"Maot se está impacientando. Muchas veces, al caer de la tarde, se encamina lentamente a donde la tierra negra se encuentra con la arena arnarwa y allí se queda, avizorando el desierto, hasta que empiezan a soplar los vientos.
Yo en cambio me siento de espaldas a la mampara de cañas y contemplo el Nilo.
No es únicamente porque está llegando a joven. También empieza a hastiarse de los campos. Deja a mi cuidado las tareas de labranza y prodiga su atención al rebaño. Cada día lleva las cabras y las ovejas más lejos a pastorear.
Yo he estado viendo los síntomas durante mucho tiempo. En el transcurso de las últimas generaciones los campos cultivados se han vuelto cada vez más escasos y se los riega con menos diligencia. Se diría que llueve más a menudo. Las casas se han tornado más simples, meras tiendas cercadas por muros. Y cada año hay alguna familia que recoge sus rebaños y emprende la lenta marcha hacia el oeste.
¿Por qué aferrarme tan tenazmente a estas pobres reliquias de civilización, yo que he visto a los hombres del rey Keops desarmar piedra por piedra la Gran Pirámide y transportarla de nuevo a las montañas?
Me he preguntado a menudo por qué yo nunca llego a joven. Ese hecho es todavía para mí un misterio tan grande como el de los labriegos de tez morena que se arrodillan con temerosa veneración cuando paso a su lado.
Envidio a los que llegan a jóvenes. Sueño con desprenderme de esta cáscara de sensatez y responsabilidad, con zambullirme en un período de amores borrascosos y pasiones intensas, los años felices que preceden al fin.
Pero sigo siendo un hombre barbado de unos treinta años, y visto hoy la piel de cabra como otrora vestí el jubón o la toga, siempre a punto de dar el gran salto, pero sin llegar jamás a darlo.
Tengo la impresión de que siempre fui así. Ni siquiera puedo recordar mi propio desentierro, y eso es algo que todo el mundo recuerda.
Maot es sutil. No pide lo que quiere, pero al anochecer, cuando regresa a casa, se sienta lejos del fuego y murmura incitantes fragmentos de canciones y se frota los párpados con pigmento verde para hacerse deseable a mis ojos, y trata por todos los medios de contagiarme su desasosiego. Me tienta a interrumpir el trabajo abrasador del mediodía y me hace ver lo robustas que se están poniendo nuestras cabras y ovejas.
Ya no quedan más hombres jóvenes entre nosotros. Cuando llegan a jóvenes, o acaso antes, todos toman el camino del desierto. Incluso patriarcas desdentados, macilentos, se levantan de sus sepulcros y sin detenerse casi a reponer sus fuerzas con las vituallas y los brebajes excavados con ellos, juntan sus manadas y sus esposas y parten, cojeando, rumbo al poniente.
Recuerdo el primer desentierro que presencié. Era en un país de maquinarias y humo e incesantes noticias. Pero lo que voy a relatar ocurrió en un remanso donde había aún granjas pequeñas y caminos estrechos y formas de vida simples.
Había dos viejecitas llamadas Flora y Helena. Seguramente ellas mismas habían sido desenterradas hacía unos pocos años, pero eso no lo recuerdo. Creo que yo era algo así como un sobrino, pero no estoy seguro.
Empezaron a visitar a una vieja tumba en el cementerio, a un kilómetro del pueblo. Recuerdo los ramilletes de flores que traían cuando regresaban. Sus rostros severos, plácidos, habían empezado a agitarse. Yo veía que el dolor iba entrando en sus vidas.
Pasaron los años. Sus visitas al cementerio se hicieron más frecuentes. Una vez, al acompañarlas, advertí que la borrosa inscripción de la lápida se iba tomando más nítida y clara, al igual que las facciones de los rostros de las dos ancianas. «John, amante esposo de Flora...»
A menudo Flora sollozaba hasta la medianoche, y Helena iba y venía por la casa con el semblante atribulado. Llegaban los parientes y les decían palabras de consuelo, pero con eso sólo parecían ahondarles el dolor.
Por último la lápida llegó a ser totalmente nueva, y el césped que la cubría se puso verde y tierno y desapareció en la húmeda tierra pardusca. Como si estas fueran las señales que sus oscuros instintos habían estado aguardando, Flora y Helena dominaron su pena y visitaron al pastor y al encargado de la funeraria y al médico, e hicieron ciertos arreglos.
En un frío día de otoño, cuando las rizadas hojas castañas remolineaban entre los árboles, partió el cortejo: el vacío coche fúnebre, los silenciosos automóviles negros. En el cementerio vimos a un par de hombre provistos de palas que se alejaban discretamente de la tumba recién abierta. Entonces, mientras Flora y Helena lloraban desconsoladamente y el pastor pronunciaba palabras solemnes, una caja larga y estrecha fue retirada de la tumba y transportada a la carroza.
En la casa desatornillaron y levantaron la tapa del féretro, y vimos a John, un anciano ceroso con una larga vida por delante.
Al día siguiente, en obediencia a lo que al parecer era un antiguo ritual, lo sacaron del ataúd, y el hombre de la funeraria le extrajo de las venas un líquido acre y le inyectó la sangre roja. Luego lo llevaron y lo acostaron en una cama. Al cabo de algunas horas de petrificada espera, la sangre empezó a actuar. El hombre se agitó, y el primer hálito de vida le resonó ásperamente en la garganta. Flora se sentó en la cama y lo estrechó contra su pecho en un tímido abrazo.
Pero estaba muy enfermo y necesitado de reposo, y el médico le indicó por señas a Flora que saliera de la alcoba. Recuerdo la expresión de su rostro en el momento de cerrar la puerta.
También yo hubiera debido sentirme feliz, pero me parece recordar que tuve la sensación de que había un no sé qué de malsano en todo el episodio. Tal vez nuestras primeras experiencias de las grandes crisis de la vida nos afecten siempre en esa forma.
Estoy enamorado de Maot. Los centenares de mujeres que antes he amado en mi largo errar por el mundo no desmedran la sinceridad de mi afecto. Yo no entré en su vida, ni en la de las otras, como lo hacen normalmente los amantes: desde la tumba o en la pasión de una terrible querella. Yo siempre voy a la deriva.
Maot sabe que en mí hay algo extraño. Pero no deja que eso interfiera en sus esfuerzos por hacerme hacer lo que ella quiere.
Amo a Maot y sé que en última instancia accederé a su deseo. Pero antes quiero seguir un tiempo más a la orilla del Nilo y de la magnífica pompa que su pasar conjura.
Mis primeros recuerdos son siempre los más difíciles, y lucho con todas mis fuerzas por interpretarlos. Tengo la sensación de que si pudiera retroceder un paso más en la memoria llegaría a poseer una sabiduría aterradora. Pero, al parecer, nunca puedo hacer el esfuerzo necesario.
Esos recuerdos comienzan sin nada que los preceda, en nubes y torbellinos, en oscuridad y miedo. Soy ciudadano de una grande y lejana nación, no uso barba y visto ropas feas y incómodas, pero por mi aspecto y mi edad no soy distinto del que soy ahora. El país es cien veces más grande que Egipto, y sin embargo es sólo uno de tantos. Todos los pueblos del mundo se conocen entre sí, y el mundo es redondo, no plano, y flota en una inmensidad sin límites, jalonada por archipiélagos de soles, no circunscripta por una bóveda tachonada de estrellas.
Hay máquinas en todas partes, y las noticias dan la vuelta al mundo como un grito, y los deseos son muchos. Existe una abundancia jamás soñada, oportunidades sin par. Y sin embargo los hombres no son felices. Viven con miedo. Miedo, si la memoria no me engaña, de una guerra que nos envolverá y acaso destruirá a todos y que se cierne sobre nosotros como una amenaza de oscuridad.
Las armas que tienen preparadas para esa guerra son terribles. Grandes máquinas que navegan sin timonel, no a través del agua sino del aire, dando la vuelta al mundo para ir a destruir una ciudad enemiga. Otras que surcan el cielo como dardos hasta más allá del aire, para venir a atacarnos desde las estrellas. Nubes envenenadas. Partículas letales de polvo luminoso.
Pero las peores de todas son las armas que sólo se rumorean.
Durante meses que parecen eternidades esperamos el estallido de esa guerra. Sabemos que los errores ya fueron cometidos, que se han dado los pasos irrevocables, que se han perdido las últimas oportunidades. Sólo esperamos el momento.
Se diría que debiera existir alguna razón especial para que hayamos llegado a tales extremos de horror y desesperanza. Como si hubiera habido otras guerras mundiales anteriores y hubiésemos luchado desesperadamente por salir de ellas prometiéndonos que esa sería la última Pero de esas guerras nada recuerdo. Y bien pudiera ser que el mundo y yo hayamos sido creados a la sombra de esa catástrofe, en un desentierro universal.
Lentos pasan los meses. De pronto, misteriosamente, increíblemente, la guerra empieza a replegarse. Las tensiones se alivian. Las nubes se disipan. Hay gran actividad, conferencias y planes. Se multiplican las esperanzas de una paz duradera.
Pero no dura. En súbito holocausto, surge un opresor llamado Hitler. Curioso que este nombre me vuelva a la memoria después de tantos milenios. Sus ejércitos se despliegan por todo el globo.
Pero sus triunfos son efímeros. Sus soldados son rechazados y Hitler cae en el olvido. Al final, es un oscuro agitador, casi un desconocido.
Otra paz, entonces, pero tampoco duradera. Una nueva guerra, menos cruenta que la anterior, que también trae consigo un período más apacible.
Y así sucesivamente.
Algunas veces pienso (debo aferrarme a esto) que en otras eras el tiempo ha de haber fluido en el sentido opuesto y que, en violenta reacción a la postrer guerra total, ha de haber vuelto sobre sus pasos para desandar su primitivo curso. Que nuestras vidas presentes no son más que un retorno y un retroceso. Una gran retirada.
En ese caso es posible aún que el tiempo vuelva a invertir su curso. Quizá tengamos otra posibilidad de escalar la valla.
Pero no...
El pensamiento se ha desvanecido en las ondas del Nilo.
Otra familia se marcha del valle en este día. Toda la mañana han estado escalando penosamente la garganta de arena. Y ahora, al volver las cabezas para contemplar acaso por última vez el borde de los amarillos acantilados, se perfilan contra el cielo de la mañana: motas verticales los hombres, motas horizontales las bestias.
Junto a mí, Maot los sigue con la mirada. Pero no hace ningún comentario. Está segura de mí.
El acantilado queda otra vez desierto. Pronto habrán olvidado al Nilo con sus turbadores fantasmas de recuerdos.
Nuestra vida entera es un olvidar y un retornar. Del mismo modo que las madres absorben a los niños, así los grandes pensamientos son absorbidos por las mentes geniales. Al principio están en todas partes. Nos rodean como el aire. Luego hay una merma. Ya no todos los hombres los conocen. Y surge entonces un gran hombre y los toma para sí, y se convierten en un secreto. Sólo subsiste la inquietante convicción de que algo maravilloso se ha desvanecido.
He visto a Shakespeare desescribir las grandes tragedias. He visto a Sócrates despensar los profundos pensamientos. He oído a Jesús desdecir las divinas palabras.
Hay una inscripción en la piedra, y parece eterna. Al volver, siglos después, la encuentro igual, apenas un poco menos borrosa, y pienso que ella, el menos, puede durar. Pero un día llega un escriba y laboriosamente rellena los surcos hasta que queda tan solo la piedra lisa.
Entonces solo él sabe lo que allí estaba escrito. Y cuando llega a joven, ese conocimiento se extingue para siempre.
Lo mismo ocurre con todo cuanto hacemos. Nuestras casas se vuelven nuevas y las desmantelamos, y arrumbamos los materiales en minas y canteras, bosques y campos. Nuestras ropas se vuelven nuevas y las abandonamos. Y nosotros mismos nos volvemos nuevos y olvidamos y buscamos ciegamente una madre.
Ahora todos se han marchado. Solo Maot y yo nos demoramos.
No pensé que ocurriría tan pronto. Ahora que estamos acercándonos al fin, la naturaleza parece apresurarse.
Supongo que aquí y allá, a lo largo del Nilo, ha de haber otros rezagados, pero a mí me gusta pensar que nosotros somos los últimos, los últimos que veremos desaparecer los sembrados, los últimos que miraremos el río sabiendo algo de lo que antaño simbolizó, antes de hundirse en el eterno olvido.
Nuestro mundo es el del triunfo de las causas perdidas. Después de esa segunda guerra de que hablé hubo en mi país natal, del otro lado del mar, un largo período de paz. Había en ese entonces entre nosotros un pueblo primitivo al que llamábamos indios, un pueblo desdeñado y dominado, obligado por nosotros a vivir aislado, en áreas miserables. No nos causaban ninguna preocupación. Si alguien nos hubiera dicho que tenían poder para dañarnos, nos habríamos reído.
Pero repentinamente surgió entre ellos una chispa de rebelión. Formaron bandas, se procuraron arcos y armas inferiores y vinieron a nosotros en pie de guerra.
Nosotros los enfrentamos en pequeñas batallas que jamás eran del todo decisivas. Ellos persistían, volvían siempre a la lucha, tendían emboscadas a nuestros hombres y nuestras carretas, nos hostigaban sin cesar y finalmente sus incursiones se volvieron respetables.
Sin embargo, los considerábamos tan insignificantes que hasta encontramos tiempo para librar entre nosotros una guerra civil.
El desenlace de esa guerra fue triste. Una porción de la población de piel oscura fue esclavizada y obligada a trabajar para nosotros en las casas y los campos.
Las fuerzas de los indios crecieron de una manera formidable. Poco a poco nos expulsaron de los anchos ríos y llanuras del oeste medio, obligándonos a atravesar las boscosas montañas hacia el este.
En la costa oriental los resistimos durante algún tiempo, principalmente por habernos aliado con una nación isleña transoceánica, a la que cedimos nuestra independencia.
Hubo un hecho alentador. Los negros esclavizados fueron reunidos y amontonados en navíos y traídos a las playas australes de este continente, y aquí fueron liberados o puestos en manos de tribus guerreras que finalmente les concedieron libertad.
Pero la presión de los indios, esporádicamente ayudados por aliados extranjeros, fue en aumento. Ciudad por ciudad, pueblo por pueblo, caserío por caserío, levantamos nuestras viviendas y también nosotros nos embarcamos para surcar el mar. Hacia el final los indios se tornaron extrañamente pacíficos, y los últimos cargamentos de hombres parecían huir no tanto por miedo físico sino por el terror sobrenatural que inspiraban las verdes florestas silenciosas que habían engullido sus hogares.
En el sur los aztecas empuñaron sus cuchillos de vidrio y sus espadas con filo de pedernal y echaron a los... creo que se llamaban españoles.
Un siglo más y todo el continente occidental cayó en el olvido, salvo algunas vagas, obsesivas remembranzas.
La tiranía y la ignorancia crecientes, una incesante contracción de las fronteras, rebeliones de los oprimidos, que a su vez se convertían en opresores: estos hechos constituyeron la siguiente era de la historia.
Una vez pensé que la marea había cambiado de rumbo. Surgió un pueblo pujante y disciplinado, el pueblo romano, y sometió bajo su férula a la mayor parte del mundo debilitado.
Pero esa estabilidad resultó transitoria. Una vez más los gobernados se levantaron contra los gobernantes. Los romanos fueron expulsados: de Inglaterra, de Egipto, de la Galia, de Asia, de Grecia. De los campos yermos surgió Cartago para disputarle y arrebatarle a Roma su hegemonía. Los romanos buscaron refugio en Roma, su importancia menguó, se perdieron en un laberinto de migraciones.
Sus ideas revitalizantes resplandecieron durante un siglo glorioso en Atenas, luego cesaron de gravitar.
Después de eso, la declinación continuó a un ritmo uniforme. Ya nunca más me dejé engañar con el pensamiento de que el curso de las cosas había cambiado.
Excepto esta última vez.
Porque era pétreo y seco, porque el sol lo bañaba a raudales, porque estaba lleno de templos y sepulcros, porque era afecto a las tradiciones y a la calma, pensé que Egipto podría perdurar. El casi inmutable correr de los siglos alentó en mí esa creencia. Pensaba que si no habíamos llegado al momento crucial habíamos al menos llegado al reposo.
Pero han comenzado las lluvias, los templos y sepulcros llenan los peñascos de los acantilados, y la tradición y la calma han dado paso a los impacientes afanes del nómade.
Si hay un momento crucial, no llegará hasta que el hombre sea uno con las bestias.
Y Egipto deberá desaparecer como todo lo demás.
Mañana Maot y yo emprenderemos la marcha. Ya hemos reunido nuestros animales y enrollado nuestra tienda.
Maot arde de juventud. Está muy cariñosa.
Será extraño andar por el desierto. Pronto, demasiado pronto, nos daremos nuestro último y más dulce beso, y ella parloteará conmigo como una niña y yo velaré por ella hasta que encontremos a su madre.
O quizá un día la abandonaré en el desierto, y su madre la encontrará.
Y yo, yo seguiré eternamente".
Fritz Leiber
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
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domingo, 13 de diciembre de 2015
jueves, 26 de noviembre de 2015
"La Orilla Triste"
"—¿Así, tú crees que un hombre puede engañar a la muerte y burlar al destino? —preguntó el hombrecillo pálido de frente abombada, oculta por un negro capuchón.
El Ratonero Gris, que sostenía el cubilete a punto de arrojar los dados, se detuvo para dirigir una rápida mirada de soslayo a quien así le interrogaba.
—Yo he dicho que un hombre astuto puede engañar a la muerte durante mucho tiempo.
La taberna de la antigua Lankhmar, capital del país de Lankhmar, que no figura en los libros de historia, resonaba con roncas voces y risotadas. Entre el público predominaban los espadachines, y el resonar de los aceros se mezclaba con el entrechocar de los vasos, que servía de ruido de fondo para la risa alocada de las mujerzuelas. Los jactanciosos soldados de la guardia se codeaban con los matones a sueldo de los jóvenes señores. Entre ellos correteaban sonrientes siervos, cargados con jarras de vino. En un rincón bailaba una joven esclava; el tintineo de sus ajorcas de plata se perdía entre la barahúnda. Al otro lado de las ventanucas de postigos fuertemente cerrados aullaba el viento del sur, cargado de polvo que se depositaba entre los cantos rodados que empedraban la calle y enturbiaba la vista de las estrellas. Pero en la taberna reinaba la más jovial confusión.
El Ratonero Gris estaba ante la mesa de juego en compañía de una docena de clientes. Vestía todo de gris —justillo, camisa de seda y gorra de piel de ratón— pero sus ojos negros y centelleantes y su sonrisa inescrutable le conferían mayor vivacidad que a los demás, con excepción del corpulento bárbaro de cabellos cobrizos que estaba a su lado, que reía ruidosamente y trasegaba enormes vasos del agrio y pesado vino de Lankhmar como si fuera cerveza.
—Dicen que tú eres un hábil espadachín y que has visto la muerte de cerca muchas veces —continuó el hombrecillo pálido de ropaje negro, entreabriendo apenas sus delgados labios para pronunciar estas palabras.
Pero el Ratonero ya había tirado, y los extraños dados de Lankhmar se detuvieron con los símbolos de la anguila y la serpiente en la parte superior, y él recogió un montón de monedas triangulares de oro. Fue el bárbaro quien respondió por él.
—Sí, el Gris maneja muy bien la espada... casi tan bien como yo. También es un gran tramposo jugando a los dados.
—¿Eres tú, pues, Fafhrd el hombre del Norte —preguntó su interlocutor—, y tú también crees que un hombre puede engañar a la muerte, por hábil que sea en hacer trampas con los dados?
El bárbaro sonrió mostrando su blanca dentadura y miró intrigado al hombrecillo pálido, cuyo aspecto sombrío y cuyos modales tan extrañamente contrastaban con la turbulenta concurrencia que se apiñaba en la taberna de techo bajo, llena de humo y vapores del alcohol.
—Has vuelto a acertar —dijo en tono fanfarrón—. Yo soy Fafhrd el hombre del Norte, y estoy dispuesto a emplear mi ingenio para burlarme del destino. —Dio un codazo a su compañero—. Oye, Ratonero, ¿qué piensas de ese ratoncito negro que ha entrado aquí por una grieta del suelo y que quiere hablar contigo y conmigo acerca de la muerte?
El hombre vestido de negro no pareció advertir el tono insultante y burlón. Sus labios exangües se movieron de nuevo imperceptiblemente, pero sus palabras no resultaron afectadas por el clamor que reinaba en la taberna, e hirieron los oídos de Fafhrd y el Ratonero Gris con extraña claridad.
—Se dice que ambos estuvisteis muy cerca de la muerte en la Ciudad Prohibida de los ídolos Negros, en la trampa pétrea de Angarngi, y en la brumosa isla del Mar de los Monstruos. Se dice también que habéis luchado con el destino en el Desierto Helado y en los laberintos de Klesth. Pero, ¿quién puede estar seguro de estas cosas, y de si tuvisteis tan cerca la muerte y el destino? ¿Quién sabe si ambos no sois más que unos fanfarrones que se pavonean demasiado? Ahora bien, he oído decir que la muerte llama a veces a los hombres con una voz que sólo ellos pueden oír. Entonces, quien escucha la llamada debe alzarse y dejar a sus amigos, para ir adonde la muerte le ordene, y enfrentarse allí con su destino. ¿Os ha llamado alguna vez la muerte de esta guisa?
Fafhrd pudiera haber reído, pero no lo hizo. El Ratonero tenía una mordaz respuesta en la punta de la lengua, pero en vez de ella dijo:
—¿Con qué palabras puede llamar la muerte?
—Eso depende —dijo el hombrecillo—. Puede miraros como yo lo hago y decir: «La Orilla Tétrica». Nada más que eso. «La Orilla Tétrica». Y ambos os levantaríais y tendríais que ir.
Esta vez Fafhrd quiso reír, pero la risa no salió de su garganta. Lo único que ambos pudieron hacer fue sostener la mirada del hombrecillo de frente blanca y abombada, mirar estúpidamente a sus ojos fríos y cavernosos. En torno a ellos la concurrencia lanzaba risotadas ante alguna broma. Un guardia borracho cantaba a grito pelado. Los jugadores llamaron con impaciencia al Ratonero, diciéndole que hiciese su próxima apuesta. Una mujer vestida de rojo y oro, y que reía alocadamente, pasó tropezando junto al hombrecillo pálido, casi rozando la negra caperuza que le cubría la cabeza. Pero él no se movió. Y Fafhrd y el Ratonero Gris continuaron mirando fijamente —fascinados y desvalidos— sus fríos ojos negros, que parecieron convertirse en dos pequeños túneles que conducían a lugares remotos y perversos. Algo más profundo que el miedo les agarrotó con puño de hierro. El ruido de la taberna pareció atenuarse, y la vieron como si la contemplasen a través de muchos espesores de cristal. Únicamente veían aquellos ojos y lo que había más allá de ellos; era algo desolado, terrible y funesto.
—La Orilla Tétrica —repitió el misterioso personaje—, y vosotros tendréis que ir. Entonces todos cuantos se hallaban en la taberna vieron cómo se levantaban Fafhrd y el Ratonero Gris, y sin pronunciar palabra de despedida ni hacer ninguna seña, se dirigieron juntos a la baja puerta de roble. Un guardia lanzó una maldición cuando el corpulento hombre del Norte lo apartó ciegamente de un empellón. Se oyeron algunas interpelaciones y sarcasmos —el Ratonero se llevaba sus ganancias— pero pronto todos se callaron, pues percibieron algo extraño y pavoroso en el aspecto de ambos. Nadie reparó en el hombrecillo pálido vestido de negro. Vieron abrirse la puerta. Oyeron el seco gemido del viento y un golpeteo hueco causado sin duda por el toldo. Vieron alzarse un torbellino de polvo ante el umbral. Luego la puerta se cerró y Fafhrd y el Ratonero desaparecieron.
Nadie les vio dirigirse a los grandes muelles de piedra que bordean el río Hlal de un extremo de Lankhmar a otro. Nadie vio zarpar la nave roja de Fafhrd, con sus velas de sangre y su aparejo norteño, para introducirse en la corriente que desciende hacia el tormentoso Mar Interior. La noche era oscura y la tempestad de polvo mantenía a las gentes en sus casas. Pero al día siguiente se habían ido ellos y su nave, con su tripulación Mingold de cuatro hombres... prisioneros convertidos en esclavos, que habían jurado servirles durante toda su vida, y que Fafhrd y el Ratonero capturaron en su incursión contra la Ciudad Prohibida de los ídolos Negros.
Unos quince días después llegó una noticia a Lankhmar procedente de Finisterre, el pequeño puerto situado más allá de todos los puertos hacia poniente, en las mismas orillas del Mar Exterior, que no surca ninguna nave. Decía la noticia que una embarcación con aparejo nórdico había recalado en aquel puerto para tomar a bordo una insólita cantidad de víveres y de agua... insólita porque sólo había seis hombres en la nave: un ceñudo bárbaro del Norte, de tez blanca; un hombrecillo vestido de gris que no sonreía, y cuatro mingotes de fuerte complexión, cabellos negros y faz estólida. Después la esbelta nave se hizo a la vela y zarpó en derechura hacia Poniente. Los habitantes de Finisterre siguieron con la mirada la vela roja hasta la caída de la noche, moviendo con asombro la cabeza ante la audacia de aquellos navegantes. Cuando esta noticia se repitió en Lankhmar, fueron muchos también los que movieron la cabeza, y algunos se refirieron en términos significativos a la peculiar conducta de los dos amigos la noche de su partida. Y cuando las emanas se convirtieron en meses y los meses fuéronse sucediendo lentamente, cada vez fueron más los que dieron por muertos a Fafhrd y el Ratonero Gris. Hasta que un día hizo su aparición Ourph el Mingold, que contó una curiosa historia a los hombres que descargaban naves en el muelle de Lankhmar. Hubo algunas diferencias de opinión acerca de la veracidad de esta historia, pues si bien Ourph hablaba el suave idioma de Lankhmar con bastante perfección, era un forastero, y cuando se hubo ido, nadie pudo demostrar que no fuese uno de los cuatro mingoles embarcados en la nave nórdica. Además su relato dejaba sin respuesta varias enigmáticas preguntas, siendo ésta una de las razones por la que muchos lo consideraban falso.
—Estaban locos —dijo Ourph— o bajo los efectos de una maldición, esos dos hombres, el alto y el bajo. Lo sospeché cuando nos perdonaron la vida al pie de las mismas murallas de la Ciudad Prohibida. Y lo supe por seguro cuando navegaron sin parar hacia el oeste sin arriar jamás las velas, sin cambiar de rumbo, manteniendo siempre la estrella de los hielos por la banda de estribor. Apenas hablaban, dormían poco y no reían en absoluto. ¡Estaban malditos, sí! En cuanto a nosotros cuatro —Teevs, Larlt, Ouwenyis y yo— nos trataban bien, aunque hacían caso omiso de nuestra presencia. Nosotros teníamos nuestros amuletos para defendernos de las magias malignas. Habíamos jurado ser sus esclavos hasta la muerte. Eramos hombres de la Ciudad Prohibida. No nos amotinamos. Navegamos durante muchos días. La mar era tranquila y desierta a nuestro alrededor, y pequeña, muy pequeña, parecía como si se inclinase y desapareciese de vista por el norte, el sur y el temible oeste, como si la mar terminase a una hora de navegación de donde estábamos. Y después empezó a adquirir también el mismo aspecto por el este. Pero la mano del gigantesco hombre del Norte empuñaba firmemente el timón, y la mano de su pequeño compañero gris era tan firme como la suya. Nosotros cuatro nos pasábamos las horas sentados en la proa, porque apenas teníamos que ocuparnos de las velas, y día y noche nos jugábamos a los dados nuestros amuletos, nuestras monedas y nuestras ropas... y, de no haber sido esclavos, nos hubiéramos jugado también nuestro pellejo y nuestros huesos.
Para llevar cuenta de los días, me até una cuerdecita en torno a mi pulgar derecho y la fui pasando de un dedo a otro cada día hasta que del meñique derecho saltó el meñique izquierdo y volvió a mi pulgar izquierdo. Entonces empecé de nuevo con el pulgar derecho de Teevs. Cuando llegué a su pulgar izquierdo continué con Larlt. Así pudimos contar los días y saber los que pasaron. Y cada día el cielo se hacía más vacío y la mar más pequeña, hasta que pareció que el horizonte estaba únicamente a tiro de arco de nuestra proa, nuestra popa y los costados de nuestra nave. Teevs dijo que estábamos sobre unas aguas encantadas, que nos llevaban por los aires hacia la estrella roja llamada Infierno.
Seguramente Teevs tenía razón. No podía haber tanta agua hacia el oeste. Lo digo yo, que he atravesado el Mar Interior y el Mar de los Monstruos. Cuando la cuerda rodeaba el dedo anular izquierdo de Larlt, nos asaltó una gran tempestad que venía del sureste. Durante tres días seguidos su fuerza fue en aumento, encrespando las aguas en grandes olas espumeantes, por las que subíamos y bajábamos mientras el rocío salpicaba nuestros mástiles. Somos los únicos hombres que hemos visto o verán olas tan colosales, más altas que nuestro palo mayor; no están hechas a nuestra medida ni a la de nuestros océanos. Entonces tuve nuevas pruebas de que nuestros amos se hallaban bajo una maldición. Hicieron caso omiso de la tempestad y dejaron que ésta desgarrase las velas. No se inmutaron cuando Teevs fue arrebatado por una ola, cuando el buque quedó medio anegado y lleno de espuma hasta las bordas, ni cuando nuestros cubos de achique espumeaban como jarras de cerveza. Ambos permanecían de pie en la popa, atados al gobernalle, empapados por las olas impetuosas, con la vista fija en la proa, cual si conversasen con seres que sólo los embrujados pueden oír. ¡Sí, estaban malditos! Algún oscuro demonio protegía sus vidas, por tenebrosas razones que sólo él sabía. ¿Cómo si no se explica que atravesáramos indemnes la tempestad?
Porque cuando la cuerda estaba en el pulgar izquierdo de Larlt, las gigantescas olas coronadas de espuma se convirtieron en un gran oleaje negro que el viento que soplaba del oeste hinchaba sin blanquearlo. Cuando llegó el alba y lo vimos, Ouwenyis exclamó que navegábamos por arte de magia sobre un mar de arena negra, y Larlt aseguró que durante la noche y en el curso de la tempestad habíamos caído en el océano de aceite sulfuroso que algunos dicen que existe bajo la tierra... pues Larlt había visto los negros y burbujeantes lagos del Extremo Oriente; yo recordé lo que había dicho Teevs y me pregunté si el agua que nos sostenía no habría sido transportada por los aires, para caer en un mar completamente distinto de un mundo desconocido. Pero el hombrecillo gris escuchó nuestras conversaciones, arrojó un cubo por la borda y nos roció con él, por lo que supimos que el casco de nuestra nave aún tocaba en el agua y que ésta aún era salada... fuese lo que fuese aquel agua. Y entonces nos ordenó que remendásemos las velas y reparásemos los desperfectos de la nave. A mediodía volábamos hacia el oeste con una velocidad aún mayor que la que alcanzamos durante la tempestad, pero tan largas eran las olas y tan velozmente avanzaban con nosotros, que sólo remontábamos cinco o seis de ellas en un solo día. ¡Por los ídolos Negros, os aseguro que eran muy largas!
Y entonces la cuerda empezó a pasar por los dedos de Ouwenyis. Pero las nubes parecían de plomo sobre nosotros, lo mismo que la pesada y extraña mar que rodeaba nuestro casco, y no sabíamos si la luz que se filtraba por aquélla era la del sol o de una luna hechicera, y cuando pudimos ver las estrellas éstas nos fueron desconocidas. Pero la blanca mano del hombre del Norte seguía empuñando firmemente el gobernalle, y él y su compañero seguían mirando fijamente al frente. Pero al tercer día de nuestra navegación por aquel mar tenebroso el hombre del Norte rompió el silencio. Una terrible sonrisa desprovista de toda alegría plegó sus labios, y le oí murmurar: «La Orilla Tétrica». Nada más que esto. El Gris asintió, como si estas palabras encerrasen una virtud portentosa. Cuatro veces se las oí pronunciar al hombre del Norte, y así quedaron grabadas en mi memoria. Los días hiciéronse más oscuros y más fríos, las nubes eran cada vez más bajas y amenazadoras, como el techo de una gran caverna. Y cuando la cuerda estaba en el índice de Ouwenyis, vimos ante nosotros una extensión plomiza e inmóvil, que se confundía con las olas pero se levantaba sobre ellas, y supimos que habíamos arribado a «La Orilla Tétrica». Cada vez a mayor altura se elevaba la orilla, hasta que pudimos distinguir las imponentes torres de basalto, redondeadas como las olas del mar y sembradas de peñascos grisáceos, que en algunos puntos mostraban manchas blancuzcas, como causadas por las deyecciones de las aves... aunque allí no vimos aves. Sobre los acantilados se extendían los negros nubarrones, y al pie de aquéllos vimos únicamente una faja de arenas pálidas.
Entonces el hombre del Norte metió el gobernalle a una banda y fuimos en derechura hacia la costa, como si se propusiese estrellarnos contra ella, pero en el último momento nos hizo pasar a un mástil de distancia de un escollo redondeado que apenas rompía la cresta del oleaje, y nos encontró un fondeadero. Echamos el ancla y nos detuvimos seguros.
-Entonces el hombre del Norte y el Gris, moviéndose como los personajes de un sueño, revistieron sus armas, poniéndose cada uno de ellos un camisote de cota de malla ligera y un yelmo redondo y sin cimera... tanto los yelmos como la cota de malla estaban blancos de sal que había depositado en ellos la espuma y el rocío marino. Y ciñeron la espada al costado, se echaron a los hombros unos grandes mantos, y, después de tomar un poco de comida y de agua, nos ordenaron que botásemos el chinchorro. Yo mismo los llevé remando a tierra, y ambos saltaron a la playa y se encaminaron hacia los acantilados. Entonces, aunque me dominaba un gran pavor, les grité: «¿Adónde vais? ¿Debemos seguiros? ¿Qué tenemos que hacer?» Durante unos instantes no me contestaron. Luego, sin volver la cabeza, el Gris me contestó con un murmullo ronco apenas perceptible. «No nos sigáis. Somos hombres muertos. Regresad, si podéis».
Yo me estremecí e incliné la cabeza en asentimiento a estas palabras. Después regresé remando a la nave. Ouwenyis, Larlt y yo les vimos escalar los abruptos y redondeados riscos. Se fueron empequeñeciendo a nuestra vista, hasta que el hombre del Norte parecía un diminuto escarabajo y su gris compañero era casi invisible, salvo cuando cruzaban un espacio blanquecino del mar cerca de la costa, y comprendimos que podíamos hacernos a la mar. Pero nos quedamos, porque, vamos a ver... ¿no habíamos jurado fidelidad a nuestros amos? ¿Y no soy yo un Mingold? Al caer la noche, el viento aumentó en intensidad, lo mismo que nuestro deseo de partir... aunque sólo fuese para perecer ahogados en aquel mar ignoto. No nos gustaban los riscos basálticos extrañamente redondeados de la Orilla Tétrica; no nos gustaba no ver gaviotas, halcones y ninguna clase de aves en aquel aire plomizo, ni algas en la playa. Y entonces los tres empezamos a ver algo brillante y negro en lo alto de los acantilados. Pero esperamos hasta la hora tercia de la noche para levar anclas y alejarnos de la Orilla Tétrica.
Encontramos otra terrible tempestad tras varios días de navegación, y quizás ésta nos arrojó de nuevo a mares conocidos. Ouwenyis se cayó por la borda y Larlt enloqueció de sed, y hacia el final del viaje ni yo mismo me daba cuenta de nada. Solo sé que fui arrojado a la costa del sur, en las cercanías de Quarmall y que, después de innúmeras dificultades, conseguí llegar aquí a Lankhmar. Pero en mis sueños vuelvo a ver aquellos negros acantilados y me asalta la visión de los blancos huesos de mis amos y de sus calaveras, que miran con ojos vacíos y una horrible sonrisa algo extraño y mortífero.
Sin hacer caso de la fatiga que envaraba sus músculos, el Ratonero Gris contorneó el último peñasco, haciendo presa con manos y pies en los resquicios que presentaba la unión del granito y el basalto negro, y finalmente se irguió en la cumbre de los riscos redondeados que cerraban como un baluarte la Orilla Tétrica. Se percató de la presencia a su lado de Fafhrd el hombre del Norte, como una vaga y corpulenta figura vestida con cota de malla y capa. Pero le veía con dificultad, como a través de muchos espesores de cristal. Lo único que veía claramente —y le parecía que había estado mirando por ellos desde hacía una eternidad —eran dos ojos negros y cavernosos que parecían dos túneles, a cuyo extremo había algo desolado y mortífero, que antes había estado muy lejos pero que ahora se hallaba al alcance de su mano. Así había sido, desde que se levantó de la mesa de juego en la taberna de Lankhmar. Recordó vagamente la forma como le miraban los moradores de Finisterre, la espuma y la furia de la tempestad, la curva del mar oscuro y la expresión de terror en la cara de Ourph el Mingold; estos recuerdos también los veía como a través de muchos espesores de cristal. Comprendió confusamente que él y su compañero se hallaban bajo una maldición, y que por fin habían llegado a la fuente de donde emanaba. El desolado paisaje que se extendía ante ellos no mostraba el menor signo de vida. A sus pies el basalto descendía para formar una gran concavidad cuyo fondo estaba constituido por arena negra... diminutos granos ferruginosos. Medio enterrados en la arena, el Ratonero Gris vio cerca de medio centenar de los que le parecieron peñascos ovalados de distintos tamaños y negros como la tinta. Pero su redondez era demasiado perfecta, su forma excesivamente regular, y poco a poco el Ratonero fue comprendiendo que no eran peñascos, sino monstruosos huevos negros, algunos pequeños, otros tan grandes que un hombre no hubiera podido rodearlos con sus brazos y uno de ellos tan enorme, que parecía una tienda hemisférica.
Esparcidos por la arena habían multitud de osamentas, grandes y pequeñas. El Ratonero reconoció el cráneo de un verraco, armado de grandes colmillos, y otros dos más pequeños, pertenecientes a lobos. Vio también el esqueleto de un gran felino, agazapado como para atacar. Más allá yacían los huesos de un caballo, y junto a ellos la caja torácica de un hombre o un antropoide. Los huesos formaban un círculo blanco y resplandeciente en torno a los enormes huevos negros. De un lugar indeterminado llegó a ellos una voz desprovista de tonalidad, débil pero clara, de tono imperativo, que decía:
—Una muerte de guerreros para los guerreros.
El Ratonero conocía la voz, porque ésta había estado resonando durante semanas en sus oídos, desde el día en que brotó de los labios de un hombrecillo pálido y de frente abultada, envuelto en negras vestiduras y sentado a su lado en una taberna de Lankhmar. Entonces vio que lo que tenía ante él no se hallaba completamente desprovisto de vida. Un extraño movimiento se estaba produciendo en la Orilla Tétrica. Una grieta había aparecido en uno de los grandes huevos negros, y luego en otro, y las grietas se ramificaban y se ensanchaban mientras los cascarones se resquebrajaban y caían en pedazos al suelo negro y arenoso. El Ratonero comprendió que esto ocurría en respuesta a la orden proferida por la voz. Supo que aquel era el fin que la vocecita del desconocido le ordenó que fuese a buscar en la otra orilla del Mar Exterior. Incapaz de seguir avanzando, observó sombríamente cómo progresaba con lentitud aquella monstruosa eclosión. Bajo aquel cielo plomizo y tenebroso vio nacer dos muertes gemelas, una para él y otra para su compañero. Tuvo el primer atisbo de su naturaleza al ver asomar por una grieta, ensanchándola más, una larga garra que parecía una espada. La caída de fragmentos del cascarón se aceleró.
Los dos seres que surgieron en las crecientes tinieblas eran monstruosos incluso para la mente embotada del Ratonero. Andaban dando grandes zancadas, erguidos como los hombres pero más altos, con cabeza de reptil rematada por una cresta ósea que parecía un casco, y con patas provistas de garras de lagarto, hombros provistos de espinas óseas y patas delanteras terminadas en una sola garra, que tenían una vara de largo. En la semioscuridad parecían horrendas caricaturas de combatientes, provistos de coraza y espada. La escasa luz no ocultaba el color amarillento de sus ojos parpadeantes. Entonces la voz repitió:
—Una muerte de guerreros para los guerreros.
Al conjuro de estas palabras, los paralizados miembros del Ratonero recuperaron sus movimientos. Por unos instantes creyó despertar de un sueño. Pero entonces vio a los horrendos seres recién nacidos corriendo hacia ellos, mientras de sus largos hocicos brotaba un agudo y ávido alarido. A su lado se escuchó el ruido que hacía la espada de Fafhrd al salir de su vaina. Entonces el Ratonero desenvainó la suya, con la que un momento después paró la estocada dirigida contra su garganta por una garra que parecía de acero. Simultáneamente Fafhrd paró un golpe semejante asestado por el otro monstruo. Lo que a continuación siguió fue una verdadera pesadilla. Aquellas garras que parecían espadas lanzaban estocadas y tajos. Sin embargo, y pese a la velocidad de los golpes, los dos hombres conseguían pararlos, pese a que eran cuatro contra dos. Las estocadas con que ellos replicaban rebotaban contra una impenetrable armadura ósea. De pronto ambos seres se abalanzaron a una sobre el Ratonero. Fafhrd los atacó de costado, y consiguió salvarlo. Pero poco a poco los dos compañeros iban siendo obligados a retrocer hacia el acantilado. Las dos bestias parecían incansables, como si fuesen de hueso y metal y no de carne. El Ratonero vio el fin inminente. Aunque él y Fafhrd consiguiesen contener a los monstruos unos momentos más, la fatiga terminaría por dominarlos, pararían los golpes con menos fuerza y las bestias los vencerían.
Como si fuese un preludio a este fin, el Ratonero sintió que una garra le rozaba la muñeca. Y entonces recordó los ojos negros y cavernosos que les habían atraído al otro lado del Mar Exterior, y la voz que les condenó a tan funesto destino. Y le dominó una extraña y loca furia... que no iba dirigida contra las bestias sino contra su amo. Le pareció ver a los ojos negros y muertos fijos en él desde el fondo de la concavidad llena de arena negra. Entonces perdió el dominio de sí mismo. Cuando los dos monstruos intentaron un nuevo ataque concertado contra Fafhard no se volvió para ayudarle, sino que pasó junto a ellos y bajó corriendo a la hondonada, en dirección a los huevos hundidos en la arena. Al quedarse solo frente a los monstruos, Fafhrd se puso a luchar como un poseído, haciendo tremendos molinetes con su espada, que silbaba al hendir el aire, mientras sus últimas energías prestaban vigor a sus músculos. Apenas advirtió que una de las dos bestias dio media vuelta y partió en persecución de su camarada.
El Ratonero estaba entre los huevos, y se detuvo frente a uno que brillaba más que los restantes y que era más pequeño. Con gesto vengador hundió su espada en él. El golpe fue tan fuerte, que la mano le quedó entumecida. El huevo cayó hecho pedazos. Entonces el Ratonero supo cuál era la fuente del mal que poseía a la Orilla Tétrica; supo qué extraño ser hijo del infierno yacía allí como una pústula maligna, difundiendo la muerte y llamando a los hombres a su perdición. Oyó a sus espaldas los rápidos pasos y los ávidos alaridos del monstruo destinado a aniquilarlo. Pero en vez de volverse, levantó su espada y la abatió silbando sobre la criatura medio embrionaria que se refocilaba en secreto por la muerte de los hombres que había atraído hasta allí. La espada se clavó en la abombada frente del hombrecillo pálido de labios delgados.
Esperó entonces el golpe final de la garra. Pero aquel golpe no llegó. Volviéndose, vio al monstruo tendido e inmóvil en la arena negra. A su alrededor, los mortíferos huevos se deshacían, convertidos en polvo. Recortándose contra la semioscuridad del cielo, vio a Fafhrd que venía con paso vacilante hacia él, pronunciando entrecortadas palabras de alivio y maravilla con una voz profunda y gutural mezclada con sollozos. La muerte había abandonado la Orilla Tétrica, la maldición había sido cortada de raíz. De la noche llegó el graznido jubiloso de un ave marina, y Fafhrd y el Ratonero pensaron en el largo y desconocido camino que tendrían que recorrer para regresar a Lankhmar".
Fritz Leiber
El Ratonero Gris, que sostenía el cubilete a punto de arrojar los dados, se detuvo para dirigir una rápida mirada de soslayo a quien así le interrogaba.
—Yo he dicho que un hombre astuto puede engañar a la muerte durante mucho tiempo.
La taberna de la antigua Lankhmar, capital del país de Lankhmar, que no figura en los libros de historia, resonaba con roncas voces y risotadas. Entre el público predominaban los espadachines, y el resonar de los aceros se mezclaba con el entrechocar de los vasos, que servía de ruido de fondo para la risa alocada de las mujerzuelas. Los jactanciosos soldados de la guardia se codeaban con los matones a sueldo de los jóvenes señores. Entre ellos correteaban sonrientes siervos, cargados con jarras de vino. En un rincón bailaba una joven esclava; el tintineo de sus ajorcas de plata se perdía entre la barahúnda. Al otro lado de las ventanucas de postigos fuertemente cerrados aullaba el viento del sur, cargado de polvo que se depositaba entre los cantos rodados que empedraban la calle y enturbiaba la vista de las estrellas. Pero en la taberna reinaba la más jovial confusión.
El Ratonero Gris estaba ante la mesa de juego en compañía de una docena de clientes. Vestía todo de gris —justillo, camisa de seda y gorra de piel de ratón— pero sus ojos negros y centelleantes y su sonrisa inescrutable le conferían mayor vivacidad que a los demás, con excepción del corpulento bárbaro de cabellos cobrizos que estaba a su lado, que reía ruidosamente y trasegaba enormes vasos del agrio y pesado vino de Lankhmar como si fuera cerveza.
—Dicen que tú eres un hábil espadachín y que has visto la muerte de cerca muchas veces —continuó el hombrecillo pálido de ropaje negro, entreabriendo apenas sus delgados labios para pronunciar estas palabras.
Pero el Ratonero ya había tirado, y los extraños dados de Lankhmar se detuvieron con los símbolos de la anguila y la serpiente en la parte superior, y él recogió un montón de monedas triangulares de oro. Fue el bárbaro quien respondió por él.
—Sí, el Gris maneja muy bien la espada... casi tan bien como yo. También es un gran tramposo jugando a los dados.
—¿Eres tú, pues, Fafhrd el hombre del Norte —preguntó su interlocutor—, y tú también crees que un hombre puede engañar a la muerte, por hábil que sea en hacer trampas con los dados?
El bárbaro sonrió mostrando su blanca dentadura y miró intrigado al hombrecillo pálido, cuyo aspecto sombrío y cuyos modales tan extrañamente contrastaban con la turbulenta concurrencia que se apiñaba en la taberna de techo bajo, llena de humo y vapores del alcohol.
—Has vuelto a acertar —dijo en tono fanfarrón—. Yo soy Fafhrd el hombre del Norte, y estoy dispuesto a emplear mi ingenio para burlarme del destino. —Dio un codazo a su compañero—. Oye, Ratonero, ¿qué piensas de ese ratoncito negro que ha entrado aquí por una grieta del suelo y que quiere hablar contigo y conmigo acerca de la muerte?
El hombre vestido de negro no pareció advertir el tono insultante y burlón. Sus labios exangües se movieron de nuevo imperceptiblemente, pero sus palabras no resultaron afectadas por el clamor que reinaba en la taberna, e hirieron los oídos de Fafhrd y el Ratonero Gris con extraña claridad.
—Se dice que ambos estuvisteis muy cerca de la muerte en la Ciudad Prohibida de los ídolos Negros, en la trampa pétrea de Angarngi, y en la brumosa isla del Mar de los Monstruos. Se dice también que habéis luchado con el destino en el Desierto Helado y en los laberintos de Klesth. Pero, ¿quién puede estar seguro de estas cosas, y de si tuvisteis tan cerca la muerte y el destino? ¿Quién sabe si ambos no sois más que unos fanfarrones que se pavonean demasiado? Ahora bien, he oído decir que la muerte llama a veces a los hombres con una voz que sólo ellos pueden oír. Entonces, quien escucha la llamada debe alzarse y dejar a sus amigos, para ir adonde la muerte le ordene, y enfrentarse allí con su destino. ¿Os ha llamado alguna vez la muerte de esta guisa?
Fafhrd pudiera haber reído, pero no lo hizo. El Ratonero tenía una mordaz respuesta en la punta de la lengua, pero en vez de ella dijo:
—¿Con qué palabras puede llamar la muerte?
—Eso depende —dijo el hombrecillo—. Puede miraros como yo lo hago y decir: «La Orilla Tétrica». Nada más que eso. «La Orilla Tétrica». Y ambos os levantaríais y tendríais que ir.
Esta vez Fafhrd quiso reír, pero la risa no salió de su garganta. Lo único que ambos pudieron hacer fue sostener la mirada del hombrecillo de frente blanca y abombada, mirar estúpidamente a sus ojos fríos y cavernosos. En torno a ellos la concurrencia lanzaba risotadas ante alguna broma. Un guardia borracho cantaba a grito pelado. Los jugadores llamaron con impaciencia al Ratonero, diciéndole que hiciese su próxima apuesta. Una mujer vestida de rojo y oro, y que reía alocadamente, pasó tropezando junto al hombrecillo pálido, casi rozando la negra caperuza que le cubría la cabeza. Pero él no se movió. Y Fafhrd y el Ratonero Gris continuaron mirando fijamente —fascinados y desvalidos— sus fríos ojos negros, que parecieron convertirse en dos pequeños túneles que conducían a lugares remotos y perversos. Algo más profundo que el miedo les agarrotó con puño de hierro. El ruido de la taberna pareció atenuarse, y la vieron como si la contemplasen a través de muchos espesores de cristal. Únicamente veían aquellos ojos y lo que había más allá de ellos; era algo desolado, terrible y funesto.
—La Orilla Tétrica —repitió el misterioso personaje—, y vosotros tendréis que ir. Entonces todos cuantos se hallaban en la taberna vieron cómo se levantaban Fafhrd y el Ratonero Gris, y sin pronunciar palabra de despedida ni hacer ninguna seña, se dirigieron juntos a la baja puerta de roble. Un guardia lanzó una maldición cuando el corpulento hombre del Norte lo apartó ciegamente de un empellón. Se oyeron algunas interpelaciones y sarcasmos —el Ratonero se llevaba sus ganancias— pero pronto todos se callaron, pues percibieron algo extraño y pavoroso en el aspecto de ambos. Nadie reparó en el hombrecillo pálido vestido de negro. Vieron abrirse la puerta. Oyeron el seco gemido del viento y un golpeteo hueco causado sin duda por el toldo. Vieron alzarse un torbellino de polvo ante el umbral. Luego la puerta se cerró y Fafhrd y el Ratonero desaparecieron.
Nadie les vio dirigirse a los grandes muelles de piedra que bordean el río Hlal de un extremo de Lankhmar a otro. Nadie vio zarpar la nave roja de Fafhrd, con sus velas de sangre y su aparejo norteño, para introducirse en la corriente que desciende hacia el tormentoso Mar Interior. La noche era oscura y la tempestad de polvo mantenía a las gentes en sus casas. Pero al día siguiente se habían ido ellos y su nave, con su tripulación Mingold de cuatro hombres... prisioneros convertidos en esclavos, que habían jurado servirles durante toda su vida, y que Fafhrd y el Ratonero capturaron en su incursión contra la Ciudad Prohibida de los ídolos Negros.
Unos quince días después llegó una noticia a Lankhmar procedente de Finisterre, el pequeño puerto situado más allá de todos los puertos hacia poniente, en las mismas orillas del Mar Exterior, que no surca ninguna nave. Decía la noticia que una embarcación con aparejo nórdico había recalado en aquel puerto para tomar a bordo una insólita cantidad de víveres y de agua... insólita porque sólo había seis hombres en la nave: un ceñudo bárbaro del Norte, de tez blanca; un hombrecillo vestido de gris que no sonreía, y cuatro mingotes de fuerte complexión, cabellos negros y faz estólida. Después la esbelta nave se hizo a la vela y zarpó en derechura hacia Poniente. Los habitantes de Finisterre siguieron con la mirada la vela roja hasta la caída de la noche, moviendo con asombro la cabeza ante la audacia de aquellos navegantes. Cuando esta noticia se repitió en Lankhmar, fueron muchos también los que movieron la cabeza, y algunos se refirieron en términos significativos a la peculiar conducta de los dos amigos la noche de su partida. Y cuando las emanas se convirtieron en meses y los meses fuéronse sucediendo lentamente, cada vez fueron más los que dieron por muertos a Fafhrd y el Ratonero Gris. Hasta que un día hizo su aparición Ourph el Mingold, que contó una curiosa historia a los hombres que descargaban naves en el muelle de Lankhmar. Hubo algunas diferencias de opinión acerca de la veracidad de esta historia, pues si bien Ourph hablaba el suave idioma de Lankhmar con bastante perfección, era un forastero, y cuando se hubo ido, nadie pudo demostrar que no fuese uno de los cuatro mingoles embarcados en la nave nórdica. Además su relato dejaba sin respuesta varias enigmáticas preguntas, siendo ésta una de las razones por la que muchos lo consideraban falso.
—Estaban locos —dijo Ourph— o bajo los efectos de una maldición, esos dos hombres, el alto y el bajo. Lo sospeché cuando nos perdonaron la vida al pie de las mismas murallas de la Ciudad Prohibida. Y lo supe por seguro cuando navegaron sin parar hacia el oeste sin arriar jamás las velas, sin cambiar de rumbo, manteniendo siempre la estrella de los hielos por la banda de estribor. Apenas hablaban, dormían poco y no reían en absoluto. ¡Estaban malditos, sí! En cuanto a nosotros cuatro —Teevs, Larlt, Ouwenyis y yo— nos trataban bien, aunque hacían caso omiso de nuestra presencia. Nosotros teníamos nuestros amuletos para defendernos de las magias malignas. Habíamos jurado ser sus esclavos hasta la muerte. Eramos hombres de la Ciudad Prohibida. No nos amotinamos. Navegamos durante muchos días. La mar era tranquila y desierta a nuestro alrededor, y pequeña, muy pequeña, parecía como si se inclinase y desapareciese de vista por el norte, el sur y el temible oeste, como si la mar terminase a una hora de navegación de donde estábamos. Y después empezó a adquirir también el mismo aspecto por el este. Pero la mano del gigantesco hombre del Norte empuñaba firmemente el timón, y la mano de su pequeño compañero gris era tan firme como la suya. Nosotros cuatro nos pasábamos las horas sentados en la proa, porque apenas teníamos que ocuparnos de las velas, y día y noche nos jugábamos a los dados nuestros amuletos, nuestras monedas y nuestras ropas... y, de no haber sido esclavos, nos hubiéramos jugado también nuestro pellejo y nuestros huesos.
Para llevar cuenta de los días, me até una cuerdecita en torno a mi pulgar derecho y la fui pasando de un dedo a otro cada día hasta que del meñique derecho saltó el meñique izquierdo y volvió a mi pulgar izquierdo. Entonces empecé de nuevo con el pulgar derecho de Teevs. Cuando llegué a su pulgar izquierdo continué con Larlt. Así pudimos contar los días y saber los que pasaron. Y cada día el cielo se hacía más vacío y la mar más pequeña, hasta que pareció que el horizonte estaba únicamente a tiro de arco de nuestra proa, nuestra popa y los costados de nuestra nave. Teevs dijo que estábamos sobre unas aguas encantadas, que nos llevaban por los aires hacia la estrella roja llamada Infierno.
Seguramente Teevs tenía razón. No podía haber tanta agua hacia el oeste. Lo digo yo, que he atravesado el Mar Interior y el Mar de los Monstruos. Cuando la cuerda rodeaba el dedo anular izquierdo de Larlt, nos asaltó una gran tempestad que venía del sureste. Durante tres días seguidos su fuerza fue en aumento, encrespando las aguas en grandes olas espumeantes, por las que subíamos y bajábamos mientras el rocío salpicaba nuestros mástiles. Somos los únicos hombres que hemos visto o verán olas tan colosales, más altas que nuestro palo mayor; no están hechas a nuestra medida ni a la de nuestros océanos. Entonces tuve nuevas pruebas de que nuestros amos se hallaban bajo una maldición. Hicieron caso omiso de la tempestad y dejaron que ésta desgarrase las velas. No se inmutaron cuando Teevs fue arrebatado por una ola, cuando el buque quedó medio anegado y lleno de espuma hasta las bordas, ni cuando nuestros cubos de achique espumeaban como jarras de cerveza. Ambos permanecían de pie en la popa, atados al gobernalle, empapados por las olas impetuosas, con la vista fija en la proa, cual si conversasen con seres que sólo los embrujados pueden oír. ¡Sí, estaban malditos! Algún oscuro demonio protegía sus vidas, por tenebrosas razones que sólo él sabía. ¿Cómo si no se explica que atravesáramos indemnes la tempestad?
Porque cuando la cuerda estaba en el pulgar izquierdo de Larlt, las gigantescas olas coronadas de espuma se convirtieron en un gran oleaje negro que el viento que soplaba del oeste hinchaba sin blanquearlo. Cuando llegó el alba y lo vimos, Ouwenyis exclamó que navegábamos por arte de magia sobre un mar de arena negra, y Larlt aseguró que durante la noche y en el curso de la tempestad habíamos caído en el océano de aceite sulfuroso que algunos dicen que existe bajo la tierra... pues Larlt había visto los negros y burbujeantes lagos del Extremo Oriente; yo recordé lo que había dicho Teevs y me pregunté si el agua que nos sostenía no habría sido transportada por los aires, para caer en un mar completamente distinto de un mundo desconocido. Pero el hombrecillo gris escuchó nuestras conversaciones, arrojó un cubo por la borda y nos roció con él, por lo que supimos que el casco de nuestra nave aún tocaba en el agua y que ésta aún era salada... fuese lo que fuese aquel agua. Y entonces nos ordenó que remendásemos las velas y reparásemos los desperfectos de la nave. A mediodía volábamos hacia el oeste con una velocidad aún mayor que la que alcanzamos durante la tempestad, pero tan largas eran las olas y tan velozmente avanzaban con nosotros, que sólo remontábamos cinco o seis de ellas en un solo día. ¡Por los ídolos Negros, os aseguro que eran muy largas!
Y entonces la cuerda empezó a pasar por los dedos de Ouwenyis. Pero las nubes parecían de plomo sobre nosotros, lo mismo que la pesada y extraña mar que rodeaba nuestro casco, y no sabíamos si la luz que se filtraba por aquélla era la del sol o de una luna hechicera, y cuando pudimos ver las estrellas éstas nos fueron desconocidas. Pero la blanca mano del hombre del Norte seguía empuñando firmemente el gobernalle, y él y su compañero seguían mirando fijamente al frente. Pero al tercer día de nuestra navegación por aquel mar tenebroso el hombre del Norte rompió el silencio. Una terrible sonrisa desprovista de toda alegría plegó sus labios, y le oí murmurar: «La Orilla Tétrica». Nada más que esto. El Gris asintió, como si estas palabras encerrasen una virtud portentosa. Cuatro veces se las oí pronunciar al hombre del Norte, y así quedaron grabadas en mi memoria. Los días hiciéronse más oscuros y más fríos, las nubes eran cada vez más bajas y amenazadoras, como el techo de una gran caverna. Y cuando la cuerda estaba en el índice de Ouwenyis, vimos ante nosotros una extensión plomiza e inmóvil, que se confundía con las olas pero se levantaba sobre ellas, y supimos que habíamos arribado a «La Orilla Tétrica». Cada vez a mayor altura se elevaba la orilla, hasta que pudimos distinguir las imponentes torres de basalto, redondeadas como las olas del mar y sembradas de peñascos grisáceos, que en algunos puntos mostraban manchas blancuzcas, como causadas por las deyecciones de las aves... aunque allí no vimos aves. Sobre los acantilados se extendían los negros nubarrones, y al pie de aquéllos vimos únicamente una faja de arenas pálidas.
Entonces el hombre del Norte metió el gobernalle a una banda y fuimos en derechura hacia la costa, como si se propusiese estrellarnos contra ella, pero en el último momento nos hizo pasar a un mástil de distancia de un escollo redondeado que apenas rompía la cresta del oleaje, y nos encontró un fondeadero. Echamos el ancla y nos detuvimos seguros.
-Entonces el hombre del Norte y el Gris, moviéndose como los personajes de un sueño, revistieron sus armas, poniéndose cada uno de ellos un camisote de cota de malla ligera y un yelmo redondo y sin cimera... tanto los yelmos como la cota de malla estaban blancos de sal que había depositado en ellos la espuma y el rocío marino. Y ciñeron la espada al costado, se echaron a los hombros unos grandes mantos, y, después de tomar un poco de comida y de agua, nos ordenaron que botásemos el chinchorro. Yo mismo los llevé remando a tierra, y ambos saltaron a la playa y se encaminaron hacia los acantilados. Entonces, aunque me dominaba un gran pavor, les grité: «¿Adónde vais? ¿Debemos seguiros? ¿Qué tenemos que hacer?» Durante unos instantes no me contestaron. Luego, sin volver la cabeza, el Gris me contestó con un murmullo ronco apenas perceptible. «No nos sigáis. Somos hombres muertos. Regresad, si podéis».
Yo me estremecí e incliné la cabeza en asentimiento a estas palabras. Después regresé remando a la nave. Ouwenyis, Larlt y yo les vimos escalar los abruptos y redondeados riscos. Se fueron empequeñeciendo a nuestra vista, hasta que el hombre del Norte parecía un diminuto escarabajo y su gris compañero era casi invisible, salvo cuando cruzaban un espacio blanquecino del mar cerca de la costa, y comprendimos que podíamos hacernos a la mar. Pero nos quedamos, porque, vamos a ver... ¿no habíamos jurado fidelidad a nuestros amos? ¿Y no soy yo un Mingold? Al caer la noche, el viento aumentó en intensidad, lo mismo que nuestro deseo de partir... aunque sólo fuese para perecer ahogados en aquel mar ignoto. No nos gustaban los riscos basálticos extrañamente redondeados de la Orilla Tétrica; no nos gustaba no ver gaviotas, halcones y ninguna clase de aves en aquel aire plomizo, ni algas en la playa. Y entonces los tres empezamos a ver algo brillante y negro en lo alto de los acantilados. Pero esperamos hasta la hora tercia de la noche para levar anclas y alejarnos de la Orilla Tétrica.
Encontramos otra terrible tempestad tras varios días de navegación, y quizás ésta nos arrojó de nuevo a mares conocidos. Ouwenyis se cayó por la borda y Larlt enloqueció de sed, y hacia el final del viaje ni yo mismo me daba cuenta de nada. Solo sé que fui arrojado a la costa del sur, en las cercanías de Quarmall y que, después de innúmeras dificultades, conseguí llegar aquí a Lankhmar. Pero en mis sueños vuelvo a ver aquellos negros acantilados y me asalta la visión de los blancos huesos de mis amos y de sus calaveras, que miran con ojos vacíos y una horrible sonrisa algo extraño y mortífero.
Sin hacer caso de la fatiga que envaraba sus músculos, el Ratonero Gris contorneó el último peñasco, haciendo presa con manos y pies en los resquicios que presentaba la unión del granito y el basalto negro, y finalmente se irguió en la cumbre de los riscos redondeados que cerraban como un baluarte la Orilla Tétrica. Se percató de la presencia a su lado de Fafhrd el hombre del Norte, como una vaga y corpulenta figura vestida con cota de malla y capa. Pero le veía con dificultad, como a través de muchos espesores de cristal. Lo único que veía claramente —y le parecía que había estado mirando por ellos desde hacía una eternidad —eran dos ojos negros y cavernosos que parecían dos túneles, a cuyo extremo había algo desolado y mortífero, que antes había estado muy lejos pero que ahora se hallaba al alcance de su mano. Así había sido, desde que se levantó de la mesa de juego en la taberna de Lankhmar. Recordó vagamente la forma como le miraban los moradores de Finisterre, la espuma y la furia de la tempestad, la curva del mar oscuro y la expresión de terror en la cara de Ourph el Mingold; estos recuerdos también los veía como a través de muchos espesores de cristal. Comprendió confusamente que él y su compañero se hallaban bajo una maldición, y que por fin habían llegado a la fuente de donde emanaba. El desolado paisaje que se extendía ante ellos no mostraba el menor signo de vida. A sus pies el basalto descendía para formar una gran concavidad cuyo fondo estaba constituido por arena negra... diminutos granos ferruginosos. Medio enterrados en la arena, el Ratonero Gris vio cerca de medio centenar de los que le parecieron peñascos ovalados de distintos tamaños y negros como la tinta. Pero su redondez era demasiado perfecta, su forma excesivamente regular, y poco a poco el Ratonero fue comprendiendo que no eran peñascos, sino monstruosos huevos negros, algunos pequeños, otros tan grandes que un hombre no hubiera podido rodearlos con sus brazos y uno de ellos tan enorme, que parecía una tienda hemisférica.
Esparcidos por la arena habían multitud de osamentas, grandes y pequeñas. El Ratonero reconoció el cráneo de un verraco, armado de grandes colmillos, y otros dos más pequeños, pertenecientes a lobos. Vio también el esqueleto de un gran felino, agazapado como para atacar. Más allá yacían los huesos de un caballo, y junto a ellos la caja torácica de un hombre o un antropoide. Los huesos formaban un círculo blanco y resplandeciente en torno a los enormes huevos negros. De un lugar indeterminado llegó a ellos una voz desprovista de tonalidad, débil pero clara, de tono imperativo, que decía:
—Una muerte de guerreros para los guerreros.
El Ratonero conocía la voz, porque ésta había estado resonando durante semanas en sus oídos, desde el día en que brotó de los labios de un hombrecillo pálido y de frente abultada, envuelto en negras vestiduras y sentado a su lado en una taberna de Lankhmar. Entonces vio que lo que tenía ante él no se hallaba completamente desprovisto de vida. Un extraño movimiento se estaba produciendo en la Orilla Tétrica. Una grieta había aparecido en uno de los grandes huevos negros, y luego en otro, y las grietas se ramificaban y se ensanchaban mientras los cascarones se resquebrajaban y caían en pedazos al suelo negro y arenoso. El Ratonero comprendió que esto ocurría en respuesta a la orden proferida por la voz. Supo que aquel era el fin que la vocecita del desconocido le ordenó que fuese a buscar en la otra orilla del Mar Exterior. Incapaz de seguir avanzando, observó sombríamente cómo progresaba con lentitud aquella monstruosa eclosión. Bajo aquel cielo plomizo y tenebroso vio nacer dos muertes gemelas, una para él y otra para su compañero. Tuvo el primer atisbo de su naturaleza al ver asomar por una grieta, ensanchándola más, una larga garra que parecía una espada. La caída de fragmentos del cascarón se aceleró.
Los dos seres que surgieron en las crecientes tinieblas eran monstruosos incluso para la mente embotada del Ratonero. Andaban dando grandes zancadas, erguidos como los hombres pero más altos, con cabeza de reptil rematada por una cresta ósea que parecía un casco, y con patas provistas de garras de lagarto, hombros provistos de espinas óseas y patas delanteras terminadas en una sola garra, que tenían una vara de largo. En la semioscuridad parecían horrendas caricaturas de combatientes, provistos de coraza y espada. La escasa luz no ocultaba el color amarillento de sus ojos parpadeantes. Entonces la voz repitió:
—Una muerte de guerreros para los guerreros.
Al conjuro de estas palabras, los paralizados miembros del Ratonero recuperaron sus movimientos. Por unos instantes creyó despertar de un sueño. Pero entonces vio a los horrendos seres recién nacidos corriendo hacia ellos, mientras de sus largos hocicos brotaba un agudo y ávido alarido. A su lado se escuchó el ruido que hacía la espada de Fafhrd al salir de su vaina. Entonces el Ratonero desenvainó la suya, con la que un momento después paró la estocada dirigida contra su garganta por una garra que parecía de acero. Simultáneamente Fafhrd paró un golpe semejante asestado por el otro monstruo. Lo que a continuación siguió fue una verdadera pesadilla. Aquellas garras que parecían espadas lanzaban estocadas y tajos. Sin embargo, y pese a la velocidad de los golpes, los dos hombres conseguían pararlos, pese a que eran cuatro contra dos. Las estocadas con que ellos replicaban rebotaban contra una impenetrable armadura ósea. De pronto ambos seres se abalanzaron a una sobre el Ratonero. Fafhrd los atacó de costado, y consiguió salvarlo. Pero poco a poco los dos compañeros iban siendo obligados a retrocer hacia el acantilado. Las dos bestias parecían incansables, como si fuesen de hueso y metal y no de carne. El Ratonero vio el fin inminente. Aunque él y Fafhrd consiguiesen contener a los monstruos unos momentos más, la fatiga terminaría por dominarlos, pararían los golpes con menos fuerza y las bestias los vencerían.
Como si fuese un preludio a este fin, el Ratonero sintió que una garra le rozaba la muñeca. Y entonces recordó los ojos negros y cavernosos que les habían atraído al otro lado del Mar Exterior, y la voz que les condenó a tan funesto destino. Y le dominó una extraña y loca furia... que no iba dirigida contra las bestias sino contra su amo. Le pareció ver a los ojos negros y muertos fijos en él desde el fondo de la concavidad llena de arena negra. Entonces perdió el dominio de sí mismo. Cuando los dos monstruos intentaron un nuevo ataque concertado contra Fafhard no se volvió para ayudarle, sino que pasó junto a ellos y bajó corriendo a la hondonada, en dirección a los huevos hundidos en la arena. Al quedarse solo frente a los monstruos, Fafhrd se puso a luchar como un poseído, haciendo tremendos molinetes con su espada, que silbaba al hendir el aire, mientras sus últimas energías prestaban vigor a sus músculos. Apenas advirtió que una de las dos bestias dio media vuelta y partió en persecución de su camarada.
El Ratonero estaba entre los huevos, y se detuvo frente a uno que brillaba más que los restantes y que era más pequeño. Con gesto vengador hundió su espada en él. El golpe fue tan fuerte, que la mano le quedó entumecida. El huevo cayó hecho pedazos. Entonces el Ratonero supo cuál era la fuente del mal que poseía a la Orilla Tétrica; supo qué extraño ser hijo del infierno yacía allí como una pústula maligna, difundiendo la muerte y llamando a los hombres a su perdición. Oyó a sus espaldas los rápidos pasos y los ávidos alaridos del monstruo destinado a aniquilarlo. Pero en vez de volverse, levantó su espada y la abatió silbando sobre la criatura medio embrionaria que se refocilaba en secreto por la muerte de los hombres que había atraído hasta allí. La espada se clavó en la abombada frente del hombrecillo pálido de labios delgados.
Esperó entonces el golpe final de la garra. Pero aquel golpe no llegó. Volviéndose, vio al monstruo tendido e inmóvil en la arena negra. A su alrededor, los mortíferos huevos se deshacían, convertidos en polvo. Recortándose contra la semioscuridad del cielo, vio a Fafhrd que venía con paso vacilante hacia él, pronunciando entrecortadas palabras de alivio y maravilla con una voz profunda y gutural mezclada con sollozos. La muerte había abandonado la Orilla Tétrica, la maldición había sido cortada de raíz. De la noche llegó el graznido jubiloso de un ave marina, y Fafhrd y el Ratonero pensaron en el largo y desconocido camino que tendrían que recorrer para regresar a Lankhmar".
Fritz Leiber
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