El Recolector de Historias

El Recolector de Historias

domingo, 17 de mayo de 2015

"Cuando se Abrió la Puerta"

"Qué curiosos cuadros de la vida alcanzamos a veces a vislumbrar de improviso, escenas que destacan como un resplandor fugaz en la tupida masa de movimiento, en la aglomeración de detalles, en la inextricable confusión de asuntos humanos que se le ofrecen al observador de la gran ciudad. En medio del maremágnum, desde un cabriolé, desde el techo de un ómnibus, desde el andén de una estación del metropolitano en el interior de un vagón que se detiene un minuto, desde la acera en el interior de un coche atascado en el tráfico, de día y de noche, salidos de la rutina, de las actividades habituales que la gente desempeña con el humor y las frases normales y corrientes que se entretejen en el curso de una vida sana, saltan a la vista estos interludios de intensidad, inicios de episodios -trágicos, heroicos, idílicos, abyectos- o sus conclusiones, que hacen del viraje el punto crítico de una vida. Si es el principio, ¡cómo ansiamos conocer el desenlace! Si es el final, ¡qué no daríamos por saber cómo empezó todo!
Valga un ejemplo: volvía yo a casa, solo, bien entrada la noche, en un tren que había partido de las afueras, y casualmente me acomodé en un vagón ocupado por otros tres viajeros. Uno de ellos era un hombre de unos cuarenta años, de pelo moreno que ya encanecía y rostro agradable, de rasgos limpios, correctos. Los otros dos eran un matrimonio; el marido, de bastante más edad que la mujer. Tuve la impresión de que había surgido alguna desavenencia entre ambos antes de que yo entrase en el vagón, pues la dama parecía estar de mal humor y contrariada, y el caballero, por su parte, bastante alterado. Intercambió éste un par de palabras con el tercer pasajero, no obstante, revelando por el modo de hablar que eran conocidos y también, o así se me antojó a mí, con objeto de guardar las apariencias. La señora, por el contrario, no hizo intento alguno de disimular su ánimo, sino que viajó envarada y en silencio, con la mirada clavada en la oscuridad, hasta que el tren se detuvo y el marido le dio la mano para ayudarla a salir.

Los dos observamos cómo el matrimonio se alejaba; fue evidente que se reanudaba la disputa al cabo de unos cuantos pasos. Mi solitario compañero de viaje iba sentado enfrente de mí y, cuando la pareja dejó de verse, se encontraron nuestros ojos con una involuntaria mirada de comprensión, y él se encogió levemente de hombros.

-No me desagradaría darles a esos dos algún que otro consejo -se me escapó sin darme cuenta.
-¡Ah! -dijo él-. Tampoco a mí, pero en estos casos resulta de todo punto imposible.
-Estará usted pensando, supongo, que ellos conocen mejor que nadie sus propios asuntos -repliqué.
-En absoluto -respondió él-. Los espectadores son quienes mejor aprecian el lance, ¿sabe usted? Lo cual no obsta, sin embargo, para que ofrecer consejo a un matrimonio sea inútil en el mejor de los casos, más todavía cuando los dos se obcecan en un desatino -añadió-. Pero incluso las personas sensatas y movidas por las mejores intenciones cometen errores terribles, también en asuntos que les conciernen a ellos mismos y en los que sería de esperar que supiesen lo que hacen. Ese hombre que acaba de salir hace un momento vigila a su mujer, le impide hablar, sólo le permite salir a la calle si va acompañada, como si estuviese convencido de que, sin duda, se descarriaría en cuanto tuviese ocasión. La consecuencia es que ella comienza a verlo con desagrado y desprecio, y que tal vez él acabe induciéndola a hacer precisamente aquello contra lo cual tanto la guarda. No comprendo cómo un hombre puede desear tener una esclava, siempre a sus órdenes, por consorte. En lo que a mí respecta, prefiero a una mujer libre y me resisto a creer que libertad signifique libertinaje salvo en casos excepcionales.
-Pero en ese punto surge un problema, creo entender -observé yo-. ¿Cómo puede un hombre identificar qué caso resultará ser excepcional?
-Ah, en ese sentido no veo dificultad alguna -respondió-. Las muchachas dan en seguida indicación de su carácter; en cualquier caso, si no son personas formales, tenerlas bajo vigilancia permanente no las hará más dignas de confianza. No estoy diciendo, con todo, que debamos dejar que una muchacha joven e irreflexiva se las componga sola; lo que digo es que necesita un compañero, no un guardián. Aun así, como acabo de decir, la ordenación atinada de la vida matrimonial es un asunto en el que hasta los mejor intencionados pueden equivocarse. Yo me casé con una muchacha algo más joven que yo; le llevaba unos diez años. No creo que esas diferencias tengan demasiada importancia si los dos comparten gustos. Resultó, sin embargo, que no los compartíamos. A mí me llama la vida tranquila, dedicar todo el tiempo del mundo al arte y a la literatura, y no hay nada que me disguste más que matar el tiempo sosteniendo chácharas banales en entretenimientos que no entretienen a nadie. Mi mujer, por el contrario, tal y como descubrí al poco de casarnos, se aburre soberanamente con los libros y los cuadros, y está en la gloria cuando se encuentra en plena vorágine social. Pues bien, tras meditar sobre la cuestión llegué a la conclusión de que, en justicia, se imponía que ella no me exigiese a mí que alternase en sociedad y que yo no le exigiese a ella que se quedase en casa. Entre ambos existía afecto, pero a mi entender tal cosa no significaba que ninguno de los dos tuviese que pasarlo mal al verse obligado a amoldarse a los gustos y a los hábitos del otro, tan discrepantes de los suyos. El matrimonio debe ser una institución perfecta cuando se da una identidad total de intereses, pero, cuando no existe, no veo por qué los cónyuges han de llevar una vida desdichada. De manera que permití que mi mujer siguiese sus inclinaciones y yo seguí las mías; el arreglo pareció surtir un efecto bárbaro. Unas veces ella se habría llevado una alegría si yo la hubiera acompañado en sus salidas, otras veces a mí me habría gustado que ella se hubiese quedado conmigo en casa; de cuando en cuando nos adaptábamos a los deseos tácitos del otro y así lo hacíamos, pero la verdad es que esos sacrificios no servían de mucho. Se celebraba un baile de disfraces en una sala de fiestas pública y a ella le hacía especial ilusión asistir; me pareció que insinuaba que quizá podría ir con ella; si así fue, lo cierto es que no me di por aludido, pues me constaba que iba a aburrirme sobremanera.

»Fue al baile con un disfraz tan llamativo como logrado, un dominó gris plata con forro de seda rosa y ribete de encaje blanco. El abanico era de plumas blancas de avestruz y el antifaz llevaba un aplique de encaje que le cubría la boca. Aunque había estado muy emocionada con la idea del baile, cuando llegó la hora de la verdad parecía que no eran tantas las ganas de ir. Había acordado que se vería allí con unas amistades; yo le dije que la esperaría levantado y ella prometió volver temprano.

»Cuando se hubo ido, me sentí abatido sin que pudiese explicarme el porqué. Me acomodé con un libro y un puro, pero no conseguí concentrarme en ninguno de los dos. Trataba de leer, pero me distraía; al final tuve que darme por vencido y me limité a fumar y a meditar.

»Empecé a preguntarme qué estaría haciendo mi mujer en el baile y si habría encontrado a sus amigos sin novedad. Entonces se me ocurrió que, si por algún malentendido no lograsen encontrarse, la situación sería harto comprometida. A ese tipo de bailes públicos asiste gente de toda índole, a lo que se suma que las formas tienden a relajarse cuando hay máscaras de por medio. Mi mujer, aun oculta en su dominó, proyectaba una imagen de juventud y belleza. Tal vez fuesen a importunarla los granujas que infestan ese tipo de locales. En ese mismo momento quizá estaría bailando con alguna pareja de dudosísima reputación. ¿Había hecho bien al dejarla ir sola? Lancé el puro al hogar y me incorporé, aunque no tenía formada intención alguna; en honor a la verdad, me quedé inmóvil unos instantes, como a veces ocurre cuando nos enfrentamos a una dificultad, con el juicio del todo suspendido. Recordé entonces un disfraz que me había hecho para un baile de máscaras al que había asistido antes de conocer a mi mujer. Era de terciopelo negro, el atuendo de un caballero español del reinado de Felipe IV, la época de Velázquez, un traje bien bonito que había copiado de una pintura, confeccionado con maña. Fui a mi gabinete y allí lo encontré, en un baúl viejo, junto con la máscara que había llevado con él.

»Todavía era temprano. ¿Y si me disfrazaba y acudía yo también al baile? Mi mujer se había llevado el coche, pero cerca de allí había unas caballerizas en las cuales podría alquilar una berlina sin dificultad. Llamé al criado y lo envié a buscar una.

»El baile estaba animadísimo cuando llegué, pero, por enorme fortuna, prácticamente la primera persona a quien vi resultó ser mi mujer. El gris plata, el rosa claro, el encaje blanco y el abanico de avestruz formaban un disfraz muy distintivo; la reconocí al instante y me abrí paso entre el gentío para encontrarme con ella. Mas al acercarme reparé en que ella no podría reconocerme a mí. Jamás me había visto con aquella indumentaria; es más, cabía dar por hecho que ni siquiera sabía que la tenía; con todo y con eso, a pesar de que yo avanzaba directamente hacia ella y de que se había dado cuenta, no expresó objeción alguna. ¿Sería posible que permitiese a un desconocido dirigirse a ella, que llegase incluso a espolearlo al hacer gala de aquella actitud? Me traspasó el corazón tal punzada de espantosa duda que tomé la determinación de despejarla de una vez por todas con un experimento. Sin pararme a preguntarme si la maniobra era o no justa, me dirigí a ella con familiaridad, afectando la voz.

»-Se me hace que me estás esperando a mí -dije-. Haz el favor de decirme que así es.

»-Bueno, estoy esperando a que ocurra alguna cosa emocionante -respondió ella, disimulando también la voz; hablaba con el aplomo de quien está acostumbrado a ese tipo de entrevistas-, porque estar aquí sola no es nada divertido.

»Por un momento se esfumó el vulgar esplendor de la escena. Dejé de ver, de oír. Recobré los sentidos, no obstante, justo cuando la banda de música comenzaba a tocar, y así le pregunté, mecánicamente, si me concedía aquel baile.

»-Será un placer -respondió ella; en seguida me cogió del brazo y procedió a llevarme (en lugar de esperar a ser llevada), a través de la muchedumbre abigarrada que nos envolvía, hasta el salón de baile, con un desembarazo que me llenó de consternación. En su sano juicio siempre se había mostrado reservada con los desconocidos y yo jamás habría sospechado que una careta podría mudar las cosas de tal manera.

»Danzó con la ligereza de una bailarina y, cuando cesó la música, me pidió un vaso de hielo regado con licor y me indicó en qué dirección hallaría los refrigerios. Tras dar cuenta de todo lo que deseaba, que no fue poco, volvió a tomarme del brazo y empezamos a pasear. Parecía conocer el edificio como la palma de la mano, extremo este que me sorprendió, puesto que no imaginaba que hubiese estado allí con anterioridad. Se lo pregunté, no obstante.

»-¿Que si ya había estado aquí? -preguntó-. ¡Vaya si no! Vengo siempre que puedo.
»-¿Lo sabe tu marido? -me atreví a preguntar.
»-¡Ah, mi marido! -exclamó-. Pero ¿quién te ha dicho a ti que tengo marido, si puede saberse?
»-No me cabe duda de que una dama con unos encantos y unos modales tan cautivantes como los tuyos ha de tener marido -contesté yo.
»-¡Oh, vaya cortejador! -dijo-. ¡En fin! Qué distintos son los maridos y los amantes. ¿Verdad que las mujeres son tontas al casarse, cuando podrían ganarse la vida haciendo el amor?

»Mientras hablaba, me sujetó el brazo con ambas manos y levantó la vista para mirarme a los ojos con expresión seductora. ¿Era aquélla la verdadera, me preguntaba, mientras que la otra, la que yo conocía bien, no pasaba de ser una actriz que se ganaba el sustento con una comedia? No, me negaba a creerlo. Razoné conmigo mismo: aquel comportamiento y aquellos pareceres eran tan postizos como el traje, un aspecto más de la mascarada; pero ella no habría podido desenvolverse tan bien como lo hacía si careciese de gran experiencia, y acababa de confesar que frecuentaba aquel local, lo cual sugería la existencia de un engaño, que a mí me cogía de nuevas. De hecho, había querido salir aquella noche porque sería, o así me lo había dicho, el primer baile de máscaras al que asistía. ¡Qué necio, qué necio de solemnidad había sido yo al permitirle salir sola! Mas quizá fuera para bien. Yo ya sabía que era frívola, pero jamás había sospechado que fuese una libertina. Más aún, habría puesto la mano en el fuego por que era digna de toda confianza en cualquier situación, lo que significaba que me había tenido en el mayor de los engaños. A todas luces mis amistades lo sabían desde el principio y me compadecían como el necio ciego y pusilánime que era. Pero yo estaba conmocionado, se lo aseguro, y me debatía constantemente entre dos reacciones. Por un lado la censuraba sin paliativos; por el otro trataba de excusarla. Las apariencias en pleno hablaban contra ella, sin lugar a dudas, pero el hábito del amor y el respeto se resiste a cambiar en un segundo. A fin de cuentas, ¿acaso había hecho algo imperdonable? Sí, ciertamente se había expresado con vulgaridad, pero yo no me había aventurado en aquella dirección. Si me hubiese tomado la más mínima libertad en tal sentido, a buen seguro que ella se habría ofendido al instante. ¿O no?

»Me había puesto la mano sobre el brazo. Dudé un momento; a continuación se la cogí y estreché. Para horror mío, ella se rió y me devolvió la efusión.

»-Por fin despiertas, don Sombrío -dijo-. Ya estaba empezando a temer que fueses uno de esos seres que lo ven todo negro; te notaba tan frío y tan soso... Pero conmigo no hay pesimismos que valgan. En un periquete voy a espabilarte y levantarte el ánimo.

»Al oír tales palabras sentí una terrible conmoción, y tardé unos momentos en dar con el dominio de la voz. Era un hombre derrotado; no quería sino sentarme y echarme a llorar como un niño. Me embargaba la tristeza, no la ira. Cuando no queda esperanza, un hombre no se enfurece: se desmorona. Y aun así, pese a saber que no había esperanza alguna, me sentí como un jugador que se ve impelido a seguir apostando. Me propuse ir un poco más lejos, únicamente para concederle una última oportunidad.

»-Has conseguido animarme con tanta maestría que no deseo despedirme de ti -dije-, pero este gentío me impide concentrarme. Salgamos de aquí. Tengo un coche esperando: ¿vendrás a casa conmigo?
»-¡Vaya, el señor está nervioso! -dijo ella con una carcajada-. Estoy encantada, porque yo juraría, don Sombrío, que no estás acostumbrado a que una dama te dé un no por respuesta.
»-¿Por qué encantada? -quise saber.
»-Pues porque al verte nervioso se sabe que no te da igual, ¿entiendes? -dijo con malicia-. No soporto esos tipos de sangre fría a quienes les importa un bledo que vaya o deje de ir con ellos.
»-En ese caso seré de tu agrado -respondí con tristeza-, puesto que, como bien has advertido, a mí me importa sobremanera. ¿Vendrás?

»Volvió a reírse. ¡Santo cielo! ¿Significaba aquella risa que consentía? La conduje a la puerta principal con el ímpetu de un joven amante y ella no adujo la menor objeción. Comentó que me veía impaciente, y era verdad. Cada instante había pasado a ser una hora de tormento previo a la conclusión de aquella farsa atroz. Pero no podía ponerle fin allí mismo, en aquel mismo instante. Aquello era demasiado grave. Tenía que llevarla a casa. Yo mismo fui en persona al extremo de la calle a buscar la berlina alquilada, evitando así que se dijese mi nombre en voz alta, y di al cochero orden de que diese la vuelta mientas yo volvía para ayudarla a subir. Temía que se armase una escena en aquel local público si de improviso ella descubría mi identidad, y se me hizo eterno el tiempo que esperamos hasta que partimos. Con todo, llegó el momento de salir de allí y alejarnos de la muchedumbre; por espacio de unos minutos, sin embargo, me limité a ir sentado a su lado, incapaz de pronunciar palabra, y ella empezó a hacer nuevas bromas a propósito de mi melancolía. Entonces se dejó caer contra mí, sin que yo acertase a distinguir si se debía a una sacudida del coche o a la pura lascivia. Yo la rodeé con el brazo, de todos modos, y ella no protestó.

»-¿Dónde vives? -preguntó cuando nos acercábamos ya a la casa-. Estas calles son todas iguales y no distingo dónde estamos.
-Bien, lo cierto es que hemos llegado -respondí cuando el coche se detuvo. La ayudé a bajar y yo mismo abrí la puerta de la casa con mi propia llave. La luz del vestíbulo era tan tenue que tuve que llevarla de la mano escaleras araba hasta el estudio. Estaba completamente a oscuras, pero yo llevaba cerillas en el bolsillo y con ellas encendí el gas.

Me volví entonces hacia ella. Se reía con bobería por alguna cosa, pero parecía que no reconocía el lugar.

»-Y ahora, señora mía -dije con severidad-, fuera máscaras.

»Al momento procedió a quitarse la suya y se despojó del dominó.

»Yo la miré en hito, di un respingo, ¡me desplomé en una butaca! La mujer que tenía delante de mí era una completa desconocida, una criatura de cabello teñido, ojos sombreados y mejillas pintadas, en absoluto la clase de persona con la que uno se dejaría ver en público si en algo valorase su buen nombre, y, sin embargo, poco faltó para que me hincase de rodillas y besase la bastilla de su falda, tan grande fue mi alivio. ¡No lo olvidaré jamás! Durante unos minutos no pude pensar, no pude reaccionar, sólo puede seguir allí sentado con los ojos clavados en ella, sonriendo como un idiota. Ella se sintió halagada por aquella actitud mía, que malinterpretó como muda admiración, y adoptó, inmóvil, una pose teatral que afectaba timidez y coquetería, hasta que recobré el sentido.

»Mi primer pensamiento claro fue que debía deshacerme de ella cuanto antes. ¿Cómo proceder, sin embargo, para no someterla a una humillación? Traté de discurrir una excusa verosímil, pero, antes de dar con ninguna, un coche de caballos se paró delante de la puerta del piso de abajo, oí que una llave giraba en la cerradura, un susurro de seda, un paso liviano que subía la escalera. Mi mujer volvía temprano, tal como había prometido, y subía directamente al estudio.

»Tenía ya la mano en el picaporte y...

Calló en ese punto y miró por la ventanilla. El tren se había detenido, pero ninguno de los dos habíamos reparado en ello en su momento.

-¡Vaya! -exclamó-. ¡Pero si es mi estación! -dijo, y bajó de un salto justo en el instante en que el tren reanudaba la marcha.

No lo he vuelto a ver; no cuento con volver a encontrármelo nunca. Por eso doy por hecho que pasaré lo que me queda de vida atormentado por la conjetura de lo que ocurrió cuando se abrió aquella puerta".

 
Sarah Grand

sábado, 16 de mayo de 2015

"El Escarabajo"

"Ni un cuarto vació". eso dijo tirand la puerta en mi cara. Este fue el golpe final. Por haber pasado todo el día buscando trabajo; por haber rogado por un trabajo que me diera el suficiente dinero para comprar un poco de comida; acaso eso era malo. Pero enfermo del corazón, deprimido de mi mente y mi cuerpo, cansado y fatigado por haber sido obligado a ese orgullo, debí haber dejado el orgullo atrás , y haber pedido, sin dinero, sin hogar, y sin la casa. El vagabundo que de verdad era, solicitando en vano alojanmiento en una sala ocasional !Acaso era malo, muy malo, ¿que malo podía ser?.

Miré fijamente, tontamente, en la puerta el que justo habían golpeado en mi Cara. Yo apenas podría creer que eso era posible. Yo apenas esperado para figurar como un vagabundo; pero, suponiéndolo Concebible que podría hacerme un vagabundo, que debería ser rechazado La admisión a aquella morada de toda la ignominia, la sala del vagabundo, No han logrado una profundidad de miseria del cual nunca hasta en pesadillas Yo había soñado. Como estaba de pie maravillado con lo que debía hacer el hombre se sentó en curvado cerca a mí en la sombra de la pared no vas permitir todavía hay.

¿Dijo estaba lleno?

Eso era una mentira manejable- ellos siempre dicen que esta lleno. Ellos quieren conservar el numero bajo. Estuve mirando por el rodillo del ojo a este hombre. Su cara se veía preocupada, sus manos estaban dentro de sus bolsillos, su ropa era vieja y su tono ronco. Te refieres a que dijo que estaba lleno sin estarlo, que ellos no me dejaron en ese cuarto. Eso es no es broma. Pero si hay estaba el cuarto no me dejarían entrar. Claro que lo harían y créeme si fueras tu, yo lo dejaría créeme que lo haría.

El se rompió en un partido de vóleibol. Pero que hago. Por que dales otra alternativa déjales ver que tus no estas bromeando. Yo dudo después actúan con su consejo por segunda vez yo toco la campana. La puerta estaba abierta y quien anterior mente habría respondido a mis llamados estaba con la puerta abierta el había estado hablado con los guardias para defenderse no me había avisado.

Que aquí otra ves! Cual es tu juego?

Piensas que no he echo nada mejor que esperar desde que tu me lo dijiste. Quiero admitirlo. Después no lo vas a admitir. Quiero ver a alguien con autoridad. Nunca has visto a alguien con autoridad. Quiero ver a alguien superior a ti, quiero ver al máster. No lo veras. Él cerró la puerta para, pero prepárate para poner las manos a la obra confió que tengo un pie lo suficientemente adentro para prevenir que le disparen, continuo dirigiendolo.

Estas seguro que esta lleno. Lleno dos horas antes. ¿Pero que voy ha hacer?. No se que vas ha hacer. ¿Que es lo mas cerca a la casa de trabajo?. 'Kensington'.

Prontamente abrirán la puerta como el me respondió poniendo fuera su brazo el confía en mi seguridad antes yo debía recobrar la puerta que estaba serrada el hombre mal vestido había continuado viendo la escena ahora el habla. Es un tipo agradable ¿no? Es solo uno de los pobres- el tiene algún derecho de actuar como uno de los oficiales. Yo ya le dijo que habían algunos pobres con mas don de gente que los oficiales un largo vistazo ellos piensas que ellos son los dueños de la casa, creen que los son, oh eso es un mundo correcto, eso es. El se calmo. Yo dude, por algún tiempo había estado suscrito a una lluvia en el aire. Ahora estaba comenzando a caer en una llovizna. Esto solo necesita va un poco de mi ambiente, mi compañero estaba mirándome con un poco de curiosidad.

No conseguiste dinero. No lo necesario. Es esto muy difícil. Es la primera ves que lo hago en una forma casual no se ve como si fuera conseguirlo ahora, yo pensé que tu te veías un poco fresco que vas ha hacer. Que tan lejos es Kensington.

Trabajar nosotros, más o menos tres millas pero si fuera tu yo trataría hasta St Georges.

¿Dónde es eso?

En la calle fulham. Kensington's es solo un pequeño lugar ellos estarán bien allá, y eso siempre esta lleno y con las puertas abiertas, ¿algunas ves has ido a St Georges? El estaba cayado. Yo tome sus palabras en mi mente sintiendo un pequeño descanso para tratar en otro lado. En ese monto el empezó de nuevo. E viajado desde esta indicación- yo he vagabundeado todo el dia -, y todo el camino como camina, yo he registrado minuciosamente a los Ammersmith, yo dijo, - y ahora yo tengo un nuevo abrigo desde esto, esto ha sido un buen país, eso es ,- yo siempre deseo- el alma en el que barre dentro – el mar, yo lo creo! Pero no voy a ir lejos- yo he dormido en Ammersmith o yo sabré la razón porque. Como vas a manejar eso, ¿tienes algún dinero? Que si tengo algún dinero, por dios – yo veo que piensas que lo tenia – yo sueno como si pensara que lo tuviera pero no lo tengo ahora lo conseguiré en estos seis meses.

Como vas ha hacer para conseguir una cama entonces?

O lo voy hacer pero ¿Por qué en este sentido?. El levanto dos piedras una en cada mano, la de su izquierda la tiro al vidrio que estaba detrás de la puerta de la guardia, el estrelle al tirarla la lámpara en medio, así es como voy a conseguir una cama. La puerta estaba abierta y la llovizna había reaparecido, el disparo como si se perdiera por nosotros en la oscuridad. Quien hizo eso. - y si tu quieres tu puede hacerlo de nuevo eso depende si tu vista es buena. Antes de que alguien pudiera interferir el había arrojado la piedra de su mano derecha en otra dirección. Yo sentí que era tiempo de irme. El estaba ganándose una noche de arrastro del resto que no estaba dispuesto a pagar. Cuando me fui dos o tres personas aparecieron en la escena y el hombre mal vestido estaba en desacuerdo con la franqueza que en este sentido había dejado un poco de deseo. Yo seguí desinformado. Pero no se había ido lejos antes de que yo decidiera que yo debía haber dejado mi fortuna en el desdichado lugar, y un accidente con la ventana. Además mas que eso mi pie se doblo como todo pero no iba a volver ha hacer esto.

Aun mas miserable la noche fuera de la puerta de la excursión podía duramente estar buscando, la lluvia era como un tropiezo y no era lo único que se veía en el cielo pero estaba mirando para ver esto en una pequeña distancia desde cualquier dirección, el vecindario esta mal iluminado, yo era extraño, yo había venido por Hammersmith como ultimo recurso, esto se veía para mi como si hubiera encontrado alguna ocupación que permitiera que mi cuerpo y mi alma estuvieran juntas en cualquier parte de Londres, y que ahora únicamente estaba dejando a Hammersmith incluso en la casa de trabajo no me iba a dejar.

Retratando desde el inhospitable portal de la guardia yo había estado tomando en primera vuelta a la izquierda – y por el momento había estado feliz de hacerlo. En la oscuridad y con la lluvia, el lugar donde había estado apareciendo infinitamente. Yo me veía como dejando la civilización detrás mío. El camino no estaba pavimentado, la carretera como si nunca hubiera sido echa apropiadamente. Las casas eran más o menos alejadas. Todo lo que yo encontré con la imperfección de la luz me hizo sentir solo.

Yo supuse que eran entre las 11 y media noche, no me había rendido por no haber conseguido trabajo y las tiendas estaban cerradas y en Hammersmith esa noche en algún momento no habían cerrado temprano después yo encontré un lugar desalojado esto era solo por el miedo que yo había adquirido de gastar la noche al aire libre son comida, cuando la amaneció yo debía haber estar cansado. Preparado para nada eso yo lo veía en la noche con la libertad. Esto era realmente feo para quien me llevaba frente a la puerta de la casa de trabajo, era miércoles. Desde el domingo en la noche nada previsible había pasado mis labios pedían agua de las fuentes publicas – con la excepción de un pesado de pan que un hombre me había dado a quien yo encontré en la raíz de un árbol en el parque de Holanda. Tres días yo había estado andando prácticamente todo el tiempo en mis pies parecía que yo iba hambriento hasta la mañana que iba colapsar había llegado el final todavía en ese extraño e inhabitable lugar donde no podía conseguir comida a esa hora de la noche ¿y como?.

No sabía que tan lejos iba a ir. Con cada yarda que caminaba mis pies se cansaban más estaba moribundo dentro y fuera no tenia y ni la fortaleza ni el coraje. Y todo era tenebroso yo pensaba que debía haber mas ruido, tenia cerca unas cosas. Si solo la muerte hubiera venido a mi rápido y doloroso que tan cierto era, amigo. Yo debí haber pensado en eso, era la agonía de morir pulgada por pulgada lo cual era muy duro. Eso era algunos minutos antes de poder recogerme lo suficiente para con un dibujo desde uno de los soportes y empezar a refrescarme. Yo empecé a andar por la carretera. Desde la parte trasera del estado, por unos segundos yo recordé donde estaba, un poco dispuesto a dejar las cosas así, acepto que fue bueno que dios me mandara y me pusiera esa noche justo hay, una larga noche, cada minuto paso como una eternidad. El cielo sabia que yo me veía a solo diez millas cuando venia hacia a mi la guía yo la tome era el comienzo de la agonía del hambre, pero yo estaba en contra de esto, justo hay alado del camino. Sin eso yo debí haber caído. El ataque apareció a las ultimas horas, supuse que eran solo segundos, pero cuando volví a mi mismo parecía que todo hubiera sido un sueño, un sueño con extremo dolor, exclame duramente.

Por un pedazo de pan yo no iba a hacer esto. Me mire un poco desaseado, como yo había echo esto desde la primera vez entonces fui consiente que cerca a mi estaba la casa, no era un larga era un de esas llamadas villas que en primavera atraía las multitudes de Londres, y que era rentada por 25 a 40 euros al año. En la lejanía podía ver, con el imperfecto de la luz que no habían otra construcción, a 20 o 30 yardas desde el lugar, habían 3 ventanas en una tienda de lata, al lado de esto había un cuadro muy cerca, el hall de la puerta estaba a mi derecha. La casa era tan cerca a la carretera pública que sobre la pared yo podía haber tocado una de las ventanas en el piso mas bajo. Habían dos de echas. Una de echas era inclinada y estaba abierta, al fondo en el centro parecían que hubieran seis pulgadas.


Capítulo II.
Dentro.

Me di cuenta, y, para hablar mentalmente retrate todos los pequeños detalles de la casa del frente de donde yo estaba parado con casi una natural percepción. Un momento antes, el mundo se mostro frente a mis ojos. No vi nada. Ahora lo veo todo con claridad de cuando yo estaba allí en shock. Sobre todo vi la ventana abierta. Empecé conscientemente como si yo lo hubiera echo, de una forma curiosa respire. Estaba muy cerca a mí, muy cerca. Yo tenia pero al estrechar la mano para verificar sobre la abertura. De primeras dentro, mi mano estaba a punto de secarse. Como estaba lloviendo afuera. Mi ropa estaba húmeda, yo estaba empapado por el cielo. Y cada segundo parecía llover más duro. Mis dientes estaban titilando, Y mis huesos estaban congelados.

Y dentro la ventana estaba abierta, debía estarlo, estaba empapado.

No se veía ni una sola alma, no había ningún humano en algún lugar cerca, yo no escuchaba ningún sonido, estaba solo en medio de esa noche oscura todas las creatura de dios estaban escondidas en el cielo que no se abría, no había nadie que se viera alrededor nada importaba, necesitaba miedo y no pánico, mientras tanto la casa estaba vacía, probablemente era mi plan, que alguien tocara la puerta para llamar la atención de los demás por la ventana abierta, lo ultimo que podía hacer era acatar mis planes pero supuestamente el lugar estaba vacío por lo que seria lógico que tocaran, no había posibilidad, de pronto en el vecindario no peleaba por nada y de pronto la gente estaba en casa y yo asustado. Yo había aprendido en la escuela que el mundo es ingrato para haber causado que la ventana estuviera cerrada la mencionada ventana, la conveniente ventana, y no todo iba bien después de esto, pero todavía sentía pena esperanza, hambre afuera en el frio y la lluvia, ¡mejor nada que esto nada ¡, en esta situación era demasiada tarde yo solo debía a decirme a mi mismo que debería comportarme de una buena manera, debería estar seguro.

Sabiendo sobre la pared baja encontré que debería ser muy fácil poner mi mano dentro del cuarto. Que caliente estaba allí podía sentir la diferencia de la temperatura en mis uñas rápidamente, me pare sobre la pared y justo allí estaba el cuarto cómodo, entre la ventana y la pared, con los pies sentía el piso como si fuera sementó, me detuve y trate de abrirla no puede ver nada estaba muy oscuro adentro el blindaje se veía arriba, me parecía increíble que alguien viviera en esta casa y estuviera durmiendo dejando la ventana abierta. Yo puse mi oreja en el marco, todavía cavia duda de que el lugar estuviera vacio. Decidí empujar la ventana par haber dentro era re confortable, si alguien me encontraba en el acto después había tiempo para describir las circunstancias. Y para explicar como llegue al punto de cómo desactive la alarma, solo debía ser cuidadoso, en este momento el clima podría ayudarme.

No había ni un pedacito esto realmente estaba ocurriendo el silencio que se sentía era aterrador de echo tan lejos como se fuera no solo un sonido me iba a asustar, después sin hacer ruido entre al cuarto, pero no fui lejos, no podía ver nada, ninguna cosa, todo lo que puede decir en la habitación podía ser una casa desamoblada se de porque estaba en una casa vacía, en la casa no había nada que me digiera lo contrario ¿Qué debía hacer?. Si la casa estaba vacía, en gran parte para mi había dicho que hubiera sido cuestión de moral sino era legal bien para hacerlo valer, quien con Corazón podía negarme, difícilmente el mas puntilloso terrateniente orando por mi segué moviendo mis piernas dentro del cuarto.

En el momento en el que hice esto empecé a tomar conciencian que en cualquier momento el cuarto no estaba completamente desamoblado. El piso era de tapete, yo había puesto mis pies en buenos tapetes en mis tiempos pero nunca en unos de estos, lo que me recordó en algún momento haber estado en el parque Richmond, en este mis pies se sentían seguros, por mi pobre viaje mis pies no se veían lujosos, nunca se sabia el camino, ¿podría yo estar acertado en esto?, o ¿podría estar alucinando?, bote mi ropa al piso y la deje en el tapete para después dormir, pero estaba muy hambriento, ¡entonces si alguien vivía allí no iba a tener comida!.

Me moví un paso al lado tocando con mis manos cuando sentí que tocaba como un árbol con mis pies sin encontrar algún obstáculo, empecé a desear no encontrar nada en la casa cuando pasara, que no hubiera forzado la ventana, estaría seguro afuera nuevamente. Empecé a pensar de la seguridad de algo en la habitación, no había nada, que me convenciera de pronto había cosas sobrenaturales allí, pero sin embargo yo sabia que había algo. Era mas que una horrible corazonada lo que yo estaba sintiendo, en todo momento me sentía observado. Lo que era con migo no se lo puedo decir, nunca pude adivinar, era algo en mi organización menta que había sido usurpado podía ser un parálisis parecía un niño usando el lenguaje pero estaba sobreprotegido hablando afuera prácticamente con mi ultimo contador, y en ese instante sin reclusión sentía una curiosa sensación que nunca antes había sentido, una sensación de pánico y susto estaba de pie y voltio, no hice ningún movimiento aparte de mi respiración asustada, sentía un presencia malvada que se me acercaba.

No sabia cuanto tiempo iba a estar allí de pie. Pero ciertamente era un espacio de tiempo considerable, no me moví ni un grado no escuchaba nada y nada pasaba, hacia un esfuerzo por verme como un buen hombre sabia que en algún momento iba ser necesario y después me preguntaba a mi mismo que por que estaba asustado ¿que podía haber en el cuarto para hacerme sentir todo esto?, Lo que fuera era seguro que estaría como yo por mi vulgar entrada desde que entre había la probabilidad de que habría alguien allí, en este momento yo me sentí vulnerable. Tuve que poner lo mejor de mi para que la presión bajara y mantener mucho coraje para tener mi cabeza en los hombres, y en ese momento me voltee de nuevo para salvar mi alma no podía decir nada pero estaba perdido, mi corazón palpitaba en el fondo de mi pecho, podía oírlo latir fuerte, estaba temblando del susto, sentía mucho terror empecé a ver frente a mis ojos como empezaba a surgir una luz que sin razón aumentaba mis nervios, mis oídos empezaron a taparse por la tención y el susto.

Algo se movió. Se escucho un sonido ligero, que apenas puede escuchar. Buscaba de donde venia ese sonido mire a delante mío y se veían dos haces de luz, no los había visto antes pero ahora estaban allí parecían ojos de gato, pero yo sabia que eran esos ojos y sabia que no eran de gato, pero no sabia que eran me dio susto pensarlo. Estos venían hacia a mi, la criatura con estos ojos se acercaba, eran tan intensos mis deseo por volar que hubiera preferido morir hay parado pero no pude controlarme mi cuerpo se movida como si yo no lo controlara los ojos venían hacia mi, en un momento como a dos y tres pasos pero de repente se produjo un sonido como si en el piso. Los ojos desaparecían y reaparecían pocas después más o menos a seis pulgadas del suelo y de nuevo venia.

Por esto creía que la cría que tenia los ojos era pequeña por que no obedecer a mi instinto de huir de ella?, simplemente no podía debe ser el estrés y las privaciones que había tenido y que incluso todavía sentía tiene que ver mucho con mi comportamiento en ese omento por lo que sentí todo lo que estaba pasando. Generalmente creo que mi espíritu es como el de un hombre común, que cuando estaba sumido en las aguas del resentimiento y la humillación era obligado a hacer una acción que en sus momentos mas felices se había considerado incapaz de hacer. Poco a poco los ojos venían muy lentamente moviéndose de un lado a otro como si su dueño caminara torcido, nunca había sentido algo como lo que estaba sintiendo quería escapar ni siquiera por un instante deje de mirarlos hasta que llego a mis pies sin detenerse en un momento lo sentí en mi bota y yo seguía asustado y con nauseas me quede parado, me di cuenta que la creatura empezaba a subir por mi cuerpo, pero incluso así yo no pude decirle nada esto me estaba trepando mas fácil era de forma horizontal, perpendicular a mi, pensaba que era un araña gigante, la araña de las pesadillas un monstro concebido de una visión horrorosa, este hacia una suave presión contra mi ropa, y se agarraba a ella fuertemente, sentía la presión de cada uno de sus pasos, sentía como si la creatura me abrasaba cada vez que se pegaba y despegaba desplazándose sobre mi.

Subía y subía hasta que llego a mi espalda y avanzaba hacia mi ombligo, la impotencia que estaba sintiendo en este m omento me hacia sentir invadido, creo que era parte de mi agonía, me sentía desamparado como si estuviera en un horrible sueño, yo entendía así que me sacudí fuertemente para que la creatura cayera pero no podía mover todos los músculos del susto. Como la criatura de los ojos comenzó a tocar la parte mas pequeña de las lámparas que positivamente emiten rayos de luz, por sus rayos comencé a percibí lo débil que era su cuerpo, parecía mas grande que lo que yo pensaba, ni el cuerpo ni el organismo era floreciente, como de un color amarillo, que lumbrada en la oscuridad, aunque todavía podía ser un animal de la familia de las arañas, algún miembro monstruoso de que yo nunca había leído esto era difícil como algo tan ligero ejercía tanta presión, que lo hacia adherirse a mis piernas, podía sentir que se pegaba, su peso aumentaba cada ves que iba mas arriba mientras que se acercaba yo sentí un olor muy feo y cuando se acercó a mi cara este olor era insoportable

Cuando estaba en mi pecho empecé a sentir un incomodo movimiento como si cada ves que respirara su cuerpo se pusiera mas pesado, sus piernas tocaron mi piel en la base de mi cuello y se pegaron a el ¿será que lo podre olvidar?, lo tengo frecuentemente en mis sueños mientras este estaba allí se veía como si sus piernas estuvieran delante de el, caminaba con lentitud hacia mi cuello con una lentitud misteriosa un cuarto de pulgada a la vez. Su peso causa sobre los músculos de mi espalda llego a mi quijada y toco mis labios y yo seguía allí parado mientras recorría mi cara con su cuerpo y su mal olor, abrazándome con su multitud de piernas, el horror de esto me enloquecía, estaba conmovido del susto por lo que tire a la creatura lo tire al piso, chichaba como si estuviera perdiendo parte de su espíritu hasta llegar a la ventana hasta que moví mi pie, había un obstáculo por lo que caí de cabeza al suelo.

Me levanta rápidamente y con lluvia o sin lluvia quería salir de ese cuarto, todavía tenia mi mano hay, entonces a pesar de mi hambre y de mi ropa, deje que me dejaran (...) cuando alguien atrás mío prendió la luz


Capítulo III.
El hombre en la cama.

La luz que me llego fue sorprendente. Causando en un momento de comprobar, a partir de la cual se me acaba de recuperación cuando una voz dijo, 'quédese quieto! "

Hubo una calidad en la voz que no puedo describir. No sólo un acento de mando, sino un algo malicioso. Es un poco incierto, aunque si es un hombre el que habla no podría haberlo dicho positivamente, pero no he tenido una duda que se trataba de un extranjero. Es la voz más desagradable que había oído, y que había en mí el más desagradable efecto; para cuando dijo, 'quédese quieto! “Me quede quieto. Es como si no pudiera hacer otra cosa.

"Voltéate!"

Me volteé mecánicamente. Esa pasividad es peor que indigna, yo sabía que todo bien. E resentido con rabia. Pero en esa habitación, en esa presencia, Yo estaba muy nervioso. Cuando me voltee vi a alguien en la cama. A la cabeza de la cama es una plataforma. Sobre la plataforma fue una pequeña luz que reflejo la más brillante luz que nunca había visto.la vi plena en los ojos, después de haber en mí tal efecto que genero en unos segundos, no pude ver nada. A largo de toda la extraña entrevista que no puedo afirmar que he visto con claridad, el rayo de luz me dejo ciego. Sin embargo, después de un intervalo de tiempo, me hizo ver algo, y lo que hice ver lo que tenía y no han dejado de verse.

Vi a alguien delante de mí acostado en una cama. No podía a la vez decidir si se trataba de un hombre o una mujer. De hecho al principio yo dudaba si se tratara de algo humano. Pero, después, yo sabía que se trataba de un hombre, por esta razón, si no para otros, que era imposible esa criatura podría ser femenino. La pijama se le había subido y sólo vi su cabeza. Él sentar a su lado izquierdo, su cabeza descansando sobre su mano izquierda; inmóvil, el me miro a mí como si él trató de leer mi alma. Pero de verdad, creo que la leyó. Su edad no he podido adivinar, por ejemplo una mirada de edad que nunca había imaginado. Si hubiera afirmado que él había estado viviendo a través de los tiempos, se han visto obligados a admitir que, al menos, aguarda. Y, sin embargo, me sentía que era muy dentro del rango de posibilidad de que él no era mayor que yo, - había una vitalidad en sus ojos que era sorprendente. Tal vez habría sido que había sufrido una terrible enfermedad, y es lo que había hecho él para que se viera sobrenatural.

No ha habido ni un pelo en la cara o la cabeza, pero, para compensar, la piel, que es de un color amarillo, fue una impresionante masa de arrugas. El cráneo, y, de hecho, todo el cráneo, era tan pequeña como para ser algún animal. La nariz, por otra parte, es anormalmente grande, por lo tanto extravagantes son sus dimensiones, por lo que su forma peculiar, que se asemejaba el pico de algunas aves de rapiña. Una característica de la cara es que, prácticamente, tenía cortada la boca. La boca, con sus labios, entró inmediatamente debajo de la nariz y la barbilla, a todos los efectos. Esta deformidad - por la ausencia de barbilla ascendió a que - es que la cara parecía algo no humano, - y los ojos. Una característica del hombre eran sus ojos, que, a largo existe, me pareció sorprendente los ojos.

Sus ojos corridos, literalmente, en toda la parte superior de su rostro, y la columna de la nariz parecía el filo de una navaja. Eran de largo, y que esperaba de estrechas ventanas, y que parecía tener luz interna, ya que brilló con luces como con un faro en la casa. Escape de ellos, mientras que, como he tratado de reunirse con ellos, es como si yo no supiera nada. Nunca antes había sentido lo que sentí con esos ojos. Ellos me encadenado, desvalidos, hechizo determinado. Sentí que podía hacer conmigo lo que quisieran, y lo hicieron. Su mirada era inquebrantable, y sin parpadear; este hombre podría haberme mirado a mí durante horas y nunca hubiera parpadeado.

Fue él, el que rompió el silencio. Yo estaba sin palabras.

"Cierra la ventana '. Hice como él me mando. "Tirar abajo el ciego". obedecidas. "Vuelta de nuevo." Yo estaba todavía obedeciendo"."¿Cuál es su nombre? "

Entonces me habla, - para responder a él. Hubo esta extraña cosa acerca de las palabras pronunciadas, que vino de mí, no en respuesta a mi fuerza de voluntad, sino en respuesta a su pregunta. No es que yo quisiera hablar, sino que fue él. Lo que él ha querido que yo debería decir, he dicho. Sólo eso y nada más. Por el momento he dejado de ser un hombre, mi hombría se perdió en su voz. Yo estaba en pánico, un ejemplo de la obediencia pasiva que yo tenia.

'Robert Holt. " "¿Qué es usted?" 'Un empleado '. 'Usted se ve como si fuera un empleado. Hubo una llama de desprecio en su voz que me quemaba incluso, entonces. «¿Qué tipo de empleado es usted?" 'Yo soy de una situación ". 'Usted se ve como si estuviera fuera de una situación”. Una vez más el desprecio. '¿Es usted el tipo de empleado que es siempre de una situación? Usted es un ladrón ". 'Yo no soy un ladrón. " "¿Empleados de venir a través de la ventana?" Yo estaba todavía, el no debía limitarme a mi a hablar. «¿Por qué ha llegado a través de la ventana?" "Debido a que estaba abierto '. 'Así - ¿siempre a través de una ventana que está abierta? “ 'No' 'Entonces ¿por qué a través de esto? " "Porque yo estaba mojado, con hambre y cansado '. Las palabras vinieron de mí como si hubiera arrastrado uno por uno, - que, de hecho, lo hizo. '¿a esta casa? “ 'No' "¿El dinero?" 'No' "¿Amigos?" 'No' 'Entonces ¿qué clase de un empleado es usted? "

Yo no respondió a lo que él me decía, - yo no sabía lo que decir de mí. Yo era la víctima de la mala suerte, nada más. Infortunio me he ido a la desgracia. La firma de quien había sido empleado durante años en suspensión de pagos. Obtuve una situación con uno de sus acreedores, a menor salario. Ellos redujeron su personal, lo que me extraño. Después de un intervalo, obtuvo una contratación temporal, la ocasión que requería mis servicios pasó, y yo con él. Después de otro, y un largo intervalo de tiempo, me encontró de nuevo empleo temporal, el pago para el cual no es más que una miseria. Cuando era lo más que he podido encontrar. Eso fue hace nueve meses, y desde entonces no había ganado un centavo. Es tan fácil de hacer el mal, cuando usted está vagabundeando, y están viviendo en su la calle con la misma ropa.

Tuve que caminar todo Londres en busca de trabajo, - el trabajo de cualquier tipo habría sido bienvenido, siempre y cuando se me han permitido mantener el cuerpo y el alma juntos. Y yo había rogado en vano. Ahora me ha sido denegada la admisión como un hallazgo casual, - la forma fácil es la bajada! Pero yo no le dijo al hombre tumbado en la cama todo esto. Él no desea escuchar, - había cosas que he dicho sin querer. Puede ser que leyó mi historia sin decir lo que pensaba, es concebible. Sus ojos tenían poderes de penetración que eran peculiar de ellos. Lo sabía.

'Desnúdate'

Cuando ella hablo de nuevo lo que el dijo, en esos tonos en que se había referido antes. Obedeciendo, mal vestidos caída de todos modos a la palabra. Una mirada vino en su cara, como yo estaba desnuda delante de él, que, si se entiende por una sonrisa, es un indicio de la sonrisa, y que me llena con una sensación de repulsión. La piel blanca que tenia, el detenido, me devora con sus miradas, entonces continuo. Vuelve a alacena, se encuentra un montón de comida; comer de el.

Fui a un armario que estaba en un rincón de la habitación, sus ojos después de mí, como me mudé. Se llena de ropa, - prendas de vestir que podrían haber formado las existencias en el comercio de un costurero cuya especialidad es proporcionar vestuario para mucha gente. Un largo manto oscuro colgado en una clavija. Mi mano se desplazó hacia él, aparentemente por su propia voluntad. He puesto su amplio pliegue en mis pies.

'En el otro armario encontrará carne, y pan y vino. Cosas de Comer y beber’.

En el lado opuesto de la habitación, cerca de la cabeza de su cama, hubo un segundo armario. En este sentido, a un estante, he encontrado lo que parecía presionado el sector de la carne, varios pasteles redondos de lo probado como pan de centeno, y algunos delgado, agrio vino, en un cubiertas de paja frasco. Pero yo no estaba de humor para criticar; con mucha hambre, al igual que algunos hambrientos lobos, viendo que yo, en silencio todo el tiempo. Cuando me había hecho, que fue cuando yo había comido y bebido tanto como he podido celebrar, regresó su cara y soltó su sonrisa.

"Me gustaría que me podía comer y beber como el que si tenia este lujo! - Coloque de nuevo lo que queda’.- que parece un esfuerzo innecesario, hubo tan poco para poner. "Mira me en la cara."

Le miré a la cara, - y de inmediato se convirtió en conciencia, como lo he hecho, de que algo estaba pasando de mí, - la capacidad, por así decirlo, para ser yo mismo. Sus ojos crecieron más y más grandes, hasta que parecía llenar todo el espacio - hasta que se perdido en su inmensidad. Cogió su parte, dejando algo para mí, no sé qué, a su paso por el aire - cortar el sólido terreno de debajo de mis pies, por lo que caí de cabeza al suelo. Cuando caí, me sentía como un árbol. Y la luz se apago.

Capítulo IV.
Una solitaria vigilia.

Yo sabia que la luz salió para el menos singular, ni las partes menos inquietantes de mi condición era el hecho de saber y entender nunca perdí el conocimiento ni una vez durante las largas horas que siguieron .yo era consiente de la lámpara y el negro de la oscuridad que había he escuchado el sonido de un robo como si el hombre en la cama fuera la solución. durante toda esta interminable noche me quede, mi cerebro despierto, mi cuerpo muerto y esperando ¿que me había ocurrido? que probablemente llevaba algunas de las evidencias extremas de la muerte de mi instinto, me dijo --yo sabia que lo hizo aunque paradójico que pueda parecer, me sentía muerto como en los montes de especulación, yo estaba imaginando el como se sentía pero estaba inseguro de sus sentimientos, continuamente me preguntaba mi mismo si podría estar muerto, ¿mi cuerpo muerto y el cerebro? solo dios sabe, pero entonces, la agonía del pensamiento,

Las horas pasaron lentamente y el silencio era eterno solo los sonidos del trafico, pasos deprisa --la vida es el auge del mañana-- afuera de la ventana estaban los gorriones cantando, el gato maullando y el perro ladrando había una nata de leche y al llegar la luz aumento cada instante. Todavía llovía y ahora de nuevo ahora y de nuevo el golpeteo contra el panel, el viento tuvo que haber pasado porque por primera vez vino en una repentina el sonido de un reloj que muestra la hora, siete. Luego con el intervalo de toda la vida entre cada hora.

Hasta el momento en la misma habitación no se había producido ningún sonido. Cuando marcaron las 10 vino el ruido de un robo desde la dirección de la cama. Pies a intensificarse el uso de la palabra, avanzar hacia donde yo estaba es por eso actualmente percibe una cifra, mira las prendas de vestir de color, estaba de pie a mi lado mirandome.se encorvado y arrodillado lo único que me cubría un ordinario trapo sobre mi así que me senté en mi desnudez, me miro desde allí como si hubiera sido alguna bestia listo para el carnicero de la tienda y el se puso adelante mío. Entonces, si ya estaba muerto o vivía me dijo que esto no puede ser humano --nada parecido a esto debe ser imagen de dios me puso los dedos en mi mejilla, se los empuje a mi boca me toco mirándome los ojos cerré mis parpados, y sentí la gracia de sus labios presionando los míos.

A continuación esta parodia de hombría rescandese sus pies y dijo que si haciendo uso de la palabra ni yo ni a si mismo que no pudo decir.

-muerto -muerto- tan bueno como muerto, y mejor vamos a tener un enterrado.

El se aparto de mi sentí una puerta abrir y cerrar y sabia que el se había ido. El ha seguido a lo largo del día yo no tenia conocimiento real de su expedición que lo hizo acabar en la calle pero debo haberlo hecho porque la casa parecía estar sola que ha sido de la criatura de anoche, mi peor temor fue que había dejado detrás de el en la habitación conmigo, que sea, como una especie de perro guardián. Pero como los minutos y las horas pasaron y todavía no hay señal de sonido o cualquier cosa de la vida, llegue a la conclusión de que, si la cosa estaba allí es posiblemente como desvalido como yo y que durante la ausencia del propietario yo no tenía nada que temer de su atención demasiado apremiante.

Que con la excepción de mi mismo la casa se celebro nada humano yo tuve un fuerte presentimiento de prueba mas de una vez en el transcurso del día. Varias veces, tanto en la mañana y la tarde las personas sin tratado o sin motivo de atraer la atención de quien estaba dentro. Lo vehículos probablemente comerciantes de carros se parqueo al frente. Pero en todos los casos sus recursos siguen siendo letra muerta sea cual se quiera tenia que ir lejos insatisfactoriamente. Situada allí tórpida sin nada que hacer ni escuchar yo estaba posiblemente golpeado un poco pero eso fue por falta de respeto.

Un reloj que se hallaba hay acababa de dar las 12 del medio día cuando de pronto vi que la puerta se abría y al quien se acercaba a la puerta del frente como solo el silencio reinaba, yo me imagine que era un cliente del lugar se había devuelto y había prefirió haciéndolo silenciosamente y tal y cual como lo hizo cuando se fue. Sin embargo venia de las escaleras de la puerta, una llamada delicada pero peculiar como si una rata estuviera haciendo chirriar el piso entablado, se repitió por 3 veces y entonces hubieron como sonidos de pasos que secretamente se devolvieron hacia la puerta y esta se cerraba de nuevo una y otra vez este visitante volvía y se repetía otra vez aquel sonido que ya no quedaba duda que era una señal seguida por el mismo suceso en que retrocedía. Al rededor de las 3 el misterioso cliente regreso de nuevo y otra vez la señal se repetía. De pronto cuando no hubo respuesta los dedos golpeaban suavemente contra los panales de la puerta de frente, cuando aun así no había respuesta una pisadas se sentían al rededor de un lado de la casa. Entonces hay se oyó la señal pero tal vez de la parte de atrás y entonces otra ves los dedos golpeaban contra la que parecía la puerta de atrás. Nadie se noto de estos procedimientos, las pisadas se devolvían de nuevo y como antes la puerta se cerró otra vez.

Poco después, la claridad se estaba asomando y este visitante regreso para hacer una cuarta y mas intentos determinantes para llamar la atención con su presencia, este pelicular personaje y sus maniobras perecía que el que quien sea que estuviera adentro tenia razones muy especificas para ignorarlo. Es se metió atreves de toda esta panonia tan familiar 3 veces, tanto por el frente como por la parte de atrás y golpeaba los dedos en los paneles dela puerta. Esta vez sin embargo también trato de golpear sus dedos contra los marcos de su ventana. Pude oír muy claramente pero aun así distinto un ruido que parecía como si los nudillos de los dedos chocaban constantemente contra la pared de atrás de las ventanas, desilusionado si el volvía con su trabajo en la entrada, curiosamente las pisadas que hacia como en secreto venían de la casa y descansaba ante la ventana del cuarto, en el cual yo descansaba y entonces algo raro sucedió.

Mientras esperaba por aquellos golpecitos con los dedos vino en cambio el sonido de alguien o de algo batiéndose sobre la ventana como si fuera una criatura incapaz de alcanzar la ventana desde el suelo, era como una criatura incapaz de saltar un obstáculo como una par de de ladrillos. ese era el ruido que parecían como si garras rasgaran el obstáculo, un ruido como con una dificultad para mantenerse en la superficie del obstáculo, que clase de criatura seria yo no me lo imaginaba yo estaba abismado y quería descubrir lo que era esa criatura, yo había dado por hecho que este visitante o era mujer o hombre, pero ahora sin embargo parecía como si fuera un animal ya que los ruiditos que hacían parresia como un animal , claro que una rata si puede hacer esos ruidos pero no podría tocar el timbre no ha puerta.

Todo parresia como si el esfuerzo por trepar el obstáculo se había quedado corto de aliento, de pronto comenzó de nuevo el golpeteo y me di cuanta que seria poco probable el producto de dos humanos ya que eran ayudas y definidos, y mas bien parecían golpear de las uñas contra el vidrio, no era muy duro de todas maneras, pero si continuaba con mucha persistencia que se iban volviendo cada minuto que pasaba mas ansiosos u desesperantes que parecían como mas bien suspiro de aliento y como un sonido de abeja".


Richard Marsh

viernes, 15 de mayo de 2015

"La Prueba de Amor"

"Después de conseguir el permiso de la priora para salir unas horas, Angeline, interna en el convento de Santa Anna, en la pequeña ciudad lombarda de Este, se puso en camino para hacer una visita. La joven vestía con sencillez y buen gusto; su faziola le cubría la cabeza y los hombros, y bajo ella brillaban sus grandes ojos negros, extraordinariamente hermosos. Quizá no fuera una belleza perfecta; pero su rostro era afable, noble y franco; y tenía una profusión de cabellos negros y sedosos, y una tez blanca y delicada, a pesar de ser morena. Su expresión era inteligente y reflexiva; parecía estar en paz consigo misma, y era ostensible que se sentía profundamente interesada, y a menudo feliz, con los pensamientos que ocupaban su imaginación. Era de humilde cuna: su padre había sido el administrador del conde de Moncenigo, un noble veneciano; y su madre había criado a la única hija de éste. Los dos habían muerto, dejándola en una situación relativamente desahogada; y Angeline era un trofeo que buscaban conquistar todos los jóvenes que, sin ser nobles, gozaban de buena posición; pero ella vivía retirada en el convento y no alentaba a ninguno.
Llevaba muchos meses sin abandonar sus muros; y sintió algo parecido al miedo cuando se encontró en medio del camino que salía de la ciudad y ascendía por las colinas Euganei hasta Villa Moncenigo, su lugar de destino. Conocía cada palmo del camino. La condesa de Moncenigo había muerto al dar a luz su segundo hijo y, desde entonces, la madre de Angeline había residido en la villa. La familia estaba formada por el conde, que, salvo algunas semanas de otoño, estaba siempre en Venecia, y sus dos hijos. Ludovico, el primogénito, había sido enviado en edad temprana a Padua para recibir una buena educación; y sólo vivía en la villa Faustina, cinco años menor que Angeline.

Faustina era la criatura más adorable del mundo: a diferencia de los italianos, tenía los ojos azules y risueños, la tez luminosa y los cabellos color caoba; su figura ágil, esbelta y nada angulosa recordaba a una sílfide; era muy bonita, vivaz y obstinada, y tenía un encanto irresistible que empujaba a todos a ceder alegremente ante ella. Angeline parecía su hermana mayor: se ocupaba de ella y le consentía todos los caprichos; una palabra o una sonrisa de Faustina lo podían todo. «La quiero demasiado -decía a veces-, pero soportaría cualquier cosa antes que ver una lágrima en sus ojos.» Era propio de Angeline no expresar sus sentimientos; los guardaba en su interior, donde crecían hasta convertirse en pasiones. Pero unos excelentes principios y la devoción más sincera impedían que la joven se viera dominada por ellas.

Angeline se había quedado huérfana tres años antes, cuando había muerto su madre, y Faustina y ella se habían trasladado al convento de Santa Anna, en la ciudad de Este; pero un año más tarde, Faustina, que entonces tenía quince años, había sido enviada a completar su educación a un famoso convento de Venecia, cuyas aristocráticas puertas estaban cerradas a su humilde compañera. Ahora, a los diecisiete años, después de finalizar sus estudios, había vuelto a casa; y se disponía a pasar los meses de septiembre y octubre en Villa Moncenigo con su padre. Los dos habían llegado aquella misma noche, y Angeline había salido del convento para ver y abrazar a su amiga del alma.

Había algo muy maternal en los sentimientos de Angeline; cinco años es una diferencia considerable entre los diez y los quince años, y muy grande entre los diecisiete y los veintidós.

«Mi querida niña -pensaba Angeline, mientras iba andando-, debe de haber crecido mucho, e imagino que estará más hermosa que nunca. ¡Qué ganas tengo de verla, con su dulce y pícara sonrisa! Me gustaría saber si ha encontrado a alguien que la mimara tanto como yo en su convento veneciano... alguien que asumiera la responsabilidad de sus faltas y que le consintiera sus caprichos. ¡Ah, aquellos días no volverán! Ahora estará pensando en el matrimonio... Me pregunto si habrá sentido algo parecido al amor -suspiró-. Pronto lo sabré... estoy segura de que me lo contará todo. Ojalá pudiera abrirle mi corazón... detesto tanto secreto y tanto misterio; pero he de cumplir mi promesa, y dentro de un mes habrá acabado todo... dentro de un mes conoceré mi destino. ¡Dentro de un mes! ¿Lo veré a él entonces? ¿Volveré a verlo algún día? Pero será mejor que olvide todo eso y piense únicamente en Faustina... ¡mi dulce y entrañable Faustina!»

Angeline subía lentamente la colina cuando oyó que alguien la llamaba; y en la terraza que dominaba el camino, apoyada en la balaustrada, se hallaba la querida destinataria de sus pensamientos, la bonita Faustina, la pequeña hada... en la flor de la vida, sonriendo de felicidad. Angeline sintió un cariño aún mayor por ella.

No tardaron en abrazarse; Faustina reía con ojos chispeantes, y empezó a contarle todo lo sucedido en aquellos dos años, y se mostró obstinada e infantil, aunque tan encantadora y cariñosa como siempre. Angeline la escuchó con alegría, contemplando extasiada y en silencio los hoyuelos de sus mejillas, el brillo de sus ojos y la gracia de sus ademanes. No habría tenido tiempo de contarle su historia aunque hubiese querido, Faustina hablaba tan deprisa...

-¿Sabes, Angelinetta mía -exclamó-, que me casaré este invierno?

-Y ¿quién será tu señor esposo?

-Todavía no lo sé; pero lo encontraré en el próximo carnaval. Debe ser muy noble y muy rico, dice papá; y yo digo que debe ser muy joven, tener buen carácter y dejarme hacer lo que yo quiera, como siempre has hecho tú, querida Angeline.

Finalmente, Angeline se levantó para despedirse. A Faustina no le agradó que se marchara -quería que pasara la noche con ella-, y señaló que enviaría a alguien al convento para conseguir permiso de la priora. Pero Angeline, sabiendo que esto era imposible, estaba decidida a irse y convenció a su amiga de que la dejara partir. Al día siguiente, Faustina visitaría personalmente el convento para ver a sus antiguas amistades, y Angeline podría regresar con ella por la noche si lo permitía la priora. Una vez discutido este plan, las dos jóvenes se separaron con un abrazo; y, mientras bajaba con paso ligero, Angeline levantó la mirada y vio cómo Faustina, muy sonriente, le decía adiós con la mano desde la terraza. Angeline estaba encantada con su amabilidad, su hermosura, la animación y viveza de su conducta y de su conversación. Faustina ocupó al principio todos sus pensamientos, pero, en una curva del camino, cierta circunstancia le trajo otros recuerdos. «¡Oh, qué feliz seré si él demuestra haberme sido fiel! -pensó-. ¡Con Faustina e Ippolito, será como vivir en el Paraíso!»

Y luego rememoró cuanto había ocurrido en los dos últimos años. Del modo más breve posible, seguiremos su ejemplo.

Cuando Faustina partió para Venecia, Angeline se quedó sola en el convento. Aunque era una persona retraída, Camilla della Toretta, una joven dama de Bolonia, se convirtió en su mejor amiga. El hermano de Camilla vino a visitarla, y Angeline la acompañó al locutorio para recibirlo. Hipólito se enamoró desesperadamente de ella, y consiguió que Angeline le correspondiera. Todos los sentimientos de la joven eran sinceros y apasionados; sin embargo, sabía atemperarlos, y su conducta fue irreprochable. Hipólito, por el contrario, era impetuoso y vehemente: la amaba ardientemente y no podía tolerar que nada se opusiera a sus deseos. Decidió contraer matrimonio, pero, como pertenecía a la nobleza, temía la desaprobación de su padre. Mas era necesario pedir su consentimiento; y el anciano aristócrata, presa del temor y de la indignación, llegó a Este, dispuesto a adoptar cualquier medida que separase para siempre a los dos enamorados. La dulzura y la bondad de Angeline mitigaron su cólera, y el abatimiento de su hijo le movió a compasión. Desaprobaba el matrimonio, pero comprendía que Hipólito deseara unirse a tanta hermosura y gentileza. Pero después pensó que su hijo era muy joven y podía cambiar de parecer, y se reprochó a sí mismo haber dado tan fácilmente su consentimiento. Por ese motivo llegó a un compromiso: les daría su bendición un año más tarde, siempre que la joven pareja se comprometiera, con el más solemne juramento, a no verse ni escribirse durante ese intervalo. Quedó sobreentendido que sería un año de prueba; y que no habría ningún compromiso hasta que éste expirara, y si permanecían fieles, su constancia sería premiada. No hay duda de que el padre creía, e incluso esperaba, que, en aquel período de ausencia, los sentimientos de Hipólito cambiarían, y que éste entablaría una relación más conveniente.

Arrodillados ante una cruz, los dos enamorados prometieron un año de silencio y de separación; Angeline, con los ojos iluminados por la gratitud y la esperanza; Hipólito, lleno de rabia y desesperación por aquella interrupción de su felicidad, que jamás habría aceptado si Angeline no hubiera empleado todas sus dotes de persuasión y de mando para convencerlo; pues la joven había afirmado que, a menos que obedeciera a su padre, ella se encerraría en su celda, y se convertiría voluntariamente en una prisionera, hasta que terminara el tiempo prescrito. De modo que Hipólito prestó juramento e inmediatamente después partió hacia París.

Faltaba sólo un mes para que expirara el año, y no es de extrañar que los pensamientos de Angeline pasaran de su dulce Faustina al destino que la esperaba. Además del voto de ausencia, habían prometido mantener su compromiso y cuanto se relacionaba con él en el más profundo secreto durante ese período. Angeline accedió de buena gana (pues su amiga se hallaba lejos) a guardar silencio hasta que transcurriera el año; pero Faustina había regresado, y ella sentía el peso de aquel secreto en su conciencia. Pero no importaba: tenía que cumplir su palabra.

Ensimismada en sus pensamientos, había llegado al pie de la colina y empezaba a subir la ladera que conducía a la ciudad de Este cuando en los viñedos que bordeaban un lado del camino oyó un ruido... de pisadas... y una voz conocida que pronunciaba su nombre.

-¡Virgen Santa! ¡Hipólito! -exclamó-. ¿Es ésta tu promesa?

-Y ¿es éste tu recibimiento? -respondió él en tono de reproche-. ¡Qué cruel eres! Como no soy lo bastante frío para seguir alejado... como este último mes ha durado una intolerable eternidad, te alejas de mí... deseas que me vaya. Son ciertos, entonces, los rumores... ¡amas a otro! ¡Ah! Mi viaje no será en vano... descubriré quién es y me vengaré de tu falsedad.

Angeline le lanzó una mirada de asombro y desaprobación; pero guardó silenció y prosiguió su camino. Tenía miedo de romper su juramento, y que la maldición del cielo cayera sobre su unión. Decidió que nada le induciría a decir otra palabra; si seguía fiel a la promesa, perdonarían a Hipólito por haberla incumplido. Caminó muy deprisa, sintiéndose alegre y desgraciada al mismo tiempo... aunque esto no es exacto... lo que le embargaba era una felicidad sincera, absorbente; pero temía en cierto modo la cólera de su amado, y sobre todo las terribles consecuencias que podría tener la ruptura de su solemne voto. Sus ojos resplandecían de amor y de dicha, pero sus labios parecían sellados; y, resuelta a no decir nada, escondió el rostro bajo su faziola, para que él no pudiera verlo, y continuó andando con la vista clavada en el suelo. Loco de ira, vertiendo torrentes de reproches, Hipólito se mantuvo a su lado, ora reprochándole su infidelidad, ora jurando venganza, o describiendo y elogiando su propia constancia y su amor inalterable. Era un tema muy grato, aunque peligroso. Angeline tuvo la tentación de decirle más de mil veces que sus sentimientos no habían cambiado; pero logró reprimir ese deseo y, cogiendo el rosario en sus manos, empezó a rezar. Se acercaban a la ciudad y, consciente de que no podría convencerla, Hipólito decidió finalmente alejarse de ella, afirmando que descubriría a su rival, y se vengaría por su crueldad e indiferencia. Angeline entró en el convento, corrió a su celda y, poniéndose de rodillas, pidió a Dios que perdonara a su amado por romper la promesa; luego, radiante de felicidad por la prueba que él le había dado de su constancia, y recordando lo poco que faltaba para que su dicha fuera perfecta, apoyó la cabeza en sus brazos y se sumió en una especie de ensueño celestial. Había librado una amarga lucha resistiéndose a las súplicas del joven, pero sus dudas se habían disipado: él le había sido fiel y, en la fecha acordada, vendría a buscarla; y ella, que durante aquel largo año le había amado con ferviente, aunque callada, devoción, ¡se vería recompensada! Se sentía segura... agradecida al cielo... feliz. ¡Pobre Angeline!

Al día siguiente, Faustina fue al convento: las monjas se apiñaron a su alrededor. «Quanto é bellina», exclamó una. «E tanta carina!», dijo otra. «S’é fatta la sposina?»... ¿Está ya prometida en matrimonio?, preguntó una tercera. Faustina respondía con sonrisas y caricias, bromas inocentes y risas. Las monjas la idolatraban; y Angeline estaba a su lado, admirando a su encantadora amiga y disfrutando de los elogios que le prodigaban. Finalmente, Faustina tuvo que partir; y Angeline, tal como habían previsto, consiguió permiso para acompañarla.

-Puedes ir a la villa con Faustina, pero no quedarte allí a pasar la noche -señaló la priora, pues iba en contra de las reglas del convento.

Faustina suplicó, protestó y consiguió, mediante halagos, que dejara regresar a su amiga al día siguiente. Entonces iniciaron el regreso juntas, acompañadas de una vieja criada, una especie de señora de compañía. Mientras andaban, un caballero las adelantó a caballo.

-¡Qué guapo es! -exclamó Faustina-. ¿Quién será?

Angeline se puso roja como la grana, pues se dio cuenta de que era Hipólito. Él pasó a gran velocidad, y no tardaron en perderlo de vista. Estaban subiendo la ladera, y ya casi divisaban la villa, cuando les alarmó oír toda clase de gritos, berridos y bramidos, como si unas bestias salvajes o unos locos, o todos a la vez, hubieran escapado de sus guaridas y manicomios. Faustina palideció; y pronto su amiga estuvo tan asustada como ella, pues vio un búfalo, escapado de su yugo, que se lanzaba colina abajo, llenando el aire de rugidos, perseguido por un grupo de contadini chillando y dando alaridos... y enfilaba directamente hacia las dos amigas. La anciana acompañanta exclamó: «O, Gesu Maria!» y se tiró al suelo. Faustina lanzó un grito desgarrador y cogió a Angeline por la cintura; ésta se puso delante de su aterrorizada amiga, dispuesta a afrontar ella todo el peligro para salvarla... y el animal se acercaba. En ese momento, el caballero bajó galopando la ladera, adelantó al búfalo y dándose media vuelta, se enfrentó al animal salvaje con valentía. Con un bramido feroz, la bestia se desvió bruscamente a un lado y cogió un sendero que salía a la izquierda; pero el caballo, despavorido, se encabritó, arrojó el jinete al suelo y huyó a galope tendido colina abajo. El caballero quedó tendido en el suelo, completamente inmóvil.

Le llegó entonces el turno de gritar a Angeline; y ella y Faustina corrieron angustiadas hacia su salvador. Mientras esta última le daba aire con el enorme abanico verde que llevan las damas italianas para protegerse del sol, Angeline se apresuró a ir a buscar agua. A los pocos minutos, el color volvió a las mejillas del joven, que abrió los ojos; y entonces vio a la hermosa Faustina e intentó levantarse. Angeline apareció en ese instante y, ofreciéndole agua en una calabaza, la acercó a sus labios. Él apretó su mano, y ella la retiró. Fue entonces cuando la anciana Caterina, extrañada de aquel silencio, empezó a mirar a su alrededor y, al ver que sólo estaban las dos jóvenes inclinadas sobre un hombre en el suelo, se levantó y fue a reunirse con ellas.

-¡Se está usted muriendo! -exclamó Faustina-. Me ha salvado la vida y se ha matado por ello.

Hipólito trató de sonreír.

-No, no me estoy muriendo -dijo-, pero estoy herido.

-¿Dónde? ¿Cómo? -gritó Angeline-. Mi querida Faustina, enviemos a buscar un carruaje y llevémoslo a la villa.

-¡Oh, sí! -repuso Faustina-. Vamos, Caterina, corre... dile a papá lo ocurrido... que un joven caballero se ha matado por salvarme la vida.

-No me he matado -le interrumpió Hipólito-; sólo me he roto el brazo y, tal vez, la pierna.

Angeline adquirió una palidez cadavérica y se dejó caer al suelo.

-Pero morirá antes de que consigamos ayuda -afirmó Faustina-; esa estúpida Caterina es más lenta que una tortuga.

-Iré yo a la villa -exclamó Angeline-, Caterina se quedará contigo y con Ip... Buon Dio! ¿Qué estoy diciendo?

Se alejó presurosa y dejó a Faustina abanicando a su amado, que volvió a sentirse muy débil. En seguida se dio la alarma en la villa, el señor Conde envió a buscar un médico y ordenó que sacaran un colchón, entre cuatro hombres, para ir en ayuda de Hipólito. Angeline se quedó en la casa; por fin pudo abandonarse a sus sentimientos y llorar amargamente, abrumada por el miedo y el dolor.

-¿Oh, por qué rompería su promesa para ser castigado? ¡Ojalá pudiera yo expiar su culpa! -se lamentó.

No tardó, sin embargo, en recobrar el ánimo; y, cuando entraron con Hipólito, le había preparado la cama y había cogido las vendas que había creído necesarias. Pronto llegó el médico; y vio que el brazo izquierdo estaba claramente roto, pero que la pierna no había sufrido más que una contusión. Entonces redujo la fractura, sangró al paciente y, dándole una pócima para serenarlo, ordenó que estuviera tranquilo. Angeline pasó toda la noche a su lado, pero Hipólito durmió profundamente y no se dio cuenta de su presencia. Jamás lo había amado tanto. Comprendió que su desgracia, sin duda fortuita, hacía honor al cariño que sentía por ella, y contempló su hermoso rostro, apaciblemente dormido.

«¡Que el cielo guarde al amante más leal que jamás haya bendecido las promesas de una joven», pensó.

A la mañana siguiente, Hipólito se despertó sin fiebre y muy animado. La herida de la pierna apenas le dolía, y quería levantarse; recibió la visita del médico, quien le rogó que guardara cama un día o dos para evitar una infección, y le aseguró que se curaría antes si obedecía sus órdenes sin reservas. Angeline pasó el día en la villa, pero no volvió a verlo. Faustina no dejó de hablar de su valentía, heroísmo y simpatía. Ella era la heroína de la historia. El caballero había arriesgado su vida por ella; era ella a quien había salvado. Angeline sonrió un poco ante su egotismo y pensó que se sentiría humillada si le contaba la verdad; así que guardó silencio. Por la noche, se vio obligada a regresar al convento; ¿entraría a despedirse de Hipólito? ¿Era correcto? ¿No significaba romper su promesa? Y, sin embargo, ¿cómo resistirse a hacerlo? Así, pues, entró en la habitación y se acercó sigilosamente a él; Hipólito oyó sus pasos, levantó ilusionado la mirada y sus ojos reflejaron cierta decepción.

-¡Adiós, Hipólito! -dijo Angeline-. He de volver al convento. Si empeoras, ¡Dios nos libre!, vendré a cuidarte y atenderte, y moriré contigo; si te restableces, como parece ser la voluntad divina, antes de un mes te daré las gracias como mereces. ¡Adiós, querido Hipólito!

-¡Adiós, querida Angeline! Cuanto piensas es bueno y justo, y tu conciencia lo aprueba: no temas por mí. Siento mi cuerpo lleno de salud y de vigor, y, puesto que tú y tu dulce amiga están a salvo, ¡benditas sean las incomodidades y los dolores que sufro! ¡Adiós! Pero espera, Angeline, tan sólo unas palabras... mi padre, según he oído, se llevó a Camilla de vuelta a Bolonia el año pasado... ¿ustedes se escriben, tal vez?

-Te equivocas, Hipólito; de acuerdo con los deseos del Marqués, no hemos intercambiado ninguna carta.

-Has obedecido tanto en la amistad como en el amor... ¡qué bondadosa eres! Pero yo también quiero que me hagas una promesa... ¿la cumplirás con la misma firmeza que la de mi padre?

-Si no va en contra de nuestro voto...

-¡De nuestro voto!. ¡Pareces una novicia! ¿Acaso nuestros votos tienen tanto valor? No, no va en contra de nuestro voto; sólo te pido que no escribas a Camilla o a mi padre, ni dejes que este accidente llegue a sus oídos. Les inquietaría inútilmente... ¿me lo prometes?

-Te prometo que no les enviaré ninguna carta sin tu permiso.

-Y yo confío en que serás fiel a tu palabra, de igual modo que lo has sido a tu promesa. Adiós, Angeline. ¡Cómo! ¿Te vas sin un beso?

La joven se apresuró a salir del cuarto para no ceder a la tentación; pues acceder a aquella demanda habría sido un quebrantamiento mucho mayor de su promesa que cualquiera de los ya perpetrados.

Regresó a Este, preocupada y, sin embargo, alegre; convencida de la lealtad de su amado y rezando fervorosamente para que no tardara en recuperarse. Durante varios días acudió regularmente a Villa Moncenigo para preguntar por su salud, y se enteró de que el joven mejoraba poco a poco; finalmente, le comunicaron que Hipólito tenía permiso para abandonar su habitación. Faustina le dio la noticia, con los ojos brillantes de alegría. Hablaba sin cesar de su caballero, así le llamaba, y de la gratitud y admiración que sentía por él. Lo había visitado a diario acompañada de su padre, y siempre tenía alguna nueva historia que contar sobre su ingenio, elegancia y amables cumplidos. Ahora que él podía reunirse con ellos en la sala, se sentía doblemente feliz. Después de recibir esa información, Angeline renunció a sus visitas diarias, ya que corría el peligro de encontrarse con su amado. Enviaba todos los días a alguien y tenía noticias de su restablecimiento; y todos los días recibía un mensaje de su amiga, invitándola a Villa Moncenigo. Pero ella se mantuvo firme: sentía que obraba bien. Y, aunque temía que él estuviera enfadado, sabía que trascurridos quince días -lo que quedaba del mes- podría expresarle sus verdaderos sentimientos; y, como él la amaba, la perdonaría en seguida. No llevaba ningún peso en el corazón, nada que no fuera gratitud y alegría.

Todos los días, Faustina le suplicaba que fuera y, aunque sus ruegos se volvieron cada vez más apremiantes, Angeline siguió dándole excusas. Una mañana su joven amiga entró atropelladamente en su celda para llenarla de reproches y mostrarle su extrañeza por su ausencia. Angeline se vio obligada a prometer que la visitaría; y entonces se interesó por el caballero, a fin de descubrir cuál era la mejor hora para evitar su encuentro. Faustina se sonrojó... un adorable rubor se extendió por todo su rostro mientras exclamaba:

-¡Oh, Angeline! ¡Quiero que vengas por él!

Angeline enrojeció a su vez, temiendo que Hipólito hubiera traicionado su secreto, y se apresuró a decir:

-¿Te ha dicho algo?

-Nada -respondió alegremente su amiga-; por eso te necesito. ¡Oh, Angeline! Papá me preguntó ayer si Hipólito me gustaba, y añadió que, si su padre lo aprobaba, no veía ninguna razón por la que no pudiéramos casarnos. Tampoco yo... pero ¿me querrá él? Oh, si no me ama, no dejaré que se hable del asunto, ni que pregunten a su padre... ¡no me casaría con él por nada del mundo!

Y los ojos de la delicada joven se llenaron de lágrimas, y se arrojó a los brazos de Angeline.

«Pobre Faustina -pensó su amiga-, ¿seré yo la causante de su sufrimiento?»

Y empezó a acariciarla y a besarla con palabras cariñosas y tranquilizadoras. Faustina prosiguió. Estaba convencida, dijo, de que Hipólito la amaba. Angeline se sobresaltó al oír su nombre así pronunciado por otra mujer; y palideció y se estremeció mientras se esforzaba por no traicionarse a sí misma. El joven no daba demasiadas muestras de amor, pero parecía tan feliz cuando ella entraba, e insistía tanto en que se quedara... y luego sus ojos...

-¿En alguna ocasión te ha dicho algo de mí? -inquirió Angeline.

-No... ¿por qué iba a hacerlo? -replicó Faustina.

-Me salvó la vida -contestó su amiga, ruborizándose.

-¿De veras? ¿Cuándo? ¡Oh, sí, ahora lo recuerdo! Sólo pensaba en mí; pero lo cierto es que tu peligro fue tan grande... no, más grande, pues me protegiste con tu cuerpo. Mi amiga del alma, no soy una desagradecida, aunque Hipólito me vuelva tan olvidadiza...

Todo esto sorprendió, mejor dicho, dejó estupefacta a Angeline. No dudó de la fidelidad de su amado, pero temió por la felicidad de su amiga, y cualquier idea que se le ocurría daba paso a ese sentimiento... Prometió visitar a Faustina aquella misma tarde.

Y ahí está de nuevo, subiendo lentamente la colina, con el corazón encogido a causa de Faustina, confiando en que su amor repentino y no correspondido no comprometa su felicidad futura. Al doblar una curva, cerca de la villa, oyó que la llamaban; y, cuando levantó los ojos, volvió a contemplar, asomado a la balaustrada, el rostro sonriente de su hermosa amiga; e Hipólito estaba junto a ella. El joven se sobresaltó y dio un paso atrás cuando sus miradas se encontraron. Angeline había ido decidida a ponerle en guardia, y estaba ideando el mejor modo de explicarle las cosas sin comprometer a su amiga. Fue una labor inútil; cuando entró en el salón, Hipólito se había marchado, y no volvió a aparecer.

«No querrá romper su promesa», pensó Angeline.

Pero se quedó terriblemente angustiada por su amiga, y muy confusa. Faustina sólo podía hablar de su caballero. Angeline estaba llena de remordimientos, y no sabía qué hacer. ¿Debía revelar la situación a su amiga? Quizá fuera lo mejor, y, sin embargo, le parecía muy difícil; además, a veces tenía casi la sospecha de que Hipólito la había traicionado. El pensamiento venía acompañado de un dolor punzante que luego desaparecía, hasta que creyó enloquecer, y fue incapaz de dominar su voz. Regresó al convento más inquieta y acongojada que nunca.

Visitó la villa en dos ocasiones, e Hipólito volvió a eludirla; y el relato de Faustina sobre el modo en que él la trataba se tornó más inexplicable. Una y otra vez, el miedo de haberlo perdido la atormentó; y de nuevo se tranquilizó a sí misma pensando que su alejamiento y su silencio eran debidos al juramento, y que su misterioso comportamiento con Faustina sólo existía en la imaginación de la joven. No dejaba de dar vueltas al modo en que debía comportarse, mientras el apetito y el sueño la abandonaban; finalmente, cayó demasiado enferma para ir a la villa y, durante dos días, se vio obligada a guardar cama. En aquellas horas febriles, sin fuerzas para moverse, y desconsolada por la suerte de Faustina, tomó la decisión de escribir a Hipólito. Él se negaría a verla, así que no tenía otro modo de comunicarse. Su promesa lo prohibía, pero la habían roto ya de tantas maneras... Además, no lo hacía por ella, sino por su querida amiga. Pero, ¿qué pasaría si su carta llegaba a manos extrañas? ¿Y si Hipólito pensaba abandonarla por Faustina? Entonces el secreto quedaría enterrado para siempre en su corazón. Por ese motivo, resolvió escribir su misiva sin que nada la traicionara ante una tercera persona. No fue una tarea fácil, pero finalmente la llevó a cabo.

El señor caballero sabría disculparla, confiaba. Ella era... siempre había sido como una madre para la señorita Faustina... la amaba más que a su vida. El señor caballero estaba actuando, quizá, de un modo irreflexivo. ¿Comprendía sus palabras? Y, aunque no tuviese ninguna intención, la gente haría conjeturas. Todo cuanto le pedía era permiso para escribir a su padre, a fin de que aquella situación de incertidumbre y misterio terminara lo antes posible.

Angeline rompió diez notas... y, aunque no estaba satisfecha con esta última, la cerró; y luego se arrastró fuera de la cama para enviarla inmediatamente por correo.

Aquel acto de valentía tranquilizó su ánimo, y fue muy beneficioso para su salud. Al día siguiente se sentía tan bien que decidió ir a la villa para descubrir el efecto que había producido su carta. Con el corazón palpitante, subió la ladera y, al doblar la curva de siempre, levantó la mirada. No había ninguna Faustina en la balaustrada. Y no era de extrañar, pues nadie la esperaba; sin embargo, sin saber por qué, se sintió muy desgraciada y los ojos se le llenaron de lágrimas.

«Si pudiera ver a Hipólito un momento... y él me diera la más pequeña explicación, ¡todo se arreglaría!», caviló.

Con esos pensamientos llegó a la villa y entró en el salón. Oyó unos pasos rápidos, como si alguien huyera de ella. Faustina estaba sentada delante de una mesa leyendo una carta... sus mejillas rojas como la grana, su pecho palpitando de agitación. El sombrero y la capa de Hipólito se hallaban a su lado, e indicaban que acababa de abandonar precipitadamente la estancia. La joven se volvió... divisó a Angeline... sus ojos despidieron fuego... y arrojó la misiva que estaba leyendo a los pies de su amiga; Angeline comprendió que era la suya.

-¡Cógela! -dijo Faustina-. Te pertenece. Por qué motivo la has escrito... y qué significa... es algo que no preguntaré. Ha sido algo despreciable por tu parte, además de inútil, te lo aseguro... No soy alguien que entregue su corazón antes de que se lo pidan, ni que pueda ser rechazada cuando mi padre me ofrece en matrimonio. Coge tu carta, Angeline. ¡Oh! ¡Yo nunca creí que te comportarías así conmigo!

Angeline seguía allí como si la escuchara, pero no oía una sola palabra; completamente inmóvil... las manos enlazadas con fuerza, los ojos anegados en lágrimas y fijos en su carta.

-Te digo que la cojas -exclamó Faustina con impaciencia, dando una patada en el suelo con su pequeño pie-; ha llegado demasiado tarde, fueran cuales fueran tus intenciones. Hipólito ha escrito a su padre pidiéndole su consentimiento para nuestra boda; mi padre también lo ha hecho.

Angeline se estremeció y miró con ojos desorbitados a su amiga.

-¡Es cierto! ¿Acaso lo dudas? ¿Quieres que llame a Ippolito para que confirme mis palabras?

Faustina se dirigió a ella exultante. Angeline, muda de espanto, se apresuró a coger la carta; y abandonó la sala... y la casa; bajó la colina y regresó al convento. Con el corazón al rojo vivo, sintió su cuerpo poseído por un espíritu que no era el suyo: no lloraba, pero sus ojos parecían a punto de salirse de las órbitas... y sus miembros se contraían espasmódicamente. Corrió a su celda, se arrojó al suelo, y entonces pudo estallar en llanto; después de derramar torrentes de lágrimas, consiguió rezar, y más tarde... cuando recordó que su sueño de felicidad había terminado para siempre, deseó la muerte.

A la mañana siguiente, abrió los ojos de mala gana y se levantó. Era de día; y todos debían levantarse y seguir adelante, y ella entre los demás, aunque el sol ya no brillase como antes y el dolor convirtiera su vida en un tormento. No pudo evitar sobresaltarse cuando, poco después, le informaron que un caballero deseaba verla. Buscó refugio en un rincón, y rehusó bajar al locutorio. La portera regresó un cuarto de hora más tarde. El joven se había marchado, pero le había escrito una nota; y le entregó la misiva. Estaba sobre la mesa, delante de Angeline... pero le traía sin cuidado abrirla... todo había terminado, y no necesitaba aquella confirmación. Finalmente, muy despacio, y no sin esfuerzo, rompió el sello. Estaba fechada el día en que expiraba el año. Las lágrimas asomaron a sus ojos, y entonces nació en su corazón la cruel esperanza de que todo fuera un sueño, y de que ahora que la Prueba de Amor llegaba a su fin, él la reclamara como suya. Empujada por esta incierta suposición, se enjugó las lágrimas y leyó las siguientes palabras:

He venido a excusarme por mi bajeza. Rehúsas verme y yo te escribo; pues, aunque siempre seré un hombre despreciable para ti, no pareceré peor de lo que soy. Recibí tu carta en presencia de Faustina y ella reconoció tu letra. Conoces bien su obstinación, su impetuosidad; no pude impedir que me la arrebatara. No añadiré nada más. Debes de odiarme; y, sin embargo, tendrías que compadecerme, pues soy muy desdichado. Mi honor está ahora comprometido; todo terminó antes de que yo empezara a ser consciente del peligro... pero ya no se puede hacer nada. No encontraré la paz hasta que me perdones, y, sin embargo, merezco tu maldición. Faustina no sabe nada de nuestro secreto. Adiós.

El papel cayó de las manos de Angeline.

Sería inútil describir los diversos sufrimientos que soportó la infortunada joven. Su piedad, resignación y carácter noble y generoso acudieron en su ayuda, y le sirvieron de apoyo cuando sentía que sin ellos podía morir. Faustina le escribió para decirle que le hubiera gustado verla, pero que Hipólito era reacio a la idea. Habían recibido la respuesta del marqués de la Toretta, un feliz consentimiento; pero el anciano se hallaba enfermo y todos se marchaban a Bolonia. A la vuelta, hablarían.

Su partida ofreció cierto consuelo a la desdichada joven. Y no tardó en prodigárselo también una carta del padre de Hipólito, llena de alabanzas de su conducta. Su hijo se lo había confesado todo, escribía; ella era un ángel... el cielo la premiaría, pero su recompensa sería aun mayor si se dignaba perdonar a su infiel enamorado. Responder a esa misiva alivió el dolor de la joven, que desahogó su pena y los pensamientos que la atormentaban escribiéndola. Perdonó de buen grado a Hipólito, y rezó para que él y su adorable esposa gozaran de todas las bendiciones.

Hipólito y Faustina contrajeron matrimonio y pasaron dos o tres años en París y en el sur de Italia. Ella fue inmensamente feliz al principio; pero pronto el mundo cruel y el carácter ligero e inconstante de su marido infligieron mil heridas en su joven corazón. Echaba de menos la amistad y la comprensión de Angeline; apoyar la cabeza en su pecho y ser consolada por ella. Propuso una visita a Venecia, Hipólito accedió y, de camino, pasaron por Este. Angeline había tomado el hábito en el convento de Santa Anna. Se sintió muy complacida, por no decir feliz, de su visita; escuchó con gran sorpresa las penas de Faustina, y se esforzó por consolarla. También vio a Hipólito con enorme serenidad, pues sus sentimientos habían cambiado; no era el ser que ella había amado, y comprendió que, de haberse casado con él, con su profunda sensibilidad y sus elevadas ideas sobre el honor, se habría sentido incluso más decepcionada que Faustina.

La pareja llevó la vida que suelen llevar los matrimonios italianos. Él era amante de las diversiones, inconstante, despreocupado; ella se consolaba con un cavaliere servente. Angeline, consagrada a Dios, se asombraba de todo aquello; y de que alguien pudiera cambiar, con tanta ligereza sus afectos, para ella tan sagrados e inmutables".

  Mary Shelley

jueves, 14 de mayo de 2015

"El Ángel de lo Extraño, una Extravagancia"

"Era una fría tarde de noviembre. Acababa de dar fin a un almuerzo más copioso que de costumbre, en el cual la indigesta trufa constituía una parte apreciable, y me encontraba solo en el comedor, con los pies apoyados en el guardafuegos, junto a una mesita que había arrimado al hogar y en la cual había diversas botellas de vino yliqu eur. Por la mañana había estado leyendo el Leónidas, de Glover; la Epigoniada, de Wilkie; el Peregrinaje, de Lamartine; la Columbiada, de Barlow; la Sicilia, de Tuckermann, y las Curiosidades, de Griswold; confesaré, por tanto, que me sentía un tanto estúpido. Me esforzaba por despabilarme con ayuda de frecuentes tragos de Laffitte, pero como no me daba resultado, empecé a hojear desesperadamente u n periódico cualquiera. Después de recorrer cuidadosamente la columna de casas de alquiler, la de perros perdidosy las dos de esposas y aprendices desaparecidos, ataqué resuelto el editorial, leyéndolo del principio al fin sin entender una sola sílaba; pensando entonces que quizá estuviera escrito en chino, volví a leerlo del fin al principio, pero los resultados no fueron más satisfactorios. Me disponía a arrojar disgustado este infolio de cuatro páginas, feliz obra que ni siquiera los poetas critican, cuando mi atención se despertó a la vista del siguiente párrafo:

Los caminos de la muerte son numerosos y extraños. Un periódico londinense se ocupa del singular fallecimiento de un individuo. Jugaba éste a soplar el dardo, juego que consiste en clavar en un blanco una larga aguja que sobresale de una pelota de lana, todo lo cual se arroja soplándolo con una cerbatana. La víctima colocó la aguja en el extremo del tubo que no correspondía y, al aspirar con violencia para juntar aire, la aguja se le metió por la garganta, llegando a los pulmones y ocasionándole la muerte en pocos días.

Al leer esto, me puse furioso sin saber exactamente por qué.

-Este artículo –exclamé- es una despreciable mentira, un triste engaño, la hez de las invenciones de un escritorzuelo de a un penique la línea, de un pobre cronista de aventuras en el país de Cucaña. Individuos tales, sabedores de la extravagante credulidad de nuestra época, aplican su ingenio a fabricar imposibilidades probables… accidentes extraños, como ellos lo denominan. Pero una inteligencia reflexiva (como la mía, pensé entre paréntesis apoyándome el índice en la nariz), un entendimiento contemplativo como el que poseo, advierte de inmediato que el maravilloso incremento que han tenido recientemente dichos accidentes extrañoses en sí el más extraño de los accidentes. Por mi parte, estoy dispuesto a no creer de ahora en adelante nada que tenga alguna apariencia singular.
-¡Tíos mío, que estúpido es usted, ferdaderamente! –pronunció una de las más notables voces que jamás haya escuchado.

En el primer momento creí que me zumbaban los oídos (como suele suceder cuando se está muy borracho), pero pensándolo mejor me pareció que aquel sonido se asemejaba al que sale de un barril vacío si se lo golpea con un garrote; y hubiera terminado por creerlo de no haber sido porque el sonido contenía sílabas y palabras. Por lo general, no soy muy nervioso, y los pocos vasos de Laffitte que había sido saboreado sirvieron para darme aún más coraje, por lo cual alcé los ojos con toda calma y los paseé por la habitación en busca del intruso. No vi a nadie.

-¡Humf! –continuó la voz, mientras seguía yo mirando-. ¡Debe estar más borracho que un cerdo, si no me fe sentado a su lado!

Esto me indujo a mirar inmediatamente delante de mis narices y, en efecto, sentado en la parte opuesta de la mesa vi a un estrambótico personaje del que, sin embargo, trataré de dar alguna descripción. Tenía por cuerpo un barril de vino, o una pipa de ron, o algo por el estilo que le daba un perfecto aire a lo Falstaff. A modo de extremidades inferiores tenía dos cuñetes que parecían servirle de piernas. De la parte superior del cuerpo le salían, a guisa de brazos, dos largas botellas cuyos cuellos formaban las manos. La cabeza de aquel monstruo estaba formada por una especie de cantimplora como las que usan en Hesse y que parecen grandes tabaqueras con un agujero en mitad de la tapa. Esta cantimplora (que tenía un embudo en lo alto, a modo de gorro echado sobre los ojos) se hallaba colocada sobre aquel tonel, de modo que el agujero miraba hacia mí; y por dicho agujero, que parecía fruncirse en un mohín propio de una solterona ceremoniosa, el monstruo emitía ciertos sonidos retumbantes y ciertos gruñidos que, por lo visto, respondían a su idea de un lenguaje inteligible.

-Digo –repitió- que debe estar más borracho que un cerdo para no ferme sentado a su lado. Y digo también que debe ser más estúpido que un ganso para no creer lo que esdá impreso en el diario. Es la ferdad… toda la ferdad… cada palabra.
-¿Quién es usted, si puede saberse? –pregunté con mucha dignidad, aunque un tanto perplejo-. ¿Cómo ha entrado en mi casa? ¿Yqué significan sus palabras?
-Cómo he endrado aquí no es asunto suyo –replicó la figura-; en cuanto a mis palabras, yo hablo de lo que me da la gana; y he fenido aquí brecisamente para que sepa quién soy.
-Usted no es más que un vagabundo borracho –dije-. Voy a llamar para que mi lacayo lo eche a puntapiés a la calle.
-¡Ja, ja! –rió el individuo-. ¡Ju, ju, ju! ¡Imbosible que haga eso!
-¿Imposible? –pregunté-. ¿Qué quiere decir?
-Toque la gambanilla –me desafió, esbozando una risita socarrona con su extraña y condenada boca.

Al oír esto me esforcé por enderezarme, a fin de llevar a ejecución mi amenaza; pero entonces el miserable se inclinó con toda deliberación sobre la mesa y me dio en mitad del cráneo con el cuello de una de las largas botellas, haciéndome caer otra vez en el sillón del cual acababa de incorporarme. Me quedé profundamente estupefacto y por un instante no supe que hacer. Entretanto, él seguía con su cháchara.

-¿Ha visto? Es mejor que se guede guieto. Y ahora sabrá guien soy. ¡Míreme! ¡Vea! Yo soy el Ángel de lo Extraño.
-¡Vaya si es singular! –me aventuré a replicar-. Pero siempre he vivido bajo la impresión de que un ángel tenía alas.
-¡Alas! –gritó, furibundo-. ¿Y bara qué quiero las alas? ¡Me doma usted por un bollo?
-¡Oh, no, ciertamente! –me apresuré a decir muy alarmado-. ¡No, no tiene usted nada de pollo!-Pueno, entonces quédese sentado y bórtese pien, o le begaré de nuevo con el buño. El bollo tiene alas, y el púho tiene alas, y el duende tiene alas, y el gran tiablo tiene alas. El ángel no tiene alas, y yo soy el Ángel de lo Extraño.
-¿Y qué se trae usted conmigo? ¿Se puede saber…?
-¡Qué me draigo! –profirió aquella cosa-. ¡Bues… que berfecto maleducado tebe ser usted para breguntar a un ángel qué se drae!

Aquel lenguaje era más de lo que podía soportar, incluso de un ángel; por lo cual, reuniendo mi coraje, me apoderé de un salero que había a mi alcance y lo arrojé a la cabeza del intruso. O bien lo evitó o mi puntería era deficiente, pues todo lo que conseguí fue la demolición del cristal que protegía la esfera del reloj sobre la chimenea. En cuanto al ángel, me dio a conocer su opinión sobre mi ataque en forma de dos o tres nuevos golpes en la cabeza. Como es natural, esto me redujo inmediatamente a la obediencia, y me avergüenza confesar que, sea por el dolor o la vergüenza que sentía, me saltaron las lágrimas de los ojos.

-¡Tíos mío! –exclamó el ángel, aparentemente muy sosegado por mi desesperación-. ¡Tíos mío, este hombre está muy borracho o muy triste! Usted no tebe beber tanto… usted tebe echar agua al fino. ¡Vamos beba esto… así, berfecto! ¡Y no llore más, famos!

Y, con estas palabras, el Ángel de lo Extraño llenó mi vaso (que contenía un tercio de oporto) con su fluido incoloro que dejó salir de una de las botellas-manos. Noté que las botellas tenían etiquetas y que en las mismas se leía: Kirschenwasser.

La amabilidad del ángel me ablandó grandemente y, ayudado por el agua con la cual diluyó varias veces mi oporto, recobré bastante serenidad como para escuchar su extraordinarísimo discurso. No pretendo repetir aquí todo lo que me dijo, pero deduje de sus palabras que era el genio que presidía sobre los contratiempos de la humanidad, y que su misión consistía en provocar los accidentes extraños que asombraban continuamente a los escépticos. Una o dos veces, al aventurarme a expresar mi completa incredulidad sobre sus pretensiones, se puso muy furioso, hasta que, por fin, estimé prudente callarme la boca y dejarlo que hablara a gusto. Así lo hizo, pues, extensamente, mientras yo descansaba con los ojos cerrados en mi sofá y me divertía mordisqueando pasas de uva y tirando los cabos en todas direcciones. Poco a poco el ángel pareció entender que mi conducta era desdeñosa para con él. Levantóse, poseído de terrible furia, se caló el embudo hasta los ojos, prorrumpió en un largo juramento, seguido de una amenaza que no pude comprender exactamente y, por fin, me hizo una gran reverencia y se marchó, deseándome en el lenguaje del arzobispo en Gil Blas, beaucoup de bonheur et un peu plus de bon sens.

Su partida fue un gran alivio para mí. Lospoquís imosvasos de Laffitte que había bebido me producían una cierta modorra, por lo cual decidí dormir quince o veinte minutos, como acostumbraba siempre después de comer. A la seis tenía una cita importante, a la cual no debía faltar bajo ningún pretexto. La póliza de seguro de mi casa había expirado el día anterior, pero como surgieran algunas discusiones, quedó decidido que los directores de la compañía me recibirían a las seis para fijar los términos de la renovación. Mirando el reloj de la chimenea (pues me sentía demasiado adormecido para mi reloj del bolsillo) comprobé con placer que aún contaba con veinticinco minutos. Eran las cinco y media; fácilmente llegaría a la compañía de seguros en cinco minutos; y como mis siestas habituales no pasaban jamás de veinticinco, me sentí perfectamente tranquilo y me acomodé para descansar.

Al despertar, muy satisfecho, miré nuevamente el reloj y estuve a punto de empezar a creer en accidentes extraños cuando descubrí que en vez de mi sueño ordinario de quince o veinte minutos sólo había dormido tres, ya que eran las seis menos veintisiete. Volví a dormirme, y al despertar comprobé con estupefacción quetodaví aeran las seis menos veintisiete. Corrí a examinar el reloj, descubriendo que estaba parado. Mi reloj de bolsillo no tardó en informarme que eran las siete y media y, por consiguiente, demasiado tarde para la cita.

-No será nada –me dije-. Mañana por la mañana me presentaré en la oficina y me excusaré. Pero, entretanto, ¿qué le ha ocurrido al reloj?

Al examinarlo descubrí que uno de los cabos del racimo de pasas que había estado desparramando a capirotazos durante el discurso del Ángel de lo Singular había aprovechado la rotura del cristal para alojarse –de manera bastante singular- en el orificio de la llave, de modo que su extremo, al sobresalir de la esfera, había detenido el movimiento del minutero.

-¡Ah, ya veo! –exclamé-. La cosa es clarísima. Un accidente muy natural, como los que ocurren a veces.

Dejé de preocuparme del asunto y a la hora habitual me fui a la cama. Luego de colocar una bujía en una mesilla de lectura a la cabecera, y de intentar la lectura de algunas páginas de la Omnipresencia de la Deidad, me quedé infortunadamente dormido en menos de veinte segundos, dejando la vela encendida.

Mis sueños se vieron aterradoramente perturbados por visiones del Ángel de lo Singular. Me pareció que se agazapaba a los pies del lecho, apartando las cortinas, y que con las huecas y detestables resonancias de una pipa de ron me amenazaba con su más terrible venganza por el desdén con que lo había tratado. Concluyó una larga arenga quitándose su gorro-embudo, insertándomelo en el gaznate e inundándome con un océano de Kirschenwasser, que manaba a torrentes de una de las largas botellas que le servían de brazos. Mi agonía se hizo, por fin, insoportable y desperté a tiempo para percibir que una rata se había apoderado de la bujía encendida en la mesilla, peronoa tiempo de impedirle que se metiera con ella en su cueva. Muy pronto asaltó mis narices un olor tan fuerte como sofocante; me di cuenta de que la casa se había incendiado, y pocos minutos más tarde las llamas surgieron violentamente, tanto, que en un período increíblemente corto el entero edificio fue presa del fuego.

Toda salida de mis habitaciones había quedado cortada, salvo una ventana. La multitud reunida abajo no tardó en procurarme una larga escala. Descendía por ella rápidamente sano y salvo cuando a un enorme cerdo (en cuya redonda barriga, así como en todo su aire y fisonomía había algo que me recordaba al Ángel de lo Extraño) se le ocurrió interrumpir el tranquilo sueño de que gozaba en un charco de barro y descubrir que le agradaría rascarse el lomo, no encontrando mejor lugar para hacerlo que el ofrecido por el pie de la escala. Un segundo después caí yo desde lo alto, con la mala fortuna de quebrarme un brazo.

Aquel accidente, junto con la pérdida de mi seguro y la más grave del cabello (totalmente consumido por el fuego), predispuso mi espíritu a las cosas serias, por lo cual me decidí finalmente a casarme.

Había una viuda rica, desconsolada por la pérdida de su séptimo marido, y ofrecí el bálsamo de mis promesas a las heridas de su espíritu. Llena de vacilaciones, cedió a mis ruegos. Arrodilléme a sus pies, envuelto en gratitud y adoración. Sonrojóse, mientras sus larguísimas trenzas se mezclaban por un momento con los cabellos que el arte de Grandjean me había proporcionado temporariamente. No sé cómo se enredaron nuestros cabellos, pero así ocurrió. Levantéme con una reluciente calva y sin peluca, mientras ella, ahogándose con cabellos ajenos, cedía a la cólera y al desdén. Así terminaron mis esperanzas sobre aquella viuda por culpa de un accidente por cierto imprevisible, pero que la serie natural de los sucesos había provocado.

Sin desesperar, empero, emprendí el asedio de un corazón menos implacable. Los hados me fueron propicios durante un breve período, pero un incidente trivial volvió a interponerse. Al encontrarme con mi novia en una avenida frecuentada por toda laélite de la ciudad, me preparaba a saludarla con una de mis más respetuosas reverencias, cuando alguna partícula de alguna materia se me alojó en el ojo, dejándome completamente ciego por un momento. Antes de que pudiera recobrar la vista, la dama de mi amor había desaparecido, irreparablemente ofendida por lo que consideraba descortesía al dejarla pasar a mi lado sin saludarla. Mientras permanecía desconcertado por lo repentino de este accidente (que podía haberle ocurrido, por lo demás, a cualquier mortal), se me acercó el Ángel de lo Extraño, ofreciéndome su ayuda con una gentileza que no tenía razones para esperar. Examinó mi congestionado ojo con gran delicadeza y habilidad, informándome que me había caído en él una gota, y –sea lo que fuere aquella gota- me la extrajo y me procuró alivio.

Pensé entonces que ya era tiempo de morir, puesto que la mala fortuna había decidido perseguirme, y, en consecuencia, me encaminé al río más cercano. Una vez allí me despojé de mis ropas (dado que bien podemos morir como hemos venido al mundo) y me tiré de cabeza a la corriente, teniendo por único testigo de mi destino a un cuervo solitario, el cual, dejándose llevar por la tentación de comer maíz mojado en aguardiente, se había separado de sus compañeros. Tan pronto me hube tirado al agua, el pájaro resolvió echar a volar llevándose la parte más indispensable de mi vestimenta. Aplacé, por tanto, mis designios suicidas, y luego de introducir las piernas en las mangas de mi chaqueta, me lancé en persecución del villano con toda la celeridad que el caso reclamaba y que las circunstancias permitían. Mas mi cruel destino me acompañaba, como siempre. Mientras corría a toda velocidad, la nariz en alto y sólo preocupado por seguir en su vuelo al ladrón de mi propiedad, percibí de pronto que mis pies ya no tocaban terra firma: acababa de caer a un precipicio, y me hubiera hecho mil pedazos en el fondo, de no tener la buena fortuna de atrapar la cuerda de un globo que pasaba por ahí.

Tan pronto recobré suficientemente los sentidos como para darme cuenta de la terrible situación en que me hallaba (o, mejor, de la cual colgaba), ejercité todas las fuerzas de mis pulmones para llevar dicha terrible situación a conocimiento del aeronauta. Pero en vano grité largo tiempo. O aquel estúpido no me oía, o aquel miserable no quería oír, Entretanto el globo ganaba altura rápidamente, mientras mis fuerzas decrecían con no menor rapidez. Me disponía a resignarme a mi destino y caer silenciosamente al mar, cuando cobré ánimos al oír una profunda voz en lo alto, que parecía estar canturreando un aire de ópera. Mirando hacia arriba, reconocí al Ángel de lo Singular. Con los brazos cruzados, se inclinaba sobre el borde de la barquilla; tenía una pipa en la boca y, mientras exhalaba tranquilamente el humo, parecía muy satisfecho de sí mismo y del universo. En cuanto a mí, estaba demasiado exhausto para hablar, por lo cual me limité a mirarlo con aire implorante.

Durante largo tiempo no dijo nada, aunque me contemplaba cara a cara. Por fin, pasándose la pipa al otro lado de la boca, condescendió a hablar.

-¿Quién es usted y qué diablos hace aquí? –preguntó-. A esta desfachatez, crueldad y afectación sólo pude responder con una sola palabra: ¡Socorro!
-¡Socorro! –repitió el malvado-. ¡Nada te eso! Ahí fa la potella… ¡Arréglese usted solo, y que el tiablo se lo lleve!

Con estas palabras, dejó caer una pesada botella de Kirschenwasser que, dándome exactamente en mitad del cráneo, me produjo la impresión de que mis sesos acababan de volar. Dominado por esta idea me disponía a soltar la cuerda y rendir mi alma con resignación, cuando fui detenido por un grito del ángel, quien me mandaba que no me soltara.

-¡Déngase con fuerza! –gritó-. ¡Y no se abresure! ¿Quiere que le dire la otra potella… o brefiere bortarse bien y ser más sensato?

Al oír esto me apresuré a mover dos veces la cabeza, la primera negativamente, para indicar que por el momento no deseaba recibir la otra botella, y la segunda afirmativamente, a fin de que el ángel supiera que me portaría bien y que sería más sensato. Gracias a ello logré que se dulcificara un tanto.

-Entonces… ¿cree por fin? –inquirió-. ¿Cree por fin en la bosibilidad de lo extraño?

Asentí nuevamente con la cabeza.

-¿Y cree en mí, el Ángel de lo Extraño?

Asentí otra vez.

-¿Y reconoce que usted es un borracho berdido y un estúbido?

Una vez más dije que sí.

-Bues, pien, bonga la mano terecha en el polsillo izquierdo te los bantalones, en señal de su entera sumisión al Ángel de lo Extraño.

Por razones obvias me era absolutamente imposible cumplir su pedido. En primer lugar, tenía el brazo izquierdo fracturado por la caída de la escala y, si soltaba la mano derecha de la soga, no podría sostenerme un solo instante con la otra. En segundo término, no disponía de pantalones hasta encontrara al cuervo. Me vi, pues, precisado, con gran sentimiento, a sacudir negativamente la cabeza, queriendo indicar con ello al ángel que en aquel instante me era imposible acceder a su muy razonable demanda. Pero, apenas había terminado de moverla, cuando…

-¡Fáyase al tiablo, entonces! –rugió el Ángel de lo Extraño.

Y al pronunciar dichas palabras dio una cuchillada a la soga que me sostenía, y como esto ocurría precisamente sobre mi casa (la cual, en el curso de mis peregrinaciones, había sido hábilmente reconstruida), terminé cayendo de cabeza en la ancha chimenea y aterricé en el hogar del comedor.

Al recobrar los sentidos –pues la caída me había aturdido terriblemente- descubrí que eran las cuatro de la mañana. Estaba tendido allí donde había caído del globo. Tenía la cabeza metida en las cenizas del extinguido fuego, mientras mis pies reposaban en las ruinas de una mesita volcada, entre los restos de una variada comida, junto con los cuales había un periódico, algunos vasos y botellas rotos y un jarro vacío de Kirschenwasser de Schiedam. Tal fue la venganza del Ángel de lo Extraño".

Edgar Allan Poe