"Los vientos salvajes braman sobre mi cabeza,
Y la luz pálida de la víspera se desarma;
¿Dónde encontraré un refugio amistoso
Para ocultarme de la noche?
A mi alrededor yace un vasto desierto,
Ninguna habitación cerca;
Oscuro e impenetrable es el páramo,
Y llena la mente de miedos extraños.
Tu, árbol distante, cuya cima solitaria
Se ha doblado ante innumerables tormentas,
Ya no decepcionarás mi esperanza
Al tomar la silueta de mi amante;
Pues nubes salvajes rodan sobre mi cabeza
Negras como tu orgullo maldito.
¡Cuán profundo gruñe la furiosa tempestad
En los flancos de la montaña!
A salvo descansa el ciervo en las alturas
En su guarida hueca,
El miedo no perturba sus sueños,
Allí donde el cazador no se atreve.
Bajo el helecho duerme el pájaro,
Sobre el sueño retorcido de las víboras;
De vuelta en su roca el ave nocturna se arrastra,
Olvidando su llanto habitual.
Pues la cólera de los espiritus de la noche
Cabalgan sobre el aire atribulado;
Y a sus cubiles, en huida salvaje,
Las bestias ingnotas se precipitan.
¿Pero dónde descansas tú, amor mío?
¿Qué refugio cubre tu cuerpo?
O será que esta gélida ráfaga invernal
Sólo azota sobre mi.
Entonces, sobre el páramo desolado, lenta y triste,
Una silueta apareció;
¿Será mi amante, que con su forma
Vuelve infantiles todos mis miedos?
La silueta se acercó, pausada y melancólica,
No era el paso ágil de mi amante,
De sus mejillas huía la juventud;
Y las sonrisas de bienvenida se diluyeron.
Espectral y horroroso a la vista,
Sus rasgos duros se revelaron;
Siniestra se tornó su altura,
Y sus ropas eran sangrientas.
"¡Calma tus temores, oh, Margaret!
Todo el dolor es ahora algo vano:
Pues ya nunca retornará Eduardo
De su pacífico y eterno descanso."
"En lo profundo debajo del montículo
Yace su cabeza; y sólo emergerá
Cuando atrone la llamada terrible
Que convocará a todos los muertos."
Margaret ya no sintió bramar la salvaje tormenta,
Ella inclinó su adorable cabeza;
Y sobre la ráfaga gélida enviada por su amante,
Su espíritu apacible lo siguió".
Joanna Baillie
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
El Recolector de Historias
martes, 5 de mayo de 2015
lunes, 4 de mayo de 2015
"Tu Amigo Vampiro"
"Sí, os supero a todos en mi innata crueldad, que no estuvo en mi mano
reprimir. ¿Es esta la razón por la que estáis todos postrados frente a
mí? ¿O bien el estupor de verme, fenómeno inaudito, recorrer como
horrible cometa el espacio ensangrentado?.
Una lluvia de sangre brota de mi cuerpo inmenso, semejante a una nube negra que empuje ante sí el huracán. No temáis nada, hijos míos. No quiero maldeciros. El mal que me habéis ocasionado es demasiado grande; demasiado grande el mal que yo os he ocasionado, para que sea intencional. Vosotros habéis recorrido vuestro camino y yo el mío, ambos semejantes, ambos perversos. Era natural encontrarnos, dada nuestra afinidad. El choque que ha seguido al encuentro nos ha resultado recíprocamente fatal”.
Al llegar a este punto, los hombres empezarán a levantar las cabezas, adquiriendo de nuevo valor, y, para ver quién esta hablando, alargarán el cuello igual que caracoles. De repente, su rostro alterado, descompuesto, se deformará en una mueca tan monstruoso que incluso los lobos quedarán aterrorizados. Todos a la vez, los hombres se enderezarán de golpe, como un muelle gigantesco. ¡Cuántas imprecaciones!¡Qué clamor de voces! Me han reconocido. Y he ahí que los animales terrestres se unen a los hombres y hacen oír sus extraños alborotos. Ningún odio divide ya a ambas razas. El odio de cada uno está dirigido contra el enemigo común: yo. El consentimiento universal les une. Vientos que me estáis transportando, levantadme todavía más alto: temo la perfidia. Sí, desaparezcamos, poco a poco de su vista... Adiós, viejo, y piensa en mí, si me has leído...; y tú, joven, no desesperes. En efecto, tienes en el vampiro a un amigo, aunque seas de otra opinión. Si además, tienes en cuenta el ácaro sarcopto que te pega la roña, ¡tendrás dos amigos!"
Isidore Ducasse, conde de Lautréamont
Una lluvia de sangre brota de mi cuerpo inmenso, semejante a una nube negra que empuje ante sí el huracán. No temáis nada, hijos míos. No quiero maldeciros. El mal que me habéis ocasionado es demasiado grande; demasiado grande el mal que yo os he ocasionado, para que sea intencional. Vosotros habéis recorrido vuestro camino y yo el mío, ambos semejantes, ambos perversos. Era natural encontrarnos, dada nuestra afinidad. El choque que ha seguido al encuentro nos ha resultado recíprocamente fatal”.
Al llegar a este punto, los hombres empezarán a levantar las cabezas, adquiriendo de nuevo valor, y, para ver quién esta hablando, alargarán el cuello igual que caracoles. De repente, su rostro alterado, descompuesto, se deformará en una mueca tan monstruoso que incluso los lobos quedarán aterrorizados. Todos a la vez, los hombres se enderezarán de golpe, como un muelle gigantesco. ¡Cuántas imprecaciones!¡Qué clamor de voces! Me han reconocido. Y he ahí que los animales terrestres se unen a los hombres y hacen oír sus extraños alborotos. Ningún odio divide ya a ambas razas. El odio de cada uno está dirigido contra el enemigo común: yo. El consentimiento universal les une. Vientos que me estáis transportando, levantadme todavía más alto: temo la perfidia. Sí, desaparezcamos, poco a poco de su vista... Adiós, viejo, y piensa en mí, si me has leído...; y tú, joven, no desesperes. En efecto, tienes en el vampiro a un amigo, aunque seas de otra opinión. Si además, tienes en cuenta el ácaro sarcopto que te pega la roña, ¡tendrás dos amigos!"
Isidore Ducasse, conde de Lautréamont
domingo, 3 de mayo de 2015
"Una Pesadilla Árabe"
"Esto sucedió hace algunos años. Pasé por la feria de Nis-hin, Novogorod,
tierra de los moscovitas, gente incrédula que adoran los cuadros de las
cosas creadas. Tomé pieles y abrigos tibetanos, lanas de Cachemira, y
telas de Bokhara. Y nuestro Señor el Profeta, cuya tumba he visitado (y
cuyo nombre es bendito), favoreció la venta de mi mercancía, de modo que
pronto adquirí una faja llena de rublos, monedas de los moscovitas, y
conocí a uno de los infieles, cuyo nombre era Demski, con quien había
negociado algunas pieles de foca.
Antes de finalizar mis asuntos en la feria me sentí agotado por el ruido y la muchedumbre, las preocupaciones de la compra y venta; y también por los alimentos malsanos de los moscovitas (¡Dios los ilustres!). Mis miembros temblaron, se fatigaron. Cuando Demski vio que andaba con dificultad, y delgado como la vara de un pastor, dijo: "En verdad, Hamet, el camino a Khiva es largo, y el viaje en camello, según creo, es agotador. Si quieres vender tu mercadería es mejor que me acompañes a Berezow, una ciudad sobre el río Obb, en la provincia de Tobolsk. Aunque el invierno sea largo y frío te daré las mejores pieles y el mejor sitio frente a la estufa, donde podrás sudar todos los humores que aquejan tus músculos" Y dije: "Oh, amigo, las palabras del Profeta encarnan en tu camaradería:"
"No hallé amor en mi hermano, sino en un extraño, cuyo afecto es más sincero que el del hijo de mi madre"
Pero él respondió: "Esas son palabras ingenuas. Cuando llegué a Khiva, preparaban kabobs para mi, y ahora, Hamet, lo harán para tí. En dos días alistaremos los caballos y el trineo."
Al segundo día Demski cargó el trineo y la mercadería, junto con las provisiones: carne salada, brandy (¡Alá los proteja!), peras guisadas, tales son las viandas moscovitas. Cubrimos la mercadería con capas, y sobre ellas nos sentamos. Golpeó al caballo con un azote de tres puntas. Avanzamos firmes como los caballos de los kurdos o como los camellos del Beduino.
Escucha, el viaje fue largo; pero la novedad del camino me sostuvo, ya en mi juventud disfrutaba de los sitios extraños y enterarme de la gente que mora allí. Cuando llegamos a Berezow, encontramos a Petrovna, la esposa de Demski, y Alexandrovitch, su pequeño hijo. Le di a ella un pañuelo de colores brillantes, y a él un fez de paño rojo; de modo que se alegraran de verme. Curiosos astros ví allí, un sol soñoliento, que no sale durante meses. Cuando vi esto dije, "En verdad esta es una tierra abandonada por Dios. Por eso sus habitantes adoran los cuadros de las cosas creadas."
Moré casi siempre bajo techo, yendo de la estufa al sauna, o casa de sudación, y de ésta a la estufa. En el sauna tomaron mi ropa y me pusieron sobre piedras calientes, y vertieron agua sobre las piedras. Golpearon mi cuerpo suavemente con ramitas de abedul, hasta que la transpiración fluyera intensa y en verdad esto oportuno en una tierra tan fría. Ya en la casa hablamos de los países que habíamos visto, y de los maravillosos trabajos de Dios. Demski me enseñó el juego de ajedrez, y yo le enseñé el Ahama, que había aprendido en un viaje a la Meca, (que Alá la bendiga).
Una tarde noté que Alexandrovitch, el hijo de Demski, imitaba con hueso las piezas de ajedrez, y las colocaba como escenas, imágenes de cosas creadas. Vi que el hueso pertenecía a un animal grande; ¡y dije, "Ah Demski, de dónde es aquel hueso ya que no he visto aquí ningún animal de semejante porte, sólo liebres y zorros de piel blanca, ya que en esta tierra maldita, Dios ha retirado la luz de su semblante de los animales, y no hay colores." Y Demski me explicó que el hueso fue encontrado en el hielo. Animales enteros fueron encontrados allí, incluso con pelo y carne. ¡Elefantes! Bestias que he visto en la tierra del Magnate, donde su gente adora vacas. Y dije, "Ah Demski, ¿cómo llegaron estos animales al hielo, ya que habitan países cálidos, y no podrían vivir en este lugar gélido?."
Y él respondió, "Tu pregunta es la de un hombre sabio; y en verdad había un hombre culto aquí, a quien el Zar (Dios lo conserve) envió hasta nosotros, un hombre de la nación de Frank, que examinó estos huesos. Dijo que esta tierra fue una vez cálida, y que esta criatura bebía de estos ríos y mares congelados y mares, tal como los grandes ríos y el océano que tu has visto". Y dije, "Ah Demski, esto es una insensatez. Alá confundirá a estos Francos, quienes escarban en el origen de cosas. Estas criaturas fueron abatidas por la la hechicería, como Gog y Magog fueron barridos por Iskander (nota de El Espejo: Iskander es nada menos que Alejandro Magno) en las montañas cerca de Mar Caspio. Gog y Magog siempre se cavan en la montaña para escaparse; pero no pueden, pues la hechicería es fuerte. Ellos no pueden decir Inshallah, que significa "Dios disponga". Pero un día habrá un muchacho entre ellos, llamado Inshallah; y uno de ellos le dirá, 'Inshallah, cavaré por la roca; ' e inmediatamente ellos cavarán por la roca, y se extenderán por mundo, y Deijal vendrá adelante para conducirlos. ¿Quién sabe?, pero tal vez estas criaturas fueron encerradas aquí por una hechicería similar."
Y Demski y Petrovna y Alexandrovich permitieron que hable con sabiduría, y me alabaron grandemente. En la cena me cedieron las mejores carnes y las peras más sabrosas, las cuales jamás había probado. El brandy me hizo cantar y bailar, como nadie que ha viajado a la Meca debería hacerlo. Cuando me eché sobre la piedra para dormir me sentí satisfecho de mis palabras sobre Gog, Magog e Iskander, pues es noble instruir al ignorante, ya que no es sabio quien calla su conocimiento. Dormí. Pero a mitad de la noche sentí una mano pesada sobre mi pecho y me desperté. Uno de los malignos me observaba, similar a un Djinn, pero con el rostro de un toro o búfalo, y una mano como la pata de un elefante, y su mano pisaba mi tóraz. Y dijo: "Oh, Hamet, levántate y sígueme." Y respondí: "Oh, Bucéfalo, ¿adónde?". Entonces dijo: "A las costas del mar congelado, al palacio de Eblis, al reino de las criaturas encantadas que has mencionado antes de la cena". Entonces dije: "Las palabras del poeta son conmigo: no hables del mal pues el mal te acompañará". Y él: "Alguien debe llevar esta sabiduría al palacio inmemorial."
El rostro de búfalo gruñó. Me levanté y fui con él. Salimos de la casa. Me llevó de la mano y corrimos raudamente. Y cuando advertí que dejaríamos a Demski y su familia y todas las personas de Berezow, pensé: "Ved, ahora, el significado de adorar los íconos de las cosas creadas." El rostro de búfalo resopló. Llegamos a las costas del Mar Congelado, pero su hielo no era parejo, ni el mar estaba completamente cubierto por él. Grandes moles blancas y azules flotaban a la deriva, quizá debido a la luna. El Djinn me habría cargado, pero era yo demasiado pesado. Y dijo: "Este hombre debe tener algo de sagrado, pues no puedo cargarlo". Y yo recordé con dicha que llevaba un amuleto que había tocado la santidad de la Meca." Repetí entonces estos versos:
-Mantén las cosas sabradas sobre ti, envuélvelas con sagrados encantos, y los malvados olvidarán el mal proferido.
El Djinn golpeó el hielo con una piedra. Una grieta apareció. Oí crujidos esparciéndose sobre el agua, y su sonido era más horrible que el del trueno. Entramos en la región sombría. Rostros de halcones y águilas nos acechaban. El Djinn dijo: "Oh, aves sedientas, Eblis me ha enviado para traer a este hombre, tan pesado para mí debido a un curioso encantamiento. Ayudadme a cargarlo". Me sujetaron con sus garras y volamos. Sentí la suavidad del aire alrededor, temiendo que quizá me dejaran caer en el abismo. Resolví tratarlos con cortesía, y le hablé a uno de los rostros de ave: "¿Dónde, oh amigo, queda el palacio de Eblis, el desolado reino abandonado por el Señor?" Y respondió: "El reino escondido sigue escondido, pues Eblis fue una vez el señor de la estrella de la mañana, con un brillo inigualable dado por Dios, permitiendo que su ojo, aún hoy, sea visto por los mortales. Pero un día, Eblis deseó que su luz fuese más intensa, y que su estrella fuese vista por los hombres aún con el sol en alto. Entonces Dios lo expulsó de la estrella, y lo arrojó al reino de las criaturas olvidadas." Y el Djinn y los Hombres Ave se lamentaron grandemente. Me lamenté por mi curiosidad. Volamos hacia abajo, donde se alza el palacio de Eblis en la tierra del hielo eterno. Los árboles no crecen en esa región, las plantas no hallan alimento en su suelo, el agua no corre limpia. Sólo hay rocas y columnas de hielo, pilares que enrojecerían a Salomón. Dentro de las columnas vi animales ciclópeos en perfecto estado de conservación: Elefantes más grandes que los de la tierra de Mogul, gacelas inmensas, cocodrilos más anchos que el Nilo. Todos estaban quietos en el hielo, petrificados. Sus facciones revelaban una muerte lenta y dolorosa.
Dije: "¿Cómo han llegado estas criaturas hasta aquí?" Respondieron: "En verdad esta tierra estuvo llena de vida, con ríos y árboles, grandes y pequeños. Pero cuando el Altísimo envió a Eblis su figura oscureció el sol, que brilló en otros páramos, haciendo que todos fueran congelados." Entonces pensé que esto era exactamente lo que el franco había narrado a Demski. Seguramente Dios lo condenaría por hablar como los Djinns. Si bien no había sol, había luz en esa tierra ignota, brillante como no volví a ver jamás. Advertí llamas en las rocas, en cada pilar, y algo similar a la niebla rodeando la luna cuando se acercan las lluvias. Llegamos al salón de Eblis.
Pálidas luces gélidas flotaban en ese espacio. Eblis estaba sentado en un trono de hielo, figura opalina de rostro luctuoso. Entendí entonces que la luz de esa tierra olvidada provenía de los rostros de sus habitantes.
Eblis dijo: "Qué presente tiene Hamet para su Señor?" Respondí. "Ninguno, mi sultán, pues fui arrastrado de la cama en medio de la noche, pero si me dejais regresar os traeré las mejores telas hechas por el hombre". La corte entera rió, hasta que sus articulaciones gélidas crujieron horriblemente. Eblis continuó: "Sin embargo, me has servido a menudo, incluso en la feria de Novogorod, cuando vendiste capas a dos rublos cuando no valían ni siquiera uno, incluso cuando bebiste brandy y comías peras nunca antes saboreadas." Y dije: "En verdad las capas no eran buenas, y las peras están prohibidas, pero soy un hombre humilde, y mi Sultán seguramente aceptará algún presente que le satisfaga". Y él respondió: "Lo haré". Giró hacia uno de sus sirvientes y dijo: "Traedme el talisman que ha tocado la sagrada Meca". Cuando escuché esto comencé a llorar. "Mejor dadme la muerte, oh, Gélidos, mi talismán jamás poseerán vuestras garras malditas". Y giré para correr. Los hombres del hielo me siguieron. Me apresaron con sus manos resbaladizas, torturándome con sus voces. Y las rocas y los pilares brillaron en pálidas llamaradas mientras me arrastraban, las criaturas congeladas aullaron de dolor y dicha. Sus risas quebraron la piedra. Tropecé, comencé a caer desde una cima inexpugnable. Arriba gritaban los condenados.
Me desperté sobre la piedra en la casa de Demski, pensando que tal vez debería viajar a la Meca, y que Mohammed es el profeta de Dios.
Al llegar la primavera hui de esa tierra, donde las criaturas abatidas por Dios aún anhelan sus bendiciones"
Fitz James O'Brien
Antes de finalizar mis asuntos en la feria me sentí agotado por el ruido y la muchedumbre, las preocupaciones de la compra y venta; y también por los alimentos malsanos de los moscovitas (¡Dios los ilustres!). Mis miembros temblaron, se fatigaron. Cuando Demski vio que andaba con dificultad, y delgado como la vara de un pastor, dijo: "En verdad, Hamet, el camino a Khiva es largo, y el viaje en camello, según creo, es agotador. Si quieres vender tu mercadería es mejor que me acompañes a Berezow, una ciudad sobre el río Obb, en la provincia de Tobolsk. Aunque el invierno sea largo y frío te daré las mejores pieles y el mejor sitio frente a la estufa, donde podrás sudar todos los humores que aquejan tus músculos" Y dije: "Oh, amigo, las palabras del Profeta encarnan en tu camaradería:"
"No hallé amor en mi hermano, sino en un extraño, cuyo afecto es más sincero que el del hijo de mi madre"
Pero él respondió: "Esas son palabras ingenuas. Cuando llegué a Khiva, preparaban kabobs para mi, y ahora, Hamet, lo harán para tí. En dos días alistaremos los caballos y el trineo."
Al segundo día Demski cargó el trineo y la mercadería, junto con las provisiones: carne salada, brandy (¡Alá los proteja!), peras guisadas, tales son las viandas moscovitas. Cubrimos la mercadería con capas, y sobre ellas nos sentamos. Golpeó al caballo con un azote de tres puntas. Avanzamos firmes como los caballos de los kurdos o como los camellos del Beduino.
Escucha, el viaje fue largo; pero la novedad del camino me sostuvo, ya en mi juventud disfrutaba de los sitios extraños y enterarme de la gente que mora allí. Cuando llegamos a Berezow, encontramos a Petrovna, la esposa de Demski, y Alexandrovitch, su pequeño hijo. Le di a ella un pañuelo de colores brillantes, y a él un fez de paño rojo; de modo que se alegraran de verme. Curiosos astros ví allí, un sol soñoliento, que no sale durante meses. Cuando vi esto dije, "En verdad esta es una tierra abandonada por Dios. Por eso sus habitantes adoran los cuadros de las cosas creadas."
Moré casi siempre bajo techo, yendo de la estufa al sauna, o casa de sudación, y de ésta a la estufa. En el sauna tomaron mi ropa y me pusieron sobre piedras calientes, y vertieron agua sobre las piedras. Golpearon mi cuerpo suavemente con ramitas de abedul, hasta que la transpiración fluyera intensa y en verdad esto oportuno en una tierra tan fría. Ya en la casa hablamos de los países que habíamos visto, y de los maravillosos trabajos de Dios. Demski me enseñó el juego de ajedrez, y yo le enseñé el Ahama, que había aprendido en un viaje a la Meca, (que Alá la bendiga).
Una tarde noté que Alexandrovitch, el hijo de Demski, imitaba con hueso las piezas de ajedrez, y las colocaba como escenas, imágenes de cosas creadas. Vi que el hueso pertenecía a un animal grande; ¡y dije, "Ah Demski, de dónde es aquel hueso ya que no he visto aquí ningún animal de semejante porte, sólo liebres y zorros de piel blanca, ya que en esta tierra maldita, Dios ha retirado la luz de su semblante de los animales, y no hay colores." Y Demski me explicó que el hueso fue encontrado en el hielo. Animales enteros fueron encontrados allí, incluso con pelo y carne. ¡Elefantes! Bestias que he visto en la tierra del Magnate, donde su gente adora vacas. Y dije, "Ah Demski, ¿cómo llegaron estos animales al hielo, ya que habitan países cálidos, y no podrían vivir en este lugar gélido?."
Y él respondió, "Tu pregunta es la de un hombre sabio; y en verdad había un hombre culto aquí, a quien el Zar (Dios lo conserve) envió hasta nosotros, un hombre de la nación de Frank, que examinó estos huesos. Dijo que esta tierra fue una vez cálida, y que esta criatura bebía de estos ríos y mares congelados y mares, tal como los grandes ríos y el océano que tu has visto". Y dije, "Ah Demski, esto es una insensatez. Alá confundirá a estos Francos, quienes escarban en el origen de cosas. Estas criaturas fueron abatidas por la la hechicería, como Gog y Magog fueron barridos por Iskander (nota de El Espejo: Iskander es nada menos que Alejandro Magno) en las montañas cerca de Mar Caspio. Gog y Magog siempre se cavan en la montaña para escaparse; pero no pueden, pues la hechicería es fuerte. Ellos no pueden decir Inshallah, que significa "Dios disponga". Pero un día habrá un muchacho entre ellos, llamado Inshallah; y uno de ellos le dirá, 'Inshallah, cavaré por la roca; ' e inmediatamente ellos cavarán por la roca, y se extenderán por mundo, y Deijal vendrá adelante para conducirlos. ¿Quién sabe?, pero tal vez estas criaturas fueron encerradas aquí por una hechicería similar."
Y Demski y Petrovna y Alexandrovich permitieron que hable con sabiduría, y me alabaron grandemente. En la cena me cedieron las mejores carnes y las peras más sabrosas, las cuales jamás había probado. El brandy me hizo cantar y bailar, como nadie que ha viajado a la Meca debería hacerlo. Cuando me eché sobre la piedra para dormir me sentí satisfecho de mis palabras sobre Gog, Magog e Iskander, pues es noble instruir al ignorante, ya que no es sabio quien calla su conocimiento. Dormí. Pero a mitad de la noche sentí una mano pesada sobre mi pecho y me desperté. Uno de los malignos me observaba, similar a un Djinn, pero con el rostro de un toro o búfalo, y una mano como la pata de un elefante, y su mano pisaba mi tóraz. Y dijo: "Oh, Hamet, levántate y sígueme." Y respondí: "Oh, Bucéfalo, ¿adónde?". Entonces dijo: "A las costas del mar congelado, al palacio de Eblis, al reino de las criaturas encantadas que has mencionado antes de la cena". Entonces dije: "Las palabras del poeta son conmigo: no hables del mal pues el mal te acompañará". Y él: "Alguien debe llevar esta sabiduría al palacio inmemorial."
El rostro de búfalo gruñó. Me levanté y fui con él. Salimos de la casa. Me llevó de la mano y corrimos raudamente. Y cuando advertí que dejaríamos a Demski y su familia y todas las personas de Berezow, pensé: "Ved, ahora, el significado de adorar los íconos de las cosas creadas." El rostro de búfalo resopló. Llegamos a las costas del Mar Congelado, pero su hielo no era parejo, ni el mar estaba completamente cubierto por él. Grandes moles blancas y azules flotaban a la deriva, quizá debido a la luna. El Djinn me habría cargado, pero era yo demasiado pesado. Y dijo: "Este hombre debe tener algo de sagrado, pues no puedo cargarlo". Y yo recordé con dicha que llevaba un amuleto que había tocado la santidad de la Meca." Repetí entonces estos versos:
-Mantén las cosas sabradas sobre ti, envuélvelas con sagrados encantos, y los malvados olvidarán el mal proferido.
El Djinn golpeó el hielo con una piedra. Una grieta apareció. Oí crujidos esparciéndose sobre el agua, y su sonido era más horrible que el del trueno. Entramos en la región sombría. Rostros de halcones y águilas nos acechaban. El Djinn dijo: "Oh, aves sedientas, Eblis me ha enviado para traer a este hombre, tan pesado para mí debido a un curioso encantamiento. Ayudadme a cargarlo". Me sujetaron con sus garras y volamos. Sentí la suavidad del aire alrededor, temiendo que quizá me dejaran caer en el abismo. Resolví tratarlos con cortesía, y le hablé a uno de los rostros de ave: "¿Dónde, oh amigo, queda el palacio de Eblis, el desolado reino abandonado por el Señor?" Y respondió: "El reino escondido sigue escondido, pues Eblis fue una vez el señor de la estrella de la mañana, con un brillo inigualable dado por Dios, permitiendo que su ojo, aún hoy, sea visto por los mortales. Pero un día, Eblis deseó que su luz fuese más intensa, y que su estrella fuese vista por los hombres aún con el sol en alto. Entonces Dios lo expulsó de la estrella, y lo arrojó al reino de las criaturas olvidadas." Y el Djinn y los Hombres Ave se lamentaron grandemente. Me lamenté por mi curiosidad. Volamos hacia abajo, donde se alza el palacio de Eblis en la tierra del hielo eterno. Los árboles no crecen en esa región, las plantas no hallan alimento en su suelo, el agua no corre limpia. Sólo hay rocas y columnas de hielo, pilares que enrojecerían a Salomón. Dentro de las columnas vi animales ciclópeos en perfecto estado de conservación: Elefantes más grandes que los de la tierra de Mogul, gacelas inmensas, cocodrilos más anchos que el Nilo. Todos estaban quietos en el hielo, petrificados. Sus facciones revelaban una muerte lenta y dolorosa.
Dije: "¿Cómo han llegado estas criaturas hasta aquí?" Respondieron: "En verdad esta tierra estuvo llena de vida, con ríos y árboles, grandes y pequeños. Pero cuando el Altísimo envió a Eblis su figura oscureció el sol, que brilló en otros páramos, haciendo que todos fueran congelados." Entonces pensé que esto era exactamente lo que el franco había narrado a Demski. Seguramente Dios lo condenaría por hablar como los Djinns. Si bien no había sol, había luz en esa tierra ignota, brillante como no volví a ver jamás. Advertí llamas en las rocas, en cada pilar, y algo similar a la niebla rodeando la luna cuando se acercan las lluvias. Llegamos al salón de Eblis.
Pálidas luces gélidas flotaban en ese espacio. Eblis estaba sentado en un trono de hielo, figura opalina de rostro luctuoso. Entendí entonces que la luz de esa tierra olvidada provenía de los rostros de sus habitantes.
Eblis dijo: "Qué presente tiene Hamet para su Señor?" Respondí. "Ninguno, mi sultán, pues fui arrastrado de la cama en medio de la noche, pero si me dejais regresar os traeré las mejores telas hechas por el hombre". La corte entera rió, hasta que sus articulaciones gélidas crujieron horriblemente. Eblis continuó: "Sin embargo, me has servido a menudo, incluso en la feria de Novogorod, cuando vendiste capas a dos rublos cuando no valían ni siquiera uno, incluso cuando bebiste brandy y comías peras nunca antes saboreadas." Y dije: "En verdad las capas no eran buenas, y las peras están prohibidas, pero soy un hombre humilde, y mi Sultán seguramente aceptará algún presente que le satisfaga". Y él respondió: "Lo haré". Giró hacia uno de sus sirvientes y dijo: "Traedme el talisman que ha tocado la sagrada Meca". Cuando escuché esto comencé a llorar. "Mejor dadme la muerte, oh, Gélidos, mi talismán jamás poseerán vuestras garras malditas". Y giré para correr. Los hombres del hielo me siguieron. Me apresaron con sus manos resbaladizas, torturándome con sus voces. Y las rocas y los pilares brillaron en pálidas llamaradas mientras me arrastraban, las criaturas congeladas aullaron de dolor y dicha. Sus risas quebraron la piedra. Tropecé, comencé a caer desde una cima inexpugnable. Arriba gritaban los condenados.
Me desperté sobre la piedra en la casa de Demski, pensando que tal vez debería viajar a la Meca, y que Mohammed es el profeta de Dios.
Al llegar la primavera hui de esa tierra, donde las criaturas abatidas por Dios aún anhelan sus bendiciones"
Fitz James O'Brien
sábado, 2 de mayo de 2015
"El Tratado Middoth"
"Una tarde de otoño, un señor mayor de grises patillas empujó la puerta que daba acceso al vestíbulo de cierta famosa biblioteca y, dirigiéndose a un empleado, le manifestó que creía tener derecho a utilizarla, y le preguntó si podía sacar un libro. Sí, si estaba en la lista de los que gozaban de ese privilegio. Mostró su tarjeta: Sr. John Eldred. Y consultado el registro, la respuesta que recibió fue afirmativa.
-Ahora otra cosa -dijo-: hace bastante tiempo que no vengo y no recuerdo el edificio; además, es casi hora de cerrar y me es imposible andar subiendo y bajando. Aquí está el título del libro que necesito: ¿hay alguien disponible que me lo pueda buscar?
Tras pensar un momento, el empleado hizo una seña a un joven. -Señor Garrett -dijo-: ¿tiene un minuto para atender a este señor?
-Con mucho gusto. Creo que lo encontraré en seguida; casualmente está en la sección que he inspeccionado; pero voy a mirar en el catálogo para asegurarme. Supongo que desea esta edición concreta, ¿verdad, señor?
-Sí, si no le importa; ésa exactamente -dijo el señor Eldred-. Se lo agradezco muchísimo.
-No faltaba más, señor- dijo el señor Garrett, y se fue corriendo.
-Lo sabía -dijo para sí cuando su dedo, tras recorrer las páginas del catálogo, se detuvo-: Talmud. Tratado Middoth; con comentarios de Nachmanides. Amsterdam, 1707. 11.3.34. Sección de Hebreo, naturalmente. No va a ser difícil.
El señor Eldred, acomodado en el vestíbulo, esperó ansioso el regreso de su mensajero. Pero su desencanto al ver bajar a un señor Garrett con las manos vacías fue de lo más evidente.
-Siento decepcionarle, señor -dijo el joven-; pero el libro está servido.
-¡Vaya por Dios! -dijo el señor Eldred-. ¿Seguro? ¿No se habrá equivocado?
-No hay mucha posibilidad, señor. Aunque, si no le importa esperar un minuto, podría hablar con el señor que lo tiene. No tardará en abandonar la biblioteca, y creo que le he visto tomar el libro de la estantería.
-¿Y le reconocería? ¿Es profesor o estudiante?
-Creo que no. Desde luego, no es profesor. Lo conocería; aunque no hay buena luz en esa parte de la biblioteca. Me ha parecido más bien un señor viejo y bajo, clérigo quizá, con capa. Si espera un momento, puedo preguntarle si necesita el libro de manera especial.
-No, no -dijo el señor Eldred-, no quiero... No puedo esperar ahora, gracias. Tengo que marcharme. Pero volveré mañana, y tal vez haya averiguado usted quién lo tiene.
-Por supuesto, señor; y le tendré preparado el libro si... -pero el señor Eldred se había ido ya, más deprisa de lo que se juzgaría prudente para sus años.
Garrett, que tenía un momento disponible, se dijo: -Iré otra vez a esa estantería a ver si encuentro al anciano. Es muy probable que pueda renunciar al libro por unos días. Quizá el otro señor no necesite tenerlo mucho tiempo- Así que se dirigió a la Sección de Hebreo. Pero al llegar estaba desierta, y el libro, con la signatura 11.3.34 se hallaba en su sitio. Era vejatorio para su propia autoestima haber defraudado a un consultante con tan poco fundamento; y de no haber ido contra las normas de la biblioteca, le habría gustado bajar el libro al vestíbulo en este momento, a fin de tenerlo allí cuando llegase el señor Eldred. Pero estaría pendiente, por la mañana, de la llegada del señor Eldred, y pidió al empleado del mostrador que le mandase recado en cuanto se presentase. Pero el hecho es que él mismo se encontraba en el vestíbulo cuando llegó el señor Eldred, poco después de que abriesen la biblioteca, y cuando no había casi nadie en el edificio aparte del personal.
-Lo siento mucho -dijo-; no suelo tener a menudo despistes estúpidos de esta clase, pero estaba convencido de que el anciano que vi tomaba ese libro y lo retenía sin abrirlo, como suele hacer la gente cuando piensa sacarlo en préstamo y no consultarlo aquí mismo. Se lo bajo en un segundo.
Hubo una pausa. El señor Eldred midió los pasos del vestíbulo, leyó los anuncios, consultó su reloj, se sentó a vigilar la escalera e hizo todo lo que hace un hombre devorado por la impaciencia, hasta que transcurrieron unos veinte minutos. Por último fue al mostrador y preguntó si estaba muy lejos esa parte de la biblioteca a la que había ido el señor Garrett.
-Precisamente estaba pensando que es muy raro, señor: es un joven bastante vivo por lo general; pero puede que el bibliotecario le haya mandado a algún recado; aunque de todos modos podía haberle dicho que estaba usted esperando. Le llamaré por el tubo a ver -y le llamó por el tubo.
Mientras escuchaba la respuesta, le iba cambiando la expresión; hizo una o dos preguntas complementarias que fueron contestadas brevemente. Después se acercó al mostrador y dijo en tono bajo:
-Siento decirle que ha habido un pequeño contratiempo. Por lo visto al señor Garrett le ha ocurrido algo, y el bibliotecario lo ha mandado a su casa en un coche por la otra salida. Ha sido víctima de un ataque, por lo que me han dicho.
-¡Cómo! ¿Quiere decir que le han herido?
-No, señor; nada de violencia, por lo que he entendido. Le ha dado un ataque, podríamos decir, de enfermedad. No es de constitución fuerte el señor Garrett. En cuanto a su libro, señor, quizá pueda buscarlo usted mismo. Sería una contrariedad que por este percance se quedara sin él otra vez.
-Sí... bueno; siento mucho que el señor Garrett se haya enfermado. Creo que es mejor que me olvide del libro de momento y vaya a verle. Supongo que puede darme su dirección -el empleado se la dio; al parecer el señor Garrett vivía no lejos del trabajo-. Y otra pregunta: ¿observó ayer si un señor anciano, clérigo quizá, con una... sí, con una capa negra, abandonó la biblioteca después que yo? Creo que puede ser un... o sea, creo que puede estar viviendo... o mejor dicho, puede que le conozca.
-¿Con una capa negra? No, señor. Sólo quedaban dos señores cuando usted se fue; y los dos bastante jóvenes. Eran el señor Carter, que sacó un libro de música, y un profesor que se llevó un par de novelas. No vi a nadie más, después me fui a cenar, y muy contento de hacerlo. Gracias, señor, muchas gracias.
El señor Eldred, dominado por la ansiedad, paró un coche y se dirigió al domicilio de Garrett; pero el joven aún no estaba en condiciones de recibir visitas. Se encontraba mejor, pero su patrona opinaba que había sufrido una conmoción. Por lo que había dicho el médico, creía que podría verle mañana. El señor Eldred regresó a su hotel al anochecer y pasó la velada en un estado de ánimo bastante sombrío. Al día siguiente pudo ver al señor Garrett. Era un joven alegre y de aspecto agradable. Ahora en cambio era un ser pálido y tembloroso, derrumbado en una butaca junto a la chimenea, que se estremecía por nada y no paraba de mirar hacia la puerta. Pero si había visitas que no estaba dispuesto a recibir, el señor Eldred no era una de ellas.
-En realidad soy yo el que debe pedirle disculpas; y ya había perdido toda esperanza de poderlo hacer, porque no sabía sus señas. Pero me alegro de que haya venido. Siento mucho causarle todo este trastorno; aunque comprenderá que no podía prever este... este ataque que he sufrido.
-Pues claro; pero veamos, yo soy algo médico. Perdone que le haga unas preguntas; aunque por supuesto, le han atendido debidamente. ¿Es una caída lo que sufrió?
-No. Me caí al suelo, pero no desde ninguna altura. En realidad, fue una impresión.
-¿Quiere decir que le sobresaltó algo? ¿Fue algo que creyó ver?
-No fue cuestión de creer, me temo. Sí: fue algo que vi. ¿Recuerda la primera vez que acudió usted a la biblioteca?
-Sí, claro. Pero ahora, permítame rogarle que no trate de describirlo: no le hará ningún bien recordarlo, se lo aseguro.
-Pero sería un alivio para mí contárselo a alguien como usted: quizá usted me lo podría explicar. Fue justo cuando iba a entrar en la sección donde está su libro...
-De veras se lo ruego, señor Garrett; además, el reloj me indica que dispongo de muy poco tiempo para recoger mis cosas y tomar el tren. No, no insista; podría resultarle más penoso de lo que imagina. Pero hay una cosa que sí quiero que me diga. Me siento indirectamente responsable de su indisposición, y creo que debo costear los gastos que...
Pero este ofrecimiento fue rechazado de plano. El señor Eldred se marchó en seguida sin repetirlo, aunque no sin que el señor Garrett le pidiese antes que tomase nota de la signatura del Tratado Middoth, a fin de que, como dijo, pudiese ir a buscarlo él mismo. Pero el señor Eldred no volvió a aparecer por la biblioteca.
Ese día William Garrett tuvo otra visita en la persona de un joven compañero suyo de la biblioteca, un tal George Earle. Earle era uno de los que había encontrado a Garrett en el suelo, inconsciente, en la sección o cubículo (que se abría al corredor central de una espaciosa galería) donde se hallaban los libros de hebreo, y naturalmente había estado muy preocupado por su amigo. En cuanto concluyó el horario de trabajo se presentó en la pensión.
-Bueno -dijo después de hablar de otras cosas-, no sé qué te pasó, pero me da la impresión de que hay algo insano en la biblioteca. Justo antes de que te encontráramos iba con Davis por la galería, y le dije: ¿Habías notado antes el olor a moho que hay aquí? No puede ser saludable. Porque si uno pasa mucho tiempo expuesto a olores de esa clase (te aseguro que era lo más repugnante), seguro que le penetra en el organismo y le acaba afectando de alguna manera, ¿no crees?
Garrett negó con la cabeza.
-Todo eso me parece muy bien; pero ese olor no está desde siempre, aunque lo llevo notando hace un día o dos: es una especie de olor a polvo, pero no es eso lo que me afectó. Fue algo que vi. Y te lo quiero contar: entré en la Sección de Hebreo a coger un libro para un señor que había preguntado por él. Ahora bien, el día antes había tenido un despiste con ese mismo libro: había ido por él para servírselo al mismo señor, y estoy seguro de que vi a un cura viejo con capa que lo acababa de tomar. Le dije al señor que lo tenían ocupado y se marchó diciendo que volvería. Subí otra vez a ver si el cura podía prescindir de él, pero ya no había ningún cura y el libro estaba en su sitio. Bueno, pues ayer, como digo, volví a ir. Imagínate: eran las diez de la mañana, la hora en que hay más luz en esas secciones; y allí estaba otra vez el cura, de espaldas a mí, mirando los libros de la estantería a la que iba yo.
-Había dejado el sombrero en la mesa, y vi que era calvo. Me detuve un segundo o dos a observarle. Te aseguro que tenía la calva más repugnante que he visto. Parecía reseca, cubierta de polvo, y las hebras que la recorrían parecían más telarañas que cabellos. Bueno, hice ruido a propósito, tosí y di unos pasos. Entonces se volvió y pude verle la cara. Una cara que yo no había visto nunca. Te lo repito: no estoy equivocado. Aunque por alguna razón no se la pude ver entera, le vi la parte de arriba; y la tenía completamente seca, con los ojos muy hundidos; y sobre los ojos, desde las cejas a los pómulos, tenía telarañas... unas telarañas espesas. Eso me dejó fuera de combate como suele decirse; y no sé más.
No vale la pena que nos detengamos en las explicaciones que se le ocurrieron a Earle de este fenómeno; el hecho es que no convencieron a Garrett de que no había visto lo que había visto. El bibliotecario insistió a Wiliam Garrett que se tomase una semana de descanso y cambiara de aires antes de reintegrarse al trabajo. Pocos días después se hallaba en la estación, y buscando un compartimiento de fumadores en el que hacer el viaje a Burnstow-on-Sea, pueblo que no había visitado nunca. Al parecer sólo había un único compartimiento así. Pero al acercarse vio delante de la puerta una figura tan parecida a la relacionada con su reciente experiencia que, con una aprensión insuperable, y casi sin saber lo que hacía, abrió impulsivamente la puerta del compartimiento que tenía al lado y se metió en él como si el diablo le pisara los talones.
El tren se puso en marcha. Garrett debió de desmayarse; porque lo primero de lo que tuvo conciencia a continuación fue de un frasco de sales que le ponían debajo de la nariz. Su médico era una señora mayor de aspecto agradable que, con su hija, era la única pasajera que había en el vagón. Si no llega a ser por este incidente, no es probable que hubiera trabado conversación con sus compañeras de viaje. En cambio así, los agradecimientos y las preguntas y la conversación general surgieron de manera inevitable; y antes de terminar el viaje Garrett se encontró provisto no sólo de médico, sino también de patrona; porque la señora Simpson alquilaba habitaciones en Burnstow, lo que pareció providencial en todos los respectos. El pueblo estaba vacío en esta época del año, de manera que Garrett no tuvo más remedio que incorporarse a la sociedad de la madre y la hija. En ellas encontró una compañía agradable. A la tercera noche de su estancia, su trato con ellas era ya tal que le invitaron a pasar la velada en el cuarto de estar privado de ambas.
En sus charlas salió a relucir que Garrett trabajaba en una biblioteca.
-¡Ah, las bibliotecas son un lugar admirable! -dijo la señora Simpson; dejando la labor con un suspiro-; aunque los libros me han jugado una mala pasada; o mejor dicho me la ha jugado uno.
-A mí, señora Simpson, los libros me dan de comer, y lamentaría tener nada contra ellos; no me agrada la noticia de que le han causado un perjuicio.
-Tal vez el señor Garrett pueda ayudarnos a resolver nuestro enigma, madre -dijo la señorita Simpson.
-No quiero que el señor Garrett se meta en una búsqueda que podría durar una vida entera, cariño; ni molestarle con nuestros asuntos personales.
-Pero si piensa que hay alguna posibilidad de que pueda serle útil, señora Simpson, por remota que sea, le pido por favor que me cuente cuál es ese enigma. Si se trata de averiguar algo sobre un libro, estoy en bastante buena situación de poder hacerlo, como ve.
-Sí, me doy cuenta; pero lo peor es que no sé el título del libro.
-¿Tampoco de qué trata?
-Tampoco.
-Salvo que creemos que no está en inglés, madre. Aunque eso es como si nada.
-Está bien, señor Garrett -dijo la señora Simpson, que aún no había vuelto a su labor y miraba el fuego pensativa-, le voy a contar la historia. Me hará el favor de no contársela a nadie, ¿verdad? Gracias. Pues verá, es la siguiente: yo tenía un anciano tío, un tal doctor Rant. Puede que haya oído hablar de él. No porque fuera un hombre notable, sino porque eligió una extraña manera de que le enterraran.
-Me parece que he leído su nombre en alguna guía turística.
-Es posible -dijo la señorita Simpson-. Dejó instrucciones (¡era un hombre horrible!) para que le pusieran sentado a una mesa, con su ropa habitual, en una cámara de ladrillo que había mandado construir bajo tierra en un campo cercano a su casa. Naturalmente, los vecinos del lugar dicen que suele vérsele por allí con su vieja capa negra.
-Bueno, cariño, yo de eso no sé mucho -prosiguió la señora Simpson-; lo que sé es que murió hace veinte años o más. Era clérigo, aunque le aseguro que no imagino cómo lo consiguió; de todos modos no ejerció en la última etapa de su vida, lo que creo que estuvo bien, y vivió de sus propiedades, una hermosa finca que cae no lejos de aquí. No tenía mujer ni familia; sólo una sobrina, o sea yo, y un sobrino. Pero no nos tenía especial cariño a ninguno de los dos; ni a nadie. Si acaso quería más a mi primo que a mí, porque John se parecía mucho más a él en su mezquina manera de ser. Otra cosa hubiera sido si no me llego a casar; pero me casé, y no me lo perdonó. Pues bien: aquí le tenía usted con su tierra y un montón de dinero totalmente a su disposición; y se daba por supuesto que a su muerte le heredaríamos mi primo y yo a partes iguales. Un invierno, hará más de veinte años como he dicho, cayó enfermo, y me mandó llamar para que le cuidase. Por entonces aún vivía mi marido; pero el viejo no quiso ni oír hablar de que me acompañase. Al llegar vi a mi primo John que se marchaba en un cabriolé y, por lo que pude ver, de muy buen humor. Subí y atendí a mi tío en lo que era buenamente posible, pero en seguida comprendí que iba a ser su última enfermedad, y que él se daba cuenta también. El día antes de morir me tuvo todo el tiempo sentada junto a él, y noté que quería decirme algo, y que lo estaba dejando hasta donde le permitiesen sus fuerzas... me temo que para tenerme en vilo.
-Finalmente lo soltó: Escucha, Mary -dijo-: he hecho el testamento a favor de John; lo va a heredar todo-. Naturalmente, la noticia me cayó como un mazazo, porque nosotros, mi marido y yo, no éramos personas ricas. De haber vivido con un poco de desahogo, creo que mi marido habría vivido unos años más. Pero le dije poco a mi tío; nada, salvo que tenía derecho a hacer lo que quisiera: en parte porque no se me ocurría nada que decir, y en parte porque estaba segura de que aún había más; como así era.
-Pero, Mary -dijo-, no le tengo especial cariño a John, y he hecho otro testamento a tu favor. Tienes una posibilidad de quedarte con todo. Sólo necesitas dar con ese testamento, ¿entiendes?; porque yo no pienso decirte dónde está-. Y rió por lo bajo. Esperé, porque estaba segura de que no había terminado. -Buena chica -dijo al cabo de un rato-; un poco de calma, y te diré lo mismo que le he dicho a John. Pero deja que te recuerde que no puedes ir al juzgado con lo que te acabo de decir, porque no podrías presentar ninguna prueba para avalar tus palabras, y John es un hombre que puede poner las cosas difíciles, declarando bajo juramento si es menester. Así que eso queda claro. Bien, pues se me ha ocurrido no escribir el documento en cuestión de una manera convencional, sino hacerlo en un libro. En un libro impreso, Mary. Y hay varios miles de libros en esta casa. Pero escucha, no te molestes buscando en ellos porque no está en ninguno de los que hay aquí. Se encuentra guardado en otra parte: en un sitio al que John puede ir a buscarlo cualquier día si se entera, y tú no puedes. Es un testamento en toda regla: puntualmente firmado por mí y los testigos; pero no creo que encuentres fácilmente a los testigos.
Yo seguía sin decir nada: de haberme movido, habría sido para agarrar al viejo miserable y zarandearlo. Él se reía para sus adentros; y dijo finalmente:
-Bien, bien; te lo has tomado con mucha calma; y como quiero que empecéis los dos en igualdad de condiciones, y John tiene la pequeña ventaja de poder ir a donde está el libro, a ti te voy a dar dos pistas que no le he dicho a él. El testamento está en inglés, pero no te darás cuenta si alguna vez lo tiene delante. Ésa es una de las pistas; la otra es que cuando yo haya muerto encontrarás un sobre en mi escritorio dirigido a ti, y dentro algo que te ayudará a encontrarlo si tienes cabeza.
-Unas horas después había expirado; y aunque quise hacer entrar en razón a John Eldred sobre el particular...
-¿John Eldred? Perdone, señora Simpson, creo que he conocido a un tal John Eldred. ¿Qué aspecto tiene?
-Hace lo menos diez años que no le he visto: ahora será un hombre mayor; delgado y, a no ser que se las haya quitado.
-Sí, ése es.
-Dónde le ha conocido, señor Garrett?
-No recuerdo bien -dijo Garrett con mendacidad-; en algún lugar público. Pero no ha terminado usted.
-En realidad no queda mucho que añadir; sólo que John Eldred, como es natural, no hizo ningún caso de las cartas que le mandé y ha disfrutado de la propiedad desde entonces, mientras que mi hija y yo hemos tenido que alquilar habitaciones, cosa que, debo decir, no ha resultado ni mucho menos tan desagradable como yo temía al principio.
-Pero, ¿y el sobre?
-¡Es verdad! Bueno, pues ahí está el enigma. Enséñale al señor Garrett el papel que hay en mi mesa.
Era una cartulina en la que no había más que cinco cifras sin puntos ni comas: 11334. El señor Garrett se quedó pensando, aunque tenía una lucecita en los ojos. De repente hizo una mueca y preguntó:
-¿Cree que el señor Eldred puede tener alguna pista más de las que tiene usted respecto al título del libro?
-A veces pienso que sí -dijo la señora Simpson-, y por un motivo: mi tío debió de hacer el testamento no mucho antes de morir, y se deshizo del libro a continuación. Pero todos sus libros estaban meticulosamente catalogados; y John posee ese catálogo; puso especial empeño en que no se vendiese ningún libro de la casa. Y me han dicho que está visitando constantemente las librerías y las bibliotecas, por lo que imagino que debe de haber averiguado qué libros de los registrados en el catálogo faltan de la biblioteca de mi tío, y sin duda anda buscándolos.
-Exacto, exacto -dijo el señor Garrett; y se quedó pensativo.
Al día siguiente recibió una carta que, como dijo a la señora Simpson con pesar, hacía absolutamente necesario dar por finalizada su estancia en Burnstow. Aunque sentía dejarlas (ellas lo sintieron igual), había empezado a pensar que muy posiblemente estaba a punto de acontecer algo trascendental para la señora (¿y para la señorita, debo añadir?) Simpson.
En el tren, Garrett iba nervioso. Se devanaba los sesos tratando de averiguar si la signatura del libro que el señor Eldred había estado buscando coincidía con los números de la cartulina de la señora Simpson. Pero, para su desaliento, se daba cuenta de que el desvanecimiento que había sufrido la semana anterior le había afectado de modo que no recordaba ni el título, ni la naturaleza del libro, ni la sección a la que había ido a buscarlo. Sin embargo, las demás regiones topográficas de la biblioteca y el trabajo las tenía tan claras y presentes como siempre.
Y una cosa más -dio una patada de enfado al pensarlo-: al principio había vacilado y después había olvidado preguntar a la señora Simpson dónde vivía Eldred. Aunque podía preguntárselo por carta. Al menos tenía una pista en las cifras. Si eran una signatura de su biblioteca, el número de combinaciones sería reducido. Podían distribuirse en 1.13.34, 11.33.4 o 11.3.34. Comprobar las tres posibilidades sería cuestión de minutos; y si faltaba alguno de esos tres libros, contaba con todos los medios para localizarlo. Se puso rápidamente en marcha, aunque antes tuvo que entretenerse unos momentos en explicar su regreso repentino a la patrona y después a sus compañeros. El 1.13.34 estaba en su sitio y no contenía escritos extraños de ningún género. Cuando se acercaba a la sección 11 de la misma galería le vino el recuerdo de su experiencia como un escalofrío. Pero debía seguir. Tras una rápida ojeada al 11.33.4 (el primero que le saltó a la vista: un libro completamente nuevo), paseó la mirada por la fila de los en cuarto que llena la sección 11.3: allí estaba el hueco que temía: faltaba el 34. Se detuvo un momento a comprobar que no estaba mal colocado, y bajó al vestíbulo.
-¿Se han llevado el 11.3.34? ¿Recuerda haber anotado ese número?
-¿Recordar el número, señor Garrett? ¿Por quién me toma? Tenga, hojeo usted mismo las papeletas, si es que tiene el día libre.
-Está bien, ¿ha vuelto a venir por aquí ese tal señor Eldred, el señor mayor que vino el día en que me desmayé? ¡Vamos! De él sí se acordará.
-¿Qué se ha creído? Pues claro que me acuerdo. No, no ha vuelto desde que usted se fue de vacaciones. Aunque me parece... Espere. Seguro que Roberto lo sabe. Roberts, ¿recuerda el apellido Heldred?
-Desde luego -dijo Roberts-. Es el que mandó un chelín de más parad franqueo del paquete; ojalá hicieran todos igual.
-¿Quiere decir que ha mandando libros al señor Eldred? ¡Hable! ¿Es eso?
-Vamos a ver, señor Garrett, si un lector manda el formulario con los datos correctos y el secretario da su aprobación, y adjunta la etiqueta preparada con las señas para el envío, y dinero suficiente para pagar el franqueo, ¿qué habría hecho usted, si me permite la libertad de hacerle la pregunta? ¿Se habría tomado la molestia de satisfacer esa solicitud, o la habría echado al cajón del mostrador y...?
-Ha obrado usted perfectamente, Hodgson. Pero ¿haría el favor de enseñarme el formulario que ha mandado el señor Eldred para ver su dirección?
-Por supuesto, siempre que después no vengan a llamarme la atención y a decirme que no sé mis obligaciones, estaré encantado de ayudarle en todo lo que esté en mi mano. Aquí tiene la papeleta: J. Eldred 11.3.34. Título de la obra: T-a-1- m... bueno, léalo usted mismo; no es una novela, me atrevería a decir. Y aquí está la nota del señor Eldred solicitando el libro en cuestión, que según veo dice que es un tratado.
-Gracias, gracias; pero ¿y la dirección? La nota no trae ninguna.
-Ah, bien; sí... Un momento, señor Garrett; aquí la tengo. La nota vena dentro de la caja, que traía las señas puestas para ahorrar molestias, y preparada para mandarla de vuelta con el libro dentro. Y si ha cometido algún error en todo este asunto, es el de haber olvidado registrar las señas en el cuaderno que llevo aquí. Aunque me atrevo a decir que había buenos motivos para no hacerlo. Pero vaya, no tengo tiempo, ni creo que usted tampoco, para andar buscándolas en este momento. Y... no, señor Garrett; las tengo en la memoria; si no, de qué serviría llevar este cuaderno, un cuaderno normal y corriente como ve, la mar de práctico para anotar nombres y direcciones cuando considero oportuno.
-Admirable precaución. En fin, gracias. ¿Y cuándo se envió el libro?
- Esta mañana a las diez y media.
-Ah, bien; y es la una en punto.
Garrett subió sumido en pensamientos. ¿Cómo podría conseguir la dirección? Poniendo un telegrama a la señora Simpson; pero perdería un tren mientras esperaba la respuesta. Sí; había otra salida. La señora Simpson le había dicho que Eldred vivía en la propiedad de su tío. Si era así, podría averiguar el lugar consultando el registro de donaciones a la biblioteca, cosa que podía hacer rápidamente, ahora que sabía el título del libro. No tardó en tener el registro ante sí; y sabedor de que hacía más de veinte años que el anciano había muerto, se saltó un buen espacio de tiempo, hasta 1870. Sólo había una anotación que podía ser: 14 de agosto de 1875.-Talmud. Tractatus Middoth cum comm. R. Nachmanide. Amstelod. 1707. Donado por J. Rant, Doc. en Teol., de Bretfield Manor.
Un nomenclátor le aclaró que Bretfield estaba a tres millas de un apeadero de la línea principal. Ahora sólo era cuestión de preguntar al empleado del mostrador si recordaba si el nombre del paquete era algo así como Bretfield. No, ni hablar. Era, ahora que me lo pregunta, Bredfield o Britfield; pero nada parecido al nombre que usted dice.
De momento todo iba bien. Ahora a ver: el horario de trenes. Podía coger uno que salía dentro veinte minutos e invertir dos horas en el viaje. Era la única posibilidad, y no debía desaprovecharla. Así que tomó ese tren. Si el viaje anterior lo había hecho en un estado de gran nerviosismo, en éste iba al borde del desquiciamiento. ¿Qué iba a decirle a Eldred si le encontraba? ¿Que se había descubierto que el libro era una rareza y venía a recogerlo? Una mentira demasiado evidente. ¿Que creían que contenía importantes anotaciones manuscritas? Como es natural, Eldred le enseñaría el libro, del que ya habría arrancado la hoja. Quizá encontrara indicios de la hoja arrancada; pero ¿quién podía rebatir lo que sin duda diría Eldred: que él también había observado y lamentado la mutilación? Total, que esta persecución tenía muy pocas perspectivas de éxito. La única posibilidad estaba en que el libro había salido de la biblioteca a las diez treinta, de modo que no podían haberlo enviado en el primer tren de la mañana, que salía alas diez y veinte. Admitido esto, entonces podía tener la suerte de llegar a la vez que él, e inventar algún cuento para hacer que Eldred se lo diera.
Caía ya la tarde cuando bajó al andén; y como la mayoría de las estaciones rurales, ésta estaba casi desierta. Esperó hasta que un pasajero o dos que habían bajado con él se hubieron ido, y entonces preguntó al jefe de estación si vivía cerca el señor Eldred.
-Sí, muy cerca. Creo que pasará por aquí a recoger un paquete que espera. Ya ha venido hoy una vez a ver si había llegado; ¿verdad, Bob?
-Sí, señor, así es. Y por lo visto pensaba que tenía yo la culpa de que no hubiera llegado en el de las dos. Bueno, pero ya lo tengo aquí -y el mozo agitó un paquete cuadrado, que una ojeada confirmó a Garrett que contenía lo único que le importaba en ese momento.
-¿Bretfield, señor? Sí, está a unas tres millas. Atajando por esos tres prados reduce el camino a media milla. Mire: ahí viene el coche del señor Eldred.
Se acercaba un coche con dos hombres, de los que Garrett, al cruzar el carruaje el pequeño rellano junto a la estación, reconoció fácilmente a uno. El hecho de que fuera Eldred el que conducía jugaba a su favor, porque lo más probable era que no abriese el paquete en presencia de su criado. Pero por otro lado, llegaría a casa rápidamente; y a menos que Garrett estuviera allí unos minutos antes, todo estaría perdido. Tenía que darse prisa, y se la dio. El atajo le llevó por un lado del triángulo, mientras que el vehículo tenía que recorrer dos; además, éste se entretuvo un poco en la estación, de manera que Garrett andaba por el tercer prado cuando oyó el traqueteo de las ruedas relativamente cerca. Había ido todo lo deprisa que podía, pero la celeridad a la que marchaba el carruaje le hizo desesperar. A ese paso llegaría a la casa diez minutos antes que él; y diez minutos eran más que suficientes para que el señor Eldred cumpliera su propósito.
En ese momento cambió la suerte de Garett. El atardecer era tranquilo, y le llegaban claramente los ruidos. Rara vez ha producido un alivio tan grande como el que ahora oyó: el del coche al detenerse. Sus ocupantes cambiaron unas palabras, y volvió a ponerse en movimiento. Garrett se detuvo, presa de indecible nerviosismo, y pudo verlo cruzar el paso de la cerca junto al cual estaba Garrett ahora, y que en él sólo iba el criado; a continuación descubrió que Eldred seguía a pie. Desde detrás del alto seto observó la figura tiesa y delgada con el paquete bajo brazo; iba registrándose los bolsillos. Justo al cruzar el paso del seto se le cayó algo del bolsillo que fue a parar a la hierba, haciendo tan poco ruido que Eldred no se dio cuenta. Un segundo después Garrett pudo cruzar el paso sin peligro, llegar al camino y recogerlo: era una caja de cerillas. Eldred seguía andando. Y sin detenerse, se puso a hacer con los brazos una serie de rápidos movimientos difíciles de interpretar debido a las sombras de los árboles que oscurecían el camino. Pero mientras le seguía precavidamente fue encontrando restos de objetos que los explicaban —un trozo de bramante, la envoltura del paquete—, que Eldred había pretendido arrojar por encima del seto, pero que se habían quedado prendidos en él.
Ahora Eldred caminaba más despacio. Era evidente que había abierto el libro y pasaba hojas. Se detuvo, no veía bien porque la luz era cada vez más débil. Garrett se metió por una abertura del seto, pero siguió observando Eldred, tras echar una ojeada a su alrededor, se sentó en un tronco que había junto al camino y se acercó el libro a los ojos. De repente lo dejó abierto: sobre sus rodillas y se palpó los bolsillos: claramente en vano, y claramente para gran enojo suyo. ¡Cómo te gustaría tener unas cerillas ahora!, pensó Garrett. Seguidamente cogió una hoja; y había empezado a arrancarla con cuidado, cuando ocurrieron dos cosas. Primero cayó algo negro sobre la hoja blanca y se escurrió por ella. La otra fue que al sobresaltarse Eldred y volverse a mirar hacia atrás pareció surgir de la sombra de detrás del tronco una forma pequeña y oscura, y de ella dos brazos rodeando una masa negra que se abatió sobre Eldred y le cubrió la cabeza y el cuello. Eldred comenzó a agitar desesperadamente los brazos y las piernas, aunque sin proferir un solo grito. Un momento después cesaron sus sacudidas. Estaba solo, caído de espaldas en la hierba, detrás del tronco. El libro había ido a parar al camino.
Garrett, disipados de momento su enojo y su recelo al ver el espantoso forcejeo, acudió corriendo al tiempo que gritaba -¡Socorro!-; y para inmenso alivio suyo, lo mismo hizo un campesino que acababa de surgir del prado de enfrente. Se inclinaron los dos e incorporaron a Eldred, aunque en vano. Comprobaron que estaba muerto.
-¡Pobre señor! -dijo Garrett al campesino una vez que lo depositaron en el suelo ¿Qué cree que puede haberle ocurrido?
-No estaba ni a doscientas yardas -dijo el hombre-, cuando he visto al señor Eldred sentarse a leer el libro. Para mí que le ha dado un ataque de esos... me ha parecido que se le ponía la cara toda negra.
-Exactamente -dijo Garrett-. ¿Ha visto a alguien junto a él? ¿No habrá sido una agresión?
-No es posible; nadie podría haber echado a correr sin que le viéramos usted y yo.
-Eso creo. Bueno, tenemos que pedir ayuda, y avisar al médico y a la policía; y quizá sea mejor que les entregue este libro.
Era evidente que el caso daría lugar a una investigación, y era evidente también que Garrett tendría que quedarse en Bretfield para prestar declaración. El examen médico reveló que, aunque se había encontrado un polvo negro en la cara y la boca del cadáver, la causa de la muerte había sido una emoción demasiado fuerte para su corazón débil y no la asfixia. Salió a relucir el libro fatídico, un venerable volumen en cuarto impreso totalmente en hebreo, cuyo aspecto no es probable que atrajese siquiera al espíritu más sensible.
-¿Dice usted, señor Garrett, que le pareció que un momento antes del ataque el fallecido intentaba arrancar una hoja de este libro?
-Sí; creo que una guarda.
-Hay una guarda parcialmente arrancada. Tiene algo escrito en hebreo. ¿Quiere examinarlo, por favor?
-Hay tres nombres en inglés también, señor, y una fecha. Pero siento decir que no sé hebreo.
-Gracias. Los nombres tienen aspecto de ser firmas. Son John Rant, Walter Gibson y James Frost, y la fecha es 20 de julio de 1875. ¿Conoce alguien de aquí alguno de estos nombres?
El rector, que estaba presente, se ofreció a declarar; y explicó que el tío del fallecido, del que era heredero, se llamaba Rant. Al facilitársele el libro, meneó la cabeza con escepticismo.
-Esto no se parece al hebreo que yo he aprendido.
-Pero ¿seguro que es hebreo?
-¿Eh? Sí... supongo... No, señor; tiene mucha razón; es decir, su pregunta ha dado en el clavo. Naturalmente... no es hebreo en absoluto. Es inglés, y es un testamento.
No tardaron muchos minutos en poner en claro que, efectivamente, se trataba de un testamento del doctor John Rant, por el que legaba todas las propiedades que había retenido John Eldred a la señora Mary Simpson. Como es evidente, la aparición de semejante documento justificaba de sobra la agitación del señor Eldred. En cuanto a la hoja medio arrancada, el juez de instrucción señaló que no conducía a ninguna parte meterse en especulaciones cuya exactitud jamás podría establecerse. Como es natural, el juez de instrucción se hizo cargo del Tratado Middoth para posteriores investigaciones, y el señor Garrett le explicó en privado su historia, y los sucesos tal como él los había conocido o deducido.
Al día siguiente emprendió el retorno a su trabajo, y de camino a la estación pasó por el escenario de la tragedia del señor Eldred. Casi no habría podido irse sin echar otra mirada, aunque el recordar lo que había visto allí le produjo un estremecimiento, incluso en esta espléndida mañana. No sin cierta aprensión, dio la vuelta alrededor del tronco caído. Detrás había aún algo oscuro, que le hizo echarse atrás con un sobresalto; pero no se movía. Lo miró más de cerca, y vio que era una masa espesa de negras telarañas. Al removerlas con el bastón, salieron despavoridas varias arañas enormes y se n ron entre la hierba.
No es difícil imaginar cuáles han sido los pasos por los que William G; ha llegado de auxiliar de una gran biblioteca a su actual posición de dueño de la mansión de Bretfield, hoy ocupada por su suegra la señora Simpson".
M.R. James
-Ahora otra cosa -dijo-: hace bastante tiempo que no vengo y no recuerdo el edificio; además, es casi hora de cerrar y me es imposible andar subiendo y bajando. Aquí está el título del libro que necesito: ¿hay alguien disponible que me lo pueda buscar?
Tras pensar un momento, el empleado hizo una seña a un joven. -Señor Garrett -dijo-: ¿tiene un minuto para atender a este señor?
-Con mucho gusto. Creo que lo encontraré en seguida; casualmente está en la sección que he inspeccionado; pero voy a mirar en el catálogo para asegurarme. Supongo que desea esta edición concreta, ¿verdad, señor?
-Sí, si no le importa; ésa exactamente -dijo el señor Eldred-. Se lo agradezco muchísimo.
-No faltaba más, señor- dijo el señor Garrett, y se fue corriendo.
-Lo sabía -dijo para sí cuando su dedo, tras recorrer las páginas del catálogo, se detuvo-: Talmud. Tratado Middoth; con comentarios de Nachmanides. Amsterdam, 1707. 11.3.34. Sección de Hebreo, naturalmente. No va a ser difícil.
El señor Eldred, acomodado en el vestíbulo, esperó ansioso el regreso de su mensajero. Pero su desencanto al ver bajar a un señor Garrett con las manos vacías fue de lo más evidente.
-Siento decepcionarle, señor -dijo el joven-; pero el libro está servido.
-¡Vaya por Dios! -dijo el señor Eldred-. ¿Seguro? ¿No se habrá equivocado?
-No hay mucha posibilidad, señor. Aunque, si no le importa esperar un minuto, podría hablar con el señor que lo tiene. No tardará en abandonar la biblioteca, y creo que le he visto tomar el libro de la estantería.
-¿Y le reconocería? ¿Es profesor o estudiante?
-Creo que no. Desde luego, no es profesor. Lo conocería; aunque no hay buena luz en esa parte de la biblioteca. Me ha parecido más bien un señor viejo y bajo, clérigo quizá, con capa. Si espera un momento, puedo preguntarle si necesita el libro de manera especial.
-No, no -dijo el señor Eldred-, no quiero... No puedo esperar ahora, gracias. Tengo que marcharme. Pero volveré mañana, y tal vez haya averiguado usted quién lo tiene.
-Por supuesto, señor; y le tendré preparado el libro si... -pero el señor Eldred se había ido ya, más deprisa de lo que se juzgaría prudente para sus años.
Garrett, que tenía un momento disponible, se dijo: -Iré otra vez a esa estantería a ver si encuentro al anciano. Es muy probable que pueda renunciar al libro por unos días. Quizá el otro señor no necesite tenerlo mucho tiempo- Así que se dirigió a la Sección de Hebreo. Pero al llegar estaba desierta, y el libro, con la signatura 11.3.34 se hallaba en su sitio. Era vejatorio para su propia autoestima haber defraudado a un consultante con tan poco fundamento; y de no haber ido contra las normas de la biblioteca, le habría gustado bajar el libro al vestíbulo en este momento, a fin de tenerlo allí cuando llegase el señor Eldred. Pero estaría pendiente, por la mañana, de la llegada del señor Eldred, y pidió al empleado del mostrador que le mandase recado en cuanto se presentase. Pero el hecho es que él mismo se encontraba en el vestíbulo cuando llegó el señor Eldred, poco después de que abriesen la biblioteca, y cuando no había casi nadie en el edificio aparte del personal.
-Lo siento mucho -dijo-; no suelo tener a menudo despistes estúpidos de esta clase, pero estaba convencido de que el anciano que vi tomaba ese libro y lo retenía sin abrirlo, como suele hacer la gente cuando piensa sacarlo en préstamo y no consultarlo aquí mismo. Se lo bajo en un segundo.
Hubo una pausa. El señor Eldred midió los pasos del vestíbulo, leyó los anuncios, consultó su reloj, se sentó a vigilar la escalera e hizo todo lo que hace un hombre devorado por la impaciencia, hasta que transcurrieron unos veinte minutos. Por último fue al mostrador y preguntó si estaba muy lejos esa parte de la biblioteca a la que había ido el señor Garrett.
-Precisamente estaba pensando que es muy raro, señor: es un joven bastante vivo por lo general; pero puede que el bibliotecario le haya mandado a algún recado; aunque de todos modos podía haberle dicho que estaba usted esperando. Le llamaré por el tubo a ver -y le llamó por el tubo.
Mientras escuchaba la respuesta, le iba cambiando la expresión; hizo una o dos preguntas complementarias que fueron contestadas brevemente. Después se acercó al mostrador y dijo en tono bajo:
-Siento decirle que ha habido un pequeño contratiempo. Por lo visto al señor Garrett le ha ocurrido algo, y el bibliotecario lo ha mandado a su casa en un coche por la otra salida. Ha sido víctima de un ataque, por lo que me han dicho.
-¡Cómo! ¿Quiere decir que le han herido?
-No, señor; nada de violencia, por lo que he entendido. Le ha dado un ataque, podríamos decir, de enfermedad. No es de constitución fuerte el señor Garrett. En cuanto a su libro, señor, quizá pueda buscarlo usted mismo. Sería una contrariedad que por este percance se quedara sin él otra vez.
-Sí... bueno; siento mucho que el señor Garrett se haya enfermado. Creo que es mejor que me olvide del libro de momento y vaya a verle. Supongo que puede darme su dirección -el empleado se la dio; al parecer el señor Garrett vivía no lejos del trabajo-. Y otra pregunta: ¿observó ayer si un señor anciano, clérigo quizá, con una... sí, con una capa negra, abandonó la biblioteca después que yo? Creo que puede ser un... o sea, creo que puede estar viviendo... o mejor dicho, puede que le conozca.
-¿Con una capa negra? No, señor. Sólo quedaban dos señores cuando usted se fue; y los dos bastante jóvenes. Eran el señor Carter, que sacó un libro de música, y un profesor que se llevó un par de novelas. No vi a nadie más, después me fui a cenar, y muy contento de hacerlo. Gracias, señor, muchas gracias.
El señor Eldred, dominado por la ansiedad, paró un coche y se dirigió al domicilio de Garrett; pero el joven aún no estaba en condiciones de recibir visitas. Se encontraba mejor, pero su patrona opinaba que había sufrido una conmoción. Por lo que había dicho el médico, creía que podría verle mañana. El señor Eldred regresó a su hotel al anochecer y pasó la velada en un estado de ánimo bastante sombrío. Al día siguiente pudo ver al señor Garrett. Era un joven alegre y de aspecto agradable. Ahora en cambio era un ser pálido y tembloroso, derrumbado en una butaca junto a la chimenea, que se estremecía por nada y no paraba de mirar hacia la puerta. Pero si había visitas que no estaba dispuesto a recibir, el señor Eldred no era una de ellas.
-En realidad soy yo el que debe pedirle disculpas; y ya había perdido toda esperanza de poderlo hacer, porque no sabía sus señas. Pero me alegro de que haya venido. Siento mucho causarle todo este trastorno; aunque comprenderá que no podía prever este... este ataque que he sufrido.
-Pues claro; pero veamos, yo soy algo médico. Perdone que le haga unas preguntas; aunque por supuesto, le han atendido debidamente. ¿Es una caída lo que sufrió?
-No. Me caí al suelo, pero no desde ninguna altura. En realidad, fue una impresión.
-¿Quiere decir que le sobresaltó algo? ¿Fue algo que creyó ver?
-No fue cuestión de creer, me temo. Sí: fue algo que vi. ¿Recuerda la primera vez que acudió usted a la biblioteca?
-Sí, claro. Pero ahora, permítame rogarle que no trate de describirlo: no le hará ningún bien recordarlo, se lo aseguro.
-Pero sería un alivio para mí contárselo a alguien como usted: quizá usted me lo podría explicar. Fue justo cuando iba a entrar en la sección donde está su libro...
-De veras se lo ruego, señor Garrett; además, el reloj me indica que dispongo de muy poco tiempo para recoger mis cosas y tomar el tren. No, no insista; podría resultarle más penoso de lo que imagina. Pero hay una cosa que sí quiero que me diga. Me siento indirectamente responsable de su indisposición, y creo que debo costear los gastos que...
Pero este ofrecimiento fue rechazado de plano. El señor Eldred se marchó en seguida sin repetirlo, aunque no sin que el señor Garrett le pidiese antes que tomase nota de la signatura del Tratado Middoth, a fin de que, como dijo, pudiese ir a buscarlo él mismo. Pero el señor Eldred no volvió a aparecer por la biblioteca.
Ese día William Garrett tuvo otra visita en la persona de un joven compañero suyo de la biblioteca, un tal George Earle. Earle era uno de los que había encontrado a Garrett en el suelo, inconsciente, en la sección o cubículo (que se abría al corredor central de una espaciosa galería) donde se hallaban los libros de hebreo, y naturalmente había estado muy preocupado por su amigo. En cuanto concluyó el horario de trabajo se presentó en la pensión.
-Bueno -dijo después de hablar de otras cosas-, no sé qué te pasó, pero me da la impresión de que hay algo insano en la biblioteca. Justo antes de que te encontráramos iba con Davis por la galería, y le dije: ¿Habías notado antes el olor a moho que hay aquí? No puede ser saludable. Porque si uno pasa mucho tiempo expuesto a olores de esa clase (te aseguro que era lo más repugnante), seguro que le penetra en el organismo y le acaba afectando de alguna manera, ¿no crees?
Garrett negó con la cabeza.
-Todo eso me parece muy bien; pero ese olor no está desde siempre, aunque lo llevo notando hace un día o dos: es una especie de olor a polvo, pero no es eso lo que me afectó. Fue algo que vi. Y te lo quiero contar: entré en la Sección de Hebreo a coger un libro para un señor que había preguntado por él. Ahora bien, el día antes había tenido un despiste con ese mismo libro: había ido por él para servírselo al mismo señor, y estoy seguro de que vi a un cura viejo con capa que lo acababa de tomar. Le dije al señor que lo tenían ocupado y se marchó diciendo que volvería. Subí otra vez a ver si el cura podía prescindir de él, pero ya no había ningún cura y el libro estaba en su sitio. Bueno, pues ayer, como digo, volví a ir. Imagínate: eran las diez de la mañana, la hora en que hay más luz en esas secciones; y allí estaba otra vez el cura, de espaldas a mí, mirando los libros de la estantería a la que iba yo.
-Había dejado el sombrero en la mesa, y vi que era calvo. Me detuve un segundo o dos a observarle. Te aseguro que tenía la calva más repugnante que he visto. Parecía reseca, cubierta de polvo, y las hebras que la recorrían parecían más telarañas que cabellos. Bueno, hice ruido a propósito, tosí y di unos pasos. Entonces se volvió y pude verle la cara. Una cara que yo no había visto nunca. Te lo repito: no estoy equivocado. Aunque por alguna razón no se la pude ver entera, le vi la parte de arriba; y la tenía completamente seca, con los ojos muy hundidos; y sobre los ojos, desde las cejas a los pómulos, tenía telarañas... unas telarañas espesas. Eso me dejó fuera de combate como suele decirse; y no sé más.
No vale la pena que nos detengamos en las explicaciones que se le ocurrieron a Earle de este fenómeno; el hecho es que no convencieron a Garrett de que no había visto lo que había visto. El bibliotecario insistió a Wiliam Garrett que se tomase una semana de descanso y cambiara de aires antes de reintegrarse al trabajo. Pocos días después se hallaba en la estación, y buscando un compartimiento de fumadores en el que hacer el viaje a Burnstow-on-Sea, pueblo que no había visitado nunca. Al parecer sólo había un único compartimiento así. Pero al acercarse vio delante de la puerta una figura tan parecida a la relacionada con su reciente experiencia que, con una aprensión insuperable, y casi sin saber lo que hacía, abrió impulsivamente la puerta del compartimiento que tenía al lado y se metió en él como si el diablo le pisara los talones.
El tren se puso en marcha. Garrett debió de desmayarse; porque lo primero de lo que tuvo conciencia a continuación fue de un frasco de sales que le ponían debajo de la nariz. Su médico era una señora mayor de aspecto agradable que, con su hija, era la única pasajera que había en el vagón. Si no llega a ser por este incidente, no es probable que hubiera trabado conversación con sus compañeras de viaje. En cambio así, los agradecimientos y las preguntas y la conversación general surgieron de manera inevitable; y antes de terminar el viaje Garrett se encontró provisto no sólo de médico, sino también de patrona; porque la señora Simpson alquilaba habitaciones en Burnstow, lo que pareció providencial en todos los respectos. El pueblo estaba vacío en esta época del año, de manera que Garrett no tuvo más remedio que incorporarse a la sociedad de la madre y la hija. En ellas encontró una compañía agradable. A la tercera noche de su estancia, su trato con ellas era ya tal que le invitaron a pasar la velada en el cuarto de estar privado de ambas.
En sus charlas salió a relucir que Garrett trabajaba en una biblioteca.
-¡Ah, las bibliotecas son un lugar admirable! -dijo la señora Simpson; dejando la labor con un suspiro-; aunque los libros me han jugado una mala pasada; o mejor dicho me la ha jugado uno.
-A mí, señora Simpson, los libros me dan de comer, y lamentaría tener nada contra ellos; no me agrada la noticia de que le han causado un perjuicio.
-Tal vez el señor Garrett pueda ayudarnos a resolver nuestro enigma, madre -dijo la señorita Simpson.
-No quiero que el señor Garrett se meta en una búsqueda que podría durar una vida entera, cariño; ni molestarle con nuestros asuntos personales.
-Pero si piensa que hay alguna posibilidad de que pueda serle útil, señora Simpson, por remota que sea, le pido por favor que me cuente cuál es ese enigma. Si se trata de averiguar algo sobre un libro, estoy en bastante buena situación de poder hacerlo, como ve.
-Sí, me doy cuenta; pero lo peor es que no sé el título del libro.
-¿Tampoco de qué trata?
-Tampoco.
-Salvo que creemos que no está en inglés, madre. Aunque eso es como si nada.
-Está bien, señor Garrett -dijo la señora Simpson, que aún no había vuelto a su labor y miraba el fuego pensativa-, le voy a contar la historia. Me hará el favor de no contársela a nadie, ¿verdad? Gracias. Pues verá, es la siguiente: yo tenía un anciano tío, un tal doctor Rant. Puede que haya oído hablar de él. No porque fuera un hombre notable, sino porque eligió una extraña manera de que le enterraran.
-Me parece que he leído su nombre en alguna guía turística.
-Es posible -dijo la señorita Simpson-. Dejó instrucciones (¡era un hombre horrible!) para que le pusieran sentado a una mesa, con su ropa habitual, en una cámara de ladrillo que había mandado construir bajo tierra en un campo cercano a su casa. Naturalmente, los vecinos del lugar dicen que suele vérsele por allí con su vieja capa negra.
-Bueno, cariño, yo de eso no sé mucho -prosiguió la señora Simpson-; lo que sé es que murió hace veinte años o más. Era clérigo, aunque le aseguro que no imagino cómo lo consiguió; de todos modos no ejerció en la última etapa de su vida, lo que creo que estuvo bien, y vivió de sus propiedades, una hermosa finca que cae no lejos de aquí. No tenía mujer ni familia; sólo una sobrina, o sea yo, y un sobrino. Pero no nos tenía especial cariño a ninguno de los dos; ni a nadie. Si acaso quería más a mi primo que a mí, porque John se parecía mucho más a él en su mezquina manera de ser. Otra cosa hubiera sido si no me llego a casar; pero me casé, y no me lo perdonó. Pues bien: aquí le tenía usted con su tierra y un montón de dinero totalmente a su disposición; y se daba por supuesto que a su muerte le heredaríamos mi primo y yo a partes iguales. Un invierno, hará más de veinte años como he dicho, cayó enfermo, y me mandó llamar para que le cuidase. Por entonces aún vivía mi marido; pero el viejo no quiso ni oír hablar de que me acompañase. Al llegar vi a mi primo John que se marchaba en un cabriolé y, por lo que pude ver, de muy buen humor. Subí y atendí a mi tío en lo que era buenamente posible, pero en seguida comprendí que iba a ser su última enfermedad, y que él se daba cuenta también. El día antes de morir me tuvo todo el tiempo sentada junto a él, y noté que quería decirme algo, y que lo estaba dejando hasta donde le permitiesen sus fuerzas... me temo que para tenerme en vilo.
-Finalmente lo soltó: Escucha, Mary -dijo-: he hecho el testamento a favor de John; lo va a heredar todo-. Naturalmente, la noticia me cayó como un mazazo, porque nosotros, mi marido y yo, no éramos personas ricas. De haber vivido con un poco de desahogo, creo que mi marido habría vivido unos años más. Pero le dije poco a mi tío; nada, salvo que tenía derecho a hacer lo que quisiera: en parte porque no se me ocurría nada que decir, y en parte porque estaba segura de que aún había más; como así era.
-Pero, Mary -dijo-, no le tengo especial cariño a John, y he hecho otro testamento a tu favor. Tienes una posibilidad de quedarte con todo. Sólo necesitas dar con ese testamento, ¿entiendes?; porque yo no pienso decirte dónde está-. Y rió por lo bajo. Esperé, porque estaba segura de que no había terminado. -Buena chica -dijo al cabo de un rato-; un poco de calma, y te diré lo mismo que le he dicho a John. Pero deja que te recuerde que no puedes ir al juzgado con lo que te acabo de decir, porque no podrías presentar ninguna prueba para avalar tus palabras, y John es un hombre que puede poner las cosas difíciles, declarando bajo juramento si es menester. Así que eso queda claro. Bien, pues se me ha ocurrido no escribir el documento en cuestión de una manera convencional, sino hacerlo en un libro. En un libro impreso, Mary. Y hay varios miles de libros en esta casa. Pero escucha, no te molestes buscando en ellos porque no está en ninguno de los que hay aquí. Se encuentra guardado en otra parte: en un sitio al que John puede ir a buscarlo cualquier día si se entera, y tú no puedes. Es un testamento en toda regla: puntualmente firmado por mí y los testigos; pero no creo que encuentres fácilmente a los testigos.
Yo seguía sin decir nada: de haberme movido, habría sido para agarrar al viejo miserable y zarandearlo. Él se reía para sus adentros; y dijo finalmente:
-Bien, bien; te lo has tomado con mucha calma; y como quiero que empecéis los dos en igualdad de condiciones, y John tiene la pequeña ventaja de poder ir a donde está el libro, a ti te voy a dar dos pistas que no le he dicho a él. El testamento está en inglés, pero no te darás cuenta si alguna vez lo tiene delante. Ésa es una de las pistas; la otra es que cuando yo haya muerto encontrarás un sobre en mi escritorio dirigido a ti, y dentro algo que te ayudará a encontrarlo si tienes cabeza.
-Unas horas después había expirado; y aunque quise hacer entrar en razón a John Eldred sobre el particular...
-¿John Eldred? Perdone, señora Simpson, creo que he conocido a un tal John Eldred. ¿Qué aspecto tiene?
-Hace lo menos diez años que no le he visto: ahora será un hombre mayor; delgado y, a no ser que se las haya quitado.
-Sí, ése es.
-Dónde le ha conocido, señor Garrett?
-No recuerdo bien -dijo Garrett con mendacidad-; en algún lugar público. Pero no ha terminado usted.
-En realidad no queda mucho que añadir; sólo que John Eldred, como es natural, no hizo ningún caso de las cartas que le mandé y ha disfrutado de la propiedad desde entonces, mientras que mi hija y yo hemos tenido que alquilar habitaciones, cosa que, debo decir, no ha resultado ni mucho menos tan desagradable como yo temía al principio.
-Pero, ¿y el sobre?
-¡Es verdad! Bueno, pues ahí está el enigma. Enséñale al señor Garrett el papel que hay en mi mesa.
Era una cartulina en la que no había más que cinco cifras sin puntos ni comas: 11334. El señor Garrett se quedó pensando, aunque tenía una lucecita en los ojos. De repente hizo una mueca y preguntó:
-¿Cree que el señor Eldred puede tener alguna pista más de las que tiene usted respecto al título del libro?
-A veces pienso que sí -dijo la señora Simpson-, y por un motivo: mi tío debió de hacer el testamento no mucho antes de morir, y se deshizo del libro a continuación. Pero todos sus libros estaban meticulosamente catalogados; y John posee ese catálogo; puso especial empeño en que no se vendiese ningún libro de la casa. Y me han dicho que está visitando constantemente las librerías y las bibliotecas, por lo que imagino que debe de haber averiguado qué libros de los registrados en el catálogo faltan de la biblioteca de mi tío, y sin duda anda buscándolos.
-Exacto, exacto -dijo el señor Garrett; y se quedó pensativo.
Al día siguiente recibió una carta que, como dijo a la señora Simpson con pesar, hacía absolutamente necesario dar por finalizada su estancia en Burnstow. Aunque sentía dejarlas (ellas lo sintieron igual), había empezado a pensar que muy posiblemente estaba a punto de acontecer algo trascendental para la señora (¿y para la señorita, debo añadir?) Simpson.
En el tren, Garrett iba nervioso. Se devanaba los sesos tratando de averiguar si la signatura del libro que el señor Eldred había estado buscando coincidía con los números de la cartulina de la señora Simpson. Pero, para su desaliento, se daba cuenta de que el desvanecimiento que había sufrido la semana anterior le había afectado de modo que no recordaba ni el título, ni la naturaleza del libro, ni la sección a la que había ido a buscarlo. Sin embargo, las demás regiones topográficas de la biblioteca y el trabajo las tenía tan claras y presentes como siempre.
Y una cosa más -dio una patada de enfado al pensarlo-: al principio había vacilado y después había olvidado preguntar a la señora Simpson dónde vivía Eldred. Aunque podía preguntárselo por carta. Al menos tenía una pista en las cifras. Si eran una signatura de su biblioteca, el número de combinaciones sería reducido. Podían distribuirse en 1.13.34, 11.33.4 o 11.3.34. Comprobar las tres posibilidades sería cuestión de minutos; y si faltaba alguno de esos tres libros, contaba con todos los medios para localizarlo. Se puso rápidamente en marcha, aunque antes tuvo que entretenerse unos momentos en explicar su regreso repentino a la patrona y después a sus compañeros. El 1.13.34 estaba en su sitio y no contenía escritos extraños de ningún género. Cuando se acercaba a la sección 11 de la misma galería le vino el recuerdo de su experiencia como un escalofrío. Pero debía seguir. Tras una rápida ojeada al 11.33.4 (el primero que le saltó a la vista: un libro completamente nuevo), paseó la mirada por la fila de los en cuarto que llena la sección 11.3: allí estaba el hueco que temía: faltaba el 34. Se detuvo un momento a comprobar que no estaba mal colocado, y bajó al vestíbulo.
-¿Se han llevado el 11.3.34? ¿Recuerda haber anotado ese número?
-¿Recordar el número, señor Garrett? ¿Por quién me toma? Tenga, hojeo usted mismo las papeletas, si es que tiene el día libre.
-Está bien, ¿ha vuelto a venir por aquí ese tal señor Eldred, el señor mayor que vino el día en que me desmayé? ¡Vamos! De él sí se acordará.
-¿Qué se ha creído? Pues claro que me acuerdo. No, no ha vuelto desde que usted se fue de vacaciones. Aunque me parece... Espere. Seguro que Roberto lo sabe. Roberts, ¿recuerda el apellido Heldred?
-Desde luego -dijo Roberts-. Es el que mandó un chelín de más parad franqueo del paquete; ojalá hicieran todos igual.
-¿Quiere decir que ha mandando libros al señor Eldred? ¡Hable! ¿Es eso?
-Vamos a ver, señor Garrett, si un lector manda el formulario con los datos correctos y el secretario da su aprobación, y adjunta la etiqueta preparada con las señas para el envío, y dinero suficiente para pagar el franqueo, ¿qué habría hecho usted, si me permite la libertad de hacerle la pregunta? ¿Se habría tomado la molestia de satisfacer esa solicitud, o la habría echado al cajón del mostrador y...?
-Ha obrado usted perfectamente, Hodgson. Pero ¿haría el favor de enseñarme el formulario que ha mandado el señor Eldred para ver su dirección?
-Por supuesto, siempre que después no vengan a llamarme la atención y a decirme que no sé mis obligaciones, estaré encantado de ayudarle en todo lo que esté en mi mano. Aquí tiene la papeleta: J. Eldred 11.3.34. Título de la obra: T-a-1- m... bueno, léalo usted mismo; no es una novela, me atrevería a decir. Y aquí está la nota del señor Eldred solicitando el libro en cuestión, que según veo dice que es un tratado.
-Gracias, gracias; pero ¿y la dirección? La nota no trae ninguna.
-Ah, bien; sí... Un momento, señor Garrett; aquí la tengo. La nota vena dentro de la caja, que traía las señas puestas para ahorrar molestias, y preparada para mandarla de vuelta con el libro dentro. Y si ha cometido algún error en todo este asunto, es el de haber olvidado registrar las señas en el cuaderno que llevo aquí. Aunque me atrevo a decir que había buenos motivos para no hacerlo. Pero vaya, no tengo tiempo, ni creo que usted tampoco, para andar buscándolas en este momento. Y... no, señor Garrett; las tengo en la memoria; si no, de qué serviría llevar este cuaderno, un cuaderno normal y corriente como ve, la mar de práctico para anotar nombres y direcciones cuando considero oportuno.
-Admirable precaución. En fin, gracias. ¿Y cuándo se envió el libro?
- Esta mañana a las diez y media.
-Ah, bien; y es la una en punto.
Garrett subió sumido en pensamientos. ¿Cómo podría conseguir la dirección? Poniendo un telegrama a la señora Simpson; pero perdería un tren mientras esperaba la respuesta. Sí; había otra salida. La señora Simpson le había dicho que Eldred vivía en la propiedad de su tío. Si era así, podría averiguar el lugar consultando el registro de donaciones a la biblioteca, cosa que podía hacer rápidamente, ahora que sabía el título del libro. No tardó en tener el registro ante sí; y sabedor de que hacía más de veinte años que el anciano había muerto, se saltó un buen espacio de tiempo, hasta 1870. Sólo había una anotación que podía ser: 14 de agosto de 1875.-Talmud. Tractatus Middoth cum comm. R. Nachmanide. Amstelod. 1707. Donado por J. Rant, Doc. en Teol., de Bretfield Manor.
Un nomenclátor le aclaró que Bretfield estaba a tres millas de un apeadero de la línea principal. Ahora sólo era cuestión de preguntar al empleado del mostrador si recordaba si el nombre del paquete era algo así como Bretfield. No, ni hablar. Era, ahora que me lo pregunta, Bredfield o Britfield; pero nada parecido al nombre que usted dice.
De momento todo iba bien. Ahora a ver: el horario de trenes. Podía coger uno que salía dentro veinte minutos e invertir dos horas en el viaje. Era la única posibilidad, y no debía desaprovecharla. Así que tomó ese tren. Si el viaje anterior lo había hecho en un estado de gran nerviosismo, en éste iba al borde del desquiciamiento. ¿Qué iba a decirle a Eldred si le encontraba? ¿Que se había descubierto que el libro era una rareza y venía a recogerlo? Una mentira demasiado evidente. ¿Que creían que contenía importantes anotaciones manuscritas? Como es natural, Eldred le enseñaría el libro, del que ya habría arrancado la hoja. Quizá encontrara indicios de la hoja arrancada; pero ¿quién podía rebatir lo que sin duda diría Eldred: que él también había observado y lamentado la mutilación? Total, que esta persecución tenía muy pocas perspectivas de éxito. La única posibilidad estaba en que el libro había salido de la biblioteca a las diez treinta, de modo que no podían haberlo enviado en el primer tren de la mañana, que salía alas diez y veinte. Admitido esto, entonces podía tener la suerte de llegar a la vez que él, e inventar algún cuento para hacer que Eldred se lo diera.
Caía ya la tarde cuando bajó al andén; y como la mayoría de las estaciones rurales, ésta estaba casi desierta. Esperó hasta que un pasajero o dos que habían bajado con él se hubieron ido, y entonces preguntó al jefe de estación si vivía cerca el señor Eldred.
-Sí, muy cerca. Creo que pasará por aquí a recoger un paquete que espera. Ya ha venido hoy una vez a ver si había llegado; ¿verdad, Bob?
-Sí, señor, así es. Y por lo visto pensaba que tenía yo la culpa de que no hubiera llegado en el de las dos. Bueno, pero ya lo tengo aquí -y el mozo agitó un paquete cuadrado, que una ojeada confirmó a Garrett que contenía lo único que le importaba en ese momento.
-¿Bretfield, señor? Sí, está a unas tres millas. Atajando por esos tres prados reduce el camino a media milla. Mire: ahí viene el coche del señor Eldred.
Se acercaba un coche con dos hombres, de los que Garrett, al cruzar el carruaje el pequeño rellano junto a la estación, reconoció fácilmente a uno. El hecho de que fuera Eldred el que conducía jugaba a su favor, porque lo más probable era que no abriese el paquete en presencia de su criado. Pero por otro lado, llegaría a casa rápidamente; y a menos que Garrett estuviera allí unos minutos antes, todo estaría perdido. Tenía que darse prisa, y se la dio. El atajo le llevó por un lado del triángulo, mientras que el vehículo tenía que recorrer dos; además, éste se entretuvo un poco en la estación, de manera que Garrett andaba por el tercer prado cuando oyó el traqueteo de las ruedas relativamente cerca. Había ido todo lo deprisa que podía, pero la celeridad a la que marchaba el carruaje le hizo desesperar. A ese paso llegaría a la casa diez minutos antes que él; y diez minutos eran más que suficientes para que el señor Eldred cumpliera su propósito.
En ese momento cambió la suerte de Garett. El atardecer era tranquilo, y le llegaban claramente los ruidos. Rara vez ha producido un alivio tan grande como el que ahora oyó: el del coche al detenerse. Sus ocupantes cambiaron unas palabras, y volvió a ponerse en movimiento. Garrett se detuvo, presa de indecible nerviosismo, y pudo verlo cruzar el paso de la cerca junto al cual estaba Garrett ahora, y que en él sólo iba el criado; a continuación descubrió que Eldred seguía a pie. Desde detrás del alto seto observó la figura tiesa y delgada con el paquete bajo brazo; iba registrándose los bolsillos. Justo al cruzar el paso del seto se le cayó algo del bolsillo que fue a parar a la hierba, haciendo tan poco ruido que Eldred no se dio cuenta. Un segundo después Garrett pudo cruzar el paso sin peligro, llegar al camino y recogerlo: era una caja de cerillas. Eldred seguía andando. Y sin detenerse, se puso a hacer con los brazos una serie de rápidos movimientos difíciles de interpretar debido a las sombras de los árboles que oscurecían el camino. Pero mientras le seguía precavidamente fue encontrando restos de objetos que los explicaban —un trozo de bramante, la envoltura del paquete—, que Eldred había pretendido arrojar por encima del seto, pero que se habían quedado prendidos en él.
Ahora Eldred caminaba más despacio. Era evidente que había abierto el libro y pasaba hojas. Se detuvo, no veía bien porque la luz era cada vez más débil. Garrett se metió por una abertura del seto, pero siguió observando Eldred, tras echar una ojeada a su alrededor, se sentó en un tronco que había junto al camino y se acercó el libro a los ojos. De repente lo dejó abierto: sobre sus rodillas y se palpó los bolsillos: claramente en vano, y claramente para gran enojo suyo. ¡Cómo te gustaría tener unas cerillas ahora!, pensó Garrett. Seguidamente cogió una hoja; y había empezado a arrancarla con cuidado, cuando ocurrieron dos cosas. Primero cayó algo negro sobre la hoja blanca y se escurrió por ella. La otra fue que al sobresaltarse Eldred y volverse a mirar hacia atrás pareció surgir de la sombra de detrás del tronco una forma pequeña y oscura, y de ella dos brazos rodeando una masa negra que se abatió sobre Eldred y le cubrió la cabeza y el cuello. Eldred comenzó a agitar desesperadamente los brazos y las piernas, aunque sin proferir un solo grito. Un momento después cesaron sus sacudidas. Estaba solo, caído de espaldas en la hierba, detrás del tronco. El libro había ido a parar al camino.
Garrett, disipados de momento su enojo y su recelo al ver el espantoso forcejeo, acudió corriendo al tiempo que gritaba -¡Socorro!-; y para inmenso alivio suyo, lo mismo hizo un campesino que acababa de surgir del prado de enfrente. Se inclinaron los dos e incorporaron a Eldred, aunque en vano. Comprobaron que estaba muerto.
-¡Pobre señor! -dijo Garrett al campesino una vez que lo depositaron en el suelo ¿Qué cree que puede haberle ocurrido?
-No estaba ni a doscientas yardas -dijo el hombre-, cuando he visto al señor Eldred sentarse a leer el libro. Para mí que le ha dado un ataque de esos... me ha parecido que se le ponía la cara toda negra.
-Exactamente -dijo Garrett-. ¿Ha visto a alguien junto a él? ¿No habrá sido una agresión?
-No es posible; nadie podría haber echado a correr sin que le viéramos usted y yo.
-Eso creo. Bueno, tenemos que pedir ayuda, y avisar al médico y a la policía; y quizá sea mejor que les entregue este libro.
Era evidente que el caso daría lugar a una investigación, y era evidente también que Garrett tendría que quedarse en Bretfield para prestar declaración. El examen médico reveló que, aunque se había encontrado un polvo negro en la cara y la boca del cadáver, la causa de la muerte había sido una emoción demasiado fuerte para su corazón débil y no la asfixia. Salió a relucir el libro fatídico, un venerable volumen en cuarto impreso totalmente en hebreo, cuyo aspecto no es probable que atrajese siquiera al espíritu más sensible.
-¿Dice usted, señor Garrett, que le pareció que un momento antes del ataque el fallecido intentaba arrancar una hoja de este libro?
-Sí; creo que una guarda.
-Hay una guarda parcialmente arrancada. Tiene algo escrito en hebreo. ¿Quiere examinarlo, por favor?
-Hay tres nombres en inglés también, señor, y una fecha. Pero siento decir que no sé hebreo.
-Gracias. Los nombres tienen aspecto de ser firmas. Son John Rant, Walter Gibson y James Frost, y la fecha es 20 de julio de 1875. ¿Conoce alguien de aquí alguno de estos nombres?
El rector, que estaba presente, se ofreció a declarar; y explicó que el tío del fallecido, del que era heredero, se llamaba Rant. Al facilitársele el libro, meneó la cabeza con escepticismo.
-Esto no se parece al hebreo que yo he aprendido.
-Pero ¿seguro que es hebreo?
-¿Eh? Sí... supongo... No, señor; tiene mucha razón; es decir, su pregunta ha dado en el clavo. Naturalmente... no es hebreo en absoluto. Es inglés, y es un testamento.
No tardaron muchos minutos en poner en claro que, efectivamente, se trataba de un testamento del doctor John Rant, por el que legaba todas las propiedades que había retenido John Eldred a la señora Mary Simpson. Como es evidente, la aparición de semejante documento justificaba de sobra la agitación del señor Eldred. En cuanto a la hoja medio arrancada, el juez de instrucción señaló que no conducía a ninguna parte meterse en especulaciones cuya exactitud jamás podría establecerse. Como es natural, el juez de instrucción se hizo cargo del Tratado Middoth para posteriores investigaciones, y el señor Garrett le explicó en privado su historia, y los sucesos tal como él los había conocido o deducido.
Al día siguiente emprendió el retorno a su trabajo, y de camino a la estación pasó por el escenario de la tragedia del señor Eldred. Casi no habría podido irse sin echar otra mirada, aunque el recordar lo que había visto allí le produjo un estremecimiento, incluso en esta espléndida mañana. No sin cierta aprensión, dio la vuelta alrededor del tronco caído. Detrás había aún algo oscuro, que le hizo echarse atrás con un sobresalto; pero no se movía. Lo miró más de cerca, y vio que era una masa espesa de negras telarañas. Al removerlas con el bastón, salieron despavoridas varias arañas enormes y se n ron entre la hierba.
No es difícil imaginar cuáles han sido los pasos por los que William G; ha llegado de auxiliar de una gran biblioteca a su actual posición de dueño de la mansión de Bretfield, hoy ocupada por su suegra la señora Simpson".
M.R. James
viernes, 1 de mayo de 2015
"El Relato de la Familia de Guzmán"
" »Parte de lo que vaya leeros –dijo el desconocido–, lo he presenciado yo. El resto se asienta sobre una base todo lo firme que la evidencia humana puede establecer:
»En la ciudad de Sevilla, donde viví muchos años, conocí a un rico mercader de muy avanzada edad que era conocido por el nombre de Guzmán el rico. Era de oscuro nacimiento, y quienes rendían homenaje a su riqueza lo bastante como para pedirle prestado con frecuencia, no honraban jamás su nombre haciéndolo preceder del prefijo don, ni añadiendo su apellido, que, como es natural, ignoraba la mayoría; y entre ellos, se decía, el propio mercader. Era muy respetado, sin embargo; y cuando veían salir a Guzmán, con la misma regularidad que el toque de vísperas, de la estrecha puerta de su casa, cerrarla con cuidado, inspeccionarla dos o tres veces con ojos ansiosos, enterrar la llave en su pecho, y dirigirse lentamente a la iglesia, tentándose la llave por encima de la ropa durante todo el trayecto, las más orgullosas cabezas de Sevilla se descubrían a su paso, y los niños que jugaban en la calle suspendían sus diversiones hasta que hubiese pasado él.
»Guzmán no tenía esposa ni hijos... ni parientes ni amigos. Toda su servidumbre estaba constituida por una vieja criada que le atendía, y sus gastos personales se calculaban al nivel de la más estrecha frugalidad; era, pues, tema de ansiosa conjetura para muchos cuál sería el destino de su enorme fortuna cuando muriese. Esta ansiedad dio lugar a indagaciones sobre la posibilidad de que Guzmán tuviera parientes, aunque remotos y oscuros; y la diligencia en la investigación, cuando se ve estimulada a la vez por la avaricia y la curiosidad, es insaciable. Así que se descubrió finalmente que Guzmán había tenido en tiempos una hermana, mucho más joven que él, la cual, a edad muy temprana, se había casado con un músico alemán protestante, marchándose de España poco después. Se recordaba, o se rumoreaba, que ella había hecho grandes esfuerzos por ablandar el corazón y abrir la mano de su hermano, que ya entonces era muy rico, y convencerle para que se reconciliase con su unión, permitiendo así que ella y su marido permanecieran en España. Guzmán fue inflexible. Opulento, y orgulloso de su opulencia, habría sido capaz de digerir el poco sustancioso bocado de su unión con un pobre, a quien él podía haber hecho rico; pero se negó a tragar siquiera la noticia de que su hermana se había casado con un protestante. Inés – pues tal era el nombre de la hermana– y su marido se fueron a Alemania, confiando en parte en las habilidades musicales de él, que eran altamente apreciadas en ese.país, en parte en las vagas esperanzas de los emigrantes, de que con el cambio de lugar vendría el cambio de circunstancias... y en parte, también, pensando que la desventura se sobrelleva en cualquier lugar menos en presencia de quien la inflige. Tal fue la historia contada por un viejo que afirmaba recordar los hechos, y creída por un joven cuya imaginación suplía todos los defectos de la memoria, representándosela, de una belleza subyugan te, con sus hijos cogidos a su alrededor, embarcando con un marido hereje hacia un país lejano y despidiéndose con tristeza de la tierra y la religión de sus padres.
»Ahora, mientras se hablaba de estas cosas en Sevilla, Guzmán cayó enfermo y fue deshauciado por los físicos, a los que consintió en llamar de muy mala gana.
»En el proceso de su enfermedad, tanto si la naturaleza visitó de nuevo a un corazón al cual parecía haber abandonado hacía tanto tiempo, o si concibió él que la mano de un pariente podía ser más grato apoyo para su cabeza moribunda que la de una criada rapaz y servil, o si el fuego de sus pasiones se debilitó ante la esperada proximidad de la muerte como palidece la llama artificial de la vela cuando surge la mañana, así pensó Guzmán, enfermo, en su hermana y su familia, y expidió –lo que le supuso un gasto considerable– un mensajero a la región de Alemania donde ella residía para invitarla a que regresase y se reconciliase con él; y rezó devotamente por que se le permitiese vivir hasta poder expirar en los brazos de ella y de sus hijos. Además, corría un rumor en ese tiempo al que los oídos prestaban más interés que a cualquier otra cosa referente a la vida o la muerte de Guzmán, y era que había anulado su primer testamento y había mandado llamar a un notario, con el que, pese a su evidente debilidad, estuvo encerrado varias horas, dictando en un tono que, aunque claro para el notario, no sonaba distintamente a los oídos que, tensos hasta extremos angustiosos, estaban pegados a la puerta doblemente cerrada de su cámara.
»Todos los amigos habían intentado disuadir a Guzmán de hacer este esfuerzo, el cual, aseguraron, sólo contribuiría a precipitar su desenlace. Pero para sorpresa y sin duda alegría de todos ellos, desde el momento en que hubo hecho su testamento, la salud de Guzmán comenzó a mejorar, y en menos de una semana empezó a pasear por su cámara, a calcular cuánto tiempo tardaría en llegar un mensajero a Alemania, y cuánto tendría que esperar para recibir noticias de su familia.
»Transcurrieron algunos meses, y los sacerdotes aprovecharon este intervalo para presionar a Guzmán. Pero tras realizar todos los esfuerzos de ingeniosidad, y de acosarle intensa aunque infructuosamente por el lado de la conciencia, del deber y de la religión, empezaron a comprender su interés, y cambiaron de táctica. Pero al ver que el decidido objetivo del alma de Guzmán no cambiaba, y que estaba dispuesto a llamar a su hermana y a su familia a España, se contentaron con pedirle que no se comunicase con la herética familia, salvo a través de ellos, y que no viese a su hermana ni a sus hijos, a menos que estuviesen ellos presentes en la entrevista.
»Guzmán accedió fácilmente a esta condición, ya que no sentía clara inclinación a ver a su hermana, cuya presencia podía despertarle sentimientos apagados y deberes olvidados. Además, era hombre de hábitos arraigados; y la presencia del ser más interesante de la tierra, que amenazase la más leve alteración o suspensión de esos hábitos, podría haberle resultado insoportable.
»Así nos endurecen a todos la vejez y los hábitos, y nos damos cuenta al final de que los lazos más queridos de la naturaleza o de la pasión pueden sacrificarse a esas pequeñas indulgencias que la presencia o influencia de un extraño puede alterar. De este modo, Guzmán oscilaba entre su conciencia y sus sentimientos. Y decidió, pese a todos los sacerdotes de Sevilla, invitar a su hermana y su familia a venir a España, y dejarles toda su inmensa fortuna (y a este efecto escribió y escribió repetida y explícitamente). Pero, por otra parte, prometió y juró a sus consejeros espirituales que jamás vería a uno solo de los miembros de la familia, y que, aunque su hermana heredase su fortuna, ella nunca, nunca vería su rostro. Quedaron satisfechos los sacerdotes, o aparentaron quedar, con esta declaración. y Guzmán, habiéndoselos propiciado con generosos ofrecimientos de capillas a diversos santos, a cada uno de los cuales se atribuyó su recuperación en exclusividad, se sentó a calcular el probable gasto que le supondría el regreso de su hermana a España, y la necesidad de proveer para su familia, a la que, por así decir, desarraigaba de su lecho natal, y por lo cual se sentía obligado, con toda honradez, a hacerles prosperar en el suelo al que los trasplantaba. »Ese mismo año regresaron a España su hermana, su marido y sus cuatro hijos. Ella se llamaba Inés y su marido Walberg. Éste era un hombre trabajador, y un músico excelente. Su talento le había facilitado la plaza de maestro de capilla del duque de Sajonia; y sus hijos se educaban (de acuerdo con sus medios) para ocupar su puesto cuando él lo dejase vacante por fallecimiento o accidente, o para entrar como maestros de música en las cortes de los príncipes alemanes. Él y su esposa habían vivido en la mayor frugalidad, y esperaban aumentar para sus hijos, con el ejercicio de sus aptitudes, los medios de esa subsistencia que diariamente luchaban por proveer.
»El hijo mayor, que se llamaba Everhard, había heredado el talento musical de su padre. Las hijas, Julia e Inés, habían estudiado música también, y eran muy hábiles en el bordado. El más pequeño, Mauricio, era alternativamente la delicia y el tormento de la familia.
»Durante bastantes años habían luchado con dificultades demasiado insignificantes para entrar en ellas, aunque demasiado rigurosas para no ser dolorosamente sentidas por aquellos cuyo destino es enfrentarse con ellas a diario y a todas horas... Hasta que la súbita noticia, traída por un mensajero de España, de que su acaudalado pariente Guzmán les invitaba a regresar, y les declaraba herederos de toda su inmensa riqueza, les llegó como llega la primera claridad de ese verano que dura medio año al escuálido y encogido habitante de las chozas de Laponia. Olvidaron toda preocupación, aplazaron toda inquietud, pagaron todas sus pequeñas deudas e hicieron los preparativos para partir inmediatamente para España.
»Y llegaron a España, y siguieron hasta la ciudad de Sevilla, donde, a su llegada, salió a recibirles un grave eclesiástico que les puso al corriente de la decisión de Guzmán de no ver jamás a su hermana ni a su familia, pues le ofendían, aunque confirmándoles al mismo tiempo su intención de mantenerles y proporcionarles todas las comodidades, hasta que la muerte les hiciese entrar en posesión de su fortuna. La familia se sintió algo turbada ante tal notificación, y la madre lloró al saber que le impedían ver a su hermano, por quien sentía aún el afecto del recuerdo. Entretanto el sacerdote, tratando de suavizar lo ingrato de su misión, dejó entender que en caso de que cambiasen sus heréticas convicciones era muy probable que se abriese un canal de comunicación entre ellos y su pariente. El silencio con que fue recibida esta alusión resultó más elocuente que un discurso entero, y el sacerdote se marchó.
»Ésta fue la primera nube que empañó su expectativa de felicidad desde que el mensajero llegara a Alemania, y siguieron lúgubremente a su sombra durante el resto de la tarde. Walberg, con la confianza de la esperada fortuna, no sólo había persuadido a sus hijos de que se viniesen a España, sino que había escrito a sus padres, que eran muy ancianos y míseramente pobres, para que viniesen a Sevilla a reunirse con ellos; y con la venta de la casa y el mobiliario, había podido mandarles el dinero del elevado coste de tan largo viaje. Ahora les esperaban de un momento a otro, y los niños, que tenían un débil pero agradecido recuerdo de la bendición que recibieron en sus pequeñas cabezas de aquellos labios temblorosos y aquellas manos secas, esperaban con alegría la llegada de la anciana pareja. Inés había dicho muchas veces a su marido:
»–¿No habría sido mejor dejar a tus padres en Alemania y enviarles el dinero de su mantenimiento, en vez de someterlos al cansancio de un viaje tan largo a esa edad tan avanzada?
»A lo que él había contestado siempre:
»–Prefiero que mueran bajo mi techo a que vivan bajo el techo de extraños.
»Esa noche empezó él, quizá, a comprender la prudencia de su mujer; ella le miraba, y con delicada discreción, precisamente por ese motivo, evitaba recordárselo. »El tiempo era oscuro y desapacible; no parecía una noche de España. Su frío pareció comunicarse a la familia. Inés, sentada, trabajaba en silencio; los hijos, reunidos delante de la ventana, intercambiaban en susurros sus esperanzas y conjeturas sobre la llegada de los ancianos viajeros, y Walberg, que se paseaba inquieto por la habitación, suspiraba de cuando en cuando al oírles.
»El día siguiente amaneció soleado y sin nubes. El sacerdote vino a visitarles otra vez, y, tras lamentar que la decisión de Guzmán fuese inflexible, les informó que se le había ordenado pagarles una asignación anual para su mantenimiento, que él calificó, y así les pareció a ellos, de enorme, y destinar otra a la educación de los hijos, que parecía estar calculada a la escala de una generosidad principesca. Puso en manos de ellos los documentos convenientemente redactados y testificados a este propósito, y luego se retiró, después de reiterar la seguridad de que serían los indudables herederos de la fortuna de Guzmán a su muerte, y que, como este período transcurriría en la abundancia, no tenían por qué inquietarse. Apenas se hubo marchado el sacerdote, llegaron los ancianos padres de Walberg, débiles de alegría y de cansancio, pero no agotados, y toda la familia se sentó ante una comida que les pareció un lujo, con esa placentera expectación de futura felicidad que a menudo es más exquisita que su efectiva fornición.
»–Yo les vi –dijo el desconocido, interrumpiéndose–; les vi la tarde de ese día en que se reunieron todos, y un pintor que quisiese plasmar la imagen de la felicidad doméstica en un grupo de figuras vivas, no habría necesitado ir más allá de la mansión de Walberg. Él y su esposa estaban sentados a la cabecera de la mesa, sonriendo a los hijos, y viendo cómo éstos les devolvían la sonrisa, sin ninguna preocupación ni pequeña dificultad que les atormentase en el momento presente, o turbio presagio de desdicha futura; sin un temor por el mañana, ni un doloroso recuerdo del pasado. Sus hijos constituían, efectivamente, un grupo en el que el ojo del pintor o del padre, la mirada del gusto o del afecto, podían haberse demorado con igual complacencia. Everhard, el mayor, que a la sazón tenía dieciséis años, poseía una belleza excepcional para su sexo, una constitución delicada y radiante y una modulación tierna y trémula en la voz que inspiraban ese interés con el que miramos a la juventud, por encima de la lucha de la debilidad presente con la promesa de la fuerza futura, e infundía en el corazón de los padres esa amorosa ansiedad con que observamos el progreso de una agradable pero nublada mañana de primavera, gozaba en los suaves y perfumados esplendores de su amanecer, pero temiendo que las nubes los cubran antes del mediodía. Las hijas, Inés y Julia, tenían todo el encanto de su clima más frío: los exuberantes rizos de sus dorados cabellos, los grandes, azules y brillantes ojos, la nívea blancura del pecho, los brazos delgados, la piel sonrosada, y la tersa suavidad de sus mejillas, las hacían parecer, cuando atendían a sus padres con graciosa y cariñosa solicitud, dos jóvenes Hebes sirviendo bebida, a cuyo mero contacto se convertía en néctar.
»El espíritu de estos jóvenes se había sentido abatido muy pronto a causa de las dificultades que sus padres habían atravesado; y ya en la niñez habían adoptado el paso tímido, el habla baja, la mirada ansiosa e inquisitiva que la constante sensación de penuria doméstica enseña amargamente a los niños, y que es el más agudo dolor que un padre puede contemplar. Pero ahora no había nada que cohibiese sus jóvenes corazones: la sonrisa, esa desconocida, acudía a alegrar el hogar encantador de sus labios, y la timidez de sus primitivos hábitos se limitaba a prestar una graciosa sombra a la radiante exuberancia de la juvenil dicha. Frente a este cuadro justamente, cuyos matices eran tan brillantes, y cuyas sombras tan tiernas, se hallaban sentadas las figuras de los ancianos abuelos. El contraste era grande; no había relación ni gradación alguna: viéndoles, se pasaba de las primeras y más puras flores de la primavera a la seca y marchita aridez del invierno.
»Estas viejísimas personas, no obstante, tenían algo en sus semblantes que agradaba a la vista, y Teniers o Wouverman habrían apreciado sus figuras y su vestimenta mucho más que las de sus jóvenes y encantadores nietos. Estaban rígida y originalmente vestidos con sus prendas alemanas: el viejo con su jubón y su gorro, y la vieja con su gorguera, su peto y su cofia semejante a un casquete, con largas bandas colgantes, de la que se escapaban algunos cabellos blancos, muy largos, que le caían sobre sus arrugadas mejillas. Pero el semblante de ambos resplandecía de gozo como la fría sonrisa de una puesta de sol en un paisaje invernal. No oían con claridad las amables insistencias de sus hijos para que compartiesen más ampliamente la mesa más abundante que habían tenido nunca delante en sus frugales vidas, aunque asentían con la cabeza, con ese agradecimiento que es a la vez hiriente y grato a los corazones de los hijos afectuosos.
Sonreían también ante la belleza de Everhard, ante las travesuras de Mauricio, tan atolondrado en la hora de la aflicción como en la de la prosperidad; y en fin, sonreían por cuanto se decía, aunque no oían ni la mitad, y por cuanto veían, aunque podían gozar de muy poco..., y esa sonrisa de la vejez, esa plácida sumisión a los placeres de los jóvenes, mezclada a las evidentes expectativas de una felicidad más pura y perfecta, daba una expresión casi celestial a sus semblantes, que de otro modo habrían reflejado tan sólo el marchito aspecto de la debilidad y la consunción.
»Ocurrieron ciertos incidentes durante esta fiesta familiar bastante característicos de sus participantes. Walberg (que era persona muy sobria) insistió repetidamente a su padre para que bebiese más vino del que estaba acostumbrado; el viejo rehusó suavemente. El hijo insistió con más calor, y el anciano, deseando complacer a su hijo, no a sí mismo, accedió.
»Los niños, también, acariciaron a su abuela con ese turbulento afecto de su edad. La madre los reprendió.
»–No; déjales –dijo la amable anciana.
»– Te están molestando, madre –dijo la mujer de Walberg.
»–No podrán hacerlo por mucho tiempo –dijo la abuela con expresiva sonrisa.
»–Padre –dijo Walberg–, ¿no ves a Everhard muy crecido?
»–La última vez que lo vi –dijo el abuelo–, tuve que agacharme para darle un beso; ahora creo que tendrá que agacharse él para besarme a mí.
»A estas palabras, Everhard corrió como una flecha a los temblorosos brazos que estaban abiertos para acogerle, y sus rojos y tersos labios se apretaron contra la nevada barba de su abuelo.
»–Bésale, hijo mío –dijo el padre complacido–. Quiera Dios que tus besos no sean para labios menos puros.
»–¡Nunca lo serán, padre mío! –dijo el susceptible joven, ruborizándose ante sus propias emociones–. Nunca besaré otros labios que aquellos que me bendigan como los de mi abuelo.
»–¿Y deseas –dijo el anciano en broma– que la bendición salga siempre de labios tan ásperos y blanquecinos como los míos?
»Everhard, de pie detrás de la silla del anciano, se ruborizó ante esta pregunta; y Walberg, que había oído dar la hora en que acostumbraba siempre, en la prosperidad como en la adversidad, convocar a su familia a la oración, hizo una seña, que sus hijos entendieron muy bien, y que fue comunicada en susurros a los ancianos abuelos.
»–Gracias a Dios –dijo la abuela al niño que la avisó; y al tiempo que hablaba, se puso de rodillas. Sus nietos la ayudaron.
»–Gracias a Dios –repitió el anciano, doblando sus anquilosadas rodillas, y quitándose el gorro–; gracias a Dios, por "esta sombra de una gran roca en una tierra tan cansada" –y se arrodilló, mientras Walberg, después de leer un capítulo o dos de una Biblia alemana que tenía en sus manos, improvisó una plegaria, suplicando a Dios que llenase sus corazones de gratitud por las bendiciones temporales de que disfrutaban, y permitiese "que pasasen las cosas temporales, de manera que no pudiesen finalmente perder las eternas". Al concluir la oración, se levantó la familia, se saludaron unos a otros con ese afecto que no tiene su raíz en la tierra, y de cuyos brotes, aunque diminutos e incoloros a los ojos del hombre en este desdichado suelo, surgirá sin embargo el glorioso fruto del jardín de Dios. Fue una escena encantadora ver a los jóvenes ayudar a los mayores a levantarse de sus arrodilladas posturas, y más aún oírles el saludo de despedida que intercambiaron todos al retirarse. La mujer de Walberg atendió diligente las comodidades de los padres de su esposo, y Walberg se rindió a ella con esa orgullosa gratitud que siente más alegría en el beneficio que concedemos a quienes amamos, que en el que se nos otorga. Amaba a sus padres, pero estaba orgulloso del amor que su esposa sentía por ellos, porque eran los suyos. A los repetidos requerimientos de ella a los hijos para que ayudasen o atendiesen a los ancianos abuelos, contestó él:
»–No, queridos hijos; vuestra madre lo hará mejor; vuestra madre siempre lo hace mejor.
»Y mientras él hablaba, los hijos, de acuerdo con la costumbre hoy olvidada, se arrodillaron para pedirle su bendición. Su mano, trémula de afecto, se posó primero sobre los ensortijados rizos del adorable Everhard, cuya cabeza sobresalía orgullosamente por encima de sus hermanas y de Mauricio, quien, con la irreprensible y perdonable ligereza de su juguetona niñez, reía mientras estaba de rodillas.
»–¡Dios te bendiga! –dijo Walberg–, ¡Dios os bendiga a todos, y os haga tan buenos como vuestra madre, y tan felices como... como es vuestro padre esta noche! –y mientras hablaba, el feliz padre se volvió y lloró".
Charles Maturin
»En la ciudad de Sevilla, donde viví muchos años, conocí a un rico mercader de muy avanzada edad que era conocido por el nombre de Guzmán el rico. Era de oscuro nacimiento, y quienes rendían homenaje a su riqueza lo bastante como para pedirle prestado con frecuencia, no honraban jamás su nombre haciéndolo preceder del prefijo don, ni añadiendo su apellido, que, como es natural, ignoraba la mayoría; y entre ellos, se decía, el propio mercader. Era muy respetado, sin embargo; y cuando veían salir a Guzmán, con la misma regularidad que el toque de vísperas, de la estrecha puerta de su casa, cerrarla con cuidado, inspeccionarla dos o tres veces con ojos ansiosos, enterrar la llave en su pecho, y dirigirse lentamente a la iglesia, tentándose la llave por encima de la ropa durante todo el trayecto, las más orgullosas cabezas de Sevilla se descubrían a su paso, y los niños que jugaban en la calle suspendían sus diversiones hasta que hubiese pasado él.
»Guzmán no tenía esposa ni hijos... ni parientes ni amigos. Toda su servidumbre estaba constituida por una vieja criada que le atendía, y sus gastos personales se calculaban al nivel de la más estrecha frugalidad; era, pues, tema de ansiosa conjetura para muchos cuál sería el destino de su enorme fortuna cuando muriese. Esta ansiedad dio lugar a indagaciones sobre la posibilidad de que Guzmán tuviera parientes, aunque remotos y oscuros; y la diligencia en la investigación, cuando se ve estimulada a la vez por la avaricia y la curiosidad, es insaciable. Así que se descubrió finalmente que Guzmán había tenido en tiempos una hermana, mucho más joven que él, la cual, a edad muy temprana, se había casado con un músico alemán protestante, marchándose de España poco después. Se recordaba, o se rumoreaba, que ella había hecho grandes esfuerzos por ablandar el corazón y abrir la mano de su hermano, que ya entonces era muy rico, y convencerle para que se reconciliase con su unión, permitiendo así que ella y su marido permanecieran en España. Guzmán fue inflexible. Opulento, y orgulloso de su opulencia, habría sido capaz de digerir el poco sustancioso bocado de su unión con un pobre, a quien él podía haber hecho rico; pero se negó a tragar siquiera la noticia de que su hermana se había casado con un protestante. Inés – pues tal era el nombre de la hermana– y su marido se fueron a Alemania, confiando en parte en las habilidades musicales de él, que eran altamente apreciadas en ese.país, en parte en las vagas esperanzas de los emigrantes, de que con el cambio de lugar vendría el cambio de circunstancias... y en parte, también, pensando que la desventura se sobrelleva en cualquier lugar menos en presencia de quien la inflige. Tal fue la historia contada por un viejo que afirmaba recordar los hechos, y creída por un joven cuya imaginación suplía todos los defectos de la memoria, representándosela, de una belleza subyugan te, con sus hijos cogidos a su alrededor, embarcando con un marido hereje hacia un país lejano y despidiéndose con tristeza de la tierra y la religión de sus padres.
»Ahora, mientras se hablaba de estas cosas en Sevilla, Guzmán cayó enfermo y fue deshauciado por los físicos, a los que consintió en llamar de muy mala gana.
»En el proceso de su enfermedad, tanto si la naturaleza visitó de nuevo a un corazón al cual parecía haber abandonado hacía tanto tiempo, o si concibió él que la mano de un pariente podía ser más grato apoyo para su cabeza moribunda que la de una criada rapaz y servil, o si el fuego de sus pasiones se debilitó ante la esperada proximidad de la muerte como palidece la llama artificial de la vela cuando surge la mañana, así pensó Guzmán, enfermo, en su hermana y su familia, y expidió –lo que le supuso un gasto considerable– un mensajero a la región de Alemania donde ella residía para invitarla a que regresase y se reconciliase con él; y rezó devotamente por que se le permitiese vivir hasta poder expirar en los brazos de ella y de sus hijos. Además, corría un rumor en ese tiempo al que los oídos prestaban más interés que a cualquier otra cosa referente a la vida o la muerte de Guzmán, y era que había anulado su primer testamento y había mandado llamar a un notario, con el que, pese a su evidente debilidad, estuvo encerrado varias horas, dictando en un tono que, aunque claro para el notario, no sonaba distintamente a los oídos que, tensos hasta extremos angustiosos, estaban pegados a la puerta doblemente cerrada de su cámara.
»Todos los amigos habían intentado disuadir a Guzmán de hacer este esfuerzo, el cual, aseguraron, sólo contribuiría a precipitar su desenlace. Pero para sorpresa y sin duda alegría de todos ellos, desde el momento en que hubo hecho su testamento, la salud de Guzmán comenzó a mejorar, y en menos de una semana empezó a pasear por su cámara, a calcular cuánto tiempo tardaría en llegar un mensajero a Alemania, y cuánto tendría que esperar para recibir noticias de su familia.
»Transcurrieron algunos meses, y los sacerdotes aprovecharon este intervalo para presionar a Guzmán. Pero tras realizar todos los esfuerzos de ingeniosidad, y de acosarle intensa aunque infructuosamente por el lado de la conciencia, del deber y de la religión, empezaron a comprender su interés, y cambiaron de táctica. Pero al ver que el decidido objetivo del alma de Guzmán no cambiaba, y que estaba dispuesto a llamar a su hermana y a su familia a España, se contentaron con pedirle que no se comunicase con la herética familia, salvo a través de ellos, y que no viese a su hermana ni a sus hijos, a menos que estuviesen ellos presentes en la entrevista.
»Guzmán accedió fácilmente a esta condición, ya que no sentía clara inclinación a ver a su hermana, cuya presencia podía despertarle sentimientos apagados y deberes olvidados. Además, era hombre de hábitos arraigados; y la presencia del ser más interesante de la tierra, que amenazase la más leve alteración o suspensión de esos hábitos, podría haberle resultado insoportable.
»Así nos endurecen a todos la vejez y los hábitos, y nos damos cuenta al final de que los lazos más queridos de la naturaleza o de la pasión pueden sacrificarse a esas pequeñas indulgencias que la presencia o influencia de un extraño puede alterar. De este modo, Guzmán oscilaba entre su conciencia y sus sentimientos. Y decidió, pese a todos los sacerdotes de Sevilla, invitar a su hermana y su familia a venir a España, y dejarles toda su inmensa fortuna (y a este efecto escribió y escribió repetida y explícitamente). Pero, por otra parte, prometió y juró a sus consejeros espirituales que jamás vería a uno solo de los miembros de la familia, y que, aunque su hermana heredase su fortuna, ella nunca, nunca vería su rostro. Quedaron satisfechos los sacerdotes, o aparentaron quedar, con esta declaración. y Guzmán, habiéndoselos propiciado con generosos ofrecimientos de capillas a diversos santos, a cada uno de los cuales se atribuyó su recuperación en exclusividad, se sentó a calcular el probable gasto que le supondría el regreso de su hermana a España, y la necesidad de proveer para su familia, a la que, por así decir, desarraigaba de su lecho natal, y por lo cual se sentía obligado, con toda honradez, a hacerles prosperar en el suelo al que los trasplantaba. »Ese mismo año regresaron a España su hermana, su marido y sus cuatro hijos. Ella se llamaba Inés y su marido Walberg. Éste era un hombre trabajador, y un músico excelente. Su talento le había facilitado la plaza de maestro de capilla del duque de Sajonia; y sus hijos se educaban (de acuerdo con sus medios) para ocupar su puesto cuando él lo dejase vacante por fallecimiento o accidente, o para entrar como maestros de música en las cortes de los príncipes alemanes. Él y su esposa habían vivido en la mayor frugalidad, y esperaban aumentar para sus hijos, con el ejercicio de sus aptitudes, los medios de esa subsistencia que diariamente luchaban por proveer.
»El hijo mayor, que se llamaba Everhard, había heredado el talento musical de su padre. Las hijas, Julia e Inés, habían estudiado música también, y eran muy hábiles en el bordado. El más pequeño, Mauricio, era alternativamente la delicia y el tormento de la familia.
»Durante bastantes años habían luchado con dificultades demasiado insignificantes para entrar en ellas, aunque demasiado rigurosas para no ser dolorosamente sentidas por aquellos cuyo destino es enfrentarse con ellas a diario y a todas horas... Hasta que la súbita noticia, traída por un mensajero de España, de que su acaudalado pariente Guzmán les invitaba a regresar, y les declaraba herederos de toda su inmensa riqueza, les llegó como llega la primera claridad de ese verano que dura medio año al escuálido y encogido habitante de las chozas de Laponia. Olvidaron toda preocupación, aplazaron toda inquietud, pagaron todas sus pequeñas deudas e hicieron los preparativos para partir inmediatamente para España.
»Y llegaron a España, y siguieron hasta la ciudad de Sevilla, donde, a su llegada, salió a recibirles un grave eclesiástico que les puso al corriente de la decisión de Guzmán de no ver jamás a su hermana ni a su familia, pues le ofendían, aunque confirmándoles al mismo tiempo su intención de mantenerles y proporcionarles todas las comodidades, hasta que la muerte les hiciese entrar en posesión de su fortuna. La familia se sintió algo turbada ante tal notificación, y la madre lloró al saber que le impedían ver a su hermano, por quien sentía aún el afecto del recuerdo. Entretanto el sacerdote, tratando de suavizar lo ingrato de su misión, dejó entender que en caso de que cambiasen sus heréticas convicciones era muy probable que se abriese un canal de comunicación entre ellos y su pariente. El silencio con que fue recibida esta alusión resultó más elocuente que un discurso entero, y el sacerdote se marchó.
»Ésta fue la primera nube que empañó su expectativa de felicidad desde que el mensajero llegara a Alemania, y siguieron lúgubremente a su sombra durante el resto de la tarde. Walberg, con la confianza de la esperada fortuna, no sólo había persuadido a sus hijos de que se viniesen a España, sino que había escrito a sus padres, que eran muy ancianos y míseramente pobres, para que viniesen a Sevilla a reunirse con ellos; y con la venta de la casa y el mobiliario, había podido mandarles el dinero del elevado coste de tan largo viaje. Ahora les esperaban de un momento a otro, y los niños, que tenían un débil pero agradecido recuerdo de la bendición que recibieron en sus pequeñas cabezas de aquellos labios temblorosos y aquellas manos secas, esperaban con alegría la llegada de la anciana pareja. Inés había dicho muchas veces a su marido:
»–¿No habría sido mejor dejar a tus padres en Alemania y enviarles el dinero de su mantenimiento, en vez de someterlos al cansancio de un viaje tan largo a esa edad tan avanzada?
»A lo que él había contestado siempre:
»–Prefiero que mueran bajo mi techo a que vivan bajo el techo de extraños.
»Esa noche empezó él, quizá, a comprender la prudencia de su mujer; ella le miraba, y con delicada discreción, precisamente por ese motivo, evitaba recordárselo. »El tiempo era oscuro y desapacible; no parecía una noche de España. Su frío pareció comunicarse a la familia. Inés, sentada, trabajaba en silencio; los hijos, reunidos delante de la ventana, intercambiaban en susurros sus esperanzas y conjeturas sobre la llegada de los ancianos viajeros, y Walberg, que se paseaba inquieto por la habitación, suspiraba de cuando en cuando al oírles.
»El día siguiente amaneció soleado y sin nubes. El sacerdote vino a visitarles otra vez, y, tras lamentar que la decisión de Guzmán fuese inflexible, les informó que se le había ordenado pagarles una asignación anual para su mantenimiento, que él calificó, y así les pareció a ellos, de enorme, y destinar otra a la educación de los hijos, que parecía estar calculada a la escala de una generosidad principesca. Puso en manos de ellos los documentos convenientemente redactados y testificados a este propósito, y luego se retiró, después de reiterar la seguridad de que serían los indudables herederos de la fortuna de Guzmán a su muerte, y que, como este período transcurriría en la abundancia, no tenían por qué inquietarse. Apenas se hubo marchado el sacerdote, llegaron los ancianos padres de Walberg, débiles de alegría y de cansancio, pero no agotados, y toda la familia se sentó ante una comida que les pareció un lujo, con esa placentera expectación de futura felicidad que a menudo es más exquisita que su efectiva fornición.
»–Yo les vi –dijo el desconocido, interrumpiéndose–; les vi la tarde de ese día en que se reunieron todos, y un pintor que quisiese plasmar la imagen de la felicidad doméstica en un grupo de figuras vivas, no habría necesitado ir más allá de la mansión de Walberg. Él y su esposa estaban sentados a la cabecera de la mesa, sonriendo a los hijos, y viendo cómo éstos les devolvían la sonrisa, sin ninguna preocupación ni pequeña dificultad que les atormentase en el momento presente, o turbio presagio de desdicha futura; sin un temor por el mañana, ni un doloroso recuerdo del pasado. Sus hijos constituían, efectivamente, un grupo en el que el ojo del pintor o del padre, la mirada del gusto o del afecto, podían haberse demorado con igual complacencia. Everhard, el mayor, que a la sazón tenía dieciséis años, poseía una belleza excepcional para su sexo, una constitución delicada y radiante y una modulación tierna y trémula en la voz que inspiraban ese interés con el que miramos a la juventud, por encima de la lucha de la debilidad presente con la promesa de la fuerza futura, e infundía en el corazón de los padres esa amorosa ansiedad con que observamos el progreso de una agradable pero nublada mañana de primavera, gozaba en los suaves y perfumados esplendores de su amanecer, pero temiendo que las nubes los cubran antes del mediodía. Las hijas, Inés y Julia, tenían todo el encanto de su clima más frío: los exuberantes rizos de sus dorados cabellos, los grandes, azules y brillantes ojos, la nívea blancura del pecho, los brazos delgados, la piel sonrosada, y la tersa suavidad de sus mejillas, las hacían parecer, cuando atendían a sus padres con graciosa y cariñosa solicitud, dos jóvenes Hebes sirviendo bebida, a cuyo mero contacto se convertía en néctar.
»El espíritu de estos jóvenes se había sentido abatido muy pronto a causa de las dificultades que sus padres habían atravesado; y ya en la niñez habían adoptado el paso tímido, el habla baja, la mirada ansiosa e inquisitiva que la constante sensación de penuria doméstica enseña amargamente a los niños, y que es el más agudo dolor que un padre puede contemplar. Pero ahora no había nada que cohibiese sus jóvenes corazones: la sonrisa, esa desconocida, acudía a alegrar el hogar encantador de sus labios, y la timidez de sus primitivos hábitos se limitaba a prestar una graciosa sombra a la radiante exuberancia de la juvenil dicha. Frente a este cuadro justamente, cuyos matices eran tan brillantes, y cuyas sombras tan tiernas, se hallaban sentadas las figuras de los ancianos abuelos. El contraste era grande; no había relación ni gradación alguna: viéndoles, se pasaba de las primeras y más puras flores de la primavera a la seca y marchita aridez del invierno.
»Estas viejísimas personas, no obstante, tenían algo en sus semblantes que agradaba a la vista, y Teniers o Wouverman habrían apreciado sus figuras y su vestimenta mucho más que las de sus jóvenes y encantadores nietos. Estaban rígida y originalmente vestidos con sus prendas alemanas: el viejo con su jubón y su gorro, y la vieja con su gorguera, su peto y su cofia semejante a un casquete, con largas bandas colgantes, de la que se escapaban algunos cabellos blancos, muy largos, que le caían sobre sus arrugadas mejillas. Pero el semblante de ambos resplandecía de gozo como la fría sonrisa de una puesta de sol en un paisaje invernal. No oían con claridad las amables insistencias de sus hijos para que compartiesen más ampliamente la mesa más abundante que habían tenido nunca delante en sus frugales vidas, aunque asentían con la cabeza, con ese agradecimiento que es a la vez hiriente y grato a los corazones de los hijos afectuosos.
Sonreían también ante la belleza de Everhard, ante las travesuras de Mauricio, tan atolondrado en la hora de la aflicción como en la de la prosperidad; y en fin, sonreían por cuanto se decía, aunque no oían ni la mitad, y por cuanto veían, aunque podían gozar de muy poco..., y esa sonrisa de la vejez, esa plácida sumisión a los placeres de los jóvenes, mezclada a las evidentes expectativas de una felicidad más pura y perfecta, daba una expresión casi celestial a sus semblantes, que de otro modo habrían reflejado tan sólo el marchito aspecto de la debilidad y la consunción.
»Ocurrieron ciertos incidentes durante esta fiesta familiar bastante característicos de sus participantes. Walberg (que era persona muy sobria) insistió repetidamente a su padre para que bebiese más vino del que estaba acostumbrado; el viejo rehusó suavemente. El hijo insistió con más calor, y el anciano, deseando complacer a su hijo, no a sí mismo, accedió.
»Los niños, también, acariciaron a su abuela con ese turbulento afecto de su edad. La madre los reprendió.
»–No; déjales –dijo la amable anciana.
»– Te están molestando, madre –dijo la mujer de Walberg.
»–No podrán hacerlo por mucho tiempo –dijo la abuela con expresiva sonrisa.
»–Padre –dijo Walberg–, ¿no ves a Everhard muy crecido?
»–La última vez que lo vi –dijo el abuelo–, tuve que agacharme para darle un beso; ahora creo que tendrá que agacharse él para besarme a mí.
»A estas palabras, Everhard corrió como una flecha a los temblorosos brazos que estaban abiertos para acogerle, y sus rojos y tersos labios se apretaron contra la nevada barba de su abuelo.
»–Bésale, hijo mío –dijo el padre complacido–. Quiera Dios que tus besos no sean para labios menos puros.
»–¡Nunca lo serán, padre mío! –dijo el susceptible joven, ruborizándose ante sus propias emociones–. Nunca besaré otros labios que aquellos que me bendigan como los de mi abuelo.
»–¿Y deseas –dijo el anciano en broma– que la bendición salga siempre de labios tan ásperos y blanquecinos como los míos?
»Everhard, de pie detrás de la silla del anciano, se ruborizó ante esta pregunta; y Walberg, que había oído dar la hora en que acostumbraba siempre, en la prosperidad como en la adversidad, convocar a su familia a la oración, hizo una seña, que sus hijos entendieron muy bien, y que fue comunicada en susurros a los ancianos abuelos.
»–Gracias a Dios –dijo la abuela al niño que la avisó; y al tiempo que hablaba, se puso de rodillas. Sus nietos la ayudaron.
»–Gracias a Dios –repitió el anciano, doblando sus anquilosadas rodillas, y quitándose el gorro–; gracias a Dios, por "esta sombra de una gran roca en una tierra tan cansada" –y se arrodilló, mientras Walberg, después de leer un capítulo o dos de una Biblia alemana que tenía en sus manos, improvisó una plegaria, suplicando a Dios que llenase sus corazones de gratitud por las bendiciones temporales de que disfrutaban, y permitiese "que pasasen las cosas temporales, de manera que no pudiesen finalmente perder las eternas". Al concluir la oración, se levantó la familia, se saludaron unos a otros con ese afecto que no tiene su raíz en la tierra, y de cuyos brotes, aunque diminutos e incoloros a los ojos del hombre en este desdichado suelo, surgirá sin embargo el glorioso fruto del jardín de Dios. Fue una escena encantadora ver a los jóvenes ayudar a los mayores a levantarse de sus arrodilladas posturas, y más aún oírles el saludo de despedida que intercambiaron todos al retirarse. La mujer de Walberg atendió diligente las comodidades de los padres de su esposo, y Walberg se rindió a ella con esa orgullosa gratitud que siente más alegría en el beneficio que concedemos a quienes amamos, que en el que se nos otorga. Amaba a sus padres, pero estaba orgulloso del amor que su esposa sentía por ellos, porque eran los suyos. A los repetidos requerimientos de ella a los hijos para que ayudasen o atendiesen a los ancianos abuelos, contestó él:
»–No, queridos hijos; vuestra madre lo hará mejor; vuestra madre siempre lo hace mejor.
»Y mientras él hablaba, los hijos, de acuerdo con la costumbre hoy olvidada, se arrodillaron para pedirle su bendición. Su mano, trémula de afecto, se posó primero sobre los ensortijados rizos del adorable Everhard, cuya cabeza sobresalía orgullosamente por encima de sus hermanas y de Mauricio, quien, con la irreprensible y perdonable ligereza de su juguetona niñez, reía mientras estaba de rodillas.
»–¡Dios te bendiga! –dijo Walberg–, ¡Dios os bendiga a todos, y os haga tan buenos como vuestra madre, y tan felices como... como es vuestro padre esta noche! –y mientras hablaba, el feliz padre se volvió y lloró".
Charles Maturin
jueves, 30 de abril de 2015
"La Araña"
Y en eso reside la voluntad, que no muere.¿Quién conoce los misterios de la voluntad, y su fuerza?
Glanvill.
"Cuando el estudiante de medicina Richard Bracquemont decidió ocupar la habitación número siete del pequeño hotel Stevens, situado en el número 6 de la rue Alfred Stevens, tres personas se habían ahorcado en esa misma habitación colgándose del dintel de la ventana en tres viernes sucesivos. El primero era un viajante de comercio suizo. Su cuerpo no se encontró hasta la tarde del domingo; pero el médico dedujo que su muerte debió de haberse producido entre las cinco y las seis de la tarde del viernes. El cuerpo colgaba de un robusto gancho hincado en el dintel de la ventana, que normalmente se utilizaba para colgar ropa. La ventana estaba cerrada. El muerto había utilizado el cordón de la cortina. Como la ventana era bastante baja, sus piernas arrastraban por el suelo casi hasta las rodillas. El suicida debió desarrollar, por tanto, una considerable fuerza de voluntad para llevar a cabo su propósito. Se comprobó además que estaba casado y que era padre de cuatro niños, así como que se encontraba en una situación completamente desahogada y segura y que era de talante jovial y estaba casi permanentemente satisfecho. No se encontró ningún escrito que pudiera tener relación con el suicidio, ni testamento alguno. Tampoco había hecho jamás manifestación alguna en ese sentido a ninguno de sus conocidos.
El segundo caso no era muy diferente. El artista Karl Krause, empleado como equilibrista sobre bicicleta en el cercano circo Medrano, alquiló la habitación número 7 dos días más tarde. Al no comparecer el siguiente viernes para su actuación, el director envió al hotel a un acomodador, que se lo encontró colgado del dintel de la ventana, exactamente en las mismas circunstancias (la habitación no había sido cerrada por dentro). Este suicidio no parecía menos misterioso: a sus veinticinco años, el prestigioso artista recibía un buen sueldo y parecía disfrutar plenamente de la vida. Una vez más no apareció nada escrito, ningún tipo de manifestación alusiva al caso. Dejaba a una anciana madre, a la que acostumbraba enviar puntualmente los primeros días de cada mes trescientos marcos para su manutención. Para la señora Dubonnet, propietaria del pequeño y barato hotel, cuya clientela estaba formada casi exclusivamente por miembros de los cercanos espectáculos de variedades de Montmartre, esta extraña segunda muerte en la misma habitación tuvo consecuencias ciertamente desagradables. Algunos de sus clientes abandonaron el hotel y otros huéspedes habituales regresaron. En vista de ello, acudió al comisario del distrito IX, al que conocía bien, el cual le prometió hacer cuanto estuviera en su mano para ayudarla. Así pues, no sólo prosiguió las investigaciones, tratando de averiguar con especial celo las razones de los suicidios de ambos huéspedes, sino que puso a su disposición a un oficial que se alojó en la misteriosa habitación.
Se trataba del policía Charles-Marie Chaumié, que se había ofrecido voluntariamente para el caso. Este sargento era un viejo lobo de mar que había servido durante once años en la infantería de marina, y durante muchas noches había guardado en solitario numerosos puestos en Tonkín y Annan, dando la bienvenida con un vivificante disparo de su fusil a cualquier pirata de río que se acercara furtivamente. Por lo tanto, se sentía perfectamente capacitado para hacer frente a los «fantasmas» de los que se hablaba en la rue Stevens. Se instaló, pues, en la habitación el domingo por la tarde y se retiró satisfecho a dormir, después de hacer los honores a la abundante comida y bebida que la señora Dubormet le había ofrecido. Cada mañana y cada tarde Chaumié hacía una rápida visita al cuartel de la policía para presentar un informe. Durante los primeros días los informes se limitaron a constatar que no había advertido nada en absoluto fuera de lo normal. El miércoles por la tarde, sin embargo, anunció que creía haber encontrado una pista. Al pedírsele más detalles, suplicó permiso para guardar silencio por el momento. No estaba seguro de que lo que creía haber descubierto tuviera en realidad relación alguna con las muertes de ambos individuos, y temía hacer el ridículo y convertirse en el hazmerreir de la gente. El jueves parecía menos seguro, aunque más serio; una vez más no tenía nada de que informar. La mañana del viernes parecía en extremo excitado; opinaba, medio en broma medio en serio, que la ventana de la habitación indudablemente ejercía un extraño poder de atracción. No obstante, seguía insistiendo en que este hecho no guardaba relación con los suicidios, y que si decía algo más, sólo sería motivo de risa. Aquella tarde no se presentó en la comisaría de distrito: lo encontraron colgado del gancho en el dintel de la ventana.
También en este caso las circunstancias, hasta en los más mínimos detalles, eran las mismas que en los casos anteriores: las piernas se arrastraban por el suelo y, como soga, había empleado el cordón de las cortinas. La ventana estaba cerrada y no había cerrado la puerta con llave. La muerte se había producido alrededor de las seis de la tarde. La boca del muerto estaba totalmente abierta y de ella le colgaba la lengua. Como consecuencia de esta tercera muerte en la habitación número 7, todos los huéspedes abandonaron ese mismo día el hotel Stevens, a excepción de un profesor alemán de enseñanza superior que ocupaba la habitación número 16, el cual aprovechó la oportunidad para lograr la reducción de un tercio en el hospedaje. Fue un pobre consuelo para la señora Dubonnet que Mary Garden, la famosa cantante de la ópera Cómica, se detuviera allí con su coche algunos días más tarde para comprar el cordón rojo de las cortinas, que consiguió por doscientos francos. En primer jugar porque traía suerte y en segundo lugar... porque la noticia saldría en los periódicos.
Si esta historia hubiera sucedido en verano, por ejemplo, en julio o agosto, la señora Dubonnet habría exigido por el cordón tres veces esa cantidad. Con toda seguridad los diarios hubieran llenado sus columnas con el caso durante semanas. Pero en estas fechas tan agitadas del año (elecciones, desórdenes en los Balcanes, quiebra de bancos en Nueva York, visita de los reyes ingleses) realmente no sabrían de dónde sacar espacio. Como consecuencia, la historia de la rue Alfred Stevens consiguió menos atención de la que probablemente merecía, y las noticias, breves y concisas, se limitaron casi siempre a repetir el informe de la policía, manteniéndose al margen de cualquier tipo de exageración. A estas noticias se reducía todo lo que el estudiante de medicina Richard Bracquemont sabía acerca del asunto. Desconocía por completo un pequeño detalle, que parecía tan insignificante que ni el comisario ni ninguno de los restantes testigos lo había revelado a los periodistas. Tan sólo después, una vez pasada la aventura del estudiante, se recordó este detalle: cuando los policías descolgaron el cadáver del sargento Charles-Marie Chaumié del dintel de la ventana, de la boca abierta del muerto salió una enorme araña negra. El mozo del hotel la ahuyentó con los dedos, exclamando: «¡Demonios, otro de esos bichos!». En el curso de la siguiente investigación, es decir, la relacionada con Bracquemont, el mozo declaró que, cuando descolgaron el cadáver del viajante de comercio suizo, había visto deslizarse por su hombro una araña semejante... Pero de esto nada sabía Richard Bracquemont.
No ocupó la habitación hasta dos semanas después del último suicidio, un domingo. Lo que allí experimentó lo anotó meticulosamente en su diario.
Diario de Richard Bracquemont. Estudiante de medicina.
Lunes, 28 de febrero.
Me instalé aquí la noche pasada. Deshice mis dos maletas, ordené unas pocas cosas y después me acosté. He dormido maravillosamente; acababan de dar las nueve cuando me despertó un golpe en la puerta. Era la patrona del hotel que me traía personalmente el desayuno. Indudablemente se muestra muy solícita conmigo, a juzgar por los huevos, el jamón y el exquisito café que me trajo. Me he lavado y vestido; después, mientras fumaba mi pipa, me he puesto a observar cómo hacía la habitación el mozo. Aquí estoy, pues. Sé muy bien que este asunto es peligroso, pero también sé que si tengo suerte podré llegar al fondo de la cuestión. Y si antaño París bien valía una misa..., ahora no se consigue tan barata..., y creo que bien puedo arriesgar mi miserable vida por ello. Esta es mi oportunidad y no pienso desaprovecharla. A propósito: hay quienes se han creído tan listos corno para intentar resolverlo. Al menos veintisiete personas se han esforzado en conseguir la habitación, algunos por medio de la policía y otros a través de la patrona del hotel. Entre ellos había tres damas. Así pues, he tenido bastantes competidores; todos ellos, probablemente, unos pobres diablos como yo.
Pero sólo yo he conseguido el puesto. ¿Por qué? ¡Ah!, yo era probablemente el único que podía ofrecer una «idea» a la astuta policía. ¡Una hermosa idea! Por supuesto, se trataba de una mera argucia. Estas anotaciones van dirigidas también a la policía. Y me divierte decir a esos señores desde un principio que me he burlado de ellos. Si el comisario es sensato dirá: «¡Hum! Precisamente por ello, Bracquemont es el hombre adecuado». De cualquier forma, me tiene sin cuidado lo que diga después. Ahora estoy aquí, y me parece de buen agüero haber iniciado mi trabajo dando una buena lección a esos caballeros. Primero hice mi solicitud a la señora Dubonnet, pero ésta me mandó a la comisaría de policía. Durante una semana anduve dando vueltas por allí todos los días; mi solicitud siempre «estaba sometida a estudio», y siempre me decían lo mismo, que volviera otra vez al día siguiente. La mayoría de mis competidores hacía tiempo que había arrojado ya la toalla; probablemente encontraron algo mejor que hacer que esperar hora tras hora en el mugriento puesto de policía. Para entonces, el comisario estaba muy irritado a causa de mi obstinación. Por último, me dijo claramente que era del todo inútil que volviera. Me estaba muy agradecido, así como a los demás, por mis buenas intenciones, pero no podía recibir ayuda de «legos aficionados». A menos que tuviera un plan cuidadosamente pensado.
Así pues, le dije que tenía esa clase de plan. Naturalmente, no tenía nada por el estilo y no hubiera podido proporcionarle ni un solo detalle. Pero le dije que mi plan era bueno, aunque bastante peligroso, que probablemente podría terminar como el sargento de policía, y que se lo explicaría tan sólo si me prometía llevarlo a cabo personalmente. Me dio las gracias por ello, expresando que, desde luego, no tenía tiempo para hacer una cosa así. Pero me di cuenta de que yo dominaba la situación cuando me preguntó si al menos podía adelantarle algo. Y eso hice. Le conté una historia fantástica y bien aderezada, de la que ni yo mismo tenía idea unos minutos antes. No entiendo en absoluto cómo me vinieron de repente esos pensamientos tan extravagantes. Le dije que, entre todas las horas de la semana, había una que ejercía una misteriosa y extraña influencia. Se trataba de la hora en la que Cristo había abandonado su tumba para descender a los infiernos: la sexta hora de la tarde del último día de la semana judía. Y debería recordar que era a esa hora del viernes, entre las cinco y las seis, cuando se produjeron los tres suicidios. No le podía decir más, por el momento, pero le recordé el Apocalipsis de San Juan.
El comisario puso cara de haberlo entendido todo, me dio las gracias y me citó para esa misma tarde. Entré en su despacho puntualmente; ante él, sobre la mesa, vi un ejemplar del Nuevo Testamento. Entre tanto, yo había hecho lo mismo: había leído el Apocalipsis de cabo a rabo... y no había entendido ni palabra. De cualquier forma, me dijo con suma amabilidad, creía comprender adónde quería yo ir a parar, a pesar de mis vagas indicaciones, y se confesó dispuesto a acceder a mi petición y a apoyarla en todo lo posible. He de reconocer que su ayuda me ha facilitado mucho las cosas. Ha llegado a un acuerdo con la patrona para que, mientras dure mi estancia en el hotel, mi alojamiento sea totalmente gratuito. Me ha dado un estupendo revólver y una pipa de policía. Los agentes de servicio tienen órdenes de recorrer la pequeña rue Alfred Stevens cuantas veces les sea posible y de subir a mi habitación a la menor indicación mía. Pero lo más importante ha sido que ha hecho instalar en mi habitación un teléfono de mesa, mediante el cual estoy en contacto directo con la comisaría. Como ésta se encuentra tan sólo a cuatro minutos de aquí, podré disponer de ayuda inmediata. Por todo esto entiendo que no debo temer nada.
Martes, 1 de marzo.
Nada ha ocurrido ni ayer ni hoy. La señora Dubormet ha traído de otra habitación un cordón nuevo para la cortina..., ¡como tiene tantas libres! Aprovecha cualquier ocasión para venir a verme y siempre me trae alguna cosa. He dejado que me contara otra vez lo sucedido con todo detalle. Pero no me ha aportado nada nuevo. Tiene sus propias opiniones respecto a los motivos de esas muertes. En cuanto al artista, piensa que se trataba de un amor desgraciado. Mientras fue su huésped el año anterior, había sido visitado frecuentemente por una joven dama, que este año ni apareció. Realmente no comprendía las razones que impulsaron al caballero suizo a tomar su decisión..., pero una no puede saberlo todo. Sin lugar a dudas, el sargento se había quitado la vida sólo para fastidiarla. He de confesar que estas declaraciones de la señora Dubonnet son un poco mezquinas. Pero la dejé parlotear; eso al menos hace menos tedioso el paso del tiempo.
Jueves, 3 de marzo.
Nada todavía. El comisario me llama un par de veces al día y yo le informo de que todo marcha maravillosamente. Evidentemente, esta información no le satisface del todo. He sacado mis libros de medicina y me he puesto a estudiar; así, al menos, tiene algún sentido mi retiro voluntario.
Viernes, 4 de marzo. 2 de la tarde.
He almorzado excelentemente. Además, la patrona me ha traído media botella de champán. Ha sido una auténtica comida de última voluntad; y es que me considera ya tres cuartas partes muerto. Antes de marcharse me suplicó, con lágrimas en los ojos, que me fuera de allí con ella; tenía miedo de que yo también me ahorcara «por fastidiarla». He examinado el nuevo cordón de la cortina. ¿Así, pues, pronto tendré que colgarme con esto? ¡Hummm!, no siento grandes deseos. Además, la cuerda es tosca y dura y sería difícil hacer con ella un nudo corredizo.... necesitaría una considerable dosis de voluntad para seguir el ejemplo de los otros. Ahora estoy sentado en mi silla, con el teléfono a la izquierda y el revólver a la derecha. Miedo no ten. go, pero siento curiosidad.
Seis de la tarde del mismo día.
Nada ha ocurrido..., casi agregaría ¡desgraciadamente! La hora fatal llegó y se fue corno todas las demás. Cierta. mente no puedo negar que siento una especie de impulso de acercarme a la ventana... Ya lo creo, ¡pero por otras razones! El comisario llamó por lo menos diez veces entre las cinco y la seis; estaba tan impaciente como yo. Pero la señora Dubonnet está contenta: alguien ha logrado vivir en la habitación número 7 sin ahorcarse. ¡Fabuloso!
Lunes, 7 de marzo.
Ahora estoy convencido de que nada descubriré, y me inclino a pensar que los suicidios de mis predecesores han sido una rara coincidencia. He pedido al comisario que continúe con la investigación de los tres casos, pues estoy convencido de que dará finalmente con los motivos. Por mi parte, pienso quedarme aquí todo el tiempo que pueda. Probablemente no conquiste París esta vez, pero aquí me hospedo gratis y me alimento satisfactoriamente. Además, trabajo afanosamente y advierto que adelanto sobremanera. Finalmente, existe otra razón que me retiene aquí.
Miércoles, 9 de marzo.
Pues bien, he dado un paso más. Clarimonde... Por cierto, todavía no he contado nada acerca de Clarimonde. Pues bien, ella es... mi «tercera razón» para seguir aquí. Precisamente ella es la causa por la que me hubiera acercado gustoso a la ventana en aquella hora fatídica.... pero no ciertamente, para ahorcarme. Clarimonde... ¿Por qué la llamo así? No tengo ni idea de cómo se llama, pero tengo la sensación de que debo llamarla Clarimonde. Y apostaría a que algún día descubriré que ése es su verdadero nombre. Descubrí a Clarimonde los primeros días. Vive al otro lado de la estrecha calle y su ventana está exactamente frente a la mía. Está allí sentada, detrás de las cortinas. Por otra parte, debo señalarles que ella me vio antes de que yo la descubriera y que mostró visible interés por mí. No es extraño. La calle entera sabe que estoy aquí y por qué. De eso ya se ha ocupado la señora Dubonnet. No soy, en modo alguno, de esas personas enamoradizas y mis relaciones con las mujeres han sido siempre muy superficiales. Cuando uno viene a París desde Verdún para estudiar Medicina y apenas tiene suficiente dinero ni siquiera para comer decentemente cada tres días, tiene uno otras cosas en qué pensar antes que en el amor. Por lo tanto, no tengo mucha experiencia y este asunto quizá haya comenzado de un modo bastante estúpido. Sea como fuere, me gusta.
Al principio ni se me pasó por la cabeza establecer comunicación con mi extraña vecina. Sencillamente decidí que, puesto que de cualquier manera estaba allí para hacer averiguaciones y que probablemente no había nada que descubrir, bien podía observar a mi vecina. Después de todo, uno no puede pasarse el día entero delante de los libros. Así pues, llegué a la conclusión de que Clarimonde vive aparentemente sola en el pequeño piso. Tiene tres ventanas, pero se sienta únicamente ante la que está enfrente de la mía; allí sentada, hila en su rueca pequeña y anticuada. En una ocasión vi una rueca semejante en casa de mi abuela, que ella ni siquiera había usado; la había heredado de su tía abuela. No sabía que aún hoy se utilizaran. Por cierto, la rueca de Clarimonde es un artefacto diminuto y muy delicado, blanco y aparentemente de marfil. Las hebras que hila deben ser extraordinariamente finas. Está todo el día sentada detrás de los visillos, trabajando incesantemente, y sólo abandona la faena cuando oscurece. Por supuesto, en una calle tan estrecha oscurece muy temprano estos días de niebla. A las cinco de la tarde ya tenemos un hermoso crepúsculo. Nunca he visto luz en su habitación.
¿Qué aspecto tiene? Eso no lo sé realmente. Tiene cabellos negros con rizos ondulados y es bastante pálida. Su nariz es estrecha y pequeña, con aletas que palpitan dulcemente. Sus labios son pálidos y me da la impresión de que sus pequeños dientes son puntiagudos como los de un animal feroz. Sus párpados son sombríos, pero cuando los abre, brillan unos ojos grandes y oscuros. Todo esto, más que saberlo, lo presiento. Es difícil describir con exactitud algo que se encuentra detrás de unos visillos. Algo más: lleva siempre un traje negro, cerrado hasta el cuello, con grandes lunares color lila. Y siempre lleva largos guantes negros, posiblemente para no estropearse las manos mientras trabaja. Resulta curioso ver cómo esos delgados y negros dedos se mueven rápida y, en apariencia, desordenadamente, cogiendo y estirando los hilos... de forma tal que casi recuerda el movimiento de los insectos.
¿Nuestras relaciones? He de confesar que son bastante superficiales, pero, aun así, me da la impresión de que son más profundas. Comenzaron verdaderamente cuando ella miró hacia mi ventana... y yo hacia la suya. Me miró y yo a ella. Y luego debí de agradarle bastante, evidentemente, puesto que un día, mientras la observaba, me sonrió. Y yo a ella también. Continuamos así durante unos días, sonriéndonos de esa manera, cada vez más a menudo. Más adelante me propuse saludarla a todas horas, pero no sé muy bien qué es lo que me impidió hacerlo. Finalmente lo he hecho esta tarde. Y Clarimonde me ha devuelto el saludo. Casi imperceptiblemente, por supuesto; pero, a pesar de eso, he visto perfectamente cómo ha inclinado la cabeza.
jueves, 10 de marzo.
Ayer estuve sentado largo tiempo ante mis libros. A decir verdad, no estudié mucho; estuve haciendo castillos en el aire y soñando con Clarimonde. Tuve un sueño muy agitado hasta muy entrada la mañana. Cuando me acerqué a la ventana, allí estaba Clarimonde. La saludé y ella inclinó la cabeza. Sonrió y me miró durante largo tiempo. Quería trabajar, pero no encontraba la tranquilidad necesaria. Me senté en la ventana y la miré absorto. Luego advertí que ella también ponía las manos en su regazo. Tiré del cordón y aparté las cortinas blancas, y... casi al mismo tiempo ella hizo lo mismo. Los dos sonreímos y nos miramos. Creo que estuvimos sentados así quizá una hora. Luego comenzó a hilar de nuevo.
Sábado, 12 de marzo.
Los días transcurren tranquilamente. Como y bebo y me siento ante la mesa de estudio. Entonces enciendo mi pipa y me inclino sobre los libros. Pero no logro leer una sola línea. Lo intento una y otra vez, pero sé de antemano que será inútil. Luego me acerco a la ventana. Saludo a Clarimonde y ella me devuelve el saludo miramos mutuamente... Sonreímos y nos miramos durante horas. Ayer por la tarde, a eso de las seis, me sentí un poco intranquilo. Oscureció muy pronto y experimenté un miedo indescriptible. Me senté ante la mesa y esperé. Sentía un impulso irresistible de acercarme a la ventana..., no para colgarme, por supuesto, sino para mirar a Clarimonde. Me puse de pie de un salto y me coloqué detrás de las cortinas. Tenía la impresión de que nunca la había visto con tanta claridad, a pesar de que había oscurecido ya bastante. Tejía, pero sus ojos me miraban. Sentí un extraño bienestar y un ligero miedo. Sonó el teléfono. Me enfurecí contra el necio comisario que con sus estúpidas preguntas había interrumpido mis sueños.
Esta mañana ha venido a visitarme acompañado de la señora Dubonnet. Ella está satisfecha de mi trabajo: se conforma plenamente con que haya vivido dos semanas enteras en la habitación número 7. Pero el comisario quiere, además, resultados. Les insinué confidencialmente que estaba detrás de una pista muy extraña. El muy burro se creyó todo lo que le dije. En cualquier caso, podré quedarme aquí semanas... y ése es mi único deseo. No es ya por la comida y la bodega de la señora Dubormet (¡Dios mío, qué pronto se vuelve uno indiferente hacia esas cosas cuando se dispone de ellas en abundancia!) sino por su ventana, que ella tanto odia y teme, y yo tanto amo; la ventana que me muestra a Clarimonde. Cuando enciendo la lámpara dejo de verla. He escudriñado a fondo para averiguar si sale de casa, pero nunca la he visto poner el pie en la calle. Dispongo de un cómodo sillón y de una lámpara de pantalla verde, cuya luz me envuelve con su cálido reflejo. El comisario me ha traído un paquete grande de tabaco; nunca he fumado nada mejor... y a pesar de eso no puedo trabajar. Leo dos o tres páginas y, al terminar, me doy cuenta de que no he entendido ni palabra. Mis ojos leen las letras, pero mi cerebro rechaza cualquier concepto. ¡Qué extraño! Es como si mi cerebro hubiera puesto el letrero de «Prohibida la entrada». Como si no admitiera ya otro pensamiento que no sea Clarimonde. Finalmente he retirado los libros, me he recostado en el sillón y me he puesto a soñar.
Domingo, 13 de marzo.
Esta mañana he presenciado un espectáculo. Recorría el pasillo de arriba abajo, mientras el mozo ordenaba mi habitación. junto a la pequeña ventana que da al patio cuelga una tela de araña con una enorme araña negra. La señora Dubonnet no permite que la quiten: dice que las arañas traen suerte y bastantes desgracias ha tenido ya en su casa. Entonces vi que otra araña, mucho más pequeña, corría cautelosamente alrededor de la tela: era un macho. Tímidamente, se acercaba un poco por los finos hilos hacia el centro, pero, apenas se movía la hembra, se retiraba apresuradamente. Daba la vuelta a la red e intentaba acercarse por otro extremo. Finalmente, la poderosa hembra pareció prestar atención a su pretendiente, desde el centro de su tela, y dejó de moverse. El macho tiró de uno de los hilos, primero suavemente y luego con más fuerza, hasta que toda la tela de araña tembló. Pero su adorada permaneció inmóvil. Entonces se aproximó rápidamente, aunque con suma prudencia. La hembra lo recibió pacíficamente y se dejó abrazar sere namente, conservando una inmovilidad y una pasividad completas. Durante algunos minutos las dos arañas permanecieron inmóviles en el centro mismo de la tela.
Luego observé que la araña macho se liberaba lentamente, una pata tras otra; parecía como si quisiera retirarse en silencio, dejando a su compañera sola en su nido de amor. De repente, se soltó del todo y corrió tan deprisa como pudo hacia un extremo de la red. Pero, en ese mismo momento, una furiosa vitalidad se despertó en la hembra, que al instante lo persiguió. El macho negro se descolgó por un hilo, pero su amada hizo lo mismo. Cayeron las dos en el alféizar de la ventana y la araña macho intentó, con todas sus fuerzas, huir. Demasiado tarde. Su compañera lo tenía ya cogido con sus poderosas garras y se lo llevó de nuevo a la red, al mismo centro. Y ese mismo lugar, que había servido de lecho para sus lujuriosos apetitos, se convirtió en algo muy distinto. En vano agitaba el amante sus débiles patitas, intentando desembarazarse de aquel salvaje abrazo: la amada ya no lo dejaba marchar. A los pocos minutos lo tenía atrapado de tal forma que no podía mover un solo miembro. Luego introdujo sus afiladas pinzas en el cuerpo de su amante y sorbió con fruición su joven sangre. Finalmente, la vi dejar caer el lastimoso e irreconocible montón -patas, piel y hebras- y arrojarlo con indiferencia fuera de la red. Así, pues, es el amor entre esas criaturas... En fin, me alegro de no ser una araña macho.
Lunes, 14 de marzo.
Ahora ni siquiera echo una mirada a mis libros. Me paso los días ante la ventana. Y sigo allí sentado incluso cuando anochece. Ella ya no aparece, pero cierro los ojos y sigo viéndola. Vaya, este diario se ha convertido realmente en algo muy distinto de lo que pensaba. Habla de la señora Dubonnet, del comisario, de arañas y de Clarimonde. Pero ni una sola palabra acerca del descubrimiento que me proponía hacer... ¿Tengo yo la culpa?
Martes, 15 de marzo.
Clarimonde y yo hemos descubierto un curioso juego que practicamos durante todo el día. Yo la saludo e inmediatamente ella me devuelve el saludo. Luego tamborileo con los dedos en el cristal de la ventana y ella, en cuanto lo ve, se pone también a tamborilear. Le hago señales y ella a su vez me las hace a mí. Muevo los labios como si hablara y ella repite lo mismo. Luego, con las manos, me echo hacia atrás el cabello de mis sienes, y en seguida su mano se dirige a su frente. Un auténtico juego de niños del que nos reímos. Es decir..., ella realmente no se ríe, es una especie de sonrisa sosegada, lánguida..., como supongo que debe ser la mía. Por cierto, todo esto no es tan tonto como puede parecer. No se limita a ser una simple imitación. Creo que, si así fuera, pronto nos cansaríamos los dos. En esto debe desempeñar un papel importante una especie de transmisión de pensamiento. Pues Clarimonde repite mis más insignificantes movimientos en una fracción de segundo; sin haber tenido tiempo siquiera de verlos, ya los está representando. A veces me parece que todo ocurre al mismo tiempo. Eso es lo que me estimula a hacer algo totalmente nuevo e insólito. Y es sorprendente cómo ella hace lo mismo simultáneamente. A veces intento tenderle una trampa. Hago una serie de movimientos diversos sucesivamente; luego los repito de nuevo una y otra vez. Finalmente repito por cuarta vez toda la serie, pero cambiando el orden e introduciendo alguno nuevo, o bien olvidándome de alguno. Algo así como el juego infantil «Lo que el jefe manda». Es notable que Clarimonde no haga un movimiento en falso ni una sola vez, a pesar de que yo los cambio con tal rapidez que casi no tiene tiempo de reconocer cada uno de ellos. Y así paso el día. Pero en ningún momento tengo la sensación de perder el tiempo. Por el contrario, tengo la impresión de no haber hecho nunca nada más importante.
Miércoles, 16 de marzo.
¿No es curioso que jamás se me haya pasado seriamente por la cabeza dar una base más sólida a mis relaciones con Clarimonde que esos juegos interminables? Anoche medité sobre ello. Sí, verdaderamente sólo tendría que coger el abrigo y el sombrero, bajar dos pisos, cruzar la calle en cinco pasos y subir otra vez dos pisos. En la puerta hay una pequeña placa en la que pone «Clarimonde ... ». ¿Clarimonde qué? No lo sé. Pero sí pone Clarimonde. Después llamo y luego... Hasta aquí me lo puedo imaginar todo fácilmente, puedo ver cada movimiento que hago. Pero de ningún modo puedo imaginar lo que sucederá después. La puerta se abre, eso aún lo veo. Pero me quedo allí de pie y miro a través de la oscuridad que no permite reconocer nada en absoluto. Ella no viene..., nadie viene. En realidad allí no hay nada; tan sólo esa tenebrosa e impenetrable oscuridad.
A veces es como si sólo existiese la Clarimonde que veo allá, en la ventana, y que juega conmigo. No me puedo imaginar a esa mujer con sombrero y con otro vestido distinto del que lleva: negro con grandes lunares color lila. Ni siquiera me la imagino sin sus guantes. Si la viera por la calle, incluso en un restaurante comiendo, bebiendo, charlando... Tengo que reírme, pues la escena me parece imposible. Hay veces que me pregunto si la amo. No puedo responder con certeza a esa pregunta, puesto que nunca he amado. Pero si el sentimiento que siento hacia Clarimonde es verdaderamente amor, entonces el amor es, sin duda, muy distinto de como yo lo veía entre mis compañeros o de lo que me enseñaron las novelas. Me es muy difícil definir mis emociones. Sobre todo me es difícil pensar en algo que no esté relacionado con Clarimonde.... o mejor dicho, con nuestro juego. Pues no he de negarlo: realmente ese juego es lo único que me preocupa.... lo único. Y, francamente, no lo entiendo.
Clarimonde.. . Sí, me siento atraído por ella. Pero en esa atracción se mezcla otro sentimiento, algo así... como si la temiera. ¿Temor? No, tampoco es eso; tiene más que ver con la aprensión, un leve miedo ante algo que no conozco. Y es precisamente ese miedo -que encierra algo curiosamente atrayente, voluptuoso- lo que me mantiene a distancia y a la vez me atrae hacia ella. Es como si recorriera un amplio círculo en torno a ella, me acercara un poco más, me retirara otra vez, corriera de nuevo hacia ella y otra vez volviera a retroceder. Hasta que al final -y eso lo sé positivamente- tendría que volver a ella otra vez. Clarimonde está sentada en la ventana e hila. Hilos largos, finos, infinitamente delgados. Está haciendo un tapiz; no sé exactamente de lo que se trata. Y no puedo comprender cómo puede hacer esa red sin enredar ni romper una y otra vez tan delicados hilos. Su fino trabajo está plagado de dibujos fantásticos..., animales fabulosos y criaturas grotescas. Pero... ¿qué estoy escribiendo? La verdad es que no puedo ver lo que teje; los hilos son demasiado finos. Y, sin embargo, tengo la impresión de que su trabajo es exactamente como me lo imagino... cuando cierro los ojos. Exactamente. Una gran red con muchas criaturas, animales fabulosos y seres grotescos.
jueves, 17 de marzo.
Me encuentro en un notable estado de excitación. Ya no hablo con nadie; apenas doy los buenos días a la señora Dubonnet o al mozo. Ni siquiera me tomo el tiempo para comer; ya sólo quiero sentarme frente a la ventana y jugar con ella. Es un juego inquietante; realmente lo es. Y tengo el presentimiento de que mañana sucederá algo.
Viernes, 18 de marzo.
Sí, sí, tiene que ocurrir hoy. Me digo a mí mismo -bien alto, para oír mi voz- que para eso estoy aquí. Pero lo malo es que tengo miedo. Y ese miedo de que me pueda ocu rrir en esta habitación lo mismo que a mis predecesores se confunde curiosamente con el otro miedo: el miedo a Clarimonde. Apenas puedo separarlos. Tengo miedo. Quisiera gritar.
Seis de la tarde del mismo día.
Rápidamente, unas pocas palabras, con el sombrero y el abrigo puestos. Cuando dieron las cinco mi fortaleza me había abandonado. ¡Oh!, ahora sé con toda seguridad que esta sexta hora de la tarde del penúltimo día de la semana es bastante extraña... Ahora ya no me río del truco que le hice al comisario. He estado sentado en el sillón y me he aferrado a él con fuerza. Pero algo me arrastraba, tiraba materialmente de mí hacia la ventana... y otra vez surgió ese horrible miedo a la ventana. Los vi allí colgados. Al viajante de comercio suizo, grandote, de recio cuello y con barba de dos días. Y al esbelto artista. Y al sargento, bajo y fuerte. A los tres los vi, uno tras otro. Y luego los vi juntos en el mismo gancho, con las bocas abiertas y las lenguas fuera. Y luego me vi a mí mismo entre ellos. ¡Oh, este miedo! Sentí que era tan grande el temor que experimentaba hacia Clarimonde como el que me causaban el dintel de la ventana o el espantoso gancho. Que me perdone, pero es así. En mi vergonzoso terror, siempre la mezclaba a ella con las imágenes de los otros tres, colgando de la ventana, con las piernas arrastrando por el suelo.
La verdad es que en ningún momento sentí deseos o impaciencia por ahorcarme; tampoco tenía miedo de desearlo... No, tan sólo tenía miedo de la ventana... y de Clarimonde.... de algo terrorífico, incierto, que debía ocurrir ahora. Aun así, sentía el ardiente e invencible deseo de levantarme y acercarme a la ventana. Y tenía que hacerlo... En ese momento sonó el teléfono. Cogí el auricular y, antes de que pudiera oír una sola palabra, grité: «¡Venga! Fue como si ese estridente grito hubiera hecho desaparecer al instante todas las sombras por entre las grietas del pavimento. De repente me tranquilicé. Me sequé el sudor de la frente y bebí un vaso de agua; después reflexioné sobre lo que diría al comisario cuando llegara. Finalmente me acerqué a la ventana, saludé y sonreí. Y Clarimonde saludó y sonrió. Cinco minutos más tarde, el comisario estaba conmigo. Le dije que por fin había llegado al fondo del asunto y le rogué que por el momento no me hiciera preguntas, que pronto estaría en condiciones de poder hacerle una singular revelación. Lo extraño de todo es que, mientras le mentía, estaba completamente seguro de decirle la verdad. Y aún lo creo... pese a la falta de toda evidencia.
Probablemente advirtió mi singular estado de ánimo. Sobre todo cuando me excusé por mi grito de terror e intenté balbucear una explicación lo más razonable posible... sin que pudiera encontrar las palabras. Muy amablemente me sugirió que no necesitaba preocuparme por él; que estaba a mi disposición; que era su deber; que prefería realizar una docena de viajes inútiles a hacerse esperar una sola vez cuando fuera realmente necesario. Luego me invitó a salir con él aquella noche; eso me distraería; no era bueno que estuviera tanto tiempo solo. He aceptado, aunque me resultaba difícil: no me gusta separarme de esta habitación.
Sábado, 19 de marzo.
Estuvimos en el Gaieté Rochechouart, en el Cigale y en el Lune Rousee. El comisario tenía razón. Fue bueno para mí salir de aquí y respirar otra atmósfera. Al principio me sentí incómodo, como si estuviera haciendo algo malo, como si fuera un desertor que hubiera abandonado su bandera. Pero luego esa sensación desapareció; bebimos mucho, reímos y charlamos. Cuando me asomé a la ventana esta mañana me pareció leer un reproche en la mirada de Clarimonde. Aunque quizá sólo fue una apreciación mía. ¿Cómo podía saber ella que yo había salido la pasada noche? De cualquier forma, aquello no duró más que un segundo, pues al instante sonrió de nuevo.
Domingo, 29 de marzo.
Hoy sólo puedo repetir lo que escribí ayer: hemos jugado todo el día.
Lunes, 21 de marzo.
Hemos jugado todo el día.
Martes, 22 de marzo.
Sí, y eso es lo que hemos hecho también hoy. Y ninguna otra cosa. A veces me pregunto ¿para qué?, ¿por qué? 0 bien, ¿qué es lo que quiero en realidad?, ¿adónde me lleva todo esto? Pero no me contesto. Pues lo más seguro es que no desee otra cosa. Y que lo que sucederá más adelante es lo único que anhelo. Por supuesto que en todos estos días no nos hemos dicho ni una sola palabra. Algunas veces hemos movido los labios; otras, simplemente nos hemos mirado. Pero nos hemos entendido muy bien. Tenía yo razón: Clarimonde me reprochaba el haberme ido el pasado viernes. Después le pedí perdón y le dije que reconocía que había sido tonto y poco amable. Me ha perdonado y yo le he prometido que nunca más abandonaré esta ventana. Y nos hemos besado: hemos apretado los labios contra los cristales durante mucho tiempo.
Miércoles, 23 de marzo.
Ahora sé que la amo. Así debe ser, estoy impregnado de ella hasta la última fibra. Es posible que el amor sea distinto en otras personas. Pero ¿existe, acaso, una cabeza, una oreja, una mano, igual a otra entre miles de millones? Todas son distintas. Por eso no puede haber un amor igual a otro. Mi amor es extraño, eso bien lo sé. Pero ¿es por eso menos hermoso? Casi soy feliz con este amor. ¡Si no fuera por ese miedo! A veces se adormece y entonces lo olvido. Pero sólo durante unos pocos minutos; luego despierta de nuevo y se aferra a mí. Es como una pobre ratita que luchase contra una enorme y fascinante serpiente para librarse de su poderoso abrazo. ¡Espera un poco, pobre y pequeño miedo, pues ya pronto te devorará este gran amor!
Jueves, 24 de marzo.
He hecho un descubrimiento: no juego yo con Clarimonde..., es ella la que juega conmigo. Sucedió de este modo: Anoche, como de costumbre, pensaba en nuestro juego. Escribí algunas complicadas series de movimientos, con los que pensaba sorprenderla esta mañana; cada movimiento tenía asignado un número. Los practiqué, para poder ejecutarlos lo más rápidamente posible, primero en orden y después hacia atrás. Luego solamente los números pares seguidos de los impares. Después sólo los primeros y últimos movimientos de cada una de las cinco series. Era algo complicado, pero me producía gran satisfacción porque me acercaba más a Clarimonde, pese a no poder verla. Practiqué durante horas y al final los hacía con la precisión de un reloj. Por fin, esta mañana me acerqué a la ventana. Nos saludamos. Entonces empezó el juego. Hacia delante, hacia atrás.... era increíble lo rápidamente que me entendía; repetía casi instantáneamente todo lo que yo hacía.
Entonces llamaron a la puerta: era el mozo que me traía las botas. Las cogí. Cuando regresaba a la ventana reparé en la hoja de papel en la que había anotado mis series. Y entonces me di cuenta de que no había ejecutado ni uno solo de esos movimientos. Estuve a punto de tambalearme; me sujeté al respaldo del sillón y me dejé caer en él. No lo podía creer. Leí la hoja una y otra vez. La verdad es que había ejecutado en la ventana una serie de movimientos.... pero ninguno de los míos. Y una vez más tuve la sensación de que una puerta se abría..., su puerta. Estoy de pie ante ella y miro a su interior ... ; nada, nada..., tan sólo esa oscuridad vacía. Entonces supe que si me marchaba en ese momento, estaría salvado. Y comprendí perfectamente que podía irme. Sin embargo, no me fui. Y no lo hice porque tenía el presentimiento de que estaba a punto de descubrir el misterio. París... ¡iba a conquistar París! Durante unos momentos París era más fuerte que Clarimonde.
¡Ay! Pero ahora ya casi no pienso en eso. Sólo siento mi amor y dentro de él ese miedo callado y voluptuoso. Pero en aquel momento eso me dio fuerzas. Leí de nuevo mi primera serie y grabé en mi mente con exactitud cada uno de sus movimientos. Luego volví a la ventana. Me fijé bien en lo que hacía: ni uno solo de los movimientos estaba entre los que me proponía ejecutar. Decidí entonces tocarme la nariz con el dedo índice. Pero besé el cristal. Quise tamborilear sobre el alféizar de la ventana, pero me pasé la mano por el cabello. Así, pues, era cierto: Clarimonde no imitaba lo que yo hacía; era más bien yo quien hacía lo que ella indicaba. Y lo hacía con la celeridad del relámpago y casi tan instantáneamente que incluso ahora me parece como si lo hubiera hecho por mi propia voluntad. Y soy yo, yo, que estaba tan orgulloso de haber influido en sus pensamientos, el que estoy total y completamente dominado. Sólo que... este dominio es tan suave, tan ligero... ¡Oh! No hay nada que pudiera hacerme tanto bien.
Todavía lo intenté otra vez. Metí ambas manos en los bolsillos y decidí firmemente no moverlas de ellos, La miré. Vi cómo levantaba la mano, cómo sonreía y cómo me recriminaba suavemente con el dedo índice. No me moví. Sentía que mi mano derecha quería salir del bolsillo, pero clavé profundamente los dedos en el forro. Seguidamente, pasados unos minutos, mis dedos se relajaron..., la mano salió del bolsillo y el brazo se elevó. La reprendí con el dedo y sonreí. Era como si no fuera yo el que hacía esas cosas, sino un extraño al que observaba. No, no, no era eso. Yo, era yo quien lo hacía... en tanto que un extraño me observaba a mí. Precisamente era ese extraño, tan fuerte, el que intentaba hacer un gran descubrimiento. Pero ése no era yo. Yo..., ¿y a mí qué me importa ya el descubrimiento? Estoy aquí para hacer lo que quiera ella, Clarimonde, a la que amo con delicioso terror.
Viernes, 25 de marzo.
He cortado el cable del teléfono. No tengo ya ganas de que ese estúpido comisario me interrumpa, precisamente ahora que se acerca la hora fatal... ¡Dios mío! ¿Por qué escribo estas cosas? Nada de esto es cierto. Es como si alguien guiara mi pluma. Pero yo quiero..., quiero..., quiero escribir lo que ocurre. Tengo que hacer un atroz esfuerzo. Pero quiero hacerlo. Si pudiera hacer tan sólo una vez más... lo que verdaderamente quiero hacer. He cortado el cable del teléfono. ¡Ah! Porque tenía que hacerlo. ¡Por fin lo he escrito! Porque tenía, tenía que hacerlo. Esta mañana hemos estado jugando frente a la ventana. Nuestro juego ha variado desde ayer. Ella hace algún movimiento y yo me resisto todo lo que puedo, hasta que finalmente tengo que ceder, impotente, y hacer lo que ella desea. Y difícilmente puedo expresar el maravilloso placer que supone esa rendición..., esa entrega a sus deseos.
Jugamos. Y, de repente, ella se levantó y retrocedió. Su habitación estaba tan oscura que casi ya no podía verla. Parecía haber desaparecido en la oscuridad. Pero pronto volvió, trayendo en sus manos un teléfono de mesa igual que el mío. Lo colocó, sonriendo, sobre el alféizar de la ventana, cogió un cuchillo, cortó el cable y se lo llevó de nuevo. Durante un cuarto de hora me resistí. Mi temor era mayor que nunca, y esa sensación de sucumbir lentamente, cada vez más deliciosa. Finalmente traje mi teléfono, corté el cable y lo puse otra vez sobre la mesa.
Así es como sucedió. Estoy sentado ante mi mesa. He tomado el té y el mozo se ha llevado ya la bandeja. Le pregunté qué hora era, ya que mi reloj no va bien. Son las cinco y cuarto, las cinco y cuarto... Sé que si miro ahora, Clarimonde estará haciendo algo. Estará haciendo algo que yo tendré que hacer también. De todos modos, miro. Está allí, de pie y sonriente. ¡Si pudiera siquiera apartar mis ojos!... Ahora se acerca a la cortina. Coge el cordón..., es rojo, como el de mi ventana... Hace un nudo corredizo. Cuelga el cordón arriba, en el gancho del dintel de la ventana.
Se sienta y sonríe.
No, esto que experimento ya no puedo llamarlo miedo. Es un terror enloquecedor, sofocante, que aun así no cambiaría por nada del mundo. Es una fuerza de una índole desconocida, y no obstante extrañamente sensual en su ineludible tiranía. Podría correr inmediatamente a la ventana y hacer lo que ella quiere. Pero espero, lucho, me resisto. Siento que esa atracción se va haciendo más apremiante cada minuto que pasa... Así, pues, aquí estoy otra vez sentado. Me he apresurado a hacer lo que ella quería: coger el cordón, hacer un nudo corredizo y colgarlo del gancho. Y ya no quiero mirar más. Sólo quiero estar aquí y mirar fijamente el papel. Pues ahora sé lo que ella hará si la miro ... ; ahora, en la sexta hora del penúltimo día de la semana. Si la miro, tendré que hacer lo que ella quiera.... tendré entonces que...
No quiero mirarla. Entonces me río... en voz alta. No, no soy yo el que se ríe, alguien lo hace dentro de mí. Y sé por qué: por ese «no quiero». No quiero, y sin embargo sé con certeza que debo hacerlo. Debo mirarla, debo, debo mirarla... y después... todo lo demás. Si todavía no lo hago es tan sólo para prolongar esta tortura. Sí, eso es. Estos indecibles sufrimientos constituyen mi más sublime deleite. Escribo rápidamente para permanecer aquí más tiempo, con el fin de prolongar estos segundos de dolor que aumentan mi éxtasis amoroso hasta el infinito. Más, más tiempo... ¡Otra vez el miedo! Sé que la miraré, que me levantaré, que me ahorcaré. Pero eso no es lo que temo. ¡Oh, no!... ¡Eso es bueno, es dulce! Pero hay algo, algo más... que ocurrirá después. No sé lo que es... pero sucederá con toda seguridad. Pues el gozo de mis tormentos es tan inmensamente grande... ¡Oh! Siento, siento que ha de suceder algo terrible.
No debo pensar... Debo escribir algo, cualquier cosa. Pero deprisa..., para no pensar. Mi nombre... Richard Bracquemont Richard Bracquemont, Richard... ¡Oh!, no puedo seguir... Richard Bracquemont, Richard Bracquemont... Ahora..., ahora tengo que mirarla... Richard Bracquemont, tengo..., no, más, más... Richard... Richard Bracque...
Al no obtener respuesta alguna a sus repetidas llamadas telefónicas, el comisario del distrito IX entró a las seis y cinco en el hotel Stevens. Encontró en la habitación número 7 el cuerpo del estudiante Richard Bracquemont, colgado del dintel de la ventana, exactamente en la misma posición que sus tres predecesores. Tan sólo su rostro tenía una expresión distinta. Estaba desfigurado, con una mueca de terrible horror, y sus ojos, abiertos, parecían salirse de sus órbitas. Los labios estaban separados y los dientes fuertemente apretados. Y entre ellos, mordida y triturada, había una gran araña negra, con curiosos lunares violeta. Sobre la mesa se encontraba el diario del estudiante. El comisario lo leyó y se acercó inmediatamente a la casa de enfrente. Descubrió que el segundo piso había estado vacío y deshabitado desde hacía meses..."
Hanns Heinz Ewers
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