El Recolector de Historias

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lunes, 19 de octubre de 2015

"Los Hijos de la Noche"

"Recuerdo que había seis de nosotros en el extrañamente amueblado estudio de Conrad, con sus reliquias exóticas de todas las partes del mundo y sus largas hileras de libros que abarcaban desde la edición Mandrake Press de Boccaccio hasta el Missale Romanum, encuadernado en guardas de roble e impreso en Venecia, en 1740. Clemants y el profesor Kirowan acababan de enzarzarse en una discusión un tanto tempestuosa sobre un tema antropológico: Clemants sosteniendo la teoría de una raza alpina separada y diferenciada, mientras que el profesor mantenía que la susodicha raza era meramente una desviación del tronco ario original... posiblemente el resultado de una mezcla entre las razas mediterráneas o del sur y el pueblo nórdico.

-¿Y cómo -preguntó Clemants- explica usted su braquicefalia? El cráneo de los mediterráneos era tan largo como el de los arios: ¿acaso una mezcla entre esos pueblos dolicocéfalos produciría un tipo intermedio de cráneo ancho?
-Condiciones especiales podrían ocasionar un cambio en una raza originalmente de cráneo largo -replicó bruscamente Kirowan-. Boaz, por ejemplo, ha demostrado que en el caso de los inmigrantes en América, las formas del cráneo suelen cambiar en una sola generación. Y Flinders Petrie ha probado que los lombardos cambiaron de una raza de cráneo alargado a una de cráneo redondeado en unos cuantos siglos.
-Pero, ¿qué causó tales cambios?
-Aún queda mucho que la ciencia ignora -respondió Kirowan-, y no es preciso que seamos dogmáticos. Nadie sabe todavía por qué la gente de antepasados ingleses e irlandeses tiende a alcanzar alturas fuera de lo común en el distrito Darling de Australia, o por qué la gente de tal descendencia generalmente tiene la estructura de la mandíbula más delgada después de unas cuantas generaciones en Nueva Inglaterra. El universo está lleno de cosas inexplicables.
-Y de ahí resulta que sea poco interesante, según Machen -dijo riendo Taveral.

Conrad sacudió la cabeza.

-Debo mostrar mi desacuerdo. Para mí lo incognoscible presenta una fascinación extraordinaria.
-Lo que explica, sin duda alguna, todas las obras sobre brujería y demonología que veo en tus estanterías -dijo Ketrick, con un gesto de la mano hacia las hileras de libros.

Y déjenme que les hable de Ketrick. Cada uno de los seis era de la misma ascendencia... es decir, bretón o americano de ascendencia británica. Por británica, incluyo a todos los habitantes naturales de las Islas Británicas. Representábamos varias corrientes de sangre celta e inglesa pero, básicamente, esas corrientes eran la misma. Excepto Ketrick: ese hombre siempre me pareció extrañamente ajeno. Sólo en sus ojos aparecía externamente la diferencia. Eran de una especie de ámbar, casi amarillo, y ligeramente oblicuos. A veces, cuando le mirabas a la cara desde ciertos ángulos, parecían sesgados como los de un chino.

Otros, aparte de mí, habían notado tal rasgo, tan inusual en un hombre de pura descendencia anglosajona. Los mitos usuales adscribiendo sus ojos rasgados a cierta influencia prenatal habían sido rebatidos, y recuerdo que el profesor Hendrik Booler señaló una vez que Ketrick era indudablemente un atavismo, representando una reversión del tipo a cierto borroso y distante antepasado de sangre mongola... una especie de rara regresión, ya que nadie de su familia mostraba tales rasgos.

Pero Ketrick procede de la rama galesa de los Cetric de Sussex, y su linaje está inscrito en el Libro de los Pares. Allí puede leerse la línea de sus antepasados que se extiende sin ninguna interrupción hasta los días de Canuto. Ni la más ligera señal de mezcla mongoloide aparece en la genealogía y, ¿cómo podía darse tal mezcla en la vieja Inglaterra sajona? Pues Ketrick es la forma moderna de Cedric, y aunque esa rama huyó a Gales antes de la invasión de los daneses, sus herederos varones se casaron tozudamente con familias inglesas de las marcas fronterizas, y sigue siendo un puro linaje de los poderoso Cedric de Sussex... casi sajón puro. En cuanto al hombre mismo, este defecto de sus ojos, si puede llamársele defecto, es su única anormalidad, excepto un ligero y ocasional tartamudeo. Posee un elevado intelecto y es un buen compañero excepto por una ligera tendencia al distanciamiento y una bastante profunda indiferencia que puede servir para enmascarar una naturaleza que sea extremadamente sensible.

Refiriéndose a su comentario, dije con una carcajada:

-Conrad persigue lo oscuro y lo místico como algunos hombres persiguen el romanticismo; sus estanterías se hallan atestadas con deliciosas pesadillas de toda clase.

Nuestro anfitrión asintió.

-Encontraréis gran número de platos deliciosos... Machen, Poe, Blackwood, Maturin... mirad, un banquete fuera de lo común... Misterios Horrendos, por el Marqués de Grosse... la auténtica edición del siglo XVIII.

Taveral examinó las estanterías.

-La ficción fuera de lo común parece mezclarse con obras sobre brujería, vudú y magia negra. Cierto; los historiadores y las crónicas son a menudo aburridas; pero nunca los tejedores de historias... los maestros, quiero decir. Un sacrificio vudú puede ser descrito de modo tan aburrido como para quitarle toda la fantasía y dejarlo meramente en un sórdido crimen. Admitiré que pocos escritores de ficción alcanzan las auténticas cimas del horror... la mayor parte de su obra es demasiado concreta, poseyendo un exceso de dimensiones y forma terrestre. Pero en relatos como La caída de la Casa de Usher, de Poe, el Sello Negro, de Machen y La llamada de Cthulhu de Lovecraft -los tres genios del cuento de horror, a mi entender- el lector es arrastrado a los oscuros reinos exteriores de la imaginación.
-Pero mirad ahí -continuó-, ahí, aprisionado entre esa pesadilla de Huysman y El castillo de Otranto, de Walpole... los Cultos Innombrables de Von Junzt. ¡Ahí hay un libro para tenerte despierto por la noche!
-Lo he leído -dijo Taverel-, y estoy convencido de que ese hombre está loco. Su obra es como la conversación de un maníaco... discurre con asombrosa claridad durante cierto tiempo, luego se sumerge de pronto en vaguedades y balbuceos inconexos.

Conrad sacudió la cabeza.

-¿Pensaste alguna vez que es quizás su misma cordura la que le hace escribir de ese modo? ¿Que acaso no se atreve a poner sobre el papel todo lo que sabe? ¿Que acaso sus vagas suposiciones son indicios oscuros y misteriosos, claves del rompecabezas, para aquellos que saben?
-¡Paparruchas! -dijo Kirowan-. ¿Pretendes insinuar que alguno de los cultos de pesadilla a los que se refiere Von Junzt han sobrevivido hasta la fecha actual... si es que existieron alguna vez salvo en el cerebro obsesionado de un poeta y filósofo lunático?
-No sólo él usaba los significados ocultos -respondió Conrad-. Si examinas varias obras de ciertos grandes poetas puedes hallar dobles sentidos. Los hombres han dado con secretos cósmicos en el pasado y han revelado indicios de ellos al mundo en palabras crípticas. ¿Recuerdas las alusiones de Von Juntz a una «ciudad en medio de la desolación»? ¿Qué piensas del párrafo de Flecker?:

¡No pases por allí! Dicen los hombres que en pétreos desiertos florece aún una rosa. Pero que no hay escarlata en su pétalo... y de cuyo corazón no fluye perfume alguno.

Los hombres pueden encontrar por azar cosas secretas, pero Von Juntz llegó a profundizar en misterios prohibidos. Por ejemplo, era uno de los pocos hombres que podían leer el Necronomicon en la traducción griega original. Teveral se encogió de hombros y el profesor Kirowan no replicó directamente, aunque resopló y chupó furiosamente su pipa; pues él, al igual que Conrad, había estudiado la versión latina del libro y había encontrado allí cosas que ni siquiera un científico de sangre fría podía responder o refutar.

-Bien -dijo finalmente-, suponed que admitimos la antigua existencia de cultos girando en torno a tales dioses y entidades innombrables y horrendas como Cthulhu, Yog Sothoth, Tsathoggua, Gol-Goroth y otros parecidos, sigo sin poder creer que supervivientes de tales cultos acechen en los rincones oscuros del mundo.

Para nuestra sorpresa Clemants respondió. Era un hombre alto y delgado, silencioso casi hasta la taciturnidad, y su feroz lucha con la pobreza en su juventud había ajado su rostro por encima de su edad. Como muchos otros artistas, vivía una vida literaria claramente dual, con sus novelas de capa y espada proporcionándole saneados ingresos, y su posición editorial en La Pezuña Hendida permitiéndole una total expresión artística. La Pezuña Hendida era una revista de poesía cuyos extraños contenidos habían despertado a menudo el interés escandalizado de los críticos conservadores.

-Recordaréis que Von Juntz menciona a un llamado culto de Bran -dijo Clemants, llenando la cazoleta de su pipa con una clase particularmente repulsiva de tabaco común-. Creo que una vez os oí a ti y a Taverel discutiéndolo.
-Como infiero de tus insinuaciones -replicó bruscamente Kiroan-, Von Junzt incluye este culto particular entre los que aún existen. Absurdo.

Clemants negó nuevamente con la cabeza.

-Cuando era joven y me abría paso a traves de cierta universidad, tenía por compañero de cuarto a un muchacho tan pobre y ambicioso como yo. Si te dijera su nombre, te asombrarías. Aunque provenía de un viejo linaje escocés de Galloway, era obviamente de tipo no-ario. Esto lo digo con la mayor discreción, entendedme. Pero mi compañero de cuarto hablaba en sueños. Empecé a escuchar y recompuse sus balbuceos dispersos. Y en lo que murmuraba oí por primera vez el viejo culto aludido por Von Juntz; del rey que rige el Imperio Oscuro, el cual revivía un imperio más viejo y oscuro aún que se remontaba a la Edad de Piedra; y de la gran caverna sin nombre donde se halla el Hombre Oscuro... la imagen de Bran Mak Morn, tallada según su semejanza por la mano de un maestro mientras el gran rey aún vivía, y a la cual cada adorador de Bran peregrina una vez en su vida. Sí, ese culto vive hoy en los descendientes del pueblo de Bran... una corriente silenciosa y desconocida que afluye al gran océano de la vida, esperando que la imagen de piedra del gran Bran aliente y se mueva con una vida repentina, y salga de la gran caverna para reconstruir su imperio perdido.
-¿Y quiénes eran el pueblo de ese imperio? –preguntó Ketrick.
-Pictos -respondió Taverel-, indudablemente el pueblo conocido después como los pictos salvajes de Galloway era predominantemente celta... una mezcla de elementos gaélicos, címricos, aborígenes y posiblemente teutónicos. Si tomaron su nombre de la raza más antigua o le prestaron su propio nombre a esa raza, es una cuestión que resta por decidir. Pero cuando Von Junzt habla de pictos, se refiere específicamente a los pueblos pequeños y morenos de sangre mediterránea, comedores de ajo, que trajeron la cultura neolítica a Inglaterra. Los primeros pobladores de ese país, de hecho, que hicieron surgir los cuentos de duendes y espíritus de la tierra.
-No puedo estar de acuerdo con esa última aseveración -dijo Conrad . Esas leyendas confieren a sus personajes la deformidad y la inhumanidad de su apariencia. No había nada en los pictos para suscitar tal horror y repulsión en los pueblos arios. Creo que los mediterráneos fueron precedidos por un tipo mongoloide, muy bajo en la escala de la evolución, de donde tales historias...
-Muy cierto -interrumpió Kirowan-, pero me cuesta pensar que precedieron a los pictos, como les llamas, en Inglaterra. Encontramos leyendas de trolls y enanos en todo el continente, y me inclino a pensar que tanto el pueblo ario como el mediterráneo trajeron esas historias con ellos del continente. Esos primeros mongoloides debían ser de un aspecto extremadamente inhumano.
-Al menos -dijo Conrad-, aquí hay un mazo de pedernal que un minero halló en las colinas galesas y me entregó, que nunca ha sido totalmente explicado. Obviamente no es de fabricación neolítica ordinaria. Ved lo pequeño que es comparado a la mayoría de herramientas de tal edad; casi como el juguete de un niño; y con todo es sorprendentemente pesado y sin duda podía propinarse con él un golpe mortífero. Yo mismo le encajé el mango y os sorprendería saber lo difícil que fue tallarlo con la forma y el equilibrio correspondientes a la cabeza.

Contemplamos el objeto. Estaba bien hecho, pulido en algún modo como los otros restos del neolítico que había visto pero, como decía Conrad, era extrañamente diferente. Su pequeño tamaño producía una rara inquietud, pues en ningún modo tenía la apariencia de un juguete. Era tan siniestro en lo que sugería como una daga de sacrificio azteca. Conrad había moldeado el mango de roble con rara habilidad, y al tallarlo para encajarlo en la cabeza, se las había arreglado para darle la misma apariencia antinatural que tenía el propio mazo. Incluso había copiado el modo de trabajar de los tiempos primigenios, fijando la cabeza a la hendidura del mango con tiras de cuero.

-¡A fe mía! -dijo Taverel a la vez que lanzaba un torpe golpe a un antagonista imaginario y estuvo a punto de romper un costoso jarrón Shang-. El equilibrio de esta cosa se halla totalmente descentrado; tendría que reajustar toda la mecánica de mi estabilidad y equilibrio para manejarlo.
-Déjame verlo -dijo Ketrick mientras tomaba el objeto y lo examinaba, intentando arrancarle el secreto de su adecuado manejo.

Por fin, un tanto irritado, lo balanceó hacia arriba y golpeó fuertemente un escudo que colgaba en la pared cercana. Me encontraba cerca; vi el mazo infernal retorcerse en su mano como una serpiente viva y cómo su brazo se desviaba del objetivo; oí un alarmado grito de aviso... y la oscuridad llegó con el impacto del mazo contra mi cabeza. Me deslicé lentamente de vuelta a la consciencia. Primero fueron sensaciones apagadas de ceguera y una falta total de conocimiento en cuanto a dónde estaba o quién era; luego una vaga conciencia de vida y ser, y algo duro oprimiendo mis costillas. Luego las neblinas se aclararon y volví completamente en mí. Estaba tendido de espaldas bajo algún arbusto y la cabeza me latía ferozmente. También mi cabello estaba sucio y costroso de sangre, pues el cuero cabelludo había quedado al desnudo. Pero mis ojos recorrieron mi cuerpo y extremidades, desnudas salvo por un taparrabos de piel de ciervo y sandalias del mismo material, y no hallaron ninguna otra herida. Lo que oprimía tan incómodamente mis costillas era mi hacha, sobre la cual había caído.

Un aborrecible parloteo llegó a mis oídos y me devolvió de pronto a la claridad de consciencia. El ruido se parecía débilmente al lenguaje, pero como ninguno de aquellos a los que el hombre está acostumbrado. Sonaba mucho como el repetido siseo de muchas y grandes serpientes. Miré. Estaba tendido en un bosque grande y sombrío. El claro estaba ennegrecido por los árboles, así que incluso de día era muy oscuro. Si... ese bosque era oscuro, frío, silencioso, gigantesco y totalmente aterrador. Y miré hacia el claro.

Vi una carnicería. Cinco hombres yacían ahí... al menos, lo que había sido cinco hombres. Cuando percibí las abominables mutilaciones, sentí que se me enfermaba el alma. Y alrededor de ellos se apiñaban las... cosas. En cierto modo eran humanas, aunque no las consideré tales. Eran bajas y fornidas, con anchas cabezas demasiado grandes para sus flacos cuerpos. Su cabellera era enmarañada y lacia, sus rostros anchos y cuadrados, con narices chatas, ojos horriblemente sesgados, una delgada apertura por boca y orejas puntiagudas. Llevaban pieles de animal, como yo, pero esas pieles estaban trabajadas toscamente. Portaban arcos pequeños y flechas con punta de pedernal, cuchillos de pedernal y garrotes. Y conversaban en un lenguaje tan horrible como ellos, un lenguaje siseante y reptilesco que me llenó de temor y repugnancia.

Oh, les odié mientras estaba allí tendido; mi cerebro ardía con una furia al rojo blanco. Y recordé. Habíamos ido a cazar, seis jóvenes del Pueblo de la Espada, y nos habíamos adentrado en el lúgubre bosque que nuestra gente solía rehuir. Cansados de la caza, nos habíamos parado a descansar; se me había dado el primer turno de guardia, pues en esos días no había sueño sin centinela. La vergüenza y la revulsión sacudieron todo mi ser. Me había dormido... había traicionado a mis camaradas. Y ahora yacían degollados y mutilados... asesinados mientras dormían, por una carroña que jamás se habría atrevido a enfrentárseles en igualdad de términos. Yo, Aryara, había traicionado su confianza.

Sí... recordé. Había dormido y en mitad de un sueño de caza, el fuego y las chispas habían explotado en mi cabeza y me había sumergido en una oscuridad más profunda donde no había sueños. Y ahora el castigo. Los que se habían arrastrado por el denso bosque y me habían dejado inconscientes, no se habían detenido para mutilarme. Creyéndome muerto se habían apresurado a su espantosa tarea. Quizás ahora me habían olvidado por un tiempo. Me había sentado algo lejode los otros, y cuando me golpearon había caído a medias bajo unos arbustos. Pero pronto se acordarían de mí. No volvería a cazar, ni a bailar las danzas de la caza, el amor y la guerra, no volvería a ver las chozas de zarzales del Pueblo de la Espada.

Pero no deseaba huir para regresar a mi gente. ¿Debía volver acaso humillado con mi relato de infamia y desgracia? ¿Tenía que oír las palabras despectivas que mi tribu me arrojaría, ver a las muchachas señalarme con los dedos despreciativos, el joven que se había dormido y había traicionado a sus camaradas a los cuchillos de la carroña? Los ojos me escocían de lágrimas y un lento odio se acumulaba en mi pecho y mi cerebro. Nunca llevaría la espada que señalaba al guerrero. Nunca triunfaría sobre dignos enemigos y moriría gloriosamente bajo las flechas de los pictos o las hachas del Pueblo del Lobo o el Pueblo del Río. Descendería a la muerte vencido por una chusma nauseabunda, a la que los pictos habían arrojado hacía largo tiempo a sus madrigueras del bosque como ratas.

Y una rabia enloquecida me aferró y secó mis lágrimas, dejando en su lugar una frenética llamarada de ira. Si tales reptiles iban a causar mi caída, yo haría que fuera largo tiempo recordada... si tales bestias tenían memoria. Moviéndome con cautela, me deslicé hasta que mi mano estuvo en el mango de mi hacha; entonces invoqué a Il-marinen y salté como un tigre. Y, al igual que salta un tigre, me hallé entre mis enemigos y aplasté un cráneo achatado como un hombre aplasta la cabeza de una serpiente. Un súbito y salvaje clamor de miedo se alzó de mis víctimas y por un instante me rodearon, acuchillando e hiriendo. Un cuchillo desgarró mi pecho pero no le presté atención. Una niebla roja ondulaba ante mis ojos, y mi cuerpo y miembros se movían en perfecto acuerdo con mi cerebro de combatiente. Gruñendo, golpeando y lanzando tajos, era como un tigre entre reptiles. En un instante abandonaron y huyeron, dejándome en pie sobre una media docena de cuerpos achaparrados. Pero no me hallaba saciado.

Le pisaba los talones al más alto, cuya cabeza me llegaría quizás al hombro, y que parecía ser su jefe. Huía hacia una especie de pasillo, lanzando gritos agudos como un monstruoso lagarto, y cuando me hallaba casi tocando su espalda se hundió como una serpiente entre los arbustos. Pero yo era demasiado rápido para él, le arrastré hacia afuera y terminé sangrientamente con él. A través de los arbustos vi el camino que luchaba por alcanzar... un sendero que entraba y salía de los árboles, casi demasiado estrecho para permitir que lo atravesara un hombre de talla normal. Corté la horrenda cabeza de mi víctima y, llevándola en mi mano izquierda y con mi roja hacha en la derecha tomé el sendero de serpientes. Mientras caminaba rápidamente por el sendero y la sangre manchaba mis pies a cada zancada brotando de la yugular cortada de mi enemigo, pensé en aquellos a los que acosaba.

Cierto... les teníamos en poca estima, cazábamos de día en el bosque que habitaban. Nunca supimos cómo se llamaban a sí mismos, pues nadie de nuestra tribu aprendió jamás los malditos y sibilantes siseos que usaban como lenguaje; pero les llamábamos Hijos de la Noche. Y en verdad eran criaturas nocturnas, pues se ocultaban en las profundidades del bosque oscuro y en moradas subterráneas, aventurándose en las colinas sólo cuando dormían sus vencedores. Era por la noche cuando cometían sus sucias fechorías... del veloz vuelo de una flecha con punta de pedernal hasta el robo de un niño que se había alejado de la aldea. Pero era otra la razón por la que les dábamos su nombre; eran, en verdad, un pueblo de noche y oscuridad y de las antiguas sombras llenas de horrores de eras pasadas. Pues estas criaturas eran muy viejas y representaban una edad agotada. Una vez dominaron y poseyeron esta tierra, y habían sido expulsados de la oscuridad y sus escondrijos por los morenos y feroces pequeños pictos con quienes luchábamos ahora, y que les odiaban y aborrecían tan salvajemente como nosotros.

Los pictos eran distintos de nosotros en aspecto general, siendo más pequeños de talla y oscuros de cabellera, ojos y piel, en tanto que nosotros éramos altos y fuertes, con cabello amarillo y ojos claros. Pero, pese a todo eso, eran de nuestra misma especie. Estos Hijos de la Noche no nos parecían humanos, con sus cuernos deformes y enanos, piel amarillenta y rostros horrendos. Sí... eran reptiles... carroña. Y mi cerebro estaba a punto de reventar de rabia cuando pensaba que era esa la carroña con la que iba a saciar mi hacha y perecer. ¡Bah! No hay gloria en matar serpientes o morir de su mordedura. Toda esa rabia y feroz disgusto se volvieron contra los objetos de mi odio, y con la vieja niebla roja ondulando ante mí juré por todos los dioses que conocía que desencadenaría sobre ellos tan sangrienta carnicería antes de morir como para dejar un temible recuerdo en las mentes de los supervivientes. Mi pueblo no me rendiría honores, en tal desprecio tenían a los Hijos. Pero esos Hijos que dejara vivos me recordarían y se estremecerían. Así juré, aferrando salvajemente mi hacha, que era de bronce, encajada en una hendidura del mango de roble y asegurada con tiras de cuero crudo.

Escuché más adelante un aborrecible y sibilante murmullo y un olor pestilencial, humano y con todo menos que humano, se filtró a través de los árboles. Unos instantes más y emergí de las profundas sombras a un amplio espacio abierto. Nunca había visto antes una aldea de los Hijos. Había una agrupación de cúpulas de barro, con bajos umbrales hundidos en el suelo; moradas escuálidas, mitad encima y mitad debajo de la tierra. Y sabía por las conversaciones de los viejos guerreros que tales moradas se hallaban conectadas por corredores subterráneos, así que la aldea entera era como un hormiguero o un sistema de agujeros de serpientes. Y me pregunté si otros túneles no corrían bajo el terreno y emergían a largas distancias de las aldeas. Ante las cúpulas se concentraba un vasto grupo de las criaturas, siseando y parloteando a gran velocidad.

Había apretado el paso y ahora emergí al descubierto, corriendo con la agilidad de mi raza. Un clamor salvaje se alzó de la chusma cuando vieron al vengador, alto, manchado de sangre y con los ojos llameantes saltar del bosque; lancé un grito feroz, arrojé la cabeza goteante entre ellos y me lancé como un tigre herido ea lo más espeso del grupo. ¡Oh, ahora no tenían escapatoria! Podrían haber tomado sus túneles pero les habría seguido hasta las entrañas del infierno. Sabían que debían matarme y me rodearon, casi un centenar, para hacerlo. No había ninguna llama salvaje de gloria en mi cerebro como la habría habido contra enemigos dignos. Pero la vieja locura frenética de mi raza estaba en mi sangre y el aroma de la sangre y la destrucción en mi olfato.

No sé cuántos maté. Sólo sé que se apiñaron a mi alrededor en una masa convulsa que lanzaba cuchilladas, como serpientes alrededor de un lobo, y golpeé hasta que el filo del hacha se melló y se torció y el hacha no fue más que un garrote; y aplasté cráneos, hendí cabezas, astillé huesos, derramé sangre y los sesos en un rojo sacrificio a Il-marinen, dios del Pueblo de la Espada. Sangrando de medio centenar de heridas, cegado por un tajo recibido a través de los ojos, sentí un cuchillo de pedernal hundirse profundamente en mi vientre y en ese mismo instante un garrote me abrió el cuero cabelludo. Caí de rodillas pero me alcé de nuevo, vacilante, y vi en una espesa niebla roja un anillo de rostros gesticulantes de ojos sesgados. Golpeé como un tigre agonizante, y los rostros se rompieron en una roja ruina. Y mientras me derrumbaba, desequilibrado por la furia de mis golpes, una mano provista de garras aferró mi garganta y una hoja de pedernal fue introducida en mis costillas y retorcida malignamente. Bajo una rociada de golpes volví a caer, pero el hombre con el cuchillo se hallaba debajo de mí, y con mi mano izquierda le busqué y le rompí el cuello antes de que pudiera alejarse reptando.

La vida huía rápidamente; a través del siseo y el aullar de los Hijos podía oír la voz de Il-marinen. Y con todo volví a levantarme tozudamente, a través de un auténtico torbellino de garrotes y lanzas. Ya no podía ver a mis enemigos, ni siquiera en una neblina rojiza. Pero podía sentir sus golpes y sabía que se lanzaban sobre mí. Planté bien los pies, agarré el resbaladizo mango de mi hacha con ambas manos e invocando una vez más a I1-marinen, alcé el hacha y propiné un último y terrorífico golpe. Y debí morir de pie, pues no hubo sensación de caída; incluso mientras sabía, con un último escalofrío de salvajismo, que mataba, incluso mientras sentía el astillarse de los cráneos bajo mi hacha, la oscuridad llegó con el olvido. Volví en mí repentinamente. Estaba medio acostado en un gran sillón y Conrad derramaba agua sobre mí. Me dolía la cabeza y un hilillo de sangre se había medio secado en mi rostro. Kirowan, Taverel y Clemants se inclinaban a mi alrededor, ansiosamente, mientras Ketrick permanecía ante mí, sosteniendo aún el mazo, su rostro expresando una cortés inquietud que no mostraban sus ojos. Y ante la visión de esos ojos malditos una roja locura se alzó en mi interior.

-Ya está -decía Conrad-, os dije que volvería en sí de un momento a otro; sólo un arañazo. Ha soportado cosas peores. Ahora todo va bien, ¿verdad, O’Donnel?

En respuesta les aparté violentatnente, y con un solo y apagado gruñido de odio me lancé sobre Ketrick. Cogido totalmente por sorpresa no tuvo oportunidad de defenderse. Mis manos se cerraron en su garganta y nos estrellamos los dos en un diván, convirtiéndolo en ruinas. Los otros lanzaron gritos de sorpresa y horror y saltaron para separarnos... o, más bien, para arrancarme a mi víctima, pues ya los ojos oblicuos de Ketrick empezaban a saltarle de las órbitas.

-Por el amor de Dios, O'Donnel -exclamó Conrad, intentando quebrar mi presa-, ¿qué te ha pasado? Ketrick no pretendía golpearte... ¡suelta, idiota!

Una feroz ira casi me hizo olvidar que aquellos hombres eran mis amigos, hombres de mi propia tribu, y les maldije a ellos y a su ceguera, cuando finalmente lograron separar mis dedos que estrangulaban la garganta de Ketrick. Se levantó tosiendo y exploró las marcas azules que habían dejado mis dedos, mientras yo maldecía rabioso, casi derrotando los esfuerzos combinados de los cuatro por sujetarme.

-¡Estúpidos! -grité- ¡Dejadme ir! ¡Dejadme cumplir mi deber como hombre de la tribu! ¡Locos, ciegos! Nada me importa el mísero golpe que me propinó... él y los suyos me los dieron más fuertes en eras pasadas. Estúpidos, está señalado con la marca de la bestia... el reptil... ¡la carroña que exterminarnos siglos ha! ¡He de aplastarla, pisotearla, librar la limpia tierra de su maldita contaminación!

Así desvarié y me debatí y Conrad le musitó a Ketrick por encima del hombro:

-¡Sal, deprisa! ¡Está fuera de control! ¡Se ha desquiciado la mente! Aléjate de él.

Ahora contemplo las viejas colinas soñadoras, las montañas y los profundos bosques más allá, y medito. De algún modo el golpe de ese viejo y maldito mazo me hizo retroceder de pronto a otra era y otra vida. Cuando Aryara no conocía ninguna otra vida. No era un sueño, era un trozo extraviado de realidad donde yo, John O’Donnel, viví y morí una vez. Y de regreso al cual fui arrebatado a través de los vacíos del tiempo y el espacio por un golpe dado al azar. El tiempo y las eras son engranajes que no encajan, que chirrían y no son conscientes el uno del otro. Ocasionalmente -¡oh, muy raramente!- los engranajes encalan; las piezas del juego se unen momentáneamente con un chasquido y proporcionan a los hombres borrosos vislumbres más allá del velo de esta ceguera cotidiana que llamamos realidad.

Soy John O'Donnel y fui Aryara, quién tuvo sueños de gloria guerrera y de caza y festín y que murió sobre el rojo montón de sus víctimas en alguna era perdida. Pero, ¿en cuál y dónde? Puedo responderos a lo último. Las montañas y los ríos cambian sus contornos; los paisajes se alteran; pero las llanuras son lo que menos cambia. Las miro ahora y las recuerdo, no sólo con los ojos de John O'Donnel, sino con los de Aryara. Han cambiado muy poco. Sólo el gran bosque se ha encogido y empequeñecido y en muchos, muchos sitios se ha desvanecido completamente. Pero aquí, en estas mismas llanuras, Aryara vivió, peleó y amó y en el bosque lejano murió. Kirowan se equivocaba. Los pequeños y feroces pictos morenos no fueron los primeros hombres de las Islas. Hubo otros seres antes que ellos... sí, los Hijos de la Noche. Leyendas... cierto, los Hijos no nos eran desconocidos cuando llegamos a lo que ahora es la isla de Inglaterra. Les habíamos encontrado antes, eras antes. Ya teníamos nuestros mitos sobre ellos. Pero les encontramos en Inglaterra. Y tampoco los pictos les habían exterminado totalmente.

Y tampoco, como muchos creen, nos habían precedido los pictos en tantos siglos. Les empujamos ante nosotros al llegar, en esa larga migración desde el este. Yo, Aryara, conocí ancianos que habían marchado en ese viaje que duró un siglo; que habían sido llevados en los brazos de mujeres de amarilla cabellera sobre incontables kilómetros de bosque y planicie, y que de jóvenes habían marchado en la vanguardia de los invasores. En cuanto a la era... eso no puedo decirlo. Pero yo, Aryara, era con seguridad un ario y mi gente lo era... miembros de una de las mil migraciones desconocidas y nunca recordadas que esparcieron tribus de cabello amarillo y ojos azules por todo el mundo. Los celtas no fueron los primeros en venir a Europa occidental. Yo, Aryara, era de la misma sangre y aspecto que los hombres que saquearon Roma, pero la mía era una rama mucho más vieja. Del lenguaje que hablo, no queda ningún eco en la mente consciente de John O'Donnel, pero sabía que la lengua de Aryara era al céltico antiguo lo que éste es al gaélico moderno.

¡Il-marinen! Recuerdo al dios que invoqué, el viejo, viejo dios que trabajaba los metales... el bronce, entonces. Pues Il-marinen era uno de los dioses base de los arios de quien crecieron muchos dioses; y era Wieland y Vulcano en las edades de hierro. Pero para Aryara era Il-marinen.

Y Aryara... era uno de muchas tribus y muchas migraciones. No sólo el Pueblo de la Espada llegó o habitó en Inglaterra. El Pueblo del Río estuvo antes que nosotros y el Pueblo del Lobo vino después. Pero eran arios como nosotros, altos y rubios, de ojos claros. Luchamos contra ellos, por la razón de que las varias migraciones de arios siempre han luchado entre sí, al igual que los aqueos lucharon contra los dorios, al igual que celtas y germanos se cortaban mutuamente las gargantas; sí, al igual que los helenos y los persas, que fueron una vez un pueblo y de la misma migracion, se partieron de dos modos distintos en el largo viaje y siglos después se encontraron e inundaron Grecia y Asia Menor con sangre. Entendedme ahora, todo esto no lo sé como Aryara. Yo, Aryara, nada sabía de esas migraciones a escala mundial de mi raza. Sólo sabía que mi pueblo era de conquistadores, que un siglo antes mis antepasados habían morado en las grandes planicies, lejos al este, planicies que pululaban de un pueblo feroz, de cabellera amarilla y ojos claros, de viejas y nuevas migraciones que combatían salvaje e implacablemente según la vieja e ilógica costumbre del pueblo ario. Esto lo sabía Aryara y yo, John O'Donnel, que sé mucho más y mucho menos de lo que yo, Aryara, sabía, he combinado el conocimiento de estos yo separados y he llegado a conclusiones que asombrarían a científicos e historiadores afamados.

Con todo, este hecho es bien conocido: los arios se deterioran rápidamente en las vidas sedentarias y pacíficas. Su existencia adecuada es la nómada; cuando se establecen en una existencia agrícola, preparan el cambio de su caída; y cuando se encierran a si mismos con los muros de la ciudad, sellan su condena. Cierto, yo, Aryara, recuerdo los relatos de los viejos... cómo los Hijos de la Espada, en esa larga migración, encontraron aldeas de gente de piel blanca y cabellera amarilla que habían emigrado al oeste siglos antes y habían dejado la vida de vagabundeo para morar entre el pueblo moreno que comía ajo y ganarse el sustento del suelo. Y los viejos cuentan lo blandos y débiles que eran, y cuán fácilmente caían ante las hojas broncíneas del Pueblo de la Espada.

Mirad... ¿acaso la historia entera de los Hijos de Aryan no está inscrita en esas líneas? Mirad... cuán rápidamente siguió el persa al medo; griego, persa, romano, griego; y germano al romano. Sí, y el nórdico siguió a las tribus germánicas cuando se hubieron vuelto débiles después de un siglo o más de paz y ociosidad, y les robaron lo que ellos habían robado en el sur.

Pero dejadme hablar de Ketrick. ¡Ja!... la sola mención de su nombre hace que se erice el vello de mi nuca. Una reversión de tipo... pero no al tipo de algún limpio chino o mongol de tiempos recientes. Los daneses expulsaron a sus antepasados a las colinas de Gales; y allí, ¡en qué siglo medieval y en qué sucio modo se deslizó ese maldito tinte aborigen en la limpia sangre sajona de la línea celta, para yacer tanto tiempo dormido! El celta galés nunca se apareó con los Hijos más de lo que hicieron los pictos. Pero debieron quedar sobrevivientes... carroña acechando en esas lúgubres colinas, que habían superado su tiempo y su era. En los días de Aryara apenas eran humanos. ¿Qué debió hacer un millar de años de retroceso con esa simiente?

¿Qué abominable forma se deslizó en el castillo Ketrick una noche olvidada, o se alzó de la oscuridad para aferrar alguna mujer del linaje, arrastrándola a las colinas?
La mente se aparta de tal imagen. Pero esto sé: debieron quedar sobrevivientes de esa abominable era de reptiles cuando los Ketrick fueron a Gales. Quizás aún queden. Pero este sustituto, este engendro de la oscuridad, este horror que lleva el noble nombre de Ketrick, sobre él se halla la marca de la serpiente, y no habrá descanso para mí hasta que sea destruido. Ahora que le conozco por lo que es, contamina el aire limpio y deja el fango de la serpiente sobre la verde tierra. El sonido de su voz siseante y tartamuda me llena de un horror que me eriza la piel y la visión de sus ojos rasgados me inspira la locura.

Pues vengo de una raza real, y un ser tal es un continuo insulto y una amenaza, como una serpiente debajo del pie. La mía es una raza regia, aunque ahora se haya degradado y caiga en la decadencia por la mezcla continua con razas conquistadas. Las oleadas de sangre ajena han teñido de negro mi pelo y han oscurecido mi piel, pero aún tengo la estatura señorial y los ojos azules de un rey ario. Y como mis antepasados... como yo, Aryara, destruí a la canalla que se retorcía bajo nuestros talones, así yo, John O'Donnel, exterminaré a esa criatura reptilesca, el monstruo surgido de la mancha de serpiente que tanto tiempo durmió sin ser detectado en limpias venas sajonas, el vestigio que las cosas-serpiente dejaron para macular a los Hijos de Aryan. Dicen que el golpe recibido afectó mi mente; sé que no hizo sino abrirme los ojos. Mi antiguo enemigo camina a menudo en solitario por los páramos, atraído, aunque quizá lo ignore, por impulsos ancestrales. Y en uno de esos paseos solitarios le encontraré, y cuando le encuentre romperé su sucio cuello con mis manos al igual que yo, Aryara, rompí los cuellos de las sucias criaturas nocturnas hace mucho, mucho tiempo.

Entonces pueden llevárseme y romper mi cuello al final de una soga si quieren. No estoy ciego, si mis amigos lo están. Y ante los ojos del viejo dios ario, si no ante los ojos velados de los hombres, habré sido fiel a mi tribu".

Robert E. Howard

domingo, 18 de octubre de 2015

"Almas en Pena"

"-¡Diez mil diablillos verdes! ¡Vaya noche, vaya noche tan odiosa!
Jules de Grandin se detuvo bajo la entrada para vehículos del teatro y observó las cortinas de lluvia que caían del cielo con un feroz fruncimiento de ceño.
-Bueno, el verano está muerto y el invierno aún no ha llegado -le recordé intentando calmarle-. Estamos en octubre, y es lógico que tengamos algo de lluvia. El equinoccio de otoño...
-¡Espero que los demonios más selectos de Satanás se larguen volando con el equinoccio de otoño! -Me interrumpió el pequeño francés-. Morbleu, sólo Dios sabe cuánto tiempo llevo sin ver el sol. ¡Además, me encuentro abominablemente hambriento!
-Eso es algo que sí podemos remediar -prometí, apartándole del refugio ofrecido por la cornisa y llevándole hacia mi coche-. ¿Y si nos pasamos por el Café Bacchanale? Siempre suelen tener algo bueno para comer.
-Excelente, magnífico -dijo Jules de Grandin con entusiasmo, instalándose ágilmente en el asiento trasero y bajándose el cuello del abrigo que se había subido para protegerse de la lluvia-. Es usted un auténtico filósofo, mon vieux. Siempre sabe decirme aquello que más deseo oír.

Los clientes del cabaret se lo estaban pasando en grande, pues era la noche del 31 de octubre, y la gerencia había preparado una fiesta especial de Halloween. Dejamos atrás el cordoncillo de terciopelo que colgaba a través de la entrada y apenas llegamos al comedor fuimos acogidos por un estallido de música. Una docena de ágiles jovencitas sucintamente vestidas estaban ejecutando unos giros muy complicados, dirigidas por una dama aparentemente desprovista de huesos cuyo atuendo se componía básicamente de tiras de tela con campanillas que le rodeaban el cuello, las muñecas y los tobillos.

-¿Conejo a la galesa? -sugerí-. Aquí lo preparan muy bien.
De Grandin asintió distraídamente con la cabeza mientras contemplaba a una pareja que comía en una mesa cercana.
-Amigo Trowbridge, tenga la amabilidad de observarles -me susurró justo cuando el camarero nos traía una bebida casi hirviente con que empezar la cena-. Comuníqueme los resultados de su examen, si es que obtiene alguno.

La chica «tumbaba de espaldas», como suele decirse. Era alta, esbelta y muy hermosa, y llevaba un traje de noche de color negro en el que no había ni el más mínimo adorno. Tampoco los había en el resto de su persona, dejando aparte el collar de pequeñas perlas de una sola vuelta que rodeaba su delgado y más bien largo cuello. Tenía el cabello de un castaño brillante, casi color cobre, y lo llevaba recogido alrededor de la cabeza formando una tiara griega: aquel marco rojizo hacía que su rostro pareciese una extraña flor situada al final de un largo tallo. Sus pestañas oscurecidas, el carmín de sus labios y la palidez de sus mejillas creaban una combinación de lo más interesante. Cuando la observé con más atención me pareció que había en su rostro la vaga pero inconfundible expresión de quien sufre alguna enfermedad. No era nada definido, meramente la combinación de ciertos factores que atravesaron la cáscara de mi admiración puramente masculina y obtuvieron una respuesta de mis años de experiencia como practicante de medicina: un cierto tono azulado de la tez que para el profano significaba «palidez interesante», pero que al galeno le indicaba una pobreza de oxígeno en la sangre; una leve rigidez en los músculos situados alrededor de la boca que le daba una inclinación más bien patética a sus labios fruncidos en un hermoso mohín; y una apenas perceptible retracción allí donde se unían la mejilla y la nariz, que significaba fatiga de los nervios o los músculos, posiblemente de ambos.

Volví los ojos hacia el hombre que la escoltaba, mezclando distraídamente la admiración y el diagnóstico en mi cabeza, y mis labios se tensaron un poco mientras hacía una anotación mental: «¡Buscadora de oro!» El hombre tenía los huesos grandes y los rasgos toscos, la cabeza en forma de bala y el cuello grueso, y poseía la complexión blancuzca como el vientre de un sapo de quien bebe y duerme demasiado y apenas hace ejercicio físico. La muchacha le habló en un susurro apremiante y el rostro del hombre apenas si cambió de expresión. Todo en su actitud indicaba al propietario, como si aquella joven le perteneciera en cuerpo y alma porque la había adquirido a cambio de una buena suma, y sus ojos de pez no paraban de vagabundear por la sala posándose con un brillo codicioso en las mujeres atractivas que cenaban en las otras mesas.

-No me gusta. -El comentario de Jules de Grandin hizo que mi atención dejara de vagabundear y volviera a lo que nos ocupaba-. Es tan extraño como inexplicable; no es normal.
-¿Eh? -exclamé-. Tiene toda la razón; estoy de acuerdo con usted. Es vergonzoso. Que una muchacha semejante venda -o, quizá, sólo alquile-, su cuerpo a una criatura tal...
-Non, non -me interrumpió con voz algo irritada-. No siento ni el más mínimo deseo de censurar su comportamiento moral; eso es algo que sólo les concierne a ellos. Lo que me intriga es su tratamiento de la bebida.
-¿La bebida? -repetí yo.
-Oui-da, la bebida. Han pedido bebida por tres veces y, sin embargo, no le han hecho caso en ninguna de esas tres ocasiones; la han dejado intacta sobre la mesa hasta que el garçon se la ha llevado. Y ahora le pregunto: ¿es normal eso?
-Bueno..., pues... -balbuceé intentando ganar tiempo, pero De Grandin siguió hablando.
-Mientras les observaba hubo un momento en el que la mujer pareció dispuesta a llevarse la copa a los labios, pero el gesto de su escolta la detuvo. No llegó a probar la bebida. ¿Qué clase de personas es capaz de no prestarle atención al vino..., el alma viva de la uva?
-Bien, ¿piensa investigarles? -le pregunté sonriendo.
Sabía que su curiosidad era casi tan ilimitada como su autoestima, y no me habría sorprendido demasiado ver cómo iba hacia la mesa de aquella extraña pareja y les pedía una explicación.
-¿Investigarles? -repitió con expresión pensativa-. Hum... Quizá lo haga.
Levantó la tapa de peltre de su jarra de cerveza produciendo un leve chasquido metálico, tomó un prolongado sorbo manteniendo su expresión pensativa y acabó inclinándose hacia adelante clavando sus ojillos redondos en los míos sin parpadear.
-¿Sabe de qué podría tratarse? me preguntó.
-Naturalmente, es Halloween. Todos los diablillos andan sueltos por ahí robando las puertas de los jardines y llamando a las puertas de las casas...
-Puede que los diablos de mayor tamaño también anden sueltos por el mundo.
-Oh, vamos -protesté-, supongo que no hablará en serio...
-Sí, hablo en serio -afirmó solemnemente-. Regardez, s'il vous plait.

Movió la cabeza señalando a la pareja de la otra mesa. Sentado justo enfrente de la extraña pareja había un joven que iba solo. Era uno de esos jóvenes apuestos de lacia y lustrosa cabellera que pueden encontrarse por docenas en cualquier campus universitario. Si De Grandin hubiera presentado contra él las mismas acusaciones de desperdiciar los alimentos de que había hecho objeto a la pareja, habría estado igualmente justificado, pues el muchacho había dejado casi sin probar un plato bastante complicado mientras sus ojos extasiados devoraban a la chica sentada en la mesa contigua. Me volví a mirarle y por el rabillo del ojo vi cómo el acompañante de la chica movía la cabeza señalando en esa misma dirección. Después se levantó y abandonó la mesa. Cuando fue hacia la puerta me di cuenta de que su paso recordaba más a los veloces movimientos de un animal que al caminar de un hombre. En cuanto se quedó sola la chica se dio media vuelta, entornó los párpados y le lanzó una mirada tan indiferente al joven que resultaba imposible equivocarse en cuanto a su intención. De Grandin observó con lo que me pareció un hosco desinterés cómo el joven se levantaba de su mesa para sentarse con ella y, dejando aparte alguna que otra mirada disimulada, no les prestó ninguna atención mientras se dedicaban al insulso intercambio de frases común en tales casos; pero unos minutos más tarde, cuando se pusieron en pie para marcharse, me indicó que debíamos imitarles.

-Debemos averiguar qué dirección toman –me dijo-. Es muy importante.
-¡Oh, por el amor de Dios, tenga un mínimo de sentido común! -le reñí yo-. Déjeles flirtear, si es eso lo que quieren. Estoy seguro de que ahora se encuentra mucho mejor acompañada que cuando entró con...
-¡Précisément, exactamente, así es! -exclamó De Grandin-. Ese «mucho mejor acompañada» al que usted se refiere es justamente aquello en lo que pienso cuando me dejo dominar por la preocupación.
-Hum, no cabe duda de que el hombre con quien estaba sentada era un tipo de aspecto muy duro -admití-. Y pese a toda su bonita inocencia es posible que la chica sea el cebo de un juego sucio...
-¿Un juego sucio? Mais oui, amigo mío. ¡Un juego sucio en el que las apuestas son infinitamente elevadas! -Se volvió hacia el elegante portero del local-. Monsieur le Concierge, esa pareja, el joven y la mujer... ¿se fueron por ahí?
-¿Eh?
-El joven y la muchacha..., ¿les ha visto salir? Nos gustaría saber en qué dirección se han ido...
Un arrugado billete de dólar cambió de manos y la memoria del portero revivió milagrosamente.
-Oh, ellos. Sí, les he visto. Cogieron un gran taxi negro y se alejaron en esa dirección. El conductor era un tipo bajito, un inglés. El joven daba la impresión de haber hecho una buena conquista... Aunque si el tipo duro que trajo aquí a la chavala se entera de que anda tonteando con ella puede acabar saliendo muy malparado. Ese fulano tiene cara de ser muy mala persona, y...
-Cierto, cierto -dijo De Grandin-. Y ese monsieur le Fulano de quien habla, ¿en qué dirección se marchó, si es tan amable?
-Se largó tan deprisa como si le persiguiera el mismísimo diablo hará unos diez minutos. Es un tipo bastante raro. Le observé cuando se alejaba por la calle, no por nada especial, entiéndame, pero estaba mirándole, desvié la vista un momento y cuando volví a mirar hacia allí había desaparecido. Cuando le vi por última vez estaba a mitad de la manzana, pero cuando volví a mirar ya no estaba allí. Que me cuelguen si sé cómo logró doblar la esquina en tan poco tiempo.
-Creo que su perplejidad está justificada -dijo De Grandin mientras yo detenía el coche junto a la acera. Una vez hubo entrado en él se volvió hacia mí y me dijo-: De prisa, amigo Trowbridge. Tenemos que localizarles antes de que desaparezcan en la tormenta.

Unos pocos minutos nos bastaron para divisar las luces traseras del gran coche en el que nuestra pareja se dirigía velozmente hacia las afueras de la ciudad. Les perdíamos de vez en cuando para volver a encontrarles casi de inmediato, pues la ruta que seguían iba en línea recta por el bulevar Oriente hacia el Old Turnpike.

-Ésta es la mayor de las locuras que hemos cometido en todo el tiempo que llevamos juntos -gruñí-. Tenemos tan pocas probabilidades de alcanzarles como de... ¡Diablos, se han parado!
Por improbable que parezca, el gran coche se había detenido ante la imponente Puerta Canterbury del cementerio Shadow Lawn.
De Grandin se inclinó hacia adelante en su asiento como un jockey montado sobre su caballo.
-¡Deprisa, amigo mío, con premura, a toda velocidad! -me suplicó-. Debemos alcanzarles antes de que bajen del vehículo!
Todos mis esfuerzos resultaron inútiles. Cuando frenamos junto al cementerio con nuestro motor haciendo tanto ruido como un caballo agotado, lo único que encontramos fue una limusina vacía y un chófer atónito que nos recibió con una amplia gama de profanidades.
-¿Por dónde, amigo mío..., por dónde se fueron?
De Grandin salió disparado del coche antes de que hubiera podido detenerlo del todo.
-¡Dentro del cementerio! respondió el chófer-. Oiga, ¿qué diablos sabe usted acerca de esto? Me han hecho venir hasta este sitio donde el diablo dice «¡Buenas noches!» y me han dejado tirado como si fuese un trapo sucio... -Su voz cobró un agudo tono de falsete imitando a la de una mujer-. «No hace falta que nos espere, chófer, no volveremos», me dice. Dios Todopoderoso, ¿quién sino un cadáver puede entrar en un cementerio y no volver a salir?
-Ciertamente, ¿quién? exclamó el francés y se volvió hacia mí-. Vamos, amigo Trowbridge, debemos apresurarnos, ¡tenemos que encontrarle pronto o será demasiado tarde!

El recinto funerario tenía una apariencia tan solemne como el propósito al cual estaba dedicado, y su oscura y lúgubre extensión se desplegó a nuestro alrededor cuando cruzamos la verja de la imponente entrada de piedra. Los caminos de gravilla bordeados por hileras dobles de piceas se curvaban alejándose como el dédalo de un laberinto, y el suelo negro con las ocasionales protuberancias de las tumbas o los monumentos funerarios de blanco mármol iba subiendo de nivel, aparentemente hasta el infinito. De Grandin avanzó con paso rápido como si fuera un terrier que sigue el rastro de su presa, inclinándose de vez en cuando para pasar bajo la rama de algún árbol empapado por la lluvia, después de lo cual apretaba el paso yendo todavía más deprisa que antes.

-¿Conoce este lugar, amigo Trowbridge? -me preguntó durante una de sus breves paradas.
-Mejor de lo que quisiera -admití-. He estado aquí para asistir a varios funerales.
-¡Estupendo! –exclamó-. Entonces podrá decirme dónde se encuentra el... ¿cómo le llaman? ¿La cripta de recepción?
-Por allí, casi en el centro del recinto -respondí.
De Grandin asintió y reanudó su avance casi a la carrera.
Acabamos llegando al achaparrado mausoleo de piedra gris y De Grandin examinó todas las puertas, una detrás de otra.
-¡Es inútil! -anunció con expresión decepcionada después de que las grandes puertas metálicas de aquel sepulcro hubieran desafiado todos sus esfuerzos-. Parece que tendremos que buscar en otro sitio.

Corrió hacia la explanada reservada para aparcamiento de los coches fúnebres y examinó rápidamente lo que le rodeaba. Acabó tomando una decisión y salió disparado por el serpenteante camino que llevaba a una larga hilera de mausoleos familiares, moviéndose tan deprisa como si fuera un corredor en una prueba a campo traviesa. Se detuvo ante cada uno de ellos y trató de abrir las sólidas rejas metálicas de la entrada, observando su tenebroso interior con la ayuda de su linterna de bolsillo. Visitamos una tumba tras otra hasta que me quedé sin aliento y sin paciencia.

-¿A qué viene todo esto? -le pregunté-. ¿Qué está buscando...?
-Lo que temo encontrar -replicó con voz jadeante mientras paseaba el haz luminoso de su linterna a nuestro alrededor-. Si hemos sido burlados... ¿Eh? Mire, amigo mío, mire y dígame qué ve.
El angosto cono de luz proyectado por su linterna me permitió observar una silueta oscura que yacía sobre los peldaños de un mausoleo.
-Pero... ¡pero si es un hombre! -exclamé.
-Eso espero -replicó De Grandin-. Puede que sólo encontremos las reliquias de uno pero..., ¡eh! Bien. Todavía respira.
Cogí su linterna y moví el haz luminoso sobre la silueta inmóvil caída encima de los peldaños de la tumba. Era el joven al que habíamos visto salir del café acompañando a aquella mujer tan extraña. En su frente había un corte de feo aspecto que parecía haber sido causado por algún instrumento romo blandido con una fuerza terrible..., una cachiporra, por ejemplo.
Las expertas manos de mi amigo recorrieron con hábil rapidez el cuerpo del joven. Le apretó la muñeca con los dedos para tomarle el pulso y se inclinó para pegar el oído a su pecho.
-Vive -anunció en cuanto hubo terminado su inspección-, pero su corazón... No me gusta. Vamos, amigo mío; saquémosle de este lugar.
-Y ahora, mon brave -dijo media hora después cuando hubimos logrado revivir al joven inconsciente con sales aromáticas y compresas frías-, quizá tenga la amabilidad de explicarnos por qué abandona las moradas de los vivos para mezclarse con los muertos.
El paciente hizo un débil esfuerzo para incorporarse en la camilla, descubrió que le resultaba demasiado difícil, se rindió y volvió a recostarse.
-Creí que estaba muerto -confesó.
-¿Hum? -El francés le contempló entrecerrando los ojos-. Aún no ha respondido a mi pregunta, joven monsieur.
El muchacho hizo un segundo intento de levantarse. Una expresión de dolor se difundió por su rostro, se llevó la mano a la parte izquierda del pecho y cayó sobre la camilla, medio derrumbándose y medio retorciéndose.
-Deprisa, amigo Trowbridge, el nitrato de amilo..., ¿dónde está? -me preguntó De Grandin.
-Ahí. -Moví la mano señalando el armarito de las medicinas-. Encontrará tres dosis mínimas en la tercera botella.
Un instante después ya tenía en su mano las tres ampollitas de color perla. Rompió una por el centro con su pañuelo y acercó una mitad de la ampollita a las fosas nasales del joven.
-Ah, ya se siente mejor, n'est-ce-pas, mi pobre amigo? -le preguntó.
-Sí, gracias -replicó éste, aspirando otra honda bocanada de aquel potente tónico-, mucho mejor. ¿Cómo ha sabido lo que debía administrarme? -añadió un instante después-. No creía que...
-Amigo mio -le interrumpió el francés con una sonrisa-, yo ya trataba casos de angina pectoris cuando usted ni tan siquiera había sido concebido. Y ahora, si se encuentra lo suficientemente recuperado, ¿querrá decirnos por qué abandonó el Café Bacchanale y lo que ocurrió después? Esperamos su respuesta.
El joven bajó de la camilla, con De Grandin ayudándole por un lado y yo por el otro, y tomó asiento en un sillón.
-Me llamo Donald Rochester -dijo presentándose-, y ésta tenía que haber sido mi última noche en la tierra.
-¿Ah? -murmuró Jules de Grandin.
-Hace seis meses el doctor Simmons me explicó que padecía angina pectoris -siguió diciendo el joven-. Cuando hizo su diagnóstico mi caso ya estaba bastante avanzado, y me dio muy poco tiempo de vida. Hace dos semanas me dijo que tendría suerte si veía el final del mes, y el dolor estaba volviéndose más severo y los ataques más frecuentes; por lo que hoy decidí obsequiarme con una última fiesta, volver a casa y abandonar este mundo de una forma rápida y limpia.
-¡Maldición!- murmuré.
Conocía a Simmons: era un viejo pomposo y pagado de sí mismo, pero también era un médico de primera clase y un buen especialista en cardiología, aunque se mostraba brutal y despótico con sus pacientes.
-Pedí la clase de cena de la que no se me ha permitido disfrutar durante el último medio año -siguió diciendo Rochester-, y estaba a punto de empezar a saborearla cuando..., cuando la vi entrar. Ustedes... –Sus ojos fueron del rostro de Jules de Grandin al mío, como si esperara obtener más comprensión de un compatriota-. Ustedes también la vieron, ¿no?
-Perfectamente, mon vieux -dijo De Grandin-. Todos la vimos. Siga contándonos lo que ocurrió.
-Siempre había pensado que esas historias del amor a primera vista no eran más que un montón de estupideces, pero ya no opino lo mismo. Hasta olvidé mi cena de despedida. No tenía ojos ni cabeza para nada que no fuese ella. Pensé que si dispusiera de aunque sólo fuesen dos años más de vida nada podría impedirme que la cortejara y le pidiera que se casase conmigo...
-Précisément, desde luego, así es -le interrumpió el francés con expresión algo irritada-. Ya vemos que le dejó fascinado, monsieur; pero, en nombre de veinte mil monos azul claro, le ruego que nos cuente lo que hizo, no lo que pensó.
-Me limité a mirarla boquiabierto, señor. No podía hacer nada más. Cuando esa bestia enorme con la que estaba sentada se levantó y salió del local ella me sonrió, y este pobre corazón mío casi dejó de funcionar. Cuando me sonrió por segunda vez ni todas las cadenas existentes en este país habrían bastado para mantenerme alejado de ella.
Su forma de comportarse y caminar a mi lado cuando salimos del café..., cualquiera habría creído que me conocía de toda la vida. Tenía un gran coche negro esperando fuera. Subí a él y me senté a su lado. Antes de darme cuenta ya estaba contándole quién era, cuánto tiempo de vida me quedaba y el que lo único que sentía era perderla justo cuando acababa de encontrarla. Yo...
-Parbleu, ¿le contó eso?
-Desde luego que sí, y muchas cosas más..., antes de darme cuenta ya le había dicho que la amaba.
-Y ella...
-Caballeros, no estoy seguro de si la enfermedad que padezco debería provocarme delirios o no, pero estoy bastante seguro de que he tenido una experiencia extraña. Antes de contarles el resto quiero hacerles saber que no estoy loco; pero puede que haya sufrido un ataque al corazón o algo parecido que me haya dejado inconsciente y que lo haya soñado todo.
-Siga, monsieur-le ordenó De Grandin con expresión muy seria-. Le escuchamos.
-Muy bien. Cuando le dije que la amaba la chica se llevó las manos a los ojos, así, como si quisiera limpiarse algunas lágrimas que no había llegado a derramar. Había esperado que se enfadaría o que se echaría a reír, pero no hizo ninguna de las dos cosas. Lo único que dijo fue: «Demasiado tarde..., ¡oh, demasiado tarde!»

Ya sé que es demasiado tarde, respondí. Ya te he dicho que es como si estuviera muerto, pero no podía dejar este mundo sin revelarte lo que sentía. Y entonces ella dijo: Oh, no es eso, querido mío. No me refería a eso. Yo también te amo, aunque no tengo derecho a decir semejante cosa..., no tengo derecho a amar a nadie... Para mí también es demasiado tarde. Después la tomé en mis brazos y la estreché con todas mis fuerzas, y ella lloró como si se le fuera a romper el corazón. Acabé pidiéndole que me hiciera una promesa. Reposaré más tranquilo en mi tumba si sé que nunca volverás a salir con ese hombre horrendo junto al que te vi sentada esta noche, le dije, y ella dejó escapar un grito ahogado y lloró todavía más desesperadamente que antes. Entonces me pasó por la cabeza la horrible idea de que quizá estuviera casada con él, y que a eso era a lo que se refería cuando dijo que ya era demasiado tarde; por lo que se lo pregunté a quemarropa. Su respuesta me pareció diabólicamente extrañna. Me dijo: "Tengo que acudir a él siempre que lo desea. Le odio con un odio que nunca podrás comprender; pero cuando me llama tengo que ir a él. Es la primera vez que lo he hecho; ¡pero tendré que volver a hacerlo una vez, y otra, y otra más!" Siguió repitiendo esas palabras hasta que la hice callar con mis besos. El coche se detuvo y salimos de él. Creo que nos hallábamos en una especie de parque, pero estaba tan absorto ayudándola a recuperar la compostura que apenas si me fijé en lo que nos rodeaba. Me llevó a través de una gran puerta y por un sendero serpenteante. Acabamos deteniéndonos ante una especie de albergue y la tomé en mis brazos para darle un último beso.

No sé si el resto de lo que voy a contarles ocurrió realmente o si perdí el conocimiento y lo soñé. Lo que creo que ocurrió es lo siguiente: en vez de unir sus labios a los míos los puso alrededor de ellos y pareció aspirar el aliento de mis pulmones. Sentí cómo me debilitaba, igual que el nadador atrapado en un oleaje muy fuerte que le golpea y le maltrata hasta dejarle sin respiración, y mis ojos parecieron quedar velados por una especie de niebla; después todo lo que me rodeaba se fue volviendo de un color verde oscuro y sentí cómo mis rodillas empezaban a aflojarse. Todavía podía notar el contacto de sus brazos rodeándome, y recuerdo que me sorprendió lo fuertes que eran, pero entonces me pareció que acababa de ponerme los labios en la garganta. Seguí debilitándome con una especie de lánguido éxtasis, si es que eso tiene algún significado para ustedes... Era como irse quedando dormido poco a poco en una cama muy suave con una buena dosis de coñac en el estómago después de haber quedado agotado a causa del frío y el ejercicio físico. Lo siguiente que supe es que había perdido el equilibrio y había caído sobre los peldaños: mis rodillas estaban tan flácidas como las de un muñeco de trapo. Al caer debí de darme un golpe terrible en la cabeza, pues perdí el conocimiento, y lo siguiente que recuerdo es haber despertado para verles atendiéndome. Díganme, caballeros ,¿lo he soñado todo? Me... siento... muy... cansado.

A medida que pronunciaba esa frase su voz se fue haciendo cada vez más lenta, como si estuviera quedándose dormido, y la cabeza se le cayó hacia adelante mientras su mano se deslizaba sobre su regazo hasta acabar rozando el suelo con los músculos totalmente relajados.
-¿Ha muerto? -murmuré viendo cómo De Grandin cruzaba de un salto la habitación y le abría el cuello de la camka de un manotazo.
-No -respondió-. Más nitrato de amilo, por favor; revivirá dentro de un momento, pero no volverá a su casa hasta que prometa no destruirse a si mismo. Mon Dieu, tanto su cuerpo como su alma quedarían destruidos si se incrustara una bala en el cerebro antes de que... ¡Ah! Mire, amigo Trowbridge, ¡lo que me temía!
En la garganta del joven había dos minúsculas perforaciones, como si una aguja muy fina hubiera sido introducida a través de un pliegue de la piel.
-Hum -comenté-. Si hubiera cuatro diría que le ha mordido una serpiente.
-¡Y así es! ¡En nombre de un hombrecillo azul, así es! -replicó De Grandin-. Una serpiente más virulenta y sutil que cualquiera de las que se arrastran sobre su vientre ha hundido sus colmillos en él; y le ha envenenado de una forma más terrible que si hubiera sido víctima de la mordedura de una cobra; pero juro por las alas del ángel de Jacob que nosotros impediremos que esa serpiente se salga con la suya, amigo mío. Le demostraremos que no se puede jugar con Jules de Grandin..., tanto ella como ese enamorado suyo de los ojos de pez aprenderán la lección; ¡de lo contrario, juro que mí cena de Navidad consistirá en repollos hervidos acompañados con agua de alcantarilla!
Al día siguiente De Grandin se presentó a desayunar con una cara muy seria.
-¿Tendría media hora libre esta mañana? -me preguntó mientras apuraba su cuarta taza de café.
-Supongo que sí. ¿Está pensando en algo especial?
-Ciertamente. Me gustaría volver al cementerio de Shadow Lawn. Querría examinarlo de día, si es tan amable.
-¿Shadow Lawn? -repetí yo, asombrado-. Pero, ¿qué diablos...?
-Justamente-me interrumpió-. A menos que esté totalmente equivocado, creo que este asunto tiene mucho que ver con el diablo. Vamos; debe atender a sus pacientes y yo tengo cosas de las que ocuparme. En marcha.
La lluvia se había esfumado con la noche y cuando llegamos al cementerio un esplendoroso sol de noviembre brillaba en el cielo. Fuimos directamente a la tumba donde habíamos encontrado al joven Rochester la noche anterior. De Grandin se detuvo ante ella y la inspeccionó atentamente. Sobre el dintel de la inmensa puerta había tallada una sola palabra que De Grandin señaló con el dedo:

HEATHERTON

-Hum. -Sostuvo su puntiagudo mentón entre el pulgar y el índice con expresión pensativa-. Debo recordar ese apellido, amigo Trowbridge.
Dentro de la tumba, colocadas en dos hileras superpuestas, estaban las criptas que contenían los restos de los difuntos de la familia Heatherton: cada cripta tenía una losa de mámiol blanco unida con cemento a un marco de bronce, y una breve inscripción de dos líneas recogía el nombre y los datos vitales del ocupante. Los marchitos restos de una corona funeraria colgaban del anillo de bronce que adornaba el panel de mármol de la cripta más alejada sostenidos por una cinta anudada, y detrás del reseco círculo de rosas y hojas de rusco leí la siguiente inscripción:

ALICE HEATHERTON

28 de septiembre de 1906 - 2 de octubre de 1928

-¿Ve? -me preguntó.
-Veo que una chica llamada Alice Heatherton murió hace un mes a los veintidós años de edad -admití-, pero en cuanto a lo que eso tiene que ver con lo ocurrido anoche no...
-Naturalmente -me interrumpió con una risita en la que no había ninguna alegría-. Pero así es. Hay muchas cosas que usted no ve, mi viejo amigo. y hay muchas más ante las que se limita a parpadear, como un niño que se apresura a pasar las páginas desagradables de un libro de ilustraciones. Y ahora, si tiene la bondad de dejarme solo, hablaré con Monsieur l'intendant de este hermoso parque y con algunas personas más. Si es posible volveré a tiempo para la cena, pero -alzó los hombros en un encogimiento cargado de fatalismo-, a veces el deber nos obliga a olvidarnos de la comida. Sí, desgraciadamente así ocurre a veces...
El consomé se había enfriado y el asado de cordero burbujeaba en el horno cuando oí sonar el teléfono de mi estudio.
-Trowbridge, amigo mío -dijo la voz de Jules de Grandin desde el otro extremo de la línea, agudizada por la emoción-, reúnase conmigo en Adelphi Mansions tan deprisa como pueda. ¡Le necesito como testigo!
-¿Testigo? –repetí-. ¿Qué...?
Un seco chasquido me informó de que había colgado el auricular, por lo que me quedé contemplando asombrado el mudo instrumento que tenía en la mano.
Cuando llegué, De Grandin estaba esperándome ante la entrada de aquel elegante edificio de apartamentos. Me hizo cruzar el umbral y me llevó por el vestíbulo alfombrado hasta los ascensores, negándose a contestar a mis impacientes preguntas. Cuando la cabina del ascensor salió disparada hacia arriba metió la mano en el bolsillo y sacó de él una pequeña instantánea sobre la que se veían las huellas dejadas por varios pulgares.
-La he tomado prestada de le Journal -me explicó-. Ellos ya no la necesitaban para nada.
-¡Cielo santo! -exclamé mientras contemplaba la foto-. Pe-pero si es...
-Desde luego que lo es -dijo De Grandin con voz impasible-. No cabe duda de que es la chica a la que vimos anoche; la chica cuya tumba visitamos esta mañana; la chica que le dio el beso de la muerte al joven Rochester.
-Pero eso es imposible. Esa chica está...
Su breve carcajada me impidió terminar la frase.
-Estaba seguro de que diría justamente eso, amigo Trowbridge. Venga conmigo: oigamos qué puede decirnos al respecto la señora Atherton.
Una esbelta doncella negra vestida con un uniforme blanco y negro respondió a nuestra llamada y aceptó nuestras tarjetas para entregárselas a su señora. Cuando salió de la más bien suntuosa sala de recepción contemplé con cierta envidia lo que nos rodeaba, fijándome en las alfombras de China y Oriente Próximo, las antigüedades de caoba y un hermoso tapiz medieval con una escena de los Nibelungenlied bajo la que había una leyenda en letras góticas: «Hic Siegriedum Aureum Occidunt (Aquí mataron al dorado Sigfrido)».
-Doctor Trowbridge, doctor De Grandin.
Aquella voz suave y bien educada me hizo abandonar mi estudio del tapiz: una imponente dama de cabellos blancos acababa de entrar en la estancia.
-¡Señora, le pido mil perdones por esta intrusión! -De Grandin hizo entrechocar sus talones y la obsequió con una rígida reverencia-. Créame, no deseamos turbar su intimidad, pero hemos venido por un asunto de la máxima importancia. Disculpe que le pregunte en qué circunstancias murió su hija, pues soy de la Sûreté de París y mis pesquisas estan relacionadas con la investigación científica.

La señora Heatherton era, para usar una frase algo sobada, «toda una dama». Nueve mujeres de cada diez se habrían quedado paralizadas nada más oír las palabras de Jules de Grandin, pero ella era la mujer número diez. La mirada tan directa que le había lanzado el pequeño francés y su evidente sinceridad, combinadas con los modales perfectos y el atuendo inmaculado, exigían una respuesta.

-Siéntense, caballeros -nos invitó-. No se me ocurre razón alguna por la que la tragedia de mi pobre niña deba interesar a un oficial de la policía secreta parisiense, pero estoy dispuesta a contarles todo lo que sé; de todas formas, los periódicos les darían una versión confusa y no demasiado fiel de lo ocurrido.
»Alice era mi hija pequeña. Ella y mi hijo Ralph se llevaban casi dos años exactos de diferencia. Ralph se graduó en ingeniería civil por la Universidad de Cornell hace dos años y fue a Florida para ocuparse de algunas obras. Alice murió mientras le visitaba.
-Pero..., disculpe lo que quizá pueda parecerle rudeza por mi parte, señora, pero su hijo... También está muerto, ¿no?
-Si. -Nuestra anfitriona asintió con la cabeza-. También está muerto. Murieron casi al mismo tiempo. En Florida había un hombre de esta misma ciudad, Joachim Palenzke..., no es la clase de persona con la que solemos relacionarnos, pero era el jefe de Ralph. Creo que tuvo algo que ver con la operación inmobiliaria que motivó las obras. Cuando Alice fue a visitar a Ralph esa persona abusó de su posición y del hecho de que todos éramos de Harrisonville, y persiguió a mi hija de una forma absolutamente indecorosa.
-Comprendo. ¿Y qué ocurrió después? -preguntó De Grandin en voz baja y suave, instándola a proseguir.
-Ralph se enfadó muchísimo. Palenzke hizo algunas observaciones insultantes..., según me han contado, se trató de ciertas alusiones desagradables referentes a Alice y a mí. Se pelearon. Ralph no era demasiado corpulento pero tenía mucho valor. Palenzke era casi un gigante, pero en el fondo era un cobarde. Cuando vio que Ralph estaba a punto de vencerle sacó una pistola e incrustó cinco balas en el cuerpo de mi pobre hijo. Ralph murió al día siguiente depués de haber pasado horas de terribles sufrimientos.
Su asesino huyó a los pantanos, donde sería difícil seguirle el rastro con sabuesos, y según algunos tramperos acabó suicidándose pero debió de haber algún error pues... -Se quedó callada y se tapó la boca con un pañuelo arrugado, como si intentara contener los sollozos.
De Grandin se levantó de su asiento y le dio unas palmaditas en la mano, como si consolara a una criatura.
-Mi querida señora murmuró-, le aseguro que todo esto me resulta muy doloroso, pero le ruego que me crea cuando le dijo que tengo mis razones para hacerle estas preguntas tan penosas para usted. Por favor, dígame por qué cree que la historia según la que ese malvado se suicidó no es cierta.
-Porque..., ¡porque volvieron a verle! ¡Él mató a Alice!
-Nom d'un nom! ¡Es increíble! -El comentario casi fue un grito reprimido-. Señora, cuénteme lo ocurrido, dígame todo lo que sepa sobre ese acto tan espantosamente vil... Esto es de una gran importancia, y explica mucho de lo que hasta ahora resultaba inexplicable. ¡Siga, chére Madame, se lo imploro!
-La tragedia tuvo un efecto terrible sobre Alice..., parecía creer que ella era la responsable de que Ralph hubiera sido asesinado, pero pasados unos días se recuperó lo suficiente para dar comienzo a los preparativos necesarios y volver a casa con el cadáver.

El ferrocarril más cercano quedaba a unos veinticinco kilómetros y quería coger un tren que salía a primera hora, por lo que se marchó en coche la noche anterior a la mañana en que debía coger el tren. El coche avanzaba por un tramo de carretera solitaria y mal iluminada con el pantano a los dos lados cuando alguien emergió de entre los cañizos -lo sabemos gracias a la declaración del chófer-, y saltó al estribo del coche en marcha. Dejó inconsciente al chófer de un solo golpe, pero no antes de haber sido reconocido. Era Joachim Palenzke. Cuando el chófer perdió el conocimiento el coche se dirigió hacia el pantano, pero afortunadamente para él el barro era lo bastante profundo para hacer que el motor se detuviera y no lo bastante profundo para engullir el vehículo. El chófer se recobró pasado un rato y dio la alarma. Un grupo de búsqueda del sheriff les encontró a la mañana siguiente. Al parecer Palenzke había resbalado en el fango mientras intentaba escapar y se había ahogado. Alice estaba muerta..., los médicos dijeron que a causa del shock. Tenía los labios en un estado terrible, y había una herida en su garganta, aunque no era lo bastante seria para haber causado su muerte; y había sido...

-¡Basta! ¡No siga, señora, se lo suplico! Sang de Saint Dennis, ¿acaso Jules de Grandin es un monstruo capaz de hacer rodar una piedra sobre el corazón destrozado de una madre? Dieu de Dieu, non! Pero respóndame a una pregunta más, si puede, y dejaré de interrogarla.. ¿Qué fue de ese diez mil veces maldito..., le pido disculpas, señora..., de ese execrable cochon llamado Palenzke?

-Trajeron su cuerpo aquí para el entierro –replicó la señora Heatherton en voz baja-. Su familia es muy rica. Unos se dedicaron al contrabando de licor durante la prohibición, otros especulan con propiedades inmobiliarias, y algunos son políticos. La ceremonia se celebró en la iglesia ortodoxa griega y fue el funeral más suntuoso que jamás se haya visto -dicen que sólo las flores costaron más de cinco mil dólares-, pero el padre Apostolakos se negó a decir misa por él. Se limitó a recitar una breve plegaria y le negó el entierro en la parte consagrada del cementerio de la iglesia.
-¡Ah! -De Grandin me lanzó una mirada cargada de sobreentendidos cuyo significado parecía ser ¡Ya se lo había dicho yo!
-Puede que esto también le interese, aunque no estoy segura -añadió la señora Heatherton-. Un amigo mío que conoce a un reportero del Journal..., los reporteros se enteran de todo, ya sabe -dijo con una encantadora ingenuidad-. Bien, ese amigo me contó que el cobarde realmente debió de intentar suicidarse y que no lo consiguió, pues había una señal de bala en su sien aunque, naturalmente, el disparo no debió de resultar fatal dado que le encontraron ahogado en el pantano. ¿Cree que pudo haberse herido a propósito allí donde pudieran verle esos tramperos para que la historia del suicidio se difundiera, esperando que los agentes de la ley dejarían de buscarle?
-Es muy posible -dijo De Grandin poniéndose en pie-. Señora, tenemos con usted una deuda mucho más grande de lo que jamás podrá imaginar, y aunque no puede saberlo al menos esta noche hemos conseguido ahorrarle un último dolor. Adieu, chère Madame, y que el buen Dios cuide de usted... y de los suyos.
Le rozó los dedos con los labios, hizo una reverencia y salió de la habitación.
Cuando cruzamos el umbral de la casa oímos el eco de un sollozo y el grito desesperado de la señora Heatherton.
-Yo y los míos... Ya no existen. ¡Todos han muerto, todos!
-La pauvre!-murmuró De Grandin mientras cerraba la puerta sin hacer ruido-. ¡Más razón para pedir que le bon Dieu cuide de ellos, aunque ella no lo sepa!
-¿Y ahora qué? -le pregunté, secándome furtivamente los ojos con mi pañuelo.
El francés no hizo esfuerzo alguno por ocultar sus lágrimas. Corrían por su rostro como si fuera un colegial.
-Vaya a casa, amigo mío -me ordenó-. Yo hablaré con el sacerdote de esa iglesia griega. Por lo que he oído de él debe de ser un hombre bueno y sabio. Pienso que creerá mi historia. Si no, parbleu, deberemos tomar el asunto en nuestras propias manos. Mientras tanto, suplíquele humildemente perdón a la excelente Nora por no haber acudido a disfrutar de su cena y pídale que prepare algún tentempié ligero. Después, esté listo para acompañarme de nuevo en cuanto lo hayamos consumido. Nom d'un canard vert, nos espera una noche muy atareada, mi viejo amigo!
Volvió cuando ya casi era medianoche, pero el brillo de sus ojos me reveló que había logrado cumplir con éxito algunas de sus «misiones».
-Barbe d'une chèvre -exclamó mientras liquidaba su sexto emparedado de cordero frío y vaciaba su octava copa de Ponte Canet-, ese padre Apostolakos no tiene ni un pelo de tonto, amigo mío. No es uno de esos pobres modernos de cabeza hueca tan sabios que no tienen ni idea de nada; un hombre versado en lo oculto puede hablar libremente con él y puede ser comprendido. Sí. Nos ayudará.
-¿Hum? -comenté yo, con la boca medio llena de pan y cordero.
-Exactamente -replicó De Grandin, volviendo a llenar su copa y cogiendo otro emparedado de la bandeja-. Exactamente, amigo mío... El buen papa es la autoridad suprema en los asuntos eclesiásticos, y mañana dará las órdenes necesarias sin necesidad de obtener ni un solo «permiso» de los respetables ex-contrabandistas, especuladores inmobiliarios y políticos que forman el ilustre clan Palenzke. ¿Ya no quedan emparedados y la botella está vacía? Bien, entonces pongámonos en marcha.
-¿Adónde?- le pregunté.
-A la casa del joven señor Rochester. Quiero volver a hablar con él.
Cuando salimos de la casa vi cómo sacaba un pequeño paquete oblongo del bolsillo de su chaqueta y lo metía en el del abrigo.
-¿Qué es eso? -pregunté.
-Algo que me ha prestado el buen padre. Espero que no tendremos ocasión de utilizarlo, pero si llega a ser preciso emplearlo nos resultará muy útil.

Una tenue neblina atravesada ocasionalmente por una lluvia gélida estaba cayendo sobre las calles cuando partimos hacia la casa de Rochester. Media hora de cautelosa conducción nos llevó a ese lugar, y cuando nos detuvimos junto a la acera el francés señaló una ventana iluminada del séptimo piso.

-Es la luz de su suite -me informó-. ¿Tendrá visitas a esta hora tan avanzada?
El ascensorista del turno de noche roncaba en una silla del vestíbulo y, guiado por el cauteloso gesto que me hizo De Grandin, le seguí hacia las escaleras.
-No hace falta que anunciemos nuestra presencia -murmuró mientras llegábamos al descansillo del sexto piso-. Creo que será mejor que nos presentemos por sorpresa.
Subimos en silencio otro tramo de escalones y nos detuvimos ante la puerta del apartamento de Rochester. De Grandin golpeó suavemente el panel de madera, repitió la llamada de una forma más insistente y estaba a punto de probar suerte con el picaporte cuando oímos pisadas al otro lado de la puerta.
El joven Rochester llevaba un albornoz de seda encima del pijama y tenía la cabellera un tanto desordenada, pero no parecía adormilado ni especialmente contento de vernos.
-Tengo la impresión de que no nos esperaba -anunció De Grandin-, pero aquí estamos. Tenga la bondad de hacerse a un lado y dejarnos entrar, si es tan amable.
-No pueden entrar ahora -dijo el joven-. En este momento me es imposible verles. Si vuelven mañana por la mañana...
-Ya es manana por la mañana, mon vieux -le interrumpió el pequeño francés-. Los relojes dieron la medianoche hace una hora.

Pasó junto a nuestro reluctante anfitrión y fue apresuradamente por el largo corredor que llevaba a la sala. La habitación estaba elegantemente amueblada con un estilo típicamente masculino: robustos sillones de arce y nogal, alfombras turcas, una mesa con una lámpara y un gran sofá con muchos almohadones colocado ante una chimenea con rejilla de bronce tras la que relucía una capa de carbón. Un débil olor a humo de cigarrillos flotaba en el aire, pero mezclado con él se notaba el delicado y exótico aroma del heliotropo. De Grandin se detuvo en el umbral, echó la cabeza hacia atrás y olisqueó la atmósfera como un sabueso que ha perdido el rastro. Delante de la entrada había un arco sobre el que se encontraba una varilla de bronce que sostenía dos gruesos cortinajes estampados al estilo Paisley, y De Grandin fue en línea recta hacia él con la mano derecha metida en el bolsillo del abrigo y el bastón de ébano que yo sabía ocultaba una espada levemente alzado en su mano izquierda.

-¡De Grandin! -protesté sorprendido, atónito al ver que se comportaba como si fuese el propietario del apartamento.
-No -le advirtió Rochester-. No debe...

Los cortinajes que colgaban del arco se separaron y una chica apareció entre ellos. El ceñido traje de tela púrpura que llevaba era casi tan diáfano como el humo, y pudimos ver a través de él los blancos perfiles de su cuerpo. Su cabellera cobriza fluía en una marea hendida por su rostro cayendo sobre la suave desnudez de sus hombros. Detenido sin haber llegado a completar el acto de dar un paso, un piececito descalzo mostraba su blancura y el azul de sus venas contrastando agudamente con el rojo color óxido de la alfombra de Bokhara. Cuando sus ojos se encontraron con los del francés tragó aire haciendo un sonido sibilante y sus pupilas se dilataron a causa del miedo. En la expresión de su rostro no había vergúenza alguna; y tampoco había confusión por sentirse culpable ni el intento de afrontar una situación desesperadamente embarazosa mediante el descaro. No, su expresión era la de alguien que se encuentra en un terrible peligro, y contempló a De Grandin tal y como podría haber contemplado a una serpiente de cascabel que avanzara ondulando hacia ella.

-Bien! -jadeó, y pude ver cómo la delgada tela de su traje se tensaba sobre sus senos-. ¡Así que lo sabe! Temía que lo descubriera, pero...
No llegó a terminar la frase. De Grandin dio un paso hacia ella y ladeó el cuerpo hasta que el bolsillo derecho de su abrigo quedó a un brazo de distancia de ella.
-Mais oui, mais oui, Mademoiselle la Morte -replicó De Grandin haciéndole una ceremoniosa reverencia, pero manteniendo la mano dentro de su bolsillo-. Lo sé, como muy bien ha dicho usted. Ahora la pregunta que se plantea es: «¿Qué vamos a hacer al respecto?»
-Oiga, ¿cuál es el significado de esta imperdonable intrusión? -le preguntó Rochester interponiéndose entre ellos.
El pequeño francés se volvió hacia él con una expresión levemente interrogativa en el rostro.
-¿Usted me pide una explicación? Bien, si es que hace falta dar explicaciones...
-Mire, maldita sea, no tengo por qué rendirle cuenta de mis actos a nadie. Alice y yo nos amamos. Vino a mí esta noche por voluntad propia y...
-En verité? -le interrumpió el francés-. ¿Y cómo vino, señor Rochester?
El joven contuvo el aliento de una forma parecida a la del corredor que lucha por normalizar su respiración al final de una prueba muy difícil.
-Yo..., salí un rato y cuando volví... -dijo con voz vacilante.
-Mi pobre amigo -volvió a interrumpirle De Grandin contemplándole con simpatía-, miente usted como un caballero, pero miente muy mal. Escúcheme y le diré cómo entró: esta noche, no sé exactamente cuándo pero bastante después de la puesta de sol, oyó un golpecito en su ventana o en su puerta y cuando se asomó a mirar, voilà, ahí estaba la hermosísima demoiselle, Creyó soñar, pero esos lindos dedos volvieron a golpear el cristal de la ventana y esos ojos tan adorables y luminosos le miraron lanzándole un mensaje de amor. Abrió la puerta o la ventana y la hizo entrar, decidido a seguir disfrutando con aquel sueño ya que no había posibilidad alguna de estar con ella en carne y hueso. Dígame, joven señor, y usted también, hermosa mademoiselle, ¿he descrito los hechos tal y como ocurrieron o no?

Rochester y la chica le contemplaron asombrados. El único testimonio de que había acertado lo dieron los temblorosos párpados del joven y el estremecimiento que hizo agitarse los delicados labios de la chica. Un tenso y vibrante silencio reinó durante unos instantes en la habitación; después la joven dejó escapar un leve grito ahogado y avanzó sin hacer ruido dejándose caer de rodillas ante De Grandin.

-¡Tenga piedad de mí..., sea compasivo! le suplicó-. Muéstreme la misma misericordia que quizá algún día desee recibir. Es tan poco lo que le pido... Usted sabe qué soy; ¿sabe también quién soy y por qué ahora soy..., la criatura maldita que ve ante usted? -enterró el rostro en las manos-. Oh, es tan cruel..., ¡es demasiado cruel! -sollozó-. Era tan joven; toda mi vida se extendía ante mí. No conocí el auténtico amor hasta que ya era demasiado tarde. No puede ser tan implacable, no puede hacer que me marche con las manos vacías; ¡no puede!
-Ma pauvre! -De Grandin puso su mano sobre la reluciente cabellera de la joven-. ¡Mi pobre e inocente oveja que se encontró al carnicero allí donde teníatodo el derecho a jugar los juegos de las ovejas! Sé todo cuanto puede saberse sobre usted. Esta noche su santa madre me ha contado mucho más de lo que se imaginaba. No soy cruel, mi hermosa pequeña: soy todo simpatía y pena, pero la vida es cruel y la muerte todavía lo es más. Además, ya sabe cuál será el inevitable final de todo esto si me abstengo de cumplir con mi deber, ¿verdad? Si pudiera hacer un milagro abriría las puertas de la muerte y dejaría que viviera y disfrutara del amor hasta que le llegara el momento natural de morir, pero...
-¡No me importa cuál haya de ser el fin! –exclamó la joven echándose hacia atrás hasta quedar sentada en el suelo, con las plantas de sus pies descalzos mirando hacia arriba-. Sólo sé que se me ha robado aquello a lo que toda mujer tiene derecho por el simple hecho de nacer. Ahora he encontrado el amor y quiero disfrutar de él; ¡lo deseo! Él me pertenece, le digo que me pertenece... -Se encogió ante De Grandin, suplicándole-. ¡Piense en cuán poco le pido! -Se arrastró de rodillas hasta cogerle la mano entre las suyas y se la llevó a la mejilla-. Sólo le pido una gotita de sangre de vez en cuando; sólo una gotita insignificante para hacer que mi cuerpo siga intacto y conserve su belleza. Si fuera como las otras mujeres y Donald fuese mi amante no le importaría ofrecerme su sangre para una transfusión..., estaría dispuesto a darme cualquier cantidad de su sangre siempre que la necesitara. Entonces, ¿es pedirle demasiado cuando sólo quiero una gota de vez en cuando? Sólo una gota de vez en cuando y, algunas veces, un poco del hálito vital que hay en sus pulmones para...
-¡Para aniquilar su pobre cuerpo enfermo y, después, para destruir su alma joven y limpia! -la interrumpió el francés en voz baja y suave-. No es en los vivos en quien pienso más, sino en los muertos. Cuando haya perdido su vida por usted, ¿sería capaz de negarle el reposo de la tumba? ¿Le negaría el sueño apacible hasta que llegue el Gran Mañana de Dios?
-¡O-o-oh! -El grito que aquellas palabras le arrancaron a sus convulsos labios era como el gemido de un espíritu extraviado-. Tiene razón..., es su alma lo que debemos proteger. Lo que le pido también mataría esa alma, como murió la mía aquella noche en los pantanos. ¡Oh, Dios santo, ten compasión de mí! Tú que curaste a los leprosos y no despreciaste a la Magdalena, ¡ten piedad de mí, la impura, la que ha sido contaminada!
Ardientes lágrimas de agonía se deslizaron por entre los dedos de aquellas manos esbeltas y casi transparentes con las que se tapaba los ojos.
-Estoy preparada -anunció por fin, pareciendo haber encontrado el coraje necesario para renunciar a todo-. Haga lo que debe hacer. Si tiene que ser el cuchillo y la estaca, golpee con mano fuerte y veloz. Si puedo evitarlo, no gritaré.
De Grandin la miró durante un segundo interminable a la cara, y su expresión era la misma con la que podría haber contemplado a un ser muy querido que yacía dentro de su ataúd.
-Ma pauvre -murmuró con voz llena de compasión-. ¡Mi pobre, bella y valerosa muchacha!
Se volvió bruscamente hacia Rochester.
-Monsieur -dijo con voz seca-, deseo examinarle. Quiero averiguar qué tal anda su salud.
Observamos con expresión asombrada cómo le quitaba la chaqueta del pijama al joven y auscultaba atentamente su pecho, dándole golpecitos y fijándose en el ritmo y la velocidad de los latidos. Acabó pasándole lentamente la mano por el brazo.
-Hum -dijo con voz pensativa cuando hubo terminado su examen-, se encuentra en bastante mal estado, amigo mío. Con medicinas, muchos cuidados y más suerte de la que suele tener el médico podríamos mantenerle con vida otro mes. Naturalmente, entra dentro de lo posible que caiga muerto en cualquier momento... Pero le juro que nunca le he comunicado su sentencia de muerte a un paciente con tanta alegría como la que siento ahora.
Dos de nosotros le contemplamos enmudecidos por el asombro; la chica fue la única que le comprendió.
-Quiere decir... -susurró con voz temblorosa, con la risa y una luz como jamás he visto sobre el mar o sobre la tierra apoderándose de sus ojos-. Quiere decir que puedo tenerle hasta que...
De Grandin la obsequió con una sonrisa de placer.
-Exactamente, precisamente, así es, mademoiselle -replicó, y en su voz había una inconfundible alegría que casi llegaba a la risa. Le dio la espalda y se dirigió a Rochester-: Usted y mademoiselle Alice pueden amarse todo cuanto quieran mientras la vida siga alentando dentro de su cuerpo. Y después... -Alargó el brazo y tomó la mano de la joven-; después haré lo necesario..., por los dos. Ja, Monsieur Diable, te he engañado bien; ¡Jules de Grandin ha dejado en ridículo al infierno!
Echó la cabeza hacia atrás y asumió una postura desafiante con los ojos centelleando y los labios temblándole a causa de la excitación y el júbilo que sentía.
La chica se inclinó hacia adelante, le cogió la mano y la cubrió de besos.
-¡Oh, es usted tan bueno! -sollozó con voz a punto de quebrarse-. Sabiendo lo que sabe, ningún otro hombre habría hecho lo que acaba de hacer.
-Mais non, mais certainement non, Mademoiselle -dijo de Grandin con expresión imperturbable-. Olvida usted que soy Jules de Grandin... Vamos, Trowbridge, amigo mío, nuestra presencia aquí es una intrusión que esta joven no debe soportar -me dijo-. Nosotros apuramos el vino purpúreo de la juventud hace muchos años, ¿qué hacemos aquí junto a los que ríen y pasan la noche entregándose al amor? Marchémonos.
Los enamorados nos siguieron hasta el vestíbulo cogidos de la mano, pero cuando nos detuvimos junto al umbral...
¡Rat-tat-tat!. Algo golpeó la ventana empapada por la niebla y cuando giré sobre mis talones sentí cómo el aliento ardía en mi garganta. Más allá del cristal había una silueta humana que parecía flotar entre la niebla. Un examen más atento me reveló que era el hombre de rostro brutal que habíamos visto la noche antes en el café. Pero ahora su rostro feo y malvado era el del diablo, y no el de un mero hombre perverso.
-Eh bien, monsieur, ¿es usted, eh? -le preguntó De Grandin con voz despreocupada-. Pensé que quizá se decidiría a aparecer, por lo que estoy preparado para recibirle. No le invite a entrar -le ordenó secamente a Rochester-. No puede entrar a menos que alguien le invite a hacerlo... Abrace con fuerza a su amada y coloque la mano o los labios sobre su boca para que aquel de quien es sierva, aunque sea involuntariamente, no pueda darle permiso para entrar. ¡Recuerde, no puede cruzar el alféizar sin la invitación de alguno de los presentes en este cuarto!
Alzó la persiana y contempló a la aparición con ojos llenos de sarcasmo.
-Monsieur le Vampire, ¿tiene algo que decirnos antes de que le eche de aquí? -le preguntó.
La boca del ser que había al otro lado de la ventana se movió, pero la furia que sentía le había dejado sin palabras.
-¡Es mía! -logró chillar por fin-. La convertí en lo que es, y me pertenece. Volverá a ser mía, y esa cosa agonizante de rostro blanco como la harina que la abraza también lo será. ¡Todos vosotros me pertenecéis! ¡Seré el rey y el emperador de los muertos! Ni tú ni ningún mortal podéis detenerme. Soy omnipotente, supremo, soy...
-Eres el mayor mentiroso de todo el universo, dejando aparte a los que arden en las llamas del infierno -le interrumpió De Grandin con voz gélida-. En cuanto a tu poder y tus afirmaciones, monsieur Cara-de-Mono, mañana no tendrás nada, ni tan siquiera un trocito de tierra al que llamar tumba. Mientras tanto, contempla esto, engendro del diablo; ¡contémplalo y teme su presencia!

Su mano emergió velozmente del bolsillo del abrigo sosteniendo un estuchito parecido a esas carteritas de cuero que se usan para colocar las fotografías. Apretó un resorte oculto y la tapa se abrió. La criatura de la noche contempló el objeto que contenía con una mezcla de estupefacción, horror e incredulidad. Un instante después lanzó un grito salvaje y retrocedió: aquel espantoso movimiento me recordó el de un pez atrapado en el anzuelo.

-Veo que no te gusta -dijo el francés asintiendo con la cabeza-. Parbleu, apestoso truhán escapado del osario, ¡veamos qué efecto tiene su contacto!
Alargó el brazo hasta que el objeto contenido en el estuche de cuero casi tocó el rostro fantasmal que había al otro lado de la ventana.

Un alarido salvaje e inhumano despertó ecos en la noche y cuando el rostro demoníaco se apartó vimos que en su frente había un verdugón rojizo, como si el francés lo hubiese golpeado con un hierro candente.

-Cierren las ventanas, mes amis -nos ordenó con voz tan tranquila como si no hubiera ninguna presencia horrenda flotando al otro lado de la ventana-. Ciérrenlas bien, y abrácense el uno al otro hasta que llegue la mañana y haga huir las sombras. Bonne nuit!
-Por el amor del cielo -le dije mientras iniciábamos el trayecto de vuelta a casa-, ¿qué significa todo esto? Usted y Rochester la llamaron Alice, y es idéntica a la chica que vimos en el café la noche pasada. Pero Alice Heatherton está muerta. Esta noche su madre nos ha contado cómo murió; vimos su tumba esta mañana. ¿Hay dos Alice Heatherton, esta chica es su doble o...?
-En cierto modo -me respondió-. Amigo mío, la joven a la que acabamos de ver era Alice Heatherton, pero no era la Alice Heatherton de quien su madre nos habló esta noche, ni aquella cuya tumba vimos esta mañana.
-¡Deje de hablar en acertijos, por Dios! -exclamé sin poderme contener-. ¿Era o no era Alice Heatherton?
-Tenga paciencia, viejo amigo -me aconsejó-. Por ahora no puedo decírselo, pero dentro de poco se lo explicaré todo..., espero.
Estaba empezando a amanecer cuando los golpes que De Grandin daba en la puerta de mi dormitorio me sacaron de un sueño tan profundo como el coma.
-¡Arriba, amigo Trowbridge! -gritó, acentuando sus palabras con otro golpe asestado en la madera-. Arriba, y vístase lo más deprisa posible... Tenemos que partir inmediatamente. ¡Les ha ocurrido una tragedia!
Me levanté de la cama tambaleándome y sin saber muy bien lo que hacía, me puse la ropa a tientas y, con los ojos todavía velados por el sueño, bajé al vestíbulo: De Grandin me esperaba dominado por lo que parecía una frenética excitación.
-¿Qué ha sucedido? -le pregunté mientras nos dirigíamos hacia la casa de Rochester.
-Lo peor -me respondió-. El teléfono me despertó hace diez minutos. «Será una llamada para el amigo Trowbridge», me dije. «Algún paciente con le mal de l'estomac desea un pequeño paregórico y mucha simpatía. No le despertaré, pues el ajetreo de la noche le ha dejado agotado.» Pero el timbre seguía sonando, así que acabé respondiendo. Era Alice, amigo mio. Hélas, el amor es fuerte pero la servidumbre que pesa sobre ella lo es todavía más. Aun así, después de que el daño estuviera hecho tuvo el valor suficiente para llamarnos. Recuerde eso cuando tenga que juzgarla.
Estuve a punto de disminuir la velocidad para pedirle una explicación pero De Grandin movió la mano en un gesto impaciente.
-De prisa; ¡oh, apresúrese, apresúrese! -me ordenó con voz apremiante-. Debemos reunirnos con él lo más pronto posible. Puede que ahora ya sea demasiado tarde...
No había tráfico en las calles, y realizamos el trayecto hasta el apartamento de Rochester en un tiempo récord. Nos encontramos ante su puerta casi sin tiempo para darnos cuenta de ello, y De Grandin entró sin ninguna clase de ceremonias. Abrió la puerta de un manotazo, corrió por el pasillo y llegó a la sala, deteniéndose en el umbral para tragar aire.
-¡Ah! -jadeó-. Veo que ha sido muy concienzudo...

La habitación estaba destrozada. Los sillones habían sido volcados, los cuadros se hallaban torcidos, fragmentos de adornos y objetos varios yacían esparcidos por el suelo y el tapete que cubría la mesa de centro había sido arrancado salvajemente de su sitio, haciendo caer la lámpara y dispersando los ceniceros y las cajas de cigarrillos. Donald Rochester yacía sobre la alfombra delante de la chimenea apagada, con una pierna doblada en una postura extraña debajo del cuerpo, el brazo derecho extendido flácidamente y la muñeca formando un ángulo recto con el resto del miembro. El francés cruzó la habitación a la carrera abriendo su maletín mientras avanzaba. Se arrodilló junto a Rochester, auscultó con atención el pecho del joven durante unos instantes, le subió la manga, frotó su brazo con un algodón empapado en alcohol e introdujo la aguja de su hipodérmica a través de un pliegue de la piel.

-Hay una posibilidad entre un millón -murmuró mientras hacía bajar el émbolo de la hipodérmica-, pero la situación apremia; le bon Dieu sabe hasta qué punto...

El poderoso estimulante empezó a surtir efecto y los párpados de Rochester se movieron levemente. Gimió y ladeó la cabeza con un gran esfuerzo, pero no intentó levantarse. Me arrodillé junto a De Grandin y cuando le ayudé a incorporar al herido comprendí cuál era la causa de su sopor. Le habían roto la espina dorsal a la altura de la cuarta vértebra, dejándole paralizado.

-Monsieur -susurró el pequeño francés-, se está muriendo. El círculo del reloj contiene muchos más minutos de los que le quedan de vida. Cuéntenos lo que ha ocurrido, deprisa.
Volvió a inyectar más estimulante en el brazo de Rochester.
El joven se mojó sus labios azulados con la punta de la lengua e intentó tragar una honda bocanada de aire, pero descubrió que el esfuerzo era excesivo.
-Fue él..., aquel al que usted ahuyentó la noche pasada -murmuró con voz enronquecida-. En cuanto se marcharon Alice y yo nos acostamos sobre la alfombra, delante de la chimenea, contando nuestros minutos de estar juntos como un avaro podría contar su oro. Tenía mucho frío así que puse un poco más de carbón en el fuego, pero eso no pareció servir de nada. Empezó a jadear y a atragantarse, y dejé que tomara un poco de mi aliento. Eso la revivió y cuando hubo sorbido un poco de sangre de mi garganta volvió a parecer la de siempre, aunque cuando se acostó junto a mí no pude detectar ningún latido de su corazón.

Debió de ocurrir justo antes del amanecer..., no sé exactamente cuando, pues me había quedado dormido en sus brazos. Oí un ruido en la ventana y alguien que gritaba pidiendo que le dejaran entrar. Recordé su advertencia y traté de sujetar a Alice, pero se me escapó. Corrió hacia la ventana y la abrió de par en par mientras gritaba: "Entra, amo; ahora no hay nadie que pueda detenerte." Se lanzó sobre mí y cuando Alice se dio cuenta de lo que pretendía hacer trató de impedírselo, pero la arrojó a un lado como si fuera una muñeca de trapo: la cogió por el cuello y la lanzó contra la pared. Oí cómo crujían sus huesos al chocar con ella. Luché con él pero la resistencia que pude ofrecer era tan escasa como la que habría presentado un niño de tres años que luchara conmigo. Me tiró al suelo y me rompió los brazos y las piernas con sus pies. El dolor fue terrible. Después me levantó en vilo y volvió a arrojarme al suelo, y ya no sentí más dolor, salvo esta terrible jaqueca. No podía moverme pero estaba consciente, y lo último que recuerdo fue ver cómo Alice y él salían por la ventana cogidos de la mano. Alice ni tan siquiera se volvió a mirar.

Se quedó callado durante unos momentos, luchando desesperadamente para recuperar el aliento y después, en voz todavía más baja que antes, añadió:

-Oh, Alice..., ¿cómo pudiste hacerlo? ¡Y yo que te amaba tanto!
-No se atormente, mi querido amigo -le dijo De Grandin-. No lo hizo por voluntad propia. Ese demonio la domina con un poder al que no puede resistirse. Está sujeta a él de una forma más completa de lo que jamás lo estuvo ningún esclavo negro a su amo. Escúcheme; y abandone este mundo pensando en lo que voy a decirle: ella le amaba y le ama. Estamos aquí porque ella nos llamó, y sus últimas palabras estuvieron llenas de amor hacia usted. ¿Me oye? ¿Me ha comprendido? Morir es muy triste, mon pauvre, pero estoy seguro de que morir sabiendo que se ama y se es amado es algo que no se encuentra al alcance de todos. Muchos hombres viven su existencia sin haber tenido tanto, y muchos cambiarían alegremente todos los años de su vida por cinco breves minutos del éxtasis que fue suyo ayer noche.
-Señor Rochester, ¿me oye? -le preguntó con voz seca e imperiosa, pues el rostro del joven estaba cobrando el tono grisáceo que indica la proximidad de la muerte.
-S-sí. Me ama..., me ama. ¡Alice!
El nombre de la joven brotó de sus labios en un último suspiro, los músculos de su rostro se aflojaron y sus ojos adoptaron la fijeza vidriosa de los ojos que ya no ven nada.
De Grandin le bajó suavemente los párpados cubriendo aquellas pupilas incapaces de ver, le subió la mandíbula y empezó a ordenar la habitación con un metódico apresuramiento.
-Usted se encargará de firmar el certificado de defunción -me anunció como sin darle importancia-. Nuestro joven amigo sufría de angina pectoris. Esta mañana tuvo un ataque y después de llamarnos se cayó del sillón en que estaba sentado cuando intentaba coger su medicina: como resultado de la caída se fracturó varios huesos. Cuando llegamos le encontramos agonizando, pero vivió el tiempo suficiente para contarnos lo sucedido. ¿Me ha comprendido?
-Que me cuelguen si entiendo algo de esto -negué-. Sabe tan bien como yo que...
-Que la policía nos hará muchas preguntas incómodas -me recordó-. Somos las últimas personas que le vimos con vida. Suponiendo que les dijéramos la verdad, ¿piensa que nos creerían?
Seguí sus órdenes al pie de la letra por mucho que me disgustaran, y una hora después el cuerpo del joven fue entregado al forense Martin, quien se ocuparía de él.
Rochester era huérfano y carecía de familia, por lo que De Grandin asumió el papel de amigo más cercano: se encargó de hacer todos los arreglos necesarios para el funeral y ordenó que los restos fueran incinerados sin tardanza. Las cenizas le serian entregadas para que dispusiera de ellas en la forma que le pareciese más conveniente.
Estos arreglos y mis visitas profesionales consumieron la mayor parte del día. A las cuatro de la tarde me hallaba totalmente agotado, pero De Grandin, infatigable, parecía tan fresco como al amanecer.
-Todavía no, amigo mío -dijo cuando me disponía a dejarme caer en mi sillón-. Aún tenemos algo que hacer. ¿No oyó la promesa que le hice al nunca suficientemente anatematizado Palenzke la noche anterior?
-¿Su promesa?
-Précisément. Le tenemos reservada una gran sorpresa.

La curiosidad venció a mi fatiga y le llevé a la pequeña iglesia ortodoxa griega refunfuñando entre dientes. Estacionado junto a la puerta estaba el severo vehículo negro de un empresario de pompas fúnebres: su conductor bostezaba audiblemente ante el retraso impuesto a su misión.
De Grandin subió corriendo los peldaños con paso ligero, entró en la iglesia y volvió unos minutos después acompañado por un venerable sacerdote ataviado con todas las insignias de su condición.

-Allons, mon enfant -le dijo al chófer-. Póngase en marcha; nosotros le seguiremos.
Los imponentes muros de granito del Crematorio North Hudson se alzaron ante nosotros, pero ni tan siquiera entonces logré comprender los motivos de aquella alegría que De Grandin apenas podía contener.

Al parecer ya se habían hecho todos los preparativos. El padre Apostolakos recitó la plegaria del entierro ortodoxo en la pequeña capilla que había sobre el incinerador, y el ataúd fue esfumándose lentamente por el ascensor disimulado que lo llevaría hasta la cámara de incineración situada más abajo. El anciano sacerdote nos hizo una cortés reverencia y abandonó el edificio en dirección a mi coche. Me disponía a seguirle cuando De Grandin me hizo una seña imperiosa.

-Todavía no, amigo Trowbridge -dijo . Acompáñeme abajo y le enseñaré algo.

Fuimos a la cámara subterránea donde se llevaba a cabo la incineración. El ataúd reposaba sobre una carretilla ante la abertura que daba acceso a la caverna del horno, pero De Grandin detuvo a los ayudantes cuando se disponían a introducirlo en ella. Avanzó de puntillas sobre el suelo embaldosado y se inclinó sobre el ataúd, indicándome que me reuniera con él. Cuando me puse a su lado reconocí los toscos y malignos rasgos del hombre al que habíamos visto con Alice en el café: era aquel mismo rostro bestial y furioso que la noche antes nos había dirigido amenazas y maldiciones desde el otro lado de la ventana de Rochester. Estuve a punto de retroceder, pero el francés me agarró firmemente por el codo haciendo que me acercara todavía más al cuerpo.

-Tiens, Monsieur le Cadavre -murmuró mientras se inclinaba sobre aquella cosa muerta-, ¿qué piensa de esto, hein? Usted que iba a ser rey y emperador de todos los muertos, que alardeó de que ningún poder terrestre podría detenerle..., Jules de Grandin le prometió que no tendría nada, ni tan siquiera un pedazo de tierra al que llamar tumba, ¿verdad? Bah, asesino y violador de mujeres, homicida inmundo, ¿dónde está ahora su poder? Váyase..., váyase al horno que le llevará al fuego del infierno, ¡y llévese esto con usted!

Frunció los labios y escupió en el frío rostro del cadáver. Quizá fuera un engaño producto de mis nervios cansados o una ilusión óptica causada por las luces eléctricas, pero creo que vi cómo aquel cadáver que llevaba mucho tiempo enterrado se retorcía dentro de su ataúd, y una expresión de odio tan terrible como imposible de describir desfiguró aquellos rasgos cerúleos. De Grandin dio un paso hacia atrás, le hizo una seña a los ayudantes y el ataúd se deslizó sin ningún ruido hacia el interior del horno. La bomba de presión empezó a funcionar con un leve chirrido y un instante después oímos el rugir apagado de las llamas producidas por la gasolina que brotaba de los quemadores. De Grandin encogió sus flacos hombros.

-C'est une affaire finie.

Volvimos al cementerio Shadow Lawn poco después de la medianoche. De Grandin me guió hasta el mausoleo de la familia Heatherton avanzando sin ninguna vacilación, como si acudiera a una cita. Abrió las enormes puertas de bronce con una llave que había conseguido no sé dónde y me ordenó que montara guardia en el exterior. Entró en la tumba alumbrándose con su linterna eléctrica llevando un paquete cubierto con una tela debajo del brazo. Un instante después oí un ruido de metal contra metal y el sonido de algún objeto pesado que era arrastrado por el suelo; a continuación hubo un largo silencio que acabó poniéndome bastante nervioso y, por fin, un grito medio ahogado, el tipo de grito que emite el paciente sentado en el sillón del dentista cuando se le extrae una muela sin anestesia. Otro período de silencio, roto por el deslizarse de objetos pesados que eran llevados de un lado para otro, y el francés emergió de la tumba con las lágrimas corriéndole por el rostro.

-Paz -anunció con voz entrecortada-. Le he dado la paz, amigo Trowbridge, pero, ¡oh!, qué terriblemente doloroso ha sido oírla gemir, y todavía lo ha sido más ver cómo su hermoso cuerpo que aún parecía vivo se estremecía bajo el abrazo implacable de la muerte. Ver morir a los vivos es fácil de soportar, mi viejo amigo, ¡pero ver morir a los muertos...! ¡Mordieu, cada vez que piense en lo que la clemencia me ha obligado a hacer esta noche mi alma sufrirá tormentos infinitos!
Jules de Grandin escogió un puro del humidificador y lo encendió con la precisión típica de todos sus movimientos.
-Admito que los acontecimientos de los últimos tres días han sido indiscutiblemente extraños –dijo mientras enviaba una nube de humo aromático hacia el techo-. Pero, ¿qué tiene eso de sorprendente? Todo lo que se encuentra fuera del radio de nuestras experiencias cotidianas resulta extraño. Para quien no ha estudiado biología ver una ameba al microscopio es un espectáculo de lo más extraño; estoy seguro de que los esquimales encontraron rarísimo al aeroplano de monsieur Byrd y nosotros opinamos que cuanto hemos visto estas últimas noches es muy extraño. Lo es, por suerte para nosotros y para toda la humanidad.

Empecemos por el principio: hoy en día existen ciertos protozoos que probablemente son idénticos a las primeras formas vitales que hubo sobre la faz de la tierra y, del mismo modo, todavía existen ciertos restos de un mal muy antiguo, aunque su número disminuye continuamente. Hubo una época en que la tierra estaba infestada por ellos: diablos y su parentela, duendes, sátiros y demonios, elementales, licántropos y vampiros... Todos eran numerosos; todos, quizá, existen actualmente en número considerable, aunque no sabemos de su existencia y la mayoría de nosotros ni tan siquiera hemos oído hablar de ellos. Esta vez nos vimos obligados a tratar con el vampiro. Sabe de qué le hablo, ¿verdad? Siendo precisos, el vampiro es un alma atada a la tierra, un espíritu que ha cometido muchos pecados y actos malvados y que, como resultado, se encuentra sujeto al mundo en el que cometió esas maldades y no puede desplazarse hasta el lugar que le corresponde. En la India hay muchos vampiros, así como en Rusia, Hungría, Rumanía y por todos los Balcanes..., el vampiro parece medrar en todos aquellos lugares donde la civilización es vieja y decadente. A veces roba el cuerpo de alguien que ya ha muerto; a veces permanece dentro del cuerpo que tuvo en vida y nunca es más terrible que entonces, pues necesita alimento para ese cuerpo, pero su alimento no es el que usted o yo consumimos. No, el vampiro subsiste gracias a la fuerza vital de los que todavía no han muerto, fuerza que absorbe a través de su sangre, pues la sangre es vida. Debe chupar el aliento de aquellos que viven o no podrá respirar; debe beber su sangre o morirá de hambre. Y aquí es donde surge el peligro: un suicida, alguien que muere bajo una maldición o alguien a quien se le ha inoculado el virus vampírico debido a que un vampiro le ha chupado la sangre se convierte en vampiro después de la muerte. Es posible que esa persona no haya cometido mal alguno, y de hecho eso es lo que suele ocurrir, pero aún así estará condenada a vagar de noche alimentándose incesantemente con los vivos, reclutando nuevos miembros con que engrosar las horrendas filas de su tribu. ¿Comprende lo que le digo?

Piense en el caso que nos ha ocupado: este sacré Palenzke, debido a que cometió un asesinato y se suicidó, quizá en parte a causa de sus antepasados eslavos, quizá también por sus otros muchos pecados, se convirtió en un vampiro después de haberse arrebatado la vida. El informante de la Señora Heatherton no se equivocó: Palenzke se había destruido a sí mismo, pero su cuerpo maligno y su alma todavía más maligna seguían unidos el uno al otro, con lo que la amenaza que representaban para toda la humanidad era diez mil veces mayor que cuando estaban juntos en la vida natural.

Palenzke se alzó del pantano con todos los poderes sobrenaturales que le confería su vida-en-la-muerte, le tendió una emboscada a mademoiselle Alice, atacó a su chófer y se la llevó a las ciénagas para someterla a sus maldades, satisfaciendo a la vez su lujuria bestial, la sed de sangre del vampiro y el deseo de venganza que sentía porque ella había rechazado sus insinuaciones. Cuando la mató la convirtió en otra criatura como él. Además consiguió adquirir un dominio irresistible sobre ella. Era su juguete, su autómata, algo desprovisto de toda voluntad propia. Debía hacer lo que le ordenara, por mucho que odiara hacerlo. Quizá recuerde que le dijo al joven Rochester que debía seguir a ese villano aunque le odiaba; y quizá recuerde también cómo le permitió entrar en el apartamento cuando ella y su amado yacían el uno en brazos del otro, aunque permitirle entrar significaría la perdición de Rochester...

Si el vampiro pudiera añadir los poderes de los vivos a sus poderes de criatura muerta no tendríamos defensa contra él, pero por fortuna se encuentra sujeto a leyes que le es imposible vulnerar. No puede cruzar por sí solo un curso de agua en movimiento, necesita que alguien le lleve; no puede entrar en ninguna morada de los vivos a menos que reciba la invitación de alguien que se encuentre dentro de ella; puede volar por los aires, entrar por el agujero de una cerradura, la rendija de una ventana o el quicio de una puerta, pero sólo puede moverse de noche..., entre el crepúsculo y el canto del gallo. Desde el amanecer hasta que anochece no es más que un cadáver tan indefenso como cualquier otro despojo mortal y debe yacer en su tumba, sumido en la inmovilidad de los muertos. En esos momentos se le puede matar con facilidad, pero sólo utilizando ciertos métodos. El primero requiere atravesarle el corazón con una estaca de fresno y cercenarle la cabeza: el vampiro habrá muerto y no podrá volver a levantarse de la tumba para molestarnos. El segundo requiere quemar su cuerpo hasta convertirlo en cenizas: el vampiro habrá desaparecido, pues el fuego limpia todas las cosas.

Ahora que dispone de esta información haga encajar las piezas del rompecabezas que tan perplejo le tiene: cuando estábamos en el Café Bacchanale el aspecto de aquel hombre no me gustó nada. Tenía el rostro de un muerto y los rasgos de un villano nato, así como los ojos de un pez. En cuanto a su compañera, su belleza era totalmente irreprochable aunque ella también tenía un aspecto extraño, como si no perteneciera a este mundo. Empecé a sentir curiosidad por ellos, me dediqué a observarles por el rabillo del ojo y cuando vi que no comían ni bebían nada aquello me pareció no sólo extraño sino amenazador. La gente normal no hace tales cosas; la gente anormal suele resultar peligrosa.

Cuando Palenzke dejó sola a la joven después de indicarle que flirteara con el joven Rochester la situación me gustó todavía menos que antes. Lo primero que pensé fue que quizá se tratara de un intento de robo... ¿Cómo lo describió usted? Juego sucio... Por lo tanto, pensé que sería mejor seguirles para ver lo que ocurría. Eh bien, amigo mío, no cabe duda de que ocurrieron muchas cosas, n'est ce-pas?

Recordará la experiencia que tuvo el joven Rochester en el cementerio. Cuando nos la contó comprendí inmediatamente con qué clase de enemigo debíamos enfrentarnos, aunque en aquellos momentos no sabía que mademoiselle Alice era una víctima inocente de las circunstancias. La información proporcionada por madame Heatherton confirmó mis peores temores. Lo que vimos aquella noche en el apartamento de Rochester le sirvió de prueba a cuanto me había imaginado, e incluso a más cosas.

Pero mientras tanto yo no me había mantenido cruzado de brazos. Oh, no. Visité al buen padre Apostolakos y le conté cuanto había averiguado. Él lo comprendió todo inmediatamente e hizo los arreglos necesarios para exhumar el cadáver del malvado Palenzke, ordenando que lo llevaran al crematorio para que fuese incinerado. También me prestó un ikon sagrado, una imagen bendita de un santo cuya potencia para repeler a los demonios había quedado demostrada en más de una ocasión. ¿Se fijó en que cuando me acerqué a ella llevando la reliquia en mi bolsillo mademoiselle Alice se apartó de mí? ¿Vio cómo el alma en pena que era Palenzke huyó ante ella como huye la carne ante el hierro al rojo blanco?

Muy bien. Rochester amaba a esa mujer que ya había muerto y él mismo era un moribundo. ¿Por qué no permitirle que gozara del amor con el espectro de la mujer que correspondería a su pasión durante los pocos días que pudieran quedarle de vida? Cuando muriera, cosa inevitable, estaba preparado para tratar su pobre barro mortal de tal forma que no pudiera hacer ningún daño, aunque los besos vampíricos recibidos por su garganta ya casi le hubieran convertido en vampiro. Como bien sabe, eso es lo que he hecho. El fuego purificador ha acabado con el poder de Palenzke. Además, me juré que haría lo mismo por la pobre y hermosa Alice, víctima inocente del pecado, en cuanto su breve lapso de felicidad terrestre hubiera llegado a su fin. Oyó cómo se lo prometía, y he sido fiel a mi palabra.

No podía soportar la idea de hacerle más daño del estrictamente necesario, por lo que cuando fui en su busca esta noche con la estaca y el cuchillo llevé conmigo una jeringuilla en la que había cinco granos de morfina y se la administré antes de cumplir con mi deber. Creo que no sufrió mucho. Su gemido de disolución y el retorcerse de su pobre cuerpo cuando la estaca le atravesó el corazón fueron meros actos reflejos, no señales de un sufrimiento consciente.

-Pero si Alice era una vampira, como dice, y si podía recorrer el mundo de noche -protesté-, ¿por qué estaba en su ataúd cuando fuimos allí esta noche?
-Oh, amigo mío -dijo mientras los ojos se le llenaban de lágrimas-, estaba esperándome. Teníamos un compromiso; la pobre muchacha yacería en su ataúd aguardando el cuchillo y la estaca que la liberarían de su servidumbre. Ella..., ¡cuando la saqué de la tumba me sonrió y sus dedos me apretaron suavemente la mano!
Se limpió los ojos y echó una considerable ración de coñac en una copa.
-Por usted, joven Rochester, y por su hermosa dama -dijo mientras alzaba la copa en un brindis-. Allí donde están ahora el matrimonio no existe, pero espero que sus pobres almas en pena encuentren la paz y el descanso eterno..., juntas.
Vació la copa y la arrojó a la chimenea, donde el frágil recipiente de cristal se hizo añicos".

Seabury Quinn