"EL Hotel Orange se encuentra en High Street, cerca de la estación de ferrocarril, en Bloemfontein, Sudáfrica. El domingo 24 de enero de 1932, cuatro hombres se sentaron temblando de terror en una habitación de la tercera planta. Uno era George C. Tittleridge, propietario del hotel; otro era el agente de policía Ian De Witt; un tercero era Johanes Bogaert, el juez local; el cuarto y aparentemente el menos alterado del grupo, era el doctor Cornelius Van Keulen, el médico forense. En el suelo, desazonadoramente evidente gracias al sofocante calor del verano, estaba el cuerpo de un muerto… pero no era eso lo que los cuatro hombres temían. Sus miradas iban de la mesa, donde descansaba un curioso surtido de objetos, al techo, cuya superficie blanqueada estaba cruzada por series de grandes y vacilantes caracteres que de alguna forma habían sido garabateados con tinta y, a cada momento, el Doctor Van Keulen ojeaba furtivamente un usado cuaderno de notas de cuero que sostenía en su diestra. El horror de los cuatro parecía dividirse por igual entre el cuaderno, las torpes palabras del techo y una mosca de peculiar aspecto que flotaba muerta en una botella de amoníaco sobre la mesa. Asimismo, sobre ésta había un tintero abierto, un lápiz y un taco de papel, un maletín de médico, una botella de ácido clorhídrico y un vaso lleno en una cuarta parte con negro óxido de manganeso.
El gastado libro de tapas de cuero era el diario del muerto tendido en el suelo, y, rápidamente, quedó claro que el nombre “Frederick N. Mason, Prospecciones Mineras, Toronto, Canadá”, con el que había firmado el registro del hotel, era falso. Había otros hechos terribles hechos igualmente se hicieron evidentes; y aún otros mucho más terroríficos que se insinuaron odiosamente, sin llegar a clarificarse o ser incluido completamente creíbles. Fue la creencia a medias de los cuatro hombres, fomentada por vidas gastadas en la proximidad de los negros y ocultos misterios del África profunda, lo que les hizo temblar tan violentamente a pesar del bochornoso calor de enero. El cuaderno no era tan grande, y las anotaciones eran de buena caligrafía, que, no obstante, se volvía descuidada y nerviosa hacia el final. Estaba formado por una serie de apuntes irregularmente espaciados al principio, pero hacia el final se convertían en un diario. Llamar a esto diario no sería exactamente correcto, ya que registraba sólo una clase de las actividades de su autor. El doctor Van Keulen reconoció el nombre del difunto en un instante de abrir la cubierta, ya que pertenecía a un eminente miembro de su propia profesión que había estado ampliamente conectado con los asuntos africanos. En otro instante, quedó horrorizado al encontrar este nombre ligado a un vil crimen oficialmente sin resolver que había llenado los periódicos unos cuatro meses atrás. Y cuanto mas leía, más profundo se volvía su horror y espanto, así como sus sentimientos de aversión y pánico.
He aquí, en esencia, el texto que el doctor leyó en voz alta en aquella siniestra y progresivamente hedionda estancia, mientras los 3 hombres de su alrededor resollaban inquietos en sus sillas y lanzaban espantadas miradas al techo, la mesa y la cosa del suelo, y hacia algo más.
DIARIO DE THOMAS SLAUENWITE, M.D.
Sobre el castigo a Henry Sargent Moore, doctor en Filosofía de Brooklyn, Nueva York, profesor de Biología Invertebrada en la Universidad de Columbia, Nueva York, N.Y. Redactado para ser leído tras mi muerte, para la satisfacción de hacer público el cumplimiento de mi venganza, que de ninguna otra manera podría serme imputada, aun en el caso de tener éxito.
Enero 5 de 1929: Ahora estoy totalmente decidido a matar al doctor Henry Moore, y un reciente incidente me ha mostrado cómo hacerlo. Desde ahora, seguiré una constante línea de acción; de ahí que comience este diario. Apenas es necesario repetir las circunstancias que me han hecho tomar este camino, ya que la parte informada del público está familiarizada con los hechos más relevantes. Nací en Trenton, Nueva Jersey, el 12 abril de 1885, hijo del doctor Paul Slauenwite, originario de Pretoria, Transvaal, Sudáfrica. Estudié medicina según la tradición familiar y, siguiendo las recomendaciones de mi padre (muerto en 1916 mientras servía en el regimiento sudafricano destinado en Francia), me especialicé en fiebres africanas, y tras mi graduación en Columbia, dediqué mucho tiempo a investigaciones que me llevaron a Durban, Natal y al propio ecuador. En Mombasa, trabajé sobre una nueva teoría acerca de la transmisión y desarrollo de la fiebre intermitente, ayudado tan sólo ligeramente por la documentación del último médico gubernamental, sir Norman Sloane, que encontré en la casa en la que me albergaba. Al publicar mis resultados, pasé de golpe a ser una famosa autoridad. Se me habló de la posibilidad de lograr una posición casi suprema en el Ministerio De Salud en Sudáfrica, y quizás el título de caballero, en el caso de adquirir la nacionalidad, y decidí dar los pasos oportunos.
Entonces ocurrió el suceso por el que voy a matar a Henry Moore. Este hombre, compañero de clase y amigo durante años en América y África, buscó deliberadamente socavar mis derechos a mi propia teoría, alegando que sir Norman Sloane se había anticipado a mí en los principales detalles, e insinuado que probablemente había encontrado más documentación que la presentada en mi informe. Para respaldar esta absurda acusación suministró algunas cartas personales de sir Norman que, en efecto, mostraban que el anciano estaba sobre la pista y hubiera publicado en breve sus resultados de no mediar su brusca muerte. Esto último sólo pudo admitirlo con pesar. Pero lo que no puedo excusar es la envidiosa sospecha que había hurtado la teoría de la documentación de sir Norman. El Gobierno británico, bastante sensible, ignoró tales calumnias, pero denegó el a medias prometido nombramiento y distinciones basándose en que mi teoría, aunque original, no era algo nuevo. Pronto pude ver que mi carrera en África estaba sensiblemente dañada, aunque había puesto todas mis ilusiones en ella, aún hasta el punto de renunciar a la ciudadanía americana. Se notaba, en el gobierno de Mombasa, una perceptible frialdad hacia mí, especialmente entre quienes habían conocido a sir Norman.
Fue entonces cuando decidí vérmelas con Moore tarde o temprano, aunque no sabía cómo. Había envidiado mi pronta celebridad y había utilizado su antigua correspondencia con sir Norman para arruinarme. Eso, el amigo a quien había guiado para interesarse en África, a quién había preparado e inspirado hasta que adquirió su actual modesta fama. Como una autoridad en entomología africana. Aún ahora, empero, no niego que estos logros son importantes. Lo reconozco y, en pago, él me ha arruinado. Ahora algún día le destruiré. Cuando me vi caído en Mombasa, me dediqué a mi presente ocupación en el interior, en M’gonga, a unos 24 kilómetros de la frontera de Uganda. Es un puesto de comercio del algodón y del marfil, con sólo 8 blancos a parte de mí.
Un agujero infecto, casi en el ecuador, y repleto de toda clase de fiebres conocidas por la humanidad. Serpientes venenosas e insectos de todas clases, y negros con dolencias que nadie conoce fuera de la Facultad de Medicina. Pero mi trabajo no es duro, y tengo mucho tiempo para planear qué hacer con Henry Moore. Me divierte dar a su Dípteros de África Central y del Sur un lugar destacado en mi biblioteca. Supongo que en la actualidad es un manual estándar utilizando en Columbia, Harvard y la U. de Wis, pero mis propias sugerencias son realmente responsables de la mitad de sus puntos fuertes. La pasada semana encontré lo que me dijo de cómo matar a Moore. Un grupo de Uganda trajo con una extraña enfermedad que aún no he podido diagnosticar. Estaba en estado letárgico, con una temperatura realmente baja, y le rehuían de una forma peculiar. La mayoría de sus compañeros tenían miedo de él y decían que estaba bajo algún hechizo de un doctor brujo, pero Gobo, el intérprete, dijo que había sido picado por un insecto. Lo que fuera, no puedo imaginarlo, ya que es sólo una leve punción en el brazo. Es de un rojo brillante, sin embargo, con un anillo púrpura a su alrededor. Es una visión espectral… no me extraña que los porteadores caigan en la superstición de la magia negra.
Parecen haber visto otros casos iguales, y dicen que no hay nada que hacer. El viejo N’Kuru, uno de los gallas del puesto, dice que debe ser la picadura de la mosca-diablo, que hace decaer progresivamente a sus víctimas hasta la muerte y, entonces, toma su alma y personalidad como si aún viviera… y se va volando con todos sus gustos, disgustos y conciencia. Una extraña leyenda: no conozco ningún insecto local lo bastante mortífero como para provocarla. Suministré a este enfermo -su nombre es Melena- una buena dosis de quinina y tomé una muestra de su sangre para estudiarla, pero no he hecho grandes progresos. En verdad, hay un extraño germen presente, pero no puedo identificarlo siquiera remotamente. Lo más cercano es el bacilo que se encuentra en los bueyes, caballos, y perros picados por la mosca tse-tse, pero tales moscas no infectan a los seres humanos, y esto, de cualquiera forma, está demasiado al norte. De todos modos, lo importante es que he decidido cómo matar a Moore. Si esta región interior tiene insectos tan venenosos como dicen los nativos, me encargaré de que tenga un suministro de ellos, de una buena fuente que no espera, asegurándome ante todo que esté indefenso. Haré que abandone toda precaución cuando se dedique a estudiar esta especie desconocida… ¡y entonces veremos cómo sigue su curso la naturaleza! No debe ser difícil encontrar un insecto que tanto atemoriza a los negros. Primero veré qué pasa con el pobre Mevana, luego encontraré mi mensajero de muerte.
Enero 7: Mevana no mejora, a pesar que le he inyectado todas las antitoxinas que conozco. Sufre espasmos de temblor en los que divaga espantado sobre que su alma pasará, cuando muera, al insecto que le picó, pero en los intervalos descansa en una especie de estupor. El corazón aún late con fuerza, por lo que espero salvarlo. Tengo que internarlo, ya que probablemente él me guiará mejor que nadie a la región donde fue picado. Entretanto, escribiré al doctor Lincon, mi predecesor, ya que Allen, el jefe del puesto, dice que tiene un profundo conocimiento de las enfermedades locales. Si alguien conoce la mosca de la muerte, ése debe ser él. Ahora está en Nairobi, y un correo negro me traerá una respuesta en una semana… si utiliza el ferrocarril para la mitad del viaje.
Enero 10: El paciente no cambia, ¡pero he encontrado lo que buscaba! Estaba en un antiguo volumen de registros sanitarios locales que estuve revisando mientras espero la respuesta de Lincoln. Hace 30 años hubo una epidemia que mató a millares de nativos en Uganda, y fue definitivamente atribuida a una rara mosca llamada Glossina palpalis, una especie de prima de la Glossina marsitans, o tse-tse. Vive en los arbustos, en las riberas de lagos y ríos, y se alimenta de la sangre de cocodrilos, antílopes y muchos mamíferos. Cuando esas víctimas tienen el germen de la tripanosomiasis, o enfermedad del sueño, se reponen de ésta y desarrollan una aguda infección tras un periodo de incubación de 31 días. Luego, al cabo de 65 días, sobreviene una muerte segura para las víctimas. Sin duda, ésta debe ser la “mosca diablo” de la que hablan los negros. Ahora sé lo que estoy buscando. Ansío que Mevana se recupere. Espero recibir noticias de Lincon en 4 o 5 días, tiene una gran reputación de triunfos en cosas como ésta. Mi principal problema era enviar las moscas a Moore sin que las reconozca. Con su maldita erudición puede ser capaz de conocerla, ya que están registradas.
Enero 15: Acabo de recibir noticias de Lincon, quien confirma todo el registro sobre la Glossina palpalis. Tiene un remedio para la enfermedad del sueño que ha dado resultado en gran número de casos, cuando no era demasiado tarde. Inyecciones intramusculares de triparsamida. Cuando Mevana fue picado, hace unos 2 meses, no sabía cómo trabajar… pero Lincoln dice que esos casos son conocidos por durar hasta 18 meses, por lo que posiblemente no sea tarde. Lincoln ha enviado de su provisión, por lo que acabo de dar a Mevana una gran dosis. Han traído a su esposa principal al poblado, pero él no la reconoce. Si se recobrara, seguramente podrá mostrarme dónde están las moscas. Es un gran cazador de cocodrilos, según los informes, y Uganda es como un libro abierto para él.
Enero 16: Mevana parece un poco más lucido hoy, pero su corazón se ha ralentizado un poco. Seguiré con las inyecciones, pero tratando de evitar las sobredosis.
Enero 17: Hoy ha habido una notable recuperación. Mevana abrió los ojos y mostró signos de consciencia, aunque aturdido, tras la inyección. Espero que Moore no conozca la triparsamida. Hay buena oportunidad de que así sea, ya que nunca aprendió mucho de medicina. La lengua de Mevana parecía paralizada, pero espero que esto pase si puedo espabilarlo. Me gustaría echar un buen sueño,¡aunque no de esa clase!
Enero 25: ¡Mevana está casi curado! En otra semana, le llevaré conmigo a la selva. Estaba asustado cuando vino pensando que la mosca tomaría después de muerto, pero se recobró finalmente cuando le dije que se pondría bien. Su esposa, Ugowe, le prodiga toda clase de cuidados y puedo descansar algo. Luego, ¡a por los mensajeros de la muerte!
Febrero 3: Mevana está bien ahora, y le he hablado de cazar moscas. Tiene miedo de volver al lugar donde están, pero yo juego la baza de su gratitud. Además, tiene cierta idea que puedo protegerlo de la epidemia de la misma forma que le curé. Su coraje avergonzaría a un blanco, y no hay duda que irá. No me queda sino hablar con el jefe del puesto sobre la expedición, en interés de la salud local.
Marzo 12: ¡por fin estoy en Uganda! Tengo cinco porteadores además de Mevana, pero todos son gallas. No es posible lograr que los negros locales entren en la región luego que se supiera lo sucedido a Mevana. Esta jungla es un lugar pestilente, nublado de vapores miasmáticos. Todos los lagos parecen estancados. En cierto sitio, alcanzamos a los restos de ruinas ciclópeas que hicieron que incluso los gallas lo contornearan en un amplio círculo. Dicen que esos megalitos son más viejos que el hombre, y que son utilizados para cazadero o avanzadilla de “Los Pescadores del Exterior” cualesquiera que sean y de los dioses demonio Tsadogwa y Clulu. Hoy decían que ahí hay malas influencias, y que está conectado de alguna forma con las moscas-diablo.
Marzo 15: Alcanzamos el lago Mlolo esta mañana, el lugar donde Mevana fue picado. Un lugar infernal de espuma verde, repleto de cocodrilos. Mevana ha colocado una red de fino alambre cebada con carne de cocodrilo. Tiene una angosta entrada, y una vez que la presa entra, no puede salir. Son tan estúpidas como mortíferas y están ávidas de carne fresca o un bol de sangre. Espero poder conseguir un buen suministro. He decidido experimentar con ellas, encontrar una forma de cambiar su aspecto para que Moore no pueda reconocerlas. Quizás pueda cruzarlas con otras especies, creando un extraño híbrido cuya capacidad de infección no esté menguada. Veremos. Debo esperar, pero no tengo prisa. Cuando esté listo, haré que Mevana me consiga carne infectada para mis enviados de muerte… y luego al correo. No habrá problema en encontrar una fuente infecciosa, ya que este país es un pozo de pestilencias.
Marzo 16: Buena suerte. 2 cajas llenas. 5 especímenes vigorosos con alas que relumbran como diamantes. Mevana está vaciándolas en un gran bote con un tapón de malla tirante, y pienso que las hemos cogido justo a tiempo. Volveremos a M’gonga sin problema. Llevaremos mucha carne de cocodrilo para alimentarlos. Sin duda, todas o la mayoría están infectadas.
Abril 20: De vuelta en M’gonga y ocupado en el laboratorio. He pedido al doctor Joost de Pretoria algunas moscas tse-tse para experimentos de hibridación. Más que un cruce, si este trabajo concluye, debo lograr algo sumamente difícil de reconocer y a la vez tan mortífero como la palpalis. Si no resulta, trataré de obtener otro díptero del interior, y he pedido al doctor Vandervelde de Nyangwe algunos tipos del Congo. No tengo que enviar a Mevana por más carne contaminada después de todo, ya que he encontrado que puedo guardar cultivos del germen Tripanosoma gambiense, obtenido de la carne traída el mes pasado, casi independientemente en tubos. En su momento, contaminaré carne fresca y alimentaré a mis alados enviados con una buena dosis… luego, bon voyage.
Junio 18: Hoy han llegado mis moscas tse-tse de Joost. Tengo cajas para la reproducción listas desde hace mucho tiempo y ahora estoy haciendo selecciones. Trataré de utilizar rayos ultravioleta para acelerar el ciclo vital. Afortunadamente, tengo los aparatos necesarios en mi equipo regular. Naturalmente, no hablo de lo que estoy haciendo. La ignorancia de los pocos de aquí me facilita el ocultar mis intenciones y pretender estar simplemente estudiando especies actuales por razones médicas.
Junio 29: ¡El cruce es fértil! Obtuve buenas puestas el pasado miércoles, y ahora tengo algunas larvas excelentes. Si los insectos adultos se muestran extraños como deben, no necesitaré más. Estoy preparando cajas separadas y numeradas para los diferentes especímenes.
Julio 7: ¡Están saliendo nuevos híbridos! Su forma es un excelente disfraz, pero el lustre de las alas aún sugiere a la palpalis. El tórax tiene débiles sugerencias de las listas de la tse-tse. Hay ligeras variaciones según los individuos. Les alimento a todos con la carne contaminada de cocodrilo y, el desarrollo de la infección, los probaré en algún negro…aparentemente por accidente, por supuesto. Hay muchas moscas ligeramente venenosas por los alrededores, por lo que será fácil hacerlo sin despertar sospechas. Tendré que perder un insecto en mi protegido comedor cuando Batta, mi criado, traiga el desayuno, procurando resguardarme. Cuando el trabajo este hecho la volveré a capturar o la aplastaré algo fácil, gracias a su estupidez, o la asfixiaré rociando la habitación con cloro. Si no se logra la primera vez, lo intentaré hasta que funcione. Por supuesto, tendré la triparsamina a mano para el caso que me pique a mi… pero tendré cuidado de resguardarme, porque ningún antídoto es realmente seguro.
Agosto 10: La infección madura, y me las he arreglado para que Batta fuera picado de buena forma. Capturé la mosca cuando estaba sobre él, devolviéndola a su caja. Alivié la picadura con yodo, y pobre diablo está bastante agradecido por el cuidado. Probaré otra variante en Gamba, el mensajero del factor, mañana. Serán todas las pruebas que ose hacer aquí, pero si necesito más conseguiré especímenes de Ukala y lograré datos adicionales.
Agosto 11: Fallé en lo tocante a Gamba, pero recapturé la mosca viva. Batta todavía parece tan saludable como siempre y no tiene molestias en la espalda, donde fue picado. Debo esperar antes de probar de nuevo con Gamba.
Agosto 14: Al fin llegaron los especimenes de Vandervelde. Siete especímenes completamente distintas, todas más o menos venenosas. Las tendré bien alimentadas para el caso que los cruces de tse-tse no resulten. A algunos de los especímenes les desagrada la Palpalis, pero el problema es que no puedan tener cruces fértiles con ellas.
Agosto 17: Gamba resultó picado esta tarde, pero mató a la mosca mientras lo hacía. Le picó en el hombro izquierdo. Limpié la picadura, y Gamba estuvo tan agradecido como Batta. No hay cambios en Batta.
Agosto 20: Gamba sigue sin cambios… Batta también. Estoy experimentando con una nueva forma de camuflaje que complemente la hibridación: alguna especie de tinte que cambie el delator brillo de las alas de la palpalis. Un tinte azul puede servir… algo que pueda pulverizar sobre todo el lote de insectos. Iniciaré las investigaciones con azul Prusia y Tumbull… con sales de hierro y de cianuro.
Agosto 25: Batta se queja hoy de dolores en su espalda… puede que las cosas se estén desarrollando.
Septiembre 23: He hecho buenos progresos en mis experimentos. Batta muestra signos de letargo, y dice que su espalda le duele todo el tiempo. Gamba comienza a tener molestias en su hombro picado.
Septiembre 24: Batta empeora progresivamente, y comienza a temer por su picadura. Dice que debe ser obra de una mosca-diablo, y estuvo pidiendo que la matara ya que me ha visto guardarla en una caja hasta que le engañé diciendo que había muerto hacía tiempo. Dijo que no quería que su alma pasara a ella tras la muerte. Le he inyectado agua destilada con la hipodérmica, para mantener su moral alta. Evidentemente, la mosca conserva todas las propiedades de la palpalis. Gamba también ha enfermado y reproduce todos los síntomas de Batta. He decidido tratarle con triparsamina, ya que el efecto de la mosca está suficientemente probado. No lo haré con Batta, no obstante, ya que quiero tener una idea de cuánto tarda en finalizar un caso. Los experimentos de teñido están cerca de su fin. Una forma isométrica de ferrocianida ferrosa, con la adición de sales potásicas, pueden ser disuelta en alcohol y pulverizada sobre los insectos con resultados excelentes. Mancha las alas de azul sin afectar demasiado al tórax oscuro, y no se va cuando rocío a los especímenes con agua. Con este disfraz, creo poder usar los actuales híbridos de tse-tse y ahorrarme el fastidio de ulteriores experimentos. Astuto como es, Moore no reconocerá a las moscas de alas azules y con un tórax similar al de las tse-tse. Por supuesto, guardaré este asunto del tinte en absoluto secreto. Nadie debe conectarme más tarde con las moscas azules.
Octubre 9: Batta está letárgico y debe guardar cama. He administrado triparsamina a Gamba durante dos semanas, y espero que se recobre.
Octubre 25: Batta empeora, pero Gamba está casi recuperado.
Noviembre 18: Batta murió ayer y sucedió algo curioso que me provocó un escalofrío, dadas, las leyendas nativas y los propios temores de Batta. Cuando volví al laboratorio tras la muerte, escuché el más peculiar zumbido y golpeteo en la caja 12, que contenía a la mosca que picó a Batta. La criatura parecía frenética, pero guardó silencio cuando aparecí… agarrándose a la red de alambre y mirándome de la forma más extraña. Tendía sus patas a través de los alambres como si estuviera aturdida. Cuando volví de la comida con Allen, la cosa había muerto. Evidentemente, se había vuelto loca y se destrozó contra las paredes de la caja. Ciertamente, es peculiar que eso sucediera justo tras la muerte de Batta. Si algún negro lo hubiera visto, podría haber creído en la absorción del alma del pobre diablo. Enviaré mis híbridos teñidos de azul a su misión dentro de poco. La rapidez al matar de los híbridos parece ser un poco mayor que la de la palpalis pura. Batta murió tres meses y ocho días después de la infección, pero, por supuesto, existe un amplio margen de incertidumbre. Casi desearía haber dejado proseguir el caso de Gamba.
Diciembre 5: Estoy ocupado planeando el cómo hacer mi envío a Moore. Debo simular que proceden de algún entomólogo desinteresado que ha leído su Dípteros de África Central y Sur y cree que puede querer estudiar esa “nuevas e inidentificables especies”. Debe haber también amplias afirmaciones que las moscas de alas azules son inofensivas, como prueba la larga experiencia de los nativos. Moore debe estar con la guardia baja, y una de las moscas le picará tarde o temprano… aunque uno no puede decirse cuándo. Debo confiar en las cartas de los amigos de Nueva Cork. Ellos aún me hablan de Moore a veces para mantenerme informado sobre los primeros resultados, aunque juraría que los periódicos publicaran su muerte. Sobre todo, no debo mostrar ningún interés en el caso. Le remitiré las moscas durante un viaje, pero no debo ser reconocido al hacerlo. Lo mejor es que tome unas largas vacaciones en el interior, me deje la barba y envíe el paquete en Ukala, haciéndome pasar como un entomólogo de visita, y vuelva tras afeitarme la barba.
Abril 12,1930: De vuelta a M’gonga tras mi largo viaje. He enviado las moscas a Moore sin dejar pistas. Tomé unas vacaciones de Navidad el 15 diciembre y conseguí el material apropiado. Preparé un buen recipiente de correos, con un compartimiento para incluir alguna carne de cocodrilo contaminada de gérmenes como alimento de mis mensajeros. Por fin, en febrero tenía barba suficiente como para posar en un Vandyke. Aparecí por Ukala el 9 marzo y escribí una carta a Moore en la maquina de escribir del pueblo comercial. Firmé como “Nevil Wayland-Hall”, un supuesto entomólogo de Londres. Pienso que le di el tono apropiado… interés de un colega científico y todo eso. Fue artísticamente casual el enfatizar la “completa inocuidad” de los especímenes. Nadie sospechó nada. Afeité mi barba tan pronto como llegué a la sabana, para evitar un moreno desigual a mi vuelta. No utilicé porteadores nativos, excepto en un corto trecho de pantano: puedo hacer milagros con una mochila, y mi sentido de la orientación es bueno. La suerte me ha acompañado en tales viajes. Expliqué mi prolongada ausencia con alegatos a un conato de fiebre y el haberme extraviado cuando atravesaba la sabana. Pero ahora viene lo más duro psicológicamente: aguardar noticias de Moore sin mostrar interés. Por supuesto, puede quizás escapar a una picadura hasta que el veneno se desactive…pero, con su temeridad, las probabilidades son de cien a uno contra él. No tengo remordimientos, tras lo que me hizo, se merece eso y más.
Junio 30,1930: ¡Hurra! ¡El primer paso esta dado! Acabo de saber casualmente por Dyson de Columbia que Moore ha recibido unas nuevas moscas de alas azules provenientes de África, ¡y que está complemente desconcertado respecto a ellas! Ni palabra de ninguna picadura… ¡Pero si conozco la dejadez de Moore como creo, no tardará!
Agosto 27,1930: Carta de Morton en Cambridge. Afirma que Moore dice sentirse indispuesto, y habla de una picadura de insecto en la parte posterior de su cuello… De un curioso nuevo espécimen recibido a mediados de junio. ¿Habrá sucedido? Aparentemente, Moore no conecta la picadura con su debilidad. Si esto es verdad, entonces Moore ha sido picado en el período de transmisión infecciosa de los insectos.
Septiembre 12,1930: ¡Victoria! Otra carta de Dyson diciendo que Moore está en un estado verdaderamente alarmante. Ahora relaciona su enfermedad con la picadura que recibió sobre el mediodía del 19 junio, y está intrigado respecto a la identidad del insecto. Está tratando de ponerse en contacto con “Nevil Wayland-Hall”, quien le envió la remesa. Del apenas un centenar que le envíe, unas veinticinco parecen haber llegado vivas hasta él. Algunas escaparon en le momento de la picadura, pero algunas larvas aparecieron de huevos depositados durante el tiempo que estuvieron en el correo. Según Dyson, está incubando cuidadosamente tales larvas, Cuando maduren, supongo que podrá identificar el híbrido de las palpalis y las tse-tse, pero eso no le ayudará mucho ahora. ¡Se preguntará, sin embargo por qué el azul de las alas no se transmite por la herencia!
Noviembre 8,1930: Carta de media docena de amigos hablándome de la grave enfermedad de Moore. La de Dyson llegó hoy. Dice que Moore está completamente desconcertado sobre los híbridos salidos de las larvas y está comenzando a pensar que los padres pueden ser alados azules de forma artificial. Actualmente se ve obligado a guardar cama la mayor parte del día. Ninguna mención al uso del triparsamida.
Febrero 13,1931: ¡No podía ser tan bueno! Moore está agonizando, y no parece conocer el remedio, pero creo que sospecha de mí. He recibido una carta sumamente fría de Morton el último mes, donde no contaba nada sobre Moore, y ahora Dyson escribe también bastante someramente que Moore está haciendo teorías sobre todo el asunto. Ha llevado a cabo pesquisas acerca de “Wayland-Hall” por telegrama… a Londres, Ukala, Nairobi, Mombasa y otros lugares… sin, por supuesto, lograr nada. Creo que le ha dicho a Dyson lo que sospecha, pero Dyson no le creerá. Me temo que Morton sí. Creo que sería mejor hacer planes para salir de aquí y cambiar de identidad. ¡Vaya un final para una carrera que comenzó tan bien! La mayor parte de la culpa es de Moore… ¡pero ahora ha pagado con creces! Creo que volveré a Sudáfrica y quizás pueda depositar discretamente fondos para avalar mi nueva identidad: “Frederick Nasmyth de Toronto Canadá, agente de propiedades mineras”. Asentaré una nueva firma para identificación. Si nunca tengo que dar ese paso, puedo retransferir los fondos a mi verdadera identidad.
Agosto 15,1931: Ha pasado medio año, y aún sigue la incertidumbre. Dyson y Morton y otros amigos han dejado de escribirme. El doctor James de San Francisco tiene noticias puntuales, por amigos de Moore, y dice que Moore está en un coma casi continuo. No es capaz de andar desde mayo. Lo más que puede articular son quejas sobre el frío. Ahora no puede hablar, aunque se cree que aún tiene brotes de consciencia. Su respiración es rápida y entrecortada, y puede oírse a distancia. No hay duda que el Tripanosoma gambiense ha hecho su presa en él… pero aguanta más que los negros de por aquí. Tres meses y ocho días bastaron para Batta, y Moore sigue vivo casi un año después de ser picado. Este último mes he oído rumores sobre una intensiva búsqueda de “Wayland-Hall” por los alrededores de Ukala. No creo que necesite preocuparme aún, sin embargo, porque no hay nada que me relacione con ese asunto.
Octubre 7,1931: ¡Se acabó! Noticia de la Gaceta de Mombasa. Moore murió el 20 septiembre tras una serie de espasmos y con una temperatura muy por debajo de lo normal. ¡Con eso basta! ¡Dije que lo haría y lo hice! El periódico trae un reportaje de tres columnas sobre la larga enfermedad y muerte, así como sobre la inútil búsqueda de “Wayland-Hall”. Obviamente, Moore tenía mayor relevancia en África de lo que yo pensaba. El insecto que le picó ha sido ahora identificado totalmente, gracias a los especímenes supervivientes y las larvas desarrolladas, y las alas teñidas también han sido detectadas. Se acepta universalmente que las moscas fueron preparadas y enviadas para atentar contra su vida. Moore, según parece, comunicó ciertas sospechas a Dyson, pero este último y la policía callan debido a la ausencia de pruebas. Todos los enemigos de Moore están siendo investigados, y la Associated Press insinúa que “tendrá lugar una investigación que posiblemente involucre a un eminente médico, actualmente en ultramar”. Algo al final del reportaje indudablemente, obra del romanticismo barato del periodista amarillo me provocó un curioso estremecimiento en vista de las leyendas de los negros y la forma en que enloqueció la mosca cuando Batta murió. Parece que ocurrió un extraño incidente la noche de la muerte de Moore: Dyson fue despertado por el zumbido de una mosca de alas azules que inmediatamente escapó por la ventana justo antes que la enfermera telefoneara desde la casa de Moore, a unos kilómetros de distancia, en Brooklyn, informando de su muerte. Pero en lo que me concierne, a que más me interesa es el final del asunto africano. La gente de Ukala recuerda al barbado extranjero que escribió la carta y envió el paquete, y la policía está batiendo el país en busca de cualquier blanco que pudiera haberlo enviado. No contraté a muchos, pero si los agentes interrogan a los Ubandeses que me guiaron a través del cinturón de jungla de N’kini, tendré que explicar más de lo que deseo. Parece haber llegado el momento que desaparezca, mañana creo que dimitiré y me prepararé a marchar a lugares desconocidos.
Noviembre 9,1931: Ha sido un trabajo arduo que aceptaran mi renuncia, pero la liberación ha llegado hoy. No deseo agravar la sospecha huyendo abiertamente. La última semana he recibido noticias de James sobre la muerte de Moore… nada que no estuviera en los periódicos. Sus allegados de Nueva York parecen bastante reticentes a dar detalles, aunque todos hablan de una investigación en curso. Ni palabra de mis amigos del Este. Moore debió difundir peligrosas sospechas antes de perder el conocimiento, pero no existe ni un ápice de prueba que pueda presentarse contra mí. Aún así, no voy a correr riesgos. El jueves, saldré para Mombasa y allí tomaré un vapor hacia la costa de Durban. Tras de eso, me esfumaré…pero, poco después, el agente de propiedades mineras Frederick Nasmyth Mason, de Toronto, aparecerá en Johannesburgo. Este será el final de mi diario. Si bien no es el fin que yo esperaba, servirá para su propósito original tras mi muerte y revelará lo que de otra forma no sería conocido. Si, por otra parte, esas sospechas se materializan y persisten, confirmará y aclamará los difusos cargos y llenará muchos huecos importantes y desconcertantes. Por supuesto, si me veo en peligro, lo destruiré.Bueno, Moore esta muerto… se lo merecía de sobra. Ahora el doctor Thomas Slaunwite también esta muerto. Y cuando el cuerpo originario de Thomas muera, el público tendrá este diario...
Enero 15, 1932: Un nuevo año… y una renuente reapertura de este diario… Ahora estoy escribiendo solamente para aliviar mis pensamientos, ya que es absurdo fantasear con que el caso no está definitivamente cerrado. Estoy alojado en el Hotel Vaal de Johannesburgo, con mi nuevo nombre, y nadie ha puesto en duda mi identidad. Tengo algunos tratos de palabra sin cerrar para guardar mi apariencia de agente minero, y creo que podré actuar muy pronto en tales negocios. Más tarde iré a Toronto y crearé unas pocas evidencias de mi ficticio pasado. Pero lo que me molesta es un insecto que invadió mi habitación sobre el mediodía de ayer. Por supuesto, he tenido toda clase de pesadillas sobre moscas azules más tarde, pero eso era de esperar en vista de mi actual tensión nerviosa. Ese ser, no obstante, era una realidad palpable, y no sé qué pensar. Zumbó alrededor de mi estantería durante un buen cuarto de hora y esquivo cualquier intento de capturarla o matarla. Lo más extraño era su aspecto y color… ya que tenia alas azules y, en todo, era un duplicado de mis híbridos mensajeros de muerte. Cómo puede ser uno de ellos, de hecho, es algo que no puedo saber. Me deshice de todos los híbridos manchados o no que no envié a Moore y no puedo recordar ninguna fuga. ¿Será todo una alucinación? ¿O puede, algún espécimen de los que escaparon en Brooklyn cuando Moore fue picado haber encontrado el camino de vuelta a África? Está aquella absurda historia de la mosca azul que despertó a Dyson al Morir Moore… Pero, después de todo, la supervivencia y retorno de alguno de los seres no es imposible. Es Perfectamente plausible que el azul permanezca en sus alas, también ya que el pigmento artificial era casi tan bueno como para tatuarlos permanentemente. Por eliminación, creo que es la única explicación racional para este asunto, aunque es muy curioso que este ejemplar haya llegado tan al sur. Posiblemente se deba a algún instinto hereditario de residencia inherente a la tse-tse. Después de todo, ese lado suyo pertenece a Sudáfrica.
Debo protegerme de una picadura. Por supuesto, la toxina original si de hecho es una de las moscas huidas de Moore se ha perdido hace mucho tiempo; pero el ejemplar puede haber comido al volver de América y llegado tal vez por África Central, reinfectándose. De hecho, es lo más probable, ya que la palpalis que es la mitad de su herencia pueda haberla llevado de vuelta a Uganda y a los gérmenes de la tripanosomiasis. Aún conservo la triparsamida no fui capaz de destruir mi maletín médico, no importa lo delator que pueda resultar pero, desde que estudié el caso, ya no estoy tan seguro como antes de la eficacia de la droga. Hay posibilidades contrapuestas: ciertamente salvó a Gamba, pero existen grandes probabilidades de fallo. Es endemoniadamente extraño que esta mosca haya llegado hasta mi habitación. ¡Con todos los sitios que hay en la gran extensión de África! Es demasiada coincidencia. Supongo que si vuelve, podré por fin matarla. Me sorprendió que escapara hoy de mí, ya que esos ejemplares suelen ser estúpidos y fáciles de capturar. ¿No habrá sido una ilusión después de todo? Ciertamente, el calor me cansa últimamente como nunca… como ni siquiera en Uganda.
Enero 16,1932: ¿Estaré volviéndome loco? La mosca volvió este mediodía y se comportó de forma tan extraña que no supe qué pensar. Sólo a un espejismo por mi parte puede deberse lo que esa plaga zumbadora pareció hacer. Salió de ningún sitio y se puso a revolotear por la estantería… circundando una y otra vez frente a la copia del Dípteros de África Central y del Sur de Moore. A cada momento se posaba en el tope o el lomo del volumen y, ocasionalmente, se lanzaba hacia mí, retrocediendo antes que pudiera golpearla con un periódico doblado. Esas astucias son impropias de los notoriamente estúpidos dípteros africanos. Durante una media hora, intenté coger al maldito bicho, pero acabó escapando por la ventana a través de un hueco de la mosquitera en el que no había reparado. A veces creí que se burlaba deliberadamente de mí, poniéndome dentro del alcance de mi arma y luego huyendo diestramente antes que pudiera golpearla. Tengo que mantener firmes mis nervios.
Enero 17,1932: O Estoy loco o el mundo está en el brote de una brusca suspensión de las leyes de la probabilidad, tal y como las conocemos. Esta maldita mosca volvió a aparecer un poco antes del mediodía y comenzó a zumbar alrededor de los Dípteros de Moore de mi estantería. De nuevo traté de capturarla y de nuevo se repitió la experiencia de ayer. Finalmente, el bicho se acerco a mi tintero y se sumergió en él, tan sólo las patas y el tórax, dejando afuera las alas. Luego ascendió hasta el techo y lo embistió, comenzando a serpentear siguiendo un camino curvo y dejando un rastro de tinta. Tras un rato, descansó un instante e hizo un sencillo trazo desconectado del resto… luego cayó casi sobre mi rostro y desapareció de mi vista antes que pudiera alcanzarla. Algo en todo este asunto me parece monstruosamente siniestro y anómalo… más de lo que puedo explicarme. Cuando contemplé el rastro de tinta del techo desde diferentes ángulos, fue volviéndose progresivamente familiar para mí y, repentinamente, me percaté que formaba un signo de interrogación totalmente perfecto. ¿Qué artificio puede ser más malignamente apropiado? Esto es un prodigio que no puedo desdeñar. Los empleados del hotel no saben nada. No han visto la mosca esta tarde, y voy a guardar cerrado mi tintero. Pienso que la ejecución de Moore está pesándome y provocándome alucinaciones morbosas. Quizás no existe ninguna mosca.
Enero 18,1932: ¿En qué extraño infierno de pesadillas me hallo sumido? Lo qué sucedió ayer es algo que normalmente no puede suceder… y además un empleado del hotel ha visto el signo en el techo y da fe de su realidad. Sobre las 8 de esta mañana, mientras estaba escribiendo a mano, algo se lanzó por un instante sobre el tintero y se marchó antes que pudiera ver lo que era. Observando, vi a la infernal mosca en el techo, allá donde estuviera antes… serpenteando y trazando otro rastro de curvas y giros. No había nada que pudiera hacer, pero doblé un periódico con la esperanza que la criatura llegara a volar lo bastante cerca. Cuando hubo hecho varios giros en el techo, voló hasta un rincón oscuro y desapareció, y observando arriba, hacia el yeso doblemente pintarrajado, ¡vi que el nuevo trazo de tinta era un inmenso e inconfundible número 5! Durante un rato estuve casi inconsciente, sumido en una ola de indescriptible amenaza de la que no podía plenamente percatarme. Después, recobré mi resolución y tomé el camino de la acción. Acudiendo a una farmacia, obtuve goma y otros útiles necesarios para preparar una trampa pegajosa, así como otro tintero. Volviendo a mi habitación, llené el nuevo tintero con la mezcla adhesiva y lo deposité donde estaba el otro, dejándolo abierto. Luego traté de concentrar mi mente en leer. Sobre las 3, volví a escuchar al maldito insecto, y le vi revolotear sobre el nuevo tintero. Descendió hasta la pegajosa superficie, pero no la tocó y luego vino directo a mí… retrocediendo antes que pudiera golpearle. Luego, fue hasta la estantería y revoloteó alrededor del tratado de Moore. Hay algo oscuro y diabólico en el hecho que el invasor se demore junto a ese libro. Lo peor parte es la última. Alejándose del libro de Moore, el insecto voló hacia la ventana abierta y comenzó a embestir rítmicamente contra la mosquitera de alambre. Eran series de golpes, seguidas de otra serie de igual longitud y otra pausa. Algo en esa forma de actuar me atontó durante unos instantes, pero luego fui a la ventana y traté de matar al nocivo ser. Como de costumbre, no lo logré. Simplemente, voló por la habitación hasta la lámpara y comenzó a batir el mismo ritmo en la rígida pantalla de cartón. Sentí una vaga desesperación y procedí a cerrar todas las puertas, como había hecho con la ventana con la mosquitera del minúsculo agujero. Parecía totalmente necesario matar a ese persistente ser cuyos acosos están desequilibrando rápidamente mi cerebro. Luego, contando inconscientemente, me percaté que cada serie de golpes tenía exactamente 5 golpes. 5… ¡El mismo número que el ser ha trazado con tinta en el techo esta mañana! ¿Puede haber alguna conexión concebible? La idea es demencial, ya que implica que la mosca híbrida posee un intelecto y conocimiento de las figuras escritas propio de los humanos. Un intelecto humano… ¿No lleva esto a las más primitivas leyendas de los negros de Uganda? Y Además está esa infernal astucia con que me elude, en contraste con la normal estupidez de los de su especie. Mientras dejaba a un lado mi periódico doblado y me sentaba con un horror que iba en aumento, el insecto zumbó alejándose y desapareció por un agujero del techo, donde el eje del ventilador penetra en la habitación.
Esta marcha no me sobresaltó, ya que mi cabeza se había lanzado a una serie de extrañas y terribles reflexiones. Si esta mosca tiene una inteligencia humana, ¿de donde proviene? ¿Hay algo de verdad en la idea nativa que esas criaturas roban la personalidad de su víctima tras la muerte de esta ultima? Siendo así, ¿cuál es la personalidad de esta mosca? Había deducido que debía ser uno de aquellos huidos de las manos de Moore en el momento de ser picado. ¿Es éste el enviado de la muerte que ha picado a Moore? Si es así, ¿Qué quiere de mí? ¿Qué quiere, en cualquier caso, de mí? Empapado en sudor frió, recordé las acciones de la mosca que había picado a Batta cuando este murió. ¿Había sido su propia personalidad desplazada por la de su víctima muerta? Luego estaba el reportaje sensacionalista sobre la mosca que había despertado a Dyson cuando murió Moore. Respecto a esta mosca que me acosa, ¿podría ser que lleve una vengativa personalidad humana en su interior? ¡Cómo revolotea alrededor del libro de Moore!… pero me negué a creer un ápice de todo eso. Entonces empecé a convencerme que la criatura estaba en efecto infectada y de la forma más virulenta. Con maligna deliberación, puesta de evidencia por cada acto, seguramente se había infectado voluntariamente con los bacilos más mortíferos de toda África. Mi mente, profundamente afectada, estaba ahora dando todo eso por sentado.
Llamé nuevamente al recepcionista Y solicité alguien que taponara el agujero del eje y otras posibles fisuras de la habitación. Dije que las moscas me atormentaban, y pareció bastante comprensivo. Al llegar el hombre, le mostré los trazos de tinta del techo, que él reconoció sin ninguna dificultad. ¡Luego son reales! El parecido con una interrogación y un 5 le asombraron y fascinaron. Por fin, obturó todos los agujeros que pudo encontrar y reparó la mosquitera, por lo que ya puedo tener abiertas las ventanas. Evidentemente, me catalogó como algo excéntrico, sobre todo porque no apareció ni un insecto mientras estuvo allí. Pero eso a mí no me importa. Esta tarde la mosca no ha venido. ¡Sabe Dios qué es, qué quiere, o qué será de mí!
Enero 19:1932 Estoy completamente sumido en el horror. El ser me ha tocado. Hay algo monstruoso y demoníaco obrando a mi alrededor, y yo soy una víctima indefensa. Durante la mañana, cuando volví del desayuno, el diablo alado del infierno entró en la habitación sobre mi cabeza y comenzó a embestir de nuevo contra la mosquitera, tal como lo hiciera ayer. Esta vez, no obstante, cada serie de golpes constaba de sólo 4 golpes. Me abalancé sobre la ventana e intenté cogerla, pero se escapó como es habitual y voló sobre el tratado de Moore, donde comenzó a zumbar, circundándolo burlonamente. Su aparato vocal es limitado, pero me percaté que sus zumbidos formaban grupos de 4. En ese momento yo estaba ciertamente loco, ya que le dije:
“Moore, por amor a Dios, ¿que quieres?” Cuando hice esto, la criatura detuvo bruscamente sus círculos, voló hacia mí e hizo un bajo y gracioso picado en el aire que sugería un arco. Luego voló de vuelta al libro. Al menos, creí verla hacer todo esto… pero no puedo confiar demasiado en mis nervios. Luego vino lo peor. Había dejado la puerta abierta, deseando que el monstruo se fuera si no podía atraparlo, pero, sobre las 11:30, cerré la puerta, creyendo que se había ido. Luego me senté a leer. Justo a mediodía sentí un cosquilleo en el reverso de mi cuello, pero al palpar no encontré nada. Un instante después, sentí de nuevo el cosquilleo… y, antes de poder moverme, el indescriptible engendro infernal apareció ante mi vista, viniendo desde detrás, hizo otro de sus burlones y graciosos picados en el aire, y voló a través del agujero de la llave… que nunca soñé que fuera suficientemente amplio para permitirla pasar. Esa cosa me ha tocado, no hay duda. Lo ha hecho sin dañarme… y entonces recordé con un repentino y helado espanto que Moore fue picado en la parte trasera del cuello, a mediodía. No ha habido más apariciones desde entonces… pero he obturado todos los ojos de cerradura con papel y tengo un periódico doblado, listo para usar cada vez que abro la puerta para salir o entrar.
Enero 20:1932 todavía no puedo creer totalmente en lo sobrenatural, aunque temo que estoy perdido. El asunto es demasiado para mí. Justo antes del mediodía de hoy el demonio apareció por fuera de la ventana y repitió su operación de embestidas, pero vez con series de 3. Cuando llegué hasta la ventana, había volado fuera de la vista. Aún tengo bastante presencia de ánimo como para hacer otro intento de defensa. Quitando las mosquiteras, las he untado de mi preparación pegajosa, la misma que utilicé en el tintero por dentro y por fuera, y volví a colocarlas en su lugar. Si la criatura intenta nuevos redobles, ¡será su fin!
Enero 21 1932 En el tren de Bloemfontein. Me he ido. El ser ha ganado. Tiene una inteligencia diabólica contra la que mis artefactos son ineficaces. Apareció en el exterior de la ventana esta mañana, pero no tocó la red pegajosa. En vez de eso, se mantuvo sin posarse y comenzó a revolotear en círculos, dos cada vez, seguidos de una pausa en el aire. Tras realizar varias evoluciones, voló fuera de la vista sobre los tejados de la ciudad, Mis nervios están a punto de romperse, ya que tales sugerencias de números son susceptibles de espantosas interpretaciones. El lunes la cosa trazó el número 5, el martes, el 4 el miércoles el 3 y hoy el 2. 5, 4, 3, 2… ¿Qué puede ser sino una monstruosa e impensable cuenta atrás de días? Con qué propósito, sólo los poderes maléficos del universo pueden saber. Me pasé toda la tarde empacando y organizando mis baúles, y he tomado el expreso nocturno de Bloemfontein un cómodo y excelente establecimiento, pero el horror me persigue. He cerrado puertas y ventanas, he bloqueado las cerraduras, buscado posibles fisuras y bajado todas las pantallas, pero justo antes del mediodía escuché un turbio golpe. Alzando la pantalla, vi a la maldita mosca, tal como había esperado. Describió un largo y lento círculo en le aire y luego voló fuera de la vista. Me quedé hecho un guiñapo, y tuve que descansar en el diván. ¡1! Estaban claras las implicaciones del Mensaje del monstruo. Un Golpe, un círculo. ¿Significa esto un día antes más antes que me alcance algún impensable destino? ¡Debo volver a huir o permanecer aquí sellando la habitación. Tras una hora de descanso, me sentí capaz de obrar y pedí una amplia reserva de carne empaquetada y enlatada así como ropa limpia y toallas para que me la envíen. Mañana, bajo ninguna circunstancia abriré ni un resquicio de la puerta o ventana. Cuando la comida y la ropa llegaron, el negro me miró de forma extraña, pero no me preocupa cuán excéntrico o demente pueda parecer. Estoy siendo hostigado por poderes peores que el ridículo. Habiendo recibido mis suministros, recorrí cada milímetro de las paredes y obturé cada microscópica abertura que pude encontrar. Por fin, me siento capaz de dormir realmente.
(Aquí la caligrafía se vuelve irregular, nerviosa y muy difícil de descifrar.)
Enero 23:1932 Es mediodía, y siento que va a suceder algo sumamente terrible. No he dormido como esperaba, a pesar que no pude casi hacerlo anoche en el tren. Me levanté temprano, y he tenido problemas para concentrarme en algo, sea leer o escribir. Esa cuenta atrás lenta y deliberada de días es demasiado para mí. No sé qué es lo que está mal… si la naturaleza o mi cerebro. Hasta cerca de las 11 hice muy poco, excepto pasear arriba y abajo por la habitación. Luego escuché un crujido en los paquetes de comida que me trajeron ayer, y esa mosca demoníaca surgió ante mis ojos. Cogí algo plano y lancé golpes al ser a pesar de mi miedo pánico, sin más efecto que el habitual. Tal como había previsto, ese horror de alas azules se retiró como de ordinario hacia la mesa donde había amontonado mis libros y se posó durante un segundo en el Dípteros de África Central o del Sur de Moore. Luego, mientras la seguía con la mirada, voló sobre el reloj de la repisa y se posó en la esfera, cerca del número 12. Antes que pudiera intentar ningún movimiento, había comenzado a reptar por la esfera muy lenta y deliberadamente… en la dirección de las manecillas. Pasó sobre el minutero, se retorció arriba y abajo, pasó la manecilla de las horas y finalmente se detuvo exactamente sobre el número 12. Al hacer esto agitó las alas con un sonido zumbante. ¿Es un prodigio de alguna clase? Me estoy volviendo tan supersticioso como los negros. Acaban de pasar las 11. ¿Serán las 12 el final? Aún me queda un último recurso, surgido de mi mente bajo la total desesperación. Quisiera haberlo pensado antes. Recordando que mi maletín de medico contiene las sustancias necesarias para generar cloruro, he decidido llenar la habitación con ese vapor letal: asfixiando a la mosca mientras que me protejo con un pañuelo empapado en amoníaco y colocado sobre el rostro. Afortunadamente, tengo una buena reserva de amoníaco. Esta rústica mascara probablemente neutralizará los vapores del acre clorhídrico mientras muere el insecto… o queda al menos lo bastante aturdido como para poder aplastarlo. Pero debo apresurarme.
¿Cómo estar seguro que el ser no me picará bruscamente antes que mi preparado esté listo? No debo detenerme para escribir este diario.
Más tarde. Ambos elementos, ácido hidroclorhídrico y dióxido de manganeso, están sobre la mesa, listos para la mezcla. He anudado el pañuelo sobre mi nariz y boca, y tengo un bote de amoníaco preparado para empaparlo en cuanto esté listo el cloruro. He bajado ambas ventanas. Pero no me gustan los actos de este demonio híbrido. Permanece en el reloj, pero se mueve lentamente por la esfera hacia el 12 siguiendo el avance gradual del minutero. ¿Será ésta mi última anotación en este diario? Sería inútil tratar de negar las sospechas. Demasiado a menudo un grano de increíble verdad acecha bajo la más salvaje y fantástica de las leyendas. ¿Es quizás la mosca que le picó y que, consecuentemente, absorbió su conciencia a su muerte? Si es así, y me pica, ¿desplazará mi propia personalidad a la de Moore y entrará en ese ser zumbante cuando muera a resultas de la picadura? Quizás, no obstante, no necesite morir, aún si llega hasta mí. Siempre esta el recurso de la triparsamina. Y no me arrepiento de nada. Moore tenia que morir, él se lo buscó.
Un poco más Tarde. La mosca se ha detenido en la esfera, cerca de la marca de los ¾ cuartos de hora. Ahora son las 11:30 AM. Estoy empapando el pañuelo sobre mi rostro con amoníaco y manteniendo a mano la botella para ulteriores aplicaciones. Ésta será la anotación final antes que mezcle el ácido y el manganeso, y libere el cloruro. No puedo perder tiempo, pero, para este diario, he perdido totalmente la razón hace tiempo. La mosca parece inquietarse y el minutero se aproxima. Ahora, el cloruro…
(Fin del diario)
El 24 de enero 1932, tras repetidas llamadas que no obtuvieron respuesta del excéntrico alojamiento en la habitación 303 del Hotel Orange, un empleado entró con una llave maestra y posteriormente huyó gritando escaleras abajo, para contar al recepcionista lo que había encontrado. Éste, tras avisar a la policía, reclamó al director, y este último acompaño al agente De Witt, el juez Bogaert y el doctor Van Keulen a la fatal habitación. Su ocupante yacía muerto en el suelo, boca arriba y cubierto con un pañuelo que olía fuertemente a amoníaco. Bajo éste, sus facciones mostraban una expresión de tenso y completo miedo que se contagió a los observadores. En la parte trasera del cuello, el doctor Van Keulen encontró una virulenta picadura de insecto de un rojo intenso, con un anillo púrpura a su alrededor que sugería la de una mosca tse-tse o algo todavía menos inocuo. El examen mostró que la muerte debió producirse por lo menos de un ataque cardíaco, producido por el puro miedo antes que de la picadura… aunque una posterior autopsia indicó que el germen de la tripanosomiasis se había introducido en su sistema. Sobre la mesa descansaban algunos objetos: un gastado libro de cuero conteniendo el diario arriba transcrito, una pluma, un taco de hojas y un tintero abierto, un maletín de médico con las iniciales «T.S.» grabadas en oro, botes de amoníaco y ácido hidroclorhídrico, y un vaso lleno hasta su cuarta parte de dióxido de manganeso negro. La botella de amoníaco mereció un segundo vistazo, debido a lo que había en el interior del fluido. Mirando atentamente, el juez Bogaert vio que su extraño ocupante era una mosca.
Parecía ser alguna especie de híbrido con un vago parentesco con la tse-tse, pero sus alas mostrando un débil azul a pesar de la acción del fuerte amoníaco eran un completo misterio. Algo en todo esto evocó un débil recuerdo de noticias periodísticas en el doctor Van keulen; un recuerdo que el diario pronto confirmó. Sus extremidades inferiores parecían haber podido borrar totalmente. Quizás había caído en algún momento en el tintero, aunque las alas están intactas. ¿Pero cómo se las habría arreglado para caer en la botella de cuello angosto del amoníaco? ¡Era como si, deliberadamente, la criatura se hubiera arrastrado por allí para suicidarse! Pero lo más extraño de todo fue lo que descubrió el agente De Witt en el liso techo blanco sobre sus cabezas cuando sus ojos se alzaron curiosamente. A su grito, los otros 3 siguieron su mirada… incluso el doctor Van Keulen, que llevaba algún tiempo ojeando el gastado libro de cuero con una expresión donde se mezclaba el horror, la fascinación y la incredulidad. En el techo había una serie de temblorosos y titubeantes trazos, como los que haría el paso de un insecto bañado en tinta. Al instante, todos pensaron en las manchas de la mosca tan extrañamente hallada en la botella de amoníaco.
Pero aquéllas no eran trazos ordinarios de tinta. Aún al primer vistazo, se descubría algo inquietantemente familiar en ellos, y una investigación más de cerca provocó boqueos de sobresaltado asombro a los 4 observadores. El juez Bogaert miró por toda la habitación, en busca de instrumentos o útiles o muebles apilados que hubieran hecho posible la realización de esas temblorosas marcas fueran trazadas por la mano humana. No encontraron nada parecido, volvió su curiosa, y casi espantada, mirada hacia arriba. Ya que, más allá de cualquier duda, aquellas manchas de tinta formaban definidas letras del alfabeto… letras agrupadas coherentemente para formar palabras inglesas. El doctor fue el primero en descifrarlas, y los otros escucharon sin aliento mientras recitaba el mensaje demencial tan increíblemente garabateado en un lugar fuera del alcance de la mano humana.
“VER MI DIARIO… ME COGIÓ PRIMERO… MORÍ… LUEGO VI QUE ESTABA EN ELLA… LOS NEGROS TENÍAN RAZÓN… HAY EXTRAÑOS PODERES EN LA NATURALEZA… AHORA AHOGARÉ LO QUE HA QUEDADO…”
Entonces en mitad del silencio desconcertado que siguió, el doctor Van Keulen comenzó a leer en alto el gastado diario de cuero".
H.P. Lovecraft/Hazel Heald
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
El Recolector de Historias
miércoles, 13 de mayo de 2015
martes, 12 de mayo de 2015
"El Doctor Misántropo"
"Este apodo no se lo endosaron hasta luego de que ocurriera un hecho; pero fue un hecho tan extraño que incluso apareció en los diarios. Su apellido era Heribert y su primer nombre era muy común, pero no me lo acuerdo. El señor Heribert era médico; por cierto que era de veras doctor en medicina diplomado, pero no atendía a nadie. Incluso él hubiera tenido que reconocer que desde la época en que andaba por los sanatorios no le había caído un solo paciente. Quizá lo hubiera reconocido abiertamente si hubiera conversado con alguien. Pero el doctor era un sujeto muy extraño.
El doctor Heribert era el hijo del doctor Heribert, que en sus tiempos había sido un prestigioso médico de la Malá Strana. Su madre falleció aún joven, y el padre poco después de llegar el muchacho a la adultez, legándole una pequeña casa de dos plantas en Oujezd y tal vez ciertos dinerillos, aunque no gran cosa. Allí vivió el doctor Heribert. En la planta baja había dos negocios pequeños y arriba un cuarto que daba a la calle, el importe de cuyo alquiler le facilitó una pequeña entrada mensual. También él vivía arriba, en un cuarto interno al cual se tenía acceso desde el patio por una escalera de madera descubierta. No sé con que comparar ese cuarto, pero inmediatamente revelaba la parquedad con que vivía el doctor. En uno de los locales de planta baja se había instalado un verdulero, y su mujer hacía la limpieza al doctor. El hijo de ésta, Josecito, era muy compinche mío, pero nuestra camaradería acabó hace mucho, porque Josecito consiguió trabajo como cochero del arzobispo y entonces se volvió muy vanidoso. Pero es gracias a él que me enteré de que el doctor Heribert se preparaba el desayuno él mismo, que almorzaba generalmente en alguna fonda barata en el barrio Staré Mesto y que cenaba cualquier cosa.
El doctor Heribert habría podido disponer de muchos pacientes en la Malá Strana de haberlo deseado así. Al fallecer su padre, los pacientes se pusieron en sus manos, pero él no quiso revisar ni ir a ver a ninguno, rico o pobre. La fe en él desapareció en seguida, la gente del barrio empezó a verlo como un "estudiante crónico" y después llegaron a esbozar sonrisas si se mencionaba al "doctor Heribert". "¡Qué doctor! ¡Yo no le encomendaría ni al gato!" El hecho no hizo mayormente mella en el doctor Heribert; por como actuaba, parecía que no le importaba la gente. No saludaba a ninguno, y si lo saludaban a él, entonces no contestaba: Cuando caminaba por la calle parecía que el viento arrastrara una hoja seca. Era considerablemente bajo -de acuerdo con el nuevo sistema de medidas, no tenía más de un metro cincuenta– y conducía su cuerpito magro por la calle de forma de quedar separado por lo menos medio metro de los demás. Sus ojos celestes ostentaban siempre una expresión hosca de perro castigado. El rostro se ocultaba tras una barba marrón clara; un rostro demasiado peludo, inconveniente en opinión de todo el mundo. Durante el invierno, cuando se cubría con su ancho gabán gris, la minúscula cabeza tapada con un gorro de tela quedaba escondida en la solapa de astracán ordinario; en verano, ocasión en que usaba un liviano traje a cuadros u otro de hilo, aun más liviano, esa cabeza daba la impresión de bambolearse sobre una débil ramita. En la época de estío salía a la mañana muy temprano, a eso de las cuatro, para dirigirse a los parques próximos a las murallas del castillo, y se instalaba en el mejor banco con un libro. En varias ocasiones algún habitante de la Malá Strana se ubicó junto a él e inició una charla. En esos casos el doctor Heribert se incorporaba, cerraba su libro bruscamente y se mandaba a mudar sin decir nada. En adelante no se metieron más con él. El asunto fue tan serio que, pese a no tener más de cuarenta años, las niñas casaderas de la Malá Strana no le prestaron atención.
Pero de repente pasó una cosa de la que, como ya mencioné más adelante, hasta los diarios se ocuparon. Es de eso que quiero decir unas palabras.
Era un hermoso día del mes de junio, uno de esos días en que se siente como si todo riera: la cúpula del cielo, la tierra, las caras de las personas. Ese día, ya entrada la tarde, pasó por Oujezd hacia la puerta del barrio un cortejo fúnebre de notable boato. Era el sepelio del señor Schepeler, Consejero del Tribunal de Cuentas, y –que el Señor tenga piedad de mí–, incluso parecía que esa comitiva mortuoria irradiaba una sonrisa de contento. Por supuesto que no se podía apreciar el rostro del finado, ya que no tenemos la usanza de algunos países meridionales que entierran a los difuntos en ataúdes abiertos para que el sol los entibie por vez postrera antes de descender a la sepultura. El hecho es que sin dejar de lado cierta circunspección exigida por las circunstancias, no se podía desmentir la alegría general. Ese magnífico día se les había metido a todos adentro, por así decir. Y eso les hacía saborear la vida.
Quizá los más felices fueran los empleados de varias oficinas públicas que cargaban el catafalco. No se hubieran resignado a no hacerlo. Habían estado dos días correteando por las oficinas, pero ahora desfilaban felices con medido paso bajo aquel bulto, íntimamente convencidos de que todos los estaban contemplando mientras decían: "Allí van los aspirantes al Tribunal de Cuentas". Quien asimismo se veía feliz era el doctor Link, hombre de elevada estatura, que había recibido de manos de la viuda veinte ducados en concepto de honorarios profesionales por los servicios prestados durante la dolencia de Schepeler, que apenas había durado una semana. No obstante, el doctor Link caminaba con la cabeza un tanto gacha, como reflexionando. También estaba contento el señor Ostrohradsky, fabricante de arneses de profesión y pariente más cercano del finado. En vida de su tío, lo había descuidado un tanto, pero se había enterado de que le había dejado en su testamento cinco mil florines y en el trayecto ya le había comentado unas cuantas veces al cervecero Kejrik: "¡No se puede negar, era una buena persona!" Iba atrás del catafalco y junto a él el regordete Kejrik, un tipo saludable que había sido el amigo más cercano del finado. Atrás de ellos iban los señores Kdojek, Musik y Homann, también consejeros del Tribunal de Cuentas pero de menor jerarquía que el difunto Schepeler. Estos iban también felices, a todas luces. Tengo que reconocer, apenado, que ni la señora Schepeler, que viajaba sola en el primer vehículo, podía rechazar el bienestar general; lo que ocurre es que su contento no tenía que ver con lo agradable del día. Esta buena dama era mujer, y para las mujeres el tercer día consecutivo de ser el centro de la atención de todos tiene un hechizo particular. Por otra parte las ropas de luto se avenían particularmente bien con su figura espigada y su rostro, usualmente un poco blanco, se veía especialmente bello en el cuadro del negro riguroso.
La única persona que lamentaba sinceramente el fallecimiento del señor Consejero y no podía evitar el pesar que le había producido esta desdicha era el cervecero Kejrik, hasta ese momento célibe y, como mencionamos, el amigo más grande y más fiel del finado. En la víspera, la joven viuda le había dicho claramente que aguardaba que él le retribuiría generosamente por guardar tanta... fidelidad en vida del esposo. Cuando Ostrohradsky le había dicho por vez primera que "¡sin duda el finado había sido una buena persona!", Kejrik le había replicado amargamente: "No, hombre. Si hubiera sido buena persona, habría vivido más". Después de lo cual no respondió más a Ostrohradsky.
El cortejo iba llegando ya a la enorme puerta. En esos tiempos la puerta aún no era tan grácil como en nuestros días: todavía consistía en dos largos pasadizos tenebrosos hechos bajo las pesadas murallas. Era un auténtico prefacio para las sepulturas que estaban del otro lado. El coche fúnebre se adelantó al cortejo, parándose ante la puerta. Se dieron vuelta los curas, los muchachos depositaron el ataúd cuidadosamente en el suelo y comenzaron las oraciones fúnebres. Luego los funebreros quitaron el fondo corredizo del coche y los muchachos alzaron el féretro para ponerlo sobre éste. ¡Fue entonces que ocurrió! Haya sido por una demasía en el esfuerzo hecho a uno de los lados o por falta de habilidad a ambos, la cuestión es que súbitamente se les soltó el féretro, golpeando en el piso con la punta más estrecha, a consecuencia de lo cual la cubierta cayó estrepitosamente. El cuerpo se mantuvo adentro del cajón, pero se flexionó un tanto a la altura de las rodillas y la mano derecha quedó suspendida afuera.
El horror se diseminó en la concurrencia. Se produjo inmediatamente un silencio tan hondo que se podía escuchar el tic-tac de los relojes en los bolsillos. Los ojos se fijaron en la faz inerte del finado Consejero. Y justamente junto al féretro irrumpió el doctor Heribert. Andaba circunstancialmente por el lugar, regresando de una caminata; había zigzagueado entre los asistentes unos momentos, se había tenido luego que detener al lado de los curas y ahora podía vérselo emergiendo de su gabancito gris justo al lado de la mortaja negra del difunto.
Fue cosa de un momento. Casi mecánicamente, Heribert tomó la mano del muerto, quizá para ponerla otra vez adentro del cajón; pero en vez de tornarla a su lugar, la sostuvo en su propia mano, agitó nerviosamente los dedos y clavó una mirada escudriñante en el rostro del finado. Luego estiró el brazo y alzó el párpado derecho.
–¡Qué es esto! –irrumpió Ostrohradsky, indignado–. ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos a quedar aquí sin movernos?
Algunos muchachos estiraron los brazos para levantar otra vez el catafalco.
–¡Alto! –voceó Heribert, con una voz insospechadamente fuerte y vibrante–. ¡Ese hombre no ha muerto!
–¡Qué ridiculez! ¡Está chiflado! –dijo el doctor Link.
–¿Dónde hay un vigilante? –aulló Ostrohradsky.
En los rostros se apreciaba una fuerte zozobra. Únicamente el cervecero Kejrik se había llegado muy de prisa hasta el doctor Heribert.
–¿Qué tenemos que hacer? –le preguntó anhelante–. ¿Es cierto que no ha muerto?
–No. Pero tiene un ataque de catalepsia. Hay que trasportarlo rápidamente a una casa para intentar revivirlo.
–¡Es lo más absurdo que he oído! –contestó el doctor Link–. Si este hombre no murió...
–Pero, ¿éste quién es? –preguntó Ostrohradsky.
–Parece que es médico.
–¡Es el doctor misántropo! ¡Policía! –voceó el fabricante de arneses, recordando de golpe los cinco mil florines.
–¡El doctor misántropo! –repetían a coro los consejeros Kdojek y Muzik.
Pero ya Kejrik, el buen amigo del finado, estaba trasladando el féretro, auxiliado por algunos mozos, hasta un mesón de las proximidades. En la calle se armó una batahola tremenda. Se fue el coche mortuorio y se retiraron los demás vehículos. El consejero Kdojek dijo: "Es mejor que nos retiremos; ya sabremos qué pasó". Pero el caso es que ninguno sabía qué actitud tomar.
–¡Bueno! Por fin vino, señor comisario –dijo Ostrahradsky al comisario de la guardia del municipio que en ese instante arribaba–. Están pasando cosas muy raras: una farsa indebida, la profanación de un cadáver a la luz del sol y en presencia de media Praga...
Y fue tras el funcionario municipal hasta adentro del mesón. El doctor Link se hizo humo. Al cabo de unos instantes reaparecieron Ostrohradsky y el comisario.
–Por favor, váyanse –dijo éste al público que se apretujaba–. No se puede pasar. El doctor Heribert está muy seguro de revivir al Consejero.
La esposa del consejero quiso apearse de su coche, pero se desvaneció. En ocasiones, la alegría puede llegar a matar a la gente. Kejrik, muy apurado, fue hasta el carruaje, donde varias mujeres se afanaban junto a la dama desvanecida. "Llévenla con cuidado a la casa y se recobrará", les dijo. Y para sus adentros masculló "¡Buena está esta mujercita!". Se dio vuelta, trepó a otro coche y se encaminó a un lugar donde lo había enviado el doctor Heribert.
Los carruajes se fueron yendo de uno en uno y el público se apartó lentamente. No obstante, el lugar del hecho continuó siendo muy concurrido durante toda la jornada y hubo que colocar una guardia para controlar el orden ante el local al que habían trasladado al "finado". Circulaban entre la multitud las más raras versiones. Había quien ponía al doctor Link de vuelta y media y contaba acerca de él una serie de patrañas; otros se mofaban del doctor Heribert. Cada tanto hacía irrupción el señor Kejrik, arrebatado, haciendo algunos anuncios: "Estamos muy esperanzados. Hasta yo pude tomarle el pulso. ¡Este doctor es un portento!" Por fin gritó, como en trance: "¡Está respirando!", y se fue otra vez en el carruaje, que le estaba aguardando, a dar la buena noticia a la señora del Consejero.
Por último, a eso de las diez de la noche, sacaron del mesón una camilla tapada, flanqueada a un lado por el doctor Heribert y el señor Kejrik y al otro por el comisario.
No existió en toda la Malá Strana una sola bodega o mesón que no permaneciera repleta de público hasta pasada medianoche. El tema no era otro que la resurrección del consejero Schepeler y el doctor Heribert. Todos estaban aguadísimos.
–Ese hombre tiene más conocimientos que los libros de los latinos.
–Con sólo verlo, se nota de inmediato que es buen médico... Su padre era ya buen médico. ¡Muy buen médico! Y esas cosas se heredan.
–¿Y no quiere ejercer la profesión? Pero si podría tener tanta plata como un Consejero de Estado.
–Puede ser que tenga fortuna; ha de ser por eso.
–¿Por qué le dicen "doctor misántropo"?
–¿Misántropo? Jamás escuché tal cosa.
–Lo que es yo, ya lo oí un centenar de veces hoy.
Dos meses más tarde, el Consejero Schepeler estaba en sus funciones como antaño. "¡En el cielo, Dios; en la tierra el doctor Heribert!", decía siempre. Y otras veces: "Este Kejrik es una joya!"
En la ciudad entera se mentaba al doctor Heribert. Los diarios lo nombraron en todo el mundo. La Malá Strana estaba envanecida. Pasaron cosas raras. Barones, condes y príncipes quisieron al doctor Heribert como médico de cabecera. Incluso un rey de Italia le hizo una oferta nunca oída. Las personas cuya desaparición hubiera llenado de gozo a unos cuantos requerían insistentemente su atención. Pero el doctor Heribert no cedió. Se dijo incluso que la esposa del Consejero fue a llevarle una bolsita con ducados y que no la recibió. El doctor llegó a tirarle agua desde el balcón. Volvió a evidenciar que no le importaba la gente. Nunca devolvía los saludos que le hacían. Surcaba las calles como antes, y su pequeña testa traslúcida y seca oscilaba trémula como los pimpollos de amapola en su débil tallo. Jamás recibió ni fue a ver enfermos. Pero ya todos le decían "doctor misántropo", como si el apodo le hubiera llovido del cielo.
Hace ya más de diez años que no lo veo; no sé si todavía está vivo. Su pequeña casa en Oujezd no ha mostrado cambios hasta el momento. Un día de éstos voy a averiguar qué es de su vida".
Jan Neruda
El doctor Heribert era el hijo del doctor Heribert, que en sus tiempos había sido un prestigioso médico de la Malá Strana. Su madre falleció aún joven, y el padre poco después de llegar el muchacho a la adultez, legándole una pequeña casa de dos plantas en Oujezd y tal vez ciertos dinerillos, aunque no gran cosa. Allí vivió el doctor Heribert. En la planta baja había dos negocios pequeños y arriba un cuarto que daba a la calle, el importe de cuyo alquiler le facilitó una pequeña entrada mensual. También él vivía arriba, en un cuarto interno al cual se tenía acceso desde el patio por una escalera de madera descubierta. No sé con que comparar ese cuarto, pero inmediatamente revelaba la parquedad con que vivía el doctor. En uno de los locales de planta baja se había instalado un verdulero, y su mujer hacía la limpieza al doctor. El hijo de ésta, Josecito, era muy compinche mío, pero nuestra camaradería acabó hace mucho, porque Josecito consiguió trabajo como cochero del arzobispo y entonces se volvió muy vanidoso. Pero es gracias a él que me enteré de que el doctor Heribert se preparaba el desayuno él mismo, que almorzaba generalmente en alguna fonda barata en el barrio Staré Mesto y que cenaba cualquier cosa.
El doctor Heribert habría podido disponer de muchos pacientes en la Malá Strana de haberlo deseado así. Al fallecer su padre, los pacientes se pusieron en sus manos, pero él no quiso revisar ni ir a ver a ninguno, rico o pobre. La fe en él desapareció en seguida, la gente del barrio empezó a verlo como un "estudiante crónico" y después llegaron a esbozar sonrisas si se mencionaba al "doctor Heribert". "¡Qué doctor! ¡Yo no le encomendaría ni al gato!" El hecho no hizo mayormente mella en el doctor Heribert; por como actuaba, parecía que no le importaba la gente. No saludaba a ninguno, y si lo saludaban a él, entonces no contestaba: Cuando caminaba por la calle parecía que el viento arrastrara una hoja seca. Era considerablemente bajo -de acuerdo con el nuevo sistema de medidas, no tenía más de un metro cincuenta– y conducía su cuerpito magro por la calle de forma de quedar separado por lo menos medio metro de los demás. Sus ojos celestes ostentaban siempre una expresión hosca de perro castigado. El rostro se ocultaba tras una barba marrón clara; un rostro demasiado peludo, inconveniente en opinión de todo el mundo. Durante el invierno, cuando se cubría con su ancho gabán gris, la minúscula cabeza tapada con un gorro de tela quedaba escondida en la solapa de astracán ordinario; en verano, ocasión en que usaba un liviano traje a cuadros u otro de hilo, aun más liviano, esa cabeza daba la impresión de bambolearse sobre una débil ramita. En la época de estío salía a la mañana muy temprano, a eso de las cuatro, para dirigirse a los parques próximos a las murallas del castillo, y se instalaba en el mejor banco con un libro. En varias ocasiones algún habitante de la Malá Strana se ubicó junto a él e inició una charla. En esos casos el doctor Heribert se incorporaba, cerraba su libro bruscamente y se mandaba a mudar sin decir nada. En adelante no se metieron más con él. El asunto fue tan serio que, pese a no tener más de cuarenta años, las niñas casaderas de la Malá Strana no le prestaron atención.
Pero de repente pasó una cosa de la que, como ya mencioné más adelante, hasta los diarios se ocuparon. Es de eso que quiero decir unas palabras.
Era un hermoso día del mes de junio, uno de esos días en que se siente como si todo riera: la cúpula del cielo, la tierra, las caras de las personas. Ese día, ya entrada la tarde, pasó por Oujezd hacia la puerta del barrio un cortejo fúnebre de notable boato. Era el sepelio del señor Schepeler, Consejero del Tribunal de Cuentas, y –que el Señor tenga piedad de mí–, incluso parecía que esa comitiva mortuoria irradiaba una sonrisa de contento. Por supuesto que no se podía apreciar el rostro del finado, ya que no tenemos la usanza de algunos países meridionales que entierran a los difuntos en ataúdes abiertos para que el sol los entibie por vez postrera antes de descender a la sepultura. El hecho es que sin dejar de lado cierta circunspección exigida por las circunstancias, no se podía desmentir la alegría general. Ese magnífico día se les había metido a todos adentro, por así decir. Y eso les hacía saborear la vida.
Quizá los más felices fueran los empleados de varias oficinas públicas que cargaban el catafalco. No se hubieran resignado a no hacerlo. Habían estado dos días correteando por las oficinas, pero ahora desfilaban felices con medido paso bajo aquel bulto, íntimamente convencidos de que todos los estaban contemplando mientras decían: "Allí van los aspirantes al Tribunal de Cuentas". Quien asimismo se veía feliz era el doctor Link, hombre de elevada estatura, que había recibido de manos de la viuda veinte ducados en concepto de honorarios profesionales por los servicios prestados durante la dolencia de Schepeler, que apenas había durado una semana. No obstante, el doctor Link caminaba con la cabeza un tanto gacha, como reflexionando. También estaba contento el señor Ostrohradsky, fabricante de arneses de profesión y pariente más cercano del finado. En vida de su tío, lo había descuidado un tanto, pero se había enterado de que le había dejado en su testamento cinco mil florines y en el trayecto ya le había comentado unas cuantas veces al cervecero Kejrik: "¡No se puede negar, era una buena persona!" Iba atrás del catafalco y junto a él el regordete Kejrik, un tipo saludable que había sido el amigo más cercano del finado. Atrás de ellos iban los señores Kdojek, Musik y Homann, también consejeros del Tribunal de Cuentas pero de menor jerarquía que el difunto Schepeler. Estos iban también felices, a todas luces. Tengo que reconocer, apenado, que ni la señora Schepeler, que viajaba sola en el primer vehículo, podía rechazar el bienestar general; lo que ocurre es que su contento no tenía que ver con lo agradable del día. Esta buena dama era mujer, y para las mujeres el tercer día consecutivo de ser el centro de la atención de todos tiene un hechizo particular. Por otra parte las ropas de luto se avenían particularmente bien con su figura espigada y su rostro, usualmente un poco blanco, se veía especialmente bello en el cuadro del negro riguroso.
La única persona que lamentaba sinceramente el fallecimiento del señor Consejero y no podía evitar el pesar que le había producido esta desdicha era el cervecero Kejrik, hasta ese momento célibe y, como mencionamos, el amigo más grande y más fiel del finado. En la víspera, la joven viuda le había dicho claramente que aguardaba que él le retribuiría generosamente por guardar tanta... fidelidad en vida del esposo. Cuando Ostrohradsky le había dicho por vez primera que "¡sin duda el finado había sido una buena persona!", Kejrik le había replicado amargamente: "No, hombre. Si hubiera sido buena persona, habría vivido más". Después de lo cual no respondió más a Ostrohradsky.
El cortejo iba llegando ya a la enorme puerta. En esos tiempos la puerta aún no era tan grácil como en nuestros días: todavía consistía en dos largos pasadizos tenebrosos hechos bajo las pesadas murallas. Era un auténtico prefacio para las sepulturas que estaban del otro lado. El coche fúnebre se adelantó al cortejo, parándose ante la puerta. Se dieron vuelta los curas, los muchachos depositaron el ataúd cuidadosamente en el suelo y comenzaron las oraciones fúnebres. Luego los funebreros quitaron el fondo corredizo del coche y los muchachos alzaron el féretro para ponerlo sobre éste. ¡Fue entonces que ocurrió! Haya sido por una demasía en el esfuerzo hecho a uno de los lados o por falta de habilidad a ambos, la cuestión es que súbitamente se les soltó el féretro, golpeando en el piso con la punta más estrecha, a consecuencia de lo cual la cubierta cayó estrepitosamente. El cuerpo se mantuvo adentro del cajón, pero se flexionó un tanto a la altura de las rodillas y la mano derecha quedó suspendida afuera.
El horror se diseminó en la concurrencia. Se produjo inmediatamente un silencio tan hondo que se podía escuchar el tic-tac de los relojes en los bolsillos. Los ojos se fijaron en la faz inerte del finado Consejero. Y justamente junto al féretro irrumpió el doctor Heribert. Andaba circunstancialmente por el lugar, regresando de una caminata; había zigzagueado entre los asistentes unos momentos, se había tenido luego que detener al lado de los curas y ahora podía vérselo emergiendo de su gabancito gris justo al lado de la mortaja negra del difunto.
Fue cosa de un momento. Casi mecánicamente, Heribert tomó la mano del muerto, quizá para ponerla otra vez adentro del cajón; pero en vez de tornarla a su lugar, la sostuvo en su propia mano, agitó nerviosamente los dedos y clavó una mirada escudriñante en el rostro del finado. Luego estiró el brazo y alzó el párpado derecho.
–¡Qué es esto! –irrumpió Ostrohradsky, indignado–. ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos a quedar aquí sin movernos?
Algunos muchachos estiraron los brazos para levantar otra vez el catafalco.
–¡Alto! –voceó Heribert, con una voz insospechadamente fuerte y vibrante–. ¡Ese hombre no ha muerto!
–¡Qué ridiculez! ¡Está chiflado! –dijo el doctor Link.
–¿Dónde hay un vigilante? –aulló Ostrohradsky.
En los rostros se apreciaba una fuerte zozobra. Únicamente el cervecero Kejrik se había llegado muy de prisa hasta el doctor Heribert.
–¿Qué tenemos que hacer? –le preguntó anhelante–. ¿Es cierto que no ha muerto?
–No. Pero tiene un ataque de catalepsia. Hay que trasportarlo rápidamente a una casa para intentar revivirlo.
–¡Es lo más absurdo que he oído! –contestó el doctor Link–. Si este hombre no murió...
–Pero, ¿éste quién es? –preguntó Ostrohradsky.
–Parece que es médico.
–¡Es el doctor misántropo! ¡Policía! –voceó el fabricante de arneses, recordando de golpe los cinco mil florines.
–¡El doctor misántropo! –repetían a coro los consejeros Kdojek y Muzik.
Pero ya Kejrik, el buen amigo del finado, estaba trasladando el féretro, auxiliado por algunos mozos, hasta un mesón de las proximidades. En la calle se armó una batahola tremenda. Se fue el coche mortuorio y se retiraron los demás vehículos. El consejero Kdojek dijo: "Es mejor que nos retiremos; ya sabremos qué pasó". Pero el caso es que ninguno sabía qué actitud tomar.
–¡Bueno! Por fin vino, señor comisario –dijo Ostrahradsky al comisario de la guardia del municipio que en ese instante arribaba–. Están pasando cosas muy raras: una farsa indebida, la profanación de un cadáver a la luz del sol y en presencia de media Praga...
Y fue tras el funcionario municipal hasta adentro del mesón. El doctor Link se hizo humo. Al cabo de unos instantes reaparecieron Ostrohradsky y el comisario.
–Por favor, váyanse –dijo éste al público que se apretujaba–. No se puede pasar. El doctor Heribert está muy seguro de revivir al Consejero.
La esposa del consejero quiso apearse de su coche, pero se desvaneció. En ocasiones, la alegría puede llegar a matar a la gente. Kejrik, muy apurado, fue hasta el carruaje, donde varias mujeres se afanaban junto a la dama desvanecida. "Llévenla con cuidado a la casa y se recobrará", les dijo. Y para sus adentros masculló "¡Buena está esta mujercita!". Se dio vuelta, trepó a otro coche y se encaminó a un lugar donde lo había enviado el doctor Heribert.
Los carruajes se fueron yendo de uno en uno y el público se apartó lentamente. No obstante, el lugar del hecho continuó siendo muy concurrido durante toda la jornada y hubo que colocar una guardia para controlar el orden ante el local al que habían trasladado al "finado". Circulaban entre la multitud las más raras versiones. Había quien ponía al doctor Link de vuelta y media y contaba acerca de él una serie de patrañas; otros se mofaban del doctor Heribert. Cada tanto hacía irrupción el señor Kejrik, arrebatado, haciendo algunos anuncios: "Estamos muy esperanzados. Hasta yo pude tomarle el pulso. ¡Este doctor es un portento!" Por fin gritó, como en trance: "¡Está respirando!", y se fue otra vez en el carruaje, que le estaba aguardando, a dar la buena noticia a la señora del Consejero.
Por último, a eso de las diez de la noche, sacaron del mesón una camilla tapada, flanqueada a un lado por el doctor Heribert y el señor Kejrik y al otro por el comisario.
No existió en toda la Malá Strana una sola bodega o mesón que no permaneciera repleta de público hasta pasada medianoche. El tema no era otro que la resurrección del consejero Schepeler y el doctor Heribert. Todos estaban aguadísimos.
–Ese hombre tiene más conocimientos que los libros de los latinos.
–Con sólo verlo, se nota de inmediato que es buen médico... Su padre era ya buen médico. ¡Muy buen médico! Y esas cosas se heredan.
–¿Y no quiere ejercer la profesión? Pero si podría tener tanta plata como un Consejero de Estado.
–Puede ser que tenga fortuna; ha de ser por eso.
–¿Por qué le dicen "doctor misántropo"?
–¿Misántropo? Jamás escuché tal cosa.
–Lo que es yo, ya lo oí un centenar de veces hoy.
Dos meses más tarde, el Consejero Schepeler estaba en sus funciones como antaño. "¡En el cielo, Dios; en la tierra el doctor Heribert!", decía siempre. Y otras veces: "Este Kejrik es una joya!"
En la ciudad entera se mentaba al doctor Heribert. Los diarios lo nombraron en todo el mundo. La Malá Strana estaba envanecida. Pasaron cosas raras. Barones, condes y príncipes quisieron al doctor Heribert como médico de cabecera. Incluso un rey de Italia le hizo una oferta nunca oída. Las personas cuya desaparición hubiera llenado de gozo a unos cuantos requerían insistentemente su atención. Pero el doctor Heribert no cedió. Se dijo incluso que la esposa del Consejero fue a llevarle una bolsita con ducados y que no la recibió. El doctor llegó a tirarle agua desde el balcón. Volvió a evidenciar que no le importaba la gente. Nunca devolvía los saludos que le hacían. Surcaba las calles como antes, y su pequeña testa traslúcida y seca oscilaba trémula como los pimpollos de amapola en su débil tallo. Jamás recibió ni fue a ver enfermos. Pero ya todos le decían "doctor misántropo", como si el apodo le hubiera llovido del cielo.
Hace ya más de diez años que no lo veo; no sé si todavía está vivo. Su pequeña casa en Oujezd no ha mostrado cambios hasta el momento. Un día de éstos voy a averiguar qué es de su vida".
Jan Neruda
lunes, 11 de mayo de 2015
"Carolina"
"Una joven de dieciocho años, llamada Carolina, inspiró la más violenta pasión a un hombre de edad madura, y como a los cincuenta uno es, según se dice, más enamoradizo que a los veinte -aunque con muchos menos medios para complacer-, el herrumbroso pretendiente asediaba sin cesar a Carolina, que estaba lejos de corresponder a sus sentimientos. Pero esta muchacha cometió el más imperdonable de los errores: ponerle en ridículo y atormentarle, cuando debería haberse contentado con alejarse de él con frialdad y decencia. Al cabo de tres años de perseverancia por una parte y de malos tratos por la otra, el infortunado amante sucumbió a una enfermedad de la que aquel funesto amor fue en gran parte el origen.
Sintiendo cercano su fin, solicitó, como último deseo, que Carolina se dignase al menos ir a recibir su eterno adiós. La joven rechazó tajantemente este ruego. Una de sus amigas, que estaba presente, le dijo amablemente que haría bien en conceder este triste consuelo a un infeliz que moría por y para ella. Sus consejos fueron inútiles. Vinieron por segunda vez a hacerle el mismo ruego, añadiendo que el enfermo solicitaba ver a Carolina más por el interés de ella que por el suyo propio. Pero este segundo mensaje no corrió mejor suerte que el primero.
La amiga de Carolina, indignada por esta dureza hacia un moribundo, la acució con más energía y le reprochó su coquetería y malos procedimientos hacia un hombre a quien al menos podía ofrecer un instante de piedad como expiación. Carolina, cansada de tales impertinencias, consintió finalmente de muy mala gana y dijo: -Vamos, llévame a casa de tu protegido: pero sólo estaremos un momento, te lo advierto, no me gustan ni los moribundos ni los muertos.
Las dos amigas partieron finalmente. El moribundo, al ver entrar a Carolina, hizo un último esfuerzo y tomó la palabra con voz apagada:
-Ya no hay tiempo, señorita, -dijo- me habéis negado con crueldad la dicha de veros cuando os lo he rogado: sólo deseaba perdonaros mi muerte. A partir de ahora me veréis más a menudo que en el pasado. Recordad solamente que habéis tardado tres años en llevarme dolorosamente a la tumba... Adiós, señorita... Hasta esta noche.
Al acabar de decir estas palabras, que le costó un trabajo infinito pronunciar, expiró.
Carolina, presa del horror, huyó precipitadamente. Su amiga usó todos los medios posibles para calmar su extrema agitación. Carolina le suplicó que pasara la noche con ella. Dispusieron otra cama en la misma habitación, dejaron los candelabros encendidos, y las dos amigas, como no podían dormir, estuvieron mucho tiempo hablando entre ellas. De repente, hacia la medianoche, las luces se apagaron por sí solas. Carolina exclama con terror:
-¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí!
Su amiga, que sólo oye ahogados suspiros, seguidos de un profundo silencio, reúne sus fuerzas y llama arrebatadamente; acude la gente de la casa, intentan encender los candelabros, pero es inútil. Al cabo de un cuarto de hora, que transcurre en medio de mortales angustias, suena el reloj. Carolina lanza un profundo suspiro, como alguien que sale de un largo sopor. Las velas se encienden solas; la gente de la casa se retira, y Carolina, con una voz agonizante, dice:
-¡Ah! ¡Por fin se ha ido!
-¿Lo has visto entonces?
-Sí, y estoy totalmente segura de que cumplirá sus amenazas.
-¡Y qué! ¿Te ha hablado?
-Esto es lo que acabo de oír: durante tres años vendré todas las noches a pasar un cuarto de hora con vos. Por lo demás, estad tranquila, no os haré ningún daño; limito mi venganza a obligaros a ver cada noche a aquel a quien habéis llevado a la tumba a causa de vuestra imprudente conducta.
La amiga, que no sentía mucha curiosidad por ver repetirse la misma escena, se negó a pasar las noches siguientes con Carolina, quien le reprochó que la abandonase a un vampiro.
Las visitas nocturnas continuaron. Carolina, bella, rica, dueña de sus acciones, y con veintiún años, quiso casarse con la esperanza de alejar al fantasma; pero el rumor de las apariciones hizo desistir a los pretendientes. Sólo uno, un gascón, llamado Señor de Forbignac, se presentó y se ofreció como esposo. La necesidad le obligó a aceptar; pero al día siguiente de las bodas (sin que llegara a saberse cómo había transcurrido la noche) el gascón desapareció con la dote y muchas joyas que no formaban parte de ella.
La amiga de Carolina, sensible a tantas desgracias, acudió junto a ella, la consoló lo mejor que pudo y la llevó a un lugar donde concluyó tristemente su penitencia. Pasados los tres años, su vampiro le anunció al fin que ya no le vería más; y cumplió su palabra. Una lección tan severa suavizó su carácter. La muerte del Señor de Forbignac, que tuvo la honestidad de no volver, dejó libre a Carolina para que pudiera casarse de nuevo, y esta vez encontró un esposo que la hizo totalmente feliz".
Charles Nodier
Sintiendo cercano su fin, solicitó, como último deseo, que Carolina se dignase al menos ir a recibir su eterno adiós. La joven rechazó tajantemente este ruego. Una de sus amigas, que estaba presente, le dijo amablemente que haría bien en conceder este triste consuelo a un infeliz que moría por y para ella. Sus consejos fueron inútiles. Vinieron por segunda vez a hacerle el mismo ruego, añadiendo que el enfermo solicitaba ver a Carolina más por el interés de ella que por el suyo propio. Pero este segundo mensaje no corrió mejor suerte que el primero.
La amiga de Carolina, indignada por esta dureza hacia un moribundo, la acució con más energía y le reprochó su coquetería y malos procedimientos hacia un hombre a quien al menos podía ofrecer un instante de piedad como expiación. Carolina, cansada de tales impertinencias, consintió finalmente de muy mala gana y dijo: -Vamos, llévame a casa de tu protegido: pero sólo estaremos un momento, te lo advierto, no me gustan ni los moribundos ni los muertos.
Las dos amigas partieron finalmente. El moribundo, al ver entrar a Carolina, hizo un último esfuerzo y tomó la palabra con voz apagada:
-Ya no hay tiempo, señorita, -dijo- me habéis negado con crueldad la dicha de veros cuando os lo he rogado: sólo deseaba perdonaros mi muerte. A partir de ahora me veréis más a menudo que en el pasado. Recordad solamente que habéis tardado tres años en llevarme dolorosamente a la tumba... Adiós, señorita... Hasta esta noche.
Al acabar de decir estas palabras, que le costó un trabajo infinito pronunciar, expiró.
Carolina, presa del horror, huyó precipitadamente. Su amiga usó todos los medios posibles para calmar su extrema agitación. Carolina le suplicó que pasara la noche con ella. Dispusieron otra cama en la misma habitación, dejaron los candelabros encendidos, y las dos amigas, como no podían dormir, estuvieron mucho tiempo hablando entre ellas. De repente, hacia la medianoche, las luces se apagaron por sí solas. Carolina exclama con terror:
-¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí!
Su amiga, que sólo oye ahogados suspiros, seguidos de un profundo silencio, reúne sus fuerzas y llama arrebatadamente; acude la gente de la casa, intentan encender los candelabros, pero es inútil. Al cabo de un cuarto de hora, que transcurre en medio de mortales angustias, suena el reloj. Carolina lanza un profundo suspiro, como alguien que sale de un largo sopor. Las velas se encienden solas; la gente de la casa se retira, y Carolina, con una voz agonizante, dice:
-¡Ah! ¡Por fin se ha ido!
-¿Lo has visto entonces?
-Sí, y estoy totalmente segura de que cumplirá sus amenazas.
-¡Y qué! ¿Te ha hablado?
-Esto es lo que acabo de oír: durante tres años vendré todas las noches a pasar un cuarto de hora con vos. Por lo demás, estad tranquila, no os haré ningún daño; limito mi venganza a obligaros a ver cada noche a aquel a quien habéis llevado a la tumba a causa de vuestra imprudente conducta.
La amiga, que no sentía mucha curiosidad por ver repetirse la misma escena, se negó a pasar las noches siguientes con Carolina, quien le reprochó que la abandonase a un vampiro.
Las visitas nocturnas continuaron. Carolina, bella, rica, dueña de sus acciones, y con veintiún años, quiso casarse con la esperanza de alejar al fantasma; pero el rumor de las apariciones hizo desistir a los pretendientes. Sólo uno, un gascón, llamado Señor de Forbignac, se presentó y se ofreció como esposo. La necesidad le obligó a aceptar; pero al día siguiente de las bodas (sin que llegara a saberse cómo había transcurrido la noche) el gascón desapareció con la dote y muchas joyas que no formaban parte de ella.
La amiga de Carolina, sensible a tantas desgracias, acudió junto a ella, la consoló lo mejor que pudo y la llevó a un lugar donde concluyó tristemente su penitencia. Pasados los tres años, su vampiro le anunció al fin que ya no le vería más; y cumplió su palabra. Una lección tan severa suavizó su carácter. La muerte del Señor de Forbignac, que tuvo la honestidad de no volver, dejó libre a Carolina para que pudiera casarse de nuevo, y esta vez encontró un esposo que la hizo totalmente feliz".
Charles Nodier
domingo, 10 de mayo de 2015
"El Hombre del Cerebro de Oro"
"Había un hombre que tenia el cerebro de oro. Al nacer, los médicos creyeron que moriría, pues su cabeza pesaba demasiado y su cráneo era desmesurado. Vivió, sin embargo, y se desarrolló al aire libre como un hermoso olivo; sólo que su gruesa cabeza tiraba de él, y daba pena verlo chocarse con los muebles cuando andaba por la casa. Se caía muchas veces. Un día rodó desde lo alto de unas gradas, y fue a dar con la frente en un escalón de mármol, sonando su cabeza como un lingote. Se lo creyó muerto; pero al levantarlo, no se le encontró más que una ligera herida, con dos o tres gotitas de metal cuajadas entre sus rubios cabellos. Así es como supieron los padres que el niño tenia los sesos de oro.
Se lo tuvo como un secreto; y el pobre niño no sospechó. De vez en cuando preguntaba por qué no lo dejaban correr con los chicos de la calle.
-¡Porque te robarían, amor mío -le respondió su madre.
Entonces el chico sentía miedo de que lo robasen; y jugaba solo, sin decir una palabra, arrastrándose pesadamente de una habitación a otra.
Hasta los dieciocho años no le revelaron su don monstruoso, regalo del destino; y como lo habían criado hasta aquella edad, le pidieron en recompensa un poco de su oro. El muchacho no vaciló; en el mismo instante (no dice la leyenda cómo y por qué medio) se arrancó del cráneo un pedazo de oro macizo del tamaño de una nuez, y se lo echó orgullosamente a su madre en el regazo. Deslumbrado con las riquezas que llevaba en la cabeza, poseído por el deseo, embriagado con su poder, abandonó la casa paterna, y se fue por el mundo despilfarrando su tesoro.
Por la vida que llevaba, y por el modo con que derramaba el oro sin llevar cuenta, se hubiera dicho que su cerebro era inagotable. Y sin embargo, se agotaba, y bien se advertía cómo se le apagaba la mirada, y cómo se le hundían las mejillas. Por fin, una mañana, después de una desenfrenada orgía, el desdichado que se había quedado solo entre los restos del festín y las lámparas que palidecían, se asustó de la enorme brecha que había abierto ya en su cabeza. Era tiempo de detenerse.
Desde aquel día emprendió nueva vida. El hombre del cerebro de oro se fue a vivir retirado, con el trabajo de sus manos, receloso y tímido como un avaro, huyendo de las tentaciones y procurando olvidarse de aquellas fatales riquezas que ya no quería tocar. Por desgracia, le había seguido un amigo suyo, y aquel amigo conocía su secreto. Una noche se despertó sobresaltado con un espantoso dolor en la cabeza; saltó de la cama, y a la luz de la luna vio a su amigo que huía escondiendo una cosa debajo de la capa.
¡Otro poco de cerebro que le quitaban!
Al poco tiempo, el hombre del cerebro de oro se enamoró, y esta vez se acabó todo... todo... Amaba con toda su alma a una rubia que también le quería, pero que prefería los lujos, las plumas blancas, y las lindas bellotas bronceadas que golpeaban sus botitas. Entre las manos de esta monísima criatura, medio pájaro, medio muñeca, las partículas de oro se derretían que era un primor. A ella todo se le antojaba y él no sabía negarle nada; por temor de disgustarla, le ocultó hasta el final el triste secreto de su fortuna.
-¿Conque somos muy ricos? - decía ella.
Y el pobre hombre respondía:
-¡Oh, si... muy ricos!
Y miraba con amorosa sonrisa al pajarito azul que se le iba comiendo el cráneo inocentemente. Algunas veces, sin embargo, se apoderaba de él el miedo, le daban tentaciones de ser avaricia; pero entonces la mujercita se le acercaba a saltitos y le decía:
-Maridito mio, ya que eres tan rico, cómprame alguna cosita muy car...
Y él la compraba algo de mucho valor.
Aquello duró unos dos años. La mujer murió una mañana, sin saberse la enfermedad, como un pájaro. El tesoro tocaba a su fin. Con lo que quedaba, el viudo mandó hacer a su amada un hermoso entierro. Doblar de campanas, magníficas carrozas enlutadas, caballos empenachados, lágrimas de plata sobre el terciopelo, nada le pareció demasiado. ¿Qué le importaba ya su tesoro? Dio para la iglesia, para los enterradores, para los vendedores de flores; lo repartió por todas partes, sin regatear. Y al salir del cementerio no le quedaba casi nada de aquel cerebro maravilloso; sólo algunas partículas en las paredes del cráneo.
Entonces se le vio andar extraviado por las calles, y las manos extendidas hacia delante, como un borracho. Por la noche, a la hora en que iluminan los bazares, se detuvo delante de un gran escaparate en que las luces hacían resplandecer telas y joyas, y se quedó allí mirando dos botitas de satén azul forradas de plumón de cisne.
Bien sé yo a quien le gustarían mucho estas botitas, pensaba sonriendo, sin acordarse ya de que su mujer había muerto; y entró a comprarlas.
Desde el fondo de la trastienda, la vendedora oyó un grito; vino corriendo, y retrocedió de miedo al ver un hombre que se reclinaba en el mostrador y la miraba tristemente. En una mano tenía las botitas azules con ribetes de cisne, y alargaba la otra mano ensangrentada con limaduras de oro en las puntas de las uñas.
Tal es la leyenda del hombre del cerebro de oro.
A pesar de su aspecto de cuento fantástico, esta leyenda es verdadera desde el principio hasta el fin. Hay por estos mundos algunos infelices, condenados a vivir de su cerebro y a pagar en finísimo oro, con su médula y con su sustancia, las cosas más insignificantes de la vida. Para ellos, cada día es un nuevo dolor, y luego, cuando están hartos de sufrir..."
Alphonse Daudet
Se lo tuvo como un secreto; y el pobre niño no sospechó. De vez en cuando preguntaba por qué no lo dejaban correr con los chicos de la calle.
-¡Porque te robarían, amor mío -le respondió su madre.
Entonces el chico sentía miedo de que lo robasen; y jugaba solo, sin decir una palabra, arrastrándose pesadamente de una habitación a otra.
Hasta los dieciocho años no le revelaron su don monstruoso, regalo del destino; y como lo habían criado hasta aquella edad, le pidieron en recompensa un poco de su oro. El muchacho no vaciló; en el mismo instante (no dice la leyenda cómo y por qué medio) se arrancó del cráneo un pedazo de oro macizo del tamaño de una nuez, y se lo echó orgullosamente a su madre en el regazo. Deslumbrado con las riquezas que llevaba en la cabeza, poseído por el deseo, embriagado con su poder, abandonó la casa paterna, y se fue por el mundo despilfarrando su tesoro.
Por la vida que llevaba, y por el modo con que derramaba el oro sin llevar cuenta, se hubiera dicho que su cerebro era inagotable. Y sin embargo, se agotaba, y bien se advertía cómo se le apagaba la mirada, y cómo se le hundían las mejillas. Por fin, una mañana, después de una desenfrenada orgía, el desdichado que se había quedado solo entre los restos del festín y las lámparas que palidecían, se asustó de la enorme brecha que había abierto ya en su cabeza. Era tiempo de detenerse.
Desde aquel día emprendió nueva vida. El hombre del cerebro de oro se fue a vivir retirado, con el trabajo de sus manos, receloso y tímido como un avaro, huyendo de las tentaciones y procurando olvidarse de aquellas fatales riquezas que ya no quería tocar. Por desgracia, le había seguido un amigo suyo, y aquel amigo conocía su secreto. Una noche se despertó sobresaltado con un espantoso dolor en la cabeza; saltó de la cama, y a la luz de la luna vio a su amigo que huía escondiendo una cosa debajo de la capa.
¡Otro poco de cerebro que le quitaban!
Al poco tiempo, el hombre del cerebro de oro se enamoró, y esta vez se acabó todo... todo... Amaba con toda su alma a una rubia que también le quería, pero que prefería los lujos, las plumas blancas, y las lindas bellotas bronceadas que golpeaban sus botitas. Entre las manos de esta monísima criatura, medio pájaro, medio muñeca, las partículas de oro se derretían que era un primor. A ella todo se le antojaba y él no sabía negarle nada; por temor de disgustarla, le ocultó hasta el final el triste secreto de su fortuna.
-¿Conque somos muy ricos? - decía ella.
Y el pobre hombre respondía:
-¡Oh, si... muy ricos!
Y miraba con amorosa sonrisa al pajarito azul que se le iba comiendo el cráneo inocentemente. Algunas veces, sin embargo, se apoderaba de él el miedo, le daban tentaciones de ser avaricia; pero entonces la mujercita se le acercaba a saltitos y le decía:
-Maridito mio, ya que eres tan rico, cómprame alguna cosita muy car...
Y él la compraba algo de mucho valor.
Aquello duró unos dos años. La mujer murió una mañana, sin saberse la enfermedad, como un pájaro. El tesoro tocaba a su fin. Con lo que quedaba, el viudo mandó hacer a su amada un hermoso entierro. Doblar de campanas, magníficas carrozas enlutadas, caballos empenachados, lágrimas de plata sobre el terciopelo, nada le pareció demasiado. ¿Qué le importaba ya su tesoro? Dio para la iglesia, para los enterradores, para los vendedores de flores; lo repartió por todas partes, sin regatear. Y al salir del cementerio no le quedaba casi nada de aquel cerebro maravilloso; sólo algunas partículas en las paredes del cráneo.
Entonces se le vio andar extraviado por las calles, y las manos extendidas hacia delante, como un borracho. Por la noche, a la hora en que iluminan los bazares, se detuvo delante de un gran escaparate en que las luces hacían resplandecer telas y joyas, y se quedó allí mirando dos botitas de satén azul forradas de plumón de cisne.
Bien sé yo a quien le gustarían mucho estas botitas, pensaba sonriendo, sin acordarse ya de que su mujer había muerto; y entró a comprarlas.
Desde el fondo de la trastienda, la vendedora oyó un grito; vino corriendo, y retrocedió de miedo al ver un hombre que se reclinaba en el mostrador y la miraba tristemente. En una mano tenía las botitas azules con ribetes de cisne, y alargaba la otra mano ensangrentada con limaduras de oro en las puntas de las uñas.
Tal es la leyenda del hombre del cerebro de oro.
A pesar de su aspecto de cuento fantástico, esta leyenda es verdadera desde el principio hasta el fin. Hay por estos mundos algunos infelices, condenados a vivir de su cerebro y a pagar en finísimo oro, con su médula y con su sustancia, las cosas más insignificantes de la vida. Para ellos, cada día es un nuevo dolor, y luego, cuando están hartos de sufrir..."
Alphonse Daudet
sábado, 9 de mayo de 2015
"Canción Para la Noche"
"Oh, la Noche, la Noche, la Solemne Noche;
La Tierra cede bajo su caricia silenciosa,
y el Cielo, ornado de diamantes, simula un templo amplio,
donde los astros se rinden bajo el trono de la Deidad.
Oh, la Noche, la Noche, la Hechicera Noche;
el reinado grotesco del día ha terminado,
y miríadas de Elfos se acercan en calma,
con sus áureas barcas desde las Costas del Sueño.
Oh, la Noche amada,
Alegre y Desolada,
tu bravo Céfiro galopando sobre el aire,
cuando alta brilla la luna
en el rociado Espacio,
y la Brisa es dulce como el beso de una Dama.
Oh, la Noche, la Noche, la Encantadora Noche.
Desde la fuente a la sombra del mirto,
las primeras notas de la serenata
flotan suavemente en el aire soñoliento;
mientras claros ojos brillan entre las vides,
y blancos brazos se inclinan sobre los balcones,
bañando de suspiros al Caballero que aguarda,
así como la hierba ansía el abrazo de la mañana.
Amor en sus Ojos,
Amor en sus Suspiros,
Amor en cada pecho adornado con Lirios;
en palabras tan sinceras
que el oído más atento no las capta,
y el anhelante Corazón tal vez las Pierda.
Oh, la Silenciosa Noche, donde los sueños de los estudiantes
juntos se lamentan en la Tumba del Sabio;
y los ojos de la Madre sobre la Cuna
derraman lágrimas sobre la mejilla pálida.
Oh, la Pacífica Noche, donde el pobre Vagabundo
es atravesado en el campo de batalla,
mientras llora la trompeta y el sable canta.
Sobre ellos, la Solitaria y Triste luna es testigo de la matanza.
Las Lágrimas fluyen
sobre la mejilla de Hierro
del centinela que yace solo.
Pensamientos que ruedan
por su Alma intrépida;
mutilando su rostro, severo en el Día.
Oh, la Sagrada Noche, donde se acerca la Memoria,
con su rostro Suave y Dulce hacia mí.
Pero sus melodías son Tristes, como las aéreas baladas
que el infante oye sobre las maternales faldas.
A tu alrededor, delicadas formas huyen,
con níveas frentes y dorados cabellos,
con ojos que ciegan como los Cielos de Verano,
y Labios que hablan de perdidos días pasados.
Amplio es tu Vuelo,
Oh, Espíritu de la Noche,
por valles, corrientes y arboledas,
pero mayor es en la Penumbra
del austero cuarto del Poeta.
Allí eliges, esquiva; vagar".
Daniel Henry Deniehy
La Tierra cede bajo su caricia silenciosa,
y el Cielo, ornado de diamantes, simula un templo amplio,
donde los astros se rinden bajo el trono de la Deidad.
Oh, la Noche, la Noche, la Hechicera Noche;
el reinado grotesco del día ha terminado,
y miríadas de Elfos se acercan en calma,
con sus áureas barcas desde las Costas del Sueño.
Oh, la Noche amada,
Alegre y Desolada,
tu bravo Céfiro galopando sobre el aire,
cuando alta brilla la luna
en el rociado Espacio,
y la Brisa es dulce como el beso de una Dama.
Oh, la Noche, la Noche, la Encantadora Noche.
Desde la fuente a la sombra del mirto,
las primeras notas de la serenata
flotan suavemente en el aire soñoliento;
mientras claros ojos brillan entre las vides,
y blancos brazos se inclinan sobre los balcones,
bañando de suspiros al Caballero que aguarda,
así como la hierba ansía el abrazo de la mañana.
Amor en sus Ojos,
Amor en sus Suspiros,
Amor en cada pecho adornado con Lirios;
en palabras tan sinceras
que el oído más atento no las capta,
y el anhelante Corazón tal vez las Pierda.
Oh, la Silenciosa Noche, donde los sueños de los estudiantes
juntos se lamentan en la Tumba del Sabio;
y los ojos de la Madre sobre la Cuna
derraman lágrimas sobre la mejilla pálida.
Oh, la Pacífica Noche, donde el pobre Vagabundo
es atravesado en el campo de batalla,
mientras llora la trompeta y el sable canta.
Sobre ellos, la Solitaria y Triste luna es testigo de la matanza.
Las Lágrimas fluyen
sobre la mejilla de Hierro
del centinela que yace solo.
Pensamientos que ruedan
por su Alma intrépida;
mutilando su rostro, severo en el Día.
Oh, la Sagrada Noche, donde se acerca la Memoria,
con su rostro Suave y Dulce hacia mí.
Pero sus melodías son Tristes, como las aéreas baladas
que el infante oye sobre las maternales faldas.
A tu alrededor, delicadas formas huyen,
con níveas frentes y dorados cabellos,
con ojos que ciegan como los Cielos de Verano,
y Labios que hablan de perdidos días pasados.
Amplio es tu Vuelo,
Oh, Espíritu de la Noche,
por valles, corrientes y arboledas,
pero mayor es en la Penumbra
del austero cuarto del Poeta.
Allí eliges, esquiva; vagar".
Daniel Henry Deniehy
viernes, 8 de mayo de 2015
"El Vampiro"
"Sucedió en medio de las disipaciones de un duro invierno en Londres. Apareció en diversas fiestas de los personajes más importantes de la vida nocturna y diurna de la capital inglesa, un noble, más notable por sus peculiaridades que por su rango.
Miraba a su alrededor como si no participara de las diversiones generales. Aparentemente, sólo atraían su atención las risas de los demás, como si pudiera acallarlas a su voluntad y amedrentar aquellos pechos donde reinaba la alegría y la despreocupación.
Los que experimentaban esta sensación de temor no sabían explicar cual era su causa. Algunos la atribuían a la mirada gris y fija, que penetraba hasta lo más hondo de una conciencia, hasta lo más profundo de un corazón. Aunque lo cierto era que la mirada sólo recaía sobre una mejilla con un rayo de plomo que pesaba sobre la piel que no lograba atravesar.
Sus rarezas provocaban una serie de invitaciones a las principales mansiones de la capital. Todos deseaban verle, y quienes se hallaban acostumbrados a la excitación violenta, y experimentaban el peso del "ennui", estaban sumamente contentos de tener algo ante ellos capaz de atraer su atención de manera intensa.
A pesar del matiz mortal de su semblante, que jamás se coloreaba con un tinte rosado ni por modestia ni por la fuerte emoción de la pasión, pese a que sus facciones y su perfil fuesen bellos, muchas damas que andaban siempre en busca de notoriedad trataban de conquistar sus atenciones y conseguir al menos algunas señales de afecto. Lady Mercer, que había sido la burla de todos los monstruos arrastrados a sus aposentos particulares después de su casamiento, se interpuso en su paso, e hizo cuanto pudo para llamar su atención... pero en vano. Cuando la joven se hallaba ante él, aunque los ojos del misterioso personaje parecían fijos en ella, no parecían darse cuenta de su presencia. Incluso su imprudencia parecía pasar desapercibida a los ojos del caballero, por lo que, cansada de su fracaso, abandonó la lucha.
Mas aunque las vulgares adúlteras no lograron influir en la dirección de aquella mirada, el noble no era indiferente al bello sexo, si bien era tal la cautela con que se dirigía tanto a la esposa virtuosa como a la hija inocente, que muy pocos sabían que hablase también con las mujeres.
Sin embargo, pronto se ganó la fama de poseer una lengua meritoria. Y bien fuese porque la misma superaba al temor que inspiraba aquel carácter tan singular, o porque las damas se quedaron perturbadas ante su aparente odio del vicio, el caballero no tardó en contar con admiradoras tanto entre las mujeres que se ufanaban de su sexo junto con sus virtudes domésticas, como entre las que las manchaban con sus vicios.
Por la misma época, llegó a Londres un joven llamado Aubrey. Era huérfano, con una sola hermana que poseía una fortuna más que respetable, habiendo fallecido sus padres siendo él niño todavía.
Abandonado a sí mismo por sus tutores, que pensaban que su deber sólo consistía en cuidar de su fortuna, en tanto descuidaban aspectos más importantes en manos de personas subalternas, Aubrey cultivó más su imaginación que su buen juicio. Por consiguiente, alimentaba los sentimientos románticos del honor y el candor, que diariamente arruinan a tantos jóvenes inocentes.
Creía en la virtud y pensaba que el vicio lo consentía la Providencia sólo como un contraste de aquella, tal como se lee en las novelas. Pensaba que la desgracia de una casa consistía tan sólo en las vestimentas, que la mantenían cálida, aunque siempre quedaban mejor adaptadas a los ojos de un pintor gracias al desarreglo de sus pliegues y a los diversos manchones de pintura.
Pensaba, en suma, que los sueños de los poetas eran las realidades de la existencia.
Aubrey era guapo, sincero y rico. Por tales razones, tras su ingreso en los círculos alegres, le rodearon y atosigaron muchas mujeres, con hijastras casaderas, y muchas esposas en busca de pasatiempos extraconyugales. Las hijas y las esposas infieles pronto opinaron que era un joven de gran talento, gracias a sus brillantes ojos y a sus sensuales labios.
Adherido al romance de su solitarias horas, Aubrey se sobresaltó al descubrir que, excepto en las llamas de las velas, que chisporroteaban no por la presencia de un duende sino por las corrientes de aire, en la vida real no existía la menor base para las necedades románticas de las novelas, de las que había extraído sus pretendidos conocimientos.
Hallando, no obstante, cierta compensación a su vanidad satisfecha, estaba a punto de abandonar sus sueños, cuando el extraordinario ser antes mencionado y descrito se cruzó en su camino.
Le escrutó con atención. Y la imposibilidad de formarse una idea del carácter de un hombre tan completamente absorto en sí mismo, de un hombre que presentaba tan pocos signos de la observación de los objetos externos a él —aparte del tácito reconocimiento de su existencia, implicado por la evitación de su contacto, dejando que su imaginación ideara todo aquello que halagaba su propensión a las ideas extravagantes— pronto convirtió a semejante ser en el héroe de un romance. Y decidió observar a aquel retoño de su fantasía más que al personaje en sí mismo.
Trabó amistad con él, fue atento con sus nociones, y llegó a hacerse notar por el misterioso caballero. Su presencia acabó por ser reconocida.
Se enteró gradualmente de que Lord Ruthven tenía unos asuntos algo embrollados, y no tardó en averiguar, de acuerdo con las notas halladas en la calle, que estaba a punto de emprender un viaje.
Deseando obtener más información con respecto a tan singular criatura, que hasta entonces sólo había excitado su curiosidad sin apenas satisfacerla, Aubrey les comunicó a sus tutores que había llegado el instante de realizar una excursión, que durante muchas generaciones se creía necesaria para que la juventud trepara rápidamente por las escaleras del vicio, igualándose con las personas maduras, con lo que no parecerían caídos del cielo cuando se mencionara ante ellos intrigas escandalosas, como temas de placer y alabanza, según el grado de perversión de las mismas.
Los tutores accedieron a su petición, e inmediatamente Aubrey le contó sus intenciones a Lord Ruthven, sorprendiéndose agradablemente cuando éste le invitó a viajar en su compañía.
Muy ufano de esta prueba de afecto, por parte de una persona que aparentemente no tenía nada en común con los demás mortales, aceptó encantado. Unos días más tarde, ya habían cruzado el Canal de la Mancha.
Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles, los resultados ofrecían unas conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su comportamiento.
Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles los resultados ofrecían conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su comportamiento.
Su compañero era muy liberal: el vago, el ocioso y el pordiosero recibían de su mano más de lo necesario para aliviar sus necesidades más perentorias. Pero Aubrey observó asimismo que Lord Ruthven jamás aliviaba las desdichas de los virtuosos, reducidos a la indigencia por la mala suerte, a los cuales despedía sin contemplaciones y aun con burlas. Cuando alguien acudía a él no para remediar sus necesidades, sino para poder hundirse en la lujuria o en las más tremendas iniquidades, Lord Ruthven jamás negaba su ayuda.
Sin embargo, Aubrey atribuía esta nota de su carácter a la mayor importunidad del vicio, que generalmente es mucho más insistente que el desdichado y el virtuoso indigente.
En las obras de beneficencia del Lord había una circunstancia que quedó muy grabada en la mente del joven: todos aquellos a quienes ayudaba Lord Ruthven, inevitablemente veían caer una maldición sobre ellos, pues eran llevados al cadalso o se hundían en la miseria más abyecta.
En Bruselas y otras ciudades por las que pasaron, Aubrey se asombró ante la aparente avidez con que su acompañante buscaba los centros de los mayores vicios. Solía entrar en los garitos de faro, donde apostaba, y siempre con fortuna, salvo cuando un canalla era su antagonista, siendo entonces cuando perdía más de lo que había ganado antes. Pero siempre conservaba la misma expresión pétrea, imperturbable, con la generalmente contemplaba a la sociedad que le rodeaba.
No sucedía lo mismo cuando el noble se tropezaba con la novicia juvenil o con un padre infortunado de una familia numerosa. Entonces, su deseo parecía la ley de la fortuna, dejando de lado su abstracción, al tiempo que sus ojos brillaban con más fuego que los del gato cuando juega con el ratón ya moribundo.
En todas las ciudades dejaba a la florida juventud asistente a los círculos por él frecuentados, echando maldiciones, en la soledad de una fortaleza del destino que la había arrastrado hacia él, al alcance de aquel mortal enemigo.
Asimismo, muchos padres sentábanse coléricos en medio de sus hambrientos hijos, sin un solo penique de su anterior fortuna, sin lo necesario siquiera para satisfacer sus más acuciantes necesidades.
Sin embargo, cuanto ganaba en las mesas de juego, lo perdía inmediatamente, tras haber esquilmado algunas grandes fortunas de personas inocentes.
Este podía ser el resultado de cierto grado de conocimiento capaz de combatir la destreza de los más experimentados.
Aubrey deseaba a menudo decirle todo esto a su amigo, suplicarle que abandonase esta caridad y estos placeres que causaban la ruina de todo el mundo, sin producirle a él beneficio alguno. Pero demoraba esta súplica, porque un día y otro esperaba que su amigo le diera una oportunidad de poder hablarle con franqueza y sinceridad. Cosa que nunca ocurrió.
Lord Ruthven, en su carruaje, y en medio de la naturaleza más lujuriosa y salvaje, siempre era el mismo: sus ojos hablaban menos que sus labios. Y aunque Aubrey se hallaba tan cerca del objeto de su curiosidad, no obtenía mayor satisfacción de este hecho que la de la constante exaltación del vano deseo de desentrañar aquel misterio que a su excitada imaginación empezaba a asumir las proporciones de algo sobrenatural.
No tardaron en llegar a Roma, y Aubrey perdió de vista a su compañero por algún tiempo, dejándole en la cotidiana compañía del círculo de amistades de una condesa italiana, en tanto él visitaba los monumentos de la ciudad casi desierta.
Estando así ocupado, llegaron varias cartas de Inglaterra, que abría con impaciencia. La primera era de su hermana dándole las mayores seguridades de su cariño; las otras eran de sus tutores; y la última le dejó asombrado.
Si antes había pasado por su imaginación que su compañero de viaje poseía algún malvado poder, aquella carta parecía reforzar tal creencia. Sus tutores insistían en que abandonase inmediatamente a su amigo, urgiéndole a ello en vista de la maldad de tal personaje, a causa de sus casi irresistibles poderes de seducción, que tornaban sumamente peligrosos sus hábitos para con la sociedad en general.
Habían descubierto que su desdén hacia las adúlteras no tenía su origen en el odio a ellas, sino que había requerido, para aumentar su satisfacción personal, que las víctimas —los compañeros de la culpa— fuesen arrojadas desde el pináculo de la virtud inmaculada a los más hondos abismos de la infamia y la degradación. En resumen: que todas aquellas damas a las que había buscado, aparentemente por sus virtudes, habíanse quitado la máscara desde la partida de Lord Ruthven, y no sentían ya el menor escrúpulo en exponer toda la deformidad de sus vicios a la contemplación pública.
Aubrey decidió al punto separarse de un personaje que todavía no le había mostrado ni un solo punto brillante en donde posar la mirada. Resolvió inventar un pretexto plausible para abandonarle, proponiéndose, mientras tanto, continuar vigilándole estrechamente y no dejar pasar la menor circunstancia acusatoria.
De este modo, penetró en el mismo círculo de amistades que Lord Ruthven, y no tardó en darse cuenta de que su amigo estaba dedicado a ocuparse de la inexperiencia de la hija de la dama cuya mansión frecuentaba más a menudo. En Italia, es muy raro que una mujer soltera frecuente los círculos sociales, por lo que Lord Ruthven se veía obligado a llevar adelante sus planes en secreto. Pero la mirada de Aubrey le siguió en todas sus tortuosidades, y pronto averiguó que la pareja había concertado una cita que sin duda iba a causar la ruina de una chica inocente, poco reflexiva.
Sin pérdida de tiempo, se presentó en el apartamento de su amigo, y bruscamente le preguntó cuáles eran sus intenciones con respecto a la joven, manifestándole al propio tiempo que estaba enterado de su cita para aquella misma noche.
Lord Ruthven contestó que sus intenciones eran las que podían suponerse en semejante menester. Y al ser interrogado respecto a si pensaba casarse con la muchacha, se echó a reír.
Aubrey se marchó, e inmediatamente redactó una nota alegando que desde aquel momento renunciaba a acompañar a Lord Ruthven durante el resto del viaje. Luego le pidió a su sirviente que buscase otro apartamento, y fue a visitar a la madre de la joven, a la que informó de cuanto sabía, no sólo respecto a su hija, sino también al carácter de Lord Ruthven.
La cita quedó cancelada. Al día siguiente, Lord Ruthven se limitó a enviar a su criado con una comunicación en la que se avenía a una completa separación, mas sin insinuar que sus planes hubieran quedado arruinados por la intromisión de Aubrey.
Tras salir de Roma, el joven dirigió sus pasos a Grecia, y tras cruzar la península, llegó a Atenas.
Allí fijó su residencia en casa de un griego, no tardando en hallarse sumamente ocupado en buscar las pruebas de la antigua gloria en unos monumentos que, avergonzados al parecer de ser testigos mudos de las hazañas de los hombres que antes fueron libres para convertirse después en esclavos, se hallaban escondidos debajo del polvo o de intrincados líquenes.
Bajo su mismo techo habitaba un ser tan delicado y bello que podía haber sido la modelo de un pintor que deseara llevar a la tela la esperanza prometida a los seguidores de Mahoma en el Paraíso, salvo que sus ojos eran demasiado pícaros y vivaces para pretender a un alma y no a un ser vivo.
Cuando bailaba en el prado, o correteaba por el monte, parecía mucho más ágil y veloz que las gacelas, y también mucho más grácil. Era, en resumen, el verdadero sueño de un epicuro.
El leve paso de Ianthe acompañaba a menudo a Aubrey en su búsqueda de antigüedad. Y a veces la incosciente joven se empeñaba en la persecución de una mariposa de Cachemira, mostrando la hermosura de sus formas al dejar flotar su túnica al viento, bajo la ávida mirada de Aubrey que así olvidaba las letras que acababa de descifrar en una tablilla medio borrada.
A veces, sus trenzas relucían a los rayos del sol con un brillo sumamente delicado, cambiando rápidamente de matices, pudiendo ello haber sido la excusa del olvido del joven anticuario que dejaba huir de su mente el objeto que antes había creído de capital importancia para la debida interpretación de un pasaje de Pausanias.
Pero, ¿por qué intentar describir unos encantos que todo el mundo veía, mas nadie podía apreciar?
Era la inocencia, la juventud, la belleza, sin estar aún contaminadas por los atestados salones, por las salas de baile.
Mientras el joven anotaba los recuerdos que deseaba conservar en su memoria para el futuro, la muchacha estaba a su alrededor, contemplando los mágicos efectos del lápiz que trazaba los paisajes de su solar patrio.
Entonces, ella le describía las danzas en la pradera, pintándoselas con todos los colores de su juvenil paleta; las pompas matrimoniales entrevistas en su niñez; y, refiriéndose a los temas que evidentemente más la habían impresionado, hablaba de los cuentos sobrenaturales de su nodriza.
Su afán y la creencia en lo que narraba, excitaron el interés de Aubrey. A menudo, cuando ella contaba el cuento del vampiro vivo, que había pasado muchos años entre amigos y sus más queridos parientes alimentándose con la sangre de las doncellas más hermosas para prolongar su existencia unos meses más, la suya se le helaba a Aubrey en las venas, mientras intentaba reírse de aquellas horribles fantasías.
Sin embargo, Ianthe le citaba nombres de ancianos que, por lo menos, habían contado entre sus contemporáneos con un vampiro vivo, habiendo hallado a parientes cercanos y algunos niños marcados con la señal del apetito del monstruo. Cuando la joven veía que Aubrey se mostraba incrédulo ante tales relatos, le suplicaba que la creyese, puesto que la gente había observado que aquellos que se atrevían a negar la existencia del vampiro siempre obtenían alguna prueba que, con gran dolor y penosos castigos, les obligaba a reconocer su existencia.
Ianthe le detalló la aparición tradicional de aquellos monstruos, y el horror de Aubrey aumentó al escuchar una descripción casi exacta de Lord Ruthven.
Pese a ello, el joven, persistió en querer convencer a la joven griega de que sus temores no podían ser debidos a una cosa cierta, si bien al mismo tiempo repasaba en su memoria todas las coincidencias que le habían incitado a creer en los poderes sobrenaturales de Lord Ruthven.
Aubrey cada día sentíase más ligado a Ianthe, ya que su inocencia, tan en contraste con las virtudes fingidas de las mujeres entre las que había buscado su idea de romance, había conquistado su corazón. Si bien le parecía ridícula la idea de que un muchacho inglés, de buena familia y mejor educación, se casara con una joven griega, carente casi de cultura, lo cierto era que cada vez amaba más a la doncella que le acompañaba constantemente.
En algunas ocasiones se separaba de ella, decidido a no volver a su lado hasta haber conseguido sus objetivos. Pero siempre le resultaba imposible concentrarse en las ruinas que le rodeaban, teniendo constantemente en su mente la imagen de quien lo era todo para él.
Ianthe no se daba cuenta el amor que por ella experimentaba Aubrey, mostrándose con él la misma chiquilla casi infantil de los primeros días. Siempre, no obstante, se despedía del joven con frecuencia, mas ello se debía tan sólo a no tener a nadie con quien visitar sus sitios favoritos, en tanto su acompañante se hallaba ocupado bosquejando o descubriendo algún fragmento que había escapado a la acción destructora del tiempo.
La joven apeló a sus padres para dar fe de la existencia de los vampiros. Y todos, con algunos individuos presentes, afirmaron su existencia, pálidos de horror ante aquel solo nombre.
Poco después, Aubrey decidió realizar una excursión, que le llevaría varias horas. Cuando los padres de Ianthe oyeron el nombre del lugar, le suplicaron que no regresase de noche, ya que necesariamente debería atravesar un bosque por el que ningún griego pasaba, una vez que había oscurecido, por ningún motivo.
Le describieron dicho lugar como el paraje donde los vampiros celebraban sus orgías y bacanales nocturnas. Y le aseguraron que sobre el que se atrevía a cruzar por aquel sitio recaían los peores males.
Aubrey no quiso hacer caso de tales advertencias, tratando de burlarse de aquellos temores. Pero cuando vio que todos se estremecían ante sus risas por aquel poder superior o infernal, cuyo solo nombre le helaba la sangre, acabó por callar y ponerse grave.
A la mañana siguiente, Aubrey salió de excursión, según había proyectado. Le sorprendió observar la melancólica cara de su huésped, preocupado asimismo al comprender que sus burlas de aquellos poderes hubiesen inspirado tal terror.
Cuando se hallaba a punto de partir, Ianthe se acercó al caballo que el joven montaba y le suplicó que regresase pronto, pues era por la noche cuando aquellos seres malvados entraban en acción. Aubrey se lo prometió.
Sin embargo, estuvo tan ocupado en sus investigaciones que no se dio cuenta de que el día iba dando fin a su reinado y que en el horizonte aparecía una de aquellas manchas que en los países cálidos se convierten muy pronto en una masa de nubes tempestuosas, vertiendo todo su furor sobre el desdichado país.
Finalmente, montó a caballo, decidido a recuperar su retraso. Pero ya era tarde. En los países del sur apenas existe el crepúsculo. El sol se pone inmediatamente y sobreviene la noche. Aubrey se había demorado con exceso. Tenía la tormenta encima, los truenos apenas se concedían un respiro entre sí, y el fuerte aguacero se abría paso por entre el espeso follaje, en tanto el relámpago azul parecía caer a sus pies.
El caballo se asustó de repente, y emprendió un galope alocado por entre el espeso bosque. Por fin, agotado de cansanci, el animal se paró, y Aubrey descubrió a la luz de los relámpagos que estaba en la vecindad de una choza que apenas se destacaba por entre la hojarasca y la maleza que le rodeaba.
Desmontó y se aproximó, cojeando, con el fin de encontrar a alguien que pudiera llevarle a la ciudad, o al menos obtener asilo contra la furiosa tormenta.
Cuando se acercaba a la cabaña, los truenos, que habían callado un instante, le permitieron oír unos gritos femeninos, gritos mezclados con risotadas de burla, todo como en un solo sonido. Aubrey quedó turbado. Mas, soliviantado por el trueno que retumbó en aquel momento, con un súbito esfuerzo empujó la puerta de la choza.
No vio más que densas tinieblas, pero el sonido le guió. Aparentemente, nadie se había dado cuenta de su presencia, pues aunque llamó, los mismos sonidos continuaron, sin que nadie reparase al parecer en él.
No tardó en tropezar con alguien, a quien apresó inmediatamente. De pronto, una voz volvió a gritar de manera ahogada, y al grito sucedió una carcajada. Aubrey hallóse al momento asido por una fuerza sobrehumana. Decidido a vender cara su vida, luchó mas en vano. Fue levantado del suelo y arrojado de nuevo al mismo con una potencia enorme. Luego, su enemigo se le echó encima y, arrodillado sobre su pecho, le rodeó la garganta con las manos. De repente, el resplandor de varias antorchas entrevistas por el agujero que hacía las veces de ventana, vino en su ayuda. Al momento, su rival se puso de pie y, separándose del joven, corrió hacia la puerta. Muy poco después, el crujido de las ramas caídas al ser pisoteadas por el fugitivo también dejó de oírse.
La tormenta había cesado, y Aubrey, incapaz de moverse, gritó, siendo oído poco después por los portadores de antorchas.
Entraron a la cabaña, y el resplandor de la resina quemada cayó sobre los muros de barro y el techo de bálago, totalmente lleno de mugre.
A instancias del joven, los recién llegados buscaron a la mujer que le había atraído con sus chillidos. Volvió, por tanto, a quedarse en tinieblas. Cual fue su horror cuando de nuevo quedó iluminado por la luz de las antorchas, pudiendo percibir la forma etérea de su amada convertida en un cadáver.
Cerró los ojos, esperando que sólo se tratase de un producto espantoso de su imaginación. Pero volvió a ver la misma forma al abrirlos, tendida a su lado.
No había el menor color en sus mejillas, ni siquiera en sus labios, y en su semblante se veía una inmovilidad que resultaba casi tan atrayente como la vida que antes lo animara. En el cuello y en el pecho había sangre, en la garganta las señales de los colmillos que se habían hincado en las venas.
—¡Un vampiro! ¡Un vampiro! —gritaron los componentes de la partida ante aquel espectáculo.
Rápidamente construyeron unas parihuelas, y Aubrey echó a andar al lado de la que había sido el objeto de tan brillantes visiones, ahora muerta en la flor de su vida.
Aubrey no podía ni siquiera pensar, pues tenía el cerebro ofuscado, pareciendo querer refugiarse en el vacío. Sin casi darse cuenta, empuñaba en su mano una daga de forma especial, que habían encontrado en la choza. La partida no tardó en reunirse con más hombres, enviados a la búsqueda de la joven por su afligida madre. Los gritos de los exploradores al aproximarse a la ciudad, advirtieron a los padres de la doncella que había sucedido una horrorosa catástrofe. Sería imposible describir su dolor. Cuando comprobaron la causa de la muerte de su hija, miraron a Aubrey y señalaron el cadáver. Estaban inconsolables, y ambos murieron de pesar.
Aubrey, ya en la cama, padeció una violentísima fiebre, con mezcolanza de delirios. En estos intervalos llamaba a Lord Ruthven y a Ianthe, mediante cierta combinación que le parecía una súplica a su antiguo compañero de viaje para que perdonase la vida de la doncella.
Otras veces lanzaba imprecaciones contra Lord Ruthven, maldiciéndole como asesino de la joven griega.
Por casualidad, Lord Ruthven llegó por aquel entonces a Atenas. Cuando se enteró del estado de su amigo, se presentó inmediatamente en su casa y se convirtió en su enfermero particular.
Cuando Aubrey se recobró de la fiebre y los delirios, quedóse horrorizado, petrificado, ante la imagen de aquel a quien ahora consideraba un vampiro. Lord Ruthven —con sus amables palabras, que implicaban casi cierto arrepentimiento por la causa que había motivado su separación— y la ansiedad, las atenciones y los cuidados prodigados a Aubrey, hicieron que éste pronto se reconciliase con su presencia.
Lord Ruthven parecía cambiado, no siendo ya el ser apático de antes, que tanto había asobrado a Aubrey. Pero tan pronto terminó la convalescencia del joven, su compañero volvió a ofrecer la misma condición de antes, y Aubrey ya no distinguió la menor diferencia, salvo que a veces veía la mirada de Lord Ruthven fija en él, al tiempo que una sonrisa maliciosa flotaba en sus labios. Sin saber por qué, aquella sonrisa le molestaba.
Durante la última fase de su recuperación, Lord Ruthven pareció absorto en la contemplación de las olas que levantaba en el mar la brisa marina, o en señalar el progreso de los astros que, como el nuestro, dan vueltas en torno al Sol. Y más que nada, parecía evitar todas las miradas ajenas.
Aubrey, a causa de la desgracia sufrida, tenía su cerebro bastante debilitado, y la elasticidad de espíritu que antes era su característica más acusada parecía haberle abandonado para siempre.
No era tan amable del silencio y la soledad como Lord Ruthven, pero deseaba estar solo, cosa que no podía conseguir en Atenas. Si se dedicaba a explorar las ruinas de la antigüedad, el recuerdo de Ianthe a su lado le atosigaba de continuo. Si recorría los bosques, el paso ligero de la joven parecía corretear a su lado, en busca de la modesta violeta. De repente, esta visión se esfumaba, y en su lugar veía el rostro pálido y la garganta herida de la joven, con una tímida sonrisa en sus labios.
Decidió rehuir tales visiones, que en su mente creaban una serie de amargas asociaciones. De este modo, le propuso a Lord Ruthven, a quien sentíase unido por los cuidados que aquel le había prodigado durante su enfermedad, que visitasen aquellos rincones de Grecia que aún no habían visto.
Los dos recorrieron la península en todas las direcciones, buscando cada rincón que pudiera estar unido a un recuerdo. Pero aunque lo exploraron todo, nada vieron que llamase realmente su interés.
Oían hablar mucho de diversas bandas de ladrones, mas gradualmente fueron olvidándose de ellas atribuyéndolas a la imaginación popular, o a la invención de algunos individuos cuyo interés consistía en excitar la generosidad de aquellos a quienes fingían proteger de tales peligros.
En consecuencia, sin hacer caso de tales advertencias, en cierta ocasión viajaban con muy poca escolta, cuyos componentes más debían servirles de guía que de protección. Al penetrar en un estrecho desfiladero, en el fondo del cual se hallaba el lecho de un torrente, lleno de grandes masas rocosas desprendidas de los altos acantilados que lo flanqueaban, tuvieron motivos para arrepentirse de su negligencia. Apenas se habían adentrado por paso tan angosto cuando se vieron sorprendidos por el silbido de las balas que pasaban muy cerca de sus cabezas, y las detonaciones de varias armas.
Al instante siguiente, la escolta les había abandonado, y resguardándose detrás de las rocas, empezaron todos a disparar contra sus atacantes.
Lord Ruthven y Aubrey, imitando su ejemplo, se retiraron momentáneamente al amparo de un recodo del desfiladero. Avergonzados por asustarse tanto ante un vulgar enemigo, que con gritos insultantes les conminaban a seguir avanzando, y estando expuestos al mismo tiempo a una matanza segura si alguno de los ladrones se situaba más arriba de su posición y les atacaba por la espalda, determinaron precipitarse al frente, en busca del enemigo...
Apenas abandonaron el refugio rocoso, Lord Ruthven recibió en el hombro el impacto de una bala que le envió rodando al suelo. Aubrey corrió en su ayuda, sin hacer caso del peligro a que se exponía, mas no tardó en verse rodeado por los malhechores, al tiempo que los componentes de la escolta, al ver herido a Lord Ruthven, levantaron inmediatamente las manos en señal de rendición.
Mediante la promesa de grandes recompensas, Aubrey logró convencer a sus atacantes para que trasladasen a su herido amigo a una cabaña situada no lejos de allí. Tras hacer concertado el rescate a pagar, los ladrones no le molestaron, contentándose con vigilar la entrada de la cabaña hasta el regreso de uno de ellos, que debía percibir la suma prometida gracias a una orden firmada por el joven.
Las energías de Lord Ruthven disminuyeron rápidamente. Dos días más tarde, la muerte pareció ya inminente. Su comportamiento y su aspecto no había cambiado, pareciendo tan incosciente al dolor como a cuanto le rodeaba. Hacia el fin del tercer día, su mente pareció extraviarse, y su mirada se fijó insistentemente en Aubrey, el cual sintióse impulsado a ofrecerle más que nunca su ayuda.
—Sí, tú puedes salvarme... Puedes hacer aún mucho más... No me refiero a mi vida, pues temo tan poco a la muerte como al término del día. Pero puedes salvar mi honor. Sí, puedes salvar el honor de tu amigo.
—Decidme cómo —asintió Aubrey—, y lo haré.
—Es muy sencillo. Yo necesito muy poco... Mi vida necesita espacio... Oh, no puedo explicarlo todo... Mas si callas cuanto sabes de mí, mi honor se verá libre de las murmuraciones del mundo, y si mi muerte es por algún tiempo desconocida en Inglaterra... yo... yo... ah, viviré.
—Nadie lo sabrá.
—¡Júralo! —exigió el moribundo, incorporándose con gran violencia—. ¡Júralo por las almas de tus antepasados, por todos los temores de la naturaleza, jura que durante un año y un día no le contarás a nadie mis crímenes ni mi muerte, pase lo que pase, veas lo que veas!
Sus ojos parecían querer salir de sus órbitas.
—¡Lo juro! —exclamó Aubrey.
Lord Ruthven de dejó caer sobre la almohada, lanzando una carcajada, y expiró.
Aubrey retiróse a descansar, mas no durmió pues su cerebro daba vueltas y más vueltas sobre los detalles de su amistad con tan extraño ser, y sin saber por qué, cuando recordaba el juramento prestado sentíase invadido por un frío extraño, con el presentimiento de una desgracia inminente.
Levantóse muy temprano al día siguiente, e iba ya a entrar en la cabaña donde había dejado el cadáver, cuando uno de los ladrones le comunicó que ya no estaba allí, puesto que él y sus camaradas lo habían transportado a la cima de la montaña, según la promesa hecha al difunto de que lo dejarían expuesto al primer rayo de luna después de su muerte.
Aubrey quedóse atónito ante aquella noticia. Junto con varios individuos, decidió ir adonde habían dejado a Lord Ruthven, para enterrarlo debidamente. Pero una vez en la cumbre de la montaña, no halló ni rastro del cadáver ni de sus ropas, aunque los ladrones juraron que era aquel el lugar en que dejaron al muerto.
Durante algún tiempo su mente perdióse en conjeturas, hasta que decidió descender de nuevo, convencido de que los ladrones habían enterrado el cadáver tras despojarlo de sus vestiduras.
Harto de un país en el que sólo había padecido tremendos horrores, y en el que todo conspiraba para fortalecer aquella superstición melancólica que se había adueñado de su mente, resolvió abandonarlo, no tardando en llegar a Esmirna.
Mientras esperaba un barco que le condujera a Otranto o a Nápoles, estuvo ocupado en disponer los efectos que tenía consigo y que habían pertenecido a Lord Ruthven. Entre otras cosas halló un estuche que contenía varias armas, más o menos adecuada para asegurar la muerte de una víctima. Dentro se hallaban varias dagas y yataganes.
Mientras los examinaba, asombrado ante sus curiosas formas, grande fue su sorpresa al encontrar una vaina ornamentada en el mismo estilo que la daga hallada en la choza fatal. Aubrey se estremeció, y deseando obtener nuevas pruebas, buscó la daga. Su horror llegó a su culminación cuando verificó que la hoja se adaptaba a la vaina, pese a su peculiar forma.
No necesitaba ya más pruebas, aunque sus ojos parecían como pegados a la daga, pese a lo cuál todavía se resistía a creerlo. Sin embargo, aquella forma especial, los mismos esplendorosos adornos del mango y la vaina, no dejaban el menor resquicio a la duda. Además, ambos objetos mostraban gotas de sangre.
Partió de Esmirna y, ya en Roma, sus primeras investigaciones se refirieron a la joven que él había intentado arrancar a las artes seductoras de Lord Ruthven. Sus padres se hallaban desconsolados, totalmente arruinados, y a la joven no se la había vuelto a ver desde la salida de la capital de Lord Ruthven.
El cerebro de Aubrey estuvo a punto de desquiciarse ante tal cúmulo de horrores, temiendo que la joven también hubiese sido víctima del mismo asesino de Ianthe. Aubrey tornóse más callado y retraído y su sola ocupación consistió ya en apresurar a sus postillones, como si tuviese necesidad de salvar a un ser muy querido.
Llegó a Calais, y una brisa que parecía obediente a sus deseos no tardó en dejarle en las costas de Inglaterra. Corrió a la mansión de sus padres y allí, por un momento, pareció perder, gracias a los besos y abrazos de su hermana, todo recuerdo del pasado. Si antes, con sus infantiles caricias, ya había conquistado el afecto de su hermano, ahora que empezaba a ser mujer todavía la quería más.
La señorita Aubrey no poseía la alada gracia que atrae las miradas y el aplauso de las reuniones y fiestas. No había en ella el ingenio ligero que sólo existe en los salones. Sus ojos azules jamás se iluminaban con ironías o sarcasmos. En toda su persona había como un halo de encanto melancólico que no se debía a ninguna desdicha sino a un sentimiento interior, que parecía indicar un alma consciente de un reino más brillante.
No tenía el paso leve, que atrae como el vuelo grácil de la mariposa, como un color grato a la vista. Su paso era sosegado y pensativo. Cuando estaba sola, su semblante jamás se alegraba con una sonrisa de júbilo. Pero al sentir el afecto de su hermano, y olvidar en su presencia los pesares que le impedían el descanso, ¿quién no habría cambiado una sonrisa por tanta dicha?
Era como si los ojos de la joven, su rostro entero, jugasen a la luz de su esfera propia. Sin embargo, la muchacha sólo contaba dieciocho años, por lo que no había sido presentada en sociedad, habiendo juzgado sus tutores que debían demorarse tal acto hasta que su hermano regresara del continente, momento en que se constituiría en su protector.
Por tanto, resolvieron que darían una fiesta con el fin de que ella apareciese "en escena". Aubrey habría preferido estar apartado de todo bullicio, alimentándose con la melancolía que le abrumaba. No experimentaba el menor interés por las frivolidades de personas desconocidas, aunque se mostró dispuesto a sacrificar su comodidad para proteger a su hermana.
De esta manera, no tardaron en llegar a su casa de la capital, a fin de disponerlo todo para el día siguiente, elegido para la fiesta.
La multitud era excesiva. Una fiesta no vista en mucho tiempo, donde todo el mundo estaba ansioso de dejarse ver.
Aubrey apareció con su hermana. Luego, estando solo en un rincón, mirando a su alrededor con muy poco interés, pensando abstraídamente que la primera vez que había visto a Lord Ruthven había sido en aquel mismo salón había sido en aquel mismo salón, sintióse de pronto cogido por el brazo, al tiempo que en sus oídos resonaba una voz que recordaba demasiado bien.
—Acuérdate del juramento.
Aubrey apenas tuvo valor para volverse, temiendo ver a un espectro que le podría destruir; y distinguió no lejos a la misma figura que había atraído su atención cuando, a su vez, él había entrado por primera vez en sociedad.
Contempló a aquella figura fijamente, hasta que sus piernas casi se negaron a sostener el peso de su cuerpo. Luego, asiendo a un amigo del brazo, subió a su carruaje y le ordenó al cochero que le llevase a su casa de campo.
Una vez allí, empezó a pasearse agitadamente, con la cabeza entre las manos, como temiendo que sus pensamientos le estallaran en el cerebro.
Lord Ruthven había vuelto a presentarse ante él... Y todos los detalles se encadenaron súbitamente ante sus ojos; la daga..., la vaina..., la víctima..., su juramento.
¡No era posible, se dijo muy excitado, no era posible que un muerto resucitara!
Era imposible que fuese un ser real. Por eso, decidió frecuentar de nuevo la sociedad. Necesitaba aclarar sus dudas. Pero cuando, noche tras noche, recorrió diversos salones, siempre con el nombre de Lord Ruthven en sus labios, nada consiguió.
Una semana más tarde, acudió con su hermana a una fiesta en la mansión de unas nuevas amistades. Dejándola bajo la protección de la anfitriona, Aubrey retiróse a un rincón y allí dio rienda suelta a sus pensamientos.
Cuando al fin vio que los invitados empezaban a marcharse, penetró en el salón y halló a su hermana rodeada de varios caballeros, al parecer conversando animadamente. El joven intentó abrirse paso para acudir junto a su hermana, cuando uno de los presentes, al volverse, le ofreció aquellas facciones que tanto aborrecía.
Aubrey dio un tremendo salto, tomó a su hermana del brazo y apresuradamente la arrastró hacia la calle. En la puerta encontró impedido el paso por la multitud de criados que aguardaban a sus respectivos amos. Mientras trataba de superar aquella barrera humana, volvió a su oído la conocida y fatídica voz:
—¡Acuérdate del juramento!
No se atrevió a girar y, siempre arrastrando a su hermana, no tardó en llegar a casa.
Aubrey empezó a dar señales de desequilibrio mental. Si antes su cerebro había estado sólo ocupado con un tema, ahora se hallaba totalmente absorto en él, teniendo ya la certidumbre de que el monstruo continuaba viviendo.
No paraba ya mientes en su hermana, y fue inútil que ésta tratara de arrancarle la verdad de tan extraña conducta. Aubrey limitábase a proferir palabras casi incoherentes, que aún aterraban más a la muchacha.
Cuando Aubrey más meditaba en ello, más transtornado estaba. Su juramento le abrumaba. ¿Debía permitir, pues, que aquel monstruo rondase por el mundo, en medio de tantos seres queridos, sin delatar sus intenciones? Su misma hermana había hablado con él. Pero, aunque quebrantase su juramento y revelase las verdaderas intenciones de Lord Ruthven, ¿quién le iba a creer? Pensó en servirse de su propia mano para desembarazar al mundo de tan cruel enemigo. Recordó, sin embargo, que la muerte no afectaba al monstruo. Durante días permaneció en tal estado, encerrado en su habitación, sin ver a nadie, comiendo sólo cuando su hermana le apremiaba a ello, con lágrimas en los ojos.
Al fin, no pudiendo soportar por más tiempo el silencio y la soledad salió de la casa para rondar de calle en calle, ansioso de descubrir la imagen de quien tanto le acosaba. Su aspecto distaba mucho de ser atildado, exponiendo sus ropas tanto al feroz sol de mediodía como a la humedad de la noche. Al fin, nadie pudo ya reconocer en él al antiguo Aubrey. Y si al principio regresaba todas las noches a su casa, pronto empezó a descansar allí donde la fatiga le vencía.
Su hermana, angustiada por su salud, empleó a algunas personas para que le siguiesen, pero el joven supo distanciarlas, puesto que huía de un perseguidor más veloz que aquellas: su propio pensamiento.
Su conducta, no obstante, cambió de pronto. Sobresaltado ante la idea de que estaba abandonando a sus amigos, con un feroz enemigo entre ellos de cuya presencia no tenían el menor conocimiento, decidió entrar de nuevo en sociedad y vigilarle estrechamente, ansiando advertir, a pesar de su juramento, a todos aquellos a quienes Lord Ruthven demostrase cierta amistad.
Mas al entrar en un salón, su aspecto miserable, su barba de varios días, resultaron tan sorprendentes, sus estremecimientos interiores tan visibles, que su hermana vióse al fin obligada a suplicarle que se abstuviese en bien de ambos a una sociedad que le afectaba de manera tan extraña.
Cuando esta súplica resultó vana, los tutores creyeron su deber interponerse y, temiendo que el joven tuviera transtornado el cerebro, pensaron que había llegado el momento de recobrar ante él la autoridad delegada por sus difuntos padres.
Deseoso de precaverle de las heridas mentales y de los sufrimientos físicos que padecía a diario en sus vagabundeos, e impedir que se expusiera a los ojos de sus amistades con las inequívocas señales de su trastorno, acudieron a un médico para que residiera en la mansión y cuidase de Aubrey.
Este apenas pareció darse cuenta de ello: tan completamente absorta estaba su mente en el otro asunto. Su incoherencia acabó por ser tan grande, que se vio confinado en su dormitorio. Allí pasaba los días tendido en la cama, incapaz de levantarse.
Su rostro se tornó demacrado y sus pupilas adquirieron un brillo vidrioso; sólo mostraba cierto reconocimiento y afecto cuando entraba su hermana a visitarle. A veces se sobresaltaba, y tomándole las manos, con unas miradas que afligían intensamente a la joven, deseaba que el monstruo no la hubiese tocado ni rozado siquiera.
—¡Oh, hermana querida, no le toques! ¡Si de veras me quieres, no te acerques a él!
Sin embargo, cuando ella le preguntaba a quién se refería, Aubrey se limitaba a murmurar:
—¡Es verdad, es verdad!
Y de nuevo se hundía en su abatimiento anterior, del que su hermana no lograba ya arrancarle.
Esto duró muchos meses. Pero, gradualmente, en el transcurso de aquel año, sus incoherencias fueron menos frecuentes, y su cerebro se aclaró bastante, al tiempo que sus tutores observaban que varias veces diarias contaba con los dedos cierto número, y luego sonreía.
Al llegar el último día del año, uno de los tutores entró en el dormitorio y empezó a conversar con el médico respecto a la melancolía del muchacho, precisamente cuando al día siguiente debía casarse su hermana.
Instantáneamente, Aubrey mostróse alerta, y preguntó angustiosamente con quién iba a contraer matrimonio. Encantados de aquella demostración de cordura, de la que le creían privado, mencionaron el nombre del Conde de Marsden.
Creyendo que se trataba del joven conde al que él había conocido en sociedad, Aubrey pareció complacido, y aún asombró más a sus oyentes al expresar su intención de asistir a la boda, y su deseo de ver cuanto antes a su hermana.
Aunque ellos se negaron a este anhelo, su hermana no tardó en hallarse a su lado. Aubrey, al parecer, no fue capaz de verse afectado por el influjo de la encantadora sonrisa de la muchacha, puesto que la abrazó, la besó en las mejillas, bañadas en lágrimas por la propia joven al pensar que su hermano volvía a estar en el mundo de los cuerdos.
Aubrey empezó a expresar su cálido afecto y a felicitarla por casarse con una persona tan distinguida, cuando de repente se fijó en un medallón que ella lucía sobre el pecho. Al abrirlo, cuál no sería su inmenso estupor al descubrir las facciones del monstruo que tanto y tan funestamente había influido en su existencia.
En un paroxismo de furor, tomó el medallón y, arrojándolo al suelo, lo pisoteó. Cuando ella le preguntó por qué había destruído el retrato de su futuro esposo, Aubrey la miró como sin comprender. Después, asiéndola de las manos, y mirándola con una frenética expresión de espanto, quiso obligarla a jurar que jamás se casaría con semejante monstruo, ya que él...
No pudo continuar. Era como si su propia voz le recordase el juramento prestado, y al girarse en redondo, pensando que Lord Ruthven se hallaba detrás suyo, no vio a nadie.
Mientras tanto, los tutores y el médico, que todo lo habían oído, pensando que la locura había vuelto a apoderarse de aquel pobre cerebro, entraron y le obligaron a separarse de su hermana.
Aubrey cayó de rodillas ante ellos, suplicándoles que demorasen la boda un solo día. Mas ellos, atribuyendo tal petición a la locura que se imaginaban devoraba su mente, intentaron calmarle y le dejaron solo.
Lord Ruthven visitó la mansión a la mañana siguiente de la fiesta, y le fue negada la entrada como a todo el mundo. Cuando se enteró de la enfermedad de Aubrey, comprendió que era él la causa inmediata de la misma. Cuando se enteró de que el joven estaba loco, apenas si consiguió ocultar su júbilo ante aquellos que le ofrecieron esta información.
Corrió a casa de su antiguo compañero de viaje, y con sus constantes cuidados y fingimiento del gran interés que sentía por su hermano y por su triste destino, gradualmente fue conquistando el corazón de la señorita Aubrey.
¿Quien podía resistirse a aquel poder? Lord Ruthven hablaba de los peligros que le habían rodeado siempre, del escaso cariño que había hallado en el mundo, excepto por parte de la joven con la que conversaba. ¡Ah, desde que la conocía, su existencia había empezado a parecer digna de algún valor, aunque sólo fuese por la atención que ella le prestaba! En fin, supo utilizar con tanto arte sus astutas mañas, o tal fue la voluntad del Destino, que Lord Ruthven conquistó el amor de la hermana de Aubrey.
Gracias al título de una rama de su familia, obtuvo una embajada importante, que le sirvió de excusa para apresurar la boda (pese al trastorno mental del hermano), de modo que la misma tendría lugar al día siguiente, antes de su partida para el continente.
Aubrey, una vez lejos del médico y el tutor, trató de sobornar a los criados, pero en vano. Pidió pluma y papel, que le entregaron, y escribió una carta a su hermana, conjurándola —si en algo apreciaba su felicidad, su honor y el de quienes yacían en sus tumbas, que antaño la habían tenido en brazos como su esperanza y la esperanza del buen nombre familiar— a posponer sólo por unas horas aquel matrimonio, sobre el que vertía sus más terribles maldiciones.
Los criados prometieron entregar la misiva, mas como se la dieron al médico, éste prefirió no alterar a la señorita Aubrey con lo que, consideraba, era solamente la manía de un demente.
Transcurrió la noche sin descanso para ninguno de los ocupantes de la casa. Y Aubrey percibió con horror los rumores de los preparativos para el casamiento.
Vino la mañana, y a sus oídos llegó el ruido de los carruajes al ponerse en marcha. Aubrey se puso frenético. La curiosidad de los sirvientes superó, al fin, a su vigilancia. Y gradualmente se alejaron para ver partir a la novia, dejando a Aubrey al cuidado de una indefensa anciana.
Aubrey se aprovechó de aquella oportunidad. Saltó fuera de la habitación y no tardó en presentarse en el salón donde todo el mundo se hallaba reunido, dispuesto para la marcha. Lord Ruthven fue el primero en divisarle, e inmediatamente se le acercó, asiéndolo del brazo con inusitada fuerza para sacarle de la estancia, trémulo de rabia.
Una vez en la escalinata, le susurró al oído:
—Acuérdate del juramento y sabe que si hoy no es mi esposa, tu hermana quedará deshonrada. ¡Las mujeres son tan frágiles...!
Así deciendo, le empujó hacia los criados, quienes, alertados ya por la anciana, le estaban buscando. Aubrey no pudo soportarlo más: al no hallar salida a su furor, se le rompió un vaso sanguíneo y tuvo que ser trasladado rápidamente a su cama.
Tal suceso no le fue mencionado a la hermana, que no estaba presente cuando aconteció , pues el médico temía causarle cualquier agitación.
La boda se celebró con toda solemnidad, y el novio y la novia abandonaron Londres.
La debilidad de Aubrey fue en aumento, y la hemorragia de sangre produjo los síntomas de la muerte próxima. Deseaba que llamaran a los tutores de su hermana, y cuando éstos estuvieron presentes y sonaron las doce campanadas de la medianoche, instantes en que se cumplía el plazo impuesto a su silencio, relató apresuradamente cuanto había vivido y sufrido... y falleció inmediatamente después.
Los tutores se apresuraron a proteger a la hermana de Aubrey, mas cuando llegaron ya era tarde. Lord Ruthven había desaparecido, y la joven había saciado la sed de sangre de un vampiro".
John William Polidori
Miraba a su alrededor como si no participara de las diversiones generales. Aparentemente, sólo atraían su atención las risas de los demás, como si pudiera acallarlas a su voluntad y amedrentar aquellos pechos donde reinaba la alegría y la despreocupación.
Los que experimentaban esta sensación de temor no sabían explicar cual era su causa. Algunos la atribuían a la mirada gris y fija, que penetraba hasta lo más hondo de una conciencia, hasta lo más profundo de un corazón. Aunque lo cierto era que la mirada sólo recaía sobre una mejilla con un rayo de plomo que pesaba sobre la piel que no lograba atravesar.
Sus rarezas provocaban una serie de invitaciones a las principales mansiones de la capital. Todos deseaban verle, y quienes se hallaban acostumbrados a la excitación violenta, y experimentaban el peso del "ennui", estaban sumamente contentos de tener algo ante ellos capaz de atraer su atención de manera intensa.
A pesar del matiz mortal de su semblante, que jamás se coloreaba con un tinte rosado ni por modestia ni por la fuerte emoción de la pasión, pese a que sus facciones y su perfil fuesen bellos, muchas damas que andaban siempre en busca de notoriedad trataban de conquistar sus atenciones y conseguir al menos algunas señales de afecto. Lady Mercer, que había sido la burla de todos los monstruos arrastrados a sus aposentos particulares después de su casamiento, se interpuso en su paso, e hizo cuanto pudo para llamar su atención... pero en vano. Cuando la joven se hallaba ante él, aunque los ojos del misterioso personaje parecían fijos en ella, no parecían darse cuenta de su presencia. Incluso su imprudencia parecía pasar desapercibida a los ojos del caballero, por lo que, cansada de su fracaso, abandonó la lucha.
Mas aunque las vulgares adúlteras no lograron influir en la dirección de aquella mirada, el noble no era indiferente al bello sexo, si bien era tal la cautela con que se dirigía tanto a la esposa virtuosa como a la hija inocente, que muy pocos sabían que hablase también con las mujeres.
Sin embargo, pronto se ganó la fama de poseer una lengua meritoria. Y bien fuese porque la misma superaba al temor que inspiraba aquel carácter tan singular, o porque las damas se quedaron perturbadas ante su aparente odio del vicio, el caballero no tardó en contar con admiradoras tanto entre las mujeres que se ufanaban de su sexo junto con sus virtudes domésticas, como entre las que las manchaban con sus vicios.
Por la misma época, llegó a Londres un joven llamado Aubrey. Era huérfano, con una sola hermana que poseía una fortuna más que respetable, habiendo fallecido sus padres siendo él niño todavía.
Abandonado a sí mismo por sus tutores, que pensaban que su deber sólo consistía en cuidar de su fortuna, en tanto descuidaban aspectos más importantes en manos de personas subalternas, Aubrey cultivó más su imaginación que su buen juicio. Por consiguiente, alimentaba los sentimientos románticos del honor y el candor, que diariamente arruinan a tantos jóvenes inocentes.
Creía en la virtud y pensaba que el vicio lo consentía la Providencia sólo como un contraste de aquella, tal como se lee en las novelas. Pensaba que la desgracia de una casa consistía tan sólo en las vestimentas, que la mantenían cálida, aunque siempre quedaban mejor adaptadas a los ojos de un pintor gracias al desarreglo de sus pliegues y a los diversos manchones de pintura.
Pensaba, en suma, que los sueños de los poetas eran las realidades de la existencia.
Aubrey era guapo, sincero y rico. Por tales razones, tras su ingreso en los círculos alegres, le rodearon y atosigaron muchas mujeres, con hijastras casaderas, y muchas esposas en busca de pasatiempos extraconyugales. Las hijas y las esposas infieles pronto opinaron que era un joven de gran talento, gracias a sus brillantes ojos y a sus sensuales labios.
Adherido al romance de su solitarias horas, Aubrey se sobresaltó al descubrir que, excepto en las llamas de las velas, que chisporroteaban no por la presencia de un duende sino por las corrientes de aire, en la vida real no existía la menor base para las necedades románticas de las novelas, de las que había extraído sus pretendidos conocimientos.
Hallando, no obstante, cierta compensación a su vanidad satisfecha, estaba a punto de abandonar sus sueños, cuando el extraordinario ser antes mencionado y descrito se cruzó en su camino.
Le escrutó con atención. Y la imposibilidad de formarse una idea del carácter de un hombre tan completamente absorto en sí mismo, de un hombre que presentaba tan pocos signos de la observación de los objetos externos a él —aparte del tácito reconocimiento de su existencia, implicado por la evitación de su contacto, dejando que su imaginación ideara todo aquello que halagaba su propensión a las ideas extravagantes— pronto convirtió a semejante ser en el héroe de un romance. Y decidió observar a aquel retoño de su fantasía más que al personaje en sí mismo.
Trabó amistad con él, fue atento con sus nociones, y llegó a hacerse notar por el misterioso caballero. Su presencia acabó por ser reconocida.
Se enteró gradualmente de que Lord Ruthven tenía unos asuntos algo embrollados, y no tardó en averiguar, de acuerdo con las notas halladas en la calle, que estaba a punto de emprender un viaje.
Deseando obtener más información con respecto a tan singular criatura, que hasta entonces sólo había excitado su curiosidad sin apenas satisfacerla, Aubrey les comunicó a sus tutores que había llegado el instante de realizar una excursión, que durante muchas generaciones se creía necesaria para que la juventud trepara rápidamente por las escaleras del vicio, igualándose con las personas maduras, con lo que no parecerían caídos del cielo cuando se mencionara ante ellos intrigas escandalosas, como temas de placer y alabanza, según el grado de perversión de las mismas.
Los tutores accedieron a su petición, e inmediatamente Aubrey le contó sus intenciones a Lord Ruthven, sorprendiéndose agradablemente cuando éste le invitó a viajar en su compañía.
Muy ufano de esta prueba de afecto, por parte de una persona que aparentemente no tenía nada en común con los demás mortales, aceptó encantado. Unos días más tarde, ya habían cruzado el Canal de la Mancha.
Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles, los resultados ofrecían unas conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su comportamiento.
Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar a fondo el carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió que, aunque gran parte de sus acciones eran plenamente visibles los resultados ofrecían conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su comportamiento.
Su compañero era muy liberal: el vago, el ocioso y el pordiosero recibían de su mano más de lo necesario para aliviar sus necesidades más perentorias. Pero Aubrey observó asimismo que Lord Ruthven jamás aliviaba las desdichas de los virtuosos, reducidos a la indigencia por la mala suerte, a los cuales despedía sin contemplaciones y aun con burlas. Cuando alguien acudía a él no para remediar sus necesidades, sino para poder hundirse en la lujuria o en las más tremendas iniquidades, Lord Ruthven jamás negaba su ayuda.
Sin embargo, Aubrey atribuía esta nota de su carácter a la mayor importunidad del vicio, que generalmente es mucho más insistente que el desdichado y el virtuoso indigente.
En las obras de beneficencia del Lord había una circunstancia que quedó muy grabada en la mente del joven: todos aquellos a quienes ayudaba Lord Ruthven, inevitablemente veían caer una maldición sobre ellos, pues eran llevados al cadalso o se hundían en la miseria más abyecta.
En Bruselas y otras ciudades por las que pasaron, Aubrey se asombró ante la aparente avidez con que su acompañante buscaba los centros de los mayores vicios. Solía entrar en los garitos de faro, donde apostaba, y siempre con fortuna, salvo cuando un canalla era su antagonista, siendo entonces cuando perdía más de lo que había ganado antes. Pero siempre conservaba la misma expresión pétrea, imperturbable, con la generalmente contemplaba a la sociedad que le rodeaba.
No sucedía lo mismo cuando el noble se tropezaba con la novicia juvenil o con un padre infortunado de una familia numerosa. Entonces, su deseo parecía la ley de la fortuna, dejando de lado su abstracción, al tiempo que sus ojos brillaban con más fuego que los del gato cuando juega con el ratón ya moribundo.
En todas las ciudades dejaba a la florida juventud asistente a los círculos por él frecuentados, echando maldiciones, en la soledad de una fortaleza del destino que la había arrastrado hacia él, al alcance de aquel mortal enemigo.
Asimismo, muchos padres sentábanse coléricos en medio de sus hambrientos hijos, sin un solo penique de su anterior fortuna, sin lo necesario siquiera para satisfacer sus más acuciantes necesidades.
Sin embargo, cuanto ganaba en las mesas de juego, lo perdía inmediatamente, tras haber esquilmado algunas grandes fortunas de personas inocentes.
Este podía ser el resultado de cierto grado de conocimiento capaz de combatir la destreza de los más experimentados.
Aubrey deseaba a menudo decirle todo esto a su amigo, suplicarle que abandonase esta caridad y estos placeres que causaban la ruina de todo el mundo, sin producirle a él beneficio alguno. Pero demoraba esta súplica, porque un día y otro esperaba que su amigo le diera una oportunidad de poder hablarle con franqueza y sinceridad. Cosa que nunca ocurrió.
Lord Ruthven, en su carruaje, y en medio de la naturaleza más lujuriosa y salvaje, siempre era el mismo: sus ojos hablaban menos que sus labios. Y aunque Aubrey se hallaba tan cerca del objeto de su curiosidad, no obtenía mayor satisfacción de este hecho que la de la constante exaltación del vano deseo de desentrañar aquel misterio que a su excitada imaginación empezaba a asumir las proporciones de algo sobrenatural.
No tardaron en llegar a Roma, y Aubrey perdió de vista a su compañero por algún tiempo, dejándole en la cotidiana compañía del círculo de amistades de una condesa italiana, en tanto él visitaba los monumentos de la ciudad casi desierta.
Estando así ocupado, llegaron varias cartas de Inglaterra, que abría con impaciencia. La primera era de su hermana dándole las mayores seguridades de su cariño; las otras eran de sus tutores; y la última le dejó asombrado.
Si antes había pasado por su imaginación que su compañero de viaje poseía algún malvado poder, aquella carta parecía reforzar tal creencia. Sus tutores insistían en que abandonase inmediatamente a su amigo, urgiéndole a ello en vista de la maldad de tal personaje, a causa de sus casi irresistibles poderes de seducción, que tornaban sumamente peligrosos sus hábitos para con la sociedad en general.
Habían descubierto que su desdén hacia las adúlteras no tenía su origen en el odio a ellas, sino que había requerido, para aumentar su satisfacción personal, que las víctimas —los compañeros de la culpa— fuesen arrojadas desde el pináculo de la virtud inmaculada a los más hondos abismos de la infamia y la degradación. En resumen: que todas aquellas damas a las que había buscado, aparentemente por sus virtudes, habíanse quitado la máscara desde la partida de Lord Ruthven, y no sentían ya el menor escrúpulo en exponer toda la deformidad de sus vicios a la contemplación pública.
Aubrey decidió al punto separarse de un personaje que todavía no le había mostrado ni un solo punto brillante en donde posar la mirada. Resolvió inventar un pretexto plausible para abandonarle, proponiéndose, mientras tanto, continuar vigilándole estrechamente y no dejar pasar la menor circunstancia acusatoria.
De este modo, penetró en el mismo círculo de amistades que Lord Ruthven, y no tardó en darse cuenta de que su amigo estaba dedicado a ocuparse de la inexperiencia de la hija de la dama cuya mansión frecuentaba más a menudo. En Italia, es muy raro que una mujer soltera frecuente los círculos sociales, por lo que Lord Ruthven se veía obligado a llevar adelante sus planes en secreto. Pero la mirada de Aubrey le siguió en todas sus tortuosidades, y pronto averiguó que la pareja había concertado una cita que sin duda iba a causar la ruina de una chica inocente, poco reflexiva.
Sin pérdida de tiempo, se presentó en el apartamento de su amigo, y bruscamente le preguntó cuáles eran sus intenciones con respecto a la joven, manifestándole al propio tiempo que estaba enterado de su cita para aquella misma noche.
Lord Ruthven contestó que sus intenciones eran las que podían suponerse en semejante menester. Y al ser interrogado respecto a si pensaba casarse con la muchacha, se echó a reír.
Aubrey se marchó, e inmediatamente redactó una nota alegando que desde aquel momento renunciaba a acompañar a Lord Ruthven durante el resto del viaje. Luego le pidió a su sirviente que buscase otro apartamento, y fue a visitar a la madre de la joven, a la que informó de cuanto sabía, no sólo respecto a su hija, sino también al carácter de Lord Ruthven.
La cita quedó cancelada. Al día siguiente, Lord Ruthven se limitó a enviar a su criado con una comunicación en la que se avenía a una completa separación, mas sin insinuar que sus planes hubieran quedado arruinados por la intromisión de Aubrey.
Tras salir de Roma, el joven dirigió sus pasos a Grecia, y tras cruzar la península, llegó a Atenas.
Allí fijó su residencia en casa de un griego, no tardando en hallarse sumamente ocupado en buscar las pruebas de la antigua gloria en unos monumentos que, avergonzados al parecer de ser testigos mudos de las hazañas de los hombres que antes fueron libres para convertirse después en esclavos, se hallaban escondidos debajo del polvo o de intrincados líquenes.
Bajo su mismo techo habitaba un ser tan delicado y bello que podía haber sido la modelo de un pintor que deseara llevar a la tela la esperanza prometida a los seguidores de Mahoma en el Paraíso, salvo que sus ojos eran demasiado pícaros y vivaces para pretender a un alma y no a un ser vivo.
Cuando bailaba en el prado, o correteaba por el monte, parecía mucho más ágil y veloz que las gacelas, y también mucho más grácil. Era, en resumen, el verdadero sueño de un epicuro.
El leve paso de Ianthe acompañaba a menudo a Aubrey en su búsqueda de antigüedad. Y a veces la incosciente joven se empeñaba en la persecución de una mariposa de Cachemira, mostrando la hermosura de sus formas al dejar flotar su túnica al viento, bajo la ávida mirada de Aubrey que así olvidaba las letras que acababa de descifrar en una tablilla medio borrada.
A veces, sus trenzas relucían a los rayos del sol con un brillo sumamente delicado, cambiando rápidamente de matices, pudiendo ello haber sido la excusa del olvido del joven anticuario que dejaba huir de su mente el objeto que antes había creído de capital importancia para la debida interpretación de un pasaje de Pausanias.
Pero, ¿por qué intentar describir unos encantos que todo el mundo veía, mas nadie podía apreciar?
Era la inocencia, la juventud, la belleza, sin estar aún contaminadas por los atestados salones, por las salas de baile.
Mientras el joven anotaba los recuerdos que deseaba conservar en su memoria para el futuro, la muchacha estaba a su alrededor, contemplando los mágicos efectos del lápiz que trazaba los paisajes de su solar patrio.
Entonces, ella le describía las danzas en la pradera, pintándoselas con todos los colores de su juvenil paleta; las pompas matrimoniales entrevistas en su niñez; y, refiriéndose a los temas que evidentemente más la habían impresionado, hablaba de los cuentos sobrenaturales de su nodriza.
Su afán y la creencia en lo que narraba, excitaron el interés de Aubrey. A menudo, cuando ella contaba el cuento del vampiro vivo, que había pasado muchos años entre amigos y sus más queridos parientes alimentándose con la sangre de las doncellas más hermosas para prolongar su existencia unos meses más, la suya se le helaba a Aubrey en las venas, mientras intentaba reírse de aquellas horribles fantasías.
Sin embargo, Ianthe le citaba nombres de ancianos que, por lo menos, habían contado entre sus contemporáneos con un vampiro vivo, habiendo hallado a parientes cercanos y algunos niños marcados con la señal del apetito del monstruo. Cuando la joven veía que Aubrey se mostraba incrédulo ante tales relatos, le suplicaba que la creyese, puesto que la gente había observado que aquellos que se atrevían a negar la existencia del vampiro siempre obtenían alguna prueba que, con gran dolor y penosos castigos, les obligaba a reconocer su existencia.
Ianthe le detalló la aparición tradicional de aquellos monstruos, y el horror de Aubrey aumentó al escuchar una descripción casi exacta de Lord Ruthven.
Pese a ello, el joven, persistió en querer convencer a la joven griega de que sus temores no podían ser debidos a una cosa cierta, si bien al mismo tiempo repasaba en su memoria todas las coincidencias que le habían incitado a creer en los poderes sobrenaturales de Lord Ruthven.
Aubrey cada día sentíase más ligado a Ianthe, ya que su inocencia, tan en contraste con las virtudes fingidas de las mujeres entre las que había buscado su idea de romance, había conquistado su corazón. Si bien le parecía ridícula la idea de que un muchacho inglés, de buena familia y mejor educación, se casara con una joven griega, carente casi de cultura, lo cierto era que cada vez amaba más a la doncella que le acompañaba constantemente.
En algunas ocasiones se separaba de ella, decidido a no volver a su lado hasta haber conseguido sus objetivos. Pero siempre le resultaba imposible concentrarse en las ruinas que le rodeaban, teniendo constantemente en su mente la imagen de quien lo era todo para él.
Ianthe no se daba cuenta el amor que por ella experimentaba Aubrey, mostrándose con él la misma chiquilla casi infantil de los primeros días. Siempre, no obstante, se despedía del joven con frecuencia, mas ello se debía tan sólo a no tener a nadie con quien visitar sus sitios favoritos, en tanto su acompañante se hallaba ocupado bosquejando o descubriendo algún fragmento que había escapado a la acción destructora del tiempo.
La joven apeló a sus padres para dar fe de la existencia de los vampiros. Y todos, con algunos individuos presentes, afirmaron su existencia, pálidos de horror ante aquel solo nombre.
Poco después, Aubrey decidió realizar una excursión, que le llevaría varias horas. Cuando los padres de Ianthe oyeron el nombre del lugar, le suplicaron que no regresase de noche, ya que necesariamente debería atravesar un bosque por el que ningún griego pasaba, una vez que había oscurecido, por ningún motivo.
Le describieron dicho lugar como el paraje donde los vampiros celebraban sus orgías y bacanales nocturnas. Y le aseguraron que sobre el que se atrevía a cruzar por aquel sitio recaían los peores males.
Aubrey no quiso hacer caso de tales advertencias, tratando de burlarse de aquellos temores. Pero cuando vio que todos se estremecían ante sus risas por aquel poder superior o infernal, cuyo solo nombre le helaba la sangre, acabó por callar y ponerse grave.
A la mañana siguiente, Aubrey salió de excursión, según había proyectado. Le sorprendió observar la melancólica cara de su huésped, preocupado asimismo al comprender que sus burlas de aquellos poderes hubiesen inspirado tal terror.
Cuando se hallaba a punto de partir, Ianthe se acercó al caballo que el joven montaba y le suplicó que regresase pronto, pues era por la noche cuando aquellos seres malvados entraban en acción. Aubrey se lo prometió.
Sin embargo, estuvo tan ocupado en sus investigaciones que no se dio cuenta de que el día iba dando fin a su reinado y que en el horizonte aparecía una de aquellas manchas que en los países cálidos se convierten muy pronto en una masa de nubes tempestuosas, vertiendo todo su furor sobre el desdichado país.
Finalmente, montó a caballo, decidido a recuperar su retraso. Pero ya era tarde. En los países del sur apenas existe el crepúsculo. El sol se pone inmediatamente y sobreviene la noche. Aubrey se había demorado con exceso. Tenía la tormenta encima, los truenos apenas se concedían un respiro entre sí, y el fuerte aguacero se abría paso por entre el espeso follaje, en tanto el relámpago azul parecía caer a sus pies.
El caballo se asustó de repente, y emprendió un galope alocado por entre el espeso bosque. Por fin, agotado de cansanci, el animal se paró, y Aubrey descubrió a la luz de los relámpagos que estaba en la vecindad de una choza que apenas se destacaba por entre la hojarasca y la maleza que le rodeaba.
Desmontó y se aproximó, cojeando, con el fin de encontrar a alguien que pudiera llevarle a la ciudad, o al menos obtener asilo contra la furiosa tormenta.
Cuando se acercaba a la cabaña, los truenos, que habían callado un instante, le permitieron oír unos gritos femeninos, gritos mezclados con risotadas de burla, todo como en un solo sonido. Aubrey quedó turbado. Mas, soliviantado por el trueno que retumbó en aquel momento, con un súbito esfuerzo empujó la puerta de la choza.
No vio más que densas tinieblas, pero el sonido le guió. Aparentemente, nadie se había dado cuenta de su presencia, pues aunque llamó, los mismos sonidos continuaron, sin que nadie reparase al parecer en él.
No tardó en tropezar con alguien, a quien apresó inmediatamente. De pronto, una voz volvió a gritar de manera ahogada, y al grito sucedió una carcajada. Aubrey hallóse al momento asido por una fuerza sobrehumana. Decidido a vender cara su vida, luchó mas en vano. Fue levantado del suelo y arrojado de nuevo al mismo con una potencia enorme. Luego, su enemigo se le echó encima y, arrodillado sobre su pecho, le rodeó la garganta con las manos. De repente, el resplandor de varias antorchas entrevistas por el agujero que hacía las veces de ventana, vino en su ayuda. Al momento, su rival se puso de pie y, separándose del joven, corrió hacia la puerta. Muy poco después, el crujido de las ramas caídas al ser pisoteadas por el fugitivo también dejó de oírse.
La tormenta había cesado, y Aubrey, incapaz de moverse, gritó, siendo oído poco después por los portadores de antorchas.
Entraron a la cabaña, y el resplandor de la resina quemada cayó sobre los muros de barro y el techo de bálago, totalmente lleno de mugre.
A instancias del joven, los recién llegados buscaron a la mujer que le había atraído con sus chillidos. Volvió, por tanto, a quedarse en tinieblas. Cual fue su horror cuando de nuevo quedó iluminado por la luz de las antorchas, pudiendo percibir la forma etérea de su amada convertida en un cadáver.
Cerró los ojos, esperando que sólo se tratase de un producto espantoso de su imaginación. Pero volvió a ver la misma forma al abrirlos, tendida a su lado.
No había el menor color en sus mejillas, ni siquiera en sus labios, y en su semblante se veía una inmovilidad que resultaba casi tan atrayente como la vida que antes lo animara. En el cuello y en el pecho había sangre, en la garganta las señales de los colmillos que se habían hincado en las venas.
—¡Un vampiro! ¡Un vampiro! —gritaron los componentes de la partida ante aquel espectáculo.
Rápidamente construyeron unas parihuelas, y Aubrey echó a andar al lado de la que había sido el objeto de tan brillantes visiones, ahora muerta en la flor de su vida.
Aubrey no podía ni siquiera pensar, pues tenía el cerebro ofuscado, pareciendo querer refugiarse en el vacío. Sin casi darse cuenta, empuñaba en su mano una daga de forma especial, que habían encontrado en la choza. La partida no tardó en reunirse con más hombres, enviados a la búsqueda de la joven por su afligida madre. Los gritos de los exploradores al aproximarse a la ciudad, advirtieron a los padres de la doncella que había sucedido una horrorosa catástrofe. Sería imposible describir su dolor. Cuando comprobaron la causa de la muerte de su hija, miraron a Aubrey y señalaron el cadáver. Estaban inconsolables, y ambos murieron de pesar.
Aubrey, ya en la cama, padeció una violentísima fiebre, con mezcolanza de delirios. En estos intervalos llamaba a Lord Ruthven y a Ianthe, mediante cierta combinación que le parecía una súplica a su antiguo compañero de viaje para que perdonase la vida de la doncella.
Otras veces lanzaba imprecaciones contra Lord Ruthven, maldiciéndole como asesino de la joven griega.
Por casualidad, Lord Ruthven llegó por aquel entonces a Atenas. Cuando se enteró del estado de su amigo, se presentó inmediatamente en su casa y se convirtió en su enfermero particular.
Cuando Aubrey se recobró de la fiebre y los delirios, quedóse horrorizado, petrificado, ante la imagen de aquel a quien ahora consideraba un vampiro. Lord Ruthven —con sus amables palabras, que implicaban casi cierto arrepentimiento por la causa que había motivado su separación— y la ansiedad, las atenciones y los cuidados prodigados a Aubrey, hicieron que éste pronto se reconciliase con su presencia.
Lord Ruthven parecía cambiado, no siendo ya el ser apático de antes, que tanto había asobrado a Aubrey. Pero tan pronto terminó la convalescencia del joven, su compañero volvió a ofrecer la misma condición de antes, y Aubrey ya no distinguió la menor diferencia, salvo que a veces veía la mirada de Lord Ruthven fija en él, al tiempo que una sonrisa maliciosa flotaba en sus labios. Sin saber por qué, aquella sonrisa le molestaba.
Durante la última fase de su recuperación, Lord Ruthven pareció absorto en la contemplación de las olas que levantaba en el mar la brisa marina, o en señalar el progreso de los astros que, como el nuestro, dan vueltas en torno al Sol. Y más que nada, parecía evitar todas las miradas ajenas.
Aubrey, a causa de la desgracia sufrida, tenía su cerebro bastante debilitado, y la elasticidad de espíritu que antes era su característica más acusada parecía haberle abandonado para siempre.
No era tan amable del silencio y la soledad como Lord Ruthven, pero deseaba estar solo, cosa que no podía conseguir en Atenas. Si se dedicaba a explorar las ruinas de la antigüedad, el recuerdo de Ianthe a su lado le atosigaba de continuo. Si recorría los bosques, el paso ligero de la joven parecía corretear a su lado, en busca de la modesta violeta. De repente, esta visión se esfumaba, y en su lugar veía el rostro pálido y la garganta herida de la joven, con una tímida sonrisa en sus labios.
Decidió rehuir tales visiones, que en su mente creaban una serie de amargas asociaciones. De este modo, le propuso a Lord Ruthven, a quien sentíase unido por los cuidados que aquel le había prodigado durante su enfermedad, que visitasen aquellos rincones de Grecia que aún no habían visto.
Los dos recorrieron la península en todas las direcciones, buscando cada rincón que pudiera estar unido a un recuerdo. Pero aunque lo exploraron todo, nada vieron que llamase realmente su interés.
Oían hablar mucho de diversas bandas de ladrones, mas gradualmente fueron olvidándose de ellas atribuyéndolas a la imaginación popular, o a la invención de algunos individuos cuyo interés consistía en excitar la generosidad de aquellos a quienes fingían proteger de tales peligros.
En consecuencia, sin hacer caso de tales advertencias, en cierta ocasión viajaban con muy poca escolta, cuyos componentes más debían servirles de guía que de protección. Al penetrar en un estrecho desfiladero, en el fondo del cual se hallaba el lecho de un torrente, lleno de grandes masas rocosas desprendidas de los altos acantilados que lo flanqueaban, tuvieron motivos para arrepentirse de su negligencia. Apenas se habían adentrado por paso tan angosto cuando se vieron sorprendidos por el silbido de las balas que pasaban muy cerca de sus cabezas, y las detonaciones de varias armas.
Al instante siguiente, la escolta les había abandonado, y resguardándose detrás de las rocas, empezaron todos a disparar contra sus atacantes.
Lord Ruthven y Aubrey, imitando su ejemplo, se retiraron momentáneamente al amparo de un recodo del desfiladero. Avergonzados por asustarse tanto ante un vulgar enemigo, que con gritos insultantes les conminaban a seguir avanzando, y estando expuestos al mismo tiempo a una matanza segura si alguno de los ladrones se situaba más arriba de su posición y les atacaba por la espalda, determinaron precipitarse al frente, en busca del enemigo...
Apenas abandonaron el refugio rocoso, Lord Ruthven recibió en el hombro el impacto de una bala que le envió rodando al suelo. Aubrey corrió en su ayuda, sin hacer caso del peligro a que se exponía, mas no tardó en verse rodeado por los malhechores, al tiempo que los componentes de la escolta, al ver herido a Lord Ruthven, levantaron inmediatamente las manos en señal de rendición.
Mediante la promesa de grandes recompensas, Aubrey logró convencer a sus atacantes para que trasladasen a su herido amigo a una cabaña situada no lejos de allí. Tras hacer concertado el rescate a pagar, los ladrones no le molestaron, contentándose con vigilar la entrada de la cabaña hasta el regreso de uno de ellos, que debía percibir la suma prometida gracias a una orden firmada por el joven.
Las energías de Lord Ruthven disminuyeron rápidamente. Dos días más tarde, la muerte pareció ya inminente. Su comportamiento y su aspecto no había cambiado, pareciendo tan incosciente al dolor como a cuanto le rodeaba. Hacia el fin del tercer día, su mente pareció extraviarse, y su mirada se fijó insistentemente en Aubrey, el cual sintióse impulsado a ofrecerle más que nunca su ayuda.
—Sí, tú puedes salvarme... Puedes hacer aún mucho más... No me refiero a mi vida, pues temo tan poco a la muerte como al término del día. Pero puedes salvar mi honor. Sí, puedes salvar el honor de tu amigo.
—Decidme cómo —asintió Aubrey—, y lo haré.
—Es muy sencillo. Yo necesito muy poco... Mi vida necesita espacio... Oh, no puedo explicarlo todo... Mas si callas cuanto sabes de mí, mi honor se verá libre de las murmuraciones del mundo, y si mi muerte es por algún tiempo desconocida en Inglaterra... yo... yo... ah, viviré.
—Nadie lo sabrá.
—¡Júralo! —exigió el moribundo, incorporándose con gran violencia—. ¡Júralo por las almas de tus antepasados, por todos los temores de la naturaleza, jura que durante un año y un día no le contarás a nadie mis crímenes ni mi muerte, pase lo que pase, veas lo que veas!
Sus ojos parecían querer salir de sus órbitas.
—¡Lo juro! —exclamó Aubrey.
Lord Ruthven de dejó caer sobre la almohada, lanzando una carcajada, y expiró.
Aubrey retiróse a descansar, mas no durmió pues su cerebro daba vueltas y más vueltas sobre los detalles de su amistad con tan extraño ser, y sin saber por qué, cuando recordaba el juramento prestado sentíase invadido por un frío extraño, con el presentimiento de una desgracia inminente.
Levantóse muy temprano al día siguiente, e iba ya a entrar en la cabaña donde había dejado el cadáver, cuando uno de los ladrones le comunicó que ya no estaba allí, puesto que él y sus camaradas lo habían transportado a la cima de la montaña, según la promesa hecha al difunto de que lo dejarían expuesto al primer rayo de luna después de su muerte.
Aubrey quedóse atónito ante aquella noticia. Junto con varios individuos, decidió ir adonde habían dejado a Lord Ruthven, para enterrarlo debidamente. Pero una vez en la cumbre de la montaña, no halló ni rastro del cadáver ni de sus ropas, aunque los ladrones juraron que era aquel el lugar en que dejaron al muerto.
Durante algún tiempo su mente perdióse en conjeturas, hasta que decidió descender de nuevo, convencido de que los ladrones habían enterrado el cadáver tras despojarlo de sus vestiduras.
Harto de un país en el que sólo había padecido tremendos horrores, y en el que todo conspiraba para fortalecer aquella superstición melancólica que se había adueñado de su mente, resolvió abandonarlo, no tardando en llegar a Esmirna.
Mientras esperaba un barco que le condujera a Otranto o a Nápoles, estuvo ocupado en disponer los efectos que tenía consigo y que habían pertenecido a Lord Ruthven. Entre otras cosas halló un estuche que contenía varias armas, más o menos adecuada para asegurar la muerte de una víctima. Dentro se hallaban varias dagas y yataganes.
Mientras los examinaba, asombrado ante sus curiosas formas, grande fue su sorpresa al encontrar una vaina ornamentada en el mismo estilo que la daga hallada en la choza fatal. Aubrey se estremeció, y deseando obtener nuevas pruebas, buscó la daga. Su horror llegó a su culminación cuando verificó que la hoja se adaptaba a la vaina, pese a su peculiar forma.
No necesitaba ya más pruebas, aunque sus ojos parecían como pegados a la daga, pese a lo cuál todavía se resistía a creerlo. Sin embargo, aquella forma especial, los mismos esplendorosos adornos del mango y la vaina, no dejaban el menor resquicio a la duda. Además, ambos objetos mostraban gotas de sangre.
Partió de Esmirna y, ya en Roma, sus primeras investigaciones se refirieron a la joven que él había intentado arrancar a las artes seductoras de Lord Ruthven. Sus padres se hallaban desconsolados, totalmente arruinados, y a la joven no se la había vuelto a ver desde la salida de la capital de Lord Ruthven.
El cerebro de Aubrey estuvo a punto de desquiciarse ante tal cúmulo de horrores, temiendo que la joven también hubiese sido víctima del mismo asesino de Ianthe. Aubrey tornóse más callado y retraído y su sola ocupación consistió ya en apresurar a sus postillones, como si tuviese necesidad de salvar a un ser muy querido.
Llegó a Calais, y una brisa que parecía obediente a sus deseos no tardó en dejarle en las costas de Inglaterra. Corrió a la mansión de sus padres y allí, por un momento, pareció perder, gracias a los besos y abrazos de su hermana, todo recuerdo del pasado. Si antes, con sus infantiles caricias, ya había conquistado el afecto de su hermano, ahora que empezaba a ser mujer todavía la quería más.
La señorita Aubrey no poseía la alada gracia que atrae las miradas y el aplauso de las reuniones y fiestas. No había en ella el ingenio ligero que sólo existe en los salones. Sus ojos azules jamás se iluminaban con ironías o sarcasmos. En toda su persona había como un halo de encanto melancólico que no se debía a ninguna desdicha sino a un sentimiento interior, que parecía indicar un alma consciente de un reino más brillante.
No tenía el paso leve, que atrae como el vuelo grácil de la mariposa, como un color grato a la vista. Su paso era sosegado y pensativo. Cuando estaba sola, su semblante jamás se alegraba con una sonrisa de júbilo. Pero al sentir el afecto de su hermano, y olvidar en su presencia los pesares que le impedían el descanso, ¿quién no habría cambiado una sonrisa por tanta dicha?
Era como si los ojos de la joven, su rostro entero, jugasen a la luz de su esfera propia. Sin embargo, la muchacha sólo contaba dieciocho años, por lo que no había sido presentada en sociedad, habiendo juzgado sus tutores que debían demorarse tal acto hasta que su hermano regresara del continente, momento en que se constituiría en su protector.
Por tanto, resolvieron que darían una fiesta con el fin de que ella apareciese "en escena". Aubrey habría preferido estar apartado de todo bullicio, alimentándose con la melancolía que le abrumaba. No experimentaba el menor interés por las frivolidades de personas desconocidas, aunque se mostró dispuesto a sacrificar su comodidad para proteger a su hermana.
De esta manera, no tardaron en llegar a su casa de la capital, a fin de disponerlo todo para el día siguiente, elegido para la fiesta.
La multitud era excesiva. Una fiesta no vista en mucho tiempo, donde todo el mundo estaba ansioso de dejarse ver.
Aubrey apareció con su hermana. Luego, estando solo en un rincón, mirando a su alrededor con muy poco interés, pensando abstraídamente que la primera vez que había visto a Lord Ruthven había sido en aquel mismo salón había sido en aquel mismo salón, sintióse de pronto cogido por el brazo, al tiempo que en sus oídos resonaba una voz que recordaba demasiado bien.
—Acuérdate del juramento.
Aubrey apenas tuvo valor para volverse, temiendo ver a un espectro que le podría destruir; y distinguió no lejos a la misma figura que había atraído su atención cuando, a su vez, él había entrado por primera vez en sociedad.
Contempló a aquella figura fijamente, hasta que sus piernas casi se negaron a sostener el peso de su cuerpo. Luego, asiendo a un amigo del brazo, subió a su carruaje y le ordenó al cochero que le llevase a su casa de campo.
Una vez allí, empezó a pasearse agitadamente, con la cabeza entre las manos, como temiendo que sus pensamientos le estallaran en el cerebro.
Lord Ruthven había vuelto a presentarse ante él... Y todos los detalles se encadenaron súbitamente ante sus ojos; la daga..., la vaina..., la víctima..., su juramento.
¡No era posible, se dijo muy excitado, no era posible que un muerto resucitara!
Era imposible que fuese un ser real. Por eso, decidió frecuentar de nuevo la sociedad. Necesitaba aclarar sus dudas. Pero cuando, noche tras noche, recorrió diversos salones, siempre con el nombre de Lord Ruthven en sus labios, nada consiguió.
Una semana más tarde, acudió con su hermana a una fiesta en la mansión de unas nuevas amistades. Dejándola bajo la protección de la anfitriona, Aubrey retiróse a un rincón y allí dio rienda suelta a sus pensamientos.
Cuando al fin vio que los invitados empezaban a marcharse, penetró en el salón y halló a su hermana rodeada de varios caballeros, al parecer conversando animadamente. El joven intentó abrirse paso para acudir junto a su hermana, cuando uno de los presentes, al volverse, le ofreció aquellas facciones que tanto aborrecía.
Aubrey dio un tremendo salto, tomó a su hermana del brazo y apresuradamente la arrastró hacia la calle. En la puerta encontró impedido el paso por la multitud de criados que aguardaban a sus respectivos amos. Mientras trataba de superar aquella barrera humana, volvió a su oído la conocida y fatídica voz:
—¡Acuérdate del juramento!
No se atrevió a girar y, siempre arrastrando a su hermana, no tardó en llegar a casa.
Aubrey empezó a dar señales de desequilibrio mental. Si antes su cerebro había estado sólo ocupado con un tema, ahora se hallaba totalmente absorto en él, teniendo ya la certidumbre de que el monstruo continuaba viviendo.
No paraba ya mientes en su hermana, y fue inútil que ésta tratara de arrancarle la verdad de tan extraña conducta. Aubrey limitábase a proferir palabras casi incoherentes, que aún aterraban más a la muchacha.
Cuando Aubrey más meditaba en ello, más transtornado estaba. Su juramento le abrumaba. ¿Debía permitir, pues, que aquel monstruo rondase por el mundo, en medio de tantos seres queridos, sin delatar sus intenciones? Su misma hermana había hablado con él. Pero, aunque quebrantase su juramento y revelase las verdaderas intenciones de Lord Ruthven, ¿quién le iba a creer? Pensó en servirse de su propia mano para desembarazar al mundo de tan cruel enemigo. Recordó, sin embargo, que la muerte no afectaba al monstruo. Durante días permaneció en tal estado, encerrado en su habitación, sin ver a nadie, comiendo sólo cuando su hermana le apremiaba a ello, con lágrimas en los ojos.
Al fin, no pudiendo soportar por más tiempo el silencio y la soledad salió de la casa para rondar de calle en calle, ansioso de descubrir la imagen de quien tanto le acosaba. Su aspecto distaba mucho de ser atildado, exponiendo sus ropas tanto al feroz sol de mediodía como a la humedad de la noche. Al fin, nadie pudo ya reconocer en él al antiguo Aubrey. Y si al principio regresaba todas las noches a su casa, pronto empezó a descansar allí donde la fatiga le vencía.
Su hermana, angustiada por su salud, empleó a algunas personas para que le siguiesen, pero el joven supo distanciarlas, puesto que huía de un perseguidor más veloz que aquellas: su propio pensamiento.
Su conducta, no obstante, cambió de pronto. Sobresaltado ante la idea de que estaba abandonando a sus amigos, con un feroz enemigo entre ellos de cuya presencia no tenían el menor conocimiento, decidió entrar de nuevo en sociedad y vigilarle estrechamente, ansiando advertir, a pesar de su juramento, a todos aquellos a quienes Lord Ruthven demostrase cierta amistad.
Mas al entrar en un salón, su aspecto miserable, su barba de varios días, resultaron tan sorprendentes, sus estremecimientos interiores tan visibles, que su hermana vióse al fin obligada a suplicarle que se abstuviese en bien de ambos a una sociedad que le afectaba de manera tan extraña.
Cuando esta súplica resultó vana, los tutores creyeron su deber interponerse y, temiendo que el joven tuviera transtornado el cerebro, pensaron que había llegado el momento de recobrar ante él la autoridad delegada por sus difuntos padres.
Deseoso de precaverle de las heridas mentales y de los sufrimientos físicos que padecía a diario en sus vagabundeos, e impedir que se expusiera a los ojos de sus amistades con las inequívocas señales de su trastorno, acudieron a un médico para que residiera en la mansión y cuidase de Aubrey.
Este apenas pareció darse cuenta de ello: tan completamente absorta estaba su mente en el otro asunto. Su incoherencia acabó por ser tan grande, que se vio confinado en su dormitorio. Allí pasaba los días tendido en la cama, incapaz de levantarse.
Su rostro se tornó demacrado y sus pupilas adquirieron un brillo vidrioso; sólo mostraba cierto reconocimiento y afecto cuando entraba su hermana a visitarle. A veces se sobresaltaba, y tomándole las manos, con unas miradas que afligían intensamente a la joven, deseaba que el monstruo no la hubiese tocado ni rozado siquiera.
—¡Oh, hermana querida, no le toques! ¡Si de veras me quieres, no te acerques a él!
Sin embargo, cuando ella le preguntaba a quién se refería, Aubrey se limitaba a murmurar:
—¡Es verdad, es verdad!
Y de nuevo se hundía en su abatimiento anterior, del que su hermana no lograba ya arrancarle.
Esto duró muchos meses. Pero, gradualmente, en el transcurso de aquel año, sus incoherencias fueron menos frecuentes, y su cerebro se aclaró bastante, al tiempo que sus tutores observaban que varias veces diarias contaba con los dedos cierto número, y luego sonreía.
Al llegar el último día del año, uno de los tutores entró en el dormitorio y empezó a conversar con el médico respecto a la melancolía del muchacho, precisamente cuando al día siguiente debía casarse su hermana.
Instantáneamente, Aubrey mostróse alerta, y preguntó angustiosamente con quién iba a contraer matrimonio. Encantados de aquella demostración de cordura, de la que le creían privado, mencionaron el nombre del Conde de Marsden.
Creyendo que se trataba del joven conde al que él había conocido en sociedad, Aubrey pareció complacido, y aún asombró más a sus oyentes al expresar su intención de asistir a la boda, y su deseo de ver cuanto antes a su hermana.
Aunque ellos se negaron a este anhelo, su hermana no tardó en hallarse a su lado. Aubrey, al parecer, no fue capaz de verse afectado por el influjo de la encantadora sonrisa de la muchacha, puesto que la abrazó, la besó en las mejillas, bañadas en lágrimas por la propia joven al pensar que su hermano volvía a estar en el mundo de los cuerdos.
Aubrey empezó a expresar su cálido afecto y a felicitarla por casarse con una persona tan distinguida, cuando de repente se fijó en un medallón que ella lucía sobre el pecho. Al abrirlo, cuál no sería su inmenso estupor al descubrir las facciones del monstruo que tanto y tan funestamente había influido en su existencia.
En un paroxismo de furor, tomó el medallón y, arrojándolo al suelo, lo pisoteó. Cuando ella le preguntó por qué había destruído el retrato de su futuro esposo, Aubrey la miró como sin comprender. Después, asiéndola de las manos, y mirándola con una frenética expresión de espanto, quiso obligarla a jurar que jamás se casaría con semejante monstruo, ya que él...
No pudo continuar. Era como si su propia voz le recordase el juramento prestado, y al girarse en redondo, pensando que Lord Ruthven se hallaba detrás suyo, no vio a nadie.
Mientras tanto, los tutores y el médico, que todo lo habían oído, pensando que la locura había vuelto a apoderarse de aquel pobre cerebro, entraron y le obligaron a separarse de su hermana.
Aubrey cayó de rodillas ante ellos, suplicándoles que demorasen la boda un solo día. Mas ellos, atribuyendo tal petición a la locura que se imaginaban devoraba su mente, intentaron calmarle y le dejaron solo.
Lord Ruthven visitó la mansión a la mañana siguiente de la fiesta, y le fue negada la entrada como a todo el mundo. Cuando se enteró de la enfermedad de Aubrey, comprendió que era él la causa inmediata de la misma. Cuando se enteró de que el joven estaba loco, apenas si consiguió ocultar su júbilo ante aquellos que le ofrecieron esta información.
Corrió a casa de su antiguo compañero de viaje, y con sus constantes cuidados y fingimiento del gran interés que sentía por su hermano y por su triste destino, gradualmente fue conquistando el corazón de la señorita Aubrey.
¿Quien podía resistirse a aquel poder? Lord Ruthven hablaba de los peligros que le habían rodeado siempre, del escaso cariño que había hallado en el mundo, excepto por parte de la joven con la que conversaba. ¡Ah, desde que la conocía, su existencia había empezado a parecer digna de algún valor, aunque sólo fuese por la atención que ella le prestaba! En fin, supo utilizar con tanto arte sus astutas mañas, o tal fue la voluntad del Destino, que Lord Ruthven conquistó el amor de la hermana de Aubrey.
Gracias al título de una rama de su familia, obtuvo una embajada importante, que le sirvió de excusa para apresurar la boda (pese al trastorno mental del hermano), de modo que la misma tendría lugar al día siguiente, antes de su partida para el continente.
Aubrey, una vez lejos del médico y el tutor, trató de sobornar a los criados, pero en vano. Pidió pluma y papel, que le entregaron, y escribió una carta a su hermana, conjurándola —si en algo apreciaba su felicidad, su honor y el de quienes yacían en sus tumbas, que antaño la habían tenido en brazos como su esperanza y la esperanza del buen nombre familiar— a posponer sólo por unas horas aquel matrimonio, sobre el que vertía sus más terribles maldiciones.
Los criados prometieron entregar la misiva, mas como se la dieron al médico, éste prefirió no alterar a la señorita Aubrey con lo que, consideraba, era solamente la manía de un demente.
Transcurrió la noche sin descanso para ninguno de los ocupantes de la casa. Y Aubrey percibió con horror los rumores de los preparativos para el casamiento.
Vino la mañana, y a sus oídos llegó el ruido de los carruajes al ponerse en marcha. Aubrey se puso frenético. La curiosidad de los sirvientes superó, al fin, a su vigilancia. Y gradualmente se alejaron para ver partir a la novia, dejando a Aubrey al cuidado de una indefensa anciana.
Aubrey se aprovechó de aquella oportunidad. Saltó fuera de la habitación y no tardó en presentarse en el salón donde todo el mundo se hallaba reunido, dispuesto para la marcha. Lord Ruthven fue el primero en divisarle, e inmediatamente se le acercó, asiéndolo del brazo con inusitada fuerza para sacarle de la estancia, trémulo de rabia.
Una vez en la escalinata, le susurró al oído:
—Acuérdate del juramento y sabe que si hoy no es mi esposa, tu hermana quedará deshonrada. ¡Las mujeres son tan frágiles...!
Así deciendo, le empujó hacia los criados, quienes, alertados ya por la anciana, le estaban buscando. Aubrey no pudo soportarlo más: al no hallar salida a su furor, se le rompió un vaso sanguíneo y tuvo que ser trasladado rápidamente a su cama.
Tal suceso no le fue mencionado a la hermana, que no estaba presente cuando aconteció , pues el médico temía causarle cualquier agitación.
La boda se celebró con toda solemnidad, y el novio y la novia abandonaron Londres.
La debilidad de Aubrey fue en aumento, y la hemorragia de sangre produjo los síntomas de la muerte próxima. Deseaba que llamaran a los tutores de su hermana, y cuando éstos estuvieron presentes y sonaron las doce campanadas de la medianoche, instantes en que se cumplía el plazo impuesto a su silencio, relató apresuradamente cuanto había vivido y sufrido... y falleció inmediatamente después.
Los tutores se apresuraron a proteger a la hermana de Aubrey, mas cuando llegaron ya era tarde. Lord Ruthven había desaparecido, y la joven había saciado la sed de sangre de un vampiro".
John William Polidori
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