silla se desenredaba de entre sus propios brazos y los del señor Mudge. Se llevó a cabo el fenómeno conocido como el paso de la materia a través de la materia. El hombrecito parecía estar realmente fundido con el ser del otro. El doctor Silence sólo pudo ver la cara por debajo suyo. Se arrugó y se volvió gris como debido a un gran esfuerzo interno. Oyó la delgada y fina voz clamando en su oído: "¡Bloquee las entradas, bloquee las entradas!. Y luego....pero, ¿cómo en el mundo describir aquello que es indescriptible?
John Silence se paró para observar. Racine Mudge, su rostro distorsionado más allá de todo reconocimiento, estaba haciendo un maravilloso movimiento hacia adentro, como si se contrajera sobre sí mismo. Se volvió como un embudo, como agua en un remolineante torbellino, y luego pareció quebrarse como se quiebra un reflejo y se divide, en la distorsión de un espejo convexo. No se movió ni hacia adelante ni hacia atrás, ni hacia la izquierda ni a la derecha, ni arriba ni abajo. Pero se fue. Se fue completamente. Simplemente se esfumó de la vista, como un proyectil desvaneciéndose.
-¡Todo menos una pierna! -El doctor Silence sólo tuvo el tiempo y la presencia de mente para sujetar el tobillo izquierdo y la bota del desaparecido, y a esto se aferró durante algunos segundos como a la torva muerte. Sin embargo, todo el tiempo supo que era algo estúpido e inútil. El pie estaba en su control por un momento, y al siguiente parecía... esta era la única manera que podía describirlo... estar dentro de su propia piel y huesos, y al mismo tiempo fuera de su mano y en todo su alrededor. De alguna manera sorprendente, parecía estar mezclada con su propia carne y sangre. Luego se había ido, y él se encontraba asiendo fuertemente sólo una corriente de aire tibio.
-¡Ido!¡Ido!¡Ido!-gritaba una débil y susurrante voz en algún lugar dentro de su propia conciencia. ¡Perdido!¡Perdido!¡Perdido!-repetía, haciéndose cada vez más débil hasta que finalmente se desvaneció en la nada, y los últimos signos del señor Racine Mudge se desvanecieron con ella.
John Silence cerró su libro rojo y lo repuso en el gabinete, el cual aseguró con un clic, y cuando Barker acudió al campanilleo, le preguntó si el señor Mudge había dejado una tarjeta sobre la mesa. Aparentemente lo había hecho, y cuando el sirviente regresó con ella el doctor Silence leyó la dirección y tomó nota de ella. Era en el norte de Londres.
-El señor Mudge se ha ido -le dijo tranquilamente a Barker, notando su expresión de alarma.
-No se ha llevado su sombrero, señor.
-El señor Mudge no necesita un sombrero donde se encuentra ahora -continuó el doctor, agachándose para atizar el fuego-. Pero podría regresar por él...
-¿Y el paraguas, señor?
-Y el paraguas.
-Si me lo permite, señor, él no salió por mi camino -tartamudeó el sorprendido sirviente, su curiosidad superando el nerviosismo.
-El señor Mudge tiene sus propias maneras de ir y venir, y las prefiere. Si llega a regresar por la puerta en cualquier momento, recuerda traérmelo inmediatamente, y se amable y gentil con él y no le hagas preguntas. Además, Barker, recuerda pensar agradablemente, compasivamente, afectuosamente en él mientras se encuentra ausente. El señor Mudge es un caballero que sufre mucho.
Barker hizo una reverencia y salió de la habitación de espaldas, jadeando y palpando dentro de su cuello con tres dedos de una mano, muy calientes.
Fue dos días después cuando trajo un telegrama al estudio. El doctor Silence lo abrió y leyó lo siguiente:
Bombay. Recién deslizado fuera nuevamente. A salvo. Entradas bloqueadas. Mil gracias. Dirección Cooks, Londres." MUDGE.
El doctor Silence levantó la mirada y vio a Barker mirándolo perplejamente. Se le ocurrió que de alguna manera conocía el contenido del telegrama.
-Haga un paquete con las cosas del señor Mudge -dijo brevemente-, y envíalas a Thomas Cook e Hijos, Ludgate Circus. Y envíalas allí en exactamente un mes a partir de hoy, marcada "Para ser reclamada".
-Sí, señor -dijo Baker, abandonado la sala con un suspiro profundo y echando una rápida mirada al papelero, donde su amo había tirado el papel color rosa".
Algernon Blackwood
-¿Por qué extraordinario? -preguntó el doctor Silence, deslizando la punta de los dedos a través de su barba castaña. Sus ojos centellaron- ¿Por qué extraordinario, Baker? -repitió alentadoramente, dándose cuenta de la expresión perpleja en los ojos del hombre.
-Es tan... flaco señor. Casi no podía verlo. Estuvo dentro de la casa antes que pudiera preguntarle su nombre.
-¿Y quién lo trajo hasta acá?
-Vino solo, señor, en un cabriolé cerrado. Me apartó antes de que yo pudiera decir algo.... sin hacer ningún ruido, no que yo pudiera oír. Parecía moverse muy suavemente...
El hombre se detuvo obviamente avergonzado, como si ya hubiese dicho suficiente para arriesgar su nueva situación, pero tratando de mostrar que recordaba las instrucciones y advertencias que había recibido respecto a la admisión de extraños sin una acreditación apropiada.
-¿Y dónde está ese caballero ahora? -preguntó el doctor Silence, apartándose para ocultar su diversión.
-No podría decirlo exactamente, señor. Lo dejé esperando en el vestíbulo...
El doctor lo miró agudamente.
-¿Y por qué en el vestíbulo? ¿Por qué no en la salita de espera? -fijó sus ojos penetrantes pero amables sobre el rostro del hombre- ¿Te asustó? -preguntó rápidamente.
-Creo que lo hizo, señor, si puedo decirlo de esa manera. Me parecía perderlo de vista, como si... -balbuceó, convencido de que se había ganado su despido- Entró de forma tan extraña, tal como el viento helado.
El doctor tomó nota internamente de la descripción vacilante; estaba satisfecho de que la sutil evidencia de intuición que lo había inducido a contratar a Baker no había fallado del todo. El doctor Silence buscaba esta cualidad en todos sus asistentes, desde el secretario hasta el hombre del servicio, y aunque esto lo rodeaba de un personal algo particular, los inconvenientes estaban más que compensados en su totalidad por sus destellos ocasionales de perspicacia.
-Así que el caballero te hizo sentir extraño, ¿no es cierto?
-Creo que así fue, señor -repitió el hombre.
-¿Y no trae ninguna clase de presentación para mí, ninguna carta o algo así? -preguntó el doctor con fingida sorpresa, como si supiera lo que vendría.
-Pido sus disculpas, señor -dijo, tremendamente perturbado- el caballero me entregó esto para usted.
Era la nota de un perspicaz amigo, quien hasta el momento jamás le había mandado un caso que no fuera interesante desde un punto de vista u otro: Por favor reciba al portador de esta nota -decía el breve mensaje- aunque dudo que incluso usted pueda hacer algo para ayudarlo.
John Silence se detuvo, como para atrapar de la mente del escritor todo lo que se encontraba detrás de las breves palabras. Luego observó a su sirviente con una expresión más seria de la que hasta el momento había mostrado.
-Regresa y encuentra a este caballero -dijo- y dirígelo al estudio verde. No contestes a sus preguntas, o hables más de lo realmente necesario; pero Barker, ten pensamientos amables, serviciales, compasivos, tan fuertemente como te sea posible. Recuerda lo que te dije cuando te contraté, acerca de la importancia de los pensamientos. Pon curiosidad en tu mente, y piensa amablemente, compasivamente, afectuosamente, si es que puedes.
Sonrió, y Barker, quien había recuperado su compostura frente a la presencia del doctor, se inclinó silenciosamente y salió.
Había dos salas de recepción distintas en la casa del doctor Silence. Una, pensada para las personas que creían necesitar ayuda espiritual cuando realmente eran sólo candidatos para el manicomio; tenía paredes acolchadas, y estaba bien aprovisionada con varios artilugios escondidos para enfrentar y superar cualquier violencia súbita. Sin embargo, raramente era utilizada. La otra, pensada para la recepción de genuinos casos de congoja espiritual y aflicciones extraordinarias de naturaleza psíquica, estaba enteramente tapizada y amueblada en un tranquilizante y profundo verde, calculado para inducir serenidad y descanso en la mente. Y ésta era la habitación donde el doctor Silence entrevistaba a la mayoría de sus casos "raros", y a la cual había ordenado a Baker traer a su actual visitante.
Para comenzar, la silla en la cual el paciente se sentaba, estaba clavada al suelo, pues su inmovilidad tendía a impartir esta misma excelente característica al ocupante. Invariablemente, los pacientes se iban excitando al hablar de sí mismos, y su entusiasmo tendía a confundir sus pensamientos y exagerar su lenguaje. La inmovilidad de la silla ayudaba a contrarrestar esto. Luego de repetidos esfuerzos por arrastrarla hacia adelante, o de empujarla hacia atrás, terminaban por resignarse a quedarse sentados quietos. Y a la futilidad de la impaciencia seguía un estado mental más tranquilo.
Sobre el suelo, y a intervalos en la pared inmediatamente detrás, habían ciertos botoncitos verdes, prácticamente invisibles, los cuales al ser presionados permitían la emanación invisible de un narcótico tranquilizante y persuasivo que rodeaba al ocupante de la silla. El efecto sobre el excitado paciente era rápido, admirable e inocuo. Más aún, el estudio estaba provisto de un secreto ojo espía; pues a John Silence le gustaba, cuando era posible, observar el rostro de su paciente antes de asumir la máscara que los rasgos de la expresión humana llevan invariablemente en presencia de otra persona. Un hombre sentado solo tiene una expresión psíquica; y esta expresión es el hombre en sí mismo. Desaparece en el momento en que otra persona se le une. Y el doctor Silence a menudo aprendía más de unos pocos momentos de secreta observación de un rostro que en largas horas de conversación con su dueño, posteriormente.
Un paso muy liviano, casi danzarín, siguió las pesadas zancadas de Baker hacia la habitación verde, y un momento después llegó el hombre anunciando que el caballero estaba esperando. Aún estaba pálido y sus gestos nerviosos.
-No te preocupes, Baker -dijo el doctor amablemente-; si no fueras intuitivo el hombre no te hubiera causado ningún efecto. Sólo necesitas entrenamiento y desarrollo. Y cuando hayas aprendido a interpretar mejor estos sentimientos y sensaciones, no sentirás miedo, sino sólo una gran compasión.
-Sí, señor; ¡Gracias Señor!. -Y Barker hizo una reverencia e hizo su escape, mientras el doctor Silence, una divertida sonrisa acechando en las comisuras de su boca, se dirigió silenciosamente a lo largo del pasaje, hacia abajo, y puso su ojo en el agujero espía en la puerta del estudio verde.
Este agujero espía estaba emplazado de tal manera que comandaba una visión de casi la habitación entera, y, mirando a través de él, el doctor vio un sombrero, guantes y un paraguas sobre una silla junto a la mesa, pero buscó en principio en vano a su dueño. Ambas ventanas estaban cerradas y un fuego vigoroso ardía en el hogar. Había varios signos signos inteligibles, por lo menos para un alma profundamente intuitiva que la habitación estaba ocupada, sin embargo, hasta a donde a seres humanos se refiere, parecía innegablemente vacía. Nadie estaba sentado en las sillas; nadie estaba parado en la esterilla frente al fuego; no había ni siquiera un signo de que un paciente estuviera en algún lugar cerca de la pared, examinado la reproducción de Böcklin como suelen hacer los pacientes tan frecuentemente cuando pensaban que estaban solos y por lo mismo, difíciles de avistar desde el agujero. Llanamente hablando, no había nadie en la habitación. Estaba desocupada.
Sin embargo, el doctor Silence estaba completamente conciente de que un ser humano se encontraba en la habitación. Su sistema sensorial nunca fallaba en darle a conocer la proximidad de un ser real o irreal. Incluso en la oscuridad podía definirlo. Y ahora supo fehacientemente que su paciente, el paciente que había alarmado a Barker, y había viajado por el corredor con ese paso danzarín, estaba en alguna parte escondido entre las cuatro paredes que eran dominadas desde su ojo espía. También se dio cuenta y esto era de lo más inusual que este individuo al que quería observar sabía que estaba siendo vigilado. Y, más aún, que el mismo extraño, a su vez, también estaba observando. De hecho, era él, el doctor, el que estaba siento observado y por un observador tan agudo y entrenado como él mismo.
Un indicio del verdadero estado del caso comenzó a caer sobre él, y estaba a punto de entrar de hecho su mano ya tocaba la manilla de la puerta cuando su ojo, aún adherido al agujero, detectó un movimiento. En una posición directamente opuesta, entre él y la chimenea, algo se agitó. Observó muy atentamente y se aseguró de no estar equivocado. Un objeto sobre la mesa era un vaso azul desapareció de la vista. Pasó fuera de la visión junto con la porción de mármol de la mesa, sobre la que reposaba. Luego, aquella parte del fuego, hogar y guardafuego de bronce inmediatamente debajo, se desvaneció completamente, como si una tajada hubiera sido limpiamente sacada de ellos.
En ese momento, el doctor Silence comprendió que algo entre él y aquellos objetos lentamente comenzaba a existir, algo que los escondía y obstruía a su visión al insertarse a sí mismo en la línea de visión entre ellos y él mismo.
Tranquilamente esperó por resultados posteriores antes de entrar.
Al principio vio una delgada y perpendicular línea que se trazaba por encima de la altura del reloj y continuaba hacia abajo hasta que alcanzaba el lanudo felpudo de la chimenea. La línea se hizo más ancha, ampliándose, haciéndose sólida. No era una sombra; era algo con sustancia. Se iba definiendo más y más. Luego, repentinamente, en la punta de la línea, al nivel de la cara del reloj, vio un pequeño disco luminoso contemplándolo resueltamente. Era un ojo humano, mirando fijamente al suyo, presionado allí contra el agujero. Y brillaba con inteligencia. El doctor Silence contuvo su respiración por un momento y nuevamente lo observó.
Luego, como alguien saliendo de una profunda oscuridad hacia la luz, vio la figura de un hombre deslizarse a la vista, una cara blancuzca siguiendo al ojo, y la línea perpendicular que al principio había visto ensancharse y desarrollarse hasta la completa figura de un ser humano. Era el paciente. Aparentemente había estado ahí, parado frente al fuego todo el tiempo. Un segundo ojo siguió al primero, y ambos miraban fijamente al ojo espía, gravemente concentrados, sin embargo, con un leve destello de humor y diversión que le hicieron imposible al doctor mantener su posición por más tiempo.
Abrió la puerta y entró rápidamente. Al hacerlo notó por primera vez el sonido de una banda alemana que entraba ruidosamente a través de los ventiladores abiertos. De alguna forma intuitiva, inexplicable, la música se conectaba con el paciente al que estaba a punto de entrevistar. Esta suerte de presagio no le era desconocida. Siempre se explicaba a sí mismo más tarde. Vio que el hombre era de mediana edad y de apariencia ordinaria; de hecho, tan ordinaria, que era difícil de describir su única particularidad era su extrema delgadez. Unas agradables vibraciones eso es, buenas- emanaban de su atmósfera y encontraron al doctor Silence mientras avanzaba a saludarlo, sin embargo, eran vibraciones vivientes llenas de corrientes y descargas que traicionaban la perturbada y desordenada condición de su mente y su cerebro. Evidentemente había algo absolutamente fuera de lo usual en el estado de sus pensamientos. Pero, aunque extraño, no era del todo perturbador; no era la impresión que la quebrada y violenta atmósfera del loco produce sobre la mente. El doctor Silence se dio cuenta en un destello que allí había un caso de absorbente interés que podría requerir de todo sus poderes para ser abordado apropiadamente.
-Lo estaba observando a través de mi pequeño ojo mágico, como notó -comenzó, con una agradable sonrisa, avanzando para darle la mano- . A veces lo encuentro de gran ayuda....
Pero el paciente lo interrumpió inmediatamente. Su voz era apurada y tenía extraños y estridentes cambios, quebrándose de agudo a grave de forma inesperada. En un momento tronaba, en el otro casi chirriaba.
-Comprendo sin que me explique -interrumpió rápidamente-. De esa forma obtiene la verdadera nota de un hombre, cuando no se siente observado. Lo apoyo completamente. Sólo que en mi caso, me temo que vio muy poco. Mi caso, como por supuesto usted comprende, doctor Silence, es extremadamente peculiar, incómodamente peculiar. De hecho, Sir Williams me aseguró que....
-Mi amigo lo ha mandado a verme -el doctor interrumpió seriamente, con una suave nota de autoridad-, y eso es suficiente. Por favor siéntese, señor ......
-Mudge... Racine Mudge -replicó el otro.
-Tome esta cómoda silla, señor Mudge -dirigiéndole hacia la silla arreglada-, y cuénteme acerca de su condición en sus propias palabras y a su propio paso. Mi día entero está a su disposición si así lo requiere.
El señor Mudge se dirigió hacia la silla en cuestión y luego dudó.
-Prométame que no usará los botones narcóticos -dijo, antes de sentarse- No los necesito. Además, debo mencionar que cualquier cosa que usted piense intensamente alcanzará mi mente. Esto es, aparentemente, parte de mi peculiar caso. -Se sentó con un suspiro y arregló sus delgadas piernas y cuerpo hasta alcanzar una posición cómoda. Evidentemente era muy sensible a los pensamientos de los otros, ya que la imagen de los botones verdes había entrado solamente por un segundo a la mente del doctor, mientras que el otro lo captó instantáneamente. El doctor Silence notó además, que el señor Mudge se aferraba fuertemente con ambas manos a los brazos de la silla.
-Casi estoy feliz de que la silla esté clavada al suelo -recalcó, mientras se establecía más cómodamente-. Me favorece. El hecho es... y esto es mi caso en una cáscara de nuez... lo cual es todo lo que un doctor de su maravilloso desarrollo requiere... el hecho es, doctor Silence, que soy una víctima del Espacio Superior. Eso es lo que sucede conmigo... ¡Espacio Superior!
Ambos se miraron por un momento, en silencio, el pequeño paciente sujetándose fuertemente a los brazos de la silla que le "favorecían admirablemente", y mirando hacia arriba con ojos fijos, su atmósfera temblando por las ondas de alguna actividad desconocida; mientras que el doctor sonreía amable y compasivamente, y ponía su mente lo más lejos posible, dentro de la condición mental del otro.
-Espacio Superior -repetía el señor Mudge- eso es lo que es. Ahora, ¿piensa usted que puede ayudarme con eso?
Hubo una pausa durante la cual los ojos de los hombres buscaron fijamente bajo la superficie de sus respectivas personalidades. Entonces el doctor Silence habló.
-Estoy completamente seguro de que puedo ayudar -respondió serenamente- la compasión siempre debe ayudar, y el sufrimiento siempre llama a mi compasión. Veo que usted ha sufrido cruelmente. Debe contarme todo sobre su caso, y cuando escuche los pasos graduales por los cuales usted ha llegado a este extraño estado, no tengo duda que puedo ser de ayuda para usted.
Acercó la silla junto a su interlocutor y posó su mano sobre su hombro por un momento. Todo su ser irradiaba bondad, inteligencia, deseo de ayudar.
-Por ejemplo -prosiguió- estoy seguro de que fue el resultado de algo más que la coincidencia que usted se familiarizara con los terrores de lo que usted llama Espacio Superior; pues espacio superior no es sólo una medida externa. Es, por cierto, un estado espiritual, una condición espiritual, un desarrollo interno, y uno que debemos reconocer como anormal, pues se encuentra más allá del alcance de nuestros sentidos en la presente etapa de evolución. El Espacio Superior es un estado místico.
-¡Oh! -exclamó el otro, frotándose sus manos de pájaro con satisfacción-, ¡qué alivio para mí hablar con alguien que pueda comprender! Por supuesto, lo que dice usted es la absoluta verdad. Y tiene razón de que no fue la pura casualidad la que me condujo a mi actual condición, sin embargo fue un estudio prolongado y deliberado. Pero es la suerte, en un sentido, la que la gobierna. Me refiero a que, mi entrada a la condición de espacio superior parece depender sobre la suerte de ésta y aquélla circunstancia. -Suspiró y se detuvo por un momento . De hecho-continuó- el mero sonido de esa banda alemana me disparó. No es que toda la música lo haga, sino que ciertos sonidos, ciertas vibraciones me elevan de tono hasta alcanzar el nivel requerido, me disparan. La música de Wagner siempre lo hace, y aquella banda debe haber estado tocando una fuga de Wagner. Pero ya llegaré a todo eso más adelante. Pero primero -sonrió modestamente- debo pedirle que retire a su hombre del ojo espía.
II.
John Silence miró sobresaltado, pues el señor Mudge estaba de espaldas a la puerta, y no había ningún espejo. Vio el ojo café de Barker pegado al pequeño círculo de vidrio, y cruzó la habitación sin hablar y de golpe bajó la negra persiana provista para ese propósito, y luego oyó a Barker alejarse arrastrando los pies por el pasadizo.
-Ahora -continuó el pequeño hombre en la silla-, puedo continuar. Usted ha logrado ponerme completamente cómodo, y siento que podría contarle mi caso completo sin vergüenza o reserva. Usted entenderá. Pero deberá ser paciente conmigo si me extiendo en detalles que para usted ya son familiares... detalles del espacio superior, o sea... si parezco estúpido tratando de describir cosas que trascienden el poder del lenguaje y son realmente por lo mismo, indescriptibles.
-Mi querido amigo -añadió el otro calmadamente-, eso no necesita decirlo. Conocer el espacio superior es una experiencia que desafía cualquier descripción, y uno se ve obligado a hacer uso de símbolos más o menos inteligibles. Pero, por favor, proceda. Sus intensos pensamientos me dirán más que sus vacilantes palabras.
Un inmenso suspiro de alivio le llegó desde la pequeña figura media perdida en las profundidades de la silla. Aquella afinidad inteligente encontrándolo a medio camino era una experiencia nueva, y al instante tocó su corazón. Se reclinó hacia atrás, relajando su fuerte asidero de los brazos, y comenzó en su voz delgada y escamosa.
-Mi madre era francesa y mi padre un barquero de Essex -dijo abruptamente-. De ahí mi nombre... Racine y Mudge. Mi padre murió aún antes de que lo viera. Mi madre heredó dinero de sus parientes de Bordeaux, y cuando murió, poco después, fui dejado solo con riquezas y una extraña libertad. No tenía cuidadores, fiduciarios, hermanas, hermanos, o cualquier conexión en el mundo que me cuidara. De esta forma, crecí absolutamente sin educación. Todo esto fue en mi beneficio; no aprendí nada de esa basura engañosa que se enseña en los colegios, así que no tenía nada que desaprender cuando desperté a mi amor verdadero... las matemáticas, matemáticas superiores y geometría superior. Sin embargo, parecía conocerlas instintivamente. Era como el recuerdo de algo que había estudiado profundamente antes; los principios estaban en mi sangre, y simplemente corrían a través de las etapas ordinarias, y más allá, y luego hice lo mismo con la geometría. Luego, cuando leía los libros de estas materias, comprendía cuán ligero y fielmente el conocimiento había retornado a mí. Simplemente era memoria. Era simplemente recolectar los recuerdos de lo que había sabido antes, en una existencia previa y no requería de libros para enseñarme.
En su creciente entusiasmo, el señor Mudge trataba de arrastrar la silla hacia delante, algo más cerca de su oyente, y luego sonreía débilmente al resignarse instantáneamente a su inmovilidad, y se sumergía nuevamente al relato de su extrañan "enfermedad".
-Las audaces especulaciones de Bolilla, las sorprendentes teorías de Gauss... que a través de un punto más de una línea podía ser trazada paralela a la línea dada; la posibilidad de que los ángulos de un triángulo fueran en conjunto mayor que dos ángulos rectos, si es que eran dibujadas sobre inmensas curvaturas... las intuiciones de Beltrami y Lobatchewsky... a través de todas estas me apresuré y emergí, jadeante pero insatisfecho, sobre el límite de mi... mundo, mis posibilidades de espacio superior... en una palabra, ¡mi enfermedad!
Cómo llegué hasta allí -retomó luego de una breve pausa, durante la cual pareció haber estado esperando un sonido que se acercaba-, es más que lo que puedo poner en palabras inteligibles. Sólo puedo esperar dejar su mente con una comprensión intuitiva de la posibilidad de lo que digo.- Aquí, sin embargo, se introdujo un cambio. En este punto ya no estaba absorbiendo los frutos de los estudios que había realizado anteriormente; era el comienzo de nuevos esfuerzos por aprender por primera vez, y tenía que ir lenta y laboriosamente a través de un trabajo terrible. Aquí busqué en las teorías y especulaciones de otros. Sin embargo, los libros eran muy pocos y muy espaciados, y, con la excepción de un hombre_un "soñador", como el mundo lo llamaba... cuya audacia y penetrante intuición me sorprendieron y me encantaron más allá de toda descripción, no encontré a nadie que me guiara o ayudara.
Por supuesto que usted, doctor Silence, comprende algo de hacia dónde me estoy dirigiendo con estas titubeantes palabras, aunque no pueda quizá todavía adivinar a qué profundidades de dolor me llevó mi nuevo conocimiento, ni por qué una relación con una nueva dimensión del espacio pudo resultar una fuente de misterio y terror.
El señor Mudge, recordando que la silla no se movería, hizo lo mejor que pudo en su deseo de acercarse al hombre atento que lo encaraba, y se inclinó hacia adelante sobre el borde mismo de los cojines, cruzando sus piernas y gesticulando con ambas manos como mirando esta región del nuevo espacio que estaba intentando describir, y pudiera en cualquier momento saltar dentro de él desde el borde de la silla y perderse de vista. John Silence, separado de él por tres ases, se mantenía con los ojos fijos sobre la pálida cara de enfrente, reparando en cada palabra y gesto con una profunda atención.
-Esta habitación donde estamos sentados, doctor Silence, tiene un lado abierto al espacio... al espacio superior. Una caja cerrada sólo parece cerrada. Existe una entrada y una salida de una burbuja de jabón, sin romper la membrana.
-No me dice nada nuevo interpuso gentilmente el doctor.
-Por lo tanto, si el espacio superior existe y nuestro mundo limita con él y se encuentra parcialmente en él, necesariamente se concluye que nosotros sólo vemos porciones de los objetos. Jamás vemos su forma real y completa. Vemos tres dimensiones, pero no la cuarta. La nueva dirección se encuentra escondida para nosotros, y cuando sostengo este libro y muevo mi mano alrededor de él, no he hecho realmente el circuito completo. Sólo percibimos aquellas porciones de cualquier objeto que exista en nuestras tres dimensiones, el resto se nos escapa. Sin embargo, una vez aprendido a ver en espacio superior, todos los objetos aparecerán como realmente son. ¡Sólo que por lo mismo serán difícilmente reconocibles! Ahora puede comenzar a comprender hacia dónde me dirijo
-Comienzo a comprender algo de lo que usted debe haber sufrido -observó conciliadoramente el doctor- puesto que yo mismo viví experimentos similares, sólo que me detuve justo a tiempo....
-Usted es el único hombre en el mundo que me puede comprender, y compadecer -exclamó el señor Mudge, asiendo su mano y sosteniéndola fuertemente mientras hablaba. La silla clavada prevenía mayores entusiasmos.
-Bueno -continuó luego de una pausa momentánea- me procuré con los implementos y los cubos de colores para la experimentación práctica, y seguí las instrucciones cuidadosamente hasta que llegué a una concepción imaginaria del espacio en cuatro dimensiones. Al tesaracto, la figura cuyas fronteras son cubos, lo conocía de memoria. Me refiero a que lo conocía y lo veía mentalmente, pues mi ojo, por supuesto, jamás podría admitir una nueva medida, ni podrían mis manos o mis pies manejarla.
-De esta forma, al menos agregó, haciendo una mueca de desagrado-pensé que había llegado a la etapa en la que podía imaginar en una nueva dimensión. Era capaz de concebir la forma de una nueva figura que es intrínsecamente diferente a todo lo que conocemos... la forma del tesaracto. Podía percibir en cuatro dimensiones. De esta forma, cuando observaba un cubo, podía ver todos sus lados al instante. Su área superior no estaba reducida, ni su lado más distante ni la base invisible. Veía el todo plano, por así decirlo. Más aún, también veía su contenido... su interior.
-¿No fue usted capaz de entrar a este nuevo mundo? -interrumpió el doctor Silence.
-No entonces. Sólo era capaz de concebir intuitivamente cómo sería y cómo debería realmente verse. Más tarde, cuando me deslicé allí y vi los objetos en su completitud, ilimitados por la insuficiencia de nuestras pobres tres medidas, casi estuve a punto de perder mi vida. Pues usted sabe, el espacio no se detiene en una única nueva dimensión, la cuarta. Se extiende a todas las nuevas posibles, y debemos imaginarlo como conteniendo un número infinito de nuevas dimensiones. En otras palabras, no hay un espacio, sino sólo una condición. Pero, mientras tanto, he llegado a comprender el extraño hecho de que los objetos en nuestro mundo normal se nos presentan sólo parcialmente.
El señor Mudge se adelantó aún más en la silla balanceándose peligrosamente en el mismo borde de ésta.
-Desde este punto de partida -retomó- comencé mis estudios y experimentos, y los continué por años. Tenía dinero, y no tenía amigos. Vivía en soledad y experimentaba. Mi intelecto, por supuesto, tenía poco espacio en el trabajo, pues intelectualmente era impensable. Nunca se había visto más claramente demostrada la limitación de la mera razón. Fue místicamente, intuitivamente, espiritualmente como empecé a avanzar. Y lo que aprendí, sabía e hice, es imposible de poner en palabras, pues describen experiencias que trascienden las experiencias de los hombres. Son sólo algunos de los resultados los que usted llamaría los síntomas de mi enfermedad los que puedo entregarle, e incluso estos pueden muchas veces parecer contradicciones absurdas y paradojas imposibles.
-Sólo puedo decirle, doctor Silence -repentinamente sus maneras se volvieron graves- que a veces he llegado a una posición en que todos los grandes misterios del mundo se tornaron comprensibles para mí, y comprendí lo que en los libros de Yoga llaman "La Gran Herejía de la Separatividad"; porqué los grandes maestros han urgido la necesidad de que el hombre ame a su prójimo como a sí mismo; cómo los hombres son realmente uno; y porqué la pérdida absoluta de uno mismo es necesaria para la salvación y el descubrimiento de la vida verdadera del alma.
Se detuvo un instante y tomó aliento.
-Sus especulaciones fueron las mías hace mucho tiempo atrás -dijo el doctor tranquilamente-. Me doy completamente cuenta de la fuerza de sus palabras. Sin duda los hombres no están del todo separados... en el sentido que ellos imaginan.
-Todo lo referente a este espacio aún más elevado sólo lo concebía oscuramente, por supuesto, -prosiguió el otro, elevando nuevamente su voz a tirones-; pero lo que me sucedió fue el accidente más insignificante... un desastre simple... de, oh, Dios, ¿cómo decirlo?...
Balbuceó y mostró evidentes signos de ansiedad.
-Simplemente fue esto -retomó con súbita prisa en sus palabras-, que, accidentalmente, como resultado de mis años de experimentación, un día me deslicé corporalmente hacia el próximo mundo, el mundo de las cuatro dimensiones, sin saber precisamente cómo había llegado allí, o cómo podría regresar. Descubrí que mi cuerpo ordinario en tres dimensiones, no era más que una expresión... una proyección parcial... ¡de mi cuerpo superior en cuatro dimensiones!
-Ahora comprenderá lo que mencioné hace un rato en nuestra conversación, cuando hablé del azar. No puedo controlar mi entrada o salida. Algunas personas, algunas atmósferas humanas, ciertas fuerzas errantes, pensamientos, incluso deseos... la radiación de ciertas combinaciones de colores, y sobretodo, las vibraciones de ciertos tipos de música, me arrojan a un estado que sólo puedo describir como una vibración interna, terrorífica e intensa... ¡y repentinamente me disparo! ¡Lejos, en dirección de todos los ángulos rectos de nuestras direcciones conocidas! ¡Lejos, en la dirección que toma un cubo cuando comienza a trazar los contornos de una nueva figura, el tesaracto! ¡Lejos, hacia mi espacio superior, intenso y semi divino!¡Lejos, dentro de mí mismo, dentro del mundo de las cuatro dimensiones!
Quedó sin aliento y se dejó caer en las profundidades de la silla inmóvil.
-Y allí -murmuró, su voz surgiendo de entre los cojines- allí debo quedarme hasta que dichas vibraciones cesen, o hasta que hagan algo, que no puedo encontrar las palabras para describir de forma apropiada o inteligible para usted_y entonces, de repente, estoy de vuelta nuevamente. Primero, desaparezco. Luego reaparezco. Sólo que- suspiró- no puedo controlar mi entrada ni mi salida.
-Perfecto -exclamó el doctor Silence- , y por eso hace unos pocos....
-Por eso hace pocos momentos- interrumpió el señor Mudge, quitándole las palabras de la boca-, me encontró ido, y luego me vio retornar. La música de esa funesta banda Alemana me empujó. Sus intensos pensamientos sobre mí me trajeron de vuelta... cuando la banda hubo terminado su Wagner. Lo vi aproximarse al agujero y vi más tarde la intención de Barker de hacer lo mismo. Para mí ningún interior está oculto. Yo veo dentro. Cuando estoy en ese estado los contenidos de su mente, así como los de su cuerpo, están abiertos a mí como el día. ¡OH Dios, oh Dios, oh Dios!
El señor Mudge se detuvo y enjuagó su frente. Un ligero estremecimiento recorrió la superficie de su pequeño cuerpo, como el viento sobre el pastizal. Aún se aferraba fuertemente a los brazos de la silla.
-Al principio -continuó-, mis nuevas experiencias eran tan gráficamente interesantes que no me sentí alarmado. No había espacio para eso. El miedo vino poco después.
-¿Entonces, usted realmente penetró en ese estado, lo suficientemente lejos como para experienciarse a sí mismo como una parte normal de él? -preguntó el doctor, acercándose, profundamente interesado.
El señor Mudge asintió con su rostro sudoroso como respuesta.
-Lo hice -murmuró-, indudablemente lo hice. Ya llegaré a eso. Comenzó primero por la noche, cuando me di cuenta que el sueño no se acompañaba de la pérdida de conciencia...
-El espíritu, por supuesto, nunca duerme. Sólo el cuerpo se vuelve inconsciente -agregó John Silence.
-Si, sabemos eso... teóricamente. Durante la noche, por supuesto, el espíritu se encuentra activo en alguna otra parte, y nosotros no conservamos recuerdos acerca del dónde ni del cómo, porque simplemente el cerebro se queda atrás y no recibe ningún registro. Pero me di cuenta que, mientras me mantenía conciente, también retenía la memoria. Había alcanzado el estado de conciencia continua, pues en las noches, con los primeros signos de somnolencia, entraba nolens volens al mundo de cuatro dimensiones.
Durante un tiempo esto sucedía frecuentemente, y no podía controlarlo; aunque más tarde descubrí un modo de regularlo mejor. Aparentemente el sueño es innecesario para el cuerpo superior... el tetradimensional. Sí, posiblemente. Sin embargo, hubiera preferido infinitamente el sueño insulso al conocimiento. Puesto que, incapaz de controlar mis movimientos, vagaba de allá para acá, atraído, debido a mi desarrollo parcial y prematura llegada, hacia partes de este nuevo mundo que me alarmaban más y más. Era la horrible desolación y el flujo de un mundo monstruoso, tan absolutamente distinto a todo lo que conocemos y vemos, que ni siquiera puedo dar una pista de la naturaleza de las visiones y objetos y seres en él. Más que eso, no puedo ni siquiera recordarlos. No puedo imaginármelos ahora ni para mí mismo, sino que sólo puedo evocar los recuerdos de la impresión que dejaron sobre mí, el horror y el devastador terror de todo eso. Estar en varios lugares a la vez, por ejemplo...
-Perfectamente -interrumpió John Silence, dándose cuenta del aumento de excitación del otro-, comprendo exactamente. Pero ahora, por favor, cuénteme algo más de este temor que experimentaba, y cómo lo afectó.
-No es desaparecer y reaparecer per se lo que me afecta -continuó el señor Mudge-, tanto como otras cosas. Es ver a la gente y los objetos en su extraña completitud, en sus formas reales y completas, eso es lo angustiante. Me he introducido a un mundo de monstruos. Caballos, perros, gatos, a todos los quería; personas, árboles, niños; todo lo que había considerado hermoso en la vida... todo, desde el rostro humano hasta una catedral... se me aparecía en un aspecto y forma diferente a todo lo que había conocido antes. En vez de ver su forma parcial en tres dimensiones, las veía completas... en cuatro. Tal vez no pueda explicarle por qué esto sería terrible, pero le aseguro que así es. Escuchar la voz humana proveniente de esta novedosa apariencia que difícilmente reconocía como un cuerpo humano, es espantoso, simplemente espantoso. Poder ver en el interior de todo y todos es una forma de discernimiento particularmente angustiosa. Estar tan confundido geográficamente como para encontrarme en un momento en el Polo Norte, y al siguiente en Claphan Junction... o posiblemente en ambos sitios a la vez..., es absurdamente terrorífico. Su imaginación le suministrará prontamente otros detalles sin multiplicar yo ahora mis experiencias. Pero usted no tiene idea lo que todo esto significa, y cómo sufro.
El señor Mudge interrumpió su jadeante recuento y se reclinó en la silla. Aún se aferraba fuertemente a los brazos como si pudieran mantenerlo en el mundo de la cordura y las tres dimensiones, y sólo una que otra vez soltaba su mano izquierda para enjuagar su rostro. Se veía muy delgado y pálido y extrañamente insubstancial, y observaba a su alrededor como si mirara a este otro espacio, sobre el cual había estado hablando.
John Silence también se sentía animado. Había escuchado cada palabra y había tomado muchas notas. La presencia de este hombre producía un efecto vivificante sobre él. Parecía como si el señor Mudge aún llevara consigo algo de aquella intensa condición del espacio superior que había estado describiendo. De cualquier forma, el doctor Silence había avanzado por sí mismo lo suficientemente lejos para darse cuenta que las visiones de esta extraordinaria y pequeña persona, tenían una base de verdad en su origen.
III.
Luego de una pausa que se prolongó por minutos, cruzó la habitación y abrió un cajón de su librero, sacando un pequeño libro de cubierta roja. Tenía un candado, y sacó una llave de su bolsillo y procedió a abrir las cubiertas. El brillo en los ojos del señor Mudge no lo dejó ni por un solo segundo.
-Señor Mudge -dijo por fin-, casi me parece una lástima curarlo. Usted está camino a descubrir grandes cosas. Aunque pudiera perder la vida en este proceso... me refiero a la vida acá, en el mundo de las tres dimensiones... no perdería, por lo mismo, nada de gran valor... perdone mi aparente rudeza, lo sé... pero podría ganar algo que es infinitamente superior. Su sufrimiento, por supuesto, se encuentra en el hecho de que usted alterna entre dos mundos y no está nunca completamente en uno u otro. Además, me atrevo a imaginar, aunque no puedo estar seguro de esto a través de ningún experimento personal, que usted incluso ha penetrado aquí y allá a un espacio de más de cuatro dimensiones, y de esta forma, ha experimentado el terror al que se refiere.
El sudoroso hijo del barquero de Essex y de una mujer de Normandía inclinó su cabeza varias veces asintiendo, pero no pronunció ninguna palabra como respuesta.
-Alguna extraña predisposición psíquica, que data sin duda de alguna de sus vidas pasadas, ha favorecido el desarrollo de su "enfermedad"; y el hecho de que usted no haya tenido un entrenamiento normal en la escuela o la universidad, que no esté guiado por el pobre intelecto hacia el culs de sac, falsamente llamado conocimiento, ha causado su excesivamente rápido movimiento a lo largo de las líneas directas de la experiencia interna. Nada del conocimiento que ha presagiado ha venido a usted a través de los sentidos, por cierto.
El señor Mudge, sentado en su silla inamovible, comenzó a estremecerse débilmente. Nuevamente pareció como si una brisa pasara sobre su superficie y como si de nuevo lo pusiera curiosamente en movimiento, como una pradera.
-Usted habla solamente para ganar tiempo -dijo con voz presurosa y titubeante-. Este pensamiento en voz alta nos demora. Vislumbro hacia dónde se dirige, por favor, apresúrese, porque algo va a suceder. Nuevamente una banda se aproxima por la calle, y si interpretan...si interpretan Wagner....saldré disparado en un destello.
-Precisamente. Seré rápido. Me dirigía al punto de cómo llevar a cabo su cura. Esta es la manera: simplemente debe aprender a bloquear las entradas... prevenir que los centros actúen.
-¡Es verdad, absolutamente verdad! -exclamó el hombrecito, evadiendo las profundidades de la silla-. ¿Pero cómo, en nombre del espacio, cómo puede eso lograrse?
-Mediante la concentración. Todos estos centros se encuentran dentro de usted, a pesar de que sean causas exteriores como el color, la música y otros elementos, los que lo guían hacia ellos. No puede esperar destruir estos elementos externos, sin embargo, una vez que las entradas están bloqueadas, le guiarán sólo hacia murallas de ladrillo y canales clausurados. No será capaz de encontrar el camino nuevamente.
-¡Rápido, rápido! -gritaba la figura que se sacudía sobre la silla-. ¿Cómo se lleva a cabo esta concentración?
-Este librito -continuó calmadamente el doctor Silence-, le explicará la manera-. Dio unos golpecitos sobre la cubierta-. Ahora, déjeme leerle algunas simples instrucciones y usted nunca más volverá a entrar al estado de espacio superior. Los accesos estarán bloqueados efectivamente.
El señor Mudge se irguió de golpe en su silla para escuchar, y John Silence aclaró su garganta y comenzó a leer lentamente, en un tono de voz muy claro. Mas antes de que hubiera pronunciado una docena de palabras, algo pasó. El sonido de la música de la calle penetró en la habitación a través de los ventiladores, ya que una banda había comenzado a tocar en en callejón de los establos, en la parte trasera de la casa... era la Marcha del Tannhäuser. Puede parecer muy extraño que una banda alemana aparezca dos veces dentro del lapso de una hora, en los mismos callejones y tocara Wagner, sin embargo, ese era el caso. El señor Racine Mudge la oyó. Lanzó un grito agudo y chirriante y nerviosamente enroscó sus brazos alrededor de la silla. Una mirada que daba pena y que no estaba lejos de las lágrimas se extendió sobre su pálido rostro. Grises sombras lo siguieron... el gris del miedo. Comenzó a luchar convulsionadamente.
¡Sujéteme firme! ¡Atrápeme! Por el amor de Dios, ¡manténgame aquí! Ya estoy en camino. ¡Oh, es espantoso! -gritó en tonos de angustia, su voz tan delgada como un junco.
El doctor Silence se precipitó hacia adelante para atraparlo, sin embargo, en un destello, antes de que pudiera cubrir el espacio entre ellos, el señor Racine Mudge, gritando y luchando, pareció dispararse hacia lo invisible. Desapareció como una flecha lanzada por un arco a una velocidad infinita, y su voz ya no resonaba en el aire externo, sino que de alguna curiosa manera, parecía hacerse audible a través de las profundidades del ser del propio doctor. Era casi como un débil cántico en su cabeza, como la voz de un sueño, una voz de visiones e irrealidad.
-¡Alcohol, alcohol! -gritaba débilmente, a la distancia- ¡deme alcohol! Es la manera más rápida. ¡Alcohol, antes de que esté fuera de alcance!
El doctor, acostumbrado a las decisiones rápidas y acciones aún más rápidas, recordó que había una botella de brandy sobre la mesa, y en menos de un segundo la había cogido y la sostenía hacia el espacio sobre la silla, recientemente ocupado por un visible Mudge. Pero, frente a sus propios ojos, y mucho antes de que pudiera abrir la tapa metálica, vio que el contenido del frasco cerrado se hundía y disminuía como si alguien estuviera bebiendo su licor con violencia y avidez.
-¡Gracias!¡Suficiente! ¡Espanta las vibraciones! -clamó la vocecita en su interior, mientras retiraba el frasco y lo restablecía sobre la mesa. Comprendió que la actual condición de un lado de la botella estaba abierta al espacio y que él podía beber sin remover la tapa. Difícilmente hubiera podido obtener una prueba más interesante acerca de lo que había estado escuchando, descrito en tal detalle.
Pero al momento siguiente... casi parecía que al mismo tiempo... , la banda alemana se detuvo a la mitad de su tonada... ¡y ahí estaba el señor Mudge, de regreso nuevamente en su silla, resollando y jadeando!
-¡Rápido! -chilló- ¡detenga a la banda!¡Envíelos lejos! ¡Sujéteme! ¡Bloquee las entradas! ¡Bloquee las entradas! ¡Deme el libro rojo! ¡¡¡¡Oh, oh, oh h h h!!!!
La música había comenzado nuevamente. Sólo había sido una interrupción momentánea. La Marcha del Tannhäuser había comenzado nuevamente, esta vez a un ritmo tremendo que la hacía sonar como un rápido paso doble, como si los instrumentos tocaran contra el tiempo. Sin embargo, la breve interrupción dio al doctor Silence un momento para reunir sus pensamientos disgregados, y antes que la banda hubiera llegado a la mitad del compás, se había precipitado sobre la silla y sujetaba al señor Racine Mudge, la pequeña víctima del espacio superior, en un abrazo de hierro. Sus brazos rodearon su diminuta persona, tomando al mismo tiempo una buena parte de la silla. Si bien no era un hombre grande, pareció sofocar por completo a Mudge.
Sin embargo, incluso mientras actuaba de esta manera, sintiendo la agitación bajo suyo, comenzó a deshacerse y a deslizarse como el aire o el agua. De algún modo, la madera del brazo de la silla se desenredaba de entre sus propios brazos y los del señor Mudge. Se llevó a cabo el fenómeno conocido como el paso de la materia a través de la materia. El hombrecito parecía estar realmente fundido con el ser del otro. El doctor Silence sólo pudo ver la cara por debajo suyo. Se arrugó y se volvió gris como debido a un gran esfuerzo interno. Oyó la delgada y fina voz clamando en su oído: "¡Bloquee las entradas, bloquee las entradas!. Y luego....pero, ¿cómo en el mundo describir aquello que es indescriptible?
John Silence se paró para observar. Racine Mudge, su rostro distorsionado más allá de todo reconocimiento, estaba haciendo un maravilloso movimiento hacia adentro, como si se contrajera sobre sí mismo. Se volvió como un embudo, como agua en un remolineante torbellino, y luego pareció quebrarse como se quiebra un reflejo y se divide, en la distorsión de un espejo convexo. No se movió ni hacia adelante ni hacia atrás, ni hacia la izquierda ni a la derecha, ni arriba ni abajo. Pero se fue. Se fue completamente. Simplemente se esfumó de la vista, como un proyectil desvaneciéndose.
-¡Todo menos una pierna! -El doctor Silence sólo tuvo el tiempo y la presencia de mente para sujetar el tobillo izquierdo y la bota del desaparecido, y a esto se aferró durante algunos segundos como a la torva muerte. Sin embargo, todo el tiempo supo que era algo estúpido e inútil. El pie estaba en su control por un momento, y al siguiente parecía... esta era la única manera que podía describirlo... estar dentro de su propia piel y huesos, y al mismo tiempo fuera de su mano y en todo su alrededor. De alguna manera sorprendente, parecía estar mezclada con su propia carne y sangre. Luego se había ido, y él se encontraba asiendo fuertemente sólo una corriente de aire tibio.
-¡Ido!¡Ido!¡Ido!-gritaba una débil y susurrante voz en algún lugar dentro de su propia conciencia. ¡Perdido!¡Perdido!¡Perdido!-repetía, haciéndose cada vez más débil hasta que finalmente se desvaneció en la nada, y los últimos signos del señor Racine Mudge se desvanecieron con ella.
John Silence cerró su libro rojo y lo repuso en el gabinete, el cual aseguró con un clic, y cuando Barker acudió al campanilleo, le preguntó si el señor Mudge había dejado una tarjeta sobre la mesa. Aparentemente lo había hecho, y cuando el sirviente regresó con ella el doctor Silence leyó la dirección y tomó nota de ella. Era en el norte de Londres.
-El señor Mudge se ha ido -le dijo tranquilamente a Barker, notando su expresión de alarma.
-No se ha llevado su sombrero, señor.
-El señor Mudge no necesita un sombrero donde se encuentra ahora -continuó el doctor, agachándose para atizar el fuego-. Pero podría regresar por él...
-¿Y el paraguas, señor?
-Y el paraguas.
-Si me lo permite, señor, él no salió por mi camino -tartamudeó el sorprendido sirviente, su curiosidad superando el nerviosismo.
-El señor Mudge tiene sus propias maneras de ir y venir, y las prefiere. Si llega a regresar por la puerta en cualquier momento, recuerda traérmelo inmediatamente, y se amable y gentil con él y no le hagas preguntas. Además, Barker, recuerda pensar agradablemente, compasivamente, afectuosamente en él mientras se encuentra ausente. El señor Mudge es un caballero que sufre mucho.
Barker hizo una reverencia y salió de la habitación de espaldas, jadeando y palpando dentro de su cuello con tres dedos de una mano, muy calientes.
Fue dos días después cuando trajo un telegrama al estudio. El doctor Silence lo abrió y leyó lo siguiente:
Bombay. Recién deslizado fuera nuevamente. A salvo. Entradas bloqueadas. Mil gracias. Dirección Cooks, Londres." MUDGE.
El doctor Silence levantó la mirada y vio a Barker mirándolo perplejamente. Se le ocurrió que de alguna manera conocía el contenido del telegrama.
-Haga un paquete con las cosas del señor Mudge -dijo brevemente-, y envíalas a Thomas Cook e Hijos, Ludgate Circus. Y envíalas allí en exactamente un mes a partir de hoy, marcada "Para ser reclamada".
-Sí, señor -dijo Baker, abandonado la sala con un suspiro profundo y echando una rápida mirada al papelero, donde su amo había tirado el papel color rosa".
Algernon Blackwood
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