El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

sábado, 13 de junio de 2015

"La Habitación Cerrada"

"A la hora del crepúsculo, el salvaje y solitario campo cercano a la villa de Dunwich, en la parte central del norte de Massachusetts, parece más despojado y amenazador que durante el día. El crepúsculo tiñe los campos desolados y las colinas con raras tonalidades que hacen resaltar todos los elementos del paisaje. Desde los árboles antiguos, las paredes de piedra rodeadas de rosales y cercanas a la polvorienta carretera, los bajos pantanos con su profusión de luciérnagas y sus inevitables chotacabras que compiten con el croar de las ranas y el canto ronco de los sapos, hasta las sinuosas curvas que forma el Miskatonic en su curso superior al fluir entre las oscuras montañas hacia el mar y que parecen cerrarse en torno al visitante en un intento de agarrarle y no dejarle escapar, todo parece impregnado de una tensa vigilia sensiblemente hostil.

Camino de Dunwich, Abner Whateley sintió todo esto otra vez, como lo había sentido en una ocasión cuando era niño y había salido corriendo y pidiendo con gritos de terror a su madre que le llevase lejos de Dunwich y lejos del abuelo Luther Whateley. ¡Hacía tantos años! Había perdido la cuenta. Era curioso que aquel paisaje le siguiera afectando de aquel modo, pese a todos los años que habían transcurrido desde entonces -sus años en La Sorbona, en El Cairo, en Londres-, pese a todo lo que había aprendido y asimilado como experiencias desde aquel momento y que hacían parecer más remotas aún sus tempranas visitas al ceñudo y anciano abuelo Whateley en su vieja casa cercana al molino a orillas del Miskatonic. La campiña de su niñez salía ahora de la neblina del tiempo como si hubiese sido ayer cuando visitó por última vez a sus familiares.

Ya no quedaba nadie: mamá, el abuelo Whateley, la tía Sarah, a la que nunca había visto y sólo sabía que vivía en algún lugar de la vieja casa, el odioso primo Wilbur y su terrible hermano gemelo que pocos habían conocido antes de su espantosa muerte en la cima de Sentinel Hill. Pero, según pudo comprobar mientras atravesaba el puente cubierto, Dunwich no había cambiado. La calle principal se hallaba bajo el tenebroso pico de Round Mountain. Sus tejados, de estilo holandés, estaban tan podridos como siempre, sus casas desiertas, y sólo se mantenía en pie la vieja iglesia con el campanario roto. Pesaba sobre todo aquello un aura de destrucción.

Se desvió de la calle principal y tomó una carretera escarpada que ascendía por la ribera, hasta que llegó a un lugar en el que había una gran casa y un molino con una enorme rueda en la orilla del río. Era ahora propiedad suya. El testamento del abuelo Whateley estipulaba que se asentase en la propiedad y «diese los pasos necesarios para llegar a la disolución que yo mismo no pude realizar». Una curiosa condición, pensó Abner. Pero, por otro lado, todo cuanto concernía al abuelo Whateley había sido extraño, como si la decadencia de Dunwich le hubiese contagiado irremisiblemente. Nada resultaba más extraño que la llegada de Abner Whateley, abandonando una vida cosmopolita para cumplir con los deseos de su abuelo y hacerse cargo de una propiedad que casi no compensaba el esfuerzo que suponía llevarla adelante. Reflexionando tristemente, pensó que los parientes, que aún vivían cerca de, o en el propio Dunwich, podrían tomar a mal su regreso, teniendo en cuenta la extraña reclusión en que habían vivido la mayoría de los Whateley de la vecindad, particularmente desde los terribles acontecimientos que habían sacudido a la familia Whateley en Sentinel Hill.

La casa parecía estar como siempre. La parte que daba a la orilla del río estaba ocupada por el molino, que hacía ya mucho tiempo había dejado de funcionar, y cada vez aparecían más arrasados los campos que contorneaban Dunwich. Salvo una habitación sobre el molino -la de la tía Sarah-, la parte del edificio que lindaba con el Miskatonic había sido abandonada desde los tiempos de su juventud, desde la última vez en que Abner Whateley había visitado a su abuelo, que vivía solo, con excepción de la tía Sarah, a la que nadie veía nunca y que habitaba en su habitación cerrada, con la puerta atrancada. Nunca andaba por la casa porque se lo tenía terminantemente prohibido su padre, de cuya dominación sólo la muerte logró liberarla.

Una galería semiderruida en una de las esquinas de la casa rodeaba la parte habitada; en el entramado que soportaba el alero había grandes telarañas, a las que nadie, excepto el viento, molestaba a lo largo de los años. Y el polvo estaba en todas partes, dentro y fuera, según pudo comprobar Abner cuando descubrió la llave correcta entre todas las que le mandó el abogado. Encontró una lámpara y la encendió; el abuelo Whateley tenía proscrita la electricidad. Al amarillento resplandor de la luz, la vieja cocina que le era tan familiar, con su mobiliario del siglo XIX, le afligió con violencia. Su desolación, las sillas y mesas hechas a mano, el reloj de cien años en la repisa, la escoba gastada, todo eran tangibles recuerdos de su niñez obsesionada por el miedo que le producían sus visitas a la formidable casa y su aún más formidable ocupante, el viejo padre de su madre.

La luz de la lámpara dejaba entrever algo más. En la mesa de la cocina había un sobre dirigido a él, con una letra tan desgarbada que sólo podía ser de un hombre muy viejo o poco firme: su abuelo. Sin preocuparse de traer el resto de las cosas del coche, Abner se sentó a la mesa, sopló el polvo de la silla y un trozo de la mesa para permitirle poner los codos, y abrió el sobre. Una escritura encrespada apareció ante él. Las palabras eran tan severas como recordaba que había sido su abuelo. Comenzaba bruscamente, sin una palabra de afecto, ni tan siquiera un saludo estereotipado.

«Nieto:
»Cuando leas esto, hará ya meses que me habré muerto. Quizá más, a no ser que te encuentren antes de lo que preveo. Te he dejado una cantidad de dinero -todo lo que tengo a la hora de mi muerte- que actualmente está en el banco de Arkham a tu nombre. No hago esto sólo porque seas mi único nieto, sino porque entre todos los Whateley -somos un clan numeroso, hijo- tú has recorrido mundo y has recopilado conocimientos suficientes como para permitirte mirar las cosas con mente inquisidora, sin la superstición de la ignorancia ni la superstición de la ciencia. Tú entenderás lo que quiero decir. Es mi deseo que por lo menos la parte de esta casa que da al molino sea destruida. Que se deshaga tabla a tabla. Si encuentras algo vivo en ella, te ordeno solemnemente que lo mates. No importa su pequeñez. No importa su forma. A lo mejor te parece humana, pero puede engañarte y poner en peligro tu vida y sabe Dios la de cuántos otros.

Prométeme que lo harás. Si parece que suena a locura, por favor recuerda que algo peor que la locura ha caído sobre los Whateley. Yo me he librado. No ha ocurrido lo mismo con todo lo que me ha pertenecido. Aquellos que se niegan a creer en lo que no saben y niegan su existencia son locos aún más testarudos que aquellos de nuestra sangre que han sido culpables de terribles prácticas y blasfemias contra Dios, y cosas peores.
»Tu abuelo,
Luther S. Whateley »

¡Típico del abuelo!, pensó Abner. Recordó, traído a su recuerdo con esta enigmática y severa comunicación, que una vez en que su madre mencionó a su hermana Sarah, tapándose en seguida la boca con los dedos, él había corrido hacia su abuelo a preguntarle:

-Abuelo, ¿dónde está la tía Sarah?
El viejo hombre le había mirado con ojos del tamaño de una basílica y contestó:
-Muchacho, aquí no se habla de Sarah.

La tía Sarah había ofendido al abuelo en alguna forma espantosa -espantosa al menos para ese fanático de la disciplina-, pues desde ese día, en el recuerdo de Abner Whateley, su tía había sido simplemente el nombre de una mujer, hermana mayor de su madre, encerrada en una gran habitación sobre el molino, invisible tras esas paredes, con las contraventanas firmemente clavadas. Se les había prohibido a Abner y a su madre pasar ante la puerta de la habitación cerrada. Pese a ello, en una ocasión Abner se había encaramado a la puerta y había pegado la oreja contra ella para escuchar los ruidos de respiración y los quejidos que provenían del interior, como si fuesen de una persona voluminosa. Había decidido que la tía Sarah debía de ser tan grande como una de esas gordas de circo. Había que ver lo que devoraba, a juzgar por los platos de comida. Principalmente comía carne, que debía prepararse ella misma, pues generalmente estaba cruda. Se la llevaba a la habitación dos veces al día el viejo Luther Whateley, pues no había criados en la casa. Y no los había habido desde que la madre de Abner se había casado, tras el regreso de la tía Sarah, que volvió muy extraña y aturdida de visitar a un pariente en Innsmouth.

Dobló la carta y la metió de nuevo en el sobre. Pensaría en el contenido otro día. Necesitaba ante todo encontrar un sitio para dormir. Salió fuera, sacó las dos maletas que había dejado en el coche y las trajo a la cocina. Entonces cogió la lámpara y entró en el interior de la casa. Pasó sin detenerse por el anticuado salón, que se mantenía cerrado salvo cuando venían visitas, y nadie más que los Whateley visitaban a los Whateley en Dunwich. Se dirigió a la habitación de su abuelo; era lógico que ocupase la habitación de su abuelo, ya que él era ahora, y no Luther Whateley, el dueño.

La gran cama doble estaba cubierta de ejemplares descoloridos del Arkham Advertiser, cuidadosamente colocados para proteger la delicada tela de la colcha, que había sido bordada con un trabajoso diseño, indudablemente una herencia de los Whateley. Colocó la lámpara en el suelo y retiró los periódicos. Cuando abrió la cama vio que estaba fresca y limpia, lista para ser ocupada; algún primo de su abuelo, conocedor de su próxima llegada, se habría ocupado de esto después de las exequias. Cogió sus maletas y las llevó a la habitación, que estaba en una esquina de la casa, en el punto más alejado del pueblo: aunque apartadas de la orilla, sus ventanas daban al río. Abrió la que tenía una tela metálica en la parte inferior y se sentó en el borde de la cama, pensando en las circunstancias que le habían traído a Dunwich después de tantos años.

Se sentía agotado. El denso tráfico de Boston le había cansado. El contraste entre la región de Boston y el desolado territorio de Dunwich le deprimía y le resultaba incómodo. Además, le invadía una impalpable inquietud. De no haber necesitado la herencia para continuar sus investigaciones en el extranjero acerca de la antiguas civilizaciones del Pacífico Sur, no habría venido aquí. Pero los lazos familiares existían, por mucho que los negase. El viejo Luther Whateley siempre había sido severo y dictatorial, pero era el padre de su madre, y el nieto debía lealtad a su sangre. Round Mountain se elevaba fuera, cercano a la habitación; sentía su presencia como la había sentido cuando era niño y dormía arriba. Los árboles, durante mucho tiempo sin podar, se apelotonaban contra la casa; y de uno de ellos, a esta hora de profundo crepúsculo, caía en el tranquilo aire de verano el sonido de las notas de un búho. Se reclinó por un momento, adormecido por el extraño y agradable canto del búho. Un millar de pensamientos se acumularon en su mente, innumerables recuerdos. Se vio otra vez de pequeño, siempre algo asustado de divertirse a solas en estos vedados alrededores, siempre contento al llegar y más contento aún al marcharse.

Pero no podía permanecer así, aunque le resultase cómodo: había tanto que hacer antes de irse que no podía permitirse ni un mínimo descanso, si no quería comenzar con mal pie su nebulosa tarea. Se levantó de la cama, cogió otra vez la lámpara y empezó a hacer una ronda por la casa. Fue al comedor, que estaba entre la habitación y la cocina. El comedor tenía un mobiliario duro, incómodo, artesanal. De ahí se dirigió al salón. El mundo que se ofrecía al abrir la puerta, por los detalles del mobiliario y la decoración, era más cercano al siglo XVIII que al XIX, y, desde luego, muy alejado del XX. La ausencia de polvo era debida a lo bien que ensamblaban las puertas que separaban esta habitación del resto de la casa. Subió por las escaleras al piso de arriba y recorrió habitación tras habitación. Todas estaban polvorientas, con las cortinas descoloridas, y el aspecto general era de no haber sido ocupadas durante muchos años, incluso antes de que muriese el viejo Luther Whateley. Entonces llegó al pasillo que conducía a la habitación cerrada, el escondrijo o prisión de la tía Sarah, ya no podría saber qué había sido, e, impulsivamente, bajó y se paró delante de la puerta prohibida. Ningún sonido de respiración, ningún quejido le saludaba ahora, nada en absoluto mientras permanecía enfrente de ella, recordando, aún fascinado por el hechizo de la prohibición de su abuelo.

Pero no había razón alguna para continuar respetándola. Sacó el llavero y pacientemente probó una llave tras otra en la cerradura, hasta encontrar la que correspondía a ella. Saltó el pestillo y empujó. La puerta se abrió con un chirrido. Alzó la lámpara. Había esperado encontrar el dormitorio de una mujer, pero la habitación cerrada ofrecía un aspecto sorprendente: había ropa de cama tirada por todas partes, almohadas en el suelo, restos de comida seca en una gran bandeja escondida detrás de un escritorio. Un extraño olor íctico dominaba el cuarto, y le abofeteó con tal dosis de humedad que casi no pudo reprimir una mueca de asco. La habitación estaba destrozada; además, tenía el aspecto de haber estado en ese desorden salvaje durante mucho, mucho tiempo. Abner depositó la lámpara en el escritorio separado de la pared, cruzó hacia la ventana que daba al molino y la abrió. Forcejeó para abrir las contraventanas hasta que recordó que habían sido clavadas. Entonces se apartó, alzó un pie y dio una patada a las contraventanas para que una bocanada de aire fresco penetrara en la habitación.

Dio la vuelta y del mismo modo hizo saltar las contraventanas de la pared contigua. Hasta que se separó para ver lo que había hecho no se dio cuenta de que había roto la pequeña esquina de la ventana que se abría sobre la rueda del molino. Un primer sentimiento de pesar se borró al recordar que su abuelo insistía en que el molino, al igual que la habitación, se destruyese. ¡Qué importaba una ventana rota! Volvió para recoger la lámpara. Al hacerlo, dio un empujón al escritorio para colocarlo junto a la pared. En ese momento, a sus pies, escuchó un crujido. Miró hacia allí. Una rana de patas muy largas o quizá un sapo -no podía distinguir- se escabulló debajo del escritorio. Estuvo tentado de echar fuera al animal, pero pensó que su presencia no importaba demasiado. Si había sido capaz de sobrevivir en este cuarto, cerrado durante tanto tiempo, alimentándose de cucarachas y otros insectos, merecía que lo dejasen tranquilo.

Salió, cerró la puerta de nuevo y regresó al dormitorio principal. Pensó que, aunque fuera de modo superficial, por lo menos había dado un primer paso. Había examinado el terreno, por así decirlo. Y tras su pequeña ronda estaba el doble de cansado que antes. Aunque no era tarde, decidió irse a la cama y empezar temprano por la mañana. Había que ocuparse aún del viejo molino; quizá algo de su maquinaria, si quedaba alguna, podía venderse, y lo rueda era ahora una pieza rara: pocas ruedas de molino habían sobrevivido a su época. Permaneció durante unos instantes en la galería. Acusó con cierta sorpresa los sonidos de los grillos y saltamontes, y el más sobrecogedor coro de chotacabras y ranas, que surgían de todas partes para asaltarle con una ensordecedora insistencia de tal proporción como para mitigar incluso el sonido procedente de Dunwich. Estuvo allí hasta que ya no pudo tolerar las voces de la noche por más tiempo; entonces volvió a entrar, cerró la puerta, y se dirigió al dormitorio. Se desvistió y se metió en la cama. Al cabo de una hora no había logrado dormirse, enervado por el coro de sonidos naturales generados fuera de la casa y dentro de él mismo, y por una creciente confusión acerca de lo que había dicho su abuelo sobre la «disolución» que él no había sido capaz de realizar... Pero por fin entró en un sueño intranquilo.

II.
Se despertó al amanecer. Había descansado poco. Toda la noche había soñado con lugares extraños y seres que le llenaban de belleza y admiración y terrores. Nadaba en las profundidades del océano y en el Miskatonic entre los peces, los anfibios, y unos seres con aspecto de hombres y de batracios. Monstruosas entidades yacían durmiendo en una misteriosa ciudad de piedra en el fondo del mar, todo ello acompañado de música terriblemente extraña: flautas mezcladas a inquietantes sonidos ululares de gargantas muy distintas de las gargantas humanas. El abuelo Whateley, de pie ante él, le miraba con gesto de acusación, derramando su cólera por haber osado entrar en la habitación de la tía Sarah.

Estaba preocupado, pero le distrajo la necesidad de ir a Dunwich a buscar las provisiones que había olvidado traer con tantas prisas. La mañana estaba clara y soleada; las avefrías y los tordos cantaban, y las perlas de rocío sobre las hojas y la hierba reflejaban la luz como miles de joyas por el camino de curvas que conducía a la calle principal del pueblo. A medida que se aproximaba se animaba más; silbaba alegremente, y esperaba cumplir cuanto antes sus compromisos, y después huiría de este desolado agujero con su humanidad decadente. Bajo la luz del sol, la calle principal de Dunwich no era más acogedora que lo había sido bajo el crepúsculo del día anterior. El pueblo se escondía entre el Miskatonic y la abrupta falda del Monte Redondo. Era un oscuro y extraño nido de habitantes que no parecía haber entrado en el año 1900, como si el tiempo hubiese tropezado con un muro en el último recodo del siglo pasado. Su alegre silbido se desvaneció y murió. Desvió su mirada de los edificios ruinosos. Evitó las miradas sin expresión de los paseantes y fue directamente a la vieja iglesia convertida en tienda, que sabía encontraría fachosa y mal cuidada, igual que el resto del pueblo.

Un dependiente de cara delgada le observó acercarse por la nave lateral. Oteaba en sus facciones algo conocido. Abner se dirigió a él y le pidió bacon, café, huevos y leche. El dependiente le escudriñó. El permaneció quieto.

-Usted debe ser un Whateley -dijo por fin-. No creo que me conozca. Soy su primo Tobías. ¿Cuál de ellos es usted?
-Soy Abner, el nieto de Luther -dijo de mala gana.
La cara de Tobías Whateley se heló.
-El hijo de Libby. Sí, Libby, la que se casó con Jeremiah. ¿Pero es que habéis vuelto otra vez a casa de Luther? ¿No iréis a empezar cosas raras otra vez?
-No hay nadie más que yo -dijo Abner secamente-. ¿A qué cosas sé refiere?
-Si tú no lo sabes, no soy yo quien tiene que decírtelo.

Y Tobías Whateley no volvió a decir nada. Dio a Abner lo que éste necesitaba, cogió el dinero de mal humor y, mal encarado, le siguió con la mirada cuando salía de la tienda. Abner estaba desagradablemente afectado. El brillo de la mañana se había atenuado para él, aunque el sol brillaba desde el mismo cielo despejado. Se apresuro a salir de la calle principal y de la tienda, y corrió por el camino hacia la casa que no hacía mucho tiempo había dejado. Le molestó aún más descubrir, delante de la casa, un antiguo carromato tirado por un viejo caballo de labor. A su lado, estaba un niño de pie. Dentro se sentaba un viejo de barbas blancas que, al ver acercarse a Abner, pidió ayuda al niño para descender trabajosamente al suelo y permanecer de pie esperando a Abner. Mientras Abner se acercaba, el niño tomó la palabra sin sonreír.

-El bisabuelo le hablará.
-Abner -dijo el anciano con voz temblorosa, mientras Abner se fijaba por primera vez en lo viejo que era.
-Este es el bisabuelo Zebulón Whateley -dijo el niño.
El hermano del abuelo Luther Whateley. El único Whateley que vivía de su generación.
-Venga, señor -dijo Abner ofreciendo su brazo al viejo.
Zebulón Whateley lo tomó.

Los tres anduvieron lentamente hacia la galería, donde el viejo se detuvo enfrente de los escalones. Volvió hacia Abner unos ojos negros rematados en tupidas cejas blancas, y movió la cabeza suavemente.

-Ahora, si me traes una silla, me sentaré.
-Trae una silla de la cocina, niño -dijo Abner.

El niño corrió hacia las escaleras y entró en la casa. Salió con la misma rapidez, trayendo una silla para el viejo. Le ayudó a sentarse y permaneció de pie a su lado, mientras Zebulón Whateley tomaba aliento. CIavó Ia mirada en Abner. Observaba con especial detenimiento su ropa, que, a diferencia de la suya, no estaba hecha a mano.

-¿Por qué has venido, Abner? -preguntó ahora con voz más firme.
Abner le contestó tan simple y directamente como pudo.
Zebulón Whateley movió la cabeza.
-No sabes más que los demás, y menos que algunos -dijo-. Lo que hacía Luther sólo Dios lo sabe, porque ahora Luther se ha ido. Pero lo que te puedo decir, Abner, y te lo juro por Dios, es que no sé por qué Luther se encerró, y a Sarah con él, desde aquella vez en que ella volvió de Innsmouth. Lo que si sé, y te lo puedo decir, es que fue algo terrible, terrible, y lo que ocurrió fue terrible. Ahora ya nadie puede echarle la culpa a Luther, ni a la pobre Sarah. Pero ten cuidado, ten cuidado, Abner.
-Estoy para cumplir la voluntad de mi abuelo -dijo Abner.

El viejo asintió. Pero sus ojos mostraban preocupación y estaba claro que confiaba poco en Abner.
-¿Cómo supo que estaba aquí, tío Zebulón? -preguntó Abner.
-Me llegó la noticia de que habías venido. Era mi deber hablar contigo. Pesa un maleficio sobre los Whateley. Algunos que ahora están bajo tierra han tenido que ver con el demonio, otros silbaban cosas terribles en el aire, y otros tenían que ver con cosas que no eran del todo humanas, ni del mar, pero vivían en el mar y nadaban -hasta muy lejos- en el mar. Y hubo quienes se encerraron en sí mismos y se convirtieron en seres extraños y aturdidos. Eso fue lo que ocurrió en Sentinel Hill aquella vez. Wilbur, el de Lavinny. Y ese otro de Sentinel Stone. Dios, tiemblo al pensar en ello.
-Bien, abuelo, no se excite -le reprendió el niño.
-No lo haré, no -dijo el viejo trémulamente-. Todo está muerto ahora. Está olvidado, por todos menos por mí y por aquellos que tomaron los signos que apuntaban hacia Dunwich, diciendo que era un lugar demasiado horrible para conocer...
Movió la cabeza y se quedó callado.
-Tío Zebulón -dijo Abner-. Nunca vi a mi tía Sarah.
-Claro que no, chico. Estaba encerrada en aquella época. Antes de que tú nacieses, creo que fue.
-¿Por qué?
-Sólo Luther lo sabía. Y Dios. Ahora Luther se ha ido, y parece que Dios no recuerda que Dunwich aún está aquí.
-¿Qué hacía la tía Sarah en Innsmouth?
-Visitaba a un pariente.
-¿Hay algún Whateley también allí?
-Whateley, no. Marsh. El viejo Obed Marsh, que era primo de papá. El y su mujer estaban en el comercio. En Ponapé, si sabes dónde está.
-Lo sé.
-¿Lo sabes? Yo no lo sabía. Dicen que Sarah había ido a visitar a alguno de los Marsh. Al nieto o al hijo de Obed. Nunca supe cuál. Nunca lo oí. No me importa. Allí pasó algo. Dicen que cuando vino estaba diferente. Inconstante. Desequilibrada. Le respondía de mala forma a su padre. Y luego, no mucho después, la encerró en esa habitación hasta que murió.
-¿Cuánto tiempo después?
-Tres, cuatro meses. Y Luther nunca dijo por qué. Nadie volvió a verla desde ese día hasta que fue sacada en el ataúd. Hace dos años, puede que tres. Un día por la noche, al año de haber vuelto de Innsmouth, ocurrieron cosas en esta casa. Peleas, gritos, chillidos. Casi todo el mundo en Dunwich lo oyó, pero nadie fue a ver lo que era, y al día siguiente Luther dijo que era sólo Sarah, víctima de un ataque de nervios. Pudiera ser. Pudiera ser algo más...
-¿Qué más, tío Zebulón?
-Obra del demonio -dijo el viejo inmediatamente-. Pero me olvido de que tú eres persona con estudios. No hay muchos Whateley que hayan recibido una educación. Lavinny leía libros, unos libros terribles que no eran buenos para ella. Y Sarah leyó algunos. Es mejor no tener ninguna instrucción que tener poca; no se puede andar por la vida sabiendo un poco, se anda mejor no sabiendo nada.
Abner sonrió.
-¡No te rías, muchacho!
-No me río, tío Zebulón. Estoy de acuerdo con usted.
-Entonces si te encuentras cara a cara con ello sabrás qué hacer. No te pararás a pensar. Simplemente lo harás.
-¿Con qué?
-Ojalá lo supiera, Abner, No lo sé, Dios sí lo sabe. Luther lo sabía. Pero Luther está muerto. Yo creo que Sarah también lo sabía. Y Sarah está muerta. Ahora nadie sabe qué era aquello tan terrible. Si yo rezase, rezaría para que no lo averigües tú. Pero si lo haces, no vayas más allá de lo que descubras, sólo haz lo que tienes que hacer. Tu abuelo tenía unas notas, búscalas. Puedes enterarte de qué clase de personas eran los Marsh. No eran como nosotros. Algo terrible les ocurrió. Y puede que también a Sarah...

Algo se interponía entre el viejo y Abner Whateley, algo no dicho, quizá desconocido; pero era algo que dio a Abner escalofríos, a pesar de sus esfuerzos conscientes para restar importancia a lo que sentía.

-Me enteraré de lo que pueda, tío Zebulón -prometió.
El viejo asintió e hizo una señal al niño. Le indicaba que deseaba levantarse, para volver al carro. El niño se apresuró.
-Si me necesitas, Abner, díselo a Tobías -dijo Zebulón Whateley-. Vendré si puedo.
-Gracias.
Abner y el niño ayudaron al viejo a subirse al carro. Zebulón Whateley levantó el brazo en señal de despedida. El niño azotó el caballo y el carro se puso en marcha.

Abner se quedó un instante mirando el vehículo que se alejaba. Estaba molesto y de mal humor. Molesto ante la sospecha de que algo terrible se escondía bajo las palabras de advertencia de Zebulón Whateley. De mal humor porque su abuelo, a pesar de todos sus deseos, le había dejado poco campo donde actuar. Pero esto pudo haber sido porque su abuelo creyese firmemente que Abner Whateley no se encontraría con nada peligroso al llegar a la vieja casa. No podía haber otra explicación. Pero Abner no estaba plenamente convencido. ¿Era algo tan horrible que Abner no tenía necesidad de saberlo, a menos que fuese imprescindible? ¿O había dejado Luther Whateley alguna clave en algún otro lugar de la casa? Lo dudaba. No era el estilo del abuelo, siempre tan brusco y directo. Entró en la casa con la compra, la guardó, y se sentó para establecer un plan de actuación. Lo primero que había que hacer era revisar el molino para ver si la maquinaria estaba en buen uso y podía ser aprovechada. Luego debía encontrar a alguien para que tirase el molino y la habitación que estaba encima. Luego tendría que alquilar o vender la casa y la propiedad adjunta. Un sentimiento de fatalidad le tenía convencido de que nadie querría instalarse en un lugar tan aislado del extremo de Massachusetts como era Dunwich.

Empezó de inmediato a cumplir con su obligación. Su revisión del molino, sin embargo, le descubrió que la maquinaria que había estado allí -a excepción de las piezas que estaban fijas a la rueda- había sido retirada y posiblemente vendida. Quizá parte de la venta era el legado que Luther Whateley había depositado en el banco de Arkham. Abner ya no tendría que tirar la maquinaria antes de demoler el molino. El polvo que había en el molino casi le sofocaba; había más de una pulgada en todas partes, y se levantaba en grandes nubes a su alrededor cuando caminaba a través de las habitaciones vacías y llenas de telarañas. El polvo envolvía sus pisadas, y estaba contento de dejar el molino para dar la vuelta y observar la rueda. Se abrió paso por el borde del listón que sujetaba el eje de la rueda, poco seguro, puesto que la madera podía ceder y dejarle caer al agua; pero la construcción era firme, la madera no cedió, y pronto estaba en la rueda. Parecía ser un espléndido ejemplar de mediados del siglo XIX. Sería una pena destruirla, y podía hallarse un lugar para ella, bien en un museo o en alguno de esos edificios que estaban siendo reconstruidos por gente rica, interesada en conservar la herencia americana.

Estaba dispuesto a marcharse de la rueda, cuando sus ojos se posaron en una serie de huellas húmedas en las paletas. Se inclinó para observarlas mejor. Aparte de comprobar que estaban parcialmente secas, se dio cuenta de que eran huellas dejadas por algún animal pequeño, probablemente batracio -una rana o sapo- que aparentemente había subido a las paletas en las horas tempranas de la salida del sol. Elevó sus ojos y siguió la línea de las huellas hasta las ventanas rotas de la habitación de arriba. Se paró un momento a pensar. Recordó el batracio que había visto en la habitación cerrada. ¿Se habría escapado por la ventana rota? O quizá alguno de su especie había acusado su presencia y había subido. Una cierta aprensión le sacudió, pero la eludió de su mente con irritación. A un hombre de su inteligencia no podía conmoverle la atmósfera de ignorancia, el misterio supersticioso que se desprendía del recuerdo de su abuelo. Pero a pesar de todo, dio la vuelta y subió a la habitación cerrada. Esperaba, al abrir la puerta, encontrar algún cambio significativo en la habitación. Algo diferente de como la recordaba de la noche anterior, pero aparte de la luz poco usual, no había alteración alguna. Cruzó hacia la ventana. Había huellas en el antepecho. Había dos pares de ellas. Una parecía dirigirse al exterior, y la otra al interior. Las que salían eran pequeñas, sólo medían una pulgada de ancho. Las que entraban eran el doble de tamaño. Abner se inclinó y las miró fijamente, con fascinación.
No era zoólogo, ni tampoco un ignorante en el tema. Las huellas eran algo que nunca antes había visto, ni siquiera en sueños. Excepto en el hecho de ser o parecer palmípedas, eran las huellas perfectas en miniatura de manos y pies humanos.

Aunque buscó precipitadamente al animal, no vio señal de él, y finalmente, un poco turbado, salió de la habitación, y cerró la puerta tras de sí. Se arrepentía de haberse dirigido allí en un primer momento, haberse sentido impulsado a abrir las contraventanas que durante tanto tiempo habían aislado la habitación del mundo exterior.

III.
No le sorprendió del todo encontrarse con que nadie en Dunwich estaba dispuesto a llevar a cabo la demolición del molino. Incluso carpinteros que no habían trabajado durante mucho tiempo y estaban deseando hacer alguna obra dieron una serie de excusas, que Abner interpretó como subterfugios para encubrir el miedo supersticioso hacia el lugar en donde trabajarían. Se vio en la necesidad de encaminarse a Aylesbury, pero aunque no tuvo dificultad en contratar a un equipo de fuertes jóvenes para efectuar la demolición del molino, se vio forzado a esperar a que terminasen sus contratos en vigor y regresó a Dunwich con la promesa de que irían en «una semana o diez días».

Entonces se puso a ver las cosas de Luther Whateley que aún había en la casa. Había montones de periódicos -especialmente el Arkham Advertiser y el Aylesbury Transcript- amarillentos por el tiempo y la humedad, y llenos de polvo, que apartó para quemar. Había libros que decidió mirar uno por uno para no deshacerse de algo valioso. Y había cartas que hubiese quemado de inmediato, de no haberle saltado a los ojos el nombre «Marsh». Las leyó.

«Luther, lo que le ocurrió al primo Obed es una cosa peculiar. No sé cómo decírtelo. No sé cómo haré para que me creas. No estoy seguro de tener todos los datos. Pienso si no será otra cosa que patrañas deliberadamente inventadas para ocultar algo de naturaleza escandalosa, pues sabes que los Marsh siempre han sido exagerados y tienen una acusada inclinación al engaño. Es gente de intenciones poco claras. Siempre lo han sido. Pero la historia, según la escuché del primo Alizah, es que cuando él era joven, Obed y algunos otros de Innsmouth, navegando con sus barcos mercantes a las Islas Polinesias, encontraron allí gentes extrañas, que se llamaban los 'Profundos' y que eran capaces de vivir tanto en la tierra como en el agua. Anfibios, serían. ¿Parece esto creíble? A mí no. Lo más asombroso es que Obed y algunos de los otros se casaron con mujeres de ésas y las trajeron a vivir con ellos. Ahora bien, ésa es la leyenda. He aquí los hechos. A partir de ese momento, los Marsh han prosperado mucho en el comercio. A la señora Marsh nunca se la ve, excepto en aquellas ocasiones en que va a determinados asuntos secretos de la Orden de Dagon Hall. 'Dagon', según dicen, es un dios del mar. Yo no sé nada de estas religiones paganas, ni deseo saber. Los niños de Marsh tienen un aspecto muy raro. No exagero, Luther, al decirte que tienen la boca enorme y las caras sin barbilla y los ojos grandísimos y de mirada fija, ¡te juro que a veces parecen ranas en vez de seres humanos! No tienen, por cuanto yo puedo distinguir, agallas. Dicen que los Profundos sí tienen agallas, y que pertenecen a Dagon o alguna otra deidad del mar cuyo nombre no puedo pronunciar, y menos aún transcribir. No importa. Es un galimatías tal que pueden haberlo inventado los Marsh para servir a sus propósitos. ¡Pero por Dios, Luther, a juzgar por los barcos que el capitán Marsh tiene en la India, que se mantienen a flote sin el más leve desperfecto ocasionado por tormentas o desuso -el bergantín Columbia, la barca Sumatra Queen, el Hetty, y algunos otros- parece como si hubiese hecho algún tipo de trato con el mismo Neptuno!

»Luego están todas las cosas que ocurren en la costa donde viven los Marsh. Nadan de noche. Nadan muy lejos, hasta el Arrecife del Diablo que, como sabes, esta a milla y media del puerto de aquí, de Innsmouth. La gente se aleja de los Marsh, excepto los Martin y algunos otros que estuvieron también comerciando en el este de la India. Ahora que Obed ha muerto -y supongo que la señora Marsh también, puesto que no se la ve por ninguna parte- los hijos y nietos del capitán continúan comportándose extrañamente.»

La carta continuaba con una relación de precios. Las cifras eran ridículamente bajas comparadas con las actuales, siglo y medio después, pues Luther Whateley sería un hombre joven, soltero, en la época en que esta carta fue escrita por Ariah, primo del que Abner nunca había oído hablar. Lo que tenía que decir de los Marsh no era nada, o era todo, quizá, si Abner hubiera tenido la clave. Creía, con gran irritación, que sólo tenía en sus manos algunas partes inconexas. Pero si Luther Whateley se creyó estas patrañas, ¿habría permitido, años después, que su hija visitase a los Marsh? Abner lo dudaba. Miró algunas otras cartas -facturas, recibos, relatos triviales de viajes hechos a Boston, Newburyport, Kingsport, tarjetas-, y llegó por fin a otra carta del primo Ariah, escrita, si la comparación de las fechas servía de evidencia, inmediatamente después de la que Abner acababa de leer. Había diez días de diferencia, y Luther pudo haber tenido tiempo para contestar a la primera. Abner la abrió ansiosamente

La primera parte trataba de asuntos familiares concernientes al matrimonio de otra prima, evidentemente una hermana de Ariah; la segunda especulaba acerca del comercio futuro al este de la India, con un párrafo sobre un nuevo libro de Whitman, evidentemente Walt; pero la tercera parte era sin duda una respuesta a algo que el abuelo Whateley había preguntado acerca de la rama de la familia Marsh.

«Bien, Luther, puede que tengas razón en cuanto a que es un prejuicio racista el causante de los sentimientos contra los Marsh. Conozco cómo piensan aquí las gentes acerca de otras razas. Es una desgracia, pero quizá radica en la falta de educación la base de esos prejuicios. Aunque no estoy convencido de que todo se deba a un prejuicio de raza. No sé qué clase de raza podría dar a los Marsh, descendientes de Obed, ese extraño aspecto. La gente del este de la India que he visto y recuerdo de mis primeros días en el comercio tiene facciones similares a las nuestras, y sólo es diferente el color de su piel, algo cobriza, diría yo. Una vez vi a un nativo de aspecto similar, pero evidentemente no era un indígena, pues le eludían los trabajadores que rondaban los barcos en el puerto donde le vi. He olvidado ya dónde fue, pero creo que era en Ponapé. A decir verdad, los Marsh se mantenían siempre muy unidos entre ellos y con esas familias que formaban su mismo clan. Más o menos controlaban el pueblo. Puede ser significativo -quizá se trató de un accidente- que un hombre conocido que habló contra ellos apareciese ahogado poco después. Soy el primero en admitir que coincidencias más apabullantes que éstas ocurren a menudo, pero puedes estar seguro de que la gente que sentía hostilidad hacia los Marsh se aprovechó de lo ocurrido.

»Como sé que tu mente analítica rechaza fríamente las habladurías, no quiero contarte más.»

Después de eso, ninguna otra alusión. Lo que Ariah escribió en las cartas siguientes trataba exclusiva y escrupulosamente de asuntos familiares de lo más trivial. Luther Whateley evidentemente había despreciado los rumores; ya de joven debió de haber sido una persona de férrea autodisciplina. Aparte de esa última carta, Abner no volvió a encontrar más que una sola referencia a algún hecho misterioso en Innsmouth. Era un recorte de periódico. Los términos poco concretos en los que se expresaba el reportero ponían de manifiesto que el propio autor del artículo no supo en realidad qué había ocurrido: se refería a la presencia de agentes del gobierno federal en los alrededores de Innsmouth, en el año 1928, a su intento de destruir el Arrecife del Diablo y la voladura de grandes zonas del puerto, y a la detención de varios miembros de las familias Marsh, Martin y algunos otros. Sea como sea, aquel artículo y los hechos a los que se refería eran bastante posteriores -en decenas de años- a las cartas de Ariah.

Abner se echó al bolsillo las cartas que trataban de los Marsh y quemó el resto de los papeles en una hoguera que hizo en la orilla del río. Vigiló un rato para que las pavesas no prendiesen la hierba de alrededor, que estaba muy seca. Agradeció el olor a humo, porque del río venía un olor a muerte producido por los restos de peces que habían servido de festín a algún animal, una nutria, pensó. Mientras permanecía al lado del fuego, sus ojos vagaron por el viejo edificio Whateley, y vio, con tristeza, que había llegado el momento de derruir el molino, que los marcos de las ventanas que había roto en la habitación de la tía Sarah se habían caído y trozos de la ventana estaban esparcidos por las aspas de la rueda. Cuando el fuego estaba lo suficientemente extinguido como para poder dejarlo, el día tocaba a su fin. Tomó una frugal comida, y sin querer leer una línea más aquel día; decidió no intentar hallar las 'notas' de su abuelo a las que se había referido el tío Zebulón Whateley. Salió a contemplar el crepúsculo y la noche a la galería, desde donde se oían de nuevo in crescendo los coros de ranas y chotacabras.

Se retiró pronto, extrañamente cansado. El sueño, sin embargo, no le venía. Por un lado, la noche de verano era calurosa; casi no había brisa. Por otro lado, sobre el croar de las ranas y de la demoníaca insistencia de los chotacabras, los sonidos del interior de la casa invadían su consciencia. Crujidos y gemidos de una casa de madera acomodándose en la noche; un peculiar sonido, como si algo se arrastrase, un medio saltar y un medio arrastrarse, que Abner achacó a las ratas, las cuales probablemente abundarían en la zona del molino. Los sonidos eran amortiguados y parecían llegarle desde muy lejos; y en una ocasión oyó un romper de madera y de cristal que, Abner pensó, probablemente venía de la ventana que daba al molino. La casa se estaba cayendo virtualmente a pedazos a su alrededor; era como si él mismo sirviese de agente catalítico para llegar a la disolución final de la estructura. Esto le divirtió, puesto que, sin quererlo, estaba dando cumplimiento a lo que pedía su abuelo. Y así, confundido, se dejó vencer por el sueño.

Se despertó pronto esa mañana con el timbre del teléfono, cuya instalación había previsto durante su estancia en Dunwich. Ya había descolgado el receptor del viejo aparato colocado en la pared, cuando se dio cuenta de que se trataba de un cruce y no de una llamada para él. Sin embargo, la voz de mujer que estalló sobre él le dejó dolorido el oído con los gritos insistentes y se quedó helado con el auricular en la mano.

«Le diré, señorita Corey, oí cosas ayer por la noche. La tierra estaba hablando otra vez, y cerca de medianoche escuché ese grito. Nunca pensé que una vaca gritase de esa forma. Igual que un conejo, sólo que más fuerte. Era la vaca de Lutey Sawyer, la encontraron esta mañana, más de la mitad se la habían comido los animales…»
«Señora Bishop, no querrá usted decir… ¿Ha vuelto?»
«No lo sé. Por Dios espero que no. Pero es igual que la última vez.»
«¿Sólo atrapó esa vaca?»
«Sólo esa. No he oído de ninguna otra. Pero así fue como empezó la última vez, señora Corey.»

Silenciosamente, Abner colgó el auricular. Sonrió con una mueca irónica ante estas desbordadas supersticiones de los vecinos de Dunwich. Nunca había sospechado a qué profundidades de ignorancia y superstición podían llegar los habitantes de lugares tan retirados como Dunwich, y esta manifestación era tan sólo una pequeña muestra. Tenía poco tiempo, sin embargo, para entretenerse con el asunto. Debía ir al pueblo por leche fresca, y salió a la mañana de sol y nubes con una sensación de desahogo que le provocaba la pequeña escapada de la casa. Tobías Whateley estaba más serio y hosco que nunca cuando Abner entró en la tienda. Abner sintió no sólo resentimiento, sino también un miedo tangible. Se quedó sorprendido. A todos los comentarios de Abner, Tobías respondía con monosílabos. Con objeto de hilvanar una conversación, empezó a contarle a Tobías lo que había escuchado en la línea telefónica.

-Lo sé -dijo Tobías, bruscamente y mirando por primera vez a la cara de Abner con expresión aterrorizada.

Abner se sumió en el silencio. Al terror se mezclaba la animosidad en los ojos de Tobías. Abner leyó claramente cuáles eran sus sentimientos al verle bajar la mirada y tomar el dinero que le ofrecía.

-¿Has visto a Zebulón? -preguntó en voz baja.
-Estuvo en casa -dijo Abner.
-¿Hablaste con él?
-Sí, hablamos.

Era como si Tobías confiase en que ambos hubiesen tratado de ciertas cuestiones. A la vez, su actitud sugería que estaba aturdido por acontecimientos recientes. También parecía indicar que Zebulón no le había dicho lo que Tobías había esperado que el viejo le dijese, o que Abner había descuidado algunos de los consejos del tío. Abner empezó a sentirse totalmente perplejo; además de la conversación telefónica de las vecinas supersticiosas y de las misteriosas alusiones que el tío Zebulón había dejado entrever, la actitud de su primo Tobías le desconcertaba aún más. Tobías no parecía más inclinado que Zebulón a traducir en palabras lo que ocultaba tras sus ásperas facciones. Uno y otro actuaban como si Abner supiese de qué iba la cosa. Se marchó desconcertado y se encaminó hacia la casa Whateley. Decidió no parar más hasta acabar con su tarea para poder alejarse cuanto antes de esa aldea perdida y de sus extraños y supersticiosos vecinos, incluidos sus mismos familiares. Con este fin, apenas había acabado su desayuno reanudó su tarea y siguió inventariando las cosas de su abuelo. Había comido poco, pues la desagradable visita a la tienda le había quitado el apetito que había sentido antes de salir. Tardó bastante en encontrar el documento que buscaba: un viejo libro mayor en el que, con su letra quebradiza, Luther Whateley había hecho algunas anotaciones.

IV.
Después de haber comido algo, Abner permaneció sentado y, a la luz de la lámpara, abrió el libro sobre la mesa de la cocina. Las primeras hojas habían sido arrancadas, pero examinando los fragmentos de las hojas que aún estaban pegados a los hilos que cosían las páginas, Abner llegó a la conclusión de que estas hojas no habían contenido más que simples números. Pensó que su abuelo había querido aprovechar un viejo libro de contabilidad a medio rellenar, y había quitado las hojas utilizadas para apuntes más prosaicos que sus actuales anotaciones. Desde el principio las notas eran misteriosas. Carecían de fecha y no llevaban más que el día de la semana.

«Este sábado, Ariah ha contestado a mi pregunta. S. fue vista algunas veces en compañía de Ralsa Marsh, el bisnieto de Obed. Nadaban juntos de noche.»

Esa primera anotación se refería claramente a la estancia de la tía Sarah en Innsmouth, y definía el tipo de preguntas que el abuelo había podido hacer a Ariah acerca de ella. Algo había inducido a Luther a llevar a cabo esa investigación, y por lo que sabía del carácter de su abuelo, Abner llegó a la conclusión de que la había iniciado después de la vuelta de Sarah a Dunwich. La anotación siguiente consistía en un trozo de carta mecanografiada recibida por Luther Whateley, y que éste había pegado a continuación. ¿Por qué?

«Ralsa Marsh es probablemente el más repelente de la familia. Su aspecto alcanza casi la degeneración. Sé, porque tú mismo lo dijiste, que Libby es la más encantadora de tus hijas. De todos modos, no podemos comprender cómo Sarah pudo dar con alguien tan repulsivo como Ralsa... Un ser en el que todas esas características recesivas que se han dado en la familia Marsh, desde Obed y su matrimonio con la mujer polinesia (los Marsh han negado que la esposa de Obed fuese polinesia; pero él comerciaba por allí en aquella época, y no me creo esas historias de una isla que no aparece en el mapa y donde sostienen que habría encontrado a esa mujer) parecen haber alcanzado su máximo desarrollo. Por lo que ahora deduzco -después de todo han transcurrido más de dos meses, cerca de cuatro, me parece, desde su regreso a Dunwich- estuvieron constantemente juntos. Me sorprende que Ariah no te lo haya contado. A ninguno de nosotros se nos había encargado ni dado permiso para impedir que Sarah se viese con Ralsa. Además son primos, y es a los Marsh, no a nosotros, a quienes ella estaba visitando.»

Abner pensó que esta carta había sido escrita por una mujer, otra prima, que parecía reprochar a Luther, en un tono dolido, el haber enviado a Sarah a casa de los Marsh en lugar de mandarla a la suya. Era obvio que Luther, sin embargo, le había hecho ciertas preguntas sobre Ralsa. La tercera anotación estaba de nuevo escrita por Luther, y resumía una carta de Ariah.

«Sábado. Según Ariah, los Profundos son una secta o un grupo semi-religioso. Son subhumanos. Se dice que viven en el agua y adoran a Dagon y a otro dios llamado Cthulhu. Tienen agallas. Se parecen más a las ranas o a los sapos que a los peces, pero sus ojos son ícticos. Asegura que la esposa de Obed era una de ellos. Afirma que todos los hijos de Obed llevaban las mismas características. ¿Los Marsh tendrían agallas? Si no, ¿cómo lograrían nadar milla y media, hasta el Arrecife del Diablo, y volver? Los Marsh comen poco. Pueden estar sin comer y sin beber durante mucho tiempo, disminuyen o aumentan de tamaño rápidamente.» (A esto Luther había añadido cuatro desdeñosos signos de exclamación.) Zadok Allen jura haber visto a Sarah nadar hacia el Arrecife del Diablo. Los Marsh la llevaban. Todos desnudos. Jura haber visto que los Marsh tienen la piel dura y cuarteada ¡algunos con escamas, como peces! ¡Jura haberlos visto bucear y comerse peces crudos! Los devoraban como bestias.»

La siguiente anotación consistía de nuevo en un párrafo de una carta, sin lugar a dudas en respuesta a otra escrita por el abuelo Whateley.

«Preguntas quién es el responsable de estas historias ridículas que circulan sobre los Marsh. Pues bien, Luther, sería imposible designar a alguien en particular, ni tampoco a una docena de personas, y eso en varias generaciones. Estoy de acuerdo en que el viejo Zadok Allen habla demasiado, bebe, y puede inventar muchas historias. Pero él es sólo uno entre muchos. El hecho es que esta leyenda -o galimatías, como tú dices- se ha extendido de una generación a otra, a lo largo de tres de ellas. No tienes más que mirar a algunos de los descendientes del Capitán Obed para comprender cómo pudieron surgir tales cuentos. Se dice de algunos hijos de los Marsh que eran demasiado horribles para mirarles a la cara. ¿Habladurías de viejas? Quizá, pero una vez, como el doctor Rowley Marsh estaba demasiado viejo para poder atender a una de las mujeres de Marsh, llamaron al doctor Gilman, y Gilman ha sostenido siempre que lo que trajo al mundo entonces era un ser que podía serlo todo, menos humano. Nunca nadie llegó a ver a ese Marsh, aunque, después, hubo gentes que afirmaron haber visto cosas que se movían sobre dos piernas pero que no eran seres humanos.»

A continuación venía una breve, pero reveladora, referencia de dos palabras: «Sarah castigada».

Esto debió marcar la fecha en que Sarah Whateley fue encerrada en la habitación encima del molino. Seguían varias páginas en las que Luther no mencionaba para nada a su hija en sus anotaciones. Pese a que las notas no llevaban fecha alguna y se seguían una tras la otra, a juzgar por la diferencia en el color de la tinta, debían de haber sido escritas en épocas distintas.

«Muchas ranas. Parecen habitar en el molino. Parecen más numerosas que en los pantanos de la otra orilla del Miskatonic. Impiden dormir. ¿Aumenta también el número de chotacabras, o será mi imaginación?. Esta noche he llegado a contar treinta y siete ranas sobre los escalones del porche.»

Seguían más anotaciones de este mismo tipo. Abner las leyó todas, pero no encontró en ellas nada que le aclarara lo que el viejo había querido decir. Desde ese momento Luther Whateley parecía haber dedicado su libro a las ranas, a la niebla, a los peces, y a sus movimientos en el Miskatonic, cuando saltaban del agua, etcétera. Daban la impresión de ser datos sueltos, y no relacionados con el problema de Sarah. Venía otro silencio a continuación, y luego aparecía una nota, una sola nota, y además subrayada.

«¡Ariah tenía razón!»

¿Pero en qué había tenido razón? se preguntaba Abner. ¿Y cómo supo Luther Whateley que Ariah había tenido razón? No había nada que indicara que Luther y Ariah hubieran seguido escribiéndose, ni siquiera que Ariah lo hubiera hecho sin que el irascible Luther le preguntara nada. A continuación venía una sección compuesta de recortes de periódicos pegados. Parecían no tener la menor relación entre sí, pero permitieron a Abner estimar que había pasado poco más de un año desde la última hasta la siguiente anotación de Luther, una de las más sorprendentes que Abner encontró. De hecho, el tiempo transcurrido parecía ser de casi dos años.

«R. ha vuelto a salir.»

Si Luther y Sarah eran los únicos habitantes de la casa, ¿quién era «R.». ¿Podía ser que Ralsa Marsh hubiese venido de visita y que fuera a él a quien se refería Luther? Abner lo dudaba, pues nada demostraba que hubiera podido existir un especial afecto de Ralsa Marsh por su lejana prima; de haber existido tal sentimiento, indudablemente no habría esperado tanto para ir en busca de ella. La siguiente anotación parecía no tener nada que ver con la precedente.

«Dos tortugas, un perro, los restos de una marmota. Las dos vacas de Bishop, encontradas al final de la pradera, cerca de la orilla del Miskatonic.»
Un poco más adelante, Luther había apuntado otros datos similares.
«Después de un mes un total de 17 vacas y 6 ovejas. Horribles alteraciones; el tamaño está en proporción con la cantidad. Se ha presentado Z. Preocupado por lo que se rumorea por ahí.»
¿Podía Z. significar Zebulón? Abner pensaba que sí. Pero, por lo poco que Zebulón le había podido contar sobre la situación en la casa cuando la tía Sarah había sido encerrada, Abner dedujo que la visita del anciano había sido inútil. Zebulón -pensaba Abner, al recordar su conversación con él- sabía menos que él mismo después de haber leído las anotaciones de su abuelo. Pero sí conocía la existencia del libro, lo cual hizo suponer a Abner que Luther, al menos, había confiado a Zebulón que apuntaba ciertos datos.

Todas esas anotaciones parecían incompletas, misteriosas, como si, para entenderlas, se necesitara disponer de una clave, un conocimiento básico guardado por Luther Whateley. Y, sin embargo, un sentimiento de apremio empezó a manifestarse claramente en las notas siguientes del viejo.

«Ada Wilkerson ha muerto. Rastros de pelea. Profundo pesar en Dunwich. John Sawyer me amenazó con el puño, desde el otro lado de la calle, donde no le podía responder.»
«Lunes. Esta vez Howard Willie. Encontraron un zapato, ¡calzaba aún su pie!»
Las anotaciones llegaban ahora a su fin. Por desgracia muchas hojas habían sido arrancadas -algunas violentamente- pero no había ninguna aplicación que justificara esa violencia. No podía haberlo hecho nadie más que el propio Luther. Quizá, reflexionó Abner, Luther pensó que había hablado demasiado, e intentó destruir cualquier cosa que hubiera podido revelar a quien lo leyese posteriormente los verdaderos motivos del confinamiento de la tía Sarah. Si tal había sido su propósito, lo había logrado.
La siguiente anotación también hacía alusión al misterioso «R.».
«R. ha vuelto por fin.»
Luego: «Clavé las contraventanas de la habitación de Sarah.»
Y finalmente: «Una vez que haya perdido peso, habrá que mantenerle en una dieta rigurosa y un tamaño controlable.»

En cierto modo, esta era la anotación más enigmática de todas. ¿Era «él» también «R.»? Y si así era, ¿por qué había que mantenerle en una dieta rigurosa? ¿y qué quería decir Luther Whateley con lo de controlar su tamaño? Ni en el material que Abner había manejado hasta el momento, ni en estas anotaciones, ni en los fragmentos de relatos que quedaban en el libro, ni en las cartas previamente consultadas, por ninguna parte aparecía la respuesta a estas preguntas. Apartó el libro y refrenó el impulso de quemarlo. Estaba exasperado, y su irritación no hacía más que crecer a medida que aumentaba en él la necesidad de conocer con urgencia el secreto inmerso en este viejo edificio.

Era ya muy tarde. Hacía mucho tiempo que la noche había caído. El inevitable clamor de las ranas y de las chotacabras había empezado de nuevo y llenaba toda la casa. Abner apartó momentáneamente de su pensamiento las anotaciones en apariencia inconexas que había estado leyendo. Todas las supersticiones de su familia le vinieron a la mente. Recordó especialmente aquellas en las que las ranas, las chotacabras y los búhos presagiaban la muerte. Por asociación de ideas, las ranas trajeron la imagen de la grotesca caricatura de un miembro del clan Marsh de Innsmouth, según la describía una de las cartas que Luther Whateley había conservado durante años. Con asombro, Abner se dio cuenta de que un pensamiento tan casual le sumía en la perplejidad. El croar de las ranas y de los sapos se volvía cada vez más insistente. Pero, como los batracios siempre habían abundado en Dunwich, no había forma de saber cuánto tiempo llevaban croando en torno a la vieja casa de los Whateley. Abner no pensó ni un solo instante que su llegada tuviera algo que ver con aquello. Lo achacaba a la proximidad del Miskatonic. A su juicio, la vieja zona pantanosa que lindaba con Dunwich en la otra orilla del río explicaba la presencia de tantas ranas.

La exasperación y la preocupación que le causaban las ranas se desvanecieron. Estaba cansado. Se levantó y puso el libro de Luther Whateley dentro de una de sus maletas, con la intención de llevárselo cuando se marchase y no deshacerse de él hasta arrancarle alguna deducción. En alguna parte tenía que existir una clave. Si era cierto que habían ocurrido espeluznantes acontecimientos en aquella zona, tenía que existir algo más completo que las anotaciones lacónicas de Luther Whateley. No se conseguiría nada con preguntar a la gente de Dunwich; Abner sabía que mantendrían un silencio absoluto ante un forastero como él, a pesar de su parentesco con muchos de los vecinos. Entonces pensó en los montones de periódicos, aún colocados fuera para ser quemados, y a pesar de su cansancio, empezó a repasar los montones del Aylesbury Transcript. Allí, de cuando en cuando, encontraba algún apartado relacionado con Dunwich.

Tras una hora de intensa búsqueda, recortó tres artículos de escasa entidad, pero que no habían aparecido en las secciones habituales reservadas a Dunwich. Corroboraban algunas de las anotaciones de Luther Whateley. El primero se titulaba: Animal salvaje mata ganado cerca de Dunwich.

«Algunas vacas y ovejas han sido degolladas en fincas de las afueras de Dunwich por lo que parece ser un animal salvaje. Las huellas dejadas en el lugar del suceso permiten suponer que se trata de una bestia de gran tamaño, pero el Profesor Bethnall, del Departamento de Antropología de la Universidad de Miskatonic, señala que no se puede descartar la presencia de manadas de lobos en el territorio salvaje que rodea Dunwich. Hasta ahora, y desde que el hombre se ha instalado en la Costa Este, por allí no se ha sabido nunca de ninguna bestia del tamaño que sugieren las huellas encontradas. Las autoridades del territorio están investigando.»

Por mucho que buscó, Abner no pudo encontrar ningún artículo que completase o ampliase esta información. Sin embargo, se tropezó con la historia de Ada Wilkerson.

«Una viuda, Ada Wilkerson, de 57 años de edad, que vivía sola a orillas del Miskatonic, cerca de Dunwich, puede haber sido víctima de un crimen vesánico hace tres noches. Al ver que no acudía a la cita que tenía en Dunwich con una amiga, ésta se hizo acompañar hasta el domicilio de la viuda. No encontraron huellas suyas. Sin embargo, la puerta de la casa había sido forzada y los muebles destrozados, como si se hubiese desarrollado una pelea. Por lo visto un fuerte hedor inundaba toda la casa. Hasta el momento de escribir este artículo, no se han vuelto a tener noticias sobre la señora Wilkerson.»

Los dos párrafos siguientes comunicaban que las autoridades no habían encontrado ningún rastro, ni ninguna explicación a la desaparición de la señora Wilkerson. Se volvió a mencionar la «gran bestia», así como las declaraciones del Profesor Bethnall sobre la posible existencia de una manada de lobos, pero nada más, pues la investigación había concluido y establecido que la señora Wilkerson no tenía ni dinero, ni enemigos, y que no existía nadie con motivos para matarla. Finalmente aparecía el relato de la muerte de Howard Willie, con este titular. Espantoso crimen en Dunwich.

«En algún momento de la noche del día veintiuno, Howard Willie, de 37 años, nacido en Dunwich, fue brutalmente despedazado cuando se dirigía a su casa después de haber ido a pescar en el Miskatonic. El señor Willie fue atacado a una distancia de una milla y media del molino de Luther Whateley, mientras caminaba por un camino arbolado. En el suelo aparecieron huellas que permiten afirmar que hubo una salvaje pelea. El pobre hombre fue vencido. Sus agresores debieron haberle literalmente despedazado, pues los únicos restos que se encontraron de la víctima consistían en su pie derecho, aún con el zapato puesto. No cabe duda de que había sido arrancado salvajemente de su pierna. Nuestro corresponsal en Dunwich nos comunica que las gentes del lugar están muy inquietas y viven en un estado de terror y de cólera. Existen sospechas de que ciertas personas conocidas puedan tener parte de culpa, aunque niegan rotundamente que alguien de Dunwich haya podido matar a Willie o a la señora Wilkerson, que desapareció hace dos semanas y de la que no se ha vuelto a saber nada.»

El relato concluía con algunos datos referentes a la familia de Willie. Luego, en posteriores ediciones del Transcript, sólo se mencionaba la ausencia de información sobre los sucesos de Dunwich, donde las autoridades y los periodistas tropezaron con un férreo muro de silencio; los vecinos se negaron en redondo a hacer el menor comentario sobre los recientes sucesos. Sin embargo, por algunos datos de la investigación que se filtraron a la prensa, era insistente la versión de que las huellas encontradas se perdían todas en las aguas del Miskatonic. Con eso, se sugería que si el responsable de la matanza de Dunwich era la misteriosa bestia, tenía que haber venido del río y haber vuelto al río. Era cerca de medianoche cuando Abner acabó ese último artículo. Pese a la hora tardía, amontonó de nuevo los periódicos que no le interesaban, guardó los tres recortes que había leído, y el resto lo sacó a la orilla del río y le prendió fuego. Con la hoguera anterior, había quemado una considerable extensión de hierba y como no había aire, los riesgos de incendio eran nulos. Abner pensó entonces que no era preciso quedarse para vigilar el fuego. Mientras se alejaba oyó de repente, por encima del ulular de las chotacabras y el croar de las ranas, ahora en un desesperado crescendo, el ruido que hace la madera al desgarrarse y romperse. Pensó inmediatamente en la ventana de la habitación cerrada, y volvió sobre sus pasos.

A la tenue luz que el fuego proyectaba sobre la casa, Abner entreveía la ventana, y le pareció que era más ancha que antes. ¿Podía ser que el molino entero y parte de la casa se estuviesen derrumbando? Entonces, en un instante, pudo ver una sombra amorfa que desaparecía tras la rueda del molino, y unos segundos después oyó un chapoteo en el agua. El croar de las ranas había adquirido un volumen tan intenso que no pudo oír nada más. Dispuesto a olvidarse de la sombra, la achacó al reflejo que las llamas proyectaban sobre la rueda. En cuanto al ruido del agua, podía haber sido producido por un banco de peces saltando en el agua. De todas formas, pensó que no estaría de más echar otra ojeada a la habitación de la tía Sarah. Volvió a la cocina, cogió la lámpara, y subió las escaleras. Al abrir la puerta, el fuerte hedor que emanaba de la habitación cerrada le produjo casi un desmayo. El olor del Miskatonic, de los pantanos, la fetidez de ese resbaladizo material que queda depositado entre las piedras y los escombros hundidos cuando las aguas del Miskatonic bajan de nivel, la mareante y violenta pestilencia que impregna la guarida de ciertos animales: todo esto se condensaba en la habitación cerrada.

Indeciso, Abner permaneció un momento de pie en el umbral. Pensó que el olor de la habitación podía haber entrado por la ventana abierta. Levantó la lámpara, de modo que la luz alumbrase más la parte superior de la pared, encima de la rueda del molino. A pesar de la distancia, vio inmediatamente que no sólo había desaparecido la ventana, sino también el marco. ¡Aun desde la puerta se notaba que el marco había sido roto desde el interior! Se echó hacia atrás y cerró la puerta de un portazo. Bajó las escaleras corriendo, mientras en su cabeza su esquema de raciocinio empezaba a derrumbarse.

V.
Abajo, intentó tranquilizarse. Después de todo, lo que había visto no era más que un detalle añadido a la proliferante acumulación de datos que parecían inconexos y en que tropezaba, una y otra vez, desde que llegó a casa del abuelo. Ahora, sin embargo, estaba convencido de que todos esos datos estaban relacionados entre sí, por muy inverosímil que esto le hubiera parecido hasta entonces. Y ahora lo único que necesitaba averiguar era qué hecho, qué elemento, los unía entre sí.

Se sentía muy perturbado, especialmente por la convicción de que poseía todos los datos que necesitaba, y sólo su rigor científico le impedía formular una primera suposición, establecer la premisa de la que se derivaban los hechos que se presentaban irrefutables. Todos sus sentidos le demostraban que algo -alguna bestia- habitaba en esa habitación. Era inimaginable pensar que los olores del exterior se condensaran en la habitación de la tía Sarah, y en cambio no se apreciasen fuera de la cocina o desde la ventana de su propia habitación. La costumbre de racionalizar sus pensamientos estaba fuertemente enraizada en él. Cogió la última carta de Luther Whateley, la que le era dirigida, y otra vez, la volvió a leer. Eso era lo que su abuelo había querido decir con «tú has recorrido mundo y has recopilado conocimientos suficientes como para permitirte mirar las cosas con mente inquisidora, sin la superstición de la ignorancia ni la superstición de la ciencia». ¿Estaba este rompecabezas, con todas sus horribles consecuencias, más allá de la racionalización?

El timbre del teléfono interrumpió bruscamente la escalada de su confuso razonamiento. Guardó la carta en su bolsillo, corrió hacia el hall, y levantó el auricular. La voz de un hombre chilló en la línea, entre un caos de voces inquisitivas, como si todo el mundo hubiese descolgado el auricular simultáneamente, a la espera, como Abner Whateley de alguna comunicación sobre nuevas tragedias. Una de las voces -todas eran desconocidas para Abner- identificó a la persona que llamaba.

-¡Es Luke Lang!
-Reunid a un grupo de hombres y venid en seguida -gritó Luke con voz ronca-. Está merodeando fuera, en la puerta, en las ventanas, intenta abrir.
-Luke, ¿qué es? -preguntó una voz de mujer.
-¡Oh Dios! No pertenece a este mundo. Da saltos como si fuese demasiado grande para poder moverse normalmente; parece gelatinoso. Pero date prisa, date prisa antes de que sea demasiado tarde. Cogió a mi perro...
-Deja la línea para que podamos llamar pidiendo ayuda -interrumpió otro.
Pero Luke nunca escuchó esto.
-Está empujando la puerta, está derribando la puerta...
-Luke, Luke. ¡cuelga el aparato!
-Está intentando forzar la ventana ahora -la voz de Luke Lang se transformó en un grito de terror-. Ha roto el cristal. ¡Dios! ¡Dios! ¿Es que no vais a venir? ¡Oh, esa mano! ¡Ese terrible brazo! ¡Dios! ¡Esa cara...!

La voz de Luke dejó de oírse tras un horrible chillido. Se oyó el ruido del cristal que se rompía y el crujir de la madera que se desgarraba, y luego la casa de Luke Lang quedó en silencio, al igual que, por unos instantes, la línea. Entonces las voces irrumpieron de nuevo en un tono de pánico y de furia.

-¡Hay que pedir ayuda!
-Nos encontraremos en la casa de Bishop.
Y alguien dijo:
-¡Ha sido cosa de Abner Whateley!

Mareado por el duro golpe y medio paralizado por la evidencia, Abner luchó para retirar el auricular y desconectarse de la algarabía de dementes concentrados en la línea telefónica. Lo logró pero no sin un gran esfuerzo. Confundido, molesto, atemorizado, se quedó un instante apoyado en la pared. Sus pensamientos se arremolinaban en torno a un mismo eje: los vecinos de Dunwich le hacían responsable y le culpaban por lo que había ocurrido. Y esa convicción general -lo intuía- se basaba en algo más que en la proverbial desconfianza del hombre del campo frente a cualquier forastero. No quería pensar en lo que le había ocurrido a Luke Lang y a los otros. La voz de Luke, empavorecida, agonizante, aún resonaba en sus oídos. Se alejó de la pared. Casi tropezaba con las sillas de la cocina. Permaneció un instante al lado de la mesa, sin saber qué hacer, pero a medida que su mente se iba aclarando, pensaba que lo más urgente era escapar. Pero estaba aprisionado entre el deseo de huir, y la obligación con Luther Whateley, que no había cumplido aún.

Había venido, había repasado las cosas del viejo -todo excepto los libros- había hecho los preparativos necesarios para que derribasen la parte del edificio que daba al molino. En cuanto a la casa, podía venderla a través de alguna agencia. En resumidas cuentas, su presencia aquí ya no era necesaria. Sin pensarlo dos veces, corrió a su habitación y volvió a introducir en la maleta cuanto había sacado de ella, además del libro de Luther Whateley. La cerró y salió en dirección al coche. Pero una vez instalado al volante, recapacitó y pensó que no tenía por qué huir. El no había hecho nada. Y no veía por qué tenía que recaer sobre él la menor culpa. Volvió a la casa. Todo estaba quieto, salvo el incesante e incansable coro de las ranas y de las chotacabras. Se quedó parado, sin saber qué hacer; entonces se sentó a la mesa y sacó, una vez más, la última carta de Luther Whateley.

La leyó de nuevo, despacio. ¿Qué había querido decir el viejo cuando, en su referencia a la locura de los Whateley, había dicho «No ha ocurrido lo mismo con todo lo que me ha pertenecido», aunque él se había librado de la locura? La abuela Whateley había muerto mucho antes de nacer Abner; su tía Julia había fallecido muy joven; su madre había llevado una vida intachable. Quedaba su tía Sarah. ¿Cuál había sido su locura entonces? Luther Whateley no podía referirse a nadie más. Sólo quedaba Sarah. ¿Qué había hecho para que la encerraran hasta su muerte? ¿Y qué pretendía con aquella orden a Abner para que matara cualquier cosa en la parte del molino, cualquier cosa viva? No importa su pequeñez. No importa su forma... ¿Incluso algo tan pequeño e inofensivo como un pequeño sapo? ¿Una araña? ¿Una mosca? Luther Whateley escribía en forma de acertijos, cosa que resultaba bastante irritante para un hombre inteligente. ¿O tal vez pensaba su abuelo que Abner era un esclavo de la superstición científica? Hormigas, arañas, moscas, diversas clases de insectos, ciempiés, todos ellos plagaban la parte vieja del molino; e indudablemente, en sus paredes también había ratones. ¿Esperaba Luther Whateley que su nieto exterminase todos estos bichos?

Detrás de él, de repente, el cristal de la ventana se hizo añicos y cayó al suelo, junto con otro objeto. Abner se puso de pie y dio media vuelta. Fuera se oían unos pasos que se alejaban a ritmo de carrera. Vio una piedra en el suelo, entre los cristales rotos. Había un trozo de papel atado alrededor con una cuerda. Abner lo cogió, rompió la cuerda y desplegó el papel. Se presentó a sus ojos una tosca letra: «¡Lárgate antes de que te maten!» El papel provenía de la tienda, así como la cuerda que lo ataba a la piedra. Más que una amenaza era una bien intencionada advertencia. Y era claramente obra de Tobías Whateley, pensó Abner. La tiró con desprecio sobre la mesa. Su cabeza era un auténtico revoltijo de pensamientos, pero llegó a la conclusión de que no era necesario huir precipitadamente. Se quedaría, no sólo para saber si sus sospechas acerca de Luke Lang eran ciertas -como si la evidencia del teléfono diese lugar a dudas-, sino también en un intento desesperado para descubrir la solución del acertijo que Luther Whateley había dejado tras de sí.

Apagó la luz y, a oscuras, se dirigió a su habitación; se echó en la cama sin desnudarse. No podía dormir. Intentaba ordenar sus pensamientos, encontrar un sentido a este cúmulo de datos, aferrado a su convicción de que existía un dato básico, clave de todos los demás, y que tenía que encontrarlo porque lo tenía delante de sí -había sido incapaz hasta el momento de reconocerlo e interpretarlo. Llevaba menos de media hora tumbado, cuando oyó, más fuerte que el coro de las ranas y de las chotacabras, un chapoteo que provenía del Miskatonic. El ruido se acercaba, como si una gran ola barriese las orillas. Se sentó para escuchar mejor. Pero el ruido también cambió, y éste, desgraciadamente, sí podía identificarlo: alguien intentaba trepar por la rueda del molino. Se levantó y salió del cuarto.

De la habitación cerrada provenía el ruido de un cuerpo pesado que se arrastraba y caía. Luego se oyó un curioso y entrecortado quejido, parecido al de un niño llamando desde lejos, y finalmente se restableció la calma y el silencio. Incluso el croar de las ranas pareció desvanecerse y morir.

Volvió a la cocina y encendió la lámpara. Proyectando la luz amarillenta de la lámpara hacia delante, Abner se dirigió lentamente escalera arriba, en dirección a la habitación cerrada. Andaba suavemente, despacio, sin hacer ruido. Al llegar a la puerta, escuchó. Al principio no oyó nada, pero al poco rato un susurro llegó a sus oídos. ¡Algo en aquella habitación respiraba!

Luchando contra el miedo, Abner puso la llave en la puerta. Abrió y levantó la lámpara. El asombro y el terror le paralizaron. Allí, agazapado en medio de la cama deshecha y tanto tiempo abandonada, se sentaba un monstruo, una criatura de piel dura, que no era ni hombre ni rana, ahíta de comida, con unos hilos de sangre que caían aún de sus mandíbulas batracias y goteaban entre sus dedos palmípedos. Era una cosa monstruosa que tenía unos brazos largos y fuertes, que salían de su cuerpo bestial como las patas anteriores de una rana, y terminaban en algo que, de no ser por las membranas que unían los dedos entre sí, hubieran podido ser unas manos humanas.

La escena no duró más que unos breves instantes. Entonces, con un gruñido enfurecido -«Eh-ya-ya-ya-yaa-haah-ngh'aaa-h'yuh-h'yuh»-, el gigantesco monstruo se levantó y se abalanzó sobre Abner.

Su reacción fue instantánea, nacida de una terrible y explosiva revelación. Lanzó la lámpara llena de petróleo hacia el monstruo que se echaba sobre él. El fuego envolvió a la bestia. Se detuvo y empezó a tocarse desesperadamente el cuerpo ardiendo, sin percatarse de las llamas que surgían de la cama, detrás de ella, y en el suelo de la habitación. Al mismo tiempo, el timbre de su voz varió, y de profundo gruñido se transformó en un escalofriante gemido: «¡Mama-mama-ma-aa-ma-aa-ma-aah!»»

Abner cerró la puerta y salió corriendo.

Bajó las escaleras, tropezando, cruzó apresuradamente las habitaciones de abajo; con el corazón latiendo locamente, salió de la casa. Medio cegado por el miedo, se metió en el coche, dio al contacto, y se alejó de ese maldito lugar del que ya salía humo, mientras las llamas se extendían por la armazón de madera de la casa y empezaban a reflejar su rojizo color en el cielo. A través de Dunwich, por el puente cubierto, conducía como un poseso. Mantenía los ojos entrecerrados, como para borrar para siempre la escena que había presenciado, mientras las oscuras montañas parecían querer atraparlo y el coro de las ranas y de las chotacabras se burlaba de él. Pero nada podía borrar esta definitiva y fulgurante revelación que se había grabado en su mente. Ahora sabía que la clave la había tenido todo el tiempo, pese a que no lograra reconocerla, en sus propios recuerdos y en las anotaciones de Luther Whateley. A esa nueva luz, todas las piezas del rompecabezas se ensamblaban y todo cobraba su pleno sentido. La carne cruda que subían a la habitación y que Abner, de niño, creía que la tía Sarah preparaba en su cuarto, en realidad estaba destinada a ser comida cruda. La corta e incomprensible nota sobre «R.» que «por fin» había vuelto después de su escapada, implicaba que había regresado al único hogar que «R.» conocía. También entre las aparentemente inconexas anotaciones de su abuelo, la mención de las desapariciones de vacas, ovejas y otros animales aclaraba ampliamente esa otra referencia de Luther Whateley a «R.» ya que «el tamaño está en proporción con la cantidad de comida», y explicaba también lo que significaba otra nota que decía: «habrá que mantenerle en una dieta rigurosa y un tamaño controlable» -¡como la gente de Innsmouth!- «controlado» hasta casi extinguirse tras la muerte de Sarah. Entonces Luther pensó que, dejando a la criatura encerrada sin comida en la habitación, acabaría por matarla irremisiblemente. Sin embargo, ante la duda de que aquello fuera imposible ordenó a Abner que matara «cualquier cosa viva» que pudiera encontrar en el cuarto. La cosa que Abner había liberado sin darse cuenta al romper las ventanas y contraventanas, la había liberado para que buscase su propia comida y volviese a crecer endiabladamente, al principio con peces del Miskatonic, luego con pequeños animales, luego ganado, y finalmente con seres humanos. Esa cosa que era mitad batracio mitad ser humano, pero lo suficiente humana como para regresar al único hogar que conocía y llamar aterrorizada a su madre ante el terrible desenlace, la cosa que había nacido de la unión no bendita de Sarah Whateley y Ralsa Marsh, llena de sangre, el monstruo que merodearía para siempre en la mente de Abner Whateley. ¡Su primo Ralsa, obligado a permanecer en la vieja casa por el deseo férreo de su abuelo, en lugar de haber sido soltado hace tiempo al mar para que se uniese a los Profundos entre los súbditos de Dagon y del Gran Cthulhu!"

Howard Phillips Lovecraft/August Derleth

viernes, 12 de junio de 2015

"El Vampiro"

"Tú que como una cuchillada
entraste en mi triste pecho,
tú que, fuerte cual un rebaño
de demonios, viniste, loca,
a hacer tu lecho y tu dominio
en mi espíritu humillado.
-Infame a quien estoy unido
como a su cadena el galeote,
corno al juego el jugador,
como a la botella el borracho
como al gusano la carroña,
-¡maldita seas, maldita!
Rogué al rápido puñal
que mi libertad conquistara
dile al pérfido veneno
que socorriese mi cobardía".
Mas ¡ay! puñal y veneno
despreciándome, me han dicho:
"No mereces que te arranquen
de esa maldita esclavitud,
¡imbécil! --si de su imperio
nuestro esfuerzo te librara,
tus besos resucitarían de tu vampiro ¡el cadáver!".
 

Charles Baudelaire.

jueves, 11 de junio de 2015

"Markheim"

"-Sí-dijo el anticuario-, nuestras buenas oportunidades son de varias clases. Algunos clientes no saben lo que me traen, y en ese caso percibo un dividendo en razón de mis mayores conocimientos. Otros no son honrados-y aquí levantó la vela, de manera que su luz iluminó con más fuerza las facciones del visitante-, y en ese caso-continuó-recojo el beneficio debido a mi integridad.

Markheim acababa de entrar, procedente de las calles soleadas, y sus ojos no se habían acostumbrado aún a la mezcla de brillos y oscuridades del interior de la tienda. Aquellas palabras mordaces y la proximidad de la llama le obligaron a cerrar los ojos y a torcer la cabeza.
El anticuario rió entre dientes.

-Viene usted a verme el día de Navidad-continuó-, cuando sabe que estoy solo en mi casa, con los cierres echados y que tengo por norma no hacer negocios en esas circunstancias. Tendrá usted que pagar por ello; también tendría que pagar por el tiempo que pierda, puesto que yo debería estar cuadrando mis libros; y tendrá que pagar, además, por la extraña manera de comportarse que tiene usted hoy. Soy un modelo de discreción y no hago preguntas embarazosas; pero cuando un cliente no es capaz de mirarme a los ojos, tiene que pagar por ello.
El anticuario rió una vez más entre dientes; y luego, volviendo a su voz habitual para tratar de negocios, pero todavía con entonación irónica, continuó:
-¿Puede usted explicar, como de costumbre, de qué manera ha llegado a su poder el objeto en cuestión? ¿Procede también del gabinete de su tío? ¡Un coleccionista excepcional, desde luego!

Y el anticuario, un hombrecillo pequeño y de hombros caídos, se le quedó mirando, casi de puntillas, por encima de sus lentes de montura dorada, moviendo la cabeza con expresión de total incredulidad. Markheim le devolvió la mirada con otra de infinita compasión en la que no faltaba una sombra de horror.

-Esta vez-dijo-está usted equivocado. No vengo a vender sino a comprar. Ya no dispongo de ningún objeto: del gabinete de mi tío sólo queda el revestimiento de las paredes; pero aunque estuviera intacto, mi buena fortuna en la Bolsa me empujaría más bien a ampliarlo. El motivo de mi visita es bien sencillo. Busco un regalo de Navidad para una dama-continuó, creciendo en elocuencia al enlazar con la justificación que traía preparada-; y tengo que presentar mis excusas por molestarle para una cosa de tan poca importancia. Pero ayer me descuidé y esta noche debo hacer entrega de mi pequeño obsequio; y, como sabe usted perfectamente, el matrimonio con una mujer rica es algo que no debe despreciarse.

A esto siguió una pausa, durante la cual el anticuario pareció sopesar incrédulamente aquella afirmación. El tic-tac de muchos relojes entre los curiosos muebles de la tienda, y el rumor de los cabriolés en la cercana calle principal, llenaron el silencioso intervalo.

-De acuerdo, señor-dijo el anticuario-, como usted diga. Después de todo es usted un viejo cliente; y si, como dice, tiene la oportunidad de hacer un buen matrimonio, no seré yo quien le ponga obstáculos. Aquí hay algo muy adecuado para una dama-continuó-; este espejo de mano, del siglo XV, garantizado; también procede de una buena colección, pero me reservo el nombre por discreción hacia mi cliente, que como usted, mi querido señor, era el sobrino y único heredero de un notable coleccionista.

El anticuario, mientras seguía hablando con voz fría y sarcástica, se detuvo para coger un objeto; y, mientras lo hacia, Markheim sufrió un sobresalto, una repentina crispación de muchas pasiones tumultuosas que se abrieron camino hasta su rostro. Pero su turbación desapareció tan rápidamente como se había producido, sin dejar otro rastro que un leve temblor en la mano que recibía el espejo.

-Un espejo -dijo con voz ronca; luego hizo una pausa y repitió la palabra con más claridad-. ¿Un espejo? ¿Para Navidad? Usted bromea.
-¿Y por qué no? -exclamó el anticuario-. ¿Por qué un espejo no?
Markheim lo contemplaba con una expresión indefinible.
-¿Y usted me pregunta por qué no?-dijo-. Basta con que mire aquí..., mírese en él... ¡Véase usted mismo! ¿Le gusta lo que ve? ¡No! A mí tampoco me gusta... ni a ningún hombre.
El hombrecillo se había echado para atrás cuando Markheim le puso el espejo delante de manera tan repentina; pero al descubrir que no había ningún otro motivo de alarma, rió de nuevo entre dientes.
-La madre naturaleza no debe de haber sido muy liberal con su futura esposa, señor-dijo el anticuario.
-Le pido-replicó Markheim-un regalo de Navidad y me da usted esto: un maldito recordatorio de años, de pecados, de locuras... ¡una conciencia de mano! ¿Era ésa su intención? ¿Pensaba usted en algo concreto? Dígamelo. Será mejor que lo haga. Vamos, hábleme de usted. Voy a arriesgarme a hacer la suposición de que en secreto es usted un hombre muy caritativo.
El anticuario examinó detenidamente a su interlocutor. Resultaba muy extraño, porque Markheim no daba la impresión de estar riéndose; había en su rostro algo así como un ansioso chispazo de esperanza, pero ni el menor asomo de hilaridad.
-¿A qué se refiere? -preguntó el anticuario.
-¿No es caritativo? -replicó el otro sombríamente-. Sin caridad; impío; sin escrúpulos; no quiere a nadie y nadie le quiere; una mano para coger el dinero y una caja fuerte para guardarlo. ¿Es eso todo? ¡Santo cielo, buen hombre! ¿Es eso todo?
-Voy a decirle lo que es en realidad-empezó el anticuario, con voz cortante, que acabó de nuevo con una risa entre dientes-. Ya veo que se trata de un matrimonio de amor, y que ha estado usted bebiendo a la salud de su dama.
-¡Ah! -exclamó Markheim, con extraña curiosidad-. ¿Ha estado usted enamorado? Hábleme de ello.
-Yo -exclamó el anticuario-, ¿enamorado? Nunca he tenido tiempo? ni lo tengo ahora para oír todas estas tonterías. ¿Va usted a llevarse el espejo?
-¿Por qué tanta prisa? -replicó Markheim-. Es muy agradable estar aquí hablando; y la vida es tan breve y tan insegura que no quisiera apresurarme a agotar ningún placer; no, ni siquiera uno con tan poca entidad como éste. Es mejor agarrarse, agarrarse a lo poco que esté a nuestro alcance, como un hombre al borde de un precipicio. Cada segundo es un precipicio, si se piensa en ello; un precipicio de una milla de altura; lo suficientemente alto para destruir, si caemos, hasta nuestra última traza de humanidad. Por eso es mejor que hablemos con calma. Hablemos de nosotros mismos: ¿por qué tenemos que llevar esta máscara? Hagámonos confidencias. ¡Quién sabe, hasta es posible que lleguemos a ser amigos !
-Sólo tengo una cosa que decirle-respondió el anticuario-. ¡Haga usted su compra o váyase de mi tienda!
-Es cierto, es cierto -dijo Markheim-. Ya está bien de bromas. Los negocios son los negocios. Enséñeme alguna otra cosa.

El anticuario se agachó de nuevo, esta vez para dejar eI espejo en la estantería, y sus finos cabellos rubios le cubrieron los ojos mientras lo hacía. Markheim se acercó a él un poco más, con una mano en el bolsillo de su abrigo; se irguió, llenándose de aire los pulmones; al mismo tiempo muchas emociones diferentes aparecieron antes en su rostro: terror y decisión, fascinación y repulsión física; y mediante un extraño fruncimiento del labio superior, enseñó los dientes.

-Esto, quizá, resulte adecuado-hizo notar el anticuario; y mientras se incorporaba, Markheim saltó desde detrás sobre su víctima. La estrecha daga brilló un momento antes de caer. El anticuario forcejeó como una gallina, se dio un golpe en la sien con la repisa y luego se desplomó sobre el suelo como un manojo de trapos.

El tiempo hablaba por un sinfín de voces apenas audibles en aquella tienda; había otras solemnes y lentas como correspondía a sus muchos años, y aun algunas parlanchinas y apresuradas. Todas marcaban los segundos en un intrincado coro de tic-tacs. Luego, el ruido de los pies de un muchacho, corriendo pesadamente sobre la acera, irrumpió entre el conjunto de voces, devolviendo a Markheim la conciencia de lo que tenía alrededor. Contempló la tienda lleno de pavor. La vela seguía sobre el mostrador, y su llama se agitaba solemnemente debido a una corriente de aire; y por aquel movimiento insignificante, la habitación entera se llenaba de silenciosa agitación, subiendo y bajando como las olas del mar; las sombras alargadas cabeceaban, las densas manchas de oscuridad se dilataban y contraían como si respirasen, los rostros de los retratos y los dioses de porcelana cambiaban y ondulaban como imágenes sobre el agua. La puerta interior seguía entreabierta y escudriñaba el confuso montón de sombras con una larga rendija de luz semejante a un índice extendido. De aquellas aterrorizadas ondulaciones los ojos de Markheim se volvieron hacia el cuerpo de la víctima, que yacía encogido y desparramado al mismo tiempo; increíblemente pequeño y, cosa extraña, más mezquino aún que en vida. Con aquellas pobres ropas de avaro, en aquella desgarbada actitud, el anticuario yacía como si no fuera más que un montón de aserrín. Markheim había temido mirarlo y he aquí que no era nada. Y sin embargo mientras lo contemplaba, aquel montón de ropa vieja y aquel charco de sangre empezaron a expresarse con voces elocuentes. Allí tenía que quedarse; no había nadie que hiciera funcionar aquellas articulaciones o que pudiera dirigir el milagro de su locomoción: allí tenía que seguir hasta que lo encontraran. Y ¿cuando lo encontraran? Entonces, su carne muerta lanzaría un grito que resonaría por toda Inglaterra y llenaría el mundo con los ecos de la persecución. Muerto o vivo aquello seguía siendo el enemigo. "El tiempo era el enemigo cuando faltaba la inteligencia", pensó; y la primera palabra se quedó grabada en su mente. El tiempo, ahora que el crimen había sido cometido; el tiempo, que había terminado para la víctima, se había convertido en perentorio y trascendental para el asesino.

Aún seguía pensando en esto cuando, primero uno y luego otro, con los ritmos y las voces más variadas-una tan profunda como la campana de una catedral, otra esbozando con sus notas agudas el preludio de un vals-, los relojes empezaron a dar las tres. El repentino desatarse de tantas lenguas en aquella cámara silenciosa le desconcertó. Empezó a ir de un lado para otro con la vela, acosado por sombras en movimiento, sobresaltado en lo más vivo por reflejos casuales. En muchos lujosos espejos, algunos de estilo inglés, otros de Venecia o Amsterdam, vio su cara repetida una y otra vez, como si se tratara de un ejército de espías; sus mismos ojos detectaban su presencia; y el sonido de sus propios pasos, aunque anduviera con cuidado, turbaba la calma circundante. Y todavía, mientras continuaba llenándose los bolsillos, su mente le hacía notar con odiosa insistencia los mil defectos de su plan. Tendría que haber elegido una hora más tranquila; haber preparado una coartada; no debería haber usado un cuchillo, tendría que haber sido más cuidadoso y atar y amordazar sólo al anticuario en lugar de matarlo; o, mejor, ser aún más atrevido y matar también a la criada; tendría que haberlo hecho todo de manera distinta; intensos remordimientos, vanos y tediosos esfuerzos de la mente para cambiar lo incambiable, para planear lo que ya no servía de nada, para ser el arquitecto del pasado irrevocable. Mientras tanto, y detrás de toda esta actividad, terrores primitivos, como un escabullirse de ratas en un ático desierto, llenaban de agitación las más remotas cámaras de su cerebro; la mano del policía caería pesadamente sobre su hombro y sus nervios se estremecerían como un pez cogido en el anzuelo; o presenciaba, en desfile galopante, el arresto, la prisión, la horca y el negro ataúd.

El terror a los habitantes de la calle bastaba para que su imaginación los percibiera como un ejército sitiador. Era imposible, pensó, que algún rumor del forcejeo no hubiera llegado a sus oídos, despertando su curiosidad; y ahora, en todas las casas vecinas, adivinaba a sus ocupantes inmóviles, al acecho de cualquier rumor: personas solitarias, condenadas a pasar la Navidad sin otra compañía que los recuerdos del pasado, y ahora forzadas a abandonar tan melancólica tarea; alegres grupos de familiares, repentinamente silenciosos alrededor de la mesa, la madre aún con un dedo levantado; personas de distintas categorías, edades y estados de ánimo, pero todos, dentro de su corazón, curioseando y prestando atención y tejiendo la soga que habría de ahorcarle. A veces le parecía que no era capaz de moverse con la suficiente suavidad; el tintineo de las altas copas de Bohemia parecía un redoblar de campanas; y, alarmado por la intensidad de los tic-tac, sentía la tentación de parar todos los relojes. Luego, con una rápida transformación de sus terrores, el mismo silencio de la tienda le parecía una fuente de peligro, algo capaz de sorprender y asustar a los que pasaran por la calle; y entonces andaba con más energía y se movía entre los objetos de la tienda imitando, jactanciosamente, los movimientos de un hombre ocupado, en el sosiego de su propia casa. Pero estaba tan dividido entre sus diferentes miedos que, mientras una porción de su mente seguía alerta y haciendo planes, otra temblaba al borde de la locura. Una particular alucinación había conseguido tomar fuerte arraigo. El vecino escuchando con rostro lívido junto a la ventana, el viandante detenido en la acera por una horrible conjetura, podían sospechar pero no saber; a través de las paredes de ladrillo y de las ventanas cerradas sólo pasaban los sonidos. Pero allí, dentro de la casa, ¿estaba solo? Sabía que sí; había visto salir a la criada en busca de su novio, humildemente engalanada y con un "voy a pasar el día fuera" escrito en cada lazo y en cada sonrisa. Sí, estaba solo, por supuesto; y, sin embargo, en la casa vacía que se alzaba por encima de él, oía con toda claridad un leve ruido de pasos..., era consciente, inexplicablemente consciente de una presencia. Efectivamente; su imaginación era capaz de seguirla por cada habitación y cada rincón de la casa; a veces era una cosa sin rostro que tenía, sin embargo, ojos para ver; otras, una sombra de sí mismo; luego la presencia cambiaba, convirtiéndose en la imagen del anticuario muerto, revivificada por la astucia y el odio.

A veces, haciendo un gran esfuerzo, miraba hacia la puerta entreabierta que aún conservaba un extraño poder de repulsión. La casa era alta, la claraboya pequeña y cubierta de polvo, el día casi inexistente en razón de la niebla; y la luz que se filtraba hasta el piso bajo débil en extremo, capaz apenas de iluminar el umbral de la tienda. Y, sin embargo, en aquella franja de dudosa claridad, ¿no temblaba una sombra? Repentinamente, desde la calle, un caballero muy jovial empezó a llamar con su bastón a la puerta de la tienda, acompañando los golpes con gritos y bromas en las que se hacían continuas referencias al anticuario llamándolo por su nombre de pila. Markheim, convertido en estatua de hielo, lanzó una mirada al muerto. Pero no había nada que temer: seguía tumbado, completamente inmóvil; había huido a un sitio donde ya no podía escuchar aquellos golpes y aquellos gritos; se había hundido bajo mares de silencio; y su nombre, que en otro tiempo fuera capaz de atraer su atención en medio del fragor de la tormenta, se había convertido en un sonido vacío. Y en seguida el jovial caballero renunció a llamar y se alejó calle adelante. Aquello era una clara insinuación de que convenía apresurar lo que faltaba por hacer; que convenía marcharse de aquel barrio acusador, sumergirse en el baño de las multitudes londinenses y alcanzar, al final del día, aquel puerto de salvación y de aparente inocencia que era su cama. Había aparecido un visitante: en cualquier momento podía aparecer otro y ser más obstinado. Haber cometido el crimen y no recoger los frutos sería un fracaso demasiado atroz. La preocupación de Markheim en aquel momento era el dinero, y como medio para llegar hasta él, las llaves.

Miró por encima del hombro hacia la puerta entreabierta, donde aún permanecía la sombra temblorosa; y sin conciencia de ninguna repugnancia mental pero con un peso en el estómago, Markheim se acercó al cuerpo de su víctima. Los rasgos humanos característicos habían desaparecido completamente. Era como un traje relleno a medias de aserrín, con las extremidades desparramadas y el tronco doblado; y sin embargo conseguía provocar su repulsión. A pesar de su pequeñez y de su falta de lustre. Markheim temía que recobrara realidad al tocarlo. Cogió el cuerpo por los hombros para ponerlo boca arriba. Resultaba extrañamente ligero y flexible y las extremidades, como si estuvieran rotas, se colocaban en las más extrañas posturas. El rostro había quedado desprovisto de toda expresión, pero estaba tan pálido como la cera, y con una mancha de sangre en la sien. Esta circunstancia resultó muy desagradable para Markheim. Le hizo volver al pasado de manera instantánea; a cierto día de feria en una aldea de pescadores, un día gris con una suave brisa; a una calle llena de gente, al sonido estridente de las trompetas, al redoblar de los tambores, y a la voz nasal de un cantante de baladas; y a un muchacho que iba y venía, sepultado bajo la multitud y dividido entre la curiosidad y el miedo, hasta que, alejándose de la zona más concurrida, se encontró con una caseta y un gran cartel con diferentes escenas, atrozmente dibujadas y peor coloreadas: Brownrigg y su aprendiz; los Mannig con su huésped asesinado; Weare en el momento de su muerte a manos de Thurtell; y una veintena más de crímenes famosos. Lo veía con tanta claridad como si fuera un espejismo; Markheim era de nuevo aquel niño; miraba una vez más, con la misma sensación física de náusea, aquellas horribles pinturas, todavía estaba atontado por el redoblar de los tambores. Un compás de la música de aquel día le vino a la memoria; y ante aquello, por primera vez, se sintió acometido de escrúpulos, experimentó una sensación de mareo y una repentina debilidad en las articulaciones, y tuvo que hacer un esfuerzo para resistir y vencerlas.

Juzgó más prudente enfrentarse con aquellas consideraciones que huir de ellas; contemplar con toda fijeza el rostro muerto y obligar la mente a darse cuenta de la naturaleza e importancia de su crimen. Hacía tan poco tiempo que aquel rostro había expresado los más variados sentimientos que aquella boca había hablado, que aquel cuerpo se había encendido con energías encaminadas hacia una meta; y ahora, y por obra suya aquel pedazo de vida se había detenido, como el relojero, interponiendo un dedo, detiene el latir del reloj. Así razonaba en vano; no conseguía sentir más remordimientos; el mismo corazón que se había encogido ante las pintadas efigies del crimen, contemplaba indiferente su realidad. En el mejor de los casos, sentía un poco de piedad por uno que había poseído en vano todas esas facultades que pueden hacer del mundo un jardín encantado; uno que nunca había vivido y que ahora estaba ya muerto. Pero de contrición, nada; ni el más leve rastro. Con esto, después de apartar de sí aquellas consideraciones, encontró las llaves y se dirigió hacia la puerta entreabierta. En el exterior llovía con fuerza; y el ruido del agua sobre el tejado había roto el silencio. Al igual que una cueva con goteras, las habitaciones de la casa estaban llenas de un eco incesante que llenaba los oídos y se mezclaba con el tic-tac de los relojes. Y, a medida que Markheim se acercaba a la puerta, le pareció oír, en respuesta a su cauteloso caminar, los pasos de otros pies que se retiraban escaleras arriba. La sombra todavía palpitaba en el umbral. Markheim hizo un esfuerzo supremo para dar confianza a sus músculos y abrió la puerta de par en par.

La débil y neblinosa luz del día iluminaba apenas el suelo desnudo, las escaleras, la brillante armadura colocada, alabarda en mano, en un extremo del descansillo, y los relieves en madera oscura y los cuadros que colgaban de los paneles amarillos del revestimiento. Era tan fuerte el golpear de la lluvia por toda la casa que, en los oídos de Markheim, empezó a diferenciarse en muchos sonidos diversos. Pasos y suspiros, el ruido de un regimiento marchando a lo lejos, el tintineo de monedas al contarlas, el chirriar de puertas cautelosamente entreabiertas, parecía mezclarse con el repiqueteo de las gotas sobre la cúpula y con el gorgoteo de los desagües. La sensación de que no estaba solo creció dentro de él hasta llevarlo al borde de la locura. Por todos lados se veía acechado y cercado por aquellas presencias. Las oía moverse en las habitaciones altas; oía levantarse en la tienda al anticuario; y cuando empezó, haciendo un gran esfuerzo, a subir las escaleras, sintió pasos que huían silenciosamente delante de él y otros que le seguían cautelosamente. Si estuviera sordo, pensó Markheim, ¡qué fácil le sería conservar la calma! Y en seguida, y escuchando con atención siempre renovada, se felicitó a sí mismo por aquel sentido infatigable que mantenía alerta a las avanzadillas y era un fiel centinela encargado de proteger su vida. Markheim giraba la cabeza continuamente, sus ojos, que parecían salírsele de las órbitas, exploraban por todas partes, y en todas partes se veían recompensados a medias con la cola de algún ser innominado que se desvanecía. Los veinticuatro escalones hasta el primer piso fueron otras tantas agonías.

En el primer piso las puertas estaban entornadas; tres puertas como tres emboscadas, haciéndole estremecerse como si fueran bocas de cañón. Nunca más, pensó podría sentirse suficientemente protegido contra los observadores ojos de los hombres; anhelaba estar en su casa, rodeado de paredes, hundido entre las ropas de la cama, e invisible a todos menos a Dios. Y ante aquel pensamiento se sorprendió un poco, recordando historias de otros criminales y del miedo que, según contaban, sentían ante la idea de un vengador celestial. No sucedía así, al menos, con él. Markheim temía las leyes de la naturaleza, no fuera que en su indiferente e inmutable proceder, conservaran alguna prueba concluyente de su crimen. Temía diez veces más, con un terror supersticioso y abyecto, algún corte en la continuidad de la experiencia humana, alguna caprichosa ilegalidad de la naturaleza. El suyo era un juego de habilidad, que dependía de reglas, que calculaba las consecuencias a partir de una causa; y ¿qué pasaría si la naturaleza, de la misma manera que el tirano derrotado volcó el tablero de ajedrez, rompiera el molde de su concatenación? Algo parecido le había sucedido a Napoleón (al menos eso decían los escritores) cuando el invierno cambió el momento de su aparición. Lo mismo podía sucederle a Markheim; las sólidas paredes podían volverse transparentes y revelar sus acciones como las colmenas de cristal revelan las de las abejas; las recias tablas podían ceder bajo sus pies como arenas movedizas, reteniéndolo en su poder; y existían accidentes perfectamente posibles capaces de destruirlo; así, por ejemplo, la casa podía derrumbarse y aprisionarlo junto al cuerpo de su víctima; o podía arder la casa vecina y verse rodeado de bomberos por todas partes. Estas cosas le inspiraban miedo; y, en cierta manera, a esas cosas se las podía considerar como la mano de Dios extendida contra el pecado. Pero en cuanto a Dios mismo, Markheim se sentía tranquilo; la acción cometida por él era sin duda excepcional, pero también lo eran sus excusas, que Dios conocía; era en ese tribunal y no entre los hombres, donde estaba seguro de alcanzar justicia.

Después de llegar sano y salvo a la sala y de cerrar la puerta tras de sí, Markheim se dio cuenta de que iba a disfrutar de un descanso después de tantos motivos de alarma. La habitación estaba completamente desmantelada, sin alfombra por añadidura, con muebles descabalados y cajas de embalaje esparcidos aquí y allá; había varios espejos de cuerpo entero, en los que podía verse desde diferentes ángulos, como un actor sobre un escenario; muchos cuadros, enmarcados o sin enmarcar, de espaldas contra la pared; un elegante aparador Sheraton, un armario de marquetería, y una gran cama antigua, con dosel. Las ventanas se abrían hasta el suelo, pero afortunadamente la parte inferior de los postigos estaba cerrada, y esto le ocultaba de los vecinos. Markheim procedió entonces a colocar una de las cajas de embalaje delante del armario y empezó a buscar entre las llaves. Era una tarea larga, porque había muchas, y molesta por añadidura; después de todo, podía no haber nada en el armario y el tiempo pasaba volando. Pero el ocuparse de una tarea tan concreta sirvió para que se serenara. Con el rabillo del ojo veía la puerta: de cuando en cuando miraba hacia ella directamente, de la misma manera que al comandante de una plaza sitiada le gusta comprobar por sí mismo el buen estado de sus defensas. Pero en realidad estaba tranquilo. El ruido de la lluvia que caía en la calle resultaba perfectamente normal y agradable En seguida, al otro lado, alguien empezó a arrancar notas de un piano hasta formar la música de un himno, y las voces de muchos niños se le unieron para cantar la letra. ¡Qué majestuosa y tranquilizadora era la melodía! ¡Qué agradables las voces juveniles! Markheim las escuchó sonriendo, mientras revisaba las llaves; y su mente se llenó de imágenes e ideas en correspondencia con aquella música; niños camino de la iglesia mientras resonaba el órgano; niños en el campo, unos bañándose en el río otros vagabundeando por el prado o haciendo volar sus cometas por un cielo cubierto de nubes empujadas por el viento; y después, al cambiar el ritmo de la música, otra vez en la iglesia, con la somnolencia de los domingos de verano, la voz aguda y un tanto afectada del párroco (que le hizo sonreír al recordarla), las tumbas del período jacobino, y el texto de los Diez Mandamientos grabado en el presbiterio con caracteres ya apenas visibles.

Y mientras estaba así sentado, distraído y ocupado al mismo tiempo, algo le sobresaltó, haciéndole ponerse en pie. Tuvo una sensación como de hielo, y luego un calor insoportable, le pareció que el corazón iba estallarle dentro del pecho y finalmente se quedó inmóvil, temblando de horror. Alguien subía la escalera con pasos lentos pero firmes; en seguida una mano se posó sobre el picaporte, la cerradura emitió un suave chasquido y la puerta se abrió. El miedo tenía a Markheim atenazado. No sabía qué esperar: si al muerto redivivo, a los enviados oficiales de la justicia humana, o a algún testigo casual que, sin saberlo, estaba a punto de entregarlo a la horca. Pero cuando el rostro que apareció en la abertura recorrió la habitación con la vista, lo miró, hizo una inclinación de cabeza, sonrió como si reconociera en él a un amigo, retrocedió de nuevo y cerró la puerta tras de sí, Markheim fue incapaz de controlar su miedo y dejó escapar un grito ahogado. Al oírlo, el visitante volvió a entrar.

-¿Me llamaba?-preguntó con gesto cordial; y con esto, introdujo todo el cuerpo en la habitación y cerró de nuevo la puerta.

Markheim lo contempló con la mayor atención imaginable. Quizá su vista tropezaba con algún obstáculo, porque la silueta del recién llegado parecía modificarse y ondular como la de los ídolos de la tienda bajo la luz vacilante de la vela; a veces le parecía reconocerlo; a veces le daba la impresión de parecerse a él; y a cada momento, como un peso intolerable, crecía en su pecho la convicción de que aquel ser no procedía ni de la tierra ni de Dios. Y sin embargo aquella criatura tenia un extraño aire de persona corriente mientras miraba a Markheim sin dejar de sonreír; y después, cuando añadió: "¿Está usted buscando el dinero, no es cierto?", lo hizo con un tono cortés que nada tenía de extraordinario. Markheim no contestó.

-Debo advertirle-continuó el otro-que la criada se ha separado de su novio antes de lo habitual y que no tardará mucho en estar de vuelta. Si Mr. Markheim fuera encontrado en esta casa, no necesito describirle las consecuencias.
-¿Me conoce usted?-exclamó el asesino.
El visitante sonrió.
-Hace mucho que es usted uno de mis preferidos -dijo-; le he venido observando durante todo este tiempo y he deseado ayudarle con frecuencia.
-¿Quién es usted?-exclamó Markheim-: ¿el Demonio?
-Lo que yo pueda ser-replicó el otro-no afecta para nada al servicio que me propongo prestarle.
-¡Sí que lo afecta! -exclamó Markheim-, ¡claro que sí! ¿Ser ayudado por usted? ¡No, nunca, no por usted! ¡Todavía no me conoce, gracias a Dios, todavía no!
-Le conozco-replicó el visitante, con tono severo o más bien firme-. Conozco hasta sus más íntimos pensamientos.
-¡Me conoce!-exclamó Markheim-. ¿Quién puede conocerme? Mi vida no es más que una parodia y una calumnia contra mí mismo. He vivido para contradecir mi naturaleza. Todos los hombres lo hacen; todos son mejores que este disfraz que va creciendo y acaba asfixiándolos. La vida se los lleva a todos a rastras, como si un grupo de malhechores se hubiera apoderado de ellos y acallara sus gritos a la fuerza. Si no hubieran perdido el control..., si se les pudiera ver la cara, serían completamente diferentes, ¡resplandecerían como héroes y como santos! Yo soy peor que la mayoría; mi ser auténtico está más oculto; mis razones sólo las conocemos Dios y yo. Pero, si tuviera tiempo, podría mostrarme tal como soy.
-¿Ante mí?-preguntó el visitante.
-Sobre todo ante usted-replicó el asesino-. Le suponía inteligente. Pensaba, puesto que existe, que resultaría capaz de leer los corazones. Y, sin embargo, ¡se propone juzgarme por mis actos! Piense en ello; ¡mis actos! Nací y he vivido en una tierra de gigantes; gigantes que me arrastran, cogido por las muñecas, desde que salí del vientre de mi madre: los gigantes de las circunstancias. ¡Y usted va a juzgarme por mis actos! ¿No es capaz de mirar en mi interior? ¿No comprende que el mal me resulta odioso? ¿No ve usted cómo la conciencia escribe dentro de mi con caracteres muy precisos, nunca borrados por sofismas caprichosos, pero sí frecuentemente desobedecidos? ¿No me reconoce usted como algo seguramente tan común como la misma humanidad: el pecador que no quiere serlo?
-Se expresa usted con mucho sentimiento-fue la respuesta-, pero todo eso no me concierne. Esas razones quedan fuera de mi competencia, y no me interesan en absoluto los apremios por los que se ha visto usted arrastrado; tan sólo que le han llevado en la dirección correcta. Pero el tiempo pasa; la criada se retrasa mirando las gentes que pasan y los dibujos de las carteleras, pero está cada vez más cerca; y recuerde, ¡es como si la horca misma caminara hacia usted por las calles en este día de Navidad! ¿No debería ayudarle, yo que lo sé todo? ¿No debería decirle dónde está el dinero?
-¿A qué precio?-preguntó Markheim.
-Le ofrezco este servicio como regalo de Navidad -contestó el otro.
Markheim no pudo evitar la triste sonrisa de quien alcanza una amarga victoria.
-No -dijo-; no quiero nada que venga de sus manos; si estuviera muriéndome de sed, y fuera su mano quien acercara una jarra a mis labios, tendría el valor de rechazarla. Puede que sea excesivamente crédulo, pero no haré nada que me ligue voluntariamente al mal.
-No tengo nada en contra de un arrepentimiento en el lecho de muerte-hizo notar el visitante.
-¡Porque no cree usted en su eficacia! exclamó Markheim.
-No diría yo eso-respondió el otro-; en realidad miro estas cosas desde otra perspectiva, y cuando la vida llega a su fin, mi interés decae. El hombre en cuestión ha vivido sirviéndome, extendiendo el odio disfrazado de religión, o sembrando cizaña en los trigales, como hace usted, a lo largo de una vida caracterizada por la debilidad frente a los deseos. Cuando el fin se acerca, sólo puede hacerme un servicio más: arrepentirse, morir sonriendo, aumentando así la confianza y la esperanza de los más tímidos entre mis seguidores. No soy un amo demasiado severo. Haga la prueba. Acepte mi ayuda. Disfrute de la vida como lo ha hecho hasta ahora; disfrute con mayor amplitud, ponga los codos sobre la mesa; y cuando empiece a anochecer y se cierren las cortinas, le digo, para su tranquilidad, que hasta le resultará fácil llegar a un acuerdo con su conciencia y hacer las paces con Dios. Regreso ahora mismo de estar junto al lecho de muerte de un hombre así, y la habitación estaba llena de personas sinceramente apesadumbradas escuchando sus últimas palabras: y cuando le he mirado a la cara, una cara que reaccionaba contra la compasión con la dureza del pedernal, he encontrado en ella una sonrisa de esperanza.
-Entonces, ¿me cree usted una criatura como ésas? -preguntó Markheim-. ¿Cree usted que no tengo aspiraciones más generosas que pecar y pecar y pecar, para, en el último instante, colarme de rondón en el cielo? Mi corazón se rebela ante semejante idea. ¿Es ésa toda la experiencia que tiene usted de la humanidad? ¿O es que, como me sorprende usted con las manos en la masa, se imagina tanta bajeza? ¿O es que el asesinato es un crimen tan impío que seca por completo la fuente misma del bien?
-El asesinato no constituye para mí una categoría especial-replicó el otro-. Todos los pecados son asesinatos, igual que toda vida es guerra. Veo a su raza como un grupo de marineros hambrientos sobre una balsa, arrebatando las últimas migajas de las manos más necesitadas y alimentándose cada uno de las vidas de los demás. Sigo los pecados más allá del momento de su realización; descubro en todos que la última consecuencia es la muerte; y desde mi punto de vista, la hermosa doncella que con tan encantadores modales contraría a su madre con motivo de un baile, no está menos cubierta de sangre humana que un asesino como usted. ¿He dicho que sigo los pecados? También me interesan las virtudes; apenas se diferencian de ellos en el espesor de un cabello: unos y otras son las guadañas que utiliza el ángel de la Muerte para recoger su cosecha. El mal, para el cual yo vivo, no consiste en la acción sino en el carácter. El hombre malvado me es caro; no así el acto malo, cuyos frutos, si pudiéramos seguirlos suficientemente lejos, en su descenso por la catarata de las edades, quizá se revelaran como más beneficiosos que los de las virtudes más excepcionales. Y si yo me ofrezco a facilitar su huída, ello no se debe a que haya usted asesinado a un anticuario, sino a que es usted Markheim.
-Voy a abrirle mi corazón-contestó Markheim-. Este crimen en el que usted me ha sorprendido es el último. En mi camino hacia él he aprendido muchas lecciones; el crimen mismo es una lección, una lección de gran importancia. Hasta ahora me he rebelado por las cosas que no tenía; era un esclavo amarrado a la pobreza, empujado y fustigado por ella. Existen virtudes robustas capaces de resistir esas tentaciones; no era ése mi caso: yo tenía sed de placeres. Pero hoy, mediante este crimen, obtengo riquezas y una advertencia; la posibilidad y la firme decisión de ser yo mismo. Paso a ser en todo una voluntad libre; empiezo a verme completamente cambiado; a considerar estas manos agentes del bien y este corazón, una fuente de paz. Algo vuelve a mí desde el pasado; algo que soñaba los domingos por la tarde con un fondo de música de órgano; o que planeaba cuando derramaba lágrimas sobre libros llenos de nobles ideas, cuando hablaba con mi madre, aún niño inocente. En eso estriba el sentido de mi vida; he andado errante unos cuantos años, pero ahora veo una vez más cuál es mi destino.
-Va usted a usar el dinero en la Bolsa, ¿no es cierto? -observó el visitante-; y, si no estoy equivocado, ¿no a perdido usted allí anteriormente varios miles?
-Sí-dijo Markheim-; pero esta vez se trata de una jugada segura.
-También perderá esta vez-replicó, calmosamente, el visitante.
-¡Me guardaré la mitad!-exclamó Markheim.
-También la perderá-dijo el otro.
La frente de Markheim empezó a llenarse de gotas de sudor.
-Bien; si es así, ¿qué importancia tiene? -exclamó-. Digamos que lo pierdo todo, que me hundo otra vez en la pobreza, ¿será posible que una parte de mí, la peor, continúe hasta el final pisoteando a la mejor? El mal y el bien tienen fuerza dentro de mí, empujándome en las dos direcciones. No quiero sólo una cosa, las quiero todas. Se me ocurren grandes hazañas, renunciaciones, martirios; y aunque haya incurrido en un delito como el asesinato, la compasión no es ajena a mis pensamientos. Siento piedad por los pobres; ¿quién conoce mejor que yo sus tribulaciones? Los compadezco y los ayudo; valoro el amor y me gusta reír alegremente; no hay nada bueno ni verdadero sobre la tierra que yo no ame con todo el corazón. Y ¿han de ser mis vicios quienes únicamente dirijan mi vida, mientras las virtudes carecen de todo efecto, como si fueran trastos viejos? No ha de ser así; también el bien es una fuente de actos.
Pero el visitante alzó un dedo.
-Durante los treinta y seis años que lleva usted vivo -dijo-, durante los cuales su fortuna ha cambiado muchas veces y también su estado de ánimo, le he visto caer cada vez más bajo. Hace quince años le hubiera asustado la idea del robo. Hace tres años la palabra asesinato le hubiera acobardado. ¿Existe aún algún crimen, alguna crueldad o bajeza ante la que todavía retroceda?... ¡Dentro de cinco años le sorprenderé haciéndolo! Su camino va siempre hacia abajo; tan sólo la muerte podrá detenerlo.
-Es verdad-dijo Markheim con voz ronca-que en cierta manera me he sometido al mal. Pero lo mismo les sucede a todos; los mismos santos, por el simple hecho de vivir, se hacen menos delicados, acomodándose a lo que les rodea.
-Voy a hacerle una pregunta muy simple-dijo el otro-, y de acuerdo con su respuesta le haré saber cuál es su horóscopo moral. Ha ido usted haciéndose más laxo en muchas cosas; posiblemente hace usted bien; y en cualquier caso, lo mismo les sucede a los demás hombres. Pero, aunque reconozca eso, ¿cree que en algún aspecto particular, por insignificante que sea, es usted más exigente en su conducta, o cree más bien que se ha dejado ir en todo?
-¿En algún aspecto particular?-repitió Markheim, sumido en angustiosa consideración-. No-añadió después, con desesperanza-, ¡en ninguno! Me he ido dejando arrastrar en todo.
-Entonces-dijo el visitante-, confórmese con lo que es, porque nunca cambiará; el papel que representa usted en esta obra ha sido ya irrevocablemente escrito.
Markheim permaneció callado un buen rato, y de hecho fue el visitante quien rompió primero el silencio.
-Siendo ésa la situación-dijo-, ¿debo mostrarle el dinero?
-¿Y la gracia?-exclamó Markheim.
-¿No lo ha intentado ya?-replicó el otro-. Hace dos o tres años, ¿no le vi en una reunión evangelista, y no era su voz la que cantaba los himnos con más fuerza?
-Es cierto-dijo Markheim-; y veo con claridad en qué consiste mi deber. Le agradezco estas lecciones con toda mi alma; se me han abierto los ojos y me veo por fin a mí mismo tal como soy.
En aquel momento, la nota aguda de la campanilla de la puerta resonó por toda la casa; y el visitante, como si se tratara de una señal que había estado esperando, cambió inmediatamente de actitud.
-¡La criada!-exclamó-. Ha regresado, como ya le había advertido, y ahora tendrá usted que dar otro paso difícil. Su señor, debe usted decirle, está enfermo, debe usted hacerla entrar, con expresión tranquila pero más bien seria: nada de sonrisas, no exagere su papel, ¡y yo le prometo que tendrá éxito! Una vez que la muchacha esté dentro, con la puerta cerrada la misma destreza que le ha permitido librarse del anticuario, le servirá para eliminar este último obstáculo en su camino. A partir de ese momento tendrá usted toda la tarde, la noche entera, si fuera necesario, para apoderarse de los tesoros de la casa y ponerse después a salvo. Se trata de algo que le beneficia aunque se presente con la máscara del peligro. ¡Levántese! -exclamó-; ¡levántese, amigo mío!; su vida está oscilando en la balanza: ¡levántese y actúe!
Markheim miró fijamente a su consejero.
-Si estoy condenado a hacer el mal-dijo-, todavía tengo una salida hacia la libertad..., puedo dejar de obrar. Si mi vida es una cosa nociva, puedo sacrificarla. Aunque me halle, como usted bien dice, a merced de la más pequeña tentación, todavía puedo, con un gesto decidido, ponerme fuera del alcance de todas. Mi amor al bien está condenado a la esterilidad; quizá sea así, de acuerdo. Pero todavía me queda el odio al mal; y de él, para decepción suya, verá cómo soy capaz de sacar energía y valor.

Los rasgos del visitante empezaron a sufrir una extraordinaria transformación; todo su rostro se iluminó y dulcificó con una suave expresión de triunfo, y, al mismo tiempo, sus facciones fueron palideciendo y desvaneciéndose. Pero Markheim no se detuvo a contemplar o a entender aquella transformación. Abrió la puerta y bajó las escaleras muy despacio, recapacitando consigo mismo. Su pasado fue desfilando ante él; lo fue viendo tal como era, desagradable y penoso como un mal sueño, tan desprovisto de sentido como un homicidio accidental... el escenario de una derrota. La vida, tal como estaba volviendo a verla, no le tentaba ya; pero en la orilla más lejana era capaz de distinguir un refugio tranquilo para su embarcación. Se detuvo en el pasillo y miró dentro de la tienda, donde la vela ardía aún junto al cadáver. Todo se había quedado extrañamente silencioso. Allí parado, empezó a pensar en el anticuario. Y una vez más la campanilla de la puerta estalló en impaciente clamor.

Markheim se enfrentó a la criada en el umbral de la puerta con algo que casi parecía una sonrisa.
-Será mejor que avise a la policía-dijo-: he matado a su señor".

Robert Louis Stevenson

miércoles, 10 de junio de 2015

"La Espada de Welleran"

"Donde la gran llanura de Tarphet asciende, como el mar por los esteros, entre las Montañas Ciresias, se levantaba desde hace ya mucho la ciudad de Merimna casi bajo la sombra de los escarpados. Nunca vi en el mundo ciudad tan bella como me pareció Merimna cuando por primera vez soñé con ella. Era una maravilla de chapiteles y figuras de bronce, de fuentes de mármol, trofeos de guerras fabulosas y amplias calles consagradas a la belleza. En el centro mismo de la ciudad se abría una avenida de quince zancadas de ancho y a cada uno de sus lados se alzaba la imagen en bronce de los Reyes de todos los países de que hubiera tenido noticia el pueblo de Merimna. Al cabo de esa avenida se encontraba un carro colosal tirado por tres caballos de bronce que conducía la figura alada de la Fama y tras ella, en el carro, se erguía la talla formidable de Welleran. El antiguo héroe de Merimna estaba de pie con la espada en alto. Tan perentorios eran el porte y la actitud de la Fama y tan urgida la pose de los caballos que se hubiera jurado que en un instante el carro estaría sobre uno y que el polvo velaría ya el rostro de los Reyes. Y había en la ciudad un poderoso recinto en el que se almacenaban los trofeos de los héroes de Merimna. Esculpida estaba allí bajo un domo la gloria del arte de los mamposteros, desde hace ya muertos, y en la cúspide del domo se alzaba la imagen de Rollory que miraba por sobre las Montañas Ciresias las anchas tierras que conocieron su espada. Y junto a Rollory, como una vieja nodriza, se alzaba la figura de la Victoria que a golpes de martillo fabricaba para su cabeza una dorada guirnalda con las coronas de los reyes caídos.

Así era Merimna, ciudad de Victorias esculpidas y de guerreros de bronce. Empero, en el tiempo del que escribo, el arte de la guerra se había olvidado en Merimna y su pueblo estaba casi adormecido. A todo lo largo recorrían las calles contemplando los monumentos levantados a las cosas logradas por las espadas de su país en manos de los que en tiempos remotos habían querido bien a Merimna. Casi dormían y soñaban con Welleran, Soorenard, Mommolek, Rollory, Akanax y el joven Iraine. De las tierras de más allá de las montañas que los rodeaban por todas partes, ellos nada sabían, salvo que habían sido teatro de las terribles hazañas de Welleran, hechas cada cual con su espada. Desde hacía ya mucho estas tierras había vuelto a ser posesión de las naciones flageladas por los ejércitos de Merimna. Nada quedaba ahora a los hombres de Merimna, salvo su ciudad inviolada y la gloria del recuerdo de su antigua fama. Por la noche apostaban centinelas adentrados bastante en el desierto, pero éstos se dormían siempre en sus puestos y soñaban con Rollory, y tres veces cada noche, una guardia marchaba en torno de la ciudad vestidos de púrpura, con luces en alto y cantos consagrados a Welleran en la voz. La guardia estaba siempre desarmada, pero cuando el eco del sonido de la canción llegaba por la llanura a las vagas montañas, los ladrones del desierto oían el nombre de Welleran y se refugiaban silenciosos en sus guaridas. A menudo avanzaba la aurora por el llano, resplandeciendo maravillosa en los chapiteles de Merimna, abatiendo a todas las estrellas, y encontraban todavía a la guardia que entonaba el canto a Welleran, y cambiaba el color de sus vestidos púrpuras y empalidecía las luces que portaban. Pero la guardia volvía dejando a salvo las murallas y, uno por uno, los centinelas despertaban y Rollery se desvanecía de su sueño; y volvían ateridos caminando con fatiga a la ciudad. Entonces parte de la amenaza se desvanecía del rostro de las Montañas Ciresias, de la del Norte, la del Oeste y la del Sur, que miraban sobre Merimna, y claros en la mañana se levantaban los pilares y las estatuas en la vieja ciudad inviolada. Puede que quizás asombre que una guardia inerme y centinelas dormidos fueran capaces de defender una ciudad en la que se atesoraban todas las glorias del arte, que era rica en oro y bronce, una altiva ciudad que otrora oprimiera a sus vecinas y cuyo pueblo había olvidado el arte de la guerra. Pues bien, esto es la razón por la que, aunque todas las otras tierras le habían sido quitadas desde hacía ya mucho la ciudad de Merimna se encontraba a salvo Algo muy extraño creían o temían las tribus feroces de más allá de las montañas, y era ella que en ciertas estaciones de las murallas de Merimna todavía rondaban Welleran Soorenard, Mommolek, Rollory, Akanax y el joven Iraine. Sin embargo, iban a cumplirse ya cien años desde que Iranie, el más joven de los héroes de Merimna había librado la última de sus batallas contra las tribus.

A veces, a decir verdad, había jóvenes en las tribus que dudaban y decían:
—¿Cómo es posible que un hombre escape por siempre a la muerte?
Pero hombres más graves les respondían:
—Escuchadnos, vosotros de quienes la sabiduría ha logrado discernir tanto, y discernid por nosotros como es posible que un hombre escape a la muerte cuando dos veintenas de jinetes cargan sobre él blandiendo espadas, juramentados todos a matarlo, y juramentados todos a hacerlo por los dioses de su país; como a menudo Welleran lo ha hecho. O discernid por nosotros cómo pueden dos hombres solos entrar en una ciudad amurallada por la noche y salir de ella con su rey, como lo hicieron Soorenard y Mommolek. Sin duda hombres que han escapado a tantas espadas y a tantas dagas voladoras sabrán escapar a los años y al Tiempo.

Y los jóvenes quedaban humillados y guardaban silencio. Con todo, la sospecha ganó fuerza. Y a menudo cuando el sol se ponía en las Montañas Ciresias, los hombres de Merimna discernían las formas de los salvajes de las tribus que, recortadas negras sobre la luz, atisbaban la ciudad. Todos sabían en Merimna que las figuras en torno a las murallas eran sólo estatuas de piedra, no obstante, unos pocos aún abrigaban la esperanza de que algún día sus viejos héroes volverían, pues, por cierto, nunca nadie los había visto morir. Ahora bien, había sido costumbre de estos seis guerreros de antaño, al recibir cada uno la última herida y saberla mortal, cabalgar hacia cierta profunda barraca y arrojar su cuerpo en ella, como lo hacen los elefantes, según leí en alguna parte, para ocultar sus huesos de las bestias menores. Era una barranca empinada y estrecha aun en sus extremos, una gran hendidura a la cual nadie tenia acceso por sendero alguno. Hacia allí cabalgó Welleran, solitario y jadeante; y hacia allí más tarde cabalgaron Soorenard y Mommolek, Mommolek mortalmente herido, para no volver, pero Soorenard estaba ileso y volvió solo después de dejar a su querido amigo descansando entre los huesos poderosos de Welleran. Y hacia allí cabalgó Soorenard cuando llegó su día, con Rollory y Akanax, y Rollory iba en el medio y Soorenard y Akanax a los lados. Y la larga cabalgata fue dura y fatigosa para Soorenard y Akanax porque ambos estaban heridos mortalmente; pero la larga cabalgata fue sencilla para Rollory, porque estaba muerto. De modo que los huesos de estos cinco héroes se blanquearon en tierra enemiga y muy aquietados estaban aunque fueron perturbadores de ciudades, y nadie sabía dónde yacían excepto Iraine, el joven capitán, que sólo contaba veinticinco años cuando cabalgando Mommolek, Rollery y Akanax. Y entre ellos estaban esparcidas sus monturas y sus riendas y los avíos de sus caballos para que nadie nunca los encontrara luego y fuera a decir en una ciudad extranjera:

—He aquí las riendas o las monturas de los capitanes de Merimna, cobradas en la guerra.
Pero a sus fieles caballos amados dejaron en libertad.
Cuarenta años más tarde, en ocasión de una gran victoria, la última herida se le abrió a Iraine, y esa herida era terrible y de ningún modo quería cerrar. E Iraine era el último de los capitanes y cabalgó solo. Era largo el camino hasta la oscura barranca e Iraine temía no llegar nunca al lugar de descanso de los viejos héroes, e instaba a su caballo a ir más de prisa y se aferraba con las manos a la montura. Y a menudo mientras cabalgaba se adormecía y soñaba con días de otrora y con los tiempos en que por primera vez cabalgó a las grandes guerras de Welleran y con la ocasión en que Welleran le dirigió la palabra por primera vez, y con el rostro de los camaradas de Welleran cuando cargaban en batalla. Y toda vez que despertaba un hondo anhelo le embargaba el alma al revolotearle ésta al borde del cuerpo, el anhelo de yacer entre los huesos de los viejos héroes. Por fin, cuando vio la barranca oscura que trazaba una cicatriz a través del llano, el alma de Iraine se deslizó por la gran herida y tendió las alas y el dolor desapareció del pobre cuerpo tajado y, aún instando al apuro a su caballo, Iraine murió. Pero su viejo y fiel caballo galopó todavía hasta que de pronto vio delante de sí la oscura barranca y clavó las manos en su borde mismo y se detuvo. Entonces el cuerpo de Iraine cayó hacia adelante por sobre la derecha del caballo, y sus huesos se mezclan y descansan al transcurrir los años con los huesos de los héroes de Merimna.

Ahora bien, había un niñito en Merimna llamado Rold. Lo vi por primera vez, yo el soñador, sentado dormido junto al fuego, lo vi por primera vez en ocasión en que su madre lo llevaba a recorrer el gran recinto en que se guardaban los trofeos de los héroes de Merimna. Tenía cinco años y estaba allí de pie delante del gran cofre de cristal que guardaba la espada de Welleran y su madre dijo:

—La espada de Welleran.
Y Rold preguntó:
—¿Qué debe hacerse con la espada de Welleran?
Y su madre le respondió:
—Los hombres miran la espada y recuerdan a Welleran.
Y siguieron camino y se detuvieron delante de la gran capa roja de Welleran y el niño preguntó:
—¿Por qué llevaba Welleran esta gran capa roja?
Y su madre le respondió:
—Así prefería él hacerlo.

Cuando Rold fue algo mayor, abandonó la casa de su madre silencioso en medio de la noche mientras todo el mundo estaba acallado y Merimna dormía soñando con Welleran, Soorenard, Mommolek, Rollory, Akanax y el joven Iraine. Y descendió a las murallas para escuchar a la guardia vestida de púrpura que marchaba cantando cantos a Welleran. Y la guardia vestida de púrpura llegó con sus luces, todos cantando en el silencio, y las formas oscuras que se deslizaban por el desierto, se volvieron y huyeron. Y Rold volvió a casa de su madre sintiendo un vivo anhelo despertado por el nombre de Welleran, como el anhelo que sienten los hombres por las cosas muy sagradas. Y con el tiempo Rold llegó a conocer el camino en torno a las murallas y a las seis estatuas ecuestres que guardaban allí a Merimna inmóviles. Estas estatuas no se asemejaban a ninguna otra: estaban talladas tan hábilmente en mármoles multicolores, que nadie podía estar seguro, hasta no encontrarse muy cerca, de que no fueran hombres con vida. Había un caballo de mármol moteado: el caballo de Akanax. El caballo de Rollory era de puro alabastro blanco, su armadura había sido tallada en una piedra que resplandecía y la capa del jinete estaba hecha de piedra azul, muy preciosa. Miraba hacia el Norte.

Pero el caballo de mármol de Welleran era perfectamente negro, y sobre él montaba Welleran, que miraba solemne hacia el Oeste. Era el de su caballo el cuello que prefería acariciar Rold, y era a Welleran a quien con más claridad veían quienes se acercaban al ponerse el sol en las montañas a atisbar la ciudad. Y Rold amaba las ventanas de la nariz del gran caballo negro y la capa de jaspe de su jinete. Ahora bien, más allá de las Montañas Ciresias, crecía la sospecha de que los héroes de Merimna estaban muertos y se concibió el plan de que un hombre debía ir en la noche y acercarse a las figuras apostadas sobre las murallas y comprobar si eran en realidad Welleran, Soorenard, Mommolek, Rollory, Akanax y el joven Iraine. Y todos accedieron al plan y muchos nombres se mencionaron de quienes deberían ejecutarlo, y el plan fue madurando por muchos años. Y en estos años los vigías se apiñaban a menudo al ponerse el sol en las montañas, pero no se acercaban. Finalmente se trazó un plan mejor y se decidió que a dos hombres a quienes se había condenado a muerte se les concedería el perdón si descendían al llano por la noche y averiguaban si los héroes de Merimna vivían o no. En un principio los dos prisioneros no osaban partir, pero al cabo de un rato uno de ellos, Seejar, dijo a su compañero, Sajar-Ho:

—Considéralo: cuando el hachero del Rey hiere el cuello de un hombre, ese hombre muere.
Y el otro afirmó que así era, en efecto. Luego dijo Seejar:
—Y aún cuando Welleran hiere a un hombre con su espada, no más le acaece a éste que la muerte.
Entonces Sajar-Ho meditó por un rato. En seguida dijo:
—Sin embargo, el ojo del hachero del Rey podría errar en el momento de asestar el golpe o flaquearle el brazo, y el ojo de Welleran no ha errado nunca ni su brazo ha flaqueado. Sería mejor quedarnos aquí
Entonces dijo Seejar:
—Quizás ese Welleran esté muerto y algún otro lo reemplaza en su lugar en las murallas o aun una estatua de piedra es el guardián.
A lo cual respondió Sajar-Ho:
—¿Cómo puede Welleran estar muerto cuando escapó aún de dos veintenas de jinetes con espadas, juramentados a matarlo y juramentados todos por los dioses de nuestro país?
Y dijo Seejar:
—Esta historia de Welleran la contó a mi abuelo su padre. El día que se perdió la batalla en los llanos de Kurlistan vio a un caballo en agonía cerca del río y el caballo miraba dolorosamente el agua, pero no podía llegar a ella. Y el padre de mi abuelo vio a Welleran llegarse a la orilla del río y traer de él agua en sus propias manos que le dio al caballo. Nos encontramos ahora en una situación tan grave como era la de ese caballo y como él tan cerca de la muerte; puede que Welleran se apiade de nosotros, mientras que eso no le es posible al hachero del Rey por causa de la orden que de éste ha recibido.
Entonces dijo Sajar-Ho:
—Siempre supiste argüir con astucia. Tú fuiste el que nos trajo a este aprieto con tu astucia y tus artimañas; veremos si puedes sacarnos de él. Iremos.

De modo que la nueva se le transmitió al Rey que los dos prisioneros bajarían a Merimna. Esa noche los vigilantes los condujeron al borde de la montaña y Seejar y Sajar-Ho bajaron hacia la llanura por el camino de un profundo desfiladero, y los vigilantes custodiaron su partida. En seguida sus figuras quedaron enteramente escondidas en el crepúsculo. Luego vino la noche, inmensa y sagrada, de los marjales baldíos hacia el Este y las tierras bajas y el mar; y los ángeles que guardan a todos los hombres de día cerraron sus grandes ojos y se durmieron; y los ángeles que guardan a todos los hombres de noche, despertaron y desplegaron sus alas azules, se pusieron en pie y velaron. Pero el llano se convirtió en un lugar misterioso habitado de temores. De modo que los dos espías descendieron por el profundo desfiladero y al salir al llano se lanzaron furtivos y veloces campo traviesa. No tardaron en llegar a la línea de centinelas dormidos en la arena y uno de ellos se agitó en sueños e invocó el nombre de Rollory y un gran temor se apoderó de los espías, que susurraron:

—Rollory vive.
Pero recordaron al hachero del Rey y siguieron camino. Y luego llegaron a la gran estatua de bronce del Miedo, tallada por algún escultor de los viejos años gloriosos, en la actitud de volar hacia las montañas y llamar al mismo tiempo a sus hijos en su vuelo. Y los hijos del miedo estaban tallados a la imagen de los ejércitos de las tribus transciresias de espaldas a Merimna, con un rebaño en pos del Miedo. Y de donde él estaba montado en su caballo tras las murallas, la espada de Welleran se tendía sobre sus cabezas como siempre había sucedido. Y los dos espías se arrodillaron en la arena y besaron el inmenso pie de bronce del Miedo diciendo:

—Oh, Miedo, Miedo.
Y mientras estaban allí arrodillados vieron luces a lo lejos a lo largo de las murallas que iban acercándose más y más y oyeron a los hombres cantar el canto a Welleran. Y la guardia de púrpura se acercó y pasó junto a ellos con sus luces y se perdieron a la distancia todavía cantando el canto a Welleran. Y todo ese tiempo los dos espías estuvieron aferrados al pie de la estatua susurrando:

—Oh, Miedo, Miedo.
Pero cuando ya no les fue posible oír el nombre de Welleran, se pusieron en pie, se acercaron a las murallas, treparon a ellas y llegaron sin demora a la figure de Welleran; y se inclinaron hasta el suelo y Seejar dijo:

—Oh, Welleran, vinimos a ver si todavía vivías.
Y por lo largo tiempo esperaron con la cara vuelta a tierra. Por fin Seejar miró la terrible espada de Welleran que todavía apuntaba inmóvil hacia los ejércitos esculpidos que iban en pos del miedo. Y Seejar se inclinó nuevamente hasta el suelo y tocó el casco del caballo y le pareció frío. Y deslizó su mano más arriba y tocó la pata del caballo y le pareció totalmente fría. Y por último tocó el pie de Welleran y la armadura que lo cabría pareció dura y rígida. Luego, como Welleran no se movía ni decía nada, Seejar se puso en pie por fin y tocó su mano, la terrible mano de Welleran, y era de mármol. Entonces Seejar rió en voz alto y él y Sajar-Ho se apresuraron por el sendero vacío y se toparon con Rollory, y también él era de mármol. Luego descendieron de las murallas y volvieron por el llano pasando despectivos junto a la figura del Miedo, y oyeron que la guardia volvía en torno a las murallas por tercera vez cantando siempre el canto a Welleran; y Seejar dijo:

—Sí, podéis cantar el canto a Welleran, pero Welleran ha muerto y la condena pende sobre vuestra ciudad.
Y siguieron adelante y encontraron al centinela, todavía inquieto en la noche, que llamaba el nombre de Rollory. Y Sajar-Ho musitó:
—Sí, puedes invocar el nombre de Rollory, pero Rollory ha muerto y nada hay que pueda salvar tu ciudad.

Y los dos espías volvieron vivos a sus montañas y al llegar a ellas, el primer rayo de sol surgió rojo sobre el desierto que se extiende tras Merimna y dio luz a sus chapiteles. Era la hora en que la guardia de púrpura solía volver a la ciudad con sus velas empalidecidas y sus vestidos de color más vivo, en que los centinelas entumecidos volvían trabajosamente de soñar en el desierto; era la hora en que los ladrones del desierto se escondían y volvían a sus cuevas de la montaña, era la hora en que nacen los insectos con alas de gasa que no han de vivir sino un día; era la hora en que los condenados a muerte mueren y a esa hora un gran peligro, nuevo y terrible, se cernía sobre Merimna, y Merimna no lo sabía.

Entonces Seejar se volvió y dijo:
—Mira cuán rojo es el amanecer y cuán rojos están los chapiteles de Merimna. Están enfadados con Merimna en el Paraíso y han prometido su condenación .

De modo que los dos espías volvieron y llevaron la nueva al Rey, y por unos cuantos días los Reyes de esos países estuvieron reuniendo sus ejércitos; y una tarde los ejércitos de cuatro Reyes se sumaron todos en lo alto del profundo desfiladero, todos agazapados al pie de la cumbre a la espera de la puesta del sol. En la cara de todos había resolución y coraje; no obstante en su interior cada uno de los hombres rezaba a sus dioses, a uno por uno en sucesión. Luego se puso el sol y era la hora en que los murciélagos y las criaturas oscuras salen y los leones descienden de sus cubiles y los ladrones del desierto van de nuevo a la llanura y las fiebres se levantan aladas y calientes del frío de los marjales, y era la hora en que la seguridad abandona el trono de los Reyes, la hora en que cambian las dinastías. Pero en el desierto la guardia de púrpura salía de Merimna con sus luces cantando el canto a Welleran y los centinelas se echaban a dormir. Ahora bien, no puede llegar dolor alguno al Paraíso, sólo puede repiquetear como lluvia contra sus muros de cristal; sin embargo, las almas de los héroes de Merimna tenían a medias conocimiento de algún dolor a lo lejos, como el durmiente siente en su sueño que alguien siente frío, pero no sabe que es él mismo quien lo siente. Y se estremecieron un tanto en su hogar estrellado. Entonces, invisibles, volaron hacia tierra a través del sol poniente las almas de Welleran, Soorenard, Mommolek, Rollory, Akanax y el joven Iraine. Ya cuando llegaron a las murallas de Merimna oscurecía, ya los ejércitos de los cuatro Reyes empezaban a descender con metálicos sonidos por el profundo desfiladero. Pero cuando los seis guerreros volvieron a ver su ciudad, tan poco cambiada al cabo de tantos años, la miraron con una nostalgia que estaba más cerca de las lágrimas que nada que hubieran experimentado nunca antes, y clamaron:

—Oh, Merimna, ciudad nuestra; Merimna nuestra ciudad amurallada.

Qué bella eres con todos tus chapiteles, Merimna. Por ti abandonamos la tierra sus reinos y florecillas, por ti abandonamos por un tiempo el Paraíso. Es muy difícil alejarse del rostro de Dios: es como un cálido fuego, es como el caro sueño, es como un himno inmenso, aunque hay un profundo silencio alrededor de él, un silencio lleno de luces. Abandonamos el Paraíso un tiempo por ti, Merimna. A muchas mujeres hemos amado, Merimna, pero sólo a una ciudad. Mirad ahora a todo el pueblo que sueña, a todo nuestro amado pueblo. ¡Qué bellos son los sueños! En sueños los muertos viven, aun los que han muerto desde hace ya mucho y están sumidos en un gran silencio. Tus luces todas se han atenuado, se han apagado, no hay sonido en tus calles. ¡Paz! Eres como una doncella que ha cerrado sus ojos y duerme, que respira dulcemente y está perfectamente inmóvil, acallada e imperturbada. Mirad ahora las almenas, las viejas almenas. ¿Las defienden los hombres todavía como las defendimos nosotros? Se han desgastado un tanto las almenas —y acercándose más atisbaron ansiosos—. No es por la mano del hombre que nuestras almenas se han desgastado. Sólo los años lo han hecho y el Tiempo indomable. Tus almenas son como la faja de una doncella, una faja redondeada en su cintura. Mirad ahora el rocío que las cubre, son como una faja enjoyada. Te encuentras en grave peligro Merimna, porque eres hermosa. ¿Debes perecer esta noche porque no te defendemos, porque clamamos y nadie nos oye, como claman los lirios magullados sin que nadie haya nunca conocido sus voces?...

Así hablaron esas firmes voces, hechas a dar órdenes en batalla, clamando a su querida ciudad, y sus voces no subieron más alto que el susurro de los pequeños murciélagos que se mueven en el crepúsculo de la tarde. Entonces la guardia de púrpura se acercó recorriendo el contorno de las murallas por primera vez esa noche, y los guerreros clamaron:

—¡Merimna está en peligro! Ya sus enemigos se agazapan en la oscuridad.
Pero sus voces no fueron oídas porque eran sólo fantasmas errantes Y la guardia siguió adelante y pasaron junto a ellos sin advertir nada, todavía cantando el canto a Welleran.
Entonces dijo Welleran a sus camaradas:
—Nuestras manos no pueden ya sostener la espada, nuestras voces no pueden oírse, ya no somos hombres con fuerza. No somos sino sueños; entremos en los sueños pues. Id todos, y también tú joven Iraine, y perturbad el sueño de todos los hombres que sueñan e instadlos a que cojan las espadas de sus predecesores que cuelgan de los muros y vayan a la boca del desfiladero; y yo hallaré un guía y haré que coja mi espada.

Luego pasaron por sobre las murallas y entraron a su querida ciudad. Y el viento soplaba aquí y allí mientras se trasladaba el alma de Welleran, que en su día había resistido la carga de tempestuosos ejércitos. Y las almas de sus camaradas y con ellos el joven Iraine entraron en la ciudad y perturbaron el sueño de todo aquel que dormía y a cada cual las almas le decían en sueños:

—Hace calor en la ciudad y está todo muy silencioso. Ve ahora al desierto donde está fresco bajo las montañas, pero lleva contigo la vieja espada que cuelga del muro por temor de los ladrones del desierto.

Y el dios de esa ciudad envió una fiebre sobre ella, y la fiebre cundió y las calles estaban caldeadas; y todos los que dormían despertaron de soñar que estaría fresco y placentero donde las brisas bajan por el desfiladero que corre entre las montañas; y cogieron las espadas de sus antecesores de acuerdo con lo soñado, por temor de los ladrones del desierto. Y las almas de los camaradas de Welleran y también la del joven Iraine entraron en los sueños y salieron de ellos con gran prisa así que avanzaban la noche; y uno por uno perturbaban los sueños de los hombres de Merimna y los instaban a levantarse y salir armados, a todos menos a la guardia de púrpura que, ignorante del peligro, cantaba todavía el canto a Welleran, porque los hombres en vela no pueden oír a las almas de los muertos. Pero Welleran se deslizó por sobre los techos de la ciudad hasta llegar al cuerpo de Rold que yacía profundamente dormido. Por ese entonces Rold se había vuelto fuerte y tenía dieciocho años, y era de cabellos claros y alto como Welleran, y el alma de Welleran revoloteó sobre él y penetró en sus sueños como una mariposa atraviesa un enrejado para llegarse a un jardín de flores; y el alma de Welleran le dijo a Rold en su sueño:

—Ve y vuelve a contemplar la espada de Welleran, la gran espada curva de Welleran. Ve y contémplala en la noche a la luz de la luna.

Y el anhelo que sintió Rod en su sueño al ver la espada fue causa de que abandonara aún dormido la casa de su madre y fuera al recinto donde se guardaban los trofeos de los héroes. Y el alma de Welleran que inspiraba el sueño de Rold fue causa de que se detuviera ante la gran capa roja, y allí el alma le dijo en sueños:

—Tienes frío en medio de la noche; envuélvete en una capa.
Y Rold se envolvió en la inmensa capa roja de Welleran. Luego el sueño de Rold lo condujo junto a la espada y el alma le dijo en sueños:
—Anhelas sostener la espada de Welleran: cógela en la mano.
Pero Rold respondió:
—¿Qué debe hacerse con la espada de Welleran?
Y el alma del viejo capitán le dijo en sueños:
—Es una espada hecha a la mano: coge la espada de Welleran.
Y Rold, todavía dormido, respondió:
—No está permitido; nadie debe tocar la espada.

Y Rold se volvió para irse. Entonces un inmenso grito espantable creció en el alma de Welleran, tanto más amargo cuanto no podía darle voz, y giró y giró en su alma sin encontrar puerta de emisión, como el grito evocado de algún antiguo hecho asesino en alguna vieja cámara encantada que susurra a través de las edades sin que nadie nunca lo oiga.

Y el alma de Welleran gritó a los sueños de Rold:
—¡Tus rodillas están atadas! ¡Has caído en un marjal! No te puedes mover.
Y los sueños de Rold le dijeron a éste
—Tus rodillas están atadas, has caído en un marjal —y Rold se encontraba todavía frente a la espada. Luego el alma del guerrero se lamentó en los sueños de Rold mientras éste estaba delante de la espada.
—Welleran llora por su espada, su maravillosa espada curva. El pobre Welleran que otrora luchó por Merimna llora por su espada en la noche. No debes permitir que Welleran se quede sin su hermosa espada cuando él mismo está muerto y no puede venir por ella, pobre Welleran que luchó por Merimna.

Y Rold rompió el cofre de cristal con su mano y cogió la espada curva de Welleran; y el alma del guerrero dijo en los sueños de Rold:

—Welleran aguarda en el fondo desfiladero que penetra en las montañas llorando por su espada.

Y Rold atravesó la ciudad y subió a las murallas, y anduvo con los ojos del todo abiertos, pero todavía sumido en sueños, por el desierto hacia las montañas. Ya una gran multitud de ciudadanos de Merimna se había reunido en el desierto ante el profundo desfiladero con las viejas espadas en la mano, y Rold pasó entre ellos mientras dormía sosteniendo la espada de Welleran, y la gente irrumpió en exclamaciones asombradas diciéndose los unos a los otros:

—¡Rold tiene la espada de Welleran!
Y Rold llegó a la boca del desfiladero y allí las voces de la gente lo despertaron. Y Rold nada sabía de lo que había hecho en sueños y miró asombrado la espada que llevaba en la mano y dijo:
—¿Qué eres tú, hermoso objeto? La luz resplandece en ti, estás inquieta. ¡Es la espada de Welleran, la espada curva de Welleran!
Y Rold besó su empuñadura, que fue salada en sus labios por el sudor de las batallas de Welleran.
Y Rold dijo:
—¿Qué debe hacerse con la espada de Welleran?
Y toda la gente se asombraba ante Rold mientras él se estaba allí musitando:
—¿Qué debe hacerse con la espada de Welleran?

En seguida llegó a oídos de Rold un sonido metálico que venía del desfiladero, y toda la gente, la gente que nada sabía de la guerra, oyó el sonido metálico acercarse en la noche: porque los cuatro ejércitos venían sobre Merimna aunque no esperaban encontrar al enemigo. Y Rold asió la empuñadura de la gran espada curva y la espada pareció elevarse un tanto. Y un nuevo pensamiento se iluminó en el corazón del pueblo de Merimna mientras asían las espadas de sus antecesores. Más y más se acercaban los ejércitos desprevenidos de los cuatro Reyes y viejos recuerdos ancestrales empezaron a surgir en la memoria del pueblo de Merimna en el desierto con las espadas en la mano en pos de Rold. Y todos los centinelas estaban despiertos con su lanza en ristre, porque Rollory había echado sus sueños a volar, Rollory, que otrora había echado a volar ejércitos, ahora no era sino un sueño que luchaba con otros sueños. Y entonces los ejércitos estuvieron muy cerca. De pronto Rold dio un salto clamando:

—¡Welleran! ¡Y la espada de Welleran!
Y la salvaje espada lujuriosa que había padecido sed por cien años, se elevó en la mano de Rold y se abrió camino por entre las costillas de los hombres de las tribus. Y con la cálida sangre que la bañaba hubo alegría en el alma curva de la poderosa espada, como la alegría de un nadador que sube de las aguas cálidas del mar después de haber vivido mucho en tierra seca. Cuando vieron la capa roja y la terrible espada, un grito cundió entre los ejércitos tribales:

—¡Welleran vive!
Y se elevó el sonido de la exultación de hombres victoriosos, y el jadeo de los que huían y, el quedo canto que la espada cantaba para sí mientras giraba goteante en el aire. Y lo último que vi de la batalla mientras se vertía presurosa por la profundidad y la oscuridad del desfiladero, fue la espada de Welleran que subía y bajaba, resplandeciendo azul a la luz de la luna al alzarse y después roja, para desaparecer luego en la oscuridad. Pero al amanecer los hombres de Merimna volvieron y el sol, al levantarse para dar nueva vida al mundo, brilló en cambio sobre las cosas espantosas cometidas por la espada de Welleran. Y Rold dijo:

—¡Oh, espada, espada! ¡Qué horrible eres! Es terrible que te hayas abierto lugar entre los hombres. ¿Cuántos ojos ya no mirarán jardines por tu causa? ¿Cuántos campos permanecerán vacíos, que podrían haber lucido rubios de cabañas, blancas cabañas habitadas por niños? ¿Cuántos valles permanecerán desolados, que podrían haber dado alimento a cálidos villorrios porque hace ya mucho que degollaste a los que deberían haberlos construido? ¡Oigo llorar al viento junto a ti, espada! Viene de los valles vacíos. Hay voces de niños en él. Nunca nacieron. La muerte pone fin al llanto de los que una vez tuvieron vida, pero éstos deben llorar por siempre ¡Oh, espada, espada! ¿Por qué te dieron un lugar los dioses entre los hombres?

Y las lágrimas de Rold cayeron sobre la orgullosa espada, pero no pudieron lavarla. Y ahora que el ardor de la batalla se había apagado, los espíritus del pueblo de Merimna empezaron a languidecer un tanto, como el de su guía, con la fatiga y con el frío de la mañana; y miraron la espada de Welleran en la mano de Rold y dijeron:

—Ya no más, ya no más, por siempre volverá ahora Welleran, porque su espada está en manos de otro. Sabemos ahora que de hecho está muerto. Oh, Welleran, tú fuiste nuestro sol, nuestra luna y nuestras estrellas. Ahora el sol ha caído y la luna se ha roto y todas las estrellas están dispersas como los diamantes de un collar arrancado del cuello de alguien muerto por la violencia.

Así lloraba la gente Merimna en la hora de su gran victoria, pues es extraño el ánimo del hombre, mientras junto a ellos la vieja ciudad inviolada dormía segura. Pero desde las murallas y más allá de las montañas y por sobre las tierras que antaño habían conquistado, más allá del mundo, volvían al Paraíso las almas de Welleran, Soorenard, Mommolek, Rollory, Akanax y el joven Iraine".

Lord Dunsany

martes, 9 de junio de 2015

"El Fantasma Acusador"

"Escuché una historia, que creo verdadera, de cierto hombre a quien llevaron a la corte de justicia bajo sospecha de asesinato, la cual, sin embargo, sabía él que no había poder humano capaz de comprobar. Cuando llegó a declarar alegó no ser culpable y la corte comenzó a perderse en búsqueda de pruebas, pero sólo descubrieron sospechas y circunstancias aparentemente verdaderas. Sin embargo, teniendo, como tenían, testigos, los examinaron como es de costumbre, de pie sobre un pequeño escalón, para que fueran visibles ante toda la sala.

Cuando el tribunal pensó que ya no tenía más testigos para examinar y que pronto el hombre sería liberado, éste hizo un brusco movimiento hacia el tribunal, como si estuviera asustado. Pero, recobrando su compostura, estiró un brazo hacia el lugar donde los testigos se ponen de pie para dar su testimonio en los juicios y, señalando con la mano, dijo en voz alta:

- Señor, ¡esto no es justo! Esto no está de acuerdo con la ley. Ése no es un testigo legal.

La corte estaba atónita y no podía entender qué quería decir el acusado. Pero el juez, un hombre de mayor penetración, aceptó la insinuación y conteniendo a uno del tribunal que estaba por hablar y que tal vez haría entrar en razón al hombre, dijo:

- ¡Silencio! Este hombre ve algo que nosotros no vemos. Empiezo a entenderlo. - Y después, hablándole al prisionero preguntó -: ¿Por qué no es un testigo legal? Yo creo que la corte le permitirá testimoniar con todo derecho cuando venga a declarar.
- ¡Oh, Señoría! No es justo. No puede permitírsele - dijo el prisionero, con una confusa ansiedad en su semblante que mostraba tener un corazón audaz, pero una conciencia culpable.
- ¿Por qué no, amigo? ¿Qué razones dais para ello? - preguntó el juez.
- Su Señoría, no puede permitírsele a ningún hombre ser testigo de su propio caso. Él es parte, señor, no puede ser testigo.
- Os equivocais - dijo el juez -, porque vos estáis acusado en nombre del Rey, y el hombre puede ser testigo del Rey, como en el caso de un asalto en un camino; nosotros siempre admitimos que la persona asaltada es testigo legal: sin esto ningún salteador podría ser convicto. Pero oiremos lo que tiene que decir cuando sea examinado.

Así habló el juez, con tal gravedad y de manera tan sencilla y natural, que el criminal contestó:

- Bien, si vos permitís que él sea testigo legal, entonces yo soy hombre muerto.

Dijo las últimas palabras con voz más baja que el resto, pero sin pedir una silla para sentarse. La corte ordenó que le trajeran asiento, pues si no lo hubiese tenido se hubiera desplomado sobre la plataforma. Cuando se hubo sentado, todos observaron que mostraba gran consternación y que levantaba las manos repetidas veces, pronunciando una y otra vez las palabras «Hombre muerto, hombre muerto».

El juez se sentía algo perdido, sin saber como actuar, y toda la corte parecía sumida en una extraña perplejidad, aunque nadie veía otra cosa que el hombre en el estrado.

Al fin el juez le dijo:

- Mirad, Mr... - llamándolo por su nombre -. Solo conozco un camino para vos y lo leeré en las Escrituras.

Y así, pidiendo la Biblia, buscó el libro de Josué y leyó el versículo VII:19: Y Josué dijo a Acán: Hijo mío, da gloria al Señor Dios de Israel, y confiesa y declárame qué has hecho: no me lo encubras.

Ante esto el criminal autocondenado estalló en lágrimas y tristes lamentaciones por su miserable condición, e hizo una confesión completa de su crimen. Y cuando lo hubo hecho, dio la siguiente relación de su caso y las razones que tenía para estar bajo la influencia de tal sorpresa y presión: que él había visto a su víctima de pie en el estrado de los testigos, lista para ser interrogada en contra de él y dispuesta a mostrar el cuello que el prisionero le había cortado; y según dijo, contemplándole de lleno con un terrible continente. Esto lo sumió en confusión, como bien podría suponerse, y sin embargo no hubo real aparición, ni espectro, ni fantasma ni trasgo. Todo había sido figurado por la fuerza de su propia culpa y la agitación de su alma excitada y sorprendida por influjo de la conciencia".

Daniel Defoe