"Peter se inclinó y examinó la rana. Estaba muerta. Yacía entre los guijarros al borde del arroyo, y sus largas piernas estaban rígidas y violentamente separadas.
-Quién puede querer hacerle daño a un animal así? -murmuró Pete-. ¡Pobre animalito! - añadió.
Peter no era muy perspicaz. Tenía dieciocho años, pero su cerebro era de niño. Sin embargo, sabía que la rana había sido estrangulada, cruel y alevosamente, por una o varias personas desconocidas. Temblando, puso cautamente un dedo en el tirante y brillante alambre que rodeaba el cuello del anfibio. La carne fría le produjo un estremecimiento en la muñeca que casi le llegó hasta el codo.
-Quién puede haber hecho daño a este pobre animalito? -repitió, perplejo y asombrado.
No quiso detenerse más contemplando el pequeño y patético cadáver. Estaba anocheciendo, y tenía miedo de las sombras que se alargaban rápidamente y de las ramas, negras y delgadas, que se entrecruzaban sobre su cabeza. El bosque no era un lugar acogedor cuando el sol no lo alumbraba. Inhóspito, lúgubre y repleto de voces. Cuando Peter llegó a su casa, su madre estaba poniendo la mesa para la cena y su padrastro se encontraba sentado junto a la ventana, con un periódico atrasado sobre las rodillas y una pipa de zuro entre los cariados y descoloridos Dientes. Peter cerró la puerta y entró tímidamente en la habitación.
-Hola -dijo su padrastro-. Dónde has estado?
-Pescando en el río - replicó Peter nervioso-. Esperaba que una trucha se tragara el anzuelo y poder cogerla. Estaba allí pescando. Eso es todo lo que he hecho desde que llegué allí. No estuve en ningún otro sitio. Esperaba poder pescar una trucha. El padrastro frunció el ceño. Era un hombre alto, delgado, de más de media edad, con ojos oscuros, malhumorados y una torva mueca en la boca.
-Oye, muchacho -gruñó-. ¿No te he dicho que no te metas en el bosque? ¿No lo has oído?
-No he hecho nada malo, papá -gimoteó Peter-. Sólo pescaba en el río. Esperaba coger una trucha. No he ido allí para nada más.
-Sí, eh? Que no te vea otra vez por los bosques. Si sé que has vuelto a poner los pies, te daré una zurra de la que te acordarás toda la vida.
-Vamos, vamos, Henry- murmuró la madre de Peter desde la cocina.
Durante la cena, Peter estuvo silencioso y contrito; pero tan pronto terminó el último bocado, se excusó torpemente y se retiró a su cuarto. Estaba horriblemente asustado. En su cerebro sensible e inculto, el humor brutal de su padrastro tenía cierto vínculo con la sensación que le producía el bosque y las tranquilas y oscuras aguas del río cuando el sol no los alumbraba. Hubiera querido echar a correr cuando su padrastro lo amenazó con darle una zurra, no por temor al daño físico, sino... bueno, sino porque le asustaba algo que quedaba oculto detras de su cruel e inhumana cara.
-No deberías ser tan duro con el chico -dijo la madre de Peter, mientras recogía los platos de la cena y los llevaba al fregadero-. Es un buen muchacho y no hace nada malo.
-Ah, no? -dijo Henry-. Entonces, ¿qué hace? ¿Por qué me desobedece y se va al bosque? ¿ Por qué esas correrías por ahí, donde están esas cosas esperando y vigilando? Quizás ha hablado con ellas. Por lo que sé, puede muy bien estar de su parte. No es inteligente y debes vigilarlo por eso, Mary. Debes vigilarlo mucho más. No puedes saber lo que harán o dirán.
La madre de Peter suspiró.
-Ha ido a divertirse un poco.
-Ah, sí? Está bien, será mejor que no entre en el bosque. Puedo encargarme de las bestias que han mandado contra nosotros, pero la ley no me permitiría tocarle un pelo de su estúpida cabeza. Si ellos lo mandan contra nosotros, no podré hacer nada. Es hijo tuyo, no mío. Si lo malquistan con nosotros, tendré que salir corriendo. ¿Qué piensas de eso, mujer?
La madre de Peter se humedeció los labios con la lengua.
-¿Has estado haciendo algo cruel otra vez, Henry?
El padrastro de Peter se levantó de la mesa y arrojó la silla contra la pared.
-Eso a ti no te importa -exclamó-. Tengo que protegerme, ¿no es así? Si la cosecha se seca y las vacas no dan leche, debo luchar para vivir -se aclaró la garganta-. Toda la culpa la tienen esas ranas que croan y que han mandado contra nosotros. No me dirás que no eran las ranas las que croaban. Noche tras noche las hemos estado oyendo. Pues bien, ya he acabado con eso; esta noche ya no las oirás croar. Mary palideció. Dejó los platos y se enfrentó con él.
-Las ranas eran nuestros amigos - se lamentó -. Creía y rezaba para que no les hicieras nada malo. Dijiste que lo harías, pero esperaba...
-De qué te sirve esperar y rezar cuando tenemos algo peor que el diablo contra nosotros? Cuando Dios hizo el diablo, Mary, lo hizo bueno, pero esas cosas han sido malas desde el principio. Considero que no forman parte de la Creación. Han surgido por equivocación.
-Las ranas eran nuestros amigos -insistió Mary con desesperación-. Ayer, cuando me paseaba por el bosque, me avisaron. Una de esas cosas estaba en un árbol mirando. Si no me hubiera avisado, hubiera caído sobre mí. Pude ver sus ojos crueles, malvados, como me miraban a través de las hojas. Pero cuando las ranas empezaron a croar, di media vuelta y eché a correr. Se están volviendo cada vez más atrevidos, Henry. Saben que el padre de Jim, no volverá, y están dispuestos a... apoderarse de nosotros. Supongo que tendré que ir a ellas cuando quieran. Y tendré que tomar el lugar del padre de Jim. No soy de su misma sangre, pero al casarme entré a formar parte de la familia y la maldición pesa sobre mí.
-Y de mí que dices, mujer? - refunfuñó Henry-. ¡No creas que no he estado pensando lo que me pasará si no las combatimos! Cuando me casé contigo te tomé para lo bueno y lo malo. Bueno, ha sido para lo malo, pero seguiré contigo si tú haces lo mismo. No tienes derecho a criticarme. He sido muy bueno contigo. Cuando me hablaste de tu difunto esposo y de la maldición que pesaba sobre su familia, dije que no me importaba, porque consideraba que serías una buena esposa. Pero cuando lo dije, no había visto esas cosas. No sabía cómo eran. No sabía que mandarían contra nosotros todas las bestias del bosque.
-Ellos no han enviado las ranas contra nosotros, Henry. Las ranas nos quieren y nos avisan.
-No lo creas. Esas ranas que croan están contra nosotros. Estaban contra nosotros desde el comienzo -lanzó una risa triste-. He hecho lo que dije. Que pondría las cabezas de cada una de esas ranas en un nudo corredizo, y lo he hecho. He estado allí todo el día. No ha quedado una sola rana en los bosques. Mary se hundió en una silla cerca de la ventana, y se pellizcaba, con nerviosos dedos, la carne flácida y arrugada de su rostro.
-Has hecho una cosa mala y cruel -murmuró-. Nada bueno puede salir de esto. Las ranas eran nuestros amigos. Los únicos amigos que teníamos.
-Las mandaron contra nosotros. Agotaron la cosecha, impidieron que las gallinas pusieran huevos y que las vacas dieran leche. Estoy contento de haber puesto un nudo corredizo en sus cabezas. Para ellos será un aviso de que no me quedo cruzado de brazos.
-Lo lamentarás, Henry. Las ranas eran nuestras amigas; sólo procuraban avisarnos. Esas cosas se impacientan e inquietan. Hace tiempo que nos esperan a Peter y a mí. También te esperan a ti. No tardarán mucho en venir a buscarnos a todos. Mientras tuvimos las ranas que nos avisaban, había una esperanza, pero ahora ya no hay esperanza para ninguno de nosotros. Ya no tenemos amigos ni en los bosques. Esas cosas nos despedazarán, Henry, nos desgarrarán. No podemos hacer nada. Sentía una especie de alivio con las ranas allí, avisándonos. Quizás no pudieran hacer mucho, pero yo notaba que nos guardaban. Las cosas saben ahora que el padre de Jim no volverá a su tumba. No mantendrán el pacto que hice con ellas. Pero con las ranas ahí, todavía quedaba alguna esperanza. Parecían impedir que se cumpliera la maldición. Me hacían sentir segura.
Pasada la medianoche, Peter se despertó. Se sentó, se frotó los ojos y miró aturdido a su alrededor. Algo daba golpecitos en el cristal de la ventana. Peter no quería salir de la cama. La noche era fría y se sentía caliente y cómodo bajo las gruesas mantas. Pero algo daba golpecitos en la recia ventana, con insistencia, de un modo monótono. Tap, tap-tap, tap, tap, tap-tap, tap.
Despacio y de mala gana, Peter retiró las cubiertas y saltó al suelo.
-Ya voy -exclamó-. Abriré la ventana. Haré lo que quiera. La abriré completamente.
Cruzó temblando el pavimento. Su corazón latía con fuerza salvaje, y el miedo y el terror aparecieron en sus ojos. No obstante, cuando llegó a la ventana, su vista sólo encontró una mancha oscura y amorfa tras los cristales plateados de la luna. Aturdido y ebrio de sueño, le pareció que se movía lenta y torpemente, como un gran escarabajo abandonado. Sólo que mucho mayor que un escarabajo. Peter abrió la ventana hasta que el viento sopló sobre su asustado y vacío rostro, despeinando su rebelde cabello rojo. En otras ocasiones hubiera temido las consecuencias de un acto tan temerario, pero se hallaba bajo un impulso tan fuerte y lleno de curiosidad que obró instintivamente, sin pensar. Durante unos segundos contempló la vacilante oscuridad y olfateó los efluvios que emanaban de la tierra. Luego, sacudiendo la cabeza, volvió con paso vacilante a la cama.
-Ahí no hay nada -murmuró-. Pensé que habría alguien, pero debo haberme equivocado. Con un gesto perplejo, se metió en la cama.
-Temía que hubiera alguien de los bosques -continuó, mientras estiraba las sábanas hasta cubrirse las mejillas-, alguien vivo, como... como esas cosas que vi cuando tenía ocho años.
Durante unos momentos se quedó mirando el techo. Su cerebro inculto, infantil, se pobló de imágenes, recuerdos, impresiones de un pasado triste y sombrío.
-No es conveniente preguntar lo que hay en donde pusieron a mi abuelo -profirió-. Es mejor no preguntar a dónde fue el abuelo cuando aquello empezo. Yo no estaba allí, pero oí a madre decir que era espantoso, y que el abuelo era un hombre muy malo, a pesar de todo, pues hizo un pacto con él para volver.
»Una vez, hace muchos años, cuando yo tenía ocho, vi al abuelo hablando con algo que parecía uno de ellos. Sólo que la habitación se hallaba a oscuras y no pude verlo muy bien. Estaba en el ángulo cerca de la chimenea, y abuelo le hablaba. No era tan alto como el abuelo y estaba inclinado como si tuviera una giba en la espalda. No pude ver bien su cabeza, pero por lo que pude adivinar era como la de una serpiente cuando la miras por detrás, y con esto fue suficiente. No pude quedarme mucho rato en el cuarto, pues el olor me daba náuseas, pero aún así, no hubiera podido quedarme todo lo que hubiera querido. Con la cabeza que vi cerca de la chimenea,,ya tuve bastante.
»Cuando le conté a madre lo que había visto, casi se desmayó. Me dijo: es lo que temía. Tu padre también les ha hablado. ¡Oh, por qué me casé con él! -Luego me besó y dijo-: ¡Pobre niño!, ¡oh, pobrecito! Tú también los verás. ¡Vendrán a buscarte!
»-¿Qué era, madre? -le pregunté-. Dímelo, por favor, ¿qué era?
»-Cuando seas mayor -contestó-. Ahora no lo comprenderías.
-No volví a ver a ninguno más, pero antes de que abuelo muriera él me lo contó: Ellos sólo quieren descansar -me dijo-, pero sólo lo consiguen cuando alguien muere. Vienen de muy lejos, y sólo quieren descansar en nuevas tumbas.
»Imagino que el problema consiste en que el abuelo nunca volvió. Nunca cumplió su promesa. Ellos quieren descansar, pero no pueden y están esperando a que abuelo vuelva. Pero ahora abuelo está fuera, en algún lugar del mundo. Está recorriendo el mundo y no volverá si puede evitarlo. Y todo el tiempo ellos yacen en su tumba de la colina, esperando. Supongo que estarán cansados de esperar en aquella tumba profunda y negra a que regrese abuelo.
»Madre dijo que yo los vería alguna vez. También dijo que vendrían a por mí. Quizás por eso siento esa extrañeza dentro de mí cuando voy al bosque. Quizá por eso papá no quiere que vaya al bosque. Puede ser que cuando alguien hace un pacto y no lo cumple, ellos vienen y se llevan a algún familiar cuando se cansan de esperar. Es lo único que supongo. Madre sabía que el abuelo no iba a volver si le era posible. ¿Quién desearía dejar de ver la hierba verde y sentir el aire fresco, y oler la tierra cuando ha llovido, sólo porque ha hecho un pacto y puede romperlo? No culpo al abuelo porque no quiera volver.
»Si tengo la suerte de vivir para siempre, no volvería. Me pasearía siempre feliz, pensando que podía ver la hierba verde y oler la tierra mojada y tener a alguien que me quisiera siempre. La modorra se iba apoderando de Peter. Durante unos momentos continuó mascullando, pero poco a poco su cerebro dejó de pensar en aquel pasado, poblado de sombras; cerró los ojos y entreabrió los labios en una sonrisa llena de paz. Su mente, limpia de toda imagen, volvía otra vez a ser un órgano vacío y satisfecho. Dormía tranquilo, separado del mundo y totalmente inconsciente de que una presencia extraña había entrado en el cuarto. El objeto que apareció en la ventana abierta era chaparro y húmedo. Durante un momento se quedó oscilando incierto en el antepecho plateado de la ventana. Luego, con un croar, saltó ágilmente. Un instante después, la ventana quedaba vacía. Luego, otra forma surgió de la oscuridad y cayó al suelo con un ronco croar. Le siguió otro y otro. Peter no se despertó mientras la extraña procesión saltaba y manoteaba sobre el suelo. Ni siquiera se agitó en sueños. A los pocos minutos, la ventana se encontraba de nuevo ocupada. El nuevo intruso era mucho mayor que las formas que croaban. Mayor y más oscuro. Estaba cubierto de cabello espeso y negro, y su pequeña y desproporcionada cabeza se movía ágilmente a la luz de la luna. Se demoró unos momentos en el antepecho. Después, lenta, deliberadamente y sin hacer el menor ruido, se tiró al suelo y cruzó rápidamente la habitación. Mientras corría, abría la boca y dejaba escapar un silbido sordo entre sus blancos y resplandecientes dientes. El incierto amanecer se deslizaba como una cosa herida por los senderos de la selva, esparciendo una luz rojiza sobre los altos árboles y arrojando fluctuantes sombras en las profundas y oscuras aguas del río. En el estanque de Eaton una hoja de azucena se convirtió en una gigantesca mano escarlata y una moteada salamandra se echó al agua, desparramando burbujas de aire en todas direcciones y dejando en su estela un remolino de un milagroso resplandor. La mano de la hoja de azucena ardió sobre el agua, y brilló en todos los senderos iluminados de la selva, en los agudos e inquisitivos ojos que la poblaban, en las aletas de la nariz que husmeaban la humedad, en las huellas de los piececitos que se escampaban por todas partes. La marmota no es un animal muy curioso. Ni la roja ardilla, ni la chata y gris rata de bosque, ni el astuto y fornido hurón. Hasta la gritona lechuza, con sus anchos y dilatados ojos, no se detenía a mirar el pajar que ardía en llamas. Pero los vecinos de Ogelthorpe se reunieron a una prudente distancia para ver cómo ardía su cabaña. Las llamas crepitaban, se alzaban y lanzaban un resplandor oscilante en el establo de paredes grises de Ogelthorpe, y las pilas de estiércol que se elevaban entre el establo y el pozo cerca de la nevería, con sus enmohecidas bombas, y los baldes anegados de agua, llenos hasta los bordes de las rojizas hojas del otoño. Cuando llegaron los bomberos, las llamas daban paso a un resplandor cegador que iluminaba todo el paisaje. Con un desespero inútil, los bomberos se unieron a los circunstantes contemplando cómo las llamas amainaban en un fulgor rojo oscuro. Antes de la mañana, la opacidad lo cubría todo como una pesada manta. Al amanecer, los vecinos, como un enjambre de abejas, andaban a tientas entre las ruinas e hicieron un horrendo descubrimiento. Los restos carbonizados de tres cuerpos humanos se hallaban espantosamente diseminados en medio de los negros ladrillos y de los escombros todavía humeantes. Todo lo que quedaba de los restos de Peter y de su madre yacía disperso y suelto, pero el padrastro de Peter no había sido desmembrado. Estaba echado de espaldas con las largas piernas rígidas y violentamente separadas. La carne, chamuscada hasta quedar rizada, y sus facciones, tan negras y retorcidas que nadie hubiera podido identificarlo. Uno de los circunstantes se inclinó y puso un tembloroso dedo en el tenso y brillante alambre que rodeaba el cuello del muerto. La carne, aún caliente, le produjo un estremecimiento en la muñeca que casi le llegó hasta el codo.
-Ha sido estrangulado -exclamó-. Antes de que las llamas lo quemasen, ya estaba muerto.
-Es la cosa más extraña que han visto mis ojos -dijo el "sheriff" Simpson cuando surgió del cobertizo donde se guardaban los aperos.
-Encontraste algo? -preguntó el comisario Wilson. Estaba de pie, sobre la alta y empapada hierba; mirando hacia el oeste, con aire meditabundo, las negras ruinas de la desventurada granja.
-Ranas, Jim -contestó el sheriff.
-Ranas?
-Sí. Una veintena. Todas estranguladas con un alambre de latón. Lo mismo como fue estrangulado Ogelthorpe. Sólo que el alambre de Ogelthorpe estaba hecho de cobre y era unas diez veces más fuerte.
-Y qué hay de las ranas?
-Todas están ahí, en el cobertizo. Muertas, estranguladas. Pero lo más raro de todo es que están junto a un gran ovillo de alambre de cobre, de la misma clase con el que estrangularon a Ogelthorpe.
El comisario sacudió la cabeza.
-Me parece a mí que en todo esto hay algo muy misterioso. El "sheriff" convino.
-Uno de los vecinos vio cómo ardía la casa, y dijo que antes de que llegaran los bomberos vio que algo salía corriendo por la puerta. Agregó que era más pequeño que un hombre, pero que tenía el aspecto de ser humano. Era oscuro, y por lo que pudo descubrir, tenía el aire de una persona. No pudo verlo muy bien a causa del resplandor pero le pareció que estaba todo cubierto de un cabello negro y espeso, y que sólo el verlo le produjo náuseas. Es extraño, ¿verdad? ¡Dijo también que esa cosa llevaba una antorcha encendida!"
Frank Belknap Long
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
El Recolector de Historias
viernes, 23 de octubre de 2015
jueves, 22 de octubre de 2015
"Estatuas de la Noche"
Mudas como las montañas de cuyo seno metálico surgieran, sus labios nunca han reconocido la soberanía de los soles que en llamarada triunfante cabalgan de horizonte a horizonte por la tierra subyugada. Únicamente al atardecer, cuando el oeste arde como un horno gigantesco, y las lejanas montañas lanzan chispas doradas a las profundidades de los cielos caldeados (únicamente al atardecer, cuando el este se hace infinito e indefinido, y las sombras del desierto se mezclan con la sombra de la noche hasta formar una sola), entonces, y sólo entonces, surge de sus gargantas pétreas una música que se eleva hacia el horizonte cobrizo; es una música fuerte y triste, extraña y de gran sonoridad, como el canto de las estrellas negras, o la letanía de dioses que invocan al olvido; es una música que enternece al desierto llegando hasta su corazón de roca, y que retumba en el granito de tumbas olvidadas, hasta que los últimos ecos de su alegría, cual trompetas del destino, se unen al negro silencio de lo infinito"
Clark Ashton Smith
miércoles, 21 de octubre de 2015
"La Nieve a la Deriva"
"Los pasos de tía Mary se detuvieron en seco antes de llegar a la mesa y Clodetta se volvió para ver qué retenía a la anciana. Estaba quieta, rígida, con los ojos clavados en la cristalera que quedaba justo enfrente de la puerta por la que había entrado. Ante ella, bien derecho, el bastón que sujetaba. Clodetta lanzó una mirada fugaz al otro extremo de la mesa, hacia su marido. Él también miraba a la anciana; su rostro no dejaba entrever emoción alguna. Clodetta se volvió de nuevo y vio que ahora era ella quien centraba el interés de la anciana, que la contemplaba en silencio, impávida. Clodetta se sintió incómoda.
-¿Quién ha descorrido las cortinas de las ventanas que dan al oeste?
Al acordarse, Clodetta se sonrojó.
-He sido yo, tía. Disculpa. Me olvidé de que no querías que esas ventanas quedaran expuestas. La anciana emitió un sonido extraño semejante a un bufido y volvió a posar la mirada en la cristalera. A un movimiento suyo apenas perceptible, Lisa emergió de la penumbra del salón, desde donde había estado observando a los dos comensales con aire huraño y reprobador. La criada fue derecha a las ventanas del oeste y corrió las cortinas.
Tía Mary se acercó lentamente a la mesa y ocupó su lugar en la cabecera. Apoyó el bastón en su silla, tiró de la cadena que le colgaba del cuello para que los impertinentes descansaran en su regazo y transfirió la mirada de Clodetta a su sobrino, Ernest. Luego fijó los ojos en la silla vacía del otro extremo de la mesa y habló sin dar señales de estar viendo a sus dos acompañantes.
-Os he dicho a los dos que ni una sola de las cortinas de las ventanas que dan al oeste debía tocarse después de la puesta de sol, y habréis advertido que, por la noche, ninguna ventana ha quedado descubierta ni un instante. Me he cuidado de alojaros en las habitaciones que miran al este, y también es al este adonde mira el salón.
-Estoy convencido de que Clodetta no tenía intención de contravenir tus deseos, tía Mary -dijo Ernest bruscamente.
-No, claro que no, tía.
La anciana arqueó las cejas y continuó, impasible.
-No consideré conveniente dar explicaciones acerca del porqué de mi petición. No voy a daros ninguna. Pero lo que sí quiero decir es que descorrer las cortinas entraña un peligro seguro. Ernest ya conoce la historia, pero tú, Clodetta, no la conoces. Clodetta le dirigió a su marido una mirada espantada que la anciana advirtió.
-Por supuesto que sois libres de creer que se me va la cabeza y que estoy volviéndome excéntrica, pero no os aconsejo que lo hagáis. De repente, un joven entró en la habitación y se dirigió a la silla que quedaba frente a la cabecera de la mesa, sobre la que se abalanzó dedicando a los otros tres comensales un saludo casi inaudible.
-Has vuelto a retrasarte, Henry -dijo la anciana.
Henry farfulló algo y se dispuso a comer a toda prisa. La anciana suspiró y al momento empezó a comer, tras lo cual Clodetta y Ernest hicieron otro tanto. La vieja criada, que no se había movido de detrás de la silla de tía Mary, se retiró no sin antes dirigirle a Henry una mirada llena de desprecio. Al cabo de unos instantes, Clodetta levantó la vista y se aventuró a hablar.
-Aquí no estás tan aislada como yo pensaba, tía Mary.
-Claro que no, querida mía, con los teléfonos y los coches de ahora, no. Pero hace tan sólo veinte años era otra cosa, te lo aseguro.
-Los recuerdos arrancaron una sonrisa a la anciana, que miró a Ernest-. Entonces tu abuelo aún vivía, y fueron muchas las veces que se quedó aislado por la nieve sin poder avisar a nadie.
-Cuando en Chicago hablan de «allá, en el norte» o de los «bosques de Wisconsin», siempre tienes la impresión de que quedan muy lejos -dijo Clodetta.
-Es que quedan muy lejos -añadió Henry bruscamente-. Y espero que tengas algo previsto por si nos quedamos encerrados aquí un día o dos, tía. Parece que afuera nieva, y en la radio dicen que se avecina ventisca.
La anciana dio un bufido y lo miró.
-¡Ah! A mí me pareces excesivamente inquieto, Henry. Tengo la impresión de que en cuanto pusiste los pies en mi casa empezaste a arrepentirte de este viaje. Si te preocupa que se desate una tormenta de nieve, puedo pedirle a Sam que te lleve en coche a Wausau y mañana mismo estarás en Chicago.
-Por supuesto que no.
Se hizo el silencio.
-Lisa -la anciana llamó a la criada, que entró en el comedor para ayudarla a levantarse de su asiento, aunque como Clodetta ya le había dicho a su esposo, «No necesitaba ayuda».
Tía Mary les dio las buenas noches desde el umbral. Tenía un aspecto imponente, con el bastón en una mano y los impertinentes cerrados en la otra. Se desvaneció en la penumbra del pasillo, donde, al alejarse, el ruido de sus pasos se mezcló con el de los de la criada, que rara vez se separaba de la anciana. Casi siempre estaban solas en casa, y la plácida somnolencia de sus vidas tranquilas sólo se veía mitigada por las breves temporadas en las que la anciana recibía la visita de su sobrino Ernest, «el chico del querido John», o de Henry, de cuyo padre la anciana no hablaba jamás. Sam, que solía dormir en el garaje, no contaba. Clodetta miró a su marido con inquietud, pero fue Henry quien dijo lo que todos pensaban.
-Creo que está perdiendo la razón -declaró sin ambages. Dejando a Clodetta con la réplica en los labios, Henry se levantó y entró en la sala, donde no tardó en llegar la música de la radio. Clodetta jugueteó con la cuchara y finalmente dijo:
-Creo que es un poco rara, Ernest.
Él le dedicó una sonrisa paciente.
-No, yo creo que no. Lo de tener las ventanas que dan al oeste cubiertas lo entiendo. Mi abuelo murió ahí; una noche lo atrapó el frío y murió congelado en la cuesta de la colina. No sé cómo sucedió exactamente, yo no estaba aquí. Supongo que no querrá ver nada que se lo recuerde.
-¿Cuál es entonces el peligro al que se refería? Ernest se encogió de hombros.
-Tal vez ese peligro lo lleve dentro; tal vez la afecte y, a su vez, nos afecte a nosotros. -Se detuvo durante un instante y luego añadió-: Supongo que a ti sí que te parecerá rara, pero desde que tengo uso de razón, tía Mary siempre ha sido así. La próxima vez que vengas ya te habrás acostumbrado.
Clodetta se quedó mirando a su marido durante un momento antes de contestarle. Por fin, dijo:
-Bobadas, cariño.
Él hizo ademán de levantarse, pero Clodetta se lo impidió.
-Escucha, Ernest. Recordaba a la perfección que tía Mary no quiere que nadie descorra las cortinas, pero en ese momento sentí que debía hacerlo. Yo no quería, pero algo me obligó a hacerlo...
-La voz le temblaba.
- ¿Por qué, Clodetta? ¿Por qué no me lo contaste antes?
Ella se encogió de hombros.
-Tía Mary habría pensado que estoy tocada.
-Bueno, no es nada grave, pero has dejado que el asunto te preocupe, y eso no te conviene. Olvídalo, piensa en otra cosa. Ven a escuchar la radio.
Se levantaron y fueron a la sala juntos. Cuando entraban por la puerta se encontraron con Henry, que se hizo a un lado.
-Debí de haber supuesto que terminaríamos aislados aquí arriba. -Cuando Clodetta hizo ademán de replicar, añadió-: No nos pasará nada. Se ha levantado un vendaval y está empezando a nevar, y sé lo que eso significa.
Henry continuó su camino y entró en el comedor vacío, donde se detuvo un momento a mirar la mesa excesivamente larga. Luego se volvió a un lado, se dirigió a la cristalera, descorrió las cortinas y se quedó ahí, escudriñando la oscuridad. Desde la sala, Ernest lo vio de pie al lado de la puerta y protestó.
-Tía Mary no quiere que las cortinas queden descorridas, Henry.
-Bueno. Puede que a ella le parezca peligroso, pero yo me arriesgaré -contestó él tras volverse.
En vez de mirar a Henry, Clodetta tenía los ojos clavados en la noche que quedaba al otro lado de los cristales.
- ¡Ahí fuera hay alguien! -dijo de repente.
Henry echó un vistazo rápido afuera.
-No, es la nieve; está cayendo con fuerza y el viento la arrastra de aquí para allá.
Soltó las cortinas y se apartó de cristalera.
-Vaya, habría jurado que vi pasar a alguien por aquí afuera -dijo Clodetta, vacilante.
-Supongo que desde donde tú estás da esa impresión -apuntó Henry, que había vuelto a la sala-, pero lo que yo opino es que has dejado que las rarezas de tía Mary te afecten. Ernest replicó al comentario con un gesto impaciente, y Clodetta no respondió. Henry se sentó frente a la radio y fue girando el dial lentamente. Ernest había encontrado un libro que empezaba a despertar su interés, pero Clodetta mantenía los ojos clavados en las cortinas, que seguían moviéndose lentamente y ocultando la cristalera. Entonces Clodetta se levantó y salió de la sala; recorrió el pasillo en dirección al ala este y ahí llamó delicadamente a la puerta de tía Mary.
-Entra -dijo la anciana.
Clodetta abrió la puerta y entró; tía Mary estaba sentada, llevaba una bata. Su dignidad, en forma de unos impertinentes y un bastón, descansaba sobre la cómoda y en un rincón del cuarto. La anciana tenía un aspecto sorprendentemente benévolo, como Clodetta le confesó de inmediato.
-¡Ja! Pensabas que era un ogro disfrazado, ¿verdad? -dijo la anciana, sonriendo a su pesar-. Ya ves que no lo soy, pero las ventanas que miran al oeste me dan miedo, como habrás visto.
-Quería contarte una cosa acerca de esas ventanas, tía Mary -dijo Clodetta. Se detuvo bruscamente. La expresión que había adquirido el rostro de la anciana causaba una extraña desazón: no traslucía rabia ni disgusto, sino tan sólo una inquietud tensa ¡Vaya! ¡Que la vieja dama estaba asustada!
-¿Cómo? -le preguntó a Clodetta bruscamente.
-Estaba mirando por la cristalera, fue sólo un instante, y me pareció ver a alguien fuera.
-Por supuesto que no viste nada, Clodetta. Sería tu imaginación, o la nieve que arrastra el viento.
-¿Mi imaginación? Tal vez. Pero no había viento que pudiera arrastrar la nieve, aunque desde entonces se ha levantado ventisca.
-Yo también me he confundido a menudo, querida. En ocasiones he salido de buena mañana a buscar huellas; y no había ninguna, nunca. Estamos en mitad de una tormenta de nieve, y a pesar del teléfono y de la radio seguimos bastante lejos de la civilización. Nuestro vecino más cercano vive a más de tres millas de aquí, a los pies de la cuesta larga y empinada, y nos separa un trecho arbolado. La carretera más cercana queda a la misma distancia.
-Lo vi tan claramente que podría haberlo jurado.
-¿Quieres salir a buscar mañana por la mañana? -preguntó la anciana de repente.
-Por supuesto que no.
-¿No viste nada, entonces?
Las palabras de la anciana eran mitad pregunta, mitad ruego.
-¡Oh, tía Mary! Ahora estás sacando las cosas de quicio -dijo Clodetta.
-¿Viste o no viste algo, Clodetta? ¿Puedes asegurarlo?
-Supongo que no vi nada, tía Mary.
-Muy bien. Y ahora, ¿crees que podríamos hablar de algo más agradable?
-Claro que sí. Discúlpame, tía Mary. No sabía que el abuelo de Ernest hubiera muerto ahí fuera.
-Eso te ha contado, ¿verdad? Dime.
-Sí, Ernest dijo que por eso no te gustaba ver la cuesta después del anochecer, porque no querías que nada te lo recordara.
La anciana miró a Clodetta con aire impasible.
-Tal vez Ernest nunca llegue a saber cuánta verdad hay en lo que te dijo.
-¿Qué quieres decir, tía Mary?
-Nada que sea de tu incumbencia, querida. -Volvió a sonreír; había perdido su aire severo-. ¿Cómo está el tiempo?
-Está nevando, y mucho, dice Henry. Y sopla un vendaval. El desagrado con el que la anciana recibió la noticia se reflejó en su rostro.
-No me gusta la noticia, no me gusta nada. ¿Y si a alguien se le ocurriera asomarse a la cuesta esta noche? -Hablaba sola; parecía haber olvidado que Clodetta seguía en la puerta. Cuando volvió a verla, dijo-: Pero tú no sabes nada, Clodetta. Buenas noches. Clodetta apoyó la espalda en la puerta cerrada preguntándose qué habría querido decir la anciana. Pero tú no sabes nada, Clodetta. Qué curioso. Se diría que durante unos instantes la anciana se había olvidado de ella por completo.
Se alejó de la puerta y se topó con Ernest, que se dirigía al ala este.
-Por fin te encuentro -le dijo-. Me preguntaba dónde te habrías metido.
-Estaba hablando con tía Mary.
-Henry ha vuelto a la cristalera que da al oeste, y ahora es él quien cree que hay alguien afuera.
Clodetta se detuvo de repente.
-¿Lo cree de verdad?
Ernest asintió en silencio, muy serio.
-Pero la ventisca está arreciando; no me extrañaría nada que tus insinuaciones lo hubieran afectado.
Clodetta dio media vuelta y se marchó pasillo abajo.
-Voy a contárselo a tía Mary.
Ernest trató de disuadirla, pero no sirvió de nada: Clodetta se puso a llamar a la puerta de la anciana, y antes de que él hubiera podido formular una objeción adecuada ella ya había abierto la puerta y había entrado en la habitación.
-Tía Mary -dijo-, no quería volver a molestarte, pero Henry se ha acercado a la cristalera del comedor y dice que hay alguien fuera.
Aquello tuvo un efecto mágico sobre la anciana.
-¡Los ha visto! -exclamó. Entonces se puso en pie y se acercó a Clodetta apresuradamente-. ¿Cuánto hace de eso? Dímelo, rápido. ¿Cuánto hace que los ha visto? -le preguntó; la agarraba de los brazos, casi con violencia. El asombro le impidió hablar durante unos instantes, pero sintiendo cómo los ojos de la anciana se clavaban en ella, dijo finalmente:
-Hace un rato, tía Mary, después de cenar. Las manos de la anciana se relajaron, y con las manos también se relajó la tensión que la dominaba.
-¡Oh! -exclamó; dio media vuelta y, agarrando el bastón que había dejado en el rincón, volvió lentamente a su asiento.
-¿Entonces sí que hay alguien ahí fuera? -inquirió Clodetta, desafiante, cuando la anciana hubo alcanzado la silla.
A Clodetta le pareció que la respuesta tardaba en llegar. La anciana empezó a asentir suavemente, y de sus labios escapó un «sí» que apenas alcanzaba a oírse.
-Será mejor que les hagamos pasar, tía Mary. La anciana dirigió a Clodetta una mirada breve y seria; luego, con voz firme y suave, y los ojos clavados en la pared que quedaba detrás de la joven, replicó:
-No podemos hacerles pasar, Clodetta, porque no están vivos".
August Derleth
-¿Quién ha descorrido las cortinas de las ventanas que dan al oeste?
Al acordarse, Clodetta se sonrojó.
-He sido yo, tía. Disculpa. Me olvidé de que no querías que esas ventanas quedaran expuestas. La anciana emitió un sonido extraño semejante a un bufido y volvió a posar la mirada en la cristalera. A un movimiento suyo apenas perceptible, Lisa emergió de la penumbra del salón, desde donde había estado observando a los dos comensales con aire huraño y reprobador. La criada fue derecha a las ventanas del oeste y corrió las cortinas.
Tía Mary se acercó lentamente a la mesa y ocupó su lugar en la cabecera. Apoyó el bastón en su silla, tiró de la cadena que le colgaba del cuello para que los impertinentes descansaran en su regazo y transfirió la mirada de Clodetta a su sobrino, Ernest. Luego fijó los ojos en la silla vacía del otro extremo de la mesa y habló sin dar señales de estar viendo a sus dos acompañantes.
-Os he dicho a los dos que ni una sola de las cortinas de las ventanas que dan al oeste debía tocarse después de la puesta de sol, y habréis advertido que, por la noche, ninguna ventana ha quedado descubierta ni un instante. Me he cuidado de alojaros en las habitaciones que miran al este, y también es al este adonde mira el salón.
-Estoy convencido de que Clodetta no tenía intención de contravenir tus deseos, tía Mary -dijo Ernest bruscamente.
-No, claro que no, tía.
La anciana arqueó las cejas y continuó, impasible.
-No consideré conveniente dar explicaciones acerca del porqué de mi petición. No voy a daros ninguna. Pero lo que sí quiero decir es que descorrer las cortinas entraña un peligro seguro. Ernest ya conoce la historia, pero tú, Clodetta, no la conoces. Clodetta le dirigió a su marido una mirada espantada que la anciana advirtió.
-Por supuesto que sois libres de creer que se me va la cabeza y que estoy volviéndome excéntrica, pero no os aconsejo que lo hagáis. De repente, un joven entró en la habitación y se dirigió a la silla que quedaba frente a la cabecera de la mesa, sobre la que se abalanzó dedicando a los otros tres comensales un saludo casi inaudible.
-Has vuelto a retrasarte, Henry -dijo la anciana.
Henry farfulló algo y se dispuso a comer a toda prisa. La anciana suspiró y al momento empezó a comer, tras lo cual Clodetta y Ernest hicieron otro tanto. La vieja criada, que no se había movido de detrás de la silla de tía Mary, se retiró no sin antes dirigirle a Henry una mirada llena de desprecio. Al cabo de unos instantes, Clodetta levantó la vista y se aventuró a hablar.
-Aquí no estás tan aislada como yo pensaba, tía Mary.
-Claro que no, querida mía, con los teléfonos y los coches de ahora, no. Pero hace tan sólo veinte años era otra cosa, te lo aseguro.
-Los recuerdos arrancaron una sonrisa a la anciana, que miró a Ernest-. Entonces tu abuelo aún vivía, y fueron muchas las veces que se quedó aislado por la nieve sin poder avisar a nadie.
-Cuando en Chicago hablan de «allá, en el norte» o de los «bosques de Wisconsin», siempre tienes la impresión de que quedan muy lejos -dijo Clodetta.
-Es que quedan muy lejos -añadió Henry bruscamente-. Y espero que tengas algo previsto por si nos quedamos encerrados aquí un día o dos, tía. Parece que afuera nieva, y en la radio dicen que se avecina ventisca.
La anciana dio un bufido y lo miró.
-¡Ah! A mí me pareces excesivamente inquieto, Henry. Tengo la impresión de que en cuanto pusiste los pies en mi casa empezaste a arrepentirte de este viaje. Si te preocupa que se desate una tormenta de nieve, puedo pedirle a Sam que te lleve en coche a Wausau y mañana mismo estarás en Chicago.
-Por supuesto que no.
Se hizo el silencio.
-Lisa -la anciana llamó a la criada, que entró en el comedor para ayudarla a levantarse de su asiento, aunque como Clodetta ya le había dicho a su esposo, «No necesitaba ayuda».
Tía Mary les dio las buenas noches desde el umbral. Tenía un aspecto imponente, con el bastón en una mano y los impertinentes cerrados en la otra. Se desvaneció en la penumbra del pasillo, donde, al alejarse, el ruido de sus pasos se mezcló con el de los de la criada, que rara vez se separaba de la anciana. Casi siempre estaban solas en casa, y la plácida somnolencia de sus vidas tranquilas sólo se veía mitigada por las breves temporadas en las que la anciana recibía la visita de su sobrino Ernest, «el chico del querido John», o de Henry, de cuyo padre la anciana no hablaba jamás. Sam, que solía dormir en el garaje, no contaba. Clodetta miró a su marido con inquietud, pero fue Henry quien dijo lo que todos pensaban.
-Creo que está perdiendo la razón -declaró sin ambages. Dejando a Clodetta con la réplica en los labios, Henry se levantó y entró en la sala, donde no tardó en llegar la música de la radio. Clodetta jugueteó con la cuchara y finalmente dijo:
-Creo que es un poco rara, Ernest.
Él le dedicó una sonrisa paciente.
-No, yo creo que no. Lo de tener las ventanas que dan al oeste cubiertas lo entiendo. Mi abuelo murió ahí; una noche lo atrapó el frío y murió congelado en la cuesta de la colina. No sé cómo sucedió exactamente, yo no estaba aquí. Supongo que no querrá ver nada que se lo recuerde.
-¿Cuál es entonces el peligro al que se refería? Ernest se encogió de hombros.
-Tal vez ese peligro lo lleve dentro; tal vez la afecte y, a su vez, nos afecte a nosotros. -Se detuvo durante un instante y luego añadió-: Supongo que a ti sí que te parecerá rara, pero desde que tengo uso de razón, tía Mary siempre ha sido así. La próxima vez que vengas ya te habrás acostumbrado.
Clodetta se quedó mirando a su marido durante un momento antes de contestarle. Por fin, dijo:
-Bobadas, cariño.
Él hizo ademán de levantarse, pero Clodetta se lo impidió.
-Escucha, Ernest. Recordaba a la perfección que tía Mary no quiere que nadie descorra las cortinas, pero en ese momento sentí que debía hacerlo. Yo no quería, pero algo me obligó a hacerlo...
-La voz le temblaba.
- ¿Por qué, Clodetta? ¿Por qué no me lo contaste antes?
Ella se encogió de hombros.
-Tía Mary habría pensado que estoy tocada.
-Bueno, no es nada grave, pero has dejado que el asunto te preocupe, y eso no te conviene. Olvídalo, piensa en otra cosa. Ven a escuchar la radio.
Se levantaron y fueron a la sala juntos. Cuando entraban por la puerta se encontraron con Henry, que se hizo a un lado.
-Debí de haber supuesto que terminaríamos aislados aquí arriba. -Cuando Clodetta hizo ademán de replicar, añadió-: No nos pasará nada. Se ha levantado un vendaval y está empezando a nevar, y sé lo que eso significa.
Henry continuó su camino y entró en el comedor vacío, donde se detuvo un momento a mirar la mesa excesivamente larga. Luego se volvió a un lado, se dirigió a la cristalera, descorrió las cortinas y se quedó ahí, escudriñando la oscuridad. Desde la sala, Ernest lo vio de pie al lado de la puerta y protestó.
-Tía Mary no quiere que las cortinas queden descorridas, Henry.
-Bueno. Puede que a ella le parezca peligroso, pero yo me arriesgaré -contestó él tras volverse.
En vez de mirar a Henry, Clodetta tenía los ojos clavados en la noche que quedaba al otro lado de los cristales.
- ¡Ahí fuera hay alguien! -dijo de repente.
Henry echó un vistazo rápido afuera.
-No, es la nieve; está cayendo con fuerza y el viento la arrastra de aquí para allá.
Soltó las cortinas y se apartó de cristalera.
-Vaya, habría jurado que vi pasar a alguien por aquí afuera -dijo Clodetta, vacilante.
-Supongo que desde donde tú estás da esa impresión -apuntó Henry, que había vuelto a la sala-, pero lo que yo opino es que has dejado que las rarezas de tía Mary te afecten. Ernest replicó al comentario con un gesto impaciente, y Clodetta no respondió. Henry se sentó frente a la radio y fue girando el dial lentamente. Ernest había encontrado un libro que empezaba a despertar su interés, pero Clodetta mantenía los ojos clavados en las cortinas, que seguían moviéndose lentamente y ocultando la cristalera. Entonces Clodetta se levantó y salió de la sala; recorrió el pasillo en dirección al ala este y ahí llamó delicadamente a la puerta de tía Mary.
-Entra -dijo la anciana.
Clodetta abrió la puerta y entró; tía Mary estaba sentada, llevaba una bata. Su dignidad, en forma de unos impertinentes y un bastón, descansaba sobre la cómoda y en un rincón del cuarto. La anciana tenía un aspecto sorprendentemente benévolo, como Clodetta le confesó de inmediato.
-¡Ja! Pensabas que era un ogro disfrazado, ¿verdad? -dijo la anciana, sonriendo a su pesar-. Ya ves que no lo soy, pero las ventanas que miran al oeste me dan miedo, como habrás visto.
-Quería contarte una cosa acerca de esas ventanas, tía Mary -dijo Clodetta. Se detuvo bruscamente. La expresión que había adquirido el rostro de la anciana causaba una extraña desazón: no traslucía rabia ni disgusto, sino tan sólo una inquietud tensa ¡Vaya! ¡Que la vieja dama estaba asustada!
-¿Cómo? -le preguntó a Clodetta bruscamente.
-Estaba mirando por la cristalera, fue sólo un instante, y me pareció ver a alguien fuera.
-Por supuesto que no viste nada, Clodetta. Sería tu imaginación, o la nieve que arrastra el viento.
-¿Mi imaginación? Tal vez. Pero no había viento que pudiera arrastrar la nieve, aunque desde entonces se ha levantado ventisca.
-Yo también me he confundido a menudo, querida. En ocasiones he salido de buena mañana a buscar huellas; y no había ninguna, nunca. Estamos en mitad de una tormenta de nieve, y a pesar del teléfono y de la radio seguimos bastante lejos de la civilización. Nuestro vecino más cercano vive a más de tres millas de aquí, a los pies de la cuesta larga y empinada, y nos separa un trecho arbolado. La carretera más cercana queda a la misma distancia.
-Lo vi tan claramente que podría haberlo jurado.
-¿Quieres salir a buscar mañana por la mañana? -preguntó la anciana de repente.
-Por supuesto que no.
-¿No viste nada, entonces?
Las palabras de la anciana eran mitad pregunta, mitad ruego.
-¡Oh, tía Mary! Ahora estás sacando las cosas de quicio -dijo Clodetta.
-¿Viste o no viste algo, Clodetta? ¿Puedes asegurarlo?
-Supongo que no vi nada, tía Mary.
-Muy bien. Y ahora, ¿crees que podríamos hablar de algo más agradable?
-Claro que sí. Discúlpame, tía Mary. No sabía que el abuelo de Ernest hubiera muerto ahí fuera.
-Eso te ha contado, ¿verdad? Dime.
-Sí, Ernest dijo que por eso no te gustaba ver la cuesta después del anochecer, porque no querías que nada te lo recordara.
La anciana miró a Clodetta con aire impasible.
-Tal vez Ernest nunca llegue a saber cuánta verdad hay en lo que te dijo.
-¿Qué quieres decir, tía Mary?
-Nada que sea de tu incumbencia, querida. -Volvió a sonreír; había perdido su aire severo-. ¿Cómo está el tiempo?
-Está nevando, y mucho, dice Henry. Y sopla un vendaval. El desagrado con el que la anciana recibió la noticia se reflejó en su rostro.
-No me gusta la noticia, no me gusta nada. ¿Y si a alguien se le ocurriera asomarse a la cuesta esta noche? -Hablaba sola; parecía haber olvidado que Clodetta seguía en la puerta. Cuando volvió a verla, dijo-: Pero tú no sabes nada, Clodetta. Buenas noches. Clodetta apoyó la espalda en la puerta cerrada preguntándose qué habría querido decir la anciana. Pero tú no sabes nada, Clodetta. Qué curioso. Se diría que durante unos instantes la anciana se había olvidado de ella por completo.
Se alejó de la puerta y se topó con Ernest, que se dirigía al ala este.
-Por fin te encuentro -le dijo-. Me preguntaba dónde te habrías metido.
-Estaba hablando con tía Mary.
-Henry ha vuelto a la cristalera que da al oeste, y ahora es él quien cree que hay alguien afuera.
Clodetta se detuvo de repente.
-¿Lo cree de verdad?
Ernest asintió en silencio, muy serio.
-Pero la ventisca está arreciando; no me extrañaría nada que tus insinuaciones lo hubieran afectado.
Clodetta dio media vuelta y se marchó pasillo abajo.
-Voy a contárselo a tía Mary.
Ernest trató de disuadirla, pero no sirvió de nada: Clodetta se puso a llamar a la puerta de la anciana, y antes de que él hubiera podido formular una objeción adecuada ella ya había abierto la puerta y había entrado en la habitación.
-Tía Mary -dijo-, no quería volver a molestarte, pero Henry se ha acercado a la cristalera del comedor y dice que hay alguien fuera.
Aquello tuvo un efecto mágico sobre la anciana.
-¡Los ha visto! -exclamó. Entonces se puso en pie y se acercó a Clodetta apresuradamente-. ¿Cuánto hace de eso? Dímelo, rápido. ¿Cuánto hace que los ha visto? -le preguntó; la agarraba de los brazos, casi con violencia. El asombro le impidió hablar durante unos instantes, pero sintiendo cómo los ojos de la anciana se clavaban en ella, dijo finalmente:
-Hace un rato, tía Mary, después de cenar. Las manos de la anciana se relajaron, y con las manos también se relajó la tensión que la dominaba.
-¡Oh! -exclamó; dio media vuelta y, agarrando el bastón que había dejado en el rincón, volvió lentamente a su asiento.
-¿Entonces sí que hay alguien ahí fuera? -inquirió Clodetta, desafiante, cuando la anciana hubo alcanzado la silla.
A Clodetta le pareció que la respuesta tardaba en llegar. La anciana empezó a asentir suavemente, y de sus labios escapó un «sí» que apenas alcanzaba a oírse.
-Será mejor que les hagamos pasar, tía Mary. La anciana dirigió a Clodetta una mirada breve y seria; luego, con voz firme y suave, y los ojos clavados en la pared que quedaba detrás de la joven, replicó:
-No podemos hacerles pasar, Clodetta, porque no están vivos".
August Derleth
martes, 20 de octubre de 2015
"El Modelo de Pickman"
"No es necesario afirmar que he enloquecido, Eliot: hay mucha gente que tiene prejuicios más extravagantes que éste. ¿Por qué no te burlas del abuelo de Oliver, por ejemplo, que nunca se ha subido a un vehículo con motor? Si no puedo soportar ese maldito ferrocarril metropolitano es cosa mía; y, por otra parte, hemos llegado mucho más rápido que si hubiésemos venido en taxi. De haber elegido el metro, habríamos tenido que subir a pie la colina de Park Street.
Confieso que me encuentro más nervioso que el año pasado, cuando me viste, pero no creo que sea razón suficiente como para que me recomiendes el asilo. El Señor sabe bien que tengo vastos motivos para estar conmovido, y creo que soy muy afortunado por haber conservado la lucidez hasta ahora. ¿Por qué el tercer grado? Antes no eras tan cruel.
Bien, si tienes que escucharlo, no veo razón para que no lo hagas. Quizá hasta te asista el derecho a saberlo, ya que fuiste el único en escribirme, como si fueras un pariente agraviado, cuando te enteraste de que ya no frecuentaba el Art Club y que me mantenía distanciado de Pickman. Ahora que Pickman ya no está, de vez en cuando me doy una vuelta por el club, pero desde ya que mis nervios no son los de antes.
No, no sé qué ha sido de Pickman y tampoco me gusta entregarme a las conjeturas. Pudiste sospechar que yo sabía algo importante cuando me distancié de él... y esta es la causa por la que me niego a pensar hacia dónde habrá ido. Dejemos que la policía investigue cuanto pueda. No creo que sea mucho, teniendo en cuenta que todavía no sabe nada acerca de la casa que, bajo el nombre de Peters, alquiló en el North End. Tampoco estoy seguro de que yo mismo sea capaz de encontrarla otra vez... ni siquiera de que piense en ir a encontrarla, aún a plena luz del día. Sí, creo saber por qué la alquiló. Sobre esto puedo hablarte. Así sabrás, mucho antes de que haya concluido, por qué motivo no voy a la policía. Me obligarían a que los llevara hasta ella, pero la verdad es que no podría regresar a esa casa aunque conociera el camino. Bien, por eso no puedo tomar el metro, ni bajar a sótano o bodega alguna, y esto también te causará risa.
Me pareció que podrías entender que mi distanciamiento con Pickman no se debió a las mismas razones estúpidas que produjeron la misma reacción en hombres como el doctor Reid o Joe Minot o Rosworth. El arte que se ocupa de lo morboso no me interesa en absoluto, pero cuando alguien tiene la genialidad que tenía Pickman, para mí resulta un honor conocerlo, al márgen de los cauces que tome su obra. Boston jamás ha contado con un pintor tan notable como Richard Upton Pickman. Lo dije desde un principio y continúo afirmándolo; también lo sostuve cuando dio a conocer aquel "Vampiro alimentándose". Según recordarás, por esa obra Minot dejó de saludarlo.
Para engendrar obras como las de Pickman, es necesario un profundo dominio de su arte y una no menos profunda percepción de las entrañas de la naturaleza. Cualquier ilustrador de portadas está en condiciones de volcar absurdamente color sobre un papel y anunciar que nos está entregando una pesadilla, un aquelarre de brujas o un retrato del diablo. Pero sólo un gran artista puede llegar a un resultado que nos impresione como verosímil y que nos aterrorice. Esto es posible porque solamente un verdadero artista puede reconocer la verdadera anatomía de lo terrible y la fisiología del miedo: es el único que conoce el tipo exacto de líneas que despiertan los instintos adormecidos o los heredados recuerdos del miedo, es el único capaz de rastrear los contrastes precisos de color y los efectos de luz que estimulan en su espectador el latente sentido de lo anormal. No necesito explicarte por qué un Fuseli nos produce escalofríos, mientras que la portada de una revista de fantasmas sólo nos mueve a la risa. Existe algo que esos seres excepcionales captan, algo que está más allá de la vida, y son capaces de trasmitírnoslo aunque sea fugazmente. Es el don que distingue a Gustave Doré. Sidney Sime tambien lo tiene. Angarola de Chicago también. Y Pickman lo poseía en grado superlativo, como nadie lo tuvo antes de él y como nadie, así lo quiera el Señor, volverá a tenerlo.
No quieras saber qué es lo que esos hombres ven. En la práctica artística se advierte una gran diferencia entre las obras que captan estos seres esenciales arrancados a la naturaleza y los productos industriales que se fabrican en un estudio. En suma, debería decir que el artista propiamente fantástico está dotado de un tipo de visión que lo faculta para percibir motivos genuinos de un mundo espectral. Por esto, logra unos resultados que distan kilómetros de las melosas representaciones de sueños, así como las obras de un pintor "vitalista" toman distancia de los pastiches de alguien que ha aprendido a dibujar por correspondencia. ¡Si alguna vez me hubiese sido permitido ver lo que Pickman vio!... Pero no. Mejor vayamos a beber un trago antes de enfrascarnos en este asunto. ¡Por Dios! No estaría con vida si hubiera visto lo que ese hombre —si es que era un hombre— vio.
Como recordarás, el fuerte de Pickman eran los rostros. Creo que nadie, desde Francisco Goya, ha puesto tanta intensidad en unos rasgos o en una expresión. Y antes que Goya habría que buscar en los anónimos artistas medievales que crearon las gárgolas o las quimeras de Notre Dame o del Mont SaintMichel. Ellos creían en la realidad de las criaturas que plasmaban en sus obras... y tal vez también veían esa clase de criaturas, sobre todo si se recuerda que la Edad Media tuvo algunas etapas muy curiosas. Recuerdo perfectamente que en cierta ocasión le preguntaste a Pickman dónde demonios conseguía tales ideas y visiones. La respuesta fue una por demás desagradable carcajada. Esa carcajada fue, casualmente, la razón por la que Reid se disgustó con él. Reid venía de graduarse en Patología Comparada y era un saco de grandes ideas sobre el significado biológico o evolutivo de cualquiera de los síntomas mentales o físicos imaginables. Su aversión a Pickman era cada vez más notoria y terminó prácticamente en miedo al pintor; decía que la expresión de Pickman e incluso sus rasgos tomaban un derrotero progresivo que no le gustaba: se desarrollaban en un sentido que no era humano. Si has mantenido correspondencia con Reid, supongo que le habrás dicho que su error consistió en dejar que los cuadros de Pickman operaran directamente sobre sus nervios o su imaginación. Fue lo que yo dije por aquel entonces.
Puedes estar seguro de que no me distancié de Pickman por ninguna de estas cosas. Al contrario, mi admiración hacia el maestro fue creciendo, ya que no había duda alguna de que aquel "Vampiro alimentándose" era una obra maestra. Como sabes, el Club se negó a exhibirlo y el Museo de Bellas Artes ni siquiera lo aceptó como donación, nadie tampoco quiso comprarlo, así que el cuadro quedó arrumbado en casa de Pickman hasta que éste se marchó. Ahora está en manos de su padre, en la casa familiar de Salem. Bien sabes que Pickman es originario de la antigua Salem; uno de sus antepasados fue quemado en 1692 por brujería.
Me acostumbré a visitar a Pickman con alguna frecuencia, en especial después de que comencé a buscar material para la preparación de una monografía sobre el arte fantástico. Tal vez haya sido su propia obra la que me sugirió la idea. De todos modos, debo confesar que su obra fue una rica cantera de sugerencias y de datos para aquel propósito. Me facilitó el acceso a todos sus trabajos, a todos los cuadros y dibujos que tenía con él, incluyendo algunos bocetos a tinta que hubieran significado su inmediata expulsión del Club de haber caído ante los ojos de sus integrantes. En poco tiempo me había transformado en una especie de adepto que pasaba horas enteras pendiente de teorías artísticas y especulaciones filosóficas tan desatinadas que por sí solas habrían justificado la internación de Pickman en el manicomio de Danvers.
El pintor se volvió muy confidencial conmigo, seguramente debido tanto a mi demostrada admiración cuanto al hecho de que casi toda la gente había comenzado a rehuirlo. Una tarde me dijo que si estuviese seguro de mi discreción y de mi entereza me mostraría algo distinto a lo que yo estaba acostumbrado a ver, algo considerablemente más perturbador que cualquiera de las piezas que tenía en su casa.
Ciertas cosas, me confió, no son tolerables para la Newbury Street; aquí estarían fuera de lugar y tampoco podrían ser concebidas en este lugar. Mi misión consiste en capturar las armonías del alma y esto claramente resulta imposible de practicar en una serie de aburridas calles de reciente construcción. Back Bay no es Boston... todavía sigue siendo nada porque no ha tenido tiempo suficiente como para compactar recuerdos y poblarse de espíritus locales. Los fantasmas de aquí son fantasmas domesticados que han olvidado su hogar inicial en un pantano o en una cueva de relativa profundidad. Yo necesito fantasmas humanos, fantasmas de seres lo suficientemente fuertes como para haber resistido una ojeada al infierno y lo suficientemente aptos como para haber vuelto con el significado de lo que habían visto.
El mejor lugar para que viva un artista, continuó, es el North End. Si fuera coherente y sincero consigo mismo y con su obra, el artista sólo habitaría en los barrios pobres, allí donde se acumulan las tradiciones. Esos lugares no sólo han sido construidos; se han desarrollado. En esos lugares han vivido generaciones tras generaciones, han gozado de la vida y han muerto, en épocas en que la gente se atrevía a vivir, sentir y morir. ¿Tenías idea de que en 1632 existía un molino en la Copp's Hill y que la mitad de las actuales calles fueron trazadas en 1650? Puedo mostrarte edificios que se mantienen en pie desde hace más de dos siglos y medio, casas que han soportado cosas que harían derrumbarse a los edificios modernos. ¿Qué sabe la gente de hoy en día acerca de la vida y de las fuerzas que las mueven? Hoy le llamas fantasías a la brujería de Salem, pero mi retatarabuela bien podría haber usado otras palabras. La colgaron en la Gallow Hill, custodiada por la mirada beata de Cotton Mather. El maldito Mather siempre estaba obsesionado con que alguien lograra fugarse de aquella demoníaca cárcel de monotonía. ¡Lástima que no lo hayan hecho víctima de un hechizo o que le hayan chupado toda la sangre durante la noche!
Puedo mostrarte uno de los lugares donde vivió, proseguía Pickman, y también puedo llevarte a otra casa a la que no se atrevía a entrar pese a sus muchas bravatas. Conocía cosas que no se animó a escribir en aquel desabrido Magnalia ni en el pueril Maravillas del mundo invisible. A propósito, ¿sabías que existió una época en que todo el North End estaba surcado por una red de túneles que permitían a ciertas personas el contacto con ciertas casas, con el cementerio y con el mar? Si examinamos diez casas construidas antes de 1700, apuesto a que en ocho de ellas puedo mostrarte algo raro en la bodega. No pasa mes sin que leamos en los periódicos que un grupo de obreros descubrió pasadizos subterráneos que no llevan a ninguna parte. Hace poco se localizó uno en la Henchman Street. Había brujas y la invocación de sus sortilegios, contrabandistas, piratas y lo que del mar recogían. Puedo asegurarte que en otras épocas la gente sabía cómo vivir y cómo ingeniárselas para dilatar las fronteras de la vida. Por cierto que éste no era el único mundo que un hombre con imaginación y valiente podía conocer. Y pensar que hoy, en cambio, las mentes se han aguado tanto que incluso un club de pretendidos artistas se estremece y conmociona si un cuadro traspone los sentimientos que pudo experimentar un feriante de la Beacon Street.
Lo único que salva al presente, afirmaba el pintor, es su propia estupidez, porque lo inhabilita para interrogar al pasado. ¿Qué dicen en realidad del North End los mapas, los archivos y las guías? Puedo llevarte a treinta o cuarenta callejuelas ubicadas al norte de la Prince Street, cuya existencia no es conocida ni siquiera por diez personas, aparte de los extranjeros que viven en ellas. ¿Y qué saben acerca de su naturaleza esos hombres morenos? Nada, Thurber, porque esos lugares ancestrales están repletos de terror, de maravillas y de puertas para acceder a mundos diferentes de los vulgares. Y, sin embargo, no hay nadie que sepa comprenderlos o sacarles el provecho necesario. Para decirlo mejor, hay una sola alma capaz... o crees que he estado escudriñando el pasado en vano.
Por lo que advierto, me decía, te interesa esta clase de cosas. Pues bien, ¿Qué dirías si te confiara que tengo otro estudio por esa zona, donde puedo capturar el lóbrego espíritu de horrores pasados y pintar cosas que jamás habrían acudido a mi imaginación en la Newbury Street? Por supuesto que no haría esta revelación a los estúpidos menopáusicos del Club... empezando por Reid... el muy maldito... siempre susurrando como si yo fuera una especie de monstruo. Puedes creerme, Thurber, hace ya tiempo que decidí pintar el terror de la vida, de manera análoga a como se pinta su belleza, así que realice algunas investigaciones en sitios sobre los que tenía motivos para saber que habitaba el terror.
Ubiqué un lugar, musitó Pickman, que aparte de mí mismo sólo han visto tres hombres nórdicos vivientes. No se encuentra a mucha distancia del metro pero está a siglos de él en cuanto a espíritu se refiere. Me decidí a alquilarlo debido al extraño pozo con paredes de ladrillos que hay en la bodega. El edificio está casi en ruinas, por lo que a nadie se le ocurriría ir a vivir allí. Me avergonzaría confesarte lo que pago por él. He tapiado las ventanas ya que no necesito luz solar para mi tarea. He instalado el taller en la bodega, lugar donde la inspiración se vuelve más intensa, pero también tengo otras habitaciones con muebles en la planta baja. El edificio pertenece a un siciliano y para alquilárselo he usado el nombre de Peters.
Si quieres, concluyó Pickman, te llevaré esta noche. Estoy seguro de que los cuadros te gustarán mucho, puesto que en ellos está lo mejor de mí. No tendremos que caminar mucho. Siempre voy a pie para no llamar la atención con un taxi en semejante lugar. Tomaremos el metro en la South Station e iremos hasta la Battery Street. Luego una pequeña caminata y estaremos allí.
Me comprenderás, Eliot, si te digo que después de semejante arenga habría acompañando a Pickman hasta el mismísimo infierno. Tomamos el metro en la South Station y muy cerca de las doce nos encontrábamos en la Battery Street, caminando a lo largo del muelle. A continuación subimos por todo el largo de una desierta callejuela que era la más vieja y la más sucia que había visto en toda mi vida, salpicada por casas de tejados reventados, ventanas astilladas y maltrechas chimeneas a medio desintegrarse, que, sin embargo, aún se erguían contra el cielo. Me dio la impresión de que todas las casas que yo veía también las había visto Cotton Mather.
Al llegar a una esquina mezquinamente iluminada torcimos a la izquierda y tomamos un callejón mucho más estrecho, igualmente silencioso, pero sin luz alguna. De pronto nos detuvimos y Pickman extrajo de entre sus ropas una linterna con la que proyectó un haz de luz contra una puerta prediluviana de madera tan podrida que parecía imposible que se tuviera en pie. Pickman la abrió y me invitó a entrar a un desierto vestíbulo que aún conservaba los rastros de lo que en otros tiempos supo ser un magnífico artesonado de roble. Era simple, por supuesto, pero claramente indicativo de la época de Andros, Phipps y la brujería. Luego me hizo franquear una puerta a la izquierda, encendió una lampara de petróleo y me invitó a que me pusiera cómodo, como si estuviera en mi propia casa.
Bien sabes, Eliot, que soy lo que se llama un tipo duro, pero debo confesarte que lo que me mostraron las paredes de aquella casa me anudó el alma y las tri pas. Eran los cuadros de Pickman —los que no podía pintar, ni mucho menos exhibir, en la New bury Street— y... ¡qué decirte! Mejor vamos a tomar otra copa. La necesito.
Como comprenderás, es inútil que trate de describirte aquellas telas, porque ¿cómo hacer para describir el más terrible, herético horror, y la más hedionda descomposición moral mediante unas simples pinceladas de color puestas sobre un plano? No se veía en esas obras la técnica sofisticada que se advierte en Sidney Sime, ni siquiera los panoramas o la vegetación cósmica que Clark Ashton Smith emplea para suscitar el horror. Los contornos recogían por lo general los desdibujados rasgos de antiguos cementerios, bosques tenebrosos, rocas linderas al mar, túneles revestidos de la drillos, viejas habitaciones ar tesonadas o sencillas criptas de mampostería. El cementerio de la Copp's Hill, que seguramente no se encontraba muy lejos de dónde estábamos, era el escenario pre dilecto.
La locura y la deformidad se cebaban en las figuras de primer plano, puesto que, como sabes, en la pintura de Pickman predomina un satánico retratismo. Las figuras no eran del todo humanas; más bien, intentaban acercarse a diversos grados de lo humano. La mayor parte de los seres, apenas bípedos, ostenta ban un aire canino. ¡Me parece verlos! Sus ocupaciones... no me pidas precisión. Por lo general se hallaban alimentándose. No te voy a decir en qué consistía su alimento. Algunas veces se agrupaban en cementerios o pasadizos subterráneos y de vez en cuando se disputaban su presa..., o para decirlo mejor, su preciado botín. Y, sobre todo, esa maldita expresividad que Pickman sabía insuflar a los cegados rostros del macabro botín. En algunos cuadros las criaturas saltaban a través de una ventana abierta al corazón de la noche o anidaban en el pecho de algún ser durmiente para entretenerse con su garganta. Una de las pinturas mostraba a una jauría de aquellas repugnantes criaturas aullando en torno a una bruja empalada en la Gallows Hill, cuya fisonomía tenía una notable similitud con la de los seres que la rodeaban.
Sin embargo no debes creer que lo que me impresionó hasta el vómito fue la temática de aquellos, cuadros. No soy un niño y por cierto que he visto cuadros parecidos muchas veces. Fueron los rostros, Eliot, aquellos rostros que parecían escapar de la tela movidos por un hálito vital. En este mismo momento podría jurarte que estaban vivos. Dame otro trago, Eliot.
Recuerdo una tela llamada "La lección"... ¡Dios mío! ¿Te imaginas a un grupo de esos seres agazapado en semicírculo en un cementerio entregados a la tarea de enseñar a un niño a alimentarse como ellos? Supongo que se trataría de los términos de un intercambio... Seguramente cono ces el viejo mito sobre las terribles sustituciones que practican los seres sobrenaturales, dejando en las cunas a sus propias crías y llevándose a los niños que duermen en ellas. Los cuadros de Pickman mostraban qué les ocurre a esos niños robados, cómo se desarrollan... y desde ese instante comencé a advertir una espantosa similitud entre los rostros de las figuras humanas y las no humanas. En lo esencial Pickman se dedicaba a establecer, con todos los grados de morbosidad posibles, un siniestro nexo evolutivo entre lo cabalmente humano y lo envilecidamente inhumano. ¡El origen de los seres caninos eran seres humanos!
Me pasó por la mente la incógnita de qué sucedería con las crías que quedaban en las cunas a modo de trueque, pero un cuadro que de pronto quedó frente a mis ojos me ilustró sobre ese tema. La tela representaba los interiores de una casa puritana, ornada con muebles del siglo XVII, y una reunión familiar en torno al padre, que leía las Escrituras. Todos los rostros, a excepción de uno, trasmitían integridad y solemnidad; el diverso exhalaba la más repulsiva mofa. Se trataba de un joven, por lo que podía inferirse hijo de aquel piadoso padre, aunque su hermandad con los seres infrahumanos era indudable. Era el producto de uno de aquellos trueques... y en un impulso de ironía superior, Pickman había conferido a las facciones del joven una estremecedora semejanza con las suyas propias.
A todo esto, Pickman había dado luz a una lámpara en la habitación contigua y me invitaba a pasar para enseñarme sus últimos estudios. Aún no había abierto la boca para comunicarle mis impresiones sobre lo que había visto —el terror y la emoción me habían dejado mudo—, pero él percibió claramente mi estado anímico y, sin duda, éste le halagó. Nuevamente, Eliot, quiero que tengas en cuenta que no soy un payaso capaz de ponerse a gritar frente a cualquier espectáculo que se aparte de lo que llamamos normal. Soy lo bastante mayor como para no dejarme impresionar con facilidad. No obstante, lo que vi en aquella habitación me arrancó un grito y me vi obligado a asirme al marco de la puerta para no caer al piso. La primera de las salas era el reino de una cantidad de vampiros y de brujas poblando el mundo de nuestros antepasados, pero esta habitación se ocupaba del horror que anida en nuestra vida cotidiana.
¡Cómo podía Pickman pintar esas cosas! Había un bosquejo llamado "Accidente en el Metro", donde se veía una jauría de los seres malignos brotando de una descomunal catacumba por una grieta del suelo y atacando a la multitud que esperaba en la plataforma. Otro mostraba una danza en la Copp's Hill entre las tumbas, pero en la actualidad. También había varias vistas de sótanos, con monstruos entresa liendo de agujeros y grietas de la mampostería, haciendo siniestros gestos sin dejar de mante nerse agazapados tras barriles o calefactores a la espera de la primera víctima que bajara por la escalera.
Una repulsiva tela parecía centrarse en un vasto sector de las Beacon Hill, con densos ejércitos de mefíticos monstruos que brotaban de los miles de agujeros que tapizaban el suelo. Había también trabajos con danzas en cementerios actuales, pero lo que más me perturbó fue una escena en una cripta perdida donde una muchedumbre de pequeñas bestias se arremolinaba en torno de otra que, con una conocida guía de Boston en sus manos, la leía evidentemente en voz alta. Todas las bestias señalaban un mismo pasaje y sus rostros estaban crispados por una risa epiléptica, cuya reverberancia casi me pareció oír. El titulo de la tela era: "Holmes, Lowell y Longfellow están enterrados en Mount Auburn".
Mientras recobraba algo de aplomo y serenidad, en tanto me iba adaptando a aquella segunda habitación diabólica y morbosa, comencé a analizar mi propio estado de ánimo. En primer término, dilucidé que todo aquello me producía asco porque evidenciaba la falta de humanidad y la impertérrita crueldad de Pickman. Sin duda debía de ser un indeclinable enemigo del género humano para regodearse de aquella manera con la tortura del espíritu y de la carne, y con la degradación de lo humano. En segundo lugar, toda aquella pintura era aterradora debido a su propia grandeza. El suyo era un arte que persuadía: al mirar sus cuadros veíamos a los demonios en persona y, por supuesto, nos inspiraban miedo. Y, lo más curioso de todo era que Pickman pintaba de un modo lineal, sin recurrir a ningún truco o efectismo, sin difuminaciones de la luz o distorsión de lo real: los perfiles eran nítidos y los detalles eran lamentablemente definidos. ¡Y qué decirte de los rostros!
Lo que se veía en los cuadros era algo más que la simple interpretación de un artista; se trataba del propio infierno volcado con la mayor fidelidad que se pueda imaginar. No era posible confundir a Pickman con un imaginativo o con un romántico: su tarea se limitaba a reflejar un mundo terrible que él veía cristalinamente. Sólo Dios puede saber dónde había capturado las heréticas formas que se veían en los cuadros. Pero fuere cual fuese el origen de sus imágenes, algo era más que evidente: en cuanto a concepción y ejecución, Pickman era un pintor realista y casi científico.
Más adelante bajé tras mi anfitrión al verdadero estudio, que se encontraba en el sótano. Cuando alcanzamos el pie de la escalera húmeda, Pickman concentró el haz de luz de su linterna en un rincón, donde se veía un círculo de ladrillos que marcaba evidentemente un pozo de gran dimensión excavado en el piso. Al acercarnos comprobé que el orificio medía aproximadamente un metro y medio de diámetro, con paredes que tendrían un pie de espesor y que sobresalían unas seis pulgadas por encima del nivel del suelo. Tenía todo el aspecto de tratarse de una de esas sólidas obras del siglo XVII. Según me explicó Pickman, se trataba de un acceso para conectarse con la red de túneles que surcaba las entrañas de la colina y de la que me había hablado antes. Advertí que el pozo estaba cubierto con un sólido disco de madera. Al pensar en los sitios adónde debía llevar el pozo, si es que las desatinadas revelaciones de Pickman tenían algo de verdad, un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo. No obstante, seguimos avanzando y a través de una carcomida puerta, mi anfitrión me hizo pasar a una habitación bastante grande, con piso de madera y equipada propiamente como el estudio de un pintor. Una instalación de gas acetileno aportaba la luz necesaria para trabajar allí.
Los cuadros sin acabar, puestos sobre caballetes o simplemente apoyados contra la pared, producían el mismo horror que los que había visto arriba y volvían a dar fe de la meticulosidad que caracterizaba al artista. El esbozo de las escenas era muy cuidadoso y las líneas de lápiz revelaban el cuidado con que Pickman trataba de con seguir la perspectiva y las proporciones precisas. Era un gran pintor, y puedo seguir diciéndolo ahora, pese a todo lo que sé. Una enorme cámara fotográfica que se hallaba sobre una mesa atrajo mi atención: Pickman me explicó que la empleaba para fotografiar paisajes que luego ingresaban como fondo en sus telas; con este método se ahorraba el tener que cargar con todos sus cacharros de un lado para otro, hasta dar con un paisaje adecuado. Sostenía que una fotografía era tan buena como un paisaje o un modelo real y que por eso recurría a ellas habitualmente.
Había algo perturbador en los repulsivos bocetos y en las inacabadas monstruosidades que se agazapaban en todos los rincones del estudio. Pero cuando súbitamente Pickman descubrió una enorme tela colocada sobre un caballete, no pude contener un nuevo grito de horror; el segundo de aquella noche. Sus ecos rodaron en una y otra de las oscuras bóvedas de aquella húmeda y salitrosa bodega y fue grande el esfuerzo que implicó contenerme para no estallar en una histérica carcajada. ¡Mi Dios! Aún hoy no puedo saber hasta qué punto me encontraba frente a una realidad o a una fantasía.
En el cuadro se veía un gigantesco e indescriptible monstruo de ojos llameantes y enrojecidos que sostenía con sus afiladas garras a un ser que había sido un hombre, cuya cabeza roía con la misma fruición con que un niño mordisquea una golosina. Estaba acuclillado y cuando se lo miraba, surgía la atroz sensación de que en cualquier instante podía arrojar su presa y saltar en procura de alguna golosina más sólida.
Pese a todo, lo que producía una sensación de helado terror no era aquel rostro canino de orejas puntiagudas, ni sus ojos embebidos en sangre, ni la nariz deforme, ni sus fauces, de las que chorreaba una baba rosácea. Tampoco eran las garras escamadas, ni la ciertamente repulsiva pelambre que recubría el cuerpo, ni los pies no del todo ungulados, si bien cualquiera de aquellas características por sí solas podría haber desestabilizado a un hombre impresionable.
Lo que golpeaba, Eliot, era la técnica, la maldita, implacable y deshumanizada técnica. Hasta aquella noche no me había sido dado ver sobre una tela el élan vital de una manera tan impiadosamente real. El monstruo estaba entre nosotros —miraba con ferocidad y roía, roía y miraba con ferocidad— y comprendí que sólo un paréntesis breve en la vigencia de las leyes de la naturaleza había permitido a un hombre pintar una cosa como aquella sin un modelo... y sin haber frecuentado ese mundo infrahumano que ningún mortal que no haya vendido el alma al diablo ha conseguido ver.
Adosado desprolijamente a una parte de la tela aún no pintada se veía un trozo de papel muy arrugado; en principio pensé que se trataba de una de las fotografías que Pickman utilizaba para lograr algún fondo tan espantoso como el motivo central del cuadro. Cuando iba a alisarlo para observarlo más cuidadosamente, Pickman se sobresaltó súbita y violentamente. Noté que desde que mi grito despertó inusitados ecos en la lóbrega bodega, mi anfitrión había evidenciado prestar atención con singular cuidado a posibles ruidos de respuesta. Ahora él también parecía ser presa del miedo, aunque a diferencia del que yo experimentaba, en su caso parecía más físico que espiritual. Extrajo un revólver del bolsillo y con una seña me recomendó que guardara silencio. Avanzó hacia el interior de la bodega, cerró la puerta y me dejó solo en el estudio.
Sentí que la parálisis se apoderaba de mí. Aguzando el oído me pareció percibir un sutil sonido en alguna parte, como de alguien deslizándose por el suelo y a continuación muchos chillidos agudos y golpes fuertes en una dirección que no pude determinar. La imagen de ratas enormes acudió a mi conmovida imaginación. Un nuevo ruido consiguió ponerme la carne de gallina: el estrépito de una pesada madera al caer sobre alguna piedra o ladrillo. ¿Madera sobre ladrillo? Esa combinación no me resultaba extraña.
Nuevamente se escuchó el ruido, ahora con mayor intensidad, seguido por una vibración como si la madera hubiese caído mucho más lejos que la primera vez. No se habían apagado las vibraciones cuando resonaron, uno tras otro, seis disparos de revólver, disparados de un modo especial, como si lo hiciera un domador de leones deseoso de impresionar a su público. Pocos momentos después se abrió la puerta e ingreso Pickman con su arma humeante y maldiciendo a las ratas que pululaban en el viejo pozo.
—Sólo el diablo sabe lo que comen allí, Thurber —refunfuñó con sarcasmo—, porque esos viejísimos túneles comunican con cementerios, cubiles de bruja y con el mar. Tus gritos seguramente las habrán excitado. Des pués de todo, no hay que quejarse demasiado: agregan un poco de atmósfera y color al ambiente, ¿no crees?
De ese modo concluyó la aventura de aquella noche. La promesa de Pickman de mostrarme el lugar se había cumplido acabadamente. Abandonamos aquel laberinto de callejuelas por otra dirección, ya que de pronto me encontré en la muy familiar Charter Street, aunque me sentía muy excitado como para identificar el modo en que habíamos llegado hasta allí. Era demasiado tarde como para tomar el metro, así que regresamos a pie por la Hannover Street. Recuerdo muy bien la caminata. Doblamos en Tremont y luego de subir por Beacon llegamos hasta la esquina de Joy, donde Pickman me abandonó. Desde ese momento no volví a verlo.
¿Por qué dejé de ver a Pickman? Contén tu impaciencia. Deja que pida otro poco de café. No... no fue por los cuadros que vi en aquel lugar. Aunque por cierto que ellos hubieran sido motivo más que suficiente para que a Pickman le hubiesen prohibido el acceso a nueve de cada diez hogares de Boston. Espero que ahora comprendas la razón de mi fobia a bajar a los túneles del metro o a sótanos. Me aparté de él por algo que encontré a la mañana siguiente en uno de los bolsillos de mi abrigo. Sí, era el estrujado papel que estaba prendido a la espantosa tela de la bodega, lo que yo había pensado que era una fotografía con algún paisaje que Pickman se proponía emplear como fondo para el monstruo. Seguramente cuando se produjo el sobresalto súbito de Pickman, me eché inadvertida mente el papel en el bolsillo antes de llegar a mirarlo. Y bien, aquí está el café, Eliot; te aconsejo que lo tomes puro.
En efecto, a ese papel se debió mi distanciamiento de Pickman, de Richard Upton Pickman, el artista más notable que haya conocido... y el ser más execrable que haya traspuesto jamás los límites de la vida para abismarse en el mito y la locura. Reid estaba en lo cierto: Pickman no era estrictamente humano.
No quieras que te explique o que conjeture sobre aquel papel que quemé. Hay secretos que se remontan a la época de Salem y no olvides que Cotton Mather refiere cosas aún mucho más extrañas. Bien sabes lo endemoniadamente expresivos que eran los cuadros de Pickman y todas las veces que nos preguntamos de dónde habría sacado aquellos rostros.
Bueno... debo confesarte que aquél papel no era la fotografía de un paisaje para ser empleado como fondo. En la imagen sólo se veía al ser monstruoso que estaba pintando en aquella terrible tela. Era el modelo que le había servido de inspiración y el fondo no era más que la pared de la bodega registrada con todos sus detalles. Por Dios, Eliot, aquella era una fotografía tomada del natural. Era el modelo que le había servido de inspiración y el fondo no era más que la pared de la bodega registrada con todos sus detalles. Por Dios, Eliot, aquella era una fotografía tomada del natural".
H.P. Lovecraft
Confieso que me encuentro más nervioso que el año pasado, cuando me viste, pero no creo que sea razón suficiente como para que me recomiendes el asilo. El Señor sabe bien que tengo vastos motivos para estar conmovido, y creo que soy muy afortunado por haber conservado la lucidez hasta ahora. ¿Por qué el tercer grado? Antes no eras tan cruel.
Bien, si tienes que escucharlo, no veo razón para que no lo hagas. Quizá hasta te asista el derecho a saberlo, ya que fuiste el único en escribirme, como si fueras un pariente agraviado, cuando te enteraste de que ya no frecuentaba el Art Club y que me mantenía distanciado de Pickman. Ahora que Pickman ya no está, de vez en cuando me doy una vuelta por el club, pero desde ya que mis nervios no son los de antes.
No, no sé qué ha sido de Pickman y tampoco me gusta entregarme a las conjeturas. Pudiste sospechar que yo sabía algo importante cuando me distancié de él... y esta es la causa por la que me niego a pensar hacia dónde habrá ido. Dejemos que la policía investigue cuanto pueda. No creo que sea mucho, teniendo en cuenta que todavía no sabe nada acerca de la casa que, bajo el nombre de Peters, alquiló en el North End. Tampoco estoy seguro de que yo mismo sea capaz de encontrarla otra vez... ni siquiera de que piense en ir a encontrarla, aún a plena luz del día. Sí, creo saber por qué la alquiló. Sobre esto puedo hablarte. Así sabrás, mucho antes de que haya concluido, por qué motivo no voy a la policía. Me obligarían a que los llevara hasta ella, pero la verdad es que no podría regresar a esa casa aunque conociera el camino. Bien, por eso no puedo tomar el metro, ni bajar a sótano o bodega alguna, y esto también te causará risa.
Me pareció que podrías entender que mi distanciamiento con Pickman no se debió a las mismas razones estúpidas que produjeron la misma reacción en hombres como el doctor Reid o Joe Minot o Rosworth. El arte que se ocupa de lo morboso no me interesa en absoluto, pero cuando alguien tiene la genialidad que tenía Pickman, para mí resulta un honor conocerlo, al márgen de los cauces que tome su obra. Boston jamás ha contado con un pintor tan notable como Richard Upton Pickman. Lo dije desde un principio y continúo afirmándolo; también lo sostuve cuando dio a conocer aquel "Vampiro alimentándose". Según recordarás, por esa obra Minot dejó de saludarlo.
Para engendrar obras como las de Pickman, es necesario un profundo dominio de su arte y una no menos profunda percepción de las entrañas de la naturaleza. Cualquier ilustrador de portadas está en condiciones de volcar absurdamente color sobre un papel y anunciar que nos está entregando una pesadilla, un aquelarre de brujas o un retrato del diablo. Pero sólo un gran artista puede llegar a un resultado que nos impresione como verosímil y que nos aterrorice. Esto es posible porque solamente un verdadero artista puede reconocer la verdadera anatomía de lo terrible y la fisiología del miedo: es el único que conoce el tipo exacto de líneas que despiertan los instintos adormecidos o los heredados recuerdos del miedo, es el único capaz de rastrear los contrastes precisos de color y los efectos de luz que estimulan en su espectador el latente sentido de lo anormal. No necesito explicarte por qué un Fuseli nos produce escalofríos, mientras que la portada de una revista de fantasmas sólo nos mueve a la risa. Existe algo que esos seres excepcionales captan, algo que está más allá de la vida, y son capaces de trasmitírnoslo aunque sea fugazmente. Es el don que distingue a Gustave Doré. Sidney Sime tambien lo tiene. Angarola de Chicago también. Y Pickman lo poseía en grado superlativo, como nadie lo tuvo antes de él y como nadie, así lo quiera el Señor, volverá a tenerlo.
No quieras saber qué es lo que esos hombres ven. En la práctica artística se advierte una gran diferencia entre las obras que captan estos seres esenciales arrancados a la naturaleza y los productos industriales que se fabrican en un estudio. En suma, debería decir que el artista propiamente fantástico está dotado de un tipo de visión que lo faculta para percibir motivos genuinos de un mundo espectral. Por esto, logra unos resultados que distan kilómetros de las melosas representaciones de sueños, así como las obras de un pintor "vitalista" toman distancia de los pastiches de alguien que ha aprendido a dibujar por correspondencia. ¡Si alguna vez me hubiese sido permitido ver lo que Pickman vio!... Pero no. Mejor vayamos a beber un trago antes de enfrascarnos en este asunto. ¡Por Dios! No estaría con vida si hubiera visto lo que ese hombre —si es que era un hombre— vio.
Como recordarás, el fuerte de Pickman eran los rostros. Creo que nadie, desde Francisco Goya, ha puesto tanta intensidad en unos rasgos o en una expresión. Y antes que Goya habría que buscar en los anónimos artistas medievales que crearon las gárgolas o las quimeras de Notre Dame o del Mont SaintMichel. Ellos creían en la realidad de las criaturas que plasmaban en sus obras... y tal vez también veían esa clase de criaturas, sobre todo si se recuerda que la Edad Media tuvo algunas etapas muy curiosas. Recuerdo perfectamente que en cierta ocasión le preguntaste a Pickman dónde demonios conseguía tales ideas y visiones. La respuesta fue una por demás desagradable carcajada. Esa carcajada fue, casualmente, la razón por la que Reid se disgustó con él. Reid venía de graduarse en Patología Comparada y era un saco de grandes ideas sobre el significado biológico o evolutivo de cualquiera de los síntomas mentales o físicos imaginables. Su aversión a Pickman era cada vez más notoria y terminó prácticamente en miedo al pintor; decía que la expresión de Pickman e incluso sus rasgos tomaban un derrotero progresivo que no le gustaba: se desarrollaban en un sentido que no era humano. Si has mantenido correspondencia con Reid, supongo que le habrás dicho que su error consistió en dejar que los cuadros de Pickman operaran directamente sobre sus nervios o su imaginación. Fue lo que yo dije por aquel entonces.
Puedes estar seguro de que no me distancié de Pickman por ninguna de estas cosas. Al contrario, mi admiración hacia el maestro fue creciendo, ya que no había duda alguna de que aquel "Vampiro alimentándose" era una obra maestra. Como sabes, el Club se negó a exhibirlo y el Museo de Bellas Artes ni siquiera lo aceptó como donación, nadie tampoco quiso comprarlo, así que el cuadro quedó arrumbado en casa de Pickman hasta que éste se marchó. Ahora está en manos de su padre, en la casa familiar de Salem. Bien sabes que Pickman es originario de la antigua Salem; uno de sus antepasados fue quemado en 1692 por brujería.
Me acostumbré a visitar a Pickman con alguna frecuencia, en especial después de que comencé a buscar material para la preparación de una monografía sobre el arte fantástico. Tal vez haya sido su propia obra la que me sugirió la idea. De todos modos, debo confesar que su obra fue una rica cantera de sugerencias y de datos para aquel propósito. Me facilitó el acceso a todos sus trabajos, a todos los cuadros y dibujos que tenía con él, incluyendo algunos bocetos a tinta que hubieran significado su inmediata expulsión del Club de haber caído ante los ojos de sus integrantes. En poco tiempo me había transformado en una especie de adepto que pasaba horas enteras pendiente de teorías artísticas y especulaciones filosóficas tan desatinadas que por sí solas habrían justificado la internación de Pickman en el manicomio de Danvers.
El pintor se volvió muy confidencial conmigo, seguramente debido tanto a mi demostrada admiración cuanto al hecho de que casi toda la gente había comenzado a rehuirlo. Una tarde me dijo que si estuviese seguro de mi discreción y de mi entereza me mostraría algo distinto a lo que yo estaba acostumbrado a ver, algo considerablemente más perturbador que cualquiera de las piezas que tenía en su casa.
Ciertas cosas, me confió, no son tolerables para la Newbury Street; aquí estarían fuera de lugar y tampoco podrían ser concebidas en este lugar. Mi misión consiste en capturar las armonías del alma y esto claramente resulta imposible de practicar en una serie de aburridas calles de reciente construcción. Back Bay no es Boston... todavía sigue siendo nada porque no ha tenido tiempo suficiente como para compactar recuerdos y poblarse de espíritus locales. Los fantasmas de aquí son fantasmas domesticados que han olvidado su hogar inicial en un pantano o en una cueva de relativa profundidad. Yo necesito fantasmas humanos, fantasmas de seres lo suficientemente fuertes como para haber resistido una ojeada al infierno y lo suficientemente aptos como para haber vuelto con el significado de lo que habían visto.
El mejor lugar para que viva un artista, continuó, es el North End. Si fuera coherente y sincero consigo mismo y con su obra, el artista sólo habitaría en los barrios pobres, allí donde se acumulan las tradiciones. Esos lugares no sólo han sido construidos; se han desarrollado. En esos lugares han vivido generaciones tras generaciones, han gozado de la vida y han muerto, en épocas en que la gente se atrevía a vivir, sentir y morir. ¿Tenías idea de que en 1632 existía un molino en la Copp's Hill y que la mitad de las actuales calles fueron trazadas en 1650? Puedo mostrarte edificios que se mantienen en pie desde hace más de dos siglos y medio, casas que han soportado cosas que harían derrumbarse a los edificios modernos. ¿Qué sabe la gente de hoy en día acerca de la vida y de las fuerzas que las mueven? Hoy le llamas fantasías a la brujería de Salem, pero mi retatarabuela bien podría haber usado otras palabras. La colgaron en la Gallow Hill, custodiada por la mirada beata de Cotton Mather. El maldito Mather siempre estaba obsesionado con que alguien lograra fugarse de aquella demoníaca cárcel de monotonía. ¡Lástima que no lo hayan hecho víctima de un hechizo o que le hayan chupado toda la sangre durante la noche!
Puedo mostrarte uno de los lugares donde vivió, proseguía Pickman, y también puedo llevarte a otra casa a la que no se atrevía a entrar pese a sus muchas bravatas. Conocía cosas que no se animó a escribir en aquel desabrido Magnalia ni en el pueril Maravillas del mundo invisible. A propósito, ¿sabías que existió una época en que todo el North End estaba surcado por una red de túneles que permitían a ciertas personas el contacto con ciertas casas, con el cementerio y con el mar? Si examinamos diez casas construidas antes de 1700, apuesto a que en ocho de ellas puedo mostrarte algo raro en la bodega. No pasa mes sin que leamos en los periódicos que un grupo de obreros descubrió pasadizos subterráneos que no llevan a ninguna parte. Hace poco se localizó uno en la Henchman Street. Había brujas y la invocación de sus sortilegios, contrabandistas, piratas y lo que del mar recogían. Puedo asegurarte que en otras épocas la gente sabía cómo vivir y cómo ingeniárselas para dilatar las fronteras de la vida. Por cierto que éste no era el único mundo que un hombre con imaginación y valiente podía conocer. Y pensar que hoy, en cambio, las mentes se han aguado tanto que incluso un club de pretendidos artistas se estremece y conmociona si un cuadro traspone los sentimientos que pudo experimentar un feriante de la Beacon Street.
Lo único que salva al presente, afirmaba el pintor, es su propia estupidez, porque lo inhabilita para interrogar al pasado. ¿Qué dicen en realidad del North End los mapas, los archivos y las guías? Puedo llevarte a treinta o cuarenta callejuelas ubicadas al norte de la Prince Street, cuya existencia no es conocida ni siquiera por diez personas, aparte de los extranjeros que viven en ellas. ¿Y qué saben acerca de su naturaleza esos hombres morenos? Nada, Thurber, porque esos lugares ancestrales están repletos de terror, de maravillas y de puertas para acceder a mundos diferentes de los vulgares. Y, sin embargo, no hay nadie que sepa comprenderlos o sacarles el provecho necesario. Para decirlo mejor, hay una sola alma capaz... o crees que he estado escudriñando el pasado en vano.
Por lo que advierto, me decía, te interesa esta clase de cosas. Pues bien, ¿Qué dirías si te confiara que tengo otro estudio por esa zona, donde puedo capturar el lóbrego espíritu de horrores pasados y pintar cosas que jamás habrían acudido a mi imaginación en la Newbury Street? Por supuesto que no haría esta revelación a los estúpidos menopáusicos del Club... empezando por Reid... el muy maldito... siempre susurrando como si yo fuera una especie de monstruo. Puedes creerme, Thurber, hace ya tiempo que decidí pintar el terror de la vida, de manera análoga a como se pinta su belleza, así que realice algunas investigaciones en sitios sobre los que tenía motivos para saber que habitaba el terror.
Ubiqué un lugar, musitó Pickman, que aparte de mí mismo sólo han visto tres hombres nórdicos vivientes. No se encuentra a mucha distancia del metro pero está a siglos de él en cuanto a espíritu se refiere. Me decidí a alquilarlo debido al extraño pozo con paredes de ladrillos que hay en la bodega. El edificio está casi en ruinas, por lo que a nadie se le ocurriría ir a vivir allí. Me avergonzaría confesarte lo que pago por él. He tapiado las ventanas ya que no necesito luz solar para mi tarea. He instalado el taller en la bodega, lugar donde la inspiración se vuelve más intensa, pero también tengo otras habitaciones con muebles en la planta baja. El edificio pertenece a un siciliano y para alquilárselo he usado el nombre de Peters.
Si quieres, concluyó Pickman, te llevaré esta noche. Estoy seguro de que los cuadros te gustarán mucho, puesto que en ellos está lo mejor de mí. No tendremos que caminar mucho. Siempre voy a pie para no llamar la atención con un taxi en semejante lugar. Tomaremos el metro en la South Station e iremos hasta la Battery Street. Luego una pequeña caminata y estaremos allí.
Me comprenderás, Eliot, si te digo que después de semejante arenga habría acompañando a Pickman hasta el mismísimo infierno. Tomamos el metro en la South Station y muy cerca de las doce nos encontrábamos en la Battery Street, caminando a lo largo del muelle. A continuación subimos por todo el largo de una desierta callejuela que era la más vieja y la más sucia que había visto en toda mi vida, salpicada por casas de tejados reventados, ventanas astilladas y maltrechas chimeneas a medio desintegrarse, que, sin embargo, aún se erguían contra el cielo. Me dio la impresión de que todas las casas que yo veía también las había visto Cotton Mather.
Al llegar a una esquina mezquinamente iluminada torcimos a la izquierda y tomamos un callejón mucho más estrecho, igualmente silencioso, pero sin luz alguna. De pronto nos detuvimos y Pickman extrajo de entre sus ropas una linterna con la que proyectó un haz de luz contra una puerta prediluviana de madera tan podrida que parecía imposible que se tuviera en pie. Pickman la abrió y me invitó a entrar a un desierto vestíbulo que aún conservaba los rastros de lo que en otros tiempos supo ser un magnífico artesonado de roble. Era simple, por supuesto, pero claramente indicativo de la época de Andros, Phipps y la brujería. Luego me hizo franquear una puerta a la izquierda, encendió una lampara de petróleo y me invitó a que me pusiera cómodo, como si estuviera en mi propia casa.
Bien sabes, Eliot, que soy lo que se llama un tipo duro, pero debo confesarte que lo que me mostraron las paredes de aquella casa me anudó el alma y las tri pas. Eran los cuadros de Pickman —los que no podía pintar, ni mucho menos exhibir, en la New bury Street— y... ¡qué decirte! Mejor vamos a tomar otra copa. La necesito.
Como comprenderás, es inútil que trate de describirte aquellas telas, porque ¿cómo hacer para describir el más terrible, herético horror, y la más hedionda descomposición moral mediante unas simples pinceladas de color puestas sobre un plano? No se veía en esas obras la técnica sofisticada que se advierte en Sidney Sime, ni siquiera los panoramas o la vegetación cósmica que Clark Ashton Smith emplea para suscitar el horror. Los contornos recogían por lo general los desdibujados rasgos de antiguos cementerios, bosques tenebrosos, rocas linderas al mar, túneles revestidos de la drillos, viejas habitaciones ar tesonadas o sencillas criptas de mampostería. El cementerio de la Copp's Hill, que seguramente no se encontraba muy lejos de dónde estábamos, era el escenario pre dilecto.
La locura y la deformidad se cebaban en las figuras de primer plano, puesto que, como sabes, en la pintura de Pickman predomina un satánico retratismo. Las figuras no eran del todo humanas; más bien, intentaban acercarse a diversos grados de lo humano. La mayor parte de los seres, apenas bípedos, ostenta ban un aire canino. ¡Me parece verlos! Sus ocupaciones... no me pidas precisión. Por lo general se hallaban alimentándose. No te voy a decir en qué consistía su alimento. Algunas veces se agrupaban en cementerios o pasadizos subterráneos y de vez en cuando se disputaban su presa..., o para decirlo mejor, su preciado botín. Y, sobre todo, esa maldita expresividad que Pickman sabía insuflar a los cegados rostros del macabro botín. En algunos cuadros las criaturas saltaban a través de una ventana abierta al corazón de la noche o anidaban en el pecho de algún ser durmiente para entretenerse con su garganta. Una de las pinturas mostraba a una jauría de aquellas repugnantes criaturas aullando en torno a una bruja empalada en la Gallows Hill, cuya fisonomía tenía una notable similitud con la de los seres que la rodeaban.
Sin embargo no debes creer que lo que me impresionó hasta el vómito fue la temática de aquellos, cuadros. No soy un niño y por cierto que he visto cuadros parecidos muchas veces. Fueron los rostros, Eliot, aquellos rostros que parecían escapar de la tela movidos por un hálito vital. En este mismo momento podría jurarte que estaban vivos. Dame otro trago, Eliot.
Recuerdo una tela llamada "La lección"... ¡Dios mío! ¿Te imaginas a un grupo de esos seres agazapado en semicírculo en un cementerio entregados a la tarea de enseñar a un niño a alimentarse como ellos? Supongo que se trataría de los términos de un intercambio... Seguramente cono ces el viejo mito sobre las terribles sustituciones que practican los seres sobrenaturales, dejando en las cunas a sus propias crías y llevándose a los niños que duermen en ellas. Los cuadros de Pickman mostraban qué les ocurre a esos niños robados, cómo se desarrollan... y desde ese instante comencé a advertir una espantosa similitud entre los rostros de las figuras humanas y las no humanas. En lo esencial Pickman se dedicaba a establecer, con todos los grados de morbosidad posibles, un siniestro nexo evolutivo entre lo cabalmente humano y lo envilecidamente inhumano. ¡El origen de los seres caninos eran seres humanos!
Me pasó por la mente la incógnita de qué sucedería con las crías que quedaban en las cunas a modo de trueque, pero un cuadro que de pronto quedó frente a mis ojos me ilustró sobre ese tema. La tela representaba los interiores de una casa puritana, ornada con muebles del siglo XVII, y una reunión familiar en torno al padre, que leía las Escrituras. Todos los rostros, a excepción de uno, trasmitían integridad y solemnidad; el diverso exhalaba la más repulsiva mofa. Se trataba de un joven, por lo que podía inferirse hijo de aquel piadoso padre, aunque su hermandad con los seres infrahumanos era indudable. Era el producto de uno de aquellos trueques... y en un impulso de ironía superior, Pickman había conferido a las facciones del joven una estremecedora semejanza con las suyas propias.
A todo esto, Pickman había dado luz a una lámpara en la habitación contigua y me invitaba a pasar para enseñarme sus últimos estudios. Aún no había abierto la boca para comunicarle mis impresiones sobre lo que había visto —el terror y la emoción me habían dejado mudo—, pero él percibió claramente mi estado anímico y, sin duda, éste le halagó. Nuevamente, Eliot, quiero que tengas en cuenta que no soy un payaso capaz de ponerse a gritar frente a cualquier espectáculo que se aparte de lo que llamamos normal. Soy lo bastante mayor como para no dejarme impresionar con facilidad. No obstante, lo que vi en aquella habitación me arrancó un grito y me vi obligado a asirme al marco de la puerta para no caer al piso. La primera de las salas era el reino de una cantidad de vampiros y de brujas poblando el mundo de nuestros antepasados, pero esta habitación se ocupaba del horror que anida en nuestra vida cotidiana.
¡Cómo podía Pickman pintar esas cosas! Había un bosquejo llamado "Accidente en el Metro", donde se veía una jauría de los seres malignos brotando de una descomunal catacumba por una grieta del suelo y atacando a la multitud que esperaba en la plataforma. Otro mostraba una danza en la Copp's Hill entre las tumbas, pero en la actualidad. También había varias vistas de sótanos, con monstruos entresa liendo de agujeros y grietas de la mampostería, haciendo siniestros gestos sin dejar de mante nerse agazapados tras barriles o calefactores a la espera de la primera víctima que bajara por la escalera.
Una repulsiva tela parecía centrarse en un vasto sector de las Beacon Hill, con densos ejércitos de mefíticos monstruos que brotaban de los miles de agujeros que tapizaban el suelo. Había también trabajos con danzas en cementerios actuales, pero lo que más me perturbó fue una escena en una cripta perdida donde una muchedumbre de pequeñas bestias se arremolinaba en torno de otra que, con una conocida guía de Boston en sus manos, la leía evidentemente en voz alta. Todas las bestias señalaban un mismo pasaje y sus rostros estaban crispados por una risa epiléptica, cuya reverberancia casi me pareció oír. El titulo de la tela era: "Holmes, Lowell y Longfellow están enterrados en Mount Auburn".
Mientras recobraba algo de aplomo y serenidad, en tanto me iba adaptando a aquella segunda habitación diabólica y morbosa, comencé a analizar mi propio estado de ánimo. En primer término, dilucidé que todo aquello me producía asco porque evidenciaba la falta de humanidad y la impertérrita crueldad de Pickman. Sin duda debía de ser un indeclinable enemigo del género humano para regodearse de aquella manera con la tortura del espíritu y de la carne, y con la degradación de lo humano. En segundo lugar, toda aquella pintura era aterradora debido a su propia grandeza. El suyo era un arte que persuadía: al mirar sus cuadros veíamos a los demonios en persona y, por supuesto, nos inspiraban miedo. Y, lo más curioso de todo era que Pickman pintaba de un modo lineal, sin recurrir a ningún truco o efectismo, sin difuminaciones de la luz o distorsión de lo real: los perfiles eran nítidos y los detalles eran lamentablemente definidos. ¡Y qué decirte de los rostros!
Lo que se veía en los cuadros era algo más que la simple interpretación de un artista; se trataba del propio infierno volcado con la mayor fidelidad que se pueda imaginar. No era posible confundir a Pickman con un imaginativo o con un romántico: su tarea se limitaba a reflejar un mundo terrible que él veía cristalinamente. Sólo Dios puede saber dónde había capturado las heréticas formas que se veían en los cuadros. Pero fuere cual fuese el origen de sus imágenes, algo era más que evidente: en cuanto a concepción y ejecución, Pickman era un pintor realista y casi científico.
Más adelante bajé tras mi anfitrión al verdadero estudio, que se encontraba en el sótano. Cuando alcanzamos el pie de la escalera húmeda, Pickman concentró el haz de luz de su linterna en un rincón, donde se veía un círculo de ladrillos que marcaba evidentemente un pozo de gran dimensión excavado en el piso. Al acercarnos comprobé que el orificio medía aproximadamente un metro y medio de diámetro, con paredes que tendrían un pie de espesor y que sobresalían unas seis pulgadas por encima del nivel del suelo. Tenía todo el aspecto de tratarse de una de esas sólidas obras del siglo XVII. Según me explicó Pickman, se trataba de un acceso para conectarse con la red de túneles que surcaba las entrañas de la colina y de la que me había hablado antes. Advertí que el pozo estaba cubierto con un sólido disco de madera. Al pensar en los sitios adónde debía llevar el pozo, si es que las desatinadas revelaciones de Pickman tenían algo de verdad, un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo. No obstante, seguimos avanzando y a través de una carcomida puerta, mi anfitrión me hizo pasar a una habitación bastante grande, con piso de madera y equipada propiamente como el estudio de un pintor. Una instalación de gas acetileno aportaba la luz necesaria para trabajar allí.
Los cuadros sin acabar, puestos sobre caballetes o simplemente apoyados contra la pared, producían el mismo horror que los que había visto arriba y volvían a dar fe de la meticulosidad que caracterizaba al artista. El esbozo de las escenas era muy cuidadoso y las líneas de lápiz revelaban el cuidado con que Pickman trataba de con seguir la perspectiva y las proporciones precisas. Era un gran pintor, y puedo seguir diciéndolo ahora, pese a todo lo que sé. Una enorme cámara fotográfica que se hallaba sobre una mesa atrajo mi atención: Pickman me explicó que la empleaba para fotografiar paisajes que luego ingresaban como fondo en sus telas; con este método se ahorraba el tener que cargar con todos sus cacharros de un lado para otro, hasta dar con un paisaje adecuado. Sostenía que una fotografía era tan buena como un paisaje o un modelo real y que por eso recurría a ellas habitualmente.
Había algo perturbador en los repulsivos bocetos y en las inacabadas monstruosidades que se agazapaban en todos los rincones del estudio. Pero cuando súbitamente Pickman descubrió una enorme tela colocada sobre un caballete, no pude contener un nuevo grito de horror; el segundo de aquella noche. Sus ecos rodaron en una y otra de las oscuras bóvedas de aquella húmeda y salitrosa bodega y fue grande el esfuerzo que implicó contenerme para no estallar en una histérica carcajada. ¡Mi Dios! Aún hoy no puedo saber hasta qué punto me encontraba frente a una realidad o a una fantasía.
En el cuadro se veía un gigantesco e indescriptible monstruo de ojos llameantes y enrojecidos que sostenía con sus afiladas garras a un ser que había sido un hombre, cuya cabeza roía con la misma fruición con que un niño mordisquea una golosina. Estaba acuclillado y cuando se lo miraba, surgía la atroz sensación de que en cualquier instante podía arrojar su presa y saltar en procura de alguna golosina más sólida.
Pese a todo, lo que producía una sensación de helado terror no era aquel rostro canino de orejas puntiagudas, ni sus ojos embebidos en sangre, ni la nariz deforme, ni sus fauces, de las que chorreaba una baba rosácea. Tampoco eran las garras escamadas, ni la ciertamente repulsiva pelambre que recubría el cuerpo, ni los pies no del todo ungulados, si bien cualquiera de aquellas características por sí solas podría haber desestabilizado a un hombre impresionable.
Lo que golpeaba, Eliot, era la técnica, la maldita, implacable y deshumanizada técnica. Hasta aquella noche no me había sido dado ver sobre una tela el élan vital de una manera tan impiadosamente real. El monstruo estaba entre nosotros —miraba con ferocidad y roía, roía y miraba con ferocidad— y comprendí que sólo un paréntesis breve en la vigencia de las leyes de la naturaleza había permitido a un hombre pintar una cosa como aquella sin un modelo... y sin haber frecuentado ese mundo infrahumano que ningún mortal que no haya vendido el alma al diablo ha conseguido ver.
Adosado desprolijamente a una parte de la tela aún no pintada se veía un trozo de papel muy arrugado; en principio pensé que se trataba de una de las fotografías que Pickman utilizaba para lograr algún fondo tan espantoso como el motivo central del cuadro. Cuando iba a alisarlo para observarlo más cuidadosamente, Pickman se sobresaltó súbita y violentamente. Noté que desde que mi grito despertó inusitados ecos en la lóbrega bodega, mi anfitrión había evidenciado prestar atención con singular cuidado a posibles ruidos de respuesta. Ahora él también parecía ser presa del miedo, aunque a diferencia del que yo experimentaba, en su caso parecía más físico que espiritual. Extrajo un revólver del bolsillo y con una seña me recomendó que guardara silencio. Avanzó hacia el interior de la bodega, cerró la puerta y me dejó solo en el estudio.
Sentí que la parálisis se apoderaba de mí. Aguzando el oído me pareció percibir un sutil sonido en alguna parte, como de alguien deslizándose por el suelo y a continuación muchos chillidos agudos y golpes fuertes en una dirección que no pude determinar. La imagen de ratas enormes acudió a mi conmovida imaginación. Un nuevo ruido consiguió ponerme la carne de gallina: el estrépito de una pesada madera al caer sobre alguna piedra o ladrillo. ¿Madera sobre ladrillo? Esa combinación no me resultaba extraña.
Nuevamente se escuchó el ruido, ahora con mayor intensidad, seguido por una vibración como si la madera hubiese caído mucho más lejos que la primera vez. No se habían apagado las vibraciones cuando resonaron, uno tras otro, seis disparos de revólver, disparados de un modo especial, como si lo hiciera un domador de leones deseoso de impresionar a su público. Pocos momentos después se abrió la puerta e ingreso Pickman con su arma humeante y maldiciendo a las ratas que pululaban en el viejo pozo.
—Sólo el diablo sabe lo que comen allí, Thurber —refunfuñó con sarcasmo—, porque esos viejísimos túneles comunican con cementerios, cubiles de bruja y con el mar. Tus gritos seguramente las habrán excitado. Des pués de todo, no hay que quejarse demasiado: agregan un poco de atmósfera y color al ambiente, ¿no crees?
De ese modo concluyó la aventura de aquella noche. La promesa de Pickman de mostrarme el lugar se había cumplido acabadamente. Abandonamos aquel laberinto de callejuelas por otra dirección, ya que de pronto me encontré en la muy familiar Charter Street, aunque me sentía muy excitado como para identificar el modo en que habíamos llegado hasta allí. Era demasiado tarde como para tomar el metro, así que regresamos a pie por la Hannover Street. Recuerdo muy bien la caminata. Doblamos en Tremont y luego de subir por Beacon llegamos hasta la esquina de Joy, donde Pickman me abandonó. Desde ese momento no volví a verlo.
¿Por qué dejé de ver a Pickman? Contén tu impaciencia. Deja que pida otro poco de café. No... no fue por los cuadros que vi en aquel lugar. Aunque por cierto que ellos hubieran sido motivo más que suficiente para que a Pickman le hubiesen prohibido el acceso a nueve de cada diez hogares de Boston. Espero que ahora comprendas la razón de mi fobia a bajar a los túneles del metro o a sótanos. Me aparté de él por algo que encontré a la mañana siguiente en uno de los bolsillos de mi abrigo. Sí, era el estrujado papel que estaba prendido a la espantosa tela de la bodega, lo que yo había pensado que era una fotografía con algún paisaje que Pickman se proponía emplear como fondo para el monstruo. Seguramente cuando se produjo el sobresalto súbito de Pickman, me eché inadvertida mente el papel en el bolsillo antes de llegar a mirarlo. Y bien, aquí está el café, Eliot; te aconsejo que lo tomes puro.
En efecto, a ese papel se debió mi distanciamiento de Pickman, de Richard Upton Pickman, el artista más notable que haya conocido... y el ser más execrable que haya traspuesto jamás los límites de la vida para abismarse en el mito y la locura. Reid estaba en lo cierto: Pickman no era estrictamente humano.
No quieras que te explique o que conjeture sobre aquel papel que quemé. Hay secretos que se remontan a la época de Salem y no olvides que Cotton Mather refiere cosas aún mucho más extrañas. Bien sabes lo endemoniadamente expresivos que eran los cuadros de Pickman y todas las veces que nos preguntamos de dónde habría sacado aquellos rostros.
Bueno... debo confesarte que aquél papel no era la fotografía de un paisaje para ser empleado como fondo. En la imagen sólo se veía al ser monstruoso que estaba pintando en aquella terrible tela. Era el modelo que le había servido de inspiración y el fondo no era más que la pared de la bodega registrada con todos sus detalles. Por Dios, Eliot, aquella era una fotografía tomada del natural. Era el modelo que le había servido de inspiración y el fondo no era más que la pared de la bodega registrada con todos sus detalles. Por Dios, Eliot, aquella era una fotografía tomada del natural".
H.P. Lovecraft
lunes, 19 de octubre de 2015
"Los Hijos de la Noche"
"Recuerdo que había seis de nosotros en el extrañamente amueblado estudio de Conrad, con sus reliquias exóticas de todas las partes del mundo y sus largas hileras de libros que abarcaban desde la edición Mandrake Press de Boccaccio hasta el Missale Romanum, encuadernado en guardas de roble e impreso en Venecia, en 1740. Clemants y el profesor Kirowan acababan de enzarzarse en una discusión un tanto tempestuosa sobre un tema antropológico: Clemants sosteniendo la teoría de una raza alpina separada y diferenciada, mientras que el profesor mantenía que la susodicha raza era meramente una desviación del tronco ario original... posiblemente el resultado de una mezcla entre las razas mediterráneas o del sur y el pueblo nórdico.
-¿Y cómo -preguntó Clemants- explica usted su braquicefalia? El cráneo de los mediterráneos era tan largo como el de los arios: ¿acaso una mezcla entre esos pueblos dolicocéfalos produciría un tipo intermedio de cráneo ancho?
-Condiciones especiales podrían ocasionar un cambio en una raza originalmente de cráneo largo -replicó bruscamente Kirowan-. Boaz, por ejemplo, ha demostrado que en el caso de los inmigrantes en América, las formas del cráneo suelen cambiar en una sola generación. Y Flinders Petrie ha probado que los lombardos cambiaron de una raza de cráneo alargado a una de cráneo redondeado en unos cuantos siglos.
-Pero, ¿qué causó tales cambios?
-Aún queda mucho que la ciencia ignora -respondió Kirowan-, y no es preciso que seamos dogmáticos. Nadie sabe todavía por qué la gente de antepasados ingleses e irlandeses tiende a alcanzar alturas fuera de lo común en el distrito Darling de Australia, o por qué la gente de tal descendencia generalmente tiene la estructura de la mandíbula más delgada después de unas cuantas generaciones en Nueva Inglaterra. El universo está lleno de cosas inexplicables.
-Y de ahí resulta que sea poco interesante, según Machen -dijo riendo Taveral.
Conrad sacudió la cabeza.
-Debo mostrar mi desacuerdo. Para mí lo incognoscible presenta una fascinación extraordinaria.
-Lo que explica, sin duda alguna, todas las obras sobre brujería y demonología que veo en tus estanterías -dijo Ketrick, con un gesto de la mano hacia las hileras de libros.
Y déjenme que les hable de Ketrick. Cada uno de los seis era de la misma ascendencia... es decir, bretón o americano de ascendencia británica. Por británica, incluyo a todos los habitantes naturales de las Islas Británicas. Representábamos varias corrientes de sangre celta e inglesa pero, básicamente, esas corrientes eran la misma. Excepto Ketrick: ese hombre siempre me pareció extrañamente ajeno. Sólo en sus ojos aparecía externamente la diferencia. Eran de una especie de ámbar, casi amarillo, y ligeramente oblicuos. A veces, cuando le mirabas a la cara desde ciertos ángulos, parecían sesgados como los de un chino.
Otros, aparte de mí, habían notado tal rasgo, tan inusual en un hombre de pura descendencia anglosajona. Los mitos usuales adscribiendo sus ojos rasgados a cierta influencia prenatal habían sido rebatidos, y recuerdo que el profesor Hendrik Booler señaló una vez que Ketrick era indudablemente un atavismo, representando una reversión del tipo a cierto borroso y distante antepasado de sangre mongola... una especie de rara regresión, ya que nadie de su familia mostraba tales rasgos.
Pero Ketrick procede de la rama galesa de los Cetric de Sussex, y su linaje está inscrito en el Libro de los Pares. Allí puede leerse la línea de sus antepasados que se extiende sin ninguna interrupción hasta los días de Canuto. Ni la más ligera señal de mezcla mongoloide aparece en la genealogía y, ¿cómo podía darse tal mezcla en la vieja Inglaterra sajona? Pues Ketrick es la forma moderna de Cedric, y aunque esa rama huyó a Gales antes de la invasión de los daneses, sus herederos varones se casaron tozudamente con familias inglesas de las marcas fronterizas, y sigue siendo un puro linaje de los poderoso Cedric de Sussex... casi sajón puro. En cuanto al hombre mismo, este defecto de sus ojos, si puede llamársele defecto, es su única anormalidad, excepto un ligero y ocasional tartamudeo. Posee un elevado intelecto y es un buen compañero excepto por una ligera tendencia al distanciamiento y una bastante profunda indiferencia que puede servir para enmascarar una naturaleza que sea extremadamente sensible.
Refiriéndose a su comentario, dije con una carcajada:
-Conrad persigue lo oscuro y lo místico como algunos hombres persiguen el romanticismo; sus estanterías se hallan atestadas con deliciosas pesadillas de toda clase.
Nuestro anfitrión asintió.
-Encontraréis gran número de platos deliciosos... Machen, Poe, Blackwood, Maturin... mirad, un banquete fuera de lo común... Misterios Horrendos, por el Marqués de Grosse... la auténtica edición del siglo XVIII.
Taveral examinó las estanterías.
-La ficción fuera de lo común parece mezclarse con obras sobre brujería, vudú y magia negra. Cierto; los historiadores y las crónicas son a menudo aburridas; pero nunca los tejedores de historias... los maestros, quiero decir. Un sacrificio vudú puede ser descrito de modo tan aburrido como para quitarle toda la fantasía y dejarlo meramente en un sórdido crimen. Admitiré que pocos escritores de ficción alcanzan las auténticas cimas del horror... la mayor parte de su obra es demasiado concreta, poseyendo un exceso de dimensiones y forma terrestre. Pero en relatos como La caída de la Casa de Usher, de Poe, el Sello Negro, de Machen y La llamada de Cthulhu de Lovecraft -los tres genios del cuento de horror, a mi entender- el lector es arrastrado a los oscuros reinos exteriores de la imaginación.
-Pero mirad ahí -continuó-, ahí, aprisionado entre esa pesadilla de Huysman y El castillo de Otranto, de Walpole... los Cultos Innombrables de Von Junzt. ¡Ahí hay un libro para tenerte despierto por la noche!
-Lo he leído -dijo Taverel-, y estoy convencido de que ese hombre está loco. Su obra es como la conversación de un maníaco... discurre con asombrosa claridad durante cierto tiempo, luego se sumerge de pronto en vaguedades y balbuceos inconexos.
Conrad sacudió la cabeza.
-¿Pensaste alguna vez que es quizás su misma cordura la que le hace escribir de ese modo? ¿Que acaso no se atreve a poner sobre el papel todo lo que sabe? ¿Que acaso sus vagas suposiciones son indicios oscuros y misteriosos, claves del rompecabezas, para aquellos que saben?
-¡Paparruchas! -dijo Kirowan-. ¿Pretendes insinuar que alguno de los cultos de pesadilla a los que se refiere Von Junzt han sobrevivido hasta la fecha actual... si es que existieron alguna vez salvo en el cerebro obsesionado de un poeta y filósofo lunático?
-No sólo él usaba los significados ocultos -respondió Conrad-. Si examinas varias obras de ciertos grandes poetas puedes hallar dobles sentidos. Los hombres han dado con secretos cósmicos en el pasado y han revelado indicios de ellos al mundo en palabras crípticas. ¿Recuerdas las alusiones de Von Juntz a una «ciudad en medio de la desolación»? ¿Qué piensas del párrafo de Flecker?:
¡No pases por allí! Dicen los hombres que en pétreos desiertos florece aún una rosa. Pero que no hay escarlata en su pétalo... y de cuyo corazón no fluye perfume alguno.
Los hombres pueden encontrar por azar cosas secretas, pero Von Juntz llegó a profundizar en misterios prohibidos. Por ejemplo, era uno de los pocos hombres que podían leer el Necronomicon en la traducción griega original. Teveral se encogió de hombros y el profesor Kirowan no replicó directamente, aunque resopló y chupó furiosamente su pipa; pues él, al igual que Conrad, había estudiado la versión latina del libro y había encontrado allí cosas que ni siquiera un científico de sangre fría podía responder o refutar.
-Bien -dijo finalmente-, suponed que admitimos la antigua existencia de cultos girando en torno a tales dioses y entidades innombrables y horrendas como Cthulhu, Yog Sothoth, Tsathoggua, Gol-Goroth y otros parecidos, sigo sin poder creer que supervivientes de tales cultos acechen en los rincones oscuros del mundo.
Para nuestra sorpresa Clemants respondió. Era un hombre alto y delgado, silencioso casi hasta la taciturnidad, y su feroz lucha con la pobreza en su juventud había ajado su rostro por encima de su edad. Como muchos otros artistas, vivía una vida literaria claramente dual, con sus novelas de capa y espada proporcionándole saneados ingresos, y su posición editorial en La Pezuña Hendida permitiéndole una total expresión artística. La Pezuña Hendida era una revista de poesía cuyos extraños contenidos habían despertado a menudo el interés escandalizado de los críticos conservadores.
-Recordaréis que Von Juntz menciona a un llamado culto de Bran -dijo Clemants, llenando la cazoleta de su pipa con una clase particularmente repulsiva de tabaco común-. Creo que una vez os oí a ti y a Taverel discutiéndolo.
-Como infiero de tus insinuaciones -replicó bruscamente Kiroan-, Von Junzt incluye este culto particular entre los que aún existen. Absurdo.
Clemants negó nuevamente con la cabeza.
-Cuando era joven y me abría paso a traves de cierta universidad, tenía por compañero de cuarto a un muchacho tan pobre y ambicioso como yo. Si te dijera su nombre, te asombrarías. Aunque provenía de un viejo linaje escocés de Galloway, era obviamente de tipo no-ario. Esto lo digo con la mayor discreción, entendedme. Pero mi compañero de cuarto hablaba en sueños. Empecé a escuchar y recompuse sus balbuceos dispersos. Y en lo que murmuraba oí por primera vez el viejo culto aludido por Von Juntz; del rey que rige el Imperio Oscuro, el cual revivía un imperio más viejo y oscuro aún que se remontaba a la Edad de Piedra; y de la gran caverna sin nombre donde se halla el Hombre Oscuro... la imagen de Bran Mak Morn, tallada según su semejanza por la mano de un maestro mientras el gran rey aún vivía, y a la cual cada adorador de Bran peregrina una vez en su vida. Sí, ese culto vive hoy en los descendientes del pueblo de Bran... una corriente silenciosa y desconocida que afluye al gran océano de la vida, esperando que la imagen de piedra del gran Bran aliente y se mueva con una vida repentina, y salga de la gran caverna para reconstruir su imperio perdido.
-¿Y quiénes eran el pueblo de ese imperio? –preguntó Ketrick.
-Pictos -respondió Taverel-, indudablemente el pueblo conocido después como los pictos salvajes de Galloway era predominantemente celta... una mezcla de elementos gaélicos, címricos, aborígenes y posiblemente teutónicos. Si tomaron su nombre de la raza más antigua o le prestaron su propio nombre a esa raza, es una cuestión que resta por decidir. Pero cuando Von Junzt habla de pictos, se refiere específicamente a los pueblos pequeños y morenos de sangre mediterránea, comedores de ajo, que trajeron la cultura neolítica a Inglaterra. Los primeros pobladores de ese país, de hecho, que hicieron surgir los cuentos de duendes y espíritus de la tierra.
-No puedo estar de acuerdo con esa última aseveración -dijo Conrad . Esas leyendas confieren a sus personajes la deformidad y la inhumanidad de su apariencia. No había nada en los pictos para suscitar tal horror y repulsión en los pueblos arios. Creo que los mediterráneos fueron precedidos por un tipo mongoloide, muy bajo en la escala de la evolución, de donde tales historias...
-Muy cierto -interrumpió Kirowan-, pero me cuesta pensar que precedieron a los pictos, como les llamas, en Inglaterra. Encontramos leyendas de trolls y enanos en todo el continente, y me inclino a pensar que tanto el pueblo ario como el mediterráneo trajeron esas historias con ellos del continente. Esos primeros mongoloides debían ser de un aspecto extremadamente inhumano.
-Al menos -dijo Conrad-, aquí hay un mazo de pedernal que un minero halló en las colinas galesas y me entregó, que nunca ha sido totalmente explicado. Obviamente no es de fabricación neolítica ordinaria. Ved lo pequeño que es comparado a la mayoría de herramientas de tal edad; casi como el juguete de un niño; y con todo es sorprendentemente pesado y sin duda podía propinarse con él un golpe mortífero. Yo mismo le encajé el mango y os sorprendería saber lo difícil que fue tallarlo con la forma y el equilibrio correspondientes a la cabeza.
Contemplamos el objeto. Estaba bien hecho, pulido en algún modo como los otros restos del neolítico que había visto pero, como decía Conrad, era extrañamente diferente. Su pequeño tamaño producía una rara inquietud, pues en ningún modo tenía la apariencia de un juguete. Era tan siniestro en lo que sugería como una daga de sacrificio azteca. Conrad había moldeado el mango de roble con rara habilidad, y al tallarlo para encajarlo en la cabeza, se las había arreglado para darle la misma apariencia antinatural que tenía el propio mazo. Incluso había copiado el modo de trabajar de los tiempos primigenios, fijando la cabeza a la hendidura del mango con tiras de cuero.
-¡A fe mía! -dijo Taverel a la vez que lanzaba un torpe golpe a un antagonista imaginario y estuvo a punto de romper un costoso jarrón Shang-. El equilibrio de esta cosa se halla totalmente descentrado; tendría que reajustar toda la mecánica de mi estabilidad y equilibrio para manejarlo.
-Déjame verlo -dijo Ketrick mientras tomaba el objeto y lo examinaba, intentando arrancarle el secreto de su adecuado manejo.
Por fin, un tanto irritado, lo balanceó hacia arriba y golpeó fuertemente un escudo que colgaba en la pared cercana. Me encontraba cerca; vi el mazo infernal retorcerse en su mano como una serpiente viva y cómo su brazo se desviaba del objetivo; oí un alarmado grito de aviso... y la oscuridad llegó con el impacto del mazo contra mi cabeza. Me deslicé lentamente de vuelta a la consciencia. Primero fueron sensaciones apagadas de ceguera y una falta total de conocimiento en cuanto a dónde estaba o quién era; luego una vaga conciencia de vida y ser, y algo duro oprimiendo mis costillas. Luego las neblinas se aclararon y volví completamente en mí. Estaba tendido de espaldas bajo algún arbusto y la cabeza me latía ferozmente. También mi cabello estaba sucio y costroso de sangre, pues el cuero cabelludo había quedado al desnudo. Pero mis ojos recorrieron mi cuerpo y extremidades, desnudas salvo por un taparrabos de piel de ciervo y sandalias del mismo material, y no hallaron ninguna otra herida. Lo que oprimía tan incómodamente mis costillas era mi hacha, sobre la cual había caído.
Un aborrecible parloteo llegó a mis oídos y me devolvió de pronto a la claridad de consciencia. El ruido se parecía débilmente al lenguaje, pero como ninguno de aquellos a los que el hombre está acostumbrado. Sonaba mucho como el repetido siseo de muchas y grandes serpientes. Miré. Estaba tendido en un bosque grande y sombrío. El claro estaba ennegrecido por los árboles, así que incluso de día era muy oscuro. Si... ese bosque era oscuro, frío, silencioso, gigantesco y totalmente aterrador. Y miré hacia el claro.
Vi una carnicería. Cinco hombres yacían ahí... al menos, lo que había sido cinco hombres. Cuando percibí las abominables mutilaciones, sentí que se me enfermaba el alma. Y alrededor de ellos se apiñaban las... cosas. En cierto modo eran humanas, aunque no las consideré tales. Eran bajas y fornidas, con anchas cabezas demasiado grandes para sus flacos cuerpos. Su cabellera era enmarañada y lacia, sus rostros anchos y cuadrados, con narices chatas, ojos horriblemente sesgados, una delgada apertura por boca y orejas puntiagudas. Llevaban pieles de animal, como yo, pero esas pieles estaban trabajadas toscamente. Portaban arcos pequeños y flechas con punta de pedernal, cuchillos de pedernal y garrotes. Y conversaban en un lenguaje tan horrible como ellos, un lenguaje siseante y reptilesco que me llenó de temor y repugnancia.
Oh, les odié mientras estaba allí tendido; mi cerebro ardía con una furia al rojo blanco. Y recordé. Habíamos ido a cazar, seis jóvenes del Pueblo de la Espada, y nos habíamos adentrado en el lúgubre bosque que nuestra gente solía rehuir. Cansados de la caza, nos habíamos parado a descansar; se me había dado el primer turno de guardia, pues en esos días no había sueño sin centinela. La vergüenza y la revulsión sacudieron todo mi ser. Me había dormido... había traicionado a mis camaradas. Y ahora yacían degollados y mutilados... asesinados mientras dormían, por una carroña que jamás se habría atrevido a enfrentárseles en igualdad de términos. Yo, Aryara, había traicionado su confianza.
Sí... recordé. Había dormido y en mitad de un sueño de caza, el fuego y las chispas habían explotado en mi cabeza y me había sumergido en una oscuridad más profunda donde no había sueños. Y ahora el castigo. Los que se habían arrastrado por el denso bosque y me habían dejado inconscientes, no se habían detenido para mutilarme. Creyéndome muerto se habían apresurado a su espantosa tarea. Quizás ahora me habían olvidado por un tiempo. Me había sentado algo lejode los otros, y cuando me golpearon había caído a medias bajo unos arbustos. Pero pronto se acordarían de mí. No volvería a cazar, ni a bailar las danzas de la caza, el amor y la guerra, no volvería a ver las chozas de zarzales del Pueblo de la Espada.
Pero no deseaba huir para regresar a mi gente. ¿Debía volver acaso humillado con mi relato de infamia y desgracia? ¿Tenía que oír las palabras despectivas que mi tribu me arrojaría, ver a las muchachas señalarme con los dedos despreciativos, el joven que se había dormido y había traicionado a sus camaradas a los cuchillos de la carroña? Los ojos me escocían de lágrimas y un lento odio se acumulaba en mi pecho y mi cerebro. Nunca llevaría la espada que señalaba al guerrero. Nunca triunfaría sobre dignos enemigos y moriría gloriosamente bajo las flechas de los pictos o las hachas del Pueblo del Lobo o el Pueblo del Río. Descendería a la muerte vencido por una chusma nauseabunda, a la que los pictos habían arrojado hacía largo tiempo a sus madrigueras del bosque como ratas.
Y una rabia enloquecida me aferró y secó mis lágrimas, dejando en su lugar una frenética llamarada de ira. Si tales reptiles iban a causar mi caída, yo haría que fuera largo tiempo recordada... si tales bestias tenían memoria. Moviéndome con cautela, me deslicé hasta que mi mano estuvo en el mango de mi hacha; entonces invoqué a Il-marinen y salté como un tigre. Y, al igual que salta un tigre, me hallé entre mis enemigos y aplasté un cráneo achatado como un hombre aplasta la cabeza de una serpiente. Un súbito y salvaje clamor de miedo se alzó de mis víctimas y por un instante me rodearon, acuchillando e hiriendo. Un cuchillo desgarró mi pecho pero no le presté atención. Una niebla roja ondulaba ante mis ojos, y mi cuerpo y miembros se movían en perfecto acuerdo con mi cerebro de combatiente. Gruñendo, golpeando y lanzando tajos, era como un tigre entre reptiles. En un instante abandonaron y huyeron, dejándome en pie sobre una media docena de cuerpos achaparrados. Pero no me hallaba saciado.
Le pisaba los talones al más alto, cuya cabeza me llegaría quizás al hombro, y que parecía ser su jefe. Huía hacia una especie de pasillo, lanzando gritos agudos como un monstruoso lagarto, y cuando me hallaba casi tocando su espalda se hundió como una serpiente entre los arbustos. Pero yo era demasiado rápido para él, le arrastré hacia afuera y terminé sangrientamente con él. A través de los arbustos vi el camino que luchaba por alcanzar... un sendero que entraba y salía de los árboles, casi demasiado estrecho para permitir que lo atravesara un hombre de talla normal. Corté la horrenda cabeza de mi víctima y, llevándola en mi mano izquierda y con mi roja hacha en la derecha tomé el sendero de serpientes. Mientras caminaba rápidamente por el sendero y la sangre manchaba mis pies a cada zancada brotando de la yugular cortada de mi enemigo, pensé en aquellos a los que acosaba.
Cierto... les teníamos en poca estima, cazábamos de día en el bosque que habitaban. Nunca supimos cómo se llamaban a sí mismos, pues nadie de nuestra tribu aprendió jamás los malditos y sibilantes siseos que usaban como lenguaje; pero les llamábamos Hijos de la Noche. Y en verdad eran criaturas nocturnas, pues se ocultaban en las profundidades del bosque oscuro y en moradas subterráneas, aventurándose en las colinas sólo cuando dormían sus vencedores. Era por la noche cuando cometían sus sucias fechorías... del veloz vuelo de una flecha con punta de pedernal hasta el robo de un niño que se había alejado de la aldea. Pero era otra la razón por la que les dábamos su nombre; eran, en verdad, un pueblo de noche y oscuridad y de las antiguas sombras llenas de horrores de eras pasadas. Pues estas criaturas eran muy viejas y representaban una edad agotada. Una vez dominaron y poseyeron esta tierra, y habían sido expulsados de la oscuridad y sus escondrijos por los morenos y feroces pequeños pictos con quienes luchábamos ahora, y que les odiaban y aborrecían tan salvajemente como nosotros.
Los pictos eran distintos de nosotros en aspecto general, siendo más pequeños de talla y oscuros de cabellera, ojos y piel, en tanto que nosotros éramos altos y fuertes, con cabello amarillo y ojos claros. Pero, pese a todo eso, eran de nuestra misma especie. Estos Hijos de la Noche no nos parecían humanos, con sus cuernos deformes y enanos, piel amarillenta y rostros horrendos. Sí... eran reptiles... carroña. Y mi cerebro estaba a punto de reventar de rabia cuando pensaba que era esa la carroña con la que iba a saciar mi hacha y perecer. ¡Bah! No hay gloria en matar serpientes o morir de su mordedura. Toda esa rabia y feroz disgusto se volvieron contra los objetos de mi odio, y con la vieja niebla roja ondulando ante mí juré por todos los dioses que conocía que desencadenaría sobre ellos tan sangrienta carnicería antes de morir como para dejar un temible recuerdo en las mentes de los supervivientes. Mi pueblo no me rendiría honores, en tal desprecio tenían a los Hijos. Pero esos Hijos que dejara vivos me recordarían y se estremecerían. Así juré, aferrando salvajemente mi hacha, que era de bronce, encajada en una hendidura del mango de roble y asegurada con tiras de cuero crudo.
Escuché más adelante un aborrecible y sibilante murmullo y un olor pestilencial, humano y con todo menos que humano, se filtró a través de los árboles. Unos instantes más y emergí de las profundas sombras a un amplio espacio abierto. Nunca había visto antes una aldea de los Hijos. Había una agrupación de cúpulas de barro, con bajos umbrales hundidos en el suelo; moradas escuálidas, mitad encima y mitad debajo de la tierra. Y sabía por las conversaciones de los viejos guerreros que tales moradas se hallaban conectadas por corredores subterráneos, así que la aldea entera era como un hormiguero o un sistema de agujeros de serpientes. Y me pregunté si otros túneles no corrían bajo el terreno y emergían a largas distancias de las aldeas. Ante las cúpulas se concentraba un vasto grupo de las criaturas, siseando y parloteando a gran velocidad.
Había apretado el paso y ahora emergí al descubierto, corriendo con la agilidad de mi raza. Un clamor salvaje se alzó de la chusma cuando vieron al vengador, alto, manchado de sangre y con los ojos llameantes saltar del bosque; lancé un grito feroz, arrojé la cabeza goteante entre ellos y me lancé como un tigre herido ea lo más espeso del grupo. ¡Oh, ahora no tenían escapatoria! Podrían haber tomado sus túneles pero les habría seguido hasta las entrañas del infierno. Sabían que debían matarme y me rodearon, casi un centenar, para hacerlo. No había ninguna llama salvaje de gloria en mi cerebro como la habría habido contra enemigos dignos. Pero la vieja locura frenética de mi raza estaba en mi sangre y el aroma de la sangre y la destrucción en mi olfato.
No sé cuántos maté. Sólo sé que se apiñaron a mi alrededor en una masa convulsa que lanzaba cuchilladas, como serpientes alrededor de un lobo, y golpeé hasta que el filo del hacha se melló y se torció y el hacha no fue más que un garrote; y aplasté cráneos, hendí cabezas, astillé huesos, derramé sangre y los sesos en un rojo sacrificio a Il-marinen, dios del Pueblo de la Espada. Sangrando de medio centenar de heridas, cegado por un tajo recibido a través de los ojos, sentí un cuchillo de pedernal hundirse profundamente en mi vientre y en ese mismo instante un garrote me abrió el cuero cabelludo. Caí de rodillas pero me alcé de nuevo, vacilante, y vi en una espesa niebla roja un anillo de rostros gesticulantes de ojos sesgados. Golpeé como un tigre agonizante, y los rostros se rompieron en una roja ruina. Y mientras me derrumbaba, desequilibrado por la furia de mis golpes, una mano provista de garras aferró mi garganta y una hoja de pedernal fue introducida en mis costillas y retorcida malignamente. Bajo una rociada de golpes volví a caer, pero el hombre con el cuchillo se hallaba debajo de mí, y con mi mano izquierda le busqué y le rompí el cuello antes de que pudiera alejarse reptando.
La vida huía rápidamente; a través del siseo y el aullar de los Hijos podía oír la voz de Il-marinen. Y con todo volví a levantarme tozudamente, a través de un auténtico torbellino de garrotes y lanzas. Ya no podía ver a mis enemigos, ni siquiera en una neblina rojiza. Pero podía sentir sus golpes y sabía que se lanzaban sobre mí. Planté bien los pies, agarré el resbaladizo mango de mi hacha con ambas manos e invocando una vez más a I1-marinen, alcé el hacha y propiné un último y terrorífico golpe. Y debí morir de pie, pues no hubo sensación de caída; incluso mientras sabía, con un último escalofrío de salvajismo, que mataba, incluso mientras sentía el astillarse de los cráneos bajo mi hacha, la oscuridad llegó con el olvido. Volví en mí repentinamente. Estaba medio acostado en un gran sillón y Conrad derramaba agua sobre mí. Me dolía la cabeza y un hilillo de sangre se había medio secado en mi rostro. Kirowan, Taverel y Clemants se inclinaban a mi alrededor, ansiosamente, mientras Ketrick permanecía ante mí, sosteniendo aún el mazo, su rostro expresando una cortés inquietud que no mostraban sus ojos. Y ante la visión de esos ojos malditos una roja locura se alzó en mi interior.
-Ya está -decía Conrad-, os dije que volvería en sí de un momento a otro; sólo un arañazo. Ha soportado cosas peores. Ahora todo va bien, ¿verdad, O’Donnel?
En respuesta les aparté violentatnente, y con un solo y apagado gruñido de odio me lancé sobre Ketrick. Cogido totalmente por sorpresa no tuvo oportunidad de defenderse. Mis manos se cerraron en su garganta y nos estrellamos los dos en un diván, convirtiéndolo en ruinas. Los otros lanzaron gritos de sorpresa y horror y saltaron para separarnos... o, más bien, para arrancarme a mi víctima, pues ya los ojos oblicuos de Ketrick empezaban a saltarle de las órbitas.
-Por el amor de Dios, O'Donnel -exclamó Conrad, intentando quebrar mi presa-, ¿qué te ha pasado? Ketrick no pretendía golpearte... ¡suelta, idiota!
Una feroz ira casi me hizo olvidar que aquellos hombres eran mis amigos, hombres de mi propia tribu, y les maldije a ellos y a su ceguera, cuando finalmente lograron separar mis dedos que estrangulaban la garganta de Ketrick. Se levantó tosiendo y exploró las marcas azules que habían dejado mis dedos, mientras yo maldecía rabioso, casi derrotando los esfuerzos combinados de los cuatro por sujetarme.
-¡Estúpidos! -grité- ¡Dejadme ir! ¡Dejadme cumplir mi deber como hombre de la tribu! ¡Locos, ciegos! Nada me importa el mísero golpe que me propinó... él y los suyos me los dieron más fuertes en eras pasadas. Estúpidos, está señalado con la marca de la bestia... el reptil... ¡la carroña que exterminarnos siglos ha! ¡He de aplastarla, pisotearla, librar la limpia tierra de su maldita contaminación!
Así desvarié y me debatí y Conrad le musitó a Ketrick por encima del hombro:
-¡Sal, deprisa! ¡Está fuera de control! ¡Se ha desquiciado la mente! Aléjate de él.
Ahora contemplo las viejas colinas soñadoras, las montañas y los profundos bosques más allá, y medito. De algún modo el golpe de ese viejo y maldito mazo me hizo retroceder de pronto a otra era y otra vida. Cuando Aryara no conocía ninguna otra vida. No era un sueño, era un trozo extraviado de realidad donde yo, John O’Donnel, viví y morí una vez. Y de regreso al cual fui arrebatado a través de los vacíos del tiempo y el espacio por un golpe dado al azar. El tiempo y las eras son engranajes que no encajan, que chirrían y no son conscientes el uno del otro. Ocasionalmente -¡oh, muy raramente!- los engranajes encalan; las piezas del juego se unen momentáneamente con un chasquido y proporcionan a los hombres borrosos vislumbres más allá del velo de esta ceguera cotidiana que llamamos realidad.
Soy John O'Donnel y fui Aryara, quién tuvo sueños de gloria guerrera y de caza y festín y que murió sobre el rojo montón de sus víctimas en alguna era perdida. Pero, ¿en cuál y dónde? Puedo responderos a lo último. Las montañas y los ríos cambian sus contornos; los paisajes se alteran; pero las llanuras son lo que menos cambia. Las miro ahora y las recuerdo, no sólo con los ojos de John O'Donnel, sino con los de Aryara. Han cambiado muy poco. Sólo el gran bosque se ha encogido y empequeñecido y en muchos, muchos sitios se ha desvanecido completamente. Pero aquí, en estas mismas llanuras, Aryara vivió, peleó y amó y en el bosque lejano murió. Kirowan se equivocaba. Los pequeños y feroces pictos morenos no fueron los primeros hombres de las Islas. Hubo otros seres antes que ellos... sí, los Hijos de la Noche. Leyendas... cierto, los Hijos no nos eran desconocidos cuando llegamos a lo que ahora es la isla de Inglaterra. Les habíamos encontrado antes, eras antes. Ya teníamos nuestros mitos sobre ellos. Pero les encontramos en Inglaterra. Y tampoco los pictos les habían exterminado totalmente.
Y tampoco, como muchos creen, nos habían precedido los pictos en tantos siglos. Les empujamos ante nosotros al llegar, en esa larga migración desde el este. Yo, Aryara, conocí ancianos que habían marchado en ese viaje que duró un siglo; que habían sido llevados en los brazos de mujeres de amarilla cabellera sobre incontables kilómetros de bosque y planicie, y que de jóvenes habían marchado en la vanguardia de los invasores. En cuanto a la era... eso no puedo decirlo. Pero yo, Aryara, era con seguridad un ario y mi gente lo era... miembros de una de las mil migraciones desconocidas y nunca recordadas que esparcieron tribus de cabello amarillo y ojos azules por todo el mundo. Los celtas no fueron los primeros en venir a Europa occidental. Yo, Aryara, era de la misma sangre y aspecto que los hombres que saquearon Roma, pero la mía era una rama mucho más vieja. Del lenguaje que hablo, no queda ningún eco en la mente consciente de John O'Donnel, pero sabía que la lengua de Aryara era al céltico antiguo lo que éste es al gaélico moderno.
¡Il-marinen! Recuerdo al dios que invoqué, el viejo, viejo dios que trabajaba los metales... el bronce, entonces. Pues Il-marinen era uno de los dioses base de los arios de quien crecieron muchos dioses; y era Wieland y Vulcano en las edades de hierro. Pero para Aryara era Il-marinen.
Y Aryara... era uno de muchas tribus y muchas migraciones. No sólo el Pueblo de la Espada llegó o habitó en Inglaterra. El Pueblo del Río estuvo antes que nosotros y el Pueblo del Lobo vino después. Pero eran arios como nosotros, altos y rubios, de ojos claros. Luchamos contra ellos, por la razón de que las varias migraciones de arios siempre han luchado entre sí, al igual que los aqueos lucharon contra los dorios, al igual que celtas y germanos se cortaban mutuamente las gargantas; sí, al igual que los helenos y los persas, que fueron una vez un pueblo y de la misma migracion, se partieron de dos modos distintos en el largo viaje y siglos después se encontraron e inundaron Grecia y Asia Menor con sangre. Entendedme ahora, todo esto no lo sé como Aryara. Yo, Aryara, nada sabía de esas migraciones a escala mundial de mi raza. Sólo sabía que mi pueblo era de conquistadores, que un siglo antes mis antepasados habían morado en las grandes planicies, lejos al este, planicies que pululaban de un pueblo feroz, de cabellera amarilla y ojos claros, de viejas y nuevas migraciones que combatían salvaje e implacablemente según la vieja e ilógica costumbre del pueblo ario. Esto lo sabía Aryara y yo, John O'Donnel, que sé mucho más y mucho menos de lo que yo, Aryara, sabía, he combinado el conocimiento de estos yo separados y he llegado a conclusiones que asombrarían a científicos e historiadores afamados.
Con todo, este hecho es bien conocido: los arios se deterioran rápidamente en las vidas sedentarias y pacíficas. Su existencia adecuada es la nómada; cuando se establecen en una existencia agrícola, preparan el cambio de su caída; y cuando se encierran a si mismos con los muros de la ciudad, sellan su condena. Cierto, yo, Aryara, recuerdo los relatos de los viejos... cómo los Hijos de la Espada, en esa larga migración, encontraron aldeas de gente de piel blanca y cabellera amarilla que habían emigrado al oeste siglos antes y habían dejado la vida de vagabundeo para morar entre el pueblo moreno que comía ajo y ganarse el sustento del suelo. Y los viejos cuentan lo blandos y débiles que eran, y cuán fácilmente caían ante las hojas broncíneas del Pueblo de la Espada.
Mirad... ¿acaso la historia entera de los Hijos de Aryan no está inscrita en esas líneas? Mirad... cuán rápidamente siguió el persa al medo; griego, persa, romano, griego; y germano al romano. Sí, y el nórdico siguió a las tribus germánicas cuando se hubieron vuelto débiles después de un siglo o más de paz y ociosidad, y les robaron lo que ellos habían robado en el sur.
Pero dejadme hablar de Ketrick. ¡Ja!... la sola mención de su nombre hace que se erice el vello de mi nuca. Una reversión de tipo... pero no al tipo de algún limpio chino o mongol de tiempos recientes. Los daneses expulsaron a sus antepasados a las colinas de Gales; y allí, ¡en qué siglo medieval y en qué sucio modo se deslizó ese maldito tinte aborigen en la limpia sangre sajona de la línea celta, para yacer tanto tiempo dormido! El celta galés nunca se apareó con los Hijos más de lo que hicieron los pictos. Pero debieron quedar sobrevivientes... carroña acechando en esas lúgubres colinas, que habían superado su tiempo y su era. En los días de Aryara apenas eran humanos. ¿Qué debió hacer un millar de años de retroceso con esa simiente?
¿Qué abominable forma se deslizó en el castillo Ketrick una noche olvidada, o se alzó de la oscuridad para aferrar alguna mujer del linaje, arrastrándola a las colinas?
La mente se aparta de tal imagen. Pero esto sé: debieron quedar sobrevivientes de esa abominable era de reptiles cuando los Ketrick fueron a Gales. Quizás aún queden. Pero este sustituto, este engendro de la oscuridad, este horror que lleva el noble nombre de Ketrick, sobre él se halla la marca de la serpiente, y no habrá descanso para mí hasta que sea destruido. Ahora que le conozco por lo que es, contamina el aire limpio y deja el fango de la serpiente sobre la verde tierra. El sonido de su voz siseante y tartamuda me llena de un horror que me eriza la piel y la visión de sus ojos rasgados me inspira la locura.
Pues vengo de una raza real, y un ser tal es un continuo insulto y una amenaza, como una serpiente debajo del pie. La mía es una raza regia, aunque ahora se haya degradado y caiga en la decadencia por la mezcla continua con razas conquistadas. Las oleadas de sangre ajena han teñido de negro mi pelo y han oscurecido mi piel, pero aún tengo la estatura señorial y los ojos azules de un rey ario. Y como mis antepasados... como yo, Aryara, destruí a la canalla que se retorcía bajo nuestros talones, así yo, John O'Donnel, exterminaré a esa criatura reptilesca, el monstruo surgido de la mancha de serpiente que tanto tiempo durmió sin ser detectado en limpias venas sajonas, el vestigio que las cosas-serpiente dejaron para macular a los Hijos de Aryan. Dicen que el golpe recibido afectó mi mente; sé que no hizo sino abrirme los ojos. Mi antiguo enemigo camina a menudo en solitario por los páramos, atraído, aunque quizá lo ignore, por impulsos ancestrales. Y en uno de esos paseos solitarios le encontraré, y cuando le encuentre romperé su sucio cuello con mis manos al igual que yo, Aryara, rompí los cuellos de las sucias criaturas nocturnas hace mucho, mucho tiempo.
Entonces pueden llevárseme y romper mi cuello al final de una soga si quieren. No estoy ciego, si mis amigos lo están. Y ante los ojos del viejo dios ario, si no ante los ojos velados de los hombres, habré sido fiel a mi tribu".
Robert E. Howard
-¿Y cómo -preguntó Clemants- explica usted su braquicefalia? El cráneo de los mediterráneos era tan largo como el de los arios: ¿acaso una mezcla entre esos pueblos dolicocéfalos produciría un tipo intermedio de cráneo ancho?
-Condiciones especiales podrían ocasionar un cambio en una raza originalmente de cráneo largo -replicó bruscamente Kirowan-. Boaz, por ejemplo, ha demostrado que en el caso de los inmigrantes en América, las formas del cráneo suelen cambiar en una sola generación. Y Flinders Petrie ha probado que los lombardos cambiaron de una raza de cráneo alargado a una de cráneo redondeado en unos cuantos siglos.
-Pero, ¿qué causó tales cambios?
-Aún queda mucho que la ciencia ignora -respondió Kirowan-, y no es preciso que seamos dogmáticos. Nadie sabe todavía por qué la gente de antepasados ingleses e irlandeses tiende a alcanzar alturas fuera de lo común en el distrito Darling de Australia, o por qué la gente de tal descendencia generalmente tiene la estructura de la mandíbula más delgada después de unas cuantas generaciones en Nueva Inglaterra. El universo está lleno de cosas inexplicables.
-Y de ahí resulta que sea poco interesante, según Machen -dijo riendo Taveral.
Conrad sacudió la cabeza.
-Debo mostrar mi desacuerdo. Para mí lo incognoscible presenta una fascinación extraordinaria.
-Lo que explica, sin duda alguna, todas las obras sobre brujería y demonología que veo en tus estanterías -dijo Ketrick, con un gesto de la mano hacia las hileras de libros.
Y déjenme que les hable de Ketrick. Cada uno de los seis era de la misma ascendencia... es decir, bretón o americano de ascendencia británica. Por británica, incluyo a todos los habitantes naturales de las Islas Británicas. Representábamos varias corrientes de sangre celta e inglesa pero, básicamente, esas corrientes eran la misma. Excepto Ketrick: ese hombre siempre me pareció extrañamente ajeno. Sólo en sus ojos aparecía externamente la diferencia. Eran de una especie de ámbar, casi amarillo, y ligeramente oblicuos. A veces, cuando le mirabas a la cara desde ciertos ángulos, parecían sesgados como los de un chino.
Otros, aparte de mí, habían notado tal rasgo, tan inusual en un hombre de pura descendencia anglosajona. Los mitos usuales adscribiendo sus ojos rasgados a cierta influencia prenatal habían sido rebatidos, y recuerdo que el profesor Hendrik Booler señaló una vez que Ketrick era indudablemente un atavismo, representando una reversión del tipo a cierto borroso y distante antepasado de sangre mongola... una especie de rara regresión, ya que nadie de su familia mostraba tales rasgos.
Pero Ketrick procede de la rama galesa de los Cetric de Sussex, y su linaje está inscrito en el Libro de los Pares. Allí puede leerse la línea de sus antepasados que se extiende sin ninguna interrupción hasta los días de Canuto. Ni la más ligera señal de mezcla mongoloide aparece en la genealogía y, ¿cómo podía darse tal mezcla en la vieja Inglaterra sajona? Pues Ketrick es la forma moderna de Cedric, y aunque esa rama huyó a Gales antes de la invasión de los daneses, sus herederos varones se casaron tozudamente con familias inglesas de las marcas fronterizas, y sigue siendo un puro linaje de los poderoso Cedric de Sussex... casi sajón puro. En cuanto al hombre mismo, este defecto de sus ojos, si puede llamársele defecto, es su única anormalidad, excepto un ligero y ocasional tartamudeo. Posee un elevado intelecto y es un buen compañero excepto por una ligera tendencia al distanciamiento y una bastante profunda indiferencia que puede servir para enmascarar una naturaleza que sea extremadamente sensible.
Refiriéndose a su comentario, dije con una carcajada:
-Conrad persigue lo oscuro y lo místico como algunos hombres persiguen el romanticismo; sus estanterías se hallan atestadas con deliciosas pesadillas de toda clase.
Nuestro anfitrión asintió.
-Encontraréis gran número de platos deliciosos... Machen, Poe, Blackwood, Maturin... mirad, un banquete fuera de lo común... Misterios Horrendos, por el Marqués de Grosse... la auténtica edición del siglo XVIII.
Taveral examinó las estanterías.
-La ficción fuera de lo común parece mezclarse con obras sobre brujería, vudú y magia negra. Cierto; los historiadores y las crónicas son a menudo aburridas; pero nunca los tejedores de historias... los maestros, quiero decir. Un sacrificio vudú puede ser descrito de modo tan aburrido como para quitarle toda la fantasía y dejarlo meramente en un sórdido crimen. Admitiré que pocos escritores de ficción alcanzan las auténticas cimas del horror... la mayor parte de su obra es demasiado concreta, poseyendo un exceso de dimensiones y forma terrestre. Pero en relatos como La caída de la Casa de Usher, de Poe, el Sello Negro, de Machen y La llamada de Cthulhu de Lovecraft -los tres genios del cuento de horror, a mi entender- el lector es arrastrado a los oscuros reinos exteriores de la imaginación.
-Pero mirad ahí -continuó-, ahí, aprisionado entre esa pesadilla de Huysman y El castillo de Otranto, de Walpole... los Cultos Innombrables de Von Junzt. ¡Ahí hay un libro para tenerte despierto por la noche!
-Lo he leído -dijo Taverel-, y estoy convencido de que ese hombre está loco. Su obra es como la conversación de un maníaco... discurre con asombrosa claridad durante cierto tiempo, luego se sumerge de pronto en vaguedades y balbuceos inconexos.
Conrad sacudió la cabeza.
-¿Pensaste alguna vez que es quizás su misma cordura la que le hace escribir de ese modo? ¿Que acaso no se atreve a poner sobre el papel todo lo que sabe? ¿Que acaso sus vagas suposiciones son indicios oscuros y misteriosos, claves del rompecabezas, para aquellos que saben?
-¡Paparruchas! -dijo Kirowan-. ¿Pretendes insinuar que alguno de los cultos de pesadilla a los que se refiere Von Junzt han sobrevivido hasta la fecha actual... si es que existieron alguna vez salvo en el cerebro obsesionado de un poeta y filósofo lunático?
-No sólo él usaba los significados ocultos -respondió Conrad-. Si examinas varias obras de ciertos grandes poetas puedes hallar dobles sentidos. Los hombres han dado con secretos cósmicos en el pasado y han revelado indicios de ellos al mundo en palabras crípticas. ¿Recuerdas las alusiones de Von Juntz a una «ciudad en medio de la desolación»? ¿Qué piensas del párrafo de Flecker?:
¡No pases por allí! Dicen los hombres que en pétreos desiertos florece aún una rosa. Pero que no hay escarlata en su pétalo... y de cuyo corazón no fluye perfume alguno.
Los hombres pueden encontrar por azar cosas secretas, pero Von Juntz llegó a profundizar en misterios prohibidos. Por ejemplo, era uno de los pocos hombres que podían leer el Necronomicon en la traducción griega original. Teveral se encogió de hombros y el profesor Kirowan no replicó directamente, aunque resopló y chupó furiosamente su pipa; pues él, al igual que Conrad, había estudiado la versión latina del libro y había encontrado allí cosas que ni siquiera un científico de sangre fría podía responder o refutar.
-Bien -dijo finalmente-, suponed que admitimos la antigua existencia de cultos girando en torno a tales dioses y entidades innombrables y horrendas como Cthulhu, Yog Sothoth, Tsathoggua, Gol-Goroth y otros parecidos, sigo sin poder creer que supervivientes de tales cultos acechen en los rincones oscuros del mundo.
Para nuestra sorpresa Clemants respondió. Era un hombre alto y delgado, silencioso casi hasta la taciturnidad, y su feroz lucha con la pobreza en su juventud había ajado su rostro por encima de su edad. Como muchos otros artistas, vivía una vida literaria claramente dual, con sus novelas de capa y espada proporcionándole saneados ingresos, y su posición editorial en La Pezuña Hendida permitiéndole una total expresión artística. La Pezuña Hendida era una revista de poesía cuyos extraños contenidos habían despertado a menudo el interés escandalizado de los críticos conservadores.
-Recordaréis que Von Juntz menciona a un llamado culto de Bran -dijo Clemants, llenando la cazoleta de su pipa con una clase particularmente repulsiva de tabaco común-. Creo que una vez os oí a ti y a Taverel discutiéndolo.
-Como infiero de tus insinuaciones -replicó bruscamente Kiroan-, Von Junzt incluye este culto particular entre los que aún existen. Absurdo.
Clemants negó nuevamente con la cabeza.
-Cuando era joven y me abría paso a traves de cierta universidad, tenía por compañero de cuarto a un muchacho tan pobre y ambicioso como yo. Si te dijera su nombre, te asombrarías. Aunque provenía de un viejo linaje escocés de Galloway, era obviamente de tipo no-ario. Esto lo digo con la mayor discreción, entendedme. Pero mi compañero de cuarto hablaba en sueños. Empecé a escuchar y recompuse sus balbuceos dispersos. Y en lo que murmuraba oí por primera vez el viejo culto aludido por Von Juntz; del rey que rige el Imperio Oscuro, el cual revivía un imperio más viejo y oscuro aún que se remontaba a la Edad de Piedra; y de la gran caverna sin nombre donde se halla el Hombre Oscuro... la imagen de Bran Mak Morn, tallada según su semejanza por la mano de un maestro mientras el gran rey aún vivía, y a la cual cada adorador de Bran peregrina una vez en su vida. Sí, ese culto vive hoy en los descendientes del pueblo de Bran... una corriente silenciosa y desconocida que afluye al gran océano de la vida, esperando que la imagen de piedra del gran Bran aliente y se mueva con una vida repentina, y salga de la gran caverna para reconstruir su imperio perdido.
-¿Y quiénes eran el pueblo de ese imperio? –preguntó Ketrick.
-Pictos -respondió Taverel-, indudablemente el pueblo conocido después como los pictos salvajes de Galloway era predominantemente celta... una mezcla de elementos gaélicos, címricos, aborígenes y posiblemente teutónicos. Si tomaron su nombre de la raza más antigua o le prestaron su propio nombre a esa raza, es una cuestión que resta por decidir. Pero cuando Von Junzt habla de pictos, se refiere específicamente a los pueblos pequeños y morenos de sangre mediterránea, comedores de ajo, que trajeron la cultura neolítica a Inglaterra. Los primeros pobladores de ese país, de hecho, que hicieron surgir los cuentos de duendes y espíritus de la tierra.
-No puedo estar de acuerdo con esa última aseveración -dijo Conrad . Esas leyendas confieren a sus personajes la deformidad y la inhumanidad de su apariencia. No había nada en los pictos para suscitar tal horror y repulsión en los pueblos arios. Creo que los mediterráneos fueron precedidos por un tipo mongoloide, muy bajo en la escala de la evolución, de donde tales historias...
-Muy cierto -interrumpió Kirowan-, pero me cuesta pensar que precedieron a los pictos, como les llamas, en Inglaterra. Encontramos leyendas de trolls y enanos en todo el continente, y me inclino a pensar que tanto el pueblo ario como el mediterráneo trajeron esas historias con ellos del continente. Esos primeros mongoloides debían ser de un aspecto extremadamente inhumano.
-Al menos -dijo Conrad-, aquí hay un mazo de pedernal que un minero halló en las colinas galesas y me entregó, que nunca ha sido totalmente explicado. Obviamente no es de fabricación neolítica ordinaria. Ved lo pequeño que es comparado a la mayoría de herramientas de tal edad; casi como el juguete de un niño; y con todo es sorprendentemente pesado y sin duda podía propinarse con él un golpe mortífero. Yo mismo le encajé el mango y os sorprendería saber lo difícil que fue tallarlo con la forma y el equilibrio correspondientes a la cabeza.
Contemplamos el objeto. Estaba bien hecho, pulido en algún modo como los otros restos del neolítico que había visto pero, como decía Conrad, era extrañamente diferente. Su pequeño tamaño producía una rara inquietud, pues en ningún modo tenía la apariencia de un juguete. Era tan siniestro en lo que sugería como una daga de sacrificio azteca. Conrad había moldeado el mango de roble con rara habilidad, y al tallarlo para encajarlo en la cabeza, se las había arreglado para darle la misma apariencia antinatural que tenía el propio mazo. Incluso había copiado el modo de trabajar de los tiempos primigenios, fijando la cabeza a la hendidura del mango con tiras de cuero.
-¡A fe mía! -dijo Taverel a la vez que lanzaba un torpe golpe a un antagonista imaginario y estuvo a punto de romper un costoso jarrón Shang-. El equilibrio de esta cosa se halla totalmente descentrado; tendría que reajustar toda la mecánica de mi estabilidad y equilibrio para manejarlo.
-Déjame verlo -dijo Ketrick mientras tomaba el objeto y lo examinaba, intentando arrancarle el secreto de su adecuado manejo.
Por fin, un tanto irritado, lo balanceó hacia arriba y golpeó fuertemente un escudo que colgaba en la pared cercana. Me encontraba cerca; vi el mazo infernal retorcerse en su mano como una serpiente viva y cómo su brazo se desviaba del objetivo; oí un alarmado grito de aviso... y la oscuridad llegó con el impacto del mazo contra mi cabeza. Me deslicé lentamente de vuelta a la consciencia. Primero fueron sensaciones apagadas de ceguera y una falta total de conocimiento en cuanto a dónde estaba o quién era; luego una vaga conciencia de vida y ser, y algo duro oprimiendo mis costillas. Luego las neblinas se aclararon y volví completamente en mí. Estaba tendido de espaldas bajo algún arbusto y la cabeza me latía ferozmente. También mi cabello estaba sucio y costroso de sangre, pues el cuero cabelludo había quedado al desnudo. Pero mis ojos recorrieron mi cuerpo y extremidades, desnudas salvo por un taparrabos de piel de ciervo y sandalias del mismo material, y no hallaron ninguna otra herida. Lo que oprimía tan incómodamente mis costillas era mi hacha, sobre la cual había caído.
Un aborrecible parloteo llegó a mis oídos y me devolvió de pronto a la claridad de consciencia. El ruido se parecía débilmente al lenguaje, pero como ninguno de aquellos a los que el hombre está acostumbrado. Sonaba mucho como el repetido siseo de muchas y grandes serpientes. Miré. Estaba tendido en un bosque grande y sombrío. El claro estaba ennegrecido por los árboles, así que incluso de día era muy oscuro. Si... ese bosque era oscuro, frío, silencioso, gigantesco y totalmente aterrador. Y miré hacia el claro.
Vi una carnicería. Cinco hombres yacían ahí... al menos, lo que había sido cinco hombres. Cuando percibí las abominables mutilaciones, sentí que se me enfermaba el alma. Y alrededor de ellos se apiñaban las... cosas. En cierto modo eran humanas, aunque no las consideré tales. Eran bajas y fornidas, con anchas cabezas demasiado grandes para sus flacos cuerpos. Su cabellera era enmarañada y lacia, sus rostros anchos y cuadrados, con narices chatas, ojos horriblemente sesgados, una delgada apertura por boca y orejas puntiagudas. Llevaban pieles de animal, como yo, pero esas pieles estaban trabajadas toscamente. Portaban arcos pequeños y flechas con punta de pedernal, cuchillos de pedernal y garrotes. Y conversaban en un lenguaje tan horrible como ellos, un lenguaje siseante y reptilesco que me llenó de temor y repugnancia.
Oh, les odié mientras estaba allí tendido; mi cerebro ardía con una furia al rojo blanco. Y recordé. Habíamos ido a cazar, seis jóvenes del Pueblo de la Espada, y nos habíamos adentrado en el lúgubre bosque que nuestra gente solía rehuir. Cansados de la caza, nos habíamos parado a descansar; se me había dado el primer turno de guardia, pues en esos días no había sueño sin centinela. La vergüenza y la revulsión sacudieron todo mi ser. Me había dormido... había traicionado a mis camaradas. Y ahora yacían degollados y mutilados... asesinados mientras dormían, por una carroña que jamás se habría atrevido a enfrentárseles en igualdad de términos. Yo, Aryara, había traicionado su confianza.
Sí... recordé. Había dormido y en mitad de un sueño de caza, el fuego y las chispas habían explotado en mi cabeza y me había sumergido en una oscuridad más profunda donde no había sueños. Y ahora el castigo. Los que se habían arrastrado por el denso bosque y me habían dejado inconscientes, no se habían detenido para mutilarme. Creyéndome muerto se habían apresurado a su espantosa tarea. Quizás ahora me habían olvidado por un tiempo. Me había sentado algo lejode los otros, y cuando me golpearon había caído a medias bajo unos arbustos. Pero pronto se acordarían de mí. No volvería a cazar, ni a bailar las danzas de la caza, el amor y la guerra, no volvería a ver las chozas de zarzales del Pueblo de la Espada.
Pero no deseaba huir para regresar a mi gente. ¿Debía volver acaso humillado con mi relato de infamia y desgracia? ¿Tenía que oír las palabras despectivas que mi tribu me arrojaría, ver a las muchachas señalarme con los dedos despreciativos, el joven que se había dormido y había traicionado a sus camaradas a los cuchillos de la carroña? Los ojos me escocían de lágrimas y un lento odio se acumulaba en mi pecho y mi cerebro. Nunca llevaría la espada que señalaba al guerrero. Nunca triunfaría sobre dignos enemigos y moriría gloriosamente bajo las flechas de los pictos o las hachas del Pueblo del Lobo o el Pueblo del Río. Descendería a la muerte vencido por una chusma nauseabunda, a la que los pictos habían arrojado hacía largo tiempo a sus madrigueras del bosque como ratas.
Y una rabia enloquecida me aferró y secó mis lágrimas, dejando en su lugar una frenética llamarada de ira. Si tales reptiles iban a causar mi caída, yo haría que fuera largo tiempo recordada... si tales bestias tenían memoria. Moviéndome con cautela, me deslicé hasta que mi mano estuvo en el mango de mi hacha; entonces invoqué a Il-marinen y salté como un tigre. Y, al igual que salta un tigre, me hallé entre mis enemigos y aplasté un cráneo achatado como un hombre aplasta la cabeza de una serpiente. Un súbito y salvaje clamor de miedo se alzó de mis víctimas y por un instante me rodearon, acuchillando e hiriendo. Un cuchillo desgarró mi pecho pero no le presté atención. Una niebla roja ondulaba ante mis ojos, y mi cuerpo y miembros se movían en perfecto acuerdo con mi cerebro de combatiente. Gruñendo, golpeando y lanzando tajos, era como un tigre entre reptiles. En un instante abandonaron y huyeron, dejándome en pie sobre una media docena de cuerpos achaparrados. Pero no me hallaba saciado.
Le pisaba los talones al más alto, cuya cabeza me llegaría quizás al hombro, y que parecía ser su jefe. Huía hacia una especie de pasillo, lanzando gritos agudos como un monstruoso lagarto, y cuando me hallaba casi tocando su espalda se hundió como una serpiente entre los arbustos. Pero yo era demasiado rápido para él, le arrastré hacia afuera y terminé sangrientamente con él. A través de los arbustos vi el camino que luchaba por alcanzar... un sendero que entraba y salía de los árboles, casi demasiado estrecho para permitir que lo atravesara un hombre de talla normal. Corté la horrenda cabeza de mi víctima y, llevándola en mi mano izquierda y con mi roja hacha en la derecha tomé el sendero de serpientes. Mientras caminaba rápidamente por el sendero y la sangre manchaba mis pies a cada zancada brotando de la yugular cortada de mi enemigo, pensé en aquellos a los que acosaba.
Cierto... les teníamos en poca estima, cazábamos de día en el bosque que habitaban. Nunca supimos cómo se llamaban a sí mismos, pues nadie de nuestra tribu aprendió jamás los malditos y sibilantes siseos que usaban como lenguaje; pero les llamábamos Hijos de la Noche. Y en verdad eran criaturas nocturnas, pues se ocultaban en las profundidades del bosque oscuro y en moradas subterráneas, aventurándose en las colinas sólo cuando dormían sus vencedores. Era por la noche cuando cometían sus sucias fechorías... del veloz vuelo de una flecha con punta de pedernal hasta el robo de un niño que se había alejado de la aldea. Pero era otra la razón por la que les dábamos su nombre; eran, en verdad, un pueblo de noche y oscuridad y de las antiguas sombras llenas de horrores de eras pasadas. Pues estas criaturas eran muy viejas y representaban una edad agotada. Una vez dominaron y poseyeron esta tierra, y habían sido expulsados de la oscuridad y sus escondrijos por los morenos y feroces pequeños pictos con quienes luchábamos ahora, y que les odiaban y aborrecían tan salvajemente como nosotros.
Los pictos eran distintos de nosotros en aspecto general, siendo más pequeños de talla y oscuros de cabellera, ojos y piel, en tanto que nosotros éramos altos y fuertes, con cabello amarillo y ojos claros. Pero, pese a todo eso, eran de nuestra misma especie. Estos Hijos de la Noche no nos parecían humanos, con sus cuernos deformes y enanos, piel amarillenta y rostros horrendos. Sí... eran reptiles... carroña. Y mi cerebro estaba a punto de reventar de rabia cuando pensaba que era esa la carroña con la que iba a saciar mi hacha y perecer. ¡Bah! No hay gloria en matar serpientes o morir de su mordedura. Toda esa rabia y feroz disgusto se volvieron contra los objetos de mi odio, y con la vieja niebla roja ondulando ante mí juré por todos los dioses que conocía que desencadenaría sobre ellos tan sangrienta carnicería antes de morir como para dejar un temible recuerdo en las mentes de los supervivientes. Mi pueblo no me rendiría honores, en tal desprecio tenían a los Hijos. Pero esos Hijos que dejara vivos me recordarían y se estremecerían. Así juré, aferrando salvajemente mi hacha, que era de bronce, encajada en una hendidura del mango de roble y asegurada con tiras de cuero crudo.
Escuché más adelante un aborrecible y sibilante murmullo y un olor pestilencial, humano y con todo menos que humano, se filtró a través de los árboles. Unos instantes más y emergí de las profundas sombras a un amplio espacio abierto. Nunca había visto antes una aldea de los Hijos. Había una agrupación de cúpulas de barro, con bajos umbrales hundidos en el suelo; moradas escuálidas, mitad encima y mitad debajo de la tierra. Y sabía por las conversaciones de los viejos guerreros que tales moradas se hallaban conectadas por corredores subterráneos, así que la aldea entera era como un hormiguero o un sistema de agujeros de serpientes. Y me pregunté si otros túneles no corrían bajo el terreno y emergían a largas distancias de las aldeas. Ante las cúpulas se concentraba un vasto grupo de las criaturas, siseando y parloteando a gran velocidad.
Había apretado el paso y ahora emergí al descubierto, corriendo con la agilidad de mi raza. Un clamor salvaje se alzó de la chusma cuando vieron al vengador, alto, manchado de sangre y con los ojos llameantes saltar del bosque; lancé un grito feroz, arrojé la cabeza goteante entre ellos y me lancé como un tigre herido ea lo más espeso del grupo. ¡Oh, ahora no tenían escapatoria! Podrían haber tomado sus túneles pero les habría seguido hasta las entrañas del infierno. Sabían que debían matarme y me rodearon, casi un centenar, para hacerlo. No había ninguna llama salvaje de gloria en mi cerebro como la habría habido contra enemigos dignos. Pero la vieja locura frenética de mi raza estaba en mi sangre y el aroma de la sangre y la destrucción en mi olfato.
No sé cuántos maté. Sólo sé que se apiñaron a mi alrededor en una masa convulsa que lanzaba cuchilladas, como serpientes alrededor de un lobo, y golpeé hasta que el filo del hacha se melló y se torció y el hacha no fue más que un garrote; y aplasté cráneos, hendí cabezas, astillé huesos, derramé sangre y los sesos en un rojo sacrificio a Il-marinen, dios del Pueblo de la Espada. Sangrando de medio centenar de heridas, cegado por un tajo recibido a través de los ojos, sentí un cuchillo de pedernal hundirse profundamente en mi vientre y en ese mismo instante un garrote me abrió el cuero cabelludo. Caí de rodillas pero me alcé de nuevo, vacilante, y vi en una espesa niebla roja un anillo de rostros gesticulantes de ojos sesgados. Golpeé como un tigre agonizante, y los rostros se rompieron en una roja ruina. Y mientras me derrumbaba, desequilibrado por la furia de mis golpes, una mano provista de garras aferró mi garganta y una hoja de pedernal fue introducida en mis costillas y retorcida malignamente. Bajo una rociada de golpes volví a caer, pero el hombre con el cuchillo se hallaba debajo de mí, y con mi mano izquierda le busqué y le rompí el cuello antes de que pudiera alejarse reptando.
La vida huía rápidamente; a través del siseo y el aullar de los Hijos podía oír la voz de Il-marinen. Y con todo volví a levantarme tozudamente, a través de un auténtico torbellino de garrotes y lanzas. Ya no podía ver a mis enemigos, ni siquiera en una neblina rojiza. Pero podía sentir sus golpes y sabía que se lanzaban sobre mí. Planté bien los pies, agarré el resbaladizo mango de mi hacha con ambas manos e invocando una vez más a I1-marinen, alcé el hacha y propiné un último y terrorífico golpe. Y debí morir de pie, pues no hubo sensación de caída; incluso mientras sabía, con un último escalofrío de salvajismo, que mataba, incluso mientras sentía el astillarse de los cráneos bajo mi hacha, la oscuridad llegó con el olvido. Volví en mí repentinamente. Estaba medio acostado en un gran sillón y Conrad derramaba agua sobre mí. Me dolía la cabeza y un hilillo de sangre se había medio secado en mi rostro. Kirowan, Taverel y Clemants se inclinaban a mi alrededor, ansiosamente, mientras Ketrick permanecía ante mí, sosteniendo aún el mazo, su rostro expresando una cortés inquietud que no mostraban sus ojos. Y ante la visión de esos ojos malditos una roja locura se alzó en mi interior.
-Ya está -decía Conrad-, os dije que volvería en sí de un momento a otro; sólo un arañazo. Ha soportado cosas peores. Ahora todo va bien, ¿verdad, O’Donnel?
En respuesta les aparté violentatnente, y con un solo y apagado gruñido de odio me lancé sobre Ketrick. Cogido totalmente por sorpresa no tuvo oportunidad de defenderse. Mis manos se cerraron en su garganta y nos estrellamos los dos en un diván, convirtiéndolo en ruinas. Los otros lanzaron gritos de sorpresa y horror y saltaron para separarnos... o, más bien, para arrancarme a mi víctima, pues ya los ojos oblicuos de Ketrick empezaban a saltarle de las órbitas.
-Por el amor de Dios, O'Donnel -exclamó Conrad, intentando quebrar mi presa-, ¿qué te ha pasado? Ketrick no pretendía golpearte... ¡suelta, idiota!
Una feroz ira casi me hizo olvidar que aquellos hombres eran mis amigos, hombres de mi propia tribu, y les maldije a ellos y a su ceguera, cuando finalmente lograron separar mis dedos que estrangulaban la garganta de Ketrick. Se levantó tosiendo y exploró las marcas azules que habían dejado mis dedos, mientras yo maldecía rabioso, casi derrotando los esfuerzos combinados de los cuatro por sujetarme.
-¡Estúpidos! -grité- ¡Dejadme ir! ¡Dejadme cumplir mi deber como hombre de la tribu! ¡Locos, ciegos! Nada me importa el mísero golpe que me propinó... él y los suyos me los dieron más fuertes en eras pasadas. Estúpidos, está señalado con la marca de la bestia... el reptil... ¡la carroña que exterminarnos siglos ha! ¡He de aplastarla, pisotearla, librar la limpia tierra de su maldita contaminación!
Así desvarié y me debatí y Conrad le musitó a Ketrick por encima del hombro:
-¡Sal, deprisa! ¡Está fuera de control! ¡Se ha desquiciado la mente! Aléjate de él.
Ahora contemplo las viejas colinas soñadoras, las montañas y los profundos bosques más allá, y medito. De algún modo el golpe de ese viejo y maldito mazo me hizo retroceder de pronto a otra era y otra vida. Cuando Aryara no conocía ninguna otra vida. No era un sueño, era un trozo extraviado de realidad donde yo, John O’Donnel, viví y morí una vez. Y de regreso al cual fui arrebatado a través de los vacíos del tiempo y el espacio por un golpe dado al azar. El tiempo y las eras son engranajes que no encajan, que chirrían y no son conscientes el uno del otro. Ocasionalmente -¡oh, muy raramente!- los engranajes encalan; las piezas del juego se unen momentáneamente con un chasquido y proporcionan a los hombres borrosos vislumbres más allá del velo de esta ceguera cotidiana que llamamos realidad.
Soy John O'Donnel y fui Aryara, quién tuvo sueños de gloria guerrera y de caza y festín y que murió sobre el rojo montón de sus víctimas en alguna era perdida. Pero, ¿en cuál y dónde? Puedo responderos a lo último. Las montañas y los ríos cambian sus contornos; los paisajes se alteran; pero las llanuras son lo que menos cambia. Las miro ahora y las recuerdo, no sólo con los ojos de John O'Donnel, sino con los de Aryara. Han cambiado muy poco. Sólo el gran bosque se ha encogido y empequeñecido y en muchos, muchos sitios se ha desvanecido completamente. Pero aquí, en estas mismas llanuras, Aryara vivió, peleó y amó y en el bosque lejano murió. Kirowan se equivocaba. Los pequeños y feroces pictos morenos no fueron los primeros hombres de las Islas. Hubo otros seres antes que ellos... sí, los Hijos de la Noche. Leyendas... cierto, los Hijos no nos eran desconocidos cuando llegamos a lo que ahora es la isla de Inglaterra. Les habíamos encontrado antes, eras antes. Ya teníamos nuestros mitos sobre ellos. Pero les encontramos en Inglaterra. Y tampoco los pictos les habían exterminado totalmente.
Y tampoco, como muchos creen, nos habían precedido los pictos en tantos siglos. Les empujamos ante nosotros al llegar, en esa larga migración desde el este. Yo, Aryara, conocí ancianos que habían marchado en ese viaje que duró un siglo; que habían sido llevados en los brazos de mujeres de amarilla cabellera sobre incontables kilómetros de bosque y planicie, y que de jóvenes habían marchado en la vanguardia de los invasores. En cuanto a la era... eso no puedo decirlo. Pero yo, Aryara, era con seguridad un ario y mi gente lo era... miembros de una de las mil migraciones desconocidas y nunca recordadas que esparcieron tribus de cabello amarillo y ojos azules por todo el mundo. Los celtas no fueron los primeros en venir a Europa occidental. Yo, Aryara, era de la misma sangre y aspecto que los hombres que saquearon Roma, pero la mía era una rama mucho más vieja. Del lenguaje que hablo, no queda ningún eco en la mente consciente de John O'Donnel, pero sabía que la lengua de Aryara era al céltico antiguo lo que éste es al gaélico moderno.
¡Il-marinen! Recuerdo al dios que invoqué, el viejo, viejo dios que trabajaba los metales... el bronce, entonces. Pues Il-marinen era uno de los dioses base de los arios de quien crecieron muchos dioses; y era Wieland y Vulcano en las edades de hierro. Pero para Aryara era Il-marinen.
Y Aryara... era uno de muchas tribus y muchas migraciones. No sólo el Pueblo de la Espada llegó o habitó en Inglaterra. El Pueblo del Río estuvo antes que nosotros y el Pueblo del Lobo vino después. Pero eran arios como nosotros, altos y rubios, de ojos claros. Luchamos contra ellos, por la razón de que las varias migraciones de arios siempre han luchado entre sí, al igual que los aqueos lucharon contra los dorios, al igual que celtas y germanos se cortaban mutuamente las gargantas; sí, al igual que los helenos y los persas, que fueron una vez un pueblo y de la misma migracion, se partieron de dos modos distintos en el largo viaje y siglos después se encontraron e inundaron Grecia y Asia Menor con sangre. Entendedme ahora, todo esto no lo sé como Aryara. Yo, Aryara, nada sabía de esas migraciones a escala mundial de mi raza. Sólo sabía que mi pueblo era de conquistadores, que un siglo antes mis antepasados habían morado en las grandes planicies, lejos al este, planicies que pululaban de un pueblo feroz, de cabellera amarilla y ojos claros, de viejas y nuevas migraciones que combatían salvaje e implacablemente según la vieja e ilógica costumbre del pueblo ario. Esto lo sabía Aryara y yo, John O'Donnel, que sé mucho más y mucho menos de lo que yo, Aryara, sabía, he combinado el conocimiento de estos yo separados y he llegado a conclusiones que asombrarían a científicos e historiadores afamados.
Con todo, este hecho es bien conocido: los arios se deterioran rápidamente en las vidas sedentarias y pacíficas. Su existencia adecuada es la nómada; cuando se establecen en una existencia agrícola, preparan el cambio de su caída; y cuando se encierran a si mismos con los muros de la ciudad, sellan su condena. Cierto, yo, Aryara, recuerdo los relatos de los viejos... cómo los Hijos de la Espada, en esa larga migración, encontraron aldeas de gente de piel blanca y cabellera amarilla que habían emigrado al oeste siglos antes y habían dejado la vida de vagabundeo para morar entre el pueblo moreno que comía ajo y ganarse el sustento del suelo. Y los viejos cuentan lo blandos y débiles que eran, y cuán fácilmente caían ante las hojas broncíneas del Pueblo de la Espada.
Mirad... ¿acaso la historia entera de los Hijos de Aryan no está inscrita en esas líneas? Mirad... cuán rápidamente siguió el persa al medo; griego, persa, romano, griego; y germano al romano. Sí, y el nórdico siguió a las tribus germánicas cuando se hubieron vuelto débiles después de un siglo o más de paz y ociosidad, y les robaron lo que ellos habían robado en el sur.
Pero dejadme hablar de Ketrick. ¡Ja!... la sola mención de su nombre hace que se erice el vello de mi nuca. Una reversión de tipo... pero no al tipo de algún limpio chino o mongol de tiempos recientes. Los daneses expulsaron a sus antepasados a las colinas de Gales; y allí, ¡en qué siglo medieval y en qué sucio modo se deslizó ese maldito tinte aborigen en la limpia sangre sajona de la línea celta, para yacer tanto tiempo dormido! El celta galés nunca se apareó con los Hijos más de lo que hicieron los pictos. Pero debieron quedar sobrevivientes... carroña acechando en esas lúgubres colinas, que habían superado su tiempo y su era. En los días de Aryara apenas eran humanos. ¿Qué debió hacer un millar de años de retroceso con esa simiente?
¿Qué abominable forma se deslizó en el castillo Ketrick una noche olvidada, o se alzó de la oscuridad para aferrar alguna mujer del linaje, arrastrándola a las colinas?
La mente se aparta de tal imagen. Pero esto sé: debieron quedar sobrevivientes de esa abominable era de reptiles cuando los Ketrick fueron a Gales. Quizás aún queden. Pero este sustituto, este engendro de la oscuridad, este horror que lleva el noble nombre de Ketrick, sobre él se halla la marca de la serpiente, y no habrá descanso para mí hasta que sea destruido. Ahora que le conozco por lo que es, contamina el aire limpio y deja el fango de la serpiente sobre la verde tierra. El sonido de su voz siseante y tartamuda me llena de un horror que me eriza la piel y la visión de sus ojos rasgados me inspira la locura.
Pues vengo de una raza real, y un ser tal es un continuo insulto y una amenaza, como una serpiente debajo del pie. La mía es una raza regia, aunque ahora se haya degradado y caiga en la decadencia por la mezcla continua con razas conquistadas. Las oleadas de sangre ajena han teñido de negro mi pelo y han oscurecido mi piel, pero aún tengo la estatura señorial y los ojos azules de un rey ario. Y como mis antepasados... como yo, Aryara, destruí a la canalla que se retorcía bajo nuestros talones, así yo, John O'Donnel, exterminaré a esa criatura reptilesca, el monstruo surgido de la mancha de serpiente que tanto tiempo durmió sin ser detectado en limpias venas sajonas, el vestigio que las cosas-serpiente dejaron para macular a los Hijos de Aryan. Dicen que el golpe recibido afectó mi mente; sé que no hizo sino abrirme los ojos. Mi antiguo enemigo camina a menudo en solitario por los páramos, atraído, aunque quizá lo ignore, por impulsos ancestrales. Y en uno de esos paseos solitarios le encontraré, y cuando le encuentre romperé su sucio cuello con mis manos al igual que yo, Aryara, rompí los cuellos de las sucias criaturas nocturnas hace mucho, mucho tiempo.
Entonces pueden llevárseme y romper mi cuello al final de una soga si quieren. No estoy ciego, si mis amigos lo están. Y ante los ojos del viejo dios ario, si no ante los ojos velados de los hombres, habré sido fiel a mi tribu".
Robert E. Howard
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