El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

jueves, 29 de enero de 2015

"El Elíxir de Larga Vida"

"En un suntuoso palacio de Ferrara agasajaba don Juan Belvídero una noche de invierno a un príncipe de la casa de Este. En aquella época, una fiesta era un maravilloso espectáculo de riquezas reales de que sólo un gran señor podía disponer. Sentadas en torno a una mesa iluminada con velas perfumadas conversaban suavemente siete alegres mujeres, en medio de obras de arte, cuyos blancos mármoles destacaban en las paredes de estuco rojo y contrastaban con las ricas alfombras de Turquía. Vestidas de satén, resplandecientes de oro y cargadas de piedras preciosas que brillaban menos que sus ojos, todas contaban pasiones enérgicas, pero tan diferentes unas de otras como lo eran sus bellezas. No diferían ni en las palabras ni en las ideas; el aire, una mirada; algún gesto, el tono, servían a sus palabras como comentarios libertinos, lascivos, melancólicos o burlones.

Una parecía decir:

-Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de un hombre viejo.

Otra:

-Adoro estar recostada sobre los almohadones pensando con embriaguez en aquellos que me adoran.

Una tercera, debutante en aquel tipo de fiestas, parecía ruborizarse:

-En el fondo de mi corazón siento remordimientos -decía-. Soy católica, y temo al infierno. Pero te amo tanto ¡tanto! que podría sacrificarte la eternidad.

La cuarta, apurando una copa de vino de Quío, exclamaba:

-¡Viva la alegría! Con cada aurora tomo una nueva existencia. Olvidada del pasado, ebria aún del encuentro de la víspera, agoto todas las noches una vida de felicidad, una vida llena de amor.

La mujer sentada junto a Belvídero lo miraba con los ojos llameantes. Guardaba silencio.

-¡No me confiaría a unos espadachines para matar a mi amante, si me abandonara!- después había reído; pero su mano convulsa hacía añicos una bombonera de oro milagrosamente esculpida.

-¿Cuándo serás Gran Duque? -preguntó la sexta al Príncipe, con una expresión de alegría asesina en los dientes y de delirio báquico en los ojos.

-¿Y cuándo morirá tu padre? -dijo la séptima riendo y arrojando su ramillete de flores a don Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente jovencita acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.

-¡Ah, no me hables de ello! -exclamó el joven y hermoso don Juan Belvídero-. ¡Sólo hay un padre eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea yo quien lo tenga!

Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos de don Juan y el mismo Príncipe lanzaron un grito de horror. Doscientos años más tarde y bajo Luis XV, las gentes de buen gusto hubieran reído ante esta ocurrencia. Pero, tal vez al comienzo de una orgía las almas tienen aún demasiada lucidez. A pesar de la luz de las velas, las voces de las pasiones, de los vasos de oro y de plata, el vapor de los vinos, a pesar de la contemplación de las mujeres más arrebatadoras, quizá había aún, en el fondo de los corazones, un poco de vergüenza ante las cosas humanas y divinas, que lucha hasta que la orgía la ahoga en las últimas ondas de un vino espumoso. Sin embargo, los corazones estaban ya marchitos, torpes los ojos, y la embriaguez llegaba, según la expresión de Rabelais, hasta las sandalias. En aquel momento de silencio se abrió una puerta, y, como en el festín de Balthazar, Dios hizo acto de presencia y apareció bajo la forma de un viejo sirviente, de pelo blanco, andar vacilante y de ceño contraído. Entró con una expresión triste; con una mirada marchitó las coronas, las copas bermejas, las torres de fruta, el brillo de la fiesta, el púrpura de los rostros sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por el blanco brazo de las mujeres; finalmente, puso un crespón de luto a toda aquella locura, diciendo con voz cavernosa estas sombrías palabras:

-Señor, su padre se está muriendo.

Don Juan se levantó haciendo a sus invitados un gesto que bien podría traducirse por un: «Lo siento, esto no pasa todos los días.»

¿Acaso la muerte de un padre no sorprende a menudo a los jóvenes en medio de los esplendores de la vida, en el seno de las locas ideas de una orgía? La muerte es tan repentina en sus caprichos como lo es una cortesana en sus desdenes; pero más fiel, pues nunca engañó a nadie.

Cuando don Juan cerró la puerta de la sala y enfiló una larga galería tan fría como oscura, se esforzó por adoptar una actitud teatral pues, al pensar en su papel de hijo, había arrojado su alegría junto con su servilleta. La noche era negra. El silencioso sirviente que conducía al joven hacia la cámara mortuoria alumbraba bastante mal a su amo, de modo que la Muerte, ayudada por el frío, el silencio, la oscuridad, y quizá por la embriaguez, pudo deslizar algunas reflexiones en el alma de este hombre disipado; examinó su vida y se quedó pensativo, como un procesado que se dirige al tribunal.

Bartolomé Belvídero, padre de don Juan, era un anciano nonagenario que había pasado la mayor parte de su vida dedicado al comercio. Como había atravesado con frecuencia las talismánicas regiones de Oriente, había adquirido inmensas riquezas y una sabiduría más valiosa -decía- que el oro y los diamantes, que ahora ya no le preocupaban lo más mínimo.

-Prefiero un diente a un rubí, y el poder al saber -exclamaba a veces sonriendo.

Aquel padre bondadoso gustaba de oír contar a don Juan alguna locura de su juventud y decía en tono jovial, prodigándole el oro:

-Querido hijo, haz sólo tonterías que te diviertan.

Era el único anciano que se complacía en ver a un hombre joven, el amor paterno engañaba a su avanzada edad en la contemplación de una vida tan brillante. A la edad de sesenta años Belvídero se había enamorado de un ángel de paz y de belleza. Don Juan había sido el único fruto de este amor tardío y pasajero. Desde hacía quince años este hombre lamentaba la pérdida de su amada Juana. Sus numerosos sirvientes y también su hijo atribuyeron a este dolor de anciano las extrañas costumbres que adoptó. Confinado en el ala más incómoda de su palacio, salía raramente, y ni el mismo don Juan podía entrar en las habitaciones de su padre sin haber obtenido permiso. Si aquel anacoreta voluntario iba y venía por el palacio, o por las calles de Ferrara, parecía buscar alguna cosa que le faltase; caminaba soñador, indeciso, preocupado como un hombre en conflicto con una idea o un recuerdo. Mientras el joven daba fiestas suntuosas y el palacio retumbaba con el estallido de su alegría, los caballos resoplaban en el patio y los pajes discutían jugando a los dados en las gradas, Bartolomé comía siete onzas de pan al día y bebía agua. Si tomaba algo de carne era para darle los huesos a un perro de aguas, su fiel compañero. Jamás se quejaba del ruido. Durante su enfermedad, si el sonido del cuerno de caza y los ladridos de los perros lo sorprendían, se limitaba a decir: ¡ah, es don Juan que vuelve! Nunca hubo en la tierra un padre tan indulgente. Por otra parte, el joven Belvídero, acostumbrado a tratarlo sin ceremonias, tenía todos los defectos de un niño mimado. Vivía con Bartolomé como vive una cortesana caprichosa con un viejo amante, disculpando sus impertinencias con una sonrisa, vendiendo su buen humor, y dejándose querer. Reconstruyendo con un solo pensamiento el cuadro de sus años jóvenes, don Juan se dio cuenta de que le sería difícil echar en falta la bondad de su padre. Y sintiendo nacer remordimientos en el fondo de su corazón mientras atravesaba la galería, estuvo próximo a perdonar a Belvídero por haber vivido tanto tiempo. Le venían sentimientos de piedad filial del mismo modo que un ladrón se convierte en un hombre honrado por el posible goce de un millón bien robado. Cruzó pronto las altas y frías salas que constituían los aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de una atmósfera húmeda, respirado el aire denso, el rancio olor que exhalaban viejas tapicerías y armarios cubiertos de polvo, se encontró en la antigua habitación del anciano, ante un lecho nauseabundo junto a una chimenea casi apagada. Una lámpara, situada sobre una mesa de forma gótica, arrojaba sobre el lecho, en intervalos desiguales, capas de luz más o menos intensas, mostrando de este modo el rostro del anciano siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frío a través de las ventanas mal cerradas; y la nieve, azorando las vidrieras, producía un ruido sordo. Aquella escena contrastaba de tal modo con la que don Juan acababa de abandonar, que no pudo evitar un estremecimiento. Después tuvo frío, cuando al acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de viento iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel pegada a los huesos tenía tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que reposaba el anciano hacía aún más horribles. Contraída por el dolor, la boca entreabierta y desprovista de dientes dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre energía era sostenida por los aullidos de la tempestad. A pesar de tales signos de destrucción brillaba en aquella cabeza un increíble carácter de poder. Un espíritu superior que combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la enfermedad guardaban una singular fijeza. Parecía que Bartolomé buscaba con su mirada moribunda a un enemigo sentado al pie de su cama para matarlo. Aquella mirada, fija y fría, era más escalofriante por cuanto que la cabeza permanecía en una inmovilidad semejante a la de los cráneos situados sobre la mesa de los médicos. Su cuerpo, dibujado por completo por las sábanas del lecho, permitía ver que los miembros del anciano guardaban la misma rigidez. Todo estaba muerto menos los ojos. Los sonidos que salían de su boca tenían también algo de mecánico.

Don Juan sintió una cierta vergüenza al llegar junto al lecho de su padre moribundo conservando un ramillete de cortesana en el pecho, llevando el perfume de la fiesta y el olor del vino.

-¡Te divertías! -exclamó el anciano cuando vio a su hijo.

En el mismo momento, la voz fina y ligera de una cantante que hechizaba a los invitados, reforzada por los acordes de la viola con la que se acompañaba, dominó el bramido del huracán y resonó en la cámara fúnebre. Don Juan no quiso oír aquel salvaje asentimiento.

Bartolomé dijo:

-No te quiero aquí, hijo mío.

Aquella frase llena de dulzura lastimó a don Juan, que no perdonó a su padre semejante puñalada de bondad.

-¡Qué remordimientos, padre! -dijo hipócritamente.

-¡Pobre Juanito! -continuó el moribundo con voz sorda-, ¿tan bueno he sido para ti que no deseas mi muerte?

-¡Oh! -exclamó don Juan-, ¡si fuera posible devolverte a la vida dándote parte de la mía! (cosas así pueden decirse siempre, pensaba el vividor, ¡es como si ofreciera el mundo a mi amante!).

Apenas concluyó este pensamiento cuando ladró el viejo perro de aguas. Aquella voz inteligente hizo que don Juan se estremeciera, pues creyó haber sido comprendido por el perro.

-Ya sabía, hijo mío, que podía contar contigo -exclamó el moribundo-, viviré. Podrás estar contento. Viviré, pero sin quitarte un solo día que te pertenezca.

«Delira», se dijo a sí mismo don Juan. Luego añadió en voz alta:

-Sí, padre querido, vivirás ciertamente, porque tu imagen permanecerá en mi corazón.

-No se trata de esa vida -dijo el noble anciano, reuniendo todas sus fuerzas para incorporarse, porque lo sobrecogió una de esas sospechas que sólo nacen en la cabecera de los moribundos-. Escúchame, hijo -continuó con la voz debilitada por este último esfuerzo-, no tengo yo más ganas de morirme que tú de prescindir de amantes, vino, caballos, halcones, perros y oro.

«Estoy seguro de ello», pensó el hijo arrodillándose a la cabecera de la cama y besando una de las manos cadavéricas de Bartolomé.

-Pero -continuó en voz alta-, padre, padre querido, hay que someterse a la voluntad de Dios.

-Dios soy yo -replicó el anciano refunfuñando.

-No blasfemes -dijo el joven viendo el aire amenazador que tomaban los rasgos de su padre. Guárdate de hacerlo, has recibido la Extremaunción, y no podría hallar consuelo viéndote morir en pecado.

-¿Quieres escucharme? -exclamó el moribundo, cuya boca crujió.

Don Juan cedió. Reinó un horrible silencio. Entre los grandes silbidos de la nieve llegaron aún los acordes de la viola y la deliciosa voz, débiles como un día naciente. El moribundo sonrió.

-Te agradezco el haber invitado a cantantes, haber traído música. ¡Una fiesta! Mujeres jóvenes y bellas, blancas y de negros cabellos. Todos los placeres de la vida, haz que se queden. Voy a renacer.

-Es el colmo del delirio -dijo don Juan.

-He descubierto un medio de resucitar. Mira, busca en el cajón de la mesa; podrás abrirlo apretando un resorte que hay escondido por el Grifo.

-Ya está, padre.

-Bien, coge un pequeño frasco de cristal de roca.

-Aquí está.

-He empleado veinte años en... -en aquel instante, el anciano sintió próximo el final y reunió toda su energía para decir-: Tan pronto como haya exhalado el último suspiro, me frotarás todo el cuerpo con este agua, y renaceré.

-Pues hay bastante poco -replicó el joven.

Si bien Bartolomé ya no podía hablar, tenía aún la facultad de oír y de ver, y al oír esto, su cabeza se volvió hacia don Juan con un movimiento de escalofriante brusquedad, su cuello se quedó torcido como el de una estatua de mármol a quien el pensamiento del escultor ha condenado a mirar de lado, sus ojos, más grandes, adoptaron una espantosa inmovilidad. Estaba muerto, muerto perdiendo su única, su última ilusión. Buscando asilo en el corazón de su hijo encontró una tumba más honda que las que los hombres cavan habitualmente a sus muertos. Sus cabellos se habían erizado también por el horror, y su mirada convulsa hablaba aún. Era un padre saliendo con rabia de un sepulcro para pedir venganza a Dios.

-¡Vaya!, se acabó el buen hombre -exclamó don Juan.

Presuroso por acercar el misterioso cristal a la luz de la lámpara como un bebedor examina su botella al final de la comida, no había visto blanquear el ojo de su padre. El perro contemplaba con la boca abierta alternativamente a su amo muerto y el elixir, del mismo modo que don Juan miraba, ora a su padre, ora al frasco. La lámpara arrojaba ráfagas ondulantes. El silencio era profundo, la viola había enmudecido. Belvídero se estremeció creyendo ver moverse a su padre. Intimidado por la expresión rígida de sus ojos acusadores, los cerró del mismo modo que hubiera bajado una persiana abatida por el viento en una noche de otoño. Permaneció de pie, inmóvil, perdido en un mundo de pensamientos. De repente, un ruido agrio, semejante al grito de un resorte oxidado, rompió el silencio. Don Juan, sorprendido, estuvo a punto de dejar caer el frasco. De sus poros brotó un sudor más frío que el acero de un puñal. Un gallo de madera pintada surgió de lo alto de un reloj de pared, y cantó tres veces. Era una de esas máquinas ingeniosas, con la ayuda de las cuales se hacían despertar para sus trabajos a una hora fija los sabios de la época. El alba enrojecía ya las ventanas. Don Juan había pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj de pared era más fiel a su servicio que él en el cumplimiento de sus deberes hacia Bartolomé. Aquel mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y engranajes, mientras que don Juan poseía uno particular al hombre, llamado corazón. Para no arriesgarse a perder el misterioso licor, el escéptico don Juan volvió a colocarlo en el cajón de la mesita gótica. En tan solemne momento oyó un tumulto sordo en la galería: eran voces confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, el roce de las sedas, el ruido en fin de un alegre grupo que se recoge. La puerta se abrió y el Príncipe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las cantantes aparecieron en el extraño desorden en que se encuentran las bailarinas sorprendidas por la luz de la mañana, cuando el sol lucha con el fuego palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven heredero el pésame de costumbre.

-¡Oh, oh!, ¿se habrá tomado el pobre don Juan esta muerte en serio? -dijo el Príncipe al oído de la de Brambilla.

-Su padre era un buen hombre -le respondió ella.

Sin embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habían imprimido a sus rasgos una expresión tan extraña que impuso silencio a semejante grupo. Los hombres permanecieron inmóviles. Las mujeres, que tenían los labios secos por el vino y las mejillas cárdenas por los besos, se arrodillaron y comenzaron a rezar. Don Juan no pudo evitar estremecerse viendo cómo el esplendor, las alegrías, las risas, los cantos, la juventud, la belleza, el poder, todo lo que es vida, se postraba así ante la muerte. Pero, en aquella adorable Italia la vida disoluta y la religión se acoplaban por entonces tan bien, que la religión era un exceso, y los excesos una religión. El Príncipe estrechó afectuosamente la mano de don Juan, y después, todos los rostros adoptaron simultáneamente el mismo gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y aquella fantasmagoría desapareció, dejando la sala vacía. Ciertamente era una imagen de la vida. Mientras bajaban las escaleras le dijo el Príncipe a la Rivabarella:

-Y bien, ¿quién habría creído a don Juan un fanfarrón impío? ¡Ama a su padre!

-¿Se han fijado en el perro negro? -preguntó la Brambilla.

-Ya es inmensamente rico -dijo suspirando Blanca Cavatolino.

-¡Y eso qué importa! -exclamó la orgullosa Baronesa, aquella que había roto la bombonera.

-¿Cómo que qué importa? -exclamó el Duque-. ¡Con sus escudos él es tan príncipe como yo!

Don Juan, en un principio asediado por mil pensamientos, dudaba ante varias decisiones. Después de haber examinado el tesoro amasado por su padre, volvió a la cámara mortuoria con el alma llena de un tremendo egoísmo. Encontró allí a toda la servidumbre ocupada en adornar el lecho fúnebre en el cual iba a ser expuesto al día siguiente el difunto señor, en medio de una soberbia capilla ardiente, curioso espectáculo que toda Ferrara vendría a admirar. Don Juan hizo un gesto y sus gentes se detuvieron, sobrecogidos, temblorosos.

-Déjenme solo aquí -dijo con voz alterada- y no entren hasta que yo salga.

Cuando los pasos del anciano sirviente que salió el último sólo sonaron débilmente en las losas, cerró don Juan precipitadamente la puerta, y seguro de su soledad exclamó:

-¡Veamos!

El cuerpo de Bartolomé estaba acostado en una larga mesa. Con el fin de evitar a los ojos de todos el horrible espectáculo de un cadáver al que una decrepitud extrema y la debilidad asemejaban a un esqueleto, los embalsamadores habían colocado una sábana sobre el cuerpo, envolviéndole todo menos la cabeza. Aquella especie de momia yacía en el centro de la habitación, y la sábana, amplia, dibujaba vagamente las formas, aun así duras, rígidas y heladas. El rostro tenía ya amplias marcas violeta que mostraban la necesidad de terminar el embalsamamiento. A pesar del escepticismo que lo acompañaba, don Juan tembló al destapar el mágico frasco de cristal. Cuando se acercó a la cabecera un temblor estuvo a punto de obligarlo a detenerse. Pero aquel joven había sido sabiamente corrompido, desde muy pronto, por las costumbres de una corte disoluta; un pensamiento digno del duque de Urbino le otorgó el valor que aguijoneaba su viva curiosidad; pareció como si el diablo le hubiera susurrado estas palabras que resonaron en su corazón: «¡impregna un ojo!» Tomó un paño y, después de haberlo empapado con parsimonia en el precioso licor, lo pasó lentamente sobre el párpado derecho del cadáver. El ojo se abrió.

-¡Ah! ¡Ah! -dijo don Juan apretando el frasco en su mano como se agarra en sueños la rama de la que colgamos sobre un precipicio.

Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño en una cabeza de muerto, donde la luz temblaba en un joven fluido, y, protegida por hermosas pestañas negras, brillaba como ese único resplandor que el viajero percibe en un campo desierto en las noches de invierno. Aquel ojo resplandeciente parecía querer arrojarse sobre don Juan, pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba, mordía. Todas las pasiones humanas se agitaban en él. Eran las más tiernas súplicas: la cólera de un rey, luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus verdugos; la mirada que lanza un hombre a los hombres al subir el último escalón del patíbulo. Tanta vida estallaba en aquel fragmento de vida, que don Juan retrocedió espantado, paseó por la habitación sin atreverse a mirar aquel ojo, que veía de nuevo en el suelo, en los tapices. La estancia estaba sembrada de puntos llenos de fuego, de vida, de inteligencia. Por todas partes brillaban ojos que ladraban a su alrededor.

-¡Bien podría haber vivido cien años! -exclamó sin querer cuando, llevado ante su padre por una fuerza diabólica, contemplaba aquella chispa luminosa.

De repente, aquel párpado inteligente se cerró y volvió a abrirse bruscamente, como el de una mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «¡Sí!», don Juan no se hubiera asustado más.

«¿Qué hacer?», pensaba. Tuvo el valor de intentar cerrar aquel párpado blanco. Sus esfuerzos fueron vanos.

-¿Reventarlo? ¿Sería acaso un parricidio? -se preguntaba.

-Sí -dijo el ojo con un guiño de una sorprendente ironía.

-¡Ja! Ja! ¡Aquí hay brujería! -exclamó don Juan, y se acercó al ojo para reventarlo. Una lágrima rodó por las mejillas hundidas del cadáver, y cayó en la mano de Belvídero-. ¡Está ardiendo! -gritó sentándose.

Aquella lucha lo había fatigado como si hubiera combatido contra un ángel, como Jacob.

Finalmente se levantó diciendo para sí:

«¡Mientras no haya sangre...!» Luego, reuniendo todo el valor necesario para ser cobarde, reventó el ojo aplastándolo con un paño, pero sin mirar. Un gemido inesperado, pero terrible, se hizo oír. El pobre perro de aguas expiró aullando.

«¿Sabría él el secreto?», se preguntó don Juan mirando al fiel animal.

Don Juan Belvídero pasó por un hijo piadoso. Levantó sobre la tumba de su padre un monumento y confió la realización de las figuras a los artistas más célebres de su tiempo. Sólo estuvo completamente tranquilo el día en que la estatua paterna, arrodillada ante la Religión, impuso su enorme peso sobre aquella fosa, en el fondo de la cual enterró el único remordimiento que hubiera rozado su corazón en los momentos de cansancio físico. Haciendo inventario de las inmensas riquezas amasadas por el viejo orientalista, don Juan se hizo avaro. ¿Acaso no tenía dos vidas humanas para proveer de dinero? Su mirada, profunda y escrutadora, penetró en el principio de la vida social y abrazó mejor al mundo, puesto que lo veía a través de una tumba. Analizó a los hombres y las cosas para terminar de una vez con el Pasado, representado por la Historia; con el Presente, configurado por la Ley; con el Futuro, desvelado por las Religiones. Tomó el alma y la materia, las arrojó a un crisol, no encontró nada, y desde entonces se convirtió en DON JUAN.

Dueño de las ilusiones de la vida, se lanzó, joven y hermoso, a la vida, despreciando al mundo, pero apoderándose del mundo. Su felicidad no podía ser una felicidad burguesa que se alimenta con un hervido diario, con un agradable calentador de cama en invierno, una lámpara de noche y unas pantuflas nuevas cada trimestre. No; se asió a la existencia como un mono que coge una nuez y, sin entretenerse largo tiempo, despoja sabiamente las envolturas del fruto, para degustar la sabrosa pulpa. La poesía y los sublimes arrebatos de la pasión humana no le interesaban. No cometió el error de otros hombres poderosos que, imaginando que las almas pequeñas creen en las grandes almas, se dedican a intercambiar los más altos pensamientos del futuro con la moneda de nuestras ideas vitalicias. Bien podía, como ellos, caminar con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo; pero prefería sentarse y secar bajo sus besos más de un labio de mujer joven, fresca y perfumada; porque, al igual que la Muerte, allí por donde pasaba devoraba todo sin pudor, queriendo un amor posesivo, un amor oriental de placeres largos y fáciles. Amando sólo a la mujer en las mujeres, hizo de la ironía un cariz natural de su alma. Cuando sus amantes se servían de un lecho para subir a los cielos donde iban a perderse en el seno de un éxtasis embriagador, don Juan las seguía, grave, expansivo, sincero, tanto como un estudiante alemán sabe serlo. Pero decía YO cuando su amante, loca, extasiada, decía NOSOTROS. Sabía dejarse llevar por una mujer de forma admirable. Siempre era lo bastante fuerte como para hacerla creer que era un joven colegial que dice a su primera compañera de baile: «¿Te gusta bailar?», también sabía enrojecer a propósito, y sacar su poderosa espada y derribar a los comendadores. Había burla en su simpleza y risa en sus lágrimas, pues siempre supo llorar como una mujer cuando le dice a su marido: «Dame un séquito o me moriré enferma del pecho.»

Para los negociantes, el mundo es un fardo o una mesa de billetes en circulación; para la mayoría de los jóvenes, es una mujer; para algunas mujeres, es un hombre; para ciertos espíritus es un salón, una camarilla, un barrio, una ciudad; para don Juan, el universo era él. Modelo de gracia y de belleza, con un espíritu seductor, amarró su barca en todas las orillas; pero, haciéndose llevar, sólo iba allí adonde quería ser llevado. Cuanto más vivió, más dudó. Examinando a los hombres, adivinó con frecuencia que el valor era temeridad; la prudencia, cobardía; la generosidad, finura; la justicia, un crimen; la delicadeza, una necedad; la honestidad, organización; y, gracias a una fatalidad singular, se dio cuenta de que las gentes honestas, delicadas, justas, generosas, prudentes y valerosas, no obtenían ninguna consideración entre los hombres: ¡Qué broma tan absurda! -se dijo-. No procede de un dios. Y entonces, renunciando a un mundo mejor, jamás se descubrió al oír pronunciar un nombre, y consideró a los santos de piedra de las iglesias como obras de arte. Pero también, comprendiendo el mecanismo de las sociedades humanas, no contradecía en exceso los prejuicios, puesto que no era tan poderoso como el verdugo, pero daba la vuelta a las leyes sociales con la gracia y el ingenio tan bien expresados en su escena con el Señor Dimanche. Fue, en efecto, el tipo de don Juan de Molière, del Fausto de Goethe, del Manfred de Byron y del Melmoth de Maturin. Grandes imágenes trazadas por los mayores genios de Europa, y a las que no faltarán quizá ni los acordes de Mozart ni la lira de Rossini. Terribles imágenes que el principio del mal, existente en el hombre, eterniza y del cual se encuentran copias cada siglo: bien porque este tipo entra en conversaciones humanas encarnándose en Mirabeau; bien porque se conforma con actuar en silencio como Bonaparte; o de comprimir el mundo en una ironía como el divino Rabelais; o, incluso, se ría de los seres en lugar de insultar a las cosas como el mariscal de Richelieu; o que se burle a la vez de los hombres y de las cosas como el más célebre de nuestros embajadores.

Pero la profunda jovialidad de don Juan Belvídero precedió a todos ellos. Se rió de todo. Su vida era una burla que abarcaba hombres, cosas, instituciones e ideas. En lo que respecta a la eternidad, había conversado familiarmente media hora con el papa Julio II, y al final de la charla le había dicho riendo:

-Si es absolutamente preciso elegir prefiero creer en Dios a creer en el diablo; el poder unido a la bondad ofrece siempre más recursos que el genio del mal.

-Sí, pero Dios quiere que se haga penitencia en este mundo.

-¿Siempre piensa en sus indulgencias? -respondió Belvídero-. ¡Pues bien! tengo reservada toda una existencia para arrepentirme de las faltas de mi primera vida.

-¡Ah!, si es así como entiendes la vejez -exclamó el Papa- corres el riesgo de ser canonizado.

-Después de su ascensión al papado, puede creerse todo.

Fueron entonces a ver a los obreros que construían la inmensa basílica consagrada a san Pedro.

-San Pedro es el hombre de genio que dejó constituido nuestro doble poder -dijo el Papa a don Juan-, merece este monumento. Pero, a veces, por la noche, pienso que un silencio borrará todo esto y habrá que volver a empezar...

Don Juan y el Papa se echaron a reír, se habían entendido bien. Un necio habría ido a la mañana siguiente a divertirse con Julio II a casa de Rafael o a la deliciosa Villa Madame, pero Belvídero acudió a verlo oficiar pontificalmente para convencerse de todas sus dudas. En un momento libertino, la Rovere hubiera podido desdecirse y comentar el Apocalipsis.

Sin embargo, esta leyenda no tiene por objeto el proporcionar material a aquellos que deseen escribir sobre la vida de don Juan, sino que está destinada a probar a las gentes honestas que Belvídero no murió en un duelo con una piedra como algunos litógrafos quieren hacer creer.

Cuando don Juan Belvídero alcanzó la edad de sesenta años, se instaló en España. Allí, ya anciano, se casó con una joven y encantadora andaluza. Pero, tal y como lo había calculado, no fue ni buen padre ni buen esposo. Había observado que no somos tan tiernamente amados como por las mujeres en las que nunca pensamos. Doña Elvira, educada santamente por una anciana tía en lo más profundo de Andalucía, en un castillo a pocas leguas de Sanlúcar, era toda gracia y devoción. Don Juan adivinó que aquella joven sería del tipo de mujer que combate largamente una pasión antes de ceder, y por ello pensó poder conservarla virtuosa hasta su muerte. Fue una broma seria, un jaque que se quiso reservar para jugarlo en sus días de vejez. Fortalecido con los errores cometidos por su padre Bartolomé, don Juan decidió utilizar los actos más insignificantes de su vejez para el éxito del drama que debía consumarse en su lecho de muerte. De este modo, la mayor parte de su riqueza permaneció oculta en los sótanos de su palacio de Ferrara, donde raramente iba. Con la otra mitad de su fortuna estableció una renta vitalicia para que le produjera intereses durante su vida, la de su mujer y la de sus hijos, astucia que su padre debiera haber practicado. Pero semejante maquiavélica especulación no le fue muy necesaria. El joven Felipe Belvídero, su hijo, se convirtió en un español tan concienzudamente religioso como impío era su padre, quizá en virtud del proverbio: a padre avaro, hijo pródigo.

El abad de Sanlúcar fue elegido por don Juan para dirigir la conciencia de la duquesa de Belvídero y de Felipe. Aquel eclesiástico era un hombre santo, admirablemente bien proporcionado, alto, de bellos ojos negros y una cabeza al estilo de Tiberio, cansada por el ayuno, blanca por la mortificación y diariamente tentada como son tentados todos los solitarios. Quizá esperaba el anciano señor matar a algún monje antes de terminar su primer siglo de vida. Pero, bien porque el abad fuera tan fuerte como podía serlo el mismo don Juan, bien porque doña Elvira tuviera más prudencia o virtud de la que España le otorga a las mujeres, don Juan fue obligado a pasar sus últimos días como un viejo cura rural, sin escándalos en su casa. A veces, sentía placer si encontraba a su mujer o a su hijo faltando a sus deberes religiosos, y les exigía realizar todas las obligaciones impuestas a los fieles por el tribunal de Roma. En fin, nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante abad de Sanlúcar, a doña Elvira y a Felipe discutir sobre un caso de conciencia. Sin embargo, a pesar de los cuidados que don Juan Belvídero prodigaba a su persona, llegaron los días de decrepitud; con la edad del dolor llegaron los gritos de impotencia, gritos tanto más desgarradores cuanto más ricos eran los recuerdos de su ardiente juventud y de su voluptuosa madurez. Aquel hombre, cuyo grado más alto de burla era inducir a los otros a creer en las leyes y principios de los que él se mofaba, se dormía por las noches pensando en un quizá. Aquel modelo de elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgías, soberbio en la corte, gentil para con las mujeres cuyos corazones había retorcido como un campesino retuerce una vara de mimbre, aquel hombre ingenio, tenía una pituita pertinaz, una molesta ciática y una gota brutal. Veía cómo sus dientes lo abandonaban, al igual que se van, una a una, las más blancas damas, las más engalanadas, dejando el salón desierto. Finalmente, sus atrevidas manos temblaron, sus esbeltas piernas se tambalearon, y una noche la apoplejía aprisionó sus manos corvas y heladas. Desde aquel fatal día se volvió taciturno y duro. Acusaba la dedicación de su mujer y de su hijo, pretendiendo en ocasiones que sus emotivos cuidados y delicadezas le eran así prodigados porque había puesto su fortuna en rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas amargas y doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya voz cascada se volvía afectuosa para decirles: «Queridos míos, querida esposa, ¿me perdonan, verdad? Los atormento un poco. ¡Ay, gran Dios! ¿cómo te sirves de mí para poner a prueba a estas dos celestes criaturas? Yo, que debiera ser su alegría, soy su calamidad.» De este modo los encadenó a la cabecera de su cama, haciéndoles olvidar meses enteros de impaciencia y crueldad por una hora en que les prodigaba los tesoros, siempre nuevos, de su gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que resultó infinitamente mejor que el que su padre había utilizado en otro tiempo para con él.

Por fin llegó a un grado tal de enfermedad en que, para acostarlo, había que manejarlo como una falúa que entra en un canal peligroso. Luego, llegó el día de la muerte. Aquel brillante y escéptico personaje de quien sólo el entendimiento sobrevivía a la más espantosa de las destrucciones, se vio entre un médico y un confesor, los dos seres que le eran más antipáticos. Pero estuvo jovial con ellos. ¿Acaso no había para él una luz brillante tras el velo del porvenir? Sobre aquella tela, para unos de plomo, diáfana para él, jugaban como sombras las arrebatadoras delicias de la juventud.

Era una hermosa tarde cuando don Juan sintió la proximidad de la muerte. El cielo de España era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire, las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecía que la naturaleza le daba pruebas ciertas de su resurrección; un hijo piadoso y obediente lo contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse solo con aquel cándido ser.

-Felipe -le dijo con una voz tan tierna y afectuosa que hizo estremecerse y llorar de felicidad al joven. Jamás había pronunciado así «Felipe», aquel padre inflexible.

-Escúchame, hijo mío -continuó el moribundo-. Soy un gran pecador. Durante mi vida también he pensado en mi muerte. En otro tiempo fui amigo del gran papa Julio II. El ilustre pontífice temió que la excesiva exaltación de mis sentidos me hiciese cometer algún pecado mortal entre el momento de expirar y de recibir los santos óleos; me regaló un frasco con el agua bendita que mana entre las rocas, en el desierto. He mantenido el secreto de este despilfarro del tesoro de la Iglesia, pero estoy autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo mortis. Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa gótica que siempre ha estado en la cabecera de mi cama... El precioso cristal podrá servirte aún, querido Felipe. Júrame, por tu salvación eterna, que ejecutarás puntualmente mis órdenes.

Felipe miró a su padre. Don Juan conocía demasiado la expresión de los sentimientos humanos como para no morir en paz bajo el testimonio de aquella mirada, como su padre había muerto en la desesperanza de su propia mirada.

-Tú merecías otro padre -continuó don Juan-. Me atrevo a confesarte, hijo mío, que en el momento en que el venerable abad de Sanlúcar me administraba el viático, pensaba en la incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el de Dios.

-¡Oh, padre!

-Y me decía a mí mismo que, cuando Satán haga su paz, tendrá que acordar el perdón de sus partidarios, para no ser un gran miserable. Esta idea me persigue. Iré, pues, al infierno, hijo mío, si no cumples mi voluntad.

-¡Oh, dímela pronto, padre!

-Tan pronto como haya cerrado los ojos -continuó don Juan-, unos minutos después, cogerás mi cuerpo, aún caliente, y lo extenderás sobre una mesa, en medio de la habitación. Después apagarás la luz. El resplandor de las estrellas deberá ser suficiente. Me despojarás de mis ropas, rezarás padrenuestros y avemarías elevando tu alma a Dios y humedecerás cuidadosamente con este agua santa mis ojos, mis labios, toda mi cabeza primero, y luego sucesivamente los miembros y el cuerpo; pero, hijo mío, el poder de Dios es tan grande, que no deberás asombrarte de nada.

Entonces, don Juan, que sintió llegar la muerte, añadió con voz terrible:

-Coge bien el frasco -y expiró dulcemente en los brazos de su hijo, cuyas abundantes lágrimas bañaron su rostro irónico y pálido.

Era cerca de la medianoche cuando don Felipe Belvídero colocó el cadáver de su padre sobre la mesa. Después de haber besado su frente amenazadora y sus grises cabellos, apagó la lámpara. La suave luz producida por la claridad de la luna cuyos extraños reflejos iluminaban el campo, permitió al piadoso Felipe entrever indistintamente el cuerpo de su padre como algo blanco en medio de la sombra. El joven impregnó un paño en el licor que, sumido en la oración, ungió fielmente aquella cabeza sagrada en un profundo silencio. Oía estremecimientos indescriptibles, pero los atribuía a los juegos de la brisa en la cima de los árboles. Cuando humedeció el brazo derecho sintió que un brazo fuerte y vigoroso le cogía el cuello, ¡el brazo de su padre! Profirió un grito desgarrador y dejó caer el frasco, que se rompió. El licor se evaporó. Las gentes del castillo acudieron, provistos de candelabros, como si la trompeta del juicio final hubiera sacudido el universo. En un instante la habitación estuvo llena de gente. La multitud temblorosa vio a don Felipe desvanecido, pero retenido por el poderoso brazo de su padre, que le apretaba el cuello. Después, cosa sobrenatural, los asistentes contemplaron la cabeza de don Juan tan joven y tan bella como la de Antínoo; una cabeza con cabellos negros, ojos brillantes, boca bermeja y que se agitaba de forma escalofriante, sin poder mover el esqueleto al que pertenecía. Un anciano servidor gritó:

-¡Milagro! -y todos los españoles repitieron-: ¡Milagro!

Doña Elvira, demasiado piadosa como para admitir los misterios de la magia, mandó buscar al abad de Sanlúcar. Cuando el prior contempló con sus propios ojos el milagro, decidió aprovecharlo, como hombre inteligente y como abad, para aumentar sus ingresos. Declarando enseguida que don Juan sería canonizado sin ninguna duda, fijó la apoteósica ceremonia en su convento que en lo sucesivo se llamaría, dijo, San Juan-de-Lúcar. Ante estas palabras, la cabeza hizo un gesto jocoso.

El gusto de los españoles por este tipo de solemnidades es tan conocido que no resultan difíciles de creer las hechicerías religiosas con que el abad de Sanlúcar celebró el traslado del bienaventurado don Juan Belvídero a su iglesia. Días después de la muerte del ilustre noble, el milagro de su imperfecta resurrección era tan comentado de un pueblo a otro, en un radio de más de cincuenta leguas alrededor de Sanlúcar, que resultaba cómico ver a los curiosos en los caminos; vinieron de todas partes, engolosinados por un Te Deum con antorchas. La antigua mezquita del convento de Sanlúcar, una maravillosa edificación construida por los moros, cuyas bóvedas escuchaban desde hacía tres siglos el nombre de Jesucristo sustituyendo al de Alá, no pudo contener a la multitud que acudía a ver la ceremonia. Apretados como hormigas, los hidalgos con capas de terciopelo y armados con sus espadas, estaban de pie alrededor de las columnas, sin encontrar sitio para doblar sus rodillas, que sólo se doblaban allí. Encantadoras campesinas, cuyas basquiñas dibujaban las amorosas formas, daban su brazo a ancianos de blancos cabellos. Jóvenes con ojos de fuego se encontraban junto a ancianas mujeres adornadas. Había, además, parejas estremecidas de placer, novias curiosas acompañadas por sus bienamados; recién casados; niños que se cogían de la mano, temerosos. Allí estaba aquella multitud, llena de colorido, brillante en sus contrastes, cargada de flores, formando un suave tumulto en el silencio de la noche. Las amplias puertas de la iglesia se abrieron. Aquellos que, retardados, se quedaron fuera, veían de lejos, por las tres puertas abiertas, una escena tan pavorosa de decoración a la que nuestras modernas óperas sólo podrían aproximarse débilmente. Devotos y pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo santo, encendieron en su honor millares de velas en aquella amplia iglesia, resplandores interesados que concedieron un mágico aspecto al monumento. Las negras arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas profundas y brillantes de oro y plata, las galerías, las figuras sarracenas recortadas, los más delicados trazos de tan delicada escultura se dibujaban en aquella luz excesiva, como caprichosas figuras que se forman en un brasero al rojo.

Era un océano de fuego, dominado al fondo de la iglesia por un coro dorado, donde se levantaba el altar mayor, cuya gloria habría podido rivalizar con la de un sol naciente. En efecto, el esplendor de las lámparas de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes, de las borlas, de los santos y de los ex votos palidecía ante el relicario en que se encontraba don Juan. El cuerpo del impío resplandecía de pedrería, de flores, cristales, diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un serafín, y sustituía en el altar a un retablo de Cristo. A su alrededor brillaban numerosos cirios que lanzaban al aire ondas llameantes. El abad de Sanlúcar, adornado con los hábitos pontificios, con su mitra enriquecida de piedras preciosas, su roqueta, su báculo de oro, estaba sentado, rey del coro, en un sillón de lujo imperial, en medio del clero compuesto por impasibles ancianos de cabellos plateados, revestidos de albas finas y que lo rodeaban semejantes a los santos confesores que los pintores agrupan alrededor del Eterno. El gran chantre y los dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes insignias de sus vanidades eclesiásticas, iban y venían en el seno de las nubes formadas por el incienso, semejantes a los astros que ruedan en el firmamento. Cuando llegó la hora del triunfo, las campanas despertaron los ecos del campo, y aquella inmensa asamblea lanzó a Dios el primer grito de alabanza con que comienza el Te Deum. ¡Sublime grito! Eran voces puras y ligeras, voces de mujeres en éxtasis unidas a las voces graves y fuertes de los hombres, de millares de voces tan poderosas, que el órgano no dominó el conjunto, a pesar del mugir de sus tubos. Sólo las agudas notas de la voz joven de los niños del coro y los amplios acentos de algunos bajos, suscitaron ideas graciosas, dibujaron la infancia y la fuerza en este arrebatador concierto de voces humanas confundidas en un sentimiento de amor.

-¡Te Deum laudamus!

Aquel canto salía del seno de la catedral negra de mujeres y hombres arrodillados, semejante a una luz que brilla de pronto en la noche; y se rompió el silencio como por el estallido de un trueno. Las voces ascendieron con nubes de incienso que arrojaban entonces velos diáfanos y azulados sobre las fantasías maravillosas de la arquitectura. Todo era riqueza, perfume, luz y melodía. En el instante en que aquella música de amor y de reconocimiento se concentró en el altar, don Juan, demasiado educado como para no dar las gracias, demasiado espiritual, por no decir burlón, respondió con una espantosa carcajada y se acomodó en su relicario. Pero el diablo le hizo pensar en el riesgo que corría de ser tomado por un hombre ordinario, un santo, un Bonifacio, un Pantaleón. Turbó aquella melodía de amor con un aullido al que se unieron las mil voces del inferno. La tierra bendecía, el cielo maldecía. La iglesia tembló en sus antiguos cimientos.

-¡Te Deum laudamus! -decía la asamblea.

-¡Al diablo todos!, ¡son unas bestias! ¡Dios! ¡Dios!, ¡carajos demonios!, ¡animales, son unos estúpidos con su viejo Dios!

Y un torrente de imprecaciones discurrió como un río de lava ardiente en una erupción del Vesubio.

-¡Deus sabaoth, sabaoth! -gritaron los cristianos.

-¡Insultan la majestad del infierno! -contestó don Juan con un rechinar de dientes.

Pronto pudo el brazo viviente salir por encima del relicario y amenazó a la asamblea con gestos de desesperación e ironía.

-El santo nos bendice -dijeron las viejas mujeres, los niños y los novios, gentes crédulas.

Así somos frecuentemente engañados en nuestras adoraciones. El hombre superior se burla de los que lo elogian y elogia en ocasiones a aquellos de los que se burla en el fondo de su corazón.

Cuando el abad arrodillado ante el altar cantaba:

-Sancte Johannes ora pro nobis -entendió claramente-: -¡Oh, coglione!

»-¿Qué pasa ahí arriba? -exclamó el deán al ver moverse el relicario.

-El santo hace diabluras -respondió el abad.

Entonces, aquella cabeza viviente se separó violentamente del cuerpo que ya no vivía y cayó sobre el cráneo amarillo del oficiante.

-¡Acuérdate de doña Elvira! -gritó la cabeza devorando la del abad.

Éste profirió un horrible grito que turbó la ceremonia.

Todos los sacerdotes corrieron y rodearon a su soberano.

-¡Imbécil! ¿y dices que hay un Dios? -gritó la voz en el momento en que el abad, mordido en su cerebro, expiraba".


Honoré de Balzac

miércoles, 28 de enero de 2015

"Cuento de los Tres Deseos"

"Había una vez un hombre, que no era muy rico, que se casó con una bella mujer. Una noche de invierno, sentados junto al fuego, comentaban la felicidad de sus vecinos que eran más ricos que ellos.

-¡Oh! -decía la mujer- si pudiera disponer de todo lo que yo quisiera, sería muy pronto mucho más feliz que todas estas personas.

-Y yo -dijo el marido-. Me gustaría vivir en el tiempo de las hadas y que hubiera una lo suficientemente buena como para concederme todo lo que yo quisiera.

En ese preciso instante, vieron en su cocina a una dama muy hermosa, que les dijo:

-Soy un hada; prometo concederles las tres primeras cosas que deseen; pero tengan cuidado: después de haber deseado tres cosas, no les concederé nada más.

Cuando el hada desapareció, aquel hombre y aquella mujer se hallaron muy confusos:

-Para mí, que soy el ama de casa -dijo la mujer- sé muy bien cuál sería mi deseo: no lo deseo aún formalmente, pero creo que no hay nada mejor que ser bella, rica y fina.

-Pero, -contestó el marido- aún teniendo todas esas cosas, uno puede estar enfermo, triste o incluso puede morir joven: sería más prudente desear salud, alegría y una larga vida.

-¿De qué serviría una larga vida, si se es pobre? -dijo la mujer-. Eso sólo serviría para ser desgraciado durante más tiempo. En realidad, el hada habría debido prometer concedernos una docena de deseos, pues hay por lo menos una docena de cosas que yo necesitaría.

-Eso es cierto -dijo el marido- pero démonos tiempo, pensemos de aquí a mañana por la mañana, las tres cosas que nos son más necesarias, y luego las pediremos.

-Puedo pensar en ello toda la noche -dijo la mujer- mientras tanto, calentémonos pues hace frío.

Mientras hablaba, la mujer cogió unas tenazas y atizó el fuego; y cuando vio que había bastantes carbones encendidos, dijo sin reflexionar:

-He aquí un buen fuego, me gustaría tener un alna de morcilla para cenar, podríamos asarla fácilmente.

Tan pronto como terminó de pronunciar esas palabras, cayó por la chimenea un alna de morcilla.

-¡Maldita sea la tragona con su morcilla! -dijo el marido-; no es un hermoso deseo, y sólo nos quedan dos que formular; por lo que a mí respecta, me gustaría que llevaras la morcilla en la punta de la nariz.

Y, al instante, el hombre se percató de que era más tonto aún que su mujer, pues, por ese segundo deseo, la morcilla saltó a la punta de la nariz de aquella pobre mujer que no podía arrancársela.

-¡Qué desgraciada soy! -exclamó- ¡eres un malvado por haber deseado que la morcilla se situara en la punta de mi nariz!

-Te juro, esposa querida, que no he pensado en que pudiera ocurrir -dijo el marido-. ¿Qué podemos hacer? Voy a desear grandes riquezas y te haré un estuche de oro para tapar la morcilla.

-¡Cuídate mucho de hacerlo! -prosiguió la mujer- pues me suicidaría si tuviera que vivir con esta morcilla en mi nariz, te lo aseguro. Sólo nos queda un deseo, cédemelo o me arrojaré por la ventana.

Mientras pronunciaba estas frases corrió a abrir la ventana y su marido, que la amaba, gritó:

-Detente mi querida esposa, te doy permiso para que pidas lo que quieras.

-Muy bien, -dijo la mujer- deseo que esta morcilla caiga al suelo.

Y al instante, la morcilla cayó. La mujer, que era inteligente, dijo a su marido:

-El hada se ha burlado de nosotros, y ha tenido razón. Tal vez hubiéramos sido más desgraciados siendo más ricos de lo que somos en este momento. Créeme, amigo mío, no deseemos nada y tomemos las cosas como Dios tenga a bien mandárnoslas; mientras tanto, comámonos la morcilla, puesto que es lo único que nos queda de los tres deseos.

El marido pensó que su mujer tenía razón, y cenaron alegremente, sin volver a preocuparse por las cosas que habrían podido desear".


Jeanne-Marie Le Prince de Beaumont

martes, 27 de enero de 2015

"La Transformación"

"He oído decir que cuando alguna aventura extraña, sobrenatural y de carácter necromántico le ha sucedido a algún ser humano, dicho ser, no importa el deseo que tenga de ocultarlo, en cierto periodos se siente destrozado como por un terremoto intelectual y se ve forzado a desnudar sus profundidades interiores a otra persona. Yo soy testigo de la verdad de esta afirmación. Me he jurado a mí mismo no revelar jamás a oídos humanos los horrores a los que una vez, por exceso de un orgullo malévolo, me entregué. El hombre santo que oyó mi confesión y me reconcilió con la Iglesia está muerto. Nadie sabe que en una ocasión...

¿Por qué no habría de ser así? ¿Por qué contar una historia de impía tentación de la Providencia, sometedora del alma a la humillación? ¿Por qué? ¡Contéstame, tú que eres sabio en los secretos dela naturaleza humana! Sólo sé que es así; y a pesar de una fuerte decisión —de un orgullo que me domina en exceso—, de vergüenza e incluso de miedo de hacerme odioso a mi propia especie, debo hablar.

¡Génova! Mi lugar de nacimiento... ¡Ciudad orgullosa que da a las azules aguas del Mediterráneo! ¿Me recuerdas en mi infancia, cuando los riscos y promontorios, tu brillante cielo y alegres viñedos eran mi mundo? ¡Felices tiempos! Cuando par el corazón joven el universo de estrechos límites deja, por su propia limitación, un sendero libre a la imaginación, encadena nuestras energías físicas y es el único período en nuestras vidas en que la inocencia y el gozo están unidos. No obstante, ¿quién puede mirar atrás, a la infancia, y no recordar sus dolores e inquietantes temores? Yo nací con el espíritu más arrogante, altivo e indomable con que jamás se viera dotado un mortal. Sólo ante mi padre me arredraba, y él, generoso y noble, pero caprichoso y tiránico, al mismo tiempo fomentaba y refrenaba esa salvaje impetuosidad de mi carácter, haciendo necesaria la obediencia, pero sin inspirar respeto por los motivos que guiaban sus órdenes. Ser un hombre, libre e independiente, o, en mejores palabras, insolente y dominante, era la esperanza y anhelo de mi rebelde corazón. Mi padre tenía un amigo, un genovés noble y rico, que en un tumulto político se vio repentinamente sentenciado al destierro y sus propiedades fueron confiscadas. El marqués de Torella fue solo al exilio. Al igual que mi padre, era viudo. Tenía una hija, la pequeña Juliet, que quedó bajo la custodia de mi padre. Ciertamente, yo habría sido un maestro poco amable para la adorable muchacha, pero por mi posición me vi obligado a convertirme en su protector. Diversidad de incidente llevaron a un único punto: que Juliet viera en mí una roca de refugio, y yo en ella a una persona que debía perecer por la suave sensibilidad de su naturaleza rudamente sacudida, de no ser por mis cuidados de guardián. Crecimos juntos. La rosa que se abre en mayo no era más dulce que esta querida joven. Su rostro irradiaba belleza. Su silueta, su andar, su voz... Mi corazón llora incluso ahora al pensar en todo el candor, amabilidad, amor y pureza encerrados en esa morada celestial. Cuando yo tenía once años y Juliet ocho, un primo mío, mucho mayor que los dos —a nosotros nos parecía un hombre—, le prestó mucha atención a mi compañera de juegos. La llamó «su prometida» y le pidió que se casara con él. Ella se negó y él insistió, atrayéndola contra su voluntad hacia él. Con el semblante y las emociones de un maníaco, me lancé sobre él y me fané por desenfundar su espada... Me aferrá a su cuello con la feroz resolución de ahorcarle; tuvo que pedir ayuda para que me separaran. Aquella noche llevé a Juliet a la capilla de nuestra casa e hice que tocara las reliquias sagradas: intimidé su corazón infantil y profané sus labios de niña con el juramente de que sería mía, sólo mía.

Bueno, aquellos días pasaron. Torella regresó pocos años después, y se hizo más rico y próspero que nunca. Cuando tenía diecisiete años, murió mi padre; había sido magnífico en el despilfarro. Torella sintió júbilo porque mi minoría de edad le brindaría la oportunidad de incrementar mi riqueza. Juliet y yo habíamos sido prometidos junto al lecho de muerte de mi padre... Torella iba a ser un segundo padre para mí. Tuve deseos de ver mundo y se me concedió. Fui a Florencia, a Roma, a Nápoles. Desde allí pasé a Toulon, y por fin llegué a lo que había sido el centro de mis deseos: París. Por entonces reinaba una actividad frenética en París. El pobre rey, Carlos VI, ora cuerdo, ora loco, ora un monarca, ora un esclavo abyecto, era la burla personificada de la humanidad. La reina, el delfín, el duque de Borgoña, alternativamente amigos y enemigos —ya fuera reuniéndose en banquetes derrochadores, ya fuera derramando sangre en rivalidad— estaban ciegos al desgraciado estado de su país y a los peligros que pendían sobre él, y se entregaban por entero al gozo disoluto o a la lucha salvaje. Mi personalidad aún seguía conmigo. Era arrogantes y obstinado; amaba el alarde y, por encima de todo, carecía de control alguno. ¿Quién iba a controlarme en Paris? Mis jóvenes amigos se mostraban ansiosos por alimentar pasiones que les proporcionaban placer. Se me consideraba atractivo, era maestro en todos los logros de un caballero. No estaba relacionado con ningún partido político. Llegué a ser el favorito de todos. Debido a mi juventud se me perdonaba toda presunción y altivez: y así me convertí en un joven consentido. ¿Quién podía controlarme? No las cartas y consejos de Torella... sólo la fuerte necesidad que me visitaba bajo la aborrecida forma de una bolsa vacía. Mas había medios para rellenar ese vacío. Vendí acre tras acre, propiedad tras propiedad. Mis ropas, mis joyas, mis caballos y sus jaeces casi no tenían rival en el suntuoso París, mientras las tierras de mi herencia pasaban a manos de otros.

El duque de Orleáns fue emboscado y asesinado por el duque de Borgoña. El miedo y el terror se apoderaron de París. El delfín y la reina se aislaron; se suspendieron todos los placeres. Yo me cansé de ese estado de cosas... Mi corazón ansiaba mis correrías infantiles. Casi era un mendigo; sin embargo, podía regresar, reclamar a mi prometida y reconstruir mis riquezas. Unas cuantas empresas felices como comerciante me harían rico de nuevo. No obstante, no retornaría con aspecto humilde. Mi última disposición fue desprenderme de mi propiedad próxima a Albaro por la mitad de su valor a cambio de dinero inmediato. Luego despaché toda clase de artesanías, tapices y muebles de esplendor real para preparar lo último que me quedaba de la herencia: mi palacio de Génova. Pero aún me demoré un poco más, avergonzado por el papel de hijo pródigo que debía representar.

Envié mis caballos. Le mandé a mi prometida una jaca española sin igual, cuyos jaeces centelleaban con joyas reales y telas de oro. En todas partes hice grabar las iniciales de Juliet y su Guido. Mi regalo obtuvo favor a ojos de ella y de su padre. No obstante, retornar como un derrochador proclamado, con la marca del despilfarro impertinente, quizá para el escarnio y el encuentro sólo de reproches o burlas de mis compatriotas, no era una perspectiva alentadora. Como un escudo que me protegiera de la censura, invitá a unos pocos de mis camaradas más intrépidos a acompañarme: así fui armado contra el mundo, escondiendo un sentimiento ulcerado, mitad miedo y mitad penitencia, con una exhalación osada e insolente de vanidad satisfecha.

Llegué a Génova. Recorrí los senderos de mi palacio ancestral. Mi orgulloso paso no era representante de mi corazón, pues en lo más hondo sentía que, aunque rodeado por todos los lujos, no era más que un mendigo. El primer movimiento que hiciera por reclamar a Juliet me declararía a todo el mundo como tal. Leí desprecio o pena en las miradas de todos. Supuse, tan propensa es la conciencia a imaginar lo que merece, que ricos y pobres, jóvenes y viejos, me contemplaban con burla. Torella no vino a verme. No era de extrañar que mi segundo padre esperara la deferencia de un hijo por mi parte y fuera yo el primero en visitarle. Pero, hostigado y aguijoneado por cierto sentido de vergüenza por mis locuras y deméritos, me afané por culpar a otros. Celebrábamos orgías nocturnas en el Palazzo Carega. Esas noches en vela y salvajes eran seguidas por mañanas apáticas en las que me entregaba a toda suerte de negligencias. A la hora del Ave María mostrábamos nuestras refinadas personas en las calles, mofándose de los ciudadanos sobrios, echando insolentes miradas a las mujeres aterrorizadas. Juliet no se encontraba entre ellas... No, no; si hubiera estado allí, la vergüenza me habría espantado, siempre que el amor no me hubiera obligado a postrarme a sus pies.

Me cansé de eso. De repente le hice una visita al marqués. Se hallaba en su villa, una de las tantas que se extienden por los alrededores de San Piero d'Arena. Era el mes de mayo —un mes de mayo en el jardín del mundo—: los capullos de los árboles frutales perdiéndose entre el follaje verde y denso; las parras dando sus frutos; el suelo recubierto con las flores del olivo; las luciérnagas en los setos del mirto... el cielo y la tierra lucían un manto de insuperable belleza. Torella me recibió con una calurosa bienvenida, aunque seria; e incluso esa sombra de desagrado que exhibía pronto desvaneció. Algún parecido con mi padre, algún rasgo de ingenuidad infantil que aún acechaba en su interior a pesar de mi comportamiento, ablandaron el corazón del buen anciano. Envió a buscar a su hija y me presentó a ella como su prometido. Cuando entró, la estancia se iluminó con una luz sagrada. En ella nidaba el aspecto de querubín, esos ojos grandes y suaves, las mejillas con hoyuelos y la boca de infantil dulzura que expresan esa rara unión de felicidad y amor.

Primero me poseyó la admiración; ¡es mía!, fue la segunda emoción orgullosa, y mis labios se alzaron con altivo triunfo. Yo no había sido el enfant gâté de las bellezas de Francia como para no haber aprendido el arte de complacer el corazón blando de una mujer. Si hacia los hombres era altanero, la deferencia con que trataba a las mujeres producía mayor contraste. Comencé mi cortejo a Juliet con mil galanterías, que, jurada a mí desde la infancia, jamás había concedido dicha devoción a otros, y, aunque acostumbraba a las expresiones de admiración, no estaba iniciada en el lenguaje de los amantes.

Durante unos pocos días todo fue bien. Torella jamás hizo una alusión a mi extravagancia y me trató como a un hijo favorito. Pero llegó el día, cuando discutíamos los preliminares de mi unión con su hija, en que ese hermoso rostro de las cosas cambió completamente. Se había redactado un contrato en vida de mi padre. De hecho, yo lo había anulado al haber despilfarrado todas las riquezas que debíamos compartir Juliet y yo. Torella, en consecuencia, eligió considerar cancelado ese lazo y propuso otro, en el que, aunque la fortuna que entregaba se veía inconmesurablemente incrementada, tenía tantas restricciones en cuanto a la manera de gastarla que yo, que veía la independencia sólo en el libre curso de mi voluntad, le ridiculicé diciendo que se aprovechaba de mi situación y me negué en redondo a suscribir sus condiciones. El anciano intentó con suavidad hacerme entrar en razón. El orgullo enardecido se convirtió en el tirano de mi pensamiento: escuché con indignación y le rechacé con desdén.

—¡Juliet, tú eres mía! ¿Acaso no intercambiábamos juramentos en nuestra inocente infancia? ¿No somo uno a los ojos de Dios? ¿Dejarías que el frío corazón y la gélida sangre de tu padre nos separen? Sé generoso, amor mío, sé justa; no retires un regalo, el último tesoro de tu Guido, no reniegues de tu juramento; desafiemos al mundo y, ajenos a los cálculos de la edad, encontremos en nuestro mutuo afecto un refugio para todos los males.

Qué abyecto debí de haber sido para envenenar con semejantes sofismas el santuario del pensamiento sagrado y el tierno amor. Asustada, Juliet se apartó de mí. Su padre era el mejor y más amable de los hombres, y se esforzó en mostrarme cómo nos veríamos llenos de bienes si le obedecía. Él recibiría mi tardía sumisión con cálido afecto, y mi arrepentimiento obtendría un generoso perdón. Infructuosas palabras empleadas por una joven y gentil hija con un hombre acostumbrado a hacer su voluntad e imponer su ley... ¡y que tenía en su propio corazón un déspota tan terrible y decidido que a nadie podía entregar obediencia salvo a sus deseos irrefrenables! Mi resentimiento creció con la resistencia, y mis impetuosos compañeros estaban dispuestos a añadirle combustible a las llamas. Trazamos un plan para secuestrar a Juliet. Al principio pareció estar coronado por el éxito. A mitad de la empresa, a nuestro regreso, fuimos sorprendidos por el desesperado padre y sus criados. Surgió el conflicto. Antes de que llegara la guardia de la ciudad para decidir la victoria a favor de nuestros antagonistas, dos de los sirvientes de Torella fueron heridos de gravedad.

Esta parte de la historia me pesa mucho. Hombre cambiado como soy, me aborrezco con el recuerdo. Que nadie que pueda oír esta historia se sienta alguna vez como me sentí yo. Un caballo enfurecido por un jinete con espuelas punzantes no era más esclavo que yo de la violenta tiranía de mi temperamento. Un espíritu maligno poseía mi alma, irritándola hasta la locura. Escuché la voz de la conciencia en mi interior, pero si me entregué a ella durante un fugaz intervalo, sólo sería un momento antes de verme arrancado como por un remolino... transportado en la corriente de la furia desesperada, juguete de tormentas engendradas por el orgullo. Fui encarcelado, y puesto en libertad a instancias de Torella. De nuevo regresé para llevarle a él y a su hija a Francia, desventurado país, asolado entonces por saqueadores y bandas de soldados sin ley, que ofrecía un agradecido refugio a un criminal como yo. Nuestros planes fueron descubiertos. Se me sentenció al destierro; y, como mis deudas ya eran enormes, lo que quedaba de mis propiedades fue puesto en manos de comisarios como pago. De nuevo Torella ofreció su mediación, solicitando tan sólo mi promesa de no reanudar mis intentos fallidos contra él y su hija. Rechacé su oferta e imaginé que triunfaba cuando me expulsaron de Génova: un exiliado solitario y en la bancarrota. Mis compañeros habían desaparecido: fueron expulsados de la ciudad unas semanas antes y ya se hallaban en Francia. Estaba solo... sin amigos, sin una espada a mi lado, y ni un solo ducado en la bolsa.

Vagué por la playa, mientras un remolino de pasión poseía y desgarraba mi alma. Era como si un rescoldo al rojo me estuviera quemando el pecho. Al principio medité en lo que debía hacer. Me uniría a una banda de saqueadores. ¡Venganza! La palabra me pareció un bálsamo: la abracé, la acaricié, hasta que, como una serpiente, me picó. Entonces, una vez más, abjuraría de Génova y despreciaría ese pequeño rincón del mundo. Volvería a París, donde vivían tantos de mis amigos, donde mis servicios serían aceptados de buena gana, donde me ganaría una fortuna con la espada y podría, con el éxito obtenido, establecer un vil hogar y hacer que el falso Torella lamentara el día, como un nuevo Coriolano, en que me expulsó de sus muros. ¿Retornaría a París así, a pie, como un mendigo, y me presentaría en mi pobreza a aquellos a quienes antes había agasajado con lujo? El solo pensamiento me producía bilis.

La realidad de las cosas comenzó a establecerse en mi cabeza, sumergiéndome en la desesperanza. Durante varios meses había sido un prisionero: la malignidad de mis mazmorras había azotado mi alma hasta la locura y había sometido mi cuerpo. Me encontraba débil y demacrado. Torella había usado mil artificios para proporcionarme comodidad, pero yo los había detectado y despreciado, recogiendo la cosecha de mi obstinación. ¿Qué debía hacer? ¿Arrodillarme ante mi enemigo y suplicar el perdón? ¡Antes preferiría padecer mil muertes! ¡Jamás obtendrían su victoria! ¡Odio...! ¡Juré un odio eterno! ¿Odio de quién...? De un proscrito errante a... un noble poderoso. Para ellos, mis sentimientos y yo no éramos nada: ya habían olvidado a alguien tan insignificante. ¡Y Juliet! Su rostro de ángel y su figura de sílfide resplandecieron entre las nubes de mi desesperación con vana belleza, pues la había perdido... ¡La gloria y flor del mundo! ¡Otro diría que era suya! ¡Esa sonrisa del paraíso bendeciría a otro!

Incluso ahora mi corazón sufre un vuelco cuando me detengo en estos pensamientos lóbregos. Ora sometido a las lágrimas, ora delirando en mi agonía, seguí vagando por la rocosa playa, que se hacía más violenta y desolada a cada paso. Salientes de piedra y terribles precipicios daban a un océano quieto; cavernas negras enseñaban sus bocas como en un bostezo, y eternas entre los nichos desgastados por el mar las aguas murmuraban y rompían. A veces mi camino se veía frenado por un promontorio abrupto, a veces se hacía casi infranqueable por restos caídos del risco. Era casi de noche cuando, desde el mar y como siguiendo la estala de la mano de un hechicero, se levantó una turbia red nubosa, ocultando el azul intenso del cielo, oscureciendo y perturbando las profundidades hasta ahora plácidas. Las nubes tenían unas formas extrañas y fantásticas, y cambiaban y se mezclaban, y parecían ser manejadas por un poderoso encantamiento. Las olas alzaron sus blancas crestas; el trueno susurró, y luego rugió desde el extremo de las aguas, que adquirieron una fuerte coloración púrpura, moteadas de espuma. El lugar donde yo me erguía daba por un lado al extenso océano, y por el otro se hallaba interrumpido por un escarpado promontorio. De repente, rodeando el cabo e impulsado por el viento, surgió un navío. En vano trataron los marineros de abrirse paso hacia el mar abierto... el fuerte viento lo empujaba hacia las rocas. ¡Perecerían! ¡Todos los que iban a bordo morirían! ¡Ojalá yo estuviera entre ellos! Y por primera vez mi joven corazón recibió la idea de la muerte con júbilo. Era una visión terrible contemplar a ese barco luchando con su destino.

Apenas podía discernir a los marineros, pero los oía. ¡En poco tiempo terminó todo! Una roca que acababa de ser cubierta por las olas, invisible en ese momento, aguardaba a la presa. Un trueno explotó sobre mi cabeza en el instante en que el esquife se lanzó sobre su enemigo invisible con un espantoso impacto. En un breve espacio de tiempo se hizo pedazos. Allí me encontraba yo, luchando sin esperanza alguna contra la aniquilación. Con demasiada claridad oí sus gritos, que con aguda agonía conquistaban el fragor de que los rodeaba. Las oscuras olas agitaban de un lado a otros los restos del naufragio, que pronto desaparecieron. Con fascinación observé hasta el final; por último, caí de rodillas y me cubrí la cara con las manos. Al rato alcé la vista y vi que algo flotaba en el remolino, acercándose más y más a la playa. ¿Se trataba de una figura humana? Se hizo más nítida; y una última y poderosa ola alzó toda la embarcación y la dejó encallada en una roca. ¡Un ser humano a horcajadas en un cofre! ¡Un ser humano! Pero ¿lo era de verdad? Seguro que nada igual había existido antes: un enano con ojos entrecerrados, facciones distorsionadas y un cuerpo deforme... hasta que se convirtió en un horror a la vista. Mi sangre, que había sentido compasión hacia un congénere así arrebatado de su tumba acuosa, se heló en torno a mi corazón. El enano se bajó del cofre y se apartó el pelo lacio y enredado de su odioso semblante.

—¡Por San Belcebú! —exclamó—. ¡He sido derrotado! —miró a su alrededor y me vio—. ¡Oh, por el espíritu maligno! He aquí otro aliado del poderoso. ¿A qué santo le ofreciste plegarias, amigo.... sino al mío? Sin embargo, no te recuerdo a bordo.

Me encogí ante el monstruo y su blasfemia. De nueo volvió a interrogarme, y emití una replica inaudible. Él continuó:

—Tu voz está ahogada por este rugido disonante. ¡Qué ruido crea este inmenso océano! Los colegiales que salen de su prisión no son más estruendosos que estas olas libres para jugar. Me molestan. No soportaré más su bravuconería. ¡Silencio, anciano! ¡Vientos, cesad! ¡A vuestros hogares! ¡Nubes, volad a las antípodas y despejad nuestro cielo!

Mientras hablaba, extendió los dos brazo largos y flacos, parecidos a las patas de una araña, y dio la impresión de abrazar con ellos la extensión de agua que había ante él. ¿Era un milagro? Las nubes se quebraron y huyeron; el cielo azul se asomó, y luego fue como un campo apacible sobre nosotros; el viento tormentoso fue cambiado por una suave brisa que sopló desde el oeste; el mar se calmó; las olas se convirtieron en ondas.

—Me gusta la obediencia incluso en estos estúpidos elementos —dijo el enano—.¡Cuánto más en la mente indómita de un hombre! Has de reconocer que fue una buena tormenta... y toda de mi creación.

Era tentar a la Providencia intercambiar palabras con este mago. Pero el Poder, en todas sus formas, resulta venerable para un hombre. El miedo, la curiosidad y una persistente fascinación me acercaron a él.

—Vamos, no tengas miedo, amigo —indicó el deforme—. Cuando me complacen tengo buen humor, y algo me place en tu cuerpo bien proporcionado y en tu atractiva cara, aunque pareces estar un poco abatido. Tú has sufrido un desastre de tierra... y yo uno de mar. Quizá pueda aliviar tu desgracia, tal como hice con la mía. ¿Somos amigos? —y alargó la mano, aunque no pude tocarla—. Bueno, entonces, compañero... eso bastará. Y ahora, mientras descanso después del ajetreo que acabo de aguantar, cuéntame por qué, joven y galante como pareces, vagas así solo y melancólico por esta playa salvaje.

La voz del enano era chirriante y espantosa, y las contorsiones que realizaba mientras hablaba pavorosas de ver. No obstante, obtuvo cierta influencia sobre mí, una influencia que no pude dominar, y le narré mi historia. Cuando terminé, se rió larga y sonoramente. Las rocas devolvieron el eco del sonido: a mi alrededor parecía aullar el infierno.

—¡Oh, primo de Lucifer! —dijo—. De modo que tú también has caído por tu orgullo y, aunque brillante como el sol de la mañana, estás dispuesto a abandonar tu buen aspecto, tu prometida y tu bienestar antes que someterte a la tiranía del bien. ¡Por mi alma que honro tu elección! Así que has huido y entregado el día, y pretendes morirte de hambre en estas rocas y dejar que las aves te arranquen los ojos, mientras tu enemigo y tu prometida se regocijan en tu ruina. Pienso que tu orgullo es extrañamente afín a la humildad.

Mientras hablaba, mil pensamientos aguijonearon mi corazón.
—¿Qué querías que hiciera? —grité.
—¡Yo! Oh, nada, sino que te arrodilles y digas tus oraciones antes de morir. Pero, si yo estuviera en tu lugar, sé lo que habría que hacer.

Me acerqué a él. Sus poderes sobrenaturales le convertían a mis ojos en un oráculo, pero un escalofrío extraño y fantástico recorrió mi cuerpo cuando dije:

—¡Habla! Enséñame... ¿Qué aconsejas?
—¡Véngate, hombre! ¡Humilla a tus enemigos! ¡Pisa con tu pie el cuello del viejo y posee a su hija!
—¡Me vuelvo al este y al oeste, y no veo ningún medio de conseguirlo! —exclamé—. Si tuviera oro podría lograr mucho; pero, pobre y solo como estoy, me siento inerme.

El enano había permanecido sentado sobre su cofre mientras escuchaba mi historia. En ese momento se levantó, tocó un muelle y el baúl se abrió. ¡Qué fuente de riquezas, de centelleantes joyas, resplandeciendo oro y pálida plata había dentro! Me poseyó un frenético deseo de tener ese tesoro.

—Sin duda —comenté—, alguien tan poderoso como tú podría realizar cualquier cosa.
—No —repuso con humildad el monstruo—. Soy menos omnipotente de lo que parezco. Poseo algunas cosas que tú puedes codiciar, per las entregaría todas por una pequeña parte, incluso un préstamo, de lo que es tuyo.
—Mis posesiones están a tu servicio —dije con amargura—: mi pobreza, mi exilio, mi desgracia... todas te las doy libremente.
—¡Bien! Te lo agradezco. Añade otra cosa a tu regalo, y mi tesoro es tuyo.
—¿Como nada es mi única herencia, ¿qué cosa, aparte de la landa, querrías poseer?
—Tu hermosa cara y tus miembros bien hechos.
Temblé. ¿Me asesinaría este monstruo todopoderoso? Carecía de daga. Me olvidé de rezar... y me puse pálido.
—Pido un préstamo, no un regalo —dijo esa cosa abyecta—; préstame tu cuerpo por tres días... tú tendrás el mío para encerrar tu alma mientras tanto, y, como pago, mi cofre. ¿Qué contestas al trato? Tres cortos días.

Se nos dice que es peligroso mantener tal conversación impía... y bien lo demuestro yo. Escrito con palabras blandas, puede parecer increíble que le prestara alguna atención a esa proposición, pero, a pesar de su fealdad antinatural, había algo fascinante en un ser cuya voz era capaz de gobernar la tierra, el aire y el mar. Sentí un agudo deseo de aceptar, pues con ese cofre podría dominar el mundo. Mi única vacilación provenía del temor de que no cumpliera su parte del trato. Entonces pensé que pronto moriría en estas arenas solitarias y que los miembros que él codiciaba ya nunca más serían míos: valía la pena el riesgo. Además, yo sabía que por todas las reglas del arte de la magia había fórmulas y juramentos que ninguno de sus practicantes se atrevería a romper. Titubeé en mi respuesta; y el continuó, ora exhibiendo sus riquezas, ora mencionando el precio insignificante que exigía, hasta que pareció una locura negarse a ello. Es así como sucede: colocamos la barca en la corriente del río y hacia la catarata se precipita; entregamos nuestro vehículo al salvaje torrente de la pasión y estamos perdidos sin saber dónde vamos.

Pronunció muchos juramentos, y yo le conjuré con muchos nombres sagrados, hasta que vi a esa maravilla de poder, a ese gobernador de elementos, temblar como una hoja de otoño ante mis palabras. Y como si el espíritu hablara a regañadientes y a la fuerza en su interior, al fin él, con voz rota, reveló el hechizo con el que se le podía obligar, si llegaba a traicionarme, a entregarse. Nuestra sangre caliente debía mezclarse para realizar y establecer el encantamiento.

Basta de este impío tema. Me convenció... y el pacto fue sellado. La mañana cayó sobre mí mientras yacía allí tendido en las ripias, y ni siquiera reconocí mi sombra. Me sentí transformado a una forma de horror y maldije mi fácil fe y mi ciega credulidad. El cofre estaba ahí: el oro y las piedras preciosas por los que había vendido el cuerpo de carne que la naturaleza me había dado. Su visión calmó un poco mis emociones: tres días pasarían pronto.

Y pasaron. El enano me había proporcionado abundante comida. Al principio, apenas podía caminar, tan extraños y mal articulados eran mis miembros; y mi voz... era la de un demonio. Pero guardé silencio, y giré mi cara al sol con el fin de no ver mi sombra, y conté las horas y medité en mi conducta futura. Poner a Torella a mis pies y poseer a Juliet a pesar del viejo eran cosas que toda esta riqueza fácilmente podría conseguir. Durante las oscuras noches dormí y soñé con el logro de mis deseos. Dos soles se habían puesto... y el tercero salía. Me encontraba agitado, temeroso. ¡Oh, expectación, qué cosa espantosa eres cuando te aviva más el miedo que la esperanza! Cómo clavas aguijones desconocidos por todo nuestro débil mecanismo, ora quebrándonos como un cristal roto, hasta convertirnos en nada..., ora proporcionándonos nuevas fuerzas que nada pueden hacer, atormentándose con una sensación como la que debe experimentar el hombre fuerte que no puede romper sus cadenas aunque éstas se doblen en sus manos. Despacio subió el disco brillante por el cielo oriental; largo tiempo permaneció en el cenit, y aún más despacio descendió por el oeste: tocó el borde del horizonte... ¡y se perdió! Su gloria se hallaba en la cima del risco y se tornó grisácea. La estrella vespertina brilló deslumbrante. Él llegaría pronto.

¡No vino! ¡Por los cielos vivos, no vino! Y la noche se arrastró cansinamente y, en su sensibilidad, el día comenzó a emblanquecer su oscuro cabello, y el sol volvió a alzarse de nuevo sobre el deforme más desgraciado que jamás viera la luz. Así pasé tres días. ¡Oh, cómo aborrecía las joyas y el oro!

Bueno, bueno... no esombreceré estas paginas con delirios demoníacos. Demasiado terribles fueron los pensamientos y el tumulto furioso que llenaban mi alma. Al final, dormí; no lo había hecho antes del tercer crepúsculo. Y soñé que me encontraba a los pies de Juliet y que ella sonreía, pues aún su hermoso amado se arrodillaba ante ella. Pero no era yo... era él, el demonio mostrándose con mi cuerpo, hablando con mi voz, ganándola con muestras de amor. Me afané por advertirla, pero mi lengua se negó a hablar; me esforcé por arrancarlo de ella, pero me hallaba enraizado en el suelo... desperté con la agonía. Ahí estaban los precipicios solitarios, el mar tumultuoso, la playa tranquila y, encima de todo, el cielo azul. ¿Qué significado tenía? ¿Era mi sueño un espejo de la verdad? ¿Estaba él cortejando y ganándose a mi prometida? Al instante regresaría a Génova... pero me encontraba desterrado. Me reí: el aullido del enano salió de mis labios.

¡Yo desterrado! ¡Oh, no! No habían exiliado los espantosos miembros que llevaba; con ellos podría entrar en mi ciudad natal sin temor a incurrir en el temido castigo de la muerte.

Comencé a caminar en dirección a Génova. Ya me había acostumbrado algo a mis extremidades deformadas. Nadie jamás había estado tan mal adaptado al movimiento recto, y con infinita dificultad conseguí avanzar. También deseaba evitar todos los villorrios que había diseminados por la costa, pues me sentía reacio a exhibir mi horrible fealdad. No estaba muy seguro de que si era visto los niños no me apedrearían hasta matarme por ser un monstruo, y recibí algunos saludos desagradables de los pocos campesinos o pescadores con los que me encontré por casualidad.

Era noche cerrada cuando me aproximé a Génova. El clima era tan tonificante y dulce que se me ocurrió que el marqués y su hija habrían dejado la ciudad, marchándose a su retiro de campo. Había sido en la villa Torella donde había intentado secuestrar a Juliet, y había pasado muchas horas reconociendo el lugar, de modo que conocía cada centímetro de tierra de los alrededores. Se hallaba situada en un paraje hermoso, rodeada de árboles a la orilla de un río. Mientras me acercaba, se hizo evidente que mi conjetura era correcta; no, más aún, que las horas allí se estaban dedicando al júbilo y a la celebración. La casa se veía iluminada y la brisa transportaba melodías de música suave y alegre. Se me hundió el corazón. Tal era la generosa amabilidad del corazón de Torella que tuve la certeza de que no se habría entregado a públicas manifestaciones de gozo justo después de mi lamentable destierro, salvo por una cauda que no me atreví a pensar.

La gente rezumaba alegría. Se hizo necesario que me ocultara para observar. Sin embargo, sentí deseos de interrogar a alguien, o de oír las palabras de otros para obtener cualquier información de lo que ocurría. Por último, entrando en los paseos que se hallaban en proximidad inmediata a la mansión, encontré uno lo suficientemente oscuro para ocultar mi excesiva fealdad, por donde paseaban otras personas mientras yo me ocultaba a su sombra. Pronto descubrí todo lo que quería saber, lo cual hizo que primero mi corazón muriera de horror, y luego hirviera de indignación. Juliet sería entregada mañana al penitente, reformado y amado Guido... ¡Mañana mi prometida pronunciaría sus juramentos a un demonio del infierno! ¡Y yo había permitido que sucediera! Mi maldito orgullo, mi demoníaca violencia y perversa idolatría personal habían provocado esta situación. Pues si hubiera obrado como lo había hecho el deforme que me había robado el cuerpo...; si, con porte humilde y al mismo tiempo digno, me hubiera presentado ante Torella, diciendo que había actuado mal y que me perdonara... «Soy indigno de tu ángel, pero permíteme que la reclame cuando mi conducta cambiada manifieste que renuncio a mis vicios y me esfuerzo por llegar a ser, de algún modo, digno de ella. Iré a servir contra los infieles, y cuando mi celo por la religión y mi verdadera penitencia por el pasado te parezca que cancelen mis delitos, permite que de nuevo me llame hijo tuyo». Así habría hablado; y el penitente habría sido recibido tan bien como el hijo pródigo de las escrituras: para él se habría matado al ternero cebado, y siguiendo todavía el mismo sendero, exhibiría un pesar tan abierto por sus locuras, una concesión tan humilde de todos sus derechos y una resolución tan ardiente por conseguirlos de nuevo mediante una vida de contricción y virtud, que rápidamente habría conquistado al amable anciano, a lo que en rápida sucesión seguirían un perdón completo y la entrega de su adorable hija.

¡Oh! ¡Ojalá un ángel del Paraíso me hubiera inspirado para que actuara así! Pero, ahora, ¿cuál será el destino de la inocente Juliet? ¿Permitirá Dios la horrible unión o, si algún prodigio la destruye, enlazará el deshonrado nombre de Carega con el peor de los crímenes? Iban a ser desposados mañana al amanecer, y sólo había una manera de impedirlo: encontrarme con mi enemigo y obligarle a la ratificación de nuestro acuerdo. Pensaba que sólo se podía conseguir con una lucha mortal. No tenía espada —siempre que mis distorsionados brazos pudieran empuñar el arma de un soldado—, pero sí una daga, y en ella radicaba toda mi esperanza. No había tiempo para meditar la cuestión: podía morir en el intento, pero aparte de los ardientes celos y la desesperación de mi propio corazón, el honor, la simple humanidad, reclamaban que yo cayera antes que no poder destruir las maquinaciones del demonio.

Los invitados se marcharon y las luces comenzaron a extinguirse: era evidente que los habitantes de la villa buscaban el reposo. Me oculté entre los árboles: el jardín quedó desierto, las puertas se cerraron... Salí de mi escondite y llegué hasta una ventana. ¡Ah, bien la conocía! Una suave luz crepuscular brillaba en el cuarto, y las cortinas estaban medio corridas. Era el templo de la inocencia y la belleza. Su magnificencia se hallaba templada por el ligero desorden provocado por estar habitado, y todos los objetos dispersos en la estancia exhibían el gusto de la mujer que lo santificaba con su presencia.

La vi entrar con paso veloz y ligero; la vi acercarse a la ventana y descorrer aún más la cortina y mirar en la noche. La fresca brisa jugó con sus rizos y los apartó del mármol transparente de su frente. Juntó las manos y alzó los ojos al cielo. Oí su voz. «¡Guido! —susurró con suavidad—, ¡mi Guido!». Y entonces, como si viera dominada por la plenitud de su corazón, cayó de rodillas: sus ojos levantados... su actitud negligente pero grácil... la radiante actitud que iluminaba su cara... ¡oh, éstas no son más que palabras blandas!

Corazón mío, siempre has imaginado, aunque no puedes retratarla, la belleza celestial de aquella hija de la luz y el amor.

Oí un paso, un paso rápido y firme a lo largo de la avenida en sombras. Pronto vi a un caballero ricamente ataviado, joven y, creo, hermoso a la vista, avanzando. Me escondí aún más. El joven se aproximó y se detuvo bajo la ventana. Ella se incorporó y, mirando de nuevo al exterior, le vio, y dijo... no puedo, no, pasado tanto tiempo no puedo registrar sus palabras de suave ternura; fueron dirigidas a mí, pero las contestó él.

—No me marcharé —gritó él—. Aquí donde tú has estado, donde tu recuerdo se desliza como un fantasma enviado del Cielo, pasaré las largas horas hasta que nos unamos para que jamás, mi Juliet, en día o noche, nos separemos. Pero tú, amor, retírate; la fría mañana y la fresca brisa harán empalidecer tus mejillas, y llenarán con languidez tus ojos iluminados por el amor. ¡Ah, querida!, sí tan sólo pudiera depositar un beso en ellos, creo que yo también descansaría.

Entonces, se acercó todavía más y pensé que iba a trepar a su cámara. Yo había titubeado para no asustarla, pero en ese momento dejé de ser dueño de mí mismo. Corrí y me arrojé sobre él, apartándolo.

—¡Oh, criatura asquerosa y deforme! —grité.
No necesito repetir los epítetos, todos ellos dirigidos, como daba la impresión, hacia una persona por la que en la actualidad siento cierta parcialidad. Un grito salió de los labios de Juliet. No vi ni oí nada... sólo sentí a mi enemigo, cuya garganta tenía en mi mano, y en la otra la empuñadura de la daga; él se debatió, pero no pudo escapar. Al final, roncamente, jadeó estas palabras:

¡Hazlo! ¡Clávala! ¡Destruye este cuerpo... tú seguirás viviendo, y que tu vida sea larga y feliz!
Estas palabras frenaron la daga que bajaba, y él, sintiendo que mi apretón se relajaba, se liberó y desenfundó la espada, mientras el alboroto en la casa y el volar de antorchas de un cuarto a otro, mostraban que pronto nos iban a separar. ¡Oh, era mejor que yo muriera para que él no sobreviviera! En el remolino de mi frenesí había mucha premeditación: quizá yo debía caer para que él no siguiera vivo, y no me importaba el golpe mortal que yo pudiera asestar contra mí mismo. Él seguía creyendo que yo me había detenido por miedo a la muerte, y mientras advertía la decisión del villano de ganar ventaja de mi vacilación, me arrojé a su espada en el preciso instante en que lanzó su súbita estocada, y al mismo tiempo le clavé la daga en el costado, con una puntería basada en la desesperación.

Caímos juntos, rodando uno encima del otro, y la marca de sangre que fluyó de la herida abierta de cada uno se mezcló en la hierba. Nada más sé... perdí el sentido. De nuevo volví a la vida: débil casi hasta la muerte, me encontré tendido en una cama... Juliet se hallaba arrodillada junto a ella. ¡Extraño! Mi primera petición con voz quebrada fue un espejo. Estaba tan débil y pálido que mi pobre niña titubeó, como luego me dijo; pero, ¡cielos!, me consideré un joven atractivo cuando vi la querida imagen de mis bien conocidas facciones. Confieso que es una debilidad, y la acepto, que siento considerable afecto por el semblante y las extremidades que contemplo siempre que me miro en un espejo; y tengo más en mi casa y los consulto con más frecuencia que cualquier belleza de Venecia. Antes de que me condenéis, permitidme decir que nadie mejor que yo conoce el valor de su propio cuerpo; a nadie, probablemente, excepto a mí mismo, se lo han robado.

Con incoherencia al principio hablé del enano y de sus crímenes, y le reproché a Juliet la admisión demasiado fácil de su amor. Creyó que deliraba, pero transcurrió algún tiempo antes de que pudiera convencerme de que el Guido cuya penitencia la había ganado de nuevo para mí era yo mismo; y mientras maldecía con amargura al enano monstruoso y bendecía el golpe bien dirigido que le había quitado la vida, me contuve súbitamente al oírla decir: «Amén!», sabiendo que aquel al que ella denigraba era mi propia persona. Un poco de reflexión me enseñó a guardar silencio, un poco de práctica me permitió hablar de aquella espantosa noche sin mucho tartamudeo. La herida que me había infligido era seria: pasó tiempo hasta que me recuperé, y mientras el benevolente y generoso Torella se sentaba a mi lado, hablando con la sabiduría que puede hacer que unos amigos se reconcilien, y mi hermosa Juliet revoloteaba cerca de mí, cuidándome y alegrándome con sus sonrisas, prosiguió el trabajo de mi cura corporal y reforma mental.

Ciertamente, jamás recobré del todo mis fuerzas: desde entonces mis mejillas están más pálidas, mi persona un poco encorvada. A veces Juliet se aventura a comentar con amargura la maldad que provocó dicho cambio, pero yo la beso al instante y le digo que ha sido para bien. Soy un marido más cariñoso y leal, lo cual es verdad, y de no ser por aquella herida jamás habría podido hacerla mía. No volví a visitar la playa ni a buscar el tesoro del demonio. Sin embargo, mientras medito en el pasado, a menudo pienso, y mi confesor no se mostró reticente en apoyar la idea, que bien podría haber sido un espíritu benévolo, en vez de uno maligno, enviado por mi ángel de la guarda con el fin de mostrarme la insensatez y la desgracia del orgullo. Al menos, aprendí tan bien esta lección que con tanta dureza se me enseñó que ahora mis amigos y conciudadanos me conocen por el nombre de «Guido il Cortese»".


Mary Shelley


lunes, 26 de enero de 2015

"El Arca y el Aparecido"

"Una hermosa mañana del mes de mayo de 182... entraba don Blas Bustos y Mosquera, escoltado por doce hombres a caballo, en el pueblo de Alcolote, a una legua de Granada. Cuando lo veían llegar, los vecinos entraban precipitadamente en las casas y cerraban las puertas a aquel terrible jefe de la policía de Granada. El cielo ha castigado su crueldad poniéndole en la cara la impronta de su alma. Es un hombre de seis pies de estatura, cetrino, de una flacura que asusta. No es más que jefe de la policía, pero hasta el obispo de Granada y el gobernador tiemblan ante él.

Durante aquella guerra sublime contra Napoleón que, en la posteridad, pondrá a los españoles del siglo XIX por delante de todos los demás pueblos de Europa y les asignará el segundo lugar después de los franceses, don Blas fue uno de los más famosos capitanes de guerrillas. El día que su gente no había matado por lo menos un francés, don Blas no dormía en una cama: era un voto.

Cuando volvió Fernando VII, lo mandaron a las galeras de Ceuta, donde pasó ocho años en la más horrible miseria. Lo acusaban de haber sido capuchino en su juventud y de haber colgado los hábitos. Después, no se sabe cómo, volvió a entrar en gracia. Ahora don Blas es célebre por su silencio: no habla jamás. En otro tiempo le habían valido una especie de fama de ingenioso los sarcasmos que dirigía a sus prisioneros de guerra antes de ahorcarlos: se repetían en todos los ejércitos españoles.

Don Blas avanzaba despacio por la calle de Alcolote, mirando a las casas de uno y otro lado con ojos de lince. Al pasar por una iglesia, tocaron a misa; más que apearse, se precipitó del caballo y corrió a arrodillarse junto al altar. Cuatro de sus guardias se arrodillaron en torno a su silla; lo miraron: en sus ojos ya no había devoción. Tenía su siniestra mirada clavada en un hombre de muy distinguida apostura que estaba rezando a unos pasos de él.

¡Cómo es esto -se decía don Blas-: un hombre que, según las apariencias, pertenece a las primeras clases de la sociedad y yo no lo conozco! ¡Éste no ha aparecido en Granada desde que yo estoy en ella! Se esconde.»

Don Blas se inclinó hacia uno de sus guardias y le dio orden de detener a aquel joven en cuanto saliera de la iglesia. Pronunciadas las íntimas palabras de la misma, se apresuró a salir él mismo y fue a instalarse en el comedor de la hostería de Alcolote. No tardó en aparecer, extrañado, aquel joven.

-¿Cómo se llama?

-Don Fernando de la Cueva.

El humor siniestro de don Blas se agravó más aún, porque, al verle de cerca, observó que don Fernando era guapísimo: rubio y, a pesar del mal paso en que se encontraba, con una expresión muy dulce. Don Blas miraba pensativo a aquel mozo.

-¿Que empleo tenía usted en tiempo de las Cortes?-dijo por fin.

-En 1823 estaba en el colegio de Sevilla; entonces tenía quince años, pues ahora no tengo más que diecinueve.

-¿De qué vive?

El joven pareció irritado por la grosería de la pregunta; se resignó y dijo:

-Mi padre, brigadier del ejército de don Carlos IV (Dios bendiga la memoria de este buen rey), me dejó una pequeña finca cerca de este pueblo; me renta doce mil reales (tres mil francos); la cultivo con mis propias manos con ayuda de tres criados, que seguramente le son muy leales.

Excelente núcleo de guerrilla -dijo don Blas con una sonrisa amarga-. ¡A la cárcel e incomunicado! -añadió al marcharse, dejando al preso en medio de su gente.

A los pocos momentos, don Blas estaba almorzando.

«Con seis meses de prisión -pensaba- me pagará esos lindos colores y ese aire de lozanía y de insolente satisfacción.»

El guardia que estaba de centinela a la puerta del comedor levantó vivamente la carabina. La apoyó contra el pecho de un anciano que intentaba entrar en el comedor detrás de un pinche de cocina que llevaba una fuente. Don Blas se precipitó hacia la puerta; detrás del anciano vio a una muchacha que le hizo olvidar a don Fernando.

-Es cruel no darme tiempo para comer -dijo al anciano.

Don Blas no podía dejar de mirar a la muchacha; veía en su frente y ojos esa expresión de inocencia y piedad celestial que resplandece en las bellas madonas de la escuela italiana. Don Blas no escuchaba al anciano ni seguía comiendo. Por fin salió de su abstracción; el anciano repetía por tercera o cuarta vez las razones por las cuales se debía poner en libertad a don Fernando de la Cueva, que era desde hacía tiempo el prometido de su hija Inés, allí presente, y se iban a casar el domingo próximo. En este momento, los ojos del terrible jefe de policía brillaron con un resplandor tan extraordinario, que asustaron a Inés y hasta a su padre.

-Nosotros hemos vivido siempre en el temor de Dios y somos cristianos viejos -continuó éste-; mi raza es antigua, pero soy pobre, y don Fernando es un buen partido para mi hija. Nunca ejercí cargo alguno en tiempo de los franceses, ni antes ni después.

Don Blas no salía de su hosco silencio.

-Pertenezco a la más antigua nobleza del reino de Granada -prosiguió el anciano-; y antes de la revolución -añadió suspirando- le habría cortado las orejas a un fraile insolente que no me contestara cuando yo le hablase.

Al anciano se le llenaron de lágrimas los ojos. La tímida Inés sacó del seno un pequeño rosario que había tocado el manto de la madona del pilar (sic), y sus bonitas manos apretaban la cruz con un movimiento convulsivo. El terrible don Blas clavó su mirada en aquellas manos. Luego se fijó en el busto, bien torneado, aunque un poco opulento, de la joven Inés.

«Sus facciones podrían ser más regulares -pensó-; pero esa gracia celestial no la he visto nunca más que en ella.»

-¿Y se llama usted don Jaime Artegui? -dijo al fin al anciano.

-Tal es mi nombre -contestó don Jaime, irguiendo más su apostura.

-¿De setenta años?

-De sesenta y nueve solamente.

-Usted es -dijo don Blas, serenándose visiblemente-; llevo mucho tiempo buscándolo. El rey nuestro señor se ha dignado concederle una pensión anual de cuatro mil reales (mil francos). Tengo en Granada dos años vencidos de esa real merced, que le entregaré mañana al mediodía. Le haré ver que mi padre era un rico labrador de Castilla la Vieja, cristiano viejo como usted, y que nunca fui fraile, de modo que el insulto que usted me ha dirigido cae en el vacío.

El viejo hidalgo no se atrevió a faltar a la cita. Era viudo y vivía sólo con su hija Inés. Antes de salir para Granada la llevó a casa del cura del pueblo y tomó sus disposiciones como si nunca más hubiera de volver a verla. Encontró a don Blas Bustos muy engalanado; llevaba un gran cordón sobre el uniforme. Don Jaime le encontró el aire atento de un viejo soldado que quiere hacerse el bondadoso y sonríe a cada paso y sin venir a cuento.

Si se hubiera atrevido, don Jaime habría rechazado los ocho mil reales que don Blas le entregó; no pudo negarse a comer con él. Después de la comida, el terrible jefe de policía le hizo leer sus títulos, su partida de bautismo y hasta un certificado de haber salido de galeras, lo que demostraba que no había sido nunca fraile.

Don Jaime seguía temiendo alguna jugarreta.

-De modo que tengo cuarenta y tres años -acabó por decirle don Blas- y un puesto honorable que me da cincuenta mil reales. Tengo una renta de mil onzas del Banco de Nápoles. Le pido en matrimonio a su hija doña Inés de Artegui.

Don Jaime palideció. Hubo un momento de silencio. Don Blas prosiguió:

-No le ocultaré que don Fernando de la Cueva está comprometido en un mal asunto. El ministro de la policía lo está buscando. Tiene pena de garrote (manera de estrangular empleada para los nobles) o, por lo menos, de galeras. Yo estuve en ellas ocho años y puedo asegurarle que es un mal hospedaje -diciendo estas palabras, se acercó al oído del anciano-. De aquí a quince días o tres semanas, recibiré probablemente del ministro la orden de trasladar a don Fernando de la cárcel de Alcolote a la de Granada. Esta orden se cumplirá esta noche muy tarde: si don Fernando aprovecha la noche para escaparse, yo cerraré los ojos en consideración a la amistad con que usted me honra. Que se vaya a pasar un año o dos a Mallorca, por ejemplo; nadie le dirá nada.

El viejo hidalgo no contestó una palabra. Estaba aterrado y a duras penas pudo volver a su pueblo. El dinero que había recibido lo horrorizaba. «¿De modo -se decía- que esto es el precio de la sangre de mi amigo don Fernando, del prometido de mi Inés?» Al llegar al presbiterio se arrojó en brazos de Inés.

-¡Hija mía -exclamó-, el fraile quiere casarse contigo!

Inés se secó pronto las lágrimas y pidió permiso para ir a consultar al cura, que estaba en la iglesia en su confesionario. El cura, a pesar de la insensibilidad de su edad y de su estado, lloró. El resultado de la consulta fue que no había más remedio que casarse con don Blas o huir por la noche. Doña Inés y su padre tenían que procurar llegar a Gibraltar y embarcarse para Inglaterra.

-¿Y de qué vamos a vivir?-dijo Inés.

-Podrían vender la casa y la huerta.

-¿Quién va a comprarlas? -repuso la muchacha, deshecha en lágrimas.

-Yo tengo algunas economías -dijo el cura- que puede que lleguen a cinco mil reales; te los doy, hija mía, y de muy buen grado, si crees que no puedes salvarte casándote con don Blas Bustos.

A los quince días todos los esbirros de Granada, en uniforme de gala, rodeaban la iglesia, tan sombría, de Santo Domingo. Apenas en pleno mediodía se ve para andar por ella. Pero aquel día no se atrevía a entrar nadie más que los invitados.

En una capilla lateral iluminada con centenares de velas cuya luz cortaba las sombras de la iglesia como un camino de fuego, se veía de lejos a un hombre arrodillado en las gradas del altar; su cabeza sobresalía de todos los que lo rodeaban. Aquella cabeza estaba inclinada en una postura piadosa; los flacos brazos, cruzados sobre el pecho. Pronto se incorporó y exhibió un uniforme constelado de condecoraciones. Daba la mano a una muchacha cuyo paso ligero y juvenil formaba un extraño contraste con su gravedad. Brillaban lágrimas en los ojos de la joven desposada; la expresión de su rostro y la dulzura angelical que conservaba a pesar de su pena impresionaron al pueblo cuando la joven subió a una carroza que esperaba a la puerta de la iglesia.

Hay que reconocer que don Blas fue menos feroz desde su boda; las ejecuciones menudearon menos. En vez de fusilar por la espalda a los condenados, no se hacía más que ahorcarlos. Muchas veces permitió a los condenados besar a sus familiares antes de ir a la muerte. Un día, dijo a su mujer, a la que amaba con furor:

-Tengo celos de Sancha.

Era hermana de leche y amiga de Inés. Había vivido en casa de don Jaime a título de doncella de su hija, y en calidad de tal la siguió al palacio donde Inés fue a vivir en Granada.

-Cuando yo me separo de ti, Inés -prosiguió don Blas-, tú te quedas hablando sola con Sancha. Es simpática, te hace reír, mientras que yo no soy más que un viejo soldado que tiene a su cargo funciones severas; reconozco que soy poco atractivo. Esa Sancha, con su cara alegre, debe de hacerme parecer a tus ojos más viejo de lo que soy. Toma, aquí tienes la llave de mi caja; dale todo el dinero que quieras, todo el que hay en la caja, si así te place, pero que se vaya, que yo no la vea más.

Por la noche, al volver don Blas de sus funciones, la primera persona que vio fue Sancha, ocupada en sus tareas corno de costumbre. Su primera reacción fue de ira; se acercó rápidamente a Sancha, y ésta levantó los ojos y lo miró de frente con esa mirada española mezcla tan singular de miedo, valor y odio. Al cabo de un momento, don Blas sonrió.

-Mi querida Sancha -le dijo-, ¿te ha dicho doña Inés que te doy diez mil reales?

-Yo no acepto regalos de mi ama -contestó Sancha, sosteniendo la mirada fija en él.

Don Blas entró en el aposento de su mujer.

-¿Cuántos presos hay en este momento en la cárcel de Torre Vieja? -le preguntó Inés.

-Treinta y dos en los calabozos, y creo que doscientos sesenta en les pisos superiores.

-Ponlos en libertad -dijo Inés-, y me separo de la única amiga que tengo en el mundo.

-Lo que me ordenas está fuera de mi poder -contestó don Blas.

No añadió una palabra en toda la noche. Inés, haciendo labor junto a la lámpara, lo veía enrojecer y palidecer alternativamente; dejó la labor y se puso a rezar el rosario. Al día siguiente, el mismo silencio. La noche del otro día se produjo un incendio en la cárcel de Torre Vieja. Murieron dos presos, pero, a pesar de toda la vigilancia del jefe de policía y sus guardianes, todos los demás lograron escaparse.

Inés no dijo una palabra a don Blas, ni él a ella. Al día siguiente, al volver a casa don Blas, ya no vio a Sancha. Se arrojó en brazos de Inés.

Habían pasado dieciocho meses desde el incendio de Torre Vieja, cuando un viajero cubierto de polvo se apeó de un caballo ante la peor posada del pueblo de La Zuia, situado en las montañas a legua y media de Granada, mientras que Alcolote está al norte.

Estos alrededores de Granada son como un oasis encantado en medio de las llanuras abrasadas de Andalucía. Es la comarca más bella de España. Pero ¿era sólo la curiosidad lo que guiaba al viajero? Por su atuendo, se le tomaría por un catalán. Su pasaporte, expedido en Mallorca, estaba, en efecto, visado en Barcelona, donde había desembarcado. El dueño de aquella mala posada era muy pobre. El viajero catalán, al entregarle su pasaporte, que llevaba el nombre de don Pablo Rodil, le miró.

-Sí, señor viajero -le dijo el hostelero-, si la policía de Granada pregunta por su señoría, le avisaré.

El viajero dijo que quería ver aquella tierra tan hermosa; salía una hora antes de amanecer y no volvía hasta mediodía, a pleno calor, cuando todos estaban comiendo o durmiendo la. siesta.

Don Fernando iba a pasar horas enteras en una colina cubierta de fresca hiedra. Desde allí veía el antiguo palacio de la inquisición de Granada, ahora habitado por don Blas y por Inés. No podía apartar los ojos de los ennegrecidos muros de aquel palacio, que se aliaba como un gigante en medio de las casas de la ciudad. Al salir de Mallorca, don Fernando se había prometido no entrar en Granada. Un día no pudo resistir un arrebato y fue a pasar por la estrecha calle sobre la que se levantaba la alta fachada del palacio de la inquisición. Entró en la tienda de un artesano y encontró un pretexto para detenerse en ella y hablar. El artesano le indicó las ventanas del aposento de doña Inés. Estaban en un segundo piso muy alto.

A la hora de la siesta, don Fernando volvió tomar el camino de La Zuia, con el corazón devorado por toda las furias de los celos. Hubiera querido apuñalar a Inés y luego matarse.

¡Carácter débil y cobarde! -se repetía con rabia-. ¡Es capaz de amarlo si se figura que tal es su deber!

A la vuelta de una calle encontró a Sancha.

-¡Ah, amiga mía! -exclamó, sin que pareciera que le hablaba-. Me llamo don Pablo Rodil y me hospedo en la Posada del Ángel, en La Zuia. ¿Podrás estar mañana en la iglesia parroquial a la hora del Ángelus, de la tarde?

-Estaré -dijo Sancha, sin mirarle.

A la noche siguiente, don Fernando vio a Sancha y siguió sin decir palabra hacia su hostería; Sancha entró sin que la vieran. Fernando cerró la puerta.

-¿Qué me dice? -preguntó Fernando con lágrimas en los ojos.

-Ya no sirvo en su casa. Hace dieciocho meses que me despidió sin motivo, sin explicación. La verdad, yo creo que ama a don Blas.

-¡Que ama a don Blas! -exclamó don Fernando, secándose las lágrimas-. ¡Sólo eso me faltaba!

-Cuando me despidió -continuó Sancha-, me arrojé a sus pies suplicándole que me dijera por qué me echaba. Me contestó fríamente: «Lo manda mi marido.» ¡Sin una palabra más! Ya la ha visto usted, tan piadosa; ahora se pasa la vida rezando.

Don Blas, para dar gusto al partido reinante, había conseguido que se cediera a unas religiosas clarisas la mitad del palacio de la inquisición, donde él vivía. Estas damas se habían establecido allí y habían terminado recientemente su iglesia. Doña Inés se pasaba la vida en ella. En cuanto don Blas salía de casa, se podía tener la seguridad de verla arrodillada ante el altar de la adoración perpetua.

-¡Que ama a don Blas! -repitió don Fernando.

-La víspera del día que me despidió -continuó Sancha-, doña Inés me hablaba...

-¿Está contenta? -interrumpió don Fernando.

-No, contenta no, pero sí de un humor igual y dulce, muy diferente de como usted la conoció; ya no tiene aquellos momentos de vivacidad y locura, como decía el cura.

-¡La infame! -exclamó don Fernando, paseándose por la estancia como un león enjaulado-. ¡Así cumple sus juramentos! ¡Así es como me amaba! Ni siquiera está triste, y yo...

-Como le iba diciendo a su señoría -prosiguió Sancha-, la víspera del día que me despidió, doña Inés me hablaba con cariño, con bondad, como antiguamente en Alcolote. Al día siguiente, un «lo manda mi marido» fue lo único que se le ocurrió decirme, entregándome un papel firmado por ella en que me señalaba una buena renta de ochocientos reales.

-¡Ah, dame ese papel! -dijo don Fernando.

Cubrió de besos la firma de Inés.

-¿Y hablaba de mí?

-Nunca; tanto es así, que una vez el viejo don Jaime le reprochó delante de mí haber olvidado a un vecino tan bueno. Doña Inés palideció y no contestó. Tan pronto como acompañó a su padre hasta la puerta, corrió a encerrarse en la capilla.

-Soy un necio, nada más -exclamó don Fernando-. ¡Cómo voy a odiarla! No hablemos más... Ha sido una suerte para mí entrar en Granada, y mil veces más suerte haberte encontrado... ¿Y tú qué haces?

-Puse una tienda en el pueblecito de Albaracen, a media legua de Granada. Tengo -añadió bajando la voz- unos géneros muy bonitos, cosas inglesas que me traen los contrabandistas de las Alpujarras. Tengo en mis baúles más de diez mil reales de mercancías catas. Estoy contenta.

-Ya entiendo -dijo don Fernando-: tienes un amante entre los valientes de los montes de las Alpujarras. Nunca más volveré a verte. Toma, llévate este reloj como recuerdo mío.

Sancha se iba. Fernando la retuvo.

-¿Y si me presentara ante ella? -dijo.

-Huiría de usted, así tuviera que tirarse por la ventana. Tenga cuidado -dijo Sancha, volviendo hacia don Fernando-; por muy disfrazada que fuera, le detendrían ocho o diez espías que rondan constantemente en torno a la casa.

Fernando, avergonzado de su flaqueza, no dijo una palabra más. Había decidido salir al día siguiente para Mallorca.

Al cabo de ocho días, pasó por casualidad por el pueblo de Albaracen. Los bandidos acababan de detener al capitán general O’Donnell y lo habían tenido una hora tendido boca abajo en el barro. Don Fernando vio a Sancha corriendo muy atareada.

-No tengo tiempo de hablar con su señoría -le dijo-; vaya a mi casa.

La tiendo de Sancha estaba cerrada; Sancha se apresuraba a meter sus géneros ingleses en una gran arca negra, de roble.

-Quizás nos ataquen aquí esta noche -dijo a don Fernando-. El jefe de esos bandidos es enemigo personal de un contrabandista amigo mío. Entrarían a saco en esta tienda antes que en ningún otro sitio. Vengo de Granada; doña Inés, que después de todo es muy buena, me ha dado permiso para dejar en su cuarto mis mejores mercancías. Don Blas no verá esta arca que está llena de contrabando, y si por desgracia la viera doña Inés encontraría una disculpa.

Se apresuró a colocar sus tules y chales. Don Fernando la miraba manipular. De pronto se precipitó hacia el arca, sacó los tules y chales y se metió él en su lugar.

-¿Se ha vuelto loco? -dijo Sancha, asustada.

-Toma, aquí tienes cincuenta onzas, pero que el cielo me mate si salgo de esta arca antes de estar en el palacio de la inquisición de Granada. Quiero verla.

Por más que Sancha pudiera decir, don Fernando no la escuchó.

Cuando ella estaba hablando todavía, entró Zanga, un mozo de cordel, primo de Sancha, que iba a llevar el arca en su mulo a Granada. Al ruido que hizo al entrar, don Fernando se había apresurado a bajar sobre él la tapa del arca. Por si acaso, Sancha la cerró con llave. Era más imprudente dejarla abierta. A eso de las once de la mañana de un día del mes de junio, don Fernando entró en Granada transportado en un arca; estaba a punto de asfixiarse. Llegaron al palacio de la inquisición. Mientras Zanga subía la escalera, don Fernando tenía la esperanza de que dejarían el arca en el segundo piso, y quizá en la habitación de Inés.

Cuando cerraron las puertas y ya no oyó ningún ruido, intentó, con ayuda de su puñal, abrir la cerradura del arca. Lo consiguió. Con indecible alegría se dio cuenta de que estaba, en efecto, en el dormitorio de Inés. Vio vestidos de mujer y reconoció junto a la cama un crucifijo que en otro tiempo estaba en su cuartito de Alcolote. Una vez, después de una violenta disputa, Inés lo llevó a su habitación y ante aquel crucifijo le juró amor eterno.

Hacía muchísimo calor y la habitación estaba muy oscura. Las persianas estaban cerradas, lo mismo que las grandes cortinas, de finísima muselina de las indias, drapeadas hasta el suelo.

Apenas alteraba el profundo silencio el rumor de un pequeño surtidor que, subiendo a unos cuantos pies en un rincón del aposento, volvía a caer en su concha de mármol negro.

El ruido tan leve de este pequeño surtidor hacía estremecer a don Fernando, que había dado en su vida veinte pruebas del más audaz arrojo. Estaba lejos de encontrar en el cuarto de Inés aquella felicidad perfecta que tantas veces había soñado en Mallorca pensando en los medios de llegar a aquella habitación. Desterrado, dolorido, separado de los suyos, un amor apasionado y que en la persistencia y la uniformidad de la desgracia había llegado casi a la locura, constituía todo el carácter de don Fernando.

En este momento, un único sentimiento lo embargaba: el miedo a hacer enfadar a aquella Inés, a la que él sabía tan casta y tímida. Si yo no creyera que el lector conoce algo la manera de ser, singular y apasionada, de la gente meridional, me daría vergüenza confesarlo: don Fernando estuvo a punto de desmayarse cuando, poco después de dar las dos en el reloj del convento, oyó en medio del profundo silencio unos pasos ligeros subiendo la escalera de mármol. En seguida se acercaron a la puerta. Don Fernando reconoció el andar de Inés y, no atreviéndose a afrontar el primer momento de indignación de una persona tan fiel a sus deberes, se escondió en el arca.

El calor era abrumador, profunda la oscuridad. Inés se acostó, y en seguida la tranquilidad de su respiración hizo comprender a don Fernando que estaba dormida. Sólo entonces se atrevió a acercarse a la cama. Y vio a aquella Inés que desde hacía tantos años era su único pensamiento. Sola, a su merced en la inocencia de su sueño, le dio miedo. Este singular sentimiento aumentó cuando se dio cuenta de que, en los dos años que él había pasado sin verla, su semblante había tomado una impronta de fría dignidad que él no le conocía.

Sin embargo, la felicidad de volver a verla penetró poco a poco en su alma; ¡formaba su relativa desnudez un contraste tan encantador con aquel aire de dignidad severa!

Comprendió que la primera idea de Inés al verlo sería huir. Fue a cerrar la puerta y retiró la llave.

Por fin llegó el momento que iba a decidir todo su porvenir. Inés hizo unos movimientos, estaba a punto de despertarse; Fernando tuvo la inspiración de ir a arrodillarse ante el crucifijo que ya en Alcolote estaba en el dormitorio de Inés. Cuando ésta abrió los ojos, todavía adormilados, pensó que Fernando acababa de morir lejos y que aquella imagen suya que veía ante el crucifijo era una visión. Permaneció inmóvil y erguida ante la cama y con las manos juntas.

-¡Pobre desdichado! -dijo con una voz trémula y casi inaudible.

Don Fernando, de rodillas aún y un poco en escorzo1 para mirarla, le señalaba el crucifijo; pero, en su turbación, hizo un movimiento. Inés, ya del todo despierta, comprendió la verdad y huyó hacia la puerta, encontrándola cerrada.

-¡Qué osadía! -exclamó-. ¡Salga de aquí, don Fernando!

Inés se retiró al rincón más lejano, hacia el pequeño surtidor.

-¡No se acerque, no se acerque! -repetía con voz convulsa-. ¡Salga de aquí!

En sus ojos brillaba el resplandor de la virtud más pura.

-No, no me marcharé antes de que me oigas. Han pasado dos años y no puedo olvidarte; noche y día tengo tu imagen ante los ojos. ¿No me juraste ante esta cruz que serías mía para siempre?

-¡Salga de aquí -le repetía ella con furia-, o llamo y nos degollarán a los dos!

Se dirigió hacia una campanilla, pero don Fernando se le adelantó y la estrechó en sus brazos. Don Fernando estaba temblando; Inés lo notó muy bien y perdió toda la fuerza que le daba la ira.

Don Fernando ya no se dejó dominar por los pensamientos de amor y voluptuosidad y se atuvo estrictamente a su deber.

Temblaba más que Inés, pues se daba cuenta de que acababa de obrar con ella como un enemigo; pero no encontró cólera ni arrebato.

-¿Es que quieres la muerte de mi alma inmortal? -le dijo Inés-. Por lo menos, cree una cosa: que te adoro y nunca amé a nadie más que a ti. Ni un solo minuto de la abominable vida que llevo desde mi boda he dejado de pensar en ti. Era un pecado espantoso; he hecho cuanto he podido por olvidarte, pero en vano. No te horrorices de mi impiedad, Fernando mío. ¿Lo creerás? Muchas veces, ese santo crucifijo que aquí ves, junto a mi cama, ya no me presenta la imagen del Salvador que ha de juzgarnos, sólo me recuerda los juramentos que te hice extendiendo la mano hacia él en mi cuartito de Alcolote. ¡Ah, estamos condenados, irremisiblemente condenados, Fernando! -exclamó arrebatada-; seamos al menos plenamente dichosos los pocos días que nos quedan de vida.

Este lenguaje quitó todo temor a don Fernando; comenzó para él la felicidad.

-¿Es que me perdonas? ¿Me amas todavía?...

Las horas volaban. Anochecía. Fernando le contó la inspiración súbita que le había venido aquella mañana al ver el arca. Los sacó de su embeleso un gran ruido que se produjo cerca de la puerta de la habitación. Era don Blas, que venía a buscar a su mujer para el paseo vespertino.

-Dile que te has puesto mala por el gran calor que hace -dijo don Fernando a Inés-. Voy a meterme en el arca. Aquí tienes la llave de la puerta; haz como que no puedes abrir, dale la vuelta al revés, hasta que oigas el ruido que hará la cerradura del arca al cerrarse.

Todo salió muy bien. Don Blas creyó en el malestar producido por el calor.

-¡Pobrecita! -exclamó, disculpándose por haberla despertado tan bruscamente.

La cogió en brazos y la llevó a la cama. Estaba abrumándola con tiernísimas caricias, cuando se fijó en el arca.

-¿Qué es eso? -preguntó, frunciendo el entrecejo.

Pareció despertarse de pronto toda su sagacidad de jefe de policía.

-¡Esto en mi casa! -repitió cinco o seis veces, mientras doña Inés le contaba los temores de Sancha y la historia del arca.

-Dame la llave -dijo don Blas con gesto duro.

-No quise recibirla -contestó Inés-: podría encontrarla uno de tus criados. A Sancha le gustó mucho que me negara a quedarme con la llave.

-¡Muy bien! -exclamó don Blas-; pero yo tengo en la caja de mis pistolas los medios necesarios para abrir todas las cerraduras del mundo.

Se dirigió a la cabecera de la cama, abrió una caja llena de armas y se acercó al arca con un paquete de ganzúas inglesas.

Inés abrió las persianas de una ventana y se inclinó hacia fuera como para poder arrojarse a la calle en el momento en que don Blas descubriera a Fernando. Pero el odio que Fernando tenía a don Blas le había devuelto toda su sangre fría, y se le ocurrió poner la punta de su puñal detrás del pestillo de la mala cerradura del arca; don Blas manipuló en vano con sus ganzúas inglesas.

-¡Qué raro! -dijo don Blas, incorporándose- estas ganzúas no me habían fallado nunca. Querida Inés, retrasaremos el paseo. Con la idea de esta arca, que quizá esté llena de papeles criminales, no estaría contento ni siquiera al lado tuyo. ¿Quién me dice que, en mi ausencia, el obispo, enemigo mío, no hará un registro en mi casa valiéndose de una orden arrancada con engaño al rey? Voy a ir a mi despacho y volveré en seguida con un cerrajero que lo hará mejor que yo.

Salió. Doña Inés dejó la ventana para cerrar la puerta. En vano le suplicó don Fernando que huyera con él.

-No conoces la vigilancia del terrible don Blas -le dijo-; en unos minutos puede ponerse en comunicación con sus agentes a varias leguas de Granada. ¡Ojalá pudiera yo huir contigo para ir a vivir en Inglaterra! Figúrate que esta casa tan grande es registrada cada día hasta en los menores rincones. Sin embargo, voy a intentar esconderte. Si me amas, sé prudente, pues yo no sobreviviría.

La conversación fue interrumpida por un gran golpe en la puerta; Fernando se puso detrás de ésta con el puñal en la mano. Afortunadamente, no era más que Sancha. Se lo contaron todo en dos palabras.

-Pero, señora, usted no piensa que al esconder a don Fernando, don Blas encontrará el arca vacía. ¿Qué podremos meter en ella en tan poco tiempo? Pero, en el apuro, se me olvidaba una buena noticia: toda la población está en vilo y don Blas muy ocupado. A don Pedro Ramos, el diputado a Cortes, lo insultó un voluntario realista en el café de la Plaza Mayor, y don Pedro acaba de matarlo a puñaladas. He visto ahora a don Blas rodeado de sus esbirros en la Puerta del Sol. Esconda a dan Fernando, voy a buscar por todas partes a Zanga para que venga a llevarse el arca con don Fernando dentro. Pero ¿nos dará tiempo? Lleven el arca a otra habitación, para tener una primera respuesta que dar a don Blas y que no lo mate de repente. Dígale que fui yo quien mandó trasladar el arca y quien la abrió. Sobre todo, no nos hagamos ilusiones: ¡si don Blas vuelve antes que yo, morimos todos!

Los consejos de Sancha no impresionaron mucho a los amantes; llevaron el arca a un pasadizo oscuro y se contaron la historia de sus vidas desde hacía dos años.

-No encontrarás reproches en tu amiga -decía Inés a don Fernando-; te obedeceré en todo: tengo el presentimiento de que nuestra vida no será larga. No sabes en qué poco tiene don Blas su vida y la ajena; descubrirá que te he visto y me matará ¿Qué encontraré en la otra vida? -continuó, después de un momento de abstracción-; ¡castigos eternos!

Y se arrojó al cuello de Fernando.

-Soy la más feliz de las mujeres -exclamó-. Si encuentras algún medio para vernos, házmelo saber por Sancha; tienes una esclava que se llama Inés.

Zanga no volvió hasta la noche; se llevó el arca, en la que se había vuelto a meter Fernando. Varias veces lo interrogaron las patrullas de esbirros, que buscaban por todas partes al diputado liberal sin encontrarlo; como Zanga les decía que el arca que llevaba pertenecía a don Blas, siempre lo dejaban pasar.

La última vez lo pararon en una calle solitaria que bordea el cementerio; lo separaba de éste, que está a doce o quince pies más abajo, un muro que, por el lado de la calle, permite apoyarse en él. Y en él apoyaba Zanga el arca mientras contestaba a los esbirros.

Como le habían hecho llevarse rápidamente el arca por miedo a que volviera don Blas, la había cargada de tal grado, que don Fernando iba cabeza abajo; esta posición le producía un dolor insoportable; esperaba llegar pronto, y cuando notó el arca inmóvil, perdió la paciencia; reinaba en la calle un gran silencio; don Fernando calculó que debían de ser lo menos las nueve de la noche. «Unos cuantos ducados -pensó- me asegurarán la discreción de Zanga». Vencido por el dolor, le dijo en voz muy baja:

-Da la vuelta al arca; así estoy sufriendo terriblemente.

El cargador, que, a tan avanzada hora, no estaba muy tranquilo contra la pared del cementerio, se asustó de aquella voz tan cerca de su oído; creyó estar oyendo a un aparecido y huyó a todo correr. El arca quedó en pie sobre el parapeto; el dolor de don Fernando iba en aumento. Al no recibir respuesta da Zanga, comprendió que lo había abandonado. Por mucho peligro que hubiera, decidió abrir el arca. Hizo un movimiento violento que lo precipitó al cementerio.

El choque de la caída lo aturdió y tardó unos momentos en recobrar el conocimiento; veía las estrellas brillar sobre su cabeza: al caer el arca se había abierto la cerradura, y él se encontró tendido en la tierra recién removida de una tumba. Pensó en el peligro que podía correr Inés y esto le devolvió toda su fuerza.

Le corría la sangre, estaba muy maltrecho, pero consiguió levantarse y después andar; le costó algún trabajo escalar el muro del cementerio y luego llegar a casa de Sancha. Esta, al verlo ensangrentado, creyó que don Blas lo había descubierto.

-Hay que reconocer -le dijo riendo, cuando se tranquilizó a este respecto -que nos has metido en un buen lío.

Convinieron en que había que aprovechar la noche a todo trance para llevarse el arca caída en el cementerio.

-Si mañana un espía de don Blas descubre esa maldita arca, muertas somos doña Inés y yo -dijo Sancha.

-Seguramente está manchada de sangre -observó don Fernando.

Zanga era el único hombre que podían utilizar. Hablando de él estaban, cuando llamó a la puerta de Sancha, que le causó gran asombro diciéndole:

-Ya sé lo que vienes a contarme. Abandonaste mi arca y se cayó al cementerio con todas mis mercancías de contrabando. ¡Qué pérdida para mí! Verás lo que va a ocurrir: don Blas te interrogará esta noche o mañana por la mañana.

-Ay de mí, estoy perdido! -exclamó Zanga.

-Estás salvado si contestas que al salir del palacio de la inquisición trajiste el arca a mi casa.

Zanga estaba muy disgustado por haber comprometido las mercancías de su prima, pero había tenido miedo del aparecido; ahora tenía miedo de don Blas y parecía incapaz de comprender las cosas más sencillas. Sancha le repetía con todo detalle sus instrucciones sobre lo que tenía que contestar al jefe de policía para no comprometer a nadie.

-Aquí tienes diez ducados para ti -le dijo don Fernando, apareciendo de repente-; pero, si no dices exactamente lo que te ha explicado Sancha, este puñal te matará.

-¿Y quien es vuestra merced, señor? -preguntó Zanga.

-Un desdichado «negro» perseguido por los voluntarios realistas.

Zanga estaba perplejo; su pavor llegó al extremo cuando vio entrar a dos de los esbirros de don Blas. Uno de ellos se apoderó de él y lo condujo ante su jefe. El otro venía simplemente a notificar a Sancha que tenía que comparecer en el palacio de la inquisición; su misión era menos severa.

Sancha bromeó con él y lo animó a probar un excelente vino Rancio (sic). Quería hacerle hablar para que diera algunas indicaciones a don Fernando, el cual podía oírlo todo desde el lugar donde estaba escondido. El esbirro contó que Zanga, huyendo del aparecido, había entrado pálido como la muerte en una taberna, donde contó su aventura. En aquella taberna se encontraba uno de los espías encargados de descubrir al «negro», o liberal, que había matado a un realista, y fue corriendo con su informe a don Blas.

-Pero nuestro jefe, que no es tonto -añadió el esbirro-, dijo en seguida que la voz que había oído Zanga era la del «negro» escondido en el cementerio. Me mandó a buscar el arca y la encontramos abierta y manchada de sangre. Don Blas pareció muy sorprendido y me ha mandado aquí. Vamos.

«Muertas somos Inés y yo -se decía Sancha, dirigiéndose con su esbirro al palacio de la Inquisición-. Don Blas habrá reconocido el arca; en este momento ya sabe que un extraño se introdujo en su casa.»

La noche era muy oscura. Por un momento, Sancha tuvo la idea de escapar. «Pero no -se dijo-, sería infame abandonar a doña Inés, que es tan inocente y en este momento no debe de saber qué contestar.»

Al llegar al palacio de la inquisición, le extrañó que la hicieran subir al segundo piso, al aposento mismo de Inés. El lugar de la escena le pareció de siniestro augurio. La habitación estaba muy iluminada.

Encontró a doña Inés sentada junto a una mesa, a don Blas de pie a su lado, echando chispas por los ojos, y, ante ellos, abierta, el arca fatal. Estaba toda manchada de sangre. En el momento en que entró Sancha, don Blas estaba interrogando a Zanga. Lo hicieron salir inmediatamente.

«¿Nos habrá traicionado? -se decía Sancha-. ¿Habrá entendido lo que le dije que contestara? La vida de doña Inés está en sus manos.»

Sancha miró a doña Inés para tranquilizarla; no vio en sus ojos más que serenidad y entereza. Sancha se quedó atónita. «¿De dónde saca tanto valor esta mujer tan apocada?» Desde las primeras palabras de su respuesta a las preguntas de don Blas, Sancha observó que este hombre, habitualmente tan dueño de sí mismo, estaba como loco. Pronto se dijo, hablándose a sí mismo:

-¡La cosa está clara!

Doña Inés debió de oír estas palabras, como las oyó Sancha, pues dijo con un tono muy natural:

-Con tantas velas encendidas, esto está como un horno.

Y se acercó a la ventana.

Sancha sabía cuál era su proyecto unas horas antes, y comprendió aquel movimiento. Fingió un violento ataque de nervios.

-Esos hombres quieren matarme -exclamó- porque salvé a don Pedro Ramos.

Y agarró fuertemente a Inés por la muñeca.

En medio del extravío de un ataque de nervios, las medias palabras de Sancha decían que, a poco de llevar Zanga a su casa el arca de los géneros, irrumpió en su cuarto un hombre todo ensangrentado y con un puñal en la mano. «Acabo de matar a un voluntario realista -había dicho- y los compañeros del muerto me están buscando. Si usted no me socorre, me matan ante sus propios ojos...».

-¡Ah, vean esta sangre en mi mano -exclamó Sancha, como enajenada-, quieren matarme!

-Siga -dijo don Blas fríamente.

-Don Ramos me dijo: «El prior del convento de los Jerónimos es tío mío; si puedo llegar a su convento, estoy salvado.» Yo temblaba de miedo; don Pedro vio el arca abierta, de donde yo acababa de sacar mis tules ingleses. De pronto va y arranca los paquetes que todavía quedaban en el arca, y se mete él dentro. «Cierre con llave sobre mí -exclamó- y que lleven el arca al convento de los Jerónimos sin perder momento.» Y me echó un puñado de ducados; aquí los tiene: es el precio de una impiedad, me horrorizan...

-¡Bueno, menos cuentos! -exclamó don Blas.

-Tenía miedo de que me matara si no obedecía -continuó Sancha-; tenía aún en la mano izquierda el puñal, lleno de la sangre del pobre voluntario realista. Tuve miedo, lo confieso; mandé a buscara Zanga, y éste cogió el arca y la llevó al convento. Yo tenía...

-Ni una palabra más o eres muerta -la interrumpió don Blas, a punto de adivinar que Sancha quería ganar tiempo.

A una señal de don Blas, salen en busca de Zanga. Sancha observa que don Blas, habitualmente impasible, está fuera de sí; tiene dudas sobre la persona a la que, desde hacía dos años, creía fiel. El calor parece agobiarle. Pero nada más ver a Zanga, conducido por el esbirro, se arroja sobre él y le aprieta furiosamente el brazo.

«Llegó el momento fatal -se dijo Sancha-. De este hombre depende la vida de doña Inés y la mía. Me es muy fiel, pero esta noche, asustado por el aparecido y por el puñal de don Fernando, ¡sabe Dios lo que va a decir!».

Zanga, violentamente sacudido por don Blas, lo miraba con ojos espantados y sin contestar.

«¡Dios mío! -pensó Sancha-, lo van a hacer prestar juramento de decir la verdad, y, como es tan devoto; no querrá mentir por nada del mundo.»

Por casualidad, don Blas, que estaba en su tribunal, olvidó hacer que el testigo prestara juramento. Por fin Zanga, estimulado por el gran peligro, por las miradas de Sancha y por su mismo miedo, se decidió a hablar. Fuera por prudencia o por verdadera turbación, su relato resultó muy embrollado. Dijo que, llamado por Sancha para cargar otra vez el arca que había traído poco antes del palacio de monseñor el jefe de policía, le había parecido mucho más pesada. Como no podía más, al pasar por el muro del cementerio la apoyó en el parapeto. Oyó muy cerca de su oído una voz quejumbrosa y echó a correr.

Don Blas lo asediaba a preguntas, pero parecía él mismo abrumado de cansancio. Ya muy avanzada la noche, suspendió el interrogatorio para reanudarlo a la mañana siguiente. Zanga no se había cortado todavía. Sancha pidió a Inés que le permitiera ocupar el gabinete contiguo a su dormitorio, donde antes pasaba la noche. Probablemente don Blas no oyó las pocas palabras que se dijeron a este respecto. Inés, que temblaba por don Fernando, fue a buscar a Sancha.

-Don Fernando está a salvo, pero -continuó Sancha- la vida de usted y la mía penden de un hilo. Don Blas sospecha. Mañana por la mañana va a amenazar en serio a Zanga y a hacerle hablar por medio del fraile que confiesa a ese hombre y que tiene mucho dominio sobre él. El cuento que yo he contado no servía mas que para salir del paso en el primer momento.

-Bueno, pues, huye, querida Sancha -repuso Inés, con su dulzura acostumbrada y como si no la preocupara en absoluto la suerte que a ella misma la esperaba a las pocas horas-. Déjame morir sola. Moriré dichosa: tengo conmigo la imagen de don Fernando. La vida no es demasiado para pagar la felicidad de haber vuelto a verlo al cabo de dos años. Te ordeno que me dejes ahora mismo. Vas a bajar al patio grande y a esconderte junto a la puerta. Espero que podrás salvarte. Sólo te pido una cosa: entrega esta cruz de diamantes a don Fernando y dile que muero bendiciendo la idea que tuvo de volver de Mallorca.

Al apuntar el alba y oír el toque del Ángelus, doña Inés despenó a su marido para decirle que iba a oír la primera misa del convento de las Clarisas. Aunque este convento estaba en la casa, don Blas, sin contestarle una palabra, hizo que la acompañaran cuatro de sus criados.

Al llegar a la iglesia, Inés se arrodilló junto a la teja de las religiosas. Pasado un momento, los guardianes que don Blas había puesto a su mujer vieron abrirse la reja. Doña Inés entró en la clausura. Declaró que, en un voto secreto, se había hecho monja y no saldría jamás del convento. Don Blas acudió a reclamar a su mujer, pero la abadesa había mandado aviso al obispo. El prelado contestó en tono paternal a los arrebatos de don Blas.

-Desde luego, la ilustrísima doña Inés Bustos y Mosquera no tiene derecho a consagrarse al Señor si es esposa legítima de usted; pero doña Inés teme que en su casamiento hubo ciertas causas de nulidad.

A los pocos días, doña Inés, que estaba en pleito con su marido, apareció en su cama acribillada a puñaladas. Y, como consecuencia de una conspiración descubierta por don Blas, el hermano de Inés y don Fernando acaban de ser decapitados en la plaza de Granada".


Stendhal (Henri Beyle)