"-New York, 30 de Septiembre CP FLASH.-
-El embajador Holliwell murió hoy. El final le llegó súbitamente cuando el embajador estaba solo en su estudio...-
Había algo extraño sobre este negocio de los cables nocturnos. Uno se sienta aquí en el último piso de un rascacielos y escucha los murmullos de la civilización. Nueva York, Londres, Calcuta, Bombay, Singapur... eran todos mis vecinos cuando se apagaban las luces de la calle y cuando el mundo se había ido a dormir. Solo, en la quietud de la noche, entre las dos y las cuatro, las operadoras abrían sus auriculares y las noticias le llegaban. Fuegos, desastres y suicidios. Asesinatos, multitudes, catástrofes. Algunas veces un terremoto con una lista de muertos tan larga como un brazo. El hombre del cable nocturno podía llegar casi a dormirse, mientras escribía en su máquina con un dedo.
Una vez en un largo tiempo uno abría sus oídos y escuchaba. Podía escuchar cosas sobre alguien que conocía en Singapur, Halifax o París. Tal vez habría sido promovido, pero más probablemente habría sido asesinado o ahogado. Quizás habría decidido renunciar y tomar alguna salida bizarra. Muchas cosas interesantes había en las noticias. Pero no pasaba seguido. La mayoría del tiempo uno se sentaba y dormitaba un poco, y tap, tap en la máquina de escribir y siempre deseando estar en casa para poder dormir en una cama. Algunas veces, sin embargo, cosas extrañas pasaban. Una pasó la otra noche, y todavía no se repitió. Eso espero.
Ustedes saben, yo manejo la oficina nocturna de una ciudad occidental marítima; el nombre no importa. Había solamente un operador nocturno en mi staff, un compañero llamado John Morgan, de unos cuarenta años de edad, un tipo sobrio, que trabaja duro. Él era uno de los mejores operadores que jamás conocí, era como un hombre "doble". Esto significa que podía manejar dos instrumentos a la vez, y tipear las historias en diferentes máquinas al mismo tiempo. Solo conocí a otros dos hombres que podían hacer esto consistentemente, hora tras hora, sin jamás llegar a cometer un error.
Generalmente, acostumbrábamos a recibir un solo cable nocturno, pero algunas veces, cuando era tarde, y las noticias venían rápido, las oficinas de Chicago y Denver abrían un segundo cable, y entonces Morgan hacía lo suyo. Era un mago, un autómata mecánico que funcionaba maravillosamente, pero sin imaginación. La noche del 16 él se mostró cansado. Fue la primera y última vez que lo escuché decir una palabra acerca de sí mismo, y lo traté por tres años. Eran justo las tres de la mañana y teníamos solo un cable. Estaba cabeceando sobre los reportes en mi escritorio y sin prestar mucha atención, cuando habló:
-Jim - dijo -, ¿no sientes como que estamos muy encerrados aquí?
-¿Por qué? No, John - respondí -, pero abre la ventana si lo deseas.
-No importa - dijo -, supongo que solo estoy un poco cansado.
Eso fue todo lo que dijo, y yo continué trabajando. Cada diez minutos, más o menos, yo caminaba y tomaba una pila de copias de las que él había tipidiado por triplicado. Debieron haber pasado unos veinte minutos desde que habló cunado me di cuenta que tenía abierto el segundo cable y que estaba usando ambas máquinas de escribir. Pensé que era muy inusual, ya que no estaba pasando nada que fuera "caliente". En mi siguiente caminata tomé las copias de ambas máquinas y las llevé a mi escritorio, para ordenar los duplicados. El primer cable tenía el tipo de cosas normales y solo lo miré apresuradamente. Luego miré la segunda pila de copias. La recuerdo particularmente, ya que la historia era sobre una ciudad de la que jamás había escuchado hablar antes: "Xebico". Este era el despacho. Salvé un duplicado de esto de nuestros archivos:
-Xebico, Sept 16 CP BOLETIN
-La niebla más pesada en la historia de la ciudad se extendió sobre el poblado a las 4 en punto de la tarde de ayer. Todo el tráfico se paró y la bruma cayó como una tela sobre todo. Las luces de intensidad ordinaria no podían atravesar el fenómeno, que está creciendo constantemente.-
-Los científicos hasta ahora no han podido ponerse de acuerdo sobre su origen, y la oficina meteorológica local declara que nunca antes había ocurrido algo así en la historia de la ciudad.-
-A las 7 P.M. de anoche las autoridades municipales...
(más)
Esto era todo lo que había. Nada fuera de lo normal en la oficina, pero, como dije antes, me fijé en la historia a causa del nombre de la ciudad. Debieron haber pasado unos quince minutos hasta que me acerqué por otro destajo de copias. Morgan se había dejado caer en su silla y había corrido su lámpara eléctrica de manera que no le llegue a los ojos y solo alumbre la parte superior de las dos máquinas. Solo las cosas usuales en la pila de la derecha, pero en la de la izquierda había otro cable de Xebico. Todos los despachos venían en "tomas", o sea que las partes de varias historias diferentes estaban unidas todas entre sí; solo eran uno o dos párrafos de cada una por vez Esta segunda historia estaba marcada como "Sube la niebla". Esta es la copia:
-A las 7 P.M. la niebla ha aumentado marcadamente. Todas las luces son ahora invisibles y la ciudad entera está cubierta por la oscuridad más absoluta. Como una peculiaridad del fenómeno, la neblina es acompañada por un olor malsano, comparable a nada experimentado anteriormente.
Abajo estaba la acostumbrada indicación de la hora, 3:27, y las iniciales del operador, JM.
Hubo solamente una historia más en la pila del segundo cable. Esta es:
-2a. Niebla Xebico.
-La explicación del origen de la niebla difiere grandemente. Entre lo más inusual está la del sacristán de la iglesia local, que anda a tientas buscando el camino a su oficina en condición histérica. Él declaró que la niebla se originó en el camposanto del pueblo. Lo primero que se vio fue una suave neblina gris que surgió desde el interior de la tierra de las tumbas, declaró. Luego comenzó a subir cada vez más alto. Una brisa subterránea pareció extenderla, ya que se cuarteó y luego se volvió a unir. Niebla fantasma, contorsionándose en angustiosas y extrañas formas y figuras. Y luego, en el espeso centro del grueso de la niebla, algo se movió. -Me volví y corrí de ese maldito lugar. Detrás mío escuché gritos viniendo de las casas que bordeaban el cementerio-.
-A pesar de que la versión del sacristán ha sido desacreditada, una partida está investigando.
Inmediatamente luego de contar esto, el sacristán colapsó y ahora está en el hospital local, inconciente.
No era una extraña historia, ya que estábamos acostumbrados a este tipo de cosas, ya que muchas historias inusuales venían en los cablegramas. Pero por alguna razón, quizás por la quietud general de esa noche, el reporte de la niebla me causó una gran impresión. Fui casi con espanto sobre las pilas de copias. Morgan no se movió, y el único sonido en la habitación fue el tap-tap de la sonda. Era ominoso y exasperante. Hubo otra historia desde Xebico en la pila de copias. La tomé ansiosamente.
-Nueva versión Niebla Xebico CP
-La partida de rescate que llegó a las 11 P.M. para investigar la extraña versión sobre el origen de la niebla que desde ayer ha estado opacando la ciudad, no ha regresado. Otra partida más numerosa ha sido despachada.
-En mientras, la niebla se ha puesto más abundante. Se cuela a través de las grietas en las paredes y llena los ambientes con un depresivo olor a putrefacción. Es opresivo, aterrorizante, trae la impresión sutil de cosas muertas durante mucho tiempo.
-Los pobladores de la ciudad han dejado sus casas y han ido a tientas hacia la iglesia local, donde los curas llevan a cabo servicios de oración. La escena está más allá de toda descripción. Tanto los niños como los adultos están asustados y muchos entran en pánico. Entre el vapor que cubre parcialmente el auditorio de la iglesia, un viejo sacerdote reza por el bienestar de su grey. Del público alternadamente se ven escenas de llanto y desesperación. Desde las afueras de la ciudad se escuchan llantos de voces desconocidas. Su eco a través de la niebla provoca extrañas cadencias menores. Los sonidos se parecen al sonido del viento silbando en un gigantesco túnel. Pero la noche está calma y no hay viento. La segunda partida de rescate... (más)
Soy un hombre calmado y nunca, en los últimos doce años que llevaba con los cables, me había excitado tanto. Pero igual me levanté de mi asiento y caminé hacia la ventana. Podía estar equivocado, ¿o allá a lo lejos, en el desfiladero de la ciudad siguiente estaba viendo un débil rastro de neblina? ¡Pshaw! Era todo mi imaginación. En la oficina el click de la sonda parecía haber elevado el ritmo de su tono. Morgan no se había movido de su asiento. Su cabeza hundida entre sus hombros, sacaba las hojas fuera de las máquinas de escribir con un dedo de cada mano. Parecía adormecido, pero no; continuamente, eficientemente, las dos máquinas matraqueaban línea tras línea, implacablemente y sin esfuerzo, como la muerte misma. Había algo acerca del monótono movimiento de las teclas que me fascinaba. Caminé y me paré detrás de su silla, leyendo sobre su hombro las cosas que tipiaba, letra por letra.
Ah, aquí había otro:
-Flash Xebico CP
-No habrá más boletines desde esta oficina. Lo imposible ha pasado. Ningún mensaje ha llegado a esta oficina durante los últimos veinte minutos. Fuimos aislados del exterior y hasta de las calles de afuera.
-Voy a estar con el cablegrama hasta el final.
-Este es el fin. Desde las 4 P.M. de ayer la niebla ha cubierto toda la ciudad. Siguiendo los reportes del sacristán de la iglesia, dos partidas de rescate fueron enviadas a investigar las condiciones en las afueras de la ciudad. Ninguna de las partidas regresó y no hemos recibido palabra de ellas. Casi con certeza se puede decir que nunca regresarán. Desde mi máquina puedo mirar abajo, a la calle. Por la posición de esta habitación, en el piso trece, se puede ver casi toda la ciudad. Ahora veo solamente una espesa capa de negrura donde habitualmente había luz y vida.
-Me temo grandemente que los gemidos que se escuchan constantemente desde las afueras de la ciudad son los gritos de muerte de los habitantes. Los sonidos crecen constantemente en volumen y cada vez se acercan más al centro de la ciudad. La niebla aún cubre todo. Está más densa que antes, y su condición ha cambiado. En vez de una impenetrable muralla de vapor oloroso y opaco, ahora se ven remolinos y contorsiones de una masa informe que se retuerce como si agonizara. Ahora la masa se parte y puedo ver atisbos de las calles. La gente está corriendo para un lado y para el otro, gritando con desesperación. Un alboroto de sonidos llega hasta la ventana, y por encima de todo está el inmenso silbido de vientos invisibles e imperceptibles.
-La niebla nuevamente cubre toda la ciudad y el silbido se acerca más y más.
-Ahora está directamente bajo esta oficina.
-¡Dios! Hace un instante la bruma se abrió y pude vislumbrar las calles allá abajo.
-La niebla no es un simple vapor. ¡Vive! Al lado de cada grito y lamento humano hay una figura, un aura de extraños matices y colores. ¡Cómo las formas están trepando! ¡Tal y cómo un ser viviente!
-Los hombres y mujeres están caídos, de bruces. Las figuras de la niebla los cubren amablemente. Están de rodillas sobre ellos. Ellos están... no me atrevo a decirlo. Los cuerpos han sido desarrapados de sus vestimentas. Están siendo consumidos, por partes. Una piadosa capa de vapor ha cubierto nuevamente la escena. No puedo ver más. Debajo mío la niebla está cambiando de colores. Parece alumbrado por fuegos infernales. No, no es así. He cometido una equivocación. Los colores vienen de arriba, son reflecciones del cielo.
-¡Arriba! ¡Arriba! El cielo entero está en llamas. Colores como nunca antes habían sido vistos por hombres o demonios. Las llamas se mueven, han comenzado a entremezclarse; los colores se reconfiguran. Son tan brillantes que mis ojos no los soportan. Ahora están comenzando a arremolinarse, provocando círculos como espirales. Es como un calidoscopio de brillo sobrenatural.
-He hecho un descubrimiento. No hay nada dañino en las luces. Irradian fuerza, alegría. Pero por su gran potencia, hace daño. Como veo, se acercan cada vez más. Millones de millas con la velocidad de la luz. Sí, es una luz como de una quintaesencia de todas las luces. Bajo la misma la niebla se disuelve en calina radiante, un espectro de cientos de luces, un arco iris fatuo.
-Ahora puedo ver las calles. ¡Están llenas de gente! Las luces se acercan, están sobre mí. Me envuelven...
El mensaje se detuvo abruptamente. El cablegrama desde Xebico estaba muerto. Bajo mis ojos en el angosto círculo de luz verdecina de la lámpara, se detuvo la impresión, en el medio de la página. La estancia se llenó con una solemne quietud, un silencio vagamente impresionante, potente. Miré a Morgan. Sus manos habían caído fríamente a sus costados, mientras su cuerpo estaba peculiarmente encorvado. Moví la lámpara, para iluminar su rostro. Sus ojos estaban fijos. Con un súbito presentimiento, di un paso a su lado y llamé a Chicago a través del cablegrama. Luego de un segundo, respondió. ¿Por qué? Había algo malo ahí. Chicago estaba reportando que el cable Dos no había sido utilizado en ningún momento de la noche.
-¡Morgan! -grité- ¡Morgan! Despierta, no era verdad. Alguien nos estuvo embaucando.
Porque... -en mi ímpetu lo aferré del hombro.
Su cuerpo estaba muy frío. Morgan había estado muerto durante cuatro horas. ¿Pudo ser que su mente sensitiva y dedos automáticos habían continuado grabando impresiones luego del fin? Nunca lo sabré, ya que nunca más volví a trabajar en el turno nocturno. Busqué en un atlas mundial y nunca encontré ninguna ciudad con el nombre Xebico. Lo que fuera que mató a John Morgan seguirá siendo un misterio".
H.F. Arnold
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
El Recolector de Historias
viernes, 27 de noviembre de 2015
jueves, 26 de noviembre de 2015
"La Orilla Triste"
"—¿Así, tú crees que un hombre puede engañar a la muerte y burlar al destino? —preguntó el hombrecillo pálido de frente abombada, oculta por un negro capuchón.
El Ratonero Gris, que sostenía el cubilete a punto de arrojar los dados, se detuvo para dirigir una rápida mirada de soslayo a quien así le interrogaba.
—Yo he dicho que un hombre astuto puede engañar a la muerte durante mucho tiempo.
La taberna de la antigua Lankhmar, capital del país de Lankhmar, que no figura en los libros de historia, resonaba con roncas voces y risotadas. Entre el público predominaban los espadachines, y el resonar de los aceros se mezclaba con el entrechocar de los vasos, que servía de ruido de fondo para la risa alocada de las mujerzuelas. Los jactanciosos soldados de la guardia se codeaban con los matones a sueldo de los jóvenes señores. Entre ellos correteaban sonrientes siervos, cargados con jarras de vino. En un rincón bailaba una joven esclava; el tintineo de sus ajorcas de plata se perdía entre la barahúnda. Al otro lado de las ventanucas de postigos fuertemente cerrados aullaba el viento del sur, cargado de polvo que se depositaba entre los cantos rodados que empedraban la calle y enturbiaba la vista de las estrellas. Pero en la taberna reinaba la más jovial confusión.
El Ratonero Gris estaba ante la mesa de juego en compañía de una docena de clientes. Vestía todo de gris —justillo, camisa de seda y gorra de piel de ratón— pero sus ojos negros y centelleantes y su sonrisa inescrutable le conferían mayor vivacidad que a los demás, con excepción del corpulento bárbaro de cabellos cobrizos que estaba a su lado, que reía ruidosamente y trasegaba enormes vasos del agrio y pesado vino de Lankhmar como si fuera cerveza.
—Dicen que tú eres un hábil espadachín y que has visto la muerte de cerca muchas veces —continuó el hombrecillo pálido de ropaje negro, entreabriendo apenas sus delgados labios para pronunciar estas palabras.
Pero el Ratonero ya había tirado, y los extraños dados de Lankhmar se detuvieron con los símbolos de la anguila y la serpiente en la parte superior, y él recogió un montón de monedas triangulares de oro. Fue el bárbaro quien respondió por él.
—Sí, el Gris maneja muy bien la espada... casi tan bien como yo. También es un gran tramposo jugando a los dados.
—¿Eres tú, pues, Fafhrd el hombre del Norte —preguntó su interlocutor—, y tú también crees que un hombre puede engañar a la muerte, por hábil que sea en hacer trampas con los dados?
El bárbaro sonrió mostrando su blanca dentadura y miró intrigado al hombrecillo pálido, cuyo aspecto sombrío y cuyos modales tan extrañamente contrastaban con la turbulenta concurrencia que se apiñaba en la taberna de techo bajo, llena de humo y vapores del alcohol.
—Has vuelto a acertar —dijo en tono fanfarrón—. Yo soy Fafhrd el hombre del Norte, y estoy dispuesto a emplear mi ingenio para burlarme del destino. —Dio un codazo a su compañero—. Oye, Ratonero, ¿qué piensas de ese ratoncito negro que ha entrado aquí por una grieta del suelo y que quiere hablar contigo y conmigo acerca de la muerte?
El hombre vestido de negro no pareció advertir el tono insultante y burlón. Sus labios exangües se movieron de nuevo imperceptiblemente, pero sus palabras no resultaron afectadas por el clamor que reinaba en la taberna, e hirieron los oídos de Fafhrd y el Ratonero Gris con extraña claridad.
—Se dice que ambos estuvisteis muy cerca de la muerte en la Ciudad Prohibida de los ídolos Negros, en la trampa pétrea de Angarngi, y en la brumosa isla del Mar de los Monstruos. Se dice también que habéis luchado con el destino en el Desierto Helado y en los laberintos de Klesth. Pero, ¿quién puede estar seguro de estas cosas, y de si tuvisteis tan cerca la muerte y el destino? ¿Quién sabe si ambos no sois más que unos fanfarrones que se pavonean demasiado? Ahora bien, he oído decir que la muerte llama a veces a los hombres con una voz que sólo ellos pueden oír. Entonces, quien escucha la llamada debe alzarse y dejar a sus amigos, para ir adonde la muerte le ordene, y enfrentarse allí con su destino. ¿Os ha llamado alguna vez la muerte de esta guisa?
Fafhrd pudiera haber reído, pero no lo hizo. El Ratonero tenía una mordaz respuesta en la punta de la lengua, pero en vez de ella dijo:
—¿Con qué palabras puede llamar la muerte?
—Eso depende —dijo el hombrecillo—. Puede miraros como yo lo hago y decir: «La Orilla Tétrica». Nada más que eso. «La Orilla Tétrica». Y ambos os levantaríais y tendríais que ir.
Esta vez Fafhrd quiso reír, pero la risa no salió de su garganta. Lo único que ambos pudieron hacer fue sostener la mirada del hombrecillo de frente blanca y abombada, mirar estúpidamente a sus ojos fríos y cavernosos. En torno a ellos la concurrencia lanzaba risotadas ante alguna broma. Un guardia borracho cantaba a grito pelado. Los jugadores llamaron con impaciencia al Ratonero, diciéndole que hiciese su próxima apuesta. Una mujer vestida de rojo y oro, y que reía alocadamente, pasó tropezando junto al hombrecillo pálido, casi rozando la negra caperuza que le cubría la cabeza. Pero él no se movió. Y Fafhrd y el Ratonero Gris continuaron mirando fijamente —fascinados y desvalidos— sus fríos ojos negros, que parecieron convertirse en dos pequeños túneles que conducían a lugares remotos y perversos. Algo más profundo que el miedo les agarrotó con puño de hierro. El ruido de la taberna pareció atenuarse, y la vieron como si la contemplasen a través de muchos espesores de cristal. Únicamente veían aquellos ojos y lo que había más allá de ellos; era algo desolado, terrible y funesto.
—La Orilla Tétrica —repitió el misterioso personaje—, y vosotros tendréis que ir. Entonces todos cuantos se hallaban en la taberna vieron cómo se levantaban Fafhrd y el Ratonero Gris, y sin pronunciar palabra de despedida ni hacer ninguna seña, se dirigieron juntos a la baja puerta de roble. Un guardia lanzó una maldición cuando el corpulento hombre del Norte lo apartó ciegamente de un empellón. Se oyeron algunas interpelaciones y sarcasmos —el Ratonero se llevaba sus ganancias— pero pronto todos se callaron, pues percibieron algo extraño y pavoroso en el aspecto de ambos. Nadie reparó en el hombrecillo pálido vestido de negro. Vieron abrirse la puerta. Oyeron el seco gemido del viento y un golpeteo hueco causado sin duda por el toldo. Vieron alzarse un torbellino de polvo ante el umbral. Luego la puerta se cerró y Fafhrd y el Ratonero desaparecieron.
Nadie les vio dirigirse a los grandes muelles de piedra que bordean el río Hlal de un extremo de Lankhmar a otro. Nadie vio zarpar la nave roja de Fafhrd, con sus velas de sangre y su aparejo norteño, para introducirse en la corriente que desciende hacia el tormentoso Mar Interior. La noche era oscura y la tempestad de polvo mantenía a las gentes en sus casas. Pero al día siguiente se habían ido ellos y su nave, con su tripulación Mingold de cuatro hombres... prisioneros convertidos en esclavos, que habían jurado servirles durante toda su vida, y que Fafhrd y el Ratonero capturaron en su incursión contra la Ciudad Prohibida de los ídolos Negros.
Unos quince días después llegó una noticia a Lankhmar procedente de Finisterre, el pequeño puerto situado más allá de todos los puertos hacia poniente, en las mismas orillas del Mar Exterior, que no surca ninguna nave. Decía la noticia que una embarcación con aparejo nórdico había recalado en aquel puerto para tomar a bordo una insólita cantidad de víveres y de agua... insólita porque sólo había seis hombres en la nave: un ceñudo bárbaro del Norte, de tez blanca; un hombrecillo vestido de gris que no sonreía, y cuatro mingotes de fuerte complexión, cabellos negros y faz estólida. Después la esbelta nave se hizo a la vela y zarpó en derechura hacia Poniente. Los habitantes de Finisterre siguieron con la mirada la vela roja hasta la caída de la noche, moviendo con asombro la cabeza ante la audacia de aquellos navegantes. Cuando esta noticia se repitió en Lankhmar, fueron muchos también los que movieron la cabeza, y algunos se refirieron en términos significativos a la peculiar conducta de los dos amigos la noche de su partida. Y cuando las emanas se convirtieron en meses y los meses fuéronse sucediendo lentamente, cada vez fueron más los que dieron por muertos a Fafhrd y el Ratonero Gris. Hasta que un día hizo su aparición Ourph el Mingold, que contó una curiosa historia a los hombres que descargaban naves en el muelle de Lankhmar. Hubo algunas diferencias de opinión acerca de la veracidad de esta historia, pues si bien Ourph hablaba el suave idioma de Lankhmar con bastante perfección, era un forastero, y cuando se hubo ido, nadie pudo demostrar que no fuese uno de los cuatro mingoles embarcados en la nave nórdica. Además su relato dejaba sin respuesta varias enigmáticas preguntas, siendo ésta una de las razones por la que muchos lo consideraban falso.
—Estaban locos —dijo Ourph— o bajo los efectos de una maldición, esos dos hombres, el alto y el bajo. Lo sospeché cuando nos perdonaron la vida al pie de las mismas murallas de la Ciudad Prohibida. Y lo supe por seguro cuando navegaron sin parar hacia el oeste sin arriar jamás las velas, sin cambiar de rumbo, manteniendo siempre la estrella de los hielos por la banda de estribor. Apenas hablaban, dormían poco y no reían en absoluto. ¡Estaban malditos, sí! En cuanto a nosotros cuatro —Teevs, Larlt, Ouwenyis y yo— nos trataban bien, aunque hacían caso omiso de nuestra presencia. Nosotros teníamos nuestros amuletos para defendernos de las magias malignas. Habíamos jurado ser sus esclavos hasta la muerte. Eramos hombres de la Ciudad Prohibida. No nos amotinamos. Navegamos durante muchos días. La mar era tranquila y desierta a nuestro alrededor, y pequeña, muy pequeña, parecía como si se inclinase y desapareciese de vista por el norte, el sur y el temible oeste, como si la mar terminase a una hora de navegación de donde estábamos. Y después empezó a adquirir también el mismo aspecto por el este. Pero la mano del gigantesco hombre del Norte empuñaba firmemente el timón, y la mano de su pequeño compañero gris era tan firme como la suya. Nosotros cuatro nos pasábamos las horas sentados en la proa, porque apenas teníamos que ocuparnos de las velas, y día y noche nos jugábamos a los dados nuestros amuletos, nuestras monedas y nuestras ropas... y, de no haber sido esclavos, nos hubiéramos jugado también nuestro pellejo y nuestros huesos.
Para llevar cuenta de los días, me até una cuerdecita en torno a mi pulgar derecho y la fui pasando de un dedo a otro cada día hasta que del meñique derecho saltó el meñique izquierdo y volvió a mi pulgar izquierdo. Entonces empecé de nuevo con el pulgar derecho de Teevs. Cuando llegué a su pulgar izquierdo continué con Larlt. Así pudimos contar los días y saber los que pasaron. Y cada día el cielo se hacía más vacío y la mar más pequeña, hasta que pareció que el horizonte estaba únicamente a tiro de arco de nuestra proa, nuestra popa y los costados de nuestra nave. Teevs dijo que estábamos sobre unas aguas encantadas, que nos llevaban por los aires hacia la estrella roja llamada Infierno.
Seguramente Teevs tenía razón. No podía haber tanta agua hacia el oeste. Lo digo yo, que he atravesado el Mar Interior y el Mar de los Monstruos. Cuando la cuerda rodeaba el dedo anular izquierdo de Larlt, nos asaltó una gran tempestad que venía del sureste. Durante tres días seguidos su fuerza fue en aumento, encrespando las aguas en grandes olas espumeantes, por las que subíamos y bajábamos mientras el rocío salpicaba nuestros mástiles. Somos los únicos hombres que hemos visto o verán olas tan colosales, más altas que nuestro palo mayor; no están hechas a nuestra medida ni a la de nuestros océanos. Entonces tuve nuevas pruebas de que nuestros amos se hallaban bajo una maldición. Hicieron caso omiso de la tempestad y dejaron que ésta desgarrase las velas. No se inmutaron cuando Teevs fue arrebatado por una ola, cuando el buque quedó medio anegado y lleno de espuma hasta las bordas, ni cuando nuestros cubos de achique espumeaban como jarras de cerveza. Ambos permanecían de pie en la popa, atados al gobernalle, empapados por las olas impetuosas, con la vista fija en la proa, cual si conversasen con seres que sólo los embrujados pueden oír. ¡Sí, estaban malditos! Algún oscuro demonio protegía sus vidas, por tenebrosas razones que sólo él sabía. ¿Cómo si no se explica que atravesáramos indemnes la tempestad?
Porque cuando la cuerda estaba en el pulgar izquierdo de Larlt, las gigantescas olas coronadas de espuma se convirtieron en un gran oleaje negro que el viento que soplaba del oeste hinchaba sin blanquearlo. Cuando llegó el alba y lo vimos, Ouwenyis exclamó que navegábamos por arte de magia sobre un mar de arena negra, y Larlt aseguró que durante la noche y en el curso de la tempestad habíamos caído en el océano de aceite sulfuroso que algunos dicen que existe bajo la tierra... pues Larlt había visto los negros y burbujeantes lagos del Extremo Oriente; yo recordé lo que había dicho Teevs y me pregunté si el agua que nos sostenía no habría sido transportada por los aires, para caer en un mar completamente distinto de un mundo desconocido. Pero el hombrecillo gris escuchó nuestras conversaciones, arrojó un cubo por la borda y nos roció con él, por lo que supimos que el casco de nuestra nave aún tocaba en el agua y que ésta aún era salada... fuese lo que fuese aquel agua. Y entonces nos ordenó que remendásemos las velas y reparásemos los desperfectos de la nave. A mediodía volábamos hacia el oeste con una velocidad aún mayor que la que alcanzamos durante la tempestad, pero tan largas eran las olas y tan velozmente avanzaban con nosotros, que sólo remontábamos cinco o seis de ellas en un solo día. ¡Por los ídolos Negros, os aseguro que eran muy largas!
Y entonces la cuerda empezó a pasar por los dedos de Ouwenyis. Pero las nubes parecían de plomo sobre nosotros, lo mismo que la pesada y extraña mar que rodeaba nuestro casco, y no sabíamos si la luz que se filtraba por aquélla era la del sol o de una luna hechicera, y cuando pudimos ver las estrellas éstas nos fueron desconocidas. Pero la blanca mano del hombre del Norte seguía empuñando firmemente el gobernalle, y él y su compañero seguían mirando fijamente al frente. Pero al tercer día de nuestra navegación por aquel mar tenebroso el hombre del Norte rompió el silencio. Una terrible sonrisa desprovista de toda alegría plegó sus labios, y le oí murmurar: «La Orilla Tétrica». Nada más que esto. El Gris asintió, como si estas palabras encerrasen una virtud portentosa. Cuatro veces se las oí pronunciar al hombre del Norte, y así quedaron grabadas en mi memoria. Los días hiciéronse más oscuros y más fríos, las nubes eran cada vez más bajas y amenazadoras, como el techo de una gran caverna. Y cuando la cuerda estaba en el índice de Ouwenyis, vimos ante nosotros una extensión plomiza e inmóvil, que se confundía con las olas pero se levantaba sobre ellas, y supimos que habíamos arribado a «La Orilla Tétrica». Cada vez a mayor altura se elevaba la orilla, hasta que pudimos distinguir las imponentes torres de basalto, redondeadas como las olas del mar y sembradas de peñascos grisáceos, que en algunos puntos mostraban manchas blancuzcas, como causadas por las deyecciones de las aves... aunque allí no vimos aves. Sobre los acantilados se extendían los negros nubarrones, y al pie de aquéllos vimos únicamente una faja de arenas pálidas.
Entonces el hombre del Norte metió el gobernalle a una banda y fuimos en derechura hacia la costa, como si se propusiese estrellarnos contra ella, pero en el último momento nos hizo pasar a un mástil de distancia de un escollo redondeado que apenas rompía la cresta del oleaje, y nos encontró un fondeadero. Echamos el ancla y nos detuvimos seguros.
-Entonces el hombre del Norte y el Gris, moviéndose como los personajes de un sueño, revistieron sus armas, poniéndose cada uno de ellos un camisote de cota de malla ligera y un yelmo redondo y sin cimera... tanto los yelmos como la cota de malla estaban blancos de sal que había depositado en ellos la espuma y el rocío marino. Y ciñeron la espada al costado, se echaron a los hombros unos grandes mantos, y, después de tomar un poco de comida y de agua, nos ordenaron que botásemos el chinchorro. Yo mismo los llevé remando a tierra, y ambos saltaron a la playa y se encaminaron hacia los acantilados. Entonces, aunque me dominaba un gran pavor, les grité: «¿Adónde vais? ¿Debemos seguiros? ¿Qué tenemos que hacer?» Durante unos instantes no me contestaron. Luego, sin volver la cabeza, el Gris me contestó con un murmullo ronco apenas perceptible. «No nos sigáis. Somos hombres muertos. Regresad, si podéis».
Yo me estremecí e incliné la cabeza en asentimiento a estas palabras. Después regresé remando a la nave. Ouwenyis, Larlt y yo les vimos escalar los abruptos y redondeados riscos. Se fueron empequeñeciendo a nuestra vista, hasta que el hombre del Norte parecía un diminuto escarabajo y su gris compañero era casi invisible, salvo cuando cruzaban un espacio blanquecino del mar cerca de la costa, y comprendimos que podíamos hacernos a la mar. Pero nos quedamos, porque, vamos a ver... ¿no habíamos jurado fidelidad a nuestros amos? ¿Y no soy yo un Mingold? Al caer la noche, el viento aumentó en intensidad, lo mismo que nuestro deseo de partir... aunque sólo fuese para perecer ahogados en aquel mar ignoto. No nos gustaban los riscos basálticos extrañamente redondeados de la Orilla Tétrica; no nos gustaba no ver gaviotas, halcones y ninguna clase de aves en aquel aire plomizo, ni algas en la playa. Y entonces los tres empezamos a ver algo brillante y negro en lo alto de los acantilados. Pero esperamos hasta la hora tercia de la noche para levar anclas y alejarnos de la Orilla Tétrica.
Encontramos otra terrible tempestad tras varios días de navegación, y quizás ésta nos arrojó de nuevo a mares conocidos. Ouwenyis se cayó por la borda y Larlt enloqueció de sed, y hacia el final del viaje ni yo mismo me daba cuenta de nada. Solo sé que fui arrojado a la costa del sur, en las cercanías de Quarmall y que, después de innúmeras dificultades, conseguí llegar aquí a Lankhmar. Pero en mis sueños vuelvo a ver aquellos negros acantilados y me asalta la visión de los blancos huesos de mis amos y de sus calaveras, que miran con ojos vacíos y una horrible sonrisa algo extraño y mortífero.
Sin hacer caso de la fatiga que envaraba sus músculos, el Ratonero Gris contorneó el último peñasco, haciendo presa con manos y pies en los resquicios que presentaba la unión del granito y el basalto negro, y finalmente se irguió en la cumbre de los riscos redondeados que cerraban como un baluarte la Orilla Tétrica. Se percató de la presencia a su lado de Fafhrd el hombre del Norte, como una vaga y corpulenta figura vestida con cota de malla y capa. Pero le veía con dificultad, como a través de muchos espesores de cristal. Lo único que veía claramente —y le parecía que había estado mirando por ellos desde hacía una eternidad —eran dos ojos negros y cavernosos que parecían dos túneles, a cuyo extremo había algo desolado y mortífero, que antes había estado muy lejos pero que ahora se hallaba al alcance de su mano. Así había sido, desde que se levantó de la mesa de juego en la taberna de Lankhmar. Recordó vagamente la forma como le miraban los moradores de Finisterre, la espuma y la furia de la tempestad, la curva del mar oscuro y la expresión de terror en la cara de Ourph el Mingold; estos recuerdos también los veía como a través de muchos espesores de cristal. Comprendió confusamente que él y su compañero se hallaban bajo una maldición, y que por fin habían llegado a la fuente de donde emanaba. El desolado paisaje que se extendía ante ellos no mostraba el menor signo de vida. A sus pies el basalto descendía para formar una gran concavidad cuyo fondo estaba constituido por arena negra... diminutos granos ferruginosos. Medio enterrados en la arena, el Ratonero Gris vio cerca de medio centenar de los que le parecieron peñascos ovalados de distintos tamaños y negros como la tinta. Pero su redondez era demasiado perfecta, su forma excesivamente regular, y poco a poco el Ratonero fue comprendiendo que no eran peñascos, sino monstruosos huevos negros, algunos pequeños, otros tan grandes que un hombre no hubiera podido rodearlos con sus brazos y uno de ellos tan enorme, que parecía una tienda hemisférica.
Esparcidos por la arena habían multitud de osamentas, grandes y pequeñas. El Ratonero reconoció el cráneo de un verraco, armado de grandes colmillos, y otros dos más pequeños, pertenecientes a lobos. Vio también el esqueleto de un gran felino, agazapado como para atacar. Más allá yacían los huesos de un caballo, y junto a ellos la caja torácica de un hombre o un antropoide. Los huesos formaban un círculo blanco y resplandeciente en torno a los enormes huevos negros. De un lugar indeterminado llegó a ellos una voz desprovista de tonalidad, débil pero clara, de tono imperativo, que decía:
—Una muerte de guerreros para los guerreros.
El Ratonero conocía la voz, porque ésta había estado resonando durante semanas en sus oídos, desde el día en que brotó de los labios de un hombrecillo pálido y de frente abultada, envuelto en negras vestiduras y sentado a su lado en una taberna de Lankhmar. Entonces vio que lo que tenía ante él no se hallaba completamente desprovisto de vida. Un extraño movimiento se estaba produciendo en la Orilla Tétrica. Una grieta había aparecido en uno de los grandes huevos negros, y luego en otro, y las grietas se ramificaban y se ensanchaban mientras los cascarones se resquebrajaban y caían en pedazos al suelo negro y arenoso. El Ratonero comprendió que esto ocurría en respuesta a la orden proferida por la voz. Supo que aquel era el fin que la vocecita del desconocido le ordenó que fuese a buscar en la otra orilla del Mar Exterior. Incapaz de seguir avanzando, observó sombríamente cómo progresaba con lentitud aquella monstruosa eclosión. Bajo aquel cielo plomizo y tenebroso vio nacer dos muertes gemelas, una para él y otra para su compañero. Tuvo el primer atisbo de su naturaleza al ver asomar por una grieta, ensanchándola más, una larga garra que parecía una espada. La caída de fragmentos del cascarón se aceleró.
Los dos seres que surgieron en las crecientes tinieblas eran monstruosos incluso para la mente embotada del Ratonero. Andaban dando grandes zancadas, erguidos como los hombres pero más altos, con cabeza de reptil rematada por una cresta ósea que parecía un casco, y con patas provistas de garras de lagarto, hombros provistos de espinas óseas y patas delanteras terminadas en una sola garra, que tenían una vara de largo. En la semioscuridad parecían horrendas caricaturas de combatientes, provistos de coraza y espada. La escasa luz no ocultaba el color amarillento de sus ojos parpadeantes. Entonces la voz repitió:
—Una muerte de guerreros para los guerreros.
Al conjuro de estas palabras, los paralizados miembros del Ratonero recuperaron sus movimientos. Por unos instantes creyó despertar de un sueño. Pero entonces vio a los horrendos seres recién nacidos corriendo hacia ellos, mientras de sus largos hocicos brotaba un agudo y ávido alarido. A su lado se escuchó el ruido que hacía la espada de Fafhrd al salir de su vaina. Entonces el Ratonero desenvainó la suya, con la que un momento después paró la estocada dirigida contra su garganta por una garra que parecía de acero. Simultáneamente Fafhrd paró un golpe semejante asestado por el otro monstruo. Lo que a continuación siguió fue una verdadera pesadilla. Aquellas garras que parecían espadas lanzaban estocadas y tajos. Sin embargo, y pese a la velocidad de los golpes, los dos hombres conseguían pararlos, pese a que eran cuatro contra dos. Las estocadas con que ellos replicaban rebotaban contra una impenetrable armadura ósea. De pronto ambos seres se abalanzaron a una sobre el Ratonero. Fafhrd los atacó de costado, y consiguió salvarlo. Pero poco a poco los dos compañeros iban siendo obligados a retrocer hacia el acantilado. Las dos bestias parecían incansables, como si fuesen de hueso y metal y no de carne. El Ratonero vio el fin inminente. Aunque él y Fafhrd consiguiesen contener a los monstruos unos momentos más, la fatiga terminaría por dominarlos, pararían los golpes con menos fuerza y las bestias los vencerían.
Como si fuese un preludio a este fin, el Ratonero sintió que una garra le rozaba la muñeca. Y entonces recordó los ojos negros y cavernosos que les habían atraído al otro lado del Mar Exterior, y la voz que les condenó a tan funesto destino. Y le dominó una extraña y loca furia... que no iba dirigida contra las bestias sino contra su amo. Le pareció ver a los ojos negros y muertos fijos en él desde el fondo de la concavidad llena de arena negra. Entonces perdió el dominio de sí mismo. Cuando los dos monstruos intentaron un nuevo ataque concertado contra Fafhard no se volvió para ayudarle, sino que pasó junto a ellos y bajó corriendo a la hondonada, en dirección a los huevos hundidos en la arena. Al quedarse solo frente a los monstruos, Fafhrd se puso a luchar como un poseído, haciendo tremendos molinetes con su espada, que silbaba al hendir el aire, mientras sus últimas energías prestaban vigor a sus músculos. Apenas advirtió que una de las dos bestias dio media vuelta y partió en persecución de su camarada.
El Ratonero estaba entre los huevos, y se detuvo frente a uno que brillaba más que los restantes y que era más pequeño. Con gesto vengador hundió su espada en él. El golpe fue tan fuerte, que la mano le quedó entumecida. El huevo cayó hecho pedazos. Entonces el Ratonero supo cuál era la fuente del mal que poseía a la Orilla Tétrica; supo qué extraño ser hijo del infierno yacía allí como una pústula maligna, difundiendo la muerte y llamando a los hombres a su perdición. Oyó a sus espaldas los rápidos pasos y los ávidos alaridos del monstruo destinado a aniquilarlo. Pero en vez de volverse, levantó su espada y la abatió silbando sobre la criatura medio embrionaria que se refocilaba en secreto por la muerte de los hombres que había atraído hasta allí. La espada se clavó en la abombada frente del hombrecillo pálido de labios delgados.
Esperó entonces el golpe final de la garra. Pero aquel golpe no llegó. Volviéndose, vio al monstruo tendido e inmóvil en la arena negra. A su alrededor, los mortíferos huevos se deshacían, convertidos en polvo. Recortándose contra la semioscuridad del cielo, vio a Fafhrd que venía con paso vacilante hacia él, pronunciando entrecortadas palabras de alivio y maravilla con una voz profunda y gutural mezclada con sollozos. La muerte había abandonado la Orilla Tétrica, la maldición había sido cortada de raíz. De la noche llegó el graznido jubiloso de un ave marina, y Fafhrd y el Ratonero pensaron en el largo y desconocido camino que tendrían que recorrer para regresar a Lankhmar".
Fritz Leiber
El Ratonero Gris, que sostenía el cubilete a punto de arrojar los dados, se detuvo para dirigir una rápida mirada de soslayo a quien así le interrogaba.
—Yo he dicho que un hombre astuto puede engañar a la muerte durante mucho tiempo.
La taberna de la antigua Lankhmar, capital del país de Lankhmar, que no figura en los libros de historia, resonaba con roncas voces y risotadas. Entre el público predominaban los espadachines, y el resonar de los aceros se mezclaba con el entrechocar de los vasos, que servía de ruido de fondo para la risa alocada de las mujerzuelas. Los jactanciosos soldados de la guardia se codeaban con los matones a sueldo de los jóvenes señores. Entre ellos correteaban sonrientes siervos, cargados con jarras de vino. En un rincón bailaba una joven esclava; el tintineo de sus ajorcas de plata se perdía entre la barahúnda. Al otro lado de las ventanucas de postigos fuertemente cerrados aullaba el viento del sur, cargado de polvo que se depositaba entre los cantos rodados que empedraban la calle y enturbiaba la vista de las estrellas. Pero en la taberna reinaba la más jovial confusión.
El Ratonero Gris estaba ante la mesa de juego en compañía de una docena de clientes. Vestía todo de gris —justillo, camisa de seda y gorra de piel de ratón— pero sus ojos negros y centelleantes y su sonrisa inescrutable le conferían mayor vivacidad que a los demás, con excepción del corpulento bárbaro de cabellos cobrizos que estaba a su lado, que reía ruidosamente y trasegaba enormes vasos del agrio y pesado vino de Lankhmar como si fuera cerveza.
—Dicen que tú eres un hábil espadachín y que has visto la muerte de cerca muchas veces —continuó el hombrecillo pálido de ropaje negro, entreabriendo apenas sus delgados labios para pronunciar estas palabras.
Pero el Ratonero ya había tirado, y los extraños dados de Lankhmar se detuvieron con los símbolos de la anguila y la serpiente en la parte superior, y él recogió un montón de monedas triangulares de oro. Fue el bárbaro quien respondió por él.
—Sí, el Gris maneja muy bien la espada... casi tan bien como yo. También es un gran tramposo jugando a los dados.
—¿Eres tú, pues, Fafhrd el hombre del Norte —preguntó su interlocutor—, y tú también crees que un hombre puede engañar a la muerte, por hábil que sea en hacer trampas con los dados?
El bárbaro sonrió mostrando su blanca dentadura y miró intrigado al hombrecillo pálido, cuyo aspecto sombrío y cuyos modales tan extrañamente contrastaban con la turbulenta concurrencia que se apiñaba en la taberna de techo bajo, llena de humo y vapores del alcohol.
—Has vuelto a acertar —dijo en tono fanfarrón—. Yo soy Fafhrd el hombre del Norte, y estoy dispuesto a emplear mi ingenio para burlarme del destino. —Dio un codazo a su compañero—. Oye, Ratonero, ¿qué piensas de ese ratoncito negro que ha entrado aquí por una grieta del suelo y que quiere hablar contigo y conmigo acerca de la muerte?
El hombre vestido de negro no pareció advertir el tono insultante y burlón. Sus labios exangües se movieron de nuevo imperceptiblemente, pero sus palabras no resultaron afectadas por el clamor que reinaba en la taberna, e hirieron los oídos de Fafhrd y el Ratonero Gris con extraña claridad.
—Se dice que ambos estuvisteis muy cerca de la muerte en la Ciudad Prohibida de los ídolos Negros, en la trampa pétrea de Angarngi, y en la brumosa isla del Mar de los Monstruos. Se dice también que habéis luchado con el destino en el Desierto Helado y en los laberintos de Klesth. Pero, ¿quién puede estar seguro de estas cosas, y de si tuvisteis tan cerca la muerte y el destino? ¿Quién sabe si ambos no sois más que unos fanfarrones que se pavonean demasiado? Ahora bien, he oído decir que la muerte llama a veces a los hombres con una voz que sólo ellos pueden oír. Entonces, quien escucha la llamada debe alzarse y dejar a sus amigos, para ir adonde la muerte le ordene, y enfrentarse allí con su destino. ¿Os ha llamado alguna vez la muerte de esta guisa?
Fafhrd pudiera haber reído, pero no lo hizo. El Ratonero tenía una mordaz respuesta en la punta de la lengua, pero en vez de ella dijo:
—¿Con qué palabras puede llamar la muerte?
—Eso depende —dijo el hombrecillo—. Puede miraros como yo lo hago y decir: «La Orilla Tétrica». Nada más que eso. «La Orilla Tétrica». Y ambos os levantaríais y tendríais que ir.
Esta vez Fafhrd quiso reír, pero la risa no salió de su garganta. Lo único que ambos pudieron hacer fue sostener la mirada del hombrecillo de frente blanca y abombada, mirar estúpidamente a sus ojos fríos y cavernosos. En torno a ellos la concurrencia lanzaba risotadas ante alguna broma. Un guardia borracho cantaba a grito pelado. Los jugadores llamaron con impaciencia al Ratonero, diciéndole que hiciese su próxima apuesta. Una mujer vestida de rojo y oro, y que reía alocadamente, pasó tropezando junto al hombrecillo pálido, casi rozando la negra caperuza que le cubría la cabeza. Pero él no se movió. Y Fafhrd y el Ratonero Gris continuaron mirando fijamente —fascinados y desvalidos— sus fríos ojos negros, que parecieron convertirse en dos pequeños túneles que conducían a lugares remotos y perversos. Algo más profundo que el miedo les agarrotó con puño de hierro. El ruido de la taberna pareció atenuarse, y la vieron como si la contemplasen a través de muchos espesores de cristal. Únicamente veían aquellos ojos y lo que había más allá de ellos; era algo desolado, terrible y funesto.
—La Orilla Tétrica —repitió el misterioso personaje—, y vosotros tendréis que ir. Entonces todos cuantos se hallaban en la taberna vieron cómo se levantaban Fafhrd y el Ratonero Gris, y sin pronunciar palabra de despedida ni hacer ninguna seña, se dirigieron juntos a la baja puerta de roble. Un guardia lanzó una maldición cuando el corpulento hombre del Norte lo apartó ciegamente de un empellón. Se oyeron algunas interpelaciones y sarcasmos —el Ratonero se llevaba sus ganancias— pero pronto todos se callaron, pues percibieron algo extraño y pavoroso en el aspecto de ambos. Nadie reparó en el hombrecillo pálido vestido de negro. Vieron abrirse la puerta. Oyeron el seco gemido del viento y un golpeteo hueco causado sin duda por el toldo. Vieron alzarse un torbellino de polvo ante el umbral. Luego la puerta se cerró y Fafhrd y el Ratonero desaparecieron.
Nadie les vio dirigirse a los grandes muelles de piedra que bordean el río Hlal de un extremo de Lankhmar a otro. Nadie vio zarpar la nave roja de Fafhrd, con sus velas de sangre y su aparejo norteño, para introducirse en la corriente que desciende hacia el tormentoso Mar Interior. La noche era oscura y la tempestad de polvo mantenía a las gentes en sus casas. Pero al día siguiente se habían ido ellos y su nave, con su tripulación Mingold de cuatro hombres... prisioneros convertidos en esclavos, que habían jurado servirles durante toda su vida, y que Fafhrd y el Ratonero capturaron en su incursión contra la Ciudad Prohibida de los ídolos Negros.
Unos quince días después llegó una noticia a Lankhmar procedente de Finisterre, el pequeño puerto situado más allá de todos los puertos hacia poniente, en las mismas orillas del Mar Exterior, que no surca ninguna nave. Decía la noticia que una embarcación con aparejo nórdico había recalado en aquel puerto para tomar a bordo una insólita cantidad de víveres y de agua... insólita porque sólo había seis hombres en la nave: un ceñudo bárbaro del Norte, de tez blanca; un hombrecillo vestido de gris que no sonreía, y cuatro mingotes de fuerte complexión, cabellos negros y faz estólida. Después la esbelta nave se hizo a la vela y zarpó en derechura hacia Poniente. Los habitantes de Finisterre siguieron con la mirada la vela roja hasta la caída de la noche, moviendo con asombro la cabeza ante la audacia de aquellos navegantes. Cuando esta noticia se repitió en Lankhmar, fueron muchos también los que movieron la cabeza, y algunos se refirieron en términos significativos a la peculiar conducta de los dos amigos la noche de su partida. Y cuando las emanas se convirtieron en meses y los meses fuéronse sucediendo lentamente, cada vez fueron más los que dieron por muertos a Fafhrd y el Ratonero Gris. Hasta que un día hizo su aparición Ourph el Mingold, que contó una curiosa historia a los hombres que descargaban naves en el muelle de Lankhmar. Hubo algunas diferencias de opinión acerca de la veracidad de esta historia, pues si bien Ourph hablaba el suave idioma de Lankhmar con bastante perfección, era un forastero, y cuando se hubo ido, nadie pudo demostrar que no fuese uno de los cuatro mingoles embarcados en la nave nórdica. Además su relato dejaba sin respuesta varias enigmáticas preguntas, siendo ésta una de las razones por la que muchos lo consideraban falso.
—Estaban locos —dijo Ourph— o bajo los efectos de una maldición, esos dos hombres, el alto y el bajo. Lo sospeché cuando nos perdonaron la vida al pie de las mismas murallas de la Ciudad Prohibida. Y lo supe por seguro cuando navegaron sin parar hacia el oeste sin arriar jamás las velas, sin cambiar de rumbo, manteniendo siempre la estrella de los hielos por la banda de estribor. Apenas hablaban, dormían poco y no reían en absoluto. ¡Estaban malditos, sí! En cuanto a nosotros cuatro —Teevs, Larlt, Ouwenyis y yo— nos trataban bien, aunque hacían caso omiso de nuestra presencia. Nosotros teníamos nuestros amuletos para defendernos de las magias malignas. Habíamos jurado ser sus esclavos hasta la muerte. Eramos hombres de la Ciudad Prohibida. No nos amotinamos. Navegamos durante muchos días. La mar era tranquila y desierta a nuestro alrededor, y pequeña, muy pequeña, parecía como si se inclinase y desapareciese de vista por el norte, el sur y el temible oeste, como si la mar terminase a una hora de navegación de donde estábamos. Y después empezó a adquirir también el mismo aspecto por el este. Pero la mano del gigantesco hombre del Norte empuñaba firmemente el timón, y la mano de su pequeño compañero gris era tan firme como la suya. Nosotros cuatro nos pasábamos las horas sentados en la proa, porque apenas teníamos que ocuparnos de las velas, y día y noche nos jugábamos a los dados nuestros amuletos, nuestras monedas y nuestras ropas... y, de no haber sido esclavos, nos hubiéramos jugado también nuestro pellejo y nuestros huesos.
Para llevar cuenta de los días, me até una cuerdecita en torno a mi pulgar derecho y la fui pasando de un dedo a otro cada día hasta que del meñique derecho saltó el meñique izquierdo y volvió a mi pulgar izquierdo. Entonces empecé de nuevo con el pulgar derecho de Teevs. Cuando llegué a su pulgar izquierdo continué con Larlt. Así pudimos contar los días y saber los que pasaron. Y cada día el cielo se hacía más vacío y la mar más pequeña, hasta que pareció que el horizonte estaba únicamente a tiro de arco de nuestra proa, nuestra popa y los costados de nuestra nave. Teevs dijo que estábamos sobre unas aguas encantadas, que nos llevaban por los aires hacia la estrella roja llamada Infierno.
Seguramente Teevs tenía razón. No podía haber tanta agua hacia el oeste. Lo digo yo, que he atravesado el Mar Interior y el Mar de los Monstruos. Cuando la cuerda rodeaba el dedo anular izquierdo de Larlt, nos asaltó una gran tempestad que venía del sureste. Durante tres días seguidos su fuerza fue en aumento, encrespando las aguas en grandes olas espumeantes, por las que subíamos y bajábamos mientras el rocío salpicaba nuestros mástiles. Somos los únicos hombres que hemos visto o verán olas tan colosales, más altas que nuestro palo mayor; no están hechas a nuestra medida ni a la de nuestros océanos. Entonces tuve nuevas pruebas de que nuestros amos se hallaban bajo una maldición. Hicieron caso omiso de la tempestad y dejaron que ésta desgarrase las velas. No se inmutaron cuando Teevs fue arrebatado por una ola, cuando el buque quedó medio anegado y lleno de espuma hasta las bordas, ni cuando nuestros cubos de achique espumeaban como jarras de cerveza. Ambos permanecían de pie en la popa, atados al gobernalle, empapados por las olas impetuosas, con la vista fija en la proa, cual si conversasen con seres que sólo los embrujados pueden oír. ¡Sí, estaban malditos! Algún oscuro demonio protegía sus vidas, por tenebrosas razones que sólo él sabía. ¿Cómo si no se explica que atravesáramos indemnes la tempestad?
Porque cuando la cuerda estaba en el pulgar izquierdo de Larlt, las gigantescas olas coronadas de espuma se convirtieron en un gran oleaje negro que el viento que soplaba del oeste hinchaba sin blanquearlo. Cuando llegó el alba y lo vimos, Ouwenyis exclamó que navegábamos por arte de magia sobre un mar de arena negra, y Larlt aseguró que durante la noche y en el curso de la tempestad habíamos caído en el océano de aceite sulfuroso que algunos dicen que existe bajo la tierra... pues Larlt había visto los negros y burbujeantes lagos del Extremo Oriente; yo recordé lo que había dicho Teevs y me pregunté si el agua que nos sostenía no habría sido transportada por los aires, para caer en un mar completamente distinto de un mundo desconocido. Pero el hombrecillo gris escuchó nuestras conversaciones, arrojó un cubo por la borda y nos roció con él, por lo que supimos que el casco de nuestra nave aún tocaba en el agua y que ésta aún era salada... fuese lo que fuese aquel agua. Y entonces nos ordenó que remendásemos las velas y reparásemos los desperfectos de la nave. A mediodía volábamos hacia el oeste con una velocidad aún mayor que la que alcanzamos durante la tempestad, pero tan largas eran las olas y tan velozmente avanzaban con nosotros, que sólo remontábamos cinco o seis de ellas en un solo día. ¡Por los ídolos Negros, os aseguro que eran muy largas!
Y entonces la cuerda empezó a pasar por los dedos de Ouwenyis. Pero las nubes parecían de plomo sobre nosotros, lo mismo que la pesada y extraña mar que rodeaba nuestro casco, y no sabíamos si la luz que se filtraba por aquélla era la del sol o de una luna hechicera, y cuando pudimos ver las estrellas éstas nos fueron desconocidas. Pero la blanca mano del hombre del Norte seguía empuñando firmemente el gobernalle, y él y su compañero seguían mirando fijamente al frente. Pero al tercer día de nuestra navegación por aquel mar tenebroso el hombre del Norte rompió el silencio. Una terrible sonrisa desprovista de toda alegría plegó sus labios, y le oí murmurar: «La Orilla Tétrica». Nada más que esto. El Gris asintió, como si estas palabras encerrasen una virtud portentosa. Cuatro veces se las oí pronunciar al hombre del Norte, y así quedaron grabadas en mi memoria. Los días hiciéronse más oscuros y más fríos, las nubes eran cada vez más bajas y amenazadoras, como el techo de una gran caverna. Y cuando la cuerda estaba en el índice de Ouwenyis, vimos ante nosotros una extensión plomiza e inmóvil, que se confundía con las olas pero se levantaba sobre ellas, y supimos que habíamos arribado a «La Orilla Tétrica». Cada vez a mayor altura se elevaba la orilla, hasta que pudimos distinguir las imponentes torres de basalto, redondeadas como las olas del mar y sembradas de peñascos grisáceos, que en algunos puntos mostraban manchas blancuzcas, como causadas por las deyecciones de las aves... aunque allí no vimos aves. Sobre los acantilados se extendían los negros nubarrones, y al pie de aquéllos vimos únicamente una faja de arenas pálidas.
Entonces el hombre del Norte metió el gobernalle a una banda y fuimos en derechura hacia la costa, como si se propusiese estrellarnos contra ella, pero en el último momento nos hizo pasar a un mástil de distancia de un escollo redondeado que apenas rompía la cresta del oleaje, y nos encontró un fondeadero. Echamos el ancla y nos detuvimos seguros.
-Entonces el hombre del Norte y el Gris, moviéndose como los personajes de un sueño, revistieron sus armas, poniéndose cada uno de ellos un camisote de cota de malla ligera y un yelmo redondo y sin cimera... tanto los yelmos como la cota de malla estaban blancos de sal que había depositado en ellos la espuma y el rocío marino. Y ciñeron la espada al costado, se echaron a los hombros unos grandes mantos, y, después de tomar un poco de comida y de agua, nos ordenaron que botásemos el chinchorro. Yo mismo los llevé remando a tierra, y ambos saltaron a la playa y se encaminaron hacia los acantilados. Entonces, aunque me dominaba un gran pavor, les grité: «¿Adónde vais? ¿Debemos seguiros? ¿Qué tenemos que hacer?» Durante unos instantes no me contestaron. Luego, sin volver la cabeza, el Gris me contestó con un murmullo ronco apenas perceptible. «No nos sigáis. Somos hombres muertos. Regresad, si podéis».
Yo me estremecí e incliné la cabeza en asentimiento a estas palabras. Después regresé remando a la nave. Ouwenyis, Larlt y yo les vimos escalar los abruptos y redondeados riscos. Se fueron empequeñeciendo a nuestra vista, hasta que el hombre del Norte parecía un diminuto escarabajo y su gris compañero era casi invisible, salvo cuando cruzaban un espacio blanquecino del mar cerca de la costa, y comprendimos que podíamos hacernos a la mar. Pero nos quedamos, porque, vamos a ver... ¿no habíamos jurado fidelidad a nuestros amos? ¿Y no soy yo un Mingold? Al caer la noche, el viento aumentó en intensidad, lo mismo que nuestro deseo de partir... aunque sólo fuese para perecer ahogados en aquel mar ignoto. No nos gustaban los riscos basálticos extrañamente redondeados de la Orilla Tétrica; no nos gustaba no ver gaviotas, halcones y ninguna clase de aves en aquel aire plomizo, ni algas en la playa. Y entonces los tres empezamos a ver algo brillante y negro en lo alto de los acantilados. Pero esperamos hasta la hora tercia de la noche para levar anclas y alejarnos de la Orilla Tétrica.
Encontramos otra terrible tempestad tras varios días de navegación, y quizás ésta nos arrojó de nuevo a mares conocidos. Ouwenyis se cayó por la borda y Larlt enloqueció de sed, y hacia el final del viaje ni yo mismo me daba cuenta de nada. Solo sé que fui arrojado a la costa del sur, en las cercanías de Quarmall y que, después de innúmeras dificultades, conseguí llegar aquí a Lankhmar. Pero en mis sueños vuelvo a ver aquellos negros acantilados y me asalta la visión de los blancos huesos de mis amos y de sus calaveras, que miran con ojos vacíos y una horrible sonrisa algo extraño y mortífero.
Sin hacer caso de la fatiga que envaraba sus músculos, el Ratonero Gris contorneó el último peñasco, haciendo presa con manos y pies en los resquicios que presentaba la unión del granito y el basalto negro, y finalmente se irguió en la cumbre de los riscos redondeados que cerraban como un baluarte la Orilla Tétrica. Se percató de la presencia a su lado de Fafhrd el hombre del Norte, como una vaga y corpulenta figura vestida con cota de malla y capa. Pero le veía con dificultad, como a través de muchos espesores de cristal. Lo único que veía claramente —y le parecía que había estado mirando por ellos desde hacía una eternidad —eran dos ojos negros y cavernosos que parecían dos túneles, a cuyo extremo había algo desolado y mortífero, que antes había estado muy lejos pero que ahora se hallaba al alcance de su mano. Así había sido, desde que se levantó de la mesa de juego en la taberna de Lankhmar. Recordó vagamente la forma como le miraban los moradores de Finisterre, la espuma y la furia de la tempestad, la curva del mar oscuro y la expresión de terror en la cara de Ourph el Mingold; estos recuerdos también los veía como a través de muchos espesores de cristal. Comprendió confusamente que él y su compañero se hallaban bajo una maldición, y que por fin habían llegado a la fuente de donde emanaba. El desolado paisaje que se extendía ante ellos no mostraba el menor signo de vida. A sus pies el basalto descendía para formar una gran concavidad cuyo fondo estaba constituido por arena negra... diminutos granos ferruginosos. Medio enterrados en la arena, el Ratonero Gris vio cerca de medio centenar de los que le parecieron peñascos ovalados de distintos tamaños y negros como la tinta. Pero su redondez era demasiado perfecta, su forma excesivamente regular, y poco a poco el Ratonero fue comprendiendo que no eran peñascos, sino monstruosos huevos negros, algunos pequeños, otros tan grandes que un hombre no hubiera podido rodearlos con sus brazos y uno de ellos tan enorme, que parecía una tienda hemisférica.
Esparcidos por la arena habían multitud de osamentas, grandes y pequeñas. El Ratonero reconoció el cráneo de un verraco, armado de grandes colmillos, y otros dos más pequeños, pertenecientes a lobos. Vio también el esqueleto de un gran felino, agazapado como para atacar. Más allá yacían los huesos de un caballo, y junto a ellos la caja torácica de un hombre o un antropoide. Los huesos formaban un círculo blanco y resplandeciente en torno a los enormes huevos negros. De un lugar indeterminado llegó a ellos una voz desprovista de tonalidad, débil pero clara, de tono imperativo, que decía:
—Una muerte de guerreros para los guerreros.
El Ratonero conocía la voz, porque ésta había estado resonando durante semanas en sus oídos, desde el día en que brotó de los labios de un hombrecillo pálido y de frente abultada, envuelto en negras vestiduras y sentado a su lado en una taberna de Lankhmar. Entonces vio que lo que tenía ante él no se hallaba completamente desprovisto de vida. Un extraño movimiento se estaba produciendo en la Orilla Tétrica. Una grieta había aparecido en uno de los grandes huevos negros, y luego en otro, y las grietas se ramificaban y se ensanchaban mientras los cascarones se resquebrajaban y caían en pedazos al suelo negro y arenoso. El Ratonero comprendió que esto ocurría en respuesta a la orden proferida por la voz. Supo que aquel era el fin que la vocecita del desconocido le ordenó que fuese a buscar en la otra orilla del Mar Exterior. Incapaz de seguir avanzando, observó sombríamente cómo progresaba con lentitud aquella monstruosa eclosión. Bajo aquel cielo plomizo y tenebroso vio nacer dos muertes gemelas, una para él y otra para su compañero. Tuvo el primer atisbo de su naturaleza al ver asomar por una grieta, ensanchándola más, una larga garra que parecía una espada. La caída de fragmentos del cascarón se aceleró.
Los dos seres que surgieron en las crecientes tinieblas eran monstruosos incluso para la mente embotada del Ratonero. Andaban dando grandes zancadas, erguidos como los hombres pero más altos, con cabeza de reptil rematada por una cresta ósea que parecía un casco, y con patas provistas de garras de lagarto, hombros provistos de espinas óseas y patas delanteras terminadas en una sola garra, que tenían una vara de largo. En la semioscuridad parecían horrendas caricaturas de combatientes, provistos de coraza y espada. La escasa luz no ocultaba el color amarillento de sus ojos parpadeantes. Entonces la voz repitió:
—Una muerte de guerreros para los guerreros.
Al conjuro de estas palabras, los paralizados miembros del Ratonero recuperaron sus movimientos. Por unos instantes creyó despertar de un sueño. Pero entonces vio a los horrendos seres recién nacidos corriendo hacia ellos, mientras de sus largos hocicos brotaba un agudo y ávido alarido. A su lado se escuchó el ruido que hacía la espada de Fafhrd al salir de su vaina. Entonces el Ratonero desenvainó la suya, con la que un momento después paró la estocada dirigida contra su garganta por una garra que parecía de acero. Simultáneamente Fafhrd paró un golpe semejante asestado por el otro monstruo. Lo que a continuación siguió fue una verdadera pesadilla. Aquellas garras que parecían espadas lanzaban estocadas y tajos. Sin embargo, y pese a la velocidad de los golpes, los dos hombres conseguían pararlos, pese a que eran cuatro contra dos. Las estocadas con que ellos replicaban rebotaban contra una impenetrable armadura ósea. De pronto ambos seres se abalanzaron a una sobre el Ratonero. Fafhrd los atacó de costado, y consiguió salvarlo. Pero poco a poco los dos compañeros iban siendo obligados a retrocer hacia el acantilado. Las dos bestias parecían incansables, como si fuesen de hueso y metal y no de carne. El Ratonero vio el fin inminente. Aunque él y Fafhrd consiguiesen contener a los monstruos unos momentos más, la fatiga terminaría por dominarlos, pararían los golpes con menos fuerza y las bestias los vencerían.
Como si fuese un preludio a este fin, el Ratonero sintió que una garra le rozaba la muñeca. Y entonces recordó los ojos negros y cavernosos que les habían atraído al otro lado del Mar Exterior, y la voz que les condenó a tan funesto destino. Y le dominó una extraña y loca furia... que no iba dirigida contra las bestias sino contra su amo. Le pareció ver a los ojos negros y muertos fijos en él desde el fondo de la concavidad llena de arena negra. Entonces perdió el dominio de sí mismo. Cuando los dos monstruos intentaron un nuevo ataque concertado contra Fafhard no se volvió para ayudarle, sino que pasó junto a ellos y bajó corriendo a la hondonada, en dirección a los huevos hundidos en la arena. Al quedarse solo frente a los monstruos, Fafhrd se puso a luchar como un poseído, haciendo tremendos molinetes con su espada, que silbaba al hendir el aire, mientras sus últimas energías prestaban vigor a sus músculos. Apenas advirtió que una de las dos bestias dio media vuelta y partió en persecución de su camarada.
El Ratonero estaba entre los huevos, y se detuvo frente a uno que brillaba más que los restantes y que era más pequeño. Con gesto vengador hundió su espada en él. El golpe fue tan fuerte, que la mano le quedó entumecida. El huevo cayó hecho pedazos. Entonces el Ratonero supo cuál era la fuente del mal que poseía a la Orilla Tétrica; supo qué extraño ser hijo del infierno yacía allí como una pústula maligna, difundiendo la muerte y llamando a los hombres a su perdición. Oyó a sus espaldas los rápidos pasos y los ávidos alaridos del monstruo destinado a aniquilarlo. Pero en vez de volverse, levantó su espada y la abatió silbando sobre la criatura medio embrionaria que se refocilaba en secreto por la muerte de los hombres que había atraído hasta allí. La espada se clavó en la abombada frente del hombrecillo pálido de labios delgados.
Esperó entonces el golpe final de la garra. Pero aquel golpe no llegó. Volviéndose, vio al monstruo tendido e inmóvil en la arena negra. A su alrededor, los mortíferos huevos se deshacían, convertidos en polvo. Recortándose contra la semioscuridad del cielo, vio a Fafhrd que venía con paso vacilante hacia él, pronunciando entrecortadas palabras de alivio y maravilla con una voz profunda y gutural mezclada con sollozos. La muerte había abandonado la Orilla Tétrica, la maldición había sido cortada de raíz. De la noche llegó el graznido jubiloso de un ave marina, y Fafhrd y el Ratonero pensaron en el largo y desconocido camino que tendrían que recorrer para regresar a Lankhmar".
Fritz Leiber
miércoles, 25 de noviembre de 2015
"Una Historia de Siete Demonios"
Tanto como "Tío Pete" en el jardín y en el campo de maíz, o "Mano Pete" en la iglesia, disfrutaba de la buena opinión de todo el mundo excepto de una persona, y ésa era su esposa. Era una persona de gran temperamento y algo insatisfecha, que había concebido la idea de que su marido tenía el hábito de darle demasiado tiempo a la iglesia, y demasiado poco a la adquisición de pan de maíz y cerdo. Cierto sábado le dio un tremendo regaño que afectó tanto la moral del buen hombre que influyó en la selección del tema para su sermón del día siguiente. Sus feligreses estaban acostumbrados al asombro, y les gustaba bastante, pero nunca antes sus mentes habían recibido tal impacto como cuando el pastor anunció el tema de su disertación. No tomó ningún texto en particular, porque no era su costumbre, pero dijo que la Biblia establecía que cada mujer en este mundo era poseída por siete demonios; y mostró con mucho calor y sentimiento los males que este estado de cosas había causado en el mundo. El tema, principalmente de su propia experiencia, llenaba su mente, y lo entregó a su audiencia caliente y fuerte. Si sus deducciones eran correctas, todas las mujeres eran criaturas que, al ser poseídas por siete demonios, no eran capaces de un pensamiento ni de una acción independiente, y debían con lágrimas y humildad ponerse absolutamente bajo la dirección y la autoridad del otro sexo.
Cuando se acercaba a la conclusión de su sermón, el Hermano Peter cerró la Biblia, que, aunque no podía leer una palabra de ella, siempre estaba abierta delante de él mientras predicaba, y les entregó la exhortación final de su sermón.
—Ahora, mis amados feligreses de esta congregación —dijo—. Quiero que comprendan que no hay nada en este sermón que acaban de escuchar que les haga pensar que son ángeles. De ninguna manera, feligreses; todos ustedes nacieron de mujeres, y tienen que vivir con ellas, y si algo en este mundo es contagioso, mis feligreses, son los demonios, y por lo que he visto de algunos de los hombres de este mundo espero que sean perseguidos por todos los demonios que les puedan caber. Pero al parecer, la Biblia no dice nada sobre el tema de la cantidad de demonios en el hombre, y espero que ésos que los tienen —y deberíamos sentirnos muy agradecidos, mis queridos feligreses, porque la Biblia no dice que todos los tengamos— los tienen de acuerdo a las circunstancias. Pero con las mujeres es diferente; tienen exactamente siete, y Dios bendiga mi alma, feligreses, creo que eso es suficiente.
Mientras le daba vueltas en mi cabeza al tema de este sermón, recordé una parte de las Escrituras que escuché en un gran sermón y bautismo en el molino de Kyarter, hace unos diez años. Uno de los predicadores estaba contando sobre la vieja madre Eva comiendo una manzana. La serpiente pasa con una manzana roja, y le dice: "Dale esto a tu esposo y pensará que es tan buena cuando la coma que te dará cualquier cosa que le pidas, si le dices dónde está el árbol". Eva muerde una vez y entonces arroja la manzana. "Qué quieres decir, serpiente insignificante", dice ella. "¿Me das una manzana que no sirve para nada excepto para hacer sidra?" Entonces la serpiente le entrega una manzana amarilla, y ella le da un mordisco, y entonces dice: "Sigue de largo, tonta serpiente, me diste esa manzana de junio que no tiene gusto a nada". Entonces la serpiente piensa que a ella le gusta algo ácido y le entrega una manzana verde. Ella muerde una vez, y luego le lanza la manzana por la cabeza, y le grita: "¿Estás esperando que le dé esa manzana al tío Adán y que le dé un cólico?" Entonces el demonio le ofrece una manzana Lady, pero ella dice que no tomará nada tan insignificante como eso para su esposo, y le da un mordisco y la lanza lejos. Entonces él le ofrece otras dos clases de manzanas, una amarilla con líneas rojas y la otra roja de un lado y verde del otro —también manzanas de muy buen aspecto— de la clase que se compra por dos dólares el barril en la tienda. Pero Eva no se queda con ninguna de ellas y después de darles un mordisco las arroja a un lado. Entonces la vieja serpiente demonio se rasca la cabeza y dice para sus adentros: "Esta Eva, es muy quisquillosa con sus manzanas. Creo que tendré que esperar hasta después del invierno, y entonces buscar una realmente buena". Y espera hasta después del invierno, y entonces le ofrece una Albemarle, y cuando ella le da un mordisco sigue adelante y se la come toda, corazón, semillas, todo. "Mira esto, serpiente", dice ella. "¿Tienes otra de esas manzanas en tu bolsillo?" Y entonces él saca una y se la da. "Perdóname", dice ella. "Me iré a despertar a Adán, y si él no quiere saber dónde está el árbol donde crecen estas manzanas, puedes tenerlo como trabajador en un campo de maíz".
Y ahora, mis amados feligreses —dijo el Hermano Peter—, mientras le daba vueltas a este tema en mi cabeza, y preguntándome cómo era que las mujeres tenían exactamente siete demonios cada una, recordé esa parte de las Escrituras que escuché en el molino de Kyarter, y calculo que eso explica cómo entraron los demonios en la mujer. La serpiente le dio a madre Eva siete manzanas, y por cada mordisco que ella les dio recibió un demonio.
Como podía esperarse, este sermón causó una gran sensación, y produjo una profunda impresión sobre los feligreses. Por regla general, los hombres estaban aceptablemente bien satisfechos con él; y cuando los servicios terminaron, muchos de ellos aprovecharon la ocasión para señalar los puntos tímida pero muy claramente a sus amistades y parientes de sexo femenino. Pero a las mujeres no les gustó en absoluto. Algunas de ellas se enfadaron, y hablaron con mucha fuerza, y los sentimientos de indignación pronto se extendieron entre todas las hermanas de la iglesia. Si su Ministro hubiera creído conveniente quedarse en casa y predicar un sermón así a su propia esposa (quien, debe señalarse, no estaba presente en esta ocasión), habría sido bastante bueno, considerando que él no había hecho ninguna alusión a los de afuera; pero venir allí y predicarles esas cosas era completamente insoportable. Cada una de las mujeres sabía que no tenía siete demonios, y sólo algunas de ellas admitirían la posibilidad de que alguna de las otras estuviera poseída por tantos.
La explicación del predicador sobre la manera en que cada mujer llegó a ser poseída por tantos demonios les apareció de menor importancia. Lo que ellas objetaban era la doctrina fundamental de su sermón, que estaba basado en su afirmación de que la Biblia declaraba que cada mujer tenía siete demonios. No estaban dispuestas a creer que la Biblia dijera tal cosa. Algunas de ellas llegaron tan lejos como afirmar que era su opinión que el Tío Pete había escuchado esa tonta idea de algunos de los abogados en el juzgado cuando estuvo en un jurado un mes atrás. Era muy notable que, aunque la tarde del domingo apenas había comenzado, la mayor parte de las mujeres de la congregación llamaban Tío Pete a su Ministro. Era una prueba muy fehaciente de una repentina disminución de su popularidad. Algunas de las mujeres de más carácter, al no ver a su Ministro en el claro enfrente de la iglesia de troncos entre las demás personas, fueron a buscarlo, pero no lo encontraron. Su esposa le había ordenado volver a casa temprano, y poco después de despedir a la congregación partió por un atajo en el bosque. Esa tarde, un airado comité compuesto principalmente por mujeres, pero que incluía también a algunos hombres que habían expresado su incredulidad ante la nueva doctrina, llegó a la cabaña de su pastor, pero sólo encontró a su esposa, la vieja e intratable Tía Rebeca. Ella les informó que su marido no estaba en casa.
—Se había comprometido —dijo—, a cortar todo un bosque para Kunnel Martin de Little Mountain durante toda la semana próxima. Está a catorce o trece millas de aquí, y si se iba mañana por la mañana iba a perder todo el día. Además, le he dicho que si sigue hasta la noche la cena estará pasada. ¿Qué quieren todos ustedes con él? ¿Van a pagarle por predicar?
Cualquier intención en ese sentido fue negada al instante, y la Tía Rebeca fue informada sobre el tema por el que sus visitantes habían venido para tener una charla muy directa con su marido. Aunque pareciera extraño, el anuncio del nuevo y sorprendente dogma no tuvo al parecer ningún efecto preocupante sobre la Tía Rebeca. Por el contrario, la anciana más bien parecía disfrutar de la noticia.
—Creo que él debe saber todo sobre eso —dijo ella—. Ya tuvo tres esposas, y no se ha liberado de ésta todavía.
A juzgar por su risita y por los meneos de cabeza mientras hacía este comentario, alguien podía imaginar que la Tía Rebeca estaba un poco orgullosa del hecho de que su marido pensara que ella era capaz de exhibir un diferente tipo de demonismo cada día de la semana. La líder de los indignados miembros de la iglesia era Susan Henry; una mulata de una mente muy independiente. Se sentía orgullosa porque nunca trabajó en la casa de nadie, sólo en la suya, y esta inmunidad del servicio fuera le daba cierta preeminencia entre sus hermanas. Susan no sólo compartía el resentimiento general con que la sorprendente afirmación del viejo Peter había sido recibida, sino que sentía que su promulgación había afectado su posición en la comunidad. Si cada mujer estaba poseída por siete demonios, entonces a ese respecto no era mejor ni peor que ninguna de las otras; y por esto su orgulloso corazón se rebelaba. Si el pastor hubiera dicho que algunas mujeres tenían ocho demonios y otras seis, habría sido mejor. Podría haber hecho entonces un arreglo mental con respecto a su relativa posición que de alguna manera la habría consolado. Pero ahora no tenía ninguna oportunidad. Las palabras del pastor habían degradado a todas las mujeres por igual.
Una reunión de los miembros opositores de la iglesia tuvo lugar a la noche siguiente en la cabaña de Susan Henry, o mejor dicho en el pequeño jardín al frente, porque la casa no era bastante grande para contener a las personas que asistieron. La reunión no fue organizada, pero todo el mundo dijo lo que tenía que decir, y el resultado fue una gran cantidad de gritos, y un aumento general de la indignación contra el Tío Pete.
—¡Miren aquí! —gritó Susan, al final de algunos comentarios enérgicos—. ¿Hay alguna persona aquí que pueda contar dedos?
Consultas sobre el tema corrieron por la multitud, y en unos momentos un niño negro, de unos catorce años, fue empujado hacia ella como experto en aritmética.
—Ahora, tú Jim —dijo Susan—, has ido a la escuela, y puedes contar dedos. De acuerdo con los libros de la iglesia hay cuarenta y siete mujeres que pertenecen a la congregación, y si cada una tiene siete demonios dentro, exactamente quiero que me digas cuántos demonios vienen a la iglesia cada domingo a escuchar el sermón del viejo Tío Pete.
Esta perspectiva del caso creó una sensación, y mostraron mucho interés en el resultado de los cálculos de Jim, que fueron hechos con la ayuda de la parte posterior de una vieja carta y un trozo de lápiz suministrado por Susan. El resultado por fin fue anunciado como trescientos diecinueve, que, aunque no precisamente correcto, estaba bastante cerca de satisfacer a la compañía.
—Ahora, ténganlo todos en la mente —dijo Susan—. Más de trescientos demonios en la iglesia cada domingo, y nosotras las mujeres los tenemos. ¿Acaso alguien supone que voy a creer esa tonta charla?
Un hombre de edad madura levantó su voz ahora y dijo:
—Estuve pensando sobre este asunto y he llegado a la conclusión de que tal vez las palabras del pastor fueron usadas en una forma figurativa. Tal vez los siete demonios significan hijos.
Estos comentarios fueron mal recibidos por la reunión.
—¡Oh, váyase! —gritó Susan—. Su vieja mujer ha tenido siete hijos, con seguridad, y espero que sean todos demonios. Pero esos pensamientos no se aplican a todas las mujeres aquí, en particular porque las más jóvenes no se han casado todavía.
Era una buena lógica, pero el sentimiento sobre el tema resultó ser aún más fuerte, ya que las madres en la compañía se enfadaron tanto porque sus hijos fueran considerados demonios que por un rato pareció existir el peligro de un ataque de Amazonas sobre el desafortunado predicador. Esto fue evitado, pero siguió mucho alboroto; la sensación general era que debían hacer algo para mostrar el resentimiento profundamente arraigado por la horrible carga contra las madres y las hermanas de la congregación. Hicieron muchas proposiciones violentas, algunos de los hombres más jóvenes fueron tan lejos hasta ofrecer quemar la iglesia. Finalmente se llegó a un acuerdo, por unanimidad: que el viejo Peter debía ser destituido sin ceremonias de su lugar en el púlpito que había llenado durante tantos años. A medida que pasaba la semana, algunos de los hombres más viejos de la congregación que tenían sentimientos amistosos hacia su viejo compañero y pastor discutieron el tema entre ellos, y después con muchos de los otros miembros, y sucedió al final que llegaron al consenso general de que debía permitirse al Tío Pete una oportunidad para explicarse, y dar los fundamentos y razones para su asombrosa declaración con respecto al género femenino. Si podía mostrar autoridad bíblica para esto, por supuesto no se hablaría nada más. Pero si no podía, entonces debía salir del púlpito, y sentarse en un asiento al final de la iglesia por el resto de sus días. Esta proposición encontró mayor aceptación, porque incluso los que estaban más indignados tenían una seria curiosidad por saber qué diría el anciano en su favor.
Durante todo este tiempo de airada discusión, el bueno y viejo Peter estaba callado y tranquilo, cortando madera y cargándola hasta Little Mountain. Su mente estaba en una condición de gran comodidad y paz, porque no sólo había sido capaz de librarse, en su último sermón, de muchos de los duros pensamientos con respecto a las mujeres que había estado reuniendo por años, sino que su ausencia de casa le daba vacaciones del hostigamiento de la lengua de la Tía Rebeca, de modo que ningún nuevo pensamiento culpable había surgido dentro de él. Se había olvidado del tema totalmente, y estuvo rumiando un sermón respecto al bautismo, porque pensaba que podía convencer a ciertos miembros más jóvenes de su congregación. Llegó a casa muy tarde, el sábado por la noche, y se durmió en su simple sofá sin saber nada de la terrible tormenta que se había estado reuniendo a lo largo de la semana y que estaba por caer sobre él en la mañana. Pero al día siguiente, mucho antes de la hora de la iglesia, recibió una advertencia suficiente de lo que iba a ocurrir. Unos individuos y delegaciones se reunieron dentro y alrededor de su cabaña; algunos para decirle todo lo que se había dicho y hecho; algunos para informarle lo que se esperaba de él; algunos para estar de pie y mirarlo; algunos para regañar; algunos para denunciar; pero ninguno para alentarlo; ni para llamarlo "Mano Pete", esa amada denominación de los domingos. Pero el anciano poseía un alma terca, y no se asustaba fácilmente.
—Lo que digo en el púlpito —señaló—, explicaré en el púlpito, y sería mejor que todos ustedes se fueran a la iglesia, y cuando llegue la hora del servicio, allí estaré.
Este consejo no fue acatado de inmediato, pero en el transcurso de media hora casi todos los aldeanos y holgazanes se habían marchado a la iglesia en el bosque; y cuando el Tío Peter se hubo puesto su alto sombrero negro, algo maltratado, pero todavía con suficiente aspecto clerical para esos feligreses, y le hubo dado algo de lustre a sus zapatos de cuero, se dirigió por el mismo sendero acostumbrado al edificio de troncos donde tan a menudo le había hablado largamente a su gente. Tan pronto como entró en la iglesia fue informado por un comité de los miembros líderes que antes de que empezara con los servicios, debía aclarar a los feligreses si lo que había dicho el domingo anterior, que cada mujer era poseída por siete demonios, era una verdad de las Escrituras y no una simple tontería perversa de su propio cerebro. Si no podía hacerlo, no querían más oraciones ni prédicas de él. El Tío Peter no respondió, sino que subió al pequeño púlpito, puso su sombrero sobre el banco donde acostumbraba ponerlo, sacó su pañuelo rojo de algodón, se sonó la nariz de la manera acostumbrada, y miró a su alrededor. La casa estaba llena de gente. Incluso Tía Rebeca estaba ahí.
Después de que una lenta revisión de su audiencia, el pastor dijo:
—Feligreses y hermanas, veo delante de mí al Mano Bill Hines, que puede leer la Biblia, y que tiene una. ¿Es cierto, Mano?
Después de que Bill Hines asintiera y gruñera recatadamente, el pastor continuó.
—Y allí está el hijo de Ann Priscilla, Jake, que no es un hermano todavía, aunque es bastante viejo, les digo; y él puede leer la Biblia, verdad, y me la ha leído a mí una y otra vez. ¿No es así, Jake?
Jake sonrió, asintió, y bajó la cabeza, muy incómodo al ser señalado públicamente.
—Y allí está la vieja Tía Patty, que conoce más de las Escrituras que cualquiera aquí, habiendo sido enseñada por las hijas pequeñas de Kunnel Jasper y por su madre antes que ellas. Creo que conoce toda la Biblia de memoria, desde el Jardín del Edén hasta Nueva Jerusalén. Y hay otros aquí que conocen las Escrituras, algunos una parte y otros otra. Ahora les pregunto a todos los que conocen las Escrituras si recuerdan que la Biblia cuenta cómo nuestro Señor, cuando era hombre, sacó siete demonios de María Magdalena.
Un murmullo de asentimiento subió desde los feligreses. La mayoría de ellos lo recordaban.
—¿Pero alguno de ustedes leyó, o les leyeron, que alguna vez sacara los demonios de alguna otra mujer?
Unos gruñidos negativos y sacudidas de cabeza significaban que nunca nadie había oído hablar de esto.
—Bien, entonces —dijo el pastor, mirando suavemente a su alrededor—, todas las otras mujeres todavía los tienen.
Un profundo silencio cayó sobre la asamblea, y en unos momentos un miembro de edad se puso de pie.
—Mano Pete —dijo—, creo que debería comenzar con el himno".
Frank R. Stockton
martes, 24 de noviembre de 2015
"La Hermandad Oscura"
"Probablemente las circunstancias que rodearon la misteriosa destrucción por el fuego de una abandonada casa situada en una colina, a orillas del Seekonk, en un distrito poco habitado entre los puentes de Washington y Red, no llegarán a conocerse nunca. La policía fue acosada por el número habitual de maniáticos que se ofrecían para facilitar informes sobre el asunto. Nadie más insistente que Arthur Phillips, el descendiente de una vieja familia del East Side, residente desde hacía mucho en la calle Angell. Era un joven algo extraño y a la vez formal; preparó un relato de los acontecimientos que, según él, condujeron al incendio. Aunque la policía habló con todas las personas mencionadas en el relato del señor Phillips, no obtuvo ninguna confirmación. Solamente sirvió de apoyo a la alegación del señor Phillips la declaración de una bibliotecaria del Ateneo, en el sentido de que, efectivamente, el señor Phillips se había reunido allí con la señorita Rose Dexter. A continuación se reproduce su relato.
I.
Por la noche, las calles de cualquiera de las ciudades de la Costa Este proporcionan al paseante nocturno visiones de lo extraño y lo terrible, de lo macabro y de lo insólito: al amparo de la oscuridad, salen de las rendijas y grietas, de las buhardillas y callejones de la ciudad aquellos seres humanos que, por razones tenebrosas y remotas, se guarecen durante el día en sus grises nichos. Ellos son los deformes, los solitarios, los enfermos, los ancianos, los perseguidos, y esas almas perdidas que están siempre buscándose a sí mismas bajo el manto de la noche, que les es más beneficioso de lo que jamás puede serlo para ellos la fría luz del día. Son los heridos por la vida, los mutilados, hombres y mujeres que nunca se han recuperado de los traumas de la niñez, o que han buscado experiencias no permitidas al hombre. En cualquier lugar en que la sociedad humana se ha concentrado por un período de tiempo considerable, allí están ellos, aunque sólo se les ve surgir en las horas de oscuridad, como mariposas nocturnas que se mueven en los alrededores de sus guaridas por breves horas antes de huir de nuevo cuando surge la luz del sol. Como había sido un niño solitario al que dejaban hacer lo que le daba la gana, debido a mi persistente falta de salud, desarrollé muy pronto el hábito de deambular por las noches, al principio sólo en la calle Angell y la vecindad donde viví durante mi niñez, y luego, poco a poco, en un círculo más amplio de mi nativa Providence. Durante el día, si lo permitía mi salud, paseaba por el río Seekonk desde la ciudad hasta el campo abierto, o cuando me encontraba fuerte, jugaba con unos compañeros escrupulosamente elegidos en una «casaclub » edificada en una zona boscosa no muy lejos de la ciudad. También me gustaba leer, y pasaba largas horas en la copiosa biblioteca de mi abuelo. Leía sin discriminación, y por lo tanto asimilaba una gran variedad de conocimientos, desde las filosofías griegas hasta la historia de la monarquía inglesa, de los secretos de la antigua alquimia a los experimentos de Niels Bohr, de la ciencia de los papiros egipcios a los estudios regionales de Thomas Hardy.
Mi abuelo era muy católico en sus gustos en materia de libros: desdeñaba la especialización, y de todo lo que compraba sólo conservaba lo que, según él, era bueno; esto representaba, en el conjunto de sus lecturas, una variedad inaudita y a menudo desconcertante. Pero la ciudad nocturna superaba todo lo demás; caminar era lo que prefería a cualquier otra cosa, y salía por las noches, durante los años de mi niñez y los de mi adolescencia, en el curso de los cuales procuré -pues las enfermedades esporádicas impedían mi asistencia al colegio- bastarme a mí mismo y me volví más y más solitario. No podría decir ahora qué es lo que buscaba con tanta insistencia en la ciudad durante la noche, qué me atraía de las calles mal iluminadas, por qué merodeaba por la calle Benefit y los alrededores sombríos de la calle Poe, casi desconocidas en la extensa Providence, qué esperaba ver en las caras furtivas de otros paseantes nocturnos que se deslizaban y escabullían por las oscuras calles y pasajes de la ciudad. Quizá fuese para escapar a las más intensas realidades del día, lleno de insaciable curiosidad acerca de los secretos de la vida de la ciudad que sólo la noche podía descubrir. Cuando por fin finalicé mis estudios de secundaria, se esperaba que me dedicaría a otros menesteres. Pero no fue así. Mi salud era demasiado precaria para garantizarme la matrícula en la Universidad de Brown, adonde me habría gustado ir para continuar mis estudios. Esta restricción sirvió sólo para incrementar mis ocupaciones solitarias: dupliqué mis horas de lectura y aumentó el tiempo durante el que paseaba por las noches, con la compensación de dormir durante las horas del día. Sin embargo, me las arreglaba para llevar una existencia normal; no abandoné a mi madre viuda, ni a mis tías, con quienes vivíamos.
Mis compañeros de juventud se habían alejado de mí, pero me encontré con Rose Dexter, descendiente de las primeras familias inglesas que se instalaron en Providence, de ojos negros, de proporciones singularmente atractivas y de facciones de gran belleza. a quien persuadí para que compartiese mis paseos nocturnos. Con ella continué la exploración de la Providence nocturna, con un nuevo aliciente: el ansia de enseñar a Rose todo aquello que yo ya había descubierto en mis paseos por la ciudad. Al principio nos encontrábamos en el viejo Ateneo, y continuamos encontrándonos allí cada tarde, y desde sus portales nos introducíamos en la noche de la ciudad. Lo que para ella empezó como una ocurrencia del momento, pronto se convirtió en un hábito. Demostraba tanto deseo como yo por conocer los ocultos pasajes, y los caminos no utilizados desde hacía ya muchos años, y se sintió pronto como en su casa en medio de la ciudad nocturna, al igual que yo. Tampoco le gustaban las charlas intranscendentes, con lo que queda demostrado hasta qué punto nos complementábamos. Durante algunos meses habíamos estado explorando Providence en esta forma, cuando una noche, en la calle Benefit, un hombre con una capa hasta la rodilla, sobre una ropa raída y arrugada, se acercó a nosotros. Le había visto antes al doblar la esquina: estaba a poca distancia de nosotros, detenido en la acera, y le observé al pasar delante de él. Me chocó, porque su cara de ojos negros y bigote, y el indomable pelo en la cabeza sin cubrir, me resultaron familiares. Además, al pasar, hizo intención de seguimos. Por fin nos alcanzó, me tocó en el hombro y habló conmigo.
-Señor -dijo-, ¿podría decirme cómo se va al cementerio donde estuvo Poe?
Se lo expliqué y después, movido por un repentino impulso, le sugerí que podíamos acompañarle adonde deseaba ir. Antes de que me diera cuenta plenamente de lo que había pasado, íbamos los tres caminando juntos. Observé en seguida con qué aire escrutador aquel individuo examinaba a mi compañera. Sin embargo, cualquier resentimiento que pudiese surgir en mí estaba descartado porque reconocía que el interés de ese extraño era inofensivo: resultaba más frío y crítico que pasional. También aproveché la ocasión para examinarle lo más atentamente posible, en los momentos fugaces en que la luz de las calles alumbraba el camino por el cual pasábamos, y me inquietaba cada vez más la certidumbre de que le conocía o le había conocido alguna vez. Vestía totalmente de negro, excepto la camisa blanca y una ligera corbata de Windsor. Su ropa estaba muy arrugada, como si la hubiese llevado mucho tiempo Sin haberse ocupado de ella, pero a primera vista no estaba sucia. Tenía la frente amplia, casi abovedada; bajo ella miraban con cierta obsesión sus oscuros ojos y el rostro se estrechaba hasta acabar en una pequeña y tiesa barbilla. Llevaba el pelo más largo de como se estilaba entre las gentes de mi edad, y sin embargo parecía pertenecer a esa misma generación; no aparentaba ser más de cinco años mayor que yo. Pero definitivamente, su vestimenta no era la de mi generación; aunque su aspecto era nuevo, parecía cortada con un patrón de una generación anterior.
-¿Es usted forastero en Providence? -le pregunté.
-Estoy de paso -dijo en seguida.
-¿Se interesa usted por Poe?
Asintió.
-¿Qué sabe de él? -le pregunté.
-Muy poco -dijo-. ¿Podría usted contarme algo sobre él?
No hacía falta que me lo dijese dos veces. En seguida le solté un apunte biográfico del padre de las historias de detectives y maestro de los cuentos macabros, cuyas obras yo admiraba desde hacía mucho tiempo. Cité simplemente su romance con la señora Sara Helen Whitman, pues se refería a Providence y a la visita con la señora Whitman al cementerio al que nos dirigíamos. Pude observar que escuchaba con atención extasiada, y parecía estar grabando en su mente todo cuanto le decía. Pero no podía deducir de su rostro inexpresivo si lo que le con taba le agradaba o le desagradaba, ni qué interés podría tener en ello. Por su parte, Rose era consciente de la atracción que provocaba, pero no se sentía avergonzada, quizá porque intuía que era debida a un interés distinto del amor. Sólo en el momento de preguntarle ella cómo se llamaba me di cuenta de que ignorábamos su nombre. Nos dio el de «señor Allan». Al oírlo, Rose sonrió casi imperceptiblemente; observé su sonrisa mientras paseábamos bajo una farola de la calle.
Una vez que supo nuestros nombres, nuestro acompañante no parecía interesado en nada más, y silenciosamente llegamos por fin al cementerio. Pensé que el señor Allan entraría, pero no tenía ese propósito; sólo pretendía localizarlo para poder volver de día. Era una sensata conclusión: para mí tenía atractivo a aquellas horas por haberlo pateado a menudo de noche, pero ofrecía poco encanto a un extraño, incapaz de ver nada en plena oscuridad. Nos despedimos en la entrada, y Rose y yo continuamos.
-He visto a ese hombre antes en algún sitio -le dije a Rose cuando nos habíamos alejado lo suficiente para que no pudiera oírnos-. Pero no logro recordar dónde. Quizá en la biblioteca.
-Debe de haber sido en la biblioteca -contestó Rose con aquella risa quebrada tan frecuente en ella-. En un retrato de la pared.
-¡Vamos! ¿Qué dices? -grité.
-¡Pero si estoy segura de que te diste cuenta del parecido, Arthur! -dijo-. Incluso de su nombre. Se parece a Edgar Allan Poe.
En efecto, se parecía. En cuanto Rose lo dijo me di cuenta de la gran semejanza, incluso en su ropa, y en seguida califiqué al señor Allan de inofensivo idólatra de Poe. Un hombre tan obsesionado con su ídolo que iba a su estilo, incluso con una ropa pasada de moda. ¡Otro de los extraños ejemplares de la raza humana que callejeaban de noche por la ciudad!
-Bien, es el tipo más extraño que hemos encontrado desde que empezamos nuestros paseos -dije.
Su mano apretó mi brazo.
-Arthur, ¿no sentiste algo, algo extraño que emanaba de él?
-Bueno, supongo que algo «extraño» trasluce de todos nosotros, los que buscamos la oscuridad -dije-. En cierto modo, tendemos a crear nuestra propia realidad.
Pero mientras le contestaba, me daba cuenta de lo que quería decirme. Ya no había necesidad de la aclaración que buscaba ella afanosamente en las palabras de explicación que pronunció a continuación. Sí, había algo extraño en el señor Allan, y lo que había era una profunda falsedad. Se notaba, ahora lo veía claro y lo aceptaba, en un buen número de cosas triviales, pero particularmente en la falta de expresión de sus facciones. Su forma de hablar, a pesar de haber sido poco locuaz, no tenía entonación, era casi mecánica. No había sonreído, ni se había alterado la expresión de su rostro. Había hablado con una precisión que sugería un distanciamiento de la mayoría de los hombres. Incluso el interés manifiesto que mostraba por Rose era más clínico que admirativo. Al tiempo que se despertaba mi curiosidad, creció en mí una bocanada de aprensión. Preferí llevar el tema de nuestra conversación por otros derroteros y acompañé a Rose a su casa.
II.
Era inevitable, sospecho, que me encontrase de nuevo con el señor Allan. Ocurrió dos noches después, no lejos de la puerta de mi casa. Quizá resulte absurdo, pero no pude evitar el pensamiento de que estaba esperándome, que su ansiedad por encontrarse conmigo era tan grande como la mía. Le saludé jovialmente, como a un compañero nocturno más, y me di cuenta en seguida de que, aunque su voz remedaba mi propia jovialidad, ningún trazo de emoción asomaba a su rostro; permanecía absolutamente impasible, hierático, como diría un escritor romántico. Ni un atisbo de sonrisa aparecía en su rostro, ni había ningún reflejo en sus brillantes ojos negros. Y ahora, como me habían sugerido, pude apreciar que el parecido con Poe era asombroso, tanto que de haberme dicho el señor Allan que era descendiente de Poe, le habría creído sin dudarlo.
Pensé que se trataba de una, curiosa coincidencia, y nada más. El señor Allan no hizo en esta ocasión ninguna mención de Poe o de nada relacionado con Providence. Parecía, era evidente, más interesado en escucharme que en hablar. Se mostraba tan singularmente hermético como si de hecho no nos hubiésemos visto antes. Pero tal vez buscaba algún terreno común, pues en cuanto mencioné que colaboraba con artículos semanales relacionados con la astronomía en el Journal de Providence, empezó a tomar parte en la conversación; lo que había sido durante algunas manzanas un monólogo, se convirtió en diálogo. Pronto me di cuenta de que el señor Allan no era un novato en cuestiones astronómicas. Escuchaba ansiosamente mis puntos de vista, pero él mantenía los suyos, diferentes a los míos y a veces muy discutibles. No se mostró remiso en manifestar que no sólo era posible un viaje interplanetario, sino que innumerables estrellas, no sólo planetas de nuestro sistema solar, estaban habitadas.
-¿Por seres humanos? -pregunté incrédulamente.
-¿Por qué tendrían que ser seres humanos? -replicó-. La vida es única, no el hombre. Incluso aquí, en este planeta, la vida toma muchas formas.
Le pregunté si había leído las obras de Charles Fort. No lo había hecho. No sabía nada de él, y al pedírmelo, le expliqué algunas de las teorías de Fort, así como los hechos que aducía para apoyar estas teorías. Vi que de cuando en cuando, mientras caminábamos, la cabeza de mi acompañante se balanceaba, aunque su cara permanecía inexpresiva; era como si estuviese de acuerdo. Y en una ocasión llegó a exclamar.
-Sí, así es. Lo que él dice es así.
Fue al hablar yo de objetos voladores no identificados vistos cerca de Japón durante la última mitad del siglo diecinueve.
-¿Cómo puede afirmar eso? -interrogué.
Se lanzó a una extensa perorata, que podía resumirse así: en el terreno de la astronomía, todo científico que estuviera al día tenía la certeza de que no había vida solamente en la tierra. Por tanto, al igual que se podían concebir cuerpos celestes con formas de vida inferiores a la nuestra, otros podrían dar cabida a formas superiores. Si se aceptaba esta premisa, era perfectamente lógico que los viajes interplanetarios no tuvieran misterios para esas formas superiores y pudiesen, tras décadas de observación, familiarizarse con la Tierra y sus habitantes, así como con los demás planetas hermanos.
-¿Con qué propósito? -le pregunté-. ¿Para hacer la guerra? ¿Para invadirnos?
-Un modo de vida tan desarrollado no tendría necesidad de emplear tales métodos primitivos -señaló-. Nos vigilan, al igual que nosotros vigilamos la luna y escuchamos las señales de radio de los planetas. Nosotros estamos aún en las primeras etapas de la comunicación interplanetaria, y no digamos de los viajes espaciales, mientras que otras razas en estrellas remotas hace mucho que han superado ambas cosas.
-¿Cómo puede hablar con tanta seguridad? -le pregunté entonces.
-Porque estoy convencido de ello. Seguramente habrá conocido a gente que ha llegado a conclusiones similares.
Admití que así era.
-¿Se considera usted un hombre sin prejuicios por lo que respecta al tema?
Admití esto también.
-¿Tanto es así que examinaría ciertas pruebas si le fueran presentadas?
-Ciertamente -repliqué, aunque no debió pasarle inadvertido mi escepticismo.
-Eso está bien -dijo-. Si nos permite a mí y a mis hermanos ir a su casa de la calle Angell, puede ser que le convenzamos de que hay vida en el espacio. No con forma humana, pero vida. Vida de unos seres poseedores de una inteligencia muy superior a la de los hombres más inteligentes.
Me resultaba cómica la magnitud de sus aseveraciones y de sus creencias, pero no lo demostré en ningún momento. Su confidencia me hizo pensar otra vez en el cúmulo de personajes que pueden encontrarse entre los paseantes nocturnos de Providence. El señor Allan era un obseso de sus inauditas convicciones y como todos los obsesos ansiaba hacer proselitismo, convertir a la gente.
-Cuando quiera -dije como invitación-. Cuanto más tarde mejor, para dar tiempo a que mi madre se acueste. Los experimentos no le hacen gracia.
-¿Digamos el próximo lunes por la noche?
-De acuerdo.
A partir de ese momento, mi acompañante no volvió a hablar del tema. Apenas se refirió a otras cuestiones, y de hecho me tocó a mí hablar todo el rato. Evidentemente se aburría; no habíamos recorrido tres manzanas cuando llegamos a un callejón y allí el señor Allan se despidió de mí bruscamente, se volvió hacia el callejón y se lo tragó la oscuridad. ¿Estaría su casa al final del callejón?, pensé. De no ser así, tendría que salir inevitablemente por el otro extremo. Impulsivamente corrí alrededor de la manzana y me puse a esperar en una calle paralela, en las sombras. Desde allí podía observar la entrada del callejón sin ser visto. El señor Allan salió tranquilamente del callejón antes de que me diera tiempo a recobrar la respiración. Esperaba que continuase a través del callejón, pero no fue así; bajó por la calle, y acelerando un poco el paso, continuó su camino. Movido por la curiosidad, le seguí, procurando mantenerme oculto. Pero el señor Allan nunca se volvió a mirar. Con la mirada fija delante de él, no le vi dirigir la vista ni una sola vez siquiera a derecha o izquierda. Se dirigía claramente a un sitio determinado que sólo podía ser su casa, pues ya era más de medianoche. Me fue fácil seguir a mi acompañante. Conocía bien estas calles, las conocía desde mi niñez. El señor Allan se dirigía al Seekonk, y mantuvo esta ruta, sin desviarse, hasta que llegó a una zona de Providence. Una vez allí, se dirigió hacia una casa hace ya tiempo deshabitada. Se introdujo en ella, y no le volví a ver. Aguardé un poco más, esperando ver alguna luz encenderse en la casa, pero no fue así, y llegué a la conclusión de que se había acostado.
Afortunadamente me había mantenido en las sombras, puesto que al parecer el señor Allan no se había acostado. Parecía que había pasado por la casa y rodeado la manzana entera, pues de repente le vi acercarse a la casa, en la dirección en que habíamos venido, y una vez más pasó por delante del lugar en que me ocultaba, y se introdujo en la casa, de nuevo sin encender ninguna luz. Esta vez, ciertamente, se quedó dentro. Esperé unos cinco minutos, quizá más; entonces di media vuelta y me encaminé hacia mi casa de la calle Angell, convencido de haber hecho lo mismo que el señor Allan la noche en que nos conocimos: me había seguido. Sí, había llegado a la conclusión de que nuestro encuentro esta noche no había sido fruto del azar, sino premeditado. Sin embargo, algunas manzanas más allá, me sorprendí al ver que él, Allan, se acercaba en dirección a mí, procedente de la calle Benefit. Traté de explicarme cómo se las había arreglado para dejar la casa otra vez y dar un rodeo hasta conseguir caminar derecho hacia mí. Quise imaginar en vano la ruta que pudo haber tomado para lograrlo. El caso es que pasó a mi lado sin aparentar reconocerme. Pero no cabía duda: era él. La misma semejanza con Poe le distinguía de cualquier otro caminante nocturno. Ahogué su nombre en mi boca y me volví para mirarle. En ningún momento volvió la cabeza, y caminó hacia adelante, dirigiéndose con paso seguro hacia el lugar que yo había dejado momentos antes. Le vi desaparecer mientras intentaba en vano, todavía, trazar en mi mente la ruta que tendría que haber tomado, en medio de los vericuetos y callejuelas tan familiares para mí, para hacer posible que me tropezase de nuevo con él cara a cara.
Vamos a ver: nos habíamos encontrado en la calle Angell, luego caminamos hacia Benefit y el norte, y nos volvimos hacia el río otra vez. Tenía que haber corrido mucho para poder dar la vuelta y regresar. ¿Y a que propósito obedecía seguir semejante ruta? Me dejó totalmente perplejo, especialmente porque ni siquiera había dado muestras de conocerme, como si fuésemos completamente extraños. Pero si los acontecimientos de la noche me habían dejado tan confundido, más lo estaba aún al encontrarme con Rose en el Ateneo la noche siguiente. Me esperaba, y corrió hacia mí en cuanto me vio.
-¿Has visto al señor Allan? -me preguntó.
-Ayer por la noche -le respondí, y habría continuado con la explicación de los hechos de no haber vuelto a hablar ella.
-¡Yo también! Me acompañó desde la biblioteca a casa.
Me callé lo que iba a decir y le escuché. El señor Allan había estado esperando a que saliese de la biblioteca. La había saludado y le había preguntado si podía pasear con ella. Anduvieron durante una hora, pero sin hablar mucho. Lo poco que dijeron fue muy superficial: vaguedades referentes a las antigüedades de la ciudad, la arquitectura de algunas casas, y cuestiones similares, de interés para quien sintiera curiosidad por los aspectos históricos de Providence. Luego la acompañó a casa. Ella había estado con el señor Allan en un lugar de la ciudad a la vez que yo había estado con él en otro. Ninguno de nosotros teníamos la menor duda respecto a la identidad de nuestro acompañante.
-Le vi después de medianoche -dije.
Era parte de la verdad, pero no toda. Esta extraordinaria coincidencia debía de tener alguna aplicación lógica, aunque no estaba dispuesto a discutirla con Rose, para que no se alarmase. El señor Allan había hablado de «sus hermanos»; entraba dentro de lo posible que el señor Allan tuviese un gemelo idéntico. Pero ¿qué explicación cabía para lo que obviamente resultaba decepcionante? Uno de nuestros acompañantes no era, no podía ser el mismo señor Allan con quien previamente habíamos paseado. Pero ¿cuál de ellos? Yo estaba seguro de que mi acompañante era el mismo señor Allan al que habíamos conocido dos noches antes. Sin darle importancia, y en vista de las circunstancias, hice a Rose algunas preguntas en relación con la identidad de su acompañante, a ver si en algún momento de nuestro diálogo salía a relucir si era el mismo al que había visto yo. No dudaba en absoluto; estaba plenamente convencida de que su acompañante era el mismo hombre que había paseado con nosotros dos noches antes; pues al parecer incluso había hecho varias referencias al paseo nocturno anterior. No tenía motivos para dudar, y yo preferí callarme. Había un extraño misterio aquí: los hermanos tenían alguna razón oculta para interesarse por nosotros. Había una razón distinta a la de compartir nuestro interés por los paseantes de la ciudad y por los lugares desconocidos que se desvelan únicamente con el crepúsculo y se desvanecen otra vez, desapareciendo con el amanecer. Sin embargo, mi compañero de la víspera se había citado conmigo, mientras que el de Rose, que yo supiera, no había planeado otro encuentro con ella. Pero ¿por qué había esperado a encontrarse con ella? Esta línea de investigación no era válida ante la evidencia de que ninguno de los seres con quienes me encontré anoche, después de haber dejado a mi compañero en su casa, podía haber acompañado a Rose, pues ella vivía muy lejos del lugar en que por última vez me crucé con el extraño individuo; no podía haber tenido tiempo de dejarla en la puerta de su casa y, simultáneamente, encontrarse conmigo casi al otro extremo de la ciudad. Una inquietante sensación comenzó a invadirme. ¿Eran quizá tres Allan -todos idénticos-, trillizos? ¿O cuatro? No, seguramente el segundo señor Allan que me encontré la noche anterior era el mismo con quien habíamos estado paseando hasta el cementerio dos noches antes. El que sí podía ser otro era el de mi tercer encuentro. Por mucho que intentase pensar en ello, el rompecabezas continuaba sin resolverse. Aguardaba con cierto ánimo desafiante la cita del lunes por la noche con el señor Allan, para la que sólo faltaban dos días.
III.
Aun así, no estaba bien preparado para la visita del señor Allan y sus hermanos en la noche del lunes siguiente. Llegaron a la diez y cuarto; mi madre acababa de subir a acostarse. Esperaba, como máximo, a tres personas. Eran siete. Y tan parecidos como los guisantes en una vaina, tanto que no era capaz de distinguir entre ellos al señor Allan con quien había paseado dos veces por las nocturnas calles de Providence, aunque deduje que era el que hablaba del grupo Se encaminaron al salón, y el señor Allan inmediatamente se dispuso a colocar las sillas en semicírculo. Le ayudaban sus hermanos, mientras él murmuraba algo acerca de la «naturaleza del experimento». A decir verdad, yo estaba aún demasiado sorprendido e inquieto con la apariencia de los siete hombres idénticos, tan pasmosamente semejantes a Edgar Allan Poe, como para darme verdadera cuenta de lo que se decía. Pude observar también, a la luz de mi lámpara de gas Welsbach, que los siete eran de una complexión pálida, cerúlea, no hasta el punto de dudar que fuesen de carne y hueso como yo, pero sí para pensar que a todos les aquejaba algún tipo de enfermedad, anemia quizá, o que algún mal hereditario había dejado sus rostros carentes de color. Sus ojos eran muy negros y parecían mirar fijamente, aunque sin ver. Pero no se trataba de un defecto de percepción; era como si viesen gracias a un extrasentido invisible para mí. La sensación que experimenté no era predominantemente de miedo, sino de abrumadora curiosidad mezclada con una cada vez mayor intuición de algo extremadamente desconocido no sólo para mi experiencia, sino para mi propia existencia.
Pocas cosas reseñables habían sucedido hasta el momento entre nosotros. Pero en cuanto el semicírculo se completó, y mis visitantes se sentaron, el que llevaba la voz cantante me señaló una silla situada dentro del semicírculo y de cara a los hombres sentados.
-¿Quiere tomar asiento aquí, señor Phillips? -preguntó.
Hice lo que me indicaba y me encontré con que me había convertido en el centro de todas las miradas. Más que el objeto, el foco de sus miradas: los siete hombres no parecían mirarme a mí, sino mirar a través de mí.
-Nuestra intención, señor Phillips -dijo el que llevaba la voz cantante, a quien tomé por el caballero con quien me había encontrado en la calle Benefit- es producir en usted ciertas impresiones de vida extraterrestre. Todo lo que tiene que hacer es relajarse y ser receptivo.
-Estoy listo -dije.
Creí que iban a pedirme que amortiguase la intensidad de la luz, cuestión que forma parte integrante de este tipo de sesiones, pero no lo hicieron. Esperaron un rato en silencio, un silencio sólo roto por el tic-tac del reloj del hall y el alejado murmullo de la ciudad, y entonces comenzaron algo que sólo puedo describir como un cántico, un tarareo bajo, no desagradable, casi arrullador, que aumentaba en volumen y era interrumpido por sonidos que imaginé palabras aunque no podía distinguir ninguna. La canción que cantaban, y la forma en que cantaban, eran indescriptibles, extrañas; en clave menor, los intervalos de los tonos no se parecían a ningún sistema de música terrestre que pudiera serme familiar, aunque me parecía más oriental que occidental.
Tuve poco tiempo para percatarme de la música, pues pronto me sobrecogió una sensación de profundo malestar. Las caras de los siete hombres se tomaron difusas y se fundieron en un rostro borroso. Tuve la intolerable sensación de que me barría el paso de miles de años de tiempo. Llegué a la conclusión de que algún tipo de hipnosis era responsable de mi estado, pero me daba igual; la experiencia a la que me estaba sometiendo era totalmente nueva y no desagradable, aunque había en ella una nota discordante, como de algún mal acechando detrás de las relajantes sensaciones que se acumulaban y me arrastraban. Gradualmente, la lámpara, las paredes y los hombres que tenía delante se emborronaron y desvanecieron. Me daba cuenta de que todavía estaba en mi casa de la calle Angell, pero al mismo tiempo presentía que de alguna forma había sido trasladado a otros lugares, y empezó a manifestarse un sentimiento de alarma ante el desconocimiento de lo que me rodeaba, así como de repulsión y alienación. Era como si temiese la pérdida del conocimiento en un lugar extraño, sin medios para volver a la tierra, pues lo que presenciaba era una escena extraterrestre, de unas proporciones de grandeza y magnificencia incomprensibles para mí.
Vastas panorámicas del espacio se arremolinaban ante mí en una dimensión desconocida, y en el centro veía una colección de cubos gigantes, esparcidos en una ensenada de agitada radiación violeta. Entre ellos se movían otras figuras enormes, cambiantes, unos conos rugosos cuya talla alcanzaba los diez pies de altura y que reposaban sobre su base compuesta de un material semielástico, con escamas y bultos. De sus ápices salían cuatro miembros flexibles, cilíndricos, cada uno por lo menos de un pie de ancho, y de una sustancia similar, aunque más parecida a la carne, a la de los conos. Estos eran los supuestos cuerpos de los miembros que los coronaban. Según pude observar, tenían la capacidad de contraerse y dilatarse algunas veces hasta alcanzar una medida de largo similar a la altura del cono al que estaban adheridos. Dos de estos miembros tenían unas enormes garras en el extremo, mientras que un tercero llevaba una cresta de cuatro apéndices rojos con forma de trompeta, y el cuarto acababa en un globo amarillo de dos pies de diámetro, en medio del cual había tres enormes ojos, de un ópalo oscuro, que, dada su posición en el miembro elástico, podían volverse en cualquier dirección. Fue una escena que me causó gran fascinación, pero al mismo tiempo me inspiraba una repelencia atroz, dada la absoluta extrañeza y el aura de temibles descubrimientos que se desprendía de ella. Con mayor claridad y distinción, pude ver las figuras moverse: parecían atender a los grandes cubos; logré ver que sus extrañas cabezas estaban coronadas por cuatro grandes tallos grises con apéndices similares a unas flores y que, en su parte inferior, ostentaban ocho tentáculos sinuosos y elásticos, del color verde alga, constantemente agitados en un movimiento de serpentina. Esos tentáculos se dilataban y se contraían, se alargaban y se acortaban; azotaban de un lado a otro como si tuviesen una vida independiente de aquella que animaba a los conos, que parecían más perezosos. La escena estaba bañada en un descolorido resplandor rojo, como el de un sol moribundo que, habiendo perdido a su planeta, hubiese ocupado ahora el lugar de la radiación violeta de la ensenada.
Me causó un indescriptible impacto; era como si se me hubiese permitido mirar a otro mundo, un mundo increíblemente mayor que el nuestro, diferente al nuestro por distintos valores antipódicos y formas de vida, y lejos del nuestro en el tiempo y el espacio; y mientras miraba a este vasto mundo, me di cuenta -como si este conocimiento estuviera introduciéndose en mí por algún sistema psíquico- que contemplaba una raza destinada a morir, una raza que tenía que escapar de su planeta o morir. Espontáneamente, intuí la amenaza de un mal, y con un rápido y violento esfuerzo, me deshice del hechizo del cántico que me tenía apresado, exterioricé la excitación del miedo que me poseía, irrumpí en un grito de protesta y me levanté mientras la silla en que estaba sentado se caía hacia atrás estrepitosamente.
De inmediato la escena que discurría ante mis ojos se desvaneció y la habitación volvió a enfocarse. Enfrente de mí estaban sentados mis visitantes, los siete caballeros parecidos a Poe, impasibles y silenciosos. los sonidos que habían emitido, el tararear y las extrañas palabras y ruidos tonales, habían cesado. Me calmé y mi pulso se hizo más pausado.
-Lo que ha visto, señor Phillips, era una escena de otra estrella lejana -dijo el señor Allan-, muy alejada en el espacio. De hecho, pertenece a otro universo. ¿Le ha convencido?
-¡Basta ya! -grité.
No podía decir si mis visitantes se divertían o me despreciaban; no tenían expresión alguna, incluido su portavoz, que se limitó a inclinar la cabeza levemente y decir:
-Nos vamos, entonces, con su permiso.
Y silenciosamente, uno tras otro, desfilaron por la puerta que daba a la calle Angell.
Aquella experiencia me había dejado una impresión sumamente desagradable. No poseía pruebas de haber visto algo de otro planeta, pero podía atestiguar que había sido preso de una extraordinaria alucinación, indudablemente por influencia hipnótica. ¿Pero cuál era su razón de ser? Lo pensé mientras ordenaba el salón. No me era posible aducir ninguna razón sólida para demostrar lo que había presenciado. Era incapaz de negar que mis visitantes habían mostrado poseer facultades extraordinarias. Pero ¿con qué fin? Tenía que admitir que me confundía tanto la aparición de nada menos que siete hombres idénticos, como la experiencia alucinante que acababa de vivir. Quintillizos, era posible, sí, ¿pero alguien había oído hablar de siete gemelos? Tampoco eran usuales los nacimientos múltiples de niños idénticos. Y sin embargo había siete hombres poco más o menos de la misma edad e idénticos en apariencia, de cuya existencia no cabía la más mínima explicación. Tampoco tenía ningún significado palpable la escena que había presenciado durante la demostración. De alguna forma había comprendido que los grandes cubos eran seres vivos y sensibles para quienes la radiación violeta era como la vida: me di cuenta de que las criaturas de los conos les servían en alguna forma, pero nada había descubierto que lo demostrase. La visión entera carecía de sentido: era una de esas escenas que podía haber sido creada por una imaginación altamente organizada, y telepáticamente dirigida a un sujeto que se prestase a ello, como, por ejemplo, yo mismo. Era ridículo demostrar así la existencia de vida extraterrestre; lo único que demostraba era que yo había sido víctima de una alucinación inducida. Pero, una vez más, se trataba de un círculo vicioso. Como alucinación, no tenía razón de ser. Y sin embargo, esa noche no conseguí evitar una insistente inquietud que me atenazó durante largo tiempo, hasta que pude dormir.
IV.
Lo raro es que mi malestar fue en aumento a medida que transcurría la mañana siguiente. Pese a estar acostumbrado a las curiosidades humanas, a los frecuentes e increíbles personajes y las extrañas cosas que encontraba en mis paseos nocturnos por Providence, las circunstancias que rodeaban al señor Allan y sus hermanos, todos tan parecidos a Poe, eran tan extraordinarias que no podía quitármelos de la mente. Instintivamente, dejé mi trabajo esa tarde y me dirigí a la casa del callejón a orillas del Seekonk, dispuesto a enfrentarme con mi acompañante nocturno. Pero la casa, cuando llegué a ella, tenía aspecto de estar totalmente desierta; cortinas raídas colgaban por el antepecho de las ventanas y, en torno, todo era cenizas de abandono.
Sin embargo, llamé a la puerta y esperé. No hubo respuesta. Llamé otra vez.
No parecía haber nadie dentro de la casa. Arrastrado por la curiosidad, intenté abrir la puerta. Y se abrió nada más tocarla. Dudé aún, y miré a mi alrededor. No había nadie a la vista; por lo menos dos de las casas de la vecindad estaban desocupadas. Y si me estaban vigilando, yo no lo notaba. Abrí la puerta y entré en la casa. Permanecí de pie durante un momento con mi espalda contra la puerta, para acostumbrarme a la oscuridad crepuscular que llenaba las habitaciones. Entonces anduve cautelosamente a través del pequeño vestíbulo hacia la habitación contigua, una salita llena de muebles tapizados por lo menos veinte años antes. Ni rastro de seres humanos, aunque existían indicios de que no hacía mucho alguien había andado por allí y había dejado huellas en el polvo visible del suelo sin alfombras. Crucé la habitación y entre en un pequeño comedor. Lo crucé también, y me encontré en una cocina. Al igual que el resto de las habitaciones tenía pocas trazas de haber sido utilizada, pues no había nada de comida, y la mesa parecía que no se había usado en años. Pero aquí también había un gran número de huellas que demostraban que la casa estaba habitada. Y la escalera demostraba asimismo un uso intenso. Pero fue en la parte posterior de la casa donde descubrí lo que mayor desasosiego me produjo. Esta parte del edificio consistía en una gran habitación, aunque era evidente que antiguamente habían sido tres, pues en las paredes quedaban sin enfoscar los agujeros de los tabiques que las habían separado. Vi esto con el rabillo del ojo, pues lo que había en el centro de la habitación atraía poderosamente mi atención. Una luz violeta bañaba la habitación, un suave resplandor que emanaba de una especie de largo bloque introducido en un cristal, rodeado, junto a un segundo bloque, similar y apagado, de maquinaria de una clase que nunca había visto antes, excepto en mis sueños.
Entré cautelosamente en la habitación, alerta por si alguien interrumpía mi intromisión. Nadie ni nada se movió. Me acerqué más a la caja de cristal encendida de violeta. Había algo dentro de ella, aunque al principio no me percaté de esto, pues me fijé en que estaba sobre una reproducción de tamaño natural de Edgar Allan Poe, iluminada, como todo lo demás, por la misma luz violeta. No podía determinar su origen, excepto que estaba envuelta en una sustancia parecida al cristal que formaba el envase. Pero cuando finalmente me di cuenta de qué era lo que había encima de la reproducción de Poe, casi grité de miedo, pues era una miniatura, una exacta reproducción de uno de esos conos rugosos que sólo había visto ayer por la noche en la alucinación a la que había sido inducido en mi casa de la calle Angell. ¡Y el sinuoso movimiento de los tentáculos de su cabeza -o lo que yo creía que era su cabeza- evidenciaba indiscutiblemente que estaba vivo!
Me retiré rápidamente con una ojeada al otro envase para asegurarme de que estaba vacío y sin ocupar, aunque conectado por muchos tubos metálicos al otro que estaba paralelo a él; me fui rápidamente haciendo el menor ruido posible, pues estaba convencido que los hermanos de la noche dormían arriba y en mi confusión por esta inexplicable revelación que situaba mi alucinación de la noche anterior en otras coordenadas, no quería encontrarme con nadie. Me fui de la casa sigilosamente, aunque me pareció ver la sombra de una de esas caras tan parecidas a la de Poe en una de las ventanas superiores. Corrí a lo largo de las calles que unían el Seekonk con el río Providence, corrí durante muchas manzanas antes de ponerme a caminar más despacio, pues empezaba a llamar la atención en mi loca carrera.
Mientras caminaba, intentaba poner en orden mis caóticos pensamientos. No podía dar ninguna explicación a lo que había visto, pero sabía intuitivamente que me había topado con un peligro amenazante demasiado oscuro y repelente, y quizá demasiado vasto para poder comprenderlo. Busqué un significado pero no pude hallar ninguno; nunca había tenido una preparación muy científica, aparte de la química y la astronomía, de modo que no estaba preparado para comprender el empleo de máquinas tan grandes como las que había visto en esa casa alrededor de ese bloque encendido de violeta donde estaba el cono rugoso en cálida y animadora radiación portadora de vida. De hecho no era capaz de asimilar siquiera la misma maquinaria, pues sólo existía una remota similitud con algo que podía haber visto antes, como la dínamo de una central eléctrica. Estaban todas las máquinas conectadas de algún modo a los dos bloques, y a los envases de cristal -si el material era cristal-, uno ocupado, el otro vacío y oscuro, también unidos entre sí por unos tubos.
Pero había visto suficiente para convencerme de que el oscuro clan fraternal que caminaba por las calles de Providence durante la noche con vestimenta y aspecto de Edgar Allan Poe paseaba por motivos diferentes a los míos; los suyos no eran simple curiosidad acerca de los personajes nocturnos, de los colegas paseantes de la noche. Quizá la oscuridad era su estado más natural, al igual que la luz del sol era la de la mayoría de las personas; pero sus motivos eran siniestros, no podía dudarlo. Sin embargo, no lograba imaginarme lo que iba a suceder después. Por fin dirigí mis pasos hacia la biblioteca, con la vaga esperanza de tropezarme con algo que me diese una clave para llegar a comprender lo que había visto. Pero nada. Por mucho que busqué no encontré clave alguna, ningún indicio, aunque leí atentamente toda referencia concebible -incluso las de la estancia de Poe en Providence- a mi alcance sobre los estantes, y dejé la biblioteca tarde, tan desconcertado como cuando había llegado.
Quizá era inevitable que volviese a encontrarme con el señor Allan otra vez esa noche. No había forma de saber si mi visita a su casa había sido observada, a pesar de que creía haber visto a un observador en la ventana de arriba en el momento de mi huida, cuando estaba algo turbado. Pero esa sospecha mía no debía de tener fundamento alguno, pues cuando me encontré con el señor Allan más tarde, y le saludé en la calle Benefit, no había nada en su actitud o en sus palabras que dejase notar su posible conocimiento de mi intromisión. Ahora bien, yo ya conocía su habilidad para mantener su rostro impermeable a toda expresión: humor, disgusto, incluso enfado o irritación eran ajenos a sus facciones, que nunca abandonaban esa máscara introspectiva que caracterizaba a Poe.
-Espero que se haya recuperado de nuestro experimento, señor Phillips -dijo, después de intercambiar las frases de costumbre.
-Totalmente -le contesté, aunque no era cierto. Añadí algo acerca de un repentino marco, que había precipitado el final del experimento.
-Es uno de los mundos exteriores lo que vio, señor Phillips -continuó el señor Allan-. Son muchos. Cien mil por lo menos. La vida no es propiedad exclusiva de la Tierra. Tampoco la vida en forma de seres humanos. La vida toma muchas formas en otros planetas y estrellas, formas que aparecerían extrañas para los humanos, al igual que la vida humana resulta extraña a esas otras formas de vida.
Por una vez, el señor Allan se mostraba singularmente comunicativo, y yo tenía poco que decir. Estaba claro, creyese yo o no que lo que había visto era una alucinación -incluso ante el descubrimiento que había hecho en casa de mi acompañante- que él creía sin la menor reserva en lo que decía. Hablaba de muchos mundos, como si le fuesen familiares todos ellos. En un momento dado habló casi con reverencia de ciertas formas de vida, particularmente de aquellas que tenían una asombrosa capacidad de adaptación para tomar las formas de vida de otros planetas en su incesante búsqueda de las condiciones necesarias para su existencia.
-La estrella que vi -le interrumpí- estaba muriéndose.
-Sí -dijo simplemente.
-¿La ha visto usted?
-La he visto, señor Phillips.
Le escuché con alivio. Ya que era imposible que ningún hombre pudiese ver la vida propia del espacio exterior, lo que yo había experimentado no era más que la transmisión de una alucinación del señor Allan y sus hermanos. Comunicación telepática, ciertamente, ayudada con una especie de hipnosis que no había experimentado antes. Aun así no podía deshacerme de la inquietante sensación de peligro que rodeaba a mi acompañante nocturno, ni del malestar que se había apoderado de mí, pues aquella explicación que me había apresurado a aceptar resultaba sumamente ingenua. En cuanto pude, presenté mis excusas al señor Allan y me marché. Me fui de prisa y directamente al Ateneo con la esperanza de encontrar a Rose Dexter, pero ya se había marchado, si es que estuvo allí. Fui al teléfono público del edificio y la llamé a su casa. Contestó Rose, y confieso que sentí al instante una sensación de alivio.
-¿Has visto al señor Allan esta noche? -le pregunté.
-Sí -replicó-. Pero sólo unos instantes. Iba camino de la biblioteca.
-Yo también le he visto.
-Me pidió que fuese a su casa alguna noche para ver un experimento -continuó.
-No vayas -le dije en seguida.
Hubo un largo silencio al otro lado del teléfono.
-¿Por qué no?
Desafortunadamente no me di cuenta del acento de crueldad que había en su voz.
-Sería preferible que no fueras -dije con toda la firmeza que pude.
-¿No cree, señor Phillips, que soy yo quien debe decidirlo?
Me apresuré a asegurarle que yo no era quién para juzgar sus acciones; sólo le sugería que podría ser peligroso ir.
-¿Por qué?
-No puedo decírtelo por teléfono -contesté, plenamente convencido de que sonaba a tonto, y de que a la vez era cierto que no podría poner en palabras todas las terribles sospechas que habían empezado a aparecer en mi mente, pues eran tan fantásticas, tan extrañas, que nadie se las creería.
-Lo pensaré -dijo quebradamente.
-Intentaré explicártelo cuando te vea -le prometí.
Me dio las buenas noches y colgó con una intransigencia que no presagiaba nada bueno y que me dejó profundamente preocupado.
V.
Llego ahora al final de los apocalípticos acontecimientos concernientes al señor Allan y al misterio que rodeaba la casa en el olvidado callejón. Dudo en ponerlos aquí, incluso ahora, pues sé de sobra que el cargo que ya pesa contra mí se agravaría y daría lugar a serias dudas con respecto a mi salud mental. Pero no me queda otro remedio. De hecho, el futuro entero de la humanidad, el curso de todo lo que llamamos civilización, puede verse afectado por lo que pueda o no pueda escribir acerca de esta cuestión. Los acontecimientos culminantes se desarrollaron con rapidez tras la conversación mantenida con Rose Dexter, ese insatisfactorio intercambio telefónico. Tras un día de trabajo inquietante y lleno de desasosiego, llegué a la conclusión de que tenía que dar una explicación justificativa a Rose. A la noche siguiente, fui temprano a la biblioteca, donde solía encontrarme con ella, y me coloqué en un lugar desde el que podía ver la entrada principal. Allí esperé durante más de una hora hasta que se me ocurrió que a lo mejor no iba a la biblioteca aquella noche. Otra vez recurrí al teléfono, con intención de preguntarle si podía acercarme a verla para explicarle lo de la noche anterior. Fue su cuñada, y no Rose, quien contestó al teléfono. Rose había salido
-Un caballero la llamó.
-¿Le conoce usted? -pregunté.
-No, señor Phillips.
-¿Oyó su nombre?
No lo había oído. De hecho sólo le había visto parcialmente cuando Rose salió presurosa a encontrarse con él, pero ante mi insistencia admitió que el caballero que había llamado a Rose tenía bigote. ¡El señor Allan! No necesitaba averiguar más. Colgué y durante unos momentos no supe qué hacer. Quizá Rose y el señor Allan se dedicaban solamente a pasear a lo largo de la calle Benefit. Pero tal vez habían ido a esa casa misteriosa. Sólo pensar en ello me llenó de una aprensión tal que me hizo perder la cabeza. Salí de la biblioteca y me dirigí a casa. Eran las diez cuando llegué a la casa de la calle Angell. Afortunadamente mi madre se había acostado, de modo que pude coger la pistola de mi padre sin molestarla. Una vez cargada, caminé apresuradamente a través de una Providence invadida por la noche, manzana tras manzana, hacia la orilla del Seekonk y el callejón en que estaba la extraña casa del señor Allan, sin percatarme del espectáculo que, para otros paseantes nocturnos, representaba la prisa incontrolada con la que caminaba. De todos modos, no me importaba, pues quizá la vida de Rose estaba en peligro, y más allá de eso, poco definido, rondaba un mal más espantoso aún y mayor. Cuando llegué a la casa en que había desaparecido el señor Allan, me sorprendieron su soledad y sus ventanas oscuras. Aturdido, dudaba en continuar, y esperé durante un minuto o dos para tomar aire y tranquilizar mi pulso. Entonces, siempre en las sombras, me moví silenciosamente hacia la casa, vigilando el menor rayo de luz.
Di la vuelta a la casa desde la puerta delantera a la trasera. No se veía el más mínimo rayo de luz. Pero sí podía oírse un tararear bajo, un sonido vibrante, como el silbido de un cable respondiendo al viento. Crucé hacia un extremo de la casa, y ahí vi indicios de luz, no luz amarilla, como de una lámpara en el interior, sino una pálida radiación color lavanda que parecía emanar tenuemente de la propia pared. Me retiré, recordando vívidamente lo que había visto en la casa. Pero mi papel no podía ser pasivo. Tenía que saber si Rose estaba en la casa oscura, quizá en aquella misma habitación de la maquinaria desconocida y el envase de cristal con el monstruo dentro de la radiación violeta. Di la vuelta hacia la parte delantera de la casa, y subí los escalones que conducían a la puerta de entrada. De nuevo la puerta estaba abierta. Cedió a la presión de mis dedos. Me paré únicamente para coger la pesada arma en mis manos, empujé la puerta y entré en el vestíbulo. Me detuve un instante para acostumbrar mis ojos a la oscuridad; ahí de pie, percibía mejor el sonido tarareante que había oído, y algo más: el mismo tipo de cántico que me había dejado en estado hipnótico cuando fui testigo de la turbadora visión que supuestamente era la vida en otro mundo.
Me di cuenta de su significado inmediatamente. Pensé que Rose estaría con el señor Allan y sus hermanos, pasando por una experiencia similar. ¡Ojalá no hubiese sido más que eso! Pues cuando entré en la gran habitación de la parte trasera de la casa, vi algo que para siempre se quedará grabado en mi mente. Alumbrada la habitación por la radiación del envase de cristal, podía ver al señor Allan y sus hermanos postrados en el suelo alrededor de los dos envases, entregados a su cántico. Detrás de ellos, junto a la pared, yacía -en su tamaño natural- la reproducción de Poe que yo había visto bajo la extraña criatura en el envase de cristal bañado por la radiación violeta. Pero no era el señor Allan y sus hermanos lo que me produjo el profundo shock y me repelió. ¡Fue lo que vi en los envases de cristal! En el que daba resplandor a la habitación con su pulsante y agitada radiación violeta, estaba Rose Dexter, completamente vestida, y ciertamente bajo hipnosis. Y encima de ella estaba, alargado y con sus tentáculos azotando furiosamente, la figura de cono rugoso que la última vez había visto encogerse sobre la silueta de Poe. Y en el envase que se conectaba -casi me espanta anotarlo aquí-, yacía, idéntica en todos los detalles, ¡un duplicado perfecto de Rose Dexter!
Lo que ocurrió a continuación estaba confuso en mi mente. Sé que perdí el control, que disparé a ciegas contra los envases de cristal, intentando romperlos. Sé que le di a uno o a ambos, pues el impacto de la radiación se desvaneció, la habitación quedó sumida en la oscuridad, gritos de miedo y de alarma por parte del señor Allan y sus hermanos, y entre la sucesión de explosiones de la maquinaria, corrí hacia adelante y cogí a Rose Dexter. No sé cómo, alcancé la calle con Rose. Miré hacia atrás y vi que las llamas aparecían en las ventanas de la maldita casa, y entonces, inesperadamente, la pared norte se derrumbó, y algo -un objeto que no pude identificar- salió de la casa en llamas y se esfumó en el cielo. Salí corriendo, con Rose en mis brazos. Una vez que recuperó el sentido, Rose se puso histérica, pero al fin logré calmarla y se quedó callada, sin querer decir nada. En silencio la llevé a casa. Sabía lo terrible que tenía que haber sido su experiencia, y estaba dispuesto a no decir nada hasta que se hubiese recuperado totalmente. En el curso de la semana siguiente, pude darme cuenta con toda claridad de lo que había ocurrido en la casa del callejón, pero el delito de incendio -del que me culpaban, en lugar de otro mucho más serio, por la pistola que había abandonado en la casa ardiendo- había cegado a la policía y rechazaban cualquier interpretación de los hechos que tuvieran algo que ver con cuestiones extraterrestres. He insistido en que viesen a Rose Dexter cuando estuviese recuperada y pudiese hablar, y desease hacerlo. No puedo hacerles entender lo que yo ahora comprendo perfectamente. Pero los hechos están ahí, indiscutibles. Dicen que la carne achicharrada encontrada en la casa no es humana, al menos la mayor parte de ella no lo es. ¿Podían esperar otra cosa? ¿Siete hombres parecidos a Edgar Allan Poe? ¡Tienen que comprender que lo que había dentro de la casa procedía de otro mundo, de un mundo agonizante, que pretendía invadir y tomar posesión de la Tierra reproduciéndose con forma humana! Tienen que saber que el primer modelo humano elegido por esos seres para reencarnarse había sido, por casualidad, Poe, escogido porque ignoraban que no representaba el tipo medio de hombre. Y han de saber, como yo llegué a saber, que el cono rugoso provisto de tentáculos, en la radiación violeta, era el origen de su forma material, y que la maquinaria y los tubos -que decían habían quedado demasiado estropeados por el incendio para poder identificarlos, ¡como si hubiesen podido identificar su función aun sin estar destrozados!-creaba, a partir del material suministrado por el cono en la luz violeta, material que simulaba carne, unas criaturas con forma humana y parecidas a Poe.
El propio «señor Allan» me proporcionó la clave, aunque no lo supe entonces, cuando le pregunté por qué la humanidad era objeto de escrutinio interplanetario: «¿Para hacer la guerra? ¿Para invadimos?»; y respondió: «Una forma de vida tan desarrollada no tendría necesidad de utilizar métodos tan primitivos». ¿Podía algo servir de explicación mejor que esto para la extraña ocupación de la casa a orillas del Seekonk? Desde luego, era evidente ahora que lo que el «señor Allan» y sus hermanos me ofrecieron en mi propia casa era una visión del planeta de los cubos y los conos rugosos, su planeta. Y seguramente lo más abominable de todo, evidente para cualquier observador imparcial, era la razón por la cual querían a Rose. Pretendían reproducir a su especie en la forma de hombres y mujeres, para poder mezclarse con nosotros, sin ser detectados, sin sospechar de ellos, y lentamente, a lo largo de décadas, quizá de siglos, mientras su mundo moría, tomar y preparar la Tierra para aquellos que viniesen después.
¡Sólo Dios sabe cuántos de ellos puede haber aquí, entre nosotros, incluso ahora! Más tarde. No he podido ver a Rose todavía, esta noche, y no sé si llamarla. Me ocurre algo terrible. Me siento preso de horribles dudas. No lo pensé durante esa terrible experiencia, después de los disparos en la habitación iluminada de violeta, y es ahora cuando he empezado a preguntármelo, y mi preocupación ha ido creciendo hora tras hora, hasta convertirse en insoportable. ¿Cómo puedo estar seguro de que en esos minutos de locura rescaté a la verdadera Rose Dexter? Si lo hice, sin duda, ella me lo confirmará esta noche. Si no lo hice ¡Dios sabe lo que he soltado, sin quererlo, sobre Providence y el mundo!
Extracto de The Providence Journal, 17 de julio:
UNA MUCHACHA DE LA VECINDAD MATA A SU AGRESOR
Rose Dexter, hija del señor Elisha Dexter y señora, del 127 de la calle de Benevolent, repelió y dio muerte ayer noche a un joven al que acusó de haberla agredido. La señorita Dexter fue encontrada en un estado de histeria mientras corría por la calle Benefit, en las cercanías de la Catedral de San Juan, cerca del cementerio donde tuvo lugar el suceso.
Su agresor fue identificado como un viejo amigo, Arthur Phillips..."
H.P. Lovecraft/August Derleth
I.
Por la noche, las calles de cualquiera de las ciudades de la Costa Este proporcionan al paseante nocturno visiones de lo extraño y lo terrible, de lo macabro y de lo insólito: al amparo de la oscuridad, salen de las rendijas y grietas, de las buhardillas y callejones de la ciudad aquellos seres humanos que, por razones tenebrosas y remotas, se guarecen durante el día en sus grises nichos. Ellos son los deformes, los solitarios, los enfermos, los ancianos, los perseguidos, y esas almas perdidas que están siempre buscándose a sí mismas bajo el manto de la noche, que les es más beneficioso de lo que jamás puede serlo para ellos la fría luz del día. Son los heridos por la vida, los mutilados, hombres y mujeres que nunca se han recuperado de los traumas de la niñez, o que han buscado experiencias no permitidas al hombre. En cualquier lugar en que la sociedad humana se ha concentrado por un período de tiempo considerable, allí están ellos, aunque sólo se les ve surgir en las horas de oscuridad, como mariposas nocturnas que se mueven en los alrededores de sus guaridas por breves horas antes de huir de nuevo cuando surge la luz del sol. Como había sido un niño solitario al que dejaban hacer lo que le daba la gana, debido a mi persistente falta de salud, desarrollé muy pronto el hábito de deambular por las noches, al principio sólo en la calle Angell y la vecindad donde viví durante mi niñez, y luego, poco a poco, en un círculo más amplio de mi nativa Providence. Durante el día, si lo permitía mi salud, paseaba por el río Seekonk desde la ciudad hasta el campo abierto, o cuando me encontraba fuerte, jugaba con unos compañeros escrupulosamente elegidos en una «casaclub » edificada en una zona boscosa no muy lejos de la ciudad. También me gustaba leer, y pasaba largas horas en la copiosa biblioteca de mi abuelo. Leía sin discriminación, y por lo tanto asimilaba una gran variedad de conocimientos, desde las filosofías griegas hasta la historia de la monarquía inglesa, de los secretos de la antigua alquimia a los experimentos de Niels Bohr, de la ciencia de los papiros egipcios a los estudios regionales de Thomas Hardy.
Mi abuelo era muy católico en sus gustos en materia de libros: desdeñaba la especialización, y de todo lo que compraba sólo conservaba lo que, según él, era bueno; esto representaba, en el conjunto de sus lecturas, una variedad inaudita y a menudo desconcertante. Pero la ciudad nocturna superaba todo lo demás; caminar era lo que prefería a cualquier otra cosa, y salía por las noches, durante los años de mi niñez y los de mi adolescencia, en el curso de los cuales procuré -pues las enfermedades esporádicas impedían mi asistencia al colegio- bastarme a mí mismo y me volví más y más solitario. No podría decir ahora qué es lo que buscaba con tanta insistencia en la ciudad durante la noche, qué me atraía de las calles mal iluminadas, por qué merodeaba por la calle Benefit y los alrededores sombríos de la calle Poe, casi desconocidas en la extensa Providence, qué esperaba ver en las caras furtivas de otros paseantes nocturnos que se deslizaban y escabullían por las oscuras calles y pasajes de la ciudad. Quizá fuese para escapar a las más intensas realidades del día, lleno de insaciable curiosidad acerca de los secretos de la vida de la ciudad que sólo la noche podía descubrir. Cuando por fin finalicé mis estudios de secundaria, se esperaba que me dedicaría a otros menesteres. Pero no fue así. Mi salud era demasiado precaria para garantizarme la matrícula en la Universidad de Brown, adonde me habría gustado ir para continuar mis estudios. Esta restricción sirvió sólo para incrementar mis ocupaciones solitarias: dupliqué mis horas de lectura y aumentó el tiempo durante el que paseaba por las noches, con la compensación de dormir durante las horas del día. Sin embargo, me las arreglaba para llevar una existencia normal; no abandoné a mi madre viuda, ni a mis tías, con quienes vivíamos.
Mis compañeros de juventud se habían alejado de mí, pero me encontré con Rose Dexter, descendiente de las primeras familias inglesas que se instalaron en Providence, de ojos negros, de proporciones singularmente atractivas y de facciones de gran belleza. a quien persuadí para que compartiese mis paseos nocturnos. Con ella continué la exploración de la Providence nocturna, con un nuevo aliciente: el ansia de enseñar a Rose todo aquello que yo ya había descubierto en mis paseos por la ciudad. Al principio nos encontrábamos en el viejo Ateneo, y continuamos encontrándonos allí cada tarde, y desde sus portales nos introducíamos en la noche de la ciudad. Lo que para ella empezó como una ocurrencia del momento, pronto se convirtió en un hábito. Demostraba tanto deseo como yo por conocer los ocultos pasajes, y los caminos no utilizados desde hacía ya muchos años, y se sintió pronto como en su casa en medio de la ciudad nocturna, al igual que yo. Tampoco le gustaban las charlas intranscendentes, con lo que queda demostrado hasta qué punto nos complementábamos. Durante algunos meses habíamos estado explorando Providence en esta forma, cuando una noche, en la calle Benefit, un hombre con una capa hasta la rodilla, sobre una ropa raída y arrugada, se acercó a nosotros. Le había visto antes al doblar la esquina: estaba a poca distancia de nosotros, detenido en la acera, y le observé al pasar delante de él. Me chocó, porque su cara de ojos negros y bigote, y el indomable pelo en la cabeza sin cubrir, me resultaron familiares. Además, al pasar, hizo intención de seguimos. Por fin nos alcanzó, me tocó en el hombro y habló conmigo.
-Señor -dijo-, ¿podría decirme cómo se va al cementerio donde estuvo Poe?
Se lo expliqué y después, movido por un repentino impulso, le sugerí que podíamos acompañarle adonde deseaba ir. Antes de que me diera cuenta plenamente de lo que había pasado, íbamos los tres caminando juntos. Observé en seguida con qué aire escrutador aquel individuo examinaba a mi compañera. Sin embargo, cualquier resentimiento que pudiese surgir en mí estaba descartado porque reconocía que el interés de ese extraño era inofensivo: resultaba más frío y crítico que pasional. También aproveché la ocasión para examinarle lo más atentamente posible, en los momentos fugaces en que la luz de las calles alumbraba el camino por el cual pasábamos, y me inquietaba cada vez más la certidumbre de que le conocía o le había conocido alguna vez. Vestía totalmente de negro, excepto la camisa blanca y una ligera corbata de Windsor. Su ropa estaba muy arrugada, como si la hubiese llevado mucho tiempo Sin haberse ocupado de ella, pero a primera vista no estaba sucia. Tenía la frente amplia, casi abovedada; bajo ella miraban con cierta obsesión sus oscuros ojos y el rostro se estrechaba hasta acabar en una pequeña y tiesa barbilla. Llevaba el pelo más largo de como se estilaba entre las gentes de mi edad, y sin embargo parecía pertenecer a esa misma generación; no aparentaba ser más de cinco años mayor que yo. Pero definitivamente, su vestimenta no era la de mi generación; aunque su aspecto era nuevo, parecía cortada con un patrón de una generación anterior.
-¿Es usted forastero en Providence? -le pregunté.
-Estoy de paso -dijo en seguida.
-¿Se interesa usted por Poe?
Asintió.
-¿Qué sabe de él? -le pregunté.
-Muy poco -dijo-. ¿Podría usted contarme algo sobre él?
No hacía falta que me lo dijese dos veces. En seguida le solté un apunte biográfico del padre de las historias de detectives y maestro de los cuentos macabros, cuyas obras yo admiraba desde hacía mucho tiempo. Cité simplemente su romance con la señora Sara Helen Whitman, pues se refería a Providence y a la visita con la señora Whitman al cementerio al que nos dirigíamos. Pude observar que escuchaba con atención extasiada, y parecía estar grabando en su mente todo cuanto le decía. Pero no podía deducir de su rostro inexpresivo si lo que le con taba le agradaba o le desagradaba, ni qué interés podría tener en ello. Por su parte, Rose era consciente de la atracción que provocaba, pero no se sentía avergonzada, quizá porque intuía que era debida a un interés distinto del amor. Sólo en el momento de preguntarle ella cómo se llamaba me di cuenta de que ignorábamos su nombre. Nos dio el de «señor Allan». Al oírlo, Rose sonrió casi imperceptiblemente; observé su sonrisa mientras paseábamos bajo una farola de la calle.
Una vez que supo nuestros nombres, nuestro acompañante no parecía interesado en nada más, y silenciosamente llegamos por fin al cementerio. Pensé que el señor Allan entraría, pero no tenía ese propósito; sólo pretendía localizarlo para poder volver de día. Era una sensata conclusión: para mí tenía atractivo a aquellas horas por haberlo pateado a menudo de noche, pero ofrecía poco encanto a un extraño, incapaz de ver nada en plena oscuridad. Nos despedimos en la entrada, y Rose y yo continuamos.
-He visto a ese hombre antes en algún sitio -le dije a Rose cuando nos habíamos alejado lo suficiente para que no pudiera oírnos-. Pero no logro recordar dónde. Quizá en la biblioteca.
-Debe de haber sido en la biblioteca -contestó Rose con aquella risa quebrada tan frecuente en ella-. En un retrato de la pared.
-¡Vamos! ¿Qué dices? -grité.
-¡Pero si estoy segura de que te diste cuenta del parecido, Arthur! -dijo-. Incluso de su nombre. Se parece a Edgar Allan Poe.
En efecto, se parecía. En cuanto Rose lo dijo me di cuenta de la gran semejanza, incluso en su ropa, y en seguida califiqué al señor Allan de inofensivo idólatra de Poe. Un hombre tan obsesionado con su ídolo que iba a su estilo, incluso con una ropa pasada de moda. ¡Otro de los extraños ejemplares de la raza humana que callejeaban de noche por la ciudad!
-Bien, es el tipo más extraño que hemos encontrado desde que empezamos nuestros paseos -dije.
Su mano apretó mi brazo.
-Arthur, ¿no sentiste algo, algo extraño que emanaba de él?
-Bueno, supongo que algo «extraño» trasluce de todos nosotros, los que buscamos la oscuridad -dije-. En cierto modo, tendemos a crear nuestra propia realidad.
Pero mientras le contestaba, me daba cuenta de lo que quería decirme. Ya no había necesidad de la aclaración que buscaba ella afanosamente en las palabras de explicación que pronunció a continuación. Sí, había algo extraño en el señor Allan, y lo que había era una profunda falsedad. Se notaba, ahora lo veía claro y lo aceptaba, en un buen número de cosas triviales, pero particularmente en la falta de expresión de sus facciones. Su forma de hablar, a pesar de haber sido poco locuaz, no tenía entonación, era casi mecánica. No había sonreído, ni se había alterado la expresión de su rostro. Había hablado con una precisión que sugería un distanciamiento de la mayoría de los hombres. Incluso el interés manifiesto que mostraba por Rose era más clínico que admirativo. Al tiempo que se despertaba mi curiosidad, creció en mí una bocanada de aprensión. Preferí llevar el tema de nuestra conversación por otros derroteros y acompañé a Rose a su casa.
II.
Era inevitable, sospecho, que me encontrase de nuevo con el señor Allan. Ocurrió dos noches después, no lejos de la puerta de mi casa. Quizá resulte absurdo, pero no pude evitar el pensamiento de que estaba esperándome, que su ansiedad por encontrarse conmigo era tan grande como la mía. Le saludé jovialmente, como a un compañero nocturno más, y me di cuenta en seguida de que, aunque su voz remedaba mi propia jovialidad, ningún trazo de emoción asomaba a su rostro; permanecía absolutamente impasible, hierático, como diría un escritor romántico. Ni un atisbo de sonrisa aparecía en su rostro, ni había ningún reflejo en sus brillantes ojos negros. Y ahora, como me habían sugerido, pude apreciar que el parecido con Poe era asombroso, tanto que de haberme dicho el señor Allan que era descendiente de Poe, le habría creído sin dudarlo.
Pensé que se trataba de una, curiosa coincidencia, y nada más. El señor Allan no hizo en esta ocasión ninguna mención de Poe o de nada relacionado con Providence. Parecía, era evidente, más interesado en escucharme que en hablar. Se mostraba tan singularmente hermético como si de hecho no nos hubiésemos visto antes. Pero tal vez buscaba algún terreno común, pues en cuanto mencioné que colaboraba con artículos semanales relacionados con la astronomía en el Journal de Providence, empezó a tomar parte en la conversación; lo que había sido durante algunas manzanas un monólogo, se convirtió en diálogo. Pronto me di cuenta de que el señor Allan no era un novato en cuestiones astronómicas. Escuchaba ansiosamente mis puntos de vista, pero él mantenía los suyos, diferentes a los míos y a veces muy discutibles. No se mostró remiso en manifestar que no sólo era posible un viaje interplanetario, sino que innumerables estrellas, no sólo planetas de nuestro sistema solar, estaban habitadas.
-¿Por seres humanos? -pregunté incrédulamente.
-¿Por qué tendrían que ser seres humanos? -replicó-. La vida es única, no el hombre. Incluso aquí, en este planeta, la vida toma muchas formas.
Le pregunté si había leído las obras de Charles Fort. No lo había hecho. No sabía nada de él, y al pedírmelo, le expliqué algunas de las teorías de Fort, así como los hechos que aducía para apoyar estas teorías. Vi que de cuando en cuando, mientras caminábamos, la cabeza de mi acompañante se balanceaba, aunque su cara permanecía inexpresiva; era como si estuviese de acuerdo. Y en una ocasión llegó a exclamar.
-Sí, así es. Lo que él dice es así.
Fue al hablar yo de objetos voladores no identificados vistos cerca de Japón durante la última mitad del siglo diecinueve.
-¿Cómo puede afirmar eso? -interrogué.
Se lanzó a una extensa perorata, que podía resumirse así: en el terreno de la astronomía, todo científico que estuviera al día tenía la certeza de que no había vida solamente en la tierra. Por tanto, al igual que se podían concebir cuerpos celestes con formas de vida inferiores a la nuestra, otros podrían dar cabida a formas superiores. Si se aceptaba esta premisa, era perfectamente lógico que los viajes interplanetarios no tuvieran misterios para esas formas superiores y pudiesen, tras décadas de observación, familiarizarse con la Tierra y sus habitantes, así como con los demás planetas hermanos.
-¿Con qué propósito? -le pregunté-. ¿Para hacer la guerra? ¿Para invadirnos?
-Un modo de vida tan desarrollado no tendría necesidad de emplear tales métodos primitivos -señaló-. Nos vigilan, al igual que nosotros vigilamos la luna y escuchamos las señales de radio de los planetas. Nosotros estamos aún en las primeras etapas de la comunicación interplanetaria, y no digamos de los viajes espaciales, mientras que otras razas en estrellas remotas hace mucho que han superado ambas cosas.
-¿Cómo puede hablar con tanta seguridad? -le pregunté entonces.
-Porque estoy convencido de ello. Seguramente habrá conocido a gente que ha llegado a conclusiones similares.
Admití que así era.
-¿Se considera usted un hombre sin prejuicios por lo que respecta al tema?
Admití esto también.
-¿Tanto es así que examinaría ciertas pruebas si le fueran presentadas?
-Ciertamente -repliqué, aunque no debió pasarle inadvertido mi escepticismo.
-Eso está bien -dijo-. Si nos permite a mí y a mis hermanos ir a su casa de la calle Angell, puede ser que le convenzamos de que hay vida en el espacio. No con forma humana, pero vida. Vida de unos seres poseedores de una inteligencia muy superior a la de los hombres más inteligentes.
Me resultaba cómica la magnitud de sus aseveraciones y de sus creencias, pero no lo demostré en ningún momento. Su confidencia me hizo pensar otra vez en el cúmulo de personajes que pueden encontrarse entre los paseantes nocturnos de Providence. El señor Allan era un obseso de sus inauditas convicciones y como todos los obsesos ansiaba hacer proselitismo, convertir a la gente.
-Cuando quiera -dije como invitación-. Cuanto más tarde mejor, para dar tiempo a que mi madre se acueste. Los experimentos no le hacen gracia.
-¿Digamos el próximo lunes por la noche?
-De acuerdo.
A partir de ese momento, mi acompañante no volvió a hablar del tema. Apenas se refirió a otras cuestiones, y de hecho me tocó a mí hablar todo el rato. Evidentemente se aburría; no habíamos recorrido tres manzanas cuando llegamos a un callejón y allí el señor Allan se despidió de mí bruscamente, se volvió hacia el callejón y se lo tragó la oscuridad. ¿Estaría su casa al final del callejón?, pensé. De no ser así, tendría que salir inevitablemente por el otro extremo. Impulsivamente corrí alrededor de la manzana y me puse a esperar en una calle paralela, en las sombras. Desde allí podía observar la entrada del callejón sin ser visto. El señor Allan salió tranquilamente del callejón antes de que me diera tiempo a recobrar la respiración. Esperaba que continuase a través del callejón, pero no fue así; bajó por la calle, y acelerando un poco el paso, continuó su camino. Movido por la curiosidad, le seguí, procurando mantenerme oculto. Pero el señor Allan nunca se volvió a mirar. Con la mirada fija delante de él, no le vi dirigir la vista ni una sola vez siquiera a derecha o izquierda. Se dirigía claramente a un sitio determinado que sólo podía ser su casa, pues ya era más de medianoche. Me fue fácil seguir a mi acompañante. Conocía bien estas calles, las conocía desde mi niñez. El señor Allan se dirigía al Seekonk, y mantuvo esta ruta, sin desviarse, hasta que llegó a una zona de Providence. Una vez allí, se dirigió hacia una casa hace ya tiempo deshabitada. Se introdujo en ella, y no le volví a ver. Aguardé un poco más, esperando ver alguna luz encenderse en la casa, pero no fue así, y llegué a la conclusión de que se había acostado.
Afortunadamente me había mantenido en las sombras, puesto que al parecer el señor Allan no se había acostado. Parecía que había pasado por la casa y rodeado la manzana entera, pues de repente le vi acercarse a la casa, en la dirección en que habíamos venido, y una vez más pasó por delante del lugar en que me ocultaba, y se introdujo en la casa, de nuevo sin encender ninguna luz. Esta vez, ciertamente, se quedó dentro. Esperé unos cinco minutos, quizá más; entonces di media vuelta y me encaminé hacia mi casa de la calle Angell, convencido de haber hecho lo mismo que el señor Allan la noche en que nos conocimos: me había seguido. Sí, había llegado a la conclusión de que nuestro encuentro esta noche no había sido fruto del azar, sino premeditado. Sin embargo, algunas manzanas más allá, me sorprendí al ver que él, Allan, se acercaba en dirección a mí, procedente de la calle Benefit. Traté de explicarme cómo se las había arreglado para dejar la casa otra vez y dar un rodeo hasta conseguir caminar derecho hacia mí. Quise imaginar en vano la ruta que pudo haber tomado para lograrlo. El caso es que pasó a mi lado sin aparentar reconocerme. Pero no cabía duda: era él. La misma semejanza con Poe le distinguía de cualquier otro caminante nocturno. Ahogué su nombre en mi boca y me volví para mirarle. En ningún momento volvió la cabeza, y caminó hacia adelante, dirigiéndose con paso seguro hacia el lugar que yo había dejado momentos antes. Le vi desaparecer mientras intentaba en vano, todavía, trazar en mi mente la ruta que tendría que haber tomado, en medio de los vericuetos y callejuelas tan familiares para mí, para hacer posible que me tropezase de nuevo con él cara a cara.
Vamos a ver: nos habíamos encontrado en la calle Angell, luego caminamos hacia Benefit y el norte, y nos volvimos hacia el río otra vez. Tenía que haber corrido mucho para poder dar la vuelta y regresar. ¿Y a que propósito obedecía seguir semejante ruta? Me dejó totalmente perplejo, especialmente porque ni siquiera había dado muestras de conocerme, como si fuésemos completamente extraños. Pero si los acontecimientos de la noche me habían dejado tan confundido, más lo estaba aún al encontrarme con Rose en el Ateneo la noche siguiente. Me esperaba, y corrió hacia mí en cuanto me vio.
-¿Has visto al señor Allan? -me preguntó.
-Ayer por la noche -le respondí, y habría continuado con la explicación de los hechos de no haber vuelto a hablar ella.
-¡Yo también! Me acompañó desde la biblioteca a casa.
Me callé lo que iba a decir y le escuché. El señor Allan había estado esperando a que saliese de la biblioteca. La había saludado y le había preguntado si podía pasear con ella. Anduvieron durante una hora, pero sin hablar mucho. Lo poco que dijeron fue muy superficial: vaguedades referentes a las antigüedades de la ciudad, la arquitectura de algunas casas, y cuestiones similares, de interés para quien sintiera curiosidad por los aspectos históricos de Providence. Luego la acompañó a casa. Ella había estado con el señor Allan en un lugar de la ciudad a la vez que yo había estado con él en otro. Ninguno de nosotros teníamos la menor duda respecto a la identidad de nuestro acompañante.
-Le vi después de medianoche -dije.
Era parte de la verdad, pero no toda. Esta extraordinaria coincidencia debía de tener alguna aplicación lógica, aunque no estaba dispuesto a discutirla con Rose, para que no se alarmase. El señor Allan había hablado de «sus hermanos»; entraba dentro de lo posible que el señor Allan tuviese un gemelo idéntico. Pero ¿qué explicación cabía para lo que obviamente resultaba decepcionante? Uno de nuestros acompañantes no era, no podía ser el mismo señor Allan con quien previamente habíamos paseado. Pero ¿cuál de ellos? Yo estaba seguro de que mi acompañante era el mismo señor Allan al que habíamos conocido dos noches antes. Sin darle importancia, y en vista de las circunstancias, hice a Rose algunas preguntas en relación con la identidad de su acompañante, a ver si en algún momento de nuestro diálogo salía a relucir si era el mismo al que había visto yo. No dudaba en absoluto; estaba plenamente convencida de que su acompañante era el mismo hombre que había paseado con nosotros dos noches antes; pues al parecer incluso había hecho varias referencias al paseo nocturno anterior. No tenía motivos para dudar, y yo preferí callarme. Había un extraño misterio aquí: los hermanos tenían alguna razón oculta para interesarse por nosotros. Había una razón distinta a la de compartir nuestro interés por los paseantes de la ciudad y por los lugares desconocidos que se desvelan únicamente con el crepúsculo y se desvanecen otra vez, desapareciendo con el amanecer. Sin embargo, mi compañero de la víspera se había citado conmigo, mientras que el de Rose, que yo supiera, no había planeado otro encuentro con ella. Pero ¿por qué había esperado a encontrarse con ella? Esta línea de investigación no era válida ante la evidencia de que ninguno de los seres con quienes me encontré anoche, después de haber dejado a mi compañero en su casa, podía haber acompañado a Rose, pues ella vivía muy lejos del lugar en que por última vez me crucé con el extraño individuo; no podía haber tenido tiempo de dejarla en la puerta de su casa y, simultáneamente, encontrarse conmigo casi al otro extremo de la ciudad. Una inquietante sensación comenzó a invadirme. ¿Eran quizá tres Allan -todos idénticos-, trillizos? ¿O cuatro? No, seguramente el segundo señor Allan que me encontré la noche anterior era el mismo con quien habíamos estado paseando hasta el cementerio dos noches antes. El que sí podía ser otro era el de mi tercer encuentro. Por mucho que intentase pensar en ello, el rompecabezas continuaba sin resolverse. Aguardaba con cierto ánimo desafiante la cita del lunes por la noche con el señor Allan, para la que sólo faltaban dos días.
III.
Aun así, no estaba bien preparado para la visita del señor Allan y sus hermanos en la noche del lunes siguiente. Llegaron a la diez y cuarto; mi madre acababa de subir a acostarse. Esperaba, como máximo, a tres personas. Eran siete. Y tan parecidos como los guisantes en una vaina, tanto que no era capaz de distinguir entre ellos al señor Allan con quien había paseado dos veces por las nocturnas calles de Providence, aunque deduje que era el que hablaba del grupo Se encaminaron al salón, y el señor Allan inmediatamente se dispuso a colocar las sillas en semicírculo. Le ayudaban sus hermanos, mientras él murmuraba algo acerca de la «naturaleza del experimento». A decir verdad, yo estaba aún demasiado sorprendido e inquieto con la apariencia de los siete hombres idénticos, tan pasmosamente semejantes a Edgar Allan Poe, como para darme verdadera cuenta de lo que se decía. Pude observar también, a la luz de mi lámpara de gas Welsbach, que los siete eran de una complexión pálida, cerúlea, no hasta el punto de dudar que fuesen de carne y hueso como yo, pero sí para pensar que a todos les aquejaba algún tipo de enfermedad, anemia quizá, o que algún mal hereditario había dejado sus rostros carentes de color. Sus ojos eran muy negros y parecían mirar fijamente, aunque sin ver. Pero no se trataba de un defecto de percepción; era como si viesen gracias a un extrasentido invisible para mí. La sensación que experimenté no era predominantemente de miedo, sino de abrumadora curiosidad mezclada con una cada vez mayor intuición de algo extremadamente desconocido no sólo para mi experiencia, sino para mi propia existencia.
Pocas cosas reseñables habían sucedido hasta el momento entre nosotros. Pero en cuanto el semicírculo se completó, y mis visitantes se sentaron, el que llevaba la voz cantante me señaló una silla situada dentro del semicírculo y de cara a los hombres sentados.
-¿Quiere tomar asiento aquí, señor Phillips? -preguntó.
Hice lo que me indicaba y me encontré con que me había convertido en el centro de todas las miradas. Más que el objeto, el foco de sus miradas: los siete hombres no parecían mirarme a mí, sino mirar a través de mí.
-Nuestra intención, señor Phillips -dijo el que llevaba la voz cantante, a quien tomé por el caballero con quien me había encontrado en la calle Benefit- es producir en usted ciertas impresiones de vida extraterrestre. Todo lo que tiene que hacer es relajarse y ser receptivo.
-Estoy listo -dije.
Creí que iban a pedirme que amortiguase la intensidad de la luz, cuestión que forma parte integrante de este tipo de sesiones, pero no lo hicieron. Esperaron un rato en silencio, un silencio sólo roto por el tic-tac del reloj del hall y el alejado murmullo de la ciudad, y entonces comenzaron algo que sólo puedo describir como un cántico, un tarareo bajo, no desagradable, casi arrullador, que aumentaba en volumen y era interrumpido por sonidos que imaginé palabras aunque no podía distinguir ninguna. La canción que cantaban, y la forma en que cantaban, eran indescriptibles, extrañas; en clave menor, los intervalos de los tonos no se parecían a ningún sistema de música terrestre que pudiera serme familiar, aunque me parecía más oriental que occidental.
Tuve poco tiempo para percatarme de la música, pues pronto me sobrecogió una sensación de profundo malestar. Las caras de los siete hombres se tomaron difusas y se fundieron en un rostro borroso. Tuve la intolerable sensación de que me barría el paso de miles de años de tiempo. Llegué a la conclusión de que algún tipo de hipnosis era responsable de mi estado, pero me daba igual; la experiencia a la que me estaba sometiendo era totalmente nueva y no desagradable, aunque había en ella una nota discordante, como de algún mal acechando detrás de las relajantes sensaciones que se acumulaban y me arrastraban. Gradualmente, la lámpara, las paredes y los hombres que tenía delante se emborronaron y desvanecieron. Me daba cuenta de que todavía estaba en mi casa de la calle Angell, pero al mismo tiempo presentía que de alguna forma había sido trasladado a otros lugares, y empezó a manifestarse un sentimiento de alarma ante el desconocimiento de lo que me rodeaba, así como de repulsión y alienación. Era como si temiese la pérdida del conocimiento en un lugar extraño, sin medios para volver a la tierra, pues lo que presenciaba era una escena extraterrestre, de unas proporciones de grandeza y magnificencia incomprensibles para mí.
Vastas panorámicas del espacio se arremolinaban ante mí en una dimensión desconocida, y en el centro veía una colección de cubos gigantes, esparcidos en una ensenada de agitada radiación violeta. Entre ellos se movían otras figuras enormes, cambiantes, unos conos rugosos cuya talla alcanzaba los diez pies de altura y que reposaban sobre su base compuesta de un material semielástico, con escamas y bultos. De sus ápices salían cuatro miembros flexibles, cilíndricos, cada uno por lo menos de un pie de ancho, y de una sustancia similar, aunque más parecida a la carne, a la de los conos. Estos eran los supuestos cuerpos de los miembros que los coronaban. Según pude observar, tenían la capacidad de contraerse y dilatarse algunas veces hasta alcanzar una medida de largo similar a la altura del cono al que estaban adheridos. Dos de estos miembros tenían unas enormes garras en el extremo, mientras que un tercero llevaba una cresta de cuatro apéndices rojos con forma de trompeta, y el cuarto acababa en un globo amarillo de dos pies de diámetro, en medio del cual había tres enormes ojos, de un ópalo oscuro, que, dada su posición en el miembro elástico, podían volverse en cualquier dirección. Fue una escena que me causó gran fascinación, pero al mismo tiempo me inspiraba una repelencia atroz, dada la absoluta extrañeza y el aura de temibles descubrimientos que se desprendía de ella. Con mayor claridad y distinción, pude ver las figuras moverse: parecían atender a los grandes cubos; logré ver que sus extrañas cabezas estaban coronadas por cuatro grandes tallos grises con apéndices similares a unas flores y que, en su parte inferior, ostentaban ocho tentáculos sinuosos y elásticos, del color verde alga, constantemente agitados en un movimiento de serpentina. Esos tentáculos se dilataban y se contraían, se alargaban y se acortaban; azotaban de un lado a otro como si tuviesen una vida independiente de aquella que animaba a los conos, que parecían más perezosos. La escena estaba bañada en un descolorido resplandor rojo, como el de un sol moribundo que, habiendo perdido a su planeta, hubiese ocupado ahora el lugar de la radiación violeta de la ensenada.
Me causó un indescriptible impacto; era como si se me hubiese permitido mirar a otro mundo, un mundo increíblemente mayor que el nuestro, diferente al nuestro por distintos valores antipódicos y formas de vida, y lejos del nuestro en el tiempo y el espacio; y mientras miraba a este vasto mundo, me di cuenta -como si este conocimiento estuviera introduciéndose en mí por algún sistema psíquico- que contemplaba una raza destinada a morir, una raza que tenía que escapar de su planeta o morir. Espontáneamente, intuí la amenaza de un mal, y con un rápido y violento esfuerzo, me deshice del hechizo del cántico que me tenía apresado, exterioricé la excitación del miedo que me poseía, irrumpí en un grito de protesta y me levanté mientras la silla en que estaba sentado se caía hacia atrás estrepitosamente.
De inmediato la escena que discurría ante mis ojos se desvaneció y la habitación volvió a enfocarse. Enfrente de mí estaban sentados mis visitantes, los siete caballeros parecidos a Poe, impasibles y silenciosos. los sonidos que habían emitido, el tararear y las extrañas palabras y ruidos tonales, habían cesado. Me calmé y mi pulso se hizo más pausado.
-Lo que ha visto, señor Phillips, era una escena de otra estrella lejana -dijo el señor Allan-, muy alejada en el espacio. De hecho, pertenece a otro universo. ¿Le ha convencido?
-¡Basta ya! -grité.
No podía decir si mis visitantes se divertían o me despreciaban; no tenían expresión alguna, incluido su portavoz, que se limitó a inclinar la cabeza levemente y decir:
-Nos vamos, entonces, con su permiso.
Y silenciosamente, uno tras otro, desfilaron por la puerta que daba a la calle Angell.
Aquella experiencia me había dejado una impresión sumamente desagradable. No poseía pruebas de haber visto algo de otro planeta, pero podía atestiguar que había sido preso de una extraordinaria alucinación, indudablemente por influencia hipnótica. ¿Pero cuál era su razón de ser? Lo pensé mientras ordenaba el salón. No me era posible aducir ninguna razón sólida para demostrar lo que había presenciado. Era incapaz de negar que mis visitantes habían mostrado poseer facultades extraordinarias. Pero ¿con qué fin? Tenía que admitir que me confundía tanto la aparición de nada menos que siete hombres idénticos, como la experiencia alucinante que acababa de vivir. Quintillizos, era posible, sí, ¿pero alguien había oído hablar de siete gemelos? Tampoco eran usuales los nacimientos múltiples de niños idénticos. Y sin embargo había siete hombres poco más o menos de la misma edad e idénticos en apariencia, de cuya existencia no cabía la más mínima explicación. Tampoco tenía ningún significado palpable la escena que había presenciado durante la demostración. De alguna forma había comprendido que los grandes cubos eran seres vivos y sensibles para quienes la radiación violeta era como la vida: me di cuenta de que las criaturas de los conos les servían en alguna forma, pero nada había descubierto que lo demostrase. La visión entera carecía de sentido: era una de esas escenas que podía haber sido creada por una imaginación altamente organizada, y telepáticamente dirigida a un sujeto que se prestase a ello, como, por ejemplo, yo mismo. Era ridículo demostrar así la existencia de vida extraterrestre; lo único que demostraba era que yo había sido víctima de una alucinación inducida. Pero, una vez más, se trataba de un círculo vicioso. Como alucinación, no tenía razón de ser. Y sin embargo, esa noche no conseguí evitar una insistente inquietud que me atenazó durante largo tiempo, hasta que pude dormir.
IV.
Lo raro es que mi malestar fue en aumento a medida que transcurría la mañana siguiente. Pese a estar acostumbrado a las curiosidades humanas, a los frecuentes e increíbles personajes y las extrañas cosas que encontraba en mis paseos nocturnos por Providence, las circunstancias que rodeaban al señor Allan y sus hermanos, todos tan parecidos a Poe, eran tan extraordinarias que no podía quitármelos de la mente. Instintivamente, dejé mi trabajo esa tarde y me dirigí a la casa del callejón a orillas del Seekonk, dispuesto a enfrentarme con mi acompañante nocturno. Pero la casa, cuando llegué a ella, tenía aspecto de estar totalmente desierta; cortinas raídas colgaban por el antepecho de las ventanas y, en torno, todo era cenizas de abandono.
Sin embargo, llamé a la puerta y esperé. No hubo respuesta. Llamé otra vez.
No parecía haber nadie dentro de la casa. Arrastrado por la curiosidad, intenté abrir la puerta. Y se abrió nada más tocarla. Dudé aún, y miré a mi alrededor. No había nadie a la vista; por lo menos dos de las casas de la vecindad estaban desocupadas. Y si me estaban vigilando, yo no lo notaba. Abrí la puerta y entré en la casa. Permanecí de pie durante un momento con mi espalda contra la puerta, para acostumbrarme a la oscuridad crepuscular que llenaba las habitaciones. Entonces anduve cautelosamente a través del pequeño vestíbulo hacia la habitación contigua, una salita llena de muebles tapizados por lo menos veinte años antes. Ni rastro de seres humanos, aunque existían indicios de que no hacía mucho alguien había andado por allí y había dejado huellas en el polvo visible del suelo sin alfombras. Crucé la habitación y entre en un pequeño comedor. Lo crucé también, y me encontré en una cocina. Al igual que el resto de las habitaciones tenía pocas trazas de haber sido utilizada, pues no había nada de comida, y la mesa parecía que no se había usado en años. Pero aquí también había un gran número de huellas que demostraban que la casa estaba habitada. Y la escalera demostraba asimismo un uso intenso. Pero fue en la parte posterior de la casa donde descubrí lo que mayor desasosiego me produjo. Esta parte del edificio consistía en una gran habitación, aunque era evidente que antiguamente habían sido tres, pues en las paredes quedaban sin enfoscar los agujeros de los tabiques que las habían separado. Vi esto con el rabillo del ojo, pues lo que había en el centro de la habitación atraía poderosamente mi atención. Una luz violeta bañaba la habitación, un suave resplandor que emanaba de una especie de largo bloque introducido en un cristal, rodeado, junto a un segundo bloque, similar y apagado, de maquinaria de una clase que nunca había visto antes, excepto en mis sueños.
Entré cautelosamente en la habitación, alerta por si alguien interrumpía mi intromisión. Nadie ni nada se movió. Me acerqué más a la caja de cristal encendida de violeta. Había algo dentro de ella, aunque al principio no me percaté de esto, pues me fijé en que estaba sobre una reproducción de tamaño natural de Edgar Allan Poe, iluminada, como todo lo demás, por la misma luz violeta. No podía determinar su origen, excepto que estaba envuelta en una sustancia parecida al cristal que formaba el envase. Pero cuando finalmente me di cuenta de qué era lo que había encima de la reproducción de Poe, casi grité de miedo, pues era una miniatura, una exacta reproducción de uno de esos conos rugosos que sólo había visto ayer por la noche en la alucinación a la que había sido inducido en mi casa de la calle Angell. ¡Y el sinuoso movimiento de los tentáculos de su cabeza -o lo que yo creía que era su cabeza- evidenciaba indiscutiblemente que estaba vivo!
Me retiré rápidamente con una ojeada al otro envase para asegurarme de que estaba vacío y sin ocupar, aunque conectado por muchos tubos metálicos al otro que estaba paralelo a él; me fui rápidamente haciendo el menor ruido posible, pues estaba convencido que los hermanos de la noche dormían arriba y en mi confusión por esta inexplicable revelación que situaba mi alucinación de la noche anterior en otras coordenadas, no quería encontrarme con nadie. Me fui de la casa sigilosamente, aunque me pareció ver la sombra de una de esas caras tan parecidas a la de Poe en una de las ventanas superiores. Corrí a lo largo de las calles que unían el Seekonk con el río Providence, corrí durante muchas manzanas antes de ponerme a caminar más despacio, pues empezaba a llamar la atención en mi loca carrera.
Mientras caminaba, intentaba poner en orden mis caóticos pensamientos. No podía dar ninguna explicación a lo que había visto, pero sabía intuitivamente que me había topado con un peligro amenazante demasiado oscuro y repelente, y quizá demasiado vasto para poder comprenderlo. Busqué un significado pero no pude hallar ninguno; nunca había tenido una preparación muy científica, aparte de la química y la astronomía, de modo que no estaba preparado para comprender el empleo de máquinas tan grandes como las que había visto en esa casa alrededor de ese bloque encendido de violeta donde estaba el cono rugoso en cálida y animadora radiación portadora de vida. De hecho no era capaz de asimilar siquiera la misma maquinaria, pues sólo existía una remota similitud con algo que podía haber visto antes, como la dínamo de una central eléctrica. Estaban todas las máquinas conectadas de algún modo a los dos bloques, y a los envases de cristal -si el material era cristal-, uno ocupado, el otro vacío y oscuro, también unidos entre sí por unos tubos.
Pero había visto suficiente para convencerme de que el oscuro clan fraternal que caminaba por las calles de Providence durante la noche con vestimenta y aspecto de Edgar Allan Poe paseaba por motivos diferentes a los míos; los suyos no eran simple curiosidad acerca de los personajes nocturnos, de los colegas paseantes de la noche. Quizá la oscuridad era su estado más natural, al igual que la luz del sol era la de la mayoría de las personas; pero sus motivos eran siniestros, no podía dudarlo. Sin embargo, no lograba imaginarme lo que iba a suceder después. Por fin dirigí mis pasos hacia la biblioteca, con la vaga esperanza de tropezarme con algo que me diese una clave para llegar a comprender lo que había visto. Pero nada. Por mucho que busqué no encontré clave alguna, ningún indicio, aunque leí atentamente toda referencia concebible -incluso las de la estancia de Poe en Providence- a mi alcance sobre los estantes, y dejé la biblioteca tarde, tan desconcertado como cuando había llegado.
Quizá era inevitable que volviese a encontrarme con el señor Allan otra vez esa noche. No había forma de saber si mi visita a su casa había sido observada, a pesar de que creía haber visto a un observador en la ventana de arriba en el momento de mi huida, cuando estaba algo turbado. Pero esa sospecha mía no debía de tener fundamento alguno, pues cuando me encontré con el señor Allan más tarde, y le saludé en la calle Benefit, no había nada en su actitud o en sus palabras que dejase notar su posible conocimiento de mi intromisión. Ahora bien, yo ya conocía su habilidad para mantener su rostro impermeable a toda expresión: humor, disgusto, incluso enfado o irritación eran ajenos a sus facciones, que nunca abandonaban esa máscara introspectiva que caracterizaba a Poe.
-Espero que se haya recuperado de nuestro experimento, señor Phillips -dijo, después de intercambiar las frases de costumbre.
-Totalmente -le contesté, aunque no era cierto. Añadí algo acerca de un repentino marco, que había precipitado el final del experimento.
-Es uno de los mundos exteriores lo que vio, señor Phillips -continuó el señor Allan-. Son muchos. Cien mil por lo menos. La vida no es propiedad exclusiva de la Tierra. Tampoco la vida en forma de seres humanos. La vida toma muchas formas en otros planetas y estrellas, formas que aparecerían extrañas para los humanos, al igual que la vida humana resulta extraña a esas otras formas de vida.
Por una vez, el señor Allan se mostraba singularmente comunicativo, y yo tenía poco que decir. Estaba claro, creyese yo o no que lo que había visto era una alucinación -incluso ante el descubrimiento que había hecho en casa de mi acompañante- que él creía sin la menor reserva en lo que decía. Hablaba de muchos mundos, como si le fuesen familiares todos ellos. En un momento dado habló casi con reverencia de ciertas formas de vida, particularmente de aquellas que tenían una asombrosa capacidad de adaptación para tomar las formas de vida de otros planetas en su incesante búsqueda de las condiciones necesarias para su existencia.
-La estrella que vi -le interrumpí- estaba muriéndose.
-Sí -dijo simplemente.
-¿La ha visto usted?
-La he visto, señor Phillips.
Le escuché con alivio. Ya que era imposible que ningún hombre pudiese ver la vida propia del espacio exterior, lo que yo había experimentado no era más que la transmisión de una alucinación del señor Allan y sus hermanos. Comunicación telepática, ciertamente, ayudada con una especie de hipnosis que no había experimentado antes. Aun así no podía deshacerme de la inquietante sensación de peligro que rodeaba a mi acompañante nocturno, ni del malestar que se había apoderado de mí, pues aquella explicación que me había apresurado a aceptar resultaba sumamente ingenua. En cuanto pude, presenté mis excusas al señor Allan y me marché. Me fui de prisa y directamente al Ateneo con la esperanza de encontrar a Rose Dexter, pero ya se había marchado, si es que estuvo allí. Fui al teléfono público del edificio y la llamé a su casa. Contestó Rose, y confieso que sentí al instante una sensación de alivio.
-¿Has visto al señor Allan esta noche? -le pregunté.
-Sí -replicó-. Pero sólo unos instantes. Iba camino de la biblioteca.
-Yo también le he visto.
-Me pidió que fuese a su casa alguna noche para ver un experimento -continuó.
-No vayas -le dije en seguida.
Hubo un largo silencio al otro lado del teléfono.
-¿Por qué no?
Desafortunadamente no me di cuenta del acento de crueldad que había en su voz.
-Sería preferible que no fueras -dije con toda la firmeza que pude.
-¿No cree, señor Phillips, que soy yo quien debe decidirlo?
Me apresuré a asegurarle que yo no era quién para juzgar sus acciones; sólo le sugería que podría ser peligroso ir.
-¿Por qué?
-No puedo decírtelo por teléfono -contesté, plenamente convencido de que sonaba a tonto, y de que a la vez era cierto que no podría poner en palabras todas las terribles sospechas que habían empezado a aparecer en mi mente, pues eran tan fantásticas, tan extrañas, que nadie se las creería.
-Lo pensaré -dijo quebradamente.
-Intentaré explicártelo cuando te vea -le prometí.
Me dio las buenas noches y colgó con una intransigencia que no presagiaba nada bueno y que me dejó profundamente preocupado.
V.
Llego ahora al final de los apocalípticos acontecimientos concernientes al señor Allan y al misterio que rodeaba la casa en el olvidado callejón. Dudo en ponerlos aquí, incluso ahora, pues sé de sobra que el cargo que ya pesa contra mí se agravaría y daría lugar a serias dudas con respecto a mi salud mental. Pero no me queda otro remedio. De hecho, el futuro entero de la humanidad, el curso de todo lo que llamamos civilización, puede verse afectado por lo que pueda o no pueda escribir acerca de esta cuestión. Los acontecimientos culminantes se desarrollaron con rapidez tras la conversación mantenida con Rose Dexter, ese insatisfactorio intercambio telefónico. Tras un día de trabajo inquietante y lleno de desasosiego, llegué a la conclusión de que tenía que dar una explicación justificativa a Rose. A la noche siguiente, fui temprano a la biblioteca, donde solía encontrarme con ella, y me coloqué en un lugar desde el que podía ver la entrada principal. Allí esperé durante más de una hora hasta que se me ocurrió que a lo mejor no iba a la biblioteca aquella noche. Otra vez recurrí al teléfono, con intención de preguntarle si podía acercarme a verla para explicarle lo de la noche anterior. Fue su cuñada, y no Rose, quien contestó al teléfono. Rose había salido
-Un caballero la llamó.
-¿Le conoce usted? -pregunté.
-No, señor Phillips.
-¿Oyó su nombre?
No lo había oído. De hecho sólo le había visto parcialmente cuando Rose salió presurosa a encontrarse con él, pero ante mi insistencia admitió que el caballero que había llamado a Rose tenía bigote. ¡El señor Allan! No necesitaba averiguar más. Colgué y durante unos momentos no supe qué hacer. Quizá Rose y el señor Allan se dedicaban solamente a pasear a lo largo de la calle Benefit. Pero tal vez habían ido a esa casa misteriosa. Sólo pensar en ello me llenó de una aprensión tal que me hizo perder la cabeza. Salí de la biblioteca y me dirigí a casa. Eran las diez cuando llegué a la casa de la calle Angell. Afortunadamente mi madre se había acostado, de modo que pude coger la pistola de mi padre sin molestarla. Una vez cargada, caminé apresuradamente a través de una Providence invadida por la noche, manzana tras manzana, hacia la orilla del Seekonk y el callejón en que estaba la extraña casa del señor Allan, sin percatarme del espectáculo que, para otros paseantes nocturnos, representaba la prisa incontrolada con la que caminaba. De todos modos, no me importaba, pues quizá la vida de Rose estaba en peligro, y más allá de eso, poco definido, rondaba un mal más espantoso aún y mayor. Cuando llegué a la casa en que había desaparecido el señor Allan, me sorprendieron su soledad y sus ventanas oscuras. Aturdido, dudaba en continuar, y esperé durante un minuto o dos para tomar aire y tranquilizar mi pulso. Entonces, siempre en las sombras, me moví silenciosamente hacia la casa, vigilando el menor rayo de luz.
Di la vuelta a la casa desde la puerta delantera a la trasera. No se veía el más mínimo rayo de luz. Pero sí podía oírse un tararear bajo, un sonido vibrante, como el silbido de un cable respondiendo al viento. Crucé hacia un extremo de la casa, y ahí vi indicios de luz, no luz amarilla, como de una lámpara en el interior, sino una pálida radiación color lavanda que parecía emanar tenuemente de la propia pared. Me retiré, recordando vívidamente lo que había visto en la casa. Pero mi papel no podía ser pasivo. Tenía que saber si Rose estaba en la casa oscura, quizá en aquella misma habitación de la maquinaria desconocida y el envase de cristal con el monstruo dentro de la radiación violeta. Di la vuelta hacia la parte delantera de la casa, y subí los escalones que conducían a la puerta de entrada. De nuevo la puerta estaba abierta. Cedió a la presión de mis dedos. Me paré únicamente para coger la pesada arma en mis manos, empujé la puerta y entré en el vestíbulo. Me detuve un instante para acostumbrar mis ojos a la oscuridad; ahí de pie, percibía mejor el sonido tarareante que había oído, y algo más: el mismo tipo de cántico que me había dejado en estado hipnótico cuando fui testigo de la turbadora visión que supuestamente era la vida en otro mundo.
Me di cuenta de su significado inmediatamente. Pensé que Rose estaría con el señor Allan y sus hermanos, pasando por una experiencia similar. ¡Ojalá no hubiese sido más que eso! Pues cuando entré en la gran habitación de la parte trasera de la casa, vi algo que para siempre se quedará grabado en mi mente. Alumbrada la habitación por la radiación del envase de cristal, podía ver al señor Allan y sus hermanos postrados en el suelo alrededor de los dos envases, entregados a su cántico. Detrás de ellos, junto a la pared, yacía -en su tamaño natural- la reproducción de Poe que yo había visto bajo la extraña criatura en el envase de cristal bañado por la radiación violeta. Pero no era el señor Allan y sus hermanos lo que me produjo el profundo shock y me repelió. ¡Fue lo que vi en los envases de cristal! En el que daba resplandor a la habitación con su pulsante y agitada radiación violeta, estaba Rose Dexter, completamente vestida, y ciertamente bajo hipnosis. Y encima de ella estaba, alargado y con sus tentáculos azotando furiosamente, la figura de cono rugoso que la última vez había visto encogerse sobre la silueta de Poe. Y en el envase que se conectaba -casi me espanta anotarlo aquí-, yacía, idéntica en todos los detalles, ¡un duplicado perfecto de Rose Dexter!
Lo que ocurrió a continuación estaba confuso en mi mente. Sé que perdí el control, que disparé a ciegas contra los envases de cristal, intentando romperlos. Sé que le di a uno o a ambos, pues el impacto de la radiación se desvaneció, la habitación quedó sumida en la oscuridad, gritos de miedo y de alarma por parte del señor Allan y sus hermanos, y entre la sucesión de explosiones de la maquinaria, corrí hacia adelante y cogí a Rose Dexter. No sé cómo, alcancé la calle con Rose. Miré hacia atrás y vi que las llamas aparecían en las ventanas de la maldita casa, y entonces, inesperadamente, la pared norte se derrumbó, y algo -un objeto que no pude identificar- salió de la casa en llamas y se esfumó en el cielo. Salí corriendo, con Rose en mis brazos. Una vez que recuperó el sentido, Rose se puso histérica, pero al fin logré calmarla y se quedó callada, sin querer decir nada. En silencio la llevé a casa. Sabía lo terrible que tenía que haber sido su experiencia, y estaba dispuesto a no decir nada hasta que se hubiese recuperado totalmente. En el curso de la semana siguiente, pude darme cuenta con toda claridad de lo que había ocurrido en la casa del callejón, pero el delito de incendio -del que me culpaban, en lugar de otro mucho más serio, por la pistola que había abandonado en la casa ardiendo- había cegado a la policía y rechazaban cualquier interpretación de los hechos que tuvieran algo que ver con cuestiones extraterrestres. He insistido en que viesen a Rose Dexter cuando estuviese recuperada y pudiese hablar, y desease hacerlo. No puedo hacerles entender lo que yo ahora comprendo perfectamente. Pero los hechos están ahí, indiscutibles. Dicen que la carne achicharrada encontrada en la casa no es humana, al menos la mayor parte de ella no lo es. ¿Podían esperar otra cosa? ¿Siete hombres parecidos a Edgar Allan Poe? ¡Tienen que comprender que lo que había dentro de la casa procedía de otro mundo, de un mundo agonizante, que pretendía invadir y tomar posesión de la Tierra reproduciéndose con forma humana! Tienen que saber que el primer modelo humano elegido por esos seres para reencarnarse había sido, por casualidad, Poe, escogido porque ignoraban que no representaba el tipo medio de hombre. Y han de saber, como yo llegué a saber, que el cono rugoso provisto de tentáculos, en la radiación violeta, era el origen de su forma material, y que la maquinaria y los tubos -que decían habían quedado demasiado estropeados por el incendio para poder identificarlos, ¡como si hubiesen podido identificar su función aun sin estar destrozados!-creaba, a partir del material suministrado por el cono en la luz violeta, material que simulaba carne, unas criaturas con forma humana y parecidas a Poe.
El propio «señor Allan» me proporcionó la clave, aunque no lo supe entonces, cuando le pregunté por qué la humanidad era objeto de escrutinio interplanetario: «¿Para hacer la guerra? ¿Para invadimos?»; y respondió: «Una forma de vida tan desarrollada no tendría necesidad de utilizar métodos tan primitivos». ¿Podía algo servir de explicación mejor que esto para la extraña ocupación de la casa a orillas del Seekonk? Desde luego, era evidente ahora que lo que el «señor Allan» y sus hermanos me ofrecieron en mi propia casa era una visión del planeta de los cubos y los conos rugosos, su planeta. Y seguramente lo más abominable de todo, evidente para cualquier observador imparcial, era la razón por la cual querían a Rose. Pretendían reproducir a su especie en la forma de hombres y mujeres, para poder mezclarse con nosotros, sin ser detectados, sin sospechar de ellos, y lentamente, a lo largo de décadas, quizá de siglos, mientras su mundo moría, tomar y preparar la Tierra para aquellos que viniesen después.
¡Sólo Dios sabe cuántos de ellos puede haber aquí, entre nosotros, incluso ahora! Más tarde. No he podido ver a Rose todavía, esta noche, y no sé si llamarla. Me ocurre algo terrible. Me siento preso de horribles dudas. No lo pensé durante esa terrible experiencia, después de los disparos en la habitación iluminada de violeta, y es ahora cuando he empezado a preguntármelo, y mi preocupación ha ido creciendo hora tras hora, hasta convertirse en insoportable. ¿Cómo puedo estar seguro de que en esos minutos de locura rescaté a la verdadera Rose Dexter? Si lo hice, sin duda, ella me lo confirmará esta noche. Si no lo hice ¡Dios sabe lo que he soltado, sin quererlo, sobre Providence y el mundo!
Extracto de The Providence Journal, 17 de julio:
UNA MUCHACHA DE LA VECINDAD MATA A SU AGRESOR
Rose Dexter, hija del señor Elisha Dexter y señora, del 127 de la calle de Benevolent, repelió y dio muerte ayer noche a un joven al que acusó de haberla agredido. La señorita Dexter fue encontrada en un estado de histeria mientras corría por la calle Benefit, en las cercanías de la Catedral de San Juan, cerca del cementerio donde tuvo lugar el suceso.
Su agresor fue identificado como un viejo amigo, Arthur Phillips..."
H.P. Lovecraft/August Derleth
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