"El reverendo Murdoch Soulis fue durante mucho tiempo pastor de la parroquia del páramo de Balweary, en el valle de Dule. Anciano severo y de rostro sombrío para sus feligreses, vivió durante los últimos años de su vida, sin familia, ni criado, ni compañía humana alguna, en la modesta y solitaria casa parroquial situada bajo el Hanging Shazv, un pequeño bosque de sauces. A pesar de lo férreo de sus facciones, sus ojos eran salvajes, asustadizos e inciertos. Y cuando en una amonestación privada se explayaba largamente sobre el futuro del impenitente parecía que su visión atravesara las tormentas del tiempo hasta los terrores de la eternidad. Muchos jóvenes que venían a prepararse para la ceremonia de la Primera Comunión quedaban terriblemente afectados por sus palabras. Tenía un sermón sobre los versículos 1 y 8 de Pedro, «El diablo como un león rugiente», para el domingo después de cada diecisiete de agosto, y solía superarse sobre aquel texto, tanto por la naturaleza espantosa del tema como por el terror que infundía su comportamiento en el pulpito. Los niños estaban aterrorizados hasta el punto de sufrir ataques de histeria, y la gente mayor parecía más misteriosa de lo normal y repetía durante todo el día aquellas insinuaciones de las que Hamlet se lamentaba.
La misma casa parroquial, ubicada cerca del río Dule entre árboles gruesos, con el Shazv colgando sobre ella en un lado y, en el otro, numerosos páramos fríos que se elevaban hacia el cielo, había comenzado —ya muy al inicio del ministerio del Sr. Soulis— a ser evitada en las horas del anochecer por todos aquellos que se valoraban a sí mismos por su prudencia; y los hombres respetables que se sentaban en la taberna de la aldea movían la cabeza a la vez ante la sola idea de acercarse de noche a aquel tenebroso vecindario. Había un lugar, para ser más concretos, que se evitaba con especial temor. La casa parroquial estaba situada entre la carretera y el río Dule, con un aguilón dando a cada lado; la parte de atrás de la casa daba a la aldea de Balweary, situada a casi media milla de distancia; delante de la casa, un jardín seco rodeado de un seto de espinos ocupaba el terreno entre el río y la carretera. La casa era de dos plantas con dos habitaciones grandes en cada una. La entrada no daba directamente al jardín, sino a un paseo que llevaba a la carretera por un lado y que por el otro quedaba cerrado por los altos sauces y saúcos que bordeaban el arroyo. Era este trecho de la calzada el que gozaba de tan nefasta reputación entre los parroquianos más jóvenes de Balweary. El reverendo paseaba por allí a menudo al anochecer, a veces gimiendo en voz alta por la fuerza de sus oraciones inarticuladas.
Cuando estaba fuera de casa y la puerta cerrada con llave, los escolares más atrevidos se lanzaban —con el corazón latiéndoles a pleno ritmo— a jugar a «seguir al jefe» y cruzar aquel punto legendario. Este ambiente de terror que rodeaba a un hombre de Dios de carácter y ortodoxia intachables era causa de común asombro y tema de curiosidad entre los pocos forasteros que se adentraban, por casualidad o por negocios, hasta aquel desconocido y alejado paraje. Pero mucha de la gente incluso de la parroquia ignoraba los acontecimientos que habían marcado el primer año de ministerio del Sr. Soulis. Incluso entre los que estaban mejor informados, unos no querían decir nada —por ser de naturaleza reservada— y otros temían hablar sobre aquel asunto en particular. De vez en cuando alguno de los mayores, envalentonado por su tercer trago, recordaba el origen de las extrañas miradas y la vida solitaria del reverendo.
Cincuenta años atrás, cuando el Sr. Soulis llegó por primera vez a Balweary, aún era un hombre joven —un mozo, decía la gente— lleno de sabiduría académica y muy grandilocuente, pero, como era natural en un hombre de su edad, tenía poca experiencia de la vida en lo referente a la religión. Los más jóvenes estaban muy impresionados por su talento y su facilidad de palabra; pero los hombres y las mujeres mayores, preocupados y serios se conmovieron hasta el punto de rezar por el joven, al que consideraban un iluso, y por la parroquia, que seguramente estaría mal atendida. Era antes de los días de los moderados... malditos sean; pero las cosas malas son como las buenas: ambas vienen poco a poco y en pequeñas cantidades. Incluso entonces había gente que decía que el Señor había abandonado a los profesores de la universidad a sus propios recursos y que los jóvenes que fueron a estudiar con ellos habrían salido ganando sentados en una turbera, como sus antepasados durante la persecución, con una Biblia bajo el brazo y un espíritu de oración en el corazón. No cabía duda ninguna de que el Sr. Soulis había estado en la universidad demasiado tiempo. Era meticuloso y se preocupaba por muchas cosas, salvo por la más importante. Tenía una gran cantidad de libros — más de los que se habían visto jamás en todo aquel presbiterio—, y harto trabajo le costó al porteador, porque estuvieron a punto de ahogarse en el Pantano del Diablo, situado entre su destino y Kilmackerlie. Eran libros de teología, sin duda, o así los llamaban. Pero la gente seria era de la opinión de que no hacía falta tantos, sobretodo cuando toda la Palabra de Dios en su conjunto cabría en la punta de una manta escocesa. Además, el reverendo se pasaba la mitad del día y la mitad de la noche sentado, escribiendo nada menos, lo cual era poco decente. Al principio temían que leyera sus sermones; después resultó ser que estaba escribiendo un libro, lo que con toda seguridad no era conveniente para alguien tan joven y con escasa experiencia.
De todas formas, le convenía conseguir una mujer mayor y decente que cuidara de la casa parroquial y que se encargara de sus espartanas comidas. Le recomendaron a una vieja de mala reputación —Janet M'Clour, la llamaban— y le dejaron obrar por su cuenta hasta que se convenció por sí mismo. Muchos le aconsejaron lo contrario, porque la buena gente de Balweary tenía más que sospechas de Janet. Tiempo atrás había tenido un hijo con un soldado y se había apartado de la sociedad durante casi treinta años. Los niños la habían visto hablando sola en Key's Loan al atardecer, un lugar y una hora extraños para una mujer temerosa del Señor. Sin embargo, fue un terrateniente quien recomendó a Janet desde un principio y, en aquellos días, el reverendo habría hecho cualquier cosa para complacer al terrateniente. Cuando la gente le comentó que Janet estaba poseída por el demonio le pareció un rumor sin fundamento; cuando le citaron la Biblia y la bruja de Endor trató de convencerles enfáticamente de que aquellos días ya no existían y de que el demonio estaba misericordiosamente comedido.
Bien, cuando se supo en la aldea que Janet M'Clour iba a entrar a servir en la casa del párroco la gente se enfadó mucho con ambos. Algunas de aquellas buenas señoras no tenían nada mejor que hacer que reunirse a la puerta de su casa y acusarla de todo lo que sabían de ella, desde el hijo del soldado hasta las dos vacas de John Tamson. Ella no era una mujer muy elocuente; normalmente la gente le dejaba hacer su vida y ella hacía lo mismo, sin intercambiar ni buenas tardes ni buenos días, pero cuando se enfadaba tenía una lengua como para dejar sordo al molinero; cuando empezaba no había un viejo chisme que, aquel día, no hiciera saltar a alguien; no podían decir nada sin que ella les respondiera dos veces. Hasta que, al final, las amas de casa la cogieron, le rasgaron la ropa y la arrastraron desde la aldea hasta las aguas del río Dule, para comprobar si era bruja o no; total, o nadaba o se ahogaba. La vieja gritó tanto que se la oyó en el Hangirí Shaw y luchó como diez. Muchas señoras llevaban cardenales al día siguiente y durante muchos días después; y justo en el momento más violento del altercado, ¡quién apareció sino el nuevo reverendo!
—Mujeres —dijo él, que tenía una voz magnífica—, en nombre de Dios os ordeno que la soltéis.
Janet corrió hacia él —estaba realmente aterrorizada—, se le abrazó y le rogó en nombre de Dios que la salvara de las chismosas; ellas, por su parte, le dijeron todo lo que sabían de ella y quizá más de lo que sabían.
—Mujer —le dijo a Janet—, ¿es eso verdad?
—Pongo a Dios por testigo —dijo ella— y como me hizo Dios que no es verdad ni una palabra. Aparte del hijo —dijo ella—, he sido una mujer decente toda mi vida.
—¿Renuncias —dijo el señor Soulis—, en nombre de Dios y ante mí, su indigno pastor, renuncias al diablo y a sus obras?
Bueno, parece ser que cuando preguntó eso ella sonrió de una forma que aterrorizó a quienes la vieron, y oyeron tamborilear los dientes en su boca. Pero no había más que una salida, y Janet levantó la mano y renunció al diablo delante de todos.
—Y ahora —dijo el señor Soulis a las señoras—, id a vuestras casas y pedid perdón a Dios.
Le dio el brazo a Janet, que llevaba encima poco más de una combinación, y la acompañó por la aldea hasta la puerta de su casa como a una gran señora. Los gritos y las risas de Janet eran escandalosos. Aquella noche mucha gente seria alargó sus oraciones más de lo normal; pero al amanecer se difundió tal miedo sobre todo Balweary que los niños se escondieron e incluso los hombres permanecieron en casa y, como mucho, se asomaban a la puerta.
Janet venía bajando por la aldea —ella o alguien que se le parecía, nadie podría decirlo con certeza— con el cuello torcido y la cabeza colgándole a un lado, como un cuerpo que ha sido ahorcado, y una sonrisa en el rostro como la de un cadáver sin enterrar. Poco a poco, se fueron acostumbrando e incluso le preguntaban burlonamente qué le pasaba; pero desde aquel día en adelante no pudo hablar como una mujer cristiana, sino que balbuceaba y castañeaba los dientes como si de unas podaderas se tratara. Desde aquel día el nombre de Dios jamás volvió a pasar por sus labios. A veces intentaba pronunciarlo, pero no lo conseguía. Los más listos no lo comentaban, pero jamás volvieron a llamar a esa «cosa» por el nombre de Janet M'Clour, pues para ellos la vieja ya estaba en el infierno desde ese día. No obstante, no había nada que detuviera al reverendo, que no hacía otra cosa que sermonear acerca de la crueldad de la gente, que le había provocado una apoplejía, y pegaba a los niños que la molestaban. Aquella misma noche la invitó a su casa y permaneció allí a solas con ella bajo el Hanging Shaw.
Bien, el tiempo pasó. Los más indolentes empezaron a pensar menos en aquel negro asunto. El reverendo estaba bien considerado; siempre hacía tarde escribiendo. La gente veía su vela cerca del agua del río Dule después de las doce de la noche. Parecía tan satisfecho de sí mismo y tan arrogante como al principio, aunque cualquiera podía ver que estaba consumiéndose. En cuanto a Janet, ella iba y venía; si antes hablaba poco, lo razonable era que ahora hablara menos. No molestaba a nadie; tenía un aspecto horripilante y nadie discutía con ella sobre el trozo de tierra que se regalaba, según la costumbre, al reverendo de Balweary, además de su paga mensual.
A finales de julio hizo un tiempo tan malo como jamás se había visto por esas tierras; había una calma calurosa, despiadada. El ganado no podía subir a Black Hill a pastar; los niños estaban demasiado cansados para jugar. A la vez, estaba tormentoso, con ráfagas de viento caliente que retumbaban en los valles y escasas lluvias que apenas mojaban la tierra. Todos pensábamos que caería una tormenta por la mañana; pero llegaba la mañana y la siguiente y continuaba el mismo tiempo amenazante, duro para el hombre y las bestias. Por si eso fuera poco, nadie sufría tanto como el señor Soulis. No podía ni dormir ni comer y se lo comentó a sus superiores. Cuando no estaba escribiendo su interminable libro, vagabundeaba por el campo como un hombre obsesionado; otro en su lugar estaría feliz de permanecer fresco dentro de casa.
Encima del Hanging Shaw, en el refugio de Black Hill, hay una parcela de tierra vallada con una puerta de hierro. Al parecer, en los viejos tiempos fue el cementerio de Balweary, consagrado por los papistas antes de que se hiciera la luz bendita sobre el reino. Sea como fuere, era uno de los sitios preferidos del señor Soulis. Allí se sentaba y meditaba sus sermones; realmente era un sitio protegido. Bien; un día, cuando subía la colina de Black Hill por el lado oeste, vio primero dos, luego cuatro y finalmente siete cornejas negras volando en círculos sobre el viejo cementerio.
Volaban bajo, pesadamente, chillándose las unas a las otras. Al señor Soulis le pareció claro que algo las había apartado de su rutina cotidiana. No se asustaba fácilmente; se acercó directamente a las ruinas y qué se encontró allí sino a un hombre, o la apariencia de un hombre, sentado dentro del cementerio sobre una sepultura. Era de una estatura enorme, negro como el infierno, y sus ojos eran singulares. El señor Soulis había oído hablar de hombres negros muchas veces, pero en éste había algo extraño que le intimidaba. Pese al calor que tenía, sintió una sensación de frío hasta el tuétano de los huesos, pero a pesar de todo se lanzó y le preguntó: «Amigo, ¿es usted forastero?» El hombre negro no contestó ni una palabra; se puso de pie y empezó a caminar torpemente hacia la pared del otro lado, pero siempre mirando al reverendo. Éste aguantó la mirada hasta que, de pronto, el hombre negro saltó la tapia y corrió al abrigo de los árboles. El señor Soulis, sin saber bien por qué, corrió detrás de él, pero se encontraba muy fatigado después del paseo a causa del tiempo caluroso y poco saludable. Por mucho que corrió, no consiguió más que un vistazo del hombre negro al cruzar el pequeño bosque de abedules, hasta que llegó al pie de la colina; allí le vio otra vez saltando rápidamente sobre las aguas del río Dule en dirección a la casa parroquial.
Al señor Soulis no le complacía mucho que este espantoso vagabundo se tomara tanta libertad con la casa parroquial de Balweary. Corrió más deprisa y, mojándose los zapatos, cruzó el arroyo y se acercó por el camino; pero no había ni sombra del hombre negro por allí. Salió al camino, pero no encontró a nadie. Buscó por todo el jardín, pero no apareció. Al final, y con un poco de miedo, como era natural, levantó el pasador y entró en la casa. Allí se encontró con Janet M'Clour delante de sus ojos, con su cuello torcido y no muy contenta de verle. En ese instante recordó que cuando la vio por primera vez sintió la misma escalofriante sensación de terror.
—Janet —dijo—, ¿has visto a un hombre negro?
—¡Un hombre negro! —dijo ella— ¡Sálvanos a todos! Usted no se entera, reverendo. No hay ningún hombre negro en todo Balweary.
Pero ella no hablaba claramente, debe entenderse, sino que balbuceaba como un poni con el freno de la brida en la boca.
—Bueno —dijo él—. Janet, si no hay ningún hombre negro yo he hablado con el inquisidor de la Hermandad.
Y se sentó como alguien que tiene fiebre, y los dientes le castañearon en la boca.
—Caray —dijo ella—, debería darle vergüenza, reverendo —dándole un poco de coñac que tenía siempre a mano.
Entonces el señor Soulis entró en su estudio, rodeado de todos sus libros. Era una habitación larga, baja y oscura, mortíferamente fría en invierno y no especialmente seca ni en la época más calurosa del verano, porque la casa está situada cerca del arroyo. Se sentó y pensó en todo lo que le había ocurrido desde su llegada a Balweary; y en su hogar, y en los días en que era un crío y correteaba alegremente por las colinas; y aquel hombre negro corría por su cabeza como el estribillo de una canción. Cuanto más pensaba más lo hacía en el hombre negro. Intentó rezar, pero las palabras no le venían; dicen que intentó escribir en su libro, pero tampoco lo consiguió. Había momentos en los que pensaba que el hombre negro estaba a su lado y un sudor frío le cubría como el agua recién sacada del pozo; en otros momentos, volvía en sí como un bebé recién bautizado y no pensaba en nada.
Como resultado, se fue a la ventana y miró con enfado el agua del río Dule. En la proximidad de la casa los árboles son muy espesos y el agua, profunda y negra; allí estaba Janet, lavando la ropa con las enaguas remangadas; estaba de espaldas, y el reverendo, por su parte, apenas sabía lo que miraba. De pronto ella se dio la vuelta y le mostró el rostro. El señor Soulis sintió la misma sensación de terror que había sentido dos veces aquel mismo día y se acordó de lo que decía la gente: que Janet estaba muerta hacía tiempo y lo que veía era un fantasma de barro frío. Se apartó un poco y la miró detenidamente. Ella pisaba la ropa canturreando para sí misma; ¡caramba!, que Dios nos libre, la suya era una cara espantosa. A veces ella cantaba más fuerte, pero no había hombre ni mujer que pudiera entender la letra de su canción. A veces miraba hacia abajo con la cabeza torcida, pero donde ella miraba no había nada. Una sensación escalofriante recorrió el cuerpo del reverendo; fue un aviso del Cielo. El señor Soulis se culpó a sí mismo por pensar tan mal de una pobre mujer, vieja y afligida, sin amigos salvo él.
Entonó una corta oración por ambos, bebió un poco de agua fresca —porque el corazón le saltaba en el pecho— y, al atardecer, se fue a la cama.
Aquella fue una noche que jamás se olvidará en Balweary, la noche del diecisiete de agosto de 1712. Antes había hecho calor, como he dicho, pero aquella noche hizo más calor que nunca. El sol se puso entre nubes muy extrañas; oscureció como un pozo; ni una estrella, ni una gota de aire. Uno no podía verse ni la mano delante de la cara, e incluso los más ancianos se quitaron las sábanas y jadeaban tratando de respirar. Con todo lo que tenía en la cabeza, era muy improbable que el señor Soulis consiguiera dormir mucho.
Daba vueltas en la cama, limpia y fresca cuando se acostó pero que ahora le quemaba hasta los huesos. A ratos dormía y a ratos se despertaba; unas veces oía al reloj dar las horas durante la noche y otras, a un perro aullar en el páramo como si hubiera muerto alguien; a veces le parecía oír fantasmas chismorreando en su oído y otras veía lucecillas en la habitación. Pensó, creyó estar enfermo; y enfermo estaba, pero... poco sospechaba de qué enfermedad.
Al final, se le despejó la cabeza, se sentó al borde de la cama en camisón y volvió a pensar en el hombre negro y en Janet. No sabía bien cómo —quizá por el frío que sentía en los pies—, pero se le ocurrió de repente que había una cierta conexión entre ellos y que uno de los dos o ambos eran fantasmas. Justo en aquel momento, en la habitación de Janet, que estaba al lado de la suya, se oyó un ruido de pisadas como si hubiese algunos hombres luchando, y a continuación, un golpe fuerte. Un remolino de viento se deslizó estrepitosamente por las cuatro esquinas de la casa; después todo volvió a estar silencioso como una tumba.
El señor Soulis no temía ni al hombre ni al diablo. Cogió las yescas y encendió una vela, avanzando tres pasos hacia la puerta de Janet. Estaba cerrada, la abrió de un empujón e inspeccionó la habitación atrevidamente. Era una habitación amplia, tan amplia como la del reverendo, amueblada con muebles grandes, viejos y sólidos, porque no tenía otra cosa. Había una cama de cuatro postes con colgantes viejos, un estupendo armario de roble lleno de libros de teología del reverendo que se habían puesto allí por falta de espacio y unas cuantas prendas de Janet esparcidas aquí y allá por el suelo. Pero el reverendo Soulis no vio a Janet, y tampoco había señal alguna de forcejeo. Entró —pocos le habrían seguido—, miró a su alrededor y escuchó. Pero no oyó nada, ni dentro de la casa ni en toda la parroquia de Balweary; tampoco se veía nada salvo las grandes sombras que giraban alrededor de la vela. De golpe, el corazón del reverendo latió rápidamente y se quedó paralizado; un viento frío revoloteó por sus cabellos. ¡Qué visión más deprimente para los ojos del pobre hombre! Vio a Janet colgada de un clavo al lado del viejo armario de roble; la cabeza aún reposaba sobre el hombro, tenía los ojos cerrados, la lengua le salía por la boca y los zapatos se encontraban a una altura de dos pies sobre el suelo.
«¡Que Dios nos perdone a todos!», pensó el señor Soulis, « la pobre Janet está muerta.»
Dio un paso hacia el cuerpo y entonces el corazón le saltó de nuevo en el pecho. Qué hechizo haría pensar a un hombre que Janet podía estar colgada de un solo clavo y por un solo hilo de estambre de los que sirven para remendar medias. Era horrible estar solo por la noche con tales prodigios en la oscuridad, pero la fe del reverendo Soulis en el Señor era profunda. Dio la vuelta y salió de aquella habitación cerrando la puerta con llave tras él. Paso a paso, bajó las escaleras pesadamente, como el plomo, y puso la vela sobre la mesa que había al pie de la escalera. No podía rezar, no podía pensar, estaba empapado en un sudor frío y no oía nada salvo el palpito de su propio corazón. Es posible que permaneciera allí una hora o quizá dos, no se dio cuenta, cuando, de pronto, escuchó una risa, una conmoción extraña arriba. Se oían pasos ir y venir por la habitación donde estaba el cuerpo colgado; entonces la puerta se abrió, aunque él recordaba claramente que la había cerrado con llave. Después sintió pisadas en el rellano y le pareció ver el cuerpo asomado a la barandilla mirando hacia abajo, donde él se encontraba.
Cogió la vela de nuevo (porque no podía prescindir de la luz) y, tan sigilosamente como pudo, salió directamente de la casa y fue hasta la otra punta del sendero. Aún estaba completamente oscuro; la llama de la vela ardía tranquila y transparente como en una habitación cuando la puso sobre la tierra; nada se movía salvo el agua del río Dule, susurrando y murmurando valle abajo, y aquellos atroces pasos que bajaban lentamente por las escaleras dentro de la casa. Él conocía los pasos perfectamente: eran de Janet, y, con cada paso que se le acercaba poco a poco, el frío aumentaba en sus entrañas.
Encomendó su alma al Creador: «Oh, Señor» —dijo—, «dame fuerza para luchar esta noche contra el poder del mal.»
Para entonces los pasos avanzaban por el pasillo hacia la puerta. Podía oír la mano que rozaba la pared con sumo cuidado, como si la «cosa» espantosa palpara el camino. Los sauces se sacudían y gemían al unísono, y un largo susurro del viento atravesó las colinas; la llama de la vela bailaba. Y apareció el cuerpo de Janet «la torcida», con su vestido de lana y su capucha negra, con la cabeza colgando sobre el hombro y una mueca todavía visible en el rostro —viva, se podría decir... muerta, como bien sabía el reverendo Soulis—, en el umbral de la casa.
Es extraño que el alma del hombre dependa tanto de su perecedero cuerpo, pero el reverendo se dio cuenta y su corazón aguantó. Ella no permaneció allí mucho tiempo; empezó a moverse otra vez y se acercó lentamente hacia el Sr. Soulis, que se encontraba de pie bajo los sauces. Toda la vida corporal de él, toda la fuerza de su espíritu irradiaba en sus ojos. Pareció que ella iba a hablar, pero le faltaron palabras e hizo una señal con la mano izquierda. Hubo un golpe de viento como el siseo de un gato, la vela se apagó, los sauces chillaron como si fueran personas y el señor Soulis supo que, vivo o muerto, aquello era el final.
—¡Bruja, diablo! —gritó—, te ordeno en nombre de Dios que te vayas a la tumba si estás muerta o al Infierno si estás condenada.
Y en aquel instante la mano de Dios, desde el Cielo, fulminó a la «cosa» allí mismo. El cuerpo viejo, muerto y profanado de la mujer bruja, tanto tiempo apartado de la tumba y manipulado por los demonios, ardió como un fuego de azufre y se desmoronó en cenizas sobre el suelo; a continuación empezaron los truenos, más fuertes cada vez, seguidos por el estruendo de la lluvia. El reverendo Soulis saltó por encima del seto del jardín y corrió dando gritos hacia la aldea.
Aquella misma mañana, John Christie vio al Hombre Negro pasar el Gran Mojón cuando daban las seis de la mañana; antes de las ocho pasó por la posada de Knockdoiv; poco después, Sandy M'Llellan le vio cruzando los oteros de Kilmackerlie rápidamente. No hay ninguna duda de que él fue quien ocupó el cuerpo de Janet durante tanto tiempo; pero, por fin, se había marchado. Desde entonces, el diablo jamás ha vuelto a molestarnos en Balweary.
Sin embargo, fue un penoso honor para el reverendo; permaneció delirando en la cama durante mucho tiempo. Desde aquel día hasta hoy, no ha vuelto a ser el mismo".
Robert Louis Stevenson
" Ven, cierra la puerta, siéntate junto al fuego de la chimenea, que la noche es fría, y seguro que estás cansado; acomódate y disfruta de una de tantas historias, que como cada noche vas a poder escuchar aquí..."
El Recolector de Historias
jueves, 8 de octubre de 2015
miércoles, 7 de octubre de 2015
"Revelación Mesmérica"
"Aunque la teoría del mesmerismo esté aún envuelta en dudas, sus sobrecogedoras realidades son ya casi universalmente admitidas. Los que dudan de éstas pertenecen a la casta inútil y despreciable de los que dudan por pura profesión. No hay mejor manera de perder el tiempo que proponerse probar en la actualidad que el hombre, por el simple ejercicio de su voluntad, puede impresionar a su semejante al punto de sumirlo en un estado anormal cuyas manifestaciones se parecen estrechamente a las de la muerte, o por lo menos en mayor grado que cualquier otro fenómeno conocido en condiciones normales; que, en ese estado, la persona así influida utiliza sólo con esfuerzo y en consecuencia débilmente los órganos exteriores de los sentidos y, sin embargo, percibe con agudeza y refinamiento, y por vías presuntamente desconocidas, cosas que están más allá del alcance de los órganos físicos; que, además, sus facultades intelectuales se hallan en un maravilloso estado de exaltación y fuerza; que las simpatías con la persona que así influye sobre ella son profundas, y, finalmente, que su susceptibilidad de impresión va en aumento gradual, al tiempo que en la misma proporción, se extienden y acentúan cada vez más los peculiares fenómenos producidos.
Digo que sería superfluo demostrar las leyes del mesmerismo en sus rasgos generales; tampoco infligiré a mis lectores una demostración hoy tan innecesaria. Mi propósito es, en verdad, muy otro. Me siento impelido, aun enfrentándome de esta manera con un mundo de prejuicios, a detallar sin comentarios el notabilísimo diálogo que sostuve con un hipnotizado.
Hacía mucho tiempo que tenía la costumbre de hipnotizar a la persona en cuestión (Mr. Vankirk), en quien se habían manifestado la aguda susceptibilidad y la exaltación habituales en la percepción mesmérica. Desde varios meses atrás, Mr. Vankirk padecía una tisis declarada y mis pases habían aliviado sus efectos más penosos; la noche del miércoles 15 del mes actual fui llamado a su cabecera. El enfermo sufría un dolor agudo en la región cordial y respiraba con gran dificultad, presentando todos los síntomas comunes del asma. En espasmos como aquél generalmente le proporcionaba alivio la aplicación de mostaza en los centros nerviosos, pero esa noche el recurso había resultado inútil.
Cuando entré en su habitación me recibió con una sonrisa jovial, y aunque evidentemente sus dolores físicos eran grandes, su ánimo parecía muy tranquilo.
«Lo mandé buscar esta noche —dijo— no tanto para que mitigara mi dolencia como para que me explicara ciertas impresiones psíquicas que últimamente me han causado gran ansiedad y sorpresa. No necesito decirle cuán escéptico he sido hasta hoy con respecto a la inmortalidad del alma. No puedo negar que siempre ha existido, quizá en esa misma alma que he negado, una especie de vago sentimiento de su propia existencia. Pero esta especie de sentimiento no llegó en ningún instante a la convicción. Era cosa que nada tenía que ver con la razón. Todas las tentativas de investigación lógica me dejaban, a decir verdad, más escéptico que antes. Me aconsejaron que estudiara a Cousin. Lo estudié en sus obras, así como en sus repercusiones europeas y americanas. El Charles Elwood de Mr.. Brownson, por ejemplo, cayó en mis manos. Lo leí con profunda atención. Lo encontré lógico de una punta a la otra, pero las partes que no eran simplemente lógicas constituían, desgraciadamente, los argumentos iniciales del incrédulo héroe del libro. En sus conclusiones me pareció evidente que el razonador no había logrado siquiera convencerse a sí mismo. El final había olvidado por completo el principio, cauro el gobierno de Trínculo. En una palabra: no tardé en advertir que, si el hombre ha de persuadirse intelectualmente de su propia inmortalidad, nunca lo logrará por las meras abstracciones que durante tanto tiempo han constituido el método de los moralistas de Inglaterra, Francia y Alemania. Las abstracciones pueden ser una diversión y un ejercicio, pero no se posesionan de la mente. Aquí, en la tierra por lo menos, la filosofía, estoy convencido, siempre nos pedirá en vano que consideremos las cualidades como cosas. La voluntad puede asentir; el alma, el intelecto, nunca.
Repito, pues, que sólo había sentido a medias, pero nunca creí intelectualmente. Mas en los últimos tiempos el sentimiento se ha ahondado hasta parecerse tanto a la aquiescencia de la razón, que me resulta difícil distinguirlos. Creo también poder atribuir este efecto simplemente a la influencia mesmérica. No sé explicar mejor mi pensamiento que por la hipótesis de que la exaltación mesmérica me capacita para percibir una serie de razonamientos que en mi existencia normal son convincentes, pero que, en total acuerdo con los fenómenos mesméricos, no se extienden, salvo en su efecto, a mi estado normal. En el estado hipnótico, el razonamiento y la conclusión, la causa y el efecto están presentes a un tiempo. En mi estado natural, la causa se desvanece; únicamente el efecto, y quizá sólo en parte, permanece.
Estas consideraciones me han llevado a pensar que podrían obtenerse algunos buenos resultados dirigiéndome, mientras estoy mesmerizado, una serie de preguntas bien encaminadas. Usted ha observado a menudo el profundo conocimiento de sí mismo que demuestra el hipnotizado, el amplio saber que despliega sobre todo lo concerniente al estado mesmérico, y de este conocimiento de sí mismo pueden deducirse indicaciones para la adecuada confección de un cuestionario.
Accedí, claro está, a realizar este experimento. Unos pocos pases sumieran a Mr.Vankirk en el sueño mesmérico. Su respiración se hizo inmediatamente más fácil y parecía no padecer ninguna incomodidad física. Entonces se produjo la siguiente conversación (en el diálogo, V. representa al paciente y P. soy yo):
P.—¿Duerme usted?
V.—Sí..., no; preferiría dormir más profundamente.
P.—(Después de algunos pases.) ¿Duerme ahora?
V.—Sí.
P.—¿Cómo cree que terminará su enfermedad?
V.—(Después de una larga vacilación y hablando como con esfuerzo.) Moriré.
P.—¿Le aflige la idea de la muerte?
V.—(Muy rápido.) ¡No..., no!
F.—¿Le desagrada esta perspectiva?
V.—Si estuviera despierto me gustaría morir, pero ahora no tiene importancia. El estado mesmérico se avecina lo bastante a la muerte como para satisfacerme.
P.—Me gustaría que se explicara, Mr. Vankirk.
V.—Quisiera hacerlo, pero requiere más esfuerzo del que me siento capaz. Usted no me interroga correctamente.
P.—Entonces, ¿qué debo preguntarle?
V.—Debe comenzar por el principio.
P.—¡El principio! Pero, ¿dónde está el principio?
V.—Usted sabe que el principio es Dios. (Esto fue dicho en tono bajo, vacilante, y con todas las señales de la más profunda veneración.)
P.—Pero, ¿qué es Dios?
V.—(Vacilando durante varios minutos.) No puedo decirlo.
P.—Dios, ¿no es espíritu?
V.—Mientras estaba despierto, yo sabía lo que usted quiere decir con «espíritu», pero ahora me parece sólo una palabra, tal como, por ejemplo, verdad, belleza; una cualidad, quiero decir.
P.—Dios, ¿no es inmaterial?
V.—No hay inmaterialidad; ésta es una simple palabra. Lo que no es materia no es nada, a menos que la, cualidades sean cosas.
P.—Entonces, ¿Dios es material?
V.—No. (Esta respuesta me sobrecogió.)
P.—¿Y qué es?
V.—(Después de una larga pausa, entre dientes.) Lo veo... pero es una cosa difícil de decir. (Otra larga pausa.) No es espíritu, pues existe. Tampoco es materia, como usted la entiende. Pero hay gradaciones de la materia de las que el hombre nada sabe, en que la más basta impulsa a la más sutil, la más sutil invade la más basta. La atmósfera, por ejemplo, impulsa el principio eléctrico, mientras el principio eléctrico penetra la atmósfera. Estas gradaciones de la materia crecen en tenuidad o sutileza hasta que llegamos a una materia indivisa —sin partículas—, indivisible —una— y aquí la ley de la impulsión y de la penetración se modifica. La materia última o indivisa no sólo penetra todas las cosas, sino que las impulsa, y de esta manera es todas las cosas en sí misma. Esta materia es Dios. Lo que el hombre intenta formular con la palabra «pensamiento» es esta materia en movimiento.
P.—Los metafísicos sostienen que toda acción es reductible a movimiento y pensamiento, y que el último es el origen del primero.
V.—Sí, y ahora veo la confusión de la idea. El movimiento es la acción de lamente, no del pensamiento. La materia indivisa o Dios, en reposo, es (en la medida en que podemos concebirlo) lo que los hombres llaman mente. Y el poder de automovimiento (equivalente en efecto a la volición humana) es, en la materia indivisa, el resultado de su unidad y de su omni-predominancia; cómo, no lo sé, y ahora veo claramente que nunca lo sabré. Pero la materia indivisa, puesta en movimiento por una ley o cualidad existente en sí misma, es el pensamiento.
P.—¿No puede darme una idea más precisa de lo que usted designa materia indivisa?
V.—Las materias que el hombre conoce escapan gradualmente a los sentidos.
Tenemos, por ejemplo, un metal, un trozo de madera, una gota de agua, la atmósfera, el gas, el calor, la electricidad, el éter luminoso. Ahora bien, llamamos materia a todas esas cosas, y abarcamos toda la materia en una definición general; sin embargo, no puede haber dos ideas más esencialmente distintas que la que referimos a un metal y la que referimos al éter luminoso. Cuando llegamos al último, sentimos una inclinación casi irresistible a clasificarlo con el espíritu o con la nada. La única consideración que nos detiene es nuestra idea de su constitución atómica, y aun aquí debemos pedir ayuda a nuestra noción de átomo como algo infinitamente pequeño, sólido, palpable, pesado.
Destruyamos la idea de la constitución atómica y ya no seremos capaces de considerar el éter como una entidad o, por lo menos, como materia. A falta de una palabra mejor podríamos designarlo espíritu. Demos ahora un paso más allá del éter luminoso, concibamos una materia mucho más sutil que el éter, así como el éter es más sutil que el metal, y llegamos en seguida (a pesar de todos los dogmas escolásticos) a una masa única, a una materia indivisa. Pues, aunque admitamos una infinita pequeñez en los átomos mismos, la infinita pequeñez de los espacios interatómicos es un absurdo. Habrá un punto, habrá un grado de sutileza en el cual, si los átomos son suficientemente numerosos, los interespacios desaparecerán y la masa será absolutamente una. Pero al dejar de lado ahora la idea de la constitución atómica, la naturaleza de la masa se deslizará inevitablemente a nuestra concepción del espíritu. Está claro, sin embargo, que es tan materia como antes. La verdad es que resulta imposible concebir el espíritu, puesto que es imposible imaginar lo que no es. Cuando nos jactamos de haber llegado a concebirlo, hemos engañado simplemente nuestro entendimiento ton la consideración de una materia infinitamente rarificada.
P.—Me parece que hay una objeción insuperable a la idea de la absoluta unidad, y ella es la ligerísima resistencia experimentada por los cuerpos celestes en sus revoluciones a través del espacio, resistencia que ahora sabemos, es verdad, existe en cierto grado, pero que, sin embargo, es tan ligera que aun la sagacidad de Newton la pasó por alto. Sabemos que la resistencia de los cuerpos es principalmente proporcionada a su densidad. La unidad absoluta es la densidad absoluta. Donde no hay interespacios no puede haber paso. Un éter absolutamente denso detendría de una manera infinitamente más efectiva la marcha de una estrella que un éter de diamante o de acero.
V.—Su objeción se contesta con una facilidad que está casi en proporción con su aparente irrefutabilidad. Con respecto a la marcha de una estrella, no puede haber diferencia entre que la estrella pase a través del éter o el éter a través de ésta. No hay error astronómico más inexplicable que el que relaciona el conocido retardo de los cometas con la idea de su paso a través del éter, pues por sutil que se suponga ese éter detendría toda revolución sideral en un período mucho más breve que e1 admitido por esos astrónomos, quienes han intentado suprimir un punto que consideraban imposible de entender. El retardo experimentado es, por el contrario, aproximadamente el mismo que puede esperarse de la fricción del éter en el pasaje instantáneo a través del astro. En un caso, la fuerza de retardo es momentánea y completa en sí misma; en el otro, es infinitamente acumulativa.
P.—Pero en todo esto, en esta identificación de la simple materia con Dios, ¿no hay nada de irreverencia? (Me vi obligado a repetir esta pregunta antes de que el hipnotizado comprendiera cabalmente su sentido.)
V.—¿Puede usted decir por qué la materia ha de ser menos reverenciada que la mente? Usted olvida que la materia de la cual hablo es, en todo sentido, la verdadera «mente» o «espíritu» de las escuelas, sobre todo en lo que concierne a sus elevadas propiedades, y es, al mismo tiempo, la «materia» para estas escuelas. Dios, con todos los poderes atribuidos al espíritu, es tan sólo la perfección de la materia.
P.—¿Afirma usted, entonces, que la materia indivisa, en movimiento, es pensamiento?
V.—En general, el movimiento es el pensamiento universal de la mente universal.
Este pensamiento crea. Todas las cosas creadas no son sino los pensamientos de Dios.
P.—Usted dice «en general».
V.—Sí. La mente universal es Dios. Para 'las nuevas individualidades es necesaria la materia.
P.—Pero usted habla ahora de «mente» y de « materia» como lo hacen los metafísicos.
V.—Sí, para evitar la confusión. Cuando digo «mente» me refiero a la materia indivisa o última; cuando digo «materia» me refiero a todo lo demás.
P.—Usted decía que «para las nuevas individualidades es necesaria la materia».
V.—Sí, pues la mente, en su existencia incorpórea, es simplemente Dios. Para crear los seres individuales, pensantes, era necesario encarnar porciones de la mente divina. Así es individualizado el hombre. Despojado de su envoltura corporal sería Dios. El movimiento particular de las porciones encarnadas de la materia indivisa es el pensamiento del hombre, así como el movimiento del todo es el de, Dios.
P.—¿Dice usted que despojado de su envoltura corporal el hombre sería Dios?
V.—(Después de mucho vacilar.) No pude haber dicho eso; es un absurdo.
P.—(Recurriendo a mis notas.) Usted dijo que «despojado de su envoltura corporal el hombre sería Dios».
V.—Y es verdad. El hombre así despojado sería Dios, sería desindividualizado. Pero no puede despojarse jamás de esa manera —por lo menos nunca podrá—, a menos que imaginemos una acción de Dios que vuelve sobre sí misma, una acción inútil, sin finalidad. El hombre es una criatura. Las criaturas son pensamientos de Dios. Está en la naturaleza del pensamiento ser irrevocable.
P.—No comprendo. ¿Usted dice que el hombre nunca podrá desprenderse de su cuerpo?
V.—Digo que nunca será incorpóreo.
P.—Explíquese.
V.—Hay dos cuerpos: el rudimentario y el completo, que corresponden a las dos condiciones de la crisálida y la mariposa. Lo que llamamos <> es tan sólo la penosa metamorfosis. Nuestra presente encarnación es progresiva, preparatoria, temporaria. Nuestro futuro es perfecto, definitivo, inmortal. La vida definitiva constituye la finalidad absoluta.
P.—Pero de la metamorfosis de la crisálida tenemos un conocimiento palpable.
V.—Nosotros sí, pero la crisálida no. La materia que compone nuestro cuerpo rudimentario está al alcance de los órganos de este cuerpo; o, más claramente, nuestros órganos rudimentarios se adaptan a la materia que forma el cuerpo rudimentario, pero no al que compone el cuerpo definitivo. Este escapa así a nuestros sentidos rudimentarios, y sólo percibimos la envoltura que cae al morir, desprendiéndose de la forma interior, no esa misma forma interior; pero esta última, así como la envoltura, es apreciable para los que ya han adquirido la vida definitiva.
P.—Usted ha dicho a menudo que el estado mesmérico se asemeja estrechamente a la muerte. ¿Cómo es eso?
V.—Cuando digo que se parece a la muerte, aludo a que se asemeja a la vida definitiva, pues cuando estoy en trance los sentidos de mi vida rudimentaria quedan en suspenso y percibo las cosas exteriores directamente, sin órganos, a través de un intermediario que emplearé ea la vida definitiva, inorganizada.
P.—¿Inorganizada?
V.—Sí; los órganos son mecanismos mediante los cuales el individuo se pone en relación sensible con clases y formas particulares de materia, con exclusión de otras clases y formas. Los órganos del hombre están adaptados a esta condición rudimentaria y sólo a ésta; siendo inorganizada su condición última, su comprensión es ilimitada en todos los órdenes, salvo en uno: la naturaleza de la voluntad de Dios, es decir, el movimiento de la materia indivisa. Usted tendrá una idea clara del cuerpo definitivo concibiéndolo como si fuera todo cerebro. No es eso; pero una concepción de esta naturaleza lo acercará a la comprensión de su ser. Un cuerpo luminoso imparte vibración al éter. Las vibraciones engendran otras similares dentro de la retina; éstas comunican otras al nervio óptico. El nervio envía otras al cerebro, y el cerebro otras a la materia indivisa que lo penetra. El movimiento de esta última es el pensamiento, cuya primera ondulación es la percepción. De esta manera la mente de la vida rudimentaria se comunica con el mundo exterior, y este mundo exterior está limitado, para la vida rudimentaria, por la idiosincrasia de sus órganos. Pero en la vida definitiva, inorganizada, el mundo exterior llega al cuerpo entero (que es de una sustancia afín al cerebro, como he dicho), sin otra intervención que la de un éter infinitamente más sutil que el luminoso; y todo el cuerpo vibra al unísono con este éter, poniendo en movimiento la materia indivisa que lo penetra. A la ausencia de órganos especiales debemos atribuir, además, la casi ilimitada percepción propia de la vida definitiva. En los seres rudimentarios los órganos son las jaulas necesarias para encerrarlos hasta que tengan alas.
P.—Usted habla de «seres» rudimentarios. ¿Hay otros seres pensantes rudimentarios además del hombre?
V.—Las numerosas acumulaciones de materia sutil en nebulosas, planetas, soles y otros cuerpos que no son ni nebulosas, ni soles, ni planetas tienen la única finalidad de dar pábulo a los distintos órganos de infinidad de seres rudimentarios. De no ser por la necesidad de la vida rudimentaria, previa a la definitiva, no hubiera habido cuerpos como éstos. Cada uno de ellos es ocupa do por una variedad distinta de criaturas orgánicas, rudimentarias, pensantes. En todas los órganos varían según los caracteres del lugar ocupado. A la muerte o metamorfosis, estas criaturas que gozan de la vida definitiva —la inmortalidad— y conocen todos los secretos, salvo uno, actúan y se mueven en todas partes por simple volición; habitan, no en las estrellas, que nosotros consideramos las únicas cosas palpables para cuya distribución ciegamente juzgamos creado el espacio, sino el espacio mismo, ex infinito cuya inmensidad verdaderamente sustancial se traga las estrellas al igual que sombras, borrándolas como no entidades de la percepción de los ángeles.
P.—Usted dice que, «de no ser por la necesidad de la vida rudimentaria, no hubiera habido estrellas. ¿Pero por qué esta necesidad?
V.—En la vida inorgánica, así como generalmente en la materia inorgánica, no hay nada que impida la acción de una única y simple ley, la Divina Volición. La vida orgánica y la materia (complejas, sustanciales y sometidas a leyes) fueron creadas con el propósito de producir un impedimento.
P.—Pero de nuevo, ¿qué necesidad había de producir ese impedimento?
V.—El resultado de la ley inviolada es perfección, justicia, felicidad negativa. El resultado de la ley violada —es imperfección, injusticia, dolor positivo. Por medio de los impedimentos que brindan el número, la complejidad y la sustancialidad de las leyes de la vida orgánica y de la materia, la violación de la ley resulta, hasta cierto punto, practicable. Así el dolor, que es imposible en la vida inorgánica, es posible en la orgánica.
P.—¿Pero cuál es el propósito benéfico que justifica la existencia del dolor?
V.—Todas las cosas son buenas o malas por comparación. Un análisis suficiente mostrará que el placer, en todos los casos, es tan sólo el reverso del dolor. El placer positivo es una simple idea. Para ser felices hasta cierto punto, debemos haber padecido hasta ese mismo punto. No sufrir nunca sería no haber sido nunca dichoso. Pero x ha demostrado que en la vida inorgánica no puede existir dolor; de ahí su necesidad en la orgánica. El dolor de la vida primitiva en la tierra es la única garantía de beatitud para la vida definitiva en el cielo.
P.—Todavía hay una de sus expresiones que me resulta imposible comprender: «la inmensidad verdaderamente sustancial del infinito.
V.—Ello es quizá porque no tiene usted una noción suficientemente genérica del término «sustancia. No debemos considerarla una cualidad, sino un sentimiento: es la percepción, en los seres pensantes, de la adaptación de la materia a su organización. Hay muchas cosas en la tierra que nada serian para los habitantes de Venus, muchas cosas visibles y tangibles en Venus cuya existencia seriamos incapaces de apreciar. Pero, para los seres inorgánicos, para los ángeles, la totalidad de la materia indivisa es sustancia, es decir, la totalidad de lo que designamos «espacio» es para ellos la sustancialidad más verdadera; al mismo tiempo las estrellas, en lo que consideramos su materialidad, escapan al sentido angélico, de la misma manera que la materia indivisa, en lo que consideramos su inmaterialidad, se evade de lo orgánico.
Mientras el hipnotizado pronunciaba estas últimas palabras con voz débil, observé en su fisonomía una singular expresión que me alarmó un poco y me indujo a despertarlo en seguida. No bien lo hube hecho, con una brillante sonrisa que iluminó todas sus facciones cayó de espaldas sobre la almohada y expiró. Observé que, menos de un minuto después, su cuerpo tenía toda la severa rigidez de la piedra. Su frente estaba fría como el hielo. Parecía haber sufrido una larga presión de la mano de Azrael. El hipnotizado, durante la última parte de su discurso, ¿se había dirigido a mí desde la región de las sombras?"
Edgar Allan Poe
Digo que sería superfluo demostrar las leyes del mesmerismo en sus rasgos generales; tampoco infligiré a mis lectores una demostración hoy tan innecesaria. Mi propósito es, en verdad, muy otro. Me siento impelido, aun enfrentándome de esta manera con un mundo de prejuicios, a detallar sin comentarios el notabilísimo diálogo que sostuve con un hipnotizado.
Hacía mucho tiempo que tenía la costumbre de hipnotizar a la persona en cuestión (Mr. Vankirk), en quien se habían manifestado la aguda susceptibilidad y la exaltación habituales en la percepción mesmérica. Desde varios meses atrás, Mr. Vankirk padecía una tisis declarada y mis pases habían aliviado sus efectos más penosos; la noche del miércoles 15 del mes actual fui llamado a su cabecera. El enfermo sufría un dolor agudo en la región cordial y respiraba con gran dificultad, presentando todos los síntomas comunes del asma. En espasmos como aquél generalmente le proporcionaba alivio la aplicación de mostaza en los centros nerviosos, pero esa noche el recurso había resultado inútil.
Cuando entré en su habitación me recibió con una sonrisa jovial, y aunque evidentemente sus dolores físicos eran grandes, su ánimo parecía muy tranquilo.
«Lo mandé buscar esta noche —dijo— no tanto para que mitigara mi dolencia como para que me explicara ciertas impresiones psíquicas que últimamente me han causado gran ansiedad y sorpresa. No necesito decirle cuán escéptico he sido hasta hoy con respecto a la inmortalidad del alma. No puedo negar que siempre ha existido, quizá en esa misma alma que he negado, una especie de vago sentimiento de su propia existencia. Pero esta especie de sentimiento no llegó en ningún instante a la convicción. Era cosa que nada tenía que ver con la razón. Todas las tentativas de investigación lógica me dejaban, a decir verdad, más escéptico que antes. Me aconsejaron que estudiara a Cousin. Lo estudié en sus obras, así como en sus repercusiones europeas y americanas. El Charles Elwood de Mr.. Brownson, por ejemplo, cayó en mis manos. Lo leí con profunda atención. Lo encontré lógico de una punta a la otra, pero las partes que no eran simplemente lógicas constituían, desgraciadamente, los argumentos iniciales del incrédulo héroe del libro. En sus conclusiones me pareció evidente que el razonador no había logrado siquiera convencerse a sí mismo. El final había olvidado por completo el principio, cauro el gobierno de Trínculo. En una palabra: no tardé en advertir que, si el hombre ha de persuadirse intelectualmente de su propia inmortalidad, nunca lo logrará por las meras abstracciones que durante tanto tiempo han constituido el método de los moralistas de Inglaterra, Francia y Alemania. Las abstracciones pueden ser una diversión y un ejercicio, pero no se posesionan de la mente. Aquí, en la tierra por lo menos, la filosofía, estoy convencido, siempre nos pedirá en vano que consideremos las cualidades como cosas. La voluntad puede asentir; el alma, el intelecto, nunca.
Repito, pues, que sólo había sentido a medias, pero nunca creí intelectualmente. Mas en los últimos tiempos el sentimiento se ha ahondado hasta parecerse tanto a la aquiescencia de la razón, que me resulta difícil distinguirlos. Creo también poder atribuir este efecto simplemente a la influencia mesmérica. No sé explicar mejor mi pensamiento que por la hipótesis de que la exaltación mesmérica me capacita para percibir una serie de razonamientos que en mi existencia normal son convincentes, pero que, en total acuerdo con los fenómenos mesméricos, no se extienden, salvo en su efecto, a mi estado normal. En el estado hipnótico, el razonamiento y la conclusión, la causa y el efecto están presentes a un tiempo. En mi estado natural, la causa se desvanece; únicamente el efecto, y quizá sólo en parte, permanece.
Estas consideraciones me han llevado a pensar que podrían obtenerse algunos buenos resultados dirigiéndome, mientras estoy mesmerizado, una serie de preguntas bien encaminadas. Usted ha observado a menudo el profundo conocimiento de sí mismo que demuestra el hipnotizado, el amplio saber que despliega sobre todo lo concerniente al estado mesmérico, y de este conocimiento de sí mismo pueden deducirse indicaciones para la adecuada confección de un cuestionario.
Accedí, claro está, a realizar este experimento. Unos pocos pases sumieran a Mr.Vankirk en el sueño mesmérico. Su respiración se hizo inmediatamente más fácil y parecía no padecer ninguna incomodidad física. Entonces se produjo la siguiente conversación (en el diálogo, V. representa al paciente y P. soy yo):
P.—¿Duerme usted?
V.—Sí..., no; preferiría dormir más profundamente.
P.—(Después de algunos pases.) ¿Duerme ahora?
V.—Sí.
P.—¿Cómo cree que terminará su enfermedad?
V.—(Después de una larga vacilación y hablando como con esfuerzo.) Moriré.
P.—¿Le aflige la idea de la muerte?
V.—(Muy rápido.) ¡No..., no!
F.—¿Le desagrada esta perspectiva?
V.—Si estuviera despierto me gustaría morir, pero ahora no tiene importancia. El estado mesmérico se avecina lo bastante a la muerte como para satisfacerme.
P.—Me gustaría que se explicara, Mr. Vankirk.
V.—Quisiera hacerlo, pero requiere más esfuerzo del que me siento capaz. Usted no me interroga correctamente.
P.—Entonces, ¿qué debo preguntarle?
V.—Debe comenzar por el principio.
P.—¡El principio! Pero, ¿dónde está el principio?
V.—Usted sabe que el principio es Dios. (Esto fue dicho en tono bajo, vacilante, y con todas las señales de la más profunda veneración.)
P.—Pero, ¿qué es Dios?
V.—(Vacilando durante varios minutos.) No puedo decirlo.
P.—Dios, ¿no es espíritu?
V.—Mientras estaba despierto, yo sabía lo que usted quiere decir con «espíritu», pero ahora me parece sólo una palabra, tal como, por ejemplo, verdad, belleza; una cualidad, quiero decir.
P.—Dios, ¿no es inmaterial?
V.—No hay inmaterialidad; ésta es una simple palabra. Lo que no es materia no es nada, a menos que la, cualidades sean cosas.
P.—Entonces, ¿Dios es material?
V.—No. (Esta respuesta me sobrecogió.)
P.—¿Y qué es?
V.—(Después de una larga pausa, entre dientes.) Lo veo... pero es una cosa difícil de decir. (Otra larga pausa.) No es espíritu, pues existe. Tampoco es materia, como usted la entiende. Pero hay gradaciones de la materia de las que el hombre nada sabe, en que la más basta impulsa a la más sutil, la más sutil invade la más basta. La atmósfera, por ejemplo, impulsa el principio eléctrico, mientras el principio eléctrico penetra la atmósfera. Estas gradaciones de la materia crecen en tenuidad o sutileza hasta que llegamos a una materia indivisa —sin partículas—, indivisible —una— y aquí la ley de la impulsión y de la penetración se modifica. La materia última o indivisa no sólo penetra todas las cosas, sino que las impulsa, y de esta manera es todas las cosas en sí misma. Esta materia es Dios. Lo que el hombre intenta formular con la palabra «pensamiento» es esta materia en movimiento.
P.—Los metafísicos sostienen que toda acción es reductible a movimiento y pensamiento, y que el último es el origen del primero.
V.—Sí, y ahora veo la confusión de la idea. El movimiento es la acción de lamente, no del pensamiento. La materia indivisa o Dios, en reposo, es (en la medida en que podemos concebirlo) lo que los hombres llaman mente. Y el poder de automovimiento (equivalente en efecto a la volición humana) es, en la materia indivisa, el resultado de su unidad y de su omni-predominancia; cómo, no lo sé, y ahora veo claramente que nunca lo sabré. Pero la materia indivisa, puesta en movimiento por una ley o cualidad existente en sí misma, es el pensamiento.
P.—¿No puede darme una idea más precisa de lo que usted designa materia indivisa?
V.—Las materias que el hombre conoce escapan gradualmente a los sentidos.
Tenemos, por ejemplo, un metal, un trozo de madera, una gota de agua, la atmósfera, el gas, el calor, la electricidad, el éter luminoso. Ahora bien, llamamos materia a todas esas cosas, y abarcamos toda la materia en una definición general; sin embargo, no puede haber dos ideas más esencialmente distintas que la que referimos a un metal y la que referimos al éter luminoso. Cuando llegamos al último, sentimos una inclinación casi irresistible a clasificarlo con el espíritu o con la nada. La única consideración que nos detiene es nuestra idea de su constitución atómica, y aun aquí debemos pedir ayuda a nuestra noción de átomo como algo infinitamente pequeño, sólido, palpable, pesado.
Destruyamos la idea de la constitución atómica y ya no seremos capaces de considerar el éter como una entidad o, por lo menos, como materia. A falta de una palabra mejor podríamos designarlo espíritu. Demos ahora un paso más allá del éter luminoso, concibamos una materia mucho más sutil que el éter, así como el éter es más sutil que el metal, y llegamos en seguida (a pesar de todos los dogmas escolásticos) a una masa única, a una materia indivisa. Pues, aunque admitamos una infinita pequeñez en los átomos mismos, la infinita pequeñez de los espacios interatómicos es un absurdo. Habrá un punto, habrá un grado de sutileza en el cual, si los átomos son suficientemente numerosos, los interespacios desaparecerán y la masa será absolutamente una. Pero al dejar de lado ahora la idea de la constitución atómica, la naturaleza de la masa se deslizará inevitablemente a nuestra concepción del espíritu. Está claro, sin embargo, que es tan materia como antes. La verdad es que resulta imposible concebir el espíritu, puesto que es imposible imaginar lo que no es. Cuando nos jactamos de haber llegado a concebirlo, hemos engañado simplemente nuestro entendimiento ton la consideración de una materia infinitamente rarificada.
P.—Me parece que hay una objeción insuperable a la idea de la absoluta unidad, y ella es la ligerísima resistencia experimentada por los cuerpos celestes en sus revoluciones a través del espacio, resistencia que ahora sabemos, es verdad, existe en cierto grado, pero que, sin embargo, es tan ligera que aun la sagacidad de Newton la pasó por alto. Sabemos que la resistencia de los cuerpos es principalmente proporcionada a su densidad. La unidad absoluta es la densidad absoluta. Donde no hay interespacios no puede haber paso. Un éter absolutamente denso detendría de una manera infinitamente más efectiva la marcha de una estrella que un éter de diamante o de acero.
V.—Su objeción se contesta con una facilidad que está casi en proporción con su aparente irrefutabilidad. Con respecto a la marcha de una estrella, no puede haber diferencia entre que la estrella pase a través del éter o el éter a través de ésta. No hay error astronómico más inexplicable que el que relaciona el conocido retardo de los cometas con la idea de su paso a través del éter, pues por sutil que se suponga ese éter detendría toda revolución sideral en un período mucho más breve que e1 admitido por esos astrónomos, quienes han intentado suprimir un punto que consideraban imposible de entender. El retardo experimentado es, por el contrario, aproximadamente el mismo que puede esperarse de la fricción del éter en el pasaje instantáneo a través del astro. En un caso, la fuerza de retardo es momentánea y completa en sí misma; en el otro, es infinitamente acumulativa.
P.—Pero en todo esto, en esta identificación de la simple materia con Dios, ¿no hay nada de irreverencia? (Me vi obligado a repetir esta pregunta antes de que el hipnotizado comprendiera cabalmente su sentido.)
V.—¿Puede usted decir por qué la materia ha de ser menos reverenciada que la mente? Usted olvida que la materia de la cual hablo es, en todo sentido, la verdadera «mente» o «espíritu» de las escuelas, sobre todo en lo que concierne a sus elevadas propiedades, y es, al mismo tiempo, la «materia» para estas escuelas. Dios, con todos los poderes atribuidos al espíritu, es tan sólo la perfección de la materia.
P.—¿Afirma usted, entonces, que la materia indivisa, en movimiento, es pensamiento?
V.—En general, el movimiento es el pensamiento universal de la mente universal.
Este pensamiento crea. Todas las cosas creadas no son sino los pensamientos de Dios.
P.—Usted dice «en general».
V.—Sí. La mente universal es Dios. Para 'las nuevas individualidades es necesaria la materia.
P.—Pero usted habla ahora de «mente» y de « materia» como lo hacen los metafísicos.
V.—Sí, para evitar la confusión. Cuando digo «mente» me refiero a la materia indivisa o última; cuando digo «materia» me refiero a todo lo demás.
P.—Usted decía que «para las nuevas individualidades es necesaria la materia».
V.—Sí, pues la mente, en su existencia incorpórea, es simplemente Dios. Para crear los seres individuales, pensantes, era necesario encarnar porciones de la mente divina. Así es individualizado el hombre. Despojado de su envoltura corporal sería Dios. El movimiento particular de las porciones encarnadas de la materia indivisa es el pensamiento del hombre, así como el movimiento del todo es el de, Dios.
P.—¿Dice usted que despojado de su envoltura corporal el hombre sería Dios?
V.—(Después de mucho vacilar.) No pude haber dicho eso; es un absurdo.
P.—(Recurriendo a mis notas.) Usted dijo que «despojado de su envoltura corporal el hombre sería Dios».
V.—Y es verdad. El hombre así despojado sería Dios, sería desindividualizado. Pero no puede despojarse jamás de esa manera —por lo menos nunca podrá—, a menos que imaginemos una acción de Dios que vuelve sobre sí misma, una acción inútil, sin finalidad. El hombre es una criatura. Las criaturas son pensamientos de Dios. Está en la naturaleza del pensamiento ser irrevocable.
P.—No comprendo. ¿Usted dice que el hombre nunca podrá desprenderse de su cuerpo?
V.—Digo que nunca será incorpóreo.
P.—Explíquese.
V.—Hay dos cuerpos: el rudimentario y el completo, que corresponden a las dos condiciones de la crisálida y la mariposa. Lo que llamamos <> es tan sólo la penosa metamorfosis. Nuestra presente encarnación es progresiva, preparatoria, temporaria. Nuestro futuro es perfecto, definitivo, inmortal. La vida definitiva constituye la finalidad absoluta.
P.—Pero de la metamorfosis de la crisálida tenemos un conocimiento palpable.
V.—Nosotros sí, pero la crisálida no. La materia que compone nuestro cuerpo rudimentario está al alcance de los órganos de este cuerpo; o, más claramente, nuestros órganos rudimentarios se adaptan a la materia que forma el cuerpo rudimentario, pero no al que compone el cuerpo definitivo. Este escapa así a nuestros sentidos rudimentarios, y sólo percibimos la envoltura que cae al morir, desprendiéndose de la forma interior, no esa misma forma interior; pero esta última, así como la envoltura, es apreciable para los que ya han adquirido la vida definitiva.
P.—Usted ha dicho a menudo que el estado mesmérico se asemeja estrechamente a la muerte. ¿Cómo es eso?
V.—Cuando digo que se parece a la muerte, aludo a que se asemeja a la vida definitiva, pues cuando estoy en trance los sentidos de mi vida rudimentaria quedan en suspenso y percibo las cosas exteriores directamente, sin órganos, a través de un intermediario que emplearé ea la vida definitiva, inorganizada.
P.—¿Inorganizada?
V.—Sí; los órganos son mecanismos mediante los cuales el individuo se pone en relación sensible con clases y formas particulares de materia, con exclusión de otras clases y formas. Los órganos del hombre están adaptados a esta condición rudimentaria y sólo a ésta; siendo inorganizada su condición última, su comprensión es ilimitada en todos los órdenes, salvo en uno: la naturaleza de la voluntad de Dios, es decir, el movimiento de la materia indivisa. Usted tendrá una idea clara del cuerpo definitivo concibiéndolo como si fuera todo cerebro. No es eso; pero una concepción de esta naturaleza lo acercará a la comprensión de su ser. Un cuerpo luminoso imparte vibración al éter. Las vibraciones engendran otras similares dentro de la retina; éstas comunican otras al nervio óptico. El nervio envía otras al cerebro, y el cerebro otras a la materia indivisa que lo penetra. El movimiento de esta última es el pensamiento, cuya primera ondulación es la percepción. De esta manera la mente de la vida rudimentaria se comunica con el mundo exterior, y este mundo exterior está limitado, para la vida rudimentaria, por la idiosincrasia de sus órganos. Pero en la vida definitiva, inorganizada, el mundo exterior llega al cuerpo entero (que es de una sustancia afín al cerebro, como he dicho), sin otra intervención que la de un éter infinitamente más sutil que el luminoso; y todo el cuerpo vibra al unísono con este éter, poniendo en movimiento la materia indivisa que lo penetra. A la ausencia de órganos especiales debemos atribuir, además, la casi ilimitada percepción propia de la vida definitiva. En los seres rudimentarios los órganos son las jaulas necesarias para encerrarlos hasta que tengan alas.
P.—Usted habla de «seres» rudimentarios. ¿Hay otros seres pensantes rudimentarios además del hombre?
V.—Las numerosas acumulaciones de materia sutil en nebulosas, planetas, soles y otros cuerpos que no son ni nebulosas, ni soles, ni planetas tienen la única finalidad de dar pábulo a los distintos órganos de infinidad de seres rudimentarios. De no ser por la necesidad de la vida rudimentaria, previa a la definitiva, no hubiera habido cuerpos como éstos. Cada uno de ellos es ocupa do por una variedad distinta de criaturas orgánicas, rudimentarias, pensantes. En todas los órganos varían según los caracteres del lugar ocupado. A la muerte o metamorfosis, estas criaturas que gozan de la vida definitiva —la inmortalidad— y conocen todos los secretos, salvo uno, actúan y se mueven en todas partes por simple volición; habitan, no en las estrellas, que nosotros consideramos las únicas cosas palpables para cuya distribución ciegamente juzgamos creado el espacio, sino el espacio mismo, ex infinito cuya inmensidad verdaderamente sustancial se traga las estrellas al igual que sombras, borrándolas como no entidades de la percepción de los ángeles.
P.—Usted dice que, «de no ser por la necesidad de la vida rudimentaria, no hubiera habido estrellas. ¿Pero por qué esta necesidad?
V.—En la vida inorgánica, así como generalmente en la materia inorgánica, no hay nada que impida la acción de una única y simple ley, la Divina Volición. La vida orgánica y la materia (complejas, sustanciales y sometidas a leyes) fueron creadas con el propósito de producir un impedimento.
P.—Pero de nuevo, ¿qué necesidad había de producir ese impedimento?
V.—El resultado de la ley inviolada es perfección, justicia, felicidad negativa. El resultado de la ley violada —es imperfección, injusticia, dolor positivo. Por medio de los impedimentos que brindan el número, la complejidad y la sustancialidad de las leyes de la vida orgánica y de la materia, la violación de la ley resulta, hasta cierto punto, practicable. Así el dolor, que es imposible en la vida inorgánica, es posible en la orgánica.
P.—¿Pero cuál es el propósito benéfico que justifica la existencia del dolor?
V.—Todas las cosas son buenas o malas por comparación. Un análisis suficiente mostrará que el placer, en todos los casos, es tan sólo el reverso del dolor. El placer positivo es una simple idea. Para ser felices hasta cierto punto, debemos haber padecido hasta ese mismo punto. No sufrir nunca sería no haber sido nunca dichoso. Pero x ha demostrado que en la vida inorgánica no puede existir dolor; de ahí su necesidad en la orgánica. El dolor de la vida primitiva en la tierra es la única garantía de beatitud para la vida definitiva en el cielo.
P.—Todavía hay una de sus expresiones que me resulta imposible comprender: «la inmensidad verdaderamente sustancial del infinito.
V.—Ello es quizá porque no tiene usted una noción suficientemente genérica del término «sustancia. No debemos considerarla una cualidad, sino un sentimiento: es la percepción, en los seres pensantes, de la adaptación de la materia a su organización. Hay muchas cosas en la tierra que nada serian para los habitantes de Venus, muchas cosas visibles y tangibles en Venus cuya existencia seriamos incapaces de apreciar. Pero, para los seres inorgánicos, para los ángeles, la totalidad de la materia indivisa es sustancia, es decir, la totalidad de lo que designamos «espacio» es para ellos la sustancialidad más verdadera; al mismo tiempo las estrellas, en lo que consideramos su materialidad, escapan al sentido angélico, de la misma manera que la materia indivisa, en lo que consideramos su inmaterialidad, se evade de lo orgánico.
Mientras el hipnotizado pronunciaba estas últimas palabras con voz débil, observé en su fisonomía una singular expresión que me alarmó un poco y me indujo a despertarlo en seguida. No bien lo hube hecho, con una brillante sonrisa que iluminó todas sus facciones cayó de espaldas sobre la almohada y expiró. Observé que, menos de un minuto después, su cuerpo tenía toda la severa rigidez de la piedra. Su frente estaba fría como el hielo. Parecía haber sufrido una larga presión de la mano de Azrael. El hipnotizado, durante la última parte de su discurso, ¿se había dirigido a mí desde la región de las sombras?"
Edgar Allan Poe
martes, 6 de octubre de 2015
"El Horror del Montículo"
"Steve Brill no creía en fantasmas ni demonios. Juan López sí. Pero ni la cautela de uno ni el inconmovible escepticismo del otro iban a escudarles del horror que cayó sobre ellos, el horror que los hombres habían olvidado durante más de trescientos años, la espantable criatura monstruosamente resucitada de eras negras y perdidas. Y, sin embargo, mientras aquella tarde Steve Brill se hallaba sentado en la algo desvencijada escalera de su casa, sus pensamientos estaban tan lejos de amenazas sobrenaturales como puedan llegar a estarlo los de hombre alguno. Lo que tenía en mente era amargo, pero de orden material. Examinaba con la vista su granja y maldecía. Brill era alto, enjuto y duro como el cordobán, un auténtico hijo de los pioneros de cuerpos férreos que le arrancaron el oeste de Texas a la naturaleza salvaje. Tenía la piel atezada por el sol y era fuerte como un cornilargo. Sus esbeltas piernas calzadas con botas mostraban sus instintos de cowboy y, en esos momentos, se maldecía por haber dejado la silla de montar de su resabiado mustang convirtiéndose en granjero. No tenía madera de granjero, admitió con un juramento el combativo joven.
Con todo, la culpa no era del todo suya. Un invierno de lluvias abundantes, cosa tan rara en el oeste de Texas, había prometido buenas cosechas. Pero, como de costumbre, habían ocurrido cosas imprevistas. Un temporal tardío había destruido todos los frutos en sazón. El cereal, que había tenido un aspecto tan prometedor, había sido hecho pedazos y aplastado por granizadas terroríficas justo cuando empezaba a volverse de color amarillo. Un periodo de intensa sequía, seguido de otro temporal, había acabado con el maíz. Y luego el algodón que, de algún modo, había logrado resistirlo todo, cayó ante una plaga de saltamontes que dejó desnudo el campo de Brill en apenas una noche. Así fue como Brill llegó a su actual situación, sentado, jurándose que no renovaría su arriendo, agradeciendo fervorosamente que la tierra en la que había malgastado sus sudores no fuese suya, y que hubiese aún grandes extensiones hacia el oeste donde un hombre joven y fuerte podía ganarse la vida cabalgando y cazando las reses a lazo.
Sentado, entregado a sus lúgubres pensamientos, Brill vio acercarse a su vecino Juan López, un viejo y taciturno mexicano que vivía en una choza justo al otro lado de la colina, cruzando el arroyo, y que apenas si lograba ganarse la vida. En los últimos tiempos estaba roturando una porción de tierra en una granja adyacente y, al volver a su choza, cruzaba una de las esquinas del prado de Brill. Brill, distraído, le vio franquear la valla de alambre de espino y seguir el sendero que sus viajes anteriores habían trazado entre la hierba rala y reseca. Llevaba ya un mes entregado a su actual quehacer, derribando los retorcidos troncos de los mezquites y cavando hasta extraer sus raíces, increíblemente largas. Brill sabía que siempre seguía el mismo camino para volver a su hogar. Y, observándole, Brill se percató de que se desviaba a un lado, aparentemente para evitar un pequeño montículo redondeado que se alzaba por encima del nivel de los pastos. López dio un amplio rodeo alrededor de ese punto y Brill recordó que el viejo mexicano siempre ponía una buena distancia entre él y el lugar. Y otra cosa pasó por la distraída mente de Brill: que López siempre apretaba el paso cuando cruzaba junto al montículo, y que siempre se las arreglaba para hacerlo antes de la puesta del sol, aunque los aparceros mexicanos acostumbraban a trabajar desde la primera luz del alba hasta el último destello del crepúsculo, especialmente en aquellos trabajos de limpieza de terrenos, en los que cobraban por acres y no por días. A Brill se le despertó la curiosidad.
Se puso en pie y bajó a saltos la no muy pronunciada ladera sobre la que se alzaba su vivienda, llamando al mexicano que se alejaba con paso cansino.
—Eh, López, espera un minuto.
López se detuvo, mirando a su alrededor, y permaneció inmóvil, sin dar muestras de interés alguno, mientras el hombre blanco se le aproximaba.
—López —dijo Brill, arrastrando las palabras—, no es que sea asunto mío, pero quería hacerte una pregunta, ¿cómo es que siempre das tanta vuelta alrededor de ese viejo montículo indio?
—No sabe —gruñó lacónicamente López.
—Eres un mentiroso —respondió jovialmente Brill—. Ya lo creo que sabe; hablas el inglés igual de bien que yo. ¿Qué pasa, crees que ese montículo está encantado o algo parecido?
Brill podía hablar y leer castellano pero, como la mayoría de los anglosajones, prefería hablar en su propia lengua. López se encogió de hombros.
—No es un buen lugar, no bueno —musitó, evitando mirar directamente a Brill a los ojos—. Hay que dejar que las cosas escondidas descansen.
—Apuesto a que estás asustado de los fantasmas —se burló Brill—. Cuernos, si eso es un montículo indio, los indios deben llevar tanto tiempo muertos que sus fantasmas se habrán gastado del todo.
Brill sabía que los mexicanos analfabetos sentían una aversión supersticiosa hacia los montículos que podían hallarse esparcidos por todo el suroeste... reliquias de una era perdida y olvidada, conteniendo los huesos polvorientos de los jefes y guerreros de una raza perdida.
—Es mejor no molestar a lo que se esconde en la tierra —gruñó López.
—¡Tonterías! —repuso Brill—. Yo y unos cuantos más nos metimos en uno de esos montículos, en la comarca de Palo Pinto, y sacamos trozos de esqueletos con algunas cuentas y puntas de flecha de pedernal, y cosas parecidas. Conservé algunos dientes durante algún tiempo hasta que los perdí, y nunca me persiguieron los fantasmas por eso.
—¿Indios? —resopló inesperadamente López—. ¿Quién ha hablado de indios? En esta tierra hubo otros que no eran indios. En los viejos tiempos aquí sucedieron cosas extrañas. He oído las historias de mi gente, transmitidas de generación en generación. Y mi gente ha estado aquí desde mucho antes que la suya, señor Brill.
—Sí, tienes razón —admitió Steve—. Los primeros hombres blancos que llegaron a este país fueron españoles, por supuesto. He oído decir que Coronado pasó a no mucha distancia de aquí, y la expedición de Hernando de Estrada cruzó esta zona hace..., hace mucho tiempo..., no sé cuánto.
—En mil quinientos cuarenta y cinco —dijo López—. Montaron su campamento aquí donde ahora se alza su corral.
Brill se volvió para mirar el cercado de su corral, donde se alojaban una vaca macilenta, dos caballos de tiro y su montura.
—¿Cómo es que sabes tanto de eso? —preguntó lleno de curiosidad.
—Uno de mis antepasados estuvo con Estrada —contestó López—. Un soldado, Porfirio López, le habló a su hijo de esa expedición, y éste le habló a su hijo, y así fue pasando por el linaje familiar hasta llegar a mí, que carezco de hijo al que contarle la historia.
—No sabía que fueras de tan buena cuna —dijo Brill—. Puede que sepas algo sobre el oro que se suponía que Estrada ocultó en algún lugar de por aquí.
—No había oro —gruñó López—. Los soldados de Estrada no llevaban más que sus armas, y se abrieron paso combatiendo a través de una comarca hostil... muchos dejaron sus huesos a lo largo del camino. Luego, muchos años después, una caravana de mulas de Santa Fe fue atacada por los comanches a pocos kilómetros de aquí y esos escondieron su oro y escaparon; de modo que las leyendas acabaron por mezclarse. Pero ahora ni siquiera su oro está aquí, porque los cazadores de búfalos gringos lo encontraron y cavaron hasta dar con él.
Bill asintió, abstraído, sin apenas escuchar. No hay otra parte en todo el continente norteamericano tan repleta de historias sobre tesoros perdidos o escondidos como el suroeste. Riquezas incontables atravesaron las llanuras y los montes de Texas y Nuevo México en los viejos tiempos, cuando España poseía las minas de oro y plata del Nuevo Mundo y controlaba el rico comercio de pieles del Oeste, y los ecos de esa riqueza perduran en las historias de tesoros ocultos. Un sueño huidizo, nacido del fracaso y la pobreza acuciante, tomó forma en la mente de Brill.
—Bien —dijo, alzando la voz—, como de todos modos no tengo nada más que hacer, creo que excavaré ese viejo montículo y veré lo que puedo encontrar.
El efecto de esa simple frase en López fue asombroso. Retrocedió y su rostro, tosco y atezado, cobró el color de la ceniza; sus ojos negros relampaguearon y alzó los brazos al cielo en un gesto de protesta.
—¡Dios, no! —gritó—. ¡No haga eso, señor Brill! Hay una maldición..., mi abuelo me lo contó...
—¿Qué es lo que te contó? —preguntó Brill. López se sumió en un hosco mutismo.
—No puedo decirlo —murmuró—. He jurado guardar silencio. Sólo podría abrirle el corazón a mi primogénito. Pero créame cuando le digo que más le valdría cortarse el cuello antes que entrar en ese montículo maldito.
—Bien —dijo Brill, impacientándose ante las supersticiones mexicanas—, si es algo tan malo, ¿por qué no me lo cuentas? Dame una razón lógica para no entrar ahí.
—¡No puedo decirlo! —exclamó desesperadamente el mexicano—. ¡La conozco!, pero he jurado guardar silencio sobre el Santo Crucifijo, como lo ha jurado cada hombre de mi familia. ¡Es algo tan espantoso que hasta el hablar de ello supone arriesgarse a la perdición! Si se lo contara, su alma quedaría destruida dentro de su cuerpo. Pero lo he jurado..., y no tengo hijos, de modo que mis labios están sellados para siempre.
—Bueno —dijo Brill con sarcasmo—, ¿y por qué no lo escribes?
López se quedó mirándole, sobresaltado y, para sorpresa de Steve, aceptó la sugerencia.
—¡Lo haré! Alabado sea Dios por haber hecho que el buen sacerdote me enseñase a escribir de niño. Mi juramento no decía nada de escribir. Juré solamente no hablar. Se lo pondré todo por escrito, si jura que no hablará de ello después y que destruirá el papel tan pronto como lo haya leído.
—Claro —dijo Brill, para seguirle la corriente, y el viejo mexicano pareció sentirse muy aliviado.
—¡Bueno! Iré enseguida y lo escribiré. ¡Mañana, cuando vaya a trabajar, le traeré el papel y entonces entenderá por qué nadie debe abrir ese montículo maldito!
Y López se fue a toda prisa por el sendero que llevaba hasta su casa, sus hombros encorvados balanceándose a causa del esfuerzo de su inusitada premura. Steve le vio marcharse, sonrió y, encogiéndose de hombros, se dirigió hacia su casa. Luego se detuvo, volviendo la mirada hacia el pequeño montículo redondeado con los costados cubiertos de hierba. Debía de ser una tumba india, pensó, dada su simetría y su parecido a los demás montículos indios que había visto. Frunció el ceño mientras intentaba imaginar la relación que podía haber entre el misterioso otero y el marcial antepasado de Juan López. Brill miró la distante figura del viejo mexicano. Un pequeño valle atravesado por un arroyo medio seco, bordeado por árboles y maleza, se extendía entre los pastos de Brill y la colina más allá de la cual se hallaba la vivienda de López. El mexicano estaba a punto de desaparecer entre los árboles de la orilla del arroyo, cuando Brill tomó una decisión repentina.
Subió a toda prisa la ladera y cogió un pico y una pala del cobertizo que había en la parte trasera de su casa. El sol no se había puesto aún y Brill creía poder excavar lo suficiente del montículo como para determinar su naturaleza antes de que oscureciese. De lo contrario, podía trabajar a la luz de una linterna. Steve, como la mayoría de los hombres de su clase, vivía básicamente según le dictaban sus impulsos y su afán actual era abrir ese montículo misterioso y ver lo que ocultaba, si es que ocultaba algo. La idea del tesoro volvió a su mente, estimulada por la actitud evasiva de López. ¿Y si, después de todo, ese saliente de hierba y tierra amarronada escondía riquezas, metales preciosos de minas olvidadas, o monedas acuñadas en la vieja España? ¿Acaso no era posible que los mismos mosqueteros de Estrada hubiesen alzado ese túmulo por encima de un tesoro que no podían llevarse, dándole la forma de un montículo indio para engañar a los buscadores de tesoros? ¿Sabía eso el viejo López? No sería nada extraño que, aún conociendo que allí había un tesoro, el viejo mexicano se abstuviera de buscarlo. Dominado por lúgubres y supersticiosos temores, bien podía llevar una vida de labor estéril antes que arriesgarse a incurrir en la ira de los fantasmas o los diablos que estuviesen allí acechando..., pues los mexicanos dicen que el oro escondido está siempre maldito y, seguramente, alguna maldición especial debía de cernirse sobre el montículo. Bien, meditó Brill, los diablos de los latinos y los indios carecían de terrores con que asustar a un anglosajón atormentado por los demonios de la sequía, las tormentas y las malas cosechas.
Steve empezó a trabajar con la energía salvaje típica de su raza. La tarea no era fácil; el suelo, requemado ferozmente por el sol, era duro como el hierro y estaba lleno de rocas y guijarros. Brill sudaba abundantemente y gruñía a causa de sus esfuerzos, pero el fuego del cazador de tesoros le dominaba. Con brusquedad, se quitó el sudor de los ojos y clavó el pico con potentes golpes que desgarraban los terrones, convirtiéndolos en polvo. El sol se ocultó y él siguió trabajando bajo el largo y soñoliento crepúsculo veraniego, olvidando casi por completo el tiempo y el espacio. Al hallar rastros de carbón de leña en el suelo, empezó a convencerse de que el montículo era una auténtica tumba india. El antiguo pueblo que había erigido aquellos sepulcros había mantenido fuegos ardiendo sobre ellos durante días, en algún momento de la construcción. Todos los montículos que Steve había llegado a abrir contenían un grueso estrato de carbón de leña a escasa distancia de la superficie. Pero los rastros de carbón de leña que estaba encontrando ahora se hallaban esparcidos a través de todo el suelo.
Aunque su idea de un escondrijo de tesoros españoles se desvaneció, continuó excavando. ¿Quién sabe? Quizás aquel pueblo extraño al que los hombres llamaban ahora los Constructores de Montículos tenía sus propios secretos y los guardaba junto a sus muertos. De pronto, el pico de Steve resonó sobre una superficie metálica y él lanzó un grito de júbilo. Cogió el trozo de metal y se lo acercó a los ojos, intentando distinguir mejor lo que era mientras la luz se iba debilitando. Estaba cubierto de una sólida capa de óxido que lo había desgastado hasta volverlo casi tan delgado como el papel, pero reconoció el objeto como lo que era: la rueda de una espuela, inconfundiblemente española, con sus puntas aguzadas y crueles. Y se detuvo, confundido por completo. No habían sido los españoles los constructores del montículo, mostraba indicios inconfundibles de ser obra de aborígenes. Y, con todo, ¿cómo había llegado aquella reliquia de los caballeros españoles a quedar tan profundamente escondida en el suelo?
Brill meneó la cabeza y reemprendió el trabajo. Sabía que en el centro del montículo, si éste era en realidad una tumba aborigen, hallaría una pequeña cámara construida con piedras muy pesadas, conteniendo los huesos del jefe para quien había sido erigido el montículo y, por encima de él, las víctimas sacrificadas. Y, bajo la creciente oscuridad, sintió como su pico golpeaba ruidosamente sobre una superficie resistente, parecida al granito. El examen, realizado tanto mediante el tacto como con la vista, demostró que era un bloque sólido de piedra toscamente tallada. Formaba, indudablemente, una de las esquinas de la cámara mortuoria. Intentar abrirla era inútil. Brill fue escarbando a su alrededor, quitando la tierra y los guijarros de las esquinas, hasta notar que el sacarla de su sitio no iba a requerir sino deslizar bajo el bloque la punta del pico y levantarlo haciendo palanca.
Mas, repentinamente, se dio cuenta de que la oscuridad era ya completa. La luna nueva recortaba tenuemente las cosas entre la penumbra. En el corral, desde donde llegaba el tranquilizador ruido de los cansados animales masticando el grano, su mustang relinchó. Desde las sombras oscuras del retorcido arroyuelo, un chotacabras lanzó su extraño graznido. Brill se estiró, poniéndose en pie a regañadientes. Sería mejor conseguir una linterna y proseguir sus exploraciones alumbrado por su luz. Rebuscó en su bolsillo, con la vaga idea de levantar la piedra y explorar la cavidad ayudado por cerillas. De pronto, todo su cuerpo se puso rígido. ¿Era su imaginación la que le hacía oír aquel leve y siniestro arrastrarse que parecía venir de más allá de la piedra que bloqueaba la entrada? ¡Serpientes! Indudablemente, en algún lugar alrededor de la base del montículo se hallaban sus cubiles y quizás una docena de víboras cola de diamante aguardaban, enroscadas en el interior de la caverna, a que él metiese la mano entre ellas. Se estremeció ligeramente ante esa idea y se apartó de la excavación que había realizado.
No serviría de nada tantear a ciegas en esos cubiles. Y se dio cuenta de que durante los últimos minutos había tenido una vaga conciencia de que un olor débil pero repulsivo exudaba de los intersticios de la piedra que cerraba la entrada..., aunque admitió que el olor no sugería la existencia de reptiles más de lo que podría hacerlo cualquier otro olor amenazador. Había en él algo que recordaba a la pestilencia de los mataderos..., los gases formados en la cámara mortuoria, sin duda, altamente peligrosos para los seres vivos. Steve dejó su pico en el suelo y volvió a la casa, impaciente ante aquel obligado retraso. Entró en la oscura vivienda, encendió una cerilla y encontró su linterna de queroseno colgada de un clavo en la pared. Agitándola, se aseguró que estaba casi llena de aceite y la encendió. Luego volvió a marcharse, pues su impaciencia no le permitía detenerse para comer algo. Abrir el montículo le intrigaba, como debe sucederle siempre a un hombre imaginativo, y el descubrimiento de la espuela española había aguzado su curiosidad.
Se apresuró a salir de casa, la linterna oscilante arrojando sombras largas y distorsionadas que le precedían y le seguían. Rió entre dientes al ver mentalmente las ideas y los actos de López cuando se enterase, por la mañana, de que el montículo prohibido había sido abierto. Brill pensó que sería bueno abrirlo esa misma noche; de haberse enterado, López podría incluso haber intentado impedirle que husmease en la tumba. Envuelto por el soñoliento murmullo de la noche veraniega, Brill llegó al montículo, alzó su linterna..., y profirió un asombrado juramento. La linterna revelaba su excavación, sus herramientas tiradas con descuido allí donde él las había dejado caer... ¡Y la negra boca de una abertura! La gran piedra que cerraba la entrada descansaba en el fondo de la excavación que él había hecho, como si la hubiesen arrojado despreocupadamente a un lado. Precavidamente, introdujo la linterna en el agujero y escudriñó con la mirada la pequeña cámara, semejante a una caverna, sin saber muy bien lo que esperaba ver. Nada hallaron sus ojos salvo los costados de una celda larga y estrecha, tallada en la desnuda piedra, lo bastante grande como para acoger el cuerpo de un hombre, que aparentemente había sido construida con bloques de piedra cuadrada, toscamente labrada, unidos de modo resistente y habilidoso.
—¡López! —exclamó Steve con furia—. ¡Sucio coyote! Seguro que ha estado viendo cómo trabajaba..., y cuando fui a buscar la linterna, se acercó con sigilo y sacó la roca, y apuesto a que cogió lo que había dentro, fuese lo que fuese. ¡Yo lo arreglaré, maldito sea su grasiento pellejo!
Con brusco ademán apagó la linterna y miró ferozmente hacia el otro extremo del vallecito repleto de maleza. Y, al mirar, se puso rígido. En una ladera de la colina, al otro lado de la cual se alzaba la choza de López, se movía una sombra. El delgado creciente de la luna nueva se estaba ocultando y el juego de luz y sombras hacía difícil ver con claridad. Pero los ojos de Steve habían sido aguzados por el sol y los vientos de las tierras salvajes, y sabía que lo que ahora desaparecía por el otro extremo de la colina cubierta de mesquites era alguna criatura provista de dos piernas.
—Llevándoselo a su choza —gruñó Brill—. Seguro que ha encontrado algo, de lo contrario no correría de ese modo.
Brill tragó saliva, preguntándose la razón de que, de pronto, le hubiese dominado un temblor tan peculiar. ¿Acaso había algo extraño en un mexicanito ladrón corriendo hacia su casa con su botín? Brill trató de ahogar la sensación de que había algo peculiar en la zancada de esa tenue sombra, que le había parecido moverse con una especie de furtivo cojeo. La velocidad debía ser necesaria cuando el viejo y fornido Juan López había decidido viajar con un paso tan extraño.
—Lo que haya encontrado es tan mío como suyo —se dijo Brill, intentando alejar de su mente el aspecto anormal que había en la huida de la figura—. He arrendado esta tierra y he hecho todo el trabajo de excavar. ¿Una maldición? ¡Y un cuerno! No me extraña que me contase todas esas tonterías. Quería que dejara el lugar en paz para que pudiese cogerlo todo él. Es raro que no lo sacara hace mucho, pero nunca se sabe con esos mexicanitos.
Brill, mientras meditaba de tal modo, bajaba a grandes zancadas por la suave ladera cubierta de pasto que conducía hasta el lecho del arroyo. Se mezcló entre las sombras de los árboles y los espesos matorrales y cruzó el seco cauce del arroyuelo, percibiendo ausentemente que ni el graznido de los chotacabras ni las llamadas de las lechuzas turbaban la oscuridad. Había un tenso sentimiento de espera en la noche que no le gustaba. Las sombras en el cauce del arroyo parecían demasiado espesas, como si contuviesen el aliento. Deseó por un momento no haber apagado la linterna, que seguía llevando, y se alegró de haber cogido el pico, que su mano derecha aferraba como si fuese un hacha. Sintió el impulso de silbar para romper el silencio y luego, con un juramento, rechazó la idea. Con todo, se alegró una vez hubo trepado a la pequeña elevación de la orilla opuesta y emergió a la claridad de las estrellas. Ascendió la cuesta y luego la colina y, desde allí, bajó la vista hacia el llano cubierto de mesquites donde se alzaba la miserable choza de López. En una ventana ardía una luz solitaria.
—Apuesto a que está recogiendo sus cosas para largarse corriendo —gruñó Steve—.Eh, qué...
Se apartó tambaleándose, como si hubiese recibido un golpe físico, cuando un espantoso alarido desgarró la calma, como si se tratase de un cuchillo. Sintió el impulso de taparse los oídos con las manos para no escuchar el horror de aquel grito, que subió insoportablemente de tono hasta quebrarse en un aborrecible gorgoteo.
—¡Santo Dios! —Steve notó que un sudor frío le cubría todo el cuerpo—. López... o alguien...
Mientras pronunciaba en un susurro tales palabras, corría por la ladera con toda la rapidez que sus piernas eran capaces. Algún horror indecible estaba sucediendo en aquella choza solitaria, pero él iba a investigar de qué se trataba aunque ello le supusiese enfrentarse con el diablo en persona. Mientras corría, apretó con más fuerza el mango del pico. Vagabundos asesinando al viejo López para apoderarse de lo que él se había llevado del montículo, pensó Steve, y olvidó su ira. Las cosas se pondrían feas para quien estuviese molestando al viejo bribón, por muy ladrón que pudiese ser. Corriendo velozmente, llegó por fin a terreno llano. Y entonces la luz de la choza se extinguió y Steve, lanzado a la carrera, vaciló y tropezó con un mesquite con un golpe tal que le arrancó un gruñido, arañándose las manos con los espinos del tronco. Rebotando con una maldición entrecortada, se lanzó hacia la cabaña, preparándose para lo que podía presentarse ante sus ojos..., el vello erizado ante lo que ya había visto. Brill probó a abrir la única puerta de la cabaña, pero se dio cuenta de que tenía echado el cerrojo. Llamó a gritos a López y no recibió respuesta alguna. Sin embargo, desde el interior llegaba un extraño sonido ahogado, algo que parecía un sollozo, el cual cesó tan pronto como Brill, haciendo girar su pico, lo estrelló contra la puerta. La débil madera se astilló y Brill penetró de un salto en el interior de la choza en tinieblas, los ojos llameantes, blandiendo el pico para un ataque desesperado. Pero ningún sonido turbó el lúgubre silencio y nada se agitó en la oscuridad, pese a que la caótica imaginación de Brill poblaba los ensombrecidos rincones de la choza con formas horripilantes.
Con una mano empapada de sudor, buscó a tientas un fósforo y lo prendió. Aparte de él mismo, la única persona que había en la choza era López..., el viejo López, muerto a todas luces, tendido sobre el suelo de tierra apisonada, los brazos abiertos como si le hubiesen clavado en una cruz, la boca fláccidamente abierta dándole el aspecto de un idiota, los ojos muy abiertos, llenos de un terror que a Brill le pareció intolerable. La única ventana que había en la choza estaba abierta, mostrando por dónde había huido el asesino y, posiblemente, por dónde había entrado. Brill se acercó a la ventana y lanzó una cautelosa mirada al exterior. No vio más que la ladera de la colina a un extremo y el llano cubierto de mesquites al otro. De pronto, se sobresaltó... ¿Era un movimiento lo que le había parecido ver entre las retorcidas sombras de los mesquites y los chaparrales? ¿O, simplemente, había imaginado ver una figura que se agazapaba entre los árboles?
El fósforo le quemó los dedos y él se giró en redondo. Encendió la vieja lámpara de aceite colocada sobre la tosca mesa, lanzando una maldición al quemarse la mano. El globo de la lámpara estaba muy caliente, como si hubiese estado encendida durante horas. De mala gana, se dirigió hacia el cadáver tendido en el suelo. Cualquiera que hubiese sido la causa de la muerte de López, había sido horrible; pero Brill, examinando aprensivamente el cuerpo sin vida, no halló herida alguna, ninguna marca de cuchillada o golpe. ¡Un momento! Había un leve rastro de sangre en la mano con la que Brill le había estado examinando. Buscando con más atención halló la fuente: tres o cuatro diminutas heridas en la garganta de López, de las que la sangre había rezumado lentamente. Primero creyó que se las habían infligido con un estilete (una daga muy delgada carente de filo), pero luego meneó la cabeza. Había visto heridas de estilete, llevaba la cicatriz de una en su propio cuerpo. Estas heridas se parecían más al mordisco de algún animal..., parecían las marcas de unos colmillos puntiagudos.
Con todo, Brill no creyó que fuesen lo bastante hondas como para haber causado la muerte, y tampoco había fluido mucha sangre de ellas. Una idea abominable, junto con espantosas especulaciones, se alzó en los rincones más oscuros de su mente, que López había muerto de miedo, y que las heridas le habían sido infligidas ya en el mismo instante de su muerte, ya un momento después. Y Steve notó algo más; esparcidas en el suelo había un montón de mugrientas hojas de papel, garabateadas por la mano insegura del viejo mexicano... Había dicho que iba a escribir sobre la maldición del montículo. Además de las hojas sobre las que había escrito y un trozo de lápiz en el suelo, también estaba el globo caliente de la lámpara, todos mudos testigos de que el viejo mexicano había permanecido sentado y escribiendo durante horas ante la mesa de madera toscamente tallada. Entonces, no era él quien había abierto la cámara del montículo y robado lo que contuviese... pero, ¡en el nombre de Dios!, ¿quién era? ¿Quién o qué era lo que Brill había visto fugazmente cojeando en la estribación de la colina?
Bien, no quedaba sino una cosa por hacer, ensillar su mustang y cabalgar los dieciséis kilómetros que había hasta Coyote Wells, la ciudad más cercana, e informar al sheriff del asesinato. Brill recogió los papeles. La última hoja estaba aún entre los dedos del viejo y Brill tuvo cierta dificultad en sacarla de allí. Luego, al volverse para apagar la luz, vaciló un momento y se maldijo por el miedo que seguía acechando en lo más hondo de su mente..., miedo a la sombría criatura que había visto a través de la ventana un instante antes de que la luz se apagase en la cabaña. El largo brazo del asesino, pensó, tendiéndose para apagar la lámpara, no cabía duda. ¿Qué había de anormal e inhumano en esa imagen, distorsionada como debía estarlo a causa de la tenue luz de la lámpara y las sombras? Al igual que un hombre lucha por recordar los detalles de una pesadilla, Steve intentó definir en su mente alguna razón clara que pudiese explicar el que ese huidizo vistazo le hubiese trastornado hasta el punto de haberse dado de bruces con un árbol, y el porqué el simple y vago recuerdo de esa imagen hacía que todo su cuerpo volviese a cubrirse de un sudor frío.
Maldiciéndose a sí mismo para así conservar el valor, encendió su linterna y apagó de un soplido la que se hallaba sobre la tosca mesa y, lleno de decisión, emprendió el camino, aferrando su pico como si fuese un arma. Después de todo, ¿por qué ciertos aspectos aparentemente anormales de un crimen tan sórdido debían trastornarle así? Crímenes tales eran aborrecibles, cierto, pero también eran lo bastante corrientes, especialmente entre los mexicanos, a los que les encantaban los pleitos familiares más increíbles. Y entonces, cuando ya había penetrado en la silenciosa noche tachonada de estrellas, se detuvo en seco. Desde más allá del arroyuelo resonaba el repentino y estremecedor alarido de un caballo empavorecido, y luego un enloquecido estruendo de cascos que se desvaneció en la lejanía. Y Brill lanzó una blasfemia llena de rabia y desánimo. ¿Acaso había un puma acechando en las colinas, había sido un gato monstruoso el que había matado al viejo López? Entonces, ¿por qué la víctima no llevaba las marcas de las crueles y ganchudas garras? ¿Y quién había apagado la luz en la choza?
Mientras se interrogaba de tal modo, Brill corría velozmente hacia el oscuro arroyo. No está en el alma del ganadero contemplar ocioso cómo su ganado se lanza a la estampida. Mientras se internaba en la oscuridad de los matorrales a lo largo del arroyo seco, Brill descubrió que tenía la lengua extrañamente reseca. Siguió, tragando saliva y manteniendo bien alta la linterna. No alumbraba demasiado en la oscuridad pero parecía acentuar la negrura de las sombras que se acumulaban a su alrededor. Por alguna extraña razón, en la caótica mente de Brill penetró la idea de que aunque aquel país fuese nuevo para los anglosajones, en realidad era muy viejo. Aquella tumba rota y profanada era la muda prueba de que la tierra era mucho más antigua que el hombre y, de pronto, la noche, las colinas y las sombras parecieron aplastar a Brill con un sentimiento de horrible antigüedad. Antes de que los ancestros de Brill hubiesen oído hablar de ella, largas generaciones de hombres habían vivido y muerto en aquella tierra. En la noche, entre las sombras de aquel mismo arroyo, los hombres, sin duda alguna, habían lanzado su último suspiro de mil maneras espantosas. Con tales reflexiones, Brill corrió a través de las espesas sombras de la arboleda.
Lanzó un hondo suspiro de alivio cuando salió de entre los árboles a un lado de la colina. Ascendiendo apresuradamente la poca empinada ladera, sostuvo en alto su linterna, investigando. El corral estaba vacío; ni tan siquiera la apática res estaba a la vista. Y la empalizada había sido derribada. Eso indicaba algún agente humano, y todo el asunto cobró un nuevo y más siniestro aspecto. Alguien pretendía que Brill no cabalgase hasta Coyote Wells esa noche. Eso significaba que el asesino pretendía asegurar su huida y deseaba una buena ventaja sobre la ley, o sobre quien fuese... Brill sonrió. A lo lejos, entre los mesquites que cubrían el llano, creyó distinguir el débil y distante ruido de caballos al galope. ¡En el nombre de Dios! ¿Qué era lo que les había asustado de aquel modo? El gélido dedo del terror hizo estremecerse la columna vertebral de Brill.
Steve se dirigió hacia la casa. No entró sin tomar precauciones. Se deslizó a una buena distancia de la vivienda, lanzando miradas estremecidas por las oscuras ventanas, buscando, con tal intensidad que los oídos acabaron doliéndole, el posible sonido que traicionase la presencia del asesino al acecho. Por fin, se arriesgó a abrir una puerta y entrar. De una patada, empujó la puerta contra la pared por si alguien se ocultaba detrás de ella, alzó bien la linterna y entró, el corazón galopante, aferrando ferozmente el pico, con los sentimientos convertidos en una mezcla de miedo y rabia. Pero ningún asesino oculto saltó sobre él, y una cuidadosa exploración de la vivienda no reveló nada. Con un suspiro de alivio, Brill cerró las puertas, aseguró las ventanas y encendió su vieja lámpara de aceite. La imagen del viejo López tendido, un solitario cadáver con los ojos vidriosos, en la choza más allá del arroyo, le hizo estremecerse levemente, pero no entraba en sus planes el dirigirse a pie, de noche, a la ciudad. Sacó de su escondite su viejo y seguro Colt del 45, hizo girar el cilindro de acero azulado y sonrió hoscamente. Quizás el asesino tenía la intención de no dejar con vida a ningún testigo de sus crímenes. ¡Pues bueno, que viniese! Él, o ellos, se encontrarían a un joven vaquero con un seis tiros y descubrirían que no era una presa tan fácil como había sido el viejo y desarmado mexicano. Y eso le recordó a Brill los papeles que había traído consigo de la cabaña. Asegurándose de no estar en la dirección desde la que una bala repentina pudiese atravesar una ventana, se dispuso a leer, manteniendo una oreja al acecho de cualquier ruido por leve que fuese.
Y a medida que iba descifrando aquella escritura tosca y laboriosa, un lento y frío horror crecía en su alma. Lo que el viejo mexicano había garabateado era una historia espantosa..., una historia que había pasado de generación a generación..., una historia que procedía de tiempos muy antiguos. Y Brill leyó sobre las andanzas del caballero Hernando de Estrada y sus hombres, provistos de picas y armaduras, que se aventuraron en los desiertos del sudoeste cuando todo era extraño e ignoto. En el principio, decía el manuscrito, había unos cuarenta soldados, amos y criados. Estaba el capitán, Estrada, y el sacerdote, y el joven Juan Zavilla, y don Santiago de Valdez (un noble misterioso que había sido rescatado de un navío a la deriva en el Mar Caribe)..., el resto de la tripulación y los pasajeros habían muerto a causa de una plaga, había dicho, y él había arrojado sus cuerpos por encima de la borda. Así pues, Estrada le había acogido a bordo del navío que había llevado a la expedición desde España, y Valdez se unió a sus exploraciones.
Brill leyó algunas cosas acerca de sus andanzas, narradas en el tosco estilo del viejo López, del mismo modo que los antepasados del viejo mexicano habían ido transmitiendo la historia durante más de trescientos años. Las simples palabras eran un débil reflejo de las terroríficas penalidades que los exploradores habían ido encontrando: la aridez del país, la sed, las inundaciones, las tormentas de arena en el desierto, las lanzas de los pieles rojas hostiles. Pero el viejo López hablaba de otro peligro..., un horror al acecho que había caído sobre la solitaria caravana que vagaba por la inmensidad de las tierras desérticas. Hombre a hombre, fueron cayendo uno tras otro sin que nadie conociese al asesino. El miedo y la negra sospecha roían como un cáncer el ánimo de la expedición, y su líder no sabía qué actitud tomar. Todo lo que sabían era que entre ellos había un demonio con forma humana. Los hombres empezaron a apartarse los unos de los otros, manteniendo amplias distancias entre ellos durante la marcha, y esta sospecha mutua, que buscaba la seguridad en la soledad, le puso las cosas más fáciles al demonio. El esqueleto de la expedición siguió tambaleándose a través del solitario desierto, perdido, confuso e indefenso, y el horror invisible seguía rondando sus flancos, cebándose en los rezagados, saciándose en los centinelas a los que rendía un momento el sueño y en los hombres dormidos. Y en el cuello de cada uno había las heridas de unos colmillos aguzados que desangraban completamente a la víctima; así fue como los vivos supieron con qué clase de horror tenían que vérselas. Los hombres siguieron avanzando a trompicones a través del desierto, invocando a los santos, o blasfemando, llenos de terror, luchando frenéticamente contra el sueño, hasta que caían exhaustos y el sueño se les acercaba a hurtadillas con el horror y la muerte.
La sospecha acabó centrándose en un negro enorme, un esclavo caníbal de Calabar. Y lo encadenaron. Pero el joven Juan Zavilla siguió el destino de los demás, y luego le llegó el turno al sacerdote. Mas el clérigo luchó con su demoníaco asaltante y vivió lo bastante para susurrar en los oídos de Estrada el nombre del demonio. Y Brill, estremeciéndose, los ojos desorbitados, leyó:
...Y ahora se le hizo evidente a Estrada que el buen sacerdote había dicho la verdad, y el asesino era don Santiago de Valdez, quien era un vampiro, un demonio no muerto, que subsistía de la sangre de los vivos. Y Estrada se acordó de cierto noble maligno que había acechado en las montañas de Castilla desde los días de los moros, alimentándose con la sangre de víctimas indefensas que le otorgaban una horrenda inmortalidad. Dicho noble había sido expulsado; nadie sabía a donde había huido pero era evidente que él y don Santiago eran el mismo hombre. Había huido de España en barco, y Estrada supo que la gente de ese barco no había muerto a causa de la plaga, tal y como había mentido el demonio, sino bajo los colmillos del vampiro. Estrada, el negro y los pocos soldados que aún seguían con vida le buscaron y le encontraron, sumido en un sueño bestial entre los chaparrales y repleto con la sangre humana de su última víctima. Es bien sabido que los vampiros, como las grandes serpientes cuando están ahítas, caen en un sueño profundo y pueden ser eliminados sin peligro. Mas Estrada no tenía idea alguna de cómo disponer del monstruo, ya que ¿cómo se puede matar a los muertos? Pues en efecto un vampiro es un hombre que murió tiempo ha y que sin embargo rebulle con cierta espantosa no-vida.
...Los hombres le suplicaron al caballero que clavase una estaca en el corazón del demonio y que le cortase la cabeza, pronunciando las santas palabras que convertirían el cuerpo, durante largo tiempo muerto, en polvo, pero el sacerdote estaba muerto y Estrada temió que mientras así actuaba el monstruo pudiese despertar. Así pues, cogieron a don Santiago, alzándole con gran cuidado, y le llevaron hasta un viejo montículo indio cercano. Lo abrieron, sacando de él los huesos que allí encontraron, y colocaron al vampiro en su interior y sellaron el montículo. ¡quiera Dios que hasta el Día del Juicio! Este lugar se halla maldito, y ojalá me hubiese muerto de hambre en algún otro sitio antes que venir hasta aquí buscando trabajo..., pues yo sabía acerca de la tierra, el arroyo y el montículo, con su terrible secreto, desde que he sido niño; ya ve usted, señor Brill, la razón de que no deba abrir el montículo y despertar al demonio...
Aquí terminaba el manuscrito con un garabato del lápiz que había roto la hoja de arrugado papel. Brill se puso en pie, el corazón latiéndole al galope, el rostro lívido, la lengua pegada al paladar. Tragó saliva y, al fin, halló las palabras.
—Por eso estaba la espuela en el montículo..., se le cayó a uno de los españoles mientras cavaba... Y bien podría haber sabido yo que había sido excavado con anterioridad, por el modo en que estaba esparcido el carbón de leña... Pero ¡santo Dios!
Retrocedió horrorizado ante aquellas negras imágenes: un monstruo no muerto que se removía en las tinieblas de su tumba, empujando desde el interior para echar a un lado la piedra aflojada por el pico de la ignorancia..., una forma sombría que se arrastraba cojeante sobre la colina hacia la luz que delataba a una presa humana, un brazo espantosamente largo que cruzaba una ventana iluminada tenuemente...
—¡Esto es una locura! —jadeó—. ¡López estaba como una cabra! ¡Los vampiros no existen! Si es un vampiro, ¿por qué no me cogió primero a mí, en vez de a López..., a menos que estuviese registrando los alrededores, asegurándose de las cosas antes de atacar? ¡Bah, al infierno! Todo esto es un mal sueño, una...
Las palabras se le helaron en la garganta. Un rostro le contemplaba desde la ventana, los rasgos contorsionados, sin emitir sonido alguno. Dos gélidos ojos le perforaron el alma. De la garganta le brotó un alarido y el espantoso rostro se desvaneció. Pero hasta el mismo aire estaba impregnado de la pestilencia que se había cernido sobre el viejo montículo. Y ahora era la puerta la que crujía..., combándose lentamente hacia el interior. Brill retrocedió hasta topar con la pared, la pistola temblándole en la mano. No se le ocurrió disparar a través de la puerta; en su cerebro, convertido en un caos, no había sino una idea: que sólo ese delgado panel de madera le separaba de algún horror nacido del útero de la noche, las tinieblas y el negro pasado. Los ojos se le abrieron como platos viendo cómo cedía la puerta, cómo rechinaban los hierros del cerrojo.
La puerta estalló, hecha pedazos. Brill no gritó. Tenía la lengua como de hielo, pegada al paladar. Sus ojos vidriados por el miedo contemplaron la alta figura semejante a un buitre, los gélidos ojos, las largas y negras uñas de los dedos, su harapiento atavío, espantosamente antiguo, las botas con sus largas espuelas, el chambergo con su pluma a punto de convertirse en polvo, la capa flotante que se hacía lentamente pedazos. La forma aborrecible surgida del pasado se agazapó, recortándose en el umbral oscuro, y el cerebro de Brill pareció vacilar. De la figura irradiaba un frío salvaje, el olor de la arcilla encharcada y los despojos del osario. Y entonces el no muerto saltó sobre él como un buitre que se lanza en picado sobre su presa.
Brill disparó a quemarropa y vio cómo un pedazo de tela de algodón saltaba del pecho de la Cosa. El vampiro se tambaleó bajo el impacto del pesado proyectil y luego, enderezándose, se lanzó hacia adelante a espantosa velocidad. Brill se apoyó en la pared con un grito ahogado, la pistola cayendo de su mano fláccida. Entonces, las negras leyendas eran ciertas..., las armas humanas carecían de todo poder, pues ¿acaso puede un hombre matar a alguien que ya lleva muerto largos siglos, del modo en que mueren los mortales? Y entonces, las manos parecidas a garras que le rodeaban el cuello enloquecieron al joven vaquero. Al igual que sus antepasados pioneros lucharon mano a mano contra enemigos abrumadores, Steve Brill luchó con la fría y muerta criatura que se arrastraba buscando su vida y su alma.
Brill jamás recordaría gran cosa de esa espantosa batalla. Fue un caos ciego en el que gritó como una bestia, desgarró, dio golpes y puñetazos, en el que uñas largas y negras como garras de pantera le hirieron, en tanto que dientes puntiagudos se cerraban una y otra vez buscando su cuello. Rodando y dando tumbos por la habitación, ambos medio envueltos por los mohosos pliegues de esa vieja capa medio podrida, se golpearon y se hirieron mutuamente entre los restos del mobiliario destrozado, y la furia del vampiro no era más terrible que la desesperación de su víctima enloquecida por el miedo. Se derrumbaron sobre la mesa, haciéndola caer de lado, y la lámpara de aceite se rajó en el suelo, rociando los muros con repentinas llamaradas. Brill sintió la mordedura del aceite ardiente que le salpicó, pero en el rojo furor de la pelea no le prestó atención. Las negras garras le desgarraban, los ojos inhumanos ardían gélidos clavándose en su alma; entre sus dedos frenéticos la carne marchita del monstruo era tan dura como la madera reseca. Y una ola tras otra de ciega locura dominó a Steve Brill. Gritó y golpeó como un hombre que lucha con una pesadilla, mientras que a su alrededor el fuego se hacía cada vez más alto, prendiendo en las paredes y el tejado.
A través de los chorros candentes y las lenguas de fuego, rodaron y se tambalearon como un demonio y un mortal trabados en combate sobre las ígneas lanzas que cubren los suelos del infierno. Y entre el tumulto creciente de las llamas, Brill hizo acopio de todas sus fuerzas para una última y volcánica erupción de frenético esfuerzo. Logró separarse y, vacilante, se puso en pie, jadeante, ensangrentado, y se lanzó a ciegas sobre la forma repugnante y la atrapó con una presa que ni tan siquiera el vampiro pudo romper. Y haciendo girar en redondo a su demoníaco asaltante por encima de él, le estrelló contra el borde de la mesa caída al igual que un hombre podría romper un palo sobre su rodilla. Algo se quebró como si fuese una rama y el vampiro cayó, libre de la presa de Brill, para retorcerse sobre el suelo ardiente, su cuerpo convulso en una extraña y rota postura. Pero no estaba muerto, pues sus ojos llameantes seguían ardiendo, fijos en Brill con un hambre horrible y, con la columna rota, luchó por arrastrarse hasta Brill, como se arrastra una serpiente moribunda.
Brill, jadeando, tambaleante, se quitó la sangre de los ojos y salió, a ciegas, cruzando la puerta destrozada. Y como un hombre cruza a la carrera las puertas del infierno, corrió tropezando a través de los mesquites y los chaparrales hasta caer, totalmente agotado. Mirando hacia atrás, vio las llamas de la casa que ardía y le agradeció a Dios el que fuese a arder hasta que los huesos de don Santiago de Valdez hubiesen sido totalmente consumidos y borrados del conocimiento humano".
Robert E. Howard
Con todo, la culpa no era del todo suya. Un invierno de lluvias abundantes, cosa tan rara en el oeste de Texas, había prometido buenas cosechas. Pero, como de costumbre, habían ocurrido cosas imprevistas. Un temporal tardío había destruido todos los frutos en sazón. El cereal, que había tenido un aspecto tan prometedor, había sido hecho pedazos y aplastado por granizadas terroríficas justo cuando empezaba a volverse de color amarillo. Un periodo de intensa sequía, seguido de otro temporal, había acabado con el maíz. Y luego el algodón que, de algún modo, había logrado resistirlo todo, cayó ante una plaga de saltamontes que dejó desnudo el campo de Brill en apenas una noche. Así fue como Brill llegó a su actual situación, sentado, jurándose que no renovaría su arriendo, agradeciendo fervorosamente que la tierra en la que había malgastado sus sudores no fuese suya, y que hubiese aún grandes extensiones hacia el oeste donde un hombre joven y fuerte podía ganarse la vida cabalgando y cazando las reses a lazo.
Sentado, entregado a sus lúgubres pensamientos, Brill vio acercarse a su vecino Juan López, un viejo y taciturno mexicano que vivía en una choza justo al otro lado de la colina, cruzando el arroyo, y que apenas si lograba ganarse la vida. En los últimos tiempos estaba roturando una porción de tierra en una granja adyacente y, al volver a su choza, cruzaba una de las esquinas del prado de Brill. Brill, distraído, le vio franquear la valla de alambre de espino y seguir el sendero que sus viajes anteriores habían trazado entre la hierba rala y reseca. Llevaba ya un mes entregado a su actual quehacer, derribando los retorcidos troncos de los mezquites y cavando hasta extraer sus raíces, increíblemente largas. Brill sabía que siempre seguía el mismo camino para volver a su hogar. Y, observándole, Brill se percató de que se desviaba a un lado, aparentemente para evitar un pequeño montículo redondeado que se alzaba por encima del nivel de los pastos. López dio un amplio rodeo alrededor de ese punto y Brill recordó que el viejo mexicano siempre ponía una buena distancia entre él y el lugar. Y otra cosa pasó por la distraída mente de Brill: que López siempre apretaba el paso cuando cruzaba junto al montículo, y que siempre se las arreglaba para hacerlo antes de la puesta del sol, aunque los aparceros mexicanos acostumbraban a trabajar desde la primera luz del alba hasta el último destello del crepúsculo, especialmente en aquellos trabajos de limpieza de terrenos, en los que cobraban por acres y no por días. A Brill se le despertó la curiosidad.
Se puso en pie y bajó a saltos la no muy pronunciada ladera sobre la que se alzaba su vivienda, llamando al mexicano que se alejaba con paso cansino.
—Eh, López, espera un minuto.
López se detuvo, mirando a su alrededor, y permaneció inmóvil, sin dar muestras de interés alguno, mientras el hombre blanco se le aproximaba.
—López —dijo Brill, arrastrando las palabras—, no es que sea asunto mío, pero quería hacerte una pregunta, ¿cómo es que siempre das tanta vuelta alrededor de ese viejo montículo indio?
—No sabe —gruñó lacónicamente López.
—Eres un mentiroso —respondió jovialmente Brill—. Ya lo creo que sabe; hablas el inglés igual de bien que yo. ¿Qué pasa, crees que ese montículo está encantado o algo parecido?
Brill podía hablar y leer castellano pero, como la mayoría de los anglosajones, prefería hablar en su propia lengua. López se encogió de hombros.
—No es un buen lugar, no bueno —musitó, evitando mirar directamente a Brill a los ojos—. Hay que dejar que las cosas escondidas descansen.
—Apuesto a que estás asustado de los fantasmas —se burló Brill—. Cuernos, si eso es un montículo indio, los indios deben llevar tanto tiempo muertos que sus fantasmas se habrán gastado del todo.
Brill sabía que los mexicanos analfabetos sentían una aversión supersticiosa hacia los montículos que podían hallarse esparcidos por todo el suroeste... reliquias de una era perdida y olvidada, conteniendo los huesos polvorientos de los jefes y guerreros de una raza perdida.
—Es mejor no molestar a lo que se esconde en la tierra —gruñó López.
—¡Tonterías! —repuso Brill—. Yo y unos cuantos más nos metimos en uno de esos montículos, en la comarca de Palo Pinto, y sacamos trozos de esqueletos con algunas cuentas y puntas de flecha de pedernal, y cosas parecidas. Conservé algunos dientes durante algún tiempo hasta que los perdí, y nunca me persiguieron los fantasmas por eso.
—¿Indios? —resopló inesperadamente López—. ¿Quién ha hablado de indios? En esta tierra hubo otros que no eran indios. En los viejos tiempos aquí sucedieron cosas extrañas. He oído las historias de mi gente, transmitidas de generación en generación. Y mi gente ha estado aquí desde mucho antes que la suya, señor Brill.
—Sí, tienes razón —admitió Steve—. Los primeros hombres blancos que llegaron a este país fueron españoles, por supuesto. He oído decir que Coronado pasó a no mucha distancia de aquí, y la expedición de Hernando de Estrada cruzó esta zona hace..., hace mucho tiempo..., no sé cuánto.
—En mil quinientos cuarenta y cinco —dijo López—. Montaron su campamento aquí donde ahora se alza su corral.
Brill se volvió para mirar el cercado de su corral, donde se alojaban una vaca macilenta, dos caballos de tiro y su montura.
—¿Cómo es que sabes tanto de eso? —preguntó lleno de curiosidad.
—Uno de mis antepasados estuvo con Estrada —contestó López—. Un soldado, Porfirio López, le habló a su hijo de esa expedición, y éste le habló a su hijo, y así fue pasando por el linaje familiar hasta llegar a mí, que carezco de hijo al que contarle la historia.
—No sabía que fueras de tan buena cuna —dijo Brill—. Puede que sepas algo sobre el oro que se suponía que Estrada ocultó en algún lugar de por aquí.
—No había oro —gruñó López—. Los soldados de Estrada no llevaban más que sus armas, y se abrieron paso combatiendo a través de una comarca hostil... muchos dejaron sus huesos a lo largo del camino. Luego, muchos años después, una caravana de mulas de Santa Fe fue atacada por los comanches a pocos kilómetros de aquí y esos escondieron su oro y escaparon; de modo que las leyendas acabaron por mezclarse. Pero ahora ni siquiera su oro está aquí, porque los cazadores de búfalos gringos lo encontraron y cavaron hasta dar con él.
Bill asintió, abstraído, sin apenas escuchar. No hay otra parte en todo el continente norteamericano tan repleta de historias sobre tesoros perdidos o escondidos como el suroeste. Riquezas incontables atravesaron las llanuras y los montes de Texas y Nuevo México en los viejos tiempos, cuando España poseía las minas de oro y plata del Nuevo Mundo y controlaba el rico comercio de pieles del Oeste, y los ecos de esa riqueza perduran en las historias de tesoros ocultos. Un sueño huidizo, nacido del fracaso y la pobreza acuciante, tomó forma en la mente de Brill.
—Bien —dijo, alzando la voz—, como de todos modos no tengo nada más que hacer, creo que excavaré ese viejo montículo y veré lo que puedo encontrar.
El efecto de esa simple frase en López fue asombroso. Retrocedió y su rostro, tosco y atezado, cobró el color de la ceniza; sus ojos negros relampaguearon y alzó los brazos al cielo en un gesto de protesta.
—¡Dios, no! —gritó—. ¡No haga eso, señor Brill! Hay una maldición..., mi abuelo me lo contó...
—¿Qué es lo que te contó? —preguntó Brill. López se sumió en un hosco mutismo.
—No puedo decirlo —murmuró—. He jurado guardar silencio. Sólo podría abrirle el corazón a mi primogénito. Pero créame cuando le digo que más le valdría cortarse el cuello antes que entrar en ese montículo maldito.
—Bien —dijo Brill, impacientándose ante las supersticiones mexicanas—, si es algo tan malo, ¿por qué no me lo cuentas? Dame una razón lógica para no entrar ahí.
—¡No puedo decirlo! —exclamó desesperadamente el mexicano—. ¡La conozco!, pero he jurado guardar silencio sobre el Santo Crucifijo, como lo ha jurado cada hombre de mi familia. ¡Es algo tan espantoso que hasta el hablar de ello supone arriesgarse a la perdición! Si se lo contara, su alma quedaría destruida dentro de su cuerpo. Pero lo he jurado..., y no tengo hijos, de modo que mis labios están sellados para siempre.
—Bueno —dijo Brill con sarcasmo—, ¿y por qué no lo escribes?
López se quedó mirándole, sobresaltado y, para sorpresa de Steve, aceptó la sugerencia.
—¡Lo haré! Alabado sea Dios por haber hecho que el buen sacerdote me enseñase a escribir de niño. Mi juramento no decía nada de escribir. Juré solamente no hablar. Se lo pondré todo por escrito, si jura que no hablará de ello después y que destruirá el papel tan pronto como lo haya leído.
—Claro —dijo Brill, para seguirle la corriente, y el viejo mexicano pareció sentirse muy aliviado.
—¡Bueno! Iré enseguida y lo escribiré. ¡Mañana, cuando vaya a trabajar, le traeré el papel y entonces entenderá por qué nadie debe abrir ese montículo maldito!
Y López se fue a toda prisa por el sendero que llevaba hasta su casa, sus hombros encorvados balanceándose a causa del esfuerzo de su inusitada premura. Steve le vio marcharse, sonrió y, encogiéndose de hombros, se dirigió hacia su casa. Luego se detuvo, volviendo la mirada hacia el pequeño montículo redondeado con los costados cubiertos de hierba. Debía de ser una tumba india, pensó, dada su simetría y su parecido a los demás montículos indios que había visto. Frunció el ceño mientras intentaba imaginar la relación que podía haber entre el misterioso otero y el marcial antepasado de Juan López. Brill miró la distante figura del viejo mexicano. Un pequeño valle atravesado por un arroyo medio seco, bordeado por árboles y maleza, se extendía entre los pastos de Brill y la colina más allá de la cual se hallaba la vivienda de López. El mexicano estaba a punto de desaparecer entre los árboles de la orilla del arroyo, cuando Brill tomó una decisión repentina.
Subió a toda prisa la ladera y cogió un pico y una pala del cobertizo que había en la parte trasera de su casa. El sol no se había puesto aún y Brill creía poder excavar lo suficiente del montículo como para determinar su naturaleza antes de que oscureciese. De lo contrario, podía trabajar a la luz de una linterna. Steve, como la mayoría de los hombres de su clase, vivía básicamente según le dictaban sus impulsos y su afán actual era abrir ese montículo misterioso y ver lo que ocultaba, si es que ocultaba algo. La idea del tesoro volvió a su mente, estimulada por la actitud evasiva de López. ¿Y si, después de todo, ese saliente de hierba y tierra amarronada escondía riquezas, metales preciosos de minas olvidadas, o monedas acuñadas en la vieja España? ¿Acaso no era posible que los mismos mosqueteros de Estrada hubiesen alzado ese túmulo por encima de un tesoro que no podían llevarse, dándole la forma de un montículo indio para engañar a los buscadores de tesoros? ¿Sabía eso el viejo López? No sería nada extraño que, aún conociendo que allí había un tesoro, el viejo mexicano se abstuviera de buscarlo. Dominado por lúgubres y supersticiosos temores, bien podía llevar una vida de labor estéril antes que arriesgarse a incurrir en la ira de los fantasmas o los diablos que estuviesen allí acechando..., pues los mexicanos dicen que el oro escondido está siempre maldito y, seguramente, alguna maldición especial debía de cernirse sobre el montículo. Bien, meditó Brill, los diablos de los latinos y los indios carecían de terrores con que asustar a un anglosajón atormentado por los demonios de la sequía, las tormentas y las malas cosechas.
Steve empezó a trabajar con la energía salvaje típica de su raza. La tarea no era fácil; el suelo, requemado ferozmente por el sol, era duro como el hierro y estaba lleno de rocas y guijarros. Brill sudaba abundantemente y gruñía a causa de sus esfuerzos, pero el fuego del cazador de tesoros le dominaba. Con brusquedad, se quitó el sudor de los ojos y clavó el pico con potentes golpes que desgarraban los terrones, convirtiéndolos en polvo. El sol se ocultó y él siguió trabajando bajo el largo y soñoliento crepúsculo veraniego, olvidando casi por completo el tiempo y el espacio. Al hallar rastros de carbón de leña en el suelo, empezó a convencerse de que el montículo era una auténtica tumba india. El antiguo pueblo que había erigido aquellos sepulcros había mantenido fuegos ardiendo sobre ellos durante días, en algún momento de la construcción. Todos los montículos que Steve había llegado a abrir contenían un grueso estrato de carbón de leña a escasa distancia de la superficie. Pero los rastros de carbón de leña que estaba encontrando ahora se hallaban esparcidos a través de todo el suelo.
Aunque su idea de un escondrijo de tesoros españoles se desvaneció, continuó excavando. ¿Quién sabe? Quizás aquel pueblo extraño al que los hombres llamaban ahora los Constructores de Montículos tenía sus propios secretos y los guardaba junto a sus muertos. De pronto, el pico de Steve resonó sobre una superficie metálica y él lanzó un grito de júbilo. Cogió el trozo de metal y se lo acercó a los ojos, intentando distinguir mejor lo que era mientras la luz se iba debilitando. Estaba cubierto de una sólida capa de óxido que lo había desgastado hasta volverlo casi tan delgado como el papel, pero reconoció el objeto como lo que era: la rueda de una espuela, inconfundiblemente española, con sus puntas aguzadas y crueles. Y se detuvo, confundido por completo. No habían sido los españoles los constructores del montículo, mostraba indicios inconfundibles de ser obra de aborígenes. Y, con todo, ¿cómo había llegado aquella reliquia de los caballeros españoles a quedar tan profundamente escondida en el suelo?
Brill meneó la cabeza y reemprendió el trabajo. Sabía que en el centro del montículo, si éste era en realidad una tumba aborigen, hallaría una pequeña cámara construida con piedras muy pesadas, conteniendo los huesos del jefe para quien había sido erigido el montículo y, por encima de él, las víctimas sacrificadas. Y, bajo la creciente oscuridad, sintió como su pico golpeaba ruidosamente sobre una superficie resistente, parecida al granito. El examen, realizado tanto mediante el tacto como con la vista, demostró que era un bloque sólido de piedra toscamente tallada. Formaba, indudablemente, una de las esquinas de la cámara mortuoria. Intentar abrirla era inútil. Brill fue escarbando a su alrededor, quitando la tierra y los guijarros de las esquinas, hasta notar que el sacarla de su sitio no iba a requerir sino deslizar bajo el bloque la punta del pico y levantarlo haciendo palanca.
Mas, repentinamente, se dio cuenta de que la oscuridad era ya completa. La luna nueva recortaba tenuemente las cosas entre la penumbra. En el corral, desde donde llegaba el tranquilizador ruido de los cansados animales masticando el grano, su mustang relinchó. Desde las sombras oscuras del retorcido arroyuelo, un chotacabras lanzó su extraño graznido. Brill se estiró, poniéndose en pie a regañadientes. Sería mejor conseguir una linterna y proseguir sus exploraciones alumbrado por su luz. Rebuscó en su bolsillo, con la vaga idea de levantar la piedra y explorar la cavidad ayudado por cerillas. De pronto, todo su cuerpo se puso rígido. ¿Era su imaginación la que le hacía oír aquel leve y siniestro arrastrarse que parecía venir de más allá de la piedra que bloqueaba la entrada? ¡Serpientes! Indudablemente, en algún lugar alrededor de la base del montículo se hallaban sus cubiles y quizás una docena de víboras cola de diamante aguardaban, enroscadas en el interior de la caverna, a que él metiese la mano entre ellas. Se estremeció ligeramente ante esa idea y se apartó de la excavación que había realizado.
No serviría de nada tantear a ciegas en esos cubiles. Y se dio cuenta de que durante los últimos minutos había tenido una vaga conciencia de que un olor débil pero repulsivo exudaba de los intersticios de la piedra que cerraba la entrada..., aunque admitió que el olor no sugería la existencia de reptiles más de lo que podría hacerlo cualquier otro olor amenazador. Había en él algo que recordaba a la pestilencia de los mataderos..., los gases formados en la cámara mortuoria, sin duda, altamente peligrosos para los seres vivos. Steve dejó su pico en el suelo y volvió a la casa, impaciente ante aquel obligado retraso. Entró en la oscura vivienda, encendió una cerilla y encontró su linterna de queroseno colgada de un clavo en la pared. Agitándola, se aseguró que estaba casi llena de aceite y la encendió. Luego volvió a marcharse, pues su impaciencia no le permitía detenerse para comer algo. Abrir el montículo le intrigaba, como debe sucederle siempre a un hombre imaginativo, y el descubrimiento de la espuela española había aguzado su curiosidad.
Se apresuró a salir de casa, la linterna oscilante arrojando sombras largas y distorsionadas que le precedían y le seguían. Rió entre dientes al ver mentalmente las ideas y los actos de López cuando se enterase, por la mañana, de que el montículo prohibido había sido abierto. Brill pensó que sería bueno abrirlo esa misma noche; de haberse enterado, López podría incluso haber intentado impedirle que husmease en la tumba. Envuelto por el soñoliento murmullo de la noche veraniega, Brill llegó al montículo, alzó su linterna..., y profirió un asombrado juramento. La linterna revelaba su excavación, sus herramientas tiradas con descuido allí donde él las había dejado caer... ¡Y la negra boca de una abertura! La gran piedra que cerraba la entrada descansaba en el fondo de la excavación que él había hecho, como si la hubiesen arrojado despreocupadamente a un lado. Precavidamente, introdujo la linterna en el agujero y escudriñó con la mirada la pequeña cámara, semejante a una caverna, sin saber muy bien lo que esperaba ver. Nada hallaron sus ojos salvo los costados de una celda larga y estrecha, tallada en la desnuda piedra, lo bastante grande como para acoger el cuerpo de un hombre, que aparentemente había sido construida con bloques de piedra cuadrada, toscamente labrada, unidos de modo resistente y habilidoso.
—¡López! —exclamó Steve con furia—. ¡Sucio coyote! Seguro que ha estado viendo cómo trabajaba..., y cuando fui a buscar la linterna, se acercó con sigilo y sacó la roca, y apuesto a que cogió lo que había dentro, fuese lo que fuese. ¡Yo lo arreglaré, maldito sea su grasiento pellejo!
Con brusco ademán apagó la linterna y miró ferozmente hacia el otro extremo del vallecito repleto de maleza. Y, al mirar, se puso rígido. En una ladera de la colina, al otro lado de la cual se alzaba la choza de López, se movía una sombra. El delgado creciente de la luna nueva se estaba ocultando y el juego de luz y sombras hacía difícil ver con claridad. Pero los ojos de Steve habían sido aguzados por el sol y los vientos de las tierras salvajes, y sabía que lo que ahora desaparecía por el otro extremo de la colina cubierta de mesquites era alguna criatura provista de dos piernas.
—Llevándoselo a su choza —gruñó Brill—. Seguro que ha encontrado algo, de lo contrario no correría de ese modo.
Brill tragó saliva, preguntándose la razón de que, de pronto, le hubiese dominado un temblor tan peculiar. ¿Acaso había algo extraño en un mexicanito ladrón corriendo hacia su casa con su botín? Brill trató de ahogar la sensación de que había algo peculiar en la zancada de esa tenue sombra, que le había parecido moverse con una especie de furtivo cojeo. La velocidad debía ser necesaria cuando el viejo y fornido Juan López había decidido viajar con un paso tan extraño.
—Lo que haya encontrado es tan mío como suyo —se dijo Brill, intentando alejar de su mente el aspecto anormal que había en la huida de la figura—. He arrendado esta tierra y he hecho todo el trabajo de excavar. ¿Una maldición? ¡Y un cuerno! No me extraña que me contase todas esas tonterías. Quería que dejara el lugar en paz para que pudiese cogerlo todo él. Es raro que no lo sacara hace mucho, pero nunca se sabe con esos mexicanitos.
Brill, mientras meditaba de tal modo, bajaba a grandes zancadas por la suave ladera cubierta de pasto que conducía hasta el lecho del arroyo. Se mezcló entre las sombras de los árboles y los espesos matorrales y cruzó el seco cauce del arroyuelo, percibiendo ausentemente que ni el graznido de los chotacabras ni las llamadas de las lechuzas turbaban la oscuridad. Había un tenso sentimiento de espera en la noche que no le gustaba. Las sombras en el cauce del arroyo parecían demasiado espesas, como si contuviesen el aliento. Deseó por un momento no haber apagado la linterna, que seguía llevando, y se alegró de haber cogido el pico, que su mano derecha aferraba como si fuese un hacha. Sintió el impulso de silbar para romper el silencio y luego, con un juramento, rechazó la idea. Con todo, se alegró una vez hubo trepado a la pequeña elevación de la orilla opuesta y emergió a la claridad de las estrellas. Ascendió la cuesta y luego la colina y, desde allí, bajó la vista hacia el llano cubierto de mesquites donde se alzaba la miserable choza de López. En una ventana ardía una luz solitaria.
—Apuesto a que está recogiendo sus cosas para largarse corriendo —gruñó Steve—.Eh, qué...
Se apartó tambaleándose, como si hubiese recibido un golpe físico, cuando un espantoso alarido desgarró la calma, como si se tratase de un cuchillo. Sintió el impulso de taparse los oídos con las manos para no escuchar el horror de aquel grito, que subió insoportablemente de tono hasta quebrarse en un aborrecible gorgoteo.
—¡Santo Dios! —Steve notó que un sudor frío le cubría todo el cuerpo—. López... o alguien...
Mientras pronunciaba en un susurro tales palabras, corría por la ladera con toda la rapidez que sus piernas eran capaces. Algún horror indecible estaba sucediendo en aquella choza solitaria, pero él iba a investigar de qué se trataba aunque ello le supusiese enfrentarse con el diablo en persona. Mientras corría, apretó con más fuerza el mango del pico. Vagabundos asesinando al viejo López para apoderarse de lo que él se había llevado del montículo, pensó Steve, y olvidó su ira. Las cosas se pondrían feas para quien estuviese molestando al viejo bribón, por muy ladrón que pudiese ser. Corriendo velozmente, llegó por fin a terreno llano. Y entonces la luz de la choza se extinguió y Steve, lanzado a la carrera, vaciló y tropezó con un mesquite con un golpe tal que le arrancó un gruñido, arañándose las manos con los espinos del tronco. Rebotando con una maldición entrecortada, se lanzó hacia la cabaña, preparándose para lo que podía presentarse ante sus ojos..., el vello erizado ante lo que ya había visto. Brill probó a abrir la única puerta de la cabaña, pero se dio cuenta de que tenía echado el cerrojo. Llamó a gritos a López y no recibió respuesta alguna. Sin embargo, desde el interior llegaba un extraño sonido ahogado, algo que parecía un sollozo, el cual cesó tan pronto como Brill, haciendo girar su pico, lo estrelló contra la puerta. La débil madera se astilló y Brill penetró de un salto en el interior de la choza en tinieblas, los ojos llameantes, blandiendo el pico para un ataque desesperado. Pero ningún sonido turbó el lúgubre silencio y nada se agitó en la oscuridad, pese a que la caótica imaginación de Brill poblaba los ensombrecidos rincones de la choza con formas horripilantes.
Con una mano empapada de sudor, buscó a tientas un fósforo y lo prendió. Aparte de él mismo, la única persona que había en la choza era López..., el viejo López, muerto a todas luces, tendido sobre el suelo de tierra apisonada, los brazos abiertos como si le hubiesen clavado en una cruz, la boca fláccidamente abierta dándole el aspecto de un idiota, los ojos muy abiertos, llenos de un terror que a Brill le pareció intolerable. La única ventana que había en la choza estaba abierta, mostrando por dónde había huido el asesino y, posiblemente, por dónde había entrado. Brill se acercó a la ventana y lanzó una cautelosa mirada al exterior. No vio más que la ladera de la colina a un extremo y el llano cubierto de mesquites al otro. De pronto, se sobresaltó... ¿Era un movimiento lo que le había parecido ver entre las retorcidas sombras de los mesquites y los chaparrales? ¿O, simplemente, había imaginado ver una figura que se agazapaba entre los árboles?
El fósforo le quemó los dedos y él se giró en redondo. Encendió la vieja lámpara de aceite colocada sobre la tosca mesa, lanzando una maldición al quemarse la mano. El globo de la lámpara estaba muy caliente, como si hubiese estado encendida durante horas. De mala gana, se dirigió hacia el cadáver tendido en el suelo. Cualquiera que hubiese sido la causa de la muerte de López, había sido horrible; pero Brill, examinando aprensivamente el cuerpo sin vida, no halló herida alguna, ninguna marca de cuchillada o golpe. ¡Un momento! Había un leve rastro de sangre en la mano con la que Brill le había estado examinando. Buscando con más atención halló la fuente: tres o cuatro diminutas heridas en la garganta de López, de las que la sangre había rezumado lentamente. Primero creyó que se las habían infligido con un estilete (una daga muy delgada carente de filo), pero luego meneó la cabeza. Había visto heridas de estilete, llevaba la cicatriz de una en su propio cuerpo. Estas heridas se parecían más al mordisco de algún animal..., parecían las marcas de unos colmillos puntiagudos.
Con todo, Brill no creyó que fuesen lo bastante hondas como para haber causado la muerte, y tampoco había fluido mucha sangre de ellas. Una idea abominable, junto con espantosas especulaciones, se alzó en los rincones más oscuros de su mente, que López había muerto de miedo, y que las heridas le habían sido infligidas ya en el mismo instante de su muerte, ya un momento después. Y Steve notó algo más; esparcidas en el suelo había un montón de mugrientas hojas de papel, garabateadas por la mano insegura del viejo mexicano... Había dicho que iba a escribir sobre la maldición del montículo. Además de las hojas sobre las que había escrito y un trozo de lápiz en el suelo, también estaba el globo caliente de la lámpara, todos mudos testigos de que el viejo mexicano había permanecido sentado y escribiendo durante horas ante la mesa de madera toscamente tallada. Entonces, no era él quien había abierto la cámara del montículo y robado lo que contuviese... pero, ¡en el nombre de Dios!, ¿quién era? ¿Quién o qué era lo que Brill había visto fugazmente cojeando en la estribación de la colina?
Bien, no quedaba sino una cosa por hacer, ensillar su mustang y cabalgar los dieciséis kilómetros que había hasta Coyote Wells, la ciudad más cercana, e informar al sheriff del asesinato. Brill recogió los papeles. La última hoja estaba aún entre los dedos del viejo y Brill tuvo cierta dificultad en sacarla de allí. Luego, al volverse para apagar la luz, vaciló un momento y se maldijo por el miedo que seguía acechando en lo más hondo de su mente..., miedo a la sombría criatura que había visto a través de la ventana un instante antes de que la luz se apagase en la cabaña. El largo brazo del asesino, pensó, tendiéndose para apagar la lámpara, no cabía duda. ¿Qué había de anormal e inhumano en esa imagen, distorsionada como debía estarlo a causa de la tenue luz de la lámpara y las sombras? Al igual que un hombre lucha por recordar los detalles de una pesadilla, Steve intentó definir en su mente alguna razón clara que pudiese explicar el que ese huidizo vistazo le hubiese trastornado hasta el punto de haberse dado de bruces con un árbol, y el porqué el simple y vago recuerdo de esa imagen hacía que todo su cuerpo volviese a cubrirse de un sudor frío.
Maldiciéndose a sí mismo para así conservar el valor, encendió su linterna y apagó de un soplido la que se hallaba sobre la tosca mesa y, lleno de decisión, emprendió el camino, aferrando su pico como si fuese un arma. Después de todo, ¿por qué ciertos aspectos aparentemente anormales de un crimen tan sórdido debían trastornarle así? Crímenes tales eran aborrecibles, cierto, pero también eran lo bastante corrientes, especialmente entre los mexicanos, a los que les encantaban los pleitos familiares más increíbles. Y entonces, cuando ya había penetrado en la silenciosa noche tachonada de estrellas, se detuvo en seco. Desde más allá del arroyuelo resonaba el repentino y estremecedor alarido de un caballo empavorecido, y luego un enloquecido estruendo de cascos que se desvaneció en la lejanía. Y Brill lanzó una blasfemia llena de rabia y desánimo. ¿Acaso había un puma acechando en las colinas, había sido un gato monstruoso el que había matado al viejo López? Entonces, ¿por qué la víctima no llevaba las marcas de las crueles y ganchudas garras? ¿Y quién había apagado la luz en la choza?
Mientras se interrogaba de tal modo, Brill corría velozmente hacia el oscuro arroyo. No está en el alma del ganadero contemplar ocioso cómo su ganado se lanza a la estampida. Mientras se internaba en la oscuridad de los matorrales a lo largo del arroyo seco, Brill descubrió que tenía la lengua extrañamente reseca. Siguió, tragando saliva y manteniendo bien alta la linterna. No alumbraba demasiado en la oscuridad pero parecía acentuar la negrura de las sombras que se acumulaban a su alrededor. Por alguna extraña razón, en la caótica mente de Brill penetró la idea de que aunque aquel país fuese nuevo para los anglosajones, en realidad era muy viejo. Aquella tumba rota y profanada era la muda prueba de que la tierra era mucho más antigua que el hombre y, de pronto, la noche, las colinas y las sombras parecieron aplastar a Brill con un sentimiento de horrible antigüedad. Antes de que los ancestros de Brill hubiesen oído hablar de ella, largas generaciones de hombres habían vivido y muerto en aquella tierra. En la noche, entre las sombras de aquel mismo arroyo, los hombres, sin duda alguna, habían lanzado su último suspiro de mil maneras espantosas. Con tales reflexiones, Brill corrió a través de las espesas sombras de la arboleda.
Lanzó un hondo suspiro de alivio cuando salió de entre los árboles a un lado de la colina. Ascendiendo apresuradamente la poca empinada ladera, sostuvo en alto su linterna, investigando. El corral estaba vacío; ni tan siquiera la apática res estaba a la vista. Y la empalizada había sido derribada. Eso indicaba algún agente humano, y todo el asunto cobró un nuevo y más siniestro aspecto. Alguien pretendía que Brill no cabalgase hasta Coyote Wells esa noche. Eso significaba que el asesino pretendía asegurar su huida y deseaba una buena ventaja sobre la ley, o sobre quien fuese... Brill sonrió. A lo lejos, entre los mesquites que cubrían el llano, creyó distinguir el débil y distante ruido de caballos al galope. ¡En el nombre de Dios! ¿Qué era lo que les había asustado de aquel modo? El gélido dedo del terror hizo estremecerse la columna vertebral de Brill.
Steve se dirigió hacia la casa. No entró sin tomar precauciones. Se deslizó a una buena distancia de la vivienda, lanzando miradas estremecidas por las oscuras ventanas, buscando, con tal intensidad que los oídos acabaron doliéndole, el posible sonido que traicionase la presencia del asesino al acecho. Por fin, se arriesgó a abrir una puerta y entrar. De una patada, empujó la puerta contra la pared por si alguien se ocultaba detrás de ella, alzó bien la linterna y entró, el corazón galopante, aferrando ferozmente el pico, con los sentimientos convertidos en una mezcla de miedo y rabia. Pero ningún asesino oculto saltó sobre él, y una cuidadosa exploración de la vivienda no reveló nada. Con un suspiro de alivio, Brill cerró las puertas, aseguró las ventanas y encendió su vieja lámpara de aceite. La imagen del viejo López tendido, un solitario cadáver con los ojos vidriosos, en la choza más allá del arroyo, le hizo estremecerse levemente, pero no entraba en sus planes el dirigirse a pie, de noche, a la ciudad. Sacó de su escondite su viejo y seguro Colt del 45, hizo girar el cilindro de acero azulado y sonrió hoscamente. Quizás el asesino tenía la intención de no dejar con vida a ningún testigo de sus crímenes. ¡Pues bueno, que viniese! Él, o ellos, se encontrarían a un joven vaquero con un seis tiros y descubrirían que no era una presa tan fácil como había sido el viejo y desarmado mexicano. Y eso le recordó a Brill los papeles que había traído consigo de la cabaña. Asegurándose de no estar en la dirección desde la que una bala repentina pudiese atravesar una ventana, se dispuso a leer, manteniendo una oreja al acecho de cualquier ruido por leve que fuese.
Y a medida que iba descifrando aquella escritura tosca y laboriosa, un lento y frío horror crecía en su alma. Lo que el viejo mexicano había garabateado era una historia espantosa..., una historia que había pasado de generación a generación..., una historia que procedía de tiempos muy antiguos. Y Brill leyó sobre las andanzas del caballero Hernando de Estrada y sus hombres, provistos de picas y armaduras, que se aventuraron en los desiertos del sudoeste cuando todo era extraño e ignoto. En el principio, decía el manuscrito, había unos cuarenta soldados, amos y criados. Estaba el capitán, Estrada, y el sacerdote, y el joven Juan Zavilla, y don Santiago de Valdez (un noble misterioso que había sido rescatado de un navío a la deriva en el Mar Caribe)..., el resto de la tripulación y los pasajeros habían muerto a causa de una plaga, había dicho, y él había arrojado sus cuerpos por encima de la borda. Así pues, Estrada le había acogido a bordo del navío que había llevado a la expedición desde España, y Valdez se unió a sus exploraciones.
Brill leyó algunas cosas acerca de sus andanzas, narradas en el tosco estilo del viejo López, del mismo modo que los antepasados del viejo mexicano habían ido transmitiendo la historia durante más de trescientos años. Las simples palabras eran un débil reflejo de las terroríficas penalidades que los exploradores habían ido encontrando: la aridez del país, la sed, las inundaciones, las tormentas de arena en el desierto, las lanzas de los pieles rojas hostiles. Pero el viejo López hablaba de otro peligro..., un horror al acecho que había caído sobre la solitaria caravana que vagaba por la inmensidad de las tierras desérticas. Hombre a hombre, fueron cayendo uno tras otro sin que nadie conociese al asesino. El miedo y la negra sospecha roían como un cáncer el ánimo de la expedición, y su líder no sabía qué actitud tomar. Todo lo que sabían era que entre ellos había un demonio con forma humana. Los hombres empezaron a apartarse los unos de los otros, manteniendo amplias distancias entre ellos durante la marcha, y esta sospecha mutua, que buscaba la seguridad en la soledad, le puso las cosas más fáciles al demonio. El esqueleto de la expedición siguió tambaleándose a través del solitario desierto, perdido, confuso e indefenso, y el horror invisible seguía rondando sus flancos, cebándose en los rezagados, saciándose en los centinelas a los que rendía un momento el sueño y en los hombres dormidos. Y en el cuello de cada uno había las heridas de unos colmillos aguzados que desangraban completamente a la víctima; así fue como los vivos supieron con qué clase de horror tenían que vérselas. Los hombres siguieron avanzando a trompicones a través del desierto, invocando a los santos, o blasfemando, llenos de terror, luchando frenéticamente contra el sueño, hasta que caían exhaustos y el sueño se les acercaba a hurtadillas con el horror y la muerte.
La sospecha acabó centrándose en un negro enorme, un esclavo caníbal de Calabar. Y lo encadenaron. Pero el joven Juan Zavilla siguió el destino de los demás, y luego le llegó el turno al sacerdote. Mas el clérigo luchó con su demoníaco asaltante y vivió lo bastante para susurrar en los oídos de Estrada el nombre del demonio. Y Brill, estremeciéndose, los ojos desorbitados, leyó:
...Y ahora se le hizo evidente a Estrada que el buen sacerdote había dicho la verdad, y el asesino era don Santiago de Valdez, quien era un vampiro, un demonio no muerto, que subsistía de la sangre de los vivos. Y Estrada se acordó de cierto noble maligno que había acechado en las montañas de Castilla desde los días de los moros, alimentándose con la sangre de víctimas indefensas que le otorgaban una horrenda inmortalidad. Dicho noble había sido expulsado; nadie sabía a donde había huido pero era evidente que él y don Santiago eran el mismo hombre. Había huido de España en barco, y Estrada supo que la gente de ese barco no había muerto a causa de la plaga, tal y como había mentido el demonio, sino bajo los colmillos del vampiro. Estrada, el negro y los pocos soldados que aún seguían con vida le buscaron y le encontraron, sumido en un sueño bestial entre los chaparrales y repleto con la sangre humana de su última víctima. Es bien sabido que los vampiros, como las grandes serpientes cuando están ahítas, caen en un sueño profundo y pueden ser eliminados sin peligro. Mas Estrada no tenía idea alguna de cómo disponer del monstruo, ya que ¿cómo se puede matar a los muertos? Pues en efecto un vampiro es un hombre que murió tiempo ha y que sin embargo rebulle con cierta espantosa no-vida.
...Los hombres le suplicaron al caballero que clavase una estaca en el corazón del demonio y que le cortase la cabeza, pronunciando las santas palabras que convertirían el cuerpo, durante largo tiempo muerto, en polvo, pero el sacerdote estaba muerto y Estrada temió que mientras así actuaba el monstruo pudiese despertar. Así pues, cogieron a don Santiago, alzándole con gran cuidado, y le llevaron hasta un viejo montículo indio cercano. Lo abrieron, sacando de él los huesos que allí encontraron, y colocaron al vampiro en su interior y sellaron el montículo. ¡quiera Dios que hasta el Día del Juicio! Este lugar se halla maldito, y ojalá me hubiese muerto de hambre en algún otro sitio antes que venir hasta aquí buscando trabajo..., pues yo sabía acerca de la tierra, el arroyo y el montículo, con su terrible secreto, desde que he sido niño; ya ve usted, señor Brill, la razón de que no deba abrir el montículo y despertar al demonio...
Aquí terminaba el manuscrito con un garabato del lápiz que había roto la hoja de arrugado papel. Brill se puso en pie, el corazón latiéndole al galope, el rostro lívido, la lengua pegada al paladar. Tragó saliva y, al fin, halló las palabras.
—Por eso estaba la espuela en el montículo..., se le cayó a uno de los españoles mientras cavaba... Y bien podría haber sabido yo que había sido excavado con anterioridad, por el modo en que estaba esparcido el carbón de leña... Pero ¡santo Dios!
Retrocedió horrorizado ante aquellas negras imágenes: un monstruo no muerto que se removía en las tinieblas de su tumba, empujando desde el interior para echar a un lado la piedra aflojada por el pico de la ignorancia..., una forma sombría que se arrastraba cojeante sobre la colina hacia la luz que delataba a una presa humana, un brazo espantosamente largo que cruzaba una ventana iluminada tenuemente...
—¡Esto es una locura! —jadeó—. ¡López estaba como una cabra! ¡Los vampiros no existen! Si es un vampiro, ¿por qué no me cogió primero a mí, en vez de a López..., a menos que estuviese registrando los alrededores, asegurándose de las cosas antes de atacar? ¡Bah, al infierno! Todo esto es un mal sueño, una...
Las palabras se le helaron en la garganta. Un rostro le contemplaba desde la ventana, los rasgos contorsionados, sin emitir sonido alguno. Dos gélidos ojos le perforaron el alma. De la garganta le brotó un alarido y el espantoso rostro se desvaneció. Pero hasta el mismo aire estaba impregnado de la pestilencia que se había cernido sobre el viejo montículo. Y ahora era la puerta la que crujía..., combándose lentamente hacia el interior. Brill retrocedió hasta topar con la pared, la pistola temblándole en la mano. No se le ocurrió disparar a través de la puerta; en su cerebro, convertido en un caos, no había sino una idea: que sólo ese delgado panel de madera le separaba de algún horror nacido del útero de la noche, las tinieblas y el negro pasado. Los ojos se le abrieron como platos viendo cómo cedía la puerta, cómo rechinaban los hierros del cerrojo.
La puerta estalló, hecha pedazos. Brill no gritó. Tenía la lengua como de hielo, pegada al paladar. Sus ojos vidriados por el miedo contemplaron la alta figura semejante a un buitre, los gélidos ojos, las largas y negras uñas de los dedos, su harapiento atavío, espantosamente antiguo, las botas con sus largas espuelas, el chambergo con su pluma a punto de convertirse en polvo, la capa flotante que se hacía lentamente pedazos. La forma aborrecible surgida del pasado se agazapó, recortándose en el umbral oscuro, y el cerebro de Brill pareció vacilar. De la figura irradiaba un frío salvaje, el olor de la arcilla encharcada y los despojos del osario. Y entonces el no muerto saltó sobre él como un buitre que se lanza en picado sobre su presa.
Brill disparó a quemarropa y vio cómo un pedazo de tela de algodón saltaba del pecho de la Cosa. El vampiro se tambaleó bajo el impacto del pesado proyectil y luego, enderezándose, se lanzó hacia adelante a espantosa velocidad. Brill se apoyó en la pared con un grito ahogado, la pistola cayendo de su mano fláccida. Entonces, las negras leyendas eran ciertas..., las armas humanas carecían de todo poder, pues ¿acaso puede un hombre matar a alguien que ya lleva muerto largos siglos, del modo en que mueren los mortales? Y entonces, las manos parecidas a garras que le rodeaban el cuello enloquecieron al joven vaquero. Al igual que sus antepasados pioneros lucharon mano a mano contra enemigos abrumadores, Steve Brill luchó con la fría y muerta criatura que se arrastraba buscando su vida y su alma.
Brill jamás recordaría gran cosa de esa espantosa batalla. Fue un caos ciego en el que gritó como una bestia, desgarró, dio golpes y puñetazos, en el que uñas largas y negras como garras de pantera le hirieron, en tanto que dientes puntiagudos se cerraban una y otra vez buscando su cuello. Rodando y dando tumbos por la habitación, ambos medio envueltos por los mohosos pliegues de esa vieja capa medio podrida, se golpearon y se hirieron mutuamente entre los restos del mobiliario destrozado, y la furia del vampiro no era más terrible que la desesperación de su víctima enloquecida por el miedo. Se derrumbaron sobre la mesa, haciéndola caer de lado, y la lámpara de aceite se rajó en el suelo, rociando los muros con repentinas llamaradas. Brill sintió la mordedura del aceite ardiente que le salpicó, pero en el rojo furor de la pelea no le prestó atención. Las negras garras le desgarraban, los ojos inhumanos ardían gélidos clavándose en su alma; entre sus dedos frenéticos la carne marchita del monstruo era tan dura como la madera reseca. Y una ola tras otra de ciega locura dominó a Steve Brill. Gritó y golpeó como un hombre que lucha con una pesadilla, mientras que a su alrededor el fuego se hacía cada vez más alto, prendiendo en las paredes y el tejado.
A través de los chorros candentes y las lenguas de fuego, rodaron y se tambalearon como un demonio y un mortal trabados en combate sobre las ígneas lanzas que cubren los suelos del infierno. Y entre el tumulto creciente de las llamas, Brill hizo acopio de todas sus fuerzas para una última y volcánica erupción de frenético esfuerzo. Logró separarse y, vacilante, se puso en pie, jadeante, ensangrentado, y se lanzó a ciegas sobre la forma repugnante y la atrapó con una presa que ni tan siquiera el vampiro pudo romper. Y haciendo girar en redondo a su demoníaco asaltante por encima de él, le estrelló contra el borde de la mesa caída al igual que un hombre podría romper un palo sobre su rodilla. Algo se quebró como si fuese una rama y el vampiro cayó, libre de la presa de Brill, para retorcerse sobre el suelo ardiente, su cuerpo convulso en una extraña y rota postura. Pero no estaba muerto, pues sus ojos llameantes seguían ardiendo, fijos en Brill con un hambre horrible y, con la columna rota, luchó por arrastrarse hasta Brill, como se arrastra una serpiente moribunda.
Brill, jadeando, tambaleante, se quitó la sangre de los ojos y salió, a ciegas, cruzando la puerta destrozada. Y como un hombre cruza a la carrera las puertas del infierno, corrió tropezando a través de los mesquites y los chaparrales hasta caer, totalmente agotado. Mirando hacia atrás, vio las llamas de la casa que ardía y le agradeció a Dios el que fuese a arder hasta que los huesos de don Santiago de Valdez hubiesen sido totalmente consumidos y borrados del conocimiento humano".
Robert E. Howard
lunes, 5 de octubre de 2015
"La Sibila Blanca"
Había contemplado muchas maravillas, cosas imposibles de relatar; los monstruosos dioses esculpidos del Sur, sobre los que se rociaba sangra desde unas torres que llegaban casi hasta el sol; el plumaje de los huusim, de varios metros de longitud y de color de fuego; los monstruos de los pantanos australes, las orgullosas naves de Mu y de Antillia, que se movían como por encanto, sin remos ni vela; las cumbres humeantes constantemente sacudidas por las luchas de los demonios encerrados. Pero caminando al mediodía por las calles de Cerngoth, se encontró ante una maravilla más exótica aún que las anteriores. Sin buscarlo, y pensando únicamente en cuestiones caseras, contempló a la Sibila Blanca de Polarión. No sabía de dónde había salido, pero de repente la vio delante de él. Entre las delgadas muchachas de Cerngoth, con su pelo rojizo y ojos de un azul casi negro, parecía una aparición llegada de la Luna. No sabía lo que era, diosa, fantasma, o mujer, pero pasó rápidamente y desapareció. Se trataba de una criatura de nieve y luz septentrional, con ojos que parecían piscinas de luna y labios tan pálidos como su frente. Su túnica era de un tejido tan blanco, tan puro y tan etéreo como su propia persona.
Preso de una admiración indescriptible, Tortha contempló al ser milagroso, manteniendo por un instante la extraña luz de sus gélidos ojos, donde creyó encontrar algo familiar, como si una divinidad oculta durante mucho tiempo apareciese por fin ante su adorador. Sin saber cómo, parecía traer consigo la soledad infranqueable de los lugares lejanos, el murmullo profundo como la muerte de las mesetas y montañas solitarias. A medida que avanzaba, caía un silencio parecido al de las ciudades abandonadas, por las animadas y pobladas calles, y la gente se retiraba a su paso, admirada. Antes de que el silencio estallase en mil murmullos, Tortha ya había adivinado su identidad. Supo que había visto a la Sibila Blanca, ese ser misterioso que, según los rumores, aparecía y desaparecía de las ciudades de Hyperbórea. Nadie conocía su nombre, ni su nacionalidad, pero se decía que descendía como un espíritu de las montañas nevadas al norte de Cerngoth, de los desiertos de Polarión, donde los glaciares invadían valles que antaño fueran fértiles en helechos, y puertos que en otros tiempos fueran autopistas con mucho tráfico.
Nunca se había atrevido nadie a acosarla o seguirla. Venía y se iba con frecuencia, en silencio; pero a veces, en los mercados y plazas públicas, profería oscuras profecías y daba noticias sobre el destino. En muchos lugares, a través de Mhu Thulan y el centro de Hyperbórea, había predicho que las capas de hielo, que descendían gradualmente del polo, cubrirían el continente en edades futuras, enterrando para siempre las palmeras gigantes de las selvas y los soberbios pináculos de las ciudades. Y en la gran Commorión, entonces la capital, había profetizado un extraño destino que se cumpliría mucho antes de la llegada de los hielos. Por donde iba, los hombres la temían, considerándola como mensajera de los dioses extranjeros y desconocidos, que habitaban en una belleza sobrenatural. Todo esto lo había oído Tortha muchas veces, asombrándose un tanto ante el relato, pero desechándolo pronto de su mente, cargada como estaba de maravillosos recuerdos de cosas exóticas. Pero ahora que había visto la Sibila tenía la sensación de que se le ofrecía una revelación insospechada: como si hubiera distinguido, breve y lejana, la oculta meta de su peregrinación mística.
Con esa sola mirada había encontrado la personificación de todos los ideales vagos y deseos que le habían llevado de país en país. Aquí estaba lo indefinible que con tanto ahínco había buscado en pechos y aguas extrañas, más allá de los horizontes coronados por montañas que escupían fuego. Aquí se encontraba la estrella velada, cuyo nombre y resplandor nunca conociera. Los fríos ojos de la Sibila habían encendido un extraño amor en Tortha, para quien el amor sólo había sido, hasta entonces, una agitada pasión de los sentidos. Sin embargo, en esta ocasión no se le ocurrió que podía seguir a la visitante, o indagar más acerca de ella. Por el momento, se contentaba con la extraña visión que caldeaba su alma y perturbaba sus sentidos. Soñando sueños en los que la Sibila se movía como una llama con forma de mujer por caminos demasiado lejanos y pendientes para los pies humanos, regresó a su casa en Cerngoth. Los días siguientes pasaron rápida y soñadoramente para Tortha, cuyo recuerdo estaba aún totalmente ocupado por la reciente aparición blanca. Una loca fiebre de uranio se apoderó de su alma, junto con el íntimo conocimiento de que perseguía un imposible. Lentamente, para entretener las largas horas, se dedicó a copiar las poesías que escribiera durante su viaje, o a hojear sus manuscritos de adolescencia. Ahora, todos le parecían carentes de significado, como las hojas secas de un año que ya ha terminado.
Sin que Tortha lo propusiera, tanto sus criados como las visitas que recibía le hablaron de la Sibila. Decían que casi nunca entraba en Cerngoth, apareciendo con más frecuencia en ciudades alejadas de los desiertos helados de Polarión. Era cierto que no se trataba de un ser mortal, ya que había sido vista el mismo día en lugares distanciados entre sí por cientos de millas. A veces, los cazadores la sorprendían en las montañas al norte de Cerngoth; pero en cuanto los veía desaparecía, como el vaho de la mañana que se desvanece entre los riscos. El poeta escuchaba con actitud ausente y preocupada, pero a nadie habló de su amor. Sabía muy bien que sus familiares y amigos considerarían esta pasión como una locura pasajera, y no como el ansia juvenil que le impulsara a recorrer tierras desconocidas. Ningún amante humano había osado pretender a la Sibila, cuya belleza era de una peligrosa brillantez, semejante al meteoro o a la bola de fuego; una belleza fatal y mortífera, nacida de los golfos transárticos, y en cierto modo víctima de los lejanos destinos del mundo.
Como la marca del hielo o de la llama, su memoria ardía en Tortha. Hojeando sus olvidados libros, o caminando sumido en un ensueño impenetrable, tenía siempre ante sí la radiante palidez de la Sibila. Creía oír un susurro que llegaba desde las soledades boreales: un murmullo de una dulzura etérea, pero cortante como el aire polar, palabras sonoras y sobrenaturales, que hablaban de horizontes vírgenes y heladas auroras lunares sobre continentes inaccesibles para el hombre. Pasaron los largos días de estío, durante los cuales bajaban los campesinos a Cerngoth para comerciar sus pieles y patos salvajes , mientras las colinas que rodeaban la ciudad se engalanaban con flores bermellón y de un brillante azul. Pero no volvió a aparecer la Sibila en Cerngoth, ni nada se supo de ella en otras ciudades. Al parecer, habían cesado sus visitas, como si después de transmitir las noticias encomendadas por los dioses no apareciese más en los ámbitos de la humanidad.
Dentro de la desesperación que le motivaba su pasión, Tortha había anidado la esperanza de volver a verla. Poco a poco esta esperanza se hizo cada vez más débil, aunque su ansiedad no disminuyó. Durante sus paseos cotidianos se adentraba cada día más en los campos, abandonando la casa y las calles, y encaminando sus pasos hacia las montañas que se elevaban dominando la ciudad de Cerngoth, y cuyos picos helados custodiaban la meseta cubierta de glaciares de Polarión. Cada día ascendía un poco más las laderas de las colinas, elevando su mirada hacia los riscos de donde se decía descendía la Sibila. Se sentía atraído por un oscuro mandato, pero durante un tiempo no tuvo el valor de obedecer a la llamada, regresando inmediatamente a Cerngoth. Llegó un día en que subió hasta una colina desde donde se divisaba la ciudad, cuyos tejados parecían conchas al lado de un mar en el que las olas se habían convertido en una planicie suave de color turquesa. Estaba solo en un mundo de flores: el manto frágil que el verano había extendido a los pies de los picos desnudos. El césped descendía suavemente por todas partes, formando alfombras de vivos colores. Incluso los arbustos salvajes presentaban sus brotes frágiles y teñidos de sangre, armonizando con los precipicios y riscos arrasados por verdaderos jardines colgantes.
Tortha no se había encontrado a nadie, ya que hacía rato que abandonara el camino seguido por los montañeses cuando bajaban a la ciudad. Una extraña llamada, que parecía incluir una promesa por nadie formulada, le había conducido hasta esta elevada pradera, desde donde discurría un torrente cristalino entre cascadas de flores, en su búsqueda del mar. Pálidas, diáfanas bajo el sol, flotaban algunas nubecillas hacia las cúspides, mientras los majestuosos halcones dirigían su vuelo hacia el mar, sobre anchas alas rojas. De las flores que yacían a sus pies subía un perfume denso, como incienso litúrgico, mientras que la penetrante luminosidad ofuscaba sus sentidos; y Tortha, cansado por la larga caminata monte arriba, sufrió un desmayo momentáneo, preso de un extraño vértigo. Al volver en sí vio ante él a la Sibila Blanca, de pie entre las flores rojas como la sangre, y etérea como una diosa de la nieve envuelta en velos de color luna. Sus ojos pálidos, inyectando pasiones heladas en sus venas, le observaban enigmáticamente. Con un gesto de la mano, que resplandecía como la luz de lugares inaccesibles, le hizo ademán de seguirle, y volviéndose comenzó a subir por la ladera encima de la pradera.
Tortha se olvidó de su cansancio, de todo, salvo de la belleza celestial de la Sibila. Ni siquiera se preguntó acerca del encantamiento que le subyugaba, ni del éxtasis que inundaba su corazón. Sólo sabía que se le había vuelto a aparecer, llamándole; y la siguió. Pronto las colinas se hicieron más empinadas frente a los imponentes riscos, apareciendo cadenas de piedras desnudas entre el gran manto florido. Sin esfuerzo alguno, ligera como el humo, la Sibila ascendía delante de Tortha. No pudo acercarse a ella, y aunque a veces aumentaba la distancia que los separaba, nunca perdió de vista su figura luminosa. Se encontraba ahora entre quebradas negras y escarpados salvajes, donde la Sibila parecía nadar como una estrella en las sombras de los abismos. Las feroces águilas de la montaña chillaban sobre la cabeza del poeta, contemplando su ascenso mientras revoloteaban sobre sus nidos. El goteo frío de arroyuelos que nacen en los glaciares perpetuos le salpicaba desde arriba, y bruscos abismos se extendían a sus pies con un rugido hueco de agua que caía vertiginosamente a las profundidades.
Tortha sólo sentía una emoción parecida a la que impulsa a la mariposa a seguir un punto de luz. No sabría decir cuál era la razón y meta de su búsqueda, ni tampoco la fruición del extraño amor que le obligaba a continuar. Olvidando la fatiga mortal, el peligro y el desastre a que se exponía, sintió el delirio de un ascenso loco hacia alturas sobrehumanas. Superando barrancos salvajes y angostos escarpados, llegó hasta un elevado paso que antaño uniera Mhu Thulan con Polarión. Entre paredes de roca erosionada discurría un viejo camino agrietado y derruido, parcialmente bloqueado por restos de torres de vigía derrumbadas. Más abajo del paso, como si fuera un enorme dragón de hielo, surgía el primer glaciar boreal para dar la bienvenida a la Sibila y a Tortha. Junto con el extraño ardor de su ascenso, el poeta advirtió un repentino frío que rozaba el mediodía. Los rayos del sol eran tenues y carecían de calor, mientras que las sombras eran tan oscuras como las profundidades de las tumbas excavadas en excavadas en el hielo ártico. Una película de nubes ocres, que se deslizaban con rapidez mágica, barrieron el día oscureciendo el cielo como si lo hubieran cubierto con una telaraña polvorienta, hasta que el sol pudo penetrarlo con sus rayos pálidos y sin vida, como una luna de diciembre. El cielo que se extendía más allá del horizonte quedó encerrado por una cortina espesa y gris.
Más pálida y luminosa en contraste con las oscuras nubes, la Sibila se apresuró como fuego volador atravesando la neblina, hacia el almenado hielo del glaciar. Tortha trepó por una ladera de hielo que se deslizaba de Polarión. Había alcanzado la cumbre del paso y pronto llegaría a la meseta que se extendía más allá. Pero cual tormenta invocada por brujería, le caía de repente la nieve formando torbellinos espectrales y nubes cegadoras. Llegó como un vuelo incesante de suaves y anchas alas, o los larguísimos cuerpos de dragones difusos y pálidos. Durante algún tiempo todavía pudo distinguir a la Sibila, como quien ve el tenue resplandor de una lámpara sagrada a través de las cortinas del altar en algún templo. La nieve entonces se hizo más gruesa, hasta que dejó de ver el resplandor, sin saber si aún estaba en el paso de altos muros o perdido en alguna llanura de nieves perpetuas.
Se debatió buscando aire en la cargada atmósfera. El fuego blanco, que hasta entonces le había animado, se deshacía ahora en sus helados costados. El fervor y la exaltación se apagaron, para dar paso a una oscura fatiga, un atontamiento que invadía todo su ser. La brillante imagen de la Sibila se reducía a una estrella sin nombre, que, junto con todo lo que había conocido o soñado, pasaba a un gris olvido... Tortha abrió los ojos ante un mundo extraño. No sabía decir si se había caído y muerto en la tormenta, o tropezado con algo oculto en la nieve: lo cierto es que a su alrededor no quedaban restos de las avalanchas, ni de las montañas de glaciares. Se encontraba en un valle que bien pudiera ser el corazón de cualquier paraíso boreal, un valle que con seguridad no formaba parte de la desierta Polarión. A su alrededor el césped estaba materialmente atestado de flores, con un delicado y pálido matiz, como un arco iris lunar. Sus delicadas formas eran las de los capullos de nieve y rocío, dando la sensación de que al menor contacto se derretirían, desapareciendo.
El cielo que cubría el valle no era el de Mhu Thulan, bajo y de color turquesa. sino difuso, soñador, lejano, y lleno de una violescencia infinita, como la frontera de un mundo más allá del tiempo y del espacio. Había luz por todas partes, pero Tortha no vio ningún sol en la bóveda límpida de nubes. Era como si el sol, la luna y las estrellas se hubieran mezclado en tiempos remotos, para disolverse en una luminosidad eterna. Altos y delgados árboles, cuyo follaje de un verde lunar estaba cargado de delicados capullos, parecidos a los del césped, crecían en arboledas y frondas por encima del valle, y a lo largo del margen de un río de tranquilo curso, que se perdía en un horizonte infinito. Tortha advirtió que no proyectaba ninguna sombra sobre el campo florido. los árboles carecían igualmente de sombras, ni tampoco se reflejaban en las transparentes aguas. No había viento que moviese las ramas cargadas de flores, o perturbase los innumerables pétalos que destacaban entre la yerba. Un silencio sepulcral parecía dominarlo todo, como el susurro de algún destino sobrenatural.
Lleno de asombro, pero incapaz de adivinar la razón de su situación, el poeta se dio la vuelta, impulsado por una voz imperiosa. Detrás de él, y al alcance de su mano, vio un emparrado de parras floridas que se habían enlazado de un árbol a otro. A través de las flores, en el centro del enramado, vio como una ráfaga de nieve los blancos velos de la Sibila. Con pasos tímidos, ojos que parpadeaban ante su belleza mística, y el corazón ardiendo como si lo calentaran antorchas, penetró en el emparrado. Se levantó la Sibila del lecho de flores donde yacía, para recibir a su adorador... De todo lo ocurrido después, Tortha olvidaría gran parte. Era como una luz demasiado radiante para que durase, un pensamiento que no requería conceptuación, a causa de su extraordinaria rareza. Se trataba de una realidad que superaba todo lo que el hombre podía considerar real; y, sin embargo, Tortha tenía la sensación de que tanto él como la Sibila y todo cuanto les rodeaba formaba parte de un espejismo en los desiertos del tiempo, sensación, por otra parte, que le hacía pensar que se encontraba en un lugar peligroso, por encima de la vida y de la muerte, en un enramado de sueños, resplandeciente y frágil.
Pensó que la Sibila le recibía con palabras atractivas y melifluas de un idioma que le era conocido, pero que nunca había oído. El tono de su voz le llenó de un éxtasis que se acercaba al dolor. Se sentó a su lado sobre un banco maravilloso, y ella le susurró muchas cosas: divinas, estupendas y peligrosas; trascendentes como el secreto de la vida; dulces como el olvido; extrañas e inmemorables como el conocimiento perdido del sueño. Pero no le dijo su nombre, ni tampoco el secreto de su esencia, y Tortha seguía sin saber si era un espíritu o una mujer, una diosa o un fantasma. Había algo en su conversación relativo al tiempo y su misterio; algo que siempre está más allá del tiempo; algo parecido a la sombra gris del hado que obedece al mundo y al sol; algo de amor que persigue un fuego huidizo, perecedero; de muerte, en cuya tierra nacen las flores; de vida, espejismo de un vacío helado. Durante largo rato, Thortha se contentó con escuchar; era preso de un éxtasis, y experimentaba el asombro de cualquier mortal ante la presencia de una deidad. Entonces, cuando se acostumbró a su situación, la belleza femenina de la Sibila le habló con idéntica elocuencia que sus palabras. Vacilante, gradualmente, como una marea que llega hasta una luna supraterrenal, afloró en su corazón el amor humano que era mitad de su adoración. Sintió un delirio de deseo, mezclado con el vértigo que ataca a quien sube a una altura imposible. Veía únicamente la belleza blanca de su deidad, sin prestar atención a la sabiduría de sus palabras.
La Sibila hizo una pausa en su discurso. y sin saber muy bien cómo, con palabras lentas y entrecortadas, Tortha se atrevió a declararle su amor. Ella no respondió, no hizo gesto alguno en señal de aceptación o rechazo. Pero cuando el poeta hubo terminado, le observó con mirada extraña; amor o piedad, tristeza o felicidad, no sabría decirlo. Entonces, rápidamente, se inclinó y le besó en la frente con sus pálidos labios. Su beso constituía el sello entre el fuego y el hielo. Loco por lograr su deseo supremo, Tortha se abalanzó para abrazar a la Sibila. Terrible e inexorablemente, cambió al encontrarse entre sus brazos: se convirtió en un cadáver helado que durante siglos había yacido en una tumba, una momia de leprosa blancura, en cuyos ojos helados pudo leer el horror del vacío supremo. Era algo que no tenía ni forma ni nombre —algo corrompido y oscuro que se deshacía en sus brazos—, polvo, una nube de átomos brillantes que se evaporaban entre sus dedos. Pronto no quedó nada, ya que también se desvanecían las flores que antes la rodearan, desapareciendo bajo copos de nieve blanca. El amplio cielo violeta, los altos y delgados árboles, el mágico río sin reflejos, la propia tierra que pisaba, todo había desaparecido entre los remolinos de nieve.
Tuvo Tortha la sensación de ser arrastrado hacia un profundo abismo, junto con el caos de la tormenta de nieve. Lentamente, al caer, el aire se aclaró en su derredor, mientras él quedaba colgando sobre la tormenta. Se encontraba solo en un cielo triste y sin estrellas; a sus pies, a una distancia tan asombrosa como variable, pudo ver las tenues fronteras de una tierra rodeada de hielo de horizonte a horizonte. Las nieves habían desaparecido del aire muerto, y Tortha se sintió invadido por un frío cortante, como el aliento de un éter terrible. En un instante cortísimo vio y sintió todo esto. Acto seguido, y con la rapidez de un meteoro, volvió a caer hacia el continente helado. Y como la llama fugaz del meteoro, su consciente se desvaneció perdiéndose en el aire helado. Pero los pobladores semisalvajes de la montaña habían visto cómo Tortha desaparecía durante la repentina tormenta que misteriosamente llegara de Polarión, y cuando ésta hubo remitido, le encontraron caído en un glaciar. Le atendieron tosca pero cuidadosamente, maravillándose ante la marca blanca que, como una señal de fuego, llevaba impresa en su frente dorada. La carne estaba profundamente herida, y la marca presentaba la presión de unos labios. Pero no podían saber que la señal imborrable fuera obra del beso de la Sibila Blanca.
Despacio, Tortha consiguió recobrar parte de su fortaleza anterior. Pero su mente quedó para siempre perdida en un abismo nublado, en una sombra imborrable, como ojos deslumbrados después de mirar una luz insoportable. Entre los que le cuidaron había una doncella pálida y bella, que Tortha confundió con la Sibila en su mente enferma. El nombre de dicha joven era Illara, y en su locura Tortha se enamoró de ella. Olvidándose de sus parientes y amigos de Cerngoth, se quedó a vivir con la gente de la montaña, tomando a Illara por esposa y escribiendo canciones sobre la reducida tribu. En conjunto, fue muy feliz pensando que la Sibila había vuelto a él; e Illara también fue dichosa a su manera, ya que no era la primera mujer mortal cuyo amante permanecía fiel a una ilusión divina"
Clark Ashton Smith
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