El Recolector de Historias

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domingo, 19 de julio de 2015

"Las Criptas de Yoh-Vombis"

"Si los doctores tienen razón en su diagnóstico, me quedan tan sólo unas pocas horas marcianas de vida. Durante esas horas, intentaré contar, como una advertencia a otros que podrían seguir nuestros pasos, los extraordinarios y terribles acontecimientos que dieron fin a nuestras investigaciones en las ruinas de Yoh—Vombis. Si mi narración sirve al menos para impedir futuras exploraciones, el contarla no habrá sido en vano. Éramos ocho, arqueólogos profesionales con más o menos experiencia en la tierra y extraplanetaria, que partimos con guías nativos desde Ignarh, la metrópoli comercial de Marte, para estudiar esta antigua ciudad, abandonada durante evos. Allan Octave, nuestro líder oficial, debía su mando a conocer más arqueología marciana que ningún otro terrestre sobre la superficie del planeta; y otros del grupo, como William Harper y Jonas Halgren, habían estado asociados con él en muchas de sus anteriores exploraciones. Yo, Rodney Severn, era algo más novato, habiendo pasado apenas unos pocos meses sobre la superficie de Marte; y la mayor parte de mis incursiones ultraterrenas se habían visto confinadas a Venus. Los desnudos aihais, de pecho esponjoso, habían hablado, de manera disuasoria, sobre vastos desiertos llenos de tormentas de arena en continuo movimiento, a través de los cuales debíamos pasar para alcanzar Yoh—Vombis; y, a pesar de nuestras generosas ofertas de paga, había resultado difícil contar con guías para el viaje. Por tanto, estuvimos satisfechos a un tiempo que sorprendidos, cuando alcanzamos las ruinas tras siete horas de movernos lentamente por la plana desolación, amarilla naranja y sin árboles, al sudoeste de Ignarh.

Contemplamos nuestro destino, por primera vez, al ponerse el pequeño y remoto sol. Durante un rato, creímos que las torres, sin techo e inclinadas como árboles, y los monolitos rotos eran los de una ciudad desconocida, distinta de la que buscábamos. Pero la situación de las minas, que se extendían formando una especie de arco cubriendo casi por completo una elevación, de una legua de longitud gnéisica, compuesta por roca desnuda y erosionada, junto al tipo de arquitectura, pronto nos convencieron de que habíamos encontrado nuestro objetivo. Ninguna otra ciudad antigua de Marte estaba dispuesta de esa manera, y los extraños contrafuertes, de muchas terrazas, eran privativos de la raza prehistórica que había construido Yoh—Vombis. He visto los venerables muros de Machu Pichu alzarse al cielo en medio de los desolados Andes; y las murallas congeladas de Uogam, obra de gigantes, en las tundras glaciales del hemisferio nocturno de Venus. Pero éstas eran cosas como del ayer, comparadas con los muros que ahora contemplábamos. Toda la región estaba alejada de los vivificantes canales, más allá de cuyos contornos incluso la flora y la fauna más dañina era encontrada sólo raramente. Pero aquí, en este lugar de esterilidad petrificada, de miseria y soledad eternas, parecía que la vida nunca podría haber tenido lugar.

Creo que todos tuvimos la misma impresión cuando estuvimos de pie mirando en silencio mientras el pálido ocaso caía sobre las oscuras minas megalíticas. Recuerdo haber jadeado un poco, en un aire que parecía haber sido tocado por la frialdad irrespirable de la muerte; y escuché la misma aguda y laboriosa respiración procedente de otros de nuestro grupo.

—Este sitio está más muerto que una morgue egipcia —comentó Harper.
—Desde luego, es más antiguo —asintió Octave—. De acuerdo con las leyendas más dignas de confianza, los yorhis, quienes edificaron Yoh Vombis, fueron exterminados por la actual raza gobernante hace, por lo menos, cuarenta mil años.
—Hay una historia, ¿no? —dijo Harper— sobre cómo los últimos supervivientes de los yorhis fueron destruidos por un agente desconocido..., algo demasiado horrible y fuera de lo normal como para ser mencionado ni siquiera en un mito.
—Por supuesto, he oído esa leyenda –asintió Octave—. Quizá entre las minas encontremos pruebas que la afirmen o la desmientan. Los yorhis pueden haber sido barridos por alguna terrible epidemia, como la pestilencia Yashta, que era una especie de hongo verde que se comía los huesos del cuerpo, junto con los dientes y las uñas. Pero no debemos temer contagiarnos. Si hay momias en Yoh—Vombis..., las bacterias estarán tan muertas como sus víctimas, después de tantos ciclos de deshidratación planetaria.

El sol se había puesto con una rapidez sorprendente, como si hubiese desaparecido por medio de una especie de prestidigitación, más que por el proceso normal de su puesta. Sentimos al instante el frío del verdiazul ocaso; y el éter sobre nosotros era como una enorme cúpula transparente de hielo sin sol salpicado con un millón de brillos apagados que eran las estrellas. Nos pusimos nuestras capas y nuestros gorros de piel marciana, que siempre debíamos llevar por la noche; y, dirigiéndonos al oeste de las murallas, establecimos nuestro campamento a su socaire, para estar un poco protegidos del jaar, el cruel viento del desierto que siempre sopla antes del alba. Entonces, encendiendo las lámparas de alcohol, que habían sido traídas con propósitos culinarios, agrupamos en torno a ellas mientras la cena era preparada y consumida. Después, por comodidad más que por cansancio, nos retiramos pronto a nuestros sacos de dormir; y los dos aihais, nuestros guías, se envolvieron en los pliegues de sus telas de bassa, semejantes a mortajas, que es toda la protección que sus pieles correosas parecen necesitar, incluso a temperaturas por debajo de cero. Hasta dentro de mi gordo saco, de forro doble, notaba el rigor del aire de la noche; y estoy seguro de que fue esto, más que ninguna otra cosa, lo que me mantuvo despierto mucho rato e hizo mi eventual reposo algo intranquilo e interrumpido. En cualquier caso, no estaba preocupado ni por el menor presagio de alarma o peligro; y me habría reído ante la idea de que algo peligroso podía acechar en Yoh—Vombis, entre cuya pasmosa e insospechable antigüedad, los propios fantasmas de sus muertos habían de haberse desvanecido en la nada hacía mucho tiempo.

Debí quedarme adormecido una y otra vez, con intervalos de estar despierto a medias. Por fin, durante uno de estos intervalos, fui vagamente consciente de que las lunas gemelas, Fobos y Deimos, proyectaban enormes y alargadas sombras sobre las torres sin techo; sombras que casi tocaban las formas brillantes y embozadas de mis compañeros. Toda la escena estaba encerrada en una tranquilidad pétrea, y ninguno de los durmientes se revolvió. Entonces, cuando mis párpados estaban a punto de cerrarse, recibí una impresión de movimiento desde la oscuridad congelada; y me pareció que una parte de la sombra delantera se había separado y se arrastraba en dirección a Octave, que descansaba más cerca de las ruinas que los demás. Incluso a través de mi pesado letargo, me sentí molesto por una advertencia de algo antinatural y tal vez ominoso. Empecé a incorporarme, y, mientras me movía, el objeto umbrío, lo que quiera que fuese, retrocedió y se mezcló de nuevo con la sombra más grande. Su desaparición me sorprendió despertándome por completo; y, con todo, no podía estar seguro de haber visto la cosa. En aquel breve vistazo final me había parecido como un trozo de tela o cuero, toscamente circular, oscuro y arrugado, de diez o doce pulgadas de diámetro, que corría por el suelo doblándose como un gusano, plegándose y estirándose de una manera sorprendente mientras avanzaba.

No volví a dormirme en casi una hora; y, de no haber sido por el frío extremo, me habría levantado, indubitablemente, e investigado para asegurarme si había contemplado un objeto de una naturaleza tan fuera de lo común o si sencillamente lo había soñado. Pero me convenció, más y más, que se trataba de algo demasiado improbable y fantástico como para haber sido otra cosa que el producto de un sueño. Y, por fin, comencé a cabecear con un sueño ligero. Me despertó el suspiro, gélido y demoniaco, del jaar a través de las paredes melladas, y vi que la débil luz de la luna había recibido la ascensión incolora de un alba temprana. Todos nos levantamos y preparamos nuestros desayunos con dedos que se quedaban atontados a pesar de las lámparas de alcohol. Mi rara experiencia visual de la noche había adquirido, más que nunca, una irrealidad fantasmagórica; y no le dediqué más que un pensamiento pasajero y no se la mencioné a los otros. Estábamos ansiosos por comenzar nuestras exploraciones; y, un poco más tarde de la puesta de sol, comenzamos nuestro paseo inicial de examen. Por extraño que pareciese, los dos marcianos se negaron a acompañarnos; impasibles y taciturnos, no ofrecieron una razón explícita, pero, evidentemente, nada les induciría a entrar en las ruinas de Yoh—Vombis. Si estaban o no asustados de las ruinas, fuimos incapaces de establecerlo; sus caras enigmáticas, con sus pequeños ojos oblicuos y enormes fosas nasales abiertas, no traicionaban ni miedo ni ninguna otra emoción comprensible al hombre. Como respuesta a nuestras preguntas, simplemente dijeron que ningún aihai había puesto el pie entre las ruinas desde hacía mucho tiempo. Aparentemente, había algún tabú misterioso relacionado con aquel lugar.

Como equipo en aquel paseo preliminar, nos llevamos tan sólo dos linternas eléctricas y una palanca de hierro. Nuestras otras herramientas, y algunos cartuchos de explosivo de alta potencia, los reservábamos para emplearlos más tarde, en caso de que resultasen necesarios una vez que hubiésemos explorado el terreno. Uno o dos llevábamos armas automáticas; pero éstas también fueron dejadas atrás, porque parecía absurdo imaginar que alguna forma de vida sería encontrada entre las ruinas. Octave estaba visiblemente nervioso al comenzar nuestra inspección; y mantuvo un fuego constante de comentarios y exclamaciones. El resto de nosotros estuvo tranquilo y silencioso; era imposible apartar el sombrío temor y el asombro que nos provocaban aquellas piedras megalíticas. Avanzamos alguna distancia por entre los edificios triangulares con terrazas, siguiendo las calles en zigzag que correspondían a esta peculiar arquitectura. La mayoría de las torres estaba, más o menos, en ruinas; y, por todas partes, vimos la profunda erosión ocasionada por ciclos de viento soplando y por la arena que, en muchos casos, había gastado, redondeándolos, los ángulos afilados de los poderosos muros. Entramos en algunas de las torres, pero encontramos en su interior el más completo vacío. Lo que quiera que hubiesen contenido a manera de mobiliario debía haberse deshecho en el polvo hacía mucho tiempo; y el viento había sido soplado lejos por las inquisitivas galernas del desierto.

Al cabo, llegamos al muro de una vasta terraza, tallada de la propia meseta. En esta meseta, los edificios centrales estaban agrupados en una especie de acrópolis. Un tramo de escaleras, comidas por el tiempo, diseñadas para miembros más largos que los de los hombres o incluso de los larguiruchos marcianos modernos, permitía el acceso a la plataforma tallada. Parándonos, decidimos retrasar nuestra investigación de los edificios superiores, los cuales, más expuestos que los demás, se hallaban doblemente ruinosos y estropeados, y lo más probable es que poco tuviesen que ofrecernos como recompensa a nuestros esfuerzos. Octave había comenzado a expresar su desilusion ante nuestro fracaso a la hora de encontrar un artefacto que arrojase alguna luz sobre la historia de Yoh—Vombis. Entonces, un poco a la derecha de la escalera, encontramos una entrada en la pared principal, medio bloqueada por antiguos escombros. Detrás del montón de detritus, encontramos el nacimiento de un tramo de escaleras descendentes. De la abertura salía oscuridad, mustia con la primordial estancación de la podredumbre; y no podíamos ver por debajo del primer escalón, que daba la impresión de estar suspendido sobre una sima negra. Arrojando el rayo de su linterna en el abismo, Octave comenzó a descender por las escaleras. Su ansiosa voz nos llamó para que le siguiésemos. Al fondo de los altos y difíciles escalones, encontramos una cripta larga y amplia, como un salón subterráneo. Su suelo tenía una profunda capa de polvo de antigüedad inmemorial. El aire estaba singularmente cargado, como si los restos de una antigua atmósfera, menos tenue que la del Marte de hoy, se hubiesen acomodado y quedado en aquella oscuridad estancada. Era más difícil de respirar que el aire exterior; estaba lleno de efluvios desconocidos, y el ligero polvo se levantaba ante nosotros a cada paso, difundiendo un leve olor de corrupción pasada, como el polvo de momias maceradas.

Al fondo de la cripta, ante un tramo de escaleras que se levantaban, nuestras linternas mostraron una inmensa urna o cuenco hueco, apoyado en unas piernas cortas con forma de cubo, y hecho con un material apagado de color verde negruzco. En su fondo descubrimos un depósito de fragmentos oscuros parecidos a cenizas, que daban un leve pero desagradable olor pungente, como el fantasma de otro olor más poderoso. Octave, inclinándose sobre el borde, empezó a toser y estornudar al inhalarlo.

—Ese material, lo que quiera que fuese, debió ser un fumigante bastante fuerte —comentó—. La gente de Yoh—Vombis debió usarlo para desinfectar estas criptas.

El umbral detrás de la urna hueca nos admitió a una habitación más grande cuyo suelo estaba relativamente libre de polvo. Encontramos que la oscura piedra debajo de nuestros pies estaba marcada con dibujos geométricos multiformes, dibujados con piedra ocre, entre los cuales, como en las cartelas egipcias, había incluidos jeroglíficos y dibujos altamente formalizados. Poco podíamos interpretar de la mayoría de ellos, pero las figuras que muchos contenían estaban sin duda diseñadas para representar a los propios yorhis. Como los aihais, eran altos y angulosos, con grandes pechos como fuelles. Las orejas y las fosas nasales no eran tan enormes como las de los marcianos modernos, hasta el punto que podíamos juzgar. Todos estos yorhis estaban representados desnudos; pero en una de las cartelas, realizada con un estilo más apresurado que las demás, nos fijamos en dos figuras cuyos cráneos, altos y cónicos, estaban envueltos en una especie de turbantes, los cuales parecían estar a punto de quitarse o de ajustar. El artista había dado un especial énfasis al gesto con el que los sinuosos dedos, de cuatro articulaciones, estaban tirando de estos tocados; y toda la postura parecía extrañamente contorsionada. Naciendo de la segunda cripta, había pasadizos que se ramificaban por todas direcciones, conduciendo a un verdadero dédalo de catacumbas. Aquí enormes urnas panzudas del mismo material que el cuenco de fumigar, pero más altas que la cabeza de un hombre y equipadas con tapaderas de asas angulares, estaban alineadas en filas solemnes a lo largo de las paredes, dejando escaso espacio para que dos de nosotros pasásemos andando juntos. Cuando conseguimos quitar una de las enormes tapas, vimos que la jarra estaba llena hasta el borde con cenizas y fragmentos de hueso incinerado. Indubitablemente (como es todavía la costumbre marciana), los yorhis habían guardado los restos incinerados de familias enteras en una única urna.

Incluso Octave guardó silencio mientras continuábamos, y una especie de pasmo meditativo pareció sustituir su anterior nerviosismo. El resto de nosotros, creo, nos sentíamos aplastados como un solo hombre por la sólida oscuridad y la antigüedad que desafiaba la imaginación, en la cual parecía que nos introducíamos más a cada paso. Las sombras temblaban a nuestro alrededor como las alas, monstruosas y deformes, de murciélagos fantasmas. Por todas partes no había nada más que el polvo atomizado de las edades, y las jarras que contenían las cenizas de un pueblo largo tiempo extinto. Pero, pegada al techo alto en una de las criptas siguientes, vi una mancha, oscura y arrugada, de forma circular, como un hongo marchito. Era imposible alcanzar la cosa, y continuamos, después de mirarla, haciendo muchas conjeturas inútiles. Por extraño que parezca, no conseguí recordar en aquel momento el oscuro objeto que había visto, o con el que había soñado, la noche antes. No tengo ni idea de la distancia que habíamos recorrido cuando llegamos a la ultima cripta; pero parecía que habíamos estado vagabundeando durante años por aquel olvidado mundo subterráneo. El aire se estaba volviendo más asqueroso e irrespirable, con una cualidad densa, empapada, como procedente de un sedimento de podredumbre material; y casi habíamos decidido dar la vuelta. Entonces, sin previo aviso, al final de una larga catacumba, con urnas alineadas, nos encontramos frente a frente con una pared lisa. Aquí nos topamos con uno de nuestros descubrimientos más extraños y el más desconcertante..., una figura momificada, e increíblemente desecada, de pie junto a la pared. Tenía más de siete pies de estatura, era de un color marrón bituminoso y estaba completamente desnuda a no ser por una especie de capucha negra que cubría la parte superior de su cabeza y caía en pliegues arrugados a los lados. Por su tamaño y contorno generales, era claramente uno de los antiguos yorhis..., quizá el único miembro de su raza cuyo cuerpo había permanecido intacto.

Todos sentimos un estremecimiento inexplicable ante la increíble antigüedad de esta cosa encogida, que, en el aire seco de las criptas, había aguantado todas las vicisitudes históricas y geológicas del planeta, para proporcionar un lazo visible con ciclos perdidos. Entonces, mientras mirábamos más de cerca con nuestras linternas, vimos por qué la momia había conservado una posición vertical. En los tobillos, rodillas, cintura, hombros y cuello estaba sujeta a la pared por pesadas bandas de metal, tan profundamente gastadas y oscurecidas por una especie de herrumbre, que no habíamos conseguido distinguirlas a primera vista de las sombras. La extraña capucha sobre la cabeza, al examinarla más de cerca, seguía confundiéndonos. Estaba cubierta de una pelusa, como moho, tan sucia y polvorienta como antiguas telarañas. Algo respecto a ella, no sabría decir qué, resultaba repugnante y vomitivo.

—¡Vive Dios! ¡Este es un auténtico hallazgo! —exclamó Octave mientras acercaba su linterna al rostro momificado, donde las sombras se movían como seres vivientes en las cuencas de los ojos profundas como la brea, y en las enormes fosas nasales triples y anchas orejas de soplillo que se despegaban por debajo de la capucha.

Sujetando aún la linterna, levantó la mano libre y tocó el cuerpo con mucha delicadeza. A pesar de lo delicado que fue su tacto, la parte inferior del tronco de barril, las piernas, las manos y los antebrazos, todos comenzaron a pulverizarse dejando la cabeza, la parte superior del tronco y los brazos colgando aún de las argollas de metal. El proceso de deterioro había sido extrañamente desigual, porque las porciones restantes no daban señal alguna de desintegración. Octave gritó desalentado, y entonces comenzó a toser y a estornudar, mientras la nube de polvo marrón, flotando liviana como el aire, le envolvía. Los demás retrocedimos para evitar el polvo. Entonces, por encima de la nube que se extendía, vi algo increíble. La capucha negra sobre la cabeza de la momia empezó a encogerse y a hacer movimientos nerviosos hacia arriba en las esquinas, se retorcía con un movimiento verminoso, cayó del cráneo encogido, pareciendo doblarse y desdoblarse de manera convulsiva en mitad del aire mientras caía. Entonces, descendió sobre la cabeza desnuda de Octave, quien, en su desconcierto ante la desintegración de la momia, se había quedado de pie cerca de la pared. En ese instante, con un espasmo de repentino terror, recordé la cosa que se había arrastrado desde las sombras de Yoh—Vombis a la luz de las lunas gemelas, y que había retrocedido como un fragmento de mis sueños ante los primeros movimientos de mi despertar. Agarrándose fuertemente como una tela ceñida, la cosa envolvió el pelo, la frente y los ojos de Octave, y él gritó salvajemente, con incoherentes peticiones de ayuda, y tiró con dedos frenéticos de la capucha, pero no consiguió aflojarla. Entonces, sus gritos empezaron a ascender en un loco crescendo de agonía, como si estuviese bajo el instrumento de alguna tortura infernal; y bailaba y daba saltos ciegamente por la cripta, evitándonos con extraña rapidez cuando saltábamos adelante en un esfuerzo para alcanzarle y liberarle de su extraño estorbo.

Todo el acontecimiento resultaba tan misterioso como una pesadilla; pero la cosa que había caído sobre su cabeza era claramente una forma de vida marciana sin clasificar que, contrariamente a todas las leyes de la ciencia, había sobrevivido en aquellas catacumbas de antigüedad primordial. Debíamos, si podíamos, rescatarle de sus garras. Intentamos aproximarnos a la figura frenética de nuestro jefe..., que en el espacio, lejos de amplio, entre las últimas urnas y la pared, debería haber sido un asunto fácil. Pero, alejándose, de una manera doblemente incomprensible a causa de su situación de tener los ojos tapados, nos rodeó y se alejó, desapareciendo entre las urnas hacia la parte exterior del laberinto de catacumbas entrecruzadas.

—¡Dios mío! ¿Qué le ha sucedido? –exclamó Harper—. Este hombre actúa como si estuviese poseído.
No había tiempo, evidentemente, para ponerse a discutir el enigma, y todos perseguimos a Octave tan de prisa como nuestra sorpresa nos lo permitió. Le habíamos perdido de vista en medio de la oscuridad; y, cuando llegamos a la primera división de las criptas, estábamos dudando qué pasadizo habría tomado, hasta que escuchamos un grito agudo, repetido varias veces, en una catacumba que estaba muy a la izquierda. Había una extraña cualidad ultraterrena en aquellos gritos, que podría haber sido producida por el aire largamente estancado, o por las peculiares condiciones acústicas de las cavernas que se ramificaban. Pero, de alguna manera, no podía imaginármelos partiendo de labios humanos..., por lo menos, no los de un hombre viviente. Tenían una cualidad agónica, mecánica y sin alma, como si hubiesen sido arrancados de un cadáver empujado por los demonios. Precedidos por las luces de nuestras linternas en las sombras agazapadas, fugitivas, corrimos entre las filas de grandes urnas. Los gritos se habían apagado en el silencio sepulcral; pero en la distancia escuchamos el sonido ligero y apagado de pies que corrían. Continuamos en una precipitada persecución; pero, jadeando dolorosamente en el aire viciado, infecto, pronto nos vimos obligados a aflojar el paso sin tener a nuestra vista a Octave. Muy débilmente, más lejos que nunca, escuchamos, como los pasos de un fantasma que se hubiese tragado la tumba, sus pasos, que desaparecían. Entonces, se detuvieron; y no escuchamos nada que no fuese nuestro aliento convulso, y la sangre que latía en nuestras sienes como tambores de alarma continuamente resonantes.

Continuamos, dividiendo nuestro grupo en tres contingentes, cuando llegamos a una triple división de las cavernas. Harper, Halgren y yo tomamos el pasaje del medio, y, después de que hubiésemos recorrido un intervalo infinito sin encontrar señal de Octave, y nos hubiésemos abierto camino por cavidades enormes repletas hasta el techo de urnas colosales que deben haber contenido las cenizas de cien generaciones, llegamos a una cámara enorme con dibujos geométricos en el suelo. Aquí, tras un breve rato, se reunieron con nosotros los demás, que, igualmente, habían fracasado en encontrar a nuestro desaparecido líder. Sería inútil relatar nuestra renovada búsqueda de una hora de duración a lo largo de la miríada de criptas, muchas de las cuales no habíamos explorado hasta ese momento. Todas estaban vacías, en lo que respecta a vida. Recuerdo haber pasado una vez más por la cripta en la que había visto la mancha redonda en el techo, y haber notado con un escalofrío que la mancha había desaparecido. Fue un milagro que no nos perdiésemos en aquel laberinto subterráneo; pero al cabo alcanzamos de nuevo la cripta final en la que habíamos encontrado la momia encadenada. Escuchamos un estrépito recurrente a intervalos regulares mientras nos aproximábamos a aquel lugar..., un sonido de lo más alarmante y desconcertante considerando las circunstancias. Era como el martilleo de los duendes en un olvidado mausoleo. Cuando nos aproximamos, los rayos de nuestras antorchas pusieron al descubierto una visión que no era menos inesperada que sorprendente. Una figura humana, con su espalda vuelta hacia nosotros, y la cabeza oculta por un objeto negro hinchado que había adquirido el tamaño y la forma de un almohadón de sofá, estaba de pie, junto a los restos de la momia, golpeando la pared con una barra de hierro puntiaguda. Cuánto tiempo había estado allí Octave y dónde había encontrado la barra, no podíamos saberlo. Pero la pared lisa se había deshecho bajo sus furiosos golpes, dejando en el suelo un montón de fragmentos parecido al cemento; y una pequeña y estrecha puerta, del mismo material ambiguo que las urnas funerarias y el cuenco de fumigación, había quedado al descubierto.

Sorprendidos, inciertos, confusos de una manera inexpresable, todos éramos incapaces de acción y voluntad en aquel momento. Todo el asunto resultaba demasiado fantástico y horripilante, y estaba claro que Octave había sido dominado por alguna especie de locura. Por lo menos yo, sentí un violento espasmo de repentina náusea cuando identifiqué la cosa, repugnantemente hinchada, que se pegaba a la cabeza de Octave y se reclinaba en obscena tumescencia sobre su cuello. No me atrevo a hacer suposiciones sobre la causa de su hinchazón. Antes de que ninguno de nosotros pudiese recobrar sus facultades, Octave arrojó a un lado la barra de metal y empezó a tantear buscando algo en la pared. Debía ser algún muelle oculto; aunque cómo podía haber conocido su situación y su existencia queda más allá de cualquier conjetura legítima. Con un apagado, y terrible, sonido chirriante, la puerta descubierta se abrió hacia adentro, ancha y pesada como la puerta de un mausoleo, descubriendo una apertura desde la cual la más profunda medianoche parecía manar como un torrente de podredumbre enterrada durante evos. De alguna manera, en aquel instante, nuestras linternas eléctricas temblaron y se volvieron más débiles; y todos respiramos un hedor sofocante, como procedente de mundos de inmemorial putrescencia. Ahora, Octave se había dado la vuelta hacia nosotros, y permanecía de pie sin hacer nada junto a la puerta abierta, como alguien que hubiese terminado una tarea prescrita. Fui el primero de nuestro grupo en librarse del hechizo paralizante, y, sacando mi navaja —lo único parecido a un arma que transportaba—, corrí hacia él. Retrocedió, pero no lo bastante deprisa como para evitarme, cuando hundí la hoja de cuatro pulgadas en la negra masa tumescente que había envuelto la parte superior de su cabeza y colgaba sobre sus ojos.

Lo que fuese la cosa, prefiero no imaginármelo... aunque pudiese hacerlo. Era tan informe como una gran sanguijuela, sin cabeza ni cola ni órganos visibles..., una cosa inflada, sucia y correosa, cubierta con esa pelusilla como moho que he mencionado antes. El cuchillo la desgarró como si fuese pergamino podrido, y el horror pareció colapsarse como un globo deshinchado. De él, se escapó un torrente nauseabundo de sangre humana, mezclada con masas oscuras hiladas que podrían haber sido pelo medio disuelto, y trozos flotantes gelatinosos como hueso derretido, y restos de una sustancia blanca coagulada. En el mismo momento, Octave empezó a tambalearse y se cayó cuan largo era sobre el suelo. Revuelto por su caída, el polvo de la momia se levantó en una nube que se retorcía, debajo de la cual él descansó con una quietud mortal. Venciendo mi asco, y ahogándome a causa del polvo, me incliné sobre él y arranqué el fláccido horror purulento de su cabeza. Salió con una facilidad inesperada, como si estuviese quitando un trapo lacio; pero juro por Dios que preferiría haberlo dejado como estaba. Debajo, ya no era un cráneo humano, porque todo había sido devorado, incluyendo las cejas, y el cerebro medio devorado quedó al descubierto cuando levanté el objeto como una tapadera. Dejé caer la cosa innominable de dedos que habían perdido repentinamente su fuerza, y se dio la vuelta al caer, revelando el lado interior de muchas hileras de ventosas rosadas, colocadas en círculos en torno a un pálido disco que sugería una especie de plexo.

Mis compañeros se habían amontonado en torno a mí; pero, durante un rato apreciable, ninguno habló.

—¿Cuánto tiempo supones que lleva muerto? —fue Halgren quien susurró la terrible pregunta, que todos nos habíamos estado haciendo a nosotros mismos. Aparentemente, nadie se sentía dispuesto, o capaz, de contestarla; y tan sólo éramos capaces de contemplar a Octave en un estado de horrible fascinación intemporal.

Al cabo, hice un esfuerzo para apartar la mirada; y, volviéndola al azar, me fijé en los restos de la momia encadenada y noté, por primera vez, con un horror mecánico e irreal, el estado, devorado a medias, de la cabeza encogida. De esto, mi vista se volvió a la puerta recientemente abierta a un lado, sin darme cuenta, por un momento, de qué era lo que había llamado mi atención. Entonces, sorprendido, contemplé bajo el rayo de mi linterna, lejos de la puerta, como en una sima exterior, un movimiento de sombras que se arrastraban bullicioso, multitudinario, vermiforme. Parecían hervir en la oscuridad; y entonces, sobre el ancho umbral de la puerta, se vertió la vermiforme vanguardia de un incontable ejército: cosas que eran parientes de la monstruosa y diabólica sanguijuela que había arrancado de la cabeza devorada de Octave. Algunas eran delgadas y lisas, como discos de tela o cuero que se doblasen y se retorciesen, y otras eran más o menos hinchadas, y se arrastraban con un lento hartazgo. Qué habían encontrado para alimentarse en aquella medianoche sellada, no lo sé; y rezo para no saberlo nunca.

Salté apartándome de éstas, electrificado por el terror, enfermo de asco, y el negro ejército se acercaba incesantemente, pulgada a pulgada, con una velocidad de pesadilla, desde aquel abismo abierto, como el nauseabundo vómito de un infierno harto de horrores. Mientras se vertían hacia nosotros, ocultando de la vista el cuerpo de Octave bajo una ola temblorosa, vi un resto de vida en la cosa, aparentemente muerta, que había tirado, y vi el horrible esfuerzo que hacia para curarse y unirse a las demás. Pero ni yo ni mis compañeros podíamos soportar seguir mirando más tiempo. Nos dimos la vuelta y echamos a correr entre las filas de grandes urnas, con la masa de sanguijuelas demoniacas arrastrándose cerca de nosotros, y nos dividimos, presas de un pánico ciego, cuando llegamos a la primera división de las criptas. Sin hacer caso los unos de los otros, ni de ninguna otra cosa que no fuese la urgencia de nuestra fuga, nos adentramos al azar en los pasajes que se ramificaban.

Detrás de mí, escuché cómo alguien tropezaba y caía, con una maldición que aumentó hasta un loco aullido; pero sabía que, si me paraba y retrocedía, solo serviría para atraer sobre mí la misma maligna condena que había alcanzado al último de nuestro grupo. Agarrando aún mi linterna eléctrica y mi navaja abierta, corrí a lo largo de un pasaje menor, el cual, creía recordar, más o menos directamente, daba a la gran cripta exterior con el suelo pintado. Allí me encontré solo. Los otros habían seguido las catacumbas principales; y podía escuchar a o lejos un apagado Babel de locos gritos, como si varios de entre ellos hubiesen sido atrapados por sus perseguidores. Parecía que debía haber estado equivocado respecto a la dirección del pasaje; porque se daba la vuelta y giraba de una manera que no me resultaba familiar, con muchas intersecciones, y al punto me encontré desorientado en medio del negro laberinto, donde el polvo había descansado inalterado por pies vivientes durante incontables generaciones. El laberinto cinerario había quedado de nuevo en silencio; y escuché mis propios frenéticos jadeos, elevados y estertóreos como los de un titán en medio de un silencio de muerte.

Repentinamente, mientras continuaba, mi linterna iluminó una figura humana dirigiéndose hacia mí en la oscuridad. Antes de que pudiese dominar mi sorpresa, la figura había pasado junto a mí y se había alejado con grandes zancadas mecánicas, como si regresase a las criptas interiores. Creo que era Harper, ya que la estatura y la constitución correspondían; pero no estoy completamente seguro, porque los ojos y la parte de la cabeza estaban ocultos por la oscura e inflada capucha; y los pálidos labios estaban encajados como en el silencio de una tortura tetánica... o de la muerte. Quienquiera que fuese, había dejado caer su linterna; y estaba corriendo a ciegas, bajo el impulso de aquel vampirismo ultraterreno, buscando la auténtica fuente de aquel horror desencadenado. Sabia que él estaba más allá de la ayuda humana; y ni siquiera imaginé intentar detenerle.

Temblando violentamente, reemprendí mi huida, y fui adelantado por dos más de nuestro grupo, andando con paso majestuoso con aquella rapidez y seguridad mecánicas, encapuchados con aquellas satánicas sanguijuelas. Los otros debieron regresar por los pasajes principales; porque no me encontré con ellos y nunca más volvería a verlos. El resto de mi huida es una confusión de terror infernal. Una vez más, después de creer que me encontraba cerca de la cripta exterior, me encontré perdido, y escapé durante una eternidad de filas de urnas monstruosas, por criptas que debían extenderse por una distancia desconocida más allá de nuestras exploraciones. Parecía que había estado allí durante años; y mis pulmones estaban ahogándose con aquel aire muerto durante evos, y mis piernas estaban preparadas para deshacerse debajo de mí, cuando vi, en la distancia, un punto de bendita luz del día. Corrí hacia éste, con todos los horrores de la extraña oscuridad agrupándose detrás mío, y sombras malditas moviéndose ante mí, y vi que la cripta terminaba en una entrada baja, en ruinas, con escombros esparcidos sobre los que caía un débil arco de luz. Era una entrada distinta a aquella por la que habíamos penetrado en este letal mundo subterráneo. Me encontraba a unos doce pies de la entrada cuando, sin emitir sonido u otro aviso, algo cayó sobre mi cabeza desde el techo, cegándome inmediatamente y cerrándose en torno a mí como una red tensa. Sentí en mi frente y en mi cuero cabelludo, al mismo tiempo, un millón de dolores como de agujas..., una múltiple y siempre creciente agonía que parecía atravesar el mismo hueso y converger desde todos lados al interior de mi cerebro.

El terror y el sufrimiento de aquel momento fueron peores que nada que puedan contener los infiernos de la locura y el delirio mundanos. Sentí la zarpa repugnante, vampírica, de una muerte atroz... y de algo más que la muerte. Creo que dejé caer la linterna; pero los dedos de mi mano derecha aún conservaban la navaja abierta. Instintivamente —ya que apenas era capaz de movimientos voluntarios—, levanté el cuchillo y lo blandí ciegamente, una y otra vez, muchas veces, en la cosa que había sujetado sus mortíferos pliegues en torno mío. La hoja debió atravesar la monstruosidad colgante para desgarrar mi propia carne en una docena de sitios; pero no sentí el dolor de aquellas heridas en el tormento, de un millón de latidos, que me poseía. Por fin, vi la luz y observé que una cinta negra, aflojada de encima de mis ojos y goteando con mi propia sangre, estaba colgando sobre mis mejillas. Se retorcía un poco, incluso mientras colgaba, y desgarré los otros restos de la cosa, jirón tras purulento jirón, de mi frente y mi cabeza. Entonces, me tambaleé hacia la entrada; y la pálida luz se convirtió en una llama bailarina, lejana y alejándose mientras daba un traspiés y salía de la caverna..., una llama que escapó como la última estrella de la Creación sobre el caos, abierto y deslizante, sobre el que descendió...

Se me ha informado de que mi inconsciencia fue de breve duración. Recuperé el sentido, con las caras crípticas de los dos guías marcianos inclinadas sobre mí. Mi cabeza estaba llena de dolores lacerantes, y terrores recordados a medias se cerraban sobre mi mente como las sombras de arpías que se reúnen. Me revolví y miré a la boca de la caverna, desde la cual los marcianos, después de encontrarme, me habían arrastrado durante alguna distancia pequeña. La boca estaba debajo del ángulo de la terraza de uno de los edificios exteriores, y a la vista de nuestro campamento. Miré la negra apertura con una terrible fascinación, y noté un movimiento vago entre las sombras..., el retorcido y vermiforme movimiento de algo que avanzaba en la oscuridad pero que no emergía a la luz. Sin duda, no podían soportar la luz, estas criaturas de la noche subterránea y de la corrupción sellada durante ciclos.

Fue entonces cuando el horror definitivo, el nacimiento de la locura, llegó a mí. En medio de mi escalofriante asco, mi deseo de huir provocado por la náusea de escapar de aquella bulliciosa boca de la cueva, se despertó un impulso odiosamente conflictivo de regresar; de recorrer mi camino de regreso por todas las catacumbas como los demás habían hecho; de descender donde ningún hombre excepto ellos, los inconcebiblemente condenados y malditos, había ido; de buscar, bajo aquella maldita compulsión, un mundo subterráneo que el pensamiento humano no puede concebir. Había una luz negra, una llamada insonora, en las profundidades de mi cerebro; la llamada implantada por la Cosa, como un veneno penetrante y mágico. Me atraía a la puerta subterránea que fue tapiada por la gente agonizante de Yoh—Vombis, para encerrar esas infernales e inmortales sanguijuelas que unen su propia vida abominable a los cerebros medio devorados de los muertos. Me llamaba a las profundidades remotas, en donde habitan aquellos apestosos, nigrománticos, de quienes las sanguijuelas, con todo su poder vampírico y diabólico, no son sino los menores sirvientes...

Fueron sólo los dos aihais los que me impidieron regresar. Me revolví, luché locamente contra ellos mientras me sujetaban con sus brazos esponjosos; pero debía estar bastante agotado a causa de todas las aventuras sobrehumanas de aquel día; y volví a desplomarme, al cabo de un rato, en una nada insondable, saliendo de la cual floté a largos intervalos, para darme cuenta de que estaba siendo acarreado a través del desierto en dirección a Ignarh. Bien, ésta ha sido mi historia. He intentado contarla por completo y coherentemente a un precio que resultaría inconcebible pana alguien cuerdo... Contarla antes de que la locura descienda de nuevo sobre mí, como lo hará muy pronto..., como lo está haciendo ahora... Sí, os he contado mi historia... y vosotros la habéis escrito toda, ¿no? Ahora debo regresar a Yoh—Vombis, regresar por el desierto y bajar por las catacumbas a las criptas más amplias que están debajo. Hay algo en mi cerebro que me lo ordena y que me guiará..., os lo digo, debo ir...

Postdata:
Como interno en el hospital terrestre de Ignarh, tuve a mi cargo el caso singular de Rodney Severn, el único miembro superviviente de la expedición Octave a Yoh—Vombis, y tomé nota de la narración anterior siguiendo su dictado. Severn había sido transportado al hospital por los guías marcianos de expedición. Sufría de unas condiciones de horrible desgarro e inflamación en frente y cuero cabelludo, así como de un delirio extremo durante parte del tiempo, y tenía que ser atado a la cama durante los recurrentes ataques de una locura frenética que resultaba doblemente inexplicable a la vista de su extrema debilidad.

Los desgarros, como se habrá desprendido de la narración, eran principalmente autoinfligidos. Estaban mezclados con numerosas heridas pequeñas redondas, fáciles de distinguir de los desgarramientos del cuchillo, y situadas en círculos regulares. A través de éstas, un veneno desconocido había sido inyectado en el cuero cabelludo de Severn. La causa de estas heridas es difícil de explicar; a no ser que uno considere que la narración de Severn es cierta, y no se trata de una simple invención de su enfermedad.

Hablando en nombre propio, a la luz de lo que más tarde ocurrió, considero que no tengo otra salida que creerlo. Hay cosas extrañas en el planeta rojo; y tan sólo puedo secundar el deseo que fue expresado por el arqueólogo condenado en relación a futuras exploraciones. La noche siguiente a que hubiese terminado de contarme su historia, mientras otro doctor que no era yo mismo estaba de guardia, Severn consiguió escaparse del hospital, sin duda durante uno de los extraños ataques que he mencionado; una cosa de lo mas sorprendente, porque parecía más débil que nunca, después del largo esfuerzo de su terrible narración, y su fallecimiento se esperaba de hora en hora. Aún mas sorprendente, sus pisadas desnudas fueron encontradas en el desierto, dirigiéndose a Yoh—Vombis; hasta que desaparecieron en el curso de una leve tormenta de arena; pero ningún resto del propio Severn ha sido descubierto todavía".

Clark Ashton Smith

sábado, 18 de julio de 2015

"Caronte"

"Caronte se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas del mundo eran una con su infinito cansancio.

Para él, la cuestión no se reducía a simples años o siglos, sino a ilimitados flujos de tiempo, y a una antigua pesadez y a un punzante dolor en los brazos, que se habían convertido en parte de un laberinto creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.

Si los dioses le hubieran enviado siquiera un viento contrario esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.

Tan grises resultaban las cosas donde él estaba, que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.

Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma sombría. Caronte sólo se inclinaba hacia adelante, y remaba.

Entonces nadie arribó a sus costas por un tiempo. No era usual que los dioses no enviasen a nadie desde la Tierra; pero claro, los Dioses saben.

Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote negro zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte enorme y abatido remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.

Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.

Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Caronte volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.

"Soy el último", dijo.

Nunca nadie había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie lo había hecho llorar".

Lord Dunsany

viernes, 17 de julio de 2015

"El Cuarteto de Cuerda"

"Bueno, aquí estamos, y si lanzas una ojeada a la estancia, advertirás que el ferrocarril subterráneo y los tranvías y los autobuses, y no pocos automóviles privados, e, incluso me atrevería a decir, landos con caballos bayos, han estado trabajando para esta reunión, trazando líneas de un extremo de Londres al otro. Sin embargo, comienzo a albergar dudas...

Sobre si es verdad, tal como dicen, que Regent Street está floreciente, y que el Tratado se ha firmado, y que el tiempo no es frío si tenemos en cuenta la estación, e incluso que a este precio ya no se consiguen pisos, y que el peor momento de la gripe ha pasado; si pienso en que he olvidado escribir con referencia a la gotera de la despensa, y que me dejé un guante en el tren; si los vínculos de sangre me obligan, inclinándome al frente, a aceptar cordialmente la mano que quizá me ofrecen dubitativamente...

«¡Siete años sin vernos!»
«La última vez fue en Venecia.»
«¿Y dónde vives ahora?»
«Bueno, es verdad que prefiero que sea a última hora de la tarde, si no es pedir demasiado...»
«¡Pero yo te he reconocido al instante!»
«La guerra representó una interrupción...»

Si la mente está siendo atravesada por semejantes dardos, y debido a que la sociedad humana así lo impone—, tan pronto uno de ellos ha sido lanzado, ya hay otro en camino; si esto engendra calor, y además han encendido la luz eléctrica; si decir una cosa deja detrás, en tantos casos, la necesidad de mejorar y revisar, provocando además arrepentimientos, placeres, vanidades y deseos; si todos los hechos a que me he referido, y los sombreros, y las pieles sobre los hombros, y los fracs de los caballeros, y las agujas de corbata con perla, es lo que surge a la superficie, ¿qué posibilidades tenemos?

¿De qué? Cada minuto se hace más difícil decir por qué, a pesar de todo, estoy sentada aquí creyendo que no puedo decir qué, y ni siquiera recordar la última vez que ocurrió.

«¿Viste la procesión?»
«El rey me pareció frío.»
«No, no, no. Pero, ¿qué decías?»
«Que ha comprado una casa en Malmesbury.»
«¡Vaya suerte encontrarla!»

Contrariamente, tengo la fuerte impresión de que esa mujer, sea quien fuere, ha tenido muy mala suerte, ya que todo es cuestión de pisos y de sombreros y de gaviotas, o así parece ser, para este centenar de personas aquí sentadas, bien vestidas, encerradas entre paredes, con pieles, repletas, y conste que de nada puedo alardear por cuanto también yo estoy pasivamente sentada en una dorada silla, limitándome a dar vueltas y revueltas a un recuerdo enterrado, tal como, todos hacemos, por cuanto hay indicios, si no me equivoco, de que todos estamos recordando algo, buscando algo furtivamente. ¿Por qué inquietarse? ¿Por qué tanta ansiedad acerca de la parte de los mantos correspondiente al asiento; y de los guantes, si abrochar o desabrochar? Y mira ahora esa anciana cara, sobre el fondo del oscuro lienzo, hace un momento cortés y sonrosada; ahora taciturna y triste, cual ensombrecida. ¿Ha sido el sonido del segundo violín, siendo afinado en la antesala? Ahí vienen. Cuatro negras figuras, con sus instrumentos, y se sientan de cara a los blancos rectángulos bajo el chorro de luz; sitúan los extremos de sus arcos sobre el atril; con un simultáneo movimiento los levantan; los colocan suavemente en posición, y, mirando al intérprete situado ante él, el primer violín cuenta uno, dos, tres... ¡Floreo, fuente, florecer, estallido! El peral en lo alto de la montaña. Chorros de fuente; gotas descienden. Pero las aguas del Ródano se deslizan rápidas y hondas, corren bajo los arcos, y arrastran las hojas caídas al agua, llevándose las sombras sobre el pez de plata, el pez moteado es arrastrado hacia abajo por las veloces aguas, y ahora impulsado en este remanso donde —es difícil esto— se aglomeran los peces, todos en un remanso; saltando, salpicando, arañando con sus agudas aletas; y tal es el hervor de la corriente que los amarillos guijarros se revuelven y dan vueltas, vueltas, vueltas, vueltas —ahora liberados—, y van veloces corriente abajo e incluso, sin que se sepa cómo, ascienden formando exquisitas espirales en el aire; se curvan como delgadas cortezas bajo la copa de un plátano; y suben, suben... ¡Cuan bella es la bondad de aquellos que, con paso leve, pasan sonriendo por el mundo! ¡Y también en las viejas pescaderas alegres, en cuclillas bajo arcos, viejas obscenas, que ríen tan profundamente y se estremecen y balancean, al andar, de un lado para otro, ju, ja!

«Mozart de los primeros tiempos, claro está...»
«Pero la melodía, como todas estas melodías, produce desesperación, quiero decir esperanza. ¿Qué quiero decir? ¡Esto es lo peor de la música! Quiero bailar, reír, comer pasteles de color de rosa, beber vino leve y con mordiente. O, ahora, un cuento indecente... me gustaría. A medida que una entra en años, le gusta más la indecencia. ¡Ja, ja! Me río. ¿De qué?
No has dicho nada, ni tampoco el anciano caballero de enfrente. Pero supongamos, supongamos... ¡Silencio! »

El melancólico río nos arrastra. Cuando la luna sale por entre las lánguidas ramas del sauce, veo tu cara, oigo tu voz, y el canto del pájaro cuando pasamos junto al mimbral. ¿Qué murmuras? Pena, pena. Alegría, alegría. Entretejidos, como juncos a la luz de la luna. Entretejidos, sin que se puedan destejer, entremezclados, atados con el dolor, liados con la pena, ¡choque!

La barca se hunde. Alzándose, las figuras ascienden, pero ahora, delgadas como hojas, afilándose hasta convertirse en un tenebroso espectro que, coronado de fuego, extrae de mi corazón sus mellizas pasiones. Para mí canta, abre mi pena, ablanda la compasión, inunda de amor el mundo sin sol, y tampoco, al cesar, cede en ternura, sino que hábil y sutilmente va tejiendo y destejiendo, hasta que en esta estructura, esta consumación, las grietas se unen; ascienden, sollozan, se hunden para descansar, la pena y la alegría.

¿Por qué apenarse? ¿Qué quieres? ¿Sigues insatisfecha? Diría que todo ha quedado «n reposo. Sí, ha sido dejado en descanso bajo un cobertor de pétalos de rosa que caen. Caen. Pero, ah, se detienen. Un pétalo de rosa, que cae desde una enorme altura, como un diminuto paracaídas arrojado desde un globo invisible, da la vuelta sobre sí mismo, se estremece, vacila. No llegará hasta nosotros.

«No, no, no he notado nada. Esto es lo peor de la música, esos tontos ensueños. ¿Decías que el segundo violín se ha retrasado?»
«Ahí va la vieja señora Munro, saliendo a tientas. Cada día está más ciega, la pobre. Y con este suelo resbaladizo.»

Ciega ancianidad, esfinge de gris cabeza... Ahí está, en la acera, haciendo señas, tan severamente, al autobús rojo.

«¡Delicioso! ¡Pero qué bien tocan! ¡Qué — qué — qué!»

La lengua no es más que un badajo. La mismísima simplicidad. Las plumas del sombrero contiguo son luminosas y agradables, como una matraca infantil. La hoja del plátano destella en verde por la rendija de la cortina. Muy extraño, muy excitante.

«¡Qué — qué — qué!» ¡Silencio!
Estos son los enamorados sobre el césped.
«Señora, si me permite que coja su mano...»
«Señor, hasta mi corazón le confiaría. Además hemos dejado los cuerpos en la sala del banquete. Y eso que está sobre el césped son las sombras de nuestras almas.»
«Entonces, esto son abrazos de nuestras almas.» Los limoneros se mueven dando su asentimiento. El cisne se aparta de la orilla y flota ensoñado hasta el centro de la corriente.
«Pero, volviendo a lo que hablábamos. El hombre me siguió por el pasillo y, al llegar al recodo, me pisó los encajes del viso. ¿Y qué otra cosa podía hacer sino gritar ¡Ah!, pararme y señalar con el dedo? Y entonces desenvainó la espada, la esgrimió como si con ella diera muerte a alguien, y gritó: ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! Ante lo cual, yo grité, y el príncipe, que estaba escribiendo en el gran libro de pergamino, junto a la ventana del mirador, salió con su capelo de terciopelo y sus zapatillas de piel, arrancó un estoque de la pared —regalo del rey de España, ¿sabe?—, ante lo cual yo escapé, echándome encima esta capa para ocultar los destrozos de mi falda, para ocultar... ¡Escuche! ¡Las trompas!»

El caballero contesta tan aprisa a la dama, y la dama sube la escalinata con tal ingenioso intercambio de cumplidos que ahora culminan con un sollozo de pasión, que no cabe comprender las palabras a pesar de que su significado es muy claro —amor, risa, huida, persecución, celestial dicha—, todo ello surgido, como flotando, de las más alegres ondulaciones de tierno cariño, hasta que el sonido de las trompas de plata, al principio muy a lo lejos, se hace gradualmente más y más claro, como si senescales saludaran al alba o anunciaran temiblemente la huida de los enamorados... El verde jardín, el lago iluminado por la luna, los limoneros, los enamorados y los peces se disuelven en el cielo opalino, a través del cual, mientras a las trompas se unen las trompetas, y los clarines les dan apoyo, se alzan blancos arcos firmemente asentados en columnas de mármol... Marcha y trompeteo. Metálico clamor y clamoreo. Firme asentamiento. Rápidos cimientos. Desfile de miríadas. La confusión y el caos bajan a la tierra. Pero esta ciudad hacia la que viajamos carece de piedra y carece de mármol, pende eternamente, se alza inconmovible, y tampoco hay rostro, y tampoco hay bandera, que reciba o dé la bienvenida. Deja pues que tu esperanza perezca; abandono en el desierto mi alegría; avancemos desnudos. Desnudas están las columnatas, a todos ajenas, sin proyectar sombras, resplandecientes, severas. Y entonces me vuelvo atrás, perdido el interés, deseando tan sólo irme, encontrar la calle, fijarme en los edificios, saludar a la vendedora de manzanas, decir a la doncella que me abre la puerta: Noche estrellada.

«Buenas noches, buenas noches. ¿Va en esta dirección?»
«Lo siento, voy en la otra.»"

Virginia Woolf

jueves, 16 de julio de 2015

"El Enemigo"

"Es de noche, la criadita Varka, una chiquilla de trece años, mece en la cuna al niño, canturreando: Duerme, duerme, niño lindo, que viene el coco...

Una lámpara verde, encendida ante el icono, alumbra con luz débil e incierta. Colgados en una cuerda se ven unos pañales y un pantalón negro. La lámpara proyecta en el techo un gran círculo verde; las sombras de los pañales y el pantalón se agitan, como sacudidos por el viento, sobre la estufa, sobre la cuna y sobre Varka.

La atmósfera es densa. Huele a pieles y a sopa de col.

El niño llora. Está afónico de tanto llorar, pero sigue gritando cuanto le permiten sus fuerzas. Diríase que su llanto no va a acabar nunca.

Varka está muerta de sueño. A pesar de todos sus esfuerzos, sus ojos se cierran y, por más que intenta evitarlo, cabecea. Apenas puede mover los labios; siente el rostro como de madera y la cabeza pequeñita como la de un alfiler.

Duerme, duerme, niño lindo...

Se oye el canto monótono de un grillo escondido en una grieta de la estufa. En el cuarto inmediato roncan el maestro y el aprendiz Afanazy. La cuna, al mecerse, gime quejumbrosamente. Todos estos ruidos se mezclan con el canturreo de Varka en una música adormecedora, que es grato oír desde la cama. Pero Varka no puede acostarse, y la música la exaspera, pues le da sueño y ella no puede dormir. Si se durmiese los amos le pegarían.

La lámpara está a punto de apagarse. El círculo verde del techo y las sombras se agitan ante los ojos entrecerrados de Varka, en cuyo cerebro medio dormido surgen vagos recuerdos.

En ellos ve correr por el cielo nubes negras que lloran a gritos, como niños de teta. Pero el viento no tarda en barrerlas, y Varka ve un ancho camino, lleno de lodo, por el que transitan, en fila interminable, coches, gentes con talegos a la espalda y sombras. A uno y otro lado del camino, envueltos en la niebla hay bosques. De súbito, las sombras y los caminantes de los talegos se tienden en el lodo.

-¿Por qué hacéis eso? -les pregunta Varka.
-¡Para dormir! -le contestan- Queremos dormir.

Y se duermen como lirones.

Cuervos y urracas, posados en los alambres del telégrafo, se empeñan en despertarlos.

Duerme, duerme, niño lindo... canturrea Varka entre sueños.

Momentos después sueña hallarse en casa de su padre. La casa es angosta y oscura. Su padre, Efim Stepanov, fallecido hace tiempo, se revuelca por el suelo. Ella no lo ve, pero oye sus gemidos de dolor. Sufre tanto (de no se sabe qué enfermedad) que no puede hablar. Jadea y rechina los dientes.

-Bu-bu-bu-bu...

La madre de Varka corre a la casa señorial a anunciar que su marido está muriéndose. Pero, ¿por qué tarda tanto en volver? Hace largo rato que se ha ido y debía estar de vuelta ya.

Varka, acostada en la estufa, sueña que sigue oyendo quejarse y rechinar los dientes a su padre. Más he aquí que se acerca gente a la casa. Se oye un trotar de caballos. Los señores han enviado al joven médico a ver al moribundo. Entra. No se le ve en la obscuridad, pero se le oye toser y abrir la puerta.

-¡Encended alguna luz! -dice.
-¡Bu-bu-bu! —responde Efim, rechinando los dientes.

La madre de Varka va y viene por el cuarto, buscando cerillas. Reina el silencio durante algunos instantes. El médico saca del bolsillo una cerilla y la enciende.

-¡Espere un instante, señor doctor! -dice la madre.
Sale corriendo y vuelve a poco con un cabo de vela.
Las mejillas del moribundo están rojas, sus ojos brillan, sus miradas parecen hundirse extrañamente agudas en el médico, en las paredes.

-¿Qué te pasa, muchacho? -le pregunta el médico, inclinándose sobre él- ¿Hace mucho que estás enfermo?
-¡Estoy en las últimas, excelencia! -contesta, con mucho trabajo, Efim- No me hago ilusiones...
-¡Vamos, no digas sandeces! Ya verás como te curas...
-Gracias, excelencia; pero bien sé yo que no hay remedio... Cuando la muerte llama a la puerta, es inútil querer luchar contra ella...

El médico reconoce detenidamente al enfermo y declara:

-Yo no puedo hacer nada. hay que llevarlo al hospital para que lo operen. Pero sin perdida de tiempo. Aunque ya es muy tarde, no importa; te daré cuatro letras para el médico y te recibirá. ¡Pero enseguida, enseguida!
-Señor doctor, ¿y cómo va a ir? -pregunta la madre- No tenemos caballo.
-No importa; hablaré a los señores para que os dejen uno.

El médico se marcha, la vela se apaga y de nuevo se oye el rechinar de dientes del moribundo.

-Bu-bu-bu-bu...

Media hora después un coche se detiene ante la casa; lo mandan los señores para llevar a Efim al hospital. A poco el coche se aleja, conduciendo al enfermo. Por fin la noche acaba y sale el sol. La mañana es hermosa, clara. Varka se queda sola en casa; su madre se ha ido al hospital a ver cómo sigue el marido.

Se oye llorar a un niño, se oye también una canción:

Duerme, duerme, niño lindo...

A Varka le parece que la voz que canta es su propia voz. Su madre no tarda en regresar. Se persigna y dice:
-¡Acaban de operarlo, pero ha muerto! ¡Que Dios lo tenga en su gloria! El médico dice que ha sido demasiado tarde; que debía habérsele operado hace mucho tiempo.

Varka sale de la casa y se dirige al bosque. Pero, de pronto, siente un terrible manotazo en la nuca. Se despierta y ve con horror a su amo, que le grita:

-¡Ah, sinvergüenza! ¡El niño llorando y tú durmiendo!

Le da un tirón de orejas; ella sacude la cabeza como para ahuyentar el sueño irresistible y empieza de nuevo a mecer la cuna, canturreando con voz ahogada. El círculo verde del techo y las sombras siguen produciendo un efecto adormecedor en Varka, que, cuando su amo se va, torna a dormirse. Y empieza otra vez a soñar.

Ve de nuevo el camino enlodado. Infinidad de gente, cargada con talegos, yace dormida en la tierra. Varka quiere acostarse también; pero su madre, que camina a su lado, no la deja; ambas se dirigen a la ciudad en busca de trabajo.

-¡Una limosna por el amor de Dios! -implora la madre a los caminantes- ¡Tened compasión de nosotros, buenos cristianos!

-¡Dame el niño! -grita de pronto una voz que le es muy conocida- ¡Ya te has dormido otra vez, sinvergüenza!

Varka se levanta bruscamente, mira en torno suyo y se da cuenta de la realidad. No hay camino ni caminantes, ni su madre está junto a ella; sólo ve a su ama que ha venido a darle teta al niño.

Mientras el niño mama, Varka, en pie, espera que acabe. el aire empieza a azulear tras los cristales, el círculo verde del techo y las sombras van palideciendo. La noche cede el paso a la mañana.

-¡Toma el niño! -ordena a los pocos minutos el ama, abotonándose la camisa- Siempre está llorando. ¡No sé qué le pasa!

Varka coge el niño, lo acuesta en la cuna, y empieza otra vez a mecerlo. El círculo verde y las sombras, menos perceptibles a cada instante, no ejercen ya ningún influjo sobre su cerebro. Sin embargo, sigue teniendo sueño. Su necesidad de dormir es imperiosa, irresistible. Apoya la cabeza en el bordee de la cuna y balancea el cuerpo siguiendo el ritmo del mueble, para despabilarse. Pero los ojos se le cierran y siente en la frente un peso plúmbeo.

-¡Varka, enciende la estufa! -grita el ama al otro lado de la puerta.

Es de día. Hay que empezar el trabajo.

Varka deja la cuna y va por leña al cobertizo. Se anima un poco; es más fácil resistir el sueño andando que sentado. Lleva leña y enciende la estufa. La niebla que envolvía su cerebro se va disipando.

-¡Varka, prepara el samovar! -grita el ama.

Varka empieza a encender astillas, pero su ama la interrumpe con una nueva orden:

-¡Varka, limpia los chanclos del amo!

Varka, mientras limpia los chanclos, sentada en el suelo, piensa que sería delicioso meter la cabeza en uno de aquellos zapatones para dormir un rato. De pronto, el chanclo que estaba limpiando crece, se hincha, llena toda la estancia. Varka suelta el cepillo y empieza a dormirse; pero hace un nuevo esfuerzo, sacude la cabeza y abre los ojos cuanto puede, para evitar que los trastos que hay a su alrededor sigan moviéndose y creciendo.

-¡Varka, ve a lavar la escalera! -ordena el ama a voces- Está tan cochina, que cuando sube un parroquiano la cara me cae de vergüenza.

Varka lava la escalera, barre las habitaciones, enciende después otra estufa, corre varias veces a la tienda. Son tantos sus quehaceres que no tiene un momento libre. Lo que más esfuerzo le cuesta es permanecer en pie, inmóvil, ante la mesa de la cocina, mondando patatas. Su cabeza se inclina, sin que ella lo pueda evitar, hacia la mesa; las patatas cobran formas fantásticas; su mano no puede sostener el cuchillo. Sin embargo, es necesario no dejarse vencer por el sueño, pues allí está el ama, gorda, malévola, chillona. Hay momentos en que a la pobre muchacha la acomete un violenta tentación de tenderse en el suelo y dormir, dormir, dormir...

Varka, mirando como las tinieblas enlutan las ventanas, se aprieta las sienes, que se siente como de madera, y sonríe de un modo estúpido, sin ningún motivo. Las tinieblas acarician sus ojos y hacen renacer en su alma la esperanza de poder dormir.

Aquella noche hay visitas en la casa.

-¡Varka, enciende el samovar! -grita el ama.

El samovar es muy pequeño y, para que todos puedan tomar té, hay que encenderlo cinco veces. Luego Varka, en pie, espera órdenes, fijos los ojos en los visitantes.

-¡Varka, ve por vodka! Varka, ¿dónde está el sacacorchos? ¡Varka, limpia un arenque!

Por fin las visitas se marchan. Se apagan las luces. Los amos se acuestan.

-¡Varka, mece al niño! -es la última orden.

El grillo canta en la estufa. El círculo verde en el techo y las sombras vuelven a agitarse ante los ojos, medio cerrados, de Varka y a envolverle el cerebro en una niebla.

Duerme, duerme, niño lindo... canturrea la pobre muchacha con voz soñolienta...

El niño berrea tanto que está a dos dedos de encanarse.

Varka, medio dormida, sueña con el ancho camino enlodado, con los caminantes de las talegas, con su madre, con su padre moribundo. No puede darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Sólo sabe que hay algo que la paraliza, pesa sobre ella, le impide vivir. Abre los ojos, tratando de inquirir qué fuerza, qué potencia es esa, y no saca nada en limpio.

Agotada mira el círculo verde, las sombras. En ese momento oye gritar al niño y piensa:

Ése es el enemigo que me impide vivir.

El enemigo es el niño.

Varka se echa a reír. ¿Cómo no se le había ocurrido hasta ahora una idea tan sencilla? Completamente absorbida por tal idea, se levanta y, sonriente, da algunos pasos por la estancia. La llena de gozo el pensar que va a librarse en seguida del niño enemigo. Lo matará y podrá dormir todo lo que quiera.

Riendo, guiñando los ojos, se acerca sigilosamente a la cuna y se inclina sobre el niño. Con las dos manos le atenaza el cuello. El niño se pone azul y a los pocos instantes muere.

Varka, entonces, alegre, feliz, se tiende en el suelo y se queda inmediatamente dormida, con un sueño profundo..."

Antón Chéjov

miércoles, 15 de julio de 2015

"Ithaqua"

"Fué un filósofo chino el que dijo hace muchos años que la verdad, por obvia y simple que sea, resulta siempre increíble debido a que la vida social del hombre se ha convertido en algo tan complejo que la verdad se torna cada vez más difícil de comprender. Ningún otro comentario puede ser más justo que éste con relación a Ithaqua, el Dios de las Nieves.

En la primavera de 1933 aparecieron en la prensa algunos párrafos algo oscuros con referencia a las extrañas creencias de ciertas tribus indias, a la aparente incompetencia del soldado James French de la Real Policía Montada del Noroeste, la desaparición de un tal Henry Lucas, y, finalmente, a la desaparición del soldado French. También hubo cierto revuelo con respecto a una declaración publicada por John Dalhousie, Jefe Provisional de la Real Policía Montada, en su cuartel temporario de Cold Harbor (Manitoba), con fecha 11 de mayo, y referente a ciertas críticas públicas contra el soldado French y contra el manejo del caso Lucas. Finalmente se corrió cierta historia increíble acerca de un extraño dios del gran silencio blanco, la vasta región donde la nieve cubre la tierra durante largos meses del año.

Todos estos fenómenos, aparentemente inconexos entre sí y a los cuales se refirió la prensa con gran desprecio, estaban íntimamente vinculados. El hecho de que existen cosas que debieran seguir ignoradas, cosas realmente horribles y prohibidas para la humanidad, el soldado French lo descubrió, y, después de él, lo descubrió John Dalhousie, quien el 11 de mayo publicó la siguiente declaración:

Muy en contra de mi voluntad escribo en respuesta a las injustas críticas dirigidas contra mí con motivo de la investigación del caso Lucas. La prensa me molesta debido a que este caso continúa sin resolver y, con injustificada aspereza, se insinúa que Henry Lucas no pudo haber salido de su casa y desaparecido, a pesar de las pruebas indiscutibles que prueban que tal fue lo que ocurrió.

Los hechos, para aquellos que leen esta declaración sin conocimientos previos de la desaparición y la investigación subsiguiente llevada a cabo por el soldado James French, son éstos: La noche del 21 de febrero próximo pasado, durante una ligera tormenta de nieve, Henry Lucas salió de su cabaña, ubicada en las afueras de la aldea de Cold Harbor, y no volvió a ser visto nuevamente. Un vecino vio a Lucas dirigirse hacia el antiguo camino de Olassie que pasa cerca de la cabaña del desaparecido, pero en seguida le perdió de vista. Esta fue la última vez que se vio a Lucas con vida. Dos días más temprano, un cuñado suyo llamado Randy Margate, comunicó la desaparición de su pariente, y el soldado French fue enviado de inmediato para investigar el asunto.

El informe de French llegó a mi oficina dos semanas más tarde. Permítaseme afirmar que, a pesar de creer el público lo contrario, el misterio de Lucas fue resuelto. Pero su solución resultó tan fantástica, increíble y espantosa, que este departamento consideró prudente no comunicarla al público. Hemos mantenido esa decisión hasta el día de hoy, y ahora se hace aparente que, por extraña que sea, debemos publicarla a fin de contrarrestar las acerbas críticas que se han dirigido contra esta repartición.

A continuación doy el último informe del soldado James French:

Cold Harbor, 3 de Marzo de 1933.

Señor: Casi me falta valor para comunicarle esto, pues debo escribir algo contra lo que mi carácter se rebela, algo que mi inteligencia me dice que es imposible. ¡Y sin embargo es la verdad! Sí, todo es como se nos dijo: Lucas salió de su casa y desapareció; mas no soñamos siquiera la razón de que saliera, ni tampoco sospechamos que algo acechaba en el bosque, esperándolo...

Llegué aquí el 25 de febrero y me dirigí de inmediato a la cabaña de Lucas, donde conversé con Margate. Este, empero, no podía decirme nada, ya que llegó desde la aldea vecina, comprobó la desaparición de su cuñado, y dio parte a nosotros. Poco después de conversar conmigo, se fue a su casa, situada en Navissa Camp. Me encaminé entonces a casa del vecino que viera por última vez al desaparecido. El hombre parecía muy poco dispuesto a hablar, y tuve dificultad en entenderle debido a que, aparentemente, es medio indio y descendiente de las antiguas tribus que aún abundan por estos contornos. Me mostró el sitio donde viera a Lucas por última vez, e indicó que las huellas del hombre se detenían repentinamente. Me dijo esto con cierta excitación, y señalando hacia la selva, por sobre un claro, declaró con tono incierto que seguramente la nieve había cubierto ya el resto de las huellas. Pero el lugar parecía estar expuesto al viento, y no quedaba allí mucha nieve. Realmente, en algunos sitios todavía eran visibles las huellas de Lucas, y más allá del lugar de donde al parecer desapareció, no encontré ninguna de las suyas, aunque había huellas de Margate y de uno o dos más.

A la vista de los descubrimientos siguientes, este hecho resulta muy significativo. Por cierto que Lucas no caminó más allá de ese sitio, y es bien seguro que no regresó a su cabaña. Desapareció del lugar tan completamente como si nunca hubiera existido. Traté entonces, como he seguido haciéndolo, de explicarme cómo pudo Lucas haber desaparecido sin dejar rastros; pero no existe más que una explicación, la que en seguida detallaré, por increíble que parezca. Pero antes de hacerlo, debo presentar algunas pruebas que me parecen importantes.

Recordará usted que dos veces durante el transcurso del año pasado el padre Brisbois, el sacerdote viajero, comunicó la desaparición de niños indios de Cold Harbor. En cada uno de los casos se nos informó que los niños habían reaparecido antes de que comenzáramos la investigación. Apenas había estado allí un día cuando me enteré de que los niños no reaparecieron nunca, que, además, hubo muchas desapariciones en Cold Harbor, respecto a las cuales nunca se nos comunicó nada, y que, aparentemente, la desaparición de Lucas era una de tantas. No obstante, éste último parece haber sido el primer blanco a quien ocurre tal cosa.

Hice varios descubrimientos muy singulares que no me produjeron una impresión muy favorable, y de inmediato comprendí que el caso era muy extraño. Detallo a continuación mis descubrimientos en orden de importancia:

1) Lucas no era hombre que resultara simpático a nadie. Repetidas veces engañó a los indios y, estando ebrio, trató una vez de inmiscuirse en un asunto religioso. Considero esto como un motivo.

2) La población (india en su casi totalidad) se niega a dar informes de ninguna clase. Algunos se muestran temerosos, otros hoscos, y algunos desafiantes y hasta me hacen advertencias veladas. Un médico brujo, cuando fue interrogado, contestó: "Mire usted, hay cosas que no conviene conocer. Una de ellas es Ithaqua, a quien ningún hombre puede mirar sin adorar. El solo verlo significa la muerte, como la helada en lo profundo de la noche." No pude obtener ninguna aclaración de estas palabras. No obstante, han tomado una gran significación, como lo comprobará usted.

3) Existe aquí una religión muy antigua y extraña. Respecto a esto último doy detalles a continuación.

Frecuentes insinuaciones de la relación entre las grandes hogueras vistas en la selva limitada por el viejo sendero de Olassie, súbitos temporales de nieve, y las desapariciones, me pusieron al fin sobre la pista de la religión de estos indios. Creí al principio que las referencias veladas de los nativos con respecto a la selva y a la nieve no eran más que expresiones del temor a los elementos que es tan común entre la gente que vive en regiones desoladas. Aparentemente cometí un error en mis apreciaciones, pues el segundo día después de mi llegada, el padre Brisbois se presentó en Cold Harbor y me vio durante uno de sus servicios religiosos. De inmediato envió a uno de sus sacristanes para comunicarme que deseaba conversar conmigo. Una vez terminada la misma, fui a verle.

Él suponía que estaba yo ocupado en investigar las desapariciones que nos comunicara, y expresó sorpresa cuando supo que los padres de los niños afirmaban haberlos encontrado.

-Entonces sospecharon de mis intenciones -explicó- y evitaron la investigación. Pero, claro está, usted ya sabe que los niños no han sido encontrados, ¿verdad?

Dije que ya lo sabía, y le rogué me contara lo que supiera respecto a las misteriosas desapariciones. Su actitud me sorprendió.

-No puedo decirle nada porque no me creería usted -respondió-. Pero dígame, ¿ha estado usted en la selva? ¿Por el viejo camino de Olassie? -Ante mi negativa, continuó-: Entonces vaya usted a la selva y vea si puede hallar los altares. Cuando los encuentre, vuelva y dígame lo que opina de ellos. Yo permaneceré en Cold Harbor por dos o tres días.

Eso fue todo lo que quiso decirme. Comprendí entonces que había algo raro en la selva, y aunque caía ya la tarde, emprendí la marcha por el viejo camino de Olassie y entré a los bosques, aunque no sin calcular cuidadosamente las horas de luz que me quedaban. Me adentré cada vez más en esa tierra virgen, y finalmente llegué a un sendero que se veía en la nieve. Al notar que se habían hecho esfuerzos para disimularlo, comprendí que estaba sobre la pista de algo interesante. Lo seguí y no tuve dificultad en encontrar los altares a que se refiriera el padre Brisbois. Eran unos extraños círculos de piedra, alrededor de los cuales la nieve parecía muy pisoteada. Esa fue mi primera impresión; pero cuando me acerqué a esos círculos, vi que la nieve era como vidrio, suave, pero no resbaladiza, y no parecía estar pisoteada solamente por pies humanos. Dentro de los círculos, la nieve era tan suave como plumones.

Estos círculos son bastante grandes, casi de veinte metros de diámetro, y lo forman unas piedras raras que parecen congeladas, o alguna roca vidriosa que no recuerdo haber visto nunca. Cuando extendí la mano para tocar una de ellas, sentí un sacudón como si hubiera recibido una descarga eléctrica; agregue usted a esto el hecho de que la piedra es antiquísima e increíblemente fría, y ya podrá usted imaginarse la extrañeza con la que observé ese extraño lugar de adoración. Había tres círculos, no muy lejos uno de otro. Habiéndolos examinado desde el exterior, entré en el primero de ellos y encontré, como ya he indicado antes, que la nieve era extraordinariamente suave. Aquí y allá se veían huellas. Creo que las miré con poco interés durante un momento antes de darme cuenta de su significación. Entonces me dejé caer de rodillas y las examiné cuidadosamente.

La prueba que tenía ante mis ojos era bien clara. Las huellas pertenecían a un hombre calzado con zapatos, un hombre blanco, por cierto, pues los indios de los alrededores no usan zapatos, y las huellas eran las mismas que dejara Henry Lucas en el claro de donde desapareciera. Al ver esto, consideré que debía trabajar basándome en la hipótesis de que las huellas pertenecían a Lucas. Pero lo más extraordinario respecto a ellas es que demostraban que el hombre que las hizo no entró caminando al círculo, ni salió tampoco andando. El sitio de entrada -o, mejor dicho, el comienzo de la línea de huellas- no estaba muy lejos de donde me hallaba yo; allí vi señales de que le habían arrojado o dejado caer dentro del círculo.

El hombre se había levantado y comenzado a caminar alrededor hacia la única entrada del extraño altar; pero allí vacilaban sus huellas y se volvían de nuevo hacia adentro. Caminó cada vez más rápido, comenzó luego a correr, y, bruscamente, sus huellas se detenían por completo, interrumpidas en el medio de la circunferencia de piedras. No era posible un error al respecto, pues, mientras las primeras huellas estaban ligeramente cubiertas por la nieve, la caída de la nieve cesó aparentemente en el mismo momento en que se detenían las huellas.

Mientras examinaba todo esto, tuve la molesta sensación de que me vigilaban. Escudriñé la selva con disimulo, pero nada se presentó a mi vista. Empero, la sensación de ser observado persistía, y una creciente inquietud se apoderó de mí; de manera que sentí la proximidad de un peligro dentro de ese extraño y silencioso círculo de piedras, perdido en lo más profundo de los silenciosos bosques. A poco salí del altar y me dirigí hacia la selva con cierta aprensión. Entonces me encontré con los restos de grandes hogueras, y recordé las veladas insinuaciones de algunos de los nativos de Cold Harbor. El hecho de que las huellas de Lucas estuvieran dentro del círculo, vinculaba los fuegos a su desaparición, y, como ya he indicado, estaba cayendo nieve en el momento en que Lucas se hallaba dentro del altar de piedras. Recordé también que de vez en cuando se hicieron algunos comentarios respecto a grandes hogueras que solían verse en los bosques cercanos al camino de Olassie, cuando ese camino estaba en uso hace algunos años. Examiné las cenizas; aunque, debido a la proximidad de la noche, no pude hacerlo con gran minuciosidad. Aparentemente habían quedado sólo agujas de pino.

Entonces vi que no sólo se me echaba encima la oscuridad, sino que también el cielo se mostraba nublado y que los copos de nieve comenzaban a caer por entre las ramas de los árboles. Allí tenía ante mi vista otra prueba: un súbito temporal de nieve. Pues unos minutos antes el cielo no mostraba nube alguna. Uno por uno, todos esos detalles extraños estaban tomando forma tangible ante mis ojos. Durante todo este tiempo me seguía dominando la impresión de que alguien observaba todos mis movimientos; de manera que obré en forma de poder sorprender a cualquiera que estuviese oculto en el bosque. Las hogueras se hallaban detrás de los altares, y al volverme hice frente a los círculos de piedra. Ya, como he dicho, estaba oscureciendo y caía nieve, pero vi algo. Fue algo así como una nube de nieve que pendiera por sobre los altares, como una enorme masa informe de nieve apretada; no un montón de copos, aunque los copos la rodeaban. Y no tenía color blanco, sino más bien un matiz azul verdoso que lentamente se iba tornando purpúreo. Deseo señalar que a la sazón no estaba enterado yo de nada extraño, y sabía perfectamente bien que a veces los cambios de luces del crepúsculo suelen afectar la visión.

Mas, al adelantarme y pasar frente a los altares, me volví, viendo entonces que la mitad superior de ese extraño ser se movía independientemente de la inferior. Mientras permanecía mirándolo comenzó a desvanecerse, tal como si se disolviera en la nieve que caía, hasta que finalmente desapareció por completo. Entonces me asusté, temiendo que esa cosa extraña me rodeara mezclada con la nieve que caía por todos lados. Por primera vez en mi vida sentí temor de los bosques, de la noche y de la nieve silenciosa. Me volví para echar a correr, pero no antes de ver algo que me heló la sangre en las venas. Donde estuviera un momento antes la imagen de nieve, se veían ahora un par de ojos verdes y relucientes que pendían como estrellas por sobre los altares circulares.

No me avergüenza confesar que corrí como si me persiguiera una manada de lobos hambrientos. Todavía doy gracias a Dios por haber guiado mi loca carrera hacia la relativa seguridad del camino de Olassie, donde todavía brillaba un poco de luz y donde la primera vez me detuve. Me volví para mirar hacia los bosques; mas no se veía otra cosa que la nieve que caía profusamente. Todavía me dominaba el miedo, y casi imaginé oír un susurro entre los copos de nieve; un murmullo infernal que me ordenaba regresar a los altares. Tan insinuante y claro era, que por un momento estuve a punto de volverme y lanzarme hacia la oscuridad del bosque. Luego me sobrepuse y corrí por el camino en dirección a Cold Harbor.

Me encaminé directamente a la casa del doctor Telfer, donde se alojaba el padre Brisbois. El sacerdote se alarmó al ver mi rostro demudado por el terror, y el doctor Telfer quiso darme un sedativo, el que rechacé. Les conté de inmediato lo que acababa de ver. Por la expresión de su rostro me figuré que mi relato no era novedad inesperadada para el cura; pero el doctor aseguró que era yo la víctima de una ilusión óptica muy común por estas latitudes cuando llega el crepúsculo. Pero el padre Brisbois no se mostró de acuerdo con él. A decir verdad, el sacerdote insinuó que había yo penetrado un velo que está siempre presente aunque rara vez es visto, y que lo que yo viera no era una ilusión, sino una prueba tangible de un horroroso mundo del más allá, que por suerte no conocen la mayoría de los seres humanos.

Me preguntó si había notado que los indios eran de un linaje muy antiguo, probablemente de origen asiático. Admití haberlo notado. Entonces observó algo respecto a la adoración de dioses que eran antiguos antes de que el hombre apareciera sobre la faz de la tierra. Le pregunté qué quería decir con dioses antiguos.

Sus palabras fueron las siguientes:

-Se trata de conocimientos profundos que nos han llegado procedentes de seres muy alejados de la humanidad. Existe, por ejemplo, la horrorosa y sugestiva narración acerca de Hastur el Inmencionable, y de sus horrendos descendientes.

Protesté que basaba sus afirmaciones solamente en las leyendas.

-Sí -replicó-; pero no olvide usted que no existen leyendas que no estén firmemente arraigadas a algo real, aunque ese algo existiera en un pasado tan remoto que está fuera del alcance de la memoria del hombre. El maligno Hastur, quien llamó en su ayuda a los espíritus elementales y los subyugó a su voluntad, esas fuerzas elementales todavía son adoradas en los sitios más remotos de este mundo. El Caminante del Viento, e Ithaqua, el dios del gran silencio blanco, el único dios del cual no se ven señales en los totems. Al fin y al cabo, ¿no tenemos, acaso, nosotros nuestra leyenda bíblica sobre la lucha entre las fuerzas elementales de Bien y del Mal, personificadas por nuestra deidad y las huestes de Satán en la era anterior al amanecer de nuestra tierra?

Quise protestar, quise decir con gran vehemencia que lo que afirmaba era imposible; mas no pude hacerlo. El recuerdo de lo que viera pendiente sobre el círculo de piedras, en lo más profundo de la selva, me impidió hablar. Esto y el hecho de que un viejo indio mencionó en mi presencia el mismo nombre que acababa de pronunciar el sacerdote: Ithaqua. Viendo el curso que tomaba la conversación, pregunté:

-¿Quiere usted decir que los indios de los alrededores adoran a esa cosa que llaman Ithaqua, y ofrecen sus niños como sacrificio humano? Entonces, ¿cómo explicar la desaparición de Lucas? ¿Y quién o qué es realmente Ithaqua?
-Quiero decir exactamente eso, sí. Es la única teoría que pueda explicar la pérdida de los niños. En cuanto a Lucas, le diré que era muy poco popular; siempre estafaba a los indios, y una vez tuvo un entredicho con ellos al borde de la selva; eso ocurrió pocos días antes de su desaparición. Con respecto a Ithaqua y a su identidad..., no estoy en condiciones de contestar. Existe la creencia que sólo sus creyentes pueden mirarle; el hacerlo sin adorarlo significa la muerte. ¿Qué es lo que vio usted sobre los altares? ¿Ithaqua? ¿Es él el espíritu del agua o del viento, o es realmente un dios de este gran silencio blanco, el ser de nieve, una manifestación del cual usted vio?
-Pero, ¡cielos, sacrificios humanos! -exclamé yo, y luego agregué-: Dígame, ¿no se ha vuelto a encontrar a ninguno de esos niños?
-Yo sepulté a tres de ellos -replicó el cura pensativamente-. Fueron encontrados en la nieve a poca distancia de aquí..., metidos dentro de hermosas mortajas de nieve, tan suaves como plumones, y sus cuerpos estaban más fríos que el hielo, aunque dos de ellos vivían todavía cuando se les encontró, y murieron poco tiempo después.

No supe qué decir. Si se me hubiera comunicado todo esto antes de ir a la selva, me hubiera burlado abiertamente, como lo presintiera el Padre Brisbois. Pero yo vi algo en la selva y no era nada humano; nada que se pareciera remotamente a los seres humanos.

-Comprenda usted; no digo que vi lo que el Padre Brisbois describiera como el "dios del gran silencio blanco", lo que los indios llaman Ithaqua, pero sí vi algo.

En ese momento se presentó alguien en la casa con el asombroso anuncio de que se acababa de hallar el cuerpo de Lucas, y a pedir que el médico lo examinara. Nosotros tres salimos tras el indio que nos llevó este mensaje, y fuimos a un sitio no muy alejado de la factoría, donde una gran multitud de nativos rodeaba lo que al principio pareció ser una enorme y reluciente bola de nieve. Mas no era una bola de nieve.

Era el cuerpo de Henry Lucas, tan frío como las piedras que tocara yo en el altar; y el cuerpo estaba envuelto en una capa de nieve tejida. Escribo tejida, porque estaba tejida. Era como un hermoso tul casi impalpable, de un blanco brillante, con matices apenas visibles de verde y azul, y cuando arrancamos la cubierta de nieve del cuerpo, sentimos la impresión de estar destrozando una tela endurecida y quebradiza. Recién cuando terminamos de arrancar la envoltura, descubrimos que Henry Lucas no estaba muerto. El doctor Telfer apenas pudo dar crédito a sus sentidos, aunque ya había visto dos casos similares al que se presentaba ahora. El cuerpo estaba tan frío, que a duras penas pudimos tocarlo; sin embargo, el corazón seguía latiendo imperceptiblemente; y una vez en la casa de Telfer, ya el cuerpo rodeado de temperatura normal, el corazón latió con más firmeza.

-Parece imposible -manifestó el médico-; pero así es. Sin embargo, está moribundo.
-Espero que recobre el conocimiento -dijo el cura.

Pero el doctor sacudió la cabeza.

-Imposible.

Y entonces Lucas comenzó a hablar en el delirio. Primero emergió de sus labios un sonido monótono e incomprensible. Luego comenzaron a salir palabras lentas, separadas entre sí, y finalmente frases enteras. Tanto el cura como yo las anotamos, y más tarde hicimos una comparación de nuestras notas. Esta es una muestra de lo que dijo Lucas:

-¡Oh, suave y hermosa nieve!.. .Ithaqua, toma mi cuerpo, que el dios de la nieve me lleve, que el gran dios del silencio blanco me lleve al pie de aquél más grande... Hastur, Hastur, adoramus te, adoramus te... ¡Cuán suave la nieve, cuán lentos los vientos, cuán dulce el aroma de los capullos de algarrobo del sur! ¡Oh, Ithaqua, adelante hacia Hastur...

Hubo mucho más por el estilo, y en su mayoría sin sentido alguno. Tal vez sea importante indicar el hecho de que Lucas no conocía el latín. Casi no me atrevo a comentar sobre la extraña coincidencia de que mencionara a Hastur, tan poco después de que el Padre Brisbois nombrase a ese antiguo ser. Del resto del delirio de Lucas logramos entresacar la historia de su desaparición. Aparentemente se sintió atraído hacia el exterior de su cabaña por una música extraterrena, combinada con un murmullo que parecía proceder de muy cerca de su vivienda. Abrió la puerta y miró al exterior, y, al no ver nada, salió a la nieve. Me aventuro a conjeturar que estaba hipnotizado, aunque me parece poco probable. Fue arrebatado por "algo que venía de lo alto", diciendo que era un viento con "nieve en él". Esto fue lo que lo llevó, y no supo más nada hasta que se encontró dentro del círculo de piedras en medio de la selva. Entonces notó enormes hogueras que ardían por allí cerca, y vio a los indios ante los altares, muchos de ellos yaciendo boca abajo sobre la nieve, adorando a su dios. Y encima de él vio lo que describe como "una nube de humo verde y púrpura von ojos" (¿es posible que fuera la misma cosa que vi yo sobre los altares?)... Y mientras observaba, esa cosa comenzó a moverse y descender. De nuevo oyó música, y entonces comenzó a sentir el frío. Corrió hacia la entrada, que se hallaba abierta, mas no pudo trasponerla. Era como si una mano invisible le contuviera desde el exterior. Entonces se asustó y corrió locamente dando continuas vueltas, y finalmente cruzó el círculo, siendo elevado de la tierra. Era como si se hallara dentro de una nube de nieve blanda y susurrante. Oyó nuevamente la música, y después, a lo lejos, un ulular que pareció destrozarle los tímpanos. Entonces perdió el conocimiento.

Después de esto su relato no es nada claro. Comprendimos algo así como si lo hubieran llevado a un sitio lejano; ya sea a un abismo insondable o muy por encima de la tierra. Por algunas de las frases que pronunció, podríamos sospechar que estuvo en otro planeta, si no fuera esto absolutamente imposible. Mencionó a Hastur casi incesantemente, y de tanto en tanto dijo algo respecto a otros dioses llamados Cthulhu, Yog-Sothoth, Lloigor y otros, y murmuró frases inconexas acerca de la tierra maldita de los Tcho-Tcho. Habló también como si todo eso fuera un castigo por alguna falta en que incurrió. Sus palabras inquietaron mucho al padre Brisbois, y varias veces noté que el buen sacerdote oraba por lo bajo.

Falleció unas tres horas después de que lo encontraran, sin recobrar por completo el sentido; aunque el doctor afirmó que su estado era normal, excepto el frío persistente que emanaba de su cuerpo y por el hecho de que parecía no percatarse de nuestra presencia ni de lo que le rodeaba.

Aparte de comunicar a usted todos estos datos, vacilo en ofrecer solución alguna. Al fin y al cabo estas cosas hablan más claramente que las palabras. Ya que no hay medios para identificar a ninguno de los indios presentes en esas infernales ceremonias religiosas del bosque, no se puede efectuar ningún arresto. Pero que algo fatal ocurrió a Lucas dentro de esos círculos de piedra -probablemente como resultado de su riña con los indios-, es indiscutible. Cómo lo llevaron allí, y cómo fue transportado al sitio donde finalmente se halló su cuerpo, sólo es explicable si aceptamos su terrible relato.

Sugiero que, en vista de las circunstancias, deberíamos destruir esos altares y emitir órdenes severas a los indios de Cold Harbor y de toda la región. He averiguado que se puede obtener dinamita en la aldea, y tengo la intención de ir al bosque y hacer volar esos malditos altares tan pronto como reciba su autorización para hacerlo.

Más tarde. - Acabo de enterarme de que un gran número de indios se dirige hacia los bosques. Aparentemente se está por realizar otra reunión para adorar a ese extraño dios en los altares, y, a pesar de la extraña sensación de que soy vigilado -como desde lo alto-, mi deber está bien claro. Los seguiré tan pronto como haya despachado este informe.

Este es el texto completo del último informe que recibí del soldado French. Llegó a mi oficina el 5 de marzo, y ese mismo día le telegrafié instrucciones para que llevara a cabo su plan de dinamitar los altares, y para que también arrestara a cualquiera de los nativos que fuese miembro del grupo que se reunía en los bosques para adorar a ese extraño dios.

Después de esto tuve que salir del cuartel por un tiempo considerable, y cuando regresé encontré la carta del doctor Telfer en la que me informaba que el soldado French desapareció antes de recibir mi telegrama. Más tarde supe que su desaparición ocurrió la noche en que me envió su informe; esa noche en que los indios se reunieron en los altares cercanos al camino de Olassie. De inmediato mandé al soldado Robert Considine a Cold Harbor, y le seguí dentro de las veinticuatro horas. Mi primera intención era llevar a cabo yo mismo las instrucciones que telegrafiara a French, y me adentré en los bosques y dinamité los altares. Luego me ocupé de buscar rastros de French, mas no había absolutamente nada que encontrar. Desapareció tan completamente como si la tierra se lo hubiera tragado.

Mas no se lo había tragado la tierra. La noche del 7 de mayo, durante una violenta tempestad, se halló el cadáver del soldado French. Se encontraba sobre un montón de nieve, no muy lejos de la casa del doctor Telfer. Su aspecto indicaba que se le había arrojado desde una gran altura, y el cuerpo estaba envuelto en innumerables capas de nieve quebradiza, como un tul tejido.

"Muerto por el intenso frío". ¡Qué irónicas y huecas, son estas palabras! ¡Cuán poco explican de la terrible maldad que acecha tras el velo! Sé lo que el soldado French temía, lo que sospechaba con fundadas razones.

Pues toda esa noche y la siguiente vi, desde mi ventana, en casa del doctor Telfer, una enorme e informe masa de nieve que se elevaba hacia lo alto, una masa tremenda y sensitiva rematada por dos inescrutables y fríos ojos verdes. Ya se corren rumores de que los indios se preparan para otra reunión en el sitio que ocuparan los malditos altares. Eso no debe ocurrir, y si persisten en su empeño, es preciso que se les aleje a la fuerza de la aldea y se les distribuya por todas las provincias, muy alejados entre sí. En estos momentos me dispongo a salir para desbaratar sus infernales planes.

Pero como es ya del dominio público, John Dalhousie no llevó a cabo su plan. Esa noche desaparició, para ser hallado tres noches más tarde, tal como fueron encontrados antes el soldado French y Henry Lucas, envuelto en varias capas de hermosa nieve, parecida a una gasa tejida, reluciente a la luz de la luna. También a él le sorprendió la muerte como a los otros que sufrieran la venganza de Ithaqua, el ser de nieve, el dios del vasto silencio blanco. El departamento de policía diseminó a los indios por todas las provincias, y se prohibió terminantemente a todo el mundo que entrara en la selva vecina al viejo camino de Olassie. Pero en alguna parte, durante la noche silenciosa, tal vez se vuelvan a reunir murmurando y echados boca abajo sobre la nieve, y ofreciendo sus niños y sus enemigos como sacrificios al dios elemental que adoran, gritándole como lo hizo Lucas: "Ithaqua, toma mi cuerpo... Ithaqua..."

August Derleth

martes, 14 de julio de 2015

"El Gigante Egoísta"

"Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

-¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros.

Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz retumbante.

Los niños escaparon corriendo en desbandada.

-Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.

Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA
BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES

Era un Gigante egoísta...

Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.

-¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos a otros.

Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban y los árboles se olvidaron de florecer. Solo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.

Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha.

-La primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.

La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.

-¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.

Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No entiendo por qué la primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el tiempo.

Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco el verano. El otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.

-Es un gigante demasiado egoísta -decían los frutales.

De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.

Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era solo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.

-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.

¿Y qué es lo que vio?

Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Solo en un rincón el invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.

-¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.

El Gigante sintió que el corazón se le derretía.

-¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.

Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.

Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en invierno otra vez. Solo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la primavera regresó al jardín.

-Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.

Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.

Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.

-Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?

El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.

-No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito.

-Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante.

Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.

-¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía.

Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.

Una mañana de invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno pues sabía que el invierno era simplemente la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.

Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…

Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.

Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira y dijo:

-¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?

Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.

-¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.

-¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor.

-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.

Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:

-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.

Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas".


Oscar Wilde