El Recolector de Historias

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domingo, 17 de enero de 2010

"El Juego de los Grillos"

"-¿Y? –preguntaron los señores al entrar el profesor Goclenius más rápidamente de lo que era su costumbre y visiblemente alterado- ¿Le entregaron las cartas? ¿Ya está Johannes Skoper viajando de regreso a Europa? ¿Cómo se encuentra? ¿Llegó alguna colección con el correo? –inquirían todos a la vez.
–Solamente esto –dijo el profesor muy serio colocando sobre la mesa un paquete de hojas manuscritas y un frasquito en el que se podía vez un insecto muerto de color blancuzco y el tamaño de un ciervo volante–. El embajador chino me lo entregó personalmente con la aclaración de que llegó esta mañana, vía Dinamarca.

–Me temo que se ha enterado de alguna noticia desagradable sobre nuestro colega Skoper –le cuchicheó al oído un caballero de barba afeitada a un anciano profesor de ondulante melena leonina, director como él en el Museo de Ciencias Naturales, que se había quitado los lentes y observaba con profundo interés el insecto metido en el frasquito.

Era aquél un recinto muy particular, en el que los señores –seis en total, y todos ellos investigadores científicos de la vida de los lepidópteros y coleópteros– se hallaban sentados alrededor de una ancha y larga mesa. La mezcla de los olores de alcanfor y sándalo acentuaba ese clima extrañamente mortuorio que se desprendía de los diodones que pendían de cuerdas fijadas en el cielorraso y que, con sus ojos vidriosos y saltones parecían las cabezas truncadas de espectadores fantasmales, las máscaras diablescas de salvajes tribus insulares, los huevos de avestruz, las bocazas de tiburón y los dientes de narval, los monos derrengados y de otras mil formas y figuras grotescas provenientes de zonas muy lejanas.

De las paredes –colgados sobre los marrones armarios carcomidos que tenían algo de monacal bajo el sol del atardecer que jugueteaba con las plantas del jardín y las combadas rejas de la ventana pendían, amorosamente enmarcados en oro y semejantes a retratos de venerables antepasados, cuadros a todo color de escarabajos en proporciones gigantescas. Con una de sus manos extendida en un gesto cordial, una tímida sonrisa rodeándole los ojitos redondos y la nariz en forma de botón, con el alto sombrero de copa de uno de los señores disectores sobre su cabeza y el porte de un alcalde de aldea que se hace fotografiar por primera vez en la vida, un lirón se asomaba obsequiosamente desde un ángulo del aula, en el que también se balanceaban unos cuantos cueros de víbora.

La cola oculta entre las sombras más lejanas del corredor y las partes más nobles de su cuerpo a punto de recibir una nueva mano de esmalte –para dar cumplimiento de este modo al deseo expreso del señor Ministro de Enseñanza–, el orgullo de todo el Instituto, un cocodrilo de doce metros de largo, espiaba por la puerta entreabierta. El profesor Goclenius había tomado asiento, desatado la cinta que mantenía atadas las hojas manuscritas y pasado rápidamente la mirada sobre las primeras líneas acompañándose con un murmullo inteligible.

–Esto está fechado en Butan, en el sudeste del Tibet, el 19 de Julio de 1914, o sea cuatro semanas antes del estallido de la guerra; de lo que se infiere que esta carta tardó más de un año en llegar a nuestras manos –y agregó luego de una pequeña pausa–: Nuestro colega Johannes Skoper escribe aquí, entre otras cosas, lo siguiente: En otra oportunidad les relataré más detalladamente el rico botín que pude obtener durante mi largo viaje por tierras fronterizas chinas, pasando por Assam hasta llegar a Bután, país todavía inexplorado; hoy sólo quiero referirme lo más sucintamente posible a las circunstancias asombrosas a las que debo el descubrimiento de un grillo blanco como verán totalmente nuevo –el profesor Goclenius señalaba mientras leía estas últimas palabras al insecto que estaba en el frasco– y que los chamanes utilizan para fines religiosos bajo el nombre de Phat, una palabra que les sirve a la vez de insulto para todo lo que se parezca a un europeo o individuo de raza blanca.

Pues bien: cierta mañana me entero –por intermedio de unos peregrinos lamaístas que se dirigían a Lhasa– que cerca de mi campamento se encontraba un alto exponente de los Dugpas, algo así como sacerdotes del diablo temidos en todo el territorio del Tibet, reconocibles por sus gorros escarlatas, y que afirman ser descendientes directos del demonio de los hongos. Lo cierto es que estos Dugpas pertenecen a la antiquísima religión tibetana de los lamaístas y chamanes de la cual conocemos poco y nada, y son hijos de una raza extraña cuyos orígenes se remontan hasta la noche de los tiempos. Este Dugpa –me decían los peregrinos mientras hacían girar furtiva y supersticiosamente su molinillo de oraciones– es un Samtche Mitchebat, un ser que ya no debe ser designado como hombre, que puede ligar y desligar, alguien que, para decirlo en pocas palabras, gracias a su facultad de ver más allá del tiempo y del espacio, puede realizar todo lo que se proponga en esta tierra. Existen, así me dijeron, dos caminos para alcanzar esas alturas que sobrepasan todos los poderes humanos: uno, que es el de la luz –la compenetración con Buda– y otro opuesto: el camino de la mano izquierda, al que solamente tiene acceso un Dugpa de nacimiento... y que viene a ser un camino espiritual Heno de horror y de espanto. Estos Dugpas natos pueden aparecer –aunque muy raras veces– en cualquiera de los puntos cardinales y son casi siempre hijos de padres sumamente religiosos.

Parecería, opinaba el peregrino que me confesaba todas estas cosas, que la mano del señor de las sombras colocara en estos casos una rama emponzoñada en el árbol de la santidad. Resulta ser que existe un solo medio para saber si un niño se halla o no espiritualmente vinculado a la liga de los Dugpas, de ser así, el remolino de cabello que todos tenemos en la coronilla debe girar de izquierda a derecha en vez de hacerlo en dirección inversa.

Yo expresé inmediatamente –por pura curiosidad– mi deseo de conocer personalmente al Dugpa de alto rango que se hallaba por los alrededores, pero el jefe de mi caravana, que también es un tibetano oriental, se negó terminantemente.
–¡Son puras tonterías! –gritaba–, en todo el territorio de Bután no hay un sólo Dugpa; sin contar que ningún Dugpa, y mucho menos un Samtche Mitchebat, se avendría a mostrar sus artes a un ser de raza blanca!

La oposición demasiado enfática de este hombre despertó en mí sospechas cada vez mayores a medida que el se desgañitaba, y después de un larguísimo y astuto interrogatorio pude sonsacarle que él mismo practicaba la religión de los Bonzos y que estaba perfectamente enterado –por el tinte rojizo de los vapores que despedía la tierra, eso es lo que me quiso hacer creer– que había un Dugpa en las cercanías del campamento.

–Pero nunca consentiría en ofrecerte una muestra de sus artes –seguía repitiendo sin cesar.–¿Por qué no? –seguí preguntando.
–Porque no asumiría la... responsabilidad.
–¿Qué clase de responsabilidad? –quise saber.
–Sucede que las perturbaciones que con ello ocasionaría en el reino de las causas lo lanzarían nuevamente en la vorágine de las reencarnaciones, si es que no ocurre algo muchísimo peor.

Yo estaba interesado en saber más acerca de la misteriosa religión de los Dugpas, por lo que le pregunté:
–¿Tiene el hombre, según tu religión, un alma?
–Sí y no.
–¿Cómo es eso?Por toda respuesta el tibetano arrancó de la tierra una brizna de hierba y le hizo un nudo:
–¿Tiene esta brizna un nudo?
–Sí.
Desató el nudo.
–¿Y ahora?
–Ahora ya no lo tiene.–De ese mismo modo tiene el hombre un alma y no la tiene –afirmó con toda llaneza.

Traté de encarar la cosa de otro modo para llegar a tener una idea más clara acerca de su manera de pensar:
–De acuerdo, supongamos ahora que al cruzar aquel desfiladero tan terriblemente peligroso te hubieras caído al abismo, ¿tu alma habría seguido viviendo o no?
–¡Yo no me habría caído!
Haciendo una nueva tentativa le mostré mi revólver:
–Y si ahora te mato de un tiro, seguirías viviendo o no?
–Tú no me puedes matar.
–¡Claro que puedo!
–Bueno, entonces trata de hacerlo.

¡Ni loco! pensé para mis adentros, ese sí que sería un buen enredo... andar por este ilimitado terreno montañoso sin un jefe de caravana... Él pareció haber adivinado mis pensamientos y sonrió no sin cierto sarcasmo. Era desesperante. Me quedé callado por un buen rato.

–Lo que sucede, es que no puedes querer –dijo retomando la palabra–. Detrás de tu voluntad hay una infinita cantidad de deseos, algunos que conoces y otros que no conoces, y todos ellos son más fuertes que tú.
–¿Qué es entonces el alma según tu religión? –le pregunté enojado–; ¿tengo yo, por ejemplo, un alma?
–Sí.
–¿Y si me muero mi alma sigue viviendo?
–No.
–¿Pero la tuya, después de tu muerte, sí?
–Sí. Porque yo tengo un nombre.
–¡Yo también lo tengo!
–Sí, pero no conoces tu nombre verdadero, por lo tanto no lo tienes. Eso que consideras tu propio nombre no es más que una palabra hueca inventada por tus padres. Cuando duermes te lo olvidas, yo no me olvido de mi nombre cuando duermo.
–¡Pero cuando estés muerto tampoco podrás saberlo! –repliqué.
–No. Pero el maestro lo conoce y no lo olvidará jamás, y cuando él me llame por mi nombre verdadero, volveré a levantarme; solamente yo y ningún otro, porque yo soy el único que lleva mi nombre. Nadie más que yo lo tiene. Eso que tú dices que es tu nombre lo tienen muchos otros en común contigo... igual que los perros –terminó murmurando con desprecio. Y si bien entendí perfectamente sus últimas palabras, dejé que creyera que no había sido así.
–¿Y qué es lo que tú entiendes por maestro? –le pregunté con la mayor naturalidad.
–El Samtche Mitchebat.
–¿El que ahora es casi nuestro vecino?
–Sí, pero es sólo su reflejo el que se encuentra ahora cerca de este campamento; aquél que él es en realidad está en todas partes. Y puede no estar en parte alguna si quiere.
–¿Eso quiere decir que puede volverse invisible? –tuve que sonreír a pesar mío–,¿quieres insinuar acaso que a veces está dentro del mundo en que vivimos y a veces fuera de él; que a veces está y otras veces no?
–Un nombre también está sólo cuando se lo pronuncia, y cuando no se lo pronuncia no está más –fue la respuesta del tibetano.
–¿Y puedes tú, por ejemplo, convertirte también en un maestro?
–Sí.–De modo que entonces habría dos maestros, ¿no es así?

Yo me sentía triunfante, ya que, para decirlo abiertamente, la arrogancia del tipo me estaba fastidiando; ahora lo tenía bien agarrado en la trampa (mi próxima pregunta sería: ¿si uno de los maestros quiere que brille el sol y el otro quiere hacer que llueva, cuál de los dos gana?); tanto más perplejo me dejó lo que tuve que oír a continuación:

–Si yo llego a ser maestro alguna vez, seré el Samtche Mitchebat. ¿O acaso crees que puede haber dos cosas que sean totalmente semejantes entre sí sin que sean la misma cosa?
–Digas lo que digas, en tal caso serían dos y no uno; si yo me cruzara con vosotros, serían dos las personas que yo vería y no uno solo –le contradije.

El tibetano se agachó, eligió entre los cristales de calcita que estaban esparcidos por el suelo uno de especial transparencia y me dijo con sorna:

–Coloca esto delante de tu ojo y mira el árbol aquél; lo ves doble, ¿no es cierto? ¿Pero acaso se han convertido por eso en dos árboles en vez de uno?

En el momento no supe qué contestarle, tampoco me hubiera sido fácil expresarme en el idioma de los mongoles –que era el único que podíamos usar para nuestro mutuo entendimiento– con la soltura y lógica necesarias para abordar un tema tan intrincado como éste; por lo tanto tuve que dejarlo creer que la victoria era suya. Pero interiormente estaba asombrado a más no poder por la agilidad espiritual de ese ser semi-salvaje, con sus ojos oblicuos de calmuco y vestido con aquella sucia piel de cordero. Hay algo extraño en estos asiáticos de las montañas, por fuera parecen animales, pero a poco que uno les toque su almita, aparece el filósofo.Volví al punto de partida:

–¿Tú crees entonces que el Dugpa se negaría a mostrarme sus artes porque rechaza la responsabilidad?
–No, seguro que no lo haría.
–¿Pero si soy yo quien asume toda responsabilidad?
Por primera vez, desde que lo conocía el tibetano se desconcertó. Su rostro fue invadido por una inquietud tan grande, que no le fue posible disimularla. Una expresión de crueldad salvaje, para mí inexplicable, se alternaba con otra de hondo regocijo. En todos estos meses que anduvimos juntos hemos pasado semanas entera corriendo peligro de muerte, hemos cruzado abismos que llenarían de pánico a cualquiera, pasando sobre puentes de bambú de apenas un pie de ancho, y a mí más de una vez me pareció que se me paralizaba el corazón; hemos cruzado desiertos y casi nos hemos muerto de sed, y él nunca perdía, ni por un solo minuto, su equilibrio interior. ¿Y ahora? ¿Cuál podía ser la causa que le hacía ponerse tan fuera de sí? Con sólo mirarlo me bastó para saber que en su mente las ideas se agitaban en loco torbellino.

–Condúceme hasta el Dugpa, yo te recompensaré holgadamente –intenté de nuevo.
–Quiero pensarlo –me contestó por fin.

Todavía era de noche cuando entró en mi carpa para despertarme. Ya se había decidido, me dijo, y estaba dispuesto. Había ensillado dos de nuestros hirsutos caballos mongoles, cuya altura no es mucho mayor que la de un perro grande, y nos internamos en la obscuridad de la noche. Los hombres de mi caravana seguían profundamente dormidos alrededor de las casi extinguidas fogatas diseminadas por el terreno. Pasaron horas sin que cambiáramos una sola palabra; ese peculiar aroma del almizcle que las estepas tibetanas exhalan durante las noches de julio y el monótono rumor de las retamas al ser barridas por las patas de nuestros caballos, casi me llegan a embriagar de tal manera, que para poder mantenerme despierto, me vi obligado a no quitar mi vista de las estrellas, que aquí, en esta tierra salvaje, tienen algo de llameantes, como si se tratase de trozos de papel encendidos. De ellas se desprende un influjo excitante que le inquieta a uno el corazón.

Cuando las primeras luces del alba comenzaron a trepar por detrás de las cimas de las montañas, pude notar que los ojos del tibetano se mantenían totalmente abiertos, sin pestañear, con la mirada siempre fija en un solo punto del cielo. Observé que estaba como ausente. Le pregunté varias veces si conocía tan bien el lugar donde hallar al Dugpa como para no prestarle ninguna atención al camino, pero no recibí respuesta alguna.

–Él me atrae como la piedra magnética atrae el hierro –balbuceó por fin, como saliendo de un sueño muy profundo.

Ni al llegar el mediodía nos tomamos un descanso; siempre mudo, mi acompañante volvía a apresurar el paso de su caballo cada vez que éste se mostraba un poco más lento. Yo me vi obligado a comer mi ración de carne de cabra sentado en la montura. Poco antes del anochecer paramos –doblando al pie de un cerro totalmente desnudo– cerca de esas fantásticas carpas que a veces se pueden ver en Bután. Son negras, hexagonales abajo y puntiagudas arriba, de bordes combados, y se hallan paradas sobre una suerte de zancos, de modo que se parecen a enormes arañas que tocan el suelo con sus vientres.

Yo esperaba encontrarme con un sucio chamán de melena y barba desgreñadas, una de esas criaturas dementes o epilépticas –que son tan frecuentes entre los mongoles y tungusos– que se embriagan con infusiones logradas con la cocción de ciertos hongos y que luego creen estar viendo espíritus o se sienten impelidos a largar de sí profecías incomprensibles; en vez de ello veo parado ante mí –inmóvil– un hombre de unos buenos seis pies de estatura, sorprendentemente delgado, sin barba, con un brillo oliváceo en el rostro –un color como no lo había visto nunca en un ser humano vivo–, siendo la separación entre sus ojos oblicuos tan grande, que se me antojaba antinatural: un ejemplar de una raza humana para mí totalmente desconocida.

Sus labios –lisos como la porcelana, al igual que la piel de toda su cara– eran rojísimos, finos como el filo de un cuchillo y tan, pero tan curvados –especialmente en las comisuras muy alzadas, como congeladas en una sonrisa despiadada–, que parecían haber sido dibujados con pincel sobre su cara. Me fue imposible quitar la vista de ese hombre por largo tiempo... y al volverlo a recordar ahora casi diría que me estaba sintiendo como un niño al que se le corta la respiración de puro susto ante la súbita aparición de una máscara terrorífica que emerge de las sombras. Sobre su cabeza el Dugpa llevaba un gorro escarlata, en tanto que el resto de su cuerpo se hallaba cubierto hasta los tobillos por una costosa capa de cebellina totalmente teñida de anaranjado.

Tanto él como mi guía no se dirigieron la palabra ni una sola vez, pero yo sigo creyendo que se entendieron mediante gestos y señales secretas, puesto que, sin preguntarme para nada qué era lo que quería de él, el Dugpa dijo de pronto que estaba dispuesto a mostrarme todo lo que yo deseara, siempre y cuando me comprometiera expresamente a asumir toda responsabilidad... aún sin conocerla. Yo, por supuesto, me declaré inmediatamente de acuerdo. "Como prueba de ello yo debía tocar la tierra con mi mano izquierda. "Así lo hice. "Se nos adelantó entonces en silencio durante un corto trecho y nosotros lo seguimos hasta que nos ordenó que nos sentásemos.

Tomamos asiento junto al borde de una elevación de terreno que se asemejaba
curiosamente a una mesa. "¿Llevaba yo conmigo un lienzo blanco? Empecé buscando desesperadamente en todos mis bolsillos, pero nada, hasta que por fin hallé escondido en el fondo rasgado de mi chaqueta un viejo mapa plegadizo de Europa bastante borroso ya (que evidentemente había llevado conmigo sin saberlo durante todo mi viaje por el Asia), lo extendí entre nosotros y le expliqué al Dugpa que el dibujo representaba un mapa de mi patria. Intercambiaron una rápida mirada con mi guía, y nuevamente pude ver como en el rostro del tibetano aparecía esa expresión maligna, casi se podría decir de odio, que tanto me había llamado la atención la noche anterior.

¿Deseaba yo ver el juego mágico de los grillos? Asentí con la cabeza y supe al instante qué era lo que me iba a tocar presenciar: ese truco famoso que consiste en hacer aparecer diversos insectos bajo el influjo de un silbido o algo semejante. Tal cual, no me había equivocado, el Dugpa dejó oír un sonido chirriante, suave y metálico (cosa que estas gentes logran mediante el uso de una campanita plateada que llevan oculta entre sus ropas), e inmediatamente un montón de grillos fueron saliendo de sus recovecos dentro de la tierra para reunirse sobre el mapa. "Cada vez más y más. Infinidad de ellos.

Ya me estaba enojando de sólo pensar que por un ridículo truco circense –que ya había tenido oportunidad de presenciar varias veces en la China–, hubiese emprendido una cabalgata tan trabajosa, pero el espectáculo que de ahí en más se ofreció ante mi vista me compensó con creces el esfuerzo realizado: los grillos no sólo pertenecían a una especie totalmente desconocida para la ciencia –lo que los hacía interesantes de por sí–, sino que además se comportaban de una manera más que peculiar. Apenas hubieron tomado contacto con el dibujo del mapa, comenzaron a correr sin ton ni son en todas direcciones, para luego ir formando grupos que se examinaban mutuamente con desconfianza. Súbitamente cayó sobre el centro mismo del mapa una mancha de luz con los colores del arco iris (provenía, como constaté al momento, de un pequeño prisma de vidrio que el Dugpa había puesto contra el sol), y en pocos segundos los pacíficos grillos se convirtieron en un apelotonamiento de insectos que se destrozaban entre sí de la manera más abominable. El espectáculo era demasiado repulsivo como para pensar en describirlo. El chirriar de los miles y miles de alas daba un tono altísimo, casi melodioso, que me llegó hasta la médula de los huesos; si bien se asemejaba al canto de los grillos que todos conocemos, estaba compuesto de un odio tan infernal mezclado con una suerte de lamento tan atroz, que yo sé que no lo podré olvidar jamás.

Por debajo de esa masa de cuerpos se iba derramando un jugo espeso y verdoso. Le ordené al Dugpa que parara de inmediato esa bestialidad; pero él ya había guardado el prisma y se limitó a responderme con un encogimiento de hombros. En vano me esforzaba por separar a los grillos con un palo: sus locas ganas de matar ya no conocían límite. Cada vez aparecían más de ellos, venían en tropel para participar de este juego macabro hasta formar una montaña vibrante y pataleante tan alta casi como un hombre. A una legua a la redonda la tierra se hallaba cubierta por insectos enloquecidos que formaban una masa blancuzca que pugnaba por llegar al centro movida por un sólo pensamiento: matar, matar, matar. Algunos grillos que iban cayendo malheridos del montón y no podían volver a subir, se destrozaban a sí mismos con sus antenas. El chirrido era por momentos tan fuerte y tan espantosamente agudo, que me tuve que tapar los oídos con las manos, porque estaba seguro de no poder soportarlo más. Finalmente, gracias a Dios, los animales parecían ser cada vez menos, las filas que salían de debajo de la tierra se hacían cada vez más ralas hasta que cesaron por completo.

–¿Y ahora qué se propone? –pregunté al tibetano cuando vi que el Dugpa no demostraba ninguna intención de dar por terminada la representación, sino que más bien parecía esforzado en mantener sus pensamientos concentrados en vaya uno a saber qué idea. Su labio superior estaba contraído de modo tal que se podían ver claramente sus dientes afilados y puntiagudos. Eran negros como la brea, sospecho que de tanto mascar hojas y yerbas, una costumbre muy difundida en estas zonas.
–Liga y desliga –oí que me respondía el tibetano.
A pesar de que yo no cesaba de repetirme a mí mismo que no eran más que insectos los que aquí habían encontrado una muerte tan horrenda, no podía evitar sentirme por demás impresionado, tanto, que por momentos creí desvanecerme... y la voz continuaba llegándome de muy lejos: –Liga y desliga...No podía entender su significado, y sigo aún hoy sin entenderlo; tampoco puede decirse que después de lo ya relatado sucediera algo digno de ser tomado especialmente en cuenta. ¿Por qué sería entonces que yo permanecí ahí sentado? Tal vez pasaran horas, no lo sé. Era como si la voluntad de levantarme hubiese desaparecido de mi cuerpo, no puedo definirlo de otro modo.

Poco a poco el sol se iba hundiendo, y tanto el paisaje terreno como el celeste fue adquiriendo ese tinte rojo y anaranjado totalmente irreal, que cualquiera que haya estado alguna vez en el Tibet tan bien conoce. El colorido de este cuadro sólo es comparable al de las carpas que se pueden hallar en las romerías europeas.
No me podía desprender de las palabras: «liga y desliga»; paulatinamente iban adquiriendo en mi cerebro un sentido espantoso de verdad; en mi imaginación el bulto compacto y enorme de grillos se convertía en millones de soldados agonizantes. Sentí de pronto mi garganta como estrangulada por un misterioso e inconmensurable sentido de responsabilidad, cuyo tormento era aún mayor por lo mismo que me era imposible hallar su origen. Por un momento tuve la impresión de que el Dugpa se había ido y que en su lugar tenía delante mío –escarlata y verde oliva– a la abominable estatua del dios de la guerra tibetano.

Pude luchar contra esa visión hasta tener nuevamente ante mis ojos a la realidad tal cual era; pero a mí no me bastaba con esa realidad: los vapores que se elevaban de la tierra, las cimas dentelladas y nevadas de las montañas que se recortaban en el horizonte, el Dugpa con su gorro escarlata, yo mismo, con mis ropas mitad europeas mitad asiáticas, y finalmente esa carpa negra con sus patas de araña, ¡todas esas cosas no podían ser reales!

Realidad, fantasía, visión... ¿qué era verdad, qué era mentira? Y para colmo esa torturante sensación de que mi pensamiento se abría dejando un gran espacio hueco cada vez que volvía a hostigarme el miedo a ese nuevo, inexplicable, terrible sentido de responsabilidad. Más tarde, mucho más tarde... durante mi viaje de regreso, este acontecimiento fue creciendo en mi memoria como una exuberante planta venenosa que yo trataba en vano de extirpar.

De noche, cuando no puedo conciliar el sueño, comienza a tomar cuerpo en mí la vaga sensación de estar a punto de comprender el significado de la frase Liga y desliga, y entonces trato de asfixiarla para que no pueda madurar, del mismo modo en que uno trata de sofocar un fuego antes de que se propague... Pero de nada sirve defenderme ... en mi imaginación puedo ver como del montón de grillos muertos se alza un vapor rojizo que se va formando en nubes, que obscureciendo el cielo como las nubes fantasmales que trae el monzón, se precipitan hacia Occidente. Y ahora mismo, mientras escribo estas líneas, siento algo que yo... yo... yo...

–Aquí la carta se interrumpe –dijo el profesor Goclenius–; desgraciadamente debo comunicarles ahora que en la embajada china me dieron la desgraciada nueva de la muerte de nuestro estimado colega Johannes Skoper, acaecida en el lejano Oriente... –el profesor no pudo seguir; un fuerte grito lo interrumpió: No puede ser, el grillo sigue vivo después de todo un año! ¡Increíble! ¡Atrápenlo! ¡Se vuela!. Vociferaban todos al mismo tiempo. El profesor de la melena leonina había destapado el frasco dejando salir al insecto aparentemente muerto.

Un momento después de todo este alboroto, el grillo había salido volando por la ventana hacia el jardín, y los graves señores científicos, en su afán por darle caza, casi se llevan por delante al portero del museo que venía para encender las lámparas de la sala de profesores. Moviendo pensativamente la cabeza, el viejo observaba a esos extraños personajes que en el jardín trataban de dar caza a un pequeño insecto volador. Luego miró hacia el cielo del atardecer rumiando para sí: ¡Las formas que pueden llegar a tomar las nubes en estos tiempos de guerra! Ahí hay una que parece un hombre con un gorro rojo y la cara verde; si no fuese porque los ojos están tan separados, se diría que es igualito a un ser humano. ¡Realmente, a mi edad lo único que me falta es volverme supersticioso!"

Gustav Meyrink

miércoles, 6 de enero de 2010

"El Cardenal Napellus"

"Aparte de su nombre: Hieronymus Radspieller, sólo sabíamos de él que vivía año tras año en el castillo semiderruido cuyo propietario, un vasco canoso y siempre malhumorado –ex sirviente y luego heredero de un antiguo y noble linaje que se fue perdiendo en la soledad y la tristeza– le había alquilado todo un piso para él solamente, quien lo había hecho habitable con muebles y otros enseres muy anticuados, pero también muy lujosos.Era un contraste fantástico el que aguardaba a quien entrara en esas habitaciones después de atravesar la tierra inculta y despoblada que rodeaba el castillo, donde nunca se oía cantar un pájaro y donde todo parecía dejado de la mano de Dios y de la vida, si no fuera que de tanto en tanto los tejos hiciesen oír sus "quejidos bajo los embates del viento cálido que venía del Sud, o que el lago –como un ojo enorme siempre abierto al cielo– reflejara en su pupila verdinegra las blancas nubes que flotaban en lo alto. Casi todo el día se lo pasaba Hieronymus Radspieller en su bote, dejando caer en las aguas un huevo de metal suspendido de un fino cordel de seda: una sonda para indagar las profundidades del lago.–Seguramente se hallará al servicio de alguna compañía de estudios geográficos –arriesgó uno de nosotros, cuando cierta noche, después de nuestras cotidianas excursiones de pesca, nos hallábamos reunidos en la biblioteca de Radspieller, que él, gentilmente, había puesto a nuestra disposición. –Casualmente hoy me enteré por medio de la vieja mandadera que lleva la correspondencia al otro lado del desfiladero, que corre el rumor de que en su juventud fue monje en un convento donde se flagelaba día y noche; algunos parecen afirmar, incluso, haber visto que su espalda está totalmente cubierta de cicatrices –intervino Mr. Finch, trayendo un novedoso aporte a una de las tantas conversaciones en las que se barajaban conjeturas en cuanto a la personalidad de. Hieronymus Radspieller–; y a propósito: ¿no les parece extraño que tarde tanto? Ya deben ser más de las once. –Hoy hay luna llena –dijo Giovanni Braccesco señalando con su mano mustia hacia la ventana, a través de la cual se divisaba la plateada franja de luz que se extendía sobre el lago–; nos será muy fácil ver su bote si nos asomamos.Al corto rato oímos pasos que subían la escalera; pero era Eshcuid, el botánico, que venía a reunirse con nosotros después de una de sus largas caminatas. Traía consigo una planta casi tan alta como él con flores de un azul acerado.–Este es sin duda el ejemplar más grande de esta especie que se haya encontrado jamás; nunca hubiese creído que un "matalobos azul" creciera en estas alturas –dijo lacónicamente y depositó la planta con un sin fin de precauciones sobre el alféizar de la ventana."Le va igual que a todos nosotros", pensé mientras lo observaba, y tuve la sensación de que Mr. Finch y Giovanni Braccesco estaban pensando en aquel momento lo mismo que yo, "viejo como es, anda de un lado a otro sobre esta tierra como alguien que debe buscar su propia tumba sin poderla nunca hallar; colecciona plantas que mañana estarán secas; ¿por qué?, ¿para qué? Parece no importarle. Sabe que su quehacer es estéril, como lo sabemos nosotros del nuestro, pero también a él lo debe haber desmoralizado la triste certeza de que todo lo que se comienza termina siendo inútil, tanto las empresas grandes como las pequeñas. Ya desde muy jóvenes comenzamos a ser como moribundos cuyos dedos tantean inquietos las ropas de la cama y que no saben de donde asirse; como moribundos que saben: la muerte está en esta habitación, qué importa entonces si en el momento mismo de morir las manos están plegadas o si están apretadas como puños".–¿Adonde piensa ir cuando acá haya terminado la temporada de pesca? –preguntó el botánico después de echarle una última mirada a su planta y sentándose lentamente junto a la mesa.Mr. Finch pasó los dedos de una mano por sus blancos cabellos, mientras con la otra seguía jugando distraídamente con un anzuelo; finalmente sé encogió de hombros sin levantar la vista.–No sé –contestó al rato Giovanni Braccesco, como si la pregunta hubiese estado dirigida a él.Debe haber pasado fácilmente una hora sin que habláramos una sola palabra; el silencio era tan total, que podía oír el latido de mis sienes. Por fin se abrió la puerta y en el vano de la misma quedaron enmarcados el cuerpo y la cara pálida y afeitada de Hieronymus Radspieiler. Su expresión era reposada y senil, como siempre, y su mano permaneció firme y tranquila mientras se servía una copa de vino y la alzaba como brindando a la salud de los presentes; pero en la habitación reinaba un clima de excitación contenida que había entrado, a mí no me cabía la menor duda, junto con él, transmitiéndose muy pronto a todos nosotros.Sus ojos –que siempre parecían cansados y que tenían la peculiaridad de que sus pupilas nunca se contraían ni se dilataban, como si no reaccionaran a la luz, igualitos a botones de chaleco con un punto negro en el centro, según Mr. Finch– hoy parecían afiebrados e inquietos y recorrían indecisos las paredes y los estantes de libros, sin quedar fijos en ninguna parte. Giovanni Braccesco promovió un tema de conversación y comenzó a hablar acerca de nuestros extraños métodos para pescar esos bagres viejísimos y gigantescos, totalmente cubiertos de musgo, que viven allá abajo, en las profundidades inescrutables del lago, rodeados de una noche sin principio ni fin, que desdeñan todo manjar que pueda brindarles la naturaleza y que sólo se interesan por las formas caprichosas y extravagantes que nacen de la imaginación de los pescadores: manos de lata plateada y brillosa que realizan movimientos extraños en el agua, o murciélagos de vidrio rojo que esconden entre sus alas los ganchos traicioneros.Hieronytnus Radspieller no prestaba atención. Para mí resultaba evidente qué sus ideas estaban en otra parte. Súbitamente estalló, era como cuando alguien se desprende violentamente de un secreto que ha estado guardando celosamente por demasiado tiempo y cuya fuerza sus labios ya no pueden contener:–Hoy, por fin mi sonda tocó fondo.Nosotros nos miramos consternados sin entender nada. Pero yo había quedado tan impresionado por la extraña emoción que había Vibrado en sus palabras, que no me pude concentrar enseguida en las explicaciones que nos dio a continuación acerca de los diversos procesos de medición y arqueo de aguas profundas: habría allí abajo –a muchas brazas de profundidad– torbellinos tan vertiginosos que rechazan cualquier sonda, la mantienen flotando en el agua e impiden que toque fondo, salvo que intervenga una coincidencia favorable. Y de pronto de su discurso se desprendió una frase como un disparo:–Esta es la parte más profunda de la tierra a la que pudo llegar un instrumento hecho por la mano del hombre. –Estas palabras se grabaron a fuego en mi conciencia, sin que yo pudiera hallar una razón por la cual me resultaran tan inquietantes. En ellas se ocultaba sin duda un doble sentido fantasmal y, por un instante, me pareció que por su boca alguien invisible se estaba dirigiendo a mí por medio de símbolos obscuros e indescifrables.Me era imposible quitar la vista de la cara de Radspieller; ¡qué espectral e irreal me pareció en ese momento! Si cerraba mis ojos podía verlo como aureolado por temblorosas llamitas azules; "los fuegos de San Telmo", pensé, "los fuegos de la muerte", y me vi obligado a apretar fuertemente los labios para que estas palabras, que me quemaban la lengua, no salieran de mi boca como un grito. Por mi mente comenzaron a pasar, como en un sueño, algunos párrafos pertenecientes a libros escritos por Radspieller que yo había leído en mis ratos de ocio, asombrado siempre por la cantidad de conocimiento que allí se evidenciaba, en algunas Partes daba rienda suelta a su odio contra la religión, la fe, la esperanza y todo lo que en la Biblia hay de promisión.Es el contragolpe –comprendí– que arroja su alma a las miserias de la tierra luego de un ascetismo ardiente y de una juventud atormentada por el éxtasis religioso: es el movimiento de péndulo propio del destino y que lanza a los hombres de la luz a la sombra. Me arranqué con violencia de ese adormecimiento paralizante que había hecho presa de mis sentidos, obligándome a prestar atención al relato de Radspieller, cuyo comienzo todavía despertaba en mí extraños ecos. En esos momentos sostenía en la mano la sonda de cobre haciéndola girar de tal manera que sus destellos brillaran a la luz de la lámpara, y mientras tanto iba diciendo:–Ustedes, apasionados de la pesca, afirman que es sumamente excitante sentir que al otro extremo del cordel, que después de todo nunca sobrepasa las 200 yardas, se ha enganchado un pez muy grande, y con gran expectación aguardan a que el monstruo aparezca en la superficie y les eche agua a la cara. Pero ahora imagínense esa misma sensación multiplicada por mil, y tal vez comprendan qué sentí yo cuando este trozo de metal me avisó por fin: he tocado fondo. Para mí fue lo mismo que si mi mano acabara de llamar a una puerta... Este es el fin de un trabajo que duró decenios –agregó en voz baja, como para sí, y de su voz parecía desprenderse una pregunta temerosa: "¿qué haré mañana?"–Y no es poco lo que para la ciencia significa el haber sondeado el punto de mayor profundidad sobre la tierra –intervino el botánico Eshcuid.–¡Ciencia... para la ciencia! –repetía Radspieller como ausente, mientras nos contemplaba, uno a uno–: ¡Qué me importa a mí la ciencia! –le espetó.Acto seguido se puso de pie apresuradamente. Y comenzó a pasearse por la habitación.–A usted la ciencia le importa tan poco como a mí, profesor –le dijo a Eshcuid, y sonó como una interpelación–. ¿Por qué no llama a las cosas por su nombre? Para nosotros la ciencia no es más que un pretexto para hacer algo, cualquier cosa, no importa qué; la vida, la terrible, despiadada vida, ha marchitado nuestras almas, nos ha robado nuestro propio yo, y entonces, para no estar gritando siempre de dolor, andamos detrás de caprichos pueriles para olvidar lo que perdimos. Para olvidar, nada más que para eso. ¡No nos engañemos más a nosotros mismos!Todos permanecíamos callados.–Pero a ello hay que agregarle otro sentido más –de pronto pareció invadirlo una inquietud casi salvaje–; me refiero a nuestros caprichos. Lo he ido viendo muy poco a poco: una suerte de instinto mental me dice que cada acto que realizamos posee un doble sentido mágico. Lo cierto es que no podemos hacer nada que no sea mágico... Yo sé muy bien cuál es la causa ñor la que he estado sondeando ascuas durante casi la mitad de mi vida. Y también sé qué significado tiene que por fin haya logrado llegar al fondo, comunicándome así mediante un cordel muy largo y muy fino y a través de todos los torbellinos, con un reino al cual no Podrán llegar los rayos de este sol maldito cuyo mayor placer es dejar morir de sed a sus criaturas. Lo que realicé hoy no deja de constituir un acontecimiento externo e intrascendente, pero a cualquiera que sepa ver e interpretar lo que hay detrás de las cosas más simples, le basta con la sombra informe que se dibuja contra la pared para saber quién se ha puesto delante de la lámpara –ahora me sonreía con mal disimulada sorna–, y a usted le voy a explicar en muy pocas palabras qué importancia adquiere en mi interior este acontecimiento exterior: finalmente he podido hallar lo que estaba buscando, de aquí en más estaré inmunizado para siempre contra las serpientes venenosas de la fe y la esperanza que sólo pueden vivir en la claridad; lo he sentido así con el brinco que dio mi corazón cuando hoy pude ver cumplida mi voluntad al tocar el fondo del lago con mi sonda de cobre. Un acontecimiento exterior e intrascendente me acaba de mostrar su cara interior.–¿Tan trágicas fueron las cosas que le ocurrieron en la vida, es decir, durante él tiempo en eme fue eclesiástico? –preguntó Mr. Finch, agregando muy despacio, casi murmurando–: ¿Cómo se explicaría si no que su alma haya quedado tan malherida?Radspieller no respondió y parecía estar viendo un cuadro recién surgido ante su vista; luego se sentó nuevamente junto a la mesa, posó su mirada en los rayos de luna que atravesaban la ventana y comenzó su relato como un sonámbulo, casi sin tomar aliento:–Nunca fui eclesiástico, pero ya desde muy joven había algo en mí, una ansiedad obscura y potente que me alejaba de las cosas terrenales. He vivido horas en que el rostro de la naturaleza se transformaba ante mis ojos en la máscara siniestra del diablo, en tanto que las montañas, el agua, el cielo, todo el paisaje e incluso mi propio cuerpo me parecieron ser los muros insalvables de una cárcel. A ningún niño lo va a impresionar demasiado que una nube pasajera arroje fugazmente su sombra sobre una pradera iluminada por el sol, pero a mí ya me acometía en aquel entonces un terror paralizante y me parecía que una mano invisible y violenta me estaba arrancando una venda de los ojos, permitiéndome ver hasta lo más profundo de ese mundo secreto y tormentoso habitado por millones de minúsculos seres vivientes, que ocultos tras las briznas y raíces de las yerbas, se destrozaban mutuamente movidos por el odio.Tal vez sólo se tratase de una insania hereditaria –mi padre murió sumido en el delirio religioso– que me impedía ver a la tierra de otro modo que no fuese como a una cueva de bandidos inundada de sangre. Poco a poco toda mi vida se fue convirtiendo en el tormento constante de sentir que mi alma se moría de sed. No podía dormir ni pensar, y tanto de día como de noche mis labios formaban temblando y sin parar, mecánicamente, siempre la misma frase: ¡Sálvanos de todo mal!... hasta, que un día la debilidad me venció y pendí el conocimiento.En el valle en que he nacido existe una secta religiosa llamada por todos «los Hermanos Azules», cuyos miembros, cuando sienten que su fin está cercano, se hacen enterrar vivos. Todavía puede verse el convento que mandaron construir y el escudo de piedra esculpido sobre la entrada principal: un acónito formado por cinco pétalos azules, de los cuales el superior se asemeja a una capucha de monje: el aconitum napellus, más conocido por «matalobos azul». Yo era un hombre muy joven cuando busqué refugio en esa orden... y casi un anciano cuando la abandoné.Detrás de los muros del convento hay un jardín en el que durante el verano florece un cantero repleto de esas flores azules de la muerte, y los monjes lo riegan con la sangre derramada por las Léridas que ellos mismos se producen. Cada uno tiene la obligación, al quedar incorporado a la comunidad, de plantar una de esas plantas, que al igual que en la ceremonia bautismal, recibe el nombre cristiano de quien la plantó. La mía se llamó Hieronymus y bebió de mi sangre mientras yo mismo me consumía durante años rogando en vano que se cumpliera el milagro de que el «jardinero invisible» regara las raíces de mi vida con una sola gota de agua. El contenido simbólico de este bautismo de sangre consiste en que el hombre plante mágicamente su alma en el jardín del Paraíso y que la fertilice con la sangre de sus deseos. Dice la leyenda, que sobre el sepulcro del fundador de aquella secta de ascetas, el también legendario cardenal Napellus, creció en una sola noche de luna llena uno de esos matalobos azules de una altura similar a la de un hombre: y que estaba totalmente cubierto de flores: y que cuando abrieron nuevamente la tumba, el cadáver había desaparecido. Se supuso por lo tanto que aquel santo varón se había convertido en esa planta y que de ella, la primera en el mundo, proceden todas las demás.Cuando en el otoño las flores se marchitaban, nosotros recolectábamos sus semillas venenosas muy similares a pequeños corazones humanos y que, según la doctrina secreta de los Hermanos Azules, son el «grano de mostaza» de la fe; quien la posee puede mover montañas, motivo por el cual... nosotros las comíamos. Y del mismo modo en que un veneno muy fuerte puede alterar el corazón de un hombre colocándolo entre la vida y la muerte, así se esperaba qué la esencia de la fe transformara nuestra sangre y se convirtiera en fuerza milagrosa en horas de miedo mortal y maravilloso éxtasis. Pero yo logré llegar con la sonda de mi conocimiento a profundidades mucho mayores que esas milagrosas metáforas, di un paso más allá y pude enfrentarme con la cuestión cara a cara: ¿Qué sucederá con mi sangre cuando haya quedado preñada por el veneno de la flor azul? Y entonces las cosas a mi alrededor cobraron vida, hasta las piedras al borde del camino me gritaron con mil voces diferentes: Una y otra vez, con el retorno de cada primavera, será vertida para que crezca una nueva planta venenosa que llevará tu propio nombre.Y a partir de ese mismo instante pude despojar de su máscara al vampiro que había estado alimentando dentro mío y me sentí presa de un odio inextinguible. Salí al jardín y con mis pies hundí en el suelo la planta que me había robado mi nombre Hieronymus y que se había cebado con mi propia vida. De ahí en adelante mi vida pareció estar sembrada de acontecimientos milagrosos. Aquella misma noche tuve una visión: se me apareció el cardenal Napellus, llevando en la mano –con los dedos en la misma posición de quien transporta una vela– el acónito azul con su flor de cinco pétalos. Sus rasgos eran los de un cadáver, sólo en su mirada brillaba indestructible la vida.Se parecía tanto a mí mismo que creí verme ante mi propio rostro, al punto de tocarme espantado la cara como quien insiste en querer comprobar la existencia del brazo que le acaba de ser arrancado por una explosión... Luego me llegué hasta el refectorio y encendido por mi odio violé el armario –que según había oído decir, contenía las reliquias del cardenal Napellus– con el firme propósito de destruirlas. Pero sólo encontré ese globo terráqueo que ven allí en la repisa. –Radspieller se levantó, fue a buscar el globo y lo colocó sobre la mesa, prosiguiendo luego su relato: –Lo llevé conmigo al huir del convento para hacerlo añicos y para que así no quedara nada de lo que alguna vez perteneciera al fundador de aquella secta.Más tarde cambié de idea y pensé que le haría sentir mucho más mi desprecio por él y su reliquia si la vendía y regalaba el dinero a una prostituta. Y así lo hice en cuanto se me presentó la ocasión. Desde entonces han pasado muchos años, pero yo no he dejado de pensar ni un solo minuto rastreando siempre las raíces invisibles de aquél otro acónito que envenena la sangre y los corazones de toda la humanidad, para poder arrancarlas de cuajo de mi propio corazón. Y como ya les dije al comenzar este relato, desde el momento mismo en que desperté a la claridad, fui tropezando con un milagro tras otro; pero yo me mantuve firme: ya no hubo fuego fatuo que me pudiera hacer volver al lodazal.Cuando comencé a coleccionar antigüedades ... todo lo que ustedes pueden ver en esta habitación proviene de aquella época de mi vida... me topé con diversos objetos que me hicieron recordar los obscuros ritos de origen gnóstico y del siglo de los camisardos; incluso el anillo de zafiros que llevo en este dedo –que tiene grabado el mismo acónito que sirve de emblema a los Hermanos Azules– llegó a mis manos casualmente mientras revisaba la tienda de un vendedor de alhajas antiguas ... y les aseguro que no despertó en mí ni los más remotos ecos de una emoción. Y el día en que un amigo me trajo de regalo este globo –el mismo que robé de un convento para luego venderlo y regalar el dinero obtenido, la reliquia del cardenal Napellus–, bueno, ese día no pude menos que reírme de esta amenaza pueril que parecía provenir de un azar absurdo y necio.No, hasta aquí, donde el aire es claro y transparente, ya no ha de llegarme nunca más el veneno de la fe y la esperanza; en estas alturas, donde sólo reinan los ventisqueros, el acónito azul no podrá crecer jamás. En mí tomó cuerpo la verdad con un sentido nuevo a través del viejo adagio: Quien quiera sondear las profundidades debe vivir en las alturas. Es por eso que no quiero bajar nunca más a ningún valle. Ahora he sanado; y aunque todos los milagros de los mundos angélicos me fuesen regalados, yo los arrojaría de mí como inservibles baratijas. Que el acónito azul siga siendo un medicamento ponzoñoso para los enfermos del corazón y los débiles habitantes de los valles; yo quiero vivir aquí arriba y morir a la vista de la rígida ley diamantina de las necesidades vitales inalterables, luz que no puede ser quebrada por ningún fantasma demoníaco. Yo seguiré sondeando y sondeando, sin meta y sin añoranza, alegre como un niño al que le basta con el juego y que aún no está apestado por la mentira según la cual la vida tiene objetivos más profundos; seguiré sondeando y sondeando... pero cada vez que logre tocar fondo se alzará en mí un grito de júbilo: siempre, siempre es tierra lo que toco, y nada más que tierra... esa orgullosa tierra que rechaza fríamente la traicionera luz del sol para devolverla al éter; la tierra que se mantiene fiel a sí misma por dentro y por fuera; del mismo modo que este globo terráqueo, la última triste herencia del gran cardenal Napellus, seguirá siendo siempre un tonto pedazo de madera, por fuera y por dentro.Y las negras fauces del lago me lo dirán siempre de nuevo: sobre la costra de la tierra siguen creciendo –nutridos por el sol– venenos espantosos, pero en su interior los abismos y los grandes precipicios permanecen inmunes, las profundidades se mantienen puras. –El rostro de Radspieller estaba desencajado a causa de la emoción que lo embargaba y su enfático discurso se quebró; ahora daba rienda suelta a su rencor. –Si yo pudiera expresar un único deseo y esperar que éste se cumpliera –gritó casi, apretando los puños–, desearía poder llegar con mi sonda hasta el centro mismo de la tierra, para poder gritarlo luego y que el mundo entero me escuchara: ¡Miren, miren: tierra y nada más que tierra!Nosotros levantamos la vista, asombrados por el repentino silencio que siguió al estallido.Ahora estaba en pie delante de la ventana.El botánico Eshcuid había sacado su lupa y se agachaba sobre el globo terráqueo; enseguida dijo en voz bien alta, como para disipar el malestar que entre todos nosotros habían despertado las últimas palabras de Radspieller:–Esta reliquia debe ser una falsificación y provenir, si no me equivoco demasiado, de este mismo siglo; aquí están señalados –y puso el dedo sobre América– los cinco continentes.Por más que esta frase haya sido dicha en un tono totalmente neutro y desapasionado, no logró quebrar la atmósfera deprimente en la que todos habíamos quedado aprisionados, y que se volvía más densa y amenazante según pasaban los segundos hasta convertirse en indisimulable angustia. Súbitamente, un olor dulce y perturbador, como de arraclán o adelfilla, invadió la habitación."Lo trae el viento desde el parque", quise decir, pero Eshcuid ya se había adelantado a mi desesperado intento por despejar ese aire de pesadilla que nos envolvía: había introducido la punta de una aguja en el globo y murmuraba algo como: "Es extraño que este lago, un punto tan minúsculo, figure en el mapa", y en ese mismo momento la voz de Radspieller volvió a despertar y lo interrumpió con tono agudo:–¿Alguien puede explicarme por qué ya no me persigue más de día y de noche... como antes la imagen de su eminencia el gran cardenal Napellus? En el Código Nazareno, el libro de los azules monjes gnósticos, escrito 200 años antes de Cristo, está la profecía para el neófito: "Quien riegue la planta mística con su propia sangre hasta el fin, será fielmente acompañado por ella hasta las mismas puertas de la vida eterna; pero al impío que ose arrancarla lo enfrentará cara a cara como la misma muerte, y su espíritu vagará sin derrotero para perderse en las tinieblas hasta que llegue la nueva primavera". ¿Dónde está el valor de estas palabras? ¿Se ha muerto acaso? Yo sólo les diré una cosa: contra mí se estrelló una profecía de dos milenios. ¿Por qué no viene a enfrentarme cara a cara para que yo pueda escupirle en la suya, a él, el cardenal Nap... –Un tartajeante estertor le arrancó a Radspieller la última sílaba de la boca; había visto la planta que el botánico colocara horas antes sobre el alféizar de la ventana y la miraba con ojos desorbitados.Mi primera intención fue la de levantarme y correr en su ayuda.Pero un grito de Giovanni Braccesco me retuvo:La corteza apergaminada del globo se había desprendido bajo la insistente presión de la aguja de Eshcuid del mismo modo en que se desprende la cascara de una fruta madura, y ante nosotros quedó al descubierto una gran esfera de cristal... En su interior podía verse el resultado de una obra de artesanía excepcional: la figura de un cardenal con capa y sombrero, que en la mano traía como quien porta una vela encendida una planta con flores de cinco pétalos de un azul acerado. Paralizado de espanto como estaba, apenas si atiné a girar la cabeza hacia donde se encontraba Radspieller.Estaba nuevamente parado junto a la ventana, rígido y cadavérico, y tan inmóvil como la estatuilla de la esfera de cristal; y como ella sostenía en su mano el acónito azul, en tanto que no podía quitar la vista del rostro del cardenal. Sólo el brillo de sus ojos revelaba que aún estaba vivo; pero nosotros comprendimos claramente que su espíritu se había hundido para ya nunca más volver en la noche de la demencia.Eshcuid, Mr. Finch, Giovanni Braccesco y yo nos despedimos a la mañana siguiente, casi sin palabras: las últimas horas de la noche anterior aún repercutían en nuestras mentes pesarosas y el desconcierto sellaba nuestros labios. He seguido viajando por el mundo, solo y sin plan previo, pero nunca me he vuelto a encontrar con ninguno de ellos.Una sola vez, después de muchos años, mi camino me llevó hasta aquella región: del castillo ya no quedaban más que los muros, pero entre las ruinas se extendía, quemado por el sol de las alturas, en un gran cantero azul: el Aconitum napellus".

Gustav Meyrink