El Recolector de Historias

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martes, 2 de junio de 2015

"Espectros que Provocan la Tempestad"

"El príncipe Radziville, en su Viaje a Jerusalén, cuenta un suceso muy singular del que fue testigo.

Había comprado en Egipto dos momias, una de hombre y otra de mujer, y las había encerrado secretamente en unas cajas que mandó poner en su navío cuando embarcó en Alejandría para volver a Europa. Sólo lo sabían él y dos criados, ya que los turcos ponen muchas dificultades antes de permitir que alguien se lleve las momias, pues creen que los cristianos las emplean para realizar operaciones mágicas. Cuando estaban en alta mar, se levantó varias veces una tempestad con tanta violencia que el piloto perdía las esperanzas de salvar su navío. Todo el mundo esperaba un naufragio inminente e inevitable.

Un buen sacerdote polaco, que acompañaba al príncipe Radziville, rezaba las oraciones convenientes para tal ocasión; el príncipe y su corte respondían a ellas. Pero el sacerdote era atormentado, según decía, por dos espectros (un hombre y una mujer) negros y repugnantes, que le hostigaban y amenazaban con matarle. Al principio se creyó que el terror y el peligro del naufragio le habían turbado la imaginación. Cuando la calma volvió, pareció tranquilizarse; pero la tempestad pronto volvió a arreciar. Entonces esos fantasmas le acosaron más que antes, y sólo pudo liberarse cuando las dos momias fueron arrojadas al mar, hecho que también provocó el cese de la tormenta".


Charles Nodier

miércoles, 20 de mayo de 2015

"La Monja Sangrienta"

"Un fantasma frecuentaba el castillo de Lindemberg, de manera que lo hacía inhabitable. Apaciguado después por un santo hombre, se limitó a ocupar sólo una habitación, que estaba siempre cerrada. Pero cada cinco años, el cinco de mayo, a una hora precisa de la mañana, el fantasma salía de su asilo.

Era una monja cubierta con un velo y vestida con un hábito manchado de sangre. En una mano sostenía un puñal, y en la otra una lámpara encendida. Descendía así la escalera, atravesaba los patios, salía por la puerta principal, que oportunamente dejaban abierta, y desaparecía. La llegada de esta fecha misteriosa estaba próxima, cuando el enamorado Raymond recibió la orden de renunciar a la mano de la joven Agnes, a quien amaba locamente.

Raymond le pidió una cita, la obtuvo, y le propuso un rapto. Agnes conocía acabadamente la pureza del corazón de su amante para vacilar en seguirle:

-Dentro de cinco días -le dijo ella- la monja sangrienta debe dar su paseo. Abrirán las puertas y nadie se atreverá a interponerse en su camino. Yo sabré procurarme vestidos apropiados y salir sin ser reconocida. Estad preparado a cierta distancia... -Alguien entró en ese momento y les obligó a separarse.

El cinco de mayo, a medianoche, Raymond se encontraba a las puertas del castillo. Un coche y dos caballos le esperaban en una cueva cercana.

Las luces se apagan, cesan los ruidos, suena el reloj; el portero, siguiendo la antigua costumbre, abre la puerta principal. Una luz aparece en la torre del este, recorre una parte del castillo, desciende... Raymond divisa a Agnès, reconoce el vestido, la lámpara, la sangre y el puñal. Se acerca; ella se arroja en sus brazos. La lleva casi desvanecida en el coche; parte con ella, al galope de los caballos.

Agnes no decía ni una palabra.

Los caballos corrían hasta perder el aliento; dos postillones que trataron vanamente de retenerlos fueron derribados. En ese momento, una tormenta espantosa se levanta, los vientos soplan desencadenados; el trueno ruge en medio de miles de relámpagos; el coche desbocado se rompe... Raymond cae sin sentido.

A la mañana siguiente se ve rodeado de campesinos que le llaman a la vida. Él les habla de Agnes, del coche, de la tormenta. Nada han visto, nada saben, y está a más de diez leguas del castillo de Lindemberg.

Le llevan a Ratisbonne; un médico cura sus heridas y le recomienda reposo. El joven amante ordena mil búsquedas inútiles y hace cien preguntas a las que nadie puede responder. Todos creen que ha perdido la razón.

Sin embargo, el día pasa; el cansancio y el agotamiento le procuran el sueño. Dormía bastante apaciblemente, cuando el reloj de un convento cercano le despierta. Un secreto horror se apodera de él, se le erizan los cabellos, se le hiela la sangre. La puerta se abre con violencia; bajo el resplandor de una lámpara que está sobre la chimenea, ve avanzar a alguien: es la monja sangrienta. El espectro se acerca, le mira fijamente y se sienta en la cama durante toda una hora.

El reloj da las dos. El fantasma entonces se levanta, coge la mano de Raymond con sus dedos helados y le dice:

-Raymond, yo soy tuya; y tú eres mío para toda la vida. -Salió enseguida, y la puerta se cerró tras ella.

Una vez libre, grita, llama; se persuaden cada vez más de que no está en su sano juicio; su mal aumenta y los auxilios de la medicina son vanos.

La noche siguiente, el fantasma de la monja volvió, y sus visitas se repitieron durante varias semanas. El espectro, sólo visible para él, no era percibido por nadie más.

Entretanto, Raymond averiguó que Agnes había salido demasiado tarde y le había buscado inútilmente por los alrededores del castillo; de donde concluyó que a quien había raptado era a la monja sangrienta. Los padres de Agnes, que no aprobaban su amor, aprovecharon la impresión que produjo esta aventura en su espíritu para determinarla a que tomase los hábitos.

Finalmente, Raymond fue liberado de su espantosa compañía. Llevaron a su presencia a un personaje misterioso que pasaba por Ratisbonne; le introdujeron en la habitación a la hora en que debía aparecer el fantasma de la monja. Ésta tembló al verle y, tras una orden de aquél, explicó el motivo de sus inoportunas apariciones: religiosa española, había abandonado el convento para vivir en el desorden con el señor del castillo de Lindemberg; infiel a su amante, al igual que a su Dios, le había apuñalado; asesinada ella misma por su cómplice, con el que quería casarse, su cuerpo había permanecido sin sepultura y su alma sin asilo erraba desde hacía un siglo.

Pedía un poco de tierra para su cuerpo y oraciones para su alma. Raymond se las prometió y no la volvió a ver".


Charles Nodier

lunes, 11 de mayo de 2015

"Carolina"

"Una joven de dieciocho años, llamada Carolina, inspiró la más violenta pasión a un hombre de edad madura, y como a los cincuenta uno es, según se dice, más enamoradizo que a los veinte -aunque con muchos menos medios para complacer-, el herrumbroso pretendiente asediaba sin cesar a Carolina, que estaba lejos de corresponder a sus sentimientos. Pero esta muchacha cometió el más imperdonable de los errores: ponerle en ridículo y atormentarle, cuando debería haberse contentado con alejarse de él con frialdad y decencia. Al cabo de tres años de perseverancia por una parte y de malos tratos por la otra, el infortunado amante sucumbió a una enfermedad de la que aquel funesto amor fue en gran parte el origen.

Sintiendo cercano su fin, solicitó, como último deseo, que Carolina se dignase al menos ir a recibir su eterno adiós. La joven rechazó tajantemente este ruego. Una de sus amigas, que estaba presente, le dijo amablemente que haría bien en conceder este triste consuelo a un infeliz que moría por y para ella. Sus consejos fueron inútiles. Vinieron por segunda vez a hacerle el mismo ruego, añadiendo que el enfermo solicitaba ver a Carolina más por el interés de ella que por el suyo propio. Pero este segundo mensaje no corrió mejor suerte que el primero.

La amiga de Carolina, indignada por esta dureza hacia un moribundo, la acució con más energía y le reprochó su coquetería y malos procedimientos hacia un hombre a quien al menos podía ofrecer un instante de piedad como expiación. Carolina, cansada de tales impertinencias, consintió finalmente de muy mala gana y dijo: -Vamos, llévame a casa de tu protegido: pero sólo estaremos un momento, te lo advierto, no me gustan ni los moribundos ni los muertos.

Las dos amigas partieron finalmente. El moribundo, al ver entrar a Carolina, hizo un último esfuerzo y tomó la palabra con voz apagada:

-Ya no hay tiempo, señorita, -dijo- me habéis negado con crueldad la dicha de veros cuando os lo he rogado: sólo deseaba perdonaros mi muerte. A partir de ahora me veréis más a menudo que en el pasado. Recordad solamente que habéis tardado tres años en llevarme dolorosamente a la tumba... Adiós, señorita... Hasta esta noche.

Al acabar de decir estas palabras, que le costó un trabajo infinito pronunciar, expiró.

Carolina, presa del horror, huyó precipitadamente. Su amiga usó todos los medios posibles para calmar su extrema agitación. Carolina le suplicó que pasara la noche con ella. Dispusieron otra cama en la misma habitación, dejaron los candelabros encendidos, y las dos amigas, como no podían dormir, estuvieron mucho tiempo hablando entre ellas. De repente, hacia la medianoche, las luces se apagaron por sí solas. Carolina exclama con terror:

-¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí!

Su amiga, que sólo oye ahogados suspiros, seguidos de un profundo silencio, reúne sus fuerzas y llama arrebatadamente; acude la gente de la casa, intentan encender los candelabros, pero es inútil. Al cabo de un cuarto de hora, que transcurre en medio de mortales angustias, suena el reloj. Carolina lanza un profundo suspiro, como alguien que sale de un largo sopor. Las velas se encienden solas; la gente de la casa se retira, y Carolina, con una voz agonizante, dice:

-¡Ah! ¡Por fin se ha ido!
-¿Lo has visto entonces?
-Sí, y estoy totalmente segura de que cumplirá sus amenazas.
-¡Y qué! ¿Te ha hablado?
-Esto es lo que acabo de oír: durante tres años vendré todas las noches a pasar un cuarto de hora con vos. Por lo demás, estad tranquila, no os haré ningún daño; limito mi venganza a obligaros a ver cada noche a aquel a quien habéis llevado a la tumba a causa de vuestra imprudente conducta.

La amiga, que no sentía mucha curiosidad por ver repetirse la misma escena, se negó a pasar las noches siguientes con Carolina, quien le reprochó que la abandonase a un vampiro.

Las visitas nocturnas continuaron. Carolina, bella, rica, dueña de sus acciones, y con veintiún años, quiso casarse con la esperanza de alejar al fantasma; pero el rumor de las apariciones hizo desistir a los pretendientes. Sólo uno, un gascón, llamado Señor de Forbignac, se presentó y se ofreció como esposo. La necesidad le obligó a aceptar; pero al día siguiente de las bodas (sin que llegara a saberse cómo había transcurrido la noche) el gascón desapareció con la dote y muchas joyas que no formaban parte de ella.

La amiga de Carolina, sensible a tantas desgracias, acudió junto a ella, la consoló lo mejor que pudo y la llevó a un lugar donde concluyó tristemente su penitencia. Pasados los tres años, su vampiro le anunció al fin que ya no le vería más; y cumplió su palabra. Una lección tan severa suavizó su carácter. La muerte del Señor de Forbignac, que tuvo la honestidad de no volver, dejó libre a Carolina para que pudiera casarse de nuevo, y esta vez encontró un esposo que la hizo totalmente feliz".


Charles Nodier

sábado, 11 de abril de 2015

"Aventura de la tía Melanchton"

"Cuenta Philippe Melanchton que su tía, que había perdido a su marido y estaba a punto de dar a luz, vio entrar una noche, mientras estaba sentada junto al fuego, a dos personas en su casa; una tenía la forma de su difunto marido; la otra, la de un franciscano de gran estatura. Al principio se asustó al verlos; pero su marido la tranquilizó y le dijo que tenía que comunicarle algo importante; después hizo señas al franciscano para que entrara un momento en la habitación de al lado mientras le daba a conocer sus deseos a su mujer.

Entonces le rogó que mandara decir misas por él y le pidió que le diera la mano sin temor. Como ella ponía reparos, él le aseguró que no sentiría ningún dolor.

Puso entonces la mano en la de su marido, y la retiró, a decir verdad sin dolor, pero tan quemada que se quedó negra para toda la vida. Tras lo cual el marido llamó al franciscano y los dos espectros desaparecieron..."


Charles Nodier

miércoles, 13 de enero de 2010

"La Liebre"

"Un amigo mío, honesto agricultor, eran un empedernido cazador; lo veían, desde el amanecer saltar zanjas, subir colinas y perseguir a su presa hasta en sus últimos atrincheramientos.Una tarde en que roto de cansancio, y de muy mal humor, tomaba tristemente el camino de regreso a casa con el morral vacío, una liebre sale a sus pies, mi amigo dispara y yerra el tiro: su mal humor aumenta; éste desaparece no obstante cuando ve que la liebre se agazapa a cien pasos de él. Recarga su escopeta, se acerca, dispara y yerra de nuevo los dos tiros; no comprendía cómo había podido ser tan torpe, él que no disparaba nunca en falso. Retoma el camino refunfuñando, cuando vuelve a ver a la liebre, sentada sobre su trasero atusándose apaciblemente los bigotes. «Esta vez —dijo el cazador— no me desafiarás más»; entonces, apuntándole con una precisión que no lo engañó jamás, lanza el disparo y cree haber abatido a su víctima: vana ilusión, pues sale huyendo unos pasos y parece burlarse de su enemigo. El intrépido cazador, arrebatado de ira, jura perseguirla hasta el fin del mundo; cumplió su palabra y tan bien que al cabo de dos horas había consumido toda su munición, aunque veía aún al maligno animal plantarle cara insolentemente, a unos pasos de él.Sin contenerse más de rabia, mi amigo busca hasta el fondo del zurrón y encuentra una carga de pólvora, pero sin plomo; no sabía qué hacer, cuando se le ocurrió la idea de retorcer monedas de seis liards y de seis sous y hacer con ellas balas. Había llegado a recargar su escopeta a fuerza empeño y paciencia y se disponía a disparar, cuando la liebre cambió de repente de aspecto y fue reemplazada por un hombre que dirigió estas palabras al cazador: «Deja de perseguirme, desgraciado; el cielo ha permitido que vuelva a ser criatura humana para impedir que cometas un crimen. Yo soy tu abuelo: desde hace cincuenta años vivo en esta llanura bajo el aspecto de una liebre, y mi penitencia debe prolongarse aún por cincuenta más. Si no quieres sufrir la misma pena, evita tus pecados.» Cuando concluyó estas palabras, se convirtió de nuevo en liebre y dejó a su nieto estupefacto y temblando de espanto.numerosas montañas boscosas. Se quedó muy sorprendido cuando, creyéndose solo, oyó que alguien lo llamaba por su nombre. La voz no le resultaba desconocida. Pero como no parecía demasiado dispuesto a responder, lo llamaron por segunda vez. Creyó reconocer la voz de su padre, recién fallecido. Pese a su miedo, no dejó de dar unos pasos hacia adelante. Pero cuál no sería su sorpresa al ver una gran caverna o una especie de abismo, en la que había una escalera muy larga que iba de arriba abajo. El espectro de su padre se apareció en los primeros peldaños y le dijo que Dios había permitido que se le apareciera para darle instrucciones acerca de lo que debía hacer por su propia salvación y por la liberación de quien le hablaba, así como por la de su abuelo, que se encontraba unos cuantos peldaños más abajo. Añadió que la justicia divina los castigaba y los retenía donde estaban hasta que no restituyera a un determinado monasterio una herencia usurpada por sus antepasados...Recomendó a su hijo que realizara dicha restitución lo antes posible para evitar el castigo divino, pues de no hacerlo su lugar estaba ya reservado en aquel lugar de tormento. Tras aquella amenaza, la escalera y el espectro empezaron a desaparecer insensiblemente, y la entrada de la caverna volvió a cerrarse. El señor, cuyo pavor había llegado al límite, regresó inmediatamente a su casa; la agitación de su espíritu no le permitió intentar profundizar en aquel misterio.Devolvió a los monjes los bienes que le habían indicado, dejó a su hijo el resto de su herencia e ingresó en un monasterio donde pasó santamente el resto de su vida".

Charles Nodier

viernes, 1 de enero de 2010

"El Tesoro del Diablo"

"Dos caballeros de Malta tenían un esclavo que se jactaba de poseer el secreto de invocar a los demonios y obligarles a revelarle las cosas más ocultas.Sus amos le llevaron a un viejo castillo donde creían que había tesoros ocultos.El esclavo, una vez solo, realizó las invocaciones y finalmente el diablo abrió una roca de donde extrajo un cofre. El esclavo quiso apoderarse de él, pero el cofre volvió a meterse rápidamente en la roca. La misma operación se repitió más de una vez; y el esclavo, después de vanos esfuerzos, fue a decir a los dos caballeros lo que le había sucedido. Se encontraba tan debilitado por los esfuerzos realizados que pidió un poco de licor para recuperarse. Se lo dieron y volvió al lugar del tesoro.Horas más tarde, oyeron un ruido; bajaron a la caverna con una luz y encontraron al esclavo muerto, con todo el cuerpo lleno de heridas producidas por algo parecido a un cortaplumas, y que representaban la forma de una cruz.Tenía tantas heridas que no había un lugar donde poner el dedo sin tocar alguna. Los caballeros llevaron el cadáver al borde del mar y desde allí lo tiraron al agua con una gran piedra atada al cuello a fin de que nadie pudiera sospechar nada de este suceso".

Charles Nodier

sábado, 12 de diciembre de 2009

"La Casa del Lago"

"Paseándome sobre el lago de Ginebra vi, al pasar por delante de un viejo castillo abandonado, el terror impreso en el rostro de mi barquero que remó con todas sus fuerzas para alejarse del lugar.-¿Qué te ocurre? —le dije.-¡Ah! señor, permítame huir lo más pronto posible; vea aquel fantasma de la ventana que me está amenazando.Vi en efecto, un espectro que hacía gestos amenazantes.—¡Esta sí que es buena! Cuéntame pues qué sucede de extraordinario en este castillo.—Señor, —prosiguió el barquero— hace tiempo yo era pescador, y muy intrépido; cien veces me habían dicho mis compañeros: «Honoré no te acerques al viejo castillo; aunque los peces sean muy abundantes en ese lugar, no te dejes tentar, porque todas las almas del otro mundo habitan allí». Despreciaba sus consejos y, como veía a diario mis redes bien llenas, regresaba todos los días a aquel nefasto lugar; había visto en numerosas ocasiones a los aparecidos, pero me burlaba de ellos y, desde mi barca, les plantaba cara. Una noche, ¡noche funesta! estaba sacando mi traína cuando vi a un fantasma horroroso andar sobre el lago; no me asusté y agarré mi remo para hacer retroceder al espectro (el mismo que acaba de ver) pero ¡oh, horror!, el monstruo sacude su brazo y origina una llama que iluminó todo el lago; en ese mismo instante llenó mi barca de reptiles; el fuego salía de su boca, de sus fosas nasales, de sus ojos, y su voz se asemejaba al trueno. Luego, con una mano vigorosa agarró mi barca y, en un abrir y cerrar de ojos, la hizo desaparecer. Mientras toda mi pequeña fortuna desaparecía, escuché al fantasma decir: «Temerario, el infierno va a recibirte; que este ejemplo enseñe a los débiles humanos a no luchar jamás contra los espíritus infernales». Mientras tanto, yo nadaba con todas mis fuerzas sin saber hacia dónde iba; por fortuna para mí encontré a un pescador que me recogió, me hizo volver a la vida (pues había caído casi muerto en su barca) y me condujo a mi casa. Desgraciadamente, yo me salvé, pero mi barca, mis redes, mi hermano pequeño, todo pereció. Eso es lo que me sucedió, señor; por eso no me acerco jamás a ese maldito castillo si no es por orden expresa de los viajeros. Desde entonces, llevo una triste existencia, soy criado, mientras que antes me ganaba bien la vida y la de mi pobre familia.—Amigo mío, siento mucho tu desgracia, pero quiero ir a ver el espectro.—¡Que el cielo le proteja, señor, no regresará de allí con vida!—¿Vienes conmigo?—¡No! Ya recibí una buena lección.—Entonces desembárcame.—No haga esa locura, por Dios.—Vamos, desembárcame.—De acuerdo, pero lo esperaré a una cierta distancia.Y ahí me tienen, al anochecer, al pie de la torre del castillo. Iba armado hasta los dientes, no contra los fantasmas —porque no creía en absoluto en ellos— sino por miedo a encontrarme con habitantes de este mundo ocupados en cualquier cosa que no fuera rogar a Dios. Entro, todo estaba tranquilo en el castillo, enciendo una vela, me paseo por todas partes, lo veo todo en orden, me instalo en una habitación y, con las armas sobre la mesa, espero al enemigo con pie firme. Empezaba a creer que los diablos o los espíritus me respetarían, cuando oí caer algo por la chimenea: me levanto para mirar, era una cabeza de muerto; un instante después le siguió una pierna, luego los brazos y finalmente el resto del cadáver. «¡Oh! ¡oh! —me dije— no se está demasiado bien aquí; estos espíritus hacen algo más que dar miedo». Estaba pensando en retirarme, cuando se oyó un ruido de cadenas; presto atención, y muy pronto veo a mi espectro que me dirige estas palabras:—Incrédulo, ¿no te bastaba el terrible castigo de tu barquero, tenías que venir a esta casa?... ¡Tiembla temerario! Todo el infierno se ha desencadenado contra ti.No pierdo la cabeza, le disparo al fantasma; él se ríe de mi cólera, y tras un gesto suyo, una multitud de demonios entra en el aposento. Producían un ruido horroroso. Huyo de aquella maldita habitación, llego a una escalera, subo, me precipito en otra y en ésta encuentro a un espectro envuelto en un sudario manchado de sangre; huyo de nuevo, miles de esqueletos me agarran con sus manos descarnadas; les ataco con mi sable, pero mis golpes no producen ningún efecto; un espectro monstruoso quiere arrojarse sobre mí, lo evito, escapo; pero no sé muy bien hacia dónde ir, pues una humareda densa e infecta llena toda la estancia: perseguido sin cesar por un ejército de fantasmas, me precipito hacia una habitación vecina; pero tan pronto como he puesto el pie dentro, el suelo se hunde y caigo no sé dónde. Estuve sin conocimiento y sólo me recuperé cuando estuve a orillas del lago. Mis ropas estaban hechas harapos, y me encontraba tan débil que no podía tenerme en pie. Mi pobre barquero vino a recogerme y me dijo que desde el lago había visto cosas que lo habían dejado helado de pánico, y que creía firmemente que yo no era ya de este mundo. Tomamos tristemente el camino de regreso hacia Ginebra; allí, le di a mi conductor una suma lo suficientemente fuerte como para permitirle volver a su primera profesión.Por lo que a mí respecta, fui en numerosas ocasiones a pasearme por el lago, pero jamás me sentí tentado de volver a visitar el infernal castillo".

Charles Nodier

sábado, 5 de diciembre de 2009

"El Fantasma del Castillo Egmont"

"Se puede leer la siguiente anécdota en la Segraisiana: El señor Patris había acompañado al señor Gastón a Flandes y se alojó en el castillo de Egmont. La hora de cenar había llegado y al salir de su habitación para dirigirse al comedor, el señor Patris se paró ante la puerta de un oficial amigo suyo para que le acompañara. Golpeó bastante fuerte. Al ver que el oficial no contestaba, golpeó por segunda vez, llamándole por su nombre. El oficial no respondió. Patris, que estaba seguro de que se encontraba en la habitación, pues la llave estaba en la puerta, abrió y vio, al entrar, que su amigo estaba sentado delante de una mesa, fuera de sí.Se acercó a y le preguntó qué le ocurría. El oficial, volviendo en sí, le dijo a su amigo:-No estarías menos sorprendido que yo si hubierais visto, como yo, que este libro cambiaba de lugar y que las hojas se pasaban solas.Era el libro de Cardan sobre la sutilidad.-Vamos -dijo Patris-, os burláis de mí; tenéis la imaginación llena de lo que acabáis de leer, os habéis levantado, vos mismo habéis puesto el libro en el lugar donde está, habéis vuelto después a vuestro sillón y, al no encontrar el libro junto a vos, habéis creído que había ido allí por sí solo.-Lo que os digo es muy cierto, -repuso el oficial- y prueba de que lo que afirmo no es una visión, sino la puerta que se ha abierto y cerrado, y por ahí se ha retirado el fantasma...Patris fue a abrir la puerta, que daba a una galería larga, al final de la cual había una caja de madera tan pesada que apenas podían cargarla entre dos hombres. Observó que la caja se agitaba, abandonaba su lugar y se dirigía hacia él, deslizándose por el aire. Patris, un tanto asombrado, exclamó:-Señor diablo, dejando los intereses de Dios aparte, yo soy vuestro servidor, pero os ruego que no me aterroricéis más.Y la caja volvió al mismo lugar de donde había venido. Este suceso produjo una fuerte impresión en Patris y contribuyó no poco a que se convirtiera en un devoto".

Charles Nodier