El Recolector de Historias

El Recolector de Historias
Mostrando entradas con la etiqueta E.T.A Hoffmann. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta E.T.A Hoffmann. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de diciembre de 2015

"El Sanctus"

"El doctor meneó la cabeza, pensativo.
-¿Cómo? -exclamó el director de orquesta, levantándose de la silla- ¿Cómo? ¿Entonces, el catarro de Bettina puede tener consecuencias?

El doctor golpeó el suelo con su bastoncito, y mirando fijo hacia lo alto, como si contase los rosetones del techo, carraspeó sin decir palabra. Esto sacó de sus casillas al director de orquesta, pues sabía que estos gestos del doctor no significaban otra cosa más que: Un caso difícil... no sé qué hacer ni cómo salir del paso, no hago más que dar vueltas, como aquel doctor del Gil Blas de Santillana...
-Bueno, diga Ud. algo -exclamó furioso el director de orquesta-, díganos que no es más que una simple ronquera que Bettina ha cogido a causa de la imprudencia de no ponerse el chal cuando salió de la iglesia, y que no le costará la vida a la pequeña.
-En absoluto -dijo el doctor, estornudando esta vez-; pero, y parece que ya no podrá cantar en toda su vida una sola nota.

Al oír esto, el director de orquesta se tiró de los pelos con ambas manos, de forma que los polvos se esparcieron por el suelo, y recorrió el cuarto arriba y abajo, gritando como un loco:

-¿No cantar más?... ¿Nunca más? ¿Bettina? ¿Se acabaron las magníficas canzonettas, los boleros y seguidillas; que brotaban de sus labios como el aliento perfumado de las flores? No oír nunca más los piadosos Agnus, los consoladores Benedictus. ¡Oh! ¡Oh! ¿Nunca más un Miserere que me purifique de toda la escoria terrenal, de los pensamientos que me invaden cuando estoy componiendo los más puros temas religiosos? ¡Miente, doctor, miente! ¡Satanás lo tienta para mentir! El organista de la catedral, envidioso de mi Qui tollis de ocho voces, que maravilla al mundo entero, lo ha sobornado! ¡Lo que se propones es que caiga en la más horrible desesperación y que lance al fuego la misa que acabo de componer, pero no lo logrará, y ud tampoco lo logrará! Aquí, aquí la traigo, ¡con el solo de Bettina! -dijo golpeándose el bolsillo derecho de su saco, donde crujieron los papeles-, y la pequeña, como siempre, cantará con su voz sublime, que supera a la voz de las campanas.

El director de orquesta cogió el sombrero, y ya iba a marcharse, cuando el doctor le retuvo y le dijo suavemente:

-Admiro vuestro entusiasmo, querido amigo, pero no exagero. No conozco al organista de la catedral. Y todo va a suceder como digo. Desde que Bettina canta en los oficios divinos los solos del Gloria y del Credo, ha recaído en una ronquera y en una afonía que me hace temer, siendo ineficaz toda mi ciencia, que no volverá a cantar más.

-Bien -dijo el director de orquesta con una resignada desesperación-, entonces dadle opio que le produzca una dulce muerte, pues si Bettina no vuelve a cantar más, no podrá tampoco vivir, pues únicamente vive cuando canta, sólo existe en sus cánticos. Doctor, hágame el favor de envenenarla, y cuanto antes mejor. Tengo muy buenas relaciones con el Colegio de Criminalistas, estudié con el Presidente en Halle, era uno de los mejores músicos de cuerpo, y juntos tocábamos al anochecer, acompañados de coros de perros y gatos. No le molestarán por esta muerte digna. Pero, por favor, envenénala, envenénala.

-¿Se puede tener unos cuantos años, se puede uno empolvar el pelo desde hace tiempo, y respecto a la música hablar así? No es necesario gritar de este modo, no hay necesidad de hablar con esa audacia de muerte y de asesinato, así es que siéntese tranquilo en esa silla, y escúchame con calma.

El director de orquesta hizo lo que le indicaron.

-Realmente -comenzó el doctor- en el estado en que se encuentra Bettina hay algo raro y extraño. Habla alto, con toda la fuerza de que es capaz su organismo; no hay que pensar ni remotamente en las enfermedades usuales, incluso es capaz de dar el tono musical, pero en cuanto trata de elevar la voz, parece como si algo la paralizase, como unas cosquillas, unas punzadas, que obran como una enfermedad, de tal modo que los tonos de su voz, sin ser impuros o parecer propios de un catarro, suenan débiles e incoloros. A Bettina, incluso, le parecía que estaba como en un sueño cuando se intenta volar, y no se puede alzar uno del suelo. Esta actitud enfermiza estaba fuera de los límites de mi ciencia, y eran vanos todos los medios para combatirla, pues el enemigo al que debía combatir era semejante a un duende incorpóreo, contra el que daba en vano golpes de ciego. En cierto modo tenéis razón, director, pues la existencia entera de Bettina está condicionada por el canto, ya que solamente se puede concebir cantando a esta pequeña ave de paraíso, y creo que precisamente por eso está tan agitada, porque sabe que si su canto se agota, ella morirá al mismo tiempo, todo lo cual le perjudica mucho y dificulta mis esfuerzos para curarla. Bettina es, según ella misma confiesa, de naturaleza aprensiva, y por eso estoy convencido, después de ir a la deriva como un náufrago que se agarra a una tabla, de que la enfermedad de Bettina es más psíquica que física.

-Es cierto, doctor -exclamó el entusiasta viajero, que había permanecido en silencio con los brazos cruzados, sentado en un rincón-;Por una vez habéis acertado, querido doctor. El enfermizo sentimiento de Bettina es la consecuencia física de una impresión psíquica, y precisamente por eso es peor y más peligroso. ¡Yo, solamente yo, puedo explicaros todo, señores míos!

-Me gustaría saber qué es lo que voy a escuchar -dijo el director de orquesta, más quejumbroso aún que la vez anterior. El doctor acercó su silla, aproximándose al viajero entusiasta, y le miró sonriendo muy complacido. El viajero elevó su mirada, y sin mirar al doctor ni al director de orquesta, dijo:

-¡Director de orquesta! Una vez vi una pequeña mariposa atrapada entre las cuerdas de un clavicordio. La mariposa revoloteaba alegremente de un lado a otro, y con sus alitas tan pronto tocaba las cuerdas de arriba como las de abajo, y producía suaves acordes, tan suaves que ni el más fino oído hubiera podido percibirlas, de tal modo que el animalito, a fuerza de balancearse, parecía estar mecido por suaves olas. Pero, alguna vez, sucedía que una cuerda tocada más fuerte, como si estuviera enfadada, diese en las alas de la mariposa, y entonces el polvillo coloreado que adornaba sus alas se perdía. Ésta, sin prestar atención, seguía dando vueltas y vueltas, girando y cantando, hasta que las cuerdas, a fuerza de golpearla, llegaron a herirla, y entonces se desplomó inerme en el hueco que da a la caja de resonancia.

-¿Qué quiere decir con eso? -preguntó el director de orquesta.
-¡Fiat applicatio, amigo mío! -dijo el doctor.
-Realmente, éste no es un caso en que se pueda hacer una aplicación -continuó el entusiasta-; yo quería, ya que he oído a la citada mariposa tocando en el clavicordio del director de orquesta, expresar una idea general, que se me ocurrió hace tiempo, y que me lleva a lo que voy a decir acerca del mal que padece Bettina. Podéis considerar todo como una alegoría, y dibujarlo en el álbum de alguna virtuosa de la música viajera. Siento como si la naturaleza estuviese en torno nuestro como un clavicordio, cuyas cuerdas rozásemos, creyéndonos que los acordes y los tonos los habíamos producido voluntariamente, y muchas veces, si somos heridos mortalmente, ignoramos que el tono inarmónico es el que nos ha producido la herida.

-Muy oscuro -dijo el director de orquesta.
-¡Oh! -dijo el doctor, riéndose- Paciencia, ya está con su tema predilecto, y a todo galope, en el mundo de los presentimientos, sueños, influjos psíquicos, simpatías, idiosincrasias, etc. Hasta conducirnos al magnetismo, donde hará una parada para desayunar.

-Poco a poco, mi estimado doctor -dijo el viajero-, no menospreciéis, pues aunque os resistáis a aceptarlas, debéis considerarlas con humildad y con mucha atención. ¿No habéis dicho vosotros mismos, hace un instante, que la enfermedad de Bettina tiene origen psíquico o, mejor dicho, que es un mal psíquico?
-Bueno -dijo el doctor, interrumpiendo al viajero-. Pero, ¿qué relación tiene la infeliz mariposa con Bettina?

-Cuando se quiere hilar tan delgado -continuó el viajero- y se examina y se cuenta cada grano, el trabajo se hace aburridísimo, en verdad que es el aburrimiento mismo. ¡Dejad en paz a la mariposa y al clavicordio del director! Además, dime, director, ¿no es, acaso, una verdadera desgracia que la sacrosanta música se haya convertido en una parte integrante de nuestra conversación? ¡Los más soberbios talentos tienen que descender a la vida vulgar y menesterosa! En vez de que la música, sus tonos y sus cánticos resuenen desde una divina lejanía, semejante al reino celeste, ahora todo está a mano, y se sabe con precisión cuántas tazas de té tiene que beber una cantante o cuántos vasos de vino para poder cantar una tramontana. Naturalmente, ya sé que hay asociaciones poseídas de un verdadero espíritu musical que trabajan con auténtica pasión, pero hay otras mezquinas, pero, en fin, no quiero enfadarme. ¡El año pasado cuando vine aquí, la pobre Bettina estaba de moda. Era, según se dice, buscadísima, no se podía tomar el té sin el aditamento de una romanza española, de una canzonetta italiana o de una cancioncilla francesa: Souvent l'amour, etc. Como es natural, cantadas por Bettina. Verdaderamente yo llegué a temer que la pobrecilla se anegase en el mar de tazas de té que derramaban en torno suyo, pero la catástrofe empezó cuando...

-¿Qué catástrofe? -exclamaron el doctor y el director de orquesta.
-Considerad, señores -continuó el entusiasta-, que, en realidad, la pobre Bettina está hechizada, bajo un encantamiento, y aunque me sea muy duro reconocerlo, yo, yo mismo soy el hechicero, que ha llevado a cabo este hechizo, y lo mismo que el aprendiz de brujo no puedo deshacer el encanto.
-Tonterías, bobadas, y aquí estamos sentados con toda la calma, escuchando estas mistificaciones -exclamó el doctor, levantándose.
-Por todos los demonios, la catástrofe ¿cuál es la catástrofe? -gritó el director de orquesta.
-¡Calma, señores! -dijo el viajero-. Hay un hecho que no puedo ocultar, aunque os burléis de mi brujería, ya que ni yo mismo puedo comprender que, inconscientemente, haya servido de medio de una desconocida fuerza física para influir en Bettina. He servido de conductor como en una cadena eléctrica.
-Bueno, bueno -exclamó el doctor-, ya va a todo galope.
-¡Pero, vamos a la historia, a la historia! -dijo, entretanto, el director de orquesta.

-Dijisteis -añadió el viajero-, director, que Bettina, la última vez que perdió la voz, había cantado en la Iglesia católica. Recordaréis que esto sucedió el primer día de Pascua del año pasado. Os habíais puesto vuestro traje negro de fiesta para dirigir la hermosa Misa en do menor de Haydn. Entre las sopranos había un ramillete de graciosas jóvenes que unas veces cantaban y otras no; entre ellas se hallaba Bettina, que cantaba el solo con su maravillosa y potente voz. Ya sabéis que yo soy tenor. El Sanctus había comenzado, sentí el estremecimiento de la más profunda devoción, cuando oí un murmullo y roce de ropas. Volví la cabeza involuntariamente, y vi con asombro que Bettina se apresuraba a salir entre las filas de cantantes y de músicos, para abandonar el coro.
-¿Os vais? -le dije.
-Ya es la hora -me respondió amablemente— de que vaya a la Iglesia para acompañarles en una cantata que les he prometido, y todavía hoy al mediodía tengo que ensayar un par de duetos que tendré que cantar en el té de esta tarde en... , y luego en la cena de... ¿Vendréis? Habrá un par de coros del Mesías de Hendel y el final de las Bodas de Fígaro.

Durante esta conversación resonaron los acordes del Sanctus, y el humo del incienso se esparció en nubéculas azules por la alta bóveda de la iglesia.

-¿No sabéis -le dije- que es un pecado, que no queda sin castigo, abandonar la iglesia durante el Sanctus? Nunca más volveréis a cantar en la iglesia.

Era una broma, pero no sé cómo fue que mis palabras produjeron un efecto grave. Bettina palideció y abandonó en silencio la iglesia. Desde aquel momento perdió la voz.

El doctor había vuelto a sentarse, y con la barbilla apoyada en el bastón, permanecía mudo, en tanto que el director de orquesta exclamaba: ¡Maravilloso, verdaderamente maravilloso!.

-Realmente -continuó el viajero-, jamás se me ocurrió relacionar mis palabras con el suceso de la iglesia, y menos con la pérdida de voz de Bettina. Sólo cuando regresé aquí y supe por el doctor que Bettina seguía padeciendo la enfermedad, me acordé de una historia que leí hace muchos años en un libro antiguo, y que voy a contaros.
-¡Contadla -exclamó el director de orquesta-, quizá haya materia para una buena ópera!
-Director -dijo el doctor-, si podéis poner música a los sueños, a los presentimientos, y los estados magnéticos, os ayudaré y la historia irá como sobre ruedas.

Sin dar respuesta, el viajero tosió ligeramente, y comenzó a cantar con voz altisonante: Inmenso se extendía el campamento de Isabel y Fernando de Aragón en el sitio de Granada....

-¡Dios! -interrumpió el doctor al narrador- empezáis como si no fuerais a terminar en nueve días y nueve noches, y yo aquí sentado y los pacientes lamentándose. ¡Váyanse a todos los diablos vuestras historias raras, de Gonzalo de Córdoba, he leído muchas, tantas como he oído cantar seguidillas a Bettina, así es que basta, Dios bendito!

Rápidamente se dirigió el doctor a la puerta, pero el director de orquesta siguió sentado y dijo:

-Será una historia de la guerra de los moros con los españoles, me parece, que me gustaría mucho componer. Batallas, tumulto, romanzas, cabalgatas, címbalos, corales, tambores y timbales. Todo junto. ¡Seguid contando, amable viajero! Quién sabe qué semilla dejará caer en mi espíritu esta historia tan deseada, y qué lirios brotarán luego.

-Luego todo se os convertirá en una ópera, director de orquesta -repuso el viajero-, y ya veréis cómo la gente razonable, que está acostumbrada a gozar la música en pequeñas porciones para fortalecer su estómago, os tomará por loco. En fin, voy a contaros la historia, y si os apetece, podéis ir haciendo algunos acordes.

El que esto escribe se ve obligado, antes de continuar transcribiendo lo que dijo el viajero, a anotar los acordes que le corresponden al director de orquesta. Así que, en lugar de escribir: Aquí habló el director de orquesta, dirá simplemente: el director de orquesta.

Inmenso se extendía el campamento de Isabel y Fernando de Aragón ante los altos muros de Granada. En vano esperaba ayuda, al estrecharse cada vez más el cerco, y temblaba el cobarde Boabdil, mientras el pueblo se burlaba, llamándole pequeño Rey, que únicamente encontraba consuelo en el sacrificio sangriento y cruel de las víctimas. Conforme aumentaba la desesperación y el desánimo entre el pueblo y el ejército de Granada, mayor era la esperanza de victoria en el campamento español. No se hacía necesario ningún ataque. Fernando se conformaba con asaltar las murallas, y hacer unas cuantas bajas entre los sitiados. Estas pequeñas escaramuzas parecíanse más a alegres torneos que a combates serios, e incluso la muerte de los caídos en la batalla bastaba para elevar la moral, pues celebrándose con la pompa del culto cristiano aparecían aureolados por la gloria del martirio, al sacrificar su vida por la fe.

Nada más entrar Isabel en el campamento, hizo construir un edificio de madera con torres, en cuyos pináculos ondeaba el estandarte de la Cruz. El interior fue usado como monasterio e iglesia, que ocuparon los monjes benedictinos, desempeñando diariamente el servicio divino. La Reina, acompañada de su séquito y de sus caballeros, diariamente iba a oír la misa que decía su confesor, acompañado de los cánticos de un coro de monjas. Sucedió que una mañana, a Isabel le llamó la atención una voz que resonaba entre las otras voces del coro como el tañido maravilloso de una campana. El cántico parecía el gorjear triunfante de un ruiseñor, príncipe de los bosques. Y, sin embargo, el acento de las palabras era extranjero, e incluso el peculiar estilo del canto era tan raro que denotaba que la cantante no estaba acostumbrada al estilo eclesiástico, y que quizá por vez primera cantaba en una misa. Asombrada, miró Isabel en torno suyo, y vio que su séquito compartía su mismo asombro; imaginándose que había por medio alguna aventura, fijóse de pronto en el capitán Aguilar, que también estaba entre el séquito. De rodillas en su reclinatorio, con las manos cruzadas, miraba fijamente hacia la verja del coro y sus ojos secos expresaban un ardiente e intenso anhelo.

Cuando la misa terminó, Isabel se dirigió a las habitaciones de la priora, Doña María, y preguntó quién era la cantante extranjera. ¿Recordáis, oh Reina -dijo Doña María-, que antes de la luna menguante, Aguilar quiso asaltar aquel edificio, adornado de una magnífica terraza, que servía de lugar de esparcimiento a los moros? Cada noche resonaban los cantos soberbios de los paganos en nuestro campamento, como voces atractivas de sirena, y justo por eso quería el valiente Aguilar destruir el nido del pecado. Tomaron, al fin, el edificio, se hicieron prisioneras a las mujeres, cuando un imprevisto refuerzo aumentó la defensa, y tuvieron que abandonarlo, retirándose al campamento. El enemigo no se atrevió a perseguirlos, de modo que se encontraron con el rico botín de las prisioneras. Entre las mujeres apresadas había una cuyo llanto, cuya desesperación llamó la atención de Aguilar. Aproximóse a la mujer cubierta de velos y le dirigió amables palabras, pero como su dolor no podía expresarse en otro lenguaje que el del canto, al tiempo que se acompañaba de una cítara que llevaba colgada por una cinta dorada del cuello, comenzó a cantar a sus acordes una romanza que expresaba con sonidos desgarradores y lánguidos la separación del amado, que la privaba de la alegría de la vida. Aguilar, muy impresionado por los maravillosos cánticos, quiso dejar a esta mujer que volviese a Granada; ella, entonces, se arrojó a sus pies, y quitóse el velo.

Aguilar exclamó fuera de sí: ¿No eres Zulema, la luz del canto de Granada? La joven, a la que el guerrero había visto ya una vez en Granada, durante una embajada en la corte de Boabdil, y cuyo cántico resonaba aún en su pecho, era Zulema. -Te concedo la libertad-, exclamó Aguilar, pero entonces el respetable padre Agustín Sánchez, que llevaba la Cruz en la mano, dijo: -Acuérdate, señor, de que si liberas a la prisionera, cometes una gran injusticia, pues lejos de la idolatría, podría ser iluminada por la gracia del Señor, y entrar en el seno de la Iglesia.

Aguilar dijo: -Bien, que esté con nosotros durante un mes; si el espíritu del Señor no la penetra, entonces que regrese a Granada-. Así sucedió, ¡oh Señora!, que Zulema fue atendida por nosotras en el monasterio. Al principio, se abandonó a su dolor inconsolable, luego cantaba romanzas que resonaban de un modo salvaje y espantoso por todo el monasterio, y por todas partes se oía su voz penetrante como el tañido de una campana. Sucedió que un día estábamos a media noche reunidos en el coro, y cantábamos las horas a la manera santa. A la luz de los candelabros vi que Zulema estaba ante la puerta del coro, y con mirada seria y pensativa nos contemplaba; cuando nos retiramos de dos en dos del coro, la vi arrodillada ante una imagen de María. Al día siguiente no volvió a cantar ninguna romanza, y estuvo en silencio, muy reservada.

Poco después trató de ensayar en la cítara los acordes de aquella coral que cantábamos en la iglesia, y, poco a poco, empezó a cantar en voz baja, y hasta a intentarlo con las mismas palabras que hablaba con su media lengua.

Pronto me di cuenta que el espíritu del Señor le había hablado, y que su pecho se abría a la gracia; así es que envié a la hermana Emanuela, la maestra del coro, para que encendiese la chispa que empezaba a brillar, y así sucedió que se encendió la fe, gracias a los divinos cánticos de la Iglesia. Todavía no ha ingresado Zulema en el seno de la Iglesia mediante el bautismo, pero se le ha concedido pertenecer al coro, para que eleve su voz a mayor gloria de la religión.

La Reina se dio cuenta de lo que sucedía en el interior de Aguilar, cuando cedió a las presiones de Agustín y no envió a Zulema a Granada, así es que se regocijó mucho de su conversión a la verdadera fe. Pocos días después, Zulema fue bautizada y recibió el nombre de Julia. La Reina en persona, el Marqués de Cádiz, Enrique de Guzmán, el Capitán Mendoza, Villena, fueron testigos de la ceremonia sagrada. Pensaríase que el cántico de Julia, ahora que se había convertido, sería más auténtico y verdadero, para dar prueba de la hermosura de la fe, y así sucedió durante cierto tiempo, pero pronto notó Emanuela que Julia se apartaba del canto general, mezclando tonos muy particulares. Con frecuencia resonaba, a través del coro, algo así como el sonido sordo de una cítara bien templada. El tono no era semejante a la resonancia de las cuerdas agitadas por una tormenta. Julia empezó a mostrarse inquieta e incluso llegó un día en que, involuntariamente, pronunció una palabra mora en un himno latino. Emanuela conminó a la conversa para que resistiese al enemigo, pero dando muestras de ligereza, Julia no hizo caso, y con gran enojo de las hermanas, dedicóse a cantar, precisamente cuando tocaban las solemnes y divinas corales, alegres canciones moras de amor, acompañadas de la cítara, que había vuelto a templar. Los tonos de la cítara resonaban de una manera extraña a lo largo del coro, y más de una vez daban una sensación desagradable, como los silbidos discordantes de las pequeñas flautas moras.

El director de orquesta: Flautipiccoli. Flautistas de octava. Pero, amigo mío, por ahora no veo nada digno de una ópera. ni exposición, y siempre el mismo tema, afinar la cítara. ¿Crees, acaso, que el diablo es un tenor? ¡Es falso, el diablo siempre canta en falsete!.

El viajero: ¡Dios! Cada día sois más inteligente, director. Pero, tenéis razón, dejemos que el principio diabólico se cierna sobre los silbidos y ruidos extraños. Y vamos a seguir narrando, que ya me va resultando muy penoso, porque a cada momento corro el peligro de saltarme lo mejor.

Sucedió que la Reina, acompañada por el Capitán del campamento, se dirigió a la misa en la iglesia de los monjes benedictinos. Ante la puerta yacía un miserable y harapiento mendigo; los guardianes querían expulsarle de allí, pero en cuanto le levantaban, se desprendía de los brazos y se arrojaba al suelo, dando alaridos, de forma que la Reina se conmovió. Furioso saltó Aguilar, y quiso dar al infeliz un puntapié. Éste se incorporó, y acercándose a él, le dijo: -¡Pisa la víbora, pisa la víbora, que te va a morder, causándote la muerte!-, y empezó a tocar una cítara que llevaba escondida entre sus harapos, sacando unos sonidos tan estridentes y desagradables que todos quedaron sobrecogidos de espanto. Los guardias expulsaron al horrible fantasma y se dijo que el hombre era un moro loco que divertía a los soldados del campamento con sus absurdas bromas. La Reina entró y la música dio comienzo. Las hermanas del coro entonaron el Sanctus, y justo cuando Julia, con voz poderosa, debía entonar: Pleni sunt coeli gloria tua, se oyó un tono estridente de cítara a través de todo el coro, Julia pasó la hoja con presteza y trató de abandonar el coro.
-¿Qué haces? -exclamó Emanuela.
-¡Oh! -dijo Julia- ¿No oyes los hermosos tonos del maestro? Voy con él, debo cantar con él. -y Julia se apresuró hacia la puerta, pero Emanuela dijo con voz seria y grave:
-Pecadora, abandonas el servicio del Señor, tú que haces su alabanza con los labios y llevas en tu corazón pensamientos mundanos. ¡Vete de aquí! ¡Se ha roto la fuerza del canto en ti, y ya no resonará la música en tu interior!

Al oír las palabras de Emanuela, que fueron como un rayo, Julia se tambaleó. Iban a reunirse las monjas al anochecer para cantar las vísperas, cuando se oyó un estrépito en toda la iglesia. Rápidamente, las llamas crepitando penetraron desde el edificio antiguo e hicieron pasto de su fuego al monasterio. Con gran trabajo, lograron salvarse las monjas. Las trompetas y los cuernos resonaron en el campamento, y los soldados que estaban en el primer sueño se levantaron precipitadamente; se vio al capitán Aguilar con el cabello abrasado, con los vestidos medio quemados, lanzarse al monasterio. Había intentado, en vano, salvar a Julia, a la que no encontraron. Fue infructuosa la lucha contra el incendio que, atizado por la tormenta, cada vez tomaba mayores proporciones: en poco tiempo el magnífico y soberbio campamento de Isabel se convirtió en un montón de cenizas. Los moros, convencidos de que la desgracia de los cristianos les proporcionaba la victoria, se atrevieron a atacar, aprovechándose de su considerable poder. Nunca fueron tan brillantes los españoles en el combate, y cuando al son de las trompetas retornaron victoriosos a sus fortificaciones, entonces la reina Isabel subió al trono colocado al aire libre, y dio orden que se construyese una ciudad en el lugar del campamento incendiado. Así los moros de Granada tendrían que verla siempre, y se darían cuenta de que el sitio jamás se levantaría.

El director de orquesta: Cuando en el teatro hay que tratar de cosas espirituales, se tienen ciertas dificultades con el público, así es que de vez en cuando hay que meter una coral. De no ser así, Julia no saldría favorecida. Pensad que hay que utilizar un doble estilo para que pueda lucirse, primero unas romanzas y luego cantos de iglesia. Ya tengo preparadas unas cancioncillas moras y españolas muy bonitas, tampoco estará mal la marcha guerrera de los españoles; además he tratado melodramáticamente las órdenes de la Reina, y todo va a resultar perfecto, ¡bien lo sabe el Cielo! Pero, sigue contando, volvamos a Julia, que estoy seguro de que no pereció en el incendio.

El viajero: Pensad, querido director de orquesta, que aquella ciudad que los españoles construyeron en veintiún días y rodearon de muros hoy todavía existe, y es Santa Fe. Así es que ahora que vuelvo a dirigiros la palabra, adoptaré el tono solemne que corresponde a la solemne historia. Me gustaría que tocaseis alguno de los Responsorios de Palestrina, que están sobre el pupitre del pianoforte.

El director de orquesta así lo hizo, y el viajero entusiasta continuó:

Los moros no dejaron de inquietar a los españoles todo el tiempo que duró la construcción de la ciudad, la desesperación les hacía audaces hasta la temeridad, así es que las batallas fueron más duras que nunca. Aguilar había hecho retroceder un escuadrón árabe, que había caído sobre los guardianes españoles, hasta los muros de Granada. Volvió con sus jinetes y permaneció no lejos de las fortificaciones, oculto en un bosque de mirtos, y despidiendo a su séquito, se entregó a sus graves pensamientos y a los recuerdos tristes que embargaban su ánimo. La imagen de Julia estaba viva en su alma. Ya durante la batalla había oído resonar su voz, ora amenazando, ora quejándose, y también en aquel momento tenía la sensación de que se oía un suave cántico medio moro y medio cristiano a través de los verdes y oscuros mirtos. De pronto salió del bosque un caballero moro vestido con un albornoz plateado, sobre un caballo árabe ligerísimo, y casi al mismo tiempo pasó silbando un venablo sobre la cabeza de Aguilar. Quiso con la espada desenvainada atacar al enemigo, pero voló el segundo venablo, que fue a clavarse en el pecho de su caballo, que se encabritó por el dolor y la rabia, de modo que Aguilar tuvo que descabalgar rápidamente, para no ser objeto de un golpe mayor. El moro se abalanzó con el alfanje, y lo descargó sobre la cabeza descubierta de Aguilar. Pero Aguilar, con gran habilidad, paró el golpe, que hubiera sido mortal, y golpeó al moro con tanta fuerza, que sólo tuvo tiempo de salvarse, escondiéndose tras el caballo. A continuación, el caballo del moro se lanzó sobre Aguilar, de manera que no pudo golpearlo otra vez, pues el moro sacó su puñal, pero antes de que pudiera descargar el golpe, Aguilar le detuvo con sus fuerzas hercúleas, le hizo descabalgar, tirándole al suelo. Puso su rodilla sobre el pecho del moro, y mientras con la mano izquierda sujetaba el brazo derecho que permanecía inmóvil, le quitó el puñal. Apenas había levantado el brazo para atravesar la garganta del moro, que éste suspiró profundamente y dijo: ¡Zulema!.

Aguilar se quedó como si fuera de piedra, y no pudo llevar a cabo su acción. -¡Desgraciado! -exclamó- ¿Qué nombre has mencionado? -¡Clávamelo -gritó el moro- clávamelo, matarás al que te ha jurado la muerte y la perdición! Sí, sabe, cristiano traidor, sabe que soy Hichem, el último descendiente de Alhamar, al que has robado Zulema. Sabe que aquel mendigo harapiento que merodeaba por vuestro campamento, fingiéndose loco, era Hichem, sabe que pudo lograr incendiar la oscura prisión donde vosotros, malditos, teníais encerrada a la luz de mi vida, y salvar a Zulema.

-Zulema... Julia vive -exclamó Aguilar.

Rióse amargamente Hichem, y con tono irónico dijo: -Sí, vive, pero vuestro ídolo ensangrentado, con su corona de espinas, me la ha hechizado, y a la aromática y bella flor de la vida me la ha envuelto en los paños mortuorios de esas ilusas mujeres, que dicen ser las novias de vuestro dios. Sabed que el cántico y la música se han agostado en su pecho como si el hálito ponzoñoso del simún hubiese soplado. Se acabó el placer de la vida en las canciones de Zulema, así es que mátame. Ya sé que no puedo vengarme de ti, pues me arrancas lo que es más valioso que mi vida.

Aguilar dejó a Hichem. Levantóse y enfundó lentamente la espada en la vaina. -Hichem -dijo-, Zulema, que recibió en el sagrado bautismo el nombre de Julia, fue mi prisionera en lucha honrosa y descubierta. Iluminada por la gracia del Señor, renunció al indigno servicio de Mahoma, y lo que tú, condenado moro, denominas el malvado hechizo de la imagen de nuestro ídolo era sólo la tentación del malo, al que no supo oponer resistencia. Si tú llamas a Zulema tu amante, entonces Julia, convertida a la fe, es la dama de mis pensamientos, y con ella en mi corazón, para mayor gloria de la fe verdadera, quiero combatir contra ti en digna lucha. Toma tus armas y atácame como quieras, conforme a tus costumbres.

Rápidamente, Hichem cogió la espada y, lanzándose sobre Aguilar dando alaridos, montó en el caballo que estaba junto a él y emprendió el galope. Aguilar no supo qué significaba esto, pero al instante el digno anciano Agustín Sánchez habló detrás de él, con voz suave, sonriéndose: -¿A quién teme Hichem, a mí o al Señor que vive en mí y cuyo amor desprecia?.

Aguilar refirió todo lo que sabía de Julia y ambos recordaron las palabras proféticas de Emanuela, cuando Julia, atraída por los sonidos de la cítara de Hichem, abandonó el coro durante el Sanctus perdiendo toda la devoción.

El director de orquesta: Ya no pienso en óperas, aunque la lucha entre el moro Hichem, en albornoz, y el capitán Aguilar me resultó musical. Diablos, no se puede hacer mejor que lo ha hecho Mozart en su Don Juan.

El viajero: ¡Basta, director! Voy a dar el último toque a mi historia, que ya se va haciendo demasiado larga. Ahora viene lo bueno, y es necesario prestar atención, sobre todo porque pienso en Bettina, lo que me preocupa no poco. Me gustaría que no perdiese nada de mi historia, que me parece que está escuchando detrás de esa puerta, aunque pudiera ser pura imaginación. Sigamos:

Día tras día, perdiendo todos los combates, acosados por el hambre cada vez más grande, los moros se vieron obligados a capitular, y con la pompa más solemne, entre las descargas de artillería, hicieron su entrada Fernando e Isabel. Los sacerdotes habían consagrado la gran mezquita como Catedral, y hacia allí se dirigió el cortejo, para dar gracias al Dios de los Ejércitos, en una devota misa y en un solemne Te Deum laudamus, para dar gracias por la gloriosa victoria sobre los servidores de Mahoma, el falso profeta. Conociendo la furia de los moros, por el momento artificialmente aplacada, cubrieron las calles con destacamentos de tropas, que hacían guardia por las calles más alejadas, vigilando la procesión que tenía lugar por la calle principal. Sucedió que Aguilar, al frente de un destacamento armado a pie, se dirigía, dando un rodeo, a la Catedral, donde ya había comenzado el servicio divino, cuando se sintió herido por una flecha, que fue a clavarse en su hombro izquierdo. En el mismo instante, se echó encima un grupo de moros que, saliendo de un callejón, se lanzó sobre los cristianos con rabia desesperada. Hichem, al frente, corrió hacia Aguilar, que, herido ligeramente sin sentir dolor, paró el potente venablo, y en el mismo instante Hichem cayó a sus pies con la cabeza abierta.

Los españoles se apresuraron a lanzarse sobre los traidores moros que, rápidamente, dando alaridos, fueron a ocultarse en una casa de piedra, cuya puerta cerraron al punto. Los españoles se abalanzaron hacia la casa, pero llovían flechas de las ventanas; Aguilar ordenó que se echasen antorchas encendidas. Pronto prendieron las llamas en el tejado, cuando he aquí que, entre el estruendo de los cañones, se oyó resonar una voz maravillosa: Sanctus... Sanctus Dominus Deus Sabaoth.

¡Julia! ¡Julia!-, gritó Aguilar con un dolor inconsolable. Se abrieron las puertas y Julia, en traje de monja benedictina, salió cantando con voz potente: Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth, y detrás de ella iban los moros reverentes, con las manos plegadas sobre el pecho en forma de cruz. Asombrados, los españoles se echaron a un lado y Julia atravesó las filas con los moros, hacia la Catedral y, al entrar, entonó: Benedictus qui venit in nomine Domini. Involuntariamente, como si hubiera descendido una santa para anunciar lo sagrado a los siervos del Señor, el pueblo dobló la rodilla. Con paso firme, la mirada clara dirigida al Cielo, Julia se dirigió al altar entre Fernando e Isabel, cantando la misa, y conforme a la liturgia sagrada, con gran devoción. Al proferir el último cántico: Dona nobis pacem, cayó Julia inanimada en los brazos de la Reina. Todos los moros que la seguían, convertidos a la fe, recibieron aquel día el sagrado bautismo.

Cuando el viajero terminaba su historia, entró el doctor armando mucho ruido, y golpeando en el suelo con el bastón, gritó colérico:

-¿Todavía están ahí sentados y contando absurdas historias fantásticas, sin tener en consideración a los vecinos, y haciendo que la gente se ponga peor?
-¿Qué ha sucedido ahora? -dijo el director de orquesta, completamente asustado.
-Ya lo sé -dijo el viajero, tranquilamente-. Ni más ni menos que Bettina, al oírnos hablar en alto, ha escuchado todo y se ha ido del gabinete, pues ya lo sabe todo.
-Todo lo habéis echado a perder -farfulló el doctor- contando esas condenadas historias, llenas de embustes, iluso entusiasta, que envenenan vuestro espíritu, con vuestra lengua de loco; pero ¡ya os daré yo!
-¡Magnífico, doctor! -interrumpió el viajero-, no os apresuréis y recordad que la enfermedad psíquica de Bettina requiere medios psíquicos, y que quizá mi historia...
-¡Silencio, silencio! -dijo el doctor, tranquilizándose-, ya entiendo lo que queréis decir.
-No sirve el tema para una ópera, pero hay algunos extraños acordes... -murmuró el director de orquesta, mientras cogía el sombrero y seguía al amigo.

Cuando, tres meses después, el entusiasta viajero besase la mano de Bettina, ya curada, que acababa de cantar el Stabat Mater de Pergolese, con su maravillosa voz de campana (y no lo había cantado en la iglesia, sino en una gran estancia), ésta, llena de alegría, le dijo: -Ciertamente que no sois un hechicero, aunque a veces sí sois una naturaleza obstinada.
-Como todos los entusiastas-, añadió el director de orquesta".

E.T.A. Hoffmann

jueves, 3 de diciembre de 2015

"El Salón de Artús"

"Seguramente, querido lector, habrás oído hablar de la antigua y encantadora ciudad comercial de Danzig. Quizá conozcas las cosas dignas de verse que en ella se encuentran por las descripciones varias que abundan; pero lo que más me agradaría sería que hubiese estado en ella en tiempos remotos y hubieses visto la hermosa sala a que te quiero conducir ahora. Me refiero al salón del rey Artús. En las horas del mediodía agítanse en su recinto los hombres de negocios de todas las nacionalidades, y un murmullo ensordecedor resuena en sus ámbitos; pero cuando han transcurrido las horas de la Bolsa, cuando los negociantes están sentados junto a las mesas y sólo pululan por el salón algunos individuos que cruzan de una calle a otra de las dos a que sirve de pasaje, entonces debes visitar el salón del rey Artús siempre que estés en Danzig. La luz tamizada que penetra por las opacas ventanas da animación y vida a todos los cuadros y grabados con que están adornadas las paredes. Los ciervos, con sus cornamentas monstruosas, y otros animales fantásticos te miran con ojos brillantes, aunque tú apenas los puedas distinguir, y conforme se va acentuando la oscuridad tanto más siniestra te resultará la mesa de mármol que se halla en el centro. El gran cuadro que representa todos los vicios y las virtudes, con sus nombres inscritos junto a cada una de las figuras, parece un poco reñido con la moral, pues mientras las últimas están envueltas en una niebla gris que las hace poco menos que invisibles, los primeros tienen forma de mujeres hermosas ataviadas con lujo, que se adelantan sonrientes como tratando de seducirte con un dulce cuchicheo. Con satisfacción detienes la mirada en el friso estrecho que rodea casi todo el salón, y que representa milicias ricamente engalanadas de tiempos antiguos. Los nobles burgomaestres, con sus rostros de facciones enérgicas, cabalgan a la cabeza en hermosos caballos con arreos lujosos, y los timbaleros, los pífanos, los alabarderos los siguen en actitud tan viva que crees escuchar la música marcial y te figuras que ellos van a salirse por la gran ventana y a continuar su marcha por la plaza del mercado. Porque si quisiesen marcharse, no podrás por menos, querido lector, siendo como eres un dibujante experto, de tomar la pluma y la tinta y retratar aquellos nobles burgomaestres con sus lindos pajes. En las mesas de alrededor hay siempre papel, pluma y tinta, costeados por el servicio público; por tanto, a tu disposición tendrías los materiales y te atraería la tarea con fuerza irresistible.

A ti, amable lector, te estaría permitido esto; pero no al joven comerciante Traugott, que en un caso semejante encontróse en mil apuros y dificultades.

-Dé usted cuenta a nuestro amigo de Harburgo del estado del negocio, querido Traugott.

Esto dijo el comerciante Elías Roos, con el que estaba asociado Traugott y con cuya única hija, Cristina, quería casarse. Traugott encontró con dificultad un asiento en las mesas, rodeadas de gente; cogió una hoja de papel y se dispuso a comenzar un primor caligráfico. Cuando estaba pensando en el negocio sobre que tenía que escribir, levantó la vista. Quiso la casualidad que se hallase precisamente delante de una de las figuras del friso que le producían más impresión. Era un hombre muy serio, casi adusto, con barba negra y rizada y muy ricamente vestido; montaba un caballo negro, conducido de las riendas por un hermoso joven, que con sus rizos y su atavío más bien parecía una mujer. La figura y el rostro del hombre despertaban el terror de Traugott; pero el semblante del jovenzuelo le producía un mundo de impresiones dulces. No lograba nunca apartar la vista de las dos figuras, y así le ocurría en aquel momento, en que en vez de mandar el aviso de Elías Roos a Harburgo permanecía contemplando el cuadro y emborronaba el papel sin saber lo que hacía. Debía de llevar algún tiempo en aquella actitud, cuando le tocaron en el hombro por detrás, y una voz ronca dijo: "Bien, muy bien, así me gusta; esto puede resultar." Traugott se volvió, despertando de su sueño, y quedó como herido por un rayo. El asombro, la admiración le dejaron mudo y mirando fijamente a la cara del hombre ceñudo pintado en la pared. Este era quien había pronunciado aquellas palabras, y junto a él hallábase el dulce y hermoso joven, sonriéndole con una especie de amor indescriptible. "¿Sois vos?-exclamó Traugott contra su voluntad-. ¿Sois vos? Os quitaréis en seguida esa horrible capa y os quedaréis con el brillante atavío antiguo."

La muchedumbre se agitaba sin cesar, en el tumulto desaparecieron las dos figuras extrañas, y Traugott continuó con la carta de aviso en la mano, como si se hubiera convertido en estatua, hasta que hubieron transcurrido las horas de Bolsa con exceso y sólo cruzaba la sala alguna que otra persona. Al fin Traugott advirtió que Elías Roos, acompañado por dos caballeros desconocidos, se dirigía a su encuentro.

-¿Qué medita usted, si ya es mediodía, querido Traugott? -preguntó Elías Roos-. ¿Ha enviado usted el aviso que le encargué?
Distraído, alargóle Traugott la hoja de papel; pero Elías Roos se llevó las manos a la cabeza, golpeó el suelo con suavidad primero, luego con furia, y gritó con toda su voz, que resonó en el salón:
-¡Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡Garabatos!... ¡Estúpidos garabatos!... Querido Traugott..., yerno inútil..., asociado infiel... ¿Sois el demonio? El aviso, el aviso. ¡Dios mío! ¡El correo!

Elías Roos estaba a punto de ahogarse de indignación; los amigos se reían, mirando la hoja en que estaba el aviso, que, en verdad, no era muy útil que digamos. Inmediatamente después de las palabras: "Refiriéndonos a su grata del 20 del corriente", Traugott había dibujado los contornos de las dos figuras maravillosas: la del viejo y la de jovenzuelo. Los desconocidos trataron de tranquilizar a Elías Roos hablándole en tono afectuoso; pero él se tiraba de la redonda peluca, daba golpes en el suelo con su bastón de caña y gritaba:

-¡El hijo de Satanás!... Tiene que enviar una nota y se pone a pintar figuras. ¡Diez mil marcos me va a costar el negocio! ¡Diez mil marcos!... -repitió, soplándose los dedos.
-Tranquilícese, querido Roos -dijo, al fin, el más viejo de los amigos-. El correo ha salido ya; pero dentro de una hora va a partir para Harburgo un mensajero que envío yo, al cual se le puede dar la nota, y llegará más pronto que si hubiera ido por el correo corriente. -¡Hombre sin igual! -exclamó Roos, iluminándosele el rostro de alegría.
Traugott, que se había repuesto un poco de su confusión, trató de acercarse a la mesa con objeto de escribir la nota; pero Roos le separó violentamente, mirándole iracundo y murmurando entre dientes:
-No te necesito, hijo mío.
Mientras Elías escribía afanoso, el más viejo de los desconocidos acercóse a Traugott, que permanecía avergonzado, y le habló así:
-Me parece que no está usted colocando en el puesto que le corresponde, querido. A un verdadero comerciante no se le hubiera ocurrido ponerse a dibujar figuras en vez de escribir las notas que debía.
Traugott consideró aquellas palabras como un reproche bien merecido.
-Muy confuso respondió:
-¡Dios mío! ¡Las notas que habrá escrito esta mano sin que me haya ocurrido una cosa semejante a la de hoy! Estas malditas ideas no me dan sino raras veces.
-Amigo mío-continuó el desconocido-, no debe usted considerarlas como ideas malditas. Estoy seguro de que todas las notas comerciales no están tan bien hechas como estos dibujos, valientes y limpios. En ellos se ve el genio.

Al decir estas palabras el desconocido, le cogió de las manos la nota emborronada, la dobló cuidadosamente y se la guardó. Traugott quedóse muy satisfecho, pensando que había hecho algo que valía más que una nota comercial; sintió que en su interior se albergaba un espíritu superior; y cuando Elías Roos, después de terminar su escrito, se acercó a él y con tono agrio le dijo: "Sus garabatos han estado a punto de costarme diez mil marcos", le respondió en voz más alta que de costumbre y con más energía:

-No se ponga así su señoría, porque si no, no vuelvo a escribir en mi vida una carta comercial y nos separaremos.
Elías Roos se colocó la peluca con ambas manos y, mirándole fijamente, le dijo:
-Mi querido asociado, amado hijo, ¿qué tonterías dices?

El amigo viejo intervino, y no necesitó hablar mucho para restablecer la paz, y todos juntos se dirigieron a casa de Roos, que tenía invitados a los dos desconocidos. La joven Cristina recibió a los huéspedes muy compuesta y emperejilada, y en seguida comenzó a manejar con mano experta el pesado cucharón de plata. Quisiera, amable lector, presentarte en efigie a los cinco personajes que están sentados a la mesa, aunque me temo que mis trazos no sean suficientemente claros y sí, desde luego, como es natural, muy inferiores a los empleados por Traugott en emborronar la malhadada nota. La comida, además, se acabará pronto, y la historia del animoso Traugott, que me he propuesto contarte, me atrae con fuerza irresistible.

Que Elías Roos lleva peluca ya lo sabes desde el principio, y no debo, por tanto, repetirlo. Por lo que le has oído hablar, además, puedes imaginarte a este hombrecillo rechoncho con su levita parda y chaleco y pantalones con botones dorados. De Traugott tengo mucho que decir, porque, aparte de que es su historia la que cuento, sobresale bastante por sí mismo. Si es cierto que el modo de pensar y de conducirse salen de dentro del individuo, modelando y formando su exterior, y que lo maravilloso no sirve sino para completar la armonía del conjunto, o sea lo que se llama carácter, espero que con mis palabras te imagines a Traugott como si lo tuvieras delante. Si no es así, entonces mi charla no habrá servid para nada y puedes considerar mi cuento como no contado.

Los dos caballeros desconocidos son tío y sobrino, un tiempo comerciantes, y al presente hombres de negocios, muy relacionados con Elías Roos por amistas y asuntos de interés. Viven en Königsberg, se visten a la inglesa, van acompañados de un criado inglés con botas de color de caoba, poseen un gran gusto artístico y son, sobre todo, gente muy bien educada. El tío tiene una galería artística y colecciona dibujos (videatur la nota robada). Ya no me resta, lector amable, sino presentarte en debida forma a Cristina, pues presumo que apenas si la recordarás, y, por tanto, no está de más que dibuje algunos de sus trazos más salientes, aunque luego desaparezcan. Imagínate, lector, una joven robusta de unos veintidós a veintitrés años, con una cara redonda, la nariz pequeña y un poco respingada y ojos azules claro, que sonríen amables y parece como si le quisieran decir a todo el mundo: "Me voy a casar pronto." Tiene además una piel blanquísima, el cabello demasiado rojizo, unos labios tentadores que forman una boca redonda y más bien grande, que cuando sonríe deja ver dos hileras de dientes perlinos.

Si la casa del vecino se incendia y las llamas llegan hasta su cuarto, se apresurará a dar de comer al canario, guardará la ropa limpia y luego seguramente se irá al escritorio a decir a su padre que su casa está ardiendo. Nunca le ha salido mal una tarta de almendras y siempre logra que espese la salsa blanca, porque jamás la mueve hacia la izquierda y siempre hacia la derecha, haciendo un círculo completo con la cuchara. Mientras Elías Roos servía el último vaso de vino del Rhin al viejo Franz observé yo, como de pasada, que Cristinita quería mucho a Traugott al casarse con él; aunque, después de todo, yo no sé qué es lo que podría hacer si no se convertía en esposa de alguien.

Una vez terminada la comida, Elías Reos invitó a sus huéspedes a dar un paseo por las fortificaciones. Traugott, que aún se encontraba inquieto y emocionado por todo lo maravilloso que le sucediera en aquel día, habríase negado de buena gana a acompañarlos; pero no lo logró, pues en el momento en que intentaba escurrirse, sin siquiera haber besado la mano de su novia, le cogió de la levita Elías Roos, diciéndole:

-Supongo, querido yerno, amable asociado, que no pensará usted en abandonarnos.
Y no tuvo más remedio que resignarse.

Un profesor de Física exponía la teoría de que en el mundo existe en alguna parte una máquina de electricidad, como en cualquier gabinete experimental, y que de ella salen invisibles hilos que se unen a la vida, los cuales nos rodean y nos envuelven lo mejor posible; pero en un momento dado los pisamos, y entonces los rayos y los choques llegan a nuestro interior, cambiando todo lo que existe en nosotros. Traugott debía de haber pisado los hilos invisibles en el instante en que, sin advertirlo, se puso a dibujar lo que tenía a la espalda, pues con la fuerza del rayo le estremeció la presencia de los desconocidos, y le pareció que en aquel preciso momento veía perfectamente claro lo que hasta entonces creyera sueño y suposición. El temor que le hizo enmudecer cuando le hablaron de las cosas que yacían escondidas en el fondo de su alma como un secreto sagrado desapareció por completo, y cuando el tío comenzó a denigrar las imágenes, medio pintadas, medio grabadas, del salón de Artús, considerándolas como faltas de gusto, y, sobre todo, calificó de extravagantes los cuadros de soldados, él sostuvo audazmente la opinión de que bien podía todo aquello no estar conforme con las reglas del buen gusto, pero que él encontraba muy bien hechas algunas de las figuras y aseguraba que en el salón de Artús se había abierto para él un mundo maravilloso y fantástico, y hasta algunas de sus figuras le habían dirigido miradas expresivas y la palabra, haciéndole desear el ser un maestro tan hábil y dibujar y grabar como aquellos cuyas obras tenía delante.

Elías Roos mostrábase más tonto que de costumbre mientras el joven pronunciaba tan sublimes palabras, y el tío le repuso con expresión maliciosa:

-De nuevo me asombra el que quiera ser comerciante y no se haya dedicado por entero al arte.
A Traugott le era aquel hombre profundamente antipático, y por esta razón decidió en el paseo acercarse al sobrino, que le parecía más amable y digno de confianza.
-¡Dios mío! -díjole éste-. No sabe lo que envidio su talento. ¡Si yo supiera dibujar como usted! Y no crea que me falta genio. He dibujado bastante bien ojos, y narices, y orejas, y hasta cabezas enteras; pero ¡los negocios!...
-Yo creía-repuso Traugott- que cuando se tiene verdadero genio y una afición decidida al arte no debía uno dedicar a otro negocio.
-¿Usted piensa ser artista? -preguntó el sobrino-. Parece imposible que diga usted eso. Mire, amigo mío, en estas cosas he reflexionado quizá más que nadie, y como soy entusiasta del arte he procurado profundizar en el asunto más de lo que me permitían las indicaciones que poseía.
El sobrino tomó un aspecto tan serio y pensativo al decir estas palabras, que Traugott sintió por él cierto respeto.
-Me dará usted la razón -continuó, después de tomar un polvo de rapé y estornudar dos veces-, me dará usted la razón si le digo que el arte entreteje de flores la vida. Alegrar y distraer de los negocios serios es la misión de todos los esfuerzos del arte, y tanto más lo conseguirá cuanto más perfectas sean sus producciones. En la misma vida se ve claramente este objeto, pues sólo los que se dedican al arte en esta forma disfrutan de la comodidad, que huye eternamente de aquellos que no advierten la verdadera naturaleza del asunto y consideran el arte como el objeto principal y único de su vida. Por tanto, amigo mío, no tome en serio los consejos de mi tío, con los cuales trata de distraerle de los negocios graves de la vida para empujarlo a una ocupación que no tiene apoyo alguno, y, por consiguiente, tiene que ser insegura.

Aquí el sobrino se quedó callado, como si esperase que Traugott le respondiera algo; pero éste no sabía qué decir. Todo lo que el otro hablaba parecíale una cosa tonta. Se contentó con preguntar:
-¿Qué es lo que usted quiere significar en definitiva con negocios serios?
El sobrino miróle un poco confuso.
-¡Dios mío! -exclamó al cabo-. Me concederá usted que hay que vivir, a lo cual rara vez llega el artista que hace del arte su única profesión.

Metióse en retorcidas frases y en una charla sin ton ni son. De ella venía a sacarse en consecuencia que él llamaba vivir a no tener preocupaciones, sino disponer de mucho dinero, comer y beber bien, tener una mujer bonita e hijos juiciosos que nunca se echasen una mancha de grasa en el traje dominguero. A Traugott aquello le oprimió el corazón, y se consideró por demás dichosos cuando el sobrino se despidió de él y se halló solo en su cuarto. "¡Vaya una vida triste y digna de compasión la que yo llevo! En las hermosas mañanas doradas de primavera, cuando hasta en las calles oscuras de la ciudad sopla el viento tibio como si quisiera hablarnos en su susurro de todas las maravillas que brotan en el bosque y en la llanura, yo me deslizo indolente y de mal humor hacia el escritorio, lleno de humo, de Elías Roos. En él me encuentro con unos cuantos rostros pálidos, que se inclinan sobre informes pupitres, y sólo interrumpe el silencio tétrico en que todos parecen trabajar afanosos el ruidito de las hojas de los libros y el tintineo del dinero. ¿Y el trabajo? ¿Para qué tanto pensar y tanto escribir? Para que aumenten las monedas en las cajas, para que el tesoro maldito de Fafnir continúe luciendo y brillando eternamente. En cambio, ¡qué feliz el pintor o el escultor que puede salir alegre y con la cabeza alta disfrutar de todas las delicias de la primavera que brotan de lo profundo de la tierra, adquiriendo formas hermosas llenas de vida! De los oscuros arbustos emergen seres admirables, que conservan su espíritu y permanecen siendo parte suya, pues en ellos reside el secreto encanto de la luz, del color, de la forma, y así consigue aprisionar todo aquello que ve con los ojos de su inteligencia al representarlo con su arte. ¿Qué es lo que me detiene de soltarme de las ligaduras de esta vida odiosa? El anciano me ha asegurado que tengo vocación de artista, y aún más lo he comprendido en el apuesto joven. Aunque no me dijo una palabra, advertí en su mirada lo que yo anhelo interiormente, y que, sujeto por mil y mil dudas, no me he atrevido nunca a expresar. ¿No podía yo ser un pintor célebre, en vez de arrastrar esta vida triste?" Traugott sacó todo lo que dibujara y lo contempló con mirada escrutadora. Muchos de sus dibujos pareciéronle distintos de cuando los hiciera, y desde luego mejores. Sobre todo se fijó en una hoja hecha en su niñez, en la cual aparecían desfigurados pero perfectamente visibles, los trazos del famoso burgomaestre con el hermoso paje, y recordaba muy bien que ya en aquella época estas figuras ejercían sobre él una influencia extraña, y que una vez, al oscurecer, arrastrado por una fuerza irresistible, huyó de los juegos infantiles y se encerró en el salón de Artús para copiarlas. Traugott sintióse acometido de una inquietud profunda y dolorosa al contemplar aquel dibujo. Tenía que ir a trabajar al escritorio un par de horas, como de costumbre; pero no le fue posible hacerlo, y se marchó a pasear a Karlsberg. Desde allí se dedicó a mirar al mar impetuoso; en las olas, en las nubes, que se agrupaban maravillosamente sobre Hola, trataba de adivinar, como si se reflejara en un espejo mágico, la suerte de su vida futura.

¿No crees tú, lector querido, que todo lo que viene a nosotros desde el reino elevado del amor se nos presenta primero como una impresión dolorosa? Esas son las dudas que atormentan el espíritu del artista. Advierte el ideal y siente la imposibilidad de alcanzarlo; ve que huye de su lado, y le parece que ha de ser para siempre. Luego, sin embargo, recobra la esperanza, lucha denodadamente, y la desesperación se convierte en un anhelo dulce, que lo reconforta y lo anima a esforzarse por llegar al objeto amado, al cual ve cada momento más cerca, sin llegar a alcanzarlo nunca.

Traugott sintió que ese dolor sin esperanza lo invadía por completo. Cuando a la mañana siguiente volvió a mirar los dibujos, que se hallaban esparcidos sobre la mesa, pareciéronle insignificantes y nimios, y recordó las palabras de un artista amigo suyo, que solía decir que la mayor dificultad que había en el arte era que muchos tomaban por verdadera vocación lo que no era sino un impulso del momento. Traugott no se hallaba en manera alguna inclinado a tomar por impulso del momento la impresión que en él producían las figuras del viejo y del joven del salón de Artús; maldijo de su suerte al tener que volver al escritorio, y trabajó con los demás dependientes de Elías Roos, sin parar mientes en el asco que de cuando en cuando le acometía, obligándole a salir corriendo al aire libre. Estos impulsos tomábalos Roos como síntomas de la enfermedad que, en su opinión, debía padecer el joven, y que se advertía en su palidez.

Transcurrió algún tiempo; llegó la feria de agosto de Danzig, a cuya terminación Traugott debía casarse con Cristina y anunciar públicamente su asociación con Elías Roos en los negocios. Aquella época era para él la renunciación a todas sus esperanzas y sueños, y le angustiaba sobremanera ver a Cristinita muy afanosa, que mandaba encerar y frotar los pisos, doblaba por sí misma las cortinas, y daba la última mano a la espetera de latón. Un día, cuando mayor era la concurrencia en el salón de Artús, oyó Traugott una voz inmediatamente detrás de sí, cuyo metal conocido le impresionó mucho.

-¿Debía estar este papel en tan malas condiciones?
Traugott se volvió con rapidez y vio, presumía, al admirable anciano, que se dirigía a un agente para vender un papel cuya cotización en aquel momento era muy baja. El hermoso mancebo permanecía detrás del anciano y miraba amable a Traugott. Éste se acercó al anciano, y le dijo:
-Permítame, señor mío: el papel que quiere usted vender está en este instante muy bajo, como usted ha dicho muy bien; pero la cotización ha de variar en sentido favorable en pocos días. Si quiere seguir mi consejo, guarde el papel algún tiempo, y no le pesará.
-Señor mío -repuso el anciano secamente y con aspereza-, ¿quién le mete en mis asuntos? ¿Sabe usted por ventura si en este momento el papel no me es absolutamente inútil, y, en cambio, necesito dinero contante y sonante?
Traugott, que se quedó un tanto desconcertado al ver que el anciano tomaba tan a mal su consejo desinteresado, trató de alejarse, cuando el joven le dirigió una mirada preñada de lágrimas.
-Lo he hecho con buena intención-respondió con presteza al anciano-, y no consentiré que sufra usted daños considerables. Véndame el papel, con la condición de que le abonaré la diferencia de cotización cuando suba dentro de pocos días.
-Es usted un hombre admirable -dijo el anciano-. Sea como usted quiere, aunque no comprendo su interés en enriquecerme.

Al pronunciar estas palabras echó una rápida mirada al joven, que, avergonzado, bajó la vista. Los dos siguieron a Traugott al escritorio, donde le entregaron al anciano el dinero, que, con expresión seria, se embolsó. Mientras tanto, el joven decía a Traugott en voz baja:

-¿No es usted el mismo que hace unos días hizo unos dibujos tan lindos en el salón de Artús? -Exactamente -respondió Traugott, sintiendo que el recuerdo del cómico incidente con la nota comercial le hacía subir los colores a la cara.
-Entonces -continuó el joven- no le sorprenderá...

El anciano miró iracundo al joven, que se calló inmediatamente. Traugott no podía reprimir cierta angustia en presencia de aquel desconocido, y así continuaron, sin que se atreviera a insinuar la más ligera averiguación sobre la vida y circunstancias de tales personajes. La presencia de ambas figuras tenía algo de prodigioso, que no escapó siquiera al personal del escritorio. El tétrico tenedor de libros se puso la pluma tras de la oreja y los codos apoyados en la mesa, contemplando al anciano con curiosidad.

-¡Dios me valga! -dijo cuando hubieron desaparecido los desconocidos-. Ese individuo, con su barba crespa y la capa negra, parece un retrato del año mil cuatrocientos, de los que hay en la iglesia de San Juan. El señor Roos lo consideró como un judío polaco, a pesar de su apostura noble y su rostro serio de alemán antiguo, y refunfuñó:
-Mala bestia: vende hoy el papel, y dentro de diez días valdrá un diez por ciento más.
Claro está que no sabía nada del trato hecho con Traugott, en virtud del cual éste había de pagarle de su bolsillo la diferencia, cosa que hizo efectivamente cuando, algunos días más tarde, volvió a encontrar al anciano con el jovenzuelo en el salón de Artús.
-Mi hijo -díjole el anciano- me ha recordado que es usted artista, y por eso acepto lo que en otro caso hubiera rechazado.

Estaban junto a una de las cuatro columnas que sostienen la bóveda del salón, muy cerca de las figuras que un día pintara Traugott en la carta comercial. Sin reserva alguna habló Traugott de la semejanza asombrosa de aquellas figuras con el anciano y su acompañante. El anciano sonrió de manera enigmática, puso la mano sobre el hombro de Traugott y comenzó a decirle en voz baja y pensativo:

-¿No sabe usted que yo soy el pintor Godofredo Berklinger y que las figuras que tanto admira están pintadas por mí cuando aún era un aprendiz de artista? En el burgomaestre traté de retratarme de memoria, y el paje que conduce el caballo es mi hijo, de lo cual se convencerá fácilmente si se fija en ambos rostros.
Traugott enmudeció de asombro: comprendió que aquel anciano, que aseguraba ser el artista que doscientos años atrás realizara la obra que admiraban, padecía una locura rara.
-Era una época -continuó el anciano levantando la cabeza y mirando a uno y otro lado-, era una época próspera y brillante sobre toda ponderación cuando yo decoré este salón para honrar al rey Artús y a sus caballeros, pintando en él todos estos retratos. Hasta creo que fue el mismo rey Artús el que, una vez que estaba yo trabajando, se me presentó con toda pompa y me animó a que hiciera una obra más perfecta que todas las anteriores.
-Mi padre -interrumpió el joven- es un artista como hay pocos, señor mío, y estoy seguro de que no se ha de arrepentir si se digna ver sus obras.

Entre tanto el anciano había emprendido la marcha a través del salón, ya vacío, y ordenaba a su hijo que le siguiera, cuando Traugott le rogó que le permitiera ir a ver sus pinturas. El anciano lo miró con mirada penetrante y al fin exclamó muy serio:

-Es usted, en verdad, un poco temerario al intentar penetrar en el santuario sin haber llegado a la edad de aprender; pero... sea como usted quiere. Si no está usted en condiciones de ver, a lo menos podrá adivinar. Vaya usted mañana temprano a mi casa.

Indicóle su vivienda, y Traugott procuró al día siguiente desentenderse pronto de sus quehaceres para dirigirse apresurado a la calle retirada donde vivía el anciano. El joven, vestido a usanza antigua alemana, le abrió la puerta y le condujo a un aposento espacioso, donde se hallaba el anciano sentado en un taburete ante un lienzo enorme preparado en tono gris.

-Llega usted en un momento feliz -exclamó el anciano al ver a Traugott-amigo mío, pues precisamente acabo de dar la última pincelada en el gran cuadro en que llevo trabajando un año entero y que me ha costado no pocos esfuerzos. Es la pareja del gran cuadro que representa el Paraíso perdido, que terminé el año anterior, y que también puede usted ver. Este es, como usted ve, el Paraíso recuperado, y sería muy triste para usted y para mí si quisiera sutilizar en él una alegoría. Los cuadros alegóricos no los hacen más que los débiles y los ignorantes. Mi cuadro no significa una cosa; es una cosa. Usted ve estos grupos apretados de hombres, animales, frutas, flores, piedras que se unen en un conjunto armónico, cuya música celeste es el acorde supremo de la eterna glorificación.

El anciano comenzó a describir los grupos aislados, llamando la atención de Traugott sobre la distribución de la luz y de la sombra, sobre los reflejos de las flores y de los metales, sobre las maravillosas figuras que emergían de los cálices de los lirios, sobre los hombres barbudos que, llenos de vigor y de juventud en sus miradas y en sus movimientos, parecía que conversaban con los animales más extraños. La expresión del anciano hacíase cada vez más fuerte, aunque menos comprensible.

-Deja que brille tu corona de diamantes, gran anciano -exclamó al fin, dirigiendo la vista centelleante al lienzo-. Quítate el velo de Isis que llevas sobre la cabeza cuando los profanos se acercan a ti. ¿Por qué aprietas contra el pecho con tanto cuidado tu sombría vestidura?... Quiero ver tu corazón... Esta es la piedra de la sabiduría, ante la cual se descubren todos los secretos... ¿No eres tú yo?... ¿Por qué te separas con tanta rapidez y tanto empeño de mi lado?... ¿Quieres luchar con tu maestro? ¿Crees que mi pecho puede pulverizar el rubí que llevas en el corazón?... Levántate..., sal..., ven aquí...; yo te he creado..., luego soy yo.

Al llegar a este punto, el anciano cayó al suelo como herido por un rayo. Traugott lo levantó; el joven acercó rápidamente una butaca y colocaron en ella al anciano, que se quedó como sumido en un profundo sueño.
-Voy a decirle a usted, querido señor-dijo él joven en voz baja y lentamente- lo que le ocurre a mi padre. La mala suerte le ha privado de sus facultades, y ya hace varios años que ha muerto para el arte, que era toda su vida. Se pasa los días enteros sentado delante del lienzo preparado, con la mirada rija en él; a eso llama pintar, y ya ha visto usted a qué extremos le lleva su exaltación. Además, está continuamente atormentado por una idea triste que me hace pasar una vida horrible; pero lo sobrellevo con paciencia, por considerarlo como una fatalidad que me ha arrastrado a mí, al tiempo que a él, a la desgracia. Si quiere usted distraerse de este mal rato, venga conmigo a ese otro aposento, donde podrá contemplar algunos cuadros de la época buena de mi padre.

Traugott quedóse admirado al ver una serie de cuadros pintados con arreglo al estilo holandés, que parecían obra de los más reputados maestros. La mayoría eran cuadros de género; por ejemplo: una reunión de personas que, de regreso de la caza, se distraían haciendo música, y otras escenas por el mismo orden, las cuales denotaban un talento grande, siendo, sobre todo, la expresión de las cabezas de lo mejor que se puede admirar. Ya se dirigía Traugott al salón grande cuando se fijó en un cuadro, ante el cual se quedó como petrificado. Representaba a una joven vestida a la antigua usanza alemana, y tenia absolutamente el mismo rostro del joven, con un poco más de color; también la estatura parecía más aventajada. Traugott sintióse estremecido de entusiasmo ante la contemplación de aquella hermosa mujer. El cuadro tenía la fuerza y la vida de una obra de Van Dyck. Los ojos, oscuros, miraban con arrobo a Traugott; los lindos labios, entreabiertos, parecía que susurraban dulces palabras.

-¡Dios mío! ¡Dios mío! -suspiró Traugott ¿Dónde, dónde la podré encontrar?
-Vámonos de aquí -repuso el joven.
Pero Traugott insistió, como loco de alegría:
-Sí, es ella, es la amada de mi corazón, la que llevo hace tanto tiempo grabada en el alma, la que presentía. ¿Dónde, dónde está?
Al joven Berklinger se le saltaron las lágrimas y mostróse muy conmovido y como luchando con un dolor intenso; por fin logró dominarse, y con tono firme dijo:
-Venga, venga; ése es el retrato de mi desgraciada hermana Felicitas, que ha desaparecido para siempre. Nunca la verá usted.
Casi sin darse cuenta hallóse Traugott en la habitación inmediata. El anciano estaba aún dormido; pero de repente despertó, y mirando a Traugott con mirada iracunda, exclamó:
-¿Qué quiere usted? ¿Qué quiere usted?
El joven adelantóse y recordó a su padre que aquel señor había ido a ver su cuadro. Berklinger se quedó como pensando en todo aquello, visiblemente muy débil, y al fin dijo con voz opaca:
-Amigo mío, perdone a un viejo esta falta de memoria.
-Su nuevo cuadro-comenzó a decir Traugott-es admirable, yo no he visto otro igual en mi vida, y se necesita mucho estudio y mucho trabajo para llegar a pintar una cosa parecida. Yo creo que tengo algunas condiciones artísticas, y le ruego encarecidamente, querido maestro, que me acepte como discípulo.

Al anciano le alegró sobremanera la proposición; abrazó a Traugott y le prometió ser su maestro fiel. Traugott, pues, fue a diario a casa del anciano pintor, e hizo grandes progresos en el arte. El negocio, en cambio, le gustaba cada día menos; lo abandonó tanto que Elías Roos se quejaba de él constantemente, y al fin vio con satisfacción que Traugott dejó por completo de asistir al escritorio, so pretexto de una enfermedad desconocida, la cual también le sirvió de achaque para aplazar indefinidamente su boda, con gran indignación de Cristina.

-Su amigo Traugott-díjole un día un compañero a Elías Roos-debe de tener alguna preocupación seria, quizá algún asunto de amor antiguo que querrá resolver antes de casarse. Está palidísimo y descompuesto.
-Estaría bueno -repuso Elías Roos; y luego de transcurrir un rato continuó-: ¿Por qué no le había de hacer una trastada la picaruela de Cristina? El tenedor de libros está enamorado como un burro y le aprieta y le besa la mano siempre que tiene ocasión. Traugott también está enamoradísimo de mi hija, eso me consta... Quizá dándole celos... Voy a ver si le hago saltar.
Por más que hizo no pudo sacar nada en limpio, y al cabo de unos días dijo a su amigo:
-Ese Traugott es un homo de lo más raro, y no hay más remedio que dejarle con sus chifladuras. Si no tuviera en mi casa cincuenta mil duros, ya sabría yo lo que había de hacer con él.

Traugott hubiera sido completamente feliz con la vida que llevaba en las regiones del arte si su amor fogoso por la bella Felícitas, a la que veía con frecuencia en sueños, no le hubiese destrozado el corazón. El retrato desapareció. El anciano se lo llevó, y Traugott no podía preguntar por él sin exponerse a las iras del maestro. Por lo demás, el viejo Berklinger era cada vez más confiado, y consintió en que Traugott mejorase las condiciones de su pobre hogar en vez de pagarle honorarios por la enseñanza. Por el joven Berklinger supo Traugott que el anciano habia sufrido un engaño manifiesto al vender un cuadrito, y que aquel papel que Traugott cambió era parte del dinero recibido y su único patrimonio. Pocas veces podían hablar 'Traugott y el joven a solas, pues en cuanto el anciano los veía juntos procuraba interrumpir su conversación, llegando hasta tratar con dureza a su hijo. A Traugott le molestaba aquello, tanto más cuanto que quería entrañablemente al joven por su parecido con Felicitas. Había momentos en que le parecía que tenía junto a sí la imagen querida, que sentía el hálito dulce del amor, y de buena gana habría estrechado contra su corazón al joven, como si fuera la misma Felicitas.

Transcurrió el invierno; la primavera inundó de alegría montes y praderas. Elías Roos aconsejó a Traugott que se fuera a una cura de aguas o de régimen. Cristina volvió a ilusionarse con la boda, a pesar de que Traugott no la miraba casi ni trataba de reanudar su intimidad. Una liquidación indispensable retuvo un día a Traugott en el escritorio hasta más tarde de lo que solía, y hubo de retrasar la hora de la lección de pintura; tanto, que llegó a casa de Berklinger poco antes de anochecer. No halló a nadie en el aposento de fuera y oyó en el contiguo sonidos de laúd. Nunca había escuchado allí tal instrumento. Escuchó... Como un suspiro, acompañaba a los acordes un canto dulcísimo. Abrió la puerta y, ¡oh cielos!, con la espalda vuelta hacia él vio una figura de mujer vestida a la usanza antigua alemana, con un alto cuello de encaje exactamente igual al retrato. Al ruido que Traugott hizo, sin querer, abriendo la puerta, irguióse un poco, dejó el laúd sobre la mesa y volvió la cabeza. Era ella misma.

-¡Felicitas! -exclamó Traugott entusiasmado, tratando de arrodillarse ante la imagen divina; pero sintió que le cogían por detrás y que lo sacaban de allí a la fuerza.
-¡Traidor!.... ¡Malvado! -exclamó el viejo Berklinger tirando de él-. ¿Esta era tu afición al arte? ¿Quieres asesinarme?
Y lo echó violentamente. En su mano brillaba un cuchillo. Traugott salió huyendo escaleras abajo, y aturdido, medio loco de alegría y de susto, dirigióse apresurado a su casa.
Toda la noche estuvo dando vueltas en la cama sin lograr conciliar el sueño.
-¡Felícitas!... ¡Felicitas! -exclamaba una y otra vez, atormentado por el martirio del amor-. Estás ahí..., estás ahí, y no puedo verte, no puedo estrecharte en mis brazos. Me amas, lo sé. En el dolor que martiriza mortalmente mi corazón siento que me amas."

El sol penetraba por las ventanas del cuarto de Traugott; se levantó presuroso y decidió descubrir el secreto de la casa de Berklinger a toda costa. Dirigióse a la vivienda del anciano; pero quedóse parado al ver todas las ventanas abiertas y a las criadas que limpiaban las habitaciones. Se imaginó lo sucedido. Berklinger había abandonado la vivienda con su hijo a altas horas de la noche, y nadie sabía dónde se había marchado. Un carro con dos caballos llevaba las cajas con los cuadros y los dos cofres pequeños, que constituían todo el ajuar de Berklinger. Él y su hijo salieron media hora después. Todas las pesquisas para averiguar dónde se encontraban fueron inútiles; ningún alquilador había alquilado caballos ni coche a personas cuyas señas coincidiesen con las que daba Traugott; en las puertas de la ciudad tampoco obtuvo dato alguno; en una palabra, Berklinger había desaparecido como si lo hubiera cubierto el manto de Mefistófeles. Desesperado, retornó Traugott a su casa.

-¡Se ha marchado, se ha marchado... la amada de mi corazón!... ¡Todo, todo está perdido!
Así clamaba al pasar por delante de Elías Roos, que se encontraba en el portal de su casa, al dirigirse a su cuarto.
-¡Dios del cielo y de la tierra! -exclamó Elías, dándole vueltas a la peluca-. ¡Cristina... Cristina!... -comenzó a gritar al fin, haciendo retumbar con su voz toda la casa-. ¡Cristina!... ¡Infame! ¡Hija desnaturalizada! Los empleados del escritorio salieron asustados; el tenedor de libros preguntó emocionadísimo:
-¿Pero qué pasa, señor Roos? Este seguía gritando:
-¡Cristina! ¡Cristina!
La señorita Cristina apareció en la puerta de la calle, y mientras se quitaba el sombrero de paja preguntó por qué estaba su padre tan alborotado.
-No admito de ninguna manera tales paseos -dijo Elías Roos-. Mi futuro yerno es un hombre melancólico, y los celos le hacen sentirse turco. Hay que estar en casa, si no se quiere dar lugar a una desgracia. Ahí está mi socio llorando y gimiendo por la novia vagabunda.
Cristina miró asombrada al tenedor de libros, el cual indicó con una mirada expresiva al escritorio, donde se hallaba el armario de cristal en que Roos guardaba el licor de canela.
-Vamos a consolar al novio -continuó diciendo mientras se dirigía al cuarto de Traugott.

Cristina fue al suyo a cambiarse de vestido, a sacar la ropa y a dar órdenes a la cocinera para la comida del domingo, y al mismo tiempo oír alguna de las novedades de la ciudad, dejando para después el ir a ver qué le ocurría a su novio. Ya sabes, querido lector, que todos, en la situación de Traugott, hubiéramos pasado por diferentes fases, como no podía menos de sucederle a él. A la desesperación siguió una especie de sopor, y pasada esta crisis convirtióse en el dolor agudo que la Naturaleza suele emplear como método curativo. En este estado de dolor beneficioso estuvo Traugott durante varios días, en uno de los cuales dirigió sus pasos al Karlsberg, y de nuevo contempló las olas y las nubes grises que se cernían sobre Hela. Pero aquel día no se le ocurrió pensar en cuál sería su suerte futura; todo había desaparecido, todo lo que soñara y lo que anhelara.

-¡Ay! -suspiró-. ¡Qué amargo engaño fue mi vocación artística! Felícitas era la ilusión que me sedujo para creer en lo que no vivía, sino en la fantasía perturbada de un enfermo. Y ha desparecido... Vuelta a la cárcel..., que se ha cerrado tras de mí.

Traugott volvió a trabajar en el escritorio, y la boda con Cristina fijóse de nuevo para una época determinada. El día antes de llegar ésta hallábase Traugott en el salón de Artús, mirando con tristeza las figuras del viejo burgomaestre y su paje, cuando descubrió al agente que en una ocasión quería negociar el papel de Berklinger. Sin reflexionar sobre lo que hacía, casi inconscientemente, acercóse a él y le preguntó:

-¿Conocía usted a aquel viejo extraño de la barba negra rizada que hace algún tiempo solía andar por aquí acompañado de un bello joven?
-¡Cómo no había de conocerle! -respondió el agente-. Era el pintor loco Godofredo Berklinger. -¿Sabe usted qué ha sido de él y dónde se encuentra? -preguntó de nuevo Traugott.
-Ya lo creo -respondió el agente-. Está tranquilo en Sorrento, con su hija, hace una temporada.
-¿Con su hija Felícitas? -exclamó Traugott tan alto y con tanta viveza que todo el mundo se volvió hacia él.
-Claro está -continuó el agente muy tranquilo-,el joven que le acompañaba aquí era ella. Medio Danzig sabía que era una muchacha, a pesar de que el pobre loco suponía que todos lo ignoraban. Le habían predicho que en cuanto su hija se enamorase de alguien moriría él de muerte trágica, y por esta causa trataba de que nadie supiese que tenía una hija, y la hacía pasar por muchacho. Asombrado quedóse Traugott, permaneciendo inmóvil durante un rato; luego echó a correr por las calles y salió al campo, repitiéndose en alta voz: "¡Desgraciado de mí! Era ella...; a su lado he pasado días enteros..., he comido miles de veces..., me he mirado en sus divinos ojos..., he respirado su aliento..., he escuchado sus palabras..., y todo lo he perdido... No, no lo quiero perder. Iré tras ella al país del arte...; la suerte me llama..; me voy a Sorrento."
Volvió a casa. Elías Roos le salió al encuentro, y al verle le sujetó y le obligó a entrar en su cuarto.
-No quiero casarme con Cristina -exclamó-. Se parece a las voluptas y a las Luxuries y tiene los cabellos como las Ira de las pinturas del salón de Artús. ¡Oh, Felícitas, Felícitas!... ¡Divina amada mía!... ¡Tú me tiendes los brazos amorosos!... Ya voy..., ya voy. Y ha de saber usted, Elías -continuó, zarandeando al comerciante-, que no me volverá usted a ver en su maldito escritorio. Me revientan sus libros mayores y sus cuentas. Yo soy un pintor de los mejores; Berklinger es mi maestro, mi padre, mi todo, y usted no es nada, nada.
Y sacudía a Elías Roos, quien gritaba con toda su alma:
-¡Auxilio! ¡ Auxilio!... ¡A mí, a mí; mi yerno se ha vuelto loco... mi socio está furioso!... ¡Auxilio!... ¡Auxilio!....
Todos los empleados acudieron a los gritos; Traugott había soltado a Elías Roos, y, agotado, cayó en una butaca. Todos le rodearon, y él se levantó de un salto, gritando: -¿Qué queréis?
Entonces salieron todos en fila, llevando en medio a Roos. A poco oyóse rumor de seda y una voz que preguntaba:
-¿Es verdad que se ha vuelto usted loco, querido señor Traugott, o es que está usted bromeando?
Era Cristina.
-No me he vuelto loco, ni mucho menos, ángel mío -respondió Traugott-; pero tampoco estoy bromeando. Tranquilícese usted, querida; nuestra boda no se celebrará mañana, ni nunca.
-No es necesario -repuso Cristina, muy serena-; hace mucho tiempo que no me gusta usted nada, y hay personas que se han sabido hacer querer y pueden conducir al altar a la bella Cristina Roos... Adiós.

Y salió de la habitación.
"Se refiere al tenedor de libros", pensó Traugott. Más tranquilo, dirigióse al despacho de Roos y le expuso su deseo de que no contara con él ni para yerno ni para socio. Elías Roos avínose a todo, y en el escritorio aseguró más de una vez que daba gracias a Dios de verse libre del loco Traugott... cuando éste estaba lejos, muy lejos de Danzig. A Traugott parecióle la vida digna de vivirse cuando se halló en el país deseado. En Roma los artistas alemanes lo recibieron en su círculo, y resultó que pasó más tiempo allí del que podía suponerse, dado su anhelo por encontrar a Felicitas. Su afán, sin embargo, se había enfriado un poco; la veía como un sueño delicioso que perfumaba toda su vida, y creía que su manera de ser y el ejercicio de su arte estaban dirigidos a una región más alta y sobrenatural. Todas las figuras de mujer que creaba su mente de artista tenían los rasgos de la divina Felícitas. A los artistas jóvenes chocóles no poco aquel rostro admirable cuyo original no encontraban en Roma, y abrumaban a preguntas a Traugott para que les dijese dónde había visto aquella hermosura.

Traugott tenía cierto temor de contarles su extraña historia de Danzig, hasta que una vez, algunos meses más tarde, un amigo de Köningsberg, llamado Matuszewski, que en Roma vivía en relación con los artistas, le aseguró que había visto en la misma ciudad a la muchacha que Traugott pintaba en todos sus cuadros. Fácil de imaginar es el entusiasmo de Traugott; no tuvo oculto más tiempo el motivo de su afán por el arte y de su viaje a Italia, y todos encontraron la aventura de Danzig tan rara e interesante que le prometieron ayudarle a encontrar a la amada. Los esfuerzos de Matuszewski fueron los más fructuosos: dio con la vivienda de la muchacha, y averiguó que era hija de un pintor viejo que precisamente estaba revocando la pared de la iglesia Trinitá del Monte. Traugott se dirigió con Matuszewski a la plaza donde se hallaba esta iglesia y creyó reconocer a Berklinger en el pintor que estaba encaramado en un alto andamio. Desde allí dirigiéronse apresurados los dos amigos a la casa del pintor, cuidando de no decirle una palabra.

-Ella es -exclamó Traugott cuando distinguió a la hija del pintor, que, ocupada en una labor de aguja, estaba en el balcón-. ¡Felicitas!... ¡Mi Felicitas! -gritó Traugott, penetrando en la casa como una tromba.

La muchacha le miró asustada. Tenía los mismos rasgos que Felícitas, pero no era ella. Traugott sintió un dolor como si le atravesaran el corazón con mil puñales. Matuszewski explicó en dos palabras el caso a la joven. Estaba admirable con sus mejillas cubiertas de un rubor divino y los ojos bajos, y Traugott, que en el primer momento trató de escapar, quedóse como sujeto por lazos fuertes cuando dirigió una mirada a la linda criatura. Dorina levantó las oscuras cortinas de sus ojos y miró al extranjero con sonrisa amable, diciendo que su padre volvería pronto del trabajo y se alegraría mucho de encontrar en su casa artistas alemanes, por los que tenía verdadera admiración. Traugott hubo de confesarse que, fuera de Felicitas, ninguna mujer le había impresionado tanto como Dorina. Era, en realidad, casi igual a Felícitas; pero sus rasgos parecían más acusados y el cabello más oscuro. Era el mismo retrato, pintado por Rafael y por Rubens. Al poco tiempo llegó el viejo, y Traugott vio que el alto andamio le había equivocado por completo. En vez de un hombre fuerte como era Berklinger, tenía delante un viejecillo delgado, tímido, agobiado por la pobreza. Una sombra engañosa le hizo ver en su cara afeitada la barba negra de Berklinger. En cuestiones de arte mostró el viejo conocimientos verdaderamente prácticos, y Traugott decidió cultivar una amistad que en el primer momento tan dolorosa le resultara, pero que luego le pareció muy agradable. Dorina, que era la bondad y la sencillez personificadas, dejó pronto traslucir su inclinación por el joven pintor. Traugott correspondió a ella encantado. Se habituó de tal modo a aquella muchacha de quince años, que se pasaba días enteros con la reducida familia; trasladó su estudio a una habitación espaciosa que estaba vacía, junto a la casa, y concluyó por vivir con ellos. De este modo mejoró su situación económica con delicadeza, haciéndoles participar de su bienestar, y el viejo tuvo la seguridad de que Traugott pretendía casarse con su hija, dándoselo a entender lo más claro que pudo. Traugott se asustó un poco, pues aquello le hizo pensar en el objeto de su viaje. 'tenía siempre a Felicitas delante, y, sin embargo, parecíale que no podía separarse de Dorina. Lo más raro era que no pensaba en la desaparecida para su mujer. Felicitas se le representaba como una imagen espiritual, que nunca perdería para siempre, pero que no lograría alcanzar. Eterna compañía espiritual de la amada..., jamás posesión física. Dorina, en cambio, se le aparecía como su mujer. Sentíase ante ella estremecido por sacudidas dulcísimas, su sangre corría más de prisa por sus venas, y sin embargo, le parecía que era hacer traición a su antiguo amor el unirse a nadie con lazos indisolubles. Traugott luchaba con los más encontrados sentimientos: no podía decidirse; esquivó al viejo. Este creyó que Traugott trataba de engañarle a él y a su hija querida. Habló del matrimonio de Traugott con su hija como de cosa convenida, y dejó traslucir que sólo en ese supuesto había permitido su relación con Dorina, que de otro modo sólo podía servir para hacerle perder la fama.

La sangre italiana del viejo se encendió al fin, y declaró un día a Traugott que o se casaba con su hija o se marchaba inmediatamente, pues no le consentiría que pasase una hora más a su lado. Traugott quedóse confuso e irritado. Parecióle que el viejo era uno de tantos padres que quieren aprovecharse de las circunstancias para colocar a sus hijas, y consideró su conducta como una traición grosera y repugnante hacia Felicitas. La despedida de Dorina le destrozó el corazón; pero se soltó valientemente de los lazos que él creía podían sujetarlo. Dirigióse apresurado a Nápoles y a Sorrento. Transcurrió un año de minuciosas pesquisas tras las huellas de Berklinger y de su hija- pero todo en vano: nadie sabía nada de ellos. Todo lo que pudo sacar en limpio fue una ligera suposición, basada en el dicho de que hacía varios años visitó Sorrento un pintor alemán. Como las olas del mar, que van y vienen sin cesar, estuvo

Traugott en algún tiempo, hasta que al fin se estableció en Nápoles, dedicándose al arte y consiguiendo al cabo que su pasión por Felicitas fuese cediendo en intensidad. Ninguna muchacha le parecía semejante a Dorina, en figura ni en porte, y cuando contemplaba a alguna sentía hondamente la pérdida de aquella dulce niña. Cuando pintaba, nunca pensaba en Dorina, sino en Felicitas; ésta continuaba siendo su ideal. Pasado bastante tiempo recibió cartas de su ciudad natal. Elías Roos, según le anunciaba el notario, había entregado su alma a Dios, y era necesaria la presencia de Traugott para entenderse y ponerse de acuerdo con el tenedor de libros, que, como marido de la señorita Cristina, se había puesto al frente del negocio. En el primer correo salió Traugott para Danzig. Allí volvió a encofrarse en el salón de Artús; entre las columnas de granito y frente a las figuras del burgomaestre y de su paje recordó su aventura extraordinaria, y, acometido de una profunda melancolía, quedóse contemplando al bello joven, que parecía mirarle con ojos expresivos y decirle con una voz dulcísima: "No podías separarte de mí."

-¿No me engañan mis ojos? ¿Está su excelencia ya de vuelta, sano y salvo y curado de su melancolía?
Así graznó junto a Traugott una voz ronca, que pertenecía a su amigo, el conocido agente.
-No los he encontrado -dijo Traugott casi involuntariamente.
-¿A quiénes, a quiénes no ha encontrado su excelencia? -preguntó el agente.
-Al pintor Godofredo Berklinger y a su hija Felicitas -repuso Traugott-. Los he buscado por toda Italia; en Sorrento nadie me dio razón de ellos.
El agente le miró asombrado, y, con los ojos muy abiertos, murmuró al cabo de un rato:
-¿Dónde ha ido su excelencia a buscar al pintor y a su hija Felicitas? ¿A Italia? ¿A Nápoles? ¿A Sorrento?
-Naturalmente -replicó Traugott, iracundo.
El agente cruzó varias veces las manos, exclamando al tiempo:
-¡Gran Dios! ¡Gran Dios! ¡Pero señor Traugott, señor Traugott!
-¿Qué es lo que tanto le admira? -continuó éste-. No haga tanto aspaviento. No creo que tiene nada de particular ir a Sorrento detrás de la amada. Sí, yo estaba enamorado de Felicitas y me fui a buscarla.
El agente seguía dando saltos en un pie y no cesaba de exclamar:
-¡Gran Dios! ¡Gran Dios!
Hasta que Traugott le cogió por el cuello y, mirándolo indignado, le preguntó:
-¿Quiere usted decirme, con mil diablos, qué es lo que encuentra de extraño en todo esto?
-Pero, señor Traugott -respondió al fin el agente-, ¿no sabe usted que el señor Brandstetter nuestro respetable consejero municipal y decano, llama Sorrento a la finca que posee al pie del Karlsberg, en bosque de abetos, camino de Konradshammer? Este individuo compró sus cuadros a Berklinger y se lo llevó con su hija a su casa, es decir, a Sorrento. Allí vivieron varios años, y allí habría podido usted contemplar a la bella Felicitas, paseándose por el jardín con su traje a usanza antigua alemana, como el retrato que tanto le encantó, sólo con que se hubiera molestado en subir a media ladera del Karlsberg, y sin necesidad de ir a Italia. Luego, el viejo...; pero ésta es una triste historia.
-Cuente, cuente -dijo Traugott con voz sorda.
-Pues verá -continuó el agente-: volvió de Inglaterra el hijo de Brandstetter, vio a la señorita Felicitas y se enamoró de ella. La sorprendió en el jardín un día, cayó de rodillas a sus pies a la manera más romántica y juró que había de casarse con ella y libertarla de la tiranía de su padre. El anciano estaba detrás de los jóvenes, sin que ellos lo advirtieran, y en el momento en que Felicitas dijo: "Seré tuya", cayó al suelo lanzando un grito espantoso, y quedó muerto. Debía de estar horrible..., morado y sanguinolento, pues no se sabe cómo le saltó una vena. Felicitas no quiso nada desde aquel momento con el joven Brandstetter, y transcurrido algún tiempo se casó con el magistrado Mathesius de Marienwerder. Allí puede su excelencia visitar a la señora del magistrado, como una relación antigua. Marienwerder no está lejos como el Sorrento de Italia. La amable señora debe de estar muy bien y tener varios hijos.

Mudo y pensativo alejóse de allí Traugott. Aquel desenlace de su aventura le llenó de rabia y de tristeza. "No, no es ella -decíase a sí mismo-, no es ella... no es Felicitas, la criatura angelical, la que encendió en mi pecho una pasión inmensa, tras la que he recorrido países lejanos, viéndola siempre como la estrella luminosa de mi esperanza. ¡Felicitas... esposa del magistrado Mathesius!... ¡Ja, ja, ja!" Traugott, riendo a carcajadas, salió corriendo, como en otro tiempo, por la puerta Oliva, atravesando Langfuhr hasta el Karlsberg. Desde allí contemplo Sorrento con lágrimas en los ojos.

-¡Ah! -exclamó-. ¡Cuán hondamente hiere el pobre pecho del hombre esa fuerza misteriosa que todo lo gobierna! Pero no, no, no, no se puede quejar de dolores incurables quien se arroja a las llamas en vez de mantenerse a cierta distancia del fuego, para gozar del calor y de la luz. La forma me atrajo con fuerza; pero mi mirada no supo distinguir el ser extraordinario, y, engañado, imaginé que lo creado por el maestro adquiría vida para rebajarse conmigo hasta las tristezas de la vida terrena. No, no, yo no te he perdido, Felicitas; vives en mí eternamente, pues eres la facultad creadora y artística que alienta en mí. Hasta ahora no te he reconocido. ¿Qué tienes tú que ver, ni yo tampoco, con la esposa del magistrado Mathesius? Nada, absolutamente nada.
-No sabía que tuviera usted relación alguna con ellos, querido Traugott -dijo una voz.

Traugott despertó de su sueño. Encontróse, sin saber cómo, en el salón de Artús, apoyado en una de las columnas de granito. El que le dirigía la palabra era el marido de Cristina, quién le entregó una carta recién llegada de Roma. Era de Matuszewski, que le escribía: "Dorina está más guapa y más simpática que nunca, aunque un poco pálida y triste, pensando en ti, querido amigo. Te espera a todas horas, pues tiene el convencimiento de que no has de abandonarla. Te quiere apasionadamente. ¿Cuándo te vemos por aquí otra vez?"

-Me alegro mucho -dijo Traugott al marido de Cristina- que hayamos terminado hoy nuestros asuntos, pues mañana me voy a Roma, donde me espera ansiosa una novia querida".

E.T.A. Hoffmann

viernes, 20 de marzo de 2015

"Vampirismo"

"-Ahora que habláis de vampirismo, me viene a la mente una historia que hace tiempo leí o escuché. Creo que más bien lo último, pues ahora que recuerdo, el narrador insistió mucho en que el relato era verdadero. Si la historia se ha publicado y la conocéis, interrumpidme, pues no hay nada más fastidioso y aburrido que escuchar cosas conocidas.

-Creo que nos vas a ofrecer algo horroroso y tremendo; así es que, por lo menos, piensa en San Serapio y procura ser lo más breve posible, para que Vincenzo tenga la palabra, pues, según veo, está impaciente por referirnos el cuento que nos prometió.

-¡Calma, calma! -exclamó Vincenzo- Nada mejor para mí que Cipriano tienda un tapiz negro que sirva de fondo a la representación mímico-plástica de mis alegres, pintorescas y saltarinas figuras. Empieza, Cipriano amigo, muéstrate seco, terrorífico, incluso espeluznante, más que el vampírico lord Byron, al que por cierto no he leído.

-El conde Hipólito -comenzó Cipriano- había regresado de sus largos viajes, para hacerse cargo de la rica herencia de su padre. El palacio estaba situado en una de las regiones más bellas y agradables del país, y las rentas que le proporcionaban sus posesiones bastaban para el costoso embellecimiento del mismo.

...Todo lo que el conde había visto a lo largo de sus viajes, lo más bello, atractivo y suntuoso, quería verlo de nuevo levantarse ante sus ojos. Cortesanos y artistas reuníanse en torno a él y acudían a su llamada, de modo que pronto comenzaron las obras del palacio, y el diseño de un amplio parque de gran estilo, en el que se hallarían incluidas iglesia, cementerio y parroquia, formando parte del artístico jardín. El conde dirigía todos los trabajos, pues tenía conocimientos suficientes para ello. Se entregó en cuerpo y alma a estas ocupaciones, de modo que transcurrió un año sin que se le ocurriese (según le aconsejó su anciano tío) dejarse ver a los ojos de las jóvenes, para escoger como esposa a la más bella, a la mejor y a la más noble.

Una mañana que se encontraba sentado ante la mesa de dibujo, proyectando un nuevo edificio, se hizo anunciar una vieja baronesa, lejana pariente de su padre. Hipólito recordó el nombre de la baronesa, y que su padre sentía una indignación intensa contra esta mujer, e incluso que hablaba de ella con repugnancia, y a todas cuantas personas trataban de acercarse a ella les aconsejaba que se alejasen, aunque sin explicar jamás los motivos del peligro. Cuando se le preguntaba al conde, solía decir que había ciertas cosas sobre las que más valía callar que hablar. Con más razón, cuanto que en la residencia corrían turbios rumores de un extraño e insólito proceso criminal, en el que estaba implicada la baronesa, que separada de su marido y expulsada de su alejado lugar de residencia, sólo gracias a la intervención del príncipe se veía libre de encarcelamiento.

Muy molesto se sintió Hipólito por la proximidad de una persona a la que su padre aborrecía, aunque los motivos le fuesen desconocidos. La ley de la hospitalidad, que era privativa de toda esta región, le obligaba a recibir la desagradable visita. Jamás una persona había causado al conde una impresión tan antipática en su apariencia -aunque en realidad no fuese odiosa- como la baronesa.

Al entrar traspasó al conde con una mirada de fuego, luego entornó los párpados y se disculpó de su visita, casi con expresión humilde. Se quejó de que el padre del conde, poseído por extraños prejuicios, a los que le habían inducido sus enemigos maliciosamente, la había odiado hasta la muerte, de modo que, aunque languidecía en la mayor pobreza, y se avergonzaba de su estado, nunca había recibido la menor ayuda. Al fin, como inesperadamente se hubiera visto en posesión de una pequeña suma de dinero, le había sido posible abandonar su residencia y huir hacia un pueblo muy alejado de aquella región. Antes de emprender el viaje no había podido resistir el impulso de conocer al hijo del hombre que le había profesado un odio tan injusto e irreconciliable, aunque a su pesar le reverenciase.

Fue el conmovedor tono de verdad con que habló la baronesa, lo que emocionó al conde, cuanto más que lejos de mirar el desagradable semblante de la vieja, hallábase absorta su mirada en la contemplación de la adorable, maravillosa y encantadora criatura que la acompañaba.

Calló ésta y el conde pareció no darse cuenta: permanecía abstraído. La baronesa pidió que la disculpase, pues al entrar sintióse desconcertada, y se le olvidó presentar a su hija Aurelia. Sólo al oír esto recuperó el conde la palabra, y juró, enrojeciendo totalmente, lo que sumió en la mayor confusión a la adorable joven, que le concediesen enderezar lo que su padre había ejecutado por error, y les suplicó que, conducidas por su propia mano, entrasen en el palacio.

Para confirmar estas palabras tomó la mano de la baronesa, pero la respiración y el habla se le cortaron, al tiempo que un frío enorme le recorría el cuerpo. Sintió que su mano era apresada por unos dedos rígidos, helados como la muerte, y le pareció como si la enorme y huesuda figura de la baronesa -que le contemplaba con ojos sin visión- estuviese envuelta en la espantosa vestimenta de un cadáver.

-¡Oh, Dios mío, qué desgracia está sucediendo en este momento! -gritó Aurelia, y empezó a gemir con una voz tan quejumbrosa, que su pobre madre fue presa de un ataque convulsivo, de cuyo estado, como de costumbre, solía salir unos instantes después, sin necesidad de valerse de ningún medio. Con gran trabajo se desprendió el conde de la baronesa, y como tomase la mano de Aurelia y depositase en ella un ardiente beso, sintió que el dulce deleite del amor y el fuego de la vida retornaban a invadir su ser.

Próximo a la edad madura, sintió el conde, por primera vez, todo el poder de la pasión, de tal modo que le resultó muy difícil esconder sus sentimientos, y como Aurelia le manifestase su agrado de manera ingenua, se encendió en él la esperanza. Apenas pasaron unos cuantos minutos cuando la baronesa despertó de su desmayo, ignorante de lo que había sucedido, y aseguró al conde que estimaba la invitación de permanecer algún tiempo en el palacio, y que olvidaba para siempre todo el mal que su padre le había causado. Así fue como, repentinamente, cambió el hogar del conde, hasta el punto que llegó a pensar que, por un especial favor, el destino le había llevado hasta allí a la persona más ardientemente adorada de todo el universo, para concederle la mayor felicidad de que puede gozar un ser humano.

La conducta de la baronesa fue idéntica, permaneció silenciosa, seria, incluso reservada, y mostró siempre que había ocasión favorable, un dulce talante y hasta una inocente alegría en el fondo de su corazón. El conde, que ya se había habituado al extraño semblante cadavérico y a su figura fantasmal, atribuyó todo esto a su enfermedad, así como la tendencia a una intensa exaltación, de la que daba muestras -según le había dicho su gente- durante los paseos nocturnos que efectuaba por el parque, en dirección al cementerio.

El conde se avergonzó de que los prejuicios de su padre le hubiesen prevenido tanto contra ella y trató de vencer el sentimiento que le sobrecogía, siguiendo los consejos de su buen tío que le indicaba librarse de una relación que tarde o temprano le perjudicaría. Convencido del intenso amor de Aurelia, pidió su mano y figuraos con qué alegría la baronesa aceptó, viéndose transportada de la mayor indigencia al seno de la felicidad. La palidez y aquel aspecto que denotaba un interior extremadamente desasosegado, fue desapareciendo del semblante de Aurelia. La felicidad del amor resplandecía en su mirada y daba a sus mejillas un tono rosado.

La mañana del día que se iba a celebrar la boda, un acontecimiento sobrecogedor vino a contrariar los deseos del conde. Encontraron a la baronesa inerte en el parque, caída en el suelo, con el rostro en tierra, no lejos del camposanto, y la transportaron al palacio, precisamente cuando el conde se levantaba dominado por el sentimiento de su felicidad inminente. Pensó que la baronesa había sido atacada por su acostumbrado mal; sin embargo, fueron vanos todos los medios de que se sirvieron para volverla a la vida. Estaba muerta.

Aurelia no se entregó a los desahogos propios de un intenso dolor, y muda, sin derramar una lágrima, parecía haberse quedado como paralizada después del golpe recibido. El conde, que temía por su amada, con gran cuidado y suavidad se atrevió a recordarle su situación de criatura sola, de modo que ahora más que nunca era necesario aceptar el destino y proceder convenientemente acelerando la ceremonia de la boda que se había diferido a causa de la muerte de la madre. A esto, Aurelia, echándose en los brazos del conde, gritó, al tiempo que derramaba un torrente de lágrimas, con una voz que desgarraba el corazón: Sí, sí, por todos los Santos, por mi bien, sí!. El conde pensó que este vehemente desahogo era debido a la consideración bien amarga de que se encontrase sola, sin patria, y no supiese adonde ir, e incluso a las consideraciones sociales que le impedían permanecer en el palacio.

El conde se ocupó de que una dama honorable le hiciese compañía hasta que el matrimonio se celebró, sin que ningún suceso desgraciado interrumpiese la ceremonia, e Hipólito y Aurelia alcanzaron la cumbre de su felicidad. Mientras todo esto sucedía, Aurelia se había mostrado siempre en un estado de gran excitación. No era el dolor por la pérdida de su madre lo que la desasosegaba, sino una sensación de miedo mortal que parecía atenazarla continuamente.

En mitad de los más dulces transportes amorosos, sentíase sobrecogida de terror, palidecía como una muerta y abrazaba al conde, derramando lágrimas, como si quisiera asegurarse bien de que un poder invisible y enemigo no la llevase a la perdición. Entonces gritaba: ¡No, nunca, nunca!.

Una vez que se encontró casada pareció que el estado de excitación cesaba y que se veía libre del miedo que la sobrecogía. Esto no impidió que el conde adivinase que algún secreto fatídico se escondía en el seno de Aurelia, pero, ciertamente, le pareció inoportuno preguntarle acerca de ello, en tanto que persistiese la excitación, y ella misma se mantuviese callada. Hasta que un día se atrevió a insinuarle la pregunta de cuál era la causa de su desasosiego. Entonces Aurelia afirmó que suponía un inmenso bien para ella desahogar por entero su corazón en su amado esposo. No poco se sorprendió el conde cuando se enteró de que únicamente la fatal conducta de la madre era el motivo del malestar de Aurelia. ¿Hay algo más espantoso -gritó Aurelia- que odiar a la propia madre y tener que aborrecerla? De aquí se deduce que tanto el padre como el tío no estaban dominados por falsos prejuicios y que la baronesa había engañado al conde con una premeditada hipocresía.

Como un signo muy favorable, el conde consideró que la malvada madre se hubiese muerto el mismo día que se iba a celebrar su boda, y no tenía ningún reparo en decirlo. Aurelia, en cambio, dijo que precisamente desde el día de la muerte de su madre se sentía dominada por los más lúgubres y sombríos presentimientos, que no podía evitar sentir un miedo espantoso a que los muertos saliesen de sus tumbas y la arrancasen de los brazos de su amado para llevarla al abismo.

Aurelia recordaba (según refería) los tiempos de su niñez, cómo una mañana, cuando acababa de despertarse, oyó un tumulto espantoso en la casa. Las puertas se abrían y cerraban, se oían voces extrañas. Cuando finalmente se hizo la calma, la doncella tomó a Aurelia de la mano y la llevó a una gran estancia donde estaban muchos hombres reunidos, y en el centro de la habitación sobre una gran mesa yacía un hombre que jugaba a menudo con Aurelia, que le daba golosinas, y al que solía llamar papá. Extendió las manos hacia él y quiso besarle. Los labios que en otro tiempo estaban cálidos ahora estaban helados, y Aurelia, sin saber por qué, prorrumpió en sollozos. La doncella la condujo a una casa desconocida, donde estuvo durante mucho tiempo, hasta que apareció una señora y se la llevó en un coche. Era su madre que la trasladó a la Corte. Aurelia debía tener ya dieciséis años cuando apareció un hombre en casa de la baronesa, al que ésta recibió con alegría, denotando la confianza e intimidad de un amigo querido desde hace tiempo. Cada vez venía más a menudo, y cada vez era más evidente que su casa se transformaba y ponía en mejores condiciones. En lugar de vivir como en una cabaña y vestirse con pobres vestidos y alimentarse mal, ahora vivían en la parte más bella de la ciudad, ostentaban lujosos vestidos y comían y bebían con el desconocido, que diariamente se sentaba a la mesa y participaba en todas las diversiones públicas que se ofrecían en la Corte. Únicamente Aurelia permanecía ajena a las mejoras de su madre, que, evidentemente, se debían al extranjero. Se encerraba en su cuarto cuando la baronesa departía con el desconocido y permanecía tan insensible como antes.

El desconocido, aunque era ya casi de cuarenta años, tenía un aspecto fresco y juvenil, poseía una gran figura y su semblante podía considerarse varonil. No obstante, le resultaba desagradable a Aurelia porque, a menudo, su conducta le parecía vulgar, torpe y plebeya.

Las miradas que empezó a dirigir a Aurelia le causaron inquietud y espanto, incluso un temor que ella misma no sabía explicar. Hasta el momento, la baronesa no se había molestado en dar alguna explicación a Aurelia acerca del desconocido. Ahora mencionó su nombre a Aurelia, añadiendo que el barón era muy rico y un pariente lejano. Alabó su figura, sus rasgos, y terminó preguntando a Aurelia que qué le parecía. Aurelia no ocultó el aborrecimiento que sentía por el desconocido; la baronesa le lanzó una mirada que le produjo un terror indecible y luego la regañó acusándola de ser necia. Poco después, la baronesa se conducía más amablemente que nunca con Aurelia. Le regaló hermosos vestidos y ricos adornos que estaban de moda, y la dejó participar en las diversiones públicas. El desconocido trataba de ganarse el favor de Aurelia, de tal modo que se hacía todavía más odioso. Fue fatal para su tierno espíritu que la casualidad le deparase ser testigo de todo esto, lo que motivó que sintiese un odio tremendo hacia el desconocido y la corrompida madre. Como pocos días después el desconocido, medio embriagado, la estrechase en sus brazos, de modo que no dejase lugar a dudas de sus aviesas intenciones, la desesperación diole fuerzas varoniles, de forma que le propinó tal empujón al desconocido que lo tiró de espaldas, tuvo que huir y se encerró en su cuarto.

La baronesa explicó a Aurelia fríamente y con firmeza que el desconocido mantenía la casa y que no tenía el menor deseo de volver a la antigua indigencia, y que, por consiguiente, eran vanos e inútiles los melindres. Aurelia debía ceder a los deseos del desconocido, que amenazaba abandonarlas. En vez de compadecerse de las súplicas desgarradoras de Aurelia, de sus ardientes lágrimas, la vieja comenzó a proferir amenazas y a burlarse de ella, agregando que estas relaciones le proporcionarían el mayor placer de la vida, así como toda clase de comodidades, y dio muestras de un desaforado aborrecimiento hacia los sentimientos virtuosos, por lo que Aurelia quedó aterrada. Viose perdida, de modo que la única salvación posible le pareció una rápida huida.

Aurelia se había hecho con una llave de la casa, y envolviendo algunas cosas indispensables para su fuga, se deslizó a medianoche, cuando vio a su madre profundamente dormida, hasta el vestíbulo iluminado débilmente. Con sumo cuidado trataba de salir, cuando la puerta de la casa chocó violentamente y retumbó a través de la escalera. En medio del vestíbulo, haciendo frente a Aurelia, apareció la baronesa vestida con una bata sucia y vieja, con el pecho y los brazos descubiertos, el pelo gris despeinado, moviéndose airada. Y detrás de ella el desconocido, que gritaba y chillaba: ¡Espera, condenado Satanás, bruja endemoniada, que me las vas a pagar!, y arrastrándola por los pelos, empezó a golpearla de un modo brutal en mitad del cuerpo, envuelto como estaba en su gruesa bata.

La baronesa empezó a gritar. Aurelia, casi desvanecida, pidió auxilio, asomándose a la ventana abierta. Dio la casualidad que precisamente pasaba por allí una patrulla de guardias, que entraron al instante en la casa: ¡Cogedle! -gritaba la baronesa a los guardias, retorciéndose de rabia y de dolor- ¡Cogedle y agarradle bien! ¡Miradle la espalda!

En cuanto la baronesa pronunció su nombre, el jefe de la patrulla exclamó jubilosamente: ¡Al fin te cogimos, Urian!", y con esto le agarraron y le llevaron consigo, no obstante resistirse. A pesar de todo lo sucedido, la baronesa se había percatado de las intenciones de Aurelia. De momento se conformó con agarrarla violentamente del brazo, arrojarla al interior de su cuarto y cerrarlo bien, sin decir palabra. A la mañana siguiente, la baronesa salió y regresó muy tarde por la noche, mientras Aurelia permanecía en su cuarto encerrada como en una prisión, sin ver ni oír a nadie, de modo que pasó el día sin que tomase comida ni bebida. Así transcurrieron varios días. A menudo la miraba la baronesa con ojos encendidos de ira, y parecía como si quisiera tomar una decisión, hasta que un día encontró una carta, cuyo contenido pareció llenarla de alegría: Odiosa criatura -dijo la baronesa a Aurelia-, eres culpable de todo, aunque te perdono, y lo único que deseo es que no te alcance la espantosa maldición que este malvado ha descargado sobre ti. Luego de decir esto se mostró muy amable, y Aurelia, ahora que ya aquel hombre se había alejado, no volvió a pensar más en la huida, por lo que le fue concedida mayor libertad.

Pasado ya algún tiempo, un día que Aurelia estaba sentada sola en su cuarto, oyó un gran tumulto en la calle. La doncella salió y volvió diciendo que era el hijo del verdugo que iba detenido, después de ser marcado por robo y asesinato, y que al ser conducido a la cárcel se había escapado de entre las manos de los guardianes. Aurelia vaciló, asomándose a la ventana, dominada por temerosos presentimientos; no se había engañado, era el desconocido que, rodeado de numerosos guardianes, iba subido en una carreta. Le conducían camino de la ejecución de la condena y de la expiación de sus faltas. Casi estuvo a punto de desmayarse en su sillón, cuando la espantosa y salvaje mirada del hombre se cruzó con la suya, al tiempo que con gestos amenazadores levantaba el puño cerrado hacia su ventana.

Era costumbre de la baronesa estar siempre fuera de casa, aunque regresaba para hablar con Aurelia y hacer consideraciones acerca de su destino y de las amenazas que se cernían sobre ella, presagiando una vida muy triste. Por medio de la doncella que había entrado a su servicio el día después del suceso de aquella noche, y a la que habían tenido al corriente de las relaciones de la baronesa con aquel pícaro, se enteró Aurelia de que todos los de la casa compadecían a la baronesa por haber sido engañada tan vilmente por un delincuente tan despreciable.

Bien sabía Aurelia que la cosa era de otro modo, y le parecía imposible que los guardias que poco antes habían detenido a este hombre en casa de la baronesa no supieran de sobra la buena amistad de la baronesa con el hijo del verdugo, ya que al apresarle, la baronesa había proferido su nombre y había hecho alusión a la marca de su espalda, que era la señal de su crimen. De aquí que, incluso, la misma doncella a veces expresase con ambigüedad lo que se decía por todas partes, y que insinuase que los jueces estaban haciendo averiguaciones, de forma que hasta la honorable baronesa estuviese a punto de sufrir arresto, debido a las extrañas declaraciones del malvado hijo del verdugo.

De nuevo se dio cuenta la pobre Aurelia de la situación tan lamentable en que se hallaba su madre, y no comprendió cómo podría después de aquel horroroso acontecimiento permanecer un instante más en la residencia. Finalmente, viose obligada a abandonar el lugar, donde se sentía rodeada de un justificado desprecio, y a dirigirse a una región alejada de allí. El viaje la condujo al palacio del conde, donde sucedió lo que ya hemos referido.

Aurelia se sintió extremadamente feliz, libre de las tremendas preocupaciones que tenía, pero he aquí que quedó aterrada cuando al expresarle su madre el favor divino que le concedía este sentimiento de bienaventuranza, ésta, echando llamas por los ojos, gritó con voz destemplada: ¡Tú eres la causa de mi desgracia, desventurada criatura, pero ya verás, toda tu soñada felicidad será destruida por el espíritu vengador, cuando me sobrecoja la muerte. En medio de las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás..., y aquí se detuvo Aurelia, se apoyó en el pecho del conde y le suplicó que le permitiese callar lo que la baronesa había proferido en su furor demencial. Hallábase destrozada, pues creía firmemente que se cumplirían las amenazas de los malos espíritus que poseían a su madre.

El conde consoló a su esposa lo mejor que pudo. Hubo de confesarse a sí mismo, cuando estuvo tranquilo, que el profundo aborrecimiento de la baronesa, aunque hubiese fallecido, arrojaba una negra sombra sobre la vida, que le había parecido tan clara.

Poco tiempo después se notó un marcado cambio en Aurelia. Como la palidez mortal de su semblante y la mirada extenuada denotase enfermedad, pareció como si Aurelia ocultase un nuevo secreto en el interior de su ser, que se mostrase inquieto, inseguro y temeroso. Huía incluso hasta de su marido, se encerraba en su cuarto, buscaba los lugares más apartados del parque, y cuando se la veía, sus ojos llorosos y los consumidos rasgos de su semblante denotaban que sufría una pena profunda. En vano el conde se esforzaba por conocer los motivos del estado de su esposa. Del enorme desconsuelo en el que finalmente se sumió, la sacó un famoso médico, al insinuar que la gran irritabilidad de la condesa, a juzgar por los síntomas, posiblemente denotaba un cambio de estado, que haría la dicha del matrimonio. Este mismo médico se permitió, como se sentase a la mesa del conde y de la condesa, toda clase de alusiones al supuesto estado en que se hallaba la condesa.

La condesa parecía indiferente a todo lo que escuchaba, aunque de pronto prestó gran atención, cuando el médico comenzó a hablar de los caprichos tan raros que a veces tenían las mujeres que estaban en estado, y a los que se entregaban sin tener en consideración la salud y la conveniencia del niño.

La condesa abrumó al médico con preguntas, y éste no se cansó de responder a todas ellas, refiriendo casos asombrosamente curiosos y divertidos de su propia experiencia: También -repuso- hay ejemplos de caprichos anormales, que llevan a las mujeres a realizar hechos espantosos. Así la mujer de un herrero sintió tal deseo de la carne de su marido, que no paró hasta que un día que éste llegó embriagado, se abalanzó sobre él con un cuchillo grande y le acuchilló de manera tan cruel que pocas horas después entregaba el espíritu.

Apenas hubo pronunciado el médico estas palabras, la condesa se desmayaba en la silla donde estaba sentada, y con gran trabajo pudo ser salvada de los ataques de nervios que sufrió a continuación. El médico se percató de que había sido muy imprudente al mencionar en presencia de una mujer tan débil y nerviosa aquel terrible suceso.

Sin embargo, pareció que aquella crisis había ejercido un influjo bienhechor en el ánimo de la condesa, pues se tranquilizó, aunque como de nuevo volviese a enmudecer y a convertirse en una extraña criatura solitaria, con un fuego intenso que brotaba de sus ojos, adquiriendo la palidez mortal de antes, el conde nuevamente volvió a sentir pena e inquietud acerca del estado de su esposa. Lo más raro de él, era que la condesa no tomaba ningún alimento, y sobre todo que demostraba tal asco a la comida, especialmente a la carne, que más de una vez se alejó de la mesa dando las más vivas muestras de aborrecimiento. El médico se sintió incapaz de curarla, pues ni las más fuertes y cariñosas súplicas del conde, ni nada en el mundo podía hacer que la condesa tomase ninguna medicina.

Como transcurriesen semanas y meses sin que la condesa probase bocado, y pareciese que un insondable secreto consumía su vida, el médico supuso que había algo raro, más allá de los límites de la ciencia humana. Abandonó el palacio con un pretexto cualquiera, y el conde pudo darse cuenta de que la enfermedad de la condesa parecía muy sospechosa al acreditado médico, y denotaba que la enfermedad estaba muy arraigada, sin que hubiese medio de curarla. Hay que suponerse en qué estado de ánimo quedó el conde, no satisfecho con esta explicación.

Justamente por esta época un viejo y fiel servidor tuvo ocasión de descubrir al conde que la condesa abandonaba el palacio todas las noches y regresaba al romper el alba. El conde se quedó helado. Ahora es cuando se dio cuenta de que desde hacía bastante tiempo, a eso de la medianoche, le sobrecogía un sueño muy pesado, que atribuía a algún narcótico que la condesa le administraba para poder abandonar sin ser vista el dormitorio que compartía con él.

Los más negros presentimientos sobrecogieron su alma; pensó en la diabólica madre, cuyo espíritu quizá revivía ahora en la hija, en alguna relación ilícita y adulterina, y hasta en el malvado hijo del verdugo. A la noche siguiente iba a desvelársele el espantoso secreto, único motivo del estado misterioso en que se hallaba su esposa.

La condesa acostumbraba ella misma a preparar el té que tomaba el conde y luego se alejaba. Aquel día decidió el conde no probar una gota, y como leyese en la cama, según tenía por costumbre, no sintió el sueño que le sobrecogía a medianoche como otras veces. No obstante se acostó sobre los cojines, e hizo como si durmiese. Suavemente, con gran cuidado, abandonó la condesa el lecho, se aproximó a la cama del conde e iluminó su rostro, deslizándose de la alcoba sin hacer ruido.

El corazón le latía al conde violentamente, se levantó, echóse un manto y siguió a su esposa. Era una noche de luna clara, de modo que, no obstante lo veloz de su paso, se podía ver perfectamente a la condesa Aurelia, envuelta su figura en una túnica blanca. La condesa se dirigió a través del parque hacia el cementerio y desapareció tras el muro.

Rápidamente, corrió el conde tras ella, atravesó la puerta del muro del cementerio, que halló abierta. Al resplandor clarísimo de la luna vio un círculo de espantosas figuras fantasmales. Viejas mujeres semidesnudas, con el cabello desmelenado, hallábanse arrodilladas en el suelo, y se inclinaban sobre el cadáver de un hombre, que devoraban con voracidad de lobo. ¡Aurelia hallábase entre ellas! Impelido por un horror salvaje, el conde salió corriendo irreflexivamente, como preso de un espanto mortal, por el pavor del infierno, y cruzó los senderos del parque, hasta que, bañado en sudor, al amanecer encontróse ante la puerta del palacio. Instintivamente, sin meditar lo que hacía, subió corriendo las escaleras, y atravesó las habitaciones hasta llegar a la alcoba. La condesa yacía, al parecer entregada a un dulce y tranquilo sueño. El conde trató de convencerse de que sólo había sido una pesadilla o una visión engañosa que le había angustiado, ya que era sabedor del paseo nocturno, del cual daba trazas su manto, mojado por el rocío de la mañana.

Sin esperar a que la condesa despertase, se vistió y montó en su caballo. La carrera que dio a lo largo de aquella hermosa mañana a través de los arbustos aromáticos, de los que parecía saludarle el alegre canto de los pájaros que despertaban al día, disipó las terribles imágenes nocturnas; consolado y sereno regresó al palacio.

Como ambos, el conde y la condesa, se sentasen solos a la mesa, y como de costumbre ésta tratase de salir de la estancia a la vista de la carne guisada, dando muestras del mayor asco, se le hizo evidente al conde, en toda su crudeza, la verdad de lo que había contemplado la noche anterior. Poseído del mayor furor se levantó de un salto y gritó con voz terrible: ¡Maldito aborto del infierno, ya sé por qué aborreces el alimento de los hombres, te cebas en las tumbas, mujer diabólica!.

Apenas había proferido estas palabras, la condesa, dando alaridos, se abalanzó sobre él con la furia de una hiena y le mordió en el pecho. El conde dio un empujón a la rabiosa mujer y la tiró al suelo, donde entregó su espíritu en medio de las convulsiones más espantosas. El conde enloqueció".


E.T.A. Hoffmann