El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

martes, 22 de diciembre de 2009

"El Viento en el Pórtico"

Un viento ardiente viene desde los yermos… No ventila, ni purifica. Un viento lleno de amenazas viene sobre mí.Jeremías IV, 11-12

"I.Nightingale era un hombre difícil de describir.Sus aventuras con los beduinos podían haberlo convertido en una leyenda; pero inmediatamente después de hablar con ellos, proclamó haber ganado la guerra y dio por zanjado el asunto. Era un tipo delgado y enigmático, de unos treinta años, que andaba siempre encorvado. Llevaba unas gafas tan gruesas que era imposible adivinar el color de sus ojos. Viéndolo por primera vez con aquel aspecto apocado y husmeador, vestido con un albornoz de lo más prosaico, nadie hubiese podido imaginarlo mandando un ejército de tribus árabes. Me imagino que su poder podía explicarse, sobre todo, por su extravagancia. Las gentes del desierto pensaron que Alá había puesto la mano sobre él. Nightingale, por su parte, demostró valor, voluntad e imaginación. Después de aquello regresó a su casa en Cambridge y declaró que, gracias a Dios, ese capítulo de su vida había terminado definitivamente. Como digo, él nunca mencionó las hazañas que lo habían hecho famoso. Conocía bien su oficio, y es probable que se diera cuenta de que para mantener el equilibrio mental tenia que echar un velo sobre todo aquello. Respetábamos su decisión y en nuestras conversaciones nunca aludíamos a Arabia.Fue un comentario casual lo que le hizo contarnos la siguiente historia. Mr. Hannay había estado hablando sobre su casa de Cotswold, en el camino de Fosse, y decía lo mucho que le extrañaba el hecho de que una civilización tan elaborada como la de la Britania Romana hubiese desaparecido sin dejar otro rastro en la historia del país que unas pocas ruinas, trazados de vías y algunos nombres de lugares. El historiador Peckwether tenia bastante que decir acerca de lo mucho que la tradición romana estaba unida a la cultura sajona.—Roma no ha muerto todavía —dijo—; sólamente duerme.Nightingale asintió con la cabeza.—Y algunas veces habla en sueños... Una vez me asustó tanto que me trastornó.Después de presionarle mucho nos contó esta historia. No era un buen conversador, así que prefirió escribirla y terminó leyéndola durante la siguiente velada. Éste es su manuscrito.II.Existe un lugar en Shropshire que no quiero volver a visitar. Está situado entre Ludlow y las colinas, en un profundo valle repleto de bosques. Su nombre es St.Sant, un pueblo con una gran casa junto a un parque, de un río llamado Vaun, a unas cinco millas de la pequeña ciudad de Faxeter. En esas comarcas galesas los topónimos son verdaderamente extraños. Y no es lo único raro que hay por allí. Volvía a Cambridge, después de unas largas vacaciones en Gales. Todo ocurrió antes de la guerra, cuando acababa de conseguir una beca y me disponía a realizar un trabajo académico. Era una preciosa noche de luna llena, a principios de octubre, y pretendía llegar hasta Ludlow para cenar y dormir. Eran cerca de las ocho y media, la carretera estaba vacía, se circulaba bien y avanzaba alegremente cuando algo ocurrió con los faros de mi coche. Era una cosa sin importancia, así que me detuve en las afueras del pueblo para arreglarlos yo mismo. Paré justo delante de los muros de una mansión rural. Al otro lado de la carretera se había detenido un carruaje, y dos hombres, que debían ser criados de la casa, descargaban unos bultos de un carretón.La luna brillaba con claridad, así que podía ver lo que hacían. Cuando terminé el arreglo de los faros, quise estirar un poco las piernas y me acerqué hasta ellos. No me oyeron llegar, el carretero parecía estar dormido, sentado en su percha. Los bultos eran los típicos envíos de alguna gran tienda de la ciudad. Pero advertí que aquellos dos hombres los manejaban con cautela y, a medida que los depositaban en el carretón, les arrancaban la etiqueta de origen y les pegaban otra diferente. Las nuevas etiquetas eran bastante raras, grandes y cuadradas, con alguna dirección escrita en ellas con letras mayúsculas muy enigmáticas. No había nada de extraño en ello, pero las caras de aquellos hombres me confundían, ya que, aunque eran extremadamente cuidadosos, parecían hacer su trabajo con mucha excitación, anhelando terminar pronto. Aquella tarea parecía ser para ellos un asunto de tremenda importancia. Me situé de manera que pudiese ver sus rostros y noté que estaban pálidos y tensos. Se trataba de criados o mayordomos, ya mayores, y habría jurado que estaban asustados.Arrastré los pies para que se dieran cuenta de mi presencia y saludé de forma intrascendente, comentando la buena noche que hacía. Se sobresaltaron como si estuviesen robando un cadáver. Uno de ellos contestó algo, pero el otro cogió un bulto que se escurría y, en un tono de violenta alarma, adviritó a su compañero para que tuviese cuidado. Me dio la impresión de que manipulaban explosivos. Aquella noche, en mi habitación de Ludlow, consulté mi mapa e identifiqué el lugar donde había visto a los hombres. El pueblo era St. Sant, y parecía que la tapia ante la que me había detenido pertenecía a una respetable propiedad llamada Vauncastle Hall.Ésa fue mi primera visita. En aquellos días yo me hallaba ocupado en una escrupulosa edición de Theocrilus, para la que necesitaba una exhaustiva comparación de diferentes manuscritos. Había oído hablar de una variante inglesa del código de los Médicis que nadie había consultado desde Guisford. Después de muchos problemas, averigüé que se encontraba en la biblioteca de un hombre llamado Dubellay. Le escribí a su club de Londres y recibí, con gran sorpresa, una respuesta de Vauncastle Hall, en Faxeter, Gales.Era una extraña carta, en la que se me daba a entender que me fuera al diablo, aunque de una forma muy cortés. Yo insistí, ya que el tono no era taxativo. Intercambiamos varias misivas y el resultado final fue un permiso para examinar su manuscrito. No me invitó a quedarme en su casa, pero mencionó una pequeña y confortable posada en St. Sant. Mi segunda visita, pues, empezó el 27 de diciembre, después de haber pasado las Navidades en Cambridge. Habíamos tenido una semana de fuertes heladas que luego remitieron un poco, aunque el frio era todavía riguroso, con cielos cargados que amenazaban nieve. Salí hacia Faxeter en coche, y recuerdo que cuando ascendía por el valle pensaba que aquél era un curioso y triste país. Las colinas, rebosantes de bosques, eran demasiado bajas para resultar impresionantes. Sus cimas mostraban pequeñas, despejadas y divertidas prominencias de color gris que sugerían un origen volcánico. Podía haber sido uno de esos panoramas que se encuentran en las primeras pinturas italianas del siglo XV, sin luz ni color.Cuando avisté el río Vaun entre los prados descoloridos, parecía como "el agua pálida" de las canciones ribereñas. Tampoco los bosques tenían la amigable desnudez de los montes ingleses en invierno. Permanecían oscuros y nublados, como si escondieran algún secreto. Antes de llegar a St. Sant concluí que el paisaje no sólo era triste sino también amenazante. Encontré la posada de St. Sant muy de mi gusto. Se levantaba en la única calle existente, entre casas de un solo piso, como un alegre faro con cortinas rojas en las ventanas de lo que parecía ser el salón-bar. El interior causaba una impresión todavía mejor. Ocupé un dormitorio con un acogedor fuego y cené en una habitación de madera llena de divertidos retratos de sabuesos delgaduchos y caballos con el lomo hundido. Durante mi viaje había estado muy deprimido, pero esta comodidad me levantó la moral; y cuando la casa me invitó a una botella de vino de Oporto, el patrón se sentó conmigo para beber un trago. Era un antiguo guardabosques, casado con una mujer mucho más joven que él que era la que, en realidad, se ocupaba de la administración del negocio. Sentía curiosidad por saber algo acerca del poseedor del manuscrito, pero el dueño me contó muy poco. Conoció bien al antiguo hacendado pero no había tratado nunca al actual. Oi hablar mucho de los Dubellay en general; del lord junto al que había cazado durante cuarenta años; de su hermano, caído en Abu Kea, resistiendo heroicamente hasta la muerte; y de toda clase de parientes colaterales. Los «Deblay» parecían ser una raza altiva y generosa; apreciada por aquellos lugares. Pero en lo referente al dueño actual de Vauncastle Hall, no quería ni podía decir nada. El hacendado era un «gran erudito», aunque no practicaba ningún deporte ni era una persona jovial como sus predecesores. Se había gastado un dineral en la casa, y eso que nadie lo visitaba nunca. Mi informante no había vuelto a esos terrenos desde que llegó el nuevo dueño. Aunque, eso sí, en los viejos tiempos se habían celebrado copiosos banquetes de arrendatarios y cazadores en los jardines. Me fui a la cama con una imagen bastante clara del hombre con el que me tenía que entrevistar la mañana siguiente. Un recluso instruido y algo excéntrico, que coleccionaba tesoros, adornaba su morada y, probablemente, pasaba la vida en su biblioteca. Iba con bastante ilusión a su encuentro, ya que el tipo de propietario sencillo y deportista, tan usual en nuestros distritos rurales, no era objeto de especial simpatía por mi parte.A la mañana siguiente, después de desayunar, me encaminé hacia Vauncastle Hall. El tiempo seguía igual de frío y pesado, y cuando atravesé el muro de entrada, pareció como si el aire se hiciera más virulento y el cielo más tenebroso. El lugar estaba lleno de grandes árboles que, en su desnudez invernal, causaban una triste impresión. Había una gran avenida de viejos sicomoros a través de los cuales podía vislumbrarse con dificultad el parque helado. Me orienté y me di cuenta de que estaba caminando más o menos en dirección al sur y descendiendo gradualmente. La casa debía estar en algo parecido a un antiguo barranco. Pronto los árboles se aclararon. Atravesé una segunda verja de hierro, salí a un gran césped descuidado, adornado con un desorden de laureles y rododendros, y me encontré ante la casa. Esperaba algo espléndido: una vieja fachada de estilo Tudor o de tiempos de la reina Ana, o bien un majestuoso pórtico georgiano. Quedé desilusionado, ya que su aspecto era del todo ordinario. Era baja e irregular, como la parte trasera de una casa; e imaginé que, en otro tiempo, el edificio había sido modificado y la vieja puerta de la cocina se convirtió en la entrada principal. Mi impresión quedó confirmada al observar que los tejados se levantaban en fila, como uno de esos esconzados rascacielos de Nueva York, de tal modo que las actuales partes traseras del edificio tenían una altura impresionante.La rareza de aquel lugar me interesaba, y más aún su estado ruinoso. ¿En qué diablos podía el propietario haberse gastado el dinero? Todo —césped, arriate, senderos— estaba descuidado. Existía un portal de piedra nuevo, pero las paredes necesitaban con urgencia un rejuntado, el maderaje de las ventanas no había sido pintado desde hacía muchísimos años, y varios cristales estaban rotos. El timbre no sonaba, así que no me quedó más remedio que golpear la puerta con el aldabón, y creo que pasaron diez minutos antes de que me abrieran la puerta. Un pálido mayordomo, uno de los hombres que había visto descargando cosas en la carretera dos meses antes, estaba de pie en la entrada, parpadeando. Cuando pronuncié mi nombre, me hizo pasar sin preguntar nada, pues era evidente que me esperaba. El hall fue mi segunda sorpresa. ¿Qué había sido del coleccionista misántropo y refinado? El lugar era pequeño, encogido y estaba amueblado con la misma sobriedad que el vestíbulo de una granja. Lo único que aprobé fue su moderada calidez. A diferencia de la mayoría de las casas de campo inglesas, aquí funcionaba un sistema de calefacción excelente. Se me condujo a una pequeña habitación oscura, con una ventana que daba a la maleza, donde permanecí mientras el hombre iba a buscar a su patrón. Mi principal sentimiento era de gratitud por no haber sido invitado a quedarme, ya que la posada era un paraíso comparada con este sepulcro. Estaba examinando los grabados de la pared, cuando oí pronunciar mi nombre, y me volví para saludar al señor Dubellay.Fue mi tercera sorpresa. Me lo había imaginado como un viejo y fastidioso letrado, con gafas suspendidas de un cordel y un carácter «fino» y remilgado. En lugar de esto me encontré con un hombre relativamente joven, un tipo fuerte, ataviado con las más ásperas ropas campesinas. Parecía ser algo descuidado, iba sin afeitar, su cuello de franela estaba gastado de mala manera y sus uñas pedían a gritos un buen arreglo. Su cara era difícil de describir: tenía un color subido pero enfermizo, era amable pero, al mismo tiempo, astuta. Y, sobre todo, expresaba inquietud. Me dio la impresión de ser un hombre con los nervios a flor de piel y de estar permanentemente en guardia. Pronunció unas cuantas palabras de cumplido y me arrojó un paquete de color marrón, pésimamente atado.—Aquí está su manuscrito —dijo con soltura.Yo estaba desconcertado. Esperaba que se me permitiera comparar el códice en la biblioteca, y en los últimos minutos me había percatado de que las perspectivas no eran alentadoras. Ante mí tenía al casual poseedor de un códice inapreciable, que me lo ofrecía sin apenas conocerme, y que dejaba que me lo llevase. Le di las gracias balbuceando, y añadí que era muy amable por su parte el confiar tal tesoro a un extraño.—Sólo hasta la posada —agregó—. No quería enviarlo por correo, pero no hay nada de malo en que trabaje con él en el pueblo. Tiene que haber confianza entre los eruditos. —Y se echó a reír a carcajadas, de una manera extraña.—Me gusta su plan —contesté—. Aunque pensé que usted insistiría en que me quedara a trabajar aquí.—No, de veras que no —contestó fervorosamente—. Nunca pensaría en tal cosa... No lo haría por nada del mundo... Sería un insulto a nuestro gremio y una falta de tacto por mi parte... Así es como lo consideraría.Continuamos hablando unos minutos más. Me enteré de que había heredado los bienes de un primo suyo y que hacía más de diez años que vivía en Vauncastle. Anteriormente había sido abogado en Londres. Me hizo una o dos preguntas sobre Cambridge. Le hubiese gustado asistir a esa universidad; tenía muchos inconvenientes en su trabajo debido a una deficiente educación. ¿Era yo un erudito en griego? ¿También en latín?. Maravillosa gente los romanos... Hablaba con toda libertad, pero sus extraños e incansables ojos se movían todo el tiempo de un lado para otro, y yo tenía la rara impresión de que le habría gustado contarme algo sobre aquellos lugares, citar algún asunto, pero que el miedo y la timidez le detenían. Su mirada era extraña. Me marché sin que me invitara a comer, cosa que no sentí en absoluto ya que no me gustaba la atmósfera de aquel lugar. Tomé un atajo a través del ajado césped y, al llegar a la cima de la cuesta, me volví para mirar hacia atrás.La casa era enorme y advertí que mis suposiciones iniciales parecían ser correctas y que algo que debía de ser el edificio principal quedaba al otro lado. Me preguntaba si era como la Alhambra que, detrás de una fachada semejante a la de una fábrica, esconde una maravilla. También percibí que el selvático barranco era más espacioso de lo que había imaginado. La casa, tal como estaba ahora, encaraba hacia el norte, y detrás de la cara sur existía un espacio abierto, en donde imaginé que podía haber un lago. A lo lejos pude distinguir en la oscuridad de diciembre unas altas y tenebrosas colinas. Aquella noche la nieve cayó en abundancia y continuó haciéndolo durante la mayor parte de los dos días siguientes. Azucé el fuego en mi habitación y me enfrasqué con el códice. Había traído tan sólo mis libros de trabajo y la posada no tenía biblioteca, así que cuando deseaba descansar bajaba a la cantina o charlaba en el salón-bar. Los aldeanos que se congregaban en el primer lugar eran tipos agradables pero, como ocurre casi siempre con la gente de nuestras provincias, no les gustaba hablar con extraños y poca cosa dijeron del Hall. El antiguo hacendado cazaba cada año tres mil faisanes; no obstante, el propietario actual no permitía ningún disparo de fusil en su terreno, ya que -según él– tan sólo quedaban algunos pájaros salvajes. Por esta razón, los bosques estaban repletos de animales.Esto me contaron cuando mostré cierto interés por la propiedad. Y nada más. Del señor Dubellay no querían hablar, declarando que nunca le habían visto. Me atrevo a decir que, en realidad, había bastantes murmuraciones a su costa, y me dio la impresión de que en aquella reserva de mis interlocutores había algo de miedo. La patrona, que procedía de otro condado, era más comunicativa. No habia conocido a los antiguos Dubellay, y, por lo tanto, no podía hacer ninguna comparación, aunque se inclinaba a considerar que el hacendado actual no estaba bien de la cabeza.—Se comenta... —empezó diciendo.Pero como también ella padecía alguna inhibición, lo que prometía ser algo sensacional se convirtió en una historia vulgar. Al parecer, había una cosa que confundía a la vecindad por encima de todo. Y eso era la reorganización de la casa.—Se comenta —decía con cierto temor– que ha construido una gran iglesia.Ella nunca había estado allí, nadie lo había hecho, puesto que el hacendado Dubellay no permitía la entrada a ningún intruso; pero se podía ver desde Lyne Hill, a través de una abertura en el bosque.—No es un buen cristiano —me dijo—. Se ha peleado varias veces con el vicario. Pero todos aseguran que “adora” algo allí.Me enteré de que no había sirvientas en la casa, tan sólo hombres contratados en Londres.—Pobres ignorantes. Deben vivir de una forma bastante triste; así, sin mujeres... —y la rolliza dama se encogió de hombros y se echó a reír de una manera burlona.El último día de diciembre decidí que necesitaba hacer ejercicio y me dispuse a realizar una larga caminata. La nieve había dejado de caer aquella misma mañana y el oscuro cielo se había vuelto claro y azul. Todavía hacia frío, es cierto; pero el sol brillaba, la nieve del camino era dura y quebradiza, y yo podía explorar someramente el país. Después del almuerzo me calcé unas gruesas botas y unas polainas y me dirigí hacia Lyne Hill. Era un recorrido considerable, ya que el lugar estaba situado al sur del parque de Vauncastle Hall. Desde allí esperaba poder ver el otro lado de la casa. No quedé desilusionado. Había un claro entre los espesos bosques, y más abajo, a unas dos millas, vi de repente un extraño edificio, algo así como un templo clásico. Tan sólo asomaban las cornisas y las puntas de los pilares por encima de los árboles, pero estaban allí, anacrónicamente vivas y tenebrosas, contra un fondo cubierto de nieve. El espectáculo que veía desde aquel solitario lugar era tan sorprendente que me conmocionó. Recuerdo que eché una ojeada a mis espaldas, hacia las nevadas hileras de montanas galesas, y parecía como si hubiese estado contemplando un paisaje invernal de los Apeninos, dos mil años atrás.Mi curiosidad estaba ahora alerta y decidí contemplar esta maravilla más de cerca. Dejé el camino y surqué los nevados campos en dirección a los bosques. A partir de ese momento empezaron las contrariedades. Me adentré en algo parecido a una selva primitiva, un lugar en el que durante cientos de años nadie hubiese atravesado los senderos, permitiendo que la maleza creciese desenfrenada. Atravesé profundos hoyos y vaguadas. Zarzas y espinas salvajes desgarraron mis ropas y arañaron mi piel; pero seguí avanzando, manteniendo el rumbo lo mejor que pude. Por fin se acabaron los árboles. Ante mí se extendía un espacio abierto que sabia que era un lago. Y más allá se levantaba el templo. Ocupaba la misma extensión que la fachada que yo ya conocía, y desde donde me encontraba era difícil creer que detrás hubiese una casa, la vivienda de un típico hacendado galés. Era una preciosa obra de arte —me di cuenta al primer vistazo—, majestuosa y de admirables proporciones; sin embargo no seguía con exactitud ninguno de los modelos clásicos. Podía imaginar un interior grande y retumbante, oscuro a causa del humo del sacrificio; y al reflexionar, me di cuenta de que el peristilo no podía continuar bajando por los dos lados, que no existía ningún interior, y que lo que yo estaba mirando era tan sólo un pórtico.Aquello era, a simple vista, impresionante y absurdo. ¿Qué locura albergaba Dubellay cuando adornó su casa con un parterre tan grandioso? El sol se ocultaba y las sombras de las colinas repletas de bosques nevados oscurecían el edificio de tal manera que apenas podía distinguir la pared trasera del pórtico. Quería contemplarlo de cerca, así que decidí atravesar a pie la helada superficie del lago. Entonces tuve una rara experiencia. No podía estar tan cansado; la nieve, hasta aquel momento, había sido dura y practicable, y el hielo que tenía bajo mis pies ofrecía una superficie uniforme y cómoda. Sin embargo, sentía un agotamiento extremo. El aire, antes gélido y cortante, soplaba ahora caliente y opresivo. Arrastraba las botas como si pesaran toneladas. Notaba un silencio casi ominoso en medio de la helada. Y en el edificio de enfrente no había el menor indicio de vida. Por fin alcancé la otra orilla y me encontré en un helado sendero de juncos y esqueléticas mimbreras. Eran más altos que yo y para ver el pórtico tenía que levantar la cabeza y mirar a través de sus nevadas tracerías. Se hallaba quizás a unos ochenta pies sobre mí y a unas cien yardas de distancia. Cuando me encontré junto a él, los delicados pilares parecían elevarse hasta una considerable altura. Pero todavía estaba oscuro, y el único detalle que se podía observar era el techo, que parecía esculpido o pintado con figuras monocromáticas profundamente oscuras.De repente el agonizante sol penetró en declive por una abertura en las colinas y, por un instante, todo el pórtico, hasta sus más recónditas entrañas, quedó inundado por un luminoso color dorado y escarlata. Aquello fue maravilloso, pero había algo más. El aire era sumamente tranquilo, sin el menor indicio de viento; tan calmado que cuando media hora antes había encendido un cigarrillo, la llama de la cerilla ardió de forma uniforme hacia arriba, como la vela de una habitación. Mientras estaba entre las juncias no se agitó ni un solo cristal de escarcha... Pero en el pórtico soplaba un extraño viento. Podía ver cómo levantaba plumas de nieve de la base de los pilares hasta recubrir las cornisas. El suelo parecía barrido; y, sin embargo, diminutos copos que caían de los sobresalientes bordes iban amontonándose en él. Un furioso movimiento se apoderó del interior aunque a una yarda de allí reinaba una tranquilidad helada. No podía decir de dónde venía ese viento pero sí que era cálido, cálido como el aliento de un horno. De pronto, tuve miedo de que la noche me atrapara en aquel lugar. Me volví y eché a correr. Atravesé el lago a marchas forzadas, jadeante y sofocado, con una calurosa y mortal opresión; avanzaba a ciegas, impulsado por una especie de instinto en dirección al pueblo. No me detuve hasta que hube atravesado con gran esfuerzo el gran bosque y salido a una abrupta pradera por encima de la carretera principal. Luego me dejé caer al suelo y sentí de nuevo el reconfortante escalofrío del aire de diciembre.La aventura me dejó de un humor incómodo. Estaba avergonzado de mí mismo por haber hecho el tonto y, al mismo tiempo, desconcertado y confuso, ya que cuanto más pensaba en los incidentes de aquella tarde, menos explicaciones encontraba. Una cosa tenía clara: este lugar no me gustaba y quería marcharme. Había llegado ya a la última parte de mis estudios, de modo que me recluí durante dos días seguidos y los completé; es decir, transcribí las comparaciones y glosas conforme adelantaba con el comentario del texto. No tenía ninguna gana de regresar a Vauncastle Hall, así que escribí una amable nota a Dubellay expresando mi gratitud y explicando que le mandaría el manuscrito por medio del hijo del patrón, ya que no tenía la intención de molestarle con otra visita. En seguida recibí una respuesta que decía que al señor Dubellay le gustarla tener el placer de cenar conmigo en la posada antes de mi partida, y que así recogería personalmente el códice. Era la última noche de mi estancia en St. Sant. Encargué la mejor cena que se pudiese encontrar por aquellos lugares y aparté una botella de clarete, del que descubrí una partida en la bodega. Dubellay apareció temprano, a las ocho, y llegó –con gran sorpresa mía– en coche. Se había arreglado; llevaba una chaqueta para la cena y parecía, cabalmente, uno de esos abogados a los que se ve cenando en el Júnior Carlton las noches de los viernes londinenses.Tenia un ánimo excelente y sus ojos habían perdido el aire de estar permanentemente en guardia. Parecía haber llegado a una conclusión sobre mí y estimar que, después de todo, yo era inofensivo. Después de mi aventura, estaba preparado para encontrar en él una expresión de miedo, el miedo que yo había visto en las caras de los criados. Pero no existía ninguno; en su lugar creí ver excitación, una poderosa excitación. Descuidó los modales en su conversación. Su visita asustaba, de alguna manera, a la gente de la posada y, en vez de la criada, nos sirvió la misma patrona. Parecía desear que terminara la cena, y se afanaba en poner los bizcochos y el vino de Oporto encima de la mesa, de la manera más rápida y decente que podía. Justo entonces Dubellay se puso confidencial. Tuve la impresión de que era, de alguna forma, un monomaníaco. Se había pasado la vida entre antigüedades y, cuando sucedió al anterior Vauncastle, tuvo tiempo y dinero suficiente como para permitirse cultivar su afición en profundidad. Por otra parte, la propiedad tenía interés en sí misma. Parecía que aquel lugar habla sido famoso en la Bretaña romana como Vauni Castra; Faxeter era una corrupción del mismo topónimo.—¿Quién era Vaunus? —pregunté. Él sonrió de una manera burlona y me dijo que esperara.Allí, en los profundos bosques, se había levantado un templo. Siempre había existido una leyenda local acerca de eso, y se suponía que el lugar estaba embrujado. Bien, él mismo hizo excavar aquella zona y encontró... Aquí se convirtió en cauteloso abogado y me explicó su derecho sobre el hallazgo del tesoro. Aunque los objetos descubiertos no eran realmente valiosos –no se encontró oro, ni joyas–, al descubridor se le concedió el derecho a guardarlos. Así lo hizo, y no publicó los resultados de sus excavaciones en los boletines de ninguna sociedad especializada, ya que no quería ser importunado por los turistas. Yo era diferente; yo era un erudito. ¿Qué habia encontrado? Realmente era bastante difícil seguir su atropellada conversación, pero deduje que sacó a la luz ciertas esculturas y utensilios para sacrificios.–Y —hundió la voz— lo más importante de todo: un altar, un altar a Vaunus, la divinidad tutelar del valle.Cuando mencionó esta palabra su cara cambió de expresión reflejando una especie de excitación secreta. He visto esta misma expresión en la cara de un predicador callejero del Ejército de Salvación. Vaunus había sido un viejo dios britano de las colinas al que los romanos, con su característico pragmatismo, habían identificado con Apolo. Me contó una larga y confusa teoría sobre su figura, de la que deduje que el señor Dubellay no era precisamente un especialista. Algunas derivaciones de los nombres del lugar eran absurdas —como St. Sant de Sáncta Sanctórum— y, citando algunas cosas de Ausonius, hizo dos falsas valoraciones. Parecía esperar que le contara algo más de Vaunus, pero argumenté que mi materia era la antigüedad griega y que ignoraba casi todo acerca de la Bretaña romana. Mencionó varios libros y averigüé que nunca habla oído hablar de Haverfield. Utilizó una palabra, «hipocausto», que de repente me dio la clave. Había caldeado el templo, como el resto de su casa, por medio de algún eficiente sistema de aire caliente. Sé muy poco sobre ciencia, pero me imaginé que el calor artificial del pórtico, en contraste con el frío que hacía fuera, podía crear una corriente de aire como la que yo había sentido. En todo caso esa explicación me contentó, y la aventura de aquella tarde perdió su misterio. Como reacción, me sentí extraordinariamente amigable, y escuchaba su conversación con auténtica simpatía. No obstante, decidí no comentar que había visitado aquella especie de templo que se alzaba junto al lago, a pesar de que lo mencionó él mismo de la forma más abierta.–No podía abandonar aquel altar en la ladera de la colina –dijo–. Tuve que buscarle un sitio; así que convertí la parte vieja de mi casa en una especie de templo. Los arquitectos que dirigieron las obras eran gente competente, pero demasiado ignorante en según qué cosas. A veces pienso que tendría que haber estudiado historia o arquitectura en lugar de Derecho. Me hubiese sido más útil. En cualquier caso, todavía me gusta el sitio, tal como está.–Espero que, al menos, satisfaga a Vaunus –bromeé.–Creo que síContestó con toda seriedad. Fue entonces cuando pensé que no estaba totalmente en sus cabales, que sus pensamientos iban, por decirlo de algún modo, a la deriva. Durante un minuto, por lo menos, estuvo mirándome fija, abstraídamente, sin decir nada.–¿Qué va a hacer con él a partir de ahora? –pregunté, rompiendo el silencio.No contestó; noté cómo se reía en sus adentros.–No sé si recordará usted un pasaje de Sidonius Apollinaris –proseguí–, una fórmula para desconsagrar los altares paganos y reconvertirlos al culto cristiano. Es un proceso largo y gradual. Se empieza por sacrificar un gallo blanco o algo apropiado; y se le dice a Apolo, con toda suavidad, que la vieja ofrenda es sustituida por la nueva. A partir de ahí, puede comenzar la invocación cristiana.Casi saltó de su silla.–¡Eso no lo haría nunca! ¡No señor! Por nada del mundo... No podría pensarlo ni siquiera un momento.Fue como si lo hubiese ofendido con alguna horrible blasfemia. Pero, lo más curioso, es que ya no recuperó su compostura. Lo intentó, es cierto, pues era un hombre que conocía los buenos modales; pero su desenvoltura y autodominio desparecieron por completo. Seguimos conversando sobre otras bagatelas con cierta rigidez. Luego, media hora después, se levantó para marcharse. Le devolví el manuscrito cuidadosamente envuelto y le di mis más efusivas gracias. Pero apenas parecía escucharme. Guardó el paquete en su bolsillo y se fue con el mismo aspecto de abstracción que tanto me había extrañado. Una vez que se hubo marchado me senté junto al fuego para terminar la botella de Oporto y examinar la situación. Estaba satisfecho con lo del hipocausto. Al fin y al cabo, la extraña aventura que tanto me había inquietado la tarde aquella quedaba perfectamente explicada con una cosa así. Sin embargo, todavía sentía un cierto regusto a pesadumbre y concluí que Dubellay no me gustaba en absoluto. Lo consideraba un maniático carente de ingenio, como esas criadas que adoran a sus gatos y no conciben nada más. No sentía lo más mínimo tener que abandonar Faxeter.III.Mi tercera y última visita a St. Sant fue durante el junio siguiente, en el solsticio de verano de 1914. Todavía no había terminado mi Theocrilus; necesitaba un par de días más el manuscrito de Vauncastle y, como quería irme a Italia en julio, escribí a Dubellay y le pregunté si le podía echar otra ojeada. Aquello era un aburrimiento, pero tenía que afrontarlo, y pensé que el valle sería, después de todo, un agradable lugar para pasar el cálido verano. En seguida recibí una respuesta; Vauncastle me invitaba a visitarlo. Casi lo suplicaba, e insistía en que me alojase en su mansión. No podía rehusar, aunque hubiera preferido la posada. Me envió un telegrama preguntando por mi tren y volvió a telegrafiar, diciendo que vendría a buscarme. Parece ser que esta vez era un invitado particularmente grato. Llegué a Faxeter al anochecer y me estaba esperando un coche contratado en el mismo pueblo. El conductor era un joven muy comunicativo. Me senté detrás de él, con las ventanillas abiertas para que me diera el aire fresco. El calor me agobiaba. De hecho, me alegré al salir de la sofocante Cambridge, aunque no puedo decir que hiciera mas fresco cuando ascendimos por el valle del río Vaun. Los bosques tenían su esplendor veraniego, tal vez un poco deslucido y apagado por el calor. El río quedaba reducido a un reguero y las curiosas cimas de las colinas estaban tan abrasadas por el sol que parecían casi amarillas. Una vez más tenia la sensación de estar en un paisaje fantástico, que no era inglés.—El señor Dubellay se ha preocupado mucho de su llegada, señor —me informó el conductor—. Ha visitado tres veces al dueño del garaje para asegurar que todo fuera bien. Tiene, también, un coche de su propiedad, un pequeño y precioso Daimler; pero no parece que lo utilice mucho. No le han visto con él desde hace tiempo.Al atravesar los muros exteriores de Vauncastle Hall, miró con curiosidad a su alrededor.—Nunca estuve aquí antes, aunque he frecuentado la mayoría de las mansiones en un radio de cincuenta millas. Un lugar extraño y anticuado, ¿verdad, señor?Si a mediados de invierno parecía un santuario tapiado, en aquel crepúsculo de junio era, más que nunca, un lugar cerrado y sombrío. Se percibía un olor a podredumbre otoñal, una seca putrefacción, como yesca. Parecía como si descendiéramos a través de selvas espesas. Cuando por fin giramos y atravesamos la verja de hierro, vi que el césped había alcanzado un estado de dejadez extremo, semejante al de un henar descuidado. El pálido mayordomo me hizo entrar. Tras él esperaba Dubellay. Ya no era el hombre que yo había conocido en diciembre. Llevaba un viejo traje de franela abombado y su cara enfermiza y enrojecida estaba tensa y contraída por el dolor. Tenía bolsas debajo de los ojos, y éstos ya no mostraban la antigua excitación. Al contrario, estaban tristes y apagados. Sí, había dolor en ellos, y algo más: había miedo. Me preguntaba si su manía se estaba volviendo demasiado pesada para él. Me saludó como a un hermano perdido desde hacía tiempo. Considerando que yo apenas le conocía, me extrañó la forma en que se dirigió a mí.—Te bendigo por haber venido, querido compañero —dijo–. Necesitas un baño. Luego cenaremos. No te preocupes por cambiarte.—Nunca lo hago.Me condujo a mi habitación, que era bastante limpia pero pequeña como la de un criado. Comprendí que había remozado la casa de arriba abajo para edificar su absurdo templo. Cenamos en una habitación bastante grande, que era una especie de biblioteca. Había viejos libros alineados, aunque no parecían llevar allí mucho tiempo. En realidad, aquello parecía un trastero en el que se había apilado una preciosa colección. Sin duda hablan permanecido antes en un noble aposento georgiano. No había nada más; ni antigüedades ni objetos que demostrasen gusto y criterio.—Ha llegado justo a tiempo —dijo—. Salté de alegría cuando recibí su carta, ya que había pensado incluso en acudir a Cambridge para invitarlo. Espero que no tenga prisa en marcharse.—En realidad —contesté— tengo poco tiempo. Espero salir al extranjero la semana próxima. He de terminar mi trabajo en un par de días. No puedo decirle cuánto le agradezco su amabilidad.—Dos días... —comentó—. Eso llega hasta el solsticio de verano. Debería ser suficiente...No entendí lo que quería decir. Le expliqué que estaba ansioso por examinar su colección. Abrió los ojos.—Sus descubrimientos, quiero decir —aclaré—. Ya sabe... El altar de Vaunus...Al escuchar aquellas palabras su cara se retorció en un espasmo de terror, como si se asfixiase. Fue un segundo, luego se recuperó.—Sí, sí —dijo con rapidez—. Lo verá, lo verá todo; pero no ahora, no esta noche. Mañana, a plena luz del día, será mejor momento.El resto de la velada se hizo tedioso. Dubellay era un hombre de escasa conversación y se limitaba a replicar con cierto esfuerzo a mis triviales observaciones. A menudo le sorprendí mientras me miraba furtivamente. Parecía examinarme y preguntarse hasta dónde podía confiar en mí. Aquello empezó a ponerme nervioso y, para colmo, hacía un calor abominable. Las ventanas de la habitación daban a un pequeño patio adoquinado, rodeado de laureles, y parecía que estuviera en Seven Dials, a juzgar por el aire que se respiraba. Cuando sirvieron el café no pude aguantar más.—¿Qué le parece si salimos a la parte de atrás. Al pórtico de esa especie de templo? —inquirí—. Allí, con el aire del lago, estaremos más frescos.Aquello fue como si le hubiese propuesto el asesinato de su madre. Su voz se convirtió en un farfulleo incoherente.—No, no. —balbuceó—. ¡Dios mío, allí no!Perdió el control sobre sí mismo y casi se desvaneció. Tardó un rato hasta volver a recuperarse. Un criado encendió las lámparas de aceite y me resigné a seguir en la sofocante habitación.–Usted mencionó algo cuando nos encontramos la última vez —se aventuró, finalmente, a decir; después de mirarme de soslayo un largo rato—. Algo acerca de un ritual para volver a consagrar un altar.Recordaba mi observación sobre Sidonius Apollinaris.—¿Podría mostrarme el pasaje? Aquí hay una biblioteca clásica muy buena, coleccionada por mi bisabuelo. Por desgracia no tengo los estudios necesarios para utilizarla como es debido.Me levanté y registré las estanterías con atención y, al poco rato, hallé una copia de Sidonio, la edición de Phantin de 1609. Busqué el pasaje y se lo traduje con rigor. Escuchaba ansioso y me lo hizo repetir dos veces.—Ahí dice un gallo —dudó—. ¿Es esencial?—No lo creo. Me imagino que serviría cualquier cosa reconocida para rituales semejantes.—Me alegro —se limitó a decir—. No puedo soportar el derramamiento de sangre.—Por Dios, hombre —exclamé—, ¿Se toma estas tonterías en serio? Sólo estaba bromeando. Dejemos que Vaunus siga en su altar...Me miró como si fuese una esfinge. Y estaba bastante ofendido.—Sidonio sabía...—Bueno, pero nosotros no... Gracias a Dios —dije con rudeza—. Estamos en el siglo veinte y no en el tercero. ¿No va siendo hora ya de irnos a dormir?No hizo ninguna objeción y me trajo una vela. Subí a mi cuarto y, mientras me desnudaba, me pregunté a qué especie de manicomio había ido a parar. Sentía el más profundo desagrado por aquel lugar y anhelaba irme directo a la posada; sin embargo no podía insultar de esa forma a mi anfitrión. Al fin y al cabo, estaba usando su biblioteca y su inapreciable manuscrito. En mi opinión, era evidente que Dubellay estaba loco. Su manía le había hecho perder la razón. ¡Santo cielo! Hablaba de su precioso Vaunus como si fuese un devoto. Sin duda su imaginación, apenas educada, había terminado desarrollando algún tipo de adoración por ese olvidado dios. Recuerdo haber dormido sólo un par de horas. Me desperté empapado de sudor, pues aquel lugar era un auténtico horno. La ventana estaba abierta de par en par y cuando asomé la cabeza noté que el aire de la noche era fresco, a pesar de encontrarnos en pleno verano. Así pues, el calor procedía del interior. La habitación se encontraba en el primer piso, justo encima de la entrada, y me quedé mirando el exuberante césped. La noche era oscura y tranquila, aunque me pareció oir algo de viento. Miré los árboles; estaban tan inmóviles como el mármol. Pero en algún lugar cerca de allí sonaba algo parecido al ruido que produce una fuerte ráfaga de viento. La luna se había escondido y observé, en algún lugar que no puedo precisar, un fuerte destello de luz. Pude ver su reflejo sobre el suelo, justo enfrente de la ventana a la que me asomaba. Esto significaba que la iluminación procedía de la parte de atrás, del lugar en el que se alzaba el templo. ¿Qué clase de saturnales estaba llevando a cabo Dubellay a esas horas?Recapacité y vi que si quería dormir debía hacer algo al respecto. No cabía la menor duda; algún loco había puesto la calefacción en marcha, ya que la habitación era un horno. Mi mal genio iba en aumento; no encontraba ningún timbre de servicio, así que encendí la vela y salí a buscar un criado. Bajé las escaleras y descubrí la habitación en la que habíamos cenado. Allí mismo arrancaba un pasillo que recorrí sin dudar. Terminaba frente a una recia puerta de roble. La luz me hizo ver que no había forma aparente de abrirla. Comprendí que conducía al templo. Estaba perfectamente cerrada y no tenía ningún pestillo; pude oír a través de ella un ruido, algo así como un furioso viento... A continuación abrí otra puerta que estaba a mi derecha y me encontré en un gran recinto destinado a almacén. Desprendía un curioso, exótico y aromático olor. Dispuestos de una manera muy pulcra en el suelo y en las estanterías, vi una enorme cantidad de pequeños sacos y cofres. Cada uno llevaba una etiqueta, un pedazo de papel grueso y cuadrado con una inscripción muy misteriosa:PRO SERVITIO VAUNILas había visto antes. Si la memoria no me fallaba, eran las mismas etiquetas que los criados de Dubellay pegaban a los paquetes que sacaban del carruaje, aquella noche de otoño, cuando mis arreglé los faros de mi coche frente a Vauncastle Hall. Aquel descubrimiento hizo que mi sospecha se convirtiera en una desagradable certidumbre. Era evidente que Dubellay pretendía que en las etiquetas se leyera: «Para el culto de Vaunus.» No era ningún erudito, ya que la palabra “Servitio” no podía usarse en este caso; pero sí era, sin lugar a dudas, un demente. No obstante, la tarea inmediata era encontrar la manera de poder dormir, así que seguí buscando a un criado. Recorrí otro corredor y descubrí una segunda escalera. Al final encontré una puerta abierta y miré adentro. Debía ser la habitación de Dubellay, ya que sus ropas de franela estaban sucias y arrugadas sobre una silla, pero mi anfitrión no se encontraba allí. Ni siquiera había dormido en la cama esa noche. Supongo que mi irritación era mayor que mi sobresalto —aunque debo decir que estaba un poco asustado— pues seguí buscando al evasivo criado. Existía otra escalera que, en apariencia, parecía conducir a los áticos y, al subir, resbalé y armé un fuerte alboroto. Cuando levanté la mirada me encontré con la del mayordomo. Allí estaba, en camisa de dormir, y si alguna vez una cara ha expresado miedo, ésa era la suya. Cuando me reconoció pareció tranquilizarse un poco.–¡Por el amor de Dios! —dije—. ¡Apague la calefacción! No puedo pegar ojo con este maldito aire infernal. ¿Quién fue el idiota que la puso en marcha?Me miraba como una lechuza, pero se las arregló para encontrar palabras.—Lo siento, señor, pero no hay ningún aparato de calefacción en Vauncastle Hall.No hubo nada más que añadir. Quedé corrido y confuso, así que regresé a mi habitación y noté que había refrescado un poco. Me asomé a la ventana y me dio la impresión de que el misterioso viento había cesado y ya no se observaba ningún resplandor en el otro extremo de la casa. Me metí en la cama, algo más aliviado, y dormí profundamente hasta que me despertó la aparición de un criado que traía el agua para afeitar, a las nueve y media de la mañana. No tenía cuarto de baño, así que me lavé en la pequeña cacerola de hojalata y, tras arreglarme, salí de mi habitación. Era una plomiza mañana que prometía un día de feroz calor. Cuando bajé a desayunar encontré a Dubellay en el comedor. A la luz del dia parecía un hombre muy enfermo; y aun así, daba la impresión de haberse recuperado, ya que su carácter era mucho menos nervioso que la noche anterior. Su aspecto era casi normal y podía haber reconsiderado mi opinión a no ser por su mirada. Le comenté que me proponía trabajar todo el día con el manuscrito y terminar de una vez. Asintió con la cabeza.—De acuerdo. Yo también tengo cosas que hacer y no le molestaré.—Pero antes de nada –repliqué– quiero ver sus descubrimientos arqueológicos. Usted prometió mostrármelosMiró por la ventana; el sol brillaba sobre los laureles y el pavimento de la entrada.—La luz es buena —dijo—, parece una extraña advertencia. Vayamos ahora. Hay momentos y estaciones para el templo.Me condujo por el mismo pasillo que yo había explorado la noche anterior. La puerta de roble no se abría con llave sino con una palanca que estaba en la pared. En un instante, la luz solar me golpeó con fuerza. El paisaje era maravilloso. Frente a mí se alzaba una columnata espléndida cuyos pies bañaba un lago tan azul como una turquesa. No es fácil describir la impresión que causaba aquel lugar. Era muy claro y aireado, tan brillante como un templo italiano bajo el solsticio estival. Las proporciones eran considerables. Las elevadas y sumergidas columnas, y el techo (que parecía de cedro), flotaban de un modo tan delicado como una flor en su tallo. La piedra era la típica caliza de la región y en el suelo estaba pulida como el mármol. Alrededor había un espléndido panorama de centelleante agua, bosques veraniegos y lejanas colinas azules. Debía de ser tan sano como la cumbre de una montaña. Y, sin embargo, apenas crucé el umbral de la puerta, supe que aquello era una prisión. No soy un hombre con mucha imaginación y creo que mis nervios son fuertes, pero apenas podía andar por lo impresionado que estaba. Me sentía desplazado del mundo, como si estuviera en un calabozo o en un banco de hielo. Notaba también que, aunque estuviéramos bastante lejos de la humanidad, no estábamos solos. En la pared interior había tres esculturas. Dos eran frisos imperfectos, tallados en bajorrelieve, que trataban aparentemente sobre el mismo tema: Una procesión ritual, sacerdotes que llevaban ramas y el típico dendrophori. Las caras eran sólo medio humanas y no les faltaba ningún rasgo de ingenio, ya que el artista había sido un maestro. Lo sorprendente era que las ramas y el cabello de los hierofantes estaban agitados por un viento huracanado, y la expresión de cada uno de ellos era la de un ser doliente, con el corazón resquebrajado por el terror.Entre los frisos destacaba un gran rodel con la cabeza de una Gorgona; no era un rostro de mujer sino, cosa extraña, el de un hombre con el pelo viperino en la barbilla y el labio. Antaño había sido coloreada y quedaban fragmentos de pigmento verde en los rizos. Era una cosa horrenda de ver: El último grado del miedo, la última locura de la crueldad manifestados en la piedra. Me apresuré a desviar los ojos y miré hacia el altar. Se levantaba hacia poniente, justo al otro lado, sobre un frontón con tres peldaños. Era una magnífica obra de arte apenas dañada por el paso de los siglos, con dos palabras grabadas en su cara:APOLL. VAUN.Su exótico mármol estaba agujereado y desgastado en la parte superior a causa de los antiguos sacrificios. Aunque yo hubiera jurado que allí se veía también la marca de una llama reciente.Supongo que no estuve en aquel lugar más de cinco minutos. Yo deseaba salir, y Dubellay quería sacarme de allí. No pronunciamos palabra alguna hasta regresar a la biblioteca.—¡Por el amor de Dios, desista de esto! —dije—. Está jugando con fuego, señor Dubellay. Se está dejando arrastrar hacia el manicomio. Envíe todo esto a un museo y abandone el lugar. Ahora mismo. No hay tiempo que perder. Baje a la posada conmigo y cierre para siempre esta casa.Me miró con el labio temblando, como un niño a punto de llorar.—Lo haré. Le prometo que lo haré... Pero todavía no... Después de esta noche... Mañana haré lo que usted me diga... No me abandonará, ¿Verdad?—No, no le dejaré, pero ¿qué diablos tengo que hacer con usted si no quiere seguir mi consejo?—Sidonio... —comenzó a decir.—¡Maldito Sidonio! Ojalá no lo hubiera mencionado nunca. Todo esto es una redomada estupidez que lo está matando. Se le ha metido en el cerebro. ¿Sabe usted que está enfermo?—No me siento del todo bien. Hoy hace tanto calor... Creo que voy a tumbarme.Discutir con él no servía de nada. Regresé a mi trabajo con un mal genio horroroso. El día transcurrió como se había anunciado, con un gran calor. Antes del mediodía, el sol se escondió tras una niebla rojiza y no había el menor indicio de viento. Dubellay no apareció a almorzar; era una comida que no siempre le apetecía, me dijo el mayordomo. Estuve trabajando duro toda la tarde y terminé mi tarea a eso de las seis. Esto me permitiría marchar a la mañana siguiente, y tenía la esperanza de poder persuadir a mi anfitrión para que viniera conmigo.La conclusión de mi tarea me puso de mejor humor, y salí a dar un paseo antes de cenar. Hacía una noche muy sofocante, pues la cálida bruma no se había levantado; los bosques estaban tan silenciosos como una tumba, no se oía un solo pájaro y, cuando salí del cobertizo a los abrasados prados vi que las ovejas estaban demasiado aturdidas por el calor como para pastar. Durante mi paseo exploré los alrededores de la casa y descubrí que seria muy difícil abrirse paso hasta el templo sin dar un largo rodeo. A un lado se alzaban las dependencias de la casa y un alto muro; en el otro, el seto vivo más alto y tupido que jamás haya visto y que terminaba en un bosque con su tapia de contención llena de espliego silvestre. Regresé a mi habitación, tomé un baño frío en la exigua bañera y me cambié. Dubellay no se presentó a cenar. El mayordomo argumentó que su amo se encontraba mal y se había ido a la cama. Las noticias me complacieron, ya que el lecho era el mejor lugar para él.Después me dispuse a pasar una solitaria noche en la biblioteca. Escudriñé por entre las estanterías y encontré bastantes ediciones raras, que me sirvieron para pasar el tiempo. Noté que la copia de Sidonio no estaba en su sitio habitual. Creo que eran alrededor de las diez cuando me fui a la cama, ya que estaba inexplicablemente cansado. Recuerdo que me pregunté si debería ir a visitar a Dubellay, pero decidí que era mejor dejarlo solo. Todavía me reprocho aquella decisión. Ahora me doy cuenta que debería habérmelo llevado hasta la posada aquella misma noche, arrastrándolo por la fuerza si era preciso. Desperté de mi pesado sueño con un sobresalto. Un grito retumbaba todavía en mi cerebro. Aguanté la respiración y me quedé escuchando. Sonó otra vez- Era un horrible grito de pánico y tortura espiritual. Salté de la cama en un segundo y me calcé las zapatillas. El grito procedía de la parte de atrás de la casa. Del templo. Bajé precipitadamente las escaleras con la esperanza de oír el barullo de una familia asustada. Sin embargo, no se escuchaba nada y el espantoso grito tampoco se repitió.La puerta de roble que había al final del corredor estaba cerrada, tal como esperaba. Detrás parecía como si se agitara un infierno. Se oían los sonidos de una tempestad y algo más, como el crujir de un fuego. Me dirigí a la puerta principal, solté la cadena y salí a la silenciosa noche sin luna. Me dirigí hacia atrás, buscando un paso, a pesar de la desgarradora tormenta que parecía estar azotando la casa. Por lo que había visto en mi paseo vespertino deduje que la única posibilidad de poder llegar al templo era a través del seto vivo. Pensé que debía arreglármelas para abrirme paso entre el extremo de éste y el muro. Lo conseguí a costa de mi ropa y mi piel. Más allá había otra extensión de césped salvaje con enmarañados matorrales y, a continuación, una pronunciada pendiente que descendía hasta el nivel del lago. Avancé a gatas por la orilla, abundante en juncias, sin atreverme a levantar la vista hasta encontrarme en los mismos peldaños del templo. El lugar brillaba con mayor intensidad que lo había hecho durante el día. Vi una rugiente ráfaga de fuego. El mismo aire parecía arder, convirtiéndose en un llameante éter. Todavía no había llamas; tan sólo un fulgíneo resplandor. No podía entrar, pues aquella ráfaga me golpeó la cara como si fuese una mano abrasadora. Noté que se chamuscaba mi pelo... Como ustedes ya saben soy miope, y puedo haberme equivocado; pero esto es lo que creo que vi:Parecía como si en el altar se alzase una gran llama, tan alta que rozaba el techo, y por su frontis fluían llameantes riachuelos. Enfrente yacía un cuerpo —el de Dubellay— completamente desnudo, quemado y negro. No había nada mas, excepto la cabeza masculina de la Gorgona que, en la pared de enfrente, brillaba como un sol en el infierno. Supongo que debería haber intentado entrar. Lo único que sé es que retrocedí tambaleándome con graves quemaduras. Me protegí los ojos y, cuando miraba por entre los dedos, me parecía ver fluir las llamas por debajo mismo de las paredes; y pensé que podían existir recintos que yo no conocía o, tal vez, otra entrada. Luego, de repente, la gran puerta de roble que comunicaba con la casa se encogió como una trozo de tela y, con un bramido, el ardiente río irrumpió en la mansión de Vauncastle Hall. Me zambullí en el lago para aliviar mi dolor y luego escapé corriendo, lo más rápido que pude, desandando el camino por el que había venido. El pobre diablo de Dubellay no necesitaba ya mi ayuda. Además no estoy seguro de lo que ocurrió. Sé que la casa ardió como un pajar. Eso es todo. Encontré a uno de los criados tendido sobre el césped y creo que ayudé a otro a bajar de su habitación por uno de los canalones. Cuando llegaron los vecinos, la casa había quedado reducida a cenizas y yo me sentía extrañamente desamparado. Me llevaron a la posada del pueblo y me acostaron. Permanecí allí hasta que la investigación judicial concluyó.Los forenses y especialistas comisionados estaban confusos; al fin y al cabo, aquel verano se incendiaron gran cantidad de casas de campo. No se averiguó gran cosa sobre Dubellay. De Vauncastle Hall no quedó nada salvo unos pocos pilares ennegrecidos. El altar y las esculturas estaban tan agrietados y llenos de cicatrices que ningún museo los quiso. El lugar no ha sido reconstruido, y todo lo que sé es que, al día de hoy, las ruinas y los restos permanecen todavía allí.Os aseguro que yo no voy a volver a buscarlos.Epílogo:Nightingale concluyó su historia y nos miró con curiosidad.—No me pidan una explicación —dijo—, pues no tengo ninguna. Pueden creer, si les place, que el dios Vaunus habitó realmente en el templo que Dubellay le construyó. Y que, cuando su devoto empezó a asustarse e intentó la fórmula de Sidonio para cambiar la ofrenda, se enfureció y lo mató con su viento llameante. Ese viento podría ser una especie de atributo del propio dios. Ahora sabemos muchas más cosas de él, ya que el pasado año se desenterró un templo suyo en Gales.—Un relámpago —sugirió alguien.—Hacía una noche tranquila, sin truenos —contestó Nightingale.—¿No es una zona volcánica? —preguntó Peckwether—. ¿Qué me dice de bolsas de gasnatural o algo parecido?—Es posible. Ustedes mismos pueden buscarle una explicación. Me temo que no puedo ayudarles más. ¡Todo lo que sé es que no tengo la intención de volver a visitar ese valle!—¿Qué sucedió con su Theocrilus?—Se quemó con el resto de la casa. Sin embargo, no me preocupó mucho. Seis semanas más tarde estalló la guerra, y tuve otras cosas en las que pensar".

John Buchan

lunes, 21 de diciembre de 2009

"Tres Líneas de Francés Antiguo"

"-Por rica que fuera la guerra para las ciencias quirúrgicas -concluyó Hawtry-, al abrir por medio de las torturas y las mutilaciones, zonas inexploradas en las que el ingenio del hombre se apresuró a entrar, descubriendo medios, al hacerlo, para darles jaque mate a los sufrimientos y la muerte, porque siempre, amigos míos, el destilado de sangre y sacrificio es progreso, por grande que todo ello fuera, la tragedia mundial laa abierto aún otra zona en la que pueden descubrirse, quizá, conocimientos todavía mayores. Fue una clínica insuperable para los sicólogos, todavía más que para los cirujanos.Latour, el gran doctor francés, se inquietó, extirpándose de las profundidades del gran sillón; las luces de la chimenea danzaban sobre su rostro enjuto.-Eso es cierto -dijo-. Si, es cierto. En ese horno, la mente humana se abrió, como una flor bajo un sol demasiado brillante. Castigados en esa tempestad colosal de fuerzas primitivas, atrapados en el caos de energías tanto físicas como síquicas, que, aunque el hombre mismo era su creador, hicieron que pareciera una polilla en medio de un remolino de aire, todos esos factores oscuros y misteriosos de la mente, a los que los hombres, por falta de conocimientos, hemos llamado alma, quedaron libres de sus inhibiciones y obtuvieron la fuerza para actuar.-¿Cómo podía suceder otra cosa, cuando los hombres y las mujeres, oprimidos por tristezas y alegrías vibrantes, manifiestan las emociones de las profundidades ocultas de sus espíritus..., cómo hubiera podido suceder otra cosa en ese crescendo mantenido constantemente de emociones?McAndrews intervino.-¿A qué región sicológica se refiere usted, Hawtry? -inquirió.Estábamos cuatro de nosotros instalados junto a la chimenea del Science Club: Hawtry, que ocupa la cátedra de sicología en una de nuestras principales universidades y cuyo nombre se honra en todo el mundo; Latour, un inmortal de Francia; McAndrews, el famoso cirujano estadounidense, cuyo trabajo durante la guerra ha escrito una nueva página en el libro brillante de la ciencia, y yo mismo. Los nombres de mis tres acompaitantes no eran verdaderamente esos; pero sí eran tal y como los he descrito. No voy a esforzarme en identificarlos más.-Me refiero al campo de la sugestión -replicó el sicólogo-. Las reacciones mentales que se revelan como visiones, una formación accidental en las nubes que se convierte para las imaginaciones sobreexcitadas de los dominadores en las multitudes de Juana de Arco saliendo de los cielos, el reflejo de la luna en los bordes de las formaciones de nubes que se convierten para los asediados en una cruz sostenida por arcángeles; la desesperación y la esperanza, que se transforman en leyendas tales como la de los arqueros de Mons, arqueros fantasmales que dominan y abruman con sus flechas a los arqueros enemigos; jirones de niebla, en la tierra de nadie, que son interpretados por los ojos cansados de los vigilantes, en la forma del mismo Hijo del Hombre, que camina con tristeza entre los muertos. Señales, portentos y milagros; las multitudes de premoniciones, de apariciones de seres amados, habitantes todos de esa región de las sugestiones; nacidos todos ellos del desgarramiento de los velos del subconsciente. En este caso, con sólo que se logre reunir una milésima parte, será ya suficiente para que los ana lizadores sicológicos trabajen ininterrumpidamente durante veinte años.-¿Y los límites de esa zona? -preguntó McAndrews.-¿Los límites?Resultaba evidente que Hawtry estaba perplejo.Durante unos momentos, McAndrews permaneció en silencio. Luego, sacó del bolsillo una hoja de papel amarillento, un cablegrama.-El joven Peter Laveller murió hoy -dijo, en tono aparentemente casual-. Murió donde lo había manifestado, en los restos de las trincheras que atraviesan los antiguos dominios de los señores de Tocquelain, cerca de Bethune.-¡Murió allí! -el asombro de Hawtry era profundo-. Sin embargo, leí que lo habían llevado a casa; en realidad, ¡que se trataba de otro de sus triunfos, McAndrews!-Dije que fue allí a morir -repitió el cirujano, lentamente.Así pues, eso explicaba la curiosa reticencia de los Laveller con respecto a lo que le había ocurrido a su hijo soldado, un secreto que había causado sorpresa entre los periodistas profesionales durante varias semanas, ya que el joven Peter Laveller era uno de los héroes de la nación. Hijo único del viejo Peter Laveller, y tampoco este es el nombre verdadero de la familia, ya que, como sucede con los demás, no puedo revelarlo, era el heredero de los millones del viejo y taciturno rey del carbón, y el latido secreto y más amado de su corazón. Al comenzar la guerra se había alistado con los franceses. La influencia del padre pudo abrogar la ley del Ejército Francés, según la cual todos los hombres deben comenzar desde abajo -no lo sé-; pero el joven Peter no lo quiso. Con una gran determinación, lleno del fuego de los primeros cruzados, tomó su lugar en las filas.De estampa limpia, ojos azules v un metro ochenta de estatura, de sólo veinticinco años de edad, quizá un poco soñador, era un tipo capaz de excitar las imaginaciones de los "peludos" (soldados franceses), que lo apreciaban. Fue herido dos veces, en el curso de los días más peligrosos, y cuando los Estados Unidos intervinieron en la guerra, fue transferido a nuestras fuerzas expedicionarias. Fue en el asedio a Mount Kemmel donde recibió las heridas que lo hicieron regresar junto a su padre y su hermana. Yo sabía que McAndrews lo había acompañado hasta ultramar y que, en opinión de todos, había logrado "remendarlo".¿Qué había ocurrido entonces? ¿Y por qué había regresado Laveller a Francia, a morir, como lo había dlcho McAndrews?Volvió a meterse el cablegrama en el bolsillo.-Hay un límite, John -le dijo a Hawtry-. El caso de Laveller era de los limítrofes. Voy a explicártelo.Dudó unos instantes.-Quizá no debiera hacerlo. No obstante, tengo la idea de que a Peter le agradaría que lo relatara; después de todo se consideraba como descubridor.Volvió a hacer una pausa. Luego, tomó definitivamente una decisión y se volvió hacia mí.-Merritt, puedes utilizar este relato, si lo consideras conveniente. Pero si te decides a ello, cambia los nombres y asegúrate de que no publicarás ningún detalle que facilite la identificación. Después de todo, lo importante es lo que sucedió, si es importante, y no interesan en absoluto los protagonistas.Se lo prometí, y he cumplido con mi promesa. Relato todo tal y como lo reconstruyó la persona a la que llamo McAndrews, en la habitación sumida en la penumbra, donde permanecíamos en silencio, hasta que él entró...Laveller permaneció en pie detrás del parapeto de una trinchera de primera línea. Era de noche, una noche de principios de abril en el norte de Francia, y al decir esto, no hace falta añadir nada para quienes han estado ya en esos lugares.A su lado había un periscopio de trinchera. Su fusil se encontraba muy cerca. El periscopio es prácticamente inútil durante la noche; por consiguiente, a través de una rendija, entre los sacos de arena, observaba la extensión, de unos cien metros, que era la tierra de nadie. Frente a él sabía que otros ojos permanecían fijos, mirando por rendijas simílares, en el parapeto alemán, del mismo modo que lo hacía él, registrando hasta los menores movimientos. Por toda la tierra de nadie estaban diseminadas formas grotescas, y cuando se encendían los obuses y llenaban con su resplandor aquella zona, esas formas parecían agitarse, moverse, algunas de ellas incluso levantarse, gesticular y protestar. Y eso resultaba horrible, ya que quienes se movían bajo la iluminación eran los cadáveres franceses e ingleses, prusianos y bávaros, fragmentos de un cargamento llevado a la gran prensa de vino tinto de la guerra, que se había instalado en aquel sector.Había dos escoceses muertos en el terreno, uno segado por las balas de una ametralladora, en el momento en que trataba de atravesar la tierra de nadie. El choque de la muerte rápida y múltiple había hecho que pasara su brazo izquierdo sobre el cuello del camarada más cercano, y este último había sido herido en aquel preciso momento. Se encontraban allí tirados, abrazados, y conforme los obuses explotaban y se apagaban, iluminaban el terreno y morian, parecían girar, querer liberarse de los alambres de espino, lanzarse hacia adelante y regresar. Laveller estaba cansado, fatigado más allá de toda comprensión. Aquel sector era uno de los peores y más agitados. Durante casi setenta y dos horas había permanecido sin dormir, ya que los pocos minutos que se permitía de estupor, de vez en cuando eran interrumpidos por las alarmas constantes, haciendo que resultaran peor que el sueño. El bombardeo había sido continuo, y los alimentos escaseaban y era peligroso obtenerlos; cinco kilómetros atrás, a través del fuego enemigo, se habían visto obligados a recogerlos. Las raciones enviadas desde el aire no podían acercarse más.Constantemente era preciso reconstruir los parapetos y reparar los alambres, y cuando se efectuaba esa labor, los obuses los destrozaban de nuevo y era preciso efectuar, una vez más, la rutina horrible de su reparación, ya que tenían órdenes de conservar aquel sector a toda costa. Todo lo que le quedaba de conciencia a Laveller estaba concentrado en sus ojos Sólo permanecía con vida su facultad de ver. Y la visión, obedeciendo a las órdenes rígidas inexorables de conservar todas sus reservas de vitalidad en el deber que estaba ejecutando, no veía otra cosa que la franja de terreno que debía vigilar Laveller, hasta que fuera relevado. Sentía el cuerpo anquilosado, no sentía el suelo bajo sus pies y, a veces, parecía flotar en el aire, como los dos escoceses que se encontraban sobre la alambrada. ¿Por qué no podían estarse quietos? ¿Qué derecho tienen los hombres cuya sangre se les ha escapado, para formar el charco oscuro bajo ellos, a bailar y hacer piruetas, al ritmo de las explosiones? ¡ Malditos sean! ¿Por qué no podría algún obús arrojarlos al suelo y enterrarlos?Había un castillo como a ochocientos metros de allí, a mano derecha. Al menos los restos de lo que había sido un castillo. Bajo él había sótanos profundos, en los que era posible arrastrarse y dormir. Lo sabía, debido a que hacía infinidad de tiempo, al llegar a aquella parte de las lineas, había dormido allí durante una noche. Sería como volver a entrar al paraíso el arrastrarse nuevamente a ese sótano, protegiéndose de la lluvia inclemente, y dormir, una vez más, con un techo sobre la cabeza. "Dormiré, dormiré y dormiré. y dormiré, dormiré y dormiré", se dijo. Luego se puso rigido a medida que la repetición de la palabra hizo que la oscuridad comenzara a reunirse en torno suyo. Los obuses explotaban y se apagaban, se iluminaban y desaparecían. Llegó basta él el tableteo de una ametralladora, pero debían ser sus dientes que castañeteaban, hasta que lo poco que le quedaba de conciencia le hizo comprender de qué se trataba en realidad: algún soldado alenáin demasiado nervioso que trataba de detener el movímiento interminable de los cadáveres. Oyó un arrastrar de pies sobre el barro calizo. No necesitaba mirar hacia allá, eran amigos, ya que de lo contrario no hubieran pasado junto a los centinelas que se encontraban en las esquinas de la posición. No obstante, de manera involuntaria, sus ojos se volvieron hacia los sonidos, tomando nota de que se trataba de tres figuras oscuras que lo observaban.En aquel momento flotaba sobre ellos una media docena de luces, y por medio de sus resplandores pudo reconocer a los recién llegados. Uno de ellos era aquel famoso cirujano que había llegado desde el hospital de la base de Bethune para ver cómo se infligían las heridas que curaba. Los otros eran su mayor y su capitán. Sin duda, todos ellos se dirigían hacia los sótanos del castillo. ¡Vaya, algunos tenían toda la suerte! Volvió a mirar a través de la rendija, entre los sacos de arena.-¿Qué sucede?Era la voz de su mayor, que se dirigía al visitante.-¿Qué sucede?, ¿qué sucede?, ¿qué sucede?Las palabras se repetían con rapidez y de manera insistente en el interior de su cerebro, una y otra vez, tratando de despertarlo.-Bueno, ¿qué sucede?¡No sucedía nada! ¿No estaba allí él, Laveller, vigilando? El cerebro atormentado se reveló con furia. ¡No sucedía nada! ¿Por qué no se iban y lo dejaban vigilar en paz? Le hubiera parecido mucho más agradable.-Nada.Era el cirujano, y nuevamente las palabras se repitieron en los oídos de Laveller, como en un susurro, una y otra vez.-Nada, nada, nada, nada.Pero, ¿qué era lo que estaba diciendo el cirujano? De manera fraccionaria, comprendiendo sólo a medias, las frases se registraron:-Es un caso perfecto de lo que les he estado diciendo. Ese muchacho, extraordinariamente cansado, desgastado, con toda su conciencia centrada en una sola cosa: la vigilancia... La conciencia se encuentra desgastada hasta el punto máximo... Detrás de ello, todo su subconsciente trata de escapar... La conciencia responderá sólo a un estímulo-movimiento, procedente del exterior..., pero el subconsciente, tan cercano a la superficie y controlado en forma tan ligera..., ¿qué hará si se suelta esa ligera suspensión?... Es un caso perfecto.¿De qué estaban hablando?Sólo llegaban ya hasta él susurros.-Así pues, si me dieran permiso...Era de nuevo el cirujano quien hablaba. ¿Permiso para qué? ¿Por qué no se iban y dejaban de molestarlo? ¿No era suficientemente duro tener que vigilar, sin que le hicieran también escuchar? Algo pasó ante sus ojos. Lo miró ciegamente, sin reconocerlo. Su visión debía estar nublada. Levantó una mano y se frotó los párpados. Sí, debía tratarse de sus ojos, ya que la visión había desaparecido. Un pequeño circulo de luz brilló contra el parapeto, cerca de su rostro. Lo lanzaba una pequeña lámpara. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué miraban? Una mano apareció en el circulo, una mano de dedos largos y flexibles que se agitaban sobre un pedazo de papal en el que estaba escribiendo. ¿Querían también que leyera? ¡No sólo vigilar y escuchar, sino también leer! Reunió todas sus fuerzas para protestar.Antes de que pudiera obligar a sus labios rígidos a moverse, sintió que le desabrochaban el botón superior de su capote, que una mano se deslizaba por la abertura y arrojaba algo al bolsillo de su guerrera, inmediatamente por encima de su corazón. Alguien susurró:-Lucie de Tocquelain.¿Qué quería decir aquello? Esa no era la palabra de contraseña.Sentía ruidos muy fuertes en su cabeza, como si se estuviera hundiendo en el agua. ¿Qué era aquella luz que danzaba ante él, incluso cuando cerraba sus párpados? Abrió los ojos con dificultad.Laveller miró directamente hacia el disco de un sol dorado, que se elevaba por encima de una hilera de robles. Parpadeó y bajó la mirada. Estaba de pie sobre un césped verde y suave que le llegaba hasta los tobillos, y que era interrumpido por pequeñas plantas con florecitas azules. Las abejas se paseaban entre sus cálices. Entre ellas se deslizaban mariposas de alas amarillentas. Soplaba una brisa suave, cálida y fragante. De forma rara, no sintió ninguna extrañeza. Era un mundo absolutamente normal, tal y como debía serlo. Pero recordó que en cierto momento había estado en otro mundo, remoto y muy diferente de este: un mundo lleno de miseria y dolor, de barro manchado de sangre y suciedad, de frío y humedad; era un mundo lleno de crueldad, cuyas noches eran disturbadas por el infierno de luces brillantes, los sonidos cortantes y los hombres atormentados, que trataban en vano de descansar y dormir, mientras los cadáveres danzaban. ¿Qué era aquello? ¿Había existido en realidad aquel mundo? Ya no se sentía soñoliento.Levantó las manos y se las miró. Estaban rugosas, sucias y llenas de cortaduras. Llevaba un capote húmedo, sucio y salpicado de barro. Sus piernas estaban protegidas por botas altas. Junto a un pie incrustado en el lodo había un manojo de florecitas azules, medio aplastadas. Gimió, con piedad, y se inclinó, tratando de levantar los capullos rotos.-¡Ya hay demasiados muertos, demasiados! -suspiró.Luego hizo una pausa.¡Había llegado desde un mundo de pesadilla! De otro modo, ¿cómo era posible que en aquel mundo limpio y feliz estuviera tan sucio?Por supuesto que era así, pero, ¿dónde estaba? ¿Cómo había logrado abrirse paso hasta allí? ¿Se había pronunciado una contraseña?, ¿cuál era?La recordó de pronto.-¡Lucie de Tocquelain!Laveller gritó ese nombre todavía de rodillas.Una mano suave y pequeña se posó en su mejilla, y una voz delgada, de tono suave, le acarició los oídos.-Soy Lucie de Tocquelain. Y las flores volverán a crecer -dijo-; pero es muy emocionante que se sienta triste por ellas.Laveller se puso en pie de un salto. A su lado se encontraba una muchacha, una joven esbelta, de unos dieciocho años de edad, cuyo cabello era como una nube voluptuosa que rodeaba su cabeza diminuta y orgullosa, en cuyos ojos grandes y de color castaño, posados en él, podía observarse la ternura y una piedad no exenta de alegría. Peter permaneció en pie silenciosamente, bebiéndosela con la mirada; su frente blanca, amplia y suave, los labios curvados y rojos, los hombros blancos y redondeados que destacaban a través del tejido plateado de su chal; el cuerpo dulce y esbelto en el vestido pendiente y de calidad, con su cinturón elevado, de cuero. Era bastante hermosa, pero a los ojos cansados de Peter era más que eso, como un manantial que surgía en el árido desierto, el primer soplo de brisa fresca, de penumbra, sobre una isla agobiada por el calor; la primera visión del paraíso para un alma surgida de una permanencia de varios siglos en el infierno. Y bajo la admiración ardiente de sus ojos, los de la joven descendieron hasta el suelo. Cierto rubor tiñó la garganta blanca y se elevó hacia el cabello oscuro.-Yo... soy la señorita de Tocquelain, señor -murmuró-. Y usted...-Laveller... Me llamo Peter Laveller -tartamudeó-. Excuse mi brusquedad, pero no sé cómo llegué aquí, ni tampoco de dónde, con la excepción de que se trataba de un lugar muy distinto. Y usted es muy hermosa, señorita.Los ojos claros volvieron a levantarse durante un instante, con cierta emoción reflejada en sus profundidades, y volvieron a descender de nuevo. Pero el rubor se hizo más acentuado.Laveller la observó, mostrando en sus os todo su corazón, que comenzaba a despertar; luego, se despertó su perplejidad y lo agobió insistentemente.-¿Puede usted decirme qué lugar es este, señorita? -tartamudeó-. ¿Y cómo llegué aquí, si usted...? -hizo una pausa.Desde algún lugar remoto, a muchas leguas en el espacio, un cansancio insoportable estaba extendiéndose sobre él. Lo sintió acercarse y apoderarse de él, cada vez más. Se hundía profundamente, y caía, caía... Dos manos suaves y cálidas se apoderaron de las suyas. Su cabeza cansada se desplomó sobre ellas. De las palmas pequeñas de aquellas manos se desprendía reposo y fuerza. El cansancio comenzó a retirarse..., poco a poco..., hasta desaparecer por completo. Detrás quedó un deseo incontrolable de llorar..., de llorar de alivio porque había pasado el cansancio, de que el mundo infernal cuyas sombras se arrastraban todavía en su memoria, estaba tras él, y que estaba allí, con aquella joven. Y sus lágrimas brotaron, mojando las diminutas manos. ¿Sintió la cabeza de la joven inclinada sobre la suya, y sus labios que se posaban dulcemente en sus cabellos? Consiguió sosegarse y levantó la cabeza, con el rostro lleno de vergüenza.-No sé por qué he llorado, señorita... -comenzó a decir.Entonces se dio cuenta de que los dedos pequeños y blancos de la joven estaban reposando sobre los suyos. Los soltó, con un terror repentino.-Lo siento -tartamudeO-. No debo tocarla...La joven alargó la mano rápidamente y volvió a cogerle las manos entre las suyas, dándole palmaditas, mientras sus ojos relampagueaban.-Yo no veo sus manos como usted, señor Pierre -respondió Lucie-. Y aunque lo hiciera, ¿no son para mi sus manchas como trazos de los bravos corazones de los hijos de los gonfalones de Francia? No piense más en sus manchas, señor, a no ser como condecoraciones.¿Francia?... ¿Francia? ¡Ese era el nombre del mundo del que había salido, del mundo que había dejado atrás; donde los hombres trataban inútilmente de dormir y los cadáveres danzaban!Los cadáveres danzaban..., ¿qué quería decir aquello?Volvió sus ojos llenos de extrañeza hacia la joven.Y con un grito de piedad, la muchacha se apretó contra él.-Está usted tan cansado..., tan hambriento... -se dolió-. No piense más ni trate de recordar nada, señor, en tanto no haya comido y bebido con nosotros, descansando un poco.Se habían vuelto y Laveller pudo ver, a corta distancia, un castillo. Era alto y severo, lleno de serenidad y grandeza, con sus torres esbeltas lanzadas hacía el cielo, como plumas tomadas del casco de algún príncipe altivo.Tomados de la mano, como niños, la señorita de Tocquelain y Peter Laveller se acercaron a la construcción, a través del verde césped.-Ése es mi hogar, señor -dijo la joven-. Ahí, entre los rosales, mi madre me está esperando. Mi padre se encuentra lejos y se pondrá triste por no haberlo conocido, pero ya lo verá cuando usted regrese.Entonces, debía regresar. Eso quería decir que no podría quedarse. Pero, ¿adónde tendría que irse?... ¿De dónde debería regresar? Su mente trabajaba febrilmente, se cegaba y volvía a aclararse. Caminaban entre rosales; por todas partes había rosas, grandes y fragantes, con capullos abiertos de escarlatas y azafranes, de colores rosados y blancos; macizos y macizos de flores trepando por las terrazas y ocultando la base del castillo con sus pétalos fragantes. Y cuando, todavía tomados de la mano, pasaron entre ellos, llegaron junto a una mesa cubierta de manteles níveos y con vajilla de porcelana fina. Una mujer estaba instalada a la mesa. Peter estimó que acababa apenas de dejar atrás su primera juventud. Vio que tenía el cabello blanco por el polvo y las mejillas blancas y sonrosadas como las de un niño. Sus ojos chispeaban y tenían el mismo color castaño de los de la señorita. Era graciosa, muy graciosa, opinó Peter, como una gran dama de la antigua Francia. La señorita le hizo una breve reverencia.-Mamá -dijo-, te presento al señor Piene la Valliere, un caballero muy valeroso y galante que ha venido a visitarnos brevemente.Los ojos límpidos de la dama lo observaron con mucha atención. Luego, la cabeza blanca se inclinó y una mano delicada se tendió hacia Peter, sobre la mesa. Comprendió que debería tomarla y besarla, pero dudó, sintiéndose desgraciado y sucio y observando sus propias manos, llenas de barro.-El señor Pierre no se ve a sí mismo como lo hacemos nosotros -dijo la joven con una especie de tono alegre de reproche, luego soltó una carcajada que resonó como el tañido cristalino y acariciador de un carillón de oro-. Madre, ¿hacemos que se vea las manos como lo hacemos nosotros?La dama de cabello blanco sonrió, asintiendo, con una expresión llena de amabilidad en los ojos y, notó Laveller, al mismo tiempo, con la misma piedad que había observado en los ojos de su hija, cuando la vio por primera vez. La señorita tocó ligeramente los ojos de Peter; luego le tomó las manos y le puso las palmas frente a los ojos. ¡Eran blancas, finas y limpias y, en una forma extraña, hermosas! Nuevamente un temor profundo se apoderó de él, pero se impuso su temperamento. Venció su sentimiento de extrañeza, se inclinó cortésmente, tomó entre sus dedos la mano ofrecida por la dama y la levantó hasta sus labios. La mujer hizo sonar una campanilla de plata. Entre los rosales aparecieron dos hombres altos, en librea, que tomaron el capote de Laveller. Los seguían cuatro niños negros, vestidos con ropa alegre, de color escarlata, con bordados dorados. Llevaban bandejas de plata en las que había carne, pan blanco muy fino y pastelillos, así como vino en frascos altos de cristal.Peter recordó lo hambriento que estaba. Pero de aquella fiesta fue poco lo que recordó..., hasta cierto punto. Lo único que sabía era que estaba sentado allí, lleno de un gozo y una felicidad mayores que los que había sentido nunca, en sus veinticinco años de vida. La madre habló muy poco, pero la señorita Lucie y Peter Laveller conversaron y se rieron como niños, cuando no permanecían en silencio, bebiéndose el uno al otro con la mirada. En el corazón de Laveller fue tomando cuerpo una especie de adoración hacia aquella señorita encontrada de manera tan extraña. Ese sentimiento creció hasta que le pareció que su corazón era incapaz de contener tanta alegría. También los ojos de la joven, cuando reposaban en él, se hacían más suaves, llenos de ternura y promesas; el rostro orgulloso de la madre, bajo el cabello níveo, mientras los observaba, tomó la esencia de esa dulzura infinitamente grande que es el alma de las madonas. Finalmente, la señorita de Tocquelain, al levantar la mirada y encontrarse con la mirada de su madre, enrojeció, bajó sus largas pestañas e inclinó la cabeza; luego, volvió a levantar la mirada valerosamente.-¿Está contenta, madre? -preguntó con gravedad.-Estoy muy contenta, hija -fue la respuesta sonriente.Repentinamente sucedió lo increíble, lo más terrible en aquella escena de belleza y paz que era, dijo Laveller, como el golpe relampagueante descargado por la garra de un gorila en el pecho de una virgen. Un alarido surgido de lo más profundo del infierno y que interrumpía los cánticos de los ángeles. A su derecha, entre las rosas, comenzó a brillar una luz, una luz resplandeciente que lo iluminaba todo y se apagaba, volvía a iluminar y a apagarse. En esa forma podía distinguir dos figuras. Una de ellas tenía un brazo pasado en torno al cuello de la otra; permanecían abrazados bajo la luz, y parecían hacer piruetas, tratando de liberarse, de lanzarse hacia adelante, regresar y bailar. ¡Eran los cadáveres que danzaban!Un mundo en el que los hombres buscaban reposo, donde trataban de dormir, sin que les fuera posible hacerlo. En él ni siquiera los muertos hallaban reposo, ¡debían danzar al ritmo del estallido de los obuses! Peter gruñó, se puso en pie de un salto y observó la escena, temblando con todo su cuerpo. La joven y la dama siguieron su mirada rígida, se volvieron de nuevo hacia él y sus ojos estaban llenos de compasión y lágrimas.-¡No es nada! ¡No es nada! ¡Puede ver que no hay nada!Una vez más le tocó los párpados y la luz y las figuras oscilantes desaparecieron. Pero Laveller sabía ya a qué atenerse. En el fondo de su conciencia se agitaba la marea plena de los recuerdos, en su memoria vio nuevamente el barro y la suciedad, las manchas y los sonidos desgarradores, la crueldad, la miseria y los odios; el recuerdo de hombres despedazados y cadáveres atormentados. Sabía de dónde procedía: de las trincheras. ¡Las trincheras! ¡ Se había dormido y todo aquello no era más que un sueño! Se había quedado dormido en su puesto, mientras que sus camaradas confiaban en que estaba vigilando. Y aquellas dos figuras fantasmales, entre las rosas, eran los dos escoceses, colocados sobre la alambrada, y que le recordaban cuál era su deber. Le pedían que regresara. ¡Era preciso que se despertara! ¡Debía despertarse! Se esforzó desesperadamente en liberarse de aquella ilusión, obligarse a regresar a aquel mundo endemoniado en el que, durante aquella hora de encanto, había sido, para su mente, tan sólo como una nube en un horizonte lejano. Y mientras se esforzaba, la señorita de ojos castaños y la dama de cabellos blancos lo observaban, derramando lágrimas con una conmiseración infinita.-¡Las trincheras! -gritó Laveller-. Santo cielo, debo despertarme! ¡ Debo regresar! ¡Dios santo, despiértame!-Entonces, ¿no soy yo más que un sueño?Era la voz de la señorita Lucie, un poco decepcionada y temblorosa.-Debo regresar -gruñó, aunque la pregunta hecha por la joven parecía destrozarle el corazón-. ¡Déjenme despertar!-¿Soy un sueño? -la voz sonaba llena de enojo. La señorita se le acercó-. ¿No soy real? -un pie diminuto tropezó furiosamente con el de él, una manita ascendió y le pellizcó con fuerza, cerca del codo. Peter sintió el dolor y se frotó, mirándola con extrañeza-. ¿Cree usted que soy un sueño? -murmuró la joven.Levantó las palmas de las manos, se las colocó en las sienes, haciéndole bajar la cabeza, hasta que sus ojos quedaron prendidos en los de ella. Laveller observó y observó, descendiendo hasta las profundidades de aquellos ojos y perdiéndose en ellos. El aliento cálido y dulce de la joven le acariciaba las mejillas; fuera donde fuera que estuviera, en todo caso, Lucie no era un sueño.-¡Pero debo regresar..., debo volver a la trinchera!Su carácter de soldado le mostraba el camino que debía seguir.-Hijo mio -era la madre quien hablaba-. Hijo mio, estás en tu trinchera.Peter la miró, asombrado. Recorrió con los ojos la escena maravillosa que le rodeaba. Cuando se volvió de nuevo hacia ella, lo hizo con la expresión de un niño absolutamente perplejo.La dama sonrió.-No tema -le dijo-. Todo está bien. Está en su trinchera, pero en esa trinchera hace siglos. Sí, hace doscientos años, si contamos el tiempo como lo hacen ustedes... y como lo hacíamos también nosotros antes.Laveller sintió un sudor muy frío. ¿Estaban locas? ¿Estaba loco él? Su brazo resbaló sobre un hombro suave; la sensación le hizo recuperarse y le dio fuerzas para seguir adelante.-¿Y ustedes? -se esforzó en preguntar.Sorprendió un intercambio rápido de miradas entre las dos mujeres, y como respuesta a una pregunta no formulada, la madre asintió. La señorita Lucie oprimió sus suaves manos en el rostro del soldado, y le miró de nuevo a los ojos.-¡Mi amor! -dijo con amabilidad-, hemos estado... -vaciló- lo que llaman muertas... en tu mundo..., durante doscientos años.Pero antes de que hubiera podido pronunciar esas palabras, creo que Laveller había presentido ya lo que iban a decirle, y durante un instante sintió que por todas sus venas corría el hielo. No obstante, esa sensación de frialdad se desvaneció tras la exaltación que le recorrió. Se desvaneció como el rocío bajo los rayos candentes del sol, porque si aquello fuera cierto entonces la muerte no existía. ¡Y era cierto! ¡Era cierto! Lo supo con una seguridad absoluta y sin la menor sombra de duda; pero, ¿hasta qué punto su deseo de creer estaba incluido en aquella seguridad? Miró al castillo. ¡Por supuesto! Eran sus ruinas las que había estado viendo cuando el resplandor de los obuses rompía la oscuridad de la noche, aquel en cuyo sótano se había acostado a dormir. La muerte... ¡Oh, qué corazones más tontos y temerosos tenían los hombres! ¿Era aquello la muerte? ¿Aquel lugar maravilloso, lleno de paz y hermosura? ¡Y aquella joven maravillosa, cuyos ojos castaños eran las llaves de los deseos del corazón! ¡La muerte...! Soltó una carcajada interminable.Otro pensamiento le sorprendió y le corrió como un torrente. Debía regresar a las trincheras y decirles la gran verdad que habla descubierto. Era como un viajero procedente de un mundo moribundo que tropieza, de pronto, con un secreto capaz de hacer que aquel mundo de muerte se convirtiera en un paraíso lleno de vida. Ya no habla necesidad de que los hombres temieran la metralla de los obuses que explotaban, las balas que los desgarraban, del plomo o el acero cortante. ¿Qué podía importarle, si aquello, aquello era la verdad? Tenía que regresar a decirselo. Incluso aquellos dos escoceses permanecerían tranquilos sobre las alambradas cuando se lo susurrara. Pero se olvidaba...: ellos ya lo sabían. Sin embargo, no podían regresar a decirlo, como podía hacerlo él. Estaba loco de alegría, sintiéndose elevado hasta los cielos, como un semidiós. Era el portador de una verdad que liberaría al mundo endemoniado de su infierno; un nuevo Prometeo que le devolvería a la humanidad una llama más preciosa que la que le devolvió el antiguo.-¡Debo irme! -gritó- ¡Debo decírselo! ¡Indíquenme cómo regresar... rápidamente! -lo asaltó una duda; reflexionó en ello-. Pero no podrán creerme -susurró-. No. Debo llevar pruebas. Es preciso que lleve algo que se lo demuestre.La señora de Tocquelain sonrió. Tomó un pequeño cuchillo de la mesa y, alargando la mano hacia uno de los rosales, cortó un racimo de capullos, que lanzó hacia las manos ansiosas del soldado. Antes de que pudiera atraparlas, la señorita lo había hecho ya.-¡Espere! -murmuró-. Le voy a dar otro mensaje.Sobre la mesa había tinta y una pluma, y Peter se preguntó cómo habrían llegado allí. No las había visto antes... Pero, entre tantas maravillas, ¿qué importaba una más?La señorita Lucie tenía en la mano un pedazo de papel. Inclinó su cabeza diminuta y hermosa, y escribió; sopló al papel, lo agitó en el aire para secarlo, suspiró, le sonrió a Peter y envolvió en él el tallo del racimo de capullos de rosas, lo colocó en la mesa y alargó la mano, retirando la de Laveller.-Su capote -dijo-. Lo necesitará porque ahora debe regresar.Peter metió los brazos en la prenda de vestir. Se estaba riendo, pero los ojos grandes y castaños estaban llenos de lágrimas; la boca roja estaba muy apretada.Entonces la madre se levantó y volvió a extenderle la mano; Laveller se inclinó y se la besó.-Lo estaremos esperando aquí, hijo mío -le dijo con dulzura-, hasta cuando le llegue el momento. .. de regresar.Peter alargó la mano para tomar las rosas envueltas en el papel. La señorita colocó una mano sobre ellas y las levantó, antes de que pudiera tocarlas.-No deberá leerlo basta que se haya ido -le dijo.Sus mejillas y su garganta se cubrieron nuevamente de rubor.Tomados de la mano, como niños, se apresuraron a atravesar el verde césped, hasta el lugar en que Peter la vio por primera vez. Se detuvieron una vez allí, mirándose el uno al otro, con gravedad. Entonces, aquel otro milagro que le había ocurrido a Laveller, y del cual se había olvidado a causa de su importante descubrimiento, se presentó nuevamente.-¡La amo! -le susurró Peter a su viva, aunque muerta desde hacía tiempo, señorita de Tocquelain.Ella suspiró y se lanzó a sus brazos.-¡Sé que me ama! -gritó ella-. Sé que lo hace, mi amor..., pero tenía mucho miedo de que se fuera sin decírmelo.La joven levantó sus dulces labios, los oprimió largamente contra los de él y retrocedió.-Yo lo amé desde el primer momento que lo vi, en pie, en ese mismo lugar -explicó-. Estaré esperándolo aquí cuando regrese. Y ahora debe irse, mi amor; pero espere... -sintió que una mano se deslizaba al bolsillo de su guerrera y oprimía algo contra su corazón-. Los mensajes -dijo Lucie-. Tómelos. Y recuerde... que le estaré esperando. Se lo prometo yo..., Lucie de Tocquelain.Peter sintió como un cántico en su cabeza. Abrió los ojos. Estaba de regreso en la trinchera, y en sus oídos resonaba todavía el nombre de la señorita, sintiendo junto a su corazón la presión de su mano. Tenía la cabeza vuelta hacia los tres hombres que lo estaban observando.Uno de ellos tenía un reloj en la mano, era el cirujano... ¿Por qué miraba aquel reloj? ¿Había permanecido ausente durante mucho tiempo? De todos modos, ¿qué importaba eso, cuando era portador de un mensaje semejante? Ya no se sentía cansado sino transformado, lleno de júbilo. Tenía el alma llena de alegría. Olvidándose de la disciplina, se lanzó hacia los tres hombres.-¡La muerte no existe! -les gritó-. ¡Debemos enviar ese mensaje a todos, inmediatamente! Inmediatamente, ¿lo comprenden? Díganselo al mundo...; una prueba...Tartamudeaba en su apresuramiento. Los tres hombres se miraron uno al otro. Su mayor levantó su lámpara eléctrica de bolsillo, dirigiendo los rayos de luz hacia el rostro de Peter y mirándolo extrañado. Luego, con calma, avanzó y se colocó entre su subordinado y el fusil.-Recupere el aliento, amigo..., y cuéntenos después todo lo ocurrido -dijo.Parecían estar muy poco impresionados. Bueno, que esperaran hasta que escucharan lo que tenía que decirles.Y Peter lo hizo, suprimiendo de su relato, tan sólo, lo que había sucedido entre él y la señorita. De todos modos, ¿no era esa una cuestión personal? Lo escucharon en silencio y con gravedad, pero la preocupación reflejada en los ojos de su mayor fue haciéndose cada vez más profunda, a medida que avanzaba en su relato.-Desde luego..., regresé con tanta rapidez como pude para decírselo a todos. Para liberarnos de todo esto...Sus manos trazaron en el aire un amplio circulo, con un gesto de profundo desagrado.-¡Porque no importa nada de eso! ¡ Cuando morimos... vivimos! -concluyó.En el rostro del hombre de ciencia podía observarse una profunda satisfacción.-¡Es una demostración perfecta! ¡Mejor de lo que hubiera podido imaginarme! -le dijo al mayor, por encima de la cabeza de Laveller-. ¡Cuán grande es la imaginación de los hombres!Su voz tenía cierta tonalidad extraña.¿Imaginación? Peter comprendió lo que ocurría. ¡No le creían! ¡Pero iba a demostrárselo!-¡Tengo pruebas! -les gritó.Se abrió el capote, metió la mano en el bolsillo de la guerrera y su mano se cerró sobre un pedazo de papel que rodeaba a un tallo. ¡Ahora iba a demostrárselo!Lo sacó y se los mostró.-¡Miren!Su voz sonó como un toque triunfal de trompeta. ¿Qué les pasaba? ¿No alcanzaban a ver? ¿Por qué lo miraban a la cara, en lugar de tratar de comprender qué era lo que les estaba mostrando? Bajó la mirada hacia lo que tenía en las manos. Luego, con incredulidad, se lo acercó todavía más a los ojos, sintiendo un sonido en los oídos, como si el universo se alejara de él, y como si su corazón se hubiera olvidado de latir. En su mano, con el tallo envuelto en el papel, no se encontraba el racimo de capullos frescos y fragantes que había cortado para él la madre de su señorita de ojos castaños. No. No tenía más que un manojo de capullos artificiales, gastados y rotos, manchados, ajados y viejos. Peter sintió un enorme desaliento. Miró en forma extraña al cirujano, a su capitán y al mayor, cuyo rostro reflejaba ya una enorme preocupación e, incluso, cierta decepción.-¿Qué significa eso? -murmuró.¿Había sido todo un sueño? ¿No existía la radiante Lucie, excepto en su propia mente? ¿No había ninguna señorita de ojos castaños que le amaba y a la que también él amaba?El científico dio un paso al frente, tomó de entre los dedos flojos el pequeño manojo de capullos ajados y el pedazo de papel resbaló, permaneciendo en la mano del soldado.-Naturalmente, se merece usted saber con exactitud lo que le ha estado sucediendo, amigo mío -le dijo la voz citadina y que denotaba una gran capacidad-. Sobre todo, después de la reacción que tuvo usted ante nuestro pequeño experimento -añadió, riéndose de manera agradable.¿Experimento? ¿Experimento? Una rabia sorda comenzó a desarrollarse en el interior de Peter. La furia se iba apoderando lentamente de él.-¡Señor!Era el mayor quien lo llamaba, advirtiéndolo en cierto modo, según parecía, preocupado por su distinguido visitante.-No se inquiete, mayor -siguió diciendo el gran hombre-. Se trata de un muchacho de elevada inteligencia y educado, lo cual puede verse por el modo en que se expresó. Estoy seguro de que lo comprenderá.El mayor no era científico, sino un francés, humano y con una imaginación propia.Se encogió de hombros, pero se acercó un poco más al fusil que reposaba en el suelo.-Estuvimos conversando sus oficiales y yo -siguió diciendo la voz del visitante-. Los sueños son el esfuerzo hecho por las mentes semidormidas para explicar algún contacto, algún sonido poco familiar, o cualquier cosa que amenace al sueño. Por ejemplo, alguien que está adormecido tiene cerca una ventana rota, que cruje. El que duerme oye, su consciente se empeña en darse cuenta de todo, pero el control ha pasado ya al subconsciente. Este último entra en acción, acomodándose a las circunstancias, pero no puede responder, y sólo puede expresarse por medio de imágenes.Toma el sonido y fabrica un pequeño romance en torno a él. Hace lo mejor que puede para explicarlo. Desgraciadamente, lo mejor que puede hacer es fabricar una mentira, más o menos fantástica..., reconocida como tal por la conciencia, en el momento en que despierta. Y el movimiento del subconsciente en esa presentación de imágenes es inconcebiblemente rápido. Puede representar, en una fracción de segundo, toda una serie de incidentes que, si ocurrieran en realidad, necesitarían varias horas... o incluso días. ¿Me ha comprendido hasta ahora? ¿Reconoce quizá la experiencia que acabo de describirle? Desde luego, debería hacerlo.Laveller asintió. La rabia amarga que lo consumia estaba haciéndose cada vez más fuerte. Sin embargo, exteriormente parecía calmado, prestando toda su atención. Deseaba escuchar lo que aquel demonio tan satisfecho había hecho con él y luego...-Sus oficiales estaban en desacuerdo con algunas de mis conclusiones. Lo vi a usted aquí cansado, concentrado en el deber presente, medio hipnotizado por la tensión y el continuo encenderse y apagarse de las luces. Era usted un sujeto clínico perfecto, un testigo de laboratorio excelente...¿Podría impedir que sus manos se cerraran sobre aquella garganta, antes de que hubiera concluido su explicación? Laveller se lo estaba preguntando.Lucie, su Lucie, era una mentira fantástica...-Tranquilícese, amigo mío... -le susurró el mayor. Cuando atacara debería hacerlo con rapidez ya que aquel oficial estaba demasiado cerca. No obstante, debía ocuparse de su vigilancia, en su lugar, observando a través de la rendija, entre los sacos de arena. Quizá estuviera mirando hacia afuera cuando saltara Peter.-Y así pues... -el tono de voz del cirujano era como el de un profesor dando una conferencia a nuevos doctores en una clínica-, así pues, tomé un pequeño manojo de flores artificiales que encontré entre las hojas de un antiguo misal, que recogí en las ruinas del castillo. En un pedazo de papel escribí una frase en francés, porque pensé que era usted de esa nacionalidad. Era una frase simple de la balada de Aucassin y Nicolette:Y ella lo espera, para saludarlo, cuando todos sus días hayan pasado.-Asimismo, hahia un nombre escrito en la portada del misal. Sin duda el de su propietaria, fallecida desde hacía ya mucho tiempo: "Lucie de Tocquelain"...¡Lucie! La rabia y el odio de Peter quedaron sumidos ante un gran impulso de ansiedad que se hizo más fuerte que nunca.-Por consiguiente, pasé el manojo de flores ante sus ojos que no veían, que no veían conscientemente, quiero decir, porque estaba seguro de que su subconsciente tomaría buena nota. Le mostré la línea escrita. Su subconsciente la absorbió también, con la sugestión de una aventura amorosa, una separación y una espera. Envolví el tallo de las flores en el papel y le metí ambas cosas en el bolsillo, susurrándole al oído el nombre de Lucie de Tocquelain.El problema consistía en saber qué haría su subconsciente con esas cuatro cosas: las viejas flores, la sugestión de la frase escrita, el contacto y el nombre susurrado. ¡Era en verdad un problema fascinante! Y apenas había retirado la mano, casi antes de que mis labios se cerraran sobre las palabras que acababa de pronunciar, cuando se volvió usted hacia nosotros gritándonos que no existía nada semejante a la muerte; explicándonos, a renglón seguido, ese relato tan notable..., construido totalmente por su imaginación.Pero no siguió hablando, la rabia mortal de Laveller había roto todos sus controles. Se abalanzó hacia adelante, lleno de furia, lanzándose, sin producir ningún sonido, hacia la garganta del cirujano. Sus ojos despedían chispas, como si tuvieran llamas rojas y vivas. Lo matarían por ello, pero le quitaría la vida a aquel adversario de sangre fría que era capaz de sacarle a un hombre del infierno, hacerle entrever el paraíso y permitir que regresara una vez más a un infierno que era ya cien veces más cruel debido a la pérdida de la esperanza para toda la eternidad. Antes de que pudiera hacer daño, unas manos fuertes lo sujetaron, zeteniéndole. La cortina de color escarlata brillaba ante sus ojos; luego desapareció. Pensó escuchar una voz llena de ternura y musical, que le susurraba:-¡No es nada! ¡ No es nada! ¡Tienes que verlo, como lo hago yo!Estaba de pie entre sus oficiales, que lo sujetaban a ambos lados. Guardaban silencio, observando al cirujano de rostro repentinamente pálido, con una expresión bastante fría y llena de animosidad.-¡Amigo mío, amigo mío... -la placidez y la calma habían abandonado al científico-. No lo comprendo... De ningún modo. Nunca pensé que lo tomaría tan en serio.Laveller les habló a sus oficiales con calma:-Todo ha pasado, señores. Ya no necesitan sujetarme.Lo miraron, lo soltaron y le dieron palmaditas en el hombro, mientras observaban a su visitante con la misma frialdad.Peter, con movimientos inseguros, se volvió hacia el parapeto. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Su cerebro, su corazón y su alma no eran sino una desolación, un desperdicio extraordinariamente árido de esperanza e, incluso, de todo deseo de seguir esperando. Aquel mensaje suyo, la verdad sagrada que iba a hacer que se afirmaran los pies de un mundo atormentado, en el sendero del paraíso, era sólo un sueño. Lucie, su señorita de ojos castaños, que le había susurrado su amor, era un objeto que se componía de una sola palabra, un contacto, una frase escrita y flores artificiales. No podía ni deseaba creerlo. Todavía sentía el contacto de sus dulces labios contra los suyos. Su cuerpo cálido que temblaba entre sus brazos. Y le había dicho que regresaría, prometiéndole esperarlo. Laveller arrugó el pedazo de papel con furia..., lo levantó y se dispuso a tirarlo a sus pies.Alguien pareció detenerle la mano.Con lentitud desplegó el mensaje.Los tres hombres que lo observaban vieron que en su rostro se extendia una expresión llena de felicidad parecida a la de un alma redimida de la tortura infinita. Su pena y su dolor desaparecieron, dejándole, una vez más, lleno de alegría. Permaneció en pie, soñando, con los ojos muy abiertos. El mayor dio un paso al frente, le quitó a su subordinado el papel con suavidad y se dispuso a leerlo. En ese momento, varias luces aparecieron en el cielo y la trinchera estaba muy iluminada, de modo que era imposible leer con facilidad lo escrito. En su rostro, cuando lo alzó, se reflejaba una profunda impresión... Y cuando los demás le quitaron el papel y lo leyeron, en sus rostros apareció aquella misma expresión de incredulidad. Sobre la frase que había escrito el cirujano había tres líneas en francés antiguo:No temas, mi amor, no temas por las apariencias...Después de los sueños viene el despertar.Quien te ama,LUCIEEse era el relato de McAndrews, y fue Hawtry quien rompió al fin el silencio que siguió.-Por supuesto, esas frases debían haber estado ya en el papel -dijo-. Probablemente estaban poco marcadas, y su cirujano no las había visto. Estaba lloviznando, de modo que la humedad las hizo resurgir.-No -respondió McAndrews-. No había nada antes.-¿Cómo puede estar usted tan seguro de ello? -insistió el sicólogo.-Porque yo era ese cirujano -declaró McAndrews, con calma-. El papel era una página arrancada de mi libreta de notas. Cuando enrollé en él el manojo de flores, estaba limpio..., con excepción de la frase que yo mismo había escrito."Además, había otra... Bueno, ¿podriamos llamarle otra prueba, John? La escritura del mensaje de Laveller era la misma que la que vi en la misiva en que estaban encerradas las flores. Y la firma "Lucie", era exactamente la misma, curva por curva y trazo por trazo, con el mismo estilo anticuado." Siguió un silencio prolongado, roto una vez más, con brusquedad, por Hawtry.-¿Qué pasó con el papel? -inquirió-. ¿Se analizó la tinta? ¿Trató usted de...?-Mientras permanecíamos allí, haciéndonos preguntas -lo interrumpió McAndrews-, se abatió sobre la trinchera un soplo violento de viento que me arrebató el papel de las manos, llevándoselo. Laveller lo observó, sin hacer ningún esfuerzo por recuperarlo."-Ya no importa. Ahora lo sé -dijo."Y me sonrió, con la felicidad de un niño lleno de gozo."-Perdóneme, doctor... Es usted el mejor amigo que he tenido. Creí, al principio, que me había hecho lo que ningún hombre puede hacerle a uno de sus prójimos... Ahora comprendo que hizo por mí lo que ningún otro hombre pudiera hacer."Y eso es todo. Permaneció durante toda la guerra sin buscar la muerte, ni evitarla. Llegué a amarlo como a un hijo. Se hubiera muerto después de Mount Kemmel, de no haber sido por mí. Deseaba vivir lo suficiente para despedirse de su padre y su hermana, y lo curé. Fue a despedirse, y luego regresó a la antigua trinchera, a la sombra del viejo castillo en ruinas, donde había encontrado a su señorita de ojos castaños."-¿Por qué? -preguntó Hawtry.-Porque pensó que desde allí podría regresar con mayor rapidez junto a ella.-Esa conclusión me parece absolutamente desprovista de fundamento -dijo el sicólogo con irritación, casi con enojo-. Todo eso debe tener alguna explicación natural y simple.-Por supuesto, John -le respondió el cirujano, en tono apaciguador-. Por supuesto que existe. Díganosla usted, ¿quiere?Pero Hawtry, según parecía, no podía ofrecer ninguna explicación en absoluto".

Abraham Merrit