El Recolector de Historias

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jueves, 21 de mayo de 2015

"El Péndulo"

"-Calle Ochenta y Uno... Dejen bajar, por favor - gritó el pastor de azul.

Un rebaño de ciudadanos salió forcejeando y otro subió forcejeando a su vez. ¡Ding, ding! Los vagones de ganado del Tren Aéreo de Manhattan se alejaron traqueteando, y John Perkins bajó a la deriva por la escalera de la estación, con el resto de las ovejas. John se encaminó lentamente hacia su departamento. Lentamente, porque en el vocabulario de su vida cotidiana no existía la palabra “quizás”. A un hombre que está casado desde hace dos años y vive en un departamento no lo esperan sorpresas. Al caminar, John Perkins se profetizaba con lúgubre y abatido cinismo las previstas conclusiones de la monótona jornada.

Katy lo recibiría en la puerta con un beso que tendría sabor a cold cream y a dulce con manteca. Se quitaría el saco, se sentaría sobre un viejo sofá y leería en el vespertino crónicas sobre los rusos y los japoneses asesinados por la mortífera linotipo. La cena comprendería un asado, una ensalada condimentada con un aderezo que se garantizaba no agrietaba ni dañaba el cuero, guiso de ruibarbo y el frasco con mermelada de fresas que se sonrojaba ante el certificado de pureza química que ostentaba su rótulo. Después de la cena, Katy le mostraría el nuevo añadido al cobertor de retazos multicolores que le había regalado el repartidor de hielo, arrancándolo de la manta de su coche. A las siete y media ambos extenderían periódicos sobre los muebles para recoger los fragmentos de yeso que caían cuando el gordo del departamento de arriba iniciaba sus ejercicios de cultura física. A las ocho en punto, Hickey y Mooney, los integrantes de la pareja de varietés (sin contrato) que vivían del otro lado del pasillo, se rendirían a la dulce influencia del delírium trémens y empezarían a derribar sillas, con el espejismo de que Hammerstein los perseguía con un contrato le quinientos dólares semanales. Luego, el caballero que se sentaba junto a la ventana, del otro lado de la escalera, sacaría a relucir su flauta; el escape de gas nocturno huiría para hacer sus travesuras en los caminos; el ascensor se saldría de su cable; el conserje volvería a llevar a los cinco hijos de la señora Janowitski a través del Yalu; la dama de los zapatos color champaña y del terrier Skye bajaría a tropezones la escalera y pegaría su nombre del jueves sobre su timbre y su buzón ... y la rutina nocturna de los departamentos Frogmore se pondría en marcha nuevamente.

John Perkins sabía que esas cosas sucederían. Y también sabía que a las ocho y cuarto apelaría a su coraje y tendería la mano hacia su sombrero, y su esposa le diría, con tono quejumbroso:

-Bueno... ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse?
-Creo que le haré una visita al café de MacCloskey -contestaría él-. Y que jugaré un par de partiditas de billar con los muchachos.

En los últimos tiempos, ésa era la costumbre de John Perkins. Volvía a las diez o a las once. A veces, Katy dormía; a veces, lo esperaba, pronta a seguir fundiendo en el crisol de su ira el baño de oro de las labradas cadenas de acero del matrimonio. Por esas cosas, Cupido habrá de responder cuando comparezca ante el sitial de la justicia con sus víctimas de los departamentos Frogmore.

Esa noche, al llegar a su puerta, John Perkins se encontró con un tremendo cambio en la rutina diaria. Ninguna Katy lo esperaba allí con su afectuoso beso de repostería. En las tres habitaciones, parecía reinar un prodigioso desorden. Por todas partes, veíanse dispersas las cosas de Katy. Zapatos en el centro de la alcoba, tenacillas de rizar, cintas para el cabello, kimonos, una polvera, todo tirado en franco caos sobre el tocador y las sillas... Aquello no era propio de Katy. Con el corazón oprimido, John vio el peine, con una enroscada nube de cabellos castaños de Katy entre los dientes. Una insólita prisa y nerviosidad debía haber hostigado a su mujer, porque Katy depositaba siempre cuidadosamente aquellos rastros de su peinado en el pequeño jarrón azul de la repisa de la chimenea, para formar algún día el codiciado “postizo” femenino.

Del pico de gas pendía en forma visible un papel doblado. John lo desprendió. Era una carta de su esposa, con estas palabras:

Querido John:
Acabo de recibir un telegrama en que me dicen que mamá está enferma de cuidado. Voy a tomar el tren de las 4.30. Mi hermano Sam me esperará en la estación de destino. En la heladera hay carnero frío. Confío en que no será nuevamente su angina. Págale cincuenta centavos al lechero. Mamá tuvo una seria angina en la primavera última. No te olvides de escribirle a la compañía sobre el medidor del gas y tus medias buenas están en la gaveta de arriba. Te escribiré mañana.
Presurosamente, Katy.

Durante sus dos años de matrimonio, Katy y él no se habían separado una sola noche. John releyó varias veces la carta, estupefacto. Aquello destruía una rutina invariable y lo dejaba aturdido. Allí, sobre el respaldo de la silla, colgaba, patéticamente vacía e informe, la bata roja de lunares negros que ella usaba siempre al preparar la comida. En su prisa, Katy había tirado su ropa por aquí y por allá. Una bolsita de papel de su azúcar can mantequilla favorito yacía con su bramante aun sin desatar. En el suelo estaba desplegado un periódico, bostezando rectangularmente desde el agujero donde recortaran un horario de trenes. Todo lo existente en la habitación hablaba de una pérdida, de una esencia desaparecida, de un alma y vida que se habían esfumado. John Perkins estaba parado entre esos restos sin vida y sentía una extraña desolación.

John comenzó a poner el mayor orden posible en las habitaciones. Cuando tocó los vestidos de Katy, experimentó algo así como un escalofrío de terror. Nunca había pensado en lo que sería la vida sin Katy. Su mujer se había adherido tan indisolublemente a su existencia que era como el aire que respiraba: necesaria pero casi inadvertida. Ahora, sin aviso previo, se había marchado, desaparecido; estaba tan ausente como si nunca hubiese existido. Desde luego, esto sólo duraría unos días, a lo sumo una semana o dos, pero a John le pareció que la mano misma de la muerte había apuntado un dedo hacia su seguro y apacible hogar.

John extrajo el trozo de carnero frío de la heladera, preparó el café y se sentó a cenar solo, frente al desvergonzado certificado de pureza de la mermelada de fresas. Entre las provisiones que sacara, aparecieron los fantasmas de unas carnes asadas y la ensalada con mostaza. Su hogar estaba desmantelado. Una suegra con angina había hecho saltar por los aires sus lares y penates. Después de su solitaria cena, John Perkins se sentó junto a una ventana. No tenía ganas de fumar. Fuera, la ciudad bramaba invitándolo a plegarse a su danza de locura y placer. La noche estaba a su disposición. Podía andar por ahí sin que le hicieran preguntas y pulsar las cuerdas de la parranda con tanta libertad como cualquier soltero. Podía divertirse y vagabundear y corretear por ahí hasta el alba si se le antojaba: y no lo esperaría ninguna airada Katy, con el cáliz que contenía las heces de su alegría. Si quería, podía jugar al billar en el café de McCloskey con sus jactanciosos amigos hasta que la aurora empacara las luces eléctricas. El yugo del himeneo, que lo doblegara siempre en los departamentos Frogmore, se haría relajado. Katy no estaba.

John Perkins no estaba habituado a analizar sus sentimientos. Pero ahora, sentado en su sala de recibo de 3 X 4, privada de la presencia de Katy, acertó inequívocamente con la clave de su desconsuelo. Ahora sabía que Katy era necesaria para su felicidad. Los sentimientos que le inspiraba su mujer, adormecidos hasta la inconsciencia por el monótono carrusel de la vida doméstica, habían sido conmovidos violentamente por la pérdida de su presencia. ¿Acaso no nos han inculcado el proverbio, el sermón y la fábula la idea de que nunca apreciamos la música hasta que el pájaro de la dulce voz ha volado.. . u otras manifestaciones no menos floridas y auténticas?

-Me porto con Katy de una manera pérfida -meditó Perkins-. Todas las noches me voy a jugar al billar y a perder el tiempo con los muchachos, en vez de quedarme en casa con ella. ¡La pobre está aquí sola y aburrida, y yo obro así! John Perkins, eres un cochino. Tengo que compensarle a Katy todo el mal que le he hecho. La llevaré de paseo para que se divierta un poco. Y doy por terminadas mis relaciones con la pandilla del McCloskey desde este mismo momento.

Sí; fuera, la ciudad bramaba, llamándolo a bailar en el séquito de Momo. Y en el café de McCloskey, los muchachos hacían caer las bolas de billar en las troneras, matando el tiempo hasta la partida de casino de la noche. Pero ninguna carambola elegante y ningún chasquido de taco podían regocijar el alma henchida de remordimientos de Perkins, el abandonado. Aquello que era suyo, aquello que asía con mano poco firme y desdeñaba a medias, le había sido arrebatado y él lo quería. Perkins, el de los remordimientos, podía rastrear su genealogía remontándose hasta un hombre llamado Adán, a quien el querubín desalojara del jardín.

Al alcance de la mano derecha de John Perkins, había una silla. Sobre su respaldo pendía una blusa de Katy, que conservaba todavía algo de su contorno. En el centro de sus mangas, veíanse las finas arrugas causadas por los movimientos de sus brazos al trabajar por la comodidad y el placer de su marido. Brotaba de la blusa una delicada pero dominadora fragancia a camándulas. John la tomó y miró larga y seriamente la silenciosa tela. Katy nunca había dejado de responderle. Las lágrimas, sí, las lágrimas asomaron a los ojos de John Perkins. Cuando Katy volviera, las cosas cambiarían. Él la compensaría por todo su abandono. ¿Qué era la vida sin ella?
La puerta se abrió. Katy entró, con una pequeña maleta. John la miró, estúpidamente.

-¡Caramba! -dijo Katy-. Me alegro de haber vuelto. La enfermedad de mamá carecía de importancia. Sam me esperaba en la estación y dijo que aquello sólo había sido un leve acceso y que mamá se había repuesto a poco de telegrafiarme él. De modo que tomé el primer tren de regreso. Me estoy muriendo por una taza de café.

Nadie oyó el rechinar de los engranajes cuando el número 3 de los departamentos Frogmore volvió al debido Orden de Cosas. Se deslizó una polea, tocaron un resorte, regularon una palanca y los engranajes recomenzaron a girar en su vieja órbita. John Perkins miró a su reloj. Eran las 8:15. Tendió la mano hacia su sombrero y se encaminó hacia la puerta.

-Vamos... ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse? -preguntó Katy, con tono quejumbroso.
-Creo que haré una escapada al café de McCloskey a jugar unas partiditas con los muchachos -dijo John".


O. Henry

miércoles, 20 de mayo de 2015

"La Monja Sangrienta"

"Un fantasma frecuentaba el castillo de Lindemberg, de manera que lo hacía inhabitable. Apaciguado después por un santo hombre, se limitó a ocupar sólo una habitación, que estaba siempre cerrada. Pero cada cinco años, el cinco de mayo, a una hora precisa de la mañana, el fantasma salía de su asilo.

Era una monja cubierta con un velo y vestida con un hábito manchado de sangre. En una mano sostenía un puñal, y en la otra una lámpara encendida. Descendía así la escalera, atravesaba los patios, salía por la puerta principal, que oportunamente dejaban abierta, y desaparecía. La llegada de esta fecha misteriosa estaba próxima, cuando el enamorado Raymond recibió la orden de renunciar a la mano de la joven Agnes, a quien amaba locamente.

Raymond le pidió una cita, la obtuvo, y le propuso un rapto. Agnes conocía acabadamente la pureza del corazón de su amante para vacilar en seguirle:

-Dentro de cinco días -le dijo ella- la monja sangrienta debe dar su paseo. Abrirán las puertas y nadie se atreverá a interponerse en su camino. Yo sabré procurarme vestidos apropiados y salir sin ser reconocida. Estad preparado a cierta distancia... -Alguien entró en ese momento y les obligó a separarse.

El cinco de mayo, a medianoche, Raymond se encontraba a las puertas del castillo. Un coche y dos caballos le esperaban en una cueva cercana.

Las luces se apagan, cesan los ruidos, suena el reloj; el portero, siguiendo la antigua costumbre, abre la puerta principal. Una luz aparece en la torre del este, recorre una parte del castillo, desciende... Raymond divisa a Agnès, reconoce el vestido, la lámpara, la sangre y el puñal. Se acerca; ella se arroja en sus brazos. La lleva casi desvanecida en el coche; parte con ella, al galope de los caballos.

Agnes no decía ni una palabra.

Los caballos corrían hasta perder el aliento; dos postillones que trataron vanamente de retenerlos fueron derribados. En ese momento, una tormenta espantosa se levanta, los vientos soplan desencadenados; el trueno ruge en medio de miles de relámpagos; el coche desbocado se rompe... Raymond cae sin sentido.

A la mañana siguiente se ve rodeado de campesinos que le llaman a la vida. Él les habla de Agnes, del coche, de la tormenta. Nada han visto, nada saben, y está a más de diez leguas del castillo de Lindemberg.

Le llevan a Ratisbonne; un médico cura sus heridas y le recomienda reposo. El joven amante ordena mil búsquedas inútiles y hace cien preguntas a las que nadie puede responder. Todos creen que ha perdido la razón.

Sin embargo, el día pasa; el cansancio y el agotamiento le procuran el sueño. Dormía bastante apaciblemente, cuando el reloj de un convento cercano le despierta. Un secreto horror se apodera de él, se le erizan los cabellos, se le hiela la sangre. La puerta se abre con violencia; bajo el resplandor de una lámpara que está sobre la chimenea, ve avanzar a alguien: es la monja sangrienta. El espectro se acerca, le mira fijamente y se sienta en la cama durante toda una hora.

El reloj da las dos. El fantasma entonces se levanta, coge la mano de Raymond con sus dedos helados y le dice:

-Raymond, yo soy tuya; y tú eres mío para toda la vida. -Salió enseguida, y la puerta se cerró tras ella.

Una vez libre, grita, llama; se persuaden cada vez más de que no está en su sano juicio; su mal aumenta y los auxilios de la medicina son vanos.

La noche siguiente, el fantasma de la monja volvió, y sus visitas se repitieron durante varias semanas. El espectro, sólo visible para él, no era percibido por nadie más.

Entretanto, Raymond averiguó que Agnes había salido demasiado tarde y le había buscado inútilmente por los alrededores del castillo; de donde concluyó que a quien había raptado era a la monja sangrienta. Los padres de Agnes, que no aprobaban su amor, aprovecharon la impresión que produjo esta aventura en su espíritu para determinarla a que tomase los hábitos.

Finalmente, Raymond fue liberado de su espantosa compañía. Llevaron a su presencia a un personaje misterioso que pasaba por Ratisbonne; le introdujeron en la habitación a la hora en que debía aparecer el fantasma de la monja. Ésta tembló al verle y, tras una orden de aquél, explicó el motivo de sus inoportunas apariciones: religiosa española, había abandonado el convento para vivir en el desorden con el señor del castillo de Lindemberg; infiel a su amante, al igual que a su Dios, le había apuñalado; asesinada ella misma por su cómplice, con el que quería casarse, su cuerpo había permanecido sin sepultura y su alma sin asilo erraba desde hacía un siglo.

Pedía un poco de tierra para su cuerpo y oraciones para su alma. Raymond se las prometió y no la volvió a ver".


Charles Nodier

martes, 19 de mayo de 2015

"La Cámara de los Tapices"

"Hacia finales de la guerra americana, cuando los oficiales del ejército de lord Cornwallis que se rindieron en la ciudad de York y otros, que habían sido hechos prisioneros durante la imprudente y desafortunada contienda, estaban regresando a su país, a relatar sus aventuras y reponerse de las fatigas, había entre ellos un oficial con grado de general llamado Browne. Era un oficial de mérito, así como un caballero muy considerado por sus orígenes y por sus prendas. Ciertos asuntos habían llevado al general Browne a hacer un recorrido por los condados occidentales, cuando, al concluir una jornada matinal, se encontró en las proximidades de una pequeña ciudad de provincias que presentaba una vista de incomparable belleza y unos rasgos marcadamente ingleses.

El pueblo, con su antigua y majestuosa iglesia, cuyas torres daban testimonio de la devoción de épocas muy pretéritas, se alzaba en medio de praderas y pequeños campos de cereal, rodeados y divididos por hileras de setos vivos de gran tamaño y edad. Había pocas señales de los adelantos modernos. Los alrededores del lugar no delataban ni el abandono de la decadencia ni el bullicio de la innovación; las casas eran viejas, pero estaban bien reparadas; y el hermoso riachuelo fluía libre y rumoroso por su cauce, a la izquierda del pueblo, sin una presa que lo contuviera ni ningún camino que lo bordease para remolcar. Sobre un suave promontorio, casi una milla al sur del pueblo, se distinguían, entre abundantes robles venerables y el enmarañado matorral, las torretas de un castillo tan antiguo como las guerras entre los York y los Lancaster, pero que parecía haber sufrido importantes reformas durante la ‚poca isabelina y la de los reyes siguientes. Nunca debió ser una plaza de grandes dimensiones; pero cualesquiera que fuesen los alojamientos que en otro tiempo ofreciera, cabía suponer que seguirían disponibles dentro de sus murallas; al menos eso fue lo que dedujo el general Browne observando el humo que se elevaba alegremente de algunas de las chimeneas talladas y festoneadas. La tapia del parque corría a lo largo del camino real durante doscientas o trescientas yardas; y desde los distintos puntos en que el ojo vislumbraba el aspecto del bosque interior, daba la sensación de estar muy poblado. Sucesivamente, se abrían otras perspectivas: una íntegra de la fachada del antiguo castillo y una visión lateral de sus muy especiales torres; en éstas abundaban los recargamientos del estilo isabelino, mientras la sencillez y solidez de otras partes del edificio parecían indicar que hubiera sido erigido más con ánimo defensivo que de ostentación.

Encantado con las vistas parciales del castillo que captaba entre los rboles y los claros que rodeaban la antigua fortaleza feudal, nuestro viajero castrense se decidió a preguntar si merecía la pena verlo más de cerca y si albergaba retratos de familia u otros objetos curiosos que pudieran contemplar los visitantes; y entonces, al alejarse de las inmediaciones del parque, penetró en una calle limpia y bien pavimentada, y se detuvo en la puerta de una posada muy concurrida.

Antes de solicitar los caballos con los que proseguir el viaje, el general Browne hizo preguntas sobre el propietario del palacio que tanta admiración le había despertado, y le sorprendió y complació oír por respuesta el nombre de un aristócrata a quien nosotros llamaremos lord Woodville. ¡Qué suerte la suya! Buena parte de los primeros recuerdos de Browne, tanto en el colegio como en la universidad, estaban vinculados al joven Woodville, el mismo que, como pudo cerciorarse con unas cuantas preguntas, resultaba ser el propietario de aquella hermosa finca. Woodville había ascendido a la dignidad de par al morir su padre pocos meses antes y, según supo el general por boca del posadero, habiendo concluido el tiempo de luto, ahora estaba tomando posesión de los dominios paternos, en la alegre estación del festivo otoño, acompañado por un selecto grupo de amigos con quienes disfrutaba de todo lo que ofrecía una campiña famosa por su abundante caza.

Estas noticias eran deliciosas para nuestro viajero. Frank Woodville había sido el colegial que le hizo de asistente en Eton y su íntimo amigo en el Christ Church; sus placeres y sus deberes habían sido los mismos; y el honrado corazón del militar se emocionó al encontrar al amigo de la juventud en posesión de una residencia tan encantadora y de una hacienda, según le aseguró el posadero con un movimiento de cabeza y un guiño, más que suficiente para sostener y acrecentar su dignidad. Nada más natural para este viajero que suspender el viaje, que no corría la más mínima prisa, para rendir visita al antiguo amigo en tan agradables circunstancias.

Por lo tanto, los caballos de refresco sólo tuvieron la breve tarea de acarrear el carruaje del general al castillo de Woodville. Un portero le abrió paso a una moderna logia gótica, construida en un estilo a juego con el del castillo, y al tiempo tocó una campana para advertir de la llegada del visitante. En apariencia, el sonido de la campana debió suspender la partida del grupo, dedicado a diversos entretenimientos matinales; pues, al entrar en el patio del palacio, había varios jóvenes en ropa de recreo repantigados y mirando, y criticando, los perros que los guardabosques tenían dispuestos para participar en sus pasatiempos. Al apearse el general Browne, el joven lord salió a la puerta del vestíbulo y durante un instante estuvo observando como si fuera un extraño el aspecto de su amigo, en el que la guerra, con sus penalidades y sus heridas, había producido grandes cambios. Pero la incertidumbre sólo perduró hasta que hubo hablado el visitante, y la alborozada bienvenida que siguió fue de esas que sólo se intercambian entre quienes han pasado juntos los días felices de la despreocupada infancia y la primera juventud.

-Si algún deseo hubiera podido yo tener, mi querido Browne -dijo lord Woodville-, hubiera sido el de tenerte aquí, a ti mejor que a nadie, en esta ocasión, que mis amigos están dispuestos a convertir en una especie de vacaciones. No te creas que no se te han seguido los pasos durante los años en que has estado ausente. He ido siguiendo los peligros por los que has pasado, tus triunfos e infortunios, y me ha complacido saber que, tanto en la victoria como en la derrota, el nombre de mi viejo amigo siempre ha merecido aplausos.

El general le dio la pertinente réplica y felicitó a su amigo por su nueva dignidad y por poseer una casa y una finca tan hermosas.

-Pero si todavía no has visto nada -dijo lord Woodville-; y cuento con que no pienses en dejarnos hasta haberte familiarizado con todo esto. Cierto es, lo confieso, que el grupo que ahora me acompaña es bastante numeroso y que la vieja casa, como otros lugares de este tipo, no dispone de tantos alojamientos como prometen las dimensiones de la tapia. Pero podemos proporcionarte un cómodo cuarto a la antigua; y me aventuro a suponer que tus campañas te habrán habituado a sentirte a gusto en peores condiciones.

El general se encogió de hombros y se echó a reír.

-Presumo -dijo- que el peor aposento de vuestro palacio es notablemente mejor que el viejo tonel de tabaco donde me vi obligado a alojarme por la noche cuando estuve en la Maleza, como le llaman los virginianos, con el cuerpo expedicionario. Allí me tumbaba, como el propio Diógenes, tan satisfecho de protegerme de los elementos que, aunque en vano, traté de llevarme conmigo el barril a mi siguiente acuartelamiento; pero el que a la sazón era mi comandante no consintió tal lujo y hube de decir adiós a mi querido barril con l grimas en los ojos.

-Pues muy bien. Puesto que no temes a tu alojamiento -dijo lord Woodville-, te quedarás conmigo por lo menos una semana. Tenemos montones de escopetas, perros, cañas de pescar, moscas y material para entretenernos por mar y tierra: no es fácil divertirse, pero contamos con medios para conseguirlo. Y si prefieres las escopetas y los pointers, yo mismo te acompañaré y comprobaré si has mejorado la puntería viviendo entre los indios de las lejanas colonias.

El general aceptó de buena gana todos los puntos de la amistosa invitación de su amigo. Después de una mañana de viril ejercicio, el grupo se reunió a comer y lord Woodville se complació en poner de relieve las altas cualidades de su recobrado amigo, recomendándolo de este modo a sus invitados, muchos de los cuales eran personas muy distinguidas. Hizo que el general Browne hablara de las escenas que había presenciado; y, como en cada palabra se ponía de manifiesto por igual el oficial valeroso y el hombre prudente, que sabía mantener el juicio frío frente a los más inminentes peligros, el grupo miraba al soldado con general respeto, como a quien ha demostrado ante sí mismo poseer una provisión de valor personal poco común, ese atributo que es, entre todos, el que todo mundo desea que se le reconozca.

El día concluyó en el castillo de Woodville como es habitual en tales mansiones. La hospitalidad se mantuvo dentro de los límites del orden; la música, en la que era diestro el joven lord, sucedió a las copas; las cartas y el billar estuvieron a disposición de quienes preferían estos entretenimientos; pero el ejercicio de la mañana requería madrugar, y no mucho después de las once comenzaron a retirarse los huéspedes a sus respectivas habitaciones.

El señor de la casa en persona condujo a su amigo, el general Browne, a la cámara que le había destinado, que respondía a la descripción que había hecho, pues era confortable pero a la antigua. El lecho era de esos imponentes que se utilizaban a finales del siglo XVII y las cortinas de seda descolorida estaban profusamente adornadas con oro deslustrado. En cambio, las sábanas, los almohadones y las mantas le parecieron una delicia al soldado, que recordaba su otra mansión, el barril. Había algo tenebroso en los tapices que, con los ornamentos desgastados, cubrían las paredes de la reducida cámara y se ondulaban brevemente al colarse la brisa otoñal por la vieja ventana enrejada, la cual daba golpes y silbaba al abrirse paso el aire. También el lavabo, con el espejo rematado en turbante, al estilo de principios de siglo, con su peinador de seda color morado y su centenar de estuches de formas extravagantes, previstos para tocados en desuso desde hacía cincuenta años, tenía un aspecto vetusto a la vez que melancólico. Pero nada hubiera podido dar una luz más resplandeciente y alegre que las dos grandes velas de cera; y si algo podía hacerles la competencia eran los luminosos y flamantes haces de leña de la chimenea, que irradiaban a la vez luz y calor por el acogedor cuarto. Éste, no obstante lo anticuado de su aspecto general, no carecía de ninguna de las comodidades que las costumbres modernas hacen necesarias o deseables.

-Es un dormitorio a la antigua, general -dijo el joven anfitrión-, pero espero que no encuentres motivos para echar de menos tu barril de tabaco.
-No soy yo muy exigente con las habitaciones -replicó el general-; no obstante, por mi gusto, prefiero esta cámara, con mucha diferencia, a las alcobas más modernas y vistosas de la mansión de vuestra familia. Tened la seguridad de que cuando veo unidos este ambiente de confort moderno con su venerable antigüedad, y recuerdo que pertenece a vuestra señoría, mejor alojado me siento aquí de lo que estuviera en el mejor hotel de Londres.
-Confío, y no lo dudo, en que te sentirás tan cómodo como yo te lo deseo, mi querido general -dijo el joven aristócrata; y volviendo a desearle las buenas noches a su huésped, le estrechó la mano y se retiró.

El general volvió a mirar en derredor y, congratulándose para sus adentros de su retorno a la vida pacífica, cuyas comodidades se le hacían más sensibles al recordar las privaciones y los peligros que últimamente había afrontado, se desnudó y se dispuso a pasar una noche de sibarítico descanso. Ahora, al contrario de lo que es habitual en el género de cuentos, dejaremos al general en posesión de su cuarto hasta la mañana siguiente.

Los huéspedes se reunieron para desayunar a una hora temprana, sin que compareciese el general Browne, que parecía ser, de todos lo que lo rodeaban, el invitado que más interés tenía en honrar lord Woodville. Más de una vez expresó su sorpresa por la ausencia del general y, finalmente, envió un criado a ver qué pasaba. El hombre volvió diciendo que el general había estado paseando por el exterior desde primera hora de la mañana, a despecho del tiempo, que era neblinoso y desapacible.

-Costumbres de soldado -dijo el joven aristócrata a sus amigos-; muchos de ellos se habitúan a ser vigilantes y no pueden dormir después de la temprana hora en que por regla general tienen la obligación de estar alerta.

Sin embargo, la explicación que de este modo ofreció lord Woodville a sus invitados le pareció poco satisfactoria a él mismo, y aguardó silencioso y abstraído el regreso del general. Éste se personó una hora después de haber sonado la campanilla del desayuno. Parecía fatigado y febril. Tenía el pelo -cuyo empolvamiento y arreglo constituían en aquella ‚poca una de las ocupaciones más importantes de la jornada diaria de un hombre, y decía tanto de su elegancia como en los tiempos actuales el nudo de la corbata o su ausencia- despeinado, sin rizar, falto de polvos y mojado de rocío. Llevaba las ropas desordenadas y puestas de cualquier modo, lo cual llamaba la atención en un militar, entre cuyos deberes diarios, reales o supuestos, suele incluirse el cuidado de su atavío; y tenía el semblante demacrado y hasta cierto punto cadavérico.

-Te has ido de marcha a hurtadillas esta mañana, mi querido general -dijo lord Woodville-; ¿o acaso no has encontrado el lecho tan de tu gusto como yo esperaba y tú dabas por supuesto? ¿Cómo has dormido esta noche?
-¡Oh, de mil maravillas! ¡Estupendo! No he dormido mejor en mi vida -dijo rápidamente el general Browne, pero con un aire de embarazo que era evidente para su amigo. Luego, a toda prisa, se tragó una taza de té y, desatendiendo o rechazando todo cuanto se le ofrecía, pareció sumirse en sus pensamientos.
-Hoy saldrás con la escopeta, general -dijo el amigo y anfitrión, pero hubo que repetir dos veces la propuesta antes de recibir la abrupta respuesta:
-No, milord; lo siento, pero no puedo aceptar el honor de pasar otro día en vuestra mansión; he pedido mis caballos de posta, que estarán aquí dentro de muy poco.
Todos los presentes demostraron su sorpresa y lord Woodville replicó inmediatamente:
-¡Caballos de posta, mi buen amigo! ¿Para qué vas a necesitarlos si me prometiste permanecer tranquilamente conmigo durante una semana?
-Tal vez -dijo el general, visiblemente turbado-, con la alegría del primer momento, al volverme a encontrar con vuestra señoría, tal vez dijera de permanecer aquí algunos días; pero posteriormente he caído en la cuenta de que me es imposible.
-Esto es increíble -dijo el joven aristócrata-. Ayer parecías no tener ninguna clase de compromisos y no es posible que hoy te haya convocado nadie, pues no ha venido el correo del pueblo y, por lo tanto, no has podido recibir ninguna carta.
Sin ninguna otra explicación, el general musitó algo sobre un asunto inaplazable e insistió en la absoluta necesidad de su marcha, en unos términos que acallaron toda oposición por parte de su amigo, que comprendió que había tomado una decisión y se abstuvo de ser impertinente.
-Pero, por lo menos -dijo-, permíteme, mi querido Browne, puesto que quieres o debes irte, que te muestre el panorama desde la terraza, pues la niebla se está levantando y pronto será visible.
Abrió una ventana de guillotina y salió a la terraza mientras hablaba. El general lo siguió mecánicamente, pero parecía atender poco a lo que iba diciendo su anfitrión mientras, de cara al amplio y espléndido panorama, señalaba distintos motivos dignos de contemplarse. De este modo fueron avanzando hasta que lord Woodville hubo conseguido el propósito de aislar por completo a su amigo del resto de los huéspedes; entonces, dándose media vuelta con gran solemnidad en el porte, se dirigió a él de este modo:
-Richard Browne, mi viejo y muy querido amigo, ahora estamos solos. Permíteme que te conjure a contestarme bajo palabra de amigo y por tu honor de soldado. ¿Cómo has pasado, en realidad, la noche?
-Verdaderamente, de un modo penosísimo, milord -respondió el general, con el mismo tono solemne-; tan penoso que no querría correr el riesgo de una segunda noche semejante, ni por todas las tierras que pertenecen a este castillo ni por todo el campo que estoy viendo desde este elevado mirador.
-Esto es todavía más extraordinario -dijo el joven lord como si hablara para sí-; entonces debe haber algo de verdad en los rumores sobre ese cuarto.-Dirigiéndose de nuevo al general, dijo- Por Dios, mi querido amigo, sé honrado conmigo y cuéntame cuáles han sido las molestias concretas que has padecido bajo un techo donde, por voluntad del propietario, no hubieras debido hallar más que bienestar.
El general dio la sensación de angustiarse ante el requerimiento y tardó unos momentos en contestar:
-Mi querido lord -dijo al cabo-, lo que ha sucedido la pasada noche es de una naturaleza tan peculiar y desagradable que me costaría entrar en detalles incluso con vuestra señoría, si no fuera porque, independientemente de mi deseo de complacer cualquier petición vuestra, creo que mi sinceridad puede conducir a alguna explicación sobre una circunstancia no menos dolorosa y misteriosa. Para otros, lo que voy a decir pudiera ser motivo de que se me tomara por un débil mental, un loco supersticioso que sufre a consecuencia de que su propia imaginación lo engaña y confunde; pero su señoría me conoce desde que éramos niños y jóvenes, y no sospechar que yo haya adquirido, en la madurez, sentimientos y flaquezas de que estaba libre cuando tenía menos años.
Aquí hizo una pausa y su amigo le replicó:
-No dudes de mi absoluta confianza en la veracidad de lo que me participes, por extravagante que sea; conozco muy bien tu firmeza de carácter para sospechar que pudieras ser embaucado, y s‚ muy bien que tu sentido del honor y de la amistad te impediría asimismo exagerar en nada lo que hayas presenciado.
-Pues entonces -dijo el general- os contaré mi historia tan bien como sepa hacerlo, confiando en vuestra equidad; y eso pese a tener la convicción de que preferiría enfrentarme a una batería mejor que repasar mentalmente los odiosos recuerdos de esta noche.
Se detuvo por segunda vez y, luego, viendo que lord Woodville se mantenía en silencio y en actitud de escuchar, comenzó, bien que no sin manifiesta contrariedad, la historia de sus aventuras nocturnas en la Cámara de los Tapices.
-Me desnudé y me acosté, tan pronto vuestra señoría me dejo solo anoche; pero la leña de la chimenea, que casi estaba enfrente del lecho, ardía resplandeciente y con viveza, y esto, junto con el centenar de excitantes recuerdos de mi infancia y juventud que me había traído a la cabeza el inesperado placer de encontrarme con vuestra señoría, me impidió rendirme en seguida al sueño. Debo decir, no obstante, que las reverberaciones del fuego eran muy agradables y acogedoras, con lo que durante un rato dieron pie a la sensación de haber cambiado los trabajos, las fatigas y los peligros de mi profesión por un disfrute de una vida apacible y la reanudación de aquellos lazos amistosos y afectivos que habían despedazado las rudas exigencias de la guerra.

Mientras me iban pasando por la cabeza estos gratos pensamientos, que poco a poco me arrullaban y adormecían, de repente me espabiló un ruido parecido al fru-fru de un vestido de seda y a los pasos de unos zapatos de tacón, como si una mujer estuviera paseando por el cuarto. Antes de que pudiese descorrer la cortina para ver que era lo que pasaba, cruzó entre la cama y el hogar la figura de una mujercita. La silueta estaba de espaldas a mí, pero puede observar, por la forma de los hombros y del cuello, que correspondía a una anciana vestida con un traje a la antigua, de esos que, creo, las damas llaman un saco; es decir, una especie de bata, completamente suelta sobre el cuerpo, pero recogida por unos grandes pliegues en el cuello y los hombros, que llega hasta el suelo y termina en una especie de cola.

Pensé que era una intrusión bien extraña, pero ni por un momento se me ocurrió la idea de que lo que veía fuese otra cosa que la forma mortal de alguna anciana de la casa que tenía el capricho de vestirse como su abuela y que, puesto que su señoría mencionó que andaba bastante escaso de habitaciones, habiendo sido desalojada de su cuarto para mi acomodo, se había olvidado de tal circunstancia y regresaba a las doce a su sitio de costumbre. Con este convencimiento, me removí en la cama y tosí un poco, para hacer saber al intruso que yo había tomado posesión del sitio. Ella fue dándose la vuelta despacio, pero, ¡santo cielo!, milord, ¡qué semblante me mostró! Ya no cabía la menor duda de lo que era ni cabía pensar en absoluto que fuese una persona viva. Sobre el rostro, que presentaba las facciones rígidas de un cadáver, llevaba impresos los rasgos de la más vil y repugnante de las pasiones que la habían animado durante la vida. Parecía que hubiera salido de la tumba el cuerpo de algún atroz criminal y se le hubiera devuelto el alma desde el fuego de los condenados, para, durante un tiempo, aunarse con el viejo cómplice de su culpa. Yo me incorporé en la cama y me senté derecho, sosteniéndome sobre las palmas de las manos, mientras miraba fijamente aquel horrible espectro. Ella avanzó con una zancada r pida, o eso me pareció a mí, hacia el lecho donde yo yacía, y se acuclilló, una vez arriba, precisamente en la misma postura que yo había adoptado en el paroxismo del horror, adelantando su diabólico semblante hasta ponerlo a menos de media yarda del mío, con una mueca que parecía expresar la maldad y el escarnio de un demonio colorado.

Al llegar allí, el general Browne se detuvo y se enjugó el sudor frío que le había perlado la frente al recordar la horrible visión.

-Milord -dijo-, yo no soy cobarde. He pasado por todos los peligros de muerte propios de mi profesión y en verdad puedo presumir de que ningún hombre ha visto a Richard Browne deshonrar la espada que luce; pero, en estas horribles circunstancias, ante aquellos ojos y, por lo que parecía, casi apresado por la encarnación de un espíritu maligno, toda firmeza me abandonó, toda mi hombría se derritió dentro de mí como la cera en un horno, y sentí ponérseme de punta todos los pelos de mi cuerpo. Dejó de circularme la sangre por las venas y me hundí en un desvanecimiento, más víctima del terror y del pánico que lo haya sido nunca una moza de aldea o un niño de diez años. Me es imposible conjeturar durante cuánto tiempo estuve en ese estado.

Pero me despertó el reloj del castillo al dar la una, con tanta fuerza que tuve la impresión de que sonaba dentro del cuarto. Transcurrió algún tiempo antes de que osara abrir los ojos, no fuesen a encontrar de nuevo la horripilante visión. No obstante, cuando reuní valor para mirar, la mujer ya no se veía. Mi primera idea fue tocar la campanilla, despertar a los criados y trasladarme a un desván o un henil, con tal de estar seguro de no recibir una segunda visita. Pero, he de confesar la verdad, mi decisión se vio alterada, no por la vergüenza de ponerme en evidencia, sino por el miedo que me daba de que, al ir hasta la chimenea, junto a la cual colgaba el cordón de la campanilla, volviera a interponérseme la diabólica mujer, que, me imaginaba yo, debía seguir al acecho en cualquier rincón de la alcoba.

No intentaré describiros qué paroxismos de calor y de frío me atormentaron durante el resto de la noche, en medio de las cabezadas, las vigilias penosas y ese estado incierto que es la tierra de nadie que los separa. Parecía que un centenar de objetos terribles me rondaran; pero había una gran diferencia entre la visión que os he descrito y esas otras que siguieron, de modo que yo me daba cuenta de que las últimas eran supercherías de mi imaginación y de mis nervios.

Por fin clareó el día, y me levanté de la cama, con el cuerpo enfermo y el espíritu humillado. Estaba avergonzado de mí mismo, como hombre y como soldado, más aún al percibir mis vivísimos deseos de huir del cuarto embrujado, deseos que, no obstante, se imponían sobre todas las demás consideraciones; de manera que, echándome encima las ropas a toda prisa, sin el menor cuidado, escapé de la mansión de vuestra señoría para buscar en el aire libre algún alivio a mis nervios, que estaban perturbados por el horrible encuentro con el visitante del otro mundo, pues no otra cosa creo que fuese aquella mujer. Ahora su señoría ya conoce las causas de mi desasosiego y de mi repentino deseo de abandonar vuestro hospitalario castillo. Confío en que podremos vernos a menudo en otros lugares; pero ¡Dios me libre de pasar jamás una segunda noche bajo este techo!

Aunque el relato del general era extravagante, había hablado con tal tono de profunda convicción que no daba pie a los comentarios que suelen despertar tales historias. Lord Woodville no le preguntó ni una sola vez si estaba seguro de que la aparición no fue un sueño ni propuso ninguna de las explicaciones en boga para justificar las apariciones sobrenaturales, como las excentricidades de la imaginación o los engaños de los nervios ópticos. Por el contrario, se mostró profundamente impresionado por la veracidad y autenticidad de lo que acababa de oír; y, luego de un largo silencio, se dolió, con abiertos visos de sinceridad, de que aquel amigo de la juventud lo hubiese pasado tan mal en su casa.

-Lamento tanto más tu malestar, mi querido Browne -dijo-, cuanto que la desgracia es consecuencia, aunque imprevisible, de un experimento mío. Debes saber que, al menos en los tiempos de mi padre y de mi abuelo, la habitación que te asigné anoche estuvo cerrada por los rumores de que allí ocurrían ruidos y visiones sobrenaturales. Cuando tomé posesión de la hacienda, hace pocas semanas, pensé que el castillo no ofrecía suficientes aposentos a mis invitados como para permitir que los habitantes del mundo invisible retuvieran para sí una alcoba tan confortable. Por eso hice que abrieran la Cámara de los Tapices, que es como la llamamos; y sin destruir su ambiente vetusto, hice que le agregaran el mobiliario que imponen los tiempos modernos. Pero, como la idea de que el cuarto estaba embrujado seguía firmemente arraigada entre los criados, y también era conocida en el vecindario y por muchos de mis amigos, temí que los prejuicios del primer ocupante de la Cámara de los Tapices reavivaran la mala fama de que es objeto, frustrándose así mis intenciones de convertirla en parte útil de la casa. Debo confesarte, mi querido Browne, que tu llegada de ayer, tan de mi agrado por otras mil razones, me pareció la ocasión ideal para acabar con esos desagradables cuentos sobre tal cuarto, puesto que tu valor estaba fuera de toda duda y tu entendimiento libre de todo temor preconcebido. En consecuencia, no hubiera podido elegir mejor sujeto para mi experiencia.

-Por mi vida -dijo el general Browne, con algo de precipitación-, que quedo infinitamente obligado a vuestra señoría, verdaderamente reconocido. Es muy probable que durante algún tiempo recuerde las consecuencias del experimento, según gusta de denominarlo vuestra señoría.
-No, ahora estás siendo injusto, mi querido amigo -dijo lord Woodville-. Bastará con que reflexiones un momento para convencerte de que yo no podía prever la posibilidad de exponerte a las angustias que desgraciadamente has sufrido. Ayer por la mañana yo era absolutamente escéptico en cuanto a las apariciones sobrenaturales. Pero estoy seguro de que si te hubieran hablado de la habitación, esos mismos rumores te habrían impulsado, por tu propio gusto, a elegirla como dormitorio. Ese ha sido mi revés, quizás mi error, pero que de verdad no puede calificarse de falta: haber dado lugar a que tú hayas sufrido de un modo tan increíble.
-¡Verdaderamente increíble! -dijo el general, recuperando el buen humor-. Y reconozco que no tengo derecho a estar ofendido con vuestra señoría por haberme tratado tal y como yo acostumbro a considerarme a mí mismo: un hombre firme y valiente. Pero veo que han llegado mis caballos de posta, y no quiero interrumpir las diversiones de vuestra señoría.
-Pero, viejo amigo -dijo lord Woodville-, ya que no te es posible permanecer con nosotros ni un día más, lo cual, desde luego, no tengo derecho a exigirte, concédeme al menos otra media hora. A ti te gustaban los cuadros, y yo tengo una galería de retratos, algunos de ellos de Van Dyke, que representan a los antepasados a quienes pertenecieron esta hacienda y este castillo. Creo que varios de ellos te impresionarán por su gran mérito.

El general Browne aceptó la invitación, aunque no de muy buena gana. Era evidente que no respiraría con libertad y a sus anchas hasta haber dejado a sus espaldas el castillo de Woodville. No obstante, no podía rechazar la invitación de su amigo; y mucho menos cuanto que estaba un poco avergonzado por el mal humor que había mostrado a su bienintencionado anfitrión.

Así pues, el general siguió a lord Woodville por varias salas hasta la galería donde estaban expuestos los cuadros, que este último fue señalando a su huésped, diciéndole los nombres y contándole algunas cosas sobre los sucesivos personajes cuyos retratos contemplaban. Al general Browne le interesaban muy poco los pormenores de los que se le iba informando. Los cuadros, de hecho, eran muy del estilo de todos los que se ven en las antiguas galerías familiares: un caballero que había arruinado su hacienda al servicio del rey, una hermosa dama que la había restaurado contrayendo matrimonio con un acaudalado puritano, un caballero galante que se había arriesgado a mantener correspondencia con la corte exiliada de St Germain, otro que había tomado las armas en favor de William Cromwell durante la revolución, y otro que había volcado alternativamente su peso en el platillo de los whig y en el de los tory.

Mientras lord Woodville atiborraba con estas palabras los oídos de su huésped, como se ceba a los pavos, alcanzaron el centro de la galería. De pronto, el general se sobresaltó y adoptó una actitud casi de asombro, no sin algo de temor, al recaer sus ojos, súbitamente atraídos por el cuadro, sobre el retrato de una anciana dama vestida según la usanza de la moda de finales del siglo XVII.

-¡Ésta es! -exclamó-. Ésta es, por el tipo y por los rasgos, aunque la expresión no llegue a ser tan demoníaca como la de la detestable mujer que me visitó anoche.
-Si es así -dijo el joven aristócrata-, ya no queda ninguna duda sobre la horrible realidad de la aparición. Este retrato es de una desdichada antepasada mía sobre cuyos crímenes se conserva una siniestra y espantosa relación en una historia de mi familia que guardo en mi escritorio. Enumerarlos sería demasiado horrible; baste decir que en vuestro funesto dormitorio se cometió un incesto y un asesinato perverso. Lo devolveré al aislamiento al que lo habían confinado quienes me precedieron; y nadie, mientras yo pueda impedirlo, se expondrá a que se repitan los horrores sobrenaturales capaces de hacer vacilar un valor como el vuestro.

Así que los dos amigos, que con tanto regocijo se habían encontrado, se despidieron con muy distintos ánimos: lord Woodville pensando en ordenar que la Cámara de los Tapices fuese desmantelada y cegada la puerta; el general Browne decidido a buscar, en algún paraje menos hermoso y con algún amigo menos encumbrado, el olvido de la deplorable noche que había pasado en el castillo de Woodville".


Walter Scott

lunes, 18 de mayo de 2015

"La Tumba de la Encrucijada"

"Nunca pasó por Chalk-Newton sin volverme a mirar hacia el alto vecino, a un punto en el que un sendero atraviesa la recta y solitaria carretera principal, marcando así la división entre esta parroquia y la siguiente; es una vista que nunca deja de traerme a la memoria el suceso que una vez ocurrió allí; y, aunque a estas alturas puede parecer superfluo desenterrar más recuerdos de historias de aldea, los susurros de ese lugar tienen derecho a exigir no ser olvidados.

Fue en una oscura –aunque apacible y excepcionalmente seca– noche de Navidad (según el testimonio de William Dewy de Mellstock, Michael Mail y otros) cuando los componentes del coro de Chalk-Newton, una gran parroquia situada aproximadamente a mitad de camino entre las ciudades de Ivell y Casterbridge, y ahora convertida en una estación de ferrocarril– salieron de sus casas, antes de la medianoche, con el fin de llevar a cabo la anual repetición de sus melodías bajo las ventanas de la población local. La banda de instrumentistas y cantores era una de las más numerosas del condado; y, al contrario que la banda de Mellstock, más reducida pero de mayor calidad, que lo desdeñaba todo a excepción de la cuerda, contaba con músicos de metal y madera durante los servicios completos de los domingos y ocupaba toda la tribuna lateral derecha.

Aquella noche había dos o tres violines, dos cellos, una viola, contrabajo, oboes, clarinetes, serpentón y siete cantores. Pero no fueron los trabajos del coro, sino lo que sus miembros tuvieron oportunidad de ver, lo que hizo de la noche una ocasión especialmente señalada. Llevaban muchos años haciendo sus rondas sin que ningún incidente de tipo poco acostumbrado les saliera al paso, pero aquella noche, según las afirmaciones de varios de ellos, dos o tres de los más antiguos de la banda se encontraban –para empezar– en un estado de ánimo excepcionalmente solemne y meditativo: como si pensaran que los fantasmas de los amigos muertos que habían pertenecido al coro años atrás y que ahora estaban callados para siempre en el cementerio, bajo compactas masas de tierra, pudieran unirse a ellos –amigos que en sus tiempos habían mostrado mayor afición por la música de la que se mostraba en éstos–. O que la voz pretérita de una figura semitransparente, en vez de la de un vecino vivo y conocido, pudiera balbucear, desde la ventana de algún dormitorio, su agradecimiento por la felicitación nocturna. Sin importarles si aquello era producto de la realidad o de la imaginación, los miembros más jóvenes del coro se agruparon con sus acostumbradas alegría y despreocupación. Cuando ya estaban todos reunidos junto a los restos de la cruz de piedra que había en medio de la aldea –cerca de la posada del «Caballo Blanco»–, lugar del que hacían su punto de partida, alguien observó que se habían adelantado en exceso, pues todavía no eran las doce en punto. En aquellos tiempos, las murgas de Nochebuena locales procuraban no soltar una sola nota hasta que la mañana de Navidad hubiera llegado astronómicamente, y los miembros del coro, al no apetecerles, en aquel momento, volver a la cerveza, decidieron empezar por algunas cabañas de las afueras, de la vereda de Sidlinch, donde la gente no tenía reloj y no sabría si era de noche o de madrugada. Por consiguiente, se fueron en aquella dirección; y, mientras ascendían hacia terrenos más elevados, su atención se vio atraída por una luz que brillaba más allá de las casas, justo en lo alto de la empinada vereda.

La carretera que va desde Chalk-Newton hasta Broad Sidlinch tiene unas dos millas de longitud, y en la mitad de su recorrido, al pasar por encima de la colina, marcando la línea divisoria de las dos aldeas, se cruza –como ya se ha dicho–, formando ángulos rectos, con la solitaria, monótona y antigua carretera conocida por Long Ash Lane, que a menudo ha sido mencionada en estos relatos y que, recta como el trazo de un topógrafo y sobre los cimientos de una vía romana, recorre muchas millas a norte y sur de este lugar. Aunque en la actualidad está completamente abandonada y por allí crece la hierba, a principios de siglo estaba bien conservada y tenía un tráfico abundante. La vacilante luz parecía proceder del lugar exacto en que las carreteras se cruzaban.

–¡Creo que ya sé lo que puede ser eso! –observó uno del grupo.

Los hombres del coro se detuvieron un momento para discutir la probabilidad de que la luz tuviera su origen en cierto suceso del que les habían llegado algunos rumores, y decidieron subir hasta el alto de la colina. Al acercarse a la cima sus conjeturas se vieron confirmadas. Long Ash Lane se extendía a derecha e izquierda de donde estaban ellos; y vieron que en el punto de convergencia de los cuatro caminos, debajo del poste indicador, cuatro hombres de Sidlinch, contratados al efecto, habían cavado una tumba a la que acababan de arrojar, mientras el coro se aproximaba, un cadáver. El caballo y el carro que habían llevado el cuerpo hasta allí estaban al lado inmóviles.

Los músicos y cantores de Chalk-Newton se detuvieron y siguieron mirando mientras los sepultureros echaban tierra a la fosa y la pisoteaban, hasta que el hoyo quedó tapado por completo. Los hombres, entonces, dejaron los azadones en el carro y se dispusieron a marcharse.

–¿A quién habéis enterrado ahí? –preguntó Lot Swanhills alzando la voz–. No será al sargento, ¿verdad?

Los hombres de Sidlinch habían estado tan profundamente absortos con su tarea que no habían reparado, hasta entonces, en las linternas del coro de Chalk-Newton.

–¿Qué? Vosotros sois los cantores de villancicos de Newton, ¿verdad? –contestaron los representantes de Sidlinch.
–Sí, señor. ¿Es el viejo sargento Holway el que habéis enterrado ahí?
–Así es. Entonces, os habéis enterado ya, ¿eh?

Los del coro desconocían los detalles; sólo sabían que el domingo anterior se había pegado un tiro en el manzanal.

–Parece que nadie sabe por qué lo hizo, ¿verdad? O al menos en Chalk-Newton no lo sabemos –prosiguió Lot.
–Oh, sí. Todo se descubrió en la pesquisa judicial.

Los cantores se acercaron más, y los hombres de Sidlinch aprovecharon para tomarse un respiro después del trabajo y les contaron la historia.

–Todo fue por ese hijo suyo, pobre viejo. Se le partió el corazón.
–Pero si el hijo es soldado, seguro; ¿no está ahora con su regimiento en las Indias Orientales?
–Sí. Y el ejército lo ha pasado mal allí últimamente. Es una lástima que su padre lograra convencerlo de ir. Pero Luke no debería habérselo echado en cara al sargento, porque él lo hizo con buena intención.

Las circunstancias, en suma, eran las siguientes: el sargento que había tenido este lamentable final, padre del joven soldado que se había ido a Oriente con su regimiento, había tenido unas experiencias de la vida militar singularmente satisfactorias –que habían finalizado mucho antes de que la gran guerra con Francia estallara–. Al licenciarse, después de haber cumplido debidamente su período de servicio, había regresado a su aldea natal, se había casado y se había entregado, pacíficamente, a la vida doméstica. Pero la siguiente guerra en que se vio envuelta Inglaterra le había proporcionado muchos disgustos al verse imposibilitado, por culpa de la edad y de la enfermedad, para formar de nuevo parte de una unidad del ejército en activo. Cuando su único hijo se hizo un muchacho y se planteó la cuestión de cómo habría de ganarse la vida, el chico expresó sus deseos de ser artesano. Pero su padre le aconsejó, con gran entusiasmo, que se alistara.

–El comercio se está viniendo abajo en la actualidad –le dijo–. Y si la guerra con los franceses dura (que durará), el comercio se pondrá todavía peor. El ejército, Luke, es lo que te conviene. Es lo que me dio a. mí una formación y es lo que te dará una formación a ti. Yo no tuve ni la mitad de las oportunidades que se te presentarán a ti en estos tiempos espléndidos, mucho más aguerridos.

Luke vaciló, pues era un joven hogareño y amante de la paz. Pero, confiando respetuosamente en la opinión de su padre, cedió finalmente y se alistó en el batallón de infantería. Al cabo de unas cuantas semanas se le envió a la India para que se incorporara a su regimiento, que se había distinguido en Oriente a las órdenes del general Wellesley. Pero Luke no tuvo suerte. Llegaron a su casa noticias indirectas de que había enfermado allí; y más tarde, un día, hacía poco, cuando el anciano padre estaba dando un paseo, recibió el aviso de que había una carta aguardándole en Casterbridge. El sargento envió a un mensajero especial que recorriera las nueve millas de distancia, pagara por la carta y la trajera a casa; y así se hizo; pero, si bien la carta, como su padre había adivinado, era de Luke, el contenido del texto era totalmente inesperado.

La carta había sido escrita en un momento de profunda depresión. Luke decía que su vida era un suplicio y una esclavitud, y le reprochaba amargamente a su padre el haberle aconsejado que se embarcara en una carrera que no iba, lo sentía, con su carácter. Se encontraba a sí mismo padeciendo fatigas y enfermedades sin obtener ninguna gloria, y comprometido con una causa que ni entendía ni estimaba. De no haber sido por los malos consejos de su padre, él, Luke, estaría ahora trabajando tranquilamente en un negocio que tendría en la aldea de la que nunca había deseado salir.

Tras leer la carta el sargento se alejó unos pasos para que nadie pudiera verle, y entonces se sentó en un montículo que había al borde de la carretera. Cuando se levantó, media hora más tarde, su aspecto era el de un hombre ajado y moralmente deshecho, y desde aquel día su natural buen humor le abandonó. Herido en lo más hondo por las sarcásticas invectivas de su hijo, empezó a darse a la bebida con cada vez mayor frecuencia. Su mujer había muerto algunos años antes y el sargento vivía solo en la casa que había heredado de ella. Una mañana de aquel diciembre se había oído en los alrededores el estampido de un arma de fuego, y al entrar los vecinos en la casa se lo encontraron agonizante. Se había pegado un tiro con un viejo trabuco que utilizaba para ahuyentar a los pájaros; y se desprendía –sin ningún género de dudas– de lo que había dicho el día anterior y de los preparativos que había hecho para su fallecimiento, que aquel final había sido planeado y deliberado, y que era consecuencia de la desesperación en que se había visto sumido por la carta de su hijo. La investigación judicial emitió un veredicto de suicidio.
–Aquí está la carta del hijo –dijo uno de los hombres de Sidlinch–. Se encontró en uno de los bolsillos del padre. Se puede ver, por su estado, que la releyó un montón de veces. En cualquier caso, hay que hacer lo que Dios ordena, porque así ha de ser, te guste o no.

La tumba estaba ya tapada y no formaba desnivel, pues no se le había puesto encima ningún montón de tierra. Los hombres de Sidlinch se despidieron del coro de Chalk-Newton y se marcharon en el carro que habían utilizado para llevar el cuerpo del sargento hasta la colina. Cuando sus pasos se hubieron apagado y el viento soplaba por encima de la solitaria tumba con su acostumbrado silbido de indiferencia, Lot Swanhills se volvió hacia el viejo Richard Toller, que tocaba el oboe, y le dijo:

–Es duro para un hombre, y más para un bravo soldado como él, que se le trate de esta manera, Richard. Desde luego que el sargento nunca estuvo en ninguna batalla mayor de la que se podría librar en una dehesa de medio acre, claro que no. Pero su alma debería tener las mismas oportunidades que la de cualquier otro hombre. Las mismas, ¿no?

Richard contestó que estaba completamente de acuerdo:

–¿Qué me dices de entonar un villancico delante de su tumba? Es Navidad y no tenemos ninguna prisa por empezar abajo, en la parroquia; y no nos llevaría ni diez minutos. Y además, aquí arriba no hay ni un alma para decirnos que no lo hagamos ni para enterarse de que lo hacemos, ¿eh?

Lot asintió con la cabeza.

–El hombre debería tener su oportunidad –repitió.
–Lo mismo da que escupas sobre su tumba, para lo mucho que vamos a hacer con él con cantarle nada: ahora ya está muy lejos de aquí –dijo Notton, el clarinetista y escéptico oficial del coro–. Pero estoy de acuerdo si los demás lo están.

En consecuencia todos se pusieron, formando un semicírculo, junto a la tierra recién removida y despertaron de su letargo al adormecido aire con el conocido número dieciséis de su repertorio, que Lot propuso por considerarlo el más indicado para la ocasión y el estado de ánimo: Él viene a soltar a los cautivos, esclavos de Satanás

–Caramba, nunca habíamos tocado antes para un muerto –dijo Ezra Cattstock cuando hubieron terminado la última estrofa y, pensativos, se disponían a darse un respiro–. Pero me parece más piadoso esto que largarse y dejarle así, como han hecho esos otros tipos.
–Ahora hay que volver a Newton; para cuando lleguemos a casa del párroco ya serán las doce y media –dijo el director de la banda.

Pero no habían hecho más que recoger los instrumentos cuando el viento les trajo el ruido de un vehículo que, conducido a toda velocidad, venía de Sidlinch por aquel mismo sendero, por donde los sepultureros se habían marchado poco antes. Para evitar que el carro los arrollara a su paso, los miembros del coro decidieron esperar –para ponerse en marcha– a que el viajero nocturno, fuera quien fuese, los adelantara (y con el fin de que lo hiciera en el tramo más ancho de la encrucijada, donde estaban ellos en aquel momento).

Medio minuto después la luz de las linternas iluminó un calesín de alquiler, tirado por un caballo jadeante y con el morro lleno de vaho. Al llegar a la altura del poste indicador una voz gritó desde el interior del vehículo:

–¡Pare aquí!

El cochero tiró de las riendas. La puerta del coche se abrió desde dentro y un soldado raso, vestido con el uniforme de algún regimiento regular, salió de un salto. Miró a su alrededor y pareció sorprenderse al ver allí a los músicos.

–¿Han enterrado ustedes a un hombre aquí? –preguntó.
–No. Nosotros no somos de Sidlinch, gracias a Dios; somos el coro de Newton. Pero un hombre acaba de ser enterrado aquí, eso es cierto; y nosotros hemos cantado un villancico sobre los restos del pobre mortal. Pero, ¿es acaso Luke Holway el que están viendo mis ojos, el que se fue a las Indias Orientales con su regimiento? ¿O estoy viendo su espíritu, que ha venido directamente desde el campo de batalla? ¿Usted es el hijo que escribió la carta que...?
–No, no me hagan preguntas. Pero entonces, ¿el responso ha terminado ya?
–No ha habido responso, en el sentido cristiano de la palabra. Pero está enterrado, eso desde luego. Debe de haberse usted cruzado con los hombres, de vuelta con la carreta vacía.
–¡Como un perro en una zanja, y todo por mi culpa!

El soldado se quedó callado, mirando la tumba, y los miembros del coro no pudieron evitar sentir compasión por él.

–Amigos míos –dijo el joven–, ahora lo entiendo. Supongo que ustedes, por caridad vecinal, han cantado por el descanso de su alma, ¿no es así? Les agradezco de todo corazón su piadoso gesto. Sí; yo soy el miserable hijo del sargento Holway. Soy el hijo que ha causado la muerte de su padre, ¡tan cierto como si lo hubiera hecho con mis propias manos!
–No, no. No se lo tome usted así, joven. Por lo que hemos oído, su padre llevaba ya abatido una buena temporada por nada en particular.
–Estábamos en el Oriente cuando le escribí. Todo parecía salirme mal. Justo después de enviar la carta se nos ordenó volver a casa. Por eso me ven ustedes aquí. En cuanto llegamos al cuartel de Casterbridge me enteré de esto... ¡Maldito sea una y mil veces! Creo que me atreveré a seguir el camino de mi padre y me mataré. ¡Es lo único que puedo hacer ya!
–No se precipite usted, Luke Holway, vuelvo a decírselo; en lugar de eso, trate de enmendar su vida en el futuro. Y tal vez su padre le eche una sonrisa desde el cielo por ello.

El soldado negó con la cabeza.

–¡No sé, no sé! –contestó con amargura.
–Inténtelo y sea digno de lo mejor que tenía su padre. No es demasiado tarde.
–¿Usted cree que no? ¡Me temo que sí!... Bueno, lo pensaré. Gracias por sus buenos consejos. De todas formas, viviré aunque sólo sea para hacer una cosa: trasladaré el cuerpo de mi padre a un cementerio cristiano y decente, aunque tenga que hacerlo con mis propias manos. No puedo salvarle la vida, pero puedo darle una tumba honrosa. ¡No reposará en este lugar maldito!
–Sí. Como dice nuestro párroco, es una costumbre bárbara la que conservan en Sidlinch, y deberían aboliría. El hombre también fue soldado. Ya ve, nuestro párroco no es como el suyo de Sidlinch.
–Dice que es una barbarie, ¿verdad? ¡Pues eso es precisamente lo que es! –gritó el soldado–.Ahora, escúchenme con atención, amigos.

Y entonces les preguntó si estarían dispuestos a agrandar la deuda que él tenía con ellos haciéndose cargo, en secreto, del traslado del cuerpo del suicida al cementerio (no al de Sidlinch, parroquia que ahora odiaba, sino al de Chalk-Newton). Les daría todo lo que poseía por hacerlo. Lot le preguntó a Ezra Cattstock qué opinaba de ello. Cattstock, el violoncellista, que también era el sacristán, vaciló, y le aconsejó al joven soldado que antes sondeara al rector a ver qué pensaba de ello.

–A lo mejor pondría pegas y a lo mejor no. El párroco de Sidlinch es un hombre duro, lo reconozco, y dice que si la gente se mata en un arrebato debe sufrir las consecuencias. Pero el nuestro no piensa así en absoluto, y es posible que lo permita.
–¿Cómo se llama?
–Es el honorable y venerable señor Oldham, hermano de Lord Wessex. Pero no tiene que tenerle miedo por eso. Hablará con usted como un hombre corriente siempre y cuando usted no haya bebido lo suficiente como para que le huela el aliento.
–Oh, ya, es el mismo que antiguamente Le preguntaré. Gracias. Y una vez cumplido ese deber.
–¿Qué hará entonces?
–Hay guerra en España. He oído que ese es nuestro próximo destino. Trataré de demostrarme a mí mismo que soy lo que mi padre deseaba que fuera. Supongo que no podré. . pero lo intentaré, con mi flaqueza característica. Eso lo juro aquí, sobre su cuerpo Y que Dios me ayude.

Luke dio un manotazo al blanco poste indicador con tanta fuerza que éste se tambaleó.

–Sí, hay guerra en España; y allí tendré otra oportunidad para ser digno de mi padre.

Así se dio por terminado el asunto aquella noche Pronto se supo que el soldado raso había cumplido al menos una de sus promesas, porque un día de la misma semana de Navidad el rector entró en el cementerio cuando Cattstock se encontraba allí y le pidió que buscara un lugar adecuado para aquel enterramiento, añadiendo que él había conocido levemente al sargento y que no sabía de la existencia de ninguna ley que le prohibiera aceptar el traslado, después de haber examinado el precepto. Pero como no deseaba que pareciese le movía el deseo de enfrentarse con su vecino de Sidlinch, había estipulado que aquel acto de caridad se llevara a efecto de noche y con la mayor discreción posible, así como que la tumba estuviera en una zona oscura del recinto.

–Será mejor que vayas inmediatamente a advertírselo al joven –agregó el rector.

Pero antes de que Ezra hiciera nada al respecto, Luke fue a verle a su casa. Le habían acortado el permiso a causa de los recientes acontecimientos de la guerra peninsular, y, viéndose obligado a reincorporarse inmediatamente a su regimiento, no tenía más remedio que dejar la exhumación y el nuevo enterramiento en manos de sus amigos. Dejó pagados todos los gastos y les rogó a todos que se encargaran de que ambas cosas se llevaran a cabo en seguida. Y con esto el soldado se marchó. Al día siguiente, Ezra, después de reflexionar sobre el asunto, fue de nuevo a la rectoría, acuciado por una repentina duda. Se había acordado de que el sargento había sido enterrado sin ataúd, y no estaba seguro de que no le hubieran clavado una estaca. El asunto iba á ser más complicado de lo que en un principio habían supuesto.

–¡Sí, es cierto! –murmuró el rector–. Me temo que, después de todo, no va a ser factible.

El siguiente suceso fue la llegada, en un carro, de una lápida mortuoria procedente de la ciudad más cercana; para ser dejada en casa del señor Ezra Cattstock; todos los gastos pagados. Entre el sacristán y el carretero depositaron la losa en la letrina del primero; y Ezra, una vez solo, se puso los lentes y leyó la breve y sencilla inscripción:

AQUÍ YACE EL CUERPO DEL DIFUNTO SAMUEL HOLOWAY, SARGENTO DEL -º REGIMIENTO DE INFANTERÍA DE SU MAJESTAD, QUE DEJO DE EXISTIR EL 20 DE DICIEMBRE DE 180-. ERIGIDO POR L. H.
«NO SOY DIGNO DE SER LLAMADO TU HIJO.»

Ezra fue de nuevo a la rectoría, que estaba cerca del río.

–Ha llegado la lápida, señor. Pero me temo que no se pueda hacer de ninguna forma.
–Me gustaría complacer al joven –dijo el anciano y caballeroso presbítero–. Y de buen grado dejaría de cobrar hasta el último penique de mis honorarios. Pero si tú y los demás pensáis que no se puede hacer, entonces no sé qué decir.
–Verá usted, señor; he interrogado a una mujer de Sidlinch acerca del entierro del sargento, y parece que lo que yo pensaba es verdad. Lo enterraron con una estaca de seis pies, del redil de ovejas de North Ewelease, atravesándole el cuerpo, aunque ahora lo negarían. Y la cuestión es: ¿vale la pena hacer el traslado teniendo en cuenta lo embarazoso del caso?
–¿Has sabido algo más acerca del joven?

Ezra sólo sabía que aquella semana se había embarcado rumbo a España con el resto de su regimiento.

–Y si está tan desesperado como parecía, no volveremos a verle más por aquí ni en Inglaterra siquiera.
–Es un caso embarazoso –dijo el rector.

Ezra volvió a hablar del asunto con el coro; uno sugirió la posibilidad de poner la lápida en la encrucijada. Aquello se consideró impracticable. Otro dijo que se podría colocar en el cementerio sin trasladar el cuerpo; pero aquello no les pareció honrado. De modo que no se hizo nada. La lápida mortuoria se quedó en la letrina de Ezra hasta que éste, harto de verla allí, la puso entre unos matorrales que había al fondo de su jardín. Los miembros del coro sacaban el tema de vez en cuando, pero siempre acababan diciendo:

–Teniendo en cuenta de qué manera se le enterró, difícilmente podríamos hacer ese trabajo.

Siempre tenían la convicción de que Luke no iba a regresar jamás, y esta impresión se veía fortalecida por los rumores que llegaban acerca de los desastres que le habían acaecido al ejército en España. Aquello contribuyó a que la inercia se hiciera permanente. La lápida mortuoria se puso verde a fuerza de estar durante tanto tiempo bajo los matorrales de Ezra; más adelante, el viento tiró un árbol que estaba junto al río, y, al caer encima de la lápida, la partió en tres pedazos. Finalmente, los pedazos quedaron enterrados entre las hojas y el moho. Luke no había nacido en Chalk-Newton, y tampoco había dejado parientes en Sidlinch, de manera que no llegó ninguna noticia suya a ninguna de las dos aldeas mientras duró la guerra. Pero después de Waterloo y la caída de Napoleón llegó a Sidlinch, un día, un sargento mayor inglés cubierto de galones y, como se descubrió más tarde, lleno de gloria. El servicio en el extranjero había cambiado de una manera tan absoluta a Luke Holway que hasta que dijo su nombre los habitantes no le reconocieron como el hijo único del sargento.

Había servido con entereza y eficacia en las campañas peninsulares a las órdenes de Wellington; había luchado en Busaco, Fuentes de Oñoro, Ciudad Rodrigo, Badajoz, Salamanca, Vitoria, Quatre Bras y Waterloo; y ahora había regresado para disfrutar de una pensión más que ganada y descansar en su distrito natal. Apenas permaneció en Sidlinch más tiempo del que le llevó comer algo a su llegada. Aquella misma tarde se encaminó, a pie y por la colina, hacia Chalk-Newton, y, al pasar por la encrucijada, miró hacia el poste indicador y dijo:

–¡Gracias a Dios que él ya no está ahí!

Estaba anocheciendo cuando llegó a la segunda aldea; sin embargo, se fue directamente al cementerio. Cuando penetró en el recinto había aún luz suficiente para discernir las lápidas mortuorias, y el soldado las escudriñó minuciosamente. Pero aunque buscó por la parte delantera, que daba a la carretera, y por la parte trasera, que daba al río, no pudo encontrar lo que buscaba: la tumba del sargento Holway y un monumento conmemorativo con la inscripción «NO SOY DIGNO DE SER LLAMADO TU HIJO».

Abandonó el cementerio e hizo averiguaciones. El honorable, venerable y anciano rector había muerto, y también muchos de los miembros del coro; pero, poco a poco, el sargento mayor llegó a enterarse de que su padre yacía aún en la encrucijada de Long Ash Lane. Luke siguió caminando, pensativamente, en dirección a su casa. Pero para hacerlo por la ruta acostumbrada tenía que volver a pasar por el lugar, ya que no había ninguna otra carretera que uniera las dos aldeas. Y se sentía incapaz de volver a pasar por aquel sitio, que ahora le lanzaba reproches con la voz de su padre; de modo que saltó la valla y anduvo errante por los campos arados para eludir el encuentro. Luke había soportado muchas luchas y fatigas sostenido por la idea de que estaba reivindicando el honor de la familia y haciendo nobles reparaciones. Y sin embargo su padre yacía, aún, degradado. Que el cuerpo de su padre se viera obligado a sufrir por las malas acciones que él, Luke, había cometido era más un sentimiento que un hecho; pero a su hipersensibilidad le parecía que los esfuerzos que había hecho por restablecer la reputación de su padre y aplacar la sombra del injuriado habían terminado en el más absoluto de los fracasos.

Se esforzó, sin embargo, por zafarse de su apatía, y, disgustándole la sociedad de Sidlinch, alquiló una pequeña cabaña, que había estado deshabitada durante mucho tiempo, en Chalk-Newton, Allí vivió, solo, convirtiéndose en un verdadero ermitaño y no permitiendo que mujer alguna entrara en la casa. La primera Navidad que siguió al establecimiento de su morada allí dentro, Luke estaba sentado, solo, junto al rincón de la chimenea, cuando oyó unas débiles notas musicales en la lejanía; poco después una canción se elevó, atronadoramente, hasta su ventana. Eran, como de costumbre, los cantores de villancicos; y aunque muchos de los de la vieja hornada, incluidos Ezra y Lot, descansaban eternamente, se seguían interpretando los mismos viejos villancicos sacados de los mismos viejos libros. Las conocidas estrofas que el ya fallecido coro había dedicado a la tumba de su padre resonaron a través de los postigos de la ventana del sargento mayor:

Él viene a soltar a los cautivos, esclavos de Satanás

Cuando terminaron se fueron a otra casa, dejando a Luke abandonado, como antes, al silencio y a la soledad. La vela necesitaba que la despabilaran, pero Luke no la despabiló y permaneció sentado hasta que se consumió en el candelero y provocó oleadas de sombra en el techo. La alegría navideña de la mañana siguiente se vio quebrada a la hora del desayuno por una trágica noticia que se extendió por la aldea con la rapidez del viento El sargento mayor Holway había sido encontrado con un tiro en la cabeza, que se había pegado él mismo, en la encrucijada de Long Ash Lane, donde su padre yacía enterrado.

Encima de la mesa de su cabaña había dejado un papel escrito en el que expresaba su deseo de ser enterrado en el cruce, al lado de su padre. Pero el papel, accidentalmente, fue tirado al suelo, y nadie lo vio hasta después del responso por el alma de Luke, que tuvo lugar de la manera acostumbrada, en el cementerio".


Thomas Hardy

domingo, 17 de mayo de 2015

"Cuando se Abrió la Puerta"

"Qué curiosos cuadros de la vida alcanzamos a veces a vislumbrar de improviso, escenas que destacan como un resplandor fugaz en la tupida masa de movimiento, en la aglomeración de detalles, en la inextricable confusión de asuntos humanos que se le ofrecen al observador de la gran ciudad. En medio del maremágnum, desde un cabriolé, desde el techo de un ómnibus, desde el andén de una estación del metropolitano en el interior de un vagón que se detiene un minuto, desde la acera en el interior de un coche atascado en el tráfico, de día y de noche, salidos de la rutina, de las actividades habituales que la gente desempeña con el humor y las frases normales y corrientes que se entretejen en el curso de una vida sana, saltan a la vista estos interludios de intensidad, inicios de episodios -trágicos, heroicos, idílicos, abyectos- o sus conclusiones, que hacen del viraje el punto crítico de una vida. Si es el principio, ¡cómo ansiamos conocer el desenlace! Si es el final, ¡qué no daríamos por saber cómo empezó todo!
Valga un ejemplo: volvía yo a casa, solo, bien entrada la noche, en un tren que había partido de las afueras, y casualmente me acomodé en un vagón ocupado por otros tres viajeros. Uno de ellos era un hombre de unos cuarenta años, de pelo moreno que ya encanecía y rostro agradable, de rasgos limpios, correctos. Los otros dos eran un matrimonio; el marido, de bastante más edad que la mujer. Tuve la impresión de que había surgido alguna desavenencia entre ambos antes de que yo entrase en el vagón, pues la dama parecía estar de mal humor y contrariada, y el caballero, por su parte, bastante alterado. Intercambió éste un par de palabras con el tercer pasajero, no obstante, revelando por el modo de hablar que eran conocidos y también, o así se me antojó a mí, con objeto de guardar las apariencias. La señora, por el contrario, no hizo intento alguno de disimular su ánimo, sino que viajó envarada y en silencio, con la mirada clavada en la oscuridad, hasta que el tren se detuvo y el marido le dio la mano para ayudarla a salir.

Los dos observamos cómo el matrimonio se alejaba; fue evidente que se reanudaba la disputa al cabo de unos cuantos pasos. Mi solitario compañero de viaje iba sentado enfrente de mí y, cuando la pareja dejó de verse, se encontraron nuestros ojos con una involuntaria mirada de comprensión, y él se encogió levemente de hombros.

-No me desagradaría darles a esos dos algún que otro consejo -se me escapó sin darme cuenta.
-¡Ah! -dijo él-. Tampoco a mí, pero en estos casos resulta de todo punto imposible.
-Estará usted pensando, supongo, que ellos conocen mejor que nadie sus propios asuntos -repliqué.
-En absoluto -respondió él-. Los espectadores son quienes mejor aprecian el lance, ¿sabe usted? Lo cual no obsta, sin embargo, para que ofrecer consejo a un matrimonio sea inútil en el mejor de los casos, más todavía cuando los dos se obcecan en un desatino -añadió-. Pero incluso las personas sensatas y movidas por las mejores intenciones cometen errores terribles, también en asuntos que les conciernen a ellos mismos y en los que sería de esperar que supiesen lo que hacen. Ese hombre que acaba de salir hace un momento vigila a su mujer, le impide hablar, sólo le permite salir a la calle si va acompañada, como si estuviese convencido de que, sin duda, se descarriaría en cuanto tuviese ocasión. La consecuencia es que ella comienza a verlo con desagrado y desprecio, y que tal vez él acabe induciéndola a hacer precisamente aquello contra lo cual tanto la guarda. No comprendo cómo un hombre puede desear tener una esclava, siempre a sus órdenes, por consorte. En lo que a mí respecta, prefiero a una mujer libre y me resisto a creer que libertad signifique libertinaje salvo en casos excepcionales.
-Pero en ese punto surge un problema, creo entender -observé yo-. ¿Cómo puede un hombre identificar qué caso resultará ser excepcional?
-Ah, en ese sentido no veo dificultad alguna -respondió-. Las muchachas dan en seguida indicación de su carácter; en cualquier caso, si no son personas formales, tenerlas bajo vigilancia permanente no las hará más dignas de confianza. No estoy diciendo, con todo, que debamos dejar que una muchacha joven e irreflexiva se las componga sola; lo que digo es que necesita un compañero, no un guardián. Aun así, como acabo de decir, la ordenación atinada de la vida matrimonial es un asunto en el que hasta los mejor intencionados pueden equivocarse. Yo me casé con una muchacha algo más joven que yo; le llevaba unos diez años. No creo que esas diferencias tengan demasiada importancia si los dos comparten gustos. Resultó, sin embargo, que no los compartíamos. A mí me llama la vida tranquila, dedicar todo el tiempo del mundo al arte y a la literatura, y no hay nada que me disguste más que matar el tiempo sosteniendo chácharas banales en entretenimientos que no entretienen a nadie. Mi mujer, por el contrario, tal y como descubrí al poco de casarnos, se aburre soberanamente con los libros y los cuadros, y está en la gloria cuando se encuentra en plena vorágine social. Pues bien, tras meditar sobre la cuestión llegué a la conclusión de que, en justicia, se imponía que ella no me exigiese a mí que alternase en sociedad y que yo no le exigiese a ella que se quedase en casa. Entre ambos existía afecto, pero a mi entender tal cosa no significaba que ninguno de los dos tuviese que pasarlo mal al verse obligado a amoldarse a los gustos y a los hábitos del otro, tan discrepantes de los suyos. El matrimonio debe ser una institución perfecta cuando se da una identidad total de intereses, pero, cuando no existe, no veo por qué los cónyuges han de llevar una vida desdichada. De manera que permití que mi mujer siguiese sus inclinaciones y yo seguí las mías; el arreglo pareció surtir un efecto bárbaro. Unas veces ella se habría llevado una alegría si yo la hubiera acompañado en sus salidas, otras veces a mí me habría gustado que ella se hubiese quedado conmigo en casa; de cuando en cuando nos adaptábamos a los deseos tácitos del otro y así lo hacíamos, pero la verdad es que esos sacrificios no servían de mucho. Se celebraba un baile de disfraces en una sala de fiestas pública y a ella le hacía especial ilusión asistir; me pareció que insinuaba que quizá podría ir con ella; si así fue, lo cierto es que no me di por aludido, pues me constaba que iba a aburrirme sobremanera.

»Fue al baile con un disfraz tan llamativo como logrado, un dominó gris plata con forro de seda rosa y ribete de encaje blanco. El abanico era de plumas blancas de avestruz y el antifaz llevaba un aplique de encaje que le cubría la boca. Aunque había estado muy emocionada con la idea del baile, cuando llegó la hora de la verdad parecía que no eran tantas las ganas de ir. Había acordado que se vería allí con unas amistades; yo le dije que la esperaría levantado y ella prometió volver temprano.

»Cuando se hubo ido, me sentí abatido sin que pudiese explicarme el porqué. Me acomodé con un libro y un puro, pero no conseguí concentrarme en ninguno de los dos. Trataba de leer, pero me distraía; al final tuve que darme por vencido y me limité a fumar y a meditar.

»Empecé a preguntarme qué estaría haciendo mi mujer en el baile y si habría encontrado a sus amigos sin novedad. Entonces se me ocurrió que, si por algún malentendido no lograsen encontrarse, la situación sería harto comprometida. A ese tipo de bailes públicos asiste gente de toda índole, a lo que se suma que las formas tienden a relajarse cuando hay máscaras de por medio. Mi mujer, aun oculta en su dominó, proyectaba una imagen de juventud y belleza. Tal vez fuesen a importunarla los granujas que infestan ese tipo de locales. En ese mismo momento quizá estaría bailando con alguna pareja de dudosísima reputación. ¿Había hecho bien al dejarla ir sola? Lancé el puro al hogar y me incorporé, aunque no tenía formada intención alguna; en honor a la verdad, me quedé inmóvil unos instantes, como a veces ocurre cuando nos enfrentamos a una dificultad, con el juicio del todo suspendido. Recordé entonces un disfraz que me había hecho para un baile de máscaras al que había asistido antes de conocer a mi mujer. Era de terciopelo negro, el atuendo de un caballero español del reinado de Felipe IV, la época de Velázquez, un traje bien bonito que había copiado de una pintura, confeccionado con maña. Fui a mi gabinete y allí lo encontré, en un baúl viejo, junto con la máscara que había llevado con él.

»Todavía era temprano. ¿Y si me disfrazaba y acudía yo también al baile? Mi mujer se había llevado el coche, pero cerca de allí había unas caballerizas en las cuales podría alquilar una berlina sin dificultad. Llamé al criado y lo envié a buscar una.

»El baile estaba animadísimo cuando llegué, pero, por enorme fortuna, prácticamente la primera persona a quien vi resultó ser mi mujer. El gris plata, el rosa claro, el encaje blanco y el abanico de avestruz formaban un disfraz muy distintivo; la reconocí al instante y me abrí paso entre el gentío para encontrarme con ella. Mas al acercarme reparé en que ella no podría reconocerme a mí. Jamás me había visto con aquella indumentaria; es más, cabía dar por hecho que ni siquiera sabía que la tenía; con todo y con eso, a pesar de que yo avanzaba directamente hacia ella y de que se había dado cuenta, no expresó objeción alguna. ¿Sería posible que permitiese a un desconocido dirigirse a ella, que llegase incluso a espolearlo al hacer gala de aquella actitud? Me traspasó el corazón tal punzada de espantosa duda que tomé la determinación de despejarla de una vez por todas con un experimento. Sin pararme a preguntarme si la maniobra era o no justa, me dirigí a ella con familiaridad, afectando la voz.

»-Se me hace que me estás esperando a mí -dije-. Haz el favor de decirme que así es.

»-Bueno, estoy esperando a que ocurra alguna cosa emocionante -respondió ella, disimulando también la voz; hablaba con el aplomo de quien está acostumbrado a ese tipo de entrevistas-, porque estar aquí sola no es nada divertido.

»Por un momento se esfumó el vulgar esplendor de la escena. Dejé de ver, de oír. Recobré los sentidos, no obstante, justo cuando la banda de música comenzaba a tocar, y así le pregunté, mecánicamente, si me concedía aquel baile.

»-Será un placer -respondió ella; en seguida me cogió del brazo y procedió a llevarme (en lugar de esperar a ser llevada), a través de la muchedumbre abigarrada que nos envolvía, hasta el salón de baile, con un desembarazo que me llenó de consternación. En su sano juicio siempre se había mostrado reservada con los desconocidos y yo jamás habría sospechado que una careta podría mudar las cosas de tal manera.

»Danzó con la ligereza de una bailarina y, cuando cesó la música, me pidió un vaso de hielo regado con licor y me indicó en qué dirección hallaría los refrigerios. Tras dar cuenta de todo lo que deseaba, que no fue poco, volvió a tomarme del brazo y empezamos a pasear. Parecía conocer el edificio como la palma de la mano, extremo este que me sorprendió, puesto que no imaginaba que hubiese estado allí con anterioridad. Se lo pregunté, no obstante.

»-¿Que si ya había estado aquí? -preguntó-. ¡Vaya si no! Vengo siempre que puedo.
»-¿Lo sabe tu marido? -me atreví a preguntar.
»-¡Ah, mi marido! -exclamó-. Pero ¿quién te ha dicho a ti que tengo marido, si puede saberse?
»-No me cabe duda de que una dama con unos encantos y unos modales tan cautivantes como los tuyos ha de tener marido -contesté yo.
»-¡Oh, vaya cortejador! -dijo-. ¡En fin! Qué distintos son los maridos y los amantes. ¿Verdad que las mujeres son tontas al casarse, cuando podrían ganarse la vida haciendo el amor?

»Mientras hablaba, me sujetó el brazo con ambas manos y levantó la vista para mirarme a los ojos con expresión seductora. ¿Era aquélla la verdadera, me preguntaba, mientras que la otra, la que yo conocía bien, no pasaba de ser una actriz que se ganaba el sustento con una comedia? No, me negaba a creerlo. Razoné conmigo mismo: aquel comportamiento y aquellos pareceres eran tan postizos como el traje, un aspecto más de la mascarada; pero ella no habría podido desenvolverse tan bien como lo hacía si careciese de gran experiencia, y acababa de confesar que frecuentaba aquel local, lo cual sugería la existencia de un engaño, que a mí me cogía de nuevas. De hecho, había querido salir aquella noche porque sería, o así me lo había dicho, el primer baile de máscaras al que asistía. ¡Qué necio, qué necio de solemnidad había sido yo al permitirle salir sola! Mas quizá fuera para bien. Yo ya sabía que era frívola, pero jamás había sospechado que fuese una libertina. Más aún, habría puesto la mano en el fuego por que era digna de toda confianza en cualquier situación, lo que significaba que me había tenido en el mayor de los engaños. A todas luces mis amistades lo sabían desde el principio y me compadecían como el necio ciego y pusilánime que era. Pero yo estaba conmocionado, se lo aseguro, y me debatía constantemente entre dos reacciones. Por un lado la censuraba sin paliativos; por el otro trataba de excusarla. Las apariencias en pleno hablaban contra ella, sin lugar a dudas, pero el hábito del amor y el respeto se resiste a cambiar en un segundo. A fin de cuentas, ¿acaso había hecho algo imperdonable? Sí, ciertamente se había expresado con vulgaridad, pero yo no me había aventurado en aquella dirección. Si me hubiese tomado la más mínima libertad en tal sentido, a buen seguro que ella se habría ofendido al instante. ¿O no?

»Me había puesto la mano sobre el brazo. Dudé un momento; a continuación se la cogí y estreché. Para horror mío, ella se rió y me devolvió la efusión.

»-Por fin despiertas, don Sombrío -dijo-. Ya estaba empezando a temer que fueses uno de esos seres que lo ven todo negro; te notaba tan frío y tan soso... Pero conmigo no hay pesimismos que valgan. En un periquete voy a espabilarte y levantarte el ánimo.

»Al oír tales palabras sentí una terrible conmoción, y tardé unos momentos en dar con el dominio de la voz. Era un hombre derrotado; no quería sino sentarme y echarme a llorar como un niño. Me embargaba la tristeza, no la ira. Cuando no queda esperanza, un hombre no se enfurece: se desmorona. Y aun así, pese a saber que no había esperanza alguna, me sentí como un jugador que se ve impelido a seguir apostando. Me propuse ir un poco más lejos, únicamente para concederle una última oportunidad.

»-Has conseguido animarme con tanta maestría que no deseo despedirme de ti -dije-, pero este gentío me impide concentrarme. Salgamos de aquí. Tengo un coche esperando: ¿vendrás a casa conmigo?
»-¡Vaya, el señor está nervioso! -dijo ella con una carcajada-. Estoy encantada, porque yo juraría, don Sombrío, que no estás acostumbrado a que una dama te dé un no por respuesta.
»-¿Por qué encantada? -quise saber.
»-Pues porque al verte nervioso se sabe que no te da igual, ¿entiendes? -dijo con malicia-. No soporto esos tipos de sangre fría a quienes les importa un bledo que vaya o deje de ir con ellos.
»-En ese caso seré de tu agrado -respondí con tristeza-, puesto que, como bien has advertido, a mí me importa sobremanera. ¿Vendrás?

»Volvió a reírse. ¡Santo cielo! ¿Significaba aquella risa que consentía? La conduje a la puerta principal con el ímpetu de un joven amante y ella no adujo la menor objeción. Comentó que me veía impaciente, y era verdad. Cada instante había pasado a ser una hora de tormento previo a la conclusión de aquella farsa atroz. Pero no podía ponerle fin allí mismo, en aquel mismo instante. Aquello era demasiado grave. Tenía que llevarla a casa. Yo mismo fui en persona al extremo de la calle a buscar la berlina alquilada, evitando así que se dijese mi nombre en voz alta, y di al cochero orden de que diese la vuelta mientas yo volvía para ayudarla a subir. Temía que se armase una escena en aquel local público si de improviso ella descubría mi identidad, y se me hizo eterno el tiempo que esperamos hasta que partimos. Con todo, llegó el momento de salir de allí y alejarnos de la muchedumbre; por espacio de unos minutos, sin embargo, me limité a ir sentado a su lado, incapaz de pronunciar palabra, y ella empezó a hacer nuevas bromas a propósito de mi melancolía. Entonces se dejó caer contra mí, sin que yo acertase a distinguir si se debía a una sacudida del coche o a la pura lascivia. Yo la rodeé con el brazo, de todos modos, y ella no protestó.

»-¿Dónde vives? -preguntó cuando nos acercábamos ya a la casa-. Estas calles son todas iguales y no distingo dónde estamos.
-Bien, lo cierto es que hemos llegado -respondí cuando el coche se detuvo. La ayudé a bajar y yo mismo abrí la puerta de la casa con mi propia llave. La luz del vestíbulo era tan tenue que tuve que llevarla de la mano escaleras araba hasta el estudio. Estaba completamente a oscuras, pero yo llevaba cerillas en el bolsillo y con ellas encendí el gas.

Me volví entonces hacia ella. Se reía con bobería por alguna cosa, pero parecía que no reconocía el lugar.

»-Y ahora, señora mía -dije con severidad-, fuera máscaras.

»Al momento procedió a quitarse la suya y se despojó del dominó.

»Yo la miré en hito, di un respingo, ¡me desplomé en una butaca! La mujer que tenía delante de mí era una completa desconocida, una criatura de cabello teñido, ojos sombreados y mejillas pintadas, en absoluto la clase de persona con la que uno se dejaría ver en público si en algo valorase su buen nombre, y, sin embargo, poco faltó para que me hincase de rodillas y besase la bastilla de su falda, tan grande fue mi alivio. ¡No lo olvidaré jamás! Durante unos minutos no pude pensar, no pude reaccionar, sólo puede seguir allí sentado con los ojos clavados en ella, sonriendo como un idiota. Ella se sintió halagada por aquella actitud mía, que malinterpretó como muda admiración, y adoptó, inmóvil, una pose teatral que afectaba timidez y coquetería, hasta que recobré el sentido.

»Mi primer pensamiento claro fue que debía deshacerme de ella cuanto antes. ¿Cómo proceder, sin embargo, para no someterla a una humillación? Traté de discurrir una excusa verosímil, pero, antes de dar con ninguna, un coche de caballos se paró delante de la puerta del piso de abajo, oí que una llave giraba en la cerradura, un susurro de seda, un paso liviano que subía la escalera. Mi mujer volvía temprano, tal como había prometido, y subía directamente al estudio.

»Tenía ya la mano en el picaporte y...

Calló en ese punto y miró por la ventanilla. El tren se había detenido, pero ninguno de los dos habíamos reparado en ello en su momento.

-¡Vaya! -exclamó-. ¡Pero si es mi estación! -dijo, y bajó de un salto justo en el instante en que el tren reanudaba la marcha.

No lo he vuelto a ver; no cuento con volver a encontrármelo nunca. Por eso doy por hecho que pasaré lo que me queda de vida atormentado por la conjetura de lo que ocurrió cuando se abrió aquella puerta".

 
Sarah Grand