El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

lunes, 18 de enero de 2010

"Incidente en el Puente de Owl Creek"

I.
"Desde un puente ferroviario de Alabama del Norte, un hombre miraba las aguas que se deslizaban veloces veinte pies más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, ceñidas las muñecas por una cuerda. Una soga atada a una viga, sobre su cabeza, le rodeaba flojamente el cuello; el seno de la soga pendía al nivel del sus rodillas. Algunos tablones sueltos, colocados sobre los durmientes que sustentaban las vías férreas, sosteníanle a él y a sus verdugos: dos soldados rasos del ejército federal, dirigidos por un sargento que, en tiempos de paz, podría haber sido ayudante de sheriff. A corta distancia, y sobre la misma improvisada plataforma, había un oficial armado, con el uniforme correspondiente a su graduación: capitán. En cada extremo del puente, un centinela en posición de presentar armas, es decir, con el fusil vertical frente al hombro izquierdo, el percutor apoyado en el antebrazo, y éste horizontal y rígido a través del pecho; posición solemne y antinatural, que obliga a mantener el cuerpo erguido. En apariencia, estos dos hombres no debían darse por enterados de lo que ocurría en el centro del puente; se limitaban a bloquear los dos extremos de la tablazón que lo atravesaba. Detrás de uno de los centinelas no se divisaba a nadie: las vías férreas penetraban rectamente en un bosque, en un trecho de cien yardas, y después se curvaban y desaparecían.

Más lejos, seguramente, habría un puesto de avanzada. La opuesta margen del río era terreno despejado, una suave cuesta coronada por una barrera de troncos verticales, aspillerada para los fusiles, con una sola tronera por donde asomaba la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. En mitad de la cuesta, entre el puente y el fuerte, estaban los espectadores: una compañía de infantería de línea, en posición de descanso, las culatas de los fusiles apoyadas en el suelo, los cañones ligeramente inclinados hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas sobre la caja. A la derecha de la formación había un teniente; la punta de su espada rayaba el suelo; su mano izquierda descansaba sobre la derecha. Salvo el grupo de cuatro hombres que ocupaban el centro del puente, nadie se movía. Los soldados miraban con fijeza el puente, pétreos e inmóviles. Los centinelas, apostados en las márgenes del río, parecían estatuas. El capitán., de brazos cruzados, silencioso, observaba la labor de sus subordinados, pero sin hacer un gesto. La muerte es un personaje que, cuando viene precedido de anuncio, deben recibir con formales manifestaciones de respeto aun aquellos que más familiarizados están con ella. En el código de la etiqueta militar, el silencio y la inmovilidad son otras tantas formas de respeto. El hombre cuya ocupación, en aquel instante, era hacerse ahorcar, aparentaba unos treinta y cinco años. Vestía de paisano, de hacendado, para ser más exactos.

Sus rasgos eran regulares: nariz recta, boca firme, frente amplia, larga cabellera oscura peinada hacia atrás, que detrás de las orejas caía sobre el cuello de la chaqueta bien ceñida al cuerpo. Tenía bigote y barba en punta, pero no patillas; sus ojos eran grandes, de color gris oscuro, y abrigaban una expresión bondadosa, sorprendente en quien, como él, tenía la garganta ceñida por la soga. No era, evidentemente, un asesino vulgar. Pero el código militar, muy liberal en estas cosas, prevé la posibilidad de ahorcar a toda clase de gentes, sin excluir a los caballeros. Acabados los preparativos, los dos soldados se apartaron llevándose los tablones que les habían servido de sostén. El sargento volvióse hacia el capitán, saludó y se colocó tras él; el oficial, a su vez, dio un paso a un costado. Estos movimientos dejaron al reo y al sargento parados en los extremos del mismo tablón, que atravesaba tres durmientes. El extremo que sostenía al condenado tocaba casi un cuarto durmiente; el peso del capitán había mantenido firme el tablón; ahora lo afianzaba el del sargento. A una señal de aquél, el sargento daría un paso a un costado, se volcaría la tabla y el reo caería entre dos durmientes. El condenado debió reconocer que el procedimiento era simple y eficaz. No le habían cubierto la cara ni vendado los ojos. Contempló un instante su "inseguro apoyo"; después dejó que su mirada vagase sobre el agua del río que corría debajo. Llamóle la atención un pedazo de madera flotante que danzaba en el agua, y sus ojos lo observaron descender la corriente. ¡Con cuánta lentitud se movía! ¡Qué arroyo perezoso!

Cerró los ojos, para fijar sus últimos pensamientos en su esposa y sus hijos. El agua dorada por el sol matinal, las melancólicas nubecillas de vapor allá lejos, junto a las márgenes del río; el fuerte, los soldados, el leño flotante, todas esas cosas lo habían distraído. Y ahora tuvo conciencia de una nueva perturbación, que desintegraba el recuerdo de sus seres amados. Era un sonido que no podía. ignorar ni comprender, una percusión aguda, neta, metálica, como el golpe del martillo sobre el yunque del herrero; una sucesión de notas tintineantes. Se preguntó, qué era, y si estaba lejos o cerca, pues tanto parecía lo uno como lo otro. Su ritmo era regular, pero lento como el de las campanas que tocan a difunto. Aguardaba cada toque con impaciencia y, sin saber por qué, con aprensión. Los intervalos de silencio se alargaron progresivamente; las demoras se tornaron obsesivas. A medida que se volvían más infrecuentes, los sonidos aumentaban en fuerza y agudeza. Heríanle el oído como puñaladas; sintió miedo de gritar. Lo que oía era el tictac de su reloj.

Abrió los ojos y nuevamente vio el agua a sus pies. "Si pudiera desatarme las manos —pensó—, acaso tendría tiempo para desceñirme la soga y zambullirme en el río. Buceando, podría escapar a las balas, y nadando vigorosamente alcanzar la orilla, ganar el bosque y llegar a mi casa. Las líneas del enemigo, gracias a Dios, no han rebasado mi casa; los invasores no han llegado aún a mi esposa y mis hijos." Mientras el cerebro del condenado, más que elaborar estos pensamientos que hemos intentado traducir en palabras, los recibía como fugaces destellos, el capitán hizo al sargento la señal convenida. El sargento dio un paso a un costado.

II.
Peyton Farquhar era un hacendado rico, perteneciente a una antigua y respetada familia de Alabama. Siendo amo de esclavos y político, como todos los demás esclavistas, era también naturalmente secesionista de a lma y ardoroso partidario de la causa sudista. Motivos de fuerza mayor, que no es menester relatar aquí, le impidieron sentar plaza en el valeroso ejército que luchó en las desastrosas campañas cuya culminación fue la caída de Corinth. La inactividad, sin embargo, acabó por enardecerlo como una afrenta. Deseaba una válvula de escape para sus energías, anhelaba la vida noble del soldado y la oportunidad de distinguirse. Y estaba seguro de que tarde o temprano se le presentaría la oportunidad, como se presenta a todos en tiempo de guerra. Entretanto, hacía lo que podía. Ningún servicio le habría parecido demasiado humilde, siempre que contribuyera a la causa del Sur; ninguna aventura demasiado peligrosa, siempre que estuviera acorde con el carácter de un paisano que, en el fondo de su corazón, era militar, y que de buena fe y sin mayor discriminación e staba de acuerdo, al menos en parte, con el aforismo que dice — con evidente infamia— que en la guerra y en el amor sólo importan los medios. Una tarde, mientras Farquhar y su esposa estaban sentados en un banco rústico, cerca de la entrada del parque, un jinete con uniforme gris llegó al portón y pidió un vaso de agua. La señora Farquhar tuvo a honra el servirle con sus propias manos.

Mientras iba en busca del agua, su esposo se acercó al . polvoriento jinete y le preguntó con ansiedad que noticias traía del frente. —Los yanquis están arreglando las vías férreas — respondió el hombre—, y se preparan para otro avance. Han llegado al puente de Owl Creek. Lo repararon y alzaron una empalizada en la otra margen:
—El comandante publicó un bando y lo hizo clavar en todas partes. Dice que cualquier civil a quien se sorprenda dañando las vías férreas, puentes, túneles o trenes será ahorcado sumariamente. Yo mismo vi el bando. —¿Qué distancia hay de aquí al puente de Owl Creek?
—Unas treinta millas. —Y de este lado del arroyo, ¿no hay fuerzas enemigas?
—Sólo un puesto avanzado, a media milla de distancia, sobre el ferrocarril, y un centinela en la cabeza del puente.
—Y si un hombre, un civil, un perito en ahorcaduras —dijo Farquhar sonriendo—, eludiera el puesto de avanzada y dominara al centinela, ¿qué podría hacer?El soldado reflexionó.
—Estuve allí hace un mes —repuso—. Observé que la inundación del invierno último había acumulado una gran cantidad de leños flotantes contra la primera pila del puente. Ahora la madera está seca y arderá como estopa. La mujer trajo el agua, que el soldado bebió. Le agradeció ceremoniosamente, hizo una reverencia a su esposo y se marchó. Una hora después, ya entrada la noche, volvió a pasar por la plantación, rumbo al norte, de donde había venido. Era un espía federal.

III.
Al caer en línea recta entre las traviesas del puente, Peyton Farquhar perdió el sentido, y fue como si perdiera la vida. De ese estado vino a sacarle —siglos después, o tal al menos le pareció el dolor de una fuerte presión en la garganta, seguido por una sensación de sofoco. Agudos, lacerantes alfilerazos irradiaban de su garganta y estremecían hasta la última fibra de su cuerpo y de sus extremidades.

Esas lumbraradas de dolor parecían propagarse a lo largo de ramificaciones perfectamente definidas, y pulsar con periodicidad inconcebiblemente veloz. Eran como, pequeños torrentes de fuego palpitante que calentaban su cuerpo a una temperatura insoportable. En cuanto a su cabeza, sólo experimentaba una sensación de congestión, como si fuera a estallarle. Estas impresiones estaban desligadas del pensamiento. La parte intelectual de su ser ya se había desvanecido; sólo podía sentir, y sentir era el tormento. Tenía conciencia de que se estaba moviendo. Rodeado por una nube luminosa, de la que era apenas el corazón incandescente, ya sin sustancia material, se balanceaba en inconcebibles arcos de oscilación, como un vasto péndulo. De pronto, con terrible subitaneidad, la luz que lo rodeaba saltó disparada hacia arriba, y sintió el chapoteo de una zambullida.

Un estruendo brutal palpitaba en sus oídos, y todo estaba frío y oscuro. Recuperó la facultad de pensar: comprendió que la soga se había cortado; había caído al arroyo. La sensación de asfixia no aumentó: el nudo que le apretaba el cuello lo sofocaba ya e impedía que el agua llegara a sus pulmones. ¡Morir estrangulado en el fondo de un río! La idea le pareció absurda. Abrió los ojos en la negrura, y vio sobre su cabeza un fulgor, pero ¡cuán distante, cuán inaccesible! Seguía hundiéndose, porque la luz se tornaba más débil, cada vez más débil, hasta convertirse en mera vislumbre. Después comenzó a crecer y abrillantarse, y adivinó que ascendía a la superficie... Lo comprendió con disgusto, pues había empezado a experimentar una sensación de bienestar.

"Ahorcado y ahogado —pensó—, vaya y pase; pero no quiero que me baleen. No, no quiero que me baleen; no es justo." No tuvo conciencia del esfuerzo, pero un agudo dolor en las muñecas le advirtió que estaba tratando de soltar sus manos. Prestó cierta atención indiferente al forcejeo, como un curioso que observa las proezas de un juglar, sin interesarse mucho por el resultado. ¡Qué espléndido esfuerzo! ¡Qué vigor magnífico y sobrehumano! ¡Ah, valerosa empresa! ¡Bravo! La cuerda estaba rota; sus brazos se abrieron y flotaron hacia arriba; las manos tornáronse vagamente visibles a la luz que aumentaba. Con renovado interés las observó precipitarse —primero una, después la otra— sobre el nudo que le ceñía el cuello. Lo arrancaron y lo echaron ferozmente a un costado, y las ondulaciones de la soga le hicieron pensar en una culebra de agua. —¡Átenla otra vez! ¡Átenla otra vez!

Creyó gritar estas palabras a sus manos. Porque a la ausencia del nudo habían sucedido las más espantosas ansias experimentadas hasta ese momento. El cuello le dolía terriblemente; el cerebro lo sentía como incendiado; el corazón, que hasta entonces había aleteado débilmente, le pareció que daba un gran salto y buscaba salírsele por la boca. Sentía todo el cuerpo atormentado y dilacerado por insoportables ramalazos. Pero sus manos rebeldes no obedecían la orden. Golpeaban vigorosamente el agua, con rápidas brazadas verticales, obligándole a salir a la superficie. Sintió emerger su cabeza; el pecho se le expandió convulsivamente, y con un supremo estremecimiento de dolor sus pulmones aspiraron una gran bocanada de aire, que expelió instantáneamente con un aullido. Estaba ahora en plena posesión de sus sentidos. Más aún, los sentía sobrenaturalmente aguzados y vigilantes. Algo, dentro de la terrible perturbación de su sistema orgánico, se los había exaltado y refinado a tal punto que registraban cosas jamás percibidas anteriormente. Sentía los rizos del agua, escuchaba separadamente el ruido que hacía cada uno de ellos al chocar contra su cara. Miró el bosque en la margen del arroyo, vio los árboles, las hojas, las nervaduras (le cada hoja... vio los árboles, las hojas, las nervaduras (le cada hoja... vio los insectos que se movían en las hojas, las cigarras, las mariposas multicolores, las arañas grises que tendían sus telas entre una rama y otra. Percibió los colores prismáticos de las gotas de rocío en millones de briznas de hierba.

El zumbido de los mosquitos que danzaban sobre los remansos de la corriente, el chasquido de alas de las libélulas, los golpes de las patas de las esquilas, como remos impulsando un bote... Oía con perfecta claridad todos esos sonidos. Bajo sus ojos se deslizó un pez, y oyó el ruido que hacía su cuerpo hendiendo el agua. Había salido a la superficie, de espaldas al puente. Un segundo más tarde el mundo visible pareció girar, pausado, tomándolo a él como centro, y entonces vio el puente, el fuerte, los soldados sobre el puente, el capitán, el sargento, los dos soldados rasos, sus verdugos. Estaban recortados en silueta contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, señalándolo; el capitán había desenfundado su pistola, pero no hizo fuego; los otros estaban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles, gigantesca su estampa.

Súbitamente oyó una detonación y algo chasqueó en el agua a pocos centímetros de su cabeza, salpicándole la cara. Luego, un segundo estampido, y vio a uno de los centinelas, fusil al hombro; una nubecita de humo brotaba del caño. El fugitivo vio el ojo de aquel hombre clavado en los suyos, detrás de la mira del fusil. Era un ojo gris, y recordó haber leído alguna vez que los ojos grises eran los más certeros, y que todos los tiradores famosos tenían ojos grises. Éste, sin embargo, había errado. Un remolino atrapó a Farquhar y lo hizo dar media vuelta; quedó mirando nuevamente el bosque de la orilla opuesta al fuerte. Una voz clara y penetrante, que entonaba una cantilena monótona, vibraba ahora a sus espaldas y se deslizaba sobre el agua con una nitidez que perforaba y mitigaba todos los otros ruidos, inclusive el palpitar de las ondas contra su rostro. Aunque no era soldado, había frecuentado los campamentos lo bastante para comprender la significación terrible de ese canturreo deliberado, arrastrado y lento. El teniente, en la orilla, había resuelto intervenir en los acontecimientos matinales. Cuán frías e inmisericordes, con qué entonación inexpresiva y tranquila, presagiando y afianzando la serenidad de los tiradores, cuán exactamente espaciadas cayeron aquellas crueles palabras: —Atención, compañía... Preparen armas... Listos... Apunten... Fuego. Farquhar buceó, se hundió todo lo que pudo. El agua aullaba en sus oídos con la voz del Niágara, y aun así, escuchó el trueno opaco de la salva, y al ascender a la superficie halló en su camino relucientes fragmentos metálicos, singularmente achatados, que bajaban oscilando lentamente. Algunos lo tocaron en la cara y en las manos; después se desprendieron y siguieron su descenso. Uno se alojó entre el cuello de su camisa y la nuca; estaba desagradablemente tibio, y Farquhar lo arrancó de un tirón. Al salir jadeando a la superficie, comprendió que había estado mucho tiempo bajo el agua. La corriente lo había arrastrado en forma perceptible. Estaba cada vez más cerca de la salvación. Los soldados acababan de cargar nuevamente sus armas; las baquetas metálicas llamearon simultáneamente a la luz del sol, al salir de las bocas de los fusiles; describieron un círculo en el aire y desaparecieron en las fundas. Los dos centinelas hicieron fuego nuevamente, por separado, mas sin puntería.

El perseguido vio todo esto por sobre el hombro; ahora nadaba vigorosamente a favor de la corriente. Su cerebro funcionaba con tanta energía como sus brazos y sus piernas. Sus pensamientos tenían la velocidad del relámpago. "El oficial —razonó— no repetirá ese error, típico del militar riguroso. Es tan fácil esquivar una andanada como un solo tiro. Probablemente ha ordenado ya fuego a discreción. ¡Válgame Dios, no puedo eludir todas las balas!" A dos pasos (le distancia hubo un tremendo chapoteo, y luego un sonido penetrante y móvil, que pareció propagarse de regreso al fuerte, y culminó en una explosión que conmovió el río hasta sus profundidades. Una columna de agua descendió sobre él, cegándolo, estrangulándolo. El cañón participaba en el juego. Al asomar la cabeza en el hervor del agua convulsionada, oyó el silbido del rebote, y casi al mismo tiempo la bala tronchaba estruendosamente los arbustos del bosque cercano. "No volverán a equivocarse —pensó—. La próxima vez usarán metralla. No debo perder de vista ese cañón. El humo me servirá de advertencia; la detonación llega demasiado tarde, demora más que el proyectil. Es un buen cañón." Súbitamente sintió que giraba y giraba como un trompo. El agua, las márgenes, el puente ahora distante, el fuerte y los hombres, todo estaba mezcla(lo y confuso. De los objetos, sólo percibía el color: bandas horizontales y circulares de color. Giraba en el centro de un torbellino, y la velocidad de rotación y de avance lo enfermaba y aturdía. Pocos segundos más tarde fue lanzado sobre la grava, al pie de la margen izquierda del río (la margen meridional) , detrás de una saliente que lo ocultaba a sus enemigos. Lo volvieron a la realidad la súbita interrupción del movimiento y el escozor de una de sus manos lacerada por la arenilla. Lloró (le alegría. Hundió los dedos en la arena, la derramó a puñados sobre su cabeza y la bendijo en alta voz. Era como el oro, como una lluvia de diamantes, rubíes, esmeraldas. Nada había más hermoso. Los árboles de la ribera parecían gigantescas plantas de jardín; notó en ellos un orden definido. Aspiró la fragancia de sus flores.

Entre los troncos brillaba una extraña luz rosada, y el viento arrancaba de sus ramas la música de las arpas eólicas. Peyton Farquhar no sintió deseos de perfeccionar su huida; se contentaba con permanecer en ese lugar encantado hasta que volvieran a capturarlo. Un zumbido, y luego un repiqueteo de metralla que conmovió las altas ramas de los árboles, lo arrancaron de su ensoñación. El frustrado artillero había disparado al azar un cañonazo de despedida. Peyton Farquhar se incorporó de un salto, corrió por el declive de la ribera y se internó en el bosque. Anduvo todo el día, orientándose por el sol. El bosque parecía interminable; no se veía un claro, ni siquiera una picada de leñadores. Nunca había creído vivir en una comarca tan salvaje; la revelación tenía algo de pavoroso. Al caer la noche estaba postrado por la fatiga y el hambre, con los pies llagados. El recuerdo de su esposa y de sus hijos lo obligó a seguir. Por fin halló un camino, y comprendió que iba en la dirección propicia. Era ancho y recto como una calle de ciudad; sin embargo, parecía intransitado. Ni campos cultivados lo bordeaban, ni habitación alguna, ni el ladrido (le un perro sugería la presencia humana.

Los troncos negros de los grandes árboles formaban paredes verticales a ambos lados, convergiendo en un punto del horizonte, como un diagrama en una lección de perspectiva. Alzó la vista y vio fulgir grandes estrellas de oro, que le parecieron desconocidas y formaban extrañas constelaciones. Abrigó la certeza de que estaban agrupadas en un orden provisto de secreto y maligno significado. Poblaban el bosque a ambos lados extraños rumores: oyó, repetidamente, murmullos en un idioma desconocido. Le dolía el cuello. Al tocarlo con la mano lo notó horriblemente hinchado. Adivinó un círculo negro donde lo había ceñido la cuerda. Sentía los ojos congestionados; ya no podía cerrarlos. La sed le hinchaba la lengua: la sed y la fiebre; para mitigarla, sacó la lengua al aire fresco, entre los dientes. El césped de la intransitada alameda era como una alfombra blanda. Ya no sentía el camino bajo sus pies. Indudablemente, a pesar del sufrimiento, se ha quedado dormido mientras caminaba, porque ahora contempla otra escena... O quizá, simplemente, ha vuelto en sí después de un delirio. Se halla ante la reja de su propia casa. Todo está como lo dejó, todo brilla espléndido bajo el sol matinal. Seguramente ha caminado toda la noche.

Abre el portón, echa a andar por la amplia vereda blanca, ve un revuelo de faldas; su mujer, fresca, bella y dulce, baja (le la veranda a su encuentro. Al pie de la escalinata se queda esperando, con una sonrisa de inefable alegría, en una actitud de incomparable gracia y dignidad. ¡Cuán hermosa es! Él avanza con los brazos abiertos. Y cuando va a estrecharla, siente un golpe demoledor en la nuca; una enceguecedora luz blanca fulgura a su alrededor, oye un ruido semejante a un cañonazo... ¡Después todo es oscuridad y silencio! Peyton Farquhar estaba muerto. Su cadáver, con el cuello quebrado, se balanceaba suavemente entre los maderos del viejo puente de Owl Creek".

Ambrose Bierce

domingo, 17 de enero de 2010

"El Juego de los Grillos"

"-¿Y? –preguntaron los señores al entrar el profesor Goclenius más rápidamente de lo que era su costumbre y visiblemente alterado- ¿Le entregaron las cartas? ¿Ya está Johannes Skoper viajando de regreso a Europa? ¿Cómo se encuentra? ¿Llegó alguna colección con el correo? –inquirían todos a la vez.
–Solamente esto –dijo el profesor muy serio colocando sobre la mesa un paquete de hojas manuscritas y un frasquito en el que se podía vez un insecto muerto de color blancuzco y el tamaño de un ciervo volante–. El embajador chino me lo entregó personalmente con la aclaración de que llegó esta mañana, vía Dinamarca.

–Me temo que se ha enterado de alguna noticia desagradable sobre nuestro colega Skoper –le cuchicheó al oído un caballero de barba afeitada a un anciano profesor de ondulante melena leonina, director como él en el Museo de Ciencias Naturales, que se había quitado los lentes y observaba con profundo interés el insecto metido en el frasquito.

Era aquél un recinto muy particular, en el que los señores –seis en total, y todos ellos investigadores científicos de la vida de los lepidópteros y coleópteros– se hallaban sentados alrededor de una ancha y larga mesa. La mezcla de los olores de alcanfor y sándalo acentuaba ese clima extrañamente mortuorio que se desprendía de los diodones que pendían de cuerdas fijadas en el cielorraso y que, con sus ojos vidriosos y saltones parecían las cabezas truncadas de espectadores fantasmales, las máscaras diablescas de salvajes tribus insulares, los huevos de avestruz, las bocazas de tiburón y los dientes de narval, los monos derrengados y de otras mil formas y figuras grotescas provenientes de zonas muy lejanas.

De las paredes –colgados sobre los marrones armarios carcomidos que tenían algo de monacal bajo el sol del atardecer que jugueteaba con las plantas del jardín y las combadas rejas de la ventana pendían, amorosamente enmarcados en oro y semejantes a retratos de venerables antepasados, cuadros a todo color de escarabajos en proporciones gigantescas. Con una de sus manos extendida en un gesto cordial, una tímida sonrisa rodeándole los ojitos redondos y la nariz en forma de botón, con el alto sombrero de copa de uno de los señores disectores sobre su cabeza y el porte de un alcalde de aldea que se hace fotografiar por primera vez en la vida, un lirón se asomaba obsequiosamente desde un ángulo del aula, en el que también se balanceaban unos cuantos cueros de víbora.

La cola oculta entre las sombras más lejanas del corredor y las partes más nobles de su cuerpo a punto de recibir una nueva mano de esmalte –para dar cumplimiento de este modo al deseo expreso del señor Ministro de Enseñanza–, el orgullo de todo el Instituto, un cocodrilo de doce metros de largo, espiaba por la puerta entreabierta. El profesor Goclenius había tomado asiento, desatado la cinta que mantenía atadas las hojas manuscritas y pasado rápidamente la mirada sobre las primeras líneas acompañándose con un murmullo inteligible.

–Esto está fechado en Butan, en el sudeste del Tibet, el 19 de Julio de 1914, o sea cuatro semanas antes del estallido de la guerra; de lo que se infiere que esta carta tardó más de un año en llegar a nuestras manos –y agregó luego de una pequeña pausa–: Nuestro colega Johannes Skoper escribe aquí, entre otras cosas, lo siguiente: En otra oportunidad les relataré más detalladamente el rico botín que pude obtener durante mi largo viaje por tierras fronterizas chinas, pasando por Assam hasta llegar a Bután, país todavía inexplorado; hoy sólo quiero referirme lo más sucintamente posible a las circunstancias asombrosas a las que debo el descubrimiento de un grillo blanco como verán totalmente nuevo –el profesor Goclenius señalaba mientras leía estas últimas palabras al insecto que estaba en el frasco– y que los chamanes utilizan para fines religiosos bajo el nombre de Phat, una palabra que les sirve a la vez de insulto para todo lo que se parezca a un europeo o individuo de raza blanca.

Pues bien: cierta mañana me entero –por intermedio de unos peregrinos lamaístas que se dirigían a Lhasa– que cerca de mi campamento se encontraba un alto exponente de los Dugpas, algo así como sacerdotes del diablo temidos en todo el territorio del Tibet, reconocibles por sus gorros escarlatas, y que afirman ser descendientes directos del demonio de los hongos. Lo cierto es que estos Dugpas pertenecen a la antiquísima religión tibetana de los lamaístas y chamanes de la cual conocemos poco y nada, y son hijos de una raza extraña cuyos orígenes se remontan hasta la noche de los tiempos. Este Dugpa –me decían los peregrinos mientras hacían girar furtiva y supersticiosamente su molinillo de oraciones– es un Samtche Mitchebat, un ser que ya no debe ser designado como hombre, que puede ligar y desligar, alguien que, para decirlo en pocas palabras, gracias a su facultad de ver más allá del tiempo y del espacio, puede realizar todo lo que se proponga en esta tierra. Existen, así me dijeron, dos caminos para alcanzar esas alturas que sobrepasan todos los poderes humanos: uno, que es el de la luz –la compenetración con Buda– y otro opuesto: el camino de la mano izquierda, al que solamente tiene acceso un Dugpa de nacimiento... y que viene a ser un camino espiritual Heno de horror y de espanto. Estos Dugpas natos pueden aparecer –aunque muy raras veces– en cualquiera de los puntos cardinales y son casi siempre hijos de padres sumamente religiosos.

Parecería, opinaba el peregrino que me confesaba todas estas cosas, que la mano del señor de las sombras colocara en estos casos una rama emponzoñada en el árbol de la santidad. Resulta ser que existe un solo medio para saber si un niño se halla o no espiritualmente vinculado a la liga de los Dugpas, de ser así, el remolino de cabello que todos tenemos en la coronilla debe girar de izquierda a derecha en vez de hacerlo en dirección inversa.

Yo expresé inmediatamente –por pura curiosidad– mi deseo de conocer personalmente al Dugpa de alto rango que se hallaba por los alrededores, pero el jefe de mi caravana, que también es un tibetano oriental, se negó terminantemente.
–¡Son puras tonterías! –gritaba–, en todo el territorio de Bután no hay un sólo Dugpa; sin contar que ningún Dugpa, y mucho menos un Samtche Mitchebat, se avendría a mostrar sus artes a un ser de raza blanca!

La oposición demasiado enfática de este hombre despertó en mí sospechas cada vez mayores a medida que el se desgañitaba, y después de un larguísimo y astuto interrogatorio pude sonsacarle que él mismo practicaba la religión de los Bonzos y que estaba perfectamente enterado –por el tinte rojizo de los vapores que despedía la tierra, eso es lo que me quiso hacer creer– que había un Dugpa en las cercanías del campamento.

–Pero nunca consentiría en ofrecerte una muestra de sus artes –seguía repitiendo sin cesar.–¿Por qué no? –seguí preguntando.
–Porque no asumiría la... responsabilidad.
–¿Qué clase de responsabilidad? –quise saber.
–Sucede que las perturbaciones que con ello ocasionaría en el reino de las causas lo lanzarían nuevamente en la vorágine de las reencarnaciones, si es que no ocurre algo muchísimo peor.

Yo estaba interesado en saber más acerca de la misteriosa religión de los Dugpas, por lo que le pregunté:
–¿Tiene el hombre, según tu religión, un alma?
–Sí y no.
–¿Cómo es eso?Por toda respuesta el tibetano arrancó de la tierra una brizna de hierba y le hizo un nudo:
–¿Tiene esta brizna un nudo?
–Sí.
Desató el nudo.
–¿Y ahora?
–Ahora ya no lo tiene.–De ese mismo modo tiene el hombre un alma y no la tiene –afirmó con toda llaneza.

Traté de encarar la cosa de otro modo para llegar a tener una idea más clara acerca de su manera de pensar:
–De acuerdo, supongamos ahora que al cruzar aquel desfiladero tan terriblemente peligroso te hubieras caído al abismo, ¿tu alma habría seguido viviendo o no?
–¡Yo no me habría caído!
Haciendo una nueva tentativa le mostré mi revólver:
–Y si ahora te mato de un tiro, seguirías viviendo o no?
–Tú no me puedes matar.
–¡Claro que puedo!
–Bueno, entonces trata de hacerlo.

¡Ni loco! pensé para mis adentros, ese sí que sería un buen enredo... andar por este ilimitado terreno montañoso sin un jefe de caravana... Él pareció haber adivinado mis pensamientos y sonrió no sin cierto sarcasmo. Era desesperante. Me quedé callado por un buen rato.

–Lo que sucede, es que no puedes querer –dijo retomando la palabra–. Detrás de tu voluntad hay una infinita cantidad de deseos, algunos que conoces y otros que no conoces, y todos ellos son más fuertes que tú.
–¿Qué es entonces el alma según tu religión? –le pregunté enojado–; ¿tengo yo, por ejemplo, un alma?
–Sí.
–¿Y si me muero mi alma sigue viviendo?
–No.
–¿Pero la tuya, después de tu muerte, sí?
–Sí. Porque yo tengo un nombre.
–¡Yo también lo tengo!
–Sí, pero no conoces tu nombre verdadero, por lo tanto no lo tienes. Eso que consideras tu propio nombre no es más que una palabra hueca inventada por tus padres. Cuando duermes te lo olvidas, yo no me olvido de mi nombre cuando duermo.
–¡Pero cuando estés muerto tampoco podrás saberlo! –repliqué.
–No. Pero el maestro lo conoce y no lo olvidará jamás, y cuando él me llame por mi nombre verdadero, volveré a levantarme; solamente yo y ningún otro, porque yo soy el único que lleva mi nombre. Nadie más que yo lo tiene. Eso que tú dices que es tu nombre lo tienen muchos otros en común contigo... igual que los perros –terminó murmurando con desprecio. Y si bien entendí perfectamente sus últimas palabras, dejé que creyera que no había sido así.
–¿Y qué es lo que tú entiendes por maestro? –le pregunté con la mayor naturalidad.
–El Samtche Mitchebat.
–¿El que ahora es casi nuestro vecino?
–Sí, pero es sólo su reflejo el que se encuentra ahora cerca de este campamento; aquél que él es en realidad está en todas partes. Y puede no estar en parte alguna si quiere.
–¿Eso quiere decir que puede volverse invisible? –tuve que sonreír a pesar mío–,¿quieres insinuar acaso que a veces está dentro del mundo en que vivimos y a veces fuera de él; que a veces está y otras veces no?
–Un nombre también está sólo cuando se lo pronuncia, y cuando no se lo pronuncia no está más –fue la respuesta del tibetano.
–¿Y puedes tú, por ejemplo, convertirte también en un maestro?
–Sí.–De modo que entonces habría dos maestros, ¿no es así?

Yo me sentía triunfante, ya que, para decirlo abiertamente, la arrogancia del tipo me estaba fastidiando; ahora lo tenía bien agarrado en la trampa (mi próxima pregunta sería: ¿si uno de los maestros quiere que brille el sol y el otro quiere hacer que llueva, cuál de los dos gana?); tanto más perplejo me dejó lo que tuve que oír a continuación:

–Si yo llego a ser maestro alguna vez, seré el Samtche Mitchebat. ¿O acaso crees que puede haber dos cosas que sean totalmente semejantes entre sí sin que sean la misma cosa?
–Digas lo que digas, en tal caso serían dos y no uno; si yo me cruzara con vosotros, serían dos las personas que yo vería y no uno solo –le contradije.

El tibetano se agachó, eligió entre los cristales de calcita que estaban esparcidos por el suelo uno de especial transparencia y me dijo con sorna:

–Coloca esto delante de tu ojo y mira el árbol aquél; lo ves doble, ¿no es cierto? ¿Pero acaso se han convertido por eso en dos árboles en vez de uno?

En el momento no supe qué contestarle, tampoco me hubiera sido fácil expresarme en el idioma de los mongoles –que era el único que podíamos usar para nuestro mutuo entendimiento– con la soltura y lógica necesarias para abordar un tema tan intrincado como éste; por lo tanto tuve que dejarlo creer que la victoria era suya. Pero interiormente estaba asombrado a más no poder por la agilidad espiritual de ese ser semi-salvaje, con sus ojos oblicuos de calmuco y vestido con aquella sucia piel de cordero. Hay algo extraño en estos asiáticos de las montañas, por fuera parecen animales, pero a poco que uno les toque su almita, aparece el filósofo.Volví al punto de partida:

–¿Tú crees entonces que el Dugpa se negaría a mostrarme sus artes porque rechaza la responsabilidad?
–No, seguro que no lo haría.
–¿Pero si soy yo quien asume toda responsabilidad?
Por primera vez, desde que lo conocía el tibetano se desconcertó. Su rostro fue invadido por una inquietud tan grande, que no le fue posible disimularla. Una expresión de crueldad salvaje, para mí inexplicable, se alternaba con otra de hondo regocijo. En todos estos meses que anduvimos juntos hemos pasado semanas entera corriendo peligro de muerte, hemos cruzado abismos que llenarían de pánico a cualquiera, pasando sobre puentes de bambú de apenas un pie de ancho, y a mí más de una vez me pareció que se me paralizaba el corazón; hemos cruzado desiertos y casi nos hemos muerto de sed, y él nunca perdía, ni por un solo minuto, su equilibrio interior. ¿Y ahora? ¿Cuál podía ser la causa que le hacía ponerse tan fuera de sí? Con sólo mirarlo me bastó para saber que en su mente las ideas se agitaban en loco torbellino.

–Condúceme hasta el Dugpa, yo te recompensaré holgadamente –intenté de nuevo.
–Quiero pensarlo –me contestó por fin.

Todavía era de noche cuando entró en mi carpa para despertarme. Ya se había decidido, me dijo, y estaba dispuesto. Había ensillado dos de nuestros hirsutos caballos mongoles, cuya altura no es mucho mayor que la de un perro grande, y nos internamos en la obscuridad de la noche. Los hombres de mi caravana seguían profundamente dormidos alrededor de las casi extinguidas fogatas diseminadas por el terreno. Pasaron horas sin que cambiáramos una sola palabra; ese peculiar aroma del almizcle que las estepas tibetanas exhalan durante las noches de julio y el monótono rumor de las retamas al ser barridas por las patas de nuestros caballos, casi me llegan a embriagar de tal manera, que para poder mantenerme despierto, me vi obligado a no quitar mi vista de las estrellas, que aquí, en esta tierra salvaje, tienen algo de llameantes, como si se tratase de trozos de papel encendidos. De ellas se desprende un influjo excitante que le inquieta a uno el corazón.

Cuando las primeras luces del alba comenzaron a trepar por detrás de las cimas de las montañas, pude notar que los ojos del tibetano se mantenían totalmente abiertos, sin pestañear, con la mirada siempre fija en un solo punto del cielo. Observé que estaba como ausente. Le pregunté varias veces si conocía tan bien el lugar donde hallar al Dugpa como para no prestarle ninguna atención al camino, pero no recibí respuesta alguna.

–Él me atrae como la piedra magnética atrae el hierro –balbuceó por fin, como saliendo de un sueño muy profundo.

Ni al llegar el mediodía nos tomamos un descanso; siempre mudo, mi acompañante volvía a apresurar el paso de su caballo cada vez que éste se mostraba un poco más lento. Yo me vi obligado a comer mi ración de carne de cabra sentado en la montura. Poco antes del anochecer paramos –doblando al pie de un cerro totalmente desnudo– cerca de esas fantásticas carpas que a veces se pueden ver en Bután. Son negras, hexagonales abajo y puntiagudas arriba, de bordes combados, y se hallan paradas sobre una suerte de zancos, de modo que se parecen a enormes arañas que tocan el suelo con sus vientres.

Yo esperaba encontrarme con un sucio chamán de melena y barba desgreñadas, una de esas criaturas dementes o epilépticas –que son tan frecuentes entre los mongoles y tungusos– que se embriagan con infusiones logradas con la cocción de ciertos hongos y que luego creen estar viendo espíritus o se sienten impelidos a largar de sí profecías incomprensibles; en vez de ello veo parado ante mí –inmóvil– un hombre de unos buenos seis pies de estatura, sorprendentemente delgado, sin barba, con un brillo oliváceo en el rostro –un color como no lo había visto nunca en un ser humano vivo–, siendo la separación entre sus ojos oblicuos tan grande, que se me antojaba antinatural: un ejemplar de una raza humana para mí totalmente desconocida.

Sus labios –lisos como la porcelana, al igual que la piel de toda su cara– eran rojísimos, finos como el filo de un cuchillo y tan, pero tan curvados –especialmente en las comisuras muy alzadas, como congeladas en una sonrisa despiadada–, que parecían haber sido dibujados con pincel sobre su cara. Me fue imposible quitar la vista de ese hombre por largo tiempo... y al volverlo a recordar ahora casi diría que me estaba sintiendo como un niño al que se le corta la respiración de puro susto ante la súbita aparición de una máscara terrorífica que emerge de las sombras. Sobre su cabeza el Dugpa llevaba un gorro escarlata, en tanto que el resto de su cuerpo se hallaba cubierto hasta los tobillos por una costosa capa de cebellina totalmente teñida de anaranjado.

Tanto él como mi guía no se dirigieron la palabra ni una sola vez, pero yo sigo creyendo que se entendieron mediante gestos y señales secretas, puesto que, sin preguntarme para nada qué era lo que quería de él, el Dugpa dijo de pronto que estaba dispuesto a mostrarme todo lo que yo deseara, siempre y cuando me comprometiera expresamente a asumir toda responsabilidad... aún sin conocerla. Yo, por supuesto, me declaré inmediatamente de acuerdo. "Como prueba de ello yo debía tocar la tierra con mi mano izquierda. "Así lo hice. "Se nos adelantó entonces en silencio durante un corto trecho y nosotros lo seguimos hasta que nos ordenó que nos sentásemos.

Tomamos asiento junto al borde de una elevación de terreno que se asemejaba
curiosamente a una mesa. "¿Llevaba yo conmigo un lienzo blanco? Empecé buscando desesperadamente en todos mis bolsillos, pero nada, hasta que por fin hallé escondido en el fondo rasgado de mi chaqueta un viejo mapa plegadizo de Europa bastante borroso ya (que evidentemente había llevado conmigo sin saberlo durante todo mi viaje por el Asia), lo extendí entre nosotros y le expliqué al Dugpa que el dibujo representaba un mapa de mi patria. Intercambiaron una rápida mirada con mi guía, y nuevamente pude ver como en el rostro del tibetano aparecía esa expresión maligna, casi se podría decir de odio, que tanto me había llamado la atención la noche anterior.

¿Deseaba yo ver el juego mágico de los grillos? Asentí con la cabeza y supe al instante qué era lo que me iba a tocar presenciar: ese truco famoso que consiste en hacer aparecer diversos insectos bajo el influjo de un silbido o algo semejante. Tal cual, no me había equivocado, el Dugpa dejó oír un sonido chirriante, suave y metálico (cosa que estas gentes logran mediante el uso de una campanita plateada que llevan oculta entre sus ropas), e inmediatamente un montón de grillos fueron saliendo de sus recovecos dentro de la tierra para reunirse sobre el mapa. "Cada vez más y más. Infinidad de ellos.

Ya me estaba enojando de sólo pensar que por un ridículo truco circense –que ya había tenido oportunidad de presenciar varias veces en la China–, hubiese emprendido una cabalgata tan trabajosa, pero el espectáculo que de ahí en más se ofreció ante mi vista me compensó con creces el esfuerzo realizado: los grillos no sólo pertenecían a una especie totalmente desconocida para la ciencia –lo que los hacía interesantes de por sí–, sino que además se comportaban de una manera más que peculiar. Apenas hubieron tomado contacto con el dibujo del mapa, comenzaron a correr sin ton ni son en todas direcciones, para luego ir formando grupos que se examinaban mutuamente con desconfianza. Súbitamente cayó sobre el centro mismo del mapa una mancha de luz con los colores del arco iris (provenía, como constaté al momento, de un pequeño prisma de vidrio que el Dugpa había puesto contra el sol), y en pocos segundos los pacíficos grillos se convirtieron en un apelotonamiento de insectos que se destrozaban entre sí de la manera más abominable. El espectáculo era demasiado repulsivo como para pensar en describirlo. El chirriar de los miles y miles de alas daba un tono altísimo, casi melodioso, que me llegó hasta la médula de los huesos; si bien se asemejaba al canto de los grillos que todos conocemos, estaba compuesto de un odio tan infernal mezclado con una suerte de lamento tan atroz, que yo sé que no lo podré olvidar jamás.

Por debajo de esa masa de cuerpos se iba derramando un jugo espeso y verdoso. Le ordené al Dugpa que parara de inmediato esa bestialidad; pero él ya había guardado el prisma y se limitó a responderme con un encogimiento de hombros. En vano me esforzaba por separar a los grillos con un palo: sus locas ganas de matar ya no conocían límite. Cada vez aparecían más de ellos, venían en tropel para participar de este juego macabro hasta formar una montaña vibrante y pataleante tan alta casi como un hombre. A una legua a la redonda la tierra se hallaba cubierta por insectos enloquecidos que formaban una masa blancuzca que pugnaba por llegar al centro movida por un sólo pensamiento: matar, matar, matar. Algunos grillos que iban cayendo malheridos del montón y no podían volver a subir, se destrozaban a sí mismos con sus antenas. El chirrido era por momentos tan fuerte y tan espantosamente agudo, que me tuve que tapar los oídos con las manos, porque estaba seguro de no poder soportarlo más. Finalmente, gracias a Dios, los animales parecían ser cada vez menos, las filas que salían de debajo de la tierra se hacían cada vez más ralas hasta que cesaron por completo.

–¿Y ahora qué se propone? –pregunté al tibetano cuando vi que el Dugpa no demostraba ninguna intención de dar por terminada la representación, sino que más bien parecía esforzado en mantener sus pensamientos concentrados en vaya uno a saber qué idea. Su labio superior estaba contraído de modo tal que se podían ver claramente sus dientes afilados y puntiagudos. Eran negros como la brea, sospecho que de tanto mascar hojas y yerbas, una costumbre muy difundida en estas zonas.
–Liga y desliga –oí que me respondía el tibetano.
A pesar de que yo no cesaba de repetirme a mí mismo que no eran más que insectos los que aquí habían encontrado una muerte tan horrenda, no podía evitar sentirme por demás impresionado, tanto, que por momentos creí desvanecerme... y la voz continuaba llegándome de muy lejos: –Liga y desliga...No podía entender su significado, y sigo aún hoy sin entenderlo; tampoco puede decirse que después de lo ya relatado sucediera algo digno de ser tomado especialmente en cuenta. ¿Por qué sería entonces que yo permanecí ahí sentado? Tal vez pasaran horas, no lo sé. Era como si la voluntad de levantarme hubiese desaparecido de mi cuerpo, no puedo definirlo de otro modo.

Poco a poco el sol se iba hundiendo, y tanto el paisaje terreno como el celeste fue adquiriendo ese tinte rojo y anaranjado totalmente irreal, que cualquiera que haya estado alguna vez en el Tibet tan bien conoce. El colorido de este cuadro sólo es comparable al de las carpas que se pueden hallar en las romerías europeas.
No me podía desprender de las palabras: «liga y desliga»; paulatinamente iban adquiriendo en mi cerebro un sentido espantoso de verdad; en mi imaginación el bulto compacto y enorme de grillos se convertía en millones de soldados agonizantes. Sentí de pronto mi garganta como estrangulada por un misterioso e inconmensurable sentido de responsabilidad, cuyo tormento era aún mayor por lo mismo que me era imposible hallar su origen. Por un momento tuve la impresión de que el Dugpa se había ido y que en su lugar tenía delante mío –escarlata y verde oliva– a la abominable estatua del dios de la guerra tibetano.

Pude luchar contra esa visión hasta tener nuevamente ante mis ojos a la realidad tal cual era; pero a mí no me bastaba con esa realidad: los vapores que se elevaban de la tierra, las cimas dentelladas y nevadas de las montañas que se recortaban en el horizonte, el Dugpa con su gorro escarlata, yo mismo, con mis ropas mitad europeas mitad asiáticas, y finalmente esa carpa negra con sus patas de araña, ¡todas esas cosas no podían ser reales!

Realidad, fantasía, visión... ¿qué era verdad, qué era mentira? Y para colmo esa torturante sensación de que mi pensamiento se abría dejando un gran espacio hueco cada vez que volvía a hostigarme el miedo a ese nuevo, inexplicable, terrible sentido de responsabilidad. Más tarde, mucho más tarde... durante mi viaje de regreso, este acontecimiento fue creciendo en mi memoria como una exuberante planta venenosa que yo trataba en vano de extirpar.

De noche, cuando no puedo conciliar el sueño, comienza a tomar cuerpo en mí la vaga sensación de estar a punto de comprender el significado de la frase Liga y desliga, y entonces trato de asfixiarla para que no pueda madurar, del mismo modo en que uno trata de sofocar un fuego antes de que se propague... Pero de nada sirve defenderme ... en mi imaginación puedo ver como del montón de grillos muertos se alza un vapor rojizo que se va formando en nubes, que obscureciendo el cielo como las nubes fantasmales que trae el monzón, se precipitan hacia Occidente. Y ahora mismo, mientras escribo estas líneas, siento algo que yo... yo... yo...

–Aquí la carta se interrumpe –dijo el profesor Goclenius–; desgraciadamente debo comunicarles ahora que en la embajada china me dieron la desgraciada nueva de la muerte de nuestro estimado colega Johannes Skoper, acaecida en el lejano Oriente... –el profesor no pudo seguir; un fuerte grito lo interrumpió: No puede ser, el grillo sigue vivo después de todo un año! ¡Increíble! ¡Atrápenlo! ¡Se vuela!. Vociferaban todos al mismo tiempo. El profesor de la melena leonina había destapado el frasco dejando salir al insecto aparentemente muerto.

Un momento después de todo este alboroto, el grillo había salido volando por la ventana hacia el jardín, y los graves señores científicos, en su afán por darle caza, casi se llevan por delante al portero del museo que venía para encender las lámparas de la sala de profesores. Moviendo pensativamente la cabeza, el viejo observaba a esos extraños personajes que en el jardín trataban de dar caza a un pequeño insecto volador. Luego miró hacia el cielo del atardecer rumiando para sí: ¡Las formas que pueden llegar a tomar las nubes en estos tiempos de guerra! Ahí hay una que parece un hombre con un gorro rojo y la cara verde; si no fuese porque los ojos están tan separados, se diría que es igualito a un ser humano. ¡Realmente, a mi edad lo único que me falta es volverme supersticioso!"

Gustav Meyrink

sábado, 16 de enero de 2010

"El Hombre del Haschisch"

"Hace poco día asistí a una comida en Londres. Las señoras se habían retirado al piso de arriba, y nadie se sentaba a mi derecha; a mi izquierda tenía a un hombre a quien no conocía, pero que evidentemente sabía mi nombre, porque al cabo de un rato se volvió hacia mí y me dijo:-He leído en una revista un cuento suyo sobre Bethmoora.Recordé el cuento. Era la historia de una hermosa ciudad oriental súbitamente abandonada, sin que nadie sepa por qué. Respondí:-¡Oh, si! -y busqué con calma alguna fórmula de reconocimiento más adecuada al encomio que me había dedicado su memoria. Pero quedé asombrado cuando me dijo: -Está usted en un error respecto a la enfermedad del gnousar; no fue nada de eso.Yo repuse: -¿Cómo? ¿Ha estado usted allí?-Y él dijo: -Si; voy a veces con el haschisch. Conozco Bethmoora bastante bien.Y sacó del bolsillo una caja con una substancia negra, de un olor extraño. Me advirtió que no la tocara, porque me quedaría la mancha para muchos días. -Me la regaló un gitano. -dijo- Tenía cierta cantidad, porque era lo que había terminado por matar a su padre.Le interrumpí, pues anhelaba conocer por qué había sido abandonada Bethmoora, la hermosa ciudad, y por qué huyeron todos sus habitantes en un día, -¿Fue por la maldición del Desierto? -pregunté. Y él dijo: -En parte fue la cólera del Desierto y en parte el aviso del emperador Thuba Mleen, porque esta espantosa bestia estaba emparentada con el Desierto por línea de madre.Y me contó esta extraña historia: -Usted recuerda al marinero de la cicatriz que estaba en Bethmoora el día relatado por usted, cuando los tres mensajeros llegaron a la puerta de la ciudad y huyó toda la gente. Encontré a este hombre en una taberna, y me contó el éxodo de Bethmoora, pero tampoco sabía nada del mensaje ni quién lo había enviado. Sin embargo, dijo que quería ver de nuevo a Bethmoora, otra vez que tocase en puerto de Oriente, aunque tuviera que vérselas con el mismo diablo. Decía que quería encontrarse cara a cara con el diablo para descubrir el misterio que vació a Bethmoora. Al fin acabó por verse con Thuba Mleen, cuya refinada ferocidad él no había imaginado. Un día me dijo que había encontrado barco, y no volví a hallarle en la taberna. Fue por entonces cuando el gitano me regaló el haschisch. Literalmente, le saca a uno de sí mismo. Es como volar. Vuela usted a distantes países y entra en otros mundos.Una vez descubrí el secreto del universo. Lo he olvidado, pero sé que el Creador no toma en serio la Creación, porque recuerdo que Él se sentaba en el Espacio frente a Su obra y reía. He visto cosas increíbles en espantosos mundos. De la misma suerte que su imaginación le lleva a usted allá, sólo por la imaginación puede usted volver. Una vez encontré en el éter a un espíritu fatigado y vagabundo que había pertenecido a un hombre a quien las drogas habían matado cien años antes, y me llevó a regiones que jamás había imaginado; nos separamos más allá de las Siete Cabrillas, y no pude imaginar mi retorno. Hallé una enorme forma gris, que era el espíritu de un gran pueblo, tal vez de una estrella entera, y le supliqué me indicara mi camino a casa, y se detuvo a mi lado como un viento súbito y señaló, y hablando muy quedo, me preguntó si distinguía allí cierta luz, y yo veía una débil y lejana estrella, y entonces me dijo: -Es el Sistema Solar.- y se alejó a tremendas zancadas. Imaginé como pude mi camino, y a tiempo, porque mi cuerpo estaba a punto de quedarse tieso sobre una silla en mi cuarto; el fuego se había extinguido y todo estaba helado, tuve que mover los dedos uno por uno, y había en ellos alfileres y agujas, y terribles dolores en las uñas. Al fin logré mover un brazo y alcanzar la campanilla, y nadie vino, porque todos dormían; pero al cabo un hombre apareció, y trajeron a un médico; y él dijo que era una intoxicación de haschisch; pero todo hubiera ocurrido a pedir de boca si no hubiera topado con el cansado espíritu vagabundo.Podría contarle cosas sorprendentes que he visto; pero usted quiere saber quién envió el mensaje a Bethmoora. Pues bien, fue Thuba Mleen. He aquí cómo lo he sabido. Yo iba a menudo a la ciudad después de aquel día que usted describió (yo acostumbraba a tomar el haschisch todas las tardes en mi casa), y siempre la encontré deshabitada. Las arenas del desierto habían invadido la ciudad, y las calles estaban amarillas y llanas, y en las abiertas puertas, que batían el aire, se amontonaba la arena.Una tarde monté guardia junto al fuego, y, acomodado en una silla, mastiqué mi haschisch; y la primera cosa que vi al llegar a Bethmoora fue el marinero de la negra cicatriz, que paseaba calle abajo, dejando las huellas de sus pies en la amarilla arena. Y entonces comprendí que iba a ver el secreto poder que mantenía despoblada a Bethmoora.Vi que el Desierto había montado en cólera, porque nubes tempestuosas se hinchaban en el horizonte y se oía el mugido de la arena. Bajaba el marinero por la calle escudriñando las casas vacías; gritaba y cantaba, o escribía su nombre en una pared de mármol. Luego se sentó en un peldaño y comió su ración. Al cabo de algún tiempo se aburrió de la ciudad y volvió calle arriba. Cuando llegaba a la puerta de cobre verde aparecieron tres hombres montados en camellos. Yo no podía hacer nada. Y no era más que una conciencia invisible, vagabunda; mi cuerpo estaba en Europa. El marinero se defendió bien con sus puños; pero al fin fue reducido y amarrado con cuerdas e internado en el Desierto.Le seguí, y vi que se dirigían por el camino del Desierto, rodeando las montañas de Hap, hacia Utnar Véhi, y entonces conocí que los hombres de los camellos pertenecían a Thuba Mleen. Yo trabajo todo el día en una oficina de seguros, y espero que no me olvidará si desea hacer algún seguro de vida, contra incendio o de automóviles; pero esto nada tiene que ver con mi historia. Estaba impaciente, ansioso por volver, aunque no es saludable tomar haschisch dos días seguidos; pero anhelaba ver lo que harían con el hombre, porque a mi oído habían llegado malos rumores acerca de Thuba Mleen. Cuando por fin me vi libre, tuve que escribir una carta; llamé luego a mi criado y le di orden de que nadie me molestase; pero dejé la puerta abierta en previsión de un accidente. Después aticé un buen fuego, me senté y tomé una ración del tarro de los sueños. Me dirigía al palacio de Thuba Mleen.Me detuvieron los ruidos de la calle, pero de súbito me sentí elevado sobre la ciudad; los países europeos volaban raudos por debajo, y a lo lejos aparecieron las finas y blancas agujas del palacio de Thuba Mleen. Le encontré en seguida al extremo de una reducida y estrecha cámara. Una cortina de rojo cuero pendía a su espalda, y en ella estaban bordados con hilo de oro todos los nombres de Dios escritos en yannés. Tres ventanas había en lo alto. El Emperador podría tener hasta veinte años, y era pequeño y flaco. Nunca la sonrisa asomaba a su rostro amarillo y sucio, aunque sonreía entre dientes. Cuando recorrí con la vista desde la deprimida frente al trémulo labio inferior, me di cuenta de que algo horrible había en él, aunque no pude percibir qué era. Luego me percaté: aquel hombre nunca pestañeaba; y aunque después observé atentamente aquellos ojos para sorprender un parpadeo, jamás pude advertirlo.Luego seguí la absorta mirada del Emperador y vi tendido en el suelo al marinero, que estaba vivo, pero horriblemente desgarrado, y los torturadores cumplían su obra. Habían arrancado de su cuerpo largos jirones de pellejo, pero sin acabar de desprenderlos, y atormentaban los extremos a bastante distancia del marinero...(El hombre que encontré en la comida me contó muchas cosas que debo omitir)El marinero gemía suavemente, y a cada gemido Thuba Mleen sonreía. Yo no tenía olfato, mas oía y veía, y no sé qué era lo más indignante, si la terrible condición del marinero, o el feliz rostro sin pestañeo del horrible Thuba Mleen. Quería huir, pero no había llegado el momento y permanecí donde estaba. De pronto comenzó a contraerse la faz del Emperador y su labio a temblar, y llorando de rabia, gritó en yannés al capitán de los torturadores que había un espíritu en la cámara. Yo no temía, porque los vivos no pueden poner sus manos sobre un espíritu, pero todos los torturadores suspendieron la tarea, porque sus manos temblaban de horror. Luego salieron dos lanceros, y volvieron con cuencos de oro rebosantes de haschisch; los cuencos eran tan grandes, que podrían flotar cabezas en ellos si hubieran estado llenos de sangre. Y los dos hombres se abalanzaron rápidamente sobre ellos y empezaron a comer a grandes cucharadas; cada cucharada hubiera dado para soñar a un centenar de hombres. Pronto cayeron en el estado del haschisch, y sus espíritus, suspensos en el aire, preparábanse a volar libremente, mientras yo estaba horriblemente espantado; pero de cuando en cuando retornaban a su cuerpo, llamados por algún ruido de la estancia. Todavía seguían comiendo, pero ya perezosamente y sin avidez. Por fin las grandes cucharas cayeron de sus manos, y se elevaron sus espíritus y los abandonaron.Mas no podía huir. Y los espíritus eran aún más horribles que los hombres, porque éstos eran jóvenes y todavía no habían tenido tiempo de moldearse a sus almas espantosas. Aún gemía blandamente el marinero, suscitando leves temblores en el Emperador Thuba Mleen. Entonces, los dos espíritus se abalanzaron sobre mí y me arrastraron como las ráfagas del viento arrastran a las mariposas, y nos alejamos del pequeño hombre pálido y odioso. No era posible escapar a la fiera insistencia de los espíritus. La energía de mi droga era vencida por la enorme cucharada que aquellos hombres habían comido. Pasé como un torbellino sobre Arvle Woondery, y fui llevado a las tierras de Snith, y arrastrado sobre ellas hasta llegar a Kragua, y aún más allá, a las tierras pálidas casi ignoradas de la fantasía. Llegamos al cabo a aquellas montañas de marfil que se llaman los Montes de la Locura. E intenté luchar contra los espíritus de los súbditos de aquel Emperador, porque oí al otro lado de los montes de marfil las pisadas de las bestias feroces que hacen presa en el demente, paseando sin cesar arriba y abajo. No era culpa mía que mi pequeño terrón de haschisch no pudiera luchar con su horrible cucharada...Alguien sacudió la campanilla de la puerta. En aquel momento entró un criado y dijo a nuestro anfitrión que un policía estaba en el vestíbulo y quería hablarle al punto. Nos pidió licencia, salió y oímos que un hombre de pesadas botas le hablaba en voz baja. Mi amigo se levantó, se acercó a la ventana, la abrió y miró al exterior.-Debí pensar que haría una hermosa noche. -dijo.Luego saltó. Cuando nos asomamos a la ventana ya se había perdido de vista".

Lord Dunsany

viernes, 15 de enero de 2010

"El Grabado"

"Hace un tiempo pude narrarles la historia de una aventura que le aconteció a un amigo mío llamado Dennistoun cuando andaba buscando objetos de arte para el museo de Cambridge. A su regreso a Inglaterra, no quiso divulgar lo que le había ocurrido, pero los hechos llegaron a oídos de sus amigos, y entre otros, a los de un señor que dirigía un museo de arte en otra universidad.Era natural que el suceso causara cierta impresión en el espíritu de un hombre que tenía la misma vocación que Dennistoun, y que quisiera aferrarse a cualquier explicación del caso que pusiera de manifiesto las pocas probabilidades que había de que se viera en la necesidad de enfrentarse con semejante contingencia. En efecto, era un alivio pensar que no tenía que adquirir manuscritos antiguos para su institución, y que ese asunto le incumbiera exclusivamente a la Biblioteca Shelburnian. Que registraran las autoridades de esta entidad, si querían, los oscuros rincones del continente. Por el momento, él se contentaba con ampliar la excelente colección de dibujos y grabados topográficos que poseía su museo. No obstante, como se vio más adelante, incluso un departamento tan entrañable y familiar como éste podía tener también sus rincones sombríos, y el señor Williams se vio metido en uno de ellos inesperadamente.Los que hayan sentido algún interés por adquirir estampas topográficas, saben que existe un londinense cuya ayuda es indispensable para sus búsquedas. El señor J. W. Britnell publica periódicamente catálogos verdaderamente admirables de extensos y renovados surtidos de grabados, planos y viejos proyectos de mansiones, iglesias y pueblos de Inglaterra y de Gales. Para el señor Williams, estos catálogos son, como es natural, el abc de su trabajo; pero como su museo contiene ya una enorme cantidad de estampas, sus compras no son abundantes, sino más bien moderadas, y acude al señor Britnell más para llenar algún vacío en su colección que para que le proporcione rarezas.Ahora bien, en febrero del año pasado apareció en el museo, sobre la mesa del despacho del señor Williams, un catálogo de las existencias del señor Britnell, acompañado de una nota mecanografiada del propio vendedor. Dicha nota rezaba así:Muy señor nuestro:Nos permitimos sugerirle examine el núm. 978 de nuestro catálogo adjunto. De interesarle, tendremos mucho gusto en enviárselo para su aprobación. Suyo, J. W. Britnell.Fijarse en el núm. 978 del catálogo era para el señor Williams (como se dijo él) cuestión de un momento, y en el lugar indicado encontró la siguiente referencia: 978.- Anónimo. Interesante grabado. Vista de una casa de principios de siglo. 15 20 x 10 pulgadas; marco negro. 2 libras, 2 chelines.No tenía nada de excepcional, y el precio parecía elevado. Sin embargo, como el señor Britnell -que conocía su negocio tan bien como a su cliente- parecía darle importancia, el señor Williams le escribió una tarjeta rogándole que le enviara dicho artículo para examinarlo, junto con otros grabados y dibujos consignados en el mismo catálogo. Así que, sin el menor sentimiento de impaciencia, pasó a ocuparse de las tareas corrientes de la jornada.Todos los paquetes suelen llegar un día más tarde de lo que se espera, y el que mandó el señor Britnell no fue la excepción a la regla. Llegó al museo con el correo del sábado por la tarde, cuando el señor Williams ya había terminado su trabajo, y el conserje se lo llevó a su residencia de la universidad.El único artículo al que quiero referirme es al grabado, de tamaño algo grande y enmarcado en negro. Añadiré algunos detalles, aunque temo que no podré ofrecer una imagen tan clara como la que tengo ante mis ojos. Era un grabado corriente, y un grabado corriente es, quizá, la peor clase de obra gráfica que cabe imaginar. Representaba la fachada de una casa, no demasiado grande, del siglo pasado, con tres filas de ventanas de guillotina y molduras biseladas alrededor, una balaustrada con bolas o ánforas en los ángulos, y un pequeño pórtico en el centro. A uno y otro lado había árboles, y frente a ella se extendía un gran espacio de césped. En el estrecho margen tenía grabado lo siguiente: A. W. E. sculpsit, nada más. Daba la impresión de que era obra de un aficionado. Le dio la vuelta con el mayor desprecio; en la parte de atrás tenía pegada una etiqueta, de la que habían arrancado la mitad de la izquierda. Todo lo que quedaba era el final de dos líneas escritas: de la primera sólo las letras ...ngley Hall de la segunda, ...ssex.Tal vez podría identificar el edificio que representaba con la ayuda del Diccionario Catastral, antes de devolvérselo al señor Britnell, con algunas reconvenciones sobre su criterio. Encendió las velas, pues ya era de noche, preparó el té, le sirvió al amigo con el que había estado jugando al golf (tengo entendido que las autoridades universitarias a las que me refiero se dedican a este deporte por distracción), y tomaron el té, amenizado con una discusión que a los aficionados al golf les será fácil imaginar y que el escrupuloso escritor no tiene derecho a imponerles a quienes no lo son.Fue entonces cuando el amigo -llamémosle profesor Binks- tomó el grabado y dijo:-¿Qué edificio es éste, Williams?-Eso es precisamente lo que voy a averiguar -dijo Williams, dirigiéndose a la estantería para coger el Diccionario Catastral-. Mira la parte de atrás. No-sé qué-ngley Hall, de Sussex o Essex. La mitad del nombre ha desaparecido. ¿No lo conocerás tú, por casualidad?-Te lo envía ese tal Britnell, ¿no? -dijo Binks- ¿Es para el museo?-Bueno, creo que lo compraría si me pidiera por él unos cinco chelines -comentó Williams-, pero por alguna inexplicable razón, me pide dos guineas. No comprendo por qué. Es un grabado malísimo, y ni siquiera tiene figuras que le den vida.-A mí también me parece que no vale las dos guineas, -dijo Binks- pero no lo veo tan malo, la luz de la luna está conseguida, y yo diría que hay figuras, al menos una, en el borde de abajo, frente a la casa.-¿A ver? -dijo Williams- Bueno, desde luego, la luz está lograda. ¿Dónde está la figura que dices? ¡Ah, sí! Justo delante, en el mismo centro del cuadro.Efectivamente, vio que había una cabeza de hombre o de mujer, muy embozada, con la espalda vuelta hacia el espectador, y mirando hacia la casa. Williams no había reparado en ella anteriormente.El profesor Binks tenía cosas que hacer y no tardó en marcharse. Williams se entregó, casi hasta la hora de la cena, al vano intento de identificar el edificio del cuadro. Si al menos hubiese quedado la vocal que va delante de ng, habría sido relativamente fácil -pensó-, pero así, puede ser cualquier nombre, desde Guestingley a Langley, y hay muchos más nombres con esta terminación de los que yo me figuraba; además, este dichoso libro no trae un índice de terminaciones.La cena se servía a las siete. No hace falta que me extienda en ella, y menos teniendo en cuenta que se sentó con unos colegas que habían estado jugando al golf durante la tarde, y que estuvieron charlando de cuestiones que no tienen el menor interés para nosotros... charlando de golf, quiero decir. Estuvieron una hora o más reunidos en lo que suele llamarse la sala de tertulia. Posteriormente se retiraron a las habitaciones del señor Williams, y estoy casi seguro de que jugaron al whist y que fumaron también. Durante un respiro, en medio de estas ocupaciones, tomó Williams el grabado de la mesa sin mirarlo, y se lo tendió a una persona algo interesada en arte. El caballero lo cogió con indiferencia, lo miró, y dijo después con tono interesado:-Es una obra francamente buena, tiene todo el sabor del período romántico. La luz está admirablemente conseguida, a mi juicio, y la figura, aunque un poco grotesca, es tremendamente impresionante.-Sí, ¿verdad? -dijo Williams, que en ese momento estaba ocupado sirviendo Whisky con soda a otros invitados y no podía ir a ver el cuadro otra vez.Cuando se hubo ido todo el mundo, Williams escribió una o dos cartas y terminó un trabajo pendiente. Por último, pasadas ya las doce, se dispuso a acostarse. El grabado estaba boca arriba encima de la mesa, donde lo había dejado el último que lo estuvo mirando, y al ir a apagar la lámpara le llamó la atención. Al verlo, casi estuvo a punto de dejar caer al suelo la palmatoria, y aún hoy confiesa que, de haberse quedado a oscuras en ese momento, le habría dado un ataque. Pero no fue así, de manera que pudo examinar el cuadro. No cabía la menor duda; por imposible que pareciera, era absolutamente cierto. En el centro del césped, delante de la desconocida casa, donde a las cinco de la tarde no vio nada, había una figura embozada en un extraño ropaje negro con una cruz blanca en la espalda, que avanzaba a gatas hacia el edificio.No sé qué actitud hay que adoptar ante una situación de ese género. Yo me limito a contarles lo que hizo el señor Williams en esa ocasión. Tomó el cuadro, cruzó el pasillo, y lo llevó a las habitaciones de enfrente, que eran suyas también. Una vez allí, lo metió en un cajón y lo cerró con llave, atrancó las puertas de ambos lados del pasillo y se acostó; antes, sin embargo, redactó y firmó una descripción del extraordinario cambio que había experimentado el cuadro desde que había llegado a sus manos.El sueño tardó en acudir, pero era consolador pensar que el comportamiento del cuadro no dependía de su propio pensamiento particular. Evidentemente, la persona que lo había contemplado la noche anterior había visto algo por el estilo; de no haber sido así, se habría sentido tentado de pensar que algo no andaba bien, ya fuera la vista o el juicio. Descartada felizmente esta doble posibilidad, le aguardaban dos tareas a la mañana siguiente. Examinar el cuadro detalladamente en presencia de un testigo, y tratar de averiguar qué edificio era el que representaba. Para ello pediría a su vecino Nisbet que desayunara con él, luego dedicarían los dos la mañana a buscarlo en el Diccionario Catastral.Nisbet no tenía ningún compromiso esa mañana, y llegó hacia las nueve y media. Durante el desayuno, Williams no mencionó al grabado, limitándose a decir que tenía un cuadro y deseaba que Nisbet le diera su opinión. Pero quienes están familiarizados con la vida universitaria pueden hacerse idea de la inmensa y deliciosa cantidad de temas sobre los que pueden versar la conversación de dos profesores del Canterbury College un domingo por la mañana, mientras desayunan. No dejaron un solo tema por discutir, desde el golf hasta el tenis. No obstante, debo confesar que Williams se hallaba un tanto ofuscado, ya que su interés lo acaparaba naturalmente aquel extrañísimo cuadro que descansaba, boca abajo, en un cajón de la habitación de enfrente.Finalmente, encendió su pipa, y llegó el momento que había estado esperando. Con grande, casi temblorosa excitación, corrió al otro lado, abrió el cajón y, tomando el cuadro sin volverlo hacia arriba, regresó y lo puso en manos de Nisbet.-Vamos a ver, Nisbet, -dijo- quiero que me digas exactamente lo que ves en este cuadro. Descríbelo con todo detalle si no te importa. Después te diré por qué.-Bien. -dijo Nisbet- Yo veo aquí la vista de una casa de campo, me parece que inglesa, a la luz de la luna.-¿A la luz de la luna? ¿Estás completamente seguro?-Claro, la luna aparece en cuarto menguante, para más detalle, y hay nubes en el cielo.-De acuerdo. Sigue. Yo habría jurado que no había luna cuando lo vi por primera vez.-Bueno, no hay mucho más que añadir. -prosiguió Nisbet- La casa tiene una, dos, tres filas de ventanas, cinco ventanas en cada fila, salvo en la parte de abajo, que tiene la entrada donde corresponde la ventana del centro, y...-Pero, ¿hay alguna figura? -preguntó Williams con marcado interés.-Ninguna, -dijo Nisbet- en cambio...-¿Cómo? ¿No hay una figura en el césped de delante?-No.-¿Serías capaz de jurarlo?-Claro que sí. En cambio, hay otra cosa.-¡Qué!-Bueno, una de las ventanas de la planta baja, a la izquierda de la entrada, está abierta.-¿De veras? ¡Válgame Dios! Debe de haberse introducido en la casa -dijo Williams, presa de una enorme excitación; se acercó apresuradamente por detrás del sofá en el que estaba sentado Nisbet y, quitándole el cuadro de las manos, comprobó el detalle por sí mismo.Era absolutamente cierto. Había desaparecido la figura, y la ventana estaba abierta. Tras un momento de perplejidad, se sentó Williams a su mesa y se dedicó a escribir durante un rato. Luego le pasó las hojas escritas a Nisbet, le pidió que firmara primero una de ellas -era su propia descripción del cuadro, tal como ustedes la acaban de escuchar-, y luego le dijo que leyera las otras, que contenían la descripción que Williams había redactado la noche anterior.-¿Qué significará todo esto? -dijo Nisbet.-Ésa es la cuestión. -dijo Williams- Bueno, voy a hacer una cosa, o tres, mejor dicho. Voy a preguntarle a Garwood -se refería a su último invitado- qué es lo que vio; luego, voy a fotografiar el cuadro antes de que cambie otra vez, y después averiguaré de qué edificio se trata.-Yo mismo puedo hacer la fotografía, si quieres. -dijo Nisbet- Pero, oye, parece como si estuviésemos asistiendo a la representación de una tragedia. La cuestión ahora es si ha ocurrido ya o va a ocurrir. Tienes que averiguar qué sitio representa. Sí -dijo, contemplando el cuadro de nuevo-, creo que tienes razón: se ha introducido en la casa. Y si no me equivoco, está ocurriendo algo en una de las habitaciones de arriba.-Te diré lo que voy a hacer: -dijo Williams- voy a llevarle el cuadro al viejo Green (era el decano del College). Es casi seguro que la conoce. El College tiene propiedades en Essex y en Sussex, y él debe de haber estado por esos condados infinidad de veces, en sus tiempos.-Seguro, -dijo Nisbet- pero deja que primero tome la fotografía. Pero creo que Green no está hoy aquí. Anoche no se presentó a cenar. Me parece que le oí decir que iba a pasar fuera el domingo.-Es cierto, yo también se lo oí decir. -dijo Williams- Se ha marchado a Brighton. Bueno, si lo vas a fotografiar ahora, iré mientras a pedirle a Garwood su declaración; no lo pierdas de vista. Estoy empezando a pensar que dos guineas no es un precio tan exorbitante.Al poco tiempo volvió, trayéndose a Garwood consigo. La declaración de Garwood decía que cuando él vio la figura estaba en el borde de la lámina, pero no muy dentro de la escena. Recordaba que tenía una marca blanca en la espalda, sobre la ropa, pero no estaba seguro de que fuera una cruz. Así que procedieron a redactar y firmar el documento, y Nisbet se dispuso a fotografiar el cuadro.-¿Qué piensas hacer ahora? -dijo- ¿Vas a sentarte a vigilarlo todo el día?-No, me parece que no. -dijo Williams- Creo que ya hemos visto todo lo que teníamos que ver. Mira, en el tiempo transcurrido desde anoche hasta ahora ha habido ocasión de sobra para que sucedan montones de cosas, pero lo único que ha hecho esa criatura ha sido meterse en la casa. Puede que haya llevado a cabo lo que se proponía y se haya marchado otra vez, pero el hecho de que la ventana esté abierta, creo, debe significar que todavía está dentro. Supongo que podemos dejarlo con toda tranquilidad. Además, tengo la impresión de que no cambiará mucho durante el día, si es que cambia algo. Esta tarde saldremos a dar una vuelta, y regresaremos a la hora del té o cuando ya empiece a oscurecer. Lo dejaré ahí, encima de la mesa, y cerraré la puerta. Aquí puede entrar mi criado, pero nadie más.Los tres convinieron en que era un buen plan, y además, si pasaban la tarde juntos, sería poco probable que comentaran el asunto con otras personas, porque si trascendía cualquier rumor podía llegar a oídos de la Sociedad Fantasmológica.A las cinco subieron a las habitaciones de Williams. Al principio se sintieron algo contrariados al ver que la puerta estaba abierta, pero luego recordaron que los domingos entraba la criada una hora o dos antes que los días de semana. Sin embargo, les aguardaba una sorpresa. Lo primero que vieron fue el cuadro apoyado contra una pila de libros que había sobre la mesa, tal como lo habían dejado, y al criado de Williams sentado en una butaca enfrente, contemplándolo con evidente horror. ¿Cómo era eso? Filcher (el nombre no es invención mía) era un criado de excelente reputación, cuyas normas de etiqueta servían de modelo a toda la servidumbre del Collage y aun a la de la vecindad, y nada había más de contrario a sus hábitos que el sentarse en la butaca de su señor, o mostrar algún interés particular por los muebles o cuadros de éste. Se llevó un sobresalto cuando vio entrar a los tres hombres en la habitación, y se puso de pie con gran esfuerzo. Luego dijo:-Le ruego que me perdone, señor, por haberme tomado la libertad de sentarme.-No faltaba más, Robert. -interrumpió el señor Williams- Precisamente me proponía preguntarle qué piensa usted del cuadro.-Bueno, señor, naturalmente, no puedo oponer mi opinión a la de usted, pero no es la clase de cuadro que yo colgaría en un lugar donde mi niña pudiera verlo.-¿Y por qué?-Porque me acuerdo de una vez en que la pobrecita vio una Biblia con unas ilustraciones que no eran ni la mitad de raras que ésa, y tuvimos después que hacerle compañía tres o cuatro noches seguidas, se lo aseguro; así que si llega a ver el esqueleto ese de ahí o lo que sea llevándose al pobre niño, le daría un ataque. Ya sabe lo que pasa con los críos, lo nerviosos que se ponen ellos por cualquier tontería. Este cuadro no es cosa que se pueda dejar por ahí, señor, donde cualquier persona predispuesta a los sobresaltos pueda tropezarse con él. ¿Va a necesitarme para algo esta tarde, señor? Muchas gracias, señor.Con estas palabras, el buen hombre salió, y pueden estar seguros de que los caballeros a quienes dejó en la habitación no perdieron un instante en apiñarse en torno al grabado. La casa estaba como antes, bajo el cuarto menguante de la luna, y las nubes transitorias. La ventana, que había estado abierta, se veía ahora cerrada, y la figura se encontraba de nuevo en el césped, pero esta vez no se arrastraba cautamente con las rodillas y las manos. Ahora estaba de pie y corría a grandes zancadas, en dirección al centro de la lámina. La luna brillaba por detrás, y su negro ropaje le cubría el rostro, del que sólo se descubría una parte; sin embargo, lo poco que los espectadores lograban distinguir, bastó para que agradecieran profundamente que no se viera más que una blancuzca frente abombada y algunos mechones dispersos. Tenía la cabeza inclinada y sus brazos rodeaban tenazmente un bulto confuso que podía ser un niño, aunque era imposible distinguir si estaba vivo o no. Lo único que se veía con claridad eran las piernas de la aparición, horriblemente delgadas.Desde las cinco hasta las siete, los tres compañeros estuvieron sentados vigilando el cuadro por turno. Pero no cambió. Finalmente, decidieron dejarlo y volver después de cenar, y esperar a que se desarrollaran nuevos acontecimientos. Cuando subieron de nuevo, que fue tan pronto como pudieron, el grabado estaba allí, pero la figura había desaparecido y la casa descansaba tranquila bajo la luz de la luna. Ya no se podía hacer otra cosa que pasar la velada revisando los diccionarios y las guías catastrales. Williams fue quien finalmente la encontró; tal vez merecía esta suerte. Eran las once y media de la noche cuando descubrió en la Guía de Essex, de Murray, las siguientes líneas:Anningley, 16, 50millas. La iglesia era un interesante edificio del período normando, pero fue reformada con elementos clasicistas durante el siglo pasado. Contiene las tumbas de la familia Francis, cuya mansión, Anningley Hall, sólido edificio de la época de la reina Ana, se alza inmediatamente a continuación del cementerio, en un enorme parque de 80 acres. Actualmente, la familia está extinguida, ya que el último miembro desapareció misteriosamente en su infancia, en el año 1802. El padre, Arthur Francis, era conocido en la localidad como un grabador de talento. Después de la desaparición de su hijo, vivió en completo aislamiento en su residencia, y fue encontrado muerto en su despacho, cuando acababa de poner fin a un grabado de la casa, del que se conservan muy pocas láminas impresas...Al parecer era eso lo que buscaban, y en efecto, al regresar el señor Green identificó inmediatamente el edificio como Anningley Hall.-¿Le encuentra usted alguna explicación a la figura, Green? -fue la pregunta obligada de Williams.-No sé qué decir, Williams, se lo aseguro. Lo que se decía en esa localidad cuando la visité yo era esto: que el viejo Francis tenía declarada la guerra a los cazadores furtivos, y en cuanto se le brindaba una ocasión, expulsaba de la comarca al que se le hacía sospechoso, y que poco a poco consiguió librarse de todos menos de uno. En aquel entonces los señores podían hacer cosas que hoy en día ni se les pasa por la cabeza. Pues bien, el que quedaba era algo que suele abundar por esta región: el último vástago de una antiquísima familia. Creo que en tiempos fueron los señores del feudo. Recuerdo que lo mismo ocurrió en mi propia parroquia.-¿Igual que el individuo de Tess of the D'Urbervilles? -preguntó Williams.-Casi me atrevería a decir que sí, aunque es un libro que aún no he leído. Pero este sujeto podría presumir de tener en la iglesia una fila de tumbas pertenecientes a sus antepasados, cosa que le amargaba un poco; pero, por lo visto, Francis no podía echarle el guante, porque siempre procuraba estar dentro de la ley; hasta que una noche los guardas le dieron el alto en un bosque que bordea la propiedad. Yo mismo podría enseñarles el lugar; linda con un terreno que pertenecía a un tío mío. Y pueden figurarse la que se armó. El tal Gawdy (así se llamaba: Gawdy; sabía que me acordaría), ¡pobre diablo!, tuvo la mala suerte de matar a uno de los guardas de un tiro. Bueno, eso era lo que Francis había estado esperando; le instruyeron una causa, ya saben lo que eran entonces los juicios, y al pobre Gawdy le colgaron en menos que canta un gallo; una vez me enseñaron el sitio donde fue enterrado, en el lado norte de la iglesia. Ya saben la costumbre que tienen en esa parte del país: a todo el que muere ahorcado o se quita la vida le entierran en ese lugar. Y corría el rumor de que algún amigo de Gawdy debió tramar una venganza, apoderándose del hijo de Francis y terminando así con su estirpe. No sé; resulta difícil de concebir en un cazador furtivo de Essex, pero lo digo como lo siento: es como si el viejo Gawdy en persona hubiera vuelto de su tumba para hacer justicia. ¡Uf! ¡No lo quiero ni pensar! ¡Póngame un whisky, Williams!Williams contó todos estos sucesos a Dennistoun, y éste los contó a su vez a un grupo de personas, entre las que nos encontrábamos yo y un profesor saduceo de Ofiología. Y siento decir que, al preguntársele a éste qué pensaba de todo el asunto, se limitó a decir:-¡Bueno, las gentes de Bridgeford cuentan cada cosa!Sólo añadiré que el cuadro está actualmente en el Museo Ashleian, que ha sido sometido a distintas pruebas para averiguar si se han empleado tintas simpáticas, aunque con resultado negativo; que el señor Britnell no sabía nada del asunto, salvo que estaba convencido de que se trataba de un cuadro extraño, y que, aunque ha sido vigilado muy atentamente, no se ha vuelto a observar en él cambio alguno".

M.R. James

jueves, 14 de enero de 2010

"La Lámpara de Alhazred"

"Siete años habían transcurrido desde la desaparición de su abuelo Whipple cuando Ward Phillips recibió la lámpara. Esta, así como la casa de la calle Angell, donde vivía Ward, habían pertenecido a su abuelo. Phillips había estado habitando en la casa desde la desaparición de su abuelo, pero la lámpara había quedado en manos del abogado hasta pasados los siete años que deberían transcurrir hasta darle definitivamente por muerto. Había sido deseo de su abuelo que la lámpara estuviese bien guardada durante esos años, en manos del ahogado, por si acaeciese algo imprevisto, la muerte o cualquier otro accidente. El caso era que Phillips dispusiese del tiempo necesario para familiarizarse con la imponente biblioteca de Whipple, en la que le esperaba una gran cantidad de sabiduría. El viejo Whipple había decidido que, cuando Phillips hubiese acabado de leer los enormes volúmenes que llenaban las estanterías, habría alcanzado un grado de madurez suficiente para poder heredar el «tesoro más valioso» de su abuelo, según declaración del propio Whipple.Phillips tenía entonces treinta años y una salud delicada, lo cual era normal, pues desde niño, siempre había sido un poco enfermizo. Había nacido en el seno de una familia medianamente rica, pero los ahorros de su abuelo volaron en unas inversiones desacertadas, de modo que a Phillips lo único que le quedaba era la casa de la calle Angell y lo que ésta encerraba. Phillips trabajaba como redactor en unas revistas de escándalo, y luego, para redondear las pocas ganancias que le producía el oficio, se dedicaba a revisar y corregir los innumerables y poco prometedores manuscritos de prosa o de poesía que otros escritores, más inexpertos que él, le enviaban con la esperanza de llegar a ver su obra publicada, una vez que la pluma de Phillips hubiese obrado un milagro. La vida sedentaria que llevaba no había mejorado su resistencia a la enfermedad; era alto, delgado, llevaba gafas, tenía frecuentes catarros y, una vez, para gran vergüenza suya, enfermó del sarampión. Cuando los días eran cálidos, le gustaba mucho pasear por los campos donde había jugado de pequeño. En esas ocasiones, solía llevar sus papeles debajo del brazo y trabajar al aire libre, sentado en la encantadora y frondosa ribera del río que, durante su infancia, había sido su escondite predilecto. Esta orilla del río Seekonk no había cambiado en todos esos años, y Phillips, que vivía mucho del pasado, creía que una forma de desafiar el tiempo era permanecer cerca de los lugares que no cambiaban. En una carta a un corresponsal, había descrito esta forma de sentir suya: «Entre esos caminos del bosque que tan bien conozco, el salto entre el presente y los años 1899 ó 1900 desaparece totalmente, de modo que muchas veces me sorprende, al encontrarme nuevamente en la ciudad, constatar que ésta ha perdido su apariencia de fin de siècle». Además de la ribera del Seekonk, otro de los lugares que elegía para sus paseos era la colina de Nentaconhaunt. Le gustaba poder contemplar, desde allí, su ciudad natal a la puesta del sol, y esperar el plácido panorama de la población al recogerse en su vida nocturna, con los campanarios y los tejados de estilo holandés que, progresivamente, iban oscureciéndose sobre el fondo anaranjado y carmín del atardecer. Le emocionaba el brillo esmeralda o perlado en que se fundía el horizonte, y finalmente las luces centelleantes que transformaban la vasta y desigual ciudad en una tierra mágica que ejercía para Phillips una mayor atracción que durante el día.Hacía mucho tiempo que Phillips había renunciado a alumbrarse con luz eléctrica, pues ésta resultaba excesivamente cara para sus modestos ingresos. Pero como sus largas excursiones diurnas le obligaban a trabajar hasta muy avanzada la noche, la famosa lámpara de su abuelo Whipple, por muy extraña y vieja que fuera, le iba a ser de una gran utilidad. La carta que acompañaba el último regalo del viejo, cuya relación con su nieto había sido muy profunda desde la muerte de los padres del niño, le explicaba que la lámpara provenía de una tumba de Arabia, en los comienzos de la historia. Decía que había pertenecido a un árabe medio loco, llamado Abdul Alhazred. Era obra de la fabulosa tribu de Ad, una de las cuatro misteriosas y poco conocidas de Arabia -Ad estaba en el sur, Thamood en el norte, y el centro de la península estaba ocupado por Tasm y Jadis-. Había sido hallada hace mucho tiempo en una ciudad oculta llamada Irem. Edificada por Shedad, el último de los déspotas de Ad, era la Ciudad de las Columnas, conocida por algunos como la Ciudad Sin Nombre. Decían que se encontraba cerca de Hadramant; según otros, debía estar enterrada bajo las antiquísimas y siempre movedizas arenas de Arabia. De todas maneras, salvo los favoritos del profeta que habían logrado encontrarla, nunca nadie había conseguido verla. Para terminar su larga carta, el viejo Whipple había escrito: «Puede proporcionar tanto placer encendida como apagada. Igualmente puede traer dolor. Es la fuente del éxtasis o del terror.»El aspecto de la lámpara de Alhazred era poco corriente. Funcionaba con aceite, y parecía ser de oro. Por su forma, se asemejaba a una marmita oblonga, con un asa curvada a un lado y una espita para la llama al otro. Su decoración consistía en unos extraños dibujos, mezclados con letras y colocados de tal manera que parecían formar unas palabras. Pero aquel lenguaje era desconocido para Phillips, que conocía varios dialectos árabes y, sin embargo, no lograba descifrar la inscripción de la lámpara. No era sánscrito. Indudablemente se trataba de un idioma más antiguo; su escritura se componía de letras y jeroglíficos, algunos de los cuales eran pictografías. Phillips dedicó una tarde entera a limpiarla por dentro, por fuera y , después de haberle sacado brillo, la llenó de aceite. Esa misma noche, Phillips retiró las velas y la lámpara de petróleo, que le habían alumbrado durante tantas y tantas noches de trabajo, y encendió la lámpara de Alhazred. Le sorprendió un poco lo cálido de su brillo, la estabilidad de su llama, y la calidad de su luz. Pero la cantidad de trabajo que le esperaba era tal que no podía seguir entreteniéndose con la lámpara. Sin perder más tiempo, se puso a revisar una obra en verso, que empezaba de la siguiente manera:En la brillante y temprana alboradaDe un año, mucho antes de nacer yo,Cuando la tierra era aún el caos,Mucho antes de cubrirse de luchas...y continuaba así, en ese mismo estilo arcaico caído completamente en desuso. Sin embargo, era un estilo que a Phillips le gustaba. Vivía tanto en el pasado que sus puntos de vista y su filosofía acerca de la influencia del pasado desbordaban toda fantasía. Su noción del tiempo y del espacio estaba, desde sus primeros recuerdos, tan inextricablemente ligada a sus más profundos pensamientos y sentimientos, que cualquier intento de describir con palabras sus estados de ánimo parecería artificial, exótico o convencional. Durante décadas enteras, los sueños de Phillips estuvieron compuestos por una extraña mezcla de inquietud aventurera unida a paisajes, perspectivas arquitectónicas y efectos de la bóveda celeste. En su mente conservaba cierta imagen de sí mismo a los tres años: se encontraba sobre un puente ferroviario. A través de los huecos de la barandilla, su vista penetraba en la parte más densa de la ciudad. Y entonces sintió la inminencia de algún prodigio, que no podía describir ni llegar a comprender en su totalidad; era la intuición de algo maravilloso, de una liberación escondida en oscuras dimensiones. Presentía que, aunque raras veces y con muchas dificultades, aquellas dimensiones podían alcanzarse mediante ciertas perspectivas visuales, tales como la de una vieja calle vista a través de leguas de campo montañoso; o la de las balaustradas de unas terrazas enfocadas desde abajo, desde el mismo pie de la interminable escalera de mármol que conduce a ellas. Es cierto que Phillips soñaba con vivir en el siglo dieciocho, o incluso antes, cuando todavía había tiempo para el arte de la conversación y cuando el hombre podía vestirse con cierta elegancia sin ser observado con extrañeza por sus vecinos. Pero por muy intenso que fuera su deseo de volver a un tiempo en que el mundo era más joven y menos apurado, la falta de imaginación y las pocas ideas que reflejaban las líneas sobre las cuales estaba trabajando, sumadas a su propio cansancio, le hicieron sentirse incapaz de seguir con su tarea. Reconoció que no podía interesarse por estas líneas tan poco inspiradas; apartó el manuscrito y se inclinó hacia atrás para descansar.Fue entonces cuando observó el súbito cambio que se había operado a su alrededor. Las familiares paredes tapizadas de libros, salvo en los huecos de las ventanas -Phillips tenía la manía de taparlas con cortinas para que ninguna luz exterior, ya fuera la del sol, la de la luna, o la de las estrellas, invadiese su santuario- estaban extrañamente cambiadas. No era sólo la claridad difundida sobre ellas por la lámpara de Arabia lo que las había modificado, sino que la misma luz proyectaba contra las paredes objetos desconocidos para Phillips. Dondequiera que iluminara la lámpara, contra las paredes, sobre los tomos de los libros alineados en sus estantes, Phillips contemplaba unas escenas que ni los fondos más misteriosos de su imaginación hubiesen podido crear. En cambio, en todas las zonas oscuras, tales como la gran mancha de sombra que el respaldo de la silla de Phillips proyectaba sobre una parte de los estantes, no veía nada, nada más que la oscuridad de las sombras y en ellas la monotonía de los libros alineados. Phillips permaneció sentado y, maravillado, contempló las escenas que se desarrollaban ante él. Luego quiso reaccionar y pensó que era víctima de una ilusión óptica. Pero tal explicación a ese fenómeno no le satisfacía, y la rechazó. Por otra parte, tenía el curioso convencimiento de que no deseaba hallar explicación alguna, de que no la necesitaba: algo maravilloso había ocurrido, sabía que tenía que ser pasajero y no quería conocer o sentir más que la admiración por lo que sus ojos presenciaban. El mundo que veía a la luz de la lámpara era de una rareza suprema. Era un mundo al que nunca había tenido acceso, ni por la vista, ni por la lectura, ni siquiera por la vía de sus sueños.La escena parecía representar la tierra en sus principios, cuando aún estaba en período de formación. Unos chorros de vapor salían de las fisuras de sus rocas. Las huellas dejadas por unos reptiles se veían claramente dibujadas en el barro. Arriba, volando en el aire, unas bestias gigantescas peleaban y se destrozaban entre sí. Entre las rocas de una playa, el tentáculo de algún animal monstruoso se desenroscaba sinuosa y amenazadoramente en la luz roja del día, como una criatura extraída de alguna ficción fantástica. Entonces, suavemente, la escena cambió. Las rocas fueron sustituidas por un desierto arrasado por el viento, y, como un espejismo, surgió la oculta y desierta Ciudad de las Columnas, conocida también como Irem. Phillips sabía que ahora, cuando ningún pie humano pisaba ya las calles de esa ciudad, unos seres terribles seguían merodeando entre los pilares de piedra de las viviendas, que no estaban en ruinas, sino que permanecían en el estado en que se encontraban cuando sus antiguos habitantes fueron aniquilados o echados de la ciudad por aquellos entes venidos del cielo para asediar Irem y apoderarse de ella. De aquellos seres no se veía nada, tan sólo se adivinaba el angustioso movimiento merodeante, como una sombra fuera del tiempo. Y a lo lejos, detrás de la ciudad y del desierto, se erguían las montañas cuyas cimas estaban cubiertas de nieve; cuando aún las estaba contemplando, Phillips tuvo conocimiento do sus nombres, porque en ese mismo momento se revelaron a su mente. La ciudad en el desierto era la Ciudad Sin Nombre, y las cumbres nevadas eran las Montañas de la Locura, o quizá Kadath en el Páramo Frío. A Phillips le divertía dar sus nombres a estos lugares del paisaje, pues se le ocurrían con facilidad; le venían a la mente como si hubiesen estado rondando el perímetro de sus pensamientos, en espera de la oportunidad que les permitiera encarnar en una vivencia real.Permaneció sentado durante mucho tiempo, fascinado, hasta que una leve sensación de alarma le removió. Los paisajes que desfilaban ante sus ojos eran similares a los que podrían aparecer en un sueño, y sin embargo, Phillips sentía crecer su inquietud. Intuía algo parecido a la presencia de lo maligno, a la vez que tomaba consciencia de ciertos inconfundibles indicios de los horribles seres que ocupaban estos parajes. Finalmente, no pudo resistir más tiempo a esa angustia envolvente; apagó la luz y, algo tembloroso, encendió una vela. Se sintió inmediatamente confortado por su brillo descolorido y familiar. Estuvo meditando largo rato sobre todo cuanto había visto. Su abuelo le había dicho de la lámpara que era su «más valiosa posesión»; con lo cual resultaba evidente que sus propiedades le eran conocidas. ¿Y qué eran esas propiedades sino el poder de transmitir el recuerdo ancestral y mágico de una revelación, de tal modo que quien se sentara a su luz podía contemplar los lugares de terror y belleza que sus dueños habían conocido? Phillips estaba convencido de que los paisajes que había podido ver eran lugares familiares a Alhazred. Pero esta explicación tenía muy poca lógica. Y cuantas más vueltas le daba, más aumentaba su perplejidad. Decidió volver al trabajo que había apartado; se volcó en él y consiguió alejar de sí todas las fantasías y alarmas que empezaban a instalarse en su mente.Al día siguiente, Phillips salió a la declinante luz de octubre para pasearse fuera de la ciudad. Tomó el coche de línea hasta el final del barrio residencial, y después caminó en dirección al campo. Llegó a un lugar que no conocía, y que distaba por lo menos una milla de cualquier lugar por donde hubiera paseado antes. Siguió una carretera hasta la bifurcación al noroeste de Plainfield Pike y subió por la falda oeste del Nentaconhaunt. Allí pudo disfrutar de una vista realmente idílica. Era un panorama de praderas, de viejas paredes de piedra, de blancas alamedas y de lejanos tejados al oeste y al sur. Phillips se encontraba a menos de tres millas del corazón de la ciudad y sin embargo, estaba como sumergido en la primaria Nueva Inglaterra rural de los primeros colonizadores. Antes de la puesta del sol, subió hasta arriba de la colina en dirección a uno de sus escondrijos familiares, que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces se había percatado ante la perspectiva que tenía del extenso campo. Todo era resplandor de riachuelos, bosques lejanos y cielo naranja místico, con el gran disco solar rojo hundiéndose entre las franjas de estratos de nubes. Se adentró en el bosque y pudo contemplar la misma puesta del sol a través de los árboles. Luego volvió hacia el este para cruzar la colina en dirección a uno de sus escondrijos familiares y que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces se había percatado de la inmensa extensión de Nentaconhaunt. Más que una simple colina, era una verdadera planicie en miniatura, con sus valles, sus cordilleras, y sus cimas propias. Desde alguna de sus praderas ocultas -tan alejadas de toda señal de vida humana- la vista que se le ofrecía sobre el remoto cielo urbano le maravilló: era un sueño de picachos encantados y de cúpulas medio flotando en el aire y rodeadas de un oscuro aura de misterio. Las ventanas superiores de algunas de las torres más altas conservaban la incandescencia que el sol ya había perdido, y ofrecían una visión de resplandor irreal. Seguidamente, Phillips pudo admirar el gran disco de la luna de Orión flotando alrededor de los campanarios y alminares, mientras que al oeste, en el horizonte brillantemente anaranjado, Venus y Júpiter empezaban a parpadear. Se adentró en la llanura. El camino atravesaba unos paisajes muy variados: algunas veces serpenteaba por el interior, y otras penetraba en los bosques y los cruzaba para acercarse a los valles oscuros que se deslizaban hacia la llanura inferior. Los grandes pedruscos que se balanceaban en las alturas rocosas producían un efecto espectral, druídico, al recortarse en el crepúsculo.Finalmente llegó a unos parajes que le eran más familiares. Allí, recubierto por la hierba, el promontorio de un viejo acueducto enterrado le daba la ilusión de pisar los restos de una carretera romana; y allí estaba la cima de la colina que siempre habla conocido. Extendida a sus pies, la ciudad se iluminaba rápidamente y se asemejaba a una constelación yaciendo en el profundo anochecer. La luna derramaba una inundación de oro pálido, y, al oeste, el resplandor de Venus y de Júpiter se acrecentaba con intensidad en el horizonte cada vez más difuso. El camino que le conduciría a su casa estaba ante él; no tenía más que bajar esa última pendiente para llegar al coche de línea que le llevaría a los prosaicos lugares frecuentados por el hombre. Pero durante todas estas horas apacibles, Phillips no había olvidado un solo instante su experiencia de la noche anterior, y no podía negar que ansiaba anticipar la llegada de la noche. La sensación de alarma que se había apoderado de él se había convertido en la promesa de una nueva experiencia nocturna de naturaleza desconocida. Esa noche, tomó su solitaria cena con más rapidez que de costumbre para poder acudir en seguida al estudio, donde las hileras de libros, que llegaban al techo, le esperaban con su saludo permanente. Pero él no miró siquiera el trabajo que había abandonado sobre la mesa, sino que encendió la lámpara de Alhazred y se sentó a esperar lo que pudiese ocurrir.El suave resplandor amarillento de la lámpara se extendía sobre las paredes cubiertas de estantes. La llama no se movía; ardía tranquila y establemente, e igual que la víspera, la primera impresión que Phillips recibió fue la de un calor confortante y arrullador. Entonces, con suavidad, los libros y los estantes parecieron difuminarse, desteñirse, y dieron paso a escenas de otro mundo y otros tiempos. Aunque le fueran completamente desconocidos, los nombres de las escenas y de los lugares que veía afloraban con naturalidad a su mente, como si el resplandor de la lámpara de Alhazred estimulase su imaginación. Vio una casa muy bella, coronada de humo, en un promontorio como el cercano Gloucester. Vio un antiguo pueblo de estilo holandés, con un oscuro río que lo atravesaba, un pueblo como Salem, pero más malvado y misterioso, y llamó al pueblo Arkham, y al río Miskatonic. Vio la oscura ciudad costera de Innsmouth, y detrás de ella el Arrecife del Diablo. Vio las profundidades acuáticas de R'lyeh donde el difunto Cthulhu yacía durmiendo. Contempló la Meseta de Leng, arrasada por el viento, y las oscuras islas de los Mares del Sur. Pudo apreciar las Tierras del Ensueño, los paisajes de otros lugares, del espacio, así como las formas de vida que habían existido en otros tiempos y que, más viejos que la propia tierra, remontaban a los Primordiales, hasta Hali, e incluso más allá.Pero presenciaba estas escenas como a través de una ventana que parecía invitarle a abandonar su propio mundo para viajar a estos reinos de maravilla y belleza; y en Phillips la tentación era cada vez más fuerte: temblaba con el deseo de obedecer, de dejar de ser lo que era, de intentar ser lo que tal vez podría ser. Pero, como la noche anterior, apagó la luz y agradeció la aparición de las paredes llenas de libros del estudio de su abuelo Whipple. Renunció a las monótonas revisiones que le esperaban, y se pasó el resto de la noche, a la luz de la vela, escribiendo relatos cortos, inspirándose en las escenas y los seres que había visto a la luz de la lámpara de Alhazred.Pasó toda la noche escribiendo, y todo el día siguiente durmiendo, exhausto. Y a la noche, antes de ponerse de nuevo a escribir, estuvo contestando unas cartas. En ellas hablaba de sus «sueños», como ignorando si había visto realmente las imágenes que habían pasado ante sus ojos, o si las había soñado. Reconocía que los mundos de su propia ficción se entretejían con los mundos de la lámpara. Los deseos y anhelos de su juventud se habían fundido en su mente con las visiones de sus intentos creativos, que habían absorbido de igual forma los lugares de la lámpara y los secretos ocultos de su corazón, el cual, como la lámpara de Alhazred, había alcanzado los lejanos extremos del universo.Pasaron muchas noches sin que Phillips volviese a encender la lámpara. Las noches se sumaron, llegando a formar meses, y los meses años. Envejeció, sus relatos de ficción fueron publicados, y con ellos las mitologías de Cthulhu; de Hastur el Inefable; de Yog-Sothoth; de Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los Bosques con sus Mil Crías; de Hypnos, el dios del sueño; de los Primigenios Mayores y de su mensajero, Nyarlathotep; todos esos seres mitológicos, con el oscuro mundo de sombras que representaban, llegaron a formar parte integrante de la intimidad de Phillips. Su conocimiento de ellos era tal que pudo traer Arkham a la realidad. Descubrió la sombra sobre Innsmouth, habló de los murmullos en la oscuridad y del moho de Yuggoth, y dio a conocer el horror de Dunwich. Y en toda su prosa, en todos sus versos, la luz de la lámpara de Alhazred brillaba, aun cuando Phillips ya no la utilizara. Dieciséis años transcurrieron de esta forma, hasta que, una noche, Ward Phillips se acercó a donde había dejado la lámpara, detrás de una fila de libros, sobre uno de los estantes inferiores de la biblioteca de su abuelo Whipple. La sacó de allí, e inmediatamente todos los viejos encantos y todas las maravillas se reavivaron para él. Volvió a limpiarla y la colocó sobre la mesa. En los últimos años, el estado de salud de Phillips había empeorado mucho. Padecía una enfermedad incurable y sabía que sus días estaban contados; pero no quería morir sin volver a contemplar, una última vez, los mundos de belleza y de terror que encerraba la lámpara de Alhazred.Encendió la lámpara otra vez y miró hacia las paredes. Pero sucedió algo extraño. En las mismas paredes donde antes le habían sido presentados los lugares y seres relacionados con la vida de Alhazred, surgía ahora la aparición mágica de un lugar muy conocido por Ward Phillips, pero no del tiempo actual, sino tal como era en una época pasada, un tiempo querido y perdido, cuando retozaba de chiquillo en las orillas del Seekonk, ocupado con los juegos que inspiraba a su imaginación la mitología griega. Allí estaba otra vez la niñez; allí estaban las ensenadas donde había pasado sus años de juventud; allí estaba la glorieta que había construido en honor del gran Pan; toda la irresponsabilidad y la feliz libertad de aquella niñez se reproducían sobre las paredes, porque lo que la lámpara reflejaba ahora eran sus propios recuerdos.Anhelante, pensó que quizá siempre le había proporcionado la lámpara recuerdos ancestrales, pues ¿quién podía negar que su abuelo Whipple, cuando era joven, o los que le precedieron en la línea de Ward Phillips, habían visto todos aquellos lugares iluminados por la lámpara? Y otra vez fue como si mirase por una puerta abierta. La escena le invitaba. Se levantó dificultosamente y caminó hacia la pared. No dudó más que un instante; luego siguió hacia los libros. La luz del sol irrumpió repentinamente a su alrededor. Se sintió libre de sus cadenas y empezó a correr ligeramente a lo largo de la orilla del Seekonk, donde los escenarios de sus primeros años le esperaban para que rejuveneciese, para que volviera a empezar una vida en los tiempos apacibles, cuando el mundo era joven...Se descubrió la desaparición de Ward Phillips cuando un admirador de sus cuentos, que sentía curiosidad por conocerle, vino a la ciudad a hacerle una visita. Se llegó a la conclusión de que se había sentido mal en el bosque y había fallecido allí, pues sus paseos solitarios eran bien conocidos por los vecinos de la calle Angell, así como el paulatino agravamiento de su salud. Organizaron varias excursiones para explorar los alrededores de Nentaconhaunt y las orillas, pero no encontraron rastro de Ward Phillips. La policía confiaba en que algún día se encontrarían sus restos, pero nada descubrió y, con el tiempo, el misterio sin resolver se perdió en los archivos. Los años pasaron. La casa de la calle Angell fue derribada, la biblioteca adquirida por algunas librerías, y lo que había en la casa se vendió como chatarra, incluyendo una vieja y antigua lámpara árabe, por la que nadie, en un mundo tecnológico posterior a la época de Phillips, se interesó y a la que no se encontró utilidad alguna".

H.P. Lovecraft/August Derleth

miércoles, 13 de enero de 2010

"La Liebre"

"Un amigo mío, honesto agricultor, eran un empedernido cazador; lo veían, desde el amanecer saltar zanjas, subir colinas y perseguir a su presa hasta en sus últimos atrincheramientos.Una tarde en que roto de cansancio, y de muy mal humor, tomaba tristemente el camino de regreso a casa con el morral vacío, una liebre sale a sus pies, mi amigo dispara y yerra el tiro: su mal humor aumenta; éste desaparece no obstante cuando ve que la liebre se agazapa a cien pasos de él. Recarga su escopeta, se acerca, dispara y yerra de nuevo los dos tiros; no comprendía cómo había podido ser tan torpe, él que no disparaba nunca en falso. Retoma el camino refunfuñando, cuando vuelve a ver a la liebre, sentada sobre su trasero atusándose apaciblemente los bigotes. «Esta vez —dijo el cazador— no me desafiarás más»; entonces, apuntándole con una precisión que no lo engañó jamás, lanza el disparo y cree haber abatido a su víctima: vana ilusión, pues sale huyendo unos pasos y parece burlarse de su enemigo. El intrépido cazador, arrebatado de ira, jura perseguirla hasta el fin del mundo; cumplió su palabra y tan bien que al cabo de dos horas había consumido toda su munición, aunque veía aún al maligno animal plantarle cara insolentemente, a unos pasos de él.Sin contenerse más de rabia, mi amigo busca hasta el fondo del zurrón y encuentra una carga de pólvora, pero sin plomo; no sabía qué hacer, cuando se le ocurrió la idea de retorcer monedas de seis liards y de seis sous y hacer con ellas balas. Había llegado a recargar su escopeta a fuerza empeño y paciencia y se disponía a disparar, cuando la liebre cambió de repente de aspecto y fue reemplazada por un hombre que dirigió estas palabras al cazador: «Deja de perseguirme, desgraciado; el cielo ha permitido que vuelva a ser criatura humana para impedir que cometas un crimen. Yo soy tu abuelo: desde hace cincuenta años vivo en esta llanura bajo el aspecto de una liebre, y mi penitencia debe prolongarse aún por cincuenta más. Si no quieres sufrir la misma pena, evita tus pecados.» Cuando concluyó estas palabras, se convirtió de nuevo en liebre y dejó a su nieto estupefacto y temblando de espanto.numerosas montañas boscosas. Se quedó muy sorprendido cuando, creyéndose solo, oyó que alguien lo llamaba por su nombre. La voz no le resultaba desconocida. Pero como no parecía demasiado dispuesto a responder, lo llamaron por segunda vez. Creyó reconocer la voz de su padre, recién fallecido. Pese a su miedo, no dejó de dar unos pasos hacia adelante. Pero cuál no sería su sorpresa al ver una gran caverna o una especie de abismo, en la que había una escalera muy larga que iba de arriba abajo. El espectro de su padre se apareció en los primeros peldaños y le dijo que Dios había permitido que se le apareciera para darle instrucciones acerca de lo que debía hacer por su propia salvación y por la liberación de quien le hablaba, así como por la de su abuelo, que se encontraba unos cuantos peldaños más abajo. Añadió que la justicia divina los castigaba y los retenía donde estaban hasta que no restituyera a un determinado monasterio una herencia usurpada por sus antepasados...Recomendó a su hijo que realizara dicha restitución lo antes posible para evitar el castigo divino, pues de no hacerlo su lugar estaba ya reservado en aquel lugar de tormento. Tras aquella amenaza, la escalera y el espectro empezaron a desaparecer insensiblemente, y la entrada de la caverna volvió a cerrarse. El señor, cuyo pavor había llegado al límite, regresó inmediatamente a su casa; la agitación de su espíritu no le permitió intentar profundizar en aquel misterio.Devolvió a los monjes los bienes que le habían indicado, dejó a su hijo el resto de su herencia e ingresó en un monasterio donde pasó santamente el resto de su vida".

Charles Nodier