El Recolector de Historias

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martes, 1 de diciembre de 2015

"Crepúsculo en las Torres"

"Las fotografías de Mironenko que le habían enseñado a Ballard dis taban mucho de ser instructivas. Sólo en una o dos de ellas aparecía el rostro del hombre de la KGB, plenamente; las restantes eran en su ma yoría confusas y poco claras: delataban sus orígenes furtivos. Eso no preocupó demasiado a Ballard. Una larga experiencia, en ocasiones amarga, le había enseñado que el ojo estaba siempre demasiado dis puesto al engaño, pero existían otras facultades..., los restos de unos sentidos que la vida moderna había vuelto obsoletos... y que él había aprendido a poner en juego, para oler los síntomas más leves de trai ción. De esta capacidad se valdría cuando se encontrara con Mironen ko. Con ellos le arrancaría la verdad a aquel hombre.

¿La verdad? Ahí residía la cuestión más intrincada, porque, en este contexto, ¿acaso no era la sinceridad una fiesta móvil? Sergei Zakharovich Mironenko había sido Jefe de Sección de la Directiva S de la KGB durante once años, y había tenido acceso a la información más confiden cial sobre la dispersión de ilegales soviéticos en Occidente. Sin embar go, en las últimas semanas se había desencantado de sus amos actuales y había manifestado su consiguiente deseo de desertar al Servicio de Se guridad Británico. A cambio de los complicados esfuerzos que se ten drían que realizar por su culpa, se había ofrecido a actuar como agente dentro de la KGB durante un período de tres meses, concluido el cual lo conducirían al seno de la democracia y lo ocultarían donde sus vengati vos jefes supremos no lograran encontrarlo jamás. Le había tocado a Ballard encontrarse cara a cara con el ruso, en la esperanza de estable cer si la deslealtad de Mironenko para con su ideología era real o fingi da. La respuesta no vendría de labios de Mironenko, y Ballard lo sabía. sino de algún matiz de su comportamiento que sólo el instinto lograría comprender.

En otra época, Ballard habría encontrado fascinante el acertijo, cada uno de sus pensamientos vigilantes habrían dado vueltas al problema por descifrar. Pero tal compromiso había pertenecido a un hombre convencido de que sus actos ejercían un efecto significativo sobre el mundo. Ahora había ganado en experiencia. Los agentes del Este y del Oeste se dedicaban a sus trabajos secretos sin interrupción. Conspiraban, confabulaban, de vez en cuando (aunque raramente) derramaban sangre. Se producían derrotas, pactos especiales y victorias tácticas me nores. Pero al final las cosas seguían más o menos como siempre.

Esta ciudad, por ejemplo. Ballard había ido por primera vez a Berlín en abril de 1969. Entonces tenía veintinueve años; acababa de terminar el adiestramiento intensivo y estaba listo para vivir un poco. Aunque allí no se había sentido cómodo. La ciudad le resultó carente de encanto, a menudo desierta. Odell, su colega durante los dos primeros años, había tenido que probarle que Berlín era merecedora de sus afectos, y cuando Ballard cayó, quedó perdido para el resto de su vida. Se sentía más en casa en esta ciudad dividida que en Londres. Su desasosiego, su idealis mo fallido y —quizá lo más agudo de todo— su terrible aislamiento, se parecían mucho a él. La ciudad y él mantenían una presencia en un erial de ambiciones muertas.

Encontró a Mironenko en la Germalde Galerie, y sí, las fotografías habían mentido. El ruso parecía tener más de cuarenta y seis años, y se le veía más enfermo que en aquellos retratos robados. Ninguno de los dos hombres dio muestras de reconocerse. Recorrieron la colección de la galería durante una buena media hora; Mironenko demostró un inte rés marcado, aparentemente genuino, hacia las obras expuestas. Sólo cuando ambos estuvieron seguros de que no los observaban, el ruso abandonó el edificio y condujo a Ballard hasta el amable suburbio de Dahlem, a una casa segura, mutuamente acordada. Allí, en la cocina pequeña y sin calefacción se sentaron y hablaron.

El dominio del inglés de Mironenko era inseguro, o al menos eso pa recía, aunque Ballard tuvo la impresión de que sus esfuerzos por encon trar el sentido eran tanto tácticos como gramaticales. De haber estado él en la situación del ruso, muy bien podría haber presentado la misma fa chada; rara vez resultaba dañino parecer menos competente de lo que uno era. A pesar de las dificultades que tenía para expresarse, las decla raciones de Mironenko eran inequívocas.

—Ya no soy comunista —dijo humildemente — . No he sido miem bro del partido, al menos no aquí. —Se llevó el puño al pecho y agre gó— : Desde hace muchos años.

Sacó del bolsillo de la chaqueta un pañuelo blancuzco, se quitó un guante, y de entre los pliegues del pañuelo extrajo un frasco de tabletas. —Perdóneme —dijo, y con unos golpecitos sacó las tabletas de la bo tella—. Tengo dolores. En la cabeza y en las manos.

Ballard esperó hasta que se hubo tragado la medicación antes de preguntarle:
—¿Por qué empezó a dudar?
El ruso se guardó el frasco y el pañuelo en el bolsillo; su rostro esta ba falto de toda expresión.
— ¿Cómo llega un hombre a perder la... la fe? —preguntó a su vez—. ¿Acaso será porque he visto demasiado, o tal vez demasiado poco?

Observó el rostro de Ballard para comprobar si sus palabras titubeantes tenían algún sentido. Al no encontrar allí comprensión alguna, volvió a intentarlo.

—Creo que el hombre que no cree que está perdido, lo está.

La paradoja fue expresada de forma elegante; la sospecha de Ballard en cuanto al verdadero dominio de Mironenko del inglés se confirmó.

—¿Está usted perdido en estos momentos? —inquirió Ballard.

Mironenko no respondió. Se quitó el otro guante y se miró las ma nos. Las píldoras que se había tragado no parecían ejercer ningún efecto sobre el dolor del que se había quejado. Abrió y cerró los puños, como un artrítico que comprobara el avance de su enfermedad. Sin levantar la vista, dijo:

—Me enseñaron que el Partido tenía soluciones para todo. Eso me liberó del temor.
—¿Y ahora?
—¿Ahora? —repitió—. Ahora tengo unos extraños pensamientos. Me llegan de ninguna parte...
—Siga —lo animó Ballard.
—Tiene que conocerme por dentro y por fuera, ¿verdad? —Miro nenko ensayó una sonrisa forzada—. ¿Hasta lo que sueño?
—Sí —respondió Ballard.
—Nosotros haríamos lo mismo —replicó, asintiendo con la cabeza. Después de una pausa, agregó—: A veces he pensado que me partiría. ¿Entiende lo que digo? Que me rompería, porque dentro de mí llevo una rabia tan grande... Y eso hace que tenga miedo, Ballard. Creo que verán cuánto los odio. —Miró a su interrogador—. Tienen que darse prisa, o me descubrirán. Procuro no pensar en lo que harían. —Volvió a hacer una pausa. Se le había borrado del rostro todo vestigio de sonrisa, por más carente de humor que fuera—. La Directiva cuenta con Depar tamentos de los que ni siquiera yo estoy enterado. Hospitales especiales donde nadie puede entrar. Saben cómo despedazarle el alma a un hom bre.

Ballard, el pragmático de siempre, se preguntó si el vocabulario de Mironenko no era un tanto ampuloso. De haber estado él en manos de la KGB dudaba mucho que estuviera pensando en la satisfacción de su propia alma. Al fin y al cabo, era en el cuerpo donde se alojaban las ter minaciones nerviosas. Hablaron durante una hora o más; la conversación giró en torno de la política y los recuerdos personales, las trivialidades y la confesión—Acabada la entrevista, a Ballard no le cabía ninguna duda sobre la anti patía que Mironenko profesaba a sus amos. Era, como él mismo lo ha bía dicho, un hombre sin fe. Al día siguiente, Ballard se encontró con Cripps en el restaurante del Hotel Schweizerhof, y le presentó un informe oral sobre Miro nenko.

—Está dispuesto y espera. Pero insiste en que nos demos prisa en decidirnos.
— Era de suponer —comentó Cripps.

Ese día, el ojo de vidrio le molestaba; el aire frío, explicó, lo volvía lerdo. Se movía a una velocidad levemente inferior que su ojo verdade ro, y en ocasiones se veía obligado a darle un ligero toque con el dedo para ponerlo en movimiento.

—No permitiremos que nos metan prisas para tomar una decisión —dijo Cripps.
—¿Dónde está el problema? No tengo ninguna duda sobre su com promiso, ni sobre su desesperación.
—Ya te he oído —repuso Cripps—. ¿Quieres algo de postre?
—¿Es que dudas de mis evaluaciones? ¿Es eso?
—Toma algo dulce para terminar, así no me sentiré un perfecto réprobo.
—Crees que me equivoco con respecto a él, ¿verdad? —insistió Ba llard. Al ver que Cripps no contestaba, se inclinó sobre la mesa y volvió a insistir—: Es así, ¿verdad?
—Simplemente digo que tenemos motivos para ir con cuidado —re puso Cripps — . Si finalmente decidimos aceptarlo a bordo, los rusos se sentirán muy disgustados. Hemos de estar seguros de que el trato vale la pena como para soportar el mal tiempo que se nos avecina. En estos momentos, las cosas se presentan muy arriesgadas.
—¿Y cuándo no? —replicó Ballard—. Dime una sola ocasión en que no haya habido una crisis en perspectiva.

Se reclinó en la silla e intentó leer en el rostro de Cripps. El ojo de vi drio era, si acaso, más cándido que el verdadero.

—Estoy harto de este maldito juego —murmuró Ballard. —¿Por el ruso? —inquirió Cripps; su ojo de vidrio dio vueltas.
—Puede ser.
—Créeme —le dijo Cripps—, tengo buenos motivos para ir con cui dado con este hombre. —Dime uno.
—No hay nada comprobado.
—¿Qué tienes contra él? —insistió Ballard.
—Ya te lo he dicho, son rumores —repuso Cripps.
—¿Por qué no se me informó?
Cripps sacudió ligeramente la cabeza y repuso:
—En este momento es algo puramente académico. Me has propor cionado un buen informe. Sólo quiero que entiendas que si las cosas no salen como crees que deberían, no es porque no hayamos confiado en tus evaluaciones.
—Ya veo.
—No, no ves nada —dijo Cripps—. Te sientes torturado, y no te culpo del todo.
—¿Y ahora, qué? ¿Se supone que tengo que olvidar que conocí a ese hombre?
—No vendría nada mal —repuso Cripps—. Ojos que no ven, cora zón que no siente.

Estaba claro que Cripps no se fiaba de Ballard como para aceptar sus consejos. Aunque en la semana siguiente Ballard realizó discretamente diversas averiguaciones sobre el caso Mironenko, estaba cantado que alguien había advertido a su círculo habitual de contactos para que man tuvieran la boca cerrada. Tal como estaban las cosas, las siguientes noticias sobre el caso le lle garon a Ballard a través de las páginas de los diarios de la mañana, en un artículo sobre un cadáver hallado en una casa, cerca de la estación, en Kaiser Damm. En el momento de leer la noticia, no tenía forma de sa ber cómo podía estar ligada con Mironenko, pero la nota contenía deta lles suficientes como para despertar su interés. Por una parte, sospecha ba que la casa indicada en el artículo había sido utilizada en algunas oca siones por el Servicio; por otra, el artículo explicaba que dos hombres no identificados habían estado a punto de ser sorprendidos en el acto de sacar el cadáver de allí, con lo que se veía que aquél no era un crimen pasional.

Alrededor del mediodía fue a ver a Cripps a sus oficinas, con la espe ranza de obligarlo a darle alguna explicación, pero Cripps no estaba dis ponible, ni lo estaría, según le explicó la secretaria, hasta nuevo aviso; habían surgido ciertos asuntos en Munich que lo habían obligado a re gresar allí. Ballard le dejó dicho que quería hablar con él en cuanto re gresara. Cuando volvió a salir al aire frío, notó que se había ganado un admi rador: un individuo de cara delgada, cuyos cabellos se le habían retirado de la frente, dejándole una ridícula melena en la parte más alta de la ca beza. Ballard lo reconoció; lo había visto en el entorno de Cripps, pero no lograba ponerle nombre a la cara. Se lo proporcionaron rápidamente.

—Suckling —dijo el hombre.
—Ah, claro, hola —dijo Ballard.
—Creo que será mejor que hablemos, si tiene un momento —le ex plicó el hombre.

Su voz estaba tan contraída como sus facciones; Ballard no quería saber nada de sus chismorreos. Estaba apunto de rechazar la oferta, cuando Suckling le dijo:

—Supongo que se habrá enterado de lo que le pasó a Cripps.
Ballard negó con la cabeza. Encantado de poseer aquella piedra preciosa, Suckling agregó:
—Tenemos que hablar.

Caminaron por la Kantstrasse hacia el zoológico. La calle bullía de peatones que iban a comer, pero Ballard apenas reparó en ellos. La his toria que Suckling le desveló mientras caminaban exigía su absoluta atención. Se la refirió con sencillez. Al parecer, Cripps había arreglado un en cuentro con Mironenko para realizar su propia evaluación de la integri dad del ruso. La casa de Schöneberg, escogida para la reunión, había sido utilizada en varias ocasiones anteriores, y durante mucho tiempo se la había considerado como uno de los lugares más seguros de la ciudad. Sin embargo, la noche anterior quedó probado que no era así. Los hom bres de la KGB habían seguido a Mironenko hasta la casa y luego inten taron aguarles la fiesta. No había testigos que pudieran decir lo que ocu rrió después: los dos hombres que habían acompañado a Cripps, uno de los cuales era Odell, el antiguo colega de Ballard, habían muerto, y Cripps estaba en coma.

— ¿Y Mironenko? —inquirió Ballard.
—Se lo llevaron a la madre patria, al menos eso se presume —repuso Suckling encogiéndose de hombros.
Ballard olfateó un soplo de engaño en el hombre.
—Me conmueve que me mantenga usted al día —le comentó a Suc kling— . Pero ¿por qué?
—Odell y usted eran amigos, ¿no? —fue la respuesta—. Ahora que Cripps está fuera de circulación, ya no le quedan muchos.
—¿De veras?
—No es mi intención ofenderlo —se apresuró a aclarar Suckling—. Pero tiene usted reputación de disidente.
—Vaya al grano —le ordenó Ballard.
—No hay ningún grano —protestó Suckling—. Simplemente creí que tenía que enterarse de lo ocurrido. Con esto me estoy jugando el pescuezo.
—Buen intento el suyo —dijo Ballard.
Se detuvo. Suckling dio un paso o dos antes de volverse para encon trarse con un Ballard sonriente.
—¿Quién le ha enviado?
—Nadie —repuso Suckling.
—Muy astuto esto de ponerme al tanto sobre el chismorreo de la corte. Estuve a punto de creérmelo. Es usted muy verosímil.
El rostro de Suckling no era lo suficientemente rechoncho como para ocultar un tic en la mejilla.
—¿Por qué motivo sospechan de mí? ¿Creen que conspiro con Miro nenko? ¿Es eso? No, no creo que sean tan estúpidos.
Suckling sacudió la cabeza, como un médico en presencia de una en fermedad incurable, y dijo:
—Le gusta hacerse enemigos, ¿eh?
—Es un riesgo del oficio. No se me ocurriría dejar de dormir por eso. En realidad no lo hago.
—Hay cambios en el aire —dijo Suckling—. En su lugar, me asegu raría de tener las respuestas preparadas.
—A la mierda las respuestas —repuso Ballard cortésmente —. Creo que ya es hora de que prepare las preguntas adecuadas.

El que enviaran a Suckling para sondearlo olía a desesperación Querían información desde dentro, pero, ¿sobre qué? ¿Acaso creían de verdad que estaba relacionado con Mironenko o, lo que era peor, con la KGB misma? Dejó que se aplacara su resentimiento, porque levantaba demasiado barro y necesitaba aguas claras si quería encontrar el modo de salir de aquella confusión. De alguna manera, Suckling estaba per fectamente en lo cierto: tenía enemigos, y con Cripps de baja, era vulne rable. En tales circunstancias existían dos tipos de medidas. Podía re gresar a Londres y ocultarse, o quedarse en Berlín a esperar la siguiente maniobra por parte de ellos. Se decidió por esto último. El encanto del juego del escondite se fue difuminando rápidamente.

Al desviarse hacia el norte, en dirección a Leibnizstrasse, por el rabi llo del ojo vio el reflejo de un hombre de chaqueta gris en un escaparate. Fue un leve atisbo, pero tuvo la sensación de que conocía la cara de ese hombre. Se preguntó si le habrían asignado un perro guardián. Se dio la vuelta y sus ojos se encontraron con los de aquel hombre; sostuvo su mi rada. El sospechoso pareció incómodo y apartó la vista. Una actuación, quizá; aunque quizá no. Poco importaba, pensó Ballard. Que lo vigila ran todo lo que quisieran. Estaba libre de culpa. Siempre y cuando más acá de la locura existiera tal estado. Una extraña felicidad embargó a Sergei Mironenko; felicidad que había llegado sin ton ni son y que llenaba su corazón a rebosar. Hasta el día anterior, las circunstancias le habían parecido insopor tables. El dolor en las manos, la cabeza y la columna había empeorado lentamente, y ahora lo acompañaba una comezón tan conminatoria que había tenido que cortarse las uñas al ras para no producirse serios da ños. Había llegado a la conclusión de que su cuerpo se rebelaba en con tra de él. Ése era el pensamiento que había intentado explicarle a Ba llard: que se encontraba dividido, y que temía que pronto iba a quedar partido en dos. Pero hoy había desaparecido el temor.

Pero no los dolores. Eran peores que el día anterior. Los músculos y los ligamentos le dolían como si los hubieran trabajado más allá de los lí mites de su propio diseño; en todas las articulaciones tenía moretones donde la sangre había roto sus cauces, debajo de la piel. Pero la sensa ción de rebelión inminente había desaparecido para ser reemplazada por una lánguida tranquilidad. Y en su centro, una felicidad total. Cuando intentó reflexionar acerca de los últimos acontecimientos, descifrar qué había desatado esta transformación, su memoria le jugó sucio. Lo habían citado para encontrarse con el superior de Ballard, de eso se acordaba. Pero ya no recordaba si había acudido a la cita. La no che había quedado en blanco. Ballard sabría cómo estaban las cosas, reflexionó. Desde el principio le había caído bien y había confiado en el inglés; presintió que, a pesar de las muchas diferencias existentes entre ambos, se parecían más de lo esperado. Y se dejó guiar por ese instinto; encontraría a Ballard, de eso estaba seguro. El inglés se sorprendería de verlo, al principio se enfada ría incluso. Pero cuando le contara a Ballard la felicidad que acababa de encontrar, ¿acaso no le perdonaría sus pecados?

Ballard cenó tarde, y bebió hasta más tarde aún en El Cuadrilátero, un pequeño bar de travestidos al que había ido por primera vez con Odell, hacía ya casi veinte años. Sin duda, su guía había tenido la inten ción de probar su sofisticación mostrándole al colega bisoño la decaden cia de Berlín, pero Ballard, aunque nunca había experimentado ningún frisson sexual en compañía de la clientela del Cuadrilátero, se había sen tido inmediatemente como en casa. Respetaban su neutralidad; nadie intentaba abordarlo. Dejaban simplemente que bebiera y observara el desfile de géneros. Al ir allí, aquella noche, había despertado el fantasma de Odell, cuyo nombre sería borrado de las conversaciones por su relación con el asunto Mironenko. Ballard había asistido a ese proceso en otras ocasio nes. La historia no perdonaba los errores, a menos que fueran tan pro fundos que alcanzaran una especie de grandeza. Para los Odells del mundo, hombres ambiciosos que se habían encontrado, muy a pesar de ellos, en un callejón sin salida que no daba lugar a retirada alguna; para tales hombres no se pronunciarían bonitas palabras, ni se les concede rían medallas. Sólo existiría para ellos el olvido.

Aquellas reflexiones le produjeron melancolía, y bebió mucho para mantener sus ebrios pensamientos, pero cuando a eso de las dos de la madrugada salió a la calle, su depresión se encontraba obnubilada sólo a medias. Los buenos burgueses de Berlín hacía rato que estaban en la cama; al día siguiente había que ir a trabajar. El sonido del tráfico de la Kurfürstendamm era la única señal cercana de vida. Se dirigió hacia allí; sus pensamientos eran muy ligeros. Detrás de él, risas. Un muchacho, encantadoramente vestido de es trella de cine, pasó tambaleante por la acera, del brazo de su serio acompañante. Ballard reconoció al travestido, que era parroquiano del bar; el cliente, a juzgar por su traje sobrio, provenía de fuera de la ciu dad y deseaba saciar su sed de muchachos vestidos de chicas a espaldas de su esposa. Ballard siguió caminando. La risa del muchacho, de una musicalidad abiertamente forzada, le produjo dentera. Oyó a alguien correr cerca de allí; por el rabillo del ojo vio moverse una sombra. Seguramente sería su perro guardián. Aunque el alcohol le había obnubilado los instintos, sintió que despuntaba una cierta ansie dad, cuyas raíces no logró precisar. Siguió caminando. Unos temblores ligeros como plumas le recorrieron el cráneo.

Un poco más adelante, notó que la risa proveniente de la calle que había dejado atrás había cesado. Miró por encima del hombro, como es perando ver abrazados al muchacho y a su cliente. Pero habían desaparecido; se habían escabullido por uno de los callejones, sin duda, a con cluir su trato en la oscuridad. Cerca de allí, en alguna parte, un perro se había puesto a ladrar furiosamente. Ballard se dio la vuelta para obser var el camino por el que había venido, retando a la calle desierta a que le mostrara sus secretos. Fuera lo que fuese lo que le producía el zumbido en la cabeza y la comezón en las palmas de las manos, no era una ansie dad cualquiera. En la calle había algo extraño; a pesar de su aspecto ino cente, ocultaba ciertos terrores. Las luces brillantes de Kurfürstendamm se encontraban a unos mi nutos de distancia, pero no quería volverle la espalda a este misterio para refugiarse en ellas. Siguió caminando por donde había venido, len tamente. El perro ya no experimentaba alarma alguna, y había callado; por toda compañía tenía el sonido de sus pasos.

Llegó a la esquina del primer callejón y escudriñó en su interior. No había luces en las ventanas ni en los portales. No presintió ninguna pre sencia humana en la oscuridad. Cruzó el callejón y caminó hasta el si guiente. Un olor sensual flotó de repente en el aire, y se hizo más profu so cuando se acercó a la esquina. Mientras lo aspiraba, el zumbido de la cabeza se hizo más agudo, hasta alcanzar la amenaza del trueno. En la garganta del callejón titiló una luz solitaria, un magro relumbre proveniente de una ventana superior. Gracias a ella, vio el cuerpo del cliente del travestido, despatarrado en el suelo. Lo habían mutilado de una forma tan traumática que daba la impresión de que habían intenta do volverlo del revés. De las vísceras desparramadas, manaba un olor pleno en toda su complejidad. Ballard había visto muertes violentas en otras ocasiones, y se creyó indiferente al espectáculo. Pero algo en aquel callejón le había desaliña do la calma. Empezaron a temblarle las piernas. Entonces, más allá del haz luminoso, el muchacho habló. —En nombre de Dios... —dijo.

Su voz había perdido toda pretensión de femineidad, era un murmu llo de genuino terror. Ballard avanzó un paso por el callejón. Ni el muchacho ni el motivo de su susurrante plegaria fueron visibles hasta que hubo avanzado unos diez metros. El muchacho se encontraba medio sepultado entre las ba suras, junto a una pared. Le habían arrancado las lentejuelas y los tafe tanes; su cuerpo era pálido y asexuado. No pareció notar la presencia de Ballard: sus ojos estaban fijos en las más profundas sombras. A Ballard le temblaron aún más las piernas cuando siguió la mirada del muchacho; era lo máximo que podía hacer para impedir que los dientes le castañetearan. No obstante, continuó avanzando, no por el bien del muchacho (le habían enseñado que el heroísmo tenía poco mé rito), sino porque sentía curiosidad; más que curiosidad, estaba ansioso por ver qué clase de hombre era capaz de semejante violación fortuita. Ver cara a cara semejante ferocidad le pareció en ese momento lo más importante del mundo. El muchacho lo vio y murmuró una penosa súplica, pero Ballard apenas la oyó. Presintió que otros ojos lo miraban, y al posarse sobre él, fue como si lo hubieran golpeado. El ruido de la cabeza adquirió un rit mo enloquecedor, como el sonido de los rotores de un helicóptero. En segundos, se convirtió en un rugido enceguecedor.

Ballard se tapó los ojos con las manos y se tambaleó hacia atrás, con tra la pared, apenas consciente de que el asesino salía de su escondite (alguien removió la basura) y se aprestaba a huir. Sintió que algo lo ro zaba y abrió los ojos justo a tiempo para ver al hombre alejarse por el pasadizo. Parecía deformado; tenía como una joroba y la cabeza dema siado grande. Ballard le gritó, pero el enloquecido siguió corriendo; sólo se detuvo un momento para mirar el cadáver antes de continuar a toda velocidad hacia la calle. Ballard se apartó de la pared y se irguió. El ruido de la cabeza dismi nuyó un poco, el mareo se le pasaba. Detrás de él, el muchacho había comenzado a gemir.

— ¿Lo ha visto? ¿Lo ha visto?
— ¿Quién era? ¿Alguien a quien conocía usted?
El muchacho se quedó mirando a Ballard con sus enormes ojos pin tados, como un ciervo asustado.
— ¿Alguien...? —dijo.

Ballard se disponía a repetir la pregunta cuando oyó el chirrido de unos frenos, seguido del sonido de un impacto. El muchacho se cubrió con el roto trousseau, y Ballard volvió a la calle. Cerca de allí se oían vo ces; se dirigió hacia ellas a toda prisa. Atravesado en la calzada se en contraba un coche grande, con las luces encendidas. Alguien ayudaba al conductor a salir de su asiento, mientras sus pasajeros —venían de una fiesta a juzgar por los trajes y los rostros enrojecidos por la bebida— dis cutían furiosamente cómo había ocurrido el accidente. Una de las muje res hablaba de un animal que había visto en el camino, pero otro de los pasajeros la corrigió. El cuerpo que yacía en la cuneta, donde había sido arrojado por el impacto, no era el de un animal.

Ballard apenas había logrado ver al asesino en el callejón, pero supo instintivamente que era éste. No había rastro de las deformaciones que había creído distinguir; era sólo un hombre vestido con un traje que ha bía visto mejores épocas. Yacía boca abajo, en un charco de sangre. La policía había llegado ya, y un oficial le gritó que se apartara del cuerpo; Ballard pasó por alto la orden y se acercó para ver el rostro del muerto. En él no había muestras de la ferocidad que tanto había ansiado ver. Sin embargo, reconocía en él muchas cosas. Era Odell. Dijo a los oficiales que no había visto el accidente, lo que en esencia era cierto, y huyó de allí antes de que se descubrieran los hechos acaeci dos en el callejón adyacente. Al regresar a sus habitaciones, cada rincón le formulaba una nueva pregunta. La principal de todas: ¿por qué le habían mentido sobre la muerte de Odell? ¿Qué psicosis había hecho presa de él para que ma tara de la forma que Ballard había visto? Sabía que no obtendría la res puesta a estas pregunta de quienes en otras épocas fueran sus colegas. La única persona a la que hubiera podido arrancarle alguna respuesta era Cripps. Recordó la discusión que tuvieron sobre Mironenko. y «los motivos para tener cuidado» mencionados por Cripps en relación con el ruso. El ojo de vidrio había sabido entonces que había algo en el aire, aunque ni siquiera él mismo había logrado imaginar el grado del verdadero desastre. Dos agentes muy valiosos habían sido asesinados; Mironenko había desaparecido, supuestamente estaría muerto: él mis mo — si había de creer a Suckling— estaba al borde de la muerte. Todo aquello había comenzado con Sergei Zakharovick Mironenko. el hom bre perdido de Berlín. Al parecer su tragedia era contagiosa.

Ballard decidió que al día siguiente encontraría a Suckling y lo obli garía a darle alguna respuesta. Mientras tanto, le dolían la cabeza y las manos, y quería dormir. La fatiga le impedía razonar adecuadamente, y si en algún momento necesitó de esa facultad, era ahora. A pesar del agotamiento, el sueño tardó una hora o más en llegar, y cuando por fin lo hizo, no le sirvió de alivio. Soñó con unos susurros y, por encima de ellos, elevándose como para ahogarlos, el rugido de los helicópteros. En dos ocasiones despertó del sueño con la cabeza a punto de estallarle: y en las dos ocasiones, un ansia por comprender lo que decían los susurros lo devolvieron a la almohada. Cuando despertó por tercera vez. el ruido de las sienes se había vuelto acuciante: era como un asalto que arrasaba con todo pensamiento, y le hizo temer por su cordura. Casi incapaz de ver la habitación de tanto dolor, salió de la cama a rastras.

—Por favor... —murmuró, como si hubiera alguien que pudiera ayudarlo a superar su miseria.
De la oscuridad surgió una voz tranquila que le contestó:
— ¿Qué quieres?
No interrogó al interrogador, se limitó a decir:
— Que me quiten el dolor.
— Puedes hacerlo tú mismo —le informó la voz.
Se apoyó contra la pared, sosteniéndose la cabeza con las manos y llorando agónicas lágrimas. —No sé cómo.
— Los sueños son los que te causan dolor —repuso la voz—, has de olvidarlos. ¿Entiendes? Olvídalos, y el dolor cesará.

Entendió las instrucciones, pero no sabía cómo llevarlas a cabo. En el sueño no tenía ningún poder. Era él el objeto de esos murmullos, y no al revés. Pero la voz insistió.

— El sueño te hace daño, Ballard. Has de sepultarlo. Sepúltalo bien hondo.
—¿Sepultarlo?
—Haz con él una imagen, Ballard. Imagínatelo detalladamente.

Hizo lo que le ordenaban. Se imaginó un cortejo fúnebre, y un ataúd; dentro del ataúd, el sueño. Hizo que los enterradores cavaran bien hondo, tal como la voz le sugiriera, para que no pudiera nadie de senterrar jamás aquella dolorosa cosa. Pero cuando imaginó que baja ban el ataúd a la fosa, oyó que la tapa crujía. El sueño no se estaba quieto. Rechazaba el confinamiento. La tapa del ataúd comenzó a romperse.

—¡De prisa! —le urgió la voz.
El ruido de los rotores era ensordecedor. Empezó a manarle sangre de la nariz; sintió un sabor salado en la garganta.
—¡Acaba con él! —aulló la voz por encima del tumulto—. ¡Tápalo!
Ballard miró dentro de la fosa. El ataúd se sacudía.
—¡Tápalo, maldita sea!

Intentó obligar al cortejo fúnebre a que obedeciera; les exigió que empuñaran las palas y sepultaran aquella ofensiva cosa viviente, pero no le hicieron caso. En cambio, miraron fijamente hacia el interior de la tumba, igual que él. y observaron cómo el contenido del ataúd luchaba por alcanzar la luz.

—¡No! —exigió la voz, con creciente cólera—. ¡No debes mirar!
El ataúd bailó en la fosa. La tapa se astilló. Brevemente, Ballard lo gró ver algo brillante entre las maderas.
—¡Te matará! —gritó la voz.

Como para probar su aserción, el volumen del sonido se elevó hasta volverse insoportable, llevándose al cortejo fúnebre, el ataúd y todo lo demás en una llamarada de dolor. De repente, dio la impresión de que lo que la voz había dicho era verdad, que estaba al borde de la muerte. Pero no era el sueño el que conspiraba para matarlo, sino el centinela que habían apostado entre él y el sueño: aquella cacofonía que le destro zaba los sesos. Hasta ese momento no había notado que había caído al suelo, pos trado bajo aquel asalto. Tendió las manos ciegamente y encontró la pa red, se arrastró hasta ella; las máquinas seguían rugiendo detrás de sus ojos, la sangre se le agolpó en la cara. Se incorporó como pudo y comenzó a avanzar hacia el lavabo. A su espalda, la voz había logrado controlar su rabieta e iniciaba la exhorta ción desde el principio. Su sonido era tan íntimo que se volvió del todo con la esperanza de ver a su interlocutor; no se sintió defraudado. Por unos fugaces instantes le dio la impresión de encontrarse en una peque ña habitación sin ventanas, de blancas paredes. La luz era brillante y en el centro del cuarto estaba la cara de la que provenía la voz. Sonreía.

— Los sueños te dan dolor —dijo. Otra vez el primer mandamien to— . Entiérralos, Ballard, y el dolor habrá cesado.
Ballard lloraba como un niño; aquella mirada escrutadora le pro vocaba vergüenza. Apartó la mirada de su tutor, para ocultar las lá grimas.
— Confía en nosotros —le dijo otra voz, muy cercana—. Somos tus amigos.
No se fiaba de sus bonitas palabras. El dolor del que decían querer salvarlo era obra de ellos; era como una vara con la que le pegaban si los sueños volvían a surgir.
—Queremos ayudarte —dijo otra voz, o quizá la misma.
—No... —murmuró Ballard—. No, maldita sea... No..., no os... creo...

La habitación desapareció y volvió a encontrarse en el dormitorio, aferrado a la pared como un alpinista a la cara de un risco. Antes de que regresaran con más palabras, y más dolor, a tientas, llegó a la puerta del lavabo y ciegamente se abalanzó hacia la ducha. Por un momento, el pá nico se apoderó de él mientras buscaba los grifos; después, el agua salió a borbotones. Estaba terriblemente fría, pero puso la cabeza debajo del chorro, mientras la violencia embestida de los rotores intentaba destro zarle el cráneo. El agua helada le cayó por la espalda; dejó que la lluvia lo mojara como un torrente y, poco a poco, los helicópteros se fueron alejando. Aunque temblaba de frío, no se movió hasta que el último se hubo marchado; entonces, se sentó en el borde de la bañera, secándose el agua que le caía por el cuello, la cara y el cuerpo, y poco después, cuando sintió que sus piernas recuperaban las fuerzas, volvió al dormi torio. Se acostó sobre las mismas sábanas arrugadas, en la misma posición en que había yacido antes; sin embargo, nada era igual. No sabía qué había cambiado en él, ni cómo, pero así permaneció, sin que el sueño molestara su serenidad durante el resto de la noche. Intentó descifrar aquel enigma; poco antes del amanecer recordó las palabras que había balbuceado al encontrarse cara a cara con el engaño. Palabras simples, pero ¡cuánto poder encerraban!

—No os creo... —dijo; y los mandamientos temblaron.

Faltaba media hora para el mediodía cuando llegó a la pequeña em presa exportadora de libros que servía de tapadera a Suckling. Se sentía ingenioso, a pesar de la mala noche que había pasado; rápidamente lo gró engatusar a la recepcionista para que lo dejase pasar, y entró en el despacho de Suckling sin hacerse anunciar. Cuando Suckling vio al visi tante, saltó de su asiento como si le hubieran disparado.

—Buenos días —le dijo Ballard — . Creo que ya es hora de que ha blemos.
Los ojos de Suckling se posaron velozmente en la puerta del despa cho, que Ballard había dejado entreabierta.
—Lo siento, ¿hay corriente? —inquirió Ballard cerrando la puerta con suavidad—. Quiero vera Cripps.
Suckling paseó la vista por el mar de libros y manuscritos que ame nazaban con tragarse su escritorio y le preguntó:
—¿Cómo se le ocurre venir aquí? ¿Se ha vuelto loco? —Dígales que soy amigo, de la familia —sugirió Ballard. —No puedo creer que sea usted tan estúpido.
— Dígame cómo llegar hasta Cripps y me iré.
Suckling no le prestó atención y prosiguió con su andanada: —He tardado dos años en crearme esta tapadera. Ballard se echó a reír.
— ¡Informaré de esto, maldita sea!
—Debería hacerlo —repuso Ballard, levantando la voz—. Mientras tanto, ¿dónde está Cripps?
Aparentemente convencido de que estaba ante un loco, Suckling controló su ataque de ira y le dijo:
—Está bien, haré que alguien vaya a visitarlo y lo conduzca hasta él.
—No me parece bien —repuso Ballard.

En dos zancadas se acercó a Suckling y lo sujetó por la solapa. En diez años había pasado a lo sumo unas tres horas en compañía de Suckling, pero en su presencia no había habido un solo instante en el que no hubiera sentido unas ganas tremendas de hacer lo que se disponía a hacer en ese momento. Le apartó las manos de golpe y lo empujó contra la pared ta pizada de libros. Una pila de libros cayó al tocarla Suckling con el pie.

—Se lo repito, quiero ver al viejo.
—Quíteme sus sucias manos de encima —le ordenó Suckling, con redoblada furia porque lo habían tocado.
—Insisto, quiero ver a Cripps.
—Haré que le llamen la atención por esto. ¡Haré que lo echen!
Ballard se inclinó hacia la cara enrojecida y sonrió.
—De todas maneras yo estoy fuera. Han muerto varios, ¿lo recuer da? Londres necesita un chivo expiatorio, y creo que seré yo. —Suc kling se quedó de una pieza—. De modo que no tengo nada que perder, ¿verdad? —No hubo respuesta. Ballard se acercó más a Suckling y lo aferró con mayor fuerza—. ¿Verdad?
—Cripps ha muerto —le informó Suckling, perdiendo el valor.
—Lo mismo dijo de Odell —repuso Ballard sin soltarlo. Al oír aquel nombre, los ojos de Suckling se abrieron desmesuradamente — . Y lo vi anoche, en la ciudad.
—¿Vio a Odell?
—Claro que sí.

Al mencionar al hombre muerto, Ballard recordó la escena del calle jón. El olor del cuerpo, los sollozos del muchacho. Existían otras creen cias, pensó Ballard, más allá de la que una vez había compartido con la criatura que tenía debajo de él. Creencias cuyas devociones se cons truían con sangre y sudor, cuyos dogmas eran sueños. ¿Acaso no era la oración perfecta para bautizarse en esa nueva creencia con la sangre del enemigo? En algún rincón de su mente logró oír los helicópteros, pero no los dejó levantar vuelo. Se sentía fuerte; las manos, la cabeza, tenían fuerza. Cuando acercó las uñas hacia los ojos de Suckling, la sangre manó fácilmente. Debajo de la carne tuvo una visión momentánea de la cara, de los rasgos de Suckling desnudos hasta la esencia misma.

— ¿Señor?
Ballard miró por encima del hombro. La recepcionista estaba de pie. en el umbral de la puerta.
— Lo siento —se disculpó la muchacha, dispuesta a retirarse.
A juzgar por el sonrojo de la chica, era como si hubiese interrumpido una cita de amantes.
—Quédese —le ordenó Suckling—. El señor Ballard... ya se iba.
Ballard soltó a su presa. Surgirían otras oportunidades de cobrarse la vida de Suckling.
— Ya volveremos a vernos —le dijo.
Suckling sacó un pañuelo del bolsillo superior de la chaqueta y se lo apretó contra la cara.
—Cuente con ello —repuso.

Ahora irían por él, no le cabía ninguna duda. Era un elemento mo lesto, y lucharían por acallarlo lo antes posible. La idea no le disgustaba. Lo que habían intentado hacerle olvidar con el lavado de cerebro era más ambicioso de lo que había previsto; aunque le habían enseñado a enterrarlo muy hondo, estaba cavando para surgir a la superficie. Toda vía no lograba verlo, pero sabía que estaba cerca. En más de una oca sión, cuando iba camino de regreso a sus habitaciones, imaginó que. de trás de él, alguien lo observaba. Quizá lo seguían todavía, pero su instin to le indicaba lo contrario. La presencia que sentía cerca —tan cerca que a veces se encontraba justo a sus espaldas— era quizá otra parte de él. Se sintió protegido por aquella presencia, como si fuera un dios menor. En cierto modo había esperado encontrarse con un comité de recep ción en sus habitaciones, pero no había nadie. Estaba claro que Suck ling había tenido que demorar su llamada de alarma, o bien que la jerar quía superior continuaba discutiendo las tácticas. Se metió en los bolsi llos las escasas pertenencias que deseaba ocultar de los ojos calculadores del enemigo y abandonó otra vez el edificio sin que nadie hiciera nada por detenerlo.

Era una gran sensación estar vivo, a pesar del frío, que hacía que las calles mortecinas fueran más mortecinas aún. Sin motivo aparente, de cidió ir al zoológico; aunque durante veinte años había visitado la ciu dad en muchas ocasiones jamás había visto el zoológico. Mientras cami naba, se le ocurrió que nunca había sido tan libre como en ese momento en que se había despojado del poder como de una chaqueta vieja. Con razón le tenían miedo. Tenían motivos. La Kantstrasse estaba atestada, pero se abrió paso entre los tran seúntes con facilidad, como si presintieran una extraña certeza en él que los obligaba a apartarse. Al acercarse a la entrada del zoo, sin embargo, alguien tropezó con él. Se volvió para recriminar al muchacho, pero sólo alcanzó a verle la nuca cuando se confundía con la multitud que iba hacia Herdenbergstrasse. Sospechó que habían intentado robarle, y se registró los bolsillos. Encontró un trozo de papel en uno de ellos. No fue tan tonto como para examinarlo en el acto, sino que echó un vistazo a su alrededor para comprobar si reconocía al correo. El hombre ya había desaparecido.

Demoró la visita al zoo y se dirigió al Tiergarten; allí —en la espesu ra del gran parque— buscó un lugar donde leer el mensaje. Era de Mironenko, y le pedía una cita para hablar de un asunto de considerable ur gencia; le indicaba una casa en Marienfelde como lugar de encuentro. Ballard memorizó los detalles y destruyó la nota. Era perfectamente posible que la nota fuera una trampa, tendida por los de su bando o por los del opuesto. Quizá era una forma de poner a prueba su lealtad, o de manipularlo para hacerlo caer en una situación en la que pudieran despacharlo fácilmente. Sin embargo, a pesar de sus dudas, no le quedaba más remedio que acudir, en la esperanza de que quien lo citaba fuera en realidad Mironenko. Fueran cuales fuesen los peligros de aquel encuentro, no le resultaban del todo nuevos. En reali dad, y teniendo en cuenta las dudas que había abrigado durante tanto tiempo acerca de la eficacia de la visita, ¿no habían sido todas las citas concertadas por él unas citas a ciegas? Hacia el anochecer, el aire húmedo se espesó hasta formar una nie bla; cuando bajó del autobús en Hildburghauserstrasse ya se había apo derado de la ciudad, otorgándole al frío nuevos poderes para producir incomodidades.

Ballard avanzó rápidamente por las calles silenciosas. Apenas cono cía el barrio, pero su proximidad al Muro le había arrancado el escaso encanto que alguna vez pudo haber tenido. Muchas de las casas estaban deshabitadas, y las pocas que no lo estaban se encontraban cerradas a cal y canto para impedir el paso de la noche, el frío y las luces que brilla ban desde las torres de vigilancia. Sólo con la ayuda del mapa logró en contrar la callecita que indicaba la nota de Mironenko. En la casa no había luces. Ballard llamó con fuerza, pero en el ves tíbulo no oyó la respuesta de unos pasos. Había pensado ya en varias posibilidades, pero el que en la casa no le contestaran no había sido una de ellas. Volvió a llamar una y otra vez. Sólo entonces oyó ruidos en el interior; finalmente, le abrieron la puerta. El pasillo estaba pin tado de gris y marrón, e iluminado por una bombilla desnuda. El hombre cuya silueta quedó recortada contra el monótono interior no era Mironenko.

—¿Sí? ¿Qué quiere? —le preguntó.
Hablaba alemán con un claro acento moscovita.
—Busco a un amigo mío —respondió Ballard.
El hombre, que era casi tan ancho como el umbral de la puerta, negó con la cabeza.
—Aquí no hay nadie. Sólo estoy yo.
— Me dijeron...
—Se habrá equivocado de casa.

En cuanto el portero hubo hecho el comentario, desde el fondo del triste pasillo le llegaron unos ruidos. Alguien derribaba unos muebles y empezaba a gritar. El ruso miró por encima del hombro y se disponía a cerrarle la puer ta en la cara a Ballard, pero éste puso el pie entre la puerta y el marco y se lo impidió. Aprovechando la distracción del hombre, Ballard apoyó el hombro contra la puerta y empujó. Se encontró en el pasillo —en rea lidad ya lo había recorrido hasta la mitad— antes de que el ruso fuera en su persecución. Los ruidos habían aumentado, ahogados ahora por los chillidos de un hombre. Ballard siguió aquellos sonidos hasta dejar atrás los dominios de la solitaria bombilla y adentrarse en la oscuridad del fondo de la casa. En aquel punto habría muy bien podido perderse, pero justo en ese instante una puerta se abrió violentamente delante de él. La habitación tenía el suelo de madera roja; brillaba como si lo aca baran de pintar. Y apareció el decorador en persona. Le habían abierto el torso desde el cuello hasta el ombligo. Se apretaba con las manos el canal abierto, pero poco pudo hacer para detener el torrente; la sangre le brotaba a chorros, y junto con ella saltaron las vísceras. La mirada del hombre encontró la de Ballard; sus ojos estaban llenos de muerte a re bosar, pero su cuerpo aún no había recibido la instrucción de echarse y morir; avanzó a tientas, en un deplorable intento de huir de la escena de la ejecución.

Ballard se quedó petrificado ante el espectáculo que contemplaba, y el ruso logró darle alcance; lo sujetó y lo arrastró de vuelta al pasillo. gritándole a la cara. Ballard no entendió palabra de la asustada perorata en ruso, pero no hizo falta que le tradujeran lo que le decían aquellas manos que se cerraron alrededor de su garganta. El ruso no era tan há bil como él, y aunque en las manos tenía la fuerza de un experto estrangulador, Ballard no hubo de hacer ningún esfuerzo para sentirse supe rior a su contrincante. Apartó las manos que le apretaban el cuello y lo golpeó en la cara. Fue un golpe fortuito. El ruso cayó contra la escalera y dejó de gritar. Ballard se volvió a mirar la habitación roja. El muerto había desapa recido, aunque en el umbral de la puerta quedaban trozos de su carne. Desde el interior le llegó una carcajada. Ballard se volvió hacia el ruso y preguntó:

—En nombre de Dios, ¿qué es lo que ocurre?
El otro se limitó a mirar fijamente hacia la puerta abierta. Al hablar Ballard, las risas cesaron. Una sombra se movió sobre la pared manchada de sangre del interior, y una voz dijo:
—¿Ballard?
La voz era ronca, como si el hablante hubiera gritado un día y una noche enteros, pero era la voz de Mironenko.
—No se quede ahí fuera, hace frío —le dijo—; entre. Y traiga a Solomonov.
El ruso hizo un esfuerzo por llegar hasta la puerta principal, pero Ballard logró asirlo antes de que hubiera logrado dar un par de pasos.
—No hay nada que temer, camarada —le dijo Mironenko—, el pe rro se ha marchado.

A pesar de la frase tranquilizadora, Solomonov comenzó a sollozar cuando Ballard lo empujó hacia la puerta abierta. Mironenko tenía razón; adentro hacía más calor. Y no había señales del perro. Sin embargo, había sangre en abundancia. El hombre que Ballard había visto tambalearse en el umbral de la puerta había sido arrastrado de vuelta a aquel matadero mientras el inglés luchaba con Solomonov. El cuerpo había sido tratado con una atrocidad sorpren dente. Le habían abierto la cabeza a golpes; y por el suelo estaban des parramadas sus vísceras. Acuclillado en un oscuro rincón de aquel horrible cuarto se encon traba Mironenko. A juzgar por la hinchazón de la cara y del torso, lo ha bían golpeado sin piedad, pero en la cara sin afeitar se dibujó una sonri sa para su salvador.

—Sabía que vendría —le dijo. Posó la mirada en Solomonov—. Me siguieron. Supongo que tenían intención de matarme. ¿Era eso lo que pretendíais, camarada?

Solomonov negó con la cabeza, lleno de miedo. Sus ojos pasaron rá pidamente de la magullada cara redonda de Mironenko a los trozos de vísceras desperdigados por todas partes, sin encontrar refugio alguno.

— ¿Qué los detuvo? —inquirió Ballard.
Mironenko se puso de pie. Incluso aquel lento movimiento hizo es tremecerse a Solomonov.
—Díselo al señor Ballard —le ordenó Mironenko—. Dile lo que ocurrió. —Solomonov estaba demasiado aterrado para contestar—. Es de la KGB —le explicó Mironenko—. Los dos son de confianza. Pero se ve que no les tenían tanta confianza como para avisarles. Pobres idiotas. Los enviaron a asesinarme armados de un revólver y una plegaria. —Se echó a reír ante aquel pensamiento—. En estas circunstancias, ninguna de las dos cosas les sirvió de mucho.
—Déjame ir... —murmuró Solomonov — , te lo suplico. No diré nada.
—Dirás lo que ellos quieran que digas, camarada, tal como hacemos todos —repuso Mironenko—. ¿No es así, Ballard? ¿No somos esclavos de nuestra fe?
Ballard observó atentamente la cara de Mironenko; reflejaba una plenitud no del todo atribuible a las magulladuras. Un hormigueo pare cía recorrerle la piel.
—Nos han vuelto desmemoriados —dijo Mironenko.
—¿De qué nos olvidamos? —preguntó Ballard. —De nosotros mismos —fue la respuesta.

Al contestar, Mironenko salió de su mugriento rincón y se plantó en la luz. ¿Qué le habían hecho Solomonov y su compañero muerto? La carne de Mironenko era una masa de pequeñas contusiones, y en el cuello y las sienes tenía unos bultos ensangrentados que Ballard habría confun dido con moretones, de no haberlos visto palpitar, como si algo anidara debajo de la piel. Sin embargo, Mironenko no dio señales de incomodi dad cuando tendió la mano hacia Solomonov. Al tocar al frustrado ase sino, éste perdió el control de la vejiga, pero las intenciones de Miro nenko no eran asesinas. Con una pavorosa ternura le quitó una lágrima que se deslizaba por la mejilla de Solomonov.

—Vuelve con ellos —aconsejó al tembloroso hombre —. Cuéntales lo que has visto.
Solomonov apenas podía creer lo que oía, o bien sospechó —igual que Ballard— que aquel perdón era una trampa, y que cualquier intento por alejarse de allí provocaría unas consecuencias fatales. Pero Mironenko insistió.
—Vete. Déjanos, por favor. ¿O preferirías quedarte y comer?
Solomonov dio un solo paso vacilante hacia la puerta. Al comprobar que no le había caído ningún golpe, dio otro paso, y un tercero, y luego salió por la puerta y se marchó.
— ¡Cuéntales! —les gritó Mironenko. Se oyó un portazo.
—¿Contarles qué? —preguntó Ballard.
—Que he recordado —repuso Mironenko—. Que he encontrado la piel que me habían robado.
Por primera vez desde que entrara en la casa, Ballard comenzó a sentir náuseas. No eran ni por la sangre ni por los huesos que yacían a sus pies, sino por la mirada de Mironenko. En una ocasión había visto unos ojos igual de brillantes. Pero ¿dónde?
—Usted... —dijo en voz baja—, usted lo ha hecho.
— Por supuesto —repuso Mironenko.
—¿Cómo? —preguntó Ballard. En la cabeza comenzó a retumbarle un estruendo familiar. Intentó no prestarle atención y quiso obligar al ruso a darle una explicación —. ¿Cómo, maldita sea?
—Somos iguales —repuso Mironenko—. Lo huelo en usted.
—No —negó Ballard.
El clamor aumentaba.
— Las doctrinas no son más que palabras. Lo que importa no es lo que nos enseñan, sino lo que sabemos, en lo más hondo, en el alma.

En otra ocasión había hablado del alma, de los lugares que sus amos habían construido para destrozar a los hombres. Entonces, Ballard lo había tomado como una extravagancia, pero ya no estaba tan seguro. ¿Qué otra finalidad tenía el cortejo fúnebre sino la de subyugar una par te secreta de él? La parte más honda, el alma. Antes de que Ballard lograra encontrar las palabras para expre sarse, Mironenko quedó inmóvil; sus ojos relucían con mayor brillo que nunca.

—Están afuera —le dijo.
— ¿Quiénes?
—¿De veras importa? —inquirió el ruso encogiéndose de hom bros—. Los suyos, los míos. Da igual, cualquiera de los dos bandos nos acallará, si puede.
Era verdad.
—Hemos de darnos prisa —dijo, y se dirigió al pasillo.

La puerta principal estaba entreabierta. Mironenko se plantó ante ella en unos segundos. Ballard lo siguió. Juntos se escabulleron hacia la calle. La niebla había espesado. Remoloneaba alrededor de las farolas, ensuciando su luz, convirtiendo cada portal en un escondite. Ballard no esperó para tentar a los perseguidores a que salieran, sino que siguió a Mironenko, que ya le llevaba bastante ventaja; se movía con rapidez, a pesar de su corpulencia. Ballard tuvo que acelerar el paso para no per der de vista al hombre. Lo distinguía un momento, y al momento si guiente se perdía, envuelto en la niebla. La zona residencial que atravesaron dio paso a unos edificios anóni mos, depósitos tal vez, cuyas paredes sin ventanas se elevaban en la den sa oscuridad. Ballard le gritó para que aminorara su baldada marcha. El ruso se detuvo y se volvió hacia Ballard; su perfil osciló en la luz asedia da. ¿Sería una jugarreta de la niebla, o acaso el estado de Mironenko se había deteriorado desde que abandonaran la casa? Daba la impresión de que su cara se caía a pedazos; los bultos del cuello se habían hinchado todavía más.

—No tenemos que correr —le dijo Ballard—. No nos siguen.
—Siempre nos siguen —respondió Mironenko.
Para confirmar la observación, Ballard oyó en una calle cercana unos pasos amortiguados por la niebla.
—No hay tiempo para discutir —murmuró Mironenko, se volvió en redondo y echó a correr.

En unos segundos, la niebla volvió a encerrarlo en su secreto. Ballard titubeó un momento más. Aunque sabía que era una impru dencia, quiso ver a sus perseguidores para reconocerlos en un futuro. Pero mientras las suaves pisadas de Mironenko se fueron acallando con la distancia, notó que los otros pasos también habían cesado. ¿Sabrían que los estaba esperando? Contuvo el aliento, pero no recibió señales de ellos. La niebla criminal siguió remoloneando. Al parecer, se encon traba solo, envuelto en ella. A regañadientes, desistió de su propósito y fue tras el ruso a toda carrera. Unos metros más adelante, el camino se bifurcaba. En ninguna de las dos direcciones vio señales de Mironenko. Maldiciendo la estupidez que lo obligó a demorarse, Ballard se internó por el camino en el que la mortaja de la niebla era más densa. La calle era breve y terminaba en un muro tapizado de púas; detrás del muro había una especie de parque. La niebla se aferraba a este espacio de tierra húmeda con más tenacidad que en la calle, y Ballard no lograba ver más que un par de metros de la parte del jardín en el que se hallaba. Su intuición le decía que había es cogido el camino correcto, que Mironenko había escalado el muro y que lo esperaba en alguna parte, muy cerca. A sus espaldas, la niebla guar daba silencio. Sus perseguidores habían perdido su pista o bien habían equivocado el camino o las dos cosas. Subió al muro evitando a duras penas las púas, y se dejó caer del lado opuesto.

La calle le había parecido tan silenciosa que hubiera podido oír el ruido de un alfiler al caer, pero en realidad no era así, porque en el inte rior del parque había un silencio aún mayor. Allí, la niebla era más fría, y se cernía sobre él con más insistencia a medida que avanzaba por el césped humedecido. El muro que había dejado atrás —su único punto de referencia en aquel erial— se convirtió en un fantasma y acabó por desaparecer. Condenado ya, avanzó unos cuantos pasos, sin tener la certeza de seguir un camino recto. De repente, la cortina de niebla se abrió y vio una figura que lo esperaba a unos metros de distancia. Las magulladuras le desfiguraban de tal manera la cara que Ballard no ha bría reconocido a Mironenko a no ser por los ojos que seguían ardiendo, brillantes. El hombre no esperó a Ballard, sino que se volvió y salió a medio galope hacia la insolidez, dejando al inglés detrás, que lo siguió maldicien do la persecución y la presa. En ese momento sintió un movimiento muy cerca. Sus sentidos de nada le sirvieron en el cerrado abrazo de la niebla y la noche, pero vio con esos otros ojos, oyó con esos otros oídos y supo que no estaba solo. ¿Acaso Mironenko había abandonado la carrera y había vuelto para escoltarlo? Pronunció su nombre, consciente de que al hacerlo revelaría su situación a cualquiera y a todos, pero igualmente seguro de que quienquiera que lo acechase ya sabía exactamente dónde estaba.

—Hable —le dijo.

De la niebla no surgió respuesta alguna. Entonces, otro movimiento. La niebla se enroscó sobre sí misma y Ballard divisó entre sus divididos velos una silueta. ¡Mironenko! Volvió a gritar su nombre, y dio unos cuantos pasos en la lobreguez; de repente, alguien avanzó hacia él. Vio al fantasma sólo por un mo mento, el suficiente como para ver unos ojos incandescentes y unos dientes tan enormes que deformaban la boca, convertida en una mueca permanente. De esos dos hechos —dientes y ojos— tuvo una certeza plena. De las demás rarezas —el vello erizado, los monstruo sos miembros— no estuvo tan seguro. Tal vez su mente, exhausta por el ruido y el dolor, había terminado por perder todo asidero con el mundo real, e inventaba terrores para asustarlo y hacerlo volver a la ig norancia.

—¡Maldición! —exclamó, desafiando al trueno que volvía para en ceguecerlo otra vez y a los fantasmas que no lograría ver.

Como para poner a prueba su desafío, la niebla rieló y se abrió, y algo que hubiera podido ser humano, pero que yacía con el vientre en el suelo, se mostró furtivamente y desapareció. A su derecha oyó unos gruñidos; a su izquierda apareció otra silueta indeterminada y se desva neció. Al parecer, estaba rodeado de locos y perros salvajes. ¿Y Mironenko, dónde estaría? ¿Formaría parte de aquel grupo, o sería presa de él? Al oír a su espalda una palabra pronunciada a medias, se volvió en redondo y vio una figura que, claramente, era la del ruso, pero volvió a ocultarse en la niebla. Esta vez la persiguió a la carrera, y su velocidad se vio recompensada. La figura reapareció ante él; Ballard tendió la mano para aferrar la chaqueta del hombre. Sus dedos encon traron un asidero y, de golpe, Mironenko se olvidó; un gruñido escapó de su garganta, y Ballard se quedó mirando fijamente una cara que casi le arrancó un grito. Su boca era una herida fresca, los dientes enormes, los ojos unas rajas de oro fundido; los bultos del cuello se habían hincha do y extendido, y la cabeza del ruso ya no surgía del cuerpo sino que for maba parte de una energía indivisa, se convertía en torso sin que entre ambos hubiera interrupción alguna.

—Ballard — dijo la bestia con una sonrisa.
La voz se aferraba a la coherencia con gran dificultad, pero Ballard logró captar en ella algún vestigio de la de Mironenko. Cuanto más ex ploraba la carne ardiente, más crecía su asombro.
—No tenga miedo —le dijo Mironenko.
—¿Qué enfermedad es ésta?
—La única enfermedad que padecía era la del olvido, y ya estoy cu rado. ..

Al hablar hizo unas muecas, como si cada palabra se formara contra riando los instintos de su garganta. Ballard se llevó la mano a la cabeza. A pesar de la aversión que le producía el dolor, el ruido aumentaba cada vez más. —También usted lo recuerda, ¿verdad? Es igual que yo.
—No —balbució Ballard.
Mironenko tendió hacia él una mano erizada de pelos para tocarlo y le dijo:
—No tema, no está solo. Somos muchos. Hermanos todos.
—No soy su hermano —protestó Ballard.
El ruido era tremendo, pero era peor la cara de Mironenko. Asquea do, le volvió la espalda, pero el ruso se limitó a seguirlo.
—¿Acaso no saborea la libertad, Ballard? Y la vida. Está al alcance de la mano.
Ballard continuó caminando; comenzó a sangrarle la nariz. No hizo nada por impedirlo.
—Sólo duele durante unos momentos —le explicó Mironenko— Después, el dolor desaparece...
Ballard mantuvo la cabeza gacha y los ojos fijos en el suelo. Al ver que sus palabras no surtían efecto. Mironenko se quedó atrás.
— ¡No permitirán que vuelva! —le gritó—. Ha visto usted dema siado.
El rugido de los helicópteros no logró acallar aquellas palabras. Ba llard sabía que encerraban la verdad. Vaciló, y a través del ruido oyó que Mironenko murmuraba:
—Mire...
La niebla se había vuelto menos densa, y a través de los jirones de bruma logró ver la pared del parque. Detrás de él, la voz de Mironenko se había convertido en un gruñido.
—Mire lo que es.

Los rotores rugían; Ballard sintió como si las piernas fueran a do blársele. Pero siguió avanzando hacia el muro. Cuando estuvo a unos metros de él, Mironenko volvió a llamarlo, pero ya no con palabras. Sólo oyó un rugido muy quedo. Ballard no logró resistir la tentación de mirar, aunque sólo fuera una vez. Y miró por encima del hombro. La niebla volvió a confundirlo, pero no del todo. Durante unos mo mentos que fueron a la vez eternos y excesivamente breves, Ballard vio en toda su gloria la cosa que había sido Mironenko; al verlo, el sonido de los rotores aumentó a un nivel ensordecedor. Se tapó la cara con las manos. En ese momento sonó un disparo, luego otro, y luego una ráfa ga. Cayó al suelo abatido por la debilidad, así como para defenderse; se descubrió la cara y en la niebla vio moverse a varias siluetas humanas. Aunque se había olvidado de sus perseguidores, ellos no se habían olvi dado de él. Lo habían seguido hasta el parque, se habían internado en el corazón de aquella locura, y ahora se encontraban perdidos en la niebla los hombres, los medio hombres y unas cosas que ya no lo eran, y por to das partes reinaba la confusión. Vio a un tirador disparando a una som bra, y acto seguido apareció ante él un aliado con un tiro en el estóma go; vio aparecer una cosa a cuatro patas y la vio desaparecer erguida en dos; vio a otra correr riendo a través del hocico y llevando una cabeza humana agarrada por el pelo. Él también quedó envuelto en la confu sión. Temiendo por su vida, se incorporó y, tambaleándose, regresó al muro. Prosiguió la sucesión de gritos, disparos y gruñidos; a cada paso esperaba toparse con una bala o una bestia. Logró llegar al muro con vida e intentó escalarlo, pero le fallaba la coordinación. No le quedo más remedio que seguir el muro en toda su extensión hasta llegar al portal.

Detrás de él proseguían las escenas de desenmascaramiento, trans formación e identidad errada. Sus debilitados pensamientos volvieron brevemente a Mironenko. ¿Acaso él, o cualquiera de su tribu, sobrevi virían a esta masacre?

—Ballard —dijo una voz en la niebla.

Al principio no logró recordar su nombre. Su mente vagaba como un niño extraviado, aunque su interrogador le exigía una y otra vez que prestara atención, habiéndole como si fueran viejos amigos. Y en ver dad su ojo errante tenía un no sé qué de familiar, pues seguía su camino con más lentitud que su compañero. Por fin se acordó del nombre.

—Tú eres Cripps —le dijo.
—Claro que soy Cripps —repuso el hombre—. ¿Es que la memoria te está jugando una mala pasada? No te preocupes. Te he administrado unos supresores, para impedir que perdieras el equilibrio. Aunque no lo creo probable. Has luchado con el bando correcto, Ballard, a pesar de las considerables provocaciones. Cuando pienso en la forma en que mu rió Odell... — Suspiró—. ¿ Recuerdas algo de lo de anoche?
Al principio, su mente estaba en blanco. Pero luego, los recuerdos comenzaron a llegar. Unas formas vagas moviéndose en la niebla.
—El parque —dijo, por fin.
—Llegué a tiempo para sacarte. Sólo Dios sabe cuántos han muerto.
— ¿El otro..., el ruso...?
—¿Mironenko? —sugirió Cripps—. No lo sé. Ya no estoy al cargo, simplemente intervine para salvar lo que pude. Tarde o temprano, Lon dres volverá a necesitarnos. En especial ahora que saben que los rusos cuentan con un cuerpo especial como el nuestro. Ya nos habían llegado rumores, y cuando te entrevistaste con él, comenzamos a sospechar de Mironenko. Por eso organicé la cita. Y cuando lo vi cara a cara, lo supe. Tenía algo en los ojos, algo hambriento.
—Lo vi cambiar...
—Sí, todo un espectáculo, ¿no? Hay que ver la fuerza que desata. Por eso desarrollamos el programa, para aprovechar esa fuerza y usarla a nuestro favor. Pero es difícil de controlar. Llevó años de terapia supresiva, hubo que enterrar lentamente el deseo de transformación, para quedarnos con un hombre con las facultades de la bestia. Un lobo con piel de cordero. Creímos que habíamos resuelto el problema: si los sis temas de creencias no mantenían dominado al sujeto, lo haría la respuesta dolorosa. Pero nos equivocamos. —Se puso de pie y se dirigió a la ventana—. Ahora tenemos que empezar de nuevo.
—Suckling dijo que te habían herido.
—No. Simplemente me degradaron. Me ordenaron que volviera a Londres.
—Pero no volverás.

No logró ver a su interlocutor, aunque reconoció su voz. La había o en sus delirios, y le había mentido. Sintió un pinchazo en el cuello. El hombre se le había acercado por detrás y le había metido la aguja. —Duerma —le dijo la voz. Y con aquella palabra llegó el olvido.

—No, ahora que te he encontrado, no. —Miró a Ballard de arriba a abajo—. Eres mi vindicación, Ballard. Eres una prueba viviente de que mis técnicas son viables. Tienes pleno conocimiento de tu estado, pero la terapia te mantiene dominado.

Se volvió hacia la ventana. La lluvia golpeaba el cristal. Ballard la sentía casi en la cabeza, en la espalda. Lluvia dulce, fresca. Por un di choso momento, le pareció correr bajo la lluvia, cerca del suelo, y el aire se llenaba de los aromas que el chubasco arrancaba al asfalto.

—Mironenkodijo...
—Olvídate de Mironenko —le aconsejó Cripps—. Está muerto. Tú eres el último del antiguo orden, Ballard. Y el primero del nuevo.
Abajo sonó el timbre. Cripps se asomó a la ventana y miró hacia la calle.
—Vaya, vaya —dijo—. Una delegación que viene a rogarnos que volvamos. Espero que te sientas halagado. —Se dirigió a la puerta—. Quédate aquí. No hace falta que te exhibamos esta noche. Estás cansa do. Que esperen, ¿no? Que suden.

Abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Ballard oyó sus pasos en la escalera. Llamaron otra vez al timbre. Se levantó y fue hasta la ventana. La lasitud de la luz del atardecer concordaba con su propia lasitud; la ciudad y él compartían la misma armonía, a pesar de la maldición que pesaba sobre él. Abajo, un hombre salió del asiento tra sero de un coche y se acercó a la puerta principal. Incluso desde ese án gulo agudo, Ballard reconoció a Suckling. Se oyeron voces en el pasillo; al aparecer Suckling, la discusión se tornó más acalorada. Ballard fue hasta la puerta y escuchó, pero no lo gró entender demasiado, porque las drogas le obnubilaban la mente. Rogaba porque Cripps mantuviera su palabra y no les permitiera verlo. No quería ser una bestia como Mironenko. Aquello no era la libertad. Ser tan horrible no era la libertad: simplemente era una clase distinta de tiranía. Tampoco quería convertirse en el primero de la nueva y heroica orden de Cripps. Comprendió que no pertenecía a nadie, ni siquiera a sí mismo. Se encontraba irremediablemente perdido. Sin embargo, ¿acaso no había dicho Mironenko, durante aquella primera cita, que el hombre que no se creía perdido, estaba perdido? Quizá mejor así —mejor existir en el crepúsculo, entre un estado y el otro, prosperar lo mejor que podía con la duda y la ambigüedad— que sufrir las certezas de la torre.

La discusión cobró mayor impulso. Ballard abrió la puerta para oír mejor. Le llegó la voz de Suckling. Su tono era colérico, pero no por eso menos amenazante.

—Se acabó —le decía a Cripps—. ¿Es que no entiende el inglés? —Cripps intentó protestar, pero Suckling lo interrumpió—. O nos acompaña de un modo pacífico, o Gideon y Sheppard lo sacarán a la fuerza. ¿Qué elige?
—¿Qué es esto? —inquirió Cripps—. Usted no es quién, Suckling— Es usted un segundón cualquiera.
—Eso era ayer —repuso el hombre—. Se han producido ciertos cam bios. A todos nos llega el turno, ¿no es así? Usted debería saberlo mejor que nadie. En su lugar, me llevaría un impermeable. Está lloviendo.
Se produjo un breve silencio, luego Cripps dijo:
—Está bien, les acompañaré.
—Así se hace —dijo Suckling con suavidad—. Gideon, sube a echar un vistazo.
—Estoy solo —dijo Cripps.
—Le creo —comentó Suckling. Y dirigiéndose a Gideon, agregó—: De todos modos, sube.

Ballard oyó a alguien cruzar el pasillo, y luego una serie repentina de movimientos. Cripps intentaba huir o atacar a Suckling, o ambas cosas. Suckling gritó; se produjo un forcejeo. En medio de la confusión, sonó un solo disparo. Cripps lanzó un grito, y luego se oyó el ruido que hizo al caer. Acto seguido, la voz de Suckling gritó enfurecida:

—Estúpido, estúpido.
Cripps masculló algo que Ballard no logró captar. ¿Acaso le habría pedido que lo remataran? Suckling le contestó:
—No, volverá a Londres. Sheppard, córtale la hemorragia. Gideon, sube.

Ballard se apartó del descansillo de la escalera cuando Gideon inició el ascenso. Se sentía lento e inepto. No había forma de salir de aquella trampa. Lo arrinconarían y acabarían con él. Era una bestia; un perro enfurecido y ofuscado. Ojalá hubiera matado a Suckling cuando tenía fuerzas para hacerlo. Pero ¿de qué habría servido? El mundo estaba lle no de hombres como Suckling, hombres que esperaban que les llegara la hora para mostrar su verdadera naturaleza; hombres viles, blandos, secretos. De repente, la bestia comenzó a moverse dentro de Ballard, y pensó en el parque y la niebla, y en la sonrisa que había visto en la cara de Mironenko; sintió que lo embargaba la pena por algo que nunca ha bía tenido: la vida de un monstruo. Gideon se encontraba casi en lo alto de la escalera. Aunque eso sólo demoraría lo inevitable por unos momentos, Ballard se deslizó por el re llano y abrió la primera puerta que encontró. Era el cuarto de baño. En la puerta había un pestillo y lo corrió.

El cuarto se llenó del sonido del agua corriente. Se había roto un tro zo del tubo de desagüe y por él caía un torrente de agua de lluvia sobre el alféizar de la ventana. Aquel sonido y el frío del cuarto de baño le re cordaron la noche de los delirios. Recordó el dolor y la sangre, recordó la ducha —el agua golpeándole el cráneo, aliviándole el dolor amansa dor—. Al pensarlo, cuatro palabras surgieron de sus labios, incontro ladas.

—No me lo creo.
Gideon le oyó.
—Hay alguien aquí arriba —gritó Gideon.
El hombre se acercó a la puerta y la aporreó.
—¡Abra!
Ballard lo oyó con toda claridad, pero no contestó. Le quemaba la garganta, y el rugido de los rotores volvía a aumentar. Desesperado, se recostó contra la puerta. Suckling tardó unos segundos en subir la escalera y plantarse delante de la puerta.

—¿Quién está ahí dentro? —exigió saber— ¡Conteste! ¿Quién es?
Al no obtener respuesta, ordenó que subieran a Cripps. Se produjo un mayor alboroto cuando la orden fue obedecida.
—Por última vez... —amenazó Suckling.

En la cabeza de Ballard, la presión fue en aumento. Esta vez daba la impresión de que el ruido tenía intenciones letales; le dolían los ojos, como si estuvieran a punto de saltárseles de las órbitas. En el es pejo que había encima del lavabo logró vislumbrar algo, una cosa con ojos relucientes, y otra vez surgieron las palabras, «No me lo creo», pero esta vez su garganta, ocupada en otros menesteres, apenas logró pronunciarlas.

—Ballard —dijo Suckling. El nombre sonó a triunfo—. Dios mío, también tenemos a Ballard. Es nuestro día de suerte.

No, pensó el hombre reflejado en el espejo. Ahí dentro no había na die con ese nombre. En realidad, carecía de nombre, porque ¿no eran acaso los nombres el primer acto de fe, la primera tabla del ataúd en el que se enterraba la libertad? La cosa en la que se estaba convirtiendo era innombrable, no podía ser encerrada en un ataúd, ni sepultada. Nunca jamás. Por un momento dejó de ver el cuarto de baño, y se encontró revolo teando sobre la tumba que le habían obligado a cavar, y en las profundi dades bailaba el ataúd mientras su contenido pugnaba por impedir su prematuro enterramiento. Logró oír cómo se astillaba la madera, ¿o se ría el ruido producido por la puerta al ser derribada? La tapa del féretro se hizo pedazos. Una lluvia de clavos cayó sobre las cabezas de los miembros del cortejo fúnebre. El ruido, como si su piera que sus tormentos habían sido infructuosos, desapareció de repen te, y con él los delirios. Se encontró otra vez en el cuarto de baño, frente a la puerta abierta. Los hombres que lo miraban tenían cara de tontos. Estupefactos por la sorpresa de contemplar el cambio producido. De contemplar el hocico, los pelos, los ojos dorados y los dientes amarillos. Sintió alborozo al ver el horror de aquellos hombres.

— ¡Mátalo! —dijo Suckling, y empujó a Gideon hacia el umbral.

El hombre ya había sacado el revólver del bolsillo y se disponía a apuntar, pero fue demasiado lento. La bestia le aferró la mano y le des hizo la carne contra el acero. Gideon aulló y bajó la escalera tambalean te, sin prestar atención a los gritos de Suckling. Cuando la bestia levantó la mano para oler la sangre que bañaba su palma, se produjo un fogonazo y sintió un golpe en el hombro. Sheppard no tuvo ocasión de disparar por segunda vez antes de que su presa salie ra por la puerta y se abalanzara sobre él. Dejó caer el arma e intentó fú tilmente correr hacia la escalera, pero la mano de la bestia le abrió la nuca de un solo golpe. El asesino cayó de bruces y el estrecho rellano se llenó de su olor. Olvidándose de sus otros enemigos, la bestia se abalan zó sobre las vísceras y comió. Alguien dijo:

—Ballard.
La bestia se tragó los ojos del muerto de un solo bocado, como si fue ran ostras de calidad.
Y otra vez, aquella palabra:
—Ballard.

Habría continuado con el festín, pero el ruido de unos sollozos le hizo aguzar los oídos. Estaba muerto para sí mismo, pero no para la pena. Dejó caer la carne y se volvió a mirar hacia el rellano. El hombre que lloraba lo hacía con un solo ojo; el otro miraba fija mente y, por raro que pareciera, seguía intacto. Pero el dolor del ojo vivo era verdaderamente profundo. Era desesperación, la bestia lo sa bía; aquel sufrimiento se encontraba demasiado cercano a él como para que la dulzura de la transformación lo hubiera borrado por completo. Otro hombre sujetaba al que sollozaba, y había colocado el revólver en la sien del prisionero.

—Si da un paso más —dijo el capturador—, le volaré la cabeza. ¿Me entiende?
La bestia se limpió la boca.
— ¡Dígaselo, Cripps! Es obra suya. Haga que lo entienda.
El hombre de un solo ojo intentó hablar, pero le fallaron las pa labras. Por entre sus dedos, manaba sangre de la herida del abdo men.
—Ninguno de los dos tiene por qué morir —dijo el capturador. A la bestia no le gustó la música de su voz; era aguda y engañosa—. Londres preferiría conservarlo con vida. ¿Por qué no se lo dice, Cripps? Dígale que no quiero hacerle daño.
El hombre sollozante asintió.
—Ballard... —murmuró.
Su voz era más suave que la del otro. La bestia escuchó.
—Dígame, Ballard... ¿qué se siente?
La bestia no logró entender bien la pregunta.
—Por favor, dígamelo. Sólo por curiosidad se lo pregunto...
—Maldita sea... —dijo Suckling, presionando el arma contra la car ne de Cripps—. Esto no es una tertulia.
—¿Bien? —preguntó Cripps, sin prestar atención al hombre ni al re vólver.
—¡Cállese!
—Contésteme, Ballard. ¿Qué se siente?
Mientras miraba fijamente en los desesperados ojos de Cripps, el significado de los sonidos proferidos adquirió sentido, las palabras fue ron ocupando su sitio, como las piezas de un mosaico.
—¿Es bueno? —preguntó el hombre.
Ballard oyó que su garganta lanzaba una carcajada y allí encontró las silabas para contestar.
—Sí —le contestó al hombre sollozante — . Sí, es bueno.

No había concluido la respuesta y la mano de Cripps aferró la de Suckling. Nunca se sabría si intentó suicidarse o escapar. Salió el dispa ro; una bala atravesó la cabeza de Cripps y desparramó su desespera ción por el techo. Suckling se desembarazó del cuerpo y se dispuso a apuntar de nuevo, pero la bestia ya se le había echado encima. Si hubiera tenido más de hombre, a Ballard se le habría ocurrido ha cer sufrir a Suckling, pero no abrigaba tan perversa ambición. Sólo pen saba en eliminar al enemigo lo más eficazmente posible. Dos zarpazos letales lo hicieron. Una vez despachado el hombre, Ballard fue hasta donde yacía Cripps. Su ojo de vidrio había escapado de la destrucción. Continuaba mirando fijamente; el holocausto que los rodeaba no había hecho mella en él. Lo sacó de la cabeza mutilada y se lo metió en el bolsillo; luego salió a la calle, bajo la lluvia.

Oscurecía. No sabía a qué distrito de Berlín lo habían conducido, pero sus impulsos, libres ya de la razón, lo condujeron por las callejuelas más ocultas y entre las sombras, hasta un erial de las afueras de la ciu dad, en medio del cual se elevaba una ruina solitaria. Cualquiera sabía qué había sido aquel edificio (¿un matadero? ¿un teatro de ópera?), pero por algún capricho del destino había escapado a la demolición, por más que todos los demás edificios, en varias manzanas a la redonda, hu bieran sido derribados. Mientras avanzaba por las ruinas cubiertas de hierbajos, el viento cambió de dirección y le trajo el olor de su tribu. Eran muchos, y se refugiaban en las ruinas. Algunos se recostaban con tra las paredes y compartían un cigarrillo; otros, completamente conver tidos en lobos, vagaban en la oscuridad como fantasmas de ojos dora dos; otros habrían pasado por humanos, salvo por sus huellas.

Aunque temía que los nombres estuvieran prohibidos en aquel clan, le preguntó a un macho que cubría a una hembra al abrigo de la pared si conocía a un hombre llamado Mironenko. La hembra tenía el lomo sua ve y sin pelos y del vientre le colgaba una docena de tetas henchidas.

—Escucha —le dijo.

Ballard escuchó y oyó a alguien hablar en un rincón de las ruinas. La voz iba y venía. Siguió el sonido por el interior sin techo, hasta donde se encontraba un lobo, con un libro abierto entre las patas delanteras, ro deado de una atenta audiencia. Al aproximarse Ballard, uno o dos del grupo volvieron sus ojos luminosos hacia él. El lector se detuvo.

— ¡ Chist! — le chistó uno—, el camarada nos está leyendo.
Era Mironenko quien había hablado. Ballard entró a formar parte del corro y se colocó junto a él, y el lector comenzó la historia desde el principio.
—«Y Dios los bendijo y les dijo: "Creced y multiplicaos, y llenad la tierra..."»
Ballard había oído ya aquellas palabras, pero esa noche le parecie ron nuevas.
—«... y conquistadla: y dominad a los peces del mar, y a las aves del cielo...»
Echó un vistazo a su alrededor, a medida que las palabras describían
su curso familiar.
—«...y a todas las cosas vivientes que se mueven sobre la tierra.» En alguna parte, muy cerca, lloraba una bestia".

Clive Barker

lunes, 30 de noviembre de 2015

"Polvo"

"Aquí está el problema, una maravilla para todos.
¡Mirad la fascinante cosa que tengo en mi mano!
Sorprendente magia, un misterio extraño,
Como un milagro difícil de entender.

¿Qué es esto? Sólo un puñado de tierra: Para el tacto,
Un áspero polvo seco que se agita bajo los pies,
Oscuro y sin vida; pero piensa por un momento
¿Cuántas bellezas se ocultan a los ojos, amargas o dulces?

¡Piensa en la gloria del color! El rojo de la rosa,
En las miríadas verdes de hojas y en los campos de hierba,
Amarillos tan brillantes como el sol golpeando los narcisos,
Púrpura donde las violetas lloran ante la brisa que pasa.

Piensa en las múltiples formas del roble y de la vid,
De nueces y frutas, de racimos y filas apretadas de maíz;
Piensa en el anclado lirio de agua, una cosa divina,
Desplegando su nieve deslumbrante al beso de la mañana.

Piensa en los delicados aromas nacidos de la tempestad,
En los dorados sauces respirando el perfume de la primavera,
En el aliento luctuoso de las flores pálidas,
En la semilla melodiosa flotando sobre los capullos,
Huyendo de la daga lacerante de las ortigas.

Es extraño que aquello oscuro y sin vida nos de el vino,
La flor y el árbol, colores, formas, y fragancias también;
Que la madera que construye la casa, al barco en su mar,
De este polvo extraiga su fuerza y su voluntad.

Que el cacao entre las palmas, su leche ha de absorber
De este polvo seco, mientras nutre en el mismo suelo
Diversas y dulces frutas: Que nuestra brillante seda,
En las hojas de la morera, deben ceder ante la lentitud del gusano.

¿Cómo puede la adormidera robar su sueño de la misma fuente
Dónde brota el jugo de la vid, que puede enloquecer y alegrar?
¿Cómo puede la maleza encontrar el sustento para su tejido grueso
Dónde los lirios lucen orgullosos sus pétalos de cielo?

¿Quién ha de sondear el pensamiento profundo de Dios?
Sólo podemos alabar, ya que no podemos comprender;
Pero en este mundo no hay enigma más hermoso
Que aquel oculto en mi mano, en este puñado de polvo".

Celia Leighton Thaxter

domingo, 29 de noviembre de 2015

"El Libro Verde"

"La encuadernación estaba estropeada, descolorida. No tenía manchas ni señales de uso. El libro tenía el aspecto de haber sido comprado en una visita a Londres, hacía unos setenta u ochenta años y, por alguna razón, olvidado y obligado a permanecer fuera del alcance de la vista. De él emanaba un olor añejo, delicado, persistente, como el que a veces se apodera de los muebles antiguos. Las guardas, en el interior de la encuadernación, estaban adornadas con formas coloreadas y oro desteñido. Parecía insignificante, pero como el papel era muy fino, tenía muchas hojas, cubiertas de una escritura menuda, penosamente trazada.

-Encontré este libro -comenzaba el manuscrito- en un cajón. Era un día lluvioso y, como no podía salir, por la tarde tomé una vela y me puse a revolver en el escritorio. Casi todos los cajones estaban llenos de ropa antigua, pero uno de los pequeños parecía vacío y allí encontré este libro, oculto en el fondo. Buscaba un libro como éste, de modo que me lo quedé para escribir en él. Está lleno de secretos. Tengo muchos otros libros de secretos, escritos por mí, ocultos, y en éste voy a escribir muchos de los antiguos secretos y algunos de los nuevos; solamente hay algunos que de ninguna manera pondré por escrito.

No tengo por qué anotar los verdaderos nombres de los días y los meses, que descubrí hace un año, ni tampoco cómo se hacen los tipos de letra Aklo, ni cuál es la lengua de Quíos, ni qué son los grandes y hermosos Círculos, o los Juegos Mao o los Cánticos principales. Es posible que escriba algo sobre todas estas cosas, pero no sobre la manera de hacerlas, por razones personales. Tampoco tengo por qué decir quiénes son las Ninfas, o los Däls, o Jeelo, o qué significa voolas. Son los secretos más secretos, y me alegro al recordar su significado y la cantidad de maravillosas lenguas que conozco. Pero hay algo que yo llamo los secretos de los secretos, en los que no me atrevo a pensar a menos que esté completamente sola, y entonces cierro los ojos, me los cubro con las manos, susurro la palabra y surge el Alala. Esto únicamente lo hago de noche, en mi habitación o en ciertos bosques que yo me sé, pero no debo describirlos porque son bosques secretos. Luego están las ceremonias, todas ellas muy importantes, aunque algunas son más deliciosas que otras.

Son las ceremonias blancas, las ceremonias verdes y las ceremonias escarlata. Estas últimas son las mejores, pero sólo pueden ser celebradas en un sitio concreto, aunque existe una imitación muy buena y que he llevado a cabo en otros lugares. Además, cuento con las danzas y la comedia; a veces he representado la comedia cuando los demás me miraban, pero nadie entendía nada. Era todavía muy pequeña cuando supe por vez primera de estas cosas.

Cuando era muy chica y todavía vivía mamá, recuerdo que me acordaba de cosas todavía más antiguas, sólo que todo se me hace un lío. Pero recuerdo que cuando tenía cinco o seis años les oía hablar a mi alrededor, creyendo que no me daba cuenta. Hablaban de las extrañas cosas que habían ocurrido uno o dos años antes, y cómo la niñera había llamado a mi madre para que viniera y me oyera hablar sola, pronunciando palabras que nadie podía entender. Hablaba en la lengua Xu, pero sólo recuerdo muy pocas palabras, como me ocurre con las caras blancas que solían contemplarme cuando estaba echada en la cuna. Solían hablarme y así aprendí su lengua y hablé con ellos de cierto lugar blanco donde vivían, donde los árboles y la hierba eran completamente blancos, y había blancas colinas, tan altas como la luna, y un viento frío. He soñado a menudo con ese lugar, pero los rostros desaparecieron cuando era muy pequeña. Pero me sucedió una cosa maravillosa cuando tenía unos cinco años. Mi niñera me llevaba en brazos; atravesamos un campo de trigo amarillo; luego llegamos a un sendero que atravesaba el bosque, y un hombre alto vino en nuestra busca y nos acompañó a un lugar muy oscuro y sombrío donde había una profunda charca. La niñera me depositó sobre el blanco musgo, debajo de un árbol, y dijo: -Desde aquí no podrá llegar a la charca-. Así que me dejaron allí y me senté, inmóvil, y observé, y salieron del agua y del bosque dos maravillosas criaturas blancas, y empezaron a jugar, a bailar y a cantar.

Eran de un blanco cremoso, como la vieja figura de marfil del salón; una era una hermosa dama de bellos ojos oscuros, rostro severo, y largos cabellos negros, que sonreía tristemente al otro, el cual se reía e iba hacia ella. Jugaron juntos, bailaron y cantaron una canción hasta que me dormí. La niñera me despertó al volver; se parecía un poco a la dama que había visto, así que se lo conté todo y le pregunté el porqué de ese parecido. Al principio lloró y luego pareció asustarse y palideció. Me depositó en la hierba, me miró fijamente, y pude ver que estaba temblando. Entonces me dijo que lo había soñado todo, pero yo sabía que no era cierto. Luego me hizo prometer no decir nada, pues, si lo hacía, sería arrojada al pozo negro. Yo no estaba en absoluto asustada, aunque la niñera sí, y nunca olvidé lo sucedido, porque cuando cerraba los ojos, a solas en medio del silencio, podía verlos de nuevo, muy tenues y lejanos, pero magníficamente; y me venían a la cabeza retazos de la canción que cantaban, aunque yo no era capaz de cantarla.

Tenía trece años, casi catorce, cuando me sucedió una singular aventura, tan extraña que al día en que ocurrió se le llama siempre el Día Blanco. Mi madre había muerto hacía más de un año; por las mañanas recibía clases, pero por las tardes me dejaban salir a pasear. Aquella tarde fui por un camino distinto, y un pequeño arroyo me condujo hasta una nueva región, pero me desgarré el babero al atravesar unos matorrales y los arbustos espinosos de las colinas y los sombríos bosques llenos de plantas trepadoras. El camino era largo, muy largo. Parecía que no iba a terminar, y tuve que arrastrarme por una especie de túnel, por donde debió correr un arroyo, que ahora estaba completamente seco; el suelo era rocoso y los arbustos habían crecido por encima hasta juntarse, de manera que el lugar resultaba completamente oscuro. Continué avanzando por aquel sombrío paraje; el camino era largo, muy largo.

Y llegué a una colina que jamás había visto. Al atravesar un tenebroso matorral, lleno de ramas negras y retorcidas, me desgarré la ropa y lloré, luego advertí que estaba ascendiendo, y continué subiendo y subiendo un largo trecho, hasta que, finalmente, desaparecieron los matorrales y llegué, sin dejar de llorar, a un lugar donde se abría una gran explanada, cubierta de feas piedras grises y con algunos árboles retorcidos, como si fueran serpientes. Seguí ascendiendo hasta alcanzar la cumbre. Jamás había visto unas piedras tan grandes y repulsivas; algunas salían de la tierra, otras parecían como si las hubiesen llevado rodando hasta allí, y se extendían a lo lejos hasta donde alcanzaba la vista. Desde ellas contemplé el paisaje, que era muy extraño. Era invierno, y las colinas circundantes estaban cubiertas de terribles bosques ennegrecidos; era como ver un enorme salón cubierto de negros cortinajes, y los árboles parecían completamente diferentes a los que había visto antes.

Estaba asustada. Luego, más allá de los bosques, había otras colinas que me rodeaban como un gran anillo, pero que jamás había divisado; parecían negras y cada una tenía un voor encima. Todo estaba tranquilo y silencioso, y el cielo cargado, gris y triste como las espantosas cúpulas voorianas del Abismo de Dendo. Continué avanzando por entre las horribles rocas.

Había centenares. Algunas parecían hombres haciendo muecas; pude ver sus rostros, dispuestos a salirse de la piedra y saltar sobre mí y arrastrarme con ellos a las rocas, de donde nunca podría salir. Otras eran como animales, reptantes y repugnantes animales que sacaban la lengua; otras eran como palabras que no puedo pronunciar; y, finalmente, otras parecían muertos tumbados sobre la hierba. Seguí mi camino, aunque me asustasen, y mi mente se llenó de abominables canciones que ellas le introducían; me dieron ganas de gesticular y retorcerme como ellas, pero seguí adelante hasta que, finalmente, me gustó su aspecto y dejaron de asustarme. Canté las canciones que podía recordar, canciones llenas de palabras que no deben ser pronunciadas ni escritas. Entonces hice muecas como los rostros de las rocas, me retorcí como ellas, me tumbé en la hierba imitando a las que parecían muertas, subí a una que estaba haciendo muecas y, pasando mis brazos en torno, la abracé. Luego seguí más y más hasta llegar a un montículo redondo en medio de ellas. Era más elevado de lo normal, casi tan alto como nuestra casa, y parecía una palangana puesta boca abajo, completamente lisa, redonda y verde, con una piedra clavada en la cima, como un poste. Ascendí por sus laderas, pero eran tan empinadas que tuve que detenerme o de lo contrario posiblemente habría rodado de nuevo hacia abajo a lo largo del camino, me habría golpeado contra las piedras del fondo y, tal vez, habría muerto. Pero yo quería subir hasta la cima, así que me tumbé con la cara contra el suelo, me agarré a la hierba con las manos y me incorporé poco a poco hasta llegar a lo alto. Entonces me senté en la piedra del centro y eché un vistazo a cuanto me rodeaba.

Tuve la sensación de haber recorrido un camino muy largo, como si, de pronto, me encontrara a cien millas de casa, en otro país diferente, o en alguno de los extraños lugares citados en los Cuentos del Genio y en Las mil y una noches, o como si me hubiera alejado a través de los mares durante años y hubiera encontrado otro mundo, o como si hubiese surcado los cielos y hubiera caído en una de esas estrellas de las que hablan los libros, en las que todo está muerto, frío y gris, no existe el aire y el viento no sopla. Me senté en la piedra y miré hacia abajo en todas direcciones. Era como estar sentada en lo alto de una torre, en medio de una gran ciudad vacía, pues no podía ver en torno mío más que las rocas grises que cubrían todo el campo. Ya no podía distinguir sus formas, pero no dejaba de verlas a lo lejos, y al mirarlas me pareció que estaban dispuestas formando dibujos, formas y figuras.

Sabía que esto no era posible, pues había visto que muchas de ellas emergían de la tierra, de modo que las volví a mirar, pero no vi más que círculos, pequeños círculos dentro de otros mayores, y pirámides, y cúpulas, y espirales, que parecían rodear por todas partes el lugar donde yo estaba sentada; y, cuanto más las miraba, más veía esos grandes anillos de rocas haciéndose cada vez mayores; estuve tanto tiempo mirándolas que tuve la impresión de que se movían y daban vueltas, como una inmensa rueda, y que yo también daba vueltas en el centro. La cabeza me dio vueltas y me sentí aturdida, todo comenzó a tornarse nebuloso y confuso, vi pequeños destellos de luz azulada, y las piedras parecieron saltar, bailar y retorcerse mientras giraban sin cesar. Me asusté de nuevo y grité en voz alta; luego salté de la piedra donde estaba sentada, y caí al suelo. Cuando me levanté, estaba tan contenta de que parecieran haberse quedado inmóviles, que me senté en la cima del montículo, me deslizé hacia abajo, y de nuevo proseguí mi camino.

Al andar bailaba de la misma forma especial en que lo hacían las rocas cuando me dio el vértigo, y me puse tan contenta de poder hacerlo tan bien que seguí bailando y bailando, y canté sorprendentes canciones que me venían a la cabeza. Finalmente llegué al borde de aquella enorme colina: allí no había rocas y el camino atravesaba de nuevo una hondonada cubierta de maleza. Estaba en tan mal estado como el que tuve que seguir al subir, pero no me importó, de lo contenta que estaba por haber visto aquellas singulares danzas, y además ser capaz de imitarlas. Continué bajando entre los arbustos, y una enorme ortiga me picó en la pierna, pero no me importó, y aunque sentí el escozor de las ramas y las espinas, únicamente reía y cantaba. Cuando abandoné la espesura llegué a un valle, un lugar secreto semejante a un sombrío pasadizo, de tan angosto y profundo que era y tan espesos los bosques que lo circundaban. Allí, sobre una escarpada ladera poblada de árboles, los helechos se conservan verdes todo el invierno, cuando los de la colina se mueren y amarillean, y despiden un olor dulce y fuerte parecido al que rezuma de los abetos. Un arroyo descendía por el valle, tan pequeño que pude cruzarlo fácilmente. Bebí agua en mi mano y la saboreé como si se tratara de un ilustre vino dorado.

Brillaba al correr sobre hermosas piedras rojas y amarillas, de manera que parecía viva y con todos los colores al mismo tiempo. Volví a beber más en mi mano, pero como no me bastaba, me tumbé en el suelo, agaché la cabeza y sorbí el agua con los labios. Las olas llegaban a mi boca y me besaban, y yo me reía y volvía a beber, imaginando que la que me besaba era una ninfa, como la del viejo cuadro de mi casa, que vivía en el agua. Así que me incliné otra vez hasta rozar suavemente el agua con los labios y le susurré a la ninfa que volvería. Estaba segura de que aquella agua no era normal, y cuando me levanté y proseguí mi marcha, bailé de nuevo y ascendí al valle, bajo la mirada de las lúgubres colinas. Al alcanzar la cumbre, el suelo se elevó delante de mí, alto y escarpado como un muro, y no se veía más que ese muro verde y el cielo. Pensé en aquello de por siempre jamás, pues realmente debía haber llegado al fin del mundo, ya que aquello parecía el final de todo, como si más allá no pudiera haber nada excepto el reino de Voor, donde va la luz cuando se apaga y corre el agua cuando el sol se la lleva. Empecé a pensar en el largo camino recorrido, en cómo había encontrado un arroyo y había seguido su curso a través de arbustos, matorrales espinosos y sombríos bosques cubiertos de espinos rastreros. Luego me había arrastrado por un túnel bajo los árboles, había trepado por entre los matorrales, había contemplado las rocas grises y me había sentado en medio de ellas cuando daban vueltas; después había seguido adelante por entre las rocas, había bajado la colina por entre matorrales urticantes y había escalado el sombrío valle por un sendero muy largo. Me preguntaba cómo regresaría a casa, si es que lograba encontrar el camino, y si es que seguía estando allí y no se había convertido, igual que todo lo demás, en rocas grises, como en Las mil y una noches.

Me senté en la hierba y pensé en lo que haría. Estaba cansada y los pies me dolían. Al mirar a mi alrededor descubrí un maravilloso pozo, justamente al pie del escarpado muro de hierba. A su alrededor todo el suelo estaba cubierto de musgo brillante, verde y chorreante; había todo tipo de musgos, unos que parecían hermosos helechos en miniatura, y otros que semejaban palmeras y abetos; todos ellos tan verdes como las esmeraldas y rezumando gotas de agua cual diamantes. En medio estaba el gran pozo, profundo, resplandeciente y hermoso, tan claro que daba la impresión de que se podía tocar la arena roja del fondo, aunque estaba muy hondo. Permanecí a su lado y me miré en él como en un espejo. En el fondo, los rojos granos de arena no dejaban de agitarse, y se veía burbujear el agua, pero su superficie estaba en calma y rebosaba. Era un pozo grande, como una bañera, rodeado de musgo verde, reluciente y brillante, que le daba la apariencia de una gran alhaja transparente rodeada de joyas verdes. Tenía los pies tan doloridos y cansados que me quité las botas y las medias, y los metí en el agua; cuando me levanté ya no estaba cansada y pensé que debía seguir adelante, alejándome cada vez más, hasta descubrir lo que había al otro lado del muro. Lo escalé muy despacio, siempre de lado, y cuando llegué arriba y miré por encima, me encontré con la más curiosa región que jamás viera, más extraña incluso que la colina de las rocas grises. Parecía como si allí hubiesen estado jugando con sus palas niños terrícolas, pues estaba todo lleno de colinas, hoyos y muros de tierra cubiertos de hierba. Había dos montículos, redondos, grandes y solemnes, como dos enormes colmenas, y también profundas depresiones, y un escarpado muro como los que había visto en cierta ocasión en la costa, con cañones y soldados encima. Casi me caí en una de las fosas, de tan repentinamente como surgió bajo mis pies, y bajé corriendo por una de sus pendientes, hasta el fondo, donde permanecí mirando hacia arriba.

Todo era extraño y misterioso. No se veía más que el cielo gris, cargado, y las laderas de la hondonada; todo lo demás había desaparecido; pensé que de noche debía de llenarse de fantasmas, sombras movedizas y pálidas criaturas, cuando la luna brillara en su fondo en plena noche y el viento gimiera en las alturas. Era tan extraña, misteriosa y solitaria como un templo vacío dedicado a anticuados dioses paganos. Me recordó algo que la niñera me había contado cuando yo era muy pequeña; la misma niñera que me llevó al bosque donde vi a la hermosa gente blanca.Recuerdo que la niñera me contó el cuento una noche invernal. Me contó que en alguna parte existía un pozo vacío, y que gozaba de tan mala reputación que todo el mundo tenía miedo de acercarse. Pero hubo una pobre chica que dijo que bajaría al pozo; todos intentaron detenerla, pero ella fue allá. Y bajó al pozo y regresó riendo y diciendo que allí no había nada en absoluto, excepto hierba verde, piedras rojas y blancas, y flores amarillas. Poco después la gente vio que llevaba unos preciosos pendientes de esmeraldas y le preguntaron cómo los había conseguido, ya que tanto ella como su madre eran verdaderamente pobres. Pero ella se rió y dijo que sus pendientes no eran de esmeraldas ni nada parecido, sino que estaban hechos de hierba verde. Luego, cierto día, vieron que llevaba en el pecho el rubí más rojo que jamás se había visto por esos contornos, y que brillaba y centelleaba. Le preguntaron cómo lo había obtenido, ya que tanto ella como su madre eran verdaderamente pobres. Pero ella se rió y dijo que no era un rubí, sino solamente una piedra roja.

Luego, otro día, vieron que llevaba alrededor del cuello el collar más hermoso que jamás se había visto por esos contornos, mucho más elegante que el más elegante de la reina, compuesto de relucientes diamantes, a centenares, que resplandecían como las estrellas en una noche de junio. Así que le preguntaron cómo lo había conseguido. Pero ella se rió y dijo que no eran diamantes, sino únicamente piedras blancas. Y un día fue a la Corte llevando en la cabeza una corona de monedas de oro puro, eso dijo la niñera, que brillaba como el sol y era mucho más espléndida que la que llevaba el propio rey; además, llevaba esmeraldas en las orejas, un gran rubí le servía de broche, y un magnífico collar de diamantes centelleaba en su cuello. El rey y la reina pensaron que sería alguna eminente princesa de un país lejano y descendieron de sus tronos para salir a su encuentro; pero alguien les contó de quién se trataba en realidad y que era completamente pobre. Así que el rey le preguntó por qué llevaba una corona de oro y cómo la había conseguido. Y ella se rió y dijo que no era una corona de oro, sino solamente unas flores amarillas que se había puesto en el pelo. El rey pensó que aquello era muy extraño y le dijo que debería permanecer en la Corte y ya verían que pasaba después. La joven era tan encantadora que todos decían que sus ojos eran más verdes que las esmeraldas, sus labios más rojos que el rubí, su piel más blanca que los diamantes, y su pelo más resplandeciente que el oro. De forma que el hijo del rey dijo que quería casarse con ella, y el rey le respondió que podía hacerlo.

El obispo los casó y hubo una gran cena; después, el hijo del rey fue a la alcoba de su esposa. Pero justo cuando iba a abrir la puerta, vio frente a ésta a un hombre alto, vestido de negro, con una cara espantosa, y una voz dijo: -No arriesgues tu vida , pues ésta es mi propia esposa-

Entonces el hijo del rey cayó al suelo fulminado. Acudió mucha gente que intentó entrar en la alcoba sin conseguirlo, y golpeó la puerta con hachas; pero la madera se había endurecido como el hierro y, finalmente, huyeron todos, tan asustados que estaban por los gritos, risas, chillidos y llantos que salían de la alcoba.

Al día siguiente consiguieron entrar, descubriendo que no había en ella más que un espeso humo negro, ya que el hombre de negro se había llevado a la joven. Encontraron sobre la cama dos lazos de hierba marchita, una piedra roja, y algunas piedras blancas y flores amarillas ajadas. Me acordé de este cuento de mi niñera mientras permanecí en el fondo del profundo hoyo; todo allí era tan extraño que sentí miedo. No pude divisar ninguna de las piedras ni de las flores, pero temí llevármelas sin saberlo, y se me ocurrió hacer un hechizo que me vino a la memoria para mantener alejado al hombre de negro. Así que permanecí de pie en el mismo centro de la hoya, me aseguré de que no llevaba encima ni piedras ni flores, y luego di varias vueltas al lugar, toqué mis ojos, mis labios y mi pelo de una manera especial, y susurré algunas extrañas palabras que me había enseñado la niñera para alejar a las cosas malignas. Entonces me sentí a salvo, salí trepando de la hoya y proseguí a través de todos aquellos montículos, depresiones y barreras, hasta llegar al final, que estaba más elevado que el resto, desde donde pude ver que las diferentes formas dibujadas sobre la tierra estaban dispuestas siguiendo una pauta, algo así como las rocas grises, sólo que con distinta pauta.

Empezaba a oscurecer, pero desde donde yo me encontraba parecían dos enormes figuras humanas tumbadas en la hierba. Seguí adelante y, finalmente, encontré cierto bosque, demasiado secreto para describirlo, pues nadie sabe cómo atravesarlo, descubrimiento que yo hice de manera muy curiosa, viendo entrar a un animalito. De modo que seguí al animal por un sendero muy estrecho y oscuro, bajo espinos y arbustos, y ya casi había anochecido cuando llegué a una especie de claro en el centro.

Allí vi la cosa más maravillosa que jamás había visto, aunque sólo un momento, pues huí inmediatamente, salí del bosque por el sendero por el que había venido, y corrí más deprisa que nunca, porque estaba asustada de tan maravilloso, extraño y hermoso que era lo que acababa de ver. Pero quería regresar a casa y pensar en ello, pues no sabía lo que podía sucederme si me quedaba en el bosque. Mientras corría por la espesura, ardía y temblaba, mi corazón latía aceleradamente, y no podía evitar el dejar escapar extraños gritos.

Me alegré de que una enorme luna blanca apareciese sobre una colina y me mostrara el camino, de modo que volví a pasar por los montículos y hoyas, descendí al angosto valle, ascendí a través de los matorrales al lugar de las rocas grises y, finalmente, llegué a casa. Mi padre estaba ocupado en su despacho y los criados no le habían contado que yo no había vuelto a casa, aunque estaban asustados, y se preguntaban qué debían hacer; de modo que les dije que me había perdido, pero no les dejé que descubrieran el verdadero camino que había seguido.

Me fui a la cama y permanecí despierta, pensando en lo que había visto. Cuando abandoné el estrecho sendero me pareció todo tan auténtico que durante el camino de vuelta a casa estuve segura de haberlo visto. Ahora deseaba quedarme a solas en mi habitación para alegrarme por cuanto había presenciado y, cerrando los ojos, fingir que me encontraba allí y que hacía todas las cosas que habría hecho de no haberme asustado tanto. Pero cuando cerré los ojos no me vino la visión, y comencé otra vez a pensar en mi aventura, y recordé lo oscura y misteriosa que resultó al final, y temí que todo fuera un engaño, pues parecía imposible que hubiera sucedido todo aquello. Parecía uno de los cuentos de la niñera, en los que realmente no creía, aunque en verdad me había asustado en el fondo de la hoya; las historias que ella me contaba cuando yo era pequeña me volvieron a la mente, y me pregunté si sería cierto lo que creía haber visto, o si alguno de los cuentos habría sucedido hace mucho tiempo. Permanecí despierta. La casa estaba en silencio. Había oído a mi padre subir las escaleras, y poco después el reloj dio las doce y la casa se quedó silenciosa y vacía, como si nadie viviera en ella. Aunque todo estaba oscuro en mi habitación, un pálido resplandor brillaba a través de la blanca persiana, y en cuanto me levanté y miré hacia afuera, vi la gran sombra negra de la casa cubriendo el jardín, como si fuera una cárcel de condenados a muerte, y más allá todo estaba blanco, y el bosque resplandecía de blancura con negros abismos entre los árboles. Era una noche clara y tranquila, sin nubes en el cielo.

Deseaba pensar en lo que había visto, pero no podía, y empecé a recordar todos los cuentos que la niñera me había contado hace mucho tiempo y creía haber olvidado. Los recordé todos y los mezclé con los matorrales y las rocas grises y las hoyas en la tierra y el bosque secreto, hasta que apenas supe lo que era verdad y lo que era cuento, y pensé si todo no sería un sueño.

Entonces me acordé de aquella calurosa tarde de verano, hace tanto tiempo, en que la niñera me dejó sola a la sombra y la gente blanca salió del agua y del bosque, y jugó, bailó y cantó, y tuve la impresión de que la niñera me había contado algo parecido antes de que lo viera, sólo que no podía recordar exactamente de qué se trataba. Entonces me pregunté si no sería ella la dama blanca, pues recordé que era igual de blanca y de bella, y tenía idénticos ojos oscuros y pelo negro; y a veces, al contarme alguno de sus cuentos, que empezaban por Érase una vez, o En tiempo de las hadas..., sonreía y me miraba como solía hacerlo la dama. Pero pensé que no podía ser ella, pues parecía haber tomado un camino diferente en el bosque, y no creía que el hombre que vino siguiéndonos fuese el otro, porque entonces no podría haber visto aquel maravilloso secreto del bosque secreto. Pensé en la luna: pero no vi aparecer su enorme disco blanco por encima de una colina hasta después, cuando me encontraba en medio del territorio salvaje donde la tierra formaba grandes figuras y todo eran barreras, misteriosas hoyas y suaves montículos redondeados. Pensé en todas estas cosas hasta que, finalmente, me asusté, pues temía que me pasara algo, y recordé el cuento de la pobre chica que se metió en una hoya y al final el hombre negro se la llevó. Sabía que yo también había bajado al fondo de una hoya, quién sabe si a la misma, y había hecho algo espantoso.

Así que volví a hacer el hechizo, me toqué los ojos, los labios y los cabellos de una forma especial, y pronuncié las viejas palabras en el idioma de las hadas, para poder estar segura de que nadie me llevaría. Intenté ver de nuevo el bosque secreto, reptar por el pasadizo y ver lo que había visto la otra vez, pero, por alguna razón, no pude y seguí pensando en los cuentos de la niñera. Me acordé de uno acerca de un joven que fue una vez a cazar: él y sus perros estuvieron todo el día cazando pero no encontraron nada. El joven estaba irritado y ya iba a retornar cuando, en el preciso momento en que el sol incidía sobre la montaña, vio salir de la maleza frente a él a un magnífico venado blanco. Azuzó a sus perros, pero éstos empezaron a gimotear y no quisieron perseguirlo; azuzó a su caballo, pero éste se estremeció y permaneció inmóvil; el joven saltó del caballo, abandonó a los perros y comenzó a perseguir solo al venado blanco. Pronto se hizo de noche; el cielo estaba negro, sin que brillase en él ni una sola estrella, y el venado desapareció en la oscuridad.

Y aunque el hombre llevaba consigo su escopeta, no disparó, pues quería capturarlo con vida. Pero jamás perdió su rastro, pese a lo negro que estaba el cielo y lo oscuro de la noche, y el venado siguió su camino hasta que el joven ya no supo dónde estaba. Atravesaron bosques inmensos donde el aire estaba repleto de susurros y un pálido y mortecino resplandor brotaba de los troncos podridos que yacían en el suelo, y justamente cuando el hombre creyó haber perdido al venado, lo vio frente a él todo blanco y resplandeciente; corrió velozmente tras él, pero el venado fue más rápido, de modo que no pudo atraparlo.

Atravesaron bosques inmensos, cruzaron ríos a nado, vadearon negros pantanos en los que el suelo burbujeaba y el aire estaba lleno de fuegos fatuos; el venado, en su huida, bajó a angostos valles rocosos donde el aire olía a panteón, y el hombre siguió tras él.

Escalaron grandes montañas y el hombre escuchó al viento bajar del cielo, y el venado siguió huyendo y el hombre siguió tras él. Finalmente salió el sol y el joven descubrió que se encontraba en un país que jamás había visto antes; era un hermoso valle atravesado por una corriente transparente, con una gran colina redonda en el centro. El venado descendió al valle, en dirección a la colina, y parecía hallarse cansado, pues iba cada vez más despacio, y el hombre, aunque también estaba muy cansado, empezó a correr más deprisa, seguro de que, finalmente, capturaría al venado. Pero justamente al llegar al pie de la colina, cuando el hombre alargaba la mano para atrapar al venado, éste desapareció bajo tierra; y el hombre empezó a llorar porque sentía haberlo perdido después de una cacería tan larga.

Pero mientras lloraba descubrió una entrada en la colina, justo frente a él, la franqueó y se encontró completamente a oscuras, pero siguió adelante, pues pensaba dar con el venado blanco. De pronto se hizo la luz y pudo verse el cielo, el sol resplandeciente, pájaros cantando en los árboles y una hermosa fuente. Junto a ella estaba sentada una adorable dama, la reina de las hadas, que le dijo al hombre que se había transformado en venado para llevarle hasta allí, debido a lo mucho que le amaba. Luego sacó una gran copa de oro cubierta de joyas, procedente de su palacio mágico, y le ofreció en ella vino. Bebió él, y cuanto más bebía más ansias tenía de beber, pues el vino estaba encantado. De modo que besó a la dama y la hizo su esposa, y permaneció todo el día y toda la noche en la colina donde ella vivía. Cuando despertó se encontró tumbado en el suelo, cerca del lugar en donde había visto por vez primera al venado; allí estaba su caballo y sus perros, esperándole, y al levantar la vista vio que el sol estaba poniéndose detrás de la montaña. Regresó a su casa y vivió muchos años, pero jamás volvió a besar a ninguna otra dama porque había besado a la reina de las hadas, y nunca más volvió a beber vino corriente, ya que había probado el vino encantado. A veces la niñera me contaba cuentos que había oído a su bisabuela, que era muy anciana y vivía sola en una casa de campo en la montaña; la mayoría de ellos trataban de una colina, donde, hace mucho tiempo, la gente solía reunirse de noche para jugar a toda clase de juegos y hacer cosas raras que la niñera me contó, pero que yo no pude entender. Según ella, ahora, a excepción de su bisabuela, todos habían olvidado aquello, y nadie sabía dónde estaba la colina, ni siquiera su bisabuela.

Sin embargo, me contó una extraña historia relacionada con esa colina, y me estremecí al recordarla. Me dijo que la gente iba siempre allí en verano, cuando hacía mucho calor, y tenían que bailar mucho. Al principio todo estaba a oscuras y había allí árboles que ensombrecían mucho más el lugar; la gente venía, uno tras otro, de todas direcciones, por un sendero secreto; dos de ellos se quedaban a vigilar, y todos los que subían tenían que hacerles una señal muy extraña, que la niñera me enseñó lo mejor que pudo, aunque dijo que no podía enseñármela como es debido. Acudía toda clase de gente: personas bien nacidas y aldeanos, algunos ancianos, chicos y chicas, y bastantes niños pequeños, que se sentaban y observaban. Todo estaba a oscuras cuando llegaban, excepto un rincón donde alguien quemaba algo que olía fuerte y fragante y les hacía reír, mientras se veía el resplandor de los carbones y el humo rojo elevándose.

Entraban todos, y cuando lo había hecho el último la puerta desaparecía, de modo que nadie más podía entrar, aunque supiese que al otro lado había algo. En cierta ocasión, un caballero extranjero, que llevaba cabalgando un buen trecho, se extravió de noche y su caballo le condujo al mismo centro de esta región salvaje, por todas partes había espantosos pantanos y grandes piedras, agujeros en el suelo, y los árboles parecían horcas, pues tenían largos brazos negros que se extendían a través del camino. Este caballero estaba muy asustado y su caballo comenzó a temblar, hasta que, finalmente, se detuvo y no hubo forma de hacerle seguir, por lo que el caballero descabalgó e intentó llevarlo de las riendas, mas no consiguió moverlo, estando todo él cubierto de un sudor cadavérico. Así que el caballero continuó solo, internándose cada vez más en la región salvaje, hasta que al fin llegó a un lugar oscuro, donde oyó gritos, cánticos y llantos, como jamás había oído anteriormente. Todo sonaba muy cerca, pero no podía ver nada, así que se puso a dar voces y, mientras lo hacía, algo apareció a sus espaldas y, en un momento, quedó inmovilizado de pies, manos y boca y se desvaneció. Cuando volvió en sí estaba tumbado al borde del camino, exactamente donde se había perdido el caballo la primera vez, bajo un roble seco de tronco ennegrecido, y su montura estaba atada a su lado. De modo que cabalgó hasta la ciudad y allí contó a la gente lo que le había sucedido; algunos se asombraron, pero otros sabían de lo que se trataba. Una vez que todos habían entrado, la puerta desaparecía para que nadie más pudiera pasar por ella. Y cuando estaban todos dentro, reunidos en círculo, tocándose unos a otros, alguien comenzaba a cantar en la oscuridad, y otro hacía un ruido parecido al trueno con un objeto que tenían a propósito.

En las noches de calma, la gente oía aquel estruendoso ruido mucho más lejos de la región salvaje, y algunos, que creían saber lo que pasaba, solían hacerse una señal en el pecho cuando despertaban en sus lechos en plena noche y oían aquel terrible ruido grave, parecido al trueno en las montañas. El ruido y los cánticos continuaban, y la gente, agrupada en círculo, se balanceaba de un lado para otro; la canción estaba en una antigua lengua que nadie conoce ahora, y la tonada era extraña. La niñera decía que su bisabuela había conocido, siendo todavía muy niña, a un hombre que se acordaba un poco de la canción; luego trató de contarme algo de ella, y la tonada era tan rara que me quedé completamente helada y se me puso la carne de gallina, como si hubiese tocado algo muerto. Unas veces era un hombre quien la cantaba, y otras una mujer; y, de vez en cuando, el que la cantaba lo hacía tan bien que dos o tres personas allí presentes caían al suelo gritando. El cántico proseguía y la gente seguía balanceándose durante un buen rato, y, por fin, la luna se elevaba por encima de un lugar que llamaban Tole Deol, ascendía y los iluminaba dando vueltas, rodeados de un espeso humo procedente de los carbones encendidos.

Entonces cenaban. Un chico y una chica les servían la cena; el chico portaba una gran copa de vino, y la chica una barra de pan, e iban pasándose de uno a otro el pan y el vino, que sabían muy distintos del pan y el vino corrientes y transformaban a cuantos los probaban. Luego se levantaban todos y bailaban, y sacaban objetos secretos de sus escondites, y jugaban a juegos extraordinarios, y bailaban en círculo a la luz de la luna, y, a veces, había gente que desaparecía de repente y nunca más se tenían noticias de ellos ni nadie sabía lo que les había sucedido. Y bebían más de aquel curioso vino, y fabricaban imágenes y las adoraban; y un día que salimos a pasear, al pasar por un lugar donde había un montón de arcilla húmeda, me enseñó cómo se fabricaban estas imágenes. De modo que me preguntó si me gustaría saber qué eran aquellas cosas que hacían en la colina, y le dije que sí. Entonces me pidió que le prometiera no decir ni una sola palabra a ningún ser viviente, pues si lo hacía sería arrojada al pozo negro con los muertos. Le contesté que no se lo contaría a nadie, pero ella siguió diciéndome lo mismo una y otra vez, hasta que se lo prometí.


Así es que tomó mi pala de madera, extrajo arcilla, la puso en mi cubo de hojalata, y me advirtió que, si nos encontrábamos con alguien, dijera que pensaba hacer pasteles al regresar a casa. Luego proseguimos el camino hasta llegar a un matorral que crecía junto a la carretera. La niñera se detuvo, miró la carretera de arriba a abajo, atisbó luego, a través del soto, el campo que se extendía al lado opuesto, y exclamó: ¡Rápido! Entonces corrimos hacia el matorral, nos arrastramos a su interior, y salimos igualmente a rastras entre unos arbustos, hasta distanciarnos un buen trecho de la carretera. Después nos sentamos bajo un arbusto; ardía en deseos de saber lo que la niñera iba a hacer con la arcilla, pero, antes de empezar, me hizo prometer otra vez que no diría ni una palabra. Nos sentamos y sacó la arcilla y comenzó a amasarla con las manos, a darle vueltas. Luego la ocultó un momento bajo una hoja de romaza, la volvió a sacar, y después se levantó, se sentó, dio vueltas en torno de una manera especial, y todo el tiempo estuvo cantando en voz baja una especie de rima, mientras su rostro enrojecía. Luego se sentó, tomó la arcilla y comenzó a darle la forma de un muñeco, pero no como los que tengo en casa; así que hizo con la arcilla húmeda el muñeco más raro que he visto, y lo escondió debajo de un arbusto para que se secara y endureciese, y mientras estuvo haciendo esto no dejaba de cantar aquellas rimas, y su rostro enrojecía cada vez mas. De modo que dejamos allí el muñeco, donde nadie lo pudiera encontrar. Y unos días después volvimos y, al llegar a esa parte angosta y oscura de la senda, la niñera me hizo prometer todo de nuevo, miró en torno como hizo la otra vez, y nos arrastramos por entre los arbustos hasta llegar al matorral donde estaba escondido el hombrecillo de arcilla.

Lo recuerdo muy bien, aunque no tenía más de ocho años, y desde hace otros ocho estoy poniéndolo todo por escrito; el cielo era de color azul violáceo, y, en medio del matorral había un enorme y viejo árbol cubierto de flores, al otro lado, un macizo de ulmarias; cuando pienso en aquel día, el perfume de las ulmarias y de las flores del árbol parece llenar mi habitación, y si cierro los ojos puedo ver el cielo surcado de nubes muy blancas, y a la niñera, que hace mucho tiempo se marchó de casa, sentada frente a mí, con su gran parecido a la hermosa dama blanca del bosque. Nos sentamos, sacó el muñeco de arcilla del lugar secreto, y dijo que teníamos que presentarle nuestros respetos y que ella me mostraría lo que tenía que hacer, para lo cual debía observarla. Así que hizo toda clase de cosas raras con el hombrecillo de arcilla, y advertí que estaba bañada en sudor pese a haber caminado muy despacio; entonces me dijo que presentase mis respetos, y yo hice todo lo que le vi hacer a ella, porque la quería y se trataba de un juego poco corriente. Me dijo que si alguien amaba bastante, el hombre de arcilla servía de mucho, con tal de hacer ciertas cosas con él; y si alguien odiaba mucho, aquél era igualmente útil, sólo que había que hacer cosas distintas. Jugamos con él mucho rato e imaginamos toda suerte de cosas. La niñera me dijo que su bisabuela le había contado todo lo referente a esas figuras, y que no existía mal alguno en lo que habíamos hecho, solamente era un juego. Sin embargo, me contó una historia acerca de estas figuras, que me asustó mucho, la cual recordé aquella noche en que estuve tumbada despierta en mi dormitorio, en medio de la oscuridad, pensando en lo que había visto en el bosque secreto. Según la niñera, hubo una vez una joven dama de elevada alcurnia que vivía en un gran castillo. Era tan bella que todos los caballeros querían casarse con ella, ya que se trataba de la más adorable criatura jamás vista, y era muy amable con todo el mundo, por lo que todos pensaban que era muy buena.

Pero, aunque fue muy cortés con los caballeros que deseaban casarse, los rechazó a todos y dijo que no podía decidirse, y que ni siquiera estaba segura de querer casarse. Su padre, que era un importante señor, se enfadó, y le preguntó por qué no elegía a alguno de los guapos solteros jóvenes que frecuentaban el castillo.

Pero ella respondió que no amaba a ninguno y que debía esperar; y añadió que si insistían se iría y se metería monja en algún convento. De modo que todos los caballeros dijeron que se marcharían y esperarían un año y un día, y pasado este tiempo regresarían de nuevo y le preguntarían con cual de ellos se casaría. Así que se fijó la fecha de partida y todos los caballeros se fueron, luego que la dama les prometiera que, al cabo de un año y un día, celebraría sus bodas con uno de ellos. Pero la verdad es que ella era la reina del pueblo que bailaba en la colina las noches de verano y, en las noches apropiadas, cerraba la puerta de su habitación, salía furtivamente del castillo en compañía de su doncella por un pasadizo secreto, y se iban a la colina. Sabía más de estas cosas secretas que cualquiera, y más de lo que nadie ha sabido antes o después, ya que no contó a nadie sus secretos. Sabía hacer las cosas más atroces: destrozar a los jóvenes, maldecir a la gente, y otras cosas que nunca pude entender. Su verdadero nombre era Lady Avelin, pero la gente danzarina la llamaba Cassap, que en la antigua lengua significa alguien muy sabio. Era más blanca que cualquiera de ellos, y más alta, y sus ojos brillaban en la oscuridad; sabía cantar canciones que el resto desconocía, y cuando lo hacía, caían todos de bruces y la adoraban. También sabía hacer lo que ellos llamaban shibshow, que era un hechizo estupendo.

Le decía a su padre que quería ir a los bosques a buscar flores, él la dejaba ir, y se iba con su doncella a los bosques donde nadie acudía, y la doncella se quedaba a vigilar. Entonces, la dama se tumbaba bajo los árboles, empezaba a cantar una determinada canción, extendía los brazos, y, de todas partes del bosque, llegaban enormes serpientes, silbando y deslizándose por entre los árboles, y sacando sus lenguas bífidas mientras reptaban en dirección a la dama. Llegaban hasta ella y se enroscaban alrededor de su cuerpo, de sus brazos y de su cuello, hasta cubrirla de serpientes enroscadas de manera que sólo se le viera la cabeza. Ella les susurraba y les cantaba, y las serpientes se enroscaban a su alrededor cada vez más deprisa, hasta que les decía que se fueran. Inmediatamente se iban todas de vuelta a sus agujeros, y sobre el pecho de la dama quedaba una piedra de lo más curioso y bello, en forma de huevo, de color azul oscuro y amarillo, rojo y verde, con marcas como escamas de serpiente. Se la consideraba una piedra mágica, y con ella podía hacerse toda clase de prodigios; la niñera decía que su bisabuela había visto con sus propios ojos una piedra mágica y, en efecto, era brillante y escamosa como una serpiente. La dama sabía hacer también otras muchas cosas, pero estaba firmemente determinada a no casarse. Había varios caballeros que querían casarse con ella, pero, sobre todo, cinco cuyos nombres eran Sir Simon, Sir John, Sir Oliver, Sir Richard y Sir Rowland. Los demás creían que la dama decía la verdad y que elegiría a uno de ellos por marido al cabo de un año y un día; solamente Sir Simon, que era muy astuto, pensaba que les estaba engañando y juró estar alerta y tratar de descubrir algo. Pese a ser muy sensato, era todavía muy joven y tenía un rostro lampiño y suave como una chica; fingió, como los demás, que no volvería al castillo en un año y un día, y anunció que se marchaba a países extranjeros allende los mares.

Pero, en realidad, sólo se alejó un poco y regresó disfrazado de criada, consiguiendo un empleo en el castillo como fregaplatos. Esperó, observó, escuchó y calló; se ocultaba en lugares oscuros, y por la noche se mantenía en vela y espiaba, y oyó y vio cosas que le parecieron muy extrañas. Era tan astuto que le contó a la chica que servía a la dama que, en realidad, era un hombre y que se había vestido de mujer porque la amaba tanto que quería estar en la misma casa que ella; la chica se alegró tanto que le contó muchas cosas, y cada vez estaba más seguro de que Lady Avelin les estaba engañando a él y a los demás.

Y era tan listo, y contó tantas mentiras a la criada, que una noche se las arregló para esconderse en la habitación de Lady Avelin, detrás de las cortinas. Permaneció completamente callado e inmóvil, y, finalmente, llegó la dama. Se inclinó bajo la cama y levantó una piedra; debajo había un hoyo, del que sacó una figura de cera igual a la de arcilla que la niñera y yo habíamos hecho en la maleza. Sus ojos ardieron todo el tiempo como rubíes. Cogió en brazos al muñeco de cera y lo oprimió contra su pecho, y le murmuró y le susurró cosas, y lo levantó y lo puso de nuevo en el suelo, y lo sostuvo en alto y lo bajó, y lo puso otra vez en el suelo. Y dijo:

-Bienaventurado sea el que engendró al obispo, que ordenó al clérigo, que casó al hombre, que poseyó a la mujer, que moldeó la colmena, que albergó a la abeja, que recogió la cera de la que está hecho mi único amor verdadero-.

Luego sacó un gran cuenco dorado, y una gran jarra de vino, y vertió un poco de vino en el cuenco; después metió poco a poco el maniquí en el vino y lo lavó. Luego se dirigió a un aparador, cogió un pequeño pastel redondo, se lo puso en la boca a la figura, y después cargó con ella suavemente y la tapó. Sir Simon, que había estado espiando todo el tiempo, pese a hallarse terriblemente asustado, vio inclinarse a la dama y extender los brazos, susurrar y cantar; entonces, el caballero descubrió junto a ella a un apuesto joven que la besaba en los labios. Y juntos bebieron vino del cuenco dorado, y juntos se comieron el pastel. Pero cuando salió el sol, únicamente quedaba el diminuto muñeco de cera, que la dama escondió otra vez en el hueco de debajo de la cama. De modo que Sir Simon se enteró perfectamente de quién era la dama, y esperó y vigiló hasta que el plazo que ella fijó casi hubiera finalizado, y sólo faltara una semana para cumplirse el año y un día. Una noche que estaba espiando, oculto tras las cortinas de la habitación de la dama, la vio haciendo más muñecos de cera.

Hizo cinco y los escondió. La noche siguiente cogió uno, lo levantó, llenó de agua el cuenco dorado, tomó al muñeco por el cuello, y lo metió bajo el agua. Entonces dijo:

-Sir Dickon, Sir Dickon, tu día ha llegado, en oscuras aguas morirás ahogado.

Al día siguiente llegaron noticias de que Sir Richard se había ahogado en un vado. Y esa noche la dama cogió otro muñeco, le ató un cordón violeta alrededor del cuello, y lo colgó de un clavo. Entonces dijo:

-Sir Rowland, de tu vida el plazo ha terminado, de lo alto de un árbol te veo colgado.

Y al día siguiente llegaron noticias de que a Sir Rowland le habían ahorcado en el bosque unos salteadores. Y esa noche la dama cogió otro muñeco y le clavó un alfiler en el corazón. Entonces dijo:

-Sir Noll, Sir Noll, cesa así tu vida, traspasado el corazón por honda herida.

Y al día siguiente llegaron noticias de que Sir Oliver se había peleado en una taberna y un desconocido le había apuñalado en el corazón. Y esa noche la dama cogió otro muñeco y lo puso al fuego de carbón hasta que se derritió. Entonces dijo:

-Sir John, al polvo regresarás, en febril fuego te consumirás.

Y al día siguiente llegaron noticias de que Sir John había muerto abrasado por la fiebre.

Entonces Sir Simon abandonó el castillo, montó en su caballo, se fue a ver al obispo, y le contó todo. El obispo envió a sus hombres, los cuales prendieron a Lady Avelin, descubriendo todo cuanto había hecho. De modo que un día después de cumplirse el año y un día, fecha en que debía casarse, la llevaron por toda la ciudad en su bata, la ataron a una gran estaca en la plaza del mercado, y la quemaron viva, con la figura de cera colgándole del cuello. La gente dijo que el hombre de cera chilló al ser consumido por las llamas. Una y otra vez pensé en esta historia mientras yacía despierta en la cama, y me pareció estar viendo a Lady Avelin en la plaza del mercado, su hermoso cuerpo blanco devorado por las llamas. Y tantas vueltas le di que me pareció estar metida yo misma en la historia, y me imaginé ser la dama, y que vendrían a prenderme para ser quemada en la hoguera a la vista de toda la ciudad. Y me pregunté si a ella le hubiera preocupado eso, después de tantas cosas extrañas como había hecho, o si le habría dolido mucho que la quemaran en la hoguera. Una y otra vez intenté olvidar las historias de la niñera, y recordar el secreto que presencié aquella tarde, y lo que había en el bosque secreto; pero no lograba ver más que la oscuridad y un breve destello, que pronto desaparecía, y a continuación únicamente me veía a mí misma corriendo, hasta que una luna muy blanca surgía por encima de la sombría colina. Entonces de nuevo me volvieron a la memoria los viejos cuentos y las extrañas rimas que la niñera solía cantarme. Había una que empezaba Hasly cumsy, Helen musty, que ella solía cantarme dulcemente cuando quería que me durmiese. Y me puse a cantarla para mis adentros hasta quedarme dormida.

A la mañana siguiente estaba muy cansada y apenas pude estudiar mis lecciones, y me alegré mucho cuando terminé y me puse a almorzar, pues quería salir y estar sola. Era un día caluroso y fui a una linda colina cubierta de césped, junto al río, y me senté encima del viejo chal de mi madre. El cielo estaba gris, como el día anterior, pero había una especie de resplandor blanco, y desde donde yo estaba sentada, podía contemplar todo el pueblo, tan inmóvil, silencioso y blanco como un cuadro. Recordé que fue en esa colina donde la niñera me enseñó a jugar un antiguo juego llamado Ciudad de Troya, en el que una tenía que bailar, enroscarse y retorcerse sobre un dibujo trazado en la hierba, y luego, cuando ya había bailado y dado suficientes vueltas, la otra persona te hacía preguntas que no podías evitar el contestar, quisieras o no, y tenías la impresión de que debías hacer cualquier cosa que ella te ordenara. La niñera decía que solía haber muchos juegos como ése. Había uno mediante el cual podías convertir a la gente en lo que quisieras, y un anciano que su bisabuela había conocido sabía de una chica que se había convertido en una serpiente. Existía otro juego muy antiguo consistente en bailar, retorcerse y dar vueltas, mediante el cual podías sacar a una persona de su propio ser y retenerla en tu poder todo el tiempo que quisieras, mientras su cuerpo seguía paseándose completamente vacío y sin sentido. Pero yo fui a aquella colina porque quería meditar sobre lo que había ocurrido el día anterior y sobre el secreto del bosque. Desde el lugar donde estaba sentada podía ver, al otro lado del pueblo, el claro que encontré, por donde un pequeño arroyo me condujo hasta un país desconocido.

Imaginé que, de nuevo, seguía el curso del arroyo, y repasé todo el camino mentalmente; por último llegué al bosque, me arrastré entre los arbustos, y entonces vi algo en la oscuridad que me hizo sentir como si estuviera llena de fuego, como si deseara bailar, cantar y volar, pues me notaba cambiada y estupenda. Pero lo que vi no había cambiado nada, ni había envejecido, y me pregunté una y otra vez cómo podían suceder semejantes cosas, y si serían realmente ciertas las historias de la niñera, porque a la luz del día y al aire libre todo parecía diferente que por la noche. Una vez le conté a mi padre uno de esos cuentos, que trataba de un fantasma, y le pregunté si era cierto; él lo negó rotundamente diciendo que la gente ignorante creía en semejantes disparates. Se enfadó mucho con la niñera por haberme contado el cuento, y la regañó; después de eso, ella me hizo prometer que nunca más susurraría ni una sola palabra de lo que me contara, pues si lo hacía sería mordida por la gran serpiente negra que vivía en la charca del bosque.

Completamente a solas en la colina, me pregunté qué habría de verdad en todo aquello. Había visto algo muy asombroso y muy hermoso, sabía un cuento, y si realmente había visto eso y no lo había inventado a partir de las tinieblas, las ramas negras y el brillante resplandor que iba subiendo hasta el cielo por detrás de la gran colina redonda, si de verdad lo había visto, entonces había todo tipo de cosas maravillosas, encantadoras y terribles en que pensar, de modo que suspiré y temblé, y ardía pese a estar helada. Bajé la mirada hacia el pueblo, tan inmóvil y silencioso como un inofensivo cuadro, y pensé una y otra vez si no sería todo cierto. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera decidir algo; el corazón me palpitaba de una forma tan extraña que parecía susurrarme todo el tiempo que todavía no me había sacado aquello de la cabeza; y, no obstante, parecía completamente imposible, y sabía que mi padre y todos los demás dirían que era un terrible disparate.

Jamás pensé decirle a él o a cualquier otro ni una palabra del asunto, porque sabía que de nada serviría y únicamente me acarrearía burlas y reprimendas; así que durante un tiempo fui muy discreta, sin dejar por ello de pensar y de maravillarme; y de noche solía soñar cosas asombrosas, y a veces me despertaba de madrugada gritando con los brazos extendidos. También me asustaba porque, de ser cierta la historia, existían evidentes peligros, y podía sucederme algo espantoso, a menos que tuviera mucho cuidado.

Aquellos viejos cuentos no se me iban de la cabeza ni de noche ni de día, constantemente volvía sobre ellos y me los contaba a mí misma una y otra vez, mientras paseaba por los mismos lugares en donde la niñera me los había contado; y cuando me sentaba en la habitación de los niños junto al fuego, solía imaginarme que la niñera estaba sentada en la otra silla, contándome en voz baja alguna maravillosa historia por miedo a que alguien la oyera. Pero ella prefería contarme esas cosas cuando estábamos en el campo, lejos de casa, porque, según ella, eran grandes secretos y las paredes oyen.

Y si se trataba de algo mucho más secreto, teníamos que ocultarnos en matorrales o bosques; solía pensar que era muy divertido arrastrarse a lo largo de un seto, y, de pronto, meterse entre los arbustos o correr hacia el bosque, estando seguras de que nadie nos veía. De modo que sabíamos que nuestros secretos eran solamente nuestros, y que nadie más sabía nada de ellos. De vez en cuando, después de habernos escondido según acabo de describir, acostumbraba a enseñarme toda clase de cosas raras.

Un día, recuerdo que estábamos escondidas en un matorral de avellano que domina el arroyo. La niñera dijo que me enseñaría algo divertido que me haría reír, y entonces me mostró cómo poner patas arriba toda una casa sin que nadie se dé cuenta, haciendo saltar ollas y cacerolas, rompiendo la porcelana, y provocando que las sillas caigan unas encima de las otras. Lo intenté un día en la cocina, y comprobé que podía hacerlo bastante bien: una fila entera de platos cayó del aparador, y la pequeña mesa auxiliar de la cocinera se volvió delante de sus ojos, según dijo, asustándose tanto y poniéndose tan blanca que no lo volví a hacer, pues la estimaba. Más tarde, en el bosquecillo de avellanos, donde me había enseñado a hacer que las cosas se caigan, me explicó la manera de provocar ruido como de golpes, y aprendí también a hacerlo.

Después me enseñó rimas para determinadas ocasiones, extraños signos para ejecutar en otras circunstancias, y otras cosas que su bisabuela le había enseñado cuando era una niña. Y ésas fueron las cosas en las que pensé aquellos días, después del extraño paseo en el que creí descubrir un gran secreto, y deseé que la niñera estuviera aquí para preguntarle al respecto, pero se había marchado hacía más de dos años y nadie parecía saber adónde se había ido. Pero yo siempre recordaré aquellos días aunque viva muchos años más, pues constantemente me sentía muy extraña, perpleja e incrédula, y unas veces me notaba completamente segura y decidida, y otras estaba convencida de que tales cosas realmente no podían suceder, y vuelta a empezar. Pero tuve mucho cuidado de no hacer ciertas cosas que pudieran ser peligrosas. Así que esperé y medité durante mucho tiempo, y aunque no estaba completamente segura de nada, nunca me atreví a indagar más. Pero un día tuve la certeza de que todo lo que dijo la niñera era verdad, y me encontré muy sola al descubrirlo.

Temblé de pies a cabeza, de alegría y espanto al mismo tiempo, y corrí tan rápida como pude hacia uno de aquellos matorrales que solíamos frecuentar, y me deslizé en su interior, y cuando llegué al más antiguo de todos ellos me tapé la cara con las manos y me tumbé boca abajo sobre la hierba, y permanecí inmóvil durante un par de horas, susurrándome a mí misma deliciosas y terribles cosas, y repitiendo una y otra vez ciertas palabras. Todo era cierto, maravilloso y espléndido, cuando recordaba la historia que conocía, y pensaba en lo que realmente había visto, me daban escalofríos y el aire parecía llenarse de perfumes y flores y canciones. Primero de todo quise moldear un hombre de arcilla, como el que había hecho la niñera hacía tanto tiempo, y tuve que inventarme varios planes y estrategias, y vigilar, y pensar las cosas de antemano, a fin de que nadie pudiera imaginarse lo que estaba haciendo o iba a hacer, pues era demasiado mayor para llevar arcilla en un cubo de hojalata.

Al fin ideé un plan, llevé la arcilla húmeda al matorral e hice lo mismo que había hecho la niñera, sólo que la figura que yo hice era mucho más perfecta que la de ella; y cuando la terminé, hice cuanto pude imaginar y mucho más de lo que ella hizo, por lo que su aspecto era mucho mejor.

Pocos días después, habiendo terminado de estudiar, recorrí por segunda vez el camino del arroyo que me había conducido a un país extraño. Lo seguí, pasé por entre los arbustos y bajo las ramas, y atravesé los matorrales de la colina y los sombríos bosques. Luego me arrastré por el oscuro túnel por donde pasaba antes el arroyo, cuyo suelo era pedregoso, hasta que finalmente llegué al matorral que trepaba por la colina, y, aunque las hojas estaban brotando de los árboles, todo estaba tan tenebroso como la primera vez que fui allá. El matorral era el mismo, y lo atravesé despacio hasta salir a la gran colina pelada, donde empecé a caminar entre maravillosas rocas. Vi que el terrible voor lo envolvía todo de nuevo, pues, aunque el cielo estaba más claro, el anillo que formaban las yermas colinas circundantes estaba todavía en sombras, los bosques que las cubrían parecían espantosos, y las extrañas rocas eran tan grises como de costumbre. Cuando las recorrí con la mirada desde lo alto del gran montículo, sentada encima de la piedra, pude contemplar sus asombrosos círculos y cercos, unos dentro de otros, y tuve que permanecer completamente inmóvil, sin perderlos de vista, cuando empezaron a volverse hacia mí; cada piedra bailaba en su sitio, y todas parecían girar en un gran torbellino, como si estuviesen en medio de las estrellas y las oyeran precipitarse a través de la atmósfera. De modo que bajé entre las rocas para bailar con ellas y cantar extraordinarias canciones, y atravesé el otro matorral, y bebí del claro riachuelo del poco accesible y secreto valle, posando los labios en la burbujeante agua; luego proseguí hasta llegar al hondo y rebosante pozo, rodeado de reluciente musgo, y me senté al lado. Miré al frente hacia la oscuridad secreta del valle; detrás de mí se alzaba el elevado muro de hierba, y a mi alrededor los espesos bosques que hacían del valle un lugar secreto. Sabía que no había ninguna otra persona aparte de mí, y que nadie podía verme.

Así que me quité las botas y los calcetines y metí los pies en el agua, pronunciando las palabras que sabía.

El agua no estaba tan fría como yo pensaba, sino que era cálida y muy agradable, y cuando mis pies se introdujeron en ella, tuve la impresión de que eran de seda o que la ninfa me los besaba. Hecho esto, pronuncié las restantes palabras e hice las señales convenidas; luego, me sequé los pies con una toalla que me había llevado a propósito, y me puse los calcetines y las botas. Después trepé por la empinada pared y llegué al lugar donde estaban las hoyas, y los dos bellos montículos, y las redondas lomas de tierra, y las figuras extrañas. Esta vez no bajé a la hoya, sino que, al final, retrocedí y vislumbré las figuras con bastante claridad, pues había más luz, y recordé una historia que había olvidado completamente; en esa historia las dos figuras se llamaban Adán y Eva, y sólo los que conocen la historia comprenden lo que esto quiere decir. Luego proseguí mi camino hasta llegar al bosque secreto que no debe ser descrito, y me arrastré en su interior por el pasadizo que había descubierto. Y cuando había cubierto aproximadamente la mitad del recorrido me detuve, me volví, me preparé, me tapé los ojos con un pañuelo y me aseguré de que no podía ver nada en absoluto, ni una ramita, ni la punta de una hoja, ni la luz del cielo, pues era un viejo pañuelo de seda roja con grandes lunares amarillos, que me daba dos vueltas a la cabeza y cubría mis ojos de forma que no pudiera ver nada.

Entonces comencé a andar, paso a paso, muy despacio. Mi corazón latía cada vez más deprisa, y algo me subía por la garganta que me ahogaba y me provocaba ganas de gritar, pero no despegué los labios y continué. Las ramas se prendían en mis cabellos al andar, y los gigantescos espinos me desgarraban la carne; no obstante, seguí adelante hasta el final del sendero. Entonces me detuve, extendí los brazos y me incliné, y al principio di un rodeo, tanteando con las manos, y no encontré nada. La segunda vez di otro rodeo, tanteando con las manos, y tampoco hallé nada. Entonces lo intenté por tercera vez, tanteando con las manos, y la historia resultó ser cierta, y deseé que hubieran pasado los años para no tener que esperar tanto tiempo a ser feliz para siempre.

La niñera debió de haber sido uno de esos profetas que menciona la Biblia. Todo lo que dijo empezó a cumplirse, y desde entonces han ocurrido otras cosas que ella me contó. Así fue como llegué a saber que sus historias eran verídicas y que yo no me había inventado nada. Pero aquel día sucedió también otra cosa. Acudí por segunda vez al lugar secreto en el hondo y rebosante pozo; mientras permanecía de pie sobre el musgo, me incliné y miré al pozo, y entonces supe quién era la dama blanca que había visto salir del agua en aquel bosque hace mucho tiempo, siendo muy pequeña.

Me estremecí, pues esto me reveló otras cosas. Entonces recordé que poco después de haber visto a la gente blanca en el bosque, la niñera me preguntó más cosas acerca de ellos; se lo volví a contar todo otra vez, lo escuchó sin pronunciar palabra durante mucho tiempo, y por fin dijo: -La verás de nuevo-. Así comprendí lo que había pasado y lo que iba a pasar.

Y entendí todo lo referente a las ninfas: cómo encontrarlas en cualquier lugar; que ellas me ayudarían siempre; y que debía buscarlas siempre bajo todo tipo de apariencias y formas extrañas. Sin las ninfas nunca hubiera podido descubrir el secreto; sin ellas, ninguna de las demás cosas podrían haber sucedido. La niñera me había contado todo lo relacionado con ellas hacía mucho tiempo, pero las llamaba por otro nombre, y no supe lo que quería decir, ni qué significaban sus cuentos, solamente que eran muy raros.

Había dos clases de ninfas, las claras y las oscuras, y ambas eran encantadoras y maravillosas; algunos únicamente veían a las de una clase; otros solamente a las de la otra; pero había quien veía a las de ambas. Normalmente aparecían primero las oscuras, y luego llegaban las claras, y acerca de ambas se contaban extraordinarios cuentos. Un día o dos después de haber regresado a casa procedente del lugar secreto, fue cuando conocí realmente a las ninfas por vez primera.

La niñera me había enseñado a llamarlas y yo había intentado hacerlo; pero no entendí lo que ella quiso decirme, de modo que pensé que eran tonterías. Pero me decidí a intentarlo otra vez; me dirigí al bosque en donde estaba la charca en la que había visto a la gente blanca y lo intenté de nuevo. Vino Alanna, la ninfa oscura, y convirtió la charca de agua en charca de fuego...


Epílogo.

-¡Qué historia más extraña! -dijo Cotgrave, devolviendo el libro verde al solitario Ambrose-. En líneas generales la he entendido, pero hay muchas cosas que se me escapan. Por ejemplo, en la última página, ¿qué quiere decir eso de ninfas?
-Bien, creo que en todo el manuscrito hay referencias a ciertos procesos que se han trasmitido por tradición popular a través de los siglos. Algunos de estos procesos están empezando a entrar dentro de la competencia de la ciencia, que ha llegado a ellos mediante procedimientos totalmente diferentes. Yo he interpretado la referencia a las ninfas como una referencia a uno de estos procesos.
-¿Cree usted que existen semejantes cosas?
-¡Oh!, sí que lo creo, y me parece que puedo proporcionarle pruebas convincentes sobre ese punto. Me temo que no se haya preocupado usted del estudio de la alquimia. Es una pena, porque, en todo caso, su simbolismo es muy hermoso, y además, si estuviera usted al corriente de ciertos libros sobre el tema, podría recordarle frases susceptibles de explicar buena parte del manuscrito que acaba de leer.
-De acuerdo. Pero me gustaría saber si usted cree que existe algún fundamento bajo esas fantasías. ¿No pertenecen todas ellas a la esfera de la poesía? ¿No son un curioso sueño que el hombre se ha consentido a sí mismo?
-Sólo puedo decirle que, sin duda, lo más conveniente para la gran masa de gente es rechazarlas como un sueño. Pero si me pregunta usted lo que de verdad creo, eso es harina de otro costal. No, no diría yo que creo, sino más bien que conozco. Le aseguro que he conocido casos de hombres que han tropezado de forma completamente accidental con algunos de esos procesos, y se han asombrado de sus consecuencias inesperadas. En los casos de que hablo no podía haber ninguna posibilidad de sugestión o de acto subconsciente de ningún tipo. Igual podría suponerse entonces que un estudiante se sugestiona con la existencia de Esquilo cuando empolla mecánicamente las declinaciones griegas.

-Pero ya se habrá usted dado cuenta de la oscuridad del relato -prosiguió Ambrose-. En este caso particular debe haber sido dictada por el instinto, ya que la escritora nunca pensó que su manuscrito caería en otras manos. Pero la experiencia ha sido general, por muchas y excelentes razones. Las medicinas realmente eficaces, que también son, forzosamente, virulentos venenos, se guardan en un armario cerrado; un niño puede encontrar la llave por casualidad y bebérselas hasta morir. Pero en la mayoría de los casos la búsqueda es intencionada, y los frascos contienen preciosos elixires para todo aquel que pacientemente se haya fabricado su propia llave.
-¿No le importaría entrar en detalles?
-No, francamente no. Prefiero que siga usted sin convencerse. Pero ya vio usted cómo ilustra el manuscrito la charla que sostuvimos la semana pasada.
-¿Vive todavía la chica?
-No. Yo fui uno de los que la encontraron. Conocí bien a su padre; era abogado y jamás se preocupó de ella. No pensaba más que en escrituras y arrendamientos, de manera que las noticias que le llegaron le causaron una espantosa sorpresa. Había desaparecido una mañana, supongo que alrededor de un año después de haber escrito lo que usted ha leído. Llamaron a las criadas, y éstas contaron algunas cosas y dieron la única explicación lógica, aunque completamente errónea. Descubrieron el libro verde en algún rincón de su cuarto, y yo la encontré a ella en el lugar que describió con tanto pavor, tumbada en el suelo frente a la imagen.
-¿Había una imagen?
-Sí; estaba oculta por los espinos y la espesa maleza que la rodeaban. Era una comarca salvaje y desierta; pero usted ya la conoce por la descripción de ella, aunque, por supuesto, debe comprender que han sido recargadas las tintas. La imaginación de un niño siempre ve más altas las cumbres y más profundos los abismos de lo que realmente son; y esta chica tenía, desgraciadamente para ella, algo más que imaginación. Podría decirse, tal vez, que su representación mental, que hasta cierto punto consiguió expresar en palabras, era la misma escena que habría podido interpretar un artista imaginativo. No obstante, en cualquier caso se trata de una tierra extraña y desolada.
-¿Estaba muerta?
-Sí. Se había envenenado... a tiempo. No; no se dijo ni una sola palabra en contra suya, como era habitual. ¿Recuerda usted la historia que le conté la otra noche acerca de una dama que vio cómo una ventana aplastaba los dedos de su hija?
-Y ¿qué era esa estatua?
-Bueno, era una escultura romana, de una clase de piedra que no se había ennegrecido con el paso del tiempo, sino que se había puesto blanca y luminosa. Los matorrales habían crecido a su alrededor, ocultándola, y en la Edad Media los partidarios de cierta tradición muy antigua supieron utilizarla en su propio beneficio. De hecho, fue incorporada a la monstruosa mitología del Sabbat. Habrá observado usted que a aquellos a quienes por casualidad les ha sido otorgada la visión de esa blancura resplandeciente, o, mejor dicho, por aparente azar, se les exige taparse los ojos la segunda vez que se aproximen a ella. Es muy significativo.
-¿Todavía esta allí?
-Mandé buscar herramientas y la redujimos a polvo y fragmentos. La persistencia de la tradición jamás me sorprende. Podría citar más de una parroquia inglesa donde todavía perviven, con vigor oculto, aunque constante, tradiciones como las que esta chica oyó en su infancia. No, para mí lo extraño y lo espantoso no son las secuelas sino la historia en sí misma, pues siempre he creído que los prodigios son privilegio del alma".

Arthur Machen