El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

viernes, 29 de mayo de 2015

"El Sacrificio"

I.
"Limasson era hombre religioso, aunque no se sabía cuán, ya que ningún trance de rigor le había puesto a prueba. No era seguidor de ningún credo, sin embargo, tenía sus dioses; y su autodisciplina era probablemente más estricta de lo que sus amigos suponían. Era muy reservado. Pocos imaginaban, quizá, los deseos que vencía, las pasiones, las inclinaciones que domaba y amaestraba, trasmutándolas alquímicamente en canales más nobles. Poseía las cualidades de un creyente, y habría podido llegar a serlo, de no haber sido por dos limitaciones: Amaba su riqueza y, en segundo lugar, en vez de seguir una misma línea de investigación, se dispersaba en múltiples teorías pintorescas. Y cuanto más pintoresco era un papel, más le atraía. Así, aunque cumplía su deber con cierto afecto, se acusaba a sí mismo de satisfacer un gusto sensual por las sensaciones espirituales. Este desequilibrio abonaba la sospecha de que carecía de hondura.

En cuanto a sus dioses, al final descubrió su realidad, tras dudar primero y luego negar su existencia. Esta negación y esta duda fueron las que los restablecieron en sus tronos, convirtiendo las escaramuzas de diletante de Limasson en sincera y profunda fe; y la prueba se le presentó un verano a principios de junio, cuando se disponía a abandonar la ciudad para pasar su mes anual en las montañas.

Las montañas eran para Limasson casi una pasión, y la escalada le reportaba un placer tan intenso que un escalador normal apenas lo habría comprendido. Para él, era como una especie de culto; los preparativos, la ascención, requerían una concentración ritual. No sólo amaba las alturas, la imponente grandiosidad, el esplendor de las vastas proporciones recortadas en el espacio, sino que lo hacía con un respeto que rayaba en el temor. La emoción que las montañas despertaban en él, podría decirse, era de esa clase profunda, incalculable, que emparentaba con sus sentimientos religiosos, aunque estuviesen estos realizados a medias. Sus dioses tenían sus tronos invisibles entre las imponentes y terribles cumbres. Se preparaba para esa práctica anual de montañismo con la misma seriedad con que un santo podría acercarse a una ceremonia solemne de su iglesia.

Y discurría con gran energía el caudal de su mente en esa dirección, cuando le aconteció, casi la víspera misma de su marcha, una serie ininterrumpida de desgracias que sacudieron su ser hasta sus últimos cimientos. Sería superfluo describirlos. La gente decía: ¡Ocurrirle una tras otra de esa manera! ¡Vaya una suerte negra! ¡Pobre diablo!; luego se preguntaron, con curiosidad infantil, cómo lo sobrellevaría. Puesto que ninguna culpa tenía, estos desastres le sobrevinieron de manera tan súbita que la vida pareció saltar en pedazos, y casi perdió interes en seguir viviendo.

La gente movía la cabeza, y pensaba en la salida de emergencia. Pero Limasson era un hombre demasiado lleno de vitalidad para soñar siquiera en autodestruirse. Todo esto tuvo un efecto muy distinto en él: se volvió hacia lo que él llamaba sus dioses, para interrogarles. No le contestaron ni le explicaron nada. Por primera vez en su vida, dudó. Un milímetro más allá, y habría caído en la clara negación.

Las ruinas en que se hallaba sentado, sin embargo, no eran de naturaleza material; ningún hombre de su edad, dotado de valor y con un proyecto de vida por delante, se habría dejado anonadar por un desastre de orden material. El derrumbamiento era mental, espiritual; el ataque había sido a las raíces de su caracter y su temperamento. Los deberes morales que cayeron sobre él amenazaron con aplastarle. Se vio asaltada su existencia personal, y parecía que debía terminar. Debía pasar el resto de su vida cuidando a otros que nada significaban para él. No veía salida, ninguna vía de escape, tan diabólicamente completa era la combinación de acontecimientos que anegaron sus trincheras interiores. Su fe se tambaleó. Un hombre apenas puede soportar tanto y seguir siendo humano. Parecía haber llegado al punto de saturación. Experimentaba el equivalente espiritual de ese embotamiento físico que sobreviene cuando el dolor llega al límite de lo soportable. Se rió, se volvió insensible; luego, se burló de sus dioses mudos.

Se dice que a ese estado de absoluta negación sigue a veces otro de lucidez que refleja con nitidez cristalina las fuerzas que en un momento dado impulsan la vida desde atrás, una especie de clarividencia que comporta explicación y, por tanto, paz. Limasson lo buscó en vano. Estaba la duda que interrogaba, la sonrisa que remedaba el silencio en que caían sus preguntas; pero no había respuesta ni explicación, ni, desde luego, paz. En este tumulto de rebelión, no hizo ninguna de las cosas que sus amigos le aconsejaba o esperaban de él: se limitó a seguir la línea de menor esfuerzo. Cuando llegó la catástrofe, obedeció al impulso que sintió sobre él. Para indignado asombro de unos y otros, se marchó a sus montañas.

Todos se asombraron de que en esos momentos adoptase tal actitud, abandonando deberes que parecían de importancia suprema. Pero en realidad no estaba tomando ninguna medida concreta, sino que iba a la deriva tan sólo, con el impulso que acababa de recibir. Estaba ofuscado de tanto dolor, embotado por el sufrimiento, atontado por el golpe que lo había abatido, impotente, en medio de una calamidad inmerecida. Acudió a las montañas como acude el niño a su madre: instintivamente; jamás habían dejado de traerle consuelo, alivio, paz: Su grandiosidad restablecía la proporción cada vez que el desorden amenazaba su vida. Ningún cálculo movió su marcha, sino el deseo ciego de una relación física como la que comporta la escalda. Y el instinto fue más saludable de lo qu él suponía.

Arriba, en el valle, entre picos solitarios, adonde se dirigío entonces Limasson, encontró en cierto modo la proporción que había perdido. Evitó con cuidado pensar; vivía temerariamente confiando en sus músculos. Le era familiar la región, con su pequeña posada, atacaba pico tras pico, a veces con guía, pero más a menudo sin él, hasta que su prestigio como escalador sensato y miembro laureado de todos los clubs alpinos extranjeros corrió serio peligro. Por supuesto que se cansaba; pero también es cierto que las montañas le infundían algo de su inmensa calma y profunda resistencia. Entre tanto se olvidó de sus dioses por primera vez en su vida. Si en alguna ocasión pensaba en ellos, era como figuras de oropel que la imaginación había creado, estatuas de cartón que decoraban la vida. Sólo que había dejado el teatro y sus simulaciones no hipnotizaban ya su mente. Se daba cuenta de su impotencia y los repudiaba. Esta actitud, empero, era subconciente; no le otorgaba consistencia ni de pensamientio ni de palabra. Ignoraba, más que rechazaba, la existencia de todos ellos.

Y en este estado de ánimo -pensando poco y sintiendo menos-, entró en el vestíbulo del hotel, una noche después de cenar, y tomó maquinalmente el puñado de cartas que el conserje le tendía. No tenían ningún interés para él. Se fue a ordenarlas al rincón donde la gran estufa de vapor mitigaba el frío. Estaban saliendo del comedor la veintena de huéspedes, casi todos expertos escaladores, en grupos de dos o tres; pero Limasson sentía tan poco interés por ellos como por las cartas: ninguna conversación podía alterar los hechos, ninguna frase escrita podía modificar su situación. Abrió una al azar: de negocios, con la dirección mecanografiada. Probablemente, sería impersonal; menos sarcástica, por tanto, que las otras, con sus tediosas fingidas condolencias. Y, en cierto modo, era impersonal el pésame de un despacho de abogado: mera fórmula, unas cuantas pulsaciones más en el teclado universal de una Remington.

Pero al leerla, Limasson hizo un descubrimiento que le produjo un violento sobresalto y una agradable sensación. Creía que había alcanzado el límite soportable de sufrimiento y de desgracia. Ahora, en unas docenas de palabras, quedó demostrada de forma convincente su equivocación. El nuevo golpe fue demoledor.

Esta noticia de una última desgracia desveló en él regiones enteras de nuevo dolor, de penetrante, resentida furia. Al comprenderlo, Limasson experimentó una momentánea parálisis del corazón, un vértigo, un intenso sentimiento de rebeldía cuya impotencia casi le produjo una náusea física. Era como si... se fuese a morir.

¿Acaso debo sufrirlo todo?, brilló en su mente paralizada con leras de fuego. Sintió una rabia sorda, un perplejo ofuscamiento; pero no un dolor declarado, todavía. Su emoción era demasiado angustiosa para contener el más ligero dolor del desencanto; era una ira primitiva, ciega. Leyó la carta con calma, hasta el elegante párrafo de condolencia, y luego lo guardó en el bolsillo. No reveló ningún signo externo de turbación: su respiración era pausada; se estiró hasta la mesa para coger una cerilla, y la sostuvo a la distancia del brazo para que no le molestase al olfato el humo del azufre.

En ese instante hizo un segundo descubrimiento. El hecho de que fuese posible sufrir más incluía también que aún le quedaba cierta capacidad de resignación y, por tanto, también un vestigio de fe. Ahora, mientras oía crujir la hoja del rígido papel en su bolsillo, obeservó cómo se apagaba el azufre, y vio encenderse la madera y consumirse por completo. Igual que la cabeza ennegrecida, el resto de la cerlla se encogió y cayó. Desapareció. Salvajemente, aunque con una calma exterior que le permitía encender su pipa con mano serena, invocó a sus deidades. Y otra vez surgió la interrogante con letras de fuego, en la oscuridad de su pensamiento apasionado.

¿Aún me pedís esto, este último y cruel sacrificio?

Y los rechazó por entero; eran una burla y un fingimiento. Los repudió con desprecio para siempre. Evidentemente, había concluido el teatro. Negó a sus dioses. Aunque con una sonrisa porque ¿qué eran después de todo, sino muñecos que su propia fantasía había imaginado? Jamás habían existido. ¿Era, pues, la variete sensacionalista de este temperamento devocional, lo que los había creado? Ese lado de su naturaleza, en todo caso, estaba muerto, lo había aniquilado un golpe devastador; los dioses habían caído con él. Observando lo que quedaba de su vida, le parecía como una ciudad reducida a ruinas por un terremoto. Los habitantes creen que no puede ocurrir nada peor. Y entonces viene el incendio.

Dos cursos de pensamiento discurrían simultáneamente en él, al parecer; porque mientas por debajo bramaba contra este último golpe, la parte superior de su conciencia se ocupaba seria del proyecto de una gran expedición que iba a emprender por la mañana. No había contratado ningún guía. Conocía bien la región; su nombre era relativamente familiar y en media hora consiguió tener arreglados todos los detalles, y se retiró a dormir tras pedir que le avisasen a las dos. Pero en vez de acostarse, se quedó en la butaca esperando, incapaz de levantarse, como un volcán humano que podía estallar con violencia en cualquier momento. Fumaba en su pipa con tanta calma como si nada hubiese ocurrido, mientras en sus ardientes profundudades seguía leyendo esta sentencia: ¿Aún me pedís este último y cruel sacrificio?. Su dominio de sí, dinámicamente calculado, debió de ser muy grande entonces y, reprimida de este modo, la reserva de energía potencial acumulada era enorme.

Con el pensamiento concentrado en este golpe final, Limasson no se había dado cuenta de la gente se diseminaba por le vestíbulo. Algún que otro individuo, de vez en cuando, se acercaba a su silla con idea de trabar conversación con él; luego, viéndole ensimismado, daba media vuelta. Cuando un escalador, al que conocía, le abordó con unas palabras de excusa para pedirle fuego, Limasson no le dijo nada, porque no le vio. No se daba cuenta de nada. No notó, concretamente, que dos hombres llevaban un rato observándole desde un rincón. Ahora alzó la vista -¿por casualidad?- y advirtió vagamente que hablaban de él. Tropezó con sus miradas, y se sobresaltó.

Al principio le pareció que los conocía. Quizá los había visto en el hotel, aunque desde luego no había hablado nunca con ellos. Al comprender su error, volvió la mirada hacia otra parte, aunque consciente todavía de su atención. Uno era clérigo o sacerdote, su cara tenía un aire de gravedad no extenta de cierta tristeza; la severidad de sus labios era desmentida por la encendida belleza de sus ojos, que revelaban un estusiasmo regulado. Había una nota de majestuosidad en este hombre que intensificaba la impresión que causaba. Sus ropas la acentuaban aún más. Vestía un traje de tweed oscuro de absoluta sencillez. Toda su persona denotaba austeridad. Su compañero, por contraste, parecía insignificante con su traje de etiqueta convencional. Bastante más joven que su amigo, su cabello -detalle siempre revelador- era largo, sus dedos delgados, que esgrimían un cigarrillo, llevaban anillos; su rostro era impertinente, y toda su actitud sugería cierta insulsez. El gesto, ese lenguaje perfecto que desafía la simulación, delataba cierto desequilibrio. La impresión que causaba, no obstante, era gris comparado con la intensidad del otro.

"Teatral", fue la palabra que se le ocurrió a Limasson, mientras apartaba los ojos. Pero al mirar a otra parte, sintió desasosiego. Las tienieblas interiores invocadas por la espantosa carta se alzaron a su alrededor. Y con ellas, sintió vértigo...

A lo lejos, la negrura estaba bordeada de luz; y desde esa luz, avanzando deprisa y con indiferencia como desde una distancia gigantesca, los dos hombres aumentaron súbitamente de tamaño; se acercaron a él. Limasson, en un gesto de autodefensa, se volvió hacia ellos. No tenía ganas de conversación. En cierto modo, había esperado este ataque. Sin embargo, en el instante en que empezaron a hablar -fue el sacerdote el que abrió fuego-, todo fue tan tranquilo y natural que casi saludó con agrado esta distracción. Tras una presentación, se puso a hablar de cimas. Algo cedió en la mente de Limasson. El hombre era un escalador de la misma especie que él: Limasson sintió cierto alivio al oír la invitación, y comprendió, aunque oscuramente, el cumplido que ello implicaba.

-Si desea unirse a nosotros, honrarnos con su compañía -estaba diciendo el hombre, con sosiego; luego añadió algo sobre su gran experiencia y su inestimable asesoramiento y juicio. Limasson alzó los ojos, tratando de concentrarse y comprender.
-¿La Tour du Néant? -repitió, nombrando el pico que le proponían. Rara vez atacada, jamás conquistada, y con un siniestro récord de accidentes, era precisamente la cima que pensaba acometer por la mañana.
-¿Han contratado guía? -sabía que la pregunta era superflua.
-No hay guía que quiera intentar esa escalada -contestó el sacedote, sonriendo, mientras su compañero añadía con un ademán: pero no necesitaremos guía... si viene usted.
-Esta libre, creo, ¿no? ¿Está solo? -preguntó el sacerdote, situándose un poco delante de su amigo, como para mantenerle en segundo término.
-Sí -contestó Limasson.

Escuchaba con atención, aunque sólo con una parte de su mente. Percibió el halago de la invitación. Sin embargo, era como si ese halago estuviese dirigido a otro. Se sentía indiferente, muerto. Necesitaban su habilidad corporal, su cerebro experimentado; y eran su cuerpo y su mente los que hablaban con ellos, y los que finalmente accedieron. Eran muchas las expediciones que se habían planeado de esa forma, pero esa noche notó cierta diferencia. Mente y el cuerpo sellaron el acuerdo; en cambio su alma, que escuchaba y obserbava desde otra parte, guardaba silencio: al igual que sus dioses rechazados, le había dejado, aunque permanecía cerca. No intervenía; no le advertía; incluso aprobaba; le susurraba desde lejos que esta expedición encubría otra. Limasson estaba perplejo ante el desacuerdo entre la parte superior y la parte inferior de su mente.

-A la una de la madrugada, entonces, si le parece bien. -concluyó el de más edad.
-Yo me ocuparé de las provisiones -exclamó el más joven con entusiasmo-; y llevaré mi cámara fotográfica para la cima. Los porteadores pueden llegar hasta la Gran Torre. Una vez allí, estaremos ya a seis mil pies; de manera que... -y su voz se apagó a lo lejos, mientras se lo llevaba su compañero.

Limasson le vio marcharse con alivio. De no haber sido por el otro, habría rechazado la invitación. En el fondo, le era indifierente. Lo que le había decidido finalmente a aceptar fue la coincidencia de ser la Tour du Néant el pico que precisamente pensaba atacar solo, y la extraña impresión de que esta expedición encubría otra; casi, de que esos hombres ocultaban un motivo. Pero desechó tal idea; no valía la pena pensar en ello. Un momento después se fue a dormir él también. Tan sin cuidado le tenían los asuntos del mundo, tan muerto se sentía para los intereses terrenales, que rompió las otras cartas y las arrojó a un rincón de la estancia, sin leer.

II.
Una vez en su frío dormitorio, supo que su mente le había dejado cometer una tontería, se había metido como un colegial en una situación poco prudente. Se había enrolado en una expedición con dos desconocidos, expedición para la que normalmente habría escogido a sus compañeros con el mayor cuidado. Más aún, iba a ser el guía; habían recurrido a él por seguridad, mientras que los que disponían y planeaban eran ellos. Pero ¿quiénes eran estos hombres con los que iba a correr graves riesgos físicos? Los conocía tan poco como ellos a él. ¿Y de dónde le venía, se preguntó, la extraña idea de que en realidad esta ascensión había sido planeada por alguien que no era ninguno de ellos?

Tal fue la idea que le cruzó por la mente: y tras salirle por una puerta, le volvió rápidamente por otra. Sin embargo, no la tuvo en cuenta más que para notar su paso entre la confusión que en ese momento era su pensamiento. Parecía que se había generado espontáneamente. Había surgido con toda facilidad, naturalidad y rapidez. No ahondó más en la cuestión. Le daba igual. Y, por primera vez, prescindió del pequeño ritual, mitad adoración mitad plegaria, que siempre ofrecía a sus deidades al retirarse a descansar. No los reconoció.

¡Cuán absolutamente rota estaba su vida! ¡Qué vacía y terrible y solitaria! Sintió frío, y se echó los abrigos encima de la cama, como si su aislamiento mental tuviese un efecto físico también. Apagó la luz, cuando le llegó un rumor que procedía debajo de su ventana. Eran voces. El rugido de una cascada las volvía confusas; sin embargo, estaba seguro de que eran voces; y reconoció una de ellas, además. Se detuvo a escuchar. Oyó pronunciar su propio nombre: John Limasson. Cesaron. Permaneció un momento de pie, temblando sobre el entariamado, y luego se metió bajo las pesadas ropas. Pero en el mismo instante de arrebujarse, empezaron otra vez. Se levantó y corrió a escuchar. El poco viento que soplaba pasó en ese momento valle abajo, arrastrando el rugido de la cascada; y en ese momento de silecio le llegaron fragmentos claros de frases:

-¿Y dice que han bajado al mundo, y que están cerca? -era la voz del sacerdote, sin duda alguna.
-Llevan días pasando -fue la respuesta: una voz áspera, profunda que podía ser de un campesino, en un tono como de temor-; todos mis rebaños andan desperdigados.
-¿Está seguro de los signos? ¿Los conoce?
-El tumulto -fue la respuesta, en tono mucho más bajo-. Ha habido tumulto en las montañas...

Hubo una interrupción, como si hubiesen bajado la voz para que no les oyesen. A continuación le llegaron dos fragmentos inconexos, el final de una pregunta y el principio de una respuesta.

-¿... la oportunidad de toda una vida?
-Si va por su propia voluntad, el éxito es seguro. Porque la aceptación es... -y al volver el viento, trajo consigo el fragor de la cascada, de manera que Limasson no oyó nada más.

Una emoción indefinible se agitó en su interior. Se tapó las orejas para no oír. Sintió un inexplicable desfallecimiento de corazón. ¿De qué diablos estaban hablando? ¿Qué significaban esas frases? Tras ellas había un grave, casi solemne siginificado. Ese tumulto en las montañas era de algún modo siniestro; de tremenda, pavorosa sugerencia. Se sintió inquieto, desasosegado; era la primera emoción que se agitaba en él desde hacía días. Su débil despertar le disipó el embotamiento. Había conciencia en ella; aunque era algo mucho más profundo que la conciencia. Las palabras se hundieron en algún lugar oculto, en una región que la vida aún no había sondeado, y vibraron como notas de pedal. Se perdieron retumbando en la noche de las cosas indescifrables. Y, aunque no encontraba explicación, presintió que teínan que ver con la expedición de la mañana: no sabía cómo ni por qué; habían pronunciado su nombre; luego esas frases extrañas. En cuanto a la expedición, ¿qué era sino algo de carácter impersonal que ni siquiera había planeado él? Tan sólo su plan adoptado y alterado por otros ¿cedido a otros? Su situación, su vida personal, no tomaban parte en él. La idea le sobresaltó un momento. ¡Carecía de vida personal...!

Luchando con el sueño, su cerebro jugaba al juego interminable del abatimiento, mientras que la otra parte observaba y sonreía, porque sabía. Luego le invadió una gran paz. Era debida al agotamiento, quizá. Se durmió; y un momento después, al parecer, tuvo conciencia de un trueno en la puerta y de una voz que gruñó con rudeza: 's ist bald en Uhr, Herr! Aufstehen!

Levantarse a esa hora, a menos que se tenga muchas ganas, es una empresa sórdida y deprimente; Limasson se vistió sin entusiasmo, consciente de que el pensamiento y el sentimiento estaban exactamente como los había dejado al acostarse. Seguía con la misma confusión y perplejidad; también con la misma emoción solemne y profunda, removida por las voces susurrantes. Sólo un hábito largamente practicado le permitió atender a los detalles, asegurándose de que no olvidaba nada. Se sentía pesado, oprimido. Llevó a cabo la rutina de los preparativos gravemente, sin el menor atisbo de gozo; todo era maquinal. Sin embargo, sentía discurrir, a través de él, la vieja sensación del ritual, debido a la práctica de tantos años; de esa purificación de la mente y el cuerpo para una gran Ascensión: como los ritos iniciáticos que en otro tiempo habían sido para él tan importantes como para el sacerdote que se acercaba a adorar a su deidad en los templos antiguos. Ejecutó la ceremonia con el mismo cuidado que si observase un espectro de su desvanecida fe, haciéndole señas desde el aire. Ordenaba cuidadosamente su mochila, apagó la luz y bajó la crujiente escalera de madera en calcetines, no fuese que sus pesadas botas despertasen a los durmientes. Y aún le resonaba en la cabeza la frase con la que se había dormido, como si la acabaran de pronunciar:

Los signos son seguros; han estado pasando durante días... se han acercado al mundo. Los rebaños andan desperdigados, ha habido tumulto... tumulto en las montañas...

Había olvidado los demas fragmentos. Pero ¿quiénes eran "ellos"? ¿Y por qué la palabra le helaba la sangre? Y a la vez que resonaban las palabras en su interior, Limasson sentía también el tumulto en sus pensamientos y sentimientos. Había tumulto en su vida, y se habían desperdigados todas sus alegrías. Los signos eran seguros. Algo descendió sobre su pequeño mundo, pasó, lo rozó.

Sintió un aletazo de terror.

Fuera, en la oscuridad de la madrugada, le esperaban los desconocidos. Pareció más bien, que llegaban a la vez que él, con igual puntualidad. El reloj del campanario de la iglesia dio la una. Intercambiaron saludos en voz baja, comentaron que el tiempo prometía mantenerse bueno, y echaron a andar en fila por los prados empapados, hacia el primer cinturón del bosque. El porteador, un campesino de rostro desconocido y sin relación alguna con el hotel, abría la marcha con un farol. El aire era maravillosamente dulce y fragante. Arriba, en el cielo, las estrellas brillaban a miles. Sólo el rumor del agua que caía de las alturas y el ruido regular de sus botas pesadas quebraban el silencio. Y recortándose contra el cielo, se alzaba la enome pirámide de la Tour du Néant que prentendían conquistar.

Quizá la parte más deliciosa de una gran ascención es el principio, en la perfumada oscuridad, mentras se halla lejos aún la emoción de la posible conquista. Las horas se alargan extrañamente; la puesta del sol de la víspera parece haber tenido lugar hace días; el amanecer y la luz parecen cosa de otra semana, parte de un oscuro futuro. Es difícil comprender que este frío penetrante previo al amanecer, y el inminente calor llameante, pertencen al mismo hoy.

No sonaba ningún rumor mientras subían por el sendero, a través de los primeros mil quienientos pies de bosque de pino; ninguno hablaba; todo lo que se oia era el golpeteo metálico de los clavos y los picos contra las piedras. Porque el fragor del agua, más que oírse, se sentía: golpeaba contra los oídos y la piel de todo el cuerpo a la vez. Las notas más profundas sonaban ahora debajo de ellos, en el valle dormido; y las más estridentes arriba, donde tintineaban con fuerza los ríos recién nacidos de las pesadas capas de nieve.

El cambio llegó delicadamente. Las estrellas se volvieron menos brillantes, adquirieron una suaviad como de los ojos humanos en el instante de decir adiós. El cielo se hizo visible entre las ramas más altas. Un aire suspirante alisó todas sus crestas en la misma dirección; el musgo, la tierra y los espacios abiertos difundieron perfumes intensos; y la minúscula procesión humana, dejando atrás el bosque, salió a la inmensidad del mundo que se extendía por encima de la líenea de árboles. Se detuvieron, mientras el porteador se inclinaba a apagar el farol. Había color en el cielo de oriente. Se juntaron más los picos y los barrancos.

¿Era el Amanecer? Limasson apartó los ojos de la altura del cielo donde las cumbres abrían paso al día inminente, y miró los rostros de sus compañeros, pálidos, macilentos en esta media luz. ¡Qué pequeños, qué insignificantes parecían, en medio de este hambriento vacío de desolación! Los formidables crestones huían hacia atrás, guíados por tercos picos coronados de nieves perpetuas. Delgadas líneas de nubes, extendidas a medio camino entre lomo y precipicio, parecían el trazo del movimiento; como si viese la tierra girando mientras cruza el espacio. Los cuatro, tímidos jinetes sobre gigantesca montura, se aferraban con toda el alma a sus titánicas costillas, mientras subían hacia ellos, de todos lados, las corrientes de alguna vida majestuosa. Limasson llenaba los pulmones de bocanadas de aire enrarecido. Era muy frío. Eludiendo los pálidos, insignificantes rostros de sus compañeros, fingió interés por lo que decía el porteador: miraba fijamente al suelo.

Pareció que transcurrían veinte minutos, hasta que apagó la llama, y ató el farol a la parte de atrás del bulto. Este amanecer era distinto a cuantos había visto. Porque en realidad, Limasson iba todo el tiempo tratando de ordenar las ideas y sentimientos que le habían dominado durante la lenta ascención, y la empresa no parecía tener mucho éxito. Su impresión era que el Plan, trazado por otros, se había hecho cargo de él; y que había dejado sueltas las riendas de su voluntad y sus intereses personales sobre su marcha firme. Se había abandonado a lo que viniese. Sabedor de que era el guía de la expedición, dejaba sin embargo que fuese delante el porteador, pasando él a ocupar su puesto, detrás del más joven y delante del sacerdote. En este orden habían marchado, como sólo marchan los escaladores expertos, durante horas, sin descansar, hasta que, en mitad del ascenso, se había operado un cambio. Lo había deseado él, e instantáneamente se había producido.

Pasó delante el sacerdote, en tanto su compañero, que andaba tropezando constantemente -el más viejo caminaba firme, seguro de sí mismo-, se situó a la zaga. Y desde ese momento, Limasson fue más tranquilo; como si el orden de los tres tuviese alguna importancia. Se hizo menos ardua la empinada ascención, de asfixiante oscuridad, a través del bosque. Limasson se alegró de llevar detrás al más joven.


Se había reforzado su impresión de que la ascención formaba parte de alguna importante Ceremonia; idea que, de manera casi solapada, se había instalado. Sus propios movimientos y los de sus compañeros, especialmente la posición que ocupaba cada uno respecto del otro, establecían una especie de intimidad que asemejaba a la conversación, surgiendo incluso la pregunta y la respuesta. Y su desarrollo entero, aunque representó horas en su reloj, le pareció más de una vez que había sido en realidad más breve que el paso de un pensamiento. Pensó en un cuadro multicolor pintado sobre una banda elástica. Alguien estiraba la banda, y el cuadro se dilataba. O la aflojaba, y el cuadro se encogía rápidamente, reproduciéndose a una mota estacionaria. Todo sucedió en una simple mota de tiempo.
Y el pequeño cambio de posición, aparentemente trivial, dio lugar a que esta impresión singular actuase, y concibiese en el estrato inferior de su mente que esta ascensión era una ceremonia, como en tiempos antiguos, cuyo significado, sin embargo, se acercaba a la revelación. Sin lenguaje, esto fue lo que comprendió; ninguna palabra habría podido transmitirlo. Comprendió que los tres formaban una unidad, aunque reconocían en cierto modo que él era el principal, el guía. El jadeante porteador no tenía sitio allí, porque esta primera etapa en medio de la oscuridad
era sólo un preámbulo; y cuando comenzara la verdadera ascensión, desaparecería, y el propio Limasson pasaría a ser el primero. Esta idea de que todos participaban en una Ceremonia se hizo firme en él, con el asombro adicional de que, aunque se le había ocurrido muchas veces, ahora lo hizo con plena comprensión.

Vacío de todo deseo, indiferente a una ascensión que en otro tiempo habría hecho vibrar su corazón, comprendió que subir había sido siempre un rito para su alma, y que de su puntual cumplimiento le vendría poder. Era una ascención simbólica. No dilucidaba todo eso con palabras. Lo intuía, sin rechazarlo ni aceptarlo. Le llegaba suave, solemnemente. Penetraba flotando en él mientras subía, aunque de manera tan convincente que comprendía que había debido de cambiar su posición relativa. El más joven iba en un puesto demasiado destacado. Luego, tras el cambio misteriosamente efectuado -como si todos reconociesen su necesidad-, aumentó esta corriente de certidumbre, y se le ocurrió la grande, la extraña idea de que toda la vida es una Ceremonia a escala gigantesca, y que ejecutando los gestos con puntualidad, con exactitud, podría alcanzarse el conocimiento. A partir de ese instante, adoptó una gran seriedad.

Esto discurría con toda certeza en su mente. Aunque su pensamiento no adoptaba la forma de pequeñas frases, su cerebro proporcionaba mensajes detallados que confirmaban esta asombrosa lucubración con el símil e incidente que la vida diaria podía aprehender: que el conocimiento emana de la acción; que hacer una cosa incita a enseñarla y a explicarla. La acción, además, es simbólica; un grupo de hombres, una familia, una nación entera empeñando en esos movimientos diarios que son la realización de su destino, ejecuta una Ceremonia que está en relación directa con la pausa de los acontecimientos más grandes que son doctrina de los Dioses. Que el cuerpo imite, reproduzca -en un dormitorio, en el bosque, donde sea- el movimiento de los astros, y el significado de estos astros penetrará en el corazón.

Los movimientos constituyen una escritua, un lenguaje. Imitar los gestos de un desconocido es comprender su estado de ánimo, su punto de vista, establecer una grave y solemne intimidad. Los templos están en todas partes, porque la tierra entera es un templo; y el cuerpo, Casa de Realeza, es el más grande de todos. Comprobar la pauta que trazan sus movimientos en la vida diaria podía equivalera determminar la relación de esa ceremonia particular con el Cosmos, y así adquirir poder. El sistema entero de Pitágoras, comprendió, podía ser enseñando mediante movimientos, sin una sola palabra; y en la vida diaria, incluso el acto más corriente y el movimiento más vulgar forman parte de alguna gran Ceremonia: un mensaje de los dioses. La Ceremonia, en una palabra, es lenguaje tridimensional, y consiguientemente, la acción es el lenguaje de los dioses. Los Dioses que él había negado le estaban hablando, pasaban en tumulto por su vida asolada. ¡Y era su paso lo que efectivamente causaba esa desolación!

De esta forma críptica le llegó la gran verdad: que él y esos dos, aquí y ahora, participaban en una gran Ceremonia cuyo objetivo último ignoraba. Fue tremendo el impacto con que cayó sobre él esta verdad. Se dio cuenta plenamente al salir de la negrura del bosque y entrar en la extensión de luz temprana y temblorosa; hasta este momento, su mente se había estado preparando tan sólo; en cambio ahora sabía. El innato deseo de rendir culto que había tenido toda su vida, la fuerza que su temperamento religioso había adquirido durante cuarenta años, el anhelo de tener una prueba, en una palabra, de que los Dioses que en otro tiempo había reconocido existían efectivamente, le volvió con esa violenta reacción que el rechazo había generado. Se tambaleó, de pie, donde se hallaba detenido.

Luego, al mirar a su alrededor, mientras los otros redistribuían los bultos que el porteador dejaba para regresar, reparó en la asombrosa belleza del momento, sintiendo que penetraba en él. Desde todas partes, esta belleza se precipitaba sobre él. Una sensación maravillosa, radiante, alada, cruzó por encima, en el aire silencioso. Un estremecimiento sacudió todos sus nervios. Se le erizó el cabello. No le era en absoluto desconocido este espectáculo del mundo de las montañas despertando del sueño de la noche estival; pero jamás se había encontrado así, temblando ante su exquisito y frío esplendor, no había comprendido su significado como ahora, tan misteriosamente detro de él. Un poder trascendente dotado de sublimidad cruzó esta meseta alta y desolada, muchísimo más majestuoso que la mera salida del sol entre los montes que tantas veces había presenciado. Había Movimiento. Comprendió por qué había visto inisgnificantes a sus compañeros. Otra vez se estremeció, y miró a su alrededor, afectado por una solemnidad que contenía un profundo pavor.

Había naufragado, se había hundido la vida personal; pero algo más grande seguía en marcha. Se había fortalecido su frágl alianza con un mundo espiritual. Comprendió su pasada insolencia. Sintió miedo.

III.
La meseta sembrada de piedras enormes se extendía millas y millas, gris en el crepúsculo del alba. Detrás de él descendía el espeso bosque de pinos hacia el valle dormido que aún retenía la oscuridad de la noche. Aquí y allá había manchas de nieve que brillaban débilmente a través de la bruma; entre las piedras saltaban multitud de riachuelos de agua helada empapando una yerba rústica que era el único signo de vegetación. No se veía ninguna clase de vida; nada se agitaba, ni había movimiento en ninguna parte, salvo la niebla callada, y su propio aliento. Sin embargo, en medio de la portentosa quietud, había movimiento: esa sensación de movimiento absoluto da como resultado la quietud, tan inmenso, de hecho, que sólo la inmovilidad era capaz de expresarlo. Así, puede hacerse más real la carrera de la Tierra a través del epacio en el día más tranquilo del verano que cuando la tempestad sacude los árboles y las aguas de su superficie; o gira la gran maquinaria a tan vertiginosa velocidad que parece quieta a la engañada función del ojo. Porque no es por medio del ojo como este solemne Movimiento se da a conocer, sino más bien merced a una sensación global percibida con el cuerpo entero como un órgano perceptor. Dentro del anfiteatro de enormes picos y precipicios que cercaban la mesea y se apiñaban en el horizonte, Limasson percibió la silueta tendida de una Ceremonia. Los latidos de su grandeza llegaban incontenibles hasta dentro de él. Su vasto designio era conocible porque ellos habían trazado su réplica terrena en pequeño. Y el pavor aumentó en su interior.

-Esta claridad es falsa. Todavía falta una hora para que amanezca de verdad -oyó que decía el más joven alegremente-. Las cimas aún son fantasmales. Disfrutemos de esta sensación y aprovechémosla.

Y Limasson, volviendo de pronto de su ensoñación, vio que las cumbres y torres se hallaban efectivamente sumidas en su espesa sombra, débilmente iluminadas aún por las estrellas. Le pareció quie inclinaban sus cabezas tremendas y bajaban sus hombros gigantescos. Que se juntaban, dejando fuera el mundo.

-Es verdad -dijo su compañero-; y la nieves de arriba aún tienen el brillo espectral de la noche. Pero sigamos deprisa, ya que llevamos poco peso. Las sensaciones que sugieres nos entretendrán y nos debilitarán.

Tendió una parte de los bultos a sus compañero y a Limasson. Lentamente, siguieron adelante, y les cercaron las montañas. Entonces Limasson notó dos cosas, al cargar con el bulto más pesado y abrir la marcha: en primer lugar, comprendió de repente qué destino llevaban, aunque aún se le ocultaba el propósito; y segundo, que el haberse marchado el porteador antes de que comenzase la ascensión propiamente dicha significaba en realidad que el verdadero objetivo no era la ascensión en sí. Y también, que el amancer consisitía más en la disipación de los velos de su mente que en la iluminación del mundo visible debida a la proximidad del sol. Una espesa oscuridad envolvía este enorme y solitario anfiteatreo por el que avanzaban.

-Veo que nos guía bien -dijo el sacerdote, unos pies detrás de él, caminado con decisión entre las rocas y los arroyos.
-Pues es extraño -replicó Limasson en tono bajo-; porque el camino es nuevo para mí, y la oscuridad, en vez de disminuir, es cada vez mayor. -le pareció que no elegía él las palabras. Hablaba y caminaba como en sueños.

Más atrás, el más joven les gritó en tono quejoso:

-Van ustedes demasiado deprisa, no puedo mantener esa marcha -y volvió a tropezar, y se le cayó el pico entre las rocas. Parecía que se agachaba continuamente a beber el agua helada, o apartarse a gatas del sendero para comprobar la calidad y espesor de los rodales de nieve-. Se están perdiendo todo el encanto. -gritaba repetidamente- Hay mil placeres y sensaciones en el camino.

Se detuvieron un momento a esperarle; llegó cansado y jadeante, haciendo comentarios sobre las estrellas desvanecientes, el viento sobre las cimas, las nuevas rutas que deseaba explorar, sobre todas las cosas, al parecer, salvo sobre el asunto entre manos. Se le notaba una cierta ansiedad, esa especie de excitación que agota toda energía y consume toda la fuerza de los nervios, augurando un probable derrumbamiento antes de ser alcanzado el arduo objetivo.

-Sigue atento a la marcha -replicó severamente el sacerdote-. En realidad, no vamos deprisa; eres tú, que te vas distrayendo sin motivo. Lo cual nos cansa a todos. Debemos ahorrar energías.
-Estamos aquí para divertirnos: la vida es placer, sensaciones, o no es nada -gruñó su compañero; pero había una gravedad en el tono del de más edad que disuadía de discutir y hacía difícil oponerse. El otro se acomodó su carga por décima vez, sujetando el pico con un ingenioso sistema de correas y cuerda, y se alineó detrás de ellos. Limasson reanudó la marcha nuevamente, y empezó a clarear por fin. Muy arriba, al principio, brillaron las cumbres nevadas con un tinte menos espectral; una delicada coloración rosa se propagó suavemente desde oriente; hubo un enfriamiento del aire; luego, de pronto, el pico más alto, que se alzaba con unos mil pies de roca por encima del resto, surgió a la vista nítidamente, medio dorado, medio rosa. En ese mismo instante disminuyó el vasto Movimiento del escenario entero; hubo una o dos ráfagas terribles de viento, en rápida sucesión; un rugido como de avalancha de piedras retumbó a lo lejos. Limasson se detuvo en seco y contuvo el aliento.

Porque algo había obstruido el camino, algo que sabía que no podía sortear. Gigantesco e informe, parecía formar parte de la arquitectura del desolado escenario que le rodeaba, aunque se alzaba allí, enorme en el amanecer tembloroso, como si no perteneciese a la llanura ni a la montaña. Había surgido de repente donde un momento antes no había habido sino aire vacío. Su imponente silueta cobró visibilidad como si hubiese brotado del suelo. Limasson se quedó inmovil. Un frío que no era de este mundo le dejó petrificado. A unas yardas de él, el sacerote se había detenido también. Más atrás oyeron los pasos torpes del más joven y el débil acento de su voz; un tono inseguro, como del hombre que se siente anulado por un súbito terror.

-Nos hemos apartado del sendero, y no sé por dónde voy -sonaron sus palabras en el aire quieto-. He perdido el pico...¡pongámonos la cuerda...!¡Atención! ¿Han oído ese rugido? -luego oyeron un ruido como si gatease a tientas, avanzando despacio.
-Te has cansado demasiado pronto -contestó el sacerdote con severidad-. Quédate donde estás y descansa, porque no vamos a continuar. Éste es el sitio que buscábamos.

Había en su tono una especie de suprema solemnidad que por un momento desvió la atención de Limasson del gran obstáculo que le impedía el paso. La oscuridad iba levantando velo tras velo, no gradualmente, sino a saltos, como cuando alguien apaga una mecha con torpeza. Entonces se dio cuenta que no tenía delante sólo una Grandiosidad, sino que a todo su alrededor se alzaban otras parecidas, algunas mucho más altas que la primera, formando el círculo que le rodeaba. Con un sobresalto, se recobró. Volvieron el equilibrió y el sentido común. No era rara, a fin de cuentas, la broma que la vista le había gastado, ayudada por el aire enrarecido de las alturas y del hechizo del amanecer. El esfuerzo prolongado del ojo para distinguir el sendero en una luz incierta hace que se equivoque fácilmente en su apreciación de la perspectiva. Siempre sufre una ilusión al cambiar repetidamente de foco.

Estas sombras oscuras en círculo no eran sino baluartes de precipicios aún distantes cuyas murallas gigantescas enmarcaban el tremendo anfiteatro hasta el cielo. Su cercanía era mero efecto de la oscuridad y la distancia. El impacto de este descubrimiento le produjo una momentánea indecisión. Los peñascos, le pareció, retrocedieron instantáneamente a sus sitios de siempre; como si se hubiesen acercado; hubo un tambaleo en los riscos más altos; oscilaron terriblemente, luego se recortaron inmóviles contra un cielo vagamente carmesí. El fragor que Limasson oyó, que muy bien podía haber sido el tumulto de la carrera precipitada de todos ellos, no era en realidad sino el viento del amanecer que chocaba contra sus costados, arrancando ecos de alas irritadas. Y los flecos de bruma, rayando el aire como trazos de rápido movimiento, se enroscaban y flotaban en los espacios vacíos. Se volvió hacia el sacerdote que había llegado junto a él.

-Que extraño -dijo- este principio del nuevo día. Se me ha ofuscado la vista por un momento. Pensé que las montañas se alzaban justo en mitad de mi camino. Y al mirar ahora, me ha parecido que retrocedían a toda prisa.

El hombre le miró fijamente. Se había quitado el gorro, acalorado por la ascensión, y contestó, al tiempo que aleteaba una débil sombra en su semblante. Una levísima oscuridad se lo envolvió, fue como si se le formara una máscara. El rostro ahora velado había estado desnudo. Tardó tanto en contestar que Limasson oyó cómo su mente afilaba la frase como si fuese un lápiz. Habló muy despacio. -Se mueven, quizá, al moverse Sus poderes; y Sus minutos son nuestros años. Su paso es siempre tumulto. Entonces se produce desorden en los asuntos de los hombres, y confusión en sus espíritus. Puede que haya ruina y zozobra; pero del naufragio surgirá una cosecha fuerte y fresca. Pues como un mar, pasan Ellos.

Había en su semblante una grandeza que parecía sacada de las montañas; no hizo ademán ni gesto alguno; y en su actitud había una rara firmeza que transmitía, a través de sus palabras, una especie de sagrada profecía. Largas, atronadoras ráfagas de viento pasaron a lo lejos entre los precipicios. Y en el mismo instante, sin esperar al parecer una réplica a sus extrañas palabras, se inclinó y comenzó a deshacer su mochila. El cambio de lenguaje sacerdotal a este menester práctico y vulgar fue singularmente desconcertante.

-Es hora de descansar -añadió-, y hora de comer. Preparémosnos.

Sacó varios paquetes. Limasson sintió que aumentaba el temor mientras observaba; y con él, un gran asombro. Porque sus palabras parecían presagiosas; como si dijese, de pie en el enlosado de algún templo inmenso: ¡Preparemos un sacrificio! de las profundidades donde había estado oculta hasta ahora, le llegó la conciencia de una idea clave que explicaba todo el extraño proceder: el súbito encuentro con estos desconocidos, la impulsiva aceptación de su proyecto, la actitud grave de ambos como si se tratase de un Ceremonia, el engaño desconcertante de la vista y, finalmente, el lenguaje solemne del hombre que confirmaba lo que él había considerado al principio una ilusión. Todo esto cruzó por su cerebro en espacio de un segundo, y con ello, el intenso deseo de dar media vuelta, retroceder, echar a correr.

Al notar el movimiento, o adivinar quizá la emoción que lo produjo, el sacerdote alzó los ojos rápidamente. En su voz hubo tal frialdad que pareció como si hablara este escenario de glacial desolación.

-Demasiado tarde se te ocurre regresar. Ya no es posible. Ahora estás ante las puertas del nacimiento y de la muerte. Todo lo que podía ser estorbo, lo has arrojado a un lado valerosamente. Sé ahora valiente hasta el final.

Y mientras oía estas palabras, Limasson tuvo de repente una nueva y espantosa visión interior de la humanidad, un poder que descubría de manera infalible las necesidades espirituales de otros, y por tanto, de sí mismo. Con un sobresalto, se dio cuenta de que el más joven, que les había acompañado con creciente dificultad no era sino un estorbo que retardaba la marcha. Y volvió la mirada para reconocer el paisaje.

-No lo encontrarás -dijo su compañero- porque se ha ido. Nunca, a menos que le llames débilmente, le volverás a ver, ni siquiera oír su voz.

Limasson comprendió que, en el fondo, este hombre no le había gustado en ningún momento por su teatral afición a lo sensacional y lo efectista; más aún, que incluso lo detestaba y depreciaba. Podía haberle visto caer, y consumirse de hambre, y no habría movido un solo dedo para salvarle. Y ahora era con este hombre maduro con quien tenía que resolver un asunto espantoso.

-Me alegro -replicó-; porque al final debe de haber confirmado mi muerte. ¡Nuestra muerte!

Y se acercaron al pequeño círculo de alimento que el sacerdote había dispuesto sobre el suelo rocoso, unidos por un íntimo entendimiento que colmaba la perplejidad de Limasson. Vio que había pan, y que había sal; también había un pequeño frasco de vino. En el centro del círculo había un fuego minúsculo hecho con ramitas que el sacerdote había recogido. El humo se elevaba en forma de delgada hebra azul. No revelaba siquiera un temblor, tan profunda era aquí la quietud del aire de la montaña; pero a lo lejos, entre los precipicios, corría el fragor de las cascadas, y detrás, el rugido apagado como de picos y campos de nieve barridos por un tronar continuo que rodaba en el cielo.

-Están pasando -dijo el sacerdote en voz baja-, y saben que estás aquí. Ahora tienes la ocasión de tu vida; porque, si aceptas por propia voluntad, el éxito es seguro. Te encuentras ante las puertas del nacimiento y de la muerte. Ellos te ofrecen la vida.
-¡Sin embargo los negué! -mumuró para sí.
-Negar es invocar: les has llamado, y han venido. Todo lo que te piden es el sacrificio de tu pequeña vida personal. Sé valiente... ¡y dásela!

Tomó el pan mientras hablaba, y, cortándolo en tres pedazos, colocó uno delante de Limasson, otro delante de sí mismo, y el tercero sobre la llama, que lo ennegreció al principio, y luego lo consumió.

-Cómelo, y comprende porque es el alimento que hará revivir tu vida.

A continuación hizo lo mismo con la sal. Luego, alzando el frasco de vino, se lo llevó a los labios, ofreciéndoselo después a su compañero. Tras haber bebido los dos, aún quedaba la mayor parte del contenido. Alzó el recipiente devotamente con ambas manos hacia el cielo. Se quedó estático.

-A Ellos ofrendo, en tu nombre, la sangre de tu vida. Por la renuncia que tú consideras la muerte, cruzarás las puertas del nacimiento a la vida de la libertad. Pues el último sacrificio que Ellos te piden es... éste.

E inclinándose ante las cumbres distantes, derramó el vino sobre el suelo rocoso.

El sacerdote permaneció en esta actitud de adoración y obediencia. Cesó el tumulto de las montañas. Un absoluto silencio descendió sobre el mundo. Parecía una pausa en la historia íntima del universo. Todo esperaba, hasta que volvió a levantarse. Y al hacerlo, se disipó la máscara que durante horas se había extendido sobre su semblante. Sus ojos miraron severamente a Limasson. Éste le miró a su vez, y le reconoció. Estaba ante el hombre que mejor conocía del mundo: él mismo.

Había acontecido la muerte. Había acontecido, también esa recuperación espléndida que es el nacimiento y la resurrección.

Y el sol, en ese instante, con la súbita sorpresa que sólo las montañas conocen, asomó nítido sobre las cumbres, bañando de luz inmaculada el paisaje y la figura de pie. En el vasto Templo donde se arrodilló, como en ese otro Tempo interior y más grande que es la verdadera Casa de Realeza de la humanidad, se derramó la Presencia culminante que es la Luz.

-Porque así, y sólo así, pasarás de la muerte a la vida. -cantó una voz melodiosa que ahora reconoció también, por primera vez, como inequívocamente suya.

Fue maravilloso. Pero el nacimiento de la luz es siempre maravilloso. Fue angustioso; pero el parto de la resurrección, desde el principio de los tiempos, ha estado acompañado por la dulzura del intenso dolor. Porque la mayoría se halla aún en estado prenatal, nonato, sin tener conciencia clara de una existencia espiritual. Andan a tientas, frocejeando en el seno materno, perpetuamente dependientes de otros. Negar es siempre una llamada a la vida, una protesta contra la perpetua tiniebla y en favor de la liberación. Sin embargo, el nacimiento es la ruina de todo aquello de lo que se ha dependido hasta entonces. Viene entonces ese estar solo que al principio parece un desolado aislamiento. El tumulto de la destrucción precede a la liberación.

Limasson se puso de pie, se enderezó con dificultad, miró a su alrededor, desde la figura ahora junto a él hasta la cumbre nevada de esa Tour du Néant que nunca escalaría. Volvió el rugido y trueno del paso de Ellos. Las montañas parecían tambalearse.

-Están pasando -susurró la voz junto a él, y dentro de él también-; pero te han conocido, y tu ofrenda ha sido aceptada. Cuando ellos se acercan al mundo, siempre hay naufragios y desastres en los asuntos humanos. Traen desorden y confusión a la mente del hombre; una confusión que parece final, un desorden que parece amenazar con la muerte. Porque hay tumulto en Su Presencia, y un caos que parece hundimiento de todo orden. Después, de esta inmensa ruina, surge la vida con un nuevo proyecto. Su entrada es la dislocación, el desarreglo su fuerza. Ha tenido lugar el nacimiento.

El sol le deslumbró. Aquel rugido distante, como un viento, pasó junto a él y le rozó la cara. Un aire helado, como de una estrella fugaz, suspiró sore él.

-¿Estás preparado? -oyó.

Volvió a arrodillarse. Sin un gesto de vacilación o renuencia, desnudó su pecho al sol y al viento. Un relámpago descendió veloz, instantáneo, y le llegó al corazón con infalible puntería. Vio el destello en el aire, sintió el ardiente impacto del golpe, incluso vio brotar el chorro y caer en el suelo rocoso, mucho más rojo que el vino.

Jadeó, se tambaleó, sintió vértigo, se desplomó; y un instante después tuvo conciencia de que le sujetaban unas manos, y le ayudaban a ponerse de pie. Pero estaba muy débil para sostenerse. Le llevaron a la cama. El conserje, y el hombre que le había abordado para pedirle fuego cinco minutos antes tratando de entablar conversación, estaban uno junto a sus pies y el otro junto a su cabeza. Al cruzar el vestíbulo del hotel, vio que la gente miraba; su mano estrujaba las cartas sin abrir que le habían entregado poco antes.

-En realidad, creo que... me las puedo arrelgar solo -dijo, dándoles las gracias-. Si me dejan, puedo andar. Me he mareado un momento.
-Es el calor del vestíbulo. -empezó a decir el caballero con voz sosegada, comprensiva.

Le dejaron de pie en la escalera, observándole un momento para ver si se había recobrado del todo. Limasson subió sin vacilar los dos tramos hasta su habitación. Se le había pasado el mareo momentáneo. Se sentía totalmente recobrado, fuerte, confiado, capaz de mantenerse de pie, capaz de andar, capaz de escalar".

 
Algernon Blackwood

jueves, 28 de mayo de 2015

"La Zarevna Muerta y los Siete Guerreros"

"El zar se despidió de la zarina, marchó de viaje y ella se sentó sola, junto a la ventana, para esperar su vuelta. Lo esperaba todo el día hasta que llegaba la noche, mirando siempre al camino. Cansáronse sus ojos de tanto mirar. Pero su esposo no volvía. Desencadenóse entonces una tempestad de nieve, y toda la tierra se cubrió de un blanco manto. Transcurrieron así muchos meses, durante los cuales la zarina no se apartó de la ventana ni dejó de mirar al camino.
Y la víspera de la fiesta de Navidad por la noche, Dios mandó una hijita a la zarina. Por la mañana del mismo día regresó finalmente de su largo viaje el tan esperado zar y padre. Miróle la zarina, suspiró y fue tanta la emoción que le causaba la alegría, que murió de pronto, en el momento en que empezaba la misa. Por mucho tiempo no logró consolarse el zar. Pero ¡qué hacer! Era un pecador como los demás mortales; por lo que, transcurrido un año, se casó con otra mujer. Hay que decir la verdad; su nueva esposa era joven, alta, esbelta, hermosa e inteligente, una zarina de verdad. Pero por desgracia era orgullosa, hipócrita, de un carácter insoportable y, sobre todo, celosa hasta lo increíble.

Recibió como regalo de boda un espejito que tenía una cualidad notable; el don de la palabra. Y la zarina, al poco tiempo, sólo con su espejo llegó a hablar confiadamente; sólo al hablar con él se sentía de buen humor. Y le decía bromeando:

—¡Oh, espejito precioso! Habíame, pero diciéndome toda la verdad: ¿Hay alguna mujer en el mundo que pueda rivalizar conmigo en belleza y cuyo cutis sonrosado pueda compararse al mío?
Y el espejo le contestaba:
—Claro que no. Sin duda eres tú, zarina, la más hermosa, y tu cutis es el más sonrosado que haya tenido jamás una mujer.

La zarina empezaba entonces a reír a carcajadas, a mover los hombros, a hacer contorsiones, a guiñar los ojos y a hacer chasquear los dedos. Y, poniéndose en jarras, se miraba satisfecha y orgullosa en el espejo. Mientras tanto, crecía y florecía la joven zarevna, y llegó por fin a ser una belleza de ojos negros, blanco cutis y carácter bondadoso. Y se encontró en seguida para ella un prometido, el príncipe Elisey. Llegó el ca samiento. Y el padre de la muchacha dio su consentimiento. La dote estaba preparada ya, y consistía en siete ciudades comerciales y ciento cuarenta palacios. La zarina, cuando se vestía para ir a celebrar el acontecimiento, se miró al espejo y habló así con él:

—Dime con franqueza la verdad: ¿Existe una mujer más hermosa que yo, más gentil y de cutis más sonrosado?
Y el espejo le contestó:
—Eres en verdad muy hermosa, pero todavía es más hermosa la zarevna.
La zarina, indignada, levantó la mano, dio un golpe al espejo, tirándolo al suelo, y lo pisoteó.
—¡Maldito pedazo de vidrio! Esto me lo dices para irritarme. ¿Cómo es posible que la zarevna sea más hermosa que yo? ¡Pues sabrá quien soy yo!... ¡Vaya una tonta! ¿No sabe acaso que si es tan blanca es porque su madre no apartaba la vista de la nieve?... En cuanto a ser más hermosa que yo... no lo veo. ¡No, no! ¡Debes reconocer, espejo, que ni en nuestro reino ni en el mundo entero hay mujer más hermosa que yo! ¿Es así o no?

Pero el espejo insistió:
—¡Pienses lo que pienses, la zarevna es la mujer más gentil y la más hermosa del mundo!

Sin saber qué hacer, la zarina, rabiando de celos, tiró el espejo debajo de un banco, llamó a su sirvienta Cherniavka y le ordenó, como criada suya que era, llevar a la zarevna al interior de un bosque, atarla a un pino y dejarla allí para que la devorasen los lobos. ¡Con una mujer iracunda nada podría ni el propio diablo! ¡No hay manera de discutir con ella! Así pues, Cherniavka tuvo que llevarse a la zarevna al bosque, y la condujo tan lejos que la jovencita se dio cuenta de ello, se asustó y empezó a suplicar a la sirvienta:

—Dime querida, ¿qué he hecho yo? ¡No seas la causante de mi perdición! Cuando sea zarina no te olvidaré y te recompensaré con esplendidez.
La criada, que la quería mucho, no la mató ni la ató al árbol, y la dejó marchar diciéndole:
—¡No te preocupes y anda con Dios!
Y regresó pausadamente a casa.
—¿Qué? ¿Lo has hecho? —le preguntó la zarina—. ¿Dónde has dejado a nuestra hermosa zarevna?
—La he dejado en el bosque; y allí deberá de estar ahora, sola y atada al árbol... ¡Ojalá caiga pronto en las garras de cualquier animal salvaje! De este modo moriría y no sufriría tanto.

Pronto se enteraron todos de la desaparición de la hija del zar. El desdichado padre se puso muy triste, y el príncipe Elisey, después de haber rogado fervorosamente a Dios que le ayudara, se preparó para viajar en busca de su tan joven y hermosa prometida. Pero la zarevna, al quedarse sola, se adentró más y más en el bosque, hasta que dio con un palacio. Había un perro, que cuando la vio acercarse empezó a ladrar; pero no tardó en recibirla meneando la cola y acariciándola. La zarevna subió la escalinata y soltó la aldaba de las grandes puertas. Se abrieron éstas silenciosamente y la doncella entró en una soleada estancia. A lo largo de las paredes se veían varios bancos cubiertos de ricos tapices, debajo de los iconos había una gran mesa de roble y en un rincón una estufa de azulejos. La muchacha comprendió en seguida que vivía allí gente buena y que no le harían ningún daño.

Pero parecía no haber nadie en la casa. La zarevna la examinó de arriba abajo, lo puso todo en orden y encendió un cirio ante la imagen del Señor. Encendió también la estufa, subió a la cama y se acostó tranquilamente.

Acercábase la hora de comer, cuando se oyeron pisadas de caballos en el patio, y no tardaron en entrar siete guerreros, mancebos todos, que lucían grandes bigotes. El mayor de ellos dijo:

—¡Qué raro es esto! ¿Cómo es que todo está limpio y ordenado? Alguien debe haberlo puesto en orden, mientras esperaba la llegada de los dueños... ¡Eh! ¿Quién hay aquí? ¡Ven acá! Sal y preséntate sin temor ante nosotros; si eres anciano, serás nuestro superior; si una anciana, nuestra madre serás y madre te llamaremos; y si eres una doncella hermosa, serás para nosotros una hermana.

Bajó entonces la zarevna del lecho y compareció ante ellos saludándolos con respeto; y, ruborizándose, les pidió perdón con mil excusas por haber entrado sin ser invitada. Los demás adivinaron en seguida, por su modo de hablar, que era una zarevna. La invitaron a sentarse en un rincón y le ofrecieron un pastel y una copa de vino, todo en una bandeja. La doncella se negó a beber el vino, pero tomó un bocado del pastel; y, excusándose por estar muy cansada a causa del viaje, expresó su deseo de dormir. Los guerreros la condujeron al piso superior y le señalaron una habitación soleada, tras lo cual la dejaron sola, pues estaba quedándose dormida.

Corrían los días uno tras otro, y la joven zarevna seguía en el bosque, en casa de los siete guerreros, entre los cuales pasaba el tiempo sin aburrirse. Todos los días, al rayar el alba, los siete hermanos salían al campo, tanto para cazar patos como —si se presentaba la ocasión— para soltar la mano derribando del caballo a un forajido, para cortar la cabeza a un tártaro de anchos hombros o para matar a algún cherqués caucasiano que se hubiese escondido en el bosque. La muchacha, corno ama de casa que era, quedábase sola allí arreglando las cosas y preparando la mesa. Y así iban viviendo; ella nos les contradecía, ellos no la molestaban y los días se sucedían uno tras otro.

Los hermanos empezaron a querer mucho a la doncella. Así es que cierto día, al salir el sol, comparecieron los siete en su habitación, y el mayor de ellos habló así:

—¡Oh, doncella! Muy bien sabes que todos nosotros te consideramos una hermanita... Pero todos nos hemos enamorado de ti... Cualquiera de nosotros se sentiría dichoso si pudiera casarse contigo... Pero como que esto no es posible, te rogamos, por el amor de Dios, que decidas por ti misma este asunto; y así la paz continuará reinando entre nosotros. Escoge, pues, a quien desees por marido, que para los demás seguirás siendo una hermana querida... ¿Qué haces? ¿Por qué mueves negativamente la cabeza? ¿Es que no te gusta la proposición, o quizá te parecemos poco para ti?
—¡Honrados mancebos y hermanos queridos! —les contestó la zarevna-. ¡Que Dios me castigue matándome en el acto si no os digo la verdad! ¿Qué puedo hacer si ya estoy prometida? A todos vosotros os quiero mucho; todos sois jóvenes valerosos e inteligentes... pero estoy prometida para siempre a otro... que es el príncipe Elisey.

Los hermanos permanecieron silenciosos y se rascaron la cabeza.

—Preguntar no es pecado. ¡Perdónanos, pues! —dijo el mayor saludándola—. Y si es así, no se hable ya más de ello.
—No me enfado —dijo ella quedamente—. Tampoco yo tengo la culpa de contestaros de este modo.

Los pretendientes volvieron a saludarla y se despidieron. Y continuaron viviendo como antes. Mientras tanto la zarina —malísima mujer— seguía acordándose de la zarevna sin poder perdonarla. Hacía mucho tiempo que estaba enojada contra su espejo; pero un buen día se acordó de él y, al encontrarlo, volvió a contemplarse olvidándose de su enfado. Y dijo sonriendo:

—Buenos días, espejito. Bien. ¿Qué me dirás ahora? ¿Soy o no soy la mujer más hermosa del mundo?
Y el espejo le contestó:
—Eres, sin duda, muy hermosa; pero existe otra mujer, que vive, sin que nadie lo sepa, en casa de los siete guerreros y en el interior de un verde bosque; y aquella mujer es más gentil y hermosa que tú.

Al oír esto la zarina llamó a Cherniavka y prorrumpió en denuestos, gritando:
—¿Cómo te has atrevido a desobedecerme? ¿Por qué me engañaste?
La sirvienta se lo confesó todo, explicándole como había ocurrido. Entonces la zarina, amenazándola con un palo, juró hacer desaparecer a la zarevna, so pena de morir ella misma.

Estaba una vez la joven zarevna hilando sentada junto a la ventana, mientras aguardaba el regreso de los siete hermanos guerreros. Oye de pronto ladrar al perro en la puerta. La muchacha mira y ve que por el patio pasea una mendiga, que intenta alejar al animal con su largo bastón.

—¡Espera, abuelita! —le grita la zarevna desde la ventana—. ¡Espera! Yo misma alejaré al perro y, de paso, te daré algo. Y la mendiga le contesta: —¡Oh, guapa mía, hijita querida! Este maldito perro ha estado a punto de morderme. ¡Mira, mira que furioso se pone! ¡Date prisa en bajar!

La zarevna cogió un trozo de pan y quiso bajar al patio, pero el perro volvió a ladrar echándose a sus pies, impidiéndole acercarse a la vieja y al propio tiempo amenazando a ésta, con el aspecto amenazador de una fiera del bosque.

—¡Qué raro es esto! —exclamó la muchacha—. Probablemente el perro no debe de haber dormido bien y por eso está de mal humor. ¡Toma, pues, abuelita!
Vuela el pan y la vieja lo coge.
—¡Te lo agradezco! —dice—. ¡Que Dios te lo pague! ¡Y tú toma esta manzana, que es madura y sabrosa!

Y vuela hasta la muchacha una manzana de oro. Al ver esto, el perro se enfurece aún más. Ladra, aúlla y salta. Pero la zarevna tiene ya la manzana en sus manos.

—¡Cómetela y así no te aburrirás tanto, hijita mía! ¡Y gracias por el pan! —dijo la vieja.
Saludóla y desapareció.

La muchacha volvió a la casa subiendo la escalinata. El perro la sigue y fija inquietamente la mirada en sus ojos, como queriendo decirle: "tírala". La zarevna procura calmarlo y lo acaricia con su mano suave.

—¿Qué tienes, Sokolka? ¡Quieto! ¡Tranquilízate!

Sube a su habitación, cierra la puerta y se sienta junto a la ventana para hilar, aguardando a los hermanos, pero sin perder de vista la manzana. Le parece que ha de ser muy buena. ¡Es madura, jugosa, fresca, aromática, sonrosada y como llena de miel! Es tan transparente que se le ven las semillas. Aunque su intención es comérsela después de la cena, no puede resistir más. La coge, se la lleva a los labios, la muerde y hasta se come un pedacito... De pronto se tambalea, deja caer sus blancas manos; apenas respira; y, soltando la manzana, cierra los ojos, se tumba en el banco debajo de los iconos y queda inmóvil. Regresaron en aquel momento los hermanos de una de sus audaces hazañas. El perro salió a su encuentro, ladrando fuertemente, y les señaló el camino del patio.

—¡Esto es de mal augurio! —dijeron los hermanos—. ¡Por lo visto nos espera una mala noticia!

Se apresuraron a entrar. Entran, y ¿qué ven? Al meterse el perro en la habitación de la zarevna se abalanzó sobre la manzana, la cogió con rabia, la mordió y se la tragó. Pero acto seguido de habérsela tragado cayó muerto. La manzana estaba, sin duda alguna, envenenada. Al ver muerta a la zarevna, los hermanos, sumidos en la más profunda tristeza, permanecieron ante ella con la cabeza caída sobre el pecho. Se levantaron luego murmurando plegarias, la vistieron y se prepararon para enterrarla. Pero no llegaron a hacerlo, pues la zarevna parecía viva y hubiérase dicho que dormía plácidamente; lo único que ocurría era que no respiraba... Esperaron así tres días más; pero ella no despertaba de su sueño. Entonces, después del ritual obligado, la colocaron en un ataúd de cristal y, al llegar la medianoche, la llevaron a una cueva que había en la montaña.

Una vez allí levantaron seis postes, en los cuales sujetaron con cadenas el ataúd, haciéndolo con el mayor cuidado; y cerraron la cueva con una puerta enrejada. Y se inclinaron ante la muerta.

—¡Descansa en paz! —dijo el mayor de los hermanos—. ¡Qué triste es que se haya extinguido tan pronto tu belleza! Pero tu alma será bien recibida en el Cielo. Mucho te queríamos, y te guardábamos, sin embargo, para tu prometido; pero ahora sólo la muerte te posee, nadie más.

Aquel mismo día la zarina, en espera de buenas noticias, sacó el espejo y volvió a hacerle su pregunta acostumbrada:

—Dime: ¿soy la mujer más hermosa del mundo?
Y el espejo le contestó:
—Eres, sin duda, la mujer más gentil y más hermosa.

Entretanto, el príncipe Elisey corre por el mundo en busca de su prometida. Pero no la encuentra en parte alguna. El desdichado prorrumpe en llanto y a todos hace la misma pregunta. Por fin el príncipe se dirige al Sol:

—¡Oh, Sol esplendoroso! Tú que recorres durante el año todo el cielo; tú que opones al invierno la primavera; tú que nos contemplas a todos desde las alturas: ¿Te negarás a decirme si has visto por algún lugar del mundo a la joven zarevna? Soy su prometido.
—¡Oh, valeroso príncipe! —contestó el Sol—. No he visto a la zarevna. Quizá no se cuente entre los vivos. Pero mejor será que se lo preguntes a mi vecina la Luna; quizá ella la haya visto, o haya visto sus huellas por algún camino.

Elisey aguardó ansiosamente le llegada de la noche y, al aparecer la Luna, le hizo la misma pregunta:

—¡Oh, Luna mía, la de los cuernos de oro! ¡Tú que te levantas en la oscuridad! ¡Tú, a quien admiran todas las estrellas a causa de esta buena costumbre! Estoy seguro de que no te negarás a contestar a mi pregunta. ¿Has visto por ventura, en algún lugar del mundo, a la joven zarevna? Soy su prometido.
—¡Oh, querido hermanito! Yo sólo veo lo que pasa ante mis ojos durante mi turno. La zarevna debió de pasar sin duda cuando yo me hallaba ausente.
—¡Qué lástima! —exclamó el príncipe.
Pero la Luna prosiguió:
—¡Espera! Quizá sepa algo el Viento acerca de ella y nos ayude. Habla ahora mismo con él y no te preocupes. ¡Adiós!

El príncipe, esperanzado y más tranquilo, se dirigió al Viento:
—¡Oh, Viento! ¡Tú que con tanta fuerza haces correr las nubes y agitas los mares azulados; tú que vagas libremente por todas partes sin temer a nadie, excepto a Dios! Creo que no te negarás a contestarme: ¿Has visto, por ventura, en algún lugar del mundo, a la joven zarevna? Soy su prometido.
Y el Viento contestó:
—Espera. Allí, detrás de aquel río de aguas apacibles, hay una montaña, y en ella una profunda cueva. En aquella cueva triste y sombría se balancea un ataúd de cristal sujeto a unos postes con cadenas. El lugar es desierto y no se ven huellas en derredor. Allí está tu prometida.

El Viento se alejó veloz y el príncipe se puso a sollozar. Encaminóse luego directamente a aquel lugar desierto para ver por última vez a su hermosa prometida. Así iba caminando, hasta que dio con una montaña escarpada. El lugar era desierto. En la base de la montaña se veía una entrada oscura. El príncipe se encaminó hacia allí... Y en la triste oscuridad se ofreció a sus ojos un ataúd de cristal que oscilaba entre seis postes. En aquel ataúd dormía la joven zarevna su sueño de muerte. El príncipe, desesperado, cayó ante ella y dio un fuerte e involuntario golpe al ataúd, que se hizo pedazos.

Y he aquí que la princesa se despertó. Miró sorprendida en torno suyo y, balanceándose en las cadenas, respiró profundamente y dijo:

—¡Oh! ¡Cuánto tiempo hace que estoy durmiendo!...
Levantóse entonces y saltó al suelo... Lanzó un grito de sorpresa... Y ambos empezaron a llorar de alegría. El príncipe la cogió en brazos y la sacó a la luz del sol. Y emprendieron el viaje de regreso conversando animadamente. Y todo el pueblo se enteró de lo acontecido, y exclamó:

—¡La hija del zar está viva!

La perversa madrastra estaba sentada, en aquel momento sin hacer nada, ante el espejo y le preguntaba como siempre:

—Dime: ¿soy la mujer más gentil y más hermosa del mundo?
Y el espejo le contestó:
—Eres, en verdad, muy gentil y muy hermosa... pero la zarevna lo es todavía más.

Entonces la madrastra tiró el espejo, que se rompió en mil pedazos, y se precipitó hacia la puerta, en la que encontró a la zarevna. Y al verla, fue tan grande la desesperación de la madrastra, que murió de repente. Inmediatamente después de haberla enterrado se organizó un gran festín y el príncipe Elisey se casó con la zarevna. Y nadie, desde la creación del mundo, asistió a un festín como aquél.

Y yo estuve allí; me ofrecieron cerveza, vino y miel, que me pasaron muy cerca de la boca y sólo me mojaron el bigote".


Alexander Pushkin

miércoles, 27 de mayo de 2015

"La Familia Vourdalak"

"En el año de 1815 se reunió en Viena lo más distinguido en materia de erudición europea, espíritus brillantes de la sociedad y de enormes capacidades diplomáticas. Cuando el Congreso concluyó, los monárquicos emigrados se preparaban para regresar definitivamente a sus castillos, los guerreros rusos a ver de nuevo sus hogares abandonados y algunos polacos partían a disgusto por tener que llevar con ellos su amor a la libertad a Cracovia, para ponerla bajo la triple y dudosa independencia que supuestamente habían logrado el príncipe Metternich, el príncipe de Hardenberg y el conde de Nesselrode.
Parecido al fin de un baile animado, la reunión hacía poco tiempo muy concurrida se redujo a un pequeño número de personas dispuestas al placer que, fascinadas por los encantos de las damas austríacas, se demoraban en cerrar el equipaje y postergaban su marcha.
Esta feliz sociedad, de la que yo formaba parte, se reunía dos veces por semana en el castillo de la señora princesa viuda de Schwarzemberg, a pocas millas de la ciudad, al lado de un pequeño burgo llamado Hitzing. Los buenos modales de la anfitriona del lugar eran realzados por la gentil amabilidad y la finura de su espíritu, y hacían deleitosa la estancia en su residencia.
Las mañanas estaban destinadas a dar paseos; merendábamos todos juntos, en el castillo o en los alrededores y, en la noche, sentados alrededor de un agradable fuego de chimenea, nos entreteníamos conversando y contando historias. Estaba estrictamente prohibido hablar de política. Ya habíamos tenido demasiado, y preferíamos los relatos de leyendas de nuestros respectivos países o de nuestras evocaciones.
Una noche, cuando ya cada uno había contado alguna cosa y nuestros ánimos se encontraban en ese estado de tensión que por lo común la oscuridad y el silencio incrementan, el marqués de Urfé, viejo emigrado a quien todos estimábamos por su alegría juvenil y por la forma atrevida de hablar de su antigua buena fortuna, aprovechó un momento de silencio y tomó la palabra:
-Vuestras historias, señores -nos dijo-, sin duda son asombrosas, pero es de mi parecer que les falta algo esencial, quiero decir, la autenticidad. Que yo sepa ninguno de vosotros ha visto con sus ojos las cosas maravillosas que acaban de narrar, como tampoco puede asegurar su veracidad bajo palabra de honor.
Fuimos obligados a reconocerlo y el anciano, acariciándose la papada, continuó:
-En cuanto a mí, señoras, no conozco sino una sola aventura de ese género, pero al mismo tiempo es tan extraña, tan horrible, y tan verdadera que ella sola es suficiente para herir de espanto el espíritu del más incrédulo. Desgraciadamente fui testigo y actor al mismo tiempo, y aunque no me gusta recordarla, esta vez con placer les narraré la historia, siempre que las damas lo consientan.
La aprobación fue unánime. Algunas miradas, temerosas ante la perspectiva de escuchar una narración verdadera, se posaron en los cuadros de luz que comenzaban a dibujarse sobre la duela; pero pronto el pequeño círculo se fue cerrando y cada uno hizo silencio para escuchar la historia del marqués.
El señor de Urfé tomó una porción de tabaco, la fumó lentamente y comenzó diciendo:
-Antes que nada, señoras mías, les pido una disculpa si en el transcurso de mi narración sucede que hablo de mis asuntos amorosos más de lo que conviene a un hombre de mi edad. Pero deberé mencionarlos para la comprensión del relato. Además, se perdona a la vejez tener momentos de confusión, y será su culpa señoras mías, si al verlas tan hermosas frente a mí, me siento tentado a creer que soy un joven mozo. Les diré sin más preámbulos que en el año de 1759 yo estaba perdidamente enamorado de la bella duquesa de Gramont. Esa pasión que creí entonces profunda y duradera no me dejaba en paz ni de día ni de noche, y la duquesa, como suelen hacer las mujeres bonitas, se complacía en coquetear para acrecentar mis tormentos. Tanto que en un momento de desesperación, fui a solicitar y obtuve una misión diplomática cerca del hospodar de Moldavia, durante las negociaciones con el gabinete de Versalles y sería tan aburrido como inútil detallarlas. La víspera de mi partida, me presenté en casa de la duquesa. Ella me recibió menos sarcástica que de costumbre y me dijo con una voz que dejaba traslucir cierta emoción:
-De Urfé, comete usted una locura. Pero le conozco y sé muy bien que nunca se retracta cuando ya ha tomado una decisión. Así que no le demando sino una cosa: acepte esta pequeña cruz como prueba de mi amistad, y llévela puesta hasta su regreso. Es una reliquia que para mi familia tiene una gran valor.
Con una galantería, quizá para el momento fuera de tono besé no la reliquia, sino la encantadora mano que me la ofrecía y me la puse alrededor del cuello. Es la misma cruz que aquí muestro; desde ese día nunca me he separado de ella.
No las fatigaré, señoras, con los detalles del viaje, ni con las observaciones que hice de los húngaros y de los serbios, un pueblo empobrecido e ignorante pero valiente y honesto, que a pesar de estar bajo el dominio turco no había olvidado ni su dignidad ni su antigua independencia. Será suficiente decirles que haber aprendido un poco del idioma polaco durante una estadía en Varsovia, facilitó mi instrucción y en poco tiempo me adiestré en el serbio, ya que esos dos idiomas, al igual que el ruso y el bohemio, como deben saber, no son sino ramas de una misma y única lengua que llaman eslava.
Ahora bien, sabía lo suficiente para hacerme entender, cuando un día llegué a un pueblo, cuyo nombre interesa apenas. Encontré a los habitantes de la casa en donde iba a hospedarme sumergidos en una consternación que me pareció tanto más inusual puesto que era domingo, día en que el pueblo serbio acostumbra entregarse a los más diversos placeres, tales como el baile, el tiro de arcabuz, la lucha, etc. Atribuí la forma de actuar de mis anfitriones a alguna desgracia reciente, y ya iba a retirarme cuando un hombre como de treinta años, alto de estatura e imponente, se acercó y me tomó de la mano.
-Pase, pase, extranjero -me dijo-, no se moleste por nuestra tristeza, cuando conozca la causa nos entenderá.
Me contó entonces que su anciano padre, llamado Gorcha, hombre de carácter inquieto e intratable, un día se había levantado de su cama y había descolgado de la pared su gran arcabuz turco.
-Muchachos -les había dicho a sus dos hijos, Georges y Pierre-, me voy a la montaña para reunirme con los valientes que persiguen a ese perro de Alibek (ése era el nombre de un bandolero turco que entonces asolaba al país). Espérenme durante diez días, y si no regreso al décimo, hagan decir una misa de difuntos, puesto que estaré muerto. Pero -añadió el viejo Gorcha poniéndose aún más circunspecto-, si yo regresara (de esto Dios los guarde) después de cumplirse los diez días, por sus vidas no me permitan de ningún modo entrar. Si esto ocurre, les ordeno olvidar que fui su padre y que me atraviesen con una estaca de álamo sin tomar en cuenta lo que yo pueda decir o hacer, ya que para ese momento no seré sino un maldito vourdalak que vendrá a succionar vuestra sangre.
Es oportuno decir, señoras mías, que los vourdalaks o vampiros de los pueblos eslavos no son otra cosa que cuerpos muertos, salidos de sus tumbas para succionar la sangre de los vivos. Hasta ahí sus costumbres son las mismas de todos los vampiros, pero tienen otra que los hace más temibles. Los vourdalaks, señoras mías, prefieren succionar la sangre de sus familiares más cercanos y de sus amigos más íntimos, quienes al morir se convierten en vampiros a su vez, de manera que se afirma haber visto en Bosnia y en Hungría poblaciones enteras convertidas en vourdalaks. El abad Agustín Calmet, en su curiosa obra sobre aparecidos, cita ejemplos escalofriantes. Los emperadores de Alemania en varias ocasiones han nombrado comisiones encargadas de esclarecer casos de vampirismo. Se levantan actas, se exhuman cadáveres encontrados ahítos de sangre y se les quema en las plazas públicas luego de perforárseles el corazón. Magistrados que son testigos de esas ejecuciones afirman haber escuchado a los cadáveres emitir alaridos al momento en que el verdugo hendía la estaca en sus pechos. Los mismos magistrados han hecho la deposición formal y lo corroboran sus juramentos y sus firmas.
Después de estas referencias, les será más fácil comprender, señoras, la impresión que produjeron las palabras de Gorcha en sus hijos. Los dos se hincaron a sus pies y le suplicaron que se les dejara ir en su lugar; pero, por toda respuesta, él les dio la espalda y se puso en marcha canturreando el estribillo de una antigua balada. Precisamente el día en que llegué al pueblo, expiraba el plazo fijado por Gorcha, y no me costó trabajo comprender la desesperación de esos jóvenes.
Se trataba de una familia buena y honesta. Georges, el mayor de los dos hijos, era de marcados rasgos masculinos, aparentaba ser un hombre serio y decidido. Estaba casado y tenía dos hijos. Su hermano Pierre era un hermoso joven de dieciocho años, su fisonomía revelaba más dulzura que audacia, y parecía ser el favorito de una hermana menor llamada Sdenka, una joven que representaba muy bien la belleza eslava. Además de esa belleza indiscutible desde todo punto de vista, el parecido con la duquesa de Gramont me impresionó de entrada. Tenía en especial un rasgo en la frente que en toda mi vida no encontré sino en esos dos seres. Esa particularidad podía no agradar en una primera impresión pero se volvía irresistiblemente atractiva después de haberla visto más de una vez.
Ya fuera porque en ese tiempo era muy joven, ya fuera el parecido, aunado a un espíritu único e ingenuo, Sdenka provocó en mí un efecto irresistible. No habíamos conversado ni dos minutos y ya sentía por ella una simpatía demasiado viva como para que no amenazara en convertirse en un sentimiento más tierno si prolongaba mi estadía en el pueblo.
Estábamos reunidos delante de la casa en torno a una mesa provista de quesos y de cuencos de leche. Sdenka hilaba; su cuñada preparaba la merienda de los niños que jugaban en la arena; Pierre, con afectada despreocupación, silbaba mientras pulía un yatagán, o largo cuchillo turco; Georges, acodado sobre la mesa, la cabeza entre las manos y el ceño fruncido, parecía devorar el camino con los ojos, sin pronunciar una palabra.
Por lo que a mí se refiere, vencido por la tristeza general, miraba con melancolía cómo las nubes enmarcaban el cielo dorado y, entre un bosque de pinos, la silueta de un convento a medio esconder.
Ese convento, como lo supe más tarde, antaño gozó de una enorme celebridad gracias a una imagen milagrosa de la Virgen, que según la leyenda los ángeles habían conducido y colocado en un roble. Pero al inicio del siglo pasado, cuando los turcos invadieron el país, degollaron a los monjes y saquearon el convento. De él no quedaban sino unos cuantos muros y una capilla comunicada por una especie de ermita. Este último acogía en sus ruinas a los curiosos y brindaba refugio a los peregrinos que llegaban a pie, venidos de un santo lugar a otro, para rendir las devociones en el convento de la Virgen del Roble. Ya dije antes que esto lo supe tiempo después. Esa tarde, yo pensaba en cosas que distaban mucho de la arqueología serbia. Como sucede a menudo, cuando se deja volar la imaginación, evocaba tiempos pasados, los días de mi infancia, la querida patria, Francia, a la que había abandonado por un país lejano y salvaje.
Recordaba a la duquesa de Gramont y, por qué no confesarlo, en la distancia recordaba también a algunas damas de mi época, abuelas vuestras, cuyos rostros, después del de la encantadora duquesa, se deslizaban en mi corazón. Rápidamente olvidé a mis anfitriones y su desasosiego.
De pronto Georges rompió el silencio:
-Mujer -dijo-, ¿a qué hora partió el viejo?
-A las ocho -respondió la mujer-. Escuché con claridad las campanas del convento.
-Entonces está bien -siguió diciendo Georges-, no pueden ser más de las siete y media-. Y enmudeció fijando otra vez los ojos el largo camino que se perdía en el bosque.
Olvidé decirles, señoras, que cuando los serbios sospechan de algún vampirizado, evitan llamarlo por su nombre o de manera directa, puesto que para ellos es hacerlo salir de su tumba. También Georges, desde hacía algún tiempo, al hablar de su padre no se refería a él de otro modo sino como el viejo.
Se quedó otro rato en silencio. De pronto, uno de los niños, tirando del delantal de Sdenka, preguntó:
-Tía, ¿cuándo regresará el abuelo a la casa?
Una bofetada fue la respuesta de Georges a la pregunta inoportuna. El niño se puso a llorar, y su hermano más pequeño interrogó asombrado y temeroso:
-¿Por qué, padre, nos prohíbe hablar del abuelo?
Otra bofetada le cerró la boca. Los dos niños se pusieron a chillar y la familia entera se santiguó.
En eso estábamos cuando escuché las campanas del convento dar poco a poco las ocho. Apenas el primer toque resonaba en nuestros oídos vimos una forma humana salir de la espesura del bosque y avanzar lentamente hacia nosotros.
-¡Es él! ¡Alabado sea Dios! -gritaron al unísono Sdenka, Pierre y su cuñada.
-¡Dios nos guarde! -dijo Georges preocupado-, ¿cómo saber si los diez días transcurrieron o no?
Todos lo miraron con pánico, mientras la forma humana seguía avanzando. Era un viejo de gran altura con un bigote plateado, la cara pálida y severa y que se arrastraba a duras penas con la ayuda de un bastón. A medida que se acercaba, el rostro de Georges se hacía más sombrío. Una vez que el recién llegado estuvo muy cerca, se plantó y recorrió a su familia con unos ojos que no parecían ver, de tan apagados y hundidos en sus órbitas.
-¡Bueno! -dijo con una voz cavernosa-, ¿nadie me va a recibir?, ¿qué significa ese silencio?, ¿no ven que estoy herido?
Entonces me di cuenta que el viejo sangraba por el costado izquierdo.
-¡Ayude a su padre a sostenerse! -dije a Georges-. ¡Sdenka, usted vaya a preparar alguna medicina, este hombre está a punto de desfallecer!
-Padre mío -dijo Georges acercándose a Gorcha-, muéstreme su herida, sé de estas cosas y lo voy a curar.
Se acercó para abrirle las vestiduras, pero el viejo lo rechazó bruscamente y ocultó la lesión tras sus manos.
-¡Quítate, torpe -dijo-, me haces daño!
-Pero entonces, ¡es en el corazón donde trae la herida! -gritó Georges palideciendo-. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Quítese esas ropas, es urgente, urgente le digo!
El viejo se irguió.
-¡Cuídate mucho -dijo con su voz hueca- de tocarme, pues si lo haces, te maldeciré!
Pierre se puso en medio de Georges y de su padre.
-¡Déjalo! ¿no te das cuenta que lo lastimas?
-¡No le lleves la contra -añadió su mujer-, sabes que nunca lo ha tolerado!
En ese momento vimos a un rebaño regresar de pacer, entre una nube de polvo, que se dirigía hacia la casa. El perro pastor que lo conducía, o no reconoció a su viejo amo, o por otro motivo ignorado, desde el momento en que percibió la presencia de Gorcha se detuvo, y, con el pelambre erizado, comenzó a aullar como si viera algo sobrenatural.
-¿Qué le pasa a ese perro? -dijo el viejo cada vez más enojado-, ¿qué significa todo esto?, ¿me he convertido en un extraño en mi propia casa?, ¿diez días pasados en la montaña me cambiaron hasta el punto de que ni mis perros me reconocen?
-¿Escuchaste? -dijo Georges a su mujer.
-¿Qué cosa?
-¡Reconoce que pasaron los diez días!
-¡No, pero si regresó dentro del plazo fijado!
-¡Está bien, está bien, yo sé lo que tengo que hacer!
Como el perro seguía aullando, vociferó:
-¡Maten a ese perro! ¿No me escuchan?"
Georges no se movió, pero Pierre se levantó con lágrimas en los ojos, tomó el arcabuz de su padre y disparó. El perro rodó por el suelo.
-¡Era mi perro preferido -dijo en voz baja-, no entiendo porqué ha querido que lo mataran!
-¡Porque lo merecía! -dijo Gorcha-. ¡Vamos, quiero entrar, hace mucho frío!
Mientras eso sucedía afuera, Sdenka preparó para el viejo una tisana hecha de aguardiente hervido con peras, miel y raíces secas. Pero su padre la rechazó con asco. Mostró la misma aversión al plato de carnero con arroz que le sirvió Georges, y finalmente fue a sentarse en un rincón del hogar, mascullando palabras ininteligibles.
Un fuego hecho de pinos chispeaba en la chimenea y alumbraba vacilante el rostro pálido y derrotado del viejo, y sin esa luz se habría dicho que era la cara de un muerto. Sdenka fue a sentarse junto a él.
-Padre mío -le dijo-, no desea tomar alguna cosa ni descansar. ¿Y si nos contara sus aventuras en las montañas?
Al decir esto la joven sabía que tocaba un punto débil, pues al viejo le encantaba narrar historias de guerras y combates. Se dibujó una sonrisa en sus labios descoloridos, sus ojos permanecieron inexpresivos y pasando las manos por sus hermosos cabellos blancos, respondió:
-Sí, hija mía; sí, Sdenka, me gustará mucho narrarte lo que sucedió en las montañas, pero será otro día, ahora estoy muy cansado. Entretanto te adelantaré que Alibek ya no existe y que por mi mano murió. Si alguien lo duda -siguió el viejo paseando la mirada sobre su familia-, ¡aquí está la prueba!
Desató una especie de alforja que le colgaba de la espalda y extrajo una cabeza pálida y cruel, que aún no excedía en estas características al rostro del viejo. Nos volvimos horrorizados, y Gorcha se la entregó a Pierre:
-Toma -le dijo-, ¡colócame esto encima de la puerta, para que la gente que pase sepa que Alibek está muerto y que los caminos están limpios de bandoleros, exceptuando, claro está, a los jenízaros del Sultán!
Pierre acató la orden con repugnancia.
-¡Ahora comprendo -dijo el viejo-, que ese pobre perro aullaba por olfatear la carne muerta!
-Sí, olió carne muerta -respondió con tristeza Georges, que había salido sin que nos diéramos cuenta y en ese momento entraba portando en la mano un objeto que me pareció una estaca y fue a depositarlo en un rincón.
-Georges -le dijo su mujer en voz baja- ¿no estarás pensando...?, espero.
-Hermano -añadió Sdenka-, ¿qué vas a hacer? Pero no, ¿no harás nada, verdad?
-¡Déjenme -respondió Georges-, yo sé lo que debe hacerse y no haré nada que no sea necesario!
Entretanto había llegado la noche, la familia fue a acostarse en una parte de la casa separada de mi habitación solamente por un tabique muy delgado. Reconozco que lo sucedido aquella tarde turbó la tranquilidad de mis pensamientos. La luz de mi cuarto estaba apagada, la luna penetraba por una ventana muy baja cercana a mi cama y dejaba caer sobre el piso y los muros resplandores blanquecinos, más o menos similares, queridas damas, a los que invaden el salón donde nos encontramos ahora. Quise dormir sin poder lograrlo. Atribuí el insomnio a la claridad de la luna; busqué algo que pudiera hacer las veces de cortina, pero no hallé gran cosa. Entonces, al percibir voces confusas detrás del tabique, me acerqué para escuchar mejor.
-Acuéstate, mujer -decía Georges-, Pierre, Sdenka, ustedes también. No se preocupen, yo velaré por ustedes.
-Pero Georges -dijo su mujer-, me toca a mí permanecer en vela, tú lo hiciste ayer y trabajaste todo el día, debes estar muy cansado. Soy yo la que debe cuidar a nuestro hijo mayor, no está muy bien desde ayer.
-¡Tranquilízate y vete a la cama -respondió Georges-, yo velaré por los dos!
-Pero hermano- intervino Sdenka, con su voz más dulce-, todo esto me parece inútil. Nuestro padre ya se durmió, mira cómo está calmo y apacible.
-Ninguna de las dos entiende -dijo Georges en un tono que no admitía réplica-. Les he dicho que deberán acostarse y dejarme hacer guardia.
De pronto se hizo silencio, sentí el peso de mis párpados y el sueño vino a apoderarse de mí.
Creí ver que la puerta de mi habitación se abría y que el viejo Gorcha aparecía en el umbral. Pero más que ver su forma, la intuía, pues la habitación de la que salió estaba muy oscura. Me pareció que sus ojos apagados intentaban adivinar mis pensamientos y trataban de seguir el ritmo de mi respiración. Primero adelantó un pie, después el otro. Luego con extrema precaución caminó con paso de lobo hacía a mí. De inmediato dio un salto hasta quedar a un lado de mi cama. Padecí una angustia indecible pero una fuerza oculta me mantuvo inmóvil. El viejo se inclinó y aproximó su cara lívida tan cerca de la mía que me pareció sentir su respiración difunta.
Hice un esfuerzo sobrehumano y desperté bañado en sudor. No había nadie en mi habitación, pero me volví hacia la ventana y descubrí al viejo Gorcha afuera, con el rostro pegado al vidrio y sus ojos espeluznantes mirándome fijamente. Tuve el ánimo suficiente para no gritar y el dominio para permanecer acostado, como si nada hubiera visto. Sin embargo, el viejo daba la impresión de haber venido a asegurarse de que dormía y no hizo ningún intento por entrar. Después de escudriñarme se alejó de la ventana y lo sentí caminar hacia el cuarto vecino. Georges se había dormido y roncaba tan fuerte que hacía temblar los muros. El niño tosió y reconocí la voz de Gorcha.
-¿No puedes dormir, pequeño?
-No, abuelo -respondió el niño-, ¡y me gustaría mucho hablar contigo!
-¡Ah! Quieres hablar, ¿y de qué?
-Quisiera que me contaras cómo, al combatir a los turcos, los venciste. ¡También yo lucharé contra ellos!
-Ya lo había pensado, por eso te traje un pequeño yatagán. Mañana te lo daré.
-No, abuelo, mejor dámelo ahora, ya que estás despierto.
-Y tú, ¿por qué durante el día no me dirigiste la palabra?
-¡Porque papá me lo prohibió!
-Tu papá es demasiado precavido. Entonces, ¿de veras te gustaría tener tu pequeño yatagán?
-¡Oh!, sí que me gustaría, pero no aquí, papá podría despertar.
-Entonces, ¿dónde?
-Si salimos, prometo portarme bien y no hacer el menor ruido.
Me pareció escuchar la risa burlona de Gorcha y oí que el niño se levantaba. No creía en los vampiros pero la pesadilla que acababa de tener afectó mis nervios y no deseaba cargar en el futuro con una culpa a cuestas, así que me levanté y golpeé el tabique lo suficientemente fuerte como para despertar a toda la familia. Me precipité hacia la puerta dispuesto a salvar al niño; estaba obstruida por fuera y el cerrojo no cedió pese a mis esfuerzos. Mientras intentaba derribarla, vi por la ventana al viejo con el niño en brazos.
-¡Levántense! ¡Levántense! -grité con furia, haciendo que el tabique se estremeciera con mis golpes.
Sólo Georges despertó.
-¿Dónde está el viejo? -me preguntó.
-¡Salga rápido -grité-, acaba de llevarse a su hijo!
Georges abrió la puerta de una patada, pues la suya también había sido cerrada por fuera, y se echó a correr hacia el bosque. Por fin conseguí despertar a Pierre, a su cuñada y a Sdenka. Nos reunimos delante de la casa y pasados unos minutos vimos a Georges regresar con su hijo. Lo encontró desmayado en el camino, pero pronto recobró la conciencia; no parecía estar más enfermo que antes.
Acosado por las preguntas, respondió que su abuelo no le había hecho ningún mal, que ambos habían salido para conversar pero una vez fuera perdió el conocimiento y no recordaba nada. Gorcha había desaparecido. El resto de la noche, como pueden imaginar, nadie durmió.
Al día siguiente me enteré que el Danubio, cuyo curso interceptaba el camino a un cuarto de legua del pueblo, comenzaba a arrastrar témpanos de hielo, lo que siempre ocurre en esas regiones hacia el fin del invierno e inicio de la primavera. El paso estaba obstruido y no podía ni pensar en la partida. Aun cuando lo hubiera podido, la curiosidad y una atracción cada vez más poderosa, me retuvieron. Más veía a Sdenka, más me sentía dispuesto a amarla. No soy de ésos que creen en las pasiones súbitas e irresistibles de las que ofrecen tantos ejemplos las novelas; pero hay casos en los que el amor crece de prisa. La belleza única de Sdenka, ese extraño parecido con la duquesa de Gramont de la que huí en París para reencontrarla ahí, sumergida en las costumbres folklóricas, hablando un idioma extranjero y melódico, el rasgo peculiar por el que en Francia me habría dejado matar; todo eso, sumado a la rareza de mi situación y a los misterios que me envolvían, debieron contribuir a que naciera dentro de mí un sentimiento que, en otras circunstancias, quizá se hubiera manifestado vago y pasajero.
En el transcurso del día escuché cómo Sdenka conversaba con su hermano menor.
-¿Qué piensas de todo esto? -decía ella-, ¿también tú desconfías de nuestro padre?
-No me atrevo -respondió Pierre-, menos cuando el niño dice que no le hizo ningún daño. Y de la desaparición, tú sabes que nunca rindió cuentas de sus ausencias.
-Lo sé -dijo Sdenka-, pero entonces tenemos que protegerlo, ya conoces a Georges...
-Sí, sí, lo conozco. Hablar con él sería inútil, pero si le escondemos la estaca nunca irá a buscar otra, pues de este lado de las montañas no hay un solo álamo.
-Sí, escondámosla, pero no digamos nada a los niños, ya que podrían delatarse frente a Georges.
-Nos mantendremos alerta -dijo Pierre. Y luego se separaron.
Llegó la noche sin que tuviésemos noticias del viejo Gorcha. Al igual que la víspera, yo estaba acostado en mi cama y la luz de la luna invadía la alcoba. Cuando el sueño comenzó a hacer turbias mis ideas sentí como por instinto la proximidad del anciano. Abrí los ojos y su rostro lívido estaba pegado a mi ventana.
Esta vez quise levantarme, pero me fue imposible. Sentí entumecidos todos mis miembros. Luego de mirarme con insistencia, el viejo se alejó. Percibí cómo merodeaba alrededor de la casa y cómo, muy quedo, tocaba la ventana donde dormían Georges y su mujer. El niño daba vueltas en la cama y gimió en sueños. Pasaron algunos minutos en calma y volví a escuchar el toque en la ventana. Entonces el niño se quejó de nuevo y despertó...
-¿Abuelo, eres tú?
-Sí -contestó la voz apagada-, vengo a traerte el pequeño yatagán.
-Pero no me atrevo a salir, ¡papá me lo ha prohibido!
-¡No es necesario, sólo ábreme la ventana y ven a darme un abrazo!
El niño se levantó y abrió la ventana. Entonces, haciendo un llamado a mis fuerzas, descendí de la cama y me precipité a golpear el tabique. Georges se levantó al instante.
Lo escuché gritar, su mujer emitió un chillido. Muy pronto todos estaban reunidos en torno al cuerpo inerte del niño. Gorcha desapareció al igual que la noche anterior. Con muchas atenciones logramos que el niño viniera en sí, pero estaba débil y apenas respiraba. El infortunado ignoraba la causa de su desvanecimiento. La madre y Sdenka lo atribuyeron al susto de ser sorprendido hablando con su abuelo. Yo no dije una palabra. Cuando el niño se calmó, todos nos fuimos a recostar, excepto Georges.
Hacia el amanecer, Georges levantó a su mujer. Hablaron en voz baja. Sdenka se les acercó y la oí sollozar junto con su cuñada.
El niño había muerto.
Omito la consternación y la desesperanza de esa familia. A nadie se le ocurría atribuir la causa al viejo Gorcha.
Georges callaba, pero su expresión, siempre de desasosiego, tenía ahora algo terrible. Dos días pasaron sin que el viejo apareciera. La noche del tercero (ese mismo día tuvo lugar el entierro del niño) creí oír pasos afuera de la casa y una voz de anciano llamaba al hermano pequeño del difunto. Me pareció también que la cara de Gorcha estuvo pegada a mi ventana, pero no puedo asegurar si esto ocurrió en realidad o fue producto de mi imaginación, porque esa noche la luna estuvo escondida. De todas formas creí mi deber llamar a Georges. Interrogó al niño, y éste respondió que ciertamente su abuelo lo había llamado a través de la ventana. Georges le ordenó estrictamente a su hijo despertarlo si el viejo aparecía de nuevo.
Todas esas tribulaciones no evitaron que mi cariño por Sdenka creciera cada día más.
No había podido hablarle a solas desde la mañana. Y al llegar la noche, la idea de mi próxima partida afligió mi corazón. La habitación de Sdenka estaba separada de la mía por un pasillo que por un lado daba a la calle y a un patio por el otro.
Mis anfitriones ya estaban acostados cuando me dieron ganas de salir a dar un paseo para distraerme. Me adentré en el pasillo y vi entrebierta la puerta de la alcoba de Sdenka. Involuntariamente me detuve. El roce entre las telas de un vestido conocido hizo latir con fuerza mi corazón. Además escuché la letra de una balada cantada en voz baja. Se trataba del adiós que un rey serbio dirigía a su amada al momento de salir para la guerra.
"¡Oh, mi jóven álamo, decía el viejo rey, me voy a la guerra y tú me olvidarás!
"¡Los árboles que crecen al pie de la montaña son esbeltos y flexibles, pero tu tallo lo es más!
"¡Mecidos por el viento, los frutos del serbal son rojos, pero tus labios son más rojos que los frutos del serbal!
"¡Y yo soy como el viejo roble desprovisto de follaje, y mi barba es aún más blanca que la espuma del Danubio!
"¡Y tú me olvidarás, oh, mi alma, y yo moriré de pesadumbre pues mi enemigo, sin osar tocar a un viejo rey, no me matará."
Y la bella respondió: "Juro serte fiel y no olvidarte. Si llegara a faltar a mi promesa, después de tu muerte podrás venir a sorber toda la sangre de mi corazón!"
Y el viejo rey dijo: "¡Así sea! Y se marchó a la guerra. Y muy pronto la bella lo olvidó!"
Aquí se detuvo Sdenka, como temiendo completar la balada. Yo no podía contenerme. Esa voz tan dulce, tan expresiva, era la misma voz de la duquesa de Gramont... Sin pensar en nada, empujé la puerta y entré. Sdenka venía de quitarse una especie de corpiño que portan las mujeres de su país. Una camisa bordada en oro y roja seda, ajustada a su cintura por una sencilla falda a cuadros componían todo su atuendo. Sus hermosas y rubias trenzas estaban deshechas y el desaliño resaltaba los atractivos de la joven.
No se enojó por mi brusca entrada, pero la vi turbarse y enrojecer ligeramente.
-¡Ay! -me dijo-, ¿por qué ha venido usted y qué pensarán de mí si somos sorprendidos?
-Sdenka, alma mía -le dije-, tranquilícese, todo duerme a nuestro alrededor, sólo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle...
-¡Oh, amigo mío, salga, salga! Si mi hermano llega a sorprendernos, estaré perdida!
-Sdenka, no me iré si antes usted no promete amarme hasta el fin, como en la balada lo promete la bella al rey. Partiré muy pronto, Sdenka, ¿quién sabe cuándo nos volveremos a ver? Sdenka, yo la amo más que a mi alma, más que a mi libertad... mi vida, mi sangre le pertenecen... ¿no me daría usted, una hora en cambio?
-Muchas cosas pueden suceder en una hora -dijo Sdenka pensativa, pero dejando su mano entre la mía-. Usted no conoce a mi hermano -continuó ella temblando-; presiento que vendrá.
-¡Cálmese, Sdenka mía -le dije-, su hermano se encuentra fatigado de sus vigilias, y adormecido por el viento que juega entre los árboles; su sueño es profundo, larga la noche, y yo sólo le pido una hora! Y después, adiós... ¡acaso por siempre!
-¡Oh, no, por siempre no! -dijo con nerviosismo, y después retrocedió asustada de sus palabras.
-¡Oh, Sdenka! -grité-, no miro ni escucho otra cosa que usted, ya no soy mi dueño, obedezco a una fuerza superior, perdóneme, Sdenka! -Y actuando como un inconsciente la apreté contra mí.
-Usted no es mi amigo -dijo ella liberándose de mis brazos, y se refugió en el fondo de su alcoba. No sé qué le dije, yo mismo estaba confundido por mi audacia. No porque en esa ocasión me hubiera fallado, sino porque a pesar de la pasión que arrastraba, no podía sustraer mi sincero respeto por la inocencia de Sdenka.
Es verdad que al principio había aventurado algunas de las frases galantes que no disgustaban a las mujeres de nuestra época, pero pronto me sentí avergonzado, y renuncié al ver que la candidez de la joven le impedía adivinar lo que para otras como ustedes, lo veo en vuestras sonrisas, está sobreentendido.
Estaba ahí, delante de ella, sin saber qué decirle, cuando de pronto, la vi estremecerse fijando en la ventana unos ojos aterrorizados. Seguí la dirección de su mirada y vi con claridad la figura inmóvil de Gorcha, mirándonos desde afuera.
En ese mismo instante, sentí una pesada mano posarse sobre mi hombro. Me volví. Era Georges.
-¿Qué hace usted aquí? -me preguntó.
Desconcertado por ese reproche brusco, le señalé a su padre que todavía nos miraba a través de la ventana, y aunque huyó rápidamente, Georges lo alcanzó a ver.
-Sentí al viejo y vine a prevenir a su hermana -le dije.
Georges, queriendo leer en mi alma, me miró profundamente. Luego me tomó del brazo, me condujo hasta mi alcoba y se fue sin decirme una palabra.
A la mañana siguiente, la familia estaba reunida frente a la entrada de la casa, sentada en torno a una mesa bien provista de todo tipo de quesos y mantequillas.
-¿Dónde está el niño? -preguntó Georges.
-Está en el patio -respondió su mujer-, se divierte solo en su juego favorito: imaginar que combate a los turcos.
Apenas terminó de pronunciar la frase cuando, para sorpresa nuestra, vimos la figura de Gorcha acercarse desde la espesura del bosque. Caminaba lentamente hacia nosotros y se sentó a la mesa como el día de mi llegada.
-Padre, sed bienvenido -murmuró la nuera con voz apenas perceptible.
-Sed bienvenido, padre -repitieron en voz baja Sdenka y Pierre.
-¡Padre -dijo Georges con voz firme pero cambiando de color-, lo esperábamos para rezar!
El viejo se apartó frotándose las cejas.
-¡Rezaremos ahora mismo! -repitió Georges-, y haga el signo de cruz o la de San Jorge...
Sdenka y su cuñada se inclinaron hacia el viejo suplicándole pronunciar la oración.
-¡No, no -dijo el anciano-, no tiene ningún derecho de exigirme y, si insiste, lo maldeciré!
Georges se levantó y corrió hacia la casa. Y regresó con la furia en los ojos.
-¿Dónde está la estaca? -gritó-, ¿dónde la escondieron?
Sdenka y Pierre intercambiaron miradas.
-¡Cadáver! -dijo entonces Georges dirigiéndose al viejo-, ¿qué le hiciste a mi hijo mayor?, ¿por qué lo mataste? ¡Devuélveme a mi hijo, cadáver!
Y mientras decía esto se ponía cada vez más pálido y su mirada se inflamaba más aún.
El viejo, sin moverse, lo miraba con desprecio.
-¡Oh, la estaca, la estaca! -gritaba Georges-. ¡El que la haya escondido responderá por las desgracias que nos aguardan!
En ese momento oímos los alegres estallidos de risa del hijo menor; lo vimos llegar montando a caballo, sobre una estaca que él hacía galopar, y se acercó lanzando con su vocecita el grito de los serbios cuando atacan al enemigo.
A su vista la mirada de Georges resplandeció. Le arrancó al niño la estaca y se precipitó sobre su padre. Éste emitió un aullido y corrió hacia el bosque con tanta agilidad que parecía sobrenatural.
Georges lo siguió a través de la espesura y pronto los perdimos de vista.
Cuando Georges regresó a la casa, el sol ya se había puesto. Lo vimos pálido como la muerte y con los cabellos erizados. Se sentó junto al fuego y creí percibir que sus dientes castañeteaban. Nadie osó interrogarlo. A la hora en que la familia por costumbre se retiraba, pareció recobrar toda su energía y, llevándome aparte, me dijo de la manera más natural:
-Querido huésped, vengo de ver el río. Ya no hay témpanos, el camino está libre: nada impide su partida. En estos momentos resulta imposible -añadió lanzando una mirada a Sdenka- divertirse con nosotros. Le deseamos toda la buena suerte que sea posible aquí en la Tierra, y espero que usted guarde un buen recuerdo de nosotros. Mañana, al rayar el alba, encontrará el caballo ensillado y el guía listo para conducirlo. Adiós. De vez en cuando acuérdese de su anfitrión y perdónele si su estadía no estuvo exenta de adversidad, como él habría deseado.
Los severos rasgos de Georges, en ese momento me parecieron casi cordiales. Me acompañó hasta mi habitación y me estrechó la mano una vez más. Luego sus dientes castañetearon como si temblara de frío.
Solo, en mi alcoba, no pensaba ni por asomo acostarme, como ustedes podrán imaginar. Tenía otras preocupaciones. Muchas veces en mi vida me había enamorado. Había sufrido arrebatos de ternura, de despecho y de celos, pero nunca, ni siquiera cuando dejé a la duquesa de Gramont, sentí una tristeza similar a la que en ese momento me desgarraba. Antes de salir el sol me puse el atavío de viaje y quise intentar ver a Sdenka por última vez. Pero Georges me esperaba en el vestíbulo. La mínima posibilidad de verla me fue arrebatada.
Salté sobre mi caballo y partí al galope. Prometí que a mi vuelta de Jassy pasaría por este pueblo y esta esperanza tan lejana disipó poco a poco mi pesadumbre. Ya pensaba con gozo en el regreso, y en mi imaginación se dibujaban recuerdos del porvenir con todos sus detalles, cuando un movimiento brusco del caballo casi me hizo caer. El animal se detuvo repentinamente, y poniéndose tenso, se paró, apoyándose en sus patas delanteras, y resopló ruidosamente, como suelen hacer los caballos cuando los acosa algún peligro. A cien pasos de mí distinguí un lobo cavando la tierra. Al oirnos, huyó. Hendí las espuelas en los costados del caballo y conseguí hacerlo avanzar. Entonces me dí cuenta que en el lugar donde estuvo el lobo había una sepultura reciente. Me pareció ver el extremo de una estaca que sobresalía algunas pulgadas de la tierra removida. Sin embargo, no puedo afirmarlo porque pasé velozmente por el lugar.
Llegado a este punto el marqués guardó silencio y tomó una porción de tabaco.
-¿Eso es todo? -preguntaron las damas.
-¡Desgraciadamente, no! -respondió el marqués de Urfé-. Lo que me resta por contarles forma parte de recuerdos que son todavía más dolorosos para mí, y al narrarlos creo librarme de ellos.
Los asuntos que me condujeron a Jassy, me retuvieron más tiempo del que esperaba. No cumplí con todos sino hasta seis meses después. ¿Qué puedo decirles? Es penoso confesarlo, en este mundo son pocos los sentimientos duraderos. El éxito de mi negociación, los estímulos que recibí del gabinete de Versalles, en una palabra, la política, esa vil política, que tanto nos ha mortificado en estos últimos tiempos, no tardaron en debilitar en mi alma el recuerdo de Sdenka. Además, la esposa de nuestro anfitrión, mujer bella y que hablaba perfectamente nuestro idioma, me honró al escogerme entre otros jóvenes extranjeros que residían en Jassy. Como estuve educado dentro de los principios de las cortes francesas, mi sangre gala se habría sublevado antes de pagar con ingratitud la benevolencia que me testimoniaba la bella. Por tanto correspondí galante a las ventajas que se me ofrecían, y también para defender los intereses y hacer valer los derechos de Francia, comencé por avezarme en todo lo concerniente al hospitalario anfitrión.
Recibí un llamado de mi país y retomé una vez más el camino que me condujo a Jassy.
Ya no pensaba en Sdenka ni en su familia, hasta que una noche, galopando a campo traviesa, escuché las campanadas que anunciaban las ocho de la noche. Me pareció que ya había escuchado alguna vez ese sonido y mi acompañante anunció que provenía de un convento cercano. Le pregunté el nombre y me enteré que no era otro que el de la Virgen del Roble. Aceleré la marcha del caballo y en poco tiempo estábamos golpeando la puerta del convento. Un eremita vino a abrir y nos condujo a la estancia para los extranjeros. Lo encontré tan atiborrado de peregrinos que perdí las ganas de pasar ahí la noche y pregunté si podía hallar alguna casa de huéspedes en el pueblo.
-¡Encontrará más de una -me respondió el eremita profiriendo un suspiro-, gracias al infiel de Gorcha, las casas abandonadas no escasean!
-¿Qué quiere decir con eso? -inquirí-, ¿el viejo Gorcha todavía vive?
-¡Oh, no, ése está bien muerto y enterrado con una estaca clavada en el corazón! Pero antes de eso había succionado la sangre del hijo de Georges. El niño regresó una noche y llorando tras la puerta imploró que le abrieran pues tenía frío. La necia de su madre, siendo testigo de su entierro, no tuvo el valor para enviarlo de vuelta al cementerio y le abrió. Entonces el niño se lanzó sobre ella y la sorbió hasta morir. Fue enterrada, pero tornó para succionar la sangre de su otro hijo, luego la de su marido y finalmente la de su cuñado. A todos les tocó.
-¿Y Sdenka? -pregunté.
-¡Oh, ésa se volvió loca de dolor, pobre niña, ni me hable!
La respuesta del eremita no fue afirmativa pero no tuve el ánimo suficiente para repetir la pregunta.
-¡El vampirismo es contagioso! -continuó el eremita persignándose-. Numerosas familias en el pueblo son atacadas, en muchos casos perece hasta el último miembro, y si me cree, permanecerá esta noche en el convento. Aunque se quedara en el pueblo y usted no fuera devorado por los vourdalaks, el terror que experimentaría sería suficiente para dejar blancos sus cabellos antes de llamar a maitines. Yo soy un pobre religioso -continuó-, pero la misma generosidad de los viajeros me permite proveer sus necesidades. Tengo exquisitos quesos, uvas secas que le harán agua la boca y algunas botellas de vino de Tokay que no tienen nada que envidiar al que sirven a su Santidad.
En ese momento me pareció que el eremita se convertía en posadero. Creí que adrede me había narrado historias para no dormir en razón de hacerme agradable a los ojos de Dios al imitar la generosidad de los viajeros que proveen al santo para que éste sacie sus necesidades.
Además la palabra terror siempre hizo sobre mí el mismo efecto que el clarín hace sobre el corsario en tiempos de guerra. Hubiera sentido vergüenza de no haber salido de inmediato. Mi guía, tembloroso, me pidió permiso de permanecer y se lo di con gusto.
Tardé aproximadamente una media hora en llegar al pueblo. Lo encontré desierto. No refulgía una luz, no se dejaba oír una canción. Pasé en silencio por entre las casas, la mayoría de ellas me eran conocidas y llegué por fin a la de Georges. Ya fuera por sentimentalismo, ya por gallardía juvenil, fue ahí donde decidí pasar la noche.
Bajé de mi montura y toqué a la puerta de la cochera. Nadie me respondió. Empujé la puerta que se abrió rechinando los goznes y entré.
Amarré mi montura con todo y silla dentro del cobertizo en el que había una cantidad suficiente de avena, y avancé resuelto hacia la casa.
Como ninguna puerta estaba cerrada, las habitaciones parecían desiertas. La de Sdenka daba la impresión de haber sido abandonada la víspera. Algunos vestidos yacían aún sobre la cama. Las joyas que recibió de mí, entre ellas una pequeña cruz esmaltada que había adquirido al pasar por Pest, brillaban sobre una mesa al resplandor de la luna. No pude evitar sentir mi pecho oprimido, aunque el amor ya había pasado.
No obstante me arropé en mi abrigo y me tendí en la cama. De súbito, el sueño se apoderó de mí. No recuerdo con precisión los detalles, pero vagamente sé que vi de nuevo a Sdenka, hermosa, ingenua y cariñosa, igual que en el pasado. Viéndola, me arrepentía de mi egoísmo y de mi inconstancia. ¿Cómo pude, me preguntaba, abandonar a esta pobre niña que me amaba?, ¿cómo pude olvidarla? Luego su imagen se fundió con la de la duquesa y las vi a las dos en la misma persona. Me lanzaba a los pies de Sdenka, implorando su perdón. Todo mi ser, mi alma toda se sumergía en un laberinto inefable de felicidad y melancolía.
Ése era el rumbo de mis sueños cuando me despertó una música armoniosa parecida al murmullo de una brisa ligera sobre el campo. Me pareció escuchar que las espigas se encontraban en una misma melodía y que el canto de los pájaros se mezclaba con el fluir de un manantial y con el murmullo de los árboles. Luego todos esos sonidos confusos no me parecieron sino el roce de un vestido de mujer, abrí los ojos y vi a Sdenka junto a la cama. La luna refulgía con tal fulgor que pude distinguir los detalles más pequeños y adorables que me habían sido tan queridos en otro tiempo. Encontré a Sdenka más hermosa y madura. Iba con el mismo arreglo que la última vez que la vi: una simple camisa de seda bordada en oro y una falda estrechamente ajustada a sus caderas.
-¡Sdenka! -le dije incorporándome-, ¿es usted, Sdenka?
-Sí, soy yo -me respondió con dulzura y tristeza a la vez-, la misma Sdenka que olvidaste. Ay, ¿por qué no viniste antes? ¡Ahora todo se ha acabado, es mejor que te vayas! ¡Un momento más y estarás perdido!¡Adiós, amigo, adiós para siempre!
-¡Sdenka -le dije-, supe que ha sufrido usted numerosas desgracias! ¡Venga, hábleme de ello, eso aligerará sus penas!
-Amigo mío, no hay que creer todo lo que se dice de nosotros; pero váyase, váyase rápido, porque si permanece aquí, su ruina es segura.
-Pero Sdenka, ¿qué peligro será ése que me amenaza? ¿No podría concederme aunque fuera una hora para platicar con usted?
Sdenka se estremeció y un cambio se operó en toda su persona.
-Sí, claro -dijo ella-, una hora, una hora, ¿al igual que esa noche, cuando cantaba la balada del viejo rey, y tú entraste en esta habitación? ¿Es eso lo que quieres decir? ¡Hecho, te concedo una hora! Pero no, no -dijo ella, retractándose-, vete. ¡Sal rápido, te digo! ¡Huye... huye mientras puedas!
Una energía salvaje animaba sus rasgos.
No entendía el motivo que le hacía decir esas cosas, pero estaba tan hermosa que resolví permanecer a su pesar. Finalmente cedió a mi petición, se sentó cerca de mí, me habló del pasado, y me confesó, enrojeciendo, que me había amado desde el primer día. Mientras tanto, percibí que un cambio paulatino se iba operando en Sdenka. La timidez de otro tiempo dio paso a la desenvoltura. Su mirada, antes cohibida, hoy era atrevida. En fin, vi con asombro que su manera de ser conmigo estaba lejos de la modestia que antaño la distinguía.
¿Será posible, me dije, que Sdenka no fuera la joven pura e inocente que aparentaba ser hace dos años? ¿Habrá actuado por miedo a su hermano? ¿Habré sido vilmente engañado con una virtud prestada? Pero entonces, ¿porqué me suplicó partir? ¿No será una astucia de la coquetería? ¡Y yo que creía conocerla! ¡Pero, qué importa! Si Sdenka no es una Diana como lo creí, bien puedo compararla con otras divinidades, no menos encantadoras, y, ¡alabado sea Dios!, prefiero el papel de Adonis al de Acteón.
Si esa sentencia clásica, que me dirigí a mí mismo, les parece fuera de tono, señoras mías, tengan presente que la historia que tengo el honor de contarles sucedió en el año de 1758. En esa época la mitología estaba en boga y yo no hago alardes de ir más rápido que el siglo. Las cosas han cambiado desde entonces, y no fue hace mucho que la Revolución, echando abajo los principios paganos y los cristianos, entronizó a la deidad Razón en su lugar. Esta deidad, señoras mías, jamás fue mi patrona, menos cuando me hallé frente a una mujer, y en la época de que les hablo, estaba aún menos dispuesto a ofrecerle sacrificios. Yo me abandoné sin reservas a la inclinación que me conducía a Sdenka y me dejé llevar por sus provocaciones. Había transcurrido algo de tiempo en dulce intimidad, y jugando a adornar a Sdenka con todas sus joyas, quise rodear su cuello con la pequeña cruz esmaltada que había visto sobre la mesa. A mi gesto, Sdenka retrocedió sobresaltada.
-¡No más juegos, amigo mío -me dijo-, deja ahí esa fruslería y hablemos de ti y de tus proyectos!
El ofuscamiento de Sdenka me hizo reflexionar. Mirándola con atención, remarqué en su cuello la ausencia de las muchas imágenes santas, relicarios y saquitos con incienso que los serbios acostumbran llevar puestos desde que son niños hasta su muerte, y que Sdenka portaba en otro tiempo.
-Sdenka -le dije-, ¿dónde están las imágenes que llevabas colgadas?
-Las perdí -respondió con una actitud de impaciencia y rápidamente cambió la conversación.
Un vago presentimiento se adueñó de mí, y quise irme de inmediato, pero Sdenka me retuvo.
-¿Cómo? -me dijo-, ¡pediste una hora y, cuando te complazco, decides irte al cabo de unos pocos minutos!
-Sdenka -dije-, tenía usted razón de incitarme a partir, escuché ruido y temo que nos sorprendan.
-¡Tranquilízate, amigo mío, todo duerme a nuestro alrededor, sólo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle!
-¡No, no, Sdenka tengo que partir!...
-Espera, espera -dijo Sdenka-, ¡te amo más que a mi alma, más que a mi libertad, tú dijiste que tu sangre y tu vida me pertenecían!...
-¡Pero y tu hermano, tu hermano, Sdenka, presiento que vendrá!
-¡Cálmate, mi hermano está adormecido por el viento que juega entre los árboles; su sueño es profundo, larga la noche, y yo no te pido sino una hora!
Al decir esto, Sdenka estaba tan hermosa que, el vago terror que me agitaba comenzó a ceder ante el deseo de permancer junto a ella. Una mezcla de temor y voluptuosidad indecible se apoderó de todo mi ser. A medida que yo me entregaba, Sdenka se hacía más tierna, y si bien yo me había decidido a sucumbir, todo me decía que me mantuviera en guardia. Sin embargo, como dije hace un momento, siempre fui sabio a medias, y cuando Sdenka, dándose cuenta de mis reservas, me propuso disipar el frío nocturno con unos vasos de vino generoso, que me dijo provenían del eremita, acepté solícito y ella sonrió. El vino hizo efecto. A partir del segundo vaso, la mala impresión que experimenté por la escena de la cruz y de las imágenes, se borró por completo. Sdenka, desarreglada, con sus hermosos cabellos medio trenzados, con sus joyas a la luz de luna, me pareció irresistible. No pude contenerme y la tomé en mis brazos.
Entonces, mis queridas damas, tuvo lugar una de esas misteriosas revelaciones que jamás sabré cómo explicar, pero que ante mi experiencia terminé por creer aunque hasta la fecha me cuesta admitirlo.
Con tal fuerza tomé entre mis brazos a Sdenka que uno de los extremos de la cruz, que me regaló la duquesa de Gramont y que ustedes acaban de ver, se clavó en mi pecho. El dolor punzante me atravesó como el rayo de luz de la revelación. Miré a Sdenka, y sus rasgos, aunque hermosos, estaban contraídos por la muerte, sus ojos no veían y su sonrisa era una mueca impresa por la agonía, en un rostro cadavérico. Al mismo tiempo sentí el olor nauseabundo que despiden los sepulcros mal cerrados. La espantosa realidad en todo su esplendor se me brindó, era demasiado tarde para recordar las advertencias del eremita. En seguida comprendí lo precario de mi situación y que dependía de mi ánimo y de mi sangre fría. Desvié la mirada hacia la ventana para ocultar a Sdenka el horror que mi expresión debía traslucir. Pegado al vidrio estaba el infame de Gorcha, apoyado sobre una estaca ensangrentada y posando sobre mí unos ojos de hiena. En la otra ventana se veía el rostro pálido de Georges: ahora tenía con su padre un parecido aterrador. Los dos espiaban el más mínimo de mis movimientos y no dudé que en una tentativa de fuga se lanzarían sobre mí. Fingí no darme cuenta, pero no me fue fácil controlarme. Continué, sí, mis queridas damas, continué regalando a Sdenka las mismas caricias que antes del terrible descubrimiento. Todo ese tiempo de angustia no pensé en otra cosa que no fuera el modo de escapar. Percibí que Georges y Gorcha intercambiaban con Sdenka señales de impaciencia. De afuera llegaban una voz de mujer y unos gritos infantiles tan espeluznantes como los aullidos de un gato salvaje.
-¡Llegó la hora de hacer las maletas! -me dije, y mientras más rápido, mejor.
Le hablé a Sdenka en voz alta para que su horrenda parentela alcanzara a oír:
-Estoy cansadísimo, mi niña, y me gustaría mucho acostarme y dormir unas cuantas horas, pero antes tengo que ir a ver si el caballo ha comido y tiene el forraje suficiente. Le ruego no se vaya y, por favor, espere, vuelvo enseguida.
Entonces hice coincidir mis labios con los fríos y descoloridos labios de ella, y salí. Encontré al caballo con el hocico cubierto de espuma e inquieto. No había tocado la avena y el relincho con furia que emitió al verme llegar me erizó la piel. El caballo estaba incontrolable y temí que echara por tierra mi intención de escapar. Aunque seguramente los vampiros escucharon mi conversación con Sdenka y se inquietaron. Comprobé que la puerta de la cochera estaba abierta, y lanzándome sobre la silla de montar, espoleé al caballo.
Al salir pude ver un grupo numeroso reunido alrededor de la casa, casi todos con las caras pegadas a las ventanas. Mi brusca salida los dejó estupefactos, pues durante un largo rato en medio de la silenciosa noche no se escuchó sino un galope continuo. Cuando creí que había llegado el momento de felicitarme por mi astucia, oí a mis espaldas el ruido de un huracán entre las montañas. Miles de voces confusas gritaban, aullaban y parecían pelearse entre ellas. Luego, enmudecieron como por un acuerdo entre ellas y sentí unas zancadas acuciantes como si una tropa de soldados se aproximara a paso rápido.
Espoleé mi montura hasta desgarrarle los costados. La fiebre me hacía temblar y mientras hacía esfuerzos inusitados por conservar el temple una voz detrás de mí gritó:
-¡Espera, espera, amigo! ¡Te amo más que a mi alma, más que a mi libertad, que a mi vida! ¡Espera, espera, tu sangre me pertenece!
En ese instante un aliento glacial rozó mi oreja y tuve la sensación que Sdenka había subido a la grupa.
-¡Mi corazón, mi alma! -dijo-, no miro ni escucho otra cosa que a ti, ya no soy mi dueña, obedezco a una fuerza superior, perdóname, amigo, perdóname!
Y enlazándome con sus brazos trató de estirarme hacia atrás para morderme el cuello. Una lucha feroz se estableció entre nosotros. Durante largo rato apenas conseguí defenderme, pero finalmente alcancé, con una mano, sujetar a Sdenka por la cintura y, con la otra, por las trenzas y apoyándome en los estribos, ¡la arrojé al suelo!
Acto seguido me abandonaron las fuerzas y tuve visiones delirantes. Miles de rostros enloquecidos me perseguían haciendo muecas terribles. Georges y su hermano Pierre bordeaban el camino y trataban de obstaculizarlo. No lo lograron y estuve a punto de sentirme salvado cuando vi a Gorcha que sirviéndose de su estaca daba saltos como un alpinista tirolés que traspone abismos. Gorcha también quedó rezagado en el camino. Entonces su nuera, arrastrando tras de sí a sus hijos, le lanzó uno, Gorcha lo recibió con el extremo de la estaca y utilizándola a modo catapulta, lanzó con todas sus fuerzas al niño como un proyectil sobre mí. Esquivé al niño pero con instinto de sabueso la pequeña alimaña se adhirió al cuello de mi caballo y me costó trabajo desprenderlo. Me lanzaron al otro niño pero, éste cayó delante y el caballo lo aplastó. No recuerdo qué otras cosas sucedieron y cuando volví en mí, estaba a un lado del camino y mi caballo moribundo.
Así termina, queridas damas, un amorío que debió curar para siempre las ganas de intentar nuevos. Algunas contemporáneas de sus abuelas podrán atestiguar si después de esta historia me hice prudente.
No importa lo que haya sido. Tiemblo todavía al pensar que, si hubiera sucumbido ante mis enemigos, hoy sería un vampiro; pero el cielo no quiso permitir que sucediera, y, ¡lejos de tener sed de vuestra sangre, señoras, no pido algo mejor, a pesar de mis años, que obtener la gracia de vertir la mía por vuestros favores!".

Alexei Tolstoi