"Estaba poniéndose el sol y el viento del atardecer arremolinaba las hojas secas y las impulsaba a lo largo de la estrecha calle, como si quisiera llevarlas hacia el oeste, para que asistiera al entierro del astro del día.
—¡Tonterías! —murmuró Henderson.
Y procuró apartar de su mente las ideas que habían estado inquietándole. Tal vez se debiesen a que aquel día era la víspera de la festividad de los Difuntos, y a que pronto caería la noche, la noche tan temida, antaño; porque se creía que con las primeras sombras empezarían a oírse los lúgubres lamentos de las almas en pena...
—¡Tonterías! —repitió Henderson, con aire tozudo.
Aquella noche no sería otra cosa que una más del otoño. Y la verdad era que ya iba siendo hora de que la llegada de esa noche recobrara su significado, o adquiriese uno nuevo. Que significase algo importante, en suma. En la Europa medieval, invadida por la superstición, millones de puertas se cerraban aquella noche para impedir la entrada de los espíritus y millones de plegarias eran musitadas por las almas de los difuntos, al par que se encendían millones de velas. En aquellos tiempos, pensaba Henderson, la llegada de la festividad resultaba impresionante. Los europeos de entonces vivían en un ambiente de terror, en un mundo poblado por demonios y vampiros. En aquellos tiempos, el alma de un ser humano tenía valor para sus semejantes. En cambio, el escepticismo de la época moderna la había despojado de ese valor, porque los hombres de los nuevos tiempos no concedían ya atención a los asuntos de su alma.
—¡Tonterías! —volvió a decir Henderson.
Pero no dejó de reconocer la vaciedad del comentario expresado, tan corriente en estos días de indiferencia total hacia los problemas anímicos. No obstante, y como hijo de su época, admitió que los tiempos habían cambiado, y se concentró en la idea que en aquel momento tenía más importancia para él: la de localizar la tienda de disfraces cuya dirección había encontrado en la guía telefónica, pues deseaba comprar una máscara para asistir al baile de aquella noche. Por eso siguió mirando atentamente los números de las puertas de la calle, hasta que los rojizos rayos del sol poniente, reflejándose en la fachada de un alto edificio, le mostraron el amplio cristal de un escaparate.
De pronto, Henderson notó que un escalofrío le recorría la espalda. Por supuesto que se encontraba frente a la tienda que buscaba y no ante la entrada del infierno. Entonces, ¿a qué se debía aquel rojizo resplandor que iluminaba todo el interior del local? Un resplandor siniestro, que prestaba horrenda apariencia a las caretas alineadas sobre el mostrador.
—El sol del atardecer —tranquilizóse, sonriendo levemente.
Y después de abrir la puerta avanzó hasta el fondo del local, sumido en profundo silencio. Notábase ese inconfundible olor que se percibe en recintos largo tiempo cerrados y mal ventilados; como debía de ser el de los sepulcros y...
—Tonterías —tornó a murmurar Henderson.
Y pensó que lo que su olfato percibía era el ambiente propio de un vulgar comercio poco frecuentado: naftalina, pieles viejas, cartón, polvo... Allá en los días de su niñez, Henderson había participado en funciones teatrales escolares y recordaba que había representado el papel de «Hamlet», viéndose obligado a sostener en sus manos una calavera. Pues bien, el recuerdo le sugirió una idea apropiada para la fiesta de aquella noche. Puesto que era la víspera de la Festividad de los Difuntos, no se disfrazaría de rajá ni de pirata ni de ninguna otra cosa por el estilo, sino de fiera, brujo, hombre-lobo... ¡Eso era lo que habría de hacer! Causar una tremenda impresión al «snob» de Lindstrom y a los cursis de sus invitados. Sonrió entonces, al figurarse las expresiones de horror y sorpresa que provocaría, cuando entrase en aquella casa vestido como un monstruo. Y un tanto impaciente, golpeó con los nudillos sobre el mostrador.
—¡Eh! ¿No hay nadie que atienda a los clientes?
Al pronto, no recibió respuesta. Luego, un apagado rumor sonó a sus espaldas y volvióse en redondo, mientras que pensaba que bien podrían encender la luz antes de que acabase de caer la noche. Acto seguido, Henderson abrió la boca y los ojos, en expresión de gran asombro, al ver un oscuro bulto que iba ascendiendo desde el suelo, envuelto en un rojizo resplandor...
—Tonterías —dijo una vez más.
Desde luego, la aparición no tenía nada de sobrenatural. No era más que el dueño de la tienda, un anciano de pálida faz, que subía por la escalera del sótano.
—Buenas noches —saludó el tendero—. Creo que me quedé dormido, ahí abajo. ¿Quería usted algo?
—Sí. He venido a buscar un disfraz para el baile de esta noche.
—Ya. ¿Qué desearía?
—Nada de particular, lo corriente en estos casos. Creo que en vista del carácter de la fiesta, me convendría comprar un disfraz de monstruo. ¿Tiene algo que se le parezca?
—Puedo enseñarle las máscaras.
—No, no. Yo me refiero a un disfraz completo, ¿comprende usted? Un disfraz de lobo humano, o algo semejante, pero quiero que sea auténtico.
—Exactamente, sí, señor —respondió el viejo tendero—. Au-tén-ti-co.
Henderson se preguntó por qué habría tenido que recalcar aquel viejo imbécil la última palabra.
—Creo que tengo lo que usted necesita —añadió el comerciante, con ligera sonrisa—, un disfraz adecuado para la fiesta de los difuntos.
—¿De qué se trata?
—Hum... ¿No ha considerado la oportunidad de disfrazarse hoy de vampiro?
—¿Como Drácula?
—Eso es, algo así como Drácula.
—No es mala idea, aunque, ¿cree que tengo tipo adecuado para ese disfraz?
El viejo observó por un instante al cliente y luego contestó:
—Los vampiros pueden tener cualquier aspecto, según tengo entendido. Y el suyo no está mal, para ese disfraz.
—Gracias por el cumplido —repuso Henderson, en tono burlón—. De todos modos, ¿cómo es el disfraz?
—¿Disfraz? No es más que un traje de etiqueta, o lo que quiera llevar puesto. Yo le suministraré la capa, una capa au-tén-ti-ca.
—¿Nada más que una capa?
—Nada más, pero se usa como un sudario. Es una mortaja, en realidad. Espere, ahora mismo se la enseñaré.
Se dirigió a la parte trasera del local, para bajar por la escalera del sótano. Al cabo de un par de minutos volvió a aparecer por la puerta-trampa y después de sacudir el polvo que la cubría, mostróle la capa, diciendo:
—Ésta es. ¡La auténtica!
—¿Auténtica?
—Efectivamente. Permítame que se la ponga. Obrará maravillas, ya lo verá.
Henderson notó el contacto del pesado paño en torno a sus hombros, antes de dar unos pasos para plantarse frente al espejo. Tal como había indicado el viejo comerciante, aquella prenda cambiaba notablemente su apariencia. Sus mejillas aparecían más prominentes, en contraste con el resto de su rostro, y sus ojos brillaban con extraño fulgor, sobre el fondo claro de su pálida tez, pero lo que más le impresionó fue la súbita sensación de frío que había experimentado al ponerle la capa el dueño de la tienda.
—Me la llevaré —dijo—. ¿Cuánto es?
—Se divertirá con ella, se lo aseguro.
—Así lo espero. ¿Cuánto cuesta el alquiler de esta capa?
—¿Qué le parecen cinco dólares?
—Bien.
El viejo recogió el dinero y retiró la capa de los hombros de Henderson, que volvió a sentir entonces calor en su cuerpo. Era muy posible que hiciera mucho frío en el sótano, porque la tela de aquella prenda estaba helada. Cuando el tendero le entregó el paquete, Henderson prometió:
—Mañana se la devolveré.
—¡Oh! No hace falta. La ha comprado usted. Ahora es suya.
—¿Mía? Pero...
—Es que voy a retirarme de los negocios, ¿sabe usted? Quédese con ella. Seguro que le servirá para otras cosas.
Henderson se encogió de hombros y salió de la tienda con el paquete bajo un brazo, un tanto inquieto por la fija mirada de aquel anciano, cuyos ojos no parpadeaban en ningún momento. Y lo raro fue que su inquietud no sólo no se disipó, sino que iba en aumento, hasta el punto de que al llegar las ocho, a punto estuvo de telefonear a Lindstrom para decirle que no podría asistir a la fiesta. Después de unos cuantos tragos de licor, Henderson se sintió más animado. Para ensayar su papel dio unos pasos por la habitación, se envolvió en la capa y puso varias veces expresión feroz ante el espejo. Y al fin, complacido con su terrorífico aspecto, bajó a la calle y detuvo un taxi, cuyo conductor se quedó mirándole con aire de asombro.
—Escuche bien la dirección que voy a indicarle —dijo Henderson, mientras se acomodaba en el asiento posterior.
El taxista, visiblemente impresionado y con trémula voz murmuró:
—Ssss... sí, señor.
En cuanto hubo oído las señas, el chófer puso el coche en marcha y empezó a recorrer las calles de la ciudad a gran velocidad. Divertido, el pasajero emitió una risita, pues no había dejado de advertir el efecto producido por su disfraz. Luego reparó en que el conductor no le perdía de vista, observándole por el retrovisor. «Buena señal —se dijo—. Cuando llegue a casa de Lindstrom voy a dar el golpe.» Y sin darse cuenta, profirió una burlona carcajada, que sonó con acento sepulcral. El impresionable taxista apretó el acelerador a fondo y no paró hasta que hubo llegado a su destino. Sólo se detuvo el tiempo preciso para cerrar la portezuela cuando se apeó el pasajero, y partió veloz, sin cobrar el importe del trayecto.
Al entrar en el ascensor, Henderson encontró a otros cuatro invitados y ninguno pareció reconocerle, a pesar de haber hablado con ellos en otras ocasiones. Tal circunstancia le satisfizo sobremanera y le indujo a sonreír torvamente. Resultábale curioso el afán de la gente de adoptar disfraces según sus reprimidos deseos. Las mujeres procuraban acentuar su figura, en tanto que los hombres se esforzaban por destacar su masculinidad, como por ejemplo, el que se vestía de torero. En el fondo, era triste que tantos seres humanos aprovechasen un baile de máscaras para imaginarse que eran lo que no habían sido nunca.
Los que iban en el ascensor eran hombres y mujeres de aspecto saludable. Henderson se sorprendió al darse cuenta de que estaba mirando intensamente uno de los sonrosados y regordetes brazos de la dama que se hallaba a su lado. Y acto seguido advirtió que los demás se habían apiñado en un ángulo, como si quisieran apartarse de él, como si les amedrentase su siniestra apariencia. «¿Qué diantres estará sucediendo? —preguntóse—. Primero, el taxista, y ahora, estos tontos, que incluso han dejado de hablar.» No tuvo tiempo de buscar una explicación razonable, porque en aquel momento se detuvo el ascensor. Abrióse la puerta y salieron todos al rellano, donde el propio Lindstrom recibió a los visitantes y les hizo pasar al vestíbulo en un lujoso departamento. Volvióse hacia Henderson y en tono de amigable sorpresa, exclamó:
—¡Vaya! ¿Qué es lo que tenemos aquí?
Era obvio que el dueño de la casa había bebido ya bastante, y añadió:
—¡Tómate una copa, Henderson! Yo la tomaré de la misma botella. Estás impresionante con ese disfraz. ¿De dónde has sacado un maquillaje tan...?
—¿Maquillaje? No me he maquillado.
—¿Ah, no? Bueno... claro, claro. Perdona, soy un tonto.
Henderson se preguntó si su amigo se habría vuelto loco. ¿Sería verdad, o se lo habría parecido solamente, que Lindstrom acababa de dar un paso atrás? ¿Y aquella mirada tan recelosa? Tal vez estuviese completamente borracho.
—Bueno —murmuró Lindstrom—. Te... te veré más tarde.
Y girando sobre sus talones, se alejó rápidamente en dirección al salón, de donde provenía un confuso rumor de música, risa y conversaciones en voz alta. Henderson se quedó con la vista fija en el abultado y rojizo cuello de su amigo, de su aterrorizado amigo. Porque no cabía duda que Lindstrom estaba temblando de miedo. Intrigado, Henderson se bebió de un solo trago el contenido de su copa, e inmediatamente fue a mirarse al espejo que adornaba un rincón del vestíbulo, pero no vio nada. Absolutamente nada. ¡La superficie del espejo no reflejaba su imagen!
Debo de haber bebido de más —se dijo, con aviesa sonrisa—. Allá en casa cuatro o cinco vasos de whisky, y ahora, este ron... Eso es lo que ocurre, que estoy tan borracho que no veo. O mejor dicho, veo visiones, como la de este ángel que ha llegado junto a mí.» Y volviéndose a medias, saludó:
—Hola, ángel.
—Hola —respondióle la bella y rubia joven que acababa de detenerse a su lado.
Henderson advirtió que tenía ojos muy azules y labios muy rojos. En tono serio le preguntó:
—¿Eres un ángel de verdad o se trata de una aparición?
—Es una aparición que se llama Sheila Darrly —respondió la joven—, y que le agradecerá que se aparte un momento del espejo, pues necesita empolvarse la nariz.
—Con muchísimo gusto se aparta Stephen Henderson —dijo, sonriendo.
La joven le dedicó un picaresco guiño antes de comenzar a empolvarse, pero al notar que la observaba con curiosidad, inquirió:
—¿No ha visto nunca cómo se ponen los polvos de tocador?
—No sabía que los ángeles los emplearan —contestóle Henderson—, pero no es raro. Hay muchas cosas que ignoro, con respecto a los ángeles. De ahora en adelante procuraré informarme convenientemente. No le extrañe que la siga por todas partes con una libreta de notas, para tomar apuntes y...
—¿Apuntes, un vampiro?
—¡Bueno! Pero soy un vampiro inteligente, no uno de aquellos monstruos de Transilvania que... Estoy seguro de que le agradará mi compañía.
—No lo dudo. Y desde luego que tiene usted tipo de vampiro. Claro que un ángel y un vampiro formarían una absurda pareja, ¿no cree?
—¡Oh! Podríamos reformarnos mutuamente. Por otra parte, tengo la sospecha de que es usted un poco diabólica. Con esa capa negra encima de su manto angelical... No será usted un ángel de las tinieblas, ¿verdad que no? Porque en lugar de haber bajado del cielo, podría provenir de mis sombrías mansiones.
Pese a su desparpajo, Henderson se sentía aturdido. Recordaba muchas de sus cínicas observaciones referentes al «flechazo», al enamoramiento instantáneo, así como su concepto de que el amor no existía, de que la gente no hacía más que imitar a los personajes de las novelas o películas cinematográficas en que se presentaban idilios, para actuar en consecuencia y fingir unos sentimientos que no experimentaban. Y he aquí que en aquel momento se sentía enamorado, perdidamente enamorado de un ángel de rubios cabellos y mirada arrobadora. Por lo visto, la chica notó lo que estaba sucediendo, pues con ligero retintín le preguntó:
—Espero que le satisfaga lo que ve.
—Tiene usted una intuición maravillosa, pero hay algo interesante que querría saber acerca de los ángeles: si saben bailar.
—Buena muestra de tacto, para proceder de un vampiro. ¿Pasamos al salón?
Tomados del brazo entraron los dos en la vasta estancia, donde los presentes charlaban animadamente y bebían, pero nadie bailaba. Algunas parejas se paseaban, en tanto que unos invitados disfrazados de gangsters simulaban atracos con risa y jarana. En suma, la clase de ambiente que tanto detestaba Henderson, por lo que reaccionando de súbito se envolvió en su negra capa e imprimió a sus facciones una torva expresión, mientras echaba a andar en ominoso silencio. A su paso, interrumpíanse las conversaciones y se oían algunos susurros:
—¿Quién es ese hombre?
—¿Has visto qué ojos?
—Es un vampiro...
El dueño de la casa, cada vez más embriagado, estaba junto a una llamativa morena disfrazada de Cleopatra. Henderson era amigo de Lindstrom y le agradaba su compañía, pero no podía soportarlo en fiestas como aquélla, a causa de su incorrecto comportamiento en lo tocante a la bebida.
—¡Oh, Dracula! —exclamó Lindstrom, alzando un brazo—. Perrrmíteme que te prrresente a una essstupenda be-beldad. Y tú... beldad... te prrrsentó a un buen amigo mío... El conde Drácula, que viene con su hija. También invité a su abuela; pero esta noche se encuentra atareada. Está celebrando una Ceremonia Negra... En... Hola, conde, ¿qué tal?
La morena abrió los ojos desmesuradamente y con fingido horror exclamó:
—¡Ooooh, Drácula! ¡Qué cara más espantosa! ¡Qué largos y afilados dientes!...
Lindstrom se dirigió a toda la concurrencia, para anunciar:
—¡Queridos amigos! ¡Aquí está el único vampiro real que queda en cautividad! ¡Drácula Henderson, el único vampiro con dentadura postiza!
En otras circunstancias, Henderson habría aplicado un potente y eficiente directo a la mandíbula de su amigo, pero entonces, con Sheila a su lado y en medio de una festiva reunión... Sería preferible soportar las bromas y mostrar buen talante. Y como no le faltaba correa, ¿por qué no podía seguir la corriente y actuar como un verdadero vampiro? Miró entonces a su bella acompañante y le dedicó una sonrisa. Luego se irguió tiesamente y entreabrió su capa, que continuaba tan fría como horas atrás, cuando la había comprado, y abrió los ojos, para fijar su penetrante mirada en el grueso cuello de Lindstrom. Como en sueños, notó que sus manos salían proyectadas hacia delante, en dirección a aquel carnoso cuello, cuyo dueño lanzó un alarido de espanto, como el chillido de una rata, de una rata gorda y repleta de sangre, como la sangre que sirve de alimento a los vampiros... sangre de aquella rata... del cuello de aquella rata que seguía chillando... con la cabeza caída hacia un costado, mientras los dientes de Henderson se acercaban a su cuello...
—¡Basta ya!
Había sido la seca y fría voz de Sheila. Y también fueron los dedos de la joven los que apretaron fuertemente un brazo de Henderson, que se volvió a mirarla, estupefacto. Lindstrom se había desplomado sobre una butaca y estaba enjugándose el sudor, mientras los demás contemplaban la escena con estupor.
—Muy bien hecho —murmuró la chica—. Que le sirva de lección.
Henderson exhaló un suspiro antes de encararse con los presentes, para decirles jocosamente:
—Señoras y caballeros, lo que acabo de hacer no ha sido más que una demostración de lo que ha afirmado nuestro querido amigo Lindstrom. Soy, en efecto, un vampiro. Y ahora que están ustedes advertidos, creo que no correrán peligro. Si hay un médico entre ustedes, podríamos arreglarnos con una transfusión de sangre, porque la verdad es que estoy desfallecido y necesito alimento.
La salida provocó risa general. Deshecha la tensión, todos reanudaron sus interrumpidas charlas. Y uno de los asistentes, que había bajado a la portería en busca de un periódico, aprovechó la oportunidad para imitar a un vendedor callejero y empezó a pregonar:
—¡Extra! ¡Con el siniestro de la Noche de Difuntos! ¡Extra!
Muchos de los invitados se precipitaron a su encuentro para arrebatarle diarios de las manos.
—¡Extra! ¡Con las últimas noticias sobre el incendio de la tienda de disfraces! ¡Lean el extra de esta noche, con información completa!
—Hasta luego, vampiro —dijo Sheila.
—Hasta luego —murmuró Henderson, prendido en sus bellos ojos.
Pero en seguida se estremeció. ¿Qué era lo que estaba anunciando aquel hombre? Un incendio en una tienda de disfraces. «Alrededor de las ocho de esta noche, los bomberos tuvieron que acudir a un establecimiento de la calle... no pudo dominarse el incendio... completamene destruido... se encontró un esqueleto en una...»
—¡No! —exclamó.
Pero siguió leyendo el resto de la información. Aquel esqueleto había aparecido en una caja que estaba debajo del establecimiento. Era un ataúd. También se encontraron otras dos cajas, vacías. El esqueleto estaba envuelto en una capa negra, que no fue dañada por las llamas. Seguían relatos de testigos presenciales, de vecinos que afirmaban que en aquella casa se habían verificado extraños ritos, que de vez en cuando entraban allí algunos individuos de aspecto sospechoso para comprar objetos raros, como filtros de amor, encantamientos y disfraces endemoniados.
La auténtcia capa, recordó Henderson. Eso era lo que había dicho aquel viejo. Y también: «Voy a retirarme de los negocios... Tal vez le sirva para otras cosas.» Presa de honda desazón, encaminóse al vestíbulo, para detenerse ante el espejo. Consternado, se llevó una mano a la cara, a fin de resguardarse de la mirada reflejada que no podía ver. Porque los vampiros no se reflejan en los espejos. No era extraño que asustara tanto a la gente. Ni que sus manos se sintiesen atraídas hacia los cuellos de las personas, como sucedió con Lindstrom. ¿Qué era lo que le había ocurrido?
¡La capa! Aquella capa, que había estado en un féretro, de donde la sacó el viejo cuando bajó al sótano para buscarla. Aquella capa helada con el frío de la muerte le había transmitido sentimiento de un verdadero vampiro. Y estaba maldita, por haber amortajado el cuerpo de un monstruo condenado.
—Hola, querido amigo.
Sheila. Allí estaba Sheila, mirándole con expresión invitadora. Henderson notó una oleada de calor en el rostro, al par que se sentía invadido por una inefable sensación, mezcla de amor, de deseo... y de hambre; hambre suscitada por aquella nacarada piel, por aquellos labios tentadores. ¡Nunca! ¡Jamás haría semejante cosa! Su amor debía triunfar sobre cualquier nefanda pasión. Con brusco e instintivo movimiento, se despojó de la capa e inmediatamente se sintió aliviado, libre de negros pensamientos. La joven sonrió levemente y se quitó la suya, en tanto comentaba:
—¿Qué? ¿Cansado del disfraz?
—Ángel... —susurró él.
—Diablo —respondió Sheila, con tonillo burlón.
Un momento después estaban estrechamente abrazados. Henderson había recogido la negra capa de la chica y la llevaba al brazo, junto con la suya. Cuando dejaron de besarse, Henderson, mientras llevaba a Sheila hacia el ascensor, propuso:
—¿Y si saliéramos a respirar un poco?
—¿Adónde? ¿A la calle?
—No. No quiero que vayamos a mis mansiones, sino a las tuyas.
—¿A la azotea?
—Exactamente, mi ángel. Quiero hablarte allí, sobre el fondo de tu propio cielo. Quiero besarte cerca de las nubes y de las estrellas.
En la alta terraza Henderson enlazó a la chica por el talle y la condujo hasta el parapeto.
—Un ángel y un diablo —murmuró la joven—. ¡Qué pareja! ¿Cómo saldrán nuestros chicos? ¿Con halos o con cuernos?
—Con las dos cosas, quizás.
Abajo quedaron Lindstrom y sus bulliciosos invitados. En cambio, allí, en la azotea, reinaba la templada noche del otoño, sin música estridente, sin bebidas ni charla insustancial. Una noche como tantas otras, hecha para el amor y presidida por el disco de la Luna. No obstante, la brisa que soplaba no resultaba muy agradable, y la joven se estremeció levemente.
—Tengo frío —dijo—. ¿Me das la capa?
Henderson recogió la prenda del borde del parapeto, donde la había colgado, y la deslizó sobre los hombros de su amada, a la que volvió a abrazar.
—Tu también tienes frío —advirtió Sheila—. Ponte la tuya.
«Ponerse otra vez aquella maldición...» Henderson dio un paso atrás, aterrado con el simple pensamiento de revestirse nuevamente con la aborrecible prenda, pero la chica tornó a pasarle los brazos alrededor del cuello y con mimosa entonación insistió:
—Póntela, no vayas a resfriarte.
Frío... Eso era lo que volvía a sentir Henderson en todo su cuerpo. El extraño frío que había percibido mientras llevaba puesta aquella capa. Bajó la vista hasta los labios de la chica, y otra vez le acometió el insensato deseo de mordérselos, de beber su sangre. No debía hacer eso. Amaba a Sheila como nunca habría supuesto que fuera capaz de amar. Y su amor tenía que vencer aquel incomprensible impulso. Por tanto, haciendo un esfuerzo la apartó de sí.
—Sheila —balbuceó—. Tengo que... tengo que decirte una cosa.
—Dime, querido.
—Sheila, por favor. Tú has leído la edición extra de esta noche...
—Sí —repuso la joven, sin dejar de mirarle a los ojos.
—Pues bien, yo... yo compré allí mi capa, ¿sabes? Y ya has visto lo que sucedió con Lindstrom. No era ficción, sino realidad. Yo quería, realmente, chuparle la sangre. No puedo explicarte a qué se debió eso ni... Creo que esa capa es la culpable de tan extraña reacción.
Sheila seguía mirándole con expresión de intenso cariño, sin inmutarse en absoluto por lo que acababa de escuchar. ¿Es que no le creía? ¿O se figurarla, tal vez, que estaba bromeando?
—Yo te quiero, Sheila. Créeme. Estoy loco por ti.
—Ya lo sé.
—Por eso quiero demostrártelo, y demostrármelo a mí mismo, que lo que siento por ti es verdadero amor. Para convencerme necesito volver a ponerme esa capa. Si mi amor es tan inmenso como yo creo, vencerá a todo otro impulso y te besaré, pero en caso de que la maldición fuera más potente y yo... y yo empezara a morderte, ¡apártate en seguida y huye, cariño mío! ¿Comprendes el significado de este experimento? Quiero comprobar que te quiero más allá de cualquier posible influjo maligno, que te querré eternamente. ¿Tie... tienes miedo?
—No.
—Seguro que creerás que estoy loco.
—Tampoco.
—Entonces.
La impasible actitud de la joven desconcertaba a Henderson, que se quedó mirándola en silencio, hasta que Sheila soltó una risita y se abrazó a él, acariciándole suavemente la nuca y susurrando:
—Ya lo sabía, querido. Lo supe en cuanto te miré por el espejo, la primera vez. Entonces me di cuenta de que tenías una capa igual que la mía... porque yo compré la mía en el mismo comercio.
Henderson se sorprendió al ver que los labios de Sheila eludían los suyos cuando intentó besarla. Luego notó el agudo contacto de los dientes de la chica en su garganta, seguido por una sensación de debilidad... y por el negro abismo de la completa inconsciencia".
Robert Bloch
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
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sábado, 24 de octubre de 2015
miércoles, 21 de enero de 2015
"El Vampiro Estelar"
"Confieso que sólo soy un simple escritor de relatos fantásticos. Desde mi más temprana infancia me he sentido subyugado por la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito. Los temores innominables, los sueños grotescos, las fantasías más extrañas que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un poderoso e inexplicable atractivo para mí. En literatura, he caminado con Poe por senderos ocultos; me he arrastrado entre las sombras con Machen; he cruzado con Baudelaire las regiones de las hórridas estrellas, o me he sumergido en las profundidades de la tierra, guiado por los relatos de la antigua ciencia. Mi escaso talento para el dibujo me obligó a intentar describir con torpes palabras los seres fantásticos que moran en mis sueños tenebrosos. Esta misma inclinación por lo siniestro se manifestaba también en mis preferencias musicales. Mis composiciones favoritas eran la Suite de los Planetas y otras del mismo género. Mi vida interior se convirtió muy pronto en un perpetuo festín de horrores fantásticos, refinadamente crueles. En cambio, mi vida exterior era insulsa. Con el transcurso del tiempo, me fui haciendo cada vez más insociable, hasta que acabé por llevar una vida tranquila y filosófica en un mundo de libros y sueños.
El hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por naturaleza, de todo trabajo manual, me sentí desconcertado en mi adolescencia ante la necesidad de elegir una profesión. Mi tendencia a la depresión vino a complicar las cosas, y durante algún tiempo estuve bordeando el desastre económico más completo. Entonces fue cuando me decidí a escribir.
Adquirí una vieja máquina de escribir, un montón de papel barato y unas hojas de carbón. Nunca me preocupó la búsqueda de un tema. ¿Qué mejor venero que las ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría sobre temas de horror y oscuridad y sobre el enigma de la Muerte. Al menos, en mi inexperiencia y candidez, éste era mi propósito.
Mis primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis resultados quedaron lastimosamente lejos de mis soñados proyectos. En el papel, mis fantasías más brillantes se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados adjetivos, y no encontré palabras de uso corriente con que expresar el terror portentoso de lo desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron mediocres, vulgares; las pocas revistas especializadas de este género los rechazaron con significativa unanimidad. Tenía que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé a ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé laboriosamente las palabras, las frases y las estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé duramente en ello. Pronto aprendí lo que era sudar. Y por fin, uno de mis relatos fue aceptado; después un segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencé a dominar los trucos más elementales del oficio, y comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con cierta claridad. Retorné con el ánimo más ligero a mi vida de ensueños y a mis queridos libros. Mis relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para subsistir, y durante cierto tiempo no pedí más a la vida. Pero esto duró poco. La ambición, siempre engañosa, fue la causa de mi ruina.
Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y estereotipados que producía para las revistas, sino una verdadera obra de arte. La creación de semejante obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no era un buen escritor, pero ello no se debía enteramente a mis errores de estilo. Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido. Los vampiros, hombres-lobos, los profanadores de cadáveres, los monstruos mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imágenes vulgares, el empleo rutinario de adjetivos, y un punto de vista prosaicamente antropocéntrico, eran los principales obstáculos para producir un cuento fantástico realmente bueno. Debía elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente teratológico, algo monstruosamente increíble!
Estaba ansioso por aprender las canciones que cantaban los demonios al precipitarse más allá de las regiones estelares, por oír las voces de los dioses antiguos susurrando sus secretos al vacío preñado de resonancias. Deseaba vivamente conocer los terrores de la tumba, el roce de las larvas en mi lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba hacer mías las vivencias que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía en deseos de aprender la sabiduría que sólo el gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se realizarían cabalmente. Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita de los montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte y con un místico de Nueva Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia extraña. Primero me citó con mucha reserva algunos pasajes del legendario Necronomicón, luego se refirió a cierto Libro de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por su carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes que recogían el terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara demasiado en mis indagaciones. Me dijo que, como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas, por lo que decidió apartarse prudentemente de las ciencias negras y prohibidas. Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en proporcionarme los nombres de ciertas personas que a su juicio podrían ayudarme en mis investigaciones. Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez; gozaba de una sólida reputación en los círculos intelectuales más exquisitos, y yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado de mi iniciativa. Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una masiva campaña postal con el fin de conseguir los libros deseados. Dirigí mis cartas a varias universidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos de nombres oscuros y sonoros. Pero aquella labor estaba destinada al fracaso. Sus respuestas fueron manifiestamente hostiles. Estaba claro que quienes poseían semejante ciencia se enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen develados por un intruso.
Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenas de amenazas, e incluso una llamada telefónica verdaderamente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue darme cuenta de que mis esfuerzos habían resultado fallidos. Negativas, evasivas, desaires, amenazas.... ¡aquello no me servía de nada! Debía buscar por otra parte. ¡Las librerías! Quizá descubriese lo que buscaba en algún estante olvidado y polvoriento. Entonces comencé una cruzada interminable. Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad. En ninguna de las librerías que visité habían oído hablar del espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni del inquietante Cultes des Goules. La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de la calle South Dearborn, en unas estanterías arrinconadas, acabé por encontrar lo que estaba buscando. Allí, encajado entre dos ediciones centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano, se leía el título, De Vermis Mysteriis, "Misterios del Gusano". El propietario no supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par de años en algún lote de libros de segunda mano. Era evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo vendió por un dólar. Encantado por su inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me despidió con amable satisfacción.
Yo me marché apresuradamente con mi precioso botín debajo del brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía referencias del libro. Su autor era Ludvig Prinn, y había perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban en su apogeo. Había sido un personaje extraño, alquimista, nigromante y mago de gran reputación; alardeaba de haber alcanzado una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder secular. De él se decía que se proclamaba el único superviviente de la novena cruzada, y exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo cierto es que, en los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre los caballeros servidores de Monserrat, pero los incrédulos lo seguían considerando como un chiflado y un impostor, a lo sumo descendiente de aquel famoso caballero. Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en que había estado cautivo entre los brujos y encantadores de Siria, y hablaba a menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino en Alejandría. En todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes, su tierra natal, habitando -lugar muy adecuado- las ruinas de un sepulcro prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que allí moraba en las sombras, rodeado de demonios familiares y terribles sortilegios. Aún se conservan manuscritos que dicen, en forma un tanto evasiva, que era asistido por "compañeros invisibles" y "servidores enviados de las estrellas". Los campesinos evitaban pasar la noche por el bosque donde habitaba, no le gustaban ciertos ruidos que resonaban cuando había luna llena, y preferían ignorar qué clase de seres se prosternaban ante los viejos altares paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más oscuro del bosque. Sea como fuere, después de ser apresado Prinn por los esbirros de la Inquisición, nadie vio las criaturas que había tenido a su servicio. Antes de destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y no encontraron nada. Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas... todo había desaparecido de la manera más misteriosa. Hicieron un minuciosos reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre fresca en los altares, y también en el potro de tormento. Pero ni con las más atroces torturas lograron romper su silencio. Por último, cansados de interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra. Y fue durante su prisión, mientras aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y horrible, De Vermis Mysteriis, conocido hoy por los "Misterios del Gusano". Nadie se explica cómo pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero un año después de su muerte, el texto fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se habían distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se hizo una nueva edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera auténtico el texto original latino. A lo largo de los siglos, han sido muy pocos los que han tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro. Los secretos del viejo mago sólo son conocidos hoy por algunos iniciados, quienes, por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos.
Esto era, en resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun como mero coleccionista, el libro representaba un hallazgo fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar su contenido, porque estaba en latín. Como sólo conozco unas cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante poseer aquel tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo.
Por un momento, me sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un texto de semejante naturaleza en manos de un latinista de la localidad. Más tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi amigo para solicitar ayuda? Él era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían menos que a otros. Sin pensarlo más le escribí apresuradamente y muy poco después recibí su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por encima de todo, debía ir inmediatamente.
Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano bastante caro. La planta baja era una maravilla de ambiente colonial. El piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado e iluminado por una amplia ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí reflexionamos durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a la gran ventana abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en que la niebla llenaba la vacía oscuridad de sombras aladas. Todavía puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación iluminada por la luz de la lámpara, la mesa grande, las sillas de alto respaldo... Los libros tapizaban las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores especiales. Mi amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina una apariencia furtiva. En el ambiente flotaba como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse. Mi compañero era sensible también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que hacía llamear sus ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a moho que desprendían sus páginas antiguas traía consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus hojas descoloridas estaban carcomidas por los bordes. Su encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo alimento habitual fuera singularmente horrible.
Aquella noche había contado a mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su presencia. Al principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su traducción. Ahora, en cambio, vacilaba. Insistía en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se ocultaban en sus páginas, o qué males podían sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber demasiado. Muchos hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas páginas. Me rogó que abandonara mi investigación, ahora que no lo había leído aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más saludables. Fui un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos echar al menos una mirada al contenido de nuestro tesoro. Comencé a pasar hojas. El resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas, impreso en gruesos caracteres latinos... y nada más, ninguna ilustración, ningún grabado alarmante. Mi amigo no pudo resistir la tentación de saborear semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para echar una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés, empezó a leer en voz baja algunas frases en latín. Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y se puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al inglés.
Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico expresaba una concentración total en los viejos caracteres que cubrían las páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban como una letanía del diablo; luego, su voz se debilitaba hasta convertirse en un siseo de víbora. Yo tan sólo comprendía algunas frases sueltas porque, en su ensimismamiento, parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a hechizos y encantamientos. Recuerdo que el texto aludía a ciertos dioses de la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba estaba formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres terribles. Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso de una gran agitación. Con voz chillona y excitada me preguntó si recordaba las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos sobre servidores invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin comprender la causa de su repentino frenesí. Entonces me explicó el motivo de su agitación. En el libro, en un capítulo que trataba de los demonios familiares, había encontrado una especie de plegaria o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles servidores desde los espacios ultraterrestres. Ahora lo iba a escuchar, él me lo leería. Yo permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces, por qué no trataría de escapar o de arrancarle de las manos aquel códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba, mientras mi amigo, con voz quebrada por la violenta excitación, leía una larga y sonora invocación:
Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum
nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum...
El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas de terror y muerte; temblaron como llamas en el aire tenebroso y contagiaron su fuego letal a mi cerebro. Los acentos atronadores de mi amigo producían un eco infinito, más allá de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a través de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones exteriores a toda dimensión en busca de su oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a reflexionar. Y aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo en nuestra habitación, cuando sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando un viento repentino que no era de este mundo. En él cabalgaba como un plañido, como una nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se convirtió en una pálida máscara de terror. Luego, las paredes crujieron y las hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos. Desde la nada que se abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica brisa, unas carcajadas histéricas, que parecían producto de la más completa locura. Aquellas carcajadas que no profería boca alguna alcanzaron la última quintaesencia del horror.
Lo demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar, manoteando como si quisiera zafarse del vacío. A la luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás, en el aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente, sus huesos se rompieron con un chasquido horrible y su figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora provenía de dentro de la habitación!
Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en mi silla, con los ojos clavados en aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí. Mi amigo empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo combado, suspendido en el espacio, se dobló nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor.
Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el aire, y cesó la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo. Dominado por en vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentina e inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso vampiro que yo no podía ver?
Después, aún tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último, cayó en el suelo y quedó horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso. Junto a la ventana, en el rincón, se hizo visible un resplandor rojizo... sangriento. Muy despacio, pero en forma continua, la silueta de la Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la trama de la invisible entidad de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina palpitante, húmeda y roja, una burbuja escarlata con miles de apéndices, unas bocas que se abrían y cerraban con horrible codicia... Era una cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro, sin ojos, una especie de buche ávido, dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la que se había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era espectáculo para presenciarlo un humano.
Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró ante mis ojos. Con un desprecio total por el cadáver fláccido que yacía en el suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido, y se dirigió a la ventana con rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana, arrastrada por las ráfagas del viento, mientras regresaba a los abismos de donde había venido.
Eso fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En la pared había huellas de sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una calavera ensangrentada vuelta hacia las estrellas.
Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de prenderle fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía que las llamas destruirían toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me conocía ni me había visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que huí antes de que las llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas, sin rumbo, por las torcillas calles, sacudido por una risa idiota, cada vez que divisaba las estrellas inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban furtivamente a través de los desgarrones de la niebla fantasmal.
Al cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado para tomar el tren. Durante el largo viaje de regreso, estuve tranquilo, y lo he estado igualmente ahora, mientras escribía esta relación de los hechos. Tampoco me alteré cuando leí en la prensa la noticia de que mi amigo había fallecido en un incendio que destruyó su vivienda.
Solamente a veces, por la noche, cuando brillan las estrellas, los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco laberinto de horror y locura. Entonces tomo drogas, en un vano intento por disipar los recuerdos que me asaltan mientras duermo. Pero esto tampoco me preocupa demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo aquí.
Tengo la certeza de que veré, una vez más, aquella temblorosa entidad de las estrellas. Estoy convencido de que pronto volverá para llevarme a esa negrura que es hoy morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que llegue ese día, porque entonces aprenderé yo también, de una vez para siempre, los Misterios del Gusano".
Robert Bloch
El hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por naturaleza, de todo trabajo manual, me sentí desconcertado en mi adolescencia ante la necesidad de elegir una profesión. Mi tendencia a la depresión vino a complicar las cosas, y durante algún tiempo estuve bordeando el desastre económico más completo. Entonces fue cuando me decidí a escribir.
Adquirí una vieja máquina de escribir, un montón de papel barato y unas hojas de carbón. Nunca me preocupó la búsqueda de un tema. ¿Qué mejor venero que las ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría sobre temas de horror y oscuridad y sobre el enigma de la Muerte. Al menos, en mi inexperiencia y candidez, éste era mi propósito.
Mis primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis resultados quedaron lastimosamente lejos de mis soñados proyectos. En el papel, mis fantasías más brillantes se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados adjetivos, y no encontré palabras de uso corriente con que expresar el terror portentoso de lo desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron mediocres, vulgares; las pocas revistas especializadas de este género los rechazaron con significativa unanimidad. Tenía que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé a ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé laboriosamente las palabras, las frases y las estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé duramente en ello. Pronto aprendí lo que era sudar. Y por fin, uno de mis relatos fue aceptado; después un segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencé a dominar los trucos más elementales del oficio, y comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con cierta claridad. Retorné con el ánimo más ligero a mi vida de ensueños y a mis queridos libros. Mis relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para subsistir, y durante cierto tiempo no pedí más a la vida. Pero esto duró poco. La ambición, siempre engañosa, fue la causa de mi ruina.
Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y estereotipados que producía para las revistas, sino una verdadera obra de arte. La creación de semejante obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no era un buen escritor, pero ello no se debía enteramente a mis errores de estilo. Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido. Los vampiros, hombres-lobos, los profanadores de cadáveres, los monstruos mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imágenes vulgares, el empleo rutinario de adjetivos, y un punto de vista prosaicamente antropocéntrico, eran los principales obstáculos para producir un cuento fantástico realmente bueno. Debía elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente teratológico, algo monstruosamente increíble!
Estaba ansioso por aprender las canciones que cantaban los demonios al precipitarse más allá de las regiones estelares, por oír las voces de los dioses antiguos susurrando sus secretos al vacío preñado de resonancias. Deseaba vivamente conocer los terrores de la tumba, el roce de las larvas en mi lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba hacer mías las vivencias que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía en deseos de aprender la sabiduría que sólo el gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se realizarían cabalmente. Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita de los montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte y con un místico de Nueva Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia extraña. Primero me citó con mucha reserva algunos pasajes del legendario Necronomicón, luego se refirió a cierto Libro de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por su carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes que recogían el terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara demasiado en mis indagaciones. Me dijo que, como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas, por lo que decidió apartarse prudentemente de las ciencias negras y prohibidas. Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en proporcionarme los nombres de ciertas personas que a su juicio podrían ayudarme en mis investigaciones. Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez; gozaba de una sólida reputación en los círculos intelectuales más exquisitos, y yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado de mi iniciativa. Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una masiva campaña postal con el fin de conseguir los libros deseados. Dirigí mis cartas a varias universidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos de nombres oscuros y sonoros. Pero aquella labor estaba destinada al fracaso. Sus respuestas fueron manifiestamente hostiles. Estaba claro que quienes poseían semejante ciencia se enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen develados por un intruso.
Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenas de amenazas, e incluso una llamada telefónica verdaderamente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue darme cuenta de que mis esfuerzos habían resultado fallidos. Negativas, evasivas, desaires, amenazas.... ¡aquello no me servía de nada! Debía buscar por otra parte. ¡Las librerías! Quizá descubriese lo que buscaba en algún estante olvidado y polvoriento. Entonces comencé una cruzada interminable. Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad. En ninguna de las librerías que visité habían oído hablar del espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni del inquietante Cultes des Goules. La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de la calle South Dearborn, en unas estanterías arrinconadas, acabé por encontrar lo que estaba buscando. Allí, encajado entre dos ediciones centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano, se leía el título, De Vermis Mysteriis, "Misterios del Gusano". El propietario no supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par de años en algún lote de libros de segunda mano. Era evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo vendió por un dólar. Encantado por su inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me despidió con amable satisfacción.
Yo me marché apresuradamente con mi precioso botín debajo del brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía referencias del libro. Su autor era Ludvig Prinn, y había perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban en su apogeo. Había sido un personaje extraño, alquimista, nigromante y mago de gran reputación; alardeaba de haber alcanzado una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder secular. De él se decía que se proclamaba el único superviviente de la novena cruzada, y exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo cierto es que, en los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre los caballeros servidores de Monserrat, pero los incrédulos lo seguían considerando como un chiflado y un impostor, a lo sumo descendiente de aquel famoso caballero. Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en que había estado cautivo entre los brujos y encantadores de Siria, y hablaba a menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino en Alejandría. En todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes, su tierra natal, habitando -lugar muy adecuado- las ruinas de un sepulcro prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que allí moraba en las sombras, rodeado de demonios familiares y terribles sortilegios. Aún se conservan manuscritos que dicen, en forma un tanto evasiva, que era asistido por "compañeros invisibles" y "servidores enviados de las estrellas". Los campesinos evitaban pasar la noche por el bosque donde habitaba, no le gustaban ciertos ruidos que resonaban cuando había luna llena, y preferían ignorar qué clase de seres se prosternaban ante los viejos altares paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más oscuro del bosque. Sea como fuere, después de ser apresado Prinn por los esbirros de la Inquisición, nadie vio las criaturas que había tenido a su servicio. Antes de destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y no encontraron nada. Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas... todo había desaparecido de la manera más misteriosa. Hicieron un minuciosos reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre fresca en los altares, y también en el potro de tormento. Pero ni con las más atroces torturas lograron romper su silencio. Por último, cansados de interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra. Y fue durante su prisión, mientras aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y horrible, De Vermis Mysteriis, conocido hoy por los "Misterios del Gusano". Nadie se explica cómo pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero un año después de su muerte, el texto fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se habían distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se hizo una nueva edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera auténtico el texto original latino. A lo largo de los siglos, han sido muy pocos los que han tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro. Los secretos del viejo mago sólo son conocidos hoy por algunos iniciados, quienes, por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos.
Esto era, en resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun como mero coleccionista, el libro representaba un hallazgo fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar su contenido, porque estaba en latín. Como sólo conozco unas cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante poseer aquel tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo.
Por un momento, me sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un texto de semejante naturaleza en manos de un latinista de la localidad. Más tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi amigo para solicitar ayuda? Él era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían menos que a otros. Sin pensarlo más le escribí apresuradamente y muy poco después recibí su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por encima de todo, debía ir inmediatamente.
Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano bastante caro. La planta baja era una maravilla de ambiente colonial. El piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado e iluminado por una amplia ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí reflexionamos durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a la gran ventana abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en que la niebla llenaba la vacía oscuridad de sombras aladas. Todavía puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación iluminada por la luz de la lámpara, la mesa grande, las sillas de alto respaldo... Los libros tapizaban las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores especiales. Mi amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina una apariencia furtiva. En el ambiente flotaba como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse. Mi compañero era sensible también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que hacía llamear sus ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a moho que desprendían sus páginas antiguas traía consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus hojas descoloridas estaban carcomidas por los bordes. Su encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo alimento habitual fuera singularmente horrible.
Aquella noche había contado a mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su presencia. Al principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su traducción. Ahora, en cambio, vacilaba. Insistía en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se ocultaban en sus páginas, o qué males podían sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber demasiado. Muchos hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas páginas. Me rogó que abandonara mi investigación, ahora que no lo había leído aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más saludables. Fui un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos echar al menos una mirada al contenido de nuestro tesoro. Comencé a pasar hojas. El resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas, impreso en gruesos caracteres latinos... y nada más, ninguna ilustración, ningún grabado alarmante. Mi amigo no pudo resistir la tentación de saborear semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para echar una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés, empezó a leer en voz baja algunas frases en latín. Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y se puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al inglés.
Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico expresaba una concentración total en los viejos caracteres que cubrían las páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban como una letanía del diablo; luego, su voz se debilitaba hasta convertirse en un siseo de víbora. Yo tan sólo comprendía algunas frases sueltas porque, en su ensimismamiento, parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a hechizos y encantamientos. Recuerdo que el texto aludía a ciertos dioses de la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba estaba formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres terribles. Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso de una gran agitación. Con voz chillona y excitada me preguntó si recordaba las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos sobre servidores invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin comprender la causa de su repentino frenesí. Entonces me explicó el motivo de su agitación. En el libro, en un capítulo que trataba de los demonios familiares, había encontrado una especie de plegaria o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles servidores desde los espacios ultraterrestres. Ahora lo iba a escuchar, él me lo leería. Yo permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces, por qué no trataría de escapar o de arrancarle de las manos aquel códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba, mientras mi amigo, con voz quebrada por la violenta excitación, leía una larga y sonora invocación:
Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum
nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum...
El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas de terror y muerte; temblaron como llamas en el aire tenebroso y contagiaron su fuego letal a mi cerebro. Los acentos atronadores de mi amigo producían un eco infinito, más allá de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a través de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones exteriores a toda dimensión en busca de su oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a reflexionar. Y aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo en nuestra habitación, cuando sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando un viento repentino que no era de este mundo. En él cabalgaba como un plañido, como una nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se convirtió en una pálida máscara de terror. Luego, las paredes crujieron y las hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos. Desde la nada que se abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica brisa, unas carcajadas histéricas, que parecían producto de la más completa locura. Aquellas carcajadas que no profería boca alguna alcanzaron la última quintaesencia del horror.
Lo demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar, manoteando como si quisiera zafarse del vacío. A la luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás, en el aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente, sus huesos se rompieron con un chasquido horrible y su figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora provenía de dentro de la habitación!
Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en mi silla, con los ojos clavados en aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí. Mi amigo empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo combado, suspendido en el espacio, se dobló nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor.
Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el aire, y cesó la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo. Dominado por en vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentina e inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso vampiro que yo no podía ver?
Después, aún tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último, cayó en el suelo y quedó horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso. Junto a la ventana, en el rincón, se hizo visible un resplandor rojizo... sangriento. Muy despacio, pero en forma continua, la silueta de la Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la trama de la invisible entidad de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina palpitante, húmeda y roja, una burbuja escarlata con miles de apéndices, unas bocas que se abrían y cerraban con horrible codicia... Era una cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro, sin ojos, una especie de buche ávido, dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la que se había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era espectáculo para presenciarlo un humano.
Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró ante mis ojos. Con un desprecio total por el cadáver fláccido que yacía en el suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido, y se dirigió a la ventana con rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana, arrastrada por las ráfagas del viento, mientras regresaba a los abismos de donde había venido.
Eso fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En la pared había huellas de sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una calavera ensangrentada vuelta hacia las estrellas.
Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de prenderle fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía que las llamas destruirían toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me conocía ni me había visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que huí antes de que las llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas, sin rumbo, por las torcillas calles, sacudido por una risa idiota, cada vez que divisaba las estrellas inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban furtivamente a través de los desgarrones de la niebla fantasmal.
Al cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado para tomar el tren. Durante el largo viaje de regreso, estuve tranquilo, y lo he estado igualmente ahora, mientras escribía esta relación de los hechos. Tampoco me alteré cuando leí en la prensa la noticia de que mi amigo había fallecido en un incendio que destruyó su vivienda.
Solamente a veces, por la noche, cuando brillan las estrellas, los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco laberinto de horror y locura. Entonces tomo drogas, en un vano intento por disipar los recuerdos que me asaltan mientras duermo. Pero esto tampoco me preocupa demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo aquí.
Tengo la certeza de que veré, una vez más, aquella temblorosa entidad de las estrellas. Estoy convencido de que pronto volverá para llevarme a esa negrura que es hoy morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que llegue ese día, porque entonces aprenderé yo también, de una vez para siempre, los Misterios del Gusano".
Robert Bloch
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