El Recolector de Historias

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lunes, 26 de octubre de 2015

"La Exhumación"

"Desperté abruptamente de un terrible sueño y miré sorprendido a mi alrededor. Y entonces vi el techo alto y abovedado y las ventanas estrechas de la habitación de mi amigo, y una sensación de intranquilidad me invadió al recordarlo todo; supe que todas las esperanzas de Andrew se habían cumplido. Yacía boca abajo en una gran cama, y los postes que la sujetaban se retorcían hacia arriba en increíbles perspectivas; la habitación estaba tapizada de grandes estanterías llenas de los libros y antigüedades familiares que ya me había acostumbrado a ver en aquella oscura esquina que formaba parte de la casona que había sido nuestro hogar común durante tantos años.

En una mesa al lado de la pared descansaba un vasto candelabro cuyo antiguo diseño había sido trabajado a mano hacia mucho tiempo, mientras que las finas cortinas habían sido cambiadas por unos espesos cortinones que apenas si dejaban pasar la luz, dando un ambiente lúgubre. Recordaba vivamente los acontecimientos que tuvieron lugar antes de mi confinamiento en aquella monstruosa fortaleza medieval. No fueron muy placenteros, y aún temblaba al recordar el diván en el que había estado tendido antes de encontrarme aquí; el diván en el que todo el mundo pensaba iba a ser mi último lugar de descanso. Los recuerdos estallaban en mi cabeza, trayéndome de nuevo las terribles circunstancias que me habían obligado a elegir entre una muerte verdadera y una hipotética, posteriormente reanimada por ciertos métodos terapéuticos sólo conocidos por mi colega, Marshall Andrews. Todo comenzó hace un año, a mi vuelta del Oriente, cuando descubrí, horrorizado, que había cogido la lepra durante mi estancia en el extranjero. Sabía que había asumido muchos riesgos al cuidar a mi hermano enfermo en las Filipinas, pero hasta que no volví a mi región nativa, no se hizo patente ningún síntoma. Fue Andrews el primero que se dio cuenta, ocultándomelo tanto tiempo como le fue posible; pero nuestra confianza mutua y amistad pronto reveló la horrible verdad.

Me vi obligado a confinarme entre los riscos que dominaban Hampden, entre muros y paredes arcaicos, corredores abovedados, fuera de los cuales no me permitía salir. Fue una existencia terrible, con la sombra amarilla constantemente colgada sobre mí; pero mi amigo jamás me traicionó, aunque se cuidaba de no contagiarse, trataba de que mi vida fuera lo más placentera y confortable posible. Su extendida, aunque algo siniestra fama de cirujano, hizo que no tuviese necesidad de consultar a ningún médico, el cual, posiblemente, me habría condenado a un hospital.

Sucedió casi al año de mi reclusión — a finales de agosto—, Andrews decidió hacer un viaje a las Indias Occidentales; para estudiar los métodos "nativos" en medicina, dijo. El venerable Simes, el factótum de la propiedad, quedó encargado de cuidarme. No se produjo ningún desarrollo negativo de la enfermedad, por lo que pude disfrutar de un período tolerable aunque solitario, durante la ausencia de mi compañero. Leí muchos de los libros que había ido adquiriendo Andrews en el curso de sus veinte años de práctica de la cirugía, y descubrí por qué su reputación, aunque muy grande y distinguida, era un poco siniestra. Muchos de los volúmenes hacían referencia a ciertas prácticas bastante alejadas de los métodos de la medicina moderna: artículos prohibidos sobre monstruosos experimentos cirujanos; descripciones de los extraños efectos que se producían en ciertos trasplantes de glándulas tanto en animales como en hombres; folletos sobre trasferencia de cerebros y rejuvenecimiento, y un montón de escritos fanáticos totalmente desautorizados por los físicos ortodoxos. También descubrí que Andrews era una autoridad en ciertos medicamentos oscuros; algunos de los pocos libros que hojeé revelaban que había pasado mucho tiempo en el estudio de la química y en la búsqueda de nuevas drogas que pudieran ser de algún interés en cirugía. Recordando todo lo que decían estos viejos tratados, me doy cuenta ahora de las infernales sugerencias que contenían y lo que influyeron en sus posteriores experimentos.

Andrews estuvo fuera bastante más tiempo del que yo había pensado, no volviendo hasta principios de noviembre, casi cuatro meses después de su partida; estaba ansioso por verle cuando llegó, a pesar de que mi estado había empeorado. Había llegado a un punto en el que debía guardar absoluto aislamiento para no ser descubierto. Pero mi ansiedad era pequeña comparado con la exuberancia que mostraba él, ya que durante su estancia en la India había trazado un plan; un plan que pensaba llevar a cabo con la ayuda de cierta droga que había aprendido de un "doctor" nativo de Haití. Cuando me dijo que el experimento tenía mucho que ver conmigo, me alarmé un poco; aunque difícilmente se podía estar peor en mi condición. Más de una vez había considerado la posibilidad de disfrutar el olvido que me podía proporcionar un revolver o la caída desde el tejado a las afiladas rocas que sobresalían abajo.

El siguiente día de su llegada, a la tenue luz del estudio, me contó con todo tipo de detalles su idea. Había encontrado una droga en Haití, una fórmula que podía desarrollar, que inducía a un estado de sueño profundo, a una especie de trance cercano a la muerte; los músculos se relajaban totalmente, incluso la respiración y los latidos del corazón cesaban mientras durasen los efectos. Andrews me dijo que había visto muchas veces sus efectos sobre los nativos. Algunos habían permanecido dormidos durante días, tan inmóviles como si estuvieran muertos. Esta animación suspendida, me explicó luego, es capaz de engañar incluso a cualquier examen médico. El mismo, de acuerdo a las leyes conocidas, había declarado muerto a un hombre que se hallaba bajo los efectos de la droga. Me aseguró, también, que el cuerpo del sujeto asumía la apariencia de un cadáver, haciéndose visible una especie de rigor mortis.

Durante algún tiempo sus propósitos no quedaron demasiado claros, pero cuando se fue haciendo patente el significado último de su palabras, comencé a sentir miedo y náuseas. Sin embargo, por otro lado, sentía una especie de alivio, pues el asunto podría significar al menos una especie de escape de mi situación, un escape de la muerte ordinaria y terrible producida por la lepra. En breves palabras, su plan consistía en administrarme una abundante dosis de droga y llamar a las autoridades locales, que inmediatamente me declararían muerto, haciendo que me enterrasen con prontitud. Estaba seguro que ellos me examinarían sin mucho detalle, por lo que pasarían por alto los síntomas de mi enfermedad, que en realidad eran pocos. Sólo habían pasado quince meses desde que cogí la lepra, mientras que la corrupción de la cerne tardaba al menos siete años.

Más tarde, dijo, resucitaría. Después de mi enterramiento en el panteón familiar —cerca de mi centenaria morada y escasamente a un cuarto de milla de su propio panteón— se realizarían los siguientes pasos del plan. Finalmente, una vez sellada mi losa y mi muerte divulgada, él abriría en secreto mi tumba y me traería de nuevo a la mansión, vivo y sin ningún daño. Era una plan macabro y atrevido, pero también la única esperanza de recuperar una cierta libertad; así que acepté su proposición, aunque no sin ciertas reticencias. ¿Qué pasaría si la droga dejase de hacer efecto mientras me hallaba dentro de la tumba? ¿Qué pasaría si el médico descubría mi estado y decidía internarme? Estas eran algunas de las dudas que me asaltaban antes de realizar el experimento. Aunque la muerte podía ser una especie de liberación para mi estado, me daba incluso más miedo que el azote amarillo; me aterrorizaba a pesar de estar bajo su guadaña constantemente durante todo aquel tiempo.

Afortunadamente, no me fue posible ver mi propio funeral, con sus horribles ritos. Todo salió como Andrews había planeado, incluso el subsiguiente desenterramiento. Nada mas tomar la dosis inicial de la droga traída de Haití, caí en un estado de semiparálisis y enseguida fui preso de un sueño profundo y oscuro como la noche. Tomé la droga en mi habitación, y Andrews me había comentado que pensaba aconsejar al médico que mi muerte se había producido por un paro cardiaco debido a la tensión nerviosa. Por supuesto, no pensaban embalsamarme —Andrews se ocuparía personalmente de eso—, y todo el proceso, incluyendo el transporte secreto de mi cuerpo desde la sepultura hasta la decrépita mansión, tardó tan sólo tres días. Se me dio sepultura al atardecer del tercer día, y Andrews rescató mi cuerpo aquella misma noche. Se ocupó de colocar de nuevo la hierba fresca tal y como la habían dejado los sepultureros. El viejo Simes, que había jurado guardar el secreto, ayudó a Andrews en su macabra tarea.

Yací en mi vieja y familiar cama durante una semana más. Debido a algún efecto inesperado de la droga, mi cuerpo permaneció totalmente paralizado, de tal forma que tan sólo podía mover la cabeza débilmente. Sin embargo, todos mis sentidos se hallaban alerta, y al cabo de una semana más fui capaz de tomar alimentos en grandes cantidades. Andrews dijo que mi cuerpo iba recuperando poco a poco su antigua sensibilidad, pero que, debido a la lepra, tardaba más tiempo de lo normal. Estaba muy interesado en analizar mis síntomas diarios, y siempre me preguntaba si sentía algo en especial. Trascurrieron muchos días antes de que fuera capaz de controlar todos los miembros de mi cuerpo, y aún más hasta que la parálisis dejó mis órganos, de forma que pudiese sentir las reacciones ordinarias corporales. Yacía aprisionado dentro de un viejo cascarón que parecía estar perpetuamente bajo los efectos de la anestesia. Sentía una extraña alienación que no era capaz de entender, considerando que mi cabeza estaba perfectamente viva y en buen estado de salud.

Andrews me explicó que se había llevado a cabo el primer proceso de reanimación, pero que no sabía exactamente cuándo terminaría la parálisis total del cuerpo; aunque mi condición no parecía preocuparle mucho considerando el intenso interés que había puesto en mis reacciones y estímulos desde el principio. Muchas veces, cuando hacia un alto en sus preguntas, yo podía observar un extraño brillo en sus ojos mientras me examinaba, una especie de destello victorioso que nunca se había atrevido a decir en palabras; aunque, a la vez, se hallaba dichoso por mi triunfo sobre la muerte y mi retomo a la vida. Sin embargo, sentía la presencia de ese horror con el cual tendría que enfrentarme en menos de seis años, cosa que me llenaba de pesadumbre y melancolía durante los aburridos días en los que esperaba pacientemente la vuelta de mis funciones corporales. Sin embargo, él me aseguraba que, en poco tiempo, disfrutaría de una existencia que pocos hombres han experimentado. Pero estas palabras no me impactaron con lo que realmente querían decir, con su siniestro significado, hasta muchos días después.

Durante mi aburrida permanencia en cama, Andrews y yo comenzamos a separarnos. Dejó de tratarme como un verdadero amigo, y tuve la sensación de que me miraba más como el objeto de sus experimentos. Descubrí inesperadas manías en él; pequeños actos de crueldad que incluso el endurecido Simes apenas podía soportar, y que a mí me disturbaban en gran manera. Frecuentemente observaba un trato cruel con pequeños especímenes vivos del laboratorio, pues se hallaba metido en varios experimentos ocultos sobre los trasplantes glandulares y musculares con conejos y cerdos de Guinea. También se había dedicado a experimentar con la nueva droga en curiosos experimentos de animación suspendida. Pero me contaba muy poco de todo esto; aunque el viejo Simes me hacía de vez en cuando algún comentario que arrojaba alguna luz sobre el asunto. No sabía exactamente qué era todo lo que sabia el anciano mayordomo, aunque seguramente había aprendido mucho, debido a ser el compañero constante de Andrews y mío.

Con el paso del tiempo, un sentimiento débil pero constante comenzó a arrastrarse por mi enfermo cuerpo; y con los síntomas de recuperación, Andrews tomó un fanático interés en mi caso. Aún parecía tener una aptitud más analítica que amistosa, y me tomaba el pulso y el ritmo cardiaco con entusiasmo. A veces, mientras me examinaba fervorosamente, veía cómo temblaban sus manos débilmente, un temblor que no era propio de todo un cirujano. Nunca había podido ver mi cuerpo en su totalidad desde que volví a despertar, pero con la vuelta del sentido del tacto, descubrí que mi cuerpo tenía ciertas formas que no me parecían familiares. Fui recobrando gradualmente el uso de mis manos y extremidades; y con el paso de la parálisis se fue haciendo patente una terrible sensación de distanciamiento. Mis miembros encontraban muchas dificultades para obedecer las órdenes de mi cerebro, y me hallaba totalmente desconcertado. Mis manos eran tan torpes que tuve que acostumbrarme a intentar las cosas varias veces. Todo esto debía ser, pensé, causado por el avance de mi enfermedad y el contagio de mi sistema nervioso. Como no sabia exactamente qué síntomas eran los iniciales (mi hermano se hallaba en un estado más avanzado de la enfermedad), no tenía ningún método de juicio; y como Andrews rehuía el tema, no tuve más remedio que permanecer en silencio.

Un día le pregunté a Andrews —al que ya no consideraba mi amigo— si podía intentar levantarme y sentarme en la cama. Al principio puso alguna objeción, pero luego, aconsejándome que me tapase con las sábanas hasta el cuello para no coger frío, accedió. Esto me pareció un poco extraño, ya que la temperatura reinante era muy agradable. Ahora que el otoño terminaba y el invierno esperaba agazapado, la habitación estaba siempre caldeada. Un escalofrío repentino en mitad de la noche, las ocasionales miradas a un trozo de cielo desde mi ventana, me hablaban del cambio de estación; no había ningún calendario colgado en las oscurecidas paredes. Ayudado amablemente por Simes, me senté en la cama, mientras Andrews miraba fríamente desde la puerta del laboratorio. Cuando conseguí sentarme, una débil sonrisa apareció en sus siniestras facciones, desapareciendo al instante por el pasillo oscuro. Su forma de comportarse no hizo que mi condición mejorase. El viejo Simes, generalmente tan cortés, últimamente parecía perdido en sus propias preocupaciones y me dejaba solo durante largos períodos de tiempo.

La terrible sensación de extrañeza se incrementó en mi nueva posición. Era como si los brazos y piernas que estaban bajo mi bata se negasen a obedecer los mandatos de mi mente, como si estuvieran agotadas y no fueran capaces de mover-se. Mis dedos, torpes, eran totalmente ajenos a mi sentido interior del tacto, y me asustaba el estar condenado el resto de mis días a una ausencia de sensaciones inducida por mi terrible enfermedad. La misma tarde que recobré parte de mis sensaciones empezaron los sueños. No sólo me sentía atormentado por la noche, sino también durante el día. Me despertaba, gritando horriblemente, de alguna pesadilla de la que prefería no acordarme. Estos sueños consistían preferentemente en sucesos macabros; cementerios nocturnos, cadáveres acechantes, y almas perdidas en un caos de luces y sombras. La terrible realidad de las visiones era lo que más me asustaba: era como si una influencia interior fuera la causante de esas visiones de tumbas a la luz de la luna e infinitas catacumbas de una muerte sin descanso. No podía saber su procedencia; y al cabo de una semana me hallaba sumido en abominables pensamientos que parecían crearse a sí mismos en mi recuperada consciencia.

En aquel tiempo comenzó a bullir un plan en mi interior para escapar de la vida intolerable a la que me había visto impelido. Andrews cada vez se preocupaba menos de mi, y sólo parecía interesado en los progresos en la recuperación de mis reacciones musculares normales. Cada día estaba más convencido de que, en aquel laboratorio al otro lado del pasillo, se llevaban a cabo experimentos nefastos; los chillidos de terror de los animales eran horribles y me ponían los nervios de punta. Además, estaba empezando a pensar que Andrews no me había ayudado sólo por mi propio beneficio, sino por algún motivo particular suyo. Las atenciones de Simes cada vez eran menores, y estaba convencido que el anciano servidor también tenía algo que ver con el malsano asunto.

Andrews ya no me trataba como a un amigo, sino como al objeto de sus experimentos; y no me gustó la forma en la que aparecía en el estrecho corredor con el escalpelo en las manos, mirando con una extraña aptitud de alerta. Jamás había visto una transformación igual en ningún hombre. Sus facciones naturales se habían hecho más duras y angulosas, y sus ojos brillaban como si el aliento de Satán bullera en su interior. Su mirada fría y calculadora me provocaba escalofríos, e hizo que reuniese las fuerzas suficientes para intentar escapar de su compañía lo antes posible. Durante esa época de locos sueños perdí la noción del tiempo, y no pude darme cuenta de lo rápido que pasaban los días. Las cortinas estaban echadas casi todo el día y la habitación permanecía iluminada por un enorme candelabro. Era una pesadilla irreal, una existencia horrible; aunque según pasaba el tiempo me sentía más fuerte. Siempre había contestado cuidadosamente a las preguntas de Andrews sobre mis progresos, pero ahora le ocultaba el hecho de que una poderosa vida bullía en mi interior según discurrían los días; por supuesto, no le dije nada acerca de que esperaba que me fuese útil en la crisis que se avecinaba.

Por fin, un gélido atardecer, cuando la luz de las velas se había extinguido y el pálido reflejo de la luna iluminaba mi cama a través de las oscuras cortinas, decidí levantarme y llevar a cabo mi plan. No había sentido ningún movimiento de mis guardianes desde hacía horas, y supuse que ambos estaban durmiendo en las habitaciones contiguas. Tirando suavemente de las mantas, me senté y salí cautelosamente de la cama, apoyando los pies en el suelo. El vértigo hizo presa en mí al instante, y estuve a punto de desmayarme. Pero finalmente recobré el vigor y, sujetándome a los postes de la cama, conseguí ponerme de pie por primera vez en muchos meses. Poco a poco una nueva fortaleza fue penetrando en mi interior y logré asir una bata negra que había sobre la silla. Era demasiado larga, pero servía de abrigo sobre mis ropas de cama. De nuevo me volvió esa sensación de extrañeza que había experimentado mientras guardaba cama; un sentimiento de alienación, una dificultad para que mis miembros reaccionasen de la manera que yo quería. Pero tenía que darme prisa antes de que desapareciesen de nuevo mis fuerzas. Tomé la precaución de ponerme unos zapatos viejos antes de salir; pero, aunque habría jurado que eran míos, me quedaban demasiado holgados y decidí que debían ser del viejo Simes.

Cogí el enorme candelabro, que brillaba a luz de la lun a, ya que no vi ningún otro objeto contundente, y comencé a mover con mucha cautela la puerta del laboratorio. Mis primeros pasos fueron inseguros y dificultosos, y, a causa de la oscuridad, me vi obligado a avanzar lentamente. Cuando llegué al umbral, pude ver a mi antiguo amigo echado sobre un sillón; a su lado había una pequeña estantería con botellas y un cristal. Lo vi reclinado en el sofá a la luz de la luna, sus facciones luminosas estaban retorcidas en una satisfecha sonrisa de borracho. En su regazo descansaba un libro abierto; uno de los macabros libros de su biblioteca privada. Durante largo tiempo permanecí inmóvil ante la escena, y entonces, dando un paso adelante, golpeé con el pesado candelabro su desnuda cabeza. El sordo crujido fue seguido por un chorro de sangre mientras el cuerpo caía al suelo con la cabeza abierta. No sentía ningún remordimiento de acabar con la vida de mi amigo de aquella forma. Pensé que los horribles —lo que quedaba de ellos— especímenes que había diseminados por la habitación en distintos estados de conservación y acabado eran suficiente prueba para no tener piedad de él. Andrews había ido demasiado lejos en sus experimentos como para continuar viviendo, y, como si yo fuera uno de sus monstruosos especímenes — de lo cual ahora tenía la horrible certeza—, era mi deber exterminarlo.

Supuse que acabar con Simes no iba a ser tarea tan fácil; en verdad sólo una suerte poco normal había hecho que encontrase a Andrews dormido. Cuando llegué finalmente a la puerta de la habitación del mayordomo, casi totalmente extenuado, supe que necesitaría de todas las fuerzas que me quedaban para completar la tarea. La habitación del viejo estaba sumida en la más absoluta oscuridad, situada en la parte norte de la casa, pero debió haber visto mi silueta recortándose en el umbral de la puerta. Gritó estridentemente y le arrojé el candelabro desde donde me encontraba. Golpeó algo blando, produciendo un sordo ruido en la oscuridad; pero los chillidos continuaron. En esos momentos todo era confuso, pero recuerdo que agarré al hombre y comencé a golpearlo mientras le quitaba la vida poco a poco. Pronunció una horda de palabras malsanas antes de que retirase mis manos de su cuerpo; gritó y suplicó clemencia mientras le apretaba con mis dedos. A duras penas pude reconocer la fuerza que manaba de mí en aquel demencial momento, una fuerza que había dejado al socio de Andrews en una condición semejante.

Retrocedí del oscuro habitáculo y me tambaleé hasta las escaleras que bajaban a la puerta principal; descendí a trompicones y, de alguna manera, llegué a la planta baja. No había ninguna lámpara encendida, tan sólo la débil luz de la luna que se filtraba por los estrechos ventanucos del recibidor. Pero me abrí camino a través de las frías, pesadas losas de piedra, aterrado por lo que acababa de hacer, y llegué a la puerta principal después de siglos de arrastrarme entre la oscuridad. Recuerdos vagos y macabras sombras parecían bullir en aquella antigua sala; sombras que una vez fueron amistosas y comprensibles, pero que ahora parecían extrañas e irreconocibles, de forma que bajé los escalones de la entrada con algo más que el miedo a mis espaldas. Durante breves momentos permanecí en el enorme umbral de piedra, contemplando los rayos de luna que se dirigían a la casa de mis antepasados, a menos de una milla de distancia. Pero el camino parecía largo, y por un momento me desesperé con sólo pensar en ello. Por fin cogí un palo de madera a modo de bastón y comencé a caminar por el ondulante camino.

Delante de mí, a poca distancia y brillando a la luz de la luna, se erguía la venerable mansión donde mis antepasados habían vivido y muerto. Sus torretas sobresalían espectrales en la difusa luz, y la negra sombra que se delimitaba en la colina cercana parecía bullir y ondularse, como si la mansión estuviera hecha de una sustancia irreal. Allí se erguía un monumento de medio siglo; un refugio para mis familiares, tanto jóvenes como ancianos, del que yo había renegado hacía mucho tiempo para vivir con el joven Andrews. Se hallaba libre de todas las maldades de aquella noche, y esperaba que siempre permaneciese así.

De alguna forma llegué a aquel antiguo lugar; aunque no recuerdo la última parte de la caminata. Estaba cerca del cementerio familiar, entre cuyas lápidas mohosas y decrépitas podría encontrar el olvido que tanto ansiaba. Mientras me acercaba, la luz de la luna me hizo reconocer la vieja familiaridad —tan ausente durante mi existencia antinatural—, cambiándome de una extraña manera. Me acerqué a mi propia tumba, y tuve una sensación de bienvenida; con ella llegó aquel sentimiento de alienación que tan bien conocía. Estaba contento de que se acercase el fin: ni tan siquiera me paré a examinar mis sensaciones hasta un poco después, cuando todo el horror de mi situación se hizo patente.

Intuitivamente sabia el lugar exacto de mi sepultura; la hierba apenas había tenido tiempo de crecer entre la tierra recientemente removida. Enceguecido me acerqué al montículo y comencé a escarbar la tierra húmeda. No se cuánto tiempo estuve escarbando hasta que mis dedos tropezaron al fin con el ataúd; pero chorreaba sudor y mis dedos no eran más que unos garfios sangrientos e insensibles. Por fin quité el último montón de tierra, y con dedos trémulos empecé a manipular la pesada tapa. Se movió un poco, y, cuando estaba dispuesto a abrir del todo la tapa, un olor nauseabundo asaltó mis narices. Permanecí rígido, aterrorizado. ¿Acaso algún idiota se había equivocado de tumba al enterrarme, haciendo que yo desenterrara otro cuerpo? Pues con toda seguridad no podía haber ningún error en que aquella era mi sepultura. Gradualmente se fue apoderando de mí una inseguridad espantosa mientras salía a gatas del agujero. Una mirada a ese nuevo rompecabezas seria suficiente. Aquella era, sin lugar a dudas, mi tumba... ¿pero qué estúpido había enterrado en ella a otra persona?

De repente sentí la sacudida de una revelación que salía del interior de mi cerebro. El olor, dejando de un lado el que producía la putrefacción, me parecía familiar, horriblemente familiar.. Pero aún no podía dar crédito a aquella horrible revelación. Musitando, maldiciendo, bajé de nuevo a aquella oscura cavidad y, con la ayuda de un fósforo, destapé completamente la tapa del ataúd. Entonces la cerilla se apagó, como si una mano fantasmagórica la hubiese extinguido, y volví a salir a gatas de aquel inmundo pozo, gritando lleno de miedo y terror.

Cuando recobré el conocimiento me hallaba delante de las puertas de mi antigua mansión, adonde me había dirigido después del terrible descubrimiento nocturno en el cementerio familiar. Pronto amanecería, y me abrí paso bajo la pálida, desvaída luz hasta llegar a mi estudio, del que había desertado hacía tantos años. Cuando saliese el sol, iría al antiguo pozo que se encuentra bajo el antiguo sauce del cementerio y arrojaría mi deforme ser al interior. Ningún otro hombre verá esta blasfemia que ha sobrevivido más de lo que debería. No sé lo que dirá la gente cuando vea mi tumba profanada, pero no me importa; sólo quiero buscar el olvido, escapar de todo lo que había contemplado entre las lápidas decrépitas y mohosas de aquel horrible lugar.

Ahora sé por qué Andrews actuaba con tanto secreto; aquella aptitud grotesca que adoptó tras mi muerte artificial. Me había tratado como a un espécimen suyo durante todo este tiempo, un espécimen que era la cima de sus conocimientos de cirugía, su obra de arte... un ejemplo de pervertido de arte para su propia contemplación. De dónde obtuvo Andrews aquel otro del que se sirvió para llevar a cabo sus propósitos, posiblemente no lo sepa nunca; pero me temo que lo trajo de Haití, junto con sus conocimientos de medicina. Cuando menos, esos largos y peludos brazos y esas horribles piernas cortas son totalmente desconocidas para mí... desconocidas para todas las leyes naturales de la materia. El pensamiento de que viviría torturado con aquel otro el resto de mi vida era como un infierno.

Ahora sólo puedo desear aquello que una vez fue mío; aquello que todo hombre tiene derecho a poseer hasta su muerte; aquello que pude contemplar, en un momento de pánico, en aquel antiguo cementerio cuando abrí la tapa del ataúd: mi propio cuerpo, marchito, podrido y sin cabeza".

H.P. Lovecraft/Duane W. Rimel

domingo, 25 de octubre de 2015

"La Cabaña de Landor"

"Durante una excursión a pie, que realicé el pasado verano a través de uno o dos de los condados ribereños de Nueva York, me encontré, al caer el día, un tanto desorientado acerca del camino que debía seguir. La tierra se ondulaba de un modo considerable y durante la última hora mi senda había dado vueltas y más vueltas de aquí para allá, tan confusamente en su esfuerzo por mantenerse dentro de los valles, que no tardé mucho en ignorar en qué dirección quedaba la bonita aldea de B..., donde había decidido pernoctar. El sol casi no había brillado durante el día —en el más estricto sentido de la palabra—, a pesar de lo cual había estado desagradablemente caluroso. Una niebla humeante, parecida a la del verano indio, envolvía todas las cosas y, desde luego, contribuía a mi incertidumbre. No es que me preocupara mucho por eso. Si. no llegaba a la aldea antes de la puesta del sol o aun antes de que oscureciese, sería más que posible que surgiera por allí una pequeña granja holandesa o algo por el estilo, aunque, de hecho, los alrededores estaban escasamente habitados, debido, quizá, a ser estos parajes más pintorescos que fértiles. De todos modos, con mi mochila por almohada y mi perro de centinela, vivaquear al aire libre era en realidad algo que debería divertirme. Seguí, por tanto, caminando a mis anchas, haciéndose Ponto cargo de mi escopeta, hasta que, finalmente, en el momento que yo había empezado a considerar si los pequeños senderos que se abrían aquí y allí eran auténticos senderos, uno de ellos, que parecía el más prometedor, me condujo a un verdadero camino de carros. No podía haber equivocación. Las ligeras huellas de ruedas eran evidentes, y aunque los altos arbustos y la maleza excesivamente crecida se entrecruzaban formando una maraña elevada, no había obstrucción alguna por abajo, incluso para el paso de una galera de Virginia, que es el vehículo con más aspiraciones de todos cuantos conozco de su clase. Sin embargo, la carretera, excepto en lo de estar trazada a través del bosque —si ésta no es una palabra demasiado importante para tan pequeña agrupación de árboles— y excepto en los detalles de evidentes huellas de ruedas, no guardaba la menor relación con todas las carreteras que yo había visto hasta entonces. Las huellas de las que hablo no eran sino débilmente perceptibles, habiendo sido impresas sobre la superficie firme, pero desagradablemente mojada, que era más parecida al verde terciopelo de Génova que a ninguna otra cosa. Naturalmente, era césped, pero un césped que raras veces vemos en Inglaterra —tan corto, tan espeso, tan nivelado y tan vivo de color—. En aquella vía de ruedas no existía ni un solo obstáculo, ¡ ni siquiera una piedra o una ramita seca! Las piedras que una vez obstruyeron el camino habían sido cuidadosamente colocadas, no tiradas a lo largo de las cunetas, sino puestas alrededor como para señalar sus límites, con una clase de definición medio precisa, medio negligente y totalmente pintoresca. Por todas partes crecían grupos de flores entre las piedras con una gran exuberancia. Desde luego, yo no sabía qué sacar de todo aquello. Sin duda alguna era arte, lo que no me sorprendía, pues todas las carreteras son obras de arte en el sentido corriente de la palabra. No puedo decir que hubiera mucho para maravillarse en el simple exceso de arte manifestado; todo parecía haber sido hecho, debería haber sido hecho allí, con "recursos naturales", tal como se dice en los libros de jardinería del paisaje, con muy poco trabajo y gasto. No eran la cantidad del arte, sino su carácter, lo que me indujo a tomar asiento sobre una de las floridas piedras y mirar de arriba abajo aquella avenida que parecía de hadas, durante media hora o más, con maravillosa admiración. Cualquier cosa se iba haciendo más y más evidente conforme la miraba: aquellos arreglos deberían haber sido dirigidos por un artista, y uno de gusto muy exigente para las formas. Se intentó conservar un equilibrio entre lo delicado y gracioso, por una parte, y lo pintoresco, en el verdadero sentido del término italiano, por la otra. Había pocas líneas rectas y pocas líneas continuas. El mismo efecto de curvatura o de color aparecía repetido en general dos veces, pero no aparecía con más frecuencia, desde ningún punto de vista.

Por todas partes había variedad en la uniformidad. Era una pieza de composición a la que el gusto del crítico más exigente apenas hubiera podido sugerir la más pequeña enmienda. Cuando entré por aquella carretera había torcido a la derecha y ahora, al levantarme, continué en la misma dirección. La senda era tan sinuosa que en ningún momento, desde luego, podía andar más de dos o tres pasos en línea recta. Su carácter no experimentaba ningún cambio material.

De forma repentina, el murmullo del agua se oyó suavemente y algunos momentos después, cuando el camino torcía de forma algo más brusca que la de antes, divisé un edificio de cierta categoría que se alzaba al pie del suave declive, precisamente delante de mí. No podía ver nada claramente a causa de la niebla que ocupaba todo el pequeño valle que se hallaba a mis pies. Sin embargo, ahora que el sol iba a ponerse, se levantaba una suave brisa, y mientras permanecía de pie sobre la cima de la ladera, la niebla se iba disipando gradualmente en espirales y de ese modo flotaba sobre el paisaje. Cuando el escenario fue haciéndose más visible, de forma gradual como lo describo, parte por parte, aquí un árbol, allí un resplandor de agua y aquí de nuevo el final de una chimenea, no pude menos de imaginar que todo no era sino una de esas ilusiones ingeniosas que algunas veces se exhiben bajo el nombre de "cuadros desvanecientes". Sin embargo, durante ese tiempo la niebla había desaparecido totalmente, el sol se había ocultado detrás de las suaves colinas y desde allí, como con un ligero paso hacia el sur, se había vuelto a hacer visible, brillando con reflejos purpúreos a través de una hondonada, por la que se penetraba al valle del Oeste. De repente, y como por arte de magia, todo el valle y todo lo que en él había se hizo visible. La primera ojeada, mientras el sol se deslizaba en la posición descrita, me impresionó mucho más de lo que me hubiera impresionado, siendo colegial, el final de una buena representación de teatro o melodrama. Ni siquiera se echaba de menos la monstruosidad de color, pues la luz del sol salía a través de la hondonada, coloreada por completo de anaranjado y púrpura, mientras el vivo verde del césped del valle era reflejado más o menos sobre los objetos, desde la cortina de vapor que aún colgaba por encima, como si le costase trabajo abandonar escena de tan encantadora belleza. El pequeño valle que yo curioseaba a mis pies desde aquel dosel de niebla, puede que no tuviera más de cuatrocientos metros de longitud, mientras que su ancho variaba de cincuenta a ciento cincuenta, o tal vez doscientos. Era más estrecho en su extremo norte, abriéndose conforme se acercaba hacia el sur, aunque con regularidad no muy precisa. La parte más ancha estaba a unas ochenta yardas del extremo sur. Las laderas que cerraban el valle no podían llamarse propiamente colinas, al menos en su cara norte. Aquí se elevaba un precipicio de granito escarpado con una altura de unos noventa pies y, como ya he dicho, el valle en este punto no tenía más de cincuenta pies de ancho. A medida que el visitante avanzaba hacia el sur desde el acantilado, encontraba a derecha e izquierda declives de menos altura, menos escarpados y menos rocosos. En una palabra, todo se inclinaba y se suavizaba hacia el sur, y a pesar de ello el valle estaba rodeado por eminencias más o menos altas, excepto en dos puntos. De uno ya he hablado. Se encontraba considerablemente al noroeste y estaba allí donde el sol poniente se abría camino, como ya lo he descrito, en el anfiteatro a través de una grieta natural lisamente trazada en el terraplén de granito; esta grieta tendría diez yardas por su parte más ancha, hasta donde el ojo era capaz de ver. Parecía llevar hacia arriba, como una calzada natural, a los recónditos lugares de inexploradas montañas y bosques. La otra abertura estaba situada directamente en el otro extremo sur del valle. Allí, por regla general, las pendientes no eran sino suaves inclinaciones que se extendían de este a oeste en unas cincuenta yardas, aproximadamente. En medio de esta extensión había una depresión al nivel corriente del suelo del valle. En cuanto a la vegetación, así como a todo lo demás, la escena se suavizaba y ondulaba hacia el sur. Hacia el norte, y sobre el precipicio escarpado, se alzaban a algunos pasos del borde magníficos troncos de numerosos nogales americanos, nogales negros y castaños, entremezclados con algún otro roble. Las fuertes ramas laterales de los castaños, especialmente, sobresalían en mucho sobre el borde del acantilado. Continuando su marcha hacia el sur, el viajero veía al principio la misma clase de árboles, pero cada vez menos elevados. Luego veía el olmo apacible, seguido por el sasafrás; el algarrobo y el curbaril, y éstos a su vez por el tilo, el ciclamor, la catalpa y el arce, y éstos de nuevo por otras variedades más graciosas y modestas. Toda la cara del declive sur estaba cubierta sólo de arbustos salvajes, con excepción de algún sauce plateado o álamo blanco. En el fondo del mismo valle (pues debe recordarse que la vegetación mencionada hasta ahora sólo crecía en los precipicios o laderas de los montes) podían verse tres árboles aislados. Uno era un olmo de hermoso tamaño y exquisita forma que se alzaba como si guardase la entrada sur del valle. Otro era un nogal americano, mucho mayor que el anterior y en su conjunto mucho más hermoso, aunque ambos eran muy bellos. Éste parecía tener a su cargo la entrada noroeste, brotando de un montón de rocas en la misma embocadura del precipicio y proyectando su graciosa figura en un ángulo de casi cuarenta y cinco grados, a lo lejos, sobre el iluminado anfiteatro. Casi a unas treinta yardas al este de dicho árbol se levantaba el orgullo del valle, y por encima de toda discusión, el árbol más magnífico que yo he visto jamás, salvo, tal vez, entre los cipreses de Ilchiatuckanee. Era un tulípero de triple tronco, el Liriodendron. Tulipiferurn, perteneciente a la familia de las magnolias. Los tres troncos estaban separados del padre unos tres pies del suelo, aproximadamente, y se apartaban muy suave y gradualmente, apenas distando entre ellos cuatro pies de donde el tronco más ancho extendía su follaje; esto ocurría a una altura de unos ochenta pies. La altura del tronco principal era de ciento veinticinco. Nada hay que supere en belleza a la forma y el color verde brillante de las hojas del tulipero. En el ejemplar al que me refiero tenían muy bien ocho pies de anchura, pero su gloria estaba completamente eclipsada por el magnífico esplendor de su profusa floración. ¡Imaginad, congregados en un denso ramillete, un millón de tulipanes de los más grandes y espléndidos! Sólo así puede el lector hacerse una idea del cuadro que intento describir; y luego, la gracia firme de los lisos troncos, finamente pulidos como columnas, el más ancho de los cuales medía cuatro pies de diámetro, a veinte del suelo. Las innumerables florescencias, mczclándose con las de los otros árboles de parecida belleza, aunque infinitamente de menor majestad, llenaban el valle de aromas más agradables que los perfumes de Arabia.

El suelo del anfiteatro tenía un césped de la misma clase que el de la carretera y aún más deliciosamente suave, espeso, aterciopelado y de un verde milagroso. Era difícil de concebir cómo se había logrado toda esa belleza. He hablado de las dos aberturas que tenía el valle. En una de ellas, la situada al noroeste, fluía un riachuelo que, con un murmullo suave y espumoso, llegaba hasta estrellarse contra el grupo de rocas sobre las que brotaba el nogal americano. Allí, después de rodear el árbol, pasaba un, poco hacia el nordeste, dejando el tulípero a unos veinte pies hacia el sur y no sufriendo otra alteración en su curso hasta que se aproximaba al centro entre los límites orientales y occidentales del valle. En este punto, después de una serie de revueltas, doblaba en ángulo recto y proseguía generalmente en dirección sur, serpenteando en su cauce hasta llegar a perderse en un pequeño lago de forma irregular (aunque ásperamente ovalado) que se extendía resplandeciente cerca de la extremidad inferior del valle. Este pequeño lago tenía tal vez cien yardas de diámetro en su parte más ancha. Ningún cristal podía ser más claro que sus aguas. Su fondo, que podía verse con claridad, estaba formado todo él de guijarros de un blanco brillante. Sus orillas, de césped esmeralda, ya descritas, redondeadas más bien que cortadas, se hundían en el claro cielo de debajo, y tan claro era éste y tan perfectamente reflejaba a veces los objetos que estaban por encima, que era un punto difícil de determinar dónde acababa la orilla verdadera y dónde comenzaba su reflejo. Las truchas y otras variedades de peces, de las que aquella laguna parecía estar incomprensiblemente repleta, tenían toda la apariencia de auténticos peces voladores. Resultaba casi imposible de creer que no estaban suspendidos del aire. Una ligera canoa de corteza de abedul que descansaba plácidamente sobre el agua, era reflejada hasta en sus más minuciosas fibras con una fidelidad superior al espejo más pulido. Una pequeña isla, que reía bellamente con flores en todo su apogeo y que ofrecía muy poco más espacio que el justo para sostener alguna pequeña y pintoresca edificación, como una casita de patos, se levantaba sobre la superficie del lago, no muy lejos de la orilla norte, a la cual estaba unida por medio de un puente inconcebiblemente ligero y rústico. Estaba formado por una tabla única, ancha y gruesa, de madera de tulípero que medía cuarenta pies de larga y que salvaba el espacio comprendido entre orilla y orilla con un ligero, como perceptible arco que prevenía toda oscilación. Del extremo sur del lago salía una prolongación del arroyo que después de serpentear tal vez treinta yardas, pasaba, finalmente, a través de la depresión (ya descrita) en medio de la pendiente sur, y lanzándose por un abrupto precipicio de cien pies, seguía su áspera y desconocida ruta hacia el Hudson.

El lago era profundo —en algunos puntos, treinta pies—, pero el arroyo raras veces excedía de tres, mientras su anchura mayor era casi de ocho. El fondo y las orillas eran semejantes a las del lago, y si se les debiera atribuir algún defecto, de acuerdo con su pintoresquismo, sería el de su excesiva pulcritud. La extensión del verde césped estaba suavizada aquí y allí por algún bonito arbusto, tal como la hortensia, la corriente bola de nieve o la aromática lila; o más frecuentemente por un macizo de geranios floreciendo magníficos en grandes variedades. Estos últimos crecían en tiestos que estaban cuidadosamente enterrados en el suelo, como para dar a las plantas la apariencia de ser naturales. Además de esto, el terciopelo del césped estaba exquisitamente moteado por un rebaño considerable que pastaba por el valle en compañía de tres gamos domesticados y un gran número de patos de brillantes plumas. Un mastín enorme parecía estar vigilando a cada uno de aquellos animales.

A lo largo de las colinas de la parte este y oeste, hacia la parte superior del anfiteatro, donde eran más o menos escarpados los linderos, crecía una gran profusión de brillante hierba —de modo que sólo de tarde en tarde se podía descubrir algún sitio de la roca que hubiera quedado desnuda—. El precipicio norte estaba del mismo modo enteramente cubierto de viñas de rara exuberancia; algunas brotaban en la base del acantilado y otras sobre los bordes de sus paredes laterales. La ligera elevación que formaba el límite más bajo de esta pequeña posesión estaba coronada por un muro de piedra uniforme, de altura suficiente como para prevenir que escaparan los gamos. Por ningún lado se veía algo que pudiera ser un vallado; es que en realidad no era en modo alguno necesario, pues si, por ejemplo, llegaba a extraviarse alguna oveja que hubiese intentado salir del valle por medio del precipicio, después de unas cuantas yardas, habría encontrado interrumpido su caminar por el borde de la roca, sobre el cual se precipitaba la cascada que había atraído mi atención cuando por vez primera me acerqué a la finca. En resumen: las únicas entradas o salidas sólo eran posibles a través de una verja que ocupaba un paso rocoso en la carretera a algunas yardas por debajo del lugar donde yo me había detenido para contemplar el paisaje. He descrito el arroyo que serpenteaba de modo muy irregular a lo largo de su curso. Sus dos direcciones principales eran, como dije. primero de oeste a este y luego de norte a sur. En la revuelta, la corriente, retrocediendo en su marcha, describía una curva casi circular, de forma como de península o tal vez como una isla, y que incluía en su interior una extensión de la sexta parte de un acre. Sobre esta península se asentaba una casa, y cuando vi que esta casa, como la terraza infernal vista por Vathek; était d'une architecture inconnue dans les annales de la terre, quiero decir simplemente que todo su conjunto me impresionó con el más agudo sentido de una combinación de novedad y de propiedad —de poesía, en una palabra (en el término más abstracto y riguroso)—, y no es mi intención indicar que el soutre fuera tomado en cuenta en algún momento. De hecho, nada podría ser más sencillo, ni más completamente carente de ambición, que aquel cottage. Su maravilloso efecto radicaba principalmente en la artística disposición, como la de un cuadro. Mientras la miraba, podía haber imaginado que algún eminente paisajista la había creado con su pincel.

El sitio desde el cual vi el valle por vez primera no era por completo, aunque no faltara mucho para ello, el mejor punto desde el cual se pudiera contemplar la casa. Por tanto, la describiré como la vi más tarde, colocándome sobre las piedras en el extremo sur del anfiteatro.

El edificio principal tenía cerca de veinticuatro pies de largo y dieciséis de ancho. Su altura total, desde el suelo a la cúspide del tejado, no debería exceder de dieciocho pies. Al extremo oeste de esta estructura se le unía otra un tercio más pequeña en todas sus proporciones; la línea de su fachada retrocedía cerca de dos yardas en relación con la casa mayor, y la línea del tejado era también considerablemente más baja que el tejado de su compañera. A la derecha de este edificio, y detrás del principal —no exactamente en medio —, se extendía una tercera edificación, muy pequeña, y en general un tercio inferior que la situada en el ala oeste. Los tejados de las dos casas mayores eran muy empinados, descendiendo desde la cima con una larga curva cóncava y extendiéndose, por último, cuatro pies más allá de las paredes de la fachada, como para cubrir los tejados de dos galerías. Estos últimos no necesitaban soportes, desde luego, pero como tenían el aspecto de necesitarlos, unos ligeros y bien pulidos pilares se habían insertado sólo en las esquinas. El tejado del ala norte era simple prolongación de una parte del tejado principal. Entre el edificio principal y el ala oeste se alzaba una chimenea muy alta y esbelta de consistentes ladrillos holandeses que se alternaban en rojo y en negro; una ligera cornisa que sobresalía remataba el tejado. Los tejados se proyectaban mucho sobre los caballetes, haciéndolo en el edificio principal como cuatro pies al este y como dos al oeste. La puerta principal no estaba precisamente en el centro de la edificación principal, sino un poco hacia el este, mientras las dos ventanas quedaban al oeste. Éstas no bajaban al terreno, sino que, mucho más largas y estrechas que las corrientes, tenían hojas únicas, como las puertas, y cristales con forma de rombos, pero muy anchos. La puerta era de cristal en su medio panel superior, también en forma de rombos, y con una hoja movible, que se aseguraba por la noche. La puerta del ala oeste estaba en esta pared y era muy sencilla, con una única ventana que miraba hacia el sur. El ala norte no tenía puerta exterior, y sólo una ventana orientada hacia el este. El muro de sujeción del caballete oriental estaba realzado por una escalera de balaustrada que la cruzaba en diagonal. Bajo el tejado del amplio alero, esta escalera daba acceso a una puerta que conducía a la buhardilla, o mejor, al desván, pues éste se iluminaba únicamente por la luz de una ventana orientada al norte y parecía haber sido ideado como almacén. Las galerías del edificio principal y del ala oeste no tenían el suelo que acostumbran tener, pero ante las puertas y ventanas, anchas losas de granito de forma irregular, quedaban encajadas en el delicioso césped, proporcionando en cualquier tiempo un confortable pavimento. Excelentes senderos del mismo material, no ajustado, sino dejando que el césped aterciopelado llenara los frecuentes espacios entre las piedras, llevaban aquí y allá, desde la casa a un manantial cristalino que manaba a muy pocos pasos, a la carretera o a uno de los dos pabellones que se extendían al norte, más allá del arroyo y completamente tapados por algunos algarrobos y catalpas. A menos de seis pasos de la entrada principal del cottage se levantaba el tronco muerto de un fantástico peral, tan recubierto de pies a cabeza por espléndidas flores de bignonia, que uno precisaba una gran atención para determinar qué clase de cosa podía ser aquello. De diversas ramas de este árbol colgaban jaulas de clases diferentes. En una de ellas, un sinsonte se removía con gran algazara en un gran cilindro de mimbre con una anilla en su parte superior; en otra, una oropéndola, y en una tercera, el descarado gorrión de los arrozales, mientras que tres o cuatro más delicadas prisiones estaban ocupadas por canarios de potente canto. Los pilares de las galerías estaban enguirnaldados con jazmines y madreselvas, mientras que enfrente del ángulo formado por la estructura principal y su ala oeste brotaba una parra de exuberancia sin igual. Desafiando toda limitación, había trepado primero al tejado más bajo, luego al más elevado, y después, a lo largo del alero de este último, seguía retorciéndose, proyectando zarcillos a derecha e izquierda, hasta alcanzar, por último, el caballete del este y caer rastreando por las escaleras.

Toda la casa, con sus alas, fue construida con arreglo a la vieja moda holandesa de ancho entablado y bordes sin redondear. La particularidad de este material es dar a las casas construidas con él todo el aspecto de ser más anchas en la base que en la parte superior —como en la arquitectura egipcia—, y en el caso presente, aquel efecto, extraordinariamente pintoresco, se basaba en los numerosos tiestos de magníficas flores que casi circundaban la base de los edificios. El entablado estaba pintado de gris oscuro y un artista puede fácilmente imaginar el magnífico efecto que este tono neutro producía, mezclado con el vivo verde de las hojas de los tulíperos que parcialmente sombreaban el cottage.

Desde una posición cercana a la valla de piedra, tal como he descrito, se podían ver con gran facilidad los edificios., pues el ángulo sudeste avanzaba hacia adelante y la vista podía abarcar en seguida el conjunto de las dos fachadas, junto con el pintoresco caballete del este y, al mismo tiempo, tenía una vista suficiente del ala norte, con retazos del bonito tejado del invernadero y casi la mitad de un puentecillo, puente que se arqueaba sobre el arroyo en las cercanías de los edificios principales. No permanecí mucho tiempo en la cumbre de la colina, aunque sí el suficiente como para hacer una concienzuda recopilación del escenario que tenía a mis pies. Era evidente que me había apartado de la carretera de la aldea, y así tenía una buena disculpa de viajero para abrir la verja que estaba ante mí y preguntar el camino, lo cual hice sin la menor vacilación.

La carretera, después de cruzar la puerta, quedaba sobre un reborde natural que descendía gradualmente por la cara de los acantilados del nordeste. Me llevó al pie del precipicio norte, y de allí, luego de cruzar el puente y rodear el caballete norte, a la puerta de la fachada. Mientras avanzaba pude darme cuenta de que no se podían ver los pabellones. Cuando doblé la esquina del caballete, un mastín saltó hacia mí silenciosamente, pero con la vista y todo el aire de un tigre. Sin embargo, le alargué mi mano en señal de amistad —pues no he conocido perro alguno que se mostrase reacio a una llamada a su cortesía— y no sólo cerró su boca y meneó su cola, sino que me ofreció de verdad su pata, extendiendo después sus muestras de civilidad a Ponto.

No se veía ninguna campanilla y golpeé con mi bastón la puerta, que estaba entornada. Instantáneamente, la figura más bien delgada o ligera y de estatura superior a la media, de una joven de unos veintiocho años, avanzó hacia el umbral. Cuando se acercaba, con cierta humilde decisión, con su paso del todo indescriptible, me dije a mí mismo: "Con seguridad he encontrado aquí la perfección de lo natural, en contraposición a la gracia artificial". La segunda impresión que me causó, y la más viva de las dos, fue la del entusiasmo. Una impresión de romanticismo o tal vez de espiritualidad, tan intensa como aquella que brillaba en sus profundos ojos, jamás se había hundido en el fondo de mi corazón de aquel modo. No sé cómo fue, pero esa peculiar expresión de ojos, que a veces se refleja en los labios, es el atractivo más enérgico, sino el único, que despierta mi mayor interés hacia una mujer. "Romanticismo', hará comprender a mis lectores, lo que quiero decir con la palabra. Romanticismo y feminidad son para mí términos sinónimos, y después de todo, lo que un hombre ama en la mujer es simplemente su "feminidad". Los ojos de Annie (yo oí a alguien que desde el interior le llamaba "Annie querida. . ..." eran de un "gris espiritual"; su cabello, castaño claro; esto fue todo lo que tuve tiempo de observar en ella.

Atendiendo su cortés invitación, entré, pasando primero a un vestíbulo muy espacioso. Habiendo ido allí principalmente para observar, me fijé que a la derecha, al entrar, había una ventana semejante a las de la fachada de la casa; que a la izquierda, una puerta conducía a la habitación principal, mientras enfrente de mí una puerta abierta me permitía ver un pequeño apartamiento, precisamente del tamaño del vestíbulo, arreglado como estudio y con una ancha ventana saliente que daba al norte. Pasando al saloncito me encontré con míster Landor, pues éste, como supe después, era su nombre. Era un hombre educado y cordial en su modo de reír; pero precisamente entonces estaba yo más interesado en observar el decorado de la casa que tanto me había atraído, que no presté atención a sus ocupantes. El ala norte, como vi entonces, tenía un dormitorio cuya puerta comunicaba con el saloncito. Al oeste de esta puerta se veía una ventana que daba al arroyo. En el extremo oeste del saloncito había una chimenea y una puerta que conducía al ala oeste, probablemente a la cocina.

Nada podía ser más rigurosamente simple que el mobiliario del saloncito. En el suelo, una alfombra de nudo de excelente tejido, con fondo blanco salpicado de pequeñas figuras circulares verdes. En las ventanas había cortinas de muselina de inmaculada blancura, de anchura aceptable y que colgaban formando pliegues rectos y paralelos hasta el suelo. Las paredes estaban empapeladas con papel francés de eran delicadeza: fondo plateado con listas de color verde pálido, corriendo en zigzag de un lado a otro. Sobre él sólo había tres exquisitas litografías de Julien, a tres colores, colgadas de la pared, sin marcos. Uno de los cuadros representaba una escena de lujo oriental, llena de voluptuosidad; la otra era una escena de carnaval, de una fuerza incomparable; la tercera, una cabeza de mujer griega, un rostro tan divinamente hermoso y, sin embargo, con una expresión de inconstancia tan provocativa como jamás mis ojos habían visto hasta entonces.

Los muebles más importantes consistían en una mesa redonda, unas cuantas sillas (incluyendo una mecedora> y un sofá, o mejor, canapé de madera de arce lisa pintada de un tono blanco —crema, ligeramente ribeteado de verde, con asiento de enea. Las sillas y la mesa hacían juego. No cabía duda de que todo había sido designado por el mismo cerebro que planeó los terrenos; de otro modo sería imposible concebir algo tan delicado. Sobre la mesa había unos cuantos libros, una botella de cristal ancha y cuadrada en algún perfume nuevo, una lámpara de cristal esmerilado (no solar) con una pantalla de estilo italiano y un gran vaso repleto de espléndidas flores. Estas, de magníficos colores y suave aroma , constituían en verdad la única decoración del departamento. La repisa de la chimenea estaba enteramente repleta de un florero de geranios. Sobre una estantería triangular en cada ángulo de la habitación se veían vasos semejantes que sólo variaban en su bello contenido. Uno o dos pequeños bouquets, adornaban el mantel y tardías violetas se apretaban en las ventanas abiertas.

El propósito de este trabajo no ha sido sino el de dar con detalle una descripción de la residencia de míster Landor, tal y como yo la encontré".

Edgar Allan Poe

sábado, 24 de octubre de 2015

"La Capa"

"Estaba poniéndose el sol y el viento del atardecer arremolinaba las hojas secas y las impulsaba a lo largo de la estrecha calle, como si quisiera llevarlas hacia el oeste, para que asistiera al entierro del astro del día.

—¡Tonterías! —murmuró Henderson.

Y procuró apartar de su mente las ideas que habían estado inquietándole. Tal vez se debiesen a que aquel día era la víspera de la festividad de los Difuntos, y a que pronto caería la noche, la noche tan temida, antaño; porque se creía que con las primeras sombras empezarían a oírse los lúgubres lamentos de las almas en pena...

—¡Tonterías! —repitió Henderson, con aire tozudo.

Aquella noche no sería otra cosa que una más del otoño. Y la verdad era que ya iba siendo hora de que la llegada de esa noche recobrara su significado, o adquiriese uno nuevo. Que significase algo importante, en suma. En la Europa medieval, invadida por la superstición, millones de puertas se cerraban aquella noche para impedir la entrada de los espíritus y millones de plegarias eran musitadas por las almas de los difuntos, al par que se encendían millones de velas. En aquellos tiempos, pensaba Henderson, la llegada de la festividad resultaba impresionante. Los europeos de entonces vivían en un ambiente de terror, en un mundo poblado por demonios y vampiros. En aquellos tiempos, el alma de un ser humano tenía valor para sus semejantes. En cambio, el escepticismo de la época moderna la había despojado de ese valor, porque los hombres de los nuevos tiempos no concedían ya atención a los asuntos de su alma.

—¡Tonterías! —volvió a decir Henderson.

Pero no dejó de reconocer la vaciedad del comentario expresado, tan corriente en estos días de indiferencia total hacia los problemas anímicos. No obstante, y como hijo de su época, admitió que los tiempos habían cambiado, y se concentró en la idea que en aquel momento tenía más importancia para él: la de localizar la tienda de disfraces cuya dirección había encontrado en la guía telefónica, pues deseaba comprar una máscara para asistir al baile de aquella noche. Por eso siguió mirando atentamente los números de las puertas de la calle, hasta que los rojizos rayos del sol poniente, reflejándose en la fachada de un alto edificio, le mostraron el amplio cristal de un escaparate.

De pronto, Henderson notó que un escalofrío le recorría la espalda. Por supuesto que se encontraba frente a la tienda que buscaba y no ante la entrada del infierno. Entonces, ¿a qué se debía aquel rojizo resplandor que iluminaba todo el interior del local? Un resplandor siniestro, que prestaba horrenda apariencia a las caretas alineadas sobre el mostrador.

—El sol del atardecer —tranquilizóse, sonriendo levemente.

Y después de abrir la puerta avanzó hasta el fondo del local, sumido en profundo silencio. Notábase ese inconfundible olor que se percibe en recintos largo tiempo cerrados y mal ventilados; como debía de ser el de los sepulcros y...

—Tonterías —tornó a murmurar Henderson.

Y pensó que lo que su olfato percibía era el ambiente propio de un vulgar comercio poco frecuentado: naftalina, pieles viejas, cartón, polvo... Allá en los días de su niñez, Henderson había participado en funciones teatrales escolares y recordaba que había representado el papel de «Hamlet», viéndose obligado a sostener en sus manos una calavera. Pues bien, el recuerdo le sugirió una idea apropiada para la fiesta de aquella noche. Puesto que era la víspera de la Festividad de los Difuntos, no se disfrazaría de rajá ni de pirata ni de ninguna otra cosa por el estilo, sino de fiera, brujo, hombre-lobo... ¡Eso era lo que habría de hacer! Causar una tremenda impresión al «snob» de Lindstrom y a los cursis de sus invitados. Sonrió entonces, al figurarse las expresiones de horror y sorpresa que provocaría, cuando entrase en aquella casa vestido como un monstruo. Y un tanto impaciente, golpeó con los nudillos sobre el mostrador.

—¡Eh! ¿No hay nadie que atienda a los clientes?

Al pronto, no recibió respuesta. Luego, un apagado rumor sonó a sus espaldas y volvióse en redondo, mientras que pensaba que bien podrían encender la luz antes de que acabase de caer la noche. Acto seguido, Henderson abrió la boca y los ojos, en expresión de gran asombro, al ver un oscuro bulto que iba ascendiendo desde el suelo, envuelto en un rojizo resplandor...

—Tonterías —dijo una vez más.

Desde luego, la aparición no tenía nada de sobrenatural. No era más que el dueño de la tienda, un anciano de pálida faz, que subía por la escalera del sótano.

—Buenas noches —saludó el tendero—. Creo que me quedé dormido, ahí abajo. ¿Quería usted algo?
—Sí. He venido a buscar un disfraz para el baile de esta noche.
—Ya. ¿Qué desearía?
—Nada de particular, lo corriente en estos casos. Creo que en vista del carácter de la fiesta, me convendría comprar un disfraz de monstruo. ¿Tiene algo que se le parezca?
—Puedo enseñarle las máscaras.
—No, no. Yo me refiero a un disfraz completo, ¿comprende usted? Un disfraz de lobo humano, o algo semejante, pero quiero que sea auténtico.
—Exactamente, sí, señor —respondió el viejo tendero—. Au-tén-ti-co.

Henderson se preguntó por qué habría tenido que recalcar aquel viejo imbécil la última palabra.

—Creo que tengo lo que usted necesita —añadió el comerciante, con ligera sonrisa—, un disfraz adecuado para la fiesta de los difuntos.
—¿De qué se trata?
—Hum... ¿No ha considerado la oportunidad de disfrazarse hoy de vampiro?
—¿Como Drácula?
—Eso es, algo así como Drácula.
—No es mala idea, aunque, ¿cree que tengo tipo adecuado para ese disfraz?

El viejo observó por un instante al cliente y luego contestó:

—Los vampiros pueden tener cualquier aspecto, según tengo entendido. Y el suyo no está mal, para ese disfraz.
—Gracias por el cumplido —repuso Henderson, en tono burlón—. De todos modos, ¿cómo es el disfraz?
—¿Disfraz? No es más que un traje de etiqueta, o lo que quiera llevar puesto. Yo le suministraré la capa, una capa au-tén-ti-ca.
—¿Nada más que una capa?
—Nada más, pero se usa como un sudario. Es una mortaja, en realidad. Espere, ahora mismo se la enseñaré.

Se dirigió a la parte trasera del local, para bajar por la escalera del sótano. Al cabo de un par de minutos volvió a aparecer por la puerta-trampa y después de sacudir el polvo que la cubría, mostróle la capa, diciendo:

—Ésta es. ¡La auténtica!
—¿Auténtica?
—Efectivamente. Permítame que se la ponga. Obrará maravillas, ya lo verá.

Henderson notó el contacto del pesado paño en torno a sus hombros, antes de dar unos pasos para plantarse frente al espejo. Tal como había indicado el viejo comerciante, aquella prenda cambiaba notablemente su apariencia. Sus mejillas aparecían más prominentes, en contraste con el resto de su rostro, y sus ojos brillaban con extraño fulgor, sobre el fondo claro de su pálida tez, pero lo que más le impresionó fue la súbita sensación de frío que había experimentado al ponerle la capa el dueño de la tienda.

—Me la llevaré —dijo—. ¿Cuánto es?
—Se divertirá con ella, se lo aseguro.
—Así lo espero. ¿Cuánto cuesta el alquiler de esta capa?
—¿Qué le parecen cinco dólares?
—Bien.

El viejo recogió el dinero y retiró la capa de los hombros de Henderson, que volvió a sentir entonces calor en su cuerpo. Era muy posible que hiciera mucho frío en el sótano, porque la tela de aquella prenda estaba helada. Cuando el tendero le entregó el paquete, Henderson prometió:

—Mañana se la devolveré.
—¡Oh! No hace falta. La ha comprado usted. Ahora es suya.
—¿Mía? Pero...
—Es que voy a retirarme de los negocios, ¿sabe usted? Quédese con ella. Seguro que le servirá para otras cosas.

Henderson se encogió de hombros y salió de la tienda con el paquete bajo un brazo, un tanto inquieto por la fija mirada de aquel anciano, cuyos ojos no parpadeaban en ningún momento. Y lo raro fue que su inquietud no sólo no se disipó, sino que iba en aumento, hasta el punto de que al llegar las ocho, a punto estuvo de telefonear a Lindstrom para decirle que no podría asistir a la fiesta. Después de unos cuantos tragos de licor, Henderson se sintió más animado. Para ensayar su papel dio unos pasos por la habitación, se envolvió en la capa y puso varias veces expresión feroz ante el espejo. Y al fin, complacido con su terrorífico aspecto, bajó a la calle y detuvo un taxi, cuyo conductor se quedó mirándole con aire de asombro.

—Escuche bien la dirección que voy a indicarle —dijo Henderson, mientras se acomodaba en el asiento posterior.
El taxista, visiblemente impresionado y con trémula voz murmuró:
—Ssss... sí, señor.

En cuanto hubo oído las señas, el chófer puso el coche en marcha y empezó a recorrer las calles de la ciudad a gran velocidad. Divertido, el pasajero emitió una risita, pues no había dejado de advertir el efecto producido por su disfraz. Luego reparó en que el conductor no le perdía de vista, observándole por el retrovisor. «Buena señal —se dijo—. Cuando llegue a casa de Lindstrom voy a dar el golpe.» Y sin darse cuenta, profirió una burlona carcajada, que sonó con acento sepulcral. El impresionable taxista apretó el acelerador a fondo y no paró hasta que hubo llegado a su destino. Sólo se detuvo el tiempo preciso para cerrar la portezuela cuando se apeó el pasajero, y partió veloz, sin cobrar el importe del trayecto.

Al entrar en el ascensor, Henderson encontró a otros cuatro invitados y ninguno pareció reconocerle, a pesar de haber hablado con ellos en otras ocasiones. Tal circunstancia le satisfizo sobremanera y le indujo a sonreír torvamente. Resultábale curioso el afán de la gente de adoptar disfraces según sus reprimidos deseos. Las mujeres procuraban acentuar su figura, en tanto que los hombres se esforzaban por destacar su masculinidad, como por ejemplo, el que se vestía de torero. En el fondo, era triste que tantos seres humanos aprovechasen un baile de máscaras para imaginarse que eran lo que no habían sido nunca.

Los que iban en el ascensor eran hombres y mujeres de aspecto saludable. Henderson se sorprendió al darse cuenta de que estaba mirando intensamente uno de los sonrosados y regordetes brazos de la dama que se hallaba a su lado. Y acto seguido advirtió que los demás se habían apiñado en un ángulo, como si quisieran apartarse de él, como si les amedrentase su siniestra apariencia. «¿Qué diantres estará sucediendo? —preguntóse—. Primero, el taxista, y ahora, estos tontos, que incluso han dejado de hablar.» No tuvo tiempo de buscar una explicación razonable, porque en aquel momento se detuvo el ascensor. Abrióse la puerta y salieron todos al rellano, donde el propio Lindstrom recibió a los visitantes y les hizo pasar al vestíbulo en un lujoso departamento. Volvióse hacia Henderson y en tono de amigable sorpresa, exclamó:

—¡Vaya! ¿Qué es lo que tenemos aquí?
Era obvio que el dueño de la casa había bebido ya bastante, y añadió:
—¡Tómate una copa, Henderson! Yo la tomaré de la misma botella. Estás impresionante con ese disfraz. ¿De dónde has sacado un maquillaje tan...?
—¿Maquillaje? No me he maquillado.
—¿Ah, no? Bueno... claro, claro. Perdona, soy un tonto.

Henderson se preguntó si su amigo se habría vuelto loco. ¿Sería verdad, o se lo habría parecido solamente, que Lindstrom acababa de dar un paso atrás? ¿Y aquella mirada tan recelosa? Tal vez estuviese completamente borracho.

—Bueno —murmuró Lindstrom—. Te... te veré más tarde.

Y girando sobre sus talones, se alejó rápidamente en dirección al salón, de donde provenía un confuso rumor de música, risa y conversaciones en voz alta. Henderson se quedó con la vista fija en el abultado y rojizo cuello de su amigo, de su aterrorizado amigo. Porque no cabía duda que Lindstrom estaba temblando de miedo. Intrigado, Henderson se bebió de un solo trago el contenido de su copa, e inmediatamente fue a mirarse al espejo que adornaba un rincón del vestíbulo, pero no vio nada. Absolutamente nada. ¡La superficie del espejo no reflejaba su imagen!

Debo de haber bebido de más —se dijo, con aviesa sonrisa—. Allá en casa cuatro o cinco vasos de whisky, y ahora, este ron... Eso es lo que ocurre, que estoy tan borracho que no veo. O mejor dicho, veo visiones, como la de este ángel que ha llegado junto a mí.» Y volviéndose a medias, saludó:

—Hola, ángel.
—Hola —respondióle la bella y rubia joven que acababa de detenerse a su lado.
Henderson advirtió que tenía ojos muy azules y labios muy rojos. En tono serio le preguntó:
—¿Eres un ángel de verdad o se trata de una aparición?
—Es una aparición que se llama Sheila Darrly —respondió la joven—, y que le agradecerá que se aparte un momento del espejo, pues necesita empolvarse la nariz.
—Con muchísimo gusto se aparta Stephen Henderson —dijo, sonriendo.

La joven le dedicó un picaresco guiño antes de comenzar a empolvarse, pero al notar que la observaba con curiosidad, inquirió:

—¿No ha visto nunca cómo se ponen los polvos de tocador?
—No sabía que los ángeles los emplearan —contestóle Henderson—, pero no es raro. Hay muchas cosas que ignoro, con respecto a los ángeles. De ahora en adelante procuraré informarme convenientemente. No le extrañe que la siga por todas partes con una libreta de notas, para tomar apuntes y...
—¿Apuntes, un vampiro?
—¡Bueno! Pero soy un vampiro inteligente, no uno de aquellos monstruos de Transilvania que... Estoy seguro de que le agradará mi compañía.
—No lo dudo. Y desde luego que tiene usted tipo de vampiro. Claro que un ángel y un vampiro formarían una absurda pareja, ¿no cree?
—¡Oh! Podríamos reformarnos mutuamente. Por otra parte, tengo la sospecha de que es usted un poco diabólica. Con esa capa negra encima de su manto angelical... No será usted un ángel de las tinieblas, ¿verdad que no? Porque en lugar de haber bajado del cielo, podría provenir de mis sombrías mansiones.

Pese a su desparpajo, Henderson se sentía aturdido. Recordaba muchas de sus cínicas observaciones referentes al «flechazo», al enamoramiento instantáneo, así como su concepto de que el amor no existía, de que la gente no hacía más que imitar a los personajes de las novelas o películas cinematográficas en que se presentaban idilios, para actuar en consecuencia y fingir unos sentimientos que no experimentaban. Y he aquí que en aquel momento se sentía enamorado, perdidamente enamorado de un ángel de rubios cabellos y mirada arrobadora. Por lo visto, la chica notó lo que estaba sucediendo, pues con ligero retintín le preguntó:

—Espero que le satisfaga lo que ve.
—Tiene usted una intuición maravillosa, pero hay algo interesante que querría saber acerca de los ángeles: si saben bailar.
—Buena muestra de tacto, para proceder de un vampiro. ¿Pasamos al salón?

Tomados del brazo entraron los dos en la vasta estancia, donde los presentes charlaban animadamente y bebían, pero nadie bailaba. Algunas parejas se paseaban, en tanto que unos invitados disfrazados de gangsters simulaban atracos con risa y jarana. En suma, la clase de ambiente que tanto detestaba Henderson, por lo que reaccionando de súbito se envolvió en su negra capa e imprimió a sus facciones una torva expresión, mientras echaba a andar en ominoso silencio. A su paso, interrumpíanse las conversaciones y se oían algunos susurros:

—¿Quién es ese hombre?
—¿Has visto qué ojos?
—Es un vampiro...

El dueño de la casa, cada vez más embriagado, estaba junto a una llamativa morena disfrazada de Cleopatra. Henderson era amigo de Lindstrom y le agradaba su compañía, pero no podía soportarlo en fiestas como aquélla, a causa de su incorrecto comportamiento en lo tocante a la bebida.

—¡Oh, Dracula! —exclamó Lindstrom, alzando un brazo—. Perrrmíteme que te prrresente a una essstupenda be-beldad. Y tú... beldad... te prrrsentó a un buen amigo mío... El conde Drácula, que viene con su hija. También invité a su abuela; pero esta noche se encuentra atareada. Está celebrando una Ceremonia Negra... En... Hola, conde, ¿qué tal?

La morena abrió los ojos desmesuradamente y con fingido horror exclamó:

—¡Ooooh, Drácula! ¡Qué cara más espantosa! ¡Qué largos y afilados dientes!...
Lindstrom se dirigió a toda la concurrencia, para anunciar:
—¡Queridos amigos! ¡Aquí está el único vampiro real que queda en cautividad! ¡Drácula Henderson, el único vampiro con dentadura postiza!

En otras circunstancias, Henderson habría aplicado un potente y eficiente directo a la mandíbula de su amigo, pero entonces, con Sheila a su lado y en medio de una festiva reunión... Sería preferible soportar las bromas y mostrar buen talante. Y como no le faltaba correa, ¿por qué no podía seguir la corriente y actuar como un verdadero vampiro? Miró entonces a su bella acompañante y le dedicó una sonrisa. Luego se irguió tiesamente y entreabrió su capa, que continuaba tan fría como horas atrás, cuando la había comprado, y abrió los ojos, para fijar su penetrante mirada en el grueso cuello de Lindstrom. Como en sueños, notó que sus manos salían proyectadas hacia delante, en dirección a aquel carnoso cuello, cuyo dueño lanzó un alarido de espanto, como el chillido de una rata, de una rata gorda y repleta de sangre, como la sangre que sirve de alimento a los vampiros... sangre de aquella rata... del cuello de aquella rata que seguía chillando... con la cabeza caída hacia un costado, mientras los dientes de Henderson se acercaban a su cuello...

—¡Basta ya!
Había sido la seca y fría voz de Sheila. Y también fueron los dedos de la joven los que apretaron fuertemente un brazo de Henderson, que se volvió a mirarla, estupefacto. Lindstrom se había desplomado sobre una butaca y estaba enjugándose el sudor, mientras los demás contemplaban la escena con estupor.

—Muy bien hecho —murmuró la chica—. Que le sirva de lección.
Henderson exhaló un suspiro antes de encararse con los presentes, para decirles jocosamente:
—Señoras y caballeros, lo que acabo de hacer no ha sido más que una demostración de lo que ha afirmado nuestro querido amigo Lindstrom. Soy, en efecto, un vampiro. Y ahora que están ustedes advertidos, creo que no correrán peligro. Si hay un médico entre ustedes, podríamos arreglarnos con una transfusión de sangre, porque la verdad es que estoy desfallecido y necesito alimento.

La salida provocó risa general. Deshecha la tensión, todos reanudaron sus interrumpidas charlas. Y uno de los asistentes, que había bajado a la portería en busca de un periódico, aprovechó la oportunidad para imitar a un vendedor callejero y empezó a pregonar:

—¡Extra! ¡Con el siniestro de la Noche de Difuntos! ¡Extra!
Muchos de los invitados se precipitaron a su encuentro para arrebatarle diarios de las manos.
—¡Extra! ¡Con las últimas noticias sobre el incendio de la tienda de disfraces! ¡Lean el extra de esta noche, con información completa!
—Hasta luego, vampiro —dijo Sheila.
—Hasta luego —murmuró Henderson, prendido en sus bellos ojos.

Pero en seguida se estremeció. ¿Qué era lo que estaba anunciando aquel hombre? Un incendio en una tienda de disfraces. «Alrededor de las ocho de esta noche, los bomberos tuvieron que acudir a un establecimiento de la calle... no pudo dominarse el incendio... completamene destruido... se encontró un esqueleto en una...»

—¡No! —exclamó.
Pero siguió leyendo el resto de la información. Aquel esqueleto había aparecido en una caja que estaba debajo del establecimiento. Era un ataúd. También se encontraron otras dos cajas, vacías. El esqueleto estaba envuelto en una capa negra, que no fue dañada por las llamas. Seguían relatos de testigos presenciales, de vecinos que afirmaban que en aquella casa se habían verificado extraños ritos, que de vez en cuando entraban allí algunos individuos de aspecto sospechoso para comprar objetos raros, como filtros de amor, encantamientos y disfraces endemoniados.

La auténtcia capa, recordó Henderson. Eso era lo que había dicho aquel viejo. Y también: «Voy a retirarme de los negocios... Tal vez le sirva para otras cosas.» Presa de honda desazón, encaminóse al vestíbulo, para detenerse ante el espejo. Consternado, se llevó una mano a la cara, a fin de resguardarse de la mirada reflejada que no podía ver. Porque los vampiros no se reflejan en los espejos. No era extraño que asustara tanto a la gente. Ni que sus manos se sintiesen atraídas hacia los cuellos de las personas, como sucedió con Lindstrom. ¿Qué era lo que le había ocurrido?

¡La capa! Aquella capa, que había estado en un féretro, de donde la sacó el viejo cuando bajó al sótano para buscarla. Aquella capa helada con el frío de la muerte le había transmitido sentimiento de un verdadero vampiro. Y estaba maldita, por haber amortajado el cuerpo de un monstruo condenado.

—Hola, querido amigo.

Sheila. Allí estaba Sheila, mirándole con expresión invitadora. Henderson notó una oleada de calor en el rostro, al par que se sentía invadido por una inefable sensación, mezcla de amor, de deseo... y de hambre; hambre suscitada por aquella nacarada piel, por aquellos labios tentadores. ¡Nunca! ¡Jamás haría semejante cosa! Su amor debía triunfar sobre cualquier nefanda pasión. Con brusco e instintivo movimiento, se despojó de la capa e inmediatamente se sintió aliviado, libre de negros pensamientos. La joven sonrió levemente y se quitó la suya, en tanto comentaba:

—¿Qué? ¿Cansado del disfraz?
—Ángel... —susurró él.
—Diablo —respondió Sheila, con tonillo burlón.

Un momento después estaban estrechamente abrazados. Henderson había recogido la negra capa de la chica y la llevaba al brazo, junto con la suya. Cuando dejaron de besarse, Henderson, mientras llevaba a Sheila hacia el ascensor, propuso:

—¿Y si saliéramos a respirar un poco?
—¿Adónde? ¿A la calle?
—No. No quiero que vayamos a mis mansiones, sino a las tuyas.
—¿A la azotea?
—Exactamente, mi ángel. Quiero hablarte allí, sobre el fondo de tu propio cielo. Quiero besarte cerca de las nubes y de las estrellas.
En la alta terraza Henderson enlazó a la chica por el talle y la condujo hasta el parapeto.
—Un ángel y un diablo —murmuró la joven—. ¡Qué pareja! ¿Cómo saldrán nuestros chicos? ¿Con halos o con cuernos?
—Con las dos cosas, quizás.

Abajo quedaron Lindstrom y sus bulliciosos invitados. En cambio, allí, en la azotea, reinaba la templada noche del otoño, sin música estridente, sin bebidas ni charla insustancial. Una noche como tantas otras, hecha para el amor y presidida por el disco de la Luna. No obstante, la brisa que soplaba no resultaba muy agradable, y la joven se estremeció levemente.

—Tengo frío —dijo—. ¿Me das la capa?

Henderson recogió la prenda del borde del parapeto, donde la había colgado, y la deslizó sobre los hombros de su amada, a la que volvió a abrazar.
—Tu también tienes frío —advirtió Sheila—. Ponte la tuya.

«Ponerse otra vez aquella maldición...» Henderson dio un paso atrás, aterrado con el simple pensamiento de revestirse nuevamente con la aborrecible prenda, pero la chica tornó a pasarle los brazos alrededor del cuello y con mimosa entonación insistió:

—Póntela, no vayas a resfriarte.

Frío... Eso era lo que volvía a sentir Henderson en todo su cuerpo. El extraño frío que había percibido mientras llevaba puesta aquella capa. Bajó la vista hasta los labios de la chica, y otra vez le acometió el insensato deseo de mordérselos, de beber su sangre. No debía hacer eso. Amaba a Sheila como nunca habría supuesto que fuera capaz de amar. Y su amor tenía que vencer aquel incomprensible impulso. Por tanto, haciendo un esfuerzo la apartó de sí.

—Sheila —balbuceó—. Tengo que... tengo que decirte una cosa.
—Dime, querido.
—Sheila, por favor. Tú has leído la edición extra de esta noche...
—Sí —repuso la joven, sin dejar de mirarle a los ojos.
—Pues bien, yo... yo compré allí mi capa, ¿sabes? Y ya has visto lo que sucedió con Lindstrom. No era ficción, sino realidad. Yo quería, realmente, chuparle la sangre. No puedo explicarte a qué se debió eso ni... Creo que esa capa es la culpable de tan extraña reacción.

Sheila seguía mirándole con expresión de intenso cariño, sin inmutarse en absoluto por lo que acababa de escuchar. ¿Es que no le creía? ¿O se figurarla, tal vez, que estaba bromeando?

—Yo te quiero, Sheila. Créeme. Estoy loco por ti.
—Ya lo sé.
—Por eso quiero demostrártelo, y demostrármelo a mí mismo, que lo que siento por ti es verdadero amor. Para convencerme necesito volver a ponerme esa capa. Si mi amor es tan inmenso como yo creo, vencerá a todo otro impulso y te besaré, pero en caso de que la maldición fuera más potente y yo... y yo empezara a morderte, ¡apártate en seguida y huye, cariño mío! ¿Comprendes el significado de este experimento? Quiero comprobar que te quiero más allá de cualquier posible influjo maligno, que te querré eternamente. ¿Tie... tienes miedo?
—No.
—Seguro que creerás que estoy loco.
—Tampoco.
—Entonces.

La impasible actitud de la joven desconcertaba a Henderson, que se quedó mirándola en silencio, hasta que Sheila soltó una risita y se abrazó a él, acariciándole suavemente la nuca y susurrando:

—Ya lo sabía, querido. Lo supe en cuanto te miré por el espejo, la primera vez. Entonces me di cuenta de que tenías una capa igual que la mía... porque yo compré la mía en el mismo comercio.

Henderson se sorprendió al ver que los labios de Sheila eludían los suyos cuando intentó besarla. Luego notó el agudo contacto de los dientes de la chica en su garganta, seguido por una sensación de debilidad... y por el negro abismo de la completa inconsciencia".

Robert Bloch

viernes, 23 de octubre de 2015

"Las Bestias Oscuras"

"Peter se inclinó y examinó la rana. Estaba muerta. Yacía entre los guijarros al borde del arroyo, y sus largas piernas estaban rígidas y violentamente separadas. 

-Quién puede querer hacerle daño a un animal así? -murmuró Pete-. ¡Pobre animalito! -    añadió.

Peter no era muy perspicaz. Tenía dieciocho años, pero su cerebro era de niño. Sin embargo, sabía que la rana había sido estrangulada, cruel y alevosamente, por una o varias personas desconocidas. Temblando, puso cautamente un dedo en el tirante y brillante alambre que rodeaba el cuello del anfibio. La carne fría le produjo un estremecimiento en la muñeca que casi le llegó hasta el codo.

-Quién puede haber hecho daño a este pobre animalito? -repitió, perplejo y asombrado.

No quiso detenerse más contemplando el pequeño y patético cadáver. Estaba anocheciendo, y tenía miedo de las sombras que se alargaban rápidamente y de las ramas, negras y delgadas, que se entrecruzaban sobre su cabeza. El bosque no era un lugar acogedor cuando el sol no lo alumbraba. Inhóspito, lúgubre y repleto de voces. Cuando Peter llegó a su casa, su madre estaba poniendo la mesa para la cena y su padrastro se encontraba sentado junto a la ventana, con un periódico atrasado sobre las rodillas y una pipa de zuro entre los cariados y descoloridos Dientes. Peter cerró la puerta y entró tímidamente en la habitación.

-Hola -dijo su padrastro-. Dónde has estado?
-Pescando en el río - replicó Peter nervioso-. Esperaba que una trucha se tragara el anzuelo y poder cogerla. Estaba allí pescando. Eso es todo lo que he hecho desde que llegué allí. No estuve en ningún otro sitio. Esperaba poder pescar una trucha. El padrastro frunció el ceño. Era un hombre alto, delgado, de más de media edad, con ojos oscuros, malhumorados y una torva mueca en la boca.
-Oye, muchacho -gruñó-. ¿No te he dicho que no te metas en el bosque? ¿No lo has oído?
-No he hecho nada malo, papá -gimoteó Peter-. Sólo pescaba en el río. Esperaba coger una trucha. No he ido allí para nada más.
-Sí, eh? Que no te vea otra vez por los bosques. Si sé que has vuelto a poner los pies, te daré una zurra de la que te acordarás toda la vida.
-Vamos, vamos, Henry- murmuró la madre de Peter desde la cocina.

Durante la cena, Peter estuvo silencioso y contrito; pero tan pronto terminó el último bocado, se excusó torpemente y se retiró a su cuarto. Estaba horriblemente asustado. En su cerebro sensible e inculto, el humor brutal de su padrastro tenía cierto vínculo con la sensación que le producía el bosque y las tranquilas y oscuras aguas del río cuando el sol no los alumbraba. Hubiera querido echar a correr cuando su padrastro lo amenazó con darle una zurra, no por temor al daño físico, sino... bueno, sino porque le asustaba algo que quedaba oculto detras de su cruel e inhumana cara.

-No deberías ser tan duro con el chico -dijo la madre de Peter, mientras recogía los platos de la cena y los llevaba al fregadero-. Es un buen muchacho y no hace nada malo.
-Ah, no? -dijo Henry-. Entonces, ¿qué hace? ¿Por qué me desobedece y se va al bosque? ¿ Por qué esas correrías por ahí, donde están esas cosas esperando y vigilando? Quizás ha hablado con ellas. Por lo que sé, puede muy bien estar de su parte. No es inteligente y debes vigilarlo por eso, Mary. Debes vigilarlo mucho más. No puedes saber lo que harán o dirán.

La madre de Peter suspiró.

-Ha ido a divertirse un poco.
-Ah, sí? Está bien, será mejor que no entre en el bosque. Puedo encargarme de las bestias que han mandado contra nosotros, pero la ley no me permitiría tocarle un pelo de su estúpida cabeza. Si ellos lo mandan contra nosotros, no podré hacer nada. Es hijo tuyo, no mío. Si lo malquistan con nosotros, tendré que salir corriendo. ¿Qué piensas de eso, mujer?

La madre de Peter se humedeció los labios con la lengua.

-¿Has estado haciendo algo cruel otra vez, Henry?

El padrastro de Peter se levantó de la mesa y arrojó la silla contra la pared.

-Eso a ti no te importa -exclamó-. Tengo que protegerme, ¿no es así? Si la cosecha se seca y las vacas no dan leche, debo luchar para vivir -se aclaró la garganta-. Toda la culpa la tienen esas ranas que croan y que han mandado contra nosotros. No me dirás que no eran las ranas las que croaban. Noche tras noche las hemos estado oyendo. Pues bien, ya he acabado con eso; esta noche ya no las oirás croar. Mary palideció. Dejó los platos y se enfrentó con él.
-Las ranas eran nuestros amigos - se lamentó -. Creía y rezaba para que no les hicieras nada malo. Dijiste que lo harías, pero esperaba...
-De qué te sirve esperar y rezar cuando tenemos algo peor que el diablo contra nosotros? Cuando Dios hizo el diablo, Mary, lo hizo bueno, pero esas cosas han sido malas desde el principio. Considero que no forman parte de la Creación. Han surgido por equivocación.
-Las ranas eran nuestros amigos -insistió Mary con desesperación-. Ayer, cuando me paseaba por el bosque, me avisaron. Una de esas cosas estaba en un árbol mirando. Si no me hubiera avisado, hubiera caído sobre mí. Pude ver sus ojos crueles, malvados, como me miraban a través de las hojas. Pero cuando las ranas empezaron a croar, di media vuelta y eché a correr. Se están volviendo cada vez más atrevidos, Henry. Saben que el padre de Jim, no volverá, y están dispuestos a... apoderarse de nosotros. Supongo que tendré que ir a ellas cuando quieran. Y tendré que tomar el lugar del padre de Jim. No soy de su misma sangre, pero al casarme entré a formar parte de la familia y la maldición pesa sobre mí.
-Y de mí que dices, mujer? - refunfuñó Henry-. ¡No creas que no he estado pensando lo que me pasará si no las combatimos! Cuando me casé contigo te tomé para lo bueno y lo malo. Bueno, ha sido para lo malo, pero seguiré contigo si tú haces lo mismo. No tienes derecho a criticarme. He sido muy bueno contigo. Cuando me hablaste de tu difunto esposo y de la maldición que pesaba sobre su familia, dije que no me importaba, porque consideraba que serías una buena esposa. Pero cuando lo dije, no había visto esas cosas. No sabía cómo eran. No sabía que mandarían contra nosotros todas las bestias del bosque.
-Ellos no han enviado las ranas contra nosotros, Henry. Las ranas nos quieren y nos avisan.
-No lo creas. Esas ranas que croan están contra nosotros. Estaban contra nosotros desde el comienzo -lanzó una risa triste-. He hecho lo que dije. Que pondría las cabezas de cada una de esas ranas en un nudo corredizo, y lo he hecho. He estado allí todo el día. No ha quedado una sola rana en los bosques. Mary se hundió en una silla cerca de la ventana, y se pellizcaba, con nerviosos dedos, la carne flácida y arrugada de su rostro.
-Has hecho una cosa mala y cruel -murmuró-. Nada bueno puede salir de esto. Las ranas eran nuestros amigos. Los únicos amigos que teníamos.
-Las mandaron contra nosotros. Agotaron la cosecha, impidieron que las gallinas pusieran huevos y que las vacas dieran leche. Estoy contento de haber puesto un nudo corredizo en sus cabezas. Para ellos será un aviso de que no me quedo cruzado de brazos.
-Lo lamentarás, Henry. Las ranas eran nuestras amigas; sólo procuraban avisarnos. Esas cosas se impacientan e inquietan. Hace tiempo que nos esperan a Peter y a mí. También te esperan a ti. No tardarán mucho en venir a buscarnos a todos. Mientras tuvimos las ranas que nos avisaban, había una esperanza, pero ahora ya no hay esperanza para ninguno de nosotros. Ya no tenemos amigos ni en los bosques. Esas cosas nos despedazarán, Henry, nos desgarrarán. No podemos hacer nada. Sentía una especie de alivio con las ranas allí, avisándonos. Quizás no pudieran hacer mucho, pero yo notaba que nos guardaban. Las cosas saben ahora que el padre de Jim no volverá a su tumba. No mantendrán el pacto que hice con ellas. Pero con las ranas ahí, todavía quedaba alguna esperanza. Parecían impedir que se cumpliera la maldición. Me hacían sentir segura.

Pasada la medianoche, Peter se despertó. Se sentó, se frotó los ojos y miró aturdido a su alrededor. Algo daba golpecitos en el cristal de la ventana. Peter no quería salir de la cama. La noche era fría y se sentía caliente y cómodo bajo las gruesas mantas. Pero algo daba golpecitos en la recia ventana, con insistencia, de un modo monótono. Tap, tap-tap, tap, tap, tap-tap, tap.

Despacio y de mala gana, Peter retiró las cubiertas y saltó al suelo.

-Ya voy -exclamó-. Abriré la ventana. Haré lo que quiera. La abriré completamente.

Cruzó temblando el pavimento. Su corazón latía con fuerza salvaje, y el miedo y el terror aparecieron en sus ojos. No obstante, cuando llegó a la ventana, su vista sólo encontró una mancha oscura y amorfa tras los cristales plateados de la luna. Aturdido y ebrio de sueño, le pareció que se movía lenta y torpemente, como un gran escarabajo abandonado. Sólo que mucho mayor que un escarabajo. Peter abrió la ventana hasta que el viento sopló sobre su asustado y vacío rostro, despeinando su rebelde cabello rojo. En otras ocasiones hubiera temido las consecuencias de un acto tan temerario, pero se hallaba bajo un impulso tan fuerte y lleno de curiosidad que obró instintivamente, sin pensar. Durante unos segundos contempló la vacilante oscuridad y olfateó los efluvios que emanaban de la tierra. Luego, sacudiendo la cabeza, volvió con paso vacilante a la cama.

-Ahí no hay nada -murmuró-. Pensé que habría alguien, pero debo haberme equivocado. Con un gesto perplejo, se metió en la cama.
-Temía que hubiera alguien de los bosques -continuó, mientras estiraba las sábanas hasta cubrirse las mejillas-, alguien vivo, como... como esas cosas que vi cuando tenía ocho años.

Durante unos momentos se quedó mirando el techo. Su cerebro inculto, infantil, se pobló de imágenes, recuerdos, impresiones de un pasado triste y sombrío.

-No es conveniente preguntar lo que hay en donde pusieron a mi abuelo -profirió-. Es mejor no preguntar a dónde fue el abuelo cuando aquello empezo. Yo no estaba allí, pero oí a madre decir que era espantoso, y que el abuelo era un hombre muy malo, a pesar de todo, pues hizo un pacto con él para volver.

»Una vez, hace muchos años, cuando yo tenía ocho, vi al abuelo hablando con algo que parecía uno de ellos. Sólo que la habitación se hallaba a oscuras y no pude verlo muy bien. Estaba en el ángulo cerca de la chimenea, y abuelo le hablaba. No era tan alto como el abuelo y estaba inclinado como si tuviera una giba en la espalda. No pude ver bien su cabeza, pero por lo que pude adivinar era como la de una serpiente cuando la miras por detrás, y con esto fue suficiente. No pude quedarme mucho rato en el cuarto, pues el olor me daba náuseas, pero aún así, no hubiera podido quedarme todo lo que hubiera querido. Con la cabeza que vi cerca de la chimenea,,ya tuve bastante.

»Cuando le conté a madre lo que había visto, casi se desmayó. Me dijo: es lo que temía. Tu padre también les ha hablado. ¡Oh, por qué me casé con él! -Luego me besó y dijo-: ¡Pobre niño!, ¡oh, pobrecito! Tú también los verás. ¡Vendrán a buscarte!

»-¿Qué era, madre? -le pregunté-. Dímelo, por favor, ¿qué era?
»-Cuando seas mayor -contestó-. Ahora no lo comprenderías.

-No volví a ver a ninguno más, pero antes de que abuelo muriera él me lo contó: Ellos sólo quieren descansar -me dijo-, pero sólo lo consiguen cuando alguien muere. Vienen de muy lejos, y sólo quieren descansar en nuevas tumbas.

»Imagino que el problema consiste en que el abuelo nunca volvió. Nunca cumplió su promesa. Ellos quieren descansar, pero no pueden y están esperando a que abuelo vuelva. Pero ahora abuelo está fuera, en algún lugar del mundo. Está recorriendo el mundo y no volverá si puede evitarlo. Y todo el tiempo ellos yacen en su tumba de la colina, esperando. Supongo que estarán cansados de esperar en aquella tumba profunda y negra a que regrese abuelo.

»Madre dijo que yo los vería alguna vez. También dijo que vendrían a por mí. Quizás por eso siento esa extrañeza dentro de mí cuando voy al bosque. Quizá por eso papá no quiere que vaya al bosque. Puede ser que cuando alguien hace un pacto y no lo cumple, ellos vienen y se llevan a algún familiar cuando se cansan de esperar. Es lo único que supongo. Madre sabía que el abuelo no iba a volver si le era posible. ¿Quién desearía dejar de ver la hierba verde y sentir el aire fresco, y oler la tierra cuando ha llovido, sólo porque ha hecho un pacto y puede romperlo? No culpo al abuelo porque no quiera volver.

»Si tengo la suerte de vivir para siempre, no volvería. Me pasearía siempre feliz, pensando que podía ver la hierba verde y oler la tierra mojada y tener a alguien que me quisiera siempre. La modorra se iba apoderando de Peter. Durante unos momentos continuó mascullando, pero poco a poco su cerebro dejó de pensar en aquel pasado, poblado de sombras; cerró los ojos y entreabrió los labios en una sonrisa llena de paz. Su mente, limpia de toda imagen, volvía otra vez a ser un órgano vacío y satisfecho. Dormía tranquilo, separado del mundo y totalmente inconsciente de que una presencia extraña había entrado en el cuarto. El objeto que apareció en la ventana abierta era chaparro y húmedo. Durante un momento se quedó oscilando incierto en el antepecho plateado de la ventana. Luego, con un croar, saltó ágilmente. Un instante después, la ventana quedaba vacía. Luego, otra forma surgió de la oscuridad y cayó al suelo con un ronco croar. Le siguió otro y otro. Peter no se despertó mientras la extraña procesión saltaba y manoteaba sobre el suelo. Ni siquiera se agitó en sueños. A los pocos minutos, la ventana se encontraba de nuevo ocupada. El nuevo intruso era mucho mayor que las formas que croaban. Mayor y más oscuro. Estaba cubierto de cabello espeso y negro, y su pequeña y desproporcionada cabeza se movía ágilmente a la luz de la luna. Se demoró unos momentos en el antepecho. Después, lenta, deliberadamente y sin hacer el menor ruido, se tiró al suelo y cruzó rápidamente la habitación. Mientras corría, abría la boca y dejaba escapar un silbido sordo entre sus blancos y resplandecientes dientes. El incierto amanecer se deslizaba como una cosa herida por los senderos de la selva, esparciendo una luz rojiza sobre los altos árboles y arrojando fluctuantes sombras en las profundas y oscuras aguas del río. En el estanque de Eaton una hoja de azucena se convirtió en una gigantesca mano escarlata y una moteada salamandra se echó al agua, desparramando burbujas de aire en todas direcciones y dejando en su estela un remolino de un milagroso resplandor. La mano de la hoja de azucena ardió sobre el agua, y brilló en todos los senderos iluminados de la selva, en los agudos e inquisitivos ojos que la poblaban, en las aletas de la nariz que husmeaban la humedad, en las huellas de los piececitos que se escampaban por todas partes. La marmota no es un animal muy curioso. Ni la roja ardilla, ni la chata y gris rata de bosque, ni el astuto y fornido hurón. Hasta la gritona lechuza, con sus anchos y dilatados ojos, no se detenía a mirar el pajar que ardía en llamas. Pero los vecinos de Ogelthorpe se reunieron a una prudente distancia para ver cómo ardía su cabaña. Las llamas crepitaban, se alzaban y lanzaban un resplandor oscilante en el establo de paredes grises de Ogelthorpe, y las pilas de estiércol que se elevaban entre el establo y el pozo cerca de la nevería, con sus enmohecidas bombas, y los baldes anegados de agua, llenos hasta los bordes de las rojizas hojas del otoño. Cuando llegaron los bomberos, las llamas daban paso a un resplandor cegador que iluminaba todo el paisaje. Con un desespero inútil, los bomberos se unieron a los circunstantes contemplando cómo las llamas amainaban en un fulgor rojo oscuro. Antes de la mañana, la opacidad lo cubría todo como una pesada manta. Al amanecer, los vecinos, como un enjambre de abejas, andaban a tientas entre las ruinas e hicieron un horrendo descubrimiento. Los restos carbonizados de tres cuerpos humanos se hallaban espantosamente diseminados en medio de los negros ladrillos y de los escombros todavía humeantes. Todo lo que quedaba de los restos de Peter y de su madre yacía disperso y suelto, pero el padrastro de Peter no había sido desmembrado. Estaba echado de espaldas con las largas piernas rígidas y violentamente separadas. La carne, chamuscada hasta quedar rizada, y sus facciones, tan negras y retorcidas que nadie hubiera podido identificarlo. Uno de los circunstantes se inclinó y puso un tembloroso dedo en el tenso y brillante alambre que rodeaba el cuello del muerto. La carne, aún caliente, le produjo un estremecimiento en la muñeca que casi le llegó hasta el codo.

-Ha sido estrangulado -exclamó-. Antes de que las llamas lo quemasen, ya estaba muerto.
-Es la cosa más extraña que han visto mis ojos -dijo el "sheriff" Simpson cuando surgió del cobertizo donde se guardaban los aperos.
-Encontraste algo? -preguntó el comisario Wilson. Estaba de pie, sobre la alta y empapada hierba; mirando hacia el oeste, con aire meditabundo, las negras ruinas de la desventurada granja.
-Ranas, Jim -contestó el sheriff.
-Ranas?
-Sí. Una veintena. Todas estranguladas con un alambre de latón. Lo mismo como fue estrangulado Ogelthorpe. Sólo que el alambre de Ogelthorpe estaba hecho de cobre y era unas diez veces más fuerte.
-Y qué hay de las ranas?
-Todas están ahí, en el cobertizo. Muertas, estranguladas. Pero lo más raro de todo es que están junto a un gran ovillo de alambre de cobre, de la misma clase con el que estrangularon a Ogelthorpe.

El comisario sacudió la cabeza.

-Me parece a mí que en todo esto hay algo muy misterioso. El "sheriff" convino.
-Uno de los vecinos vio cómo ardía la casa, y dijo que antes de que llegaran los bomberos vio que algo salía corriendo por la puerta. Agregó que era más pequeño que un hombre, pero que tenía el aspecto de ser humano. Era oscuro, y por lo que pudo descubrir, tenía el aire de una persona. No pudo verlo muy bien a causa del resplandor pero le pareció que estaba todo cubierto de un cabello negro y espeso, y que sólo el verlo le produjo náuseas. Es extraño, ¿verdad? ¡Dijo también que esa cosa llevaba una antorcha encendida!"

Frank Belknap Long

jueves, 22 de octubre de 2015

"Estatuas de la Noche"

"Limitadas por un horizonte lejano, que desde cierto punto se encuentra muy remoto y parece fundido con la brillantez azul de un cielo metálico, contrastan el negro esplendor de sus formas marmóreas con el insuperable resplandor del sol. Construidas en el amanecer de los tiempos, por una raza cuyas tumbas en forma de torre y ciudades de altas cúpulas constituyen ahora un sólo polvo con el de sus constructores en las lentas evoluciones del desierto, permanecen en pie para contemplar los terribles amaneceres postreros, que surgen en otros países, consumiendo los velos de la noche en las desolaciones infinitas. Al mismo nivel de la luz, sus ceños temibles conservan el orgullo de los reyes Titánicos. En sus ojos de mirada pétrea, implacables y sin párpados, se refleja la desesperación de quienes han contemplado el infinito durante demasiado tiempo.

Mudas como las montañas de cuyo seno metálico surgieran, sus labios nunca han reconocido la soberanía de los soles que en llamarada triunfante cabalgan de horizonte a horizonte por la tierra subyugada. Únicamente al atardecer, cuando el oeste arde como un horno gigantesco, y las lejanas montañas lanzan chispas doradas a las profundidades de los cielos caldeados (únicamente al atardecer, cuando el este se hace infinito e indefinido, y las sombras del desierto se mezclan con la sombra de la noche hasta formar una sola), entonces, y sólo entonces, surge de sus gargantas pétreas una música que se eleva hacia el horizonte cobrizo; es una música fuerte y triste, extraña y de gran sonoridad, como el canto de las estrellas negras, o la letanía de dioses que invocan al olvido; es una música que enternece al desierto llegando hasta su corazón de roca, y que retumba en el granito de tumbas olvidadas, hasta que los últimos ecos de su alegría, cual trompetas del destino, se unen al negro silencio de lo infinito"

Clark Ashton Smith

miércoles, 21 de octubre de 2015

"La Nieve a la Deriva"

"Los pasos de tía Mary se detuvieron en seco antes de llegar a la mesa y Clodetta se volvió para ver qué retenía a la anciana. Estaba quieta, rígida, con los ojos clavados en la cristalera que quedaba justo enfrente de la puerta por la que había entrado. Ante ella, bien derecho, el bastón que sujetaba. Clodetta lanzó una mirada fugaz al otro extremo de la mesa, hacia su marido. Él también miraba a la anciana; su rostro no dejaba entrever emoción alguna. Clodetta se volvió de nuevo y vio que ahora era ella quien centraba el interés de la anciana, que la contemplaba en silencio, impávida. Clodetta se sintió incómoda.

-¿Quién ha descorrido las cortinas de las ventanas que dan al oeste?
Al acordarse, Clodetta se sonrojó.
-He sido yo, tía. Disculpa. Me olvidé de que no querías que esas ventanas quedaran expuestas. La anciana emitió un sonido extraño semejante a un bufido y volvió a posar la mirada en la cristalera. A un movimiento suyo apenas perceptible, Lisa emergió de la penumbra del salón, desde donde había estado observando a los dos comensales con aire huraño y reprobador. La criada fue derecha a las ventanas del oeste y corrió las cortinas.

Tía Mary se acercó lentamente a la mesa y ocupó su lugar en la cabecera. Apoyó el bastón en su silla, tiró de la cadena que le colgaba del cuello para que los impertinentes descansaran en su regazo y transfirió la mirada de Clodetta a su sobrino, Ernest. Luego fijó los ojos en la silla vacía del otro extremo de la mesa y habló sin dar señales de estar viendo a sus dos acompañantes.

-Os he dicho a los dos que ni una sola de las cortinas de las ventanas que dan al oeste debía tocarse después de la puesta de sol, y habréis advertido que, por la noche, ninguna ventana ha quedado descubierta ni un instante. Me he cuidado de alojaros en las habitaciones que miran al este, y también es al este adonde mira el salón.
-Estoy convencido de que Clodetta no tenía intención de contravenir tus deseos, tía Mary -dijo Ernest bruscamente.
-No, claro que no, tía.
La anciana arqueó las cejas y continuó, impasible.
-No consideré conveniente dar explicaciones acerca del porqué de mi petición. No voy a daros ninguna. Pero lo que sí quiero decir es que descorrer las cortinas entraña un peligro seguro. Ernest ya conoce la historia, pero tú, Clodetta, no la conoces. Clodetta le dirigió a su marido una mirada espantada que la anciana advirtió.
-Por supuesto que sois libres de creer que se me va la cabeza y que estoy volviéndome excéntrica, pero no os aconsejo que lo hagáis. De repente, un joven entró en la habitación y se dirigió a la silla que quedaba frente a la cabecera de la mesa, sobre la que se abalanzó dedicando a los otros tres comensales un saludo casi inaudible.
-Has vuelto a retrasarte, Henry -dijo la anciana.

Henry farfulló algo y se dispuso a comer a toda prisa. La anciana suspiró y al momento empezó a comer, tras lo cual Clodetta y Ernest hicieron otro tanto. La vieja criada, que no se había movido de detrás de la silla de tía Mary, se retiró no sin antes dirigirle a Henry una mirada llena de desprecio. Al cabo de unos instantes, Clodetta levantó la vista y se aventuró a hablar.

-Aquí no estás tan aislada como yo pensaba, tía Mary.
-Claro que no, querida mía, con los teléfonos y los coches de ahora, no. Pero hace tan sólo veinte años era otra cosa, te lo aseguro.
-Los recuerdos arrancaron una sonrisa a la anciana, que miró a Ernest-. Entonces tu abuelo aún vivía, y fueron muchas las veces que se quedó aislado por la nieve sin poder avisar a nadie.
-Cuando en Chicago hablan de «allá, en el norte» o de los «bosques de Wisconsin», siempre tienes la impresión de que quedan muy lejos -dijo Clodetta.
-Es que quedan muy lejos -añadió Henry bruscamente-. Y espero que tengas algo previsto por si nos quedamos encerrados aquí un día o dos, tía. Parece que afuera nieva, y en la radio dicen que se avecina ventisca.

La anciana dio un bufido y lo miró.

-¡Ah! A mí me pareces excesivamente inquieto, Henry. Tengo la impresión de que en cuanto pusiste los pies en mi casa empezaste a arrepentirte de este viaje. Si te preocupa que se desate una tormenta de nieve, puedo pedirle a Sam que te lleve en coche a Wausau y mañana mismo estarás en Chicago.
-Por supuesto que no.
Se hizo el silencio.
-Lisa -la anciana llamó a la criada, que entró en el comedor para ayudarla a levantarse de su asiento, aunque como Clodetta ya le había dicho a su esposo, «No necesitaba ayuda».

Tía Mary les dio las buenas noches desde el umbral. Tenía un aspecto imponente, con el bastón en una mano y los impertinentes cerrados en la otra. Se desvaneció en la penumbra del pasillo, donde, al alejarse, el ruido de sus pasos se mezcló con el de los de la criada, que rara vez se separaba de la anciana. Casi siempre estaban solas en casa, y la plácida somnolencia de sus vidas tranquilas sólo se veía mitigada por las breves temporadas en las que la anciana recibía la visita de su sobrino Ernest, «el chico del querido John», o de Henry, de cuyo padre la anciana no hablaba jamás. Sam, que solía dormir en el garaje, no contaba. Clodetta miró a su marido con inquietud, pero fue Henry quien dijo lo que todos pensaban.

-Creo que está perdiendo la razón -declaró sin ambages. Dejando a Clodetta con la réplica en los labios, Henry se levantó y entró en la sala, donde no tardó en llegar la música de la radio. Clodetta jugueteó con la cuchara y finalmente dijo:
-Creo que es un poco rara, Ernest.
Él le dedicó una sonrisa paciente.
-No, yo creo que no. Lo de tener las ventanas que dan al oeste cubiertas lo entiendo. Mi abuelo murió ahí; una noche lo atrapó el frío y murió congelado en la cuesta de la colina. No sé cómo sucedió exactamente, yo no estaba aquí. Supongo que no querrá ver nada que se lo recuerde.
-¿Cuál es entonces el peligro al que se refería? Ernest se encogió de hombros.
-Tal vez ese peligro lo lleve dentro; tal vez la afecte y, a su vez, nos afecte a nosotros. -Se detuvo durante un instante y luego añadió-: Supongo que a ti sí que te parecerá rara, pero desde que tengo uso de razón, tía Mary siempre ha sido así. La próxima vez que vengas ya te habrás acostumbrado.

Clodetta se quedó mirando a su marido durante un momento antes de contestarle. Por fin, dijo:

-Bobadas, cariño.
Él hizo ademán de levantarse, pero Clodetta se lo impidió.
-Escucha, Ernest. Recordaba a la perfección que tía Mary no quiere que nadie descorra las cortinas, pero en ese momento sentí que debía hacerlo. Yo no quería, pero algo me obligó a hacerlo...
-La voz le temblaba.
- ¿Por qué, Clodetta? ¿Por qué no me lo contaste antes?
Ella se encogió de hombros.
-Tía Mary habría pensado que estoy tocada.
-Bueno, no es nada grave, pero has dejado que el asunto te preocupe, y eso no te conviene. Olvídalo, piensa en otra cosa. Ven a escuchar la radio.

Se levantaron y fueron a la sala juntos. Cuando entraban por la puerta se encontraron con Henry, que se hizo a un lado.

-Debí de haber supuesto que terminaríamos aislados aquí arriba. -Cuando Clodetta hizo ademán de replicar, añadió-: No nos pasará nada. Se ha levantado un vendaval y está empezando a nevar, y sé lo que eso significa.

Henry continuó su camino y entró en el comedor vacío, donde se detuvo un momento a mirar la mesa excesivamente larga. Luego se volvió a un lado, se dirigió a la cristalera, descorrió las cortinas y se quedó ahí, escudriñando la oscuridad. Desde la sala, Ernest lo vio de pie al lado de la puerta y protestó.

-Tía Mary no quiere que las cortinas queden descorridas, Henry.
-Bueno. Puede que a ella le parezca peligroso, pero yo me arriesgaré -contestó él tras volverse.

En vez de mirar a Henry, Clodetta tenía los ojos clavados en la noche que quedaba al otro lado de los cristales.

- ¡Ahí fuera hay alguien! -dijo de repente.
Henry echó un vistazo rápido afuera.
-No, es la nieve; está cayendo con fuerza y el viento la arrastra de aquí para allá.
Soltó las cortinas y se apartó de cristalera.
-Vaya, habría jurado que vi pasar a alguien por aquí afuera -dijo Clodetta, vacilante.
-Supongo que desde donde tú estás da esa impresión -apuntó Henry, que había vuelto a la sala-, pero lo que yo opino es que has dejado que las rarezas de tía Mary te afecten. Ernest replicó al comentario con un gesto impaciente, y Clodetta no respondió. Henry se sentó frente a la radio y fue girando el dial lentamente. Ernest había encontrado un libro que empezaba a despertar su interés, pero Clodetta mantenía los ojos clavados en las cortinas, que seguían moviéndose lentamente y ocultando la cristalera. Entonces Clodetta se levantó y salió de la sala; recorrió el pasillo en dirección al ala este y ahí llamó delicadamente a la puerta de tía Mary.
-Entra -dijo la anciana.

Clodetta abrió la puerta y entró; tía Mary estaba sentada, llevaba una bata. Su dignidad, en forma de unos impertinentes y un bastón, descansaba sobre la cómoda y en un rincón del cuarto. La anciana tenía un aspecto sorprendentemente benévolo, como Clodetta le confesó de inmediato.

-¡Ja! Pensabas que era un ogro disfrazado, ¿verdad? -dijo la anciana, sonriendo a su pesar-. Ya ves que no lo soy, pero las ventanas que miran al oeste me dan miedo, como habrás visto.
-Quería contarte una cosa acerca de esas ventanas, tía Mary -dijo Clodetta. Se detuvo bruscamente. La expresión que había adquirido el rostro de la anciana causaba una extraña desazón: no traslucía rabia ni disgusto, sino tan sólo una inquietud tensa ¡Vaya! ¡Que la vieja dama estaba asustada!
-¿Cómo? -le preguntó a Clodetta bruscamente.
-Estaba mirando por la cristalera, fue sólo un instante, y me pareció ver a alguien fuera.
-Por supuesto que no viste nada, Clodetta. Sería tu imaginación, o la nieve que arrastra el viento.
-¿Mi imaginación? Tal vez. Pero no había viento que pudiera arrastrar la nieve, aunque desde entonces se ha levantado ventisca.
-Yo también me he confundido a menudo, querida. En ocasiones he salido de buena mañana a buscar huellas; y no había ninguna, nunca. Estamos en mitad de una tormenta de nieve, y a pesar del teléfono y de la radio seguimos bastante lejos de la civilización. Nuestro vecino más cercano vive a más de tres millas de aquí, a los pies de la cuesta larga y empinada, y nos separa un trecho arbolado. La carretera más cercana queda a la misma distancia.
-Lo vi tan claramente que podría haberlo jurado.
-¿Quieres salir a buscar mañana por la mañana? -preguntó la anciana de repente.
-Por supuesto que no.
-¿No viste nada, entonces?
Las palabras de la anciana eran mitad pregunta, mitad ruego.
-¡Oh, tía Mary! Ahora estás sacando las cosas de quicio -dijo Clodetta.
-¿Viste o no viste algo, Clodetta? ¿Puedes asegurarlo?
-Supongo que no vi nada, tía Mary.
-Muy bien. Y ahora, ¿crees que podríamos hablar de algo más agradable?
-Claro que sí. Discúlpame, tía Mary. No sabía que el abuelo de Ernest hubiera muerto ahí fuera.
-Eso te ha contado, ¿verdad? Dime.
-Sí, Ernest dijo que por eso no te gustaba ver la cuesta después del anochecer, porque no querías que nada te lo recordara.

La anciana miró a Clodetta con aire impasible.

-Tal vez Ernest nunca llegue a saber cuánta verdad hay en lo que te dijo.
-¿Qué quieres decir, tía Mary?
-Nada que sea de tu incumbencia, querida. -Volvió a sonreír; había perdido su aire severo-. ¿Cómo está el tiempo?
-Está nevando, y mucho, dice Henry. Y sopla un vendaval. El desagrado con el que la anciana recibió la noticia se reflejó en su rostro.
-No me gusta la noticia, no me gusta nada. ¿Y si a alguien se le ocurriera asomarse a la cuesta esta noche? -Hablaba sola; parecía haber olvidado que Clodetta seguía en la puerta. Cuando volvió a verla, dijo-: Pero tú no sabes nada, Clodetta. Buenas noches. Clodetta apoyó la espalda en la puerta cerrada preguntándose qué habría querido decir la anciana. Pero tú no sabes nada, Clodetta. Qué curioso. Se diría que durante unos instantes la anciana se había olvidado de ella por completo.

Se alejó de la puerta y se topó con Ernest, que se dirigía al ala este.

-Por fin te encuentro -le dijo-. Me preguntaba dónde te habrías metido.
-Estaba hablando con tía Mary.
-Henry ha vuelto a la cristalera que da al oeste, y ahora es él quien cree que hay alguien afuera.

Clodetta se detuvo de repente.

-¿Lo cree de verdad?
Ernest asintió en silencio, muy serio.
-Pero la ventisca está arreciando; no me extrañaría nada que tus insinuaciones lo hubieran afectado.

Clodetta dio media vuelta y se marchó pasillo abajo.

-Voy a contárselo a tía Mary.

Ernest trató de disuadirla, pero no sirvió de nada: Clodetta se puso a llamar a la puerta de la anciana, y antes de que él hubiera podido formular una objeción adecuada ella ya había abierto la puerta y había entrado en la habitación.

-Tía Mary -dijo-, no quería volver a molestarte, pero Henry se ha acercado a la cristalera del comedor y dice que hay alguien fuera.

Aquello tuvo un efecto mágico sobre la anciana.

-¡Los ha visto! -exclamó. Entonces se puso en pie y se acercó a Clodetta apresuradamente-. ¿Cuánto hace de eso? Dímelo, rápido. ¿Cuánto hace que los ha visto? -le preguntó; la agarraba de los brazos, casi con violencia. El asombro le impidió hablar durante unos instantes, pero sintiendo cómo los ojos de la anciana se clavaban en ella, dijo finalmente:

-Hace un rato, tía Mary, después de cenar. Las manos de la anciana se relajaron, y con las manos también se relajó la tensión que la dominaba.
-¡Oh! -exclamó; dio media vuelta y, agarrando el bastón que había dejado en el rincón, volvió lentamente a su asiento.
-¿Entonces sí que hay alguien ahí fuera? -inquirió Clodetta, desafiante, cuando la anciana hubo alcanzado la silla.

A Clodetta le pareció que la respuesta tardaba en llegar. La anciana empezó a asentir suavemente, y de sus labios escapó un «sí» que apenas alcanzaba a oírse.

-Será mejor que les hagamos pasar, tía Mary. La anciana dirigió a Clodetta una mirada breve y seria; luego, con voz firme y suave, y los ojos clavados en la pared que quedaba detrás de la joven, replicó:

-No podemos hacerles pasar, Clodetta, porque no están vivos".

August Derleth