"El Club de los Ególatras es uno de los sitios más cordiales de Londres. Se trata de un lugar al que uno puede acudir cuando siente necesidad de narrar el extraño sueño que tuvo la noche anterior, o si desea anunciar el magnífico dentista que ha descubierto. Y si uno quiere y tiene el temperamento de una Jane Austen, también puede escribir cartas a ese club, ya que en él no existen salas en las que esté prohibido hablar, y donde parecer ocupado o absorto cuando otro miembro le dirige a uno la palabra, sería una violación de las normas del club. Sin embargo, no pueden hacerse referencias a la pesca ni al golf. Si la moción del honorable Freddy Arbuthnot es aprobada ante la próxima reunión del comité (y hasta ahora, la opinión respecto a ello parece muy favorable), tampoco se podrá hablar de la radio. Como dijo lord Peter Wimsey el otro día, cuando surgió el tema en la sala de fumar, esos son asuntos sobre los que uno puede conversar en cualquier lugar. Por otra parte, el club no es especialmente exclusivo. A nadie se le niega de antemano la entrada, excepto a los hombres graves y silenciosos. A pesar de todo, los candidatos tienen que superar ciertas pruebas cuya naturaleza quedará suficientemente indicada por el hecho de que cierto distinguido explorador vio rechazada su admisión por aceptar, y fumarse, un fuerte cigarro de Trichinopoli como acompañamiento de un oporto del sesenta y tres. Por otro lado, el querido sir Roger Bunt (el vendedor callejero millonario que ganó el premio de veinte mil libras ofrecido por el Sunday Shriek y lo empleó para fundar su inmenso negocio de abastecimientos en el interior del país) fue altamente recomendado y elegido por unanimidad tras declarar francamente que una jarra de cerveza y una pipa eran las únicas cosas que realmente le importaban. Como lord Peter volvió a decir:
—A nadie le importa la vulgaridad; pero no hay que traspasar los límites de la crueldad.
Aquella tarde en especial, Masterman (el poeta cubista) había llevado con él un invitado, un hombre llamado Varden. Varden había comenzado su vida como atleta profesional, pero un trastorno cardíaco le obligó a dejar una brillante carrera y a emplear su atractivo rostro y su bien formado cuerpo al servicio de la pantalla cinematográfica. Había acudido a Londres, desde Los Angeles, para estimular la publicidad de su nueva gran película “Marathón”, y resultó ser una persona muy agradable y nada envanecida, lo cual fue un gran alivio para el club, ya que, con los invitados de Masterman, nunca se podía estar seguro.
Aquella tarde, en la sala marrón no había más que ocho hombres, incluyendo a Varden. Aquella sala, con sus artesonados, sus luces tamizadas y sus gruesas cortinas azules era quizá la más cómoda y agradable de todas las salas de fumar, de las cuales el club poseía media docena o así. La conversación se había iniciado de forma accidental con el relato hecho por Armstrong de un curioso incidente que había presenciado aquella tarde en la estación del Temple, y Bayes continuó la charla diciendo que aquello no era nada comparado con la cosa verdaderamente extraña que le había ocurrido personalmente una noche de niebla en la carretera de Euston. Masterman aseguró que en los lugares más solitarios y retirados de Londres había una inmensa cantidad de temas para un escritor, y expuso como ejemplo su propio y extraño encuentro con una llorosa mujer y un mono muerto. Entonces, Judson tomó el mando de la conversación, explicando que cierta vez, a última hora de la noche, en un solitario suburbio, se encontró con el cuerpo de una mujer muerta que yacía sobre el pavimento, con un cuchillo clavado en un costado. Cerca de ella, un policía permanecía inmóvil. El preguntó al agente si podía hacer algo, pero el hombre se limitó a decirle:
—Si yo fuera usted, no intervendría, señor. Esa mujer se merecía lo que le ha pasado.
Judson aseguró que no había podido olvidar el incidente, y luego Pettifer les contó un extraño caso de su experiencia como médico. Ocurrió cuando un hombre totalmente desconocido le condujo a una casa de Bloomsbury donde había una mujer padeciendo los efectos de un envenenamiento por estricnina. Aquel hombre le ayudó de la forma más eficaz durante toda la noche y cuando la paciente estuvo fuera de peligro, el tipo salió de la casa y no volvió a aparecer; lo realmente extraño era que cuando Pettifer preguntó a la mujer, ella le contestó, con gran sorpresa, que nunca había visto a aquel hombre, y que le había tomado por el ayudante de Pettifer.
—Eso me recuerda —comenzó Varden— algo aún más extraño que me ocurrió una vez en Nueva York. Nunca he podido averiguar si se trató de un loco o de una broma, o bien si yo realmente escapé de la muerte por casualidad.
Aquello parecía prometedor, y todos instaron al invitado a que continuase su historia. El actor siguió:
—Bien... En realidad, la cosa comenzó hace mucho tiempo... Siete años o así, poco antes de que Norteamérica entrase en guerra. En aquellos tiempos yo tenía veinticinco años y llevaba poco más de dos dedicado al cine. Había un hombre llamado Eric P. Loder, que por aquella época era bastante bien conocido en Nueva York y que hubiera sido un magnífico escultor si no hubiera tenido más dinero del que le convenía, o al menos eso oí decir a los que se dedican a esas cosas. Hacía muchas exposiciones de sus obras, y a ellas acudían montones de intelectuales... Tengo entendido que hizo varias esculturas en bronce muy buenas. Quizá usted sepa algo de él, Masterman.
—No he visto ninguna de sus esculturas, pero recuerdo algunas fotografías publicadas en El Arte de Mañana —dijo el poeta—. Era un buen artista, pero más bien amanerado. ¿No se adscribió a la tendencia criselefantina? Supongo que sólo sería para demostrar que podía pagar los materiales.
—Sí, eso parece muy propio de él.
—Desde luego. Además, fue el autor de un grupo muy relamido y muy feo llamado “Lucina”, y tuvo la desfachatez de reproducirlo en oro macizo y colocarlo en el recibidor de su casa.
—¡Ah, aquello! Sí, a mí me parecía simplemente horrible. Nunca fui capaz de ver nada artístico en aquella idea. Supongo que ustedes le llaman a eso realismo. Me gustan los cuadros o las estatuas que me hacen sentir bien, si no, ¿para qué están? A pesar de todo, en Loder había algo muy atractivo.
—¿Cómo le conoció usted?
—Bien... Loder me vio en aquella película mía “Apolo en Nueva York”. Tal vez ustedes la recuerden. Fue mi primer papel de protagonista. Trataba de una estatua que cobra vida—ya saben, uno de los antiguos dioses—, y de cómo se desenvolvía en una ciudad moderna. La produjo el viejo Reubenssohn. Era un hombre que podía desarrollar cualquier tema con el mayor gusto artístico. En toda la película, de principio a fin, no era posible encontrar un solo átomo de mal gusto, aunque en la primera parte yo no llevaba más vestidura que una especie de capa... tomada de la estatua clásica, ya saben.
—¿El Apolo de Belvedere?
—Me atrevería a decir que sí. Bien, Loder me escribió diciendo que, como escultor, sentía un gran interés por mí, ya que yo me encontraba en muy buena forma y todo eso. Luego me preguntaba si querría hacerle una visita cuando dispusiera de tiempo. Hice averiguaciones respecto al hombre y decidí que aquello sería una buena publicidad. Cuando mi contrato expiró pude disponer de un poco de tiempo, fui a Nueva York y le llamé. Me trató muy amablemente y me pidió que pasase unas cuantas semanas con él. Loder poseía una magnífica mansión a unos ocho kilómetros de la ciudad. La casa estaba atestada de cuadros, antigüedades y cosas por el estilo. Mi anfitrión tendría unos treinta y cinco o cuarenta años, era moreno, de aspecto cuidado y de movimientos rápidos y vivaces.
Hablaba muy bien, parecía haber estado en todas partes, haberlo visto todo y no tener buena opinión de nada. Uno podía permanecer escuchándole horas enteras. Conocía anécdotas de todo el mundo, desde el Papa hasta el viejo Phineas E. Groot, del Chicago Ring. Las únicas historias que no me gustaba oír de sus labios eran las picantes. No es que no sepa apreciar un cuento verde, no, señor. No me gustaría que ustedes pensasen que soy un tipo remilgado; pero Loder contaba esas cosas con los ojos fijos en uno, como si sospechara que tú tenías algo que ver con la historia que estaba narrando. He conocido mujeres que obran igual y he visto hombres que también hacen lo mismo con mujeres, provocando en ellas una gran turbación, pero Loder fue el único hombre que me hizo experimentar esa sensación. Sin embargo, aparte de eso, mi anfitrión era el tipo más fascinante que he conocido. Y como digo, su casa era, indudablemente, muy hermosa, y la comida excelente.
En todo le gustaba tener lo mejor. Tomemos a su amante: María Morano. No creo haber visto nunca nada que se le pueda comparar, y cuando uno trabaja en el cine, tiene buenos patrones para comparar la belleza femenina. Era una de esas mujeres lánguidas, imponentes, de bellos movimientos, expresión plácida y suave y amplia sonrisa. En Estados Unidos no se dan mujeres como ella. María era procedente del Sur. Según Loder, había sido bailarina de cabaret, y ella nunca le contradijo. El hombre estaba muy orgulloso de María, y ella, a su manera, sentía una gran devoción por él. Loder acostumbraba a hacerla posar en el estudio, sin que la chica llevase encima más que una gran hoja de parra o algo por el estilo. Ella permanecía en pie junto a una de las esculturas que mi anfitrión estaba siempre haciéndole. Luego el hombre comparaba, punto por punto, a la mujer y a la estatua. En apariencia, en María sólo había unos cuantos milímetros que no eran del todo perfectos desde el punto de vista escultórico: el segundo dedo de su pie izquierdo era menor que el dedo gordo. Loder, desde luego, corregía esto en las esculturas. María escuchaba tales críticas con sonrisa de buen talante y expresión vagamente sumisa, no sé si me entienden. A pesar de todo, creo que la pobre chica algunas veces se sentía cansada de que Loder se metiera así con ella. En ocasiones se ponía a hablar conmigo y me confesaba que lo que siempre había deseado era tener un restaurante propio, con espectáculo de cabaret, muchos cocineros con mandiles blancos y un montón de relucientes cocinas eléctricas. «Luego me casaría y tendría cuatro niños y una niña», continuaba la chica.
Después me citaba los nombres que había elegido para sus hijos. A mí aquello me parecía más bien patético. Al final de una de estas conversaciones entró Loder. El hombre sonreía un poco torcidamente, por lo que me atrevería a decir que, por casualidad, había oído lo que hablábamos. No creo que diera mucha importancia a ello, lo cual demuestra que nunca comprendió de veras a la muchacha. Supongo que al hombre ni siquiera se le ocurrió que una mujer pudiera cansarse de la clase de vida que él daba a María, y si bien Loder era un poco posesivo en su forma de comportarse, al menos nunca la traicionó. A cambio de soportar todas sus charlas y sus desagradables estatuas, María era dueña absoluta de él, y ella lo sabía.
Permanecí allí un mes completo, disfrutando de una temporada extraordinariamente agradable. En dos ocasiones, Loder tuvo una ráfaga de inspiración artística y se encerró en su estudio durante varios días para trabajar, sin permitir que nadie entrase hasta que hubo concluido. Mi anfitrión era bastante dado a esa clase de cosas, y cuando acababa, celebrábamos una fiesta a la cual acudían todos los amigos y aduladores de Loder para echar un vistazo a la obra de arte. Según creo, por entonces el hombre estaba trabajando en la estatua de una diosa o una ninfa, que debía ser vaciada en plata, y María acostumbraba a acompañarle y posar para él. Excepto en estas ocasiones, Loder me acompañaba a todas partes y vimos cuanto había que ver. Admito que, cuando todo esto concluyó, me sentí muy entristecido. Se declaró la guerra, y yo había decidido alistarme cuando aquello sucediese. Mi trastorno cardíaco me impedía ir al frente, pero contaba con lograr, a fuerza de insistencia, alguna clase de trabajo militar, así que hice las maletas y me largué. Nunca hubiera creído que Loder lamentara tan sinceramente decirme adiós. Repitió una y otra vez que volveríamos a reunimos pronto. Sin embargo, yo conseguí un trabajo en los servicios sanitarios y fui mandado a Europa, de donde no regresé hasta 1920, cuando volví a ver a Loder.
El me había escrito antes, pero en el año 1919 yo tuve que hacer dos películas y no pude aceptar su invitación. Sin embargo, en 1920 me encontré de regreso en Nueva York, haciendo la publicidad de «El Estallido de Pasión». Entonces recibí una nota de Loder en la que me pedía que aceptase su hospitalidad, ya que deseaba que posara para él. Aquello representaba una buena publicidad y, además, gratis, así que acepté. Por entonces me había comprometido con la Mystofilms Ltd. para tomar parte en «Los Bosquímanos», aquella película que se realizó en Australia. Telegrafié a los de la productora que me uniría a ellos en Sydney durante la tercera semana de abril. Luego hice mis maletas y me dirigí a la residencia de Loder. El escultor me recibió muy cordialmente, aunque parecía más viejo que la última vez que le vi. Era indudable que se había vuelto más nervioso. Era... —¿cómo podría describirlo?— más intenso, más real, en una palabra. Hizo alarde de su acostumbrado cinismo, como si realmente lo sintiera, y volvió a narrar sus repetidas historias, dando aún más la sensación de que se estaba refiriendo a uno al contarlas. Al principio creí que esta falta de creencia en todo no era más que una especie de pose artística, pero luego empecé a comprender que había sido injusto con él. Pronto advertí que Loder era verdaderamente desgraciado, y en seguida descubrí el motivo. Mientras íbamos en el coche le pregunté por María.
—Me ha abandonado —replicó él.
Aquello me sorprendió de veras. Honradamente, no había supuesto que la muchacha tuviera tanta iniciativa. Indagué:
—¿Es que se ha ido a instalar aquel restaurante que tanto deseaba?
—Le habló de restaurantes, ¿verdad? —dijo Loder—. Supongo que es usted la clase de hombre al que las mujeres hacen confidencias. No. Hizo el idiota. Se fue.
No supe qué decir. Era evidente que estaba tan herido en su amor propio como en sus sentimientos. Murmuré las palabras que se dicen en tales casos y añadí que aquello debió significar una gran pérdida para su trabajo, así como en otros aspectos. Loder me dio la razón. Le pregunté cuándo había ocurrido aquello y si había concluido la ninfa en la que estaba trabajando antes de que yo me fuera. Dijo que sí, que la había acabado y hecho otra, algo muy original, que a mí me gustaría. Llegamos a la casa y cenamos. Mientras lo hacíamos, Loder me anunció que se iba a ir a Europa en breve, pocos días después de que yo mismo me fuera. La ninfa se encontraba en el comedor, en un nicho especial abierto en la pared. Se trataba, realmente, de una escultura maravillosa. No era tan llamativa como la mayor parte de las obras de Loder, y su parecido con María era asombroso. Loder me hizo sentar frente a la estatua, de forma que pudiera verla durante la cena y la verdad es que apenas pude apartar mis ojos de ella. Mi anfitrión parecía muy orgulloso de su obra, y no cesó de decirme lo mucho que le alegraba que a mí me gustase. Me dio la impresión de que Loder había cogido la muletilla de repetirse a sí mismo.
Después de la cena pasamos a la sala de fumar. La habitación había sido reorganizada, y la primera cosa que saltaba a la vista era un enorme banco que había ante la chimenea. Estaba a cosa de medio metro del suelo y consistía en una base como la de una poltrona romana, con cojines y un alto respaldo, todo ello hecho de roble con incrustaciones de plata. Sobre todo esto, formando el verdadero asiento donde uno se instalaba —si ustedes me siguen—, había una gran figura plateada de una mujer desnuda, de tamaño natural, que yacía con la cabeza echada hacia atrás y los brazos extendidos a lo largo de los costados del diván. Unos cuantos cojines sueltos hacían posible utilizar la obra como un verdadero asiento, aunque debo decir que no era, en absoluto, un sitio cómodo donde sentarse. Como objeto ornamental, para dar una idea de disipación, tal obra hubiera sido excelente, pero ver a Loder acomodarse sobre aquello, junto a su chimenea, me produjo una especie de shock. A pesar de todo, él parecía estar muy encariñado con el diván.
—Le dije que era algo muy original —comentó para mí.
Entonces miré más de cerca y me di cuenta de que, en realidad, la figura era la de María, aunque el rostro estaba más bien abocetado, no sé si me entienden. Supongo que Loder creyó que un tratamiento un poco tosco estaba más de acuerdo con una pieza de mobiliario. Al ver aquel diván, comencé a pensar que mi anfitrión era un poco degenerado. Y en la quincena que siguió fui sintiéndome cada vez más a disgusto con él. Aquel modo de ser suyo cada día se acentuaba más, y a veces, mientras posaba para él, Loder se sentaba en aquel diván y contaba las cosas más brutales, con sus penetrantes ojos fijos en mí, para ver cómo reaccionaba ante tales narraciones. Pueden creer que me hizo un enorme favor, porque comencé a creer que me sentiría más a gusto entre los bosquímanos... Bueno, y ahora viene la cosa verdaderamente extraña. Todo el mundo se echó hacia adelante en sus asientos y prestó expectante atención.
—Fue la noche antes de que yo partiese hacia Nueva York —continuó Varden—. Me encontraba sentado...
En aquel momento alguien abrió la puerta de la sala y fue recibido por un ademán preventivo de Bayes. El intruso se hundió en un gran sillón y se sirvió él mismo un whisky, con el mayor de los cuidados para no molestar al que estaba hablando.
—Me encontraba sentado en la sala de fumar —siguió Varden—, esperando a que Loder llegase. Estaba solo en la casa, ya que Loder había dado permiso a los criados para que acudieran a no sé qué espectáculo o conferencia, y él mismo estaba arreglando sus asuntos para su viaje a Europa y tenía que acudir a una cita con su representante. Debí de quedarme adormecido porque cuando desperté había caído ya la noche. Entonces vi a un joven que estaba muy cerca de mí. El hombre no parecía en absoluto un ladrón, y mucho menos aún un fantasma. Casi podría decir que su aspecto era del todo ordinario. Llevaba un traje gris, un abrigo color beige al brazo y en su mano un sombrero flexible y un bastón. Su cabello era liso y descolorido, y el suyo era uno de esos rostros más bien estúpidos, de larga nariz y con monóculo. Le miré fijamente. Sabía que la puerta de la casa estaba cerrada, pero antes de que pudiera llegar a ninguna conclusión, él me habló. Tenía una voz vacilante y ronca, y un fuerte acento inglés. Me preguntó:
—¿Es usted el señor Varden?
—Sabe usted más que yo —contesté.
El replicó:
—Perdone que me entrometa; sé que eso parece de mala educación, pero lo mejor que puede usted hacer es irse inmediatamente de esta casa.
—¿Qué diablos quiere usted decir?
—No trato de inmiscuirme en asuntos que no me importan; pero debe usted comprender que Loder no le ha perdonado, y mucho me temo que trate que convertirle en un perchero o en el pie de una lámpara eléctrica, o en cualquier cosa por el estilo.
¡Dios mío! Puedo asegurarles que me sentí asombrado. La voz del hombre era tranquila, y sus modales, perfectos y, sin embargo, sus palabras carecían totalmente de sentido. Recordé que suele decirse que los locos tienen una enorme fortaleza, y me dirigí hacia el timbre... Entonces recordé, con un escalofrío, que me encontraba solo en la casa.
—¿Cómo ha entrado? —le pregunté, adoptando una expresión decidida.
—Lamento decir que utilicé una ganzúa —replicó el hombre, de forma tan indiferente como si se estuviese disculpando por no tener una carta de presentación—. No podía estar seguro de que Loder no hubiera regresado. Pero creo de veras que lo mejor que puede usted hacer es irse lo más rápido posible.
—Veamos —dije yo—. ¿Quién es usted y dónde diablos quiere ir a parar? ¿Qué significa esto de que Loder no me ha perdonado? ¿Qué tenía que perdonarme?
—Pues... lo de..., y perdone que me entrometa en su vida privada, lo de María Morano.
—¿Y qué diablos pasa con ella? —grité—. De todas maneras, ¿qué sabe usted de María? Se fue mientras yo estaba en la guerra. ¿Qué tiene eso que ver conmigo?
—¡Oh! —exclamó el extraño joven—. Le suplico que me perdone. Tal vez he confiado excesivamente en el juicio de Loder. Será una condenada estupidez, pero nunca se me ocurrió la posibilidad de que él estuviera equivocado. Cree que, cuando estuvo aquí la última vez, usted fue amante de María Morano.
—¿Amante de María? —repetí—. ¡Eso es ridículo! Ella se largó con su hombre, quienquiera que fuese. Loder debía saber que María no se fue conmigo.
—María nunca ha abandonado la casa —replicó el joven—. Y si usted no sale de aquí ahora mismo, tampoco respondo de que usted la abandone nunca.
—¡En nombre de Dios!, ¿qué diablos quiere usted decir? —grité, exasperado.
El hombre se volvió y retiró los cojines azules que había a los pies del plateado diván.
—¿Ha examinado usted estos dedos? —me preguntó.
—No especialmente —respondí, aún más confundido—. ¿Por qué tendría que haberlo hecho?
—¿Ha visto usted alguna vez que Loder hiciera alguna figura de María con ese dedo segundo del pie izquierdo tan corto? —prosiguió él.
Eché un vistazo a lo que el hombre indicaba y pude ver que era como él decía: el segundo dedo del pie izquierdo era más corto que el pulgar.
—Así es —admití—, pero, después de todo, ¿qué importancia tiene?
—¿Cree usted que ninguna? —preguntó el joven—. ¿No le gustaría conocer el motivo de que, de entre todas las esculturas que Loder hizo de María, ésta sea la única que tenga el mismo pie que la mujer?
El hombre tomó el atizador.
—¡Mire! —dijo.
Con mucha más fuerza de la que yo había esperado de él, el hombre asestó un terrible golpe con el atizador sobre el plateado diván. El enorme batacazo alcanzó a uno de los brazos de la figura a la altura del codo, produciendo una profunda melladura en la plata. El hombre tiró del brazo y lo arrancó. Estaba hueco y, tan cierto como que estoy vivo, en su interior había un seco y largo hueso humano. Varden hizo una pausa y bebió un largo trago de whisky.
—¿Y bien...? —gritaron varias voces sin aliento.
—Pues... no me avergüenzo de decir que huí de la casa como un conejo que oye acercarse al cazador. Frente al edificio había un coche, y el conductor abrió la puerta. Entré en el vehículo y entonces se me ocurrió que todo aquello podía ser una trampa, así que volví a salir y eché a correr hasta que llegué a la parada de tranvías. Sin embargo, al día siguiente encontré mis maletas en la estación, debidamente registradas con dirección a Vancouver. Cuando recobré la serenidad, me pregunté lo que pensaría Loder acerca de mi desaparición, pero estaba tan poco dispuesto a volver a aquella casa como a tomar veneno. A la mañana siguiente salí hacia Vancouver y desde entonces no he vuelto a ver ninguno de aquellos hombres. Sigo sin tener la menor idea de quién era aquel joven ni de lo que pasó con él. De forma indirecta me enteré de que Loder había muerto, en un accidente, según creo.
Se produjo un breve silencio, y luego:
—Esa es una historia condenadamente buena, señor Varden —dijo Armstrong. El hombre sentía afición a distintas clases de trabajos manuales y era, sin duda alguna, el principal responsable de la moción del señor Arbuthnot para prohibir las conversaciones respecto a la radio. Haciendo alarde de sus habilidades, el hombre continuó—: Pero, ¿sugiere usted que en el interior de ese vaciado en plata había un esqueleto completo? ¿Quiere usted decir que Loder lo puso en el interior del molde cuando se hizo el vaciado? Eso hubiera sido terriblemente difícil y peligroso... el más leve accidente le hubiera puesto a merced de sus trabajadores. Además, esa estatua hubiese debido de ser considerablemente mayor que el tamaño natural para conseguir que el esqueleto resultara bien cubierto.
—Sin darse cuenta, el señor Varden le ha conducido a conclusiones erróneas, Armstrong —dijo, de pronto, una tranquila y ronca voz que surgía de las sombras existentes tras el sillón de Varden—. La figura no era de plata, sino galvanoplastiada sobre una base de cobre depositada directamente sobre el cuerpo. En realidad, a esa dama se le dio un baño de plata, como a algunos cubiertos. Supongo que las partes blandas de su cuerpo fueron digeridas por pepsinas o alguna preparación de esa clase después de que el proceso hubo concluido, pero no tengo la seguridad de que fuera así.
—Hola, Wimsey —dijo Armstrong—. ¿Eras tú el que acaba de entrar? ¿Cuál es el motivo de que hagas una declaración tan tajante?
El efecto que la voz de Wimsey produjo en Varden fue extraordinario. El actor se puso en pie y volvió la lámpara, de forma que iluminase el rostro del que había hablado.
—Buenas noches, señor Varden —dijo lord Peter—. Estoy encantado de volverle a ver y de tener la oportunidad de disculparme por mi poco ceremonioso comportamiento de la última vez que nos encontramos.
Varden aceptó la mano que el otro le tendía, pero fue incapaz de pronunciar palabra.
—¿Quieres decir que eras tú el misterioso desconocido del cuento de Varden? —preguntó Bayes—. ¡Ah, claro! —añadió, bruscamente —. Debimos haberlo supuesto por su vivida descripción.
—Bueno, ya que estás aquí, creo que deberías concluir la historia —invitó Smith- Hartington, el periodista que trabajaba en el Morning Yell.
—¿Se trató sólo de una broma? —preguntó Judson.
—Claro que no —interrumpió Pettifer, antes de que lord Peter tuviera tiempo de replicar—. ¿Por qué iba a serlo? Wimsey ha visto el suficiente número de cosas extrañas como para no tener que inventar ninguna.
—Eso es muy cierto —dijo Bayes—. Se debe a poseer dotes deductivas y todas esas cosas y, además, a andar metiendo siempre las narices en asuntos sobre los que sería mejor no investigar.
—Todo esto está muy bien, Bayes —replicó su señoría—, pero... ¿dónde estaría el señor Varden si yo aquella noche no hubiera intervenido?
—¡Ah, dónde! Eso es exactamente lo que deseamos saber —exigió Smith-Hartington—. Vamos, Wimsey; sin andarse por las ramas. Queremos conocer la historia.
—Y toda la historia — añadió Pettifer.
—Y nada más que la historia —concluyó Armstrong, retirando diestramente la botella de whisky y los cigarros de debajo de las narices de lord Peter—. Anda con ello, hijo. No fumarás una sola bocanada ni beberás un sorbo hasta que hayas concluido.
—¡Bruto! —exclamó su señoría, quejosamente. Luego siguió, con un cambio en su tono—: En realidad, se trata de una historia que no deseo airear. Podría colocarme en una posición muy desagradable: la de que me acusaran de homicidio sin premeditación, e incluso de asesinato.
—¡Caramba! —exclamó Bayes.
—Muy bien —dijo Armstrong—. Nadie dirá nada. Ya sabes que en el club no podríamos soportar tu pérdida. Smith-Hartington tendrá que controlar su pasión por repetir cuanto se le dice, y eso será todo.
Cuando todos hubieron hecho promesas de discreción, Lord Peter volvió a acomodarse y comenzó su narración:
—El curioso caso de Eric P. Loder es una muestra más de las extrañas formas mediante las cuales un poder que está más allá de la débil voluntad humana arregla los asuntos de los hombres. Llamémosle Providencia, llamémosle Destino...
—Podemos no llamarle de ninguna forma —le interrumpió Bayes—. Puedes saltarte esa parte.
Lord Peter lanzó un suspiro de resignación y volvió vio a empezar:
—Bien... La primera cosa que me hizo sentir curiosidad respecto a Loder fue un comentario casual hecho por un hombre en la oficina de Emigración de Nueva York, adonde yo tuve que ir por algo relacionado con aquel estúpido asunto de la señora Bilt. El tipo dijo:
—¿Qué narices se le habrá perdido a Eric Loder en Australia? Yo hubiera dicho que Europa está más en su línea.
—¿Australia? —pregunté—. Está usted equivocado, buen hombre. El otro día él me dijo que dentro de tres semanas se iba a Italia.
—De Italia, nada —replicó el hombre—. Hoy ha venido aquí preguntando cómo se podía ir a Sydney, cuáles eran las formalidades necesarias, y cosas por el estilo.
—¡Ah! —exclamé—. Supongo que piensa ir por la ruta del Pacífico, y en su viaje hará escala en Sydney. Sin embargo, seguí preguntándome por qué no me lo había dicho así cuando le encontré el día anterior. Entonces me había explicado que salía en barco para Europa y que, antes de ir a Roma, se detendría en París. Me sentí tan intrigado, que dos noches después fui a visitar a Loder. El pareció encantado de verme, y no cesó de hablar de su próximo viaje. Volví a preguntarle respecto a su ruta y me respondió que iba vía París. Bien, eso era todo y, realmente, no se trataba de nada de mi incumbencia, así que charlamos de otras cosas. Loder me dijo que el señor Varden iba a ir a hospedarse con él antes de que partiese para Europa, y que esperaba conseguir que el actor, antes de irse, posara para una figura que pensaba hacerle. El escultor añadió que nunca había visto un hombre tan perfectamente formado como Varden.
—Tenía el propósito de lograr que posara para mí desde hace tiempo —añadió—, pero estalló la guerra y se alistó en el Ejército antes de que yo tuviera tiempo de empezar.
En aquellos momentos se encontraba retrepado en su horrible diván y, en un instante en que no se daba cuenta de que le observaba, capté un brillo tan desagradable en sus ojos, que sufrí un sobresalto. Tenía a la figura agarrada por el cuello y sonreía torcidamente.
—Espero que no sea ninguno de tus experimentos galvanoplásticos —comenté.
—Bueno, pensaba hacer una especie de compañero de esta figura. El Atleta Durmiente, o algo por el estilo.
—Será mucho mejor que lo vacíes —dije—. ¿Por qué recurrir a un procedimiento tan tosco? Eso destruye el detalle.
Aquello le puso incómodo. Nunca le había gustado que pusieran peros a sus obras de arte.
—Lo del diván fue sólo un experimento —explicó—. Estoy dispuesto a que la próxima sea una verdadera obra maestra. Ya lo verás.
Al llegar a este punto apareció el mayordomo para preguntar si debía preparar una cama para mí, ya que la noche era muy mala. No nos habíamos fijado en el tiempo que hacía, aunque, cuando salí de Nueva York, amenazaba lluvia. Miramos afuera y vimos que estaba cayendo un torrencial aguacero. Eso no hubiera importado a no ser porque yo sólo había llevado un coche deportivo abierto, no llevaba abrigo, y, la verdad, la perspectiva de conducir ocho kilómetros bajo tal chaparrón no era nada apetecible. Loder insistió en que me quedase, y yo acepté. Me sentía un poco fatigado, así que me fui en seguida a la cama. Loder dijo que antes deseaba trabajar un poco en el estudio, y vi cómo desaparecía por el pasillo. Como no me dejáis mencionar la Providencia, sólo diré que fue un hecho muy notable el que me despertase a las dos de la madrugada y me encontrara reposando sobre un enorme charco de agua. El mayordomo había colocado una bolsa de agua caliente entre las sábanas, ya que la cama hacía tiempo que no era empleada. Y resultó que aquel repulsivo objeto había vaciado su contenido mientras yo dormía. Permanecí despierto durante diez minutos en las profundidades de aquella húmeda porquería antes de reunir la fortaleza suficiente para investigar. Al hacerlo, advertí que la situación era desesperada. No había arreglo posible. Todo estaba empapado: las sábanas, las mantas y el colchón. Dirigí una mirada de disgusto hacia el sillón del cuarto y entonces se me ocurrió una brillante idea. Recordé que en el estudio había un enorme y encantador sofá, con una manta de piel y un montón de cojines. ¿Por qué no acabar allí la noche? Tomé la pequeña linterna eléctrica que siempre llevo conmigo y me dirigí hacia allí.
El estudio estaba vacío, por lo que supuse que Loder había concluido su trabajo y se había ido a dormir. El sofá estaba allí, aislado en parte por un biombo. Sin pensar más me envolví en la manta y me dispuse a descansar. Estaba a punto de volverme a dormir cuando oí unas pisadas. Estas no provenían del corredor, sino que, en apariencia, sonaban en el otro lado de la habitación. Me sentí sorprendido, ya que no sabía que por allí hubiera ningún pasillo ni habitación. Permanecí tumbado y alerta y poco después vi aparecer una raya de luz bajo la puerta del armario donde Loder guardaba sus herramientas. La grieta de luz se ensanchó y por allí salió Loder, llevando una linterna eléctrica. Cerró muy suavemente la puerta del armario tras él y cruzó el estudio. Se detuvo ante el caballete y lo descubrió; pude verle a través de un agujero del biombo. Permaneció unos minutos mirando el boceto que había en el caballete, y luego soltó una de las risas más desagradables que he tenido oportunidad de oír. Si yo había tenido la más leve intención de hacerlo, al oír aquello abandoné todo propósito de anunciar mi presencia. Luego Loder volvió a cubrir el caballete y salió por la puerta que yo había empleado para entrar. Esperé hasta estar seguro de que se había ido, y entonces me puse silenciosamente en pie. Fui de puntillas hasta el caballete para ver de qué fascinante obra de arte se trataba.
En seguida me di cuenta de que era el diseño para la figura del Atleta Durmiente, y, mientras lo miraba, me sentí invadido por una especie de horrible convicción. Era una idea que parecía comenzar en mi estómago y llegar hasta las raíces de mis cabellos. Mi familia dice que soy demasiado curioso. Lo único que yo puedo decir es que ni caballos salvajes tirando de mí me hubieran impedido investigar aquel armario. Con la sensación de que podía encontrarme con algo verdaderamente espantoso —me sentía un poco excitado y era una pésima hora de la noche—, puse una heroica mano en el tirador de la puerta. Para mi asombro, el armario ni siquiera estaba cerrado. Se abrió en seguida y en el interior pude ver una serie de estanterías, totalmente inofensivas y muy bien ordenadas, ninguna de las cuales era posible que hubiera podido albergar el cuerpo de Loder. Para entonces, mi curiosidad ya estaba picada, así que me dediqué a buscar el oculto resorte que estaba convencido de que había. Lo encontré sin demasiadas dificultades. La parte trasera del armario giró silenciosamente hacia adentro, y yo me encontré ante un angosto tramo de escaleras.
Antes de seguir adelante, tuve el suficiente buen sentido para asegurarme de que la puerta se podía abrir desde el interior. También cogí de una de las estanterías una gruesa maza para utilizarla como arma en caso de accidente. Luego cerré la puerta y, con ligereza digna de un fantasma, comencé a bajar aquellas vetustas escaleras. Al final de los escalones había otra puerta, pero no me costó mucho averiguar su secreto. Sintiéndome terriblemente excitado la abrí valientemente, con la maza lista para entrar en acción. Sin embargo, el cuarto parecía estar vacío. Mi linterna captó el brillo de algo líquido, y luego encontré el interruptor de la luz. Al hacerlo, me encontré en una gran habitación cuadrangular, que estaba dispuesta como un taller. En la pared de la derecha había un gran cuadro de mandos, con un banco debajo. Del centro del techo colgaba una gran lámpara, que estaba sobre un gran tanque de cristal, que tendría sus buenos dos metros de largo por uno de ancho. Encendí la gran lámpara y miré en el interior del gran depósito. Estaba lleno de un líquido oscuro que reconocí como el compuesto de cianuro y sulfato de cobre que se utiliza normalmente para la galvanoplastia.
Las varillas colgaban sobre el líquido con todos sus ganchos vacíos, pero en un lado de la habitación había un embalaje medio abierto y, al levantar su tapa, pude ver en su interior un montón de ánodos de cobre —los suficientes para extender una capa de plata de más de medio centímetro sobre una figura de tamaño humano—. También había otra caja más pequeña, aún cerrada, que, por su peso, supuse contenía la plata para el resto del proceso. Buscaba algo más, y lo encontré en seguida: una considerable cantidad de grafito preparado y una gran botella de barniz. Desde luego, en realidad no había ni sombra de evidencia de que allí se estuviese fraguando nada malo. No existía ninguna razón por la que Loder, si la cosa le gustaba, no pudiera hacer un vaciado en yeso y someterlo luego a un proceso galvanoplástico. Pero entonces encontré algo que no podía haber llegado hasta allí de forma lógica. Sobre el banco había una placa oval de cobre que mediría unos cuatro centímetros de largo. Supuse que aquél era el trabajo realizado por Loder aquella noche. Se trataba de un electrotipo del sello consular norteamericano, eso que taponan sobre la fotografía del pasaporte para evitar que uno la arranque y la cambie por la de su amigo el señor Jiggs, al cual le gustaría mucho salir del país porque es un personaje muy popular entre los de Scotland Yard.
Me senté en el taburete de Loder y comencé a deducir los detalles de aquel bonito plan. Todas mis suposiciones se basaban en tres hechos: Primero debía averiguar si Varden se proponía viajar dentro de poco a Australia, ya que, si no era así, aquello echaría por tierra todas mis hermosas teorías. En segundo lugar, ayudaría bastante el hecho de que el actor tuviese el cabello oscuro, como el de Loder —cosa que, como ven, sucede—, o, al menos de un tono lo bastante aproximado para estar de acuerdo con la descripción de un pasaporte. Y sólo había visto a Varden en aquella película sobre el Apolo de Belvedere, y allí llevaba una peluca. Sin embargo, tenía la seguridad de verle si me dejaba caer por la casa cuando él fuera a quedarse con Loder. Y, por último, como es lógico, debía descubrir si Loder tenía algún motivo de rencor hacia Varden. Después de esto, me pareció que ya había permanecido en aquel cuarto más tiempo del que era saludable. Loder podía regresar en cualquier momento y yo no olvidaba que un tanque de sulfato de cobre y cianuro potásico sería una forma muy práctica de deshacerse de un huésped demasiado curioso. Además, no puedo decir que sintiese unas ansias excesivas de formar parte del mobiliario doméstico de Loder. Siempre he detestado los objetos que adoptaban la forma de otras cosas: volúmenes de Dickens que resultaban ser muebles-bar y artilugios por el estilo; y, aunque nunca he sentido excesivo interés en mi propio funeral, me gustaría que éste fuese de buen gusto. Llegué hasta el extremo de borrar todas las huellas dactilares que pudiera haber dejado. Luego regresé al estudio y volví a arreglar el sofá. No sentía el más mínimo deseo de que Loder supiese que había estado allí.
Sólo había otra cosa hacia la cual sintiera curiosidad. Crucé el vestíbulo de puntillas y me introduje en el salón de fumar. El plateado diván brilló bajo la luz de la linterna. En esos momentos detesté aquel objeto cincuenta veces más que antes. Sin embargo, reuní ánimos y eché un cuidadoso vistazo a los pies de la figura. Yo también había oído hablar de aquel segundo dedo del pie de María Morano. Después de todo esto, pasé la noche en el sillón de mi cuarto. Debido al asunto de la señora Bilt y unas y otras cosas, además de las investigaciones que tuve que realizar, tuve que aplazar hasta muy tarde mi intervención en el asunto de Loder. Averigüé que Varden había vivido en casa de Loder pocos meses antes de que la maravillosa María Morano se hubiese evaporado. Me temo que respecto a eso fui un poco estúpido, señor Varden. Pensé que quizá había habido algo entre ustedes dos.
—No se disculpe —dijo Varden, sonriente—. Los actores de cine tenemos fama de inmorales.
—¿Por qué machacar en ello? —preguntó Wimsey, con tono levemente herido—. Le pido perdón. De todas formas, por lo que a Loder respecta, la cosa era igual. Después de todo aquello, aún quedaba un pequeño fragmento de evidencia que debía lograr para estar totalmente seguro. La galvanoplastia, especialmente para un trabajo como el que yo tenía en la mente, no era un trabajo que pudiera acabarse en una noche; por otro lado, parecía necesario que el señor Varden fuese visto vivo en Nueva York hasta el día que debía partir.
Resultaba también diáfana mente claro que Loder intentaba probar que un señor Varden había abandonado Nueva York en perfectas condiciones y que, realmente, había llegado a Sydney. Según esto, un falso señor Varden debía partir con los documentos y el pasaporte del verdadero Varden, todo ello debidamente legalizado por el sello consular. Luego, en Sydney desaparecería tranquilamente y se transformaría en el señor Eric Loder, que viajaba con un pasaporte perfectamente legal. Bien, en ese case, era necesario mandar un telegrama a la Mystofilms Ltd., advirtiéndoles que esperasen a Varden en un barco posterior al acordado. Confié esta parte del trabajo a mi ayudante, Bunter, cuya capacidad es muy poco usual. Este estupendo tipo fue la sombra de Loder durante tres semanas, y al fin, el mismísimo día antes de que el señor Varden fuera a partir, el cablegrama fue mandado desde una oficina en la cual, por una feliz providencia (una vez más), los lápices eran extremadamente duros.
—¡Caramba! —gritó Varden—. Ahora recuerdo que, al llegar a Sydney, los de la productora hablaron de cierto telegrama, pero nunca relacioné la cosa con Loder. Creí que sólo se trataba de una estupidez de los de Telégrafos.
—No me extraña. Bien, tan pronto como me enteré de aquello, me dirigí a casa de Loder, llevando una ganzúa en el bolsillo y una pistola automática en el otro. El bueno de Bunter me acompañó y tenía instrucciones de que, si yo no había vuelto a cierta hora, debía llamar a la policía. Como ven, todo estaba muy bien pensado. Bunter era el chófer que le estaba esperando, señor Varden, pero usted entró en sospechas —no le critico por ello en absoluto—, así que todo cuanto pudimos hacer fue mandar sus maletas a la estación.
Al dirigirnos a la casa nos cruzamos con los criados de Loder, camino de Nueva York. Eso nos demostró que seguíamos la pista acertada, y también que yo iba a enfrentarme a un trabajo muy sencillo. Ya han oído ustedes todos los detalles acerca de mi entrevista con el señor Varden y, realmente, no creo poder mejorar en absoluto su narración. Cuando él y sus bártulos hubieron abandonado la casa, me dirigí al estudio. Estaba vacío, así que abrí la puerta secreta y, como esperaba, vi una línea de luz bajo la puerta del taller que había al final del pasadizo.
—¿Así que Loder estuvo allí todo el tiempo?
—Claro que estaba. Empuñé fuertemente mi pistola y abrí la puerta con gran suavidad. Loder se encontraba entre el tanque y el cuadro de mandos, y parecía muy atareado. Tanto, que ni siquiera me oyó entrar. Tenía las manos negras del grafito, buena cantidad del cual estaba extendido sobre una placa que había en el suelo. Loder estaba ocupado con un gran rollo de alambre de cobre que iba hasta la salida del transformador. El gran embalaje estaba abierto y de cada gancho colgaba su correspondiente ánodo.
-¡Loder! —grité.
Al volverse hacia mí, el rostro del escultor no tenía nada de humano.
—¡Wimsey! —exclamó—. ¿Qué diablos estás haciendo aquí?
—He venido a decirte que estoy enterado de todo —dije, mostrándole mi pistola automática.
Loder lanzó un alarido y se volvió hacia el cuadro de mandos. Apagó la luz, de forma que yo no pudiera apuntarle. Le oí saltar hacia mí y luego, en la oscuridad se oyó un estrépito y un ruido de chapoteo. Después, un alarido como yo nunca había escuchado antes —ni siquiera en cinco años de guerra—, y nunca quisiera volver a escuchar. A tientas, me dirigí al cuadro de mandos. Como es lógico, antes de encontrar la luz toqué un montón de interruptores, pero al fin conseguí encender la gran lámpara que colgaba sobre el tanque. Loder estaba allí dentro. Su cuerpo aún se mecía suavemente en el interior del líquido. Como saben, el cianuro es uno de los venenos más rápidos y dolorosos. Antes de que yo pudiera hacer nada, comprendí que Loder había muerto por asfixia y por envenenamiento. El rollo de alambre que tenía entre las manos había caído en el tanque con él. Sin pararme a pensar, toqué el líquido y recibí una descarga que me hizo tambalear.
Entonces comprendí que, mientras buscaba el interruptor de la luz, debía de haber conectado la corriente. Volví a mirar el interior del depósito. Al caer, las manos de Loder se habían aferrado al alambre. La bobina estaba pegada a sus dedos y la corriente iba depositando metódicamente una película de cobre sobre sus manos, ennegrecidas por grafito.
Tuve el suficiente sentido común para comprender que Loder estaba muerto y que yo me vería en aprietos si la cosa trascendía ya que era cierto que yo había bajado al taller para amenazar a Loder con una pistola. Registré el cuarto hasta encontrar un soldador y un martillo. Luego me dirigí escaleras arriba y llamé a Bun-ter, el cual había recorrido sus dieciséis kilómetros en un tiempo record. Fuimos al salón de fumar y soldamos lo mejor que pudimos el brazo de aquella maldita figura. Luego volvimos a bajar las herramientas al taller. Limpiamos todas las huellas dactilares y borramos hasta el último indicio de nuestra presencia. Dejamos la luz y el tablero de mandos tal como estaban y volvimos a Nueva York dando un enorme rodeo. Lo único que nos llevamos fue el facsímil del sello consular, que, aquella misma tarde, tiramos al río.
A la mañana siguiente, el mayordomo encontró el cuerpo de Loder. En los periódicos leímos que el escultor había caído en el tanque mientras realizaba ciertos experimentos galvanoplásticos. Lo que más se comentaba era el horrible hecho de que las manos del cadáver tenían sobre ellas una espesa capa de cobre. Y como era imposible limpiarlas de esa película metálica sin recurrir a una irreverente violencia, Loder fue enterrado tal cual. Y eso es todo. ¿Puedo tomarme ahora mi whisky con soda?
—¿Qué ocurrió en el diván? —preguntó Smith Hartington.
—Cuando se hizo la venta de los bienes de Loder, lo compré —explicó Wimsey—. Luego acudí a un viejo sacerdote católico que conocía y le conté toda la historia bajo promesa de estricto secreto. El hombre era muy sensible y comprensivo, así que una noche de luna, Bunter y yo llevamos en coche el objeto hasta la pequeña iglesia del sacerdote, a pocos kilómetros de la ciudad, y le dimos cristiana sepultura en una esquina del cementerio. Era lo mejor que podía hacerse".
Dorothy L. Sayers
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
El Recolector de Historias
sábado, 27 de junio de 2015
viernes, 26 de junio de 2015
"Von Kempelen y su Descubrimiento"
"Después del muy meticuloso y elaborado ensayo de Arago, por no hablar del artículo en Silliman’s Journal, con la detallada declaración recién publicada por Lientenant Mury, no se supondrá, desde luego, que al ofrecer unos pocos rápidos comentarios en referencia al descubrimiento de Von Kempelen, tenga yo alguna intención de abordar el tema desde un punto de vista científico. Mi objetivo es simplemente, en primer lugar, decir unas pocas palabras sobre el mismo Von Kempelen (a quien, algunos años atrás, tuve el breve honor de conocer personalmente), ya que todo lo concerniente a él necesariamente debe, en este momento, ser de interés; y, en segundo lugar, revisar de un modo general, y especulativamente, los resultados del descubrimiento.
Puede estar bien, de alguna forma, comenzar las rápidas observaciones que tengo para ofrecer, denegando, muy decididamente, lo que parece ser una impresión general (tomada, como es usual en un caso como éste, de los periódicos), a saber: que éste descubrimiento, sorprendente como incuestionablemente es, sea inesperado.
Por referencia al Diario de Sir Humphrey Davy (Cottle y Munroe, Londres, pag. 150), se verá en las pags. 53 y 82, que este ilustre químico no sólo ha concebido la idea ahora en cuestión, sino que realmente ha hecho progresos nada despreciables, experimentalmente, en el mismo exacto análisis hecho ahora realidad tan triunfalmente por Von Kempelen, quien aunque no hace la menor alusión a esto, es, sin duda (lo digo con certeza, y puedo probarlo, si es necesario), deudor del Diario al menos en el primer indicio de su propia empresa.
El párrafo del Courier and Enquirer, que está recorriendo ahora los círculos de la prensa, y que se propone reclamar la invención para un tal Sr. Kissam, de Brunswick, Maine, me parece, lo confieso, un poco apócrifo, por varias razones; aunque no hay nada imposible ni muy improbable en la afirmación que se ha hecho. No necesito entrar en detalles. Mi opinión sobre el párrafo se funda principalmente en su forma. No parece verdad. Las personas que cuentan verdades, raramente son tan específicos como el Sr. Kissam parece ser, sobre día y hora y lugar preciso. Además, si el Sr. Kissam realmente hizo el descubrimiento que dice que hizo, en la época designada –cerca de ocho años atrás– ¿Cómo es que no tomó las medidas, al instante, para sacar provecho de los inmensos beneficios que hasta el más tonto hubiera sabido que podrían haberle tocado a él, sino al mundo entero, por el descubrimiento? Me parece bastante increíble que cualquier hombre de inteligencia común pueda haber descubierto lo que el Sr. Kissam afirma haber descubierto, y más aún que posteriormente haya actuado como un bebé –como una lechuza– como el Sr. Kissam admite haber hecho. A propósito, ¿quién es el Sr. Kissam? ¿Y no es acaso el párrafo entero del ‘Courier and Enquirer’ una farsa hecha para ‘dar charla’? Debe confesarse que tiene un increíble aire a bromita pesada. Muy poca credibilidad debe dársele, en mi humilde opinión; y si yo no estuviera bien informado, por experiencia, de cuán fácilmente los hombres de ciencia son mistificados, en cuestiones fuera de sus rangos usuales de investigación, estaría profundamente sorprendido de encontrar a un químico tan eminente como al Profesor Draper, discutiendo las demandas del Sr. Kissam (¿o es el Sr. Quizzem?) por el descubrimiento, en un tono tan serio.
Pero retornando al Diario del Señor Humphrey Davy. Este folleto no fue diseñado para el ojo público, aún sobre la muerte del escritor, como cualquier persona bien entendida en la autoría puede verificar inmediatamente con la más leve inspección del estilo. En la página 13, por ejemplo, cerca de la mitad, leemos, en referencia a sus investigaciones sobre el protóxido de ázoe: En menos de medio minuto siendo la respiración continua, disminuyeron gradualmente y fueron seguidos por análoga a suave presión en todos los músculos. Cientos de instancias similares van a mostrar que el manuscrito tan inconsiderablemente publicado, era sólo un rústico libro de notas, intencionado sólo para el propio ojo del escritor, pero una inspección del folleto convencerá a casi cualquier persona pensante de la verdad de mi sugerencia. El asunto es, Sir Humphrey Davy era casi el último hombre en el mundo en enconmendarse a asuntos científicos. No sólo tenía un desagrado más que común hacia la charlatanería, sino que era mórbidamente temeroso de parecer empírico; así que, no importa cuán convencido pudiera haber estado de estar en el camino correcto sobre la materia ahora en cuestión, nunca hubiera hablado, hasta haber tenido cada cosa lista para la más práctica de las demostraciones. Realmente creo que sus últimos momentos se hubieran vuelto miserables, si pudiera haber sospechado que sus deseos de quemar éste Diario (lleno de crudas especulaciones) hubieran sido desatendidos; como, parece, fueron. Digo sus deseos, ya que él quería incluir este cuaderno de notas entre los varios papeles destinados a ser quemados, creo que de esto no caben dudas. Si escapó a las llamas para buena o para mala suerte, aún queda por verse. Que el pasaje citado arriba, con los otros similares antes referidos, le dio a Von Kempelen el asunto, no lo cuestiono en el menor grado; pero repito, aún queda por verse si este descubrimiento trascendental (trascendental bajo cualesquiera circunstancias) será a la larga para utilidad o perjuicio de la humanidad. Que Von Kempelen y sus amigos inmediatos obtendrán una rica cosecha, sería tonto dudarlo un momento. Difícilmente serán tan débiles como para no realizarse, a tiempo, mediante grandes compras de casas y tierras, con otras propiedades de intrínseco valor.
En la breve historia de Von Kempelen que apareció en el Home Journal, y ha sido desde entonces extensivamente copiada, varias malinterpretaciones del Alemán original parecen haber sido cometidas por el traductor, quien dice haber tomado el pasaje de un tardío número del Presburg ‘Schnellpost.’ ‘Viele’ ha sido evidentemente malentendido (como lo es a menudo), y lo que el traductor da por ‘aflicciones,’ es probablemente ‘lieden,’ que, en su verdadera versión, ‘sufrimientos,’ le daría una contextura completamente diferente a toda la historia; pero, por supuesto, gran parte de esto es mera conjetura, de mi parte.
Von Kempelen, sin embargo, no es en modo alguno ‘un misántropo,’ en apariencia, al menos, más allá de lo que pueda ser en realidad. Mi encuentro con él fue por entero casual; y apenas si puedo presumir de haberlo conocido; pero el haber visto y conversado con un hombre de notoriedad tan prodigiosa como la que él a obtenido, u obtendrá en unos pocos días, no es un asunto menor, por éstos tiempos.
The Literary World habla de él, con seguridad, como de un nativo de Presburg (confundido, quizás, por la historia en ‘The Home Journal’) pero me complace ser capaz de sentenciar positivamente, por haberlo obtenido de sus propios labios, que él ha nacido en Utica, en el Estado de Nueva York, aunque sus padres, creo, son descendientes de Presburg. La familia está conectada, en cierta forma, con Maelzel, recordado por el Jugador de Ajedrez autómata.
En persona, él es bajo y corpulento, con grandes, gordos, ojos azules, pelo y bigote arenoso, una boca amplia pero agradable, buenos dientes, y creo que una nariz Romana. Hay algún defecto en uno de sus pies. Su discurso es franco, y su comportamiento notable por su cordialidad. Sin embargo, él mira, habla, y actúa tan poco ‘misantrópicamente’ como cualquier hombre que haya visto. Fuimos compañeros de residencia por una semana hará unos seis años atrás, en Earl’s Hotel, en Providence, Rhode Island; y supongo que conversé con él, en varios momentos, por unas tres o cuatro horas en total. Sus temas principales eran aquellos del día, y nada de lo que me llegó de él me llevó a sospechar sus logros científicos. Dejó el hotel antes que yo, con intenciones de ir a Nueva York, y de ahí a Bremen; fue en la última ciudad que su gran descubrimiento fue hecho público por primera vez; o, mejor, fue allí que por primera vez sospechó haberlo logrado. Así principalmente es que sé personalmente sobre el ahora inmortal Von Kempelen; pero pensé que aún estos pocos detalles tendrían interés para el público.
Von Kempelen nunca había llegado a ser siquiera tolerablemente adinerado durante su residencia en Bremen; y a menudo, era bien sabido, se había tenido que recurrir a salidas extremas para acumular sumas triviales. Cuando ocurrió la gran conmoción por la falsificación en la casa de Gutsmuth & Co., la sospecha fue dirigida hacia Von Kempelen, debido a la compra de una propiedad considerable en Gasperitch Lane, y a su rechazo, al ser cuestionado, a explicar como consiguió el dinero para la compra. A la larga fue arrestado, pero nada decisivo apareció contra él, al final fue puesto en libertad.
La policía, sin embargo, mantuvo una estricta vigilancia sobre sus movimientos, y así descubrió que dejaba su casa frecuentemente, haciendo siempre el mismo camino, y dándole invariablemente a sus vigilantes una vuelta por el vecindario de ese laberinto de pasajes angostos y retorcidos conocido por el apodo de ‘Dondergat.' Finalmente, gracias a una gran perseverancia, lo rastrearon hasta un altillo de una vieja casa de siete historias, en un callejón llamado Flatzplatz, y, cayéndole sorpresivamente, lo encontraron, como imaginaron, en medio de sus maniobras de falsificación. Su agitación es representada como tan excesiva que los oficiales no tuvieron la menor duda de su culpabilidad. Después de esposarlo, revisaron su habitación, o mejor habitaciones, porque parece que ocupaba toda la mansarda.
Abriéndose en el desván donde lo atraparon, había un armario, diez pulgadas por ocho, acondicionado con algunos aparatos químicos, de los cuales aún no se ha determinado el objeto. En un esquina del armario había un incinerador muy pequeño, con un fuego encendido, y en el fuego una especie de crisol duplicado, dos crisoles conectados por un tubo. Uno de estos crisoles estaba casi lleno de plomo en estado de fusión, aunque sin alcanzar la apertura del tubo, que estaba cerca del borde. El otro crisol contenía algún líquido, que, cuando los oficiales entraron, parecía estar furiosamente disipándose en vapor. Ellos contaron que, al encontrarse atrapado, Kempelen tomó los crisoles con ambas manos (que estaban enfundadas en guantes que posteriormente resultaron ser de amianto), y tiró los contenidos en el piso embaldosado.
Fue entonces que lo esposaron; y antes de proceder a registrar los límites buscaron en su persona, pero nada inusual fue encontrado en él, exceptuando una porción de papel, en el bolsillo de su saco, conteniendo lo que posteriormente fue determinado que era una mezcla de antimonio y alguna sustancia desconocida, en casi, pero no exactamente, igual proporción. Todos los intentos por analizar la sustancia desconocida han, hasta el momento, fallado, pero de que será analizada hasta el final, no caben dudas.
Saliendo del armario con su prisionero, los oficiales pasaron a través de una especie de antecámara, en la cual ningún material fue encontrado, hasta el dormitorio del químico. Aquí registraron algunas cajas y cajones, pero sólo descubrieron unos pocos papeles, de ninguna importancia, y alguna buena moneda, plata y oro. A la larga, buscando bajo la cama, vieron un gran baúl, común, sin bisagras, pasador, o cerradura, y con la parte superior yaciendo descuidadamente sobre el fondo. En el momento de sacar el baúl de debajo de la cama, encontraron que, con sus fuerzas unidas (había tres de ellos, todos hombres fuertes), no podían ‘moverlo una pulgada.’ Muy sorprendido por ello, uno de ellos se metió debajo de la cama, y mirando dentro del baúl, dijo:
¡‘No es sorprendente que no podamos moverlo, es que está lleno de bordes de viejos pedazos de bronce!
Poniendo sus pies, ahora, contra la pared para así tener un buen apoyo, y empujando con toda su fuerza, mientras sus compañeros tiraban con las suyas, el baúl, con mucha dificultad, fue sacado de debajo de la cama, y su contenido examinado. El supuesto bronce con el cual estaba lleno estaba en pequeños, finos pedazos, variando del tamaño de una arveja al de un dólar; pero los pedazos eran de forma irregular, aunque de apariencia más o menos plana, en general, ‘muy como luce el plomo cuando es arrojado derretido sobre la tierra, y allí sufre para enfriarse.’ Entonces, ni uno de esos oficiales sospechó por un momento que este metal fuera otra cosa que bronce. La idea de que eso fuera oro nunca pasó por sus cabezas, por supuesto; ¿Cómo podría haber pasado, semejante fantasía descabellada? Y su sorpresa puede ser bien concebida, cuando al día siguiente se vino a saber, en todo Bremen, que el ‘montón de bronce’ que ellos habían acarreado tan despectivamente a la oficina de policía, sin tomarse la molestia de guardarse la menor cantidad, no sólo era oro – oro real – sino oro mucho más fino que cualquiera empleado en acuñación, de hecho, absolutamente puro, virgen, sin la más mínima mixtura apreciable.
No necesito repasar los detalles de la confesión y liberación de Von Kempelen (tan lejos como fue), ya que éstos son conocidos por el público. Que él finalmente ha realizado, en espíritu y en efecto, aunque no al pie de la letra, la vieja quimera de la piedra filosofal, ninguna persona sana tiene la libertad de dudarlo. Las opiniones de Arago merecen, por supuesto, la mayor consideración; pero de ninguna manera él es infalible; y lo que dice del bismuto, en su reporte a la Academia, debe ser tomado cum grano salis. La simple verdad es, que hasta este momento todo análisis ha fallado; y hasta Von Kempelen elige dejarnos tener la llave de su propio enigma publicado, es más que probable que el asunto quede, por años, en statu quo. Todo lo que hasta ahora se puede decir que se conozca medianamente es, que ‘el oro puro puede ser hecho a voluntad, y muy fácilmente mediante plomo en contacto con otras ciertas sustancias, de tipos y en proporciones, desconocidas.’
La especulación, por supuesto, está ocupada en lo referente a los resultados inmediatos y últimos de este descubrimiento –un descubrimiento que pocas personas pensantes vacilarán en vincular al crecido interés por el asunto del oro en general, debido a los tardíos desarrollos en California; y esta reflexión nos lleva inevitablemente a otra– la excesiva falta de oportunismo del análisis de Von Kempelen. Si muchos se previnieron de aventurarse a California, por la mera noción de que el oro disminuiría tan materialmente su valor, a cuenta de su abundancia en las minas de allí, como para aportar la especulación de que un dubitativo vaya tan lejos en su búsqueda – ¿que impresión será forjada ahora, en las mentes de quienes están a punto de emigrar, y especialmente en las mentes de quienes de hecho están en la región mineral, por el anuncio de este asombroso descubrimiento de Von Kempelen? Un descubrimiento que declara, en tantas palabras, que más allá de su utilidad intrínseca para propósitos de manufactura (lo que sea que se entienda por utilidad), el oro ahora no tiene, o al menos pronto no tendrá (porque no puede suponerse que Von Kempelen pueda retener mucho tiempo su secreto), mucho más valor que el plomo, y un valor mucho menor que la plata. Es, por cierto, excesivamente difícil especular sobre las consecuencias futuras del descubrimiento, pero una cosa puede ser sostenida positivamente – que el anuncio del descubrimiento seis meses atrás hubiera tenido una influencia material sobre la colonización de California.
En Europa, hasta ahora, los resultados más llamativos han sido una alza del doscientos por ciento en el valor del plomo, y aproximadamente veinticinco por ciento en el de la plata".
Edgar Allan Poe
Puede estar bien, de alguna forma, comenzar las rápidas observaciones que tengo para ofrecer, denegando, muy decididamente, lo que parece ser una impresión general (tomada, como es usual en un caso como éste, de los periódicos), a saber: que éste descubrimiento, sorprendente como incuestionablemente es, sea inesperado.
Por referencia al Diario de Sir Humphrey Davy (Cottle y Munroe, Londres, pag. 150), se verá en las pags. 53 y 82, que este ilustre químico no sólo ha concebido la idea ahora en cuestión, sino que realmente ha hecho progresos nada despreciables, experimentalmente, en el mismo exacto análisis hecho ahora realidad tan triunfalmente por Von Kempelen, quien aunque no hace la menor alusión a esto, es, sin duda (lo digo con certeza, y puedo probarlo, si es necesario), deudor del Diario al menos en el primer indicio de su propia empresa.
El párrafo del Courier and Enquirer, que está recorriendo ahora los círculos de la prensa, y que se propone reclamar la invención para un tal Sr. Kissam, de Brunswick, Maine, me parece, lo confieso, un poco apócrifo, por varias razones; aunque no hay nada imposible ni muy improbable en la afirmación que se ha hecho. No necesito entrar en detalles. Mi opinión sobre el párrafo se funda principalmente en su forma. No parece verdad. Las personas que cuentan verdades, raramente son tan específicos como el Sr. Kissam parece ser, sobre día y hora y lugar preciso. Además, si el Sr. Kissam realmente hizo el descubrimiento que dice que hizo, en la época designada –cerca de ocho años atrás– ¿Cómo es que no tomó las medidas, al instante, para sacar provecho de los inmensos beneficios que hasta el más tonto hubiera sabido que podrían haberle tocado a él, sino al mundo entero, por el descubrimiento? Me parece bastante increíble que cualquier hombre de inteligencia común pueda haber descubierto lo que el Sr. Kissam afirma haber descubierto, y más aún que posteriormente haya actuado como un bebé –como una lechuza– como el Sr. Kissam admite haber hecho. A propósito, ¿quién es el Sr. Kissam? ¿Y no es acaso el párrafo entero del ‘Courier and Enquirer’ una farsa hecha para ‘dar charla’? Debe confesarse que tiene un increíble aire a bromita pesada. Muy poca credibilidad debe dársele, en mi humilde opinión; y si yo no estuviera bien informado, por experiencia, de cuán fácilmente los hombres de ciencia son mistificados, en cuestiones fuera de sus rangos usuales de investigación, estaría profundamente sorprendido de encontrar a un químico tan eminente como al Profesor Draper, discutiendo las demandas del Sr. Kissam (¿o es el Sr. Quizzem?) por el descubrimiento, en un tono tan serio.
Pero retornando al Diario del Señor Humphrey Davy. Este folleto no fue diseñado para el ojo público, aún sobre la muerte del escritor, como cualquier persona bien entendida en la autoría puede verificar inmediatamente con la más leve inspección del estilo. En la página 13, por ejemplo, cerca de la mitad, leemos, en referencia a sus investigaciones sobre el protóxido de ázoe: En menos de medio minuto siendo la respiración continua, disminuyeron gradualmente y fueron seguidos por análoga a suave presión en todos los músculos. Cientos de instancias similares van a mostrar que el manuscrito tan inconsiderablemente publicado, era sólo un rústico libro de notas, intencionado sólo para el propio ojo del escritor, pero una inspección del folleto convencerá a casi cualquier persona pensante de la verdad de mi sugerencia. El asunto es, Sir Humphrey Davy era casi el último hombre en el mundo en enconmendarse a asuntos científicos. No sólo tenía un desagrado más que común hacia la charlatanería, sino que era mórbidamente temeroso de parecer empírico; así que, no importa cuán convencido pudiera haber estado de estar en el camino correcto sobre la materia ahora en cuestión, nunca hubiera hablado, hasta haber tenido cada cosa lista para la más práctica de las demostraciones. Realmente creo que sus últimos momentos se hubieran vuelto miserables, si pudiera haber sospechado que sus deseos de quemar éste Diario (lleno de crudas especulaciones) hubieran sido desatendidos; como, parece, fueron. Digo sus deseos, ya que él quería incluir este cuaderno de notas entre los varios papeles destinados a ser quemados, creo que de esto no caben dudas. Si escapó a las llamas para buena o para mala suerte, aún queda por verse. Que el pasaje citado arriba, con los otros similares antes referidos, le dio a Von Kempelen el asunto, no lo cuestiono en el menor grado; pero repito, aún queda por verse si este descubrimiento trascendental (trascendental bajo cualesquiera circunstancias) será a la larga para utilidad o perjuicio de la humanidad. Que Von Kempelen y sus amigos inmediatos obtendrán una rica cosecha, sería tonto dudarlo un momento. Difícilmente serán tan débiles como para no realizarse, a tiempo, mediante grandes compras de casas y tierras, con otras propiedades de intrínseco valor.
En la breve historia de Von Kempelen que apareció en el Home Journal, y ha sido desde entonces extensivamente copiada, varias malinterpretaciones del Alemán original parecen haber sido cometidas por el traductor, quien dice haber tomado el pasaje de un tardío número del Presburg ‘Schnellpost.’ ‘Viele’ ha sido evidentemente malentendido (como lo es a menudo), y lo que el traductor da por ‘aflicciones,’ es probablemente ‘lieden,’ que, en su verdadera versión, ‘sufrimientos,’ le daría una contextura completamente diferente a toda la historia; pero, por supuesto, gran parte de esto es mera conjetura, de mi parte.
Von Kempelen, sin embargo, no es en modo alguno ‘un misántropo,’ en apariencia, al menos, más allá de lo que pueda ser en realidad. Mi encuentro con él fue por entero casual; y apenas si puedo presumir de haberlo conocido; pero el haber visto y conversado con un hombre de notoriedad tan prodigiosa como la que él a obtenido, u obtendrá en unos pocos días, no es un asunto menor, por éstos tiempos.
The Literary World habla de él, con seguridad, como de un nativo de Presburg (confundido, quizás, por la historia en ‘The Home Journal’) pero me complace ser capaz de sentenciar positivamente, por haberlo obtenido de sus propios labios, que él ha nacido en Utica, en el Estado de Nueva York, aunque sus padres, creo, son descendientes de Presburg. La familia está conectada, en cierta forma, con Maelzel, recordado por el Jugador de Ajedrez autómata.
En persona, él es bajo y corpulento, con grandes, gordos, ojos azules, pelo y bigote arenoso, una boca amplia pero agradable, buenos dientes, y creo que una nariz Romana. Hay algún defecto en uno de sus pies. Su discurso es franco, y su comportamiento notable por su cordialidad. Sin embargo, él mira, habla, y actúa tan poco ‘misantrópicamente’ como cualquier hombre que haya visto. Fuimos compañeros de residencia por una semana hará unos seis años atrás, en Earl’s Hotel, en Providence, Rhode Island; y supongo que conversé con él, en varios momentos, por unas tres o cuatro horas en total. Sus temas principales eran aquellos del día, y nada de lo que me llegó de él me llevó a sospechar sus logros científicos. Dejó el hotel antes que yo, con intenciones de ir a Nueva York, y de ahí a Bremen; fue en la última ciudad que su gran descubrimiento fue hecho público por primera vez; o, mejor, fue allí que por primera vez sospechó haberlo logrado. Así principalmente es que sé personalmente sobre el ahora inmortal Von Kempelen; pero pensé que aún estos pocos detalles tendrían interés para el público.
Von Kempelen nunca había llegado a ser siquiera tolerablemente adinerado durante su residencia en Bremen; y a menudo, era bien sabido, se había tenido que recurrir a salidas extremas para acumular sumas triviales. Cuando ocurrió la gran conmoción por la falsificación en la casa de Gutsmuth & Co., la sospecha fue dirigida hacia Von Kempelen, debido a la compra de una propiedad considerable en Gasperitch Lane, y a su rechazo, al ser cuestionado, a explicar como consiguió el dinero para la compra. A la larga fue arrestado, pero nada decisivo apareció contra él, al final fue puesto en libertad.
La policía, sin embargo, mantuvo una estricta vigilancia sobre sus movimientos, y así descubrió que dejaba su casa frecuentemente, haciendo siempre el mismo camino, y dándole invariablemente a sus vigilantes una vuelta por el vecindario de ese laberinto de pasajes angostos y retorcidos conocido por el apodo de ‘Dondergat.' Finalmente, gracias a una gran perseverancia, lo rastrearon hasta un altillo de una vieja casa de siete historias, en un callejón llamado Flatzplatz, y, cayéndole sorpresivamente, lo encontraron, como imaginaron, en medio de sus maniobras de falsificación. Su agitación es representada como tan excesiva que los oficiales no tuvieron la menor duda de su culpabilidad. Después de esposarlo, revisaron su habitación, o mejor habitaciones, porque parece que ocupaba toda la mansarda.
Abriéndose en el desván donde lo atraparon, había un armario, diez pulgadas por ocho, acondicionado con algunos aparatos químicos, de los cuales aún no se ha determinado el objeto. En un esquina del armario había un incinerador muy pequeño, con un fuego encendido, y en el fuego una especie de crisol duplicado, dos crisoles conectados por un tubo. Uno de estos crisoles estaba casi lleno de plomo en estado de fusión, aunque sin alcanzar la apertura del tubo, que estaba cerca del borde. El otro crisol contenía algún líquido, que, cuando los oficiales entraron, parecía estar furiosamente disipándose en vapor. Ellos contaron que, al encontrarse atrapado, Kempelen tomó los crisoles con ambas manos (que estaban enfundadas en guantes que posteriormente resultaron ser de amianto), y tiró los contenidos en el piso embaldosado.
Fue entonces que lo esposaron; y antes de proceder a registrar los límites buscaron en su persona, pero nada inusual fue encontrado en él, exceptuando una porción de papel, en el bolsillo de su saco, conteniendo lo que posteriormente fue determinado que era una mezcla de antimonio y alguna sustancia desconocida, en casi, pero no exactamente, igual proporción. Todos los intentos por analizar la sustancia desconocida han, hasta el momento, fallado, pero de que será analizada hasta el final, no caben dudas.
Saliendo del armario con su prisionero, los oficiales pasaron a través de una especie de antecámara, en la cual ningún material fue encontrado, hasta el dormitorio del químico. Aquí registraron algunas cajas y cajones, pero sólo descubrieron unos pocos papeles, de ninguna importancia, y alguna buena moneda, plata y oro. A la larga, buscando bajo la cama, vieron un gran baúl, común, sin bisagras, pasador, o cerradura, y con la parte superior yaciendo descuidadamente sobre el fondo. En el momento de sacar el baúl de debajo de la cama, encontraron que, con sus fuerzas unidas (había tres de ellos, todos hombres fuertes), no podían ‘moverlo una pulgada.’ Muy sorprendido por ello, uno de ellos se metió debajo de la cama, y mirando dentro del baúl, dijo:
¡‘No es sorprendente que no podamos moverlo, es que está lleno de bordes de viejos pedazos de bronce!
Poniendo sus pies, ahora, contra la pared para así tener un buen apoyo, y empujando con toda su fuerza, mientras sus compañeros tiraban con las suyas, el baúl, con mucha dificultad, fue sacado de debajo de la cama, y su contenido examinado. El supuesto bronce con el cual estaba lleno estaba en pequeños, finos pedazos, variando del tamaño de una arveja al de un dólar; pero los pedazos eran de forma irregular, aunque de apariencia más o menos plana, en general, ‘muy como luce el plomo cuando es arrojado derretido sobre la tierra, y allí sufre para enfriarse.’ Entonces, ni uno de esos oficiales sospechó por un momento que este metal fuera otra cosa que bronce. La idea de que eso fuera oro nunca pasó por sus cabezas, por supuesto; ¿Cómo podría haber pasado, semejante fantasía descabellada? Y su sorpresa puede ser bien concebida, cuando al día siguiente se vino a saber, en todo Bremen, que el ‘montón de bronce’ que ellos habían acarreado tan despectivamente a la oficina de policía, sin tomarse la molestia de guardarse la menor cantidad, no sólo era oro – oro real – sino oro mucho más fino que cualquiera empleado en acuñación, de hecho, absolutamente puro, virgen, sin la más mínima mixtura apreciable.
No necesito repasar los detalles de la confesión y liberación de Von Kempelen (tan lejos como fue), ya que éstos son conocidos por el público. Que él finalmente ha realizado, en espíritu y en efecto, aunque no al pie de la letra, la vieja quimera de la piedra filosofal, ninguna persona sana tiene la libertad de dudarlo. Las opiniones de Arago merecen, por supuesto, la mayor consideración; pero de ninguna manera él es infalible; y lo que dice del bismuto, en su reporte a la Academia, debe ser tomado cum grano salis. La simple verdad es, que hasta este momento todo análisis ha fallado; y hasta Von Kempelen elige dejarnos tener la llave de su propio enigma publicado, es más que probable que el asunto quede, por años, en statu quo. Todo lo que hasta ahora se puede decir que se conozca medianamente es, que ‘el oro puro puede ser hecho a voluntad, y muy fácilmente mediante plomo en contacto con otras ciertas sustancias, de tipos y en proporciones, desconocidas.’
La especulación, por supuesto, está ocupada en lo referente a los resultados inmediatos y últimos de este descubrimiento –un descubrimiento que pocas personas pensantes vacilarán en vincular al crecido interés por el asunto del oro en general, debido a los tardíos desarrollos en California; y esta reflexión nos lleva inevitablemente a otra– la excesiva falta de oportunismo del análisis de Von Kempelen. Si muchos se previnieron de aventurarse a California, por la mera noción de que el oro disminuiría tan materialmente su valor, a cuenta de su abundancia en las minas de allí, como para aportar la especulación de que un dubitativo vaya tan lejos en su búsqueda – ¿que impresión será forjada ahora, en las mentes de quienes están a punto de emigrar, y especialmente en las mentes de quienes de hecho están en la región mineral, por el anuncio de este asombroso descubrimiento de Von Kempelen? Un descubrimiento que declara, en tantas palabras, que más allá de su utilidad intrínseca para propósitos de manufactura (lo que sea que se entienda por utilidad), el oro ahora no tiene, o al menos pronto no tendrá (porque no puede suponerse que Von Kempelen pueda retener mucho tiempo su secreto), mucho más valor que el plomo, y un valor mucho menor que la plata. Es, por cierto, excesivamente difícil especular sobre las consecuencias futuras del descubrimiento, pero una cosa puede ser sostenida positivamente – que el anuncio del descubrimiento seis meses atrás hubiera tenido una influencia material sobre la colonización de California.
En Europa, hasta ahora, los resultados más llamativos han sido una alza del doscientos por ciento en el valor del plomo, y aproximadamente veinticinco por ciento en el de la plata".
Edgar Allan Poe
jueves, 25 de junio de 2015
"El Fénix en la Espada"
"Por encima de los sombríos chapiteles y de las relucientes torres se extendía la oscuridad y el silencio previo al amanecer. En una oscura callejuela, en un complicado laberinto de tortuosos caminos, cuatro figuras enmascaradas salieron apresuradamente por una puerta que ha abierto furtivamente una mano morena. Salieron a toda prisa a la noche cubiertos con sus capas y desapareciendo con sigilo como si hubieran sido fantasmas. Detrás de ellos, un rostro de expresión burlona se dejaba ver en la puerta entreabierta, y unos ojos diabólicos brillaban con malevolencia en la oscuridad.
—Entrad en la noche, criaturas de la oscuridad —dijo una voz burlona—. Oh, estúpidos, la muerte os persigue como un perro ciego, y ni siquiera lo sospecháis.
El que había pronunciado aquellas palabras cerró la puerta con cerrojo, y luego se dirigió hacia el pasillo, llevando una vela en la mano. Era un gigante sombrío; su piel oscura revelaba su origen estigio. Entró en una habitación interior, donde un hombre alto y enjuto, vestido con un traje de terciopelo, se arrellanaba como un gato enorme y holgazán en un sofá de seda, y bebía vino de una enorme copa de oro.
—Bien, Ascalante —dijo el estigio, al tiempo que dejaba en su sitio la vela—, tus rufianes han salido sigilosamente a la calle como ratas de sus ratoneras. Te vales de extrañas herramientas.
—¿Herramientas? —repuso Ascalante—. ¿Cómo? Eso es lo que ellos me consideran a mí. Durante meses, desde que los cuatro conspiradores me hicieron venir del desierto del sur, he vivido entre mis enemigos, ocultándome durante el día en esta oscura casa y acechando en siniestros pasadizos cada noche. Y he conseguido lo que los nobles rebeldes no pudieron lograr. A través de ellos y de otros agentes que jamás me han visto, he llenado el imperio de malestar y de sedición. En suma, trabajando en la sombra he preparado el terreno para la caída del rey que reina en la luz. Por Mitra, fui estadista antes de ser un proscrito.
—¿Y esos embaucadores que se creen tus maestros?
—Seguirán creyendo que les obedezco hasta que logremos nuestro objetivo. ¿Quiénes son ellos para igualar el talento de Ascalante? Volmana, el conde enano de Karaban. Gromel, el caudillo gigante de la Legión Negra. Dion, el obeso barón de Attlus. Rinaldo, el atolondrado juglar. Yo soy la fuerza que ha amalgamado el acero de cada uno de ellos, y les aplastaré cuando llegue el momento. Pero eso forma parte del futuro, y el rey, en cambio, morirá esta misma noche.
—Hace algunos días vi salir de la ciudad a los escuadrones imperiales —dijo el estigio.
—Cabalgaban hacia la frontera invadida por los pictos, que se han vuelto locos con el fuerte licor que les he dado. La enorme riqueza de Dion lo hizo posible. Y Volmana hizo posible que dispusiéramos del resto de las tropas imperiales que quedan en la ciudad. Por medio de sus nobles parientes de Nemedia, fue fácil convencer al rey Numa para que requiera la presencia del conde Trocero de Poitain, mariscal de Aquilonia. Y, debido a su rango, además de su propio ejército le acompañará una escolta imperial, y, Próspero, el hombre de confianza del rey Conan. Sólo queda la guardia personal del rey en la ciudad... además de la Legión Negra. A través de Gromel he corrompido a un oficial derrochador de esa guardia y le he sobornado para que aleje a sus hombres de la puerta del rey a medianoche. Entonces, con dieciséis granujas sanguinarios a mis órdenes, nos introduciremos en el palacio por un túnel secreto. Cuando hayamos conseguido nuestro objetivo, aunque el pueblo no se alce para aclamarnos, la Legión Negra de Gromel será suficiente para controlar la ciudad y la corona.
—¿Y Dion cree que le vais a dar la corona a él?
—Sí. El muy estúpido la reclama por unas gotas de sangre real que corren por sus venas. Conan comete un grave error al dejar vivos a hombres que presumen de descender de la antigua dinastía a la que él arrebató la corona de Aquilonia. Volmana desea volver a gozar de la protección de la corona como en el antiguo régimen, para poder devolver a su arruinada hacienda su antiguo esplendor. Gromel odia a Palantides, el capitán de los Dragones Negros, y ansia el mando de todo el ejército con la tenacidad de un bosonio. De todos ellos, el único que no tiene ambiciones personales es Rinaldo. Considera a Conan un bárbaro asesino y tosco que vino del norte para saquear una tierra civilizada. Idealiza al rey que Conan asesinó para conseguir la corona, recordando únicamente que aquél protegía de vez en cuando las artes, olvidando las vilezas de su reinado, y haciendo que la gente también olvide. Ya entonan públicamente el Lamento por el rey en el que Rinaldo alaba al infame difunto y describe a Conan como "un salvaje de negro corazón procedente del abismo". Conan no hace caso, pero la gente le maldice.
—¿Por qué odia a Conan?
—Los poetas siempre odian a los que ostentan el poder. Para ellos la perfección está siempre del otro lado de la última revuelta, o más allá de la siguiente. Huyen del presente con sueños acerca del pasado y del futuro. Rinaldo es una llama de idealismo que él cree que se eleva para destruir al tirano y liberar al pueblo. En cuanto a mí... bueno, hace unos meses no tenía más ambición que asaltar caravanas durante el resto de mi vida. Ahora, en cambio, los viejos sueños reviven. Conan morirá. Dion subirá al trono. Después, también él morirá. Uno a uno, todos los que se oponen a mí morirán por el fuego o el acero, o por medio de esos mortíferos vinos que tú preparas tan bien. ¡Ascalante, rey de Aquilonia! ¿No te parece que suena muy bien?
El estigio se encogió de hombros.
—Hubo un tiempo —dijo con amargura— en que también yo tenía mis ambiciones, a cuyo lado las vuestras parecen ridículas e infantiles. ¡Qué bajo he caído! Mis viejos amigos y rivales quedarían horrorizados si pudieran ver a Toth-Amon el del Anillo, sirviendo de esclavo a un proscrito, y proscribiéndose él mismo. ¡Envuelto en las mezquinas ambiciones de nobles y reyes!
—Tú confías en tu magia y en tus ridículas ceremonias —repuso Ascalante—. Yo confío en mi ingenio y en mi espada.
—El ingenio y la espada no sirven de nada contra los poderes de la Oscuridad —gruñó el estigio, de cuyos negros ojos se desprendían destellos amenazadores—. Si yo no hubiera perdido el Anillo, nuestra situación sería muy diferente.
—Sin embargo —contestó impaciente el proscrito—, llevas las marcas de mis latigazos en la espalda, y probablemente seguirás llevándolas.
—¡No estés tan seguro! —El diabólico rencor del estigio brilló por un instante en sus ojos iracundos—. Algún día, de algún modo, encontraré el Anillo otra vez, y entonces, por los colmillos de la serpiente Set que me las pagarás...
El aquilonio se levantó enojado y le golpeó brutalmente en la boca. Toth retrocedió; la sangre le mojaba los labios.
—Eres demasiado osado, perro —gruñó el proscrito—. Ten cuidado, aún soy tu amo y conozco tu terrible secreto. Delátame si te atreves. Grita por ahí que Ascalante está en la ciudad conspirando contra el rey.
—No lo haré —murmuró el estigio, limpiándose la sangre de los labios.
—No, no te atreverás —dijo Ascalante con siniestra sonrisa—. Porque si muero por tus malas artes o por traición, un sacerdote ermitaño que vive en el desierto del sur se enterará y romperá el sello del manuscrito que le entregué. Y cuando lo haya leído, mandará un mensaje a Estigia, y un viento se levantará desde el sur, a medianoche. ¿Y dónde te esconderás entonces Toth-Amon?
El esclavo se estremeció, y su oscuro rostro palideció.
—¡Basta! —Ascalante cambió el tono repentinamente—. Tengo trabajo para ti. No me fío de Dion. Le ordené que se fuera a su hacienda en el campo y que permaneciera allí hasta que el trabajo de esta noche estuviera terminado. El gordo estúpido jamás pudo disimular su nerviosismo ante el rey. Síguele, y si no le alcanzas en el camino ve hasta su hacienda y quédate con él hasta que mandemos llamarle. No le pierdas de vista. Está ofuscado por el miedo, y podría acabar desertando... puede incluso revelarle a Conan lo que se trama contra él, con la esperanza de salvar así el pellejo. ¡Vete!
El esclavo hizo una reverencia, ocultando el odio que sentía, y obedeció. Ascalante volvió a su vino. Sobre las brillantes torres se reflejaba un amanecer rojo como la sangre.
La habitación era amplia y vistosa, con ricos tapices sobre las paredes, mullidas alfombras sobre el suelo de marfil y un alto techo adornado con tallas de plata. Detrás de un escritorio de marfil incrustado en oro había un hombre de hombros anchos y piel bronceada, que no parecía estar en consonancia con aquel lujoso aposento. Pertenecía más bien al sol y a los vientos de la montaña. Hasta el más mínimo movimiento revelaba unos músculos de acero y una mente aguda, así como la coordinación propia del hombre nacido para el combate. No había nada pausado ni moderado en sus acciones. O estaba completamente quieto —inmóvil como una estatua de bronce— o en continuo movimiento, pero no con las sacudidas espasmódicas de unos nervios en tensión, sino con la rapidez de un felino que nublaba la vista de quien intentara seguir sus movimientos.
Sus ropas eran de telas caras pero sencillas. No llevaba anillos ni adornos, y se sujetaba la negra cabellera únicamente con una cinta de tela plateada. Dejó la pluma dorada con la que había estado garabateando algo sobre unas tablas cubiertas de cera, apoyó la barbilla en la mano y clavó sus ojos azules en el hombre que estaba de pie frente a él. Éste estaba ocupado en sus propios asuntos, arreglando los cordones de su armadura engastada en oro y silbando distraído. Un comportamiento bastante extraño si tenemos en cuenta que se hallaba delante de un rey.
—Próspero —dijo el hombre de la mesa—, estos asuntos de estado me agotan más que todas las batallas juntas.
—Es parte del juego, Conan —respondió el poitanio de ojos oscuros—. Eres rey y debes interpretar tu papel.
—Ojalá pudiera ir contigo a Nemedia —dijo Conan con envidia—. Parece que hace siglos que no monto a caballo... pero Publius dice que hay asuntos en la ciudad que requieren mi presencia. ¡Maldito sea! Cuando destroné a la antigua dinastía —siguió diciendo con la confianza que existía entre el poitanio y él—, todo fue muy fácil, aunque parecía muy duro entonces. Recordando ahora la época violenta que vino después, aquellos días de fatigas, intrigas, matanzas y tribulaciones no parecen más que un sueño. Y soñé hasta el final, Próspero. Cuando el rey Numedides yacía muerto a mis pies y arranqué la corona de su ensangrentada cabeza para ponerla sobre la mía, sentí que había logrado todos mis sueños. Me había preparado para conseguir la corona, no para mantenerla. En aquellos días lejanos lo único que quería era una espada afilada y un camino directo hacia mis enemigos. Ahora, ningún camino es recto y mi espada es inútil.
»Cuando derroqué a Numedides, entonces yo era el libertador... y ahora escupen a mis espaldas. Han erigido una estatua de ese canalla en el templo de Mitra y la gente se lamenta ante ella, aclamándola como a la efigie sagrada de un monarca sagrado al que un bárbaro sanguinario asesinó. Cuando, siendo mercenario, guiaba a sus ejércitos a la victoria, a Aquilonia no le preocupaba que fuera extranjero, pero ahora no me lo perdona. Ahora van al templo de Mitra para quemar incienso a la memoria de Numedides hombres que fueron mutilados y torturados por sus verdugos, hombres cuyos hijos murieron en sus mazmorras, y cuyas esposas e hijas fueron arrastradas a su harén. ¡Los muy olvidadizos y estúpidos!
—Rinaldo tiene la culpa —repuso Próspero, haciendo otra muesca en el cinturón del que pendía la vaina de su espada—. Canta canciones que vuelven locas a las gentes. Cuélgalo con su traje de bufón de la torre más alta de la ciudad. Déjalo que componga rimas para los buitres.
Conan negó con su cabeza de felino.
—No, Próspero. No está en mis manos. Un gran poeta es más grande que cualquier rey. Sus canciones son más poderosas que mi cetro; casi se me salía el corazón del pecho cuando cantaba para mí. Yo moriré y seré olvidado, pero las canciones de Rinaldo vivirán por siempre. No, Próspero —siguió diciendo el rey, mientras una sombra de duda oscurecía sus ojos—, hay algo oculto, alguna conspiración de la que no estamos enterados. Lo presiento, tal como en mi juventud presentía al tigre oculto entre la hierba. Un malestar latente recorre todo el reino. Soy como un cazador que se protege cerca de su pequeña hoguera en la selva y oye pasos sigilosos en la oscuridad y casi puede ver el brillo de unos ojos ardientes. ¡Si tan sólo pudiera enfrentarme con algo tangible, algo en lo que pudiera clavar la espada! Te lo he dicho, no es casualidad que los pictos hayan atacado las fronteras tan violentamente en estos últimos días, de modo que los bosonios se han visto obligados a pedir ayuda para rechazar su ataque. Debí haber ido allí con mis tropas.
—Publius temía una confabulación para atraparte y asesinarte al otro lado de la frontera —replicó Próspero, al tiempo que arreglaba la sedosa cubierta de la cota de malla y admiraba su esbelta figura en un espejo plateado—. Por eso te recomendó permanecer en la ciudad. Estos temores nacen de tus instintos bárbaros. ¡Deja que la gente critique! Los mercenarios están con nosotros, y los Dragones Negros y todos los rufianes de Poitain confían ciegamente en ti. El único peligro es que te asesinen, y eso es imposible con los hombres de la guardia imperial protegiéndote día y noche. ¿Qué estás haciendo?
—Un mapa —respondió Conan, ufano—. Los mapas de la corte señalan claramente los territorios del sur, del este y del oeste, pero en el norte son confusos e incompletos. Yo mismo estoy añadiendo las tierras del norte. Aquí está Cimmeria, donde yo nací. Y... Asgard y Vanaheim
Próspero echó un vistazo al mapa.
—Por Mitra, casi había creído que esos países eran una fantasía.
Conan rió a carcajadas, tocando sin querer las cicatrices de su rostro moreno.
—¡Pensarías de otro modo si hubieras pasado tu juventud en las fronteras del norte de Cimmeria! Asgard está situada al norte, y Vanaheim al noroeste de Cimmeria, y siempre hay guerras a lo largo de las fronteras.
—¿Cómo son esos hombres del norte? —preguntó Próspero.
—Altos y rubios, de ojos azules. Adoran al dios Ymir, el gigante de hielo, y cada tribu tiene su propio rey. Son rebeldes y salvajes. Combaten durante el día y beben cerveza y entonan canciones soeces por la noche.
—Entonces tú eres como ellos —se burló Próspero—. Te ríes a carcajadas, bebes bastante y cantas bellas canciones; aunque no conozco ningún otro cimmerio que beba nada que no sea agua o que ría o entone otra cosa que no sean cantos tristes.
—Puede que sea a causa de la tierra en la que viven —contestó el rey—. No existe una tierra más triste... de montañas, de bosques sombríos, cubierta por cielos casi siempre grises y fuertes vientos recorren sus lóbregos valles.
—No es de extrañar que sus hombres sean tristes —dijo Próspero encogiéndose de hombros, al tiempo que pensaba en las alegres y soleadas llanuras y en los azules y tranquilos ríos de Poitain, la provincia más meridional de Aquilonia.
—No tienen esperanza en esta vida ni en la otra —repuso Conan—. Sus dioses son Crom y su oscura estirpe, que reinan sobre un lugar tenebroso de tinieblas eternas que es el mundo de los muertos. ¡Mitra! Prefiero a los aesires.
—Bueno —sonrió Próspero—, los sombríos montes de Cimmeria están muy lejos de aquí. Y ahora debo irme. Beberé a tu salud una copa de vino blanco nemedio en la corte de Numa.
—Muy bien —gruñó el rey—, ¡pero besa a las bailarinas de Numa sólo en tu propio nombre, no vayas a crear complicaciones diplomáticas!
Su sonora carcajada se oyó fuera de la habitación.
El sol se ponía, y se fundía el verde brumoso de la floresta con un fugaz tono dorado. Sus débiles rayos se reflejaban en la gruesa cadena de oro que Dion de Attalus hacía girar sin cesar entre sus gruesos dedos, sentado en medio del vistoso conjunto de flores y árboles de su jardín. Movió su pesado cuerpo en el asiento de mármol y miró furtivamente en derredor, como buscando un enemigo al acecho. Estaba sentado dentro de un círculo de árboles de delgado tronco, cuyas ramas entrecruzadas proyectaban una espesa sombra sobre él. Muy cerca se oía una fuente, y otras, ocultas en varias partes del jardín, susurraban una melodía eterna.
Sólo acompañaba a Dion una oscura figura instalada en un banco de mármol, que observaba al barón con ojos sombríos. Dion prestaba poca atención a Toth-Amon. Sabía que era un esclavo en el que Ascalante confiaba, pero, al igual que muchos hombres ricos, ignoraba a los de menor rango social.
—No tienes por qué estar tan nervioso —dijo Toth—. El plan no puede fracasar.
—Ascalante puede cometer errores igual que cualquiera —contestó bruscamente Dion, estremeciéndose ante la sola idea del fracaso.
—Él no —repuso el estigio, riendo a carcajadas—, de otro modo yo no sería su esclavo, sino su amo.
—¿De qué hablas? —preguntó Dion malhumorado, poco atento a la conversación.
Toth-Amon se mordió los labios. A pesar del dominio que tenía de sí mismo, su odio, rabia y vergüenza reprimidas estaban a punto de estallar a la primera oportunidad. No había contado con que Dion no le viera como a un ser humano con cerebro e inteligencia, sino como a un simple esclavo, y, como tal, una criatura despreciable.
—Escúchame —dijo Toth—. Tú serás rey. Pero no conoces a Ascalante. No debes fiarte de él después de que Conan sea asesinado. Yo puedo ayudarte. Si me proteges cuando llegues al poder, te ayudaré. Escucha, señor. Fui un gran hechicero en el sur. Los hombres consideraban a Toth-Amon igual a Rammon. El rey Ctesphon de Estigia me hizo un gran honor rebajando a los otros brujos para elevarme a mí por encima de ellos. Me odiaban, pero me temían, pues yo controlaba a los seres de otro mundo, que acudían a mi llamada y obedecían mis órdenes. ¡Por Set, mis enemigos sabían que podían despertar a medianoche y sentir las garras de un horror insondable en la garganta! Practiqué magia negra y terrible con el Anillo de Set, que encontré en una oscura tumba bajo tierra, olvidada ya antes de que el primer hombre saliera arrastrándose del mar.
»Pero un ladrón me robó el Anillo, y mis poderes desaparecieron. Los brujos quisieron matarme, mas logré huir. Yo viajaba con una caravana por las tierras de Koth, disfrazado de pastor de camellos, cuando los salteadores de Ascalante nos atacaron. Asesinaron a todos los miembros de la caravana, excepto a mí mismo; me salvé al revelarle mi identidad a Ascalante, jurando servirle. ¡Ha sido una amarga esclavitud! Para tenerme en sus manos, escribió mi historia en un manuscrito sellado y se lo entregó a un eremita que vive en la frontera meridional de Koth. No puedo asesinarle mientras duerme, ni entregarle a sus enemigos, pues entonces el ermitaño abriría el manuscrito y lo leería... eso es lo que Ascalante le ordenó. Y luego haría correr el rumor en Estigia...
Toth se estremeció, y una palidez cenicienta tino su piel oscura.
—Los hombres de Aquilonia no me conocen —dijo—. Pero si mis enemigos de Estigia supieran mi paradero, medio mundo sería insuficiente para librarme de una muerte que haría estremecerse a una estatua de bronce. Solamente un rey con castillos y ejércitos de hombres armados podría protegerme. Y algún día encontraré el Anillo...
—¿Anillo? ¿Anillo?
Toth había subestimado el enorme egoísmo de aquel hombre. Dion ni siquiera había escuchado las palabras del esclavo, tan ensimismado como estaba en sus propios pensamientos, pero la última palabra le sacó de su distracción.
—¿Anillo? —repitió—. Eso me recuerda... mi anillo de la buena suerte. Se lo compré a un ladrón shemita que juró habérselo robado a un brujo del sur, y aseguró que me traería suerte. Le pagué lo suficiente, bien lo sabe Mitra. Por los dioses, ahora necesito suerte, pues con Volmana y Ascalante mezclándome en sus malditas intrigas... buscaré el anillo.
Toth dio un salto, la sangre le subió a la cabeza, mientras arrojaba llamas por los ojos con la furia pasmosa de un hombre que de pronto comprende la completa estupidez de un imbécil. Dion no le prestó atención. Levantando una tapa secreta en el asiento de mármol, rebuscó entre un montón de adornos de todas clases —amuletos bárbaros, trozos de hueso, bisuterías—, amuletos de la buena suerte que su naturaleza supersticiosa le había incitado a coleccionar.
—¡Ah, aquí está! —dijo triunfante mientras sacaba un extraño anillo.
Era de un metal parecido al cobre, y tenía la forma de una serpiente enroscada con la cola en la boca. Sus ojos eran unas piedras amarillas que brillaban siniestramente. Toth-Amon gritó como si lo hubiera golpeado, y Dion se volvió y miró boquiabierto su pálido rostro. Los ojos del esclavo ardían, tenía la boca completamente abierta, y las enormes y oscuras manos extendidas como garras.
—¡El Anillo! ¡Por Set! ¡El Anillo! —gritó—. Mi Anillo... el que me robaron...
El acero brilló en la mano del estigio, y con un movimiento de sus anchos y oscuros hombros clavó una daga en el grueso cuerpo del barón. El agudo quejido de Dion devino en gorgoteo, y su fofo cuerpo se desplomó como mantequilla disuelta. Estúpido hasta el final, murió aterrado, sin comprender por qué. Apartando el cadáver que yacía en el suelo, Toth aferró el anillo con las dos manos: de sus oscuros ojos se desprendía una aterradora avidez.
—¡Mi Anillo! —murmuró regocijado—. ¡Mi poder!
Ni siquiera el propio estigio supo cuánto tiempo había permanecido inclinado sobre el funesto objeto, inmóvil como una estatua, absorbiendo su aura maligna. Cuando despertó de su ensueño y alejó su mente de los negros abismos en los que había estado, la luna brillaba, proyectando largas sombras sobre el banco del jardín a cuyos pies se extendía la oscura forma del que había sido señor de Attalus.
—¡Ya se terminó, Ascalante, se acabó! —murmuró el estigio, y sus ojos enrojecieron como los de un vampiro en la oscuridad.
Cogió un puñado de sangre coagulada del charco en el que yacía su víctima y lo frotó contra los ojos de la serpiente de cobre, hasta que los destellos amarillos quedaron cubiertos por una máscara de color carmesí.—Cierra los ojos, serpiente mística —pronunció con espeluznante susurro—. ¡Cierra los ojos a la luz de la luna y ábrelos a los abismos más oscuros! ¿Qué ves, oh serpiente de Set? ¿A quién llamas en los abismos de la Noche? ¿De quién es la sombra que cae sobre la pálida luz? ¡Tráemelo, oh serpiente de Set!
Mientras acariciaba las escamas rítmicamente con la mano, trazando sobre el anillo un círculo que siempre volvía al punto de partida, su voz se atenuó aún más, y susurraba oscuros nombres y horripilantes conjuros olvidados en la faz de la tierra, pero no en los siniestros territorios de la oscura Estigia, donde formas monstruosas se agitan en la oscuridad de las tumbas. Una corriente de aire sopló a su alrededor, como el remolino que se produce en el agua cuando se sumerge una criatura. Un viento insondable y gélido —como si se hubiera abierto una puerta— le sopló en la cara. Toth sintió una presencia a sus espaldas, pero no se volvió para mirar. Mantuvo los ojos fijos en el mármol iluminado por la luna, sobre el que flotaba inmóvil una tenue sombra. Mientras continuaba susurrando sus conjuros, la sombra creció hasta convertirse en una forma clara y horripilante.
Parecía un mandril gigante, pero no un mandril de los que habitan en la tierra, ni siquiera en Estigia. Sin mirar, pero sacando de su cinto una sandalia de su amo —que siempre llevaba consigo con la débil esperanza de poder utilizarla cuando llegara el momento—, Toth la arrojó.
—¡Has de conocerle, esclavo del Anillo! —exclamó—. ¡Busca al que lo usó, y destrúyele! ¡Mírale a los ojos e incéndiale el alma antes de cortarle el cuello! ¡Mátale! Sí —agregó en una ciega explosión de ira—, a él y a todos los demás!
Recortada su figura contra el muro que iluminaba la luna, Toth vio que el monstruo inclinaba su deforme cabeza y lo olía como si hubiera sido un abominable sabueso. Entonces la siniestra cabeza se echó hacia atrás, la cosa se dio media vuelta y se fue como un viento entre los árboles. El estigio extendió los brazos con loco frenesí, y sus ojos y dientes brillaron a la luz de la luna. Un soldado que estaba de guardia fuera de las murallas gritó de horror al ver la enorme sombra negra con ojos ardientes que se alejaba de la muralla y pasaba a su lado como un huracán. Pero se alejó tan rápidamente que el atónito guerrero se quedó pensando si se habría tratado de un sueño o alucinación.
El rey Conan se encontraba solo en sus aposentos de cúpula dorada, durmiendo y soñando. A través de la bruma gris oyó una extraña llamada, débil y remota, y, aunque no la entendió, atravesó la bruma como un hombre que camina a través de las nubes. La voz se fue haciendo más nítida a medida que se acercaba, hasta que entendió lo que decía. Le estaba llamando a él a través de los abismos del Espacio o del Tiempo. Entonces la bruma se hizo menos densa, y vio que se encontraba en un enorme corredor oscuro que parecía hecho de sólida piedra negra. Estaba en penumbras, pero por alguna extraña razón, tal vez mágica, podía ver con claridad. El suelo, el techo y las paredes estaban pulidos y brillaban tenuemente, y en ellas habían sido talladas las figuras de héroes antiguos y de dioses casi olvidados.
Se estremeció al ver el contorno en sombras de los Ancianos Innominados, e intuyó que ningún pie mortal había pisado aquel corredor en siglos. Llegó hasta una amplia escalera tallada en la sólida roca, cuyos lados estaban adornados con símbolos esotéricos tan antiguos y terribles que al rey Conan se le erizó el cabello. Los peldaños estaban adornados con la figura tallada de Set, la Antigua Serpiente, de modo que a cada paso que daba apoyaba su pie en la cabeza de éste, tal como había ocurrido desde la antigüedad. El cimmerio se sentía desasosegado.
Pero la voz siguió llamándole, y finalmente, en una oscuridad impenetrable para sus ojos humanos, llegó hasta una extraña cripta y vio una figura de barba blanca sentada sobre una tumba. Conan se estremeció y aferró su espada, pero la figura le habló con voz sepulcral.
—Oh, humano, ¿me conoces?
—¡Por Crom que no! —juró el rey.
—Hombre —dijo el anciano—, soy Epemitreus.
—¡Pero Epemitreus el Sabio murió hace quince siglos! —balbució Conan.
—¡Escucha! —ordenó el otro—. Así como una piedra que se arroja a un lago envía ondas a la costa, los acontecimientos del Mundo Invisible han irrumpido como olas en mi sueño. Te he marcado, Conan de Cimmeria, y el sello de hechos fundamentales y trascendentes ha sido estampado sobre ti. Pero los demonios andan sueltos en la tierra, y tu espada no puede nada contra ellos.
—Hablas de forma enigmática —dijo Conan, inquieto—. Déjame ver a mi enemigo y le destrozaré el cráneo.
—Dirige tu furia bárbara contra tus enemigos de carne y hueso —repuso el anciano—. No es contra los hombres que he de protegerte. Hay mundos oscuros que el hombre desconoce, por los que andan monstruos informes; se trata de demonios que pueden ser atraídos desde los Vacíos Exteriores para que adopten una forma material y destrocen y devoren bajo las órdenes de magos malignos. Hay una serpiente en tu casa, oh rey, hay un reptil en tu reino, que ha venido de Estigia con la oscura sabiduría de las sombras en su alma lóbrega. Al igual que un hombre que sueña con una serpiente que se arrastra hacia él, he sentido la presencia maligna del acólito de Set. Está borracho de poder, y, cuando ataca a su enemigo, es capaz de destruir un reino. Te he llamado a fin de entregarte un arma para que luches contra él y contra su banda infernal.
—Pero ¿por qué? —preguntó Conan desconcertado—. Se dice que tú descansas en el negro corazón del Golamira, desde donde has enviado a tu fantasma de alas invisibles para ayudar a Aquilonia en épocas de necesidad, pero yo... soy un extranjero y un bárbaro.
—¡Paz! —repuso el otro, y su fantasmagórica voz resonó en la enorme caverna llena de sombras—. Tu destino y el de Aquilonia están unidos. Tremendos acontecimientos se están tejiendo en las entrañas del Destino, y un hechicero sediento de sangre no ha de interponerse ante el destino imperial.
»Hace siglos, Set rodeó el mundo como una serpiente pitón abraza a su presa. Toda mi vida, que duró lo que la vida de tres hombres corrientes, he luchado contra él. Le arrastré hasta las sombras del misterioso sur, pero en la oscura Estigia los hombres todavía veneran a quien nosotros consideramos el archidemonio. De la misma manera que he luchado contra Set, ahora peleo contra sus adoradores y acólitos. Dame tu espada.
Conan, asombrado, se la dio, y el anciano trazó en la hoja un extraño símbolo que brillaba como el fuego entre las sombras. Y al instante la cripta, la tumba y el anciano desaparecieron, y Conan, desconcertado, se levantó de un salto del lecho que se encontraba en la enorme habitación de cúpula dorada. Y cuando se levantó, todavía aturdido por el extraño sueño, se dio cuenta de que estaba sosteniendo la espada en la mano. Y se le erizó el cabello al notar que en la hoja había un símbolo grabado; se trataba de la silueta de un fénix.
Recordó que en la tumba vista en sueños le había parecido ver una figura similar, tallada en la piedra. Ahora se preguntaba si se trataría de una figura de piedra, y se estremeció al pensar lo extraño que era todo aquello. Entonces un sonido furtivo que oyó en el pasillo lo hizo volver en sí, y sin detenerse a averiguar de qué se trataba comenzó a ponerse la armadura. Volvía a ser el bárbaro receloso y alerta como un lobo acorralado.
En el silencio que reinaba en el corredor del palacio del rey, acechaban veinte siluetas furtivas. Sus sigilosos pies, descalzos o cubiertos con sandalias de suave cuero, no hacían ningún ruido sobre la gruesa alfombra que cubría el suelo de mármol. Las antorchas que había en la pared arrojaban destellos rojizos sobre las dagas, espadas y hachas de combate.
—¡Silencio! —susurró Ascalante—. ¡No respiréis tan pesadamente, quienquiera que sea el que lo esté haciendo! El oficial de la guardia nocturna ha dejado muy pocos centinelas en el palacio, y los ha emborrachado, pero de todos modos debemos andarnos con cautela. ¡Atrás! ¡Aquí vienen los guardias!
Se apiñaron detrás de unas columnas talladas, e inmediatamente diez gigantes con armadura negra pasaron a su lado. Miraron extrañados al oficial que se los llevaba de sus puestos. Éste estaba pálido en el momento en que los guardias pasaron junto al escondite de los conspiradores, y se secaba el sudor de la frente con mano temblorosa. Era joven, y no le resultaba fácil traicionar a un rey. Maldijo mentalmente sus extravagancias, que le habían endeudado con los prestamistas, convirtiéndolo en juguete de políticos intrigantes. Los guardias siguieron de largo y desaparecieron en el corredor.
—¡Muy bien! —dijo Ascalante sonriendo—. Conan está durmiendo sin protección. ¡De prisa! Si nos cogen mientras le matamos, estamos perdidos... pero nadie abrazará la causa de un rey muerto.
—¡Sí, daos prisa! —ordenó Rinaldo cuyos ojos azules centelleaban bajo el brillo de la espada—. ¡Mi sable está sediento de sangre! ¡Escucho el ruido de los buitres! ¡Adelante!
Avanzaron rápidamente por el corredor y se detuvieron ante una puerta dorada, que tenía grabado el símbolo del dragón real de Aquilonia.
—¡Gromel! —gritó Ascalante—. ¡Tira abajo esta puerta!
El gigante respiró hondo y se abalanzó sobre la puerta, que chirrió y se combó ante el impacto. El hombre dio un paso atrás y volvió a la carga. La puerta se hizo pedazos con ruido de goznes salidos y de madera destrozada, y cayó hacia adelante.
—¡Entrad! —bramó Ascalante, inflamado de odio.
—¡Adelante! —gritó Rinaldo—. ¡Muerte al tirano!
Al entrar, se detuvieron en seco. Conan estaba frente a ellos, despierto y al acecho, con la armadura puesta y su enorme espada en la mano, y no desnudo y dormido como ellos esperaban.
Durante un instante, la escena se congeló —los cuatro nobles rebeldes al lado de la puerta destrozada, y la horda de salvajes que les seguía— y todos se quedaron paralizados al ver al gigante de ojos fogosos de pie, con la espada en la mano, en el centro de la habitación iluminada por las velas. En aquel momento Ascalante vio sobre una pequeña mesa que había en el lecho real el cetro de plata y la pequeña corona dorada de Aquilonia, y sintió que enloquecía de deseo.
—¡Adelante, bribones! —gritó el proscrito—. ¡Somos veinte contra uno, y él no lleva casco!
Era cierto; no había tenido tiempo de ponerse el pesado casco ni las placas laterales de la coraza, ni de coger el enorme escudo de la pared. Pero aun así, Conan estaba mejor protegido que cualquiera de sus enemigos, salvo Volmana y Gromel, que llevaban armadura completa. El rey les miró, sin saber quiénes eran. No conocía a Ascalante, y Rinaldo llevaba la cara cubierta con la armadura. Pero no había tiempo para conjeturas. Dando gritos que se elevaban hasta el techo, los asesinos entraron en la habitación, con Gromel a la cabeza. Éste entró embistiendo como un toro, espada en mano para dar la primera estocada. Conan se acercó a él de un salto, blandiendo la espada con todas sus fuerzas. El enorme sable trazó un arco en el aire y golpeó el casco del bosonio. La hoja y el casco vibraron, y Gromel cayó al suelo, muerto. Conan dio un paso atrás, aferrando la empuñadura rota.
—¡Gromel! —exclamó al tiempo que escupía, con los ojos centelleando de asombro, cuando el casco hendido dejó ver la cabeza destrozada.
En ese momento, el resto del grupo se abalanzó sobre él. La punta de una daga le rozó las costillas a través de la armadura. El filo de una espada brilló delante de sus ojos. Apartó al hombre que empuñaba la daga con la mano izquierda, y le golpeó la sien con la empuñadura rota. Los sesos del hombre le salpicaron la cara.
—¡Cinco de vosotros, vigilad la puerta! —gritó Ascalante, que se debatía en medio de un remolino de acero, pues temía que Conan huyera.
Los bribones se quedaron inmóviles, mientras su jefe cogía a algunos de ellos y los empujaba hacia la puerta. En aquel preciso instante, Conan saltó en dirección a la pared y cogió un hacha que colgaba allí. Con la espalda contra la pared, se enfrentó a los hombres y saltó en medio del círculo formado por éstos. El cimmerio nunca peleaba a la defensiva; aun en la situación más desventajosa y desesperada, no permitía que el enemigo tomara la iniciativa. Cualquier otro hombre hubiera muerto en aquellas circunstancias y, a decir verdad, Conan no tenía muchas esperanzas de sobrevivir, pero deseaba con todas sus fuerzas infligir el mayor daño posible antes de que le mataran. Su espíritu de bárbaro estaba lleno del ardor de la batalla, y los cantos de guerra de los antiguos héroes resonaban en sus oídos.
Cuando saltó desde la pared, su hacha derribó, hizo que un enemigo cayera con el brazo cercenado, y de un terrible revés aplastó el cráneo de otros. Las espadas gemían vengativas a su alrededor, pero la muerte sólo le rozaba a una distancia de milímetros. El cimmerio se movía con cegadora velocidad. Parecía un tigre rodeado de simios, y al saltar, esquivar y atacar ofrecía un blanco en perpetuo movimiento al tiempo que su hacha tejía un manto de muerte a su alrededor.
Durante unos instantes, los asesinos le rodearon con fiereza, atacando, pero su mismo número era una desventaja, porque chocaban unos contra otros; luego retrocedieron. Los dos cadáveres que había en el suelo daban fe de la furia del rey, si bien Conan sangraba por varias heridas que tenía en el brazo, el cuello y las piernas.
—¡Bellacos! —gritó Rinaldo, quitándose el casco emplumado—. ¿Estáis acobardados? ¿Es que el déspota ha de seguir viviendo? ¡Acabad con él!
Y se lanzó hacia adelante, dando estocadas como un loco, pero Conan, al reconocerle, le quitó la espada de un hachazo, y le arrojó al suelo con un fuerte empujón. El rey recibió una estocada de Ascalante en el brazo izquierdo, pero éste a duras penas logró salvar la vida, amenazada por el hacha del cimmerio. Uno de los bribones se arrojó a los pies de Conan; después de luchar por un momento con lo que parecía una sólida torre de hierro, levantó la mirada y vio el hacha, pero fue tarde para eludirla. En el ínterin, uno de sus compañeros levantó la espada con ambas manos y atravesó la placa que cubría el hombro izquierdo del rey, hiriéndole. En un segundo, la coraza de Conan quedó cubierta de sangre. Volmana, incitando a los atacantes con su salvaje impaciencia, avanzó con una expresión asesina en el rostro e intentó hundir su arma en la cabeza, descubierta de Conan. El rey se agachó rápidamente y el sable le cortó un mechón de pelo negro. El cimmerio giró sobre sus talones y atacó. El hacha se clavó a través de la coraza de acero, y Volmana cayó al suelo con una herida en el costado.
—¡Volmana! —dijo Conan sin aliento—. Vete a conspirar al infierno...
Inmediatamente se aprestó a enfrentarse a Rinaldo, que atacaba con salvaje furia, armado tan sólo con una daga. Conan saltó hacia atrás, levantando el hacha.
—¡Rinaldo! —dijo con desesperación—. ¡Atrás! No quiero matarte...
—¡Muere, tirano! —gritó el enloquecido juglar, abalanzándose sobre el rey.
Conan demoró el golpe que estaba a punto de descargar hasta que ya fue tarde. Pero cuando sintió el acero en el costado, atacó con ciega desesperación. Rinaldo cayó al suelo con el cráneo destrozado, y Conan retrocedió hasta la pared, cubierto con la sangre que manaba de sus heridas.
—¡Ataca ahora, y mátale! —gritó Ascalante.
Conan apoyó la espalda contra la pared y levantó el hacha. Estaba de pie, como la imagen del primitivo indomable —las piernas separadas, la cabeza echada hacia adelante, una mano apoyada en la pared, la otra aferrando el hacha, con los enormes músculos en tensión, como cuerdas de hierro, y el rostro congelado en una furiosa mueca—, y los ojos le centelleaban a través de la nube de sangre que estaba velándolos. Los hombres titubearon... aunque fueran salvajes, criminales y disolutos, pertenecían a la llamada civilización, y frente a ellos estaba el bárbaro... el hombre que tenía el hábito de matar. Se acobardaron al verlo... el tigre moribundo aún podía darles muerte. Conan percibió su incertidumbre y sonrió con una mueca feroz.
—¿Quién ha de morir primero? —musitó con la boca herida y los labios cubiertos de sangre.
Ascalante saltó como un lobo con increíble rapidez y se agachó para eludir la muerte que se le acercaba siseando. Giró frenéticamente sobre sus talones para esquivarla y rodó por el suelo, mientras Conan se recuperaba del golpe fallido y atacaba de nuevo. Esta vez el hacha se hundió varias pulgadas en el suelo, cerca de las piernas de Ascalante. Otro forajido eligió aquel momento para atacar, seguido por sus compañeros. Trató de matar a Conan antes de que el cimmerio pudiera arrancar el hacha del suelo, pero calculó mal. El bárbaro cogió el hacha manchada de sangre y le asestó un golpe a su enemigo. Una caricatura de hombre de color carmesí fue arrojada hacia atrás entre las piernas de los atacantes.
Entonces, un grito terrible surgió de labios de los bribones que estaban en la puerta, pues habían visto una negra sombra deforme sobre la pared. Ascalante se dio media vuelta al oír el grito, y aullando y blasfemando como perros, salieron corriendo por el pasillo. Ascalante no miró en dirección a la puerta; sólo tenía ojos para el rey herido. Suponía que el ruido de la batalla habría despertado a la gente del palacio, y que los guardias leales estarían a punto de prenderle, aunque le resultaba extraño que sus bribones gritaran de aquella manera al huir. Conan no miró hacia la puerta, porque estaba contemplando al proscrito que tenía los ojos ardientes del lobo moribundo. Ni siquiera en aquel momento abandonó a Ascalante su cínica filosofía.
—Todo parece estar perdido, especialmente el honor —murmuró—. Sin embargo, el rey se está muriendo de pie... y...
No se sabe qué otros pensamientos le pasaron por la cabeza, porque en mitad de la frase se acercó a Conan, en el preciso instante en que el cimmerio se limpiaba con una mano la sangre que le cubría la cara. Pero en el momento en que atacó, hubo un extraño movimiento en el aire, y sintió una cosa terriblemente pesada entre los hombros. Cayó al suelo, y unos enormes colmillos se hundieron dolorosamente en su carne. Retorciéndose con desesperación, volvió la cabeza y vio el rostro de la Pesadilla y de la locura. Encima de él había una enorme cosa negra, que él sabía que no había nacido en un mundo humano. Tenía los negros colmillos de la cosa cerca de su garganta, y la mirada de sus ojos amarillos le quemó las extremidades como un viento mortífero quema la mies en el campo.
Su rostro abominable trascendía la mera animalidad. Podía tratarse del rostro de una momia antigua y maligna, animada con demoníaca vida. En aquellos rasgos repelentes, los ojos desorbitados del proscrito creían ver una especie de sombra en medio de la locura que le rodeaba, una cierta similitud terrible con el esclavo Toth-Amon. Entonces, la filosofía cínica y autosuficiente de Ascalante le abandonó, y murió con un grito aterrador antes de que los babeantes colmillos lo tocaran. Conan, limpiándose la sangre que le cubría la cara, miraba atónito. Al principio pensó que lo que había sobre el cuerpo retorcido de Ascalante era un enorme sabueso negro, pero luego se dio cuenta de que no se trataba de un perro sino de un mono.
Con un aullido que parecía el eco del grito de agonía de Ascalante, se alejó de la pared y se enfrentó a la cosa con un golpe de hacha en el que se había concentrado toda la fuerza desesperada de sus electrizados nervios. El arma que había arrojado brilló desde el cráneo que habría tenido que destrozar, y el rey fue arrojado a través de la habitación por el impacto del gigantesco cuerpo. Las mandíbulas babeantes se cerraron sobre el brazo con el que Conan se protegía la garganta, pero el monstruo no hizo ningún esfuerzo por matarle. Lanzó una mirada demoníaca por encima de su brazo destrozado y la clavó en los ojos de Conan, en los que comenzaban a reflejarse el horror que se expresaba en los ojos muertos de Ascalante. Conan sintió que el alma le ardía y comenzaba a salirse de su cuerpo para hundirse en los abismos amarillos del horror cósmico que brillaban con fantasmagórico resplandor en el caos informe que crecía a su alrededor. Aquellos ojos crecían y crecían, y Conan vislumbró en ellos la realidad de todos los horrores abismales y blasfemos que acechan en la oscuridad exterior del vacío informe, y de los negros abismos siderales. Abrió su boca manchada de sangre para gritar su odio y su repugnancia, pero de sus labios sólo le surgió un chasquido.
Pero el horror que había paralizado y destruido a Ascalante inflamó al cimmerio con una terrible furia similar a la locura. Con un impulso volcánico de todo su cuerpo, saltó hacia atrás, indiferente al dolor que sentía en el brazo destrozado, arrastrando al monstruo. Y su mano fue a dar con algo que su aturdido cerebro reconoció como la empuñadura de su espada rota. La aferró instintivamente y la empuñó con todas sus fuerzas, como si se hubiera tratado de una daga. La hoja rota se hundió profundamente, y el brazo de Conan quedó libre cuando la repelente boca se abrió en un último suspiro de agonía. El rey fue arrojado a un lado, y, apoyándose en una mano, vio las terribles convulsiones del monstruo, de cuyas heridas brotaba sangre espesa. Y mientras todavía le observaba, sus movimientos cesaron y se quedó tendido en el suelo, sacudiéndose con espasmos, al tiempo que miraba hacia arriba con sus ojos muertos. Conan parpadeó y se limpió la sangre de la cara. Le parecía que la cosa se derretía y se desintegraba, convirtiéndose en una masa viscosa e informe.
Entonces llegó a sus oídos una confusión de voces, y la habitación se llenó de gente del palacio —caballeros, nobles, damas, hombres de armas, consejeros— que balbucían, gritaban y chocaban unos con otros. Allí estaban los Dragones Negros, enloquecidos de ira, maldiciendo, con las manos en las empuñaduras y juramentos en los labios. No se veía al joven oficial de la guardia por ningún lado, a pesar de que le buscaron afanosamente.
—¡Gromel! ¡Volmana! ¡Rinaldo! —exclamaba Publius, el consejero jefe, metiendo sus manos regordetas entre los cadáveres—. ¡Negra traición! ¡Alguien ha de pagar por esto! Llamad a los guardias.
—¡La guardia está aquí, viejo estúpido! —dijo imperiosamente Palantides, el comandante de los Dragones Negros, olvidando el rango de Publius en aquel tenso momento—. Será mejor que dejes de chillar y nos ayudes a vendar las heridas del rey. Da la impresión de que va a morir desangrado.
—¡Sí, sí! —gritó Publius, que era un hombre de ideas más que de acción—. Debemos vendarle las heridas. ¡Manda a buscar a todos los médicos de la corte! ¡Oh, mi señor, qué vergüenza para la ciudad! ¿Estás completamente muerto?
—¡Cerdo! —dijo el rey desde el lecho en el que le habían colocado.
Le acercaron una copa a los labios manchados de sangre y bebió como un hombre medio muerto de sed.
—¡Bien! —dijo con un gruñido—. Matar reseca la garganta.
Los hombres consiguieron detener la hemorragia, y la vitalidad innata del bárbaro se puso de manifiesto una vez más.
—Curad primero las heridas del costado —dijo a los médicos de la corte—. Rinaldo me escribió una canción de muerte allí, y la pluma estaba muy afilada.
—Deberíamos haberle ahorcado hace tiempo —farfulló Publius—. No se puede esperar nada bueno de los poetas... ¿quién es éste? Tocó con nerviosismo el cadáver de Ascalante con el pie.—¡Por Mitra! —exclamó el comandante—. ¡Es Ascalante, el conde de Thune! ¿Qué diablos le trajo aquí desde el desierto?
—Pero ¿por qué tiene esa expresión en el rostro? —preguntó Publius con un susurro, alejándose, con los ojos desorbitados y erizado el cabello.
Los demás permanecieron en silencio mientras contemplaban al proscrito muerto.
—Si hubieras visto lo que él y yo vimos —gruñó el rey, incorporándose a pesar de las protestas de los médicos—, no te sorprenderías. Lo verás con tus propios ojos si miras...
Se interrumpió en mitad de la frase, boquiabierto, señalando con un dedo el vacío. En el lugar en el que había estado el monstruo muerto, no se veía más que el suelo de mármol.
—¡Por Crom! —juró—. ¡La cosa se ha hundido con la materia hedionda de la que surgió!
—El rey está delirando —susurró un noble. Conan le oyó y profirió un juramento bárbaro.
—¡Por Badb, por Morrigan, por Macha y por Nemain! —dijo furioso—. ¡Estoy cuerdo! Era como una mezcla de momia estigia y mandril. Entró por la puerta, y los bribones de Ascalante huyeron al verle. Mató a Ascalante, que estaba a punto de atravesarme con la espada. Entonces vino hacia mí y lo maté... no sé cómo, porque mi hacha rebotó como si se hubiera tratado de una roca. Pero creo que el Sabio Epemitreus tuvo algo que ver con esto...
—¡Escucha cómo pronuncia el nombre de Epemitreus, muerto hace mil quinientos años! —se decían unos a otros en voz baja.
—¡Por Ymir! —exclamó el rey con voz tronante—. ¡Esta noche hablé con Epemitreus! Me llamó en sueños, y yo avancé por un corredor de piedra negra en el que había tallas de antiguos dioses, en dirección a una escalera también de piedra, en cuyos peldaños había figuras de Set, hasta que llegué a una cripta en la que había una tumba con un fénix tallado...
—¡En nombre de Mitra, mi señor! ¡Calla! —dijo el sumo sacerdote de Mitra, con el rostro ceniciento.
Conan sacudió la cabeza como un león agita la melena, y habló como un gruñido de bestia salvaje.
—¿Acaso soy un esclavo, para callarme porque tú me lo ordenes?
—¡No, no, mi señor! —repuso el sumo sacerdote temblando, pero no de miedo, ante la cólera del rey—. No tenía intenciones de ofenderte. Luego se acercó a Conan y le dijo algo al oído.
—Mi señor, esta cuestión está más allá de la comprensión humana. Sólo un pequeño grupo de sacerdotes conoce el secreto del corredor de piedra negra que manos desconocidas esculpieron en el negro corazón del monte Golamira, o acerca de la tumba protegida por el fénix en la que fue enterrado Epemitreus hace mil quinientos años. Y desde entonces ningún ser humano ha entrado allí, porque los elegidos, después de colocar al Sabio en la cripta, cerraron la entrada del corredor de modo que nadie pudiera encontrarla, y hoy en día ni siquiera los sumos sacerdotes saben dónde está. El pequeño grupo de acólitos de Mitra conoce sólo de oídas, por boca de los sumos sacerdotes, el lugar del reposo eterno de Epemitreus en el negro corazón de Golamira, y guardan celosamente el secreto. Éste es uno de los Misterios en los que se basa el culto de Mitra.
—No sé por medio de qué artes mágicas Epemitreus me llevó hasta él —repuso Conan—. Pero yo he hablado con él, y me hizo una marca en la espada. No sé por qué esa señal resultó mortífera para los demonios, ni qué magia había en ella, pero aunque la espada se rompió al golpear el casco de Gromel, el fragmento que quedó fue lo bastante largo como para matar al monstruo.
—Déjame ver tu espada —susurró el sumo sacerdote con la garganta seca.
Conan le enseñó la espada rota, y el sumo sacerdote lanzó un grito y se puso de rodillas.
—¡Mitra nos proteja contra el poder de las tinieblas! —dijo jadeando—. ¡En la espada está grabado el emblema del fénix inmortal que se cierne eternamente sobre su tumba! ¡Es el signo secreto que sólo él puede hacer! ¡Rápido, una vela! ¡Mirad otra vez en el lugar donde el rey dice que murió el demonio!
Éste había yacido a la sombra de un biombo roto. Arrojaron el biombo a un lado y alumbraron el suelo con la luz de la vela. En la habitación reinaba un silencio estremecedor mientras buscaban la señal. Poco después algunos caían de rodillas al suelo invocando a Mitra, y otros huían gritando de la habitación. Allí en el suelo, en el lugar donde había muerto el monstruo, yacía una sombra tangible, una enorme mancha oscura que no se podía borrar; la cosa había dejado su contorno claramente marcado con su sangre, y aquel contorno no se parecía al de ningún ser conocido en el mundo. Estaba allí, terrible y siniestro, como la sombra de uno de los dioses mono que se agazapan en los sombríos altares de los oscuros templos de Estigia".
Robert E. Howard
—Entrad en la noche, criaturas de la oscuridad —dijo una voz burlona—. Oh, estúpidos, la muerte os persigue como un perro ciego, y ni siquiera lo sospecháis.
El que había pronunciado aquellas palabras cerró la puerta con cerrojo, y luego se dirigió hacia el pasillo, llevando una vela en la mano. Era un gigante sombrío; su piel oscura revelaba su origen estigio. Entró en una habitación interior, donde un hombre alto y enjuto, vestido con un traje de terciopelo, se arrellanaba como un gato enorme y holgazán en un sofá de seda, y bebía vino de una enorme copa de oro.
—Bien, Ascalante —dijo el estigio, al tiempo que dejaba en su sitio la vela—, tus rufianes han salido sigilosamente a la calle como ratas de sus ratoneras. Te vales de extrañas herramientas.
—¿Herramientas? —repuso Ascalante—. ¿Cómo? Eso es lo que ellos me consideran a mí. Durante meses, desde que los cuatro conspiradores me hicieron venir del desierto del sur, he vivido entre mis enemigos, ocultándome durante el día en esta oscura casa y acechando en siniestros pasadizos cada noche. Y he conseguido lo que los nobles rebeldes no pudieron lograr. A través de ellos y de otros agentes que jamás me han visto, he llenado el imperio de malestar y de sedición. En suma, trabajando en la sombra he preparado el terreno para la caída del rey que reina en la luz. Por Mitra, fui estadista antes de ser un proscrito.
—¿Y esos embaucadores que se creen tus maestros?
—Seguirán creyendo que les obedezco hasta que logremos nuestro objetivo. ¿Quiénes son ellos para igualar el talento de Ascalante? Volmana, el conde enano de Karaban. Gromel, el caudillo gigante de la Legión Negra. Dion, el obeso barón de Attlus. Rinaldo, el atolondrado juglar. Yo soy la fuerza que ha amalgamado el acero de cada uno de ellos, y les aplastaré cuando llegue el momento. Pero eso forma parte del futuro, y el rey, en cambio, morirá esta misma noche.
—Hace algunos días vi salir de la ciudad a los escuadrones imperiales —dijo el estigio.
—Cabalgaban hacia la frontera invadida por los pictos, que se han vuelto locos con el fuerte licor que les he dado. La enorme riqueza de Dion lo hizo posible. Y Volmana hizo posible que dispusiéramos del resto de las tropas imperiales que quedan en la ciudad. Por medio de sus nobles parientes de Nemedia, fue fácil convencer al rey Numa para que requiera la presencia del conde Trocero de Poitain, mariscal de Aquilonia. Y, debido a su rango, además de su propio ejército le acompañará una escolta imperial, y, Próspero, el hombre de confianza del rey Conan. Sólo queda la guardia personal del rey en la ciudad... además de la Legión Negra. A través de Gromel he corrompido a un oficial derrochador de esa guardia y le he sobornado para que aleje a sus hombres de la puerta del rey a medianoche. Entonces, con dieciséis granujas sanguinarios a mis órdenes, nos introduciremos en el palacio por un túnel secreto. Cuando hayamos conseguido nuestro objetivo, aunque el pueblo no se alce para aclamarnos, la Legión Negra de Gromel será suficiente para controlar la ciudad y la corona.
—¿Y Dion cree que le vais a dar la corona a él?
—Sí. El muy estúpido la reclama por unas gotas de sangre real que corren por sus venas. Conan comete un grave error al dejar vivos a hombres que presumen de descender de la antigua dinastía a la que él arrebató la corona de Aquilonia. Volmana desea volver a gozar de la protección de la corona como en el antiguo régimen, para poder devolver a su arruinada hacienda su antiguo esplendor. Gromel odia a Palantides, el capitán de los Dragones Negros, y ansia el mando de todo el ejército con la tenacidad de un bosonio. De todos ellos, el único que no tiene ambiciones personales es Rinaldo. Considera a Conan un bárbaro asesino y tosco que vino del norte para saquear una tierra civilizada. Idealiza al rey que Conan asesinó para conseguir la corona, recordando únicamente que aquél protegía de vez en cuando las artes, olvidando las vilezas de su reinado, y haciendo que la gente también olvide. Ya entonan públicamente el Lamento por el rey en el que Rinaldo alaba al infame difunto y describe a Conan como "un salvaje de negro corazón procedente del abismo". Conan no hace caso, pero la gente le maldice.
—¿Por qué odia a Conan?
—Los poetas siempre odian a los que ostentan el poder. Para ellos la perfección está siempre del otro lado de la última revuelta, o más allá de la siguiente. Huyen del presente con sueños acerca del pasado y del futuro. Rinaldo es una llama de idealismo que él cree que se eleva para destruir al tirano y liberar al pueblo. En cuanto a mí... bueno, hace unos meses no tenía más ambición que asaltar caravanas durante el resto de mi vida. Ahora, en cambio, los viejos sueños reviven. Conan morirá. Dion subirá al trono. Después, también él morirá. Uno a uno, todos los que se oponen a mí morirán por el fuego o el acero, o por medio de esos mortíferos vinos que tú preparas tan bien. ¡Ascalante, rey de Aquilonia! ¿No te parece que suena muy bien?
El estigio se encogió de hombros.
—Hubo un tiempo —dijo con amargura— en que también yo tenía mis ambiciones, a cuyo lado las vuestras parecen ridículas e infantiles. ¡Qué bajo he caído! Mis viejos amigos y rivales quedarían horrorizados si pudieran ver a Toth-Amon el del Anillo, sirviendo de esclavo a un proscrito, y proscribiéndose él mismo. ¡Envuelto en las mezquinas ambiciones de nobles y reyes!
—Tú confías en tu magia y en tus ridículas ceremonias —repuso Ascalante—. Yo confío en mi ingenio y en mi espada.
—El ingenio y la espada no sirven de nada contra los poderes de la Oscuridad —gruñó el estigio, de cuyos negros ojos se desprendían destellos amenazadores—. Si yo no hubiera perdido el Anillo, nuestra situación sería muy diferente.
—Sin embargo —contestó impaciente el proscrito—, llevas las marcas de mis latigazos en la espalda, y probablemente seguirás llevándolas.
—¡No estés tan seguro! —El diabólico rencor del estigio brilló por un instante en sus ojos iracundos—. Algún día, de algún modo, encontraré el Anillo otra vez, y entonces, por los colmillos de la serpiente Set que me las pagarás...
El aquilonio se levantó enojado y le golpeó brutalmente en la boca. Toth retrocedió; la sangre le mojaba los labios.
—Eres demasiado osado, perro —gruñó el proscrito—. Ten cuidado, aún soy tu amo y conozco tu terrible secreto. Delátame si te atreves. Grita por ahí que Ascalante está en la ciudad conspirando contra el rey.
—No lo haré —murmuró el estigio, limpiándose la sangre de los labios.
—No, no te atreverás —dijo Ascalante con siniestra sonrisa—. Porque si muero por tus malas artes o por traición, un sacerdote ermitaño que vive en el desierto del sur se enterará y romperá el sello del manuscrito que le entregué. Y cuando lo haya leído, mandará un mensaje a Estigia, y un viento se levantará desde el sur, a medianoche. ¿Y dónde te esconderás entonces Toth-Amon?
El esclavo se estremeció, y su oscuro rostro palideció.
—¡Basta! —Ascalante cambió el tono repentinamente—. Tengo trabajo para ti. No me fío de Dion. Le ordené que se fuera a su hacienda en el campo y que permaneciera allí hasta que el trabajo de esta noche estuviera terminado. El gordo estúpido jamás pudo disimular su nerviosismo ante el rey. Síguele, y si no le alcanzas en el camino ve hasta su hacienda y quédate con él hasta que mandemos llamarle. No le pierdas de vista. Está ofuscado por el miedo, y podría acabar desertando... puede incluso revelarle a Conan lo que se trama contra él, con la esperanza de salvar así el pellejo. ¡Vete!
El esclavo hizo una reverencia, ocultando el odio que sentía, y obedeció. Ascalante volvió a su vino. Sobre las brillantes torres se reflejaba un amanecer rojo como la sangre.
La habitación era amplia y vistosa, con ricos tapices sobre las paredes, mullidas alfombras sobre el suelo de marfil y un alto techo adornado con tallas de plata. Detrás de un escritorio de marfil incrustado en oro había un hombre de hombros anchos y piel bronceada, que no parecía estar en consonancia con aquel lujoso aposento. Pertenecía más bien al sol y a los vientos de la montaña. Hasta el más mínimo movimiento revelaba unos músculos de acero y una mente aguda, así como la coordinación propia del hombre nacido para el combate. No había nada pausado ni moderado en sus acciones. O estaba completamente quieto —inmóvil como una estatua de bronce— o en continuo movimiento, pero no con las sacudidas espasmódicas de unos nervios en tensión, sino con la rapidez de un felino que nublaba la vista de quien intentara seguir sus movimientos.
Sus ropas eran de telas caras pero sencillas. No llevaba anillos ni adornos, y se sujetaba la negra cabellera únicamente con una cinta de tela plateada. Dejó la pluma dorada con la que había estado garabateando algo sobre unas tablas cubiertas de cera, apoyó la barbilla en la mano y clavó sus ojos azules en el hombre que estaba de pie frente a él. Éste estaba ocupado en sus propios asuntos, arreglando los cordones de su armadura engastada en oro y silbando distraído. Un comportamiento bastante extraño si tenemos en cuenta que se hallaba delante de un rey.
—Próspero —dijo el hombre de la mesa—, estos asuntos de estado me agotan más que todas las batallas juntas.
—Es parte del juego, Conan —respondió el poitanio de ojos oscuros—. Eres rey y debes interpretar tu papel.
—Ojalá pudiera ir contigo a Nemedia —dijo Conan con envidia—. Parece que hace siglos que no monto a caballo... pero Publius dice que hay asuntos en la ciudad que requieren mi presencia. ¡Maldito sea! Cuando destroné a la antigua dinastía —siguió diciendo con la confianza que existía entre el poitanio y él—, todo fue muy fácil, aunque parecía muy duro entonces. Recordando ahora la época violenta que vino después, aquellos días de fatigas, intrigas, matanzas y tribulaciones no parecen más que un sueño. Y soñé hasta el final, Próspero. Cuando el rey Numedides yacía muerto a mis pies y arranqué la corona de su ensangrentada cabeza para ponerla sobre la mía, sentí que había logrado todos mis sueños. Me había preparado para conseguir la corona, no para mantenerla. En aquellos días lejanos lo único que quería era una espada afilada y un camino directo hacia mis enemigos. Ahora, ningún camino es recto y mi espada es inútil.
»Cuando derroqué a Numedides, entonces yo era el libertador... y ahora escupen a mis espaldas. Han erigido una estatua de ese canalla en el templo de Mitra y la gente se lamenta ante ella, aclamándola como a la efigie sagrada de un monarca sagrado al que un bárbaro sanguinario asesinó. Cuando, siendo mercenario, guiaba a sus ejércitos a la victoria, a Aquilonia no le preocupaba que fuera extranjero, pero ahora no me lo perdona. Ahora van al templo de Mitra para quemar incienso a la memoria de Numedides hombres que fueron mutilados y torturados por sus verdugos, hombres cuyos hijos murieron en sus mazmorras, y cuyas esposas e hijas fueron arrastradas a su harén. ¡Los muy olvidadizos y estúpidos!
—Rinaldo tiene la culpa —repuso Próspero, haciendo otra muesca en el cinturón del que pendía la vaina de su espada—. Canta canciones que vuelven locas a las gentes. Cuélgalo con su traje de bufón de la torre más alta de la ciudad. Déjalo que componga rimas para los buitres.
Conan negó con su cabeza de felino.
—No, Próspero. No está en mis manos. Un gran poeta es más grande que cualquier rey. Sus canciones son más poderosas que mi cetro; casi se me salía el corazón del pecho cuando cantaba para mí. Yo moriré y seré olvidado, pero las canciones de Rinaldo vivirán por siempre. No, Próspero —siguió diciendo el rey, mientras una sombra de duda oscurecía sus ojos—, hay algo oculto, alguna conspiración de la que no estamos enterados. Lo presiento, tal como en mi juventud presentía al tigre oculto entre la hierba. Un malestar latente recorre todo el reino. Soy como un cazador que se protege cerca de su pequeña hoguera en la selva y oye pasos sigilosos en la oscuridad y casi puede ver el brillo de unos ojos ardientes. ¡Si tan sólo pudiera enfrentarme con algo tangible, algo en lo que pudiera clavar la espada! Te lo he dicho, no es casualidad que los pictos hayan atacado las fronteras tan violentamente en estos últimos días, de modo que los bosonios se han visto obligados a pedir ayuda para rechazar su ataque. Debí haber ido allí con mis tropas.
—Publius temía una confabulación para atraparte y asesinarte al otro lado de la frontera —replicó Próspero, al tiempo que arreglaba la sedosa cubierta de la cota de malla y admiraba su esbelta figura en un espejo plateado—. Por eso te recomendó permanecer en la ciudad. Estos temores nacen de tus instintos bárbaros. ¡Deja que la gente critique! Los mercenarios están con nosotros, y los Dragones Negros y todos los rufianes de Poitain confían ciegamente en ti. El único peligro es que te asesinen, y eso es imposible con los hombres de la guardia imperial protegiéndote día y noche. ¿Qué estás haciendo?
—Un mapa —respondió Conan, ufano—. Los mapas de la corte señalan claramente los territorios del sur, del este y del oeste, pero en el norte son confusos e incompletos. Yo mismo estoy añadiendo las tierras del norte. Aquí está Cimmeria, donde yo nací. Y... Asgard y Vanaheim
Próspero echó un vistazo al mapa.
—Por Mitra, casi había creído que esos países eran una fantasía.
Conan rió a carcajadas, tocando sin querer las cicatrices de su rostro moreno.
—¡Pensarías de otro modo si hubieras pasado tu juventud en las fronteras del norte de Cimmeria! Asgard está situada al norte, y Vanaheim al noroeste de Cimmeria, y siempre hay guerras a lo largo de las fronteras.
—¿Cómo son esos hombres del norte? —preguntó Próspero.
—Altos y rubios, de ojos azules. Adoran al dios Ymir, el gigante de hielo, y cada tribu tiene su propio rey. Son rebeldes y salvajes. Combaten durante el día y beben cerveza y entonan canciones soeces por la noche.
—Entonces tú eres como ellos —se burló Próspero—. Te ríes a carcajadas, bebes bastante y cantas bellas canciones; aunque no conozco ningún otro cimmerio que beba nada que no sea agua o que ría o entone otra cosa que no sean cantos tristes.
—Puede que sea a causa de la tierra en la que viven —contestó el rey—. No existe una tierra más triste... de montañas, de bosques sombríos, cubierta por cielos casi siempre grises y fuertes vientos recorren sus lóbregos valles.
—No es de extrañar que sus hombres sean tristes —dijo Próspero encogiéndose de hombros, al tiempo que pensaba en las alegres y soleadas llanuras y en los azules y tranquilos ríos de Poitain, la provincia más meridional de Aquilonia.
—No tienen esperanza en esta vida ni en la otra —repuso Conan—. Sus dioses son Crom y su oscura estirpe, que reinan sobre un lugar tenebroso de tinieblas eternas que es el mundo de los muertos. ¡Mitra! Prefiero a los aesires.
—Bueno —sonrió Próspero—, los sombríos montes de Cimmeria están muy lejos de aquí. Y ahora debo irme. Beberé a tu salud una copa de vino blanco nemedio en la corte de Numa.
—Muy bien —gruñó el rey—, ¡pero besa a las bailarinas de Numa sólo en tu propio nombre, no vayas a crear complicaciones diplomáticas!
Su sonora carcajada se oyó fuera de la habitación.
El sol se ponía, y se fundía el verde brumoso de la floresta con un fugaz tono dorado. Sus débiles rayos se reflejaban en la gruesa cadena de oro que Dion de Attalus hacía girar sin cesar entre sus gruesos dedos, sentado en medio del vistoso conjunto de flores y árboles de su jardín. Movió su pesado cuerpo en el asiento de mármol y miró furtivamente en derredor, como buscando un enemigo al acecho. Estaba sentado dentro de un círculo de árboles de delgado tronco, cuyas ramas entrecruzadas proyectaban una espesa sombra sobre él. Muy cerca se oía una fuente, y otras, ocultas en varias partes del jardín, susurraban una melodía eterna.
Sólo acompañaba a Dion una oscura figura instalada en un banco de mármol, que observaba al barón con ojos sombríos. Dion prestaba poca atención a Toth-Amon. Sabía que era un esclavo en el que Ascalante confiaba, pero, al igual que muchos hombres ricos, ignoraba a los de menor rango social.
—No tienes por qué estar tan nervioso —dijo Toth—. El plan no puede fracasar.
—Ascalante puede cometer errores igual que cualquiera —contestó bruscamente Dion, estremeciéndose ante la sola idea del fracaso.
—Él no —repuso el estigio, riendo a carcajadas—, de otro modo yo no sería su esclavo, sino su amo.
—¿De qué hablas? —preguntó Dion malhumorado, poco atento a la conversación.
Toth-Amon se mordió los labios. A pesar del dominio que tenía de sí mismo, su odio, rabia y vergüenza reprimidas estaban a punto de estallar a la primera oportunidad. No había contado con que Dion no le viera como a un ser humano con cerebro e inteligencia, sino como a un simple esclavo, y, como tal, una criatura despreciable.
—Escúchame —dijo Toth—. Tú serás rey. Pero no conoces a Ascalante. No debes fiarte de él después de que Conan sea asesinado. Yo puedo ayudarte. Si me proteges cuando llegues al poder, te ayudaré. Escucha, señor. Fui un gran hechicero en el sur. Los hombres consideraban a Toth-Amon igual a Rammon. El rey Ctesphon de Estigia me hizo un gran honor rebajando a los otros brujos para elevarme a mí por encima de ellos. Me odiaban, pero me temían, pues yo controlaba a los seres de otro mundo, que acudían a mi llamada y obedecían mis órdenes. ¡Por Set, mis enemigos sabían que podían despertar a medianoche y sentir las garras de un horror insondable en la garganta! Practiqué magia negra y terrible con el Anillo de Set, que encontré en una oscura tumba bajo tierra, olvidada ya antes de que el primer hombre saliera arrastrándose del mar.
»Pero un ladrón me robó el Anillo, y mis poderes desaparecieron. Los brujos quisieron matarme, mas logré huir. Yo viajaba con una caravana por las tierras de Koth, disfrazado de pastor de camellos, cuando los salteadores de Ascalante nos atacaron. Asesinaron a todos los miembros de la caravana, excepto a mí mismo; me salvé al revelarle mi identidad a Ascalante, jurando servirle. ¡Ha sido una amarga esclavitud! Para tenerme en sus manos, escribió mi historia en un manuscrito sellado y se lo entregó a un eremita que vive en la frontera meridional de Koth. No puedo asesinarle mientras duerme, ni entregarle a sus enemigos, pues entonces el ermitaño abriría el manuscrito y lo leería... eso es lo que Ascalante le ordenó. Y luego haría correr el rumor en Estigia...
Toth se estremeció, y una palidez cenicienta tino su piel oscura.
—Los hombres de Aquilonia no me conocen —dijo—. Pero si mis enemigos de Estigia supieran mi paradero, medio mundo sería insuficiente para librarme de una muerte que haría estremecerse a una estatua de bronce. Solamente un rey con castillos y ejércitos de hombres armados podría protegerme. Y algún día encontraré el Anillo...
—¿Anillo? ¿Anillo?
Toth había subestimado el enorme egoísmo de aquel hombre. Dion ni siquiera había escuchado las palabras del esclavo, tan ensimismado como estaba en sus propios pensamientos, pero la última palabra le sacó de su distracción.
—¿Anillo? —repitió—. Eso me recuerda... mi anillo de la buena suerte. Se lo compré a un ladrón shemita que juró habérselo robado a un brujo del sur, y aseguró que me traería suerte. Le pagué lo suficiente, bien lo sabe Mitra. Por los dioses, ahora necesito suerte, pues con Volmana y Ascalante mezclándome en sus malditas intrigas... buscaré el anillo.
Toth dio un salto, la sangre le subió a la cabeza, mientras arrojaba llamas por los ojos con la furia pasmosa de un hombre que de pronto comprende la completa estupidez de un imbécil. Dion no le prestó atención. Levantando una tapa secreta en el asiento de mármol, rebuscó entre un montón de adornos de todas clases —amuletos bárbaros, trozos de hueso, bisuterías—, amuletos de la buena suerte que su naturaleza supersticiosa le había incitado a coleccionar.
—¡Ah, aquí está! —dijo triunfante mientras sacaba un extraño anillo.
Era de un metal parecido al cobre, y tenía la forma de una serpiente enroscada con la cola en la boca. Sus ojos eran unas piedras amarillas que brillaban siniestramente. Toth-Amon gritó como si lo hubiera golpeado, y Dion se volvió y miró boquiabierto su pálido rostro. Los ojos del esclavo ardían, tenía la boca completamente abierta, y las enormes y oscuras manos extendidas como garras.
—¡El Anillo! ¡Por Set! ¡El Anillo! —gritó—. Mi Anillo... el que me robaron...
El acero brilló en la mano del estigio, y con un movimiento de sus anchos y oscuros hombros clavó una daga en el grueso cuerpo del barón. El agudo quejido de Dion devino en gorgoteo, y su fofo cuerpo se desplomó como mantequilla disuelta. Estúpido hasta el final, murió aterrado, sin comprender por qué. Apartando el cadáver que yacía en el suelo, Toth aferró el anillo con las dos manos: de sus oscuros ojos se desprendía una aterradora avidez.
—¡Mi Anillo! —murmuró regocijado—. ¡Mi poder!
Ni siquiera el propio estigio supo cuánto tiempo había permanecido inclinado sobre el funesto objeto, inmóvil como una estatua, absorbiendo su aura maligna. Cuando despertó de su ensueño y alejó su mente de los negros abismos en los que había estado, la luna brillaba, proyectando largas sombras sobre el banco del jardín a cuyos pies se extendía la oscura forma del que había sido señor de Attalus.
—¡Ya se terminó, Ascalante, se acabó! —murmuró el estigio, y sus ojos enrojecieron como los de un vampiro en la oscuridad.
Cogió un puñado de sangre coagulada del charco en el que yacía su víctima y lo frotó contra los ojos de la serpiente de cobre, hasta que los destellos amarillos quedaron cubiertos por una máscara de color carmesí.—Cierra los ojos, serpiente mística —pronunció con espeluznante susurro—. ¡Cierra los ojos a la luz de la luna y ábrelos a los abismos más oscuros! ¿Qué ves, oh serpiente de Set? ¿A quién llamas en los abismos de la Noche? ¿De quién es la sombra que cae sobre la pálida luz? ¡Tráemelo, oh serpiente de Set!
Mientras acariciaba las escamas rítmicamente con la mano, trazando sobre el anillo un círculo que siempre volvía al punto de partida, su voz se atenuó aún más, y susurraba oscuros nombres y horripilantes conjuros olvidados en la faz de la tierra, pero no en los siniestros territorios de la oscura Estigia, donde formas monstruosas se agitan en la oscuridad de las tumbas. Una corriente de aire sopló a su alrededor, como el remolino que se produce en el agua cuando se sumerge una criatura. Un viento insondable y gélido —como si se hubiera abierto una puerta— le sopló en la cara. Toth sintió una presencia a sus espaldas, pero no se volvió para mirar. Mantuvo los ojos fijos en el mármol iluminado por la luna, sobre el que flotaba inmóvil una tenue sombra. Mientras continuaba susurrando sus conjuros, la sombra creció hasta convertirse en una forma clara y horripilante.
Parecía un mandril gigante, pero no un mandril de los que habitan en la tierra, ni siquiera en Estigia. Sin mirar, pero sacando de su cinto una sandalia de su amo —que siempre llevaba consigo con la débil esperanza de poder utilizarla cuando llegara el momento—, Toth la arrojó.
—¡Has de conocerle, esclavo del Anillo! —exclamó—. ¡Busca al que lo usó, y destrúyele! ¡Mírale a los ojos e incéndiale el alma antes de cortarle el cuello! ¡Mátale! Sí —agregó en una ciega explosión de ira—, a él y a todos los demás!
Recortada su figura contra el muro que iluminaba la luna, Toth vio que el monstruo inclinaba su deforme cabeza y lo olía como si hubiera sido un abominable sabueso. Entonces la siniestra cabeza se echó hacia atrás, la cosa se dio media vuelta y se fue como un viento entre los árboles. El estigio extendió los brazos con loco frenesí, y sus ojos y dientes brillaron a la luz de la luna. Un soldado que estaba de guardia fuera de las murallas gritó de horror al ver la enorme sombra negra con ojos ardientes que se alejaba de la muralla y pasaba a su lado como un huracán. Pero se alejó tan rápidamente que el atónito guerrero se quedó pensando si se habría tratado de un sueño o alucinación.
El rey Conan se encontraba solo en sus aposentos de cúpula dorada, durmiendo y soñando. A través de la bruma gris oyó una extraña llamada, débil y remota, y, aunque no la entendió, atravesó la bruma como un hombre que camina a través de las nubes. La voz se fue haciendo más nítida a medida que se acercaba, hasta que entendió lo que decía. Le estaba llamando a él a través de los abismos del Espacio o del Tiempo. Entonces la bruma se hizo menos densa, y vio que se encontraba en un enorme corredor oscuro que parecía hecho de sólida piedra negra. Estaba en penumbras, pero por alguna extraña razón, tal vez mágica, podía ver con claridad. El suelo, el techo y las paredes estaban pulidos y brillaban tenuemente, y en ellas habían sido talladas las figuras de héroes antiguos y de dioses casi olvidados.
Se estremeció al ver el contorno en sombras de los Ancianos Innominados, e intuyó que ningún pie mortal había pisado aquel corredor en siglos. Llegó hasta una amplia escalera tallada en la sólida roca, cuyos lados estaban adornados con símbolos esotéricos tan antiguos y terribles que al rey Conan se le erizó el cabello. Los peldaños estaban adornados con la figura tallada de Set, la Antigua Serpiente, de modo que a cada paso que daba apoyaba su pie en la cabeza de éste, tal como había ocurrido desde la antigüedad. El cimmerio se sentía desasosegado.
Pero la voz siguió llamándole, y finalmente, en una oscuridad impenetrable para sus ojos humanos, llegó hasta una extraña cripta y vio una figura de barba blanca sentada sobre una tumba. Conan se estremeció y aferró su espada, pero la figura le habló con voz sepulcral.
—Oh, humano, ¿me conoces?
—¡Por Crom que no! —juró el rey.
—Hombre —dijo el anciano—, soy Epemitreus.
—¡Pero Epemitreus el Sabio murió hace quince siglos! —balbució Conan.
—¡Escucha! —ordenó el otro—. Así como una piedra que se arroja a un lago envía ondas a la costa, los acontecimientos del Mundo Invisible han irrumpido como olas en mi sueño. Te he marcado, Conan de Cimmeria, y el sello de hechos fundamentales y trascendentes ha sido estampado sobre ti. Pero los demonios andan sueltos en la tierra, y tu espada no puede nada contra ellos.
—Hablas de forma enigmática —dijo Conan, inquieto—. Déjame ver a mi enemigo y le destrozaré el cráneo.
—Dirige tu furia bárbara contra tus enemigos de carne y hueso —repuso el anciano—. No es contra los hombres que he de protegerte. Hay mundos oscuros que el hombre desconoce, por los que andan monstruos informes; se trata de demonios que pueden ser atraídos desde los Vacíos Exteriores para que adopten una forma material y destrocen y devoren bajo las órdenes de magos malignos. Hay una serpiente en tu casa, oh rey, hay un reptil en tu reino, que ha venido de Estigia con la oscura sabiduría de las sombras en su alma lóbrega. Al igual que un hombre que sueña con una serpiente que se arrastra hacia él, he sentido la presencia maligna del acólito de Set. Está borracho de poder, y, cuando ataca a su enemigo, es capaz de destruir un reino. Te he llamado a fin de entregarte un arma para que luches contra él y contra su banda infernal.
—Pero ¿por qué? —preguntó Conan desconcertado—. Se dice que tú descansas en el negro corazón del Golamira, desde donde has enviado a tu fantasma de alas invisibles para ayudar a Aquilonia en épocas de necesidad, pero yo... soy un extranjero y un bárbaro.
—¡Paz! —repuso el otro, y su fantasmagórica voz resonó en la enorme caverna llena de sombras—. Tu destino y el de Aquilonia están unidos. Tremendos acontecimientos se están tejiendo en las entrañas del Destino, y un hechicero sediento de sangre no ha de interponerse ante el destino imperial.
»Hace siglos, Set rodeó el mundo como una serpiente pitón abraza a su presa. Toda mi vida, que duró lo que la vida de tres hombres corrientes, he luchado contra él. Le arrastré hasta las sombras del misterioso sur, pero en la oscura Estigia los hombres todavía veneran a quien nosotros consideramos el archidemonio. De la misma manera que he luchado contra Set, ahora peleo contra sus adoradores y acólitos. Dame tu espada.
Conan, asombrado, se la dio, y el anciano trazó en la hoja un extraño símbolo que brillaba como el fuego entre las sombras. Y al instante la cripta, la tumba y el anciano desaparecieron, y Conan, desconcertado, se levantó de un salto del lecho que se encontraba en la enorme habitación de cúpula dorada. Y cuando se levantó, todavía aturdido por el extraño sueño, se dio cuenta de que estaba sosteniendo la espada en la mano. Y se le erizó el cabello al notar que en la hoja había un símbolo grabado; se trataba de la silueta de un fénix.
Recordó que en la tumba vista en sueños le había parecido ver una figura similar, tallada en la piedra. Ahora se preguntaba si se trataría de una figura de piedra, y se estremeció al pensar lo extraño que era todo aquello. Entonces un sonido furtivo que oyó en el pasillo lo hizo volver en sí, y sin detenerse a averiguar de qué se trataba comenzó a ponerse la armadura. Volvía a ser el bárbaro receloso y alerta como un lobo acorralado.
En el silencio que reinaba en el corredor del palacio del rey, acechaban veinte siluetas furtivas. Sus sigilosos pies, descalzos o cubiertos con sandalias de suave cuero, no hacían ningún ruido sobre la gruesa alfombra que cubría el suelo de mármol. Las antorchas que había en la pared arrojaban destellos rojizos sobre las dagas, espadas y hachas de combate.
—¡Silencio! —susurró Ascalante—. ¡No respiréis tan pesadamente, quienquiera que sea el que lo esté haciendo! El oficial de la guardia nocturna ha dejado muy pocos centinelas en el palacio, y los ha emborrachado, pero de todos modos debemos andarnos con cautela. ¡Atrás! ¡Aquí vienen los guardias!
Se apiñaron detrás de unas columnas talladas, e inmediatamente diez gigantes con armadura negra pasaron a su lado. Miraron extrañados al oficial que se los llevaba de sus puestos. Éste estaba pálido en el momento en que los guardias pasaron junto al escondite de los conspiradores, y se secaba el sudor de la frente con mano temblorosa. Era joven, y no le resultaba fácil traicionar a un rey. Maldijo mentalmente sus extravagancias, que le habían endeudado con los prestamistas, convirtiéndolo en juguete de políticos intrigantes. Los guardias siguieron de largo y desaparecieron en el corredor.
—¡Muy bien! —dijo Ascalante sonriendo—. Conan está durmiendo sin protección. ¡De prisa! Si nos cogen mientras le matamos, estamos perdidos... pero nadie abrazará la causa de un rey muerto.
—¡Sí, daos prisa! —ordenó Rinaldo cuyos ojos azules centelleaban bajo el brillo de la espada—. ¡Mi sable está sediento de sangre! ¡Escucho el ruido de los buitres! ¡Adelante!
Avanzaron rápidamente por el corredor y se detuvieron ante una puerta dorada, que tenía grabado el símbolo del dragón real de Aquilonia.
—¡Gromel! —gritó Ascalante—. ¡Tira abajo esta puerta!
El gigante respiró hondo y se abalanzó sobre la puerta, que chirrió y se combó ante el impacto. El hombre dio un paso atrás y volvió a la carga. La puerta se hizo pedazos con ruido de goznes salidos y de madera destrozada, y cayó hacia adelante.
—¡Entrad! —bramó Ascalante, inflamado de odio.
—¡Adelante! —gritó Rinaldo—. ¡Muerte al tirano!
Al entrar, se detuvieron en seco. Conan estaba frente a ellos, despierto y al acecho, con la armadura puesta y su enorme espada en la mano, y no desnudo y dormido como ellos esperaban.
Durante un instante, la escena se congeló —los cuatro nobles rebeldes al lado de la puerta destrozada, y la horda de salvajes que les seguía— y todos se quedaron paralizados al ver al gigante de ojos fogosos de pie, con la espada en la mano, en el centro de la habitación iluminada por las velas. En aquel momento Ascalante vio sobre una pequeña mesa que había en el lecho real el cetro de plata y la pequeña corona dorada de Aquilonia, y sintió que enloquecía de deseo.
—¡Adelante, bribones! —gritó el proscrito—. ¡Somos veinte contra uno, y él no lleva casco!
Era cierto; no había tenido tiempo de ponerse el pesado casco ni las placas laterales de la coraza, ni de coger el enorme escudo de la pared. Pero aun así, Conan estaba mejor protegido que cualquiera de sus enemigos, salvo Volmana y Gromel, que llevaban armadura completa. El rey les miró, sin saber quiénes eran. No conocía a Ascalante, y Rinaldo llevaba la cara cubierta con la armadura. Pero no había tiempo para conjeturas. Dando gritos que se elevaban hasta el techo, los asesinos entraron en la habitación, con Gromel a la cabeza. Éste entró embistiendo como un toro, espada en mano para dar la primera estocada. Conan se acercó a él de un salto, blandiendo la espada con todas sus fuerzas. El enorme sable trazó un arco en el aire y golpeó el casco del bosonio. La hoja y el casco vibraron, y Gromel cayó al suelo, muerto. Conan dio un paso atrás, aferrando la empuñadura rota.
—¡Gromel! —exclamó al tiempo que escupía, con los ojos centelleando de asombro, cuando el casco hendido dejó ver la cabeza destrozada.
En ese momento, el resto del grupo se abalanzó sobre él. La punta de una daga le rozó las costillas a través de la armadura. El filo de una espada brilló delante de sus ojos. Apartó al hombre que empuñaba la daga con la mano izquierda, y le golpeó la sien con la empuñadura rota. Los sesos del hombre le salpicaron la cara.
—¡Cinco de vosotros, vigilad la puerta! —gritó Ascalante, que se debatía en medio de un remolino de acero, pues temía que Conan huyera.
Los bribones se quedaron inmóviles, mientras su jefe cogía a algunos de ellos y los empujaba hacia la puerta. En aquel preciso instante, Conan saltó en dirección a la pared y cogió un hacha que colgaba allí. Con la espalda contra la pared, se enfrentó a los hombres y saltó en medio del círculo formado por éstos. El cimmerio nunca peleaba a la defensiva; aun en la situación más desventajosa y desesperada, no permitía que el enemigo tomara la iniciativa. Cualquier otro hombre hubiera muerto en aquellas circunstancias y, a decir verdad, Conan no tenía muchas esperanzas de sobrevivir, pero deseaba con todas sus fuerzas infligir el mayor daño posible antes de que le mataran. Su espíritu de bárbaro estaba lleno del ardor de la batalla, y los cantos de guerra de los antiguos héroes resonaban en sus oídos.
Cuando saltó desde la pared, su hacha derribó, hizo que un enemigo cayera con el brazo cercenado, y de un terrible revés aplastó el cráneo de otros. Las espadas gemían vengativas a su alrededor, pero la muerte sólo le rozaba a una distancia de milímetros. El cimmerio se movía con cegadora velocidad. Parecía un tigre rodeado de simios, y al saltar, esquivar y atacar ofrecía un blanco en perpetuo movimiento al tiempo que su hacha tejía un manto de muerte a su alrededor.
Durante unos instantes, los asesinos le rodearon con fiereza, atacando, pero su mismo número era una desventaja, porque chocaban unos contra otros; luego retrocedieron. Los dos cadáveres que había en el suelo daban fe de la furia del rey, si bien Conan sangraba por varias heridas que tenía en el brazo, el cuello y las piernas.
—¡Bellacos! —gritó Rinaldo, quitándose el casco emplumado—. ¿Estáis acobardados? ¿Es que el déspota ha de seguir viviendo? ¡Acabad con él!
Y se lanzó hacia adelante, dando estocadas como un loco, pero Conan, al reconocerle, le quitó la espada de un hachazo, y le arrojó al suelo con un fuerte empujón. El rey recibió una estocada de Ascalante en el brazo izquierdo, pero éste a duras penas logró salvar la vida, amenazada por el hacha del cimmerio. Uno de los bribones se arrojó a los pies de Conan; después de luchar por un momento con lo que parecía una sólida torre de hierro, levantó la mirada y vio el hacha, pero fue tarde para eludirla. En el ínterin, uno de sus compañeros levantó la espada con ambas manos y atravesó la placa que cubría el hombro izquierdo del rey, hiriéndole. En un segundo, la coraza de Conan quedó cubierta de sangre. Volmana, incitando a los atacantes con su salvaje impaciencia, avanzó con una expresión asesina en el rostro e intentó hundir su arma en la cabeza, descubierta de Conan. El rey se agachó rápidamente y el sable le cortó un mechón de pelo negro. El cimmerio giró sobre sus talones y atacó. El hacha se clavó a través de la coraza de acero, y Volmana cayó al suelo con una herida en el costado.
—¡Volmana! —dijo Conan sin aliento—. Vete a conspirar al infierno...
Inmediatamente se aprestó a enfrentarse a Rinaldo, que atacaba con salvaje furia, armado tan sólo con una daga. Conan saltó hacia atrás, levantando el hacha.
—¡Rinaldo! —dijo con desesperación—. ¡Atrás! No quiero matarte...
—¡Muere, tirano! —gritó el enloquecido juglar, abalanzándose sobre el rey.
Conan demoró el golpe que estaba a punto de descargar hasta que ya fue tarde. Pero cuando sintió el acero en el costado, atacó con ciega desesperación. Rinaldo cayó al suelo con el cráneo destrozado, y Conan retrocedió hasta la pared, cubierto con la sangre que manaba de sus heridas.
—¡Ataca ahora, y mátale! —gritó Ascalante.
Conan apoyó la espalda contra la pared y levantó el hacha. Estaba de pie, como la imagen del primitivo indomable —las piernas separadas, la cabeza echada hacia adelante, una mano apoyada en la pared, la otra aferrando el hacha, con los enormes músculos en tensión, como cuerdas de hierro, y el rostro congelado en una furiosa mueca—, y los ojos le centelleaban a través de la nube de sangre que estaba velándolos. Los hombres titubearon... aunque fueran salvajes, criminales y disolutos, pertenecían a la llamada civilización, y frente a ellos estaba el bárbaro... el hombre que tenía el hábito de matar. Se acobardaron al verlo... el tigre moribundo aún podía darles muerte. Conan percibió su incertidumbre y sonrió con una mueca feroz.
—¿Quién ha de morir primero? —musitó con la boca herida y los labios cubiertos de sangre.
Ascalante saltó como un lobo con increíble rapidez y se agachó para eludir la muerte que se le acercaba siseando. Giró frenéticamente sobre sus talones para esquivarla y rodó por el suelo, mientras Conan se recuperaba del golpe fallido y atacaba de nuevo. Esta vez el hacha se hundió varias pulgadas en el suelo, cerca de las piernas de Ascalante. Otro forajido eligió aquel momento para atacar, seguido por sus compañeros. Trató de matar a Conan antes de que el cimmerio pudiera arrancar el hacha del suelo, pero calculó mal. El bárbaro cogió el hacha manchada de sangre y le asestó un golpe a su enemigo. Una caricatura de hombre de color carmesí fue arrojada hacia atrás entre las piernas de los atacantes.
Entonces, un grito terrible surgió de labios de los bribones que estaban en la puerta, pues habían visto una negra sombra deforme sobre la pared. Ascalante se dio media vuelta al oír el grito, y aullando y blasfemando como perros, salieron corriendo por el pasillo. Ascalante no miró en dirección a la puerta; sólo tenía ojos para el rey herido. Suponía que el ruido de la batalla habría despertado a la gente del palacio, y que los guardias leales estarían a punto de prenderle, aunque le resultaba extraño que sus bribones gritaran de aquella manera al huir. Conan no miró hacia la puerta, porque estaba contemplando al proscrito que tenía los ojos ardientes del lobo moribundo. Ni siquiera en aquel momento abandonó a Ascalante su cínica filosofía.
—Todo parece estar perdido, especialmente el honor —murmuró—. Sin embargo, el rey se está muriendo de pie... y...
No se sabe qué otros pensamientos le pasaron por la cabeza, porque en mitad de la frase se acercó a Conan, en el preciso instante en que el cimmerio se limpiaba con una mano la sangre que le cubría la cara. Pero en el momento en que atacó, hubo un extraño movimiento en el aire, y sintió una cosa terriblemente pesada entre los hombros. Cayó al suelo, y unos enormes colmillos se hundieron dolorosamente en su carne. Retorciéndose con desesperación, volvió la cabeza y vio el rostro de la Pesadilla y de la locura. Encima de él había una enorme cosa negra, que él sabía que no había nacido en un mundo humano. Tenía los negros colmillos de la cosa cerca de su garganta, y la mirada de sus ojos amarillos le quemó las extremidades como un viento mortífero quema la mies en el campo.
Su rostro abominable trascendía la mera animalidad. Podía tratarse del rostro de una momia antigua y maligna, animada con demoníaca vida. En aquellos rasgos repelentes, los ojos desorbitados del proscrito creían ver una especie de sombra en medio de la locura que le rodeaba, una cierta similitud terrible con el esclavo Toth-Amon. Entonces, la filosofía cínica y autosuficiente de Ascalante le abandonó, y murió con un grito aterrador antes de que los babeantes colmillos lo tocaran. Conan, limpiándose la sangre que le cubría la cara, miraba atónito. Al principio pensó que lo que había sobre el cuerpo retorcido de Ascalante era un enorme sabueso negro, pero luego se dio cuenta de que no se trataba de un perro sino de un mono.
Con un aullido que parecía el eco del grito de agonía de Ascalante, se alejó de la pared y se enfrentó a la cosa con un golpe de hacha en el que se había concentrado toda la fuerza desesperada de sus electrizados nervios. El arma que había arrojado brilló desde el cráneo que habría tenido que destrozar, y el rey fue arrojado a través de la habitación por el impacto del gigantesco cuerpo. Las mandíbulas babeantes se cerraron sobre el brazo con el que Conan se protegía la garganta, pero el monstruo no hizo ningún esfuerzo por matarle. Lanzó una mirada demoníaca por encima de su brazo destrozado y la clavó en los ojos de Conan, en los que comenzaban a reflejarse el horror que se expresaba en los ojos muertos de Ascalante. Conan sintió que el alma le ardía y comenzaba a salirse de su cuerpo para hundirse en los abismos amarillos del horror cósmico que brillaban con fantasmagórico resplandor en el caos informe que crecía a su alrededor. Aquellos ojos crecían y crecían, y Conan vislumbró en ellos la realidad de todos los horrores abismales y blasfemos que acechan en la oscuridad exterior del vacío informe, y de los negros abismos siderales. Abrió su boca manchada de sangre para gritar su odio y su repugnancia, pero de sus labios sólo le surgió un chasquido.
Pero el horror que había paralizado y destruido a Ascalante inflamó al cimmerio con una terrible furia similar a la locura. Con un impulso volcánico de todo su cuerpo, saltó hacia atrás, indiferente al dolor que sentía en el brazo destrozado, arrastrando al monstruo. Y su mano fue a dar con algo que su aturdido cerebro reconoció como la empuñadura de su espada rota. La aferró instintivamente y la empuñó con todas sus fuerzas, como si se hubiera tratado de una daga. La hoja rota se hundió profundamente, y el brazo de Conan quedó libre cuando la repelente boca se abrió en un último suspiro de agonía. El rey fue arrojado a un lado, y, apoyándose en una mano, vio las terribles convulsiones del monstruo, de cuyas heridas brotaba sangre espesa. Y mientras todavía le observaba, sus movimientos cesaron y se quedó tendido en el suelo, sacudiéndose con espasmos, al tiempo que miraba hacia arriba con sus ojos muertos. Conan parpadeó y se limpió la sangre de la cara. Le parecía que la cosa se derretía y se desintegraba, convirtiéndose en una masa viscosa e informe.
Entonces llegó a sus oídos una confusión de voces, y la habitación se llenó de gente del palacio —caballeros, nobles, damas, hombres de armas, consejeros— que balbucían, gritaban y chocaban unos con otros. Allí estaban los Dragones Negros, enloquecidos de ira, maldiciendo, con las manos en las empuñaduras y juramentos en los labios. No se veía al joven oficial de la guardia por ningún lado, a pesar de que le buscaron afanosamente.
—¡Gromel! ¡Volmana! ¡Rinaldo! —exclamaba Publius, el consejero jefe, metiendo sus manos regordetas entre los cadáveres—. ¡Negra traición! ¡Alguien ha de pagar por esto! Llamad a los guardias.
—¡La guardia está aquí, viejo estúpido! —dijo imperiosamente Palantides, el comandante de los Dragones Negros, olvidando el rango de Publius en aquel tenso momento—. Será mejor que dejes de chillar y nos ayudes a vendar las heridas del rey. Da la impresión de que va a morir desangrado.
—¡Sí, sí! —gritó Publius, que era un hombre de ideas más que de acción—. Debemos vendarle las heridas. ¡Manda a buscar a todos los médicos de la corte! ¡Oh, mi señor, qué vergüenza para la ciudad! ¿Estás completamente muerto?
—¡Cerdo! —dijo el rey desde el lecho en el que le habían colocado.
Le acercaron una copa a los labios manchados de sangre y bebió como un hombre medio muerto de sed.
—¡Bien! —dijo con un gruñido—. Matar reseca la garganta.
Los hombres consiguieron detener la hemorragia, y la vitalidad innata del bárbaro se puso de manifiesto una vez más.
—Curad primero las heridas del costado —dijo a los médicos de la corte—. Rinaldo me escribió una canción de muerte allí, y la pluma estaba muy afilada.
—Deberíamos haberle ahorcado hace tiempo —farfulló Publius—. No se puede esperar nada bueno de los poetas... ¿quién es éste? Tocó con nerviosismo el cadáver de Ascalante con el pie.—¡Por Mitra! —exclamó el comandante—. ¡Es Ascalante, el conde de Thune! ¿Qué diablos le trajo aquí desde el desierto?
—Pero ¿por qué tiene esa expresión en el rostro? —preguntó Publius con un susurro, alejándose, con los ojos desorbitados y erizado el cabello.
Los demás permanecieron en silencio mientras contemplaban al proscrito muerto.
—Si hubieras visto lo que él y yo vimos —gruñó el rey, incorporándose a pesar de las protestas de los médicos—, no te sorprenderías. Lo verás con tus propios ojos si miras...
Se interrumpió en mitad de la frase, boquiabierto, señalando con un dedo el vacío. En el lugar en el que había estado el monstruo muerto, no se veía más que el suelo de mármol.
—¡Por Crom! —juró—. ¡La cosa se ha hundido con la materia hedionda de la que surgió!
—El rey está delirando —susurró un noble. Conan le oyó y profirió un juramento bárbaro.
—¡Por Badb, por Morrigan, por Macha y por Nemain! —dijo furioso—. ¡Estoy cuerdo! Era como una mezcla de momia estigia y mandril. Entró por la puerta, y los bribones de Ascalante huyeron al verle. Mató a Ascalante, que estaba a punto de atravesarme con la espada. Entonces vino hacia mí y lo maté... no sé cómo, porque mi hacha rebotó como si se hubiera tratado de una roca. Pero creo que el Sabio Epemitreus tuvo algo que ver con esto...
—¡Escucha cómo pronuncia el nombre de Epemitreus, muerto hace mil quinientos años! —se decían unos a otros en voz baja.
—¡Por Ymir! —exclamó el rey con voz tronante—. ¡Esta noche hablé con Epemitreus! Me llamó en sueños, y yo avancé por un corredor de piedra negra en el que había tallas de antiguos dioses, en dirección a una escalera también de piedra, en cuyos peldaños había figuras de Set, hasta que llegué a una cripta en la que había una tumba con un fénix tallado...
—¡En nombre de Mitra, mi señor! ¡Calla! —dijo el sumo sacerdote de Mitra, con el rostro ceniciento.
Conan sacudió la cabeza como un león agita la melena, y habló como un gruñido de bestia salvaje.
—¿Acaso soy un esclavo, para callarme porque tú me lo ordenes?
—¡No, no, mi señor! —repuso el sumo sacerdote temblando, pero no de miedo, ante la cólera del rey—. No tenía intenciones de ofenderte. Luego se acercó a Conan y le dijo algo al oído.
—Mi señor, esta cuestión está más allá de la comprensión humana. Sólo un pequeño grupo de sacerdotes conoce el secreto del corredor de piedra negra que manos desconocidas esculpieron en el negro corazón del monte Golamira, o acerca de la tumba protegida por el fénix en la que fue enterrado Epemitreus hace mil quinientos años. Y desde entonces ningún ser humano ha entrado allí, porque los elegidos, después de colocar al Sabio en la cripta, cerraron la entrada del corredor de modo que nadie pudiera encontrarla, y hoy en día ni siquiera los sumos sacerdotes saben dónde está. El pequeño grupo de acólitos de Mitra conoce sólo de oídas, por boca de los sumos sacerdotes, el lugar del reposo eterno de Epemitreus en el negro corazón de Golamira, y guardan celosamente el secreto. Éste es uno de los Misterios en los que se basa el culto de Mitra.
—No sé por medio de qué artes mágicas Epemitreus me llevó hasta él —repuso Conan—. Pero yo he hablado con él, y me hizo una marca en la espada. No sé por qué esa señal resultó mortífera para los demonios, ni qué magia había en ella, pero aunque la espada se rompió al golpear el casco de Gromel, el fragmento que quedó fue lo bastante largo como para matar al monstruo.
—Déjame ver tu espada —susurró el sumo sacerdote con la garganta seca.
Conan le enseñó la espada rota, y el sumo sacerdote lanzó un grito y se puso de rodillas.
—¡Mitra nos proteja contra el poder de las tinieblas! —dijo jadeando—. ¡En la espada está grabado el emblema del fénix inmortal que se cierne eternamente sobre su tumba! ¡Es el signo secreto que sólo él puede hacer! ¡Rápido, una vela! ¡Mirad otra vez en el lugar donde el rey dice que murió el demonio!
Éste había yacido a la sombra de un biombo roto. Arrojaron el biombo a un lado y alumbraron el suelo con la luz de la vela. En la habitación reinaba un silencio estremecedor mientras buscaban la señal. Poco después algunos caían de rodillas al suelo invocando a Mitra, y otros huían gritando de la habitación. Allí en el suelo, en el lugar donde había muerto el monstruo, yacía una sombra tangible, una enorme mancha oscura que no se podía borrar; la cosa había dejado su contorno claramente marcado con su sangre, y aquel contorno no se parecía al de ningún ser conocido en el mundo. Estaba allí, terrible y siniestro, como la sombra de uno de los dioses mono que se agazapan en los sombríos altares de los oscuros templos de Estigia".
Robert E. Howard
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