El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

viernes, 11 de diciembre de 2009

"Carcasona"

"En una carta de un amigo a quien nunca he visto, uno de los que leen mis libros, aparecía datada esta línea: «En cuanto a él, nunca vino a Carcasona.» Ignoro el origen de la línea, pero he hecho este cuento sobre ella.Cuando Camorak reinaba en Arn, y el mundo era más hermoso, dio una fiesta a todo el Bosque para conmemorar el esplendor de su juventud. Dicen que su casa en Arn era inmensa y elevada, y su techo estaba pintado de azul; y cuando caía la tarde, los hombres se subían por escaleras y encendían los centenares de velas que colgaban de sutiles cadenas. Y dicen también que a veces venia una nube y se filtraba por lo alto de una de las ventanas circulares, y venia sobre el ángulo del edificio, como la bruma del mar viene sobre el borde agudo de un acantilado, donde un antiguo viento ha soplado siempre y siempre (ha arrastrado miles de hojas y miles de centurias; unas y otras son lo mismo para él; no debe vasallaje al Tiempo). Y la nube tomaba nueva forma en la alta bóveda de la sala, y avanzaba lentamente por ella, y salía de nuevo al cielo por otra ventana. Y según su forma, los caballeros, en la sala de Camorak, profetizaban las batallas y los sitios y la próxima temporada de guerra. Dicen de la sala de Camorak en Arn que no ha habido otra como ella en tierra alguna, y predicen que nunca la habrá.Allí había venido el pueblo del Bosque desde majadas y selvas, revolviendo tardos pensamientos de comida y albergue y amor, y se sentaban maravillados en aquella famosa sala; en ella estaban también sentados los hombres de Arn, la ciudad que se agrupaba en torno a la alta casa del rey, y tenía todos los techos cubiertos con la tierra roja, maternal. Si puede prestarse fe a los viejos cantos, era una sala maravillosa.Muchos de los que estaban allí sentados la habrían visto sólo desde lejos, una forma clara en el paisaje, algo menor que una montaña. Ahora contemplaban a lo largo del muro las armas de los hombres de Camorak, sobre las cuales habían ya hecho cantos los tañedores de laúd. En ellos describían el escudo de Camorak, que se había agitado en tantas batallas, y los filos agudos, pero mellados, de su espada; allí estaban las armas de Gadriol el Leal, y Norn, y Athoric, de la Espada de Granizo; Heriel el Salvaje, Yarold y Thanga de Esk; sus armas colgaban igualmente todo a lo largo de la sala, a una altura que un hombre pudiera alcanzarlas; y en el sitio de honor en el medio, entre las armas de Camorak y de Gadriol el Leal, colgaba el arpa de Arleón. Y de todas las armas que colgaban en aquellos muros, ningunas fueron más funestas a los enemigos de Camorak que lo fue el arpa de Arleón. Porque para un hombre que marcha a pie contra una plaza fuerte es agradable ciertamente el chirrido y el traqueteo de alguna temerosa máquina de guerra que sus compañeros de armas están manejando detrás, de la cual pasan suspirando sobre su cabeza pesadas rocas que van a caer entre los enemigos; y agradables son para un guerrero en el agitado combate las rápidas órdenes de su rey, y una alegría para él los vítores distantes de sus compañeros, súbitamente exaltados en una de las alternativas de la guerra. Todo esto y más era el arpa para los hombres de Camorak, porque no sólo excitaba a sus guerreros, sino que muchas veces Arleón del Arpa hubo de producir un espanto salvaje entre las huestes contrarias clamando súbitamente una profecía arrebatada, mientras sus manos recorrían las rugientes cuerdas. Además, nunca fue declarada guerra alguna hasta que Camorak y sus hombres hubiesen escuchado largamente el arpa y estuviesen exaltados con la música y locos contra la paz. Una vez, Arleón, con motivo de una rima, había movido guerra a Estabonn; y un mal rey fue derribado, y se ganó honor y gloria; por tan singulares motivos se acrecienta a veces el bien.Por encima de los escudos y las arpas, todo alrededor de la sala, estaban las pintadas figuras de fabulosos héroes de cantos célebres. Demasiado triviales, porque demasiado sobrepujadas por los hombres de Camorak, parecían todas las victorias que la tierra había conocido; ni siquiera se había desplegado algún trofeo de las setenta batallas de Camorak, porque estas batallas nada eran para sus guerreros o para él en comparación con aquellas cosas que en su juventud habían soñado y que vigorosamente se proponían aún hacer.Por encima de las pintadas figuras había la oscuridad, porque la tarde se iba cerrando y las velas que colgaban de las ligeras cadenas aún no estaban encendidas en el techo; era como si un pedazo de la noche hubiese sido incrustado en el edificio cual una enorme roca que asoma en una casa. Y allí estaban sentados todos los guerreros de Arn y el pueblo del Bosque admirándolos; y ninguno tenía más de treinta años, y todos fueron muertos en la guerra. Y Camorak estaba sentado a la cabeza de todos, exultante de juventud.Tenemos que luchar con el tiempo durante unas siete décadas, y es un antagonista débil y flojo en las tres primeras partidas. Encontrábase presente en esta fiesta un adivino, uno que conocía las figuras del Hado y que se sentaba entre el pueblo del Bosque; y no tenía sitio de honor, porque Camorak y sus hombres no tenían miedo al Hado. Y cuando hubieron comido la carne y los huesos fueron echados a un lado, el rey se levantó de su asiento y, después de beber vino, en la gloria de su juventud y con todos sus caballeros en torno suyo, llamó al adivino, diciendo: «Profetiza».Y el adivino se levantó, acariciando su barba gris, y habló cautelosamente. « Hay ciertos acontecimientos -dijo- sobre los caminos del Hado, que están velados aun ante los ojos de un adivino, y otros muchos tan claros para nosotros, que estarían mejor velados para todos; muchas cosas conozco yo que mejor es no predecirías, y algunas que no puedo predecir, so pena de centurias de castigo. Pero esto conozco y predigo: que nunca llegaréis a Carcasona.»En seguida hubo un susurro de conversaciones que hablaban de Carcasona; algunos habían oído de ella en discursos o cantos; algunos habían leído cosas de ella, y algunos habían soñado con ella. Y el rey envió a Arleón del Arpa que descendiese del sitio que ocupaba a su derecha y se mezclase con el pueblo del Bosque y oyese lo que dijeran de Carcasona. Pero los guerreros hablaban de las plazas que habían ganado, mucha fortaleza bien defendida, mucha tierra lejana, y juraban que irían a Carcasona.Y al cabo de un momento volvió Arleón a la derecha del rey, y levantó su arpa y cantó y habló de Carcasona. Muy lejos estaba, enormemente lejos, una ciudad de murallas brillantes que se elevaban las unas sobre las otras, y azoteas de mármol detrás de las murallas, y fuentes centelleantes sobre las azoteas. A Carcasona se habían retirado primero de los hombres los reyes de los elfos con sus hadas, y la habían construido en una tarde a finales de mayo, soplando en sus cuernos de elfos. ¡Carcasona! ¡ Carcasona!Viajeros la habían visto algunas veces como un claro sueño, con el sol brillando sobre su ciudadela en la cima de una lejana montaña, y en seguida habían venido las nubes o una súbita niebla; ninguno la había visto largo rato ni se había aproximado a ella, aunque una vez hubo ciertos hombres que llegaron muy cerca, y el humo de las casas sopló sobre sus rostros, una ráfaga repentina no más, y éstos declararon que alguien estaba quemando madera de cedro allí.Hombres habían soñado que allí hay una hechicera que anda solitaria por los fríos patios y corredores de palacios marmóreos, terriblemente bella a pesar de sus ochenta centurias, cantando el segundo canto más antiguo que le fue enseñado por el mar, vertiendo lágrimas de soledad por ojos que enloquecerían a ejércitos, y que, sin embargo, no llamaría junto a sí a sus dragones; Carcasona está terriblemente guardada. Algunas veces nada en un baño de mármol, por cuyas profundidades rueda un río, o permanece toda la mañana al borde secándose lentamente al sol, y contempla cómo el agitado río turba las profundidades del baño. Este río brota al través de las cavernas de la tierra más lejos de lo que ella conoce, sale a la luz en el baño de la hechicera y vuelve a penetrar por la tierra para encaminarse a su propio mar particular.En otoño desciende a veces crecido y ceñudo con la nieve que la primavera ha derretido en montañas inimaginadas, o pasan bellamente arbustos con flores marchitas de montaña.Cuando ella canta, las fuentes se alzan danzando de la oscura tierra; cuando se peina sus cabellos, dicen que hay tempestades en el mar; cuando está enojada, los lobos se ponen bravos y todos descienden a sus cubiles; cuando está triste, el mar está triste, y ambos están tristes eternamente. ¡Carcasona! ¡Carcasona!Esta ciudad es la más bella de las maravillas de la mañana; el sol rompe en alaridos cuando la contempla; por Carcasona, la tarde llora cuando la tarde muere.Y Arleón dijo cuántos peligros divinos había en derredor de la ciudad, y cómo el camino era desconocido, y que era una aventura caballeresca. Entonces, todos los caballeros se levantaron y cantaron el esplendor de la aventura. Y Camorak juró por los dioses que habían construido a Arn y por el honor de sus guerreros que, vivo o muerto, habría de llegar a Carcasona.Pero el adivino se levantó y salió de la sala, quitándose las migajas con sus manos y alisándose el traje según marchaba.Entonces, Camorak dijo: «Hay muchas cosas que planear, y consejos que tomar, y provisiones que reunir. ¿Qué día partiremos?» Y todos los guerreros respondieron gritando: «Ahora.» Y Camorak sonrió, porque sólo había querido probarlos. De los muros tomaron entonces sus armas Sikorix, Kelleron, Aslof, Wole, el del Hacha; Huhenoth, el Quebrantador de la Paz; Wolwuf, Padre de la Guerra; Tarión, Lurth, el del Grito de Guerra, y otros muchos. Poco se imaginaban las arañas que estaban sentadas en aquella sala ruidosa el solaz ininterrumpido que iban pronto a disfrutar.Cuando se hubieron armado, se formaron todos y salieron de la sala, y Arleón iba delante de ellos a caballo cantando a Carcasona. Pero el pueblo del Bosque levantóse y volvió bien alimentado a sus establos. Ellos no tenían necesidad de guerras o de raros peligros. Ellos estaban siempre en guerra con el hambre. Una larga sequía o un invierno duro eran para ellos batallas campales; si los lobos entraban en un redil, era como la pérdida de una fortaleza; una tormenta en la época de la siega era como una emboscada. Bien alimentados, volvieron lentamente a sus establos, en tregua con el hambre; y la noche se llenó de estrellas.Y negros sobre el cielo estrellado aparecían los redondos yelmos de los guerreros según pasaban las cimas de los montes, pero en los valles centelleaban aquí y allí, según la luz estelar caía sobre el acero. Seguían detrás de Arleón, que marchaba hacia el Sur, de donde siempre habían venido rumores de Carcasona; así marchaban a la luz de las estrellas, y él delante de todos cantando. Cuando hubieron marchado tan lejos que no oían ningún ruido de Arn, y que hasta el sonido de sus volteantes campanas se había apagado; cuando las velas que ardían allá arriba en las torres no les enviaban ya su desconsolada despedida; en medio de la noche aplaciente que arrulla los rurales espacios, el cansancio vino sobre Arleón y su inspiración decayó. Decayó lentamente. Poco a poco fue estando menos seguro del camino a Carcasona. Unos momentos se detenía a pensar, y recordaba el camino de nuevo; pero su clara certeza había desaparecido, y en su lugar ocupaban su mente esfuerzos por recordar viejas profecías y cantos de pastores que hablaban de la maravillosa ciudad. Entonces, cuando se decía a sí mismo cuidadosamente un canto que un vagabundo había aprendido del muchacho de un cabrero, allá lejos, sobre los bajos declives de extremas montañas meridionales, la fatiga cayó sobre su mente trabajada como nieve sobre los caminos sinuosos de una ciudad ruidosa, enmudeciéndolo todo.Estaba en pie y los guerreros se agolpaban junto a él. Durante largo tiempo habían pasado a lo largo de grandes encinas que se alzaban solitarias aquí y allí, como gigantes que respiran en enormes alientos el aire de la noche antes de realizar algún hecho terrible; ahora habían llegado a los linderos de un bosque negro; los troncos se erguían como grandes columnas en una sala egipcia, de la cual Dios recibía, según manera antigua, las plegarias de los hombres; la cima de este bosque cortaba el camino de un antiguo viento.Aquí se pararon todos y encendieron un fuego de ramas sacando chispas del pedernal sobre un montón de helecho. Despojáronse de sus armaduras y sentáronse en torno del fuego, y Camorak se levantó allí y se dirigió a ellos, y Camorak dijo: «Vamos a guerrear contra el Hado, cuya sentencia es que yo no he de llegar a Carcasona. Y si descaminamos una sola de las sentencias del Hado, entonces todo el futuro del mundo es nuestro, y el futuro que el Hado ha dispuesto es como el cauce seco de un río desviado. Pero si hombres como nosotros, si tan resueltos conquistadores no pueden prevenir una sentencia que el Hado ha decidido, entonces la raza de los hombres estará por siempre sujeta a hacer como esclava la mezquina tarea que se le ha señalado. »Entonces, todos ellos desenvainaron sus espadas y las blandieron en alto en el resplandor de la hoguera, y declararon guerra al Hado.Nada en el bosque sombrío se movía y ningún ruido se escuchaba.Hombres cansados no sueñan de guerra. Cuando la mañana vino sobre los campos centelleantes, un grupo de gentes que habían salido de Arn descubrieron el campamento de los guerreros y trajeron tiendas y provisiones. Y los guerreros tuvieron un festín, y los pájaros cantaban en el bosque, y se despertó la inspiración de Arleón.Entonces se levantaron y, siguiendo a Arleón, entraron en el bosque y marcharon hacia el Sur. Y más de una mujer de Arn les envió sus pensamientos cuando tocaban algún viejo aire monótono; pero sus propios pensamientos iban muy lejos delante de ellos, deslizándose sobre el baño al través de cuyas profundidades corre el río en Carcasona, ciudad de mármol.Cuando las mariposas danzaban en el aire y el sol se aproximaba al cenit, fueron levantadas las tiendas, y todos los guerreros descansaron; y de nuevo tuvieron festín, y ya avanzada la tarde, continuaron marchando una vez más, cantando a Carcasona.Y la noche bajó con su misterio sobre el bosque, y dio de nuevo su aspecto demoníaco a los árboles, y sacó de profundidades nebulosas una luna enorme y amarilla. Y los hombres de Arn encendieron hogueras, y súbitas sombras surgieron y se alejaron saltando fantásticamente. Y sopló el viento de la noche, levantándose como un aparecido; y pasaba entre los troncos, y se deslizaba por los claros de luz cambiante, y despertaba a las fieras que aún soñaban con el día, y arrastraba pájaros nocturnos al campo para amenazar a las gentes timoratas, y golpeaba las rosas contra las ventanas de los aldeanos, y murmuraba noticias de la noche amiga, y transportaba a los oídos de los hombres errantes el eco del cantar de una doncella, y daba un encanto misterioso al sonido del laúd tocado en la soledad de unas distantes colinas; y los ojos profundos de las polillas lucían como las lámparas de un galeón, y extendían sus alas y bogaban por su mar familiar. Sobre este viento de la noche también los sueños de los hombres de Camorak iban flotando hacia Carcasona.Toda la mañana siguiente marcharon y toda la tarde, y conocieron que se iban acercando ahora a las profundidades del bosque. Y los ciudadanos de Arn se apretaron entre si y detrás de los guerreros. Porque las profundidades del bosque eran todas desconocidas de los viajeros, pero no desconocidas para los cuentos de espanto que los hombres dicen por la tarde a sus amigos en el bienestar seguro de sus hogares. Entonces apareció la noche y una luna desmesurada. Y los hombres de Camorak durmieron.Algunas veces se despertaban y se volvían a dormir; y aquellos que permanecían despiertos largo tiempo y se ponían a escuchar, oían los pasos de pesadas criaturas bípedas marchando lentamente al través de la noche sobre sus patas.Tan pronto como hubo luz, los hombres sin armas de Arn principiaron a escurrirse y se volvieron en bandas al través del bosque. Cuando vino la oscuridad, no se detuvieron para dormir, sino que continuaron huyendo todo derecho hasta que llegaron a Arn, y con los cuentos que allí dijeron aumentaron aún el terror de la selva.Pero los guerreros tuvieron un festín, y después Arleón se levantó y tocó su arpa, y los condujo otra vez; y unos pocos fieles servidores permanecieron con ellos aún. Y marcharon todo el día al través de una oscuridad que era tan vieja como la noche. Pero la inspiración de Arleón ardía en su mente como una estrella. Y los condujo hasta que los pájaros comenzaron a posarse en las cimas y anochecía, y todos ellos acamparon. Tenían ahora sólo una tienda que les habían dejado, y junto a ella encendieron una hoguera, y Camorak puso un centinela con la espada desnuda, justamente detrás del resplandor del fuego. Algunos de los guerreros dormían en el pabellón, y otros alrededor de él. Cuando vino la aurora, algo terrible había matado al centinela y se lo había comido. Pero el esplendor de los rumores de Carcasona, y el decreto del Hado, que nunca llegarían a ella, y la inspiración de Arleón y su arpa, todo incitaba a los guerreros; y marcharon todo el día más y más adentro en la selva.Una vez vieron un dragón que había cogido un oso y estaba jugando con él, dejándole correr un corto trecho y alcanzándolo con una zarpa.Por fin vinieron a un claro en la selva a punto de anochecer. Un perfume de flores ascendía de él como una niebla, y cada gota de rocío interpretaba el cielo en sí misma. Era la hora en que el crepúsculo besa a la Tierra.Era la hora en que viene una significación a las cosas sin sentido, y los árboles superan en majestad la pompa de los monarcas, y las tímidas criaturas salen a hurtadillas en busca del alimento, y los animales de rapiña sueñan aún inocentemente, y la Tierra exhala un suspiro, y es de noche.En medio del vasto claro, los guerreros de Camorak acamparon, y se alegraron viendo aparecer de nuevo las estrellas, una tras otra.Esta noche comieron las últimas provisiones y durmieron sin que los molestasen las alimañas rapaces que pueblan la oscuridad de la selva. Al día siguiente, algunos de los guerreros cazaron ciervos, y otros permanecieron en los juncos de un lago vecino y dispararon flechas contra las aves acuáticas. Mataron un ciervo, y algunos gansos, y varias cercetas.Aquí continuaron los aventureros respirando el aire salvaje que las ciudades no conocen; durante el día cazaban, y encendían hogueras por la noche, y cantaban y tenían festines, y se olvidaban de Carcasona. Los terribles habitantes de las tinieblas nunca los molestaban; la carne de venado era abundante, y toda clase de aves acuáticas; gustaban de la caza por el día, y por la noche de sus cantos favoritos. Así fueron pasando un día y otro, y así una y otra semana. El tiempo arrojó sobre este campamento un puñado de mediodías, las lunas de oro y plata que van consumiendo el año; el Otoño y el Invierno pasaron, y la Primavera apareció; los guerreros continuaban allí en sus cacerías y sus banquetes.Una noche de primavera se hallaban en un banquete alrededor del fuego, y contaban cuentos de caza; y las blandas polillas salían de la oscuridad y paseaban sus colores por la luz del fuego, y volvían grises a la oscuridad otra vez; y el viento de la noche era frío sobre los cuellos de los guerreros, y la hoguera del campamento era cálida en sus rostros, y un silencio se había establecido entre ellos después de algún canto; y Arleón se alzó repentinamente, acordándose de Carcasona. Y su mano se deslizó sobre las cuerdas del arpa, despertando las más profundas, como el ruido de gentes ágiles que están danzando sobre el bronce; y la música se iba a perder entre el propio silencio de la noche, y la voz de Arleón se levantó:«Cuando hay sangre en el baño, ella conoce que hay guerra en las montañas y anhela oír el grito de combate que lanzan hombres de sangre real.»Y súbitamente todos gritaron: «¡Carcasona!» Y con esta palabra su pereza desapareció como desaparece un sueño de un soñador despertado por un grito. Y pronto principió la gran marcha que ya no tuvo vacilaciones ni titubeos.Llegaron a convertirse en un proverbio de la marcha errante, y nació una leyenda de hombres extraños, desconsolados. Las gentes hablaban de ellos a la caída de la noche, cuando el fuego ardía vivamente y la lluvia caía de los aleros. Y cuando el viento era fuerte, los niños pequeños creían llenos de miedo que los Hombres que Nunca Descansarían pasaban haciendo ruido. Se referían cuentos extraños de hombres en vieja armadura gris que avanzaban por las cimas de los collados y que jamás pedían albergue; y las madres decían a sus hijos, impacientes de permanecer en casa, que los grises errabundos habían sentido en otro tiempo la misma impaciencia, y ahora no tenían esperanza de descanso y eran arrastrados con la lluvia cuando el viento se enfurecía. Pero los errabundos se sentían excitados en sus marchas continuas por la esperanza de llegar a Carcasona, y más tarde por la cólera contra el Hado, y últimamente continuaban marchando porque parecía mejor continuar marchando que pensar.Y un día llegaron a una región montuosa, con una leyenda en ella que sólo tres valles más allá se podía ver, en días claros, Carcasona. Aunque estaban cansados y eran pocos, y se hallaban gastados por los años, que todos les habían traído guerras, lanzáronse al instante, conducidos siempre por la inspiración de Arleón, ya decaído por la edad, aunque seguía tocando música con su vieja arpa.Todo el día fueron descendiendo al primer valle, y durante dos días subieron, y llegaron a la Ciudad Que No Puede Ser Tomada En Guerra, debajo de la cima de la montaña, y sus puertas fueron cerradas contra ellos, y no había camino alrededor. A derecha e izquierda había precipicios escarpados en todo lo que alcanzaba la vista o decía la leyenda, y el paso se hallaba al través de la ciudad. Por esto Camorak formó a los guerreros que le quedaban en línea de batalla para sostener su última guerra, y avanzaron sobre los huesos calcinados de antiguos ejércitos sin enterrar.Ningún centinela los desafió en la puerta; ninguna flecha voló de torre alguna de guerra. Un ciudadano trepó solo a la cumbre de la montaña, y los demás se escondieron en lugares abrigados. Porque en la cumbre de la montaña, abierta en la roca, había una profunda caverna en forma de taza, y en esa caverna ardían suavemente hogueras. Pero si alguien arrojaba un guijarro a las hogueras, como uno de estos ciudadanos tenía costumbre de hacer cuando los enemigos se acercaban, la montaña lanzaba rocas intermitentes durante tres días, y las rocas caían llameantes sobre toda la ciudad y todos sus alrededores. Y precisamente cuando los hombres de Camorak principiaron a golpear la puerta para derribarla, oyeron un estallido en la montaña, y una gran roca cayó detrás de ellos y se precipitó rodando al valle. Las dos siguientes cayeron frente a ellos sobre los techos de hierro de la ciudad. Justamente cuando entraban en la ciudad, una roca los encontró apiñados en una calle estrecha y aplastó a dos de ellos. La montaña humeaba y parecía palpitar; a cada palpitación, una roca se hundía en las calles o botaba sobre los pesados techos de hierro, y el humo subía lentamente, lentamente.Cuando al través de las largas calles desiertas de la ciudad llegaron a la puerta cerrada del fin, sólo cincuenta quedaban. Cuando hubieron conseguido derribar la puerta, no había más que diez vivos. Otros tres fueron muertos cuando iban subiendo la cuesta, y dos cuando pasaban cerca de la terrible caverna. El Hado permitió que el resto avanzase algún trecho bajando la montaña por el otro lado, y entonces les tomó tres de ellos. Sólo Camorak y Arleón habían quedado vivos. Y la noche descendió sobre el valle al cual habían venido, y estaba iluminada por los resplandores de la fatal montaña; y los dos hicieron duelo de sus camaradas durante toda la noche.Pero cuando vino la mañana se acordaron de su guerra contra el Hado y su vieja resolución de llegar a Carcasona, y la voz de Arleón se alzó en un canto vibrante, y arrancó música de su vieja arpa, y se puso en pie, y marchó rostro al Sur como había hecho años y años, y detrás de él iba Camorak. Y cuando al fin subieron desde el último valle y se pararon sobre la cima del collado en la luz dorada de la tarde, sus ojos envejecidos vieron sólo millas de selva y los pájaros que se retiraban a sus nidos.Sus barbas estaban blancas, y habían viajado muy lejos y con muchos trabajos; les había llegado el tiempo en que un hombre descansa de sus trabajos y sueña, durmiendo ligeramente, con los años que fueron y no con los que serán.Largo tiempo miraron hacia el Sur; y el sol se puso sobre los remotos bosques, y las luciérnagas encendieron sus lámparas, y la inspiración de Arleón se alzó y huyó para siempre, para alegrar, acaso, los sueños de hombres más jóvenes.Y Arleón dijo: «Mi rey, no conozco ya el camino de Carcasona. »Y Camorak sonrió como sonríen los ancianos, con poco motivo de alegría, y dijo:«Los años van pasando por nosotros como grandes pájaros ahuyentados de alguna antigua ciénaga gris por la fatalidad, el Destino y los designios de Dios. Y puede muy bien ser que contra éstos no haya guerrero que sirva, y que el Hado nos haya vencido, y que nuestro afán haya fracasado.»Y después de esto se quedaron silenciosos.Entonces desenvainaron sus espadas, y uno junto al otro, bajaron a la selva, buscando aún a Carcasona.Yo imagino que no fueron muy lejos, porque había mortales pantanos en aquel bosque, y tinieblas más tenaces que las noches, y bestias terribles acostumbradas a sus caminos. Ni hay allí leyenda alguna, ni en verso ni entre los cantos del pueblo de las campiñas, de que alguno hubiese llegado a Carcasona".

Lord Dunsany

jueves, 10 de diciembre de 2009

"El Asesino de Cisnes"

"Al consultar los volúmenes de Historia Natural, nuestro ilustre amigo, el doctor Tribulat Bonhomet había terminado por aprender que el cisne canta bien antes de morir. Efectivamente, nos confesaba, desde que la había escuchado, sólo esa música le ayudaba a soportar las decepciones de la vida, y cualquier otra ya no le parecía sino una cencerrada, puro Wagner.
¿Cómo había conseguido esa alegría de aficionado? En los alrededores de la antiquísima ciudad fortificada en la que vive, el anciano había descubierto en un parque abandonado, a la sombra de grandes árboles, un viejo estanque sagrado, sobre el sombrío espejo del cual se deslizaban doce o quince aves; había estudiado meticulosamente los accesos, calculado las distancias, observado sobre todo al cisne negro, el vigilante, que dormía, perdido en un rayo de sol.Éste, permanecía todas las noches con los ojos abiertos, con un guijarro en su pico rosa, y si la más mínima alarma le revelaba peligro para aquellos a quienes custodiaba, lanzaba bruscamente al agua el guijarro, en mitad del blanco círculo de los dormidos para despertarlos: al oír la señal, el grupo habría huído en medio de la oscuridad hacia avenidas profundas, hacia lejanos céspedes, hacia alguna fuente en la que se reflejaban grises estatuas, o hacia cualquier otro refugio conocido por su memoria. Y Bonhomet los había contemplado en silencio, sonriéndoles incluso. ¿No era, pues, con su último canto con el que, como perfecto diletante, soñaba regalarse muy pronto los oídos?A veces, pues, cuando sonaban las doce de alguna otoñal noche sin luna, fastidiado por el insomnio, Bonhomet se levantaba de repente y se vestía para asistir al concierto que necesitaba volver a escuchar. Tras introducir sus piernas en descomunales botas de goma forradas que prolongaba, sin sutura, una ancha levita impermeable. El huesudo y gigantesco doctor introducía las manos en un par de guantes de acero blasonado provenientes de alguna armadura medieval (guantes que había conseguido al abonar treinta y ocho monedas -¡Una locura!- a un anticuario). Hecho esto, se ceñía su amplio sombrero, apagaba la vela, descendía y, con la llave de su casa en el bolsillo, se encaminaba, a la burguesa, hacia la linde del parque abandonado.Enseguida, se introducía por oscuros senderos hacia el retiro de sus cantantes favoritos, hacia el estanque cuya agua poco profunda, y bien sondeada por todas partes, no le pasaba de la cintura. Y, bajo la bóveda de la arboleda ensordecía sus pasos al pisar ramas secas. Cuando llegaba al borde del estanque, lenta, muy lentamente, introducía una bota, luego la otra, y avanzaba dentro del agua con precauciones inauditas, tan inauditas que apenas se atrevía a respirar. Como el melómano ante la inminencia de la cavatina esperada. De tal manera que, para dar los veinte pasos que le separaban de sus queridos virtuosos, empleaba normalmente entre dos y dos horas y media, hasta tal extremo temía alarmar la sutil vigilancia del guardián negro.El soplo del cielos sin estrellas agitaba las altas ramas en la oscuridad, pero Bonhomet, sin dejarse distraer por el misterioso susurro, seguía avanzando y tan bien que, hacia las tres de la madrugada, se encontraba, invisible, a medio paso del cisne negro, sin que éste hubiera percibido ni el más mínimo indicio de su presencia. Entonces, el buen doctor, sonriendo en la oscuridad, arañaba suave, muy suavemente, rozando apenas con la punta de su índice medieval, la superficie anulada del agua, delante del vigilante.Y arañaba con tal suavidad que éste, aunque algo sorprendido, no juzgaba esta vaga alarma como de una importancia digna de lanzar el guijarro. El cisne escuchaba. A la larga, cuando su instinto se percataba vagamente de la idea de peligro, su corazón, ¡oh! su pobre corazón ingenuo se ponía a latir horriblemente, lo que llenaba de júbilo a Bonhomet. Y los bellos cisnes, uno tras otro, perturbados por ese ruido en lo profundo de su sueño, sacaban ondulosamente la cabeza de debajo de sus pálidas alas plateadas y bajo el peso de la sombra de Bonhomet, entraban poco a poco en un estado de angustia, percibiendo no se sabe qué confusa consciencia del mortal peligro que los amenazaba. Pero, en su infinita delicadeza, sufrían en silencio como el vigilante, al no poder huir puesto que el guijarro no había sido lanzado. Y todos los corazones de aquellos blancos exiliados se ponían a dar latidos de sorda agonía, inteligibles y claros para el oído maravillado del excelente doctor que sabía muy bien lo que moralmente les producía su cercanía y se deleitaba, en pruritos incomparables, con la terrorífica sensación que su inmovilidad les hacía padecer.¡Qué dulce resulta estimular a los artistas! Se decía en voz baja. Tres cuartos de hora, más o menos, duraba este éxtasis que no habría cambiado por un reino. ¡De repente, un rayo de la Estrella de la Mañana, deslizándose entre las ramas, iluminaba de improviso a Bonhomet, así como las aguas negras y los cisnes con ojos repletos de sueños! El vigilante, aterrorizado por aquella visión, arrojaba el guijarro. ¡Demasiado tarde!Con un grito horrible en el que parecía desenmascararse su sonrisa, Bonhomet se precipitaba, con las garras en alto y los brazos tendidos, hacia las filas de las aves sagradas. Y eran rápidos los apretones de los dedos de acero de aquel paladín moderno, y los puros cuellos de nieve de dos o tres cantantes eran atravesados o rotos antes de que se produjera el vuelo radiante de los demás pájaros-poetas. Entonces, olvidándose del buen doctor, el alma de los cisnes moribundos se exhalaba en un canto de inmortal esperanza, de liberación y de amor, hacia los Cielos desconocidos.El racional doctor sonreía de este sentimentalismo del que, como serio conocedor, sólo se dignaba saborear una cosa: El Timbre. No apreciaba musicalmente nada más que la singular suavidad del timbre de aquellas simbólicas voces, que vocalizaban la Muerte como una melodía. Con los ojos cerrados, Bonhomet aspiraba en su corazón las vibraciones armoniosas, luego, tambaleándose, como en un espasmo, iba a dejarse caer en la orilla del estanque, se tendía sobre la hierba, se acostaba boca arriba, dentro de sus ropas cálidas e impermeables. Y allí, aquel Mecenas de nuestra era, perdido en un sopor voluptuoso, volvía a saborear el recuerdo del canto delicioso de sus queridos artistas.Y, reabsorbiendo su comatoso éxtasis, rumiaba, a la burguesa, aquella exquisita impresión hasta el amanecer".

Auguste Villiers de L'Isle-Adam

miércoles, 9 de diciembre de 2009

"Aire Frío"

"Me piden que explique por qué temo las corrientes de aire frío, por qué tiemblo más que otros al entrar en una habitación fría. Parece como si sintiera náuseas y repulsión cuando el fresco viento del ocaso se desliza entre la calurosa atmósfera de un apacible día otoñal. Según algunos, reacciono frente al frío como otros lo hacen frente a los malos olores, impresión que no negaré. Lo que haré es referir el caso más espeluznante que me ha sucedido, para que ustedes juzguen en consecuencia si constituye o no una razonada explicación de esta particularidad.Es una equivocación creer que el horror se asocia íntimamente con la oscuridad, el silencio y la soledad. Yo lo sentí en plena tarde, en pleno ajetreo de la gran urbe y en medio del bullicio propio de una destartalada y modesta pensión, en compañía de una prosaica patrona y dos fornidos hombres. En la primavera de 1923 había conseguido un trabajo rutinario y mal pago en una revista de la ciudad de Nueva York; y viéndome imposibilitado de pagar un sustancioso alquiler, me mudé de una pensión barata a otra que reuniera las cualidades mínimas limpieza, un mobiliario decente y un precio lo más razonable posible. Pronto comprobé que no quedaba más remedio que elegir entre soluciones malas, pero tras algún tiempo recalé en una casa situada en la calle Catorce Oeste que me desagradó bastante menos que las otras en que me había alojado hasta entonces.El lugar en cuestión era una mansión de piedra rojiza de cuatro pisos, que debía datar de finales de la década de 1840, y provista de mármol, cuyo herrumboso y descolorido esplendor era muestra de la exquisita opulencia que debió tener en otras épocas. En las habitaciones, amplias y de techo alto, empapeladas con el peor gusto, había un persistente olor a humedad y a dudosa cocina. Pero los suelos estaban limpios, la ropa de cama podía pasar y el agua caliente apenas se cortaba o enfriaba, de forma que llegué a considerarlo como un lugar cuando menos soportable para hibernar hasta el día en que pudiera volver realmente a vivir. La patrona, una desaliñada y casi barbuda mujer española apellidada Herrero, no me importunaba con habladurías ni se quejaba cuando dejaba encendida la luz hasta altas horas en el vestíbulo de mi tercer piso; y mis compañeros de pensión eran tan pacíficos y poco comunicativos como desearía, tipos toscos, españoles en su mayoría, apenas con el menor grado de educación. Sólo el estrépito de los coches que circulaban por la calle constituía una auténtica molestia.Llevaría allí unas tres semanas cuando se produjo el primer extraño incidente. Una noche, a eso de las ocho, oí como si cayeran gotas en el suelo y de repente advertí que llevaba un rato respirando el acre olor característico del amoníaco. Tras echar una mirada a mi alrededor, vi que el techo estaba húmedo y goteaba; la humedad procedía, al parecer, de un ángulo de la fachada que daba a la calle. Deseoso de cortarla en su origen, me dirigí apresuradamente a la planta baja para decírselo a la patrona, quien me aseguró que el problema se solucionaría de inmediato.-El doctor Muñoz- dijo en voz alta mientras corría escaleras arriba delante de mí -, ha debido derramar algún producto químico. Está demasiado enfermo para cuidar de sí mismo, cada día que pasa está más enfermo, pero no quiere que nadie lo asista. Tiene una enfermedad muy extraña. Todo el día se lo pasa tomando baños de un olor espantoso y no puede excitarse ni acalorarse. El mismo se hace la limpieza; su pequeña habitación está llena de botellas y de máquinas, y no ejerce de médico. Pero en otros tiempos fue famoso, mi padre oyó hablar de él en Barcelona, y no hace mucho le curó al fontanero un brazo que se había herido en un accidente. Jamás sale. Todo lo más se le ve de vez en cuando en la terraza, y mi hijo Esteban le lleva a la habitación la comida, la ropa limpia, las medicinas y los preparados químicos. ¡Dios mío, hay que ver la sal de amoníaco que gasta ese hombre para estar siempre fresco!La señora Herrero desapareció por la escalera, y yo volví a mi habitación. El amoníaco dejó de gotear y, mientras recogía el que se había vertido y abría la ventana para que entrase el aire, oí arriba los macilentos pasos de la patrona. Nunca había oído hablar al doctor Muñoz, a excepción de ciertos sonidos que parecían más bien propios de un motor de gasolina. Su andar era calmo y apenas perceptible. Por unos instantes me pregunté qué extraña dolencia podía tener aquel hombre, y si su obstinada negativa a cualquier auxilio proveniente del exterior no sería sino el resultado de una extravagancia sin fundamento aparente. Hay, se me ocurrió pensar, un tremendo pathos en el estado de aquellas personas que en algún momento de su vida han ocupado una posición alta y posteriormente la han perdido.Tal vez no hubiera nunca conocido nunca al doctor Muñoz, de no haber sido por el ataque al corazón que de repente sufrí una mañana mientras escribía en mi habitación. Los médicos me habían advertido del peligro que corría si me sobrevenían tales accesos, y sabía que no había tiempo que perder. Así pues, recordando lo que la patrona había dicho acerca de los cuidados prestados por aquel enfermo al obrero herido, me arrastré como pude hasta el piso superior y llamé débilmente a la puerta. Mis golpes fueron contestados en buen inglés por una extraña voz, situada a cierta distancia a la derecha de la puerta, que preguntó cuál era mi nombre y el objeto de mi visita; aclarados ambos puntos, se abrió la puerta contigua a la que yo había llamado.Un soplo de aire frío salió a recibirme a manera de saludo, y aunque era uno de esos días calurosos de finales de junio, me puse a tiritar al traspasar el umbral de una amplio cuarto, cuya elegante decoración me sorprendió. Una cama plegable desempeñaba ahora su diurno papel de sofá, y los muebles de caoba, lujosas cortinas, antiguos cuadros y añejas estanterías hacían pensar más en le estudio de un señor de buena crianza que en la habitación de una casa de huéspedes. Pude ver que el vestíbulo que había encima del mío, llena de botellas y máquinas a la que se había referido la dueña, no era sino el laboratorio del doctor, y que la principal habitación era la espaciosa pieza contigua a éste cuyos confortables nichos y amplio cuarto de baño le permitían ocultar todos los aparadores y engorrosos ingenios utilitarios. El doctor Muñoz, no cabía duda, era todo un caballero culto y refinado.La figura que tenía ante mí era de estatura baja pero extraordinariamente bien proporcionada, y llevaba un traje formal. Un rostro de nobles facciones, de expresión firme aunque no arrogante, adornada por una recortada barba de color gris metálico, y unos anticuados quevedos que protegían unos oscuros y grandes ojos coronando una nariz aguileña, conferían un toque moruno a una fisonomía por lo demás predominante celtibérica. El abundante y bien cortado pelo, que era prueba de puntuales visitas al barbero, estaba partido con gracia por una raya encima de su respetable frente. Su aspecto general sugería una inteligencia fuera de lo corriente y una crianza y educación excelente.No obstante, al ver al doctor Muñoz en medio de aquella ráfaga de aire frío, sentí una repugnancia que nada en su aspecto podía justificar. Sólo la palidez de su tez y la extrema frialdad de su tacto podrían haber proporcionado un fundamento físico para semejante sensación, e incluso ambos defectos eran excusables habida cuenta de la enfermedad que padecía aquel hombre. Mi desagradable impresión pudo deberse a aquel extraño frío, pues no tenía nada de normal en un día tan caluroso, y lo anormal suscita siempre aversión, desconfianza y miedo.Pero la repugnancia cedió ante la admiración, pues las extraordinarias dotes de aquel singular médico se pusieron al punto de manifiesto a pesar de aquellas heladas y temblorosas manos por las que parecía no circular sangre. Le bastó una mirada para saber lo que me pasaba, siendo sus auxilios de una destreza magistral. Al tiempo, me tranquilizaba con una voz finamente modulada, aunque hueca y carente de todo timbre, diciéndome que él era el más implacable enemigo de la muerte, y que había gastado su fortuna personal y perdido a todos sus amigos por dedicarse toda su vida a extraños experimentos para hallar la forma de detener y extirpar la muerte. Algo de benevolente fanatismo parecía advertirse en aquel hombre, mientras seguía hablando en un tono casi locuaz al tiempo que me auscultaba el pecho y mezclaba las drogas que había cogido de la pequeña habitación destinada a laboratorio hasta conseguir la dosis debida. Evidentemente, la compañía de un hombre educado debió parecerle una rara novedad en aquel miserable antro, de ahí que se lanzara a hablar más de lo acostumbrado a medida que rememoraba tiempos mejores.Su voz tenía un efecto sedante; y ni siquiera pude percibir su respiración mientras las fluidas frases salían con exquisito esmero de su boca. Trató de distraerme de mis preocupaciones hablándome de sus teorías y experimentos, y recuerdo con qué tacto me consoló acerca de mi frágil corazón insistiendo en que la voluntad y la conciencia son más fuertes que la vida orgánica. Decía que si lograba mantenerse saludable y en buen estado el cuerpo, se podía, mediante la ciencia de la voluntad y la conciencia, conservar una especie de vida nerviosa, cualesquiera que fuesen los graves defectos, disminuciones o incluso ausencias de órganos específicos que se sufrieran. Algún día, me dijo medio en broma, me enseñaría cómo vivir, o al menos a llevar una cierta existencia consciente ¡sin corazón! Por su parte, sufría de una serie dolencias que le obligaban a seguir un régimen muy estricto, que incluía la necesidad de estar expuesto constantemente al frío. Cualquier aumento apreciable de la temperatura podía, caso de prolongarse, afectarle fatalmente; y había logrado mantener el frío que reinaba en su estancia, de unos 11 a 12 grados, gracias a un sistema absorbente de enfriamiento por amoníaco, cuyas bombas eran accionadas por el motor de gasolina que con tanta frecuencia oía desde mi habitación situada justo debajo.Recuperado del ataque en un tiempo extraordinariamente breve, salí de aquel lugar helado convertido en ferviente discípulo y devoto del genial recluso. A partir de ese día, le hice frecuentes visitas siempre con el abrigo puesto. Le escuchaba atentamente mientras hablaba de investigaciones y resultados casi escalofriantes, y un estremecimiento se apoderó de mí al examinar los singulares y sorprendentes volúmenes antiguos que se alineaban en las estanterías de su biblioteca. Debo añadir que me encontraba ya casi completamente curado de mi dolencia, gracias a sus acertados remedios. Al parecer, el doctor Muñoz no desdeñaba los conjuros de los medievalistas, pues creía que aquellas fórmulas crípticas contenían raros estímulos psicológicos que bien podrían tener efectos indecibles sobre la sustancia de un sistema nervioso en el que ya no se dieran pulsaciones orgánicas. Me impresionó lo que me contó del anciano doctor Torres, de Valencia, con quien realizó sus primeros experimentos y que le atendió a él en el curso de la grave enfermedad que padeció 18 años atrás, y de la que procedían sus actuales trastornos, al poco tiempo de salvar a su colega, el anciano médico sucumbió víctima de la gran tensión nerviosa a que se vió sometido.A medida que transcurrían las semanas, observé con dolor que el aspecto físico de mi amigo iba desmejorándose, lenta pero irreversiblemente, tal como me había dicho la señora Herrero. Se intensificó el lívido aspecto de su semblante, su voz se hizo más hueca e indistinta, sus movimientos musculares perdían coordinación y su cerebro y voluntad desplegaban menos flexibilidad e iniciativa. El doctor Muñoz parecía darse perfecta cuenta del empeoramiento, y poco a poco su expresión y conversación fueron adquiriendo un matiz de horrible ironía que me hizo recobrar algo de la indefinida repugnancia que experimenté al conocerle. El doctor Muñoz adquirió con el tiempo extraños caprichos, aficionándose a las especias exóticas y al incienso egipcio, hasta el punto de que su habitación se impregnó de un olor semejante al de la tumba de los faraones. Al mismo tiempo, su necesidad de aire frío fue en aumento, y, con mi ayuda, amplió los conductos de amoníaco de su habitación y transformó las bombas y sistemas de alimentación de la máquina de refrigeración hasta lograr que la temperatura descendiera a un punto entre uno y cuatro grados, y, finalmente, incluso a dos bajo cero; el cuarto de baño y el laboratorio conservaban una temperatura algo más alta, a fin de que el agua no se helara y pudieran darse los procesos químicos. El huésped que habitaba en la habitación contigua se quejó del aire glacial que se filtraba a través de la puerta de comunicación, así que tuve que ayudar al doctor a poner unos tupidos cortinajes para solucionar el problema. Una especie de creciente horror, desmedido y morboso, pareció apoderarse de él. No cesaba de hablar de la muerte, pero estallaba en sordas risas cuando, en le curso de la conversación, se aludía con suma delicadeza a cosas como los preparativos para el entierro o los funerales.Con el tiempo, el doctor acabó convirtiéndose en una desconcertante y desagradable compañía. Pero, en mi gratitud por haberme curado, no podía abandonarle en manos de los extraños que le rodeaban, así que tuve buen cuidado de limpiar su habitación y atenderle en sus necesidades cotidianas. Asimismo, le hacía sus compras, aunque no salía de mi estupor ante algunos de los artículos que me encargaba comprar en las farmacias y almacenes de productos químicos.Una creciente e indefinible atmósfera de pánico parecía desprenderse de su cuarto. La casa entera, como ya he dicho, despedía un olor a humedad; pero el olor de las habitaciones del doctor Muñoz era aún peor, y, no obstante las especias, el incienso y el acre, perfume de los productos químicos de los ahora incesantes baños (que insistía en tomar sin asistencia), comprendí que aquel olor debía guardar relación con su enfermedad, y me estremecí al pensar cual podría ser. La señora Herrero se santiguaba cada vez que se cruzaba con él, y finalmente lo abandonó por entero en mis manos, no dejando siquiera que su hijo Esteban siguiese haciéndole los recados. Cuando yo le sugería la conveniencia de avisar a otro médico, el paciente montaba en cólera. Temía sin duda el efecto físico de una violenta emoción, pero su voluntad y coraje crecían en lugar de menguar, negándose a acostarse. La lasitud de los primeros días de su enfermedad dio paso a un retorno de su vehemente ánimo, hasta el punto de que parecía desafiar a gritos al demonio de la muerte aun cuando corriese el riesgo de que el tradicional enemigo se apoderase de él. Dejó prácticamente de comer, algo que curiosamente siempre dio la impresión de ser una formalidad en él, y sólo la energía mental que le restaba parecía librarle del colapso definitivo.Adquirió la costumbre de escribir largos documentos, que sellaba con cuidado y llenaba de instrucciones para que a su muerte los remitiera yo a sus destinatarios. Estos eran en su mayoría de las Indias Occidentales, pero entre ellos se encontraba un médico francés famoso en otro tiempo y al que ahora se daba por muerto, y del que se decían las cosas más increíbles. Pero lo que hice en realidad, fue quemar todos los documentos antes de enviarlos o abrirlos. El aspecto y la voz del doctor Muñoz se volvieron absolutamente espantosos y su presencia casi insoportable. Un día de septiembre, una inesperada mirada suscitó una crisis epiléptica en un hombre que había venido a reparar la lámpara eléctrica de su mesa de trabajo, ataque éste del que se recuperó gracias a las indicaciones del doctor mientras se mantenía lejos de su vista. Aquel hombre, harto sorprendentemente, había vivido los horrores de la gran guerra sin sufrir tamaña sensación de terror.Un día, a mediados de octubre, sobrevino el horror de los horrores de forma repentina. Una noche se rompió la bomba de la máquina de refrigeración, por lo que pasadas tres horas resultó imposible mantener el proceso de enfriamiento del amoníaco. El doctor Muñoz me avisó dando golpes en el suelo, y yo hice lo imposible por repara la avería, mientras mi vecino no cesaba de lanzar imprecaciones. Mis esfuerzos resultaron inútiles; y cuando al cabo de un rato me presenté con un mecánico de un garaje nocturno cercano, comprobamos que nada podía hacerse hasta la mañana siguiente, pues hacía falta un nuevo pistón. La rabia y el pánico del moribundo ermitaño adquirieron proporciones grotescas, dando la impresión de que fuera a quebrarse lo que quedaba de su debilitado físico, hasta que en un momento dado un espasmo le obligó a llevarse las manos a los ojos y precipitarse hacia el cuarto de baño. Salió de allí a tientas con el rostro fuertemente vendado y ya no volví a ver sus ojos.El frío reinante en la estancia empezó a disminuir de forma apreciable y a eso de las cinco de la mañana el doctor se retiró al cuarto de baño, al tiempo que me encargaba le procurase todo el hielo que pudiera conseguir en las tiendas y cafeterías abiertas durante la noche. Cada vez que regresaba da alguna de mis desalentadoras correrías y dejaba el botín delante de la puerta cerrada del baño, podía oír un incansable chapoteo dentro y una voz ronca que gritaba ¡Más! ¡Más!. Finalmente, amaneció un caluroso día, y las tiendas fueron abriendo una tras otra. Le pedí a Esteban que me ayudara en la búsqueda del hielo mientras yo me encargaba de conseguir el pistón. Pero, siguiendo las órdenes de su madre, el muchacho se negó en redondo.En última instancia, contraté los servicios de un haragán, a fin de que le subiera al paciente hielo de una pequeña tienda, mientras yo me entregaba con la mayor diligencia a la tarea de encontrar un pistón para la bomba y conseguir los servicios de unos obreros competentes que lo instalaran. La tarea parecía interminable, y casi llegué a desalentarme al ver cómo transcurrían las horas yendo de acá para allá sin aliento y sin ingerir alimento alguno. Serían las doce cuando muy lejos del centro encontré un almacén de repuestos donde tenían lo que buscaba, y aproximadamente hora y media después llegaba a la pensión con el instrumental necesario y dos fornidos y avezados mecánicos. Había hecho todo lo que estaba en mi mano, y sólo me quedaba esperar que llegase a tiempo.Sin embargo, un indecible terror me había precedido. La casa estaba totalmente alborotada, y por encima del incesante parloteo de las voces pude oír a un hombre que rezaba con voz profunda. Algo diabólico flotaba en el ambiente, y los huéspedes pasaban las cuentas de sus rosarios al llegar hasta ellos el olor que salía por debajo de la atrancada puerta del doctor. Al parecer, el tipo que había contratado salió precipitadamente dando histéricos alaridos al poco de regresar de su segundo viaje en busca de hielo: quizá se debiera todo a un exceso de curiosidad. En la precipitada huida no pudo, desde luego, cerrar la puerta tras de sí; pero lo cierto es que estaba cerrada y, a lo que parecía, desde el interior. Dentro no se oía el menor ruido, salvo un indefinible goteo lento y espeso.Tras consultar brevemente con la dueña y los obreros, no obstante el miedo que me tenía atenazado, opiné que lo mejor sería forzar la puerta; pero la patrona halló el modo de hacer girar la llave desde el exterior sirviéndose de un artilugio de alambre. Con anterioridad, habíamos abierto las puertas del resto de las habitaciones de aquel ala del edificio, y otro tanto hicimos con todas las ventanas. A continuación, y protegidas las narices con pañuelos, penetramos temblando de miedo en la hedionda habitación del doctor que, orientada al mediodía, abrasaba con el caluroso sol de primeras horas de la tarde.Una especie de rastro oscuro y viscoso llevaba desde la puerta abierta del cuarto de baño a la puerta de vestíbulo, y desde aquí al escritorio, donde se había formado un horrible charco. Encima de la mesa había un trozo de papel, garrapateado a lápiz por una repulsiva y ciega mano, terriblemente manchado, también, al parecer, por las mismas garras que trazaron apresuradamente las últimas palabras. El rastro llevaba hasta el sofá en donde finalizaba inexplicablemente.Lo que había, o hubo, en el sofá es algo que no puedo ni me atrevo a decir aquí. Pero esto es lo que, en medio de un estremecimiento general, descifré del embardunado papel, antes de sacar una cerilla y prenderla fuego, lo que conseguí descifrar aterrorizado mientras la patrona y los dos mecánicos salían disparados de aquel infernal lugar hacia la comisaría más próxima para balbucear sus incoherentes historias. Las nauseabundas palabras resultaban poco menos que increíbles en aquella amarillenta luz solar, con el estruendo de los coches y camiones que subían calle, pero debo confesar que en aquel momento creí lo que decían. Si las creo ahora es algo que sinceramente ignoro. Hay cosas acerca de las cuales es mejor no especular, y todo lo que puedo decir es que no soporto el olor a amoníaco y que me siento desfallecer ante una corriente de aire excesivamente frío.-Ha llegado el final- rezaban aquellos hediondos garabatos- No queda hielo... El hombre ha lanzado una mirada y ha salido corriendo. El calor aumenta por momentos, y los tejidos no pueden resistir. Me imagino que lo sabe... lo que dije sobre la voluntad, los nervios y la conservación del cuerpo una vez que han dejado de funcionar los órganos. Como teoría era buena, pero no podía mantenerse indefinidamente. No conté con el deterioro gradual. El doctor Torres lo sabía, pero murió de la impresión. No fue capaz de soportar lo que hubo de hacer: tuvo que introducirme en un lugar extraño y oscuro, cuando hizo caso a lo que le pedía en mi carta, y logró curarme. Los órganos no volvieron a funcionar. Tenía que hacerse a mi manera pues, ¿comprende?, yo fallecí en aquel entonces, hace ya dieciocho años".

H.P.Lovecraft

martes, 8 de diciembre de 2009

"El Ahorcamiento de Alfred Wadham"

"Le estuve comentando al padre Denys Hanbuky sobre un la gran sesión de espiritismo a la que había asistido. La médium, en trance, había dicho cosas desconocidas para todos salvo para mí y un amigo mío que había muerto recientemente, y que según la médium, estaba presente. Naturalmente, desde el punto de vista científico, el único desde el que deberíamos abordar esos fenómenos, esa información no era una prueba de que el espíritu estuviera en contacto con ella, pues aquello ya lo conocía yo, y mediante algún proceso telepático pudo ser comunicado a la médium a través de mi cerebro, y no mediante la intervención del muerto.Además ella no hablaba con su voz ordinaria, sino con una que se asemejaba a la de mi amigo. Pero yo también conocía su voz; estaba en mi memoria igual que las cosas que ella decía. Por tanto, tal cómo le comenté al padre Denys, había que descartar aquello como una prueba positiva de que la comunicación procedía del otro lado de la muerte.-La teoría telepática es posible -le dije-, y tenemos que aceptar cualquier explicación conocida que dé cuenta de los hechos antes de concluir que los muertos han regresado y contactado con el mundo material. Aunque la habitación estaba cálida vi que él se estremeció ligeramente, y acercando un poco más la silla al fuego extendió las manos ante las llamas. Qué manos eran aquéllas: hermosas y expresivas, muy semejantes a las manos en oración de Alberto Durero: las llamas brillaban a través de ellas como si lo hicieran a través de un alabastro. Sacudió la cabeza.-Es peligroso tratar de entrar en comunicación con los muertos. -me dijo- Si parece que entra en contacto con ellos corre el riesgo de establecer la conexión no con ellos, sino con inteligencias terribles y peligrosas. Estudie la telepatía, pues es una de las maravillas de la mente que deberíamos investigar, como cualquier otro secreto de la naturaleza. Pero le he interrumpido: dijo que sucedió algo más. Hábleme de ello.Yo conocía el credo del padre Denys acerca de esas cosas, y lo deploraba. Tal como su iglesia le exige, sostiene que la relación con los espíritus de los muertos es imposible, y que cuando parece producirse, tal como indudablemente sucede, el investigador está en realidad en contacto con una especie de demonio que está tomando la personalidad del espíritu del muerto. Tal cosa me pareció monstruosa y carente de fundamento, y no he podido descubrir nada en las fuentes reconocidas de la doctrina cristiana que justifique dicho punto de vista.-Sí, ahora viene lo extraño -proseguí-. Pues hablando todavía con la voz de mi amigo, la médium me dijo algo que al instante creí que era falso. Por tanto no pudo ser transmitido telepáticamente. Cuando la sesión terminó examiné el diario de mi amigo, que me había legado a su muerte. Encontré allí una entrada que demostraba que lo que había dicho la médium era absolutamente cierto. Algo -y no necesito entrar en ello- había sucedido exactamente tal como ella lo había dicho. Aquello no podía haber llegado a la mente de la médium desde mi propia mente, y no existe ninguna fuente en la que yo pueda pensar desde la que ella pudiera obtener ese dato, salvo de mi amigo. ¿Qué dice usted a eso?-No cambio en absoluto mi posición -me contestó sacudiendo la cabeza-. Esa información, aceptando que no procediera de su mente, lo que ciertamente parece imposible, procedería de algún ser desencarnado. Pero no del espíritu de su amigo: venía de alguna inteligencia maligna y horrible.-¿Y no es eso pura suposición? -pregunté- Seguramente es mucho más simple decir que, bajo ciertas condiciones, los muertos pueden comunicarse con nosotros. ¿Por qué meter aquí al diablo?-No es demasiado tarde -contestó mirando el reloj-. A no ser que quiera irse a la cama, concédame su atención durante media hora y trataré de demostrárselo.El resto de la historia es lo que me contó el padre Denys, y lo que sucedió inmediatamente después.-Aunque usted no es católico, pienso que estará de acuerdo acerca de una institución que juega un importante papel en nuestro ministerio, me refiero a la confesión, por lo sagrado de ésta y su inviolabilidad. Una alma cargada por el pecado llega a su confesor sabiendo que éste está hablando con aquél que tiene el poder de darnos o retirarnos el perdón, pero que nunca, por razón alguna, repetirá o sugerirá lo que se le ha contado. Si existiera la más ligera posibilidad de que la confesión del penitente se diera a conocer a algún otro, salvo al propio penitente, con propósitos de expiación o de deshacer algún error, nadie se confesaría nunca. La iglesia perdería el más importante baluarte que posee sobre las almas de los hombres, y las almas de los hombres perderían ese consuelo inestimable de saber (no simplemente de esperar, sino saber) que sus pecados les han sido perdonados.Evidentemente el sacerdote puede no dar la absolución si no está convencido de hallarse frente a un penitente auténtico, y antes de darla insistirá en que el penitente repare, en la medida en la que le sea posible, el mal que ha hecho. Si se ha beneficiado de su deshonestidad, deberá hacer el bien: cualquiera que sea el crimen que haya cometido deberá garantizar que su arrepentimiento es sincero. Pero imagino que aceptará que en ningún caso puede el sacerdote repetir lo que se le ha dicho con independencia de cuáles puedan ser las consecuencias de su silencio. Aunque repitiéndolas pudiera corregir o evitar un mal horrible, le sería imposible. Lo que ha oído lo ha oído bajo el sello de la confesión, y con respecto a lo sagrado de éste no hay argumentación concebible.-Es posible imaginar qué terribles consecuencias resultan de ello. -intervine- Pero lo acepto.-Ya antes de ahora se han producido consecuencias terribles. -prosiguió- Pero no afectan al principio. Y ahora voy a hablarle de una confesión que me hicieron en una ocasión.-Pero ¿cómo va a hacerlo? Eso es imposible.-Por una determinada razón a la que llegaremos más adelante, comprobará que ese secreto ya no me incumbe a mí. Pero no es ésa la clave de mi historia: sino la de advertirle sobre los intentos de establecer comunicación con los muertos. Parecen llegar a nosotros, a través de ellos, signos y muestras, voces y apariciones: pero ¿quién los envía? Se dará cuenta de a qué me refiero.Me puse cómodo para disponerme a escucharle.-Probablemente no recordará con claridad, o no recordará en absoluto, un asesinato cometido hace un año, en el que encontró la muerte un hombre llamado Gerald Selfe. No había allí ningún misterio, ni accesorios románticos, y no despertó el interés del público. Selfe era un hombre de vida licenciosa, pero mantenía una posición respetable y habría sido desastroso para él que llegaran a ser conocidas sus irregularidades privadas. Antes de su muerte, durante algún tiempo, estaba recibiendo cartas de chantaje referidas a sus relaciones con una determinada mujer casada, y correctamente había puesto el asunto en manos de la policía. La policía había seguido determinadas pistas, y la tarde anterior a la muerte de Selfe uno de los oficiales del Departamento de Investigación Criminal le había escrito que todo indicaba que el culpable era su criado personal, quien desde luego conocía la intriga.Era un hombre joven llamado Alfred Wadham: hacía relativamente poco que había entrado al servicio de Selfe, y su historia pasada era de lo más indeseable. Le habían preparado una trampa, de la que se incluían los detalles, y sugerían que Selfe se la mostrará, y consiguió hacerlo en una o dos horas. Esa información y esas instrucciones se transmitieron en una carta que tras la muerte de Selfe se encontró en un cajón de su mesa de escritorio, cuya cerradura había intentado ser forzada. Sólo Wadham y su amo dormían en el piso; todas las mañanas venía una mujer para preparar el desayuno y hacer la limpieza de la casa, pues Selfe almorzaba y cenaba en su Club o en el restaurante que había en la planta baja de ese edificio de apartamentos, y allí es donde cenó aquella noche. Cuando la mujer llegó a la mañana siguiente, encontró abierta la puerta exterior del piso, y a Selfe muerto sobre el suelo de la sala de estar, con la garganta cortada. Wadham había desaparecido, pero en el cubo del agua de su dormitorio había agua teñida de sangre humana. Fue apresado dos días después y prestó testimonio en el juicio. Según su historia sospechaba haber caído en una trampa, y mientras el señor Selfe cenaba buscó en sus cajones y encontró la carta enviada por la policía, que demostraba que así era. Decidió por ello fugarse y abandonó el piso aquella noche antes de que su amo regresara de cenar.Como estaba en el banquillo de los acusados, fue sometido desde luego a un interrogatorio y se contradijo. Además estaban las pruebas de su habitación, y el motivo del crimen resultaba bastante claro. Tras una deliberación muy larga el jurado le encontró culpable y fue sentenciado a muerte. La apelación posterior fue rechazada.Wadham era católico, y como mi puesto me lleva a ser ministro de los prisioneros católicos que hay en la cárcel en la que se encontraba él bajo sentencia de muerte, sostuvimos varias conversaciones y le rogué, por el bien de su alma inmortal, que confesara. Pero aunque deseaba confesar otras malas acciones, algunas de las cuales eran difíciles de transmitir, mantuvo su inocencia con respecto a esa acusación. Nada le conmovía, y aunque se arrepentía sinceramente de otros malos actos, me juró que el relato que contó en el tribunal era cierto, a pesar de las contradicciones en las que se había visto envuelto, y que si le ahorcaban moriría injustamente. Hasta la última tarde de su vida, en la que me senté con él durante dos horas, rogándole y suplicándole, se aferró a eso. Resultaba curioso que lo hiciera a menos de que realmente fuera inocente, si pensamos que de buena voluntad rebuscaba en su corazón para confesar otras graves perversidades; cuanto más pensaba en ello, más inexplicable me resultaba, y durante aquella tarde las dudas con respecto a su culpa empezaron a crecer en mí. Era un pensamiento terrible, pues él había vivido en el pecado y el error, y al día siguiente su vida se rompería como un bastón quebrado. Tenía que acudir de nuevo a la prisión antes de las seis de la mañana, y debía decidir si le daría los sacramentos. Si acudía a su muerte culpable de asesinato, pero negándose a confesar, no tenía yo derecho a dárselo, pero si era inocente, el negarle ese derecho era tan terrible como cualquier violación de la justicia. Al salir sostuve unas palabras con uno de los celadores, lo que me hizo dudar todavía más.-¿Qué opina de Wadham? -pregunté.Se apartó para dejar pasar a un hombre que le hizo una señal de reconocimiento. De alguna manera supe que era el verdugo.-No me gusta pensar en ello, señor. -me respondió- Sé que fue considerado culpable, y que su apelación fue rechazada. Pero si me pregunta si creo que es un asesino, pues no, no lo creo.Pasé a solas la noche: hacia las diez estaba a punto de irme a la cama cuando me dijeron que abajo estaba un hombre llamado Horace Kennion que quería verme. Era católico, y aunque había tenido amistad con él en otro tiempo, habían llegado a mi conocimiento determinadas cosas que me imposibilitaban tener más relación con él, y tuve que decírselo así. Era perverso... oh, no me mal interprete; todos cometemos perversiones constantemente; la vida de cada uno de nosotros es un tejido de malos actos, pero de todos los hombres que he conocido sólo él me pareció que amaba la perversidad por sí misma. Dije que no podía verle, pero volvieron con el mensaje de que su necesidad era urgente, y entonces subió. Me dijo que quería confesar no al día siguiente, sino en ese momento, y que su confesor estaba fuera. Como sacerdote no podía resistirme a esa petición. Y confesó que había asesinado a Gerald Selfe.Pensé por un momento que se trataba de alguna broma, pero juró que estaba diciendo la verdad, y todavía bajo el secreto de confesión me hizo un relato detallado. Aquella noche había cenado con Selfe, y después había subido al piso de éste para jugar una partida de piquet. Con una sonrisa, Selfe le dijo que al día siguiente iba a atrapar a su criado por chantaje. Le dijo las siguientes palabras: Hoy es un hombre joven, guapo y activo, quizás mañana a esta hora haya perdido un poco de color. Tocó la campanilla para que viniera el criado a poner la mesa de juego, pero luego vio que ya estaba preparada y se olvidó de que no habían respondido a la llamada. Jugaron puntos altos y los dos bebieron mucho. Selfe perdió una partida tras otra y acabó acusando a Kennion de hacer trampas. palabras subieron de tono y acabaron en golpes, y Kennion, tras varios golpes y caídas, cogió un cuchillo de la mesa y le cortó a Selfe la yugular y la arteria carótida de la garganta.A los pocos minutos había muerto desangrado... Kennion recordó entonces que nadie había contestado a la llamada, y sigilosamente fue hasta la habitación de Wadham. La encontró vacía; también estaban vacías las otras habitaciones del piso. De haber habido alguien allí, su idea era la de decir que acababa de subir por invitación de Selfe y le había encontrado muerto. Pero aquello era mejor todavía: sólo tenía unas manchas de sangre y las lavó en la habitación de Wadham, vaciando el agua en el cubo. Después, dejando abierta la puerta del piso, bajó las escaleras y se marchó.Me contó eso con pocas frases, tal como se lo he contado a usted, y me miró con rostro sonriente.-¿Qué hay que hacer ahora, venerable padre? -preguntó alegremente.-¡Ah, gracias a Dios que ha confesado! -dije- Todavía estamos a tiempo de salvar a un inocente. Debe entregarse a la policía enseguida.Incluso mientras le decía eso, sentí la duda en mi corazón. El se levantó limpiándose las rodillas de los pantalones.-Qué idea tan pintoresca. No hay nada tan lejos de mi pensamiento. -dijo.Me puse en pie de un salto y añadí:-Entonces iré yo mismo.Ante eso él se echó a reír:-Oh no, no lo hará. ¿Qué me dice del secreto de confesión? Ciertamente creo que es un pecado mortal incluso que un sacerdote piense en violar ese secreto. Realmente me avergüenzo de usted, mi querido Denys. ¡Es usted un malvado! Aunque quizás fuera sólo una broma, y no pensara hacerlo.-Claro que pensaba hacerlo. Ya verá si lo pensaba o no. -Pero incluso mientras estaba hablando sabía que no iba a hacerlo- Todo está permitido para salvar de la muerte a un hombre inocente.Él se echó a reír de nuevo.-Perdóneme: sabe perfectamente bien que no es así. En nuestra creencia hay una cosa que es peor que la muerte, y es la condenación del alma. Usted no tiene ninguna intención de condenar la suya. Yo no corría ningún riesgo cuando me confesé.-Pero si no salva a ese hombre será un asesinato -dije.-Oh, ciertamente, pero ya tengo un asesinato en mi conciencia. Uno se acostumbra a eso rápidamente. Y habiéndome acostumbrado, otro asesinato no parece importar mucho. Pobre Wadham: mañana, ¿no es así? No estoy seguro de que no sea una especie de justicia por aproximación. El chantaje es un delito repelente.Fui al teléfono y lo sostuve en la mano.-Realmente esto es de lo más interesante. -dijo él- Walton Street es la comisaría de policía más cercana. Ni siquiera necesita decir el número; simplemente diga comisaría de Walton Street. Pero no puede hacerlo. No puede decir que ahora está acompañado de un hombre, Horace Kennion, que ha confesado que asesinó a Selfe. Entonces, ¿a qué viene ese farol? Además, aunque usted pudiera hacerlo, a mí me bastaría con decir que no he hecho nada semejante. Su palabra, la palabra de un sacerdote que ha roto el voto más sagrado, contra la mía. ¡Absurdo!-Kennion, por el amor de Dios y por el miedo al infierno: ¡entregúese! ¿Qué importancia tiene que usted o yo vivamos algunos años menos, si al final pasamos al vasto infinito con nuestros pecados confesos y perdonados? Día y noche rezaré por usted.-Qué amable por su parte. Pero ahora no tengo duda de que dará a Wadham la plena absolución. Así que... ¿qué importa si es él el que entra en el... en el vasto infinito a las ocho en punto de mañana por la mañana?-Entonces, ¿por qué me lo confesó, si no tenía intención de salvarle y expiar su pecado?-Bueno, no hace mucho tiempo usted fue muy desagradable conmigo. Usted me dijo que ningún hombre decente podría asociarse conmigo. Así que de repente, hoy, se me ocurrió que sería agradable verle en el agujero más horrible. Me atrevo a decir que tengo tendencias sádicas, y que me están permitiendo disfrutar maravillosamente. Como ve, está en una situación atormentadora: preferiría sufrir cualquier agonía física antes de hallarse en esta cámara de tortura del alma. Es maravilloso, me encanta. Se lo agradezco mucho, Denys.Se levantó.-Mi taxi está esperando. Sin duda esta noche estará atareado. ¿Puedo dejarle en algún sitio? ¿En Pentonville?No hay palabras para describir determinadas oscuridades y éxtasis que llegan al alma, y sólo puedo decirle que no puedo imaginar un infierno del remordimiento que pueda igualar al infierno en el que yo me encontraba. Pues en la amargura del remordimiento podemos ver que nuestro sufrimiento es una experiencia necesaria y saludable: sólo mediante él puede limpiarse nuestro pecado. Pero yo me enfrentaba a una tortura vacía y carente de significado... y entonces mi cerebro se conmocionó y empecé a preguntarme si no podría hacer algo sin romper el secreto de confesión.Desde mi ventana vi que estaba encendida la luz en la torre del reloj de Westminster: por tanto había allí alguien y me pareció posible que, sin violar el secreto, podría decirle al Secretario de Interior que me habían hecho una confesión por la cual sabía que Wadham era inocente. Me preguntaría detalles que pudiera darle, y podría decirle... y entonces me di cuenta de que no podía decirle nada: no podía decir que el asesino había subido con Selfe a su habitación, pues mediante esa información podría descubrirse que Kennion había cenado con él. Antes de hacer nada necesitaba consejo y fui a la casa del cardenal, junto a nuestra catedral. Él se había acostado, pues pasaba ya de la media noche, pero respondiendo a la urgencia de mi petición, bajó a verme. Le conté lo que había sucedido sin darle pista alguna, y su veredicto fue el que en mi corazón había anticipado. Ciertamente podía ver al Secretario de Interior y decirle que me habían hecho esa confesión, pero no podía dejar escapar ninguna palabra o indicación que pudiera conducir a la identificación del confeso.Personalmente no veía que con la información que yo podía dar fuera posible posponer la ejecución.-Y sea cual sea su sufrimiento, hijo mío -me dijo- esté seguro de que sufre no por haber hecho el mal, sino por haber hecho lo correcto. En la posición en la que se encuentra, su tentación de salvar a un hombre inocente procede del diablo, y también tendrá ese origen toda fuerza a la que invoque para que le ayude a soportarlo.Vi al Secretario de Interior en sus habitaciones una hora después. Pero a menos que le dijera algo más, y él comprendía que yo no podía hacerlo, no podría hacer nada.-En el juicio le declararon culpable -me dijo-. Y su apelación fue rechazada. Sin nuevas pruebas, nada puedo hacer.Se quedó sentado un momento, pensativo, y después se puso en pie de un salto.-Buen Dios, es fantasmal. Creo verdaderamente, no es necesario que se lo diga, que ha oído usted esa confesión, pero eso no demuestra que sea cierto. ¿No puede ver de nuevo a ese hombre? ¿No puede meter en él el miedo a Dios? Si hasta el momento de caer el telón puede usted hacer algo que me dé una justificación para actuar, ordenaré inmediatamente una suspensión de la pena. Éste es mi número de teléfono: llámeme aquí o a mi casa a cualquier hora.Estaba de vuelta en la prisión antes de las seis de la mañana. Le dije a Wadham que creía en su inocencia y le di la absolución por todo lo demás. Recibió de mis manos el sagrado sacramento y se dirigió a su muerte sin pestañear.El padre Denys se detuvo.-He tardado mucho en llegar al punto de mi relato que concierne a la sesión de espiritismo de la que me habló, pero era necesario que conociera todo esto para poder entender lo que voy a contarle ahora. Afirmé que los mensajes de los muertos no proceden de ellos, sino de algún poder maligno y horrible que los encarna. Usted me respondió, me acuerdo bien, que no entendía la razón de que hubiera que meter al diablo en esto. Le explicaré el motivo.Cuando todo terminó, cuando la compuerta sobre la que estaba en pie aquel hombre se abrió, y la cuerda crujió, regresé a casa. Era una mañana invernal oscura, apenas iluminada todavía, y a pesar de la escena trágica que acababa de presenciar me sentía sereno y en paz. No pensaba en Kennion en absoluto, sólo en el muchacho que había sufrido injustamente, y aquello me pareció un error lamentable, pero no más. Aquello no le había conmovido, a su alma viva y esencial, era como si hubiera sufrido la expiación sagrada del martirio. Y yo agradecía humildemente haber sido capaz de actuar correctamente, pues si por algún acto mío Kennion estuviera entonces en manos de la policía, y Wadham viviera, yo habría cometido el crimen más terrible que puede cometer un sacerdote.Había estado en pie toda la noche, y tras decir mis oficios me acosté en el sofá para dormir un poco. Soñé que me encontraba en la celda con Wadham, y que él sabía que tenía yo prueba de su inocencia. Faltaban unos minutos para la hora de su muerte, y en el corredor de losetas de piedra del exterior se oían los pasos de los que venían a por él. Él también los oyó y se puso en pie señalándome.-Va a permitir que muera un hombre inocente, cuando podría salvarle -me dijo-. No puede consentirlo, padre Denys. ¡Padre Denys! -gritó, y el grito se convirtió en una boqueada, falto de respiración, mientras la puerta se abría.Desperté sabiendo que lo que me había despertado era mi propio nombre gritado desde algún lugar cercano, y supe de quién era esa voz. Pero estaba solo en mi habitación tranquila y vacía, en la que penetraba el día poco luminoso. Vi que sólo había dormido unos minutos, pero ahora había huido todo deseo o capacidad de dormir, pues en algún lugar junto a mí, invisible pero horriblemente presente, estaba el espíritu del hombre a quien había permitido perecer. Y me llamaba.Acabé por convencerme de que la voz que me llamó mientras dormía no era más que un sueño, y pasaron varios días con suficiente tranquilidad. Pero un día en el que caminaba por una calle soleada y repleta de gente sentí un cambio claro y terrible en lo que podría denominar la atmósfera psíquica que nos rodea a todos, y mi alma se ennegreció por el miedo y por imágenes malvadas. Y allí estaba Wadham, que venía hacia mí por la acera, elegante y alegre. Me miró y su rostro se convirtió en una máscara de odio. Espero que nos encontremos a menudo, padre Denys, me dijo al pasar.Al día siguiente regresaba a casa a la hora del crepúsculo y de pronto, al entrar en la habitación, oí el crujido de una cuerda que se tensaba, y su cuerpo, con la cabeza cubierta por la capucha de la muerte, colgaba en la ventana contra el sol poniente. Y a veces, cuando estaba leyendo mis libros, la puerta se abría y cerraba, y yo sabía que él estaba allí. Ni la aparición ni sus signos eran frecuentes quizás porque mi resistencia se había fortalecido al saber que tenía un origen diabólico. Pero sucedía con largos intervalos cuando había bajado la guardia, pensando que lo había vencido, y entonces sentía a veces que mi fe se tambaleaba. Siempre era precedida por esa sensación de poder maligno que bajaba sobre mí, y rápidamente buscaba el abrigo de la elevada casa de defensa. Pero este último domingo...Se detuvo y se tapó los ojos con las manos, como si quisiera evitar un espectáculo horrible.-Llevaba predicando en favor de una de nuestras misiones. La iglesia estaba llena, y no creo que existiera otro pensamiento o deseo en mi alma si no el de potenciar la sagrada causa acerca de la cual estaba hablando. Era el servicio de la mañana y el sol penetraba por las vidrieras brillando con luces de colores. Pero en medio del sermón se elevó un banco de nubes, y con él la advertencia horrible de que se aproximaba una tempestad del mal. Se puso tan oscuro que cuando llegaba al final del sermón tuvieron que encender las luces de la iglesia, que así se llenó de brillo. Había una lámpara en la mesa del pulpito sobre la que había colocado mis notas, y al encenderse iluminó plenamente el banco que tenía justo debajo. Y allí estaba Wadham sentado, con la cabeza alzada hacia mí, el rostro morado, los ojos saltones y el nudo corredizo alrededor del cuello.Mi voz me falló un segundo y me aferré a la barandilla del pulpito mientras él me miraba fijamente, y yo a él. Me rodeó un horror del espíritu, negro como la noche eterna de los perdidos, pues le había permitido que, inocente, fuera hacia su muerte, y mi castigo era justo... y entonces, como una estrella que brillara a través de una piadosa hendidura en aquella tormenta anímica, brotó otra vez el rayo de la convicción de que yo, como sacerdote, no podía haber actuado de otra manera, y se acompañó del conocimiento seguro de que esa aparición no podía venir de Dios, sino del diablo, y había de resistirme a ella y desafiarla lo mismo que desafiamos con desprecio las tentaciones dulces e insidiosas. No podía ser el espíritu del hombre lo que estaba mirando, sino alguna falsificación diabólica.Volví a posar mi mirada en las notas y seguí con el sermón, pues sólo eso me interesaba. Aquella pausa me había parecido eterna: tenía la cualidad de lo intemporal, pero después me enteré de que apenas había resultado perceptible. Y en mi propio corazón supe que no era un castigo lo que estaba sufriendo, sino el fortalecimiento de una fe que había vacilado.Interrumpió de pronto su historia. Fijó los ojos en la puerta y no fue una mirada de miedo lo que brotó en ellos, sino de salvaje e implacable antagonismo.-Se acerca -me dijo-. Y si ahora escucha o ve algo, desprécielo, pues es maligno.La puerta se abrió y se cerró, y aunque no entró nada que fuera visible, supe que había ahora en la habitación una inteligencia viva distinta de mí y del padre Denys; y afectó a mi propio ser de la misma manera que un olor horrible a putrefacción nos afecta físicamente: mi alma sintió náuseas. Después, todavía sin ver nada, percibí que la habitación, hasta entonces cálida y confortable, con un fuego vivo de carbón en la rejilla, se estaba quedando fría, y que algún eclipse extraño estaba velando la luz. Cerca de mí, sobre la mesa, había una lámpara eléctrica: la sombra de ésta se agitó en la corriente helada que se movió en el aire, y el alambre luminoso dejó de ser incandescente, tornándose rojizo y oscuro como las ascuas sobre la rejilla. Escruté la semioscuridad, pero ninguna forma material se manifestó en ella.El padre Denys estaba sentado muy erguido en su silla, con los ojos fijos y concentrados en algo que para mi era invisible. Sus labios se movían y murmuraban y con las manos aferraba el crucifijo que colgaba sobre su pecho. Entonces vi lo que sabía que él estaba viendo también: un rostro que se perfilaba en el aire delante de él, un rostro hinchado y morado, con la lengua colgando desde la boca, ahorcado allí y agitándose a un lado y a otro.Fue haciéndose más y más claro, suspendido por la cuerda que ahora se me hizo visible, y aunque era la aparición de un hombre colgado por el cuello, éste no estaba muerto, sino vivo y activo, y el espíritu que lo animaba no era humano, sino algo diabólico.De pronto el padre Denys se puso en pie y acercó el rostro a cuatro o cinco centímetros del horror suspendido.Alzó las manos llevando en ellas el sagrado emblema.-Regresa a tu tormento hasta que los tiempos de éste hayan terminado y la piedad de Dios te conceda la muerte eterna -gritó.Brotó en el aire una lamentación, mientras una corriente sacudía la habitación estremeciendo sus esquinas, y entonces regresaron la luz y el calor y allí no estábamos más que nosotros dos. El rostro del padre Denys estaba ojeroso y sudoroso por la lucha que había experimentado, pero brillaba en él una radiación como no había visto nunca en un semblante humano.-Ha terminado -dijo-. Le he visto marchitarse y secarse ante el poder de Su presencia... y sus ojos me dicen que también usted lo vio, y que sabe ahora que lo que se presentaba con el semblante de la humanidad era puramente maligno. Apenas sí hablamos un poco más, y se levantó para irse.-Ah, me olvidaba -dijo-. Querrá saber por qué he podido revelarle lo que se me contó en confesión. Horace Kennion se suicidó aquella misma mañana. Había dejado a su abogado un paquete que había que abrir a su muerte, con instrucciones de que se publicara en la prensa diaria. Lo leí en un periódico de la tarde y era un relato detallado de cómo había matado a Gerald Selfe. Deseaba que se le diera toda la publicidad posible.-Pero ¿por qué? -pregunté.-Imagino que se glorificaba en su perversidad -contestó el padre Denys tras una pausa-. La amaba por sí misma, tal como le había dicho, y quería que todo el mundo la conociera en cuanto él se hubiera ido y estuviera a salvo".

E.F. Benson

lunes, 7 de diciembre de 2009

"Advertencia a los Curiosos"

"El pueblecito costero en el que pido al lector que se sitúe se llama Seaburgh. No es muy distinto hoy de como lo recuerdo cuando era niño: al sur marismas cortadas por diques que evocan los primeros capítulos de Grandes esperanzas; al norte campos llanos que se prolongan en una extensión de matorrales, abetos y sobre todo aulaga hacia el interior. Tiene un largo paseo marítimo y una calle; detrás, una amplia iglesia de piedra con una sólida torre occidental en la que repican seis campanas. ¡Cómo recuerdo su tañido un domingo de agosto, mientras nuestro grupo subía despacio por el camino blanco y polvoriento que conducía a ellas! Porque la iglesia se alza en la cima de una pequeña y empinada elevación. En los días de calor sonaban con una especie de golpe seco y apagado, pero cuando el aire era más suave, los tañidos se volvían más blandos también. La vía del tren discurría hacia su pequeña estación terminal al otro lado del camino. Un poco antes de llegar a la estación había un molino de viento blanco y alegre, otro cerca de la playa de guijarros, en el extremo sur del pueblo, y algunos más en terreno más alto, al norte. Había casas de campo de ladrillo rojo con tejado de pizarra...Pero ¿por qué os aburro con estos detalles triviales? La verdad es que se agolpan en la punta del lápiz al empezar a escribir sobre Seaburgh. Quisiera estar seguro de haber escogido los correctos para trasladarlos al papel. Pero un momento: aún no he terminado la descripción. Alejaos del mar y del pueblo, dejad atrás la estación y torced a la derecha. Es un camino arenoso, paralelo a la vía del tren. Si lo seguís, veréis que asciende a un terreno algo más elevado. A la izquierda (ahora vais en dirección norte) la tierra es un extenso brezal, a la derecha (el lado del mar) hay una franja de viejos abetos azotados por el viento, de copa espesa, y con la inclinación que suelen tener los árboles viejos junto al mar; vistos en el horizonte desde el tren os dicen instantáneamente, si no lo sabíais, que os estáis acercando a una costa ventosa. Bien, pues en la cima de mi pequeña elevación destaca y corre hacia el mar una línea de estos abetos sobre una loma que baja en ese sentido; loma que termina en un pequeño cerro bastante definido que domina los campos llanos de tosca hierba y está coronado por una maraña de abetos. Aquí podéis sentaros un día cálido de primavera y deleitaros contemplando el mar azul, los molinos blancos, las casas rojas, la hierba verde y brillante, la torre de la iglesia y el torreón a lo lejos, al sur.Como digo, conocí Seaburgh de niño. Pero de ese primer contacto al más reciente medía un intervalo de muchos años. No obstante, sigue ocupando un sitio en mi corazón, y cualquier historia relacionada con él tiene interés para mí. Una de esas historias es la que sigue; me llegó estando muy lejos de Seaburgh —y de manera totalmente casual—, de un hombre al que le había hecho un favor... lo bastante grande, en su opinión, como para hacerme su confidente hasta este extremo.—Conozco toda esa región bastante bien —dijo—. Iba a Seaburgh a menudo a jugar al golf en primavera. Por lo general me alojaba en el "Oso" con un amigo, Henry Long; puede que le haya conocido.—Superficialmente —dije.—Solíamos alquilar también un cuarto de estar y nos sentíamos muy instalados.Desde que él murió no he vuelto por allí. De todos modos, no sé si me apetecería, después de lo que nos pasó en nuestra última estancia. Fue en abril de 19...; nos encontrábamos allí, y éramos casi los únicos clientes que había en el hotel, por lo que los salones de uso común estaban prácticamente desiertos. Así que nos quedamos de lo más sorprendidos cuando, después de cenar, se abrió la puerta de nuestro cuarto de estar y asomó la cabeza un joven. Le habíamos visto ya. Era un individuo anémico, nervioso (de pelo y ojos claros), aunque no desagradable. De modo que cuando dijo: «Perdonen, ¿es privada esta sala?», no le soltamos un bufido, sino que dije: «Sí, lo es»; pero Long (o yo, da igual) dijo: «Entre, por favor». «¡Ah!, ¿de veras puedo?», dijo él; y pareció aliviado. Era evidente que deseaba compañía; y como se le veía una persona discreta (no de ésos que te encasquetan la historia de su familia a las primeras de cambio), le insistimos en que se sentase y se pusiese cómodo. «Tal vez encuentre las otras salas desangeladas», dije. Sí, así era; pero éramos realmente muy amables, etc. Terminados todos estos preámbulos, hizo como que se enfrascaba en un libro. Long hacía solitarios, yo seguí escribiendo. A los pocos minutos se me hizo evidente que nuestro invitado era un ser inquieto o estaba sumamente nervioso; el caso es que me contagió su desasosiego; de manera que dejé lo que estaba haciendo y me dispuse a darle conversación.Tras hacer algunos comentarios (que he olvidado), se mostró confidencial: «Habrán juzgado raro mi comportamiento —empezó más o menos—, pero es que he sufrido una fuerte impresión». Le recomendé una copa de algo tonificante, y la pedimos. La entrada del camarero supuso una interrupción (y por cómo reaccionó nuestro joven al abrirse la puerta pensé que era muy asustadizo); pero unos momentos después reanudó sus lamentaciones. No conocía a nadie allí, y casualmente sabía quiénes éramos nosotros (resultó que teníamos amistades comunes en la capital), y realmente necesitaba pedirnos consejo, si no nos importaba. Como es natural, los dos contestamos que «no faltaba más» o «por supuesto que no». Y Long dejó a un lado las cartas, y nos dispusimos a escuchar cuál era su problema.—Empezó hace más de una semana —dijo—, cuando fui en bicicleta a Froston, a sólo unas cinco o seis millas de aquí, con idea de visitar la iglesia. Me interesa muchísimo la arquitectura, y tiene un pórtico precioso con hornacinas y escudos. La fotografié, y un viejo que estaba limpiando las lápidas se acercó a preguntarme si quería ver el interior. Le dije que sí; sacó una llave y me abrió. No había mucho que ver, pero me dijo que era una iglesita preciosa, y que la mantenía muy cuidada. «Aunque —dijo — lo mejor que tiene es el pórtico». Acabábamos de salir en ese momento; y dijo: «¡Ah, sí, es una preciosidad de pórtico! Pues ¿a que no sabe qué significa ese escudo de ahí?Era ése que tiene tres coronas; de modo que, aunque no soy experto en heráldica, pude decir que sí, que creía que era el viejo escudo del reino de Anglia Oriental.—Muy cierto, señor —dijo—; ¿y sabe el significado de esas tres coronas?Le dije que estaba seguro de que se conocía, aunque no recordaba haberlo oído.—¿Ve usted? —dijo—; con todo lo entendido que es, yo le puedo explicar algo que no sabe: son las tres sagradas coronas que fueron enterradas cerca de la costa para impedirles desembarcar a los germanos... ¡Ah!, veo que no se lo cree. Pues le aseguro que si no llega a ser porque una de las santas coronas aún sigue en su lugar, aquí habrían desembarcado los germanos una y otra vez. Habrían llegado con sus barcos y habrían pasado a cuchillo a hombres, mujeres y niños sin darles tiempo a saltar de la cama. Esto que le digo no es ni más ni menos que la verdad. Y si no me cree pregúntele al señor rector. Ahí viene; ande, pregúntele.Me volví, y allí estaba el rector, un hombre de aspecto simpático y venerable que venía por el sendero. Y antes de que pudiese empezar a asegurarle a mi informante (que se estaba excitando por momentos) que le creía, terció el rector y dijo:—¿Qué ocurre, John? Buenos días, señor. ¿Ha visitado ya nuestra pequeña iglesia?Siguió entonces una breve charla que permitió al viejo sosegarse, y seguidamente el rector volvió a preguntar qué ocurría.—Nada, nada —dijo el viejo—; sólo le estaba diciendo a este caballero que le preguntase a usted lo de las santas coronas.—Ah, sí; muy bien —dijo el rector—. Es curioso, ¿verdad? Pero no sé si al señor le interesan nuestras historias...—¡Claro que le interesan! —dijo el viejo—; creerá todo lo que usted le cuente, señor. Bueno, usted conoció a William Ager; al padre y al hijo.Entonces intervine yo para manifestar lo mucho que me gustaría oír esa historia de principio a fin; unos minutos después recorría la calle del pueblo con el rector, que tenía que dejar algún recado a sus feligreses, y luego nos dirigimos a la rectoría, donde me hizo pasar a su despacho. Se había dado cuenta en el trayecto de que yo era sinceramente capaz de sentir un interés intelectual por ese fragmento de folclore, y de que no era el típico turista; de modo que estaba dispuesto a hablar. Y me sorprende que esta leyenda no haya aparecido hasta hoy en letra impresa. Su versión fue ésta: "La creencia en las tres santas coronas ha estado siempre presente en esta comarca. Los más viejos dicen que fueron enterradas en diferentes puntos, cerca de la costa, para mantener alejados a los daneses, los francos y los germanos. Y dicen que una de ellas la desenterraron hace tiempo, otra desapareció a causa del avance del mar, y que la que queda sigue aún cumpliendo su misión de ahuyentar a los invasores. Bueno, pues si ha leído usted las guías normales y las historias de este condado, quizá recuerde que en 1687 una corona, dicen que la de Redwald, rey de Anglia Oriental, fue desenterrada en Rendlesham y (¡lamentable!, ¡lamentable!) fundida antes de que nadie la dibujase o la describiese siquiera. Rendlesham no está en la costa, pero tampoco muy tierra adentro; y se halla en una importante línea de acceso. Y creo que es a la que se refiere la gente cuando dice que hay una que desenterraron. Después, en el sur, no hace falta que le diga dónde, hubo un palacio sajón, hoy bajo el mar, ¿verdad? Pues ahí estaba la segunda corona, tengo entendido. Y más arriba de estas dos, dicen, está la tercera".—¿Se sabe el lugar?—Sí, desde luego —dijo—; pero no se dice.Y su actitud no me animó a hacerle la lógica pregunta. En vez de eso, esperé un momento, y pregunté:—¿A qué se refería el viejo con eso de que usted conoció a William Ager? ¿Tiene eso algo que ver con las coronas?—Desde luego —dijo—; ésa es otra historia curiosa. De estos Ager (es un apellido muy antiguo en la región, pero no he encontrado que fueran nunca gente de título o grandes propietarios), de estos Ager dicen, o decían, que su rama familiar era guardiana de la última corona. Yo al más antiguo que conocí fue a un tal Nathaniel Ager. Yo he nacido y me he criado cerca de aquí... Este hombre, creo, estuvo acampado en su puesto durante toda la guerra de 1870. Sé que su hijo William hizo lo mismo durante la guerra de Sudáfrica. Y el hijo de éste, el joven William, que ha muerto hace poco, estuvo viviendo en la casa más cercana al lugar, cosa que precipitó su final, estoy seguro, porque estaba tísico, al exponerse a la intemperie vigilando por las noches. Era el último de esa rama. Le producía una angustia espantosa pensar que era el último miembro, pero no podía hacer nada: sus únicos parientes cercanos estaban en las colonias. Yo mismo le escribí cartas para ellos suplicándoles que viniesen a fin de hacer frente a un asunto de vital importancia para la familia, pero no recibió respuesta. De manera que la última de las coronas, si está, carece hoy de guardián.Esto es lo que el rector me contó, y pueden imaginar el interés que me despertó. Mi único pensamiento al despedirme de él era cómo averiguar el sitio donde se suponía que estaba la corona. Ojalá la hubiera dejado en paz.Pero en esto hubo una especie de fatalidad; porque volvía de un paseo en bicicleta cuando, al pasar por delante del cementerio, me llamó la atención una lápida relativamente nueva con el nombre de William Ager. Como es natural, bajé de la bicicleta y me acerqué a leerla. Ponía: "De esta parroquia. Muerto en Seaburgh en 19..., a la edad de 28 años". Así que ahí estaba. No tenía más que hacer unas preguntas discretas en el sitio indicado, y localizaría la casa más cercana al lugar. Sólo que no sabía cuál era el sitio indicado para iniciar mis pesquisas. Y otra vez intervino el destino, llevándome a la tienda de antigüedades que había en esa calle. Allí estuve hojeando libros viejos; y encontré un Libro de Oraciones de mil setecientos cuarenta y pico, con una encuadernación bastante elegante... Voy a traerlo; lo tengo en mi habitación.Se fue, dejándonos un poco perplejos; pero apenas habíamos tenido tiempo de intercambiar algún comentario cuando regresó jadeante, y nos tendió el libro abierto por las guardas, donde tenía escrito con letra desordenada:Nathaniel Ager es mi nombre, Inglaterra mi nación,Seabourgh mi morada, y Cristo mi salvación;Cuando me encuentre en la tumba, y sea todo pudrición,Y me hayan olvidado, espero Señor que tengas de mí recordación.Este poema estaba fechado en 1754; pero había muchas anotaciones más de sucesivos Anger: de Nathaniel, de Frederick, de William, etc., terminando con las de William, en 19...—Como comprenderán —dijo—, cualquiera habría considerado esto tener una suerte milagrosa. Así me lo pareció a mí, pero no ahora. Naturalmente pregunté al librero si sabía algo de William Ager, y naturalmente dio la casualidad de que recordaba que había vivido en una casa que había en el Campo Norte, donde murió.Esto me señaló el camino. Sabía qué casa podía ser: sólo había una un poco grande por aquellos alrededores. El siguiente paso era hacer alguna amistad con la gente, así que me puse inmediatamente manos a la obra. Un perro me facilitó las cosas: me atacó con tanta furia que tuvieron que salir a sujetarlo; después, como no podía ser menos, me pidieron disculpas y trabamos conversación. No tuve más que citar el nombre de Ager y fingir que le conocía, o me parecía conocerle, y la mujer exclamó que era una pena que hubiera muerto tan joven, y que estaba convencida de que había sido por pasar las noches fuera en tiempo frío. Entonces tuve que preguntar: «¿Salía al mar por las noches?», y contestó: «¡Ah, no; se estaba allí, en aquel altozano cubierto de árboles!». Y allí me dirigí.No se me da mal excavar en esas lomas; lo he hecho en muchas cercanas al mar, aunque siempre a plena luz del día y con permiso del dueño y la ayuda de unos cuantos hombres. Aquí tuve que calcular con todo cuidado antes de hincar la pala: no podía ponerme a abrir zanjas por toda la elevación; y dado que había abetos, sabía que tropezaría a cada paso con sus raíces. Sin embargo, la tierra era suelta y arenosa y fácil de cavar; y había una madriguera o algo parecido que podría agrandar en una especie de túnel. La parte más embarazosa sería salir del hotel y regresar a horas extrañas. Una vez que hube decidido cómo iba a llevar a cabo la excavación dije que estaría ausente esa noche, y la pasé allí. Hice el túnel: no quiero aburrirles con detalles sobre cómo lo apuntalé, y lo rellené una vez terminado todo; el hecho es que encontré la corona.Naturalmente los dos proferimos una exclamación de sorpresa e interés. En primer lugar, yo hacía tiempo que sabía del hallazgo de la corona de Rendlesham y había lamentado muchas veces su destino. Nadie ha visto nunca una corona anglosajona; o nunca la había visto, al menos. Pero nuestro hombre nos miró con ojos abatidos.—Sí —dijo—; y lo peor es que no sé cómo dejarla donde estaba.—¿Dejarla donde estaba? —exclamamos—. Pero mi querido señor, ha hecho uno de los descubrimiento más emocionantes que se han llevado a cabo en este país. Por supuesto, su sitio está en la Cámara del Tesoro de la Torre. ¿Cuál es la dificultad? Si está pensando en el dueño del terreno, el derecho sobre el hallazgo y demás, desde luego le podemos ayudar. Nadie va a meterse en tecnicismos legales en un caso como éste.Probablemente dijimos mucho más; pero él se limitó a apoyar la cara entre las manos y murmurar:—No sé cómo dejarla donde estaba.Finalmente dijo Long:—Perdone si parezco impertinente, pero ¿está totalmente seguro de que la tiene?Yo estaba deseando hacerle la misma pregunta también; porque desde luego la historia parecía la quimera de un lunático si se pensaba bien; pero no me había atrevido a decir nada que pudiera herir los sentimientos del pobre muchacho. Sin embargo, acogió la pregunta con toda calma; con la calma de la desesperación, podríamos decir.Se levantó y dijo:—Sí; de eso no hay duda. La tengo aquí en mi habitación, guardada en la maleta. Si quieren pueden venir a verla; no quisiera traerla aquí.No íbamos a dejar escapar semejante oportunidad. Fuimos con él; su habitación estaba a unas puertas de la nuestra nada más. El botones andaba en ese momento recogiendo los zapatos del pasillo. O eso nos pareció: después no estábamos seguros. Nuestro visitante —se llamaba Paxton— se hallaba en un estado de nervios peor que antes. Entramos apresuradamente en su habitación; él nos miró por encima del hombro, encendió la luz y cerró la puerta precavidamente. Entonces abrió su maleta y sacó un envoltorio hecho con pañuelos limpios; lo puso sobre la cama y lo deshizo. Ahora puedo decir que he visto una auténtica corona anglosajona. Era de plata —como siempre se ha dicho que era la de Rendlesham—: tenía engastadas piedras preciosas, la mayoría antiguos camafeos y gemas talladas, de ejecución sencilla, casi tosca. En realidad era como las que se representan en las monedas y los manuscritos. No vi ningún detalle que hiciera pensar que fuera posterior al siglo IX. Yo estaba fascinado, claro, y quise darle vueltas en mis manos; pero Paxton me lo impidió.—No la toque —dijo—. Yo lo haré.Y con un suspiro que sonó espantosamente, debo confesar, la cogió y fue girándola para que pudiésemos verla por todos los lados—¿La han visto bien? —dijo finalmente; y asentimos.La envolvió, la guardó en su bolsa, y se nos quedó mirando en silencio.—Volvamos a nuestra habitación —dijo Long—; y cuéntenos cuál es el problema.Nos dio las gracias y dijo:—¿Quieren salir antes a ver si... está despejada la costa?No comprendimos; porque nuestra actitud no había podido llamar la atención y el hotel, como digo, estaba prácticamente vacío. Sin embargo, empezábamos a sospechar... no sabíamos qué. De todos modos, los nervios son contagiosos. Así que salimos, asomándonos antes a mirar, e imaginando (me di cuenta de que los dos tuvimos esa impresión) que una sombra, o algo más que una sombra —pero no hizo ruido alguno—se apartó a un lado al trasponer nosotros la puerta. «Todo va bien», susurramos a Paxton (parecía que convenía hablar en voz baja); y nos dirigimos a nuestro cuarto de estar con él en medio de los dos. Cuando llegamos me disponía a expresar mi entusiasmo ante la extraordinaria pieza que acababa de tener ante los ojos, pero miré a Paxton y comprendí que era terriblemente inoportuno, así que dejé que hablara él.—¿Qué podemos hacer? —empezó. Long juzgó conveniente (como me explicó más tarde) hacerse el tonto, y dijo:—¿Por qué no averiguamos quién es el dueño del terreno y le informamos...?—¡Ah, no, ni hablar! —le interrumpió Paxton con impaciencia—. Les ruego que me perdonen. Son ustedes muy amables, pero no han comprendido: hay que devolverla. Yo no me atrevo a ir allí de noche, y de día es imposible. Aunque quizá no lo entiendan, lo cierto es que desde que la toqué no me he sentido solo en ningún momento.Fui a decir alguna estupidez, pero Long me lanzó una mirada, y me callé. Y dijo él:—Creo que comprendo; pero sería un... alivio... que nos aclarara un poco más la situación.Entonces Paxton lo soltó todo: miró por encima del hombro, nos hizo seña de que nos acercásemos más, y comenzó a hablar en voz baja: le escuchamos con la mayor atención, evidentemente, y comparamos notas después. Yo me encargué de redactar nuestra versión, de modo que estoy seguro de haber consignado casi palabra por palabra lo que nos contó. Dijo:Empezó cuando me puse a explorar, interrumpiéndome una y otra vez. Siempre había alguien: un hombre de pie junto a un abeto. Eso durante el día. Nunca lo tenía delante. Siempre lo veía a la derecha o a la izquierda por el rabillo del ojo. Y cuando me volvía a mirar había desparecido. Me estaba un buen rato tumbado, vigilando, y asegurándome de que no había nadie alrededor; y cuando me levantaba y reanudaba mis exploraciones, allí estaba otra vez. Además, empezó a hacerme advertencias; porque pusiera donde pusiese ese Libro de Oraciones (a menos que lo guardase bajo llave, cosa que hice al final), cuando volvía a mi habitación lo encontraba siempre sobre la mesa, abierto por las guardas donde tiene los nombres, y con una de mis navajas de afeitar cruzada encima para que se mantuviese abierto. Estoy seguro de que no puede abrir mi bolsa de viaje, de lo contrario habría hecho algo más.Es flaco y endeble; pero de todas formas no me atrevo a encararme con él. Bueno, pues cuando empecé a hacer el túnel, lógicamente la situación empeoró; y si no hubiera estado tan ansioso habría abandonado y habría echado a correr. Era como si tuviese a alguien rozándome la espalda sin parar: durante bastante tiempo pensé que era tierra que me caía encima; pero cuando me acerqué a... a la corona, la sensación fue inequívoca. Y al descubrirla, y meter los dedos por dentro del aro y tirar para sacarla, oí una especie de grito detrás de mí. ¡Ah, no puedo describir lo desolado que sonó! Y horriblemente amenazador también. Me arruinó toda la alegría del hallazgo... me la quitó en un instante. Y si no fuese el desdichado idiota que soy, la habría dejado y me habría ido. Pero no lo hice. Y desde ese momento ha sido espantoso. Aún faltaban horas para que pudiera volver decentemente al hotel. Primero me dediqué a rellenar el túnel y borrar mis huellas, con él allí tratando de estorbarme. Unas veces le veías y otras no, según le daba, creo. Está ahí, pero tiene algún poder sobre los ojos de uno. En fin, dejé el lugar no mucho antes de que saliera el sol, y después me dirigí a la estación de Seaburgh para coger un tren de regreso. Y aunque se hizo de día casi en seguida, no sé si mejoró mi situación. A cada paso había setos, o matas de aulaga, o cercas (algún tipo de obstáculos, quiero decir) a lo largo del camino, lo que hacía que no me sintiese tranquilo un solo momento. Además, cada vez que alguien se cruzaba conmigo camino del trabajo, se volvía a mirarme de manera muy extraña; quizá se sorprendían de ver a alguien tan temprano; aunque tenía la sensación de que no era sólo eso. No sé: era como si no me miraran a mí. En la estación, el mozo se comportó del mismo modo también. Y el jefe de tren mantuvo abierta la puerta después de subir yo, como si viniese alguien más. ¡Ah, pueden estar seguros de que no son imaginaciones mías! —dijo con una risa desmayada; y prosiguió—: Pero aun en el caso de que la devuelva, no me perdonará, lo sé. ¡Con lo feliz que era yo hace un par de semanas!» —se hundió en la silla, y creo que se echó a llorar.No sabíamos qué decir, pero comprendimos que debíamos echarle una mano como fuera; así que le dijimos —en realidad parecía que era lo único que podíamos hacer— que si estaba decidido a devolver la corona a su sitio, le ayudaríamos. Añadiré que después de lo que habíamos escuchado nos parecía lo mejor. Si le había acarreado a este pobre hombre tan horribles consecuencias, ¿no habría también algo de verdad en la idea original de que la corona tenía un extraño poder para proteger la costa? Al menos ésa era mi opinión, y creo que la de Long también. Paxton agradeció efusivamente nuestro ofrecimiento. ¿Cuándo lo haríamos? Eran casi pasadas las diez. ¿Podíamos pretextar ante el personal del hotel que salíamos a dar un último paseo esa misma noche? Nos asomamos a la ventana; había una espléndida luna llena: la luna de Pascua.Long se ocupó de propiciarse al botones. Debía decirle que estaríamos no mucho más de una hora, y si nos sentíamos tan a gusto que nos demorábamos algo, procuraríamos resarcirle por tenerle levantado. Bueno, éramos clientes bastante asiduos del hotel, no causábamos muchas molestias, y el servicio no nos tenía por personas tacañas en lo que se refería a propinas; y de esta forma nos ganamos al botones, que nos dejó salir a dar una vuelta por el paseo marítimo, y se quedó esperándonos, como nos enteramos después. Paxton salió con un abrigo doblado sobre el brazo, y con la corona envuelta debajo.Salimos, pues, dispuestos a cumplir esta extraña misión sin pararnos a pensar en lo insólita que era. He querido ser breve adrede en esta parte para reflejar la prisa con que trazamos el plan y lo pusimos en práctica.—El camino más corto es subiendo la colina y cruzando el cementerio —dijo Paxton, cuando nos detuvimos un momento delante del hotel a mirar a un lado y a otro del paseo. No había nadie; nadie en absoluto. Fuera de temporada Seaburgh es un pueblo madrugador y tranquilo—. No podemos pasar por delante de la casa por el perro —dijo también Paxton cuando comenté que me parecía más corto ir por el paseo marítimo y cruzar dos campos; la razón que dio era de suficiente peso.Echamos a andar cuesta arriba hacia la iglesia, y nos metimos por el cementerio. Confieso que pensé que algunos de los que allí yacían podían saber qué nos traíamos entre manos; pero si era así, sabían también que uno de los suyos, por así decir, nos tenía vigilados, por lo que no nos molestaron. Pero me sentía observado como no me he sentido en ningún otro momento de mi vida. Sobre todo cuando salimos del cementerio y cogimos un estrecho sendero flaqueado por dos setos altos, donde corrimos como corrió Christian por aquel valle, y salimos a campo abierto. Seguimos andando junto a nuevos setos, aunque yo hubiera preferido ir por terreno despejado donde pudiera comprobar que no venía nadie detrás de mí. Cruzamos un portillo o dos, torcimos a la izquierda a continuación, y subimos a la loma que terminaba en ese pequeño cerro.Al acercarnos, Henry Long tuvo la sensación, y yo también, de que había esperándonos lo que sólo puedo llamar oscuras presencias, así como que nos acompañaba una bastante más definida. No puedo daros una idea fiel del nerviosismo de Paxton durante todo este tiempo: respiraba como un animal acosado, y ni Henry ni yo éramos capaces de mirarle a la cara. No nos habíamos parado a pensar qué haría cuando llegásemos al lugar. Se había mostrado tan seguro que nos pareció que no sería difícil. Y no lo fue. Jamás he visto nada como el ímpetu con que se abalanzó sobre un punto concreto del montículo y se puso a cavar, de manera que en pocos minutos casi todo su cuerpo había desaparecido de la vista. Nosotros nos quedamos de pie, sosteniendo el abrigo con el envoltorio de pañuelos debajo, sin parar de mirar a nuestro alrededor, muy asustados debo reconocer. No se veía a nadie: una fila de abetos oscuros formaba el horizonte detrás de nosotros; a la derecha teníamos más árboles y la torre de la iglesia; casas aisladas y un molino de viento a media milla, a la izquierda; el mar en completa calma, enfrente; los ladridos débiles de un perro en una casa sobre un dique reluciente, entre él y nosotros; la luna llena trazando ese camino que todos conocemos sobre el mar; el susurro eterno de los abetos encima de nosotros, y el del mar. Y en medio de toda esta quietud, muy cerca, la aguda, la intensa conciencia de una hostilidad contenida, como un perro sujeto con una correa que en cualquier momento se puede soltar.Paxton emergió del agujero y tendió la mano.—Dénmela —susurró—, desenvuelta.Abrimos los pañuelos, y cogió la corona. La luna la iluminó justo en el instante en que la cogía. No llegamos a tocar el metal, y desde entonces he pensado que fue una suerte. Poco después estaba Paxton de nuevo fuera del agujero y cavaba afanoso con unas manos que ya le sangraban. Sin embargo, rechazó toda ayuda. Lo más trabajoso fue dejar el lugar de forma que pareciese intacto; no obstante —no sé cómo—, lo hizo maravillosamente bien. Y una vez que quedó definitivamente satisfecho, emprendimos el regreso.Estábamos ya a unas doscientas yardas del montículo cuando dijo Long de repente:—Un momento; se ha dejado el abrigo. No es prudente. ¿Lo ve allí?Yo me volví y lo vi, en efecto: el abrigo largo, oscuro, tendido junto a la boca cegada del agujero. Pero Paxton no se había detenido; negó con la cabeza, y alzó el abrigo que llevaba en el brazo. Y cuando le alcanzamos dijo sin inmutarse, como si nada importase ya:—Aquello no es mi abrigo.Y en efecto, cuando volvimos a mirar la mancha oscura ya no estaba.Bueno, salimos al camino, y apretamos el paso. Aún no eran las doce cuando llegamos, procurando poner buena cara, y diciendo —Long y yo— qué noche tan espléndida hacía para pasear. Al entrar en el hotel nos estaba esperando el botones, así que le dedicamos algún comentario de este estilo para su edificación. Él echó otra ojeada a uno y otro lado del paseo antes de cerrar la puerta, y dijo:—Supongo que no se han encontrado con nadie, ¿verdad, señor?—No, desde luego; no hemos visto un alma —dije; y recuerdo que al oírme Paxton me dirigió una mirada singular.—Es que me ha parecido ver a alguien que subía camino de la estación, detrás de ustedes —dijo el botones—. Pero como iban los tres juntos, no me ha parecido que llevara malas intenciones.Yo no supe qué decir; Long se limitó a murmurar: «Buenas noches». Nos dirigimos a la escalera, prometiendo apagar todas las luces y acostarnos en seguida. Una vez en nuestra habitación, hicimos lo posible por animar a Paxton.—Bueno, ya está la corona otra vez en su sitio —dijimos—. Tal vez hubiera sido mejor no haberla tocado —Paxton asintió a esto con énfasis pero en realidad no se le ha causado ningún daño, y desde luego no le vamos a revelar esto a nadie capaz de cometer la locura de acercarse allí. Además, ¿no se siente ahora mejor? A mí no me importa confesar —dije— que cuando íbamos para allá me inclinaba a coincidir con usted en que... bueno, en que nos seguían; pero al volver ya no he tenido esa impresión —pero no dio resultado.—Ustedes no tienen por qué preocuparse —dijo—. Pero a mí no se me ha perdonado. Yo aún tengo que pagar este atroz sacrilegio. Sé qué me van a decir: que puede ayudarme la Iglesia. Sí; pero es el cuerpo el que tiene que sufrir. Es cierto que ahora no tengo la sensación de que me espera ahí fuera. Pero...Calló. Se volvió para darnos otra vez las gracias, y le despedimos en cuanto pudimos. Naturalmente, le insistimos en que utilizara nuestro cuarto de estar al día siguiente, y le dijimos que nos encantaría salir a pasear con él. ¿O tal vez jugaba al golf? Sí, así era; pero no creía que se sintiera con ánimos para jugar por la mañana. Bueno, le aconsejamos que se levantara tarde y se viniera a nuestra habitación mientras nosotros jugábamos, y por la tarde daríamos un paseo. Se mostró muy sumiso y maleable a todo lo que dijimos; y dispuesto a hacer lo que nosotros creyésemos mejor, aunque claramente convencido en su fuero interno de que no podría evitar ni atenuar lo que le iba a venir. Se preguntará usted por qué no le insistimos en acompañarle a su casa y dejarle a salvo con sus hermanos o con quien fuera. La verdad es que no tenía a nadie. Poseía un piso en la ciudad, pero últimamente había decidido irse a vivir un tiempo a Suecia, había desmantelado el piso, lo había facturado todo, y estaba pasando un par de semanas o tres antes de emprender el viaje. De todos modos, nos pareció que no podíamos hacer otra cosa, aparte de dormir —o tratar de dormir, como fue mi caso—, y esperar a ver cómo nos sentíamos por la mañana.Nos sentimos muy distintos Long yo, esa mañana de abril, preciosa que no podía pedirse más; y Paxton parecía también muy distinto cuando le vimos en el desayuno. «Creo que es la primera noche algo decente que paso desde hace tiempo», fue lo que dijo. Pero haría lo que nosotros le habíamos dicho: quedarse en el hotel toda la mañana, y salir más tarde con nosotros. Nos fuimos al campo de golf; nos reunimos con otros aficionados, estuvimos jugando con ellos, y comimos allí más bien temprano, a fin de no regresar tarde. Sin embargo, las trampas de la muerte se abatieron sobre él. No sé si podía haberse evitado. Creo que, de una u otra manera, habría caído. Sea como sea, lo que ocurrió fue esto:Subimos directamente a nuestro cuarto de estar. Allí encontramos a Paxton, leyendo plácidamente. «¿Dispuesto a salir —preguntó Long—, digamos dentro de media hora?»—Por supuesto —contestó él.Yo dije que antes teníamos que cambiarnos, quizá tomar un baño, y que pasaríamos a recogerle en media hora. Yo me bañé en seguida, me eché en la cama, y me quedé dormido; estuve durmiendo como unos diez minutos. Long y yo salimos de nuestras habitaciones al mismo tiempo y fuimos juntos al cuarto de estar. Paxton no estaba... Sólo estaba su libro. Tampoco le encontramos en su habitación, ni abajo. Dimos una voz, llamándole. Salió un camarero y dijo:—Vaya, creía que habían salido ustedes ya como el otro señor. Les ha oído llamarle desde el camino y ha salido corriendo; le he visto desde la ventana de la cafetería, aunque no a ustedes. A él le he visto correr hacia la playa, en esa dirección. Sin una sola palabra, echamos a correr hacia allá: era la dirección opuesta a la de la expedición de la noche anterior. Aún no eran las cuatro, y hacía bueno, aunque no tanto como por la mañana, de modo que no había motivo para alarmarnos. Habiendo gente, sin duda no podía correr serio peligro.Pero algo debió de leer en nuestra expresión el camarero cuando echamos a correr, porque salió a la escalinata, señaló y dijo:—Sí, en esa dirección fue.Seguimos corriendo hasta la playa de guijarros; allí nos detuvimos. Había que elegir entre dos direcciones: por delante de las casas que había en el paseo, o por la playa, que ahora que había bajamar era bastante ancha. Naturalmente, también podíamos seguir por la franja de guijarros que había entre uno y otro camino, y andar atentos a los dos, pero era bastante incómodo. Elegimos la arena, que era el paraje más solitario, y alguien podía perpetrar cualquier atropello sin que le viesen desde el camino público.Long dijo que veía a Paxton a cierta distancia, corriendo y agitando el bastón como haciendo señas a alguien que iba delante. No estoy seguro: estaba subiendo deprisa una de esas brumas marinas que vienen del sur. Había alguien; eso es todo lo que puedo decir. Y había huellas en la arena como de alguien que corría con zapatos. Y había otras huellas anteriores —porque las de zapatos las pisaban— de alguien que corría descalzo. Bueno, naturalmente, sólo tiene mi palabra de que es verdad todo esto: Long ha muerto, no teníamos tiempo ni medios para tomar bocetos o sacar moldes, y la siguiente pleamar borró las huellas; lo único que podíamos hacer era observarlas mientras corríamos. Pero allí estaban repetidas una y otra vez, y se veía claramente que eran de unos pies desnudos, de unos pies en los que había más huesos que carne.La imagen de Paxton corriendo detrás de un ser así, creyendo que iba en pos de sus amigos, nos resultaba verdaderamente espantosa. Puede imaginarse qué pensábamos: que el ser que perseguía podía detenerse de pronto y volverse hacia él, y la clase de rostro que revelaría, medio velado al principio por la bruma... cada vez más espesa. Por mi parte, mientras corría —preguntándome cómo el pobre desventurado podía confundir con nosotros a aquella criatura—, recordé sus palabras: «Tiene un poder especial sobre los ojos de uno». Me preguntaba cómo iba a terminar esto; porque ya no tenía esperanza de que pudiera evitarse el desenlace, y... bueno, no hace falta que cuente los pensamientos sombríos y horribles que me pasaron por la cabeza al sumergirnos en la niebla. Era extraño también que, aunque el sol estaba alto todavía, no se pudiera ver nada. Sólo sabíamos que habíamos dejado atrás las casas y habíamos llegado al descampado que hay entre ellas y el antiguo torreón. Pasado el torreón, no hay más que guijarros: ni una sola casa, ni un ser humano hasta esa punta de tierra, o más bien de piedras, con el río a la derecha y el mar a la izquierda.Pero justo antes de eso, pegada al torreón, recordará que está la antigua batería, cerca del mar. Creo que ahora sólo quedan unos cuantos bloques de mortero, el resto lo ha destruido el mar; pero en aquel entonces quedaba mucho más, aunque todo eran prácticamente ruinas. Bien, pues cuando llegamos allí, subimos a lo alto lo más deprisa que pudimos para otear toda la franja de guijarros que había a nuestros pies, si la niebla nos dejaba ver algo. Pero teníamos que descansar un momento: habíamos corrido lo menos una milla. No se veía nada. Y nos disponíamos a bajar para seguir corriendo sin muchas esperanzas, cuando oímos lo que sólo puedo describir como una risa: una risa sin hálito, sin pulmones; no sé si comprende lo que quiero decir. Me temo que no.Provenía de abajo; y se alejó flotando con la niebla. Fue suficiente. Nos asomamos por encima del muro. Abajo, al pie, estaba Paxton. No hace falta decir que estaba muerto. Sus huellas indicaban que había corrido junto al muro de la batería, había dado la vuelta a la esquina y sin duda se había dado de bruces con alguien que le estaba esperando. Tenía la boca llena de arena y guijarros, y las mandíbulas y los dientes destrozados. Sólo le miré una vez la cara. En ese momento, mientras bajábamos de la batería a recoger su cuerpo, oímos un grito, y vimos delante del torreón a un hombre que acudía corriendo por la playa. Era el vigilante: su mirada alerta había divisado a través de la niebla que ocurría algo. Había visto caer a Paxton, y nos había visto a nosotros correr un instante después... afortunadamente para nosotros, porque de lo contrario difícilmente nos habríamos librado de la sospecha de estar implicados en este asunto espantoso. Le preguntamos si había visto a alguien atacar a nuestro amigo. No estaba seguro.Le mandamos en busca de ayuda, y nos quedamos junto al muerto hasta que llegaron con una camilla. Fue entonces cuando descubrimos el rastro en la franja de arena al pie de la muralla de la batería. El resto era de guijarros, y era completamente imposible saber en qué dirección había huido el otro.¿Qué íbamos a decir en la encuesta? Consideramos un deber no revelar inmediatamente el secreto de la corona para que no saliese publicado en todos los periódicos. No sé hasta dónde habría contado usted; pero nosotros acordamos decir lo siguiente: que conocíamos a Paxton sólo del día anterior, y que nos había confesado que tenía miedo de un individuo llamado William Ager, que le había amenazado. También, que habíamos visto las huellas de Paxton y de otro cuando le seguimos por la playa. Pero ahora habían desaparecido de la arena.Por suerte, nadie sabía de ningún William Ager que viviera en la comarca. El testimonio del hombre del torreón nos libró de toda sospecha. Lo único que pudo hacerse fue emitir un veredicto de homicidio intencionado, cometido por uno o varios desconocidos.Paxton carecía de parientes, al extremo de que ninguna de las pesquisas efectuadas después condujo a nada positivo. Y desde entonces no he vuelto a estar en Seaburgh, ni a acercarme siquiera".

Montague Rhodes James