El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

viernes, 22 de mayo de 2015

"Dompareli Bocanegra"

Hay crímenes que la ira de Dios no perdona jamás, porque nunca el criminal quiere arrepentirse.

"Dios hizo la noche y los astros para elevar el alma, fomentar el genio y mantener en el corazón del hombre el amor de la sublime sabiduría; pero el hombre, audaz contra sus designios, destruye el orden que había establecido y corrompe los beneficios de la naturaleza. De este velo sagrado de admiración y de respeto, tendido sobre las maravillas del universo para inspirar la virtud, se hace el hombre un abrigo profano que le anima al crimen. Los malhechores ocultan durante el día sus monstruosas cabezas. El ladrón, el asesino duermen en el fondo de su cavernas, de sus grutas tenebrosas, hasta que desciende la sombra de la noche: entonces velan unidos y se lanzan juntos sobre las huellas de su presa, entonces los astros espantados los ven marchar con la frente serena en las tinieblas y redoblar el horror de la noche con el de sus atrocidades. El avaro, escondiendo su tesoro, es espiado por el ladrón que le desentierra, y mañana el desgraciado se levantará en la indigencia. Las horrendas maquinaciones y las tramas infernales salen de la oscuridad de las cavernas; ella sola es la confidenta de sus perversos designios. Preparando lejos de la luz el desorden y la devastación, meditan los atentados que deben conmover los reinos, atentar contra la fortuna y la vida del ciudadano pacífico, y afligir a las familias con homicidios y robos. He aquí también el momento en que los agentes del crimen, maldiciendo hasta la claridad, importuna para ellos, del opaco planeta nocturno, se abandonan con furor a sus últimos excesos y muy frecuentemente derraman la sangre humana. A estas mismas horas... (¿Lo diré o habré de callarlo? ¡Ah! ¿Por qué el rayo divino no extermina de la tierra a tales monstruos?). A estas mismas horas el infame adúltero entra con seguridad en el tálamo nupcial de su amigo, cuya indigna esposa medita en el silencio el uso del tósigo, y se ríe así neciamente de Dios y de los hombres... De este modo los mortales insensatos, siempre en contradicción con el Criador y consigo mismos, sin temor y sin pudor, presentan sus crímenes desnudos a los ojos castos del cielo, mientras ellos se inmutan y estremecen a la vista de sus jueces. Los astros de la noche, ¿han sido formados para favorecer al malvado? ¿Su claridad confusa ha sido mezclada acaso con las tinieblas para guiar el puñal asesino?...

Estas reflexiones, tan tristes a la humanidad, me han conducido naturalmente a escribir las aventuras maravillosas y los prestigios incomprensibles del famoso Dompareli, llamado Bocanegra, uno de los más célebres ladrones que han infestado las provincias de la Lombardía bajo el reinado de los duques de Milán, y que muy frecuentemente se valió de la oscuridad de la noche para cometer sus horrorosos atentados. Dompareli, llamado por apodo popular Bocanegra, había nacido en Cremona de una familia honrada, pero oscura; estudió en Milán, y, aunque desplegó un talento singular y un genio brillante y precoz, se descubrió en él un germen de inclinaciones muy funestas. Su semblante, aunque aparentemente agradable, descubría ciertos rasgos en el juego de su fisonomía que demostraba la perversidad de su alma; y si efectivamente, según el profundo sistema del doctor Gall la naturaleza nos da los órganos de buenas o malas inclinaciones, no hay duda en que Dompareli tenía ciertamente desde su más tierna infancia las marcas de su criminal vocación.

Tomaremos la historia de nuestro héroe desde que concluyó sus estudios, época en que ya sus fuerzas físicas y su carácter malhechor, aun en sus primeros lustros, anunciaban deberle hacer correr una carrera monstruosa. Si su placer favorito era el de entregarse al estudio de los antiguos y de envidiar hasta la suerte de Alejandro el grande, por otra parte, una disposición supersticiosa le había conducido a profundizar con ardor todos los secretos de la física instrumental del galvanismo práctico, así como de todas las ilusiones que empleaban los oráculos del Egipto, de la Grecia y de Roma, para fascinar los ojos del vulgo y adquirir una fama en el pueblo de un ser prodigioso y superior. Todos los misterios ridículos le eran familiares; y uniendo a estos conocimientos abstractos los de las matemáticas universales de Arquímedes de su espejo combustible y de sus fuegos griegos (mixtos incendiarios), Dompareli poseía bastante ciencia para fascinar y sorprender en aquellos tiempos la imaginación de un pueblo tan crédulo como el de Italia. Poseído de esta manera de toda la ciencia cabalística, sabiendo toda la gringuería del libro mágico y demás aparentes invenciones, se cerró una noche en su cuarto y tomó consejo de su destino en estos términos:

«De dos toneles continuamente abiertos derrama Júpiter, según la fábula, a ríos sobre los humanos el influjo del bien y del mal; y el mundo (decía entre sí en sus sofismas) es un teatro frívolo, en que el hombre sencillo y bueno viene a ser la víctima del más fuerte y del más astuto. De estos dos papeles tan opuestos que el hombre tiene que hacer, ¿tomaré yo el del tonto?... No: mi talento y mi valor se oponen. Mi fortuna, pues, está en mis manos, si acierto a emplear con destreza los medios que la naturaleza me ha prodigado. Yo no veo (continuó en su culpable soliloquio) que deba balancear un momento. Gengis-Kan, Tamerlán, el charlatán Mahoma, ¿no me trazan el camino de la gloria? Del exceso de mi audacia resultará el exceso de mi fama... Ven, pues, fantasma protector, poderoso genio del mal, y guía en su carrera a uno de tus más ardientes prosélitos.»

A esta invocación infernal, una nube negra bajó al cuarto de Dompareli, y ved que, de repente, cubriéndose todo de un crespón fúnebre, se presenta una divinidad encantadora, la Seducción, rodeada de flores, regalando el olfato con sus esencias; y enlazados en su seno los anillos de una serpiente de conchas brillantes, le dirige este discurso: «Hombre digno de tus altos destinos, yo te confiero el poder de agradar y seducir, y a este don precioso te aumentaré el de engañar: ninguna mujer en adelante podrá resistirse al encanto de tu voz y de tus miradas siempre victoriosas; y favoreciendo el amor tus empresas, no tendrás más necesidad que de presentarte para ver en tus brazos amorosos a las Lucrecias más esquivas.» A este discurso seductor sucedieron los mil prestigios bellos que nacieron bajo la varita irresistible de la Seducción. Vapores deliciosos y embriagantes embalsamaron el aire con sus nubes odoríficas, y este encanto se desvaneció después insensiblemente en el seno de la más agradable magia. Luego que fue disipada esta especie de sueño, y que no quedó en el aposento de Dompareli más que el olor de la presencia de la Seducción, dirigió sus miradas con admiración a todas partes, y vio sobre un mueble filtros, tósigos, bebidas embriagantes y brebajes narcóticos encerrados herméticamente en frascos de diferentes colores. «Con estas nuevas armas, dice Dompareli lleno de contento, podré correr en pos de las princesas.» Aún no se había terminado su agradable sorpresa por tan precioso descubrimiento cuando, volviendo la vista a su mesa, vio en ella un hermoso gato negro, que tenía al cuello una chapa de bronce con estas palabras: Quemarme y recoger mis cenizas será para Dompareli el mismo anillo de Giges. Nadie ignora que este anillo tenía la propiedad de hacer invisible al pastor griego que se le puso para robar los ganados de su Rey. Dompareli sentía ejecutar esta orden cruel con un animal tan hermoso, que le parecía allí como una poderosa hechicera; pero tales eran las órdenes del libro mágico infernal, que era preciso ejecutarlas con la más respetuosa puntualidad. Nuestro impío, pues, quemó el soberbio gato negro, recogió las cenizas en una redoma de cristal de roca y, según las instrucciones proféticas que había ya recibido en otras apariciones nocturnas, puso sobre su corazón aquella redoma diabólica y, colocándose delante de un espejo, se convenció con admiración y alegría de que ya era invisible. Esta inclinación criminal a las divinidades malhechoras del género humano tenía que revestirse aún de algunas otras ceremonias para ser protegida de los silfos de Asmodeo, príncipe de los demonios, protector del crimen y dios tutelar de los malvados. Dompareli, pues, recogió en un cráneo algunas gotas de sangre, y, sobre un fragmento de piel humana, arrancada de las horcas que tenían cadáveres de ajusticiados, firmó un juramento espantoso de no incensar a otra divinidad ni hincar su rodilla ante otros altares que los de las potencias infernales; después, poniéndose a pronunciar en alta voz las más execrables imprecaciones, concluyó su pacto horrible con Satanás y acabó de sofocar en su culpable corazón las débiles semillas de virtud que la naturaleza le había acordado.

Al hacer este horroroso juramento, se llenó el aire de nuevo de vapores bituminosos, de sombras ensangrentadas que parecían, en su paso fugitivo, querer evitar los golpes de un puñal asesino; los estallidos del rayo se mezclaron con este horrible espectáculo, y el prestigio no se disipó aún, sino dejando en el aire un puñal magnífico guarnecido de pedrería, suspendido del techo por un simple cabello...

Al ver este brillante acero, tan ricamente adornado de diamantes, se acercó Dompareli estremeciéndose de placer y de alegría. Sobre la hoja de este puñal se hallaban grabadas en letras de sangre estas palabras: Al homicida. «Yo soy quien debe llevarle, (exclamó de nuevo en un exceso de su frenesí). Si algún hombre ha de apoderarse del centro del crimen, ¿no es Dompareli quien debe adornar con él sus manos encantadas por la Seducción? ... » El crimen tiene su heroísmo, su fanatismo; y la demencia furiosa de este malvado, entregado ya a los infiernos, había llegado hasta el más alto grado de exaltación.

Sin embargo, un respeto, una especie de terror contenía a nuestro héroe: el puñal estaba suspendido por un cabello, y el romperle sin un consentimiento expreso le parecía un sacrilegio contra el genio del mal. Consulta, pues, a su libro infernal para saber las intenciones de sus silfos protectores, y en la página del parricidio lee estas palabras: «Así como la espada de Damocles estaba colgando de un hilo para indicar los peligros del trono, del mismo modo Dompareli, nuestro querido hijo adoptivo, tienen los delitos sus gloriosos peligros; y debes saber que la seguridad de un asesino no depende más que de un cabello. Valor, pero prudencia.»

Dompareli, con este nuevo beneficio alegórico, dio gracias a todos los dioses del Averno y, saltando el cabello emblemático, guardó en su pecho como un tesoro el principal instrumento de sus crímenes. Nada le faltaba ya para asolar la tierra, afligir a la humanidad y declarar una guerra a muerte al genio del bien: medios de seducir con tres copas encantadas, poder para hacerse invisible con la redoma mágica; y más poderoso, más terrible que estos talismanes homicidas: un acero parricida que la fuerza y la astucia van a sumergir alternativamente en el corazón del hombre de bien o en el pecho de una joven inocente... Una sola reflexión dolorosa era la que acibaraba el contento de este monstruo; pues, a pesar de lo bárbaro que era, temía el porvenir la idea de sus remordimientos, el freno de una conciencia importuna, cuya voz acusadora temía continuamente, tenía ya a su espíritu en agitación, pues parecía tener anticipadamente un gusano roedor asido de sus entrañas, como el buitre de Prometeo, para no dejarle ningún reposo en medio de sus mayores triunfos. Acordándose del parricida Orestes y de las serpientes de Alecto y de Tisífona marchaba ya con un paso tímido en la carrera del crimen cuando, acordándose de los beneficios de Asmodeo, le suplicó en una nueva invocación le librase del yugo de los remordimientos. A esta súplica, una voz sepulcral le dio esta horrorosa respuesta:

«El remordimiento es superior a todos los poderes infernales, y en esto es en lo que triunfa siempre el genio del bien en el corazón del criminal ... »

No dejó de aterrar y contristar algo a Dompareli esta declaración fulminante; pero sofocando al instante este grito interior y continuo que debía siempre resonar en sus oídos en medio de sus mayores victorias, se resolvió a marchar al crimen y no seguir más que sus destinos homicidas. Recogió, pues, en una caja de oro sus preciosos caduceos y, divorciándose con las leyes (¿qué digo con las leyes?, con la naturaleza entera), se internó a favor de las sombras de la noche en los montes de Ferrara, y ganó los célebres Apeninos, enteramente infestados de bandas de asesinos. Dompareli, así como un joven héroe se abrasa por derramar en la guerra la primera sangre de su valor, estaba impaciente por ensayar la punta de su puñal. «¿Qué pecho (tiene la audacia de decir) tendrá el honor de ser el primero que tiña esta hoja temible, este acero invencible consagrado por el mismo Lucifer, y del que toda la Italia conservará una eterna memoria?... ¿Qué víctima expirará a mi primer golpe?»

No tardó en servir a sus infames proyectos una ocasión desgraciada, pues un caballero toscano, señor conde de Silos, volvía de su campaña y se dirigía a Florencia. Atacarle, coserle a puñaladas con toda su comitiva, apoderarse de su equipaje, ponerse sus vestidos y sus cruces, usurpar sus títulos, y mandar a algunos de sus cómplices subalternos, que había reunido cerca de una caverna de estas famosas montañas, que tomasen también las libreas de los lacayos asesinados y precipitasen todos aquellos cuerpos ensangrentados en un foso profundo: todo fue para nuestro héroe cosa de un momento. Este desembarazo en obrar, este tono de superioridad, que justificaban plenamente su espíritu activo y su singular audacia, impusieron a estos malhechores de segundo orden en tales términos, que todos se sometieron con un cierto sentimiento de admiración a las órdenes de Dompareli y abandonaron de común acuerdo el servicio de otro jefe famoso llamado Barocal, que no había dejado de granjearse una reputación bastante grande en varias provincias. Dompareli, con un aire de desprecio y compasión, hizo que le informasen de las circunstancias de ese Barocal y, llevado de una secreta envidia de un rival que le incomodaba por su celebridad, se informó del paraje donde tenía su caverna este audaz personaje. Frantzefi, uno de los más inteligentes de la banda, se ofreció a conducirle cerca de su guarida; pero le advierte que el ataque será muy peligroso, porque Barocal cuenta sesenta muertes por igual número de sortijas que lleva ensartadas, como un rosario, al pecho. «La Calabria, los mares de Túnez, añadió, no tienen un facineroso de más fama; y en vano han intentado exterminarle las tropas de línea, pues nunca han podido librar a los pueblos de esta plaga.» Dompareli no hizo más que reírse al oír estos elogios indiscretos y, disponiendo su tropa después de haber confiado sus equipajes a Frantzeli, marcha en dirección a la caverna de Barocal, como un genio poderoso que se burla de los esfuerzos de los débiles humanos. El encuentro fue obstinado, mas Dompareli fue el vencedor; y, después de haber degollado a cuantos halló en la caverna de Barocal, envió al senado de Milán la cabeza de este ilustre facineroso en un cofre lleno de oro con otras riquezas inmensas tomadas a los vencidos, todo en nombre del conde de Silos. Después, dirigiéndose sobre Módena, habiendo ya dado antes sus instrucciones a la canalla que componía su banda y comitiva, resolvió divertirse un poco de tiempo con el florido elemento de la galantería, y hacer también algunas víctimas de amor mientras se le presentaban acciones más gloriosas.

Veamos el uso que va a hacer de los irresistibles talismanes que la diosa de la Seducción le había dado, y cómo el bello sexo va a pagar con su reputación el falso amor de un monstruo que no abriga más ternura que su lenguaje seductor, mientras que en el fondo de su alma renegrida el crimen estará acechando su presa bajo la máscara de la perfidia.

Apenas llegó a Módena, tomó una casa magnífica en la calle de Lodi y la adornó con el gusto más delicado y costoso. Los personajes de la primera clase fueron al momento a visitarle y le felicitaron de haber destruido con tanto valor al más perjudicial de los malvados de la Toscana. Todos desearon ver también las cartas lisonjeras que con este motivo había recibido del senado de Milán con la gran cruz de la orden de Lombardía, cuyo Príncipe le permitía llevar la condecoración en memoria de este gran servicio que había hecho a la patria. Al principio dio grandes bailes de máscaras, cenas espléndidas y fiestas de todas clases, con lo que el falso Conde, prodigando el oro, se adquiría más y más entre las damas esta fama brillante que proporciona en la carrera de la galantería los más rápidos progresos.

¡Ah!, ¡qué suceso! Si la imprudencia y la veleidad natural en las mujeres facilitan frecuentemente el camino cuando se trata de especulaciones de amor, y particularmente de su amor propio (que es acaso el principal resorte de todos los enamorados), ¿por esta debilidad merecerán estas desgraciadas pagar con su vida un momento de falsa satisfacción?... Porque muchas jóvenes, las más hermosas y principales de Módena, habían desaparecido ya sin saber cómo; y principalmente en medio de la confusión de ciertos bailes de máscaras que había dado Dompareli, tres hijas de marqueses y cinco baronesas o condesas hermosas habían sido arrebatadas con una temeridad prodigiosa, sin que las investigaciones más rigurosas de la policía hubiesen podido descubrir la menor noticia ni indicio de unos raptos tan audaces. Frantzeli, el ayuda de cámara, o más bien el cómplice, confidente principal de todos estos atentados, favorecía tales raptos; y luego que hicieron algunos sin ser al pronto notados, ejecutó la astucia de hacer disfrazar de mujer a uno de los ladrones de su banda, y, presentándose otros tres enmascarados, fingiendo arrebatar a esta misma del baile, le colocaron en la grupa de sus caballos y desaparecieron en la espesura del monte inmediato. Con estas estratagemas fue como engañó al público y a la justicia, que no pudieron formar la menor sospecha sobre la integridad de su corazón; pero el hecho es que el monstruo, el horroroso Dompareli adornaba (ésta era su expresión) su templo de Apolo con estas sombras ensangrentadas, que llamaba por irrisión sus Musas; y para completar su divina Galería no le faltaba más que la sabia Urania, y ésta era la joven condesa de Cardini, que debía ser víctima de los más crueles lazos para concluir la colección de cuadros de su sanguinario museo.

Sin duda el lector experimenta la más viva curiosidad de saber a qué se reducía esta Tebaida, este harén sepulcral en el que Dompareli colocaba, después de haberlas degollado, a las desgraciadas jóvenes que caían en sus lazos..., y vamos a explicarlo.

Debajo de las bóvedas de su palacio había una caverna impenetrable a los rayos del sol. Dompareli la adornó por sí solo, sin más ayuda que la de su confidente, con lo más exquisito que pudo hallar en muebles y en magnificencia de toda especie, con baños y arcos emparrados deliciosos, y una cama exquisita vestida con la mayor elegancia y llena de perfumes y de flores; y habiendo mandado hacer en una de las piezas un escotillón a torno, llamaba hacia allí disimuladamente la víctima, y, como en un columpio insensible, se hallaba descendida en medio de un aposentillo encantador iluminado de magníficas arañas y millares de bujías. Los gritos, la resistencia, las súplicas, los lamentos eran inútiles: era preciso sucumbir bajo el yugo de una mano de fierro. ¡Que una mujer de honor, unas vírgenes viniesen a ser la presa infeliz de un infame corruptor y que, desvanecida la ilusión de la novedad, bañasen con su sangre los placeres homicidas de este monstruo-... «Los muertos no se vengan, decía Dompareli en sus máximas atroces: su silencio es eterno y no deja temer ninguna revelación.»

Su atroz placer consistía en meter a sus infelices víctimas en un baño de leche, y con una mortal puñalada hacer salir entre aquella blancura fuentes de púrpura y de sangre... La naturaleza se estremece con semejantes monstruosidades, y sólo el infierno, que había fijado su residencia en el corazón de este malvado, podía inventar semejante barbaridad.

Ya estaba en el octavo sacrificio: ya, digo, ocho baños homicidas, o más bien ocho féretros ensangrentados, colocados en anfiteatro medio circular, hacían de este piscina una mansión de horror y de espanto, causando el llanto y desesperación de las familias de Módena, ¡a quienes había privado este infame de unas personas tan queridas!!!... Sin embargo de tantos asesinatos, aún quería completar la corte de Apolo; y sus miras ambiciosas se dirigían a apoderarse de la hermosa condesa de Cardini, de la que ya hemos hablado. La empresa era difícil, pues la Condesa, aunque joven, viuda y privada de luces y de consejos de su esposo, estaba dotada de una profunda penetración. La dulzura aparente de Dompareli, su talento, sus fingidos sentimientos y la prontitud indiscreta de su pasión, en lugar de interesarla, no habían hecho más que alarmar su virtud; y las señales del crimen, que ella había creído entrever bajo los esfuerzos de la seducción, habían acabado de alarmar su espíritu ya prevenido. En vano Dompareli puso en contribución todas las galanterías imaginables, como fiestas brillantes, comidas espléndidas para hacerla llegar al sitio donde estaban sus traidores lazos. La Condesa tenía un presentimiento muy profundo de alguna catástrofe oculta en las sombras de un horroroso porvenir, para dejarse llevar con confianza de los acontecimientos; y cuando recibió las visitas de Dompareli, fue siempre teniendo el cuidado de armar a sus criados y de mandarlos estar ocultos en los gabinetes inmediatos. Todos los recursos de Dompareli habían sido inútiles: no había podido usar de la copa de la seducción, todos sus talismanes se habían estrellado y, últimamente, sus encantos, sus soporíficos sus bebidas hallan por primera vez sus obstáculos. Afligido de su impotente astucia, se quejó con respeto a sus divinidades tutelares y, prosternándose ante su libro infernal, con el puñal desnudo en la mano, les suplicó le dijesen si había faltado algún misterio augusto en su culto. A estas nuevas invocaciones se cubrió su cuarto al momento de fuego y de nubes negras: no se oyó ninguna protectora, pero, entre los patíbulos y espectros que se presentaron a su vista, Dompareli vio a la implacable Themis con su balanza en la mano, acompañada de Isis, su fiel conductora, que pasaba con aire amenazador, dejando caer en el suelo esta terrible sentencia: No hay perdón para el crimen inexpiado.

Desde este momento fatal se turbó su espíritu, lleno de terror, y se establecieron en su imaginación para siempre un tribunal, un Juez severo y un acusador, destrozando su corazón continuamente sus vanos remordimientos. Su mismo palacio le espantaba ya, y cada vez que marchaba sobre las trampas asesinas que conducían a la horrorosa mansión de las ocho inocentes víctimas, que él llamaba sus ocho Musas, le parecía que las Euménides, en igual número, le perseguían con látigos de culebras vivas. Muy frecuentemente se acongojaba entregándose a ideas mortales; el sudor del crimen cubría su cuerpo, temblando al pensar el fin desastrado que le esperaba; sus cabellos se erizaban, todas sus entrañas palpitaban de miedo, y su corazón, devorado por los remordimientos, sucumbía en este estado de angustias infernales.. .

En vano Frantzeli le anima, admirándose de sus pueriles pusilanimidades. Dompareli, viéndose abandonado del genio del mal, se cree perdido, y no sigue ya al crimen en adelante sino como tímido criminal. Su presentimiento de los peligros inmensos que corría era bien fundado, y el cielo no tardó en disparar sobre sus manos homicidas el rayo vengador.

El verdadero conde de Silos, a quien Dompareli había hecho arrojar en un profundo precipicio de los Apeninos, persuadido de que no podría sobrevivir a los golpes redoblados de su infernal puñal, había vuelto a abrir sus párpados después de una larga efusión de sangre, que había corrido por veinte heridas; pero ninguna, sin embargo, era mortal, y, esforzándose a recuperar su espíritu desfallecido en el abismo en que se hallaba sumergido sobre los cuerpos ensangrentados fríos de sus criados, usa de las pocas fuerzas que le quedaban y, ayudándose a beneficio de algunos arbustos y de las puntas de aquellas escarpadas rocas, logra salir del precipicio y llegar arrastrando al camino de las montañas. Algunos aldeanos le vieron, se acercaron a él, cubrieron de ropa su desnudez y, colocándole sobre una camilla que fueron a buscar sin dilación a la aldea inmediata, le condujeron en este estado a la ciudad de Florencia, donde tenía a todos asombrados su repentina desaparición.

La fábula del impostor que había usurpado su nombre y sus títulos en Módena era igualmente el objeto de todas las conversaciones: la vuelta del Conde asesinado destruía todas las historias forjadas sobre las imposturas de Dompareli.

El verdadero conde de Silos estaba demasiado delicado para poder recibir las noticias que tanto le interesaban de estas ocurrencias. Conducido a su palacio, sólo los médicos tuvieron derecho a acercarse a él, y por mucho tiempo no trataron sino de ver si podían curarle perfectamente; y hasta pasados más de dos meses de medicamentos y cuidados, no le informaron de que un falsario se había revestido en Módena de todas sus cualidades, y que había llegado su audacia hasta el extremo de fingir la destrucción del bandido más cruel de la Toscana, tomando, para mejor fascinar, el nombre del conde de Silos: instruyéronle también de las recompensas que su impostor había recibido del Príncipe, y de cuanto decían los papeles públicos sobre este punto. El conde de Silos, al oír un caso tan extraordinario, y reuniendo todas las circunstancias, no duda sea su mismo asesino el que ha tenido la audacia de tomar su nombre. «La conformidad de su edad y aire con el mío le habrán favorecido, decía, para ejecutar tan execrable invención.» Le consume la impaciencia por presentarse a los magistrados de Módena para descubrirles tan criminal impostura. Todos sus amigos aprueban y favorecen sus intenciones, pero le advierten solamente que con un hombre de esta índole era preciso obrar con tanta precaución como destreza.

En este estado de cosas, el genio del bien, justamente irritado de los sucesos de su mortal antagonista, obraba sordamente para recuperar los derechos que los criminales usurpan algunas veces momentáneamente, pero que no destruyen jamás. Afligido de las numerosas calamidades ocasionadas por el crimen, este divino genio, cuyos altares jamás debieran abandonar los hombres, había llamado en su ayuda a su celeste hermana la Virtud y a Themis, su poderosa protectora sobre la tierra, a fin de terminar la carrera sanguinaria del más audaz y feroz de todos los malvados. De sus divinas conferencias había resultado el volver a la vida casi milagrosamente el Conde, la impotencia de los talismanes de la Seducción, y los remordimientos que día y noche destrozaban el corazón de nuestro héroe hasta el extremo de desfallecer y perder el valor.

Los hombres que creen la mayor parte del tiempo obrar sólo por su natural impulso, no son sino las máquinas ciegas de los genios invisibles que influyen en sus buenas o malas acciones; a ellos toca, pues, seguir las inspiraciones de esta divina conciencia en la que Dios ha hecho brillar más las luces de la razón y de la virtud, y no dejarse cegar por la magia falaz del genio del mal. Pero dejemos estas alegorías y veamos cuál fue la conducta y fin de Dompareli.

El conde de Silos, según su designio, se había marchado secretamente a Módena con una buena escolta y había reconocido perfectamente a su asesino en el teatro; y habiendo hecho una declaración circunstanciada ante el magistrado superior de su asesinato en los Apeninos, esperaba en el silencio hacía ya algunos días que la justicia hubiese instruido el proceso para apoderarse de Dompareli y sus cómplices, evitando lo más que fuese posible la efusión de sangre tan preciosa como la de la tropa que fuese encargada de esta peligrosa comisión. En fin, después de muchas juntas secretas, se decidió conferir al valor y talento de la condesa de Cardini el encargo de contribuir al arresto de tan intrépido malhechor.

La condesa, pues, de Cardini empezó a disimular poco a poco aquel aire de rigor y de severidad imponente que hasta entonces había mostrado a Dompareli en sus visitas: sus bellos ojos, medio rendidos, le dieron a entender que estaba próxima ya la hora de su triunfo; y llegando nuestro héroe a ser más exigente que nunca, la dio motivo a convenir en una cita a las doce de la noche, momento de silencio y de oscuridad favorable a los amores, y que permitiría la presencia de un amante feliz, sin temor de ser comprometida por las sospechas de los criados. Este momento terrible que debía vengar para siempre al genio del bien en la persona de uno de sus más crueles enemigos, y, para Dompareli, este momento deseado en que sus ojos sanguinarios deben gloriarse viendo nadar en su sangre a la más hermosa de las mujeres, ¡es ya llegado!!!... ¡Qué de reflexiones!, ¡qué de satisfacciones! Este último atentado no sólo lisonjeaba sus secretas intenciones, a pesar de la actividad de sus remordimientos, sino que le daba a conocer el grado de poder de sus caduceos, y le enseñaba los límites que debe guardar en el uso del poder que le fue concedido por el pacto con los infiernos. Se apresura para asistir puntualmente a la cita y, con el favor de una linterna o farol de ronda, atraviesa un largo vestíbulo que conduce al gabinete de la Condesa y, tentando una mano suave que agarra la suya y le guía con un aire misterioso al través de la oscuridad, avanza a paso lento y silencioso hasta que, al fin, desapareciendo la persona que le guía, se halla junto a un sofá color de rosa, sobre el cual estaba descansando nuestra hermosa heroína, vestida de una túnica bordada de oro y perlas finas.

Es preciso, para la apología de ciertas circunstancias ulteriores, decir que este sofá estaba muy elevado sobre una tarima en escalinata artística, pero muy escasamente alumbrado por unas luces medio muertas cubiertas de una triple gasa, que no dejaba penetrar sobre todos los objetos sino unos rayos de claridad pálida e incierta; estaba resguardado, a más de esto, por una galería semicircular que le rodeaba, compuesta de adornos de ramas y flores, mirtos y pámpanos, que no permitían acercarse enteramente a la condesa de Cardini. (En el discurso de esta historia se conocerá mejor el motivo de estas precauciones misteriosas.) Dompareli, al ver este objeto encantador, con tantos atractivos como ofrecía a una vista codiciosa su hermoso traje y una garganta que avergonzaba al alabastro, se dejó arrastrar al primer impulso de los efectos de una poderosa seducción; pero, recordándose bien pronto de la ferocidad de sus primeros progresos, y particularmente de lo que debía al honor de sus juramentos infernales, sofocó en su alma todo sentimiento de amor y de ternura, para no dejarse dominar, como otro Otelo, sino de la sed de sangre y del amor al asesinato. Así, pues, lejos de pensar, según sus horrorosas doctrinas, como un amante vulgar, en respirar los suspiros del amor a la presencia del objeto deseado, no trató más, como audaz malhechor lanzado a la carrera de los grandes crímenes, que de inmortalizarse por el atentado más extraño que un mortal puede cometer. En este instante la Condesa, extendiendo el brazo por el efecto de un resorte diestramente dispuesto para ofrecerle un anillo de brillantes y una rosa deshojada: «Sean estos emblemas, le dice, las señales de nuestro eterno amor.»

Esta rosa estaba empapada de un licor narcótico que al momento conoció nuestro héroe; pues que si el genio del mal, que era su dios protector, tenía mal suceso en sus iniquidades algunas veces, todo lo que era del simple resorte de la sutileza y de la seducción no tenía ningún poder sobre Dompareli, que se hallaba siempre provisto de su puñal y de sus caduceos. Así, pues, al concebir la idea sólo de que la Condesa pretendía engañarle y embriagar sus sentidos con tan pérfidos designios, furioso, sin acusación, sin examen, se lanza como un tigre, rompe la barrera de las flores, saca su abrillantado puñal y le sumerge una y más veces en el tierno pecho de la Condesa, cubriéndose en un instante de salpicaduras de la sangre que brota por sus heridas... En su ciego furor no advierte la poca resistencia que encuentra el puñal, ni la impasibilidad de la figura de la Condesa, que había bárbaramente cosido a puñaladas y que, sin embargo, no había mudado de semblante, a pesar de los golpes mortales con que había sido acribillado su cuerpo. Pero, ¡cuál fue su admiración cuando, llegando a examinar el personaje que la oscuridad le había impedido ver bien, se convenció de que había herido a una mujer de cera, imagen perfecta de la condesa de Cardini, por la que ella misma había respondido estando oculta detrás de un espejo sin estaño, cubierto de seda y débilmente iluminado por unas luces opacas, colocadas cautelosamente a gran distancia... A más de esto, todo, con respecto a este personaje ficticio, completaba la ilusión; y para hacerla aún más fuerte, el seno de esta figura de cera ocultaba una vejiga llena de sangre de algún animal, con lo que nuestro héroe había sido más fácilmente engañado, causándole aquella creída muerte un horror que nunca le había tenido igual.

Después de completado el suceso de esta ingeniosa sustitución, empezó la Condesa a dar gritos de triunfo, haciendo la señal al mismo tiempo a la justicia y tropa, que se hallaban prevenidos en las piezas inmediatas, para que simultáneamente cayesen sobre Dompareli.

El peligro de nuestro héroe era sin duda tan inminente que nunca conoció hasta entonces la sorpresa en su espíritu, pues se quedó como un mármol al principio. ¿Cómo desembarazarse de veinte hombres que con las espadas y las pistolas, y el vengativo conde de Silos a la cabeza, echaban fuego por sus ojos y amenazaban su vida, sin recurso ya para no perecer?... Mas Dompareli, convencido de que sólo en su valor está su seguridad, se lanza sin detenerse, como el demonio que le inspiraba, sobre sus enemigos, repartiendo puñaladas por todas partes; mata a muchos y, después, echa en medio de los demás una caja preparada que estalla y los deja a todos en la más profunda oscuridad, apagando todas las luces; y a beneficio de otros encantos de su magia blanca logra escaparse del palacio de la Condesa, dejando allí a sus enemigos en la más estúpida admiración.

Llega a su casa y refiere a Frantzeli los peligros que ha corrido: no había un momento que perder, y, entre los consejos que Lucifer da a los criminales, el principal es la mayor actividad en sus expediciones. Dompareli, pues, mandó ensillar los caballos y, después de haber cargado en maletas sus más preciosos tesoros, partió a gran galope con su banda de pícaros.

Aquí es donde Themis gime de la impotencia de sus tentativas, y el infierno se sonríe y redobla sus esfuerzos para hacer valer su poder. Dompareli triunfaba, y, ya insensible a la voz de los remordimientos, da gracias a sus dioses del favor que le dispensan. Después de haberse apoderado con su gente de las gargantas de Cagliari y haberse instalado allí en grutas impenetrables, tuvo un consejo en el que se decretó abrir comunicación con Nápoles; que se harían dueños de un castillo antiguo inmediato, ocupado entonces por un señor octogenario, y que se pondrían sus inmediaciones tan peligrosas que sería necesario el cañón y un sitio regular para tomar la plaza. Dompareli añadió que él se encargaba de encantarle, y terminó su discurso con tanto charlatanismo que sus cómplices quedaron persuadidos de que obedecían a algún genio infernal.

Degollar todo cuanto tuviese vida en el castillo de que acabamos de hablar, arrojar los cadáveres a unos fosos profundos, y rodearle de prestigios, ilusiones y encantos de toda especie, fue la obra de veinte y cuatro horas para nuestro jefe de bandidos. Los primeros meses se pasaron en piraterías, asesinatos atroces, cometidos en viajeros ilustres, embajadores y príncipes que perecían víctimas de tanta audacia; y el terror, así como la credulidad del vulgo, era tal que el pueblo estaba persuadido de que era imposible resistir a los golpes del puñal de brillantes del Mágico de la Banda Negra, que era el nombre que le daban. Dompareli, para fortificar esta creencia fanática, hace poner su puñal brillante colgando de un fanal junto a una de las torrecillas más elevadas del castillo, y una cabeza acabada de cortar igualmente, fijada por los cabellos junto al mismo fanal, de manera que durante la noche inspiraba este espectáculo un mortal espanto a los que tenían la imprudencia de acercarse. Dompareli, el monstruo Dompareli sólo, era capaz de una idea tan atroz. El genio del mal aplaudía los atentados de su favorito y le ponía en el primer rango de los más famosos facinerosos de la Italia. En efecto, nuestro héroe contaba ya setenta asesinatos de su propia mano, cincuenta violaciones y veinte raptos; y, para conservar las pruebas de sus infames acciones, arrancaba a cada una de sus víctimas un ojo y los colocaba en línea sobre una tabla de ébano detrás de la cabecera de su cama, lo que producía un efecto horroroso en su gabinete secreto.

Entre sus acciones espantosas de crueldad, Dompareli, instruido por sus compañeros de Nápoles del viaje de la hermosa Laura para Roma con su joven esposo, coronel de dragones de la Reina, marqués de Giacomeli, se propuso contar otra, echándose sobre tan preciosa presa; y efectivamente le fue fácil robar esta joven beldad en su coche de camino, dejando bañado en su sangre al desgraciado Coronel. Laura, afligida y desesperada al oír las proposiciones de Dompareli, prefería la muerte a cualquiera otra suerte degradante; y por un capricho de la suerte este bárbaro sentía por la primera vez el poder del amor, y fue con ella de un exterior sensible y humano al principio; mas en vano después empleó las súplicas, las amenazas y las promesas. Laura respondía a todos sus discursos: la muerte quiero, y no podía mirar sino con horror al asesino de su esposo, que aún estaba cubierto de su preciosa sangre. No le hubiera sido difícil a Dompareli obtener por la violencia lo que deseaba poseer por un libre consentimiento; pero en esta ocasión sólo hizo efecto en él la idea de la fuerza, de la violencia y de la brutalidad. Laura, respetada, adorada, colocada en un aposento de que ella sola tenía la llave, era dueña absoluta de su conducta y de sus acciones, y no podía menos de admirar en secreto hasta qué punto llegaba a veces el poder del amor, pues que ella acababa de humanizar y sujetar el corazón de uno de los hombres más feroces de la Italia. Era mujer al fin, y, por horroroso que fuese el homenaje, se dirigía a su vanidad, que en su sexo (perdonadme si lo digo) rara vez es despreciado; pero, por otra parte, ¿cómo Laura, poseída de la más ciega pasión por su joven esposo, hubiera podido olvidarle en el amor de su mismo asesino? Esta composición con su honor, con sus sentimientos era imposible. Dompareli, pues, estaba reducido a suspirar sin esperanza; y este monstruo alevoso, que había sumergido el acero homicida en el seno de las mujeres más interesantes, por la primera vez derramaba lágrimas, se prosternaba de rodillas, avergonzaba y hacía rabiar a sus compañeros con tan impropias debilidades.

Mientras que, como nuevo Celadón, suspira junto a la insensible Laura, el marqués de Giacomeli se había restablecido de sus heridas, que parecieron mortales y por ellas se le creía muerto; y después de haber excitado la tibieza del gobierno a vengar de una manera ejemplar los crímenes de Dompareli, después de haberse apoyado sobre todo lo que la fama había publicado sobre los atentados que nuestro jefe de ladrones había cometido en su palacio de Módena con la persona del conde de Silos y otros mil delitos más execrables, marcha hacia el castillo encantado a la cabeza de doscientos hombres de infantería y ciento cincuenta caballos, persuadido de que con estas fuerzas lograría destruir no sólo a Dompareli y toda su banda, sino el castillo de fondo en colmo.

Lo primero que hizo fue asegurar todas las avenidas de esta guarida, colocar sus puestos y asegurarse de que nadie pudiese escapar. Después, en lo más alto de los árboles del monte, hizo poner una bandera en la que se podían leer distintamente estas dos palabras: Amor, esperanza. Este era un anuncio consolador para la desgraciada Laura, que afortunadamente pudo leerlo desde sus ventanas y conocer al momento con la más viva emoción que su valiente esposo estaba inmediato. El Marqués no perdía un instante día y noche por asegurar su victoria, reconquistar el objeto adorado de su amor y arrancarle del poder de un malvado. En esta situación tan alarmante, los facinerosos, reunidos en la sala de sus crímenes al rededor de la silla de Dompareli, al que apretaban las rodillas como su único libertador, le piden sus órdenes, atacados todos de un terror mortal; y al momento Frantzeli, su fiel Frantzeli, abriendo las puertas de la sala con todas las demostraciones de terror, anuncia a su jefe que ya están colocadas las obras contra el castillo, que muchos infantes se acercan al puente levadizo y que otros están formando escalas en el monte inmediato para verificar el asalto... A todas estas demostraciones de inquietud y de temor, Dompareli, pareciendo muy animado y protegido por el espíritu infernal, les habla en estos términos: «Hombres vulgares, ¿podéis imaginaros un momento que Dompareli ha triunfado hasta aquí sólo por los medios comunes y conocidos de todos?... Sabed, débiles átomos, que sólo con una palabra, con una señal, puedo yo reducir todo eso a la nada; que me es tan fácil desplomar las bóvedas de este castillo como pulverizar con una mirada a los enemigos que se atreven a sitiarme.» Después de tan arrogante arenga, sigue con esta imprecación al espíritu infernal: «Ven, pues, sombra protectora del poderoso Asmodeo, introduce en mi seno un rayo de] fuego de tus ojos, y mátame con este puñal antes que sufrir sea humillado uno de tus protegidos en esta ocasión.»

A esta invocación impía se estremecieron las columnas de la sala del crimen, un olor de azufre sucedió al terrible y redoblado trueno, y la hoja del puñal de Dompareli se prolongó más de una mitad, arrojando mil chispas y produciendo el ruido que se oye al sumergir un hierro ardiendo en el agua; sobre la hoja del puñal se leía: Por veinte y cuatro horas invencible. «Ya lo veis, exclamó entonces nuestro héroe; los infiernos me favorecen, y yo triunfo del genio del bien.»

Este suceso efímero no debía ser de larga duración, como las demás prosperidades pasajeras del crimen; mas, sin embargo, este último esfuerzo del genio del mal no dejaría de producir grandes desastres, como sucede frecuentemente en el mundo, cuando lucha contra el tribunal de Themis y el santuario de la virtud.

Dompareli, pues, sintiendo correr por sus venas un fuego corrosivo, y en su corazón y en su espíritu penetrar llamas infernales, parece un demonio poderoso que nadie podrá vencer en adelante. Manda a Frantzeli hacer la prueba en él introduciéndole su espada en el pecho. Frantzeli obedece estremeciéndose; pero esta misma espada se dobla, se quiebra como una débil caña sobre una muralla de bronce. Sus ojos despiden rayos; son los del basilisco que mata con sus mortales miradas, y con una sola señal hace salir de todas partes mil fantasmas, mil máquinas, mil trampas homicidas.

El primer sentimiento de este monstruo, hijo de los demonios, fue de ensayar su nueva magia en el corazón de Laura; pero el infierno, que tanto poder tiene para el crimen, no le ejerció ahora en el amor: Laura fue siempre inflexible, colocada en una de las troneras de su aposento, amenazaba darse la muerte con su puñal, si Dompareli daba un solo paso para acercarse a ella. Sus fuerzas habían tomado nuevo vigor al aspecto de la preciosa señal de Giacomeli, y Dios y su inocencia la inspiraban las mayores esperanzas.

En medio de estos acontecimientos interiores, se oye un clarín por debajo del puente levadizo del castillo: es el Marqués que, lleno de valor y de audacia, precedido de un trompeta parlamentario, desafía a Dompareli a batirse solo con él. Todos los facinerosos reprueban este desafío imprudente; pero su jefe, con una sonrisa desdeñosa, manda que bajen el puente levadizo, y dejan entrar al marqués de Giacomeli. Éste, inaccesible al miedo, teniendo siempre a su querida Laura por móvil de todas sus acciones, entra en el castillo, y ni el ruido de las cadenas, ni el aspecto sanguinario y los restos pútridos de cien cadáveres mutilados, hechos cuartos por aquellos tránsitos horrorosos, le impidieron entrar intrépidamente en una grande y sombría sala abovedada, que no se hallaba alumbrada más que por los ojos inflamados de un búho.

Giacomeli en nada repara, nada le intimida ni detiene, y si alguna cosa puede trastornar sus sentidos, es la voz de su querida Laura que le parece oír: aquellos gemidos penetrantes que salen de su boca son los que despedazan su corazón. Apenas se halla en medio de esta sala abovedada, aparece, como bajo el poder de una hechicera protectora, un magnífico sillón de oro y una gran mesa con una comida elegantemente servida. «No vengo yo aquí a buscar obsequios ni fantasmagorías, exclama furioso Giacomeli, vengo a dar la muerte al más infame de los malvados o a recibirla de su mano.» A este nuevo desafío, Dompareli se presenta solo, sin armas, si no es el puñal de brillantes que nunca quitaba de la cintura. «¿Qué quieres tú, joven imprudente?, dice al Marqués con un tono soberano. ¿Quieres medirte conmigo? No, mi gloria no necesita de ese pueril triunfo, y yo desprecio laureles tan fáciles.» Esta declaración insultante enfurece más al Marqués, y, creyéndose dispensado de todas las leyes de la hospitalidad por el rapto de su esposa, no escucha ya más que su justa venganza; se considera también autorizado a vengar en este día las cute;, joven imprudente?, dice al Marqués con un tono soberano. ¿Quieres medirte conmigo? No, mi gloria no necesita de ese pueril triunfo, y yo desprecio laureles tan fáciles.» Esta declaración insultante enfurece más al Marqués, y, creyéndose dispensado de todas las leyes de la hospitalidad por el rapto de su esposa, no escucha ya más que su justa venganza; se considera también autorizado a vengar en este día las leyes, la patria, la humanidad entera; y sacando sus pistolas de la cintura, las descarga a un tiempo sobre el pecho de Dompareli... Los ecos repiten con un estruendo horroroso la detonación multiplicada en todas las cavernas del castillo: pero Dompareli, el invulnerable Dompareli queda en calma, con la sonrisa en los labios, en medio de las nubes de la pólvora que se disipan con un soplo que da; y, presentando en sus manos al Marqués las balas que ha lanzado sobre su pecho a boca de cañón: Toma Giacomeli, le dice; procura hacer en adelante mejor uso de tus armas, y desiste de la temeridad de atacarme.» El Marqués, lleno de confusión y no pudiendo comprender este prodigio, se retiró desesperado; pero lo que más destrozaba su corazón sensible era la idea de no poder arrancar de los hierros de aquel malvado a su adorable esposa Laura: al pasar el puente levadizo vio a muchas de sus centinelas luchando con dragones volantes, asaltados por serpientes enormes; y, en fin, vio con el mayor dolor que por todas partes sus tropas eran víctimas de un encanto infernal. Sin embargo, es inútil que sus oficiales le aconsejen abandonar una expedición tan peligrosa y dejar a la Providencia la suerte de la desgraciada Laura: Giacomeli, lejos de ceder a estas razones especiosas, no ve más que un triunfo efímero en todos estos prestigios, y las leyes divinas le dan en su corazón la seguridad de que la equidad sola debe quedar victoriosa.

Se limita, pues, a retirarse en la espesura del monte con su tropa y a no hacer nuevas tentativas sino pasadas veinte y cuatro horas, para dejarla tomar aliento. Éste era casualmente el término del poder de Dompareli, término del que su imprudencia y falsa confianza no le habían permitido hacer atención. Apenas doraban la cima de los árboles los primeros rayos de la aurora cuando Giacomeli, reuniendo y disponiendo sus tropas para un asalto general, se avanza el primero con una furiosa intrepidez hacia el puente levadizo; llena los fosos de fajina y, tomando una escala, sube el primero con la espada en la mano a lo alto de las murallas. Esta resolución dio valor a los soldados que, perdido ya el miedo a los encantos, penetraron furiosos en todas partes del castillo. El único temor de Giacomeli era que su querida Laura no fuese la primera víctima de su victoria, y que aquellos monstruos no se vengasen con su muerte; pero el genio del bien velaba sobre ella, y ella misma, habiendo hecho una escala de cuerdas, se había desprendido de las ventanas que daban al campo de los sitiadores. Ya Frantzeli y la mayor parte de los forajidos habían mordido la tierra. Dompareli, solo contra todos, semejante al viejo roble que en vano los vientos pretenden arrancar de la tierra, se bate como tigre rabioso, a pesar de verse ya cubierto de mortales heridas; al Marqués solo correspondía derramar su sangre odiosa: hizo fuego sobre él y le dividió el corazón con tres balas. Ganada ya esta victoria, su primer sentimiento fue precipitarse en la prisión de Laura; pero ésta, animada de la venganza, electrizada por la felicidad de volver a ver a su esposo, no había querido hallarse lejos del ataque y corría a partir los peligros de su marido, quien la estrechó en su seno con los más vivos transportes de ternura. No habiendo escapado ningún asesino a la justicia de los hombres, el Marqués, ante todas cosas, hizo sacar del castillo todos los tesoros que se hallaron en los subterráneos; mandó colocar el cuerpo de Dompareli sobre unas angarillas y, dando orden de tocar retirada, volvió a tomar con toda su gente la posición de su campamento, después de haber hecho volar el castillo con unos barriles de pólvora. Tomadas estas disposiciones, cogió una hacha, y por su mano fue cortada la cabeza de Dompareli, de sobrenombre Bocanegra, y la hizo elevar en la punta del árbol más alto para que el pueblo y los viajeros viesen el castigo ejemplar de uno de los facinerosos más temibles de la Italia, que había infundido tanto terror por el pacto que había hecho con su impotente protector Asmodeo. Dompareli, pues, sufrió la pena del talión.

Su puñal mágico, que los más intrépidos de sus soldados no se atrevían a mirar sino temblando, despojado ya de todos sus prestigios, no era un talismán peligroso: Themis le había quitado el encanto homicida que tantos estragos había hecho en manos de aquel monstruo, y con una sola mirada había reducido a la nada aquellas potencias infernales que por tanto tiempo se habían eludido de su justicia.

De este modo la Italia, libre ya de aquel azote, respiró un aire más puro que el que el crimen había infestado con su aliento emponzoñado. Giacomeli y sus compañeros de gloria fueron grandemente recompensados por el Príncipe; y si el terror que habían infundido Dompareli, el jefe de la Banda Negra, y la mujer de cera no se disipó en mucho tiempo, tampoco se habló jamás sin recordar la acción heroica del libertador que destruyó a este monstruo vomitado por los infiernos.
, el jefe de la Banda Negra, y la mujer de cera no se disipó en mucho tiempo, tampoco se habló jamás sin recordar la acción heroica del libertador que destruyó a este monstruo vomitado por los infiernos".

Agustin Pérez Zaragoza Godines

jueves, 21 de mayo de 2015

"El Péndulo"

"-Calle Ochenta y Uno... Dejen bajar, por favor - gritó el pastor de azul.

Un rebaño de ciudadanos salió forcejeando y otro subió forcejeando a su vez. ¡Ding, ding! Los vagones de ganado del Tren Aéreo de Manhattan se alejaron traqueteando, y John Perkins bajó a la deriva por la escalera de la estación, con el resto de las ovejas. John se encaminó lentamente hacia su departamento. Lentamente, porque en el vocabulario de su vida cotidiana no existía la palabra “quizás”. A un hombre que está casado desde hace dos años y vive en un departamento no lo esperan sorpresas. Al caminar, John Perkins se profetizaba con lúgubre y abatido cinismo las previstas conclusiones de la monótona jornada.

Katy lo recibiría en la puerta con un beso que tendría sabor a cold cream y a dulce con manteca. Se quitaría el saco, se sentaría sobre un viejo sofá y leería en el vespertino crónicas sobre los rusos y los japoneses asesinados por la mortífera linotipo. La cena comprendería un asado, una ensalada condimentada con un aderezo que se garantizaba no agrietaba ni dañaba el cuero, guiso de ruibarbo y el frasco con mermelada de fresas que se sonrojaba ante el certificado de pureza química que ostentaba su rótulo. Después de la cena, Katy le mostraría el nuevo añadido al cobertor de retazos multicolores que le había regalado el repartidor de hielo, arrancándolo de la manta de su coche. A las siete y media ambos extenderían periódicos sobre los muebles para recoger los fragmentos de yeso que caían cuando el gordo del departamento de arriba iniciaba sus ejercicios de cultura física. A las ocho en punto, Hickey y Mooney, los integrantes de la pareja de varietés (sin contrato) que vivían del otro lado del pasillo, se rendirían a la dulce influencia del delírium trémens y empezarían a derribar sillas, con el espejismo de que Hammerstein los perseguía con un contrato le quinientos dólares semanales. Luego, el caballero que se sentaba junto a la ventana, del otro lado de la escalera, sacaría a relucir su flauta; el escape de gas nocturno huiría para hacer sus travesuras en los caminos; el ascensor se saldría de su cable; el conserje volvería a llevar a los cinco hijos de la señora Janowitski a través del Yalu; la dama de los zapatos color champaña y del terrier Skye bajaría a tropezones la escalera y pegaría su nombre del jueves sobre su timbre y su buzón ... y la rutina nocturna de los departamentos Frogmore se pondría en marcha nuevamente.

John Perkins sabía que esas cosas sucederían. Y también sabía que a las ocho y cuarto apelaría a su coraje y tendería la mano hacia su sombrero, y su esposa le diría, con tono quejumbroso:

-Bueno... ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse?
-Creo que le haré una visita al café de MacCloskey -contestaría él-. Y que jugaré un par de partiditas de billar con los muchachos.

En los últimos tiempos, ésa era la costumbre de John Perkins. Volvía a las diez o a las once. A veces, Katy dormía; a veces, lo esperaba, pronta a seguir fundiendo en el crisol de su ira el baño de oro de las labradas cadenas de acero del matrimonio. Por esas cosas, Cupido habrá de responder cuando comparezca ante el sitial de la justicia con sus víctimas de los departamentos Frogmore.

Esa noche, al llegar a su puerta, John Perkins se encontró con un tremendo cambio en la rutina diaria. Ninguna Katy lo esperaba allí con su afectuoso beso de repostería. En las tres habitaciones, parecía reinar un prodigioso desorden. Por todas partes, veíanse dispersas las cosas de Katy. Zapatos en el centro de la alcoba, tenacillas de rizar, cintas para el cabello, kimonos, una polvera, todo tirado en franco caos sobre el tocador y las sillas... Aquello no era propio de Katy. Con el corazón oprimido, John vio el peine, con una enroscada nube de cabellos castaños de Katy entre los dientes. Una insólita prisa y nerviosidad debía haber hostigado a su mujer, porque Katy depositaba siempre cuidadosamente aquellos rastros de su peinado en el pequeño jarrón azul de la repisa de la chimenea, para formar algún día el codiciado “postizo” femenino.

Del pico de gas pendía en forma visible un papel doblado. John lo desprendió. Era una carta de su esposa, con estas palabras:

Querido John:
Acabo de recibir un telegrama en que me dicen que mamá está enferma de cuidado. Voy a tomar el tren de las 4.30. Mi hermano Sam me esperará en la estación de destino. En la heladera hay carnero frío. Confío en que no será nuevamente su angina. Págale cincuenta centavos al lechero. Mamá tuvo una seria angina en la primavera última. No te olvides de escribirle a la compañía sobre el medidor del gas y tus medias buenas están en la gaveta de arriba. Te escribiré mañana.
Presurosamente, Katy.

Durante sus dos años de matrimonio, Katy y él no se habían separado una sola noche. John releyó varias veces la carta, estupefacto. Aquello destruía una rutina invariable y lo dejaba aturdido. Allí, sobre el respaldo de la silla, colgaba, patéticamente vacía e informe, la bata roja de lunares negros que ella usaba siempre al preparar la comida. En su prisa, Katy había tirado su ropa por aquí y por allá. Una bolsita de papel de su azúcar can mantequilla favorito yacía con su bramante aun sin desatar. En el suelo estaba desplegado un periódico, bostezando rectangularmente desde el agujero donde recortaran un horario de trenes. Todo lo existente en la habitación hablaba de una pérdida, de una esencia desaparecida, de un alma y vida que se habían esfumado. John Perkins estaba parado entre esos restos sin vida y sentía una extraña desolación.

John comenzó a poner el mayor orden posible en las habitaciones. Cuando tocó los vestidos de Katy, experimentó algo así como un escalofrío de terror. Nunca había pensado en lo que sería la vida sin Katy. Su mujer se había adherido tan indisolublemente a su existencia que era como el aire que respiraba: necesaria pero casi inadvertida. Ahora, sin aviso previo, se había marchado, desaparecido; estaba tan ausente como si nunca hubiese existido. Desde luego, esto sólo duraría unos días, a lo sumo una semana o dos, pero a John le pareció que la mano misma de la muerte había apuntado un dedo hacia su seguro y apacible hogar.

John extrajo el trozo de carnero frío de la heladera, preparó el café y se sentó a cenar solo, frente al desvergonzado certificado de pureza de la mermelada de fresas. Entre las provisiones que sacara, aparecieron los fantasmas de unas carnes asadas y la ensalada con mostaza. Su hogar estaba desmantelado. Una suegra con angina había hecho saltar por los aires sus lares y penates. Después de su solitaria cena, John Perkins se sentó junto a una ventana. No tenía ganas de fumar. Fuera, la ciudad bramaba invitándolo a plegarse a su danza de locura y placer. La noche estaba a su disposición. Podía andar por ahí sin que le hicieran preguntas y pulsar las cuerdas de la parranda con tanta libertad como cualquier soltero. Podía divertirse y vagabundear y corretear por ahí hasta el alba si se le antojaba: y no lo esperaría ninguna airada Katy, con el cáliz que contenía las heces de su alegría. Si quería, podía jugar al billar en el café de McCloskey con sus jactanciosos amigos hasta que la aurora empacara las luces eléctricas. El yugo del himeneo, que lo doblegara siempre en los departamentos Frogmore, se haría relajado. Katy no estaba.

John Perkins no estaba habituado a analizar sus sentimientos. Pero ahora, sentado en su sala de recibo de 3 X 4, privada de la presencia de Katy, acertó inequívocamente con la clave de su desconsuelo. Ahora sabía que Katy era necesaria para su felicidad. Los sentimientos que le inspiraba su mujer, adormecidos hasta la inconsciencia por el monótono carrusel de la vida doméstica, habían sido conmovidos violentamente por la pérdida de su presencia. ¿Acaso no nos han inculcado el proverbio, el sermón y la fábula la idea de que nunca apreciamos la música hasta que el pájaro de la dulce voz ha volado.. . u otras manifestaciones no menos floridas y auténticas?

-Me porto con Katy de una manera pérfida -meditó Perkins-. Todas las noches me voy a jugar al billar y a perder el tiempo con los muchachos, en vez de quedarme en casa con ella. ¡La pobre está aquí sola y aburrida, y yo obro así! John Perkins, eres un cochino. Tengo que compensarle a Katy todo el mal que le he hecho. La llevaré de paseo para que se divierta un poco. Y doy por terminadas mis relaciones con la pandilla del McCloskey desde este mismo momento.

Sí; fuera, la ciudad bramaba, llamándolo a bailar en el séquito de Momo. Y en el café de McCloskey, los muchachos hacían caer las bolas de billar en las troneras, matando el tiempo hasta la partida de casino de la noche. Pero ninguna carambola elegante y ningún chasquido de taco podían regocijar el alma henchida de remordimientos de Perkins, el abandonado. Aquello que era suyo, aquello que asía con mano poco firme y desdeñaba a medias, le había sido arrebatado y él lo quería. Perkins, el de los remordimientos, podía rastrear su genealogía remontándose hasta un hombre llamado Adán, a quien el querubín desalojara del jardín.

Al alcance de la mano derecha de John Perkins, había una silla. Sobre su respaldo pendía una blusa de Katy, que conservaba todavía algo de su contorno. En el centro de sus mangas, veíanse las finas arrugas causadas por los movimientos de sus brazos al trabajar por la comodidad y el placer de su marido. Brotaba de la blusa una delicada pero dominadora fragancia a camándulas. John la tomó y miró larga y seriamente la silenciosa tela. Katy nunca había dejado de responderle. Las lágrimas, sí, las lágrimas asomaron a los ojos de John Perkins. Cuando Katy volviera, las cosas cambiarían. Él la compensaría por todo su abandono. ¿Qué era la vida sin ella?
La puerta se abrió. Katy entró, con una pequeña maleta. John la miró, estúpidamente.

-¡Caramba! -dijo Katy-. Me alegro de haber vuelto. La enfermedad de mamá carecía de importancia. Sam me esperaba en la estación y dijo que aquello sólo había sido un leve acceso y que mamá se había repuesto a poco de telegrafiarme él. De modo que tomé el primer tren de regreso. Me estoy muriendo por una taza de café.

Nadie oyó el rechinar de los engranajes cuando el número 3 de los departamentos Frogmore volvió al debido Orden de Cosas. Se deslizó una polea, tocaron un resorte, regularon una palanca y los engranajes recomenzaron a girar en su vieja órbita. John Perkins miró a su reloj. Eran las 8:15. Tendió la mano hacia su sombrero y se encaminó hacia la puerta.

-Vamos... ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse? -preguntó Katy, con tono quejumbroso.
-Creo que haré una escapada al café de McCloskey a jugar unas partiditas con los muchachos -dijo John".


O. Henry

miércoles, 20 de mayo de 2015

"La Monja Sangrienta"

"Un fantasma frecuentaba el castillo de Lindemberg, de manera que lo hacía inhabitable. Apaciguado después por un santo hombre, se limitó a ocupar sólo una habitación, que estaba siempre cerrada. Pero cada cinco años, el cinco de mayo, a una hora precisa de la mañana, el fantasma salía de su asilo.

Era una monja cubierta con un velo y vestida con un hábito manchado de sangre. En una mano sostenía un puñal, y en la otra una lámpara encendida. Descendía así la escalera, atravesaba los patios, salía por la puerta principal, que oportunamente dejaban abierta, y desaparecía. La llegada de esta fecha misteriosa estaba próxima, cuando el enamorado Raymond recibió la orden de renunciar a la mano de la joven Agnes, a quien amaba locamente.

Raymond le pidió una cita, la obtuvo, y le propuso un rapto. Agnes conocía acabadamente la pureza del corazón de su amante para vacilar en seguirle:

-Dentro de cinco días -le dijo ella- la monja sangrienta debe dar su paseo. Abrirán las puertas y nadie se atreverá a interponerse en su camino. Yo sabré procurarme vestidos apropiados y salir sin ser reconocida. Estad preparado a cierta distancia... -Alguien entró en ese momento y les obligó a separarse.

El cinco de mayo, a medianoche, Raymond se encontraba a las puertas del castillo. Un coche y dos caballos le esperaban en una cueva cercana.

Las luces se apagan, cesan los ruidos, suena el reloj; el portero, siguiendo la antigua costumbre, abre la puerta principal. Una luz aparece en la torre del este, recorre una parte del castillo, desciende... Raymond divisa a Agnès, reconoce el vestido, la lámpara, la sangre y el puñal. Se acerca; ella se arroja en sus brazos. La lleva casi desvanecida en el coche; parte con ella, al galope de los caballos.

Agnes no decía ni una palabra.

Los caballos corrían hasta perder el aliento; dos postillones que trataron vanamente de retenerlos fueron derribados. En ese momento, una tormenta espantosa se levanta, los vientos soplan desencadenados; el trueno ruge en medio de miles de relámpagos; el coche desbocado se rompe... Raymond cae sin sentido.

A la mañana siguiente se ve rodeado de campesinos que le llaman a la vida. Él les habla de Agnes, del coche, de la tormenta. Nada han visto, nada saben, y está a más de diez leguas del castillo de Lindemberg.

Le llevan a Ratisbonne; un médico cura sus heridas y le recomienda reposo. El joven amante ordena mil búsquedas inútiles y hace cien preguntas a las que nadie puede responder. Todos creen que ha perdido la razón.

Sin embargo, el día pasa; el cansancio y el agotamiento le procuran el sueño. Dormía bastante apaciblemente, cuando el reloj de un convento cercano le despierta. Un secreto horror se apodera de él, se le erizan los cabellos, se le hiela la sangre. La puerta se abre con violencia; bajo el resplandor de una lámpara que está sobre la chimenea, ve avanzar a alguien: es la monja sangrienta. El espectro se acerca, le mira fijamente y se sienta en la cama durante toda una hora.

El reloj da las dos. El fantasma entonces se levanta, coge la mano de Raymond con sus dedos helados y le dice:

-Raymond, yo soy tuya; y tú eres mío para toda la vida. -Salió enseguida, y la puerta se cerró tras ella.

Una vez libre, grita, llama; se persuaden cada vez más de que no está en su sano juicio; su mal aumenta y los auxilios de la medicina son vanos.

La noche siguiente, el fantasma de la monja volvió, y sus visitas se repitieron durante varias semanas. El espectro, sólo visible para él, no era percibido por nadie más.

Entretanto, Raymond averiguó que Agnes había salido demasiado tarde y le había buscado inútilmente por los alrededores del castillo; de donde concluyó que a quien había raptado era a la monja sangrienta. Los padres de Agnes, que no aprobaban su amor, aprovecharon la impresión que produjo esta aventura en su espíritu para determinarla a que tomase los hábitos.

Finalmente, Raymond fue liberado de su espantosa compañía. Llevaron a su presencia a un personaje misterioso que pasaba por Ratisbonne; le introdujeron en la habitación a la hora en que debía aparecer el fantasma de la monja. Ésta tembló al verle y, tras una orden de aquél, explicó el motivo de sus inoportunas apariciones: religiosa española, había abandonado el convento para vivir en el desorden con el señor del castillo de Lindemberg; infiel a su amante, al igual que a su Dios, le había apuñalado; asesinada ella misma por su cómplice, con el que quería casarse, su cuerpo había permanecido sin sepultura y su alma sin asilo erraba desde hacía un siglo.

Pedía un poco de tierra para su cuerpo y oraciones para su alma. Raymond se las prometió y no la volvió a ver".


Charles Nodier

martes, 19 de mayo de 2015

"La Cámara de los Tapices"

"Hacia finales de la guerra americana, cuando los oficiales del ejército de lord Cornwallis que se rindieron en la ciudad de York y otros, que habían sido hechos prisioneros durante la imprudente y desafortunada contienda, estaban regresando a su país, a relatar sus aventuras y reponerse de las fatigas, había entre ellos un oficial con grado de general llamado Browne. Era un oficial de mérito, así como un caballero muy considerado por sus orígenes y por sus prendas. Ciertos asuntos habían llevado al general Browne a hacer un recorrido por los condados occidentales, cuando, al concluir una jornada matinal, se encontró en las proximidades de una pequeña ciudad de provincias que presentaba una vista de incomparable belleza y unos rasgos marcadamente ingleses.

El pueblo, con su antigua y majestuosa iglesia, cuyas torres daban testimonio de la devoción de épocas muy pretéritas, se alzaba en medio de praderas y pequeños campos de cereal, rodeados y divididos por hileras de setos vivos de gran tamaño y edad. Había pocas señales de los adelantos modernos. Los alrededores del lugar no delataban ni el abandono de la decadencia ni el bullicio de la innovación; las casas eran viejas, pero estaban bien reparadas; y el hermoso riachuelo fluía libre y rumoroso por su cauce, a la izquierda del pueblo, sin una presa que lo contuviera ni ningún camino que lo bordease para remolcar. Sobre un suave promontorio, casi una milla al sur del pueblo, se distinguían, entre abundantes robles venerables y el enmarañado matorral, las torretas de un castillo tan antiguo como las guerras entre los York y los Lancaster, pero que parecía haber sufrido importantes reformas durante la ‚poca isabelina y la de los reyes siguientes. Nunca debió ser una plaza de grandes dimensiones; pero cualesquiera que fuesen los alojamientos que en otro tiempo ofreciera, cabía suponer que seguirían disponibles dentro de sus murallas; al menos eso fue lo que dedujo el general Browne observando el humo que se elevaba alegremente de algunas de las chimeneas talladas y festoneadas. La tapia del parque corría a lo largo del camino real durante doscientas o trescientas yardas; y desde los distintos puntos en que el ojo vislumbraba el aspecto del bosque interior, daba la sensación de estar muy poblado. Sucesivamente, se abrían otras perspectivas: una íntegra de la fachada del antiguo castillo y una visión lateral de sus muy especiales torres; en éstas abundaban los recargamientos del estilo isabelino, mientras la sencillez y solidez de otras partes del edificio parecían indicar que hubiera sido erigido más con ánimo defensivo que de ostentación.

Encantado con las vistas parciales del castillo que captaba entre los rboles y los claros que rodeaban la antigua fortaleza feudal, nuestro viajero castrense se decidió a preguntar si merecía la pena verlo más de cerca y si albergaba retratos de familia u otros objetos curiosos que pudieran contemplar los visitantes; y entonces, al alejarse de las inmediaciones del parque, penetró en una calle limpia y bien pavimentada, y se detuvo en la puerta de una posada muy concurrida.

Antes de solicitar los caballos con los que proseguir el viaje, el general Browne hizo preguntas sobre el propietario del palacio que tanta admiración le había despertado, y le sorprendió y complació oír por respuesta el nombre de un aristócrata a quien nosotros llamaremos lord Woodville. ¡Qué suerte la suya! Buena parte de los primeros recuerdos de Browne, tanto en el colegio como en la universidad, estaban vinculados al joven Woodville, el mismo que, como pudo cerciorarse con unas cuantas preguntas, resultaba ser el propietario de aquella hermosa finca. Woodville había ascendido a la dignidad de par al morir su padre pocos meses antes y, según supo el general por boca del posadero, habiendo concluido el tiempo de luto, ahora estaba tomando posesión de los dominios paternos, en la alegre estación del festivo otoño, acompañado por un selecto grupo de amigos con quienes disfrutaba de todo lo que ofrecía una campiña famosa por su abundante caza.

Estas noticias eran deliciosas para nuestro viajero. Frank Woodville había sido el colegial que le hizo de asistente en Eton y su íntimo amigo en el Christ Church; sus placeres y sus deberes habían sido los mismos; y el honrado corazón del militar se emocionó al encontrar al amigo de la juventud en posesión de una residencia tan encantadora y de una hacienda, según le aseguró el posadero con un movimiento de cabeza y un guiño, más que suficiente para sostener y acrecentar su dignidad. Nada más natural para este viajero que suspender el viaje, que no corría la más mínima prisa, para rendir visita al antiguo amigo en tan agradables circunstancias.

Por lo tanto, los caballos de refresco sólo tuvieron la breve tarea de acarrear el carruaje del general al castillo de Woodville. Un portero le abrió paso a una moderna logia gótica, construida en un estilo a juego con el del castillo, y al tiempo tocó una campana para advertir de la llegada del visitante. En apariencia, el sonido de la campana debió suspender la partida del grupo, dedicado a diversos entretenimientos matinales; pues, al entrar en el patio del palacio, había varios jóvenes en ropa de recreo repantigados y mirando, y criticando, los perros que los guardabosques tenían dispuestos para participar en sus pasatiempos. Al apearse el general Browne, el joven lord salió a la puerta del vestíbulo y durante un instante estuvo observando como si fuera un extraño el aspecto de su amigo, en el que la guerra, con sus penalidades y sus heridas, había producido grandes cambios. Pero la incertidumbre sólo perduró hasta que hubo hablado el visitante, y la alborozada bienvenida que siguió fue de esas que sólo se intercambian entre quienes han pasado juntos los días felices de la despreocupada infancia y la primera juventud.

-Si algún deseo hubiera podido yo tener, mi querido Browne -dijo lord Woodville-, hubiera sido el de tenerte aquí, a ti mejor que a nadie, en esta ocasión, que mis amigos están dispuestos a convertir en una especie de vacaciones. No te creas que no se te han seguido los pasos durante los años en que has estado ausente. He ido siguiendo los peligros por los que has pasado, tus triunfos e infortunios, y me ha complacido saber que, tanto en la victoria como en la derrota, el nombre de mi viejo amigo siempre ha merecido aplausos.

El general le dio la pertinente réplica y felicitó a su amigo por su nueva dignidad y por poseer una casa y una finca tan hermosas.

-Pero si todavía no has visto nada -dijo lord Woodville-; y cuento con que no pienses en dejarnos hasta haberte familiarizado con todo esto. Cierto es, lo confieso, que el grupo que ahora me acompaña es bastante numeroso y que la vieja casa, como otros lugares de este tipo, no dispone de tantos alojamientos como prometen las dimensiones de la tapia. Pero podemos proporcionarte un cómodo cuarto a la antigua; y me aventuro a suponer que tus campañas te habrán habituado a sentirte a gusto en peores condiciones.

El general se encogió de hombros y se echó a reír.

-Presumo -dijo- que el peor aposento de vuestro palacio es notablemente mejor que el viejo tonel de tabaco donde me vi obligado a alojarme por la noche cuando estuve en la Maleza, como le llaman los virginianos, con el cuerpo expedicionario. Allí me tumbaba, como el propio Diógenes, tan satisfecho de protegerme de los elementos que, aunque en vano, traté de llevarme conmigo el barril a mi siguiente acuartelamiento; pero el que a la sazón era mi comandante no consintió tal lujo y hube de decir adiós a mi querido barril con l grimas en los ojos.

-Pues muy bien. Puesto que no temes a tu alojamiento -dijo lord Woodville-, te quedarás conmigo por lo menos una semana. Tenemos montones de escopetas, perros, cañas de pescar, moscas y material para entretenernos por mar y tierra: no es fácil divertirse, pero contamos con medios para conseguirlo. Y si prefieres las escopetas y los pointers, yo mismo te acompañaré y comprobaré si has mejorado la puntería viviendo entre los indios de las lejanas colonias.

El general aceptó de buena gana todos los puntos de la amistosa invitación de su amigo. Después de una mañana de viril ejercicio, el grupo se reunió a comer y lord Woodville se complació en poner de relieve las altas cualidades de su recobrado amigo, recomendándolo de este modo a sus invitados, muchos de los cuales eran personas muy distinguidas. Hizo que el general Browne hablara de las escenas que había presenciado; y, como en cada palabra se ponía de manifiesto por igual el oficial valeroso y el hombre prudente, que sabía mantener el juicio frío frente a los más inminentes peligros, el grupo miraba al soldado con general respeto, como a quien ha demostrado ante sí mismo poseer una provisión de valor personal poco común, ese atributo que es, entre todos, el que todo mundo desea que se le reconozca.

El día concluyó en el castillo de Woodville como es habitual en tales mansiones. La hospitalidad se mantuvo dentro de los límites del orden; la música, en la que era diestro el joven lord, sucedió a las copas; las cartas y el billar estuvieron a disposición de quienes preferían estos entretenimientos; pero el ejercicio de la mañana requería madrugar, y no mucho después de las once comenzaron a retirarse los huéspedes a sus respectivas habitaciones.

El señor de la casa en persona condujo a su amigo, el general Browne, a la cámara que le había destinado, que respondía a la descripción que había hecho, pues era confortable pero a la antigua. El lecho era de esos imponentes que se utilizaban a finales del siglo XVII y las cortinas de seda descolorida estaban profusamente adornadas con oro deslustrado. En cambio, las sábanas, los almohadones y las mantas le parecieron una delicia al soldado, que recordaba su otra mansión, el barril. Había algo tenebroso en los tapices que, con los ornamentos desgastados, cubrían las paredes de la reducida cámara y se ondulaban brevemente al colarse la brisa otoñal por la vieja ventana enrejada, la cual daba golpes y silbaba al abrirse paso el aire. También el lavabo, con el espejo rematado en turbante, al estilo de principios de siglo, con su peinador de seda color morado y su centenar de estuches de formas extravagantes, previstos para tocados en desuso desde hacía cincuenta años, tenía un aspecto vetusto a la vez que melancólico. Pero nada hubiera podido dar una luz más resplandeciente y alegre que las dos grandes velas de cera; y si algo podía hacerles la competencia eran los luminosos y flamantes haces de leña de la chimenea, que irradiaban a la vez luz y calor por el acogedor cuarto. Éste, no obstante lo anticuado de su aspecto general, no carecía de ninguna de las comodidades que las costumbres modernas hacen necesarias o deseables.

-Es un dormitorio a la antigua, general -dijo el joven anfitrión-, pero espero que no encuentres motivos para echar de menos tu barril de tabaco.
-No soy yo muy exigente con las habitaciones -replicó el general-; no obstante, por mi gusto, prefiero esta cámara, con mucha diferencia, a las alcobas más modernas y vistosas de la mansión de vuestra familia. Tened la seguridad de que cuando veo unidos este ambiente de confort moderno con su venerable antigüedad, y recuerdo que pertenece a vuestra señoría, mejor alojado me siento aquí de lo que estuviera en el mejor hotel de Londres.
-Confío, y no lo dudo, en que te sentirás tan cómodo como yo te lo deseo, mi querido general -dijo el joven aristócrata; y volviendo a desearle las buenas noches a su huésped, le estrechó la mano y se retiró.

El general volvió a mirar en derredor y, congratulándose para sus adentros de su retorno a la vida pacífica, cuyas comodidades se le hacían más sensibles al recordar las privaciones y los peligros que últimamente había afrontado, se desnudó y se dispuso a pasar una noche de sibarítico descanso. Ahora, al contrario de lo que es habitual en el género de cuentos, dejaremos al general en posesión de su cuarto hasta la mañana siguiente.

Los huéspedes se reunieron para desayunar a una hora temprana, sin que compareciese el general Browne, que parecía ser, de todos lo que lo rodeaban, el invitado que más interés tenía en honrar lord Woodville. Más de una vez expresó su sorpresa por la ausencia del general y, finalmente, envió un criado a ver qué pasaba. El hombre volvió diciendo que el general había estado paseando por el exterior desde primera hora de la mañana, a despecho del tiempo, que era neblinoso y desapacible.

-Costumbres de soldado -dijo el joven aristócrata a sus amigos-; muchos de ellos se habitúan a ser vigilantes y no pueden dormir después de la temprana hora en que por regla general tienen la obligación de estar alerta.

Sin embargo, la explicación que de este modo ofreció lord Woodville a sus invitados le pareció poco satisfactoria a él mismo, y aguardó silencioso y abstraído el regreso del general. Éste se personó una hora después de haber sonado la campanilla del desayuno. Parecía fatigado y febril. Tenía el pelo -cuyo empolvamiento y arreglo constituían en aquella ‚poca una de las ocupaciones más importantes de la jornada diaria de un hombre, y decía tanto de su elegancia como en los tiempos actuales el nudo de la corbata o su ausencia- despeinado, sin rizar, falto de polvos y mojado de rocío. Llevaba las ropas desordenadas y puestas de cualquier modo, lo cual llamaba la atención en un militar, entre cuyos deberes diarios, reales o supuestos, suele incluirse el cuidado de su atavío; y tenía el semblante demacrado y hasta cierto punto cadavérico.

-Te has ido de marcha a hurtadillas esta mañana, mi querido general -dijo lord Woodville-; ¿o acaso no has encontrado el lecho tan de tu gusto como yo esperaba y tú dabas por supuesto? ¿Cómo has dormido esta noche?
-¡Oh, de mil maravillas! ¡Estupendo! No he dormido mejor en mi vida -dijo rápidamente el general Browne, pero con un aire de embarazo que era evidente para su amigo. Luego, a toda prisa, se tragó una taza de té y, desatendiendo o rechazando todo cuanto se le ofrecía, pareció sumirse en sus pensamientos.
-Hoy saldrás con la escopeta, general -dijo el amigo y anfitrión, pero hubo que repetir dos veces la propuesta antes de recibir la abrupta respuesta:
-No, milord; lo siento, pero no puedo aceptar el honor de pasar otro día en vuestra mansión; he pedido mis caballos de posta, que estarán aquí dentro de muy poco.
Todos los presentes demostraron su sorpresa y lord Woodville replicó inmediatamente:
-¡Caballos de posta, mi buen amigo! ¿Para qué vas a necesitarlos si me prometiste permanecer tranquilamente conmigo durante una semana?
-Tal vez -dijo el general, visiblemente turbado-, con la alegría del primer momento, al volverme a encontrar con vuestra señoría, tal vez dijera de permanecer aquí algunos días; pero posteriormente he caído en la cuenta de que me es imposible.
-Esto es increíble -dijo el joven aristócrata-. Ayer parecías no tener ninguna clase de compromisos y no es posible que hoy te haya convocado nadie, pues no ha venido el correo del pueblo y, por lo tanto, no has podido recibir ninguna carta.
Sin ninguna otra explicación, el general musitó algo sobre un asunto inaplazable e insistió en la absoluta necesidad de su marcha, en unos términos que acallaron toda oposición por parte de su amigo, que comprendió que había tomado una decisión y se abstuvo de ser impertinente.
-Pero, por lo menos -dijo-, permíteme, mi querido Browne, puesto que quieres o debes irte, que te muestre el panorama desde la terraza, pues la niebla se está levantando y pronto será visible.
Abrió una ventana de guillotina y salió a la terraza mientras hablaba. El general lo siguió mecánicamente, pero parecía atender poco a lo que iba diciendo su anfitrión mientras, de cara al amplio y espléndido panorama, señalaba distintos motivos dignos de contemplarse. De este modo fueron avanzando hasta que lord Woodville hubo conseguido el propósito de aislar por completo a su amigo del resto de los huéspedes; entonces, dándose media vuelta con gran solemnidad en el porte, se dirigió a él de este modo:
-Richard Browne, mi viejo y muy querido amigo, ahora estamos solos. Permíteme que te conjure a contestarme bajo palabra de amigo y por tu honor de soldado. ¿Cómo has pasado, en realidad, la noche?
-Verdaderamente, de un modo penosísimo, milord -respondió el general, con el mismo tono solemne-; tan penoso que no querría correr el riesgo de una segunda noche semejante, ni por todas las tierras que pertenecen a este castillo ni por todo el campo que estoy viendo desde este elevado mirador.
-Esto es todavía más extraordinario -dijo el joven lord como si hablara para sí-; entonces debe haber algo de verdad en los rumores sobre ese cuarto.-Dirigiéndose de nuevo al general, dijo- Por Dios, mi querido amigo, sé honrado conmigo y cuéntame cuáles han sido las molestias concretas que has padecido bajo un techo donde, por voluntad del propietario, no hubieras debido hallar más que bienestar.
El general dio la sensación de angustiarse ante el requerimiento y tardó unos momentos en contestar:
-Mi querido lord -dijo al cabo-, lo que ha sucedido la pasada noche es de una naturaleza tan peculiar y desagradable que me costaría entrar en detalles incluso con vuestra señoría, si no fuera porque, independientemente de mi deseo de complacer cualquier petición vuestra, creo que mi sinceridad puede conducir a alguna explicación sobre una circunstancia no menos dolorosa y misteriosa. Para otros, lo que voy a decir pudiera ser motivo de que se me tomara por un débil mental, un loco supersticioso que sufre a consecuencia de que su propia imaginación lo engaña y confunde; pero su señoría me conoce desde que éramos niños y jóvenes, y no sospechar que yo haya adquirido, en la madurez, sentimientos y flaquezas de que estaba libre cuando tenía menos años.
Aquí hizo una pausa y su amigo le replicó:
-No dudes de mi absoluta confianza en la veracidad de lo que me participes, por extravagante que sea; conozco muy bien tu firmeza de carácter para sospechar que pudieras ser embaucado, y s‚ muy bien que tu sentido del honor y de la amistad te impediría asimismo exagerar en nada lo que hayas presenciado.
-Pues entonces -dijo el general- os contaré mi historia tan bien como sepa hacerlo, confiando en vuestra equidad; y eso pese a tener la convicción de que preferiría enfrentarme a una batería mejor que repasar mentalmente los odiosos recuerdos de esta noche.
Se detuvo por segunda vez y, luego, viendo que lord Woodville se mantenía en silencio y en actitud de escuchar, comenzó, bien que no sin manifiesta contrariedad, la historia de sus aventuras nocturnas en la Cámara de los Tapices.
-Me desnudé y me acosté, tan pronto vuestra señoría me dejo solo anoche; pero la leña de la chimenea, que casi estaba enfrente del lecho, ardía resplandeciente y con viveza, y esto, junto con el centenar de excitantes recuerdos de mi infancia y juventud que me había traído a la cabeza el inesperado placer de encontrarme con vuestra señoría, me impidió rendirme en seguida al sueño. Debo decir, no obstante, que las reverberaciones del fuego eran muy agradables y acogedoras, con lo que durante un rato dieron pie a la sensación de haber cambiado los trabajos, las fatigas y los peligros de mi profesión por un disfrute de una vida apacible y la reanudación de aquellos lazos amistosos y afectivos que habían despedazado las rudas exigencias de la guerra.

Mientras me iban pasando por la cabeza estos gratos pensamientos, que poco a poco me arrullaban y adormecían, de repente me espabiló un ruido parecido al fru-fru de un vestido de seda y a los pasos de unos zapatos de tacón, como si una mujer estuviera paseando por el cuarto. Antes de que pudiese descorrer la cortina para ver que era lo que pasaba, cruzó entre la cama y el hogar la figura de una mujercita. La silueta estaba de espaldas a mí, pero puede observar, por la forma de los hombros y del cuello, que correspondía a una anciana vestida con un traje a la antigua, de esos que, creo, las damas llaman un saco; es decir, una especie de bata, completamente suelta sobre el cuerpo, pero recogida por unos grandes pliegues en el cuello y los hombros, que llega hasta el suelo y termina en una especie de cola.

Pensé que era una intrusión bien extraña, pero ni por un momento se me ocurrió la idea de que lo que veía fuese otra cosa que la forma mortal de alguna anciana de la casa que tenía el capricho de vestirse como su abuela y que, puesto que su señoría mencionó que andaba bastante escaso de habitaciones, habiendo sido desalojada de su cuarto para mi acomodo, se había olvidado de tal circunstancia y regresaba a las doce a su sitio de costumbre. Con este convencimiento, me removí en la cama y tosí un poco, para hacer saber al intruso que yo había tomado posesión del sitio. Ella fue dándose la vuelta despacio, pero, ¡santo cielo!, milord, ¡qué semblante me mostró! Ya no cabía la menor duda de lo que era ni cabía pensar en absoluto que fuese una persona viva. Sobre el rostro, que presentaba las facciones rígidas de un cadáver, llevaba impresos los rasgos de la más vil y repugnante de las pasiones que la habían animado durante la vida. Parecía que hubiera salido de la tumba el cuerpo de algún atroz criminal y se le hubiera devuelto el alma desde el fuego de los condenados, para, durante un tiempo, aunarse con el viejo cómplice de su culpa. Yo me incorporé en la cama y me senté derecho, sosteniéndome sobre las palmas de las manos, mientras miraba fijamente aquel horrible espectro. Ella avanzó con una zancada r pida, o eso me pareció a mí, hacia el lecho donde yo yacía, y se acuclilló, una vez arriba, precisamente en la misma postura que yo había adoptado en el paroxismo del horror, adelantando su diabólico semblante hasta ponerlo a menos de media yarda del mío, con una mueca que parecía expresar la maldad y el escarnio de un demonio colorado.

Al llegar allí, el general Browne se detuvo y se enjugó el sudor frío que le había perlado la frente al recordar la horrible visión.

-Milord -dijo-, yo no soy cobarde. He pasado por todos los peligros de muerte propios de mi profesión y en verdad puedo presumir de que ningún hombre ha visto a Richard Browne deshonrar la espada que luce; pero, en estas horribles circunstancias, ante aquellos ojos y, por lo que parecía, casi apresado por la encarnación de un espíritu maligno, toda firmeza me abandonó, toda mi hombría se derritió dentro de mí como la cera en un horno, y sentí ponérseme de punta todos los pelos de mi cuerpo. Dejó de circularme la sangre por las venas y me hundí en un desvanecimiento, más víctima del terror y del pánico que lo haya sido nunca una moza de aldea o un niño de diez años. Me es imposible conjeturar durante cuánto tiempo estuve en ese estado.

Pero me despertó el reloj del castillo al dar la una, con tanta fuerza que tuve la impresión de que sonaba dentro del cuarto. Transcurrió algún tiempo antes de que osara abrir los ojos, no fuesen a encontrar de nuevo la horripilante visión. No obstante, cuando reuní valor para mirar, la mujer ya no se veía. Mi primera idea fue tocar la campanilla, despertar a los criados y trasladarme a un desván o un henil, con tal de estar seguro de no recibir una segunda visita. Pero, he de confesar la verdad, mi decisión se vio alterada, no por la vergüenza de ponerme en evidencia, sino por el miedo que me daba de que, al ir hasta la chimenea, junto a la cual colgaba el cordón de la campanilla, volviera a interponérseme la diabólica mujer, que, me imaginaba yo, debía seguir al acecho en cualquier rincón de la alcoba.

No intentaré describiros qué paroxismos de calor y de frío me atormentaron durante el resto de la noche, en medio de las cabezadas, las vigilias penosas y ese estado incierto que es la tierra de nadie que los separa. Parecía que un centenar de objetos terribles me rondaran; pero había una gran diferencia entre la visión que os he descrito y esas otras que siguieron, de modo que yo me daba cuenta de que las últimas eran supercherías de mi imaginación y de mis nervios.

Por fin clareó el día, y me levanté de la cama, con el cuerpo enfermo y el espíritu humillado. Estaba avergonzado de mí mismo, como hombre y como soldado, más aún al percibir mis vivísimos deseos de huir del cuarto embrujado, deseos que, no obstante, se imponían sobre todas las demás consideraciones; de manera que, echándome encima las ropas a toda prisa, sin el menor cuidado, escapé de la mansión de vuestra señoría para buscar en el aire libre algún alivio a mis nervios, que estaban perturbados por el horrible encuentro con el visitante del otro mundo, pues no otra cosa creo que fuese aquella mujer. Ahora su señoría ya conoce las causas de mi desasosiego y de mi repentino deseo de abandonar vuestro hospitalario castillo. Confío en que podremos vernos a menudo en otros lugares; pero ¡Dios me libre de pasar jamás una segunda noche bajo este techo!

Aunque el relato del general era extravagante, había hablado con tal tono de profunda convicción que no daba pie a los comentarios que suelen despertar tales historias. Lord Woodville no le preguntó ni una sola vez si estaba seguro de que la aparición no fue un sueño ni propuso ninguna de las explicaciones en boga para justificar las apariciones sobrenaturales, como las excentricidades de la imaginación o los engaños de los nervios ópticos. Por el contrario, se mostró profundamente impresionado por la veracidad y autenticidad de lo que acababa de oír; y, luego de un largo silencio, se dolió, con abiertos visos de sinceridad, de que aquel amigo de la juventud lo hubiese pasado tan mal en su casa.

-Lamento tanto más tu malestar, mi querido Browne -dijo-, cuanto que la desgracia es consecuencia, aunque imprevisible, de un experimento mío. Debes saber que, al menos en los tiempos de mi padre y de mi abuelo, la habitación que te asigné anoche estuvo cerrada por los rumores de que allí ocurrían ruidos y visiones sobrenaturales. Cuando tomé posesión de la hacienda, hace pocas semanas, pensé que el castillo no ofrecía suficientes aposentos a mis invitados como para permitir que los habitantes del mundo invisible retuvieran para sí una alcoba tan confortable. Por eso hice que abrieran la Cámara de los Tapices, que es como la llamamos; y sin destruir su ambiente vetusto, hice que le agregaran el mobiliario que imponen los tiempos modernos. Pero, como la idea de que el cuarto estaba embrujado seguía firmemente arraigada entre los criados, y también era conocida en el vecindario y por muchos de mis amigos, temí que los prejuicios del primer ocupante de la Cámara de los Tapices reavivaran la mala fama de que es objeto, frustrándose así mis intenciones de convertirla en parte útil de la casa. Debo confesarte, mi querido Browne, que tu llegada de ayer, tan de mi agrado por otras mil razones, me pareció la ocasión ideal para acabar con esos desagradables cuentos sobre tal cuarto, puesto que tu valor estaba fuera de toda duda y tu entendimiento libre de todo temor preconcebido. En consecuencia, no hubiera podido elegir mejor sujeto para mi experiencia.

-Por mi vida -dijo el general Browne, con algo de precipitación-, que quedo infinitamente obligado a vuestra señoría, verdaderamente reconocido. Es muy probable que durante algún tiempo recuerde las consecuencias del experimento, según gusta de denominarlo vuestra señoría.
-No, ahora estás siendo injusto, mi querido amigo -dijo lord Woodville-. Bastará con que reflexiones un momento para convencerte de que yo no podía prever la posibilidad de exponerte a las angustias que desgraciadamente has sufrido. Ayer por la mañana yo era absolutamente escéptico en cuanto a las apariciones sobrenaturales. Pero estoy seguro de que si te hubieran hablado de la habitación, esos mismos rumores te habrían impulsado, por tu propio gusto, a elegirla como dormitorio. Ese ha sido mi revés, quizás mi error, pero que de verdad no puede calificarse de falta: haber dado lugar a que tú hayas sufrido de un modo tan increíble.
-¡Verdaderamente increíble! -dijo el general, recuperando el buen humor-. Y reconozco que no tengo derecho a estar ofendido con vuestra señoría por haberme tratado tal y como yo acostumbro a considerarme a mí mismo: un hombre firme y valiente. Pero veo que han llegado mis caballos de posta, y no quiero interrumpir las diversiones de vuestra señoría.
-Pero, viejo amigo -dijo lord Woodville-, ya que no te es posible permanecer con nosotros ni un día más, lo cual, desde luego, no tengo derecho a exigirte, concédeme al menos otra media hora. A ti te gustaban los cuadros, y yo tengo una galería de retratos, algunos de ellos de Van Dyke, que representan a los antepasados a quienes pertenecieron esta hacienda y este castillo. Creo que varios de ellos te impresionarán por su gran mérito.

El general Browne aceptó la invitación, aunque no de muy buena gana. Era evidente que no respiraría con libertad y a sus anchas hasta haber dejado a sus espaldas el castillo de Woodville. No obstante, no podía rechazar la invitación de su amigo; y mucho menos cuanto que estaba un poco avergonzado por el mal humor que había mostrado a su bienintencionado anfitrión.

Así pues, el general siguió a lord Woodville por varias salas hasta la galería donde estaban expuestos los cuadros, que este último fue señalando a su huésped, diciéndole los nombres y contándole algunas cosas sobre los sucesivos personajes cuyos retratos contemplaban. Al general Browne le interesaban muy poco los pormenores de los que se le iba informando. Los cuadros, de hecho, eran muy del estilo de todos los que se ven en las antiguas galerías familiares: un caballero que había arruinado su hacienda al servicio del rey, una hermosa dama que la había restaurado contrayendo matrimonio con un acaudalado puritano, un caballero galante que se había arriesgado a mantener correspondencia con la corte exiliada de St Germain, otro que había tomado las armas en favor de William Cromwell durante la revolución, y otro que había volcado alternativamente su peso en el platillo de los whig y en el de los tory.

Mientras lord Woodville atiborraba con estas palabras los oídos de su huésped, como se ceba a los pavos, alcanzaron el centro de la galería. De pronto, el general se sobresaltó y adoptó una actitud casi de asombro, no sin algo de temor, al recaer sus ojos, súbitamente atraídos por el cuadro, sobre el retrato de una anciana dama vestida según la usanza de la moda de finales del siglo XVII.

-¡Ésta es! -exclamó-. Ésta es, por el tipo y por los rasgos, aunque la expresión no llegue a ser tan demoníaca como la de la detestable mujer que me visitó anoche.
-Si es así -dijo el joven aristócrata-, ya no queda ninguna duda sobre la horrible realidad de la aparición. Este retrato es de una desdichada antepasada mía sobre cuyos crímenes se conserva una siniestra y espantosa relación en una historia de mi familia que guardo en mi escritorio. Enumerarlos sería demasiado horrible; baste decir que en vuestro funesto dormitorio se cometió un incesto y un asesinato perverso. Lo devolveré al aislamiento al que lo habían confinado quienes me precedieron; y nadie, mientras yo pueda impedirlo, se expondrá a que se repitan los horrores sobrenaturales capaces de hacer vacilar un valor como el vuestro.

Así que los dos amigos, que con tanto regocijo se habían encontrado, se despidieron con muy distintos ánimos: lord Woodville pensando en ordenar que la Cámara de los Tapices fuese desmantelada y cegada la puerta; el general Browne decidido a buscar, en algún paraje menos hermoso y con algún amigo menos encumbrado, el olvido de la deplorable noche que había pasado en el castillo de Woodville".


Walter Scott

lunes, 18 de mayo de 2015

"La Tumba de la Encrucijada"

"Nunca pasó por Chalk-Newton sin volverme a mirar hacia el alto vecino, a un punto en el que un sendero atraviesa la recta y solitaria carretera principal, marcando así la división entre esta parroquia y la siguiente; es una vista que nunca deja de traerme a la memoria el suceso que una vez ocurrió allí; y, aunque a estas alturas puede parecer superfluo desenterrar más recuerdos de historias de aldea, los susurros de ese lugar tienen derecho a exigir no ser olvidados.

Fue en una oscura –aunque apacible y excepcionalmente seca– noche de Navidad (según el testimonio de William Dewy de Mellstock, Michael Mail y otros) cuando los componentes del coro de Chalk-Newton, una gran parroquia situada aproximadamente a mitad de camino entre las ciudades de Ivell y Casterbridge, y ahora convertida en una estación de ferrocarril– salieron de sus casas, antes de la medianoche, con el fin de llevar a cabo la anual repetición de sus melodías bajo las ventanas de la población local. La banda de instrumentistas y cantores era una de las más numerosas del condado; y, al contrario que la banda de Mellstock, más reducida pero de mayor calidad, que lo desdeñaba todo a excepción de la cuerda, contaba con músicos de metal y madera durante los servicios completos de los domingos y ocupaba toda la tribuna lateral derecha.

Aquella noche había dos o tres violines, dos cellos, una viola, contrabajo, oboes, clarinetes, serpentón y siete cantores. Pero no fueron los trabajos del coro, sino lo que sus miembros tuvieron oportunidad de ver, lo que hizo de la noche una ocasión especialmente señalada. Llevaban muchos años haciendo sus rondas sin que ningún incidente de tipo poco acostumbrado les saliera al paso, pero aquella noche, según las afirmaciones de varios de ellos, dos o tres de los más antiguos de la banda se encontraban –para empezar– en un estado de ánimo excepcionalmente solemne y meditativo: como si pensaran que los fantasmas de los amigos muertos que habían pertenecido al coro años atrás y que ahora estaban callados para siempre en el cementerio, bajo compactas masas de tierra, pudieran unirse a ellos –amigos que en sus tiempos habían mostrado mayor afición por la música de la que se mostraba en éstos–. O que la voz pretérita de una figura semitransparente, en vez de la de un vecino vivo y conocido, pudiera balbucear, desde la ventana de algún dormitorio, su agradecimiento por la felicitación nocturna. Sin importarles si aquello era producto de la realidad o de la imaginación, los miembros más jóvenes del coro se agruparon con sus acostumbradas alegría y despreocupación. Cuando ya estaban todos reunidos junto a los restos de la cruz de piedra que había en medio de la aldea –cerca de la posada del «Caballo Blanco»–, lugar del que hacían su punto de partida, alguien observó que se habían adelantado en exceso, pues todavía no eran las doce en punto. En aquellos tiempos, las murgas de Nochebuena locales procuraban no soltar una sola nota hasta que la mañana de Navidad hubiera llegado astronómicamente, y los miembros del coro, al no apetecerles, en aquel momento, volver a la cerveza, decidieron empezar por algunas cabañas de las afueras, de la vereda de Sidlinch, donde la gente no tenía reloj y no sabría si era de noche o de madrugada. Por consiguiente, se fueron en aquella dirección; y, mientras ascendían hacia terrenos más elevados, su atención se vio atraída por una luz que brillaba más allá de las casas, justo en lo alto de la empinada vereda.

La carretera que va desde Chalk-Newton hasta Broad Sidlinch tiene unas dos millas de longitud, y en la mitad de su recorrido, al pasar por encima de la colina, marcando la línea divisoria de las dos aldeas, se cruza –como ya se ha dicho–, formando ángulos rectos, con la solitaria, monótona y antigua carretera conocida por Long Ash Lane, que a menudo ha sido mencionada en estos relatos y que, recta como el trazo de un topógrafo y sobre los cimientos de una vía romana, recorre muchas millas a norte y sur de este lugar. Aunque en la actualidad está completamente abandonada y por allí crece la hierba, a principios de siglo estaba bien conservada y tenía un tráfico abundante. La vacilante luz parecía proceder del lugar exacto en que las carreteras se cruzaban.

–¡Creo que ya sé lo que puede ser eso! –observó uno del grupo.

Los hombres del coro se detuvieron un momento para discutir la probabilidad de que la luz tuviera su origen en cierto suceso del que les habían llegado algunos rumores, y decidieron subir hasta el alto de la colina. Al acercarse a la cima sus conjeturas se vieron confirmadas. Long Ash Lane se extendía a derecha e izquierda de donde estaban ellos; y vieron que en el punto de convergencia de los cuatro caminos, debajo del poste indicador, cuatro hombres de Sidlinch, contratados al efecto, habían cavado una tumba a la que acababan de arrojar, mientras el coro se aproximaba, un cadáver. El caballo y el carro que habían llevado el cuerpo hasta allí estaban al lado inmóviles.

Los músicos y cantores de Chalk-Newton se detuvieron y siguieron mirando mientras los sepultureros echaban tierra a la fosa y la pisoteaban, hasta que el hoyo quedó tapado por completo. Los hombres, entonces, dejaron los azadones en el carro y se dispusieron a marcharse.

–¿A quién habéis enterrado ahí? –preguntó Lot Swanhills alzando la voz–. No será al sargento, ¿verdad?

Los hombres de Sidlinch habían estado tan profundamente absortos con su tarea que no habían reparado, hasta entonces, en las linternas del coro de Chalk-Newton.

–¿Qué? Vosotros sois los cantores de villancicos de Newton, ¿verdad? –contestaron los representantes de Sidlinch.
–Sí, señor. ¿Es el viejo sargento Holway el que habéis enterrado ahí?
–Así es. Entonces, os habéis enterado ya, ¿eh?

Los del coro desconocían los detalles; sólo sabían que el domingo anterior se había pegado un tiro en el manzanal.

–Parece que nadie sabe por qué lo hizo, ¿verdad? O al menos en Chalk-Newton no lo sabemos –prosiguió Lot.
–Oh, sí. Todo se descubrió en la pesquisa judicial.

Los cantores se acercaron más, y los hombres de Sidlinch aprovecharon para tomarse un respiro después del trabajo y les contaron la historia.

–Todo fue por ese hijo suyo, pobre viejo. Se le partió el corazón.
–Pero si el hijo es soldado, seguro; ¿no está ahora con su regimiento en las Indias Orientales?
–Sí. Y el ejército lo ha pasado mal allí últimamente. Es una lástima que su padre lograra convencerlo de ir. Pero Luke no debería habérselo echado en cara al sargento, porque él lo hizo con buena intención.

Las circunstancias, en suma, eran las siguientes: el sargento que había tenido este lamentable final, padre del joven soldado que se había ido a Oriente con su regimiento, había tenido unas experiencias de la vida militar singularmente satisfactorias –que habían finalizado mucho antes de que la gran guerra con Francia estallara–. Al licenciarse, después de haber cumplido debidamente su período de servicio, había regresado a su aldea natal, se había casado y se había entregado, pacíficamente, a la vida doméstica. Pero la siguiente guerra en que se vio envuelta Inglaterra le había proporcionado muchos disgustos al verse imposibilitado, por culpa de la edad y de la enfermedad, para formar de nuevo parte de una unidad del ejército en activo. Cuando su único hijo se hizo un muchacho y se planteó la cuestión de cómo habría de ganarse la vida, el chico expresó sus deseos de ser artesano. Pero su padre le aconsejó, con gran entusiasmo, que se alistara.

–El comercio se está viniendo abajo en la actualidad –le dijo–. Y si la guerra con los franceses dura (que durará), el comercio se pondrá todavía peor. El ejército, Luke, es lo que te conviene. Es lo que me dio a. mí una formación y es lo que te dará una formación a ti. Yo no tuve ni la mitad de las oportunidades que se te presentarán a ti en estos tiempos espléndidos, mucho más aguerridos.

Luke vaciló, pues era un joven hogareño y amante de la paz. Pero, confiando respetuosamente en la opinión de su padre, cedió finalmente y se alistó en el batallón de infantería. Al cabo de unas cuantas semanas se le envió a la India para que se incorporara a su regimiento, que se había distinguido en Oriente a las órdenes del general Wellesley. Pero Luke no tuvo suerte. Llegaron a su casa noticias indirectas de que había enfermado allí; y más tarde, un día, hacía poco, cuando el anciano padre estaba dando un paseo, recibió el aviso de que había una carta aguardándole en Casterbridge. El sargento envió a un mensajero especial que recorriera las nueve millas de distancia, pagara por la carta y la trajera a casa; y así se hizo; pero, si bien la carta, como su padre había adivinado, era de Luke, el contenido del texto era totalmente inesperado.

La carta había sido escrita en un momento de profunda depresión. Luke decía que su vida era un suplicio y una esclavitud, y le reprochaba amargamente a su padre el haberle aconsejado que se embarcara en una carrera que no iba, lo sentía, con su carácter. Se encontraba a sí mismo padeciendo fatigas y enfermedades sin obtener ninguna gloria, y comprometido con una causa que ni entendía ni estimaba. De no haber sido por los malos consejos de su padre, él, Luke, estaría ahora trabajando tranquilamente en un negocio que tendría en la aldea de la que nunca había deseado salir.

Tras leer la carta el sargento se alejó unos pasos para que nadie pudiera verle, y entonces se sentó en un montículo que había al borde de la carretera. Cuando se levantó, media hora más tarde, su aspecto era el de un hombre ajado y moralmente deshecho, y desde aquel día su natural buen humor le abandonó. Herido en lo más hondo por las sarcásticas invectivas de su hijo, empezó a darse a la bebida con cada vez mayor frecuencia. Su mujer había muerto algunos años antes y el sargento vivía solo en la casa que había heredado de ella. Una mañana de aquel diciembre se había oído en los alrededores el estampido de un arma de fuego, y al entrar los vecinos en la casa se lo encontraron agonizante. Se había pegado un tiro con un viejo trabuco que utilizaba para ahuyentar a los pájaros; y se desprendía –sin ningún género de dudas– de lo que había dicho el día anterior y de los preparativos que había hecho para su fallecimiento, que aquel final había sido planeado y deliberado, y que era consecuencia de la desesperación en que se había visto sumido por la carta de su hijo. La investigación judicial emitió un veredicto de suicidio.
–Aquí está la carta del hijo –dijo uno de los hombres de Sidlinch–. Se encontró en uno de los bolsillos del padre. Se puede ver, por su estado, que la releyó un montón de veces. En cualquier caso, hay que hacer lo que Dios ordena, porque así ha de ser, te guste o no.

La tumba estaba ya tapada y no formaba desnivel, pues no se le había puesto encima ningún montón de tierra. Los hombres de Sidlinch se despidieron del coro de Chalk-Newton y se marcharon en el carro que habían utilizado para llevar el cuerpo del sargento hasta la colina. Cuando sus pasos se hubieron apagado y el viento soplaba por encima de la solitaria tumba con su acostumbrado silbido de indiferencia, Lot Swanhills se volvió hacia el viejo Richard Toller, que tocaba el oboe, y le dijo:

–Es duro para un hombre, y más para un bravo soldado como él, que se le trate de esta manera, Richard. Desde luego que el sargento nunca estuvo en ninguna batalla mayor de la que se podría librar en una dehesa de medio acre, claro que no. Pero su alma debería tener las mismas oportunidades que la de cualquier otro hombre. Las mismas, ¿no?

Richard contestó que estaba completamente de acuerdo:

–¿Qué me dices de entonar un villancico delante de su tumba? Es Navidad y no tenemos ninguna prisa por empezar abajo, en la parroquia; y no nos llevaría ni diez minutos. Y además, aquí arriba no hay ni un alma para decirnos que no lo hagamos ni para enterarse de que lo hacemos, ¿eh?

Lot asintió con la cabeza.

–El hombre debería tener su oportunidad –repitió.
–Lo mismo da que escupas sobre su tumba, para lo mucho que vamos a hacer con él con cantarle nada: ahora ya está muy lejos de aquí –dijo Notton, el clarinetista y escéptico oficial del coro–. Pero estoy de acuerdo si los demás lo están.

En consecuencia todos se pusieron, formando un semicírculo, junto a la tierra recién removida y despertaron de su letargo al adormecido aire con el conocido número dieciséis de su repertorio, que Lot propuso por considerarlo el más indicado para la ocasión y el estado de ánimo: Él viene a soltar a los cautivos, esclavos de Satanás

–Caramba, nunca habíamos tocado antes para un muerto –dijo Ezra Cattstock cuando hubieron terminado la última estrofa y, pensativos, se disponían a darse un respiro–. Pero me parece más piadoso esto que largarse y dejarle así, como han hecho esos otros tipos.
–Ahora hay que volver a Newton; para cuando lleguemos a casa del párroco ya serán las doce y media –dijo el director de la banda.

Pero no habían hecho más que recoger los instrumentos cuando el viento les trajo el ruido de un vehículo que, conducido a toda velocidad, venía de Sidlinch por aquel mismo sendero, por donde los sepultureros se habían marchado poco antes. Para evitar que el carro los arrollara a su paso, los miembros del coro decidieron esperar –para ponerse en marcha– a que el viajero nocturno, fuera quien fuese, los adelantara (y con el fin de que lo hiciera en el tramo más ancho de la encrucijada, donde estaban ellos en aquel momento).

Medio minuto después la luz de las linternas iluminó un calesín de alquiler, tirado por un caballo jadeante y con el morro lleno de vaho. Al llegar a la altura del poste indicador una voz gritó desde el interior del vehículo:

–¡Pare aquí!

El cochero tiró de las riendas. La puerta del coche se abrió desde dentro y un soldado raso, vestido con el uniforme de algún regimiento regular, salió de un salto. Miró a su alrededor y pareció sorprenderse al ver allí a los músicos.

–¿Han enterrado ustedes a un hombre aquí? –preguntó.
–No. Nosotros no somos de Sidlinch, gracias a Dios; somos el coro de Newton. Pero un hombre acaba de ser enterrado aquí, eso es cierto; y nosotros hemos cantado un villancico sobre los restos del pobre mortal. Pero, ¿es acaso Luke Holway el que están viendo mis ojos, el que se fue a las Indias Orientales con su regimiento? ¿O estoy viendo su espíritu, que ha venido directamente desde el campo de batalla? ¿Usted es el hijo que escribió la carta que...?
–No, no me hagan preguntas. Pero entonces, ¿el responso ha terminado ya?
–No ha habido responso, en el sentido cristiano de la palabra. Pero está enterrado, eso desde luego. Debe de haberse usted cruzado con los hombres, de vuelta con la carreta vacía.
–¡Como un perro en una zanja, y todo por mi culpa!

El soldado se quedó callado, mirando la tumba, y los miembros del coro no pudieron evitar sentir compasión por él.

–Amigos míos –dijo el joven–, ahora lo entiendo. Supongo que ustedes, por caridad vecinal, han cantado por el descanso de su alma, ¿no es así? Les agradezco de todo corazón su piadoso gesto. Sí; yo soy el miserable hijo del sargento Holway. Soy el hijo que ha causado la muerte de su padre, ¡tan cierto como si lo hubiera hecho con mis propias manos!
–No, no. No se lo tome usted así, joven. Por lo que hemos oído, su padre llevaba ya abatido una buena temporada por nada en particular.
–Estábamos en el Oriente cuando le escribí. Todo parecía salirme mal. Justo después de enviar la carta se nos ordenó volver a casa. Por eso me ven ustedes aquí. En cuanto llegamos al cuartel de Casterbridge me enteré de esto... ¡Maldito sea una y mil veces! Creo que me atreveré a seguir el camino de mi padre y me mataré. ¡Es lo único que puedo hacer ya!
–No se precipite usted, Luke Holway, vuelvo a decírselo; en lugar de eso, trate de enmendar su vida en el futuro. Y tal vez su padre le eche una sonrisa desde el cielo por ello.

El soldado negó con la cabeza.

–¡No sé, no sé! –contestó con amargura.
–Inténtelo y sea digno de lo mejor que tenía su padre. No es demasiado tarde.
–¿Usted cree que no? ¡Me temo que sí!... Bueno, lo pensaré. Gracias por sus buenos consejos. De todas formas, viviré aunque sólo sea para hacer una cosa: trasladaré el cuerpo de mi padre a un cementerio cristiano y decente, aunque tenga que hacerlo con mis propias manos. No puedo salvarle la vida, pero puedo darle una tumba honrosa. ¡No reposará en este lugar maldito!
–Sí. Como dice nuestro párroco, es una costumbre bárbara la que conservan en Sidlinch, y deberían aboliría. El hombre también fue soldado. Ya ve, nuestro párroco no es como el suyo de Sidlinch.
–Dice que es una barbarie, ¿verdad? ¡Pues eso es precisamente lo que es! –gritó el soldado–.Ahora, escúchenme con atención, amigos.

Y entonces les preguntó si estarían dispuestos a agrandar la deuda que él tenía con ellos haciéndose cargo, en secreto, del traslado del cuerpo del suicida al cementerio (no al de Sidlinch, parroquia que ahora odiaba, sino al de Chalk-Newton). Les daría todo lo que poseía por hacerlo. Lot le preguntó a Ezra Cattstock qué opinaba de ello. Cattstock, el violoncellista, que también era el sacristán, vaciló, y le aconsejó al joven soldado que antes sondeara al rector a ver qué pensaba de ello.

–A lo mejor pondría pegas y a lo mejor no. El párroco de Sidlinch es un hombre duro, lo reconozco, y dice que si la gente se mata en un arrebato debe sufrir las consecuencias. Pero el nuestro no piensa así en absoluto, y es posible que lo permita.
–¿Cómo se llama?
–Es el honorable y venerable señor Oldham, hermano de Lord Wessex. Pero no tiene que tenerle miedo por eso. Hablará con usted como un hombre corriente siempre y cuando usted no haya bebido lo suficiente como para que le huela el aliento.
–Oh, ya, es el mismo que antiguamente Le preguntaré. Gracias. Y una vez cumplido ese deber.
–¿Qué hará entonces?
–Hay guerra en España. He oído que ese es nuestro próximo destino. Trataré de demostrarme a mí mismo que soy lo que mi padre deseaba que fuera. Supongo que no podré. . pero lo intentaré, con mi flaqueza característica. Eso lo juro aquí, sobre su cuerpo Y que Dios me ayude.

Luke dio un manotazo al blanco poste indicador con tanta fuerza que éste se tambaleó.

–Sí, hay guerra en España; y allí tendré otra oportunidad para ser digno de mi padre.

Así se dio por terminado el asunto aquella noche Pronto se supo que el soldado raso había cumplido al menos una de sus promesas, porque un día de la misma semana de Navidad el rector entró en el cementerio cuando Cattstock se encontraba allí y le pidió que buscara un lugar adecuado para aquel enterramiento, añadiendo que él había conocido levemente al sargento y que no sabía de la existencia de ninguna ley que le prohibiera aceptar el traslado, después de haber examinado el precepto. Pero como no deseaba que pareciese le movía el deseo de enfrentarse con su vecino de Sidlinch, había estipulado que aquel acto de caridad se llevara a efecto de noche y con la mayor discreción posible, así como que la tumba estuviera en una zona oscura del recinto.

–Será mejor que vayas inmediatamente a advertírselo al joven –agregó el rector.

Pero antes de que Ezra hiciera nada al respecto, Luke fue a verle a su casa. Le habían acortado el permiso a causa de los recientes acontecimientos de la guerra peninsular, y, viéndose obligado a reincorporarse inmediatamente a su regimiento, no tenía más remedio que dejar la exhumación y el nuevo enterramiento en manos de sus amigos. Dejó pagados todos los gastos y les rogó a todos que se encargaran de que ambas cosas se llevaran a cabo en seguida. Y con esto el soldado se marchó. Al día siguiente, Ezra, después de reflexionar sobre el asunto, fue de nuevo a la rectoría, acuciado por una repentina duda. Se había acordado de que el sargento había sido enterrado sin ataúd, y no estaba seguro de que no le hubieran clavado una estaca. El asunto iba á ser más complicado de lo que en un principio habían supuesto.

–¡Sí, es cierto! –murmuró el rector–. Me temo que, después de todo, no va a ser factible.

El siguiente suceso fue la llegada, en un carro, de una lápida mortuoria procedente de la ciudad más cercana; para ser dejada en casa del señor Ezra Cattstock; todos los gastos pagados. Entre el sacristán y el carretero depositaron la losa en la letrina del primero; y Ezra, una vez solo, se puso los lentes y leyó la breve y sencilla inscripción:

AQUÍ YACE EL CUERPO DEL DIFUNTO SAMUEL HOLOWAY, SARGENTO DEL -º REGIMIENTO DE INFANTERÍA DE SU MAJESTAD, QUE DEJO DE EXISTIR EL 20 DE DICIEMBRE DE 180-. ERIGIDO POR L. H.
«NO SOY DIGNO DE SER LLAMADO TU HIJO.»

Ezra fue de nuevo a la rectoría, que estaba cerca del río.

–Ha llegado la lápida, señor. Pero me temo que no se pueda hacer de ninguna forma.
–Me gustaría complacer al joven –dijo el anciano y caballeroso presbítero–. Y de buen grado dejaría de cobrar hasta el último penique de mis honorarios. Pero si tú y los demás pensáis que no se puede hacer, entonces no sé qué decir.
–Verá usted, señor; he interrogado a una mujer de Sidlinch acerca del entierro del sargento, y parece que lo que yo pensaba es verdad. Lo enterraron con una estaca de seis pies, del redil de ovejas de North Ewelease, atravesándole el cuerpo, aunque ahora lo negarían. Y la cuestión es: ¿vale la pena hacer el traslado teniendo en cuenta lo embarazoso del caso?
–¿Has sabido algo más acerca del joven?

Ezra sólo sabía que aquella semana se había embarcado rumbo a España con el resto de su regimiento.

–Y si está tan desesperado como parecía, no volveremos a verle más por aquí ni en Inglaterra siquiera.
–Es un caso embarazoso –dijo el rector.

Ezra volvió a hablar del asunto con el coro; uno sugirió la posibilidad de poner la lápida en la encrucijada. Aquello se consideró impracticable. Otro dijo que se podría colocar en el cementerio sin trasladar el cuerpo; pero aquello no les pareció honrado. De modo que no se hizo nada. La lápida mortuoria se quedó en la letrina de Ezra hasta que éste, harto de verla allí, la puso entre unos matorrales que había al fondo de su jardín. Los miembros del coro sacaban el tema de vez en cuando, pero siempre acababan diciendo:

–Teniendo en cuenta de qué manera se le enterró, difícilmente podríamos hacer ese trabajo.

Siempre tenían la convicción de que Luke no iba a regresar jamás, y esta impresión se veía fortalecida por los rumores que llegaban acerca de los desastres que le habían acaecido al ejército en España. Aquello contribuyó a que la inercia se hiciera permanente. La lápida mortuoria se puso verde a fuerza de estar durante tanto tiempo bajo los matorrales de Ezra; más adelante, el viento tiró un árbol que estaba junto al río, y, al caer encima de la lápida, la partió en tres pedazos. Finalmente, los pedazos quedaron enterrados entre las hojas y el moho. Luke no había nacido en Chalk-Newton, y tampoco había dejado parientes en Sidlinch, de manera que no llegó ninguna noticia suya a ninguna de las dos aldeas mientras duró la guerra. Pero después de Waterloo y la caída de Napoleón llegó a Sidlinch, un día, un sargento mayor inglés cubierto de galones y, como se descubrió más tarde, lleno de gloria. El servicio en el extranjero había cambiado de una manera tan absoluta a Luke Holway que hasta que dijo su nombre los habitantes no le reconocieron como el hijo único del sargento.

Había servido con entereza y eficacia en las campañas peninsulares a las órdenes de Wellington; había luchado en Busaco, Fuentes de Oñoro, Ciudad Rodrigo, Badajoz, Salamanca, Vitoria, Quatre Bras y Waterloo; y ahora había regresado para disfrutar de una pensión más que ganada y descansar en su distrito natal. Apenas permaneció en Sidlinch más tiempo del que le llevó comer algo a su llegada. Aquella misma tarde se encaminó, a pie y por la colina, hacia Chalk-Newton, y, al pasar por la encrucijada, miró hacia el poste indicador y dijo:

–¡Gracias a Dios que él ya no está ahí!

Estaba anocheciendo cuando llegó a la segunda aldea; sin embargo, se fue directamente al cementerio. Cuando penetró en el recinto había aún luz suficiente para discernir las lápidas mortuorias, y el soldado las escudriñó minuciosamente. Pero aunque buscó por la parte delantera, que daba a la carretera, y por la parte trasera, que daba al río, no pudo encontrar lo que buscaba: la tumba del sargento Holway y un monumento conmemorativo con la inscripción «NO SOY DIGNO DE SER LLAMADO TU HIJO».

Abandonó el cementerio e hizo averiguaciones. El honorable, venerable y anciano rector había muerto, y también muchos de los miembros del coro; pero, poco a poco, el sargento mayor llegó a enterarse de que su padre yacía aún en la encrucijada de Long Ash Lane. Luke siguió caminando, pensativamente, en dirección a su casa. Pero para hacerlo por la ruta acostumbrada tenía que volver a pasar por el lugar, ya que no había ninguna otra carretera que uniera las dos aldeas. Y se sentía incapaz de volver a pasar por aquel sitio, que ahora le lanzaba reproches con la voz de su padre; de modo que saltó la valla y anduvo errante por los campos arados para eludir el encuentro. Luke había soportado muchas luchas y fatigas sostenido por la idea de que estaba reivindicando el honor de la familia y haciendo nobles reparaciones. Y sin embargo su padre yacía, aún, degradado. Que el cuerpo de su padre se viera obligado a sufrir por las malas acciones que él, Luke, había cometido era más un sentimiento que un hecho; pero a su hipersensibilidad le parecía que los esfuerzos que había hecho por restablecer la reputación de su padre y aplacar la sombra del injuriado habían terminado en el más absoluto de los fracasos.

Se esforzó, sin embargo, por zafarse de su apatía, y, disgustándole la sociedad de Sidlinch, alquiló una pequeña cabaña, que había estado deshabitada durante mucho tiempo, en Chalk-Newton, Allí vivió, solo, convirtiéndose en un verdadero ermitaño y no permitiendo que mujer alguna entrara en la casa. La primera Navidad que siguió al establecimiento de su morada allí dentro, Luke estaba sentado, solo, junto al rincón de la chimenea, cuando oyó unas débiles notas musicales en la lejanía; poco después una canción se elevó, atronadoramente, hasta su ventana. Eran, como de costumbre, los cantores de villancicos; y aunque muchos de los de la vieja hornada, incluidos Ezra y Lot, descansaban eternamente, se seguían interpretando los mismos viejos villancicos sacados de los mismos viejos libros. Las conocidas estrofas que el ya fallecido coro había dedicado a la tumba de su padre resonaron a través de los postigos de la ventana del sargento mayor:

Él viene a soltar a los cautivos, esclavos de Satanás

Cuando terminaron se fueron a otra casa, dejando a Luke abandonado, como antes, al silencio y a la soledad. La vela necesitaba que la despabilaran, pero Luke no la despabiló y permaneció sentado hasta que se consumió en el candelero y provocó oleadas de sombra en el techo. La alegría navideña de la mañana siguiente se vio quebrada a la hora del desayuno por una trágica noticia que se extendió por la aldea con la rapidez del viento El sargento mayor Holway había sido encontrado con un tiro en la cabeza, que se había pegado él mismo, en la encrucijada de Long Ash Lane, donde su padre yacía enterrado.

Encima de la mesa de su cabaña había dejado un papel escrito en el que expresaba su deseo de ser enterrado en el cruce, al lado de su padre. Pero el papel, accidentalmente, fue tirado al suelo, y nadie lo vio hasta después del responso por el alma de Luke, que tuvo lugar de la manera acostumbrada, en el cementerio".


Thomas Hardy