"Una velada de invierno, quizá a fines de otoño de 1800, o tal vez uno o dos años después de aquella fecha, un joven cirujano se hallaba en su despacho, escuchando el murmullo del viento, que agitaba la lluvia contra la ventana, silbando sordamente en la chimenea. La noche era húmeda y fría; y como él había caminado durante todo el día por el barro y el agua, ahora descansaba confortablemente, en bata, medio dormido, y pensando en mil cosas. Primero en cómo el viento soplaba y de qué manera la lluvia le azotaría el rostro si no estuviese instalado en su casa.Sus pensamientos luego cayeron sobre la visita que hacía todos los años para Navidad a su tierra y a sus amistades e imaginaba que sería muy grato volver a verlas y en la alegría que sentiría Rosa si él pudiera decirle que, al fin, había encontrado un paciente y esperaba encontrar más, y regresar dentro de unos meses para casarse con ella. Empezó a hacer cálculos sobre cuándo aparecería este primer paciente o si, por especial designio de la Providencia, estaría destinado a no tener ninguno. Volvió a pensar en Rosa y le dio sueño y la soñó, hasta que el dulce sonido de su voz resonó en sus oídos y su mano, delicada y suave, se apoyó sobre su espalda.En efecto, una mano se había apoyado sobre su espalda, pero no era suave ni delicada; su propietario era un muchacho corpulento, el cual por un chelín semanal y la comida había sido empleado en la parroquia para repartir medicinas. Como no había demanda de medicamentos ni necesidad de recados, acostumbraba ocupar sus horas ociosas -unas catorce por día- en substraer pastillas de menta, tomarlas y dormirse.-¡Una señora, señor, una señora! -exclamó el muchacho, sacudiendo a su amo.-¿Qué señora? -exclamó nuestro amigo, medio dormido-. ¿Qué señora? ¿Dónde?-¡Aquí! -repitió el muchacho, señalando la puerta de cristales que conducía al gabinete del cirujano, con una expresión de alarma que podría atribuirse a la insólita aparición de un cliente.El cirujano miró y se estremeció también a causa del aspecto de la inesperada visita. Se trataba de una mujer de singular estatura, vestida de riguroso luto y que estaba tan cerca de la puerta que su cara casi tocaba con el cristal. La parte superior de su figura se hallaba cuidadosamente envuelta en un chal negro, y llevaba la cara cubierta con un velo negro y espeso. Estaba de pie, erguida; su figura se mostraba en toda su altura, y aunque el cirujano sintió que unos ojos bajo el velo se fijaban en él, ella no se movía para nada ni mostraba darse cuenta de que la estaban observando.-¡Viene para una consulta? -preguntó el cirujano titubeando y entreabriendo la puerta. No por eso se alteró la posición de la figura, que seguía siempre inmóvil.Ella inclinó la cabeza en señal de afirmación.-Pase, por favor -dijo el cirujano.La figura dio un paso; luego, volviéndose hacia donde estaba el muchacho, el cual sintió un profundo horror, pareció dudar.-Márchate, Tom -dijo al muchacho, cuyos ojos grandes y redondos habían permanecido abiertos durante la breve entrevista-. Corre la cortina y cierra la puerta.El muchacho corrió una cortina verde sobre el cristal de la puerta, se retiró al gabinete, cerró la puerta e inmediatamente miró por la cerradura. El cirujano acercó una silla al fuego e invitó a su visitante a que se sentase. La figura misteriosa se adelantó hacia la silla, y cuando el fuego iluminó su traje negro el cirujano observó que estaba manchado de barro y empapado de agua.-¿Se ha mojado mucho? -le preguntó.-Si -respondió ella con una voz baja y profunda.-¿Se siente mal? -inquirió el cirujano, compasivamente, ya que su acento era el de una persona que sufre.-Sí, bastante. No del cuerpo, pero sí moralmente. Aunque no es por mí que he venido. Si yo estuviese enferma no andaría a estas horas y en una noche como esta, y, si dentro de veinticuatro horas me ocurriese lo que me ocurre, Dios sabe con qué alegría guardaría cama y desearía morirme. Es para otro que solicito su ayuda, señor. Puede que esté loca al rogarle por él. Pero una noche tras otra, durante horas terribles velando y llorando, este pensamiento se ha ido apoderando de mí; y aunque me doy cuenta de lo inútil que es para él toda asistencia humana, ¡el solo pensamiento de que puede morirse me hiela la sangre!Había tal desesperación en la expresión de esta mujer que el joven cirujano, poco curtido en las miserias de la vida, en esas miserias que suelen ofrecerse a los médicos, se impresionó profundamente.-Si la persona que usted dice -exclamó, levantándose- se halla en la situación desesperada que usted describe, no hay que perder un momento. ¿Por qué no consultó usted antes al médico?-Porque hubiera sido inútil y todavía lo es -repuso la mujer, cruzando las manos.El cirujano contempló por un momento su velo negro, como para cerciorarse de la expresión de sus facciones; pero era tan espeso que le fue imposible saberlo.-Se encuentra usted enferma -dijo amablemente-. La fiebre, que le ha hecho soportar, sin darse cuenta, la fatiga que evidentemente sufre usted, arde ahora dentro. Llévese esa copa a los labios -prosiguió, ofreciéndole un vaso de agua- y luego explíqueme, con cuanta calma le sea posible, cuál es la dolencia que aqueja al paciente, y cuánto tiempo hace que está enfermo. Cuando conozca los detalles para que mi visita le sea útil, iré inmediatamente con usted.La desconocida llevó el vaso a sus labios sin levantar el velo; sin embargo, lo dejó sin haberlo probado, y rompió en llanto.-Se -dijo sollozando- que lo que digo parece un delirio fiebril. Ya me lo han dicho, aunque sin la amabilidad de usted. No soy una mujer joven; y, se dice, que cuando la vida se dirige hacia su final, la escasa vida que nos queda nos es más querida que todos los tiempos anteriores, ligados al recuerdo de viejos amigos, muertos hace años, de jóvenes, niños quizá, que han desaparecido y la han olvidado a una por completo, como si una estuviese muerta. No puedo vivir ya muchos años; así es que, bajo este aspecto, tiene que resultarme la vida más querida; aunque la abandonaría sin un suspiro y hasta con alegría si lo que ahora le cuento fuese falso. Mañana por la mañana, aquel de quien hablo se hallará fuera de todo socorro; y, a pesar de ello, esta noche, aunque se encuentre en un terrible peligro, usted no puede visitarle ni servirle de ninguna manera.-No quisiera aumentar sus penas -dijo el cirujano-, haciendo un comentario sobre esto que me comenta, comprendo que desea ocultarlo. Pero hay en su relato algo que no puede conciliarse con sus probabilidades. La persona que usted me dice está muriéndose y no puedo ver, cuando mi presencia le sería de algún valor. En cambio, usted teme que mañana sea inútil y, con todo, ¡quiere que entonces le vea! Si él le es tan querido como las palabras y la actitud de usted me indican, ¿por qué no intentar salvar su vida sin tardanza antes de que el avance de su enfermedad haga la intención impracticable?-¡Dios me asista! -exclamó la mujer, llorando-. ¿Cómo puedo esperar a que un extraño quiera creer lo increíble? ¿No querrá usted visitarlo, señor? -añadió levantándose vivamente.-Yo no digo que me niegue -replicó el cirujano-. Pero le advierto que, de persistir en tan extraordinaria demora, incurrirá en una terrible responsabilidad si el individuo se muere.-La responsabilidad será siempre grave -replicó la desconocida en tono amargo-. Cualquier responsabilidad que sobre mí recaiga, la acepto y estoy pronta a responder de ella.-Como yo no incurro en ninguna -agregó el cirujano-, si accedo a la petición de usted, veré al paciente mañana, si usted me deja sus señas. ¿A qué hora se le puede visitar?-A las nueve-replicó la desconocida.-Usted excusará mi insistencia en este asunto-dijo el cirujano-. Pero ¿está él a su cuidado?-No, señor.-Entonces, si le doy instrucciones para el tratamiento durante esta noche, ¿podría usted cumplirlas?La mujer lloró amargamente y replicó:-No; no podría.Como no había esperanzas de obtener más informes con la entrevista y deseoso, por otra parte, de no herir los sentimientos de la mujer, que ya se habían convertidos en irreprimibles y penosísimos de contemplar, el cirujano repitió su promesa de acudir a la mañana. Su visitante, después de darle la dirección, abandonó la casa de la misma forma misteriosa que había entrado.Es de suponer que tan extraordinaria visita produjo una gran impresión en el cirujano, y que este meditó por largo tiempo, aunque con escaso provecho, sobre todas las circunstancias del caso. Como casi todo el mundo, había leído y oído hablar a menudo de casos raros, en los que el presentimiento de la muerte a una hora determinada, había sido concebido. Por un momento se inclinó a pensar que el caso era uno de estos; pero entonces se le ocurrió que todas las anécdotas de esta clase que había oído se referían a personas que fueron asaltadas por un presentimiento de su propia muerte. Esta mujer, sin embargo, habló de un hombre; y no era posible suponer que un mero sueño le hubiese inducido a hablar de aquel próximo fallecimiento en una forma tan terrible y con la seguridad con que se había expresado.¿Sería acaso que el hombre tenía que ser asesinado a la mañana siguiente, y que la mujer, cómplice de él y ligada a él por un secreto, se arrepentía y, aunque imposibilitada para impedir cualquier atentado contra la víctima, se había decidido a prevenir su muerte, si era posible, haciendo intervenir a tiempo al médico? La idea de que tales cosas ocurrieran a dos millas de la ciudad le parecía absurda. Ahora bien, su primera impresión, esto es, de que la mente de la mujer se hallaba desordenada, acudía otra vez; y como era el único modo de resolver el problema, se aferró a la idea de que aquella mujer estaba loca. Ciertas dudas acerca de este punto, no obstante, le asaltaron durante una pesada noche sin sueño, en el transcurso de la cual, y a despecho de todos los esfuerzos, no pudo expulsar de su imaginación perturbada aquel velo negro.La parte más lejana de Walworth, aun hoy, es un sitio aislado y miserable. Pero hace treinta y cinco años era casi en su totalidad un descampado, habitado por gente diseminada y de carácter dudoso, cuya pobreza les prohibía aspirar a un mejor vecindario, o bien cuyas ocupaciones y maneras de vivir hacían esta soledad deseable. Muchas de las casas que allí se construyeron no lo fueron sino en años posteriores; y la mayoría de las que entonces existían, esparcidas aquí y allá, eran del más tosco y miserable aspecto.La apariencia de los lugares por donde el joven cirujano pasó a la mañana siguiente, no levantaron su ánimo ni disiparon su ansiedad. Saliendo del camino, tenía que cruzar por el yermo fangoso, por irregulares callejuelas. Algún infortunado árbol y algún hoyo de agua estancada, sucio de lodo por la lluvia orillaban el camino. Y a intervalos, un raquítico jardín, con algunos tableros viejos sacados de alguna casa de verano, y una vieja empalizada arreglada con estacas robadas de los setos vecinos, daban testimonio de la pobreza de sus habitantes y de los escasos escrúpulos que tenían para apropiarse de lo ajeno. En ocasiones, una mujer de aspecto enfermizo aparecía a la puerta de una sucia casa, para vaciar el contenido de algún utensilio de cocina en la alcantarilla de enfrente, o para gritarle a una muchacha en chancletas que había proyectado escaparse, con paso vacilante, con un niño pálido, casi tan grande como ella. Pero apenas si se movía nada por aquellos alrededores. Y todo el panorama, ofrecía un aspecto solitario y tenebroso, de acuerdo con los objetos que hemos descrito.Después de afanarse a través del barro; de realizar varias pesquisas acerca del lugar que se le había indicado, recibiendo otras tantas respuestas contradictorias, el joven llegó al fin a la casa. Era baja, de aspecto desolado. Una vieja cortina amarilla ocultaba una puerta de cristales al final de unos peldaños, y los postigos estaban entornados. La casa se hallaba separada de las demás y, como estaba en un rincón de una corta callejuela, no se veía otra por los alrededores.Si decimos que el cirujano dudaba y que anduvo unos pasos más allá de la casa antes de dominarse y levantar el llamador de la puerta, no diremos nada que tenga que provocar la sonrisa en el rostro del lector más audaz. La policía de Londres, por aquel tiempo, era un cuerpo muy diferente del de hoy día; la situación aislada de los suburbios, cuando la fiebre de la construcción y las mejoras urbanas no habían empezado a unirlos a la ciudad y sus alrededores, convertían a varios de ellos, y a este en particular, en un sitio de refugio para los individuos más depravados.Aun las calles de la parte más alegre de Londres se hallaban entonces mal iluminadas. Los lugares como el que describimos estaban abandonados a la luna y las estrellas. Las probabilidades de descubrir a los personajes desesperados, o de seguirles el rastro hasta sus madrigueras, eran así muy escasas y, por tanto, sus audacias crecían; y la conciencia de una impunidad cada vez se hacía mayor por la experiencia cotidiana. Añádanse a estas consideraciones que el joven cirujano se había pasado algún tiempo en los hospitales de Londres; y, si bien ni un Burke ni un Bishop habían alcanzado todavía su gran notoriedad, sabía, por propia observación, cuán fácilmente las atrocidades pueden ser cometidas. Sea como fuere, cualquiera que fuese la reflexión que le hiciera dudar, lo cierto es que dudó; pero siendo un hombre joven, de espíritu fuerte y de gran valor personal, sólo titubeó un instante. Volvió atrás y llamó con suavidad a la puerta.Enseguida se oyó un susurro, como si una persona, al final del pasillo, conversase con alguien del rellano de la escalera, más arriba. Después se oyó el ruido de dos pesadas botas y la cadena de la puerta fue levantada con suavidad. Allí vio a un hombre alto, de mala facha, con el pelo negro y una cara tan pálida y desencajada como la de un muerto; se presentó, diciendo en voz baja:-Entre, señor.El cirujano lo hizo así, y el hombre, después de haber colocado otra vez la cadena, le condujo hasta una pequeña sala interior, al final del pasillo.-¿He llegado a tiempo?-Demasiado temprano -replicó el hombre.El cirujano miró a su alrededor, con un gesto de asombro.-Si quiere usted entrar aquí -dijo el hombre que, evidentemente, se había dado cuenta de la situación-, no tardará ni siquiera cinco minutos, se lo aseguro.El cirujano entró en la habitación; el hombre cerró la puerta y lo dejó solo. Era un cuarto pequeño, sin otros muebles que dos sillas de pino y una mesa del mismo material. Un débil fuego ardía en el brasero; fuego inútil para la humedad de las paredes. La ventana, rota y con parches en muchos sitios, daba a una pequeña habitación con suelo de tierra y casi toda cubierta de agua. No se oían ruidos, ni dentro ni fuera. El joven doctor tomó asiento cerca del fuego, en espera del resultado de su primera visita profesional.No habían transcurrido muchos minutos cuando percibió el ruido de un coche que se aproximaba y poco después se detenía. Abrieron la puerta de la calle, oyó luego una conversación en voz baja, acompañada de un ruido confuso de pisadas por el corredor y las escaleras, como si dos o tres hombres llevasen algún cuerpo pesado al piso de arriba. El crujir de los escalones, momentos después, indicó que los recién llegados, habiendo acabado su tarea, cualquiera que fuese, abandonaban la casa. La puerta se cerró de nuevo y volvió a reinar el silencio.Pasaron otros cinco minutos y ya el cirujano se disponía a explorar la casa en busca de alguien, cuando se abrió la puerta del cuarto y su visitante de la pasada noche, vestida exactamente como en aquella ocasión, con el velo bajado como entonces, le invitó por señas a que le siguiera. Su gran estatura, añadida a la circunstancia de no pronunciar una palabra, hizo que por un momento pasara por su imaginación la idea de que podría tratarse de un hombre disfrazado de mujer. Sin embargo, los histéricos sollozos que salían de debajo del velo y su actitud de pena, hacían desechar esta sospecha; y él la siguió sin vacilar.La mujer subió la escalera y se detuvo en la puerta de la habitación para dejarle entrar primero. Apenas si estaba amueblada con una vieja arca de pino, unas pocas sillas y un armazón de cama con dosel, sin colgaduras, cubierta con una colcha remendada. La luz mortecina que dejaba pasar la cortina que él había visto desde fuera, hacía que los objetos que de la habitación se distinguieran confusamente, hasta el punto de no poder percibir aquello sobre lo cual sus ojos reposaron al principio. En esto, la mujer se adelantó y se puso de rodillas al lado de la cama.Tendida sobre esta, muy acurrucada en una sábana cubierta con unas mantas, una forma humana yacía sobre el lecho, rígida e inmóvil. La cabeza y la cara se hallaban descubiertas, excepto una venda que le pasaba por la cabeza y por debajo de la barbilla. Tenía los ojos cerrados. El brazo izquierdo estaba extendido pesadamente sobre la cama. La mujer le tomó una mano. El cirujano, rápido, apartó a la mujer y tomó esta mano.-¡Dios mío! -exclamó, dejándola caer involuntariamente-. ¡Este hombre está muerto!La mujer se puso en pie vivamente y estrechó sus manos.-¡Oh, señor, no diga eso! -exclamó con un estallido de pasión cercano a la locura-. ¡Oh, señor, no diga eso; no podría soportarlo! Algunos han podido volver a la vida cuando los daban por muerto. ¡No le deje, señor, sin hacer un esfuerzo para salvarlo! En estos instantes la vida huye de él. ¡Inténtelo, señor, por todos los santos del cielo! -Y hablando así, frotaba la frente y el pecho de aquel cuerpo sin vida; y enseguida golpeaba con frenesí las frías manos que, al dejar de retenerlas, volvieron a caer, indiferentes y pesadas, sobre la colcha.-Esto no servirá de nada, buena mujer -dijo el cirujano suavemente, mientras le apartaba la mano del pecho de aquel hombre-. ¡Descorra la cortina!-¿Por qué? -preguntó la mujer, levantándose con sobresalto.-¡Descorra la cortina! -repitió el cirujano con voz agitada.-Oscurecí la habitación expresamente -dijo la mujer, poniéndose delante, mientras él se levantaba para hacerlo-. ¡Oh, señor, tenga compasión de mí! Si no tiene remedio; si está realmente muerto, ¡no exponga su cuerpo a otros ojos que los míos!-Este hombre no ha muerto de muerte natural -observó el cirujano-. Es preciso ver su cuerpo.Y con vivo ademán, tanto que la mujer apenas se dio cuenta de que se había alejado, abrió la cortina de par en par, y, a plena luz, regresó al lado de la cama.-Ha habido violencia -dijo, señalando al cuerpo y examinando atentamente el rostro de la mujer, cuyo velo negro, por primera vez, se hallaba subido. En la excitación anterior se había quitado la cofia y el velo y ahora se encontraba delante de él, de pie, mirándole fijamente. Sus facciones eran las de una mujer de unos cincuenta años, y demostraban haber sido guapa. Penas y lágrimas habían dejado en ella un rastro que los años, por sí solos, no hubieran podido dejar. Tenía la cara muy pálida. Y el temblor nervioso de sus labios y el fuego de su mirada demostraban que todas sus fuerzas físicas y morales se hallaban anonadadas bajo un cúmulo de miserias.-Aquí ha habido violencia -repitió el cirujano, evitando aquella mirada.-¡Sí, violencia! -repitió la mujer.-Ha sido asesinado.-Pongo a Dios por testigo de que lo ha sido -exclamó la mujer con convicción-. ¡Cruel, inhumanamente asesinado!-¿Por quién? -dijo el cirujano, aferrando por los brazos a la mujer.-Mire las señales del asesino, y luego pregúnteme -replicó ella.El cirujano volvió el rostro hacia la cama y se inclinó sobre el cuerpo que ahora yacía iluminado por la luz de la ventana. El cuello estaba hinchado, con una señal rojiza a su alrededor. Como un relámpago, se le presentó la verdad.-¡Es uno de los hombres que han sido ajusticiados esta mañana! -exclamó volviéndose con un estremecimiento.-¡Es él! -replicó la mujer con una mirada extraviada e inexpresiva.-¿Quién era?-Mi hijo -añadió la mujer, cayendo a sus pies sin sentido.Era verdad. Un cómplice, tan culpable como él mismo, había sido absuelto, mientras a él lo condenaron y ejecutaron. Referir las circunstancias del caso, ya lejano, es innecesario y podría lastimar a personas que aún viven. Era una historia como las que ocurren a diario. La mujer era una viuda sin relaciones ni dinero, que se había privado de todo para dárselo a su hijo. Este, despreciando los ruegos de su madre, y sin acordarse de los sacrificios que ella había hecho por él, se había hundido en la disipación y el crimen. El resultado era este; la muerte, por la mano del verdugo, y para su madre la vergüenza y una locura incurable.Durante varios años, el joven cirujano visitó diariamente a la pobre loca. Y no sólo para calmarla con su presencia, sino para velar con mano generosa, por su comodidad y sustento. En el destello fugaz de su memoria que precedió a la muerte de la desdichada, un ruego por el bienestar y dicha de su protector salió de los labios de la pobre criatura desamparada. La oración voló al cielo, donde fue oída y la limosna que él dio le ha sido mil veces devuelta; pero entre los honores y las satisfacciones que merecidamente ha tenido no conserva recuerdo más grato a su corazón que el de la historia de la mujer del velo negro".
Charles Dickens
"El sol se había puesto: las nubes, que cruzaban hechas jirones sobre mi cabeza, iban a amontonarse unas sobre otras en el horizonte lejano. El viento frío de las tardes de otoño arremolinaba las hojas secas a mis pies.Yo estaba sentado al borde de un camino, por donde siempre vuelven menos de los que van.No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba entonces en alguna cosa. Mi alma temblaba a punto de lanzarse al espacio, como el pájaro tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el vuelo.Hay momentos en que, merced a una serie de abstracciones, el espíritu se sustrae a cuanto le rodea, y replegándose en sí mismo analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la vida interna del hombre.Hay otros en que se desliga de la carne, pierde su personalidad y se confunde con los elementos de la Naturaleza, se relaciona con su modo de ser y traduce su incomprensible lenguaje. Yo me hallaba en uno de estos últimos momentos, cuando solo y en medio de la escueta llanura oí hablar cerca de mí.Eran dos hojas secas las que hablaban, y éste, poco más o menos, su extraño diálogo:-¿De dónde vienes, hermana?-Vengo de rodar con el torbellino, envuelta en la nube de polvo y de las hojas secas nuestras compañeras, a lo largo de la interminable llanura. ¿Y tú?-Yo he seguido algún tiempo la corriente del río, hasta que el vendaval me arrancó de entre el légamo y los juncos de la orilla.-¿Y adónde vas?-No lo sé: ¿lo sabe acaso el viento que me empuja?-¡Ay! ¿Quién diría que habíamos de acabar amarillas y secas arrastrándonos por la tierra, nosotras que vivimos vestidas de color y de luz meciéndonos en el aire?-¿Te acuerdas de los hermosos días en que brotamos; de aquella apacible mañana en que, roto el hinchado botón que nos servía de cuna, nos desplegamos al templado beso del sol como un abanico de esmeraldas?-¡Oh! ¡Qué dulce era sentirse balanceada por la brisa a aquella altura, bebiendo por todos los poros el aire y la luz!-¡Oh! ¡Qué hermoso era ver correr el agua del río que lamía las retorcidas raíces del añoso tronco que nos sustentaba, aquel agua limpia y transparente que copiaba como un espejo el azul del cielo, de modo que creíamos vivir suspendidas entre dos abismos azules!-¡Con qué placer nos asomábamos por cima de las verdes frondas para vernos retratadas en la temblorosa corriente!-¡Cómo cantábamos juntas imitando el rumor de la brisa y siguiendo el ritmo de las ondas!-Los insectos brillantes revoloteaban desplegando sus alas de gasa a nuestro alrededor.-Y las mariposas blancas y las libélulas azules, que giran por el aire en extraños círculos, se paraban un momento en nuestros dentellados bordes a contarse los secretos de ese misterioso amor que dura un instante y les consume la vida.-Cada cual de nosotras era una nota en el concierto de los bosques.-Cada cual de nosotras era un tono en la armonía de su color.-En las noches de luna, cuando su plateada luz resbalaba sobre la cima de los montes, ¿te acuerdas cómo charlábamos en voz baja entre las diáfanas sombras?-Y referíamos con un blando susurro las historias de los silfos que se columpian en los hilos de oro que cuelgan las arañas entre los árboles.-Hasta que suspendíamos nuestra monótona charla para oír embebecidas las quejas del ruiseñor, que había escogido nuestro tronco por escabel.-Y eran tan tristes y tan suaves sus lamentos que, aunque llenas de gozo al oírle, nos amanecía llorando.-¡Oh! ¡Qué dulces eran aquellas lágrimas que nos prestaba el rocío de la noche y que resplandecían con todos los colores del iris a la primera luz de la aurora!-Después vino la alegre banda de jilgueros a llenar de vida y de ruidos el bosque con la alborozada y confusa algarabía de sus cantos.-Y una enamorada pareja colgó junto a nosotras su redondo nido de aristas y de plumas.-Nosotras servíamos de abrigo a los pequeñuelos contra las molestas gotas de la lluvia en las tempestades de verano.-Nosotras les servíamos de dosel y los defendíamos de los importunos rayos del sol.-Nuestra vida pasaba como un sueño de oro, del que no sospechábamos que se podría despertar.-Una hermosa tarde en que todo parecía sonreír a nuestro alrededor, en que el sol poniente encendía el ocaso y arrebolaba las nubes, y de la tierra ligeramente húmeda se levantaban efluvios de vida y perfumes de flores, dos amantes se detuvieron a la orilla del agua y al pie del tronco que nos sostenía.-¡Nunca se borrará ese recuerdo de mi memoria. Ella era joven, casi una niña, hermosa y pálida. Él le decía con ternura: -¿Por qué lloras? -Perdona este involuntario sentimiento de egoísmo -le respondió ella enjugándose una lágrima-; lloro por mí. Lloro la vida que me huye: cuando el cielo se corona de rayos de luz, y la tierra se viste de verdura y de flores, y el viento trae perfumes y cantos de pájaros y armonías distantes, y se ama y se siente una amada, ¡la vida es buena! -¿Y por qué no has de vivir? -insistió él estrechándole las manos conmovido. -Porque es imposible. Cuando caigan secas esas hojas que murmuran armoniosas sobre nuestras cabezas, yo moriré también, y el viento llevará algún día su polvo y el mío ¿quién sabe adónde?Yo lo oí y tú lo oíste, y nos estremecimos y callamos. ¡Debíamos secarnos! ¡Debíamos morir y girar arrastradas por los remolinos del viento! Mudas y llenas de terror permanecíamos aún cuando llegó la noche. ¡Oh! ¡Qué noche tan horrible!-Por la primera vez faltó a su cita el enamorado ruiseñor que la encantaba con sus quejas.-A poco volaron los pájaros, y con ellos sus pequeñuelos ya vestidos de plumas; y quedó el nido solo, columpiándose lentamente y triste como la cuna vacía de un niño muerto.Y huyeron las mariposas blancas y las libélulas azules, dejando su lugar a los insectos oscuros que venían a roer nuestras fibras y a depositar en nuestro seno sus asquerosas larvas.-¡Oh! ¡Y cómo nos estremecíamos encogidas al helado contacto de las escarchas de la noche!-Perdimos el color y la frescura.-Perdimos la suavidad y la forma, y lo que antes al tocarnos era como rumor de besos, como murmullo de palabras de enamorados, luego se convirtió en áspero ruido, seco, desagradable y triste.-¡Y al fin volamos desprendidas!-Hollada bajo el pie del indiferente pasajero, sin cesar arrastrada de un punto a otro entre el polvo y el fango, me he juzgado dichosa cuando podía reposar un instante en el profundo surco de un camino.-Yo he dado vueltas sin cesar, arrastrada por la turbia corriente, y en mi larga peregrinación vi, solo, enlutado y sombrío, contemplando con una mirada distraída las aguas que pasaban y las hojas secas que marcaban su movimiento, a uno de los dos amantes cuyas palabras nos hicieron presentir la muerte.-¡Ella también se desprendió de la vida y acaso dormirá en una fosa reciente, sobre la que yo me detuve un momento!-¡Ay! Ella duerme y reposa al fin; pero nosotras, ¿cuándo acabaremos este largo viaje?...-¡Nunca!... Ya el viento que nos dejó reposar un punto vuelve a soplar, y ya me siento estremecida para levantarme de la tierra y seguir con él. ¡Adiós, hermana!-¡Adiós!...Silbó el aire, que había permanecido un momento callado, y las hojas se levantaron en confuso remolino, perdiéndose a lo lejos entre las tinieblas de la noche.Y yo pensé entonces algo que no puedo recordar, y que, aunque lo recordase, no encontraría palabras para decirlo".Gustavo Adolfo Becquer
"Raoul, conde de la Frenaie, era por naturaleza el más confiado de los maridos. Aquella ausencia de suspicacia se debía en parte a la falta de imaginación. Y por lo que respecta a sus demás cualidades, sin duda las embotaban los fuertes vinos de Averoigne. Sea como fuere, de no haber sido por la más imprevista pero fatal de las circunstancias, jamás habría sospechado nada de la amistad de Adele, su esposa, con Olivier du Montoir, joven poeta que, si no hubiera sufrido aquel imprevisto y nefasto percance, en su momento podría haber rivalizado con Ronsard como una de las estrellas más rutilantes de la poesía. De hecho, al señor conde le enorgullecía que aquel joven y atractivo rapsoda, que se había bañado en las fuentes del Helicón y cuyos sonetos y baladas ya gozaban de cierto renombre allende los límites de Averoigne, mostrase predilección por su esposa. Tampoco le molestaba que los evidentes encantos de Adele inspirasen explícitamente muchas de sus creaciones, que en ellas ensalzara sin ambages su cabellera de ébano, su áurea mirada y demás atributos no menos atractivos y consustanciales a la perfección femenina.El señor conde no tenía la menor intención de entender la poesía: como muchos otros, la consideraba materia apartada de las cosas mundanas y del sentido común. La métrica y la rima le aturdían las facultades mentales. Mientras tanto, el atrevimiento de las baladas y de su autor fueron aumentando paulatinamente. Una semana de maravilloso calor bastó para fundir las nieves de aquel invierno tan severo. La primavera pobló los campos con sus flores más tempranas. Olivier había incrementado la frecuencia de sus visitas al castillo de la Frenaie. Él y Adele pasaban mucho rato a solas, ya que casi todos los temas de que trataban trascendían los intereses y la comprensión del señor conde. Y ahora, en primavera, salían a pasear por los bosques circundantes, vergel de verdor que prácticamente se extendía hasta los grises muros y la barbacana de la fortaleza. El aire se embriagaba con las intensas y frescas fragancias de las primeras flores silvestres. Si aquellos paseos fueron el blanco de chismorreos, se produjeron con tal discreción que jamás llegaron a los oídos de Raoul, o incluso de los dos afectados.Tal como se desarrollaban los acontecimientos, resulta difícil comprender por qué de pronto el señor conde se preocupó por la integridad de su honor conyugal. Quizá entre alguno de sus episodios de caza y bebida en que distribuía su tiempo se percató de que su mujer estaba más joven y hermosa que nunca, que florecía del modo en que las mujeres florecen bajo los mágicos rayos del amor. Acaso había descubierto alguna mirada de ardiente pasión entre Adele y Olivier. O a lo mejor aquella prematura primavera le había atravesado el etílico lodazal de su cerebro con un batallón de sensaciones y pensamientos largo tiempo olvidados, y por fin se hizo la luz en él. Fuera lo que fuese, ya llevaba días preocupado. Y una tarde de principios de abril, a su retorno de Vyones, adonde había ido para atender unos asuntos, la servidumbre le informó que la señora condesa y Olivier du Montoir habían salido a dar un paseo por el bosque. Su abúlica expresión no reveló cuáles eran sus auténticos pensamientos. Pareció reflexionar durante unos instantes.-¿Adónde se dirigieron? Es preciso que hable enseguida con la señora condesa.Los sirvientes le indicaron la dirección. Salió en su busca, siguiendo lentamente el sendero que habían tomado, hasta que el castillo desapareció de su vista. A partir de entonces, aceleró la marcha y, al internarse en la espesura, comenzó a acariciar la empuñadura de su espada.-Tengo un poco de miedo, Olivier. ¿Vamos a alejarnos mucho más?Adele y Olivier se habían apartado un poco de los límites que solían abarcar sus paseos. Se hallaban en una zona del bosque de Averoigne donde los árboles son más viejos y altos. Se decía que algunos de los enormes robles ya eran viejos y altos en tiempos del paganismo. Muy poca gente frecuentaba aquellas lindes. Y entre los habitantes de la región, a lo largo de generaciones se habían transmitido extrañas leyendas y creencias. En aquellos andurriales habían acontecido hechos que suponían una afrenta a la ciencia y una blasfemia. Se decía que quien osara penetrar en los confines inmemoriales de aquellos claros bañados por las sombras silvestres sería presa de malignos influjos. Varias eran las creencias y las leyendas, sólo vagas especulaciones. Sin embargo, todas coincidían en que el bosque estaba poseído por alguna entidad enemiga de los hombres, algún espíritu primordial más antiguo que Jesucristo o Satanás. Quienquiera que hollase los dominios de aquel ser terminaba siendo pasto del horror, la locura, la posesión infernal o de pasiones irracionales y torvas que conducían a la condenación del alma. También había personas que, entre susurros, explicaban quién era aquel espíritu, describían su aspecto y contaban historias asombrosas. Sin embargo, tales asuntos eran desoídos por los cristianos devotos.-Sólo un poco más -insistió Olivier-. Mirad a vuestro alrededor, dueña mía, fijaos cómo estos viejos árboles se han engalanado con la radiante frescura de abril, cómo se regocijan ante el retorno del calor y los rayos del sol.-Pero la gente explica historias horribles, Olivier.-Cuentos para asustar a los niños. Sigamos un poco más. Nada nos hará daño; sólo nos aguarda una inmensa y cautivadora belleza.Efectivamente, las nuevas hojas hacían que los grandes robles y hayas pareciesen imbuidos de juventud. El bosque semejaba rebosar despreocupación y júbilo divinal. Costaba creer en fábulas y supersticiones. Era uno de esos días en que el corazón siente la imperiosa necesidad de amor perpetuo, de errar por siempre jamás. Así pues, tras superar ciertos reparos femeninos y con muchas promesas, Olivier convenció a Adele y prosiguieron. En el sendero aparecían huellas de animales u hombres que les permitieron seguir el camino con mayor facilidad. Las ramas que pendían en ambos márgenes los envolvían en un suave manto de verdor y daban la impresión de engullirlos. Algunos rayos dorados de sol traspasaban las altas copas para crear aureolas en torno a las bellas y escondidas lilas que florecían entre los contorsionados amasijos de enormes raíces. Los troncos estaban retorcidos, llenos de señales centenarias, contrahechos y deformados por el peso de incontables años, pero con un hálito de antigua sabiduría, de serena armonía. Adele prorrumpió en exclamaciones de gozo y alegría. Ni ella ni Olivier veían nada siniestro o inquietante en la exquisita belleza y desbordante pintoresquismo que les ofrecía la vieja floresta.-¿Me creéis ahora? -preguntó Olivier- ¿Tenéis algo que temer de unas flores y unos árboles inofensivos?Adele se limitó a sonreír. En medio de aquel círculo dorado de rayos de sol, ella y Olivier se contemplaron con intensa intimidad. En el inmóvil aire flotaba un extraño perfume que llegaba en lentas oleadas, procedente de un origen indeterminado; una fragancia que semejaba hablar maliciosamente de amor, permisividad, languidez, complacencia. Ninguno sabía de qué flor emanaba, ya que desconocían casi todos los ejemplares que se hallaban en los contornos, algunos con forma de pesadas campanas blancas o rosas, otros con pétalos rizados y gemelos, o con corolas como heridas sonrosadas. Al mirarse de aquel modo, se notaron ensartados por un fogonazo de pasión. Se les aceleró el pulso como si hubieran ingerido un eficaz filtro. Los ojos de Olivier, brillando con manifiesta pasión, y el moderado rubor en las mejillas de la señora condesa eran el síntoma de que compartían el mismo deseo. El amor incontenible, mutuamente ocultado hasta aquel momento, se abría paso por las venas de ambos. Siguieron caminando en silencio, con la incómoda sensación de un descubrimiento que procuraban reprimir a toda costa. No osaban pronunciar palabra; tampoco repararon en el aspecto de la zona en que se adentraban. Y ninguno de los dos prestó atención a la repugnante deformidad de los troncos, los obscenos y monstruosos hongos cuya palidez mancillaba las sombras silvestres, las flores carmesíes que se exhibían provocativamente al sol. El hechizo de su lujuria se cernía sobre los amantes, ebrios por la mandrágora de la pasión. Todo lo que estaba más allá de sus cuerpos, de sus corazones, del latido de su ardiente sangre, era más difuso que los sueños.La floresta se volvió más espesa, las ramas arqueadas semejaban urdimbres de tinieblas. Los ojos de criaturas feroces los contemplaron desde sus ocultas madrigueras, con destellos de malicioso carmesí o frío e intenso berilo. Y un pestilente hedor de aguas estancadas, asfixiadas por las hojas del último otoño, se alzó para dar la bienvenida a los amantes y para atenuar un poco el peligroso encantamiento que los atenazaba. Se detuvieron junto a un estanque circundado por rocas; los alisos multiplicaban sus deterioradas copas como deseando perpetuar para siempre los agónicos resabios de un caduco frenesí. Y allí, entre las ramas bajas de los alisos, entre un brote de hojas nuevas, descubrieron un rostro que les lanzó una mirada lasciva. Era una visión increíble. Durante unos instantes no pudieron creer lo que veían. Sobre la cara semihumana se alzaban dos cuernos entre una mata de grueso vello, ojos rasgados, boca animal, barba con cerdas de jabalí. La cara era vieja, inimaginablemente vieja, surcada por arrugas y líneas fruto de inequívocos eones de lujuria. La mirada era un crisol incontrolable de malicia y corrupción atesoradas desde los tiempos del paganismo. El rostro de Pan, desde su secreto escondrijo, contemplaba con odio a los intrusos.Un terror de pesadilla se apoderó de Adele y Olivier: enseguida les vinieron a la memoria todas las leyendas. Se había roto el hechizo de su pasión, los efectos de la droga del deseo habían remitido por completo. Como si hubieran despertado de un profundo sueño, vieron aquella faz y percibieron, más allá del salvaje palpitar de su sangre, el eterno conflicto entre el bien y el mal, las carcajadas del terror, cuando la visión desapareció entre el ramaje. Estremecida, Adele se echó por primera vez en brazos de su amante.-¿Habéis visto eso? -susurró.Olivier la atrajo hacia sí. Ante aquella deliciosa proximidad, la repugnante criatura que habían visto se le hizo improbable e irreal. Sin duda alguna clase de contrahechizo había conjurado aquel horror hasta hacerlo desaparecer. Sin embargo, ignoraba si habían sido víctimas de una alucinación pasajera, una fantasía causada por las hojas de los alisos o por el demonio que decían que moraba en Averoigne. La estupefacción que había causado todo aquello carecía de fundamento lógico o racional. Fuera lo que fuese, se sentía muy feliz: gracias a eso, Adele se había refugiado en sus brazos. Sólo podía pensar en la proximidad, la calidez de los labios que durante tanto tiempo había ansiado besar. Comenzó a tranquilizarla, a disipar sus temores, a hacerle ver que todo podría haber sido fruto de la imaginación. Mezcló los esfuerzos por calmarla con ardientes declaraciones de amor. La besó... se olvidaron del sátiro...Raoul los encontró juntos, tendidos sobre una alfombra de musgo dorado por los rayos del sol, que pasaban por el único resquicio que encontraron entre el elevado follaje. Ni lo vieron llegar ni lo oyeron cuando se detuvo, con el acero desenvainado ante aquella imagen de ilegítima felicidad. A punto estaba de ensartarlos de una sola estocada cuando sucedió algo tan inesperado como inconcebible. Con celeridad sobrenatural, una criatura de pelo castaño, un ser que no era ni hombre ni bestia, sino más bien infernal mezcla, surgió de las ramas de los alisos y arrebató a Adele de los brazos de Olivier. Raoul sólo pudo presenciar la acción fugazmente; después fue incapaz de describir cómo sucedió. Era el rostro que había contemplado con lujuria a los amantes desde la espesura. Sus extremidades y cuerpo pertenecían a los de criaturas propias de las leyendas antiguas. Desapareció tan inefablemente como había aparecido, llevándose consigo a la mujer entre sus brazos. Sus gritos de terror fueron anulados por los enloquecidos y diabólicos estertores de sus carcajadas.La distancia fue apagando los gritos y carcajadas, entre la impenetrable espesura, hasta desaparecer por completo; luego se hizo un imperturbable silencio. Lo único que pudieron hacer Raoul y Olivier fue mirarse mutuamente con la más absoluta estupefacción".
"Nuremberg no era la ciudad conocida y frecuente de nuestros días. Esta antigua ciudad no mucho para los viajeros de entonces. Mi esposa y yo estábamos en la segunda semana de nuestra luna de miel; y, sin mencionarlo, comenzamos a desear la presencia de un tercero. Por ello recibimos con agrado la compañía de un tal Elias P. Hutcheson, de Isthmain City, Bleeding Gulch, condado de Maple Tree (Nebraska), cuando ese alegre sujeto, apenas salir de la estación de Frankfurt del Main, declaró, con marcado acento yanqui, que se proponía visitar una ciudad maldita de Europa.Todo hombre, explicó, aunque tenga un carácter activo y sensato, se arriesga, a fuerza de viajar siempre solo, a terminar su vida encerrado en un manicomio. Tanto Amelia como yo constatamos algunos días más tarde, al comparar nuestros respectivos diarios, que habíamos decidido no relacionarnos con él sino de forma circunspecta y controlada con el fin de no parecer demasiado contentos, lo cual no era compatible con el inicio de la vida conyugal. Pero, por muy laudable que fuese, esta resolución quedó desechada por el hecho de empezar a hablar los dos al mismo tiempo. De todos modos, no importaba cómo, Elias P. ya, no se apartó de nuestro lado. Y Amelia y yo sacamos beneficio de ello. En vez de discutir, descubrimos que la influencia restrictiva de un tercero, y aprovechamos todas las oportunidades para besarnos. Amelia afirma que desde entonces, y como resultado de esa experiencia, aconseja a todas sus amigas que lleven a un amigo en su luna de, miel. Bien, llegamos a Nuremberg juntos; y nos divertimos mucho con el acento de nuestro nuevo amigo, el cual, tanto por sus pruebas de ingenio como por los alucinantes relatos de sus aventuras pasadas, parecía salido directamente de alguna novela picaresca.Habíamos decidido, reservar como plato fuerte la visita al castillo imperial de Nuremberg, el Kaiserburg, y el día prefijado para la visita rodeamos la muralla exterior de la ciudad por su lado este. El Kaiserburg se alza sobre una roca que domina la ciudad; inmensos fosos, muy profundos, defienden el acceso por la parte norte. Nuremberg tuvo la fortuna de no haber sido saqueada jamás; de otra manera no habría podido mostrar aquel aspecto nuevo y flamante que contemplamos entonces. Los fosos ya no servían desde hacía siglos: el fondo estaba ocupado por casas de té al aire libre y plantaciones de árboles frutales, algunos de los cuales alcanzaban un tamaño respetable. Avanzamos junto al muro fortificado, deteniéndonos a menudo para admirar la vista, en especial la gran llanura cubierta de ciudades y pueblos y enmarcada en una línea azul de colinas, como un paisaje de Claude Lerraine. Las torres del Kaiserburg, ahora cercanas, se alzaban a nuestra derecha; y más cerca aún, la altiva, la orgullosa Torre de las Torturas que era, y quizá lo sea todavía, el lugar más interesante de la ciudad. Durante siglos se ha citado a la Virgen de Hierro de Nuremberg como el ejemplo más claro de los horrores y la crueldad en los que puede caer el hombre. Por nuestra parte, siempre habíamos deseado poder verla algún día.Durante un alto en el camino, nos asomamos por encima del muro que rodeaba los fosos. Muy al fondo, estaban los jardines somnolientos bajo el sol, quizás a quince o veinte metros de profundidad, aplastados bajo el sofocante y opresivo calor. Más allá, unas enormes murallas grises y hoscas, de una altura impresionante, se perdían a izquierda y derecha en los ángulos del bastión y la contraescarpa. Árboles y arbustos coronaban la cumbre. Detrás se alzaban altivas mansiones a las que el tiempo había dado una belleza aún mayor.El calor nos agobiaba; caminábamos lentamente. Sin prisa alguna, nos detuvimos allí mismo y nos volvimos a asomar por encima del muro. Entonces se nos ofreció un cuadro encantador: una gran gata negra estaba tendida al sol, mientras un gatito del mismo color correteaba alegremente a su alrededor. La madre agitaba la cola para divertir a su pequeño y lo empujaba con la pata para animarlo a jugar. Los dos animales estaban al pie del muro, a nuestro nivel, y Elias P. Hutcheson se inclinó y tomó una piedra de tamaño bastante considerable con el fin de participar en sus juegos.-¡Miren! -dijo- La voy a lanzar cerca del gatito, y se van a quedar preguntando de donde habrá salido.-¡Oh!, vaya con cuidado, -le recomendó mi esposa- podría lastimarlo.-Jamás lo intentaría, querida amiga. -replicó Elias P.- Tengo un corazón tan tierno como un cerezo de New Hampshire. ¡Por Dios!, tengo tan pocas intenciones de dañar a ese hermoso animal como de arrancarle la cabellera a un bebé. Por lo demás, no hay ningún peligro. ¡Mire, podría apostar lo que quisiera, hasta sus medias de fantasía, a que no voy a fallar! Fíjese, la voy a lanzar un poco hacia un lado, así...Dicho esto, se inclinó hacia adelante, extendió el brazo y lanzó la piedra. Tal vez exista una fuerza de atracción que haga que un cuerpo, sea cual sea su volumen, acabe siempre por alcanzar a otro más grande que él, o quizá simplemente el muro no fuera totalmente vertical, cosa que no podíamos comprobar desde el punto en que nos hallábamos. Sea como sea, nos llegó un ruido blando, desgarrador: la piedra acababa de dar de lleno en la cabeza del gatito y le había reventado el cráneo. La gata negra lanzó una rápida mirada en nuestra dirección; y vimos sus pupilas verdes y llameantes fijarse intensamente en Elias P. Hutcheson. Luego se volvió hacia el cuerpo tendido junto a ella, cuyas patas todavía se agitaban imperceptible, presas de convulsiones, mientras un hilo de sangre brotaba de la herida abierta. Entonces, con un sollozo ahogado, casi humano, se inclinó sobre el gatito, ahora inerte, y se puso a lamerle la herida.De pronto pareció darse cuenta de su muerte; y, una vez más, alzó su mirada hacia nosotros. Una mirada que nunca voy a olvidar, tal era el odio que de ella se desbordaba. Un fuego enconado ardía en el fondo de sus ojos verdes; sus dientes blancos y agudos parecían brillar bajo la sangre que manchaba sus labios y bigotes. Y esos dientes rechinaban, mientras el animal descubría y alargaba unas enormes uñas afiladas. De pronto saltó desesperadamente hacia el muro para intentar alcanzamos; pero no lo logró y volvió a caer sobre el pequeño cadáver. Cuando se volvió a alzar, todavía nos pareció más horrible, tan pegajoso estaba su pelo oscuro por la sangre y los sesos. Amelia se desvaneció. Fue preciso que la transportase hasta un banco próximo, bajo la sombra de un plátano, donde recobró lentamente el conocimiento. En ese momento regresé junto a Hutcheson que, inmóvil de pie, observaba la enfurecida gata.-¡Por Dios! -exclamó al ver que me acercaba- No creo haber visto un aspecto más feroz que el de esa bestia..., excepto en cierta ocasión, en una india de la tribu de los apaches, una squaw, como las llaman allí. Recuerdo cuando la squaw apache tuvo entre sus manos a un mestizo al que llamaban Astillas, para vengarse de lo que éste le había hecho niño de esa squaw, al que había raptado en una correría para vengarse a su vez de la forma en que los apaches habían aplicado la tortura del fuego a su madre. La india estuvo mirando lo que le hacía el mestizo a su niño, como si no quisiera olvidar ningún detalle. Persiguió a Astillas durante más de tres años, hasta que al final los bravos de su tribu lo atraparon y se lo entregaron. Dicen que ningún hombre, blanco o indio, ha tardado tanto en morir bajo las torturas apaches... La única vez que la vi sonreír fue cuando la eliminé. Llegué a su campamento justo cuando Astillas exhalaba su último suspiro, y les aseguro que a él tampoco le supo mal morir. Era un tipo demasiado duro, y yo nunca le había mostrado ninguna amistad después de lo del niño, y eso que tenía todo el aspecto de un hombre blanco. Pero pagó su deuda hasta el último centavo, y más aún, con creces. ¡Lo único que pude hacer con él fue conservar un trozo de su piel, ya que lo habían despellejado totalmente, y mandar que me forraran una agenda con ella! Aquí está -dijo, palmeándose el bolsillo del chaleco.Mientras hablaba, la gata trataba de alcanzar frenéticamente la parte alta del muro. Primero tomaba impulso y luego saltaba, llegando a veces a una altura sorprendente. Aunque siempre volvía a caer. Esto no parecía importarle: volvía a intentarlo con creciente ardor. Hutcheson era un buen muchacho, tanto mi mujer como yo nos habíamos fijado en la amabilidad con que trataba tanto a personas como a animales, y parecía sinceramente entristecido por el estado de furor en que veía a la gata.-Lamento mucho no poder hacer nada. -dijo- Pobre animal, parece tan desesperado. Mira, no es culpa mía, ha sido un accidente. Y todo esto no te devolverá a tu pequeño. Lo lamento, nunca hubiera deseado que sucediese tal cosa, ni siquiera por un fajo de billetes. Espero, coronel -una de sus diversiones habituales era la de atribuirnos títulos imaginarios-, que su esposa no esté demasiado irritada por este desgraciado incidente. La culpa no es mía, y no se puede llegar a imaginar hasta qué punto lo lamento.Se aproximó a Amelia y se deshizo en excusas. Ella lo confortó, asegurándole que nunca había dudado de que se tratase de un accidente. Luego regresamos al muro para ver lo que hacía la gata. Ésta, al no ver a Hutcheson, se había quedado al acecho al borde del foso, dispuesta a abalanzarse de nuevo. En cuanto lo vio, saltó con un furor ciego que hubiera parecido risible en otras circunstancias. Ya no trataba de alcanzar la parte alta del muro; simplemente se limitaba a lanzarse hacia Hutcheson como si la violencia de su odio, prestándole alas, pudiera permitirle franquear aquella gran distancia que los separaba.Amelia, con el infalible instinto de su sexo, se dio cuenta de inmediato del peligro.-Tenga cuidado, -le dijo a Elias P. con voz inquieta- porque es seguro que, si estuviera aquí, ese animal trataría de matarlo. La muerte brilla en sus ojos.-Perdóneme, amiga -replicó Hutcheson con una carcajada-, pero no puedo impedir reírme. ¡Es demasiado divertido! ¡Yo! ¡Yo, que he cazado al oso pardo y al indio, quiere que tenga cuidado de una gata!Cuando el animal oyó las risas interrumpió sus intentos. Fue a sentarse lentamente junto al cadáver de su pequeño, y comenzó a lamerlo como si aún estuviera vivo.-Ahí tienen -dije- los resultados de la acción de la voluntad de un hombre fuerte.La misma gata, a pesar de su furor, ha reconocido a su dueño y se inclina ante él.-¡Exactamente igual que una Squaw! -fue el único comentario de Elias P. Hutcheson, mientras seguimos camino a lo largo de los fosos. De vez en cuando nos volvíamos para mirar y, cada vez, veíamos a la gata que nos seguía. A veces regresaba al lado del pequeño cadáver. Pero, como la distancia no dejaba de aumentar, lo tomó en su boca, y así nos siguió. Sin embargo, al cabo de un tiempo lo abandonó, evidentemente había escondido el cadáver en alguna parte. La alarma de Amelia empezó a crecer ante la persistencia de la gata, y más de una vez repitió su advertencia; pero el americano se reía siempre, divertido, hasta que finalmente, viendo que comenzaba a estar preocupada, le dijo:-Le aseguro, señora, que no debe asustarse. ¡Soy un hombre prevenido, puede estar segura! -Y se palmeó el bolsillo, donde siempre llevaba una pistola-. Vaya, antes que seguir viéndola preocupada estoy dispuesto a matar de un tiro a ese animal, aquí mismo, y arriesgarme a que la policía se mezcle en los asuntos de un ciudadano de los Estados Unidos por llevar un arma sin permiso.Mientras hablaba miró por encima del muro. Pero la gata, al verle, se retiró con un gruñido y se ocultó en un macizo de flores.-Por Dios. -dijo Hutcheson- Ese animal tiene más sentido común que el que poseen la mayoría de cristianos. ¡Supongo que ya no la veremos nunca más! Les apostaría cualquier cosa a que ahora va a darle un hermoso entierro a su cría.Amelia no dijo nada más, por miedo a que cumpliese su amenaza de matar a la gata. Proseguimos nuestro camino y cruzamos el puente de madera que llevaba a la puerta en la que se iniciaba la senda. Mientras cruzábamos el puente vimos de nuevo a la gata debajo de nosotros. Cuando nos vio, su furia pareció ganarla de nuevo, e hizo frenéticos esfuerzos por escalar la pared vertical.Hutcheson se rió al verla y le dijo:-Adiós, vieja amiga. Lamento haber herido tus sentimientos.Atravesamos la oscura arcada y llegamos a la puerta del Kaiserburg. Cuando salimos de nuevo, tras nuestra exploración de aquel hermoso lugar, que ni siquiera los esfuerzos de los restauradores góticos de hace cuarenta años habían logrado estropear, parecíamos haber olvidado por completo el poco placentero episodio de la mañana. El viejo tilo con gran tronco retorcido por el paso de casi nueve siglos, profundo pozo excavado en el corazón de la roca por aquellos cautivos de la antigüedad. Todo había contribuido a borrar de nuestras mentes el incidente del gato muerto.Éramos los únicos visitantes durante aquella mañana en la Torre de las Torturas, al menos eso es lo que nos dijo el viejo guardián, así que teníamos el lugar para nosotros, y pudimos llevar a cabo una visita mucho más detallada y satisfactoria de lo que habría sido posible en otras circunstancias. El guardián, viendo en nosotros la única fuente de ingresos de aquel día, se mostró dispuesto a cumplir todos nuestros deseos. Era un lugar opresivo, incluso ahora, cuando muchos millares de visitantes le han dado una cierta chispa de vida y la alegría.Pero en aquel tiempo aún mantenía su aspecto más primitivo y terrible. El polvo de los siglos parecía estar en todas partes, y la oscuridad y el horror de sus recuerdos parecían haberse hecho sensibles de una forma que hubiera satisfecho a las almas panteístas de Filo o Espinoza. La cámara inferior, por la que entramos, estaba normalmente en tinieblas, y hasta la cálida luz diurna que entraba por la puerta parecía perderse en el grosor de las paredes, y solo mostraba los burdos ladrillos tal y como los había dejado el constructor, pero cubiertos de polvo y teñidos aquí y allá por manchas oscuras que, si las paredes pudieran hablar, habrían contado terribles recuerdos de miedo y sufrimiento.Nos sentimos satisfechos al subir por la escalera de madera, dejando la puerta exterior para que nos iluminase algo el camino, pues, para nuestros ojos, la única y maloliente vela colocada en un candelabro clavado a la pared no daba bastante luz. Cuando salimos por la trampa de un rincón de la cámara superior, Amelia se apretó tan fuertemente contra mí que pude notar cómo palpitaba su corazón. Por mi parte debo decir que no me sorprendió su temor, pues esa sala aún era más terrible que la que acabábamos de abandonar. Ciertamente, aquí había más luz, pero esto sólo contribuía a que pudiésemos contemplar mejor los horribles detalles del lugar. Evidentemente, los constructores de la torre habían pensado que sólo los que llegasen a la cima debían beneficiarse de la luz y de la visión, pues en todo el resto de la torre solo había algunas estrechas troneras como las de las construcciones militares medievales. Unas pocas de éstas iluminaban la cámara, y estaban colocadas a tanta altura que desde ningún lugar podía verse el cielo a causa del grosor de las paredes.Desordenadamente, en unos armeros a lo largo de los muros, se veían espadas de decapitar, grandes armas de larga empuñadura, ancha hoja y afilados bordes. Junto a ellas, varios tajos en los que habían descansado las cabezas de las víctimas, en los que se veían los profundos cortes hechos por el acero que había cercenado las carnes. Por toda la cámara, dispuestos al azar, se veían muchos aparatos de tortura que hacían estremecer el corazón: sillas llenas de clavos que daban idea de un terrible dolor; sillas y camastros tachonados de puntas romas cuya tortura parecía menor, pero que, aunque más lenta, era igualmente eficaz; potros, cinturones, guantes, collares, todos ellos dispuestos para comprimir a voluntad; caperuzas de acero en las que las cabezas podían ser machacadas lentamente; garfios de largos mangos y afiladas puntas muy utilizados por la antigua policía de Nuremberg; y muchos, muchos otros artefactos creados por el hombre para hacer daño a sus semejantes.Amelia empalideció ante lo horrible de todas aquellas cosas, pero afortunadamente no se desmayó, aunque se sintió algo mareada y se sentó en una de las sillas de tortura, poniéndose inmediatamente en pie de un salto, con un grito, desaparecido su comienzo de mareo. Ambos hicimos ver como si hubieran sido las herrumbrosas púas lo que la habían asustado, y el señor Hutcheson aceptó nuestra explicación con una risita amable.Pero el objeto principal de aquella cámara de los horrores era el artilugio conocido como la Virgen de Hierro, colocado en el centro de la habitación. Tenía la forma aproximada de una mujer de amplias formas. Uno apenas hubiera reconocido en ella la figura humana si no se hubiera preocupado el herrero de dar a su rostro una forma más cuidada. El artefacto estaba cubierto por una capa de óxido y polvo; había una cuerda atada a una anilla en la parte delantera, más o menos donde debiera de haber tenido la cintura, cuerda que pasaba por una polea clavada a la viga de madera que sostenía el techo. Tirando de la cuerda, el guardián nos mostró que la parte frontal se movía sobre unas bisagras como si fuera una puerta; entonces vimos que el artilugio tenía unas paredes de considerable grosor, que apenas dejaban lugar en su interior para que en él fuera introducido un cuerpo humano. La puerta era de grosor similar y gran peso, pues fue necesario todo el esfuerzo del guardián, ayudado por la polea, para abrirla.Este peso era debido en parte al hecho de que evidentemente se había diseñado la puerta de forma que colgase de tal modo que su propio peso la hiciera cerrarse en cuanto se soltase la cuerda. El interior estaba manchado por el óxido, pero no solo por eso, pues el óxido producido por el tiempo no hubiera podido morder tan profundamente las paredes de hierro, y las señales interiores eran verdaderamente profundas. Tan sólo cuando nos acercamos a mirar detenidamente el interior de la puerta fue cuando nos dimos cuenta de su diabólica misión. Había allí varias largas púas, cuadradas y gruesas, de amplia base y afilado extremo, colocadas de tal forma que cuando se cerrase la puerta las superiores atravesasen los ojos de la víctima y las inferiores su corazón y otras partes vitales. La visión fue demasiado para la pobre Amelia y esta vez cayó desmayada, y tuve que bajarla por la escalera de madera y llevarla hasta un banco del exterior, donde se recuperó. La impresión que sintió fue tan grande que mi primogénito tiene un antojo en el pecho que, según toda mi familia, representa a la Virgen de Nuremberg.Cuando regresamos a la cámara nos encontramos a Hutcheson frente a la virgen. Evidentemente, había estado reflexionando, y ahora nos transmitió el fruto de sus meditaciones en forma de exordio:-Bueno, creo que he estado aprendiendo algo mientras la señora se recuperaba de su desmayo. Me parece que estamos muy atrasados en nuestro lado del gran charco. Allá en las llanuras solíamos pensar que los indios nos daban lecciones en lo referente a cómo hacer que un hombre se sintiera mal, pero me parece que sus defensores de la ley y el orden medievales los superaban absolutamente. Los apaches saben hacer muy bien las cosas, pero esta jovencita de aquí les tenía ganada la mano. Las puntas de estas púas aún siguen estando bien afiladas, aunque los bordes estén embotados por lo mucho en lo que se clavaron. Seria una buena cosa que la Oficina de Asuntos Indios se hiciese con unos cuantos ejemplares de este juguetito para llevarlos a las, reservas: esto iba a meter en cintura a los bravos, y también a sus squaws, mostrándoles cómo la vieja civilización todavía tiene mucho que enseñarles. ¡Francamente, me gustaría entrar un momento en esa caja para ver lo que se siente!-¡Oh, no, no! -dijo Amelia- ¡Es demasiado terrible!-Mi querida amiga, no hay nada demasiado terrible para una mente inquisitiva. Me he metido muchas veces en buenos líos. Pasé toda una noche en el interior del cadáver de un caballo mientras ardía toda la pradera del territorio de Montana. En otra ocasión dormí en el interior de un búfalo muerto cuando los comanches estaban en el sendero de la guerra y no me quedaba otro remedio si es que no quería hacer compañía al animal. He pasado dos días en un túnel derrumbado en una mina de Nuevo Méjico, y fui uno de los cuatro que permaneció encerrado durante un día en la campana estanca que rompió las amarras cuando estábamos excavando los cimientos del puente de Buffalo. No me he dejado perder ni una sola sensación extraña hasta ahora, y no pienso perderme ésta.Vimos que nada podría disuadirle, así que le dije:-Bueno, entonces apresúrese, amigo, y acabemos de una vez.-De acuerdo, mi general. -me contestó- Pero aún falta una cosa. Mis predecesores, los caballeros que se encontraron anteriormente en esta lata de sardinas, no lo hicieron voluntariamente. ¡Seguro que no! Imagino que los debían de traer bien atados antes de dejar caer el telón. Deseo hacer bien las cosas, así que primero necesito que me aten a conciencia. Me imagino que este buen hombre podrá encontrar un poco de cuerda para ello, ¿no, jefe?Esto último se lo preguntó al viejo guardián, pero éste, que comprendía nuestra conversación, aunque quizá no entendiese todas las palabras, negó con la cabeza. El americano le colocó una moneda de oro en la mano y le dijo:-Tenga, compañero, para que beba un trago. Y no tenga miedo: desde luego no tengo ninguna intención de acabar aquí mis días.Entonces el guardián buscó un trozo de cuerda, delgada y desgastada, y procedió a atar a nuestro amigo. Cuando la parte superior de su cuerpo estuvo atada, Hutcheson le dijo:-¡Un momento, señor juez! Peso demasiado para que pueda meterme en vilo en la lata de sardinas. Déjeme meter, y entonces podrá acabar de atarme las piernas.Mientras hablaba se había introducido por la abertura, que apenas si era lo bastante grande como para dejarle paso: el lugar era mínimo para un hombre de su corpulencia. Amelia lo contemplaba con temor en sus ojos, pero evidentemente sin deseos de intervenir. Entonces el guardián completó su tarea atando los pies del americano de forma que quedase por completo inerme y obligado a permanecer en su voluntaria prisión. Parecía estar disfrutando del momento, y la sonrisa habitual en su rostro se hizo más grande cuando dijo:-¡Vaya, esta Eva debió ser hecha de la costilla de un enano! No hay en ella sitio para un ciudadano adulto de los Estados Unidos. En el territorio de Idaho acostumbramos a hacer los ataúdes más grandes. Ahora, señor juez, puede comenzar a dejar caer, muy lentamente, la, puerta sobre mí. Quiero sentir el mismo placer que los otros muchachos cuando las púas empezaban a moverse hacia sus ojos.-¡Oh, no, no, no! -estalló histéricamente Amelia- ¡Es demasiado terrible! ¡No deseo verlo! ¡No puedo! ¡No puedo!Pero el americano era testarudo:-Oiga, coronel. -me dijo- ¿Por qué no se lleva a la señora a dar un paseo? Por nada del mundo querría herir sus sentimientos, pero ahora que estoy aquí, tras atravesar doce mil kilómetros, me costaría mucho dejar de sentir la sensación que ando buscando. ¡No todos los días tiene un hombre la oportunidad de ser enlatado! Yo y el juez arreglaremos este asunto en un momento, y cuando vuelvan todos nos reiremos de ello.Una vez más triunfó la curiosidad, y Amelia se quedó allí, aferrada a mi brazo y estremeciéndose mientras el guardián comenzaba a soltar, centímetro a centímetro, la cuerda que sujetaba la puerta de hierro. El rostro de Hutcheson estaba radian te mientras sus ojos seguían el movimiento de las púas.-¡Bueno! -dijo- Creo no haberme sentido tan dichoso desde que salí de Nueva York. Excepto una pelea que tuve con un marino francés, y eso que tampoco fue gran cosa, no ha habido nada que me complaciera realmente en este podrido continente, en el que no hay ni osos ni indios y en el que los hombres van desarmados. ¡Atento ahora, señor juez! ¡No se dé prisa! ¡Deseo un buen trabajo por mi dinero!El guardián debía de tener en sus venas algo de la sangre de sus predecesores en aquella siniestra torre, pues maniobró la puerta con tal deliberada lentitud que al cabo de cinco minutos, en los que la puerta apenas si se había movido, Amelia comenzó a perder el control de sus nervios. Vi cómo sus labios perdían el color, y noté que su presión sobre mi brazo disminuía. Miré a mi alrededor para buscar un lugar donde depositarla, y cuando la contemplé de nuevo vi que su mirada estaba clavada en un lugar al lado de la virgen. La seguí, y vi a la gata negra acurrucada en un rincón. Sus ojos verdes brillaban como luces de peligro en la penumbra del lugar, y su color se veía resaltado por la sangre que aún manchaba su piel y enrojecía su boca. No pude evitar el gritar:-¡La gata! ¡Cuidado con la gata!Pero ya había saltado frente al artefacto. En aquel momento parecía un demonio triunfante. Sus ojos brillaban feroces, su pelo se erizó hasta que pareció doblar su tamaño, y su cola azotaba el aire como la de un tigre cuando tiene su presa ante él. En cuanto la vio, Elias P. Hutcheson sonrió divertido, y sus ojos chisporrotearon al decir:-¡Vaya, la Squaw se ha puesto sus pinturas de guerra! Denle una patada si intenta buscarme las cosquillas, pues el jefe me ha atado tan bien que no podría evitar que me sacase los ojos si lo intentase. ¡Cuidado, señor juez! ¡No suelte esa cuerda!En aquel momento Amelia se desmayó, y tuve que aferrarla para que no se desplomase, al suelo. Mientras me ocupaba de ella, vi cómo la gata se acurrucaba para saltar, y me volví para apartarla. Pero en aquel instante, con un maullido infernal, se lanzó, no contra Hutcheson como esperábamos, sino directamente a la cara del guardián. Sus garras parecieron rasgar salvajemente su rostro, como se ve en los dibujos chinos de los dragones rampantes. Y, mientras miraba, vi cómo una de sus patas caía sobre el ojo del pobre hombre y le rasgaba toda la mejilla, dejándole una profunda herida sangrante.Con un aullido de puro terror, el hombre saltó hacia atrás, soltando al mismo tiempo la cuerda que sostenía la puerta de hierro. Yo salté a por ella, pero ya era tarde, pues la cuerda voló como un rayo por la polea y la pesada masa cayó por su propio peso. Mientras se cerraba la puerta entreví el rostro de nuestro pobre compañero. Parecía paralizado por el terror. Sus ojos se abrieron con terrible angustia, anonadados, y ningún sonido salió de sus labios.Las púas hicieron su trabajo. Por fortuna, el final fue rápido, pues cuando abrí la puerta de un tirón ya se habían clavado tan profundamente que su cráneo machacado quedó clavado en ellas, y con mi tirón lo arranqué de su prisión, por lo que, atado como estaba, cayó al suelo hacia adelante con un repugnante sonido blando. Corrí hacia mi esposa, la alcé y me la llevé fuera, pues temía por su razón si, al recobrarse del desmayo, veía aquella escena. La dejé sobre el banco del exterior y corrí de nuevo dentro. Apoyado contra una columna de madera estaba el guardián, sollozando de dolor mientras se cubría los ojos con un pañuelo ensangrentado. Y sentada sobre la cabeza del pobre americano estaba la gata, ronroneando fuertemente mientras lamía la sangre que brotaba de las pupilas reventadas.Creo que nadie me podrá acusar de crueldad si confieso que tomé una de las antiguas espadas y partí en dos a la gata, que ni se movió".
Bram stoker
"Yo, Karl Heinrich Graf von Altberg-Ehrenstein, capitán de corbeta de la Armada Imperial Alemana y al mando del submarino U-29, el día 20 de agosto de 1917, deposito esta botella y este informe en el océano Atlántico, en una situación que me es desconocida, pero que probablemente ronda los 20° de latitud norte y los 35° de longitud oeste, donde mi nave yace averiada en el fondo del océano. Llevo esto a cabo porque es mi deseo dar a la luz pública ciertos hechos insólitos; dado que seguramente no sobreviviré para entregar en persona estas noticias, ya que las circunstancias que concurren en torno a mí son tan amenazadoras como extraordinarias, e incluyen no sólo la avería fatal del U-29, sino incluso el flaquear de mi férrea voluntad germánica en una forma de lo más desastrosa.En la tarde del 18 de junio, tal y como comunicamos por radio al U-61, que se dirigía a Kiel, torpedeamos al carguero británico Victory, que se dirigía de Nueva York a Liverpool, en latitud 45° 1G norte y longitud 28° 34' oeste, permitiendo a la tripulación embarcar en sus botes para obtener una buena filmación con destino a los archivos del Almirantazgo. El barco se hundió de forma bastante teatral, a pique por la proa, con la popa alzándose sobre las aguas hasta que todo el casco enfiló perpendicularmente hacia el fondo del mar. Nuestra cámara no perdió detalle, y me pesa que una película tan buena no pueda llegar a Berlín. Después hundimos a cañonazos los botes salvavidas y nos sumergimos.Cuando emergimos, al ocaso, descubrimos el cuerpo de un marino en cubierta, aferrándose de una forma curiosa a la barandilla. El pobre hombre era joven, bastante moreno y muy agraciado; seguramente griego o italiano, y con certeza tripulante del Victory. Sin duda había buscado refugio en la misma nave que se había visto forzada a destruir la suya... una víctima más de la injusta guerra de agresión que los malditos perros ingleses llevan a cabo contra la patria. Nuestros hombres le registraron en busca de recuerdos y hallaron en su bolsillo una pieza de marfil sumamente extraña, tallada en forma de una cabeza juvenil coronada de laureles. El otro comandante, el teniente' Klenze, creía que aquello era muy antiguo y de gran valor artístico, por lo que se apropió de ella. Cómo había podido llegar a las manos de un vulgar marinero era algo que ninguno de los dos podía imaginar.Al arrojar al muerto por la borda tuvieron lugar dos incidentes que perturbaron grandemente a la tripulación. Los hombres le habían cerrado los ojos, pero, al desprenderlo de la barandilla, éstos se abrieron, y muchos sufrieron la extraña ilusión de que miraban fijamente y en son de burla a Schmidt y Zimmer, que se hallaban inclinados sobre el cadáver. El contramaestre Müller, un hombre de edad al que le habría ido mejor de no ser un supersticioso rufián alsaciano, se alteró tanto por la impresión que estuvo observando el cuerpo en el agua, y jura que, tras sumergirse algo, colocó los brazos en la posición del nadador y se impulsó bajo las aguas hacia el sur. Tanto a Klenze como a mí nos desagradaron tales muestras de ignorancia campesina, y reprendimos severamente a los hombres, sobre todo a Müller.Al día siguiente se creó un verdadero problema debido a la indisposición de varios miembros de la tripulación. Evidentemente, se veían aquejados por algún tipo de tensión nerviosa provocada por nuestro largo periplo, y habían sufrido malos sueños. Varios de ellos parecían aturdidos y obnubilados; y tras cerciorarme que ninguno de ellos fingía su debilidad, les relevé de sus funciones. El mar se hallaba bastante picado, así que bajamos a una profundidad donde las olas nos resultaran un problema menor. Allí permanecimos en una calma relativa, a pesar de la aparición de alguna corriente misteriosa de rumbo sur que no pudimos encontrar en nuestras cartas. Los gemidos de los enfermos resultaban positivamente fastidiosos, pero ya que no parecían desmoralizar al resto de la tripulación, nos abstuvimos de tomar medidas drásticas. Teníamos la intención de permanecer en aquella posición e interceptar al buque de línea Dacia, consignado en la información recibida de nuestros agentes de Nueva York.A primera hora de la tarde salimos a la superficie y descubrimos la mar menos gruesa. El humo de un buque de guerra flotaba en el horizonte norte, pero la distancia a la que nos hallábamos y nuestra capacidad de inmersión nos mantenían a salvo. Lo que más nos preocupaban eran las habladurías del contramaestre Müller, que se hacían más estrafalarias al caer la noche. Se hallaba en un estado infantil, aborrecible, y farfullaba acerca de fantasías sobre cuerpos muertos flotando al otro lado de las portillas; cuerpos que le miraban fijamente, y que él, a pesar de lo hinchados que estaban, había reconocido por haberlos visto morir durante alguna de nuestras victoriosas hazañas germánicas. Y decía que su jefe era el joven hallado y arrojado al mar. Era algo grosero y anómalo, así que pusimos grilletes a Müller y mandamos que le dieran unos buenos latigazos. Los hombres no se mostraron muy conformes con tal castigo, pero la disciplina es fundamental. Incluso rechazamos la petición de un comité encabezado por el marinero Zimmer, que pedía que la curiosa cabeza tallada en marfil fuera arrojada al mar.El 20 de junio, los marineros Bohm y Schmidt, que habían caído enfermos el día antes, se volvieron locos furiosos. Sentí que no hubiera ningún médico entre nuestros oficiales, ya que las vidas alemanas resultan preciosas, pero los constantes desvaríos de ambos acerca de una terrible maldición eran de lo más dañino para la disciplina, así que hubimos de tomar una decisión severa. La tripulación encajó este hecho de forma sombría, aunque eso pareció apaciguar a Müller, que de ahí en adelante no volvió a dar problemas. Le liberamos por la tarde y volvió en silencio a sus ocupaciones.La semana siguiente estuvimos todos muy nerviosos, esperando al Dacia. La tensión creció con la desaparición de Müller y Zimmer, que sin duda se suicidaron víctimas de los temores que parecían atormentarlos, aunque nadie los vio en el instante de saltar al mar. Yo me sentía relativamente contento de librarme de Müller, ya que aun su silencio había afectado negativamente a la tripulación. Todos parecían dados ahora al silencio, como albergando secretos temores. Muchos estaban enfermos, pero ninguno había enloquecido. El teniente Menze, crispado por la tensión, se alteraba ante cualquier minucia... como, por ejemplo, un banco de delfines que merodeaba en número cada vez mayor en torno a U-29, o la creciente intensidad de esa corriente sur que no aparecía en ninguna de nuestras cartas.A la postre se hizo evidente que se nos había escapado completamente el Dacia. Avatares así no son raros, y nos sentíamos más complacidos que defraudados, ya que ahora se nos ordenaba regresar a Wilhelmshaven. El mediodía del 28 de junio arrumbamos al noreste y, pese a algún enredo bastante cómico con la inaudita masa de delfines, nos pusimos en marcha.La explosión en la sala de máquinas a las dos de la tarde nos pilló completamente desprevenidos. No se había descubierto ningún defecto de las máquinas o negligencia de los hombres; pero aun así, sin previo aviso, la nave se vio sacudida de punta a punta por una explosión colosal. El teniente Klenze se abalanzó hacia la sala de máquinas, descubriendo que el depósito de combustible y la mayor parte de la maquinaria estaba destrozada, asimismo los maquinistas Raabe y Schneider habían resultado muertos en el acto. En un instante nuestra situación se había vuelto crítica, ya que aunque los regeneradores químicos estaban intactos, y aunque podíamos usar los aparatos para emerger y sumergirnos, y abrir las escotillas mientras tuviéramos aire comprimido y batería, nos veíamos incapacitados para propulsarnos o pilotar el submarino. Buscar la salvación en los botes salvavidas significaba ponernos a nosotros mismos en manos de enemigos irracionalmente resentidos contra nuestra gran nación alemana, y nuestra radio había estado fallándonos desde que, debido al asunto del Victoria, nos pusimos en contacto con otro U-boat de la Armada Imperial.Desde la hora del accidente hasta el 2 de julio derivamos constantemente hacia el sur, sin hacer ningún plan ni encontrar nave alguna. Los delfines todavía rodeaban el U-29, una circunstancia digna de reseñar, habida cuenta de la distancia recorrida. En la mañana del 2 de julio avistamos un buque de guerra que enarbolaba colores estadounidenses, y los hombres se agitaron deseosos de rendirse. Al final, el teniente Klenze hubo de usar su arma contra un marinero llamado Traube que incitaba a tal acto antigermánico con especial virulencia. Eso apaciguó de momento a la tripulación y nos sumergimos sin ser avistados.Durante la tarde siguiente, una gran bandada de aves marinas llegó desde el sur y el mar comenzó a tornarse amenazador. Cerrando escotillas, aguardamos acontecimientos hasta comprender que debíamos sumergirnos o perecer entre las olas montañosas. La electricidad y la presión de aire menguaba, e intentábamos evitar cualquier uso innecesario de nuestros escasos recursos mecánicos; pero en este caso no había opción. No bajamos demasiado, y cuando la mar se calmó horas más tarde, decidimos retornar a la superficie. Aquí, no obstante, surgió un nuevo contratiempo, ya que la nave no respondió a nuestra guía, a pesar de todos los esfuerzos realizados por los mecánicos. Según cundía el pánico entre los hombres atrapados en esa prisión submarina, algunos de ellos comenzaron a murmurar contra la imagen de marfil del teniente Klenze, pero la visión de una pistola automática les aplacó. Tuvimos ocupados a los pobres diablos tanto como pudimos, trasteando entre la maquinaria, aunque bien sabíamos que todo eso era inútil.Klenze y yo solíamos turnarnos para dormir, y durante mi periodo de sueño, sobre las cinco de la mañana M4 de julio, se desató abiertamente el motín. Los seis cerdos de marineros supervivientes, sospechando que estábamos perdidos, estallaron bruscamente en una furia maniaca, motivada por nuestro rechazo a rendirnos dos días antes al buque de guerra yanqui, y se sumieron en un delirio de improperios y destrucción. Rugían como los animales que eran, y rompían indiscriminadamente mobiliario e instrumental, vociferando sobre insensateces tales como la maldición de la imagen de marfil y el joven moreno muerto que nos miraba y se alejaba nadando. El teniente Klenze parecía paralizado e incapaz de respuesta, que es lo que cabría esperar de un renano blando y afeminado. Maté a los seis hombres, pues fue necesario, y me aseguré de que no sobreviviera ninguno.Arrojamos los cuerpos a través de las escotillas dobles y nos quedamos a solas en el U-29. Klenze parecía muy nervioso y bebía en demasía. Yo estaba dispuesto a seguir con vida tanto como fuera posible, empleando el generoso depósito de provisiones y el suministro químico de oxígeno, que no habían sufrido de las locas payasadas de aquellos malditos puercos de marineros. Nuestras agujas, barómetros y otros instrumentos de precisión estaban destruidos, por lo que de ahí en adelante cualquier cálculo sería meramente estimado, basado en nuestros cronómetros, almanaques y la deriva estimada a juzgar por algunos objetos que podíamos atisbar a través de las troneras o desde la torreta. Por fortuna teníamos estibadas baterías capaces aún de largo uso, tanto por alumbrado interior como para empleo del foco. A menudo barríamos con éste alrededor de la nave, pero tan sólo veíamos delfines nadando paralelos a nuestro propio rumbo de deriva. Yo me sentía interesado desde el punto de vista científico en aquellos delfines, ya que aunque el Delphínus delphis común es un cetáceo incapaz de sobrevivir sin aire, observé durante cerca de dos horas a uno de esos nadadores y no lo vi abandonar en ningún momento su inmersión.Con el tiempo, Klenze y yo llegamos a la conclusión de que seguíamos derivando hacia el sur, sumergiéndonos más y más. Reparando en la fauna y flora marinas, leímos mucho al respecto en los libros que yo me había llevado conmigo para los ratos de ocio. No pude evitar el observar, no obstante, la deficiente preparación científica de mi compañero. Su intelecto no era prusiano, sino dado a fantasías y especulaciones sin valor. La inminencia de nuestra muerte le afectaba de forma curiosa y con frecuencia hablaba arrepentido sobre los hombres, mujeres y niños que había enviado al fondo, olvidando que todo eso resulta noble para alguien que sirve al estado alemán. Al cabo comenzó a desvariar ostensiblemente, observando durante horas su imagen de marfil y tramando fantásticas historias acerca de cosas perdidas y olvidadas bajo el mar. A veces, a modo de experimento psicológico, azuzaba tales desvaríos para escuchar sus interminables citas poéticas y relatos acerca de barcos hundidos. Lo sentía de veras, ya que aborrezco ver sufrir a un alemán, pero no resultaba una buena compañía para morir. Por mi parte me sentía orgulloso, sabedor de que la patria honraría mi memoria y que mis hijos serían educados para ser hombres como yo.El 9 de agosto vislumbramos el suelo del océano y, con el foco, lanzamos sobre él un potente rayo. Se trataba de una vasta planicie ondulante, cubierta en su mayor parte de algas y salpicado por las conchas de pequeños moluscos. Aquí y allá había fangosos objetos de formas inquietantes, festoneados de algas e incrustados de percebes, que Klenze supuso antiguos buques hundidos. Algo lo alteró; un pico de sólida materia, sobresaliendo del lecho del océano entorno a un metro, con alrededor de medio metro de ancho, lados planos y suaves superficies superiores que. convergían en ángulo sumamente obtuso. Yo dije que aquel pico debía tratarse de un afloramiento rocoso, pero Klenze creía haber visto tallas en su superficie. Tras un momento comenzó a temblar y apartó la vista como si tuviese miedo, aunque sin dar otra explicación de que se sentía sobrecogido ante las dimensiones, oscuridad, lejanía, antigüedad y misterio de los abismos oceánicos. Su cerebro estaba fatigado, pero yo soy siempre un alemán y no tardé en advertir dos cosas; una que el U-29 aguantaba admirablemente la presión del mar, y otra que los peculiares delfines seguían en torno nuestro, incluso a una profundidad donde la mayoría de los naturalistas consideran imposible la vida para organismo superiores. Parecía evidente que yo había sobrestimado nuestra profundidad, pero aun así estábamos lo bastante abajo como para que aquel fenómeno resultara notable. Nuestra velocidad de deriva hacia el sur, según lo medía por el suelo del océano, era más o menos la estimada mediante los organismos con los que nos habíamos cruzado en niveles superiores. A las tres y cuarto de la tarde del 12 de agosto, el pobre Klenze enloqueció completamente. Había estado en la torreta usando el reflector, antes de precipitarse en la biblioteca, donde yo estaba leyendo, y su rostro lo traicionó instantáneamente.-¡Él nos llama! ¡Él nos llama! ¡Lo oigo! ¡Tenemos que acudir! -mientras hablaba cogió de la mesa la imagen de marfil, se la metió en el bolsillo y atenazó mi brazo en un intentó por arrastrarme escaleras arriba hasta la cubierta. En un momento comprendí que pretendía abrir la escotilla y lanzarse en mi compañía al exterior, una extravagancia suicida y asesina para la que yo no estaba preparado. Cuando retrocedí y traté de apaciguarlo se volvió aún más violento.-Vamos ahora... no esperemos mas; es mejor arrepentirse y lograr el perdón que desafiar y ser condenado.Entonces yo abandoné el intento de calmarlo y lo acusé de estar loco... loco de atar. Pero él se mantuvo inconmovible y gritaba:-¡Si estoy loco, estoy de suerte! ¡Qué los dioses se apiaden del hombre que en su contumacia permanezca cuerdo hasta el fin! ¡Ven y enloquece ahora que él aún nos llama benevolentemente!Aquel exabrupto pareció aliviar una presión en su mente, ya que al terminar se tornó más comedido, pidiéndome que le dejase ir solo en caso de no querer acompañarle. Mi obligación resultaba clara. Era un alemán, pero tan sólo un renano y un plebeyo, y ahora se había convertido en un loco potencialmente peligroso. Accediendo a su petición suicida me libraría en el acto de alguien que era más bien amenaza que compañía. Le pedí que me cediera la imagen de marfil antes de marcharse, pero tal petición despertó en él una hilaridad tan desaforada que no me atreví a insistir. Entonces le pregunté si deseaba dejar algún recuerdo o un mechón de cabello con destino a su familia en Alemania, por si se daba el caso de que yo fuera rescatado, pero de nuevo prorrumpió en esa extraña risa. Así que mientras él subía la escalerilla, yo acudí a las palancas y, guardando el pertinente intervalo, accioné la maquinaria que le envió a la muerte. Cerciorándome luego de que no se hallaba a bordo, dirigí el foco alrededor tratando de lograr un postrer vistazo, ya que deseaba comprobar si la presión del agua lo había aplastado, tal y como debiera teóricamente haber ocurrido, o si por el contrario el cuerpo no había sido afectado, tal y como sucedía con aquellos extraordinarios delfines. No logré, de todos modos, localizar a mi finado compañero, ya que los delfines se apelotonaban en gran número en torno a la torreta.Esa tarde lamenté no haber cogido subrepticiamente la imagen de marfil del bolsillo del pobre Klenze en el momento en que me dejó, ya que el recuerdo de aquélla me fascinaba. Aun cuando no soy de temperamento artístico, no podía olvidar la cabeza hermosa, juvenil, con su corona de hojas. Sentía bastante no tener con quien conversar. Klenze, aun no estando a mi altura intelectual, era mucho mejor que nada. Esa noche no dormí bien, y me preguntaba cuándo llegaría exactamente el fin. Desde luego, tenía muy pocas posibilidades de ser rescatado.Al día siguiente subí a la torreta y comencé la observación de costumbre con el foco. Hacia el norte el panorama era similar al de los cuatro días que habíamos tardado en alcanzar el fondo, pero noté que la deriva del U-29 resultaba menos rápida. Según paseaba el rayo por el sur, advertí que el suelo oceánico a proa tomaba un pronunciado declive y en algunos sitios aparecían bloques de piedra curiosamente regulares, dispuesto como respondiendo a alguna planificación. La nave no bajaba paralela al fondo oceánico, por lo que me vi obligado a ajustar el foco para lograr un haz lo más estrecho posible. Debido a la rapidez del cambio se desconectó un cable, lo que obligó a una pausa de varios minutos mientras lo reparaba; pero al fin la luz se proyectó, inundando el valle marino que tenía debajo.No soy dado a emociones de ninguna especie, pero mi asombro fue mayúsculo al contemplar lo que había desvelado el resplandor eléctrico. Y sin embargo, estando empapado de la mejor Kultur prusiana, no debí asombrarme, ya que la geología y la tradición nos hablan sobre tremendas conmociones en áreas oceánicas y continentales. Lo que yo vi resultaba una extensa y elaborada panorámica de edificios en ruinas, todos construidos en una arquitectura magnífica aunque inclasificable, y en diversos estadíos de conservación. La mayor parte parecía de mármol, resplandeciendo blanquecino bajo los rayos del proyector, y el plano general resultaba el de una gran ciudad al fondo de un valle angosto, con gran número de templos y villas diseminados por las escarpadas laderas. Los tejados estaban caídos y las columnas rotas, pero aún conservaban un aire de esplendor inmemorialmente antiguo que nada podía opacar.Enfrentado al fin con esa Atlántida que yo previamente consideraba un mito total, ahora era el más ávido de los exploradores. Alguna vez hubo un río en el fondo de ese valle, ya que mientras examinaba con más detenimiento el lugar, pude ver restos de puentes y diques de piedra y mármol, así como terrazas y terraplenes que una vez fueran verdes y gratos. En mi entusiasmo me volví casi tan tonto como el pobre Klenze y tardé un rato en advertir que la corriente de rumbo sur había por fin cesado, permitiendo al U-29 bajar lentamente sobre la ciudad submarina, tal y como un aeroplano desciende sobre una ciudad en las tierras emergidas. También tardé en percatarme de que el banco de insólitos delfines se había esfumado.En un par de horas la nave fue a descansar sobre una plaza pavimentada cerca de la pared rocosa del valle. A un lado podía ver toda la ciudad descendiendo desde la plaza a la antigua orilla del río; al otro lado, en una sobrecogedora proximidad, descubrí la fachada ricamente ornamentada y en perfecto estado de conservación de un gran edificio, sin duda un templo excavado en roca viva. Tan sólo puedo conjeturar sobre la factura originaria de esa titánica construcción. La fachada, de inmensas dimensiones, cubre aparentemente una gran oquedad, ya que sus ventanas son multitud y están dispuestas por todos lados. En el centro bosteza un gran pórtico, al que se accede mediante una imponente escalinata, y se halla circundado por exquisitas tallas, semejantes a escenas de bacanales en relieve. Ante ellos se encuentran grandes columnas y frisos, ambos decorados con esculturas de belleza inexplicable, obviamente representando idílicas escenas pastorales y procesiones de sacerdotes y sacerdotisas portando extraños objetos ceremoniales en honor de un dios radiante. El arte es de la más asombrosa perfección, con concepciones impregnadas de helenismo, aunque curiosamente particulares. Emana una sensación de antigüedad tremenda, como si se tratase del más remoto y no del más cercano antecesor del arte griego. No tengo ninguna duda de que cada detalle de este masivo edificio fue labrado en la roca viva de nuestro planeta en la ladera de la colina. Es evidentemente parte de la muralla del valle, aunque cómo pudo ser el inmenso interior alguna vez excavado no puedo ni imaginarlo. Quizás su núcleo estuviese formado por una caverna o por una serie de ellas. Ni la edad ni su estado sumergido han corroído la prístina belleza de este sobrecogedor templo, ya que de un templo debe tratarse, y hoy, tras miles de años, reposa con todo su lustre e inviolado y en la noche y el silencio sin fin del abismo oceánico.No puedo precisar el número de horas empleadas en la observación de la ciudad sumergida con sus edificios, arcos, estatuas y puentes, y el templo colosal repleto de belleza y misterio. Aunque sabía a la muerte próxima, me consumía la curiosidad, y paseaba alrededor el rayo del proyector en ansiosa búsqueda. El haz de luz me permitió llegar a conocer multitud de detalles, pero no pudo mostrarme nada más allá de la puerta tras la bostezante entrada al templo abierto en la roca, y al cabo del tiempo corté la corriente, sabedor de que necesitaba ahorrar energía. Los rayos resultaban ahora perceptiblemente más débiles de lo que fueran durante las semanas de deriva. Mi deseo de explorar los misterios acuáticos iba en aumento, como aguzado por la creciente atenuación de la luz. ¡Yo, un alemán, debía ser el primero en adentrarme en aquellos caminos olvidados por el tiempo!Extraje y revisé una escafandra de profundidad, realizada en metal articulado, y probé la luz portátil y el regenerador de aire. Aunque resultaría problemático manipular a solas las dobles escotillas, me creía capaz de sobrepasar cualquier obstáculo gracias a mi capacidad científica, y caminar realmente en persona por la ciudad muerta.El 16 de agosto efectué una salida del U-29 y me abrí paso dificultosamente a través de las calles llenas de ruinas y fango hacia el antiguo río. No descubrí esqueletos ni restos humanos, pero recogí un tesoro de saber arqueológico en forma de esculturas y monedas. De todo esto no puedo hablar ahora, excepto para proclamar mi temor ante una cultura que se hallaba en la cúspide de la gloria cuando los cavernícolas vagaban por Europa y el Nilo corría inexplorado hacia el mar. Otros, de la mano de este manuscrito, si finalmente llega a ser encontrado, podrán desvelar misterios que yo tan sólo alcanzo a vislumbrar. Volví a la nave cuando mis baterías eléctricas comenzaron a flaquear, resuelto a explorar el templo de piedra al día siguiente. El 17, cuando mi impulso de penetrar en el misterio del templo se hacía más y más acuciante, sufrí una enorme decepción, ya que descubrí que los materiales necesarios para recargar la luz portátil habían resultado destruidos durante el motín de aquellos puercos en julio. Mi indignación no conoció límites, aunque mi sensatez alemana me precavía contra aventurarme sin medios en un interior completamente a oscuras que podía resultar la madriguera de cualquier indecible monstruo marino o un laberinto de corredores de entre cuyos recovecos nunca lograría salir. Todo cuanto podía hacer era volver el vacilante foco del U-29 y a su luz subir los peldaños del templo y estudiar las tallas exteriores. El haz de luz entraba por la puerta en ángulo ascendente, y yo escudriñé esperando atisbar algo, pero todo fue en vano. Ni siquiera el techo era visible, y aunque subí un peldaño o dos hacia el interior tras probar con un bastón el suelo, no me atreví a continuar. Además, por primera vez en mi vida experimenté esa emoción llamada miedo. Comencé a comprender cómo se habían desatado algunos de los estados de ánimo del pobre Klenze, ya que mientras el templo parecía reclamarme más y más, empecé a temer sus acuosos abismos con creciente terror ciego. De vuelta al submarino, apagué las luces y me senté a meditar en la oscuridad. Debía preservar ahora la electricidad para las emergencias.El sábado 18 lo pasé en total oscuridad, atormentado por pensamientos y recuerdos que amenazaban con vencer mi germánica voluntad. Klenze se había vuelto loco y había muerto antes de alcanzar ese siniestro resto de un pasado inconcebiblemente remoto, y me había instado a marchar con él. ¿Había, en efecto, preservado el Destino mi razón sólo para arrastrarme irremisiblemente a un fin más temible e inconcebible de lo que cualquier hombre pudiera soñar? Claramente, mis nervios estaban sometidos a una gran tensión, y yo debía librarme de esas aprensiones propias de un hombre más débil.No pude dormir durante la noche del sábado y encendí las luces sin pensar en el porvenir. Resultaba deplorable que la electricidad no fuese a durar tanto como el aire y las provisiones. Retomé mis ideas de suicidio y revisé mi pistola automática. Hacía la mañana debí dormirme con las luces encendidas, ya que cuando desperté ayer en la oscuridad fue para encontrarme con las baterías agotadas. Encendí varias cerillas, una tras otra, y lamenté desesperado la imprevisión que me había llevado a malgastar las pocas velas que portábamos. Tras apagarse la última vela que me atreví a gastar, me senté en completa inmovilidad, sin luces. Mientras reflexionaba sobre el inevitable fin, mi cabeza volvía a los sucesos previos, y caí en algo hasta ahora inadvertido que hubiera hecho temblar a un hombre más débil y supersticioso. La cabeza del dios radiante de las esculturas del templo de piedra es la misma que la de la pieza tallada en marfil que tenía el marinero recogido del mar y que el pobre Klenze se llevó de vuelta consigo al mar.Me sentía un poco estremecido ante tal coincidencia, pero no aterrado. Tan sólo el pensador de inferior categoría se apresura a explicar lo singular y lo complicado mediante el primitivo atajo hacia lo sobrenatural. La coincidencia resultaba extraña, pero yo estaba demasiado hecho al raciocinio como para conectar circunstancias que no admitían un nexo lógico, o asociar de alguna extraordinaria manera los desastrosos sucesos que me habían llevado desde el asunto del Victoria a mi estado actual. Sintiéndome necesitado de sueño, tomé un sedante y me aseguré un poco más de sueño. Mi estado nervioso quedó de manifiesto en mis sueños, ya que creí escuchar gritos de gente ahogándose y ver rostros muertos apretujados contra las troneras de la nave. Y entre esos rostros muertos se encontraba el semblante vivo, burlón, del joven de la imagen de marfil.Debo cuidar las anotaciones que registran mi despertar de hoy, ya que estoy trastornado y debe haber gran cantidad de alucinación entremezclada con los hechos. Mi caso resulta de lo más interesante desde el punto de vista psicológico, y lamento no poder ser sometido a observación por parte de la autoridad alemana competente. Al abrir los ojos mi primera sensación fue la de un invencible deseo de visitar el templo de piedra, un ansia que crecía a cada instante, aunque automáticamente yo trataba de resistirme mediante las emociones de miedo que obraban en contra. Luego tuve la impresión de una luz en medio de aquella oscuridad causada por las baterías consumidas, y creí ver una especie de resplandor fosforescente en el agua a través del portillo que se abría hacia el templo. Eso despertó mi curiosidad, ya que yo no sabía de ningún organismo abisal capaz de emitir tal luminiscencia. Pero antes de poder investigar me llegó una tercera impresión que, a causa de su irracionalidad, me provoca serias dudas sobre la objetividad que cualquier cosa que puedan registrar mis sentidos. Era una ilusión aural, una sensación de sones rítmicos y melodiosos, como una especie de cántico 0 himno coral salvaje, aunque agradable. Convencido de mi aberración psicológica y nerviosa, encendí algunas cerillas y tomé una exorbitante cantidad de solución de bromuro sódico, que pareció calmarme hasta el punto de disipar la ilusión de sonido. Pero persistía la fosforescencia y tuve dificultades para contener el pueril impulso de acercarme a la portilla y buscar su fuente. Resultaba horriblemente real y pronto pude descubrir con su ayuda los objetos familiares que me rodeaban, así como el vaso vacío del bromuro sódico, del que no tenía ni previa impresión visual ni idea sobre su posición actual. Esta última circunstancia me hizo reflexionar y crucé la estancia para tocar el vaso. Se hallaba en efecto en el lugar donde me parecía verlo. Ahora ya sabía que la luz era lo bastante real o parte de una alucinación tan fija y persistente que no podía esperar que se esfumase, así que abandonando toda reticencia subí a la torreta para buscar la fuente luminosa. ¿Sería quizás otro U-boat, brindándome una posibilidad de rescate?Es comprensible que el lector no acepte nada de cuanto sigue como verdad objetiva, ya que los hechos suponen una transgresión de la ley natural, siendo necesariamente creaciones subjetivas e irreales de mi mente trastornada. Cuando llegué a la torreta, descubrí que el mar estaba en un estado muy apartado de la luminosidad que yo esperaba. No había fosforescencia animal o vegetal en las cercanías, y la ciudad, bajando hasta el río, resultaba invisible en la oscuridad. Lo que vi no era espectacular, ni grotesco o terrorífico, pero ahuyentó el último vestigio de confianza en mi propio raciocinio, ya que la puerta del templo submarino abierto en la colina rocosa se veía brillantemente alumbrada con un resplandor titilante, como el de una gran llama ceremonial encendida en sus profundidades.Los sucesos posteriores resultan caóticos. Mientras contemplaba las puertas y ventanas tan extraordinariamente iluminadas, comencé a sufrir las más extravagantes visiones... visiones tan extravagantes que no me atrevo ni aun a consignarlas. Creí discernir objetos en el templo -objetos tanto estáticos como en movimiento-, y me pareció escuchar de nuevo el irreal cántico que flotaba a mi alrededor al despertar. Y por encima de todo se alzaban pensamientos e imágenes centrados en el joven del mar y la imagen marfileña cuya talla se veía duplicada en los frisos y columnas del templo que tenía ante los ojos. Pensé en el pobre Klenze, y me pregunté si su cuerpo descansaría con la imagen que se llevó al mar. Él me había prevenido contra algo y yo no le había prestado atención... ya que era un palurdo renano que se volvía loco ante problemas que un prusiano era capaz de afrontar sin dificultad.El resto es muy sencillo. Mi impulso de ir y penetrar el templo se ha convertido ahora en una orden imperiosa e inexplicable que ya no puedo desobedecer. Mi propia voluntad germánica no basta ya para controlar mis actos, y la elección, en adelante, tan sólo será posible en asuntos menores. Tal locura es la que condujo a Menze a la muerte, acudiendo a cabeza descubierta y sin protección al océano; pero yo soy un prusiano y un hombre cabal, y utilizaré hasta el fin la poca voluntad que me resta. Al comprender que debía marcharme, preparé escafandra, casco y regenerador de aire para un uso inmediato, y al instante comencé a escribir esta crónica apresurada con la esperanza de que algún día pueda llegar al mundo. Guardaré el manuscrito en una botella y la confiaré al mar al abandonar para siempre el U-29.No tengo miedo de nada, ni siquiera de las profecías del enloquecido Klenze. Lo que he visto no puede ser real, y sé que este trastorno de mi propia voluntad tan sólo puede llevarme a la muerte por asfixia una vez se me agote el aire. La luz del templo es una completa ilusión y moriré sosegadamente, como un alemán, en las oscuras y olvidadas profundidades. Esa risa demoníaca que escucho mientras escribo procede únicamente de mi propio cerebro debilitado. Así que me colocaré meticulosamente la escafandra y ascenderé resuelto los peldaños que conducen a ese santuario primigenio, ese silencioso enigma de la aguas insondadas y los años olvidados".
H.P Lovecraft
"Cuentan que un hombre compró a una muchacha por cuatro mil denarios. Un día la miró y echó a llorar. La muchacha le preguntó por qué lloraba; él respondió: -Tienes tan bellos ojos que me olvido de adorar a Dios.
Cuando quedó sola, la muchacha se arrancó los ojos. Al verla en ese estado el hombre se afligió y le dijo:
-¿Por qué te has maltratado así? Has disminuido tu valor.
Ella le respondió:
-No quiero que haya nada en mí que te aparte de adorar a Dios.
A la noche, el hombre oyó en sueños una voz que le decía:
-La muchacha disminuyó su valor para ti, pero lo aumentó para nosotros y te la hemos tomado.
Al despertar, encontró cuatro mil denarios bajo la almohada. La muchacha estaba muerta".
Ah'med Ech Chiruani
"Entonces el discípulo atravesó el país en busca del maestro predestinado. Sabía su nombre: Tilopa; sabía que era imprescindible. Lo perseguía de ciudad en ciudad, siempre con atraso.
Una noche, famélico, llama a la puerta de una casa y pide comida. Sale un borracho y con voz estrepitosa le ofrece vino. El discípulo rehúsa, indignado. La casa entera desaparece; el discípulo queda solo en mitad del campo; la voz del borracho le grita: Yo era Tilopa.
Otra vez un aldeano le pide ayuda para cuerear un caballo muerto; asqueado, el discípulo se aleja sin contestar; una burlona voz le grita: Yo era Tilopa.
En un desfiladero un hombre arrastra del pelo a una mujer. El discípulo ataca al forajido y logra que suelte a su víctima. Bruscamente se encuentra solo y la voz le repite: Yo era Tilopa.
Llega, una tarde, a un cementerio; ve a un hombre agazapado junto a una hoguera de ennegrecidos restos humanos; comprende, se prosterna, toma los pies del maestro y los pone sobre su cabeza. Esta vez Tilopa no desaparece".
Alexandra David-Néel