Oscar Wilde
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
El Recolector de Historias
domingo, 27 de diciembre de 2009
"El Ruiseñor y la Rosa"
sábado, 26 de diciembre de 2009
"Ego te Absolvo"
"Bajo sus boinas azules, ennegrecidas por la pólvora y manchadas por el polvo de los caminos, los soldados de Miralles tienen caras de bandidos, con su piel color hollín y sus barbas y cabelleras descuidadas. Desde hace cinco largas semanas se arrastran por las carreteras, sin casi dormir, sin casi descansar, tiroteando en cualquier momento con una rabia creciente.¿No acabarán con aquellos bandidos liberales? Don Carlos habíales prometido, sin embargo, que después de las fatigas de Estella, España seria suya. Todos ellos tienen sed de venganza y de sangre, y la alegría de verterla es la que les mantiene en pie, por muy cansados y rendidos que se encuentren.Vascos, navarros, catalanes, hijos de desterrados que murieron de hambre y de miseria en tierras extranjeras, sienten rabia de fieras contra aquellos soldados que les disputan el camino de la meseta de Castilla, la vía de los palacios en los que han jurado establecer al legítimo rey para repartirse, sobre las gradas del trono restaurado, los cargos del reino y las riquezas de los vencidos.Entre estos montañeses y los hombres de los partidos nuevos no median únicamente rencores políticos: existen, sobre todo, y antes que nada, viejas cuentas de asesinatos impunes, saqueos sin indemnizar, incendios sin revancha. Por eso, cuando un soldado de Concha cae entre sus manos, ¡infeliz de él!, paga por los demás, por los que se escurren.-Hermano, hay que morir -le dicen, apoyándole contra una roca.El hombre inicia el signo de la cruz, y no bien desciende su mano en un amén más lento, los fusiles, alineados a diez pasos de su pecho, vomitan la muerte. La víctima se desploma como un guiñapo y no se vuelve a hablar de la cosa. Los buitres de los Pirineos hacen lo demás. Si el cura de Miralles, un hombrecillo rechoncho y encorvado, de ojos semicerrados, con la sotana arremangada, pasa junto a los guerrilleros, se cuelga su fusil al hombro y absuelve o bendice al moribundo con gesto rápido.A veces, sin separar sus ojos del catalejo marino que le sirve para escudriñar rocas o encinares, confiesa al prisionero. ¡Un general es responsable de la vida de sus tropas, qué diantre! Liberal, pero, eso sí, católico, el prisionero no parece sorprendido del extraño doble oficio del sacerdote soldado. Es necesario que le confiese, puesto que van a fusilarle, y es muy natural que le fusilen, puesto que se había dejado coger y porque él fusilaría lo mismo si hubiera cogido un prisionero. Esta lógica satisface por completo las débiles exigencias de su cerebro de campesino arrancado del terruño para doblar la cerviz bajo los arreos militares. Y, además, ¿para qué luchar con este hecho brutal de la muerte amenazadora, inmediata, inevitable?Puesto que tiene que llegar, se trata solamente de hacer el equipaje bien para presentarse con todo en orden cuando le corresponda hacer su entrada en el más allá inevitable.Aquella noche, al ponerse el sol, hallábase Pedro Careaga de centinela en la sima de Mallorta, cuando una mujer con un mulo dobló por el sendero de Buenavista. Tiró al azar y fue el mulo el que cayó. La mujer corrió hacia él sin darle tiempo a cargar otra vez, y cuando la tuvo en la punta del cañón, el navarro no pudo decidirse a tirar. La hembra era bella y deseable, con sus largos cabellos negros que caían en cascada hasta sus piernas, sus labios rojos y sus pupilas brillantes.Pedro Careaga olvidó, por su prisionera, la causa de don Carlos y la Libertad. La mujer, que tenía miedo, le juró además que adoraba al «rey neto». Le probó que no detestaba las caricias perfumadas con pólvora de guerra y que Pedro Careaga era, si no el más hermoso de los mortales, por lo menos el más mimado de los vencedores: todo esto entre las moles de piedra de la sima de Mallorta.Los brazos de la prisionera rodeaban aún, como un collar de oro moreno, el cuello curtido de Careaga, cuando llegó Joaquín Martínez a relevarle.-¡Eh, poquito a poco! -dijo-. Hay que repartir, caballerito. Las noches son frescas. No es bueno dormir sin capote, compañero. Ya veo que eres hombre precavido: dosel de pelo, brazos tibios como pañuelo del cuello y manta de carne suave. ¡Me llegó la vez, amigo!Careaga se levantó y, colocando detrás de él a la prisionera, respondió:-¡Te llegó la vez, mequetrefe! Donde reina Careaga, no hay otro rey. Si las noches son frescas, ve a calentarte contra esa mula que ha tirado patas arriba mi carabina, o si no tira tú otra. ¡Mi botín es mío, como Navarra es del rey Carlos, hijo de judía!Joaquín Martínez se echó el fusil a la cara, e iba a tirar, cuando la mujer, de un brinco salvaje, desvió el cañón y mandó la bala a perderse en las nubes. Alzándose de hombros, Martínez tiró el arma descargada y de un navajazo en pleno vientre tendió en el suelo a la prisionera de Careaga.-¡Ah canalla! -aulló el navarro precipitándose hacia adelante y blandiendo su carabina.Pero un nuevo navajazo cortó en sus labios el rosario de las blasfemias. Y se desplomó arrojando una espuma blanquecina por la comisura de los labios en el charco de sangre que salía del cuerpo de la mujer destripada. Atraído por el ruido de la detonación, llegaba Aliralles seguido de unos cuantos hombres. Con sus ojos casi desprovistos de cejas por el estallido de un mal fusil, el cura bandolero abarcó la escena.-¡Puercos! -gruñó sordamente-. Veamos la hembra. ¡Hermosa mujer despachada de un negro navajazo! ¡De qué te ha servido, inocente narciso!Careaga, por lo menos, ha gozado. Bien, muchacho -repuso dirigiéndose a Martínez, cuyos ojos no se despegaban de él-, ¡es muy bonito eso de querer robar el botín de un compañero! ¡Eh, vosotros! Dejadme confesar a este pagano; aquí no se os necesita para nada. Di tu «confiteor» Martínez, y haz acto de contrición.-Ego te absolvo -murmuró Miralles con un gesto de bendición-. ¡Puercos, malditos hijos de perra que se destrozan por una hembra!Y en seguida, encañonando bruscamente su fusil hacia el individuo, le abrasó los sesos sobre los dos cadáveres.-¡Si les dejase uno hacer a estos mocitos -refunfuñó- no tendría don Carlos ejército dentro de poco!"Oscar wilde
viernes, 25 de diciembre de 2009
"El Fantasma de Marley"
"Digamos primero que Marley había muerto. De ello no cabía la menor duda. Firmaron la partida de su entierro el clérigo, el sacristán, el comisario de entierros y el presidente del duelo. También la fírmó Scrooge. Y el nombre de Scrooge era prestigioso en la Bolsa, cualquiera que fuese el papel en que pusiera su firma.El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.Esto no quiere decir que yo sepa por experiencia propia lo que hay particularmente muerto en el clavo de una puerta; pero puedo inclinarme a considerar un clavo de féretro como la pieza de ferretería más muerta que hay en el comercio. Mas la sabiduría de nuestros antepasados resplandece en los símiles, y mis manos profanas no deben perturbarla, o desaparecería el país. Me permitiré pues, repetir enfáticamente que Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.¿Sabía Scrooge que aquél había muerto? Indudablemente. ¿Cómo podía ser de otro modo? Scrooge y él fueron consocios durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea, su único administrador, su único cesionario, su único legatario universal, su único amigo y el único que vistió luto por él. Pero Scrooge no estaba tan terriblemente afligido por el triste suceso que dejara de ser un perfecto negociante, y el mismo día del entierro lo solemnizó con un buen negocio.La mención del entierro de Marley me hace retroceder al punto de partida. Es indudable que Marley había muerto. Esto debe ser perfectamente comprendido; si no, nada admirable se puede ver en la historia que voy a referir. Si no estuviéramos plenamente convencidos de que el padre de Hamlet murió antes de empezar la representación teatral, no habría en su paseo durante la noche, en medio del vendaval. por las murallas de su ciudad, nada más notable que otro caballero de mediana edad temerariamente lanzado, después de oscurecer, en un recinto expuesto a los vientos -el cementerio de San Pablo, por ejemplo-, sencillamente para deslumbrar el débil espíritu de su hijo.Scrooge no borró el nombre del viejo Marley. Permaneció durante muchos años esta inscripción sobre la puerta del almacén: Scrooge y Marley. La casa de comercio se conocía bajo la razón social Scrooge y Marley. Algunas veces los clientes modernos llamaban a Scrooge Scrooge y otras veces Marley: pero él atendía por ambos nombres. Todo era lo mismo para él.¡Oh! Pero Scrooge era atrozmente tacaño, avaro, cruel, desalmado, miserable, codicioso. incorregible, duro y esquinado como el pedernal, pero del cual ningún eslabón había arrancado nunca una chispa generosa; secreto y retraído y solitario como una ostra. El frío de su interior le helaba las viejas facciones. le amorataba la nariz afilada, le arrugaba las mejillas, le entorpecía la marcha, le enrojecía los ojos, le ponía azules los delgados labios; hablaba astutamente y con voz áspera. Fría escarcha cubría su cabeza y sus cejas y su barba de alambre. Siempre llevaba consigo su temperatura bajo cero; helaba su despacho en los días caniculares y no lo templaba ni un grado en Navidad.El calor y el frío exteriores ejercían poca influencia sobre Scrooge. Ningún calor podía templarle, ninguna temperatura invernal podía enfriarle. Ningún viento era más áspero que él, ninguna nieve más insistente en sus propósitos, ninguna lluvia más impía. El temporal no sabía cómo atacarle. La más mortificante lluvia, y la nieve, y el granizo, y el agua de nieve, podían jactarse de aventajarle en un sola cosa: en que con frecuencia bajaban gallardamente, y Scrooge, nunca.Jamás le detuvo nadie en la calle para decirle alegremente: Querido Scrooge, ¿cómo estáis? ¿Cuándo iréis a verme? Ningún mendigo le pedía limosna, ningún niño le preguntaba qué hora era, ningún hombre ni mujer le preguntaron en toda su vida por dónde se iba a tal o cual sitio. Aun los perros de los ciegos parecían conocerle, y cuando le veían acercarse arrastraban a sus amos hacia los portales o hacia las callejuelas, y entonces meneaban la cola como diciendo: Es mejor ser ciego que tener mal ojo.¡Pero qué le importaba a Scrooge! Era lo que deseaba: seguir su camino a lo largo de los concurridos senderos de la vida, avisando a toda humana simpatía para conservar la distancia.Una vez, en uno de los mejores días del año, la víspera de Navidad, el viejo Scrooge se hallaba trabajando en su despacho. Hacía un tiempo frío, crudísimo y nebuloso, y podía oír a la gente que pasaba jadeando arriba y abajo, golpeándose el pecho con las manos y pateando sobre las piedras del pavimento para entrar en calor. Los relojes públicos acababan de dar las tres: pero la oscuridad era casi completa, y por las ventanas de las casas se veían brillar las luces como manchas rubias en el aire moreno de la tarde. La bruma se filtraba a través de todas las hendiduras y de los ojos de las cerraduras, y era tan densa por fuera que, aunque la calleja era de las más estrechas, las casas de enfrente se veían como meros fantasmas. Al ver cómo descendía la nube sombría, obscureciéndolo todo, se habría pensado que la Naturaleza habitaba cerca y que estaba haciendo destilaciones en gran escala.Scrooge tenía abierta la puerta del despacho para poder vigilar a su dependiente, que en una celda lóbrega y apartada, una especie de cisterna, estaba copiando cartas. Scrooge tenía poquísima lumbre, pero la del dependiente era mucho más escasa mas no podía aumentarla, porque Scrooge guardaba la caja del carbón en su cuarto, y si el dependiente hubiera aparecido trayendo carbón en la pala, sin duda que su amo habría considerado necesario despedirle. Así, el dependiente se embozó en la blanca bufanda y trató de calentarse en la llama de la bujía: pero, como no era hombre de gran imaginación: fracasó en el intento.-¡Felices Pascuas, tío! ¡Dios os guarde! -gritó una voz alegre.Era la voz del sobrino de Scrooge, que cayó sobre él con tal precipitación que fue el primer aviso que tuvo de su aproximación.-¡Bah! -dijo Scrooge-. ¡PatrañaslEste sobrino de Scrooge se hallaba tan arrebatado a causa de la carrera a través de la bruma y de la helada, que estaba todo encendido: tenía la cara como una cereza, sus ojos chispeaban y humeaba su aliento.-Pero, tío: ¿una patraña la Navidad? -dijo el sobrino de Scrooge- Seguramente no habéis querido decir eso.-Sí. -contestó Scrooge- ¡Felices Pascuas! ¿Qué derecho tienes tú para estar alegre? ¿Qué razón tienes tú para estar alegre? Eres bastante pobre.-¡Vamos! -replicó el sobrino alegremente- ¿Y qué derecho tenéis vos para estar triste? ¿Qué razón tenéis para estar cabizbajo? Sois bastante rico.No disponiendo Scrooge de mejor respuesta en aquel momento, dijo de nuevo: ¡Bah! Y a continuación: ¡Patrañas!-No estéis enfadado, tío -dijo el sobrino. -¿Cómo no voy a estarlo -replicó el tío- viviendo en un mundo de locos como éste? ¡Felices Pascuas! ¿Qué es la Pascua de Navidad sino la época en que hay que pagar cuentas no teniendo dinero; en que te ves un año más viejo y ni una hora más rico: la época en que, hecho el balance de los libros, ves que los artículos mencionados en ellos no te han dejado la menor ganancia después de una docena de meses desaparecidos? Si estuviera en mi mano -dijo Scrooge con indignación- a todos los idiotas que van con el ¡Felices Pascuas! en los labios los cocería en su propia substancia y los enterraría con una vara de acebo atravesándoles el corazón. !Eso es!-¡Tío! -suplicó el sobrino.-¡Sobrino! -repuso el tío secamente- Celebra la Navidad a tu modo y déjame a mí celebrarla al mío.-¡Celebrar la Navidad! -repitió el sobrino de Scrooge- Pero vos no la celebráis.-Déjame que no la celebre -dijo Scrooge- ¡Mucho bien puede hacerte a ti! ¡Mucho bien te ha hecho siempre!-Hay muchas cosas que podían haberme hecho muy bien y que no he aprovechado, me atrevo a decir, -replicó el sobrino- entre ellas la Navidad. Mas estoy seguro de que siempre, al llegar esta época, he pensado en la Navidad, aparte la veneración debida a su nombre sagrado y a su origen, como en una agradable época de cariño, de perdón y de caridad; el único día, en el largo almanaque del año, en que hombres y mujeres parecen estar de acuerdo para abrir sus corazones libremente y para considerar a sus inferiores como verdaderos compañeros de viaje en el camino de la tumba y no otra raza de criaturas con destino diferente. Así, pues, tío, aunque tal fiesta nunca ha puesto una moneda de oro o de plata en mi bolsillo, creo que me ha hecho bien y que me hará bien, y digo: ¡Bendita sea!El dependiente, en su mazmorra, aplaudió involuntariamente: pero, notando en el acto que había cometido una inconveniencia, quiso remover el fuego y apagó el último débil residuo para siempre.-Que oiga yo otra de esas manifestaciones -dijo Scrooge- y os haré celebrar la Navidad echándoos a la calle. Eres de verdad un elocuente orador -añadió, volviéndose hacía su sobrino-. Me admira que no estés en el Parlamento.-No os enfadéis, tío. ¡Vamos, venid a comer con nosotros mañana!Scrooge dijo que le agradaría verle... Sí, lo dijo. Pero completó la idea, y dijo que antes le agradaría verle... en el infierno.-Pero ¿por qué? -gritó el sobrino- ¿Por qué?-¿Por qué te casaste? -dijo Scrooge. -Porque me enamoré.-¡Porque te enamoraste! -gruñó Scrooge, como si aquello fuese la sola cosa del mundo más ridícula que una alegre Navidad- ¡Buenas tardes!-Pero, tío, si nunca fuisteis a verme antes, ¿por qué hacer de esto una razón para no ir ahora?-Buenas tardes -dijo Scrooge.-No necesito nada vuestro: no os pido nada; ¿por qué no podemos ser amigos?-Buenas tardes -dijo Scrooge.-Lamento de todo corazón encontraros tan resuelto. Nunca ha habido el más pequeño disgusto entre nosotros. Pero he insistido en la celebración de la Navidad y llevaré mi buen humor de Navidad hasta lo último. Así, ¡Felices Pascuas. tío!-Buenas tardes -dijo Scrooge. -¡Y feliz Año Nuevo! -Buenas tardes -dijo Scrooge.Su sobrino salió de la habitación, no obstante,. sin pronunciar una palabra de disgusto. Detúvose en la puerta exterior para desearle felices Pascuas al dependiente, que, aunque tenía frío, era más ardiente que Scrooge, pues le correspondió cordialmente.-Este es otro que tal -murmuró Scrooge, que le oyó- un dependiente con quince chelines a la semana, con mujer y con hijos. hablando de la alegre Navidad. Es para llevarle a una casa de locos.Aquel maniático. al despedir al sobrino de Scrooge, introdujo a otros dos visitantes. Eran dos caballeros corpulentos, simpáticos. y estaban en pie, descubiertos, en el despacho de Scrooge. Tenían en la mano libros y papeles y se inclinaron ante él.-Scrooge y Marley, supongo -dijo uno de los caballeros, consultando una lista- ¿Tengo el honor de hablar al señor Scrooge o al señor Marley?-El señor Marley murió hace siete años. -respondió Scrooge- Esta misma noche hace siete años que murió.-No dudamos que su liberalidad estará representada en su socio superviviente -dijo el caballero, presentando sus cartas credenciales.Era verdad. pues ambos habían sido tal para cual. Al oír la horrible palabra liberalidad, Scrooge frunció el ceño, meneó la cabeza y devolvió al visitante las cartas credenciales.-En esta alegre época del año, señor Scrooge dijo el caballero. tomando una pluma- es más necesario que nunca que hagamos algo en favor de tos pobres y de los desamparados, que en estos días sufren de modo atroz. Muchos miles de ellos carecen de lo indispensable; cientos de miles necesitan alivio, señor.-¿No hay cárceles? -preguntó Scrooge -Muchísimas cárceles -dijo el caballero, dejando la pluma.-¿Y casa de corrección? -interrogó Scrooge. ¿Funcionan todavía?-Funcionan, sí, todavía -contestó el caballero--. Quisiera poder decir que no funcionan.-¿El Treadmill y la Ley de Pobreza están, pues. en todo su vigor?- dijo Scrooge.-Ambos funcionan continuamente, señor.-Tenía miedo. por lo que decíais al principio. de que hubiera ocurrido algo que interrumpiese sus útiles servicios -dijo Scrooge-. Me alegra mucho saberlo.-Persuadido de que tales instituciones apenas pueden proporcionar cristiana alegría a la mente o bienestar al cuerpo de la multitud -continuó el caballero-, algunos de nosotros nos hemos propuesto reunir fondos para comprar a los pobres algunos alimentos y bebidas y un poco de calefacción. Hemos escogido esta época porque es, sobre todas aquella en que la Necesidad se siente con más intensidad y la Abundancia se regocija. ¿Con cuánto queréis contribuir?-¡Con nada! -replicó Scrooge.-¿Queréis guardar el anónimo?-Quiero que me dejéis en paz -dijo Scrooge-. Puesto que me preguntáis lo que quiero, señores. ésa es mi respuesta. Yo no celebro la Navidad. y no puedo contribuir a que se diviertan los vagos; ayudo a sostener los establecimientos de que os he hablado... y que cuestan bastante; y quienes estén mal en ellos, que se vayan a otra parte.-Muchos no pueden, y otros muchos preferirán morir.-Si prefieren morir -dijo Scrooge-, es lo mejor que pueden hacer y así disminuirá el exceso de población. Además, y ustedes perdonen, no entiendo de eso.-Pues.. debierais entender -hizo observar el caballero.-No es de mi incumbencia -replicó Scrooge-. Un hombre tiene bastante con preocuparse de sus asuntos y no debe mezclarse en los ajenos. Los míos me absorben por completo. ¡Buenas tardes, señores!Comprendiendo claramente que sería inútil insistir, los dos caballeros se marcharon. Scrooge reanudó su tarea con mayor estimación de sí mismo y más animado de lo que tenía por costumbre.Entretanto, la bruma y la oscuridad hiciéronse tan densas, que las gentes marchaban alumbrándose con antorchas, ofreciéndose a marchar delante de los caballos de los coches para mostrarles el camino. La antigua torre de una iglesia, cuya vieja y estridente campana parecía estar siempre atisbando a Scrooge por una ventana gótica del muro, se hizo invisible, y daba las horas envuelta en las nubes. resonando después con trémulas vibraciones, como si le castañeteasen los dientes a aquella elevadísima cabeza. El frío se hizo intenso. En la calle Mayor, en la esquina de la calleja, algunos obreros hallábanse reparando los mecheros de gas y habían encendido una gran hoguera, a la cual rodeaba un grupo de mendigos y chicuelos, calentándose las manos y guiñando los ojos con delicia ante las llamas. Taponados los sumideros, el agua sobrante se congelaba con rapidez y se convertía en hielo. El resplandor de las tiendas, donde las ramas de acebo cargadas de frutas brillaban con la luz de las ventanas, ponía tonos dorados en las caras de los transeúntes. Las pollerías y los comercios de comestibles estaban deslumbrantes: era un glorioso espectáculo, ante el cual era casi increíble que los prosaicos principios de ajuste y venta tuvieran algo que hacer. El alcalde de la ciudad, en la fortaleza de la poderosa Mansion-House, daba órdenes a sus cincuenta cocineros y reposteros para celebrar la Navidad de una manera digna de la casa de un alcalde, y hasta el sastrecillo, que había sido multado con cinco chelines el lunes anterior por estar borracho y sentirse escandaloso en las calles, preparaba en su guardilla la confección del postre del día siguiente, mientras su flaca esposa iba con el nene a comprar la carne indispensable.Más niebla aún y más frío. Frío agudo, penetrante, mordiente. Sí el buen San Dunstan hubiera sólo rasguñado la nariz del espíritu maligno con un tiempo como aquél, en vez de usar sus armas habituales, en verdad que el diablo habría rugido.El propietario de una naricilla juvenil, roída y mordisqueada por el hambriento frío, como los huesos roídos por los perros, se detuvo ante la puerta de Scrooge para obsequiarle por el ojo de la cerradura con una canción de Navidad; pero no había hecho más que empezar: Bendigaos Dios, alegre caballero; que nada pueda nunca disgustaros... cuando Scrooge cogió la regla con tal decisión, que el cantor corrió lleno de miedo. abandonando el ojo de la cerradura a la bruma y a la penetrante helada. Por fin llegó la hora de cerrar el despacho. De mala gana se alzó Scrooge de su asiento y tácitamente aprobó la actitud del dependiente en su cuchitril, quien inmediatamente apagó su luz y se puso el sombrero.-Supongo que necesitaréis todo el día de mañana -dijo Scrooge.-Si no hay inconveniente, señor.-Pues sí hay inconveniente -dijo Scrooge- y no es justo. Si por ello os descontara media corona, pensaríais que os perjudicaba. ¿Pero estoy obligado a pagarla?El dependiente sonrió lánguidamente.-Sin embargo -dijo Scrooge- no pensáis que me perjudico pagando el sueldo de un día por no trabajar.El dependiente hizo notar que eso ocurría una sola vez al año.-¡Una pobre excusa para morder en el bolsillo de uno todos los días veinticinco de diciembre! -dijo Scrooge. abrochándose el gabán hasta la barba-. Pero supongo que es que necesitáis todo el día. Venid lo más temprano posible pasado mañana.El dependiente prometió hacerlo. y Scrooge salió gruñendo. Cerróse el despacho en un instante, y el dependiente, con los largos extremos de su bufanda blanca colgando hasta más abajo de la cintura (pues no presumía de abrigo), bajó veinte veces un resbaladero en Cornhill, al final de una calleja llena de muchachos. para celebrar la Nochebuena. y luego salió corriendo hacia su casa para jugar a la gallina ciega.Scrooge cenó melancólicamente en su melancólica taberna habitual; y después de leer todos los periódicos, se entretuvo et resto de la noche con los libros comerciales y se fue a acostar. Ocupaba las habitaciones que habían pertenecido anteriormente a su difunto socio. Eran una serie de cuartos lóbregos en un sombrío edificio al final de una calleja, y en el cual había tan poco movimiento, que no se podía menos de imaginar que había llegado allí corriendo, cuando era una casa de pocos años, mientras jugaba al escondite con las otras casas, y había olvidado el camino para salir. Era ésta entonces bastante vieja y bastante lúgubre; sólo Scrooge vivía en ella, pues los otros cuartos estaban alquilados para oficinas. La calleja era tan oscura, que el mismo Scrooge, que la conocía piedra por piedra, veíase obligado a cruzarla a tientas. La niebla y la helada se agolpaban de tal modo ante la negra entrada de la casa, que parecía como si el Genio del Invierno se hallase en triste meditación sentado en el umbral.Hay que advertir que no había absolutamente nada de particular en el llamador de la puerta, salvo que era de gran tamaño: hay que hacer notar también que Scrooge lo había visto, de día y de noche, durante toda su residencia en aquel lugar, y también que Scrooge poseía tan poca cantidad de lo que se llama fantasía como otro cualquier hombre de la ciudad de Londres, aun incluyendo -la frase es algo atrevida- las Corporaciones, los miembros del Concejo municipal y los de los Gremios. Téngase también en cuenta que Scrooge no había dedicado un solo pensamiento a Marley desde que aquella tarde hizo mención de los siete años transcurridas desde su muerte. Y ahora, que me explique alguien, si puede, cómo sucedió que Scrooge, al meter la llave en la cerradura, vio en el llamador -sin mediar ninguna mágica influencia- no un llamador, sino la cara de Marley.La cara de Marley no era una sombra impenetrable, como los demás objetos de la calleja, pues la rodeaba un medroso fulgor semejante al que presentaría una langosta en mal estado puesta en un sótano. No aparecía colérico ni feroz, sino que miraba a Scrooge como Marley acostumbraba: con espectrales anteojos levantados hacía la frente espectral. Agitábanse curiosamente sus cabellos, como ante un soplo de aire ardoroso, y sus ojos, aunque hallábanse abiertos por completo, estaban absolutamente inmóviles. Todo eso, y su palidez, le hacían horrible: pero este horror parecía ajeno a la cara, fuera de su dominio, más bien que una parte de su propia expresión. Cuando Scrooge se puso a considerar atentamente aquel fenómeno, ya el llamador era otra vez un llamador.Decir que no se sintió inquieto o que su sangre no experimentó una terrible sensación, desconocida desde la infancia, sería mentir. Pero llevó la mano a la llave que había abandonado. la hizo girar resueltamente, penetró y encendió una bujía. Detúvose con vacilación momentánea, antes de cerrar la puerta, y miró detrás de ella con desconfianza, aguardando casi aterrorizarse a la vista del cabello de Marley pegado en la parte exterior: pero no había nada sobre la puerta, excepto los tornillos y tuercas que sujetaban el llamador, por lo cual exclamó: ¡Bah, bah! y la cerró de golpe.Resonó el portazo en toda la casa como un trueno. Encima todas las habitaciones, y debajo todas las cubas en el sótano del vinatero, parecieron poseer estrépito de ecos independientes de la puerta de Scrooge, que no era hombre a quien espantasen los ecos. Sujetó la puerta, cruzó el zaguán y empezó a subir la escalera lentamente, sin embargo, alumbrando un lado y otro conforme subía. Podéis hablar vagamente de las viejas escaleras de antaño, por las cuales hubiera podido subir fácilmente un coche de seis caballos o el cortejo de una sesión parlamentaria. Pero yo os digo que la escalera de Scrooge era cosa muy diferente: habría de subir por ella un coche fúnebre, y lo haría con toda facilidad.Había allí suficiente amplitud para ello y aun sobraba espacio; tal es, quizás, la razón por la cual pensó Scrooge ver una comitiva fúnebre en movimiento delante de él en la oscuridad. Medía docena de faroles de gas de las calles no habrían iluminado bastante bien el vestíbulo; supondréis, pues, que estaba un tanto oscuro con la manera de alumbrar de Scrooge, que siguió subiendo sin preocuparse por ello. La oscuridad es barata y por eso agradábale a Scrooge. Pero antes de cerrar la puerta, registró las habitaciones para ver si todo estaba en orden; precisamente deseaba hacerlo, porque persistía en él el recuerdo de aquella cara.La salita, el dormitorio, el cuarto de trastos, todo estaba normal. Nadie debajo de la mesa, nadie debajo del sofá; un poco de lumbre en la rejilla; la cuchara y la jofaina, listas; y la cacerolita, con un cocimiento (Scrooge tenía un resfriado de cabeza) junto al hogar. Nadie debajo de la cama; nadie en el gabinete; nadie dentro de la bata, que colgaba de la pared en actitud sospechosa. El cuarto de los trastos, como siempre. El viejo guardafuegos, los zapatos viejos, dos cestas para pescado, el lavabo de tres patas y un atizador. Enteramente satisfecho, cerró la puerta y echó la llave, dándole dos vueltas, lo cual no era su costumbre. Asegurado así contra toda sorpresa, se quitó la corbata, púsose la bata, las zapatillas y el gorro de dormir, y se sentó delante del fuego para tomar su cocimiento.Era en verdad un fuego insignificante: nada para noche tan cruda. Víose obligado a arrimarse a él todo lo posible, cubriéndolo, para poder extraer la más pequeña sensación de calor de tal puñado de combustible. El hogar era viejo, construido por algún comerciante holandés mucho tiempo antes, y pavimentado con extraños ladrillos holandeses, que representaban escenas de las Escrituras. Había Caínes y Abeles, hijas de Faraón. reinas de Sabá, mensajeros angélicos descendiendo a través del aire sobre nubes que parecían de plumón, Abrahanes, Baltasares, apóstoles navegando en mantequilleras, cientos de figuras para atraer la atención; no obstante, aquella cara de Marley, muerto siete años antes; llegaba como la vara del antiguo Profeta y hacía desaparecer todo. Si cada uno de los pulidos ladrillos hubiera estado en blanco, con virtud para presentar sobre su superficie alguna figura proveniente de los fragmentados pensamientos de Scrooge, habría aparecido una copia de la cabeza del viejo Marley sobre todos ellos.-¡Patrañas! -dijo Scrooge, y empezó a pasear por la habitación.Después de algunos paseos, volvió a sentarse. Al recostarse en la silla, su mirada fue a tropezar con una campanilla, una campanilla que no se utilizaba colgada en la habitación, y que comunicaba para algún servicio olvidado, con un cuarto del piso más alto del edificio. Con gran admiración, y con extraño e inexplicable temor, vio que la campanilla empezaba a oscilar. Oscilaba tan suavemente al principio, que apenas producía sonido; pero pronto sonó estrepitosamente y lo mismo hicieron todas las campanillas de la casa.Ello podría durar medio minuto, un minuto, mas a Scrooge le pareció una hora. Las campanillas dejaron de sonar como habían empezado: todas a la vez. A aquel estrépito siguió un ruido rechinante, que venía de la parte más profunda, como si alguien arrastrase una pesada cadena sobre los toneles del sótano del vinatero. Entonces recordó Scrooge haber oído que los espectros que se aparecían en las casas presentábanse arrastrando cadenas. La puerta del sótano abrióse con estrépito y luego se oyó el ruido con mucha mayor claridad en el piso de abajo: después el viejo oyó que el ruido subía por la escalera: después, que se dirigía derechamente hacia su puerta.-¿Patrañas, nada más! -dijo Scrooge-. No quiero pensar en ello.Sin embargo, cambió de color cuando, sin detenerse, el Fantsma pasó a través de la pesada puerta y entró en la habitación ante sus ojos. Cuando entró, la moribunda llama dio un salto, como si gritara: ¡Le conozco! ¡Es el fantasma de Marley!, y volvió a caer.La misma cara, exactamente la misma. Marley, con sus cabellos erizados, su chaleco habitual, sus estrechos calzones y sus botas, y con su casaca ribeteada. La cadena que arrastraba llevábala alrededor de la cintura; era larga y estaba sujeta a él como una cola, y se componía (pues Scrooge la observó muy de cerca) de cajas de caudales, llaves, candados, libros comerciales, documentos y fuertes bolsillos de acero. Su cuerpo era transparente, de modo que Scrooge, observándole y mirando a través de su chaleco, pudo ver los dos botones de la parte posterior de la casaca. Scrooge había oído decir muchas veces que Marley no tenía entrañas; pero nunca lo había creído hasta entonces.No, ni aun entonces lo creía. Aunque miraba al Fantasma de parte a parte y le veía en píe delante de él: aunque sentía la escalofriante influencia de sus ojos fríos como la muerte, y comprobaba aún el tejido del pañuelo que le rodeaba la cabeza y la barba, y el cual no había observado antes, sentíase aún incrédulo y luchaba contra sus sentidos.-¡Cómo! -dijo Scrooge, cáustico y frío como siempre- ¿Qué queréis de mí?-¡Mucho! -contestó la voz de Marley, pues tal era, sin duda.-¿Quién sois?-Preguntadme quién fui.-¿Quién fuisteis pues? -dijo Scrooge, alzando la voz.-En vida fui vuestro socio, Jacob Marley.-¿Podéís... podéis sentaros? -preguntó Scrooge, mirándole perplejo.-Puedo.-Sentaos, pues.Scrooge hizo esa pregunta porque no sabía si un fantasma tan transparente se hallaría en condiciones de tomar una asiento, y pensó que, en el caso de que le fuera imposible, habría necesidad de una explicación embarazosa. Pero el Fantasma tomó asiento enfrente del hogar, como si estuviera habituado a ello.-¿No creéis en mí? -preguntó el Fantasma. -No -contestó Scrooge.-¿Qué evidencia deseáis de mi existencia real, además de la de vuestros sentidos?-No lo sé.-¿Por qué dudáis de vuestros sentidos?-Porque lo más insignificante -dijo Scrooge- les hace impresión. El más ligero trastorno del estómago les hace fingir. Tal vez sois un trozo de carne que no he digerido, un poco de mostaza, una miga de queso, un pedazo de patata poco cocida. Hay más de guiso que de tumba en vos, quienquiera que seáis.Scrooge no tenía mucha costumbre de hacer chistes, y, según entonces sentíase el corazón, sus bromas tenían que ser chocarreras. Lo cierto es que procuraba mostrar agudeza como medio de distraer su propia atención y ahuyentar su terror, pues la voz del Fantasma le trastornaba hasta la médula de los huesos.Permanecer sentado con la vista clavada en aquellos ojos vidriosos, en silencio, durante unos instantes, sería estar, según pensaba Scrooge, con el mismo Demonio. Había algo muy espantoso, además, en la atmósfera infernal, propia de él, que rodeaba al Fantasma. Scrooge no pudo sentirla por sí mismo, pero no por eso era menos real, pues, aunque el Espectro se hallaba en completa inmovilidad, sus cabellos, los ribetes de su casaca, se agitaban todavía impulsados por el ardiente vapor de un horno.-¿Veis este mondadientes? -dijo Scrooge, volviendo apresuradamente a la carga, por la razón que acabamos de exponer. y deseando, aunque sólo fuera durante un segundo, apartar de él la pétrea mirada del aparecido.-Lo veo -replicó el Fantasma.-¡Si no lo miráis! -dijo Scrooge.-Pero lo veo, sin embargo -replicó el Fantasma.-¡Bien! -repuso Scrooge-. No haría yo más que tragármelo. y durante toda mí vida veríame perseguido por una legión de duendes creados por mi fantasía. ¡Patrañas. digo yo; patrañas!Entonces el Espíritu lanzó un grito espantoso y sacudió su cadena con un ruido tan terrible, que Scrooge tuvo que apoyarse en la silla para no caer desmayado. Pero mayor fue su espanto cuando el Fantasma, quitándose la venda que le ceñía la frente, como si notara demasiado calor bajo techado. dejó caer su mandíbula inferior sobre el pecho. Scrooge cayó de rodillas y se llevó las manos a la cara.-¡Perdón! -exclamó-. Terrible aparición ¿por qué me atormentáis?-Hombre apegado al mundo -replicó el Espectro--, ¿creéis en mí, o no?-Creo --contestó Scrooge- Tengo que creer. Pero, ¿por qué los espíritus vuelven a la tierra y por qué se dirigen a mí?-A todos los hombres se les exige -replicó el Fantasma- que su espíritu se aparezca entre sus conocidos y que viajen de un lado a otro; y si un espíritu no hace tales excursiones en su vida terrenal, es condenado a hacerlas después de la muerte. Es su destino vagar por el mundo -¿oh, miserable de mí? -y no poder participar de lo que ve, aunque de ello participan los demás y es la felicidad de ellos.El Fantasma lanzó otro grito y sacudió la cadena, retorciéndose las manos espectrales.-Estáis encadenado -dijo Scrooge temblando-. Decidme por qué.-Llevo la cadena que forjé en vida -replicó el Fantasma-. La hice eslabón a eslabón, metro a metro; la ciño a mi cuerpo por mi libre voluntad y por mi libre voluntad la usaré. ¿Os parece rara?Scrooge temblaba cada vez más.-¿O queréis saber -prosiguió el Fantasma- el peso y la longitud de la cadena que soportáis? Era tari larga y tan pesada como ésta hace siete Nochebuenas. Desde entonces la habéis aumentado. y es una cadena tremenda.Scrooge miró al suelo alrededor del Fantasma creyendo encontrarle rodeado por unas cincuenta o sesenta brazas de férreo cable; pero nada pudo ver.-¿Jacob -le dijo suplicante-, viejo Jacob Marley, habladme más! ¡Habladme para mi consuelo, Jacob!No tengo ninguno que dar...-replicó el Fantasma-. Eso viene de otras regiones, Scrooge, y por medio de otros ministros. a otra clase de hombres que vos. No puedo deciros todo lo que deseo. Un poquito más de tiempo se me permite solamente. No puedo reposar, no puedo detenerme, no puedo permanecer en ninguna parte. Mi espíritu nunca fue más allá de nuestro despacho..., ¡ay de mí!... En mí vida terrenal nunca mi espíritu vagó más allá de los estrechos límites de nuestra ventanilla para el cambio; ¡y qué fatigosas jornadas me quedan aún!Scrooge tenía por costumbre: cuando se ponía pensativo, meterse las manos en los bolsillos del pantalón. Considerando lo que el Fantasma había dicho, lo hizo así, pero sin levantar los ojos y sin alzarse del suelo.-Debéis haber sido muy calmoso en ese asunto, Jacob -hizo observar Scrooge, en actitud comercial, aunque con humildad y deferencia.-¡Calmoso! -repitió el Fantasma.-Siete años muerto -murmuró Scrooge-¿Y viajando todo ese tiempo?-Todo -dijo el Fantasma-, sin reposo, sin paz. ¡Incesante tortura del remordimiento!-¿Viajáis velozmente?-En las alas del viento.-Ya habréis recorrido un gran número de regiones en siete años -dijo Scrooge.Al oír esto el Fantasma lanzó otro grito, haciendo rechinar .la cadena de modo espantoso en el sepulcral silencio de la noche.-¡Oh, cautivo, atado y doblemente aherrojado! -gritó el Fantasma- ¡No saber que han de pasar a la eternidad siglos de incesante labor hecha por criaturas inmortales en la tierra, antes de que el bien de que es susceptible esté desarrollado por completo! ¡No saber que todo espíritu cristiano que obra rectamente en su reducida esfera. sea cual fuere, encontrará su vida mortal demasiado corta para compensar las buenas ocasiones perdidas! ¡No saber que ningún arrepentimiento puede evitar lo pasado! ¡Sin embargo. eso hice yo! ¡Oh, eso hice yo!-Pero vos siempre fuisteis un buen hombre de negocios, Jacob -tartamudeó Scrooge, que empezaba a aplicarse esto a sí mismo.-¡Negocios! -gritó el Fantasma, retorciéndose las manos de nuevo-. El género humano era mi negocio. El bienestar general era mi negocio: la caridad, la misericordia, la paciencia y la benevolencia: todo eso era mi negocio. ¡Mis tratos comerciales no eran sino una gota de agua en el océano de mis negocios!Sostuvo la cadena a lo largo del brazo, como si fuera la causa de toda su infructuosa pesadumbre, y la volvió a arrojar pesadamente al suelo.-En esta época del año -dijo el Espectro- sufro lo indecible. ¡Por qué atravesé tantas multitudes con los ojos cerrados, sin elevarlos nunca hacia la bendita estrella que guió a los Magos a la morada del pobre? ¿No había pobres a los cuales me guiara su luz?Scrooge estaba espantado de oír al Espectro hablar tan continuadamente y empezó a temblar más de lo que quisiera.-Oídme -gritó el Fantasma-. Mi tiempo va a acabarse.-Bueno -dijo Scrooge-. Pero no me mortifiquéis. ¡No hagáis floreos, Jacob, os lo suplico!-Lo que no me explico es que haya podido aparecer ante vos como una sombra que podéis ver, cuando he permanecido invisible a vuestro lado durante días y días.No era una idea agradable. Scrooge estremecióse y se enjugó el sudor de la frente.-Eso no es lo que menos me aflige -continuó el Espectro-. He venido esta noche a advertiros que aun podéis tener esperanza de escapar a mi influencia fatal: una esperanza que yo os proporcionaré.-Siempre fuisteis un buen amigo mío -dijo Scrooge-. Gracias.-Se os aparecerán -continuó el Fantasma- tres Espíritus.El rostro de Scrooge se alargó casi tanto como lo había hecho el del Fantasma.-¿Es ésa la esperanza de que hablabais, Jacob? -preguntó con voz temblorosa.-Esa. -Yo... yo preferiría no verlos -dijo Scrooge.-Sin su visita -replicó el Espectro- no podéis evitar la senda que yo sigo. Esperad al primero mañana, cuando la campana anuncie la una.-¿No podría recibir a todos de una vez, para terminar antes? -insinuó Scrooge.-Esperad al segundo la noche siguiente a la misma hora. Al tercero, a la otra noche, cuando cese de vibrar la última campanada de las doce. Pensad que no me volveréis a ver y cuidad, por vuestro bien, de recordar lo que ha pasado entre nosotros.Dichas tales palabras, el Fantasma tomó su pañuelo de encima de la mesa y se lo ciñó alrededor de la cabeza, como antes. Scrooge lo conoció en el agudo sonido que hicieron los dientes al juntarse las mandíbulas por medio de aquel vendaje. Se aventuró a levantar los ojos y encontró a su visitante sobrenatural mirándole de frente, en actitud erguida, con su cadena alrededor del brazo.La aparición fue apartándose de Scrooge hacia atrás, y a cada paso que daba, abríase la ventana un poco, de modo que cuando el Espectro llegó a ella estaba de par en par. Hizo señas a Scrooge para que se acercara, y éste obedeció. Cuando estuvieron a dos pasos uno de otro, el espectro de Marley levantó una mano, advirtiendo a Scrooge que no se acercara más. Scrooge se detuvo. No tanto por obediencia como por sorpresa y temor, pues, al levantar la mano el Espectro, advirtió ruidos confusos en el aire, incoherentes gemidos de desesperación, lamentos indeciblemente pesarosos y gritos de arrepentimiento. El Fantasma, después de escuchar un momento, se unió al canto fúnebre y salió flotando en la helada y obscura noche.Scrooge se dirigió a la ventana, pues se moría de curiosidad. Miró afuera. El aire estaba lleno de fantasmas, que vagaban de aquí para allá en continuo movimiento y gemían sin detenerse. Todos llevaban cadenas como la del fantasma de Marley: algunos (tal vez gobernantes culpables) estaban encadenados en grupo; ninguno tenía libertad. A muchos los había conocido Scrooge cuando vivían. Había sido íntimo de un viejo espectro, con chaleco blanco, con una monstruosa caja de hierro sujeta a un tobillo, y que se lamentaba a gritos al verse impotente para socorrer a una infeliz mujer con una criaturita, a la que veía bajo él en el quicio de una puerta. El castigo de todos los fantasmas era, evidentemente, que procuraban con afán aliviar los dolores humanos y habían perdido para siempre la posibilidad de conseguirlo.Si tales fantasmas se desvanecieron en la niebla, o la niebla los amortajó, no podría decirlo Sçrooge. Pero ellos y sus voces sobrenaturales se perdieron juntos, y la noche volvió a ser como cuando llegó a su casa.Cerró Scrooge la ventana y examinó la puerta por donde había entrado el Fantasma. Estaba cerrada con dos vueltas de llave, como él la cerró con sus propias manos, y los cerrojos sin señal de violencia. Intentó decir ¡Patrañas!, pero se detuvo a la primera sílaba. Y hallándose muy necesitado de reposo, por la emoción que había sufrido, o por las fatigas del día, o por haber entrevisto el Mundo Invisible, o por la abrumadora conversación del Espectro, o por lo avanzado de la hora, se tendió resueltamente en el lecho. sin desnudarse, y al instante se quedó dormido".Charles Dickens
(Como no y oliendo a tipico si, pero no a ser la primera Navidad del blog, creo que el Maestro Dickens se merece el relato de hoy ^^, disfrutadlo quien no lo haya echo todavia.
jueves, 24 de diciembre de 2009
"El Brujo Postergado"
"En Santiago había un deán que tenía gran deseo de saber el arte de la nigromancia. Oyó decir que don Ilián de Toledo la sabía más que ninguno, y fue a Toledo a buscarlo.El día que llegó a Toledo enderezó a la casa de don Illán y lo encontró leyendo en una cámara muy apartada. Este lo recibió con bondad, le dijo que postergara el motivo de su visita hasta después de almorzar. Le señaló un alojamiento muy fresco y le dijo que lo alegraba mucho su venida. Después de almorzar, el deán le refirió la razón de aquella visita y le rogó que le enseñara la ciencia mágica. Don lllán le dijo que adivinaba que era deán, hombre de buena posición y buen porvenir, y que temía ser olvidado luego por él. El deán le prometió y aseguró que nunca olvidaría aquella merced y que estaría siempre a sus ordenes.Ya arreglado el asunto, explicó don Illán que las artes mágicas no podían aprenderse sino en lugar apartado, y tomándolo por la mano lo llevó a una pieza contigua en cuyo piso había una gran argolla de hierro. Antes le dijo a una sirvienta que trajese perdices para la cena, pero que no las pusiera a asar hasta que la mandara. Levantaron la argolla entre los dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada hasta que al deán le pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca. Revisaron los libros y en eso estaban cuando entraron dos hombres, con una carta para el deán escrita por el Obispo su tío, en la que le hacía saber que estaba muy enfermo y que si quería encontrarlo vivo no demorase.Al deán lo contrariaron mucho estas nuevas, lo uno por la dolencia de su tío, lo otro, por tener que interrumpir los estudios. Optó por escribir una disculpa y la mandó al Obispo. A los tres días llegaron unos hombres de luto con otras cartas para el deán, en las que se leía que el Obispo había fallecido, que estaban eligiendo sucesor, y que esperaban por la gracia de Dios que lo elegirían a él. Decían también que no se molestara en venir, puesto que parecía mucho mejor que lo eligieran en su ausencia.A los diez días vinieron dos escuderos muy bien vestidos, que se arrojaron a sus pies y besaron sus manos y lo saludaron Obispo. Cuando don Illán vio estas cosas, se dirigió con mucha alegría al nuevo prelado y le dijo que agradecía al Señor que tan buenas nuevas llegaran a su casa. Luego le pidió el decanazgo vacante para uno de sus hijos. El Obispo le hizo saber que había reservado el decanazgo para su propio hermano pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Santiago. Fueron para Santiago los tres, donde los recibieron con honores. A los seis meses el Obispo recibió mandaderos del Papa, que le ofrecía el Arzobispado de Tolosa, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El Arzobispo le hizo saber que había reservado el obispado para su propio tío, hermano de su padre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Tolosa. Don Illán tuvo que asentir.Fueron para Tolosa los tres, donde los recibieron con honores y misas. A los dos años el Arzobispo recibió mandaderos del Papa, que le ofrecía el capelo de Cardenal, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su hijo. El Cardenal le hizo saber que había reservado el Arzobispado para su propio tío, hermano de su madre, pero que había determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Roma. Don Illán tuvo que asentir. Fueron para Roma los tres, donde los recibieron con honores y misas y procesiones.A los cuatro años murió el Papa y el Cardenal fue elegido para el Papado por todos los demás. Cuando don Illán supo esto, besó los pies de Su Santidad, le recordó la antigua promesa y le pidió el Cardenalato para su hijo. El Papa lo amenazó con la cárcel, diciéndole que bien sabía él que no era más que un brujo y que en Toledo había sido profesor de artes mágicas. El miserable don Illán dijo que iba a volver a España y le pidió algo para comer durante el camino. El Papa no accedió. Entonces don Illán dijo con una voz sin temblor:—Pues tendré que comerme las perdices que para esta noche encargué. —La sirvienta se presentó y don Illán le dijo que las asara. A estas palabras, el Papa volvió a hallarse en la celda subterránea, solamente deán de Santiago, y tan avergonzado de su ingratitud que no atinaba a disculparse. Don Illán dijo que bastaba con esa prueba, le negó su parte de las perdices y lo acompañó hasta la calle, donde le deseó feliz viaje y lo despidió con gran cortesía".Don Juan Manuel, versión de Jorge Luis Borges (Literatura universal de la infamia)
miércoles, 23 de diciembre de 2009
"El Sabueso"
"En mis lacerados oídos palpitan incesantemente un chillido y un aleteo de pesadilla, y un breve ladrido lejano, como el de un descomunal sabueso. No es un sueño... y temo que tampoco sea locura, ya que son muchos los hechos que me han acaecido para que pueda permitirme esas piadosas dudas.St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la naturaleza de mi conocimiento es tal que estoy a punto de volarme la cabeza por terror a ser destrozado de la misma manera. En los oscuros e interminables pasillos de la horrible fantasía se pasea Némesis, la diosa de la venganza negra, que me incita a la aniquilación.¡Que el cielo perdone la demencia y la morbosidad atraída por la nefasta suerte! Hartos de los temas de un mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden rápidamente su color, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían erradicar nuestro tedioso aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad de nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en cansarnos, hasta que no quedó otro camino que el de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y aventuras personales. Aquella espantosa necesidad de emociones nos condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso sendero de los saqueadores de tumbas.No puedo revelar los detalles de nuestras brutales expediciones, ni nombrar el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que creamos en la monolítica casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico habíamos reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar nuestras viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces el perfume de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo oriental, y a veces (¡cómo me estremezco al recordarlo!) la espantosa fetidez de una tumba descubierta.Alrededor de las paredes de aquella repulsiva habitación había féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas vasijas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de descomposición.Había estatuas y cuadros, todos perversos y algunos realizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento, en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar un especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí mismo.Las expediciones, en las cuales recogíamos nuestros tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar. Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más exquisita de expresión, y brindábamos a sus detalles un minucioso cuidado. Una hora inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación del húmedo césped, destruían para nosotros la fervorosa emoción que acompañaba a la exhumación. Nuestra búsqueda de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable. St. John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad.¿Qué espantoso destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida luna otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles; los grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse con el descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de murciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los insectos que danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los olores a humedad, a vegetación y a cosas menos explicables que se mezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún gigantesco sabueso al cual no podíamos ver. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y los colmillos de un execrable animal.Luego, nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en descubrir una pútrida caja de forma oblonga. Era increíblemente recia, pero tan antigua que conseguimos abrirla.Mucho era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque quebrado en algunos sitios por las mandíbulas del ser que le había producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, de bestialidad y odio. En torno de la base llevaba una inscripción en unos caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo, como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable cráneo.En cuanto vimos el amuleto supimos que debíamos poseerlo. Aun en el caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta de que nos parecía familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y literatura conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros reconocimos en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central. No nos costó ningún trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de muertos.Apoderándonos del objeto de jade verde, dirigimos una última mirada al cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos encontrado. Mientras nos marchábamos apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto en el bolsillo de St. John, nos pareció ver que los murciélagos descendían en tropel hacía la tumba que acabábamos de profanar, como si buscaran en ella algún repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.Al día siguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para regresar a nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con seguridad.Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas habitaciones de una antigua mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada; de modo que en nuestra puerta sonaba muy raramente la llamada de un visitante.Ahora, sin embargo, estábamos preocupados por lo que parecía ser un frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor de las puertas, sino también alrededor de las ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella, y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy lejos de la casa. Una minuciosa investigación no nos permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en nuestro museo. Leímos mucho en el Necronomicón de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de las relaciones de las almas con los objetos que las simbolizan y quedamos desasosegados por lo que leímos.Luego llegó el terror.La noche del 24 de septiembre de 19... oí una llamada en la puerta de mi dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John lo invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas se convirtió en una espantosa realidad.Cuatro días más tarde, mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado la posibilidad de que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando todas las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara precipitadamente, una rara mezcla de susurros. En aquel momento no tratamos de decidir si estábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones, fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían sido proferidos en idioma holandés.Después de aquello vivimos en medio de un creciente horror, mezclado con cierta fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a la teoría de que estábamos enloqueciendo a causa de nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces nos complacía más dramatizar acerca de nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora demasiado frecuentes para ser contadas. Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie de huellas de pisadas completamente imposibles de describir.El horror alcanzó su culminación el 18 de noviembre, cuando St. John, regresando a casa al oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril, fue atacado por algún espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían llegado hasta la casa y yo me había apresurado a dirigirme al lugar: llegué a tiempo de oír un extraño aleteo y de ver una vaga forma negra silueteada contra la luna que se alzaba en aquel momento.Mi amigo estaba muriendo cuando me acerqué a él y no pudo responder mis preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue susurrar:-El amuleto..., aquel maldito amuleto...Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte de carne lacerada.Lo enterré al día siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que él había amado en vida. Y mientras pronunciaba la última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el pantano una ancha y nebulosa sombra que volaba, cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del amuleto de jade verde.Temeroso de vivir solo en la antigua mansión, al día siguiente me marché a Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y enterrar el resto de la impía colección del museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Malecón Victoria, vi que una sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría en atacarme a mí.Al día siguiente empaqué el amuleto de jade verde y viajé hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el objeto a su silencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de evadir la amenaza que pesaba sobre mi. Lo que pudiera ser el sabueso, y los motivos para que me hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por primera vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los hechos siguientes, incluido el moribundo susurro de St. John, habían servido para relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en la desesperación cuando, en una posada de Róterdam, descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único medio de salvación.Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañana leí en el periódico un espantoso suceso en el barrio más pobre de la ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda una familia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve, profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantesco sabueso.Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo un dedo burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente de helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil y cesó por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes había profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado volando curiosamente alrededor del sepulcro.No sé por qué había acudido allí, a menos que fuera para rezar o para murmurar disculpas al tranquilo esqueleto que reposaba en su interior; pero, más allá de mis motivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación tanto mía como de una voluntad dominante ajena a mí mismo. La excavación resultó fácil, aunque en un momento me encontré con una extraña interrupción: un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó frenéticamente en la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de azada. Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la enmohecida tapa.Aquél fue el último acto racional que realicé.Ya que en el interior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándome fijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados brillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron paso a un sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde, eché a correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en estallidos de risa histérica.La locura viaja sobre el viento..., garras y colmillos afilados en siglos de cadáveres..., la muerte en una bacanal de murciélagos procedentes de las ruinas de los templos enterrados de Belial... Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido".H.P.Lovecraft
martes, 22 de diciembre de 2009
"El Viento en el Pórtico"
Un viento ardiente viene desde los yermos… No ventila, ni purifica. Un viento lleno de amenazas viene sobre mí.Jeremías IV, 11-12"I.Nightingale era un hombre difícil de describir.Sus aventuras con los beduinos podían haberlo convertido en una leyenda; pero inmediatamente después de hablar con ellos, proclamó haber ganado la guerra y dio por zanjado el asunto. Era un tipo delgado y enigmático, de unos treinta años, que andaba siempre encorvado. Llevaba unas gafas tan gruesas que era imposible adivinar el color de sus ojos. Viéndolo por primera vez con aquel aspecto apocado y husmeador, vestido con un albornoz de lo más prosaico, nadie hubiese podido imaginarlo mandando un ejército de tribus árabes. Me imagino que su poder podía explicarse, sobre todo, por su extravagancia. Las gentes del desierto pensaron que Alá había puesto la mano sobre él. Nightingale, por su parte, demostró valor, voluntad e imaginación. Después de aquello regresó a su casa en Cambridge y declaró que, gracias a Dios, ese capítulo de su vida había terminado definitivamente. Como digo, él nunca mencionó las hazañas que lo habían hecho famoso. Conocía bien su oficio, y es probable que se diera cuenta de que para mantener el equilibrio mental tenia que echar un velo sobre todo aquello. Respetábamos su decisión y en nuestras conversaciones nunca aludíamos a Arabia.Fue un comentario casual lo que le hizo contarnos la siguiente historia. Mr. Hannay había estado hablando sobre su casa de Cotswold, en el camino de Fosse, y decía lo mucho que le extrañaba el hecho de que una civilización tan elaborada como la de la Britania Romana hubiese desaparecido sin dejar otro rastro en la historia del país que unas pocas ruinas, trazados de vías y algunos nombres de lugares. El historiador Peckwether tenia bastante que decir acerca de lo mucho que la tradición romana estaba unida a la cultura sajona.—Roma no ha muerto todavía —dijo—; sólamente duerme.Nightingale asintió con la cabeza.—Y algunas veces habla en sueños... Una vez me asustó tanto que me trastornó.Después de presionarle mucho nos contó esta historia. No era un buen conversador, así que prefirió escribirla y terminó leyéndola durante la siguiente velada. Éste es su manuscrito.II.Existe un lugar en Shropshire que no quiero volver a visitar. Está situado entre Ludlow y las colinas, en un profundo valle repleto de bosques. Su nombre es St.Sant, un pueblo con una gran casa junto a un parque, de un río llamado Vaun, a unas cinco millas de la pequeña ciudad de Faxeter. En esas comarcas galesas los topónimos son verdaderamente extraños. Y no es lo único raro que hay por allí. Volvía a Cambridge, después de unas largas vacaciones en Gales. Todo ocurrió antes de la guerra, cuando acababa de conseguir una beca y me disponía a realizar un trabajo académico. Era una preciosa noche de luna llena, a principios de octubre, y pretendía llegar hasta Ludlow para cenar y dormir. Eran cerca de las ocho y media, la carretera estaba vacía, se circulaba bien y avanzaba alegremente cuando algo ocurrió con los faros de mi coche. Era una cosa sin importancia, así que me detuve en las afueras del pueblo para arreglarlos yo mismo. Paré justo delante de los muros de una mansión rural. Al otro lado de la carretera se había detenido un carruaje, y dos hombres, que debían ser criados de la casa, descargaban unos bultos de un carretón.La luna brillaba con claridad, así que podía ver lo que hacían. Cuando terminé el arreglo de los faros, quise estirar un poco las piernas y me acerqué hasta ellos. No me oyeron llegar, el carretero parecía estar dormido, sentado en su percha. Los bultos eran los típicos envíos de alguna gran tienda de la ciudad. Pero advertí que aquellos dos hombres los manejaban con cautela y, a medida que los depositaban en el carretón, les arrancaban la etiqueta de origen y les pegaban otra diferente. Las nuevas etiquetas eran bastante raras, grandes y cuadradas, con alguna dirección escrita en ellas con letras mayúsculas muy enigmáticas. No había nada de extraño en ello, pero las caras de aquellos hombres me confundían, ya que, aunque eran extremadamente cuidadosos, parecían hacer su trabajo con mucha excitación, anhelando terminar pronto. Aquella tarea parecía ser para ellos un asunto de tremenda importancia. Me situé de manera que pudiese ver sus rostros y noté que estaban pálidos y tensos. Se trataba de criados o mayordomos, ya mayores, y habría jurado que estaban asustados.Arrastré los pies para que se dieran cuenta de mi presencia y saludé de forma intrascendente, comentando la buena noche que hacía. Se sobresaltaron como si estuviesen robando un cadáver. Uno de ellos contestó algo, pero el otro cogió un bulto que se escurría y, en un tono de violenta alarma, adviritó a su compañero para que tuviese cuidado. Me dio la impresión de que manipulaban explosivos. Aquella noche, en mi habitación de Ludlow, consulté mi mapa e identifiqué el lugar donde había visto a los hombres. El pueblo era St. Sant, y parecía que la tapia ante la que me había detenido pertenecía a una respetable propiedad llamada Vauncastle Hall.Ésa fue mi primera visita. En aquellos días yo me hallaba ocupado en una escrupulosa edición de Theocrilus, para la que necesitaba una exhaustiva comparación de diferentes manuscritos. Había oído hablar de una variante inglesa del código de los Médicis que nadie había consultado desde Guisford. Después de muchos problemas, averigüé que se encontraba en la biblioteca de un hombre llamado Dubellay. Le escribí a su club de Londres y recibí, con gran sorpresa, una respuesta de Vauncastle Hall, en Faxeter, Gales.Era una extraña carta, en la que se me daba a entender que me fuera al diablo, aunque de una forma muy cortés. Yo insistí, ya que el tono no era taxativo. Intercambiamos varias misivas y el resultado final fue un permiso para examinar su manuscrito. No me invitó a quedarme en su casa, pero mencionó una pequeña y confortable posada en St. Sant. Mi segunda visita, pues, empezó el 27 de diciembre, después de haber pasado las Navidades en Cambridge. Habíamos tenido una semana de fuertes heladas que luego remitieron un poco, aunque el frio era todavía riguroso, con cielos cargados que amenazaban nieve. Salí hacia Faxeter en coche, y recuerdo que cuando ascendía por el valle pensaba que aquél era un curioso y triste país. Las colinas, rebosantes de bosques, eran demasiado bajas para resultar impresionantes. Sus cimas mostraban pequeñas, despejadas y divertidas prominencias de color gris que sugerían un origen volcánico. Podía haber sido uno de esos panoramas que se encuentran en las primeras pinturas italianas del siglo XV, sin luz ni color.Cuando avisté el río Vaun entre los prados descoloridos, parecía como "el agua pálida" de las canciones ribereñas. Tampoco los bosques tenían la amigable desnudez de los montes ingleses en invierno. Permanecían oscuros y nublados, como si escondieran algún secreto. Antes de llegar a St. Sant concluí que el paisaje no sólo era triste sino también amenazante. Encontré la posada de St. Sant muy de mi gusto. Se levantaba en la única calle existente, entre casas de un solo piso, como un alegre faro con cortinas rojas en las ventanas de lo que parecía ser el salón-bar. El interior causaba una impresión todavía mejor. Ocupé un dormitorio con un acogedor fuego y cené en una habitación de madera llena de divertidos retratos de sabuesos delgaduchos y caballos con el lomo hundido. Durante mi viaje había estado muy deprimido, pero esta comodidad me levantó la moral; y cuando la casa me invitó a una botella de vino de Oporto, el patrón se sentó conmigo para beber un trago. Era un antiguo guardabosques, casado con una mujer mucho más joven que él que era la que, en realidad, se ocupaba de la administración del negocio. Sentía curiosidad por saber algo acerca del poseedor del manuscrito, pero el dueño me contó muy poco. Conoció bien al antiguo hacendado pero no había tratado nunca al actual. Oi hablar mucho de los Dubellay en general; del lord junto al que había cazado durante cuarenta años; de su hermano, caído en Abu Kea, resistiendo heroicamente hasta la muerte; y de toda clase de parientes colaterales. Los «Deblay» parecían ser una raza altiva y generosa; apreciada por aquellos lugares. Pero en lo referente al dueño actual de Vauncastle Hall, no quería ni podía decir nada. El hacendado era un «gran erudito», aunque no practicaba ningún deporte ni era una persona jovial como sus predecesores. Se había gastado un dineral en la casa, y eso que nadie lo visitaba nunca. Mi informante no había vuelto a esos terrenos desde que llegó el nuevo dueño. Aunque, eso sí, en los viejos tiempos se habían celebrado copiosos banquetes de arrendatarios y cazadores en los jardines. Me fui a la cama con una imagen bastante clara del hombre con el que me tenía que entrevistar la mañana siguiente. Un recluso instruido y algo excéntrico, que coleccionaba tesoros, adornaba su morada y, probablemente, pasaba la vida en su biblioteca. Iba con bastante ilusión a su encuentro, ya que el tipo de propietario sencillo y deportista, tan usual en nuestros distritos rurales, no era objeto de especial simpatía por mi parte.A la mañana siguiente, después de desayunar, me encaminé hacia Vauncastle Hall. El tiempo seguía igual de frío y pesado, y cuando atravesé el muro de entrada, pareció como si el aire se hiciera más virulento y el cielo más tenebroso. El lugar estaba lleno de grandes árboles que, en su desnudez invernal, causaban una triste impresión. Había una gran avenida de viejos sicomoros a través de los cuales podía vislumbrarse con dificultad el parque helado. Me orienté y me di cuenta de que estaba caminando más o menos en dirección al sur y descendiendo gradualmente. La casa debía estar en algo parecido a un antiguo barranco. Pronto los árboles se aclararon. Atravesé una segunda verja de hierro, salí a un gran césped descuidado, adornado con un desorden de laureles y rododendros, y me encontré ante la casa. Esperaba algo espléndido: una vieja fachada de estilo Tudor o de tiempos de la reina Ana, o bien un majestuoso pórtico georgiano. Quedé desilusionado, ya que su aspecto era del todo ordinario. Era baja e irregular, como la parte trasera de una casa; e imaginé que, en otro tiempo, el edificio había sido modificado y la vieja puerta de la cocina se convirtió en la entrada principal. Mi impresión quedó confirmada al observar que los tejados se levantaban en fila, como uno de esos esconzados rascacielos de Nueva York, de tal modo que las actuales partes traseras del edificio tenían una altura impresionante.La rareza de aquel lugar me interesaba, y más aún su estado ruinoso. ¿En qué diablos podía el propietario haberse gastado el dinero? Todo —césped, arriate, senderos— estaba descuidado. Existía un portal de piedra nuevo, pero las paredes necesitaban con urgencia un rejuntado, el maderaje de las ventanas no había sido pintado desde hacía muchísimos años, y varios cristales estaban rotos. El timbre no sonaba, así que no me quedó más remedio que golpear la puerta con el aldabón, y creo que pasaron diez minutos antes de que me abrieran la puerta. Un pálido mayordomo, uno de los hombres que había visto descargando cosas en la carretera dos meses antes, estaba de pie en la entrada, parpadeando. Cuando pronuncié mi nombre, me hizo pasar sin preguntar nada, pues era evidente que me esperaba. El hall fue mi segunda sorpresa. ¿Qué había sido del coleccionista misántropo y refinado? El lugar era pequeño, encogido y estaba amueblado con la misma sobriedad que el vestíbulo de una granja. Lo único que aprobé fue su moderada calidez. A diferencia de la mayoría de las casas de campo inglesas, aquí funcionaba un sistema de calefacción excelente. Se me condujo a una pequeña habitación oscura, con una ventana que daba a la maleza, donde permanecí mientras el hombre iba a buscar a su patrón. Mi principal sentimiento era de gratitud por no haber sido invitado a quedarme, ya que la posada era un paraíso comparada con este sepulcro. Estaba examinando los grabados de la pared, cuando oí pronunciar mi nombre, y me volví para saludar al señor Dubellay.Fue mi tercera sorpresa. Me lo había imaginado como un viejo y fastidioso letrado, con gafas suspendidas de un cordel y un carácter «fino» y remilgado. En lugar de esto me encontré con un hombre relativamente joven, un tipo fuerte, ataviado con las más ásperas ropas campesinas. Parecía ser algo descuidado, iba sin afeitar, su cuello de franela estaba gastado de mala manera y sus uñas pedían a gritos un buen arreglo. Su cara era difícil de describir: tenía un color subido pero enfermizo, era amable pero, al mismo tiempo, astuta. Y, sobre todo, expresaba inquietud. Me dio la impresión de ser un hombre con los nervios a flor de piel y de estar permanentemente en guardia. Pronunció unas cuantas palabras de cumplido y me arrojó un paquete de color marrón, pésimamente atado.—Aquí está su manuscrito —dijo con soltura.Yo estaba desconcertado. Esperaba que se me permitiera comparar el códice en la biblioteca, y en los últimos minutos me había percatado de que las perspectivas no eran alentadoras. Ante mí tenía al casual poseedor de un códice inapreciable, que me lo ofrecía sin apenas conocerme, y que dejaba que me lo llevase. Le di las gracias balbuceando, y añadí que era muy amable por su parte el confiar tal tesoro a un extraño.—Sólo hasta la posada —agregó—. No quería enviarlo por correo, pero no hay nada de malo en que trabaje con él en el pueblo. Tiene que haber confianza entre los eruditos. —Y se echó a reír a carcajadas, de una manera extraña.—Me gusta su plan —contesté—. Aunque pensé que usted insistiría en que me quedara a trabajar aquí.—No, de veras que no —contestó fervorosamente—. Nunca pensaría en tal cosa... No lo haría por nada del mundo... Sería un insulto a nuestro gremio y una falta de tacto por mi parte... Así es como lo consideraría.Continuamos hablando unos minutos más. Me enteré de que había heredado los bienes de un primo suyo y que hacía más de diez años que vivía en Vauncastle. Anteriormente había sido abogado en Londres. Me hizo una o dos preguntas sobre Cambridge. Le hubiese gustado asistir a esa universidad; tenía muchos inconvenientes en su trabajo debido a una deficiente educación. ¿Era yo un erudito en griego? ¿También en latín?. Maravillosa gente los romanos... Hablaba con toda libertad, pero sus extraños e incansables ojos se movían todo el tiempo de un lado para otro, y yo tenía la rara impresión de que le habría gustado contarme algo sobre aquellos lugares, citar algún asunto, pero que el miedo y la timidez le detenían. Su mirada era extraña. Me marché sin que me invitara a comer, cosa que no sentí en absoluto ya que no me gustaba la atmósfera de aquel lugar. Tomé un atajo a través del ajado césped y, al llegar a la cima de la cuesta, me volví para mirar hacia atrás.La casa era enorme y advertí que mis suposiciones iniciales parecían ser correctas y que algo que debía de ser el edificio principal quedaba al otro lado. Me preguntaba si era como la Alhambra que, detrás de una fachada semejante a la de una fábrica, esconde una maravilla. También percibí que el selvático barranco era más espacioso de lo que había imaginado. La casa, tal como estaba ahora, encaraba hacia el norte, y detrás de la cara sur existía un espacio abierto, en donde imaginé que podía haber un lago. A lo lejos pude distinguir en la oscuridad de diciembre unas altas y tenebrosas colinas. Aquella noche la nieve cayó en abundancia y continuó haciéndolo durante la mayor parte de los dos días siguientes. Azucé el fuego en mi habitación y me enfrasqué con el códice. Había traído tan sólo mis libros de trabajo y la posada no tenía biblioteca, así que cuando deseaba descansar bajaba a la cantina o charlaba en el salón-bar. Los aldeanos que se congregaban en el primer lugar eran tipos agradables pero, como ocurre casi siempre con la gente de nuestras provincias, no les gustaba hablar con extraños y poca cosa dijeron del Hall. El antiguo hacendado cazaba cada año tres mil faisanes; no obstante, el propietario actual no permitía ningún disparo de fusil en su terreno, ya que -según él– tan sólo quedaban algunos pájaros salvajes. Por esta razón, los bosques estaban repletos de animales.Esto me contaron cuando mostré cierto interés por la propiedad. Y nada más. Del señor Dubellay no querían hablar, declarando que nunca le habían visto. Me atrevo a decir que, en realidad, había bastantes murmuraciones a su costa, y me dio la impresión de que en aquella reserva de mis interlocutores había algo de miedo. La patrona, que procedía de otro condado, era más comunicativa. No habia conocido a los antiguos Dubellay, y, por lo tanto, no podía hacer ninguna comparación, aunque se inclinaba a considerar que el hacendado actual no estaba bien de la cabeza.—Se comenta... —empezó diciendo.Pero como también ella padecía alguna inhibición, lo que prometía ser algo sensacional se convirtió en una historia vulgar. Al parecer, había una cosa que confundía a la vecindad por encima de todo. Y eso era la reorganización de la casa.—Se comenta —decía con cierto temor– que ha construido una gran iglesia.Ella nunca había estado allí, nadie lo había hecho, puesto que el hacendado Dubellay no permitía la entrada a ningún intruso; pero se podía ver desde Lyne Hill, a través de una abertura en el bosque.—No es un buen cristiano —me dijo—. Se ha peleado varias veces con el vicario. Pero todos aseguran que “adora” algo allí.Me enteré de que no había sirvientas en la casa, tan sólo hombres contratados en Londres.—Pobres ignorantes. Deben vivir de una forma bastante triste; así, sin mujeres... —y la rolliza dama se encogió de hombros y se echó a reír de una manera burlona.El último día de diciembre decidí que necesitaba hacer ejercicio y me dispuse a realizar una larga caminata. La nieve había dejado de caer aquella misma mañana y el oscuro cielo se había vuelto claro y azul. Todavía hacia frío, es cierto; pero el sol brillaba, la nieve del camino era dura y quebradiza, y yo podía explorar someramente el país. Después del almuerzo me calcé unas gruesas botas y unas polainas y me dirigí hacia Lyne Hill. Era un recorrido considerable, ya que el lugar estaba situado al sur del parque de Vauncastle Hall. Desde allí esperaba poder ver el otro lado de la casa. No quedé desilusionado. Había un claro entre los espesos bosques, y más abajo, a unas dos millas, vi de repente un extraño edificio, algo así como un templo clásico. Tan sólo asomaban las cornisas y las puntas de los pilares por encima de los árboles, pero estaban allí, anacrónicamente vivas y tenebrosas, contra un fondo cubierto de nieve. El espectáculo que veía desde aquel solitario lugar era tan sorprendente que me conmocionó. Recuerdo que eché una ojeada a mis espaldas, hacia las nevadas hileras de montanas galesas, y parecía como si hubiese estado contemplando un paisaje invernal de los Apeninos, dos mil años atrás.Mi curiosidad estaba ahora alerta y decidí contemplar esta maravilla más de cerca. Dejé el camino y surqué los nevados campos en dirección a los bosques. A partir de ese momento empezaron las contrariedades. Me adentré en algo parecido a una selva primitiva, un lugar en el que durante cientos de años nadie hubiese atravesado los senderos, permitiendo que la maleza creciese desenfrenada. Atravesé profundos hoyos y vaguadas. Zarzas y espinas salvajes desgarraron mis ropas y arañaron mi piel; pero seguí avanzando, manteniendo el rumbo lo mejor que pude. Por fin se acabaron los árboles. Ante mí se extendía un espacio abierto que sabia que era un lago. Y más allá se levantaba el templo. Ocupaba la misma extensión que la fachada que yo ya conocía, y desde donde me encontraba era difícil creer que detrás hubiese una casa, la vivienda de un típico hacendado galés. Era una preciosa obra de arte —me di cuenta al primer vistazo—, majestuosa y de admirables proporciones; sin embargo no seguía con exactitud ninguno de los modelos clásicos. Podía imaginar un interior grande y retumbante, oscuro a causa del humo del sacrificio; y al reflexionar, me di cuenta de que el peristilo no podía continuar bajando por los dos lados, que no existía ningún interior, y que lo que yo estaba mirando era tan sólo un pórtico.Aquello era, a simple vista, impresionante y absurdo. ¿Qué locura albergaba Dubellay cuando adornó su casa con un parterre tan grandioso? El sol se ocultaba y las sombras de las colinas repletas de bosques nevados oscurecían el edificio de tal manera que apenas podía distinguir la pared trasera del pórtico. Quería contemplarlo de cerca, así que decidí atravesar a pie la helada superficie del lago. Entonces tuve una rara experiencia. No podía estar tan cansado; la nieve, hasta aquel momento, había sido dura y practicable, y el hielo que tenía bajo mis pies ofrecía una superficie uniforme y cómoda. Sin embargo, sentía un agotamiento extremo. El aire, antes gélido y cortante, soplaba ahora caliente y opresivo. Arrastraba las botas como si pesaran toneladas. Notaba un silencio casi ominoso en medio de la helada. Y en el edificio de enfrente no había el menor indicio de vida. Por fin alcancé la otra orilla y me encontré en un helado sendero de juncos y esqueléticas mimbreras. Eran más altos que yo y para ver el pórtico tenía que levantar la cabeza y mirar a través de sus nevadas tracerías. Se hallaba quizás a unos ochenta pies sobre mí y a unas cien yardas de distancia. Cuando me encontré junto a él, los delicados pilares parecían elevarse hasta una considerable altura. Pero todavía estaba oscuro, y el único detalle que se podía observar era el techo, que parecía esculpido o pintado con figuras monocromáticas profundamente oscuras.De repente el agonizante sol penetró en declive por una abertura en las colinas y, por un instante, todo el pórtico, hasta sus más recónditas entrañas, quedó inundado por un luminoso color dorado y escarlata. Aquello fue maravilloso, pero había algo más. El aire era sumamente tranquilo, sin el menor indicio de viento; tan calmado que cuando media hora antes había encendido un cigarrillo, la llama de la cerilla ardió de forma uniforme hacia arriba, como la vela de una habitación. Mientras estaba entre las juncias no se agitó ni un solo cristal de escarcha... Pero en el pórtico soplaba un extraño viento. Podía ver cómo levantaba plumas de nieve de la base de los pilares hasta recubrir las cornisas. El suelo parecía barrido; y, sin embargo, diminutos copos que caían de los sobresalientes bordes iban amontonándose en él. Un furioso movimiento se apoderó del interior aunque a una yarda de allí reinaba una tranquilidad helada. No podía decir de dónde venía ese viento pero sí que era cálido, cálido como el aliento de un horno. De pronto, tuve miedo de que la noche me atrapara en aquel lugar. Me volví y eché a correr. Atravesé el lago a marchas forzadas, jadeante y sofocado, con una calurosa y mortal opresión; avanzaba a ciegas, impulsado por una especie de instinto en dirección al pueblo. No me detuve hasta que hube atravesado con gran esfuerzo el gran bosque y salido a una abrupta pradera por encima de la carretera principal. Luego me dejé caer al suelo y sentí de nuevo el reconfortante escalofrío del aire de diciembre.La aventura me dejó de un humor incómodo. Estaba avergonzado de mí mismo por haber hecho el tonto y, al mismo tiempo, desconcertado y confuso, ya que cuanto más pensaba en los incidentes de aquella tarde, menos explicaciones encontraba. Una cosa tenía clara: este lugar no me gustaba y quería marcharme. Había llegado ya a la última parte de mis estudios, de modo que me recluí durante dos días seguidos y los completé; es decir, transcribí las comparaciones y glosas conforme adelantaba con el comentario del texto. No tenía ninguna gana de regresar a Vauncastle Hall, así que escribí una amable nota a Dubellay expresando mi gratitud y explicando que le mandaría el manuscrito por medio del hijo del patrón, ya que no tenía la intención de molestarle con otra visita. En seguida recibí una respuesta que decía que al señor Dubellay le gustarla tener el placer de cenar conmigo en la posada antes de mi partida, y que así recogería personalmente el códice. Era la última noche de mi estancia en St. Sant. Encargué la mejor cena que se pudiese encontrar por aquellos lugares y aparté una botella de clarete, del que descubrí una partida en la bodega. Dubellay apareció temprano, a las ocho, y llegó –con gran sorpresa mía– en coche. Se había arreglado; llevaba una chaqueta para la cena y parecía, cabalmente, uno de esos abogados a los que se ve cenando en el Júnior Carlton las noches de los viernes londinenses.Tenia un ánimo excelente y sus ojos habían perdido el aire de estar permanentemente en guardia. Parecía haber llegado a una conclusión sobre mí y estimar que, después de todo, yo era inofensivo. Después de mi aventura, estaba preparado para encontrar en él una expresión de miedo, el miedo que yo había visto en las caras de los criados. Pero no existía ninguno; en su lugar creí ver excitación, una poderosa excitación. Descuidó los modales en su conversación. Su visita asustaba, de alguna manera, a la gente de la posada y, en vez de la criada, nos sirvió la misma patrona. Parecía desear que terminara la cena, y se afanaba en poner los bizcochos y el vino de Oporto encima de la mesa, de la manera más rápida y decente que podía. Justo entonces Dubellay se puso confidencial. Tuve la impresión de que era, de alguna forma, un monomaníaco. Se había pasado la vida entre antigüedades y, cuando sucedió al anterior Vauncastle, tuvo tiempo y dinero suficiente como para permitirse cultivar su afición en profundidad. Por otra parte, la propiedad tenía interés en sí misma. Parecía que aquel lugar habla sido famoso en la Bretaña romana como Vauni Castra; Faxeter era una corrupción del mismo topónimo.—¿Quién era Vaunus? —pregunté. Él sonrió de una manera burlona y me dijo que esperara.Allí, en los profundos bosques, se había levantado un templo. Siempre había existido una leyenda local acerca de eso, y se suponía que el lugar estaba embrujado. Bien, él mismo hizo excavar aquella zona y encontró... Aquí se convirtió en cauteloso abogado y me explicó su derecho sobre el hallazgo del tesoro. Aunque los objetos descubiertos no eran realmente valiosos –no se encontró oro, ni joyas–, al descubridor se le concedió el derecho a guardarlos. Así lo hizo, y no publicó los resultados de sus excavaciones en los boletines de ninguna sociedad especializada, ya que no quería ser importunado por los turistas. Yo era diferente; yo era un erudito. ¿Qué habia encontrado? Realmente era bastante difícil seguir su atropellada conversación, pero deduje que sacó a la luz ciertas esculturas y utensilios para sacrificios.–Y —hundió la voz— lo más importante de todo: un altar, un altar a Vaunus, la divinidad tutelar del valle.Cuando mencionó esta palabra su cara cambió de expresión reflejando una especie de excitación secreta. He visto esta misma expresión en la cara de un predicador callejero del Ejército de Salvación. Vaunus había sido un viejo dios britano de las colinas al que los romanos, con su característico pragmatismo, habían identificado con Apolo. Me contó una larga y confusa teoría sobre su figura, de la que deduje que el señor Dubellay no era precisamente un especialista. Algunas derivaciones de los nombres del lugar eran absurdas —como St. Sant de Sáncta Sanctórum— y, citando algunas cosas de Ausonius, hizo dos falsas valoraciones. Parecía esperar que le contara algo más de Vaunus, pero argumenté que mi materia era la antigüedad griega y que ignoraba casi todo acerca de la Bretaña romana. Mencionó varios libros y averigüé que nunca habla oído hablar de Haverfield. Utilizó una palabra, «hipocausto», que de repente me dio la clave. Había caldeado el templo, como el resto de su casa, por medio de algún eficiente sistema de aire caliente. Sé muy poco sobre ciencia, pero me imaginé que el calor artificial del pórtico, en contraste con el frío que hacía fuera, podía crear una corriente de aire como la que yo había sentido. En todo caso esa explicación me contentó, y la aventura de aquella tarde perdió su misterio. Como reacción, me sentí extraordinariamente amigable, y escuchaba su conversación con auténtica simpatía. No obstante, decidí no comentar que había visitado aquella especie de templo que se alzaba junto al lago, a pesar de que lo mencionó él mismo de la forma más abierta.–No podía abandonar aquel altar en la ladera de la colina –dijo–. Tuve que buscarle un sitio; así que convertí la parte vieja de mi casa en una especie de templo. Los arquitectos que dirigieron las obras eran gente competente, pero demasiado ignorante en según qué cosas. A veces pienso que tendría que haber estudiado historia o arquitectura en lugar de Derecho. Me hubiese sido más útil. En cualquier caso, todavía me gusta el sitio, tal como está.–Espero que, al menos, satisfaga a Vaunus –bromeé.–Creo que síContestó con toda seriedad. Fue entonces cuando pensé que no estaba totalmente en sus cabales, que sus pensamientos iban, por decirlo de algún modo, a la deriva. Durante un minuto, por lo menos, estuvo mirándome fija, abstraídamente, sin decir nada.–¿Qué va a hacer con él a partir de ahora? –pregunté, rompiendo el silencio.No contestó; noté cómo se reía en sus adentros.–No sé si recordará usted un pasaje de Sidonius Apollinaris –proseguí–, una fórmula para desconsagrar los altares paganos y reconvertirlos al culto cristiano. Es un proceso largo y gradual. Se empieza por sacrificar un gallo blanco o algo apropiado; y se le dice a Apolo, con toda suavidad, que la vieja ofrenda es sustituida por la nueva. A partir de ahí, puede comenzar la invocación cristiana.Casi saltó de su silla.–¡Eso no lo haría nunca! ¡No señor! Por nada del mundo... No podría pensarlo ni siquiera un momento.Fue como si lo hubiese ofendido con alguna horrible blasfemia. Pero, lo más curioso, es que ya no recuperó su compostura. Lo intentó, es cierto, pues era un hombre que conocía los buenos modales; pero su desenvoltura y autodominio desparecieron por completo. Seguimos conversando sobre otras bagatelas con cierta rigidez. Luego, media hora después, se levantó para marcharse. Le devolví el manuscrito cuidadosamente envuelto y le di mis más efusivas gracias. Pero apenas parecía escucharme. Guardó el paquete en su bolsillo y se fue con el mismo aspecto de abstracción que tanto me había extrañado. Una vez que se hubo marchado me senté junto al fuego para terminar la botella de Oporto y examinar la situación. Estaba satisfecho con lo del hipocausto. Al fin y al cabo, la extraña aventura que tanto me había inquietado la tarde aquella quedaba perfectamente explicada con una cosa así. Sin embargo, todavía sentía un cierto regusto a pesadumbre y concluí que Dubellay no me gustaba en absoluto. Lo consideraba un maniático carente de ingenio, como esas criadas que adoran a sus gatos y no conciben nada más. No sentía lo más mínimo tener que abandonar Faxeter.III.Mi tercera y última visita a St. Sant fue durante el junio siguiente, en el solsticio de verano de 1914. Todavía no había terminado mi Theocrilus; necesitaba un par de días más el manuscrito de Vauncastle y, como quería irme a Italia en julio, escribí a Dubellay y le pregunté si le podía echar otra ojeada. Aquello era un aburrimiento, pero tenía que afrontarlo, y pensé que el valle sería, después de todo, un agradable lugar para pasar el cálido verano. En seguida recibí una respuesta; Vauncastle me invitaba a visitarlo. Casi lo suplicaba, e insistía en que me alojase en su mansión. No podía rehusar, aunque hubiera preferido la posada. Me envió un telegrama preguntando por mi tren y volvió a telegrafiar, diciendo que vendría a buscarme. Parece ser que esta vez era un invitado particularmente grato. Llegué a Faxeter al anochecer y me estaba esperando un coche contratado en el mismo pueblo. El conductor era un joven muy comunicativo. Me senté detrás de él, con las ventanillas abiertas para que me diera el aire fresco. El calor me agobiaba. De hecho, me alegré al salir de la sofocante Cambridge, aunque no puedo decir que hiciera mas fresco cuando ascendimos por el valle del río Vaun. Los bosques tenían su esplendor veraniego, tal vez un poco deslucido y apagado por el calor. El río quedaba reducido a un reguero y las curiosas cimas de las colinas estaban tan abrasadas por el sol que parecían casi amarillas. Una vez más tenia la sensación de estar en un paisaje fantástico, que no era inglés.—El señor Dubellay se ha preocupado mucho de su llegada, señor —me informó el conductor—. Ha visitado tres veces al dueño del garaje para asegurar que todo fuera bien. Tiene, también, un coche de su propiedad, un pequeño y precioso Daimler; pero no parece que lo utilice mucho. No le han visto con él desde hace tiempo.Al atravesar los muros exteriores de Vauncastle Hall, miró con curiosidad a su alrededor.—Nunca estuve aquí antes, aunque he frecuentado la mayoría de las mansiones en un radio de cincuenta millas. Un lugar extraño y anticuado, ¿verdad, señor?Si a mediados de invierno parecía un santuario tapiado, en aquel crepúsculo de junio era, más que nunca, un lugar cerrado y sombrío. Se percibía un olor a podredumbre otoñal, una seca putrefacción, como yesca. Parecía como si descendiéramos a través de selvas espesas. Cuando por fin giramos y atravesamos la verja de hierro, vi que el césped había alcanzado un estado de dejadez extremo, semejante al de un henar descuidado. El pálido mayordomo me hizo entrar. Tras él esperaba Dubellay. Ya no era el hombre que yo había conocido en diciembre. Llevaba un viejo traje de franela abombado y su cara enfermiza y enrojecida estaba tensa y contraída por el dolor. Tenía bolsas debajo de los ojos, y éstos ya no mostraban la antigua excitación. Al contrario, estaban tristes y apagados. Sí, había dolor en ellos, y algo más: había miedo. Me preguntaba si su manía se estaba volviendo demasiado pesada para él. Me saludó como a un hermano perdido desde hacía tiempo. Considerando que yo apenas le conocía, me extrañó la forma en que se dirigió a mí.—Te bendigo por haber venido, querido compañero —dijo–. Necesitas un baño. Luego cenaremos. No te preocupes por cambiarte.—Nunca lo hago.Me condujo a mi habitación, que era bastante limpia pero pequeña como la de un criado. Comprendí que había remozado la casa de arriba abajo para edificar su absurdo templo. Cenamos en una habitación bastante grande, que era una especie de biblioteca. Había viejos libros alineados, aunque no parecían llevar allí mucho tiempo. En realidad, aquello parecía un trastero en el que se había apilado una preciosa colección. Sin duda hablan permanecido antes en un noble aposento georgiano. No había nada más; ni antigüedades ni objetos que demostrasen gusto y criterio.—Ha llegado justo a tiempo —dijo—. Salté de alegría cuando recibí su carta, ya que había pensado incluso en acudir a Cambridge para invitarlo. Espero que no tenga prisa en marcharse.—En realidad —contesté— tengo poco tiempo. Espero salir al extranjero la semana próxima. He de terminar mi trabajo en un par de días. No puedo decirle cuánto le agradezco su amabilidad.—Dos días... —comentó—. Eso llega hasta el solsticio de verano. Debería ser suficiente...No entendí lo que quería decir. Le expliqué que estaba ansioso por examinar su colección. Abrió los ojos.—Sus descubrimientos, quiero decir —aclaré—. Ya sabe... El altar de Vaunus...Al escuchar aquellas palabras su cara se retorció en un espasmo de terror, como si se asfixiase. Fue un segundo, luego se recuperó.—Sí, sí —dijo con rapidez—. Lo verá, lo verá todo; pero no ahora, no esta noche. Mañana, a plena luz del día, será mejor momento.El resto de la velada se hizo tedioso. Dubellay era un hombre de escasa conversación y se limitaba a replicar con cierto esfuerzo a mis triviales observaciones. A menudo le sorprendí mientras me miraba furtivamente. Parecía examinarme y preguntarse hasta dónde podía confiar en mí. Aquello empezó a ponerme nervioso y, para colmo, hacía un calor abominable. Las ventanas de la habitación daban a un pequeño patio adoquinado, rodeado de laureles, y parecía que estuviera en Seven Dials, a juzgar por el aire que se respiraba. Cuando sirvieron el café no pude aguantar más.—¿Qué le parece si salimos a la parte de atrás. Al pórtico de esa especie de templo? —inquirí—. Allí, con el aire del lago, estaremos más frescos.Aquello fue como si le hubiese propuesto el asesinato de su madre. Su voz se convirtió en un farfulleo incoherente.—No, no. —balbuceó—. ¡Dios mío, allí no!Perdió el control sobre sí mismo y casi se desvaneció. Tardó un rato hasta volver a recuperarse. Un criado encendió las lámparas de aceite y me resigné a seguir en la sofocante habitación.–Usted mencionó algo cuando nos encontramos la última vez —se aventuró, finalmente, a decir; después de mirarme de soslayo un largo rato—. Algo acerca de un ritual para volver a consagrar un altar.Recordaba mi observación sobre Sidonius Apollinaris.—¿Podría mostrarme el pasaje? Aquí hay una biblioteca clásica muy buena, coleccionada por mi bisabuelo. Por desgracia no tengo los estudios necesarios para utilizarla como es debido.Me levanté y registré las estanterías con atención y, al poco rato, hallé una copia de Sidonio, la edición de Phantin de 1609. Busqué el pasaje y se lo traduje con rigor. Escuchaba ansioso y me lo hizo repetir dos veces.—Ahí dice un gallo —dudó—. ¿Es esencial?—No lo creo. Me imagino que serviría cualquier cosa reconocida para rituales semejantes.—Me alegro —se limitó a decir—. No puedo soportar el derramamiento de sangre.—Por Dios, hombre —exclamé—, ¿Se toma estas tonterías en serio? Sólo estaba bromeando. Dejemos que Vaunus siga en su altar...Me miró como si fuese una esfinge. Y estaba bastante ofendido.—Sidonio sabía...—Bueno, pero nosotros no... Gracias a Dios —dije con rudeza—. Estamos en el siglo veinte y no en el tercero. ¿No va siendo hora ya de irnos a dormir?No hizo ninguna objeción y me trajo una vela. Subí a mi cuarto y, mientras me desnudaba, me pregunté a qué especie de manicomio había ido a parar. Sentía el más profundo desagrado por aquel lugar y anhelaba irme directo a la posada; sin embargo no podía insultar de esa forma a mi anfitrión. Al fin y al cabo, estaba usando su biblioteca y su inapreciable manuscrito. En mi opinión, era evidente que Dubellay estaba loco. Su manía le había hecho perder la razón. ¡Santo cielo! Hablaba de su precioso Vaunus como si fuese un devoto. Sin duda su imaginación, apenas educada, había terminado desarrollando algún tipo de adoración por ese olvidado dios. Recuerdo haber dormido sólo un par de horas. Me desperté empapado de sudor, pues aquel lugar era un auténtico horno. La ventana estaba abierta de par en par y cuando asomé la cabeza noté que el aire de la noche era fresco, a pesar de encontrarnos en pleno verano. Así pues, el calor procedía del interior. La habitación se encontraba en el primer piso, justo encima de la entrada, y me quedé mirando el exuberante césped. La noche era oscura y tranquila, aunque me pareció oir algo de viento. Miré los árboles; estaban tan inmóviles como el mármol. Pero en algún lugar cerca de allí sonaba algo parecido al ruido que produce una fuerte ráfaga de viento. La luna se había escondido y observé, en algún lugar que no puedo precisar, un fuerte destello de luz. Pude ver su reflejo sobre el suelo, justo enfrente de la ventana a la que me asomaba. Esto significaba que la iluminación procedía de la parte de atrás, del lugar en el que se alzaba el templo. ¿Qué clase de saturnales estaba llevando a cabo Dubellay a esas horas?Recapacité y vi que si quería dormir debía hacer algo al respecto. No cabía la menor duda; algún loco había puesto la calefacción en marcha, ya que la habitación era un horno. Mi mal genio iba en aumento; no encontraba ningún timbre de servicio, así que encendí la vela y salí a buscar un criado. Bajé las escaleras y descubrí la habitación en la que habíamos cenado. Allí mismo arrancaba un pasillo que recorrí sin dudar. Terminaba frente a una recia puerta de roble. La luz me hizo ver que no había forma aparente de abrirla. Comprendí que conducía al templo. Estaba perfectamente cerrada y no tenía ningún pestillo; pude oír a través de ella un ruido, algo así como un furioso viento... A continuación abrí otra puerta que estaba a mi derecha y me encontré en un gran recinto destinado a almacén. Desprendía un curioso, exótico y aromático olor. Dispuestos de una manera muy pulcra en el suelo y en las estanterías, vi una enorme cantidad de pequeños sacos y cofres. Cada uno llevaba una etiqueta, un pedazo de papel grueso y cuadrado con una inscripción muy misteriosa:PRO SERVITIO VAUNILas había visto antes. Si la memoria no me fallaba, eran las mismas etiquetas que los criados de Dubellay pegaban a los paquetes que sacaban del carruaje, aquella noche de otoño, cuando mis arreglé los faros de mi coche frente a Vauncastle Hall. Aquel descubrimiento hizo que mi sospecha se convirtiera en una desagradable certidumbre. Era evidente que Dubellay pretendía que en las etiquetas se leyera: «Para el culto de Vaunus.» No era ningún erudito, ya que la palabra “Servitio” no podía usarse en este caso; pero sí era, sin lugar a dudas, un demente. No obstante, la tarea inmediata era encontrar la manera de poder dormir, así que seguí buscando a un criado. Recorrí otro corredor y descubrí una segunda escalera. Al final encontré una puerta abierta y miré adentro. Debía ser la habitación de Dubellay, ya que sus ropas de franela estaban sucias y arrugadas sobre una silla, pero mi anfitrión no se encontraba allí. Ni siquiera había dormido en la cama esa noche. Supongo que mi irritación era mayor que mi sobresalto —aunque debo decir que estaba un poco asustado— pues seguí buscando al evasivo criado. Existía otra escalera que, en apariencia, parecía conducir a los áticos y, al subir, resbalé y armé un fuerte alboroto. Cuando levanté la mirada me encontré con la del mayordomo. Allí estaba, en camisa de dormir, y si alguna vez una cara ha expresado miedo, ésa era la suya. Cuando me reconoció pareció tranquilizarse un poco.–¡Por el amor de Dios! —dije—. ¡Apague la calefacción! No puedo pegar ojo con este maldito aire infernal. ¿Quién fue el idiota que la puso en marcha?Me miraba como una lechuza, pero se las arregló para encontrar palabras.—Lo siento, señor, pero no hay ningún aparato de calefacción en Vauncastle Hall.No hubo nada más que añadir. Quedé corrido y confuso, así que regresé a mi habitación y noté que había refrescado un poco. Me asomé a la ventana y me dio la impresión de que el misterioso viento había cesado y ya no se observaba ningún resplandor en el otro extremo de la casa. Me metí en la cama, algo más aliviado, y dormí profundamente hasta que me despertó la aparición de un criado que traía el agua para afeitar, a las nueve y media de la mañana. No tenía cuarto de baño, así que me lavé en la pequeña cacerola de hojalata y, tras arreglarme, salí de mi habitación. Era una plomiza mañana que prometía un día de feroz calor. Cuando bajé a desayunar encontré a Dubellay en el comedor. A la luz del dia parecía un hombre muy enfermo; y aun así, daba la impresión de haberse recuperado, ya que su carácter era mucho menos nervioso que la noche anterior. Su aspecto era casi normal y podía haber reconsiderado mi opinión a no ser por su mirada. Le comenté que me proponía trabajar todo el día con el manuscrito y terminar de una vez. Asintió con la cabeza.—De acuerdo. Yo también tengo cosas que hacer y no le molestaré.—Pero antes de nada –repliqué– quiero ver sus descubrimientos arqueológicos. Usted prometió mostrármelosMiró por la ventana; el sol brillaba sobre los laureles y el pavimento de la entrada.—La luz es buena —dijo—, parece una extraña advertencia. Vayamos ahora. Hay momentos y estaciones para el templo.Me condujo por el mismo pasillo que yo había explorado la noche anterior. La puerta de roble no se abría con llave sino con una palanca que estaba en la pared. En un instante, la luz solar me golpeó con fuerza. El paisaje era maravilloso. Frente a mí se alzaba una columnata espléndida cuyos pies bañaba un lago tan azul como una turquesa. No es fácil describir la impresión que causaba aquel lugar. Era muy claro y aireado, tan brillante como un templo italiano bajo el solsticio estival. Las proporciones eran considerables. Las elevadas y sumergidas columnas, y el techo (que parecía de cedro), flotaban de un modo tan delicado como una flor en su tallo. La piedra era la típica caliza de la región y en el suelo estaba pulida como el mármol. Alrededor había un espléndido panorama de centelleante agua, bosques veraniegos y lejanas colinas azules. Debía de ser tan sano como la cumbre de una montaña. Y, sin embargo, apenas crucé el umbral de la puerta, supe que aquello era una prisión. No soy un hombre con mucha imaginación y creo que mis nervios son fuertes, pero apenas podía andar por lo impresionado que estaba. Me sentía desplazado del mundo, como si estuviera en un calabozo o en un banco de hielo. Notaba también que, aunque estuviéramos bastante lejos de la humanidad, no estábamos solos. En la pared interior había tres esculturas. Dos eran frisos imperfectos, tallados en bajorrelieve, que trataban aparentemente sobre el mismo tema: Una procesión ritual, sacerdotes que llevaban ramas y el típico dendrophori. Las caras eran sólo medio humanas y no les faltaba ningún rasgo de ingenio, ya que el artista había sido un maestro. Lo sorprendente era que las ramas y el cabello de los hierofantes estaban agitados por un viento huracanado, y la expresión de cada uno de ellos era la de un ser doliente, con el corazón resquebrajado por el terror.Entre los frisos destacaba un gran rodel con la cabeza de una Gorgona; no era un rostro de mujer sino, cosa extraña, el de un hombre con el pelo viperino en la barbilla y el labio. Antaño había sido coloreada y quedaban fragmentos de pigmento verde en los rizos. Era una cosa horrenda de ver: El último grado del miedo, la última locura de la crueldad manifestados en la piedra. Me apresuré a desviar los ojos y miré hacia el altar. Se levantaba hacia poniente, justo al otro lado, sobre un frontón con tres peldaños. Era una magnífica obra de arte apenas dañada por el paso de los siglos, con dos palabras grabadas en su cara:APOLL. VAUN.Su exótico mármol estaba agujereado y desgastado en la parte superior a causa de los antiguos sacrificios. Aunque yo hubiera jurado que allí se veía también la marca de una llama reciente.Supongo que no estuve en aquel lugar más de cinco minutos. Yo deseaba salir, y Dubellay quería sacarme de allí. No pronunciamos palabra alguna hasta regresar a la biblioteca.—¡Por el amor de Dios, desista de esto! —dije—. Está jugando con fuego, señor Dubellay. Se está dejando arrastrar hacia el manicomio. Envíe todo esto a un museo y abandone el lugar. Ahora mismo. No hay tiempo que perder. Baje a la posada conmigo y cierre para siempre esta casa.Me miró con el labio temblando, como un niño a punto de llorar.—Lo haré. Le prometo que lo haré... Pero todavía no... Después de esta noche... Mañana haré lo que usted me diga... No me abandonará, ¿Verdad?—No, no le dejaré, pero ¿qué diablos tengo que hacer con usted si no quiere seguir mi consejo?—Sidonio... —comenzó a decir.—¡Maldito Sidonio! Ojalá no lo hubiera mencionado nunca. Todo esto es una redomada estupidez que lo está matando. Se le ha metido en el cerebro. ¿Sabe usted que está enfermo?—No me siento del todo bien. Hoy hace tanto calor... Creo que voy a tumbarme.Discutir con él no servía de nada. Regresé a mi trabajo con un mal genio horroroso. El día transcurrió como se había anunciado, con un gran calor. Antes del mediodía, el sol se escondió tras una niebla rojiza y no había el menor indicio de viento. Dubellay no apareció a almorzar; era una comida que no siempre le apetecía, me dijo el mayordomo. Estuve trabajando duro toda la tarde y terminé mi tarea a eso de las seis. Esto me permitiría marchar a la mañana siguiente, y tenía la esperanza de poder persuadir a mi anfitrión para que viniera conmigo.La conclusión de mi tarea me puso de mejor humor, y salí a dar un paseo antes de cenar. Hacía una noche muy sofocante, pues la cálida bruma no se había levantado; los bosques estaban tan silenciosos como una tumba, no se oía un solo pájaro y, cuando salí del cobertizo a los abrasados prados vi que las ovejas estaban demasiado aturdidas por el calor como para pastar. Durante mi paseo exploré los alrededores de la casa y descubrí que seria muy difícil abrirse paso hasta el templo sin dar un largo rodeo. A un lado se alzaban las dependencias de la casa y un alto muro; en el otro, el seto vivo más alto y tupido que jamás haya visto y que terminaba en un bosque con su tapia de contención llena de espliego silvestre. Regresé a mi habitación, tomé un baño frío en la exigua bañera y me cambié. Dubellay no se presentó a cenar. El mayordomo argumentó que su amo se encontraba mal y se había ido a la cama. Las noticias me complacieron, ya que el lecho era el mejor lugar para él.Después me dispuse a pasar una solitaria noche en la biblioteca. Escudriñé por entre las estanterías y encontré bastantes ediciones raras, que me sirvieron para pasar el tiempo. Noté que la copia de Sidonio no estaba en su sitio habitual. Creo que eran alrededor de las diez cuando me fui a la cama, ya que estaba inexplicablemente cansado. Recuerdo que me pregunté si debería ir a visitar a Dubellay, pero decidí que era mejor dejarlo solo. Todavía me reprocho aquella decisión. Ahora me doy cuenta que debería habérmelo llevado hasta la posada aquella misma noche, arrastrándolo por la fuerza si era preciso. Desperté de mi pesado sueño con un sobresalto. Un grito retumbaba todavía en mi cerebro. Aguanté la respiración y me quedé escuchando. Sonó otra vez- Era un horrible grito de pánico y tortura espiritual. Salté de la cama en un segundo y me calcé las zapatillas. El grito procedía de la parte de atrás de la casa. Del templo. Bajé precipitadamente las escaleras con la esperanza de oír el barullo de una familia asustada. Sin embargo, no se escuchaba nada y el espantoso grito tampoco se repitió.La puerta de roble que había al final del corredor estaba cerrada, tal como esperaba. Detrás parecía como si se agitara un infierno. Se oían los sonidos de una tempestad y algo más, como el crujir de un fuego. Me dirigí a la puerta principal, solté la cadena y salí a la silenciosa noche sin luna. Me dirigí hacia atrás, buscando un paso, a pesar de la desgarradora tormenta que parecía estar azotando la casa. Por lo que había visto en mi paseo vespertino deduje que la única posibilidad de poder llegar al templo era a través del seto vivo. Pensé que debía arreglármelas para abrirme paso entre el extremo de éste y el muro. Lo conseguí a costa de mi ropa y mi piel. Más allá había otra extensión de césped salvaje con enmarañados matorrales y, a continuación, una pronunciada pendiente que descendía hasta el nivel del lago. Avancé a gatas por la orilla, abundante en juncias, sin atreverme a levantar la vista hasta encontrarme en los mismos peldaños del templo. El lugar brillaba con mayor intensidad que lo había hecho durante el día. Vi una rugiente ráfaga de fuego. El mismo aire parecía arder, convirtiéndose en un llameante éter. Todavía no había llamas; tan sólo un fulgíneo resplandor. No podía entrar, pues aquella ráfaga me golpeó la cara como si fuese una mano abrasadora. Noté que se chamuscaba mi pelo... Como ustedes ya saben soy miope, y puedo haberme equivocado; pero esto es lo que creo que vi:Parecía como si en el altar se alzase una gran llama, tan alta que rozaba el techo, y por su frontis fluían llameantes riachuelos. Enfrente yacía un cuerpo —el de Dubellay— completamente desnudo, quemado y negro. No había nada mas, excepto la cabeza masculina de la Gorgona que, en la pared de enfrente, brillaba como un sol en el infierno. Supongo que debería haber intentado entrar. Lo único que sé es que retrocedí tambaleándome con graves quemaduras. Me protegí los ojos y, cuando miraba por entre los dedos, me parecía ver fluir las llamas por debajo mismo de las paredes; y pensé que podían existir recintos que yo no conocía o, tal vez, otra entrada. Luego, de repente, la gran puerta de roble que comunicaba con la casa se encogió como una trozo de tela y, con un bramido, el ardiente río irrumpió en la mansión de Vauncastle Hall. Me zambullí en el lago para aliviar mi dolor y luego escapé corriendo, lo más rápido que pude, desandando el camino por el que había venido. El pobre diablo de Dubellay no necesitaba ya mi ayuda. Además no estoy seguro de lo que ocurrió. Sé que la casa ardió como un pajar. Eso es todo. Encontré a uno de los criados tendido sobre el césped y creo que ayudé a otro a bajar de su habitación por uno de los canalones. Cuando llegaron los vecinos, la casa había quedado reducida a cenizas y yo me sentía extrañamente desamparado. Me llevaron a la posada del pueblo y me acostaron. Permanecí allí hasta que la investigación judicial concluyó.Los forenses y especialistas comisionados estaban confusos; al fin y al cabo, aquel verano se incendiaron gran cantidad de casas de campo. No se averiguó gran cosa sobre Dubellay. De Vauncastle Hall no quedó nada salvo unos pocos pilares ennegrecidos. El altar y las esculturas estaban tan agrietados y llenos de cicatrices que ningún museo los quiso. El lugar no ha sido reconstruido, y todo lo que sé es que, al día de hoy, las ruinas y los restos permanecen todavía allí.Os aseguro que yo no voy a volver a buscarlos.Epílogo:Nightingale concluyó su historia y nos miró con curiosidad.—No me pidan una explicación —dijo—, pues no tengo ninguna. Pueden creer, si les place, que el dios Vaunus habitó realmente en el templo que Dubellay le construyó. Y que, cuando su devoto empezó a asustarse e intentó la fórmula de Sidonio para cambiar la ofrenda, se enfureció y lo mató con su viento llameante. Ese viento podría ser una especie de atributo del propio dios. Ahora sabemos muchas más cosas de él, ya que el pasado año se desenterró un templo suyo en Gales.—Un relámpago —sugirió alguien.—Hacía una noche tranquila, sin truenos —contestó Nightingale.—¿No es una zona volcánica? —preguntó Peckwether—. ¿Qué me dice de bolsas de gasnatural o algo parecido?—Es posible. Ustedes mismos pueden buscarle una explicación. Me temo que no puedo ayudarles más. ¡Todo lo que sé es que no tengo la intención de volver a visitar ese valle!—¿Qué sucedió con su Theocrilus?—Se quemó con el resto de la casa. Sin embargo, no me preocupó mucho. Seis semanas más tarde estalló la guerra, y tuve otras cosas en las que pensar".
John Buchan
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